EL INTELECTUAL EN LA PRENSA: DEL
MODERNISMO A LA POSTMODERNIDAD
Pilar Celma
Universidad de Valladolid
A finales del siglo XIX se produce en el ambiente literario un
fenómeno de implicaciones no sólo estéticas sino también socioló
gicas: el nacimiento de la figura del intelectual. El fenómeno ha sido
muy bien estudiado en sus orígenes por Inman Fox1 y en su evolu
ción posterior, por Javier Blasco.2 Repasemos algunas claves nece
sarias para fundamentar lo que seguirá.
En Francia está perfectamente documentado cómo el término
intelectual se generalizó asociado al asunto Dreyfus. Después de que
se descubriesen las manipulaciones del Estado Mayor francés para
no revisar el caso del capitán judío injustamente condenado, Emile
Zola denuncia la situación ante la opinión pública francesa con su
célebre “J’ acusse”, publicado en L’Aurore, el 13 de enero de 1898.
En los días siguientes fueron apareciendo una serie de denuncias y
peticiones con las firmas de varios escritores y profesores, bajo el
título de “Manifestes des Intellectuels”.
Por las mismas fechas empieza a utilizarse en España el término
intelectual como sustantivo. Según Inman Fox,la primera vez que
1. Inman Fox, “El año de 1898 y el origen de los intelectuales”, en Ideología y
política en las letras de Fin de siglo (1898), Madrid, Espasa-Calpe, 1988, págs. 13-23.
2.
Javier Blasco, “Los intelectuales en el fin de siglo: ¿obreros de la
inteligencia o aristócratas del espíritu?”, ínsula, 614 (1998), págs. 5-9.
está documentado el término en español es en una carta de Unamuno
a Cánovas (con fecha 28 de noviembre de 1896), pidiéndole clemen
cia para el escritor catalán Pedro Corominas, preso en Montjuich,
junto con otros anarquistas, como represalia por el lanzamiento de
una bomba al paso de la procesión del Corpus. Unamuno seguirá
utilizando el término, como adjetivo (“La juventud intelectual espa
ñola”) en alternancia con su uso como sustantivo. Igualmente, hay
referencias muy tempranas de la utilización del término en Maeztu,
Martínez Ruiz, Baroja...
Inman Fox afirma que la generalización del sustantivo intelec
tual en España no puede vincularse al proceso de Montjuich pues
este acontecimiento no tuvo la misma repercusión que el francés.
Sin embargo, el hecho es que en algunos periódicos de orientación
socialista -Germinal, Vida Nueva— se suscitó una viva polémica y
numerosos escritores españoles mostraron públicamente su repulsa
ante el extendido y desproporcionado castigo. Si la generalización
del sustantivo intelectual no puede aún vincularse a este proceso, sí
puede afirmarse que el concepto está ya implícito en esa actitud con
testataria y reivindicativa de los escritores. Hacia finales de 1898, el
término se ha generalizado y se usa con un sentido muy próximo al
actual; es decir, el intelectual está definido por dos aspectos: su dis
conformidad con la situación política y social y el intento de influir
con su obra en la sociedad.
El término en su uso como sustantivo siguió conviviendo con su
empleo como adjetivo, lo que puede apreciarse bien en el siguiente
texto de Antonio Zozaya, de 1902
Todas las revoluciones han sido provocadas por los obreros in
telectuales [...] para imponer a las sociedades un nuevo estado de
ideación de conciencia y vida, una concepción superior del Dere
cho y moralidad, una nueva fase de evolución.
Y no sólo han sido
los intelectuales, como ahora se dice, agentes primeros en estos
cambios, sino que forzosamente han de serlo en toda la evolución
futura.
3.
Antonio Zozaya, “Proletariado intelectual”, en Crónicas del año dos,
Madrid, Ricardo Fe, 1903 , pág. 24.
Por supuesto, no siempre el adjetivo intelectual iba asociado al
sustantivo obrew, más bien dicho sintagma estaba bastante restrin
gido al discurso socialista. Pero, en cualquier caso, este texto nos
abre las puertas a un asunto de particular interés: la ubicación del
intelectual en la sociedad como una clase específica, aquí puesta en
paralelo con otros obreros, los manuales. Javier Blasco4 ha analiza
do el fenómeno del nacimiento del intelectual vinculado a las con
mociones sociales que sufre la sociedad del fin de siglo: ante la toma
de posiciones y creciente influencia de la burguesía en la vida públi
ca y ante la conciencia de clase del proletariado unido en lucha por
unas mismas reivindicaciones sociales, los trabajadores de determi
nadas profesiones liberales se sienten desclasados y buscan su lugar
y su razón de ser en esa sociedad cambiante. Antonio Zozaya atri
buía al obrero intelectual el mérito de crear “un nuevo estado de
ideación de conciencia y vida”. Al margen del éxito de la empresa, la
función que el intelectual se autoasigna es la de ser la voz de la con
ciencia de la sociedad; y su lugar es el de la independencia e impar
cialidad que le otorga ese mismo desclasamiento social.
Aunque los intelectuales pretenden influir en la sociedad con su
obra, muy pocos se plantearon pasar a la acción directa por medio de
su intervención en la vida política. Es posible que su conciencia de
“élite” intelectual les hiciera ser conscientes de las pocas posibilida
des reales de ser elegidos —¿por qué sector social iban a serlo?- o
quizás su ética de clase les inducía a no poner en tela de juicio su
imparcialidad, garante de su labor, puesto que participar en política
supone evidentemente tomar partido.
