Prosa
escogida
Espina, Antonio
Gloria Rey Faraldos (sel.)
-11-

Divagaciones. Desdén
(Selección)
-[12]- -13-

Luz
de la tarde
El malhumor se
va resolviendo ondulatoriamente.
En el crepúsculo
-algarabía del Poniente, que dijo un poeta-, la inquietud que devora nuestra
vida urbana se entibia en la tonicidad del silencio, de la luz templada, de la
hora discreta en el campo fino y frío de Madrid.
La estrecha
vereda se pierde ante nosotros. La transparencia violeta de la tarde tiene tal
fuerza que parece aromarnos de color. La sensibilidad se sutiliza como al roce
de un secreto, y la meditación hermetiza duramente nuestro rostro.
Percibimos el
arribo de inexplicables revuelos a nuestra alma, que sólo pudiéramos condensar
en una sucesión de imágenes blancas: el claustro, el monje, el artista de
videncias extrañas, el libro síntesis y la luminosidad de la frente del santo,
que deshacen la significación de la existencia externa en un solo desprecio,
sobre la sabia disciplina de la renunciación y la apacible profilaxis del
olvido.
Es como una
nueva ráfaga de emociones primitivas y perdidas. Madrid es una mancha grisácea,
escalonada.
Cúpulas,
siluetas rotas. Un trémolo goyesco que resbala por las tierras grises hasta las
praderas del río. La ciudad demasiado grávida, y el cielo demasiado eléctrico.
Paseamos con el paso lento de los paseos clásicos, por los clásicos lugares
amigos: la Moncloa.
... Una pareja
de la guardia civil nos mira al pasar como perdonándonos el habernos visto. Dos
novios surgen de un rincón amable, sonrientes y azorados; porque las horas
avanzan, y él, un horterita con una corbata terrible, quiere llegar pronto a la
mercería; ella, una modistita rubia, va pensando en la disculpa que pondrá a la
maestra.
Los organillos
de la Bombilla
promueven esa pedrea musical que los caracteriza. A distancia pierden
lubricidad y adquieren cierta melancolía.
La Bombilla tiene un acorde
estridente, como la Moncloa
tiene un acorde opaco y sostenido, que recuerda la impresión geométrica y
adusta de una piedra arrojada en un estanque.
-14-
Todos estos modos se totalizan
en esa sensación acre, floja, fina y trágica del paisaje de Madrid.
Nuestro yo
solitario y paseante va desvaneciéndose al llegar a la Estación del Norte, donde
hemos de coger el tranvía: tránsito al señor del tranvía, ese señor que seremos
nosotros, mustio y desconocido, al bajar en la Puerta del Sol, en busca
del cobijo de la casa y la necesidad de la cena.
Enguantados,
abotonados, acomodados en el coche, caemos en las cuentas menudas de nuestra
tarde: el paseo ha sido largo. Estoy un poco cansado. ¡Las siete ya!
Bostezamos.
El caprichoso
malhumor con que emprendimos la marcha se ha disuelto en este par de horas
(discretas, benévolas) de soledad y crepúsculo.
Por eso al
acercarse el cobrador, le alargamos nuestra moneda, murmurando dulzones:
-Sol.
-15-

Diván
y Moka
Un café de
piano y violín y una peña de amigos son cosas imprescindibles para todo buen
noctámbulo que sepa dignamente perder su tiempo.
Esto de perder
el tiempo, como todo lo selecto, es un arte difícil al que sólo llegan las
minorías de los elegidos. Exige finura de humor, escepticismo, seriedad, que
sólo se dan en aquellos espíritus expertos que sólo piden atenuadas glosas a la
vida, estimulantes fáciles al ensueño.
Y nada mejor
glosados que el triunfo y la derrota en estos lugares tranquilos, donde la
sonata desgrana tristezas en el piano y el tiempo pone epitafios invisibles en
los mármoles blancos.
En la calle
nieva, llueve, hay tempestad o clara luna. Es igual. Imperturbables como el
Destino, irónicos como la
Verdad, asentamos nuestra persona en el rojo diván que es
nuestro trono, y murmuramos alegremente del ausente que es nuestro amigo. Nos
entretiene todo. En todo ponemos un poco de episodio.
Un caballero
viejo y pulcro que toma un vaso de leche lee La Correspondencia
y se duerme.
Unos amantes
que cuchichean en un rincón.
Unos señores
que hacen muchos números y charlan de negocios...
