4. Reacción «antisimbolista» de la poesía francesa A pesar de haber sido en Francia donde a finales del siglo pasado se había forjado la lírica contemporánea y donde ésta había encontrado sus mejores y más sólidos representantes, a principios del siglo XX la poesía francesa prefirió asentarse sobre bases distintas a las que sustentaron a parnasianos y simbolistas. En líneas generales, en un intento de naturalidad y sinceridad poéticas, sus representantes optaron por la fidelidad a las formas tradicionales, sin que el rechazo del fondo de la poesía contemporánea implicase una completa renuncia a todos los recursos heredados de los maestros finiseculares. Ninguno de estos autores llegó a tener gran relevancia, aunque realmente respondieron a las ansias y necesidades expresivas de un momento importante de la literatura francesa. a) Tendencias clasicistas y tradicionalistas Para comprender la dificultad del intento de aunar las diversas tendencias líricas de principios del siglo XX en Francia, nos bastará con señalar que la más temprana de las corrientes «antisimbolistas» se originó realmente en la obra y la teoría poéticas de autores formados en el Simbolismo. Tengamos en cuenta, en primer lugar, que la ética y la estética creada por los poetas finiseculares franceses fue marginal por principio, como demuestra el hecho de que ellos mismos se considerasen «malditos»; en segundo lugar, que cada uno de los maestros del Simbolismo francés practicaba un modo de poesía muy distinto entre sí, y a veces con elementos completamente divergentes; y, por fin, que la lírica simbolista no había gozado en realidad de maestros reconocidos, ni de aglutinantes, ni de una teoría definida. De hecho, cuando los principios de la lírica simbolista pudieron ser sistematizados por Jean Moréas (1856-1910), el Simbolismo había dejado de ser tal para pasar a ser otra cosa. Había sido él mismo quien, antes de finales de siglo, había pasado a ser con la «Escuela Romana» el autor más significativo de una tendencia neoclasicista cuyas exigencias eran la racionalidad y la claridad expositivas (véase en el Volumen 7 el Epígrafe 6 del Capítulo 11). Aunque su pensamiento presenta concomitancias con la derecha neotradicionalista de la época, Moréas fue en realidad un autor independiente que propugnaba el cultivo de una lírica de la inteligencia y de alcance ético a la búsqueda del perfeccionamiento interior. Junto a Moréas, el mejor poeta de la «romanidad» fue Maurice du Plessys, cuyo tradicionalismo adoptó en la lírica formas aristocráticas que lo acercan en cierto modo a los poetas «malditos». Du Plessys fue un notable medievalista y, sin renunciar ocasionalmente a la modernidad, quiso recuperar en su obra literaria el sabor originario del francés primitivo. La aparición de este clasicismo «romanista» tuvo varios efectos sobre la literatura francesa: en primer lugar, favoreció el retorno a la estética clásica — proponiendo la belleza como expresión de la perfección artística—; en segundo lugar, actualizó una ética de la acción para el perfeccionamiento del «yo» basada en la potenciación de la razón; y, por fin, fomentó el desprecio a lo no-clásico, que se asociaba con lo «bárbaro» (en su sentido original de «extranjero»). De esta forma pudo tomar cuerpo en Francia, cada vez con mayor fuerza, una lírica clasicista que hizo del meridionalismo, del Mediterráneo y de sus antiguas culturas —la griega y la latina, fundamentalmente— sus grandes símbolos. b) Péguy El caso de Charles Péguy (1873-1914) es más particular y complejo que el de otros líricos contemporáneos: defensor de unos trasnochados conceptos de justicia y verdad, se comprometió con igual fuerza con el socialismo humanitarista en su juventud y con el patriotismo y el catolicismo en su madurez. Fue, más que un autor independiente, un ser aislado y voluntarioso que siempre se mantuvo fiel a sus principios tradicionalistas, como demostró con la publicación, entre 1900 y 1914, de los Cuadernos de la Quincena (Cahiers de la Quinzaine), revista cultural de tono polémico con especial incidencia en el terreno de las ideas. Desde ella sostuvo originalmente la validez de los principios políticos y sociales más progresistas, pero su decepción por la marcha de la vida pública francesa y por la defección de quienes él creía representantes de su propio ideario le llevaron a acusar al socialismo de traición a sus propios valores; rechazó la intransigencia y la demagogia de muchos de sus representantes; y polemizó contra el pensamiento «oficialista» que confundía socialismo, materialismo y ateísmo. A caballo, por tanto, entre el socialismo utópico, el humanitarismo y el revolucionarismo romántico, Péguy diseñó para sí mismo una nueva utopía política: la de una Francia destinada y elegida por Dios para la restitución de su grandeza primitiva. Aunque sus ideales puedan parecernos los de un loco trasnochado y con aires de profeta, el inimitable estilo de Péguy, rico por su arcaico sabor a tradición y a retórica, prende rápidamente en el lector gracias a su efectividad comunicativa; ésta se debe en gran medida a la utilización del «verset», adaptación a la prosodia francesa del versículo bíblico (que ya había encontrado otro excelente cultivador en Claudel: véase el Epígrafe 2.b.). La fe y el patriotismo se dan la mano en su particular concepción visionaria de la Francia futura —que quizá tenga su mejor esbozo en Nuestra juventud (Notre jeunesse, 1910)—: según Péguy, la defensa de los valores y los símbolos cristianos va pareja con la de una patria que corre el peligro de asumir una modernidad amoral y atea. En general, su reencuentro con la fe católica supuso para él la necesidad de abandonar el polemismo y de redescubrir la poesía; en particular, el síntoma más significativo de su evolución ideológica se halla en la composición de los poemas dramáticos agrupados bajo la denominación de «Misterios». La evolución de Péguy se hace patente al comparar sus obras Juana de Arco (Jeanne d’Arc), del año 1897, y el Misterio de la caridad de Juana de Arco (Mystère de la charité de Jeanne d’Arc), de 1910, esta última, por su fecha, probable punto de partida para una nueva forma de producción. Mientras que la primera intenta reconstruir el marco histórico a la luz del proceso interior experimentado por la protagonista, en un intento de aunar mística y humanitarismo, la segunda adopta la forma tradicional de «misterio» —antiguo drama religioso medieval— para tratar desde la óptica de un creyente el tema de la respuesta humana a las exigencias de Dios. Sobre este tema y sus implicaciones colectivas, nacionales y sociales insistió Péguy en prácticamente toda su producción. En su seno quizá sobresalga El Pórtico del Misterio de la segunda Virtud (Le Porche du Mystère de la deuxième Vertu, 1911), que casi parece una continuación del Misterio de Juana de Arco: Péguy se centra ahora en la consideración de la Esperanza como virtud fundamental del cristiano, para lo que construye una alegoría cuya base principal es la familia y el tierno amor que se dispensa a los hijos, abandonados al cariño de sus padres. Más ricos artísticamente son los «Tapices» de Péguy; bajo este nombre agrupó otra serie de obras de factura muy distinta a los «Misterios»: se trata ahora de poemas construidos sobre metros regulares —cuartetos y sonetos, fundamentalmente— cuya trabajada rima y deliciosas imágenes nos sitúan literariamente en la órbita del Parnasianismo, aunque evocan, igualmente, la minuciosidad y la paciencia artesanal de la ornamentación de los templos góticos. Según este nuevo estilo compuso Péguy tres obras, alguna de ellas, especialmente compleja, con poemas casi independientes en su interior. El más perfecto de éstos posiblemente sea El tapiz de santa Genoveva y Juana de Arco (La tapisserie de sainte Geneviève et de Jeanne d’Arc, 1912), estructurado prácticamente como una oración que el poeta alza por intercesión de la santa y que por medio de la figura de la heroína Juana de Arco pretende inflamar los corazones de todos los franceses. Mucho menos logrado en su conjunto es el inmenso poema Eva (1914), que quería ser una epopeya del cristianismo y cuya monotonía queda rota ocasionalmente por fogonazos de auténtica maestría. c) El retorno a la naturalidad El denominador común de todas las tendencias y autores «antisimbolistas» posiblemente fuese su rechazo de la artificiosidad y su intento de expresión de la verdad interior. En la lírica, un nutrido grupo de estos autores volvió a creer en una poesía ingenua que necesitaba asomarse a la naturaleza para sintonizar con la verdad del mundo. A esta tendencia bien se le puede llamar «naturista» y, en sus distintas formas, suponía una actualización de la introspección romántica, mediante el cultivo ya fuese de la sensibilidad y la emotividad, ya de la melancolía o la sensualidad. Su antisimbolismo, por consiguiente, se planteó más en el terreno ético que en el estético: sus integrantes rechazaban el Simbolismo por su falsedad, por su aislamiento de la realidad, y propugnaban el rejuvenecimiento espiritual de la literatura francesa por medio de la fidelidad a la naturaleza. El autor más representativo de esta tendencia es Francis Jammes (1868-1938), un poeta casi desconocido en vida que se declaraba ajeno a toda escuela literaria y que prácticamente no salió de la región de los Altos Pirineos, donde había nacido y vivía. Su lírica dulcemente emotiva intentaba crear una comunión entre sentimiento y mundo; en ella tenía cabida todo aquello que interesase naturalmente a su autor, pues su único y último fin era descubrir la vida interior de las cosas, la inocente existencia que el ser humano está llamado a vivir en la naturaleza y que el poeta debe imitar y propagar. Aunque Jammes fue admirado muy tempranamente por los conocedores de su obra, sus primeros versos pecan de grandes limitaciones técnicas y de notables carencias expresivas, nacidas al amparo de su naturalidad y sinceridad líricas; aun así, Del toque de alba al toque de la aurora (De l’Angélus de l’aube à l’Angélus du soir, 1898) nos parece todavía hoy un libro excelente y de lectura interesante. Sus mejores composiciones siguen el ejemplo de Paul Claudel, quien a partir de 1905 fue para él tanto un maestro literario como un guía espiritual; gracias a su magisterio supo sistematizar Jammes sus vivencias, hacerlas más rigurosas y a la vez mostrarlas sin complejos. La mejor muestra de esta poesía de madurez la constituyen los siete cantos de Geórgicas cristianas (1912), donde la vida provinciana se convierte en auténtico punto de referencia para una existencia feliz en sintonía con Dios. En su composición fue determinante el ejemplo de Claudel, cuya técnica versificatoria heredó al abandonar el versolibrismo y obligarse a una dura disciplina estrófica que tiene en los alejandrinos de estas Geórgicas cristianas las mejores muestras de su arte. Aparte de la de Jammes, debemos recordar la producción lírica de otros autores. La de Charles Guérin (1873-1907), traspasada por una especie de estoicismo resolutivo, carece de estridencias y se caracteriza por su melancólica profundidad y por el predominio de un característico aire de inmovilidad. En un principio, dio cabida en sus versos a ciertas libertades simbolistas, particularmente a una marcada musicalidad: es el caso de su libro El corazón solitario (Le cœur solitaire, 1898); sin embargo, poco después la poesía de Guérin retomaba con fuerza las formas tradicionales: las románticas en el caso de Semeur de Cendres (1901) y las más rigurosamente clásicas en El hombre interior ( L’homme intérieur, 1905). Pero las manifestaciones más impetuosas, apasionadas y entusiastas de esta lírica «naturista» francesa se deben a Anna de Brancovan, condesa de Noailles (1876-1933). Su lírica constituye un fervoroso himno a la vida y a la más exaltada sensualidad de cuya sinceridad no podemos dudar a la luz de sus últimos versos: en el período de entreguerras, enferma y envejecida, en la obra de la condesa de Noailles la decadencia, el aislamiento y la muerte ocupan el lugar de la juventud y la vida cantadas en sus primeros versos. A pesar de la diferencia artística y del camino vital recorrido entre El corazón innumerable (Le cœur innombrable, 1901) y El honor de sufrir ( L’honneur de souffrir, 1927), toda la obra de esta mujer sorprende por su sinceridad y vigor, por el espíritu rebelde de incluso sus últimos versos; artísticamente, sin embargo, puede afirmarse que ni intentó siquiera incorporar novedad alguna a su poesía, conformándose con imitar con relativo éxito la expresión romántica, de la que es heredera directa.
