jueves, 12 de marzo de 2026

CHARLES E. KANY SINTAXIS HISPANOAMERICANA VERSIÓN ESPAÑOLA DE MARTÍN BLANCO ÁLVAREZ


 

INTRODUCCIÓN 

Es propósito de este libro agrupar las tendencias más destaca das de la sintaxis hispanoamericana, haciendo especial hincapié en su expresión popular, o sea ofrecer un compendio de las prin cipales peculiaridades o fenómenos sintácticos que difieren del uso actualmente reconocido como consagrado * en España (en donde muchos de ellos, sin duda, no son desconocidos localmente o en el habla popular). La primera en aparecer entre las obras de su género, quiere ésta constituir para los estudiantes y jóvenes maes tros, ejercitados sólo en la práctica castellana y súbitamente en frentados a la variada y nueva riqueza de la fraseología hispano americana, un punto de referencia o un libro de texto que les sirva de guía en las dudas, por lo general no explicadas en otros lugares, ya que los problemas relativos a las variaciones sintácticas han sido hasta el presente muy descuidados. Esta tarea, que por mucho tiempo constituyó un desiderátum, hoy es una necesidad, debido sobre todo al rumbo definido de las letras hispanoamericanas en las tres o cuatro últimas décadas, el nacionalismo americano (criollismo o nativismo) fue brotando es porádicamente ya a mediados del siglo xix, mas sólo a comienzos del xx abandonaron del todo los novelistas y dramaturgos el pre * El autor de la presente obra hace uso frecuente del término standard aplicado al castellano que se habla en España como español tipo, sancio nado y consagrado por el uso. En esta traducción, diversas expresiones tra tan de transmitir el contenido de aquella palabra. He aquí las mas comunes, español tipo, peninsular, consagrado, normal, castizo, culto. A veces, cuando el texto lo permite, eliminamos su traducción. (N. del T.).

 8 Sintaxis hispanoamericana juicio escolástico de la lengua, encaminando su observación realis ta a su propio medio local y liberando su propia perspectiva e idiomas de la primitiva y servil adhesión a los modelos extranje- r°s franceses ideológicamente, lingüísticamente españoles—. La primera guerra mundial engendró una nueva conciencia colectiva portadora de valores nacionales positivos, sentimiento que fructificó de manera exuberante a partir de los años veinte. En un esfuerzo por reproducir fielmente todas las diferencias, los problemas so ciales y los ideales de cada región, incluso a costa de una evidente crudeza y de valores estéticos negativos, los novelistas dieron forma literaria a la expresión vemacula. Fue entonces cuando aparecieron las importantes novelas típicas de Güiraldes, Gallegos, Rivera, Lynch, Azuela, Icaza, etc. 

Actualmente existe otro movimiento que. en beneficio de una concepción más alta de la realidad y de un acceso a ella más elevado y universal, trata de descartar los aspectos menos agradables de un realismo estricto, pero la verdad es que gran parte de la literatura hispanoamericana significativa que los estudiantes deben manejar contiene un lenguaje regional, que desconcierta a la generalidad de los mismos, cuyo conocimiento abarca únicamente el idioma consagrado o castizo (limitado éste, por cierto, aun en España, a grupos selectos). Las explicaciones de numerosas ediciones escolares recientes de novelas hispanoamerica nas y cuentos cortos publicados en América demuestran con elo cuente evidencia la limitación y, por tanto, la imperfección de dicho conocimiento. Innecesario decir que aún no es posible ofrecer una exposición científica completa de la práctica lingüística hispanoamericana. Algo se ha hecho con el mejor método moderno, pero mucho más es lo que queda por hacer. Para llegar al éxito final hay que esperar la realización de un esmerado estudio de la geografía lingüística a lo largo de los veinte países afectados, trabajo que llevará tal vez varias décadas, pues implica una exploración local de cada una de las ciudades y de cada uno de los pueblos por medio de cuestio narios apropiados y bien detallados (tales como el Cuestionario lingüístico hispanoamericano [Buenos Aires, 1945] de Navarro To más) y, basada sobre este estudio, la elaboración de miles de mapas o cartas, cada uno de los cuales habrá de limitarse a un solo fenó Introducción 9 meno —fonético, morfológico o sintáctico, según sea el caso—. 

Este procedimiento es sumamente lento, difícil y costoso, pero con pa ciencia, decisión y entusiasmo, puede llevarse a cabo. Así lo hicie ron en Francia, por ejemplo, Guilliéron y Edmont (Atlas linguis- tique de la France [1902-10]) tras quince años de tenaz trabajo. Verdadero monumento de gran alcance, que comprende 639 loca lidades en 35 fascículos in folio y 1920 mapas, fue el punto de partida del método geográfico, seguido por cierto número de estu dios regionales en Francia, Bélgica, Suiza, Italia (Jaberg y Jud especialmente) y España x. Al presente se están realizando estudios aislados de ciertas regiones de Hispanoamérica2, la cual ofrece un excelente campo de exploración lingüística en lo referente a la estructura, al proceso histórico de la actividad de los substratos y a la migración de los préstamos de una lengua a otra. Además de un examen geográfico completo, se necesita un estudio exhaustivo del español, tanto en la época preclásica como en la clásica, in cluyendo los documentos coloniales coetáneos, así como una des cripción a fondo de los dialectos españoles. 

Esperamos que la presente obra llene su propósito hasta el mo mento en que aquella tarea llegue a feliz término. Las conclusiones que aquí presentamos se basan en el material recogido por el autor en sus frecuentes viajes a los respectivos países, en disponi bles tratados impresos, en monografías y diccionarios locales, am pliado todo ello con ejemplos ilustrativos sacados de la moderna novela regional y del cuento corto moderno, publicados en su ma yoría a partir de 1920, y en ocasiones con ejemplos de importantes obras anteriores. 

En la medida de lo hasta ahora descubierto, para cada fenómeno indicamos sus límites geográficos y sociales, aspec to en el que dedicamos especial atención a los casos de uso apa rentemente restringido. Para los casos generales, empero, no nos 1 Tras muchos años de trabajo, el profesor Navarro Tomás y sus cola boradores acaban de terminar el atlas lingüístico de España (comenzado ya en 1925, con exploraciones directas sobre el terreno en 1931-36). No se publicará hasta que Portugal pueda ser incluido. 2 Disponemos ahora de El español en Puerto Rico: Contribución a Ia geografía lingüística hispanoamericana (1948). Las áreas estudiadas incluyen Guatemala, El Salvador y Colombia. 10 Sintaxis hispanoamericana ha parecido necesario hacer mayores subdivisiones dentro de una zona más amplia. Recordaremos que la referencia a un país deter minado no significa que la locución en estudio sea corriente en todo el país o entre todas las clases sociales. Además, así como existe la probabilidad de que ciertas formas corrientes en la fron tera de un país sean idénticas a las de la frontera limítrofe de un país contiguo, de igual manera es posible que tales formas sean totalmente diferentes de las corrientes en el interior de entrambos. Por ejemplo, el habla de Mendoza (Argentina) se parece más a la de Chile que a la de Buenos Aires; es posible igualmente hallar formas idénticas, por ejemplo, en el sur del Perú y en el norte de Bolivia, en el sur de Colombia y en Ecuador, en el este de Co lombia y en Venezuela, en el norte de Panamá y en Costa Rica. En el estado actual de nuestros conocimientos es muchas veces arriesgado calificar de argentinismo, pongamos por caso, una ex presión dada por el hecho de hallarse en una determinada novela argentina. Bien puede estar restringida a una sola área, siendo desconocida en el resto. Con el fin de evitar este peligro latente, cuando la locución parezca dudosa indicaremos la región particu lar de que se trate. No obstante, si la locución es corriente en Bue nos Aires (o en la capital de otro país cualquiera en estudio), o, al menos, no desconocida allí, semejante locución puede, para nuestros propósitos, calificarse de argentinismo, aun cuando al pre sente es posible que sea muy poco usada. La fuente de los ejemplos citados se indica lo más brevemente que permite la claridad, incluyéndose su título completo en la bi bliografía. Cuando un autor se halla representado por una sola obra, generalmente nos referimos a él simplemente por su apellido seguido por la página (si se trata de una obra teatral, a veces se indica acto y escena) de dicha obra. Cuando se citan dos o más obras de un mismo autor, no se repite el título completo, a menos que sea muy corto, sino únicamente lo indispensable del mismo para identificar la obra (Arguedas, Raza, etc.). Si la claridad lo permite, se indica un solo apellido (Benvenutto, Batres, etc.); si no, se usan los dos apellidos (Herrera García, Núñez Guzmán). Se añade el nombre propio en el caso de los autores que sólo tienen un apellido (Flavio Herrera, Ciro Alegría, Femando Alegría, etc.). Introducción 11 Los ejemplos que llevan la etiqueta “(C)” están tomados de la conversación del autor con hispanoamericanos; los que llevan “(L)” están tomados de cartas dirigidas al autor por corresponsa les hispanoamericanos. Las obras citadas una sola vez, cuyo títu lo completo damos en esa ocasión, así como ciertos clásicos muy conocidos, no se incluyen en la bibliografía. La distribución de los ejemplos se ha hecho por países, empe zando por el más meridional (Argentina) y continuando hacia el norte en secuencia geográfica, distribución que muestra a la pri mera mirada la situación de una forma determinada en los países contiguos. Alguien se preguntará: “¿Por qué empezar por el sur y no por el norte?”. Fue ésta una decisión tomada tras madura deliberación. En una posible distribución alfabética, la lista habría sido encabezada por la Argentina, pero semejante sucesión sena imposible. Sin embargo, por una serie de motivos, aparte su nota ble progreso y su importancia en el conjunto de las repúblicas his panoamericanas, la Argentina parecía pujar por el primer puesto. Su lengua hablada (al igual que la de otras repúblicas meridio nales) se aleja del castellano normal más que en otras partes, ofreciendo, por tanto, más rica base de estudio y exigiendo trata miento más extenso. Además, parece probable que la influencia de la Argentina en el aspecto futuro del idioma español en general será superior a la de la mayoría de las repúblicas hermanas, ya que actualmente Buenos Aires se ha convertido en el centro edi torial más importante tal vez para el español. Amado Alonso (La Nación, 4, 11 y 18 de agosto de 1940) opina que los escritores que deseen publicar sus obras en Buenos Aires adaptarán su len guaje, en la medida de lo posible, al lenguaje general de la Ar gentina. Empezar por el norte habría ayudado, indudablemente, a seguir de manera más estricta una pauta histórica y cronologica y habría encuadrado en forma más adecuada en el sistema de zonas lin güísticas desarrollado por Henríquez Ureña (RFE, VIII [1921], 358 61; BDH, IV [1938], 334-35; V, 29). Este erudito, como se sabe, divide Hispanoamérica en cinco zonas lingüísticas de acuerdo con los substratos, la influencia histórica y política, el ambiente geo 12 Sintaxis hispanoamericana gráfico, los núcleos de la cultura española y las características de los conquistadores y colonizadores3. En un principio traté de agrupar los fenómenos sintácticos en concordancia con las cinco zonas, pero luego renuncié a seme jante distribución, pues habría provocado numerosas y desconcer tantes subdivisiones. Además, la delimitación exacta de las propias zonas aún no ha sido definitivamente establecida ni universalmente aceptada4. Navarro Tomás sugiere una división algo distinta, su jeta a ulteriores cambios conforme a los futuros hallazgos, pues considera la proposición de Henríquez Ureña “más bien como hi pótesis inteligentemente concebida que como realidad concreta y verificada” 5. Además, las cinco zonas son distintas principalmente en el vocabulario, en los préstamos de las lenguas del substrato. Henríquez Ureña admite (RFE, VIII, 360) que en el aspecto foné tico ninguna de las zonas es totalmente uniforme, juicio que se podría aplicar a la morfología y, en medida mucho mayor, a la sin taxis. No se debe olvidar que, mientras la lengua literaria general es relativamente uniforme en todo el ámbito hispanohablante, el es pañol peninsular hablado difiere en muchos aspectos de la lengua hablada en América, aunque tampoco existe uniformidad en ésta.

