domingo, 4 de octubre de 2026

GEORGE STEINER TOLSTOI O DOSTOIEVSKI EDITORIAL SIRUELA EDICIÓN 2002 Fragmento

 


CAPITULO 1  La crítica literaria debería surgir de una deuda de amor.

 

 

De un modo evidente y sin embargo misterioso, el poema, el drama o la novela se apoderan de nuestra imaginación. Al terminar de leer una obra no somos los mismos que cuando la empezamos. Recurriendo a una imagen de otro campo artístico, diremos que quien ha captado verdaderamente un cuadro de Cézanne verá luego una manzana o una silla como si nunca las hubiera visto antes. Las grandes obras de arte nos atraviesan como grandes ráfagas que abren las puertas de la percepción y arremeten contra la arquitectura de nuestras creencias con sus poderes transformadores. Tratamos de registrar sus embates y de adaptar la casa sacudida al nuevo orden. Cierto instinto primario de comunión nos impele a transmitir a otros la calidad y la fuerza de nuestra experiencia, y desearíamos convencerlos de que se abrieran a ella. En este intento de persuasión se originan las más auténticas penetraciones que la crítica puede proporcionar.
Digo esto porque buena parte de la crítica contemporánea es de otra índole. Burlona, quisquillosa, inmensamente conocedora de su linaje filosófico y de sus complejos instrumentos, a menudo viene más para enterrar que para encomiar. Realmente, muchísimo es lo que debe ser enterrado si se desea conservar la salud
del lenguaje y de la sensibilidad. En vez de enriquecer nuestra conciencia, en vez de ser manantiales de vida, demasiados libros encierran para nosotros las tentaciones de la facilidad y de un grosero y efímero solaz. Pero éstos son libros para el apremiante menester del reseñista, no para el reflexivo y recreador arte del crítico. Hay más de «cien grandes obras», más de mil. Pero su número no es inagotable. A diferencia del reseñista y del historiador de la literatura, el crítico se interesa por las obras maestras. Su principal función no consiste en distinguir entre lo bueno y lo malo, sino entre lo bueno y lo mejor. 

Aquí, de nuevo, el criterio moderno propende a un punto de vista más tímido. Al aflojarse los goznes del antiguo orden político y cultural, ha perdido aquella serena seguridad que permitió a Matthew Arñold referirse, en sus conferencias sobre las traducciones de Homero, a los «cinco o seis supremos poetas del mundo». Nosotros no nos expresaríamos así. Nos hemos convertido en relativistas; comprendemos, presas del desasosiego, que los principios críticos son intentos de imponer efímeros hechizos de autoridad a la inherente mudanza del gusto. Al dejar Europa de ser el centro de la historia, estamos menos seguros de la preeminencia de la tradición clásica y occidental. Los horizontes del arte han retrocedido, en el tiempo y en el espacio, más allá de lo que nadie podía sospechar. Dos de los poemas más representativos de nuestra época, La tierra baldía, de T. S. Eliot, y los Cantos, de Ezra Pound, se han inspirado en el pensamiento oriental. Las máscaras del Congo asoman en los cuadros de Picasso como una vengadora desfiguración. En nuestros espíritus se proyectan las sombras de las guerras y las bestialidades del siglo xx; nuestra herencia nos hace ser cautos.

Pero no debemos ir demasiado lejos. En los excesos del relativismo se encuentran los gérmenes de la anarquía. La crítica debería traernos los recuerdos de nuestro gran linaje, la incomparable tradición de la épica que va de Homero a Milton, los esplendores de la tragedia en la antigua Atenas y del drama isabelino y neoclásico, de los maestros de la novela. Debería afirmar que, si Homero, Dante, Shakespeare y Racine ya no son los más grandes poetas del mundo entero —el mundo se ha hecho demasiado grande para la supremacía—, son todavía los supremos poetas de aquel mundo del que nuestra civilización saca su fuerza vital y en cuya defensa debe arriesgarse. Al insistir en la infinita variedad de los asuntos humanos, sobre el papel de las circunstancias sociales y económicas, los historiadores quisieran que descartásemos las viejas definiciones, las antiguas categorías de significación. ¿Cómo podemos —preguntan— emplear el mismo rasero para la Ilíada y El paraíso perdido, cuando estas obras están separadas por siglos de hechos históricos? ¿Puede el término «tragedia» significar algo si lo usamos tanto para Antígona como para El rey Lear o Fedra? 

La respuesta es que los recuerdos y los hábitos mentales calan más hondo que las exigencias del tiempo. La tradición y la gran continuidad de la unidad no son menos reales que el sentimiento de desorden y de vértigo que debemos a la nueva época de oscurantismo. Llamemos épica a esa forma de aprehensión poética en la que está insertado un momento de la historia o un mito religioso; digamos de la tragedia que es una visión de la vida cuyos principios de significación provienen de la precariedad de la condición humana, de lo que Henry james llamaba la «imaginación del desastre». Ninguna de estas dos definiciones es válida en un sentido total, pero bastan para recordarnos que existen grandes tradiciones, líneas de herencia espiritual que relacionan a Homero con Yeats y a Esquilo con Chéjov. A esa crítica debemos regresar con un apasionado temor y un siempre renovado sentido de la vida.
En nuestros días, hay un dolorido anhelo de tal regreso. Estamos completamente rodeados de un nuevo analfabetismo, el analfabetismo de los que pueden leer palabras ásperas y palabras de odio y de relumbrón, pero que son incapaces de comprender el sentido del lenguaje en función de su belleza o verdad. Uno de los más agudos críticos modernos escribe: «Me agradaría creer que hay una clara prueba de la necesidad (y, particularmente en nuestra sociedad, una necesidad mayor que nunca), en los eruditos y los críticos, de realizar una tarea especial, la tarea de situar al público en una relación pertinente con la obra de arte, es decir, de cumplir una tarea de intermediario»’.
No juzgar ni diseccionar, si‘R. P. Blackmur, «The Lion and the Honeycomb, TheLjon and lheHoneycomb,
Nueva York 1955.

 
no mediar. Sólo a través del amor por la obra de arte, sólo a través del constante y angustiado reconocimiento por parte del crítico de la distancia que separa su arte del arte del poeta, puede tal mediación ser realizada. Se trata de un amor que ha cobrado lucidez a través de la amargura: es testigo de los milagros del genio creador, desentraña los principios del ser, los muestra al público, y, sin embargo, sabe que no toma parte —o sólo una parte muy pequeña— en su verdadera creación.
Tales son los postulados de lo que podríamos llamar «antigua crítica» para distinguirla parcialmente de la esplendorosa y predominante escuela conocida como «nueva crítica». La «antigua crítica» es engendrada por la admiración. A veces se aparta del texto para considerar un propósito moral. Cree que la literatura existe no como un fenómeno aislado, sino que tiene un papel central en el drama de las fuerzas políticas e históricas. Por encima de todo, la antigua crítica, por su índole y alcance, es filosófica y, generalmente, responde a la idea expresada por Jean-Paul Sartre en un ensayo sobre Faulkner: «La técnica de una novela siempre nos remite a la metafísica del novelista». En las obras de arte se hallan reunidas las mitologías del pensamiento, los heroicos esfuerzos del espíritu humano por imponer un orden y una interpretación al caos de la experiencia. Aunque inseparable de la forma estética, el contenido filosófico —la presencia de la fe o de la especulación dentro del poema— tiene sus propios principios de acción. Hay numerosos ejemplos de arte que, a través de las ideas que exponen, nos convencen o nos impulsan a la acción. Los críticos contemporáneos, salvo los marxistas, no siempre le han hecho caso.

