Petrarca a través de sus epistolarios
Un intelectual europeo
El Sábado Santo de 1327, seis de abril, para ser más precisos, Francesco Pe
trarca —joven burgués de 23 años, hijo de italianos— vio por primera vez a
una tal Laura, dentro de la iglesia de Santa Clara, en Aviñón. Ese encuentro
definió su vida y su obra; por un lado, introduciéndolo en los delirios amoro
sos; por otro, estimulando su furor poético. La consecuencia de aquel amor
fue uno de los poemarios que mayor influencia ejerció en la literatura occi
dental, el famoso Cancionero (o Rerum vulgarium fragmenta). Este libro,
compuesto por 366 poesías, narra a modo de diario alegórico la existencia de
“un año de amor” que en realidad duró casi medio siglo, hasta 1374, cuando la
muerte visitó al poeta.1
Ya desde sus primeras redacciones, el Cancionero
marcó una tendencia muy innovadora para la expresión amorosa literaria en
Italia, en Europa y, para el siglo xvi, también en el Nuevo Mundo. A pesar de
que el propio autor en el soneto introductorio manifiesta explícitamente que
aquel amor fue un error juvenil del que derivó un producto vergonzoso, o sea,
el Cancionero mismo. La seducción de sus versos y su delicadeza para expre
sar las poliédricas aristas del amor no correspondido atrajo el interés de
cientos de poetas en Occidente desde Giovanni Boccaccio —el primer petrar
quista de Europa—2 hasta autores muy alejados en el tiempo, el espacio y el
estilo como Miguel Hernández, y todavía, en las composiciones vernáculas
de la cultura popular de nuestros días seguimos oyendo los mismos llantos y
1Sobre el amor por Laura como detonante de la actividad poética, véase Marco Santagata,
“Introduzione”, en Francesco Petrarca, Canzoniere. Milano, Mondadori, 1999, pp. xiii-xcvi. (I
Meridiani).
2Véase Paola Vecchi Galli, Padri. Petrarca e Boccaccio nella poesia del Trecento. Roma-Padova,
Antenore, 2012.
9
suspiros de Petrarca, acompañados de reminiscencias de algún primer en
cuentro amoroso tímido y casto.
Pero Petrarca es más que un cancionero amoroso. Así como sus poesías
escritas en lengua toscana deberían provocar en los lectores un juicio conde
natorio atenuado por la piedad, Petrarca escribió un porcentaje muy elevado
de su obra en latín, y esa obra sí se divulgó con la pretensión de brindarle
buena fama, pues en ella, el juvenil error de haber amado fue desplazado por
la devoción intelectual hacia los autores que le dieron ciencia y lustre a las
letras latinas.
Francesco Petrarca, Dante Alighieri y Giovanni Boccaccio son conside
rados los tres escritores más importantes de la tradición italiana medieval,
pero hay varios elementos que colocan a Petrarca en una dimensión diferen
te, pues, mientras los otros dos desarrollaron sus labores intelectuales en
zonas muy localizadas de la península itálica, Petrarca se distinguió por haber
sido más bien un intelectual europeo, tanto por los lugares donde radicó como
por sus relaciones con importantes personajes de distintos orígenes geográ
ficos. Ya desde antes de su nacimiento, el 20 de julio de 1304, en Arezzo, su
vida estuvo marcada por el exilio.
El padre de Francesco, Pietro (llamado
Petracco), hacia 1300 ejercía el respetable cargo de notario de la Señoría de
Florencia. Al igual que Dante, Petracco formó parte del partido de los Guel
fos Blancos y, como aquél, también sufrió la pena del exilio —aunque por
razones diferentes—, y en 1302 debió trasladarse a Arezzo, de donde era
originario, pero en esos tiempos la vida era difícil, por lo que, en 1307, la
familia se mudó a Incisa, donde nació Gherardo. Más adelante, vivieron en
Padua y en Pisa. Petracco encontró oportunidades de trabajo en Aviñón, sede
entonces de la curia papal, y decidió dejar la península. Así describe Petrar
ca su ajetreado deambular por la Toscana:
Yo, que en el exilio fui concebido, en el exilio nací, con tanto trabajo de mi
madre y tanto peligro que durante un largo tiempo se le dio por muerta no sólo
según el juicio de las parteras sino también de los médicos. Así fui puesto a
prueba desde antes de nacer y llegué al umbral mismo de la vida bajo el auspi
cio de la muerte. Arezzo, ciudad no innoble de Italia, lo recuerda; hacia donde
había huido mi padre, tras haber sido expulsado de su patria con buen número
de hombres buenos. De ahí, a los siete meses fui llevado por toda la Toscana,
10
en la diestra de cierto joven muy fuerte, quien […] me llevaba envuelto en un
hatillo, pendiente de un nudoso palo (Fam., i, 1, 22-23).3
En 1312, ya en territorio francés, Petracco se estableció en Carpentras y
ahí fue donde el joven Francesco comenzó a estudiar con Convenevole da
Prato, un florentino que también debió abandonar su ciudad por razones
políticas. Como era costumbre, los estudios se iniciaban con la enseñanza del
latín, seguido de la retórica y la dialéctica. Petracco, preocupado por el futuro
de su hijo, lo encaminó hacia los estudios jurídicos, pero Francesco pronto
quedó fascinado por la literatura latina y no mostró particular interés por la
jurisprudencia. Sin embargo, con solo 12 años, inició sus estudios formales en
Montpellier, junto con su amigo Guido Sette. En 1320, Guido, Francesco y su
hermano Gherardo viajaron a Bolonia para perfeccionar los estudios jurídi-
cos en su prestigiosa Universidad. Esta nueva sede resultó muy enriquecedora
para el futuro escritor, pues Bolonia también era famosa porque en sus aulas
los jóvenes estudiantes practicaban la poesía en lengua toscana —vulgar ita
liano, como se le suele llamar—, lo cual seguramente permitió que Francesco
conociera la importantísima tradición del dolce stil novo, a la cual perteneció
Dante. Por lo demás, Bolonia también le brindó la oportunidad de establecer
nexos amistosos con jóvenes que más adelante se transformaron en figuras de
cierto relieve, como Giacomo Colonna. Sin duda, también en las bibliotecas
de Bolonia afinó sus estudios sobre poesía latina. Lamentablemente, debió
interrumpir sus estudios y volver a Aviñón tras recibir la noticia de la muerte
de su padre, en 1326. Un año después, tuvo lugar el encuentro con Laura.
