martes, 27 de octubre de 2026

La corriente literaria fantástica en la Argentina Nicolás Cócaro.

 


En 1960 apareció la primera edición de esta antología. En 1963, la segunda. Sin embargo, parecería que el trabajo —ardua labor de muchos años de investigación— no ha perdido actualidad; así lo demuestra la demanda de ejemplares desde el exterior (de manera especial desde los institutos de las universidades), y la constante adhesión de estudiantes, profesores, estudiosos y lectores de nuestro país. Cabe agregar, en esta tercera edición, entre algunos otros de menor importancia, nuevos ensayos aparecidos en el país sobre el tema. Hay que mencionar una antología universal —Antología del cuento fantástico— que firma Roger Caillois, 1967; un libro extraño, recopilación de relatos fantásticos, hoy inhallable —Antología del Cuento Extraño—, preparada por Rodolfo J. Walsh, 1956; Arte y Literatura Fantásticas, por Louis Vax, (traducción de Juan Merino), Eudeba, 1965; Cuentos de Crimen y Misterio, selección y prólogo de Juan Jacobo Bajarlía (segunda edición corregida, actualizada), 1968; La Literatura Fantástica, por Jorge Luis Borges, ediciones fuera de comercio, 1967; El cuento y sus claves, por Alba Omil y Raúl A. Piérola, 1967; El cuento Fantástico, por Emilio Carilla, 1968; La tradición fantástica en la Literatura Argentina, por Enrique Luis Revol; Revista de Estudios Hispánicos, University of Alabama Press, 1968. (Este trabajo se basa en nuestra antología para ejemplificar la importancia de la literatura fantástica en la Argentina.)

Algunos autores más, que quedaron sin mencionar, se han interesado por este tipo de ficción. En primer término, es justicia nombrar a Eduardo Mollea; y luego bástenos decir que —si exceptuamos a Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Julio Cortázar, Manuel Alejandro Von Der Heyde, Adolfo I. Pérez Zelaschi; María de Villarino, Juan Jacobo Bajarlía, Syria Poletti, Rodolfo Falcioni, Rodolfo Walsh, Marco Denevi y Bonifacio Lastra— son escasos los libros auténticos —salvo estudios aislados dedicados a este tipo de cuento.


La corriente literaria fantástica
en la Argentina

Se ha sostenido hasta el presente —así lo hacen Ricardo Rojas, en su Historia de la Literatura Argentina; Pedro Henríquez Ureña, en Las Corrientes Literarias en la América Hispánica; Arturo Torres Ríoseco, en La Gran Literatura Iberoamericana y también lo repiten autores de manuales literarios— que, desde la aparición del cuento en nuestro país (El Matadero, de Echeverría), en la segunda mitad del siglo diecinueve y hasta comienzos del siglo veinte, la narración ha sido, casi en su totalidad, de carácter naturalista y realista. Corresponde destacar, además, que si bien, en algunos casos, se menciona —he aquí un desprendimiento del Romanticismo— “la novela artística y el cuento psicológico y filosófico”, como asimismo, algunas penetraciones en el dominio subconsciente, en ningún trabajo, ni Borges, ni Reyes, ni Bioy Casares, ni Rojas, salvo alusiones accidentales —Enrique Anderson Imbert, A. Pagés Larraya, L. A. Sánchez, G. García—, han estudiado a fondo una tendencia a la que denominaremos corriente literaria fantástica que surge con los mitos de nuestra tierra y se amalgama en los últimos lustros del siglo pasado con el naturalismo, el modernismo, y, luego, se funde con las creaciones de Hoffmann, Baudelaire y Poe, extendiéndose, cada vez más ampliada y definida, hasta nuestros días.

“Viejas como el miedo, las ficciones fantásticas son anteriores a las letras. Los aparecidos —escribe Bioy Casares— pueblan todas las literaturas: están en el Zendavesta, en la Biblia, en Homero, en Las Mil y una Noches. Tal vez los primeros especialistas en el género fueron los chinos. El admirable Sueño del Aposento Rojo, y hasta novelas eróticas y realistas, como Kin P’ing Mei y Sui Hu Chuan, y hasta los libros de filosofía, son ricos en fantasmas y sueños”. “Ateniéndonos a Europa y América —agrega el mismo autor— podemos decir: como género más o menos definido, la literatura fantástica aparece en el siglo XIX y en el idioma inglés. Por cierto, hay precursores; citaremos: en el siglo XIV, al Infante don Juan Manuel; en el siglo XVI, a Rabelais; en el XVII, a Quevedo; en el XVIII, a De Foe, a Horace Walpole; ya en el XIX, a Hoffmann”.[1]

En la Argentina, tenemos los mitos de “el lobisón”, “el tigre capiango”, “la Salamanca”, “el pombero”, “el toro diablo”, “la mula ánima”, “la telesita”, “el kakuy”, “la luz mala”, y “la viuda”, cuyo tema más o menos definido aunque retrotraído a un interés circunstancial aparecerá de continuo en la serie de cuentos fantásticos que enriquecen la literatura nacional. Por otra parte, la mayoría de estos mitos fueron narrados primero por Joaquín V. González y luego por Ricardo Rojas en El País de la Selva (paisajes, tipos, tradiciones y leyendas del Norte Argentino, Garnier, París, 1907).

Otro aspecto de esos mitos —la búsqueda metafísica ensamblada a lo popular— ha sido estudiado por el ensayista Bernardo Canal Feijóo en su libro Burla, Credo, Culpa en la creación anónima, ed. Nova, 1951.

… “quizá deberíamos haber comenzado por Barco Centenera, el prolijo autor de La Argentina, que recogió piadosamente —como otros asombrados viajeros de Indias— las maravillas que el nuevo mundo le ofrecía. ¿Por qué no recordar aquel pez tan civilizado que moría de amores por una doncella o la portentosa navegación de Carreño que gobernaba una tripulación de demonios? Tal vez porque Barco Centenera creía en su realidad, como otros creyeron en la realidad de las Amazonas, de las sirenas y de la fuente de la juventud”. (Ana María Barrenechea: introducción al libro La Literatura Fantástica en Argentina, imprenta Universitaria, México, 1957).

Sin dudas, el primer relato fantástico propiamente dicho —si nos atenemos a la distinción que hace Alfonso Reyes— “procedimientos de ataque a la mente literaria sobre sus objetivos, basado en tres funciones literarias: drama, novela y lírica” (cit. por Juan Carlos Ghiano), es el Santos Vega recogido por Bartolomé Mitre de la tradición oral e incluído en su libro Rimas, edición del año 1854. Este mismo relato fué retomado por Gutiérrez, por Ascasubi y, por último, sirvió de hito definitorio, para un poema de cuatro cantos, escritos en décimas, por Rafael Obligado, con el título de Santos Vega, en 1877.

Pero antes, en 1870, aparece el Fausto, de Estanislao del Campo, cuyos elementos de contenido fantástico saltan a la vista. Por otra parte, emparienta el motivo con toda una literatura de la Edad Media —leyenda, primero, y luego lo fáustico encarnado por personajes de autores ingleses y alemanes— que ha tenido posterior vigencia artística en un memorable trabajo goetheano y, en el ámbito de la cinematografía, en algunos films franceses.

