miércoles, 7 de octubre de 2026

Antonio Espina (1894-1976) FRAGMENTOS



Prosa escogida

 

Espina, Antonio

 

Gloria Rey Faraldos (sel.)

 

 





  -11-  

ArribaAbajoDivagaciones. Desdén

(Selección)


  -[12]-     -13-  

ArribaAbajoLuz de la tarde

El malhumor se va resolviendo ondulatoriamente.

En el crepúsculo -algarabía del Poniente, que dijo un poeta-, la inquietud que devora nuestra vida urbana se entibia en la tonicidad del silencio, de la luz templada, de la hora discreta en el campo fino y frío de Madrid.

La estrecha vereda se pierde ante nosotros. La transparencia violeta de la tarde tiene tal fuerza que parece aromarnos de color. La sensibilidad se sutiliza como al roce de un secreto, y la meditación hermetiza duramente nuestro rostro.

Percibimos el arribo de inexplicables revuelos a nuestra alma, que sólo pudiéramos condensar en una sucesión de imágenes blancas: el claustro, el monje, el artista de videncias extrañas, el libro síntesis y la luminosidad de la frente del santo, que deshacen la significación de la existencia externa en un solo desprecio, sobre la sabia disciplina de la renunciación y la apacible profilaxis del olvido.

Es como una nueva ráfaga de emociones primitivas y perdidas. Madrid es una mancha grisácea, escalonada.

Cúpulas, siluetas rotas. Un trémolo goyesco que resbala por las tierras grises hasta las praderas del río. La ciudad demasiado grávida, y el cielo demasiado eléctrico. Paseamos con el paso lento de los paseos clásicos, por los clásicos lugares amigos: la Moncloa.

... Una pareja de la guardia civil nos mira al pasar como perdonándonos el habernos visto. Dos novios surgen de un rincón amable, sonrientes y azorados; porque las horas avanzan, y él, un horterita con una corbata terrible, quiere llegar pronto a la mercería; ella, una modistita rubia, va pensando en la disculpa que pondrá a la maestra.

Los organillos de la Bombilla promueven esa pedrea musical que los caracteriza. A distancia pierden lubricidad y adquieren cierta melancolía.

La Bombilla tiene un acorde estridente, como la Moncloa tiene un acorde opaco y sostenido, que recuerda la impresión geométrica y adusta de una piedra arrojada en un estanque.

  -14-  

Todos estos modos se totalizan en esa sensación acre, floja, fina y trágica del paisaje de Madrid.

Nuestro yo solitario y paseante va desvaneciéndose al llegar a la Estación del Norte, donde hemos de coger el tranvía: tránsito al señor del tranvía, ese señor que seremos nosotros, mustio y desconocido, al bajar en la Puerta del Sol, en busca del cobijo de la casa y la necesidad de la cena.

Enguantados, abotonados, acomodados en el coche, caemos en las cuentas menudas de nuestra tarde: el paseo ha sido largo. Estoy un poco cansado. ¡Las siete ya! Bostezamos.

El caprichoso malhumor con que emprendimos la marcha se ha disuelto en este par de horas (discretas, benévolas) de soledad y crepúsculo.

Por eso al acercarse el cobrador, le alargamos nuestra moneda, murmurando dulzones:

-Sol.



  -15-  

ArribaAbajoDiván y Moka

Un café de piano y violín y una peña de amigos son cosas imprescindibles para todo buen noctámbulo que sepa dignamente perder su tiempo.

Esto de perder el tiempo, como todo lo selecto, es un arte difícil al que sólo llegan las minorías de los elegidos. Exige finura de humor, escepticismo, seriedad, que sólo se dan en aquellos espíritus expertos que sólo piden atenuadas glosas a la vida, estimulantes fáciles al ensueño.

Y nada mejor glosados que el triunfo y la derrota en estos lugares tranquilos, donde la sonata desgrana tristezas en el piano y el tiempo pone epitafios invisibles en los mármoles blancos.

En la calle nieva, llueve, hay tempestad o clara luna. Es igual. Imperturbables como el Destino, irónicos como la Verdad, asentamos nuestra persona en el rojo diván que es nuestro trono, y murmuramos alegremente del ausente que es nuestro amigo. Nos entretiene todo. En todo ponemos un poco de episodio.

Un caballero viejo y pulcro que toma un vaso de leche lee La Correspondencia y se duerme.

Unos amantes que cuchichean en un rincón.

Unos señores que hacen muchos números y charlan de negocios...

Quizás el caballero viejo fue un héroe allá en las revueltas de la Gloriosa. Él, que ha comprendido muchas cosas en este mundo, comprende una cosa más y se duerme. Quizás los amantes fraguan ese eterno proyecto que nunca pasa de serlo. Se miman, disputan, se levantan, salen. Y los inconvencidos señores de las cifras, buscando el oro terco que tanto reluce en nuestro deseo, se enfurecen a base de matemáticas.

Personajes leves. Momentos serenos; telarañas de monotonía prendidas en la atmósfera de este café especial, de poca luz, poco público, pocos espejos. Para que tenga carácter, es preciso que el violinista maúlle de vez en cuando en su violín, y que el encargado del establecimiento sonría con burla cuando toquen a Beethoven.

  -16-  

Es decir, un café que parezca una siesta, y una tertulia de amigos donde no falten los inevitables de la colección: el señor que todo lo sabe; el víctima, que todo lo ignora, y los demás, que mantienen sobre el concurso una mala voluntad flotante y amistosa.

Ya van quedando pocos santuarios de éstos.

También van quedando pocas personas que sepan pasarse horas y horas, medio tumbados en un diván, discutiendo bagatelas durante treinta años.

Triunfan, en cambio, el grosero tupí y la grosera industria, con sus turbas trabajadoras y metódicas.

Desaparecen el gesto, la filosofía, la pereza.

¿Dónde se meterán los hombres de mañana, suprimidos estos remansos de paz, cuando la noche de la ciudad, demasiado hostil, les desasosiegue e irrite? ¿En la cama? No.