¿Cómo llevaron, pues, a cabo su intento de influir en la socie
dad? Una vez que se adquiere y se generaliza esta conciencia de
poder y deber influir en la marcha de la sociedad, se apuesta por la
divulgación de las propias ideas en la prensa periódica como medio
más idóneo para alcanzar ese fin. El testimonio de Pío Baroja, en
carta a Martínez Ruiz, resulta elocuente:
¿Por qué nosotros, gente joven, que aunque no valgamos nada,
valemos más que estos señores [los parlamentarios], no hemos de
4.
Art. cit.
intervenir en estas cuestiones políticas? Inmediatamente la idea:
hacer un periódico. Este sería una cosa similar a La Aurore [sic]
de Clemenceau, una publicación que reunía sin dogma alguno a
los socialistas, a los anarquistas y a los intelectuales independien
5
tes.
La presencia del escritor en la prensa obedece a diversas circuns
tancias y motivaciones. En principio, habría que distinguir las cola
boraciones en periódicos o revistas de gran circulación y la partici
pación en revistas creadas por grupos de jóvenes intelectuales. En el
primer caso, la colaboración suele obedecer a motivos económicos o
de prestigio profesional. Azorín colaboró en El País, a su llegada a
Madrid, como medio de subsistencia. Unamuno difundió varios de
sus ensayos en la muy respetable revista La España Moderna. Es
obvio también que, a medida que el escritor se va ganando un lugar
en el ambiente literario, se le abren las puertas de importantes publi
caciones, en las que él ve también un medio de mayor alcance para
difundir sus ideas.
En el segundo caso, la creación de revistas propias, la implica
ción personal es mucho mayor. Como deja entrever Baroja, la ilu
sión y el empuje juvenil presiden tal empresa. Y, aunque la indepen
dencia personal sigue siendo el ideal, suele partirse también de una
comunión de intereses. En otro lugar6 he estudiado con cierto deta
lle algunas de estas publicaciones periódicas juveniles que ofrecen,
mejor que ningún otro medio, las actitudes más espontáneas, com
prometidas e, incluso, combativas. Sirva ahora como ejemplo el caso
de Electra, fundada en 1901, a la estela del escandaloso estreno del
drama galdosiano. Parecen ser los responsables Manuel Machado,
Valle-Inclán, Maeztu, Pío Baroja y Francisco Villaespesa. Aunque
esta revista carece de manifiesto fundacional, en un artículo indivi
dual, de R. Sánchez Díaz, se ofrece la idea que preside la empresa
5. La carta fue publicada por José Rico Verdú en Un Azorín desconocido,
Instituto de Estudios Alicantinos, 1973. Cfr. Inman Fox, “El año de 1898 y el
origen de los intelectuales”, art. cit., pág. 19, n. 9.
6. Literatura y periodismo en las revistas de Fin de siglo. Estudio e índices
(1888-1907), Madrid, Júcar, 1991.
Electro, que es un periódico batallador, informador, de juven
tud de espíritu y de vigor material, debe esforzarse en romper a
puñetazos la rutina que acogota al país. No debe dedicarse sólo a
hacer literatura sincera, despreocupada y culta. Ese es un medio,
desde luego, capaz de revolucionar hasta lo más hondo; un medio
muy práctico, sin duda, de ir metiendo en el alma del pueblo las
ideas nuevas que levantan el corazón de los demás pueblos [...]
Pero Electro debe hacer su revolución en el trabajo.
Nuestro pe
riódico debe hacer esfuerzos colosales por dedicar secciones bien
dirigidas encaminadas a hablar de industrias, de agricultura, de mi
nas... No, es claro, como tratan esas revistas dedicadas exclusiva
mente a esos asuntos. Sino de otra manera más hermosa, más
levantadora, más sugestiva, a fin de que en nuestros industriales, de
que en nuestros trabajadores surja el afán al estudio, a lo moderno,
al viaje, a la progresión, a la rabia por alcanzar el triunfo sobre tal
otro industrial. Ahí vendrá bien la literatura: una literatura nueva. La
poesía nueva de las fábricas, las estrofas grandes y estridentes.
Además de constatarse el espíritu combativo de la revista, en esta
cita queda de manifiesto el doble interés que guía a los jóvenes inte
lectuales (estético e ideológico) y el valor similar de repercusión so
cial que se concede a ambos. En Electra se publican comprometidos
artículos sobre la situación de España y la necesariá modernización;
preocupa muy especialmente la situación social del proletariado, asun
to al que se dedica la sección “La cuestión obrera”; y los artículos y
referencias anticlericales son constantes. No se sabe si por dificulta
des económicas, por presiones externas o por disensiones entre los
responsables, Electra sólo vivió durante nueve números. La misma
mala suerte compartieron Juventud (11 números), Revista Ibérica (4
números) y otras muchas revistas, independientes e ilusionadas, pero
poco realistas. La corta vida fue el precio que tuvieron que pagar por
no someterse a las leyes del mercado.
Para difundir sus ideas en el medio periodístico, los intelectuales
del fin de siglo se valieron especialmente de tres géneros: el ensayo,
el artículo de fondo y la crónica.
7.
“Las industrias españolas”, Electro, 5 (1901), pág. 129.
Aunque el ensayo no es propiamente un género periodístico, por
su extensión, se publicaron muchos de ellos, a menudo seriados, en
diferentes revistas. Unamuno, por ejemplo, eligió este medio para
difundir sus más importantes ensayos. En La España Moderna po
demos ver la evolución de su pensamiento, desde la confianza en la
modernización y europeización de España, tesis de En torno al cas
ticismo,8 hasta su desconfianza en la regeneración y su giro espiri
tualista en “La vida es sueño.