El laberinto del verdugo
CARTILLA ELECTRÓNICA DEL ESCRITOR J MÉNDEZ-LIMBRICK. Premio Nacional de Narrativa Alberto Cañas 2020. Premio Nacional Aquileo j. Echeverría novela 2010. Premio Editorial Costa Rica 2009. Premio UNA-Palabra 2004.
jueves, 17 de septiembre de 2026
miércoles, 16 de septiembre de 2026
Vida de Hipacio Calínico Introducción, traducción y notas de Ramón Teja
INTRODUCCIÓN 1. HIPACIO, HIGOÚMENO DEL MONASTERIO DE RUFINIANA De Hipado de Rufiniana sólo conocemos los datos biográficos que nos ofrece la Vida que presentamos. Había nacido en Frigia, en la parte oriental de Asia Menor, hacia el año 366, en el seno de una familia acomodada y, al parecer, cristiana. Su padre es calificado como scholas- tikos que hay que interpretar, más que como abogado, como hombre de cultura. Y fue con su propio padre con quien aprendió las primeras letras. Frigia había sido durante toda la Antigüedad un foco de cul turas y religiones diversas donde el cristianismo se había implantado pronto, desde finales del siglo I. Allí surgió y se desarrolló, a mediados del siglo II, uno de los movimientos heréticos más activos de la época y que más influyó en el desarrollo del cristianismo de los primeros si glos: el montañismo, que toma su nombre de Montano, fundador de una iglesia de tipo profético. Montano se presentó ante sus seguidores como un profeta enviado a la tierra por el Paráclito o Espíritu Santo que pretendía completar la revelación de la doctrina que se había iniciado con Cristo y los Apóstoles. Aunque condenado por las otras iglesias, el movimiento tuvo una gran aceptación y numerosos seguidores entre los que destacan dos discípulas del propio Montano, Maximila y Priscila que completaron la revelación profética del maestro. El montañismo fue una de las herejías más influyentes del siglo II y sus adeptos se exten dieron también al Óccidente, especialmente a Roma y Cartago donde se adhirió a la nueva iglesia un personaje tan importante como Tertuliano, el primer escritor y teólogo cristiano en lengua latina. Los seguidores del montañismo pervivieron, aunque en número cada vez menor, hasta los siglos vi y vil en que terminarán por desaparecer perseguidos, como todos los herejes, por la iglesia oficial con el apoyo político del Estado romano a partir del siglo IV. Si hemos hecho este excurso sobre el montañismo es porque el au tor de la Vida dice que cuando nació Hipacio apenas había iglesias en 9 VIDA DE H I PAC I O Frigia, lo cual debe de ser una deformación literaria de la realidad, quizá para resaltar el carácter extraordinario de la atracción del joven por la vida religiosa o para obviar la estrecha asociación que existía entre Fri gia y la herejía montañista.
A los dieciocho años abandonó la casa de sus padres después de haber sentido la llamada de Dios durante la lectura del evangelio en la iglesia y emprendió una curiosa aventura: se unió a un grupo de mer caderes con los que llegó hasta Tracia en la zona europea próxima a Constantinopla. Aquí trabajó primero como pastor y después entró al servicio de un clérigo local como cantor de la iglesia. Dos años después se unió a un monje del lugar, un armenio de nombre Jonás, que había abandonado su profesión de soldado en la Corte imperial de Constan tinopla en época de Arcadio (395-408) para llevar vida de eremita. Éste reunió un grupo de discípulos y fundó un monasterio en la localidad de Halmirissos, donde Hipacio comenzó a iniciarse en la vida monástica. Hacia el año 400, cuando Hipacio tenía unos treinta años, inició una nueva etapa como fundador monástico que marcará su vida hasta su muerte. Sin que nos digan los motivos, abandonó el monasterio de Jonás y, en compañía de dos hermanos cruzó a la parte asiática del Bos foro estableciéndose en las ruinas de un antiguo monasterio conocido como Rufiniana, cerca de la ciudad de Calcedonia. Después de unos desencuentros con su compañero Timoteo que provocaron la vuelta de Hipacio junto a Jonás, en 406 vuelve a Rufiniana y se entrega a la reconstrucción del edificio. El número de monjes que acuden al nuevo monasterio va creciendo e Hipacio es elegido higoúmeno o superior de la comunidad. En un momento dado, cuya fecha desconocemos, fue ordenado presbítero, contra su voluntad, por el obispo de Calcedonia Filoteo, consolidando así su liderazgo al frente de la nueva comunidad. La mayor parte de la Vida está dedicada a describir la actividad de Hi pacio como asceta, fundador e higoúmeno, sus dotes taumatúrgicas y proféticas, y sus enseñanzas espirituales. Su fama e influencia se exten dió a Constantinopla y a partir de 436 en que murió Dalmacio, que era considerado el padre de los monasterios de Constantinopla, Hipacio ocupó este liderazgo, no tanto jerárquico, pues cada monasterio era independiente, como moral. Hipacio demostró durante su larga vida al frente del monasterio una gran independencia respecto a los obispos de Calcedonia, en espe cial con Eulalio, y se enfrentó desde el primer momento con el obispo de Constantinopla, Nestorio, nombrado en 427 y que fue condenado y desterrado como hereje en el concilio de Éfeso (431). La misma libertad de acción pondrá de manifiesto frente a las más altas autoridades de la Corte de Constantinopla, con choques frecuentes por motivos políti co-religiosos, aunque disfrutará del aprecio y admiración del piadoso 10 INTRODUCCIÓN emperador Teodosio II, cuyo largo reinado (405-450) coincidió con la estancia de Hipacio en Rufiniana y de sus hermanas las emperatrices que acudían a visitarle y solicitar su bendición. Hipacio murió en 446 a los ochenta años de edad y, como es fre cuente en este tipo de narraciones hagiográficas, su muerte vino pre cedida de una serie de profecías y augurios sobre las calamidades que iban a sobrevenir al Imperio romano, entre ellas las invasiones de los hunos. Parece que dejó escritas una serie de admoniciones y enseñanzas a sus discípulos que el autor de la Vida pone en su boca insertadas en la narración de sus acciones y milagros.
2. EL AUTOR DE LA VIDA DE HIPACIO El nombre del autor de la Vida es problemático pues no figura en la narración ni en los manuscritos que nos han transmitido la obra. Pero la Vida sí nos proporciona algunos datos sobre él: en el capítulo 25, 1 se nos dice que era discípulo de Hipacio en el monasterio de Rufiniana, y por el capítulo 23, 1 podemos deducir que formaba ya parte de la comunidad en 426 pues se presenta como testigo de una grave enferme dad que sufrió Hipacio cuando tenía sesenta años. Pero en el prefacio con que un antiguo editor desconocido presenta la obra, éste dice que su nombre era Calínico y discípulo de Hipacio (Prefacio 2). Añade el editor que, a su muerte, Calínico había legado su obra, sin publicar, al segundo sucesor de Hipacio al frente de Rufiniana. El desconocido editor dice que habiendo pasado casualmente por el monasterio tuvo conocimiento de la obra y se dispuso a publicarla (Pref. 3).
También nos dice el editor que, al proceder a la publicación de la obra, se ha limitado a hacer ciertas modificaciones lingüísticas porque el original ofrecía peculiaridades ortográficas propias de los sirios de lo que se deduce que Calínico sería originario de Siria (Pref. 6), lo que no resulta extraño pues sabemos que los monjes sirios fueron numerosos en los monasterios fundados en la zona de Constantinopla en la primera mitad del siglo v. La credibilidad del desconocido editor levanta sospechas pues este tipo de ficciones literarias en que se atribuye una obra a otro autor con más autoridad por haber conocido y tratado al personaje biografiado eran frecuentes en la literatura hagiográfica. Pero no hay razones con vincentes para negar la autoría al sirio Calínico, discípulo de Hipacio. Si es así, la obra habría sido escrita pocos años después de la muerte de Hipacio en 446, lo que se confirmaría por la exactitud de la datación de algunos acontecimientos que tuvieron lugar tras la muerte del santo monje: una enorme granizada a los treinta días (cap. 51, 1), las incur 11 VIDA DE H I PAC IO siones de los hunos seis meses después (ibid. 3), la llegada al monasterio del monje Macario, enfermo, al cabo de un año (cap. 42, 27). Otros datos de la Vida avalan esta hipótesis: el ilustre personaje Antioco, pro tector de los monjes de Rufiniana, y que solicitó al autor redactar por escrito la Vida de Hipado está aún en vida (cap. 42, 27); en el capítu lo 52, 8 se nos dice que Tracia aún no se ha recuperado de las razias de los hunos y que la iglesia de San Alejandro había sido fortificada a raíz de ello (ibid. 7). Además, todas las informaciones que proporciona sobre numerosos magistrados y altos funcionarios de la época, están confirmados por otras fuentes, lo que reafirma el valor histórico de la obra y la inmediatez de su composición.
Por todos estos motivos, ya los primeros editores modernos propusieron una fecha, entre 447-450, para la redacción de la obra, fecha que ha sido mantenida después por todos los especialistas. A estos argumentos aducidos por la crítica tradi cional nos atrevemos a sugerir otro que no ha sido tenido en cuenta por los esmdiosos que nos han precedido. Calínico inserta un pasaje que se comprende bien en el ambiente que existía en los medios eclesiásticos y monásticos de Constantinopla de la década entre 440-451. Después de haber expuesto en el capítulo 32 la oposición radical de Hipacio a Nestorio, en el capítulo 39 dice que, tiempo después de que Nestorio hubiese sido enviado al exilio, dignatarios, clérigos y ascetas venían con frecuencia a preguntar al santo monje si pensaba que era posible que Nestorio volviese a Constantinopla. Sabemos, en efecto, por numerosas fuentes que en estos años se hablaba intensamente de esta posibilidad y el tema surgió de una forma polémica en las discusiones del segundo concilio de Efeso de 449, más conocido como «latrocinio». Ello demues tra que en 449 vivía aún Nestorio, pero debía de haber muerto antes del concilio de Calcedonia de 451, pues en los debates y discusiones de este concilio nunca se vuelve a hablar del asunto. Los pasajes que Calínico dedica a poner de manifiesto la oposición radical de Hipacio a Nestorio tienen un claro carácter propagandístico y apologético antinestoriano sobre un tema que era de enorme actualidad cuando Nestorio aún vivía, pero que perdió su razón de ser una vez fallecido éste. Por ello pensa mos que la inserción de esta noticia por el autor de la Vida encuentra su plena justificación si ésta fue escrita antes de la muerte de Nestorio que debió de producirse hacia el año 450. Se ha especulado también sobre si el propio Calínico habría sido el segundo higoúmeno del monasterio después de Hipacio, pues en su Prefacio el editor dice que Calínico, el autor de la Vida, había legado su obra al tercer higoúmeno. La hipótesis de que este segundo higoúmeno, cuyo nombre no se menciona, fuese el propio Calínico, que lo silencia ría por humildad, es seductora pero no es posible confirmarla.