La cama, si son personas de buen gusto, sólo les complacerá de día. ¡Que duerman de noche los que no tienen más quehacer que trabajar!

Ni el casino, ni el teatro (el grande por pedante y el chico por idiota), ni las reuniones caseras de lotería y novia o de cotillón y whist, sustituyen al viejo café modosito y callado, que sonríe en el cortejo vulgar de las noches de invierno.

¡Cuánto tenemos que agradecerle los que sabemos de la gratitud de su ambiente y la piedad suave de sus músicas!



  -17-  

ArribaAbajoLa máscara triste

En la colección borrosa de los días, el carnaval tiene una significación extraña, como en la colección vulgar de los rostros, ciertas muecas atormentadas y rientes, cuyo misterio aparece en los ojos metálicos, en tanto que una risa falsa estremece los labios.

La alegría de Grecia, el refinamiento de Roma, la gracia del Renacimiento y la perversidad del «buen siglo» oscurecen con sus trapos de colores, venidos a menos, el verdadero deseo que late en la conciencia de la bulliciosa multitud abigarrada, que llena los paseos de la ciudad moderna, en los días carnavalescos.

La caterva pide un goce bárbaro y sensual que se perdió en el tiempo, y se divierte porque quiere divertirse.

Afortunadamente, todavía no ha aprendido la gran dificultad de divertirse en las diversiones.

Grotesco y sabio salto, el del que salta porque sí, porque vive su pierrot de seda, como antes o después, seguramente, vive su vida de hombre-hombre, con más pueril hombría (que es la mayor hombría) que los demás hombres.

Alegoría pagana de la fiesta de máscaras: confeti, serpentinas, bengalas, burlas y alcoholes, sin moraleja y sin imágenes; alegoría cristiana plena de trascendencias y diversidades, de pecadoras imágenes literarias y llorosas; papeles de colores rojos de sangre, amarillos de envidia, blancos, de nieve de culpas.

Estos dos términos marcan el contraste que promueven nuestra atención hacia este espectáculo anual y la pretensión infantil de desentrañarle. Podrá no tener argumento, pero es interesante.

Interesante, por el nuevo aspecto en que se revela el hombre mono revestido de percal.

Medio ácido, en él, se manifiesta nuestro fondo de lujuria y crueldad, más escondidos el resto del año detrás de las otras caretas. Se ve mejor lo poco que es necesario para conocernos todos: basta con taparnos la cara. Vemos también la necesidad de gritar, de regocijarnos a fuerza de chillidos y cantares.

  -18-  

El hombre canta en los lugares solitarios para distraer su miedo. Grita para apagar su amargura, a pesar de todo, para no oírse a sí mismo.

(En el lienzo Entierro de la Sardina, de Goya, esta impresión fonética se da con gran violencia. Este lienzo parece un alarido. Suenan terriblemente las voces de sus caricaturas. Se presiente una mala ventura detrás del cuadro.)

Entre todas las máscaras de ese cortejo desenfrenado, hay una especie de máscara filosófica, máscara síntesis, que pasea su indiferencia y su humorismo entre el barullo ajeno. Avanza como si nada fuese con él. ¿Quién será? Acaso un probo funcionario oficinesco, maduro y cargado de hijos; un grave doctor ensimismado, un quídam, un aristócrata, un artista. No lo sé.

Cierto carnaval me entretuve en seguirle.

Vestía un dominó negro de botones rojos, careta blanca. Iba solo, taciturno, despacio, con las manos a la espalda. Desembocó por la calle de Alcalá, mezclado con la muchedumbre, siguió por la Castellana, hasta el Hipódromo. Allí bajose el antifaz y se puso a fumar tranquilamente.

Apreté el paso para alcanzarle, deseoso de verle el rostro, pero todo fue inútil. El humo espeso del cigarro le envolvía por completo... Luego emprendió el regreso, ya anochecido, al mismo paso y con la misma actitud. Siempre con el antifaz puesto, siempre taciturno.

En la Puerta del Sol compró un periódico y bostezó, metiéndose después por las callejas de los barrios antiguos cercanas a la Plaza Mayor. Al volver una esquina, creí verle meterse en un portal; pero al acercarme al sitio por donde había desaparecido, no vi nada. Nada. Allí no había puerta alguna.

Sólo un largo paredón perteneciente a un viejo palacio.

Iba a continuar mis curioseos, pasmado por la misteriosa desaparición, cuando percibí junto a mi oído, y sin que nadie la diese, una carcajada rápida, como un lamento. Más que deprisa me alejé de aquel sitio.

El suceso nada tenía de ilógico.

Mi máscara triste era una máscara simpática que había aprendido a desaparecer. Sólo yo ignoraba la manera de ver algo donde no hay nada.

Siempre me pasa igual con mis máscaras tristes. ¡Siempre me ocurre igual con mis carnavales! 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Prosa escogida

 

Espina, Antonio

 

Gloria Rey Faraldos (sel.)

 

 





  -11-  

ArribaAbajoDivagaciones. Desdén

(Selección)


  -[12]-     -13-  

ArribaAbajoLuz de la tarde

El malhumor se va resolviendo ondulatoriamente.

En el crepúsculo -algarabía del Poniente, que dijo un poeta-, la inquietud que devora nuestra vida urbana se entibia en la tonicidad del silencio, de la luz templada, de la hora discreta en el campo fino y frío de Madrid.

La estrecha vereda se pierde ante nosotros. La transparencia violeta de la tarde tiene tal fuerza que parece aromarnos de color. La sensibilidad se sutiliza como al roce de un secreto, y la meditación hermetiza duramente nuestro rostro.

Percibimos el arribo de inexplicables revuelos a nuestra alma, que sólo pudiéramos condensar en una sucesión de imágenes blancas: el claustro, el monje, el artista de videncias extrañas, el libro síntesis y la luminosidad de la frente del santo, que deshacen la significación de la existencia externa en un solo desprecio, sobre la sabia disciplina de la renunciación y la apacible profilaxis del olvido.