Quizás el
caballero viejo fue un héroe allá en las revueltas de la Gloriosa. Él, que ha
comprendido muchas cosas en este mundo, comprende una cosa más y se duerme.
Quizás los amantes fraguan ese eterno proyecto que nunca pasa de serlo. Se
miman, disputan, se levantan, salen. Y los inconvencidos señores de las cifras,
buscando el oro terco que tanto reluce en nuestro deseo, se enfurecen a base de
matemáticas.
Personajes
leves. Momentos serenos; telarañas de monotonía prendidas en la atmósfera de
este café especial, de poca luz, poco público, pocos espejos. Para que tenga carácter,
es preciso que el violinista maúlle de vez en cuando en su violín, y que el
encargado del establecimiento sonría con burla cuando toquen a Beethoven.
-16-
Es decir, un café que parezca
una siesta, y una tertulia de amigos donde no falten los inevitables de la
colección: el señor que todo lo sabe; el víctima, que todo lo ignora, y los
demás, que mantienen sobre el concurso una mala voluntad flotante y amistosa.
Ya van quedando
pocos santuarios de éstos.
También van
quedando pocas personas que sepan pasarse horas y horas, medio tumbados en un
diván, discutiendo bagatelas durante treinta años.
Triunfan, en
cambio, el grosero tupí y la grosera industria, con sus turbas trabajadoras y
metódicas.
Desaparecen el
gesto, la filosofía, la pereza.
¿Dónde se
meterán los hombres de mañana, suprimidos estos remansos de paz, cuando la
noche de la ciudad, demasiado hostil, les desasosiegue e irrite? ¿En la cama?
No.
La cama, si son
personas de buen gusto, sólo les complacerá de día. ¡Que duerman de noche los
que no tienen más quehacer que trabajar!
Ni el casino,
ni el teatro (el grande por pedante y el chico por idiota), ni las reuniones
caseras de lotería y novia o de cotillón y whist,
sustituyen al viejo café modosito y callado, que sonríe en el cortejo vulgar de
las noches de invierno.
¡Cuánto tenemos
que agradecerle los que sabemos de la gratitud de su ambiente y la piedad suave
de sus músicas!
-17-

La
máscara triste
En la colección
borrosa de los días, el carnaval tiene una significación extraña, como en la
colección vulgar de los rostros, ciertas muecas atormentadas y rientes, cuyo
misterio aparece en los ojos metálicos, en tanto que una risa falsa estremece
los labios.
La alegría de
Grecia, el refinamiento de Roma, la gracia del Renacimiento y la perversidad
del «buen siglo» oscurecen con sus trapos de colores, venidos a menos, el
verdadero deseo que late en la conciencia de la bulliciosa multitud abigarrada,
que llena los paseos de la ciudad moderna, en los días carnavalescos.
La caterva pide
un goce bárbaro y sensual que se perdió en el tiempo, y se divierte porque quiere
divertirse.
Afortunadamente,
todavía no ha aprendido la gran dificultad de divertirse en las diversiones.
Grotesco y
sabio salto, el del que salta porque sí, porque vive su pierrot de seda, como
antes o después, seguramente, vive su vida de hombre-hombre, con más pueril
hombría (que es la mayor hombría) que los demás hombres.
Alegoría pagana
de la fiesta de máscaras: confeti, serpentinas, bengalas, burlas y alcoholes,
sin moraleja y sin imágenes; alegoría cristiana plena de trascendencias y
diversidades, de pecadoras imágenes literarias y llorosas; papeles de colores
rojos de sangre, amarillos de envidia, blancos, de nieve de culpas.
Estos dos
términos marcan el contraste que promueven nuestra atención hacia este
espectáculo anual y la pretensión infantil de desentrañarle. Podrá no tener
argumento, pero es interesante.
Interesante,
por el nuevo aspecto en que se revela el hombre mono revestido de percal.
Medio ácido, en
él, se manifiesta nuestro fondo de lujuria y crueldad, más escondidos el resto
del año detrás de las otras caretas. Se ve mejor lo poco que es necesario para
conocernos todos: basta con taparnos la cara. Vemos también la necesidad de
gritar, de regocijarnos a fuerza de chillidos y cantares.
-18-
El hombre canta en los lugares
solitarios para distraer su miedo. Grita para apagar su amargura, a pesar de
todo, para no oírse a sí mismo.
