martes, 7 de abril de 2026

Francisco Ferrer • Fernando Montero Carlos Moya Espí • Vicente Sureda LA FILOSOFÍA PRESOCRÁTICA

 



INTRODUCCIÓN 

1.La historicidad de la Filosofía por Femando Montero 1. La Filosofía y su pasado Uno de los rasgos característicos de nuestros tiempos está siendo un cierto recelo ante la Historia, considerada como vigencia del pasado en el presente. Se diría que el hombre actual se ha sentido inclinado a crear formas de vida o de pen samiento que significan ante todo un rechazo de las practicadas en tiempos pretéritos. Pero este talante renovador ha destacado en las actividades artísticas, científicas y filosóficas. Si la Física actual admite ser considerada como heredera de la “Nueva Ciencia” de Galileo, por ejemplo, acepta esa herencia insistiendo enérgicamente en la novedad que supone la teoría de los guanta, la relatividad de Einstein o las doctrinas indeterminis tas. Los movimientos filosóficos que hoy dominan se reconocen solidarios, en todo caso, de precedentes que no van más allá de un siglo de antigüedad y, si admiten precursores más leja nos, es sólo en aspectos muy limitados de sus sistemas. Pero, sobre todo, adoptan criterios que suponen una fuerte crítica o desmitificación del pasado. El Neopositivismo, la Fenomeno logía, el Marxismo, la Filosofía analítica han realizado de formas diversas, pero coincidentes en lo fundamental, una reinterpre tación de las filosofías de antaño que ha significado en líneas generales su rechazo. Se apela a infraestructuras que ponen en entredicho el valor de la Filosofía de otros tiempos. O se critica la capacidad especulativa de los sistemas pretéritos, denuncian 13 do la fragilidad de sus creaciones metafísicas. En general se recurre, por el contrario, a lo inmediato, a lo que se da por sí mismo, intuitivamente; a lo positivo, a lo que es susceptible de verificaciones empíricas, a la realidad material, considerando que todo ello ha sido un campo injustamente desatendido en otros tiempos, pero que es más firme y rico que las audaces construcciones teóricas en que se embarcó la Filosofía del pasado. Tal vez esa desconfianza hacia lo pretérito haya originado en alguna ocasión la creencia de que la atención que se prestó en el siglo xix a lo histórico ha sido algo así como una afición enfermiza, carente de rigor científico y afín a algún género lite rario. La “miseria del historicismo” proclamada por Popper recuerda curiosamente el relativo desprecio que Aristóteles ex perimentó por la Historia. En definitiva, en uno y otro caso, esa denuncia de una visión historicista de lo humano se ha basado en la convicción de que lo histórico no cumple los requi sitos de una ciencia rigurosa. No es éste el momento de entrar en una discusión sobre la índole científica del conocimiento histórico. Se nos permitirá zanjarla admitiendo que el método de la investigación histórica, se le llame o no “científico”, es distinto del practicado por las ciencias físicas. Aceptaremos que la reconstrucción e interpre tación del pasado a partir de sus testimonios opera de un modo peculiar desde el momento que los hechos humanos poseen características especiales. Pero se trata de un conocimiento que cuenta, por lo menos, con la racionalidad de las mismas activi dades humanas, desde la cual es posible fijar la regularidad de su sucesión histórica o la existencia de otros condicionamien tos. Y la existencia de un orden racional por parte del pasado filosófico que pretendemos reducir a un saber histórico queda garantizada en la medida en que aceptamos que la Filosofía es expresión de un mundo cuya trama racional refleja. Todo ello, dicho con una vaguedad que deberá ser superada por las páginas venideras, nos permite confiar inicialmente en la posibilidad de una metodología historiadora de la Filosofía, clasifíquesela 14 como se quiera dentro del repertorio de las actividades científicas.

 Pero, admitiendo que el afán renovador que antes se seña laba es característico de nuestro tiempo, importa destacar que la filosofía no ha podido olvidar su pasado con la facilidad con que lo han hecho otras ciencias o de acuerdo con las acti tudes más despectivas para con ese pasado que se han dado en ella misma. Es un hecho manifiesto que una buena parte de la obra de los pensadores del siglo xx se ha consagrado al estudio de autores pretéritos. Bertrand Russell es autor de un magnífico estudio sobre Leibniz. Heidegger y Strawson han realizado otros no menos meritorios sobre Kant. Husserl, Ryle y Chomsky han estudiado seriamente a Descartes. Y los marxis- tas han desplegado su materialismo histórico mediante la inter pretación de las filosofías pretéritas consideradas como fenóme nos ideológicos. En fin, es evidente que gran parte de los estudios filosóficos actuales sigue comprometida en una revisión historiadora de la Filosofía del pasado. Importa explicar este hecho que puede parecer paradójico si se toma en consideración la inquietud renovadora que manifiestan los que así se condu cen. No parece verosímil que esa atención hacia la Filosofía pretérita sea fruto simplemente de una romántica curiosidad por lo que ha quedado envuelto en la noche de los tiempos. O que se trate de una morbosa inclinación hacia esos “cemen terios espirituales” que serían los escritos que nos llegan del pasado. Más bien parece tratarse de que hay algo en la Filo sofía que la hace esencialmente histórica; es decir, que decide que el pensamiento filosófico actual no sólo mire hacia el futuro, sino que también funcione de cara a su pasado, vinculado es trechamente con las creaciones de los filósofos de otros tiempos. 2. La persistencia de los problemas filosóficos Una primera explicación (un tanto trivial) de ese hecho es que la Filosofía no ha operado haciendo uso de un instrumental 15 de observación y experimentación que se haya beneficiado de los progresos de la técnica moderna. O, por lo menos, que esos progresos la han afectado indirectamente. Es decir, no se puede negar que los avances de los medios técnicos de observación y cálculo, que han sido decisivos para la vertiginosa renovación de las ciencias, han influido de alguna manera en el curso de la Filosofía. Lo que hoy podamos pensar filosóficamente sobre el Universo o sobre el sentido de la existencia humana, sobre el alcance de nuestro conocimiento, cuenta con la información de esas ciencias. Puede que los métodos científicos hayan ejercido en ocasiones alguna seducción sobre los filosóficos. Pero, en definitiva, parece que la Filosofía no ha utilizado de lleno la renovación de los recursos técnicos. Despojando a la palabra de toda petulancia, se puede decir que el filósofo ha seguido siendo un “pensador”, como en los momentos iniciales de la Historia de la Filosofía. La razón de todo ello estriba en que la Filosofía ha indagado siempre cuestiones que se podría llamar “originarias” o “radi cales", que son supuestos de la investigación científica y de las mismas técnicas de experimentación y observación de que ésta dispone. Los telescopios y microscopios nos permiten, por ejem plo, divisar lo que ocurre en espacios remotos por su lejanía o pequeñez. 

Pero, en definitiva, cuentan con la existencia del espacio, cuya esencia no se ve obligado a dilucidar el científico que los utiliza. La Filosofía, en cambio, ha pretendido fijar lo que es radical o esencialmente el espacio: lo ha considerado desde el punto de vista del ser o del no-ser, lo ha querido reducir a distribución de cosas localizadas, lo ha interpretado en relación con la infinitud divina o con la organización de la percepción humana, o como una estructura determinada por la actividad del hombre desplegada por el mundo. Ahora bien, esas reflexiones se han efectuado con independencia de lo que los telescopios y microscopios hayan descubierto en espacios inicialmente invisibles. De forma parecida, lo que se ha inda gado filosóficamente sobre el hombre y su conducta, sobre el tiempo, sobre la historia, sobre el sentido del vocablo “ser”, 16 sobre el encuentro con el prójimo, etc., han sido asuntos que se encuentran en la base de lo que ha sido el campo de las investigaciones científicas. Lo cual no significa en modo alguno que las ciencias necesiten tener resueltos los problemas filosó ficos para realizar sus tareas. No es posible precisar más lo que sea esa índole radical o esencial de lo que investiga la Flosofía. Pues hay que partir del hecho de que los sistemas filosóficos han sido variados a lo largo de la Historia. Aunque cualquiera de nosotros considere que sólo alguno de ellos ha cumplido cabalmente su cometido, no podemos partir aquí de una concepción de la Filosofía tan estrecha que descalifique a todas las demás. Por ello hemos de movernos en términos de acusada vaguedad a la hora de decidir lo que es característico de la Filosofía. Sin embargo, cabe decir algo más de esa radicalidad de los temas filosóficos; se trata de lo que, utilizando un término clásico, se puede llamar su “trascendentalidad”, en el sentido de que los temas filosóficos desbordan cualquier compartimento de objetos que constituyan una región limitada del Universo; trascienden o rebasan cualquier ámbito objetivo, ensartan la diversidad de los seres al hilo de perspectivas que descubren la totalidad de cuanto existe. Y trascienden también la facticidad ocasional de los hechos, la variación anecdótica de cuanto ocurre: con mayor o menor énfasis, la Filosofía ha pretendido poner al descubierto lo que, siendo supuesto de los objetos que llenan nuestras ex periencias, las gana en fundamentalidad o necesidad. En rigor, malamente podría ser radical lo que quedase restringido a una región de los seres que pueblan el Universo, lo que valiese tan sólo para una etapa episódica de su evolución o para una estruc tura parcial de su constitución. Pues, en la medida en que esas partes o momentos de lo existente se apoyasen en las colin dantes, aunque sólo fuese para distinguirse de ellas, cabría pro poner perspectivas más amplias que indagasen las raíces co munes ío trascendentales) de su conjunto total. Ahora bien, esa radicalidad de la Filosofía ha hecho que los filósofos actuales operen de modo similar a como lo hicieron 17 sus precursores. 

Pues los progresos técnicos de los medios de observación y experimentación, a cuyo compás han progresado las ciencias especializadas, valen para aspectos regionales de la realidad, para experiencias restringidas a determinados fenóme nos, que no deciden lo que sean esas dimensiones trascenden tales de la totalidad de los objetos que constituyen los funda mentos radicales de su presencia empírica. No se trata de negar que haya diferencias entre los procedimientos discursivos o re flexivos, entre los métodos actuales y los de antaño. Pero son diferencias, todo lo profundas que se quiera, que se reducen a las modalidades con que se utiliza un mismo medio: la razón. Naturalmente, esta apelación a la razón adolece de una gran vaguedad, tanta como afecta, por lo menos, a la radicalidad trascendental de la temática filosófica. Pues, en definitiva, te niendo en cuenta la variedad de los sistemas que han hecho Filosofía desde sus inicios históricos, de esa razón sólo se puede decir que es el título genérico para las actividades reflexivas y discursivas que indagan las dimensiones radicales y trascen dentales de todo cuanto llena el Universo y las actividades humanas que en él se proyectan. Lo que hasta aquí se viene diciendo no acaba de justificar la vuelta de la Filosofía actual hacia su pasado histórico. Pues si se ha apuntado que no se encuentra acuciada por la urgencia que las ciencias experimentan por revisar sus investigaciones al compás de la renovación de sus medios técnicos de observa ción, no se ha excluido que esa comunidad del quehacer racio nal que nos coloca en el mismo plano que nuestros precursores se encuentre diversificada por tantas discrepancias metodológi cas que, en definitiva, pudiéramos quedar tan alejados de ellos como los científicos actuales lo están de sus antecesores. Debe mos indagar, por consiguiente, a qué se debe que la búsqueda racional de las dimensiones radicales y trascendentales que constituye la investigación filosófica gire en torno a unos pro blemas que han mostrado una notable persistencia a lo largo del tiempo. Obviamente, esa persistencia de los mismos proble mas explicaría que ya no pudiésemos ser indiferentes a los es 18 íuerzos consumidos por resolverlos en momentos anteriores de la Historia. Cuanto menos, cabe constatar como un hecho, señalado por la reiteración del vocabulario filosófico, que los pensadores de antaño se ocuparon de muchos temas que hoy siguen vigentes en las obras de nuestros contemporáneos. El problema del ser y del no ser, el de lo individual y lo universal, el de la verdad, el de la relación entre lo inteligible y lo sensible, el de la etici- dad y la vigencia de la legalidad moral, etc., son acuciantes para el hombre del siglo xx como lo fueron para nuestros precursores de siglos atrás. Y es evidente que, careciendo de algún instru mental que nos permita pensarlos con ventaja sobre ellos, toma mos en cuenta sus planteamientos y respuestas. Pero, ¿quiere decir esto que nos hemos instalado sin más en sus teorías para elaborar las nuestras, renunciando a un progreso sustancial? ¿O que, en el caso de que esos problemas no hayan recibido una respuesta satisfactoria, seguimos recreándonos en su plan teamiento, sin ir más allá? Lo que haya de novedad en las teorías que han aparecido en momentos sucesivos, ¿será sólo un suceso intranscendente con el que no se ha conseguido nin gún progreso en la dilucidación de los problemas? 