Es como una nueva ráfaga de emociones primitivas y perdidas. Madrid es una mancha grisácea, escalonada.

Cúpulas, siluetas rotas. Un trémolo goyesco que resbala por las tierras grises hasta las praderas del río. La ciudad demasiado grávida, y el cielo demasiado eléctrico. Paseamos con el paso lento de los paseos clásicos, por los clásicos lugares amigos: la Moncloa.

... Una pareja de la guardia civil nos mira al pasar como perdonándonos el habernos visto. Dos novios surgen de un rincón amable, sonrientes y azorados; porque las horas avanzan, y él, un horterita con una corbata terrible, quiere llegar pronto a la mercería; ella, una modistita rubia, va pensando en la disculpa que pondrá a la maestra.

Los organillos de la Bombilla promueven esa pedrea musical que los caracteriza. A distancia pierden lubricidad y adquieren cierta melancolía.

La Bombilla tiene un acorde estridente, como la Moncloa tiene un acorde opaco y sostenido, que recuerda la impresión geométrica y adusta de una piedra arrojada en un estanque.

  -14-  

Todos estos modos se totalizan en esa sensación acre, floja, fina y trágica del paisaje de Madrid.

Nuestro yo solitario y paseante va desvaneciéndose al llegar a la Estación del Norte, donde hemos de coger el tranvía: tránsito al señor del tranvía, ese señor que seremos nosotros, mustio y desconocido, al bajar en la Puerta del Sol, en busca del cobijo de la casa y la necesidad de la cena.

Enguantados, abotonados, acomodados en el coche, caemos en las cuentas menudas de nuestra tarde: el paseo ha sido largo. Estoy un poco cansado. ¡Las siete ya! Bostezamos.

El caprichoso malhumor con que emprendimos la marcha se ha disuelto en este par de horas (discretas, benévolas) de soledad y crepúsculo.

Por eso al acercarse el cobrador, le alargamos nuestra moneda, murmurando dulzones:

-Sol.



  -15-  

ArribaAbajoDiván y Moka

Un café de piano y violín y una peña de amigos son cosas imprescindibles para todo buen noctámbulo que sepa dignamente perder su tiempo.

Esto de perder el tiempo, como todo lo selecto, es un arte difícil al que sólo llegan las minorías de los elegidos. Exige finura de humor, escepticismo, seriedad, que sólo se dan en aquellos espíritus expertos que sólo piden atenuadas glosas a la vida, estimulantes fáciles al ensueño.

Y nada mejor glosados que el triunfo y la derrota en estos lugares tranquilos, donde la sonata desgrana tristezas en el piano y el tiempo pone epitafios invisibles en los mármoles blancos.

En la calle nieva, llueve, hay tempestad o clara luna. Es igual. Imperturbables como el Destino, irónicos como la Verdad, asentamos nuestra persona en el rojo diván que es nuestro trono, y murmuramos alegremente del ausente que es nuestro amigo. Nos entretiene todo. En todo ponemos un poco de episodio.

Un caballero viejo y pulcro que toma un vaso de leche lee La Correspondencia y se duerme.

Unos amantes que cuchichean en un rincón.

Unos señores que hacen muchos números y charlan de negocios...

Quizás el caballero viejo fue un héroe allá en las revueltas de la Gloriosa. Él, que ha comprendido muchas cosas en este mundo, comprende una cosa más y se duerme. Quizás los amantes fraguan ese eterno proyecto que nunca pasa de serlo. Se miman, disputan, se levantan, salen. Y los inconvencidos señores de las cifras, buscando el oro terco que tanto reluce en nuestro deseo, se enfurecen a base de matemáticas.

Personajes leves. Momentos serenos; telarañas de monotonía prendidas en la atmósfera de este café especial, de poca luz, poco público, pocos espejos. Para que tenga carácter, es preciso que el violinista maúlle de vez en cuando en su violín, y que el encargado del establecimiento sonría con burla cuando toquen a Beethoven.

  -16-  

Es decir, un café que parezca una siesta, y una tertulia de amigos donde no falten los inevitables de la colección: el señor que todo lo sabe; el víctima, que todo lo ignora, y los demás, que mantienen sobre el concurso una mala voluntad flotante y amistosa.

Ya van quedando pocos santuarios de éstos.

También van quedando pocas personas que sepan pasarse horas y horas, medio tumbados en un diván, discutiendo bagatelas durante treinta años.

Triunfan, en cambio, el grosero tupí y la grosera industria, con sus turbas trabajadoras y metódicas.

Desaparecen el gesto, la filosofía, la pereza.

¿Dónde se meterán los hombres de mañana, suprimidos estos remansos de paz, cuando la noche de la ciudad, demasiado hostil, les desasosiegue e irrite? ¿En la cama? No.

La cama, si son personas de buen gusto, sólo les complacerá de día. ¡Que duerman de noche los que no tienen más quehacer que trabajar!

Ni el casino, ni el teatro (el grande por pedante y el chico por idiota), ni las reuniones caseras de lotería y novia o de cotillón y whist, sustituyen al viejo café modosito y callado, que sonríe en el cortejo vulgar de las noches de invierno.

¡Cuánto tenemos que agradecerle los que sabemos de la gratitud de su ambiente y la piedad suave de sus músicas!



  -17-  

ArribaAbajoLa máscara triste

En la colección borrosa de los días, el carnaval tiene una significación extraña, como en la colección vulgar de los rostros, ciertas muecas atormentadas y rientes, cuyo misterio aparece en los ojos metálicos, en tanto que una risa falsa estremece los labios.

La alegría de Grecia, el refinamiento de Roma, la gracia del Renacimiento y la perversidad del «buen siglo» oscurecen con sus trapos de colores, venidos a menos, el verdadero deseo que late en la conciencia de la bulliciosa multitud abigarrada, que llena los paseos de la ciudad moderna, en los días carnavalescos.

La caterva pide un goce bárbaro y sensual que se perdió en el tiempo, y se divierte porque quiere divertirse.

