domingo, 1 de marzo de 2026

HISTORIA DE LA FILOSOFÍA POR EL P. ZEFERINO GONZÁLEZ DE LA ORDEN DE SANTO DOMINGO CARDENAL ARZOBISPO I>E TOLEDO SEGUNDA EDICIÓN FRAGMENTO

 


CRISIS ESCOLASTICO-MODERNA

 Transición de la Filosofía escolástica á la Filosofía moderna 11." EL RENACIMIENTO.

 Con la decadencia de la Filosofía escolástica, inicia da , promovida y desarrollada por las diferentes causas que dejamos apuntadas, durante los siglos xiv y xv, coinciden y vense germinar ya desde el primer tercio del último los primeros síntomas del Renacimiento, el cual á su vez puede ser considerado como el punto de partida y como la forma general del movimiento filo sófico que representa la transición de la Filosofía esco lástica á la Filosofía moderna.

 Pero no se olvide que este movimiento filosófico, que abraza gran parte del siglo xv y todo el siglo xvi , no debe exclusivamente su existencia y su naturaleza al solo Renacimiento. Aunque iniciado por éste é informado generalmente de su espíritu renaciente ó neopagano , debió en gran parte su desarrollo, sus manifestaciones y sus carac teres á otros grandes sucesos contemporáneos, cuales fueron, entre otros , la invención de la imprenta , el descubrimiento del Nuevo-Mundo, los viajes á la In dia , las luchas doctrinales provocadas por el protes tantismo , las invasiones crecientes de los legistas y del poder civil contra la Iglesia , la formación y pre ponderancia de la clase media , las tendencias secula- rizadoras y absolutistas de los gobiernos , y hasta las guerras político-religiosas de la época. La fermentación producida en los espíritus por to das estas causas , unida á la fascinación causada en los mismos por el Renacimiento , ó digamos por la súbita aparición de las artes , de las letras y de la Filosofía greco-romanas, produjo ese movimiento filosófico, confuso , desordenado y complejo , que llena los si glos xv y xvi, y que representa la transición de la Fi losofía escolástica á la moderna , ó , si se quiere , el predominio y victoria de ésta sobre aquélla. 

El espíri tu humano, atraído por la belleza plástica de la forma griega, desdeñó la belleza ideal y moral de las artes cristianas; lisonjeado en su orgullo y en su afán de independencia por los predicadores del libre examen, fascinado y lleno de entusiasmo en presencia de los nombres , de los escritos y de los sistemas de los anti guos filósofos de la Grecia, marchó desatentado y como ebrio en todas direcciones, abandonando el terreno firme de la subordinación de la idea filosófico-racional á la idea cristiana , echando en olvido y hasta menos preciando aquella sobriedad científica de que tan bri llantes ejemplos diera la Filosofía escolástica en sus grandes y nobles representantes. 

Y la Filosofía del Re nacimiento ó de esta época de transición , salvas algu nas excepciones , se le vantó airada contra la Filosofía escolástica , en vez de levantarla de su decadencia, en vez de corregir sus abusos y defectos, en vez de resti tuirla al buen camino de que se había separado, en vez de perfeccionarla y desarrollarla en sus ideas y solu ciones , y , sobre todo , en vez de completarla y agran dar sus horizontes y sus aplicaciones por medio del cultivo de las ciencias físicas, exactas y naturales. Si el espíritu humano , en vez de seguir en el orden filo sófico la tendencia neopagana y racionalista del Rena cimiento, hubiera restaurado la Filosofía escolástica, completándola y perfeccionándola , y en el orden reli gioso , en vez de recibir la influencia protestante con sus naturales frutos, el racionalismo y naturalismo, hubiera seguido desenvolviéndose y progresando bajo la influencia del Catolicismo, ¿cuál sería hoy el esta do de la Europa? ¿Se hallaría , como se halla, agitada y conmovida por tan funestos presentimientos acerca de su porvenir? ¿Estaría tan amenazada y corroída por esas doctrinas y costumbres de sensualismo universal y por las corrientes ateo-socialistas? Problema es este que bien merece fijar la atención de los hombres que piensan, al menos de aquellos para quienes la Filoso fía de la historia entraña algo más que la concepción determinista , y para quienes la historia de la huma nidad es algo más que lina rama de la física. 

I 2." CARACTERES GENERALES DE LA FILOSOFÍA EN LA ÉPOCA DE TRANSICIÓN. 

«Entre la Filosofía escolástica , escribe V. Cousin, y la Filosofía moderna, está la que con justicia podría apellidarse Filosofía del Renacimiento, porque siesta Filosofía es algo , es aute todo una imitación de la an tigüedad. Su caracteres casi enteramente negativo: rechaza la escolástica , aspira á algo nuevo , y forma lo nuevo con la antigüedad. En Florencia se traduce á Platón y los alejandrinos, fúndase una Academia llena de entusiasmo, desprovista de crítica, en la cual se amalgaman, como en otro tiempo en Alejandría, Zo- roastro , Orfeo , Platón, Plotino y Proclo , el idealismo y el misticismo , un poco de verdad y mucha locura. Aquí adoptan la Filosofía de Epicuro, ó sea el sensua lismo y el materialismo ; allí se abrazan cou el estoi cismo ; eu otra parte se entregan al pirronismo. 

Si casi por todas partes es combatido Aristóteles, es el Aris tóteles de la Edad Media , es el Aristóteles de Alberto Magno y de Santo Tomás, el Aristóteles que, bien ó mal comprendido , había servido de fundamento y de regla á la enseñanza cristiana ; pero se estudia á la vez y se invoca el verdadero Aristóteles, y en Bolonia y en Roma , por ejemplo, se sirven de él para atacar al Cristianismo. Eu realidad, esta pequeña época uo cuen ta hombre alguno de genio que pueda ponerse en pa rangón con los grandes filósofos de la antigüedad , de la Edad Media y de los tiempos modernos : no produ jo monumento alguno duradero, y si se la juzga por sus obras, hay motivos para ser severo cou ella.» Sin ser completo en todas sus apreciaciones , este pasaje de Cousin expresa con bastante exactitud los caracteres generales de lo que el escritor francés llama Filosofía del Renacimiento, lo mismo que nosotros apellidamos Filosofía de transición escolástico-moder na. 

El carácter más general de ésta es la imitación ar tificial y exagerada de la antigüedad , y , como conse cuencia y aplicación de ésta, el culto de la forma con preferencia y hasta con perjuicio del fondo ; la lucha contra la escolástica, y con bastante frecuencia, y como medio y resultado de esta lucha , la oposición y nega ción de las ideas cristianas , que entonces, como hoy, como siempre, tuvieron y tienen el privilegio de con citar las iras , los ataques apasionados del indiferentis mo religioso , del racionalismo, de la incredulidad. Todos estos caracteres, junto con los opuestos y variados elementos filosóficos de la antigüedad paga na, se encuentran amalgamados y como sincretizados en los principales representantes de esta Filosofía de transición , pero en proporciones muy diferentes , re sultando de aquí escuelas y direcciones de tan diversa índole y de tan varios matices, que es empresa harto difícil establecer orden y método en su historia. Porque ello es cierto, que es cosa nada fácil clasificar con precisión y exactitud las escuelas y sistemas que lle nan este período histórico , en medio de la confusión producida por el choque entre el principio escolástico- cristiano y el principio neopagano , entre la idea ge- nuínamente católica de la Edad Media, y la imitación entusiasta , exclusivista y avasalladora de la antigüe dad greco-romana y de los filósofos gentiles. Procuraremos , no obstante, acercarnos á una cla sificación exacta y completa en lo posible, y al efecto dividiremos el contenido filosófico de esta época en las siguientes escuelas ó direcciones: escuela platónica, ó, si se quiere, neoplatónica ; escuela aristotélica; es cuela antiaristotélica ; escuela físico-naturalista ; es cuela teosófico - naturalista ; escuela independiente; escuela filosófico-política. Despuésde esto, hablaremos del movimiento filosófico en el seno del protestantis mo, de la Filosofía tradicional ó escolástico-cristiana, y, por último, de la escuela escéptica.

 I 1 3.° ESCUELA PLATÓNICA. 

Esta escuela renaciente, que pudiera ser denomi nada escuela platónico-itálica, en atención á que casi todos sus representantes florecieron en Italia, debió su primer impulso al griego Jorge Gemisto , que se dió á sí mismo el nombre de Pletlion, ó que le dieron sus admiradores (qucisi alius Plato, novus Plato) y discípu los. Habiendo venido á Italia para asistir al Concilio de Florencia en 1438, comenzó á exponer y preconizar en aquella ciudad la Filosofía de Platón , produciendo grande entusiasmo por las doctrinas de este filósofo en casi toda la Italia. En realidad, lo que Jorge Gemisto enseñaba no era la doctrina propia ó pura de Platón , sino amalgamada con las teorías de los alejandrinos , ó sea según las in terpretaciones y sentido del antiguo neoplatonismo. 

 Como todos los partidarios de esta escuela en este pe ríodo del Renacimiento , Gemisto ataca con encarniza miento á Aristóteles, especialmente en las teorías que se refieren á la teología y la moral. Los argumentos del fundador del Liceo contra las ideas de Platón, y la doctrina del mismo acerca de las substancias primeras y segundas , son también objeto de vivos ataques y de apasionadas refutaciones por parte del filósofo rena ciente. Á juzgar por algimos pasajes é indicaciones de sus obras , y con especialidad de la que :on el título de Tratado de las Leyes se publicó en 1858 , en con cepto de obra inédita, el filósofo bizantino llevaba su entusiasmo hasta el puuto de reemplazar la religión cristiana por el misticismo alejandrino ó neoplatónico, si en su mano estuviera. Plethon inspiró también al duque deToscana, Cosme deMédicis, extremado amor á la Filosofía de Platón , hasta el punto que, según el testimonio del mismo Marsilio Ficino, la idea ó pro yecto de fundar la Academia Platónica florentina , que tan famosa llegó á ser en Italia, surgió en la mente del citado Cosme de Médicis al oir á Plethon (1) ensalzar las excelencias y profundidad de la Filosofía del fun dador de la Academia. La campaña emprendida por Gemisto contra Aris tóteles y en favor de Platón, fué continuada, aunque con más moderación y con más puro seutido cristiano, por el famoso Besarión, el cual nació en Trebisonda, año de 1388, asistió al Concilio de Florencia como Arzobispo de Nicea,fué después Patriarca de Cons- tantinopla y hecho más adelante Cardenal de la Iglesia romana, cuyos principios y cuya doctrina enseñó y (1) «Magnus Cosmus, escribe Ficino en su prólogo á la traduc ción de las Enneadas de Plotino, senatus consulto patriae pater, quo tempore concilium inter Graecos atque Latinos sub Eugenio Pontí fice Florentiae tractabatur, philosophura graecum nomine Gemistum, coguomine Plethonem, quasi Platonem alterum, de mysteriis plato- nicis disputantem frequenter audivit. E cujus ore fervente sicafílatus est, protiuus ut inde academiam quamdam alta mente conceperit, hanc opportuno primo tempore parilurus » practicó constantemente después del Concilio : falleció en Noviembre de 1472. 

