sábado, 7 de marzo de 2026

BULMARO REYES CORIA Límites de la retórica clásica fragmento




PRÓLOGO

ePt|Topix.T| es un adjetivo que se refiere al sustantivo ts'xvt], 

“arte”, y fue usado por Platón, para darle nombre a la 

profesión a que Gorgias se dedicaba y enseñaba1. Este 

término se tradujo al latín como oratoria, u oratrix, lo cual 

equivaldría a elocutoria y elocutrix1.

Hoy en día, la palabra retórica vulgarmente indica, no la 

provisión de los medios persuasivos, sino tan sólo un modo 

de hablar: si se malentiende, con mentiras, con muchas 

palabras, con palabras vanas; menos injustamente, con 

elegancia, en sentido figurado. Ésta no es la antigua retóri

ca, la que, en palabras de Isidoro, “descubrieron los griegos 

Gorgias, Aristóteles y Hermágoras, y que fue transladada al 

latín por Cicerón y Quintiliano, pero tan abundante, tan 

variadamente, que al lector le parece imposible admirarla, 

comprenderla”3; es, más bien, “una retórica secundaria, una 

teoría crítica o estética que no tiene que ver directamente 

con la persuasión, y la técnica de las obras producidas bajo 

la influencia de esos conceptos críticos”4.

La retórica, en el sentido más genuino del término5, es 

aquella doctrina que nos enseñaron Córax y Tisias, Gorgias,

1 Cfr. Gorg., 449,a,5-6.

2 Cfr. Quint., II,xjv,1-2.

•’ Cfr. Isidoro, De rhet., 11,1, en RLM, 508, y Cíe., Parí, or., 1,1-3.

4 Cfr. G eorge Kennedy, The A rt qf Rhetoric in ¡he Román World. 300 b. C. - 

ú.D 300, Princeton, Princeton University Press, 1972, p. 3.

5 Cfr. Richard V olkman, “Definition der Rhetorik” en Die Rhetorik der 

Griechischen undRómerinsystematicher Übersicht, Hildesheim.GeorgOlms 

Verlagsbuchhandlung, 1963 (1885), pp. 1-16; Antonio T ovar, “La retórica de 

los griegos. Las primeras «artes»" en A ristóteles, Retórica, Madrid. Instituto

Platón, isócrates, Aristóteles, Hermágoras, Cicerón, Corni- 

l'icio, Quintiliano y aun los rétores menores: C. Quirio 

Fortunaciano, Aurelio Agustín, Victorino, Sulpicio Víctor, 

Julio Severiano, Cayo Julio Víctor, MarcianoMinneo Félix 

Capella, Casiodoro, Isidoro, Albino (o Alcuino) y Grilio, 

los cuales no han de mezclarse con los escritores de tratados 

acerca de figuras de dicción y de pensamiento, como son 

Rutilio Lupo6, Aquila Romano7, Julio Rufiniano8 y el 

Venerable Beda9, o aun el gramático Prisciano10 o el orador

de Esludios Políticos, 1971 ,pp. V-XXXII; también Helena Beristáin. Diccio

nario de retórica y poética, México, Porrúa, 1985, p. 421. George Kennedy, 

en su artículo “The present State of the study of ancient rhetoric” (Classical 

Philology, LXX, jan.-oct., 1975, pp. 278-282), enumera los trabajos más 

amplios de Volkman, Lausberg, Martin, Norden, y otros particulares de A. D. 

Leeman, Navarre, Radermacher, Eisenhut, Kustas, J. Murphy —entre los 

cuales, con sumo reconocimiento, debiera estar Alfonso Reyes—, y hace ver 

que para escribir una nueva historia del estilo, se necesita un equipo de 

diferentes estudiosos que emprendan una investigación computanzada.

6 Publio Rutilio Lupo, orador romano del siglo i, a. C., tradujo en uno los 

cuatro libros de su maestro Gorgias (éste había sido maestro del hijo de Cicerón 

en Atenas). Escribió de modo especial acerca de figuras, precisamente De 

figuris sententiarum et elocutionis, o Schemata lexeos (RLM, 3-21; cfr. Quin

tiliano, 9,11-111).

’ Á quila Romano, retórico latino del siglo nt o iv, convencido de que el 

orador debe (proprium oratoris munus est) adornar con figuras de dicción y de 

pensamiento su discurso, porque no hay nada igual (nihil aequale est) para 

conmover el ánimo del oyente o del juez, decidió escribir un libro De figuris 

sententiarum et elocutionis (RLM, 22-37).

* Julio Rufiniano, de época incierta, en su libro De schematis lexeos, de 

xchematis dianoeas, describe solamente figuras de dicción y figuras de 

pensamiento (RLM, 38-62).

9 El santo benedictino Venerable Beda (672 o 673-735, d. C.)t además de 

sus obras de mayor importancia de indudable indujo en la educaciónde la Edad 

Media, es autor del libro De schematibuset tropis (RLM, 607-618).

Prisciano (s. vyfinalesdel vi,d.C.) nacióquizáenCesareadeMauritania, 

o de Palestina, o en Roma. Sus Institutiones grammaticae fueron de gran 

importancia durante la Edad Media, y sirvieron de base a las nuevas refundi

ciones de gramática de los humanistas. En esas Instituciones incluye unos 

ejercicios de escritura traducidos de Hermógenes: Praeexercitamina (RLM, 

551-560).

Emporio", o Rufino12, o Clodiano13, ya que el asunto que 

éstos tratan es sólo un trozo de alguna de las partes del arte 

retórica.

Como todos sabemos, Cicerón es algo así como el eje en 

torno del cual giran los estudios de retórica. El explicó a 

Aristóteles, quien, a su vez, había sido el gran explicador y 

corrector de los anteriores profesores de esta arte. Asimis

mo, después de Cicerón la gran mayoría basará sus manua

les de retórica en Aristóteles y Quintiliano, pero fundamen

talmente en Cicerón, pues fue él quien dio vida indepen

diente a esta ciencia.

Ahora bien, aquí revisaré los conceptos sobresalientes en 

torno de los límites de la retórica marcados por aquellos que 

Cicerón, en el De inventione, menciona ya como simples 

predecesores suyos, ya como fuente de sus artes, e intentaré 

mostrar que los antiguos consideraban el campo de esta arte 

más amplio que la sola expresión u ornamento de las 

palabras, la cual es apenas parte de la elocutio, ya no 

digamos de toda la retórica, de la cual ésa, a su vez, es parte; 

también habrá de quedar claro que su objetivo es, no 

persuadir, sino enseñar los medios para persuadir. La retó

rica no persuade; enseña a persuadir.

Cabe señalar que, entre nosotros, el excelente estudio que 

sobre La antigua retórica firmara Alfonso Reyes en 194214, 

es sobradamente suficiente para que pueda comprenderse el 

pensamiento retórico de Aristóteles, de Cicerón y de Quin

11 Emporio (fines del siglo v) trata, en su obra, acerca de la etopeya, el lugar 

común, y materia demostrativa y deliberativa (RLM, 561-574).

12 Del gramático Rufino (c. s. v, d. C.) conservamos unos versos acerca del 

ritmo y metro de los oradores, así como unos extractos que, sobre la misma 

materia, tomó de Cicerón, Quintiliano, Diomedes, la Retórica a Herenio, 

Flavio Sosípater Carisio, Victorino, Terenciano, Pompeyo Mesalino, Donato 

y Probo (RLM, 575-584; cfr. también ed. Keil, Gramm. Lat„ VI. 554-578).