Gracias a su amistad con Giacomo Colonna, logró entrar al servicio de
aquella notable familia en 1327, cuando tomó los hábitos y se volvió capellán
del cardenal Giovanni Colonna. Para 1330, Francesco ya se perfilaba como un
hombre culto y apasionado por los libros. Durante los siguientes cinco años,
lo vemos viajando por el centro de Europa: Lombez, París, Lieja, Lyon, Aquis
grán y Colonia.
Fue en Lieja donde encontró la oración Pro archia de Cicerón
y Ad equites Romanos, atribuida erróneamente al rétor romano.
3Todas las citas de las epístolas de Petrarca provienen de las cartas antologadas en el presente
volumen.
11
Para poder continuar con su vida relajada y dedicada al estudio, era ne
cesario contar con una cierta estabilidad económica, y la encontró gracias a
que en 1335 el papa Benedicto XII lo favoreció con una canonjía en la catedral
de Lombez, puesto que le permitía una vida sin preocupaciones económicas
y, sobre todo, le brindaba la libertad de dedicarse a las letras y de viajar. De
hecho, en 1336 visitó por primera vez Roma, pero decidió volver a tierras
provenzales, específicamente a Vaucluse, región campestre enmarcada por el
Mont Ventoux y el manantial de donde surge el río Sorgue (la actual Fontai
ne-de-Vaucluse). Fue aquí donde finalmente encontró la paz necesaria para
escribir, en latín, obviamente. A estos años pertenecen las primeras redac
ciones de su poema África, que narra las hazañas de Escipión el Africano; de
su tratado De viris illustirbus (De los hombres ilustres) y de Rerum memoran
dum libri (Sobre los sucesos memorables). Igualmente, en Vaucluse se hallan
indicios del proyecto de su Cancionero que para entonces estaba compuesto
por unos 40 poemas.4 También allí nació Giovanni, su primer hijo (aunque
en sentido estricto los clérigos debían obedecer el voto de castidad y no po
dían contraer matrimonio. La infracción a estos principios era bastante tole
rada en la Edad Media).
El año de 1341 fue decisivo para su carrera poética, pues tanto París como
Roma le propusieron ser la sede donde recibiría la corona poética, pero antes
fue examinado durante varios días por Roberto de Anjou, rey de Nápoles. Al
final, como acto político, en consonancia con su importancia histórica, la
ciudad de Roma fue la elegida como sede para la coronación, que se llevó a cabo
el 8 de abril de ese año en el monte Capitolio. Para tal acontecimiento, Fran
cesco —que gracias a la laurea poética latinizó su nombre patronímico Pe
tracchi por Petrarche— preparó un discurso en donde se observa su fuerte
inclinación por conciliar armónicamente la cultura clásica y la tradición cris
tiana.5 Regresó a Aviñón y casi de inmediato el papa Clemente VI le ofreció
una canonjía en Pisa.
Allí conoció también a Cola di Rienzo, notario e inte
lectual que, al igual que Petrarca, buscaba reconstruir la grandeza de Roma.
4Ernest Hatch Wilkins, Vita del Petrarca. Milano, Feltrinelli, 2012, p. 29.
5F. Petrarca, La Collatio laureationis. Manifesto dell’Umanesimo europeo, ed. Giulio Cesare Maggi.
Milano, La Vita Felice, 2012. (Piccola Biblioteca della Felicità, 12).
12
En 1843 su hermano tomó la decisión de volverse monje cartujo en Montrieux,
lo cual implicaba una separación. También en ese año nació su hija Francesca.
En los años sucesivos volvió a Italia para cumplir algunos encargos diplo
máticos del cardenal Colonna en Nápoles. Luego pasó por Roma, Parma y
Verona, donde encontró las cartas ciceronianas dirigidas a Ático, a Quinto y a
Bruto. En 1346, estando en Vaucluse, fue nombrado canónigo de la catedral
de Parma, lo cual le brindó las comodidades para dedicarse a la redacción de
otros textos: De vita solitaria (Sobre la vida en soledad) y el Bucolicum carmen
(Poema bucólico) y, más tarde De otio religioso (Sobre el tiempo libre de los
clérigos) y el Secretum (Mi secreto), un importante diálogo alegórico entre
nuestro autor y san Agustín, acompañados por la Verdad desnuda. A estas
fechas también corresponde la segunda redacción del Cancionero.
En 1347 hubo otro cambio importante en la vida de Petrarca: Cola di
Rienzo logró proclamar la República Romana, con un gobierno ejercido por
el pueblo, pero, al ser adversario de los Colonna, la familia rompió relaciones
con nuestro autor. Volvió a Parma el siguiente año y recibió el cargo de archi
diácono, pero justo ese 1347 fue el terrible año de la peste bubónica que diez
mó la población europea, y no sólo le arrancó a Petrarca muchos amigos, sino
que también se llevó a Laura el 6 de abril, curiosamente. Gracias a sus buenas
relaciones con el gobernante de Parma, Luchino Visconti, logró mantenerse
ocupado en varias ciudades, incluso obtuvo nuevamente una canonjía en la
catedral de Padua. En 1350 conoció en Florencia a Giovanni Boccaccio, quien
todavía no había concluido la composición del Decameron, pero ya era un
prestigioso practicante de las letras en vulgar italiano. Sin duda, este encuen
tro tuvo grandes consecuencias para Boccaccio, que veía en Petrarca un mo
delo de ejemplar comportamiento intelectual, digno de emulación, aunque
para Petrarca parece que sólo fue un amigo entrañable, es decir, le ofreció su
estima y reconocimiento intelectual, pero quizá en menor medida que a otros
de sus amigos más más próximos y añejos.6
6Sobre la relación entre ambos escritores véase Giuseppe Billanovich, “Il più grande discepolo”, en
Petrarca letterato I.
Lo scrittoio del Petrarca. Roma, Edizioni di Storia e Letteratura, 1947. (Storia e
Letteratura. Raccolta di Testi, 16), pp. 59-293; Francisco Rico. Ritratti allo specchio (Boccaccio.