En realidad, con estos interrogantes no se pretende plantear posibilidades quiméricas. El hecho de que los problemas funda mentales de la Filosofía, nacidos en tiempos lejanos, vuelvan a ser planteados en la actualidad, justifica la conclusión de que, en definitiva, el curso histórico de la Filosofía no registra nin gún progreso de fondo y se limita a renovaciones más o menos bizantinas del vocabulario empleado. Pues, de haber tenido éxito las doctrinas que pretendieron solucionar aquellos proble mas, no tendríamos por qué someterlos de nuevo a discusión. Por consiguiente, sería legítimo concluir que la tarea del filósofo actual debería consistir en circunloquios sobre esos mismos pro blemas, a sabiendas de que son insolubles y que, consciente de la esterilidad de las teorías, podía ahorrarse el esfuerzo de renovarlas o, en todo caso, tendría que hacerlo con la convic ción de que son fuegos de artificio que no dejan nada firme 19 tras de sí. Todo esto puede constituir una formulación radicali zada de la concepción de la Historia de la Filosofía de Nicolai Hartmann.1 Cuanto menos, es una conclusión que se halla la tente en su opinión de que “los sistemas cambian, son los cas tillos de naipes del pensamiento, a los que arruina el menor estremecimiento; en cambio, la comprensión de los problemas persiste, se mantiene por debajo del ir y venir de los sistemas”. Habría que advertir que Hartmann admitió un cierto progreso en esa "comprensión” de los problemas. Pero que no llegó a justiñcarlo, tal vez porque estableció con excesiva rigidez la línea divisoria que separa los problemas de los sistemas doc trinales. Se nos disculpará que no entremos ahora en la discusión de si cabe una solución definitiva de los problemas filosóficos. Lo que importa es criticar esa imagen de una estéril persistencia de los problemas o la correlativa futilidad de los sistemas doc trinales que sobre ellos revoloteen. Y, sobre todo, el equívoco que parece filtrase en ella, induciendo a creer que esos proble mas poseen una consistencia propia, cerrada en sí misma, frente a la cual discurren estériles las teorías. Se trataría, en definitiva, de que esos problemas estuviesen constituidos por unas entida des absolutamente distintas de las que forman las teorías y que, por ello, no sufren nunca merma alguna en su problema- ticidad. Sin embargo, esto es una hipótesis gratuita, que carece de comprobación y cuyos motivos tal vez procedan de la frus tración del sueño filosófico de que hay una última dimensión absoluta en las cosas cuyo hallazgo depararía una sabiduría plena. La imposibilidad de dar con ese motivo absoluto de toda racionalidad ha inspirado posiblemente la tesis de que hay una problematicidad irreductible en el fondo de la realidad. Volviendo a dejar de lado este tema, lo que interesa precisar es que no podemos dar cuenta de esa hipotética frontera insal vable entre los problemas y las teorías, pues aquéllos se plantean 1 Cfr. Nicolai Hartmann, "Der philosophische Gedanke und seine Geschichte” en el vol. II de los Kleinere Schriften. 20 con los mismos elementos teóricos que los administrados por los sistemas filosóficos. 

El espacio que ha sido problema filo* sófico está constituido con la misma estructura dispersa, cuán* tica, extensa, etc. que el espacio tematizado por las teorías. El problema del hombre se ha formulado como tal problema con los mismos elementos teóricos que las doctrinas que han pre tendido resolverlo, su problematicidad ha sido concebida en términos de una actividad programada, proyectada sobre un contorno y ejercida por un cuerpo orgánico desde el que se tiene noticia de un mundo. La problematicidad filosófica ha radi cado en una insuficiencia del ensamblaje de esos elementos teóricos que, por ello mismo, han solicitado una coordinación entre sus manifestaciones que diese cuenta radical de su tota lidad. La Filosofía ha sido el intento reiterado de dar una ex presión rigurosa de esos elementos, llenando sus lagunas me diante una formulación que, al mismo tiempo, registrara las estructuras fundamentales de su conjunto. Por tanto, nada impide que los problemas hayan variado o que se hayan enriquecido a lo largo de su historia, aunque de algún modo hayan seguido siendo los mismos. Se trata de un enriquecimiento de los datos con que se plantean, de la preci sión de esos datos o de su ajuste mutuo como elementos de una situación problemática. En definitiva, todo ello cristaliza en una rigorización de su formulación. Hoy no nos planteamos el problema del tiempo en términos idénticos a los que utilizó Aristóteles: su enunciado ha cambiado precisamente porque sus sucesivos planteamientos por Agustín de Hipona, Leibniz, Newton, Kant, Bergson, Husserl, etc. han preparado un enrique cimiento y mayor precisión de los elementos teóricos que lo integran; se ha rigorizado su vinculación con la mente del hom bre que tiene conciencia de la temporalidad o con la consti tución del mundo que discurre temporalmente. En tanto que subsistan lagunas, incoherencias, en todo aquello que constituye el tiempo o que contribuye a su “mentalización”, se podrá decir que ese problema sigue abierto a ulteriores investigaciones. Pero también se podrá decir que se ha progresado en su solución 21 en la medida en que hayan quedado restringidas esas lagunas e incoherencias. El problema y su solución no son, por consi guiente, cosas distintas, que puedan ser colocadas aparte y que se acoplasen por una extraña afinidad. Por tanto, se puede decir que los problemas que inquietaron al filósofo griego y los que reaparecen en la filosofía moderna son “los mismos", pues hay un conjunto de elementos comunes en sus respectivos plantea mientos. Pero esa mismidad es lo suficientemente elástica para que admita importantes variaciones en los elementos que in tegran sus distintas formulaciones. Esas variaciones han sido el resultado de la “incrustación" en sus planteamientos iniciales de las sucesivas teorías (o de elementos integrantes de las mis mas) que sobre ellos han incidido. Ahora bien, y a esto íbamos, en el planteamiento actual de los problemas filosóficos, en contramos “incrustada” su historia, la Historia de la Filosofía.

 O, dicho de otra manera, un adecuado planteamiento de esos problemas tiene que consistir en una reconstrucción de su ges tación histórica. Bien entendido que la reconstrucción de esa problematicidad envuelve un contenido doctrinal que constituye un conocimiento, sea el que se quiera el grado de su suficiencia y plenitud. Importa tener en cuenta que la modificación de los proble mas en virtud de las teorías filosóficas que de ellos se han ocupado no sólo ha consistido en ese enriquecimiento de los datos con que se han ido planteando. Hay que contar también con que la Filosofía ha ejercido a lo largo de su historia una función depuradora. Con frecuencia los pensadores han “rasu rado” los problemas, dejando fuera de juego aparentes datos que, en rigor, sólo eran prejuicios procedentes de creencias religiosas o de interpretaciones gratuitas de los hechos. En ocasiones esa función depuradora ha llegado hasta la supresión de determinados problemas en bloque. Muchos de los pensa dores considerados “grandes” deben en buena parte su grandeza a esa supresión de problemas, al descubrimiento de que sólo eran seudo-problemas. 22 3. Filosofía y "mundo” Hasta aquí se ha sugerido que la Historia de la Filosofía discurre como un proceso de enriquecimiento teórico concer niente a determinados problemas que se suscita cuando se in quiere sobre las razones de ser radicales que den cuenta de las cosas como una totalidad. Se ha admitido que esos proble mas vienen siendo los “mismos" desde los inicios de la tarea filosófica, dando por bueno que lo garantiza una cierta persis tencia de los vocablos filosóficos que los formulan. No es di fícil, en efecto, hallar antecedentes del léxico que hoy caracteriza a la literatura filosófica en esos pensadores que consideramos como "primeros filósofos”, aunque en ellos aparecieran casi confundidos con el lenguaje religioso, poético, jurídico o con suetudinario. Aunque con el paso del tiempo se ha rigorizado el uso de ese vocabulario, es posible establecer equivalencias entre sus nuevas formulaciones y las que tuvo inicialmente. Es evidente que no se trata de sinonimias o de traducciones exactas: a nadie se le debe ocurrir que la palabra ál.rjtieta utilizada por Parménides tenga un uso idéntico al que tuvo en Platón, Aristóteles, o que equivalga plenamente al que poseyó la palabra “Wahrheit" en Kant o Hegel. Sin embargo, sus varia ciones no son tantas como para impedir que en todos esos casos pudiéramos suplirlas por el vocablo castellano “verdad”; y que funcionaron en unión con otros términos que podemos traducir por “orden”, “rectitud”, “autenticidad”, “pensamiento”, “dis curso”, y que se contrapongan a términos tales como “false dad”, “ficción”, “contradicción”, etc. Importa también advertir que esas afinidades o incompatibilidades entre determinados vocablos han funcionado reiteradamente como principios regu ladores del uso del lenguaje filosófico. Desde los tiempos más remotos en que la Flosofía inició su marcha, esos principios han mostrado una reincidente monotonía, aunque haya sido variado el alcance que hayan tenido en los sucesivos sistemas o el matiz de su formulación. Es cierto que una serie de autores 23 han mostrado una respetuosa sumisión ante el principio de con tradicción, por ejemplo, es decir, ante la incompatibilidad entre el "ser” y el “no ser”, mientras que otros se han esforzado por superarla al expresar la diversidad mudadiza de las cosas. 

Pero esto constituye un reconocimiento de que la tarea filosófica se ha movido subyugada por la alternativa del “ser” y del “no ser” y por el problema de su avenencia o discrepancia. Ahora bien, en la medida en que los problemas filosóficos hayan sido formu lados mediante un vocabulario que expresa las teorías que son al mismo tiempo su planteamiento y su solución, la persistencia de ese léxico y de las locuciones que valen como sus principios rectores justifica que hablemos de una constancia de los pro blemas mismos. Sin embargo, estas consideraciones amenazan con disolver la Filosofía en un puro juego verbalista o en una palabrería vacía, por muy rigurosas que fuesen las reglas de su combina toria. De nada valdría que apelásemos a las Ideas como susten táculo de las fórmulas verbales filosóficas. Pocos temas han quedado tan maltrechos como el de las Ideas después de que durante dos milenios y medio los filósofos han porfiado por rehacerlas cada vez que se hacía insostenible su admisión. Si algo ha enredado la marcha de la Filosofía en nudos insolubles ha sido la doctrina de las Ideas en cualquiera de sus muchas variantes. Y tal vez la mejor solución de esos nudos gordianos sea la de cortarlos por lo sano y dejar reducidas las Ideas a lo que es su cara visible, a simples palabras. Lo cual equivale a replantear la pregunta: ¿por qué la permanencia de unos pro blemas que se ha manifestado a través de la persistencia del vocabulario usado por los filósofos? Procuraremos contestar esa pregunta haciendo constar un hecho bien elemental: el vocabulario filosófico ha sido siempre manifestación de un panorama objetivo en el que ha quedado grabada con mayor o menor relevancia la actividad humana que, dentro de un condicionamiento social, lo ha presenciado y lo ha utilizado como campo de su dinamismo transformador. O, dicho a la inversa, la Filosofía ha sido la expresión de las di 24 mensiones radicales de la existencia humana que, en sus diver* sas realizaciones, ha reflejado el mundo en el que se desple gaban. En definitiva, pretendemos apuntar con todo ello que la persistencia de los problemas filosóficos supone que una misma realidad mundana ha reaparecido en sus diversos planteamien tos. Y que, a pesar de su evolución histórica, la existencia humana constituida socialmente, que ha presenciado y trabajado ese mundo, ha registrado una similar persistencia en sus acti vidades fundamentales. Por consiguiente, la reaparición de un vocabulario filosófico similar en los distintos momentos de la Historia de la Filosofía tiene sentido en tanto que es la ex presión de un mundo y de unas actividades humanas que, dentro de sus variaciones, pueden ser considerados los mismos en sus estructuras esenciales y que, por tanto, han generado los mismos problemas. 

Y, si se admite que las actividades hu manas que se proyectan sobre el mundo presenciándolo y trans formándolo, sólo pueden ser registradas y detectadas en virtud de las configuraciones que adquiere el mundo por ellas presen ciado y transformado, acabaremos por decir que la mismidad del mundo es lo que decide la permanencia de los problemas filosóficos y del vocabulario que pretende resolverlos. Sin embargo, todo esto envuelve ciertas dificultades, que hacen que ese mundo a cuya mismidad se está apelando esté afectado por una fastidiosa esquivez. Cuantas veces pretenda mos dar con ese mundo del que se han ocupado los sistemas filosóficos, lo hallaremos revestido por las mismas doctrinas que lo interpretaron, por las creencias y opiniones de las gentes que fueron coetáneas de los pensadores o modelado por las actividades prácticas que unos y otros proyectaron en él. Cual quier mundo del que tengamos noticia es siempre algo juzgado, practicado, traspasado por los mitos o convicciones religiosas que lo interpretaron, penetrado por los lenguajes que fueron vehículo o medio de todas esas actividades. Se trata de mundos históricos en el sentido de que se hallan configurados por el dinam ism o humano que discurre en la Historia o que se cons tituye históricamente, y que varían a lo largo del tiempo, al 25 compás de las variaciones que registran las actividades huma nas que hacen época en cada momento. No se trata de que estemos aceptando con todo esto una concepción idealista que hiciese de esos mundos históricos un simple producto del dinamismo humano. Si el idealismo se ha visto espoleado siempre por la constatación de que todo objeto lleva el sello de la actividad que lo propuso como tal objeto y que configuró de alguna manera su presencia, también se ha sentido frustrado en todo momento por el hecho de que, en última instancia, el mundo ha sido a la vez algo dado, que asalta y sorprende, que impone unas estructuras empíricas que no decide el dinamismo mental o práctico del hombre. La ini ciativa humana decidió las formidables creaciones de la Ciencia, tanto al propiciar los experimentos y al seleccionar las observa ciones que la nutren, como al desarrollar los sistemas teóricos que la constituyen. Pero el curso y la peculiaridad de los hechos empíricos que motivan o verifican las teorías no depende abso lutamente de las decisiones del hombre de ciencia. Por grande que fuese el artificio que constituyó el experimento de Michel- son y de los sistemas teóricos que presidieron su realización, de ellos no dependió el hecho de la llegada simultánea de los rayos de luz que dio pie a la teoría de la relatividad de Einstein. De modo similar, podemos admitir que la iniciativa humana ha decidido que el disco solar que contemplamos haya sido entendido a la manera del Osiris de la religión egipcia, como el Faetón olímpico o como una estrella en torno a la cual gira la Tierra. Pero lo que no ha decidido ninguna actividad mental humana es el hecho de que periódicamente cruce el cielo visible sobre nuestras cabezas.