(En el lienzo Entierro
de la Sardina,
de Goya, esta impresión fonética se da con gran violencia. Este lienzo parece
un alarido. Suenan terriblemente las voces de sus caricaturas. Se
presiente una mala ventura detrás del cuadro.)
Entre todas las
máscaras de ese cortejo desenfrenado, hay una especie de máscara filosófica,
máscara síntesis, que pasea su indiferencia y su humorismo entre el barullo
ajeno. Avanza como si nada fuese con él. ¿Quién será? Acaso un probo
funcionario oficinesco, maduro y cargado de hijos; un grave doctor ensimismado,
un quídam, un aristócrata, un artista. No lo sé.
Cierto carnaval
me entretuve en seguirle.
Vestía un
dominó negro de botones rojos, careta blanca. Iba solo, taciturno, despacio,
con las manos a la espalda. Desembocó por la calle de Alcalá, mezclado con la
muchedumbre, siguió por la
Castellana, hasta el Hipódromo. Allí bajose el antifaz y se
puso a fumar tranquilamente.
Apreté el paso
para alcanzarle, deseoso de verle el rostro, pero todo fue inútil. El humo
espeso del cigarro le envolvía por completo... Luego emprendió el regreso, ya
anochecido, al mismo paso y con la misma actitud. Siempre con el antifaz
puesto, siempre taciturno.
En la Puerta del Sol compró un
periódico y bostezó, metiéndose después por las callejas de los barrios
antiguos cercanas a la
Plaza Mayor. Al volver una esquina, creí verle meterse en un
portal; pero al acercarme al sitio por donde había desaparecido, no vi nada.
Nada. Allí no había puerta alguna.
Sólo un largo
paredón perteneciente a un viejo palacio.
Iba a continuar
mis curioseos, pasmado por la misteriosa desaparición, cuando percibí junto a mi
oído, y sin que nadie la diese, una carcajada rápida, como un lamento.
Más que deprisa me alejé de aquel sitio.
El suceso nada
tenía de ilógico.
Mi máscara
triste era una máscara simpática que había aprendido a desaparecer. Sólo yo
ignoraba la manera de ver algo donde no hay nada.
Siempre me pasa
igual con mis máscaras tristes. ¡Siempre me ocurre igual con mis carnavales!
Prosa
escogida
Espina, Antonio
Gloria Rey Faraldos (sel.)
-11-

Divagaciones. Desdén
(Selección)
-[12]- -13-

Luz
de la tarde
El malhumor se
va resolviendo ondulatoriamente.
En el crepúsculo
-algarabía del Poniente, que dijo un poeta-, la inquietud que devora nuestra
vida urbana se entibia en la tonicidad del silencio, de la luz templada, de la
hora discreta en el campo fino y frío de Madrid.
La estrecha
vereda se pierde ante nosotros. La transparencia violeta de la tarde tiene tal
fuerza que parece aromarnos de color. La sensibilidad se sutiliza como al roce
de un secreto, y la meditación hermetiza duramente nuestro rostro.
Percibimos el
arribo de inexplicables revuelos a nuestra alma, que sólo pudiéramos condensar
en una sucesión de imágenes blancas: el claustro, el monje, el artista de
videncias extrañas, el libro síntesis y la luminosidad de la frente del santo,
que deshacen la significación de la existencia externa en un solo desprecio,
sobre la sabia disciplina de la renunciación y la apacible profilaxis del
olvido.
Es como una
nueva ráfaga de emociones primitivas y perdidas. Madrid es una mancha grisácea,
escalonada.
Cúpulas,
siluetas rotas. Un trémolo goyesco que resbala por las tierras grises hasta las
praderas del río. La ciudad demasiado grávida, y el cielo demasiado eléctrico.
Paseamos con el paso lento de los paseos clásicos, por los clásicos lugares
amigos: la Moncloa.
... Una pareja
de la guardia civil nos mira al pasar como perdonándonos el habernos visto. Dos
novios surgen de un rincón amable, sonrientes y azorados; porque las horas
avanzan, y él, un horterita con una corbata terrible, quiere llegar pronto a la
mercería; ella, una modistita rubia, va pensando en la disculpa que pondrá a la
maestra.
Los organillos
de la Bombilla
promueven esa pedrea musical que los caracteriza. A distancia pierden
lubricidad y adquieren cierta melancolía.
La Bombilla tiene un acorde
estridente, como la Moncloa
tiene un acorde opaco y sostenido, que recuerda la impresión geométrica y
adusta de una piedra arrojada en un estanque.
