martes, 11 de agosto de 2026

Brunetto Latini Libro del tesoro Versión castellana de Li Livres dou Tresor Edición y estudio de Spurgeon Baldwin



Introducción. Brunetto Latini, el maestro de Dante, inmortalizado en el canto 15 del Infierno, nació en Florencia allá por el afio 1220. A pesar de que Dante le colocase en un círculo ignominioso, consiguió Brunetto altos puestos de honor en su ciudad natal, donde vemos su nombre en documentos oficiales ya en el afio 1254. De importancia especial para nosotros fue su participación en una embajada a la corte de Alfonso X para pedir la ayuda del Rey Sabio en el conflicto contra los gibelinos. Este viaje a España tuvo lugar en el año 1260.

 Como lo leemos en el Tesoretto, estaba a medio camino en la vuelta a Florencia cuando cerca de Roncesvalles topó con un estudiante español que acababa de dejar Florencia; este joven le informó de los desastres de Montaperti. Entonces fue Brunetto directamente a Francia, donde pasó unos siete años en el exilio, y durante estos años escribió, en francés, el Libro del Tesoro. De esos años muy poco sabemos: vemos su nombre en una lista de exiliados en setienbre del año 1260, y su presencia se documenta más tarde en Arrás, en París y en Bar-sur-Aube. Además, sabemos por sus propias palabras que encontró un protector (el “biaus dous amis” a quien se dedica el Libro del Tesoro), pero no sabemos quién fue esta persona. De todos modos, volvió Brunetto a Italia en el año 1267, posiblemente en el séquito de Carlos de Anjou (así lo cree el historiador Davidsohn, pero Francis Carmody, el que más recientemente ha editado el texto francés, considera que la evidencia no es convincente.)1 Nombrado protonotario a los angevinos en el año 1269, ocupó puestos importantes hasta su muerte en 1294. El Libro del Tesoro es un compendio de conocimientos clásicos que sigue una larga tradición de tales compendios con sus orígenes en la Baja Antigüedad y los primeros siglos de la Edad Media, una tradición que resiste durante muchos años la nueva ciencia greco-árabe de la Edad Media, para morir finalmente en el Renacimiento, una época en la que se requería sobre todo un acceso directo a los monumentos intelectuales de la Antigüedad, una época que, por tanto, no aceptaba los compendios tradicionales, siempre derivados y muchas veces corrompidos; ya no eran más que piezas de museo, vestigios de lo que había sido una gran cultura, un reflejo pálido de la verdadera sabiduría de los griegos.

 Los autores de las compilaciones más importantes fueron Casiodoro, Boecio, San Agustín y especialmente Marciano Capela (De Nuptiis Philologiae et Mercurii) e Isidoro de Sevilla (Etimologías). Compilados de numerosos elementos desconectados que provienen de una gran variedad de fuentes, nuestros compendios han sido rotundamente criticados por sus defectos taxonómicos. Una excepción clara es Marciano Capela, porque si le han reprendido severamente su estilo barroco, exagerado, su esquema estructural ha provocado pocas quejas en cuanto a su organización. Porque éste no ha sido el caso con Isidoro de Sevilla, creo que sería oportuno decir unas cuantas palabras en su defensa. En primer lugar 1 Robert Davidsohn, Forschungen zur Alteren Geschichte von Florenz (Berlín: Mittler, 1900-08), II, pág. 12; Francis J. Carmody, Li Livres dou Tresor de Brunetto Latini, (Berkeley: University of California Press, 1948), pág. xviii. su organización será poco evidente al que no ha seguido los consejos de Manuel Díaz y Díaz: “Se trata de una obra que hay que leer y estudiar como tal antes de pasar a ocuparse y discutir los menudos y dispares elementos que la integran.”2 Creo que en esto se ve un lamentable defecto de muchos críticos: saltar al ataque de mala fe. La unidad de la obra isidoriana se observa no tanto en el arreglo de las divisiones como en los enlaces narrativos visibles generalmente hacia el final de los capítulos, y en la intencionada repetición de ciertos elementos, repetición que el crítico hostil ve siempre como un defecto. He aquí un ejemplo después de haber hablado de tropos y figuras en la sección gramatical, San Isidoro se detiene en mitad de unas obvias repeticiones en la sección retórica para decimos: “muchas de estas figuras...ya las hemos tratado en la gramática.” Y emprende por segunda vez la figura que se denomina “anadiplosis.”

 No creo que sea coincidencia que “anadiplosis” es precisamente una figura de repetición. Brunetto Latini lo hace aún mejor: principalmente en las palabras preliminares y finales de un capítulo dado, hace referencia a lo que se ha tratado anteriormente y a lo que pasará a tratar, comunicando así al lector que el autor está perfectamente y en todos momentos consciente de la totalidad de su obra, y creando esa misma conciencia en el lector por medio de ligeros recuerdos y anticipaciones. A la altura del siglo xm la fama de Isidoro y Marciano Capela ha disminuido notablemente porque su “ciencia” no puede resistir las incursiones de las materias greco-árabes recién traducidas. Marciano consigue mantener su popularidad durante los siguientes 200 años no a base de su ciencia sino de su estilo y su estructura alegórica, una estructura de mucho impacto en las narraciones de viajes al “otro mundo,” como lo dice Patch,3 y según algunos críticos, en Dante. Aún en el siglo XV en Espafía sirve de modelo para Alfonso de la Torre en su Vision Delectable. ¿Cómo puede explicarse el éxito del Tesoro de Brunetto Latini justamente en el momento en que los monumentos de casi un milenio están empezando a desaparecer? Una razón es ésta: aunque el compendio de Brunetto está basado en fuentes clásicas, por su mayor parte tiene que ver no con los conocimientos científicos sino con la ética y la retórica.

 Aún el primer libro, con su ambicioso propósito de abarcar todas las cosas celestiales y terrenales, se dedica en gran parte a la historia universal del ser humano, y la sección más extensa resulta ser el Bestiario, un claro ejemplo, dicho sea de paso, de la gran popularidad de la ciencia tradicional. Los orígenes de este tratado cuasicientífico remontan a los primeros siglos de la era cristiana, y todavía en el siglo xm tenía un atractivo que a veces escandalizaba a aquellos contemporáneos de Brunetto que formaban la vanguardia del nuevo empiricismo en la investigación científica (un ejemplo sería Rogerio Bacon). Tal vez por influencia de Bacon y sus partidarios se explica el destino fatal de Brunetto en Inglaterra: al lado de los casi 80 manuscritos del Tesoro en su francés original, tal vez 30 en italiano y por lo menos 18 en idiomas ibéricos (1 en aragonés, 4 en catalán y 13 en castellano) no existe ni un solo manuscrito de una traducción al inglés en la Edad Media. Tal vez podría interpretarse como consecuencia del desdén intelectual hacia el escolasticismo y los conocimientos tradicionales, pero ¿cómo explicar la gran popularidad de Bartolomeus Anglicus, cuya enciclopedia está basada en gran parte en Marciano Capela? Las primeras palabras de la obra de Brunetto son éstas: Este libro es llamado thesoro, ca asy commo el que quiere en pequeño lugar encerrar cosas de muy grand nobleza, non por se delectar en ellas tan solamente, mas por acrecentar su poder et por asegurar su estado en guerra & en paz, mete y las cosas mas caras que podiere aver, et las mas preciadas segund su entendimiento; et bien asy este libro es conplido de sapiencia asy commo aquel que es sacado de todos los mienbros de filosofía en una muy pequeña suma. 

En la selección de la imagen del tesoro, en el estilo llano que se ve tan claro desde un principio, y en la 2 San Isidoro de Sevilla, Etimologías, ed. José Oroz Reta, introducción de Manuel Díaz y Díaz, I (Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1982), pág. 200. (El texto de San Isidoro es, con pocas emendaciones, una reimpresión de la edición de Lindsay del año 1911, como nos lo dice claramente el docto estudio de Díaz y Díaz.) 3 Howard Rollin Patch, El Otro Mundo en la literatura medieval, traducción de Jorge Hernández Campos, apéndice por María Rosa Lida de Malkiel, México (Fondo de Cultura Económica), 1956. s u p osició n de que el conseguir y mejorar su estado representa las aspiraciones más sublimes del hombre, se revela con toda claridad un punto de vista no filosófico sino esencialmente burgués, con énfasis más bien político que económico. Brunetto dedica el primer libro de su Tesoro a la sabiduría, el segundo (y más largo) a la ética, primero de Aristóteles, y después de una variedad de fuentes, tanto clásicas como bíblicas, y el libro tercero a la retórica, en realidad una versión bastante fiel de la primera sección del De Inventione de Cicerón, para terminar con una descripción detallada del gobierno de las ciudades a la moda italiana. En su conjunto se supone que la obra serviría los propósitos del ‘ ‘biaus dous amis’ ’ a quien va dedicada. Pasa el autor en seguida a describir en más detalle el plan de la obra. En palabras que recuerdan tanto las Etimologías de San Isidoro como las primeras páginas del De Inventione, Brunetto nos dice que en un principio vivían los hombres como las bestias. 

Mientras por Cicerón aprendemos que a través del don de elocuencia esta humanidad salvaje se convierte en moderada y mansa, Brunetto nos dice que por su entendimiento el pueblo quería saber lo siguiente: 1) la naturaleza de todas cosas celestiales y terrenales; 2) las cosas que el hombre debe hacer y cuáles non; 3) ‘ ‘razón & prueva por qué el orne deve fazer las unas cosas & las otras non.” Nos dice Brunetto que como resultado de mucha discusión, los filósofos establecieron tres divisiones de filosofía, correspondientes a las cuestiones arriba citadas; estas divisiones son Teórica, Práctica y Lógica, las | Teología I. Teórica: -----------> ¡Física cuales tienen las siguientes subdivisiones: | Arismetica ¡Música ¡ Matematica ---------> | Geometría ¡ Astronomía II. Practica (que se convierte en cómo gobernar a:) | sí mismo = Etica ¡su casa = Yconomica | el regno = Política Con la observación de que la política es “syn falla...la mas alta sciencia & de mas noble mester que ninguna otra que sea entre los ornes,” nos dice Brunetto que esta disciplina nos enseña “todas las artes & todos los mesteres que son mester para vida de orne,” y que esto es en dos maneras, una por obra: “los mesteres que orne labra de cada dia de sus manos & de sus pies, asy commo son ferreros & texedores & zapateros,” y otra por palabra, y esto en tres maneras: Gramatica: fablar & escribir & leer derechamente Dialéctica: provar nuestros dichos...asy que semejan provadas & verdaderas Retorica: fallar & ordenar & dezir buenas palabras & llenas de saber. Esta disciplina de retórica es la que “enderesga el mundo a fazer bien,” y esto lo consigue “por la predicación de los ornes buenos & por las divinales escripturas & por las leys que mantienen las gentes en derecho & en justicia. ’ ’ Observando con Cicerón que el hombre se distingue de los animales sólo por su razón, pasa Brunetto a una consideración de la tercera cuestión, que sólo puede ser contestada con palabras.