Afortunadamente, todavía no ha aprendido la gran dificultad de divertirse en las diversiones.

Grotesco y sabio salto, el del que salta porque sí, porque vive su pierrot de seda, como antes o después, seguramente, vive su vida de hombre-hombre, con más pueril hombría (que es la mayor hombría) que los demás hombres.

Alegoría pagana de la fiesta de máscaras: confeti, serpentinas, bengalas, burlas y alcoholes, sin moraleja y sin imágenes; alegoría cristiana plena de trascendencias y diversidades, de pecadoras imágenes literarias y llorosas; papeles de colores rojos de sangre, amarillos de envidia, blancos, de nieve de culpas.

Estos dos términos marcan el contraste que promueven nuestra atención hacia este espectáculo anual y la pretensión infantil de desentrañarle. Podrá no tener argumento, pero es interesante.

Interesante, por el nuevo aspecto en que se revela el hombre mono revestido de percal.

Medio ácido, en él, se manifiesta nuestro fondo de lujuria y crueldad, más escondidos el resto del año detrás de las otras caretas. Se ve mejor lo poco que es necesario para conocernos todos: basta con taparnos la cara. Vemos también la necesidad de gritar, de regocijarnos a fuerza de chillidos y cantares.

  -18-  

El hombre canta en los lugares solitarios para distraer su miedo. Grita para apagar su amargura, a pesar de todo, para no oírse a sí mismo.

(En el lienzo Entierro de la Sardina, de Goya, esta impresión fonética se da con gran violencia. Este lienzo parece un alarido. Suenan terriblemente las voces de sus caricaturas. Se presiente una mala ventura detrás del cuadro.)

Entre todas las máscaras de ese cortejo desenfrenado, hay una especie de máscara filosófica, máscara síntesis, que pasea su indiferencia y su humorismo entre el barullo ajeno. Avanza como si nada fuese con él. ¿Quién será? Acaso un probo funcionario oficinesco, maduro y cargado de hijos; un grave doctor ensimismado, un quídam, un aristócrata, un artista. No lo sé.

Cierto carnaval me entretuve en seguirle.

Vestía un dominó negro de botones rojos, careta blanca. Iba solo, taciturno, despacio, con las manos a la espalda. Desembocó por la calle de Alcalá, mezclado con la muchedumbre, siguió por la Castellana, hasta el Hipódromo. Allí bajose el antifaz y se puso a fumar tranquilamente.

Apreté el paso para alcanzarle, deseoso de verle el rostro, pero todo fue inútil. El humo espeso del cigarro le envolvía por completo... Luego emprendió el regreso, ya anochecido, al mismo paso y con la misma actitud. Siempre con el antifaz puesto, siempre taciturno.

En la Puerta del Sol compró un periódico y bostezó, metiéndose después por las callejas de los barrios antiguos cercanas a la Plaza Mayor. Al volver una esquina, creí verle meterse en un portal; pero al acercarme al sitio por donde había desaparecido, no vi nada. Nada. Allí no había puerta alguna.

Sólo un largo paredón perteneciente a un viejo palacio.

Iba a continuar mis curioseos, pasmado por la misteriosa desaparición, cuando percibí junto a mi oído, y sin que nadie la diese, una carcajada rápida, como un lamento. Más que deprisa me alejé de aquel sitio.

El suceso nada tenía de ilógico.

Mi máscara triste era una máscara simpática que había aprendido a desaparecer. Sólo yo ignoraba la manera de ver algo donde no hay nada.

Siempre me pasa igual con mis máscaras tristes. ¡Siempre me ocurre igual con mis carnavales!

martes, 6 de octubre de 2026

Cedomil Goic Estudios de poesía Cartas poéticas, otros poemas largos y poesía breve

 


Palabras preliminares

 Los estudios reunidos en este volumen fueron publicados originalmente entre 1957 y 2010. Mas allá de sus fechas de publicación, los ordenamos conforme a ciertos determinantes genéricos. En primer término, siete estudios sobre cartas poéticas, género trimilenario que se remonta a Horacio, y que abarcan desde el arte poética hasta las cuestiones más variadas en notables poemas de Andrés Bello, Guillermo Blest Gana, Rubén Darío, Gabriela Mistral, Pablo Neruda y Gonzalo Rojas. Les siguen otros estudios del poema largo en su variedad moderna, hímnica y elegíaca: uno de los Himnos Americanos de Gabriela Mistral, “Cordillera”, y “Alturas de Machu Picchu”, de Pablo Neruda. Los poemas largos de diferentes tipos se definen por su extensión y por lo que E. A. Poe consideraba una ruptura de la unidad de atención en la lectura del poema. La poesía breve, en tercer lugar, ordena el estudio de cuatro poemas de Gabriela Mistral, de sus libros Desolación y Ternura; el de tres poetas, Huidobro, Neruda y Miguel Arteche, a la luz de un motivo similar; de la antipoesía de Nicanor Parra, en los que abordamos tempranamente la comprensión del antipoema; y por último, la visión crítica y textual de la publicación póstuma y reciente de Enrique Lihn, Una nota estridente. Nuestro método de análisis se aproxima a la retórica y a la semiótica textual. Desde este punto de vista, las cartas poéticas y otros poemas largos son textos en los que las derivaciones de la matriz del poema dan lugar a amplificaciones múltiples de variada extensión. El análisis de las cartas poéticas sigue las normas retóricas de las tradicionales artes de escribir epístolas e intenta mostrar cómo se emplean en las cartas muchas de sus partes y de sus figuras características. Los poemas breves en cambio tienen una amplificación reducida derivada de la matriz o bien se ciñen a sistemas de ordenación bien definidos en formas paralelísticas, concatenadas o de sistemas diseminativos recolectivos.

lunes, 5 de octubre de 2026

Fragmento. La noche del sicofante. Novela. Últimas revisiones."No, ya todo es tan lejano, ahora solo sentís temor ..."


