viernes, 5 de junio de 2026

LA CRIMINOLOGÍA EN LA LITERATURA UNIVERSAL ANTONIO QUINTANO RIPOLLES MAGISTRADO DEL TRIBUNAL SUPREMO y CATEDRÁTICO DE DERECHO PENAL EN LA UNIVERSIDAD DE MADRID



  “Los Delincuentes y la literatura” es obra del eminente jurista español, Doctor Luis Jiménez de Asúa, y Ha sido cedido, para ser insertado como pró logo a la obra del Dr. Antonio Quintado Ripollés, por su autor y por la firma Tipográfica Editora Argentina S. A. a quienes agradecemos su fina colaboración y gentileza. La Dirección. 

“LOS DELINCUENTES Y LA LITERATURA” 

“ El autor, Quintano Ripollés, Magistrado del Tribunal Supremo y Catedrático de Derecho Pcual en la Universidad de Madrid, divide su obra en oelio capítulos. Si quisiera, para sus fines de estudiar la “ Biotipología Científica y Literaria” , hacer un análisis agotador de tan atrayente tema; es decir, del crimen visto por las Bellas Ar tes, su breve, pero denso libro, habría de convertirse en una enciclo pedia de muchos volúmenes. Por eso prefiere seleccionar algunos tipos delineantes e ilustrarlos eon lo dicho en las obras literarias más caracterizadas. Viene a las puntas de la pluma: con ello escribo yo aún y escribiré mientras viva el nombre de Ferri, con su famosa obra “ Los delincuentes en el arte” . 

Más que de él, harto conocido, se me permitirá que diga luego unas palabras de otros predecesores menos lejanos. Antonio Quintana Ripollés, emprende ese estudio, y examina en primer término el tipo del delincuente nato, que pre fiere llamar, como en los primeros tiempos, loco moral, o criminal amoral. Ocúpase en seguida: del criminal rebelde o político faná tico, del uxoricida pasional, de los asesinos por motivación sexual normal, y de los degenerados sexuales criminales. En los tres capí tulos últimos treta de las adúlteras, que obedecen más a factores ambientales que a propias tendencias, de la-criminalidad infantil y de la criminalidad de masas. Las consideraciones preliminares Con mucha espiritualidad abre el autor las bien escritas pági nas de su obra; ¿por qué no destierra eso tan frecuente como abo minable es constatar que eon mayor gracia lingüística se pueden convertir en verificar o comprobar? Nos habla, como explicación de las tareas a que se entrega, de las “ afinidades electivas entre la literatura y el crimen” , pero señala primero, como nosotros lo he mos dicho también en nuestro “ Psicoanálisis criminal” , la inmensa superioridad eon que ha sido estudiada la psicología del crimen por un Shakespeare o por un Dostoiewsky, si se compara eon lo hecho superficialmente por los técnicos. Aquellos gigantes del pensamiento calaron hasta el Jonclo; éstos sólo fueron transitoriamente ingeniosos, eomo Tarde o como Garófalo. Acaso dentro de poco nadie se acuerde de Krestschmer, pero el mundo seguirá leyendo a Cervantes que, en “ Don Quijote y Sancho” , trazó ya los tipos'de asténico-esquizoide y del pícnieo-eicloide, eon maestra severidad. Las afinidades electivas 110 sólo surgen del amor con qne inexo rablemente fueron creados los personajes que rompen con las nor mas. No pudo Shakespeare engendrar a Macbeth sin sentir por él atraeción estétiea, ni Dostoyewski pudo forjar el earácter de Raskolnikoff si le despreciase. Además, se comprueban por los tipos psicológicos del delincuente y del artista, eternamente insa tisfecho éste, inadaptado aquél. Por eso ambos menosprecian la moral ambiente y quieren, los dos, escapar de la realidad de dis ciplina y orden que la sociedad les impone. Baudelaire y Osear Wilde, por no citar más que dos ejemplos notorios, visitaron las prisiones como caracterizados huéspedes, y el poeta Santos Cho can© fue un homieida.

 Permítasenos añadir algo más por nuestra euenta. La “ afi nidad electiva” prende en todos los oficios y profesiones. Los psiquiatras 110 suelen andar demasiado bien de la cabeza y los tisiólogos fueron a menudo tuberculosos. ¿ Seremos los criminalis tas criminales latentes? La similitud señalada por F reud entre el delincuente y sus perseguidores, los policías, nos alarma; pero otra observación más profunda de los psicoanalistas, nos eonsuela: la de que todos llevamos en el “ ello” el germen del delito. Goethe gritó: “ ¡No hay erimen que 110 me sienta capaz de eometer!” Todavía nos intranquilizan las sagacísimas preguntas de Dorado Montero; que llevan ínsita la respuesta, entre la guardia de sus interro gaciones: “ ¿hay hombres honrados?” , “ ¿hay delincuentes?” El caso es que el delito ha sido siempre “ fuente de inspiración lite raria” . Quintano Ripollés eita muchas de las más grandes obras de imaginación que tienen el crimen por argumento. Me permito, puesto que él eita algunas muy modernas eomo la de Ehrenburg, Laurens y Huxley, reeordar dos novelas contemporáneas inspi radas en delitos y en las que el problema penal se analiza de modo insuperable. En “ Der Fall Mauricioz” , de .Tacobo W assermann, aparece mejor que en eualquiera de los libros escritos en alemán o en ruso (incluyendo a TTerxett), el efeeto destructor de las prisio nes en los resortes vitales del hombre encarcelado, que antes noveló Zamacois en “ Los vivos muertos” . Y en “ Native son” (traducido: Sangre negra) de Richard W rigth, no sólo vemos cómo el negro llega al crimen por desaliento (tesis de los adlerianos), sino que la muerte culposa de la rubia Mary bien podría interpretarse como un querer inconsciente, a la manera descrita por Alexandre y Staub. Al plantear Quintano Ripollés, como preliminar de los casos que luego se estudian, la “ Biotipología científica y literaria” — in cluso con cuadros de la biotipología humana— de Kretschmer, Pende y Scheldom —Stevens—, rinde obligado recuerdo a quie nes antes que él se ocuparon de parecidos ternas: Ferri, Proal, Lefont, Patrize, Benedict, Galante, Síguele, Zino y Del Rosal. ¿Por qué 110 hablar de un precioso libro de Mariano Ruiz Funes, el primero que escribió nuestro famoso jurista y criminólogo? Yo sé bien que su omisión 110 es intencionada ni política. Basta leer las páginas del libro de Quintano, que aquí comento en el que se invo can nombres que 110 son gratos a muchos españoles de allá, para que no quede resquicio a la malicia.

 Cuando era catedrático en la universidad de Murcia, Mariano Ruiz Funes impenitente lector de novelas francesas, escribió una obra sobremanera sugestiva con el título de “ Las ideas penales ele Ana,tole France” . En sus pági nas, como antecedentes de lo que el va a escribir, recuerda los tra bajos en que se hermanan la criminología y el arte y rememora, junto a alguno de los que Quintano Ripollés cita, otros cuantos más. Así nos dice que Lombrosso, Sighle, Ferri, Lefont, Camoin, de Vence, ZÁfagna y Maus, investigaron el tipo criminal en el teatro, en la literatura y en la pintura; Bernardino Alimena y Laschi escriben sobre el delito en el arte literario; Carraza, Zoppi, De j\1arinis, Lessona, Verso Merdola, De Antonellis, Síguele, Nicéforo, Mancino, Ortolan, Chiappe y Lombrosso, analizan los problemas penales y criminológicos de la “ Divina Comedia” , de Dante. Roncroni explora penalmente la obra de Torcuato Taso; Sergi y Patrizzi, la de Leopardi; “ Belleza y Lagiandi-Laura” , la de Manzoni; Kobler, Fiske, ITcard Zino, D’Alfonsó y W ulfen, la de Shakespeare; Goldenweiser, la de Tolstoi; y Konni y Tschisch, la de D ostoyewski. De todos estos trabajos se hallará documentada invocación en el citado libro de Mariano Ruiz Fuentes. Cuando nosotros escribimos sobre ese gran maestro español (Ma riano Ruiz Funes y su obra científica en “ El criminalista” , tomo V Bs. As.), añadimos a las obras reseñadas otras pocas más ; Wulfen, estudió los “ Bandidos” , de Schiller, Kriminalpsychologic and psychopatologie in Schiller Raubern, 1907 y también la Nora de la “ Casa de Muñecas” , de Ibsen ; Irsens, Nora., von der Strafisciiter und Psichiafter, 1907. Habrá que añadir otras muchas. Los es critores rusos lian sido el venero principal de esta clase de investiga ciones. Sobre la obra formidable de Dostoiewski han espigado. Wohlfáhrt, Vorunterxuchung und Untersiichungsriéhter in Dos- tojewkis Raskolnikoff; Juan Laceiras, “ Problema de criminología” . Dostoyewski, creador de la Psicología Criminal, en Criminalia (Mé jico) ; del mismo autor, “ Problemas de Criminología” en la misma revista, Nov. de 1945 (a pesar de su título amplio sigue ocupándose de Dostoyewski como psicólogo-criminalista). De “ Motivos crimi- nalístieos” en las obras de A. Tschechov, ha tratado Anosov en “ Monatssehrift Für CriminaIpsychologie und Strafe Chtsreform” , el año 1935 (y Juan del Rosal hizo una nota sobre este interesante trabajo en Revista de Derecho Público, N9 41, pág. 149). Francisco Campolongo, con el título general de “ Delinquenza é Arte” , estu dió especialmente primero, en la Revista ele Diritto Penitenziario, 1938, la figura del poeta Franeoise Villon, analizando alguno de sus poemas en los que el autor quiere encontrar manifestaciones de un temperamento delictivo; y después Acecco Angioleri, en “ Gius- tizia penóle” .. 1941, parte primera.

 En Argentina eon motivo del homenaje a Ferri, José León Pagano, hizo un comentario con obser vaciones propias, sobre la obra de aquél (Los delincuentes en el arte). El discurso de Pagano vio la luz en el folleto “ Homenaje a Enrique Ferri” , Discursos, Buenos Aires, imprenta de la Univer sidad, 1939). Finalmente en Colombia V-. M allarino, ha escrito sobre-“ El Alcalde de Salamanca” y “ Fuente Ovejuna frente al Derecho Penal” . Fragmentos de un ensayo en Revista de las Indias (Colombia). No hemos querido, eon este modesto despliegue de papeletas bi bliográficas más que de erudición, añadir nada al insigne libro de Quintano R ipollés, sino procurarle indicaciones para una segunda edición. Esos añadidos y reformas a las obras ajenas le hicieron decir a Canseco — aquel inolvidable maestro de la Universidad Es pañola— , cuando vio la versión incompleta de “ La Justicia” de D el Y echio, con las adiciones de Saldaña, más extensas que lo tradu cido de la obra, que el profesor español había querido “ poner me-, dias suelas y tacones” al notorio jusifilósofo italiano. No quisiera yo que me llamaran remendón. 

EL LOCO MORAL O CRIMINAL AMORAL 

Bajo este epígrafe del capítulo I, trata Quintano Ripollés precisamente, de “ las penalidades biopsíquicas del tipo” , a través de las discusiones entabladas sobre “ la locura moral” especialmente en cuanto a su existencia como entidad nosológica propia, llega el autor a una afirmación realista: la de que nos hallamos en pre sencia de una “ secuela de inmoralidad integral” que “ impone al psiquiatra, al psicólogo, al moralista y al jurisconsulto, pluralidad de problemas” . Es conveniente, pues, “ seguir usando el término locura moral al menos en lo psicológico y criminológico” . Lo hace a fines de comparación literaria a que el libro se dedica, advirtiendo que las bellas artes se han mantenido en la debida “ ponderación de rela tividad” en que el asunto ha de ser encuadrado por los científicos. “ De entre la pléyade de amorales criminales que integran la constelación literaria universal” , Q uintano R ipollés ha escogido el trío que más directamente se acerca a las nociones de la clásica locura moral: el Julián Sorel del “ Rojo y Negro” de Sthendhal, el Raskolnikoff de “ Crimen y Castigo” de D ostoyewski, y el L afcadio de “ Les Caves du Yatioan” , de Gide. 

Aunque entre ellos haya diferencias biológicas y reacciones distintas “ aun dentro de la relativa fatalidad del tipo” , cree Quintano que “ son de los más expresivos y característicos por aunar en una misma indivi dualidad la insensibilidad afectiva más genuina con la conciencia de su superioridad, la atrofia del sentido ético con el refinamiento intelectual y una capacidad volitiva extraordinaria” . El caso de Sorel lo examina con mucha elegancia, aunque ■como veremos, se abroquela en el diagnóstico de “ locura moral que no es ciertamente idéntico al del criminal nato” . Hay en “ Rojo y Negro” complicaciones harto graves para hacer diagnósticos de una pieza. Quintano R ipollés en su aguda percepción, 110 lo olvida y se preocupa de encajar en un cuadro que se ha trazado, sin notas disonantes, todos los episodios, incluso el de abatimiento de Sorel, después de comunicar por carta a Matilde D e L amole, que se ha ven gado dando muerte — “ él cree entonces que la ha matado”— a su .antigua amante, la señora de R en a l; y sobre todo, en el desenlace, el estallido de los remordimientos y del amor contenido, que siempre tuvo a ésta el trágico héroe de la novéla. No oculta el autor los momentos que más pueden pugnar en su tesis y subraya el instante en que J ulián, “ olvida todo, hasta su orgullo y su fanático pre juicio de férrea voluntad” entrando en el diagnóstico, cree que S orel, es un resentido que somáticamente encaja en el grupo lep- tosómico kretschmeriano, eomo primer grado para su determinación •de la personalidad de J ulián, y cree que consigue otro más en busca de la precisión, añadiendo la locnra moral. Supone hallar el ele mento básico para afirmarla en la ‘ ‘ frialdad ’ ’ de Sorel, que ha sido causa de que los críticos literarios que han estudiado a Sten dhal, hayan dicho de su héroe que padece un “ monstruoso egoísmo” . Para Quintano R ipollés no se trata de eso y quiere compatibilizar esa frialdad esencial con los episodios finales antes apuntados: “ B leuler y K retschmer — dice— reconocen el automatismo o fa cultad de reconcentración en los esquizotímicos (tendencia extrema del leptosómico, según el último) constituyendo un sistema de hi- persensibilidad susceptible de explotar retardadamente cuando me nos se espera” . Pero a Quintano R ipollés le punza todavía la inquietud y explica ese final por un cambio del sujeto de estudio: sus relaciones maritales con Matilde D e M ole, la próxima paternidad y el cambio de posición se coligan para “ dar nacimiento a un Sorel nuevo ’ ¿Me permite el autor algunas observaciones? Cierto que puede tratarse de un “ loco moral” (aunque es difícil concebir en él esos remordimientos que corroen a J u liá n al término de la novela), en convivencia con otras constancias psicológicas. Pero esto le interesa al psiquiatra o al mero psicólogo.

