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miércoles, 28 de enero de 2026

BAJO LA PIEL GUNNAR KAISER Traducción de Claudia Baricco FRAGMENTO CAP I

 


1

Cuando era joven, buscaba chicas. Mi búsqueda comenzó temprano en la mañana del día en el que cumplí veinte años y terminó bajo las estrellas de la última noche de verano de mi vida. Por entonces y allá de donde vengo, de los jóvenes como yo decían que éramos como los sonámbulos, adictos a la luna, y lo mío era una adicción. Pero mi caso era algo especial.

En la primavera había dejado la casa de mis padres, me había mudado a Manhattan y había comenzado a estudiar. Lo poco que necesitaba lo ganaba haciendo el reparto de carne para los carniceros judíos de Williamsburg y Staten Island. Al menos eso era lo que les decía a mis padres cuando me preguntaban qué hacía, y no era una mentira.

Pero tampoco era la verdad. La verdad era que me la pasaba dando vueltas por la ciudad con la cámara que había heredado de mi hermano, de día por las calles de Brooklyn y de noche por los clubes y los bares al sur de la Houston Street; fotografiaba aquí a los travestis delante de las entradas de los sótanos de la Greenwich Lane, allí las manos de una parejita fumando en una fiesta, más allá la ropa tendida que flameaba entre los tejados. Yo iba andando y mirando. Y buscaba chicas.

Mi trabajo me obligaba a saltar de la cama temprano, al amanecer conducía dos horas recorriendo las carnicerías y antes de las nueve regresaba al local del mayorista con el camión de reparto vacío y un par de billetes en los bolsillos. Luego el día era todo para mí y mi Rolleiflex. Iba andando por las calles y despilfarraba mi vida como si fuera inmortal. Bien pasada la medianoche regresaba sin remordimiento alguno a mi cueva del East River, me desplomaba en la cama y soñaba que sostenía entre los brazos a una de las muchachas que aquel día se habían cruzado en mi camino. Era el año 1969, la Luna estaba en la casa siete, yo tenía veinte años y estaba claro que no dormía lo suficiente.

 

Ella era la chica definitiva, como se dice. Nadie lo dice, tampoco se decía entonces, pero aquel día para mí ella lo era, y aquel día era lo único que yo tenía. Ella lo era: definitiva, irrevocable y absoluta. Se cruzó en mi camino una mañana a comienzos del verano en la avenida Flatbush detrás del Prospect Park. Había surgido de la oscuridad de una boca del metro e iba andando delante de mí, rizos rubio rojizos, chaqueta de cuero y una falda color malva, una diosa salida de un catálogo de modas. Calculaba que tendría unos tres años más que yo, pero me había dicho a mí mismo que eso no me importaría. Tampoco era ya ninguna niña, sino una mujer madura, más madura que yo. Quizás estaba cursando el último semestre de Historia del Arte, llevaba un libro ilustrado sobre Caravaggio en su mochila y trabajaba en algún café. Pero ella lo era: la chica definitiva, yo lo sabía y la seguí. Aquel día no debía llegar a su fin sin que yo antes hubiera conseguido una foto o un beso suyo. O ambas cosas.

Su camino nos llevó por aquella umbrosa mañana de junio y por medio Brooklyn, pasando por delante de los discípulos del Hare Krishna y de los sin techo de la Estación Atlantic, hasta que finalmente, como si esperara a alguien, se detuvo delante de un diner, se arregló los cabellos en el reflejo de la vidriera y entró. Yo conocía el local. Allí había llevado yo los viernes el sobre sellado con mi sueldo; a un local repleto, porque los estibadores de los muelles habían tenido la misma idea y allí se podían comer tacos rellenos por cincuenta centavos de dólar. Pero a aquella hora temprana no había mucho movimiento. En su interior una indolencia complaciente me recibió en medio de flotantes partículas de polvo, sobre las mesas había una luz dorada, y en el aire persistía aún el olor a humo y cerveza de la noche anterior. Un hombre mayor estaba sentado en una esquina con el periódico y bebía té, una pareja negra en el centro tapaba la música con su charla y el sonido de las bolas de billar al entrechocarse, y en la barra Pedro, un joven latino de elegante bigotito, miraba algo aburrido a mi chica definitiva. Ella se había sentado en una pequeña mesa junto a la ventana, había sacado un libro de su mochila y se había puesto a leer bajo la luz matinal que caía sobre el rojo cobrizo de sus cabellos y el blanco marfil de su rostro. Por un momento me quedé como perdido en medio del salón, como fuera de lugar, porque en realidad yo no tenía nada que buscar allí, al menos nada respetable, salvo entablar conversación con una muchacha desconocida, un beso y una noche con ella. Pero el día de mi cumpleaños había hecho un juramento: a partir de ese instante ya no sería un cobarde. A partir de ese instante no me detendría ante nada. Quería vivir una vida salvaje, salvaje e insaciable.

En ese momento me acordé de aquello y, como aparentemente nadie se había fijado en mí, me armé de valor, me liberé de mi rigidez, apoyé la cámara sobre la mesa al lado de la muchacha y me senté. Desde allí podía observarla y cuando fuera el momento, dirigirle la palabra. Hablarle a una muchacha es como tomar una fotografía, hay que hacerlo en el momento justo. Mientras tanto intenté ver el título de su libro, quizás yo lo había leído o al menos podía hacer como si lo hubiera hecho. Pero en ese mismo momento Pedro apareció delante de ella, tomó su pedido y volvió a deslizarse detrás de la barra sin dignarse a dirigirme siquiera una mirada. Admiré la serenidad que mostraba aun en presencia de aquella diosa. Mientras el cansancio matinal se imponía por sobre el llamado de su naturaleza masculina, yo me fui poniendo cada vez más nervioso a medida que parecía acercarse el momento adecuado y cuanto más pensaba en cómo hacer para hablarle. La excitación me paralizaba. No podía apartar los ojos de ella, de ese ser irresistible de ojos demasiado radiantes y pestañas demasiado largas; no podía dejar de observarla, su mirada como sumida en sus propios pensamientos, una actriz de una película de Antonioni. Cuando cinco minutos después Pedro le llevó el café, yo aún no me había animado a decirle una palabra. Ahora que lo tenía enfrente, le pedí tartamudeando lo primero que me vino a la mente. En un intento de dar una impresión de cool y desenvuelto, a la diez de la mañana pedí con voz ronca una cerveza. No había conseguido leer el título de su libro ni había podido distinguir ningún detalle que me permitiera entablar una conversación casual con ella; una conversación inofensiva, que no despertara sospechas, como las que entablan hombres y mujeres en tantos lugares de esta Tierra. Una conversación por la que uno no fuera ni lapidado ni proscrito públicamente. Jonathan, ¿por qué eres tan cobarde, pese a todos tus juramentos y los buenos propósitos para tu nuevo año?, me pregunté.

Mientras me preguntaba esto, un hombre se había parado delante de su mesa. Debía haberle hablado, porque ella alzó la vista hacia él, sonrió y cerró el libro. Supuse que había estado sentado en algún oscuro rincón, fuera de mi campo visual. Entonces se acercó a sólo unos pasos de la muchacha e intercambió algunas palabras con ella, pero en voz tan baja que no alcancé a comprender nada. Al principio pensé que se conocían, pero pronto tuve que admitir que él era un desconocido como yo. La rapidez con la que ese hombre, un judío espigado de unos cuarenta y tantos largos y camisa blanca de cuello duro, había establecido una suerte de familiaridad con ella me dejó perplejo, pues ella volvió a sonreír, dijo algo y con un parpadeo dejó que tomara asiento enfrente de ella.

Lo que dijo entonces lo entendí. Lo dijo tan fuerte y claramente que es el día de hoy que no lo he olvidado.

“Aunque viajemos por todo el mundo para encontrar la belleza, no la hallaremos si no la llevamos dentro.”

Lo dijo como en una letanía, por lo que supuse que estaba recitando algún verso de un poema. La muchacha se echó a reír fuertemente, con dos dedos se corrió un mechón de pelo de la frente y luego acarició con la palma el libro que tenía delante.

—¿Lo leyó? —preguntó.

—¿Leerlo? —Él tomó el libro, fue palpando el gastado volumen de tapas de lino, amarillo sol con una cinta señaladora verde, y lo sostuvo sobre las palmas de sus manos como si fuera un pequeño animal que durmiera allí bajo su guarda—. Yo lo escribí.

—¿Entonces usted es Ralph Waldo Emerson? —Ella rio—. Encantada, Sir. Pensé que hacía tiempo que había fallecido.

—Se podría decir así —respondió él—. Pero tranquila, llámeme Ralph.

Ella bajó la vista y sonrió mientras Mr. Emerson observaba el libro y, repitiendo el mismo gesto de la muchacha, acariciaba delicadamente la tapa con la yema de los dedos. Ahora que él lo sostenía en la mano finalmente alcancé a ver el título.

 

R.W. Emerson. Naturaleza.

 

Luego él volvió a hablar. Había algo en su voz que me irritaba, pero no podía decir qué era.

—Es una bella edición la que tiene usted. Algo así no se consigue en cualquier sitio.