En su obra principal, ó al menos más conocida, Adversus calumniatorem Platonis, escrita contra Ja Comparatio Aristotelis et Platonis del aristotélico Jorge de Trebisonda, Besarión ensalza y coloca á Platón so bre Aristóteles, pero procurando al mismo tiempo hacer justicia al último y evitando las exageraciones y exclusivismos de Plethon. El Cardenal griego prestó además servicios importantes á las letras y la Filosofía, traduciendo los Memorabilia de Jenefonte, y principal mente con sus versiones, algo defectuosas por dema siado literales, de la metafísica de Aristóteles y de los fragmentos metafísicos de Teofrasto. 

§ 4." MARSILIO FICINO. El discípulo más notable de Gemisto Plethon, y á la vez el representante principal del platonismo italiano del Renacimiento, fué Marsilio Ficino, que nació en Florencia por los años de 1433, y murió en 1499. Mé dico afamado y literato eminente, fué puesto por Cosme de Médicis al frente de la Academia platónica que fundó en Florencia hacia el año de 1460. Llevado de sus aficiones platónicas con tendencias alejandrinas, puede decirse que dedicó gran parte de su vida á po pularizar entre los hombres de letras la doctrina y las obras no sólo de Platón, sino de Plotino, Jámblico, Porfirio y algunos otros neoplatónicos. El médico fio rentino completó y afirmó estos trabajos de propa ganda , por medio de un tratado notable que lleva por título: Theologia platónica de immortalitate animorum. El platonismo de Marsilio Ficino no es exclusi vista, ni tampoco anticristiano, como el de algunos de sus contemporáneos. 

El filósofo de Florencia admitía y combinaba con el elemento platónico, no sólo bas tantes elementos alejandrinos, sino algunas ideas y concepciones aristotélicas, rebatiendoá la vez y recha zando las interpretaciones averroísticas de algunos acerca de la naturaleza del entendimiento humano según Aristóteles. Lejos de seguir la tendencia anticristiana de su maestro Plethon y de algunos otros, Ficino encamina sus esfuerzos á demostrar y poner de manifiesto la con formidad y armonía de la Filosofía platónica con la doctrina cristiana. Su Theologia platónica de immortalitate animorum, no es un simple tratado de psicología, como pudiera hacer sospechar su título, sino que es también un tra tado más ó menos completo de teodicea cristiana, en que se discuten muchos problemas teológicos y meta- físicos. En armonía con su espíritu amplio y conci liador, Ficino propende á la doctrina de Aristóte les sobre algunos puntos importantes , y , á pesar de sus aficiones platónicas, enseña con Aristóteles que el alma racional es forma substancial del hombre: Mena igitur forma illa est, per quam quisque nostrum in humana specie collocatur. Entre las muchas razones que aduce para demos trar la inmortalidad del alma , hay algunas excelentes, y otras que presentan cierto aspecto de originalidad. Sin embargo de lo dicho, descúbrese con bastante frecuencia en sus obras al discípulo de Platón y de los neoplatónicos alejandrinos, con los cuales enseña, en tre otras cosas , no ya sólo que las esferas celestes es tán animadas, sino que la tierra , el agua, el aire y el fuego tienen cada cual su alma propia: Globo terreno una anima sufficit.... Animam suam habeat aer , snam ignis, eadem rotione qua ierra suam, etaqua. Simili- ter octo coelorum globi animas ocio. 

El filósofo florentino atribuye al alma de la tierra el origen de los animales que se decían producidos ex putrescente materia (1), negando, por consiguiente, lo que hoy se llama generación espontánea. Marsilio Ficino y el cardenal Besarión pueden y deben ser considerados como los representantes más genuínos y racionales de la escuela platónica del Re nacimiento. Al mismo tiempo que vulgarizaban las obras del filósofo ateniense, y llamaban la atención sobre la excelencia de su Filosofía, hacíanlo con la mesura propia de los hombres superiores, sin descono cer ni negar en absoluto la importancia filosófica de Aristóteles y de los escolásticos, y, sobre todo, de mostrando con su pluma y con su ejemplo que la res tauración de la Filosofía, de las ciencias y de las artes antiguas , como elemento parcial del progreso, podía y debía llevarse á cabo sin renegar de la Iglesia cató lica , ni atacar sus instituciones. (1) «Quapropter berbae animantesque, quae sola putrefactione nasci videntur in térra, nou rainus a propriis causis oriri debent quam quae propagatione nascuntur. Sed ubinam sunt hae propriae causae? Procul dubio in terrena vita, sunt terrenarum vitarum cau- saepropriae.... Erunt igiturillae causae in anima terrae.» Theol.plat., de immort. anim ., lib. ív , cap. i. |

 5.° CONTINUACIÓN DE LA ESCUELA PLATÓNICA. 

El famoso Juan Pico de la Mirándula , que nació en 1463 y falleció en 1494, cuando contaba poco más de treinta años , fué discípulo de Marsilio Ficino , cuya dirección neoplatónica siguió, pero mezclada y modi ficada con ideas místicas y cabalísticas. Fué hombre de vastos y universales conocimientos, muy superio res á sus pocos años; cultivó especialmente la Filoso fía , la Teología , el hebreo y algunos otros dialectos semíticos , el griego , la astronomía , ó, mejor dicho, la astrología , y en 1486 se presentó en Roma , invitan do á todos los sabios de Europa, cuyos gastos de viaje se ofrecía á satisfacer, para que acudieran á discutir novecientas conclusiones que publicó y se comprome tía á defender , tomadas de toda clase de ciencias y materias. 

La discusión no se llevó á cabo , porque se suscitaron dudas y dificultades acerca de la ortodo xia (1) de algunas de aquellas proposiciones. En los últimos años de su vida , Pico se entregó al estudio casi exclusivo de las Sagradas Letras, distribuyó á los pobres gran parte de su rico patrimonio, muriendo en la práctica de las virtudes cristianas. 

Aunque los historiadores de la Filosofía suelen co locar á Pico de la Mirándula entre los representantes (1) Mirándula escribió una apología de las tesis tachadas ó acu sadas de heterodoxia, y en 1493 Alejandro VI publicó un rescripto ó breve favorable a la ortodoxia , al menos personal, del autor de las tesis citadas. de la escuela platónico-itálica, la verdad es que este filósofo , ó , digamos mejor, este escritor filosófico tie ne más de ecléctico y cabalista que de platónico. Cierto es que manifiesta alguna predilección y atribuye cierta superioridad á la doctrina de Platón y de sus discípulos (quorum doctrina..... ínter omnes philosophias , habita est sanctissimaj , gloriándose de haberla popularizado por primera vez en Italia (et a me mine primum , quod sciam...., est in publicum allataj en algunas de sus partes; pero no es menos cierto que también se gloría de conocer , comparar y discutir las opiniones de las diferentes escuelas ( non unius modo , sed omnigenae doctrinae piadla in médium afferre rolui), para llegar á la verdad por medio de la comparación y discusión de los sistemas y escuelas de Filosofía: ut hac coniplu- rium sectarum collatione ac multifariae discussione philosophiae, Ule veritatis fulgor.... illucesceret. En armonía con esta tendencia ecléctica , Pico se propuso conciliar los textos y sentencias que aparecen discordes en los principales filósofos, buscando concor dia entre Platón y Aristóteles (Platoni Aristotelisque concordiam), entre Scoto y Santo Tomás, y hasta entre Averroes y Avicena: in quibus Scoti et Thomae, phires in quibus Averroes et Avicennae sententiae, quae dis cordes eocistimantur, concordes esse nos assevera- mus (1). 

(1) Á pesar de estas ideas sincréticas, y en medio do sus tenden cias conciliadoras, el discípulo de Ficino conserva y descubre sus preferencias platónicas, según se desprende, entre otros, del siguiente curioso pasaje, en el cual Pico expone concisamente su juicio acerca de los principales filósofos, asi gentiles como cristianos. Después de hablar con encomio de Trimegisto , Pitágoras , Platón y Aristóteles , añade: «Atque ut a nostris, ad quos prostreino philosophia pervenit, nunc Gomo la mayor parle de los platónicos, Pico admite y supone que los cielos son cuerpos animados (1); pero lo que principalmente caracteriza y desvirtúa la doc trina del discípulo de Ficino, es la importancia y el valor científico que concede á la astrología , la magia, y, sobre todo, á la cabala 

(2). exordiar : est in Joanne Scoto, vegetuin quiddam atque discussum : in Tlioma, solidum et aequabile: in Egidio, tersum et exactum : in Fran cisco, acre et acutum : in Alberto, priscum, amplum et grande: inHen- rico , ut mihi visum est, semper sublime et venerandum. Est apud Arabes, inAverroe firinum et inconcnssum: in Avempace et Al- pharabio, grave et meditatum: in Avincenna, divinum atque plato- nicum. Et apud Graecos, in universum quidem, nítida , in primis et casta philosophia. Apud Tliemistium, elegaus et compendiaría. Apud Alexandrum , constans et docta. Apud Theophrastum, graviter elaborata. Apud Annnonium , enodis et gratiosa. Et si ad platónicos te converteris, ut paucos percenseam: in Porphyrio, rerum copia, et multijuga religione delectaberis: in Jamblico, secretiorein philoso- phiam et barbarorum mysteria veneraberis : in Plotino, primum quidquam non est quod admireris, qui se undique praebet admíran- dum, quem de divinis divine, de humanis longe supra hominemdoc ta sermonis obliquitate loquentem, sudantesplatonici vix intelligunt.» Op. Omnia., t. i, pág. 32o. Aun cuando se prescindiera de las palabras referentes á Plotino y demás neoplatónicos alejandrinos, las preferencias platónicas de Pico se revelan suficientemente en los calificativos y epítetos con que dis tingue a Enrique de Gante y Alberto Magno , que son los que más se acercan á Platón entre los escolásticos que cita. 

