Prólogo
De la mano siempre, con William Shakespeare por Lluis Pasqual La historia de la vida misteriosa de W. Shakespeare, uista por nosotros, hombres de la segunda mitad del siglo XX, es la historia de dos ciudades. Ambas a la orilla de algún río: Stratford, clara y transparente, donde se educó, y Londres, cortesana, tortuosa y vital, que le ofreció un escenario, en el sentido más literal y figura do, para su desarrollo humano y artístico. Nació en una modesta ciudad «de mercado» y creció en una casa que, de ser la verdadera, ha sobrevivido, casi como un mila gro, a la acción destructora del tiempo y el turismo. Se casó, muy joven, con una mujer mayor que él que le dio tres hijos, uno de los cuales —el único varón— murió a los pocos años.
En Londres, Sha kespeare se convierte en un actor sin demasiado éxito y más tarde en un conocido dramaturgo, el más popular de la época, si bien no demasiado querido por los literatos que compartían su ciudad y su tiempo. Ganó bastante dinero con el teatro y lo invirtió en tierras e inmuebles, sobre todo en Stratford. Pasó sus últimos años en una bella casa, «New Place», que había comprado en su ciudad natal. Hizo testamento y en Stratford murió y fue enterrado. Siete años más tarde, sus obras dramáticas fueron publicadas en un elegante infolio, en Londres, que era y sigue siendo el centro de la industria editorial inglesa. Este sería el resumen de una biografía que, más o menos ampliada, ha sido escrita innumerables veces. Lo cierto es que cualquier biografía sobre Shakespeare está llena de puntos suspensivos, de momentos imaginados y luego verificados por montañas de estudios y siglos de investigaciones buscando la expli cación a un hecho que, tal vez, sólo una representación de teatro, con su elementalidad y su carácter simple, poético, puede ofrecer aunque sea parcialmente: la transmisión de la vida de alguien, es decir, de su pensamiento y sus sentimientos a través de los siglos por mediación de la palabra, el «logos», escrita para ser pronuncia da en voz alta, y que junto con la música e implícitamente con ella, constituye la más grande de las invenciones que el hombre ha podido crear, soñar e imaginar. La historia de Shakespeare, de su vida, es la historia de un hombre, la historia de un hombre de teatro. Por ¡o tanto, historia pública, que nos pertenece. Vida vista casi como un espectáculo día a día. Transformada miméticamente en espectáculo a través de un procedimiento de autovaciado, de vómito en la propia obra, unas veces con dolor, otras con alegría.
Y es, al mismo tiempo, una historia secreta, llena de claroscuros humanos, que contiene mu chos dramas verdaderos, casi siempre olvidados, o apenas intuidos o descubiertos. Historia de apuestas y compromisos con la vida, con el mundo, con uno mismo, llena de silencios y también de victorias, que, como en el teatro, proporcionan una alegría o una felicidad demasiado efímera, porque el hombre de teatro Shakes peare, como tantos antes o después de él, posee un especial senti do del pudor en lo que concierne a su vida personal «verdadera», a veces hasta desconocida por él mismo. Quien se ha deslumbrado hasta casi la ceguera con el sol ficticio de una escena, quien se ha consumido demasiado a sí mismo ante los demás, y podemos afir mar que vive sólo para ofrecerse a los demás sobre la implacable desnudez de un escenario, siempre guarda, celosamente escondi da, su propia (¿verdadera?) identidad. Esta es la única manera de defenderse, de existir, en el juego constante de fuera y dentro que el teatro exige. Así, una imagen de lo que fue la existencia de W. Shakespeare será siempre una fusión de vida y obra, con un margen legítimo a la divagación, para comprender hasta qué punto no hay caminos paralelos entre la trayectoria vital del creador y su creación sino líneas que se cruzan como las vías de un trazado de ferrocarril. No se trata de la reconstrucción histórica o formal de una época, sino de algo que nos ayudará a leer y releer sus textos con una visión que será personal -como se ve siempre la vida de alguien perdido en el tiempo-, llena de amor y por lo tanto arbitraria y egoísta como es el amor, para poder incorporarla a nuestra propia existencia, descubriendo en el fondo, bajo cada palabra, la eternidad de cual quier ser humano.