13 C lodiano trata sobre los status, su definición y división (RLM, 590-592).

IJ Cfr. Reyes, A., Obras completas, pp. 462-555.

I iliano. Sin embargo, aquí abundaré algo más en lo poco que 

aquél intencionalmente redujo; por ejemplo, en algunas 

consideraciones léxicas,que, al parecer, hoy en día vuelven 

a llamar la atención en el eterno intento por definir la 

retórica.

Por otra parte, vale buscar el prístino concepto de retórica 

incluso en rétores menores, en los cuales no se ocupó Reyes, 

porque ellos, con sus enseñanzas orales o escritas, hicieron 

posible que, no las propias, sino las teorías de los máximos 

maestros de esta arte traspasaran la Edad Media, y aun 

llegaran hasta nuestros días.

PREDECESORES DE CICERÓN

Córax y Tisias examinaron las partes y la disposición de la 

materia de los discursos judiciales (7tpooí|iiov, o exordium; 

xaxáaxaai^, o consíitutio; Sifiynou;, o narrado; htiXo- 

yoq, o epilogiis), y dictaron modos y formas del decir a 

través de una práctica mecánica y metódica de la elo

cuencia. Establecieron la e peot<;, o inventio, para la bús

queda de los argumentos.

Enseñaron que el objeto de la retórica no es la verdad, 

sino lo verosímil, lo cual reducían a lugares comunes de tres 

especies: 7tá9o<;, eBoq e idéai.

Según Platón, Tisias y Gorgias descubrieron que se 

venera más la verosimilitud que la verdad; por la virtud de 

la palabra, ellos hacían parecer grande lo pequeño; arcaico, 

lo nuevo, y al contrario, y podían decir lo mismo con pocas 

palabras que con muchas2.

1 La retórica tuvo origen en Sicilia, después de la caída del tirano Trasíbulo 

en el siglo v, a. C., pues allí los asuntos privados se comenzaron a llevar ajuicio, 

surgiendo así la necesidad de hacer eficaces los tribunales en las múltiples 

acciones judiciales que se emprendían para la recuperación de los bienes 

confiscados. Los iniciadores fueron los siracusanos Córax y Tisias. Sus 

manuales no llegaron a nuestros días. Cfr. Inv. II,u,6; Bntt., XII,46: Quiñi., 

Il.xvn.7. Véase BenedcttoRiposati, 1973. p. 93.

2 Cfr. ?\.,Phdr„ 267.a-b.

Para Gorgias, la palabra es un gran potentado que, con muy 

pequeño e imperceptible cuerpo, lleva a cabo obras divinas, 

ya que puede tanto calmar el miedo como quitar la pena y 

engendrar el gozo y acrecentar la misericordia. Los encan

tos inspirados por mediode las palabras, se hacen inductores 

de placer, y deportadores de pena. Pero la palabra se ha de 

valer de la verdad (<x^r|9eia), pues de lo contrario se en

gendra el desorden, como ocurre en una ciudad carente de 

hombría (euav5pía), o en un cuerpo falto de hermosura 

(x.á'k'koq), o en una alma necesitada de sabiduría (acxpta), 

o en la acción sin virtud (ápexfiy.

3 Gorgias de Lcontini (c. 483-376, a. C.) fue maestro de retórica, según 

Platón (Grg. 449a). Su visita a Atenas en 427, como embajador, es un hecho 

muy importante parala historia de la retórica, pues con 61 se funde la tradición 

ateniense de la oratoria política que había producido Pericles, con una nueva 

técnica, basada en el estilo, en la explotación del ritmo griego, la asonancia y 

el paralelismo. Su principal contribución a la literatura se encuentra en el 

Encomio de Helena', xr]v noíeoiv dnaaav xa i vom'^o) xai óvo|aá^co Xóyov 

é’xovta nsrpov, “considero y nombro a la poesía toda como un discurso que 

tiene medida” (8ss). Se supone que escribió un Arte retórica, donde quizá 

introdujo pequeños ensayos semejantes al Encomio citado. Cfr. Pedro Tapia 

ZúÑIGa en Gorgias, Fragmentos..., pp. xxvii, lOss y pássim.

4Cfr. Gorg., Hel, 1: Xó-ycj 8é áXií9Eia... xa Sé évavxía xoúxojv áxoajua, 

y 8-10.

En la polémica platónica sostenida en el Gorgias, Sócrates 

ni siquiera considera la retórica como un arte. Dice que es 

con relación al alma lo que la cocina con relación al cuerpo; 

es parte de la adulación, cosa que no tiene nada de bello. En 

esencia, no es necesaria la persuasión de los jueces, ya que 

quien comete una injusticia debe sufrir el castigo que 

merece, único camino de purgación real, que libera al 

hombre de la maldad que está en su alma. De hecho, es 

preferible sufrir injusticias a cometerlas6.

En el Fedro Sócrates ensalza la invención sobre la 

disposición .La retórica debe llevar a hacer el bien. Antes de 

aprender a hablar, el hombre debe poseer la verdad. Quien 

no ha filosofado suficientemente, no será capaz de hablar 

jamás sobre nada. El arte retórica, o psicagogía, o arte de 

guiar almas mediante razonesen juzgados y otros lugares de 

reunión pública, versa en cosas grandes y pequeñas, sin 

hacerse más o menos honorable a causa de la importancia

5 Platón (c. 429-347, a. C.). hijo de los atenienses Aristón y Perictione, 

sostenía la paradoja de que no había esperanza para las ciudades mientras los 

filósofos no llegaran a ser gobernantes, o los gobernantes, filósofos. Después 

de su regreso de Sicilia comenzó a enseñar formal y continuamente, y ésta fue 

su principa! ocupación por el resto de su vida, más de cuarenta años. De sus 

Diálogos, conciernen más cercanamente a la retórica Gorgias y Fedro. Con 

frecuencia se enseña, princi pálmente con fundamento en el primero, que Platón 

es contrario a la retórica; pero el Fedro muestra lo contrario.

‘ Indudablemente, como ideal de conducta humana,es difícilmente refutable 

la teoría socrática de la virtud, pero es un hecho que sólo contados personajes, 

entre los cuales él, sufrieron injusticia antes que cometerla, o librarse de ella.

de los asuntos. El cuerpo de todo discurso ha de constituirse 

a manera de ser viviente: cabeza, partes medias y extremi

dades, bien dispuestas, pues las divisiones y las reducciones 

ayudan a pensar7.

Mediante la ciencia y el cuidadoso estudio, el orador 

naturalmente llega a ser elocuente; necesita saber cuántas 

especies de almas hay; cuándo es oportuno hablar, y cono

cerlos verosímiles, ya queéstos son losargumentosconvin- 

centes, lo cual no se alcanza sin mucho ejercicio, no tanto 

de hablar y tratar con hombres, cuanto de decir cosas gratas 

y hacer obras agradables a los dioses8, lo cual hace pensar 

que ya Platón consideraba la retórica como arte de vida.

1 Cl'r. Pl„ Phdr., 236,a, 260,c.d, 261,a-b, 264,c y 266,b. 

* Cfr. PL Phdr.. 269.d, 271.d. 272,a.e y 273,e.