 No sin alguna confusión, entonces, pasa a la tercera división: III. Lógica: Explica Brunetto que contestar la pregunta “¿por qué deve orne fazer las unas cosas & las otras non?” sólo puede hacerse “por palabra,” y tres ciencias enseñan a hacer esto: Dialéctica, que nos enseña a discutir. Physica (¿fidique?) que nos enseña a comprobar la verdad de nuestras palabras. Sufistica, que nos enseña “provar las palabras que orne dize que sean verdaderas...por engaño & por falsas razones & por sofismos & por argumentos que han semejanga encobierta de verdat mas non ay en ellas de verdat cosa alguna.” Con su característico vigor, Francis J. Carmody declaró que Brunetto había basado su organización sobre un comentario sobre la Etica a Nicómaco de Aristóteles escrito en el siglo xn por un tal Eustracio (parece que en esto Carmody seguía alguna de las sugerencias hechas por Marchesi en los primeros años de este siglo XX). Me parece que el hecho de que Eustracio hable de dos divisiones principales debe de por sí descalificar dicho sistema como base de la obra de Brunetto. Es difícil comprender por qué Carmody ha preferido la organización eustraciana a un esquema más convencional que remonta al propio Aristóteles. Me refiero a la clasificación de todos los problemas en físicos, éticos y lógicos, una clasificación adoptada por los filósofos estoicos y descrita de esta manera por San Isidoro de Sevilla: Los filósofos están divididos en tres grupos: físicos, éticos y lógicos. Los primeros son llamados físicos porque tratan de la naturaleza, los segundos son llamados éticos porque discuten las costumbres...los otros son llamados lógicos porque aducen al estudio de la naturaleza y las costumbres el raciocinio. Si se busca un ejemplo de tal sistema más coetáneo con Brunetto, los paralelos de éste con el Didascalion de Hugo de San Víctor me parece que son muy llamativos. 

Comentados ya con algún detalle el Libro del Tesoro y su procedencia, es ahora el momento de emprender una breve discusión de su propia historia textual. Además de la edición de Carmody anteriormente citada, existe tan solo una edición en los tiempos modernos, la de P. Chabaille.4 Y no podemos continuar sin aclarar el asunto de las dos redacciones de la obra, una escrita en Francia durante los años del exilio 1260-67, en la que se incluye una relación de la historia hasta aproximadamente el año 1255, y la otra llevada a cabo, se supone, inmediatamente después de la vuelta a Florencia, versión en la que la relación histórica se adelanta para incluir la muerte de Conradino y la vuelta de los güelfos al poder en la ciudad. Esta segunda versión volvió pronto a Francia, con el resultado de que en las próximas dos centurias presenciamos una rica historia textual de cada una de las dos versiones, las cuales se mantienen en un estado de integridad muy alto, con poca incidencia de mutua contaminación. Dada la probabilidad de que hubiese poco interés entre los franceses por los detalles de la historia italiana, no debe sorprender mucho el que no haya más elaboración de la parte histórica. Pero la historia textual de la versión italiana es harina de otro costal, como decimos: en varios manuscritos hay una descripción de los eventos históricos después del año 1268, en algunos casos con descripciones de las vísperas sicilianas y las incursiones del reino de Aragón. El caos de la sección histórica en los manuscritos italianos es con toda seguridad el motivo que explica la existencia de tan solo una edición moderna, y bastante mala, basada no en los manuscritos medievales sino en una versión impresa del siglo xvi, y corregida en algunos casos no en vista de los manuscritos sino de la edición francesa de Chabaille. Se notan tal vez las pocas ganas de los estudiosos de meterse en las aguas turbias de la tradición manuscrita italiana.

5 Manejaba Chabaille unos 26 manuscritos, y estaba perfectamente al tanto de la existencia de las dos redacciones; escogiendo como base un manuscrito de la primera redacción, lo cual no ha gustado a los críticos modernos, preparó el investigador francés una edición esmerada con amplia documentación de variantes en notas de pie de página. Desgraciadamente sabía Chabaille poco de las fuentes, porque esto le habría ayudado a escoger con más acierto de entre la abundancia de variantes a su disposición para hacer correcciones en su texto base. Los críticos que se han dedicado después al estudio de las fuentes han visto éste como el peor defecto de la labor de Chabaille.6 Después de varios años de trabajo en el período inmediatamente antes de la Segunda Guerra Mundial, publicó Carmody su edición en 1947.7 Lo que llama la atención más que nada es el afán con el que Carmody ataca la venerable edición de Chabaille: un Bédierista apasionado, Carmody no encuentra en 4 Li Livres dou Tresor, París (Impririte-ie Impértale: Collection de Documents Inédits sur l’Histoire de France, 51), 1863. ^ 5 II Tesoro de Brunetto Latini, volgarizzato per Bono Giamboni, edición de Luigi Gaiter, 4 tomos, Bologna (Romagnoli) 1871-73. 6 Por ejemplo, T. Sundby, Della Vita e delle Opere di Brunetto Latini, traducción al italiano de R. Renier, Florencia, 1884, y también P. Toynbee, “Brunetto Latino’s Obligations to Solinus,” Romanía XXIII (1894), págs. 62-77. 7 Brunetto Latini, Li Livres dou Tresor, ed. F.J. Carmody, Berkeley: University of California Press, 1948. la antigua edición positivista casi nada de valor, lo que es una lástima, porque el exagerado desprecio hace sufrir su propia edición. Dedicó Carmody gran parte de su energía al cotejo de manuscritos y a la elaboración de un stemma; consiguió ver casi 50 manuscritos (lamentando no haber podido ver algunos otros, por ejemplo en Roma, Torino y Madrid), a base de los que ya había defendido su stemma en un artículo del año 1936.8 Tengo que confesar que he seguido con alguna dificultad sus argumentos, y sospecho que la confusión se debe al gran número de manuscritos manejados. Sea como sea, su método es, y muy en breve, el de agrupar los manuscritos según la coincidencia de “errores crasos” y más importante según las “interpolaciones.” Aunque nunca provee una definición de éstas, en general son moralizaciones, anécdotas, correcciones de ideas teológicas que el escriba considera que son erróneas, otras correcciones de detalle de acuerdo con conocimientos del amanuense relativos a las fuentes, etc. En general ésta es una táctica editorial razonable, ya que una variedad de lecciones tan enorme dificulta los juicios léxicos y sintácticos, y huelga decir que todo análisis de omisiones comunes result inútil. Como parte de mi proyecto de editar el texto francés del Tesoro a base del magnífico códice de la Biblioteca de El Escorial (L-II-3), he llevado a cabo línea por línea un cotejo de dicho manuscrito con las ediciones de Chabaille y de Carmody. 

Aunque no es éste el momento para largas digresiones, me parece importante declarar que la genealogía de los manuscritos producida por mi escrutinio de las variantes sugiere un stemma muy diferente del de Carmody (y hay que recordar que su stemma está construido a base no de las variantes textuales sino de las así llamadas interpolaciones). Aunque el manuscrito base de la edición de Carmody parece ser de alta calidad, el hecho de que haya sido escogido porque en él no se veían interpolaciones, sin que Carmody haya dado nunca una definición concreta de este término, da lugar a algunas objeciones. Por otro lado, la extremada pobreza de las variantes en el apparatus criticus de Carmody no le proporciona al lector suficiente información como para llegar a otra conclusión. De ahí que, en la elaboración de un texto de la versión castellana, la edición de Carmody a veces ha sido de poca utilidad en las decisiones textuales. No hubo más remedio que acudir en estos momentos a la edición de Chabaille, que en verdad resultó mucho más útil para resolver algunas dudas relacionadas con los manuscritos mismos, y para establecer en términos generales dónde figura el original francés de la traducción castellana dentro de la historia del texto francés. De todas formas, ahora debemos volver sobre dicha traducción al castellano. Me parece razonable, por lo que sabemos de Brunetto Latini y su viaje a España, que manuscritos primitivos de una redacción y otra pudiesen haber llegado a las manos de la persona a quien hace referencia Brunetto con las palabras “Monsignor Alfons,” y ahora ha llegado el momento de hablar de Brunetto, su contacto con el Rey Sabio, y esta traducción del Trésor al castellano. (Con intención decimos castellano y no español, porque el hecho es que existen otras versiones ibéricas: una en aragonés, Gerona, Catedral, ms. 20,1,5, (de la cual anda preparando una edición como tesis doctoral una alumna de Charles Faulhaber en la University of California, Berkeley) y una catalana (o tal vez más de una) representada por 4 manuscritos.

9 Creo que fue Amador de los Ríos quien por primera vez sugirió la posibilidad de que el Libro del Tesoro se gestase en España,10 bajo la influencia del Setenario, libro que había presentado Alfonso X como una obra de su padre. Más de cien años después de estos tanteos de Amador, en una ponencia presentada ante el congreso sobre Alfonso en Madrid en el mes de abril de 1984, Jaime Ferreiro Alemparte, tomando como punto de partida algunas de las sugerencias hechas por Marchesi, propuso que las Siete Partidas pudieron haber dado impulso a un libro tal como el Tesoro. Más en concreto sostuvo Ferreiro que las traducciones de versiones árabes de la Etica de Aristóteles hechas por Hermán el Alemán en los años 1240 y 1254 fueron justamente las utilizadas por Brunetto en las correspondientes secciones de 8 “Brunetto Latini’s Tresor: A Genealogy of 43 manuscrípts,” Zeitschrift für Romanische Philologie, 56 (1936), 93-99. 9 Brunetto Latini, Llibre del Tresor, ed. CJ. Wittlin, Barcelona (Barcino), Els Nostres Classics, vols. 102 (1971), 111 (1976) y 122 (1986); el cuarto y último tomo está todavía por aparecer. 10 José Amador de los Ríos, Historia crítica de la literatura española, III, Madrid (el autor, imprimido por José Rodríguez) 1863, pág. 36. su propia obra. Y a propósito de una posible influencia alfonsina en Brunetto, citó Ferreiro también el siguiente pasaje del Tesoro en castellano: “E nuestro Emperador dice en el Libro de las Leyes que comengamiento es la mayor partida de la cosa.”

 Declara Ferreiro que Libro de las Leyes se reconoce entre los historiadores como otra designación para las Partidas, y también dice que si el Tesoro francés se compuso poco después del año 1260, “nostre empereres” (ed. Carmody, 1.1.6, pág. 18) no puede ser otro que Alfonso mismo, quien, aunque nunca confirmado por el Papa, fue elegido emperador en la ciudad de Francfurt en el año 1257. Cabe mencionar también a Julia Bolton Holloway, que además de una traducción al inglés del Tesoretto, ha publicado una detallada bibliografía de Brunetto.11 En un trabajo leído ante el congreso medieval de Kalamazoo, EEUU, en mayo de 1983, opinó ella que Brunetto había conseguido su material del Almagesto a través de la traducción del árabe al latín hecha en España por Gerardo de Cremona. Holloway cree además que el mismo Brunetto, al volver a Italia, trajo consigo la traducción hecha por Gerardo. Y tal vez su conclusión más atrevida sea que tanto Brunetto como Dante fueron influidos por Alfonso en sus decisiones de escribir importantes obras en lengua vernácula. Me parece igualmente plausible postular la influencia de Brunetto sobre Alfonso: con esto tendríamos una explicación parcial de la extremada popularidad del Libro del Tesoro en la península ibérica, y de la ubicación de un manuscrito francés de gran importancia en la Biblioteca de El Escorial. Amador de los Ríos fue también uno de los primeros en llamar la atención sobre una versión medieval castellana en forma manuscrita (si bien a través de los años ha habido pocas repercusiones de dicho hallazgo). 

