lunes, 20 de julio de 2026

INTRODUCCIÓN. LEMMY CONTRA ALPHAVILLE, GODARD LEÍDO EN CLAVE WITTGENSTEINIANA


 

INTRODUCCIÓN. LEMMY CONTRA ALPHAVILLE, GODARD LEÍDO EN CLAVE WITTGENSTEINIANA 

Muchas veces Wittgenstein habló de cómo el origen de la filosofía no se fundamentaba en la creación de problemas, sino en la disolución de ellos. Así, la manera como se intentó escribir este texto fue desde una óptica cinematográfica: Godard, un director de cine, explicaba en su película Alphaville (1963) cómo era posible la existencia de un mundo a través de la opresión absoluta de los seres, tanto que la importancia de esta opresión no radicaba en la fuerza armada por parte de estamentos y cuerpos policiales que desplazaban a la población, sino que la mejor manera de someter a la multitud en el contexto de Godard era aniquilándoles palabras.

La manera de coacción perfecta es explicada entonces sobre el precedente de si las palabras son o no son lo mismo que las cosas, y más que nada su relación directa con las maneras de pensar de cada persona. Es por ello que se encuentra necesaria una interpretación wittgensteiniana de la película de Godard, a saber, en este director la sorpresiva explicación de la realidad está condicionada sobre la palabra amor, capaz de resumir todas las demás. A su vez, sobre la interpretación de Wittgenstein recae la idea de que las palabras no son las cosas y para entenderlas solo hay que hacer uso de ellas. En ese sentido Godard es wittgensteiniano, puesto que la manera de construir su película es sobre la idea de que la realidad es un constructo gramatical. Los conceptos de Wittgenstein sobre los usos y juegos de lenguaje se explican en la película en la medida que los instrumentos se relegan a un desempeño maquínico que desencadena en la población una inherencia a ellos sobre un estatuto automático y mecánico que no explica realmente la relación entre el objeto y la persona, sino que la persona pasa a ser objetivizada por la implicación directa de los usos y el sujeto que es usado para complementar el proceso de adquisición de información. El problema de la expresión desarrollado en este trabajo fundamenta ese esquema maquínico de la película de Godard, por un lado, y segundo la importancia de entender las palabras como algo vivo que insiste constantemente y que además de eso pelea su existencia desde un punto de vista activo. La posibilidad de un lenguaje expresivo se explica constantemente en la relación que debe mantenerse entre la persona que usa, entiende y que además siente el lenguaje sin nunca establecer unas distancias de similitud o de equivalencia que lo reduzcan a hechos concretos. Puesto que la tesis central del texto se da en la medida de cómo pensar el lenguaje como algo mucho más productivo, ¿cómo se produce? Y más allá de eso, ¿qué podemos hacer con él? De la mano de Godard y de la de Wittgenstein se entiende que el lenguaje puede ser una máquina de guerra si se lo propone. Pero no una que atraviesa cuerpos y despliega un armamento superior al mismo, sino solo el ejemplo de un lenguaje capaz de crearse a sí mismo. 

Existe en dicha película todo un monumento tecnológico que no se compara a los años luz de cualquier película futurista de Hollywood; el año luz es ahora y el futuro no se describe en escenarios, sino en maneras de ser y pensar. El argumento de todo el filme se encuentra dado en la lucha de un detective por acabar con Alpha: Natasha, interpretada por Anna Karina, le pregunta a Lemmy Caution, el detective y héroe de la película: “¿Qué es el amor?”, a lo que él responde no desde su vocabulario, sino más que nada desde su cuerpo, desde su piel; la caricia de Lemmy se desenvuelve lenta, dulce y sutilmente por la imagen que Godard de manera poética describe como capital de dolor. Este acto, lejos de describir todo el filme, presenta uno de los mejores y más esenciales aspectos de toda la película, pues si carecemos de palabras aún nos queda o nos debe quedar otra forma de inventarlas, y para ello siempre será necesaria la poesía. En ese orden de ideas, el escrito surge naturalmente de esa escena, percibiendo desde allí que las palabras no podían seguir siendo esclavas de ningún tipo de atadura semántica o filosófica, sino más que nada pelear ellas mismas por su libertad, por la reestructuración de un lenguaje que crezca y que obligue a generar sensaciones, pensamientos, actos, o alguna manifestación especial. De allí viene el concepto de expresión. He intentado en este escrito mostrar, de la mano de Wittgenstein, la importancia de tal concepto dándole consistencia desde diferentes momentos de su filosofía, partiendo de una noción general y deshilvanando cada posición en otra más, indicando una fuerte intensión que debemos crear a toda costa, sin importar que la filosofía no tenga mucho que aportarle al arte, más que el arte sí le pueda aportar a la filosofía. De tal manera que el uso de un concepto artístico en campos filosóficos es más un experimento que un riguroso estudio de cómo es que el autor dice algo sin temor a equivocarse, pretensión que desde el mismo contexto wittgensteiniano pierde toda validez, pues no se puede conocer algo ni interpretarlo, sino que por reglas establecidas se indican caminos por dónde tomar y hasta dónde hay que llegar. Después de todo, ciertas categorías filosóficas han perdido el filo y es labor del arte reinventarlas, darles un nuevo orden o un nuevo caos que explique una idea y esta se levante como un acto de creación. La primera posición expresiva se puede entender como una extensión que se explaya por todo lo que toca y que las palabras y nombres entienden como referencia por dominaciones mínimas de códigos.

Nuestra investigación tiene como tema central el problema de la expresión en la estética de Wittgenstein, si es que ha de haber alguna, porque para desarrollar este asunto fue necesario imaginarlo como si fuese una película o un gran cuadro en el que los datos se concatenaban alrededor del montaje, o sencillamente se articulaban con la mano del artista y el ojo que vuela a buscar su camino. Por supuesto que todo tema necesita un mapa, pero la cartografía que hicimos de allí es solo la intuición a desprenderla y darnos cuenta de que el mapa estaba mal cortado o le faltaban partes importantes para llegar al lugar. Había que caminar bastante, y lo curioso es que la expresión es todo menos una brújula que anuncia caminos, por eso se parecía más a la filosofía ya que en esta no importan los caminos, los puntos de llegada, sino los de salida. De manera que nuestra sencilla pretensión es promover un tipo de actividad a la comprensión de las palabras desde diferentes puntos de vista, argumentando con ello que el arte de las palabras está ya ahí expresándose a cada momento y que nosotros tenemos la tarea de buscarlo, de vitalizarlo constantemente. Para hacerle frente a tan difícil tarea utilizamos la corriente analítica, llamada por sus estudiosos como filosofía del lenguaje, rótulo que abarca grandes autores que permitieron pensar lo que hoy conocemos como pragmatismo. Las obras de Frege, Russell y Wittgenstein funcionaron como apertura a una serie de análisis que no los unifica por completo, pero que en contraste sí aportaron mucho al desarrollo del lenguaje en nuestros días. Nuestra investigación comparte cada una de estas relaciones de la filosofía del lenguaje y la filosofía analítica, pero con el objetivo de demostrar que más que ser punto de atracción son polos que se repelen. Problemas como el del significado, el nombre y la referencia, para nuestra investigación cobran una especial urgencia que a través de la expresión se solucionan, pero también gracias a la intervención de la segunda filosofía de Wittgenstein y la aparición de los “juegos de lenguaje” y los “usos”. En cuanto al método utilizado, se trataba de hacer una selección de autores que permitieran un análisis importante acerca del funcionamiento del lenguaje, y es que de alguna manera de esto se trata, de ver al lenguaje como algo que funciona, algo que produce y que debe estudiarse desde sus medios de producción y no desde sus significados y representaciones más precisas. 

Elegimos esos autores porque muestran una intensión diferente de presentar los problemas del lenguaje, y además porque resuelven de alguna manera el ineficaz tratamiento que se le da, promoviendo con ello su más sincera distinción. Dichos autores son: Frege, Russell, Wittgenstein, Goodman, Enaudeau, Kripke, Kenny, y otros más como Deleuze y Foucault, a los que en comparación con los anteriores hemos tratado con menor detalle. Decidimos dividir la investigación en dos partes: la primera funciona a modo de introducción del problema, y a pesar de que se cambie de tema se sigue hablando de lo mismo en diferentes contextos; la hemos titulado “La insistencia de las cosas” debido a que consideramos que metafóricamente las cosas insisten y no subsisten gracias a nuestra existencia perceptiva o lingüística. Esta parte se encarga de desarrollar en gran fragmento los conceptos de Wittgenstein a través de un eje más preciso que es: ¿cómo podemos hacer del lenguaje algo mucho más productivo?, y por productivo se deben entender los medios de producción del lenguaje, de creación, de cobertura que puede tener, pero que al estar solapados por diferentes paradigmas y teorías perdieron sus fundamentos esenciales. Hemos titulado la segunda parte “Cuando las cosas hacen palabras” no porque se quiera parafrasear a Austin con su Cómo hacer cosas con palabras (1962), sino que más allá de eso las cosas pueden hacer palabras si se enfocan bien en darles un nuevo contexto, sentido y significado, lo que por naturaleza sabemos ha hecho bien el arte. No utilizamos toda la historia del arte, ni tampoco toda la historia de la estética para explicar nuestro tema, sino solamente la parte que consideramos necesaria; por ello, creemos que el punto de inflexión del lenguaje lo comparte de igual forma el arte de los años setenta, más específicamente el arte conceptual, de tal manera que será desde ese eje que nuestra investigación irá acotando los momentos más importantes de un autor como lo es Wittgenstein en su segunda filosofía, con el firme propósito de establecer un campo mucho más activo del lenguaje, campo que desde luego ofrece este autor de manera indirecta, pero que trabajamos y titulamos como el problema de la expresión. Por tanto, el primer capítulo es más una presentación de los autores y sus teorías con relación al concepto de expresión que una autenticación de los problemas desarrollados por cada uno de ellos. No digo con esto que los autores se manejan a medias, sino que lo que ellos hacen debe servir o para promover un expresionismo en el lenguaje o para impedir su libertad; para nuestra fortuna se puede pensar de las dos formas, de modo que el primer capítulo dará cuenta de lo que significa la expresión a través de dos momentos claves en la filosofía del segundo Wittgenstein, a saber, los usos y los juegos de lenguaje.

Creemos que este autor, en sus Investigaciones filosóficas (1998), dice más de lo que quiere decir, que allí se encuentra no solamente una propuesta para desaparecer los problemas por el mal uso del lenguaje, sino además para que hagamos algo con él. En ese sentido, el segundo capítulo investiga sobre el problema del pensamiento y el ya tradicional de si es primero el pensamiento o el lenguaje, argumentando desde allí que el pensamiento no se piensa a sí mismo y que lo que importa no es quién está primero sino qué se hace con cada uno. Para ello fue necesaria una investigación sobre la interpretación y la representación, ya que allí se encuentran concatenados muchos de los desajustes que el lenguaje tiene que superar para hacerse más activo. Por último, en el tercer capítulo nos dedicamos a analizar uno de los más importantes problemas en la filosofía del segundo Wittgenstein, el de los lenguajes privados; aquel autor expone la inexistencia de un lenguaje privado como solución al problema de la mente, pero desde allí también encontramos otro precursor importante para este tratamiento, a saber: el cuerpo. Indudablemente, Wittgenstein no lo menciona como un factor importante para solucionar los dilemas del lenguaje, pero para nuestro contexto desempeña un papel fundamental: el lenguaje corporal no solo nos da cuenta de una inexistencia del lenguaje privado, sino que permite generar un nueva distinción del lenguaje que debe aprenderse a usar así como utilizamos las palabras. La relación cuerpo-lenguaje es recíproca y en cada uno existe una actividad que examinamos en función de describir la que tiene el lenguaje. Ya para terminar, en los capítulos predecesores de la segunda parte hacemos únicamente una relación de cómo el arte conceptual supo ver la actividad del lenguaje y creó nuevas formas de entender el mundo, nuevas formas de vida. Concluyendo con esto que sí existe una forma diferente de hacer las cosas, pero hay que percibirlas en su mejor momento y no vivir aletargado por las representaciones que ellas nos suscitan; el arte es el mejor ejemplo, razón por la cual deducimos que Wittgenstein juega a ser artista sin escribir nada sobre ese tema. 