Se hizo una pausa en la que mi muchacha bajó la vista. No me quedaba claro qué podía tener el libro que fuera tan valioso; me hubiera gustado observarlo más de cerca para poder participar en la charla, pero tenía que cuidarme de no llamar demasiado la atención mientras los miraba. La pareja negra de la mesa de billar debía haber notado mi curiosidad y seguro que ya estaban cuchicheando sobre mí.

Finalmente ella dijo:

—Un regalo de mi padre.

El hombre acercó el libro a su rostro. Parecía olerlo, inspirar su aroma, con los ojos cerrados, como si entre esas tapas estuvieran ocultos todos los secretos del mundo. Luego fue pasando cuidadosamente la palma de la mano por el lomo, bajó la cabeza y dijo:

—Un libro magnífico.

Oí cómo la chica se deslizaba hacia un lado y otro en su silla como si de pronto algo la hubiera excitado. Yo me había olvidado de toda mi timidez, tenía la vista clavada en ellos como un idiota, y vi cómo la mirada de ella iba de las manos del desconocido a sus ojos.

—Siempre lo llevo conmigo.

La sonrisa había desaparecido de su rostro.

—Yo también tengo una edición en casa —dijo el hombre casi en un susurro, pero a un volumen suficientemente alto como para que yo entendiera. Él parecía responder a la inquietud de ella, querer calmarla con sus palabras—. La primera edición del ensayo. Un suntuoso volumen de Concord que incluso quizás Emerson tuvo alguna vez en sus manos. Ya es un poco antiguo, pero no se le nota. ¿Quieres verlo?

Diciendo estas palabras se levantó, sin devolverle el libro, y ella lo permitió. Por un momento pensé que él se pondría de rodillas y le pediría casamiento, pero no, permaneció erguido y la miró, y al cabo de tres interminables segundos ella también se levantó, tomó su chaqueta y su mochila, siguió a Mr. Emerson sin siquiera mirar atrás y se fue del diner con él.

¿Yo estaba furioso o entusiasmado? Ya no lo sé, y quizás tampoco lo supe en ese momento. No sólo era que me había robado la chica definitiva con un truco barato sin dignarse a dedicarme siquiera una mirada; no sólo que ella se había involucrado con él con una presteza como si aquella mañana sólo hubiese ido allí con esa intención; no sólo era que él era tan viejo como ella y yo juntos y hubiera podido ser nuestro padre: lo que más me desconcertaba era el hecho de que aquel tal Mr. Emerson no había tocado ni un solo momento a mi chica, ni su hombro, ni su espalda, ni su mano, y no obstante ella se había ido con él como llevada por un hilo invisible.

Acabé mi cerveza. La parejita del billar se había quedado muda y estaba allí parada como indecisa, el hombre del periódico dormitaba. Pedro levantó las mesas y se quedó mirándome con una sonrisita mientras yo agarraba la cámara, abría la puerta de un golpe y salía del local.

miércoles, 12 de noviembre de 2025

CERVANTES, GOETHE, FREUD FRAGMENTO THOMAS MANN

 


Thomas Mann es —cronológica y cualitativamente— el primer gran nombre universal de la ficción en lengua alemana. Los novelistas germánicos del siglo yOCX no lo• graron en ningún caso traspasar las fronteras nacionales —Raabe, Spielhagen, Fontaine. Ni siquiera en la ¿poca naturalista, durante el periodo novelesco europeo por ex celencia, las letras germánicas incorporan un nombre que pueda aparearse con los de los grandes maestros ru sos, ingleses, españoles, franceses, italianos. Esta prioridad absoluta de Thomas Mann en la dimensión universalista subraya aún más, por lo tanto, el hecho actual que este gran escritor haya sido forzado a romper con su comu• nidad nativa. Sucede también, por análogas razones paradójicas —calificándolas sólo literariamente—, que una'de las cau sas esgrimidas por los detentadores de su pais contra Tho mas Mann —su ascendencia mezclada, su semialemanis- mo— sea quizá precisamente el factor étnico y espiritual que más felizmente ha pesado en la integración de su mentalidad artística. 

Achácanle los anticientíficos “ra cistas” —por calificarlos sólo de un modo riguroso— el hecho de que su sangre no sea “pura”, de que entre sus progenitores figuren americanos... Ciertamente, su madre, Julia Bruhn da Silva, había nacido en el Brasil y era hija de un alemán, establecido allí, con plantaciones, donde casó con una criolla de san- gre india y portuguesa. En rigor, de esta vena hereditaria, combinada con la progenie paterna —su padre, negocian te y senador, burgomaestre y personaje en Lübeck— se ha enorgullecido siempre Thomas Mann, explicando, me• diante tal influjo, la dicotomía de su espíritu, inclinado por una parte hacia el lirismo, el sentido humano y vital del sur, y por otra hacia la abstracción y la reflexividad nórdicas. 

Además, no deja de ser significativo que, una vez muerto el padre, el futuro novelista, buscando su liberación par el arte, se desplazara hacia el mediodía, eligiendo Munich como residencia y pasando después a Italia, a Roma, donde comenzó a escribir Los Budden- brooks> su obra maestra de juventud. Pero su esfuerzo y el sentido intimo de su obra tendieron siempre a conciliar entrambos elementos, lo- grando asi incorporar un matiz diferente a la tónica li teraria germánica. No apunta a otra meta ese personaje, en el cual —como novelista subjetivo, al cabo, y en gran parte autobiográfico— siempre se ha representado par- cialmente Thomas Mann, ya ostente los nombre de Christian Buddenbrook, Gustav von Aschenbach, Hans Castorp o Tonio Kroger. Precisamente, en un pasaje de la novela epónima, este último confiesa: “Yo quise re- presentar en el sur la esencia de toda loca aventura y la pasión por la creación artística; en el norte simbolicé la cordialidad y el calor del hogar y el sentimiento pro- fundo y tranquilo de la sincera humanidad". Reflexiónese un momento sobre esas últimas pala bras y se comprenderá la cruda decepción, el tremendo desgarramiento que habrá experimentado Thomas Mann al verse obligado a rectificar tal concepto de sus lares. De ahí que la ruptura, el paso del esteticismo a la acción, su muda de apolítico en militante no se produjera en él brusca o pasionalmente, sino de forma gradual y se- rena, a medida que los acontecimientos fueron enfrontán dole riesgos y problemas. Más adelante recapitularemos las fases capitales de su tan significativa evolución. 

Por el momento! nos interesa señalar como otros ran gos definidores de su espíritu, conciliador en el fondo, pero sacudido siempre por corrientes hostiles, la duali dad, tan presente en su obra, del artista y del burgués, con la secuencia de otras oposiciones correlativas entre la serenidad goetheana y el demonismo germánico, entre cultura y civilización, decadencia y ascensión. Choque po lémico de conceptos, conjugación dialéctica de corrientes no expuesta fríamente, por modo abstracto o alegórico, sino corporizada, humanizada plásticamente en sus no- velas y ensayos y que viene a ser el plasma nuclear del vasto organismo que figura su obra total. Véase un ejemplo: Gefallen (Calda) se titula augu- ralmente su primer cuento; novela de una decadencia pudiera ser el subtítulo de Los Buddenbrooks; decaden cia acusa la morbosidad pantanosa de La muerte en Ve- necia y como apología de la destrucción purificadora, de la enfermedad que toma conscientes a los seres, puede considerarse, en cierto modo, La montaña mágica. No en vano, en un pasaje de Los Buddenbrooks, Thomas Mann se definía a si mismo como “el novelista e intér prete de la decadencia, que ama la verdad patológica y la muerte; el esteta atraído por el abismo”. En esa robusta saga —publicada a los veinticinco años, en 1905, fruto maduro de una excepcional juventud— se describe minu ciosamente —con un “tempo lento” que presagia al prous- tiano y con una técnica de aire ya más expresionista que naturalista— la historia de una familia patricia hanseá- tica, que puede ser la del autor, y que es, al mismo tiem po, la familia típica de la gran burguesía alemana antes de 1870. 

Cuando después de haber hecho desfilar la vida de tres generaciones, a través de una serie de densas at mósferas —dando una sensación maciza y flúida simul táneamente del tiempo—, el novelista cierra la parábola sinfónica del relato presentándonos el ocaso de la dinastía de comerciantes, con la lucha entre el espíritu de esa índole representado por Thomas, y el artístico y vaga roso por Christian, la postrer perspectiva muestra el re- florecimiento triunfal de este último linaje en el pequeño Hanno. No importa que el niño, el débil descendiente de los hanseatas pueda morir; "el autor —señala Félix Bertaux— como antaño el autor de Werther ha encon- trado en la robustez de su fondo la fe en la vida y el valor de vivirla”. La arquitectura ciclópea de ese libro, la multiplicidad de episodios en que se desenvuelve — toda la continuidad inexorable del vivir, registrada en na cimientos, casamientos, muertes—, el aparente objetivis mo del novelista —nunca distante o frió, siempre próximo y teñido de intenciones— no logra ocultar empero el claro simbolismo de tal desenlace. Luego la decadencia que noveliza Thomas Mann es, como ya se advirtió, asimismo una ascensión: deca dencia del espíritu burgués y nacimiento del espíritu ar tístico: en suma, la traslación narrativa del proceso se guido por la propia familia del autor, que cuenta hoy no sólo con otro poderoso novelista, su hermano Hein- rich Mann, sino cón los nombres más que prometedores de dos hijos de Thomas Mann: Erika y Klaus. Solamente visto a la luz de su ancestral sentimiento burgués puede darse el calificativo de decadencia al paso desde lo em pírico a lo espiritual. Tránsito que desdoblado en otro concepto pudiera equivaler al franqueo de la distancia entre cultura y civilización. ¿No está ahí, en suma, la raíz del drama protagonizado por Thomas Mann, en los años que van desde la primera a la segunda guerra mun dial? iNo es ese mismo, en un plano más vasto, él paso que debiera haber dado su país, desde la cultura a la civilización, fiel al espíritu weimariano de 1775 y de 19197 iNo estará en el apartamiento de esa meta el ori gen histórico de todos sus desastres, y —lo que importa más— la raíz de los que ha hecho padecer a Europaf Cultura, ávilización. La antítesis supera actualmente su inicial enunciado francés y se toma universal. Que, si bien con fines polémicos, esa Cacareada Kultur haya pasado a ser poco menos que sinónima de barbarie, no deja de ser revelador.