La antigua crítica tiene sus prejuicios: tiende a creer que los «supremos poetas del mundo» fueron hombres impelidos a aceptar o a rebelarse contra el misterio de Dios, que hay magnitudes de propósito y de fuerza poética que el arte secular no puede alcanzar o, por lo menos, que todavía no ha alcanzado. El hombre, según afirma Malraux en Las voces del silencio, está atrapado entre lo finito de la condición humana y lo infinito de las estrellas. Sólo a través de sus monumentos de la razón y de la creación artística puede asumir la dignidad trascendente. Pero al obrar así imita y al mismo tiempo entra en rivalidad con los poderes formadores de la Deidad. Así, en el corazón del proceso creador se da una paradoja religiosa. Ningún hombre es más completamente creado a imagen de Dios, o es más inevitablemente Su retador, que el poeta. 

D. 1-1. Lawrence dijo: «Siempre tengo la impresión de hallarme desnudo ante el fuego del Todo poderoso  que me atraviesa, lo cual resulta abrumador. Para ser un artista, uno ha de ser terriblemente religioso»2. Pero no, tal vez, para ser un verdadero crítico.
Los valores mencionados son algunos de los que desearía hacer resaltar en este estudio sobre Tolstói y Dostoievski, los dos novelistas más grandes del mundo (toda crítica resulta, en sus momentos de autenticidad, dogmática; la antigua crítica se reserva el derecho de ser franca y de emplear superlativos). E. M. Forster escribió:
«Ningún novelista inglés es tan grande como Tolstói, es decir, ha dado un cuadro tan completo de la vida del hombre, en su aspecto doméstico y heroico a la vez. Ningún novelista inglés ha explorado el alma del hombre tan profundamente como Dostoievski»<. El juicio de Forster no se limita necesariamente a la literatura inglesa, y define la relación de Tolstói y Dostoievski con el arte de la novela en general. Por su naturaleza, sin embargo, tal proposición no puede ser demostrada: se trata, en un curioso y definido sentido, de un asunto de «oído». El tono que empleamos para referirnos a Homero o a Shakespeare resulta válido también referido a Tolstój y Dostoievski. Podemos mencionar de corrido la Ilíada, Guerra y paz, El rey Lear y Los hermanos Karamázov. Así es de sencillo y complejo. Pero repetiré que tal declaración no está sujeta a una prueba racional. No se concibe una manera de demostrar que alguien que coloca a Madame Bovary por encima de Ana Karénina, o que considera a Los embajadores comparable, en poder y magnitud, a Los demonios, está equivocado que no tiene «oído» para ciertas tonalidades esenciales. Pero tal «sordera para el tono» nunca puede ser superada por un argumento lógico. (Quién podría haber persuadido a Nietzsche, que tuvo una de 
as mentes más agudas que han existido para la comprensión de la música, de que come >D H. Lawrence a Ernest Collings, 24 de febrero de The Letters of D. H. Lawrence, Nueva York 1932.

 

E. M. Forster, Aspects of the Novel, Nueva York l9O.

 

tía un craso error al considerar a Bizet superior a Wagner?) Además, de nada sirve lamentar la «no demostrabilidad» de los juicios críticos. Los críticos, tal vez porque han hecho difícil la vida a los artistas, están destinados a sufrir, en cierta medida, el destino de Casandra. Incluso cuando ven con más claridad, no disponen de medios para demostrar que tienen razón, y pueden no ser creídos. Pero Casandra tenía razón.
Por consiguiente, permítaseme afirmar mi impenitente convicción de que Tolstói y Dostoievski son figuras señeras entre los novelistas. Sobresalen por el alcance de su visión y la fuerza de su ejecución. Longino hubiera, con absoluta propiedad, hablado de «sublimidad». Ambos poseen la facultad de construir, por medio del lenguaje, «realidades» sensoriales y concretas, y, sin embargo, penetradas por la vida y el misterio del espíritu. Este es el poder que caracteriza a los «supremos poetas del mundo» de Arnold. Pero, aunque permanecen aparte en su dimensión pura —pensemos en la suma de vida acumulada en Guerra y paz, Ana Karénina, Resurrección, Crimen y castigo, El idiota, Los demonios y Los hermanos Karamázov—, Tolstói y Dostoievski forman parte del florecimiento de la novela rusa del siglo pasado. Este florecimiento, de cuyas circunstancias trataré en este primer capítulo, diríase que representa uno de los tres principales momentos de triunfo en la historia de la literatura occidental; los otros dos corresponden a los tiempos de la tragedia griega y Platón, y a la época de Shakespeare. En los tres, el pensamiento occidental saltó hacia delante desde las tinieblas mediante la intuición poética; en ellos se reunió mucha de la luz que poseemos sobre la naturaleza del hombre.
Muchos libros se han escrito y se escribirán sobre las dramáticas e ilustrativas vidas de Tolstói y Dostoievski, sobre su lugar en la historia de la novela y la importancia de su política y su teología en la historia de las ideas. Con la llegada de Rusia y del marxismo al umbral del imperio, el carácter profético del pensamiento de Tolstói y Dostoievski, su relevancia en nuestros propios destinos, ha penetrado con fuerza en nosotros. Pero se requiere un tratamiento más estrecho y más unificado a la vez. Ya ha transcurrido el tiempo suficiente para que podamos advertir la grandeza de Tolstói y Dostoievski en la perspectiva de las más importantes tradiciones.

