lunes, 13 de julio de 2026

EN 10 PUNTOS ORFANDAD Y VACIO EN LA LITERATURA ACTUAL LATINOAMERICANA .

 


EN 10 PUNTOS

ORFANDAD Y VACIO EN LA LITERATURA ACTUAL LATINOAMERICANA .

·  Fin de una constelación: Vargas Llosa era el último gran representante vivo del Boom; su muerte clausura una generación que transformó la literatura latinoamericana en fenómeno mundial.

·  Vacío de autoridad intelectual: más allá de la ficción, Vargas Llosa ejercía como ensayista y pensador público; su ausencia deja un hueco en el debate cultural y político de la región.

·  El Boom como mito fundacional: la generación de García Márquez, Cortázar, Fuentes y Vargas Llosa creó un canon que dio identidad continental; su desaparición marca el fin de esa mitología compartida.

·  Fragmentación del campo literario: sin la figura de Vargas Llosa, el panorama se dispersa en voces múltiples, pero sin un eje articulador que otorgue cohesión continental.

·  La pérdida del puente con Europa: Vargas Llosa fue interlocutor privilegiado entre América Latina y Europa; su muerte debilita ese diálogo cultural y filosófico.

·  El vacío de la novela total: Vargas Llosa defendía la idea de la novela como totalidad, como espejo de la sociedad; hoy predomina la fragmentación y la narrativa breve, dejando un hueco en la ambición literaria.

·  La erosión del intelectual público: su figura encarnaba el escritor que intervenía en política, ética y filosofía; en la era digital, esa voz se diluye entre influencers y opinadores.

·  El silencio de la crítica ritual: Vargas Llosa representaba una crítica literaria con densidad filosófica; su ausencia deja un vacío en el pensamiento que unía estética y ética.

·  El fin de la épica continental: el Boom narró América Latina como territorio mítico y conflictivo; hoy la narrativa se atomiza en lo local, perdiendo la dimensión épica que Vargas Llosa sostenía.

·  La orfandad simbólica: su muerte no solo es biográfica, sino arquetípica: América Latina queda huérfana de un padre literario que encarnaba disciplina, rigor y universalidad.

MELIAN LAFINUR LUIS LAS MUJERES DE SHAKESPEARE

 


Sr. Dr. D. Enrique de Arrascaeta.

 Mi respetable amigo: La intrepidez editorial de D. Andrés Ríus — á quien quedo muy grato por su piadosa tarea, — toma de mi colaboración en los Anales del Ateneo, seis artículos que versan sobre el mismo asunto, y con los cuales, convertidos en otros tantos capítulos, resulta lo que llamaré un libro, desde que por libro tiene el diccionario de la lengua, á una reunión de pliegos cosidos y en cuadernados. Siquiera sea, pues, materialmente, las páginas si guientes constituyen un librito, que he de ofrecer á usted por dos razones: es la primera, que sus me recimientos literarios, sin contar los demás que á usted exornan, le hacen acreedor, no ya á este po bre homenaje de mi aprecio y buena voluntad, sino á otro do mayor valía que rendirle pudiera quien rayase á más altura que yo; es la segunda, quo obligó usted mi gratitud cuando gentilmente quiso vincular con fina dedicatoria mi nombre humilde, á la suerte propicia de su «Colección de poesías americanas ¡>. « Las mujeres de Shakespeare » llamo á la obri ta que dedico á usted, mediante cuyo título á pri mera vista pomposo, no otra cosa, absolutamente ninguna otra, quiero significar, sino con pocas pala bras, la materia sobre qué versan las ligeras páginas que he escrito. Y al osado que me tilde de inmodesto, aun con la advertencia que precede, afírmele usted que los se sos me he devanado por hallar inscripción que me jor cuadrara á la sencillez de mi intento; agréguele asimismo que he procurado con empeño alejar toda sospecha de tiesura que explicarse pudiera sola mente en autores inflamados por auras populares, que no van á henchir mis pulmones, al soplo de la voga de este libro; dígale usted también todo lo que se le ocurra, y como argumento decisivo, que le invente un título para la próxima edición. Atienda usted ahora la historia de mis inquietu des y zozobras: Estudios /. . . me decía yo á solas; eso es, de signaré mi trabajo así: « Estudios sobre Shakes peare. » Pero. . . imposible!; no han sido á fe muy extensos los que recuerde haber practicado, y enga ñaría al público : 110 sé mentir. Además, hace ya mucho tiempo que ha dejado de ser rasgo de plau sible modestia, ponerle á un libro en su primer ho ja, lo de qua se trata de un estudio; que como quien dice nada, Bernardino de Saint-Pierre, Cha teaubriand, Balzac, Renán, y otros estudiantes por el estilo, muy serios han llamado Etudes á algunas de sus peregrinas producciones. Tongo por fuerza, pues, quo renunciar á mis Estudios Shakespearia- nos. A renglón seguido de este fracaso, un momento hubo en que la palabra ensayo se presentó á la mente como tabla salvadora en el naufragio de los títulos de un libro. Ensayo sobre las mujeres de Shakespeare, — lo confieso ingenuamente, — fuó manera de designación que me sonó al oído sin pretensiones, y me sedujo; por cuyo motivo, pres cindiendo con desdén de que Yelisla, en apuro al mío semejante, temió escuchar cerca de sí « que se ensayo ese caballero en su casa», prescindiendo de eso, repito, iba ya á dar aquel título á la imprenta, cuando de pronto me sentí iluminado, y recordó que Essais, sencillamente es una travesura como la de Etudes, practicada, eso sí, por niños de gran talla; como que Montaigne, Macaulay, De Sanctis, para no citar más escritores ilustres, les llaman Essais, ó Essays, ó Saggi, según su res pectivo idioma, á muchas de sus obras inmortales ! ... Bocetos, Esbozos, viniéronme también á la me moria, y Bosquejos qué sé yo ! .... y siempre quedé en la misma!! P e ro .... ¿á qué preocuparme de secundario detalle en el bautizo de este libro ? ¿ No es verdad que usted lo acepta, sea cual fuere el nombre que llevo ? Con esta seguridad, tranquilo siéntome ya, y dejo bajo el amparo y protección de usted á Las Mujeres de Shakespeare. Luis Melián Lafinur. Julio de 1884.

domingo, 12 de julio de 2026

CINCO POETAS DEL TIEMPO Vicente Aleixandre Luis Cernuda José Hierro Carlos Bousoño Francisco Brines Segunda edición, aumentada

 


NOTA A LA SEGUNDA EDICION Por la generosa acogida que recibió en su primera apa rición, y por la cual soy agradecido deudor, ve hoy este libro la luz por segunda vez. Publicado originalmente en 1964, su redacción definitiva estaba conclusa ya en 1963. Son pocos, relativamente, los años transcurridos. Pero como nada parece modificarse de modo tan rápido, afectiva y críticamente, como el más inmediato de los pasados, es decir, nuestro casi presente, al preparar esta nueva edición me encuentro que los profundos y reales cambios sufridos en la poesía española de la pasada década hacen obliga torias unas cuantas precisiones relativas, especialmente, al enfoque que preside estos estudios y al contenido que en ellos ha de esperarse. 

En primer lugar, hacia la fecha indicada (1963), ya firmes síntomas de una nueva toma de conciencia ante el hecho poético se anunciaban, o estaban claramente perfi lados. Los años que siguieron, hasta el presente, no sólo acentuaron dicha conciencia, sino que en cierto modo la superaban muy precipitadamente, por un lado, a la vez que, por el otro, le daban un relieve histórico definido. La dialéc tica de las generaciones pareció hacerse (o efectivamente así ha ocurrido) más aguda e implacable que de ordinario. Su primera consecuencia sobre este libro fue darle a su introducción (“El tiempo en la poesía española contempo ránea”) el mismo valor histórico, y por ello revisable, que todo aquello que esa misma dialéctica ponía en cuestión. Que la conciencia y el sentimiento del tiempo sea el centro de toda la poesía española de posguerra —tesis central de dicha introducción y estímulo que me llevó a agrupar estos cincos poetas— es algo que hoy, de afirmarse, tendría que sufrir matizaciones y, sobre todo, ser acotado en sus alcan ces cronológicos. 

Admitamos que cuando aquellas páginas fueron escritas (1963), era válida tal afirmación en un sentido relativamente incontrovertible. Por eso he preferido, ahora, reproducirlas como entonces aparecieron; pero impo niéndome el deber, que cumplo en este momento, de llamar fuertemente la atención del lector sobre la fecha en que hube de redactarlas. Esta advertencia es imprescindible para evitar que se vean como anacrónicos los términos de delimitación temporal (último, anterior, reciente, actual) que allí tanto necesariamente abundan. En calidad de comple mento a esa introducción, a la vez que de puesta al día de la situación poética española posterior, me ha parecido por ello oportuno añadir, con carácter de apéndice, una ojeada sobre "La poesía española de los últimos años”. Esta revisión que ahora se agrega puede leerse en continuidad al estudio introductorio mencionado; el cual creo que, con estas aclaraciones, puede seguir sirviendo legítimamente de entrada al libro. La actualización que supone dicho apéndice es una de las dos adiciones mayores de la presente edición. La otra afecta al ensayo sobre Vicente Aleixandre. Anteriormente apareció bajo el título de ”Vicente Aleixandre en dos tiem pos”, y se concentraba en algunos aspectos de los, hasta entonces, últimos libros del poeta: Historia del corazón (1954) y En un vasto dominio (1962). Pero el decenio del 60 ha sido pródigo para Aleixandre, en nuevos libros y en colecciones antológicas. 

Y por tratarse del mayor poeta vivo entre los aquí reunidos, me pareció útil extender la consideración de su labor poética hasta el presente, con lo cual aquel ensayo dio de sí un momento más, convir tiéndose así en "Vicente Aleixandre en tres tiempos”. En el tercero de ellos se examina la fase estrictamente actual de su trayectoria. Salvo algunas otras secciones en parte reescritas (por ejemplo, la destinada a explicar la integración del libro Las brasas, de Francisco Briríes, fruto de una nueva y más atenta lectura), los trabajos sobre los demás autores con servan, en lo fundamental, su forma original. Luis Cernuda murió al año siguiente de haber concluido el artículo que a él se dedica, limitado a un aspecto específico aunque central de su obra, como el título anuncia: "Emoción y trascendencia del tiempo en la poesía de Luis Cernuda”. El autor de La realidad y el deseo sólo publicó después un libro no considerado en dicho artículo (Desolación de la quimera, de 1962), que poco añade a su concepción tempo- ralista pues en él, sin perderse de un modo absoluto el sentimiento elegiaco tan firme en el poeta, el interés mayor se desplaza notoriamente de ese sentimiento a la visión acremente crítica de su etapa final. 

José Hierro no ha publicado poesía después de Libro de las alucinaciones (1964), tomado en cuenta siquiera de modo parcial, pero estimo que suficiente, en el estudio respectivo. Los otros poetas, Carlos Bousoño y Francisco Brines, sí han conti nuado de manera creciente y enriquecedora el ejercicio del verso. Pero engrosar esta edición con el examen de las muy importantes entregas últimas de uno y otro —Oda en la ceniza (1967), de Bousoño; y Palabras a la oscuridad (1966) y Aún no (1971), de Brines— haría excesivas las dimensiones de este libro. Por otra parte, sobre la obra reciente de estos dos poetas tengo escritos sendos ensayos que figurarán en un nuevo volumen, Diez años de poesía española, 1960-1970, que publicará en breve esta misma colección de Estudios Literarios de Insula. A Enrique Canito, director de la editorial y quien ama blemente me inclinó a esta nueva salida, mi mayor gratitud. Y la reitero también, y muy profundamente, a todos aqué llos (lectores, alumnos, colegas, críticos y amigos) que de un modo u otro la han favorecido, ayudándome con sus consejos, colaboración e interés. Madrid, verano de 1971. J osé Olivio Jiménez EL TIEMPO EN LA POESIA ESPAÑOLA CONTEMPORANEA Una rápida ojeada sobre la poesía española actual arro ja, de inmediato, esta sencilla y palmaria conclusión: el tiempo es el gran tema, el tema central y orgánico de esa poesía. Y no habrá que demorarse en explicar qué amplio sentido, equivalente si se quiere al de centro espiritual de creación, se da aquí a la palabra tema. 

El poeta, y esto es sólo un lugar común, no puede hacer otra cosa que ver la realidad (la extensa del mundo o la suya limitada, íntima y propia) y someterla a una profundísima transustancia- ción mediante la cual resultará esa misma realidad, si bien empobrecida por una parte, enriquecida por otra, al devol vérnosla transmutada ya en un objeto poético, es decir, salvada. Pero cuando se arriba a la conclusión de que todo cuanto el hombre alcanza a ver no es más que tiempo, la ecuación puede sustituirse sin mayor violencia por esta otra sencillísima: el poeta canta el tiempo o, de otro modo, la realidad hecha de tiempo y sujeta a él. Se podrá argüir, en seguida, que nunca ha hecho otra cosa; especialmente si tenemos en cuenta y seguimos literalmente la interpre tación de la poesía como fenómeno temporal, por su origen y mecanismo, que tan ardorosamente defendiera Antonio Machado y que hoy todos recordamos de memoria. Pero no cabe duda que los poetas han ensayado también, a veces, una poesía de la realidad consistente (poesía por su lado, nada despreciable), y aún habrá que hacer notar, como ya se verá, que algunas de esas ocasiones se han producido en nuestra centuria a despecho del tinte marcadamente temporalista del sentir y la especulación contemporáneos. 

El estudio del tiempo en la poesía del siglo xx está por hacer. Y es muy natural que así suceda, pues su realización demanda un tamaño esfuerzo unido a un conocimiento entrañable de todas las doctrinas filosóficas, historicistas y temporalistas, de nuestra época. Y esto es virtualmente indispensable porque, aun a sabiendas de que poesía y filosofía son mundos autónomos, es inevitable que si se emprende el esclarecimiento de la temática del tiempo en la lírica, no pueda el estudioso eludir la también inevitable zona de tangencias con que una y otra actividad del espíritu se interfieren y complementan, enriqueciéndose mutua mente. De todos modos, muchos pasos hacia ese estudio han sido ya dados en los últimos años. Se dirigen, es cierto, a figuras representativas y tienen, por tanto, un carácter parcial; pero han cumplido la gran función de despertar el interés por la cuestión y de aportar valiosísimas suges tiones que podrán ya ser aprovechadas por los que a tal cuestión se acerquen con el ánimo más ambicioso de historiarla o sistematizarla. Dígase, como advertencia pru dente, que el que estas páginas recogen se resentirá por igual de parco y fragmentario; en razón, sobre todo, de los límites materiales a que su naturaleza misma obliga (no se olvide que se trata solamente de una somera intro ducción a un libro de ensayos en que se roza o plantea el tema del tiempo), y por razón también de las dificul tades intrínsecas que más arriba se acaban justamente de apuntar. «98» Y MODERNISMO El título de este parágrafo alude sólo, por una comodi dad justificada por el uso, a esa esfera cronológica general que tomamos siempre como primera o inicial en cualquier tratamiento de lo contemporáneo en las letras españolas. 

 Nada más; esto es, que queda aquí sin dilucidar si tales denominaciones se ajustan en su recto y total alcance a los tres poetas de quienes se va a hablar. Pero lo cierto es que la literatura de España nace al siglo xx bajo la impronta de un preciso suceso histórico, el desastre del 98, y de la profunda revulsión moral que este hecho provocara en la minoría intelectual de aquellos años. Entra, pues, dominada por una vigilante atención a muy vivos reclamos del tiempo histórico. Había también, en el fondo cultural de ese período, otras fuerzas más profundas y universales, y no sólo latentes, sino de muy poderosa vigencia, a las cuales no eran ajenos tampoco los mejores de aquellos hombres. 

Se trata del formidable asalto a la razón que el pensamiento occidental venía enérgicamente realizando para sacudirse de ese peso enorme que el racionalismo a ultranza había acumulado sobre la indagación filosófica desde Grecia hasta la Edad Moderna. Bergson y James, por ejemplo, intuicionismo y pragmatismo, sin olvidar a Dilthey y a Nietzsche, eran corrientes ya fecundas que abonaban la mayor crisis de la fe en la razón que registra la historia. Y esta crisis es lo que marca el clima espiritual en que los noventayochistas empiezan a escribir, antes de que Ortega y Gasset intentara una riquísima y comprensiva manera de entender la razón y de acercarla e integrarla con la vida. Pero todos conocemos lo que ocurre cuando se quiere aplastar o callar a la otra razón, a la razón razonante, y cuando en su lugar nos proponemos mirar derechamente a la vida y al hombre de carne y hueso, como pedía Unamuno. Ocurre entonces que vemos tiempo, y nada más que tiempo. Esto lo sospechaba, o lo sabía, el racionalismo; y por ello había hecho abstracción en sus elaboradas construcciones de ese «pequeño detalle»: el tiempo. Ya Kierkegaard, desde antes, lo observó y anotó: «El tiempo no se deja asignar ningún puesto en el pensamiento puro» '. 1 Post-scriptum final no científico a las migajas filosóficas, segunda parte, 2:' sección, cap. III, 1 (citado por Julián Marías: Lo cual quiere decir a la letra que, inversamente, cuando el pensamiento se entera al fin de que el tiempo existe, y existe soberanamente, no le queda a la metafísica otra salida, si quiere sobrevivir, que la de hacerse sustancial mente ética y elevar el factor temporal a la categoría de supremo motor en el drama ontológico del hombre. Sobre tales circunstancias es fácil el diagnóstico de lo que va a darse en la lírica del 98. La historia externa de la patria y la agónica intrahistoria de aquellos espíritus (términos suficientemente conocidos y aquí útilísimos en más de un sentido) empujan a esos hombres hacia una poesía—en verso y prosa—angustiosamente dominada por la obsesión del tiempo. Y si se subraya aquí el dual vehículo expresivo es para no olvidar, como tantas veces pasa, a Azorín, el más intenso poeta en renglones corridos de aquel grupo, escritor tan finamente permeado por el sentimiento de lo fugaz y perecedero de la realidad. 