 Siempre contraponiendo ambos con ceptos, pero más objetivamente —desde un punto de vis ta equidistante, por un alsaciano, Maurice Betz (Por- trait de l'Allemagne)— se ha definido la cultura como el alma de una sociedad, la actividad creadora del espíritu, en tanto que la segunda es su realidad carnal, su pre sencia viva y múltiple. Inclusive un puro alemán —cierto que en el fondo disidente, Ernest Robert Curtius (Essai sur la France)— señalaba que mientras la cultura repre sentada por Alemania es particularista y destructora, ya que se expresa en los vuelcos históricos, en la Sturm und Drang, la segunda, encarnada en Francia y en los demás países europeos, es universal y constructiva, puesto que tiende a dar normas generales. “¿Por qué esa cultura — venía a preguntarse últimamente Albert Béguin; segui mos dando testimonios fronterizos: se trata de un ger manista suizo— no ha podido expandirse y transformarse en civilización?**. “¿Por qué Alemania —agregaba— se ha alzado periódicamente, desde hace tres siglos, contra toda forma de ecumenismo o de universalismo, para afir mar cínicamente su separación, aún más, su orgullosa pretensión de imponer una “verdad” exclusivamente na cional?”. Ahora bien, no es lo más grave esta insolidaridad, sino la persistencia indefinida d& ciertas fuerzas demo niacas y destructoras que en la literatura y en el arte pueden hallar un cauce original —e incluso asumir for mas de grandeza— pero que en la vida política sólo son capaces de desembocar en la catástrofe.

 “Hay que con fesar —escribe un ario disidente, Ernst Erich Noth (L’homme contre le partisan)— que este país repugna ex trañamente a todo lo que podría asignarle limites pre cisos y formas durables; por un movimiento fatal vuelve espontáneamente al desorden y tiende a la catástrofe.” ¿Será posible todavía, en vista de tan unánimes tes timamos, y aún más, de tos múltiples y cruentos qué nos aporta lo germánico desde 1933, seguir divagando inge nuamente en torno a las “dos Alemanias99, repartiendo cargos y exculpaciones en un terreno uniforme, donde en realidad sólo el capricho o la generosidad pueden fijar mojones fronterizos? No s e contestaba categóricamente el ya citado Albert Béguin, quien rindió testimonio a lo mejor y más protervo a la vez de la literatura alemana, a sus poetas románticos, en L’áme et le réve—. “No hay dos clases de alemanes, unos buenos y débiles, otros mal vados y fuertes. Y eso es lo grave: son los mismos alemanes quienes han dado a la cultura europea una poesía, una música, un pensamiento irreemplazables y quienes se han encarnizado en arruinar la civilización común de Euro pa, en zapar las bases de todo universalismo!9 Y argu mentaba con el ejemplo de Achim von Arnim, quien a la par de vivir en su poesía una gran aventura espiritual era un galófobo rabioso y un ciego antisemita, y con el de Novalis, dueño de no menor fortuna literaria, quien soñaba con una Europa sometida a la férula alemana• Pudieran agregarse a éstos el caso parejo de Holderlin, sin acabar con él la lista, y sin necesidad de exhumar los textos contradictorios de Nietzsche. Albert Béguin, por su parte, concluía que las “élites99 alemanas son ab soluta e indivisiblemente responsables. 

Como único tes timonio del otro bando, del francamente hostil, recorda remos que Julien Benda —en quien lo francés no quita en ningún trance lucidez y rigor a su mente— resumía una argumentación severa afirmando que “la moralidad —la estética— de la barbarie parece ser monopolio de la conciencia alemana99. La dolorosa conciencia de tal verdad, constituye sin duda el torcedor intimo de un espíritu tan clarividente como Thomas Mann. Que ello sólo se le haya presentado con netitud en los últimos años nada arguye, más bien lo contrario, contra la Sinceridad y el dramatismo ma nifestado al expresarlo en sucesivas y graduales etapas. 

 En efecto, no podemos olvidar la actitud adoptada por Thomas Mann, durante la primera guerra europea, en contraste con su hermano Heinrich. Mientras este último —fustigador del imperialismo prusiano en su trilogía no velesca Der Untertan, Die Armen, Die Kopf— defendía los valores de un humanitarismo internacional, junto con el grupo activista —Die Aktion—, Thomas Mann, por aquellas fechas, en un ensayo sobre Federico y la gran coalición, venía a enrolarse, indirecta pero sumisamente, en la tesis prusiana de la necesidad de una guerra pre ventiva impuesta a Alemania... Otro espíritu reflejaban ya sus Reflexiones de un apolítico, aparecidas al finali zar la contienda, y donde ascendiendo al plano de las especulaciones generales se planteaba nuevamente el clá sico problema de Fichte y de Nietzsche: ¿Qué es lo ale mán? Al confrontar una vez más los dos conceptos de cultura y civilización, de germanismo y latinismo, ads cribía al primero la música, el protestantismo, la noción del deber, en tanto que identificaba el segundo con el sentido social, la democracia y la literatura.' Pero ya en 1930, ante las broncas amenazas del ho rizonte alemán, hubo de pronunciar una conferencia en Berlín, bajo el lema “Un llamamiento a la razón”. Aun que seguía rechazando el “implacable activismo social” declaraba, no obstante, superada la etapa schilleriana del “puro juego” y ponía al descubierto las entrañas del nazismo en fermentación, describiéndolo como la resul tante de una mezcla de “romanticismo político trasno chado”, de una “difusa y delirante barbarie intelectual” y de una “primitiva brutalidad de feria, a cargo de masas seudodemocráticas”, concluyendo con un gran elogio del político más odiado por ellas, Stressemann. Pasaron nuevamente algunos años, muy pocos. 

Un día, al comienzo de 1937, transcunidos ya cuatro desde el asalto hitleriano, pero sin haber mariifestado apenas su oposición a ese régimen más que por un preventivo alejamiento de Alemania, el autor de La montaña má gica, encontrándose a las orillas de Kusnacht, el lago de Zurich, recibió una comunicaóión del rector de la Uni versidad de Bonn, despojándole de su grado de doctor honoris causa, “a causa de la excomunión nacional” re caída sobre él. Fué entonces, sólo entonces, cuando Tho mas Mann, tras replicar, ante todo, con el nombramien to de otro doctorado honoris causa que le había discerni do la Urtiversidad de Harvard —cabalmente por el hecho de “haber Resguardado con un número muy pequeño de sus compatriotas la alta dignidad de la cultura alema na”— definió categóricamente su oposición al nazismo. Entendamos bien su caso, al cabo, el de todo autén tico, innato artista, sin miras ambiciosas extraespiútua- les, sensible al mundo externo, si, pero al mismo tiempo consciente de sus propios limites. Ahora bien, esto era antes; un antes que no por inmediato en el tiempo deja de ser ya anacrónico en los hechos. Un antes en que existían para el artista y el intelectual dos orbes riguro samente demarcados: el privado y el público. Pero la brutal presión de este último determinó en pocos años un cambio completo. El mundo público, de todos, incidió alevosamente en el mundo piivado de cada uno y se vi nieron abajo las antiguas fronteras entre ambos según ha observado tan bien Archibald MacLeish en Los irres ponsables.

 De esta suerte Thomas Mann reconoce que asi como hace veintitantos años —en la época de sus Refle xiones de un apolítico— se opuso con todas sus fuerzas a la actividad política, en nombre de la libertad y de la cultura, ahora acepta sin empacho que “la burguesía ale mana” —esto es, él mismo, como su más preclaro repre sentante intelectual— “se había equivocado al creer que un hombre culto puede seguir siendo apolítico...; que lo político y lo social son partes de lo humano; que per tenecen a la totalidad de los problemas humanos y deben ser incluidos en el todo”, ■ '! " Y desde entonces Thomas Mann, sin abdicar para nada de su rigor novelístico, supo desdoblarse en un militante antinazi más —es decir, el número 1 por su autoridad—. 