 

[ No, ya todo es tan lejano, ahora solo sentís temor porque estás cerca del umbral: y mirás a la Muerte como un monte pelado y vos: caminando hacia ella con un simple morral y casi desnudo con todos los fríos, la soledad y la desmemoria del mundo. Ya todo se desvanece aquí o quizá principia, no lo sabés. Hasta la fuerza del  cuerpo te abandona.

Por un momento te sentís vacío de recuerdos, de memorias, de sentimientos. Quizá lo único que no te abandona en esta miseria de la soledad es tu  ¨Yo¨ ambiguo y enfermo. Pero, ya nada te importa en la liviandad del sueño, por momentos esperás que todo los placeres del mundo y toda la belleza del mundo se reduzca a esta paz que ahora te cobija.

Es algo superior tensado en el mismo nervio, en la misma noche que ahora te envuelve. Más abajo, más abajo, bajás un escalón más para mirar lo que has bajado; y entonces, de nuevo escuchás su voz:

–               ¡Ámame, Roberto! Pero, a la frase de la jovencita, vos sabés que no podés dar nada a cambio porque estás vacío, porque has caminado al otro lado, a la otra orilla de los placeres y que poco a poco te has ido transformando en un capullo del silencio, en un capullo de la Nada].

Fragmento. La noche del sicofante. Novela. Últimas revisiones.

Robert Desnos (1900-1945)


 

1Pese a su juventud, Robert Desnos (1900-1945) fue uno de los nombres presentes en las más sobresalientes manifestaciones de la literatura vanguardista francesa. Desde 1919 formó parte del grupo dadaísta y poco después participó en la formación y evolución del Surrealismo francés. Desnos fue admirado por sus contemporáneos y el mismo Breton lo consideró uno de los más puros representantes de la literatura surrealista hasta su ruptura definitiva en 1930 a causa del excesivo celo del teórico, que desacreditó las colaboraciones de Desnos en radio y cine. Su obra destaca por la libertad y autenticidad de su lenguaje, basado siempre en los dos pilares del Surrealismo: la «escritura automática» y la «anotación de sueños». El onirismo y los movimientos aparentemente azarosos de su conciencia —que pueden parecer debidos a improvisación— son, por tanto, las notas más acusadas de su obra, que buscaba representar lo maravilloso en su estado bruto mediante la explotación de las correspondencias entre pureza, sinceridad y autenticidad.

***

A finales de la década de los años veinte se encontró en el barrio parisino de Saint-Denis el cadáver, brutalmente despedazado, de una mujer. El crimen y su estremecedor parecido con los cometidos años antes por Jack el Destripador despertaron la curiosidad del poeta y periodista Robert Desnos, que decidió investigar a su vez la historia de aquel legendario asesino del Londres Victoriano. En última instancia, Desnos quería demostrar que los procedimientos de los criminales sádicos no habían cambiado desde el Destripador y para ello estudió, con las dotes de un monstruo mitad forense y mitad literato, los detalles y las variaciones de cada uno de aquellos homicidios. Este trabajo vio la luz a través de una serie de nueve artículos periodísticos sobre Jack el Destripador publicados en París-Matinal entre los meses de enero y febrero de 1928, y que ahora se traducen por primera vez al castellano. En todos ellos, tanto el ambiente del Londres de la época como los pormenores de los crímenes son descritos de forma magnífica y reveladora. Además, Desnos propone a sus lectores a lo largo de esta serie una suerte de intriga paralela que va hilándose de un texto a otro y que avanza, finalmente, una suerte de hipótesis sobre la verdadera identidad de este asesino que nunca fue juzgado…

domingo, 4 de octubre de 2026

GEORGE STEINER TOLSTOI O DOSTOIEVSKI EDITORIAL SIRUELA EDICIÓN 2002 Fragmento

 


CAPITULO 1  La crítica literaria debería surgir de una deuda de amor.

 

 

De un modo evidente y sin embargo misterioso, el poema, el drama o la novela se apoderan de nuestra imaginación. Al terminar de leer una obra no somos los mismos que cuando la empezamos. Recurriendo a una imagen de otro campo artístico, diremos que quien ha captado verdaderamente un cuadro de Cézanne verá luego una manzana o una silla como si nunca las hubiera visto antes. Las grandes obras de arte nos atraviesan como grandes ráfagas que abren las puertas de la percepción y arremeten contra la arquitectura de nuestras creencias con sus poderes transformadores. Tratamos de registrar sus embates y de adaptar la casa sacudida al nuevo orden. Cierto instinto primario de comunión nos impele a transmitir a otros la calidad y la fuerza de nuestra experiencia, y desearíamos convencerlos de que se abrieran a ella. En este intento de persuasión se originan las más auténticas penetraciones que la crítica puede proporcionar.
Digo esto porque buena parte de la crítica contemporánea es de otra índole. Burlona, quisquillosa, inmensamente conocedora de su linaje filosófico y de sus complejos instrumentos, a menudo viene más para enterrar que para encomiar. Realmente, muchísimo es lo que debe ser enterrado si se desea conservar la salud
del lenguaje y de la sensibilidad. En vez de enriquecer nuestra conciencia, en vez de ser manantiales de vida, demasiados libros encierran para nosotros las tentaciones de la facilidad y de un grosero y efímero solaz. Pero éstos son libros para el apremiante menester del reseñista, no para el reflexivo y recreador arte del crítico. Hay más de «cien grandes obras», más de mil. Pero su número no es inagotable. A diferencia del reseñista y del historiador de la literatura, el crítico se interesa por las obras maestras. Su principal función no consiste en distinguir entre lo bueno y lo malo, sino entre lo bueno y lo mejor. 