(1) «Qui negat coclum esse animatum, ita ut motor ejus non sit forma ejus, non solmn Aristoteli repugnat, sed totius pliilosopbiae fundamenta destruit.» (2) He aqui algunas proposiciones relacionadas con este punto, y que forman parte de las novecientas conclusiones á que antes liemos aludido: Nullti est sdeutiu quae nos mugís cartipcut de divinilate Christi, quam Magia el Cabala.— Quaelibet ro.r virtutem Imbél in Ma gia , in quantum Dei vor,e formular. — Sicut ligiuni David operi Ca- balae mirabiliter deserriunt, ¡la litjmui Orphei uperi vero lidtae et natural i a Magiar.—Nihil habebit firmnm in opere qui Veslam non 2 TOMO 111. 

 Francisco Pico de la Mirándula, sobrino del ante rior, cuya biografía escribió, fué también hombre de letras, y siguió la dirección y tendencias de su tío, es pecialmente en la parte místico-cabalística. Análoga dirección siguieron dos. escritores alema nes, que tuvieron más de literatos que de filósofos en el sentido propio de la palabra. El primero, llamado Juan Reuclüin, que nació en 1455 y falleció en 1522, se distingue por las doctrinas, ó, mejor dicho, ten dencias neoplatónico-cabalistas que ofrecen sus dos obras principales, que son De arte callalistica la una, y De verbo mirifico la otra. Esta última está escrita en forma de conferencia entre un gentil, un judío y un cristiano. Sus ataques contra las Órdenes religiosas y contra Roma, junto con los de su contemporáneo Ul- rico de Hutten, prepararon el advenimiento del pro testantismo. El segundo representante de la dirección indicada fué Enrique Cornelio Agrippa, que nació en Colonia en 148G, y murió en Grenobleaño de 1535. Los escritos de Agrippa, además de sus tendencias pitagórico-pla atraxerit.— Qni cunjunxm t Astrologiam Cabuhie , videbit quodsab- batinare et qniescere, convenientius fit posl Chrístum die dominico quuui die sabbuti.—Per mysterium duarum litterarum Van et Jod, scitur quomodo ipse Messias ut Deus, fuit principimn suipsius ut homo. —Ego animan, nostram sic dece ni Sephirot adapto , ut per unitatem sit cum prima , per inteliectum cum secunda, per rationem cum ter- tia , etc.— Qui sciverit quid sit denarius in Arithmetica form ali, et cognoverit naturum prim i nnmeri sphaeriei, sciet illud quod ego adhuc apud ahquem Cabalistam non legi, et est quod sit fmulamentum secreti magni Jobelei in Cabala. Estas y otras proposiciones no menos extra vagantes, junto con algunasmás peligrosas, teológicamente conside radas , prueban que no anduvieron descaminados los que las impug naron y se opusieron á su defensa pública. tónicas, conceden mucha importancia á la magia, que divide en natural, celeste y religiosa, ^us obras más importantes como escritor filosófico, son la que trata De occulta philosophia, y la que lleva por título : 

De incertitudine et vanitate scientiarnm, en las cuales, y principalmente en la última , abundan las ideas escép ticas y se descubren también reminiscencias lulianas. Agrippa fué como el precursor de los Paracelsos, Cardanos y otros médicos aventureros, que llamaron la atención de las gentes con sus teorías y prácticas cabalísticas y con sus excursiones desordenadas por el campo de la Filosofía y de las ciencias. Reuchlin, humanista acaso el más notable del si glo xv, representa la reacción exagerada de las letras humanas contra los defectos y vicios de la escolástica en este concepto, defectos y vicios que á la sazón ha bían llegado á su apogeo con el dominio de la escuela nominalista, representada por entonces en la Alema nia por Gabriel Biel, compatriota y amigo de Reuchlin. En honor de éste, es justo recordar que se mantuvo firme y murió en la fe católica, á pesar délas solicita ciones reiteradas y vivas de Lutero para atraerle á su partido, y á pesar de haber visto á su sobrino Me- lanchton apostatar del Catolicismo para convertirse en auxiliar y defensor de la falsa Reforma.

viernes, 27 de febrero de 2026

UNA VENTANA AL MUNDO ISAAC BASHEVIS SINGER Traducción de Andrés Catalán fragmento

 


UNA VENTANA AL MUNDO

Este volumen reúne seis relatos del premio Nobel Issac Bashevis Singer, seis obras maestras inéditas (a excepción de El huésped, publicado en nuestra colección Minilecturas). El mundo descrito por Isaac Bashevis Singer en sus novelas y cuentos evidencia la destrucción de una cultura amenazada, pero esta destrucción no está descrita por Bashevis Singer como un proceso procedente del mundo exterior, sino del propio interior de las familias judías, más permeables a la modernidad de lo que se creía. Así, sus personajes son jóvenes destinados a ser rabinos que pierden la fe, mujeres judeo-polacas que se marchan al extranjero o que se casan con gentiles, o familias que después de hacer fortuna se olvidan de sus propias tradiciones.

UNA VENTANA AL MUNDO Y OTROS RELATOS

ISAAC BASHEVIS SINGER

 

Traducción de

Andrés Catalán

 


 

 

 

Título original: Job and Other Stories

 

© 1972 por Isaac Bashevis Singer. Publicado por acuerdo con The 2015 Zamir Revocable Trust a través de Susan Schulman Literary Agency LLC, Nueva York, y ACER
© De la traducción: Andrés Catalán

 

Edición en ebook: febrero de 2022

 

© Nórdica Libros, S.L.

C/ Fuerte de Navidad, 11, 1.º B

28044 Madrid (España)

www.nordicalibros.com

 

ISBN: 978-84-18930-58-4

 

Diseño de colección: Filo Estudio e Ignacio Caballero

Corrección ortotipográfica: Victoria Parra y Ana Patrón

Composición digital: leerendigital.com

INVENCIONES

Desde que me mudé al campo me empieza a vencer el sueño sobre las diez de la noche. Me retiro a la misma hora que mis periquitos y que las gallinas del gallinero. En la cama hojeo Fantasmas de los vivos, pero no tardo mucho en tener que apagar la luz. Un sueño sin sueños —o uno con sueños que no recuerdo— se apodera de mí hasta las dos de la mañana. A esa hora me despierto completamente descansado, la cabeza como un hervidero de planes y posibilidades. En la noche de invierno que describiré se me ocurrió escribir una historia sobre un comunista —de hecho, un teórico del comunismo— que asiste a un congreso de izquierdas sobre la paz mundial y ve un fantasma. Lo vi todo con claridad: la sala de reuniones, los retratos de Marx y Engels, la mesa cubierta con un mantel verde, el comunista, Morris Krakower, un hombre bajito y regordete con el pelo muy corto y una dura mirada tras unos quevedos de lentes gruesas. El congreso se celebra en Varsovia en los años treinta, la era del terror estalinista y los Juicios de Moscú. Morris Krakower disfraza su defensa de Stalin con una jerga de teoría marxista, pero todos captan perfectamente lo que quiere decir. En su discurso proclama que solamente la dictadura del proletariado es capaz de asegurar la paz y que, por tanto, no puede tolerarse ninguna desviación a derecha o a izquierda. La paz mundial está en manos del NKVD.

Tras los informes los delegados se reúnen a tomar una amistosa taza de té. El camarada Krakower no deja de pontificar. Oficialmente es uno de los delegados pero en realidad no es sino un representante de la Comintern. Su perilla recuerda a la de Lenin; su voz tiene un duro timbre metálico. Conoce a fondo el marxismo y sabe hablar varios idiomas; ha dado conferencias en la Sorbona. Dos veces al año viaja a Moscú. Y, como si lo anterior no fuera suficiente, es también hijo de un hombre rico: su padre posee algunos pozos de petróleo cerca de Drohobycz. No le hace falta ser un funcionario a sueldo del Partido.

Morris Krakower se maneja bien en las conspiraciones, pero en esta ocasión las intrigas no son necesarias. La prensa puede asistir a las sesiones; la policía ha infiltrado a sus espías, pero Morris no ha de temer un arresto. Incluso si fuera arrestado, no sería una gran tragedia. En la cárcel podría dedicar su tiempo a leer. Sacaría clandestinamente panfletos de su puño y letra para despertar a las masas. Unas pocas semanas en prisión no pueden sino reforzar el prestigio de un trabajador del Partido.

Fuera cae la helada. Hacia el atardecer empieza a nevar. El té se da por acabado y Morris Krakower se dirige a su hotel. Las calles son suaves, campos blancos a través de los cuales los tranvías se deslizan medio vacíos. Los comerciantes han bajado las persianas y duermen a pierna suelta. Sobre los tejados brillan innumerables estrellas. Si hay seres inteligentes en otros planetas, medita Krakower, quizás sus vidas también estén reguladas por planes quinquenales. Se sonríe ante la idea. Sus gruesos labios se separan, dejando entrever unos dientes grandes y cuadrados.

En el bordillo está sentada una loca. Junto a ella hay una cesta llena de viejos periódicos y harapos. Ensimismada y despeinada, y con un fiero brillo en los ojos, conversa con sus demonios. En algún lado maúlla un gato. Un vigilante nocturno vestido con una chaqueta de piel y una capucha comprueba los cierres de los comercios. Morris Krakower entra en su hotel, recoge la llave en la recepción y sube en ascensor hasta el cuarto piso. El largo pasillo le recuerda a una prisión. Abre la puerta de su habitación y entra. La camarera ha cambiado las sábanas. No tiene más que desvestirse. Mañana el congreso empieza tarde, así que Morris podrá recuperar algo de sueño.