En Estados Unidos —cuya ciudadanía ha adoptado, después de gozar algún tiempo la de Checo eslovaquia, mientras existió este país— se lanzó con todo ímpetu a una campaña de esclarecimiento. Veintitrés ciudades escucharon su conferencia El triunfo final de la democracia. Numerosas charlas radiotelefónicas, recogi das en un libro posterior —junto con los folletos Esta paz y Esta guerra— testimonian su combativa y generosa actividad. i ' Si me he deteriido en este aspecto de Thomas Mann es por considerar su caso extraordinariamente significa tivo. Ilustra como ningún otro la evolución de un clerc, de un intelectual arquetípico —cuya conciencia refleja otras semejantes— desde el plano de la idea hasta el de la acóión. Y no se olvide en ningún momento la forma ción, el medio, las circunstancias de su vida anterior; no se olvide que este escritor según él mismo escribía en su memorable carta de réplica a la Universidad de Bonn— **ha nacido más para atestiguar en la serenidad que en el martirio, para aportar al mundo un mensaje de paz antes que para alimentar la lucha y el odio”. Pero ya se ha demostrado —y su caso lo ilustra insupe rablemente— que ni aun las más serenas vocaciones, los espíritus más en el fiel de la balanza pueden mantenerse inmunes ante la ola arrolladora. Su caso, su ejemplo merecen relieve y se ajustan exactamente al mensaje de Bergson: “Obra como pensador y piensa corno hombre”. 

 Si mi propósito en este prefacio fuera más allá de trazar una sobria recapitulación de los rasgos principates —no por ello los más habitualmente recordados— que de finen la personalidad de Thomas Mann, superfluo es ad vertir el espacio considerable que habría de consagrar a la novela que fué y sigue siendo su obra maestra de ma durar y que le valió el Premio Nóbel: La montaña má gica. Pero no en vano ha sido calificada más que com)p\ novela como una “summa” de nuestro tiempo. La diver- sidad de temas que en ella se abordan, y aún mis, la hondura, la intensidad con que son presentados, solici tarían muchas páginas para su exposición y análisis. Que den, pues, éstos para otra coyuntura. Aquí, únicamente, levantemos el reproche más co mún que se dirige a La montaña mágica y que alude a su extensión. 

Se trata, en efecto, de una novela larga, más bien densa, pero sin superfluidades, cuya dimensión se justifica por las mismas dimensiones insólitas que vi ven sus personajes. Situada cronológicamente en el ori gen de las “novelas-ríos” ha querido contraponérsele la “novela-cápsula”. Pero acontece que también en esta se gunda medida Thomas Mann se desenvuelve con la mis ma maestría. Poco más de cien páginas tienen otras no velas suyas, como La muerte en Venecia, Tristán, Tonio Króger, El pequeño Sr. Friedeman, Desorden, Félix Krull y —“last but no least”, al contrario— Mario y el encan tador. A las dimensiones corrientes se ajustan otras, como Alteza Real y Carlota en Weimar. Así pues, refutando a los lectores —o semilectores— falsamente apresurados, imbuidos de un cómodo con cepto rapidista, adulados en su pereza por la revista sin tética y otras formas de pseudoyanquismo superficial y pegadizo, podrá evidenciarse claramente cómo siendo un noruelista y narrador diestrisimo en dimensiones Umita- das, no hay nada de capricho, locuacidad o alarde gigan- tomáquico en la robusta extensión que ha dado tanto a Los Buddenbrooks ya La montaña mágica como a la tetralogía José y sus hermanos, aún inacabada, de la que van publicados tres volúmenes. Todo lo que hay en Thomas Mann de ensayista, de espíritu reflexivo y especulativo, según se advierte en las páginas de sus ficóiones, se manifiesta más holgada mente y adquiere expresión autónoma en sus ensayos. Entre los más felices, espigados en distintos libros, quizá figuren los que hemos reunido en este tomo, y cuya unidad no está solamente en la talla egregia de los modelos elegidos —Cervantes, Goethe, Freud— sino en la correspondencia y ejemplo que de la agrupación pue da inferirse, dada su unánime y afín cualidad de gran des libertadores del espíritu. 

 Guillermo de T orre

miércoles, 23 de julio de 2025

Enfermedad en la montaña Liturgia crítica sobre el tiempo detenido




 Comentario de Enrico Pugliatti.  

Selección de textos Méndez- Limbrick

sobre La Montaña Mágica:

*“La novela de Thomas Mann, si se permite el término sin juramento, es una geografía teológica del tiempo. El sanatorio de Davos no es un mero hospital; es una transfiguración espacio-temporal donde el lenguaje se convierte en atmósfera, y el pensamiento en niebla sagrada. En cada página se advierte una liturgia interna: Settembrini y Naphta no debaten, celebran una misa filosófica. Clavijo aquí no es un personaje, sino una parábola. Lo que hace Mann no es narrar: consagra.

La enfermedad se vuelve oráculo, el reposo una forma de revelación, y el protagonista—Hans Castorp—es un catecúmeno del espíritu europeo, que atraviesa un rito de iniciación hecho de nieve, febrícula y palabras. Lo leí tres veces: primero como semiótico, segundo como lector de Dante, tercero como exégeta del dolor. Y cada lectura fue una caída más honda en la caverna del símbolo.

Selección de textos.

Capítulo Primero

LA LLEGADA

Un modesto joven se dirigía en pleno verano desde Hamburgo, su ciudad natal, a Davos-Platz, en el cantón de los Grisones. Iba allí a hacer una visita de tres semanas.

Pero desde Hamburgo hasta aquellas alturas, el viaje es largo; demasiado largo, en verdad, con relación a la brevedad de la estancia proyectada. Se pasa por diferentes comarcas, subiendo y bajando desde lo alto de la meseta de la Alemania meridional hasta la ribera del mar suabo, y luego, en buque, sobre las olas saltarinas, por encima de abismos que en otro tiempo se consideraban insondables.

Pero el viaje, que tanto tiempo transcurre en línea recta, comienza de pronto a obstaculizarse. Hay paradas y complicaciones. En Rorschach, en territorio suizo, es preciso tomar de nuevo el ferrocarril; pero no se consigue llegar más que hasta Landquart, pequeña estación alpina donde hay que cambiar de tren. Es un ferrocarril de vía estrecha, que obliga a una espera prolongada a la intemperie, en una comarca bastante desprovista de encantos, y desde el instante en que la máquina, pequeña pero de tracción aparentemente excepcional, se pone en movimiento, comienza la parte que pudiéramos llamar aventurera del viaje, iniciando una subida brusca y ardua que parece no ha de tener fin, ya que Landquart se halla situado a una altura todavía moderada. Se pasa por un camino rocoso, salvaje y áspero, de alta montaña.

Hans Castorp —tal es el nombre del joven— se encontraba solo, con el maletín de piel de cocodrilo, regalo de su tío y tutor, el cónsul Tienappel —para designarle desde ahora con su nombre—, su capa de invierno, que se balanceaba colgada de un rosetón, y su manta de viaje enrollada en un pequeño departamento tapizado de gris. Estaba sentado junto a la ventanilla abierta y, como en aquella tarde el frío era cada vez más intenso, y él era un joven delicado y consentido, se había levantado el cuello de su sobretodo de verano, de corte amplio y forrado de seda, según la moda. Cerca de él, sobre el asiento, reposaba un libro encuadernado, titulado: Ocean steamships, que había abierto de vez en cuando al principio del viaje; pero ahora yacía abandonado y el resuello anhelante de la locomotora salpicaba su cubierta de motitas de grasa.

Dos jornadas de viaje alejan al hombre —y con mucha más razón al joven cuyas débiles raíces no han profundizado aún en la existencia— de su universo cotidiano, de todo lo que él consideraba sus deberes, intereses, preocupaciones y esperanzas; le alejan infinitamente más de lo que pudo imaginar en el coche que le conducía a la estación. El espacio que, girando y huyendo, se interpone entre él y su punto de procedencia, desarrolla fuerzas que se cree reservadas al tiempo. Hora tras hora, el espacio determina transformaciones interiores muy semejantes a las que provoca el tiempo, pero de manera alguna las supera.

Igual que éste, crea el olvido; pero lo hace desprendiendo a la persona humana de sus contingencias para transportarla a un estado de libertad inicial; incluso del pedante y el burgués hace, de un solo golpe, una especie de vagabundo. El tiempo, según se dice, es el Leteo. Pero el aire de las lejanías es un brebaje semejante, y si su efecto es menos radical, es en cambio mucho más rápido.