También se ha especulado que Calínico, antes de entrar en el monasterio, fuese 12 NTRODUCCIÓN un notarius de un abogado (scholastikos) de acuerdo con la información contenida en el capítulo 35, 16 y la familiaridad que demuestra con el lenguaje administrativo de la época. En cualquier caso, su estilo literario es muy simple y espontáneo e ignora los recursos retóricos propios de los escritores de la época. Tampoco es muy amplia su cultura que se li mita a un buen conocimiento de la Biblia, algo que era propio de todos los monjes de la época que no eran analfabetos. 3. EL LUGAR DE «RUFINIANA» El lugar conocido como Rufiniana que Hipacio eligió para fundar su monasterio nos es muy bien conocido1. Se trata de un gran conjunto arquitectónico formado por un palacio, una iglesia y un monasterio que había sido construido por Flavio Rufino, el todopoderoso cónsul (392) y después prefecto del pretorio de Oriente (392-395), de origen galo, y de quien tomó el nombre de Rufiniana. Estaba situado a una legua de la ciudad de Calcedonia, en la ribera asiática del Bosforo, y no lejos del mar. La iglesia estaba dedicada a los apóstoles Pedro y Pablo, pues en ella se habían instalado reliquias de los dos Apóstoles traídas desde Roma, lo que justifica el nombre de martyrion que se le da en la Vida y en otras fuentes y apostoleion o «iglesia de los Apóstoles».
Fue con sagrada en 395 y ese mismo día Rufino recibió en ella el bautismo y allí instaló su propio mausoleo. El palacio era una lujosa construcción concebida como residencia de descanso para el propio Rufino. El tercer elemento era un monasterio donde Rufino instaló monjes pacomianos que hizo venir desde Egipto. Tenía una estructura muy simple: un patio con celdas en los cuatro lados y una capilla u oratorio (eukteriori). En el mismo año de la inauguración (395) Rufino cayó en desgracia víctima de intrigas cortesanas y Arcadio, hijo de Teodosio, que actuaba de regente en Constantinopla mientras su padre se encontraba en Oc cidente, le condenó a muerte. Sus propiedades fueron confiscadas y el monasterio quedó en el abandono pues los monjes egipcios volvieron a su país en 396, no así el palacio que es mencionado en el capítulo 37, 3 como residencia temporal de las emperatrices teodosianas. Fue poco después, en 400, cuando Hipacio y sus compañeros se instalaron en el monasterio abandonado, sin que sepamos si fue por propia iniciativa o a invitación de alguien, posiblemente Juan Crisóstomo, que era enton ces obispo de Constantinopla. 1. Fue objeto de varios estudios a comienzos del siglo xx por parte de J. Pargoire («Rufinianes»: Byzantinische Zeitschrift 11 [1902], pp. 333-357) y R. Janin («La banlieue asiatique de Constantinople IV Rufinianes»: Échos d’Orient 22 [1923], pp. 182-190). 13 VIDA DE H I PAC IO El lugar elegido por Rufino era conocido como Drys, «la Encina», y se hizo famoso en 403, pues en la iglesia de los Apóstoles se reunió el sínodo conocido como «de la Encina» que, presidido por el poderoso e intrigante obispo Teófilo de Alejandría, condenó y depuso a Juan Cri- sóstomo. Parece que Hipacio y sus compañeros permanecieron fieles al obispo depuesto atrayéndose la hostilidad de su sucesor y de los altos funcionarios de la Corte. Ello explicaría las dificultades que en los pri meros años tuvo Hipacio para rehabilitar el edificio y la indigencia en que vivieron. La rehabilitación parece que no se culminó hasta el 434 gracias a la generosidad del cubicularius de la Corte imperial, Urbicio (cap. 12, 12). En los primeros años, Hipacio no era presbítero por lo que los monjes asitían en la iglesia de los Apóstoles a la liturgia domini cal celebrada por clérigos designados por el obispo de Calcedonia. Una vez ordenado presbítero, era el propio Hipacio quien celebraba allí la liturgia para los monjes y los fieles del lugar (cap. 29, 1). La persona de Hipacio quedó tan vinculada con el monasterio por él fundado que fuentes posteriores lo denominan «monasterio del santo Hipacio» y el monje recibió el apelativo «de Rufiniana».
4. HIPACIO Y EL MONACATO DE CONSTANTINOPLA La época en que vivió Hipacio coincidió con la eclosión del monacato en Constantinopla y su zona de influencia, especialmente Asia Menor2. Se trató de un fenómeno tardío respecto a otras regiones orientales como Egipto, Palestina y Siria donde se había iniciado con medio siglo de antelación, pero, aunque tardío, se manifestó con una pujanza enor me especialmente en la capital del Imperio. Las primeras fundaciones monásticas en Constantinopla habían tenido un carácter herético, obra de personajes como Macedonio y Maratonio en época del emperador Constancio II como bien señala Sozomeno en su Historia eclesiástica. Pero estos orígenes arríanos del monacato de la capital del Imperio fue ron silenciados por las fuentes posteriores, especialmente las hagiográ- ficas. El propio Calínico, y en concordancia con otras fuentes, presenta como iniciador y primer fundador de monasterios en Constantinopla en 381 al monje Isaac a quien sucedió su discípulo Dalmacio. Después la Vida pretende presentar a Hipacio como sucesor de éste en el pa pel de «padre de los monjes de Constantinopla». Mientras vivió Hi pacio, el número de los monjes del monasterio por él fundado no fue 2. El tema ha sido objeto de un importante estudio, al que debemos mucha de la información de este apartado, de G. Dagron, «Les moines et la ville: le monachisme a Constantinople jusqu’au concile de Calcedoine (451)»: Travaux et Mémoires 4 (1970), pp. 229-276. 14 INTRODUCCIÓN muy elevado, pues parece que a su muerte no superaba los cincuenta (caps. 18, 2; 51, 6). En ese momento existían ya varios monasterios en Constantinopla o en su área de influencia, controlada en cierto modo por Isaac y que contaban con no menos de ciento cincuenta monjes cada uno (cap. 11, 1) y, a quince millas de Rufiniana, floreció el famoso monasterio de los Acemetas, monjes de origen sirio, que llegó a acoger trescientos monjes. Se ha calculado que a mediados del siglo v, cuando muere Hipacio, en la región de Constantinopla debía haber entre diez mil y quince mil monjes, número importante, aunque muy inferior al de otras regiones como Egipto o Palestina. Calínico pasa en silencio sobre las relaciones que Hipacio tuvo con los líderes monásticos de la capital y sólo hace alusiones muy genéricas al prestigio de que Hipacio disfrutaba y al hecho de que, a la muer te de Dalmacio, ocupó el lugar de éste como «padre de los monjes».
G. Dagron ha puesto de relieve que Calínico presenta a Jonás e Hipacio como «dobletes invertidos» de la pareja Isaac y Dalmacio. Este silencio puede obedecer al deseo de no implicar a su «héroe» en los conflictos y enfrentamientos en que Isaac y Dalmacio se vieron implicados con las autoridades eclesiásticas, en especial con Juan Crisóstomo y por su protagonismo en las revueltas sociales de la Capital del Imperio. El mo vimiento monástico en Constantinopla durante la primera mitad del siglo v se caracterizó por la tendencia a rechazar todo control dentro y fuera de los monasterios y por su enfrentamiento permanente con la jerarquía eclesiástica. Juan Crisóstomo se esforzó durante su episcopa do (397-404) por cortar con los abusos y escándalos a que daban lugar estos monjes «urbanos» y someterlos al control del obispo. El resultado fue que el «santo» Isaac, según sus hagiógrafos, o el «pseudo monje» Isaac, según sus detractores, fue uno de los principales acusadores de Juan Crisóstomo en el sínodo de «la Encina» en que éste fue condena do.
Años después, cuando estallaron las grandes disputas cristológicas que trataron de ser solventadas en los concilios ecuménicos del siglo V, los monjes de Constantinopla tuvieron un enorme protagonismo como elemento de presión entre el pueblo y ante la corte, siempre en contra de los obispos de la ciudad: con motivo del concilio de Efeso (431) que culminó con la condena y deposición del obispo de Constantino pla Nestorio, Dalmacio fue uno de sus principales acusadores antes del concilio y después de éste movilizó al pueblo y presionó al emperador Teodosio II para que ratificase su condena como hereje y su deposición. Con motivo del segundo concilio de Éfeso (449), más conocido como «latrocinio» o «conciliábulo» de Efeso, el protagonismo lo desempeñó el monje Eutiques en contra de su obispo Flaviano. Los monjes, pues, fueron unos elementos siempre díscolos que se movían entre la revuelta y la herejía y que ejercieron un enorme poder gracias a su ascendiente 15 VIDA DE HI PACI O entre el pueblo por sus acciones caritativas y por la admiración que tenía por ellos el piadoso e ingenuo emperador Teodosio II que incluso parece que ofreció la sede episcopal de la capital al propio Dalmacio tras la deposición de Nestorio. Se explica así que, superada la primera fase de los conflictos cristológicos en el concilio de Calcedonia (451), se dictasen una serie de disposiciones que pretendían integrar a los monjes en el cuerpo social de la Iglesia sometiéndoles al control de los obispos y asimilando la desobediencia y la indisciplina a los intentos de subver sión social (concilio Calcedonia, cánones 4, 8, 18). Sobre este trasfondo socio-religioso hay que explicar algunos silen cios de Calínico y algunos de los méritos que atribuye al santo Hipado. Así resulta sorprendente el capítulo 11 de la Vida en donde se ensalza por igual la figura del monje Isaac y la del obispo Juan Crisóstomo, a pesar del enfrentamiento permanente que hubo entre ellos y que, como hemos dicho, Isaac fue uno de los principales responsables de la conde na de Juan en el concilio de «la Encina» de 403 que precisamente tuvo lugar en la iglesia de los Apóstoles, anexa al monasterio de Hipacio. Ello explicaría también el extraño silencio de Calínico sobre este conci lio del que debió de ser testigo el propio Hipacio.