Con Juana Manuela Gorriti —influida por el romanticismo— el relato fantástico comienza a definirse, aunque aún se recurra, como en el caso de esta autora, a elementos primarios, que pertenecen a todas las épocas, según lo expusimos al comienzo, con palabras de Bioy Casares. La Gorriti publicó cuantiosas obras de relatos, y dentro de ellas, algunos cuentos que podemos calificar de fantásticos, tales como: “La alcoba de una excéntrica”, incluido en su edición de Sueños y Realidades. A propósito de la publicación de este libro, su autora escribe, en 1864, a Vicente G. Quesada, codirector, con Miguel Navarro Viola, de La revista de Buenos Aires (fundada en 1863, donde la Gorriti colaboró asiduamente), las siguientes palabras: “Ruego a usted —solicítole— que la edición con que va a honrarme tenga por título Sueños y Realidades.” El libro apareció, pues, en 1865, pero antes la cuentista dió a la estampa El Pozo de Yocci, narración cuyo capítulo final, titulado “El Juicio de Dios”, configura un verdadero motivo fantástico. La publicación de este cuento había sido anunciada por el cronista Torres Caicedo, en 1863.[2]


La contribución, sin duda más importante publicada hasta la fecha, acerca de la literatura fantástica y su influencia a fines del siglo pasado —entre 1875 y 1896— se la debemos al crítico y ensayista más brillante que cuenta en la actualidad el país: Antonio Pagés Larraya. El autor de Santos Vega en un libro dedicado a E. L. Holmberg —autor, acaso el más importante del ochenta en este tipo de relato; que no integra este volumen con ningún cuento por haberse difundido ya sus narraciones en el trabajo que comentamos— titulado Cuentos Fantásticos (1957) ubica en el estudio preliminar de 98 páginas al autor de Nelly, justamente elogiado en 1896 por el joven Leopoldo Lugones a quien designa como “uno de los más completos intelectuales con que cuenta el país de los argentinos”. Sólo nos limitaremos, entonces, a ubicar los libros de Holmberg; para ello nos valdremos de la siguiente página de Pagés Larraya: “Holmberg escribió mucho. Casi todos sus libros aparecieron en la prensa periódica antes de editarse como libros o folletos. Colaboró en La Nación, La Prensa, Tribuna, El Tiempo, La Época, Caras y Caretas, Fray Mocho, El Álbum del Hogar, La Ondina del Plata, Revista Argentina y otras publicaciones, además de revistas y periódicos del interior. Perteneció temporalmente a las redacciones de El Nacional y El Argentino; fué uno de los fundadores de La Crónica.

”Además de su obra original publicó vulgarizaciones científicas y tradujo numerosas obras, entre ellas El Mundo perdido, de Conan Doyle, que apareció en Fray Mocho, y Los Documentos del Club Pickwick, de Dickens (en El Argentino, 1874), autores ambos que tanta influencia tuvieron sobre él.

”Su vasta obra de escritor de imaginación la integran fantasías científicas extensas como Dos Partidos en Lucha (1875); El Maravilloso Viaje de Nic-Nac (1875); El tipo más original (1878) y Filigranas de cera (1884); relatos con elementos fantásticos, entre los cuales se destacan El ruiseñor y el Artista (1876); La pipa de Hoffmann (1876); Horacio Kalibang o los autómatas (1879) y El Medallón (1889); relatos extensos en elementos policiales y sobrenaturales —La Casa Endiablada (1896)[3] y Nelly (1896)— o bien de netas características de novela policial como La Bolsa de huesos (1896).

“Dentro de la ficción dejó por lo menos cinco obras inéditas, citadas por Cristóbal Hicken en su Bibliografía: Hilda, El vampiro negro, El viaje por el método de Lituria, Puerilia y Olimpio Pitango de Monalia”.

En 1874, Juan Bautista Alberdi, lúcido combatiente de métodos oficialistas poco recomendables y entrañable luchador por imponer los principios básicos de la nacionalidad, ensayó en una cuasi novela —Peregrinación de Luz del Día o Viaje y Aventuras de la Verdad en el nuevo mundo—, volcar sus vivencias para un “estudio de la zoología moral, por decirlo así, hecho sobre una sociedad que llama tanto la atención del siglo XIX”. “Además —escribió— esa novela es casi una historia por lo verosímil, es casi un libro de filosofía moral por lo conceptuoso, es casi un libro de política y de mundo por sus máximas y observaciones. Pero seguramente no es más que un cuento fantástico, aunque menos fantástico que los de Hoffmann”.

Se conoce, en 1856 la versión francesa de Charles Baudelaire, de las obras —en especial los relatos horripilantes— de Edgar Allan Poe.[4]

Esta versión francesa del angustiado escritor norteamericano es retraducida a su vez al castellano en edición de Garnier hermanos, París, 1884, con el estudio que antepuso Baudelaire a su traducción, De modo que, al igual que el romanticismo, la influencia de Poe sobre la América Hispánica, parte de Francia e irriga las corrientes secas y agotadas, en boga, en ese entonces, en el Plata.

Pero ya, en 1880, Buenos Aires había conocido en su incipiente narrativa, la influencia de Poe, a través de versiones directas del inglés, tales las del coronel Edelmiro Mayer o Meyer, primer traductor —se cree— del autor de El Cuervo al español, por lo menos en esta parte de América.

“En 1881 —afirma Pagés Larraya— Antonio Argerich coleccionó en Un Poco de Prosa, trabajos de imaginación prologados por Holmberg, el último de los cuales se titula ‘El último cuento de Edgar Poe’. En 1884, Carlos Olivera —agrega el crítico citado y lo confirma, además, un descendiente: el escritor Miguel Alfredo Olivera— reúne versiones de cuentos y novelas de Edgar Poe.” El mismo Olivera —joven traductor, ventajosamente conocido como uno de los más hábiles vertidores del inglés al español— había publicado en 1880, en “El Diario”, un artículo sobre “La infancia de Poe”, que luego recogió en su volumen En la Brecha. Holmberg, por su parte —recuérdese el ensayo de Martel sobre Poe—, lo llama “el talento más grande y por lo tanto el más lógico y correcto que la humanidad ha producido”.