Sostengo que la estética es el fundamento de la expresión no porque estudie cada movimiento por separado y dé juicios acertados o equívocos sobre lo que pasa en el arte, sino porque presenta maneras de entender que una de las tendencias de la vida es modularse a tal punto de hacerse menos reconocible y más sensible; por tanto, si la expresión recorre este camino, solo debe entenderse del concepto un carácter expresivo que tienen el arte y el lenguaje, el cual se hace palpable cuando encontramos ese punto productivo del mismo. Diríamos que la expresión tiene por objetivo promover o insistir en las cosas, el mundo y el hombre, para que desde allí se plantee que el mundo goza de una situación privilegiada.

domingo, 19 de julio de 2026

LECTURA EXISTENCIALISTA DE "LA CELESTINA".

 


AGRADECIMIENTO

Quiero reiterar aquí mi gratitud a los profesores Cándido Ayllón, Ana María Fagundo y Philip O. Gericke, de la Univer sidad de California, Riverside; a la profesora Jacqueline Martin, de la Universidad de Puget Sound; y a la profesora María del Carmen Jiménez, de Thomas Moore College, por la cuidadosa lectura del manuscrito y las atinadas sugeren cias que me hicieron. Quedo también muy agradecida a The National Endow- ment for the Humanities por la generosa beca que se me concedió durante el año 1975-1976, que hizo posible la revi sión y preparación final del manuscrito.

 Al profesor Elias L. Rivers, de The Johns Hopkins Uni versity, a la administración de dicha universidad, así como al personal de su biblioteca, mi reconocimiento por sus atenciones, que han favorecido mi tarea y que han hecho mi estancia en Baltimore tan fructífera. En fin, a mis estudiantes de la Universidad de Puget Sound que trabajaron conmigo en el borrador del capítulo VI, especialmente a Leslie Schwartz, mi agradecimiento por sus ideas y por sus espontáneos y valiosos comentarios a las mías. En Baltimore, Maryland, diciembre de 1975. E. G. V. La Celestina adquirió fama y popularidad instantánea des de el momento de su aparición en 1499. Testigo de ello son las numerosas ediciones españolas, las imitaciones y el inte rés internacional que despertó inmediatamente. Ya en 1535, Juan de Valdés, en su Diálogo de la lengua, nota la atención que le dieron los investigadores y críticos. Esta vitalidad abar có más de cien años, cuando los índices de 1640 y 1667 ordena ron varias expurgaciones hasta que, finalmente, en 1793, el Santo Oficio prohibió su publicación y circulación. Durante los siglos xvn y xvm decae su atractivo, que vuelve a resu citar con el estudio de José María Blanco White en 1824 1. A partir de esta fecha, el interés por la obra y por su estudio ha tenido un crecimiento constante, especialmente de 1950 a la fecha. Es natural que una obra maestra como La Celestina tenga algo que decir a individuos o grupos de diferentes regiones geográficas, de variadas opiniones ideológicas, a través de los tiempos. Es de notar, sin embargo, que las fechas de su naci 1 Adrienne Schizzano Mandel, La Celestina Studies: A Thematic Survey and Bibliography, 1824-1970 [Estudios de La Celestina: JJn bos quejo temático y bibliografía, 1824-1970] (Metuchen, N. J.: The Sca- recrow Press, Inc., 1971), págs. ix y x. miento, la de la nueva ola de interés y la de su más intenso estudio de estos últimos años, coinciden con épocas en que se hace hincapié en el valor del individuo. Nunca, creo, se ha dejado sentir tanto la exaltación del individuo, de su valor y de su responsabilidad personal, como a partir de la ideología existencialista. Así lo prueba la aplicación práctica de estas ideas en diversos aspectos del vivir. Estas coincidencias me indujeron a someter a La Celes tina a una lectura desde el punto de vista del existencialismo. Como ya lo ha apuntado María Rosa Lida de Malkiel, me doy cuenta de que ésta no «es una clave única..., panacea que explique en todas sus caras la prodigiosamente densa y com pleja Tragicomedia»2. Espero, sin embargo, que mi trabajo contribuya a poner de relieve algunos aspectos de la obra. En el primer capítulo trataré de aproximar, salvando to das las distancias y los puntos que las diferencian, dos épo cas de crisis y sus actitudes vitales: los cambios del Medioevo al Renacimiento y los experimentados entre finales del si glo xix y principios del xx.

 Al discutir los primeros, lo haré a través de España, donde nace La Celestina, pero sin perder de vista el resto de Europa; tocaré los diversos aspectos de la vida española, incluyendo las artes plásticas. Por otra parte, al discutir los segundos, lo haré más bien desde el punto de vista del desarrollo de ideas en Europa, aunque sin perder de vista a España, ya que el existencialismo es una actitud ideológica cuya cuna puede localizarse en Alemania, Dinamarca y Francia. Después de exponer los antecedentes, credos y algunas técnicas existencialistas, se harán notar los temas que son de particular interés en relación con La Celestina. Continua 2 María Rosa Lida de Malkiel, La originalidad artística de «La Ce lestina» (Buenos Aires: Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1962), pág. 315.

 Introducción 13 ré este estudio analizando algunos mitos, símbolos e imá genes, así como también técnicas, que Fernando de Rojas tiene en común con los escritores existencialistas. Esta lectura se basará en la versión de veintiún actos, Tragicomedia de Calisto y Melibea, por ser la que ha llegado a nuestros días y por considerarla como una unidad artística más rica para los propósitos que alumbran este estudio. En cuanto al problema de la paternidad, me uno a la tesis de Lida de Malkiel3, solamente que, al considerar los veintiún actos como unidad literaria, emplearé indistintamente los términos «autores», «autor» y «Rojas» a pesar de que me doy cuenta de que me estaré refiriendo a dos o más indi viduos. 3 Ibid., pág. 26.

sábado, 18 de julio de 2026

ANTOLOGÍA DE LA LITERATURA GRIEGA (ss. vni a.C.-τν d.C.)SELECCIÓN E INTRODUCCIÓN DE CARLOS GARCÍA CUAL Y ANTONIO GUZMÁN GUERRA

 


INTRODUCCIÓN

 Pervivenda de la literatura griega «Una misma ola desde Troya ondula su grupa hasta noso tros» escribió Saint-John Perse Una misma ola, sí, un mismo viento resonante, un antiguo horizonte de figuras míticas nos llega desde los comienzos de la épica en la litada, desde la guerra de Troya narrada por Homero. Es cierto que ya esta mos lejos y no percibimos toda la música de los hexámetros helenos. Pero nos alcanza aún una persistente familiaridad con esos lejanos relatos, con esos héroes, con ese mundo de ruido y furia recordado en los primeros poemas de nuestra tradición literaria occidental. Tal vez no somos ya los griegos, en contra de lo que dijo Shelley, o somos cada día menos grie gos, pero acaso aún recordamos vagamente haberlo sido. Y aún nos reconocemos en esos griegos antiguos, amantes del diálogo, la geometría, las preguntas, el asombro y la libertad. Todavía conservamos muchas palabras griegas, muchos con ceptos griegos, y percibimos en algunas creaciones helénicas la expresión vivaz de nuestros propios sentimientos. La guerra de Troya es una contienda lejana de cierto fondo histórico. Aún podemos visitar las ruinas de las nueve o diez 7 s C GARCÍA GUAL-A. GUZMÁN GUERRA Troyas superpuestas en Hissarlik, excavadas por Schliemann hace siglo y pico. Pero por encima de un sangriento asedio de una pequeña ciudad amurallada sobre una colina junto al Bosforo, la guerra de Troya es para nosotros el símbolo de to das las guerras. Aunque nosotros sabemos de guerras mil ve ces más destructivas en nuestra historia, con muchísimos más muertos, mucho más inhumanas y devastadoras, el fan tasma de Troya se alza en nuestra imaginación como el para digma de la guerra y sus horrores. 

De una guerra que aún te nía, sin embargo, cierta grandeza y una noble ferocidad, sin el aspecto aniquilador y mecánico de la tecnología actual. Y es así porque la Ilíada, el primer gran poema de Occidente, nos cuenta de modo inolvidable la fiera batalla de aqueos y troya- nos con una intensa poesía y una patética grandeza. No sólo en su versión épica, sino también en su versión trá gica, la leyenda o el mito de la ciudad condenada a la destruc ción nos sirve de paradigma. Todavía. Como ha escrito Mar guerite Yourcenar -en uno de los breves ensayos de tema he lénico recogidos en su libro Peregrina y extranjera-, todas las guerras son un eco de Troya: «Una generación asiste al sa queo de Roma, otra al sitio de París o al de Stalingrado, otra al pillaje del Palacio de Verano: la caída de Troya unifica en una sola imagen toda esta serie de instantáneas trágicas, foco central de un incendio que hace estragos en la Historia, y el lamento de todas las viejas madres, cuyos gritos no tuvo tiempo de escuchar la crónica, encuentra una voz en la boca desdentada de Hécuba». La mención de Hécuba, la vieja rei na troyana, alude a la tragedia de Eurípides, a esas Troyanas que ahora acaban de reponerse en un teatro de Madrid, en la versión de J. P. Sartre. Esta vez en homenaje a los muertos y las madres de Sarajevo. Desde Homero, ¡cuántas Troyas con otros nombres! La literatura occidental comienza con una epopeya guerre ra. Una guerra con dioses y héroes, enaltecida por la poesía. Pero la tradición griega se caracteriza por su versatilidad, por INTRODUCCIÓN 9 la rapidez de sus cambios de tema y tono. Y pronto al poema épico bélico le sucede el gran relato de aventuras de horizon tes sorprendentes y personajes de cercana humanidad: la Odisea. Con su protagonista versátil y astuto, un héroe de abolengo mítico, que de vuelta de Troya a su austera isla de ítaca cruza un mar fabuloso de monstruos y maravillas, el relato épico deriva hacia lo novelesco. 

Tal vez lo compuso el mismo Homero que algo antes creó -a partir de una tradi ción poética oral muy antigua- el gran poema sobre Aquiles y Troya. O, si no fue él, fue un discípulo próximo. Ulises nos parece mucho más moderno que los otros héroes combatien tes en Troya. Y bien merece el homenaje de J. Joyce, en su Uli ses, justamente por su humanidad misma. Desde el siglo vm a.C. hasta la novela de nuestro siglo xx este curioso eco nos vuelve a recordar la pervivencia de las figuras míticas. Leo pold Bloom, en el relato de Joyce, parodia el itinerario de Uli ses, lejos del luminoso Mediterráneo, en un Dublin sombrío y prosaico. Este rasgo de la inagotable pervivencia de los mitos, moti vos, y figuras griegas, en una tradición literaria de tantos si glos es lo que queremos destacar en primer lugar. A pesar de la distancia de tantos siglos, más allá de modas y olvidos, ahí están los prototipos, los reflejos, los ecos de la literatura grie ga, que es el comienzo de nuestra literatura. Hay, ciertamen te, otras culturas de tradición literaria más antigua, la meso- potámica y la egipcia, pero es en Grecia donde comienza la nuestra. Al asomarnos a los inicios de esa larga y vivaz literatura -como, de modo muy modesto, pero con intención un tanto panorámica, nos permite una antología como la que ahora emprendemos-, podemos percibir -incluso a través de tra ducciones y no de los textos en su versión original- la impre sionante frescura y agudeza de esta poesía y esta coloreada expresión del mundo, que, como decíamos, nos es todavía fa miliar. La presente antología recoge textos que distan más de 10 C CASCÍ A. GUAL-A. GUZMÁN GUERRA diez siglos entre sí. De Homero, en el siglo vm a.C., hasta Plo- tino y hasta Nonno hay más de mil años. Y, sin embargo, el lector no dejará de sentir cómo a través de tan extenso y di verso panorama late una cierta continuidad espiritual. Muchos siglos separan los poemas arcaicos griegos de los que hoy se escriben. Los moldes formales de los antiguos eran distintos y distantes, pero algo pervive, incluso en una antología de traducciones, de su vigor poético, más allá de las traiciones a la forma original. ¡Qué modernos son los Uricos arcaicos en muchos sentidos! Es verdad que, al observar esa tradición cultural con una amplia perspectiva, no podemos olvidar que hemos heredado de los griegos nuestra estética y muchas de nuestras convencio nes. Fueron ellos los que inventaron todos o casi todos los gé neros literarios practicados en nuestra tradición literaria, des de la épica a la novela. Y, por encima de esos moldes o cánones literarios, también inventaron y practicaron una manera de sentir, de investigar, de expresar el mundo que sigue parecién- donos actual. 