Pero se explican también los enfrentamientos de Hipacio con sus superiores jerárquicos, los obispos. En esta época era una idea y un sen timiento muy difundido entre los monjes el rechazo del sacerdocio, por motivos de humildad y porque pensaban que el ejercicio de las fun ciones clericales alejaban al monje de su cometido principal que era la oración y la meditación. A la vida activa, oponían la vida contemplativa. Pero, en el fondo, lo que estaba en juego era la idea de que el carisma del monje era un don divino superior al del sacerdocio. Muchos monjes se presentaban como guías y maestros de los obispos y su celo fanático les empujaba a convertirse en guardianes de la ortodoxia frente a la herejía a la que consideraban propensos a los obispos.
En esta época la única «vocación» era la monástica: la división entre monjes y clero se presenta tan radical como entre clero y laicos y los monjes tendían a identificar las autoridades de la Iglesia con las del Estado. Hipacio compartía esta actitud y estos sentimientos. No sólo dice Calínico que Hipacio se vio obligado a aceptar la ordenación sacerdotal «contra su voluntad», algo que era un lugar común de la hagiografía monástica, sino que en diversas ocasiones se enfrentó abiertamente contra sus superiores eclesiásticos, el obispo Eulalio de Nicomedia y Nestorio de Constantinopla. Se enfrentó con Eulalio por la celebración de los Juegos Olímpicos en Calcedonia y con este motivo movilizó a los monjes de su monasterio y de otros veci nos, seguramente de Constantinopla, provocando un altercado de orden r público que obligó al prefecto de la capital a renunciar a su celebración (cap. 33). Hipacio actúa aquí con el mismo fanatismo que los líderes 16 NTRODUCCIÓN monásticos de Constantinopla, que no tenían escrúpulos en soliviantar a los monjes y a las masas del pueblo contra las autoridades políticas y eclesiásticas. Fueron sin duda razones de este tipo las que llevaron a las autoridades de la capital a mandar al exilio al sirio Alejandro «el Ace- meta» y a sus monjes, porque «llevado de su celo extremo, reprendía a los magistrados». Hipacio, por su parte, no tuvo reparos en enfrentarse a las autoridades y a su obispo Eulalio acogiendo en Rufiniana a estos «acemetas» camino del exilio (cap. 41). Alejandro «el Acemeta» había fundado en Siria una comunidad de monjes errantes y vagabundos que provocaron en Antioquía desórdenes públicos por lo que fueron expul sados por las autoridades civiles y eclesiásticas.
Hacia el año 425 se es tableció en Constantinopla con veinticuatro hermanos, donde instauró la práctica de la laus perennis, es decir, la plegaria permanente durante las veinticuatro horas del día, lo que le provocó admiración y celos has ta el punto que se dice que hasta trescientos monjes desertaron de sus monasterios para unirse al de Alejandro. Fue denunciado por el pueblo como herético y expulsado de forma brutal posiblemente en aplicación de una ley de 30 mayo de 428 (C. Th. XVI, 5, 65). Hipacio tampoco tuvo reparos en enfrentarse a su obispo Eulalio de Calcedonia y al pue blo acogiéndolos en su monasterio, pero finalmente se encontró una salida a la situación gracias a la mediación de la emperatriz Pulquería3. Si estas actitudes son suficientemente representativas de por qué los monjes podían ser considerados un peligro social y fuente de des órdenes públicos, mucho más grave es la postura que Calínico ensal za atribuyendo a Hipacio un carácter profético y providencial frente a Nestorio. Nestorio era un piadoso monje de Antioquía, famoso por su oratoria y su obsesión contra las herejías, en quien se fijó Teodosio II para hacerle obispo de Constantinopla en 427, sin duda porque veía en él a un nuevo Juan Crisóstomo, también antioqueno y gran orador. Ello provocó la reacción del poderoso y ambicioso obispo de Alejandría, Cirilo, que se propuso acabar con él como había hecho antes su tío y antecesor Teófilo con Juan Crisóstomo. Desde que Nestorio tomó po sesión de la sede episcopal de la capital, Cirilo inició una intensa cam paña de desprestigio contra Nestorio acusándole de negar la divinidad de Cristo y se atrajo el apoyo de la mayoría de los monjes de la ciudad encabezados por Dalmacio. Cirilo logró la condena de Nestorio en el concilio de Éfeso (431) recurriendo a todo tipo de presiones y sobor nos.
Ante las dudas del emperador para ratificar la condena, de nuevo Cirilo movilizó a los monjes de Constantinopla con su líder Dalmacio a la cabeza hasta que logró su objetivo: la deposición y envío al exilio de 3. Alejandro fue objeto de una Vida anónima editada por E. de Stoop en Patrología Orientalis VI, pp. 658-702. 17 VIDA DE H I PAC I O Nestorio. En los años siguientes se produjo una gran fractura en la cris tiandad oriental entre los obispos que defendían a Nestorio y los que apoyaron su condena, pero la gran mayoría de los monjes de Oriente se pasaron al bando antinestoriano. Este fue también el caso de Hipado de quien dice Calínico que se enfrentó con Nestorio antes incluso de que fuese consagrado obispo: cuando se dirigía de Antioquía a Constanti- nopla para tomar posesión, dice que hizo escala en Rufiniana e Hipacio se negó a recibirle y comenzó a proclamar que era un hereje. Calínico justifica esta actitud como consecuencia de una visión divina de carácter profético en la que no sólo Dios le habría revelado el pensamiento he rético de Nestorio, sino también su condena en Efeso tres años y medio después. Una condena a la que incluso se habría adelantado el propio Hipacio retirando el nombre de Nestorio de los dípticos de su iglesia, provocando con ello un nuevo enfrentamiento con su obispo Eulalio (caps. 32 y 39). Toda la narración del enfrentamiento de Hipacio con Nestorio es, evidentemente, un ejemplo típico de profecía post even- tum tan frecuente en la literatura hagiográfica. Pero la narración de Calínico refleja muy bien la oposición de los monjes a los obispos por considerarse portadores de carismas que éstos últimos no poseían y la triste memoria con que Nestorio pasó a la historia como encarnación de la herejía: «predecesor del Anticristo» le denomina Hipacio en el capí tulo 39, 3, a pesar de que su pensamiento teológico fue perfectamente ortodoxo. El protagonismo en la condena y denigración de Nestorio lo desempeñaron los monjes hábilmente manipulados en su fanatismo religioso por obispos sin escrúpulos como Cirilo de Alejandría.
La Vida de Hipacio constituye una fuente privilegiada para el cono cimiento del monacato constantinopolitano en el siglo V pues, aunque disponemos de abundantes noticias aisladas de sus principales líderes como Isaac y Dalmacio, no poseemos ningún relato hagiográfico de es tos personajes y de la vida en los monasterios similar al de Hipacio. Aun que las noticias sobre la formación monástica y la actividad de Hipacio antes de la fundación del monasterio de Rufiniana son escasas, Calínico nos proporciona indicios suficientes de que fue discípulo de Isaac. En el capítulo 11 dice que los numerosos monasterios que surgieron en Cons- tantinopla y sus alrededores los inspeccionaba constantemente Isaac y que también frecuentaba de manera regular el de Rufiniana y exhortaba a Hipacio y le impartía su bendición. Es verosímil, pues, que Hipacio se considerase un discípulo de Isaac y se hubiese inspirado en las reglas o conceptos monásticos de éste. Una vez muerto Isaac en 406, debió de ser cuando Hipacio comenzó a actuar como un higoúmeno independiente y es posible que las formas de vida comunitaria que implantó en Rufi niana siguiesen las pautas de las imperantes en los monasterios de Cons- tantinopla, pero que no conocemos.
Si Calínico no proporciona más 18 NTRODUCCIÓN detalles de esta relación entre maestro y discípulo se debe seguramente al hecho ya mencionado de que Isaac se enfrentó abiertamente con Juan Crisóstomo, al que parece que Hipacio permaneció fiel, lo que generó una situación embarazante para él y para su biógrafo. Pero es razona ble suponer que el modelo de vida monástica imperante en Rufiniana pueda ser aplicado a la mayoría de los monasterios de Constantinopla. 5. LA ACTIVIDAD DE HIPACIO COMO HIGOÚMENO DEL MONASTERIO La tarea de higoúmeno que asumió Hipacio es descrita por Calínico siguiendo un modelo que se había convertido en un lugar común en la literatura hagiográfica de la época: el abad se ve sometido a las con tradicciones propias generadas de la «carga» que representa dirigir a una comunidad y las exigencias de la vida contemplativa entregada a la oración. El impulso que llevaba a Hipacio y a todos los monjes a asumir la vida monástica era el rehuir las responsabilidades y preocupaciones del mundo para entregarse exclusivamente a Dios. Calínico resalta con frecuencia los esfuerzos que para un higoúmeno como Hipacio supo nían el hacer compatible la gestión material y espiritual de una comu nidad, la atención a los pobres y necesitados y su deseo de mantener su alma «vigilante y concentrada en Dios» (cap. 48, 41). De ahí proviene la contraposición entre la vida anacorética o contemplativa y la vida cenobítica o en comunidad que caracterizó el movimiento monástico cristiano desde sus orígenes. Aunque el autor de la Vida no nos dice que Hipacio redactase una regla escrita por la que se rigiese la vida del monasterio, nos proporcio na una gran riqueza de información que demuestra que ya Hipacio apli có los principios que había sentado a comienzos del siglo iv el primer legislador monástico, el egipcio Pacomio, y que habían difundido otros legisladores como Basilio de Cesárea. Se trata del principio del ora et labora que popularizará en Occidente san Benito de Nursia en su Regla, trabajo y oración unidos a una ascesis moderada tendente a dominar las pasiones carnales.
Como fundador monástico, Hipacio es presentado como encar nación del modelo de vida monástica en el que se deben inspirar los miembros de su comunidad. Si las comparamos con las prácticas ascé ticas extremas que en esta época predominaban entre otros monjes de Oriente, en especial los de Siria muy bien descritos por Teodoreto en sus Historias de los monjes de Siria\ Hipacio practicó durante la mayor 4 4. Publicado dentro de esta misma colección, con traducción, introducción y notas de Ramón Teja (Trotta, Madrid, 2008). 19 VIDA DE H I PACI O parte de su vida una ascesis más bien moderada y la misma moderación manifiesta en los discursos y consejos a sus monjes que el autor de la Vida pone en su boca. Sólo durante sus primeros años, llevado de su entusiasmo juvenil y de su afán por doblegar las pasiones de la carne, se entregó a disciplinas más extremadas: durante su estancia en el monas terio de Halmirissos en Tracia se nos dice que con frecuencia ayunaba durante cinco días seguidos (cap. 5, 1) y que en una ocasión no bebió nada durante cincuenta días, mortificación que fue interrumpida por el higoúmeno Jonás obligándole a beber una copa de vino en presencia de toda la comunidad (ibid. 8).