Aquí, de nuevo, el criterio moderno propende a un punto de vista más tímido. Al aflojarse los goznes del antiguo orden político y cultural, ha perdido aquella serena seguridad que permitió a Matthew Arñold referirse, en sus conferencias sobre las traducciones de Homero, a los «cinco o seis supremos poetas del mundo». Nosotros no nos expresaríamos así. Nos hemos convertido en relativistas; comprendemos, presas del desasosiego, que los principios críticos son intentos de imponer efímeros hechizos de autoridad a la inherente mudanza del gusto. Al dejar Europa de ser el centro de la historia, estamos menos seguros de la preeminencia de la tradición clásica y occidental. Los horizontes del arte han retrocedido, en el tiempo y en el espacio, más allá de lo que nadie podía sospechar. Dos de los poemas más representativos de nuestra época, La tierra baldía, de T. S. Eliot, y los Cantos, de Ezra Pound, se han inspirado en el pensamiento oriental. Las máscaras del Congo asoman en los cuadros de Picasso como una vengadora desfiguración. En nuestros espíritus se proyectan las sombras de las guerras y las bestialidades del siglo xx; nuestra herencia nos hace ser cautos.

Pero no debemos ir demasiado lejos. En los excesos del relativismo se encuentran los gérmenes de la anarquía. La crítica debería traernos los recuerdos de nuestro gran linaje, la incomparable tradición de la épica que va de Homero a Milton, los esplendores de la tragedia en la antigua Atenas y del drama isabelino y neoclásico, de los maestros de la novela. Debería afirmar que, si Homero, Dante, Shakespeare y Racine ya no son los más grandes poetas del mundo entero —el mundo se ha hecho demasiado grande para la supremacía—, son todavía los supremos poetas de aquel mundo del que nuestra civilización saca su fuerza vital y en cuya defensa debe arriesgarse. Al insistir en la infinita variedad de los asuntos humanos, sobre el papel de las circunstancias sociales y económicas, los historiadores quisieran que descartásemos las viejas definiciones, las antiguas categorías de significación. ¿Cómo podemos —preguntan— emplear el mismo rasero para la Ilíada y El paraíso perdido, cuando estas obras están separadas por siglos de hechos históricos? ¿Puede el término «tragedia» significar algo si lo usamos tanto para Antígona como para El rey Lear o Fedra? 

La respuesta es que los recuerdos y los hábitos mentales calan más hondo que las exigencias del tiempo. La tradición y la gran continuidad de la unidad no son menos reales que el sentimiento de desorden y de vértigo que debemos a la nueva época de oscurantismo. Llamemos épica a esa forma de aprehensión poética en la que está insertado un momento de la historia o un mito religioso; digamos de la tragedia que es una visión de la vida cuyos principios de significación provienen de la precariedad de la condición humana, de lo que Henry james llamaba la «imaginación del desastre». Ninguna de estas dos definiciones es válida en un sentido total, pero bastan para recordarnos que existen grandes tradiciones, líneas de herencia espiritual que relacionan a Homero con Yeats y a Esquilo con Chéjov. A esa crítica debemos regresar con un apasionado temor y un siempre renovado sentido de la vida.
En nuestros días, hay un dolorido anhelo de tal regreso. Estamos completamente rodeados de un nuevo analfabetismo, el analfabetismo de los que pueden leer palabras ásperas y palabras de odio y de relumbrón, pero que son incapaces de comprender el sentido del lenguaje en función de su belleza o verdad. Uno de los más agudos críticos modernos escribe: «Me agradaría creer que hay una clara prueba de la necesidad (y, particularmente en nuestra sociedad, una necesidad mayor que nunca), en los eruditos y los críticos, de realizar una tarea especial, la tarea de situar al público en una relación pertinente con la obra de arte, es decir, de cumplir una tarea de intermediario»’.
No juzgar ni diseccionar, si‘R. P. Blackmur, «The Lion and the Honeycomb, TheLjon and lheHoneycomb,
Nueva York 1955.

 
no mediar. Sólo a través del amor por la obra de arte, sólo a través del constante y angustiado reconocimiento por parte del crítico de la distancia que separa su arte del arte del poeta, puede tal mediación ser realizada. Se trata de un amor que ha cobrado lucidez a través de la amargura: es testigo de los milagros del genio creador, desentraña los principios del ser, los muestra al público, y, sin embargo, sabe que no toma parte —o sólo una parte muy pequeña— en su verdadera creación.
Tales son los postulados de lo que podríamos llamar «antigua crítica» para distinguirla parcialmente de la esplendorosa y predominante escuela conocida como «nueva crítica». La «antigua crítica» es engendrada por la admiración. A veces se aparta del texto para considerar un propósito moral. Cree que la literatura existe no como un fenómeno aislado, sino que tiene un papel central en el drama de las fuerzas políticas e históricas. Por encima de todo, la antigua crítica, por su índole y alcance, es filosófica y, generalmente, responde a la idea expresada por Jean-Paul Sartre en un ensayo sobre Faulkner: «La técnica de una novela siempre nos remite a la metafísica del novelista». En las obras de arte se hallan reunidas las mitologías del pensamiento, los heroicos esfuerzos del espíritu humano por imponer un orden y una interpretación al caos de la experiencia. Aunque inseparable de la forma estética, el contenido filosófico —la presencia de la fe o de la especulación dentro del poema— tiene sus propios principios de acción. Hay numerosos ejemplos de arte que, a través de las ideas que exponen, nos convencen o nos impulsan a la acción. Los críticos contemporáneos, salvo los marxistas, no siempre le han hecho caso.

La antigua crítica tiene sus prejuicios: tiende a creer que los «supremos poetas del mundo» fueron hombres impelidos a aceptar o a rebelarse contra el misterio de Dios, que hay magnitudes de propósito y de fuerza poética que el arte secular no puede alcanzar o, por lo menos, que todavía no ha alcanzado. El hombre, según afirma Malraux en Las voces del silencio, está atrapado entre lo finito de la condición humana y lo infinito de las estrellas. Sólo a través de sus monumentos de la razón y de la creación artística puede asumir la dignidad trascendente. Pero al obrar así imita y al mismo tiempo entra en rivalidad con los poderes formadores de la Deidad. Así, en el corazón del proceso creador se da una paradoja religiosa. Ningún hombre es más completamente creado a imagen de Dios, o es más inevitablemente Su retador, que el poeta. 