Fue Francisco López Estrada quien me informó por primera vez de la existencia e importancia de esos manuscritos; más tarde Richard Kinkade, en sus propios estudios sobre los Lucidarios, hizo hincapié en la importancia de Brunetto, y finalmente Charles Faulhaber documentó la casi totalidad de los documentos.12 De éstos parece ahora que hay 13, y debo reconocer que fue el Profesor Ferreiro quien me informó de la existencia del último que he llegado a conocer, en la biblioteca de la Real Academia de la Lengua. Aunque nadie ha pretendido guardarlo en secreto, y fue mencionado hace casi 40 años por Muñoz Sendino, se nos había escapado a mí, y a Faulhaber.13 Si no estoy equivocado, estos manuscritos representan una sola traducción original de un texto francés de la primera redacción,14 evidencia parcial de lo cual sería la laguna extensa del tercer libro, capítulo 59 (págs. 371-2 de la edición de Carmody), compartida por los dos mss. de la Biblioteca Nacional, al lado de los de las bibliotecas de Palacio, Academia de la Historia y Academia de la Lengua, respectivamente. Todos los manuscritos son del siglo XV, a pesar de la frecuente atribución a Alfonso X o a Sancho IV (en el manuscrito 685 de la Biblioteca Nacional se dice que la obra fue traducida del francés por Pascual Gómez, escriba del Rey Sancho IV, y Alonso de Paredes, médico del príncipe don Femando.) He aquí una lista de dichos manuscritos: 11 Brunetto Latini: an analytic bibliography, en la serie Research Bibliographies and Checklists, No. 44 (London: Grant and Cutler), 1986. 12 Francisco López Estrada, “ Sobre la difusión del Tesoro de Brunetto Latini en España,” Gesammelte Aufsitze zur Kulturgeschichte Spaniens, Serie I, vol. xvi, en Spanische Forschungen der Gorresgesellschaft, München 1960, 137-152; Richard Kinkade, “ Sancho IV: puente literario entre Alfonso el Sabio y Juan Manuel,” PMLA, 87 (1972), 1039-51; Charles Faulhaber, Rétoricas clásicas y medievales en bibliotecas castellanas, Ábaco (Madrid: Castalia, 1970), 151-300. X 13 La Escala de Mahoma, edición de José Muñoz Sendino, Madrid (Ministerio de Asuntos Exteriores) 1949; habla en detalle de Brunetto y su Tesoro, y como era de esperar sigue las ideas de Asín Palacio sobre la influencia musulmana al respaldar las declaraciones de George Sarton en su ¡ntroduction to the History of Science, Baltimore 1931, en el cual se afirma que Brunetto puede haber sido el intermediario, la vía de acceso de Dante a la cultura árabe. 14 Afirma Muñoz Sendino (Escala, pág. 119) que pueden identificarse dos versiones diferentes entre los manuscritos castellanos, y que sería fácil “establecer las familias de origen de las copias.” Un stemma así elaborado sería de poca utilidad en el establecimiento de un texto definitivo, ya que las lecciones deberían escogerse no a base del testimonio de los mss. castellanos, sino del original francés, pero sí podría ayudar en la explicación de las circunstancias de la traducción. 1. Madrid, Biblioteca Nacional, 685 2. Madrid, Biblioteca Nacional, 3380 3. Madrid, Academia de la Historia, N45 (9/1.050) 4. Madrid, Biblioteca de Palacio, 3011 5. Madrid, Academia de la Lengua, 209 6. Escorial, E-III-8 7. Escorial, P-II-21 8. Sevilla, Catedral, Vitrina XIII 9. Sevilla, Real Academia Sevillana de Buenas Letras, 13-3-18 10. Salamanca, Universidad, 1697 11. Salamanca, Universidad, 1811 12. 

Salamanca, Universidad, 1966 13. Salamanca, Universidad, 261815 No hay ninguno de los trece que pueda calificarse de claramente superior a los otros, porque hay gazapos y lagunas aún en los mejores. Por esta razón, de entre los mejores se ha escogido el ms. 685 de la Biblioteca Nacional para servir de base, más que nada por ser más asequible que los otros, pasando a preparar una lista de todas las discrepancias con el original francés.16 Después se han buscado en los otros mss. castellanos lecciones que estuvieran más de acuerdo con el francés, y la edición refleja emendaciones basadas en la gran mayoría de los manuscritos. Sólo se han eliminado, por motivos distintos, tres de ellos: Escorial P-II-21, por sus muchos defectos, sobre todo textuales; Sevilla (Catedral), por lo mismo y por la relativa dificultad de acceso; Salamanca 1966, por el estado lamentable de la encuademación y el estremado deterioro del papel mismo, por lo cual sólo me han permitido verlo durante unos momentos durante mi visita con motivo de hacer el cotejo de los códices salmantinos. El objetivo de este cotejo ha sido siempre el de encontrar una lección superior a la que se ve en el ms. 685. No se ha llevado a cabo un convencional análisis de las variantes en los manuscritos castellanos porque era obvio que el establecimiento de una lección no dependía del consenso de los manuscritos sino del acuerdo con el original francés. Aparte de estar basado en un original de la primera redacción (no se ve en el 685 la materia histórica de los años 1255-1267), poco podemos declarar sobre su relación con la historia textual francesa, principalmente por los defectos ya señalados de las ediciones. Sin embargo no ha habido más remedio que acudir a ellas, y aunque la de Chabaille es también de la primera redacción, y además nos da una idea más clara de la historia textual francesa por su detallada lista de variantes, la edición de Carmody, a pesar de ser de la segunda redacción, es la preferida por su alto rigor filológico, en contraste con los errores de Chabaille. 

Finalmente se ha utilizado con provecho la edición de Wittlin de la versión catalana medieval y, más esporádicamente, la edición de Gaiter de la versión italiana hecha, según la tradición, por el contemporáneo de Brunetto, Bono Giamboni.17 Las normas editoriales son en general las de mi edición del Bestiario,18 sin sorpresas, a mi juicio: las 15Para una descripción más detallada de los nos. 1, 6-10, 12 y 13 de esta lista, véase Faulhaber, Rétoricas clásicas...-, para todos, los respectivos inventarios de las bibliotecas. 16 Hay, claro está, dificultades insuperables. Las lecciones del ms. 685 se reflejan ya en el texto de Carmody, ya en el de Chabaille, ya en algún variante documentado en el aparato de éste, lo que significa que ni la una edición ni la otra sirve para corregir de una manera unilateral el texto castellano; en lo posible se ha invocado el texto de Carmody, pero si una lección castellana tiene paralelo únicamente en Chabaille, no hay más remedio que aceptarla, a pesar de la discrepancia con Carmody. 17 Bono Giamboni, Tesoro, ed. L. Gaiter, 4 tomos, Bologna, 1878-83. 18 The Medieval Castilian Bestiary from Brunetto Latini's Tesoro, Study and Edition by Spurgeon Baldwin, University of Exeter, 1982. ss- y ff- alternan libremente con s- y f-, y se reducen siempre las dobles a sencillas; las abreviaturas se resuelven según indican los vocablos no abreviados (“onbre” se ve en forma íntegra sólo un par de veces, pero esto nos permitir convertir “orne” en “onbre” y “oms,” “ornes” en “onbres”); los números del ms. son ya romanos, ya árabes, ya se expresan en palabras, y a veces se ve algo de imposible resolución (por ejemplo, f. 12c, líneas 7-8: “cc.lxxa & quatro años”): con excepciones contadas, los pongo todos en forma árabe. Si se lleva a cabo alguna alteración del texto castellano, pero parece posible que la lección del ms. sea correcta, esta lección se documenta en una nota: estos casos representan una gran mayoría. Sin embargo, cuando a mi juicio el error del ms. tiene una solución obvia, corrijo sin comentario; por ejemplo, el libro II, capítulo 46, sección 9: 685: del cuerpo, fr: de hors.

 No es difícil imaginar en un texto francés la lección equivocada “de cors”, la que traduce fielmente nuestro amanuense, error que me permito corregir a “de fuera.” Conste que esto lo hago sólo con vocablos que figuran en otra parte del ms. 685. Otro caso en el que el mismo tipo de error existe: en III.3.{4) (o sea, libro III, capítulo 3, sección 4) ostenta el ms. la palabra “fablas,” lo que con toda seguridad refleja un francés erróneo “fables” por la locución “foibles” del texto de Carmody, pero en este caso no es tan obvio qué ajuste habría que hacer, de modo que dejo la lección del ms. 685, con documentación del francés en una nota. Por otra parte, si se trata de agregar o quitar materia, esto se indica con corchetes: 1) [ - ] señala la omisión de algo en el ms. que a mi juicio es superfluo (por ejemplo, repetición de un pasaje); 2) [ texto en castellano ] indica que aunque no hay paralelo en ninguno de los textos franceses citados por Chabaille y Carmody, queda la posibilidad de que lo que vemos en castellano represente una tradición textual válida; 3) [+: texto] indica que el cotejo del ms. 685 con el original francés revela obvias omisiones (muchas de ellas del tipo clásico de la omissio ex homoeoteleuto): si la palabra o frase omitida está presente en otro ms. castellano, se llena el vacío así: [+sigla de ms. castellano: texto]; si un equivalente del texto francés no se documenta en ningún ms. castellano, recurro al texto de Carmody de esta manera: [+fr: texto francés]. Se produce así una versión íntegra en castellano del texto de Brunetto. Sólo en un par de casos, los únicos en que se han perdido largos trozos de texto, se ha indicado la laguna con una referencia a la edición de Carmody, donde hay que acudir para seguir el hilo de la narración. Hace falta insistir: esta edición no tiene una finalidad rigurosamente lingüística, ni puede tenerla si el objetivo es el de proporcionarle al lector un texto coherente que pueda leerse con facilidad, sin los impedimentos que presentaría el sinfín de notas de pie de página resultantes de una fiel documentación de todos y cada uno de los errores. 

El índice onomástico revela el caos ortográfico producido al enfrentarse el escriba con una materia amplia y desconocida, y no habría manera de resolver los problemas de una manera satisfactoria; por lo general sólo hay intervención editorial a nivel onomástico para evitar un macarronismo completamente incomprensible. Dos cosas mas: los {...] se utilizan para indicar los numerales referenciales de la edición de Carmody del texto francés, y los (...) sirven para identificar los folios del manuscrito 685. Las notas de pie de página indican discrepancias entre los textos castellano y francés. Estas notas de ninguna manera hay que considerarlas como exhaustivas. Generalmente se proveen para sugerir una posible emendación en el texto castellano (sin que me atreva a establecer dicha lección en el texto editado)* y en segundo lugar para sugerir posibles emendaciones en el texto francés (porque hay, al fin y al cabo, algunas instancias en las que el pasaje en francés tal como lo vemos en las ediciones existentes tiene poco sentido al lado de lo que se ve en el castellano). En este caso es muy posible que los traductores al castellano tuviesen a su disposición manuscritos que por lo menos en algunos respectos eran superiores a los utilizados por Chabaille y Carmody en sus respectivas elaboraciones del texto.

lunes, 10 de agosto de 2026

EN 10 PUNTOS. TERRA NOSTRA.



Terra Nostra de Carlos Fuentes en 10 puntos

En colaboración: Dr. Enrico Giovanni Pugliatti y J. Méndez-Limbrick

  1. Ambición estructural La novela se presenta como un proyecto monumental, con más de 700 páginas, que busca abarcar la historia de España, América y Europa en un solo relato. Su extensión y complejidad la convierten en una obra de ambición desmesurada.

  2. Tema central El eje narrativo es la construcción y decadencia del Imperio español, visto como metáfora de la repetición histórica y de la imposibilidad de alcanzar una utopía política o espiritual.