Además, de la mención que hacen Holmberg y Alberdi, de Hoffmann —a Poe se lo cita a menudo— aparece señalada su influencia —sólo por mencionar un crítico definidor— por Ricardo Rojas en el tomo Los Modernos, de su Historia de la Literatura Argentina: “El canto de la sirena, relato de Miguel Cané, recuerda a Poe y a Hoffmann, entonces de moda —consigna— entre los jóvenes escritores de Buenos Aires, donde Holmberg, Monsalve y García Merou los imitaban también” (pág. 446, ed. Losada). Además escribió el autor de El Albatros, en su siempre valorada Literatura nacional: “Otra variedad se cultivaba entonces: la llamada ‘fantasía’. Después de 1853 se leía a Dumas, J. Verne, Salgari (preferentemente popular); W. Scott, Hoffmann, Zola, Flaubert, Galdós y France (preferencia culta). Novelas con enigmas: Luis V. Varela (Raúl Waleis), en la década del setenta. Después de 1875, Eduardo Holmberg publicó varios cuentos a la manera de Hoffmann.” Además, acerca de la influencia de Edgar Poe dijo José María Monner Sans, en su trabajo medular titulado Julián del Casals y el modernismo, ed.  El Colegio de México, 1952: “La influencia de Edgar Allan Poe se difundió en la América Hispana alrededor del 80. Además pronto Darío dedicaría a Poe un artículo de 1893, luego incluido en Los Raros. Baudelaire antecedió los cuentos de Poe, pues se divulgó en una edición castellana de 1884.”[5] Carlos Monsalve —figura de extraña personalidad literaria del Buenos Aires de aquel entonces— acusa una marcada influencia de Poe. “Enterrado vivo”, de la serie de relatos El Escarabajo de Oro, está latente en los cuentos “La botella de champagne”, “De uno a otro mundo” e “Historia de un paraguas”.[6]

La telepatía, o si se quiere lo que puede llegar a presentir un ser querido —en ese caso la hermana—, sirve a Lucio V. Mansilla, para lograr, dentro de la trama de Una Excursión a los Indios Ranqueles, el relato “El Cabo Gómez”, capítulo que podría desbrozarse de la narración total, pues tiene suficiente patetismo y originalidad para ser escogido como pieza antológica fantástica.[7]

Esos mismos elementos, aunque más horripilantes, son recogidos de la superstición popular y del clima sugerente derivado del miedo que lleva en sí todo ser ante lo desconocido para crear, no sin cierto irónico humor, “La primera noche de cementerio”, cuento de Eduardo Wilde, escrito en 1888, donde, acuciado por un argumento poeano, narra una prolongación de la vida en la muerte.[8]

Pero, sin duda, el comienzo más preciso de esta corriente literaria fantástica lo señala, en idioma inglés, el argentino Guillermo Enrique Hudson, con el cuento titulado “La confesión de Pelino Viera”, aparecido en La Nación, de Buenos Aires, en 1884, en traducción castellana.[9] A propósito de Guillermo Enrique Hudson, Ezequiel Martínez Estrada[10] afirma: “Su concepto de lo sobrenatural se inscribe en lo natural: sus cuentos fantásticos están elaborados con la misma destreza con que Andersen y Kipling manejaron esta peligrosa materia literaria, en que Conrad y Henry James hicieron incursiones felices. El Ombú a este respecto debe considerarse un cuento realista sin más elemento sobrenatural que una superchería: más no así El Niño Diablo. Es aquí, como en Mansiones verdes, donde esa prodigiosa habilidad de Hudson de superponer a la realidad una como reverberación de lo fantástico alcanza su más alto punto.”

Otro novelista y cuentista de la última década del siglo XIX que entrelaza realismo, naturalismo y el tema fantástico derivado de Poe es Julián Martel, quien en el último capítulo de La Bolsa (1891), introduce el elemento fantástico y, asimismo, en el primero, parecería haber querido personalizar al viento, al viento invernal como si lo acompañara por un ámbito de tragedia. Pero esta afirmación tiene su fundamento en el ensayo de Martel (no consignado, hasta el presente en ninguna de las ediciones de La Bolsa) sobre Edgar Allan Poe[11] en la que queda documentada la inclinación del narrador de “La Diputación de Alberto” por este tipo de literatura.

También, en los tres últimos lustros del siglo pasado puede señalarse como precursores incuestionables del relato del “más allá”, junto con Hudson, Holmberg y Monsalve a Leopoldo Lugones, que comienza a publicar cuentos fantásticos, en 1890 y a Macedonio Fernández[12] —cuyas narraciones constituyen en realidad esquemas de posibles cuentos, en que también entra el ensayo de corte metafísico. (Borges volverá a repetir el procedimiento, aunque con más precisión narrativa en el “Acercamiento a Almotasim” y “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”.)

Lugones es recordado, sobre todo, en sus relatos extensos, no tanto por su novela El Ángel de la Sombra cuanto por la Guerra Gaucha, más que novela, relato épico, que después de varios años de publicado, conoció nueva difusión a causa de su movida y patética versión cinematográfica, dirigida por Lucas Demare.

Pero, aparte de estos relatos mayores, también es autor de numerosos cuentos. En este aspecto se lo conoce relativamente poco. En efecto, como autor de relato corto sólo ha llegado a ciertos sectores de público, y ello a través de las páginas de ese tipo narrativo, recogidas en libros más o menos accesibles al lector corriente: Las Fuerzas Extrañas, en 1906; Cuentos, 1916; Cuentos Fatales, 1924. A esta serie puede agregarse Filosofícula, de 1924, páginas donde la intención doctrinaria no cambia de manera fundamental la forma más o menos característica del cuento propiamente dicho, o, por lo menos, del apólogo.[13]

Quizá sus cuentos más conocidos son, entre otros, los reunidos en Las Fuerzas Extrañas. Por primera vez en nuestro país —Quiroga lo hará luego en Más Allá— un escritor explora con obstinación las zonas de la imaginación y las constantes del más allá.

Resulta importante mencionar la admiración —por lo menos la resonancia de las lecturas de páginas poeanas— que tuvo Lugones por el cuentista que, buceó con ahinco inusitado en teorías ocultas y en ensayos científicos y cosmogónicos. En efecto, Poe estudia lo cosmogónico en su ensayo Eureka (El Universo Material y Espiritual) y Lugones en Las Fuerzas Extrañas, dedica parte del volumen al “Ensayo de una cosmogonía en diez lecciones”.

Como se puede apreciar la influencia de Poe continúa actuando a través del tiempo, hasta nuestros días, donde no resulta difícil rastrear su evidente conexión con algunos relatos, también fantásticos, de Jorge Luis Borges.

En lo que se refiere a la típica modalidad de esos relatos del “más allá” cuyas teorías acuciaron a Lugones, para ejemplificar lo expuesto sobre su narrativa, cabe recordar los titulados: “La lluvia de fuego”, “Los caballos de Abdera”, “Un fenómeno inexplicable”, “La última carambola”, “El escuerzo” y “La estatua de sal”. Este último, sin dudas, tiene origen en la historia bíblica de la mujer de Lot, y, si se lee con detención su obra, se notará que el tema era muy de su predilección —o mejor dicho— de la preocupación de Lugones. Algo de ello tiene este poema —“El canto de la angustia”— que forma parte de El libro Fiel.

Bien sabemos, asimismo, de la predilección de Lugones por las ciencias y por las matemáticas. Su tendencia hacia el espiritismo, el ocultismo y la teosofía, en diversas épocas, son bien notorias en su obra. En los Cuentos Fatales, por ejemplo, hay mucho de esas corrientes espirituales. Su conocimiento de los hindúes y de los egipcios y los rituales de sus ciencias ocultas están presentes en ese libro. Cabe señalar, por su argumento terrorífico, los cuentos “Los ojos de la reina”, “El vaso de Alabastro”, “El puñal” y “Águeda”. Este último se desarrolla en un lugar de las sierras y narra la historia de un bandolero, que pactó con el Mandinga, además del ornitomorfismo y de la voluntad de una joven que prefería sucumbir a entregarse al hombre que una noche de fiesta la raptó de una estancia.