Para Azorín, «una preocupación por el poder del tiempo» fue, según sus pala bras, el resorte mágico de aquellos nostálgicos cuadros que reunió en Castilla, uno de sus libros fundamentales, al frente del cual colocó la frase entrecomillada y a la que se acude ahora tan sólo como testimonio personal y directo. La prueba decisiva e irrefutable está, desde luego, en la obra toda del maestro alicantino, fidelísima corroboración de su intencionalidad creadora. Pero cuando se habla de generación del 98 y de poesía se piensa, al momento, en Unamuno y en Antonio Machado. Don Miguel llevará al verso las mismas existenciales inquie tudes de su obra en prosa: el yo múltiple, el hombre creándose a sí mismo y creando, por íntima necesidad, a Dios; su apetencia de inmortalidad; su dolor de no ser en lo infinito y lo eterno—dolor que era para él la prenda más segura y distintiva de la verdadera hombriedad—. Pedro Laín Entralgo ha hecho el recuento de todas esas motiva ciones del hombre Unamuno, ilustrándolas eficazmente en Miguel de Unamuno. Madrid. Espasa-Calpe, S. A., Colección Aus tral, 3.a edición, 1960, pág. 29). su obra poética misma3. Aunque es un recuento breve, pues pertenece a un libro de más amplio objetivo, resulta suficiente para que se vea cómo el tiempo, el enigma del tiempo, es quien da unidad a toda la variada red de subte- mas y afanes que en su pensamiento afloran. 

He aquí, siguiendo a Laín, un apretadísimo inventario de la temática temporal en la poesía de Unamuno: la relación entre tiempo y eternidad, vistos ambos como contradicción o como vinculación mutua de uno y otra; la inexorabilidad humana de la vivencia del tiempo, o la probable supresión transi toria de esa vivencia; la visión última del tiempo como «forma misteriosa» del dolor del hombre; otra manera de contradicción que supone el intuir la existencia toda como un puro presente frente a la terca convicción de cuán inconsistente es ese mismo presente y de que la única realidad posible es el futuro; la función salvadora de la memoria y la imaginación en el trágico dilema de nuestro mutante destino; y, en suma, la importancia que en su poesía tienen, como temas y como móviles de lirismo, dos operaciones que se nutren esencialmente de tiempo: el recuerdo y la esperanza. Todos estos planteamientos, y muchos más, en torno a la problemática del tiempo (del tiempo vivido y personal, inmanente, pero también tras cendente, de cada hombre) dieron a Unamuno la materia constante y repetida de muchos de sus ensayos y novelas; pero también, y esto es lo que aquí importa, la raíz primera y absorbente de ese largo diario poético que es su Can cionero. Pasar de Unamuno a Machado significa moverse del grito a la melancolía, de la plegaria desesperada y hasta grandílocua a la plegaria serena, tenazmente empeñada en disimularse a sí misma como tal plegaria. Sobre Machado y su interés en el tiempo se ha escrito mucho últimamente :; 2 Véase de Pedro Laín Entralgo el capítulo «Miguel de Una muno o la desesperación esperanzada», en su libro La espera y la esperanza. Madrid, Revista de Occidente, 3.a edición, 1962, páginas 382-419. 3 Es fundamental, en este sentido, el libro de Ramón de Zubi r ía: La poesía de Antonio Machado. 

Madrid, Gredos, 1955; y pues en él a la presencia de este tema concreto en sus poemas se une una bien trabada concepción temporal de la poesía a la cual dedicó continuos asedios en su prosa teórica. La misma circunstancia de convivir con un grupo juvenil e impetuoso de grandes poetas, los del 27, que parecían desvirtuar su arraigada concepción, llevó a Macha do a una prédica reiterada y calurosa en favor de sus ideas. Por ello, va quedando como el poeta temporal por excelencia de nuestro siglo; y día tras día, como se ha dicho, se ven aparecer nuevos estudios que enfocan y aclaran diferentes aspectos de su pensamiento poético. La frecuencia de estos estudios se condiciona también porque una línea importante de ese pensamiento machadiano ha venido a coincidir fundamentalmente con la tónica general asumida por la lírica de la última posguerra. Así, no es extraño que se repitan, a todas horas, sus conocidas fórmulas teóricas para la poesía («palabra esencial en el tiempo», «diálogo del hombre, de un hombre con su tiempo»), o para el poema («tiempo personalizado», «tiempo vital del poeta con su propia vibración») y, desde luego, su autodefinición, por boca de Mairena, como «poeta del tiempo». Más útil será, tal vez, observar lo que realmente hizo en el verso. Y lo que hizo fue expresarse siempre desde una agudísima conciencia temporal, cumpliendo la teoría en la práctica. Cantó, pri mero, las incidencias espirituales de su personal tiempo particularmente su capítulo I, «El tema del tiempo» (págs. 23- 67). También las páginas que Laín Entralgo dedica a «Tiempo, recuerdo y esperanza en la poesía de Antonio Machado», en su libro citado (págs. 420-436). 

Sobre la concepción temporal de la poesía de Machado son muy recomendables el estudio de Juan López-Morillas, «Antonio Machado y la interpretación temporal de la poesía», recogido en su libro Intelectuales y espirituales, Madrid, Revista de Occidente, 1961 (págs. 71-98), y el de Anto nio Sánchez Barbudo: «El pensamiento de Antonio Machado en relación con su poesía», que cierra su libro Estudios sobre Unamuno y Machado, Madrid, Ediciones Guadarrama, 1959 (pá ginas 201-326). Por ofrecer un punto de vista diferente en rela ción con este tema, es interesante el ensayo «Fanales de Anto nio Machado», de Dámaso Alonso, que aparece en su libro Cua tro poetas españoles, Madrid, Gredos (Colección «Campo Abier to»), 1962, págs. 137-178. humano, del tiempo vivido y el soñado, de lo real y lo posible (y esta equiparación de lo actual y lo mítico es una de las riquezas mayores de su poesía): Galerías, soledades y otros poemas. Cantó, después, las realidades tristes de su tierra, de su contorno histórico-social, sin que le fuera posible contemplar esas realidades sino dentro de su obli gado encuadramiento temporal y su indisoluble devenir, que ata sin rupturas el pasado al presente y éste al futuro: Campos de Castilla. Cantó, por fin, y ya más reflexivamente, el enigma del tiempo, en breves escorzos donde lo personal quedaba como diluido en apretadas lecciones de formulación general: las Nuevas canciones y los Cancioneros apócrifos. Naturalmente que esta distribución es interesadamente convencional y, por tanto, discutible; pretende iluminar solamente, desde nuestro punto de vista, los modos como Machado trató el tema del tiempo y qué aspectos o modali dades de ese tema le llamaron más en los estadios sucesivos de su evolución. 

Pero convendrá conservar en la memoria esta triple vertiente de su canto temporal, pues habrá de vérsela de nuevo, en el final de estas notas, al llegar a la poesía de hoy, reproducida y amplificada en sus más sutiles y oportunas posibilidades. Juan Ramón Jimenez parece otra cosa, y por eso hay que andar con tiento al querer penetrar en los designios últimos de su poesía. A partir del Diario de un poeta recién casado, fecha inicial de la que todos los críticos y el propio autor llaman segunda gran etapa de su obra, a Juan Ramón se le ve urgido por una búsqueda sostenida y sin conce siones de la belleza: de una belleza total que no querrá admitir ya vaguedades sentimentales, oropeles ni fáciles acarreos, sino la mayor exactitud y limpidez posibles. Labor, pues, de la sensibilidad y la inteligencia estrechamente hermanadas. A la luz de esta búsqueda, a la que se consagró el poeta con una ardua vocación de sacrificio, se ha levan tado la leyenda de un Juan Ramón esteticista, y se ha usado como slogan el concepto de «lo estético», en todas las posibilidades morfológicas de esta voz, para calificar cualquier aspecto que le ataña: su poesía, su voluntad creadora, su actitud ante la vida y el arte, su existencia misma... Y esta valoración, que es innegable en el caso del poeta de Moguer, le resulta al mismo tiempo harto peligrosa, pues ha impedido que se adviertan o reconozcan otras zonas o facetas en verdad importantes de su mundo espiritual, tal como si en él el artista hubiese devorado al poeta y al hombre. Ha impedido con frecuencia, y esto es lo más grave, que se viese sin prismas deformadores la causa honda y radical de esa su apasionada persecución de la belleza. Y es que siempre será arriesgado (aunque este riesgo sea no sólo inevitable, sino preciso) valorar o juzgar cualquier actitud del espíritu desde las creencias o prejuicios sobre los que nos movemos en un instante dado. 

Y el margen de error es más amplio, naturalmente, si la actitud que enjuiciamos escapa o es extraña al repertorio de los supues tos operantes en nuestro actualísimo presente. Estamos hoy, según todos los síntomas parecen indicar, en un período de sacro terror al esteticismo, al hiperindividualismo, al irracionalismo... ¿Tendremos, entonces, la indispensable justeza de visión para decidir, en fin de cuentas, a qué obedece la necesidad o vocación de la estética? Vendrán bien, en este momento, unas palabras con las que Ricardo Gullón sale al paso al mismo dictamen de esteticismo, enarbolado desde sensibilidades posteriores y ajenas, y casi siempre con un matiz peyorativo, contra los poetas del modernismo. Pero son palabras que pueden cubrir con toda legitimidad a Juan Ramón, especialmente si recordamos que él se proclamaba, al final de su vida con mayor combativi dad (y debido, sobre todo, a la discutible amplitud con que él concebía la clasificación), como un auténtico modernista. Escribe Gullón, al efecto, refiriéndose a poetas de quienes, igual que de Jiménez, se destaca generalmente como rasgo capital la sobreconciencia artística de su voluntad de estilo: «La convicción de que la poesía, la obra, es el último baluarte, el último reducto invulnerable del ser (contra la aniquilación) les hizo dedicarse con plenitud de esperanzas a la invención salvadora, y de ahí la paradoja del esteticis mo, entendida por tantos como fuga de la vida cuando en verdad simbolizaba el ansia de afirmarla, de hacerla eterna, transmutándola en palabras imperecederas» 4. 

A dirigir una particular llamada de alerta, en tal sentido, ha llegado un reciente libro de Antonio Sánchez Barbudo, La segunda época de Juan Ramón Jiménez % donde se insiste en la idea de que del tema central de este poeta (su ansia de eternidad, de plenitud, «su anhelo creciente de totalidad») deriva directamente su apetencia de la belleza, concebida ésta como la más inmediata forma posible para el hombre de vivir, todavía desde esta ladera, esa urgen tísim a experiencia de totalidad a que nunca deja el alma de aspirar. Con esto, en primera instancia, queda superado un entendimiento superficial de lo estético en Juan Ramón, que tanto daño puede hacer en la comprensión de su poesía. Y, sobre todo, se revela que en definitiva toda ella arranca de una implacable conciencia temporal: sólo se aspira a lo eterno e inmóvil cuando realizamos con toda lucidez nuestra condición finita y transitoria, nuestra temporeidad. De donde se concluye, a su vez, que Juan Ramón puede ser visto, como todo gran poeta, en calidad de poeta del tiempo, de poeta rebelde ante el tiempo. 

Pero algunas diferencias —grandes y notorias diferencias—ha de haber entre su decir poético y el de Unamuno y Machado, como ejemplos con los cuales la asociación se hace indispensable, por coincidencia cronológica y por estatura literaria. De estas diferencias nace aquel aserto de que Juan Ramón Jiménez parece otra cosa, con que se empezaban líneas arriba estas sumarias consideraciones sobre su posición como poeta temporal. Lo distinto está en que el autor de Eternidades, de Belleza, de Piedra y cielo, títulos que ya denuncian un obsesivo empeño, al reconocer al tiempo como el gran enemigo de ese mismo empeño, puso el mayor énfasis de su voluntad en abstraerse de las celadas de tan implacable enemigo y encaminó consecuentemente su verso hacia aque 4 Ricardo Guluón en Juan Ramón Jiménez y el modernismo, introducción al libro de Juan Ramón Jiménez : El modernismo. Notas de un curso (1953), México, Aguilar, 1962, pág. 24. 5 Madrid, Editorial Gredos (Colección «Campo abierto»), 1962. lias entidades visibles o mentales en las que una chispa de lo absoluto se evidencia al hombre: el marola flor, el amor, la poesía, la muerte misma. También Unamuno y Machado se rebelaban, cada uno a su manera, ante la inexorabilidad del tiempo; pero al hacerlo estaban continua mente invocándolo, dejándose atravesar directamente por esa misma inquietud, nombrándolo, y de forma muy con creta. 

Dicho de otro modo, para usar términos machadia- nos: contando y cantando sus personales historias de suerte tal que la «melodía» no ocultase la «historia». Arrastraban, así, el grito, la angustia, la ira; o, por otro lado, la resignada tristeza y el callado dolor: todo eso que entra en el acervo ásperamente emocional que es el vivir humano, cuando a ese vivir se le acepta en su prístino estado de rudeza y sin mayor transformación o sublimación que la estrictamente necesaria para convertirla en sustancia poética. Juan Ra món, en cambio, aunque nunca dejara de expresar su asombro dolorido ante la nada que circunda a la existencia, trató siempre, en lo posible, de salvar los escollos de la contingencia directa, es decir, de lo que a él le pareciera burdamente accidental. Y en aras de esa esencialidad total que se había impuesto, intentó y logró en elevadísimos momentos extraer la pura y desnuda verdad que las cosas le ocultaban como un reto. Temas y lenguaje recogieron, contagiados como fatalmente tenía que ser, ese impulso catalizador que procedía de su vocación de infinito; de un infinito que Juan Ramón Jiménez creía segregar y que, al decir de algunos críticos, parece haber conquistado en vida, según se desprende de algunas páginas de sus cuadernos últimos, tan ricos en trascendencia metafísica. Pero hemos concluido que, en fin de cuentas, fue una preocupación de índole temporal la que le movía interna y heroicamente. 

Y quizá en esta disposición última, que se ha subrayado, radique la lejanía espiritual, por hoy insalvable, que acusan las jóvenes generaciones respecto a su trabajo poético, al que sienten (tal vez con un poco de torpeza en el señalamiento) como «menos humano» que el de Machado o Unamuno. Y es que lo heroico no es dimensión común en el hombre; y en una época como la nuestra, de vuelta ya de aquel rabioso individualismo de entonces, lo heroico, especialmente lo heroico en el dominio de la estética, no sea acaso sano ni recomendable (lo cual no supone, ni mucho menos, la cerril exaltación de un vulgar prosaísmo realista como fórmula única de poesía). Los tiempos tienen su dia léctica, inaplazable, irrenunciable; y el nuestro ha situado su esperanza en la historia, en el vivir concreto y real con sus accidentes gloriosos o miserables—materia toda ella, cuando hay auténtica capacidad creadora, susceptible de ser elevada a poesía dignísima y noble—. De aquí que no deba juzgarse como injusto el extrañamiento que pueda producir hoy la empresa sobrehumana de Juan Ramón. Lo que sí será siempre mezquino es la negación obstinada, interesada tantas veces, de la altísima calidad intrínseca de su obra. «27» y «36» En los años cenitales del magisterio de Jiménez adviene a la vida literaria la llamada generación del 27, colectiva e individualmente la de mayor importancia de cuantas enriquecen a la poesía española de este siglo y aun más allá. (No se olvide, en este tránsito del modernismo a la entreguerras, a León Felipe, aunque su más desgarrada lamentación temporal, sus trenos «del éxodo y el llanto», vendrán mucho después, como por imperativo de la historia tuvo que ser.) 

Al surgir los jóvenes poetas de los años veinte, las estimulaciones que estaban en el aire de su época les inclinarían naturalmente al autor de Eternidades más que a los otros dos posibles maestros de la generación anterior. Esas estimulaciones indicaban la meta de un arte lúcido, aséptico, puro, objetivo: poesía pura, música pura, plástica pura... Y habrá que admitir que por esta vertiente, tan proclive en sus simas a la frialdad y al cerebralismo, era factible llegar a confundir la vocación de pureza poética con una suerte de nuevo virtuosismo retórico, sutilmente embozado, pero no menos nocivo que el de cualquier pasado literario. De hecho a ello se llegó, en casos por fortuna muy contados y efímeros, pero que dieron oportu nidad a aquellos maestros mayores (Unamuno, Machado y aun el propio Juan Ramón) a expresar sus temores en tal sentido. Lo que conviene señalar es que ese ideal de objetividad exigía, desde luego, un escrupuloso cuidado en el proceso de la creación, de modo que quedase asegurada para el producto poético la incontaminación más absoluta con lo turbio de la vida, o sea, del tiempo. Tanto más alto sería aquél, desde un ángulo rigurosamente artístico, cuanto más borrada o diluida resultase la obligada dependencia que el poeta, como todo ser humano, guarda respecto al tiempo. 

Destemporalizado, vendría bien como calificativo para este arte; mucho mejor que deshumanizado, desenti- mentalizado o desrealizado, términos todos de tan peligrosa ventura. Ya que por muy enérgica que sea la voluntad de abstracción no hay arte que no represente una integración, más o menos emotiva, más o menos intelectual, del creador con la realidad. Y este particular punto lo ha visto y señalado muy bien, aplicándolo defensivamente a su propia generación, une de aquellos poetas, Jorge Guillén, en el capítulo final de su libro Lenguaje y poesía \ Pero es indudable que eran los años del miedo a la anécdota, a lo narrativo, a lo impuro. ¿Y de dónde puede venirle al poeta este gran mal de la impureza sino de colocarse a plena luz frente a las concreciones vivas de su tiempo? O sea, ¿de qué actitud habrá de nacer esa huma nísima voluntad de impureza, que vendrá después, sino de negarse rotundamente a toda fórmula purificadora, a toda piadosa miopía? Pero el norte espiritual de aquel momento residía, como se ha dicho, en otra bien distinta aspiración: la autonomía del arte, la decisión de poner, como ha expresado Dámaso Alonso, «un enorme intervalo entre poesía y realidad»7, entre existencia azarosa y creación intangible. Antonio Machado, que seguía de cerca la labor de aquellos poetas, lamentaba que éstos se valiesen mayor mente de conceptos e imágenes conceptuales (el concepto: 0 J orge Guillen: Lenguaje y poesía. Madrid, Revista de Oc cidente, 1962, págs. 233-254. 7 Véase «Una generación poética (1920-1936)», en Poetas espa ñoles contemporáneos. Madrid, Gredos, 1958, pág. 185. lo puro, esencial y permanente) y no temporales (el tiempo: lo impuro, vivo y cambiante);, y, como todo el mundo sabe, su álgido ataque a la estética barroca iba dirigido, por rechazo, a aquellos mismos poetas. Aunque en sus juicios no andaba totalmente desencaminado, Machado comprendía sólo a medias el ideal de aquella época, lo cual procede de que, en general, le faltó ver—como a este específico propó sito ha anotado Laín Entralgo—que «junto a la poesía de la temporeidad hay también una poesía de la presencia, porque el hombre es y no puede dejar de ser imagen y semejanza de Dios»1**. Pero esos mismos poetas, que sí creían comprenderse, no pudieron tampoco ser fieles a sí mismos. Presagios, de Pedro Salinas; Perfil del aire, de Luis Cernuda, o Ambito, de Vicente Aleixandre—para no citar sino unos pocos títulos representativos de primeros libros publicados en los momentos de cohesión formal e ideológica del grupo—, podran ser considerados siempre como logros conseguidísimos de depurada belleza poética, pero, a la vez, fueron irrepetibles en las órbitas personales de sus respec tivos autores. Con algunas reservas podría decirse lo mismo de Jorge Guillén; porque en principio se muestra un mantenedor decidido de su purísimo cántico más allá de los límites cronológicos que actuaron sobre los demás; pero no debe pasarse por alto que la evolución interior del mismo Cántico, en sus sucesivas ampliaciones, es ya signifi cativa en el sentido que se viene apuntando y que de más clara manera se verificó en los otros poetas. (No se habla aquí de Clamor, porque esta segunda zona de la obra de Guillén pertenece por entero al espíritu de la posguerra.)