 Además, el español modélico está limitado, incluso en España, a 3 Breve y parcialmente bosquejadas por Juan Ignacio de Armas (Oríjenes del lenguaje criollo [2‘ ed.; La Habana, 1882], págs. 5-6), las zonas son estudiadas y elaboradas cuidadosamente por Henríquez Ureña (omitimos aquí las numerosas subdivisiones): 1) la zona caribe (desde 1492 en ade lante) incluye las Antillas, un amplio sector de Venezuela y la costa atlán tica de Colombia, con un substrato del aravvak y del caribe; 2) la zona mejicana (desde 1519 en adelante) comprende el suroeste de los Estados Unidos, Méjico y América Central, con un substrato del náhuatl y del maya- quiché; 3) la zona andina (desde 1527 en adelante) abarca una parte de Venezuela, la gran mayoría de Colombia, todo Ecuador, Perú, Bolivia y el noroeste de la Argentina, con un substrato del quichua y del aimará; 4) la zona del Río de la Plata (desde 1536 en adelante) comprende Argentina, ruguay y Paraguay, con un substrato del tupí-guaraní y del mapuche; y ' ^ zona chilena (desde 1541 en adelante), con un substrato del mapuche. Cf. Malaret, “Geografía lingüística”, BAAL, V, 213-25. 5 Ünguistic atlas of Spain and the Spanish of America”, Bulletin of the American Council of Learned Societies, núm. 34 (1942), págs. 68-74. Introducción 13 los grupos cultos, y existen en él prácticas corrientes asimismo en el español de América, si bien algunas expresiones consideradas en la Península como populares o vulgares han encontrado aceptación en círculos americanos socialmente más altos. 

Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que el salto existente entre la lengua hablada y el lenguaje literario es considerablemente mayor en América. El autor hispanoamericano se hurta mucho más a la realidad lingüís tica en su obra escrita que el autor español. Existe cierta emancipación del lenguaje literario hispanoameri cano con respecto al modelo peninsular, y en muchos casos el len guaje literario se ha aproximado a la lengua hablada, tendencia cuya continuidad en el futuro es impredictible. Es posible que la tentación de un público lector más amplio y de un atractivo más universal conduzca a los escritores a caminos más corrientes. Inclu so entre los regionalistas se notan ciertas vacilaciones a la hora de elegir una expresión. 

Antes, por ejemplo, un buen estilista adap taba estrictamente su pauta literaria al modo castellano, lo cual naturalmente le llevaba a violar por completo muchos de sus há bitos lingüísticos ordinarios. Tratándose, por ejemplo, de un argen tino o de un chileno, para designar una “acera”, en su conversa ción diría vereda “sendero” (supervivencia de una época en que eran muchos más los senderos que las aceras), pero, sentado en su escritorio, cambiaría vereda por acera. Tratándose de un me jicano, diría banqueta, pero por escrito pondría únicamente acera. El conocido estilista chileno Pedro Prado, por ejemplo, de miras más universales que locales, emplea acera a lo largo de Un juez rural, y no emplea ni una sola vez la palabra vereda. Por su parte, su compatriota Luis Durand evita la palabra acera en su obra Mercedes Urízar, manteniéndose fiel a la palabra vereda, que es la forma corriente en la conversación chilena. Los autores de segun da, tercera o cuarta categoría generalmente tienen poco interés en los antecedentes literarios y en la cultura que les podrían suminis trar palabras tales como acera. 

Por esta razón, dichos escritores son más valiosos que los de primera fila para el estudio del idioma popular. Asimismo, aunque la mayoría de los hispanoamericanos emplean lo por “le” en la conversación ordinaria, muchos escriben le, forma preferida por el castellano, pues, siendo menos común, le 14 Sintaxis hispanoamericana parece más elegante y literario. Otros tienden a usar en los pasa jes narrativos el lenguaje consagrado, empleando en el diálogo las formas locales. El novelista Pedro Joaquín Chamorro emplea el vuelto “cambio en dinero” en el diálogo, pero prefiere la forma peninsular la vuelta en los pasajes narrativos de Entre dos filos: Don Robustiano sacó de la cartera un billete de veinte córdobas. —¿Tienes vuelto para veinte córdobas? Pasaron horas, pasaron días, pasaron años y Riverita no volvía con la vuelta ni menos con el pago [pág. 190]. Tales casos de formas dobles son muy numerosos en la literatura hispanoamericana. En la determinación del uso local se requiere, pues, la mayor precaución. Las especulaciones en tomo a la futura unidad lingüística o al futuro caos en Hispanoamérica pueden ser ociosas en parte. 

 Han existido dos escuelas de pensamiento opuestas: la de los pu ristas unitarios, a menudo seguidores obstinados de los preceptos de la Academia, pasados de moda o conservadores y procedentes de España, y la de los separatistas, deseosos de romper todo lazo con la minoría peninsular (en un caso concreto —Argentina—, los extremistas han tratado, aunque sin éxito, de establecer una len gua nacional local). Actualmente, como era de esperar, la mayoría de los eruditos se encuentra en un término medio. Si es cierto que aborrecen la anarquía y la ausencia de las normas, también lo es que no rechazan las necesarias formas nuevas, ya que la lengua se está renovando continuamente, y los nuevos términos, más que adulterarla, lo que hacen es enriquecerla, no debiéndose confundir la unidad con una pureza exagerada, carente de vida. Cierto que el lenguaje literario puede obrar como lazo unificador que man tenga el ideal lingüístico básico, pero también puede y debe existir amplio campo para la inevitable evolución. Es lógico que muchas de las diferencias locales se debieron desarrollar desde un principio, sobre todo en la lengua hablada, en la cual florecen aún vigorosamente. 

En el momento de descu brirse América, el español se encontraba aún muy inestable y sus formas fluctuantes se combatían entre sí agresivamente por la su pervivencia y por la preferencia. Sólo un siglo o siglo y medio Introducción 15 más tarde se alcanzó cierta estabilidad parcial. Aquella confusión primitiva fue heredada por América. Además, el origen y carácter de los primeros colonizadores y colonos fueron distintos en cada región. En Méjico y Perú, por ejemplo, se constituyó un régimen aristocrático no progresista, una especie de continuación del feu dalismo peninsular, en el cual los aventureros pudieron vivir en el lujo y en la indolencia. En Argentina y Chile, en cambio, no exis tía al alcance de la mano riqueza alguna aprovechable, fuera de los pocos productos de un suelo que debía ser arrancado palmo a palmo a las bandas errantes de indios salvajes. La hegemonía de Madrid sobre Méjico capital y sobre Lima, centros de la cultura colonial, fue naturalmente mucho mayor que sobre regiones como Argentina y Chile, que se hallaban fuera de la esfera de semejan te influencia cultural. 

Estos países, carentes de corte virreinal, ex perimentaron una solución de continuidad mucho más rápida con la tradición lingüística. El equilibrio de valores sociales y lingüís ticos gradualmente establecido en España no se produjo allí donde el impenetrable tejido social del Viejo Mundo no fue mantenido por las cortes virreinales. Habiéndose relajado aquí las conven ciones sociales y la disciplina, las formas rurales se convirtieron en urbanas, y rasgos considerados en España como vulgares o dia lectales fueron a menudo levantados aquí a la dignidad de forma aprobada. Cuanto mayor era la cultura de cada grupo, más estre cha fue la adhesión a las normas peninsulares, pero al mismo tiem po que se fue hundiendo la tradición del hablar culto, se fue tam bién produciendo la decadencia y el empobrecimiento de la expre sión: cada cual hablaba como le parecía, perdiéndose toda medida disciplinaria. Así, pues, los hábitos lingüísticos de los primeros colonizadores provocaron generalmente la creación de una prácti ca local que bien puede haber sido alterada hasta cierto punto por el substrato y más tarde por los inmigrantes (italianos en la Ar gentina, negros en las Antillas, vascos y catalanes en Venezuela, españoles del norte en Chile, Cuba, etc.). Las diferencias locales, sin embargo, no son tan grandes como muchos lexicógrafos quisieran hacernos creer. El desconocimiento de los dialectos españoles y del lenguaje de las repúblicas vecinas ha hecho incurrir a menudo en grandes despropósitos a investiga 16 Sintaxis hispanoamericana dores y compiladores hispanoamericanos. Ocurre repetidas veces que tal o cual compilador tiene por estrictamente locales voces o giros que no sólo son corrientes en parte de España, sino asimismo en la mayor parte de Hispanoamérica. Juan de Arona, por ejem- ! pío, en su Diccionario de peruanismos (uno de los primeros en su género) confiesa que en un principio había creído exclusivamente peruana la locución donde fulano (= a casa de fulano), hasta des cubrir que se trataba de un americanismo, y su sorpresa fue ma yúscula al descubrir que incluso en Castilla se usaba. La presente obra apunta hacia la unidad en cuanto demuestra que muchas de las locuciones que primero se consideraron como limitadas a una o dos regiones gozan de una extensión geográfica mucho mayor y a menudo forman parte del acervo tradicional español. Nuevos estudios vendrán a confirmar sin duda que los usos lingüísticos de los diversos países tienden a la unidad más bien que al caos. La unificación de la conciencia lingüística puede con el tiempo llegar a borrar las peculiaridades locales 6. 6 Debo un agradecimiento especial al profesor Robert K. Spaulding y a Miss E. Hortense White por su ayuda en la lectura de pruebas de este libro y por sus valiosos consejos. 