Quien recorra la totalidad de los cuentos lugonianos, los publicados en libro y los dispersos en diarios y revistas, quien recuerde su final reconocerá en estas palabras suyas, algo de la clave de su muerte y su constante desesperación de hombre alejado de Dios, aunque, alguna vez volviera hacia el catolicismo en busca de fe: “¿No era todo aquello —escribía— una ilusión de mi mente, extraviada por la tentación de las ciencias malditas?” (Cuentos Fatales, 1924.)

“De tal modo, Lugones se entregó a la búsqueda de un orden severo de vida individual y colectivo —escribió el crítico Luis Emilio Soto—. Podría haber hecho suya la confidencia de Hugo: ‘comenzar en la multitud, y terminar en la soledad’. Con la intransigencia de sus días iniciales se mantuvo inconforme con los sofismas de los locatarios del octavo círculo dantesco: embaucadores, aduladores, fraudulentos, etcétera. Íntimamente insumido, no le pidió halagos al mundo burgués. A éste, naturalmente —continúa—, le era imposible negar a Lugones; en cambio, era eficaz condenarlo a un segundo término perpetuo, relegar su personalidad de aristas bien acusadas, restarle significación en el ‘orden de las fuerzas vivas’ del país. Esa conciencia de postergado tal vez ha ido acumulándose como una bola de nieve y sin duda contribuyó a amasar el hielo de la muerte.”

En general, la primera década del siglo XX señala en la Argentina un auge de este tipo de narración en sus escritores.

En 1906 aparece el folleto de Ricardo Rojas titulado El Ucumar. El argumento extraordinario trata de la vida de un salvaje en las selvas del norte argentino y, por su exotismo y crudeza, difiere de los relatos ejemplares de Poe, aunque en el fondo se parezcan por el extraño caso de que se trata. Si en Poe la materia está tamizada al máximo por la creación y volcada en narraciones de técnica trabajada, en Rojas, en cambio, una actitud sudamericana deslinda los contornos del personaje y de la selva sin atenuantes intelectuales, lo que hace que lo contado roce —de manera acentuada—, en determinados aspectos, lo folletinesco.

Nótese, asimismo, cómo el tema de la literatura fantástica —ya lo consignamos antes— ha sido inquietud, aunque no se definiera abiertamente, de este autor que lo ha tratado como crítico y también como narrador. “Nuestra honradez crítica —escribimos en un artículo publicado en 1954— necesita, en primer término, dejar aclarado que sin el aporte del autor de Blasón de Plata no hubiéramos podido a través del estudio de los autores del ochenta y de los posteriores hasta la primera década de este siglo, llegar a la conclusión de que existe una corriente literaria fantástica en toda la literatura americana, y principalmente en las letras nacionales.”

Rojas dió los fundamentos para poder delimitar en la actualidad dicha corriente, aunque no expusiera con precisión su concepto de “fantasía”, “anécdota romántica”, “momento de conciencia” y “divagaciones mentales”, terminología muy usual en el tomo de su literatura referente a Los Modernos. Además especificó las fechas en que llegaron al Plata determinadas obras de autores que tienen relación directa o indirecta con el cuento fantástico: Hoffmann imitado por Holmberg, Baudelaire (apreciado por Leopoldo Lugones, sobre todo en Las Montañas del Oro) y Poe (conocido en las versiones francesas de Levy).

También, en 1906, Lugones publica Las Fuerzas Extrañas. En este libro se pone de manifiesto —ya lo expresamos— el paralelismo entre “Ensayo de una cosmogonía en diez lecciones” (parte final del libro), y “Eureka”, ensayo sobre el universo material y espiritual de Poe.

Dos años después, es decir, en 1908 aparece Lunario sentimental de Lugones, algunos de cuyos relatos pertenecen al género fantástico. Estos cuentos, como el título de la obra lo da a entender, tienen relación con la luna en forma directa o indirecta; así ocurre en el cuento “La novia imposible” donde el personaje cubre de características humanas a la luna.

También en 1908 sale el libro Viaje a través de estirpe y otras narraciones, de Carlos Octavio Bunge (Biblioteca de La Nación, Bs.  As., 1908). El primer cuento de este libro es, como su título lo indica, un viaje a través de la estirpe. Tiene determinada resonancia de La Divina Comedia. (En el poema de Dante, su autor es guiado por Virgilio por regiones desconocidas.) Asimismo, el cuento titulado “La Sirena” es verdaderamente un cuento fantástico; retoma el mito de la sirena y sitúa la acción “con la sirena y un hombre”, primero en Mar del Plata y luego en la Patagonia. Este cuento se divide en tres partes: en la primera —como queda consignado— aparece la sirena en Mar del Plata; la segunda parte se desarrolla en la Patagonia y narra el reencuentro del “hombre con la sirena”; finalmente, en la tercera parte, se relata la liberación de la sirena.

A propósito del tema de la Sirena conviene, de paso, señalar su influencia en la literatura argentina, aunque repetidas veces se confundan los términos Sirena y Ondina. Desde aquel inigualable capítulo duodécimo de La Odisea, de Homero, para quien la imagen de éstas era profundamente poética y misteriosa, casi órfica, han variado en el concepto de quienes las han memorado. Para Ovidio —lo consigna Borges— “eran aves de plumaje rojizo y cara de virgen; para Apolonio de Rodas, de medio cuerpo arriba son mujeres y, abajo, aves marinas; para el maestro Tirso de Molina (y para la heráldica), la mitad mujeres, peces la mitad”. Las sirenas viven en las islas del poniente, cerca de la isla de la Encantadora Circe (la deja seducción de Odiseo), “pero el cadáver de una de ellas, Parténope, fué encontrado en Campania, y dió su nombre a la famosa ciudad que ahora lleva el nombre de Nápoles”. Finalmente, Borges recuerda que “en el décimo libro de la República, ocho sirenas presiden la revolución de los ocho ciclos concéntricos”.

Además, de la mencionada narración del argentino C. O. Bunge, en la obra teatral La Cola de la Sirena, Conrado Nalé Roxlo, su autor, le dió nueva vigencia al tema. Asimismo, en Misteriosa Buenos Aires, Manuel Mujica Lainez le dedica el cuento “La Sirena”, cuya acción se desarrolla en el río, que lame las costas de Buenos Aires, allá por 1541… El poeta Ignacio Anzoátegui le dedicó su soneto de título homónimo, en el que la siente “con sinuosidades de ola”. Jorge Luis Borges se ocupa de sus detractores y de sus admiradores en un capítulo de Manual de Zoología Fantástica, 1957.

El libro Borderland, 1909, de Atilio Chiappori, incluye un cuento fantástico “La interlocutora”, mientras que los restantes, de atmósfera extraña, pertenecen a la denominación de psicológicos. Este mismo problema —lo psicológico y lo fantástico— se presenta en Lugones, de manera especial en la serie de cuentos no reunidos en libro, donde, a menudo, el lector poco avisado o el crítico poco atento confundiría los géneros.

A partir de 1909, época que abunda en narraciones de carácter fantástico publicadas en diarios y revistas, hay un paréntesis en la publicación de libros de este tipo. Entre otras publicaciones periódicas, la revista Nosotros recogió muchos de ellos, como así también los suplementos dominicales de los diarios.