Petrarca). Roma-Padova, Antenore, 2012, Fernando Ibarra, “Dal preceptor inclitus all’amicus:
Boccaccio e Petrarca tra l’ammirazione unilaterale e la finta amicizia”, en Mariapia Lamberti,
13
En 1351 Clemente VI solicitó su presencia en Aviñón. En estos años se
concretó el proyecto de reunir sus cartas, así como sus textos más polémicos
en materia política e intelectual: el epistolario Sine nomine (Sin destinatario)
y la invectiva Contra medicum (En contra de los médicos). La vida privilegiada
en la curia papal, sin embargo, despuntó hostilidades hacia Petrarca; de hecho,
el antipapa Inocencio VI, al igual que otros, pensaba que nuestro escritor
practicaba la nigromancia, actividad cultivada por su admirado Virgilio, según
la creencia popular. Petrarca ya no se sentía cómodo y así, el hombre que vivió
intermitentemente 30 de sus 50 años en Provenza, aprovechó sus buenas re
laciones con la familia Visconti para ponerse a su servicio y establecerse defi
nitivamente en territorio italiano en 1353, primero en Milán, de 1362 a 1368
en Venecia, posteriormente entre Padua y Arquá, donde Francesco da Carra
ra le había regalado un terreno. En Arquá trascurrió el resto de sus días con
su hija Francesca —que para entonces ya estaba casada con Francescuolo da
Brossano— y con Eletta, su nieta.
Su llegada a Italia estuvo acompañada de múltiples actividades diplomáti
cas que le permitieron viajar a Basilea, Praga y París. Mientras tanto, escribió
otros tratados: De remediis utriusque fortune (Sobre los remedios hacia la
fortuna buena y la mala), De ipsius et multorum ignoratia (Sobre la ignoran-
cia propia y la de los demás) y De gestis caesaris (Sobre las hazañas de los em
peradores). Además, siguió trabajando en sus dos únicas obras en vulgar ita
liano: el Cancionero —que ahora ya podía dividirse entre los poemas en vida
y en muerte de Laura— y los Triumphi (Triunfos), poema iniciado en 1352,
pero que nunca concluyó. Además, en Milán encontró la tranquilidad nece
saria para retomar sus demás obras y establecer su redacción final, aunque
todavía no la definitiva. Hacia 1364 reagrupó nuevamente las poesías de su
Fernando Ibarra y Sabina Longhitano, eds. Boccaccio. Influenza e attualità. Firenze, Franco Cesati,
2015, pp. 57-65. Sobre la presencia de Boccaccio en las Seniles, véase Sabrina Ferrara “Paradigmi
umanistici tra Petrarca e Boccaccio” y Philippe Guérin, “E quando no si trata di poesia? Su Boccaccio
e Petrarca nelle Senili”, ambos en Sabrina Stroppa, Romana Brovia y Nicole Volta, eds., Le Senili di
Petrarca. Testo, contesti, destinatari. Firenze, Le Lettere, 2021, pp. 201-222 y 223-241,
respectivamente.
14
cancionero bajo el título Francisci Petrarche laureati poete Rerum vulgarium
fragmenta (el famoso códice Vaticano Latino 3195).7
Su fama como intelectual y político se mantuvo siempre viva; de hecho,
sus servicios fueron solicitados por el rey de Francia, por el papa, por el em
perador y por algunos gobernantes italianos. Sin embargo, Petrarca prefirió
una vejez tranquila, totalmente inmerso en las letras.
Como él mismo cuen
ta en su carta “A la posteridad”, algunos achaques lo incomodaban, pero lo
más triste eran las consecuencias del paso del tiempo, por ejemplo, la muer
te de muchos de sus amigos y parientes. En efecto, además de todos los
amigos fallecidos durante la peste, en 1361 murieron Giovanni, su primogé
nito, y su amigo Sócrates (Ludwig van Kempen o Ludovico di Beringen), al
que años atrás había dedicado la primera carta de las Familiares, seguido de
Zanobi da Strada (Lelio), Francesco Nelli, Barbato di Sulmona, Guido Sette
y muchos más, a los que dirigió numerosas epístolas. Lejos de Provenza,
Boccaccio parece haber sido su único interlocutor cercano: se reunieron en
Milán, en Padua y en Venecia; de manera personal o epistolar discutieron
sobre poesía, tradición clásica, literatura en vulgar italiano, pero también
sobre asuntos personales. Un punto de desencuentro entre ellos fue la valo
ración de Dante, pues Boccaccio lo estudiaba con humilde devoción y llegó
incluso a regalarle una copia de la Comedia. Parte de estas discusiones sobre
la obra de Dante quedó plasmada en una carta (Fam., xxiii, 15). Petrarca, en
cambio, mostraba difidencias ante el vulgar italiano como lengua literaria.
La mejor muestra es el hecho de haber traducido al latín la última novella del
Decamerón —la historia de Griselda, que en latín se llamó De insigni obe
dientia et fide uxoria (Sobre la ilustre obediencia y fe de una esposa)— como
muestra de amistad. De paso, el texto latino promovió una circulación más
amplia de la obra de Boccaccio por Europa.8
En 1373, Petrarca aceptó su último encargo diplomático para ayudar a
Francesco da Carrara, quien fue vencido en la guerra contra Venecia, y también
7Sobre las distintas versiones del Cancionero véase Serena Fornasiero, Petrarca. Guida al Canzionere.
Roma, Carocci, 2001. (Le Bussole, 14).
8
José Luis Quezada, “La Historia Griseldis de Petrarca. ¿Culminación ideal de una amistad literaria?”,
en M. Lamberti, F. Ibarra y S. Longhitano, eds., op. cit., pp. 67-78.
15
en ese año le dedicó una última carta (Sen. xiv, 1). Aún en su vejez, seguía
firme en su convicción de que el papado debería regresar a Roma. Contra los
opositores, en particular, contra el monje francés Jean de Hesdin, escribió la
invectiva Contra eum qui maledixit Italie (Contra los que maldicen Italia).9 Se
sabe que en febrero de 1374 redactó el último de sus Triumphi, el Triumphus
Eternitatis (Triunfo de la Eternidad), y la muerte llamó a su puerta de noche,
entre el 18 y el 19 de julio de ese año.
petrarca y el género epistolar
Dentro del panorama europeo medieval, la epistolografía o ars dictandi con
taba con preceptivas muy bien consolidadas desde el siglo xii, por ejemplo,
los Praecepta dictaminum de Adalberto de Samaria, las Rationes dictandi
prosaice de Hugo de Bolonia o las Introductiones prosaici dictaminis de Ber
nardo de Romaña, y muchos más.