Sin duda se trató de un acto público para combatir el peligro de orgullo del joven monje pues se nos dice que in tentaba poner en práctica unas mortificaciones superiores a las de todos los demás e incluso a las del higoúmeno (ibid. 12). El orgullo por supe rar a todos en las exigencias ascéticas es un peligro constante en la doc trina monástica y debió de ser la causa de la rivalidad que provocó poco después de la llegada a Rufiniana el enfrentamiento con Timoteo al que se nos dice «superaba en ascesis, plegarias y humildad» (cap. 8, 9). Has ta qué punto estas rivalidades eran un peligro de la vida en comunidad lo demuestra el caso del monje Macario, cuyos intentos por superar a todos en su ascesis le llevaron a la locura (cap. 42).
En su edad madura, Hipado sólo practicaba estas formas extremas de disciplina durante la (Cuaresma: se encerraba en una pequeña celda y recibía por una estrecha abertura su ración de pan cada dos días (caps. 13, 1; 26, 2). El régimen alimenticio normal de Hipado y de sus hermanos era similar al de la mayoría de los monjes egipcios y palestinos de la época que habían sentado los principios de la vida monástica. Se trataba de ali mentarse con lo imprescindible «para el sostenimiento de la energía que requería la vida en el monasterio» y dominar las pasiones de la carne, a saber, pan, legumbres secas, ensaladas y queso. El vino estaba prohibido en todas las reglas monásticas, salvo en caso de enfermedad, pues se consideraba que producía efectos saludables, por lo que el monasterio tenía un pequeño viñedo para atender estas necesidades. De Hipacio se nos dice que nunca lo bebía (cap. 5, 9) salvo en su vejez y en pequeña cantidad (cap. 26,1). La comida principal en el monasterio se hacía a la hora nona, las tres de la tarde, pero nada se nos dice de otras comidas. No parece que Hipacio redactase una regla por escrito, pero la re gulación de la vida comunitaria estaba ya tan extendida en Oriente que todos los monasterios se regían por unas normas similares. La jorna da se dividía entre el sueño para descansar, el rezo de los oficios y el trabajo manual. Los rezos se hacían siete veces al día en el oratorio del monasterio (cap. 26, 3) y a ellos debían asistir todos los monjes (cap. 42, 6). Las tareas a realizar las distribuía el higoúmeno en fun ción de las condiciones físicas de cada monje de forma que todos se 20 NTRODUCCIÓN alternasen, cada semana, en el ejercicio de oficios diferentes que debían realizar al tiempo que recitaban los salmos y otras plegarias (cap. 42, 4-6). El trabajo no se limitaba a satisfacer las necesidades materiales de la comunidad, sino que el monasterio generaba también productos agrícolas y artesanales destinados al mercado y a satisfacer las necesida des de los pobres que acudían a él (cap. 18, 1).
Aunque la mayoría de los monjes que formaban la comunidad de Rufiniana debían proceder, como era norma entre el monacato de la época, de ambientes rurales y de las capas sociales más bajas, e incluso esclavos, llama la atención que, viviendo Hipacio, ingresó en el monasterio un importante número de personas de orígenes sociales altos y profesionales cualificados como un calígrafo, un ecónomo, un scrinarius militar o ex-militar, tres antiguos abogados (scholastikoi), el hermano de un conde (comes) imperial y otros como el propio Calínico, posiblemente notarius de un abogado de Constantinopla. Calínico insiste en repetidas ocasiones en la gran preocupación que Hipacio demostró siempre por la hospitalidad y la caridad hacia los pobres y necesitados, algo que fue característico de los monasterios de Constantinopla y que fue una de las causas principales de la popularidad de que disfrutaban los monjes y de su ascendiente entre las masas populares. La Vida nos ofrece también importantes noticias sobre la liturgia de los monjes. Como era la norma en los monasterios de la época, la liturgia eucarística ocupaba un lugar mucho menos importante que la oración comunitaria y el canto de los salmos. Los monjes de Rufiniana disponían de una capilla u oratorio (eukterion) en el propio monasterio y de la vecina iglesia de los Apóstoles (apostoleion) que había hecho construir Fl. Rufino y que parece que estaba también al servicio de los fieles de las proximidades. Cuando Hipacio fue ordenado presbítero, se dirigía todos los domingos a ella para celebrar la eucaristía —a excep ción quizá de la Cuaresma en que se encerraba— y posiblemente asistían también todos los monjes y los cristianos del lugar pues también hacía uso de la palabra: «corregía a todos tanto con sus acciones como con sus palabras» (cap. 13,4). Cuando la fama de sus milagros y su vida san ta se extendió acudían también a escucharle gentes de Constantinopla (cap. 43, 1).
No se nos dice si la eucaristía se celebra los restantes días de la semana en la capilla del monasterio, únicamente sabemos que en ella se reunían los monjes para cantar los siete oficios de las horas (cap. 26, 2). 6. CARISMAS SOBRENATURALES DE HIPACIO Y LABOR DE CRISTIANIZACIÓN Si Hipacio fue considerado merecedor de una Vida como ésta no debió de ser tanto por su condición de fundador monástico como por sus 21 * VIDA DE H I PACI O carismas sobrenaturales manifestados en forma de milagros, exorcis mos, curaciones que eran consideradas como fruto de su santidad. Se trata de un elemento imprescindible en toda narración hagiográfica desde que tomó carta de naturaleza en la Vida de Antonio escrita por Atanasio de Alejandría. Pero la Vida de Hipado es una de las narracio nes hagiográficas que mejor ilustran la concepción del monje como un «hombre divino» cuyos poderes sobrenaturales le sirven para vencer los poderes maléficos del diablo convirtiéndose así en un instrumento privilegiado de cristianización, no sólo de las masas populares, sino también de los elementos más cultos de la sociedad de su época. El diablo (diabolos) y el demonio (daimon en singular, o daimones en plural) están omnipresentes en la Vida de Hipado que lucha contra ellos mediante la oración y con una serie de ritos, gestos, talismanes, especialmente el signo de la cruz, el agua o el aceite bendecidos. El diablo actúa unas veces directamente, estableciéndose coloquios entre él y el santo, otras por medio de magos profesionales, pues el mundo en que se mueve está invadido por la magia e Hipacio es presentado como un mago cristiano que pone de manifiesto un poder superior al de los magos paganos.
El diablo es el causante de las enfermedades e Hipacio aparece no sólo como un exorcista capaz de expulsarle del cuerpo de los hombres y animales que están poseídos, sino también como un experto curandero, lo que pone de manifiesto las borrosas fronteras que existían en las mentalidades de la época entre la medici na sagrada y la profana. Hipacio es presentado en muchos pasajes como un médico cuyos poderes curativos se atribuyen a Dios, pero que demuestra unos cono cimientos de medicina natural y popular que no se nos dice dónde y cuándo los había adquirido. Al contrario, se dice que «ignoraba el oficio de médico» (cap. 22, 5). Sus curaciones van acompañadas de plegarias, el signo de la cruz y la unción de los enfermos con aceite u otros ges tos de carácter apotropaico, pero también de remedios naturales como cataplasmas, lentejas cocidas, o la fricción con sal de la lengua de los animales. Pero sus poderes curativos no sólo se manifestaban con su presencia física sino también mediante el recurso a objetos y productos tocados o bendecidos por él, es decir, amuletos o talismanes que en el lenguaje cristiano son denominados eulogiai, «bendiciones» o «regalos». Estas eulogias podían ser utilizadas de las formas más extrañas y sin que el propio monje tuviese conciencia de ello. Así en 38, 1-5 se mezcla con agua una eulogia de Hipacio, la aplican sobre el ojo de un esclavo que había sufrido un accidente, lo vendan y al día siguiente el ojo aparece sano. En otra ocasión, se trataba de un establo de los caballos de la posta imperial que se veía atacado por un demonio. Hipacio ordena al propietario rociar las paredes con agua bendecida por él y colgar una 22 INTRODUCCIÓN eulogia en el local, tras lo cual el demonio no volvió a provocar la muer te de ningún animal (ibid. 10-12).
En su labor cristianizadora Hipacio no rechaza ninguna manifesta ción de su poder que fuese útil a sus objetivos: no sólo expulsa los de monios de las personas y animales poseídos, sino que también provoca la enfermedad o la muerte de quienes no querían convertirse, lo que recuerda las prácticas de la magia negra.
También declaró la guerra a todas las formas de idolatría y en especial al culto de las imágenes de los dioses, pues era creencia compartida por los cristianos que las imágenes eran encarnaciones del diablo con todos sus poderes. Por ello, unas veces en solitario, otras en compañía de sus monjes, llevó a cabo ver daderas cruzadas para destruir ídolos (45, 1-8) o incluso objetos natu rales como los árboles considerados morada de los poderes diabólicos, como es el caso de 30, 1 (véase también 2, 1 en su juventud). Resulta muy revelador su enfrentamiento con la diosa Diana Artemis durante la celebración de una fiesta de la diosa (cap. 45). Pero no se trata sólo de combatir prácticas y creencias radicadas en las masas sociales más incultas y desfavorecidas, sino que la fama de Hipacio por su capacidad para combatir los poderes de los magos y hechiceros y la actividad de los daimones maléficos estaba ampliamente expandida entre las clases sociales más ricas y cultas de la administración civil y militar de Cons- tantinopla, que acudían a Hipacio después de comprobar el fracaso de las artes mágicas tradicionales. Éste es el caso, entre otros, de un «hom bre del mundo» (kostnikos) que acudió a Hipacio para que le curase y se vio obligado a reconocer que previamente «una mujer con un cuchillo había hecho encantamientos sobre su úlcera» (cap. 28, 1-6). Las relaciones entre magia y religión es un tema ampliamente discu tido entre los estudiosos modernos. El hecho es que todos los hombres y mujeres de la Antigüedad creían en el poder (dynamis) de los magos, brujos, hechiceros, adivinos y en la omnipresencia del diablo y otros seres extrahumanos que influían de forma permanente en la vida de las personas, de los animales e, incluso, de las plantas. Los cristianos de la Antigüedad tardía comenzaron a recurrir a los monjes santos, considera dos «hombres divinos» dotados de poderes superiores, para contrarres tar la influencia y la atracción que ejercían sobre las masas de la época sus rivales paganos.
En el marco de la rica literatura de vidas de santos de la época, la Vida de Hipacio constituye uno de los documentos más valiosos sobre la pervivencia de la magia y sobre la actuación de los monjes como magos benéficos capaces de hacer frente al poder maléfico del demonio. Resulta fácil comprender los efectos que esta literatura hagiográfica tuvo en la cristianización de la sociedad de la época. Pero el resultado fue el paso de las supersticiones tradicionales, ligadas a los cultos y creen cias paganas, a una nueva forma de superstición de signo cristiano. Al 23 VIDA DE H I PAC I O convertir a los dioses paganos en demonios y a los santos en sustitutos de los magos, el cristianismo engrosó el mundo con nuevas legiones de demonios y ángeles maléficos y perpetuó en la mente de las gentes la creencia en la existencia real de poderes infernales o celestiales que hasta entonces habían invocado con gran éxito las artes mágicas tradicionales (cap. 28). La lectura de la Vida de Hipado pone muy bien de manifiesto cómo este santo monje se enfrentó a lo largo de su vida a los magos que constantemente aparecen en la narración y su biógrafo se esfuerza por demostrar que sus poderes curativos, adivinatorios y de todo tipo eran muy superiores a los de sus rivales del paganismo. 7. LENGUA, ESTILO Y GÉNERO LITERARIO Como ya hemos dicho, la lengua y el estilo en que está escrita la obra tiene escaso valor literario. Se trata de la obra de un monje con una cultura elemental, falta de todo refinamiento literario. Aparecen mu chas construcciones sintácticas y expresiones descuidadas propias del lenguaje familiar. Su principal fuente de inspiración es la Biblia, sin re miniscencias de los autores clásicos tan frecuentes en otros escritores contemporáneos de obras hagiográficas como es el caso de Teodoreto de Ciro en su Historia de los monjes de Siria.