 Y de Gerardo Diego recuérdese cómo desde un principio alternaron en él su creacionismo de «espumas» con sus «versos humanos»; aunque en conjunto sea Diego, entre los del 27, el que nos da una imagen más sostenida de poeta fiel a la estética o, al menos, dominado por la necesidad de un alto «estilo». La verdad es una: el artista podrá embellecer, depurar o aun trascender la vida; pero no le será posible hacer 8 Op. cit., pág. 423. sólo esto, no podrá hacerlo siquiera por un largo tiempo. (Ni el Góngora de las Soledades, ejemplo arquetípico, pudo escribir únicamente las Soledades.) Y, por otra parte, sobre nuestros poetas de entreguerras se precipitó, aplastante, el peso trágico de su tiempo histórico, tan ricamente abonado para el develamiento de la auténtica angustia personal de cada hombre. Y la angustia es la dimensión viva, vivible, de la condición temporal de la existencia, de la cual no pode mos honradamente escapar. Tuvieron aquellos poetas, en consecuencia, que caer: cayeron de sus altos empeños de purezas e intemporalidades hasta los fosos turbios, pero nobilísimos, de sus insoslayables y propias circunstancias. 

 El momento puro de la generación del 27, del que tan brillantes muestras quedaron en la lírica española contem poránea, fue en cómputo estricto muy breve; y aun Federico García Lorca, muerto en 1936, no puede ser considerado de modo exclusivo como un poeta ejemplarmente formalista y evasivo. Por eso, cuando hoy se dice que la atención emocionada al hombre y a sus inmediatos problemas tem porales es deuda que debemos a las promociones de posguerra, se está afirmando una incontrovertible verdad...; pero, al mismo tiempo, y sin mala fe, se están olvidando las raíces o antelaciones de esa verdad. Porque antes de los años decisivos (1936-39), y en torno a ellos, Luis Cernuda venía escribiendo una poesía hecha de muy poderosas incitaciones temporales, que cubre gran des zonas de La realidad y el deseo, en su primera edición de 1936, y más fuertemente todo su libro Las nubes, exactamente coetáneo a la guerra civil. Y el mismo conflicto político que se resolvía bélicamente motivaba (con mejor o peor fortuna, como ocurre siempre en estos casos) una suerte de lírica de combate, hoy dispersa o semiolvidada, que suponía el encauzamiento del interés poético hacia los hechos más ostensibles con que el tiempo de la historia se concretaba en un país en convulsión, donde naturalmente lo individual ha de quedar subsumido en la presión colec tiva operante e inevitable. Fechados en 1938-39, por ejemplo, son los poemas de Rafael Alberti recogidos bajo el título de De un momento a otro. Estos poemas, tanto en tema como expresión, anuncian ya muy claramente la poesía de crítica social que la posguerra ya a poner en alza, y la cual es sólo posible cuando el poeta toma recta conciencia de las limitaciones o debilidades de la época que vive 9. Pero sin que tenga que ser explicada exclusivamente en función de la guerra civil, anticipándosele más bien y en cierto modo coincidiendo con ella, una nueva promoción de muy difícil destino, la llamada generación del 36, había decidido ya trasladar al verso, briosa y ásperamente si era necesario, personales recuentos de sus vidas, experiencias todavía san grantes de tiempo y aun inquietudes sociales y políticas de aquel justo momento histórico: Miguel Hernández, consi derado por algunos como todavía un epígono genial del 27, y otros en justicia frescamente nuevos: Luis Rosales, Juan y Leopoldo Panero, Dionisio Ridruejo, Luis Felipe Vivanco, Carmen Conde... La suerte ha sido fatalmente dura para la valoración crítica justa de este grupo, como también lo fue para su desarrollo y consolidación; lo que ha dificultado que se le pueda contemplar como una unidad compacta de intentos y realizaciones—tal el del 27.

 Pero una prueba de que representaban algo distinto, esto es, un eslabón nuevo digno de ser destacado en la continua evolución poética, fue la acogida de sorpresa con que se recibió la voz más fuerte de Miguel Hernández. Todavía en 1936, Juan Ramón Jiménez, con ese retintín que tanto le distanciaba humanamente, recomendaba a los amigos de la «poesía pura» (a cuyo nacimiento en España, dígase ,J En este hurgar de precedentes puede recordarse también la Elegía cívica (1930), del mismo Alberti, escrita todavía en los años últimos de la dictadura de Primo de Rivera. A esta Elegía se refiere el propio poeta en su libro de memorias La arboleda perdida, como «poesía subversiva, de conmoción individual»; contando allí también cómo Azorín saludó esta Elegía con gran clarividencia y alto elogio: «Y Rafael Alberti se vuelve hacia lo primario, lo fundamental, lo espontáneo; Rafael Alberti se vuel ve, con los brazos abiertos, hacia el pueblo. En su desgano de los módulos citados, sólo el pueblo y sólo la Naturaleza podían darle el punto de apoyo perdido y necesario.» (Cfr. La arboleda perdida. Buenos Aires, Compañía General Fabril Editora, 1959, página 297.) entre paréntesis, había contribuido él mismo) que buscaran y leyeran los poemas vivos del «extraordinario muchacho de Orihuela» ,0. Y en cuanto a los otros, que por razones biográficas pudieron desarrollar órbitas personales más cumplidas, no debe olvidarse que fueron ellos los que, de una manera definitiva, hicieron de la poesía «un relato confidencial, fluyente, temporal, de los sucesos del alma», como de Leopoldo Panero ha dicho Ridruejo, y recordado después José Luis Aranguren. 

El ilustre profesor ha dedi cado varios penetrantes ensayos a poner en claro lo que él llama «poesía de la existencia» o «poesía-existencia» (ad virtiendo de paso que «existencia», según la filosofía que a ella se refiere, es «tiempo»), así como la contribución importantísima que en tal dirección aportaron a la lírica española contemporánea los poetas del 36 u. En verdad de verdad, sin embargo, aquellos «puros» del 27 estaban ya de vuelta de sus utopías aun antes de la guerra civil. Valdrá la pena aclarar que se trata aquí, con especificidad, el tema del tiempo; esto es, la desnuda existencia temporal del poeta —individual o colectivamente aprehendida— como materia temática de su poesía, ya en un tono limpiamente emotivo, ya más cuidadosamente re flexivo. Y que se rehúye, por improcedente, toda especu lación en torno al tópico de «lo humano», tan traído y llevado cuando se quiere explicar el tránsito espiritual su frido en la poesía española de aquellos cruciales años. Pero aun viniendo a este espinoso terreno, ¿cabrá tildar de no humano (y es, en rigor, un ejemplo apurado) el esfuerzo emocionado de Jorge. Guillén, por muy intelectual que ese mismo esfuerzo sea? ¿No es el intelecto, acaso, una dis posición humana, excluyentemente humana? Ni que decir tiene que igualmente absurdo será proponer la desgraciada 10 Véase «El Sol», 23-11-1936 (citado por Concha Zardoya: Miguel Hernández: vida y obra. New York, Hispanic Institute, 1955, pág. 24). 11 Véase «Poesía y existencia»., «La poesía de nuestra vida» y «Nuestro tiempo y la poesía», en Crítica y meditación. Madrid, Taurus, 1957. (La cita de Dionisio Ridruejo aparece recogida en este libro del profesor Aranguren, pág. 27.) etiqueta de deshumanización para describir la explosión vital, apasionada y poderosa de Aleixandre en La destruc ción o el amor. O esa otra poesía más serena, pero riquí sima (por sensual, emotiva, mental y ética a la vez), de Salinas en sus dos libros centrales, La voz a ti debida y Razón de amor. Hasta en el caso de Lorca y su relación con el tiempo habría bastante que decir. Mucho ha sido ya ade lantado por Christoph Eich en su libro Federico Garda Lorca, poeta de la intensidad. Aunque hay que aclarar que, según Eich, el sentido lorquiano del tiempo pertenece a la especie del tiempo biológico o vital, y no a la del tiempo actual o humano que parece dominar en los poetas de hoy por la decisiva intervención en éstos de la conciencia se hace obligado, pues, matizar los señalamientos: lo humano no dejó de asomar, y muy intensamente, en los poetas del 27; aunque la forma en que encararon, en aque llos precisos momentos, el eterno problema de ser hom bre nos resulte hoy poco convincente y convencional. Tam bién habrá que reconocer que no se daba todavía en ellos, por tales fechas, la lucidez y el dolor ante el tiempo en la concentrada densidad a que algunos de esos mismos poetas llegarán después. Un «después» que vendrá tras la expe riencia de la guerra, cuando uniendo sus voces a las de los poetas más jóvenes, hagan del tiempo, entre todos, la verdad sustentante y mayor de la poesía española de hoy.

 P osguerra y poesía actual Para que la poesía se convirtiera en España en unánime expresión del sentimiento de lo temporal fue necesario es perar, pues, que el cruento e inútil ciclo de la guerra civil se cumpliese enteramente, tanto en su inicial flujo de vio lencia y de determinismo político en la creación (los tres años de la contienda propiamente dichos), como en el re flujo de inestabilidad y de confusión literaria que, natu ralmente, tuvo que traer (los tiempos primeros de la pos guerra, con el sereno y falso ideal garcilasista como ejemplo máximo de desnorte). Generalmente se dice que el nuevo clima poético vino a quedar instalado, de modo definitivo, hacia 1947; y no se olvida, al consignar esta fecha, las clarinadas que lo preparan. Estas clarinadas pa recen concentrarse hacia 1944. Es la fecha de los Hijos de la ira, de Dámaso Alonso, abrupto testimonio existencial de un hombre español de su tiempo; e igualmente la fecha de Sombra del paraíso, de Vicente Aleixandre, donde ya se da diáfanamente esa emocionada atención al vivir humano que va a marcar el mejor derrotero de la lírica española subsiguiente. En uno y otro libro, por distintos caminos, el lector se encuentra ya frente a frente con el tiempo; con un tiempo sufrido en la intimidad del poeta, del hombre, y expresado, áspera o hermosamente, en uno y otro, me diante un lenguaje poético que iba indudablemente hacia la clarificación de sus recursos. (Son los tiempos también de Como quien espera el alba, libro importantísimo en la órbita personal de Cernuda, por cuanto supone la invasión absorbente en su obra de la preocupación temporal, ya sentida desde antes. Pero fue éste un libro publicado en el extranjero, no fácilmente asequible en España, y cuya influencia directa, así como la total de su autor, no se hará sentir de inmediato, sino años después y de un modo más directo sobre los jóvenes de hoy.)

 A partir de aquellos momentos asume toda la labor lírica que se produce en España un tono común; tono que resulta del propósito de orientar esa labor hacia la integra ción solidaria con el hacer y el problema del hombre, del hombre universal y común, más que a fabricar brillantes y soberbios mundos poéticos individuales, como en la eta pa anterior. Y ese clima común se va haciendo entre todos, a partes iguales, por los poetas de las más variadas pro mociones cronológicas, dentro y fuera de la Península; de modo que el factor personal de la edad queda diluido dentro del factor general de la época, como acertadamente ha hecho ver Carlos Bousoño. Es un estado poético de tiempo, en suma, lo que acaba por definirse. En punto a justicia, a la hora de las valoraciones lite rarias, hay que moverse con cuidado; y aun así se cometen muchos yerros. Quizá las mismas líneas anteriores hayan cargado la mano en devolver para los poetas mayores de la generación precedente (Aleixandre, Alonso, Cernuda...) los créditos que merecen por su natural participación y hasta antelación en el espíritu general de estos años. Sin embargo, es inútil negar que las voces surgidas en la pos guerra serán las que lleven la nueva actitud (conciencia básica del tiempo, valoración de la directa realidad, impulso de solidaridad humana, franca reacción antiesteticista, etc.) a sus posiciones extremas y, por ende, más fácilmente de- tectables. Hoy parece tal vez rebasada la hora de algunos de esos extremismos. Y por extremismos entiéndase, por ejemplo, la interpretación torcida o mecánica del principio de poesía como comunicación. Este principio fue útilísimo en sí, como acicate muy oportuno de rechazo al sobreex- ceso de hermetismo en que antes se hubiera incurrido al guna vez; pero en poetas mal orientados tal concepción del fin de la poesía pudo conducirles a olvidar que ella es, ante todo, conocimiento y exploración: un explorar dentro de sí para conocer mejor.

 Otro ejemplo de extremismo sería, como consecuencia del anterior, el desdibujo de la expresión poética y la admisión en sus predios de formas elocutivas y de disposiciones mentales (análisis, reflexiones, descripciones, comentarios, etc.) afines ya al propósito de información y precisión que es sustancial a la prosa. Y, sobre todo, la reducción temática a la luz de las urgencias sociales y políticas del día (de las que ninguna conciencia honrada puede hoy tranquilamente evadirse), pero que con vertidas en consignas literarias de exclusiva validez llegan a empobrecer dogmática y preceptivamente el campo de posibilidades creadoras del poeta. Fueron necesarias tales extremosidades en los inicios de la reacción que la poesía de posguerra emprendió; y hay que ver ahora como signo de salud el que aquélla quedase marcada de bien peral tada manera. Pero de seguir esos caminos hubiera sido muy posible el extravío o la confusión, de los cuales no se an duvo muy lejos. Por eso es confortadora la lectura de las poéticas que los jóvenes del día han colocado como pór tico a sus respectivas selecciones en Poesía última, la re ciente antología preparada por Francisco Ribes 12. Esas poé ticas nos confirman en la fe de que el buen sendero ha sido definitivamente hallado. O mejor, de que sin salirse de aquel que los anteriores hollaron, por saber que es el justo, se han decidido enérgicamente a librarlo de las na turales brusquedades y de los obstáculos donde fuese pro bable caer para, juntos precisamente a esos que les prece dieron, elevar a la más alta dignidad poética lo que desde un principio había ganado la más alta dignidad humana. Planteemos concretamente nuestra pregunta. ¿Que sig nifica, en síntesis, que el tiempo parece ser el centro de cohesión o uniformidad de toda la poesía actual? 

¿Y cómo explicar desde este centro acentos tan dispares como los de un Aleixandre, un Hierro, un Celaya o un Valverde, para sólo nombrar unos cuantos obviamente distintos? Son, realmente, dos preguntas. Para contestar a la primera de ellas, estaría bien comenzar con un útil aviso, y es que no se pretende insinuar en absoluto que todos estos poetas traten el tiempo como entidad teórica que dé materia para la meditación o el canto lírico, aunque esto pueda suceder también. Lo que se quiere decir —y esto ha sido ya bien observado y señalado por la crítica— es que los poetas de hoy cantan al hombre, mas no al hombre indiferenciado o abstracto, sino al hombre histórico, metido en sus innega bles circunstancias, moldeable y plástico por el tiempo, haciéndose a sí mismo dentro de él y cara ya a la muer te 13. Si se desglosan los postulados fundamentales de este tema es fácil reducirlos a una serie de elementos cuya simple mención denuncia ya el espíritu de la poesía que hoy se escribe en España: «circunstancia», «historia», «es fuerzo», «recuerdo», «esperanza», «vida», «muerte», en suma, tiempo. Todo esto lo intenta explicar —lo ha explicado— la filosofía; y en la lengua española, sin tener que acudir 1J Francisco Ribes: Poesía última (Selección). Madrid, Tau- rus, 1963. (Incluye poemas y poéticas de Eladio Cabañero, An gel González, Claudio Rodríguez, Carlos Sahagún y José Angel Valente.) 1J Véase Vicente Aleixandre Algunos caracteres de la nueva poesía española. Madrid, Instituto de España, 1955. a Heidegger o a Sartre, todas estas intuiciones de nuestro siglo han tenido, en la palabra iluminadora de Ortega y Gasset, muy precisas formulaciones. Pero el poeta hace su obra, y recoge en ella todas esas motivaciones, sin necesi dad de leer o conocer libros filosóficos. Recuérdese que la filosofía penetra, indaga y alumbra en fin los hechos del espíritu; no los crea. Esos hechos están en el aire de cada época de manera irrenunciable; y el poeta, antena de la sensibilidad, los capta y devuelve desde su privilegiado me canismo receptivo-expresor. Si su timbre, en algunos casos, parece acercarse al de la filosofía, no es nunca que la poesía se haya vuelto filosófica. Lo contrario estaría mejor, como ya adelantó Juan de Mairena: la filosofía va hacién dose poética cuando baja, y no otra cosa es lo que ha ocu rrido, hasta la angustia temporal del hombre, manantío seguro y constante de poesía14.

 Pero de estas inevitables relaciones se derivan ciertas obligaciones para la crítica de hoy, en las que sí importa detenerse siquiera brevemente. La poesía de entreguerras (poesía de particularísima emoción personal, más irracio nal que conceptual, aunque a Machado no le pareciese así) podía y tenía que ser descrita, y precisamente por ello, desde su pura individualidad o autonomía. Al no desdeñar la lírica de posguerra, y, en cambio, incorporar a la experien cia poética los productos del pensamiento, esto es, las ideas —y las ideas son siempre mayoritariamente compar- tibles—, el creador tendrá que tomar esas ideas, por modo necesario, del fondo cultural que su tiempo le brinda. Esto no puede significar que, voluntaria o apriorísticamente, se dirija allí, a ese fondo de cultura, para encontrarlas y seleccionarlas. No, el poeta las intuye y descubre por sí mismo, en su esencial soledad y en la realización de su vida personal, pero el resultado no puede variar básicamente, puesto que al hombre no le es dable pensar sino del modo en que lo hace su época. Y si, como se ha visto, es clave de la poesía de nuestra hora el aspirar a : 1 Para un desarrollo de estas conocidas ideas, véase de An tonio Machado: Obras. México, Editorial Séneca, 1940, pág. 157. la identificación solidaria y a la comunión con los demás, con el otro, no interesará ya la elaboración de reinos poé ticos absolutamente diferentes y originales, sino el trata miento de aquellos temas que la común problemática hu mana, en sus muy diversos quehaceres, propone. Y ésta es precisamente la faena última de la filosofía de hoy: el análisis y esclarecimiento de esa problemática. 