  3. Personajes Los protagonistas —Felipe II, el Abad, Ludovico, Celestina, los tres jóvenes— funcionan más como símbolos que como individuos psicológicamente desarrollados. Esto refuerza la dimensión alegórica, pero limita la identificación emocional del lector.

  4. Lenguaje y estilo Fuentes emplea un lenguaje barroco, exuberante, con largas frases y abundantes referencias culturales. La densidad estilística es parte de su fuerza, pero también puede resultar fatigosa para ciertos lectores.

  5. Estructura temporal El tiempo narrativo es circular y fragmentado. La novela rompe con la linealidad y propone una visión de la historia como eterno retorno, lo que exige una lectura paciente y atenta.

  6. Intertextualidad La obra dialoga con Cervantes, Góngora, Joyce y Borges, entre otros. Esta intertextualidad enriquece el texto, pero también lo convierte en un desafío hermenéutico que puede excluir a lectores menos familiarizados con la tradición literaria.

  7. Simbolismo y alegoría Cada episodio está cargado de símbolos: la ciudad imperial, el cuerpo del rey, los amantes, la religión. La novela se lee más como una alegoría de la cultura hispánica que como una narración realista.

  8. Recepción crítica Fue considerada una de las novelas más ambiciosas de la literatura latinoamericana del siglo XX. Admirada por su alcance y complejidad, también criticada por su exceso de densidad y su dificultad de lectura.

  9. Valor histórico-literario Terra Nostra se inscribe en el boom latinoamericano, pero se distingue por su carácter enciclopédico y su voluntad de abarcar la totalidad de la cultura occidental. Es un intento de novela total.

  10. Impacto y legado Aunque no es la obra más leída de Fuentes, sí es una de las más estudiadas. Su influencia se percibe en la narrativa latinoamericana posterior, especialmente en proyectos de gran escala que buscan articular historia y mito.

Calificación literaria objetiva: Por su ambición, riqueza simbólica y aporte al canon, Terra Nostra merece una valoración alta dentro de la literatura hispanoamericana. Sin embargo, su dificultad de lectura y exceso de densidad la hacen menos accesible. Calificación: 9/10 como obra mayor del siglo XX, aunque destinada a un público especializado y paciente.

domingo, 9 de agosto de 2026

Manuel Capdevila Font El gran libro de la ópera Las 183 óperas más importantes de la historia

 


INTRODUCCIÓN

No es fácil escribir un libro nuevo sobre la ópera, dada la abundante y muy buena bibliografía existente sobre este tema. Al lector realmente interesado por el apasionante mundo de la ópera, le recomiendo que compre los tres tomos de la exhaustiva Guía universal de la ópera (Roger Alier, Ma non Troppo, Teià, 2002); encontrará en ella cuanta información precise, y posiblemente mucha más. Pero el objetivo que me ha marcado la editorial es la confección de un librito mucho más ligero, que incluya solo lo esencial para facilitar el conocimiento de las óperas al aficionado medio y, sobre todo, al que se acerca a ellas por primera vez.

El primer problema que he tenido que resolver es la selección de las óperas comentadas. Debido a la extensión de este libro, he desechado óperas que han sido o son importantes en la historia del género, pero que no son de repertorio corriente en nuestros teatros, y comentar solo aquellas que sí lo son o que, no siéndolo demasiado, son obras realmente importantes, de las que no se puede prescindir. El ilustre musicólogo José Subirá, en el Cuadro cronológico de óperas notables que publicó en 1967, cita 285 óperas. Roger Alier, en el libro citado anteriormente, comenta 282. La guía operística Harenberg incluye los comentarios sobre quinientas óperas. Mi selección ha tenido necesariamente que reducirse a 183, las que he considerado imprescindibles para el propósito de este libro.

Tan solo en dos ocasiones he dejado de aplicar este criterio. En los casos de Mozart y Schubert he creído conveniente incluir la totalidad de su producción operística, incluso las óperas inconclusas, o simplemente fragmentos en el primer caso, porque me ha parecido imposible obviarlas, dada la gran calidad y belleza de la música que compusieron.

Una vez establecido cuáles eran las óperas a comentar, y no pudiendo incluir sobre ellas una información muy completa, me he limitado a enumerar algunos datos básicos, como son el nombre del compositor y el libretista, el año de su estreno, sus personajes (con la tesitura de la voz de los cantantes que deben encarnarlos), las arias más destacadas y un breve resumen de su argumento. Finalmente, un par de recomendaciones discográficas destacadas. Cuando son de especial interés, he incluido algunos detalles sobre la historia de la composición de la obra, pero no me he extendido sobre la biografía de los compositores, por haberlo hecho ya, aunque en general muy brevemente, en el libro Disfrutar con la música clásica editado también en Ediciones Península. Sí he incluido, al citar a un compositor, una lista de las óperas compuestas por él. Me he limitado a comentar óperas y algún Singspiel, pero en ningún caso he incluido operetas, zarzuelas o musicales. (El Singspiel, como es sabido, es una comedia lírica alemana, antecesora de la opereta.)

Al detallar los personajes que intervienen en cada ópera, he señalado el tipo de voz que les ha asignado el compositor. Para ello he seguido, en general, las indicaciones muy precisas que da el citado crítico Roger Alier en su Guía universal de la ópera, aunque omitiendo los minuciosos detalles que él hace constar y que me parecen de un carácter demasiado técnico para un libro de divulgación como éste. Doy por supuesto que cualquier lector sabe distinguir entre una voz de soprano, mezzosoprano, contralto, tenor, barítono o bajo. También es probable que comprenda la diferencia entre una soprano ligera, lírica o dramática, y que sepa perfectamente de qué tipo de personaje se trata cuando se habla de un bajo bufo. Pero aparece a menudo un calificativo cuyo significado puede escapar a la comprensión del lector no avezado en el arte del canto y que creo merece una pequeña explicación: spinto. Se dice que una voz—generalmente de soprano o de tenor—tiene un carácter spinto cuando es capaz de sonar poderosa e incisiva en pasajes especialmente dramáticos.

El resultado del esquema expuesto es que el presente libro no es en ningún caso un libro de lectura continuada, sino más bien una obra de consulta, posiblemente de consulta previa a la asistencia a una representación operística. Pretender leer uno tras otro los argumentos de las óperas, frecuentemente absurdos, creo que sería una experiencia más bien tediosa para el posible lector.

He dudado mucho sobre la necesidad de incluir la explicación del argumento, dada la tendencia actual que tienen muchos regidores de escena de cambiarlo totalmente, adaptándolo a lo que les dicta su imaginación (o su falta de ella), sin ningún escrúpulo en desfigurar el concepto que tuvieron en su día los autores de la obra. Es una moda discutible, que tiene sus defensores y sus detractores (yo me cuento entre estos últimos), pudiendo tanto unos como otros aportar argumentos en pro, perfectamente válidos; no voy a entrar ahora en esta problemática, pues no es éste el lugar adecuado. Pero me ha parecido que esta corriente actual de dar preferencia al director de escena sobre el director musical era precisamente un motivo más para incluir un breve resumen argumental, de manera que, si lo desea, el asistente al teatro puede contrastar lo visto y oído con lo previsto por compositor y libretista.

Y no es que los libretos de ópera sean, en general, una maravilla literaria. Abundan los que son de una absoluta mediocridad, los hay incluso francamente malos, muchos rozan el ridículo y son fruto de la moda imperante en los momentos en que fueron escritos. Esto es común en todos los géneros literarios, pero éstos tienen a su favor la criba implacable del tiempo, que acaba situando en su justo lugar las obras que en su día fueron un gran éxito y que luego han quedado perfecta y justamente olvidadas. No es tan fácil cuando estas obras han servido para inspirar la composición de una ópera que sí ha resistido el paso de los años. En este caso la composición literaria nos llega como simple soporte de la composición musical, y solo nos queda interrogarnos, maravillados, cómo un libreto así pudo inspirar una música de calidad tan superior.

A muchas personas, asistentes habituales a la ópera, no les importa demasiado lo que está pasando en el escenario, limitándose a disfrutar con las exquisiteces de la música o con el arte o los malabarismos vocales de los cantantes. Es una actitud que dejó bien definida Eugeni d’Ors cuando escribió: «Debo humildemente confesar que, si alguna vez me ha seducido el bel canto—mucho más, naturalmente, si venía de garganta de soprano que de pulmones de tenor—, la intriga que mientras tanto iba desarrollándose en escena me tenía perfectamente sin cuidado. No ya de La flauta mágica, que me figuro no ha descifrado nadie —y donde, por otra parte, la atención estética se va por entero hacia los primores pajariles y casi vegetales de la orquesta y de las voces humanas—, sino el de las adaptaciones de temas archiconocidos, como el de Fausto, donde precisamente lo que me extraviaba era una simplificación, reductora a lo anecdótico, de lo que uno tiene costumbre de ver como dialéctico». Pero hoy día, en que cada vez hay más teatros que han adoptado la costumbre de ofrecer en subtitulado una traducción de las palabras cantadas en el escenario—lo que es un síntoma del interés que tienen los asistentes actuales a las representaciones operísticas por el contenido de la trama argumental, creo acertado que el espectador pueda acercarse al teatro con una idea de lo que va a ver y escuchar, sin necesidad de acudir a una lectura precipitada del programa de mano, ni a estar constantemente pendiente de dicho subtitulado que, en algunos casos, puede distraerle del puro goce musical.

Hay tramas argumentales muy complicadas, que dificultan su síntesis en lo que he llamado «un breve resumen» que resulte comprensible para el lector. He intentado resumirlas con la mayor concisión de la que he sido capaz, y confío en que el lector sabrá desentrañar la historia que se esconde tras mis esfuerzos de escuetismo.

He organizado los comentarios, agrupándolos según los compositores. Estos aparecen por orden alfabético, no así las óperas, que me ha parecido mejor incluir por orden cronológico, facilitando así indirectamente que el lector pueda comprobar, si le interesa, la evolución que fue sufriendo con los años el estilo de su compositor. Al final he incluido un índice alfabético general de todas las obras comentadas para facilitar su localización.

En el momento de hacer una selección discográfica, tal como me pidió la editorial al encargarme el libro, me he encontrado con las mismas dificultades con que topé en mi anterior obra dedicada a la música clásica, a la que remito al amable lector: el problema de la objetividad y la subjetividad, el de las grandes cantidades de grabaciones aparecidas, de imposible escucha total, el del frecuente desequilibrio entre la calidad y el acierto de muchos cantantes… Los he resuelto basándome en mi instinto, mi experiencia y mis conocimientos sobre directores de orquesta y cantantes; y también en las recomendaciones de críticos prestigiosos, que se pueden encontrar en los libros especializados, accesibles en las buenas librerías. Pero, como ya dije en aquella ocasión, es muy importante que el lector interesado en adquirir grabaciones operísticas lo haga en alguna buena tienda, donde conozca a un vendedor experto que le pueda expresar sus opiniones y dar sus consejos. Y si el lector tiene sus propias preferencias, en cuanto a directores o cantantes, que no dude en seguirlas; puede que no compre la mejor grabación disponible, pero es probable que compre la que más satisfacción le dará en el momento de escucharla.

Como material de trabajo, me he basado en el Red Classical 2002 Catalogue, un catálogo cuyas 2.306 páginas recogen cerca de sesenta mil grabaciones discográficas. Naturalmente es imposible tener un conocimiento directo de todas ellas. Por ello, debo guiarme, como he dicho, por el instinto y, sobre todo, por las recomendaciones que hacen los críticos especializados, sin creer, sin embargo, que éstas son siempre dogma de fe. Repito que es importante que el presunto comprador que no tenga un criterio propio se deje aconsejar por un vendedor de confianza.