Reflexiones sobre la regeneración de
España”.9 En este medio publicó más de veinte ensayos sobre temas
muy variados: cuestiones lingüísticas, crítica general del teatro, la
educación, defectos de los españoles, etc.
Género muy adecuado al medio periodístico es el artículo de fon
do, lo que hoy llamaríamos artículo de opinión. En principio, suele
combinar la función informativa y
la formativa, pues se trata de un comentario —personal, pero con
planteamiento objetivo- sobre un tema de actualidad. Aparte de la
noticia en sí, se pueden aportar datos que servirán de apoyo
argumentativo a las tesis planteadas. Artículos de fondo publicaron
casi todos los jóvenes intelectuales a principios de siglo. A través de
ellos tomaron posiciones respecto a asuntos polémicos en el mo
mento, tales como la oposición gente vieja/gente joven, la educa
ción, el llamado “desastre”, cuestiones sociales como la vida en las
minas o en las cárceles, etc.
Pero el género periodístico más peculiar de la época es la cróni
ca. Se trata de un artículo breve, sobre aspectos concretos de la rea
lidad más actual, abordados desde un punto de vista subjetivo, con
agudeza de observación y, en general, con una técnica impresionista.10
A principios de siglo, la extensión y el vigor de este género llamaron
8. La España Moderna, 74 (1895), págs. 17-40; 75, págs. 57-82; 76, págs. 27-
58; 77, págs. 29-52; y 78, págs. 29-45.
9. La España Moderna, 119 (1898), págs. 69-78.
10. Son interesantes en la aproximación a este género los estudios de Angel
Rama, “Los poetas modernistas en el mercado económico”, en Rubén Darío y el
Modernismo, Caracas-Barcelona, Alfadil, 1985; y de Oksana María Sirko, “La
crónica modernista en sus inicios: José Martí y Manuel Gutiérrez Nájera”, en
Estudios críticos sobre la prosa modernista hispanoamericana (ed. de José Olivio
Jiménez), Nueva York, Eliseo Torres, 1975 págs. 57 y ss.
poderosamente la atención. Uno de los críticos más respetados, Eduar
do Gómez de Baquero, dedica un artículo a desvelar, a partir de la
reseña de un libro de crónicas de Manuel Ugarte, los entresijos de
este género.
11 Insisto en que lo hace a partir de la reseña de una obra
concreta porque la crónica está marcada por esa tendencia a aprove
char el acontecimiento que se comenta para hacer abstracciones, evo
car paisajes (objetivos o anímicos) o simplemente dejar volar libre
mente la mente o la imaginación del autor. Gómez de Baquero, des
pués de analizar el sentido histórico originario de la crónica y su
nuevo sentido en el Fin de siglo, da algunas claves que explican su
éxito. A modo de definición, dice que la crónica “es el arte de la
conversación aplicado a la comunicación con mil lectores por me
diación de una hoja impresa” (pág. 272). Esta capacidad
comunicativa, a pesar del subjetivismo que impone el interlocutor
único, es la gran virtud del género. Y después continúa, relacionando
el género con el “intelectual” de la época y añadiendo algunos mati
ces interesantes:
El arte de la crónica ha sido en Francia heredero del arte de la
conversación, y el chroniqueur sucesor del cortesano del siglo
XVIII, cuyos humos aristocráticos han sido reemplazados en el
cronista por otro género de vanidad, la del intelectual que se figura
que el mundo y los hombres han sido hechos para que él se recree
o de algún modo se emocione con su contemplación; y que los su
cesos ocurren para que él los [sic] saque punta, propenso siempre,
consciente o inconscientemente, a épater le bourgeois, a dejar al
vulgo con tamaña boca abierta ante su penetración y la agilidad de
su entendimiento.
Pero la crónica va encontrando ya estrecho este círculo de
amena frivolidad y aspira a más que seguir haciendo juegos
malabares con palabras e ideas. El sentido realista que informa
toda la vida moderna va penetrando en ella y de ahí esa transfor
mación a que antes se aludía y que la va trocando en diaria lección
de cosas, comentario ingenioso pero instructivo del suceso del día,
11.
“La evolución de la crónica”, en Letras e ideas, Barcelona, Imprenta de
Henrich, 1905.
enseñanza cotidiana de casos prácticos, forma en la cual es la clase
de escritos que mejor se acomoda a la índole de las propagandas
de la Prensa. Las consideraciones generales y teóricas suelen ser
en los periódicos sermón perdido [...] Lo que al público le llega es
lo que inmediatamente se relaciona con algún caso concreto, lo
que extrae del suceso trágico o cómico que ha impresionado a las
gentes aquel día, la filosofía o la enseñanza que es dable sacar o
que al cronista se le ocurre (págs. 273-274).
Resulta interesante la asociación de la crónica a la labor del inte
lectual, así como la referencia a su actitud de superioridad y a la
intención provocadora —épater le bourgeois- que le anima. Gómez
de Baquero considera la crónica como un comentario en que se aú
nan lo ingenioso y lo instructivo, aspecto éste último que él estima
acorde con la función propagandista propia de la prensa.
Por último,
la popularidad de este género -frente al artículo de fondo- reside en
su relación con la actualidad y en las asociaciones y conclusiones
que el cronista es capaz de sacar.