Por eso, si al cabo se ha definido el problema trascendente del hombre como de índole raigalmente histórica y moral, y la metafísica se ha vuelto ética consecuentemente, la poesía, que ha sentido también esa radical historicidad humana, se va acercando con igual premiosidad, por rápidos atajos, al dominio de la ética. No es extraño así que los poetas más animados precisamente por un deseo de penetración metafísica de la realidad sean los que, en nuestros días, terminen ensayando una lección más sostenida y generosa de moral. Todo ello justifica que, aun con la decisión más firme de no hacer sino crítica de poesía, quienes la em prendan no pueden dar de lado virtualmente a las expli caciones que los pensadores ofrecen de los mismos hechos que los poetas cantan. Queda por abordar la respuesta a la segunda de las dos interrogaciones antes sugeridas, o sea, cómo relacionar sin violencia éste que parece tema central de la lírica es pañola actual con el conjunto matizadísimo y hasta apa rentemente contradictorio de sus cultivadores. En principio, poco trabajo costará comprender que este tema no tiene un solo rostro ni es tratado de una única manera. Y de tal posibilidad de diversificación es hacedero partir para dar base y sentido a la convicción de que en todos los poetas del momento sí están presentes la conciencia y el sentimiento del tiempo, y que esa presencia es el rasgo unificador y cohesivo de la poesía que todos hacen. Visto así ese conjunto, no es difícil pasar entonces a agruparlos —simplificación que, con las reservas a las que luego se aludirá, se muestra no convencionalmente didáctica, sino real— en tres amplias actitudes o categorías, a las cuales habrá en seguida que delimitar y definir. 

Distínguense, primero, aquellos poetas que contemplan y expresan en sus obras el paso del tiempo, la temporali dad, a través de sus propias existencias personales. Para ellos el vivir del hombre es, ante todo, su vivir; y aunque pueden acoger en el verso experiencias generacionales o de época que desbordan las de su estricta intimidad, aqué llas parecen siempre como referidas, sustentantes o cir- cunstanciadoras de éstas, y no intentan nunca elevarse de modo consciente a pronunciamientos de pretensa validez universal. Son poetas que pueden oscilar del «yo» al «nos otros», habida cuenta de la enorme desconfianza que hoy provoca toda hipertrofia del yo; pero que, en primera ins tancia, es la narración de sus propias incidencias históri cas lo que les impele a la labor poética. Con el riesgo de todas las generalizaciones, se puede pensar que son los poetas más líricos, los vocados a una expresión más ínti ma y, por lo mismo, emocionada en un grado más estre mecido y directo. Testimonian, sencillamente, su tiempo humano: reportajes de situaciones vividas, evocaciones de la infancia y la adolescencia, poéticas recreaciones de sus pasados reales o míticos, relatos concretos o simbólicos, introspecciones serenas o atormentadas por los vericuetos del alma, etc. Son, en su mayor parte, poetas del ayer, del pasado; y están condenados a no poder levantar la mi rada más allá de la triste realidad de sus vidas. No se vea esto, sin embargo, como síntoma de desdeñoso individua lismo. Bien saben ellos que esas vidas suyas no son, en esencia, diferentes de las otras; por lo cual intuyen o de sean ardientemente que la experiencia de poesía que ellos vivieron en el momento de la creación sea fácilmente vale dera y fructífera a los demás hombres que algún día les lean. 

Que la poesía de hoy debiera ser épica 15, la frase de José Hierro invocada en ocasiones con muy poco acierto, no permite suponer que ni aun la suya haya pretendido ser épica, sino que él, en un momento dado, vio tal deber como una necesidad de nuestros angustiados tiempos, deber al cual ni siquiera su propia obra se pudo plegar. A Hierro 13 Véase Antología consultada de la joven poesía española (Edición Francisco Ribes), Santander, 1950, pág. 102. sólo le ha sido posible contar y cantar su propia historia, destino compartido también por Luis Cernuda, en gran parte por el mismo Rafael Alberti, en todo por José Luis Hidalgo. Y por esta vía habrá que añadir una abundantí sima nómina, que se acrecienta cada vez más con los poe tas de la más joven hornada, y a la cual será necesario imperativamente renunciar aquí. Basten unos pocos nom bres: Claudio Rodríguez, Eladio Cabañero, Carlos Sahagún, Francisco Brines... También volverían a tener lugar ahora todos los cultores de la que ya se ha visto denominada por José Luis Aranguren «poesía de la existencia»: Leopoldo Panero, Luis Rosales, Luis Felipe Vivanco. Y como la his toria no lo es sólo de los datos externos y las emociones a ellos directamente adscritas, sino también de las más trascendentales inquietudes del espíritu, podría incluirse aquí al Blas de Otero de Ancia, al Dámaso Alonso de Hijos de la ira, a los confesionalmente religiosos como José María Valverde o a los movidos por una disposición sencillamente cristiana como Rafael Morales; aunque en estos últimos la elevación espiritual del impulso mismo les permita figurar con análogos derechos en la catalogación siguiente. Pero, en general, para ellos el tiempo es, ante todo, lo que éste ha hecho en sus vidas; o, de otro modo, cómo sus vidas, realizadas por su propio esfuerzo a través del tiem po, se les han convertido en historia y ésta, a su vez, en su única posesión. El dolor, la angustia, la esperanza, en fin, toda la finísima gradación de emociones humanas que traspasa su poesía emanará siempre de sus personales y vividas existencias. Se alcanza a vislumbrar después otra actitud. Es la re presentada por aquellos poetas que, aupándose sobre las circunstancias de su propio vivir, que es el solo haber de que disponen, desembocan, no obstante, en una meditación inquisitiva de valor más objetivo y universal sobre los enigmas de la realidad (material y moral) y de la acción del tiempo en ella. Estos poetas se obligan, en consecuen cia, a un equilibrio entre emoción y reflexión. Como hijos de sus años, no podrán desprenderse de la angustia que el sentimiento de lo incierto, nacido de la conciencia de su historicidad, promueve en ei hombre. Escriben, pues, desde la emoción, como fatalmente tiene que ser. 

Pero al mismo tiempo quieren preguntarse reflexivamente sobre los hechos que les conmueven y sobre el misterio que a esos hechos sustenta; de modo tal que la poesía que de su emocionado inquirir resulte actúe como un gesto de solidaria ayuda a los demás hombres, esto es, se convierta en una esperan- zadora abertura de horizontes para todos. Con mirada de águilas, quisieran penetrar el arcano del tiempo en su inte gridad vastísima y fatal, para reducir después los produc tos de su observación (y no por soberbia, sino por genero sidad) a datos de valor permanente y universal. Son, entre todos, los poetas del presente; pero de un presente meta- físico, cuasi-divino, en el que las oscuras interrogantes tem porales que acosan al hombre se resolviesen, de serles fruc tuoso su noble propósito, en un conocimiento de perma nente y salvadora claridad. No enseñan ni predican ni for mulan soluciones: la convicción de sus propias limitaciones humanas les impide arrogarse olímpicos ademanes. Sin embargo, es bien patente en esta actitud, primero, su pro pósito de intelección poético-metafísica de la realidad; des pués, su voluntad de edificación moral, de evidentes pro yecciones universales, aunque liberadas todavía de específi cas implicaciones políticas. Otra vez, aquí, Cernuda, en algunas zonas, las más ricas, de su vigente obra. Y más explícitamente Aleixandre, desde Historia del corazón y con mayor fuerza en su libro último, En un vasto dominio. Aquí también, como altamente ilustrativa, la coherente evo lución integral de Carlos Bousoño; el Dámaso Alonso de Hombre y Dios; y esa nerviosa tensión, raíz de tan her mosa poesía, entre emoción personal y elevación trascen dente que arrojan ciertas parcelas de la obra de Vicente Gaos y José Angel Valente, entre otros. Y, por último, aquellos poetas que, prescindiendo de sus personalísimos problemas, han puesto el objetivo de su atención lírica en las concretas realizaciones histórico- sociales del tiempo que les ha tocado vivir. Para ellos la función del verso será, ante todo, dirigir un índice seña- lativo hacia las realidades de su tiempo, organizadas éstas en un status político-social determinado que se revela como absurdo y miserable. Y como esas realidades, dondequiera que se mire, son bien amargas, el tono no podrá ser sino de denuncia, de anticonformismo, de protesta y rebeldía. Tendrá que nacer, pues, muy emocionado; tal vez sería mejor decir que airado, combativo, indignado o, en algu nos casos, acremente disimulado de ironía y sarcasmo. (Nótese que las dosis de reflexión o de pragmatismo pue den variar de una a otra de las actitudes que se van des cribiendo, pero todas ellas tienen en común el fuerte choque emocional que sacude siempre al hombre cuando mira el tiempo cara a cara.) 

A esta tercera corriente de poesía se le viene llamando, con mayor o menor propiedad, poesía social; y por algunos, ya sin eufemismos, poesía política. Pero resulta harto elocuente que lo que en ella se denun cia es tiempo: realidades del vivir colectivo, de muy defi nida ubicación temporal, que el hombre ha construido mal o que egoístamente ha deformado. Son poetas del mañana, de la esperanza (y las imágenes del alba, la aurora, el des pertar, suelen entrar y salir de esta poesía con un tufillo que huele pronto a tópico y a retórica). Son, sí, los poetas del futuro; y pasado y presente se les presentan sólo como ]os precarios trampolines desde donde hay que dar el salto redentor hacia un porvenir que, confiadamente o no, todos deseamos y necesitamos mejor. Pero no hay dudas de que la ira y la desesperación del presente, tan justas, les limi tan la visión para lo noble, hermoso y trascendente que siempre puede darse en la existencia humana y les reduce necesariamente el campo temático de exploración. 

De un modo más o menos feliz (pero también de una manera histórica y moralmente justificable, quién lo puede negar) se ha cultivado esta modalidad en España durante las úl timas décadas: Gabriel Celaya, el segundo Otero, Victoria no Crémer, Eugenio de Nora, Angela Figuera, Gloria Fuertes, Angel González, Jaime Gil de Biedma. Cabe mencionar aquí a muchos de los poetas de la España peregrina, con voces tan auténticas como Alberti y León Felipe, y a algunos otros, dentro y fuera, obsedidos por el tema de España, pero que no pueden por la totalidad de su obra ser juz gados como poetas excluyentemente sociales (como tam poco, si vamos a ver las cosas en su justo rigor, ninguno de los arriba mencionados). En resumen. Tiempo vivido y percibido en las dimen siones personales de la propia existencia. Tiempo contem plado en su pura fluencia y en su acción sobre la realidad, como materia para una meditación de más amplias y abar- cadoras proyecciones. Tiempo visto desde un punto de mira colectivo y en sus concretas plasmaciones sociales y polí ticas. He aquí las tres diversificaciones más pronunciadas que puede arrojar este centro común que exhibe la poesía española de hoy, y que ya se habían visto insinuadas y abonadas, una a una, en el triple canto temporal de Anto nio Machado, el precursor y profeta de tantas realidades. Acercándonos más a cada una de ellas, sería posible di bujar en estas tres ramas una escala sutil de matices. Poe tas de un radical subjetivismo o poetas de un yo diluido en un nosotros, en el primer grupo. Poetas mayormente inclinados a la metafísica o poetas volcados hacia la ética, en el segundo. Y en el tercero: poetas de la limpia solida ridad humana; poetas de la protesta aún sin rotulación específica; y poetas en los que se entrelinean, hasta donde esto sea posible, ideologías revolucionarias de muy resal tado color. 

Y así, descendiendo más y más, llegaríase a la realidad indivisa y personal de cada poeta, sólo explicable enteramente desde su obra misma. Esta última salvedad permite adelantar el mayor repa ro de cuantos puedan oponerse a las anteriores considera ciones. Quede bien claro que en ningún momento se ha tratado de sentar aquí doctrina, sino de presentar senci llamente unos hechos que parecen verificables de no difí cil manera. Para no operar sólo en teoría, se han citado algunos nombies, sin ánimo de agotar todos los posibles, en las tres líneas apuntadas. Pero entiéndase que nunca ha habido la intención de clasificar o agrupar poetas, sino de describir actitudes generales; porque sería empeño in nocuo el querer comprender una determinada obra poé tica en función exclusiva de una sola de tales actitudes. Un mismo autor cabe en una y otra: especialmente entre las dos primeras (emoción personal del tiempo y reflexión más universal sobre la realidad temporal) la línea fronte riza es borrosa en extremo; porque toda meditación, por general que aspire a ser, se levanta siempre desde las in transferibles experiencias personales de quien las vive y ellas no pueden ser ignoradas en el momento de la crea ción. Hay a la mano algunos ejemplos bien evidentes de esta condicionada dualidad. Luis Cernuda, entre ellos, ci tado con justicia en el primero y en el segundo apartado. Y, del mismo modo, Vicente Aleixandre, a quien se le ha incluido en el segundo, refiriéndonos, al hacerlo, a su libro Historia del corazón. Sin embargo, el conocedor de este libro tiene todo el derecho de preguntar cuántas páginas de esa historia han brotado sólo de la emoción del poeta vuelta sobre las circunstancias íntimas de su personalismo pasado. Otro caso. Los poetas arraigadamente religiosos han sido mentados en la categoría primera, porque un acto de fe entraña raigalmente una vibración emotiva de índole personal. 

Pero cuando el espíritu religioso expresa su certidumbre de fe, su verdad, ¿no cree tener la seguri dad de haber alcanzado una forma universal de afirmación y hasta desea que ella fuese igualmente sentida y compar tida, en universal comunión, por los otros hombres? Mu chas objeciones salían al paso a estos esquemas al mismo ritmo que ellos se iban conformando. Y es que en todo momento la verdad simplicada o esquematizada empieza ya a no parecerse a la verdad. Y una más, en fin, y quizá la de mayor importancia. En Carlos Bousoño notoriamente, pero también en muchos poetas destacados de la más re ciente promoción, ¿es posible realmente deslindar dentro de una misma unidad, o sea, en un mismo poema, lo que esa unidad debe a una u otra de las dos actitudes discu tidas: la emocionada-personal y la reflexiva-universal? Piénsese, al efecto, en José Angel Valente o en Claudio Rodríguez. Al contrario, parecería más bien que en la inte gración sin quiebras de ambas disposiciones espirituales puede divisarse una salida segura y un enriquecimiento para el poeta joven de hoy y, en general, para toda la poesía española. Como ya se sugirió, sólo los poetas socia les estarían aptos para cercar un coto cerrado de inten ciones y resultados; pero después se descubre que ni Ce- laya ni Otero ni Gil de Biedma, como nombres significa tivos, han escrito únicamente poesía social. Y por aquí hay todavía mucha tela por donde cortar. ¿El amor y el dolor por la Humanidad, germen único de la sincera y auténtica poesía social, no es en su fondo un sentimiento tan subjetivo, tan esencial, como el que puede mover a un poeta erótico o a un poeta religioso? Y mirando las cosas desde un opuesto sentido, ¿no puede hablarse de Eladio Cabañero como de un poeta tan «social» como el que más? No es, pues, cuestión de encasillar rígidamente a éste o al otro (ni siquiera a este libro o a aquel poema), sino de poner una mayor distancia a nuestra perspectiva y comprobar cómo en el conjunto de esos poetas (a veces en uno solo de ellos) se dan las tres maneras de sentir y expresar el tiempo que se ha ensayado bosquejar en estas sumarias notas. Lo que importa, al final de ellas, es verificar la inicial intuición de donde se partió: el tiempo, en cualquiera de sus posioles concreciones, es el motor último de la poesía española actual. Atrás, muy lejos ya, ha quedado el ideal que cifraba la salvación de la poesía y el arte en la huida de toda contingencia temporal. Muy cercanos de nuevo, por tanto, aquellos que siempre se rebelaron ante tal falacia: Unamuno y Machado. Ellos enseñaron, además, una gran lección que los jóvenes no deben olvidar, y que los mejo res, en efecto, no olvidan. Y es que esta conciencia del tiempo, esta asunción de la condición histórica del hombre, no puede implicar para el poeta que éste ceje en su vo luntad de trascender la epidermis de las cosas y las cir cunstancias. Ha de recordar que más allá de la pura realidad ob jetiva, no importa que la alcance a ver sólo en su dimen sión temporal y finita, hay un reino de misterio y de som bras; que una de las misiones de la poesía, tal vez la de mayor envergadura, es precisamente iluminar ese reino y revelarnos el enigma, hasta donde humana y poéticamente se pueda, devuelto ya en claros signos. Y que no se vea esto como una contradicción al designio de conformación moral que anima a los poetas de hoy, del que ya se habló, pues tal contradicción no existe: el hombre es hijo de sus obras, pero sobre él siguen en pie las preguntas últimas y el dolor de no ser, la angustia de la nada. De los grandes nombres del 27, los más vivos hoy son precisamente los que esto han comprendido; y, al tratar de situarse al nivel de los tiempos, no han olvidado su compromiso primero con la poesía (compromiso que afortunadamente no quiere decir ya «autonomía» ni «pureza»). Vicente Aleixandre, cuya fuerza humana y cordial no obsta para que aliente en él un anhelo de penetración metafísica o trascendente; aunque sea la suya una forma de metafísica histórica trascendida de la materia misma. 

Y Luis Cernuda, tan justamente com prendido al fin y tan cercano al espíritu de hoy, tiene en este sentido mucho que ensenar. Que su ejemplaridad no se reduzca a lo más superficial, como muy bien podría ocu rrir; y que se recuerde cómo para el gran poeta recién desaparecido la poesía era en principio una febril aventura hacia el lado invisible y mago de la realidad. El ansia —o la duda y aun la negación— de eternidad, de totalidad (¡otra vez Juan Ramón!), que nos llama fuertemente desde la más tangible e inmediata circunstancia, será siempre vena inagotable, sin fondo, de poesía. Madrid, verano de 1963.

sábado, 11 de julio de 2026

LEONARD COHEN LA LLAMA



 Este libro contiene los últimos esfuerzos de mi padre como poeta. Ojalá lo hubiese visto terminado, y no porque en sus manos hubiera sido un libro mejor, más acabado, más generoso y estructurado, ni porque, de una manera más fiel, hubiera reflejado lo que mi padre quería ofrecer a sus lectores, sino porque su cometido era lo que lo mantenía vivo al final de sus días, su único objetivo vital.