Ya en clave patética, cómica o lírica, ya en las pro sas de los científicos, los filósofos o los historiadores, nuestra li teratura continúa modos griegos de ver el mundo y expresarlo. Nuestro imaginario cultural está lleno de fantasmas helénicos. No sólo porque los griegos están al comienzo de esa tradición cultural, sino porque fueron tremendamente imaginativos y audaces en su pensamiento y su poesía. Nuestro humanismo está enraizado en la antigua Grecia, sin remedio. Me gustaría expresar esto con unas palabras de A. Malraux -sacadas de su libro Le musée imaginaire- que traduzco: «Para nosotros, el descubrimiento fundamental de Grecia es la constante puesta en cuestión del universo. Esos filósofos que enseñaban a vivir, esos dioses que cambiaban con sus es tatuas -sometidos a los artistas como unos sueños- habían modificado el sentido mismo del arte. A pesar de la evolución de las formas en que, de siglo en siglo, se había afirmado en Egipto el orden irreductible de los astros y de lo eterno, INTRODUCCIÓN 11 en Asiría el de la sangre, el arte no había sido más que la ilustra ción de una respuesta, hecha de una vez para todas al destino por cada civilización; la tenaz cuestión que fue la voz misma de Grecia destruyó, en cincuenta años, esa letanía tibetana». En efecto, el arte griego como la literatura cambia incesante mente en su búsqueda de sentido a las formas y retos del exis tir. Esa versatilidad, ese latido del tiempo fugaz, ese constante inquirir y ese tratar de expresar su visión del mundo de modo nuevo, crítico, vivaz, diferencia a los griegos de otros pueblos de cultura estática, y los aproxima en su inquietud a nosotros. «Fin de lo único en beneficio de la multiplicidad del mundo, fin del valor supremo de la contemplación y de los estados psí quicos en los que el hombre cree alcanzar lo absoluto en los ritmos cósmicos de una unidad absorbente, el arte griego es el primero que nos parece profano. Las pasiones fundamentales tomaron en él su sabor humano, la exaltación comenzó a lla marse alegría. La danza sagrada en la que aparece la figura he lénica es la del hombre liberado al fin de su destino. »La tragedia aquí nos engaña. La fatalidad de los Atridas es, en principio, el final de las grandes fatalidades orientales. Los dioses se ocupan de los hombres tanto como los hombres de los dioses. Sus figuras subterráneas no vienen de la eterni dad de las arenas babilonias, sino que se liberan de ellas al mismo tiempo que los hombres, como los hombres; en el des tino del hombre, el hombre empieza y el destino acaba.·» 

Has ta aquí Malraux, que en su brillante prosa glosa ese mismo humanismo que hemos apuntado. Cierto es que, en comparación con los artistas orientales, los griegos destacan por su movilidad, por su inquietud que les lleva a variar sus modelos, a dudar y criticar. Frente a los imponentes dioses egipcios y mesopotámicos los griegos pa recen terriblemente humanos, espléndidamente frívolos, como apuntó Nietzsche. Esa «constante pregunta por el universo» -que incita a la in vención de la filosofía y de la ciencia-, esa humanidad de sus 72 C. GARCÍA GUAL-A. GUZMÁN GUERRA dioses y sus héroes está muy en consonancia con la movilidad de los estilos y las formas, y con el rechazo de un Destino que ne gara la libertad del hombre. Justamente la tragedia griega supo ne esa libertad del héroe para el error, y de ahí la culpa trágica. Los griegos inventaron también y ensayaron las formas políticas que culminan en la democracia, justamente porque afirmaron esa libertad del hombre. Entre esos rasgos de la concepción grie ga del mundo está también la idea de que la verdad no es algo li gado a la tradición inmutable, sino, por el contrario, algo que se descubre, «descubrimiento», alétheia. Con dioses «demasiado humanos», los héroes del mito son algo superiores a los huma nos, en coraje y en gloria, pero como los humanos están sujetos al error y al sufrimiento, como ellos luchan por descubrir el sen tido de la existencia terrena y sus bellezas, denodadamente. Por todo eso nos parecen cercanos los antiguos griegos. Por su inquietud espiritual, por su incesante búsqueda del sentido de la vida. En efecto, éste es un mundo de cambios rápidos. En cincuenta años han cambiado los estilos, tanto en la escultura como en la literatura. Incluso en un género tan formaliza do como la tragedia, que recuenta los mitos tradicionales, el cambio es impresionante. Entre Esquilo y Eurípides median sólo algunos lustros, pero el segundo muestra un talante crítico muy lejano a su gran maestro. 

Sus dioses y sus héroes han avanzado tremendamente hacia una crisis espectacular del mito como for ma del saber sobre el mundo, que lleva pronto al final del teatro trágico. Entre los Persas y la Ifigenia en Aulide, la más antigua y la última de las tragedias de los dos autores citados, median me nos de setenta años, pero la distancia espiritual es enorme. La invención y sucesión de los géneros literarios Los griegos han inventado todos -o casi todos- los géneros li terarios de nuestra tradición. Una antología de textos, como ésta o cualquier otra de cierta extensión, avala enseguida este INTRODUCCIÓN 23 hecho. Pero, al mismo tiempo, deja constancia de otro fenó meno. Puesto que los géneros literarios corresponden a una cierta disposición cultural, y están relacionados con un cierto modo de difusión y recepción de la literatura, no coexisten todos desde un comienzo, sino que han ido apareciendo a lo largo de la historia cultural griega. Y ese sucesivo imponerse de un determinado género tiene una clara significación cul tural y social. 

Desde los tiempos de la épica a los de la novela cambia no sólo la concepción de lo literario, sino también la sociedad y la función que la literatura asume en su contexto histórico. Pero vuelvo a lo que pretendo subrayar: mientras que no sotros hemos heredado todos los géneros literarios de un se cular acervo cultural -lo que no quiere decir que se cultiven ahora todos, porque ¿cómo es posible escribir ya una epope ya de tipo clásico en estos tiempos prosaicos y descreídos?-, los griegos los fueron inventando, practicando y dejándolos decaer de un modo muy distinto. Como señalaba G. Lukács, con su hermosa prosa hegeliana, en su Teoría de la novela: «La coincidencia entre los griegos de la historia y la filosofía de la historia ha tenido como consecuencia que surgiera cada forma de arte en el instante mismo en que, en el cuadrante del espíritu, se podía leer que su hora había llegado y obligaría a ceder su lugar tan pronto como sus arquetipos desaparecían del horizonte. Las edades posteriores no han conocido esa periodicidad filosófica». Dicho de modo más llano: los géneros literarios han ido surgiendo en el mundo griego conforme la cultura lo fue re quiriendo. Mientras que nosotros vemos como algo natural la coexistencia de los géneros, debemos recordar que su apari ción fue un proceso histórico. Tuvieron en Grecia un mo mento auroral, y luego un momento de apogeo, y, en algunos casos, una vigencia temporal muy limitada. Pensemos, por ejemplo, en las formas dramáticas de la tragedia y la comedia, surgidas y mantenidas en el marco de la Atenas democrática 14 C GARCÍA GUAL-A, GUZMÁN GUERRA del siglo v a.C., en unas condiciones sociopolíticas irrepeti bles. La tragedia no era ya más que un fósil cuando Aristóte les la estudió y analizó magistralmente en su Poética a media dos del siglo iv a.C. El período creador de la tragedia griega es de algo más de un siglo. Y, aunque se trata de un género modélico, jamás ha vuelto a producirse un tipo teatral seme jante. Como decíamos, la sucesión misma de los géneros está li gada a un cierto desarrollo intelectual y social. La épica es el género más antiguo, y está ligado a una larga tradición de poesía oral, que pervive latente en la composición formular que está en la base de la epopeya homérica. Homero es para nosotros el comienzo, el gran comienzo, de la literatura, pero es, en cierto modo, un virtuoso compositor, epígono del final de la épica oral, que, al componer su gran poema, da un salto cualitativo en la tradición épica de la que depende. Homero surge y compone a partir de una tradición poética anterior que no llegó a ponerse por escrito, puesto que era oral y de unos tiempos sin escritura. 

Pero de la que podemos hacernos una idea gracias a nuestros conocimientos sobre la poesía he roica de tradición oral en varias culturas. Más tarde aparece, ya en el siglo vil con Arquüoco y con Estesícoro, la lírica personal, en sus dos formas de lírica mo nódica y coral. La lírica supone un modo distinto de concebir el mundo y la expresión poética. Ahora se quiere reflejar la propia personalidad, un sentir el presente tratando de salvar en la poesía el instante fugitivo, el yo individual, el mundo subjetivo del poeta. Frente al aedo, el poietés, el «creador», no es sólo un profesional del canto, sino un maestro del saber y del sentir, alguien que expresa su personalidad. Y alguien tan audaz en su expresión como Arquüoco o Safo nos habla en un lenguaje tan original como íntimo, abriendo un nuevo ho rizonte para la poesía. Los siglos vi y v son una gran época para la lírica. Y, aunque la tradición textual nos haya legado tan sólo una pequeña parte, unos fragmentos mínimos de la INTRODUCCIÓN 25 gran lírica arcaica, breves pavesas de una gran hoguera, a tra vés de esos maltratados y preciosos textos podemos recono cer la impresionante calidad de esas creaciones poéticas. Tras la lírica viene la dramaturgia, en su doble vertiente de la tragedia y la comedia. Eso fue en la Atenas clásica, en la de mocracia del siglo v. La tragedia y también la comedia son creaciones complejas, que recogen la herencia de la lírica, y realmente los cantos del coro continúan la tradición de la líri ca coral, que se ofrece en otros tonos y en otros festivales en las odas de Píndaro y de Baquüides. También la tragedia, como la épica, hunde sus raíces en el relato de los mitos. Pero con un sesgo importante. Ya no toma como tema central las hazañas de los héroes, sino sus padecimientos. La tragedia es deudora tanto de la épica como de la lírica, pero supone un enorme avance sobre ambas en su saber trágico, que ;nvita a una reflexión constante sobre la condición humana y la divi na, al hilo de la escenificación en el teatro de Dioniso de los episodios más inquietantes de las antiguas sagas. Pero frente a los grandes géneros poéticos -y el verso en sus distintos ti pos es una marca formal muy indicativa, aunque no suficien te-, surgen otros géneros y otras formas literarias.