Esta tradición, nacida en el monasterio de
Montecassino, en Italia, se expandió exitosamente al resto de Europa por su
practicidad en la aplicación comunicativa de asuntos oficiales. Entre otros
detalles, en estos manuales se explica que las cartas constan de cinco partes
fundamentales: salutatio, captatio benevolentiae, narrratio, petitio y conclusio,
a las que debían añadirse los correspondientes saludos y despedidas. En cuan
to al aspecto estético de la lengua, la prosa latina también contaba con su
propio ritmo, conocido como cursus, puesto en práctica ampliamente en las
epístolas papales. Con el tiempo, el cursus —basado en las sílabas tónicas y
no en la cantidad vocálica, como ocurría en la composición poética— se in
tegró como parte compositiva de las misivas, dotando de cierto ritmo a cada
una de las cláusulas que las componían.10 Si bien para el siglo xiv siguieron
escribiéndose tratados sobre el ars dictandi y su correcta práctica siguió
9Francesco Petrarca, In difesa dell’Italia (Contra eum qui maledixit Italie), ed. Giuliana Crevatin.
Venezia, Marsilio, 2004.
10 Véase James J. Murphy, “V. Ars dictaminis: el arte epistolar”, en La retórica en la Edad Media.
Historia de la teoría retórica desde san Agustín hasta el Renacimiento, trad. Guillermo Hirata Vaquera.
México, Fondo de Cultura Económica, 1986, pp. 202-274.
16
vigente en autores como Dante y Boccaccio, el ulterior conocimiento de los
autores clásicos permitió la adopción de otro caminos de comunicación epis
tolar que, sin ser del todo opuestos a la tradición, marcaban una toma de
posición frente a la Antigüedad, de modo que las epístolas también eran
susceptibles de modelar la elocuencia medieval. Como bien anota Andrés
Ortega, “con el modelo de Cicerón y Séneca, se tiene acceso a una nueva for
ma de carta personal, muy alejada de las rigideces de la retórica medieval y su
ars dictaminis”. 11
En efecto, las fórmulas establecidas preservaban su vigencia comunicativa
principalmente en los ámbitos legales, por lo que la preceptiva del ars dictan
di sólo incumbía a un sector muy limitado de usuarios de la lengua escrita,
pero los escritores tenían exigencias expresivas que necesitaban satisfacerse
de otra manera para establecer una conexión efectiva con otro tipo de público.
En el caso de Francesco Petrarca —según los estudios de Giuseppe Billano
vich—12 la intención de redactar cartas surgió en 1345, concebidas ya como
experimentos de índole más literaria que comunicativa. De hecho, la primera
proyección contemplaba la división entre las epístolas escritas en hexámetro
latino separadas de las redactadas en prosa. Debido a sus múltiples intereses
y a su constante ajetreo, el proyecto se detuvo por algunos años, hasta que ideó
la posibilidad de reunir algunas de sus epístolas en verso en un volumen iden
tificado como Epystolarum ad diversos liber que para 1351 ya contaba con
cartas dirigidas a Cicerón, a Séneca y a Varrón, a las que fueron añadiéndose
muchas más a lo largo de esa década.
Cabe mencionar que las primeras colec
ciones epistolares lograron circular entre sus allegados, ya sea porque él mis
mo les mandó alguna copia o porque alguno de ellos, como Boccaccio, las
transcribió de propia mano.
El interés que suscitaron estos textos recaía en su contenido, y también en
su estilo, pues, al contar con los modelos epistográficos de las cartas a Lucilio
de Séneca y la novedad que significó el descubrimiento de los distintos grupos
11 Andrés Ortega Garrido, “Introducción”, en F. Petrarca, Cartas a los más ilustres varones de la
antigüedad, pról. Ángel Gómez Moreno, trad., intro. y notas A. Ortega Garrido. Sevilla, Espuela
de Plata, 2021, p. 39.
12 G. Billanovich, “Dalle Ad diversos alle Familiares”, en op. cit., pp. 1-55.
17
de misivas de Cicerón, Petrarca estaba introduciendo una nueva fórmula
comunicativa de fronteras muy flexibles, necesaria para dar rienda suelta a la
libertad que requería para tratar un amplio espectro de temas cuya índole
podía ir del extremo de la noticia personal a la profunda reflexión filosófica,
con rigurosa observancia de la forma latina, pero desechando las convencio
nalidades de la tradición epistolar medieval. Con los años, el número de
cartas se incrementó hasta alcanzar el medio millar; en consecuencia, Petrar
ca debió abandonar su proyecto inicial, que distinguía prosa de verso, así que
fue necesario encontrar un elemento que hilara tanto sus cartas de comuni
cación cotidiana como las de índole literaria.
Tras varias tentativas para dar orden a tan vasta producción, finalmente
Petrarca optó por seccionarlas en cuatro grupos bien definidos: Familiares
(Rerum familiarium libri), Epystolae metricae, Sin nombre (Liber sine nomine)
y Seniles (Senilium rerum libri). El primer grupo consta de 350 epístolas di
vididas en 24 libros. Biográficamente, ocupan el periodo inmediato a la
peste (1350) y concluyen en 1360, aunque la última redacción data de 1366.
Todas las Familiares están escritas en prosa salvo dos del libro xxiv, escritas
en hexámetros latinos, dedicadas a Horacio (10) y a Virgilio (11), respecti
vamente. En paralelo, circulaban ya algunas de sus 66 Epystolae, pero no fue
sino hasta 1364 cuando Petrarca decidió agruparlas en 3 libros que siguió
corrigiendo en años posteriores, aunque se sabe que la primera de estas car
tas (I, 7) la compuso muchos años atrás, hacia 1319, en ocasión de la muerte
de su madre. El grupo Sine nomine lo conforman 19 misivas que se caracte
rizan por su alto contenido político. Debido a su carácter polémico en contra
del mal gobierno y la corrupción de la corte de Aviñón —y seguramente por
prudencia—, circularon “sin nombre” del destinatario. La última carta de
esta colección data de 1366. Las Seniles, como anuncia el nombre, correspon
den al periodo de la vejez y se componen de 128 cartas distribuidas en 18
libros
. A estas colecciones determinadas por Petrarca se añade un último
grupo, al que tradicionalmente se le llama Varia, que incluye todas las demás
cartas que forman parte del corpus epistolar de Petrarca, pero que quedaron
fuera de sus agrupaciones más orgánicas, quizá por razones estilísticas, por
no encajar dentro de la coherencia lógica de las colecciones, por su conteni
do o por ser instrumentos de comunicación oficial sin un valor literario re
18
levante para el autor.13 Cualquiera que sea la razón, afortunadamente conta
mos con ellas, pues contienen información relevante para reconstruir la
biografía de Petrarca.