Como se comprenderá, la tarea que nos hemos impuesto para definir, desde sus orígenes, esta trayectoria de la corriente literaria fantástica no resulta fácil. El rastreo en libros diversos se torna, por momentos, tarea dura y poco fructífera. No obstante abrirse entre 1910 y 1921 un período —para nosotros— estéril de obras de carácter fantástico, debemos reconocer que no se descarta la posibilidad de que se hayan publicado. Es posible que los volúmenes de esta época —dado lo raro y lo limitado de las ediciones— no hayan llegado a nuestras manos. En 1921 sale a publicidad Historias sin Importancia, de Víctor Juan Guillot (con prólogo de Manuel Gálvez). Este libro contiene cuentos psicológicos y realistas. Es digno de mencionarse como relato horripilante el que lleva por título “El Vampiro”. “Algunas de sus páginas —escribió en el prólogo Manuel Gálvez— son historias alucinantes, como ‘Aguas Abajo’ que me ha hecho pensar en ciertas páginas de ese admirable y un poco injustamente olvidado artista que es Atilio Chiappori”…

Y es nuevamente Leopoldo Lugones quien revitaliza el género al publicar en 1924, dos libros: Cuentos Fatales (edición Babel, Bs.  As.) y Filosofícula, donde más que la intención de lo fantástico, Lugones ha tenido el deseo de recrear temas bíblicos con una intencionada moraleja.

También en 1924 aparecen, de Horacio Quiroga, El Desierto (cuentos fantásticos: “El Espectro” y “El Síncope blanco”), y de Mario Flores, Cristales (cuentos fantásticos), ediciones M. Gleizer.

Dos años después se edita Don Segundo Sombra[14], de Ricardo Güiraldes. Si bien el autor no se propuso hacer literatura fantástica, el capítulo XXII de su obra maestra contiene un relato de corte netamente extraordinario. También podría mencionarse, dentro del mismo libro, como perteneciente a este género, el relato llamado “El herrero Miseria”.

Como puede apreciarse aquel auge poeano amengua con el correr del tiempo su fuerza y su influencia, aunque en ningún momento pierda actualidad. En cambio, a partir de esta época —también algunos lustros antes—, otras modalidades (autores rusos, franceses, alemanes, japoneses, chinos, ingleses y españoles) irrumpen con renovado brío en los ámbitos de la literatura fantástica nacional haciendo que esta corriente literaria ensanche su radio de acción y día a día logre más adeptos.

También en 1926 se publicó Las Veladas de Ramadán (edición de la revista Nosotros, de Buenos Aires), de Carlos Muzzio Sáenz Peña; este libro de “cuentos, apólogos y leyendas de la Persia islamita” contiene dos narraciones de tipo fantástico: “Historia del caldedero de Balj” y “Elogio del droguista de Nishapur”.

Pilar de Lusarreta publica, en 1928, Job, el opulento, libro cuya totalidad está integrada por cuentos fantásticos. Es otra vez Víctor Juan Guillot, con “El alma en el pozo”, “Terror” y “El Guardarropa”, publicados en la sección literaria del diario “Crítica”, quien enriquece el género. El volumen de cuentos que dió a la estampa Guillot —sin fecha— por intermedio de la editorial Claridad, se titula Terror (Cuentos rojos y negros), contiene algunos relatos, como “Terror”, “El llamado”, “Un mensaje del más allá” y “El misterio de los tres suicidas”, ajustados a la técnica y al contenido fantásticos.

En 1923, Oliverio Girondo, inquieto condensador de tendencias ultramodernas, editó sus cuentos con el título de Espantapájaros (Al alcance de todos) donde el autor busca salirse de los cánones tradicionales del relato para calar en técnicas y en contenidos ajustados a un personalísimo estilo, aunque no siempre logrado en toda su intención. [15]

Y llegamos a un autor tan importante como ignorado, acaso el más definido, dentro de este tipo de literatura, en esos momentos: Santiago Dabove. Nació en Morón, en 1889, donde transcurrió su vida, y de donde se alejó —alguna vez— de manera accidental.

Sin embargo, su retraimiento no le impidió trabar amistad con hombres como Macedonio Fernández —recreador del cuento fantástico metafísico, a fines del siglo pasado—, de quien le queda uno que otro rasgo humorístico, Jorge Luis Borges, a quien admiraba por su búsqueda de personajes orilleros y Manuel Peyrou, incansable perseguidor de la experiencia humana.

Como queda dicho los pocos relatos de Dabove que llegaron al lector pasaron poco menos que inadvertidos hasta que Borges y Bioy Casares incluyeron uno de esos cuentos, “Ser Polvo”, en la Antología de la Literatura Fantástica.[16]

Dabove muere en 1951 y sus trabajos literarios son recogidos y ordenados por sus parientes.[17] Este autor tenía una admiración manifiesta por Edgar Allan Poe, Horacio Quiroga y Leopoldo Lugones.

Sus ficciones fantásticas encierran, en cierta medida, la desventura del siglo XX, la misma que acució a Kafka y a Lugones. Entre sus relatos, “Ser Polvo”, se encuentra dentro de una “atmósfera” de metamorfosis (dendromorfismo) similar a la kafkiana.

“El experimento de Varinsky”[18], publicado en el suplemento literario de Crítica, describe la intención de un médico de vencer a la muerte con medios científicos.

El cuento “Finis” pertenece a la compleja literatura interplanetaria, género reciente en nuestro medio, derivado del fantástico. Otro cuento de Dabove, “El espantapájaro y la melodía”, es de manifiesta filiación espiritista. “La muerte y su traje” presenta el extraño escenario de un lago peruano en el que se desarrolla una exótica orgía de tipo carnavalesco, con fines de venganza. “Tratamiento” sienta, contrastando con la socorrida “muerte propia” de Rilke, la tesis de que hay que “acabar con una muerte como si fuera de otro”. “La cuenta” se desarrolla en un ambiente de “matones”, con escenas de cobardía y suicidio. “El mito” renueva el símbolo antiquísimo de Narciso frente a la piedad de Cristo.

Como se notará en esta simple enunciación de algunos de sus relatos, la muerte y el pavor signan la obra desesperanzada y existencial de Dabove. Sus cuentos conservan la característica de narraciones extraordinarias, a pesar de la variedad de temas y argumentos.

Las palabras que acuñó Borges sobre Edgar Allan Poe pueden repetirse para Dabove: “Shakespeare ha escrito que son dulces los empleos de la adversidad; sin la neurosis, el alcohol, la pobreza, la soledad irreparable, no existiría la obra de Poe. Éste creó un mundo imaginario para eludir un mundo real; el mundo que soñó perdurará, el otro es casi un sueño.”

En 1932 aparece La tierra Maldita, de Lobodón Garra (Liborio Justo). El contenido de este libro se refiere íntegramente a la Patagonia. Uno de sus relatos crea un marcado suspenso frente a un monstruo antediluviano que algunas personas dicen haber visto y al cual, sin caer en la alucinación, el autor le da verosimilitud al describir, cuando se cree estar en presencia del animal fantástico, un reguero de sangre. En 1933, Benito Lynch en Romance de un Gaucho, a través de la alucinación del personaje, bucea entre elementos extraordinarios, para dar realce a la conclusión de su narración campera.