Hans Castorp iba también a experimentarlo. No tenía la intención de tomar este viaje particularmente en serio, de mezclar en él su vida interior, sino más bien de realizarlo rápidamente, hacerlo porque era preciso, regresar a su casa tal como había partido y reanudar su vida exactamente en el punto en que la abandonó por un instante. Ayer aún estaba absorbido totalmente por el curso ordinario de sus pensamientos, ocupado en el pasado más reciente, en su examen y el porvenir inmediato: el comienzo de sus prácticas en casa de Tunder y Wilms (astilleros y talleres de maquinaria y calderería), y había lanzado, por encima de las tres próximas semanas, una mirada todo lo impaciente que su carácter le permitía. Sin embargo, le parecía que las circunstancias exigían su plena atención y que no era admisible tomarlas a la ligera. Sentirse transportado a regiones donde no había respirado jamás y donde, como ya sabía, reinaban condiciones de vida absolutamente inusuales, desmenuzadas y escasas, comenzó a agitarle, produciendo en él cierta inquietud. El país natal y el orden habían quedado no sólo muy lejos, sino también muchas toesas debajo de él, y la ascensión continuaba. Remontándose sobre esas cosas y lo desconocido, se preguntaba lo que sería de él allá arriba. Tal vez era imprudente y malsano dejarse llevar a esas regiones extremas para él, que había nacido y estaba habituado a respirar a unos metros apenas sobre el nivel del mar, sin pasar algunos días en un lugar intermedio. Deseaba llegar, pues pensaba que allí arriba se viviría como en todas partes y nada le recordaría, como ahora, en qué esferas impropias se encontraba. Miró por la ventanilla. El tren serpenteaba sinuoso por un estrecho desfiladero; se veían los primeros vagones, y la máquina vomitaba penosamente masas oscuras de humo, verdes y negras, que se deshacían. A la derecha, el agua murmuraba en las profundidades; a la izquierda, abetos oscuros, entre bloques de rocas, se elevaban en un cielo gris pétreo. Túneles negros como hornos se sucedían y, cuando volvía la luz, se abrían profundos abismos con pequeñas aldeas en el fondo. Luego los abismos se cerraban y aparecían nuevos desfiladeros con restos de nieve en sus grietas y cortaduras. Se detuvieron ante pequeñas y miserables estaciones, en terminales que el tren abandonaba en sentido inverso produciendo un efecto deplorable, pues ya no era posible saber en qué dirección se iba ni recordar los puntos cardinales. Surgían grandiosas perspectivas del universo alpino, como torres sagradas y fantasmagóricas, que no tardaban en desaparecer de la mirada respetuosa del viajero. Hans Castorp se dijo que debía de haber dejado tras él la zona de los árboles frondosos y la de los pájaros cantores, y este pensamiento de cesación, de empobrecimiento, hizo que, poseído por el vértigo y las náuseas, se cubriese la cara con las manos durante dos segundos. Pero ya había pasado. Comprendió que la ascensión había terminado, y que habían culminado el desfiladero. En medio de un valle el tren rodaba ahora más fácilmente.

Eran aproximadamente las ocho. Aún había luz. En la lejanía del paisaje apareció un lago: el agua era gris y los bosques de abetos se elevaban por encima de las riberas y a lo largo de las vertientes, esparciéndose, perdiéndose, dejando tras ellos una masa rocosa y desnuda cubierta de bruma. Se detuvieron cerca de una pequeña estación; era Davos-Dorf, según Hans oyó que se anunciaba. Faltaba muy poco para llegar al término de su viaje. De pronto, oyó cerca de él la voz tranquila y hamburguesada de su primo Joachim Ziemssen, que decía:

—¡Buenos días! ¿Vas a bajar?

Y al mirar por la ventanilla, vio en el andén a Joachim en persona, con un capote oscuro, sin sombrero y con un aspecto tan saludable como nunca le había visto. Joachim se echó a reír y dijo:

—¡Baja de una vez! ¡Parece que no quieras molestarte!

—¡Pero si aún no he llegado! —exclamó Hans Castorp, absorto y sin moverse de su asiento.

—Claro que has llegado. Éste es el pueblo. El sanatorio está muy cerca de aquí. He tomado un coche. Dame las maletas.

Riendo, confuso por la agitación de la llegada y por volver a ver a su primo, Hans Castorp le dio sus maletas, su manta de invierno enrollada en el bastón, el paraguas y finalmente el Ocean steamships. Luego atravesó corriendo el estrecho pasillo y saltó al andén para saludar a su primo de una manera más directa y en cierto modo personal; le saludó sin excesos, como conviene entre personas de costumbres sobrias y rígidas. Aunque parezca extraño siempre habían evitado llamarse por sus nombres, por temor a una excesiva cordialidad. Como tampoco era adecuado llamarse por sus apellidos, se limitaban al «tú». Era una costumbre establecida entre primos.

Un hombre de librea y gorra galoneada observaba cómo se estrechaban la mano repetidamente —el joven Ziemssen con una rigidez militar— un poco cohibidos; luego se aproximó para pedir el talón del equipaje de Hans Castorp. Era el conserje del Sanatorio Internacional Berghof y manifestó su intención de ir a buscar la maleta grande del visitante a la estación de Davos-Platz, ya que los señores irían en el coche directamente a cenar. Como el hombre cojeaba visiblemente, Hans preguntó a Joachim:

—¿Es un veterano de guerra? ¿Por qué cojea de ese modo?

—¡Ésa sí que es buena! —contestó Joachim con cierta amargura—. ¡Vaya un veterano de guerra! A ése le pica la rodilla, o al menos le picaba, porque se hizo extraer la rótula.

Hans Castorp reflexionó lo más rápidamente posible.

—¡Ah, es eso! —exclamó.

Mientras andaba alzó la cabeza y se volvió ligeramente.

—¡Pero no me querrás hacer creer que todavía tienes algo! ¡Cualquiera diría que aún llevas el correaje y que acabas de regresar del campo de maniobras!

Y miró de soslayo a su primo.

Joachim era más ancho y alto que él; un modelo de fuerza juvenil que parecía hecho para el uniforme. Era uno de esos tipos morenos que su rubia patria no deja de producir a veces, y su piel había adquirido por el aire y el sol un color casi broncíneo. Con sus grandes ojos negros y el pequeño bigote sobre unos labios carnosos y perfilados, hubiera sido verdaderamente bello de no tener las orejas demasiado separadas. Esas orejas habían sido su única preocupación, el gran dolor de su vida, hasta cierto momento. Ahora tenía otros problemas.

Hans Castorp siguió hablando:

—Supongo que regresarás enseguida conmigo. No creo que haya ningún impedimento.

—¿Regresar contigo? —preguntó el primo, y volvió hacia Castorp sus grandes ojos que siempre habían sido dulces, pero que durante los últimos cinco meses habían adquirido una expresión cansina, casi triste—. ¿Qué quieres decir? ¿Cuándo?

—Pues dentro de tres semanas.

—¡Ya estás pensando en volver a casa! —contestó Joachim—. Espera un poco, acabas de llegar. Tres semanas no son nada para nosotros; pero para ti, que estás de visita, tres semanas son mucho tiempo. Comienza, pues, por aclimatarte; no es tan fácil, ya te darás cuenta. Además, el clima no es aquí la única cosa extraña. Verás cosas nuevas de todas clases, ¿sabes? Respecto a lo que dices sobre mí, eso no va tan deprisa. Lo de «regreso dentro de tres semanas» es una idea de allá abajo. Es verdad que estoy moreno, pero se debe a la reverberación del sol en la nieve, y esto no demuestra gran cosa, como Behrens siempre dice. En la última consulta general me anunció que aún tenía para unos seis meses.

—¿Seis meses? ¡Estás loco! —exclamó Hans Castorp. Ante la estación, que no se diferenciaba mucho de una especie de cuadra, tomaron asiento en el coche amarillo que les esperaba en una plaza empedrada, y mientras los dos caballos bayos comenzaban a tirar, Hans Castorp, indignado, se agitaba sobre el duro tapizado del asiento.

—¿Seis meses? ¡Si hace ya casi seis meses que estás aquí! Nadie dispone de tanto tiempo...

—¡Oh, el tiempo! —exclamó Joachim, y movió la cabeza varias veces hacia adelante, sin preocuparse de la honrada indignación de su primo— . No puedes ni imaginar cómo abusan aquí del tiempo de los hombres. Tres meses son para ellos como un día. Ya lo verás. Ya te darás cuenta. —Y añadió— : Aquí las opiniones cambian.

Hans Castorp no cesaba de mirarle de reojo.

—¡Pero si te has recuperado de un modo magnífico! —dijo, encogiéndose de hombros.

—¿Sí? ¿Eso crees? —inquirió Joachim— . Bueno, es verdad, yo también lo creo —añadió, y se sentó más arriba en el almohadón, adquiriendo al mismo tiempo una posición más oblicua—. Me siento mejor —explicó—, pero a pesar de todo, no estoy completamente bien. A la izquierda, aquí arriba, donde antes se oía una especie de estertor, el sonido es aún un poco ronco; no es muy intenso, pero en la parte inferior aún se nota, y en el segundo espacio intercostal todavía se oyen ruidos.

—¡Qué sabio te has vuelto! —dijo Hans Castorp.

—Sí, y bien sabe Dios que es una ciencia ridicula; me gustaría haberla olvidado en el servicio militar —contestó Joachim—. Pero todavía expectoro —añadió, y encongiéndose de hombros en un gesto descuidado e irritado, mostró a su primo un objeto que sacó a medias del bolsillo interior de su abrigo y que se apresuró de nuevo a guardar: era un frasco plano y vacío, de cristal azul con un tapón de metal.

—La mayoría de nosotros aquí arriba llevamos esto —dijo— . Incluso tenemos un nombre para él, algo parecido a un apodo, bastante acertado, por cierto. ¿Contemplas el paisaje?

Era lo que hacía Hans Castorp y afirmó:

—¡Grandioso!

—¿Te parece? —preguntó Joachim.