Escribieron crónicas casi todos los intelectuales del fin de siglo:
Manuel y Antonio Machado se iniciaron en la prensa, en 1894, con
unas crónicas sátiricas publicadas en el periódico La Caricatura.12
Crónicas pueden considerarse también los relatos de las visitas de
Azorín a importantes escritores del momento,13 en las que prima la
recreación impresionista del ambiente y de la personalidad. Y cróni
cas literarias son las enviadas desde París por Enrique Gómez Carri
llo, que permitieron a los escritores españoles conocer el ambiente
intelectual de la entonces capital del mundo artístico.14
12. Los artículos están frmados con los seudónimos “Polilla”, “Cabellera” y
“Tablado de Ricamonte”.
13. Véase, por ejemplo, “Polanco. En casa de Pereda”, ABC, 10 y 11 de agosto
de 1905; y “Charivari en casa de Unamuno”, La Campaña, París, 26 de febrero de
1898, recogido por R. Gullón, El modernismo visto por los modernistas, págs. 57-69
14. Estas crónicas, de tema literario, fueron publicadas en revistas como
Madrid Cómico, Vida Nueva, La Vida Galante, Revista Nueva... Aunque referido a
otro tipo de crónicas, véase de Javier Blasco “La imaginación modernista en las
crónicas de Gómez Carrillo”, en El Modernismo, Universidad de Valladolid, 1990,
págs. 13-30.
Una vez vistos los medios y los géneros que los intelectuales del
Modernismo consideraron más adecuados para la difusión de sus
ideas, conviene abordar ahora el fondo de la cuestión: ¿En que tér
minos se formula la antedicha disconformidad de los intelectuales
con la situación social y política? ¿En qué consiste su intento de
influir en la sociedad y por medio de qué propuestas concretas?
La actitud crítica de los intelectuales respecto al orden estableci
do tuvo también diversos grados. Hay textos muy duros de los jóve
nes escritores respecto a la situación heredada de sus mayores, tanto
en el terreno social como en el literario. Un texto emblemático de la
rebeldía de la joven generación respecto a la tradición precedente es
el célebre artículo de Martínez Ruiz “Somos iconoclastas”, en que
arremete no sólo contra la generación anterior sino contra nuestros
más ilustres ingenios (Cervantes, Lope, Calderón...)
Hay mucha in
tención de épater le bourgeois en este texto, pero una afirmación
revela el fondo que late en estos reproches
Pero el curso del tiempo es fatal e inexorable. La vida se en
gendra de la muerte; no podría haber formas nuevas si las antiguas
no perecieran. Y después, debemos pensar que toda labor de críti
ca, aun injusta, es preparatoria de nuevos estados que sin la crítica
.
. ,
no existirían.
15
En cuanto a la situación político-social, son muchos los testimo
nios que se podrían aducir, contra al incompetencia de los políticos
(ya hemos visto, por ejemplo el de Baroja cuando propone hacer un
periódico) y su responsabilidad en la injusticia social. Pero creo más
elocuente resaltar algunos respecto a la actitud más general ante la
cuestión del desastre. Frente al protagonismo que se quiso dar al
desastre como detonante del espíritu del 98, vemos que, más allá de
la nostalgia por el Imperio y la grandeza perdida, prevalecen dos
actitudes mucho más modernas: por una parte, la comprensión ante
la legítima reivindicación de independencia de los “hermanos” ame
ricanos, como reconocía Unamuno; por otra parte, la idea de que lo
15. Alma española, 10 (17 de enero de 1904), págs. 15-16.
que se defendía no era el interés de la mayoría sino sólo de sectores
minoritarios; en palabras de Maeztu, se trataba de los intereses de
los políticos, las órdenes religiosas y los explotadores españoles.16
Como cierre a este apartado, un testimonio de Eduardo Marquina
referido a la cuestión del “desastre”, resulta especialmente elocuente
respecto a la desvinculación de los jóvenes intelectuales de la socie
dad heredada, su espíritu crítico y la modernidad de su actitud
...Tal vez porque no quisimos morir con lo que moría, nos han
tachado de hombres muertos, de generación inútil, decadente, sin
fe, sin Patria ni amor patrio [...] ¿Qué teníamos que ver nosotros
con lo que moría? ¿Qué gran idea española murió en la catástrofe?
[...] No diremos que nos regocijara la pérdida de nuestras colonias,
porque no es verdad. Pero en lo que tuvo aquello de liquidación,
de fracaso político, de balance de uná vida, lo reconocimos fatal
mente justiciero y estoicamente lo aprobamos».
Los jóvenes intelectuales se sintieron desvinculados de la socie
dad heredada y de la clase concreta de la que procedían. Criticaron
casi todo: la vida política, la hipócrita moral burguesa, la enseñanza,
la influencia de la Iglesia en la sociedad española, etc. Y, en ocasio
nes, se atrevieron a dar el salto de lo concreto a lo abstracto y, así,
vemos a Pío Baroja criticando la democracia, que supedita el indivi
duo al Estado y le hace buscar el progreso material en vez del per
feccionamiento personal de su ser moral;18 o menospreciando el
matrimonio, considerado una unión imperfecta frente al amor libre;19
y vemos a Azorín criticando la educación como coartante, alienadora
y uniformadora20 y proclamando el fin de la propia religión: un artí
16. “La obra de los muertos”, Alma Española, 11 (1904), págs. 13-14.
17. “La España futura”, Nuestro Tiempo, 79 (1906), págs. 5-12.
18. “Contra la democracia”, Revista Nueva, 7 (1899), págs. 325-329.
19. “Este [el divorcio] podrá preparar con el tiempo la unión libre, la forma
más perfecta, más acabada de unión sexual, la más favorable para la selección de la
especie y para el bienestar del individuo”, en “Adulterio y divorcio”, Alma
Española, 10 (1903), pág. 2.