TolstÓi pedía que sus obras fuesen comparadas a las de Hornero. Mucho más que el (ilises de Joyce, Guerra y paz y Ana Karénina encarnan el resurgimiento del estilo épico, de un nuevo ingreso en la literatura de tonalidades, prácticas narrativas y formas de articulación que habían declinado en el arte poético occidental después de Milton. Pero comprender por qué esto es así, para justificar ante nuestra inteligencia crítica esos inmediatos e indistintos reconocimientos de elementos homéricos en Guerra y paz, requiere una concienzuda y escrupulosa lectura. En el caso de Dostoievski hay una similar necesidad de una más vasta perspectiva. Se ha aceptado generalmente que su genio era de índole dramática, que en ciertos aspectos significativQs fue el temperamento dramático más amplio y natural desde Shakespeare, comparación que el mismo Dostoievski sugirió. Pero sólo después de la publicación y traducción de gran número de borradores y libros de apuntes de Dostoievski —material del que haré amplio uso— ha sido posible trazar las múltiples afinidades entre la concepción dostoievskiana de la novela y las técnicas del drama. La idea de un teatro, como la ha llamado Frances Fergusson, ha sufrido una brusca decadencia, por lo que respecta a la tragedia, después del Fausto de Goethe. El linaje que procedía de Esquilo, Sófocles y Eurípides parecía haberse interrumpido. Pero Los hermanos Karamázov es una obra firmemente enraizada en el mundo de El rey Lear, en la novela dostoievskiana, el sentimiento trágico de la vida, a la manera antigua, es totalmente reanudado. Dostoievski es uno de los más grandes poetas trágicos.
Con demasiada frecuencia, las incursiones de Tolstói y Dostoievski en los campos de la teoría política, la teología y el estudio de la historia han sido rechazadas como excentricidades de genios o como ejemplos de esa curiosa ceguera, propia, a veces, de los grandes espíritus. Siempre que han sido objeto de seria atención, esta ha distinguido entre el filósofo y el novelista. Pero en el arte maduro, la técnica y la metafísica son aspectos de la unidad. Y en Tolstoi y en Dostoievski, como tal vez en Dante, la poesía y la metafisica, el impulso hacia la creación y hacia el conocimiento sistemanco, eran respuestas alternas, y sin embargo inseparables, a las presiones de la experiencia. Así, la teología tolstoiana y la perspectiva del mundo operante en sus novelas cuentos han pasado
por el mismo crisol de la convicción. Guerra y paz es un poema de la historia, pero de la historia vista bajo la luz específica, o, silo preferimos, bajo la oscuridad específica, del determinismo tolstoiano. La poética del novelista y el mito de los asuntos humanos que presentó son igualmente válidos para nuestra comprensión. La metafísica de Dostoievski ha sido muy tenida en cuenta últi
mamente; es una fuerza seminal en el existencialismo moderno. Pero se ha estudiado poco la crucial relación interna entre la mesiánica y apocalíptica visión de las cosas del novelista y las formas reales de su arte. ¿Cómo penetra la metafísica en la literatura y qué sucede a ambas cuando coinciden? El último capítulo de este libro versará sobre dicho tema, que se manifiesta en Ana Karénina, Resurrección, Los demonios y Los hermanos Karamázov. 

Mas ¿por qué Tolstói o Dostoievski? Porque propongo que se juzguen sus realizaciones y se defiria la naturaleza de sus respectivos genios por medio del contraste. El filósofo ruso Berdiáiev escribió:
«Sería posible establecer dos modelos, dos tipos de almas humanas:
las que se inclinan hacia el espíritu de Tolstói y las que se inclinan hacia el de Dostoievski»4. La experiencia lo apoya. Un lector puede consíderar a Tolstói y a Dostoievski como los dos principales maestros de la novela, es decir, puede hallar en sus obras el más completo y penetrante, retrato de la vida. Pero si se le apremia mucho, escogerá entre los dos. Si nos dice a cuál prefiere y por qué, comprenderemos, creo, su verdadera naturaleza. La elección entre Tolstói y Dostoievski denota lo que los existencialistas llaman un engagement obliga a la imaginación a tomar partido por una u otra de las dos interpretaciones radicalmente opuestas del destino del hombre, del futuro histórico y del misterio de Dios. Para Berdiáiev, citándolo de nuevo, Tolstói y Dostoievski son el ejemplo de «una insoluble controversia en la que se enfrentan dos conjuntos de supuestos, dos conceptos fundamentales de la existencia». Esta confrontación tiene cierta relación con las prevalecientes dualidades del pensamiento occidental que se remontan hasta los diálogos platónicos. Pero también es trágicamente afín a la guerra ideológica de nuestro tiempo. Las prensas soviéticas lanzan literalmente mi N. A. Berdiáiev, L’Esprit deDostoievskz, París 946.

 

llones de ejemplares de las novelas de Tolstói; pero sólo hasta hace pocos y a regañadientes, imprimieron Los demonios.
Pero, en verdad, ¿son comparables Tolstói y Dostoievski? ¿Es algo más que la fábula de un crítico imaginar un diálogo entre sus dos espíritus y un mutuo conocimiento? Los principales obstáculos para una comparación de esta clase provienen de la falta de material y de las disparidades en magnitud. Por ejemplo, no poseemos los bocetos para La batalla de Anghiari; así, no podemos comparar lo que lograron Miguel Angel y Leonardo cuando fueron rivales en invención artística. Pero la documentación sobre Tolstói y Dostoievski es abundante. Sabemos qué pensaban uno del otro ylo que Ana Karénina significaba para el autor de El idiota. Sospecho, además, que en una de las novelas de Dostoievski se encuentra una alegoría profética del en 
cuentro espiritual de él mismo con Tolstói. No hay entre ellos ninguna discordancia de estatura: ambos eran titanes. Los lectores del siglo XVII fueron probablemente los últimos que vieron a Shakespeare como una figura comparable a las de los dramaturgos coetáneos suyos. Ahora, para nuestra admiración, tiene una ingente estatura. Al juzgar a Marlowe,Jonson o Webster, levantamos un cristal ahumado contra el sol. Esto no es válido para Tolstói y Dostoievski. Ambos significan para el historiador de las ideas y para el crítico literario una conjunción única, como planetas vecinos, de igual magnitud y mutuamente perturbados por sus órbitas. Desafían toda comparación.

Además, hubo un terreno común entre ellos. Sus imágenes de Dios, sus propuestas de acción, son en última instancia irreconciliables. Pero escribieron en la misma lengua y en el mismo momento decisivo de la historia. En algunas ocasiones estuvieron a punto de conocerse; pero cada vez se echaron atrás, presas de alguna tenaz prevención. Merezhkovski, un testigo errático, poco digno de confianza y sin embargo esclarecedor, consideró a Toistoi y a Dostoievski dos escritores completamente opuestos: «Digo Opuestos pero no remotos ni ajenos; porque a menudo establecen Contacto, como extremos que se tocan»5.
>D. S. Merezhlçovskj ToL’toj as Man and Artist, with an Essay on Dostovski, Londres 1902.