¡SÓCRATES

Isócrates9, según testimonio de Quintiliano10, define a la 

retórica como fabricante de persuasión (jreiQouq Sajiioup- 

yóq). En el discurso Contra los sofistas enseña lo que debe 

ser el maestro y lo que debe ser el alumno. Muy elocuentes 

son estas palabras del primer parágrafo: “Si los educadores 

quisieran decir la verdad, y no prometieran más de lo que 

pueden cumplir, no tendrían tan mala reputación entre los 

simples ciudadanos”.

La educación en general y la enseñanza de discursos en 

particular deben basarse en la verdad y en el ejemplo de los

9 Contemporáneo de Platón, y cuando ya eran ancianos los maestros de 

retórica Gorgias de Leontini, Trasímaco de Calcedonia, Protágoras de Abdera, 

Pródico de Ceos, Hipias de Elis, surge Isócrates, el gran orador y perfecto 

maestro, cuya casa era como una oficina de retórica para toda Grecia (cuius 

domus ... officina dicendi). Aunque en el foro no alcanzó gloria, sin embargo 

ésta lo tocó tal como a nadie antes ni después de él. Escribió muchas cosas con 

gran elegancia y enseñó a muchos a hacerlo. Descubrió que el discurso, a pesar 

de que no se hace en verso, debe guardar cierto ritmo. Con todo, parece que en 

el fondo no era tan espléndido con sus enseñanzas, pues, para vender discursos 

a los abogados, decía que no existía un arte para componerlos, aunque pronto 

se vio obligado a escribir sobre arte retórica, ya que a menudo era llamado a 

juicio a causa de aquella práctica de vender discursos, por lo visto, considerada 

ilícita. Desafortunadamente, como consta por Cicerón, ya en época de éste 

mismo no se encontraban sus escritos de arte retórica, aunque sí se hallaban 

muchos preceptos de sus discípulos. Sin embargo, se conserva Contra los 

sofistas, uno de los discursos más técnicos que escribió Isócrates. Cfr. Brut., 32, 

33,48,204, e ¡nv„ 11,7. Según Juan Manuel Guzmán Hermida, Isócrates es un 

intelectual sin convicciones firmes, un oportunista político, con opinión tan 

variable como las circunstancias (véase su introducción a Isócrates, Discur

sos, pássim).

10 Cfr. Quint., II,xv,3-6.

maestros. Para hacer un discurso no se puede dar una regla 

fija, ya que lo que uno dice no es útil del mismo modo para 

otro; para que los discursos sean hermosos han de guardar 

relación con el momento propicio, variar oportunamente, 

adornarse con entimemas, utilizar frases rítmicas y artísti

cas y ser convenientes y novedosos.

Hay muchos que sin haber frecuentado a un sofista se han 

vuelto hábiles oradores y hombres públicos. La capacidad 

de hacer discursos reside en los hombres de talento y en los 

que se ejercitan, aunque puede suceder que haya quienes 

ejercitándose con empeño, no logren ser buenos autores de 

discursos, pero, en cambio, se superarán y serán más pru

dentes en muchas cosas, es decir, en el arte de la vida.

Los alumnos deben acudir con profesores que tengan 

conocimiento sobre el tema, no con quienes les prometan la 

felicidad mediante programas queencubren con sofismas la 

verdad. También deben aprender los tipos de discurso y 

ejercitarse en ellos.

Son censurables los que enseñan a litigar con palabras 

repugnantes.

Finalmente, aunque la prudencia y el sentido de la 

justicia no pueden ser infundidos mediante manuales, en 

aquellos que, por naturaleza, no son propensos a la virtud, 

sin embargo el estudio de los discursos para la vida pública 

síestimula y ayuda aejercitarla. Quienes quieran seguirlos 

preceptos de esta filosofía, pues, alcanzarán la probidad 

antes que la elocuencia1

De este modo, Isócrates no sólo es, como se ha dicho12, 

“el verdadero creador del estilo y de la prosa oratoria ática, 

limpia y armoniosa, rica de colorido, amplia, perfectamen

te equilibrada en la disposición de las partes que componen

11 Cfr. Contra los sofistas, pássim.

” Cfr. Bcncdetto Riposati, “La retorica”, p. 96.

la arquitectura del período”, sino también precursor de una 

retórica de contenido moral, llamada “arte del vivir y del 

bello escribir”, con injerenciaenlaeducacióndelajuventud 

de su época13.

19 ídem, p. 95.

La retórica, dice Aristóteles14, la cual existe por causa de los 

juicios (¿Jiei 5é evexa xptasox; ¿otiv f) pTixopixií15), es la 

fuerza (8úvafit<;) para observar con inteligencia (Ssrapfjcrai), 

en cada caso, sobre cualquier cosa dada, lo posible persua

sivo (toü Sscopf|aai xó 8v5c/Ó(ícvov Tti&avóv), y todo su 

trabajo (7tpayjj.aTsía, en latín ojficium) consiste en la

14 A ristóteles (384-322, a. C.), a la edad de 17 años ingresó en la escuela 

de Platón en Atenas, y ahí permaneció hasta la muerte de su maestro en 348- 

347, primero como alumno, después en relativa independencia. Cuando Platón 

fue sucedido por EspeusijJb, Aristóteles abandonó la academia. Más tarde 

negoció un tratado con Macedoniaen favor de Hennias, tirano de Alameo, con 

cuya sobrina. Pitias, secasó (este tíoposeíaunaformidablefuerza naval, militar 

y financiera, y era virlualmente independiente del Imperio Persa, a cuyo rey 

más tarde fue entregado cautivo, y asesinado por no haber revelado los planes 

de Filipo). En 343-342 fue invitado a Pella por Filipo de Macedonia para que 

se convirtiera en el preceptor de Alejandro. En 335, a la muerte de Filipo, 

regresa a Atenas. Entonces funda unaescuela en el perípatos, en las afueras de 

la ciudad, de donde aquélla toma nombre. También muere su esposa Pitias, por 

loque vivió con Herpilis, de quien tuvo a Nicómaco. Asimismo después de la 

muerte de Alejandro, Ari stóteles es acusado de impiedad, pero para no permitir 

que los atenienses “pecaran dos veces contra la filosofía”, deja la escuela en 

manos deTeofrasto, y huye a Calcis, donde muere a causa de una enfermedad 

en el aparato digestivo. Es quien dijera que la vida de lucro es antinatural, 

aunque la riqueza es un bien útil que se desea por respecto de otro bien (Eth. 

Nic., 1096a, 5ss). A pesar de que en algúrt momento compartió el así llamado 

desprecio de Platón por la retórica, sin embargo luego se convenció de que ésta 

merecía incorporarse al sistema de conocimientos. Así, invitado por los 

isocrateos, todavía en vida de Platón, se dedica al estudio de la tradición escolar 

retórica, de donde surge precisamente su Retórica, con “un implacable radica

lismo ético”, orientado directamente hacia la verdad. Cfr. Tovar, pp. XXVss. 

Su Retórica es uno de los pilares de la ciencia que lleva ese nombre.

15 Rh.. 1377,b,22.

opinión (5ó^a). Ese posible persuasivo son los argumentos 

retóricos (níanq,fides según Cicerón), los cuales pueden 

ser intrínsecos al arte misma, o extrínsecos (ate/voi y 

evxexvot). Los extrínsecos pueden ser los testigos, las 

confesiones, los documentos (nápxopsq, páaavoi, aúy- 

•ypatpai) y cosas semejantes, y el orador simplemente los 

usa; pero los intrínsecos al arte, es decir, los propios del 

razonamiento, del discurso (xoü Xóyoo), deben ser encontra

dos por el que pretenda persuadir mediante razonamiento16.