-14-
Todos estos modos se totalizan
en esa sensación acre, floja, fina y trágica del paisaje de Madrid.
Nuestro yo
solitario y paseante va desvaneciéndose al llegar a la Estación del Norte, donde
hemos de coger el tranvía: tránsito al señor del tranvía, ese señor que seremos
nosotros, mustio y desconocido, al bajar en la Puerta del Sol, en busca
del cobijo de la casa y la necesidad de la cena.
Enguantados,
abotonados, acomodados en el coche, caemos en las cuentas menudas de nuestra
tarde: el paseo ha sido largo. Estoy un poco cansado. ¡Las siete ya!
Bostezamos.
El caprichoso
malhumor con que emprendimos la marcha se ha disuelto en este par de horas
(discretas, benévolas) de soledad y crepúsculo.
Por eso al
acercarse el cobrador, le alargamos nuestra moneda, murmurando dulzones:
-Sol.
-15-

Diván
y Moka
Un café de
piano y violín y una peña de amigos son cosas imprescindibles para todo buen
noctámbulo que sepa dignamente perder su tiempo.
Esto de perder
el tiempo, como todo lo selecto, es un arte difícil al que sólo llegan las
minorías de los elegidos. Exige finura de humor, escepticismo, seriedad, que
sólo se dan en aquellos espíritus expertos que sólo piden atenuadas glosas a la
vida, estimulantes fáciles al ensueño.
Y nada mejor
glosados que el triunfo y la derrota en estos lugares tranquilos, donde la
sonata desgrana tristezas en el piano y el tiempo pone epitafios invisibles en
los mármoles blancos.
En la calle
nieva, llueve, hay tempestad o clara luna. Es igual. Imperturbables como el
Destino, irónicos como la
Verdad, asentamos nuestra persona en el rojo diván que es
nuestro trono, y murmuramos alegremente del ausente que es nuestro amigo. Nos
entretiene todo. En todo ponemos un poco de episodio.
Un caballero
viejo y pulcro que toma un vaso de leche lee La Correspondencia
y se duerme.
Unos amantes
que cuchichean en un rincón.
Unos señores
que hacen muchos números y charlan de negocios...
Quizás el
caballero viejo fue un héroe allá en las revueltas de la Gloriosa. Él, que ha
comprendido muchas cosas en este mundo, comprende una cosa más y se duerme.
Quizás los amantes fraguan ese eterno proyecto que nunca pasa de serlo. Se
miman, disputan, se levantan, salen. Y los inconvencidos señores de las cifras,
buscando el oro terco que tanto reluce en nuestro deseo, se enfurecen a base de
matemáticas.
Personajes
leves. Momentos serenos; telarañas de monotonía prendidas en la atmósfera de
este café especial, de poca luz, poco público, pocos espejos. Para que tenga carácter,
es preciso que el violinista maúlle de vez en cuando en su violín, y que el
encargado del establecimiento sonría con burla cuando toquen a Beethoven.
-16-
Es decir, un café que parezca
una siesta, y una tertulia de amigos donde no falten los inevitables de la
colección: el señor que todo lo sabe; el víctima, que todo lo ignora, y los
demás, que mantienen sobre el concurso una mala voluntad flotante y amistosa.
Ya van quedando
pocos santuarios de éstos.
También van
quedando pocas personas que sepan pasarse horas y horas, medio tumbados en un
diván, discutiendo bagatelas durante treinta años.
Triunfan, en
cambio, el grosero tupí y la grosera industria, con sus turbas trabajadoras y
metódicas.
Desaparecen el
gesto, la filosofía, la pereza.
¿Dónde se
meterán los hombres de mañana, suprimidos estos remansos de paz, cuando la
noche de la ciudad, demasiado hostil, les desasosiegue e irrite? ¿En la cama?
No.
La cama, si son
personas de buen gusto, sólo les complacerá de día. ¡Que duerman de noche los
que no tienen más quehacer que trabajar!
Ni el casino,
ni el teatro (el grande por pedante y el chico por idiota), ni las reuniones
caseras de lotería y novia o de cotillón y whist,
sustituyen al viejo café modosito y callado, que sonríe en el cortejo vulgar de
las noches de invierno.
¡Cuánto tenemos
que agradecerle los que sabemos de la gratitud de su ambiente y la piedad suave
de sus músicas!