 

Una buena parte de este ensayo será, en espíritu, divisivo: tratará de distinguir al poeta épico del dramaturgo, al racionalista del visionario, al cristiano del pagano. Pero entre Tolstói y Dostoievski había áreas de semejanza y puntos de afinidad que contribuyeron a que el antagonismo de sus naturalezas fuese más radical. Empezar con éstas.

sábado, 3 de octubre de 2026

Mito o logos Hacia La República de Platón Carlos Gaviria Díaz



 

El porqué de esta publicación 

En 1987 la Facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia, donde enseñaba Introducción y Filosofía del Derecho, me concedió un año sabático, a solici tud mía para escribir un trabajo sobre saber virtud y poder en Platón, asunto que de tiempo atrás consti tuía para mí una preocupación intelectual y casi una obsesión. Tenía previsto dedicar los primeros seis meses a re pasar y profundizar en la bibliografía atinente al tema y a poner en orden mis propias reflexiones para dedicar los seis restantes a la tarea de escribir. Cuando apenas comenzaba ésta ocurrió un hecho trágico para el país, desestabilizador de mi tranquilidad y perturbador de mi vida afectiva y familiar: el asesinato de Héctor Abad Gómez y de su discípulo entrañable Leonardo Betancur compañeros de luchas universita rias y aliados en la defensa de los derechos humanos en el comité regional de Antioquia, del cual Abad Gómez era presidente y yo vicepresidente. El hecho horrendo ocurrió el 25 de agosto. El 24 habíamos tenido una reunión del comité, intensa y de 7 malos presagios, y el 26 grité en el cementerio un dis curso tembloroso de despedida a mis amigos. El Rector de la Universidad, Eduardo Cano Gavi ria, un demócrata de verdad, me envió un mensaje tan preocupante como razonable "No queremos más muer tos en la Universidad". A los pocos días con la comprensión y el apoyo ge neroso de la institución salí para Buenos Aires sin fe cha de regreso, con la misma angustia e incertidumbre en que quedaban mi esposa mis hijos y unos cuantos amigos cuya lealtad ha sobrevivido a las más adversas circunstancias. En Buenos Aires encontré un refugio propicio para mi tarea: la Biblioteca Nacional, la de la calle México, donde Borges había recibido de Dios el beneficio de la ceguera y el castigo de los libros Encontré allí obras lar gamente perseguidas en vano (no estábamos aún en la era de la internet) que jugaban a aminorar mi angustia. Había llevado conmigo el primero de diez capítulos que proyectaba escribir y logré concluir otros tres. A mi regreso, la Universidad me asignó nuevas responsabili dades que asumí con entusiasmo pero que me distraje ron del propósito justificativo del sabático. Después: ocho años en la Corte Constitucional de un trabajo intenso; cuatro en el Senado, escenario para mí nuevo y desconcertante; luego una ardua participa ción en la política, que jamás había hecho parte de mi proyecto de vida incluida una candidatura a la Presi dencia de la República en representación de un partido nuevo a cuya fundación había contribuido con profun da convicción. Ya me había resignado a aceptar la frustración de mi empeño inicial y casi había olvidado las escasas páginas escritas, pero el azar de un cambio de domicilio me las puso enfrente las relei y no las encontré indignas Las di a leer a unos pocos amigos, de inteligencia indudable pero de vocación y ejercicios diversos, y me estimularon a revelarlas, como anuncio de que pondría manos a la obra para reanudar el camino He aceptado el compro miso aunque no sé si las fuerzas que me restan serán suficientes para culminar la tarea. Quien se anime a leer lo que he decidido publicar verá al vuelo que no son páginas para filósofos profe sionales ni para consumados helenistas ni platonistas (mal podría hacerlo quien no es filósofo de formación y apenas si puede descifrar unas cuantas palabras del 9 griego) Son más bien para quienes se acercan al pensa miento filosófico con espíritu lúdico y gozoso y conside ran que entendida de ese modo, la filosofía nos incita a pensar y repensar y nos ayuda a vivir. Los cuatro capítulos que se publican son una parte introductoria a la filosofía de Platón y, específicamente, a la que, desde mi perspectiva constituye la obra más acabada del pensamiento platónico: La República. Con ese propósito he elegido unos cuantos hitos de lo que pudiéramos llamar el pensamiento preplatóni co, imprescindibles a mi juicio para un entendimiento cabal y provechoso de la obra inmensa de Platón As piro a que lo que propongo como un recorrido previo nos conduzca hasta el umbral de La República para abordar en la segunda parte el análisis de los que con sidero diálogos preparatorios de la gran construcción, algunos de ellos típicamente socráticos (aporéticos o problemáticos que finalizan con una pregunta sin res puesta) y algunos protrépticos o exhortativos, más ca racterizadamente platónicos, en los que se pone todo un aparato dialéctico al servicio de una demostración en ocasiones explícita y las más de las veces apenas in sinuada pues una de las destrezas de Platón consiste IO en trasponer sutilmente esa línea, difusa en ocasiones, que separa el discurso racional de la divagación poéti ca, es decir, el logos del mito.

viernes, 2 de octubre de 2026

LA ENFERMEDAD LA AGONÍA AÑO 2054 28 de diciembre CLÍNICA LOS PINOS ¿Cómo es navegar con un cáncer a cuestas?

 


LA ENFERMEDAD  LA AGONÍA

AÑO 2054

28 de diciembre

CLÍNICA LOS PINOS


¿Cómo es navegar con un cáncer a cuestas? ¿Cómo es la batalla contra el monstruo? En la vejez, las batallas están perdidas pero, no lo querés aceptar, nadie lo desea aceptar. Vos, sí, poco a poco has ido resignándote.  Has ido aprendiendo la lección.

En los límites de la vejez, todo es posible, hasta mojar tu bragueta, la entrepierna y más allá. Sentado en la silla de ruedas que es empujada por la enfermera hace dos días atrás en la clínica privada, más que sucio sentiste una humillación como nunca la habías sentido. 

Tampoco, sabés del cómo has sobrevivido a la enfermedad por tanto tiempo porque cuando te diagnosticaron el cáncer tenías la friolera de 65 años y ahora frisás los 81 años.  Y el urólogo Daniel Coto te explicó que el cáncer es lento en los ancianos, que el avance no se ensaña con la vejez ya sea para bien o para mal. Y a pesar de tu estado de impotencia seguís soñando con el sexo y con mujeres, te regodeás  en lascivia como un sátiro rodeado de ninfas. 

Fragmento. Novela. La noche del sicofante. Últimas revisiones.


FUENTES CARLOS GEOGRAFÍA DE LA NOVELA FRAGMENTO

 



¿Ha muerto la novela?

I

Cuando yo empecé a publicar libros, en 1954, continuamente escuchaba unas ominosas palabras: «La novela ha muerto».

Lamento, profecía o lápida, esta sentencia no era la más propicia para animar a un novelista en ciernes.

Las razones que se nos daban a los escritores de mi generación eran, en primer lugar, que la novela, cuyo nombre proclama su función, ya no era, como en sus orígenes, la portadora de novedades. Lo que la novela decía —se nos dijo— era dicho ahora, de manera más veloz y más eficiente, y a un número inmensamente mayor de personas, por el cine, la televisión y el periodismo, o por la información histórica, psicológica, política y económica.