(La palabra Xóyoq de Rh., 1356,a,l, por lo común se ha 

traducido como “discurso”; pero esto contradice a ladefini- 

ción que precede inmediatamente, donde Aristóteles dice 

que los argumentos extrínsecos están ahí, a la disposición 

del orador, en tanto que éste debe encontrar los intrínsecos 

(coctte Seí xoúxcdv TOÍq (iev xpvpcxa&ai, tá 8é eópeiv17); 

es decir, los que necesitan de una labor del pensamiento, no 

del discurso, que es ya la expresión de aquél. Así, supongo 

que este kóyoc, es no el simple discurso, sino laactividad de 

la mente que lo precede y lo forja; es decir, el razonamiento. 

El Xóyoc, no es una combinación de sustantivos con verbos, 

sino que en éstos se basa para expresarse: ovxov S’óvoná- 

xtüv xai prináxcov é£, a>v ó Xóyoq aovEax'r|xsv,8).

De entrada, Aristóteles pone la retórica en corresponden

cia (ctvtÍCTxpoípoq) con la dialéctica; es decir, en paralelo 

con ella (7rapa<poé<;) y con la ética (xfjq nspi xá Tj&r| 

npay^axEÍaq), que bien podría considerarse como lo rela

tivo a los “ciudadanos” (710X.mx.riv; en latín, ciuilis’9). 

Pero, en otro lugar la hace consistir en la ciencia analítica y 

en la civil, y la asemeja a la dialéctica y a los razonamientos

Rh., 1355,b,25-40.

17 Rh., 1355,b,39-40.

18 Rh., 1404,b,27-28.

19 Cic., Aiv.. V.6.

sofísticos (n pr|Topixr| aúyxsixai |iév sx xs xrjc; ávaXv- 

xixf|c; e7uaTr||iTic; xai xfíq raspi xá r¡9r| 7toX.ixixfj<;, ó(ioía 5 ’ 

éaxiv xá (iév xrj 8iaA,£Xxixf|, xá 5é xoíc; aocpiaxixoíq 

Xóyoiq). De hecho, la retórica y la dialéctica giran en 

derredor de cosas que, no perteneciendo a ninguna ciencia 

determinada y siendo comunes de alguna manera, pueden 

llegar a ser conocidas por todos. De un modo u otro, todos 

los hombres son retóricos o dialécticos, pues todos alguna 

vez han intentado acusar o defenderse, y en este intento han 

examinado alguna palabra o razón, y la han presentadocon 

aquel propósito. Algunos lo hacen espontáneamente; otros, 

por la costumbre de un hábito. Como sea, y puesto que es 

posible observar la causa por la cual en ambas formas a 

menudo se logra el objetivo deseado, es evidente que se 

podría hacer un camino (óSo7toi£Ív), y todos están de 

acuerdo en que tal estudio es trabajo propio de un arte 

(xéxvriq spyov). El resultado tendrá que ser el arte retórica, 

y es arte porque no mira a lo individual, sino aúna determi

nada clase de seres20.

Hay tres clases de argumentos retóricos: los que atañen 

a la índole del que hace el razonamiento (év xw rjOsi xou 

te'yovxoc;); los que, de algún modo, están en la disposición 

del oyente (év xcp tóv áxpoaxfjv SiaOsvvcu 7icoq), y los que 

se encuentran en el mismo razonamiento (év ctúxcp xcp 

A.óyc(>)21.

El fin del arte retórica no consiste en persuadir, sino en 

enseñar los medios para persuadir en cada caso particular22, 

así como los lugares de donde el orador pueda aprender a 

hacerse hábil; o bien en entimemas, es decir, en demostra

ción retórica, la cual es una especie de silogismo, y la prueba

20 Rh., 1354,a,l-9, 1355,b,22-28, 1356,a,26-28 y b,30-35, 1359,b,10-12 y 

1404,a,l-2.

2lRh., 1356,a,1-3.

22 Rh., 1355,b,9ss.

de más valor, o bien en la refutación correspondiente. Y, 

como el silogismo es propio de la dialéctica, es evidente que 

quien mejor conozca las premisas del silogismo y su forma

ción, ése será el más hábil en el manejo de losentimemas23.

La argumentación, sin duda, debe hacerse por hombres de 

reconocida probidad. En efecto, Aristóteles reprueba a los 

jueces que no actúan conforme a la verdad y a la justicia, y 

al mismo tiempo señala que no se debe persuadir a lo malo 

(oú yáp Set xa <paüA.a 7reí$£tv), aunque es preciso persua

dir con los argumentos contrarios, para deshacer razones 

injustas. Enseña, además, que solamente la retórica y la 

dialéctica se valen de los contrarios para argumentar24.

Un razonamiento (Xóyoq; puede pensarse, pues, en “dis

curso”) tiene que ver, como ya se dijo, con tres circunstan

cias: el que razona, aquello acerca de lo cual se razona, y 

aquel para quien se razona, es decir, el oyente. De acuerdo 

con este último, como puede ser espectador (9eo>pó<;) ojuez 

de lo pasado (xpixíiq xóov yeyevTiiiévGov) ojuez de lo futuro 

(xpixí|<; xóov (ieA-Xóvxcov), los razonamientos retóricos se 

dividen en tres géneros: deliberativo, judicial y demostrati

vo (xpía yevr| xcov A-óycov xa>v prjxopixc&v' aujiPouXexxi- 

xóv, Sixavixóv, sTtiSetxxixóv)25. A cada uno de estos tres 

géneros corresponden asuntos, tiempos, fines y proposicio

nes diferentes, que pueden apreciarse en el esquema de la 

página siguiente, que, dicho sea de paso, no es la primera 

vez que se hace.

Para los géneros judicial y deliberativo son muy impor

tantes la índole del orador y la disposición del oyente26. Para 

que el orador sea digno de fe, es necesario que posea 

inteligencia (<ppóvr|aiq), virtud (ápexri) y simpatía (eo- 

voia)27, es decir, que sea modelo de vida.

n Rh„ 1355,a,4ss.

24 Rh„ 1355,a,20ss.

15 Rh„ 1358,a,37-39 hasta b,l-8.

2hRh., 1377,b,25-29.

»Rh.. 1378,a,7-10.

deliberativo

asunto

tiempo

fin

persuasión o 

disuasión

futuro

lo útil 0 

lo nocivo 

y lo accesorio

judicial

acusación o 

defensa

pasado

lo justo 0 

lo injusto 

y lo accesorio

demostrativo

alabanza o 

vituperio

presente

lo honroso 

lo feo

yloaccesorio

Las pasiones son aquello por lo que los hombres, al 

cambiar de ánimo, se distinguen para juzgar. Al respecto, 

es muy importante que el oradorconozcaen qué disposición 

se encuentran las personas para cualquier cambio de estado 

de ánimo, hacia quiénes pueden cambiar y en qué ocasiones 

suelen hacerlo28. Aquéllas son, por ejemplo: ira, serenidad; 

amor, odio; temor, valor; vergüenza, compasión, indigna

ción, envidia, emulación.