NOTA A LA SEGUNDA EDICIÓN ORIGINAL La primera edición (1945) ha sido revisada y puesta al día. Se han eliminado ciertas repeticiones y datos menos pertinentes con el fin de introducir aquí y allá numerosas adiciones y enmiendas. En general se ha mantenido la misma paginación. En lo relativo a las novedades estamos en deuda no sólo con las publicaciones recientes, sino también con numerosos corresponsales nuevos, entre ellos Luis Cifuentes García (Chile), Antonio Díaz Villamil (Boli- via), Marcos A. Morínigo (Paraguay), Alfredo F. Padrón (Cuba) y Ángel Rosenblat (Argentina y Venezuela). A ellos y a muchos otros, entre los cuales incluimos a nuestros consultores originales, demasiado numerosos para mencionarlos, vaya dirigida nuestra ex presión de gratitud. Permítasenos insistir sobre el hecho de que los fenómenos aquí estudiados no se deben considerar ipso jacto de uso local genera lizado. En muchos casos se trata de variantes ocasionales y hasta rarísimas, pero su divergencia del castellano modélico les asegura aquí un lugar. 1950

miércoles, 11 de marzo de 2026

Teorías del cuento III Poéticas de la brevedad PRÓLOGO



 PRESENTACIÓN 

Todo lector de cuentos sabe que los escritores consideran la opinión de un crítico como materia para polemizar, di sentir u olvidar, Pero lo dicho por otros escritores acerca de su proceso personal de escritura puede convertirse en un poderoso estímulo para la propia creación. Este volumen se inicia con la selección de tres textos que, en conjunto, ofrecen una perspectiva panorámica de los principales cambios ocurridos en la escritura del cuen to a lo largo de este siglo. El primero de estos textos es el breve pasaje de la novela Stephen Hero de James Joyce —escrita en 1906 y publicada muchos años después—, don de el protagonista expone su idea de la epifanía literaria como revelación personal, idea que ha sido considerada en la teoría narrativa como tm elemento esencial del cuento clásico. A continuación se presenta un fragmento de la entrevista realizada en 1953 a Ernest Hemingway, donde éste expone lo que en la tradición cuentística moderna se conoce como el Principio del Iceberg, según el cual lo más importante de un cuento se encuentra fuera del texto, y el arte de escribir consiste precisamente en saber qué dejar fuera. Cierra esta sección inicial el artículo de Robert Coover donde éste señala algunas de las posibilidades lúdicas que ofrecen las nuevas tecnologías para la escri tura del cuento. Cada uno de estos textos es representati vo, respectivamente, de las poéticas del cuento clásico, moderno y posmoderno. Al confrontar estos textos con los que he incluido en la sección inicial del primer volumen de esta serie, resulta interesante observar la recurrencia de ciertas ciclos en la evolución del género. El cuento literario clásico tiene como referente los textos escritos por Poe en 1842; Chéjov escri be alrededor de cincuenta años después algunas cartas a sus contemporáneos acerca de lo que ahora conocemos como cuento moderno; cien años después de la publica ción del texto seminal de Poe, en 1942, se publica el libro de Borges que inaugura un nuevo género cuentístico, las llamadas “ficciones”; y en 1992 Coover da a conocer sus experiencias con la escritura electrónica. Como puede observarse desde su título, Poéticas de la brevedad es una extensión del primer volumen de esta serie, Teorías de los cuentistas. Retomando la lógica de aquel volumen, aquí he incluido una sección de textos bre ves (la segunda). Y también aquí la mayor parte de estos materiales muy breves han sido escritos por cuentistas hispanoamericanos, quienes al escribir sobre la brevedad producen textos concisos y casi aforísticos. Hay que seña lar, además, que en este volumen más de la mitad de los materiales provienen del contexto hispanoamericano. Por otra parte, quiero señalar que aún resulta relativamente difícil encontrar poéticas del cuento escritas por mujeres. Sin embargo, de manera similar a lo ocurrido al elaborar el segundo volumen, aquí he reunido más de media doce na de estos testimonios. Y aunque también es casi imposible para un inves tigador mexicano encontrar testimonios de escritores orientales o africanos, debo señalar que las antologías si milares publicadas en otras lenguas (una relación de las cuales fue publicada al final del primer volumen de esta serie) tampoco incluyen a autores de esas regiones. De hecho, tampoco suelen incluir a cuentistas hispanoame ricanos, tal vez por ignorancia o por problemas de traduc ción. Esta serie antológica es la primera que se publica en nuestro país en la que no sólo se han incluido testimonios de cuentistas mexicanos, sino también del resto de His panoamérica, y de Europa y Estados Unidos. En la segunda sección he incluido las declaraciones de 24 cuentistas mexicanos, reunidos en 1988 en un En cuentro Internacional de Creadores y Críticos del Cuen to, y el trabajo de Silvina Bullrich en. el que se formula una refutación a cada uno de los puntos del “Decálogo del perfecto cuentista” de Horacio Quiroga, 40 años después de su publicación original. El resto de esta sección está constituido por las poéticas personales de Gabriel García Márquez, Jorge Luis Borges, Cristina Peri-Rossi y Adolfo Bioy Casares. El resto de los materiales de este volumen difícilmen te requiere mayor presentación, pues sus autores son am pliamente conocidos por los lectores de cuentos. Entre és tos hay algunos textos ya canónicos para el género, como los de Juan Rulfo y Julio Cortázar, además de los norte americanos Truman Capote y John Updike. Esta última sección se inicia y concluye con un par de textos acerca del humor en el cuento, escritos respectivamente con un in tervalo de cien años por Mark Twain y Alejandro Rossi. Al presentar su concepción personal del género, en al gunos de estos trabajos se comenta la importancia que pueden tener para la escritura del cuento las convencio nes genéricas (Jorge Ibargüengoitia), los sueños (Joyce Carol Oates) y la tradición oral (William Trevor), o bien se enfatiza el peso decisivo de la intuición (Nadine Gordimer), la imaginación (Fernando Savater) y el amor por las pala bras (Juan José Arreóla). Sin embargo, la complejidad de estos trabajos difícilmente puede ser reducida a unas cuan tas ideas, particularmente en trabajos como el de Sergio Pitol (donde se reflexiona sobre la escritura y la vida coti diana) y el de Mempo Giardinelli (donde se propone un programa para el futuro de los estudios sobre el cuento). Este volumen se cierra con una lista de otras recopilacio nes sobre la escritura del cuento. El trabajo de investigación genera sus propias redes de interacción personal, y por ello, desde la aparición del primer volumen de la serie T eorías del cuento (Teorías de los cuentistas), en noviembre de 1993, he recibido el apoyo de varios colegas, escritores y amigos. Desde aquí quiero agradecer su generosidad al apoyar este proyecto edito rial en distintas etapas de su elaboración (en estricto orden alfabético) aAriel Castillo, Ari Cazés, Óscar de la Borbolla, Juan Armando Epple, Irenne García, Laura González Durán, Margarita Magaña, Carlos Pacheco, Luis Arturo Ramos, Ernesto Román, Judith Sabines, Edmundo Valadés y, por supuesto, quiero manifestar mi agradecimiento especial al escritor Hernán Lara Zavala, quien apoyó el proyecto editorial desde que lo conoció, en octubre de 1990. Quien se aproxime a este volumen podrá comprobar cómo la escritura acerca del cuento literario, a lo largo de su evolución histórica, ha generado una enorme diversi dad de voces, tonos y estilos. Tal vez por ello la lectura de estos materiales podrá producir en quienes se sumeijan en su interior un efecto similar al que produce la lectura de los cuentos memorables: un efecto polifónico y estimulante. 

Lauro Zavala

martes, 10 de marzo de 2026

Roberto Bolaño El espíritu de la ciencia-ficción FRAGMENTO

 


El espíritu de la ciencia-ficción transcurre en México DF durante los años setenta y narra la vida de dos escritores jóvenes que intentan vivir de la literatura. Mientras Remo Morán busca incansablemente la manera de subsistir sin abandonar su sueño, Jan Schrella vive confinado en la pequeña buhardilla que ambos comparten, desde donde envía cartas delirantes a sus escritores de ciencia-ficción favoritos. En la ciudad y en sus vidas todo lo importante parece suceder en ese momento mágico y efímero que separa la noche del día, en ese filo delgadísimo en el que cualquier amor puede tornarse desamor y toda obsesión puede ser el germen de un futuro éxito.

Bolaño escribió esta novela a comienzos de la década de los ochenta y, como ocurrió con gran parte de su obra, volvió sobre ella durante mucho tiempo. Aquí se encuentra ya la esencia del fascinante universo literario del autor. El mejor Bolaño, el que escribe apasionadamente sobre temas como la búsqueda, la literatura, el amor, la juventud, la amistad, el humor y la rebeldía está ya en este libro.

Para Carolina López

El arcón de Roberto Bolaño
Prólogo

Hay quienes, desde hace tiempo, pasaron de la sorpresa al disgusto al corroborar que del arcón de Roberto Bolaño, como del de Fernando Pessoa, siguen saliendo inéditos. A mí más bien me entristece que, fatalmente, esos regalos acabarán por terminarse aunque parezca infinita la capacidad del escritor de seguir sorprendiéndonos desde ultratumba, como lo hubiera querido Chateaubriand, un autor que no estaba de moda en la década de los setenta pero que Bolaño leyó pues, en sus años mexicanos, las Memorias de ultratumba, del vizconde, dormían el sueño de los justos en las librerías Zaplana y Hamburgo, sin duda frecuentadas por él, ya que no había, en ese entonces en la Ciudad de México, muchas otras.

Pasó el momento, también, de la incredulidad suspicaz ante Bolaño. Ya no se oyen las voces estridentes de quienes se sintieron desplazados por la irrupción de escritor genial en el último minuto (autores de su generación en ambas orillas del Atlántico) o de los profesores perezosos ante la evidencia de que el canon tendría que ser modificado por culpa del chileno. Tampoco cosechan demasiado crédito quienes —pues no sólo en política sino en literatura abundan las teorías de la conspiración— adjudican la posteridad de Bolaño a una siniestra operación del mercado editorial. Me he opuesto, pues está en mis deberes como crítico literario, a los excesos de los editores, a su necesidad de dar gato por liebre, pero en el caso de Bolaño, aducir su fortuna al mercadeo es, o no haberlo leído, o ignorar que la novela nació liada al comercio desde los tiempos de Walter Scott, Balzac o Eugène Sue, o, finalmente, creer que la literatura en lengua española sigue necesitando del empujón de los editores para demostrar una grandeza cinco veces centenaria, con sus altibajos cíclicos, desde Cervantes, o un poco más que centenaria, si pensamos sólo en Rubén Darío. La historia de la literatura también incluye a quienes la hacen materialmente posible, a los editores y, de un tiempo para acá, a los agentes literarios, unos y otros con sus miserias y sus grandezas.

Es materia de la teoría de la percepción averiguar por qué la lengua inglesa, tan reacia (peor para ella y su público) a traducir, se prendó de Bolaño, y para ello se han escrito obras seminales como la de Wilfrido H. Corral, Bolaño traducido: nueva literatura mundial (2011), y habrán de seguirse publicando muchas otras como corresponde a la estatura de un clásico. Y por último: hace rato se demostró la flojera mental de quienes necesitaron, como si fuese necesario, «vender» a Bolaño como un poeta maldito o como un enganchado a las drogas que, milagrosamente, dejó no sólo una obra magnífica en vida sino un arcón de inéditos sólo comparable, insisto, al del poeta portugués Fernando Pessoa. Nada tengo en contra de los malditos —de hecho, tras este texto me ocuparé, feliz, de Verlaine y Darío— pero Bolaño resultó ser de otra estirpe, la de los Thomas Mann, la de quienes —ya lo decía Jules Renard— dan a medir su genio no sólo por la calidad sino por la cantidad. Sé que la anterior afirmación molestará a quienes ven en Bolaño sólo la iconoclastia y el postvanguardismo, pero me temo que se equivocan.

No queda duda de que el gran narrador hispanoamericano del tránsito entre los siglos XX y XXI fue Bolaño, y la progresiva aparición de sus inéditos no hace sino confirmarlo. Fatalmente, también, es imposible la lectura de una novela de juventud como El espíritu de la ciencia-ficción haciendo abstracción de que se trata de un clásico moderno. Nadie puede leer a Pessoa o a Bolaño inocentemente. Habremos de morir quienes fuimos sacudidos por el fenómeno Bolaño para que otras generaciones lo juzguen más allá del temor y del temblor, rectificando o corrigiendo nuestra admiración, limando de ella cuanto sea exagerado o contingente.