El frecuente empleo de las conjunciones kai y gar hace la narración monótona y reiterativa. Son pocos los vulgarismos que aparecen, pero sí son frecuentes los lati nismos, especialmente de términos relacionados con la administración que ya tenían carta de naturaleza en el lenguaje oficial y administrativo de la época, como praepositos, koubikoularios, komes. También resul ta evidente la consolidación del lenguaje eclesiástico y monástico con numerosos términos técnicos como archimandrites (archimandrita), bigoumenos (higoúmeno), oikonomos (ecónomo), ostiarios (portero), kalogueros (monje), adelphotes (comunidad), hesychia (vida contempla tiva) y tantos otros. En cuanto al género literario, nuestra obra constituye una de las más antiguas y bellas narraciones hagiográficas de monjes que se nos han conservado en griego. El modelo vino marcado por la famosa Vida de Antonio, escrita un siglo antes (356) por Atanasio de Alejandría. Mucho se ha escrito en el último siglo sobre las influencias literarias en Atanasio de las vidas griegas, desde las Vidas paralelas de Plutarco, a las Vidas de Apolonio de Tiana, de Pitágoras, de Porfirio, de Plotino y de tantos otros filósofos y «hombres divinos» (theioi andres) del paganismo. Es un tema que no podemos entrar a discutir aquí y que se ha reavivado en los últimos años con las discusiones sobre las influencias recíprocas, es de cir, que la hagiografía cristiana habría influido a su vez sobre las últimas 24 INTRODUCCIÓN biografías de filósofos paganos de los siglos IV y V, como sería el caso de las Vidas de filósofos y sofistas de Eunapio de Sardes. Lo que resulta indudable es que la Vida de Antonio marcó de una forma definitiva las biografías monásticas cristianas, tanto griegas como latinas, éstas a par tir de la Vida de Martín de Tours, escrita por Sulpicio Severo y la trilogía de san Jerónimo de las Vidas de Hilarión, de Pablo y de Maleo. Las biografías paganas y las cristianas tienen una serie de caracte rísticas comunes, pero hay otras que son propias de los cristianos como la influencia de ciertos personajes bíblicos, en especial los profetas Elias y Elíseo. Aunque en todas las biografías se ensalzan ciertas virtudes que son comunes a los héroes paganos y cristianos, en la hagiografía cristiana aparecen ciertas virtudes que son propias de la ética cristiana, como la humildad, el desprecio de la fama y de la gloria, la obediencia, la mortificación del cuerpo y de las pasiones, etc. Por ello se puede decir que se trata de un género literario nuevo en el que el sello que le imprimió Atanasio de Alejandría fue definitivo. Pero un género que evolucionó con el tiempo y que terminará por empobrecerse al con solidarse una serie de topoi o lugares comunes y en el que el elemen to taumatúrgico o capacidad para hacer milagros sería cada vez más frecuente y dominante. En la Vida de Hipado se aprecian ya algunos elementos de esta evolución pero pertenece a un período de transición en el que el autor es todavía enormemente creativo desde el punto de vista literario, a pesar de la poca brillantez de su estilo. Esta creatividad y frescura le viene dada a la obra por el hecho de que su autor, llámese Calínico o no, conoció al personaje biografiado y da la sensación de narrar algo vivido por él mismo. Es indudable que conocía la Vida de Antonio y que hay pasajes y elementos de la narración que se inspiran en ella, aunque la vida de ambos monjes fue muy diferente, anacoreta Antonio, cenobita y fundador de cenobio Hipacio. También se aprecian influencias e imitaciones de otros autores, en especial de Teodoreto de Ciro cuya Historia de los monjes de Siria había sido escrita poco antes, hacia el año 444. Basta comparar el pasaje en que expone la enorme popularidad alcanzada en vida por Hipacio (cap. 36, 7-8) con el pasaje de Teodoreto 21, 11 en que describe la fama de Simeón Estilita. Las Vidas siguen un orden cronológico desde el nacimiento y la infancia del personaje hasta su muerte.
Pero, al igual que Atanasio, Calínico inserta largos pasajes en forma de discursos y exhortaciones de tipo parenético que interrumpen la narración y que, en el caso de Hipacio, presentan muy poca originalidad, pues son fundamentalmente una acumulación de citas del Antiguo y Nuevo Testamento adaptadas y, a veces, manipu ladas para tal fin. En la Vida de Hipacio estas exhortaciones ocupan casi una quinta parte de la obra (en especial los larguísimos capítulos 24, 27 y 48). También hay unas series de narraciones de milagros que rom 25 VIDA DE H I PAC I O pen con el orden cronológico: están agrupadas especialmente en los capítulos 22, 28, 38, 40 y 44. Ocupan un lugar importante también las predicciones adivinatorias, algunas cumplidas después de la muerte (cap. 52). La mayor presencia de lo maravilloso, respecto a la Vida de Antonio, es propia de la evolución que experimentó pronto el género hagiográfico. El contexto geográfico y humano en que se desarrolló la Vida de Hipado, en estrecho contacto con la sociedad de su tiempo, es también muy diferente del de Antonio y los eremitas de los desiertos de Egipto, Siria y Palestina. Hipacio dedica una gran parte de su actividad, no sólo a dirigir la vida de la comunidad monástica por él fundada, sino también a la asistencia a los pobres y enfermos, y a la lucha contra las prácticas y creencias paganas, especialmente arraigadas en los ambien tes rurales, y contra la magia y los magos en sus diversas manifestacio nes. Por sus dotes de curandero y sus enfrentamientos frecuentes con los magos, Hipacio es presentado, como ya hemos señalado, como una especie de mago cristiano que se esfuerza en demostrar su superioridad sobre los paganos. Por todo ello, la obra de Calínico nos ofrece una rica y fresca descripción de la sociedad pagana y cristiana del siglo V en esas regiones de Bitinia y Tracia ribereñas con el Bosforo, incluida la capital Constantinopla. Al igual que otras Vidas del siglo V, la de Hipacio nos sitúa en las fronteras entre dos mundos, entre un paganismo que ya no es un rival serio, sino un componente cultural mal asimilado todavía y la nueva fe que explora nuevas formas de expresión y descubre la vía paralela de la historia de Antiguo Testamento. Encontramos en la Vida de Hipado los primeros pasos de un proceso que se desarrollará en la hagiografía bizantina posterior donde los santos populares se distin guirán con dificultad de los curadores y profetas de ocasión creándose una contraposición entre el santo y el mago o echador de suertes, tema que ha sido estudiado por G. Dragón5. Un ejemplo paradigmático será el de los santos «locos» como la Vida de Simeón el Loco o La pasión y milagros de Modesto, arzobispo de Jerusalén, del que se duda entre tres explicaciones sobre su poder para curar los animales: que sea un santo, que sea discípulo de un gran médico, o que sea un mago. Ante las pre guntas ¿qué es un santo?, ¿qué es un milagro?, los textos hagiográficos ofrecen un discurso muy uniforme que oculta muchos problemas de fondo en que se enfrentan una cultura pagana todavía viva y un cristia nismo mal asimilado. 5. «Le saint, le savant, l’astrologue. Étude de thémes hagiographiques á travers de quelques recueils de ‘Questions et réponses’ des v'-vii' siécles», en Hagiographie, cultures etsociétés (lY-v¡r). Études Augustiniennes, 1981, pp. 143-155. 26 NTRODUCCIÓN 8. EDICIONES Y TRADUCCIONES La editio princeps de la Vida de Hipado fue obra del bollandista D. Pa- pebro(i)ch (van Papebroek) en las Acta Sanctorum de junio, t. III, Am- beres, 1701, 308-349. La edición fue hecha sobre el único manuscrito entonces conocido, el Vaticanus Graecus, 1667.
En 1895 apareció una nueva edición dedicada a F. Bücheler como homenaje de sus alumnos: Callinici de Vita Hypatii librum ediderunt seminarii philologorum Bonnensis sodales, Leipzig, 1895, 3-110, por lo que pasó a ser conocida como la edición de los Sodales de Bonn. Para esta edición se sirvieron de un nuevo manuscrito, el Parisinas Graecus, 1488, que equivocadamente consideraron más antiguo que el Vaticanus. La más reciente edición crítica ha sido obra de G. J. M. Bartelink, Callinicos, Vie d’Hypatios. Introduction, texto crítico, traducción y notas, París, 1971, en la colección «Sources Chrétiennes» n.° 177. La edición está hecha en base a los cuatro manuscritos conocidos, los dos citados más el Athoniensis Philotheon 8 y el fragmentario palimpsesto Vaticanus Graecus 984. Anteriormente A. J. Festugiére había publicado la primera traduc ción a una lengua moderna en Les Moines d’Orient II. Les moines de la région de Constantinople. Callinicus, Vie d’Hypatios; Anonime, Vie de Daniel de Stylite, París, 1961. Festugiére hizo la traducción sobre la base del texto crítico de los Sodales. La de Bartelink está hecha de una manera independiente, sobre la base del texto de su propia edición crí tica. No conocemos otras traducciones a lenguas modernas. La traducción que aquí ofrecemos es la primera que se hace al espa ñol y está basada en la edición de G. J. M. Bartelink. Hemos consultado su traducción al francés y la de A. J. Festugiére, aunque son frecuentes las ocasiones en que hemos discrepado de uno u otro, siempre basán dose en el texto crítico de Bartelink. Festugiére introdujo una división de la obra en capítulos que también mantuvo Bartelink añadiendo una división en parágrafos dentro de cada capítulo.
Estas mismas divisiones las hemos mantenido en nuestra traducción para facilitar las citas de la obra. En cuanto a las rúbricas que anteceden a cada capítulo son obra nuestra y con frecuencia diferimos de las ofrecidas por los dos traduc tores franceses en el intento de resumir de la mejor manera el conteni do. El texto de Calínico está plagado de citas bíblicas: traducimos en cursiva las que son textuales, aunque a veces alteradas respecto al texto original, y remitimos a la fuente bíblica de aquellas que son paráfrasis inspiradas en el texto bíblico.