 Como la fi losofía y la historia y los primeros tratados científicos, formas de saber que rompen con la tradición mítica. Todavía algunos presocráticos usan el verso como forma literaria -así Parmé- nides y Empédocles, por ejemplo-, pero no están vinculados a la lírica excepto de modo muy marginal; van a la búsqueda de un nuevo saber sobre la realidad a través de la inquisición personal. Como los primeros historiadores, Hecateo y Hero doto. El uso de la prosa frente al verso es indicativo, decía mos, de una nueva disposición personal frente al texto, que ahora deviene documento de una investigación personal. El historiador griego pone su nombre al frente de su «historia» como garantía de su veracidad. Ya no pide auxilio a las Musas para que le suministren los datos de la memoria mítica. Y en estos tratados en prosa comienza la crítica al mito como for 16 C GARCIA GUAL-A GUZMAN' GUERRA ma de saber, aquí se prescinde del mythos y se recurre sólo al lógos, discutible y empírico. Pero hay también una evolución importante de los géne ros, o de algunos. Mientras que la tragedia queda sin nuevas fuerzas creadoras tras la crisis del sentido heroico bien visible en algunas piezas del último Eurípides, la comedia cambia desde la farsa fantasiosa y atrevida de Aristófanes a la come dia de costumbres, la Comedia Nueva, de Menandro. La fas cinante fuerza cómica de la Comedia Antigua queda difumi- nada en un tipo de teatro cómico más burgués, más moder no. Curiosamente, pero muy bien explicable por el contexto social, será ese teatro cómico de enredos cotidianos y de figu ras estereotipadas el que influirá en la comedia latina. 

Pasa rán muchos siglos hasta que las piezas chispeantes, políticas, lúbricas, disparatadas, del gran Aristófanes se repongan en teatros europeos. Sólo en estos últimos lustros el teatro aris- tofánico ha vuelto a ponerse en escena en muchos países con notable éxito. Toda esta evolución y desarrollo de los géneros literarios tiene poco que ver con las preceptivas poéticas, que vienen siempre después a estudiar lo sucedido y a montar sobre los hechos sus tinglados preceptivos y sus dictámenes poéticos. El último género literario de la larga tradición griega será la novela, la novela de amor y aventuras, tan tardía que no la es tudiará ninguna Poética ni siquiera tendrá nombre propio helénico. «Forma decadente de la épica», según la define He gel, la novela es la última forma literaria de esa tradición, apa reciendo a los comienzos de una nueva era. Pero también la novela es una creación griega, al menos en su prototipo de ese relato de amor y aventuras que anuncia ya el folletín. Y que recoge muchos ecos de géneros anteriores, como quien toma para adornarse distintos elementos de un rico y ajeno guar darropa. Junto a ese aparecer de nuevos géneros, no deja de ser muy interesante la per vivencia de los más antiguos o su reapari INTRODUCCIÓN 17 ción a lo largo de los siglos. Por ejemplo, en la épica no deja de ser sorprendente que la narración épica del viaje de los Argo nautas, un relato famoso ya en tiempos del autor de la Odisea, lo conservemos en la obra pulida del alejandrino Apolonio de Rodas, de mediados del siglo m a.C., y que la Continuación de Homero, donde se cuentan los episodios de la conquista de Troya que dejó sin relatar el viejo aedo, esté compuesto por Quinto de Esmirna, según los mismos patrones formales de la épica tradicional. Con los mismos hexámetros, los mismos héroes, los mismos símiles, los mismos epítetos, en. ese dia lecto épico tradicional y artificial, escribe Quinto de Esmirna su continuación del primer poema griego ¡a más de mil años de distancia! Ya los dioses de Homero se habían jubilado y el cristianismo se extendía inconteniblemente mientras Quinto, y más tarde, ya en pleno siglo y de nuestra era, Nonno de Pa- nópolis cantaban las glorias de los héroes y de los dioses ho méricos, en los mismos cauces formales utilizados por el fun dador de la épica. 

Claro está que lo que comenzó por ser un género popular ya se había transformado hacía muchos si glos en un arte erudito, un fantasma polvoriento de bibliote cas y museos. Pero aun así, he ahí una memorable perviven- cía de una tradición formal por encima de las condiciones so ciales, un curioso indicador de la fascinación de la epopeya. Otro caso curioso de pervivencia es el de algunas formas de la lírica. Por ejemplo, la del epigrama, compuesto a base de dísticos elegiacos. Desde el siglo v a.C. hasta el siglo v d.C., y aún más allá, en época bizantina, ese tipo de poemas lapida rios perdura con una notable perennidad de sus tópicos, sus convenciones formales, y sus ecos nostálgicos. Desde Simoni des a Paladas van muchos siglos. La llamada Antología Palati na ofrece centenares de epigramas de muchos siglos y de for mato muy homogéneo, en un espléndido ejemplo de la vigen cia secular de una tradición poética. En esta antología hemos seguido una ordenación por gé neros literarios, que en buena medida se solapa con la orde 18 C GARCÍA GUAL-A. GUZMÁN GUERRA nación cronológica de autores. Nos ha parecido un criterio discutible, pero bastante claro y habitual. Hemos pasado por alto algunos criterios formales menores, como los diversos ti pos de poemas líricos, que se basan en motivos formales, más claros en el texto original griego que en las traducciones. Es peramos que quede claro que no es sólo la forma lo que defi ne a un género, sino que la forma va unida a un contenido, como en la concepción aristotélica el cuerpo al alma, para darle vida propia estéticamente. Esa división por géneros se combina luego con el orden cronológico, con lo que la selección de textos puede dar una idea de la evolución de una forma literaria. Evolución no sólo formal, sino a la vez de contenido y de perspectiva. Ponga mos, como ejemplo, la ordenación de los autores historiográ- ficos aquí presentados. La nómina va de Heródoto a Apiano, pasando por Tucídides, Jenofonte, Polibio, Estrabón, Josefo, Plutarco y Arriano. Son sólo unos pocos textos los aquí pre sentados. 

Pero incluso en su brevedad ya sugieren los diver sos enfoques y perspectivas diversas que la historiografía griega ha seguido durante el trayecto de los siglos que sepa ran al «Padre de la Historia», el viajero jonio del siglo vi a.C., de los historiadores griegos que redactan sus tratados en tiempos del Imperio Romano. Hay una notable continuidad en el género, marcado por la impronta del austero y canónico Tucídides, que llega hasta los últimos epígonos, pero hay siempre la huella de un talento individual, un estilo personal ligado a una circunstancia histórica y a una determinada po sición en esa tradición historiográfica. Época arcaica, clásica y helenística Hay una distinción que no hemos utilizado en esta antología. Es habitual considerar que en la historia de la cultura griega se pueden distinguir tres períodos: el arcaico (de los orígenes INTRODUCCIÓN 19 a fines del siglo vi a.C.), el clásico (siglos v y iv), y el período helenístico, que va desde el siglo m a.C. hasta la época del Im perio Romano o bien hasta los comienzos del mundo bizan tino. Esa distinción es útil a ciertos respectos, pero no resulta muy interesante aquí. Si la épica, la lírica y la filosofía preso- crática pertenecen a la primera época, y la tragedia, la histo ria, la oratoria, a la plena madurez clásica, por ejemplo, eso no nos dice aquí gran cosa. Cada género, con su complejidad formal y su hondura espiritual propia ha surgido cuando po día surgir, a la altura de un tiempo y de una madurez formal e intelectual adecuada. En todo caso, la característica del pe ríodo clásico es que el centro de la cultura y la literatura es Atenas, la ciudad ilustrada y democrática, mientras que en los otros dos períodos son varios los centros intelectuales y artís ticos del mundo griego. En el helenismo la cultura griega se ha expandido por todo el Mediterráneo y el dialecto ático ha sido sustituido por el griego cosmopolita de la llamada koiné. El horizonte se ha ampliado enormemente, la lengua se ha he cho más internacional, la sociedad se ha vuelto consecuente mente más abierta y menos homogénea políticamente, y la li teratura refleja todo eso, así como la larga herencia cultural que en época helenística se ha difundido por todo el oriente helenizado y todo el Mediterráneo civilizado. 

A cada período le corresponde un contexto cultural e his tórico distinto, pero la distinción de tres épocas (o de cuatro, si preferimos dividir el último trecho en dos etapas, una hele nística y otra helenísticorromana) no corresponde a un pro greso cualitativo, en el sentido de que el momento clásico re presente la perfección después de una etapa inmadura y antes de una decadencia. La valoración clasicista ha sido usada en algunos momentos, pero no es, pensamos, justa. Cada época tiene su propia norma y su centro. No hay un autor más per fecto y más sabio que Homero, y los filósofos postaristotéli- cos no son la muestra de una decadencia del pensamiento, in capaz de mantener la hondura del período anterior. Cada 20 C GARCÍA. GUAL-A GUZMÁN GUERRA época tiene su propio valor y alcanza en sí misma su ma durez. Pero hay otro rasgo notable en la literatura griega. Los gé neros literarios se inauguran ya con creaciones magistrales. La épica comienza con la Ilíada, su obra cumbre. El primer autor trágico es Esquilo, el maestro insuperado. El primer gran prosista filósofo es Platón, el más sutil y más flexible escritor griego en prosa. Y la lírica comienza con poetas inigualables, como Arqufloco o Safo, por ejemplo. Se ha dicho alguna vez que la literatura griega está compuesta por genios y es excep cional en ese aspecto. Cabe dar alguna explicación: lo que conservamos es el producto de una larga selección secular. Se han copiado los textos de mayor prestigio y se han dejado perder otros de menor relieve. Ciertamente, así fue, y es ya tarde para quejarnos, aunque no compartamos en muchos aspectos los criterios selectivos y pedagógicos de esos copis tas esforzados que nos han conservado largos discursos de oradores y han dejado perderse casi toda la maravillosa pro ducción lírica arcaica y tantas tragedias y textos filosóficos de gran interés. Pero, volviendo al punto que queremos destacar, es cierto que no hay un desarrollo lineal en la literatura grie ga, en que se vaya de lo más juvenil y en agraz a los productos más acabados del espíritu, como según un esquema ingenuo se podría sospechar. 

No deja por ello de ser verdad que la lite ratura griega conservada es el producto de una selección en la que han intervenido los criterios valorativos de varias épocas, y también el azar y el olvido. También en los estudiosos modernos hay modas respecto a privilegiar unos momentos sobre otros. Y a un tiempo en que la predilección por la época clásica era la pauta de la va loración más académica, ha sucedido una atención muy clara a los restos conservados de la época arcaica, tan sugerentes y espléndidos, minuciosamente estudiados. Y hemos vuelto, con renovado interés, a admirar a Homero, a medida que los estudios sobre la oralidad y sus procedimientos nos eran me INTRODUCCIÓN 21 jor conocidos. Y, en gran medida, ahora estamos mucho más abiertos a la comprensión de la época helenística, tan moder na muchas veces. Somos menos estrictos en la consideración de lo clásico como un período cerrado, normativo, paradig mático. Hemos aprendido del historicismo a ver la cultura como el resultado de varios factores históricos y a apreciar cada época en sí misma, cada producción cultural en su pro pio contexto. Los clásicos y nosotros Los grandes autores griegos son los clásicos por excelencia, porque lo han sido desde antes que los otros y porque esa pro pia antigüedad -los autores clásicos griegos lo fueron ya para los latinos, que a su vez serían clásicos para los escritores eu ropeos de la Edad Media y el Renacimiento- les ha conferido una cierta universalidad, por encima de los clásicos «nacio nales». Pero el concepto de «clásico» está hoy un tanto deva luado, y tampoco pretendemos usarlo aquí en todo su rigor, como «modelo que suscita por su valor perenne la imita ción», o algo parecido. No está de más recordar unas frases de J. L. Borges en un bien conocido ensayo sobre los clásicos. Son textos muy cita dos, pero que conviene meditar a este propósito, para indicar que en la consideración de un texto como clásico interviene no sólo la tradición, sino el reconocimiento presente de su va lor y su interés actual. Y que, junto al texto clásico, está la tra dición de comentarios y lecturas que lo enriquecen, y que es tán posibilitadas por su propia hondura. 