El espíritu de la ciencia-ficción, terminada en Blanes en 1984, es una buena novela de juventud. Una asumida Bildungsroman, como lo fue, desde luego, Los detectives salvajes, de la cual esta obra es un probable antecedente, o más bien, de ella pueden extraerse numerosos elementos, de alguna manera iniciáticos (por tratarse de una obra primeriza y porque, como yo lo creo, nuestros primeros libros son, afortunados o desgraciados, ritos de iniciación), útiles para el estudio del conjunto de su obra. A diferencia de otras obras póstumas, como El Tercer Reich (2010), una en sí misma, autónoma dentro del ya bien cartografiado universo de las obsesiones bolañescas, o Los sinsabores del verdadero policía (2011), un ejercicio previo a 2666 (2004), este inédito es un libro relativamente solitario, obra de un narrador aún inseguro del camino a tomar justamente por razones de genio. Cualquier otro autor —no Bolaño— hubiese hecho publicar El espíritu de la ciencia-ficción y no le hubiera faltado editor, pero el chileno (y mexicano y catalán) tenía un proyecto enorme, lleno de dificultades y pruebas, en el cual decidió experimentar, absteniéndose de publicaciones precoces, acaso convencido secretamente del destino clásico de su trabajo.

El espíritu de la ciencia-ficción, desde luego, es un libro muy familiar para el lector avezado de Bolaño. No voy a contar la trama —pecado de prologuistas y escritores de solapas que procuro evitar— pero sí a señalar algunos aromas despedidos por la novela. A Bolaño —no podía ser otra cosa tratándose de un escritor tan sólidamente profesional— le obsesionaba la condición del escritor, sus patologías habituales (Cyril Connolly dixit) y, de manera señalada, su propia naturaleza de escritor en formación (no necesariamente joven). Por ello, como Borges y Bioy Casares chismeaban a sus anchas temas a la vez menudos y graves como los concursos literarios, aun los remotamente provinciales, a Bolaño le llamaban la atención esas aparentes menudencias, pues creía, con Paul Valéry, en los pesos y medidas que rigen el boceto de la literatura, su producción (la palabra es horrible pero no hay otra).

Por ello, los talleres literarios, tan comunes en el México de los años setenta, o los concursos literarios, que en la España anterior a 2008 se convirtieron en una gigantomaquia, ocupan a Bolaño desde su juventud y son parte esencial de El espíritu de la ciencia-ficción, como el autorretrato práctico del artista joven, visto por esa mezcla de solemnidad ante la Literatura como destino y de sentido del humor ante sus convenciones tan propia de Bolaño. No falta tampoco la iniciación de los personajes de Bolaño como reseñistas en suplementos culturales donde se asoman las personalidades, entonces ya protervas, de escritores del otro exilio, el español. Todo ello mediante el homenaje seminal —el primero que le leo en la cronología, al menos la pública, de su obra— a la Ciudad de México, mi antiguo Distrito Federal, que tuvo en Bolaño, quién lo hubiera pensado, a su bardo mayor. Lo quiso ser Carlos Fuentes, a la manera de John Dos Passos, en La región más transparente (1958), pero su vida cosmopolita lo alejó de una ciudad que le disgustaba y a la que (como Bolaño, a su manera) prefería oír. Compulsivamente en Fuentes, selectivamente en Bolaño, ambos grabaron el habla de la Ciudad de México de una manera sorprendente. Y por ello, además, no es extraño que Bolaño y los infrarrealistas se hayan resguardado bajo el poder poético de Efraín Huerta (1914-1982), poeta por desgracia poco conocido en la península, cuyas declaraciones de amor y de odio a la capital mexicana debieron ser, para el joven escritor y sus amigos rechazados por la diosa Fortuna, las tablas de la ley.

Siempre será misterioso para un mexicano qué vio el joven Bolaño en la Ciudad de México, tan maldecida por sus habitantes mediante una suerte de orgullo invertido, y cómo, tal cual se lee en Los detectives salvajes y en 2666, descubrió —al mismo tiempo que nuestros narradores propiamente norteños— el norte de México, que hasta los años ochenta carecía de personalidad literaria y hoy, por las peores razones —las de la violencia narca—, es lo más conocido del país, también por buenas razones: los libros de Bolaño, y con los suyos los de Jesús Gardea, Daniel Sada, Eduardo Antonio Parra, Yuri Herrera, Julián Herbert y Carlos Velásquez, entre otros pocos, son averiguaciones morales y lingüísticas sobre el mal, el desierto, la frontera.

Aparece en El espíritu de la ciencia-ficción, por primera vez, Alcira Soust Scaffo, la madre de los poetas desamparados, que será protagónica en Los detectives salvajes y en Amuleto (1999), pero en este libro importa más cómo describe Bolaño la lectura grupal de los textos primerizos entre los talleristas, otro rito de iniciación que Bolaño ve con un respeto inédito e inverosímil. Con todo, lo esencial en esta primera novela es otra cosa, decisiva para el proyecto de Bolaño: su noción de futuro invoca la ciencia-ficción pero no es exactamente esa literatura, en general anglosajona o francesa, de anticipación científica.

En las cartas que Jan Schrella (alias Roberto Bolaño, p. 206) escribe, en El espíritu de la ciencia-ficción, a sus escritores favoritos de ese género o subgénero (la discusión es ardua), no está una fijación de Bolaño con la juvenilia, es decir, la lectura de iniciación en libros «no del todo serios» antes de abordar a los antiguos clásicos o a los clásicos contemporáneos (yo, si el ejemplo sirve, leí primero a Rulfo, Paz y al Boom, y después, no sin la mirada reprobatoria de mi padre por desviacionismo, a H. P. Lovecraft, Isaac Asimov o Arthur C. Clarke). Hay que buscar en otro lado. En la Universidad Desconocida de la cual Bolaño fue el fundador y único alumno.

La gran aportación de Bolaño a la literatura mundial no fue, desde luego, cerrar el realismo mágico (cerrado estaba desde tiempo atrás), ni volver a clásicos latinoamericanos ignorados, peor para ellos, por la academia anglosajona, como los padres de Borges, un Oliverio Girondo o un Macedonio Fernández, quienes demostraban que nuestra madurez, ignorada a lo lejos, ya tenía sus años, sino variar la noción de futuro en la literatura moderna. No fue el único pero en ello Bolaño fue ejemplar, y la primera prueba la tenemos aquí, escrita en Blanes, en 1984, el año de Orwell, acaso no casualmente.

La ciencia-ficción no era para Bolaño, como lo sería para un lector ordinario, una mera premonición de viajes espaciales, planetas extraterrestres habitados por alienígenas o colosales adelantos tecnológicos, sino un estado moral, la búsqueda invertida del tiempo perdido, y por ello su obra es incomprensible sin la lectura de Ursula K. Le Guin o Philip K. Dick, quienes moralizaron el futuro como una extensión catastrófica del siglo XX. Aquélla sería una supermodernidad probablemente fascista —en los años ochenta Bolaño, cosa rara, conocía a los escritores de derecha de la Acción Francesa, entonces del todo olvidados— y en El espíritu de la ciencia-ficción reside, es probable, el secreto de 2666. La novela, para Bolaño, no es cronológica, sino moral, y esa ética sólo puede entenderse, exacta anticipación suya, mediante una suerte de teoría de los juegos, lo que explica un libro como El Tercer Reich. Si el detective, como ya dijeron otros comentaristas antes que yo, es una forma callejera del intelectual, la práctica de los videojuegos es un rudimento de la historia universal, una proyección que rompe la linealidad del tiempo. Es El espíritu de la ciencia-ficción.

Además de todo ello, de ser una novela de iniciación literaria, también lo es de iniciación sexual y amorosa. En pocas ocasiones la literatura de nuestra lengua había mostrado, como en El espíritu de la ciencia-ficción, los dolores, las dificultades, las angustias del joven varón ante lo que Henry Miller llamaba con exactitud «el mundo del sexo». Ojalá el arcón de Roberto Bolaño nunca se cierre.

CHRISTOPHER DOMÍNGUEZ MICHAEL

Coyoacán, septiembre de 2016

lunes, 9 de marzo de 2026

Salvador Dalí Rostros ocultos FRAGMENTO

 


¿Por qué escribí esta novela? Se pregunta el propio Dalí, y responde: porque la historia contemporánea ofrece un marco único para una novela que trate sobre el desarrollo y el conflicto de las grandes pasiones humanas, y porque la historia de la guerra, y más principalmente, del acerbo período post-bélico, tenía, inevitablemente, que ser escrita. Redactada en 1943, esta única incursión de Dalí en la novela está ambientada en la agitada Europa de los años treinta, y protagonizada por un grupo de aristócratas que viven inmersos en el torbellino de una sociedad decadente y viciosa, antesala del ascenso del fascismo y del estallido de la devastadora guerra. Y entre estos personajes destacan el diabólico conde de Grandsailles y la semiangelical Solange de Cléda, bajo cuyos rostros se ocultan, según el propio Dalí, Las experiencias perversas de su adolescencia.

Novela sobre las pasiones y el deseo, sobre el amor en tiempos turbulentos, de las páginas de Rostros ocultos emergen escenas memorables como la del bombardeo de Malta, la ejecución del notario Girardin por los alemanes, las conspiraciones en el norte de África, la desaparición de Hitler…

Ésta es la única novela que realizó Salvador Dalí y nunca se publicó íntegra en España, su país natal, por la censura. Se trata de una obra que habla sobre la pasión y la Segunda Guerra Mundial. Con profundidad psicológica, decidió escribir sobre el derrumbe del viejo orden y su resurrección espiritual. Dalí intentaba completar la «trilogía pasional» del marqués de Sade: sadismo, masoquismo y, Dalí proponía, el cledalismo. El cledalismo sería entonces la abnegación erótica y la sublimación, por lo que intentaba realizar un homenaje a Lorca, su amigo más íntimo.

Dedico esta novela a Gala, que permaneció constantemente a mi lado mientras la escribía, que fue el hada buena de mi equilibrio, que disipó las salamandras de mis dudas y fortaleció los leones de mis certidumbres…

A Gala, quien con su nobleza de alma, me inspiró y me sirvió de espejo que reflejó las más puras geometrías de la estética de las emociones que han guiado mi labor.

Larvatus Prodeo
(Camino enmascarado)

DESCARTES

PRÓLOGO ESPECIAL PARA LA EDICIÓN ESPAÑOLA

Se ha repetido y se repetirá aún muchísimas veces a propósito de Dalí, aquella frase célebre de que «la naturaleza imita a los artistas». ¡Port-Lligat, la geología delirante del cabo de Creus imitan a Dalí!

También se ha escrito bastante aquello de que pintores muertos hace siglos ya imitaban a Dalí, y que en efecto sólo en el momento de existir Dalí, tal o cual obra del pasado toma súbitamente, como por magia, una «truculenta significación daliniana» que nadie había podido sospechar. ¡Oh, esto o aquello, es Dalí cien por cien!

También se suele insistir en aquello de que «a Dalí le divierte embobar a los bobos», pero la verdad es que ya quedan en el mundo pocos bobos capaces de sospechar de plagio a Dalí cuando éste, recurriendo a uno de los procedimientos de transformación poética que le han hecho célebre, transformó casi imperceptiblemente una cromolitografía representando los archiconocidos tres caballos con los cuales Dalí triunfó en uno de sus decorados vagnerianos y dalinianos hasta el paroxismo.