 En la estructura empírica de los mun dos históricos está inscrita una alteridad frente a las actividades humanas que deciden su presencia, que hace que esos mundos sean también algo dado. Ahora bien, con esto sugerimos que la Filosofía, lo mismo que cualquier otra actividad humana, no puede ser explicada como un curso de actos que se desenvolvieran por sí y para sí mismos, como manifestación de una sustancial espiritual que 26 tuviese en sí misma la ley absoluta de su despliegue. El mundo, que constituye el ámbito de su ejercicio, no es un simple pro ducto de su fuerza creadora; es simultáneamente algo dado y, como tal, manifiesta una alteridad, sin la cual carece de sentido la actividad humana, sea la pensante o cualquier otra. Pues, sea el que se quiera el dinamismo constituyente que ésta posea, siempre opera encauzada por unas exigencias que dimanan del orden empírico del mundo. No podemos entender ningún sis tema filosófico sin considerar de continuo que la actividad que le dio forma tuvo que acomodarse a unas exigencias mundanas que de alguna forma asaltaron a la mente del pensador. La tensión entre la espontaneidad de la razón que se organiza por sí misma y la alteridad del mundo que le impone condiciones es uno de los factores que explican el curso dramático de la Filosofía a lo largo de su historia. Desde esta perspectiva debemos volver a plantear la cuestión que nos ocupaba: ¿en qué medida está vinculada la perma nencia de los problemas filosóficos con la mismidad del mundo que los plantea? Lo que hasta aquí se ha venido indicando per mite responder que esa mismidad del mundo debe ser explorada en tres niveles: el de los mundos históricos que corresponden a cada época y que están modelados por la actividad humana que se desarrolla en ella; el de estas mismas actividades, sea cualquiera su índole, con tal que contribuyan a la configuración de un modo histórico; y el de las estructuras empíricas que son dadas, es decir, que no surgen por una iniciativa humana, sino que la sorprenden y, en cierto grado, la determinan. A este tercer nivel le daremos el título utilizado por Husserl de mundo vivido,2 con la pretensión de significar que es algo pre vio o subyacente al dinamismo mental y práctico que organiza las estructuras de los mundos históricos. 2 Cfr. Husserl especialmente Erfahrung und Urteil (págs. 37 a 52, 188 y ss.) y Die Krisis der europaischen Wissenschaften (págs. 47, 106 a 264). 27 El nivel de los mundos históricos no es el más propicio para dar con los motivos de la permanencia de los problemas filo sóficos. Es más bien el nivel de las diversidades culturales. En él se registra la variedad del mundo-caverna de la cosmovisión árabe o del mundo geocéntrico de los griegos y del mundo in finito o indefinido de la ciencia moderna; a los mundos histó ricos corresponde la pluralidad de las valoraciones de lo hu mano que van desde las relaciones tribales primitivas, al régimen de la esclavitud greco-latina, la servidumbre medieval o las clases sociales enfrentadas propias de la última centuria. En esos mundos históricos se ha grabado, como una pieza in tegrante de su constitución, la diversidad de los sistemas filo sóficos: el mundo histórico de los griegos es el interpretado por Parménides, Platón, por Aristóteles o los Estoicos, de forma tal que sus teorías, como representaciones de la realidad, que daron incrustadas en ella misma. Los mundos históricos ofrecen una base exigua para comprender la permanencia de los pro blemas filosóficos. 

Es cierto que registran la reaparición de determinados elementos teóricos: no cabe duda de que las ex presiones referentes a lo divino aparecen en las concepciones populares y filosóficas de casi todos los tiempos, pero con varia ciones tan profundas que es difícil decidir lo que tienen de permanente o, incluso, lo que tienen de propiamente filosófico. La consideración del nivel de los mundos históricos puede ser útil, en todo caso, al historiador de la Filosofía en la medida en que le aleje de una tentación: la de juzgar los sistemas filosóficos pretéritos contrastándolos con el mundo histórico ac tual, el que pertenece a ese historiador. No cabe duda de que quien se enfrente con la Filosofía del pasado se siente tentado legítimamente a buscar los antecedentes que en ella han tenido las teorías actuales. Esto es plausible y fructífero, desde el mo mento en que disipa la creencia de que el pensamiento de otros tiempos es algo remoto que sólo interesa como una curio sidad extraña. Sin embargo, esos puentes tendidos hacia el pasado no deben hacer olvidar que las teorías de una época son piezas que encajan dentro de un mundo histórico que es 28 distinto del nuestro, y que están determinadas por una cohe rencia con el resto de los elementos que lo constituyeron como una totalidad orgánica. El nivel de las actividades humanas puede parecer, a primera vista tan variado como el de los mundos históricos, pues esas actividades forman parte también de ellos: el quehacer artís tico, el trabajo o las especulaciones teóricas aparecen dentro del mundo histórico lo mismo que sus productos o las tierras, mares y montes recorridos, transformados y expresados por quienes así actuaban. Sin embargo, dentro de este nivel ya es posible reducir esas diversas modalidades de la acción humana a ciertas funciones que podemos considerar como esenciales en cualquiera de sus manifestaciones. Es evidente que lo que sea la actividad sensorial ha sido interpretado de modo variado a lo largo de los tiempos, pero en cualquier caso se trató de una actividad vinculada estrechamente con el dinamismo del cuerpo que poseemos y con la presencia que éste depara de los cuerpos circundantes. Y no cabe duda tampoco de que en cual quier momento de la Historia de la Filosofía se contó con que ese acceso sensible a las cosas tenía que ser organizado de modo complejo, en relación con las funciones verbales, de ma nera tal que el hombre pudiera orientar su conducta de cara a la totalidad de las situaciones en que se encontraba; esa integración de lo sensible en los modelos lingüísticos que le deparasen patrones prescriptivos de la conducta práctica o representativos de la realidad pudo recibir denominaciones tan variadas como las de “pensamiento”, “razón”, “entendimiento”, “concepto”, “idea”, etc., pero sea lo que se quiera su denomi nación y su inserción en doctrinas muy diversas, puede ser interpretada como una forma de actividad siempre presente en la constitución de cualquier mundo histórico.

 El historiador tendrá que ponderar en cualquier caso en qué medida ha que dado adulterada por determinados sistemas fiolosóficos o la suficiencia y plenitud con que dan cuenta de ella; la licitud con que la han integrado en sistemas doctrinales que aspiran a vincular los distintos elementos de nuestra actividad y del 29 mundo por ella presenciado o practicado en un conjunto satu rado. No es éste el momento más adecuado para desplegar un examen del método fenomenológico que permitiera fijar rigu rosamente lo que son esas funciones esenciales de la actividad humana persistentes en cualquier tiempo y cultura. En defini tiva, cualquier historiador puede suplirlo mediante una reduc ción de la diversidad de las interpretaciones de la conducta humana a las funciones ineludibles que subyacen en cualquiera de ellas por debajo del aparato teórico que cada sistema montó para explicitarlas. Ahora bien, la vigencia de esas funciones radicales de nuestra conducta teórica y práctica en cualquier momento histórico es el motivo último de que hayan reapa recido persistentemente, aunque bajo títulos variados, una serie de problemas filosóficos concernientes a la existencia humana. Sus planteamientos y “soluciones” (?) han variado por el mismo hecho de que la indeterminación de esas funciones radicales de nuestra actividad (indeterminación que el mismo fenome- nólogo o historiador actual puede constatar en su intento de fijarlas como constantes de la praxis humana) no ha hecho fácil la tarea de “definirlas” o de encajarlas mediante un sistema conceptual que cubriera la totalidad de la conducta del hombre y del mundo en que se proyecta. Finalmente, queda el nivel del mundo vivido. Como antes se ha apuntado, con él se pretende aludir a las estructuras que posee cualquier mundo histórico subyacentes a las construc ciones teóricas o prácticas que ha organizado en él la actividad humana. Se trata de estructuras fundamentalmente empíricas, pues conciernen a lo que nos es dado en nuestro encuentro con la realidad, lo que afecta y estimula nuestros procesos especu lativos, artísticos o prácticos, generadores de todo lo que cae bajo el título de “cultura”, “ciencia”, “arte”, etc. Es evidente que no resulta fácil dar con ese mundo vivido: sólo podremos bosquejar sus líneas fundamentales a partir de los mundos his tóricos, reduciendo sus construcciones “culturales” (dicho en el sentido más amplio posible) a las estructuras originarias con que se hace presente el contorno mundano en cualquier mo mentó. Por otra parte, sería absurdo que esperáramos descu brirlo como un conjunto de entidades bien definidas: precisa mente la indeterminación de ese mundo vivido (lo mismo que aconteció con las actividades fundamentales del dinamismo humano) es lo que ha constituido su problematicidad, lo que ha motivado los esfuerzos filosóficos y científicos por restrin girla mediante sistemas conceptuales o lingüísticos poseedores de una mayor coherencia.

 Pero, a pesar de ello, una fenome nología de los mundos históricos puede constatar que en todos ellos se da cuenta de que las cosas aparecen como individua lidades sensibles relacionadas por vínculos de semejanza y contraste, de acción mutua, que han nacido y se han destruido sobre el fondo de planos objetivos más persistentes, que han cambiado en una sucesión temporal primaria (previa a cualquier calendario o sistema cronométrico), que se dispersan en un con torno de situaciones (previas también a cualquier especializa- ción topográfica o geométrica), que sugieren aspectos ocultos, que resisten o ceden ante nuestra acción, que se hacen signi ficativas en tanto que integran conjuntos ordenados y que su significación se prolonga con la que deparan los signos naturales o artificiales que se les asocia. Se trata de un mundo vivido; es decir, presenciado y trabajado por el hombre. Por tanto, sus estructuras están indisolublemente vinculadas con las funciones que se pudo señalar en el nivel de las actividades humanas. Pero no se trata de un mundo constituido por esas funciones, sino, por el contrario, de un mundo que asalta, que sorprende, que se impone como dado y que, por ello mismo, vale como testimonio de la alteridad de todo aquello que en cualquier sistema filosófico o en cualquier interpretación científica o vul gar de las cosas sea concebido como realidad. Por consiguiente, cerrando ya este apartado, se puede decir que la permanencia de los problemas filosóficos, su reaparición a lo largo de la Historia, no es fruto de una extraña inercia del pensamiento humano. Tiene su fundamento en la persis tencia de las funciones esenciales de la actividad humana y de las estructurales del mundo vivido que alientan bajo toda cons 31 tracción filosófica, o bajo cualquier proceso histórico, sea la que se quiera la índole de su desarrollo. Ahora bien, como historia dores nos importa precisar cómo debe llevarse a la práctica el estudio de las filosofías del pasado a tenor de la permanencia de los problemas filosóficos que hemos bosquejado. Para ello puede sernos útil la distinción que hizo Bréhier3 entre la histo ria interna, la historia crítica y la historia extema de la Filosofía. 4. La historia interna de la Filosofía Tal vez la índole problemática y la imprecisión del mundo vivido, en comparación con el rigor que frecuentemente alcan zan las teorías, ha hecho que la Historia interna de la Filosofía haya atendido únicamente la coherencia doctrinal del pensa miento filosófico. Hay que contar, además, con la circunstancia de que los escritos que nos han legado los filósofos favorecen con frecuencia ese punto de vista: parecen sugerir que cada pensador ha operado sólo con un repertorio de conceptos que ha instituido en virtud de una rara fuerza creadora de su espí ritu; y que toda su tarea se ha limitado a una manipulación con esos conceptos o ideas, que ha ensamblado hasta lograr sistemas coherentes, saturados. Esta impresión se agudiza en aquellos autores (que no son pocos) que han apelado a la razón o al entendimiento como una potencia generadora de ideas o principios. Frente a todo ello, estimamos que una historia interna de la Filosofía debe interpretar esos presuntos idealis mos, para poner de manifiesto en qué medida esos autores han operado a partir de situaciones dimanantes de su mundo vivido, a partir de cuyas estructuras empíricas han constituido con innegable audacia sus sistemas. 

Dicho de otra manera, estima mos que la Filosofía no puede ser juzgada o rehecha históri camente mediante un criterio que se limite a tener en cuenta 3 Cfr. E. Bréhier La philosophie et son passé. 32 los elementos doctrinales de índole conceptual o ideal que un autor haya organizado en virtud de su capacidad creadora, en pos de una coherencia sistemática. Todo ello debe ser valorado en definitiva tomando en cuenta su capacidad para dar solu ción a los problemas deparados por el mundo vivido. No se trata de negar todo mérito a los historiadores que han operado de acuerdo con el criterio que combatimos. Cabe suponer que ha regido los magníficos trabajos del propio Bréhier, que entiende la historia interna de la Filosofía como la “comprensión" de que cada sistema es una unidad orgánica decidida por motivos intrínsecos a su estructura doctrinal. Más clara es la vigencia de ese punto de vista en la obra de Martial Gueroult,4 cuyos méritos como historiador de la Filosofía son excepcionales. También cabe incluir entre quienes han cultivado ese método a Dilthey, que concibió los sistemas filosóficos como totalidades orgánicas determinadas por la vitalidad que alentaba en la cultura dominante en el momento en que se gestaron. Es decir, no discutimos que sea plausible explicar a cada autor buscando la perspectiva que permita ver su pensa miento como un todo poseedor de la máxima coherencia posi ble. Más aún, en los casos en que los textos ofrezcan una diversidad de interpretaciones, en igualdad de condiciones se debe elegir aquéllas que casen más armónicamente con él resto de sus teorías. Pues es razonable suponer que, entre los motivos que las decidieron, contó la vigencia de unos principios generales o una trabazón de sus diversos momentos. Pero sugerimos que esa búsqueda de una unidad sistemática en el pensamiento total de cada autor debe estar condicionada por la convicción de que todo ese conjunto de síntesis doctrinales estuvo supeditado al motivo primordial de reflejar el mundo vivido dentro del con dicionamiento derivado de las peculiaridades de la situación 4 Cfr. Brünner, “Histoire de la Philosophie et Philosophie” en Études sur l’Histoire de la Philosophie en hommage a Martial Gueroult, pág. 179. 33 2 social o histórica de las ideologías dominantes en la época de que se trate. Esta concepción de la “historia interna” de la Filosofía pue de incurrir fácilmente en una visión excesivamente estática del fenómeno filosófico. Es decir, podría sugerir que la tarea del historiador quede limitada a la reconstrucción de un sistema filosófico como un todo rígido, incapaz de dar cuenta de su transformación en otros sistemas. Significaría el triunfo de la sincronía sobre la diacronía. Sin embargo, esta acusación (o la tentación frecuente de practicar así la “historia interna” de la Filosofía) no tiene en cuenta la índole dinámica de los elementos que integran un sistema. No se trata de apelar a una misteriosa vitalidad que se filtrase por las teorías filosóficas, impulsándolas hacia cambios imprevisibles. Aludimos al hecho de que los sistemas que han surgido con el tiempo no han sido nunca soluciones definitivas de los problemas que los suscitaron.