Se pone un pijama nuevo. ¡Qué poco carismático es un líder descalzo enfundado en un pijama que le queda grande! Se acuesta en la cama y apaga la luz de la mesilla. La habitación es oscura y fría, y se queda dormido de inmediato.

De repente, siente que a sus pies alguien tira de la manta. Se despierta. ¿De qué se trata? ¿Hay un gato en la habitación? ¿Un perro? Se sacude el sueño de encima y enciende la luz. No, no hay nadie. Lo debe de haber imaginado. Apaga la luz y se dispone a dormir, pero de nuevo alguien empieza a tirar de la manta. Morris tiene que tirar a su vez de ella para evitar quedarse destapado. «¿Qué es lo que pasa?», se pregunta. Una vez más enciende la luz. Evidentemente tiene los nervios de punta. Está sorprendido, porque goza de buena salud y últimamente ha descansado bien. Todo va como la seda en el congreso.

Retira la manta y examina las sábanas. Sale de la cama y comprueba que la puerta tiene el pestillo puesto. Echa un vistazo al armario. Nada. «En fin, supongo que estaría soñando», concluye, aunque sabe que no se trataba de un sueño. «¿Una alucinación?». Morris Krakower está enfadado consigo mismo. Apaga la luz y regresa a la cama. «¡Basta de estupideces!».

Pero claramente alguien está tirando otra vez de la manta. Morris se incorpora en la cama con tanta fuerza que hace sonar los muelles del colchón. Alguien, alguna criatura invisible, está tirando de la manta y lo hace con la fuerza de unas manos humanas. Morris no mueve un músculo. ¿Habré perdido la cabeza?, piensa. ¿Estoy sufriendo una crisis nerviosa?

Suelta la manta y la presencia invisible, el poder cuya existencia es imposible, la desliza de inmediato hasta los pies de la cama. Morris queda destapado hasta las rodillas. «¿Qué demonios es esto?», pregunta en voz alta. No quiere admitirlo, pero está asustado. Alcanza a oír los latidos de su corazón. Ha de haber alguna explicación. No puede tratarse de un fantasma.

Tan pronto como la palabra aparece en su cabeza el terror se apodera de él. Tal vez se trate de alguna clase de sabotaje. ¿Pero de quién? ¿Y cómo? La manta se ha caído de la cama. Morris quiere encender la luz pero es incapaz de encontrar el interruptor. Tiene los pies fríos pero la cabeza caliente. Sin querer tira de un golpe la lámpara de la mesilla. Salta de la cama y trata de encender la luz del techo, pero se choca contra una silla. Da con el interruptor y enciende la luz. La manta está tirada en el suelo. La pantalla de pergamino se ha desprendido de la lámpara. De nuevo Morris comprueba el armario, se acerca a la ventana y sube las persianas. La calle está blanca, desierta. Busca una puerta que conduzca a otra habitación, pero no hay tal. Se agacha y busca a tientas bajo la cama, luego abre la puerta del pasillo. No hay nadie. «¿Debería llamar al conserje? ¿Pero qué voy a decirle? ¡No, no pienso hacer el ridículo!», decide. Cierra la puerta, echa el pestillo y baja las persianas. Vuelve a echar la manta sobre la cama y coloca la pantalla en la lámpara. «Qué locura», musita.

Morris Krakower ha empezado a sudar a pesar de que en la habitación hace frío. Tiene húmedas las palmas de las manos. «Debe tratarse de algún tipo de neurastenia», se dice, tratando de tranquilizarse. Se plantea dejar la luz encendida durante un rato, pero se avergüenza de su cobardía. «¡No debo permitirme ser víctima de semejante superstición!». Apaga el interruptor y regresa con paso vacilante a la cama. Ya no es el mismo Morris Krakower seguro de sí mismo, portavoz de la Comintern. Es un hombre asustado. ¿Volverá lo que sea que hay en la habitación a tirar de la manta?

Durante un rato Morris permanece echado sin hacer un solo gesto. La manta no se mueve. Al otro lado de la ventana alcanza a oír el apagado ruido metálico de un tranvía. Se encuentra en el centro de una ciudad civilizada y no en el desierto o en el Polo Norte. «¡Todo está en mi cabeza! —razona—. ¡Tengo que dormir!». Cierra los ojos. Inmediatamente siente un tironcito. No, no es solo un tironcito sino un fuerte empellón. En un segundo tiene la manta a la altura de las caderas. Morris estira la mano, agarra la manta y trata rápidamente de tirar de ella. Pero tiene que emplear todas sus fuerzas porque su visitante nocturno está tirando enérgicamente en la dirección contraria. El visitante es más fuerte y Morris tiene que ceder. Resuella, gruñe, le insulta. El breve forcejeo deja a Morris cubierto de sudor. «¡Qué calamidad más grande!», exclama, repitiendo una expresión que usaba su madre. ¡Que semejante locura le tenga que pasar precisamente a él, entre toda la gente! ¿Qué podrá ser? «Dios santo, ¿existirán los demonios de verdad? Si es así, entonces estamos perdidos».

 

Me quedé dormido y soñé uno de esos sueños recurrentes que se repiten una y otra vez a lo largo de los años. Estoy en un sótano sin ventanas. O bien vivo ahí o lo uso como escondrijo. El sótano es profundo, oscuro, el suelo sucio está hundido e hinchado. Tengo miedo, pero sé que debo permanecer ahí durante un tiempo. Abro una puerta y me encuentro en otra pequeña habitación oscura con una cama de paja sin sábanas. Me siento sobre la cama y trato de decirme cosas tranquilizadoras para que se me pase el miedo, pero solo aumenta. Escucho ruidos. Oscuras criaturas, suaves como telas de araña, se arrastran por el pasillo, susurrando. Debo escapar, pero la salida está bloqueada. Me dirijo a una segunda salida, ¿pero es por ahí? El pasillo se estrecha, tuerce, desciende. Ya no camino sino que me arrastro, como un gusano, hacia una abertura, ¿pero la alcanzaré? ¡Un momento! Me he dejado algo en la otra habitación —un documento, un manuscrito— y tengo que regresar a buscarlo. No es la única complicación. Es extraordinario, pero unas protuberancias parecidas a cuernos han brotado de mis brazos. Los últimos segundos del sueño están llenos de tortuosos apuros demasiado extraños y numerosos para recordarlos. Toda la historia deviene rápidamente en algo absurdo, e incluso en sueños sé que debo despertarme de esta pesadilla, porque la fuerza que guía los sueños nunca se quiere arriesgar a ponerse de manifiesto. Está burlándose de sus propios mecanismos. Deja caer palabras extrañas e incoherentes, transformando la ilusión en una caricatura.

Abro los ojos y me doy cuenta de que tengo que ir al baño. ¡Vaya manera más enrevesada de hacer saber a una persona que tiene que orinar! Después regreso a la cama y me quedo echado sin moverme, asombrado de la tortuosidad del cerebro dormido. ¿Puede haber explicación para todo esto? ¿Hay alguna ley que rija las pesadillas? Una cosa es segura: este sueño se repite como el leitmotiv de una loca sinfonía.

Al rato me acuerdo de mi héroe, Morris Krakower. ¿Dónde lo dejé? Ah, sí, su silencioso oponente está tirando con más fuerza, y Morris tiene que ceder. Tan enfrascado está en el tira y afloja que durante un momento se ha olvidado de su miedo. De repente, el otro ser deja de tirar de la manta y Morris Krakower percibe una silueta. Se da cuenta de que la aparición solo trataba de llamar su atención.

No lejos de él, a los pies de la cama, se encuentra el camarada Damschak, que hace algunos años viajó a la Rusia soviética, publicó allí varias furiosas invectivas en las que acusaba a varios escritores de ser trotskistas y luego desapareció. El rostro es el de Damschak, pero el cuerpo es como si estuviera disecado, como los cadáveres que se usan en las clases de anatomía de la Facultad de Medicina. Los músculos y los vasos sanguíneos están al descubierto. Brillan con su propia luz fosforescente. Morris Krakower está tan estupefacto que vuelve a olvidarse de su miedo. La aparición se desvanece lentamente ante su mirada atónita. Durante unos pocos minutos solamente persiste algo parecido a una membrana o a una tenue tracería, no del todo allí pero tampoco desaparecida completamente. Pronto incluso esta tracería se deshace.

Morris Krakower se queda inmóvil durante lo que parecen minutos o tal vez segundos (¿quién puede medir el tiempo en tales circunstancias?). Luego extiende la mano hacia la lámpara y la enciende. El miedo ha quedado atrás. Recoge la manta, que se ha caído casi completamente de la cama. Sabe con una íntima certeza que ahora le dejará en paz. No era más que la manera del camarada Damschak de obligarle a prestar atención a su fantasma.

¿Pero cómo? ¿Y por qué? ¿Qué entender de todo esto? Desafía toda explicación científica. Como un trozo de comida atascado en la garganta, que no puede tragarse ni expulsarse por mucho que uno tosa, en la cabeza de Morris ha surgido una pregunta que no puede responderse ni pasarse por alto. Su cerebro se paraliza. Que él recuerde, es la primera vez que se ha quedado sin ninguna idea, como si su mente estuviera flotando en el vacío. Tiene frío, pero no se tapa. Solo tiene una esperanza: que no haya sido más que un sueño. Pero algo le dice que es capaz de percibir la diferencia entre el sueño y la realidad. Echa un vistazo al reloj en la mesilla: son las tres y cuarto. Se acerca el reloj al oído y escucha el funcionamiento de su mecanismo interno. Por la calle pasa un tranvía y alcanza a oír el chirrido de las ruedas. La realidad sigue estando ahí fuera.

Durante un buen rato, Morris se queda sentado en la cama sin una sola idea, sin una sola teoría: un leninista que acaba de ver un fantasma. Luego se tumba, se tapa, y apoya la cabeza sobre la almohada. No se atreve a apagar la luz, pero cierra los ojos.