20. “Principiemos por destruir Universidades y Academias, círculos instruc
tivos y escuelas integrales. La pedagogía es el mal. La pedagogía mata la voluntad,
culo de Electra, titulado “La religión”,21 se abre con la lapidaria fra
se de «el cristianismo ha muerto». Martínez Ruiz propone como sus
tituto -en coincidencia con Nietzsche- la «religión de la vida»; es
decir, la exaltación de la vida, el trabajo, el bienestar y el placer.
Como ya he dicho, en el fondo de estas declaraciones late la inten
ción de épater le bourgeois, pero no conviene subestimar la función
que desempeñaron de agitar las conciencias y de crear un ámbito
para la polémica y la pluralidad, algo a lo que no estaban demasiado
acostumbrados.
¿Y, tras la crítica, cuáles fueron las propuestas y soluciones para
luchar contra los males del país? De entrada, hay que decir que mu
chos intelectuales no traspasaron el umbral de la mera crítica: Baroja,
por ejemplo, no llega a hacer ninguna propuesta positiva y, cuando
otros las hacen, sigue protestando contra ellas y lo vemos horrorizar
se ante “la nueva España” de Maeztu
... el día en que esa nueva España venga a implantarse en
nuestro territorio con sus máquinas odiosas, sus chimeneas, sus
montones de carbón, sus canales de riego; el día en que nuestros
pueblos tengan sus calles tiradas a cordel, ese día emigro, no a In
glaterra, ni a Francia..., a Marruecos o a otro sitio donde no hayan
llegado esos perfeccionamientos de la civilización."
La postura más general se concretó en una reflexión sobre las
causas de los males de España. Siguiendo el concepto de Volksgeist
de Herder, se prestó especial atención a analizar los rasgos
idiosincrásicos del alma nacional, para poder adecuar las soluciones
a las peculiaridades de nuestro carácter. En Alma Española, se abrió
una sección dedicada a la profundización en las almas regionales, a
cargo cada uno de los capítulos de importantes personalidades: Joan
Maragall se ocupa del “Alma catalana” (n° 12); Miguel de Unamuno
coarta la iniciativa, arranca de la personalidad humana, la audacia y el vigor, la
vivacidad y el sentimiento”, “La pedagogía”, Electra, 8 (1901), pág. 228.
21. Electra, 9 (1901), págs. 257-258.
22. “Libros y folletos: Hacia otra España, por Ramiro de Maeztu”, Revista
Nueva, 1,4 (1899), págs. 191-192.
del “Alma vasca” (n° 10); o Vicente Blasco Ibáñez, del “Alma valen
ciana” (n° 11), etc. Esta misma intención de analizar y adecuar las
soluciones a la idiosincrasia española es la que guía a Ganivet en su
Idearium español y en las cartas que se cruzó con Unamuno en El
defensor de Granada-, y ocupa una importante parte de Hacia otra
España, de Maeztu, y de En tomo al casticismo, de Unamuno, obras
todas ellas difundidas primero en la prensa. La realidad es que en la
práctica esta actitud bastante generalizada no traspasa los límites del
más puro idealismo y no se tradujo en acciones concretas.
Otros escritores pusieron primero su confianza en el progreso
material, pero, en la estela de los prerrafaelistas,23 pronto vieron los
peligros que el industrialismo acarreaba, principalmente dos: la agu
dización del problema social con un incremento del proletariado y
un empeoramiento de sus condiciones laborales; y el efecto alienan
te de la cadena de producción. En este sentido, resulta clarificadora
una serie de artículos de Juan José Morato publicados en Revista
Nueva.2*
Aunque guiado por motivos personales, una evolución similar
observamos en Unamuno. De su activismo socialista, pasa a una ac
titud crítica-idealista y, finalmente, a una postura espiritualista.
Unamuno colaboró en 1894 con numerosos artículos en el periódico
bilbaíno La lucha de clases, si bien desde el principio se observa su
disconformidad con el dogmatismo marxista respecto a los princi
pios de ateísmo y materialismo y con el planteamiento de la lucha de
clases. Él concibe el socialismo como algo integrador y como un
renacimiento cuasi religioso. En 1895, Unamuno escribe los cinco
ensayos que constituyen En torno al casticismo; aunque se muestra
partidario del progreso y de la europeización de España, el hecho es
que su reflexión no traspasa los límites del puro idealismo: en busca
de la verdadera noción de casticismo y de tradición, analiza algunos
rasgos del carácter español y elabora el concepto de intrahistoria, en
23. Véase R. Argullol, El Héroe y el Único, Madrid, Taurus, 1984.
24. «El problema social», Revista Nueva 1, 18 (1899), págs. 846-848; II, Ia
serie, 19, págs. 25-27; II, 1* serie, 20, págs. 61-63; II, Io serie, 21, págs. 116-118; II,
Ia serie, 22, págs. 162-164; y II, 2* serie, 24, págs. 30-32. Me he ocupado de este
tema en La pluma ante el espejo, Universidad de Salamanca, 1999, págs. 79-82.
la estela de Herder. Este vago deseo de progreso se difumina aún
más después de la crisis espiritual sufrida en 1897. En una entrevista
que le hace Martínez Ruiz en 1898, se plantea Unamuno: “¿Para qué
luchar por la emancipación de los hombres que al morir vuelven a la
nada?”.25 Y en otro lugar, ese mismo año, afirma: “¡Maldito lo que
se gana con un progreso que nos obliga a emborrachamos con el
negocio, el trabajo y la ciencia, para no oír la voz de la sabiduría
eterna, que repite el vanitas vanitatuml”.26 Para Unamuno, a partir
de su crisis personal, el progreso sólo tiene sentido si, “aliviándonos
de las necesidades temporales, nos descubre las eternas”.27 Lo que
pretenderá Unamuno desde ese momento es influir en el individuo,
más que en la sociedad, creándole estados de conciencia.