Los antiguos territorios de la novela habían sido anexados por el universo de la comunicación inmediata. La imaginación del mundo ya no acompañaba al novelista. El entusiasmo, la curiosidad, tampoco. Hace un siglo y medio, una muchedumbre se reunía en los muelles de Nueva York esperando que llegara la última entrega de la novela de Dickens El almacén de las antigüedades. Todos querían saber si uno de sus personajes centrales, la empalagosa Little Nell, había muerto o no. En nuestro tiempo, las multitudes se han desesperado por saber quién disparó contra J. R., el villano de la serie de televisión norteamericana Dallas. Más cerca de casa: Simplemente Maria, Los ricos también lloran, o como escribe Luis Rafael Sánchez, «el país en vilo por las vicisitudes de Marisela y Jorge Boscán».

George Orwell previó el uso de la información como tiranía. Aldous Huxley, mucho más ingenioso, anunció que la tiranía se impondría mediante el placer exacerbado de la diversión informativa sin límites. Pero en todo caso, la tiranía del placer, o la del dolor, llegarían sin letra: la era de Gutenberg había terminado. Sólo nos tocaba escoger una letra que, literalmente, con sangre entra, como en la pesadilla totalitaria de Franz Kafka, La colonia penal, o que, en vez de sangre, usa la burbuja del gas neón para proponernos, no la letra, sino lo que la letra anuncia: la diversión interminable como recompensa de lo que Baudrillard llama la explosión de la información junto con la implosión del significado. La proliferación misma de la información nos invita a pensar que estamos supremamente bien informados, sin necesidad de un esfuerzo añadido de nuestra parte. La información nos llega. No necesitamos buscarla. Mucho menos, crearla.

Estos hechos no lograron, sin embargo, empañar la voluntad de escribir de mi generación. Más bien, nos obligaron a reflexionar que, si era cierto que nunca habíamos estado mejor informados, mejor comunicados o más instantáneamente relacionados, nunca, tampoco, nos habíamos sentido tan incompletos, tan apremiados, tan solos y, paradójicamente, más ayunos de información.

Yo guardo, entre mis recuerdos familiares, el de mi padre y mi abuelo, en la primera década de este siglo, esperando, puntual e impacientemente, la llegada, cada mes, del paquebote francés al puerto de Veracruz. Con él llegaban las novedades informativas, las revistas ilustradas europeas, así como las últimas novelas de Thomas Hardy, Paul Bourget y Anatole France.

No opino sobre los gustos literarios de mi abuelo. Simplemente hago notar el esfuerzo, la pausa impuesta, el afán de saber qué existía detrás de su impaciente ilusión mensual.

Él tenía que esforzarse por establecer una comunicación informativa entre las lejanas metrópolis (entonces lejanas, entonces metrópolis) de la cultura occidental y la excéntrica cultura en formación de las antiguas colonias. Entiendo y admito esto. Pero no dejo de respetar el deseo que animaba a esa pareja que para siempre me habita, mi abuelo detenido en el muelle, protegido por su cannotier contra el sol jarocho, con un bastón en una mano y mi padre niño de la otra, esperando una información que no les caería del cielo.

Hoy, en las rancherías del Estado de Veracruz abundan las antenas parabólicas que le ofrecen al más humilde ejidatario la libertad de escoger entre ochenta programas de televisión mundiales y un elenco femenino que va de la señora Thatcher a la Cicciolina. No voy a emplear este tiempo en discutir el bien o el mal que este hecho le reserva al cañero veracruzano, que a menudo tiene televisión pero no agua potable. Quiero, rápidamente, contrastar la facilidad y abundancia de la información y la miseria de la vida, con la abundante ignorancia que entre los países de la próspera y enlazada Comunidad Europea separa a las culturas: los ingleses desdeñan lo que se hace culturalmente en Francia, los franceses ignoran la cultura española, los españoles desconocen la cultura escandinava y los escandinavos poco saben del movimiento de la civilización italiana —salvo, quizá, el de la ya mentada pornodiputada—.

Hay información, hay datos, hay tópicos, hay imágenes asociadas a la violencia o al placer, al terrorismo o a la vacación, e incluso al terrorismo de las vacaciones o a las vacaciones del terrorismo. En cambio, hay poca imaginación. Los datos y las imágenes se suceden, abundantes, repetitivos, sin estructura ni permanencia. Sin embargo, ¿qué es la imaginación sino la transformación de la experiencia en conocimiento? y ¿no requiere esa transformación un tiempo, una pausa y un deseo: el tiempo de la pausa y el deseo de mi abuelo y mi padre, tomados de la mano en el muelle de Veracruz, en el año de 1909, «cuando era Dios omnipotente, y el señor don Porfirio, Presidente?»

Bastaría esta divertida ubicación de nuestro pasado prerrevolucionario hecha por Renato Leduc, para recordarnos que siempre ha existido, por fortuna para todos, una cultura popular y comercial, y que los escritores, por serlo y para serlo, siempre se han sentido solos, incompletos, enajenados —Catulo como Proust—, seducidos y abandonados por el contacto directo con el público —Flaubert y James y sus incursiones en el teatro—, quebrantados por su aislamiento —Poe— o alegremente desafiantes de las fuerzas de la publicidad y el dinero —Balzac—.

Hay dos rasgos, sin embargo, que distinguen a nuestro tiempo. El primero ha sido el totalitarismo nugatorio de la ilusión mayor del Occidente ilustrado: el sueño del triunfo permanente de la civilización, la perfectibilidad ilimitada de los seres humanos y la marcha irrefrenable del progreso. Auschwitz y el Gulag mataron esa ilusión. Pero desplazaron la tiranía moderna de sus signos más obvios —Nuremberg, las suásticas, la dictadura del proletariado, el campo de concentración— a otros más sutiles.

El pensamiento posmodernista ha insistido en que la verdadera tiranía de nuestro tiempo es la alianza de la información y el poder, una alimentando la razón de ser del otro; ambos, simulacros —cito de vuelta a Baudrillard— en los que una circularidad masiva se instala, identificando al emisor con el receptor en una forma de comunicación irreversible, sin respuesta.

Lo que me importa señalar es que para muchos escritores de mi generación, enfrentados a esta constelación de hechos, unos más graves, otros más livianos, algunos consustanciales a la condición del escritor en sociedad, otros peligrosamente asociados a la violencia particular de nuestra época, el problema se desplazó de la pregunta «¿Ha muerto la novela?», a la pregunta «¿Qué puede decir la novela que no puede decirse de ninguna otra manera?».

Pues en toda circunstancia, por más que se diga, siempre es mucho más lo que no se dice. ¿Le toca al novelista decir lo que no dicen los medios de información? No es esta la fórmula adversaria que yo prefiero, pues a mí, ciertamente, no me anima ni el desprecio ni la aversión a los medios de información modernos, sino la preocupación acerca de su modo de empleo. Esto sí debe inquietarnos a todos y muy particularmente al escritor que vive en el tiempo lento, sedimentado, que la información feliz nos niega pero que la escritura y la lectura novelescas reclaman.