Á 27 VIDA DE H I PAC I O BIBLIOGRAFÍA Acerbi, S., «Monjes contra obispos: concilios y violencia monástica en Oriente», en R. Teja (ed.), Cristianismo marginado: rebeldes, excluidos, perseguidos, Aguilar de Campoo, 1998, pp. 57-75. Acerbi, S., Conflitti politico-ecclesiastici in Oriente nella Tarda Antichitá: il II Concilio di Efeso (449), Madrid, 2001. Acerbi, S., «II potere dei monaci nei concili orientali del v secolo: il costantino- politano Eutiche e il siró Bar Sauma»: Studia Storica. Historia Antigua 24 (2006), pp. 291-313. Bacht, H., «Die Rolle des Orientalischen Monchtums in den Kirchenpolitischen Auseinandersetzungen um Chalkedon (431-519)», en H. Bacht y A. Grill- meier, Das Konzil von Chalkedon II, Würzburg, 1953, pp. 193-314. Brown, R, «The Rise and Function of the Holy Man in Late Antiquity»: Journal of Román Studies 61 (1971), pp. 80-101. Brown, P., «Holy Men», en The Cambridge Ancient History XIV. Late Anti quity, Cambridge, 2001, pp. 780-810. 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lunes, 14 de septiembre de 2026
Eduardo Iáñez El siglo XX: la nueva literatura Historia de la literatura universal MARCEL PROUST
3. Proust, un maestro entre el XIX y el XX a) Vida y obra Marcel Proust nació en París en 1871. La familia de su padre era oriunda de Illiers, en los alrededores de Chartres, villa que Proust evocaría en su obra maestra con el nombre de Combray; pero sería su familia materna, judía de origen alsaciano, la que marcase su infancia y adolescencia (sobre todo, la relación especialmente afectiva con su madre, mujer intuitiva y tierna además de persona cultivada). Marcel fue un niño de salud delicada —el asma le atacaba crónicamente desde los nueve años—, y la protección de su madre y los especiales cuidados de todos lo predispusieron a la hipersensibilidad y quizás a la neurosis, pero también a una viva y temprana inteligencia. Se formó en uno de los mejores liceos de París, donde mostró gustos literarios muy similares a los de sus compañeros; es decir, nada que hiciese presagiar su futura vocación literaria. Sus estudios universitarios —Derecho y Ciencias Políticas — los realizó Proust en la Sorbona y, aunque se licenció en 1892, nunca llegó a ejercer la carrera, ya que su fortuna le permitía vivir más que holgadamente entre los sectores más «esnob» de la alta sociedad parisién. Su mundo se limitaba a los salones y los cafés elegantes, a los teatros y a la ópera; a ese mundo frívolo del fin de siglo francés del que Proust participó y que, sin que nadie pudiera sospecharlo, observaba con los ojos del artista. Este mundo elegante y decadente de finales del XIX ya había tenido cabida en su primera obra publicada, Los placeres y los días (Les plaisirs et les jours, 1896), colección de cuentos, poemas y ensayos; pero su tratamiento distaba todavía mucho de la interpretación ética y estética de su obra maestra. Hasta 1900 Proust no descubriría las posibilidades de lo que llamaremos una «contemplación estética» del mundo: ese año se había marchado a Venecia y allí había comenzado a leer, a traducir y a profundizar en la obra de Ruskin (véase en el Volumen 7 el Epígrafe 6.a.I. del Capítulo 4). En un principio, sus fuerzas las encauzaría fundamentalmente hacia el terreno del ensayo, aunque no olvidaría el género narrativo: su primera novela, Un amor de Jean Santeuil, la escribió entre 1896 y 1904, aunque no se publicó sino treinta años después de su muerte. Aunque disgustaba a su autor, es una obra esclarecedora de la evolución intelectual y estética de Proust, y contiene algunos momentos comparables a los de su obra maestra; le falta, es cierto, distancia y le sobra identificación, pues Jean Santeuil es casi un diario en el cual se halla demasiado imbricado el propio autor, sin que exista la mediación del recuerdo que hará de En busca del tiempo perdido una novela excepcional. Sería por fin a principios de 1906 cuando Proust se retiraría a componer En busca del tiempo perdido (A la recherche du temps perdu, 1913-1927), la inmensa obra que ocuparía el resto de su vida. En un principio, la razón del retiro había sido la muerte de su madre; pero los problemas de salud aducidos más tarde no fueron — hasta cierto punto— sino una excusa para disfrutar del enclaustramiento que su estado anímico «decadente», deudor todavía del alma romántica, le exigía para su creación («los enfermos se sienten más cerca de su alma», había llegado a afirmar). La publicación de Por el camino de Swann fue anunciada a finales de 1913 por una pequeña editora (prácticamente todas las demás habían rechazado el manuscrito, entre ellas La Nouvelle Revue Française, asesorada por Gide, que entre 1913 y 1914 adelantaría varios extractos); aunque la guerra desbarató todos los planes, no pudo minar las fuerzas ni las esperanzas del novelista: Proust escribía incansablemente, en el temor de que su salud no le permitiese rematar el plan trazado. En 1919, finalizada la guerra, A la sombra de las muchachas en flor, segundo libro de En busca del tiempo perdido, merecía en apretada votación el Premio Goncourt: era la consagración de Proust. Entre 1920 y 1922 éste compuso, en un esfuerzo prodigioso, el resto de los libros de En busca del tiempo perdido, cuya edición se finalizó cinco años después de la muerte de su autor, acaecida el 18 de noviembre de 1922. b) «En busca del tiempo perdido» Si de hecho resulta difícil dar una somera idea de la estructura y del argumento de cualquier obra de sus características, la naturaleza de En busca del tiempo perdido hace aún más complejo el esbozo de sus líneas generales y el necesario desbroce de sus partes. La novela se estructura en siete libros que, a grandes rasgos, desarrollan la vida —fundamentalmente, vida interior— de Marcel Proust en tanto que autor-narrador. La historia, por tanto, es sólo relativamente autobiográfica, pues aunque está escrita en primera persona, en ningún momento intenta el escritor trazar un plan narrativo de toda su vida ni, mucho menos, explicarla o justificarla. Otro inconveniente, si no el mayor, es el de su aparente respeto a las formas tradicionales, sin ser En busca del tiempo perdido una novela convencional; es decir, que nos parece estar ante el inmenso cuadro de una época —los años de transición entre los siglos XIX y XX—, ante el retrato de un mundo y de una sociedad concretas al estilo de los ofrecidos por los novelistas decimonónicos —y, en concreto, por Balzac en La Comedia humana—; con la sustancial diferencia de que la materia narrativa no tiene intención de ser objetiva, pues el mundo nace del interior mismo del autor-narrador, de quien depende en todo momento su interpretación en clave rememorativa desde la sensibilidad individual. El recuerdo arranca de Combray en Por el camino de Swann (Du côté de chez Swann, 1913-1914). Estamos en 1880, aproximadamente, y Marcel es un chiquillo que entrevé dos «mundos»: el de Swann, un vecino muy estimado por sus padres; y el de Guermantes, duques de la región a los que el niño ve como a señores feudales. La narración se centra en un «relato dentro del relato» —en el sentido más clásico— sobre el amor de Swann por Odette, una ex-cocotte con la que está casado. De su hija Gilberte se enamora poco después Marcel; y del resto de sus experiencias amorosas se ocupa en A la sombra de las muchachas en flor (A l’ombre des jeunes filles en fleurs, 1919). Pero, en realidad, el eje de este libro son las consideraciones sobre el arte y el espíritu nacidas a raíz tanto del fracaso de la declaración de Marcel a Albertine como de la pérdida de relieve de Swann, cuya actitud de ilustrado aristocratismo ha cedido al aburguesamiento, estridente y de mal gusto, impuesto por Odette, su mujer. Por el contrario, gana peso el mundo de Guermantes, con algunos de cuyos representantes —sobre todo con Saint Loup, sobrino de los duques— hace Marcel amistad. El descubrimiento de los ambientes aristocráticos llenan El mundo de Guermantes (Le côté de Guermantes, 1920); en ellos no hay distancia ni superioridad, sino un agradable sentimiento de naturalidad y tradición. Pululan por este mundo personajes pintorescos, como el barón Charlus, aristócrata decadente y homosexual; o como la misma Odette, que ha ido introduciéndose con fuerza en los círculos aristocráticos; y reaparece Albertine, a la que Marcel sigue amando. Las sensaciones del autor son mucho más imprecisas en el siguiente volumen, Sodoma y Gomorra (1922), donde existe un consciente desorden que Proust llama «intermitencias del corazón». La promiscuidad domina en el ambiente de los Verdurin, unos ricos burgueses a cuyo mundo se deja arrastrar Charlus en su pasión por un joven músico. En aquél reaparece Albertine, a la que Marcel esquiva —pues ya no cree amarla— hasta que se decide a salvarla, pues ese ambiente parece atraerla con fuerza hacia el vicio. El joven prácticamente la rapta —La prisionera (La prisonnière, 1923)—, y la pareja vive en París días felices como amantes. Sin embargo, a Marcel lo han movido en realidad los celos, que le llevan a encerrar a Albertine. En un momento de reconciliación la mujer huye y muere en un accidente (Albertine desaparecida, 1925). A partir de ese momento, a Marcel se le hace cada vez más patente el paso del tiempo: no se siente ya el mismo y sus sensaciones y percepción de las personas y del mundo cambian sustancialmente a su vista. Es como si los años recuperados en El tiempo recobrado (Le temps retrouvé, 1927) fuesen más auténticos que los realmente vividos (estamos ya en 1910). Gilberte, la hija de Swann y Odette, se ha casado con el aristócrata Saint-Loup (que parece haber heredado el carácter y los rasgos de su tío Charlus); Swann ha muerto y Odette ha contraído nuevo matrimonio con Forcheville, personaje admirado en Guermantes: a Marcel no le sorprende tanto la mescolanza de «castas» como la constatación del tiempo pasado por todos y de los cambios con que los ha afectado la vejez. Pero el autor no se conforma: no quiere ser como Swann, que cambió al ritmo de los que le rodeaban. Marcel es un esteta, y decide recobrar esos años idos para siempre, recuperar por medio del arte ese «tiempo perdido». c) La obra proustiana En muchas ocasiones se ha dicho que el origen de En busca del tiempo perdido se encuentra en lo que debería haber sido un artículo y acabó siendo un largo ensayo titulado Contra Saint-Beuve. En él arremetía Proust contra los fundamentos de su método crítico, según los cuales toda obra literaria es reflejo de una vida; para el novelista el arte es el producto de un «yo» escondido a los ojos de la sociedad y que a veces llega a ser en todo contrario a ese «yo habitual» que manifestamos cotidianamente. Evitemos, por tanto, leer En busca del tiempo perdido a la luz de suculentas interpretaciones de indudable validez que no hubieran llegado a satisfacer al autor, y pasemos a considerar algunas de sus implicaciones más interesantes. En busca del tiempo perdido puede ser tenida en principio por documento de una época: el de un siglo XIX cuyos valores, costumbres y filosofía están en franca retirada (algo de simbólico tiene en este sentido el tratamiento de la nobleza en la novela, pues la leve y delicadísima ironía con que se contempla es la de quien sabe cómo se ha descompuesto en el seno de la altoburguesía más amoral). Quizá por ello podríamos también admitir que En busca del tiempo perdido sea la creación de un moralista, interpretación favorecida por el hecho de que la novela no se desarrolle linealmente, y de que su acción se interrumpa continuamente con amplísimas y morosas digresiones sobre el amor, la memoria, el sueño y la vigilia, los recuerdos, el