Los destinatarios de las diferentes colecciones son muy variados. Van desde
parientes y amigos cercanos, hasta personajes de las más altas esferas del poder
y hombres de letras con los que Petrarca tuvo contacto, es decir, personas rea
les que verdaderamente mantuvieron o pudieron haber establecido una comu
nicación escrita con nuestro autor, aunque también encontramos personajes
“ficticios”, como los grandes autores de la Antigüedad. El trabajo ecdótico de
Vittorio Rossi demuestra que Petrarca solía escribir tres versiones de sus cartas:
la que efectivamente mandaría al destinatario —en cuyas ulteriores copias y
trasmisiones no tuvo intrusión—, la que mantendría en su archivo personal y
que posteriormente formaría parte de su epistolario, susceptible de sufrir mo
dificaciones según sus particulares exigencias literarias, dando así lugar a una
tercera reescritura definitiva, de la que pueden desprenderse otras versiones.14
Por lo demás, el mismo Petrarca indica que, una vez convencido de reunir sus
cartas en un volumen, era necesario hacer las modificaciones pertinentes para
evitar innecesarias repeticiones léxicas y estilísticas, además de eliminar infor
mación irrelevante para el lector del futuro (Sen., i, 1, 31-32).
Sin embargo, también hay cartas dirigidas a personajes legendarios que
jamás habrían podido leer ni responder ninguna de las misivas, por ejemplo,
Horacio, Virgilio y otros importantes escritores de la tradición grecorromana.
Como se trata de ejercicios literarios, hay que entender que, a pesar de estar
dirigidas a una persona determinada, en realidad, Petrarca articuló sus episto
larios de manera funcional para todos nosotros, y él mismo era consciente de
ello, pues, gracias a muchos estudios filológicos de los manuscritos que contie
nen las diferentes versiones de sus misivas, se ha comprobado que modificó
deliberadamente algunos datos circunstanciales reales (fechas, destinatarios,
lugares, hechos) y las reubicó cronológicamente para darle mayor cohesión y
13 Véase Alessandro Pancheri, “Introducción a las Cartas dispersas”, en F. Petrarca, Epistolarios iv,
trad. Francisco Socas, introd. Ugo Dotti, revisión Jordi Bayod. Barcelona, Acantilado, 2023, pp.
3869-3882. (El Acantilado, 468).
14 Véase F. Petrarca, Le Familiari, vol. I, ed. crítica Vittorio Rossi.
Firenze, Sansoni, 1933, pp. xi-xvii.
19
coherencia al relato integral.15 Incluso hay cartas instrumentales que resultan
necesarias para brindar solidez a los eslabones discursivos. El mismo Petrarca
señaló las razones de su proceder en la primera de sus cartas Familiares:
Aunque fueron escritas en el transcurso de muchos años y enviadas a diversas
regiones del mundo, cuando apenas recientemente se reunieron en un mismo
tiempo y lugar, se discernió fácilmente la deformidad de la colección, oculta en
las cartas individuales, pues una palabra que utilizada una vez en una epístola
me deleitaba, repetida con demasiada frecuencia a lo largo de toda la obra
comenzó a ser un fastidio. Por ello debía dejarla en una, pero eliminarla del
resto. También he eliminado muchas cosas sobre asuntos privados, que quizá
parecieron valiosas mientras eran escritas, aunque ahora no agraden al curioso
lector. (Fam., i, 1, 31-32)
Como estrategia narrativa propia del teatro, en el diálogo que se establece
en las cartas, la analepsis ayuda a la configuración del evento narrativo. El
destinatario real no necesitaría saber dónde se encontraba su propia morada
ni cuales eran sus propias ocupaciones, pero esta información sí que es rele
vante para el lector futuro que del destinatario ignora todo. Aquí es donde se
evidencia la doble intención de la escritura: la comunicación directa e inme
diata, por un lado, y por el otro, la lectura futura por parte de gente ajena a su
contexto temporal y geográfico, como lo manifiesta explícitamente en el ínci
pit de su carta a la posteridad: “Tal vez hayas oído algo acerca de mí, aunque
incluso dude de esto: de si mi insignificante y desconocido nombre viajará a
través del espacio y el tiempo” (Sen., xviii, 1). Feliz estará de saber que su
nombre llegó a las antípodas con siete siglos de distancia.
Tomando en cuenta que el género ensayístico no existía en aquellos tiem
pos, la redacción de cartas permitía exponer una reflexión y transmitirla en
un texto de extensión breve. Si eliminásemos de las cartas de Petrarca los sa
ludos, las despedidas y las referencias circunstanciales, nos quedaríamos con
un complejo grupo de cavilaciones sobre asuntos diversos que desmenuzan
realidades e idealizaciones sobre temas de interés privado, como la amistad,
15 Sobre el intrincado proceso de consolidación de los epistolarios petrarquescos véase Claudia
Berra, ed., Motivi e forme delle Familiares di Petrarca. Milano, Istituto Editoriale Universitario,
Cisalpino, 2003. (Quaderni di Acme, 57).
20
la vejez y la soledad; público, como la guerra, el buen y el mal gobierno; e
intelectual, como el valor de los autores grecolatinos, la historia, las letras, los
libros y, en general, el beneficio del estudio para el individuo y para la sociedad.
Pero tan importante es contenido de las cartas, como también su forma, pues
en ellas nuestro autor puso en práctica sus conocimientos sobre retórica y emu
ló el estilo de los autores latinos clásicos y medievales, en particular Cicerón,
Séneca y san Agustín,16 además de marcar una nueva estación para la escritu
ra en latín, aunque, como nota Leticia López:
Se trata de un latín de transición, de vuelta al clásico y de rechazo a los usos
escolásticos medievales. La prosa latina de Petrarca es, por su propia naturale
za transitoria, razonablemente comprensible y fluida: aun cuando la busca, no
alcanza la arquitectura del periodo ciceroniano, pero tampoco se queda en las
formas lineales de innumerables ejemplos del latín medieval.17
No olvidemos que el contexto literario de Petrarca era bilingüe en sentido
lato, es decir, se empleaba el latín en sus diversas variedades, al igual que la
lengua vulgar propia de cada latitud. Podríamos hipotetizar que el joven Fran
cesco aprendió el toscano en casa, pero debió conocer el provenzal que se
hablaba en Aviñón para poderse comunicar con la gente común. Sin embargo,
únicamente contamos con registros del uso del toscano literario en la poesía
y un latín bastante depurado en el resto de su producción. De hecho, en varios
de sus textos manifiesta abiertamente su preferencia por la elocuencia de
Cicerón y la reflexión moral de Séneca, mientras que en sus epístolas sobre
sale la presencia de Boecio, san Agustín y de autores de la Antigüedad como
Tito Livio, Virgilio, Horacio, Suetonio, Lucano, Estacio y otros más, de quienes
retoma conceptos y fórmulas retóricas que le brindan un tono clasicista a su
prosa sin perder la función comunicativa práctica del latín de sus tiempos.