¿Puede la literatura oponerse, quizás a sabiendas de su fracaso, al proceso de des-historización y des-socialización del mundo en el que vivimos? ¿Vale la pena, por imposible que parezca, intentar múltiples proyectos de comunicación narrativa a fin de diseminar las excepciones a la tiranía circular y simulada de la información y el poder? ¿Puede la literatura contribuir, junto con los medios de información que pueden ser mejores y más libres, a un orden de socialización creciente, democrático, crítico, en el que la realidad de la cultura creada y portada por la sociedad determine la estructura de las instituciones que deberían estar al servicio de la sociedad y no al revés?

Tiempo. Tiempo y deseo. Pausa para transformar la información en experiencia y la experiencia en conocimiento. Tiempo para reparar el daño de la ambición, el uso cotidiano del poder, el olvido, el desdén. Tiempo para la imaginación. Tiempo para la vida y para la muerte. Antígona está sola, recuerda su hermana, María Zambrano. Necesita tiempo para vivir su muerte. Necesita tiempo para morir su vida.

Pues aunque no existiese una sola antena de televisión, un solo periódico, un solo historiador o un solo economista en el mundo, el autor de novelas continuaría enfrentándose al territorio de lo no-escrito, que siempre será, más allá de la abundancia o parquedad de la información cotidiana, infinitamente mayor que el territorio de lo escrito.

Lo sabía Tristram Shandy, cuyo problema era escribir diez veces más rápido de lo que había vivido y cien veces más rápido de lo que estaba viviendo a fin de admitir su vida en su obra: así, se condenaba a escribir como un esclavo y a dejar de vivir.

Pero lo sabe también cualquier ciudadano del mundo actual: Lo no dicho sobrepasa infinitamente a todo lo dicho o mal dicho en el discurso cotidiano de la información y de la política.

jueves, 1 de octubre de 2026

Prólogo La semántica argumentativa

 


Prólogo

 La semántica argumentativa Marion Carel École des Hautes Études en Sciences Sociales EHESS, Francia Este libro es el resultado de una amplia colaboración internacional y pretende in troducir los conceptos fundamentales de la semántica argumentativa. Fundada por Jean-Claude Anscombre y Oswald Ducrot, este enfoque ha adoptado diversas formas en la propia obra de los autores y ha dado lugar a diversas teorías entre sus antiguos estudiantes. Para presentar esta corriente, me propongo recordar solo tres momen tos: el descubrimiento de los operadores argumentativos (Ducrot O., «Les Échelles Argumentatives», La preuve et le dire, París, Mame, 1973), la definición del acto de argumentar (Anscombre J-Cl. y O. Ducrot, «Perspectives», L’Argumentation dans la Langue, Liège, Mardaga, 1983), y la introducción de la noción de bloque semántico (Carel M., Vers une formalisation de la théorie de l’Argumentation dans la Langue, tesis doctoral nuevo regimen, EHESS, 1992), noción que Ducrot y yo aplicamos a muchos fenómenos lingüísticos hacia el año 2000, y cuyo desarrollo sigue siendo objeto de mis investigaciones. 1. Los operadores argumentativos Lo que Ducrot ha descubierto, y que considera inadmisible, es la divergencia que existe entre el razonamiento y el discurso argumentativo. Nuestros argumentos pre tenderían llevar a nuestros interlocutores por la razón a admitir tal o cual conclusión, aunque estas conclusiones estuviesen inscritas en la forma en que nuestros argumen tos presentan los hechos y no en los hechos mismos. Las herramientas lingüísticas de esta torsión serían sobre todo —Ducrot amplió después su punto de vista, volveré sobre ello— los «operadores argumentativos», aquellas expresiones como poco, un poco, casi, apenas, solo1, que introducen una gradualidad en nuestros enunciados. 1 En francés, peu, un peu, presque, à peine, ne…que. Nota de traducción: Las citas y los ejemplos (pa labras, enunciados) que, en el original, aparezcan en francés o en portugués siempre se traducirán al español, ya sea por el equipo de traducción o traduciones en obras ya publicadas al español. En nota al pie, se mantendrán, en caso de ser necesarias, las versiones en el idioma original. 

 [14] CURSO DE SEMÁNTICA ARGUMENTATIVA Quizá el ejemplo más espectacular sea el uso de casi y apenas, que da lugar a afirmaciones que argumentan en contra del razonamiento que sería posible con los hechos que describen. Consideremos la siguiente afirmación. Pertenece a un ministro del Interior francés, Christophe Castaner, sobre una manifestación que tuvo lugar el sábado 5 de enero de 2019 y sobre sus 50.000 manifestantes: (1) Hay apenas más de un manifestante por municipio. Por lo tanto, se puede ver que este movimiento no es representativo de Francia En realidad, el argumento de (1) informa de que hubo más de un manifestante por municipio, lo cual es un cálculo exacto, ya que Francia tiene 36.000 municipios. Sin embargo, no son estas cifras las que apoyan el empleo de por lo tanto en (1). En efecto, si eliminamos la ocurrencia de apenas del ejemplo (1) y reducimos su argu mento a un mero cálculo aritmético, el encadenamiento queda falto: *(2) Hay más de un manifestante por municipio. Por lo tanto, se puede ver que este movi miento no es representativo de Francia. Es una evaluación inversa del número de manifestantes que llevaría a la conclusión de que el movimiento no es representativo: (3) Hay menos de un manifestante por comuna. Por lo tanto, se puede ver que este movi miento no es representativo de Francia. En otras palabras, introducida en la oración p=hay más de un manifestante por muni cipio, la locución apenas construye un enunciado que informa del mismo hecho que p pero que sirve a las conclusiones de no p. El operador añade al hecho descrito por el argumento de (1) una envoltura argumentativa inversa y es este envoltorio el que prevalece. La conjunción por lo tanto es sensible al embalaje argumentativo, y no a los hechos. Aun suponiendo cálculos y aun hablando de cifras, la argumentación de Christophe Castaner no es más que una mascarada de razonamiento. En general, los operadores argumentativos tienen la propiedad de constreñir directamente las posibles conclusiones de los enunciados en los cuales aparecen, con independencia de los hechos descritos. Esta constricción en la continuación del discurso proviene de las «escalas argumentativas» que construyen. Los operado res argumentativos tienen la propiedad de indicar qué argumento sería más fuerte o menos fuerte, es decir, qué otra oración serviría para la misma conclusión. Así, está prefigurado en la significación de peu que enunciados en la misma situación, Pedro ha comido poco y Pedro no ha comido sirvan para las mismas conclusiones; del mismo modo, está inscrito en la significación de un poco que los enunciados en la misma situación Pedro ha comido un poco y Pedro ha comido sirvan para las mismas conclusiones. La consecuencia de estas constricciones es que las argumentaciones Prólogo. La semántica argumentativa [15] que comportan Pedro ha comido poco o Pedro ha comido un poco como argumentos no reflejarán el razonamiento, ya que estos enunciados, aunque proporcionan la misma información, sirven para conclusiones opuestas. Como la locución apenas, poco y un poco añaden a los hechos descritos una envoltura que convierte en mascaradas las ar gumentaciones en las que aparecen los enunciados que modifican. Un hombre per fectamente honesto debería prohibir en su discurso los operadores argumentativos. 2. El acto de argumentar Sin embargo, Anscombre y Ducrot se encontraron con una dificultad técnica que los llevó, progresivamente, a ampliar el potencial argumentativo de la lengua al propio léxico. Observemos, por ejemplo, el operador argumentativo solo (fr. ne… que). Ans combre y Ducrot señalaron que, en función de la valoración del tiempo necesario para el desplazamiento, es posible decir a alguien que tiene que acudir a una cita tanto (4) como (5): (4) Son las ocho, no hay que darse prisa. (5) Son las ocho, date prisa. Esta elección ya no es posible si se introduce ne… que en el argumento. Solo (6) es posible, el uso de ne… que impide *(7): (6) Son solo las ocho, no hace falta darse prisa. *(7) Son solo las ocho, date prisa. Un enunciado de son las ocho puede pertenecer tanto a una escala argumentativa «cuanto más tiempo se tiene para hacer algo» en la que son las ocho menos cinco un argumento más fuerte (es el caso de (4)) como a una escala argumentativa «cuanto menos tiempo se tiene para hacer algo» en la que el argumento más fuerte sería por el contrario son las ocho y cinco (cf. ejemplo (5)): (8) Son las ocho, e incluso las ocho menos cinco, no hace falta darse prisa. (9) Son las ocho, e incluso las ocho y cinco, así que date prisa. La introducción del adverbio solo constriñe a elegir la escala argumentativa «cuanto más tiempo se tiene para hacer algo» de (4) y de (8), la que hace que son las ocho menos cinco sea un argumento más fuerte que son solo las ocho: (10) Son solo las ocho, e incluso las ocho menos cinco. *(11) Son solo las ocho, e incluso las ocho y cinco. 