-17-

La
máscara triste
En la colección
borrosa de los días, el carnaval tiene una significación extraña, como en la
colección vulgar de los rostros, ciertas muecas atormentadas y rientes, cuyo
misterio aparece en los ojos metálicos, en tanto que una risa falsa estremece
los labios.
La alegría de
Grecia, el refinamiento de Roma, la gracia del Renacimiento y la perversidad
del «buen siglo» oscurecen con sus trapos de colores, venidos a menos, el
verdadero deseo que late en la conciencia de la bulliciosa multitud abigarrada,
que llena los paseos de la ciudad moderna, en los días carnavalescos.
La caterva pide
un goce bárbaro y sensual que se perdió en el tiempo, y se divierte porque quiere
divertirse.
Afortunadamente,
todavía no ha aprendido la gran dificultad de divertirse en las diversiones.
Grotesco y
sabio salto, el del que salta porque sí, porque vive su pierrot de seda, como
antes o después, seguramente, vive su vida de hombre-hombre, con más pueril
hombría (que es la mayor hombría) que los demás hombres.
Alegoría pagana
de la fiesta de máscaras: confeti, serpentinas, bengalas, burlas y alcoholes,
sin moraleja y sin imágenes; alegoría cristiana plena de trascendencias y
diversidades, de pecadoras imágenes literarias y llorosas; papeles de colores
rojos de sangre, amarillos de envidia, blancos, de nieve de culpas.
Estos dos
términos marcan el contraste que promueven nuestra atención hacia este
espectáculo anual y la pretensión infantil de desentrañarle. Podrá no tener
argumento, pero es interesante.
Interesante,
por el nuevo aspecto en que se revela el hombre mono revestido de percal.
Medio ácido, en
él, se manifiesta nuestro fondo de lujuria y crueldad, más escondidos el resto
del año detrás de las otras caretas. Se ve mejor lo poco que es necesario para
conocernos todos: basta con taparnos la cara. Vemos también la necesidad de
gritar, de regocijarnos a fuerza de chillidos y cantares.
-18-
El hombre canta en los lugares
solitarios para distraer su miedo. Grita para apagar su amargura, a pesar de
todo, para no oírse a sí mismo.
(En el lienzo Entierro
de la Sardina,
de Goya, esta impresión fonética se da con gran violencia. Este lienzo parece
un alarido. Suenan terriblemente las voces de sus caricaturas. Se
presiente una mala ventura detrás del cuadro.)
Entre todas las
máscaras de ese cortejo desenfrenado, hay una especie de máscara filosófica,
máscara síntesis, que pasea su indiferencia y su humorismo entre el barullo
ajeno. Avanza como si nada fuese con él. ¿Quién será? Acaso un probo
funcionario oficinesco, maduro y cargado de hijos; un grave doctor ensimismado,
un quídam, un aristócrata, un artista. No lo sé.
Cierto carnaval
me entretuve en seguirle.
Vestía un
dominó negro de botones rojos, careta blanca. Iba solo, taciturno, despacio,
con las manos a la espalda. Desembocó por la calle de Alcalá, mezclado con la
muchedumbre, siguió por la
Castellana, hasta el Hipódromo. Allí bajose el antifaz y se
puso a fumar tranquilamente.
Apreté el paso
para alcanzarle, deseoso de verle el rostro, pero todo fue inútil. El humo
espeso del cigarro le envolvía por completo... Luego emprendió el regreso, ya
anochecido, al mismo paso y con la misma actitud. Siempre con el antifaz
puesto, siempre taciturno.
En la Puerta del Sol compró un
periódico y bostezó, metiéndose después por las callejas de los barrios
antiguos cercanas a la
Plaza Mayor. Al volver una esquina, creí verle meterse en un
portal; pero al acercarme al sitio por donde había desaparecido, no vi nada.
Nada. Allí no había puerta alguna.
Sólo un largo
paredón perteneciente a un viejo palacio.
Iba a continuar
mis curioseos, pasmado por la misteriosa desaparición, cuando percibí junto a mi
oído, y sin que nadie la diese, una carcajada rápida, como un lamento.
Más que deprisa me alejé de aquel sitio.
El suceso nada
tenía de ilógico.
Mi máscara
triste era una máscara simpática que había aprendido a desaparecer. Sólo yo
ignoraba la manera de ver algo donde no hay nada.
Siempre me pasa
igual con mis máscaras tristes. ¡Siempre me ocurre igual con mis carnavales!