Editado por la Sociedad de Amigos del Libro Rioplatense, de Buenos Aires-Montevideo, aparece en 1935, Más allá[19], de Horacio Quiroga, con prólogo de Alberto Zum Felde, quien manifiesta: “Una nota fundamental caracteriza a toda la producción del autor de Anaconda y El salvaje: lo extraño. El amor a los temas extraordinarios, la atracción que sobre él ejercen los fenómenos misteriosos o anormales de la naturaleza o la psicología, es el rasgo dominante de su temperamento literario, desde sus primeros relatos de El Crimen del Otro, hasta estos últimos de Más Allá.

”Como cuentista no es ciertamente Maupassant quien le atrae —con el objetivismo crítico de sus temas de la vida corriente— sino Poe, con el raro y sugestionante hechizo de sus concepciones imaginativas. Durante su primera época, Poe le obsesiona: él mismo lo declara; y bajo su influencia se da a escribir narraciones de carácter impresionante, en las que la fantasía dramática del autor opera con la anormalidad psíquica de los personajes, para producir esa sensación de vago terror alucinante, que el más genial de los poetas modernos trajo al mundo literario.” Ese mismo año, Pilar de Lusarreta, edita en Buenos Aires Celimena sin corazón. El poeta Eduardo González Lanuza publica, por ese entonces —la edición no lleva fecha— su libro de cuentos Aquelarre[20], en el cual encontramos un cuento definitivamente fantástico: “Las risas”. En 1937 sale a publicidad, aunque fuera de circulación en Buenos Aires, El Pájaro y el Fantasma, de Luis María Albamonte. Posteriormente, en 1939, este mismo autor publica La paloma de la puñalada (editorial de Publicaciones Simultáneas, S. A. Bs.  As.).

En 1940, Borges recoge en la Antología de la Literatura Fantástica una importante narración. Conviene tener presente que en “El destino es chambón”, Pilar de Lusarreta —de quien hemos mencionado dos libros— y Arturo Cancela prepararon un proyecto de novela sobre la revolución del 90, con mucho de “viaje alucinatorio”, según afirma Bioy Casares.

También en dicho año aparece Las Mil y una noches argentinas, de Juan Draghi Lucero.[21] Los cuentos que integran este volumen son del tipo de los relatos para niños. Destacamos, por su calidad literaria el titulado “El negro triángulo”. Jorge Luis Borges publica, en 1941 —edición de la revista Sur—, El Jardín de senderos que se bifurcan, libro integrado en su totalidad por cuentos fantásticos. “Las ruinas circulares” es un ejemplo del virtuosismo imaginativo y de la perfección del autor. En 1943 aparece El hombre de la lluvia y otros cuentos, editados en La Plata por su autor: Horacio Ponce de León. Un año después, Jerónimo del Rey da a conocer Martita Ofelia y otros cuentos de fantasmas[22], destacándose en este libro los cuentos titulados “Un cuento de duendes” y “El caso de Potita Chaves”.

Estela Canto publica su primer libro en la editorial Claridad, en 1945: Los Espejos de la sombra, obra integrada casi en su totalidad por cuentos psicológicos, pero el titulado “El Destino” pertenece al género fantástico.

Un cuento netamente fantástico, de rigurosa contextura formal y lleno de ingenio es “El Cuervo del Arca”, de Nalé Roxlo, aparecido en La Nación, de Buenos Aires, el 1º de enero de 1944. Su autor —lo consignamos ya en este trabajo— es afecto a este género literario y en su obra puede hallarse, en forma discontinua, distintas manifestaciones de temas extraordinarios.

Enrique Anderson Imbert califica muy acertadamente “de juegos ajedrecísticos” a los cuentos, en su mayoría pertenecientes al género policial, de Manuel Peyrou. En la Espada Dormida[23] este riguroso autor incluye un cuento fantástico titulado “La Noche incompleta”.[24]

Un año después sale a publicidad en la colección “Cuadernos de la Quimera”, de la editorial Emecé, de Buenos Aires, el cuento patético Sombras suele vestir, de José Bianco, cuyo título, como se sabe, ha sido tomado, según cita de Borges, de un verso de Quevedo.

Enrique Anderson Imbert publica sus primeros cuentos fantásticos en La Nación, de Buenos Aires (un cuento de detectives, en 1930; otro con una catástrofe cósmica, “Luna de la ceniza”, en 1934, traducido al francés y publicado en 1935 en la Revue Argentine, de París). En el año 1940, Daniel Devoto edita los cuentos de Anderson Imbert “Luna de la Ceniza”, “El leve Pedro”, “Fracaso” y “La Muerte del agua” con el título de El Mentir de las Estrellas. En La Nación, de Buenos Aires[25], aparece el cuento “El Fantasma”, que, al decir del propio autor, fué el que más impresionó (“horripiló”) al público. La editorial Yerba Buena de La Plata, Buenos Aires y Tucumán publica en 1946 Las Pruebas del Caos, del mismo autor. Este libro reúne íntegramente los cuentos anteriores y varios otros; en total, trece relatos; el último de ellos, a su vez, está formado por trece “cuentecillos”, según los califica el propio Anderson Imbert. Conviene tener presente, empero, su relato “El leve Pedro” —acaso su pieza antológica— en el que se presenta un problema de levitación.

Ese mismo año, aparece en La Nación el cuento “El Lobisón”, de Silvina Bullrich, que actualiza la vieja leyenda, —ya citada—, tan difundida en la mesopotamia argentina y zona limítrofe del Brasil. Un año después se edita La centella de Fuego, de Julio Aramburu[26], quien ya había demostrado su interés por narraciones del “más allá” en una recopilación de las aventuras del fantástico personaje, conocido desde los tiempos de Cervantes, llamado Pedro Urdemales. Dos libros íntegros de cuentos fantásticos enriquecen el género en 1948, ambos editados por Sur, de Buenos Aires: Autobiografía de Irene, de Silvina Ocampo, entre los que puede citarse “En la red”, y La Trama Celeste, de Adolfo Bioy Casares, cuyo relato sobresaliente se titula “En memoria de Paulina”.

Un jurado integrado, entre otros miembros, por escritores como Augusto Mario Delfino, Leónidas de Vedia, Max Dickmann y José Luis Romero otorga en 1949, el premio Cámara Argentina del Libro (para libros de cuentos) a las tres obras siguiente: Costas de evasión, de Lina Giacoboni; Más allá de los espejos, de Adolfo Pérez Zelaschi, y El grito y su sombra, de David Almirón.[27] Entre esos relatos destácanse “El callejón”, de Lina Giacoboni; “Las cuatro cartas de Carlos Sobral”, de Pérez Zelaschi, y “Carmelita”, de David Almirón.[28]

Ese año de 1949 es fecundo en libros que contienen cuentos fantásticos. Anotamos además de los ya señalados: Historia de Finados y Traidores (edición Botella al Mar) de Juan Carlos Ghiano. El Aleph (Editorial Losada) de Jorge Luis Borges.[29] Génesis (edición de la autora), de Ana Gándara, con prólogo de Juan Ramón Jiménez. El espíritu Petrificado, de Osvaldo Svanascini (edición Ollantay). Y para cerrar la serie, Estas Noches que empiezan (colección El Barquito) de Luis Mario Lozzia[30], para quien la literatura, más que un ejercicio de destreza mental, significa contribución efectiva y búsqueda humana. Además, Augusto Mario Delfino, cuentista vastamente conocido, publica “El teléfono”, relato en el que los mejores sentimientos del hombre, aferrados a cierta religiosidad, crean un momento de suspenso —como en este relato— cuando el padre antes de desaparecer para siempre en el “más allá” se preocupa, acaso una vez más, por la situación de su familia.