Lo mismo hizo Dalí con otra imagen también bastante conocida, llamada el Ángelus de Millet, cuadro que es de esperar algún día sea descubierto con alegría en los establos tristísimos de ciertas redacciones.

Pero no sólo Dalí es capaz de tales sensacionales plagios, sino que también es capaz del don de los profetas, y esto se repitió también mucho en su tiempo, en el momento de corroborar que, un año antes de terminarse la última guerra mundial, Dalí había ya escrito todo cuanto iba a ocurrir, con una versión enigmática de la muerte de Hitler que es la única que corresponde, al menos simbólicamente, con lo que pasó.

Y para terminar: mucho se ha escrito y se escribirá sobre los dos protagonistas de la presente novela, ya que sus rostros respectivos están tan refinadamente encubiertos que los unos han dicho que bajo la personalidad diabólica del conde de Grandsailles se esconden las experiencias perversas de la tierna edad de los diecinueve años del propio Salvador Dalí en persona, y otros que, al contrario, el Dalí de hoy se esconde aún más hipócritamente bajo la personalidad semiangelical de la protagonista femenina Solange de Cléda. Lo cierto es que al principio de los días nublados de octubre, en las planicies solitarias de las dunas de Ampurias, del lado sur de las excavaciones, y a veces en pleno mediodía, se puede oír una voz angustiadísima que se parece mucho a la voz aceitunada de Salvador Dalí y que dice:

¿NO ME CONOCES? ¿NO ME CONOCES? ¡GALA!

SALVADOR DALÍ

PRÓLOGO DEL AUTOR

¡Más pronto o más tarde, todos están destinados a venir a mí! Muchos, inconmovibles por mis pinturas, conceden que dibujo como Leonardo. Otros, en pugna con mi estética, reconocen que mi autobiografía es uno de los «documentos humanos» de la época. Y otros más, mientras discuten la autenticidad de mi Vida Secreta, han descubierto en mí dotes literarias superiores a la habilidad que revelo en mis cuadros y en lo que denominan la «mixtificación de mis confesiones». Pero nada menos que en 1922, el gran poeta Federico García horca predijo que yo estaba destinado al cumplimiento de una misión literaria y sugirió que mi porvenir reposaba precisamente en la «novela pura». También quienes detestan mis pinturas, mis dibujos, mi literatura, mis joyas, mis objetos surrealistas, etc., proclaman que poseo un don especial para el teatro y que mi escenografía última ha sido una de las más interesantes que se han visto en el escenario del Metropolitan… De este modo, resulta difícil de evitar el caer en mi zona de influencia, ya sea en una o en otra dirección.

Sin embargo, todo esto tiene mucho menos mérito de lo que parece poseer, pues una de las razones más importantes de mis éxitos es muchísimo más sencilla aún que la de mi multiforme magia; hela aquí: que soy probablemente el más perseverante en el trabajo de todos los artistas de nuestros días. Después de haber pasado cuatro meses en el retiro de las montañas de New Hampshire, junto a la frontera de Canadá, escribiendo implacablemente durante catorce horas diarias y terminando la composición de Rostros ocultos en el término proyectado —¡pero sin bastardear mi obra jamás!—, regresé a Nueva York y volví a hallar a algunos de mis amigos en El Morocco. Sus vidas habían continuado exactamente en el mismo punto anterior, como si me hubiera separado de ellos el día precedente. Al día siguiente visité diversos estudios, en los que los artistas habían esperado pacientemente por espacio de cuatro meses el momento de su inspiración… Un nuevo cuadro había sido comenzado a pintar. ¡Cuántas cosas habían sucedido en mi imaginación durante aquel período! ¡Cuántos personajes, cuántas imágenes, cuántos proyectos arquitectónicos, cuántas realizaciones de deseos habían nacido, vivido, muerto, sido resucitados, conformados! Las páginas de mi novela son solamente una fracción de mi último sueño. La inspiración y la fuerza son cosas que solamente pueden ser poseídas y conquistadas por la violencia y por el duro y amargo trabajo de cada día.

¿Por qué escribí esta novela?

En primer lugar, porque tengo el tiempo preciso para hacer todo lo que se me antoje, y porque quería escribirla.

En segundo lugar, porque la historia contemporánea ofrece un marco único para una novela que trate sobre el desarrollo y el conflicto de las grandes pasiones humanas, y porque la historia de la guerra, y más principalmente, del acervo período posbélico, tenía, inevitablemente, que ser escrita.

En tercer lugar, porque si yo no la hubiera escrito, lo habría hecho cualquier otra persona en mi lugar, y lo habría hecho malamente.

En cuarto lugar, porque es más interesante, en lugar de «copiar la historia», anticiparse a ella y permitirle que intente imitar, de la mejor manera que le sea posible, lo que se haya inventado… Porque he vivido íntimamente, día a día, con los protagonistas del drama prebélico en Europa; los he seguido en el período de su emigración a América, y por esta causa me ha sido fácil imaginar cómo habrá sido el de su retorno… Porque desde el siglo XVIII la trilogía pasional inventada por el divino Marqués de Sade ha permanecido incompleta: Sadismo, Masoquismo… Era preciso descubrir el tercer término del problema, el de la síntesis y la sublimación: el Cledalismo, nombre que se deriva del de la protagonista de mi novela, Solange de Cléda. El sadismo puede ser definido como el placer experimentado a través del dolor infligido al objeto; el masoquismo, como el placer producido a través del dolor infligido por el objeto. El cledalismo es el placer y el dolor sublimados por una absoluta identificación trascendente con el objeto, Solange de Cléda restablece la pasión normal; es una santa Teresa profana. Epicuro y Platón ardientes en una sola llama de eterno misticismo femenino.

En la época presente, las gentes se hallan atacadas de la locura de la velocidad, que no es sino el producto de una efímera y fugaz observación, de la aparición de lo «grotescamente empequeñecido». He querido reaccionar contra esto escribiendo una «verdadera novela», larga y aburrida. Pero nada me aburre jamás. Tanto peor para los que se hallan expuestos al aburrimiento. Quiero aproximarme, desde este mismo instante, a los nuevos tiempos de responsabilidad intelectual en los cuales hemos de entrar con el fin de esta guerra… Una verdadera novela de culminación, de introspección y de revolución, de edificación de pasiones debe ser (como siempre ha sido) exactamente lo contrario de una película del ratón Mickey o de la ofuscadora sensación de un salto en paracaídas. Es preciso, como en los lentos viajes de la época de Stendhal, ser capaz de ir descubriendo gradualmente la belleza de los paisajes del alma que se cruza; las nuevas cúpulas de la pasión deben hacerse gradualmente visibles hasta alcanzar su plenitud en el momento debido, de manera que el espíritu de los lectores pueda disponer de la sazón inapresurada que es necesaria para «saborearlas». Antes de que mi libro estuviera concluido, se decía que yo estaba escribiendo una novela balzaciana o huysmansiana. Contrariamente, es una novela estrictamente daliniana, y quienes hayan leído atentamente mi Vida secreta irán descubriendo prontamente bajo la estructura de la obra la presencia continuada y familiar vigorosa de los mitos esenciales de mi propia vida y de mi mitología.

El año 1927, hallándome sentado al sol primaveral en el café-bar Regina de Madrid, en compañía del llorado poeta Federico García Lorca, planeamos conjuntamente la composición de una ópera de gran originalidad. La ópera era una de nuestras pasiones comunes, pues es el único medio que permite la amalgación de todos los géneros líricos en una perfecta y triunfante unidad, con toda su grandeza y su máximo de estridencia necesaria, e iba a permitir expresar la sublime confusión y el caos viscosos, compactos, colosales e ideológicos de nuestra época. El día en que recibí en Londres las noticias de la muerte de Lorca, quien fue una víctima de la ciega historia, me dije a mí mismo que yo solo haría nuestra ópera. He continuado desde entonces en mi firme decisión de realizar este proyecto algún día, en el momento de la madurez de mi vida; y mi público sabe y confía siempre en que hago aproximadamente todo lo que digo y prometo.

Por lo tanto, haré «nuestra ópera». Pero no ahora, inmediatamente, ya que una vez concluido este libro me retiraré a California por espacio de un año con el fin de dedicarme exclusivamente a la pintura y a poner en ejecución mis últimas ideas estéticas, con un fervor técnico que no tiene precedentes en mi profesión. E inmediatamente después, comenzaré a tomar pacientemente lecciones de música. Todo lo que necesito para dominar por completo la armonía, es un plazo de dos años; pues ¿no la he sentido fluir a través de mis venas por espacio de dos millares de años? Proyecto hacer todo lo necesario para la representación de esta ópera: el libreto, la música, los decorados, los ropajes… Y, además, yo mismo la dirigiré.

No puedo garantizar que este fragmento de sueño haya de ser bien acogido. Pero una cosa es cierta: con la suma total de mi polifórmica y fenomenal actividad, habré dejado impresa en la dura piel de la inclinada y perezosa «espalda artística» de mi época la huella inconfundible y el anagrama, sellado por el fuego, de mi personalidad; y en la sangre de Gala toda la fecundadora generosidad de mis «invenciones poéticas». ¡Cuántos existen ya que han sido espiritualmente nutridos por mi obra! Por lo tanto, permitid al que «tanto» ha realizado que arroje la primera piedra.

SALVADOR DALÍ

domingo, 8 de marzo de 2026

CRÍTICA LITERARIA. LA TEJEDORA DE CORONAS. POR EL DR ENRICO GIOVANNI PUGLIATTI Y EL ESCRITOR MÉNDEZ-LIMBRICK




 La Tejedora de coronas es una novela histórica de Germán Espinosa que narra la vida de Genoveva Alcocer en Cartagena de Indias a finales del siglo XVII, entre el trasfondo de la Inquisición y la Expedición de Cartagena de 1697. El argumento combina la represión religiosa, la ciencia prohibida y la voz femenina como resistencia.

Argumento principal

  • Protagonista: Genoveva Alcocer, mujer culta y apasionada por la astronomía, cuya vida se convierte en testimonio de la tensión entre conocimiento y dogma.

  • Inicio: El relato comienza el 3 de abril de 1697, cuando Federico Goltar, joven enamorado de Genoveva y aficionado a la astronomía, descubre un planeta al que llama “Genoveva”. Sin embargo, no puede publicar su hallazgo porque la Inquisición lo acusaría de herejía.

  • Contexto histórico: La novela se sitúa en los meses de mayo y junio de 1697, durante la Expedición de Cartagena, cuando la ciudad fue atacada por corsarios franceses.

  • Eje narrativo: A través de la voz de Genoveva, se reconstruye la vida intelectual y social de Cartagena, mostrando cómo las mujeres y los hombres de ciencia eran perseguidos por la Inquisición.

  • Temas centrales:

    • La represión de la libertad de pensamiento.

    • El papel de la mujer en un mundo dominado por estructuras patriarcales y religiosas.

    • La tensión entre fe y razón, entre erotismo y represión.

    • La memoria como resistencia frente al olvido histórico.

Relevancia literaria

  • Publicada en 1982, es considerada la obra maestra de Germán Espinosa y un pilar de la narrativa colombiana contemporánea.

  • Combina ficción histórica con reflexión filosófica y crítica social.

  • Su lenguaje es rico, barroco y lleno de referencias culturales, lo que convierte la lectura en un viaje por la Cartagena colonial y sus contradicciones.