He limitado mis recomendaciones a grabaciones en CD. Muchas de mis grabaciones predilectas son LPs que, lamentablemente, no han sido trasladadas al CD, y me ha dolido tener que prescindir de ellas, pero creo inútil recomendar unas grabaciones que no se pueden encontrar en el mercado. También me he encontrado a menudo con grabaciones en CD que todos los críticos proclaman como la grabación de referencia, pero que ya ha sido descatalogada. Obviamente, y lamentándolo mucho, he tenido que olvidarme de ella. Solo en contados casos he creído oportuno mencionarla, pero siempre especificando que se trata de una grabación descatalogada. He optado por un máximo de dos grabaciones por obra (muy excepcionalmente tres o cuatro), y por orden de preferencia.

Siempre en aras a la concisión, en general no he incluido los nombres de la totalidad de los intérpretes que participan en cada grabación, sino solamente los más importantes. Primero, el del director de orquesta y, a continuación, los de los principales cantantes, los de las cantantes, seguidos por los cantantes masculinos. En ningún caso he incluido el nombre de la orquesta.

Los nombres de las casas editoras los cito con las abreviaciones que se han establecido universalmente, con letras minúsculas para que no se confundan con las mayúsculas de las referencias específicas. Para su fácil identificación, incluyo un índice al final. Como cifras de referencia de cada grabación, doy las originales de la casa madre, que suelen respetarse en todas las ediciones nacionales.

Una última precisión: junto con estas recomendaciones, no he incluido ningún tipo de crítica, comentario o valoración. No creo que sea éste el lugar ni el objetivo de este libro. Se trata únicamente de dar una orientación al lector que todavía no se haya formado su propio criterio. Al lector interesado en profundizar en las críticas aparecidas sobre las diferentes grabaciones, le recomiendo el excelente libro Los mejores discos de ópera (Fernando Fraga Suárez y Enrique Pérez Adrián, Alianza, Madrid, 2001) o el tercer tomo del ya citado libro de Roger Alier.


sábado, 8 de agosto de 2026

NOVALIS Hímmnos a la noche Enrique de Ofterdingen Edición de Eustaquio Barjau Traducción de Eustaquio Barjau