Cito los conocidos párrafos borgianos. «Clásico es aquel libro que una nación o un grupo de na ciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus pá ginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de reinterpretaciones sin término.» 22 C CARCÍA GUAL-.A GUZMAN GUERRA «Clásico no es un libro... que necesariamente posee tales o cuales méritos: es un libro que las generaciones de los hom bres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad.» La tradición es muy importante para el prestigio de un tex to clásico, pero no es una garantía para siempre. Cada época privilegia y prefiere unos autores y unos textos a otros, entre los clásicos, y un autor puede dejar de ser un clásico en cuan to no sea leído con ese misterioso fervor y esa larga lealtad. El mismo Borges lo explica: «Las emociones que la literatura suscita son quizás eternas, pero los medios deben constante mente variar, siquiera de modo levísimo, para no perder su virtud. Se gastan a medida que las reconoce el lector. De ahí el peligro de afirmar que existen obras clásicas y que lo serán para siempre». Los clásicos griegos tienen a su favor el haberse mantenido en ese fervor durante muchas generaciones. Han sido leídos y comentados durante siglos. Pero nuestras impresiones de lec tura son distintas de las de nuestros precursores, y deben confirmar su valor. Ahí está el reto que esos textos nos propo nen. Incluso cuando no seamos capaces de leerlos en su len gua original, sino en esos espejos algo apagados de las tra ducciones a nuestra lengua. Citaremos otro texto importante de una reflexión sobre los clásicos. De Schopenhauer -en un ensayo de sus Paralipome na, de 1851-, que dice así: «No hay ningún deleite mayor para el espíritu que la lectu ra de los clásicos antiguos, tan pronto como uno toma en la mano a cualquiera de ellos, se siente al pronto refrescado, ali gerado, purificado, elevado y fortalecido; no de modo distin to a como uno se habría refrescado en una fresca fuente al pie de unas rocas. ¿Fúndase eso en las antiguas lenguas y en su perfección o en la grandeza de los espíritus antiguos cuyas obras permanecen sin ser melladas y deslucidas por los mile nios? Quizás en ambas cosas a la vez. Sólo sé esto: que si, INTRODUCCIÓN 23 como ahora amenazan (los bárbaros ya están ahí, los vánda los no se acaban nunca), cesara alguna vez la enseñanza de las lenguas antiguas, vendría entonces una nueva literatura, for mada de una escritura tan bárbara, roma e indigna como no se ha presentado nunca hasta ahora». 

Tremendo era el fervor del filósofo alemán hacia los clási cos griegos y latinos, y está bien atestiguado en sus obras, tan pertrechadas de citas de singular oportunidad. Para Scho penhauer la clásica es «la literatura que permanece», die blei- bende Literatur, frente a la más actual y efímera, la de consu mo, la de leer y tirar. Quizás no podamos compartir el riguro so fervor de A. Schopenhauer, pero la distinción en sí resulta aceptable. La permanencia define a lo clásico, aunque no para siempre, pues debe ser revalidada por cada generación. Los clásicos antiguos, en todo caso, han pasado durante siglos esos exámenes. Los griegos forman el estrato más antiguo de esa «literatura permanente», son los que más tenazmente han persistido en la admiración de los lectores, durante muchos siglos. Han permanecido como «clásicos» más allá de los veintitantos siglos que van desde el esplendor de Atenas has ta nuestros días. A pesar de que, al menos desde una perspec tiva clasicista o neoclásica, los autores griegos parecen menos imitables que los latinos: Homero es menos modélico que Virgilio, Sófocles menos que Séneca, Píndaro menos que Ho racio, Tucídides menos que Tácito, por sugerir unos cuantos gloriosos ejemplos. Y, sin embargo, basta pensar en estos mismos nombres para advertir que nos parecen mucho más grandes los autores griegos, y mucho más originales que sus admiradores latinos. Como decíamos, hay otro aspecto que merece subrayarse: los textos son los mismos, inmutables, pero las interpretacio nes son diversas. Ahí está la riqueza de esos textos y de ahí su valor canónico. Ofrecen una irisada profundidad a inconta bles reinterpretaciones, dicen algo a lectores distintos y dis tantes, permiten perspectivas varias. No entendemos a los lí 24 C GARCÍA GUAL-A. GUZMÁN GUERRA ricos griegos como los entendían los románticos alemanes, ni vemos la tragedia con los mismos ojos que los lectores o es pectadores de siglos atrás, ni tampoco la comedia. (Por ejem plo, en nuestra admiración por la fantasía y el lúbrico lengua je de Aristófanes.) 

Por otro lado, no todos los textos aquí seleccionados pro ceden de grandes textos clásicos. No es un clásico Quinto de Esmirna, a no ser por contagio y benevolencia crítica, ni tam poco Artemidoro, a pesar del enorme interés de su curioso li bro Sobre la interpretación de los sueños, un manual para oni- romantes profesionales. Hemos sido generosos, como lo ha sido la misma transmisión textual y la tradición, recogiendo, junto a fragmentos de los indiscutibles clásicos, textos de au tores menores. Pero que creemos de gran interés, y que dan una idea de la riqueza de la literatura (en un sentido amplio del término) antigua. Debemos excusarnos, los antólogos, de un grave delito. Hemos troceado y sacado de contexto los textos aquí presen tados en traducciones varias. Si los traductores ya no han res petado las formas originarias, por motivos muy comprensi bles, los antólogos, que extraen un texto fragmentario de una obra, como quien saca una muestra de una tela, alejan aún más al lector de los grandes textos. Verdadero es el delito, pero alegamos en nuestra defensa sólo esto: estamos tan con vencidos de la fuerza literaria de esos textos que pensamos que incluso en los fragmentos se refleja mucho de su valor clá sico. Y pensamos que leer unos cuantos fragmentos da una idea inicial de los atractivos de una obra, y puede ayudar a una primera aproximación y estimular una segunda, más cabal. En estos tiempos de apresuramiento, pensamos, una anto logía de urgencia, como ésta, puede ser un atajo para una pri mera vista panorámica a la literatura griega. A través de unas cuantas muestras, si están bien elegidas, puede un lector avis pado darse una idea y sacar una primera impresión del mun do poético y filosófico, a sabiendas de que el horizonte es mu INTRODUCCIÓN 25 cho más extenso y sus contenidos mucho más sustanciales en una aproximación más amplia. Al menos, eso hemos pensa do. 

Ojalá que esta breve selección invite a proseguir y comple tar las lecturas. Que sirva de estímulo, a la vez que de motivo de reflexiones y de meditación y conocimiento. Una antología no puede reflejar la armonía y elegancia de ¡as obras enteras. ¿Cómo unos cuantos fragmentos van a dar idea de la magnífica arquitectura de la Ilíada o de la comple jidad narrativa de la Odisea, de la graduada expectación de Edipo rey o de la fina argumentación y estructura de un diá logo platónico? Sí puede, en cambio, sugerir la riqueza de motivos y la variedad de tonos y voces de una época o de un género. En tal sentido, hemos buscado dar unas muestras que sean representativas del panorama literario helénico, aun a sabiendas de que es mucho lo que queda fuera del breve muestrario. Hemos procurado seleccionar algunos textos significati vos, sugerentes, muy conocidos algunos y menos otros, de los grandes autores y unos cuantos de otros menos famosos y algo más tardíos. Comenzamos por los textos épicos y con cluimos por algunos novelescos. Era imprescindible comen zar por Homero, y resulta muy justificado concluir con Helio doro, el más barroco de los novelistas griegos, aquel con el que quería competir nuestro Cervantes, y con esa fabulosa as censión de Alejandro a los cielos en el misterioso relato del Pseudo Calístenes de tantos ecos en el mundo medieval. La antología da una idea de la riqueza temática de la literatura griega, avanzando desde la épica, la lírica y la dramaturgia clásica, a los géneros en prosa (la filosofía, la historia, la ora toria, los tratados científicos) y la ficción romántica ya tardía de los novelistas griegos y del satírico y fantasioso Luciano (siglo II d.C.). Un panorama de más de diez siglos, como ya dijimos. Del mito al logos y vuelta al mito. Tal vez vale la pena que comentemos, aunque sea muy bre vemente, el hecho de que hayamos recogido, junto a textos li 26 C GARCÍA GUAL-A. GUZMÁN GUERRA terarios y filosóficos, unos cuantos que nos recuerdan que en el legado griego figuran también algunos escritos pioneros en la historia de algunas ciencias, como la medicina, la geo metría, la física, la botánica, la mecánica, etc. 

Aquí hemos querido dejar constancia de que los antiguos griegos funda ron también la tradición científica en muchos ámbitos del sa ber especializado y empírico, así como en las matemáticas y la astronomía. Así que hemos querido que, aunque fuera de modo muy sucinto y testimonial, figuraran unos cuantos pá rrafos -significativos o programáticos- de los tratados atri buidos a Hipócrates y su escuela, a los escritos de «ciencias na turales» de Aristóteles, y a los de Teofrasto, a los escritos mate máticos representados por las extensas obras de Arquímedes y Euclides, a los textos botánicos de Dioscórides, e incluso al tratado sobre la interpretación de los sueños de Artemidoro. Los párrafos seleccionados son sólo unas citas mínimas y de valor un tanto simbólico, si pensamos en la extensión y el inte rés histórico de los textos a los que aludimos. Por poner un ejemplo, recordemos que el Corpus hippocra- ticum, que ahora podemos leer traducido casi por completo en castellano, fue la primera biblioteca científica especializa da del mundo antiguo. Esos textos médicos, atribuidos al gran Hipócrates -aunque sea muy discutible cuántos y cuáles de esos cincuenta y pico tratados hayan salido realmente de su mano- constituyen una aportación inolvidable a la medi cina y al pensamiento acerca del hombre y su entorno. En esos textos, de plena época clásica -es decir de los decenios fi nales del siglo v y los primeros del iv a.C. en su gran mayo ría- tenemos una magnífica muestra de la actitud humanista de los médicos griegos, de su racionalismo y de su capacidad crítica y empírica en el tratamiento y la teorización de un sa ber metódico y práctico como requiere la téchne médica. La escuela hipocrática es una manifestación del mismo espíritu ilustrado y humanista que está presente en los autores de las tragedias y en los historiadores de la misma época. Y en un INTRODUCCIÓN 27 breve texto como es el famoso Juramento hipocrático (uno de los textos que sabemos de cierto que no perteneció al gran maestro y tampoco al núcleo original de su círculo), tenemos una clara muestra de la ética profesional de ese gremio de mé dicos antiguos que supo guiar su profesión con un impulso programático y un claro ideal que combinaba el amor a la ciencia y el amor al hombre, la philotechnía y la philanthropia, con ejemplar dedicación profesional. Podríamos resaltar tam bién cómo estos primeros escritos científicos, con su estilo es cueto y su prosa clara, han influido en la configuración de un estilo y la formación de un léxico especializado de muy larga influencia. Del mismo modo podemos subrayar algo muy se mejante en el terreno de las matemáticas donde Euclides ha sido el clásico indiscutible durante dos milenios. En fin, no es éste el momento de alargarnos sobre estos temas, muy sabi dos. 