 Conclusión

La Tejedora de coronas es más que una novela histórica: es un alegato contra la intolerancia y la censura, y una reivindicación de la voz femenina como guardiana de la memoria. Genoveva Alcocer se convierte en símbolo de resistencia frente a la maldad institucionalizada de la Inquisición y la violencia colonial.

MANIFIESTO DE LO ERÓTICO EN LA LITERATURA EN 5 PUNTOS. ENRICO GIOVANNI PUGLIATTI Y MÉNDEZ LIMBRICK


 

 

Manifiesto de la insinuación

Principio:
1-"No mostrar, sino sugerir.
2-No exponer, sino velar.
3-La insinuación es la máscara que preserva el misterio,
el velo que convierte la transgresión en ceremonia.
4-La literatura no necesita desnudar:
basta con encender la tensión entre lo prohibido y lo sagrado.
5-Así, cada gesto, cada vestido, cada aparición,
se convierte en símbolo y no en mercancía."

sábado, 7 de marzo de 2026

BULMARO REYES CORIA Límites de la retórica clásica fragmento




PRÓLOGO

ePt|Topix.T| es un adjetivo que se refiere al sustantivo ts'xvt], 

“arte”, y fue usado por Platón, para darle nombre a la 

profesión a que Gorgias se dedicaba y enseñaba1. Este 

término se tradujo al latín como oratoria, u oratrix, lo cual 

equivaldría a elocutoria y elocutrix1.

Hoy en día, la palabra retórica vulgarmente indica, no la 

provisión de los medios persuasivos, sino tan sólo un modo 

de hablar: si se malentiende, con mentiras, con muchas 

palabras, con palabras vanas; menos injustamente, con 

elegancia, en sentido figurado. Ésta no es la antigua retóri

ca, la que, en palabras de Isidoro, “descubrieron los griegos 

Gorgias, Aristóteles y Hermágoras, y que fue transladada al 

latín por Cicerón y Quintiliano, pero tan abundante, tan 

variadamente, que al lector le parece imposible admirarla, 

comprenderla”3; es, más bien, “una retórica secundaria, una 

teoría crítica o estética que no tiene que ver directamente 

con la persuasión, y la técnica de las obras producidas bajo 

la influencia de esos conceptos críticos”4.

La retórica, en el sentido más genuino del término5, es 

aquella doctrina que nos enseñaron Córax y Tisias, Gorgias,

1 Cfr. Gorg., 449,a,5-6.

2 Cfr. Quint., II,xjv,1-2.

•’ Cfr. Isidoro, De rhet., 11,1, en RLM, 508, y Cíe., Parí, or., 1,1-3.

4 Cfr. G eorge Kennedy, The A rt qf Rhetoric in ¡he Román World. 300 b. C. - 

ú.D 300, Princeton, Princeton University Press, 1972, p. 3.

5 Cfr. Richard V olkman, “Definition der Rhetorik” en Die Rhetorik der 

Griechischen undRómerinsystematicher Übersicht, Hildesheim.GeorgOlms 

Verlagsbuchhandlung, 1963 (1885), pp. 1-16; Antonio T ovar, “La retórica de 

los griegos. Las primeras «artes»" en A ristóteles, Retórica, Madrid. Instituto

Platón, isócrates, Aristóteles, Hermágoras, Cicerón, Corni- 

l'icio, Quintiliano y aun los rétores menores: C. Quirio 

Fortunaciano, Aurelio Agustín, Victorino, Sulpicio Víctor, 

Julio Severiano, Cayo Julio Víctor, MarcianoMinneo Félix 

Capella, Casiodoro, Isidoro, Albino (o Alcuino) y Grilio, 

los cuales no han de mezclarse con los escritores de tratados 

acerca de figuras de dicción y de pensamiento, como son 

Rutilio Lupo6, Aquila Romano7, Julio Rufiniano8 y el 

Venerable Beda9, o aun el gramático Prisciano10 o el orador

de Esludios Políticos, 1971 ,pp. V-XXXII; también Helena Beristáin. Diccio

nario de retórica y poética, México, Porrúa, 1985, p. 421. George Kennedy, 

en su artículo “The present State of the study of ancient rhetoric” (Classical 

Philology, LXX, jan.-oct., 1975, pp. 278-282), enumera los trabajos más 

amplios de Volkman, Lausberg, Martin, Norden, y otros particulares de A. D. 

Leeman, Navarre, Radermacher, Eisenhut, Kustas, J. Murphy —entre los 

cuales, con sumo reconocimiento, debiera estar Alfonso Reyes—, y hace ver 

que para escribir una nueva historia del estilo, se necesita un equipo de 

diferentes estudiosos que emprendan una investigación computanzada.

6 Publio Rutilio Lupo, orador romano del siglo i, a. C., tradujo en uno los 

cuatro libros de su maestro Gorgias (éste había sido maestro del hijo de Cicerón 

en Atenas). Escribió de modo especial acerca de figuras, precisamente De 

figuris sententiarum et elocutionis, o Schemata lexeos (RLM, 3-21; cfr. Quin

tiliano, 9,11-111).

’ Á quila Romano, retórico latino del siglo nt o iv, convencido de que el 

orador debe (proprium oratoris munus est) adornar con figuras de dicción y de 

pensamiento su discurso, porque no hay nada igual (nihil aequale est) para 

conmover el ánimo del oyente o del juez, decidió escribir un libro De figuris 

sententiarum et elocutionis (RLM, 22-37).

* Julio Rufiniano, de época incierta, en su libro De schematis lexeos, de 

xchematis dianoeas, describe solamente figuras de dicción y figuras de 

pensamiento (RLM, 38-62).

9 El santo benedictino Venerable Beda (672 o 673-735, d. C.)t además de 

sus obras de mayor importancia de indudable indujo en la educaciónde la Edad 

Media, es autor del libro De schematibuset tropis (RLM, 607-618).

Prisciano (s. vyfinalesdel vi,d.C.) nacióquizáenCesareadeMauritania, 

o de Palestina, o en Roma. Sus Institutiones grammaticae fueron de gran 

importancia durante la Edad Media, y sirvieron de base a las nuevas refundi

ciones de gramática de los humanistas. En esas Instituciones incluye unos 

ejercicios de escritura traducidos de Hermógenes: Praeexercitamina (RLM, 

551-560).

Emporio", o Rufino12, o Clodiano13, ya que el asunto que 

éstos tratan es sólo un trozo de alguna de las partes del arte 

retórica.

Como todos sabemos, Cicerón es algo así como el eje en 

torno del cual giran los estudios de retórica. El explicó a 

Aristóteles, quien, a su vez, había sido el gran explicador y 

corrector de los anteriores profesores de esta arte. Asimis

mo, después de Cicerón la gran mayoría basará sus manua

les de retórica en Aristóteles y Quintiliano, pero fundamen

talmente en Cicerón, pues fue él quien dio vida indepen

diente a esta ciencia.

Ahora bien, aquí revisaré los conceptos sobresalientes en 

torno de los límites de la retórica marcados por aquellos que 

Cicerón, en el De inventione, menciona ya como simples 

predecesores suyos, ya como fuente de sus artes, e intentaré 

mostrar que los antiguos consideraban el campo de esta arte 

más amplio que la sola expresión u ornamento de las 

palabras, la cual es apenas parte de la elocutio, ya no 

digamos de toda la retórica, de la cual ésa, a su vez, es parte; 

también habrá de quedar claro que su objetivo es, no 

persuadir, sino enseñar los medios para persuadir. La retó

rica no persuade; enseña a persuadir.

Cabe señalar que, entre nosotros, el excelente estudio que 

sobre La antigua retórica firmara Alfonso Reyes en 194214, 

es sobradamente suficiente para que pueda comprenderse el 

pensamiento retórico de Aristóteles, de Cicerón y de Quin

11 Emporio (fines del siglo v) trata, en su obra, acerca de la etopeya, el lugar 

común, y materia demostrativa y deliberativa (RLM, 561-574).

12 Del gramático Rufino (c. s. v, d. C.) conservamos unos versos acerca del 

ritmo y metro de los oradores, así como unos extractos que, sobre la misma 

materia, tomó de Cicerón, Quintiliano, Diomedes, la Retórica a Herenio, 

Flavio Sosípater Carisio, Victorino, Terenciano, Pompeyo Mesalino, Donato 

y Probo (RLM, 575-584; cfr. también ed. Keil, Gramm. Lat„ VI. 554-578).

13 C lodiano trata sobre los status, su definición y división (RLM, 590-592).

IJ Cfr. Reyes, A., Obras completas, pp. 462-555.

I iliano. Sin embargo, aquí abundaré algo más en lo poco que 

aquél intencionalmente redujo; por ejemplo, en algunas 

consideraciones léxicas,que, al parecer, hoy en día vuelven 

a llamar la atención en el eterno intento por definir la 

retórica.

Por otra parte, vale buscar el prístino concepto de retórica 

incluso en rétores menores, en los cuales no se ocupó Reyes, 

porque ellos, con sus enseñanzas orales o escritas, hicieron 

posible que, no las propias, sino las teorías de los máximos 

maestros de esta arte traspasaran la Edad Media, y aun 

llegaran hasta nuestros días.

PREDECESORES DE CICERÓN

Córax y Tisias examinaron las partes y la disposición de la 

materia de los discursos judiciales (7tpooí|iiov, o exordium; 

xaxáaxaai^, o consíitutio; Sifiynou;, o narrado; htiXo- 

yoq, o epilogiis), y dictaron modos y formas del decir a 

través de una práctica mecánica y metódica de la elo

cuencia. Establecieron la e peot<;, o inventio, para la bús

queda de los argumentos.

Enseñaron que el objeto de la retórica no es la verdad, 

sino lo verosímil, lo cual reducían a lugares comunes de tres 

especies: 7tá9o<;, eBoq e idéai.

Según Platón, Tisias y Gorgias descubrieron que se 

venera más la verosimilitud que la verdad; por la virtud de 

la palabra, ellos hacían parecer grande lo pequeño; arcaico, 

lo nuevo, y al contrario, y podían decir lo mismo con pocas 

palabras que con muchas2.

1 La retórica tuvo origen en Sicilia, después de la caída del tirano Trasíbulo 

en el siglo v, a. C., pues allí los asuntos privados se comenzaron a llevar ajuicio, 

surgiendo así la necesidad de hacer eficaces los tribunales en las múltiples 

acciones judiciales que se emprendían para la recuperación de los bienes 

confiscados. Los iniciadores fueron los siracusanos Córax y Tisias. Sus 

manuales no llegaron a nuestros días. Cfr. Inv. II,u,6; Bntt., XII,46: Quiñi., 

Il.xvn.7. Véase BenedcttoRiposati, 1973. p. 93.

2 Cfr. ?\.,Phdr„ 267.a-b.

Para Gorgias, la palabra es un gran potentado que, con muy 

pequeño e imperceptible cuerpo, lleva a cabo obras divinas, 

ya que puede tanto calmar el miedo como quitar la pena y 

engendrar el gozo y acrecentar la misericordia. Los encan

tos inspirados por mediode las palabras, se hacen inductores 

de placer, y deportadores de pena. Pero la palabra se ha de 

valer de la verdad (<x^r|9eia), pues de lo contrario se en

gendra el desorden, como ocurre en una ciudad carente de 

hombría (euav5pía), o en un cuerpo falto de hermosura 

(x.á'k'koq), o en una alma necesitada de sabiduría (acxpta), 

o en la acción sin virtud (ápexfiy.