 Al criminalista le importa, ante todo, si Sorel es o no un tipo delincuente, entidad menos desde ñable de lo que parece, tras de las rehabilitaciones de Lombroso, hechas por von R odhen y de los estudios de M esguel, que Q uintano conoce tan bien. No hablaremos ya hoy del “ delincuente nato” , como tipo singular y preciso; pero sí de delincuentes natos. ¿Lo es S o re l? A la luz del psicoanálisis criminológico, el viejo tipo delincuente sería el criminal genuino, especie rara, pero posible, a juicio de A lex an d er. El personaje de S te n d h a l es más bien un sujeto de superyo delictivo. “ Julián S o rel — dice Q u in tan o — tenía una moral, pero no la de sus conciudadanos honestos; la que confesaba en sus morbosos coloquios con M atild e, la de ésta y aun en cierto modo, la del ¡propio S te n d h a l ...” Dice el autor, como ya hemos advertido que el héroe de “ Rojo y Negro” es un ejemplo característico del “ resentimiento” y de manera incidental nos habla del complejo de inferioridad que lo aqueja. Este sería, a mi entender, el diagnóstico correcto del sujeto novelesco que nos ocupa. Un caso aclleriauo, es que el desaliento — según frase de S chmidt, discípulo de A dler— se procura superar por un dina mismo compensatorio de sentirse inferior. Muchos crímenes han siclo interpretados agudamente por la Psicología Individual” . El segundo ejemplo de este grupo es el sentir de Quintano, el Raskolnikoff de “ Crimen y Castigo” de Dostoyewski. Se euida el autor de subrayar el “ genio descomunal del maravilloso ruso y de clestaear que sus estudios sobre erímenes y delincuentes tenían una base de observación por haber pasado cuatro años junto a ellos en las cárceles siberianas” . Más dudas y vacilaciones que el caso de Sorel, engendra el de Raskolnikoff en Quintano Ripollés, por la complejidad del personaje, pareja de la más imbricada y rica de su creador, en comparación con Stendhal. Trata de encuadrarlo entre los “ locos morales” ; pero no oculta que se oponen a su diagnóstico muchas peculiaridades del sujeto y entre otras dificultades interfiere la de la “ mística ortodoxa eslava” manifiesta en las preocupaciones teo lógicas de tipo expiatorio que aquejan al estudiante. No es como S orel un ambicioso, pues lo único que le importa es probarse a sí mismo que es capaz de algo, de algo tan difícil como matar. Con fiesa Quintano R ipollés que R askolnikoff, al cometer el crimen “ sufre un extraño complejo de inferioridad” . “ Extraño, ¿por qué? si precisamente ese complejo de sentirse inferior es la nota de su carácter y el resorte de su delito.” Hay algo más que nos descon cierta. Ante lo huidizo del personaje, que difícilmente puede que dar sujeto a la clasificación que se le asigna, escribe Quintano; “ El loco moral artificiosamente creado por influjos literarios y filosó ficos perniciosos, con los que la íntima contextura del ser no estaba de acuerdo, desaparece en un derrumbamiento vertical de valores” .

 ¿Puede crearse artificiosamente la locura moral? Puesto que en el caso de existir ésta, como entidad esencial 110 daría lugar a otra cosa que a un hombre sin superyo, ¿es posible concebir que, artifi ciosamente, perdamos ese yo superior? Es hacedero que se forme, con largo tratamiento, en quienes carecen de él, pero despojarse el agente, de manera artificial, de esa conciencia formada por la in- troyeeción de] padre y el ejemplo y estímulo de los maestros, etc., no parece harto difícil. A lo sumo el superfluo “ superyo” normal se transformaría en superyo delictivo, pero no podríamos arrancár noslo si lo poseemos. El propio Quintano, científicamente honradísimo, no disimula tampoco en este personaje las dificultades que presenta y las dudas que le engendra. “ No es frío, disciplinado y sistemático” , como corresponde al arquetipo del loco moral, no es inafeetivo, como es clásico en éste, añadimos nosotros; “ antes bien, alterna ininterrum pidamente esa actitud esquisotémica con la más propia de un píc- nico-cicloide, esto es, de desorden, pasión y volubilidad. Por otra parte 110 es difícil sorprender en R askolnikoff una inmensa ca pacidad sentimental, 110 muy acorde tampoco eon el estigma de inapetencia amatoria asignada al loco moral en el diagnóstico clásico de Regís” . Por eso Quintano Ripollés se ve forzado a reconocer en el personaje de Crimen y Castigo, 1111 caso que sólo se interpreta por las “ sutiles estructuras intermedias” de M aud, Stern y E uald. “ Emancipados de las rígidas clasificaciones Kretclxernerianas, R as k olnikoff poseería un biotipo con fórmula estructural propia, en la que conviven elementos vitales esquisotímieos y ciclotímicos, en permanente complejo de ambivalencia.”

 Así se procura aunar la “ frigidez sensitiva” del asesinato con la “ genuinidad” mística de su carácter que resurge luego, y con ella las “ apetencias del castigo” . Apoyado en esto el autor, unas páginas más atrás bordeó la solución: “ No es propiamente arrepentimiento lo que le mueve a ello a la busca de la paz de la expiación” , y la explicación y el término son demasiados simplistas para convenir a un estado de alma tan caóticamente complejo. Más que a la virtud cristiana de' tan dulce nombre, el acto de Raskolnikoff se asemeja a esos turbios estados intermedios que el psicoanálisis se esfuerza en poner de relieve especialmente los determinados por la insatisfacción de un anhelo que, al no concordar con la realidad suscita ansias de cas tigo y humillación. Es por ahí, precisamente, por este camino de la psicología pro funda, por donde puede hallarse la solución a tan complejo caso. No es R askolnikoff, como hemos visto el individuo de insensibilidad afectiva, de conciencia de superioridad, de frío cálculo, que carac teriza al loco moral. Es apasionado, amante, busca la pena para apaciguar su misticismo; no se siente superior, sino que quiere- hacer “ algo” por sentirse aquejado de inferioridad; no es frío, sino temeroso; en la comisaría está a punto de desmayarse, suda copio samente de miedo y se hubiera confesado autor allí mismo, si cuando va a hacerlo 110 hubiera interferido una imprevista circuns tancia. Ya había llegado ante F ormich con ese afán de confesar,, y al subir la escalera en la oficina piensa en ello y lo dice in pettore con estas palabras llenas de remordimiento que 110 podía pronun ciar el impasible ‘'loco moral” : “ Entraré, me pondré de rodillas y contaré todo” . .. En verdad Raskolnikoff, todavía más que Julián Sorel, es un tipo de la psicología profunda adleriana, que supera su complejo de inferioridad con una conducta desordenadamente dinámica. El psicoanalista ortodoxo vería en él un clásico ejemplo de necesidad de confesión, como muestra del sentimiento de culpabilidad en que se basó F reud para explicar buena parte de los crímenes. No es esta ocasión de citar pasajes de Crimen y Castigo donde esa necesidad y este sentimiento aparecen paladinamente. Pero recordemos la frase antes transcrita: “ Entraré, me pondré de rodillas y contaré todo” ... No se olvide tampoco cómo intriga de propósito, que descubre el deseo de entregarse al policía Zamiotov, cómo bordea la revelación y cómo al fin confiesa todo a Sonia, cuando debía creerse salvado después de la tremenda escena eon el juez Porfirio, desenlazada inesperadamente por la autoacusación del joven Nicolás.

El sentimiento de culpabilidad se perfila casi desde el instante después de perpetrado el crimen, y en su desarrollo denuncia sobre todo, como liemos diebo, el complejo de inferioridad que aqueja a R askolnikoff y que le hace una de las mejores muestras de la tesis adleriana. Cuando se acusa ante Sonia subraya que 110 mató por necesidad. “ Me hacía falta — dice— saber otra cosa, otra cosa impulsó mi brazo: tenía que saber entonces, y lo más pronto posible, si era un gusano como los otros o un hombre. ¿Podría o 110 franquear el obstáculo? me pregunté entonces. ¿Me atrevería a inclinarme y tomar el poder, o no osaría hacerlo ? ¿ Soy una criatura temblorosa o tengo el derecho? ...” . En estas profundas frases destaca la casualidad adleriana; el complejo de inferioridad, eon una supera ción desordenadamente dinámica. El delito de R askolnikoff, se pre senta, además, como una forma de desaliento. El sentimiento de culpabilidad resplandece más tarde de manera indudable. El juez P orfirio, los testigos y los peritos, todos cooperaron a prepararle una evasiva legal y llegado que fue el instante de las preguntas decisivas, declaró, eon brutal franqueza, que se había decidido a matar por codicia, por “ bajeza de carácter, irritado por las privacio nes y los reveses” . El tercer ejemplo literario de este grupo de locos morales, o “ criminales anormales” — este segundo título • encaja más en los casos estudiados— lo toma Quintano R ipollés de las creaciones artísticas del siglo xx. Este tipo exacerbado de lucubraciones lite rarias, que acaba en el crimen con aberración puramente psíquica del yi, es el Lafcadio de les caves du Vatican de Anclré Gide. Cree Quintano que “ esta criatura, más psiquiátrica que delincuen te, es un trasunto adaptado al siglo de Soiiel stendaliano, aunque lo bastante diferenciado para merecer consideración biopsíquica” .

 Lafcadio, que es hijo natural de un aristócrata, hace un viaje para reunirse con su hermano, hijo legítimo, que lleva el título de conde Baraglioul, pedante y moralista, que trata de guiar al bastardo. En el tren, en que va Lafcadio, entra un hombrecillo insignifi cante. Le asalta a aquel la idea monstruosa de darle muerte y ese crimen “ inmotivado, absolutamente monstruoso” se consume des pués de jugar la vida del desconocido viajero a los azares de la suerte (si se verá o no, en la campiña de la negra noche una luz mientras el perverso sujeto cuenta doce). Cuando llega a Roma y su hermano recomienza sus lecciones de logisismo y moralidad, Lafcadio le arroja a la cara el crimen cometido con tan “ aterra dora limpieza” , “ sin el menor asomo de lógica, de pasión y menos de arrepentimiento” . En el ánimo del criminal •—comenta el autor— y en el de Gide, ese acto era algo más que un asesinato, “ un desafío supremo al destino y a la lógica, los ídolos tutelares de la menospreciada civilización” . A juicio de Quintano Ripollés, la legitimidad de la permanen cia de Lafcadio en el amplio grupo de la moral insaniti no parece ofrecer dudas: es más, es el paradigma literario más elocuente del loco moral. Pero, permítaseme preguntar: ¿no será más bien un caso de la exclusiva pertenencia del psiquiatra? ¿No nos encon traremos en presencia de un enajenado pleno que la inexistencia del motivo de su crimen denuncia claramente? Criminólogos y pena listas. hace muchos años'que propusieron someter a los autores de delitos inmotivados o con móviles fútiles al examen de los peritos médicos antes de someterlos a los tribunales de justicia. 

EL CRIMINAL POLÍTICO FANÁTICO 

El lector que no tenga demasiado trato eon las Ciencias pena les — y el libro de Quintano R ipollés, tan lleno de encanto, puede seducir a los profanos del derecho con tal que sean amantes del buen estilo y de la inteligencia— debe insistir en la lectura de ese epígrafe el mismo que aparece en las páginas de la obra que co mento. Los estudios que esa rúbrica preside y los ejemplos artísticos escogidos, son de fanáticos, más que de delincuentes políticos y por ello, el propio autor, acaso un poco sorprendido, halla la similitud entre sujetos que eligen para éste y los de la categoría precedente. Estos fanáticos, estos “ sectarios” , son tan natos, como los otros cri minales. Es a ellos a quienes cuadra la caracterología criminológica que buscaron para la delincuencia política Colajani y Sernicolli, y que sería vano inquirir en el verdadero delincuente político. En esto tiene razón Ferri. Quintano Ripollés, deseoso de presentar a sus lectores tipos excepcionales, cree que tales ejemplares no se com prenden sobreestimando los factores políticos y sociológicos, sino cargando el acento sobre lo psicológico, como hicieron W ulfen y GtOling. Aunque los mueva la pasión es un ser pseudodelirante (“ deliroide” escribe el autor), un psicópata que como tal incluye en sus listas Curt Sneider y Birnbaun, si bien lo localiza éste entre los pasionales. Lo niega Quintano, y tiene razón con respecto a sus delincuentes fanáticos. El héroe de “ Los endemoniados” de Dos- toyewski es un tipo de delincuencia sectaria de que habló Sicel, más afín a la criminalidad “ nata” que a la pasional. Como delincuen tes “ pasionales” hemos tratado nosotros a los políticos y aunque ahora estimemos que la identificación absoluta 110 debe hacerse, es obvio que los consideramos en esa esfera, distantes, como antípo das, del verdadero criminal. Estas discrepancias, que tan sólo son aparentes, se deben a que el autor de la obra de que me ocupo, ha elegido fanáticos y no delincuentes políticos. El mismo, estudiando el Spunderll de la penetrante novela “ Contrapunto” , de Huxley señala la diferen cia de sus héroes, con los criminales políticos pasionales” ; pero al revés que nosotros estima esto de menos interés para el estudioso. Son, a su juicio, figuras menores, como los qainaimviros de “ Los endemoniados” , o como el obrero Illdige que en “ Contrapunto” es el autor material de la muerte del fascista, instigado por Spanderll. Los trata Qintano sin aprecio. El horror de Illdige ante lo que por él hecho, se trata de justificar con las consideraciones de la injusticia social y del deseo de un mundo mejor, no le emocionan, y en su reconocimiento de que esos estímulos morales y sentimentales son reacción “ normal” , hallamos la prueba de que ha elegido seres aparte, fanáticos y sectarios, nacidos para la violencia, que racio nalizan su conducta con el equívoco móvil del altruismo, no falso para los interesados que creen actuar en su- servicio cuando lo que hacen es dar salida a su enorme poder agresivo. Ellos no lo saben.