Quizás las páginas que dedicamos a recordar esos textos sean excesivamente pocas en relación a la importancia de los mismos. Van sólo como un mínimo homenaje a su significa ción cultural, puesto que nuestra selección antológica es fun damentalmente literaria. Una antología -como ésta, e incluso mejor una más exten sa- pone de manifiesto la enorme riqueza imaginativa y la ex traordinaria capacidad crítica y el empeñado esfuerzo racio nal de los antiguos griegos. Ya no está de moda hablar del «milagro griego» para referirse a los comienzos del pensa miento filosófico e histórico en la Jonia del siglo vi a.C. o en el Ática del siglo v. Sabemos bien cuánto debe el arte y la poe sía griega a los influjos del Oriente y de Egipto, sabemos cuán receptivos fueron siempre los griegos. Es justamente sobre ese trasfondo de influencias como se percibe bien lo que ellos inventaron y reformularon. Detrás de la literatura escrita, que es la que hemos conser vado y de la que recortamos nuestros textos antologizados, está la tradición oral que ha nutrido sus raíces. Tanto en mi tología como en otros aspectos. La literatura surge gracias a la 28 C GARCÍA GUAL-A. GUZMÁN GUERRA escritura y no es obra colectiva, sino de unos determinados creadores y escritores. Pero tiene una deuda con el marco so cial y político que la hace posible y la impulsa. En tal sentido la sociedad griega antigua, con sus ciudades, su apertura al mar, su inquietud histórica, está condicionando esa literatu ra. Y ésta se entiende cabalmente referida a ese contexto his tórico. Pero que, a su vez, lo rebasa por su fuerza plástica y su imaginación, por su humanismo y su búsqueda de 1o univer sal. Y eso es lo que hizo tan espléndida a la cultura griega, como ha subrayado J. de Romilly en su admirable libro Pour quoi la Gréce? (¿Por qué Grecia?). La cuestión de por qué to davía los griegos nos siguen interesando, siendo quizás todavía modelos, emocionándonos, queda en el aire. Tal vez el lector de esta antología encuentre algunas pistas para la respuesta. Sobre las traducciones utilizadas No vamos a gastar tiempo y papel en justificar la traducción como instrumento de comunicación. Remitimos al lector in teresado al espléndido libro de G. Steiner, Después de Babel, donde se tratan los aspectos fundamentales y más generales de la cuestión. Diremos tan sólo que aquí hemos procurado servirnos de las traducciones castellanas que nos han pareci do más claras y correctas. 

No pretendemos, sin embargo, ha ber acertado en todos y cada uno de los casos con la versión más exacta o más elegante. Lo hemos intentado, compulsan do varias cuando era posible. Alguna vez nos hemos dejado llevar por la comodidad y hemos tomado la más asequible y a nuestro alcance. Las versiones de los clásicos griegos, y de los latinos, han aumentado mucho en estos últimos años. Es éste un fenómeno editorial curioso, el de la multiplicación de las traducciones, de modo que hemos visto aparecer en pocos años cinco traducciones de Píndaro, cuatro de Tucídides, tres completas de la Ilíada y dos más en curso, etc. Se trata de un INTRODUCCIÓN 29 hecho alentador, sin duda, para quienes creemos en la impor tancia cultural de la difusión de la lectura de los autores anti guos, pero también de un dato que dificulta la selección de una determinada traducción, ya que la gran mayoría de esas versiones son de una calidad muy alta, sobre todo por lo que toca a su fidelidad a la letra del original. De modo que no estamos seguros de que las elegidas sean siempre las mejores de un modo objetivo, ni que eso pueda decirse sin cierta subjetiva preferencia, pero sí de que hemos elegido traducciones correctas y actuales, que merecen citar se y usarse. Sólo en algún caso hemos utilizado traducciones diversas para dar una idea de que existen varias posibilidades de romancear a un autor, con distintos formatos y estilos. Es el caso de los poemas homéricos. Así, por ejemplo, en los tex tos que hemos seleccionado de la Ilíada encontrará el lector versiones en forma métrica y en prosa, desde la versión de Gómez Hermosilla (de 1831), la primera moderna y digna en castellano, a la de L. A. de Cuenca, todavía inconclusa, y la de E. Crespo, de ejemplar fidelidad. Y para la Odisea hemos bus cado también muestras de varias traducciones, como la hexa- métrica de J. M. Pabón, la añeja de F. Baráibar, también en verso, y la más reciente de J. L. Calvo. El procedimiento de presentar varios ejemplos de traducciones de varios estilos no es fácil de aplicar a otros autores aparte de Homero y hemos desistido de ello, en general, aunque en algunos autores pre sentemos versiones de más de un traductor. Como ya hemos dicho, asistimos a una proliferación de traducciones de los clásicos griegos y latinos, tal como nunca antes la había habido en España. Muchas de ellas están apare ciendo en colecciones muy asequibles y de bolsillo, de modo que el lector interesado en cualquier autor de la Antigüedad no encontrará difícil el acceso a sus textos. Muchas de ellas es tán cuidadosamente anotadas y bien prologadas. Aquí, en cambio, hemos decidido prescindir de las notas. Habría sido muy difícil utilizar las de las ediciones de las que 30 C GARCÍA GLKL-A GUZMAN GUERRA sacamos los textos seleccionados y presentarlas de manera homogénea. Por otro lado, no pretendemos en esta rápida panorámica explicar los textos, sino tan sólo ofrecerlos a una lectura primera y directa. 

El lector interesado en algunos as pectos sólo aludidos en ellos o desconocedor de alguno de los nombres propios, de personas o de instituciones antiguas, cuando quiera una explicación más detallada puede acudir a las obras de referencia que se mencionan en nuestra breve nota bibliográfica. Finalmente queremos señalar que, en la selección de los varios géneros, Carlos García Gual se ha ocupado de la épica, la lírica, la filosofía y la novela, mientras que Antonio Guz- mán Guerra ha cuidado de la tragedia y la comedia, la histo ria y la oratoria. Pero hemos leído ambos el conjunto y hemos comentado la selección de todos los textos en varias reunio nes. Uno y otro hemos repasado atentamente todos los textos, de modo que ambos nos hacemos responsables del volumen editado. A. Guzmán se ha encargado además de confeccionar los índices y las notas bibliográficas, y C. García Gual ha re dactado esta introducción. C. G. G. y A. G. G Madrid, noviembre 1994

viernes, 17 de julio de 2026

La Gatomaquia de Lope de Vega - EL TEXTO MÁS LEÍDO DE LA SEMANA. EN COLABORACIÓN: DR. ENRICO PUGLIATTI Y MÉNDEZ-LIMBRICK

 


La Gatomaquia de Lope de Vega es una pieza singular dentro de su vastísima producción: un poema burlesco en octavas reales que, bajo la apariencia de una fábula de gatos, despliega una sátira de los códigos caballerescos y amorosos. Lope convierte a los felinos en caballeros y damas, y con ello ridiculiza la solemnidad de los cantares épicos, mostrando que el artificio literario puede ser tan flexible como ingenioso.

Comentario literario-crítico

  1. Parodia y sátira: La obra subvierte el tono heroico de la épica, trasladándolo a un mundo doméstico y animal. El contraste entre la forma elevada (octava real, propia de epopeyas) y el contenido trivial (peleas de gatos por amor) genera un efecto cómico y crítico.

  2. Juego intertextual: Lope dialoga con la tradición caballeresca y con la poesía culta de su tiempo, pero lo hace desde la ironía. Es un espejo deformante que revela la artificialidad de los modelos literarios.

  3. Lenguaje y musicalidad: A pesar del tono burlesco, el poema conserva la riqueza verbal y la cadencia propia de Lope. La musicalidad de las octavas refuerza la comicidad, pues el ritmo solemne contrasta con la materia risible.

  4. Función crítica: Más allá de la risa, la Gatomaquia cuestiona la seriedad con que se asumían ciertos géneros y valores literarios. Es un recordatorio de que la literatura puede ser juego, parodia y desenmascaramiento.

  5. Modernidad: En su capacidad de ironizar sobre los códigos establecidos, la obra anticipa sensibilidades posteriores: la literatura como espacio de experimentación y humor, no solo de solemnidad.

Nota sobre el blog

No es casual que esta semana la Gatomaquia haya sido la pieza más leída en el blog: su carácter lúdico y crítico despierta tanto la curiosidad de los lectores como el debate sobre la vigencia de la parodia en la literatura. La obra, aunque escrita en el Siglo de Oro, sigue interpelando porque nos recuerda que el arte puede reírse de sí mismo y de sus convenciones.

En colaboración: Dr. Enrico Pugliatti y Méndez- Limbrick.

jueves, 16 de julio de 2026

Vicente Molina Foix: el creyente de todas las religiones FRAGMENTO

 


Vicente MOLINA FOIX Prólogo

 El creyente de todas las religiones, o Je est un autre (religieux) En Santander, en julio de 2017, oí hablar por primera vez de mi yo religioso a mitad de una cena ligada a un seminario de la UIMP. El descubrimiento me llegó por boca de Philippe Merlo-Morat y Marion Le Corre-Carrasco, sentados frente a mí en una mesa bien provista de pescaderías del mar Cantábrico. Se estaban concretando las fechas y las intervenciones de unas jornadas que la Universidad de Lyon 2, en colaboración con el Instituto Cervantes de esa ciudad, dedicaría en abril del año siguiente al cine de Manuel Gutiérrez Aragón y a mi obra literaria (extensa) y fílmica (muy corta); en ambos casos el contexto iba a ser el de la religión, que los dos organizadores de las jornadas habían juzgado pertinente o incluso definitorio. Fue una gran sorpresa inicial, siendo yo un ateo incorregible, ese vínculo establecido en el homenaje, aunque la sorpresa se iría tamizando en los meses siguientes, hasta llegar a abril de 2018, cuando las ponencias oídas en el precioso edificio racionalista que alberga en Lyon al Cervantes me abrieron las puertas (o al menos las ventanas) de una espiritualidad inconsciente, tal vez ahogada por mi materialismo, no siempre dialéctico. Reflexionando en los ratos perdidos, recapitulando mi vida, que en tantas cosas coincide con la del personaje narrador y narrado de mi última obra El joven sin alma.

 Novela romántica (aparecida en el último trimestre de 2017), había empezado a surgir de las brumas de mi descreimiento en Dios el fuego fatuo de la creencia. Una creencia sin fe, aunque con mandamientos. Se me hacía evidente que el molde de un catolicismo riguroso y los motivos cristianos permanecieron en mí cuando, todavía adolescente, me proclamé apóstata para mis adentros, como si en realidad, más que desaparecer, se hubieran solo agazapado a la espera de una reconversión o un arrepentimiento que el molde y los motivos estaban convencidos de lograr. Bien pensado, era lo natural para alguien nacido en una familia española practicante, que en esos años de mi infancia, los 50 del siglo XX, significaba en la clase media burguesa la educación de los hijos en colegios de curas y monjas, la primera comunión con uniforme alegórico, las misas de domingo y la Misa del Gallo en la parroquia, la visita a los Monumentos el Jueves Santo, y lo más sensacional de todo, la espera de los Reyes de Oriente en carne y hueso acarreando regalos a los niños buenos la noche del 5 de enero: un trío monárquico-mágico en el que creí, por asombroso que parezca, hasta mis 13 años. 

Para acentuar esa disposición a la obediencia ritual más que a la fe ciega, bastará con decir que además del vasto repertorio de funciones litúrgicas obligatorias en mi alicantino colegio Jesuita de la Inmaculada, 9 Vicente MOLINA FOIX fui desde los 12 hasta los 17 años cofrade de una hermandad que desfilaba por las calles de mi ciudad en las procesiones de Semana Santa. Vesta de penitente, capirote de seda con el hueco en los ojos para poder mirar mientras se desfila portando un cirio en la mano: el “voyeurismo” de un encapuchado aún tímido pero ya precoz en lo procaz. La inminencia del congreso de Lyon me llevó a dar un relieve no-anecdótico a ciertas incidencias que yo había plasmado en la primera parte de El joven sin alma. 