 No es éste el momento de entrar en una dilucidación de los motivos de esa problematicidad insatisfecha. Puede ser que obedezca a una limitación de la capacidad mental de los filósofos o a una insolubilidad de los problemas mismos. Pero es un hecho que cada sistema filosófico ha podido reprochar distintas insuficiencias a sus predecesores. Y que los mismos pensadores actuales, por muy satisfechos que puedan sentirse de sus crea ciones (en el supuesto de que nadie les haya censurado todavía nada), distan mucho de creer que lo tienen todo resuelto, sino que más bien conciben su tarea como un proceso que debe ser continuado por ellos mismos o sus discípulos. Ahora bien, este hecho permite reconstruir la lógica de la evolución de los sistemas mediante una fijación de aquellos elementos doctrinales que se mostraron inadecuados para resol ver totalmente los problemas con que se enfrentaron. Cada sis tema ofrece lagunas, ambigüedades, incoherencias que dan razón de su transformación en ulteriores sistemas. No se trata de sugerir con ello algo así como la existencia de un curso histórico de la Filosofía en el que cada etapa quedase deter minada rigurosa y fatalmente por la precedente. La misma índo 34 le polifacética de las insuficiencias de un sistema abre un abanico de posibles superaciones que no siempre se realizan o que hace incierto cuál sea la que deba tener lugar. Su reali zación concreta obedece a factores personales de los autores que van emergiendo o a condicionamientos extrínsecos que con sideramos dentro de la “historia crítica” o de la "historia exter na” de la Filosofía. Sin embargo, la inconsistencia de los sistemas filosóficos en relación con los problemas que los sus citan hace posible en cada caso seguir el hilo progresivo de su evolución mediante una dialéctica histórica que cae con pleno derecho dentro de la “historia interna” de la Filosofía. 5. La historia crítica de la Filosofía La historia crítica consiste, según Bréhier, en la compren sión de un sistema filosófico a partir de las fuentes doctrinales que operaron en él. Es obvio que todo autor cuenta con una información que le suministraron sus precursores, bien para ser asumida por sus propias teorías o para ser desechada. La influencia de esa trasmisión de conocimientos es enorme. Lo confirma con toda claridad el estudio del proceso de formación de las doctrinas de cada pensador, la transformación que pro ducen en ellas las noticias que paulatinamente va teniendo de otros sistemas. Pero la ratifica el hecho de que la ausencia de esas transmisiones doctrinales haya motivado profundas crisis en el desarrollo de la Filosofía. Todo esto es de una evi dencia tal que parece ocioso insistir en ello. Lo que importa es más bien evitar la tentación de hiper- trofiar la importancia de esa historia crítica, como si la recons trucción de un sistema filosófico se tuviera que limitar al hallaz go de sus fuentes (supeditada, en todo caso, al principio de que el autor estudiado se esforzó por acoplarlas entre sí del modo más coherente).

 Interesa subrayar que la innegable influencia de las fuentes estuvo supeditada a la finalidad pri mordial del pensamiento filosófico de dar cuenta de la realidad 35 de su mundo. Los textos que llegan a un autor procedentes del pasado no se distribuyen en sus propias teorías tan sólo en virtud de unas leyes de compatibilidad que deciden qué teorías heredadas pueden avenirse entre sí o con las que aporte el autor considerado. En definitiva, esa compatibilidad depende de la aptitud que tengan unas y otras para representar o ínter* pretar el mundo vivido que, dentro de una situación social e histórica determinada, impone un repertorio de problemas. También conviene aquilatar el sentido y alcance de la incia- tiva que los pensadores manifiestan en relación con el legado filosófico que Ies llega y que les mueve a aceptarlo, rechazarlo o transformarlo. Desde los tiempos lejanos en que Platón y Aristóteles apelaron al amor o a la admiración como impulsos espirituales que dan lugar a la investigación filosófica, se ha interpretado de modos muy variados el origen de la inquietud generadora de la Filosofía. Por nuestra parte, rehuyendo com promisos con cualquier criterio innatista o vitalista, que arrastre consigo toda una especulación de fundamento incierto, procu raremos fijar esa iniciativa en virtud del reconocimiento, por parte de un autor determinado, de la existencia de una contra dicción entre los elementos teóricos que le llegan del pasado y las estructuras del mundo vivido que llena sus experiencias (sin excluir los casos en que la contradicción se dé entre las mismas doctrinas que le fueron transmitidas). O, dicho de otra manera, la inquietud que renueva el curso de la Filosofía se anuncia fundamentalmente por la conciencia de unas contradic ciones que agudizan la problemática del mundo vivido, en las cuales toman parte las estructuras de éste en conjunción con las teorías legadas por el pasado. Sólo dentro de esas tensiones dialécticas es posible calibrar la iniciativa que, en un plano más superficial, manifiestan las novedades doctrinales de un sistema. 6. La historia externa de la Filosofía La historia externa de la Filosofía corresponde a lo que generalmente se ha planteado como relación de ésta con otras 36 actividades culturales, artísticas, religiosas, científicas, económi cas, políticas, etc. Es comprensible que los historiadores de la Filosofía hayan admitido que deben tomar en consideración esos otros fenómenos históricos, ponderando la influencia que hayan tenido sobre la marcha del quehacer filosófico o la simple coincidencia estructural de sus manifestaciones. No dejaba de ser una actitud arriesgada, pues se comprometía con el reco nocimiento de que la Filosofía pierde su pureza manteniendo relaciones más o menos perturbadoras con esas otras formas de conducta humana, cuando no llegaba a convertirse en una resultante ideológica de alguna de ellas. Por nuestra parte, teniendo en cuenta que nos hallamos empeñados sólo en una Introducción a la Historia de la Filosofía, no nos creemos obli gados (ni siquiera autorizados) a definir nuestra opinión sobre ese problema. Más bien nos preocupa una cuestión metodo lógica de cara a la práctica de nuestra futura tarea. 

Se trata de plantear cómo se puede tematizar esas influencias, sea del grado que se quiera, cómo se debe abordar el estudio de la rela ción que mantengan con la Filosofía, teniendo en cuenta sobre todo que unas y otras coinciden sobre el mismo mundo que depara los problemas generadores de la última. En efecto, como se ha ido indicando en las páginas anteriores, es manifiesto que el filósofo no se encara nunca con el mundo vivido directamente, como si éste se le pudiera dar al desnudo. Lo que se ha llamado mundo vivido sólo puede ser fijado (o reducido) a partir de las concepciones filosóficas, así como de las opiniones, creencias, representaciones de toda índole (cien tíficas, artísticas, religiosas, económicas, políticas, etc.), que las gentes tienen de la realidad. Todo esto es lo que hemos cali ficado mundos históricos. Son los mundos hablados en las dis tintas épocas, habitados y transformados por las técnicas que los disponen como ámbito de la existencia humana. En ellos se han incrustado esas actividades, cuyos productos se han obje tivado, constituyendo lo que son las cosas para quienes los habitan. El mundo histórico medieval está constituido por fuerzas demoníacas o angélicas, de modo similar a como el 37 mundo histórico del siglo xx está integrado por fuentes de energía o por materias primas industriales. En esos mundos históricos han quedado grabadas también, formando lo que son las cosas, las interpretaciones filosóficas dominantes, en la medida en que hayan irradiado sobre los restantes ámbitos culturales. Pues bien, si se tiene en cuenta que el filósofo sólo se enfrenta con la problematicidad que arranca del mundo vivido a través de su incorporación en el mundo histórico vigente en su época, ya no es posible pensar que el arte, la religión, las ciencias, la economía, la política, etc., son activida des ajenas a la Filosofía y que sólo debieran ser contabilizadas como fenómenos simultáneos que ocasionalmente pudieron rozar los límites de la especulación filosófica. Sería absurdo que pretendiéramos que el filósofo fuera capaz de prescindir de lo que llena su mundo histórico para encararse directamente con los problemas que brotan del mundo vivido: en rigor sólo los halla revestidos por el abigarrado ropaje que aquél despliegue, penetrados por formulaciones artísticas, religiosas, científicas, políticas, etc., que se funden sin solución de continuidad con lo que, sólo después de una reducción fenomenológica, podría mos denominar la índole originaria del mundo vivido. Ahora bien, todo esto suscita una sería dificultad para el historiador de la Filosofía: que tuviera que convertirse en his toriador de todas las actividades humanas. 

No cabe duda de que ello sería tremendamente fastidioso, cuanto menos por el esfuerzo que exigiera. Pero, en definitiva, supondría una arbi traria omisión de las peculiaridades de la Filosofía que se intenta historiar. Por ambiguas que puedan aparecer sus fron teras después de las vicisitudes que ha pasado en los 25 siglos de existencia que lleva transcurridos, no debe soslayarse que su empeño en poner al descubierto las dimensiones radicales que conciernen a la totalidad de los seres y de sus manifestaciones, y de hacerlo en virtud de procesos racionales que desplieguen el panorama total de las cosas como un orden riguroso de mo mentos que se condicionan mutuamente a partir de experiencias dadas, posee características bien peculiares, que justifican que 38 tenga su propia Historia. En síntesis se puede decir que todo lo que integre los mundos históricos de que han arrancado las tareas filosóficas debe quedar incorporado a la Historia de éstas en la medida estricta en que haya contribuido a la constitución de los problemas filosóficos. Esto ya representa una importante selección en el campo de la historia externa de la Filosofía: es evidente que no todos los acontecimientos políticos, religio sos, artísticos, etc., de una época son relevantes para la com prensión de los sistemas filosóficos que en ella se gestaron. Más en concreto, se puede afirmar que los aspectos de un mundo histórico que se hayan constituido íntegramente como irracionales o suprarracionales deberían quedar excluidos de la Historia de la Filosofía, desde el momento en que ésta ha pre tendido ser una interpretación racional del Universo. Sin embargo, no es posible negar que con frecuencia los sistemas filosóficos los han incorporado a su cuerpo doctrinal, bien por que influyeron inadvertidamente en los pensadores o porque fueron objeto de una ilusión racionalista, es decir, se les atri buyó una estructura racional que en rigor no tenían. Deberán ser constatados en ese caso como piezas de un contorno que es ajeno a la genuina constitución del pensamiento filosófico, aunque de hecho hayan influido en lo que ha pretendido ser tal. Este es el problema que afecta especialmente a los fenómenos religiosos y que justificará que se mencione, por ejemplo, al Orfismo como un posible condicionante de alguno de los pen sadores presocráticos. Sin embargo, esto no quiere decir que nos sintamos animados a aceptar como ‘‘filosóficas” todas las doctrinas que hayan resultado de la influencia de un movimien to religioso. En ciertos casos, cuando lo justifique la importan cia y amplitud de sus repercusiones, tendremos que constatar la existencia de teorías que pasaron por ser filosóficas (tales como la distinción real de esse y essentia en el ente contin gente según los Tomistas), pero que, en definitiva, en la medida en que estuvieron inspiradas por motivos religiosos, carecieron de genuina validez filosófica. 39 Otro asunto es la interpretación de la historicidad de la Filosofía desde el punto de vista de su condicionamiento por aquellas dimensiones del mundo histórico que posean una índo le raciona] y que afecten a aquellos aspectos de la realidad que son tema filosófico. Pues ello los acredita como elementos inte ligibles que pueden integrar los problemas que, desde ese mis mo Mundo, suscitan la investigación filosófica o que pueden quedar incorporados a sus mismas teorías.

 En este aspecto será necesario tomar en cuenta la estructura social, política y eco nómica de las sociedades en que se constituya un pensamiento filosófico. Se debe indagar si la realidad que aparece como pro blemática y que provoca la tarea filosófica está condicionada por las actividades económicas y por los sistemas de estimación y de interpretación objetiva que son propios de la estructura social y política de la sociedad en que se forme esa Filosofía. Esta conjunción de la perspectiva socio-económica con la filo sófica queda justificada, en definitiva, por el hecho de que la primera posee un desarrollo racional, está sujeta a una legalidad que la hace compatible con el talante racional que es propio de la teoría filosófica. Sin embargo, la práctica de esa investigación debe estar dominada por una elemental cautela. Es necesario tener pre sente que la constitución del mundo histórico que dependa de la conducta social, política y económica no cubre ni explica la totalidad de las estructuras que deparan los problemas filo sóficos y las correspondientes teorías. Las cosas poseen una estructura más compleja que la que tienen como instrumentos, medios o fines de una sociedad que las utiliza y trabaja de acuerdo con un cierto dinamismo social y económico. Muchos elementos de los hechos que son problema filosófico o que quedan incorporados a la teoría filosófica poseen una comple jidad que desborda lo que sea su objetivación como medios y fines de una práctica social y económica. Por tanto, la teoría cuya génesis importa dilucidar no es un simple resultado de la organización social, política y económica en que vivió el pensa dor que la concibió: está condicionada también por la índole 40 de otros caracteres de esos mismos hechos que, en gran medida, no varían con su presencia en diversas sociedades. Es evidente que lo que hemos llamado mundo vivido constituye una cons tante de los mundos históricos de distintas épocas y que no está determinado por las estructuras sociales, políticas y econó micas que han modelado esos mundos históricos. Es posible que las teorías sobre el tiempo que desarrollaron Aristóteles, Agustín de Hipona o Kant estén vinculadas de modo más o menos estrecho con la índole social y económica de sus situa ciones históricas; pero es difícil creer que la existencia de un presente en el que discurren rítmicamente los acontecimientos, abriéndose hacia un porvenir y remontando lo pasado, sea tam bién resultado de ese condicionamiento socio-económico. Más bien parece corresponder a las estructuras originarias de lo que nos es dado en conjunción con las funciones esenciales de la praxis humana, es decir, al mundo vivido. Algo semejante se puede decir de la consideración de los movimientos científicos en relación con la formación de un sistema filosófico. Es también evidente que el mundo con que se enfrenta un filósofo está ya interpretado en la mayor parte de los casos por ciencias especializadas y que ese filósofo no puede desconocer ese hecho. Sería absurdo pretender explicar la formación de las doctrinas filosóficas, en especial desde el siglo xvi, sin tener en cuenta que nacieron de un campo de problemas que estaban siendo formuladas por un lenguaje y una concepción científica. 