 Lo ve claro Quintano Ripollés, cuando al trazar la fisonomía bio- síquica del fanático, dice: “ excusado es decir que ninguno de ellos se confiesa fanático, puesto que el fanatismo implica esclavitud, y todos estos seres se valoran como rebeldes integrales, y alguno como escéptico, desconociendo totalmente su verdadero diagnóstico” . Es verdad. Nadie es capaz de clasificarse a sí mismo, a causa del triple ser que llevamos artificialmente en nosotros, como U namuno vio (el que conocemos como, el que otros conocen, el que somos y que nadie, y menos nosotros mismos, puede conocer). Sólo el que es superior al clasificado puede diagnosticarlo. Permítaseme una anéc dota no mía, sino de aquel genial Canseco ya nombrado en estas páginas: el cangrejo no sabe que es un crustáceo; lo sabe el natu ralista que lo estudia. 

No censuramos a Quintano Ripollés por la poca estima que tiene al que yo considero como auténtico delincuente político. El, en este libro tan hermoso es más artista que otra cosa. Le seduce el “ caso” y lo halla entre las páginas inmortales de los grandes literatos. Pero a nosotros, penalistas, nos urge separar al delin cuente político, guiado por nobles sentimientos altruistas normales, de las otras especies de la fauna criminal. Ya Lom~broso confesó que solían andar juntos pasionales políticos y verdaderos delincuentes natos, y desde Concepción A renal a Emilio Mira, se ha querido distinguir al genuino revolucionario del que es un perverso asesino, un loco, un fanático o un epileptoide de instintos criminales en que racionaliza su conducta. Quintano R ipollés, ha escogido .para ilustrar este grupo de delincuencia, cuatro ej'emplos literarios: el personaje de “ Los ende moniados” de D ostoyewski, Pedro Stepanovich Vejovensky que toma de la realidad: el estudiante ruso Netchaief, discípulo de B akunin, fanático sectario típico, que ha pasado a la historia como paradigma de la violencia anarquista (“ propaganda por el hecho” ) ; y el inglés intelectual, el “ comunista de salón” Spandrell, de la novela “ Contrapunto” , de H uxley, instigador del obrero Illice que mata con una tranca al fascista Everard Webley. El desastrado Stepanovich del genial ruso, es un genuino esquizoide, y el intelec tual inglés Spandrell, un fanático psicópata en el que se polarizan, de un lado, “ el egocentrismo, la frigidez sentimental y el logismo implacable y del otro en la proyección al exterior el pathos de en tusiasmo y la paradoja” . El tercer caso que, en esta categoría analiza Quintano R ipollés, queremos comentarlo aparte. Trátase de “ los anarquistas de Ba- roja” . Todo español verdadero — y lo somos el comentado y comen tarista en este caso— no puede acercarse al ácrata ibero sin un gesto de comprensión. Los españoles, llevamos amadrigada en núes tro yo ancestral la levadura anarquista, que procede de nuestros más remotos antecesores y que pervive íntegra en los habitantes de hoy en la península ibérica. Cuando T ácito y Strabon escriben al primitivo celtíbero le asignan esas cualidades de valentía, ter quedad e insubordinación que, con nombres modernos, llamamos individualismo, continuidad apasionada de conducta y arrojo. 

El anarquismo, que es exacerbación del individuo, tenía que prender en España. Quintano R ipollés apunta que la “ raíz egoísta apa rece perfectamente operante en el fondo de la criminalidad anar quista, aunque ésta se defina como altruismo integral” . . . En efecto, el individualismo, qne detesta todo constreñimiento autoritario o me ramente gubernativo, puede, por una ruta, llevar a la anarquía al truista y, por otra, al egoísmo, del que el erostratismo es nota aguda. Pero acaso sea demasiado identificar en la unidad de persona y de tiempo del sujeto ácrata al menos del anarquista genuino uno y otro aspecto. En cambio evolutivamente sí, hallamos muestras de esa evolución o involución, incluso en ejemplares vivos, como en B aroja, cuyos personajes ha elegido el autor para el estudio de una faceta de sus criminales “ político fanáticos” . El tremendo vasco, filo-anarquista en sus años mozos, fue un iconoclasta: recor demos aquel grito, cuando habla de la jota: “ ¡que canto más re pugnante!” ; los años le quitan su vigor “ acometivitivo” — como diría S alillas— y el egoísmo y egocentrismo surgen en su ánima, y en su pluma. Contesta con acre ironía a aquella admirable crónica de J osé Ortega y Gasset, en que, como injusticia del miedo y en elogio del áspero novelista, dice: “ Baroja no es nada, ni será nunca nada” . El alabado comentará poco después en su “ Juventud Egola tría” , “ Baroja, no serás nunca nada (canción)” . Recordemos tam bién la frase de pésimo gusto que dirigió a Mariano Ruiz F unes, uno de los mejores devotos de sus páginas que sigue leyéndolas con la más viva admiración. Esos personajes de B aroja, el Brull de la dama errante, el N egre de “ El cabo de las tormentas” y, sobre todo el Juan A lcahaz de Europa Roja por estar tomados de la realidad directamente, encarnan el arquetipo del anarquista español, que junto a sus actos de criminal violencia, da muestras de sentimientos nobles y, a me nudo, de mucha genérosiclad. No podría encajarlos en el cuadro biopsicológico en que Quintano R ipollés enmarca a los ejem plares antes analizados (el estudiante ruso y el intelectual inglés que blasona de comunista — más delincuentes natos que crimi nales políticos y escribe este párrafo “ por eso los anarquistas barojianos no me parecen en rigor psicópatas ni siquiera fanáticos, en el sentido clínico de la palabra. 

Más bien son pasionales y en vista de sus actos justificarían la • calificación de Ferri, antes cen surada como tesis general” . El xiltimo personaje que el autor estudia en esta serie, es el Hugo de Les Mains Sales de J. P. Sartre, que estima un caso de “ duplicidad del móvil”. Merecería más espacio el comentario de éste, “ si no urgiera tiempo y espacio”. Hugo tiene la orden de matar a Hoederer, su jefe en el partido Comunista, a quien se ha condenado por los suyos por “ desviacionismo”, según frase de hoy. Vacila y cuando va a pedirle el revólver a Hoederer que le quitó, le encuentra abrazado a Jessica, la propia mujer de Hugo, enton ces dispara contra aquél y lo mata. Dejemos de lado la circunstan cia, muy sartriana, de que luego el Partido reconoce que Hoederer tenía razón en su táctica y le glorifica, con lo que el crimen de Hugo es estéril en ese aspecto, para retener que éste no ama a su compañera. Por eso Quintano Ripollés estima que, en 1a, dupli cidad de móviles, es imperante el político. La muerte se consuma por deber, “ es un asesinato burocrático”, bien lejos de los apasio nados de otra época. Esta nueva especie de crimen político no es raro, dice el autor. “ Es la criminalidad moderna de signo comu nista y staliniano, sin entusiasmo, sin teatralidad, sin heroísmos.” 

UXORICIDIO PASIONAL 

Como antecedentes del examen literario del asunto, el autor hace algunas consideraciones sobre las “ características del parri cidio honoris causa” . El artículo 428 del Código Penal de 1944 reproduce la excusa absolutoria o semiabsolutoria, contenida en los Códigos de Fallos desde 1848 a 1932, en pro del marido uxoricida o del padre que matare a su hija menor y al que yace con ella. La república española tuvo el gran acierto de suprimirlo. A Quintano Ripollés, le parece mal ese renacimiento de lo que no es tradición española. Ya lo había criticado antes demostrando que el viejo precepto no es típicamente hispano, pues estaba en 1a. Ordenanza Prusiana de 1721 y en el Primer Código de Francia. En el párrafo segundo del artículo 234 del Código Penal Francés, todavía vi gente, figura el uxoricidio por adulterio, como excusable (es decir beneficiado eon un atenuante muy privilegiado). Repite ahora la crítica y nos dice, de nuevo, que lo más re pugnante en esa disposición resurrecta, es la suerte del derecho de matar otorgada a priori al marido burlado, que puede ser ab- suelto conforme a preceptos no específicos. De acuerdo con Quin- tano en que puede gozar de excención el hombre que mata a la adúltera al amparo degen éneo del trastorno mental transitorio es tablecido en el inciso l 9 del artículo S9 del Código Penal, pero en completa discrepancia con él en cuanto a que pueda ampararse al que así obra, en la “ justificación de la legítima defensa del honor” . Esto, que se hacía por los Tribunales Colombianos, ha merecido tan acre como fundada censura. Con mucho acierto, al enfilar las comparaciones literarias, el autor traza el deslinde de los elementos básicos que desempeñan papel primordial en la genética del acto, y que son éstos: los celos y la idea del honor. 

Cuando ambos factores se conjugan en la causalidad moral del crimen surge el uxoricidio honoris-causa pro piamente dicho; cuando sólo opera la celotipia, el sujeto suele ser patrimonio de la psicopatología, y cuando impera el sentimiento del honor, actúan la moral y la historia. Tras de unas páginas sumamente atinadas sobre los celos, acude Quintano R ipollés a ejemplificar con los casos literarios las dos grandes formas en que aquéllos desembocan en el uxoricidio: el pasional, propiamente dicho, con su dinámica de predisposición endógena, y el que llega al crimen por estímulo déeisivo del am biente; es decir, por los factores' exógenos y mesológicos. El Otelo de Shakespeare, es el gran arquetipo del primer grupo; aunque no es un psicópata, ni sus celos son infundados, pues la pérfida trama de Yago hubiera convencido a cualquiera, por poco propenso que fuese a la desconfianza; en cambio los celosos conyugicidas de C alderón de la B arca, pertenecen a la segunda especie. Estos últimos carecen de valor psicológico aunque tengan enorme interés para la historia de la cultura española. Matan sin convicción “ en cumplimiento de un rito obligado” . Porque lo exigen los demás y de no hacerlo así, caerían en el desprecio de quienes les rodean. Esto ocurre con Gutiérrez Alonso de Solís en el Médico de su honra y con Juan D e Roca en El pintor de su deshonra. Raya en lo inconcebible el caso de T etrarca, en El mayor monstruo: los celos, puesto que mata a Mariel para evitar que otro la posea y que, aun viuda, pueda ser infiel a su memoria. Con la sencillez de estos tipos clásicos en que vemos el imperio de factores biotípicos, o ambivalentes separados con toda claridad, contrasta el complicadísimo uxoricida P osniaschou de la Sonata a Krcuzer de Tolstoi. 

Como ocurre siempre en la literatura rusa. este personaje es un caso de muy difícil diagnóstico por su comple jidad psíquica y psicopatológica. Prescindamos de la tesis del pro pio T olstoi, que cu esta novela quiera hacer un alegato contra el sensualismo, deseoso incluso de abolir las relaciones carnales entre cónyuges, lo que conduciría a la más perfecta forma de nihilismo, pues el mundo se extinguiría en paz consumándose así una gigan tesca catástrofe... sin catástrofe. Dejemos de lado, en suma, a esta tesis que ahora no nos seduce, para fijarnos en la personalidad criminal de P osnia chou, que llega a sentir insoportables celos del violinista mundano con quien su mujer hace música. Las alucina ciones se convierten en activamente causales durante un viaje. La cónyuge ha quedado en Moscú y él teme que esté engañándole con el amigo seductor. Vuelve a su casa inopinadamente; por el por tero sabe que su esposa está en el salón con el violinista. Toma un cuchillo y, en estado de extrañando desligado de toda pasión y cuidadosísimo de parecer terrible y 110 ridículo, mata a su mujer, sin hacer caso de las explicaciones que le gritan, harto probatorias de que entre ella y el músico sólo había la más inocente vinculación artística. Perpetrado el crimen, piensa suicidarse, pero se queda, dormido. Los síntomas epileptoides del personaje parecen bastante claros. Consumado el crimen, los celos se curan y la pasión se transmuta en una prédica contra la inmoralidad y el goce carnal que fríamente considera como causa de su acto delictivo. E11 el Tigre Juan de P érez de A yala que continúa en El cu randero de su honra, se encuentra novelado con arte un caso de uxoricidio ambiental, contra la propia personalidad pacífica del actor. Tigre Juan mata en su juventud, por infundados celos, aun que las apariencias sean poderosas y perdona después, cuando re cupera su tranquila esencia psieosomátiea, y aun de nativo origen, el adulterio real de su segunda mujer casquivana, con quien se unió a los 45 años. Advirtamos que en este caso más que la mesología afectiva, que mueve a los declamatorios héroes de Calderón im pulsa a Tigre Juan la grandilocuente literatura de capa y espada por la que el pequeño tendero del pueblo asturiano es aficiona dísimo. En caso — salvadas las grandes distancias— como el de Don Quijote que sale al campo buscando aventuras, obseso por la lectura de los libros de caballería. 