El suplemento dominical de La Nación, de Buenos Aires, del 11 de junio de 1950 publica el cuento titulado “Difunto”, de Enrique Luis Revol. Ese mismo año, Emecé editores, en su colección Cuadernos de la Quimera, da a publicidad La Cuarta Memoria, de Marta Mosquera, cuento de ingeniosa trama que acusa influencias de Jorge Luis Borges.

Un libro de calidad literaria aparece en 1951. Se trata de Bestiario, de Julio Cortázar (editorial Sudamericana).[31] También en 1951 aparece editado por Botella al Mar, Desenlace de Endimión, de Vicente Barbieri.[32] Por último, La Muerte y la Brújula, de Jorge Luis Borges, entre cuyos cuentos, “Funes el Memorioso” tiene características de relato extraordinario, sin alcanzar la perfección de otros cuentos de ese autor.

Cierran la serie cuatro libros editados en 1953. El de Margarita Bunge titulado Fisonomías de la Muerte, (Emecé editores); el de Homero M. Guglielmini, titulado La Galería de los Espejos (editorial Guillermo Kraft); el de Hellen Ferro, titulado Cuentos Cristianos, ásperos y tristes, y el de Alberto Girri, titulado Misántropos (estos dos últimos publicados por Botella al Mar).[33]

Cabe mencionar, además, en esta fecha, Nueve Extraños Relatos, de Eduardo Francheri López, (ed. Castellví, Santa Fe). Asimismo, Vicente Llauradó, autor del libro La calle del Aquelarre, con marcada predisposición por la atmósfera y la técnica descomunal de Edgar Allan Poe conserva resonancias de “La verdad sobre el caso de M. Valdemar”, en su cuento “Inmovilidad”.

Destacamos, para concluir, los siguientes cuentos fantásticos: de la antología titulada El cuento Argentino (Club de Difusión del Libro americano, 1944): “El más allá”, de Simón Romero. Además, de “Para después”, de Emilio Lascano Tegui, publicado en la revista El Hogar, de Buenos Aires. De la Antología de Cuentistas rioplatenses, Vértice, Buenos Aires, 1939: “La mosca verde”, de Nicolás Olivari; “Excéntrico”, de Lorenzo Stanchia; “La extraña enfermedad de Ethel”, de Guillermo Zalazar Altamira. “De una a otra orilla”, de Leónidas Barletta; “Tata Dios”, de Mateo Booz, y “Los ojos del traidor”, de Rodolfo J. Walsh.

Últimamente, en 1956, el poeta y novelista H. A. Murena editó por intermedio de la editorial Sur, un volumen de cuentos fantásticos que lleva por título El Centro del Infierno. Desde 1957 se publicaron en La Nación relatos de este tipo pertenecientes a Norberto Silvetti Paz.

Otro libro importante sobre este género literario y casi desconocido pertenece a Emma Susana Speratti Piñero y Ana María Barrenechea y se titula La Literatura Fantástica en Argentina, México, 1957.

Destácanse, en los últimos tiempos, los siguientes relatos: “La Espada”, de Roberto García Pinto; “Liberación”, de Margarita Bunge, y algunas narraciones de Luisa Mercedes Levinson. Carmen Gándara —merece ser incluida en esta mención— ha buceado en este cosmos fantástico —con sentido, a veces, religioso— o con cierta propensión kafkiana. Téngase presentes sus libros El lugar del Diablo; Los Espejos y Kafka o El pájaro y la jaula.

En 1957, Borges sorprende a sus lectores con su Manual de Zoología Fantástica, en el que numerosísimos monstruos le dan verosimilitud a esta afirmación: “Quien recorra nuestro manual comprobará que la zoología de los sueños es más pobre que la zoología de Dios.”


Conclusión

 

Un tema vasto y, sin duda, poco frecuentado es el de la llamada Literatura Fantástica Argentina. Nadie, hasta el momento, ha fundamentado debidamente su historia y, por otra parte, tampoco se han estudiado sus conexiones con la literatura europea, como lo hace, por ejemplo, Castex, en Francia.

Nosotros en un trabajo extenso, que antecede a esta conclusión, apoyándonos en la orientación cronológica —la única que podía tener cabida, por el momento, dentro del incipiente conocimiento de esta tendencia literaria—, damos, casi en forma exhaustiva (cualquier omisión se justifica en un ensayo de esta naturaleza) sus dispersos mosaicos. En algunos casos, tratamos de obtener una idea somera del autor y, en otros, ubicamos el relato en una órbita de fantasmagoría para demostrar lo extraño, lo descomunal de este tipo de cuento en torno de los entes o de las cosas que componen nuestro mundo cotidiano.

Hay, de continuo, un peligro: lo fantástico y lo psicológico se rozan; los separa, de primera intención, un débil y frágil muro, a menudo confundido por críticos, ensayistas y lectores poco avisados. Lo fantástico —sin entrar a definirlo— trae a nuestro aceptado ordenamiento humano, una presencia irreal que, después de ubicarse, atrae, seduce y se instala como si, desde siempre, hubiera pertenecido al mundo que nos rodea. Por eso, como afirma Adolfo Bioy Casares, algunos cuentos, si nos atenemos a la explicación, tienen por método la intervención de un ser o de un hecho sobrenatural, pero insinúa, también, la posibilidad de una explicación natural.

Dentro de esta extraña literatura, la serenidad clásica no tiene, ni por asomo, el más mínimo asiento. El sosiego, que caracteriza a ese viejo canon estético, ha muerto al definirse el género fantástico. Su mundo, el mundo del relato extraordinario, lo trae, en parte, el Romanticismo a la literatura universal, luego —por lo menos entre nosotros— actúa como contrapeso del realismo y el naturalismo.

El mito criollo (“La Viuda”, “El Pombero”, “El Tigre capiango”, “El Kakuy”) le sirven de substancia medular y a él se une con marcado entronque, en sus inicios, sin olvidar que durante la expedición de Ortiz de Zarate, en 1572, don Martín del Barco Centenera en su poema histórico, que está integrado por veintiocho cantos, titulado La Argentina —a este poema está reducida la literatura argentina en los siglos XVI y XVII, afirma M. Menéndez y Pelayo—, entrega “su desenfrenada inclinación a todo lo maravilloso”.