Es bien sabido que la astronomía de Copérnico y de Newton transformó profundamente la ima gen del Universo que tuvo vigencia para los filósofos de aque llos tiempos: sin la teoría de Copérnico, recogida por Galileo, sería incomprensible la filosofía de Descartes, lo mismo que sin la de Newton carece de sentido la Critica de la razón pura de Kant. Por tanto, el historiador de la Filosofía no puede desinteresarse de la marcha de la Ciencia en tanto que ha con tribuido a determinar el material constitutivo de los problemas filosóficos. Pero ello no significa que deba ser también un historiador de la Ciencia. Le libera de esa ingente tarea (que 41 supondría que el filósofo fuese además científico en cada una de las ramas de la Ciencia, so pena de convertir sus respectivas Historias en pedantes manipulaciones de palabras vacías) el simple hecho de que la Filosofía, tanto por sus métodos como por sus fines, es distinta de cualquier Ciencia especializada. Su investigación desborda el campo del de cualquiera de ellas y, desde el momento en que se consagra a la dilucidación de las dimensiones trascendentales que penetran en cualquier región objetiva, se sitúa en lo que se podría considerar como el sub suelo de las construcciones científicas. No necesita seguir paso a paso el desarrollo de éstas, convirtiéndose en algo así como un eco de lo que expone el científico. Más bien le importa retro ceder en el camino que éste recorre y tomar sólo en conside ración el conjunto del conocimiento alcanzado por las Ciencias para explorar las estructuras del mundo vivido que, en defini tiva, es el plano originario del que arranca tanto la especulación científica como la filosófica. Es evidente que la Historia de la Filosofía tiene que serlo también de las Ciencias respecto a aquellos períodos en que filósofos y científicos no tuvieron conciencia de la demarcación epistémica de sus actividades. Es decir, cuando eran general mente una misma persona y confundían los métodos filosóficos con los científicos. Pero, a partir del Renacimiento, cuando las Ciencias organizan sus investigaciones mediante métodos hipo- tético-deductivos y recursos de observación especializados de acuerdo con los campos temáticos previstos para cada una de ellas, el historiador de la Filosofía sólo tiene que ocuparse de la ciencia en la medida estricta en que ésta haya determinado de alguna manera el Mundo histórico que condiciona el plan teamiento de los problemas filosóficos. Pero, desde el momento en que la Filosofía se encara con aspectos de la realidad omi tidos por las Ciencias, por ser los supuestos desde los que operan, el historiador de la Filosofía actúa dentro de una de marcación que le es propia y que no puede confundirse con la de las Historias de las Ciencias. 42 7. Imparcialidad y objetividad en la Historia de la Filosofía Cuando páginas arriba se intentó demarcar de alguna forma lo que fuese la Filosofía de cuya historia se trataba, se procuró adoptar un criterio lo suficientemente amplio para que dentro de su espacio cupieran movimientos filosóficos tan variados como los de Demócrito de Abdera, Tomás de Aquino, Hobbes, Hegel, Nietzsche y Wittgenstein. Pues, en defintiva, todos ellos realizaron, cada uno a su manera, esa dilucidación racional de la totalidad de los seres a la luz de sus dimensiones radicales que hemos denominado “Filosofía".

 Lo cual no significa que estemos obligados a creer que la realizaron con igual fortuna o que, desde nuestra perspectiva de gentes que vivimos en el siglo xx, cualquiera de esos sistemas ofrece idéntica viabilidad. Sin embargo, el hecho de que nos sintamos adscritos a un mo vimiento filosófico determinado no nos autoriza a descalificar como “filosóficos” a los restantes. Sin embargo, el hecho de que hayamos pretendido adoptar un criterio amplio en el momento de dar entrada en la Historia de la Filosofía a un repertorio muy variado de sistemas no quiere decir que mantengamos la misma indiferencia cuando se trate de seguir sus respectivos desarrollos. Por de pronto, lo que se ha sugerido sobre el enriquecimiento de los plantea mientos problemáticos por las diversas teorías que han preten dido dar cuenta de ellos puede hacer prever que nos reservamos el derecho a manifestar qué autores lo han realizado verdade ramente, cuáles han elaborado seudo-problemas o qué otros han verificado una depuración de la Filosofía, reduciéndola a los genuinos problemas. Al apelar al mundo vivido como origen de la auténtica problematicidad filosófica hemos introducido un criterio de valoración, pues hemos sugerido nuestra preferencia por los sistemas que se organizan a partir de una rigurosa vinculación entre el orden empírico y la actividad humana teórica o práctica. Y con ello hemos mostrado nuestro recelo 43 ante las filosofías que proclaman los privilegios de una pura especulación que, fiando en la consistencia de las Ideas, preten diera valerse por sí misma. Todo esto significa que vamos a convertimos de alguna manera en jueces del pasado histórico de la Filosofía. Pero, ¿es legítima esta actitud? ¿No está obli gado el historiador de la Filosofía a una absoluta imparcialidad, manteniéndose al margen de cualquier línea doctrinal, evitando toda valoración? ¿No debe adoptar como historiador un rigu roso objetivismo que le obligue a dar cuenta de las teorías sin poner en juego ningún punto de vista? Hemos de advertir de antemano que renunciamos a ese ideal, simplemente porque lo consideramos utópico. Como dice García Bacca en sus Lecciones de Historia de la Filosofía,5 la simple selección de los autores que deben figurar en nuestra exposición supone ya un principio valorativo. Más lo supondrá la amplitud con que los tratemos, la importancia que demos a algunas de sus obras o teorías. Pero si pretendemos hacer algo más que transcribir sus textos, si aspiramos a interpretar su pensamiento, resumiéndolo y ordenándolo de alguna forma, será inevitable que pongamos en juego ciertos criterios que depen derán de nuestras propias convicciones filosóficas. Por otra par te, no dejaría de ser paradójico que el historiador de la Filosofía tuviera que operar renunciando a su condición de filósofo al tratar del pasado de la Filosofía. Si hemos partido de la con vicción de que toda tarea filosófica es histórica, es decir, se desenvuelve realizando una reconstrucción del pasado del pro blema que dilucida, también partimos del supuesto de que toda exploración del pasado filosófico constituye una toma de posi ción filosófica. 

Ese ideal de una exposición objetiva e imparcial de la His toria de la Filosofía podría tener algún fundamento si los pensadores que han ido desfilando a lo largo del tiempo hubie ran tenido una clara visión de su situación histórica, si hubieran 5 Caracas, Universidad Central de Venezuela (1972). 44 llegado sus textos íntegros, con una cronología precisa y si hubieran expresado su pensamiento con plena claridad. Pero nada de esto ocurre. Por de pronto ha sido inevitable que des conocieran la influencia de sus obras en tiempos posteriores y la importancia que esa influencia daría a sus propios escritos. Por otra parte, rara vez han dado cuenta de la génesis de su pensamiento a partir de sus precursores. Además, sus escritos nos han llegado con frecuencia incompletos. Y aunque no se dieran esas dificultades, hay que reconocer que ningún autor ha redactado sus obras de modo tal que haya excluido toda ambigüedad. Todo ello hace inevitable que cualquier Historia de la Filosofía realice una interpretación de los autores estu diados en la que no pueda dejar de intervenir el criterio filo sófico del historiador que la realiza. Es posible que el recelo ante una Historia de la Filosofía que opere desde unas perspectivas doctrinales determinadas haya sido suscitado por los casos en que se haya puesto en juego un criterio “maniqueo”, según el cual las doctrinas filo sóficas deben ser agrupadas en dos campos antagónicos, el de los “buenos” y “malos” pensadores. Por desgracia ese fenómeno se da con una frecuencia alarmante, tanto más si se coloca en el primer campo, el de los pensadores veraces, un número exiguo de autores. Se da entonces el caso extraño de que gran número de filósofos que han sido titulados “grandes” y que han ejercido una influencia importante en su tiempo y en la poste ridad, sólo son valorados como creadores de sistemas dispara tados, que el historiador se permite condenar desde lo alto del pedestal que le deparan los pocos pensadores que, en su opi nión, detentan la Verdad. 

Generalmente esa intolerancia para el pensamiento ajeno se debe a la incomprensión de aquello que se combate, a la confusión de diferencias terminológicas con distinciones de fondo. El historiador se enquista entonces en su propia jerga, pierde conciencia de los motivos que justifican la doctrina ajena y se hace insensible para aquellos elementos doctrinales que podrían ser estimados como positivos para su propia concepción. 45 Por nuestra parte intentamos escapar por todos los medios de esa apreciación dualista del pasado filosófico. En primer lugar, estimamos que las diferencias doctrinales entre autores contemporáneos no son tan acusadas como ellos mismos sue len creer. Que, precisamente por ser diferencias que dan lugar a enfrentamientos, suponen un campo común generalmente des atendidas por los contrincantes. Y, en lo que se refiere a movi mientos filosóficos pertenecientes a épocas distintas, estimamos que sus contrastes, por acusados que puedan parecer al desple garse en léxicos diferentes, reposan sobre una serie de coinci dencias básicas. Pues, de acuerdo con lo apuntado en las páginas precedentes, los une la mismidad de los problemas que dilu cidan. Bien entendido que esos problemas no consisten en algo así como vacíos temáticos, sino en estructuras inscritas en el mundo vivido que poseen una cierta aunque insuficiente regu laridad, por ello mismo abierta a ulteriores determinaciones teóricas que aúnen la totalidad de los seres en un sistema coherente. 

BIBLIOGRAFÍA Breiuer, E.: La philosophie et son passé. París, P. U. F. Ehrlich, W.: Philosophie der Geschichte der Philosophie, Tttbingen, Max Niemeyer (1965). Gouhier, H.: La philosophie et son histoire. París, Vrin (1947). Guthrie, H.: Introduction au probléme de l’Histoire de la Philosophie. París, Alean (1937). Hartmann, N.: “Der philosophische Gedanke und seine Geschichte”. {Kleinere Schriften, vol. II). Lledo, E.: “Lenguaje e Historia de la Filosofía”. (En Lenguaje y Filo- sofia) Barcelona, Ariel (1970). Market, O.: “La historicidad del saber filosófico”. Reo. de Filosofía, 62 (1957). Mondolfo, R.: Problemas y métodos de investigación en la Historia de la Filosofía. Buenos Aires, Eudeba (2.a ed. 1960). 46 Passmore, J.: “The Idea of a History of Philosophy”. History and Theory, Beiheft 5 (1965). Renouvier, Ch.: Esquisse d'une classification systématique des doc trines philosophiques. París (1885). Smart, H. R.: Philosophy and its History. La Salle (III), Open Court (1962). Varios: Études sur l’Histoire de la Philosophie. París, Fischbacher (1965).---------: La Philosophie de l'Histoire de la Philosophie. París, Vrin (1956).

domingo, 5 de abril de 2026

Marta Cristina Sacristán Locura e Inquisición en Nueva España, 1571-1760 Fragmento

 


AGRADECIMIENTOS 

Al maestro Juan Pedro Viqueira, desde sus clases en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, le debo mi formación como historiadora. Cuando aceptó con entusiasmo la dirección de mi tesis de licenciatura presentada en 1987, supo guiarme con sus acertadas observaciones, me dio aliento en las dificultades y compartió conmigo la emoción que significa acercarse por primera vez a la Historia. El apoyo, el interés y las muy estimulantes críti cas de José Antonio Robles y de Sergio Ortega, las asiduas discusiones en el Seminario de Historia de las Mentalidades, el asesoramiento médico y psiquiátrico de Héctor Pérez-Rincón y de Carlos Viesca durante el transcur so de la investigación despejaron dudas y contribuyeron a desbrozar caminos absolutamente nuevos para mí. Tuvieron la amabilidad de leer un primer borrador de la tesis Juan Carlos García, Thomas Calvo y Mario H. Ruz, cuyos comentarios completaron sustancialmente el trabajo. Con miras a la publicación de la tesis tuve la oportunidad de introducir mejoras, fundamentar algunos puntos débiles y plantear nuevas preguntas gracias a las sugerentes ideas de José Lameiras, a las correcciones en mate ria de teología de Carlos Herrejón, a los detallados comentarios de Heriber- to Moreno y de Josefa Vega y a las observaciones de Jorge González Angu lo. La guía de don Roberto Beristáin en el Archivo General de la Nación y en la Biblioteca Nacional fue inmejorable. Al señor Pedro Torres Aguilar mucho le agradezco sus comentarios de estilo y a la señorita Guillermina Coronado su paciente labor de mecanografía. Este trabajo nunca hubiera visto la luz pública sin el decidido interés de Andrés Lira González, presidente de El Colegio de Michoacán, al proponer la coedición. Un valioso apoyo académico y financiero recibí de la Dirección de Estu dios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia, pero fue definitiva la contribución moral y económica de mis tíos matemos durante gran parte de la investigación. México, D. F., julio de 1989 


INTRODUCCIÓN L A ACTUALIDAD DE LA LOCURA 

El interés por la historia de la locura en Nueva España nace del deseo de comprender la mentalidad de una sociedad a través de un fenómeno marginal que precisamente por ello subvierte el orden. El sentido de aden trarse en la concepción de la locura y en la actitud de la sociedad hacia los locos es también el de comprender a los cuerdos. El concepto de locura pone al descubierto los valores ideales que promueve la sociedad, mientras que la relación entre locos y cuerdos evidencia las formas de sociabilidad. Fsta investigación abarca el virreinato de la Nueva España, jurisdicción territorial del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, principal fuente de información consultada, y el periodo 1571-1760 que marca el estable cimiento del Santo Oficio en la ciudad de México (1571) y el inicio de una transformación en los aspectos analizados con las nuevas ideas ilustradas que florecieron en la segunda mitad del siglo xvm (1760). Antes de plantear el problema que abordaremos es importante bosquejar las dos grandes corrientes actuales de interpretación de la enfermedad men tal con el fin de comprender la orientación dada a las fuentes consultadas y el objetivo final que se persigue. 