D. 1-1. Lawrence dijo: «Siempre tengo la impresión de hallarme desnudo ante el fuego del Todo poderoso  que me atraviesa, lo cual resulta abrumador. Para ser un artista, uno ha de ser terriblemente religioso»2. Pero no, tal vez, para ser un verdadero crítico.
Los valores mencionados son algunos de los que desearía hacer resaltar en este estudio sobre Tolstói y Dostoievski, los dos novelistas más grandes del mundo (toda crítica resulta, en sus momentos de autenticidad, dogmática; la antigua crítica se reserva el derecho de ser franca y de emplear superlativos). E. M. Forster escribió:
«Ningún novelista inglés es tan grande como Tolstói, es decir, ha dado un cuadro tan completo de la vida del hombre, en su aspecto doméstico y heroico a la vez. Ningún novelista inglés ha explorado el alma del hombre tan profundamente como Dostoievski»<. El juicio de Forster no se limita necesariamente a la literatura inglesa, y define la relación de Tolstói y Dostoievski con el arte de la novela en general. Por su naturaleza, sin embargo, tal proposición no puede ser demostrada: se trata, en un curioso y definido sentido, de un asunto de «oído». El tono que empleamos para referirnos a Homero o a Shakespeare resulta válido también referido a Tolstój y Dostoievski. Podemos mencionar de corrido la Ilíada, Guerra y paz, El rey Lear y Los hermanos Karamázov. Así es de sencillo y complejo. Pero repetiré que tal declaración no está sujeta a una prueba racional. No se concibe una manera de demostrar que alguien que coloca a Madame Bovary por encima de Ana Karénina, o que considera a Los embajadores comparable, en poder y magnitud, a Los demonios, está equivocado que no tiene «oído» para ciertas tonalidades esenciales. Pero tal «sordera para el tono» nunca puede ser superada por un argumento lógico. (Quién podría haber persuadido a Nietzsche, que tuvo una de 
as mentes más agudas que han existido para la comprensión de la música, de que come >D H. Lawrence a Ernest Collings, 24 de febrero de The Letters of D. H. Lawrence, Nueva York 1932.

 

E. M. Forster, Aspects of the Novel, Nueva York l9O.

 

tía un craso error al considerar a Bizet superior a Wagner?) Además, de nada sirve lamentar la «no demostrabilidad» de los juicios críticos. Los críticos, tal vez porque han hecho difícil la vida a los artistas, están destinados a sufrir, en cierta medida, el destino de Casandra. Incluso cuando ven con más claridad, no disponen de medios para demostrar que tienen razón, y pueden no ser creídos. Pero Casandra tenía razón.
Por consiguiente, permítaseme afirmar mi impenitente convicción de que Tolstói y Dostoievski son figuras señeras entre los novelistas. Sobresalen por el alcance de su visión y la fuerza de su ejecución. Longino hubiera, con absoluta propiedad, hablado de «sublimidad». Ambos poseen la facultad de construir, por medio del lenguaje, «realidades» sensoriales y concretas, y, sin embargo, penetradas por la vida y el misterio del espíritu. Este es el poder que caracteriza a los «supremos poetas del mundo» de Arnold. Pero, aunque permanecen aparte en su dimensión pura —pensemos en la suma de vida acumulada en Guerra y paz, Ana Karénina, Resurrección, Crimen y castigo, El idiota, Los demonios y Los hermanos Karamázov—, Tolstói y Dostoievski forman parte del florecimiento de la novela rusa del siglo pasado. Este florecimiento, de cuyas circunstancias trataré en este primer capítulo, diríase que representa uno de los tres principales momentos de triunfo en la historia de la literatura occidental; los otros dos corresponden a los tiempos de la tragedia griega y Platón, y a la época de Shakespeare. En los tres, el pensamiento occidental saltó hacia delante desde las tinieblas mediante la intuición poética; en ellos se reunió mucha de la luz que poseemos sobre la naturaleza del hombre.
Muchos libros se han escrito y se escribirán sobre las dramáticas e ilustrativas vidas de Tolstói y Dostoievski, sobre su lugar en la historia de la novela y la importancia de su política y su teología en la historia de las ideas. Con la llegada de Rusia y del marxismo al umbral del imperio, el carácter profético del pensamiento de Tolstói y Dostoievski, su relevancia en nuestros propios destinos, ha penetrado con fuerza en nosotros. Pero se requiere un tratamiento más estrecho y más unificado a la vez. Ya ha transcurrido el tiempo suficiente para que podamos advertir la grandeza de Tolstói y Dostoievski en la perspectiva de las más importantes tradiciones.