ASESINO POR MOTIVACIÓN SEXUAL NORMAL 

Sin que se acepte que el instinto c inteligencia sean incompa tibles, la filosofía moderna y ol psicoanálisis coinciden en dar al primero un papel relevante en la conducta liumana y en el delito, como aspecto de ella. Partiendo, como es correcto de la fusión de “ instinto e im pulso” (en vez de diferenciar los criminales en instintivos e impul sivos), Quintano R ipollés, destaca el valor que tiene en la dinámica criminal, señalando que si bien se hace muy visible en las “ acciones criminales de tipo bestiales rudimentarios” , no es “ incompatible en absoluto con refinamientos intelectuales” . El pa radigma literario puede ayudarnos para descubrir el “ instinto-im pulso” , en los casos en que aparecen más soterrados y difíciles de aflorar, sobre todo el “ sexual” , que es el que más emplean los escri tores en sus obras de imaginación, y el que más frecuentemente encontramos en la criminalidad moderna y efectiva. El instinto sexual es motivo de delitos, pero explota de distinto modo según prenda en naturalezas no refinadas por la educación o en gentes del “ gran mundo” . 

Por eso Quintano R ipollés acude a los ejem plos de cada una de estas categorías. Teresa Rakin de Zola, empieza con el asesinato cometido por Laurenp, contra el tendero, marido de Teresa, y termina extingui da. ia pasión sexual devoradora que suprimió al pobre Camilo, obs táculo para los amores, con el doble suicidio de los amantes conver tidos en cónyuges recelosos y llenos de temor de que el crimen se descubra. La muerte de Camilo Rakin, se aceptó por los dos asesi nos como una necesidad y el instinto que les movió 110 fue de amor patológico sino normal, aunque cuantitativamente extraordinario. Otro impulso, de bestia también, reemplaza a la pasión de la carne que se agotó; el miedo, jamás el arrepentimiento. En la novela de Paul B ourget, “ Un elrame dans le monde” , halla Q uintano otro caso de asesinato por instinto sexual normal, aunque desarrollado en ambientes refinados y falsos que el novelista de la alta burguesía francesa gustaba repetir en sus libros, en que todos los personajes gozaban una renta de miles de francos, muy alta en la época en que B ourget pergeñó sus páginas, para mí personal mente insoportables (salvo las de El discípulo). A ¿iiicio de Quin tano R ipollés, la condesa de Malhyvert, protagonista de “ Un drama en el gran mundo” , “ es arrastrada al asesinato — el envenenamiento de su anciana tía— por un impulso de su instinto sexual, tan fuerte y brutal en el fondo como el sufrido por Teresa Rakin y su amante” . La condenada mata para heredar la gran fortuna de su tía, que ha hecho testamento en favor del obispado. La tía en ferma, duerme. La sobrina, para apoderarse de la herencia con la que restauraría la economía de su propio marido, arruinado y que ha decidido abandonar París, ¡Jara rehacer su fortuna, destruye el testamento y "envenena a la anciana. Unica heredera, recibirá los caudales de la muerta y permanecerá en la Villa Lumiére junto a De Larzac, su amante, a quien ama con pasión sexual arrebatadora, aunque muy poco correspondida. 

Todo sale al revés de eomo la condesa lo pensaba: el marido insiste en marchar a las tierras fami liares y el amante la engaña con otra. Cuando, como prueba de sumiso amor, le coufiesa su crimen, De Larzac huye definitivamente de ella. Arrepentida, cuenta al marido lo que hizo: es perdonada; re nuncia a los millones mal heredados y los entrega a las Obras Pías a que la anciana las destinaba. Quintano R ipollés, canta al final la apoteosis del caso, como Zorrilla a Don Juan purificado. Yo leí hace muchos años, esta novela, con otras varias de B ourget, pero la seme janza de todas las he confundido en mi memoria, a pesar de que bla sono de tenerla muy feliz. Mi poca simpatía por esc escritor de las alfombras muelles y de las rentas cuantiosas me pone en guardia y no consiento a mi pluma que discrepe de lo que Quintano dice. Para ello tendría que releer “ Un drame dans le monde” y no me bailo pro picio a tanto. 

DEGENERACIONES SEXUALES CRIMINALES 

Las causas que anteceden, como hemos dicho, son ejemplos de etiología delictiva, por instinto sexual normal aunque de alta ten sión. Otros delitos, más característicos aún pero menos frecuentes, están motivados por una desviación patológica de ese mismo im pulso, que constituye una psicopatía. Hace bien Quintano R ipollés en elegir dos manifestaciones típicas, el sadismo y el masoquismo, puesto que de asuntos literarios y criminológicos está tratando. Aun que no fueron inventados por ellos dos novelistas los definieron y codificaron: E l Marqués de Sade y el señor Sacher-Masoch. Ahora bien, aunque literariamente se presenten esos dos fenómenos de psicopatología sexual aisladamente caracterizados, lo cierto es que en la realidad aparecen juntos, no sólo psicopáticamente, sino en la vida normal. Es el “ sadomasoquismo ” , tan profundamente esclare ciclo por los psicoanalistas y 110 el “ sadismo” y el “ masoquismo” , lo que el hombre vivo y real nos presenta. Válgaume al respecto los estudios de Teodoro R eik , Philip Q. R oche, y, sobre todo, de Angel G arma.

 Dejemos de lado las obras de Sade, por lo muy conocidas — la realmente importante para el tema que nos ocupa es Juliette ou les bonheurs du vice-— así como la Venus de las ¡Heles, de Sacher M asoch, iniciación de otras más aberrantes de este escritor austría co, descendiente de un noble español, que vivió los horrores que describe literariamente, 110 sólo en su impresión juvenil, que tanta mella le hizo (los latigazos de la tía desmida y con un abrigo de pieles sobre los hombros: “ La venus de las pieles'’), sino en su vida matrimonial con la guantera Laura Bmnelin, de cuyas garras lo arranca Gilda M einster, consumando su “ curación” . Nos ocupa remos, tan sólo aunque con mucha brevedad, del tercer caso litera rio que Quintano R ipollés incluye en este grupo: “ las desviaciones sexuales a través de un Proust” . Pero antes permítaseme referirme a una obra cuyo estudio de bería realizar el autor: Gamiani o Tres noches de pasión, de Alfredo de M usset, no sólo interesante para el criminólogo por las anomalías y crímenes que relata, sino porque en ellas destaca el sadomasoquis- mo, no separado, sino conjunto, en la heroína que acaba matándose para experimentar el supremo goce de morir mientras practica el acto sexual en forma aberrante. Dícese que la escribió el romántico poeta para demostrar a sus amigos que se podía escribir un libro de la más subida procacidad, sin emplear ni una sola frase obscena o escatológica. Para el criminólogo interesa, sobre todo, en la rica literatura de P roust, las desviaciones del instinto sexual, que tie nen su crónica en A L'ombre des geunes filies en fleur y sobre todo en Sodome et Gomorre. Hay en esta última dos personajes homoxe- suales de tipo distinto, pero igualmente importantes para el psicólogo y el penalista: El marqués de Saint Lout, bizarro oficial, héroe de Verdún y favorito de los salones parisinos, pederasta sin afemina- miento que preferiría la muerte a la ostentación de su vicio, y el viejo Conde de Charlas, que desciende a los más bajos fondos, en busca de hombres como el chalequero Jupinien y el cretino pseudo artista Morel. De “ típicamente esquizofrénico” lo tilda Quintano R ipollés y es además un masoquista maravillosamente descrito,-en su afán de valor pasivo, en la escena, elocuente en su simplicidad del hotel mueble. Ahora estos homosexuales, proustianos tienen dignos hijos en la obra de Sartre cuyo análisis estaría aquí muy en su punto.

 EL ADULTERIO

 O mejor aún, las 'adúlteras, pues de m ujeres infieles trata Quin- tano R ipollés en este capítulo, en que el análisis literario de sus heroínas va precedido de unas buenas páginas en que ese “ delito” —tpie a su juicio 210 lo es— se estudia en su biopsíquica y su con tenido. Esas consideraciones preliminares, son ahora más extensas que en los otros capítulos del libro. En ellas £>e pronuncia el autor en pro de que el adulterio sea delito aunque luego se rinda en parte, a la evidencia contraria. La primera razón que alega 110 nos parece convincente. Acudiendo al derecho inglés, que nada tiene de cien tífico, señala que están en error quienes distinguen lo ilícito penal de lo civil, incluyendo en el segundo grupo ele lo injusto al adulte rio. Quintano R ipollés cree en esgrimir un argumento decisivo en favor de que éste se estime como infracción punible, alegando que esa diferencia de ilícito (o injusto) está periclitada. Cierto, certí simo, que lo injusto es general a todo el derecho, pero 110 es menos exacto que con eso no hemos condenado apenas a todos los autores de actos ilícitos. Los hay abundantísimos que solamente tienen sanción civil. La lectura de von Lizst es al respecto provechosísima.

 Pues bien, el adulterio que, en pasados tiempos, pudo ser un injusto que merecía ser concretado en un tipo legal y reprimido con una pena, hoy en que existe el divorcio por causas culpables, es un' ilícito que sólo acarrea la sanción civil de la disolución del m atri monio, con todas las consecuencias que la sentencia condenatoria supone. El propio autor, tan valiente y sincero, 110 repugna este remedio. Pero la objeción, contra el delito de adulterio, que más conmueve a Quintano Ripollés, la ineficacia de la pena en este caso, nos parece harto secundaria ante los argumentos anteriores que acabamos de exponer y que atacan el tema en su misma raíz. Pero se mire o 110 como delito la infidelidad conyugal, puede y debe estudiarla el criminólogo, “ abstracción hecha de la problemática puramente penal de su tipificación” . Mas 110 sólo en eso acierta Quintano en estas ‘ páginas preliminares de su estudio litera rio de las adúlteras, sino cuando afirma que, incluso con su frim iento de la “ conciencia del jurisconsulto y hasta del mora l is ta ” 110 puede encontrar el consagrado a la criminología un biotipo de adulterio masculino, sino únicamente de la m ujer sin que ello signifique que la adúltera sea nata, puesto que son los factores exógenos los decisivos, y entre los endógenos sólo son apreeiables los de índole psíquica. Otro punto en que también le asiste plena razón, es cuando señala la rareza del adulterio por amor. Puede haber una Francesco, de Rimini, pero la inmensa mayoría de las adúlteras proceden por “ los bajos estímulos del mimetismo, de la concupiscencia, del afán de lujo y en último término de la fatalidad de temperamentos morbosos o de estados patológicos como la his teria y hasta la tuberculosis” . Quintano R ipollés, al acudir a la literatura en busca de ense ñanzas, analiza en primer término — y conste que lo hace de mano maestra— la madame Bovary de Flaubert. En su misma vulgari dad se halla la grandeza de esta novela. Fue, como casi siempre, arbitrario y torpe en los calificativos, el hirsuto vasco Pío B aro.ja — de rala barbilla, aunque le molesta pues sus púas son verbales— cuando dijo de Flaubert: “ animal de pata pesada, se ve que es normando” .

 Hace bien Quintano en destacar, entre la inmensa pléyade de volúmenes en que el adulterio es tema central esta obra maestra, por ser el más claro ejemplo de lo que antes afirmó: Emma, la esposa del pobre médico rural 110 es infiel por motivos pasionales, y llega a engañar a su marido como medio de escapar de la vulgaridad de la aldea, que en su histerismo de “ mujer in- eomprendida” se le hace insoportable. El envenenamiento final 110 es más que el postrer recurso para huir de la realidad rutinaria y campesina. Muy distinto es el adulterio de Ana Karenina, de la novela de T olstoi llevada incluso a la pantalla donde ha sufrido la tortura de la adaptación, aunque 110 tanto como el Sorel de Rojo y Negro, que se convierte en la película italiana en la más ridicula “ canzo- netista” . Ana Karenina, no quiere a su marido, ni se imagina qué cosa pudiera ser el amor. Pero lo sabe un día. Mujer digna, 110 quiere engañar a su esposo. “ Nada falsea ni adultera esta adulte ración su i generis” dice con mucha verdad el autor. Por eso cuen ta todo a Alexis Karenin, pero no logra la separación. Al re greso del campo, dónele escapó con su amante, sus amigas que tienen queridos de la más frívola manera, pero que no dan “ escán dalo” , no la reciben. Se refugia fuera de la ciudad donde siente el cansancio del hombre que eligió. Sin teatralidad se quita la vida arrojándose al paso de un tren. “ A la criminología — dice Quin- tano— le basta con constatar que Ana Karenina fue un arquetipo de normalidad en lo somático, como en lo psíquico” ; el peso de la genética de su acto gravita en el mundo circundante. El tercer arquetipo, en su género, que Quintano nos ofrece, es la regenta de “ Clarín” . 

No es, como los dos precedentes, un drama universal, sino genuinamente español. Los sentimientos re ligiosos complican los episodios, y gravita en la novela el espíritu calderoniano y belicoso, tan sutilmente ironizado por “ Clarín” , del regente don Víctor Quintanar. Pues bien, arriesgando la con denación del alma y la propia vida física, amenazada por la pun tería de don Víctor, cazador impenitente y cuidadoso de su hogar, la regente cae. Nada pueden esos cancerberos, contra el desequi librio inicial en la educación de la joven — el padre librepensador la pone rousonianamente en contacto con la naturaleza, y las tías levíticas le llenan la cabeza con amenazas infernales— y sobre todo contra el temperamento sensual de la heroína que casa con un hombre mucho mayor que ella, desvelando su instinto sexual, sin satisfacer los anhelos de su carne. 