Durante el difícil período de su escritura, mi padre enviaba emails con «no molestar» a los pocos que solíamos pasar a verlo. Reanudó su compromiso con la práctica de una meditación rigurosa a fin de que su mente se concentrara en el trabajo mientras múltiples fracturas en las vértebras le provocaban un profundo dolor y su cuerpo se debilitaba por la enfemedad. A menudo me comentaba que, con todas las estrategias de las que se había servido en el arte y la vida durante su rica y complicada existencia, habría deseado mantener con mayor firmeza el reconocimiento de que la escritura era su único consuelo, su verdadero propósito.

Mi padre, antes que nada, era un poeta. Y, como hizo constar en los cuadernos que aparecen en este libro, consideraba su vocación como el «mandato de D--s de entrar en la oscuridad». (Los guiones indicativos de la veneración de mi padre a la deidad, su reticencia a escribir el nombre divino, incluso en inglés, son una vieja costumbre judía y la más manifiesta evidencia de la fidelidad que mi padre alternaba con su libertad.) «Religión, maestros, mujeres, fama, dinero, drogas, el viaje [...], nada me coloca tanto, ni me alivia el sufrimiento, como emborronar páginas, escribiendo.» Sin embargo, esta declaración de intenciones era también una declaración de remordimiento: presentaba su consagración literaria como una explicación de lo que él consideraba que había sido un pobre servicio como padre, unas fallidas relaciones sentimentales y un absoluto desinterés por sus finanzas y su salud. Recuerdo lo que escribió en una de sus canciones menos conocidas (y una de mis favoritas): «Fui tan lejos en busca de la belleza, dejé tanto atrás.» Aunque todo parece indicar que no fue tan lejos: desde su punto de vista, lo que había dejado atrás era insuficiente. Y este libro, él lo sabía, iba a ser su última ofrenda.

De niño, cuando le pedía dinero para comprarme unas chuches en la tienda de la esquina, solía decirme que buscara en los bolsillos de su chaqueta algún billete suelto o unas monedas. Y, mientras buscaba, siempre me topaba con un cuaderno de notas. Después, en el transcurso de los años, cuando le preguntaba si tenía un encendedor o unas cerillas, invariablemente, al abrir los cajones, mis dedos tropezaban con blocs de papeles escritos. En cierta ocasión, cuando le pregunté si tenía una botella de tequila, me dijo que mirara en la nevera, donde encontré un cuaderno de notas extraviado, congelado. De hecho, conocer a mi padre era (entre muchas otras cosas maravillosas) conocer a un hombre con papeles, cuadernos y servilletas de bar, todos con su distinguida caligrafía, diseminados (cuidadosamente) por todas partes. Procedían de mesitas de noche de hoteles, o de tiendas de todo a cien; las libretas doradas, encuadernadas en cuero, lujosas, o que, por su aspecto, parecían importantes, jamás las utilizaba. Mi padre prefería recipientes humildes. A principios de los años noventa, había armarios llenos de cajas de libretas, cuadernos que contenían una vida de dedicación a lo que más le definía. Escribir era su razón de ser. Era el fuego que atendía, la llama más importante que avivaba. Nunca se extinguió.

 

Hay muchos temas y palabras que se repiten en el trabajo de mi padre: «roto», «congelado», «desnudo», «fuego» y «llama». En la contracubierta de su primer álbum, vemos (como escribiría después en una canción) las «llamas que siguen a Juana de Arco». En su célebre composición «Who by Fire?» («¿Quién con fuego?») preguntaba sobre el destino de los seres humanos, una cuestión que extrajo con picaresca de una oración judía. «Encendí una fina vela verde para darte celos.» Una vela que sólo fue la primera de muchas combustiones. En esta obra hay fuegos y llamas para la creación y la destrucción, para el calor y la luz, para el deseo y la consumación. Encendía las llamas y las atendía diligentemente. Estudiaba y tomaba nota de sus consecuencias. Se sentía estimulado por su peligro; a menudo hacía comentarios sobre el arte de otras personas diciendo que no manifestaba suficiente «peligro», y alababa la «emoción de un pensamiento encendido».

Esta ardiente preocupación duró hasta el final. «Lo quieres más oscuro / Apagamos la llama», salmodió en su último disco, su álbum de despedida. Murió el 7 de noviembre de 2016. Ahora todo parece más oscuro, pero la llama no se ha apagado. Cada página de papel que emborronó es la perdurable evidencia de un alma en llamas.

Adam Cohen, febrero de 2018

viernes, 10 de julio de 2026

TRAMOS DE LA HISTORIA FILOSÓFICA MAURICIO BEUCHOT PUENTE PENSAMIENTOS CRÍTICOS LATINOAMERICANOS



 


PENSAMIENTOS CRÍTICOS LATINOAMERICANOS

TRAMOS DE LA HISTORIA FILOSÓFICA MAURICIO BEUCHOT PUENTE 

 En este libro, el autor realiza un recorrido por algunos pasajes de la historia de la filosofía. Lo hace para encontrar el camino hacia una hermenéutica analógica. Se asoma al tiempo del Barroco, porque fue una era muy analógica, dada a los símbolos y a las metáforas. Pasa después a Heidegger, pensador que ha marcado los momentos recientes de la posmodernidad. Y sigue con Wittgenstein todavía presente en esta época tardomoderna. Se realiza una reflexión sobre la posibilidad y la validez de la metafísica u ontología desde una racionalidad analó gica, no unívoca (como la de la modernidad) ni equívoca (como la de la posmodernidad). La ontología se plasma en la antropología filosófica; por eso hay un capítulo sobre concepciones del hombre, y otro, además, sobre los entresijos de la conciencia. Esto ha encontrado una de sus culminaciones en la teoría de los sistemas que tiene su propia filosofía. Igualmente, en una propuesta novedosa de marxismo crítico. En la analogía, se encuentra una dialéctica diferente a la de Hegel. Mauricio Beuchot (Torreón, Coah., 1950) es doctor en filosofía por la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México. Investigador emérito de la UNAM y del SNI. Es iniciador del movimiento de la Hermenéutica Analógica.

jueves, 9 de julio de 2026

FILOSOFÍA DEL ARTE José García Leal Fragmento

 


Presentación 

Este libro quisiera ser una exposición sistemática de los grandes temas de Filosofía del Arte. Tiene una vertiente informativa: da cuenta de las teorías que considera más relevantes para los distintos temas. Pero no pretende una descripción exhaustiva del estado de la cuestión en lo que hace a cada uno de ellos. Selecciona aquellas teorías que sirven de sustento a su propia argumentación y aquellas otras que, a modo de contrafigura, permiten perfilarla mejor. Quiere esto decir que el libro no renuncia a un punto de vista propio. Un punto de vista que se construye a partir de otros y que deja al descubierto sus influencias. Especialmente, las de Heidegger, Gadamer y Nelson Goodman. Se apuesta aquí por la posibilidad de definir el arte. Frente a la libertad meramente formal de las prácticas “artísticas”, en las que todo vale como arte, frente a la indefinición propiciada en el campo teórico, dedicado en ocasiones a deshacer las definiciones vigentes, se propone una definición positiva de lo artístico. Se trata de la definición simbólica, expuesta en el apartado 2.4.

 A partir de ahí, el resto del libro ha de verse como un desarrollo de dicha definición. El capítulo tercero centra la especificidad del símbolo artístico en los aspectos relacionados con su propia construcción sensible. Los capítulos restantes muestran lo que hay de específico en los procedimientos o modos de simbolización artística: la expresión, la ejemplificación y la representación. Esta simbolización peculiar determina la verdad del arte. Recurrimos al título de Filosofía del arte, y no al de Estética, por si así se despejan algunas dudas. No existen razones de principio por las que no hayan de coincidir la Estética y la Filosofía del arte. Pero en su uso ambos términos adquieren a veces connotaciones diferentes. La Estética puede suponer -supone, con alguna frecuencia- la adopción de una perspectiva en la que lo prioritario es la determinación subjetiva de la experiencia que se tiene ante los objetos naturales bellos y, por derivación, ante las obras artísticas. 

La experiencia del arte se amoldaría así a la experiencia general de la belleza, más abarcante y defmitoria; y tendría sus pautas últimas en las exigencias de la conciencia estética. Bien es verdad que el término “Estética” no tiene necesariamente ese sentido, no siempre se asocia a tales supuestos. Tal vez ni siquiera sea el sentido predominante con que se usa por lo común. Mas convenía evitar posibles equívocos. El título de Filosofía del arte pretende dejar claro que en nuestra perspectiva lo primero es el arte. La obra artística lleva la iniciativa. Orienta y configura la experiencia estética que ella misma hace posible. Al saber qué es el arte, se abre el camino para saber lo que es la experiencia estética. Un camino, por cierto, no transitado en este libro. Aquí 9 no se abordan los temas relativos a la experiencia estética. Una razón de más para preferir el título elegido. 10 1 Problemas de la definición del arte I.I. ¿Cualquier cosa puede ser una obra de arte? Entre los muchos interrogantes que despierta el arte de nuestros días, el más inmediato y comprometido acaso sea el de si realmente cualquier cosa puede ser una obra de arte, si basta con proponer algo como obra artística para que en verdad lo sea. La pregunta viene alentada por una aparente indefinición actual del arte, de forma que no sólo se desdibuja su concepto sino también se debilita la capacidad de identificar o reconocer las obras de arte. No parece que queden ya patrones de lo artístico, criterios que permitan trazar siquiera una frontera provisional entre el arte y el no-arte. La ausencia de tales criterios, de cualquier línea que eventualmente fije los confines de lo artístico, se traduce en la sospecha de que cualquier objeto puede ser una obra de arte, o al menos hacerse pasar por ella. Desde ahí se puede comprender que la reacción provocada por ciertas manifestaciones artísticas oscile a veces entre el desconcierto y la perplejidad. 

No se trata en tal caso del asombro activo que siempre ha despertado la gran obra de arte: su capacidad de arrastrarnos a espacios imprevistos, de descubrirnos situaciones y perfiles insólitos que, por lo mismo, resultan sorprendentes. Provoca así la extrañeza que envuelve a toda innovación. Una extrañeza que incita a adentrarse en la obra, a seguirla en sus exploraciones. La admiración y el asombro se transforman de ese modo en interés. El desconcierto y perplejidad ante algunos productos supuestamente artísticos es de índole muy distinta. La confusión en que nos dejan impide que tengan eco en nosotros, que nos conmuevan o iluminen de algún modo. La incertidumbre que inicialmente proyectan se convierte pronto en desinterés. No nos atrevemos a rechazarlos, pero tampoco nos afectan ni procuran satisfacción alguna. No acabamos de entenderlos y, de ese modo, es difícil apreciarlos. Desde el punto de vista de los espectadores, la indefinición del arte puede mostrarse al menos en tres planos: 1. 2. No se distingue con claridad lo que es arte y lo que no. Cuando se supone que algo es una obra de arte, no se sabe muy bien por qué lo 11 3. es, qué razones o motivos hacen que lo sea. Con frecuencia no se entiende el significado de los objetos que se presentan como artísticos. 

Tales planos, sobre los que habrá que volver, son los del reconocimiento, la explicación y la interpretación. En los tres casos, parece que nos hayamos quedado sin unas referencias sólidas desde las que orientar nuestra comprensión y apreciación del arte. Pero conviene problematizar el panorama esbozado hasta aquí. ¿Se da ciertamente una indefinición actual del arte? ¿Es inherente a la creatividad artística la exclusión de cualquier criterio, por provisional que se pretenda, para diferenciar el arte y el no-arte? ¿El desconcierto, el no saber cómo reaccionar, es en verdad algo impuesto por las prácticas artísticas del presente, algo a lo que debamos resignarnos? ¿Hay que permanecer inermes, dando por buena cualquier manifestación artística por el mero hecho de existir, o cabe armarse críticamente, dilucidar la naturaleza del arte y adoptar criterios para diferenciar lo artístico de lo que no lo es, para distinguir el buen arte del malo? ¿No es esta última la mejor respuesta que siempre cabe adoptar frente al arte, ante cualquier tipo de arte, la respuesta proporcionada a la importancia que le atribuimos? Tales son las preguntas que se abordarán en las páginas que siguen. A lo largo de ellas se irá explicitando el punto de vista que las guía. Pero conviene desde ahora evitar algunos malentendidos.

 El primero es que no debe confundirse la actitud crítica y reflexiva que procura dar razón del arte, estableciendo criterios diferenciadores de lo artístico, con la tendencia a privilegiar el juicio estético por encima de la propia obra de arte. Dicha tendencia puede manifestarse en dos planos, teórico y práctico, aunque no necesariamente vinculados entre sí. En el plano teórico supone la afirmación de ciertas determinaciones subjetivas de la conducta estética, previas y condicionantes de la obra artística, de forma que ésta habría de ser examinada a la luz de aquéllas. En el plano práctico se corresponde con la actuación del espectador que pretende imponerse a la obra y amoldarla a sus inclinaciones subjetivas. Pues bien, el intento de definición del arte que se presentará trata de alejarse tanto de la opción práctica como de la teórica. En el orden explicativo que aquí se adopta, la obra de arte es antes que la experiencia estética, goza de cierta prioridad lógica. Bien es cierto que se pueden tener experiencias estéticas con objetos o fenómenos no artísticos, por ejemplo, al contemplar la belleza natural en cualquiera de sus manifestaciones. Cabe también señalar la existencia de pautas estéticas -como la propensión a la unidad, coherencia, equilibrio, armonía, etc.- compartidas en mayor o menor grado por tradiciones culturales muy lejanas en el tiempo y el espacio, con lo que se apunta una cierta universalidad de la experiencia estética. Pero aun si fuera así, ello no obsta para pensar que, al menos en el mundo moderno occidental, la obra de arte es la que modela la experiencia estética, la que le hace ser como es. No se trata de que la dimensión estética quede reducida a la dimensión artística, que sea subsumida por esta última hasta el extremo de anularla. 

Ocurre sólo que cuando en la experiencia estética lo que se experimenta es una obra 12 artística, la obra orienta y configura la experiencia; y, complementariamente, la experiencia se amolda a la obra. Incluso cuando la experiencia no tiene por objeto una obra, de algún modo el arte sigue estando presente en ella, siquiera sea por influencia refleja. La continuidad de las obras de arte ha impregnado nuestro horizonte estético, regulando las preferencias y expectativas que encauzan la experiencia estética. El poso que las obras dejan en nuestras creencias y apreciaciones se filtra también en las experiencias estéticas con objetos no artísticos, de suerte que éstas también quedan afectadas por los modos y usos adquiridos en los dominios del arte. Los criterios respecto a la belleza natural se ven así influidos por el trato con las obras de arte. En este sentido, tanto la obra artística vertebra y conforma la experiencia estética a ella consagrada, como el conjunto de las obras, la tradición artística, produce efectos indirectos o mediatos en otras experiencias afines no centradas en el arte. Por lo demás, casi siempre es necesaria una disposición o actitud previa (en concreto, una forma de ver, un tipo de atención, que en su momento Kant caracterizó como contemplación desinteresada) para que tenga lugar la experiencia estética. El sujeto que lleva a cabo la experiencia ha de poner algo de su parte para que la misma se inicie. 

Ha de adoptar una posición ante el objeto, un modo de representárselo que responda a modalidades de visión propiamente estéticas. Ahora bien, una cosa es tener en cuenta los requerimientos subjetivos de la experiencia estética, en definitiva, la actitud previa que la posibilita, y otra muy distinta absolutizar el punto de vista de la actitud estética y sus condiciones subjetivas. Esta última opción es la que toma cuerpo en la tendencia teórica aludida que sitúa la actitud y conducta estéticas por encima de la obra de arte. Una tendencia que asimismo prolonga ciertas directrices de la estética ilustrada que llevaban a fundamentar la reflexión sobre el arte en las exigencias propias del juicio, inherentes al punto de vista del espectador. Es cierto que cabe una posición intermedia, que no deriva el análisis del arte del análisis de la conducta estética, ni a la inversa. Antes bien, disocia las cuestiones relativas al arte y las relativas a la atención y conducta estéticas. Con ello se da por supuesto, como hace por ejemplo Jean-Marie Schaeffer, que la conducta estética puede definirse con independencia de cuál sea su objeto, que le es indiferente el ejercitarse con un objeto natural o con una obra de arte: sus rasgos primordiales son siempre los mismos. De este modo se plantea que “a pesar de los lazos de hecho muy fuertes entre la relación estética y el dominio artístico, no existe un vínculo de ju re entre ellos: los dos dominios deben ser definidos independientemente el uno del otro” (Schaeffer, 1996: 347). 

La perspectiva aquí adoptada, si bien reconoce la existencia de condiciones subjetivas de la experiencia estética, así como características internas específicas de lo estético, se diferencia de la perspectiva de Schaeffer al entender (frente a la diferenciación de los dos dominios) que la idea de arte sobredetermina la idea de experiencia estética. Esto se debe a que la actitud estética, con todos sus condicionamientos subjetivos, no es el factor decisivo de la experiencia. Cuando la obra artística hace acto de presencia, la experiencia queda subordinada a ella: se convierte en 13 experiencia de la obra, juego interpretativo que se deja hacer por la obra y a la vez intenta apropiársela. De ahí la prioridad lógica de la obra respecto a la experiencia, a que antes se aludía. Aunque se puedan discernir rasgos inherentes al campo estético, que concurren siempre en todas sus prácticas, el conocimiento de lo que sea el arte inevitablemente ha de arrojar una nueva luz sobre la experiencia que de él se tiene. Los párrafos anteriores han pretendido establecer un claro contraste entre nuestra postura y la tradición teórica que contempla el arte desde las condiciones subjetivas de la conducta y el juicio estéticos. De ella no se sigue necesariamente la conclusión que a veces se adopta en el orden práctico y por la cual se otorga al juicio la potestad de acotar la naturaleza, condiciones y valores del arte. Pero, en cualquier caso, había que dejar claro que la reflexión crítica sobre el arte y la posibilidad de una definición del mismo como la que aquí se persigue no está centrada en la consideración de las determinaciones subjetivas del juicio estético. 