Habían seguido un trecho del camino trazado irregularmente y paralelo a la vía del tren, en dirección al valle. Luego giraron a la izquierda y cruzaron la estrecha vía, atravesando un curso de agua y subiendo por un camino en ligera pendiente hacia la vertiente cubierta de boscaje; allí, sobre una meseta que avanzaba ligeramente, con la fachada orientada hacia el sudeste, un edificio esbelto, coronado con una torre de cúpula y que a fuerza de miradores y balcones parecía de lejos agujereada y porosa como una esponja, acababa de encender sus primeras luces. El crepúsculo avanzaba rápidamente. Un suave manto rojizo, que en un instante había animado el cielo cubierto, había palidecido, y en la naturaleza reinaba ese estado de transición descolorido, inanimado y triste, que precede a la entrada definitiva de la noche. El valle habitado se extendía ante ellos, alargado y ligeramente sinuoso, iluminado por todas partes, tanto en el fondo como en las vertientes, sobre todo en la de la derecha, que formaba un saliente en el que se escalonaban, como en marjales, las construcciones. A la izquierda algunos senderos subían a través de los prados y se perdían en la oscuridad musgosa de las selvas de coníferas. El telón de las montañas lejanas, más allá de la entrada del valle a partir de donde éste se estrechaba, era de un azul sobrio, de pizarra. Como el viento acababa de levantarse, la frescura de la noche comenzó a hacerse sentir.

—No, francamente no me parece que esto sea tan formidable —dijo Hans Castorp—. ¿Dónde están los glaciares, las cimas blancas y los gigantes de la montaña? Me parece que esas cosas no están tan arriba.

—Sí lo están —contestó Joachim—. Puedes ver, en casi todas partes, el límite de los árboles. Se perfila con una nitidez sorprendente; cuando los abetos se acaban, todo se acaba también; tras ellos, no hay nada más que rocas, como puedes ver. Al otro lado, a la derecha del Diente Negro, se distingue incluso un glaciar. ¿Ves el color azul? No es muy grande, pero es un glaciar auténtico, el glaciar de la Scaletta. El Pic Michel y el Tinzenhorn, en aquella grieta (no puedes verlos desde aquí), permanecen todo el año cubiertos de nieve.

—Nieves perpetuas —dijo Hans Castorp.

—Sí, perpetuas, si quieres. Todo esto está a gran altura, y nosotros mismos nos hallamos espantosamente elevados. Nada menos que mil seiscientos metros sobre el nivel del mar. De manera que las grandes alturas ya no nos lo parecen tanto.

—Sí. ¡Qué ascensión! Sentía el corazón oprimido, te lo aseguro. ¡Mil seiscientos metros! Son casi cinco mil pies. En toda mi vida había estado tan arriba.

Invadido por la curiosidad, Hans Castorp aspiró una larga bocanada de ese aire extranjero para probarlo. Era fresco y nada más. Carecía de perfume, sabor y humedad; penetraba fácilmente y no decía nada al alma.

—¡Magnífico! —exclamó cortésmente.

—Sí, este aire tiene buena reputación. Por otra parte, el paisaje no se presenta esta noche en su aspecto más favorable. A veces tiene mejor apariencia, sobre todo bajo la nieve. Pero uno acaba por cansarse de él. Todos nosotros, los de aquí arriba, puedes creer que estamos indeciblemente cansados —dijo Joachim, y su boca se contrajo un momento en una mueca de disgusto que parecía exagerado, mal contenida y que le afeaba.

—Tienes un modo especial de hablar —dijo Hans Castorp.

—¿Especial? —preguntó Joachim con cierta inquietud volviéndose hacia su primo.

—No, no, es necesario que me perdones; he tenido esa impresión un momento —se apresuró a decir Hans Castorp.

Sus palabras respondían a la expresión «nosotros, los de aquí arriba», que Joachim había empleado cuatro o cinco veces y que, por la manera de decirla, parecía deprimente y extraña.

—Nuestro sanatorio está a más altura que la aldea. Mira —continuó diciendo Joachim—. Cincuenta metros. El prospecto asegura que hay cien, pero no son más que cincuenta. El sanatorio más elevado es el Schatzalp, al otro lado. Desde aquí no se puede ver. En invierno bajan sus cadáveres en trineo porque los caminos no son practicables.

—¿Sus cadáveres? ¡Pero...! ¡Vamos! —exclamó Hans Castorp.

Y de pronto, estalló en una risa violenta e incontenible que sacudió su pecho y torció su rostro, reseco por el viento frío, en una mueca dolorosa.

—¡En trineo! ¿Y lo dices tan tranquilo? ¡Amigo mío, en estos cinco meses te has vuelto un cínico!

—No hay nada de cinismo —replicó Joachim encogiéndose de hombros—. ¿Y qué? A los cadáveres no les importa... Además, es muy posible que uno se vuelva cínico aquí arriba. El mismo Behrens es un viejo cínico, y un tipo famoso, dicho sea de paso; antiguo estudiante, miembro de una corporación y cirujano notable a lo que parece. Sin duda te resultará simpático. Y también tenemos a Krokovski, el ayudante, un hombre muy modesto. En el prospecto se menciona explícitamente su actividad. Practica la disección psíquica con los enfermos.

—¿Qué? ¿Disección psíquica? ¡Eso es repugnante! —exclamó Hans Castorp.

La alegría le embargaba. No podía contenerla. Después de lo anterior, lo de la disección psíquica había colmado su hilaridad y reía tan fuerte que las lágrimas le resbalaban por la mano con que se cubría los ojos, inclinado hacia adelante.

Joachim también empezó a reír. Aquello parecía sentarle bien, y así el humor de los dos jóvenes era excelente cuando bajaron del coche que, al paso, les había conducido por el camino de una cuesta zigzagueante y empinada hasta la puerta del Sanatorio Internacional Berghof.

EL NÚMERO TREINTA Y CUATRO

A la derecha, entre la puerta y la mampara, había la garita del portero. De ella salió a su encuentro, vestido con la misma librea gris que el hombre cojo de la estación, un criado de aspecto afrancesado que, sentado ante el teléfono, leía unos periódicos. Los acompañó a través del vestíbulo bien alumbrado, a la derecha del cual se encontraban los salones. Al pasar, Hans Castorp lanzó una mirada y vio que estaban vacíos.

—¿Dónde están los huéspedes? —preguntó a su primo.

—Hacen la cura de reposo —respondió éste— . Hoy me han dado permiso para salir, pues quería ir a recibirte. Normalmente también me tumbo en la galería después de cenar.

Faltó poco para que la risa se apoderara de nuevo de Hans Castorp.

—¡Cómo! ¿En noche oscura y con niebla os tumbáis en el balcón? —preguntó con voz vacilante.

—Sí, así nos lo ordenan. Desde las ocho hasta las diez. Pero ven a ver tu cuarto y a lavarte las manos.

Entraron en el ascensor, cuyo mecanismo eléctrico accionó el criado francés. Mientras subían, Hans Castorp se enjugaba los ojos.

—Estoy agotado de tanto reír —dijo resoplando—. ¡Me has contado tantas locuras! Tu historia de la disección psíquica ha sido demasiado. Además, estoy un poco fatigado por el viaje. ¿No tienes los pies fríos? Al mismo tiempo noto que el rostro me arde. Es desagradable. Comeremos enseguida, ¿verdad? Creo que tengo hambre. ¿Se come bien aquí arriba?

Caminaban en silencio por la alfombrilla del estrecho pasillo. Pantallas de vidrio lechoso difundían una luz pálida desde el techo. Las paredes brillaban, blancas y duras, recubiertas de una pintura al aceite parecida a la laca. Apareció una enfermera, con su bonete blanco, llevando ajustadas en la nariz unas antiparras cuyo cordón pasaba por detrás de su oreja. Al parecer, era una hermana protestante, sin vocación verdadera para su oficio, curiosa, agitada y afligida por el aburrimiento. En el suelo, en dos lugares del pasillo, había unos grandes recipientes en forma de globo, panzudos, de cuello corto, sobre cuyo significado Hans Castorp olvidó informarse.

—¡Aquí está tu habitación! —dijo Joachim—. Número 34. A la derecha está mi cuarto y a la izquierda hay un matrimonio ruso, un poco descuidado y ruidoso, a quien ya conocerás. Lo siento, no ha sido posible arreglarlo de otro modo. ¡Bien! ¿Qué te parece?

La puerta era doble, con un perchero en el hueco interior. Joachim había encendido la lámpara del techo y a su luz indecisa la cámara apareció alegre y limpia, con sus muebles blancos; sus cortinajes del mismo color, gruesos y lavables; su linóleo limpio y brillante y las cortinas de hilo adornadas con bordados sencillos y agradables, de gusto moderno. La puerta del balcón estaba abierta, se veían las luces del valle y se escuchaba una lejana música de baile. El buen Joachim había colocado unas flores en un pequeño búcaro, sobre la cómoda; las había encontrado en la segunda floración de la hierba: un poco de aquilea y algunas campánulas, cogidas por él mismo en la pendiente.

—Eres muy amable —dijo Hans Castorp—. ¡Qué habitación más alegre! Con mucho gusto me quedaré aquí algunas semanas...

—Anteayer murió una americana —dijo Joachim—. Behrens aseguró que la habitación estaría lista antes de que tú llegaras y que, por tanto, podrías disponer de ella. Su novio estaba a su lado; era un oficial de la marina inglesa, pero no demostró mucho valor. A cada momento salía al pasillo a llorar, como si fuera un chiquillo. Luego se frotaba las mejillas con cold-cream, porque iba afeitado y las lágrimas le quemaban la piel. Anteayer por la noche la americana tuvo dos hemorragias de primer orden y luego ¡se acabó la comedia! Pero se la llevaron ayer por la mañana, y después hicieron, naturalmente, una fumigación a fondo con formol, ¿sabes? Es excelente en estos casos.