De hecho la relación presente/pasado ha sido un hilo conductor a lo largo de la investigación, no con el objeto de bus car en la historia soluciones mágicas a problemas contemporáneos —la locu ra y el mundo de los locos son en nuestros días un problema humano y médico aún no resueltos—, sino para reflexionar sobre cómo otras sociedades han respondido a cuestiones que hoy son de actualidad. Las diversas interpretaciones sobre la enfermedad mental desde el punto de vista de la psiquiatría se podrían reducir a dos: la corriente biológica y la tendencia social. La primera responde a un proceso general que la medici na vivió en algunas sociedades europeas desde el siglo pasado, en particu lar tras la tercera década del siglo xix, al desvincularse los factores políticos y sociales de los problemas de salud y enfermedad.1 Se privilegiaron entonces las causas biológicas como explicación de las enfermedades en detrimento de la influencia de los factores sociales e históricos; así, la "his toria natural" del padecimiento excluyó a la "historia social".2 De igual 1 E. L. Menéndez, 1978, p. 12. 2 Ib., pp. 15-17. modo, la enfermedad ocasionada por circunstancias colectivas se redujo a un "problema individual" que requería también una cura personal en manos de un profesional —el médico— con menoscabo de la participación de la sociedad.3 Probablemente el creciente desarrollo que la medicina tuvo en el siglo xix la volvió más autónoma, al grado de independizar la enfer medad de sus vínculos con lo social. La medicina quiso encontrar en sí misma la explicación de la salud y la enfermedad, haciendo de ellas un mero hecho biológico. Para el caso particular de la psiquiatría este proceso estuvo motivado por el anhelo de ser considerada ciencia, posibilidad que se dio a través de la neurofisiología, la bioquímica y la química, justo en el momento en que las ciencias superaban el criterio de exactitud que hasta entonces parecía serles intrínseco.4 Si bien las prácticas que se derivaron de esta visión recibieron numerosas críticas, no fue sino hasta los años sesenta de nuestro siglo cuando más cuestionada se vio su legitimidad. Por lo que hace a la medicina en general, se observó su insuficiencia en áreas relacionadas con aspectos sociales. Por ejemplo, en la relativa a la nutrición, que evidenció su íntima vinculación con la situación socioeconómica: el hambre en que estaban atrapados los países desarrollados era una fiel muestra de ello. En esa misma década se hizo patente el problema de la contaminación ambiental como generador de numerosos padecimientos. Además, los sesentas comprobaron un creci miento de las enfermedades mentales. Difícil era seguir cerrando los ojos a los factores socioeconómicos.5 La psiquiatría, como otras disciplinas, no salió indemne de estas vicisi tudes y tuvo que afrontar los severos cuestionamientos a su práctica asilar de los que resultaron nuevas interpretaciones de la locura sobre todo en Inglaterra, Italia, Francia y Estados Unidos e intentos de reforma manico- mial en los dos primeros países. 

Esta psiquiatría social atendió a la historia del paciente desdeñando los aspectos biológicos, y atribuyendo la enfer medad a un "ambiente loco" por contraposición a la psiquiatría biológica que la redujo a la expresión de un daño cerebral espetando encontrar "moléculas locas" o un "metabolismo esquizofrénico".6 La política de aislar a los enfermos mentales, motivada por la concepción biologista y por aquella que los considera como un peligro material y moral para la sociedad, mostró no sólo su ineficacia en la curación, sino incluso la reproducción de la propia enfermedad. De ahí que, entre otras interpreta 3 M. Campuzano Montoya, 1983, p. 63. 4 V. Andreoli, 1986, pp. 9-12. 5 E. L. Menóndez, 1978, pp. 23-29 6 V. Andreoli, 1986, pp. 7, 215; T. S. Szasz, 1981, pp. 32-34. El hecho comprobado de que tanto en los establecimientos psiquiátricos como en las cárceles "siempre están los mismos", es decir, entran y salen para volver a ser recluidos, evidencia la incapacidad de reinserción social de estas instituciones. dones, la locura se conciba como la expresión de las contradicciones que inundan la vida cotidiana, a las que se encuentran sometidos tanto cuerdos como locos con la sola diferencia de que el individuo con un trastorno intenta defenderse de dichas contradicciones, bajo mecanismos diferentes a los casi siempre utilizados, precisamente porque carece de las posibilidades de defensa que la sociedad procura a los "normales".7 La locura no sería ya sólo una "entidad natural" cuyo destino fuera exclusivamente el mani comio. Es así como las normas de salud mental y de moralidad se hallan unidas en las sociedades. Son dos lenguajes distintos: uno médico, otro ético, que responden a una misma finalidad: moldear las relaciones humanas de acuerdo con los principios que fundamentan el statu quo. El compor tamiento de los individuos que disfrutan de una próspera salud mental se corresponde con el deseado y protegido por la sociedad, mientras que la actitud de un enfermo mental cuestiona los valores y principios que rigen la vida de los demás.8 Dichos intentos de reforma manicomial abogan por un acercamiento entre el enfermo y su sociedad, por una voluntad social de comprender la locura a partir del análisis de las propias contradicciones vividas por todos y que el loco refleja como en un espejo; en vez de recluir al loco con el fin de readaptarlo a la sociedad, se deben cuestionar primero los principios en los que ésta se sustenta.9 Al respecto, Vittorino Andreoli considera que existe una "tercera vía" entre la biológica y la social. Para conciliar ambas posiciones propone un nuevo concepto de enfermedad mental que dé cuenta de lo biológico y de lo cultural. Una psiquiatría que se ocupe tanto del encéfalo como del ambiente y la historia del sujeto, opción frente a la dicotomía en que parece debatirse la psiquiatría actual. Resulta inoperante definir un sistema ence fálico como enfermo sin considerar las funciones que desempeña en un ambiente histórico-cultural determinado; también parece infructuoso carac terizar un ambiente de insano sin relacionarlo con los sujetos biológicos sobre los que actúa. De hecho una afección orgánica puede ser, de acuerdo con la sociedad de que se trate, patológica o perfectamente normal.

10 En este proceso de renovación de la psiquiatría vivido por el mundo occidental México no permaneció al margen. Hasta principios de los sesen tas La Castañeda —el moderno manicomio inaugurado en 1910 con motivo del centenario de la Independencia mexicana— era el único lugar especia lizado de reclusión de los enfermos mentales por lo que a beneficencia 7 E. Correa Duró, 1985, pp. 57-58; J. López Linage, 1977, pp. 64-67. 8 T. S. Szasz, 1981, p. 185. 9 J. López Linage, 1977, pp. 65 y 76. 10 V. Andreoli, 1986, pp. 219 y 235-237. pública se refería, salvo dos excepciones: el hospital San Pedro del Monte en León, Gto., que data de 1945, y otro en el Distrito Federal.11 Las pésimas condiciones en que se hallaban los internos de La Castañeda y su conocimiento público llevó al presidente Díaz Ordaz a la construcción de 11 nuevas unidades, denominadas granjas-hospitales, entre 1964 y 1967. A ellas se trasladó la población de La Castañeda, que en ese tiempo alber gaba a 5 000 almas cuando su capacidad era de 1 000. La "Operación Cas tañeda", como se denominó esta reforma manicomial, anunció que las granjas-hospitales ubicadas fuera de la ciudad permitirían a muchos de los enfermos recuperarse gracias al mayor contacto con la naturaleza, a la te rapia ocupacional (áreas para cultivo, granjas con aves de corral, porqueri zas, criadero de conejos, panadería, talleres de costura, etc.) y recreativa (canchas de baloncesto, áreas para juego, auditorio, etc.). A los incurables se les proporcionaría un lugar en el que podrían pasar el resto de sus días sin dolor ni sufrimiento. A los pocos años, estos hospitales modelo estaban poblados de prostitu tas, delincuentes, niños y ancianos abandonados, alcohólicos, drogadictos, vagos, epilépticos y hasta de locos. En 1978 nada parecía haberse cumplido: los mismos vicios, sistemas de curación y prácticas corruptas imperantes en Lr» Castañeda se trasladaron a las granjas.12 Resumiendo, las deficiencias que en 1978 presentaban estas granjas-hos pitales a 11 años de su puesta en marcha eran: la falta de personal capacita do (médicos generales, psiquiatras, enfermeras y personal de vigilancia); el progresivo abandono de la terapia ocupacional y recreativa antes men cionada; la desnutrición y la falta de higiene como causas importantes de mortalidad; la aplicación de terapias electroconvulsivas anacrónicas para esa época, así como la experimentación de medicamentos no suficiente mente comprobados con los enfermos. También las caracterizaban el diag nóstico de la enfermedad sin tomar en cuenta antecedentes genéticos, alco holismo, drogadicción o la situación laboral y socioeconómica del paciente, así como las crecientes dificultades para una rehabilitación a domicilio motivadas por desconocer, en un elevado número de casos, el paradero de los familiares de los enfermos.13 En México, el interés de algunos grupos por la problemática de las enfer medades mentales llevó en 1978 a la celebración del IV Encuentro Interna 11 G. Somolinos D'Ardois, 1976, pp. 147-148; T. Gurza, 1978a, p. 9, y 1978e, p. 8. 12 C. Rodríguez Ajenjo, 1984, pp. 217-219; T. Gurza, 1978a, p. 9 y 1978g, p. 9. 13 Además de los artículos mencionados de T. Gurza, se revisaron de la misma autora, 1978b, c, d , f, h, e i. 

El Hospital Campestre Doctor Samuel Ramírez Moreno, inaugurado en 1967 y ubicado en Tláhuac, fue objeto de un reportaje periodístico en septiembre de 1985 y el H‘ spital psiquiátrico Fray Bernardino Álvarez, de una investigación mayor en ese mismo año que dieron por resultado prácticas semejantes a las comprobadas en las granjas. Al respecto, véase R. Álvarez, 1985a, y G. Valek Valdés, 1986. cional de Alternativas a la Psiquiatría y en 1981 del I Encuentro Latinoame ricano y V Internacional de Alternativas a la Psiquiatría.14 Terminaremos esta breve reseña de la problemática mexicana en torno a la práctica psiquiátrica asilar con las palabras del doctor José Laguna, secre tario del Consejo de Salubridad General, pronunciadas en septiembre de 1985 en relación con la crisis por la que atraviesa México: Dentro del sector salud se fijan prioridades y el dinero destinado se emplea en las cosas más importantes. Cuando existe una reducción presupuestaria —como la habida en los últimos meses— los que sufren son los programas secundarios, como los de rehabilitación y de atención a los enfermos mentales, porque no se lo gran beneficios razonables con una inversión también razonable. Como se verá más adelante, las preguntas hechas a los documentos tienen que ver directamente con esta problemática, con las dos grandes interpretaciones, la biológica y la social, que también las fuentes novohis- panas evidenciaron. H istoriar la locura En \~ actualidad la historiografía sobre la locura y la psiquiatría europeas se halla en manos de los historiadores., pero hasta hace unas décadas sólo se interesaban por eila médicos, psicólogos y psiquiatras preocupados por cc nocer la formación de su disciplina. Este interés hizo que en sus estudios privilegiaran el desarrollo creciente de !a psiquiatría encomiando ías grandes figuras y su expresión práctica en ios hospitales y manicomios.16 Sin embargo, es posible advertir en la historiografía europea sobre la locura de los griegos hasta principios del siglo xix dos grandes mitos puestos en duda por investigaciones recientes. Uno de ellos se refiere al concepto de locura: durante la Edad Media la locura pudo ser considerada una enfermedad de carácter sobrenatural y particularmente demoniaca.17 El otro tiene que ver de manera directa con el trato a los locos: desde el siglo xvu tuvo lugar un proceso sistemático de reclusión de los insensatos promovido desde el Estado.18 14 Las memorias de estos dos sucesos se encuentran en S. Marcos, 1983 y 1984. 5:5 R. Álvarez, 1985b, p. 27. 16 El clásico de G. Zilboorg, 1968, es una buena muestra de ello. 17 Algunos de los partidarios de esta interpretación han sido G. Zilboorg, 1968, pp. 104-106, 126-129 y 143-154; G. Somolinos, 1976, pp. 89-91; J. López Linage, 1977, p. 64; J. L. Peset, 1983, p. 81, y R. Bastide, 1986, p. 307. 18 El principal difusor de esta idea sin duda alguna ha sido Michel Foucault con su libro Historia de la locura en la época clásica, 1982, tomo I, pp. 80-210. Partidario de esta visión es G. La creencia de que el Demonio en su lucha contra Dios por dominar el mundo provocaba la locura y de que el tratamiento residía en los exorcis mos practicados por el clero y no en la terapéutica, ha sido cuestionada por varios autores. George Rosen cree que la locura medieval pudo ser atribui da tanto a móviles naturales como sobrenaturales. Entre los primeros dis tingue los biológicos (por ejemplo, la alimentación) y los sociales (sufri mientos, pasiones). Los factores sobrenaturales eran aceptados como causa de la locura cuando el enfermo presentaba comportamientos demasiado extraños, en exceso desviados de los comúnmente aceptados.19 De hecho los autores medievales incluyeron la mayoría de los trastornos mentales entre las enfermedades de la cabeza y creyeron en el tratamiento natural.