CRIMINALIDAD INFANTIL 

En este anteúltimo capítulo, estudia Quintano R ipollés, la “ especialidad criminológica del niño” , apresurándose a sentar 1111 principio que ya no se discute: la criminalidad pueril ha salido del derecho penal, o al menos del común para asumir la “ más absoluta independencia” . También para el criminólogo “ el niño es, en mu chos aspectos un ser aparte del adulto” . Pero han acertado una vez más los artistas al no romper toda continuidad en las etapas de la vida. Si para la moderna psicología el hombre es un niño desarrollado, para A ndré Gide l’homne n’est qu’un enfant vielli, según dijo en L ’Ecole des Femmes. Antes de acudir a los casos literarios en que esta obra basa su contextura, subraya Quintano, R ipollés otra gran verdad que dio L ombroso y que los psicoanalistas han asentado definitivamente: la bondad infantil es un mito como la candidez de las palomas — y “ quizá 110 se erraría demasiado al identificar al niño con el cri minal nato”— . La educación demasiado lógica que se da a los muchachos desconociendo el ilogismo infantil, puede ser fuente de delincuencia. En los correccionales, si se hiciera una encuesta de este orden, hallaríamos 1111 porcentaje enorme de mozos que nunca han jugado.

 Por eso, en la novela de Gide, que Quintano usa coma ejemplo literario, los jovenzuelos de les faux monnaieuds, que son descendientes de familias de la clase media superior francesa 110 necesitando del producto de sus fechorías, si se deciden a simular una banda de monederos falsos, “ lo hacen, en el fondo, como un sucedáneo de actividad, a modo de juego y deporte” . Aquí expone Quintano una afirmación que yo 110 comparto; que los deportes eli minarían semejante actividad delictiva vieariante. En plena era deportista vivimos y los jóvenes criminales, pululan por doquier sin contar con que se ha estudiado la biología criminal del deportista. La falta de elegancia, fineza y cortesía que la sociedad contempo ránea padece, se debe a la entrega del deporte, que en vez de esti mular el “ juego limpio” como proclaman los ingleses, fuerza el juicio arbitral para asegurarse el triunfo, insulta al competidor y apalea al juez si no soluciona el entredicho a satisfacción del equipo prepotente. Sin contar con que el cultivo del músculo a expensas del cerebro ha vuelto estúpida a la mitad de la juventud vigente. Otro aspecto de la delincuencia infantil que ha puesto de re lieve la literatura alemana es “ el del delito perpetrado a modo de reacción y protesta” . En estas obras literarias, en que se mani fiesta la lucha entre el “ yo” infantil que aún pervive y el social que se forma (“ superyo” dicen los psicoanalistas), el muchacho puede llegar hasta el parricidio. De entre ese género de literatura, que trata de los crímenes de la mocedad, destacan en lengua alemana dos obras extremadamente significativas, de tiempos de la pos guerra anterior, en que, acaso más , qne en otras de clase algu na, alcanzamos a comprender el desorden que engendra en los ado lescentes el mundo circundante y una educación torpe. He aludi do a Krankheit der Juguend (enfermedad de la juventud) y a Die Verbrechen (los criminales). Se estrenaron en Alemania en 1928 e iban firmadas por Ferdinand Brükner, seudónimo acaso de un novel autor austríaco o de un grupo de vanguardistas literarios. Los cita Ripollés estas dos piezas teatrales. Claro es que 110 puedo manejar cuanto se ha escrito y él mismo se ha cuidado de advertirlo en las primeras páginas — y nosotros también lo hemos corrobo rado— pero esos dos dramas concentrados son hartos significativos para merecer su atención. Del primero hemos hablado nosotros poco después de su estreno. 

Junto a esos ejemplos, en que se manifiesta el crimen juvenil como producto de la educación errónea y logista, vemos los más frecuentes casos de delincuencia, motivados por la falta de cuidado paterno o por abandono completo. Las guerras y posguerras, son tremenda incubadora de criminalidad infantil. El autor cita en el plano literario como paradigma de este aspecto de criminalidad precoz Les enfants terribles de Jean Cocteau. Pero el más dolo roso ejemplo alza primado en su dramatismo por la dinámica del cinematógrafo es la película húngara “ En cualquier lugar de Europa” , que se ha proyectado en todas las pantallas del mundo no hace muchos años. Las imitaciones a que los italianos han hecho con bandas de estudiantes o con cuadrillas de hombres jóvenes no son estimables. Yo incito al autor a ocuparse de aquel maravilloso celuloide animado que la propia organización de las Naciones Unidas, recomendó como trágico ejemplo de toda secuela bélica. 

CRIMINALIDAD DE MASAS 

En este postrer capítulo del libro que comento, se hace al principio, una breve exposición del delito de la muchedumbre, tema muy bien estudiado y que incluso en España llegó hasta los Tribunales de Justicia.- Tras de recordar, con Fuente Ovejuna al frente del inmortal Lope de Vega, algunas obras clásicas de M anzoni, Zola y Blasco Ibáñez;, eñ que se describen los motines y asonadas, elige para su examen dos como arquetipo: un fracaso más y unos frailes menos de Pérez Galdós y Florián Geyer de Gerardo H auptman. En la primera de estas obras que forma parte de los episodios nacionales el gran novelista español ha retratado, de mano maestra, la acción multitudinaria, engendrada en los bajos fondos madrile ños, que desenlaza en la jornada del 16 de julio de 1834. Bastó que una vieja sin importancia lanzara la insidia de que la epide mia de cólera, que azotó a la Villa del Oso y el Madroño, era debida al envenenamiento por los frailes, para que cundiera la especie propagada de modo fulminante por el contagio y las masas así sugestionadas, cometiesen aquella atroz matanza. No es que Galdós, eomo Quintano R ipollés dice, trate de aminorar la responsabilidad de la masa por razón de su ignorancia, es que la propia ciencia penal y criminológica abona su tesis. A nuestro juicio, las páginas de Galdós, escritas antes de que los científicos hablaran del delito multitudinario, son anticipos geniales de cuanto luego confirman los especialistas, con lo que se corrobora una vez más lo dicho por el autor y lo que hemos escrito nosotros. En la. novela de H auptman se comprueba una gran verdad, no tan generalizada como Quintano R ipollés cree; a la inversa de lo que se proclamó en Italia, es la masa la que influye, a veces, en el conductor. 

Repitamos que el acertó puede ser verdadero en muchos casos, pero los estudios de F reud sobre la libido incluso sentida pol la multitud hacia su jefe, demuestran que generalizar en estos casos ofrece agudo peligro. El propio autor, siempre leal y sólidamente preparado confiesa al fin la imposibilidad de zanjar el problema en forma categórica “ pues ello depende de las circunstancias y aún el estado en que el movimiento se halla” . No podemos ni queremos liacer la apología de los crímenes de masa, pero como reverso de ello, y, como degradación desnaturaliza da del delito político, uos parece mil veces más condenable el “ cri men de estado” , reaparecido en esta época como espectro del ayer. La literatura universal nos brinda al menos un ejemplo: “ La en fermedad blanca” , de Karel Chapee: el gran checo. Nos hAbiera parecido que Quintano R ipollé^ escribiera un capítulo más para desarrollar este asunto. Terminemos, mas 110 sin añadir unas pocas palabras de resumido elogio. Esta obra, a pesar de no ser muy extensa, merecía largo comentario. Rara vez hallamos tan afortu nada alianza entre ciencia y arte. El ingrediente científico da austeridad al encanto de las obras maestras de la literatura que el autor analiza. Y todo ello dicho en nuestra rica lengua, que, como se anotó al comienzo maneja Quintano R ipollés con suma elegancia. D r. Luis J iménez de A súa

jueves, 4 de junio de 2026

CESÁREO BANDERA GÓMEZ EL "POEMA DE MÍO CID”: POESÍA, HISTORIA, MITO

 


PRÓLOGO 

El presente trabajo continúa y amplía lo que sobre el mismo tema expuse en dos breves trabajos publicados en Modern Language Notes (ver los números de marzo de 1965 y de 1966). He querido desarrollar aquí lo que allí era parcial y fragmentario, hasta conseguir lo que me parece ser una visión global y coherente del Poema de Mío Cid. Más que un trabajo de investigación bibliográfica, ha sido ésta una labor interpretativa: era preciso aquilatar y matizar el alcan ce de lo que entonces no hice más que apuntar sobre el tema. Era preciso, además, examinar otros aspectos del Poema a la luz de mis primeras conclusiones sobre el episo dio del león, el de los judíos y, sobre todo, el carácter míti co del Poema en general. No considero, ni mucho menos, estas conclusiones como definitivas. Creo, eso sí, que pueden servir de base para una nueva y fructífera aproximación al Poema. No he preten dido, ni entonces ni ahora, echar ídolos por tierra, tarea ésta, por otra parte, muy por encima de mis posibilidades. Mis juicios críticos toman como punto de partida lo mucho y sólido que ya se ha hecho en este terreno. Sólo pretendo actualizar en lo posible unas directrices críticas que sufren hoy, a mi vista, de un cierto estancamiento. Hay en este intento, como es lógico, todo el riesgo que trae consigo la 10 El «Poema de Mío Cid» posible inmadurez de lo que en ello hay de nuevo y el azar de caminar, en ocasiones, por terrenos en gran parte inex plorados. Existe, sobre todo, la enorme dificultad de pene trar intuitivamente, pero con todo rigor, en el espíritu de una época tan distante. Debo subrayar, desde ahora mismo, esa «distancia». Porque lo que en este trabajo pueda haber de nuevo sólo ha podido surgir y cobrar forma, aceptándola de antemano como base de toda mi labor. Ésta ha sido, como podrá juzgarse por las páginas que siguen, la gran dificultad: el no perder la noción de esa «distancia» justa mente cuando uno cree penetrar en el espíritu de una obra de hace ocho siglos, cuando surgen los paralelismos fáciles, las conclusiones apresuradas, en una palabra, el tremendo riesgo de quedarse en la superficie. Al examinar esa obra de arte que es el Poema, se han destacado sus méritos expresivos, su maestría técnica. Se han estudiado sus «recursos» de todo tipo. 

Yo creo que en el Poema, además (o quizá aparte) de todo eso, se vuelca el alma de un hombre. Más allá de todo lo que ahí es «face- re», artificio narrativo, «mester», alienta en él una sinceri dad realmente extraordinaria. El poeta se nos da realmente, y no a modo de ficción, en su obra. Esa «distancia» de que hablo se me ha hecho palpable cuando he visto, o he creído ver, en la sinceridad el elemento capital de todo el Poema. Ha sido, pues, desde esta moderna perspectiva, desde esta perspectiva tal vez más típica del veinte que de ningún otro siglo, desde donde he creído descubrir la «distancia» huma na que nos separa del Poema. Su sinceridad es muy distinta de la que por tal entenderíamos hoy. Para nuestro juglar la sinceridad no es expresión subjetiva, sino todo lo contra rio, objetiva, de una objetividad auténtica, es decir, histórica. Descubrimiento de la propia interioridad, como valor, en términos de objetividad histórica. Prólogo 11 He creído comprender que el secreto de esa sinceridad objetiva radica, por paradójico que parezca, en que el poeta se abstiene de juzgar a su histórico héroe. Lo que de éste nos cuenta nace de una fe sin límites en su ejemplaridad, en cada una de las facetas de su personalidad: valentía, pru dencia, magnanimidad, etc. Uno tiene la impresión de que el juglar estaría dispuesto a jurar en cualquier momento que su héroe no es otro que el histórico Rodrigo de Vivar. Coincidencia para él tan exacta como auténtico es el entu siasmo y la admiración que se despliega ante nuestros ojos en el Poema. Tal vez esta maravillosa lección de sinceridad, a la vez pensada, meditada y sin reservas, pueda brillar hoy con nue va luz en el campo de la narrativa, el más difícil para tales despliegues. En todo caso, creo que vale la pena intentar desde este ángulo de visión la actualización, la puesta al día, del sentido de nuestra primera gran aventura literaria. Debo dar las gracias a la Universidad de Cornell por su ayuda, tanto moral como material, sin la cual no hubiese podido llevar a cabo mi trabajo. 

Quiero destacar asimismo mi agradecimiento a los profesores Dalai Brenes y John Freccero. Al primero, por su aliento constante en momentos de vacilación capaces de poner en riesgo una labor ya comen zada. Al segundo, porque sin su ayuda difícilmente hubiese podido abrirme camino por el tupido bosque del pensamien to medieval. He de recordar, por último, a cuantos me brin daron sus comentarios críticos sobre los artículos apareci dos en MLN o sobre la totalidad o parte del manuscrito definitivo. Entre éstos me sería difícil silenciar el nombre de don Rafael Lapesa, cuyas objeciones críticas han contri buido de manera decisiva a perfilar y matizar mi propio pensamiento. NOTA ADICIONAL Después de haber escrito este trabajo, llega a mis manos el reciente libro del profesor Edmund de Chasca, El arte juglaresco en el «Cantar de Mío Cid» (Madrid, Ed. Gredos, 1967). Si su libro anterior, Estructura y forma en el «Poema de Mío Cid», era ya una obra interesante, éste que acaba de publicar creo que quedará en la historia de la crítica cidiana como una de sus realizaciones más fecundas. Es un libro profundamente meditado; en él destacan, sobre todo, la serenidad de juicio y una rigurosa sumisión al texto del Poema. El autor no sólo analiza el Poema cuidadosamente, sino que, además, expone de manera clara y casi siempre convin cente los postulados críticos de su análisis. Está claro que, ante la aparición de una obra de este calibre, mi trabajo debía ser retocado para incluir en él algunos juicios y co mentarios que me sugería la nueva lectura. La mayor parte de estos juicios van ya incorporados al texto; en algún caso me he limitado a añadir una nota a pie de página. Mi apro ximación al Cantar se realiza desde una perspectiva muy distinta a la del profesor De Chasca. Tal vez por eso, y por que coincido con él en la apreciación de algunos hechos fundamentales en el texto del Poema, pueda mi trabajo ser complemento adecuado del suyo. Espero que algunos pun i4 El «Poema de Mío Cid» tos sobre los que el profesor De Chasca parece mostrarse algo vacilante o con tendencia a un eclecticismo poco claro, reciban ahora nueva luz y pueda, además, confirmarse lo que me parece ser la intención de alguno de sus juicios. Naturalmente, no en todo estoy de acuerdo con el crítico. Pero estas discrepancias dejan a salvo, en la mayoría de los casos, la claridad y fuerza lógica de su enjuiciamiento. Estas discrepancias surgen más bien porque en mi trabajo entran en juego factores que el comentarista citado no pudo ver desde el ángulo de visión que se había trazado y que, como digo, sigue rigurosamente en todo momento. Madrid, 1967. 