INTRODUCCIÓN 

1. NovALIS: ENTRE LA AUFKLARUNG Y EL ROMANTICISMO A figura de Friedrich von Hardenberg, que pasa por ser casi el representante más genuino del primer romanticismo alemán, el prototipo de un nuevo modo de pensar y de sentir, no está exenta de complejida- des y contradicciones. Unos cincuenta años más joven que Kant, Lessing, Klopstock y Wieland —a quienes leyó y que influyeron en su pensamiento y en su obra— y estric- to contemporáneo de románticos tempranos como Frie- drich Schlegel, Clemens Bretano y Ludwig Tieck, Novalis se encuentra entre dos movimientos culturales contra- puestos, y no siempre es fácil deslindar en este autor los ingredientes ilustrados de los románticos, así como ver de un modo objetivo a una figura que ha tendido a con- vertirse en un mito y a alejarse de su realidad histórica concreta. Algunas peculiaridades de la vida y de la obra escrita de Novalis pueden darnos idea de la dificultad de hacerse con la identidad espiritual de este autor. Partidario de la Revo- lución Francesa, una postura que no parecen haber modi- ficado los excesos de los jacobinos, Hardenberg es, no obs- tante, autor de un ensayo de carácter histórico-político, Fe y amor o el rey y la reina —contemporáneo casi del de Kant Para la paz perpetua—, en el que se propugna una especie de republicanismo monárquico; otro ensayo de este autor, La cristiandad o Europa, publicado en plena Restauración, pasó por ser un documento claramente reaccionario y oscuran- tista. Admirador de Goethe y estudioso del W2/helir Metster, Novalis es autor de una novela, Enrique de Ofterdingen, que [9] quiere ser la respuesta romántica a la del maestro de Wei- mar. Conocedor de la Física y la Ciencia Natural de su tiempo —unos conocimientos que traslada a veces a su obra poética—, ocupado él mismo en problemas técnicos —-la inspección de los trabajos de las salinas de Weissen- fels—, Friedrich von Hardenberg es considerado, con ra- zón, como el representante de una corriente de pensa- miento que se caracteriza fundamentalmente por su exa- cerbado espiritualismo. Lector, y amigo a veces, de los grandes filósofos de su tiempo, Novalis, poeta antes que nada, no renuncia a construir su propio sistema, un siste- ma, no obstante, que hay que descubrir detrás de su obra literaria —sobre todo de las dos que presentamos en este volumen— o reconstruir con los elementos de una amplia producción escrita de carácter asistemático y casi aforísti- co. Tampoco es fácil deslindar en Hardenberg lo que en su obra es la sublimación de elementos autobiográficos —uno de ellos sobre todo, del que hablaremos más ade- lante— de lo que constituye propiamente el cuerpo de su pensamiento. Además de todo esto, el hecho de que Nova- lis muriera en plena juventud, de que su obra más impor- tante, la novela que presentamos en este volumen, queda- ra incompleta —falta la segunda parte, «La consuma- ción», que debía contener lo fundamental del ideario de su autor—, así como el carácter inconexo, disperso y asiste- mático de muchas de sus páginas, son factores que dificul- tan aún más la lectura de este poeta y su cabal caracteriza- ción. En pocos autores como en el que vamos a presentar es tan fácil encontrar todo lo que uno busque: el románti- co y el ilustrado, el espiritualista y el cientifista, el progre- sista y el reaccionario... En pocos autores como en Novalis parece hacerse tan necesaria una lectura «gestáltica» y que busque la empatía con el poeta que se esconde detrás de las páginas de sus libros. Si bien parece recomendable proble- matizar y matizar la figura monolítica del Novalis román- tico por antonomasia que nos ha legado una historiografía quizás poco cuidadosa y poco atenta a los textos, también parece aconsejable no perder la cabeza en interpretaciones reactivas, cogiendo por los pelos algunos de sus fragmen- [10] tos y sacando a este autor del capítulo de la historia. del pensamiento europeo en el que, por algo, se le ha venido colocando tradicionalmente. 2. NOTICIA BIOGRÁFICA. ÍNSPIRADORES DEL POETA Friedrich von Hardenberg —el nombre de Novalis, «el que gana tierras nuevas», que él y los más cercanos a su círculo acentuaban en la primera sílaba, lo tomó el poeta de un antepasado suyo del siglo x11i— nació el 2 de mayo de 1772 en Wiederstedt, en Sajonia, hijo de Heinrich Ul- rich Erasmus von Hardenberg, ingeniero de minas y luego oficial del ejército prusiano, y de su segunda esposa Augus- te Bernhardine von Bólzig. En 1785 la familia se traslada a Weissenfels, en Turingía, donde el padre ocupa el cargo de director de las salinas de aquella región. Después de una breve estancia en la escuela media de Eisleben —con ante- rioridad Friedrich había recibido enseñanzas en el palacio de Lucklum, junto al hermano de su padre, Gottlob Frie- drich Wilhelm von Hardenberg—, donde el futuro poeta leyó entre otros autores a Homero, Píndaro y Teócrito, el padre mandó a su hijo a estudiar Derecho a la Universidad de Jena. Allí conoce Novalis a Schiller, Fichte, Nietham- mer y Hoólderlin. Sobre la influencia que en él ejercieron los dos primeros autores mencionados deberemos ocupat- nos más adelante. El poeta se sintió siempre poco interesa- do por los estudios a los que le había destinado su padre y dedicó más atención a disciplinas como las Matemáticas y las Ciencias de la Naturaleza. Por sugerencia de Schiller, Novalis abandona Jena y se traslada a Leipzig, donde con- tinúa, igualmente sin entusiasmo, sus estudios de Derecho —una carrera que terminará luego en Wittenberg—, que compagina de nuevo con los de Matemáticas y Ciencias Naturales, así como con los de Filosofía e Historia. En Leipzig conoce Novalis a Friedrich Schlegel; entre ambos surge una amistad que, aunque no exenta de tensiones y crisis, resultará enriquecedora para los dos. Más adelante diremos algo sobre la influencia que el autor de Lucinde ejerció sobre Novalis. Terminados sus estudios de Dere- (u] cho, el poeta pasa a ocupar un puesto en la administración de las salinas de Tennstedt. El año 1794 tiene una especial importancia en la vida de nuestro autor, porque, en un viaje ocasional a Grúningen motivado por el cargo que Hardenberg ocupaba en Tennstedt, conoce a Sophie von Kiihn, de la que se enamora, con la que se prometerá luego en secreto y que tendrá un papel muy importante en la vida y en la obra de este poeta. La figura de la muchacha de doce años que el poeta conoció con ocasión de este via- je, una figura que centra el tercero de los Himnos a la Noche, que aparece retratada en Matilde, en el Enrique de Ofterdin- gen, y ala que el poeta dedica la primera parte de esta nove- la, ha sido objeto de un considerable proceso de mitifica- ción, tantos son en este caso los elementos biográficos que invitan a urdir una imagen tópica de la amada romántica. Sin embargo, tal estereotipo se encuentra en este caso no- tablemente alejado de la realidad de los hechos. Aunque Novalis escribió a su hermano diciendo que un cuarto de hora había decidido su vida entera —una frase que éste desmitificó observando que en un cuarto de hora no se puede conocer a una persona de tan altas cualidades, que si hubiera sido un cuarto de año sí estaría dispuesto a admi- rar res... sus talentos en punto al conocimiento de las muje- —, €s posible que Erasmus Hardenberg tuviera razón cuando le reprochaba a Friedrich un cierto cálculo y una cierta frialdad en la elección. Puede ser que en aquella mu- chacha el poeta buscara el equilibrio que necesitaba para la inestabilidad sentimental y erótica de sus años mozos y que el amor entre Friedrich y Sophie no fuera el prototipo del amor romántico que a veces se ha querido ver; por otra parte, entre ambos no faltaron dudas, crisis y tensiones. Sophie enfermó muy pronto; Novalis vivió con aflicción dolor esta enfermedad. La muerte de Sophie en 1796, que supone ciertamente una profunda crisis en la vida del poe- ta, idealiza de un modo definitivo esta figura y convierte un amor dudoso y problemático en un hito de la vida y del sistema filosófico-poético de nuestro autor. Volveremos a encontrar a Sophie cuando nos ocupemos de los Himnos a la Noche. [12] A partir del otoño de 1797 Hardenberg estudia en la Bergakademie —algo así como la Escuela de Ingeniería de Montes— de Freiberg, cerca de Dresde. De esta época guardó el poeta un recuerdo entrañable de su maestro Abraham Gottlob Werner, a quien rendirá un homenaje especial en la novela que presentamos en este volumen, así como en Los aprendices de Sais. A este tiempo corresponde también el segundo amor de Novalis, Julie Charpentier, hija de un profesor de la Bergakademie. La interpretación de este segundo matrimonio en la vida de Novalis es una cuestión que en modo alguno está exenta de dificultades y que ha dado lugar a no pocos malentendidos. Por confe- siones explícitas a sus amigos sabemos que para el poeta esta segunda relación amorosa supuso un conflicto perso- nal; no implica en absoluto el olvido de su primera amada, O, más exactamente quizás, una infidelidad a la idealiza- ción que de ésta tuvo lugar en Novalis después de la muer- te de Sophie. El poeta siguió vinculado a la muchacha que conoció en Griningen y siguió esperando reunirse con ella en otro mundo. Desde la muerte de Sophie, y aún más desde su matrimonio con Julie, Novalis vive una doble vida —de la que, de algún modo, su sistema filosófico- poético viene a ser la expresión—, la centrada en los asun- tos de esta tierra y la que espera una elevación y reunifica- ción de todo más allá de la muerte. Dentro de esta óptica Julie es una compañera que va a ayudar al poeta a recorrer el trecho que le falta hasta unirse con Sophie. La figura de Cyane, que aparece en el primer capítulo de la segunda parte del Enrique de Ofterdingen —el único que el poeta llegó a escribir—, alude a Julie y al papel que ésta debía tener en la vida de Novalis. Como hemos dicho, en favor de esta interpretación de este segundo amor de Novalis hablan confesiones muy concretas de nuestro autor; a Friedrich Schlegel, por ejemplo, le dice que, si bien, con su nuevo proyecto, le espera una vida nueva, «con todo, hablando sinceramente, preferiría estar muerto»; pocas semanas más tarde, a la hermana de su amigo, Karoline, le confiesa que un reconfortante sueño terrenal le ha cerrado los ojos para un sol distinto del que le ilumina ahora, y que si antes en él [13] todo era «en estilo arquitectónico religioso», ahora todo lo ve «en estilo arquitectónico burgués». En 1799 Novalis vuelve a Weissenfels, donde se reinte- gra a su cargo de director de las salinas. Es éste un año de viajes y contactos con los representantes del primer Ro- manticismo. El poeta se traslada con frecuencia a Dresde y a Jena; en esta última ciudad, huésped de Wilhelm August Schlegel, renueva sus contactos con Schelling y conoce a Ludwig Tieck, con quien traba una sólida amistad, a la que debemos, por ejemplo, las noticias que nos han llega- do de las intenciones de Hardenberg en relación con la se- gunda parte de su Enrique de Ofterdingen. Huellas de su amis- tad con Novalis las encontramos, por ejemplo, en los rela- tos de Tieck Viaje de verano y El joven maestro carpintero. A éste le debe aquél el haberle llamado la atención sobre la obra de Jakob Búhme. Novalis muere el 27 de marzo de 1801, casi cuatro años justos después de la muerte de Sophie. En el curso de la breve noticia biográfica que precede han ido apareciendo nombres de personas que han tenido un papel en la vida y en el ideario de nuestro autor; algu- nos de ellos pueden considerarse de algún modo como ins- piradores de su obra. Conviene que nos detengamos unos momentos en ellos. Por orden de aparición en la escena de la vida de nuestro autor serían los siguientes: Fr. Schiller (1791), Fr. Schlegel (1792), Fichte (1795), Fr. W. Sche- lling (1797), A. G. Werner (1798), J. W. Ritter (1798), L. Tieck (1799) y J. Bóhme (1800). De entre esta nómina de autores que influyeron en No- valis los hay de muy diversos tipos, desde amigos que com- partieron las inquietudes del poeta y que le recomendaron lecturas que podían interesarle —éste sería el caso, por ejemplo, de Fr. Schlegel y de L. Tieck—, pasando por maestros de los que Novalis tomó elementos y sugerencias para su obra —Schiller, Fichte...— hasta autores que el poeta no conoció pero cuya lectura y meditación ha dejado huellas muy importantes en su obra. Desde el punto de vista profesional, entre estos nombres encontramos filóso- fos de campo, como Fichte, Schelling, Hemsterhuis y [14] Kant, literatos puros, como Tieck, literatos doblados de ensayista y filósofo, Schiller, Fr. Schlegel, y científicos como Werner y Ritter. A Schiller le debe Novalis el haberse apartado de los modelos poéticos de una época que ya no es propiamente la suya —Klopstock, Wieland, Biirger—, el conocimien- to de la Edad Media, que tiene un papel tan importante en Enrique de Ofterdingen y en el ensayo La Cristiandad o Europa, y sobre todo la vinculación de belleza y vida moral, que es uno de los ingredientes fundamentales del sistema filosófi- co-poético del que hablaremos después. A Friedrich Schlegel le debe Novalis el haberle afianza- do en su vocación filosófica y el haberle introducido en el pensamiento de Kant, que es uno de los contrapuntos so- bre los que el poeta define su pensamiento. Fichte, junto con Hemsterhuis, es uno de los principales inspiradores del ideario de Novalis. De él habla continua- mente este poeta en sus cartas; de su asistencia a los cursos que el autor de la Doctrina de la Ciencia daba en Jena se con- servan más de quinientas páginas de anotaciones y apuntes de Novalis. Cuando éste intenta superar el idealismo de Fichte —éste es el caso de sus esbozos del nuevo sistema del «idealismo mágico»— lo hace usando muchas veces el aparato conceptual y hasta la terminología de aquel filóso- fo. La idea de libertad, de aspiración a lo infinito, la dia- léctica sujeto-objeto, la concepción del arte y la acción hu- mana como victoria sobre la resistencia de la materia son elementos fundamentales del pensamiento de Novalis so- bre cuya filiación fichteana no parece que pueda haber duda alguna. En Schelling, cuyo ensayo /deas para una filosofía de la Na- turaleza (1797) leyó Novalis, encontraría este autor mu- chas de las ideas que luego leería en Hemsterhuis —la fuerza atracción-repulsión como lo que conforma la tota- lidad del cosmos, por ejemplo— y que aparecerán después en los fragmentos del Algemeines Bromillon —«borrado- res»—; la idea de que la Naturaleza es espíritu visible y el espíritu Naturaleza invisible puede haber sido una de las fuentes de inspiración de la teoría novaliana del hombre [xs] como microcosmos y el mundo como macroanthropos. En Frans Hemsterhuis, el filósofo holandés nacido de la Ilustración y enfrentado luego a ella, de inspiración plató- nica y simpatías pitagóricas, enemigo de los enciclopedis- tas franceses y continuador de la tradición inglesa de cuño moral —Shaftesbury, Fergusson...—, encontró Novalis lo que no encontraba ni en Kant ni en Fichte, y, por otra parte, vio desarrollados algunos de los pensamientos que se hallan en las /deas para una filosofía de la Naturalez de Sche- lling. De un modo esquemático, éstas podrían ser las intui- ciones de Hemsterhuis que más llamaran la atención de Novalis: el Universo como unidad armónica, una armonía que una fuerza espiritual ha impreso en la materia y a la que sólo la corriente moral que circula por los seres huma- nos puede descubrir; el Universo como algo constituido únicamente por dos fuerzas, la atracción y la inercia —transposición al mundo de la vida de las ideas de New- ton—; la indisociabilidad de materia, movimiento y pen- samiento; la concepción del cuerpo como instrumento del alma, que aspira a unirse con el objeto deseado, una unión que no es otra cosa que recomposición de lo disperso; la idea de Dios como la instancia suprema que fragmenta la realidad y dirige su recomposición; la identificación entre sentimiento de unidad y placer estético... Un cuerpo de doctrinas emparentado con éste, formula- do en el caso de Schelling y Hemsterhuis en clave filosófi- ca, lo encontró Novalis corroborado, ahora desde la pers- pectiva física y biológica, en las enseñanzas de Abraham Gottlob Werner, en la Bergakademie de Freiberg, y luego en la lectura de Johann Wilhelm Ritter, a quien el poeta conoció después en 1798. El primero, que enseñaba Geog- nosia, Oritognosia, Mineralogía y Estructura de los Cuer- pos Sólidos en aquel centro, intentaba, al igual como lo había hecho Lineo con las plantas, establecer una sistemá- tica coherente en el reino mineral; fue el defensor del nep- tunismo, una teoría que atribuía la totalidad de las formas de la superficie terrestre a la acción del agua y al depósito de materiales transportados por ella. J. W. Ritter, autor de un ensayo titulado Prueba de que el proceso vital que se da en el [:6] reino de los animales va acompañado de un constante galvanismo, proclama la unidad de todo el Universo, al que ve como una especie de macroanimal por el que circula una co- rriente única; para este autor las partes de los distintos ani- males y las distintas plantas son partes de este ser vivo úni- co. Cuando nos adentremos más en la obra de Novalis ve- remos aparecer, de distintos modos —en forma de aforis- mos o de obras literarias trabadas—, las ideas que acaba- mos de esbozar. Como señala Kluckhohn, en el caso de Novalis no siempre hay que hablar de influencias, muchas veces se trata sólo de un fenómeno de ósmosis cultural o de coinci- dencias entre el modo de pensar del poeta y sus lecturas o las ensañanzas que recibió en Freiberg. Este es el caso de la lectura de Jokob Búhme. Novalis había escrito ya lo fundamental de su obra cuando leyó a aquel autor. Del entusiasmo que sus doctrinas causaron en el poeta son buen testimonio un poema que éste le dedicó y en el que —aludiendo al título de uno de los libros del fi- lósofo místico alemán— habla de aquél como de «el anun- ciador de la aurora», y su intención de escribir un ensayo sobre él. Para Bóhme Dios no es una realidad estática, ac- tual, sino una energía, algo que se va haciendo en un ritmo que recuerda el de la dialéctica hegeliana y en el que la ne- gación— que es lo que hace progresar tal dinámica— tie- ne un papel fundamental. En realidad, tanto en Hemster- huis, en el Schelling de /deas para una filosofía de la Naturale- za, como en Werner, Ritter y Bóhme, se trata de una vieja corriente de pensamiento de raíz mística y platónica que floreció a finales de la Edad Media y que llega hasta el si- glo xvr11. Es difícil, pues, en este inventario de influencias que acabamos de hacer, distinguir filiaciones de afinidades o simplemente de influjos osmóticos del clima espiritual en el que se desenvuelve la obra de nuestro autor. 3. EsBozO DE UN SISTEMA: «EL IDEALISMO MÁGICO». LA MORALIZACIÓN DEL COSMOS. PROYECTO DE UNA ENCICLOPEDIA La palabra «esbozo», para introducir el tema del «idea- lismo mágico» de Novalis, parece inexcusable. En efecto, en una carta que el poeta escribe a Friedrich Schlegel el 11 de mayo de 1798, Novalis anuncia a su amigo un gran plan —«una idea muy grande, muy fecunda, que lanza un rayo de la máxima intensidad sobre el sistema de Fichte, una idea práctica» —, pero a la vez se excusa por haber des- pertado en el destinatario de la carta una curiosidad que él mismo no está aún en situación de satisfacer, porque no ha desarrollado todavía su pensamiento de un modo cabal; sin embargo puede comunicarle al amigo su alegría por- que tal proyecto concierne nada menos que a la realiza- ción de los deseos y los presentimientos más atrevidos del hombre de todos los tiempos. Conviene, pues, ser cautos en la exposición del conteni- do del plan novaliano del «idealismo mágico», toda vez que tal proyecto no se encuentra desarrollado ¿a extenso en ninguna obra de este autor y sólo es rastreable en las notas sueltas de su Allgemeines Browillon, que ronda las 350 pági- nas, y en los entresijos de una obra tan llena de ideas, de in- tenciones y de dificultades como es la novela Enrique de Of- terdingen. El examen de las dos palabras que constituyen este rótu- lo puede ayudarnos a entender cuáles fueron las intencio- nes de Novalis al excogitar esta «idea fecunda» que debía lanzar un rayo de luz sobre el pensamiento de Fichte. El «idealismo mágico» es un proyecto que tiene que ver fun- damentalmente con la relación del hombre con el cosmos; una relación que podemos caracterizar globalmente como intuición intelectual; sin embargo, lo que caracteriza la in- tuición intelectual novaliana del Universo es lo siguiente: en el poeta esta visión es además un éxtasis —ec-stasis—, una salida del hombre de sí mismo y una proyección acti- [18] va del sujeto sobre el objeto que conoce, una acción del ser humano sobre las cosas. Una analogía, planteada explícita- mente por Novalis, puede orientarnos en la dilucidación de este problema: la analogía que existe entre el alma indi- vidual y el cuerpo humano, por una parte, y la que se da entre el alma del Universo y éste, por otra; es la doctrina del microcosmos y el macroanthropos a la que ya hemos hecho alusión hace unos momentos: del mismo modo que el alma del hombre gobierna su cuerpo, el alma del Uni- verso gobierna a éste. Pero entre el ser humano y el Uni- verso existe una analogía, porque llevamos el Universo dentro de nosotros, pues éste tiene nuestra forma, y «el mundo tiene una capacidad originaria para ser animado por mí», de modo que el proyecto que tenemos del mundo coincide con el que tenemos de nosotros mismos. La in- tuición intelectual no es, pues, una aprehensión pasiva de lo que está fuera de nosotros sino una actuación de noso- tros sobre lo exterior al yo, donde tal distinción entre lo que somos nosotros y lo que es el cosmos ya se apartaría del sentido estrictamente novaliano de esta curiosa forma de idealismo, porque nosotros somos una réplica del mun- do y el mundo es una imagen del hombre: «el hombre tan- to puede ser el Yo como el No-Yo», dice nuestro autor dialogando con Fichte. Este es el sentido del adjetivo «má- gico» que acompaña al rótulo del idealismo de Novalis: la magia es el arte de actuar sobre las cosas, a voluntad del mago, de transformar la realidad; a la actuación del alma individual sobre el cuerpo no la consideramos mágica, sí en cambio a la actuación del hombre sobre las cosas; pues bien, ésta es la vocación del hombre —concretamente, del poeta—, imponer la idea, el espíritu sobre la materia, con- vertir lo involuntario y azaroso en voluntario y planeado, espiritualizar el cosmos; en el postulado del «idealismo mágico» de «hacer de las cosas ideas y de las ideas cosas» se expresan de un modo pregnante los dos términos que defi- nen este esbozo de sistema. El «idealismo mágico» no es, con todo, la última meta del ser humano; ésta debe ser la moralización de la Natura- leza. Esta transformación del Universo, cuyo sentido es la [19] victoria del espíritu sobre la inercia y sobre la tendencia a la disgregación, debe acercar a aquél a Dios, que es el fin de este dinamismo. De ahí que para Novalis el poeta, que es el agente de esta glorificación del cosmos, sea a la vez un «vidente» —idealismo—, un «mago» —mágico— y un sacerdote, porque su actuación está referida al ámbito de lo divino. No es de extrañar que, por la misma época en la que Novalis prometía a Friedrich Schlegel una idea fecunda —que el poeta todavía no podía concretar— que iba a ilu- minar el sistema de Fichte, Hardenberg se ocupara de un proyecto de grandes proporciones, y que tampoco llegó a realizar: la Enciclopedia. El término, teniendo en cuenta el ensayo del mismo tí- tulo que había tenido lugar en Francia pocos años antes, puede inducir a error. En efecto, el proyecto novaliano de una «introducción a un auténtico saber enciclopédico» se halla a leguas de distancia del plan compilatorio del saber humano llevado a cabo por los ilustrados franceses. Con su Enciclopedia Novalis quiere derribar las fronteras que separan las ciencias y las artes y reducir la totalidad del sa- ber y el hacer humanos a una unidad última de la que, en un despliegue múltiple, saliera la totalidad de cuanto el hombre ha excogitado y llevado a cabo a lo largo de la his- toria. Un proyecto de altos vuelos que asustó al mismo Novalis, sobre el que bromeó Friedrich Schlegel —«Har- denberg se dispone a hacer una masa con la religión y la Física. Va a resultar un revuelto curioso», dice aquél en una carta a Schleiermacher— y del que han quedado sola- mente fragmentos dispersos en el A/lgemeines Brouillon. En ellos, y en consonancia con el magno plan que el poeta se había trazado, encontramos expresiones tan peregrinas como «Física espiritual», «música química», «Fisiología poética» o «Historia física»... Después del recorrido que hemos hecho por el pensa- miento y la obra de algunos de los principales inspiradores del sistema filosófico-poético de Novalis, no cabe abrigar duda alguna sobre la progenie de este ambicioso plan: en- tre los ancestros de la Enciclopedia de nuestro autor se en- [20] contrarían no sólo Leibniz, con su proyecto de una Cien- cia Universal, sino también Fichte, para quien la Doctrina de la Ciencia quiere ser una ciencia de las ciencias, así como Hemsterhuis, con su teoría de la armonía del Universo y de la reunificación de lo disperso por obra del alma del hombre; no en último lugar tampoco las ideas geológicas de Werner, que en la época en la que Novalis concebía su gran proyecto profesaba un curso en Freiberg con el título de «Enciclopedia de la ciencia de la minería», o el galva- nismo universal de Ritter. El parentesco entre el proyecto de una «introducción al auténtico saber enciclopédico» y los esbozos del sistema del «idealismo mágico» de los que hemos hablado hace un momento es también claro. Del mismo modo como la es- piritualización del cosmos que debía llevar a cabo el hom- bre —el poeta— debía culminar en la moralización del Universo, la Enciclopedia de Novalis tenía también una finalidad ética, porque dentro de la óptica novaliana —y ahí aparece de nuevo la figura de Hemsterhuis, quien, al modo socrático, une el saber con la felicidad— la inteli- gencia y el bien obrar están vinculados mutuamente.