Con todo, los razonamientos debieran limitarse a la mera 

demostración de los hechos, pues lo justo sería no buscar 

cómo experimenten cualquier tipo de pena o placer los 

oyentes (énei tó ys Síxaiov |i^5év7iXetco ^-reív rcspi tóv 

Xóyov í] óx; filáis Xvneív |ir|T£ só<ppaívsiv). Sin embargo, 

Aristóteles enseña cómo cambiar los estados de ánimo: en 

qué disposición se encuentran las personas, hacia quiénes y 

cuánto, pero no aprueba el uso de toda la gran fuerza del 

razonamiento fuera de la demostración de los hechos, a no

tcov 

ser cuando los oyentes son unos miserables (Siá xr)v toü 

áxpoaraO |iox3r|píav)29.

Así, en la enseñanza de la retórica se necesita hablar un 

poco de la palabra (ti jiixpóv ... xrjq /Vs^ecoq30; en latín, 

elocutio, y dictio), ya que en nombres y verbos descansa el 

razonamiento o discurso (ovtcov 5’ óvo|í (ztcov xai pr)|iá- 

° X,óyo<; auv¿axr|xev31); para lo cual, aborda 

temas como la claridad en la dicción, la selección de las 

palabras, la metáfora, los epítetos, la frialdad en el estilo, 

la imagen, la pureza del lenguaje, los vicios contra ésta, la 

propiedad, el patetismo, el ritmo en la prosa, el período, la 

antítesis, la parisosis, los dichos ingeniosos, el estilo y las 

partes de un discurso32, las cuales son cuatro; dos, propias, 

necesarias, y otras dos posibles; las primeras son la exposi

ción y la argumentación (rcpóSecnq y 7iíaTiq), y las segun

das, el proemio y el epílogo33.

29 Rh., 1404,a,3-8.

10 Rh., 1404,a,8.

51 Rh., 1404,b,27-28.

32 La síntesis de los temas de la elocutio se tomó de Antonio Tovar.

33 Rh., 1414,b,8-9.

(Hermágoras es el autor de un elaborado sistema de arte 

retórica, dividido en tesis (argumento no definido por 

lugares ni tiempos ni personas) e hipótesis (causa en la que 

intervienen lugares, tiempos y personas), obra perdida, que 

nosotros conocemos gracias a Cicerón, Quintiliano y 

Hermógenes, así como otros rétores menores, como Quirio 

Fortunaciano3s. Es recordado especial mente por su comple

ja y sutil clasificación de los otáoste status, y porque 

reclamaba para la retórica el derecho de discutir cuestiones 

morales y filosóficas de interés general, y excluía cuestio

nes técnicas que requerían conocimientos especializados 

sobre un campo científico. Su disciplina es pobre en cuanto 

a los ornamentos, pero muy útil para la invención. Da 

razones y preceptos fijos, ordenados y que no permiten 

equivocarse. Cicerón, en Inv., 1,8,12,13,16 y 97, se ocupa 

ampliamente de Hermágoras, especialmente para censurar

lo.)

w Nada sobre su patria, fecha de nacimiento oalgunaotracircunstancia, nos 

transmitieron los antiguos, aunque se ha dicho que nació en Temnos, Eolia, y 

que floreció en la segunda mitad del siglo u, a. C., o aproximadamente en la 

época de Cicerón. Cfr. Brtil., 263 y 271; también Curcio, Le opere retoriche.. 

pp. 21-41.

35 Las obras ciertamente auténticas de Hermógenes (s. n, d. C.) son riepi t<bv 

OTóaecov y Flepi ¡Secóv. Esta última tiene que ver con las siete cualidades de] 

estilo, como ingredientes en la perfección de Demóstenes; claridad (oaipiíveia), 

grandeza (nsvefloq), belleza (tcáXXoq), terriblez (Topyoniq), carácter (^floq), 

verdad (ákrjfleia), rigor (5eivórr|<;).

viernes, 6 de marzo de 2026

Lawrence Durrell Trilogía mediterránea La celda de Próspero Reflexiones sobre una Venus marina Limones amargos

 


Este volumen reúne tres obras literarias de primera magnitud que siempre han escapado a cualquier clasificación genérica. Con elementos de la autobiografía, del libro de viajes, del reportaje político, con una erudición asombrosa y una capacidad extraordinaria para captar el espíritu de toda una cultura, y sirviéndose con ingenio de las citas literarias, Durrell construye un impresionante viaje narrativo a unos parajes y a una época deslumbrantes: Corfú en los años cuarenta, durante la Segunda Guerra Mundial, en La celda de Próspero; Rodas en 1953, donde Durrell trabajó como diplomático tras la guerra, en Reflexiones sobre una Venus marina, y el Chipre de los primeros enfrentamientos entre chipriotas griegos y turcos, aún hoy no resueltos, en Limones amargos.

Tres magníficos ejemplos de un tipo de libro muy propio de Durrell pero absolutamente inclasificables, tan originales como cualquiera de sus novelas.

jueves, 5 de marzo de 2026

Mélanie Mettra Santo Tomás de Aquino La unión de la razón y la fe En 50 minutos Historia - fragmento

 


Santo Tomás de Aquino, doctor en teología y profesor en varias universidades, es el autor de una obra colosal en la que aúna dos materias que se consideraban irreconciliables: la filosofía y la teología. Durante toda su vida, este hombre de fe intentará reconciliarlas aunando religión y razón y afirmando que no son opuestas, sino que se trata de dos medios para acceder al conocimiento de Dios. Todavía hoy en día, el pensamiento de santo Tomás de Aquino se encuentra presenten en la vida intelectual del la Iglesia católica.

Esta guía concisa y estructurada te ofrece todo lo que necesitas saber sobre la biografía del personaje, el contexto en el que se desarrolla, los puntos principales de su pensamiento y las repercusiones del mismo, tanto durante su época como tras su fallecimiento.

SANTO TOMÁS DE AQUINO

  • ¿Nacimiento? En 1225, en el castillo de Roccasecca, Aquino (Lacio).
  • ¿Muerte? En marzo de 1274, en la abadía de Fossanova, Priverno (Lacio).
  • ¿Principales aportaciones? Conciliación del dogma católico y de la filosofía aristotélica dentro de la doctrina tomista, convertida en doctrina oficial de la Iglesia católica.

Las representaciones contemporáneas de la Edad Media suelen ser las de una época sombría, marcada por el obscurantismo, opuesta al Renacimiento, coronado por el halo de luz del humanismo y de los avances científicos. Pero esta creencia olvida la formidable viveza del pensamiento que caracteriza a la época medieval.