INTRODUCCIÓN 

Nadie pondría hoy en duda la naturaleza esencialmente poética del Cantar de Mío Cid. La fina sensibilidad crítica de autores como Salinas, Casalduero, Dámaso Alonso 1 y mu chos otros ha puesto de relieve que nuestro juglar es un poeta en la más amplia extensión de la palabra; poeta de sutiles matices y de extraordinaria penetración psicológica en la presentación de personajes y en el desarrollo de situa ciones de intenso dramatismo 2. Junto a esta calidad poética del Cantar se da el hecho sorprendente de su historicidad, de su veracidad histórica. A pesar de las polémicas que esta historicidad ha suscitado, nada ha podido echar por tierra los sólidos argumentos que a este respecto ha esgrimido 1 Ver especialmente: D. Alonso, «Estilo y creación en el Poema del Cid», en Ensayos sobre poesía española (Madrid, 1944); P. Salinas, «La vuelta al esposo: ensayo sobre estructura y sensibilidad en el Cantar de Mío Cid», BHS, XXIV (1947), 79-88; J. Casalduero, «El Cid, echado de tierra», en Estudios de Literatura Española (Madrid, 1962). 2 La posibilidad de que fueran dos poetas los que sucesivamente intervinieron en la composición del Cantar (ver M. Pidal, «Dos poetas en el Cantar de Mío Cid», en En torno al Poema del Cid, Barcelona- Buenos Aires, 1963) no afecta, en este caso, a su unidad temática e intencional. Es decir, esa unidad existe, como reconoce el mismo Menéndez Pidal. A los efectos de este ensayo sólo me referiré al poeta o al juglar, sin que esto prejuzgue en forma alguna las conclusiones del maestro. 16 El «Poema de Mío Cid» tantas veces el maestro de la crítica cidiana, Menéndez Pidal. Veracidad histórica que incluye como una de sus facetas la veracidad geográfica. Es un hecho indudable que el Poe ma de Mío Cid, como ha dicho un crítico, «nos sorprende con sus nombres de lugar» 3; también nos sorprende con sus nombres de persona, como el de ese Diego Téllez, «el que fue de Alvar Fáñez», y tantos otros de mayor o menor im portancia histórica. Al leer hoy el Poema es ya imposible olvidar las lecciones magistrales de la España del Cid. Sin embargo, estas dos caras del Poema no parece que se hayan integrado todavía en una dimensión única que les sirva de fundamento y nos dé la clave a la vez poética e histórica de la obra. 

Éste es el tema del presente estudio, que parte de la siguiente premisa: el carácter histórico del Cantar es inseparable de la intuición poética que hace de él una obra de arte literario. Dicho de otra forma, el poeta no sólo es plenamente consciente de que su héroe es un héroe histórico, sino que intuye esa historicidad como valor supremo del héroe. Lo histórico del Cantar no es sólo un hecho observable objetivamente, sino también una inten ción, y como tal se encuentra en la base misma de la perso nalidad poética de su protagonista. Realismo poético y vera cidad histórica son dos valores coincidentes y del mismo sentido en la estructura intencional o de significación del Poema de Mío Cid. En el presente estudio habremos de exa minar las consecuencias que tiene la aceptación de esta premisa para la interpretación del Poema. Dado que esto entra de lleno en un tema ampliamente debatido, será conveniente examinar, a modo de introduc ción, algunas de las posiciones críticas más relevantes al 3 Con estas palabras comienza el estudio de Stephen Gilman, Tiem po .v formas temporales en el «Poema del Cid» (Madrid, 1961). Introducción 17 respecto. Dos nombres saltan inmediatamente a la vista cuan do se habla de «poesía e historia en el Mío Cid»: los de Menéndez Pidal y Leo Spitzer. Difícilmente se puede hablar hoy del Poema de Mío Cid sin partir de esta plataforma crítica o sin tomar una posición determinada con respecto a la misma. Nuestro estudio reconoce y toma como punto de partida el definitivo aporte de estos dos maestros, al mismo tiempo que intenta dar un paso adelante para supe rar la divergencia crítica entre sus respectivas posiciones; divergencia que es en cierto modo más aparente que real. Menéndez Pidal ha sido el creador y principal exponente de la escuela que defiende la naturaleza tradicional de la poesía épica. 

Los fundamentos crítico-históricos de este tra dicionalismo han sido tan profusamente expuestos por el maestro que es de todo punto innecesario repetirlos aquí. Sólo me interesa recoger algunas afirmaciones que considero de especial significación para el tema de esta obra. «La Epopeya —dice Menéndez Pidal— es un género lite rario hermano de la historia. La epopeya románica es la her mana mayor de la historiografía; nace cuando la historia no existía o sólo se escribía en latín, lengua extraña a la comu nidad». «La edad heroica, creo yo, es aquella vivida por algu nos pueblos que, antes de haber desarrollado la prosa histo- riográfica en lengua vulgar, sienten la necesidad de cultivar su propia historia, y tienen que hacerlo en la única forma literaria entonces existente, en forma poética, en cantos pú blicos. Es aquella edad en que todo un pueblo, llevado de un vivo interés nacional bastante unánime, poseído de un sentimiento político cálido y afectivo, más que práctico, re quiere una habitual información sobre sus propios aconteci mientos presentes y pasados»4. Refiriéndose a la falta de 4 Problemas de la poesía épica. Conferencia pronunciada en el Instituto Español de Roma. (Roma, 1951), págs. 11 y 12. MÍO CID. — 2 18 El «Poema de Mío Cid» información en las crónicas sobre los juglares épicos, nos dice: «Mientras los trovadores y juglares líricos hablan gá rrulamente de sí mismos o de sus compañeros, los juglares de gesta se aplicaban a la narración objetiva e historial»; «nada puede chocarnos que las crónicas españolas acojan tan abundantemente los relatos de las gestas, si considera mos que éstas eran la historia popular de entonces» s. Creo que estas citas nos proporcionan una visión bastante exacta de cómo Menéndez Pidal considera la relación entre la poesía épica y la historia. Siendo esto así, no puede por menos de sorprendernos que, refiriéndose ya a una obra épica concreta, el Cantar de Mío Cid, diga el maestro que «el poema es verídico e histórico sin propósito, sin necesi dad de serlo» 6. En el tradicionalismo de Menéndez Pidal se da, pues, el caso paradójico de que mientras la épica, considerada en su conjunto, tiene una indudable intención histórica, pensada como intención concreta de un individuo es histórica sólo por accidente. 

Como arte colectivo, la épica es una forma de expresión de la historia. Como arte individual, lo poético y lo histórico se excluyen mutuamente: «El arte y la exactitud realista son cosas extrañas la una a la otra, y su coinciden cia es puramente eventual. La creación poética en el poema reside justamente en lo que no es la realidad»7. Dado que el Cantar es de un indudable valor poético, «la fidelidad his tórica jamás entra [en él] como algo intencionado». Tal vez lo que Menéndez Pidal quiere decir es que, objetivamen te considerado, para nosotros la importancia historiográfica s Poesía juglaresca y juglares, Colee. Austral, 5.a ed. (Madrid, 1962), páginas 170-1. 6 «Poesía e historia en el 'Mío Cid'», NRFH, III (1949), pág. 114. 7 «Mío Cid el de Valencia», en Castilla, la tradición, el idioma. Co lección Austral, 2.a ed. (Madrid, 1947), pág. 151. Introducción 19 del Cantar no tiene que ver nada con su importancia poé tica. Esto parece dar a entender cuando dice que apoya estas últimas afirmaciones «en varios casos, por ejemplo, con el hecho de intervenir muy fugazmente en la acción el señor de Sepúlveda Diego Téllez, coetáneo del Cid, personaje insig nificante, desconocido ya del todo en el siglo xill, tanto que en la refundición del poema hecha entonces se le sustituye por un labrador anónimo» 8. También es posible que el ilus tre crítico utilice el término «historia» o «histórico» en dos acepciones distintas: una la historia juglaresca de las gestas y otra la historia apoética de las crónicas. En este sentido es evidente que si bien la gesta del Cid pudo servir de base a las crónicas, en sí misma es algo más o algo dife rente de una simple crónica. De todas formas, no se com prende cómo pueda excluirse del Cantar la intención histó rica, aunque ésta sea distinta de la pura intención cronís tica. 

Lo que nos sorprende en esas afirmaciones del maestro es precisamente la mutua exclusión de lo artístico y lo histó rico, cuando esto es lo que en su acertada opinión constituye la característica distintiva de la épica. Más que separar a priori esos dos conceptos, creación poética y realidad, cabría decir que el arte y la exactitud realista no tienen que coincidir necesariamente; lo cual haría aún más significativo el hecho de que coincidieran. Dentro del arte, la exactitud histórica nos sorprende, pero ¿no es acaso el elemento sorpresa parte integrante de cualquier manifestación artística digna de este nombre? Es indudable que Menéndez Pidal se sorprende ante la fidelidad histórica del Poema. Precisamente aquí se trata de demostrar que no sólo se sorprende él, y nos sorprendemos todos, sino que también el juglar, el «primer cidófilo», como lo llamó Spit 8 «Poesía e historia...», pág. 114. 20 El «Poema de Mío Cid» zer, se sorprende, y que la fidelidad histórica de su narra ción es hija de esa sorpresa y no una mera coincidencia eventual. Creo que se equivoca el maestro al pretender con vencernos de que su sorpresa es puramente especulativa: «Insisto tanto —dice— en que sin necesidad y sin propósito el juglar es verídico, porque no hago de la fidelidad histó rica y geográfica del Poema un mérito artístico, sino un argu mento doctrinal»9. La clave artística del Poema entiendo que no hay que bus carla en una mera coincidencia objetiva entre lo narrado y lo histórico, sino en el hecho fundamental de que esa coin cidencia se produce ante nuestros ojos en términos poé ticos. Es la forma poética en que se da esa coincidencia lo que nos interesa, no la coincidencia en sí como dato obje tivo o como «argumento doctrinal». 

Es esa forma poética lo que nos hace afirmar que dicha coincidencia es intencional. Sin ella el Cantar de Mío Cid no sería lo que es. Como «argu mento doctrinal», es decir, abstraído de su contexto poético, nada es mérito artístico, ni la fidelidad histórica ni la fan tasía más desbordada. Y a la inversa, cualquier cosa pensa- ble como dato objetivo puede, de hecho, adquirir relevancia poética al integrarse en el contexto orgánico de una inten ción creadora. Frente a la afirmación de que «el arte y la exactitud realista son cosas extrañas la una a la otra», no cabe otra réplica que presentar el Poema mismo, donde es tas dos cosas se conjugan tan maravillosamente. ¿En qué obra hipotética habríamos de pensar si «la creación poética del Poema reside justamente en lo que no es la realidad»? Puede existir coincidencia entre historia y narración épica en otros cantares estudiados por Menéndez Pidal. Lo impor tante es, sin embargo, comprobar que en el caso del Cantar 9 «Mío Cid el de Valencia», loe. cit. Introducción 21 no se trata sólo de un fenómeno de época o de tradición —cultural—, sino de un «descubrimiento» de nuestro poeta, que toma conciencia del mismo y hace girar en torno a él las hazañas y la personalidad del héroe. Tal «descubrimien to» no se invalida porque pueda demostrarse que en este o aquel caso concreto el Poema no se ajusta con exactitud a los datos que nos proporcionan otros documentos histo- riográficos. El problema que nos ocupa no es un problema de tipo cuantitativo, sino de unidad y coherencia de inten ción. Poca significación poética tendría el afirmar que tal o cual lugar o personaje son históricos, si al mismo tiempo no percibiéramos que lo que más interesa a nuestro poeta, la vida íntima y la personalidad de su héroe, se perfila y adquie re consistencia poética frente a esos lugares y en contacto con esos personajes; que, en cierto modo, en el Poema, lo épico-heroico como tal está hecho de historia viva y concre ta. No se trata de que el Poema sea completamente histó rico, sino de que lo sea de tal manera que haga de la historia una categoría estética. 