Así la invención de Centenera y los mitos nos acompañan hasta nuestros días; a fines del siglo pasado, el rigorismo de las ciencias, sobre todo de las llamadas esotéricas (El Espiritismo cuenta con una amplia bibliografía recogida y ordenada por el profesor Antonio Pagés Larraya), le dan determinado auge. Entonces, la ciencia comparte la trayectoria de la idea sobre la que ha tomado puntería la imagineidad y, unidos, conforman un nuevo ente artístico, fatal, a veces, pero siempre extraño, horripilante y original, destacándose sobre la narración de tono crudo y realista.

El relato del más allá no deberá tener necesariamente las características de aquello que nos sume en el miedo para denominarse fantástico. Otras pueden ser, dentro del vasto mundo de la imaginación, sus trayectorias de relato que se presenta con su nuevo embrión en nuestro achatado centro cotidiano. Para explicar con detenimiento este punto deberíamos detenernos en clasificaciones por demás complejas, las que serán —Dios mediante— motivo de un próximo ensayo. Bástenos memorar, como una variación atrayente del género, el mundo milagroso de la infancia, en el que la realidad se transforma en materia de fábula —en “fábula de sueño”, según resuena el verso de Jorge Guillén— dando así un nuevo impulso al relato fantástico; en muchas narraciones de Guillermo E. Hudson —El Niño Diablo, La Tierra Purpúrea—, así ocurre; lo mismo sucede en El Río Distante, de Vicente Barbieri; en Cuentos de la Selva, de Horacio Quiroga, en Las mil y una noches argentinas, de Juan Draghi Lucero, en Un cuento para Mingo, del escritor tucumano Julio Ardiles Gray.

Es posible, eso sí, que lo fantástico, enfocado desde un punto de vista metafísico, presente la realidad última del hombre dentro de un horizonte finito. Es decir, que lo infinito por un acto de esplendorosa captación, en el que la imaginabilidad no es extraña, consiga, sólo por un momento la consonancia con el mundo aprisionado del hombre. Recuérdense, en líneas generales, los relatos de Holmberg, Lugones, Dabove y Borges.

Porque desde aquí, desde el ser, desde lo que es, aunque ese ser sea finito, el hombre tiene la sensación de que una sucesión de ondas lo unen —tal vez de manera indefinible— con lo que está más allá de sí mismo, con el “ens creator”. Pero ese acercamiento se explica, a veces a través de grandes pozos de tristeza, de vacíos, que muchas veces nada tienen que ver con el miedo a, sino con la angustia de (para emplear la calificación de Heidegger). Y es esa angustia la que nos da la pauta de otro horizonte que no percibimos, ni aún después de la negación y de la negatividad; esa angustia nos acerca, acaso, a un resplandor, a un lejano resplandor… Las narraciones de Víctor Juan Guillot, Leopoldo Lugones y Horacio Quiroga se proyectan indefinidamente hacia este ámbito.

Mucho de esa extraña sensación (angustia, negatividad, nada) tienen las invenciones y los personajes que, frecuentemente, crea la imaginabilidad (vulgarmente se recurre a “nuestra fantasía”, expresión usual en el Ochenta) con todas las características del llamado angustioso y del horror desencadenado en nuestro siglo, como signo distintivo (La Metamorfosis, El Castillo, de Kafka) contrapuesto a la serenidad clásica.

El hombre en este punto —anotemos, aunque ello pertenezca a los dominios de la Estética— parece haber arrancado al arte de los dominios divinos para arrastrarlo por la tierra. Sin embargo, lo fantástico (la fantasmagoría lo acucia), como si quisiera trascender hacia lo divino, hacia el cosmos de los presocráticos y de los pitagóricos, hacia el orden de las criaturas del “ens creator”, en el Cristianismo, lucha con su nuevo verdugo: el artista moderno. Y desde su prisión, el temple de ánimo otrora al servicio sagrado lanza sus destellos (algo de eso tiene el Cristo de Salvador Dalí cayendo vertiginosamente hacia la tierra) que se deshacen en multiformes criaturas angustiadas, horripilantes, fantasiosas, aterradas. ¿Qué es sino ese transformarse del séptimo hijo varón en Lobisón incorporado a la literatura, entre otros relatos, por el de Silvina Bullrich? ¿Qué misterio, asimismo, guarda el fantasma que recorre las húmedas grietas de las viejas casonas porteñas en los cuentos de Manuel Mujica Lainez? ¿Qué trasfondo ocultan “La Viuda”, “El Pombero”, “La Chancha” o Pedro Urdemales, según las tradiciones populares estudiadas en nuestro país, entre otros, por Ricardo Rojas, Lugones, Aramburu y Canal Feijóo?

Súmese a lo enunciado una unión, aunque con mayor complejidad, con lo diabólico (Santos Vega y Fausto); con el íntimo contacto con la vida y la muerte (“Primera Noche de cementerio”, de Wilde, y “Nelly”, de Holmberg); con lo desorbitado por el espiritismo (“La alcoba de una excéntrica”, de Juana M. Gorriti); con el realismo en una empinada búsqueda de lo intemporal y de lo científico (Monsalve y Macedonio Fernández); con la desesperanza y el escepticismo (Horacio Quiroga y Chiappori); en fin, con el laberinto de lo finito que le hace conjeturar lo infinito de lo infinito… (Borges y Bioy Casares).

Acaso también una amenaza que nunca termina de cumplirse precipita al hombre moderno en este caos. Temores de la ciencia terrestre o influencias religiosas únense a lo ya enumerado.

Digamos, para concluir, que objetivizando —en lo posible— un intento de mostrar el contorno de la literatura fantástica, debemos dar cabida, sin haber llegado totalmente a dilucidar la complejísima tarea impuesta, a esta posible solución.

Existe, aunque no se haya estudiado, esta expresión narrativa, que atraviesa desde sus comienzos toda la literatura argentina y que hemos denominado La corriente literaria fantástica.

La leyenda y el mito, primero; el quehacer intelectual y las ciencias esotéricas, luego —Poe, Hoffmann, Baudelaire— le prestan apoyo de continuo. En las páginas de esos autores —el testimonio no es difícil obtenerlo en las relecturas de los trabajos— se han abrevado los escritores de varias generaciones, incluso nuestros contemporáneos. No entramos a considerar —las distintas influencias, Poe y Hoffmann entre ellas, las hemos tratado al pasar— a otros autores universales —Chesterton, Kafka, Joyce, Maupassant, Wells, Kipling, Boy, O’Neill, Andreiev— que son maestros del género, pues nos hemos limitado a la tarea de deslindar esta corriente literaria poco conocida.

A su paso, sin embargo, ese sedimento —nos referimos a las posibles lecturas que han tenido influjo en nuestros narradores— ha dado lugar a una expresión americana, propia, original. Los relatos de Lugones, Macedonio Fernández, Chiappori, Quiroga, Borges, Dabove, Anderson Imbert, Bioy Casares, Silvina Ocampo, Carmen Gándara, Manuel Peyrou y Murena así lo demuestran con presumible permanencia dentro de esta corriente literaria.

 

Nicolás Cócaro.

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La corriente literaria fantástica en la Argentina Nicolás Cócaro.

  En 1960 apareció la primera edición de esta antología. En 1963, la segunda. Sin embargo, parecería que el trabajo —ardua labor de muchos a...

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