Con todo, importa aún más distanciarse de la tendencia práctica por la que el espectador intenta imponerse a la obra y adaptarla a sus inclinaciones subjetivas. Ahí no se trata ya de la prioridad lógica de la conducta estética respecto al arte. Lo que entra en juego es la posibilidad de que las obras artísticas acaben siendo sólo la ocasión para que el espectador ejercite su juicio estético, dictaminando si le gusta o no la obra, y confundiendo lo artístico con la proyección del gusto subjetivo. Según Adorno, la actitud genérica ante el arte que domina en la sociedad contemporánea es la que lleva al espectador a disminuir la distancia que le separa de la obra, a equipararse a ella y adecuarla a sí mismo. En palabras suyas, “hasta llegar a esta época de total manipulación de la mercancía artística, el sujeto que miraba, oía o leía algo artístico debía olvidarse de sí mismo, serenarse y perderse en ello. La identificación a la que tendía como ideal no consistía en igualar la obra de arte con él, sino en igualarse él a la obra de arte” (Adorno, 1971:23). Frente a esa propensión manipuladora hay que afirmar inequívocamente que la obra de arte tiene siempre la iniciativa, y al espectador sólo le queda olvidarse de sí mismo y entregarse a ella, en actitud abierta y receptiva. Pero cuanto más receptiva sea la actitud ante las obras de arte mayor puede ser el desconcierto y consiguiente desinterés que provocan ciertas manifestaciones artísticas. Cuanto más se confía y se encomienda uno a ellas mayor y más legítimo puede ser el rechazo que suscitan. Un rechazo que no está motivado por apriorísticas exigencias subjetivas del gusto, sino por las propias insuficiencias de algunas obras, acaso tan sólo supuestas obras de arte. Volvemos de este modo a la cuestión inicial. La predisposición a igualarse con la obra, de que habla Adorno, no es obstáculo sino estímulo para reflexionar sobre ella, preguntarse por la naturaleza de lo artístico y, a partir de ahí, negarse a aceptar que cualquier cosa pueda ser una obra de arte. Una última aclaración. 

Es evidente que la reflexión teórica nunca podrá sustituir la experiencia personal de afrontar una obra de arte desde esa actitud indicada de apertura y disponibilidad a dejarse llevar por la obra. Es igualmente cierto que una obra se siente y disfruta, antes de ser pensada. Más aún, el pensamiento relevante en el trato con las 14 obras es sólo el que sirve para iluminar los vericuetos emocionales a los que aquéllas nos arrastran. La reflexión ha de germinar en el campo abonado del sentimiento y la corporalidad. Pero todo esto no debe hacer perder de vista que la experiencia estética se enriquece con la reflexión, que se siente y disfruta mejor una obra cuando se la entiende, cuando nos hacemos cargo de su significado y sus claves simbólicas. Y ello exige tanto el aprendizaje que nos lleva a interpretar sus complejos mecanismos como la aptitud de cada espectador para pensar por sí mismo la obra. Hay pues una reflexión que forma parte de la experiencia estética. Pero a lo que apunta finalmente la pregunta de si cualquier cosa puede ser una obra de arte es a otro orden de reflexión, a ese discurso teórico que se interroga sobre qué es el arte, qué sentido cobra en nuestras vidas y cuáles son las pautas de excelencia artística. Lo que nos ocupa es, en definitiva, la teoría del arte. Entre sus virtualidades acaso esté la de ayudar en un momento posterior a la reflexión inmanente a la experiencia estética. La incertidumbre ante el arte del presente tiene mucho que ver con la ausencia de principios estilísticos que regulen las distintas manifestaciones artísticas y las vinculen entre sí. Se ha impuesto un pluralismo tan abierto que, en contraste con otras épocas, hay más diferencias que semejanzas en los rasgos constructivos de las obras. 

De ahí se sigue una extensa variedad y permanente fluctuación de las propuestas artísticas. También, una cierta irresolución o vaguedad de muchas de ellas. Nada hay que objetar a ese pluralismo: expresa algunas de las aspiraciones globales de nuestro mundo. Mas tampoco hay que extrañarse de la confusión que suscita con frecuencia en el campo específico del arte. Ninguna corriente o tendencia artística puede hoy pretender erigirse como la única acorde con las exigencias del presente. Ninguna es más legítima o pertinente que las demás. En principio, todas las opciones son apreciables. Pero dentro de una opción dada, no todo vale por igual: ni todo lo que se acoge a esa opción tiene por qué ser una genuina obra de arte, ni todas las que lo sean resultarán igualmente valiosas. Mientras tenga sentido hablar de valores artísticos, habrá que pensar que las obras más valiosas son las que mejor llevan a la práctica las condiciones realizatorias de la artisticidad. Parece acertada la opinión de Arthur Danto, en Beyond the Brillo Box, de que hay que despojar al concepto de arte de la libertad puramente formal que ha adquirido en los últimos tiempos. Cabe pensar que esa libertad no es ya contrapunto a una legislación impuesta desde fuera sino carencia de cualquier ley que el artista y la obra se den a sí mismos: más que autonomía, autarquía. El resultado es una trivial sacralización del arte que recubre hasta el más insignificante de sus productos, situándolo por encima de cualquier juicio discriminatorio. La noción de arte pierde así todo poder explicativo, incapaz de dar cuenta o razón de los objetos que abarca, convirtiéndose en mera etiqueta que puede aplicarse a no importa qué. 

El artista, los críticos, los medios de comunicación, cualquiera que se postule para ello, gozan de una libertad indiscriminada para adjudicar la etiqueta a lo que les venga en gana. La alternativa a esa situación pasa por afrontar una definición del arte. Como se irá viendo, definir el arte es sólo preguntarse y buscar una respuesta a qué es lo que lo 15 constituye, cuáles son las condiciones que lo hacen internamente posible. No subyace aquí ninguna actitud inquisitorial que busque imponer rígidas y excluyentes fronteras ni predeterminar las orientaciones del arte, los modos y procedimientos particulares que debe o no adoptar. Se intenta únicamente comprender lo que el arte ha llegado a ser en su propio devenir, la naturaleza de que se ha dotado a sí mismo. A partir de ahí se podrá también distinguir lo que de hecho es artístico y, por tanto, lo que no lo es. ¿Qué idealiza más el arte, el preguntarse por las condiciones internas que lo hacen posible o el rodearlo de una aureola de vaguedad que lo aleja de toda decisión crítica? ¿La renuncia de inicio a la búsqueda de condiciones internas del arte no va de la mano con la mistificación que lo convierte en algo intangible, indescifrable y que, por lo mismo, puede plasmarse en cualquier cosa, sea como sea? 1.2. Del reconocimiento a la explicación del arte No se nos oculta que cualquier intento de definición choca de entrada con la idea intuitiva de que respecto al arte todo es posible, menos definirlo. O sea, la idea de que el arte, por su propia condición, está en las antípodas de lo definible y determinable. 

Desde ese punto de vista, definirlo será siempre negarlo en su más íntima verdad. Pues el arte se resiste a ser lo que de algún modo se pretende que sea, se rebela frente a lo que ya ha sido, busca deshacerse de cualquier forma dada y reinventarse sin cesar. Siendo de por sí innovación y ruptura, el arte no acepta precepto ni condición alguna: sus mutaciones impredecibles condenan de antemano al fracaso todos los intentos de definirlo. La exclusión de la posibilidad de definir el arte se complementa a veces con el rechazo de la necesidad de una tal definición. ¿En verdad, necesitamos para algo una definición? ¿No está perfectamente satisfecha, sin necesidad de ella, nuestra disponibilidad y aptitud para una recepción fructífera de las obras de arte? ¿No nos basta con la precomprensión del arte de que disponemos quienes nos hemos socializado en culturas en las que están generalizados los fenómenos artísticos? O formulado de otro modo, ¿no nos basta con la noción implícitamente contenida en el uso pertinente del lenguaje al utilizar la palabra “arte”? La respuesta afirmativa a los últimos interrogantes supone tanto una confianza en nuestra capacidad espontánea de discernimiento estético como una desconfianza en las ventajas de la reflexión teórica sobre el arte. Viene a decir que ya sabemos por experiencia lo que es el arte, como lo prueba el hecho de que continuamente nos referimos a él en nuestras conversaciones y actitudes prácticas y, por lo mismo, podemos distinguir los objetos artísticos de los que no lo son. Nadie se engaña cuando asiste a una exposición de pintura, aun si fuera abstracta, confundiéndola con un muestrario de colores para la decoración de viviendas. Estamos casi seguros de poder diferenciar una escultura de un trozo de madera (¿salvo si la madera estuviera tal cual expuesta en un museo?). 

16 De ser así, cabe sospechar que las teorías más o menos filosóficas sobre el arte no hacen sino embrollar las cosas, introducir dificultades donde no las hay, perturbar nuestra percepción espontánea del arte. Y esto, por dos motivos. Primero, porque se supone que las teorías del arte tienden a abismarse en un esencialismo abstracto: pierden de vista la diversidad viva, la particularidad irrepetible de los fenómenos artísticos, y los someten a un principio uniformador, impuesto por la propia teoría. Segundo, porque se supone que es preferible aventurarse libremente al encuentro con las obras de arte, sin prejuicios ni prevenciones teóricas, arriesgándose al desconcierto y, en todo caso, tanteando una respuesta. Queda para después la consideración del primero de esos supuestos, el que acusa a la reflexión filosófica sobre el arte de perderse necesariamente en un esencialismo abstracto. En cuanto al segundo, da por hecho que la actitud ingenua o prerreflexiva ante el arte incluye ya la capacidad de distinguirlo y apreciarlo, sin necesidad de recurrir a disquisiciones intelectuales o saberes teóricos. Esto es lo que ahora conviene discutir. Y sería bueno no mezclarlo con lo ya comentado respecto a la apertura y receptibilidad ante las propuestas de la obra, la disposición a perderse y dejarse influir por ella. Lo que está en cuestión es si la curiosidad ingenua basta de por sí para discernir lo artístico, haciendo innecesaria toda definición del arte. La idea de que no es necesario definir el arte cobró cuerpo teórico en un célebre artículo de William Kennick, de 1958.

 Manifestaba allí que la errónea pretensión de definirlo está en el origen de los desvarios subsecuentes de la estética tradicional en su conjunto. Esta opinión encontró eco durante bastante tiempo. El error inicial era, desde su punto de vista, el de que la definición implicaba la apelación necesaria a una naturaleza predeterminada y unívoca, común a todas las prácticas artísticas, que se reflejaba en una serie de condiciones necesarias y suficientes del arte: en pocas palabras, implicaba el temido esencialismo abstracto. Volveremos con mayor detenimiento sobre este punto, sin duda, auténticamente crucial. Pero por el momento interesa otro aspecto de su argumentación. Kennick mantiene que, de hecho, la mayor parte de la gente está en condiciones de usar apropiadamente la palabra “arte”. Puede construir oraciones con sentido en las que se incluya dicha palabra, y pronunciarse sobre si algo es o no es una obra de arte. Es decir, puede discriminar entre lo que es una obra de arte y lo que no lo es. En tal caso, ¿para qué sería necesaria una definición filosófica del arte? Sólo serviría para hacer más engorrosa, cuando no para confundir, la decisión que está al alcance de cualquiera respecto a si tal o cual objeto es una obra artística. Nada descubren de nuevo las definiciones del arte, y si descubren algo es sólo un obstáculo a la percepción espontánea y veraz que la gente tiene sobre el arte. Imaginemos que a alguien, ayuno de conocimientos de estética, se le pide entrar en un almacén y traernos las obras de arte allí depositadas. Sin duda que lo hará, pues sabrá distinguirlas del resto de los objetos. Sabrá que aquello es un cuadro y esto otro una cortina. Es cierto que en algunas ocasiones la decisión puede resultar algo dudosa. Habrá, por tanto, que afinar la percepción, incluso arriesgarse al decidir, improvisar por cuenta 17 de cada uno la resolución sobre si cierto objeto es o no artístico. 

Pero esto sólo prueba que la línea de demarcación no siempre está clara. Ahora bien, menos claro lo tendrá aún aquella misma persona si se le pide que separe los objetos que sean una “forma significante”, la “expresión sensible de un sentimiento”, una “intuición” tal como la define Croce, etc. O sea, si para trazar la línea de separación ha de servirse de alguna de las definiciones tradicionales del arte. De nuevo, las definiciones no hacen sino entorpecer la capacidad comúnmente compartida de distinguir lo que es arte y lo que no lo es. O más precisamente, eso es lo que hacen las definiciones esencialistas. La propuesta de Kennick adquiere a partir de ahí un claro acento wittgensteiniano: olvidemos las esencias, renunciemos a buscar un denominador común a todas las obras artísticas, dejemos de lado los cánones, reglas, patrones o criterios universales aplicables a cualquier obra artística. El error de partida que lastra a la estética es el empeño en encontrar lo que no existe. La reflexión sobre el arte puede tener sentido si cambia radicalmente de objeto: debería dedicarse a “comprender la lógica compleja, mas no misteriosa, de palabras y frases tales como arte’, 'belleza, experiencia estética y similares” (Kennick, 1958: 334). En suma, debería dedicarse al análisis del lenguaje sobre el arte. ¿Es verdad, como pretende Kennick, que cualquier persona sin mayores conocimientos puede de hecho distinguir lo que es arte y lo que no? En líneas generales, y respecto al arte tradicional, parece que así es. Es muy probable que todo el mundo distinguiese las obras de arte (aunque en su momento no las nombrase como tales) al entrar en el almacén de los Medid en la Florencia renacentista. Y sin duda hoy distinguiría los cuadros expuestos en el museo del Prado de los utensilios de limpieza u otros objetos por azar allí abandonados. Pero, ¿ocurriría lo mismo en todas las exposiciones de arte contemporáneo que se suceden actualmente? ¿El ejemplo del almacén lo hubiera repetido Kennick de haber escrito su artículo hoy día? Por otro lado, el visitante menos advertido juzgará que son artísticos todos los objetos que encuentra en la feria de ARCO. Pero queda la duda de si los identificaría como tales al tropezarse con ellos en un descampado. De no ser así, significaría que carece de criterios propios de diferenciación. Es decir, sin contar con la consagración artística que otorgan los pabellones de ARCO, en un vulgar almacén como el del ejemplo de Kennick, el individuo no podría sacar fuera las obras de arte y dejar dentro las otras cosas. Esto podría entenderse, en línea con la teoría institucional del arte, en el sentido de que los criterios de diferenciación de lo artístico han pasado del individuo común a los directores de museos, ferias de arte y exposiciones, junto con los medios de comunicación que los alientan. La decisión sobre lo que es arte y el reconocimiento del mismo se habría desplazado desde quienes lo contemplan a las instituciones que lo administran Al margen del peso institucional en el reconocimiento de las obras, en el arte del presente se dan también casos próximos a lo que Danto llama “los indiscernibles perceptivos”. 

Entiende por ello la posible existencia -de la que caben, por lo demás, 18 múltiples ejemplos en el arte de nuestros días- de dos objetos entre los que no se puede percibir diferencia alguna en el plano sensible y, sin embargo, uno es una obra de arte y el otro no. Así, la obra de Andy Warhol, Brillo Box, y cualquiera de las cajas de Brillo que ofrecían en la época los supermercados norteamericanos. Dejamos para otro momento la consideración de este punto, pues no es tan claro como piensa Danto que una obra de arte y una mera cosa puedan carecer totalmente de diferencias perceptivas. Pero hay supuestas obras de arte que, si no del todo, al menos en gran parte pueden confundirse por su aspecto sensible con objetos no artísticos. En otras palabras, obras cuya identificación no es tan evidente como supone el razonamiento de Kennick, obras que desconciertan al espectador y lo dejan indeciso. De cualquier modo, lo relevante frente a la postura de Kennick no es la discusión de si cualquier persona puede efectivamente distinguir lo artístico. Aunque se aceptara este punto en líneas generales, en nada cambiará nuestra opinión de que propuestas como la suya yerran el blanco en lo más fundamental. La cuestión que él escoge como central no es realmente decisiva para la reflexión estética. Lo que en verdad importa a ésta no es facilitar el reconocimiento fáctico de lo artístico sino aportar una explicación del arte, o sea, responder a qué es lo que hace que algo sea una obra artística. Para desarrollar esta idea hay que hacer explícita la distinción que se viene sugiriendo entre el reconocimiento y la explicación del arte. En cambio, dejamos a un lado las cuestiones relativas a la interpretación, o sea, el proceso por el que los receptores descifran y se apropian el significado de las obras y éstas reviven en ellos.

 El reconocimiento es la capacidad de identificar una obra de arte, distinguiéndola de los objetos no artísticos. Reconocemos una obra cuando podemos diferenciar lo que es y lo que no es arte. El reconocimiento afecta, pues, a la delimitación o, si se prefiere decirlo así, a la clasificación del arte. La explicación busca responder a la pregunta de qué es lo que hace que algo sea una obra de arte. No se contenta con diferenciar el objeto artístico, sino que a partir de ahí quiere saber por qué lo es. Eso le lleva a indagar lo constitutivo del arte, las condiciones que lo hacen posible. En otras palabras, se ve abocada a la definición del arte, en el entendido de que definir sólo significa aquí revelar las condiciones de posibilidad. La distinción entre ambas competencias es afín, aunque sin coincidir del todo, con la diferenciación del plano ontológico y el epistémico, a que frecuentemente recurre la Estética, en especial la de ascendencia anglosajona. Mientras el plano epistémico tiene que ver con el estado de nuestros conocimientos y los motivos por los que nos resultan aceptables, o sea, con los procedimientos seguidos para adoptar, encadenar y justificar nuestras creencias sobre el arte -entre las que se incluirían las que permitiesen identificar los objetos artísticos-, el plano ontológico se centra en la cosa misma, se interroga por sus determinaciones internas: para el caso, las condiciones realizatorias del arte. 

De esta diferenciación de planos se siguen importantes consecuencias en el campo estético. Pero baste por ahora con dejar constancia de ella. Y adelantar tanto la idea de que la perspectiva ontológica y la epistémica son en efecto distintas, y conviene tener presente su especificidad, como la idea de que son interdependientes y, por tanto, no son del todo 19 separables. Se ha aludido al desconcierto y la perplejidad en que actualmente nos dejan algunos productos artísticos. Eso conlleva, en primer lugar, que se debilita, casi se anula en ocasiones nuestra capacidad de reconocer las auténticas obras de arte. A este propósito, Eugenio Trías ha hablado de la necesidad de mantener un criterio estético para distinguir la genuina obra de arte de los “falsos pretendientes” a la condición artística, o más precisamente, para distinguir la obra artística de aquello que pasa por tal o parece serlo. Y advierte que “la verdadera obra de arte no suele presentarse como tal, no tiende a expresar en su presentación esa pretensión, sino que suele hacer su aparición como obra del común; en cambio su falsificada rival, la obra que parece ser artística sin serlo, tiende siempre a exhibir, en sus maneras, en sus formas de aparecer, en los procesos creadores plasmados en ella y en su resultado final, esa pretensión de ser justamente aquello que bajo ningún concepto es, pero que puede parecer-lo” (Trías, 1998: 207). El criterio estético que postula Trías va más allá de lo que aquí se entiende por reconocimiento: afecta también a lo que llamamos explicación. 