Está claro, por otra parte, que, si lo que digo es cierto, el Poema deberá ofrecer al historiador un nutrido número de coincidencias con la historia. Pero sería inútil y por com pleto irrelevante para nuestro propósito intentar determinar de manera objetiva y extrapoética cuál haya de ser la «can tidad» suficiente de historia que el Poema debe contener. En resumen, la historicidad del Cantar nos interesa, sobre todo, por el tono poético de la misma y por la intensidad afectiva con que el poeta integra dichos elementos históricos dentro de su obra. Como ya dije antes, cuando hoy se lee el Poema del Cid es imposible olvidar las magistrales lecciones de la España del Cid. Sin embargo, por muchas coincidencias que obser vemos entre las dos obras, no deberá nunca olvidarse, tratán 22 El «Poema de Mío Cid» dose de examinar la trayectoria de una intención creadora, que es el Poema, y no la obra de erudición histórica, el que ha de proporcionarnos la medida de su propia historicidad. Ahí radica, tal vez, la gran dificultad metodológica de nues tra aproximación al Cantar: en no olvidar en ningún momen to tantas páginas eruditas y, al mismo tiempo, actuar como si nunca se hubieran escrito. Creo que cuando, en el caso del Poema, habla Menéndez Pidal de realidad histórica, quiere decir «datos obtenidos por medio de la investigación documental». Es decir, que confunde realidad con actitud de objetividad científica o cro nística frente a la misma. Sólo así puede comprenderse la contradicción que supone hablar por una parte de un poema extraordinariamente verídico e histórico, y por otra, afirmar que su creación poética reside justamente en lo que no es la realidad. El «argumento doctrinal» a que se refiere Menéndez Pidal es, como se sabe, el de la coetaneidad primitiva de la épica con los hechos que en ella se narran. A este respecto, es nece sario decir que dicha coetaneidad no puede considerarse exclusivamente como algo negativo, como una limitación extra-poética a la capacidad de inventiva del juglar. De otra forma, sería preciso concluir que, a mayor coetaneidad, me nos posibilidad de independizarse de la realidad histórica y, por consiguiente, menos posibilidades poéticas. No creo, ni mucho menos, que el maestro aceptara esta necesaria con clusión, puesto que, según sus acertadas observaciones, es precisamente el hecho de la coetaneidad lo que hace posible que surja este tipo de poesía con unas características bas tante bien definidas, que la convierten en un género especial. Por otra parte, si la coetaneidad es un condicionamiento positivo, algo que posibilita el desarrollo de un tipo de poe Introducción 23 sía, será necesario suponer que el poeta reacciona positiva mente ante ella, que la acepta consciente de que lo que narra es historia y no ficción. 

Hasta qué punto sea capaz el poeta de elevar esa historicidad a primer plano poético de penderá de su capacidad de penetración intuitiva y de sus facultades creadoras. Para resumir, no creo que exista ninguna razón de prin cipio que nos obligue a descartar el carácter intencional de esa historicidad épica. Afirmar que «los elementos históricos no se hallan en un poema primitivo en cuanto históricos, sino en cuanto sirven a una ficción poética»10, es entrar en el terreno de la pura conjetura. Lo único que tenemos a la vista es que esos hechos están en un poema y no en una crónica, y que ese estar en el poema será tanto más significativo cuanto más fuerte sea la coherencia interna del mismo y cuanto más clara sea su unidad de intención. Muy aguda me parece la observación de Spitzer 11 de que la presencia de ese Diego Téllez de San Esteban, que ayuda a las hijas del Cid, debía llenar de complacencia a los que tal vez lo habían conocido personalmente, o a sus descen dientes. ¿Cómo podríamos pensar que la presencia, aunque de pasada, de este personaje insignificante era algo comple tamente involuntario por parte del poeta? ¿No son estos detalles precisamente los que dan al Poema su fisonomía particular, detalles tantos de ellos comprobados histórica mente? Si todo esto es involuntario, ¿a qué queda reducida la intención del Poema? 10 «Poesía e historia...», pág. 115. 11 «Sobre el carácter histórico del Cantar de Mío Cid», NRFH, II (1948), págs. 105-117. Reimpreso en Sobre Antigua Poesía Española (Buenos Aires, 1962), pág. 16. 24 El «Poema de Mío Cid» Cuando el maestro habla del verismo épico como «ver dad histórica involuntaria e innecesaria» n, lo hace cierta mente pensando como historiador y no como crítico de una obra de arte. Sin embargo, las razones de esta actitud, se gún creo, no han de verse en que a Menéndez Pidal le atraiga más el Poema como documento histórico que como obra de arte, sino en que, pese a estas afirmaciones sobre el carác ter involuntario del verismo épico y lo que es o no es arte en el Poema, Menéndez Pidal intuye que tal verismo es la característica fundamental de ese arte, que en él se refleja una idiosincrasia particular, una manera determinada de captar la realidad, que, en el caso de España, según ha decla rado él mismo repetidas veces, llega a ser uno de los rasgos básicos de su literatura. 

Tal vez lo que Menéndez Pidal pre tende conseguir al hacer de este verismo algo involuntario es justamente realzar la autenticidad del mismo, llevado, en este caso, de un viejo prejuicio romántico: autenticidad per sonal (o histórica) igual a espontaneidad, a irreflexividad, a algo que sale por sí solo, sin el menor esfuerzo consciente. Tal verismo, en el caso del Poema, sería así, no un rasgo personal y consciente, sino una característica nacional, co lectiva, algo inherente al genio de la raza. El tradicionalismo de Menéndez Pidal como historiador de la literatura tiene este peligro evidente: el de atribuir a la tradición lo que se niega al individuo. El maestro, quizá un poco demasiado preocupado por los excesos de lo que él llama individualismo literario, no ha querido dejar a la veleidad de una intención individual algo en realidad tan importante como la perso nalidad literaria de todo un pueblo. No quisiera que se viera en mis palabras una intención irrespetuosa hacia un hombre de la estatura intelectual y 12 En tomo..., pág. 145. Introducción 25 humana de Menéndez Pidal. Se trata simplemente de sugerir que su acertada intuición como historiador de la literatura puede, en realidad, aplicarse con todas sus consecuencias al estudio de una obra de arte determinada, en este caso a la que tal vez sea la obra cumbre de la literatura española me dieval. Menéndez Pidal ha sentado las bases históricas sobre las cuales hemos de situar la creación poética del Cantar y nos ha señalado los límites y la dirección en que debemos cami nar. Pero dentro ya de esa creación poética, nadie, en mi opinión, como Leo Spitzer ha calado tan hondo y nos ha dado una visión tan coherente de la personalidad del Cid poemático. 

La postura crítica de Spitzer, más que un ataque contra los sólidos argumentos históricos de Menéndez Pidal, expresa una especie de desasosiego ante la inadecuación de la investigación puramente histórica para poner de relieve la trascendencia significativa, intencional, del Poema. Por otra parte, al comparar las respectivas opiniones de estos dos maestros, observaremos que en muchos aspectos son paralelas y hasta coincidentes, pero difieren en lo que atañe al diferente enfoque metodológico con que cada uno se plan tea el problema, enfoque del investigador de la historia en un caso v del crítico de arte en otro. Spitzer parte de la in tencionalidad de todos y cada uno de los elementos del Poe ma como base insoslayable de su condición de obra de arte. Es evidente que cualquiera investigación encaminada a realzar los valores estéticos del Cantar ha de partir de ese presupuesto básico. Sin embargo, también Spitzer, por razo nes quizá más sutiles y elaboradas que las de Menéndez Pidal, considera incompatible esa intencionalidad artística del Poema con su intención histórica. Es decir, con Spitzer pasamos de la historicidad involuntaria del Poema, mante nida por Menéndez Pidal, a la historicidad deliberada, pero 26 El «Poema de Mío Cid» no con propósito histórico, o sea, a una historicidad «deshis- torizada», aparente, no real; intencionada en su forma, pero no en su contenido. Es decir, pasamos de la historicidad in voluntaria a la historicidad ficticia. Por una parte, Spitzer considera a priori como imagina rios todos aquellos casos en que la veracidad histórica no ha sido absolutamente comprobada, en especial el episodio de Corpes. Actitud arbitraria que no resiste a los contundentes razonamientos de Menéndez Pidal en pro de la historicidad subyacente, si no completa, de dicho episodio. Por otra par te, aun después de hacer hincapié en lo que de imaginario hay en el Poema, todavía se encuentra Spitzer con un cuerpo considerable de hechos, lugares y personas, elementos todos que dan la tónica general al Poema, y que son indiscutible mente históricos. Utiliza entonces Spitzer ese concepto clave de su interpretación, la historicidad ficticia del Cantar. 

Todos esos históricos lugares y personas los utiliza el poeta cons ciente y deliberadamente, a sabiendas del exacto papel que desempeñan en el plan general de su obra, pero precisa mente porque esos elementos históricos están encuadrados en el plan de la obra, cuyo objeto, según Spitzer, no es el de retratar a un personaje histórico, no pueden a su vez consi derarse históricos sino sólo en apariencia. Es decir, el poeta utiliza esos elementos porque sabe que por ser históricos producirán un determinado impacto en sus oyentes; pero dicha historicidad es sólo el anzuelo que el poeta les tiende para llevarlos a un mundo que no es el de la historia real y concreta en que ellos se encuentran instalados como perso nas de carne y hueso. En resumen, esa historicidad delibe rada del Cantar obedece, no a una intención realmente his tórica, sino a «un impulso de fictionalization, de anovela- miento» 13. 13 «Sobre el carácter histórico...», pág. 11. Introducción 27 Dado que este concepto de ficción es la piedra angular de todo el edificio interpretativo de Spitzer, será conveniente que lo examinemos con cierto detenimiento. En primer lugar, es necesario decir que sus observaciones sobre la significa ción del Cantar, sobre lo que hay en él de verdaderamente relevante, es decir, todo aquello que constituye la estructura ideológica del mismo, son, a mi juicio, observaciones exac tas y pertinentes. El punto que juzgo débil en ese edificio interpretativo es precisamente el haber presentado esa es tructura como algo exclusivamente ideológico, divorciado de todo contenido histórico, existencial y, por consiguiente, cir cunstanciado. El Poema de Mío Cid, decía Spitzer, «no glorifica ideas impersonales, sino una personalidad real», es decir, aclara, «la idea real de esa personalidad»14. «El Cid realiza única mente su propio ser, las ideas de su época se presentan sim plemente como tributarias de su personalidad». Naturalmen te, no negaba el prestigioso crítico que ciertas ideas imperso nales o suprapersonales se reflejaran en el Poema, pero insis tía, creo que acertadamente, en que el Poema no gira en torno a esas ideas, sino en torno a la personalidad de un hombre. 

Mucho se ha hablado, antes y después de Spitzer, sobre el carácter humano, la cálida hondura de la personalidad del Cid; pero Spitzer puso además de manifiesto que esta perso nalidad no es la de un héroe cualquiera, sino la de un modelo perfecto, la de «un héroe modelo en todas las virtudes del hombre maduro» 1S, una especie de «santo laico». El juglar no escribe su gesta lleno de entusiasmo épico por las haza ñas bélicas del Campeador, sino «enteramente preocupado 14 Ibidem, pág. 22. is Ibidem, pág. 12. 28 El «Poema de Mío Cid» por la ejemplaridad moral de su héroe» 16, buscando en la historia «una enseñanza moral». No obstante, Spitzer inter preta todo esto, que difícilmente puede ponerse en duda, como prueba concluyente de que la intención del juglar es decididamente «anti-histórica», «ahistórica»; de que éste, consciente y deliberadamente, se aparta de la historia, se desinteresa de ella, «deshistoriza» la realidad de su héroe 17. Ahora bien, aunque no contáramos en el Poema con tan tos detalles realmente históricos, que afincan al héroe en una realidad concreta, como ese entusiástico verso sobre el Poyo de Mío Cid, que «mientras que sea el pueblo de moros e de la yente cristiana, /el Poyo de mió Qid asil dirán por carta» (Ed. Clásicos Castellanos, vs. 901-902), detalles que hacen del Cid un ser de carne y hueso y no un ente de ficción; aunque no contáramos con esto, fundamentar esa historicidad ficti cia del Poema en el carácter modelo del héroe me parece completamente arbitrario. Está claro que ningún hombre his tórico es perfecto, pero ésta es una proposición de tipo gene ral muy alejada del sentimiento entusiasta que en la realidad despiertan ciertos hombres, en especial cuando la tradición popular los ha convertido en mito heroico. Nada se opone a que nuestro juglar viera en el histórico Campeador, tradi cionalmente ensalzado, un modelo de perfección, sin que ten gamos que suponer que la intención de aquél fuera la de apartarse deliberadamente de la historia para poder conce birlo como tal. 