«En fin, ¿qué se hace en una situación así?», se pregunta, y no es capaz de dar con una respuesta. Se queda dormido, y al volver a despertarse sabe la respuesta: todo fue un sueño. En caso contrario, él, Morris Krakower, tendría que renunciar a todo: al comunismo, al ateísmo, al materialismo, al Partido, a todas sus convicciones y responsabilidades. ¿Y qué haría entonces? ¿Convertirse a la religión? ¿Rezar en la sinagoga? Son cosas que un hombre no debe reconocer, ni siquiera ante sí mismo. Hay secretos que uno ha de llevarse consigo a la tumba.

Una cosa está clara: el verdadero Damschak no estaba aquí, porque su cuerpo está en Rusia. Lo que Morris vio fue una imagen mental que por alguna razón decidió formar su cerebro. Quizás porque Morris y Damschak fueron buenos amigos, y aún no ha hecho las paces con el hecho de que Damschak lo traicionara en Rusia. Es posible soñar mientras se está despierto.

Morris Krakower vuelve a dormirse. Por la mañana, cuando sube las persianas, el sol baña de luz la habitación. El día de invierno es tan brillante como si fuera verano. Morris revisa la manta. Encuentra las marcas que sus dedos han dejado en el tejido. Parece estar deshilachado en algunos sitios. ¿Y qué prueba esto? No hay duda de que tiró de la manta. Pero el otro extremo de la misma no muestra ninguna señal de lucha. El fantasma no ha dejado rastro.

El breve discurso que el camarada Krakower pronuncia esa tarde carece de la lógica, la seguridad y la soltura del que pronunció el día anterior. Tartamudea de vez en cuando; se equivoca. No deja de quitarse y volver a colocarse los quevedos sobre la nariz. La esencia de su discurso es que actualmente solo existe un partido revolucionario: el Partido Comunista. El órgano principal del Partido es el Comité Central, su secretariado. Dudar del partido es dudar de Marx, Lenin, Stalin, del triunfo definitivo del proletariado: en otras palabras, pasarse al bando del capitalismo, el imperialismo, el fascismo, la religión, la superstición.

jueves, 26 de febrero de 2026

cuentos de Evelyn Waugh prólogo

 


Los cuentos de Evelyn Waugh son la muestra concentrada de su genio cómico. Revelan con una perfección en miniatura todos los elementos que hacen de él el mayor escritor cómico del siglo XX. En las treinta y nueve historias que se recogen en este volumen se hallan concentrados el conocimiento del mundo, la ternura, la compasión y el idealismo complejo, desengañado y sin embargo convincente característicos del autor. Entre ellas, encontramos pequeñas obras maestras como «La breve salida del doctor Loveday» y «La Europa moderna de Scott-King»; un final alternativo a la novela Un puñado de polvo, un capítulo perdido en la vida de Charles Ryder, el héroe de Retorno a Brideshead y dos historias relacionadas entre sí que formaban parte de una novela abandonada considerada por Waugh como su mejor obra.

«Waugh es un maestro del comienzo con garra, del humor expresado como quien no quiere la cosa, de las situaciones maliciosamente irónicas, y se vale del lenguaje con tal elegancia que este volumen debería servir, en un momento de renovado interés por el relato corto, como manual de las infinitas posibilidades del género». Publishers Weekly

miércoles, 25 de febrero de 2026

GISÉLE SAPIRO LA SOCIOLOGÍA DE LA LITERATURA INTRODUCCIÓN



  Introducción

La sociología de la literatura tiene por objeto de estudio el hecho literario en tanto hecho social. Esto implica una doble interrogación: sobre la literatura como fenómeno social, del que participan muchas instituciones e individuos que producen, consumen, juzgan las obras; y sobre la inscripción en los textos literarios de las representaciones de una época y de las cuestiones sociales. Esta proposición aparentemente simple genera muchas preguntas. ¿Qué entendemos por texto de referencia? ¿Una obra tal como la publicó su autor? En ese caso, ¿qué sucede con las obras de Kafka dadas a conocer por Max Brod tras su muerte? ¿O con las diferentes versiones publicadas por un autor? ¿O incluso con las variantes que hallamos en los manuscritos? ¿Debemos preguntarnos por la génesis de la obra e inscribirla, como lo hace Sartre, en un “proyecto creador”? ¿O acaso por su interpretación, que puede variar según los lectores y las épocas? En efecto, la significación de una “obra” o de toda una producción cultural no es reductible a la intención de su autor. Más allá de que el autor no siempre es consciente de lo que hace, la significación de la obra depende de dos factores que escapan al productor. 

En primer lugar, el sentido de una obra no solo reside en su construcción interna, como pretenden los hermeneutas, sino también en un espacio de posibles nacional o internacional, delimitado por el conjunto de las producciones simbólicas presentes y pasadas en el que se sitúa la obra en cuestión en el momento de su primera publicación o las subsiguientes. En ese ► 13 sentido, la obra singular se define por su relación con otras producciones a partir del tema, el género, la composición, los procedimientos. Esta transmite representaciones del mundo social, que pueden compartir en mayor o menor medida sus contemporáneos (en función del grupo social: clase, género, nación, etnia...) y que también pueden encontrarse en textos no literarios. 

 Lo que nos conduce a la pregunta que aquí más nos interesa: ¿cuál es el contexto pertinente? ¿La biografía singular del autor, que Sartre destaca en su estudio sobre Flaubert, su grupo social de origen o de pertenencia (su clase), en el que se centran los teóricos marxistas, o acaso las características sociales de su público? ¿La literatura nacional, que fundó la historia literaria, o la literatura universal (la Weltliteratur de Goethe)? ¿Las condiciones sociales de producción y de circulación de las obras, según la proposición de los fundadores de los cultural studies, o las categorías de percepción de la cultura a la que la obra pertenece, siguiendo la tradición neokantiana que va de Cassirer a Panofsky?

 El segundo factor concierne a las apropiaciones y usos que se hacen de una obra, el sentido que se le confiere y las tentativas de anexión de las que es objeto. Estos procesos de recepción no son ajenos a la historia de la producción literaria. En primer lugar, la recepción de una obra incide no solo en su significación social, sino también en su posición en la jerarquía de los bienes simbólicos, ya sea tanto por su recepción crítica como por su difusión en librerías (ubicación en las mesas de librerías, listas de los libros más vendidos, etc.). En segundo lugar, estando en vida el autor o la autora, la recepción suele afectarles, y probablemente tenderán a modificar o ajustar su “proyecto creador” en función de las reacciones y de las expectativas generadas. 

En tercer lugar, las (re)apropiaciones de obras del pasado, o provenientes de otras culturas, se hallan en el corazón de los mecanismos de reproducción o de renovación del espacio de posibles literarios: Lautréamont exhumado por los surrealistas contra los escritores de su tiempo, Dos Passos o Faullkner honrados en Francia por Sartre contra las formas novelescas clásicas del siglo xix, Flaubert reivindicado por el nouveau román contra la 14 < LA SOCIOLOGÍA DE LA LITERATURA literatura comprometida; estos pocos ejemplos bastan para de mostrar el papel que desempeñan las apropiaciones en la historia de la literatura. Como muchos ámbitos especializados (por ejemplo, la so ciología del derecho), la sociología de la literatura se debate entre la sociología y los estudios literarios, pero también padece la larga historia de tensiones y fricciones entre ambas disciplinas: la primera se constituyó en tal como un desprendimiento de la cultura humanista que prevalecía a fines del siglo xix, mientras que los segundos rechazan hasta ahora cualquier enfoque “de terminista” de la literatura (sobre los “malentendidos” entre am bas disciplinas, véase Meizoz, 2004: 17). 

En efecto, la sociología de la literatura ha tenido que vencer la resistencia a la objetivación basada en la creencia en la naturaleza indeterminada y singular de las obras literarias. Demasiado “sociológica” para los literatos y demasiado “literaria” para los sociólogos, afiliada en algunos países a la literatura y, en otros, a la sociología, sufre de una ausencia de institucionalización que contrasta con la riqueza de los trabajos producidos en su ámbito desde hace medio siglo. 

El diálogo comprometido entre literatos y sociólogos, que tiende a ampliarse más allá de las crispaciones disciplinares, abre vías de colaboraciones prometedoras, que este libro busca alentar (véase Desan, Parkhurst Ferguson y Griswold, 1988; Baudorre, Rabaté yViart, 2007). En relación con las valiosas síntesis que la han precedido (Dirkx, 2000; Aron y Viala, 2006), la presente obra se propone describir los avances más recientes de investigaciones en este área en plena expansión, haciendo hincapié en el ángulo socio lógico y en la metodología (que incluye métodos cuantitativos como el análisis de las correspondencias múltiples y el análisis de redes), así como también en las intersecciones con proble máticas propias de la sociología del arte, la cultura, los medios de comunicación, la edición, la traducción, las profesiones, las relaciones sociales (de clase, género y raza), la globalización, etc., a las que aportará un enfoque inédito. En constante diálogo con los historiadores de la literatura (Lyon-Caen y Ribard, 2010), INTRODUCCIÓN ► 15 este balance también señala perspectivas de crecimiento a través del camino abierto por los gender studies y los postcolonial studies (Write Back, 2013), sin limitarse al espacio francófono (si bien ahí es donde la sociología de la literatura se muestra más viva). 

El primer capítulo traza la historia de esta especialidad y las teorías que más la han marcado, en particular, aquellas que intentaron superar la división entre análisis interno y análisis externo de las obras. Desde esta óptica, el enfoque sociológico del hecho literario es concebido como el estudio de: las mediaciones entre las obras y las condiciones sociales de su producción. Estas mediaciones se sitúan en tres niveles, que plantean distintos ejes de investigación, examinados en los capítulos siguientes: en pri mer lugar, las condiciones materiales de producción de las obras así como el modo de funcionamiento del mundo de las letras; en segundo lugar, la sociología de las obras, que va de las represen taciones que transmiten a las modalidades de su producción por parte de sus autores; en tercer lugar, las condiciones de su recep ción y apropiación, así como sus usos. 