Limitándonos por ahora a lo primero, es fácilmente constatable que el desarrollo de las artes, con esa tendencia a hacer aparecer como artístico lo que no lo es, exacerbada por la actual indefinición del arte, ha propiciado que los criterios de reconocimiento se hayan tornado problemáticos e inciertos. No obstante, siempre mantenemos interiorizados algunos de tales criterios. Partimos siempre de una precomprensión del arte, arraigada en la conciencia histórica, que incluye ciertos criterios para distinguir los productos artísticos. Son, pues, los criterios propios de la cultura en que nos hemos socializado. Criterios a los que desafían algunas obras del presente, pero criterios que de modo más o menos explícito forman parte de nuestra red de creencias. Ahora bien, eso no quiere decir que tengamos que aferrarnos a ellos como algo inamovible. Mucho menos, cuando los criterios se han atenuado y aun así se nos exige ponerlos a prueba un día tras otro. Tanto el inconformismo con lo meramente transmitido como el propio debilitamiento de los criterios, nos exige someterlos a una continua revisión. La vigente indefinición del arte no tiene por qué sumirnos en una parálisis crítica, que nos convierta en dóciles seguidores de cualquier propuesta que se nos haga. Tal es la responsabilidad de todo el que contempla, lee o escucha una obra de arte. Pero la teoría estética no debe ir por delante del relativo consenso social y de la decisión de cada espectador sobre lo que es arte y lo que no. A la teoría como tal no le incumbe anticipar criterios alternativos de reconocimiento. En su inicio ha de atenerse a lo que ya se considera artístico dentro de una cultura determinada: tiene que tomar como punto de partida la precomprensión del arte vigente en una comunidad histórica. El trabajo teórico empieza a partir de ahí. Y su cometido es dar forma reflexiva, articular teóricamente el reconocimiento. Al reflexionar sobre la naturaleza y propiedades de los objetos ya identificados como artísticos, se verá abocado a la explicación de lo que es el arte (qué es lo que lo constituye, por qué significa lo que significa, qué es lo que comporta para nosotros). Acaso de esa explicación se desprendan algunos nuevos 20 criterios de reconocimiento.

 Pero, en tal eventualidad, los nuevos criterios no habrán sido el punto de partida sino el resultado derivado de la explicación. Dicho de otro modo, los criterios alternativos de reconocimiento sólo tendrán vigencia retroactivamente, al derivar de una nueva explicación del arte. Una explicación, repetimos, que se atiene en principio a lo que se acepta comúnmente como arte. ¿Por qué esto último? Porque de lo contrario se corre el peligro de caer en alguna forma de apriorismo. O sea, de introducir definiciones del arte que sean previas y para nada tengan en cuenta la realidad efectiva de las prácticas artísticas, que se formen una idea del arte que desconozca y prescinda de las obras existentes, y acaben abocando a un esencialismo uniformador. Su propia lógica arrastraría a esas definiciones, en un paso siguiente, a convertirse en definiciones normativas, que pretenderían dirigir los caminos del arte, asignarle pautas predeterminadas, prescribir lo que debe o no debe ser. En un sentido contrario, frente a toda definición apriorística, hay que insistir en que el arte sólo es lo que ha llegado a ser, a través de las vicisitudes de su imprevisible recorrido, de sus exploraciones y hallazgos, en suma, de su libre creatividad. Si el arte no tiene más realidad que la que se desprende de sus producciones históricas, las ya acaecidas y las que están por acaecer, las definiciones apriorísticas, que aluden quiérase o no a alguna entidad suprahistórica, carecen definitivamente de sentido. Lo que sea el arte, como ha repetido Heidegger, sólo se muestra en las obras de arte existentes. No es algo que se pueda deducir, en palabras suyas, de “conceptos más elevados”. No se deriva de principio apriorístico alguno ni de categorías provenientes de otros ámbitos de pensamiento. 

El discurso sobre el arte no requiere una fundamentación metafísica ni apela a condiciones trascendentales. Si queremos conocer la naturaleza del arte, qué es lo que hace que un objeto sea artístico, tenemos que preguntárselo a las obras ya existentes, únicamente a ellas. Aunque esto nos introduzca en un camino circular, pues “¿cómo podemos estar seguros de que las obras que contemplamos son realmente obras de arte si no sabemos previamente qué es el arte?” (Heidegger, 1995a: 12). Una vez perdido el miedo a esa circularidad (que al transitarla se revelará como no viciosa), asumiendo según quiere Heidegger que permanecer en ese camino es la auténtica “fiesta del pensar”, hay que decidir por dónde iniciamos el camino. Y no parece quedar otra opción que la de aceptar provisionalmente como arte aquello que se exhibe en los museos y galerías, que se muestra en las iglesias y otros edificios públicos, los monumentos reconocidos como tales, lo que se oye en los conciertos, etc. Así, en nuestro punto de partida es arte todo aquello consagrado como tal por una cultura o comunidad histórica. Aunque haya que mantener las cautelas que se siguen de la actual indefinición del arte y la problematicidad de los criterios a que antes nos referíamos. Todo esto cabe resumirlo en la idea de que la teoría estética no ha de anticipar criterios de reconocimiento del arte que sean alternativos a los consensuados socialmente en una época (dejando al margen la decisión que cada espectador pueda y deba adoptar por su cuenta). Por tanto, la teoría inicia su camino aceptando los criterios de reconocimiento vigentes. 

Aunque no oculta que su andadura reflexiva acaso al final los 21 subvierta. Ahora bien, el propio punto de partida, por las características mismas que le hemos atribuido, aboca a salir de él. El nuevo paso que se impone es el de la interrogación por la naturaleza del arte, lo que nos adentra en lo que venimos llamando “explicación”. Tal es el cometido propiamente filosófico, el que no se contenta con aceptar lo ya sabido, las respuestas implícitamente dadas, los criterios estéticos vigentes. Negar su necesidad es tanto como negar el impulso constitutivo que desde siempre ha animado a la Filosofía -en el campo que nos ocupa, la Filosofía del arte. Si la Filosofía del arte responde, de un lado, a la exigencia permanente de remover y ampliar nuestras ideas estéticas, por otro lado, las circunstancias del presente artístico la hacen especialmente oportuna. En definitiva, la necesidad de definir el arte no es sino la de responder a los nuevos interrogantes que sin cesar nos plantea, a los problemas inéditos que suscita. Dado que el arte merecedor de tal nombre siempre va más allá de lo establecido, desplegando nuevas virtualidades, la reflexión que busca comprenderlo no puede quedarse atrás. Constantemente tiene que volver a pensarlo, sin enquistarse en las ideas legadas por la tradición. Estas son las que facilitan el reconocimiento y, por tanto, constituyen nuestro punto de partida, no el punto de llegada. Y para pensar el arte no basta con recopilar los rasgos particulares de las obras ya existentes, no basta con su descripción y clasificación en corrientes o estilos. De ahí hay que saltar a la pregunta por la naturaleza del arte, la que justamente da entrada a la reflexión filosófica. 1.3. 

La idea hipostasiada de Arte Lo dicho hasta aquí tiene que ver con la necesidad de una definición del arte, en la que cristalice la reflexión sobre su naturaleza y propiedades, y que cabe articular como exposición de las condiciones de posibilidad de lo artístico. Otra cosa es la posibilidad de esa definición. O mejor, la posibilidad de afrontarla sin caer en todos los yerros de la especulación platonizante. Lo primero que puede parecer contradictorio es la idea misma de que el arte tenga algo semejante a una naturaleza, en el entendido de que ésta es equiparable a una esencia inmutable y permanente. Frente a lo cual se argumenta a veces, como ya se ha señalado, que el arte es de por sí innovación y ruptura, se rehace e inventa en cada una de sus creaciones. Por lo mismo, al pretender captarlo bajo un concepto unitario, la definición negaría tanto su radical diversidad como su imprevisible devenir. Estamos de nuevo en el punto en el que se acusa a la Filosofía del arte de precipitarse en un esencialismo ahistórico. Si en las consideraciones precedentes se la obviaba por innecesaria, ahora se le achaca que, al pretender definir el arte, la filosofía se encierra ciegamente en los problemas que ella misma crea, se debate exangüe en la definición de entidades que sólo para ella existen. Frente a tales desvarios especulativos, 22 quedarían dos opciones: olvidarse sin más de la Filosofía del arte o reconducirla a tareas más modestas, por ejemplo, la de analizar el significado de las palabras que usamos cuando hablamos de arte, reflexionar sobre los implícitos de la crítica que analiza las obras de arte particulares (con lo que se la convierte en una especie de metacrítica) o cosas por el estilo. Hay quienes piensan que la pregunta misma acerca de la naturaleza del arte (y toda definición no es sino la respuesta a tal pregunta) incurre de por sí en un esencialismo abstracto. Queda inmersa en el proyecto romántico de aunar todas las artes bajo el concepto esencialista de Arte: una realidad única, perenne, de valor universal, que hace de todas las manifestaciones artísticas mera expresión de esa esencia absoluta; una naturaleza teleológica que predetermina lo que las obras particulares pueden o no ser. Es lo que mantiene, por ejemplo, Jean-Marie Schaeffer. Para este autor, el concepto esencialista, la idea hipostasiada de Arte gobierna de principio a fin lo que él llama “la Teoría Especulativa”, una teoría en la que toman parte entre otros Novalis -y, en general, el romanticismo alemán-, Hegel, Schopenhauer, Nietzsche, Heidegger y Adorno, sin contar con algunos de sus respectivos seguidores, entre los que se incluyen destacados artistas. Es decir, para Schaeffer, casi toda la estética filosófica está dominada por la teoría especulativa. En esto se cifra justamente lo que su planteamiento tiene de excesivo. Convierte la teoría moderna del arte en algo uniforme: la reduce en lo fundamental a una inspiración común, nivela sus resultados. Iguala a pensadores tan diferentes como Schopenhauer, Heidegger o Adorno: agranda lo que tienen en común, reduce lo que los separa. Pero al margen de que refleje fielmente o no las líneas maestras de la estética filosófica, independientemente de la justeza de sus atribuciones, lo que importa destacar es que dicha teoría especulativa, tal como ahí queda caracterizada, no es el resultado necesario a que aboca todo intento de explicación del arte.

 Antes bien, puede servir de contraejemplo para la propuesta de reflexión sobre el arte que en este libro se intenta llevar a cabo: una reflexión, no obstante, que no renuncia a dilucidar las condiciones realizatorias de lo artístico. Hay que insistir una y otra vez en que la pregunta: “¿qué es el arte?”, no incurre por sí misma en ningún esencialismo ahistórico Según la descripción de Schaeffer, la teoría especulativa conduce básicamente a la sacralización del arte, compensando de ese modo la desacralización creciente de la cultura occidental. Incomunica y enfrenta a las prácticas artísticas con el resto de las actividades humanas, al atribuirles una validez y autenticidad de la que éstas carecen. Su reclusión en un ámbito aislado, lleva al arte, de un lado, a la autorreferencialidad excluyente y a creerse gobernado por su propia teleología interna, y, por otro lado, a arrogarse un mesianismo utópico, el proyecto de una sociedad asimilada al arte. La sacralización está vinculada con el peculiar estatus cognitivo que se le otorga al arte. Sin relación con el saber científico o el conocimiento común, el arte aparece como el saber primordial, el único en que se desvela la realidad última . Le es propio “un conocimiento extático, la revelación de verdades últimas, inaccesibles a las actividades cognitivas profanas” (Schaeffer, 1992: 15). De ahí su excelencia respecto a los otros 23 saberes y actividades humanas. 

Estos son algunos de los contenidos de la teoría especulativa, tal como los presenta Schaeffer. Pero, para empezar, resulta más que dudoso que la sacralización del arte y ese estatus cognitivo tan especial sean en verdad atribuibles al discurso de todos los autores incluidos en la teoría especulativa. Y, en cualquier caso, lo importante es dejar claro que dichos contenidos no son la respuesta ineludible a la pregunta por la naturaleza del arte. La respuesta podría ser esa o cualquier otra. Por nuestra parte, esperamos que la argumentación que aquí se lleve a cabo no favorezca ningún tipo de sacralización del arte. En cuanto al estatus cognitivo que aquí también se atribuirá al arte, confiamos en que al exponerse aparezca claramente distanciado de cualquier conocimiento extático en el que se desvelasen esencias recónditas. Ahora bien, hay otros aspectos de la teoría especulativa que tiene que ver con la idealización de las artes, y que merecen una consideración directa. Uno de ellos es el supuesto de que la propia pregunta: “¿qué es el arte?”, introduce ya una deriva esencialista que indefectiblemente concluye en la reducción de las prácticas artísticas a la Idea unificada de Arte. El empleo del singular en la pregunta da por hecho que cada una de las obras y las prácticas lo son por participación en la realidad única del Arte. Las obras artísticas (y las artes), despojadas de su pluralismo y variedad, de su eficacia innovadora, sólo son y se entienden como manifestaciones empíricas de una esencia ideal. Esa esencia, definida filosóficamente, iguala y predetermina lo que las obras particulares pueden o no pueden llegar a ser. La teoría especulativa es “Teoría del Arte, con mayúscula, puesto que más allá de las obras y los géneros proyecta una entidad trascendente que se considera que funda la diversidad de prácticas artísticas, teniendo ontológicamente prioridad sobre ellas” (id.: 16).

 Pero no se queda ahí. La categoría óntica que define es a la vez una categoría evaluativa más o menos encubierta. Lo óntico y lo evaluativo se sustentan e incluyen mutuamente. La teoría especulativa “confunde el arte como objeto fenoménico y el arte como valor: define el arte por su valor, y a cambio lo valoriza por su definición” (id.: 84). Bajo influencia de la teoría, el término “arte” se usa siempre con un sentido evaluativo de aprobación o de exclusión, sirve para legitimar o deslegitimar la validez de las obras singulares. No es de extrañar que así sea: por el mismo impulso que le lleva a definir una esencia ideal del arte, la teoría traza una línea divisoria entre lo artístico y lo no artístico y predetermina lo que han de ser las obras particulares. O como se afirma desde una perspectiva crítica similar, para el pensamiento esencialista “las esencias son normas” (Bourdieu, 1995: 436). Todo ello viene de que el discurso no se limita a lo que debiera limitarse: la descripción de las artes. Antes bien, concibe un ideal artístico, un arquetipo de artisticidad. E incurriendo en ese error categorial tantas veces denunciado como originario de toda metafísica idealista, sustancializa el ideal artístico, le otorga un estatus constitutivo. A partir de ahí se convierte fatalmente en un discurso de exclusión: deja fuera de sus límites a todas las obras que no se amoldan al ideal. Propone así una nueva denotación del término “arte”, fundada en la previa definición evaluativa. Cuando, en 24 puridad, debería limitarse a “analizar la denotación recibida del término”, sin aspirar a definición evaluativa alguna. Lo expuesto hasta aquí de la teoría especulativa nos permite insistir en que sirve de contraejemplo a la propuesta de definición que defendemos. En relación con el último punto, el que aconseja ceñirse a la denotación recibida, hay que recordar que por nuestra parte propugnábamos atenerse inicialmente a los criterios de reconocimiento del arte vigentes en la época, sin que la teoría anticipe criterios alternativos. 

Pero sin que eso suponga, tampoco, que los criterios sean incontestables, que queden a cubierto de la teoría. Con todo, frente a los presupuestos de la teoría especulativa, lo más importante es resaltar que la única realidad del arte que cuenta es la adquirida de resultas de su propio devenir. Es una falsa suposición la que imagina que al hablar de “naturaleza” del arte se hace necesariamente referencia a alguna esencia abstracta, inmutable o intemporal. Ya hemos advertido, como dijo Adorno, que en nuestra perspectiva el arte sólo es lo que ha llegado a ser, con lo que queda descartada cualquier entidad suprahistórica, trascendente a sus manifestaciones concretas. Se diría que para la conciencia actual esto es algo que va de suyo, que no es lo que está en juego cuando se discute la posibilidad de definir el arte. Y así debiera ser. Pero con frecuencia se siguen confundiendo los términos de la discusión: parece como si cualquier definición positiva del arte tuviera que enfrentarse antes o después a la acusación de caer en algún nebuloso esencialismo platónico, una acusación que queda en el aire de forma más o menos larvada. Frente a ella, repitamos una vez más que la definición buscada sólo apunta a la realidad histórica del arte. El reconocimiento de la historicidad del arte va aunado con el de su efectiva pluralidad. La situación presente de las prácticas artísticas ha despejado cualquier duda sobre el particular: el arte es de muchas maneras, se presenta en contenidos y formas estilísticas tan desiguales, adopta manifestaciones tan cambiantes y distantes entre sí, que en ocasiones se hace difícil ver lo que puedan tener en común. 

Pero algo deben tener en común, salvo que carezca de todo sentido el seguir calificándolas de “artísticas”. Por otro lado, no se gana nada con hablar de “las artes”, evitando la expresión “el arte”. Al margen del significado y designación iniciales de las palabras, atendiendo a su sentido actual, el arte sólo debe entenderse como aquello compartido por las distintas artes. El mismo riesgo de idealizar o pretender tutelar las prácticas artísticas, la misma posibilidad de esclarecerlas, conllevan la definición del arte y la definición de cada una de las artes particulares. Tan coercitivo respecto a los particulares que lo ejemplifican puede ser el concepto de novela o de pintura como el concepto de arte. También puede ser igualmente luminoso. Con la dificultad añadida de que uno de los rasgos más sobresalientes del arte actual es el intento de borrar las distinciones de género, de mezclar y fusionar las expresiones artísticas. Parece que muchas obras del presente pretenden ser arte antes que, por ejemplo, novela, relato o poesía; o antes que pintura, escultura o instalación. Acaso porque participan de las propiedades comunes a algunos de esos géneros, sin adscribirse del todo a ninguno de ellos. Tras quedar descartado cualquier esencialismo abstracto, sigue vigente la cuestión de 25 qué sea aquello que comparten las distintas manifestaciones artísticas que merecen nombrarse como tales. Definir el arte no es otorgarle una acepción unívoca. La definición rehúsa homogeneizar las prácticas artísticas, no intenta reducir su pluralidad a una condición uniforme. 