La historia de William Shakespeare es la de un hombre que vivió e impulsó una reforma del teatro (¡una de tantas!), que la quiso y la llevó a cabo, desde la historia y desde el mundo del teatro, con las gentes del teatro, entre las cajas de un escenario. Historia de un hombre que tal vez no fue ni bueno ni limpio, pero que también fue, o que fue básicamente, terriblemente humano. Un hombre que supo vivir «desde dentro» la realidad de su siglo, y que entendió, quizá no del todo conscientemente, pero ciertamente sí como curiosidad, como intuición social, una de las más grandes transformaciones históricas de la humanidad, el paso de un mundo viejo a un mundo nuevo en el que el hombre sería el centro y la medida de todas las cosas. Para nosotros, la gente que nos enfrentamos cada día con el oficio de contar historias desde un escenario, Shakespeare es el teatro, como Rembrandt es la pintura o Mozart la música. No pre tendo justificar tales afirmaciones, que surgen sólo de una aprecia ción sensible y apasionada, pero no por ello menos cierta. Vemos que Shakespeare reaparece y se repite, como protagonista y como refugio en las diversas épocas en que cualquier creador teatral ne cesita una reflexión sobre su propio medio de expresión, o una profundización, un viaje a través del vastísimo paisaje de los seres humanos, de la mano de alguien, como Virgilio acompañara a Dante. De una manera cercana a nosotros, Shakespeare acompaña, como un santo protector, el nacimiento del teatro contemporáneo y de la dirección escénica contemporánea, en sus diversos momentos estilísticos, desde Max Reinhardt a Peter Brook o Giorgio Strehler. A veces a través de espectáculos, otras a través de una nueva perspectiva en la lectura de sus obras cómo la de J. Kott en su extraordinario y provocativo (expresamente provocativo) libro Shakespeare, nuestro contemporáneo. Dice Niadne Knonchkine, a raíz de sus tres últimos «Shakespeares» montados por el Théátre du Soleil: «Montamos Shakespeare para saber de qué está hecho el teatro.» A esa afirmación, a esa búsqueda a través de las palabras, que un hombre nos ha dejado como riquísima herencia, yo añadi ría: «Montamos Shakespeare para entender de qué materia esta mos hechos los seres humanos.» Para eso, podríamos utilizar mu chos autores. Y a pesar de todo, sólo en Shakespeare se da ese hombre en su totalidad, como un prisma de innumerables caras, unas iluminadas y otras en la sombra. El hace girar constantemente el prisma ante nuestros ojos, siempre habrá caras iluminadas y caras oscuras.
La luz, nuestra percepción, siempre será parcial en cada uno de los momentos, pero al final habremos conocido todas las facetas del prisma porque Shakespeare (son palabras de Gabriel Ferrater) «lo dijo todo.porque lo sabía todo», cerrando un ciclo completo humano y teatral. Shakespeare aporta a la historia del teatro y del arte, de una manera diáfana y rotunda, la creación de la «metáfora» para expli car el comportamiento de y entre ¡os seres humanos. Y aquí debe ríamos olvidar el término «dramaturgo» para utilizar sólo el de «poe ta». Y los poetas, los verdaderos, lo saben todo, lo han sabido siempre todo, porque la poesía es «verdad». «Verdad» simple y compleja, clara y misteriosa como las parábolas que Shakespeare impone encima de un escenario en un momento en que él quiso que el teatro fuese el reflejo de una colectividad. Y la sociedad aceptó el juego del teatro no para ver en él la ilustración de una idea, sino para sumergirse en las contradicciones y los antagonis mos de una multitud de individuos. Lo más alejado de nuestra heredada concepción burguesa del teatro y del arte en general y de la noción decimonónica de «buen gusto» aplicado a la creación y a la belleza. Hay que olvidarse del «buen gusto» cuando uno trata con Shakespeare. Y aquí tal vez sea importante recordar que Sha kespeare nació en Inglaterra, que ha sido siempre, como la India, o como determinadas culturas árabes cercanas y antecesoras nues tras, un país simultáneamente bárbaro y refinado, de una extrema violencia y de una suprema elegancia. Saberlo todo no es suficiente. Para poder contarlo, compartir lo con los demás, hay que convivir con dos palabras históricamente decisivas en el siglo XVI europeo: el miedo, que había dominado el comportamiento del hombre durante siglos, y la libertad, que surgía como motor indispensable del hombre nuevo.