Cada uno de los tres capítulos, ilustrados con ejemplos extraídos de investigaciones empíricas, abordará también los métodos empleados para tratar las problemáticas señaladas. A los métodos cualitativos tradicionalmente usados para aprehender el hecho literario (análisis de documentos, estudio del contenido de las obras y/o de las críticas), el enfoque sociológico añade el estudio de las trayectorias individuales — que no equivalen a la biografía— , las entrevistas y la observación etnográfica en el caso de que se trate de un objeto contemporáneo. Pero, sobre todo, los métodos cuantitativos son los que diferencian este enfoque de las aproximaciones propiamente literarias. 

En efecto, a pesar de la representación común del acto creador como singular, el proceso de producción y de recepción de la literatura no está exento de aspectos cuantificables o mensurables: propiedades sociales de los autores y de los públicos, tipos de publicaciones, soportes, géneros, redes de relaciones, etc. Ya sea a través de la prosopografía (biografía colectiva) de un grupo de escritores, el análisis de redes, el análisis lexicométrico o las encuestas 16 < LA SOCIOLOGÍA DE LA LITERATURA sobre la lectura, los enfoques cuantitativos echan luz sobre algunas particularidades, en apariencia irreductibles, de las trayectorias literarias, de las obras o de las experiencias de lectura en una configuración social dada, siempre que se los articule con análisis cualitativos más precisos. Por último, nos preguntaremos sobre las perspectivas abiertas por la desnacionalización de la historia literaria, gracias a los estudios sobre la circulación transnacional de las obras (especialmente por medio de la traducción, pero también de la imitación) y sobre las trayectorias migratorias (los efectos de las situaciones de exilio sobre la creación).

martes, 24 de febrero de 2026

TERRA NOSTRA CARLOS FUENTES



 
 








A ) JA L O N E S D E U N A M A R C H A 

1. TERRA N O STR A 
Y  E L  O T R O M U N D O Maya Schürer U n iv e rsitá t Z iiric h 

Según una definición de Malraux, «la tradición no se hereda, se conquista». Si es un punto de partida, representa asimismo una meta, algo que queda por hacer. Pero más allá de la acentuación del futuro que tal definición supone, la idea de un «ayer» realizable en cierto modo «mañana» nos remite también a la visión de un origen suspendido como virtualidad perpetua, como lo inminente y nunca alcanzado'. Eternamente vedado, el origen alimenta con su ausencia el movimiento mismo que obliga a buscarlo en el futuro, a encarnarlo como «por primera vez» —un «primera vez» siempre prometido. Un doble movimiento similar se propone en los mapas antiguos con esas tierras dejadas en blanco, todavía sin descubrir y que, al revestirse para la imaginación de signos paradisíacos, nos remiten también a un pasado remoto. Por coincidir en ellas el «principio» y el «fin», estas tierras salen, en definitiva, de las coordenadas del tiempo y el lugar para designar algo radicalmente distinto, algo que solemos designar precisamente con la palabra «origen». 1 Cf. M. Foucault, «[...] l’origine dcvenant ce que la pcnsée a encore á penser, et toujours de nouveau, elle lui serait promise dans une ¡mminence toujours plus proche, jamais accomplic». Les Mots et les choses, Paris, Galümard, 1966, p. 343.

En Terra Nostra2 de Carlos Fuentes, ese lugar «negado», hacia el cual sin embargo todo queda orientado, desde donde todo parte, ese no-lugar queda figurado, en el llamado «mapa del nuevo mundo», por un círculo negro, en torno al cual se agrupan «zonas de diversos colores» (31), compuestas de un tejido de plumas. «Es —como precisa Fuentes— la parte vedada del bosque»: Allí no hay plumajes, de allí no puede derivarse el sustento; allí nada se puede cazar, y m atar, para satisfacer el hambre del cuerpo; allí habitan los dueños de las palabras, los signos, los encantamientos. Su reino es un campo de arañas muertas [...]. (721) El hecho de que las «arañas» negras en el centro sean «animales sin tiempo» nos advierte que las zonas habitables y coloradas del Nuevo Mundo irradian no sólo en torno a un no-lugar, sino también en torno a un no-tiempo. Ahora bien, ese tejido singular figura, como lo indica la diosa Itzpapálotl, el «verdadero mapa de la tierra nueva» (471). Al contrario del mapa dibujado por los navegantes y los viajeros, éste conduce a lo «invisible»: al mundo «invisible» habitado por la diosa misma, ppr supuesto, por los dueños de las palabras, los signos, los encantamientos. Existen, pues, dos mapas-, uno que marca el avance de los exploradores y colonizadores y otro, designado como el verdadero, como el que conduce «de regreso» (470) al no-lugar y al no-tiempo del origen; a un centro que se concibe de hecho como pasaje, puesto que sólo se deja alcanzar por un movimiento de transformación tal como lo figuran la muerte y el renacimiento. En la novela, la fuerza transmutatoria de ese centro-pasaje quedará designada también de otra manera: por los pozos y remolinos, por ejemplo, en los que caen aquellos personajes que, por ser capaces luego de renacer a otro tiempo, otro mundo y otra figura, son llamados los «inmortales» (619). Entre ellos está el Peregrino, representación del primer hombre blanco que llega al Nuevo Mundo. Verdadero náufrago del Viejo Mundo, es arrojado del mar pero también del «abismo» de su propio olvido, ya que ese Peregrino desconoce tanto su lugar de nacimiento como su propia identidad. Y, en la medida en que irá avanzando luego por las tierras del Nuevo Mundo, descifrando sus enigmas, irá descubriéndose también a sí mismo, como si los caminos recorridos estuvieran dibujando los contornos de su rostro. 2 Carlos Fuentes, Terra Nostra, Barcelona, Scix Barral, 1975.

Al igual, por tanto, que esa tradición que habría que conquistar, la identidad del Peregrino se presenta bajo el signo de la exploración y conquista. Pero este avance queda imantado más que nada por una fuerza que se deja definir como deseo: como un deseo de ser que coincide con un deseo amoroso y cuyo eje es figurado por el encuentro del viajero con la diosa Itzpapálotl, la Señora de las Mariposas. Ese deseo, sin embargo, refleja y anuncia a su vez otros. Porque, a más de dibujar los contornos de una identidad hecha visible en la red de sus propios deseos, los caminos del Peregrino siguen el trazado de deseos ajenos. Así, cabe recordar, primero, que el Peregrino se mueve como en sueños, que realiza y vive, de hecho, lo que sueñan sus dos hermanos y, en un sentido mucho más amplio, lo que sueñan y desean los habitantes del Viejo Mundo. «América, antes de ser —declara Fuentes en Tiempo Mexicano3— es deseada»— (29). De ahí que el decreto de Felipe II, en el que el monarca proclama la inexistencia del Nuevo Mundo suscite, en Terra Nostra, las más violentas protestas: «Existe, porque lo deseamos. Existe, porque lo imaginamos. Existe, porque lo necesitamos» (617). «Sólo sé que lo deseo. Para mí, en consecuencia, es» (661). Pero, al representar para Europa, como declara el autor, una «segunda oportunidad», el Nuevo Mundo es, de antemano ya, algo ambiguo; más que nada, porque ha sido deseado a partir de posiciones adversas, tanto por los «vencidos, para huir a él», como por los «vencedores, para encauzar a tierras vírgenes todas las energías y el descontento» (650). O sea, lo que se traslada al Nuevo Mundo es a la vez un «proyecto imperial» (TM, 28) y el sueño de una nueva edad de oro (661). Tierra adonde se transplantaron no sólo los signos represivos del «dogma y el poder» (TM, 28/30), el Nuevo Mundo es también la tierra de elección de Tomás Moro y Campanella, de sueños y proyectos utópicos. Una pluralidad de deseos parece concentrarse pues para hacer surgir allá una Tierra que supiera satisfacerlos, una tierra que ostentará, por tanto, desde un principio ya, rasgos no sólo diversos sino contradictorios. Movido pues por deseos ajenos, el Peregrino es guiado sin embargo secretamente también por el «mapa verdadero». Efectivamente su viaje parece imantado, de antemano ya, por el centro vedado de lo «invisible» que caracteriza, según vimos, el «origen». De ahí que su camino se inscribiera en la textura de los mitos del Mundo Nuevo. Esa dimensión mítica se manifiesta desde un principio ya en el hecho de que el recién llegado es inmediatamente reconocido. A partir de la fra3 Carlos Fuentes, Tiempo mexicano, México, Cuadernos de Joaquín Mortiz, 1980.

se: «Mi hermano, sé muy bienvenido. Te esperaba» (393), se repiten numerosas veces fórmulas similares que indican todas un «reconocimiento». No hay duda de que Fuentes alude aquí a la llegada de Hernán Cortés recibido por Moctezuma como si fuera Quetzalcóatl, el dios blanco, cuyo retorno estaba esperando. Pero no se trata solamente de poner en escena el encuentro del conquistador y del tlatoani —como variaciones en torno a un trágico malentendido— sino de presentar el viaje del Peregrino en una doble proyección: como un hecho histórico, una conquista «fechable» y como la gesta del dios y rey-sacerdote de Tollón, de la Serpiente Emplumada, cual si se tratara de figurar en el Teatro del Nuevo Mundo los mitos indígenas. Así, el Peregrino vuelve a dibujar, sin saberlo, las distintas etapas de la leyenda del dios —en la que se integra ahora su «avatar histórico»4—. Todo se repite y vuelve en una fabulosa toma de conciencia a la vez mítica, histórica y poética. Guiado oscuramente por el «mapa verdadero» del Nuevo Mundo, el Peregrino dibuja de este modo, ignorándolo también, el primer «/napa de los viajeros»: o sea, se mueve en dos niveles y espacios a la vez, definiendo, al mismo tiempo, con ese doble viaje su propia identidad. Pero si, en cada etapa de su peregrinación, su llegada es reconocida como una vuelta esperada, esto significa ahora que la identidad del Peregrino estará como en la encrucijada de deseos contrarios. Impulsado por los deseos de por sí ya contradictorios —del Viejo Mundo en busca de su «segunda oportunidad», el Peregrino encarna la abertura a la historia. Al mismo tiempo, al ser reconocido por los moradores del Nuevo Mundo como aquel que viene para cumplir una promesa, el náufrago descubre que su regreso encarna la circularidad del mito así como la clausura trágica de un ciclo cósmico. En realidad, ya no es posible saber a qué mundo pertenece el Peregrino. Soñado y deseado por seres y continentes diferentes, su identidad se desgarra y amenaza con fijarse en la figura contradictoria de una llegada-regreso. Ahora bien, lo que se esboza con esta paradoja no es sólo la identidad de un personaje llamado el Peregrino sino, por supuesto, la del ser designado por ese viajero, la del mexicano mismo. Al encamar, en efecto, la gesta de la Serpiente Emplumada, la vuelta del dios blanco en su 4 La «gesta del dios» en Terra Nostra es una eompilaeión de episodios que pertenecen a fuentes muy distintas y que convergen en la «leyenda» de Quetzaleóatl. Topamos aquí tanto eon el deseenso del dios a los reinos del inframundo de Mietlantecuhtli eomo eon su eaída: el incesto con su hermana Quetzaltdpatl. Fuentes, sin embargo, traslada, superpone y eombina esos episodios. Vuelven transformados poéticamente. Son ya metáforas de sí mismos.