Como explica Marco Ariani, no podemos hablar de una historia evolutiva
del latín de Petrarca, sino más bien de una búsqueda experimental donde son
16 Véase Sara Fazion e Ilaria Lorenzi, Petrarca lettore di Seneca tragico e di Svetonio. Bologna, Pàtron,
2019 y Roberto Cardini y Donatella Coppini, eds., Petrarca e Agostino. Roma, Bulzoni, 2004.
17 L. López, “El latín de Petrarca”, en Mariapia Lamberti, ed., Petrarca y el petrarquismo en Europa
y América. México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2006, p. 166.
21
igualmente válidos los exempla clásicos y el usus medieval, y toma lo que
considera mejor de ambas tradiciones.18 En otras palabras, sería la derivación
estilística más sensata de quien tiene a la mano la posibilidad de elegir entre
una prosa ampulosa y una humilde, y decide optar por una mediocritas ma
leable que no atente contra la claridad, pero que no renuncie a la belleza. Él
mismo afirmaba: “Y así como la misma comida no deleita todo el tiempo no
ya a diversos, sino ni a un único estómago, así también un mismo espíritu
no debe ser alimentado siempre con el mismo estilo.
De modo que la labor es
doble: considerar quién es aquél al que uno se ha propuesto escribir y cuál será
su estado anímico cuando lea lo que le escribes” (Sen., i, 1, 29); es decir, que
haya consonancia entre estilo y función comunicativa del texto.
Petrarca abrazó la novedad que ofrecían los clásicos, o sea la restitución
del orden perdido a través de la vuelta a los orígenes que dieron el mayor es
plendor a la cultura europea. Este acercamiento marca decisivamente una
reorientación hacia el futuro humanismo,19 a diferencia de Dante que, aunque
reconoce el valor literario de los escritores de la Antigüedad y se permite al
guna intertextualidad, los trata como patrimonio cultural, no como modelo
de comportamiento moral. Sin ser clérigo, Dante es profundamente religioso;
siéndolo, Petrarca parece interesarse más por el intelecto. Para Dante, Virgi-
lio es una alegoría del saber humano, una antesala y un escalón para el ascen
so del alma; en cambio, Petrarca, espiritualmente menos pretensioso, o menos
interesado, no coloca a Cicerón, a Horacio o a Seneca como puntos de partida,
sino como la aspiración intelectual de quien sigue un modelo cultural funda
mentado en la más alta realización del intelecto humano, no divino. No es
casual que en varios momentos agradezca a Cicerón, “el sumo padre de la
elocuencia romana” (O romani eloquii summe parens. Fam., xxiv, 4, 4) no sólo
por el hecho de ser modelo para los antiguos romanos, sino para todos los
usuarios futuros de la lengua latina, pues es guía, ayuda, maestro y fuente de
inspiración; lo cual resulta importante, pues es sintomático de una plena
18 M. Ariani, op. cit., p. 344.
19 Sobre la influencia de los autores clásicos en Petrarca véase el clásico Pierre De Nolhac, Pétrarque
et l’humanisme. Paris, Honoré Champion, 1907. (Bibliothèque Littéraire de la Renaissance, 1 y 2),
2 tomos y Maurizio Fiorilla, I classici nel Canzoniere. Note di lettura e scrittura poetica. Roma
Padova, Antenore, 2012. (Studi sul Petrarca, 40).
22
conciencia de las potencialidades y los límites del estilo prosístico y, aunque
no renuncia a los juegos retóricos en la prosa, les da su justo lugar. El estilo
poético del África es elevado, ciertamente, pero inadecuado para emplear-
lo en una carta dirigida a un amigo. La poesía posee características que exigen
una lectura pausada y profunda para su correcta interpretación; por su parte,
la comunicación epistolar requiere ser inmediata, clara y emotiva, si fuera el
caso, tal como señala nuestro autor cuando indica que la carta debe mostrar
un “estilo simple, íntimo y familiar, apto y acomodado en los giros que usamos
en la conversación cotidiana” (Fam., i, 1, 16).
Los epistolarios son, ante todo,
un ejercicio literario que probablemente le deba más al modelo clásico que a
la vida misma, como se expone en la epístola que abre las Familiares:
Si hay algo de mis escritos que te guste, confieso que no es mío, sino tuyo;
quiero decir, no es una alabanza de mi ingenio sino de tu amistad. De hecho,
ninguna de estas obras tiene una gran fuerza oratoria, porque ciertamente
yo no la poseo y, aunque la tuviera, su estilo no se presta, dado que ni el mismo
Cicerón, muy destacado en esa capacidad, la introdujo en sus epístolas ni en
sus libros en los que hay cierta “proporción”, como él dice, y “un estilo tempe
rado”. En sus discursos cultivó aquella fuerza eximia y un lúcido y raudo y to
rrencial río de elocuencia […] Cicerón trató asuntos filosóficos en sus libros,
pero en sus cartas incluyó asuntos personales, noticias y diversos sucesos de su
tiempo (Fam., i, 1, 13-14 y 32).
Una peculiaridad destacable en la prosa petrarquista es su insistente apego
a la claritas. Para él, la claridad era un valor irrenunciable. Si bien no podía
exigirla en los autores del pasado, sí tomó esta característica como rasgo dis
tintivo de su propia obra, empezando por la materialidad de la palabra: me
refiero a algo tan simple como la caligrafía legible. En una de sus cartas a
Boccaccio indica que un joven ayudante está transcribiendo sus cartas “no
con esa escritura artificiosa y lujosa —propia de los escribas, o mejor dicho,
de los pintores de nuestro tiempo […]—, sino con una letra correcta y clara,
amable para la vista, donde no falta ni una coma ni algún otro signo ortográ
fico” (Fam., xxiii, 19, 8). En efecto, a partir de los manuscritos carolingios que
se caracterizan por separar cada palabra y por distinguir con precisión el
trazo curvo y el recto de cada letra, Petrarca se percató de las grandes ventajas
que ofrecía la precisión caligráfica para ahorrar fatigas inútiles al lector y,
23
sobre todo, para evitar interpretaciones equívocas del texto.20 Si ahora conta
mos con códices perfectamente legibles de la obra integral de Petrarca, se debe
a su rigurosa observancia por la claridad gráfica en los procesos de escritura
y transcripción. En suma, como afirma Ugo Dotti, con la retórica de sus cartas
en prosa, Petrarca se volvía el divulgador de la moralidad y la sabiduría hu
mana, con un lenguaje moderado y templado, lejano de la ampulosa elocuen
cia, estilo llano, doméstico y familiar según el ejemplo de Cicerón. De este
modo, el escritor daba inicio a un diálogo con un público selecto, capaz de
entender a fondo los studia humanitatis.