Aun en el caso de los intelectuales más activos y entusiastas,
como Maeztu, su postura no pasa de una declaración de propósitos.
Los treinta y siete artículos -publicados primero en la prensa- que
conforman Hacia otra España se centran fundamentalmente en tres
grandes temas: un grupo - “Páginas sueltas”- desarrolla el asunto ya
comentado de la profundización en las causas del retraso de España,
asociadas a ciertos defectos del carácter español. Otra parte, “De las
guerras”, critica la política relacionada con las guerras coloniales.
Ya antes he citado un artículo posterior en el que Maeztu asocia la
guerra al interés de los políticos, las órdenes religiosas y los explota
dores españoles. En el artículo titulado “27.500” arremete contra el
gobierno que enviaba a la guerra a jóvenes de las clases bajas y libra
ba a los de las clases altas, cuyos intereses se defendían. En la tercera
parte, “Hacia otra España” es en la que aborda las propuestas con
cretas: al margen de la rastrera labor de los políticos, todos los secto
res de la sociedad -industriales, obreros, labradores...- deben impli
carse en la modernización del país (proceso de industrialización),
siguiendo el ejemplo de Europa. Es obvio que la propuesta tiene
poco de concreto y mucho de ideal, pero, además, Maeztu se mues
tra contradictorio ideológicamente: defiende la lucha de clases, pero
25. «Charivari en casa de Unamuno», art. cit.
26. “La vida es sueño. Reflexiones sobre la regeneración de España”, La
España Moderna, 119 (1898), pág. 71.
27. bid., pág.74.
en el seno de la sociedad capitalista; valora el dinero como legítimo
motor individual, que traerá el progreso colectivo; y confía en una
minoría de intelectuales, que rija los destinos de la colectividad. Como
puede apreciarse, su socialismo resulta más bien heterodoxo.
Así pues, los escritores del Modernismo ampliaron su función en
la sociedad asumiéndose como intelectuales. Una nueva responsabi
lidad va a moverles: la de ser la conciencia de la sociedad, por medio
de una dimensión crítica y otra constructiva. Pero sus propuestas
quedaron en el terreno de lo ideal y su influencia real fue, por ello,
muy limitada. La siguiente generación, la del 14, supo ver muy bien
la incapacidad de sus antecesores para la acción y les reprochó su
falta de rigor y de sistematismo. Pero tampoco ellos lograron en
puridad cumplir la función del intelectual. Aunque con un plantea
miento mucho más riguroso, les traicionó su elitismo de fondo, que
les distanciaba del pueblo, y su compromiso político en los años de
la República, que contravenía uno de los principios del intelectual:
la imparcialidad e independencia ideológica.
No puedo hacer ahora
ni siquiera un mínimo repaso histórico de las vicisitudes de los inte
lectuales a lo largo del siglo XX. Es obvio que tras la guerra civil,
cualquier voz que sonara a crítica o disidencia estaba acallada y re
primida. Será en los años de la transición política cuando las voces
de los nuevos intelectuales se dejen oir de nuevo, y cuando reaparez
can en la prensa nuevos «manifiestos de intelectuales» cargados de
firmas diversas. Pero también ha pasado el entusiasmo de los albo
res de la democracia y hoy España, al fin a un mismo nivel que Oc
cidente, vive un clima de disociación, relativismo y de negatividad
axiomática, que se ha dado en llamar postmodemidad.
Los intelectuales del Modernismo sentaron las bases de una nue
va figura y una nueva función de su escritura dentro de la sociedad.
Un siglo después, los herederos de aquellos intelectuales, se plan
tean la legitimidad de esa figura y de su misión en la sociedad. La
variedad de posturas al respecto es signo del escepticismo, de la “duda
razonable” que alcanza a todo, de la indeterminación ideológica que
define la postmodernidad.
Uno de los todavía firmes defensores del papel que debe repre
sentar el intelectual en la sociedad actual es Femando Savater. Para
él, el intelectual es “una combinación de portavoz y librepensador”.
Mientras que la responsabilidad del escritor es sólo literaria, la del
intelectual es también ética, “porque valora, toma partido o, al me
nos, trata de contribuir a la aclaración de los acontecimientos de los
que es testigo”.28 Pero Savater es, a la vez, muy consciente de los
peligros que acechan al intelectual en el mundo actual
Habrán notado ustedes que quienes con más amargura lamen
tan el sempiterno “silencio de los intelectuales” lo que echan de
menos es su protesta o su indignación, no sus raciocinios. Al con
trario: si el llamado intelectual demora su toma de partido con
análisis responsablemente minuciosos de la situación que le apre
mia, será rechazado por tibio o por liante. Triste consecuencia de
ello es que suele ser más gratificante y mejor considerado firmar
un manifiesto que sopesar con cierto detenimiento cara al público
la encrucijada de valoraciones en que nos movemos.
De modo que
el intelectual, que podría ser hasta profesor de ética en ciertos ca
sos, guarda la primorosa sutileza de su mente bien guarnecida para
los comentarios de texto eruditos que publica en medios especiali
zados y se decanta por el silencio o por el exabrupto cuando se
manifiesta ante profanos sobre cuestiones complejas de interés ge
neral. Buena manera de mantenerse altivamente respetable, pero
mala de ayudar a los conciudadanos a entender los riesgos y méri
tos de las opciones sociales que se les ofrecen."