Novela romántica, escrita mucho antes -a lo largo de 2016- de que Philippe Merlo me hablase de la conmemoración académica de mi yo religioso. Por encima de la increencia profana y volteriana flotaban lo que antes he llamado motivos de raíz religiosa arraigados en mí. Algunos son fugaces, como el cilicio de las penitencias de pecador inútil en los capítulos parisinos de El joven sin alma que tratan del peligro de ser arrastrado al Mal por Jean-Luc Godard y Anna Karina; ese singular instrumento de tortura aceptado por la Iglesia católica de la época recurre de manera sesgada en el personaje que interpretaba la actriz cubana Mirtha Ibarra en mi primera película Sagitario. Otros, relacionados con la liturgia y el dogma, hablan, me parece, de la necesidad de creer en una religión fuerte, laica, una vez que el relato sagrado del catolicismo quedó roto. 

Y así el Joven, el de esa novela y el que yo he sido desde la juventud hasta la vejez, se hizo feligrés de otras iglesias, sin dejar de visitar las verdaderas en tanto que turista y amateur. Cuatro episodios esenciales de mi obra narrativa trascurren, no por casualidad, en templos: el joven comunista de La quincena soviética refugiado, huyendo de una carga de la policía de Franco, en la iglesia barroca madrileña de San Antonio de los Alemanes, donde se produce su desactivación política a través del arte, aun siendo este teológico; la cantada misa eclesiástica del maestro Leopoldo Baroja en La misa de Baroja; el orgullo gay de compartir con un joven amante el vuelo asuncionista del Misterio de Elche en El invitado amargo, así como, en El joven sin alma, las peripecias en el interior de Saint-Sulpice con las pinturas religiosas del ateo Delacroix. Religiones del cuerpo licencioso y el arte aventurado. Religiones suplentes y, al contrario que la Vaticana, liberadoras y hasta me atrevo a decir que orgiásticas. Las que importan aquí son el festín de las artes y la bacanal de las letras. Una religión que consiste en oír la música sacra de Tomás Luis de Victoria, Monteverdi, Purcell, Couperin o Mozart sin dejar de tener los pies en la tierra. Apabullarse en las catedrales sin la obligación de ponerse de rodillas. Entender que los grandes narradores que sirvieron de ejemplo a los novelistas y los poetas fueron pintores de tema sacro como Uccello, Tintoretto, El Bosco, Caravaggio, Murillo, La Tour. Goces sensuales sin mala conciencia, entrando a saco el fiel en un panteón de divinidades individuales y disolutas, sustitutivas de la adoración mariana, el culto a los santos y la inmolación ante el altar. 

Quizá de ahí provenga mi devoción por autores que exigen sacrificios para alcanzar el cielo de su forma: Proust, Beckett, Thomas Bernhard, Mercè Rodoreda, Juan Benet. 10 Post Scriptum Prólogo No puedo dejar de añadir como apéndice a esta breve introducción mi agradecimiento profundo a quienes idearon, pusieron en marcha y lograron reunirnos en las ya evocadas y gratas jornadas lionesas, hasta configurar este libro para mí mismo instructivo, revelador e inteligente, que ha contado con la importante aportación, al lado del generoso e infatigable Merlo-Morat, del profesor Emilio Ramón en tanto que impulsor de una primera iniciativa fallida aquí rescatada y notablemente ampliada, así como contribuyente al volumen con su ensayo sobre mi libro de cuentos Con tal de no morir. A los convocados en aquella instancia anterior se suman claro está quienes leyeron sus ponencias en Lyon y otros profesores que, impedidos por causas ferroviarias de fuerza mayor, no pudieron llegar, aunque sí llegan sus voces ahora. Me resulta además gratificante el que, entreveradas entre los textos de análisis y comentario, haya también lugar para semblanzas y memorias personales, no menos elocuentes, de escritores y buenos amigos, catedráticos o no. 

 11 Philippe MERLO MORAT y Emilio RAMÓN Introducción: ¿Por qué una monografía sobre Vicente Molina Foix? De Emilio Ramón… Todo comenzó cuando, en 2006, coincidí en una conferencia en una universidad estadounidense con Vicente Molina Foix. Yo presentaba una ponencia y Vicente era el conferenciante invitado. A la salida de la misma se inició una feliz relación. Por aquellos momentos Vicente estaba finiquitando El abrecartas, y yo me puse a trabajar con su novela en cuanto salió a la luz. De aquello salió una entrevista, algún que otro artículo, y la invitación para que el escritor ilicitano, que había sido galardonado con el Premio Nacional de Narrativa, estuviese presente en la Sexta Semana Cultural de la Universidad de Alicante (2008). Resultó, además, que un académico español afincado en Suiza al que yo conocía, José Manuel López de Abiada, me metió el gusanillo de editar un libro sobre Vicente Molina-Foix. Y en ello me embarqué. La idea del mismo era proporcionar no sólo una visión académica de algunas de las obras de Molina Foix más conocidas, sino también un lado más humano del novelista, poeta, ensayista, guionista y director ilicitano. Unas “viñetas”, como las calificó uno de los colaboradores, que nos acercaran a Vicente a nivel profesional y humano. En el plano humano, la relación de éste con Fernando Savater, con quien coincidió en la época universitaria, se remonta a más de cincuenta años. Desde sus comienzos, ya se vislumbraba que eran como el agua y el aceite pues, mientras que a Vicente le ha gustado siempre “lo experimental, lo abierto, lo informe y lo cacofónico” al filósofo, siempre empeñado en buscar coherencia lógica, sentido racional y armonía más o menos clásica en lo que le rodea, todo eso le aburre, o le aburría, pues, como todos sabemos, ha dejado de escribir.

 Pese a ello, la viñeta que hizo Savater, ubicada en el Londres de 1978, narra cómo se siente respecto a su amigo desde el estreno de Los abrazos del pulpo, la cual impactó en más de un sentido al filósofo. Una sentida y precisa viñeta de amistad y admiración a la par. No menos curiosa resultaba la doble anécdota de Félix de Azúa respecto a cómo se conocieron ambos. La primera versa sobre un casi imposible de ganar concurso cinéfilo y literario, “La Peseta Cultural”, que tenía lugar durante los largos desayunos en la facultad y que normalmente daba para pagar el desayuno con el bote tras quedar desierto el concurso. O quizás fuera con motivo de una manifestación de universitarios con carga policial incluida en la que dos despistados Félix y Vicente departían sobre un recién salido libro de un tal Pedro, Pere, Gimferrer y de otros “contactos catalanes”, como Ana María Moix o Guillermo Carnero. Tan absortos ambos que, mientras a su “alrededor los estudiantes caían como moscas”, los grises les respetaban. 13 Philippe MERLO-MORAT & Emilio RAMÓN En esta línea de amistad, Guillermo Carnero escribía acerca de uno de sus “más antiguos amigos, en lo personal y en lo literario”, y no dudaba en evocar a un elenco de figuras en torno al círculo de Vicente Aleixandre que recuerda sin duda a “aquel redil velintónico” de El abrecartas, como es el caso del “propio maestro Vicente, Carlos Bousoño, Félix Grande, Francisco Brines, Claudio Rodríguez, Antonio Martínez Sarrión, Félix de Azúa, Gloria Fuertes y Gabino Alejandro Carriedo, y donde viene un insólito álbum de fotos fijas de Pedro Gimferrer, Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral, Gabriel Ferrater y él mismo fumando en pipa” junto a Molina Foix. Luisgé Martín preparó una disección detallada de la obra total del escritor ilicitano comparándola con los vestidos recortables de papel que se podían poner y quitar sobre las muñecas del mismo material, comparando el “armario interminable” que podía tener una muñeca con la propia producción de quien “ha tocado todos los palos de la escritura”. Para el escritor madrileño, “el vestido de poeta […] un vestido que ha usado poco desde su juventud” es de “alta costura”. 

 El de novelista, “quizás […] el más conocido de los suyos” le trae no pocos recuerdos y tiene “tres de sus novelas por obras maestras”, obras que, como el sedal del pescador, se enganchan en el paladar para arrastrar al lector sin remedio. Son “vestidos narrativos hechos para reconstruir su alma, si se me permite decirlo de un modo afectado y enfático”. En cuanto a las películas, las percibe como “disfraces” usados en el sentido del carnaval, para mostrar lo que normalmente está oculto. Pero quizás sea en su faceta de articulista, añade, en donde mejor se muestra Vicente tal cómo es, sin tapujos, sin vestidos y sin disfraces. El escritor Javier Montes desgranaba el porqué de su admiración desde que Vicente le dedicase un libro en 1997. Desde entonces su amistad le ha supuesto “una especie de lujosísima masterclass, llena de teoría y rica en prácticas, trabajos compartidos y diálogos paseados” que dirige nuestra atención a lo que podemos aprender de la literatura y del pasado. Ve a Vicente como “la presencia en la propia voz de las voces adultas que nos han precedido. La necesidad (o el placer, simplemente) de saber escucharlas y de preservar la memoria de sus experiencias vividas. La noción de pertenencia a esa Gran cadena del ser que Lovejoy trató de definir en su estudio de la Historia del pensamiento”. Vicente le dedicó El abrecartas, “A Javier Montes, fellow traveller”- a modo de resumen del camino recorrido por ambos hasta ese momento. El proyecto aspiraba a presentar al lector un coro de voces escritas de diversos aspectos de la producción de Vicente Molina Foix y constaba con una segunda parte más académica, escrita por profesores universitarios a ambos lados del Atlántico. Candelas Gala analiza la producción de Vicente desde que éste fuera incluido en la antología de José María Castellet Nueve novísimos poetas españoles (1970) y continúa con su producción poética de los noventa hasta concluir en 2007 con Paisajes con figura. 

Gala analiza si sus libros son o no continuación de la línea de autonomía estética de los novísimos al tiempo que pretende desgranar si su escritura responde a un mero placer de inutilidad. Para ella, la clave de todo está en la “conciencia irónica” con que Molina Foix se acerca a lo convencional y a lo establecido, en un afán de ponerlo todo en tela de juicio. 14 Introducción – ¿Por qué una monografía sobre Vicente Molina Foix? Las expectativas humanas y, en concreto, las que se tienen acerca del amor, son las que se propuso estudiar Philippe Merlo-Morat en su análisis de la película de Vicente Molina Foix, Sagitario, 2000. Según Merlo-Morat, las numerosas alusiones directas o indirectas a las prácticas religiosas o a las mitologías clásicas están directamente relacionadas con las dificultades propias de las relaciones amorosas así como con lo complicado que resulta encontrar a la pareja idónea. Lo peculiar de la escritura cinematográfica de Molina Foix, que se nutre de muchos elementos tanto de las religiones conocidas y establecidas como de la santería, de religiones de la Antigüedad e incluso de la astrología o de la nigromancia, está en relacionar lo religioso con el amor. Para él, la película propone un acercamiento y una definición de lo que implicaría una vía de acceso al amor que todos los personajes desean, aunque les cueste mucho encontrarla, y para quienes el destino juega un papel importante. El mismo filme despertó también la curiosidad de Claude Murcia para quien su estructura de mosaico substituye a la jerarquía y a la lógica de la causalidad por un modelo epistemológico totalmente aleatorio, próximo al análisis de Gala. 