Durante la Edad Media, los pensadores de las tres grandes religiones monoteístas se centran ante todo en el conocimiento de Dios. La época medieval permite que los eruditos del mundo islámico y, más tarde, los de Occidente a partir del siglo IX, redescubran los textos filosóficos antiguos. Estos últimos llevan a cabo diatribas intelectuales en las universidades recién creadas del siglo XII que marcarán durante muchos siglos el pensamiento filosófico y teológico. Entre ellos se encuentra Tomás de Aquino. Este hombre, con una constitución extraordinaria, doctor en teología, profesor en la Universidad de París y, más tarde, en Roma y en Nápoles, es el autor de una obra colosal en la que combina filosofía y teología. Comentador infatigable de la Biblia y de los escritos de Aristóteles, impregnado por el amor de la contemplación y de la oración, demostrará a lo largo de sus tesis que la razón y la fe, lejos de ser rivales, son dos medios para acceder al conocimiento de Dios. Todavía hoy en día, el pensamiento de santo Tomás de Aquino, que es también autor de escritos políticos que llevan el germen de un pensamiento democrático, incluso laico, y que promueve una moral de la felicidad, participa en la vida intelectual de la Iglesia católica.

miércoles, 4 de marzo de 2026

Serafín Álvarez Quintero & Joaquín Álvarez Quintero Obras completas. Tomo VI Obras completas Hnos. Álvarez Quintero - 6

 


Los hermanos Serafín y Joaquín Álvarez Quintero son autores andaluces que cosecharon un gran éxito hace aproximadamente un siglo. Su producción es básicamente de comedias y se divide en las ambientadas en su Andalucía natal, tamizada por los recuerdos de su infancia y presentando siempre una visión luminosa y alegre, y las ambientadas en Madrid, más amargas. En cualquier caso, la mayoría son divertidas y siempre muy bien escritas.

Este volumen comprende las estrenadas desde el 28 de mayo de 1935 hasta el 10 de diciembre de 1948 inclusive.

TOMO VI

Este volumen comprende las estrenadas desde el 28 de mayo de 1935 hasta el 10 de diciembre de 1948 inclusive, cuyos títulos, por orden cronológico, son los siguientes:

Los restos.Burlona
Seguidillas de baile.Olvidadiza.
La comiquilla.Azares del amor.
El álbum de la bisabuela.Nidos sin pájaros.
La inglesa sevillana.Manantiales.
La venta de los gatos.En mitad de la calle o La prisa de las mujeres.
Los papaítos.Ventolera.
La Giralda.El poetilla.
El maleficio.Filosofía alcohólica.
Fifín II.El amor en un hilo.
Siete veces.Manolita Quintero.
La risa va por barrios.Pregón de flores.
Tuyo y mío.El género chico.
¿A qué venía yo?Un día es un día.
Mañana de sombras.Entre sueños.
La divina inventora.Los burladores.

martes, 3 de marzo de 2026

Miguel Ángel Asturias El Alhajadito fragmento

 



Miguel Ángel Asturias

El Alhajadito


 PRIMERA PARTE

I

Bigotes de miel de caña de azúcar. Por las comisuras le bajaban como puntas de bigotes chinos, tostaditos, cosquillosos, dulces al lamerlos con lengua de gato. Tenía que defenderse de las moscas a manotazos. Defender sus bigotes. El zumbido, ligero del insecto al ataque y el ronco zumbido del insecto golpeado. Una como caída de algo que se recupera y sigue volando. Cuando el ataque de la mosca a sus bigotes era de vueltas calculadas en círculos y círculos, la manotada se convertía en ademán despacioso. Los moscones verdes, pesados, lustrosos, le hacían huir del sube y baja adormecedor de las moscas pequeñas, siempre chupeteando la caña, masca que masca el canuto de pulpa blanca, entre los cortantes filos de la cáscara apenas desgarrada y siempre jugosa.

La casa tenía olvidado muy a trasmano un trecho de corredor. No daba a ninguna puerta, a ninguna ventana. Simplemente a la espalda de una pared lisa que lo separaba de unos cuartos para aparejos y otros estropiezos. Un alero inclinado caía a tres pilares de madera sentados sobre basas de piedra y servía de medio techo, techo de un lloro. Llovía y sólo de un lado caía el agua. Hay techos de dos aguas. Casas que lloran por los dos ojos. El corredorcito, su corredorcito, sólo lagrimeaba con un ojo, gota a gota, primero, y luego a lagrimitas de tejas que formaban arroyos de llanto dulce que por río más grandes iban a dar al Atlántico o al Pacífico. Las casas de dos aguas lloran para los dos mares desde aquellas alturas, un ojo para cada mar.

Pared lisa, techo de un lado, piso de ladrillos cuadrados y más abajo, en lugar de patio, el monte. El monte verde. Toda clase de monte. Más allá, el mismo monte.

Y más allá, el mismo monte.

Nadie cuidaba de este corredorcito. Una existencia ignorada. El viento enano lo barría. La lluvia sesgada lo lavaba. Una que otra vez descubrió caca de gallina en el piso. No agrandaba los ojos, pero pensaba abrirlos hasta donde le dieran las pupilas para expresar su sorpresa.

¿Gallinas…? ¿A qué hora vendrían…? ¿De dónde vendrían…?

Los gallineros quedaban del otro lado de la casa. Sólo que volaran. Pero él las habría sentido pasar sobre los patios, mitad volando, mitad arrastrándose.

El corredor aquél. Aquel su corredorcito. Una mañana descubrió una cáscara de aguacate. Un guacalito. No le dio importancia. Hizo como que no lo veía. Él no lo veía, pero alguien desde el guacalito lo miraba. Una pupila de agua brillante en el fondo morroñoso de color negruzco. Le dio un puntapié y se quedó dueño del corredorcito que olía a gente, a mucha gente, a gente sudada, a gente de humor fuerte, a gente que no se baña, a gente que ha caminado mucho.

Un tiznón de carbón en la pared que fue blanca, amaneció un día como rajadura de temblor. Sol de mediodía, doloroso, claro. Un coronadito acababa de aparecer y se movía como en una balsa inestable a la orilla del corredorcito. Al instante subió al alero y dejó el espacio gozoso de alas.

¿Quién tiznó la pared? ¿Quién vino anoche al corredorcito? Ayer no estaba aquella como rajadura. ¿Quién? ¿Quién…?

Ya tenía el invierno encima. Era imposible que en aquella duda de visitas nocturnas de gallinas y fantasmas que comían aguacate dejara su corredorcito sin su presencia durante todo el invierno.

Vendría a ver llover allí donde el monte se traga el agua, sin que suene como en los patios empedrados de la casa. Se la traga y nada más. Igual que si la esperara con la boca abierta.

Echó a andar a grandes zancadas. El corredorcito abandonado era como el muñón del brazo de una casa antigua.

Una, dos, tres… ¿Cuántas filas de ladrillos cuadrados? Tres, cuatro, cinco, seis, siete… Y del otro lado de la pared, en los cuartos oscuros, los aparejos de las bestias de carga y unos barriles estrechos y altos llenos de monedas oxidadas, hediondas, húmedas, perdidas en ceniza revuelta con papel quemado.

Siempre llevaba de esas monedas en sus bolsillos. Peso agradable del metal tintineante en el vacío de trapo de la bolsa. No todas las monedas eran iguales. Las más grandes, color de oro con sangre, mostraban de un lado dos mínimas columnas, abajo tildes de enes simulando olas y arriba, al fondo, el sol a medio salir del mar, y del otro lado, una mujer vendada con una rama de hojas en la mano izquierda, y en la derecha una balanza. Otras de estas monedas, menos pesadas, delgaditas, de color blanco, traían de un lado un número 9, que podía ser 6, según se viera, y del otro lado una mano abierta. Las más raras eran unas moneditas muy pequeñas, llamadas cuartillos, horadadas por el medio.