20 La existencia misma de hospitales para locos o de secciones dentro de éstos donde los tenían apartados ha sido considerada por varios autores prueba de la concepción ele la locura como enfermedad, objeto de tratamiento médico.21 Para contribuir a aclarar el problema de la concepción sobrenatural de la locura no sería superfluo considerar el papel que el Demonio ocupó en las sociedades medievales. Hasta el siglo xiu, cuando Santo Tomás afirmó: "la fe católica quiere que los demonios sean algo que pueda dañar mediante sus operaciones, e impedir la cópula carnal", el poder del Demonio sobre la tierra resultaba un tanto ambiguo. Si bien se aceptaba su influencia en la vi da de los hombres, muchas de las hazañas malévolas que se le atribuían, por ejemplo, las metamorfosis que se operaban en las brujas y las facul tades que tenían para volar sobre escobas, se consideraban fruto de la imaginación humana, mas no hechos reales. Esta actitud fue defendida por una figura tan relevante como San Agustín.22 Lo propio puede decirse de las sectas heréticas cuya persecución se exacerbó a partir del siglo xm, cuan do se dio crédito a la influencia que el Demonio ejercía sobre ellas.23 En efecto, Postel y Quétel localizan la representación diabólica de la locu ra tanto entre las mentalidades populares como en los demonólogos, de preferencia durante los siglos xv y xvi, sin que ello implique el abandono de la interpretación natural de la enfermedad. Así, las representaciones po pulares, las explicaciones naturales del médico y las interpretaciones sobre naturales del sacerdote convivieron en una misma sociedad identificando a los dementes.24 Rosen, 1974, pp. 189-198. 19 G. Rosen, 1974, pp. 170-175. 20 J. Postel, 1987, pp. 44-45. 21 M. Foucault, 1982, tomo I, pp. 189-190 y 193-194; M. Ristich de Groote, 1973, pp. 46-52 y 63-65. 22 J. Caro Baroja, 1973, pp. 67-68,109. 23 N. Cohn, 1980, pp. 52-54. ?*J. Postel, 1987, p. 64. Por otro lado, Foucault cree que el carácter sagrado tradicionalmente atribuido al loco medieval no provenía de que se le creyese endemoniado, pues no todos eran tratados como poseídos, sino de que participase de la pobreza, exaltada ésta por el concepto de caridad medieval que posibilitaba la salvación eterna.25 Respecto al problema del trato que la sociedad y las instituciones dieron al loco, durante la Edad Media la intervención institucional estuvo siempre limitada por la sociedad porque el cuidado y la tutela del loco recayeron sobre el grupo de parientes y amigos con los que convivía; el insensato go zaba de libertad mientras no causara alborotos públicos. Precisamente cuando el alienado resultaba demasiado peligroso para la comunidad, las autoridades intervenían encarcelándolo o recluyéndolo en un hospital en caso de que dicha institución existiera.26 El hecho de que las ciudades expulsaran a los locos que no consideraban propios manifiesta la respon sabilidad de la parentela y el vecindario con los desvalidos

.27 Por el con trario, desde el siglo xm, pero sobre todo en el transcurso del xvi, se desa rrolló en algunos países (primero en Alemania, después se extendería por los Países Bajos, Inglaterra y Francia) una nueva sensibilidad hacia la po breza. Lutero y Calvino anunciaron que la fe salvaba por sí misma. Si la pobreza era antes signo de salvación, ahora es desorden; antaño en manos de la Iglesia, ahora en las de los poderes civiles. Este proceso de secula rización fue influido no sólo por la Reforma sino también por las monar quías absolutas en su afán de independizar al poder civil de la Iglesia.28 Fue así como nació el "Gran Encierro", que para Foucault tiene una fecha, 1656, y un lugar, el Hospital General de París.29 La pobreza desacralizada fue para el siglo xvn un "problema de policía" que cobró su verdadero sentido cuando el descenso de salarios, el creciente desempleo y la escasez de moneda dieron por resultado un aumento ince sante de la mendicidad y la vagancia, perfecto caldo de cultivo para la agitación social. El "intemamiento", cuya más clara expresión era el Hospi tal General, fue la respuesta institucional al problema de la pobreza: absorber a los ociosos y proteger a la ciudadanía contra el desorden social. Si la pobreza representó una falta contra la sociedad, el intemamiento fue el castigo moral necesario para un sincero arrepentimiento que se obtendría 25 M. Foucault, 1982, tomo I, pp. 100-101, y 541 nota 67. En la p. 100 se puede leer: "es cos tumbre decir que el loco de la Edad Media era considerado un personaje sagrado, puesto que poseído. Nada puede ser más falso. Era sagrado sobre todo porque para la caridad medieval participaba de los poderes ocultos de la miseria. Acaso más que nadie, la exaltaba". 26 G. Rosen, 1974, pp. 167 y 170-173. 27 J. Postel, 1987, p. 63. 28 G. Rosen, 1974, pp. 189-191; y M. Foucault/1982, tomo I, pp. 90-100. 29 M. Foucault, 1982, tomo I, pp. 80. El Hospital General fue precedido por hospitales de su tipo en provincia, Toulouse (1647), Bézieres (1654) y Caen (1655); G. Rosen, 1974, p. 193. sobre todo al combatir la ociosidad, "fuente de todos los males . El trabajo, que desde el pecado original fue concebido como un castigo, cobró en el siglo xvii una importancia inusitada como el remedio a todos los desór denes. El intemamiento no se practicó en un establecimiento médico; más bien en una casa correccional.30 Pero, ¿quiénes estaban internados en estos correccionales? Los que prac ticaban una sexualidad que traspasaba los límites determinados por la familia —homosexuales, prostitutas, enfermos venéreos, desenfrenados—, ios que profanaban las instituciones, la propiedad y el poder real —hechiceros, magos, alquimistas, adivinos, blasfemos, criminales, suici das— y los libertinos, o sea, todos aquellos que sometían la razón a las demandas de las pasiones, entre ellos los locos.

31 Postel y Quetel nos advierten que esta reclusión de los locos "lejos de ser un hecho aislado y notable, no es más que el epifenómeno del de los mendigos válidos, que no perdía de vista una legislación constante, aun cuando no tuviese mayores resultados, desde fines de la Edad Media hasta la Revolución francesa". El número de insensatos detenidos les parece modesto en relación con el verdadero encierro que tuvo lugar durante el siglo xvm.32 Los hospitales generales de Francia contaban con 5 a 10% de ¡otos entre su población recluida; 1 000 o 2 000 insensatos para una pe blación de 20 000 000 a finales del siglo xvií. En cambio, la creación de p isiores y reclusorios (500 o 600 a fines del xviii) y de asilos alentados por el Estado tras el fracaso de ios Hospitales generales, se vio favorecida por ¡as numerosas órdenes de arresto profusamente usadas por los intendentes par* encarcelar a enfermos y perturbadores, incluyendo entre éstos a los locos, cuya petición provenía la mayoría de las veces (90%) de las propias familias y comunidades. Este doble fenómeno, desde la familia y desde el E‘ tado, condujo, ahora sí, a un Gran Encierro. Los insanos constituyeron entre 10 y 20% de la población de los asilos, que llegó a totalizar 230 000 pe rsonas entre 1768 y 1789.33 En el caso concreto de España, de especial interés para las colonias de •'■•amar, estos dos mitos en torno a la locura parecen aún más endebles. El carácter demonológico de la locura medieval y el encierro masivo de los Socos desde el siglo xvii se encuentran, para el primer caso, con la especial influencia que los árabes ejercieron en España rescatando la medicina griega y la existencia de numerosos hospitales para locos, con un sentido médico además de caritativo, desde principios del siglo xvi. Para el segundo, con la sobrevivencia aún en los siglos xvi y xvii del concepto de pobreza y de cari dad medieval. 30 M . Foucault, 1982, tomo I, pp. 1.05-107 y 111-115. 31 Ib., pp. 140-161 y 213-215; y G. Rosen, 1974, pp. 195-198. 32 J. Postel, 1987, pp. 99-100. 33 Ib, pp. 105-109. La fundación en Valencia en 1409 del primer hospital de España exclusi vo para locos (y posiblemente del mundo occidental) fue seguida por otras de su mismo tipo en distintas partes de la península. Zaragoza en 1425 tuvo un hospital famoso en toda Europa por la terapéutica con base en el trabajo (limpieza de la casa, acarreo de agua o leña, trabajo en el campo). Valladolid en 1489 estableció el Hospital de los Inocentes, siendo requisito de admisión un certificado médico que comprobara la locura. Se esta blecieron otros en Sevilla, Toledo y Granada en el siglo xv y primer tercio del xvi.34 La aportación española no consistió tanto en la reclusión de los enajenados, sino en ver la locura como una enfermedad curable. De ahí el tratamiento médico y humanitario a la vez, y los métodos especiales de curación.35 Es posible que la influencia de la medicina árabe haya sido deci siva ya que se conocen hospitales para enfermos mentales en Fez desde el siglo v il36 En ellos la curación de los enfermos estaba en manos de médicos que recurrían para tal fin a la música, la danza, los espectáculos y la lectura de relatos a cual más fantástico, lo que dotó a los hospitales árabes de un nivel técnico y asistencial superior al de sus contemporáneos europeos.37 Como se sabe, el pueblo islámico en su conquista de las ciudades bizanti nas tuvo el acierto de adoptar la ciencia helénica que tan olvidada se encontraba entonces. 

No es tampoco casualidad que España haya contado con la figura de Luis Vives, calificada por algunos autores como uno de los padres de la psi quiatría por considerar "el encierro de los locos desde un punto de vista terapéutico"38 Con estos presupuestos resulta difícil sostener que en España la enfer medad mental durante el Medievo y el Renacimiento fue obra exclusiva del Demonio y estuvo sujeta a curación por exorcismos, negando toda posibili dad de una interpretación natural de la misma no sólo entre los médicos, sino incluso entre el clero y los grupos populares, ya que la mayor parte de las fundaciones hospitalarias españolas nacieron por iniciativa conjunta de la sociedad y de la Iglesia.39 34 C. Viqueira, 1965, pp. 4-11. Es significativo que el hospital de Valencia lo haya fundado un mercedario, pues esta orden estuvo muy familiarizada con el mundo árabe por el rescate de cautivos; M. Foucault, 1982, tomo I, p. 188. Pinel, iniciador del movimiento humanitario, tomó como modelo el hospital de Zaragoza para adoptarlo en París: "tenemos que envidiar a una nación vecina un ejemplo que debe ser conocido. Este ejemplo no es Inglaterra ni Alema nia que nos lo dan: es España. En una villa de este reino existe un asilo abierto a los enfermos, y sobre todo a los alienados de todos los países, de todos los cultos con esta sencilla inscrip ción: Urbis et Orbis"; cit. en C. Viqueira, 1965, p. 7 35 M. Foucault, 1982, tomo I, p. 188; y C. Viqueira, 1965, p. 12. 36 M Foucault, 1982, tomo I, p. 187. 37 Ib.; y C. Viesca e I. de la Peña, 1977, p. 8. Afirman los autores que el Hospital de Valencia se inspiró en uno de su mismo género establecido en El Cairo el año de 1304. 38 J. Postel, 1987, p. 103. 39 Sobre el origen de cada uno de los hospitales, véase C. Viqueira, 1965, pp. 4-11. La pérdida del carácter sagrado del loco medieval por una percepción de la pobreza y de la caridad más secular que en parte posibilitó la reclusión junto con los mendigos de toda clase de desviantes, presupone a la caridad como el principal móvil que indujo a la sociedad a definir la locura y a cuidar a los locos. Al aminorarse el significado cristiano de la caridad como medio de salvación durante los siglos xvi y xvn en algunos países, se dieron las condiciones para la secularización de la locura y el encierro de los insen satos en los internamientos tras perder el carácter sagrado que antaño los hacía respetables.40 Aun en el caso de que esta interpretación fuera acertada —es decir, que la definición de la locura estuviera mediada por el concepto de caridad y de pobreza—, en España la concepción medieval de la pobreza no fue debilitada, antes al contrario, reforzada por la Reforma católica. La visión cristiana medieval exaltaba la pobreza por dos razones. Al pobre se le ofrecían más posibilidades de gozar de lo espiritual precisamente por vivir alejado de los bienes terrenales. El auténtico rico podía ser entonces el mi serable, y la pobreza un inapreciable don de Dios. Pero también el Creador puso en el camino de los ricos un medio para salvarse: la caridad con el desvalido. 

La existencia de pobres y ricos se justificó así dotando a unos y a otros de una función en el orden divino.41 La visión moderna de la pobreza que apareció en la primera mitad del siglo xvi en las ciudades españolas manufactureras y comerciales proponía hacer útiles a los pobres; la beneficencia para los desvalidos debía ser secu larizada y a domicilio, sin necesidad de recluirlos. El objetivo de ambas propuestas, como el de distinguir entre pobres falsos y verdaderos era eliminar paulatinamente la mendicidad. Esta posición fue sustentada por Luis Vives y Juan de Robles contra la anterior defendida especialmente por los dominicos, entre ellos Domingo de Soto.42 Las medidas de la Corona contra la pobreza no se hicieron esperar a lo largo del siglo xvi: la prohibi ción de mendigar en una localidad de donde no fuese originario el pe digüeño y la idea de encerrar a los vagos en los hospitales para ponerlos a trabajar no se desdeñaron. Se requirió un certificado de mendicidad que otorgaba permiso para mendigar por las calles, el cual tampoco resultó ser muy efectivo para disminuir ni la miseria ni los pordioseros.43 Aunque Juan Luis Vives clamó desde el siglo xvi que el ejército de los pobres era "pernicioso a sí y a otros", tuvieron que pasar dos siglos para que los monarcas ilustrados atendieran sus quejas.44 Los pobres en el siglo xvin 40 Comparte la misma opinión en torno al nuevo concepto de caridad destinado sólo a los pobres buenos e inválidos J. Postel, 1987, pp. 101-104. 41 B. Bennassar, 1983, p. 204. 42 Ib., pp. 205-208; y F. Álvarez-Uría, 1983, p. 42. 43 B. Bennassar, 1983, pp. 206-208. 44 F. Álvarez-Uría, 1983, p. 41. engrosaron las filas de la leva militar, se les encontró en las primeras manu facturas y en las casas de corrección, sobre todo a partir del motín de Esquilache de 1766, que dio lugar a una "recogida sistemática de ociosos y vagabundos".45 Pese a todo, el ejercicio de la caridad individual que la Corona pretendía controlar persistió canalizado durante lo siglos xvi y xvu a través de las donaciones de particulares administradas por eclesiásticos. La concepción medieval de la caridad fue uno de los baluartes de la Contrarreforma, impulsada sobre todo por España, para atacar la creencia protestante de que la fe salvaba por sí misma sin necesidad de las obras.46 El que la apertura de hospicios para pobres y casas correccionales no se realizara en España sino hasta bien entronizada la dinastía borbónica —mientras que en Europa florecieron desde la primera mitad del siglo x v iii— , y el que la asistencia a los enfermos mentales se diera bajo una con ducción médica y no en los internamientos que predominaron en algunos países europeos sobre los hospitales para locos, conduce a pensar en una conceptualización diferente de la locura que posiblemente influiría en las colonias americanas. Para el caso de la Nueva España, antes de plantear algunas hipótesis en torno a estos dos mitos, daremos cuenta brevemente del recorrido de la his toriografía mexicana sobre la locura para poder comprender el estado ac tual de la discusión y las aportaciones que se pretenden. En México los estudios sobre historia de la locura y de la psiquiatría no han alcanzado resultados tan valiosos como los que versan sobre la Antigüedad clásica, el Medievo o la Europa moderna. Pese a que desde hace más de 50 años se viene escribiendo sobre estos temas, no parecen haberse cosechado muchos frutos, al menos por lo que hace a la época colo nial, de interés para esta investigación. 