Savater lamenta que la verdadera función del intelectual -ayudar
a sus conciudadanos a reflexionar y a valorar las opciones que la
sociedad Ies ofrece, por medio del raciocinio compartido-, ha que
dado eclipsada ante el protagonismo adquirido por manifiestos y
algaradas críticas. El “agitador de conciencias” parece haber dege
nerado en un actor vocinglero de un espectáculo de masas: al públi
co le interesa la indignación y el escándalo, no el análisis minucioso
de hechos y propuestas. Pero precisamente en un tiempo marcado
28. “El intelectual y el escritor”, en Pensamientos arriesgados, Madrid, La
Esfera de los Libros, 2002.
29. “Vuelve la predestinación”, El País.
por la ausencia de valores absolutos, se hace más necesaria la labor
del intelectual, que, desde su imparcialidad pero también desde su
compromiso ético, haga ver desde perspectivas diversas y oriente
hacia tomas de postura responsables.
Pero no todos los escritores se muestran tan seguros respecto a la
necesidad de los intelectuales y a su función en la sociedad. Buena
muestra del cuestionamiento de principios, sintomático de la
postmodernidad, es un artículo de Valentín Puig,30 en el que afirma
Nadie le pide a un poeta más o menos neobarroco, kafkiano o
a un novelista del mito que estén al tanto de los pros y contras de
la unión monetaria europea, por la misma razón que, si se mani
fiestan al respecto, su opinión tendrá el mismo valor que la de un
farmacéutico, un modista o una conductora de tren de alta veloci
dad [...]
De cualquier modo, el alto vuelo de la literatura no garan
tiza una opinión valiosa del poeta en cuestión de políticas energé
ticas para España.
No le falta razón a Puig en los dos aspectos que resalta: la com
petencia literaria de un escritor no garantiza el valor de sus ideas y,
en la democracia en la que estamos instalados, la materialización de
su opción, es decir, su voto valdría un solo voto, exactamente igual
que el de cualquiera de sus conciudadanos. Pero, a pesar de este
punto de partida tan certero, Puig no llega a negar la posible función
del intelectual, sino que lo que critica es el modelo que hemos here
dado: el intelectual disidente político que sólo sabe criticar el poder
establecido. Él mismo, con gran perspicacia, da su versión del ori
gen histórico de esta reducción
A la pregunta de para qué sirven los intelectuales, la costum
bre es decir, hoy por hoy, que son quienes deben contribuir a que
la sociedad aprenda a instalarse en la complejidad [...] En términos
políticos, la herencia de los años sesenta -disolvente en más de un
aspecto- propagó para las décadas futuras la noción de que el inte
30. “Los intelectuales”, El País, 9 de diciémbre de 1996.
lectual, de forma sistemática, tenía la obligación absoluta de criticar
el poder. Lo que entonces no se nos decía era cuál debería ser la ac
titud en el caso de que el poder -ejercitado en la plenitud legítima
del Estado de derecho- hiciera algo bien, aunque sólo fuese por ca
sualidad. Nunca mejor dicho: el poder tenía mala prensa. Todo po
der era abuso, incluso encamación del mal. Es comprensible, pero
no justificable: se apartaban a marchas forzadas del poder porque
nadie había contribuido tanto como los intelectuales -más que los
políticos- a legitimar el sistema soviético y el nazismo.
Lo que plantea Puig aquí es que son igualmente negativas en la
concepción del intelectual su responsabilidad histórica en la legiti
mación de regímenes totalitarios y la consecuente actitud de guerra
sin cuartel al poder establecido. Casi de pasada, ha dado una pista,
sin asumirla como propia, sobre la función del intelectual en la ac
tualidad: “contribuir a que la sociedad aprenda a instalarse en la com
plejidad”. Se trataría de la función que le asigna la llamada
postmodernidad: no guiar en una sola dirección, sino hacer ver y
respetar la pluralidad; la complejidad de un mundo, el occidental,
que siente tambalearse sus cimientos civilizadores y culturales. El
final del artículo es clarificador y parece explicitar la verdadera pos
tura del autor:
No creo que abogar por una cierta fumigación gestual de la
bohemia literaria suene a genocidio, ni que pedir intelectuales li
bres dispuestos a pensar el mundo se asemeje a un atentado contra
la integridad de la literatura.
Al fin y al cabo, la desaparición de
los reyes filósofos y de los Estados ideales obliga a buscar nuevos
territorios para la acción intelectual. A lo mejor tenemos la suerte
de que Internet acabe con la bohemia y que los nuevos intelectua
les acudan a la fascinación de la complejidad.
En el fondo, Puig no reniega de la figura del intelectual, sino que
simplemente reivindica una nueva actitud, más acorde con los tiem
pos: el intelectual de la postmodemidad debe tener una actitud más
democrática (lejos del concepto de aristocracia intelectual del Mo
demismo o del de élite intelectual del 14); menos dogmática (lejos
de los intelectuales de los sistemas totalitarios); "compleja” e, inclu
so, autocrítica (el cuestionamiento absoluto, de lo otro, pero también
de las propias opiniones, es absolutamente novedoso).