21
entre la aUtobiograFía y la FilosoFía
Nada impedía que Petrarca se dedicara por completo al cultivo de los metros
latinos, como lo hizo en el África y en varias de sus epístolas; nada lo limitaba
para que se inclinara por la ficción literaria o para que escribiera poesía de
temática no amorosa en lengua toscana, como se puede constatar al leer en su
Cancionero textos de fuerte inspiración religiosa (ccclxvi) o política, contra
Aviñón: la nueva Babilonia (cxxxvi-cxxxvii), sin olvidar la famosa canción
“Italia mía” (cxxviii), donde se lamenta de la falta de gobierno y unidad de la
península. Sin embargo, su interés más frecuente era la filosofía práctica, es
decir, le reflexión sobre los grandes temas que han subyacido en la cultura
letrada desde siempre: la caducidad de la vida, la búsqueda de la felicidad, la
lucha por alcanzar una vida serena, la gestión del tiempo, la misión del ser
humano en su tránsito por esta dimensión terrenal, etc. El amor erótico que
da limitado a los poemas del Cancionero. Curiosamente, apenas es mencio
nado en sus epistolarios y en sus tratados filosóficos. Por ejemplo, en su carta
a la posteridad nos dice:
20 El acatamiento a la claritas se puede verificar también en Fam., xiii, 5, donde manifiesta su interés
por ser claro para los altos intelectos, no para la gente común; o bien, en Fam., xiv, 1, en la cual
distingue entre la claridad debida a la facilidad de la lengua y la claridad asociada con la expresión
elegante.
21 U. Dotti, “La ricerca della coscienza moderna”, en F. Petrarca, Le Familiari. Libri i-iv, est. prel.,
trad. y notas de U. Dotti. Urbino, Argaglia, 1970, p. 62. (Lettere e Filosofia, xxix).
24
Siendo joven, centré mi empeño en un amor muy intenso, pero único y hones
to, y me habría seguido esforzando por mucho más tiempo, si una muerte
amarga pero útil no hubiera extinguido el fuego que ya se estaba apagando.
Desearía poder decir que soy totalmente inexperto en los asuntos pasionales,
pero mentiría si lo dijera. Diré con seguridad lo siguiente: que, aunque fui
arrastrado hacia eso por el fervor de la edad y mi constitución física, siempre
aborrecí esa vulgaridad en mi ánimo. Pero al acercarme a los cuarenta años de
edad, mientras aún tenía suficiente vigor y fuerza, no sólo rechacé el acto obs
ceno en sí, sino que expulsé todo recuerdo de ello, como si nunca hubiera
visto a una mujer. (Sen., XVIII, 1, 5-6)
Si atendiéramos con rigor su sentido literal, este párrafo desmentiría las
motivaciones y el contenido del Cancionero, pero ahora sabemos que no todas
las reflexiones personales que encontramos en los epistolarios se refieren
realmente al Petrarca de carne y hueso, sino con su alter ego, ese modelo de
imitable virtud que debería pasar a la posteridad: nos conmovemos con
el poeta toscano que sufre durante décadas sin poder comer ni dormir por el
amor no correspondido y, al mismo tiempo, escuchamos atentos al escritor
latino que confiesa que tuvo relaciones con otras mujeres.
Al final, estamos
frente a un intelectual que decidió formar parte del clero —con el correspon
diente voto de castidad—, pero que no obligatoriamente debe coincidir en la
configuración autobiográfica con el hombre que tuvo cargos administrativos
y familia propia. Su vida fue una tensión de aspectos contrarios cuyas causas
y consecuencias lograron equilibrarse en los epistolarios mediante la oportu
na eliminación, el adecuado ajuste y el necesario silencio.
Stefano Benassi propone una dicotomía indisociable en la obra de Petrar
ca: por un lado se encuentra el auctor, es decir, el Francesco de carne y hueso
que suele escribir acerca de sí mismo; por el otro, en cambio, hay un agens, o
sea, un Petrarca literario que puede trasladarse libremente entre la autobio
grafía real y la autoficción verosímil.22 Antes de él, Dante Alighieri practicó
magistralmente este recurso, de modo que el lector debe detenerse varias
veces para discernir si su experiencia amorosa o su viaje alegórico correspon
22 S. Benassi, “Sapienza poetica e sapienza filosofica nelle opere latine del Petrarca: le tracce
autobiografiche”, en Luisa Secchi Tarugi, ed., Francesco Petrarca. L’opera latina. Tradizione e fortuna.
Firenze, Franco Cesati, 2006, pp. 559-574.
25
den al auctor que nunca atravesó ningún mar o al agens que fue capaz de
traspasar los cielos. Así ocurre con Petrarca, existe ese yo —hombre de letras
perteneciente a los altos círculos intelectuales de Francia e Italia— que escri
be a sus amigos, todos ellos identificables como personajes históricos, pero
también ese otro yo que artificialmente se configura en cada obra del auctor
con la finalidad de dejar un rastro ejemplar de su paso por el mundo. El Pe
trarca agens se enamoró cuando era joven, pero decidió darle la espalda a ese
amor porque lo alejaba del estudio, que era su motor de vida y su razón
de existir, por eso se olvidó de Laura. Apenas encontramos algún residuo de
aquella pasión en su obra filosófica. En cambio, el Petrarca auctor habría
practicado poesía amorosa antes de aquel 6 de abril de 1327 y no dejó de
trabajar en su Cancionero hasta los últimos años de su vida, corrigiendo, au
mentando y reubicando las diversas composiciones para dejarnos su legado
poético integral en un manuscrito impecable. A diferencia de Dante, donde
gran parte de su ficción autobiográfica se detecta con facilidad, Petrarca llega
a ser tan coherente en la narración dispersa de su vida que la discutible vera
cidad de los hechos se vuelve materia de historiadores, no de literatos, porque
en el campo de las letras resulta absolutamente coherente y consistente.