El miedo, para evi tarlo, y la libertad, para ejercitarla. Y Shakespeare es, tal vez, el poeta con menos miedo y con más sentido de la libertad, lo que quizá correspondiera en el plano humano —y eso nunca podremos saberlo- a un hombre con mucho miedo y con grandes deseos de ser libre. Estas dos características son las que te aseguran el cobijo cuando te encuentras con él. Sabes que va a protegerte, que te va a ayudar. Y al mismo tiempo, te produce una sensación de humildad, de impotencia, de no estar nunca a la altura de ese ejercicio libre de moverse, sin temor, a través del tiempo y del espacio. Uno de los momentos mágicos de un ensayo o de una repre sentación de cualquier obra de Shakespeare es ver un estudiante de teatro, o un actor decir en voz alta un monólogo: el actor se siente pequeño, conscientemente pequeño, y al mismo tiempo ayudado, poseído por las palabras en una relación que podríamos calificar de «física». Por muy equivocado que esté el actor, con respecto a la interpretación, en un momento de búsqueda, siempre llega el instante en que algo mágico, tangible, teatral, se produce. Una palabra detrás de otra crean una realidad con y más allá del propio actor. Las palabras adquieren consistencia, materialidad, como la leche se vuelve espesa con el fuego, y hacen que el in térprete se lance a buscar algo que antes ni siquiera hubiera su puesto, más allá de su cometido puramente artístico. Cuando se interpreta o se dirige una obra de Shakespeare, los criterios artísti cos no bastan. He dicho antes que ejercitaba la libertad como poeta: en su teatro no hay reglas, ni de espacio ni de tiempo. Su teatro gana cualquier limitación. Hay escenas que uno no puede concretar exactamente dónde ocurren. Tienes la impresión de que comien zan en un lugar y terminan en otro. Hay obras cuya acción puede transcurrir en dos años, en dos meses, en veinte años. Escribía con una sola respiración, sin indicaciones escénicas, creando su propia medida del tiempo y el espacio, tan poderosa, que nunca producen confusión. De la misma manera mezcla personajes reales e irreales, soñados o procedentes de la imaginación. Una palabra le basta para que el espectador sitúe la acción o para hacer físico un ele mento que, de haberlo construido, sería incompleto o absurdo. Basta que un personaje pronuncie la palabra «bosque» para que ante el espectador aparezca la imagen de unos árboles más reales que los que cualquier artilugio teatral podría representar. Gran al quimista de las palabras, sintetiza en ellas, cómo si lo concentrara en un frasco de perfume, todo el aroma que evocará y hará revivir en el público el olor, la vista y el color de un jardín. He dicho también que no tenía miedo.
Nunca tuvo miedo de tomar formas o contenidos de otros autores y creadores que le precedieron, adaptándolos a su propia dinámica y su manera de contar. Hay una actitud de cirujano, de radiólogo, en la visión que Shakespeare tenía del hombre. El teatro como «espejo del tiempo» le hizo no obviar nada: penetró en lo más profundo de las pasiones humanas, el amor, la traición, los celos, la locura, los sueños, el conocimiento, la ambición, la desesperación... nunca unilateral mente, construyendo hombres, nunca máscaras. Buceó en el caos, sin piedad, porque, como poeta y como hombre, poseía la certeza de una finalidad moral en el ser humano. Buceaba en el caos para reconstruir finalmente un equilibrio armónico, cósmico, que in tegrara y devolviera al hombre, a su principio, a una perfecta armo nía universal. Algo así como poder escribir toda la historia del hom bre desde dentro, desde sus contradicciones y sus deberes más altos, pero siempre teniendo a ese hombre como modelo y medida del universo. Admira en el ser humano su capacidad de crear belleza. Sonríe a veces con benevolencia, a veces con cinismo, pero nunca juzga, nunca critica a sus personajes, tal vez porque está en todos ellos y desaparece detrás de cada uno de ellos, y algunos, los que nos resultan más incomprensibles, los representó él mismo como actor, buscando la dificultad, intentando encontrar y mostrar las claves de lo inexplicable. Por eso, una lectura de lo que los investigadores han descu bierto sobre el hombre, y al mismo tiempo una lectura comprome tida de su obra puede ayudamos, como sólo el arte puede hacerlo, a entender nuestra época, dura, contradictoria y en plena transfor mación, muy parecida a la del hombre que vivió en una colectivi dad a quien le apasionaba ver representados sus conflictos diarios en un teatro potente y generoso.

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