Como en el Modernismo, hay tres géneros adecuados para que el
intelectual haga públicas sus ideas: el ensayo, el artículo de opinión
y la columna. El ensayo rara vez se trasmite a través de la prensa, en
todo caso en suplementos o en revistas especializadas. El libro sigue
siendo su principal cauce; el que emplea, por ejemplo, Fernando
Savater, aunque también se prodiga en artículos de opinión. Este
segundo género, es obviamente un cauce muy adecuado para que el
intelectual manifieste sus opiniones, aunque a veces está fuertemen
te ideologizado (el medio en que se publique ya marca una cierta
orientación política). Pero el género más representativo del intelec
tual de la postmodemidad es, sin duda, la columna, género heredero
de la crónica modernista, a medio camino entre la literatura y el pe
riodismo.
Por razones de espacio me voy a limitar a comentar tan sólo una
columna de Juan José Millás, pero en ella podemos ver, por una parte,
las características de este género y, por otra, algunos rasgos definidores
de la postmodemidad.
El título, “Dudas”,31 nos sitúa ya en la actitud
de inseguridad y de cuestionamiento absoluto propios de la época en
que vivimos. Como vamos a ver, este artículo posee la brevedad, acor
de con la urgencia y prisa con la que vivimos; el humor y la ironía en
el planteamiento; y la voluntad de estilo, características propias de
este breve género. Además, parte de un acontecimiento de la actuali
dad más reciente, aunque se prolonga hacia planteamientos generales
(característica también muy frecuente del género)
Poco antes de ser detenido, el asesino del tarot telefoneó al FBI
para presentar sus credenciales, pero le colgaron el teléfono creyen
do que “se trataba de un loco”. O sea, que buscaban a un cuerdo, a
una persona normal, quizá a un funcionario, pese a que el hombre
había anunciado que era Dios y que mataba por razones metafísicas.
¿Qué hay que decir para que crean que estás mal de la cabeza, una
31. El País, 1 de noviembre de 2002.
vez desaparecidas las fronteras entre el lirio y el delirio, el tocino y
la velocidad, la paga y la limosna, el gas de la risa y el de la muerte?
Urge redefinir los límites. Aunque, si el modelo de cordura occiden
tal es Putin, ¿quiénes son los locos? ¿Y cómo distinguir al que te
secuestra del que te rescata? [...] ¿Acaso no produce más desastres
hoy en día el orden que el desorden? [...]
La crítica de una sociedad que parece haber perdido su norte es
clara. Y clara es también la propuesta, aunque peque de inconcreción:
“urge redefinir los límites”. El autor consigue trasmitir la sensación
de confusión general que domina nuestra sociedad, confusión mani
fiesta también en el juego de antítesis. La pregunta última resulta
retórica porque lleva implícita la respuesta. Ante el caos y la indefi
nición de nuestra sociedad, Juan José Millás se desmarca del espíritu
de la postmodemidad con esa tímida propuesta de redefinir los lími
tes. Parece querer decir que una cosa es la pluralidad y la tolerancia
y otra la irracionalidad y la indiferencia. El texto continúa con una
sarta de interrogaciones que no ocultan una crítica abierta
Todo son dudas.
¿Es lógico que su religión de usted me impida a
mí beberme un vaso de vino? Más aún: cuando a un individuo le da
miedo o asco estrechar la mano de las mujeres, ¿debe ser considera
do paranoico, místico, perverso o diferente? Si un señor con barba
no puede sentarse a mi mesa por escrúpulos gastronómicos, ¿por
qué tengo yo que ver su jeta en el telediario ignorando a mi reina?
¿Es lógico, por otra parte, que a estas alturas tenga yo una Reina en
vez de tener una república? [...] ¿Tiene algo que ver la quiebra con
tinua de las academias de idiomas con el hecho de que no entenda
mos nada?
Aunque el final del párrafo parece insistir en la sensación de con
fusión que nos rodea, resulta significativa la cantidad de referencias
a la racionalidad, facultad especialmente ligada a la labor del inte
lectual. El último párrafo fluctúa entre las referencias concretísimas
a la situación de España y un salto -irónico- hacia los planteamien
tos metafísicos eternos
Si Arenas, que financia con dinero público a la Fundación
Francisco Franco, telefoneara al FBI asegurando que él, Fraga y
Aznar representan el futuro, ¿lo tomarían por un loco o por un ge
nio? [...] Y una vez localizada la llamada, ¿avisarían a Jatamí, a
López Ibor o a la CIA? Por último: ¿quién es toda esa gente tan
rara que gobierna la realidad? ¿De dónde viene? ¿Adonde va?
De manera fragmentaria, desenfadada y meramente insinuadora,
Juan José Millás ha ido pasando revista a cuestiones concretas de la
actualidad social y política: el asesino del Tarot; la liberación de los
rehenes retenidos en un teatro por terroristas chechenos, mediante el
uso indiscriminado de un gas tóxico; la negativa de Jatamí, el presi
dente iraní, a dar la mano a la reina, por su condición femenina; la
financiación pública de la Fundación Francisco Franco, y un largo
etcétera. Pero es fácil abstraer de los acontecimientos concretos una
crítica más general: una sociedad que genera monstruos como el ase
sino del Tarot; la política totalitaria y fascistoide de Putin; la intoleran
cia, el afán impositivo y el desprecio de los derechos humanos por
parte del integrismo musulmán; la contradicción política de no rom
per con el pasado y apropiarse de manera exclusivista del futuro...
Es obvio que Millás deja al descubierto, para quien sepa leer en
tre líneas, las lacras de una sociedad que, de puro tolerante, ha per
mitido que se desdibujara su identidad. Por eso, como dice Millás,
“urge redefinir los límites”. Resulta significativo que las dudas de
Juan José Millás generen certezas en los lectores. Bajo la apariencia
del espíritu disociador y nihilista de la postmodemidad, un intelec
tual ha conseguido, una vez más, agitar nuestras conciencias.