En general, quienes se han interesado por ella han sido médicos y psi quiatras, lo cual ha orientado en forma determinante su quehacer histórico. Tres son los temas abordados: los hospitales para locos establecidos en la Nueva España desde el siglo xvi, los conocimientos médicos de entonces en relación con las enfermedades mentales, y algunos casos prácticos de diag nóstico de la locura. La bibliografía más abundante y la más antigua es, sin duda, la relativa a los hospitales,47 casualmente hoy en día espacio de un poder casi absoluto sobre los locos. En general, estos estudios se interesan por relatar la vida 45 Ib., 1983, pp. 47 y 51. 46 B. Bennassar, 1983, pp. 204 y 217-220. 47 La bibliografía es extensa. Daremos algunos ejemplos. R. Alfaro, 1866; F. Fernández del Castillo, 1956 y 1966; S. Ramírez Moreno, 1934 y 1950; F. Santiago Cruz, 1959; E. Jiménez Oli vares, 1972a; R. de la Fuente y C. Campillos, 1976; el muy recomendable libro de G. Somoli nos D'Ardois, 1976, pp. 37-71; y C. Berkstein Kanarek, 1981. dpi fundador y de cómo llegó a idear el establecimiento de una institución de beneficencia con tal carácter, por lo que suelen ser repetitivos. Honrosas excepciones a esta regla han sido las investigaciones de Josefina Muriel,48 pionera en su tiempo por haberse acercado a los archivos para realizar esta clase de estudios; de Carmen Viqueira,49 que estableció la relación entre los hospitales americanos coloniales y la tradición española en materia de establecimientos para locos; y de Carlos Viesca Treviño,50 preocupado por la posible influencia árabe en e! desarrollo de los hospitales españoles y su rooercusión en América. Quienes se interesen por el pensamiento médico prehispánico relativo a las enfermedades mentales, estarán en deuda con las acertadas traduc ciones y comentarios a textos de medicina náhuatl realizados por Alfredo López Austin.51 Las investigaciones sobre los conocimientos médicos en torno a la locura se han basado en códices y relatos de cronistas y en trata dos de medicina novohispanos que hacen referencia a algunas enfer medades mentales.52 Finalmente, también han sido de interés para médicos y psiquiatras los casos reales de diagnóstico de alguna enfermedad mental por parte de médicos o de jueces novohispanos y las manifestaciones con sideradas por ia psiquiatría actual como síntoma de algún trastorno men tal, aun cuando en la época no hubieran sido consideradas como tales.53 P or una historia social de la locura Como se puede apreciar, el problema del carácter natural o sobrenatural de la locura y la tutela institucional (en hospitales, asilos, prisiones, correc cionales) o familiar/vecinal sobre los locos no han sido precisamente temas privilegiados por la historiografía mexicana. En todo caso, el primero ha sido estudiado desde el punto de vista de la medicina a través de escritos teóricos o terapéuticos sobre la locura, sin tomar en cuenta ni al clero ni a los grupos populares. El segundo ha sido analizado también desde un punto de vista institucional: los locos encerrados, obviando el trato dado a los que conviven con su familia. 

No obstante, ¿es posible aventurar que en la sociedad colonial debieron convivir las concepciones natural y sobre 4R f. Muriel, 1956 y 1974. 49 C. Viqueira, 1965. ■r,n C. Viesca e I. de la Peña, 1977. 51 Remitimos a las obras de A. López Austin mencionadas en G. Somolinos D'Ardois, 1976 pp. 3 7-27. 52 F. Fernández del Castillo, 1957a y 1957b; C. Viesca e I. de la Peña, 1976; I. de la Peña y C. Viesca, 1977; y G. Somolinos D'Ardois, 1976, pp. 9-35 y 71-89. 51 F. Fernández del Castillo, 1959; y E. Jiménez Olivares, 1972b, 1972c, 1973 1980 1983 y 1984. ' 7 natural de la locura? Aquélla atendería tanto a los aspectos propiamente biológicos, sobre todo entre los médicos, como a los culturales y sociales (religión, pasiones), y ésta, estaría motivada no únicamente por la acción del Demonio sino también por la mano de Dios. ¿Por qué no pensar en el concepto cristiano de enfermedad que ve en ésta una prueba o penitencia enviada por Dios? Dependiendo de las circunstancias, extrañas o comunes, en que se presentara la enfermedad un médico podría encontrar una expli cación religiosa para la locura cuando no pareciera hallarla en la natu raleza. ¿No se vive acaso en una sociedad permeada por la religión? ¿Esta visión natural sería exclusiva de ios facultativos o la compartirían con otros grupos de la élite como las autoridades civiles y eclesiásticas? La tradición hospitalaria española en materia de locura nos conduciría a presuponer que un alto porcentaje de locos estaba recluido. En tal caso, ¿este encierro tuvo un carácter médico, caritativo o represivo? Por el con trario, ¿no es posible que el concepto de pobreza y de caridad auspiciado por la Reforma católica, que sólo con la Ilustración se debilitaría, orientara la actitud de la parentela y el vecindario hacia sus locos haciéndose respon sable de éstos en vez de encerrarlos en el hospital? ¿No intervendría además el factor solidaridad, con más connotaciones de convivencia coti diana que de religión? ¿Acaso no perturban los locos la vida social de la comunidad? ¿Se interesarían las instituciones sólo por los insensatos desamparados por su familia o contribuirían con los parientes que bajo una convenida pensión pretenden librarse de sus inocentes? Para desentrañar estas y otras preguntas y con la conciencia de que la per cepción de la locura no fue exclusiva de los grupos letrados, ni el hospital el destino inexorable de los insensatos, y en un intento por contribuir al debate actual de la historiografía europea, intentaremos conocer la visión de ¡a locura de algunos hombres y mujeres que convivieron con los locos: su familia, amigos y vecinos; la terminología usada para designar la locura, la cordura y el tránsito de una a la otra en las dos direcciones; y las causas ocultas o evidentes que se atribuyen a semejante fenómeno. Pero además de su pensamiento nos interesa conocer sus actos: de qué recursos se valieron para convivir con los locos y cómo intentaron paliar o remediar la enfer medad (capítulo ii). Con el fin de comparar la visión de la locura de este grupo y el modo como la enfrentó, intentaremos también que ciertos personajes, no tan cer canos a los insensatos, nos proporcionen su percepción de la locura y su actitud frente a ellos: algunos médicos, unos pocos jueces y escogidas autoridades civiles y eclesiásticas, aquellos que de un modo y otro disfru taron de un poder sobre el común de los mortales en los hospitales y fuera de ellos. 

Este grupo nos dará la visión institucional de la locura: desde la medicina y el Estado, desde el hospital y la legislación (capítulo m). Pero, ¿cuál es el sentido de conocer la forma en que dos grupos conci bieron y enfrentaron la locura en la sociedad colonial La locura es un fenó meno que se expresa entre otras formas culturalmente, al cuestionar los va lores en que se sustenta una forma de pensar y de vivir reconocida como positiva. Así, el estudio de un hecho extremo como éste permitirá conocer, si no la realidad de la cordura, al menos el tipo ideal de vida que se espera debe corresponder a los cuerdos. Además, intentaremos comprender por qué la locura se manifestó de cierto modo y qué condiciones hicieron posi ble en la sociedad novohispana reconocer ciertas formas de pensar y de vivir como propias de los locos. De ahí el interés por estudiar al loco "libre", al loco viviendo en contacto con los hombres de juicio. De otro modo, ¿cómo conocer las relaciones entre locos y cuerdos, y cómo comprender el concepto de locura si desconocemos la actitud de una parte de la sociedad hacia ellos? Pero la locura también era una enfermedad. ¿Cómo debían regirse una mente y un cuerpo sanos a diferencia de uno perturbado? ¿Qué actitud adoptaron, ya no un sector de la sociedad, sino ciertas instituciones ante los locos? Finalmente, la posibilidad de contrastar en una misma sociedad las posi ciones de dos grupos ante un mismo fenómeno permitirá preguntarnos sobre las relaciones entre cultura popular y cultura de élite. Aunque hubiéramos preferido que el loco fuera el protagonista de nue stros desvelos, ésta será una vez más una historia de nosotros sobre los otros, de lo que los cuerdos pensaron e hicieron con los locos. Si bien hubiera sido muy enriquecedor estudiar a fondo otros aspectos de la locura como la historia de los hospitales para poder comparar los locos "libres" con los "encerrados" o interpretar algunos puntos de vista novo hispanos sobre la locura a partir de los conocimientos actuales de la psiquia tría, limitaciones propias y problemas de fuentes nos impiden llevar a cabo esta tarea en estos momentos. Entre las fuentes judiciales coloniales, las de casi cualquier tribunal podrían ser una buena mina pero escogimos el Santo Oficio de la Inquisi ción por el rigor y la profundidad con que llevaba a cabo sus diligencias, lo que redundó en la riqueza de la información proporcionada. La institución tuvo por objetivo fundamental juzgar y castigar hechos o dichos "contra nuestra santa fe católica, ley evangélica que tiene y enseña la Santa Madre Iglesia Católica Romana o contra el recto y libre ejercicio del Santo Oficio".54 En estas circunstancias, para que un loco fuera denunciado en la Inquisi ción sólo necesitaba algún alma piadosa que no conociendo su falta de 54 Archivo General de la Nación, México (en adelante AGN). Inquisición, vol. 218, exp. 3, f. 25. En las citas textuales se han hecho correcciones de puntuación, ortografía y corresponden cia en género y número. juicio le oyera alguna que otra barbaridad; una blasfemia contra Dios a propósito de una partida de naipes, una irreverencia ante la venerada ima gen de un santo en la iglesia o una proposición herética con ánimo de intro- d ucir mejoras en materia de fe. 

También pudo ocurrir que alguien pensara en la falsedad de la locura, creyendo que el insensato fingía su falta de juicio y lo denunciara por algún delito contra la fe cometido durante su supuesta falsa locura. Era posible, en el colmo de la cordura, que el mismo loco se autodenunciara. Al llegar una denuncia al Tribunal, si se creía digna de tomarse en cuen ta, el procedimiento se iniciaba. Cuando la gravedad de la falta lo amerita ba, se podía encarcelar al acusado; de lo contrario continuaba en libertad. La Inquisición comenzaba entonces a recabar información entre diferentes testigos tendente a verificar los hechos denunciados: si otros habían presen ciado esos mismos delitos, procurando al mismo tiempo averiguar la vida del acusado (hacienda, trabajo, familia), su piedad religiosa, el cumplimien to de sus obligaciones como católico, y todo aquello que pudiera dar luz sobre su fe. A veces los inquisidores o los comisarios (funcionarios en los que se delegaban ciertas funciones inquisitoriales en las provincias) inquirían sobre el estado en que se encontraba el acusado cuando profirió las blasfemias, por ejemplo, borracho o "en su entero juicio". En otras, los propios testigos confirmaban la locura del sujeto en cuestión por ser sufi cientemente conocida. Cuando la Inquisición comprobaba por las declaraciones de los testigos que el acusado estaba "verdaderamente falto de juicio", suspendía el proce so y liberaba al reo en caso de haberlo aprehendido. Si no había suficientes testigos que pudieran declarar sobre la locura del denunciado, los inquisi dores solicitaban la presencia del supuesto loco para interrogarlo o para ser examinado por un médico. Para el Santo Oficio era muy importante conocer el estado mental de los denunciados, pues lo que este tribunal castigaba no era el hecho peca minoso en sí, sino la intención que llevaba a los fieles a cometerlo.55 De ahí la importancia, no sólo de que el acusado reconociera su delito, sino de que se sintiera culpable, se arrepintiera y manifestara una firme voluntad de no volver a pecar. Para los locos esto era decisivo, pues si la Inquisición se per cataba de su falta de juicio, estando ausente de "la conciencia y la voluntad de atacar a la fe"56 los exoneraba de todo castigo. De hecho, entre los atenuantes que en el Santo Oficio el abogado defen 55 Respecto al delito de blasfemia, menciona J. R Dedieu, 19 til a, pp. 23-24 y 1981b, pp. 214- 215, que en España se castigaba solamente con penas leves, de carácter espiritual, ya que la Inquisición percibió que la blasfemia no ponía en duda la fe por ser un "hecho cultural" común. No tenía sentido actuar con rigor en estos casos. 56 La expresión está tomada de J. R Dedieu, 1981a, p. 23. sor podía presentar para mitigar la pena se hallaban los de embriaguez, locura o excesiva juventud, caracterizados los tres por esa ausencia de intención de la que hablamos.57 La propia Inquisición estuvo consciente de cómo a veces se daban casos en que los reos fingían locura para evitar ser castigados. 

Al respecto, dice el Manual de inquisidores (1376): "Sucede a veces que por librarse de la tortura se fingen locos los reos, pero si se presume que es fingida esta locura no se ha de dejar de darles tormento"; o hace una advertencia como ésta: "cuan do el amigo liberta a su amigo, o la querida a su amante (tratándose de un hereje al que ayuda a escapar o lo libra del poder inquisitorial) se les puede tratar con alguna benignidad, porque como dicen Cicerón, Baldo y Acursio, ei el amor locura":58 Justo es decir que la fuente inquisitorial adolece de dos limitaciones sumamente importantes. La primera, por tratarse de un tribunal eclesiásti co que juzga delitos contra la fe, la mayoría de las acusaciones hechas con tra los locos y por las que se define si están en su sano juicio o no, son emi nentemente religiosas. De ahí que los argumentos de los testigos, en la definición de la locura, tengan este carácter.59 La segunda nos parece más grave que la anterior: el Santo Oficio no estaba autorizado para juzgar causas contra los naturales, lo que no impidió que a veces aparecieran en ¡os documentos como testigos. Es una limitación importante, pues los indí genas fueron la población mayoritaria numéricamente durante toda la Colonia. Las conclusiones a las que podamos llegar serán por estas dos salvedades un tanto reducidas. 57 H Kamen, 1979, p, 195. 58 N. Eymeric, 1974, pp. 55 y 107, respectivamente. •Sy Este proceso comienza a cambiar en la segunda mitad del siglo xviii. Si bien el discurso de los locos sigue siendo fundamentalmente religioso, aparece ya el de contenido político, filosófico y social. Esta misma tendencia ha sido advertida para el caso de la literatura prohibi da por M. L. Pérez-Marchand, 1945, passim.

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