jueves, 6 de agosto de 2026

PRINCIPIOS NOCTURNOS NOVELA. III PREMIO NACIONAL DE NARRATIVA ALBERTO CAÑAS

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Sigmund Freud Obras completas Sigmund Freud, 2001 Traducción: Luis López Ballesteros y de Torres

 



 

 Sigmund Freud

Obras completas

 

 Sigmund Freud, 2001

Traducción: Luis López Ballesteros y de Torres

Editor digital: Titivillus

ePub base r1.2

 

 

  PRÓLOGO A LA PRESENTE EDICIÓN

Al cumplirse el cincuentenario de nuestra primera edición de las Obras Completas de Sigmund Freud, y con motivo de haberse publicado, a título póstumo, muchos trabajos del profesor vienés todavía inéditos, Biblioteca Nueva inicia con este primer volumen una nueva edición definitiva de la magna labor científica desarrollada por el creador del psicoanálisis.

Esta nueva edición se ha orientado a ordenar cronológicamente toda la obra de Freud, de acuerdo con el criterio sustentado por la edición inglesa a cargo del doctor James Strachey y de la doctora Ana Freud, hija y continuadora de su padre en la investigación psicoanalítica. Esta tarea ha sido encomendada al médico psicoanalista chileno Jacobo Numhauser Tognola, que ha efectuado las correcciones, modificaciones y agregados que las nuevas investigaciones sobre la obra freudiana aconsejan.

Al propio tiempo, el doctor Numhauser ha redactado, junto a los centenares de notas, de diverso género, contenidas en nuestras precedentes ediciones, para la presente, otras no menos expresivas, que figuran en el texto señaladas con asteriscos.

En esta edición, inexcusablemente figura el prólogo que a la primera de 1922 suscribió el filósofo español José Ortega y Gasset, quien fue, precisamente, el que propuso a Biblioteca Nueva la magna empresa de enriquecer la bibliografía en lengua española con la magistral versión del traductor Luis López Ballesteros y de Torres, y que tan elogiosos comentarios críticos motivó por parte de Sigmund Freud en la carta que insertamos en el presente volumen.

También hemos de expresar, una vez más, nuestro reconocimiento a los doctores José Germain y Ramón Rey Ardid por su respectiva aportación a las anteriores ediciones de las Obras de Freud.

Para un mejor estudio y valoración del acervo científico freudiano, el ilustre doctor Juan Rof Carballo aporta un estudio de orientación general y particular para este volumen primero, que será complementado en volúmenes sucesivos.

En este tomo primero hemos incluido todos los escritos psicológicos de Freud hasta la aparición, en 1905, de El Chiste y su relación con lo inconsciente.

Además, en la presente edición figura una selección iconográfica del autor y varias ilustraciones más, directas o marginales, relacionadas con su obra y procedentes de la historia del arte universal.

 


 PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN

1922

La BIBLIOTECA NUEVA se propone publicar, vertidas al castellano, las obras completas del gran psiquiatra vienés Sigmund Freud. La empresa me parece sobre manera acertada y contribuirá enérgicamente a atraer la atención de un público amplio sobre los asuntos psicológicos. Han sido, en efecto, las ideas de Freud la creación más original y sugestiva que en los últimos veinte años ha cruzado el horizonte de la Psiquiatría. Su aparición motivó ardientes y dilatadas polémicas. En torno a Freud se fue formando un tropel cuantioso de discípulos y fieles, que propagaron por todo el mundo la nueva fe, fundaron revistas, anuarios y bibliotecas. La claridad, no exenta de elegancia con que Freud expone su pensamiento, proporciona a su obra un círculo de expansión indefinido. Todo el mundo —no sólo el médico o el psicólogo— puede entender a Freud y, cuando no convencerse, recibir de sus libros fecundas sugestiones.

Como en el orden de la funcionalidad corporal o fisiológica casi todos los grandes progresos durante el siglo XIX han sido debidos a los médicos, esto es, a la necesidad inaplazable de curar al enfermo, así estas teorías psicológicas se han originado en la urgencia clínica del psiquiatra. Los laboratorios aportaban escasísimos recursos al médico para actuar sobre las enfermedades propiamente mentales, a las que no se ha logrado descubrir una base de perturbación somática. Muy cuidadosa la investigación de la exactitud en los métodos que empleaba, prefería ser fiel a ellos, que ensayar audazmente procedimientos empíricamente eficaces. Así quedaba demorado todo avance clínico hasta las calendas griegas.

Freud tuvo la osadía de querer curar, cualquiera que fuese la castidad lógica de los procedimientos. Para ello se resolvió a tomar en serio el carácter de «mentales» y no somáticos, que se atribuye a ciertos trastornos. Pensó que, en verdad, la psique, como tal, podía hallarse valetudinaria, sufrir heridas psíquicas, padecer como hernias espirituales, a que sólo podía aplicarse una cirugía psicológica. De aquí nació la PSICOANÁLISIS, terapéutica de sesgo extraño y dramático, que en tomos sucesivos hallará expuesta el lector.

De tal propósito surgió para Freud la necesidad de elaborar todo un sistema psicológico, construido con observaciones auténticas y arriesgadas hipótesis. No hay duda de que algunas de estas invenciones —como la «represión»— quedarán afincadas en la ciencia. Otras parecen un poco excesivas y, sobre todo, un bastante caprichosas. Pero todas son de sin par agudeza y originalidad.

Lo más problemático en la obra de Freud es, a la vez, lo más provechoso. Me refiero a la atención central que dedica a los fenómenos de la sexualidad. Para Freud, neurosis y psicosis son perturbaciones engendradas por conflictos sexuales de la infancia. Freud amplía notablemente el concepto de la sexualidad que suele llamar «libido», pero aun así, ¿no deja su obra siempre la inquietud de que se nos invita a aceptar una hipótesis desmesurada? Sin embargo, cualquiera que sea la medida dentro de la cual este sexualismo psiquiátrico de Freud puede considerarse verídico, ha servido para que, al cabo, entre la ciencia a ocuparse seriamente del erotismo, tradicionalmente cerrado a la investigación. Lo que hasta ahora podría decirse de la LIBIDO era tan poco, que contrastaba absurdamente con la innegable importancia de esta función biológica dentro de la vida psíquica.