doble proyección histórica y mítica, el Peregrino encarna el mestizaje cultural del continente americano, visto a partir de una suspensión de los términos contrarios; a partir, pues, de esa llegada que es vuelta; a partir del encuentro entre un tiempo lineal, progresivo, y un tiempo circular, mítico; a partir de la conjunción entre un olvido y una memoria. Encarna ese mestizaje sobre todo como la paradoja de unos deseos proyectados hacia adelante y vueltos hacia atrás. No cabe duda de que el autor hubiera podido detenerse aquí, en ese ámbito intermediario de un ser cuya identidad se suspende en el signo de sueños opuestos y, al parecer, irreconciliables. Varias veces, en efecto, todo parece cuajarse en el instante de una confrontación mortal, tal como la representa la lucha de los dioses enemigos, diurnos y nocturnos, Quetzalcóatl y Tezcatlipoca (478). Y aunque se precisara también en ese encuentro la idea de una «doble identidad», de que cada uno no es, en realidad, sino la otra cara del adversario, o incluso, la idea de que ambos son uno (480), no llegamos a una auténtica reconciliación. Seguimos más bien dentro del ámbito de la alternancia de los contrarios5, o bien, dentro del ámbito de una fascinación recíproca, que desemboca, una y otra vez, en la paradoja helada de una llegada-vuelta, de una fundación-catástrofe y de un comienzo-fin6. En realidad, el acierto de Fuentes consiste en haber señalado, más allá de esas alternancias y paradojas, más allá también de la confrontación del Viejo y el Nuevo M undo7, hacia la posibilidad de reanudar con los caminos vivos del deseo, así como hacia la duración y presencia del Otro Mundo representado en la tercera parte de Terra Nostra. Esta empieza con una nueva vuelta-huida del Peregrino-Quetzalcóatl a España y al Oriente. Pero, esta vez, España no representará sólo la tierra de la legitimidad y el poder, sino aquella que supo conciliar alguna vez las tradiciones vivas latinas, arábigas y hebreas antes de per5 La «alternancia de los contrarios», que se apoya en la doble identidad del Peregrino, o sea en el hecho de que el Peregrino-Quetzalcóatl aparece revestido también de los atributos de su doble oscuro Tezcatlipoca, al que encama también —en último término—, esa «alternancia» se manifiesta más que nada en la definición de su identidad, tal como la formulan los dioses del inframundo: «Eres uno en la memoria. Eres otro en el olvido [...]. Serpiente de plumas en lo que recuerdas. Espejo de humo en lo que no recuerdas», (p 452). 6 Es como si volviera a figurarse, en nuevas variaciones, el jeroglífico azteca del agua quemada, símbolo paradójico de otra paradoja temible y sagrada a la vez: «La guerra florida.» 7 Cf. Tiempo mexicano, en donde el Viejo y el Nuevo Mundo quedan caracterizados respectivamente como «Topía y Utopía» (p. 29).

seguirlas en nombre de la unidad. Situada en el último borde occidental —vesperal— del mundo mediterráneo, aparece como una figura dentro de la combinatoria formada por las distintas culturas que nacieron en torno al Mare Nostrum. Por cncima pues o por detrás del diálogo entablado por España y las tierras del Nuevo Mundo, percibimos un discurso plural que se compone tanto de las voces del mundo mediterráneo como de aquellas de Mesoamérica, en una nueva convergencia esta vez del Mare Nostrum y de la Terra Nostra. Es ahora como si las culturas del Mediterráneo se hubieran recogido un instante en el suelo de España antes de lanzarse en una nueva trayectoria hiperbólica más allá del mar, siguiendo el curso de la estrella doble que preside al enlace de la mañana y la tarde, del Oriente y el Occidente, o sea siguiendo el curso de Venus-Vesper, que es asimismo, según se sabe, el doble de Quetzalcóatl. En realidad, ya Octavio Paz había llamado la atención sobre la similitud de ambos mundos: el Mediterráneo y Mesoamérica. Así leemos en El Laberinto de la soledad8: La diversidad de los núcleos indígenas, y las rivalidades que los desgarraban, indica que Mesoamérica estaba constituida por un conjunto de pueblos, naciones y culturas autónomas, con tradiciones propias, exactamente como el M editerráneo [...] [...] es imposible no comparar la imagen que nos ofrece Mesoamérica al comenzar el siglo xvi, con la del mundo helenístico en el momento en que Roma inicia su carrera de potencia universal (83). Venido del levante adonde vuelve de nuevo, civilizador y destructor, el Peregrino no anuncia solamente, al dibujar el ciclo de QuetzalcóatlCortés, una antigua fatalidad que nos remitiera al fratricidio de los Primeros Tiempos, sino que es, también, el mensajero de una esperanza y una libertad. Encarna un tercer término, gracias al cual será posible vislumbrar una auténtica reconciliación. Esta se presentará —más allá de la alternancia de los contrarios, así como más allá de un mutuo designarse en una suspensión tautológica— bajo el signo de la convocación de todos los tiempos y todos los espacios; bajo el signo de una simultaneidad, tal como laj)ropuso, alguna vez ya, precisamente, la convergencia de las culturas en torno al Mediterráneo, en donde convivieron junto y al lado de las grandes religiones, de las escuelas filosóficas de Grecia, sus múltiples derivados y críticas, que abarcan tanto la tra8 Octavio Paz, El Laberinto de la soledad, México, FCE, 1959.

dición hermética como la Cábala o las especulaciones gnósticas, y en donde se entreveraron los mundos de Grecia, Egipto, Palestina y Mesopotamia. Uno de los méritos de Terra Nostra consiste en haber ofrecido pues una visión que nos librara de la obsesión maniquea para sugerir la idea composición y combinatoria, en la que los mundos pudieran entretejerse, proyectarse y soñarse recíprocamente. Pero, por sorprendente que pudiera parecer, ese Otro Mundo que hace presente los orígenes múltiples de la civilización occidental se ofrece, a su vez, como una especie de «mapa escrito». Como aquellas zonas de color en el «mapa del Nuevo Mundo» agrupadas, como vimos, en torno a un centro vedado, las civilizaciones del Mediterráneo marcan los bordes de un espacio espiritual, que podríamos definir como el ámbito del vuelo y la caída de Icaro —o sea, como el espacio de una luz prohibida, hacia la cual se orientan las aspiraciones más profundas de esas civilizaciones, como hacia lo «invisible». Al igual que aquel tejido de plumas y arañas que figuraba el mapa verdadero del Nuevo Mundo, el Otro Mundo se propone pues como un mapa verdadero del Viejo Mundo, un mapa en cuyo centro «habitan» de nuevo los «dueños de las palabras» —¿sirenas y esfinges?— los signos y encantamientos. Ese sorprendente parecido explica tal vez ahora porque, en la novela, existieran moradores de los tres mundos: seres migratorios, trashumantes que, idénticos y diferentes, surgen en el ámbito del Mediterráneo, en Egipto o Palestina, en Venecia o Toledo así como en Mesoamérica. Entre ellos se destaca una figura «sincrética» que encarna como la «gesta de la Mujer». Abarcando a la Isis egipcia, la Sofía de los gnósticos así como las encarnaciones de la Coatlicue en Mesoamérica surge en España bajo el nombre de Celestina. Concentrando en su persona múltiples dimensiones, ese personaje que radica en el Otro Mundo comparece junto con el Peregrino ante Felipe II llevando en su rostro una máscara de plumas, que no es, de hecho, sino el mapa verdadero del Nuevo M undo (350). A partir de esas perspectivas, tal vez sea posible acercarnos de nuevo a la cuestión de la identidad del Peregrino y morador de ambos mundos. A la pregunta «¿Cómo se llama este muchacho con el que ambos hemos soñado?» habría que contestar entonces con la frase que encontramos en la novela: «Depende de la tierra que pise» (668). En esa respuesta se concilian tanto los signos de la duración como aquéllos del cambio, y en ella la identidad aparece, a la vez, como la permanencia de lo uno y su facctica dispersión. Pero tal vez sea posible también formular ahora de otra manera la definición de Malraux. Y decir que la tradición no se hereda ni se conquista, sino que se convoca como en un punto álgido, hacia el cual convergen una pluralidad de mundos, que no son, cada uno, más que una figura, una metáfora momentánea de aquel tiempo y espacio designado como el no-tiempo y el no-espacio del «origen». Tal vez sea posible definirla entonces —en medio de tantas y tan infinitas com binacionescomo una de ¡as configuraciones del deseo.

lunes, 23 de febrero de 2026

LUDWIG WITTGENSTEIN Investigaciones filosóficas

 


Prólogo 

 En lo que sigue publico pensamientos que son el precipitado de investigaciones filosóficas que me han ocupado en los últimos dieciséis años. Conciernen a muchos temas: el concepto de significado, de proposición, de lógica, los fundamentos de la matemática, los estados de conciencia y otras cosas. He redactado como anotaciones, en breves párrafos, todos esos pensamientos. A veces en largas cadenas sobre el mismo tema, a veces saltando de un dominio a otro en rápido cambio.— Mi intención era desde el comienzo reunir todo esto alguna vez en un libro, de cuya forma me hice diferentes representaciones en diferentes momentos. Pero me parecía esencial que en él los pensamientos debieran progresar de un tema a otro en una secuencia natural y sin fisuras. 