Sólo pretende discernir por qué son artísticos los objetos y las prácticas que han llegado a serlo: qué es lo que hace que lo sean. Sin excluir, por supuesto, que los objetos y las prácticas pudieran llegar a ser de otro modo. En cuyo caso habría que rehacer la definición. Por lo demás, ninguna definición atravesará del todo el fondo de misterio en que hunde sus raíces la creación artística. Acaso exagere Truman Capote cuando dice, en Los perros ladran, que “la obra de arte es el único misterio, la única magia suprema; todo lo demás es aritmética o biología”. Pero es fácil advertir que, aún cuando no sea un rasgo exclusivamente suyo, el arte se retrae especialmente a la explicación, lo envuelve una peculiar ocultación. Como si en parte hubieran de permanecer oscuras las razones por las que sus hallazgos nos resultan a veces transparentes y, otras, nos deslumbran por impenetrables. Como si no pudieran ser nítidas las fuentes ni de lo que muestra ni de lo que encubre. La definición será, pues, aproximativa. Se moverá entre la imposibilidad de agotar por completo el misterio del arte y la renuncia a declararlo un arcano insondable. De forma que su carácter enigmático se convierte en un acicate para la reflexión. Tanto más se resiste a la comprensión cuanto más nos importa desvelar sus incógnitas. La dificultad de la comprensión afecta a un doble plano: el del encuentro personal con cada una de las obras y el de la reflexión teórica sobre la naturaleza genérica del arte. Este último es el que aquí nos concierne. Y en él las dificultades, ni mayores ni menores, son de índole distinta a las de la interpretación de una obra particular. Para centrarlas, podemos resumir el empeño de la explicación teórica en descubrir las condiciones constitutivas del arte, las que hacen que algo sea artístico. 

Es decir, las condiciones necesarias (sin las cuales algo nunca podría ser obra de arte) y suficientes (con las cuales siempre lo sería) del arte. 1.4. Condiciones necesarias y cierre extensional Desde hace algunos años los intentos de definición articulados en torno a condiciones necesarias y suficientes se enfrentan a los argumentos antiesencialistas que, inspirados con mayor o menor acierto en Wittgenstein, fueron formulados a finales de los años cincuenta por William Kennick (en el artículo antes comentado) y Morris Weitz. Weitz no sólo constata el fracaso de hecho de las definiciones tradicionales que, por más que se empeñen, no logran encontrar las condiciones necesarias ni suficientes del arte, sino que aduce razones de principio por las que esa empresa es imposible. Se trata, en suma, de que la propia lógica del concepto de arte excluye la existencia de tales condiciones necesarias y suficientes. A las obras de arte, piensa Weitz, les conviene lo que Wittgenstein atribuía a los 26 juegos: entre ellos sólo hay parecidos de familia. A se parece a B, B se parece a C, pero es factible que entre A y C no exista parecido alguno. No hay esencia compartida por las obras artísticas, no hay necesariamente propiedades comunes, y de haberlas durante un tiempo, pueden desaparecer en otro. Lo que queda es sólo “una red complicada de semejanzas que se solapan y entrecruzan, de igual modo que podemos decir de los juegos que forman una familia, con semejanzas familiares y sin ningún rasgo común” (Weitz, 1956: 30). 

La equiparación de las obras de arte con los juegos es más que problemática. Como aquí no hay lugar para justificar ese aserto, nos remitimos a los muy convincentes argumentos de M. Mandelbaum (1965) y B. R. Tilghman (1984), al señalar el error que supone tal extrapolación de lo dicho por Wittgenstein acerca de los juegos, como si fuese aplicable sin más a las obras de arte. Lo que directamente nos interesa es la propuesta de Weitz de cambiar la pregunta acerca de qué es el arte —abocada siempre a una salida esencialistapor la pregunta: “¿de qué tipo es el concepto de arte?” La respuesta no admite dudas: el concepto de arte ha de ser un concepto abierto. El punto central de la argumentación consiste en la contraposición del concepto cerrado y el concepto abierto de arte. El primero establece condiciones necesarias y suficientes y, por lo mismo, cierra forzosamente su campo extensional: deja fuera del campo concreto de las artes a todos los objetos que no cumplan las exigencias impuestas por el propio concepto. Se aplica a los casos particulares de forma fija y predeterminada. En cambio, “un concepto es abierto si sus condiciones de aplicación son enmendables o corregibles; esto es, si se puede establecer o imaginar un caso o situación que requeriría una especie de decisión por nuestra parte a fin de extender el uso del concepto para que cubra dicho caso, o bien habría que cerrar el concepto e inventar uno nuevo para tratar el nuevo caso y su nueva propiedad” (id.: 31)

 En otras palabras, la intensión del concepto, saturado de condiciones necesarias y suficientes, indefectiblemente predetermina su extensión. Y al cerrarse el campo extensional, se establece una rígida e inamovible frontera entre lo que es y no es arte. No sólo se niega la cualidad de obras de arte a los objetos que sin caer dentro del concepto pudieran pretenderla, sino que se tiende a prejuzgar lo que en el futuro puede llegar a ser artístico y lo que no. Así pues, un concepto cerrado es el que tiene condiciones constantes e inequívocas de aplicación a la hora de decidir si algo es o no es una obra de arte. No deja lugar a dudas ni margen de decisión a quienes lo aplican: el concepto obligatoriamente conlleva unos criterios delimitadores de lo artístico que consagran o excluyen a tales y cuales objetos, que se imponen a cualquier otra consideración, sea de los creadores de esos objetos, sea de la opinión común. En el rechazo de Weitz y Kennick a toda definición “esencialista” del arte (y lo es cualquiera que comporte condiciones necesarias y suficientes), bajo el postulado de que tal definición es sencillamente imposible, parece que anidan algunos de los malentendidos que venimos comentando. 

En particular, puede entreverse en sus textos el reproche de que la definición unifica falsamente la diversidad de las obras de arte, remite a una esencia abstracta, tiende a imponerse normativamente sobre la realidad de las prácticas 27 artísticas y se adelanta, así, a su imprevisible devenir. Pero en lugar de volver sobre los términos de la respuesta anteriormente apuntada, conviene ahora centrarse en el que acaso sea el punto fuerte de su argumentación: el cierre inevitable del concepto de arte. En todo caso, y de acuerdo con lo que aquí se viene exponiendo, hay que tener presente una salvedad: las únicas condiciones necesarias y suficientes que habrán de buscarse son las que están históricamente dadas en las obras de arte existentes. Weitz carga el peso de su razonamiento en que al cerrar el concepto con condiciones esenciales se excluirá a todos los objetos que no cumplan las exigencias establecidas por el concepto mismo. Lo que de ahí se sigue no es sino la negación de lo más propio del arte: su carácter aventurado que le lleva a variaciones sin fin, su capacidad de transmutarse sin cesar, de reinventarse a cada momento. Pero esto, que Weitz da por sentado, es justamente lo que está por dilucidar. ¿Al designar condiciones necesarias y suficientes se produce sin más un cierre extensional? ¿La definición del arte excluye en verdad sus posibles variaciones? Cabría llevar la polémica al plano de la pragmática del lenguaje o a un plano epistemológico general. Plantear si existe siempre una relación unívoca entre la intensión y la extensión de una palabra o de un concepto. Se podría tal vez recurrir a los argumentos de Hilary Putnam (1975) contra ese supuesto. Mas la restricción temática aconseja mantenerse aquí en el plano particular de las artes, contando sólo con los elementos de discusión ya puestos en juego. 

Parece claro que al definir condiciones necesarias y suficientes se produce, si no un cierre extensional rígido y definitivo, sí al menos una cierta delimitación de los objetos según cumplan o no tales condiciones. Para que esa delimitación gane en flexibilidad cabe matizar lo siguiente: las condiciones definidas de lo artístico sólo serán necesarias disyuntivamente, es decir, para que algo sea arte habrá de cumplir alguna de tales condiciones, sea cual sea de ellas, sin que se requiera ninguna en particular. Así, podrán darse obras de arte que no cumplan todas las condiciones de lo artístico, y obras que sean artísticas por distintos motivos, según satisfagan una condición u otra. Cuando las condiciones se den todas en conjunto será más que suficiente para que haya arte. Con tales cautelas el concepto de arte se hace más elástico y admite mayor variedad en sus aplicaciones, sin que lleguen a desvanecerse sus contornos. La definición basada en condiciones necesarias y suficientes se torna más adaptable a la pluralidad efectiva de las artes, aunque su aplicación provoque ciertas vacilaciones. La delimitación de lo artístico no es una delimitación inexorable, que se imponga mecánicamente, ni tiene nada que ver con una suerte de decreto que suplante la decisión de quienes se enfrentan (leen, contemplan, etc.) a las obras de arte en litigio. Para pronunciarse sobre si un determinado objeto cumple o no las condiciones del arte hay que tener en cuenta sus características específicas.

 Estas pudieran ser tales que dejen al objeto en una situación imprecisa, ni dentro ni fuera del campo artístico, acaso en una posición intermedia. Aparte de que tanto las condiciones definitorias como el campo extensional que delimitan son siempre revisables: tiene el carácter tentativo de cualquier otra propuesta de la Filosofía del arte. 28 A nadie se le escapa que el campo artístico es hoy extremadamente lábil y su extensión se amplía de continuo. Es fácil comprobar que el arte busca ser distinto de como ha sido y adopta constantemente nuevos rostros. Pero esa variabilidad no excluye la existencia de las referidas condiciones. La cuestión decisiva es si al ensancharse el campo del arte se produce una discontinuidad radical que rompa el substrato común a las diferentes manifestaciones artísticas. En cuyo caso, las nuevas formas del arte nada tendrían que ver con las precedentes y, a poco que cambiasen, ni siquiera entre ellas. El pluralismo artístico se disolvería en heterogeneidad. Esas nuevas formas serían artísticas con la condición de que las anteriores no lo fuesen, o viceversa. Sin embargo, las cosas ocurren de otro modo. La noción de arte es inclusiva. Seguimos considerando arte a las obras griegas, renacentistas o barrocas y, también, a las de las vanguardias históricas o del conceptualismo último. Más que descomponerse, la noción de arte se amplía, integrando a los nuevos productos que van apareciendo. Las variaciones artísticas no destruyen la identidad del arte, simplemente la renuevan. 

Y de ahí que siga siendo pertinente la pregunta por sus condiciones de posibilidad. Condiciones, repetimos, que siempre estarán por revisar, que habrán de variar en la misma medida en que varíen las prácticas artísticas. La teoría debe ir en paralelo con el desarrollo efectivo de las artes. Si éstas últimas evolucionan, como parece, en la línea de la integración, la teoría buscará condiciones defmitorias que sean integradoras. O sea, intentará discernir las condiciones necesarias y suficientes comunes a todas las obras que históricamente van quedando incluidas en la noción usual de arte. Si la variación tendiese a la ruptura, la teoría tendría que buscar condiciones definitorias alternativas, cambiando siempre al mismo ritmo que lo hiciesen las artes. Quiere esto decir que la definición del arte para nada excluye sus posibles variaciones. Al contrario, pretende reflejarlas. Podría opinarse que esta discusión se pierde en vaguedades, o que responde a la obsesión clasificatoria y judicial de algunos filósofos. Importa, pues, destacar lo que entendemos que aquí está en juego. Parece que la reflexión estética está hoy acuciada por un dilema: optar por la existencia de una naturaleza interna del arte o conceder que lo que hace artísticos a ciertos objetos son motivos extrínsecos a ellos mismos. 

En efecto, ciertas teorías recientes sobre el arte, que irán apareciendo a lo largo de este libro, nos enfrentan a una alternativa: o bien determinados objetos son obras artísticas en virtud de algunas propiedades que forman parte de su propia constitución interna, o bien lo son por condiciones externas que se añaden a los objetos, condiciones fortuitas o contingentes que en nada afectan a lo que de por sí son los objetos (entre tales condiciones podrían figurar las relacionadas con el contexto de producción o recepción, la actitud de los espectadores, lo que deciden los representantes del mundo del arte o los medios de comunicación, las opciones estéticas prevalentes entre los críticos, etc.). Pues bien, aquí se opta claramente por lo primero. Al hablar de “naturaleza interna” del arte sólo se quiere decir que algunos objetos poseen ciertas propiedades internas que les hacen ser obras de arte; y de no tenerlas no lo serían. La variabilidad de las prácticas artísticas no es óbice para pensar que en todas ellas se manifiesta un substrato común. No una esencia etérea o un principio uniformador, sino un grupo estructurado de 29 propiedades comunes. Propiedades que tienen que ver con el potencial simbólico de las obras, su capacidad de abrir mundos, su ordenamiento formal y cualidades sensibles, o con algún otro de sus elementos constitutivos, cualesquiera que sean. En todo caso, propiedades inherentes a su composición y modos de ser. La búsqueda de condiciones necesarias y suficientes sólo pretende nombrar tales propiedades. Suponen el mínimo requerido para la artisticidad. Va de suyo que las distintas obras incorporan otras características específicas de cada una de ellas, en las que se asienta su pluralismo y diversidad. 

Según incluya más o menos condiciones, y según lo restrictivas que resulten, el concepto de arte será más o menos elástico, admitirá una mayor o menor variedad de objetos. Aparte de que en ciertos casos la determinación de si algo es o no artístico planteará paradojas que acaso requieran, como dice Weitz, “una especie de decisión por nuestra parte”. En principio, parece conveniente que el concepto de arte sea lo suficientemente elástico para poder abarcar las nuevas manifestaciones artísticas. Elástico, pero no tanto como para que dentro de él quepa cualquier cosa. No tanto que degenere en el relativismo del todo vale por igual. Volvemos por esta vía a la anterior distinción de “explicación” y “reconocimiento”. Venimos insistiendo en que el reconocimiento de las obras artísticas es previo a la explicación, y depende de la precomprensión cultural en que estamos inmersos. Pero es indudable que la explicación ha de afectar de algún modo al reconocimiento. A efectos de la argumentación que aquí se ofrece importa tanto negar el rígido cierre extensional que advierte Weitz como asumir que, desde el momento en que se detectan condiciones necesarias y suficientes, se produce una cierta delimitación de lo artístico. Tan provisional, frágil o incierta como se ha comentado, pero delimitación al fin. Y alguna delimitación es lo que se pone en juego con lo que llamamos “reconocimiento”. 

Cuando nos formamos una idea de lo que es el arte, a partir de las condiciones que internamente lo constituyen, disponemos en consecuencia de nuevos criterios para discriminar los objetos que en verdad son artísticos, separándolos de los que no merecen esa consideración. Pueden coincidir o no con los criterios dimanantes de la precomprensión cultural, mas en cualquier caso los nuevos criterios son de otra índole, se inscriben en otra trama de ideas, tienen otra legitimación. Por ello dejan abierta la posibilidad de que se juzguen ciertos objetos como falsos pretendientes a la condición artística, por más que comúnmente (por el dictamen institucional, los medios de comunicación, la crítica o, en último término, la opinión social predominante) les sea atribuida. La mirada sobre el arte instaura, pues, una dinámica que va del reconocimiento a la explicación, y de la explicación de nuevo al reconocimiento. En ninguno de los dos extremos se detiene: proyecta el uno sobre el otro. Lo importante es que el pasaje entre ambos sirva para que nuestra visión del arte se renueve y gane en comprensión. Por lo demás, esa dialéctica de reconocimiento y explicación, que guía el proceso subjetivo de la visión, se corresponde con la dialéctica objetiva entre aceptación histórica y naturaleza interna del arte. 

Para que algo exista como obra de arte hace falta que sea 30 reconocido así por la conciencia histórica y que, al mismo tiempo, desarrolle ciertas condiciones internas de lo artístico. Hemos reiterado esto último, pero sólo hemos aludido ocasionalmente a lo primero. Las consideraciones del arte que ponen en primer plano el contexto histórico llevan toda la razón en lo siguiente: sólo es aceptado como arte en una época determinada lo que resulta acorde con las convenciones culturales vigentes en esa época. No hay arte por encima de la historia. Lo que en un contexto histórico es tomado por arte, puede no serlo en otro contexto. Los mismos objetos que una sociedad aprecia como artísticos no serán igualmente apreciados en otra, de acuerdo siempre con las creencias y valores contenidos en la concepción común de lo que sea el arte. Y con mayor razón, cuando aún no se había consolidado históricamente la noción misma de arte, determinados objetos, por muy importantes que fueran para la vida de una comunidad, era imposible que alcanzasen el estatus de obras artísticas. Lo que hoy llamamos arte prehistórico no era arte para quienes lo hacían o lo contemplaban: sólo contaba como un elemento mágico o ritual. 

Para juzgarlo como arte, con el paso del tiempo, tuvieron que darse ciertas condiciones históricas y culturales. Fue entonces cuando se pusieron de relieve sus cualidades propiamente artísticas, añadidas a su valor mágico o ritual. En resumen, el que algo exista como arte depende de ciertas condiciones sociohistóricas. O si se prefiere decirlo así, el arte tiene un insoslayable componente histórico. El error de ciertas teorías es, a nuestro entender, que hacen derivar la historicidad del arte hacia un vaciamiento de toda condición interna de lo artístico. Como si el componente histórico fuera el único. Como si el reconocimiento de algunos objetos por una comunidad histórica no se debiera a que sus creencias y convenciones cristalizan en ideas sobre lo que es constitutivo de las artes y encuentran que esto se cumple internamente en esos objetos. O sea, como si la aceptación de aquellos objetos fuese arbitraria o gratuita, si tener nada que ver con su constitución y propiedades. Para descartar la arbitrariedad de la aceptación hay que suponer que si los objetos prehistóricos, por ejemplo, han podido con el paso del tiempo ser reconocidos como arte es porque tienen en sí mismos ciertas cualidades que los acreditan como tales. Sin duda, las cualidades requeridas podrían ser otras, en consonancia con la variación histórica de la idea de arte. Pero algunas cualidades, sean cuales sean, habrán de tener que justifiquen el reconocimiento. Ya se indicó anteriormente que la variación histórica de la idea de arte no parece tender a la ruptura sino a la integración: la noción de arte, decíamos, es inclusiva. En cualquier caso, si no lo fuese, tampoco afectaría a la propuesta de que el reconocimiento remite a propiedades realizatorias de lo artístico que se cumplen en los objetos.

 En este sentido, el reconocimiento social, variable históricamente, es compatible con la existencia de una naturaleza interna del arte, por más que ésta pudiera algún día trocarse en algo cualitativamente distinto a como ahora la identificamos. La teoría estética pretende dar cuenta de todo esto. Se sabe ella misma tan sometida a la historia como el objeto que pretende explicar. Todo concepto, también el de arte, es por sí mismo relativo. Y a su relatividad interna se suma la relativización histórica y 31 social que dicta un ámbito tan mudable como el artístico. Existe, pues, una dialéctica inevitable entre lo que la teoría define como arte y lo que una comunidad histórica acepta como tal. El juego de influencias debe ir, necesariamente va, en una dirección y otra. Lo que la teoría estética no puede hacer es sumirse en la pasividad, renunciando a una voz propia sobre cuál sea la naturaleza del arte.

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