tiempo, etc. Pero debemos advertir que la moral implícita en la obra es el resultado de que el autor, un hombre culto y sensible, se sitúe por derecho ante el mundo que le ha tocado vivir. Siguiendo esta línea, podríamos igualmente pensar que En busca del tiempo perdido es un libro de memorias donde Proust dio cabida a sensaciones, impresiones y sucesos muy diversos con cuya interpretación nos ofrece un retrato tanto suyo como de quienes lo rodearon y, en general, de la sociedad y la época que le tocó vivir; una especie de diario en el que paciente y trabajosamente consignó todo aquello que había creído digno de ser vivido. Pero En busca del tiempo perdido es mucho más que todo eso. Es, esencialmente, una novela «artística»; es decir, el resultado de trasponer narrativamente la sustancia misma del arte según la consideraba Proust a la luz de las experiencias y del pensamiento en que se había formado y que había vivido. Él consiguió en el género narrativo lo que parecía imposible: manifestar, realizar —hacer real, tangible— el concepto estético elaborado por el XIX europeo y que sólo a finales de siglo habían conseguido traducir líricamente algunos maestros de la poesía contemporánea. En busca del tiempo perdido parecía ser de este modo la novela que el Simbolismo había creído imposible. En ella, Proust se adentra en un «bosque de símbolos» y busca en él las «correspondencias» —ambos términos son de Baudelaire— entre realidad e idealidad. La intuición que el XIX había entronizado como motor de la lírica y medio de conocimiento del universo logra instalarse en el género narrativo con la obra de Proust, que narra una larguísima historia —en la estela de la «novela-río»— al hilo simplemente de las intuiciones de su autor (el episodio más célebre es, sin duda, el de la evocación de su infancia a partir del sabor de una magdalena mojada en el té): (…) aussitôt la vieille maison grise sur la rue, où était sa chambre, vint comme un décor de théâtre s’appliquer au petit pavillon donnant sur le jardin (…); et avec la maison, la ville, depuis le matin jusqu’au soir et par bous les temps, la Place où on m’envoyait avant déjeuner, les rues où j’allais faire des courses, les chemins qu’on prenait si le temps était beau (…) et les bonnes gens du village et leurs petits logis et l’église et tout Combray et ses environs, tout cela qui prend forme et solidité, est sorti, ville et jardins, de ma tasse de thé. [«(…) la vieja casa gris con fachada a la calle, donde estaba su cuarto, vino como una decoración de teatro a ajustarse al pabelloncito del jardín (…); y con la casa vino el pueblo, desde la hora matinal hasta la vespertina y en todo tiempo, la plaza, adonde me mandaban antes de almorzar, y las calles por donde iba a hacer recados, y los caminos que seguíamos cuando hacía buen tiempo (…) y las buenas gentes del pueblo y sus viviendas chiquitas y la iglesia y Combray entero y sus alrededores, todo eso, pueblo y jardines, que va tomando forma y consistencia, sale de mi taza de té»]. Resulta enormemente difícil descubrir el germen del cual nació en su momento el poderoso cuerpo de En busca del tiempo perdido; determinar qué sustancia alienta en la complejidad de esta vasta novela y la coherencia como un todo. Y lo es porque en la obra proustiana la materia narrativa se dispone de forma orgánica; esto es, En busca del tiempo perdido no pretende tanto dar sensación de vida como ser vida en sí: se trata de un universo eminentemente vivo, vivificado en y por la memoria del escritor, realizado merced a la evocación. No es intención de Proust producir en el lector una sensación de realidad, sino recrearla a años vista; renuncia a la construcción de un mundo objetivo y lo reconstruye en su conciencia con la distancia impuesta por el recuerdo. Sugestiones muy diversas marcan la disposición de este mundo enormemente cambiante, y las sensaciones y emociones se suceden con tal rapidez y se asocian tan libremente, que no podemos sino concluir que la razón de ser del mundo proustiano es el cambio y la transformación continuos. Proust sabe que el recuerdo puede salvar al mundo de su desaparición, pero no le promete una inmutabilidad en la que no cree; su preocupación fundamental es plasmar el fluir del tiempo, recuperarlo y evocarlo mediante la escritura en su dimensión pasada; es decir, convertir en ejercicio de memoria actos casi involuntarios nacidos como reflejo de una sensación fugaz. Los elementos narrativos gozan de un tratamiento muy particular en la obra proustiana, puesto que toda ella está mediatizada por la omnipresencia de una poderosa primera persona. El peso del narrador-autor le confiere nueva forma a la novela psicológica, en cuya tradición podríamos decir que se inserta En busca del tiempo perdido: desde el siglo XVIII los narradores se habían esforzado por erigir en la novela una personalidad razonable y verosímil; pero, de una u otra forma, y pese a centrarse sobre el sujeto, habían contemplado la psicología a la luz de la objetividad. En la obra proustiana, sin embargo, el autor impone su «psicologismo temporal» al resto de los elementos narrativos: el tiempo se alarga morosamente; la frase se complica hasta límites insospechados —que traspasan los del uso sintáctico e incurren en incorrecciones—; las descripciones, de las que Proust es maestro, se demoran intencionadamente en el detalle. En resumen, puesto que no trata de «crear», sino de «recrear» a su antojo una realidad, Proust no necesita del recurso a un orden exclusiva ni estrictamente cronológico, siendo su experiencia la que determina el recuerdo y la manera de disponerlo: el tratamiento de complejos temas universales, como el amor, la muerte, el sueño, la alegría y el dolor y, por encima de todos ellos, el recuerdo, encuentra en esta novela resonancias atemporales que parecen dirigirse a todo hombre en cualquier época.
domingo, 13 de septiembre de 2026
Eduardo Iáñez El siglo XX: la nueva literatura Historia de la literatura universal Herederos de la poesía simbolista b) Claudel Paul Claudel (1868-1955)
Herederos de la poesía simbolista
b) Claudel Paul Claudel (1868-1955), cuya vida y obra estuvieron marcadas por la presencia del catolicismo, fue desde su adolescencia una persona relativamente convencional y conservadora. Afín originalmente al Simbolismo, de Rimbaud aprendió a expresar la necesidad de un espiritualismo liberador y a exigir la correspondiente liberación de la palabra; su vida y obra se resienten, sin embargo, de su característico conformismo espiritual e ideológico. Personalmente, Claudel resolvió sus dudas y su crisis de valores abrazando la fe católica con una esperanza y un vigor inusitados; literariamente, el resultado es una producción de signo muy particular que aúna literatura y religión en su afán de encarnar lo sobrenatural, tanto en el género lírico como en el dramático (al que se aplicó desde 1907 y que tratamos en el Epígrafe 6.b.II.). El mejor ejemplo de la poesía claudeliana lo tenemos en las Cinco grandes odas (Cinq grandes odes, 1910), tanto por su punto de partida —el descubrimiento de Dios y, ante él, el reconocimiento de las limitaciones del poeta— como por el dominio de su particular versículo —el «verset»—, que en estas Cinco grandes odas encuentra sus mejores momentos. Las cinco composiciones se disponen sobre la imagen bíblica de un Adán-poeta nominador del mundo y van desarrollando diversos temas: desde el de la invocación a las musas, cuya inspiración adopta un sentido espiritual religioso; hasta el del gozo y el reconocimiento —en forma de «Magníficat»— por la gracia divina concedida al poeta; pasando por la cuarta oda, en forma dramática: un diálogo entre la Gracia («La muse qu’est la grâce») y el poeta. A pesar de su amplitud y de su aparente diversidad, la obra de Claudel es relativamente uniforme, especialmente a nivel temático e intencional. Toda su producción intenta ser una interpretación del mundo, del hombre y de Dios; es, más que una «lectura», una «conquista» de un ser humano (el poeta) para sí mismo y para sus congéneres. El sentido claudeliano de la literatura tiene mucho que ver, por tanto, con la mística, pues se traza un camino ascendente que intenta llegar, a través de la creación, hasta la más alta cima: la divinidad. No obstante, no siempre puede el hombre comprender los mensajes lanzados por Dios mediante la creación: es la consecuencia del «pecado» del ser humano, quien, lejos de la gracia, es incapaz de traducir un mundo plagado de símbolos por la mano divina. El hombre puede, por ello, escoger dos caminos: el de caer en la tentación de encerrarse en sí y renunciar a entender el mensaje divino (y el arte se limitaría a reproducir el interior del artista o sus sensaciones del exterior); o bien el de permitir que la gracia divina lo inunde y lo invite a la comunión con la totalidad (y el arte sería entonces una revelación dinámica de las correspondencias entre lo visible y lo invisible). Esta concepción orgánica del universo, según la cual cada parte tiene su lugar y su función en el todo, alcanza especial relevancia en su obra dramática; en ella Claudel le proporciona forma dialéctica a la captación del mundo y su orden por medio de la inteligencia y la intuición humanas. En su obra poética Claudel potencia el carácter vidente y profético de que se reviste el poeta; se trata de una continuación y asimilación del «satanismo» simbolista, aunque ahora convertido en clave cristiana: el poeta es un profeta de Dios y su palabra un oráculo, en una clara vuelta al sentido religioso con que el Romanticismo europeo había tratado ambos temas (que precisamente en Francia se habían revestido de caracteres más convencionalmente cristianizados que en otros países del entorno). Pero si el poeta debe dejar de hablar ya por su boca, para que su palabra encuentre su sentido trascendente, es de esperar que la lengua claudeliana presente evidentes diferencias con el uso imperante entre sus contemporáneos. Y este aspecto quizá sea el que más siga llamando la atención en nuestros días: Claudel es un simbolista «lógico»; es decir, intenta ofrecer la imagen de una creación total y divina regida por el orden y la armonía, para cuya expresión ha de servirse de símbolos e imágenes que, a su vez, tengan obligatoriamente una lógica (digamos que una «segunda lógica», pero inteligible a fin de cuentas: «O grammairien dans mes vers! Ne cherche point le chemin, cherche le centre! Mesure, comprends l’espace compris entre ces feux solitaires!» [«¡Oh, gramático ante mis versos! ¡No busques el camino, busca el centro! ¡Medida, comprende el espacio incluido entre estos fuegos solitarios!»]). En consecuencia, su prosodia es totalmente discordante con la tradición francesa, dominando en la poesía de Claudel una sensación de oralidad tan peculiar que puede dar sensación de artificial. Sin renunciar a lo artístico, abole los acusados límites entre lo literario y lo coloquial; se acoge al versolibrismo y a la asonancia, renuncia a la rima y dilata el verso hasta longitudes inusitadas (el llamado «verset», heredado del versículo bíblico); y, en general, dota a su lírica de un sentido de autenticidad muy acorde con la intención y la temática de su obra: reflejar una forma de ser mediante la forma de hablar.
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Eduardo Iáñez El siglo XX: la nueva literatura Historia de la literatura universal - 8-4. Reacción «antisimbolista» de la poesía francesa
4. Reacción «antisimbolista» de la poesía francesa A pesar de haber sido en Francia donde a finales del siglo pasado se había forjado la l...


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