Al aproximarse el invierno, las monedas se sentían húmedas, pegajosas, hediondas a metal, perdidas en los barriles de cenizas que se regaba en el suelo, cada vez que su mano se hundía en son de ataque para buscar en el fondo más monedas. Cierta vez sintió que la ceniza le apretaba la mano. Sacó el brazo violentamente, y no supo bien —del susto le temblaban los dedos— si realmente la ceniza le había agarrado los dedos. Se le secó la boca. Apenas tura tiempo de alejarse enguantada la mano de polvo de huesos. Gritos… ayes… maderámenes que crujían… lengüetazos de fuego que devoraban lo que les salía al paso… hachazos a fondo… y más lejos detonaciones de arcabuces acompañadas de un penetrante olor a brea, pólvora, alquitrán y agua salada.

Estaba en su corredorcito. Nada era real. Imaginación. Sueños. Cuentos de las criadas viejas. Estaba en su corredorcito con una caña dulce, sus bigotes de miel pegosteada en las comisuras de los labios y las moscás volando…

Un ademán lento, una manotada…

La miel lo invadía de una sensación amorosa, caliente, de fruta y ángel. Como sonar una flauta de caña dulce. Solo que el sonido era almíbar. Ya traería su flauta para tocarla allí, igual que si chupara caña, y entonces el almíbar se convertiría en música. Sus dedos, patas de araña, tapando y destapando los agujeros de la flauta en veloz carrera, para dejar escapar o cerrarle el paso al sonido. Otra miel. Otra fiesta. El corredorcito arrinconado estaría oscuro. La flauta se oiría en la oscuridad tan lejana y él mismo se sentiría tan lejos en su corredorcito, tan lejos, sin moscas, sin bigotes de miel de caña.

lunes, 2 de marzo de 2026

Ramón Gómez de la Serna La viuda blanca y negra Fragmento

 



Gómez de la Serna es el escritor español que mejor representó la vanguardia artística y literaria de su época. En esta obra Madrid y París se reparten escenario de la acción, tiene mucho de detectivesca y lo erótico está en un elevado nivel literario y artístico, a la altura de Virginia Woolf o James Joyce.


I
EN LA MISA DE ANIVERSARIO

Era una de esas misas de aniversario a las que no hay más remedio que ir. La iglesia no tenía ese luto que debía corresponder a una misa fúnebre, por más que el que se celebre sea un décimo aniversario, de esos decimos aniversarios que de pronto llenan las cuartas planas de muertos que parecen recientes.

Nadie en el público se había dado cuenta de que se trataba de una misa por el sufragio de nadie. Todos asistían a una misa como la da todos los días, y se veía que eran abonados a esa misa y a esa hora todos los que estaban en la iglesia.

Rodrigo, poco acostumbrado a entrar en las iglesias, disfrutaba de todos los detalles de la iglesia como cosa insólita llena de emociones y sabores infantiles. Primero, durante largo rato, se había quedado ciego, pero ciego con los ojos completamente abiertos, ciego con una sombra de sangre en los ojos, ciego como si los velos de la iglesia le hubieran cubierto los ojos.

Después vio el primer rayo de sol, como un roto en su oscuridad, y fue buscando a los parientes, con los que iba a cumplir. La tía Genoveva, enorme, opulenta, con su sombrero de alto copete, se destacaba la primera junto al altar mayor. Ésa no faltaba ningún año. Después vio a los demás de la familia del ilustre muerto, del querido tío de Rodrigo, al que Rodrigo apenas debía nada sino unas sonrisas y unas bromas que no había olvidado. Casi nadie de los que le debían algo estaba por allí. ¡Es que era el décimo aniversario y ya era como si no hubiese existido nunca el pobre difunto!

La misa estaba comenzada porque, eso sí, Rodrigo no podía llegar nunca a tiempo. Aquella sensación de que todo le volvía las espaldas le dejó en una especie de soledad en compañía, extraña, aguda, como si estuviese presente y muerto, como sombra espiritual de sí mismo. Hasta esa misma presencia de los vivos en las iglesias tiene una emoción de muerte.

Los dorados de las tallas y los cornisamentos le intentaban halagar y se le hacían presentes como nada. Los veía brillar, exaltarse en la luz, ser como los caireles de la iglesia, como la base de su gran lujo. Eran como espaldillas de torero colgadas aquí y acullá.

Otra vez volvía con extrañeza a aquellas mujeres vueltas, curvadas, con mórbida postura sobre los reclinatorios, en postura que tenía también una cosa de sumisión de mujer, de espera lúbrica.

Le excitaba el espectáculo de la iglesia. Hacía más atrevido su pensamiento que el de la calle. Recordaba todas las entradas en la iglesia como una sobreexcitación aguda. Sus horas de colegial salían más claras que de ningún sitio, de la iglesia. Recordaba también como un desmayo en el que le hundían las cosas, su estancia en las iglesias de la provincia lejana cuando iba a confesar y los curas tardaban ímprobamente en despachar la larga hilera de pecadores.

En aquella sombra había derretidas tantas presencias que habían dejado su anhelo, su escalofrío de gusto al pensar en el cielo, que los niños encontraban la primera honda promiscuidad en la sombra de la iglesia. Las mujeres parecían haberse desvelado en la sombra de aquella gran nave, en que sufrimos el contacto más serio de la vida, en que tomamos parte en las fiestas de los mayores, en el salón de la iglesia.

Rodrigo quería precisar en las sombras aquellas siluetas que parecían engurruñadas sobre sí mismas. En las alturas subían hacia lo alto, como espirales o enredaderas, las orlas talladas. Había música de órgano en los pliegues de lodo y en la ornamentación había notas de trompetería.

Casi todas las mujeres que entraban tenían ya su orientación en la iglesia, buscaban su capilla como si ese fuese su gabinete privado y las más buscaban aquella especie de «gabinete ortopédico» de la capilla de los exvotos. Se sospechaba que aquella pierna colgada respondía de la de tal Señora y aquellos senos eran de otra, y hasta aquel niño ya tan amarillo y abortado representaba la niñez de la otra.

Las sillas de pueblo de la iglesia, las sillas bajitas con asiento de paja y traje de luto que están siempre arrima das al balcón en las casas de pueblo, daban una campechanería especial a la iglesia.

Rodrigo buscaba entre todas aquellas mujeres, su mujer. La mujer que el hombre escoge en todos lados. No la encontraba, porque sus primas, aunque eran guapas, tenían para él esa especie de carne de bacalao sin sal que es la carne de todas las mujeres de la familia.

Junio a un oscuro confesonario había una penitente arrodillada, metida en el rincón de la confidencia. Parecía hablar por la reja, por la celosía con su novio, era como el pelar la pava del fraile enclaustrado y la mujer que le ruega que abandone su clausura.

Tenía aquella mujer disimulada en el rincón confidencial de la confesión, una gracia de formas encantadora. Parecía al mirarla estarla sorprendiendo en una postura de confianza, en la postura más de la intimidad, pues se veía que era la mujer orgullosa, altiva, elegante, que no sabe arrodillarse, que se arrodilla con ingenuidad, en la postura desarreglada, provisional, imprevista de la mujer que nunca pidió perdón y a la que el que puede humillarla la ha hecho que pida perdón.

Rodrigo esperaba el fin de aquella confesión y miraba la sombra de los demás confesionarios, sombra llena de pecados estancados, con telarañas negras en los rincones en los que trabajaba la araña del pecado y como llenos también de pulgas negras que, simbolizando los pequeños pecados, son las pulgas que guardan las mujeres en el nido de sus ligas o en la estrechez del corsé.