[16] CURSO DE SEMÁNTICA ARGUMENTATIVA La elección de la escala «cuanto más tiempo se tiene para hacer algo» obligaría entonces a concluir no hace falta darse prisa, como en (4) o en (8). Sin embargo, aparece una dificultad. No se cuestiona la construcción con solo de la escala argumentativa «cuanto más tiempo se tiene para hacer algo», sino el hecho de que esta construcción impone la conclusión no hace falta darse prisa. Ima ginemos, como propone Ducrot, que el interlocutor cree que ya no tiene tiempo sufi ciente para acudir a su cita y ha abandonado la idea de ir. Entonces es posible decirle (7) Son solo las ocho, date prisa para motivarle a ir de todos modos. El adverbio solo no impone por lo tanto las conclusiones posibles, es solo la escala argumentativa «cuanto más tiempo se tiene para hacer algo». Esta escala puede permitir tanto la conclusión date prisa como la conclusion no hace falta darse prisa, según del camino que se siga. El error de la primera descripción de los operadores argumentativos fue limitar las argumentaciones a un argumento y una conclusión, sugiriendo así que una vez determinado el argumento, la conclusión también está determinada. Refiriéndose a Aristóteles, Anscombre y Ducrot proponen entonces decir que cada argumento se basa en un acto de argumentar que consiste en asociar el argu mento con un camino que lleva a la conclusión. Más precisamente, este camino se asimilaría a un principio argumentativo, que garantiza el paso del argumento a la conclusión y que llaman «topos». Estos topoi tendrían una forma gradual —«cuanto más se trabaja, más éxito se tiene», «cuanto más prudente se es, menos accidentes se tiene»— en el sentido de que enlazarían dos escalas argumentativas. Realizar el acto de argumentar, y por lo tanto llevar a una conclusión, sería colocar el hecho descrito en una escala argumentativa y luego aplicar un topos que tenga esta escala como escala antecedente. Los operadores argumentativos no constreñirán directamente las conclusiones de los enunciados en los que aparecen; constreñirán los topoi a los que el locutor puede recurrir. Podemos entender entonces la diferencia entre son las ocho y son solo las ocho y la acción del operador argumentativo solo. Dado que no construye una escala argu mentativa, a falta de un operador argumentativo, el enunciado son las ocho puede asociarse tanto al principio (T1) como al principio (T2): (T1) «cuanto más tiempo se tiene para hacer algo, menos debe uno apresurarse para ha cerlo» (T2) «cuanto menos tiempo se tiene para hacer algo, más debe uno apresurarse para ha cerlo» y su locutor, al movilizarlos, puede enunciar (4) son las ocho, no hace falta darse prisa, así como (5) son las ocho, date prisa. Por otro lado, el enunciado son solo las ocho construye la escala «cuanto más tiempo se tiene para hacer algo» y su locutor no puede, por tanto, movilizar el principio (T2): de ahí nuestra primera impresión Prólogo. La semántica argumentativa [17] de que *(7) son solo las ocho, date prisa es imposible. Sin embargo, puede movilizar (T1) —de ahí la posibilidad de (6) son solo las ocho, no hace falta darse prisa— pero igualmente cualquier otro principio que, como (T3), tiene como escala antecedente «cuanto más tiempo se tiene para hacer algo»: (T3) «cuanto más tiempo se tiene para hacer algo, más tienes que intentar hacerlo» (7) resulta posible solo si se funda en (T3) —y no en (T2) —. En general, los operadores argumentativos no constriñen las posibles conclusio nes. Construyen escalas argumentativas que, para permitir el acto de argumentar, deben identificarse con las escalas antecedentes de topoi disponibles. La orientación argumentativa impuesta por los operadores argumentativos no concierne tanto, al final, a la continuación del discurso como a esta cualidad —«tener tiempo para hacer algo» en nuestro ejemplo— que el operador ordena. La continuación del dis curso dependería entonces de los topoi disponibles. Pero ¿de dónde vienen estos topoi? Anscombre y Ducrot los concibieron primero como creencias compartidas sobre el mundo. Los topoi «cuanto más se trabaja, más éxito se tiene» et «cuanto menos se trabaja, menos éxito se tiene» serían creencias a propósito del trabajo y del éxito, creencias a propósito de la actividad del mundo que denotaría el verbo trabajar y de la propiedad de las actividades en el mundo que denotaría el verbo tener éxito. Las creencias se mezclan con la argumentativi dad porque la orientación de las escalas añade al trabajo y al éxito un envoltorio argumentativo. La argumentatividad de nuestros discursos se debería entonces a los operadores argumentativos que, como hemos visto, añaden a la información proporcionada una envoltura argumentativa, pero también a los topoi moviliza dos: Pedro trabajó un poco situaría el trabajo de Pedro en la escala «cuanto más se trabaja» y favorecería la conclusión va a tener éxito gracias al topos argumentativo «cuanto más se trabaja, más éxito se tiene»; Pedro trabajó poco situaría el trabajo de Pedro en la escala «cuanto menos se trabaja» y favorecería la conclusión corre el riesgo de reprobar gracias al topos argumentativo «cuanto menos se trabaja, menos éxito se tiene». 3. Los bloques semánticos Lo que vino a trastocar la teoría de la argumentación en la lengua fue la hipóte sis, que vino después, de que los topoi no vinculan propiedades o actividades del mundo. No constituirían creencias sobre el mundo, sino que representarían direc tamente los vínculos entre las palabras y estarían, al menos para algunos, inscritos en la significación del léxico. Utilizar la palabra trabajo, en la forma simple Pedro tra 