 Ella hace énfasis en la arbitrariedad que presenta el celuloide para dar al espectador una sensación de discontinuidad e inconstancia en un mundo cambiante y de múltiples variantes que se encamina hacia una melancolía inherente. Las diferentes estrategias seguidas por el director, como las “digresiones” de la cámara, que salta de un personaje a otro de manera aparentemente caprichosa, tienden a deshacer cualquier intento de ver la realidad con una lente lógica y convencional. Para Murcia, el modelo epistemológico y cultural del mosaico parece encajar bien con la estructura fílmica, y su arbitrariedad espacial y temporal ayuda a crear una poética y una estética de la diversidad. La tonalidad agridulce y melancólica viene así a sustituir la ilusión hueca de un final feliz que hace pensar en un orden y una continuidad. Agustín Martínez-Samos se adentró en una de las novelas más comentadas de Vicente Molina Foix, La quincena soviética (1988), indagando en la formación de la compleja identidad del narrador-protagonista, Ramiro/Simón, a través del análisis de los conflictos entre la identidad individual y la identidad colectiva, entre los deseos personales y las obligaciones de grupo y lo que esto supone al protagonista. Constreñido por las normas sociales de su época, éste se ve atrapado en la disyuntiva de seguir a sus sentimientos o a su sentido de la responsabilidad auspiciado por el colectivo intransigente; por lo que se encuentra dividido en dos yos, con el consiguiente problema de identidad, e imposibilitado para encontrar el amor. 

Para Martínez-Samos, la complejidad del narrador protagonista surge a partir de un duelo existencial en donde la identidad individual, marcada por el florecimiento y posterior caída de la vida personal, se debate con la identidad colectiva, simbolizada por el dogmatismo de los activistas políticos por encontrar un espacio dominador. Jacinto Fombona se centró en las edificaciones narrativas que construye Vicente en El abrecartas exponiendo una serie de posicionamientos de lectura y escritura que la novela plantea, proponiendo una representación del mundo que llama escritural: un mundo centrado en el acto de la escritura y la lectura. Fombona estima que al optar por la forma epistolar la narración da lugar a una mayor participación del lector que tiene que reconstruir las historias de los personajes de El abrecartas como edificaciones narrativas relativamente frágiles, 15 Philippe MERLO-MORAT & Emilio RAMÓN tenues, ya que todas apuntan al papel, el de las cartas y el de la memoria. En este proceso de reconstrucción la narrativa coquetea e intenta, si no fijar, al menos brevemente capturar una fantasmagoría mientras “abre” las cartas de sus personajes y recrea sus vidas. Siguiendo la idea de aquellos viejos tebeos de la Rue 13 del Percebe que permitían ver a todos sus “inquilinos”, cuyas vidas se van relacionando directa o indirectamente, yo mismo me propuse trabajar Con tal de no morir, (2009). Esta colección ofrece al lector doce mundos aparentemente distintos, pero con los miedos y las preocupaciones contemporáneas como punto de unión y con una serie de intertextos que, cual reflejos de los personajes, van literalmente dirigiendo sus historias. En este estudio exploro la manera en que estos intertextos, ya sea algún tipo de expresión artística, una filosofía, una corriente psicológica o una serie de noticias relativas a una guerra, afectan al modo en que los personajes experimentan su entorno con una subjetividad marcada por las analogías que ellos mismos establecen con su realidad y con los mencionados elementos. 

Al igual que con El Abrecartas, Con tal de no morir se podría calificar de “crónica de un naufragio”, sólo que en este caso no contamos con un edificio sino, más bien, con “una pequeña cabaña en el bosque” puesto que la elección de una narración breve en prosa obliga a Vicente Molina a condensar la historia y someterla a una alta presión de forma y de contenido. Con ello busca provocar “en el lector como una especie de apertura, de fermento que proyecta la inteligencia y la sensibilidad hacia algo que va mucho más allá de la anécdota”. De esta manera, los relatos nos exigen fijarnos en la elección de intertextos hecha por el escritor para, así “irradiar algo más allá de sí mismo(s)”. Desde el mito de Fausto hasta la música clásica de Bach, Dvořák y Mozart, pasando por la literatura shakesperiana, la filosofía de Berlín, la psicología de la Gestalt, la pintura de Julio Romero de Torres, el teatro español del siglo de oro y el arte del romanticismo, todos ellos se disponen como las diferentes partes de una composición musical, como una ópera que aúna música, actuación y los grandes temas que preocupan a la humanidad. El proyecto contaba también con un análisis de El abrecartas (2006) realizado por Vance Holloway en tres vertientes: como un tratamiento de la historia social española del siglo veinte, como homenaje a la cultura artística, entendido como un aspecto vital de la experiencia cultural, a los artistas y su experiencia social, y como una aportación enriquecedora al género de la novela epistolar; todo ello con un espíritu optimista y una ejemplaridad ilustrados. Candelas Gala analizó la producción de Vicente desde que éste fuera incluido en la antología de José María Castellet Nueve novísimos poetas españoles (1970), hasta concluir en 2007 con Paisajes con figura. Para ella, la clave de toda la producción de Vicente está en la “conciencia irónica” con que el escritor se acerca a lo convencional y a lo establecido, en un afán de ponerlo todo en tela de juicio. 

 Cada una de esas colaboraciones pretendía, a modo de mosaico o de collage, proyectar un poco de luz sobre la obra y la figura de Vicente Molina Foix de manera que el lector pueda tener una visión más compleja, que no completa, de los temas, las filias y las fobias del autor ilicitano. Hombre de letras y de cine, escritor de todos los géneros (ensayo, teatro, guion, poesía, novela y cuento), amigo de sus amigos y muy versado, la imagen que pretendíamos ofrecer buscaba, aun siendo incompleta, abrir la puerta a posteriores estudios que 16 Introducción – ¿Por qué una monografía sobre Vicente Molina Foix? abarquen otros aspectos de una figura tan versátil. Lo que no teníamos previsto fue la imposibilidad de contar con unos fondos con los que, en un principio, contábamos para su publicación, ni la posterior negativa de una editorial universitaria a sacarlo adelante. Pero, cosas del destino, como ocurrió con el email que enlaza las cartas de El abrecartas un email de uno de aquellos colaboradores originales, Philippe Merlo-Morat, ha posibilitado abrir ese diálogo que pretendíamos. Gracias a un congreso que se celebró en Lyon hace unos meses y al empeño de Philippe, podremos disfrutar de un proyecto comprehensivo que aúna lo anterior y lo más reciente acerca de la obra, y la figura de Vicente Molina Foix. … a Philippe Merlo-Morat y Marion Le Corre-Carrasco Más que congreso, lo que se llevó a cabo en Lyon, y en particular en el Instituto Cervantes de Lyon, fue el 8° encuentro internacional de “creadores y críticos” que inicié hace ya unos diez años y que permite que creadores contemporáneos encuentren a sus “críticos”, esencialmente universitarios, estudiosos de las obras de los creadores invitados. Los dos creadores que fueron invitados para esta primavera de 2018 fueron Vicente Molina Foix y Manuel Gutiérrez Aragón ya que siempre tuve la idea de cruzar las artes y, tanto el primero como el segundo creador de este año, se dedican por lo menos a dos artes: Vicente Molina Foix se interesa tanto por la literatura como por el cine y Manuel Gutiérrez Aragón pasó de muchos años de cine al mundo de la literatura. El 8° encuentro internacional “creadores y críticos” permitió que muchos especialistas pudieran intervenir en presencia de su “creador”. 

Así que hemos decidido publicar todas las intervenciones en dos volúmenes separados: uno dedicado a la obra tanto visual como literaria de Manuel Gutiérrez Aragón en la colección “ZOOM” del GRIMH (Groupe de Réflexion sur l’Image dans le Monde Hispanique), una verdadera monografía de estudios sobre la obra completa –o casi completa- del director de cine pasado a literato. El otro volumen –el que tiene entre las manos el lector- dedicado a la obra de Vicente Molina Foix será el n°8 de la colección “El creador y su crítica” del GRIMH que, de la misma manera, es monografía que reúne a los más importantes especialistas de la obra del novelista tanto en España como en Francia. Además el tema elegido desde hace unos años para abordar la obra de los creadores es lo religioso en su sentido más amplio, lo que explica el título de este libro. ¿Por qué esta temática? Como profesor investigador, siempre fue muy importante para mí el vaivén incesante entre la investigación y la enseñanza o entre la enseñanza y la investigación que se nutren mutua y constantemente. 

Como hispanista, especialista de las artes (literatura española contemporánea y arte-historia del arte en el mundo hispánico), desde hace más de veinte años, propongo a los estudiantes un seminario de máster sobre la pintura española en el que las temáticas religiosas dominan tanto en las obras maestras de Velázquez, Goya o incluso Picasso. Mi sorpresa fue muy grande cuando me di cuenta de que algunos –para no decir la gran mayoría- de los estudiantes ya habían perdido este fondo de cultura general que es la cultura religiosa sin la cual no podemos entender gran parte de las obras de arte… y más si se tratan de obras de arte hispánicas. 17 Philippe MERLO-MORAT & Emilio RAMÓN Tenía que enfrentarme a una evidencia: nuestros estudiantes actuales nos tenían las armas para poder descodificar, interpretar y explicar las referencias religiosas que nos rodean, que forman parte de nuestro cotidiano y que tendría que formar parte de nuestra cultura general… común. La cuestión no era por qué hemos llegado a tal extremo sino cómo hacer para que los estudiantes y, antes de ellos, los alumnos de las enseñanzas primaria y segundaria puedan tener las herramientas para comprender los mensajes religiosos y de esta manera hacerse ciudadanos activos, autónomos y no pasivos dependientes de los discursos de otros. Fue entonces cuando, con un grupo de colegas, decidimos que la temática de investigación de nuestros encuentros entre creadores y críticos iba a ser “lo religioso” en su sentido más amplio. Así que todas las intervenciones que pudimos oír que se pueden leer en este libro giran alrededor de esta temática en la obra de Vicente Molina Foix, desde el estudio de Caroline Bouhacein sobre La mujer sin cabeza hasta el trabajo de Jacques Soubeyroux que tituló “Búsqueda identitaria y crisis de las creencias dogmáticas en La Quincena Soviética y El joven sin alma”, pasando por los estudios de Xavier Escudero que habla de “la farsa de lo religioso en La misa de Baroja”. Virginie Giuliana se focaliza en “el cine, “esta nueva religión”: la introspección artística y religiosa en El joven sin alma” mientras que Anne Lenquette centra su trabajo sobre “la presencia de lo religioso en la narrativa de Vicente Molina Foix: entre catolicismo, ateísmo y religión del arte”. Claude Murcia da otra visión de “El joven sin alma: el arte como religión” y Natalie Noyaret demuestra que pasamos “Del catolicismo extremo a otras devociones en El joven sin alma y El invitado amargo”.

 Gregoria Palomar Asenjo analiza las “Expresiones de los religioso en El abrecartas” y finalmente Eugénie Romon pone de realce las “Apariencias engañosas de La mujer sin cabeza: una simulación de búsqueda de la verdad”. No quiero terminar esta introducción sin dar las gracias a la directora del Instituto Cervantes de Lyon, Juana Gil, y a la responsable de las acciones culturales, Nadia Mansouri. También, muchas gracias a Marion Le Corre-Carrasco co-directora de este libro, gracias por su ayuda infalible, antes, durante y después de este coloquio; gracias a la universidad Lumière-Lyon 2, nuestro centro de investigación, Passages XX-XXI, con sus directores Bérénice Hamidi Kim y Daniel Urrutiaguer y sus directores actuales Julie Sermon y Jacques Gerstenkorn así como la responsable administrativa Marina Randriamiarisoa; a la universidad Jean-Monnet de Saint-Étienne, su laboratorio de investigación, el CELEC y a su director, Emmanuel Marigno; al GRIMH (Groupe de Réflexion sur l’Image dans le Monde Hispanique), a su presidente Jean-Paul Aubert y su presidente de honor presente en este encuentro, Jean-Claude Seguin; a la NEC + (Narrativa Española Contemporánea +) y a su presidenta, Natalie Noyaret; a la BP AURA, Banque Populaire Auvergne Rhône Alpes y la CASDEN, a sus delegadas para la enseñanza superior, Nadia Bourgin y para la enseñanza segundaria, Muriel Chandanson y Brigitte Rivière.

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