Hombres, ya no se confesaban casi nunca, ninguno. Por eso los pecados abyectos de los hombres, gordos como sapos cuando eran mortales, y cuando eran veniales sucios como chinches llenos de sangre, no se mezclaban a los de las mujeres.

Varias veces, el cura silencioso que accionaba en el al lar mayor, se había vuelto hacia él y le había mirado y le había reconocido como se reconoce al escéptico, pero lo había bendecido de todas maneras, porque no había tenido más remedio que hacer el gesto al volverse.

Las misas de las oirás capillas transversales a la gran misa central parecía que la hacían de menos y perturbaban la única atención que había que sostener. Curas más rústicos y humildes, sacerdotes que se aproximaban más al pastor arquetipo decían esas misas como secundarias, con la vela indecisa, con una especie de cabito de vela. La casulla dorada era la que daba luz suficiente a las pequeñas capillas.

Confesión larga era la de aquella mujer misteriosa e interesante, que muy vestida de viuda parecía contar la agonía de su esposo y lo que ella lo quería, al memorialista de la confesión, encerrado en su garigola. ¿Quizás contaba aún los pecados de su pasado, pecados confesados con retraso, pecados cometidos aún con el muerto?

Caía como una larga cola sobre su «pompa postrera» la pena del sombrero, cubriéndola un poco las piernas, vestidas con medias caladas, detrás de las que relucía la carne de la penitente, blanca como la hostia iluminada.

¡Cómo brillaba aquella mano conque se asía a la repisa de la ventanilla! ¡Cómo debían de sufrir todas las tiranteces de sus articulaciones acostumbradas a la enervación de la mujer cómoda, en aquella postura incómoda que iba resultando tan larga!

De vez en cuando, Rodrigo la veía moverse, asentar el pie como para ir a levantarse y, sin embargo, continuaba otro largo rato. De vez en cuando se oía el rezongueo de la confesión, la confesión a la que nunca habrá oído indiscreto que se acerque. Ni las mujeres, que son tan curiosas, aplicaron el oído nunca a las confesiones que pudieron oír, aunque las tocase estar arrodilladas en la fila de los que esperaban, teniendo a veces que hacer un gran esfuerzo para no oír a la mujer nerviosa, que sin darse cuenta levanta la voz demasiado.

Por fin, como quien se recoge y levanta la cola para andar, la viuda recogió su larga «pena», y buscando la mano del cura —con el tacto de la de los peluqueros cuando apuran la barba— dio un beso en ella.

Rodrigo se quedó emocionado cuando aquella mujer levantó sus ojos y se volvió a orientar por entre las cosas perecederas, buscando el camino entre las sillas, en cuyos bordes se suele tropezar constantemente en las iglesias, destrozándose todas las espinillas el que tropieza. La viuda tan blanca y tan negra que le tenía deslumbrado, buscó su silla y tomó un devocionario y una sombrilla que había dejado en ella durante la confesión y se sentó.

Primero se puso a recapacitar y se abstuvo de mirar a ningún lado, pero en seguida cometió el primer pecado de distracción. Ella, indudablemente, había visto la mirada de Rodrigo y su presencia al lado del confesionario. Había sentido tal vez los azotitos en el transportín que le habían dado cariñosamente las miradas de aquel hombre, y lo buscaba hacia donde estaba, encontrándole enseguida y atreviéndose a mirarle fijamente.

Rodrigo recogió aquella mirada con encanto, satisfecho de obtener la mirada depuradísima de la que se acababa de confesar. La viuda parecía haber recobrado toda su virginidad después de la confesión.

La iglesia, con la misma luz de al principio, parecía haberse llenado de luz y se sopaba en la luz y se probaban los bizcochos borrachos de las largas franjas de luz espolvoreada, densa como un azucarillo de luz.

Todo se veía como después de una revelación y se encontraba en los rincones esa alegría de la habitación espaciosa y esterada con estera de pleita. Las puertas sonaban como puertas de armarios roperos. Había siempre algún arrastre de pies que parecía el de todo un colegio que entraba, resultando después que era el solo paso de una beata.

Rodrigo, un poco mareado con ese espectáculo a que estaba tan poco acostumbrado, veía subir, como en un concurso de altura, los cálices de los distintos altares y la Sagrada Forma, que parecía volar al cielo después de cada ofrecimiento, como si fuese una especie de cometa blanca y nacarada.

La viuda de vez en cuando se movía lanzando hacía sus atrases coleos de su gran pena, bufándola como quien bufa el pelo de su crespa cabellera suelta. Sus piernas, con las medias caladas de más fina filigrana, lucían como las candilejas de su figura y leía en su libro de misa las palabras amorosas que en miradas disimuladas iban a buscar a Rodrigo.

Por fin la segunda misa de duelo acabó, bajando los escaños el cura como macero que después de su misión se va a vestir de paisano y se va a fumar el cigarrillo de después del desayuno, cogiéndole con la fina aprehensión muy de ritual del dedo índice y el pulgar, con aplastamiento de pinzas.

Hubo un momento de tregua en que los parientes se miraron unos a oíros, y las mujeres se sentaron con asiento pleno en las sillas cómodas para la lectura; las sillas bajas que las hacían a todas un poco jorobadas.

La viuda se había puesto de pie, gallarda, más alta que antes, porque había hecho el desperezo, la distensión de la que va a salir a la calle y despliega toda su figura. Su falda, de un corte especial, con dos haldas, la hacía caer de las caderas dos alas ceñidas.

Rodrigo, al verla ir a salir, retrocedió hacia la puerta y se preparó a darla agua bendita. Era un acto antiguo y de la cortesía del pasado aquel de dar agua bendita a una mujer, pero Rodrigo lo iba a usar porque le parecía un acto admirable para encadenar los destinos, para empalmarse con la mujer desconocida.

Estaba radiante y maravillado ante su ocurrencia. Iba a practicar la gran indiscreción permitida, iba a darla un beso húmedo en los dedos, iba a infiltrarla su influencia, su deseo, sus esperanzas.

En efecto, ella avanzó hacia la pila y Rodrigo entonces con un gesto muy acoplado al momento, la ofreció un sorbito de agua, un poco de esa salivilla bendita que se pega a la punta de los dedos y ella lo tomó sin titubear, porque parece una cosa escrita y prescrita en el decálogo:

«Que la que recibe el ofrecimiento de agua bendita, lo debe aceptar hasta de su enemigo».

Rodrigo, aprovechándose de esa vuelta entera que dan las mujeres al persignarse frente al altar mayor, cuando esa misma persignación es hasta en los curas media vuelta soslayada, salió detrás de la viuda, y ya fuera de la iglesia para que por cualquier escrúpulo religioso no le rechazase, la dijo:

—Es usted la blancura ideal y no quisiera si no poderla volver a ver… No podría yo vivir sin ver de cerca esa blancura incomparable…

El sintió que caían sobre los ojos de ella los segundos párpados del desvanecimiento por influencia de la floroída y entonces insistió:

—La blancura de usted pone en el día como una de esas lunas de la mañana, que se atreven con el sol…

Ella se volvió al oír aquello y sonrió. Todo su descole en forma de sonrisa, sonrió también.

Entonces él se puso a su lado y toda la calle que los mi_ raba, vio cómo escalaba el ascenso de ir al lado de ella, a su vera misma, el que a la vista de todos había comenzado con timidez de colegial, guardando las distancias.

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