Hans Castorp acogió la noticia con una distracción animada. Con las mangas de la camisa recogidas, de pie ante el amplio lavabo, cuyos grifos niquelados brillaban heridos por la luz eléctrica, apenas lanzó una mirada fugaz a la cama de metal blanco, puesta de limpio.

—¿Fumigaciones? Eso de fumigar es muy habitual —dijo fuera de lugar, pero dispuesto a seguir hablando mientras se lavaba y secaba las manos— . Sí, metilaldehído; los microbios más resistentes no soportan el H2CO2. ¡Pero hace escocer la nariz! Evidentemente, la limpieza rigurosa es una condición primordial.

Articuló estas palabras con cierta afectación y continuó diciendo con gran locuacidad:

—Bueno, quería añadir que... Quizá el oficial de marina se afeitaba con navaja de seguridad; lo supongo porque uno se despelleja más fácilmente con esos trastos que con una navaja bien afilada; ésa es al menos mi experiencia. Uso las dos a menudo... Sí, sobre la piel irritada, el agua salina escuece. Debía de tener la costumbre de usar cold-cream en el servicio militar, lo que no tiene en verdad nada de sorprendente...

Siguió hablando, y dijo que tenía doscientos María Mancini (su cigarro preferido) en la maleta, y que había pasado la inspección de la aduana cómodamente. Luego le transmitió los saludos de diversas personas de su ciudad natal.

—¿No encienden la calefacción? —preguntó de pronto, y corrió hacia los radiadores para apoyar las manos.

—No, nos mantienen bien frescos —contestó Joachim—. Sería preciso que hiciese mucho más frío para que encendieran la calefacción en el mes de agosto.

—¡Agosto, agosto! —exclamó Hans Castorp —. ¡Pero si estoy helado, completamente helado! Tengo frío en todo el cuerpo, aunque el rostro me arde. Mira, toca, ya verás qué caliente...

La idea de que le tocasen la cara no se ajustaba al temperamento de Hans Castorp y a él mismo le sorprendió desagradablemente. Por otro parte, Joachim no hizo nada, limitándose a decir:

—Eso es por el aire y no significa nada. El mismo Behrens tiene todo el día las mejillas azules. Algunos no se habitúan nunca. Pero apresúrate, de lo contrario, no tendremos nada que comer.

Cuando salieron, la enfermera hizo de nuevo su aparición, mirándoles con un aire miope y curioso. En el primer piso, Hans Castorp se detuvo de pronto, inmovilizado por un ruido impresionante, atroz; era un ruido no muy fuerte, pero de una naturaleza tan particularmente repugnante que Hans Castorp hizo una mueca y miró a su primo con los ojos dilatados. Se trataba, con toda seguridad, de la tos de un hombre; pero de una tos que no se parecía a ninguna de las que Hans Castorp había oído; sí, una tos en comparación con la cual todas las demás habían sido testimonio de una magnífica vitalidad; una tos sin convicción, que no se producía por medio de sacudidas regulares, sino que sonaba como un chapoteo espantosamente débil en una deshecha podredumbre orgánica.

—Sí —dijo Joachim—, ése va mal. Es un noble austríaco, un hombre elegante, de la alta sociedad. Y mira cómo está. Sin embargo, todavía puede pasear.

Mientras continuaba su camino, Hans Castorp habló largamente sobre la tos de aquel caballero.

—Es preciso que consideres —dijo— que jamás había oído nada semejante, que es absolutamente nuevo para mí. Estos casos impresionan siempre. Hay varias clases de tos, toses secas y toses blandas; se dice en general, que las toses blandas son las mejores y más favorables que aquellas que producen ahogo. Cuando en mi juventud («en mi juventud», repito) tenía anginas, ladraba como un lobo, y todos estaban satisfechos cuando la cosa se reblandecía. Aún me acuerdo. Pero una tos como ésa jamás había existido, al menos para mí. Casi no es una tos viva. No es seca, pero tampoco se puede decir que se reblandezca; sin duda no es ésta la palabra apropiada. Es como si se mirase al mismo tiempo en el interior del hombre. ¡Qué sensación produce! Parece un auténtico lodazal.

—Bueno, basta ya —dijo Joachim—; lo oigo cada día, no hay necesidad de que la describas.

Pero Hans Castorp no pudo dominar la impresión que le había causado aquella tos. Afirmó repetidas veces que era como si viese el interior de aquel caballero, y cuando entraron en el restaurante, sus ojos, fatigados por el viaje, tenían un brillo un tanto febril.

EN EL RESTAURANTE

El restaurante era claro, elegante y agradable. Estaba situado a la derecha del vestíbulo, delante de los salones y, según explicó Joachim, era frecuentado principalmente por los huéspedes nuevos que comían fuera de las horas de costumbre o por los pensionistas que tenían visitas. También se celebraban allí las fiestas de los aniversarios, las partidas inminentes y los resultados favorables de las consultas generales. A veces se organizaban grandes fiestas —decía Joachim— y se servía hasta champán; pero en este momento sólo había en el restaurante una señora de unos treinta años que leía un libro y canturreaba al mismo tiempo, tabaleando en el mantel con la mano derecha.

Cuando los jóvenes tomaron asiento, cambió de lugar para darles la espalda. Era muy tímida —explicó Joachim, en voz baja— y siempre comía en el restaurante acompañada de un libro. Al parecer, había ingresado en el sanatorio para tuberculosis de muy joven y, desde entonces, jamás había vivido en sociedad.

—¡Entonces tú, comparado con ella, no eres más que un principiante, a pesar de tus cinco meses, y lo seguirás siendo cuando hayas cumplido el año! —dijo Hans Castorp a su primo.

Joachim tomó la carta e hizo con los hombros un gesto que era nuevo en él.

Habían elegido una mesa cerca de la ventana, que era el lugar más agradable. Se hallaban sentados junto a la cortina de color crema, uno frente a otro, con sus rostros iluminados por la luz de la lámpara velada de rojo. Hans Castorp juntó sus manos recién lavadas y las frotó con una sensación de agradable espera, como tenía por costumbre al sentarse a la mesa, tal vez porque sus antecesores tenían el habito de rezar antes de comer la sopa. Una agradable muchacha de acento gutural, vestida de negro y delantal blanco (con un amplio rostro de rosadas y saludables mejillas) les sirvió. Con gran alegría, Hans Castorp se enteró de que allí llamaban a las camareras Saaltöchter.[1] Le encargaron una botella de Gruaud Larose que Hans Castorp hizo que pusiesen en fresco. La comida era excelente. Se sirvieron potaje de espárragos, tomates rellenos, un asado con diversas sazones, entremeses particularmente bien preparados, quesos variados y fruta. Hans Castorp comía mucho, aunque su apetito fue menos intenso de lo que esperaba. Pero tenía la costumbre de comer en abundancia, incluso cuando no tenía hambre, por consideración a sí mismo.

Joachim no hizo honor a la comida. Aseguró que estaba cansado de aquella cocina; dijo que eso les pasaba a todos allí arriba, y que era costumbre protestar contra la comida, pues cuando se estaba instalado allí para siempre... No obstante, bebió el vino con placer, e incluso con cierta pasión y, procurando evitar expresiones demasiado sentimentales, manifestó repetidas veces su satisfacción por tener alguien con quien poder hablar con sensatez.

—Sí, es magnífico que hayas venido —dijo, y su voz tranquila revelaba emoción—, te aseguro que para mí se trata casi de un acontecimiento. Supone un auténtico cambio, una especie de alto, de hito en esta monotonía eterna e infinita...

—Pero el tiempo debe de pasar para vosotros relativamente deprisa —dijo Hans Castorp.

—Deprisa y despacio, como quieras —contestó Joachim—. Quiero decir que no pasa de ningún modo. Aquí no hay tiempo, no hay vida —añadió moviendo la cabeza, y cogió el vaso.

Hans Castorp continuaba bebiendo, a pesar de que sentía su rostro caliente como el fuego. Pero su cuerpo seguía estando frío y en todos sus miembros había una especie de inquietud particularmente alegre que, al mismo tiempo, le atormentaba un poco. Sus palabras se precipitaban, balbuceaba, con frecuencia, y con un gesto indiferente de la mano cambiaba de tema. Joachim también estaba muy animado y la conversación continuó con mayor libertad y alegría cuando la señora que canturreaba y tabaleaba se puso en pie y se marchó.

Mientras comían gesticulaban con sus tenedores, se daban aires de importancia con la boca llena, reían, movían la cabeza, se encogían de hombros y sin cesar de masticar volvían a hablar. Joachim quería oír hablar de Hamburgo y había orientado la conversación hacia el proyecto de canalización del Elba.

—¡Sensacional! —dijo Hans Castorp—. ¡Sensacional! Eso contribuirá al desarrollo de nuestra navegación; es de una importancia incalculable. Dedicamos cincuenta millones como capital inmediato de nuestro presupuesto, y puedes estar seguro de que sabemos exactamente lo que hacemos.