 Tras varios intentos desafortunados de ensamblar mis resultados en una totalidad semejante, me di cuenta de que eso nunca me saldría bien. Que lo mejor que yo podría escribir siempre se quedaría sólo en anotaciones filosóficas; que mis pensamientos desfallecían tan pronto como intentaba obligarlos a proseguir, contra su inclinación natural, en una sola dirección. Y esto estaba conectado, ciertamente, con la naturaleza misma de la investigación. Ella misma nos obliga a atravesar en zigzag un amplio dominio de pensamiento en todas las direcciones. 

Las anotaciones filosóficas de este libro son como un conjunto de bosquejos de paisajes que han resultado de estos largos y enmarañados viajes. Los mismos puntos, o casi los mismos, fueron continuamente tocados de nuevo desde diferentes direcciones y siempre se esbozaron nuevos cuadros. Un sinnúmero de éstos estaban mal dibujados, o carecían de personalidad, aquejados de todos los defectos de un torpe dibujante. Y cuando fueron descartados, quedó una cantidad de otros regulares que debían entonces ser ordenados, y frecuentemente recortados, para que pudieran darle al observador un cuadro del paisaje.— Así pues, este libro es en realidad sólo un álbum. Hasta hace poco había abandonado en realidad la idea de publicar mi trabajo durante mi vida. Cierto es que aquélla revivía de tiempo en tiempo y principalmente porque me daba cuenta de que mis resultados, que yo había transmitido en lecciones, escritos y discusiones, estaban en circulación diversamente malentendidos, más o menos aguados o mutilados. 

Ello instigó mi vanidad y tuve dificultades para aquietarla. Hace cuatro años tuve ocasión de volver a leer mi primer libro (el Tractatus logico-philosophicus) y de explicar sus pensamientos. Entonces me pareció de repente que debía publicar juntos esos viejos pensamientos y los nuevos, que éstos sólo podían recibir su correcta iluminación con el contraste y en el trasfondo de mi viejo modo de pensar. Pues, desde que hace dieciséis años comencé a ocuparme de nuevo de filosofía, hube de reconocer graves errores en lo que había suscrito en ese primer libro. A advertir estos errores me ha ayudado — en un grado que apenas yo mismo puedo apreciar — la crítica que mis ideas han encontrado en Frank Ramsey — con quien las he discutido durante los dos últimos años de su vida en innumerables conversaciones. — Más aún que a esta crítica — siempre potente y certera — le debo a la que un profesor de esta Universidad, el Sr. P. Sraffa, ha practicado durante muchos años sin interrupción sobre mis pensamientos. 

A este aguijón le debo las ideas más ricas en consecuencias de este escrito. Por más de una razón lo que publico aquí tendrá puntos de contacto con lo que otros escriben hoy.— Si mis anotaciones no portan ningún sello propio que las señale como mías — no quiero tampoco reclamarlas ya como mi propiedad. Las entrego con dudosos sentimientos sobre su publicidad. Que este trabajo, en su miseria y en la oscuridad de este tiempo, esté destinado a arrojar luz en un cerebro u otro, no es imposible; pero ciertamente no es probable. No quisiera con mi escrito ahorrarles a otros el pensar, sino, si fuera posible, estimular a alguien a tener pensamientos propios. Me hubiera gustado producir un buen libro. Eso no ha sucedido, pero ya pasó el tiempo en que yo podría haberlo mejorado. Cambridge, enero de 1945

domingo, 22 de febrero de 2026

DIALÉCTICA DE LAS FORMAS DEL PENSAMIENTO

 


DIALÉCTICA DE LAS FORMAS DEL PENSAMIENTO EDITORIAL PLATINA Buenos Aires Titulo del original Dialéctica Form Mishlenla Tradujo del ruso Salomón Merener Libro de Edición Argentina © Editorial Platina, 1964 Santa Fe 2970 - Bs. Aires Queda hecho el depósito que marca la ley N* 11.723

 El presente trabajo está dedicado a la dialéctica del pensamiento, o más exactamente a la dialéctica de sus formas. Por lo tanto, tiene relación con las obras de lógica dialéctica. Las formas de pensar aquí analizadas son los conceptos, juicios y razonamientos habituales estudiados por la lógica formal. ¿No se reemplaza con ello el objeto de estudio de la lógica dialéctica por el de la lógica formal? Este interrogante es digno de un detenido examen. Aunque la lógica dialéctica estudia en verdad los conceptos, juicios y razonamientos, los considera desde un ángulo muy diferente que la lógica formal. 

Mientras esta última los analiza ccm respecto a las leyes de identidad, contradicción, tercero excluido, razón suficiente, o sea, desde el punto de vista de lo que se denomina por lo general coherencia, la lógica dialéctica lo hace en relación con la ley de unidad y lucha de los contrarios, de negación de la negación, etc. 

Por lo tanto, ya en la doctrina sobre las formas habituales del pensamiento, la lógica dialéctica se distingue de la formal. Por otra parte, hay que tener presente que, además de las formas generales inherentes a todo pensamiento —conceptos, juicios y razonamientos—, en determinada etapa de su desarrollo aparecen nuevas formas específicas del pensamiento dialéctico. Estas son el ascenso de lo abstracto a lo concreto, la unidad de lo lógico y lo histórico, el estudio de los fenómenos en su aspecto puro, etc., que, sin duda alguna, entran en el objeto de la lógica dialéctica y constituyen su parte esencial. Dichas formas son muy diferentes de los mencionados conceptos, juicios y razonamientos, y por tal motivo, como es natural, no deben ser consideradas en un mismo plano con ellos, ni menos aún en su reemplazo. Es erróneo el punto de vista según el cual el pensamiento común y el dialéctico operan con distintas formas de los mismos conceptos, juicios y razonamientos. En verdad, tales formas son comunes a todos los hombres. El pensamiento dialéctico no se distingue del común por las formas del concepto, juicio y razonamiento, sino por el contenido, ya que en el contenido del pensamiento se reproduce la dialéctica del objeto estudiado. Es cierto que los aspectos de este contenido también pueden llamarse formas, pero tendrán un carácter muy diferente al de las primeras. 

En el presente trabajo, lo abstracto y lo concreto, lo lógico y lo histórico, etc., se tratan solo parcialmente en la Introducción, pues requerirían un estudio especial. De lo anterior surge de modo evidente la desemejanza entre los objetos de la lógica formal y la dialéctica. Por este motivo no se puede considerar el análisis dialéctico de las formas del pensamiento como una mezcla de lógica dialéctica y formal, o un reemplazo de los problemas de la primera por los de la segunda. Las formas del pensamiento, cuyas leyes dialécticas se examinan en el presente trabajo, pueden estudiarse de dos maneras. Cabe exponer la dialéctica inherente a los conceptos, juicios y razonamientos de modo puramente empírico, cuando en ellos se fijan diversas leyes (por ejemplo, la ley de unidad y lucha de los contrarios, la categoría de esencia y fenómenos, etc.), o de manera científica y sistemática, cuya expresión es el ascenso metódico de lo abstracto a lo concreto. El primer camino es incorrecto desde el punto de vista científico, pues la dialéctica se convierte en una suma de ejemplos. El segundo es el acertado, porque aquí la dialéctica pasa a ser en verdad un instrumento, un método de conocimiento. 

Pero la teoría del método de ascenso de lo abstracto a lo concreto, que sepamos, aún no fue expuesta en esencia en trabajo alguno (aunque hay brillantes ejemplos de su aplicación). Por ello fue necesario detenerse brevemente en este punto, pues luego se trata en la Introducción. De este modo, el autor se plantea tres tareas, a cuya solución apunta el contenido de la presente investigación. a. Caracterizar sucintamente el método de ascenso de lo abstracto a lo concreto; b. Aplicar dicho método al análisis de las leyes dialécticas del concepto, el juicio y el razonamiento; c. Revelar (por medio del método ascensional) las formas de manifestación y el movimiento, la dialéctica del concepto, el juicio y el razonamiento. La primera etapa ya fue planteada en la literatura filosófica y resulta de una u otra manera (aunque hasta ahora sólo en tesis doctorales). Respecto de las otras dos, el autor y no tiene noticias de que haya sido abordada por la literatura marxista. De ahí, por otra parte, la dificultad en resolverla. Investigar la dialéctica de las formas del pensamiento es de suma importancia para la lógica.

 Permite llegar a la esencia profunda del concepto, el juicio y el razonamiento, o sea, a su contenido formal, Sobre el cual escribió Marx: “.. .antes de Hegel los lógicos de profesión no tenían en cuenta el contenido formal (Forminhalt) de las diversas clases de juicios y razonamientos.1 Dicho análisis abre ante la ciencia del pensamiento una amplia perspectiva para su exposición en forma .científica rigurosa, demostrativa, y que permitirá resolver muchos problemas complejos de la lógica. Como toda investigación de un problema poco estudiado, efectuada además por una vía no muy conocida, esta obra está por cierto lejos de la perfección. Es probable que hayan escapado a la atención del autor diversos errores. La crítica sana y constructiva de los especialistas lógicos y el análisis exhaustivo de los problemas serán una valiosa ayuda para eliminar las deficiencias de la obra, que resultan casi naturales £n toda empresa nueva. ? C. Marx, El Capital, t. I, Hamburgo, 1867, pág. 21.

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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA POR EL P. ZEFERINO GONZÁLEZ DE LA ORDEN DE SANTO DOMINGO CARDENAL ARZOBISPO I>E TOLEDO SEGUNDA EDICIÓN FRAGMENTO

  CRISIS ESCOLASTICO-MODERNA  Transición de la Filosofía escolástica á la Filosofía moderna 11." EL RENACIMIENTO.  Con la decadencia de...

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