Desde nuestra perspectiva intelectualizada y suspicaz, podremos quizá considerar ingenuo a nuestro ju glar, pero nada nos autoriza a dudar de su sinceridad. Hablamos, por tanto, de sinceridad, de convicción inte rior, aunque por pura necesidad metodológica debamos te 16 Ibidem, pág. 16. 17 Ibidem, pág. 24. Introducción 29 ner en cuenta los datos que ha proporcionado la investigación documental. Según estos datos sobre el Cid histórico, anali zados por Menéndez Pidal de manera más exhaustiva y convincente, a mi juicio, que por ningún otro investigador, la actitud de nuestro juglar puede que no sea la más exacta, pero sí es perfectamente lógica. Podemos pensar que el juglar se equivocó en algunas de sus apreciaciones; pero, si así fuera, deberíamos admitir que su equivocación estaba perfectamente justificada. Por encima de todo esto, sin em bargo, hay un liecho que me parece fundamental y cuya falta de apreciación tal vez haya sido el talón de Aquiles de gran parte de la crítica cidiana: el Poema de Mío Cid no nace de un acto de enjuiciamiento, sino de un acto de fe; fe en el Cid y en todo lo que el Cid encarnaba. El juglar no enjuicia la figura de su héroe; simplemente, cree en ella. Para esto no hace falta recurrir a la investigación documental; basta leer el Poema con un mínimo de sensibilidad. Basta ver cómo se vuelca en cada una de sus partes el entusiasmo, la admi ración sin límites, sin peros, sin recelos. Por eso resulta aún más significativo que el Cid del Poema no traspase nunca los límites de lo humano, de lo creíble. No se trata de la sinceridad del que dice lo que cree, sinceridad tan fácil de afirmar como difícil de probar, sino de la sinceridad inme diata, obvia, del que cree de manera ferviente y entusiasta en lo que dice; del que lo cree, no basándose en evidencias abstractas o principios generales, sino en hechos o realida des concretas, históricas. Negar esta sinceridad en el Poema equivaldría a pensar en nuestro juglar como el más consu mado y perfecto autor de mentiras que tal vez haya existido jamás en la literatura española. He aquí, de rechazo, la única razón de nuestro interés por la historicidad del Poema: el que dicha historicidad se manifieste en él como la apoyatura ética de su fe, de su entusiasmo épico-heroico. 30 El «Poema de Mío Cid» Cuando hablo de sinceridad me refiero al hecho de que nuestro juglar se nos da, íntima y profundamente, en su obra, sin pretender darse a sí mismo, sino manteniendo siempre ante nuestros ojos la histórica figura del Campeador. No es que el juglar nos dé una versión de ese héroe histórico; es que se da a sí mismo en su héroe. Tal vez pueda ahora comprenderse que hablar de histo ricidad en el Poema, de su afán de historia concreta y palpa ble, de su veracidad, no significa hablar de objetividad. La objetividad es precisamente lo que nunca se da por sí solo, porque sólo nace de una eliminación ficticia, «ad hoc», del sujeto; nace de un enjuiciamiento. Por el contrario, la «obje tividad» del Poema es sólo la vertiente histórica de un sujeto siempre presente y que se sabe viviendo en una colectividad que lo trasciende «hacia afuera». La posición de Spitzer, por el contrario, implica un con cepto muy distinto del término historia. Cuando Spitzer habla de historia, la entiende como acontecimiento objetivo de hechos, historia puramente fáctica, por oposición a historia de la cultura, de las ideas, de naturaleza eminentemente ética. 

Es así que el Poema no gira en torno a ninguna idea política, no se enjuician en él los acontecimientos por sus consecuencias prácticas, por su significación en la marcha de Castilla, o aun de la España cristiana, como entidades políticas o de derecho. De ahí que los hechos que se narran sean anti-históricos o, lo que es lo mismo, históricos sólo en apariencia, puesto que se desarrollan conforme a una inten ción determinada, individual y, por consiguiente, enjuiciable con criterios de tipo ético. Es decir, la causalidad que enlaza los hechos narrados es por completo ajena e independiente de la que rige en el acontecer objetivo de los hechos histó ricos. La verdad poética es distinta de la verdad histórica. «La poesía —dice Spitzer parafraseando a Schiller— puede Introducción 31 ser más verdadera que la historia», o también que «con el juglar, la poesía enseña la verdad a la historia». Todo lo cual es perfectamente admisible cuando se contemplan estos pro blemas desde una perspectiva moderna, y más concretamen te, idealista y romántica. Perspectiva, sin embargo, de muy dudosa aplicación cuando se trata de esclarecer la intención que anima a nuestro juglar del siglo xii. Parece que a fuerza de querer combatir lo que él calificaba de «positivista» en Menéndez Pidal, cometió Spitzer el error de hacer del juglar un convencido anti-positivista. Como si a éste se le hubiese podido ocurrir nunca que la historia fuese un amoral suce- derse de hechos, enjuiciables, no en sí mismos, sino en sus consecuencias prácticas. Una historia que no fuese otra cosa que pura praxis. Cuando Spitzer habla de valores éticos, no se refiere a lo que pudiéramos llamar la trascendencia de lo concreto; es decir, al hecho de que una cosa, un lugar, una situación de terminada, por el hecho mismo de valer, se trasciende a sí misma insertándose en un contexto más amplio de significa ciones, contexto que a su vez ilumina esa misma concreción. En la concepción de Spitzer no es que la historia se ilumine, sino que existe una luminosidad ideal independiente de la his toria. Esta última no sale nunca de su objetividad «amoral» y neutra, impermeable a los criterios éticos de valor. Como puede observarse, todo este razonamiento está ba sado en un subjetivismo ético radical, en una oposición insal vable entre objetividad y subjetividad. 

En resumidas cuentas, la suprema razón que esgrime Spitzer para afirmar el carác ter «antihistórico» del Poema es que éste fue creación deli berada de un individuo. En su creación, ese individuo, el poeta, se sitúa en un contexto histórico puramente ideal. Su inspiración nace siempre de una idea, no del valor de un hecho concreto y circunstanciado como puede ser la activi 32 El «Poema de Mío Cid» dad heroica de un hombre. Es verdad que el Poema glorifica «una personalidad real», pero, aclara Spitzer, se trata de «la idea real de una personalidad». La figura del Cid histórico, habremos de suponer, fue meramente el chispazo accidental que dio ocasión para que en la mente del poeta se produjera esa idea genial, idea en sí independiente de la circunstancia histórica que la motivó. La relación entre esa idea genial y la historia, considerada objetivamente como relación de causa a efecto, es puramente fortuita; juzgada como hecho inten cional, se trata de una ficción consciente. En el fondo, como puede verse, entre lo que Menéndez Pidal considera como espontáneo y lo que Spitzer califica de ficción existe un evidente paralelismo. Casi podríamos decir que ambas nociones se complementan para darnos una visión romántica de la actividad poética de nuestro juglar. La «historicidad ficticia» de Spitzer está pensada, en última instancia, como una necesidad poética, tan necesaria como inevitable era para el juglar expresarse en un idioma que sus oyentes pudieran comprender. De ahí a afirmar que esa historicidad es involuntaria no hay más que un paso. En el fondo, repito, la noción de espontaneidad de Menéndez Pidal no hace sino reforzar, radicalizar, si se quiere, la «ficción» de Spitzer. Ética ideal, espontaneidad poética, verdad «fic ticia», etc., son nociones caras a una visión romántica de la vida y de la historia. Todas ellas van encaminadas a garanti zar de manera más o menos consciente la absoluta libertad del individuo en el acto de su creación frente a la objeti vidad histórica de unas circunstancias concretas. 

Según Spitzer, la historia que verdaderamente se refleja en el Poema no es otra que la historia de la Cristiandad, «el mundo de las ideas universales y cristianas, Christenheit oder Europa, como decía Novalis» 18. Sin embargo, uno no puede i* Ibidetn, pág. 17. Introducción 33 por menos de preguntarse si ese Cid, héroe «medieval, inter nacional, hombre de una época que en sus más altas aspira ciones era verdaderamente intemacionalista, 'católica', cuya verdadera patria era el mundo de las ideas universales y cristianas», no es tal vez un héroe hipotético que Spitzer, fascinado por esa aspiración a lo absoluto del Medievo, pre tende adivinar en la intención del poeta, quien, como hom bre medieval, no podía concebir la ejemplaridad de otra forma, pero que, a juzgar por el Poema mismo, escogió una manera en extremo sutil de transportarnos a ese mundo ideal. Algo así parece existir en su razonamiento cuando, al lado de afirmaciones como la precedente, nos dice que, a diferencia de la Chanson de Roland, «que, en sus cuatro mil versos, nos muestra toda la cristiandad unida bajo el cetro de Carlomagno, rey-sacerdote y perpetuo cruzado», el Cantar «trata de un héroe nacional español, sin pretensiones de re presentar todo el mundo cristiano. [Aunque]... lo que pierde en latitud legendaria lo gana en sabor del terruño español» 19. Sería, pues, necesario resistir a la tentación que pudiera ofrecer ese sabor del terruño y lanzarnos hacia ese mundo ideal al que necesariamente tenía que tender la intención del poeta por el hecho, a todas luces innegable, de ser un hom- br que vivía inmerso en una cultura impregnada de idea lidad. Para convencernos de la validez de su argumento, Spitzer razonaba de la siguiente manera: «En la Edad Media cada hombre tiene dos patrias: la grande y universal y la pequeña y particular, pero la segunda era sentida como inferior a la primera; el arte medieval se empeña en adaptar a la pequeña patria, española, francesa, alemana, etc., las ideas generales que la trascienden»20. Tal vez sea esto así. En cualquier caso, i? Ibidem, pág. 9. 20 Ibidem, pág. 17. MÍO cid. — 3 34 El «Poema de Mío Cid» es evidente que ese esfuerzo de adaptación de la patria gran de a la pequeña, si hemos de creer al mismo Spitzer, queda reducido a un mínimo en el caso del Roland, mientras que en el del Mío Cid es un esfuerzo en extremo complejo y labo rioso. El ejemplo aclaratorio que usa Spitzer tampoco es demasiado convincente. 

Dice el crítico que a este esfuerzo de adaptación, típico del Medievo, se debe el que nuestro Arcipreste, con la mayor naturalidad, localice en el «enxiem- plo del mur de Monferrado e del mur de Guadalhajara» una idea general de tipo ético. De esta forma la concreta histo ricidad del Cantar vendría a ser algo así como una especie de parábola que expresaría en términos de realidad con creta, anecdótica, una serie de ideas generales. La figura poér tica del Cid, su personalidad humana y doliente desarrollán dose en unas circunstancias y lugares objetivamente histó ricos, habría que entenderla como si en realidad hubiese ocu rrido de esa manera. Difícil se hace pensar que los oyentes del Cantar, o el mismo juglar, interpusieran ningún «como si» entre la personalidad humana que se desplegaba ante sus ojos y la personalidad históricamente real de Rodrigo de Vivar. Muchísimo menos cabe pensar en la posibilidad de ese «como si» con referencia a los nombres de lugar que se mencionan en el Poema. Criticaba Spitzer a Menéndez Pidal el que con su espíritu de investigador de la historia pretendiera que ésta enseñara la verdad a la poesía, y hacía ver cómo, para éste, el Cid de la historia era en ocasiones más interesante que el Cid del Poema. Sin embargo, también parece que Spitzer encontraba al Cid histórico, al de la carta de donación a la iglesia cate dral de Valencia, más universal, más ideal, en una palabra, por la forma en que concebía su propia empresa. En esta carta (que Spitzer resume en el trabajo citado), el Cid apa rece como una especie de «redentor terrestre enviado por Introducción 35 Dios piadoso» en la «culminación, en la plenitud de los tiem pos», para ayuda de la cristiandad. Existe en esa carta de donación «una maravillosa construcción ideológica de la his toria universal... los tres reinos —el judaismo perverso en Palestina, el del cristianismo primitivo puro en España como en Palestina y el de la cristiandad corrupta de España, casti gada por la invasión árabe». Es decir, el Cid histórico «con cibió su empresa en categorías más impersonales, más con sonantes con la idea de la Reconquista». 

En esa carta se manifiesta un Cid «que transmite a Valencia algo de la gloria de la Jerusalén eterna» 21. Spitzer no deja lugar a dudas sobre la manera en que hemos de entender esa universalidad a que constantemente se refiere; de ahí que resulte poco menos que imposible conciliar ese tipo de universalidad conceptual, de cididamente impersonalizada, con el clarísimo y rotundo per sonalismo del Poema. En resumen, el error de Spitzer consistió en dudar de la sinceridad de nuestro juglar, o, mejor dicho, en hacer de esa sinceridad un rasgo tan exclusivamente individual que aislaba al poeta que por ella se definía de su misma circuns tancia histórica. La verdad del poeta se eleva así por encima y como desafiando a la verdad histórica. No quiso ver Spitzer en esa sinceridad una forma de convivencia, el hecho de que la intuición del poeta no hacía sino modelar, dar nueva for ma y enaltecer un sentimiento de tipo comunitario, una tra dición histórica compartida por todos. En realidad, sin embargo, por debajo de esa contradicción que hemos apuntado: un Cid «sin pretensiones de represen tar todo el mundo cristiano» y un Cid «internacional» que se mueve en el terreno de «las ideas universales y cristianas», puede apreciarse una cierta lógica, dados los presupuestos 21 Ibidem, pág. 20. 36 El «Poema de Mío Cid ideológicos de la crítica spitzeriana. Para Spitzer, la univer salidad no es el resultado concreto y difícil de la labor poé tica, sino el presupuesto básico, insoslayable, del acto crea dor. La universalidad es el punto de partida, no la meta. El poeta no llega a la universalidad creando, sino que crea por que desde un principio se encuentra instalado en el reino sin límites de esa universalidad. El resultado es un Cid apegado al terruño, sin pretensiones de universalidad; pero el punto de partida es la universalidad misma. Frente a esto, sin em bargo, cabría pensar en un proceso de signo contrario: el juglar, con la deliberada intención de presentar una figura histórica de todos conocida, de modelarla coherentemente y enaltecerla, consigue, como resultado de su intento creador, proporcionar a esa figura dimensiones de universalidad. 

La intención del poeta no se apartaría de la historia, sino que la proyectaría a escala universal. La universalidad sería el resultado y el premio de su extraordinaria y dificilísima labor. Spitzer creía en el valor poético poco común del Cantar; pero, leyendo sus razonamientos críticos, uno tiene la irre primible impresión de que el tratadista se desilusiona un poco al no encontrar en él esa «maravillosa construcción de la historia universal», que se halla, por el contrario, en la carta de donación del Cid histórico. Quizá en lugar de sepa rar poesía e historia en el plano ético para combatir ese «positivismo» que él veía en Menéndez Pidal, hubiese sido mucho más convincente, por más medieval, el devolver a la historia su dimensión ética, aquella de que carece precisa mente la historia positivista, haciendo ver que la historia, como experiencia humana que es, es algo más que doctrina política, planes de reconquista, etc.

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LA CRIMINOLOGÍA EN LA LITERATURA UNIVERSAL ANTONIO QUINTANO RIPOLLES MAGISTRADO DEL TRIBUNAL SUPREMO y CATEDRÁTICO DE DERECHO PENAL EN LA UNIVERSIDAD DE MADRID

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