[18] CURSO DE SEMÁNTICA ARGUMENTATIVA bajó, sin usar un operador argumentativo, ya estaría pintando argumentativamente su actividad, ya estaría diciendo que llevará a Pedro al éxito, ya estaría diciendo que debería tener éxito. La argumentatividad ya no sería competencia exclusiva de los operadores argumentativos. Toda la lengua sería argumentativa y ninguno de sus usos podría evitar el engaño. Supuestamente informativos y de razonamiento, todos nuestros discursos serían solo argumentaciones. Los operadores argumentativos solo mantendrían, intensificarían o invertirían la argumentatividad ya presente en el léxico. La gradualidad deja entonces de tener un papel central. El lema de la teoría de los topoï es que «todo enunciado es un argumento». El paso es importante. Porque hace posible un nuevo cuestionamiento, ahora relacionado no solo con la racionalidad de nuestros discursos durante los movi mientos conclusivos, sino con la cuestión mucho más general de su capacidad para describir el mundo. Esta cuestión no se planteaba en la primera versión de la teoría porque la argumentatividad debía tener un soporte, los operadores argumentativos debían aplicarse a algo: nuestros discursos tenían un contenido informativo. Pero ahora que la argumentación ya no se reduce a un envoltorio gradual, la informati vidad del léxico ya no es necesaria y se plantea la cuestión de la capacidad de nues tros discursos para describir el mundo. Siguiendo con el alejamiento del enfoque logicista de la lengua, Anscombre y Ducrot admiten entonces que la significación lingüística no contiene nada informativo. Solo el empleo de la lengua podría ser, según Anscombre, referencial, aunque, según Ducrot, la mayoría de nuestros dis cursos serían engañosos en este punto. Aparece, sin embargo, un nuevo problema, que será resuelto por la noción de blo que semántico: el de la independencia de las escalas de los topoi y, correlativamente, el del estatus de los topoi. ¿Cómo en efecto definir los topoi como caminos?, ¿cómo sostener que garantizan el paso del argumento a la conclusión, si la conclusión está ya, como defienden Anscombre y Ducrot, en el sentido mismo del argumento?, ¿cómo distinguir una escala del trabajo y una escala del éxito si el éxito en cuestión está inextricablemente mezclado con la noción trabajo? La teoría de los bloques semánticos propone tomar nota de esta interdependencia y soldar las escalas de los topoi en un «bloque». Como ya no hay más escalas, ya no existe la posibilidad de distinguir en nuestras argumentaciones un argumento y una conclusión. La nueva unidad es el encadenamiento argumentativo, en su totalidad. Se concibe como un todo que no se puede descomponer y el eslogan de la teoría de los bloques semánti cos ya no es que todo enunciado es un argumento, sino que todo enunciado puede ser parafraseado por encadenamientos argumentativos. Como lo habían notado Anscombre y Ducrot, algunos de estos encadenamientos argumentativos prolongan el enunciado estudiado, como en la respuesta de B, cuyo empleo de Pedro es prudente evoca Pedro es prudente, por lo tanto, no tendrá un accidente: Prólogo. La semántica argumentativa [19] A: Me preocupa el regreso de Pedro, no deberíamos haberlo dejado volver en coche con toda esa nieve. B: (12) No te preocupes, habrán echado sal en la carretera nacional. Y Pedro es prudente. Pero algunos enunciados evocan también encadenamientos argumentativos que les son completamente internos, como (13) que se puede parafrasear por no era útil por lo tanto Pedro no lo ha comprado: (13) Me parece que Pedro ha sido ahorrativo. Esta hipótesis de paráfrasis puede leerse en ambas direcciones. Se trata de enun ciados formados por un grupo sujeto y un grupo verbal, como los encadenamientos argumentativos, que están gramaticalmente formados por dos proposiciones unidas por una conjunción argumentativa. Esta hipótesis defiende que todo lo que tiene forma de juicio desarrolla en realidad una argumentación, pero también que todo lo que tiene forma de una argumentación constituye en realidad un juicio único. Decir que Pedro ha sido prudente es asociar el nombre propio Pedro con la caracterización argumentativa de haber-tomado-precauciones-por-el-peligro y así desarrollar la ar gumentación había un peligro y por lo tanto Pedro ha tomado precauciones. Pero, a la inversa, decir que había un peligro y por lo tanto Pedro ha tomado precauciones es asociar el nombre propio Pedro con la caracterización argumentativa ha-tomado precauciones-por-el-peligro, es afirmar un juicio. Ya no hay diferencia entre juicio y argumentación. ¿La lengua así concebida sigue siendo engañosa? Esto es lo que Ducrot ha se guido concluyendo, estudio tras estudio, aunque mantuviera la esperanza, al estilo de Frege, de que fuera posible limpiarla y, al ser racional, convertirse en lo que pre tende ser, es decir, informativa. Pero ¿pretende la lengua que el habla sea informa tiva? ¿Nuestras argumentaciones pretenden ser razonamientos? ¿Por qué condenar las construcciones lingüísticas? ¿Por qué reprimir nuestro placer por la lectura? ¿Por qué renunciar a lo que podemos llamar, con Starobinski, el feliz acto de hablar? Centrado en la teoría de los bloques semánticos y sus nociones, el presente li bro retoma también los primeros trabajos de Ducrot, solo o con Anscombre. La presuposición, la conjunción mais (esp.: pero o sino), la gradualidad, la enunciación se abordan en diferentes momentos de la semántica argumentativa. Termina con dos secciones que cuestionan las relaciones de la semántica argumentativa con su exterior: su exterior desde el punto de vista de la lengua —se podrían ver aquí los primeros desarrollos de lo que se podría llamar una pragmática argumentativa— y su exterior teórico —se trata aquí de Saussure, de Benveniste, de Austin, los tres héroes de Oswald Ducrot—.

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