3 Gorgias de Lcontini (c. 483-376, a. C.) fue maestro de retórica, según 

Platón (Grg. 449a). Su visita a Atenas en 427, como embajador, es un hecho 

muy importante parala historia de la retórica, pues con 61 se funde la tradición 

ateniense de la oratoria política que había producido Pericles, con una nueva 

técnica, basada en el estilo, en la explotación del ritmo griego, la asonancia y 

el paralelismo. Su principal contribución a la literatura se encuentra en el 

Encomio de Helena', xr]v noíeoiv dnaaav xa i vom'^o) xai óvo|aá^co Xóyov 

é’xovta nsrpov, “considero y nombro a la poesía toda como un discurso que 

tiene medida” (8ss). Se supone que escribió un Arte retórica, donde quizá 

introdujo pequeños ensayos semejantes al Encomio citado. Cfr. Pedro Tapia 

ZúÑIGa en Gorgias, Fragmentos..., pp. xxvii, lOss y pássim.

4Cfr. Gorg., Hel, 1: Xó-ycj 8é áXií9Eia... xa Sé évavxía xoúxojv áxoajua, 

y 8-10.

En la polémica platónica sostenida en el Gorgias, Sócrates 

ni siquiera considera la retórica como un arte. Dice que es 

con relación al alma lo que la cocina con relación al cuerpo; 

es parte de la adulación, cosa que no tiene nada de bello. En 

esencia, no es necesaria la persuasión de los jueces, ya que 

quien comete una injusticia debe sufrir el castigo que 

merece, único camino de purgación real, que libera al 

hombre de la maldad que está en su alma. De hecho, es 

preferible sufrir injusticias a cometerlas6.

En el Fedro Sócrates ensalza la invención sobre la 

disposición .La retórica debe llevar a hacer el bien. Antes de 

aprender a hablar, el hombre debe poseer la verdad. Quien 

no ha filosofado suficientemente, no será capaz de hablar 

jamás sobre nada. El arte retórica, o psicagogía, o arte de 

guiar almas mediante razonesen juzgados y otros lugares de 

reunión pública, versa en cosas grandes y pequeñas, sin 

hacerse más o menos honorable a causa de la importancia

5 Platón (c. 429-347, a. C.). hijo de los atenienses Aristón y Perictione, 

sostenía la paradoja de que no había esperanza para las ciudades mientras los 

filósofos no llegaran a ser gobernantes, o los gobernantes, filósofos. Después 

de su regreso de Sicilia comenzó a enseñar formal y continuamente, y ésta fue 

su principa! ocupación por el resto de su vida, más de cuarenta años. De sus 

Diálogos, conciernen más cercanamente a la retórica Gorgias y Fedro. Con 

frecuencia se enseña, princi pálmente con fundamento en el primero, que Platón 

es contrario a la retórica; pero el Fedro muestra lo contrario.

‘ Indudablemente, como ideal de conducta humana,es difícilmente refutable 

la teoría socrática de la virtud, pero es un hecho que sólo contados personajes, 

entre los cuales él, sufrieron injusticia antes que cometerla, o librarse de ella.

de los asuntos. El cuerpo de todo discurso ha de constituirse 

a manera de ser viviente: cabeza, partes medias y extremi

dades, bien dispuestas, pues las divisiones y las reducciones 

ayudan a pensar7.

Mediante la ciencia y el cuidadoso estudio, el orador 

naturalmente llega a ser elocuente; necesita saber cuántas 

especies de almas hay; cuándo es oportuno hablar, y cono

cerlos verosímiles, ya queéstos son losargumentosconvin- 

centes, lo cual no se alcanza sin mucho ejercicio, no tanto 

de hablar y tratar con hombres, cuanto de decir cosas gratas 

y hacer obras agradables a los dioses8, lo cual hace pensar 

que ya Platón consideraba la retórica como arte de vida.

1 Cl'r. Pl„ Phdr., 236,a, 260,c.d, 261,a-b, 264,c y 266,b. 

* Cfr. PL Phdr.. 269.d, 271.d. 272,a.e y 273,e.

¡SÓCRATES

Isócrates9, según testimonio de Quintiliano10, define a la 

retórica como fabricante de persuasión (jreiQouq Sajiioup- 

yóq). En el discurso Contra los sofistas enseña lo que debe 

ser el maestro y lo que debe ser el alumno. Muy elocuentes 

son estas palabras del primer parágrafo: “Si los educadores 

quisieran decir la verdad, y no prometieran más de lo que 

pueden cumplir, no tendrían tan mala reputación entre los 

simples ciudadanos”.

La educación en general y la enseñanza de discursos en 

particular deben basarse en la verdad y en el ejemplo de los

9 Contemporáneo de Platón, y cuando ya eran ancianos los maestros de 

retórica Gorgias de Leontini, Trasímaco de Calcedonia, Protágoras de Abdera, 

Pródico de Ceos, Hipias de Elis, surge Isócrates, el gran orador y perfecto 

maestro, cuya casa era como una oficina de retórica para toda Grecia (cuius 

domus ... officina dicendi). Aunque en el foro no alcanzó gloria, sin embargo 

ésta lo tocó tal como a nadie antes ni después de él. Escribió muchas cosas con 

gran elegancia y enseñó a muchos a hacerlo. Descubrió que el discurso, a pesar 

de que no se hace en verso, debe guardar cierto ritmo. Con todo, parece que en 

el fondo no era tan espléndido con sus enseñanzas, pues, para vender discursos 

a los abogados, decía que no existía un arte para componerlos, aunque pronto 

se vio obligado a escribir sobre arte retórica, ya que a menudo era llamado a 

juicio a causa de aquella práctica de vender discursos, por lo visto, considerada 

ilícita. Desafortunadamente, como consta por Cicerón, ya en época de éste 

mismo no se encontraban sus escritos de arte retórica, aunque sí se hallaban 

muchos preceptos de sus discípulos. Sin embargo, se conserva Contra los 

sofistas, uno de los discursos más técnicos que escribió Isócrates. Cfr. Brut., 32, 

33,48,204, e ¡nv„ 11,7. Según Juan Manuel Guzmán Hermida, Isócrates es un 

intelectual sin convicciones firmes, un oportunista político, con opinión tan 

variable como las circunstancias (véase su introducción a Isócrates, Discur

sos, pássim).

10 Cfr. Quint., II,xv,3-6.

maestros. Para hacer un discurso no se puede dar una regla 

fija, ya que lo que uno dice no es útil del mismo modo para 

otro; para que los discursos sean hermosos han de guardar 

relación con el momento propicio, variar oportunamente, 

adornarse con entimemas, utilizar frases rítmicas y artísti

cas y ser convenientes y novedosos.

Hay muchos que sin haber frecuentado a un sofista se han 

vuelto hábiles oradores y hombres públicos. La capacidad 

de hacer discursos reside en los hombres de talento y en los 

que se ejercitan, aunque puede suceder que haya quienes 

ejercitándose con empeño, no logren ser buenos autores de 

discursos, pero, en cambio, se superarán y serán más pru

dentes en muchas cosas, es decir, en el arte de la vida.

Los alumnos deben acudir con profesores que tengan 

conocimiento sobre el tema, no con quienes les prometan la 

felicidad mediante programas queencubren con sofismas la 

verdad. También deben aprender los tipos de discurso y 

ejercitarse en ellos.

Son censurables los que enseñan a litigar con palabras 

repugnantes.

Finalmente, aunque la prudencia y el sentido de la 

justicia no pueden ser infundidos mediante manuales, en 

aquellos que, por naturaleza, no son propensos a la virtud, 

sin embargo el estudio de los discursos para la vida pública 

síestimula y ayuda aejercitarla. Quienes quieran seguirlos 

preceptos de esta filosofía, pues, alcanzarán la probidad 

antes que la elocuencia1

De este modo, Isócrates no sólo es, como se ha dicho12, 

“el verdadero creador del estilo y de la prosa oratoria ática, 

limpia y armoniosa, rica de colorido, amplia, perfectamen

te equilibrada en la disposición de las partes que componen

11 Cfr. Contra los sofistas, pássim.

” Cfr. Bcncdetto Riposati, “La retorica”, p. 96.

la arquitectura del período”, sino también precursor de una 

retórica de contenido moral, llamada “arte del vivir y del 

bello escribir”, con injerenciaenlaeducacióndelajuventud 

de su época13.

19 ídem, p. 95.

La retórica, dice Aristóteles14, la cual existe por causa de los 

juicios (¿Jiei 5é evexa xptasox; ¿otiv f) pTixopixií15), es la 

fuerza (8úvafit<;) para observar con inteligencia (Ssrapfjcrai), 

en cada caso, sobre cualquier cosa dada, lo posible persua

sivo (toü Sscopf|aai xó 8v5c/Ó(ícvov Tti&avóv), y todo su 

trabajo (7tpayjj.aTsía, en latín ojficium) consiste en la

14 A ristóteles (384-322, a. C.), a la edad de 17 años ingresó en la escuela 

de Platón en Atenas, y ahí permaneció hasta la muerte de su maestro en 348- 

347, primero como alumno, después en relativa independencia. Cuando Platón 

fue sucedido por EspeusijJb, Aristóteles abandonó la academia. Más tarde 

negoció un tratado con Macedoniaen favor de Hennias, tirano de Alameo, con 

cuya sobrina. Pitias, secasó (este tíoposeíaunaformidablefuerza naval, militar 

y financiera, y era virlualmente independiente del Imperio Persa, a cuyo rey 

más tarde fue entregado cautivo, y asesinado por no haber revelado los planes 

de Filipo). En 343-342 fue invitado a Pella por Filipo de Macedonia para que 

se convirtiera en el preceptor de Alejandro. En 335, a la muerte de Filipo, 

regresa a Atenas. Entonces funda unaescuela en el perípatos, en las afueras de 

la ciudad, de donde aquélla toma nombre. También muere su esposa Pitias, por 

loque vivió con Herpilis, de quien tuvo a Nicómaco. Asimismo después de la 

muerte de Alejandro, Ari stóteles es acusado de impiedad, pero para no permitir 

que los atenienses “pecaran dos veces contra la filosofía”, deja la escuela en 

manos deTeofrasto, y huye a Calcis, donde muere a causa de una enfermedad 

en el aparato digestivo. Es quien dijera que la vida de lucro es antinatural, 

aunque la riqueza es un bien útil que se desea por respecto de otro bien (Eth. 

Nic., 1096a, 5ss). A pesar de que en algúrt momento compartió el así llamado 

desprecio de Platón por la retórica, sin embargo luego se convenció de que ésta 

merecía incorporarse al sistema de conocimientos. Así, invitado por los 

isocrateos, todavía en vida de Platón, se dedica al estudio de la tradición escolar 

retórica, de donde surge precisamente su Retórica, con “un implacable radica

lismo ético”, orientado directamente hacia la verdad. Cfr. Tovar, pp. XXVss. 

Su Retórica es uno de los pilares de la ciencia que lleva ese nombre.