La necesidad de descubrir los escondrijos del «alma» donde vienen a ocultarse esos tumores afectivos, generadores, según Freud, de las enfermedades mentales, le llevó a penetrar en el territorio de los sueños. Su libro sobre la vida de los sueños es una de las producciones más interesantes del pensamiento contemporáneo. En él desarrolla Freud la idea de que nuestra conciencia fabrica constantemente símbolos de la sexualidad, a veces de una pureza sublime y de una inmaterialidad platónica inefable.

El descubrimiento de este símbolo permitió al médico de hoy extender su clínica a los tiempos pasados y aplicar la psicoanálisis a los genios del pretérito, a las mitologías, religiones y formas sociológicas.

El libro presente es el más adecuado para introducir en el pensamiento freudiano a las gentes curiosas que hasta ahora lo desconocían. Poco a poco se va viendo en él aparecer el ingenioso edificio de observaciones y supuestos con que Freud pone cerco al secreto palpitante de nuestra intimidad psíquica.

 JOSÉ ORTEGA Y GASSET

1922

 

 


 PRÓLOGO A LAS EDICIONES PRECEDENTES

La finalidad de una edición de obras completas puede ser considerada desde diversos puntos de vista. No sólo han de incluirse en estas colecciones los clásicos, sino también autores modernos cuya producción, aún en plena madurez y desarrollo, ha alcanzado tal amplitud y dispersión que exige una reunión en volumen para ser mejor conocida y estudiada. De este tipo son muchas de las obras completas últimamente publicadas. Por primera vez dan posibilidad al lector para recorrer cuanto ha escrito un autor y leer muchos trozos inéditos y obras agotadas, imposibles de encontrar.

Entre aquellas obras completas de clásicos —que constituyen un homenaje a su memoria— y éstas de autores modernos, que son, en gran parte, un instrumento más vivo, una ayuda que se presta al estudioso, cabe situar otro tipo de edición: la que se refiere a la producción total de un autor recientemente fallecido, con objeto de reunir en ella su aportación original y de presentar así, en forma cómoda y práctica, el legado histórico de su pensamiento.

A esta categoría pertenece la serie de volúmenes que iniciamos hoy para presentar en castellano las obras completas del profesor Sigmund Freud, fallecido en Londres a los ochenta y dos años, aún en plena actividad intelectual.

Este empeño se justifica primeramente por la importancia histórica que tiene el pensamiento de Freud y por la necesidad de seguirlo en su desenvolvimiento a través de sus publicaciones sucesivas. En este caso, una edición de conjunto constituye una necesidad y representa verdaderamente una aportación de ineludible valor. Como documentos científicos, donde se expone y desarrolla esta teoría tan discutida, presentamos unidos los diversos tomos de la obra de Freud, dándoles de esta suerte el rango y categoría que científica e históricamente le pertenecen.

Por otro lado, juzgamos oportuno presentar esta obra al público español y de habla castellana, por considerar que ha llegado ya el tiempo en que, después de los entusiasmos y de las críticas del primer momento, se hace posible y necesaria una posición más serena y objetiva ante la extensa producción del profesor Freud.

Ha transcurrido tiempo suficiente para que sea lógica esa postura; pero, además, son tantas las escuelas y disidencias que han ido surgiendo del primitivo tronco psicoanalítico, y tan variadas las críticas que se han hecho a la doctrina, que bien vale la pena presentar todos los documentos originales reunidos para estudiarlos con serenidad en cada caso. De este modo podremos saber cuándo debemos dar la razón a la crítica, cuándo a la propia teoría primitiva, cuándo, en fin, a alguna de las escuelas disidentes.

No intentamos sentar posición; únicamente aspiramos a que la pulcritud de nuestro trabajo y la buena intención de nuestro esfuerzo sean reconocidas y apreciadas por todos.

Conviene hacer resaltar que el término «psicoanálisis» se aplica, en realidad, a tres cosas diferentes:

1.a A un método de investigación mediante el cual las regiones más íntimas y ocultas del espíritu pueden ser puestas en evidencia y estudiadas. Esto puede considerarse —según Moodie— como la disección de la mente y el estudio de su anatomía.

2.a Una teoría que se elabora con los resultados de este análisis, llevado a cabo en muchos casos semejantes que se estudian comparativamente para poner en evidencia rasgos y reacciones características en cada uno. De esta suerte se elabora una verdadera fisiología de la mente y se señalan las normas de su funcionamiento. Es la teoría psicodinámica del desarrollo de la personalidad.

3.a Una técnica de aplicación que tiene por finalidad adoptar el método analítico —conocida la estructura de la mente y su funcionamiento— al tratamiento de los desequilibrios del espíritu. Esta acción terapéutica a través del inconsciente es la que verdaderamente ha de llevar el nombre de técnica analítica o de psicoanálisis.

En un principio, como es natural, la investigación y la teoría estaban forzosamente entremezcladas con la aplicación; esto es, con la actividad práctica curativa que de la teoría se desprendía. Cada enfermo era entonces sujeto en tratamiento y objeto de estudio.

Con el tiempo, sin embargo, la separación se ha establecido, y hoy día estamos en el momento histórico en que ambos caminos, al deslindarse, permiten ser recorridos con cierta independencia.

Por ello es conveniente que la posición primitiva de Freud sea exactamente conocida y estudiada, y por eso juzgamos conveniente esta contribución que hacemos a la información bibliográfica nacional.

Tanto si se es ortodoxo en estas cuestiones como si se sigue un camino opuesto o diferente, dentro del cauce de alguna de las escuelas disidentes, el poseer reunida en un volumen la obra completa de Freud resultará, más que una ventaja, una verdadera necesidad.

El ortodoxo precisará de esta fuente para no apartarse de la línea trazada por el maestro; el disidente, para fundamentar mejor las razones de su disidencia, y el que no acepta la doctrina, para estudiar en ella la causa de su posición.

Este mejor conocimiento de unos y de otros servirá para separar aún más claramente la teoría psicoanalítica —que para evitar confusiones debemos denominar teoría psicodinámica del espíritu— de las aplicaciones prácticas; esto es, del análisis o psicoanálisis propiamente dicho.

Ello contribuirá grandemente a hacer desaparecer muchos prejuicios que alrededor de estas cuestiones se han ido elaborando al correr de los años.

Estos prejuicios son de dos órdenes. De un lado existe la repulsa que el contenido mismo del psicoanálisis ha suscitado en el mundo en general, y que se explica como reacción subconsciente del individuo ante la penetración de su vida íntima, que le molesta y le desconcierta. De otro, la no aceptación desde un plano más elevado y por razones fundamentalmente morales de una teoría y de una técnica que no encajan exactamente dentro de la trayectoria cristiana de nuestro pensamiento.

Respecto al primer punto, podemos contestar con los mismos psicoanalistas, sean o no ortodoxos, diciendo que se trata de un mecanismo de defensa primitiva que es precisamente necesario analizar para aclararlo y hacerlo desaparecer. Hasta qué punto esto es cierto, es asunto que no intentamos puntualizar, ya que nuestra postura hoy es fundamentalmente expositiva.

Para contestar al segundo punto recurrimos a la autoridad del padre Gemeli, rector y profesor de la Universidad Católica de Milán y presidente de la Academia Scientiorum del Vaticano. Este ilustre profesor y hombre de ciencia considera que el psicoanálisis debe ser estudiado con espíritu claro y ecuánime por el psicólogo e interpretado con un sentido cristiano. Lo mismo que los escolásticos hicieron de Aristóteles un filósofo cristiano, así, hoy día, podemos hacer que cuanto hay de útil en la doctrina de Freud sea aplicado con equilibrada mesura al mejor conocimiento de la mente humana. Con ello habremos ayudado al progreso de la ciencia y beneficiado al enfermo.

En estos momentos existe una razón más que explique y justifique esta publicación, y es la boga que están adquiriendo en los laboratorios de psicología y en las clínicas psiquiátricas las llamadas técnicas o test proyectivos. Estos test se basan en la interpretación psicodinámica de la mente humana. Manejarlos sin haber estudiado previamente la teoría psicoanalítica es, indudablemente, cometer un grave error. Muchos de estos test han llegado a nuestros laboratorios y clínicas. Entre ellos podemos citar el Rorschach, el «Thematic Apperception Test», el «Picture Frustration Test», el «Minnesota Multiphasic Personality Inventory» y tantos otros. Creemos rendir un serio y señalado servicio a los psicólogos y psiquiatras españoles dándoles ocasión para documentarse debidamente antes de abordar este tipo de exploración psicodinámica de la personalidad.

Esto por sí solo justifica la necesidad práctica de esta edición.

En cuanto al aspecto más general de la doctrina —el que se refiere al contenido del pensamiento freudiano—, no cabe duda de que el poseer reunidos en tres volúmenes y ordenados cronológicamente todos los trabajos de Freud facilitará grandemente su estudio y permitirá abarcar debidamente el alcance de esa doctrina, sus limitaciones y también sus errores. Pues si «en gran parte debemos a Freud y a sus discípulos —como ha escrito el padre T. Moore— el que la psiquiatría comience a reconocer la importancia que tiene, desde un punto de vista psicológico, el comprender al paciente», también hemos de reconocer que, «desgraciadamente, Freud y su escuela no han intentado desarrollar una psicología empírica sana».

Al clínico le corresponderá resolver con tacto y habilidad el problema en cada caso, ya que, como ha dicho también el padre Moore, siempre es posible infundir una moral cristiana dentro de cualquier sistema psicoterápico, puesto que —volvemos a insistir— una cosa es la teoría y otra la aplicación práctica.

Finalmente, podemos decir que también ha llegado el momento de separar la doctrina del hombre. Muerto éste, puede ya trazarse su trayectoria como hombre, como científico, sin que los juicios que merezca —apasionados en uno y otro sentido, como han sido hasta ahora— influyan en modo alguno sobre la doctrina por él elaborada. Depurada de prejuicios y aislada de la aplicación práctica o psicoanálisis, debe ser estudiada con serenidad y objetividad por psicólogos y psiquiatras.

«La importancia de Freud no está en haber creado y enseñado el psicoanálisis con su completa y discutible técnica y, sobre todo, con esa fanática superestructura teórica —dice el padre Gemeli—, sino en ser el primero que ha dicho que para conseguir una psicología verdadera se precisa comprender las acciones humanas en su génesis y en su desenvolvimiento».

Freud ha estado durante cuarenta años trabajando ocho y diez horas diarias, analizando caso tras caso y elaborando al mismo tiempo sus teorías. Antes de criticar debemos considerar cuál es la propia experiencia de los expertos y pensar si la postura honesta no es la de acercarse sin prejuicios a la obra y considerarla con claro espíritu científico. Después, libre está cada cual de fijar su posición.

Aún es pronto para decir cuántos elementos de su doctrina se incorporarán a la psicología del futuro; pero lo que no podemos menos de admitir es que Freud ha abierto un nuevo camino a la investigación psicológica y elaborado una interpretación dinámica del psiquismo que es de un alto valor práctico en la clínica. «Las interesantes especulaciones y observaciones de Freud y de sus discípulos —ha dicho Th. V. Moore— constituyen la escuela de psicopatología más importante de nuestra época».

EL EDITOR.

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