TolstÓi pedía que sus obras fuesen comparadas a las de Hornero. Mucho más que el (ilises de Joyce, Guerra y paz y Ana Karénina encarnan el resurgimiento del estilo épico, de un nuevo ingreso en la literatura de tonalidades, prácticas narrativas y formas de articulación que habían declinado en el arte poético occidental después de Milton. Pero comprender por qué esto es así, para justificar ante nuestra inteligencia crítica esos inmediatos e indistintos reconocimientos de elementos homéricos en Guerra y paz, requiere una concienzuda y escrupulosa lectura. En el caso de Dostoievski hay una similar necesidad de una más vasta perspectiva. Se ha aceptado generalmente que su genio era de índole dramática, que en ciertos aspectos significativQs fue el temperamento dramático más amplio y natural desde Shakespeare, comparación que el mismo Dostoievski sugirió. Pero sólo después de la publicación y traducción de gran número de borradores y libros de apuntes de Dostoievski —material del que haré amplio uso— ha sido posible trazar las múltiples afinidades entre la concepción dostoievskiana de la novela y las técnicas del drama. La idea de un teatro, como la ha llamado Frances Fergusson, ha sufrido una brusca decadencia, por lo que respecta a la tragedia, después del Fausto de Goethe. El linaje que procedía de Esquilo, Sófocles y Eurípides parecía haberse interrumpido. Pero Los hermanos Karamázov es una obra firmemente enraizada en el mundo de El rey Lear, en la novela dostoievskiana, el sentimiento trágico de la vida, a la manera antigua, es totalmente reanudado. Dostoievski es uno de los más grandes poetas trágicos.
Con demasiada frecuencia, las incursiones de Tolstói y Dostoievski en los campos de la teoría política, la teología y el estudio de la historia han sido rechazadas como excentricidades de genios o como ejemplos de esa curiosa ceguera, propia, a veces, de los grandes espíritus. Siempre que han sido objeto de seria atención, esta ha distinguido entre el filósofo y el novelista. Pero en el arte maduro, la técnica y la metafísica son aspectos de la unidad. Y en Tolstoi y en Dostoievski, como tal vez en Dante, la poesía y la metafisica, el impulso hacia la creación y hacia el conocimiento sistemanco, eran respuestas alternas, y sin embargo inseparables, a las presiones de la experiencia. Así, la teología tolstoiana y la perspectiva del mundo operante en sus novelas cuentos han pasado
por el mismo crisol de la convicción. Guerra y paz es un poema de la historia, pero de la historia vista bajo la luz específica, o, silo preferimos, bajo la oscuridad específica, del determinismo tolstoiano. La poética del novelista y el mito de los asuntos humanos que presentó son igualmente válidos para nuestra comprensión. La metafísica de Dostoievski ha sido muy tenida en cuenta últi
mamente; es una fuerza seminal en el existencialismo moderno. Pero se ha estudiado poco la crucial relación interna entre la mesiánica y apocalíptica visión de las cosas del novelista y las formas reales de su arte. ¿Cómo penetra la metafísica en la literatura y qué sucede a ambas cuando coinciden? El último capítulo de este libro versará sobre dicho tema, que se manifiesta en Ana Karénina, Resurrección, Los demonios y Los hermanos Karamázov. 

Mas ¿por qué Tolstói o Dostoievski? Porque propongo que se juzguen sus realizaciones y se defiria la naturaleza de sus respectivos genios por medio del contraste. El filósofo ruso Berdiáiev escribió:
«Sería posible establecer dos modelos, dos tipos de almas humanas:
las que se inclinan hacia el espíritu de Tolstói y las que se inclinan hacia el de Dostoievski»4. La experiencia lo apoya. Un lector puede consíderar a Tolstói y a Dostoievski como los dos principales maestros de la novela, es decir, puede hallar en sus obras el más completo y penetrante, retrato de la vida. Pero si se le apremia mucho, escogerá entre los dos. Si nos dice a cuál prefiere y por qué, comprenderemos, creo, su verdadera naturaleza. La elección entre Tolstói y Dostoievski denota lo que los existencialistas llaman un engagement obliga a la imaginación a tomar partido por una u otra de las dos interpretaciones radicalmente opuestas del destino del hombre, del futuro histórico y del misterio de Dios. Para Berdiáiev, citándolo de nuevo, Tolstói y Dostoievski son el ejemplo de «una insoluble controversia en la que se enfrentan dos conjuntos de supuestos, dos conceptos fundamentales de la existencia». Esta confrontación tiene cierta relación con las prevalecientes dualidades del pensamiento occidental que se remontan hasta los diálogos platónicos. Pero también es trágicamente afín a la guerra ideológica de nuestro tiempo. Las prensas soviéticas lanzan literalmente mi N. A. Berdiáiev, L’Esprit deDostoievskz, París 946.

 

llones de ejemplares de las novelas de Tolstói; pero sólo hasta hace pocos y a regañadientes, imprimieron Los demonios.
Pero, en verdad, ¿son comparables Tolstói y Dostoievski? ¿Es algo más que la fábula de un crítico imaginar un diálogo entre sus dos espíritus y un mutuo conocimiento? Los principales obstáculos para una comparación de esta clase provienen de la falta de material y de las disparidades en magnitud. Por ejemplo, no poseemos los bocetos para La batalla de Anghiari; así, no podemos comparar lo que lograron Miguel Angel y Leonardo cuando fueron rivales en invención artística. Pero la documentación sobre Tolstói y Dostoievski es abundante. Sabemos qué pensaban uno del otro ylo que Ana Karénina significaba para el autor de El idiota. Sospecho, además, que en una de las novelas de Dostoievski se encuentra una alegoría profética del en 
cuentro espiritual de él mismo con Tolstói. No hay entre ellos ninguna discordancia de estatura: ambos eran titanes. Los lectores del siglo XVII fueron probablemente los últimos que vieron a Shakespeare como una figura comparable a las de los dramaturgos coetáneos suyos. Ahora, para nuestra admiración, tiene una ingente estatura. Al juzgar a Marlowe,Jonson o Webster, levantamos un cristal ahumado contra el sol. Esto no es válido para Tolstói y Dostoievski. Ambos significan para el historiador de las ideas y para el crítico literario una conjunción única, como planetas vecinos, de igual magnitud y mutuamente perturbados por sus órbitas. Desafían toda comparación.

Además, hubo un terreno común entre ellos. Sus imágenes de Dios, sus propuestas de acción, son en última instancia irreconciliables. Pero escribieron en la misma lengua y en el mismo momento decisivo de la historia. En algunas ocasiones estuvieron a punto de conocerse; pero cada vez se echaron atrás, presas de alguna tenaz prevención. Merezhkovski, un testigo errático, poco digno de confianza y sin embargo esclarecedor, consideró a Toistoi y a Dostoievski dos escritores completamente opuestos: «Digo Opuestos pero no remotos ni ajenos; porque a menudo establecen Contacto, como extremos que se tocan»5.
>D. S. Merezhlçovskj ToL’toj as Man and Artist, with an Essay on Dostovski, Londres 1902.

 

Una buena parte de este ensayo será, en espíritu, divisivo: tratará de distinguir al poeta épico del dramaturgo, al racionalista del visionario, al cristiano del pagano. Pero entre Tolstói y Dostoievski había áreas de semejanza y puntos de afinidad que contribuyeron a que el antagonismo de sus naturalezas fuese más radical. Empezar con éstas.

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