15 Rh.. 1377,b,22.

opinión (5ó^a). Ese posible persuasivo son los argumentos 

retóricos (níanq,fides según Cicerón), los cuales pueden 

ser intrínsecos al arte misma, o extrínsecos (ate/voi y 

evxexvot). Los extrínsecos pueden ser los testigos, las 

confesiones, los documentos (nápxopsq, páaavoi, aúy- 

•ypatpai) y cosas semejantes, y el orador simplemente los 

usa; pero los intrínsecos al arte, es decir, los propios del 

razonamiento, del discurso (xoü Xóyoo), deben ser encontra

dos por el que pretenda persuadir mediante razonamiento16.

(La palabra Xóyoq de Rh., 1356,a,l, por lo común se ha 

traducido como “discurso”; pero esto contradice a ladefini- 

ción que precede inmediatamente, donde Aristóteles dice 

que los argumentos extrínsecos están ahí, a la disposición 

del orador, en tanto que éste debe encontrar los intrínsecos 

(coctte Seí xoúxcdv TOÍq (iev xpvpcxa&ai, tá 8é eópeiv17); 

es decir, los que necesitan de una labor del pensamiento, no 

del discurso, que es ya la expresión de aquél. Así, supongo 

que este kóyoc, es no el simple discurso, sino laactividad de 

la mente que lo precede y lo forja; es decir, el razonamiento. 

El Xóyoc, no es una combinación de sustantivos con verbos, 

sino que en éstos se basa para expresarse: ovxov S’óvoná- 

xtüv xai prináxcov é£, a>v ó Xóyoq aovEax'r|xsv,8).

De entrada, Aristóteles pone la retórica en corresponden

cia (ctvtÍCTxpoípoq) con la dialéctica; es decir, en paralelo 

con ella (7rapa<poé<;) y con la ética (xfjq nspi xá Tj&r| 

npay^axEÍaq), que bien podría considerarse como lo rela

tivo a los “ciudadanos” (710X.mx.riv; en latín, ciuilis’9). 

Pero, en otro lugar la hace consistir en la ciencia analítica y 

en la civil, y la asemeja a la dialéctica y a los razonamientos

Rh., 1355,b,25-40.

17 Rh., 1355,b,39-40.

18 Rh., 1404,b,27-28.

19 Cic., Aiv.. V.6.

sofísticos (n pr|Topixr| aúyxsixai |iév sx xs xrjc; ávaXv- 

xixf|c; e7uaTr||iTic; xai xfíq raspi xá r¡9r| 7toX.ixixfj<;, ó(ioía 5 ’ 

éaxiv xá (iév xrj 8iaA,£Xxixf|, xá 5é xoíc; aocpiaxixoíq 

Xóyoiq). De hecho, la retórica y la dialéctica giran en 

derredor de cosas que, no perteneciendo a ninguna ciencia 

determinada y siendo comunes de alguna manera, pueden 

llegar a ser conocidas por todos. De un modo u otro, todos 

los hombres son retóricos o dialécticos, pues todos alguna 

vez han intentado acusar o defenderse, y en este intento han 

examinado alguna palabra o razón, y la han presentadocon 

aquel propósito. Algunos lo hacen espontáneamente; otros, 

por la costumbre de un hábito. Como sea, y puesto que es 

posible observar la causa por la cual en ambas formas a 

menudo se logra el objetivo deseado, es evidente que se 

podría hacer un camino (óSo7toi£Ív), y todos están de 

acuerdo en que tal estudio es trabajo propio de un arte 

(xéxvriq spyov). El resultado tendrá que ser el arte retórica, 

y es arte porque no mira a lo individual, sino aúna determi

nada clase de seres20.

Hay tres clases de argumentos retóricos: los que atañen 

a la índole del que hace el razonamiento (év xw rjOsi xou 

te'yovxoc;); los que, de algún modo, están en la disposición 

del oyente (év xcp tóv áxpoaxfjv SiaOsvvcu 7icoq), y los que 

se encuentran en el mismo razonamiento (év ctúxcp xcp 

A.óyc(>)21.

El fin del arte retórica no consiste en persuadir, sino en 

enseñar los medios para persuadir en cada caso particular22, 

así como los lugares de donde el orador pueda aprender a 

hacerse hábil; o bien en entimemas, es decir, en demostra

ción retórica, la cual es una especie de silogismo, y la prueba

20 Rh., 1354,a,l-9, 1355,b,22-28, 1356,a,26-28 y b,30-35, 1359,b,10-12 y 

1404,a,l-2.

2lRh., 1356,a,1-3.

22 Rh., 1355,b,9ss.

de más valor, o bien en la refutación correspondiente. Y, 

como el silogismo es propio de la dialéctica, es evidente que 

quien mejor conozca las premisas del silogismo y su forma

ción, ése será el más hábil en el manejo de losentimemas23.

La argumentación, sin duda, debe hacerse por hombres de 

reconocida probidad. En efecto, Aristóteles reprueba a los 

jueces que no actúan conforme a la verdad y a la justicia, y 

al mismo tiempo señala que no se debe persuadir a lo malo 

(oú yáp Set xa <paüA.a 7reí$£tv), aunque es preciso persua

dir con los argumentos contrarios, para deshacer razones 

injustas. Enseña, además, que solamente la retórica y la 

dialéctica se valen de los contrarios para argumentar24.

Un razonamiento (Xóyoq; puede pensarse, pues, en “dis

curso”) tiene que ver, como ya se dijo, con tres circunstan

cias: el que razona, aquello acerca de lo cual se razona, y 

aquel para quien se razona, es decir, el oyente. De acuerdo 

con este último, como puede ser espectador (9eo>pó<;) ojuez 

de lo pasado (xpixíiq xóov yeyevTiiiévGov) ojuez de lo futuro 

(xpixí|<; xóov (ieA-Xóvxcov), los razonamientos retóricos se 

dividen en tres géneros: deliberativo, judicial y demostrati

vo (xpía yevr| xcov A-óycov xa>v prjxopixc&v' aujiPouXexxi- 

xóv, Sixavixóv, sTtiSetxxixóv)25. A cada uno de estos tres 

géneros corresponden asuntos, tiempos, fines y proposicio

nes diferentes, que pueden apreciarse en el esquema de la 

página siguiente, que, dicho sea de paso, no es la primera 

vez que se hace.

Para los géneros judicial y deliberativo son muy impor

tantes la índole del orador y la disposición del oyente26. Para 

que el orador sea digno de fe, es necesario que posea 

inteligencia (<ppóvr|aiq), virtud (ápexri) y simpatía (eo- 

voia)27, es decir, que sea modelo de vida.

n Rh„ 1355,a,4ss.

24 Rh„ 1355,a,20ss.

15 Rh„ 1358,a,37-39 hasta b,l-8.

2hRh., 1377,b,25-29.

»Rh.. 1378,a,7-10.

deliberativo

asunto

tiempo

fin

persuasión o 

disuasión

futuro

lo útil 0 

lo nocivo 

y lo accesorio

judicial

acusación o 

defensa

pasado

lo justo 0 

lo injusto 

y lo accesorio

demostrativo

alabanza o 

vituperio

presente

lo honroso 

lo feo

yloaccesorio

Las pasiones son aquello por lo que los hombres, al 

cambiar de ánimo, se distinguen para juzgar. Al respecto, 

es muy importante que el oradorconozcaen qué disposición 

se encuentran las personas para cualquier cambio de estado 

de ánimo, hacia quiénes pueden cambiar y en qué ocasiones 

suelen hacerlo28. Aquéllas son, por ejemplo: ira, serenidad; 

amor, odio; temor, valor; vergüenza, compasión, indigna

ción, envidia, emulación.

Con todo, los razonamientos debieran limitarse a la mera 

demostración de los hechos, pues lo justo sería no buscar 

cómo experimenten cualquier tipo de pena o placer los 

oyentes (énei tó ys Síxaiov |i^5év7iXetco ^-reív rcspi tóv 

Xóyov í] óx; filáis Xvneív |ir|T£ só<ppaívsiv). Sin embargo, 

Aristóteles enseña cómo cambiar los estados de ánimo: en 

qué disposición se encuentran las personas, hacia quiénes y 

cuánto, pero no aprueba el uso de toda la gran fuerza del 

razonamiento fuera de la demostración de los hechos, a no

tcov 

ser cuando los oyentes son unos miserables (Siá xr)v toü 

áxpoaraO |iox3r|píav)29.

Así, en la enseñanza de la retórica se necesita hablar un 

poco de la palabra (ti jiixpóv ... xrjq /Vs^ecoq30; en latín, 

elocutio, y dictio), ya que en nombres y verbos descansa el 

razonamiento o discurso (ovtcov 5’ óvo|í (ztcov xai pr)|iá- 

° X,óyo<; auv¿axr|xev31); para lo cual, aborda 

temas como la claridad en la dicción, la selección de las 

palabras, la metáfora, los epítetos, la frialdad en el estilo, 

la imagen, la pureza del lenguaje, los vicios contra ésta, la 

propiedad, el patetismo, el ritmo en la prosa, el período, la 

antítesis, la parisosis, los dichos ingeniosos, el estilo y las 

partes de un discurso32, las cuales son cuatro; dos, propias, 

necesarias, y otras dos posibles; las primeras son la exposi

ción y la argumentación (rcpóSecnq y 7iíaTiq), y las segun

das, el proemio y el epílogo33.

29 Rh., 1404,a,3-8.

10 Rh., 1404,a,8.

51 Rh., 1404,b,27-28.

32 La síntesis de los temas de la elocutio se tomó de Antonio Tovar.

33 Rh., 1414,b,8-9.

(Hermágoras es el autor de un elaborado sistema de arte 

retórica, dividido en tesis (argumento no definido por 

lugares ni tiempos ni personas) e hipótesis (causa en la que 

intervienen lugares, tiempos y personas), obra perdida, que 

nosotros conocemos gracias a Cicerón, Quintiliano y 

Hermógenes, así como otros rétores menores, como Quirio 

Fortunaciano3s. Es recordado especial mente por su comple

ja y sutil clasificación de los otáoste status, y porque 

reclamaba para la retórica el derecho de discutir cuestiones 

morales y filosóficas de interés general, y excluía cuestio

nes técnicas que requerían conocimientos especializados 

sobre un campo científico. Su disciplina es pobre en cuanto 

a los ornamentos, pero muy útil para la invención. Da 

razones y preceptos fijos, ordenados y que no permiten 

equivocarse. Cicerón, en Inv., 1,8,12,13,16 y 97, se ocupa 

ampliamente de Hermágoras, especialmente para censurar

lo.)

w Nada sobre su patria, fecha de nacimiento oalgunaotracircunstancia, nos 

transmitieron los antiguos, aunque se ha dicho que nació en Temnos, Eolia, y 

que floreció en la segunda mitad del siglo u, a. C., o aproximadamente en la 

época de Cicerón. Cfr. Brtil., 263 y 271; también Curcio, Le opere retoriche.. 

pp. 21-41.

35 Las obras ciertamente auténticas de Hermógenes (s. n, d. C.) son riepi t<bv 

OTóaecov y Flepi ¡Secóv. Esta última tiene que ver con las siete cualidades de] 

estilo, como ingredientes en la perfección de Demóstenes; claridad (oaipiíveia), 

grandeza (nsvefloq), belleza (tcáXXoq), terriblez (Topyoniq), carácter (^floq), 

verdad (ákrjfleia), rigor (5eivórr|<;).

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CHARLES E. KANY SINTAXIS HISPANOAMERICANA VERSIÓN ESPAÑOLA DE MARTÍN BLANCO ÁLVAREZ

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