A pesar de la importancia que atribuía a la canalización del Elba, abandonó de inmediato este tema de conversación y pidió a Joachim que le hablase de la vida que llevaba «aquí arriba» y de los huéspedes, a lo que su amigo atendió con rapidez, pues se sentía feliz al poder desahogarse y confiar en alguien. Comenzó repitiendo la historia de los cadáveres que eran bajados por la pista de trineo y aseguró que era absolutamente cierto. Como Hans Castorp se sintió de nuevo presa de la risa, él rió también y pareció disfrutar con ella de buena gana, contando luego toda clase de cosas divertidas para mantener el buen humor. A su misma mesa se sentaba la señora Stoehr, una mujer muy enferma, esposa de un músico de Cannstadt; era la persona más inculta que jamás había conocido. Decía «desinfeccionar» muy convencida. Al ayudante Krokovski le llamaba «fomolus».[2] Había que aceptarlo todo sin reírse. Además, era cizañera, como lo son casi todos allí arriba y hablaba de otra mujer, la señora Iltis, de la que decía que llevaba un «esterilizador».

—¡Un «esterilizador»! ¿No te parece extraordinario?

Medio tumbados, apoyados en los respaldos de las sillas, reían tanto que sus cuerpos se hallaban presa de una especie de temblor, y los dos, casi al unísono, comenzaron a tener hipo.

Entretanto, Joachim se entristeció pensando en su infortunio.

—Sí, estamos sentados aquí riendo —dijo con una expresión dolorosa, interrumpido por las últimas convulsiones de su pecho— y sin embargo, no se puede prever, ni siquiera aproximadamente, cuándo podré marcharme, pues cuando Behrens dice: «Todavía seis meses», sin duda hay que esperar mucho más. Todo esto es muy duro. Tú mismo comprenderás lo triste que es para mí. Ya estaba matriculado y al mes siguiente debía presentarme a exámenes de oficial. Y aquí estoy, languideciendo con el termómetro en la boca, contando las tonterías de esa ignara señora Stoehr y perdiendo el tiempo. ¡Un año es muy importante a nuestra edad, comporta tantos cambios y progresos allá abajo! Pero he de permanecer aquí dentro, como en una ciénaga; sí, como en el interior de un agujero podrido, y te aseguro que la comparación no es exagerada...

Curiosamente, Hans Castorp se limitó a preguntar si era posible encontrar allí porter, cerveza negra, y, al mirarle su primo con una expresión de sorpresa, se dio cuenta de que estaba a punto de dormirse, si no lo había hecho ya.

—¡Te estás durmiendo! —dijo Joachim— . Ven, es hora de ir a la cama.

—No es hora, de ninguna manera —dijo Hans.

Sin embargo, siguió a Joachim un poco inclinado, con las piernas rígidas como un hombre que se muere de cansancio. Luego hizo un gran esfuerzo cuando en el vestíbulo, débilmente alumbrado, oyó decir a su primo:

—Ahí está Krokovski. Creo que tendré que presentártelo.

El doctor Krokovski se hallaba sentado a plena luz, ante la chimenea de uno de los salones, al lado de la puerta corredera completamente abierta, leyendo un periódico. Se puso en pie cuando los jóvenes se aproximaron a él, y Joachim, adoptando una actitud militar, dijo:

—Permítame, señor doctor, que le presente a mi primo Castorp, de Hamburgo. Acaba de llegar.

El doctor Krokovski saludó al nuevo huésped con cierta cordialidad, vigorosa y decidida, como si quisiese dar a entender que con él toda timidez era superflua y que sólo una confianza alegre era lo indicado.

Tenía unos treinta y cinco años; era ancho de espaldas, gordo, mucho más bajo que los dos jóvenes que se hallaban de pie ante él, por lo que se vio obligado a ladear un poco la cabeza para mirarles a los ojos. Además era pálido, de una palidez descolorida, transparente, casi fosforescente, aumentada por el ardor sombrío de sus ojos y por el espesor de sus cejas y de una barba bastante larga en cuyas puntas aparecían algunos hilos blancos. Llevaba un traje negro de americana cruzada, un poco usado, zapatos negros parecidos a sandalias, calcetines gruesos de lana gris y un cuello blanco vuelto, de esos que Hans Castorp sólo había visto en Dantzig, en casa de un fotógrafo, y que confería al doctor Krokovski un aire de bohemio. Sonrió cordialmente, mostrando sus dientes amarillos entre la barba, estrechó con fuerza la mano del joven y dijo, con voz de barítono y un acento extranjero un tanto lánguido:

—¡Sea bienvenido, señor Castorp! Espero que se adapte pronto y que se encuentre bien entre nosotros. ¿Me permite preguntarle si ha venido como enfermo?

Era impresionante observar los esfuerzos de Hans Castorp para mostrarse amable y dominar sus deseos de dormir. Se sentía violento por hallarse en tal situación y, con el orgullo desconfiado de los jóvenes, creyó percibir en la sonrisa y la actitud tranquilizadora del ayudante las séñales de una mofa indulgente. Contestó diciendo que pasaría allí tres semanas, aludió a sus exámenes y añadió que, a Dios gracias, se hallaba completamente sano.

—¿De verdad? —preguntó el doctor Krokovski, inclinando la cabeza a un lado como para burlarse y acentuando su sonrisa—. ¡En tal caso es usted un fenómeno completamente digno de ser estudiado! Porque yo nunca he encontrado a un hombre enteramente sano. ¿Me permite que le pregunte a qué exámenes ha de presentarse?

—Soy ingeniero, señor doctor —contestó Hans Castorp con modesta dignidad.

—¡Ah, ingeniero! —Y la sonrisa del doctor Krokovski se retiró, perdiendo por un instante algo de su fuerza y cordialidad—. Perfecto. Por lo tanto, no tendrá necesidad de ningún tratamiento médico; ni de orden físico ni psíquico.

—No, muchísimas gracias —dijo Hans Castorp, que estuvo a punto de retroceder un paso.

En ese momento la sonrisa del doctor Krokovski apareció de nuevo victoriosa y, mientras estrechaba la mano del joven, exclamó en voz alta:

—¡Pues que duerma usted bien, señor Castorp, con la plena conciencia de su salud perfecta! ¡Duerma bien y hasta la vista!

Diciendo estas palabras se despidió de los dos jóvenes y volvió a sentarse con su periódico.

No había nadie de servicio en el ascensor, de modo que subieron a pie por la escalera, silenciosos y un poco turbados por el encuentro con el doctor Krokovski. Joachim acompañó a Hans Castorp hasta la número 34, donde el portero cojo no se había olvidado de depositar el equipaje del recién llegado, y durante un cuarto de hora continuaron hablando, mientras Hans Castorp sacaba sus pijamas y sus objetos de tocador, fumando un cigarrillo. Aquella noche no volvería a fumar otro cigarro, lo que le pareció extraño y bastante insólito.

—Sin duda tiene mucha personalidad —dijo, y mientras hablaba lanzaba el humo que había aspirado— . Pero es tan pálido como la cera. ¡Y cómo va calzado! ¡Su aspecto es terrible! ¡Calcetines grises y sandalias! ¿Te fijaste que al final se ofendió?

—Es bastante susceptible —dijo Joachim—. No deberías haber rechazado tan bruscamente sus cuidados médicos, al menos el tratamiento psíquico. No le gusta que se prescinda de eso. Yo tampoco gozo de su estima porque no suelo hacerle muchas confidencias. Pero de vez en cuando le cuento algún sueño para que tenga algo que disecar.

—Bueno, supongo que he estado un poco brusco dijo Castorp algo molesto, pues estaba descontento consigo mismo por haber podido herir a alguien, al tiempo que el cansancio de la noche le dominaba con una fuerza redoblada.

—Buenas noches —dijo— , me muero de sueño.

—A las ocho vendré a buscarte para ir a desayunar anunció Joachim al salir.

Hans Castorp se lavó un poco. Quedó dormido apenas apagó la lamparilla de la mesa de noche, pero se sobresaltó un momento al recordar que alguien había muerto dos días antes en su misma cama.

«Sin duda no es la primera vez —se dijo, como si esto pudiese tranquilizarle— . Es un lecho de muerte, un lecho de muerte completamente vulgar.»

Y se quedó dormido.

Pero apenas lo hubo hecho comenzó a soñar y soñó casi sin interrupción hasta la mañana siguiente. Vio a Joachim Ziemssen, en una posición extrañamente retorcida, descender por una pista oblicua en un trineo. Era de una blancura tan fosforescente como la del doctor Krokovski, y delante del trineo iba sentado el caballero austríaco de la alta sociedad, que tenía un aspecto extraordinariamente borroso, como el de alguien a quien sólo se le ha oído vagamente toser. «Nos tiene completamente sin cuidado, a nosotros los de aquí arriba», decía Joachim en su incómoda posición, y luego era él y no el caballero quien tosía de una manera tan atrozmente pastosa. Al instante, Hans Castorp se echó a llorar y comprendió que debía correr a la farmacia para comprar crema facial. Pero la señora Iltis estaba sentada en medio del camino, con su hocico puntiagudo, sosteniendo en la mano algo que debía de ser sin duda su «esterilizador», pero que no era otra cosa que una navaja de afeitar. Hans Castorp estalló entonces en un acceso de risa y pasó de este modo de una emoción a otra, hasta que la luz de la mañana entró por los postigos de su balcón y le despertó.



[1] Camarera en el alemán hablado en Suiza. (N. del T.)

[2] En lugar de famulus, en latín, asistente. (N. del T.)


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