Por ejemplo, al leer la carta donde narra que escaló el Mont Ventoux acom
pañado de su hermano (Fam., IV, 1), no habría motivos para poner en duda
la experiencia; incluso sus reflexiones durante el ascenso, por subjetivas que
sean, son plausibles y absolutamente justificables según la narración; sin em
bargo, cuando se lee a través del lente de la metáfora, cada elemento cuadra
con tal perfección que desvela el artificio. Aquí está la ambivalencia autobio
gráfica de nuestro autor al ser capaz de transmitir una vivencia espontánea
mediante un texto que ejemplifica el mecanismo medieval de la comunicación
alegórica. Es aquí donde la Historia nos presta sus herramientas: la carta, que
narra un hecho ocurrido en 1336 se redactó entre 1352 y 1353. Es poco pro
bable que haya escalado la montaña con su hermano, quien en ese momento
ya era monje. El destinatario es Dionigi Roberti da Borgo San Sepolcro, pero
había muerto diez años atrás. Quizá también sea falso que este personaje le
haya regalado las Confesiones de san Agustín, como poco probable resulta que
alguien escale una montaña llevando a cuestas un libro de cierto peso. Sin
embargo, en la carta se explicita la veracidad de los hechos: “Pongo de testigo
26
a Dios y a mi propio hermano que estaba presente” (Fam., IV, 1, 27). Asimis
mo, otros detalles son susceptibles de ponerse en duda y, sin embargo, son
verosímiles.
Al final, el lector que había admirado el sentido filosófico de la
vida del agens, ante la falta de veracidad no puede más que admirar las estra
tegias retóricas del auctor, porque las discordancias históricas cubren la fun
ción literaria de brindar mayor cohesión a la personalidad y a los hechos que
colocan un nuevo ladrillo al edificio autobiográfico.23 Ciertamente se trata de
artificios, pero no vinculados con la estética, sino con la coherencia lógica de
una progresión biográfica ejemplar. Para Loredana Chines, en los epistolarios
de Petrarca la “verdad” histórica cede su lugar a la “autenticidad” existencial,
donde el común denominador es el cambio.24
Esto confirma lo que ha notado Marco Ariani, es decir, que la fragmenta
ria vida contada en las cartas de Petrarca se basa en una verosimilitud bien
calculada y organizada que forzosamente debe recurrir a la selección, omisión,
censura y reescritura de las experiencias reales en pos de configurar un per
sonaje sin contradicciones ni disonancias.25 Varios estudiosos han tenido el
objetivo de localizar las más recónditas incongruencias entre el auctor y el
agens, pero quizá convenga acercarse a los epistolarios desde una perspectiva
contraria, es decir, encontrando las convergencias entre las tres formas de ser
Petrarca: el histórico, el enamorado y el autobiográfico, pues las tres responden
a un mismo pensamiento y a un mismo ideal vital: omnis in unum, a pesar de
sus marcadas discordancias. Por lo demás, el desdoblamiento de nuestro autor
también halló sus razones en lo clásico, pues Petrarca vio en Cicerón al rétor
ejemplar a través de sus tratados, pero también al hombre preocupado por lo
humano, como se manifiesta en sus cartas. Y al igual que el modelo, Petrarca
decidió encauzar sus impulsos intelectuales hacia el género literario más con
veniente, por eso vemos sus debilidades emocionales en el Cancionero, mien
tras que en sus epistolarios nos da cuenta de sus fortalezas intelectuales.
23 Roberta Antognini ha elaborado un esquema muy puntual de hechos históricos y datos biográficos
para establecer con certeza y rigor la diacronía persistente en la redacción de las distintas versiones
de las Familiares. Véase Il progetto autobiografico delle Familiares di Petrarca. Milano, Edizioni
Universitarie di Lettere Economia Diritto, 2008. (Studi e Ricerche).
24 L. Chines, “Introduzione”, en F. Petrarca, Lettere dell’inquietudine. Roma, Carocci, 2004, p. 15.
25 M. Ariani, Petrarca. Roma, Salerno, 2021, pp. 167-168.
27
En los epistolarios, la organización funcional del modelo clásico se impo
ne ante lo azarosa que puede ser cualquier vida humana; en ellos, la incom
patibilidad entre el auctor y el agens da lugar a una idealización de un yo que
nos ofrece el retrato fragmentario, pero lineal, de una vida que naturalmente
debió tener sus incongruencias. Es innegable la instrumentalización de las
múltiples cartas como escaparate de un constructo autobiográfico mediante
un proyecto de textos independientes, pero complementarios que, sin tener
la cohesión de las Confesiones de san Agustín, sí logran configurar a un inte
lectual fascinado por los clásicos, pero otorgando a la tradición cristiana su
justa dimensión. Al mismo tiempo sus textos construyen el modelo de per
fecto humanista que probablemente no coincide cabalmente con los hechos
reales, pero hay en ellos tanta coherencia que resulta difícil pensar lo contrario.
Así como el escritor prescinde de la situación documentable del individuo,
la realidad presente no siempre es motivo de atención, o al menos no de ser
retratada en una epístola;26 de hecho, en su carta a la posteridad nos dice: “Me
enfoqué especialmente, entre muchas otras cosas, al conocimiento de la An
tigüedad, pues siempre me desagradó mi propia época; de tal manera que,
si el amor por mis seres queridos no me hubiera llevado por otro camino, siem
pre habría deseado nacer en cualquier otra época y olvidarme de ésta, siempre
procurando sinceramente pertenecer a otras, por eso me deleitaron los histo
riadores” (Sen., xviii, 1, 11). El libro xxiv de las Familiares es claro testimonio
de su admiración por los escritores del pasado, a quienes remite cartas como
si se tratase de verdaderos seres queridos (Cicerón, Séneca, Varrón, Quinti
liano, Horacio, Virgilio, Tito Livio, Asinio Polión y Homero). Por lo demás, a
lo largo de las misivas verificamos la presencia de temas y, sobre todo, pará
frasis o citas directas de innumerables autores de la Antigüedad grecorro-
mana, muy disímiles entre sí, como Aristóteles y Ovidio, pues, sin importar
su origen geográfico ni su lejanía en el tiempo, Petrarca siempre los consideró
superiores moral e intelectualmente en relación con la insuficiencia y corrup
ción de sus contemporáneos medievales, salvo algunas excepciones en los
26 Véase Francesco Bausi, “Francesco Petrarca, ossia della in-attualità di un antimoderno”, en Adolfo
De Petris y Giuseppe De Matteis, eds., Francesco Petrarca. Unanesimo e modernità, Ravenna, Longo,
2008, pp. 25-34. (Il Portico. Biblioteca di Lettere e Arti, 144).
28
padres de la Iglesia: san Agustín, san Ambrosio, san Jerónimo y Lactancio,
pero no vemos a santo Tomás, quizá porque la teología no fue una aspiración
de nuestro escritor. Aunado al mérito literario, los personajes de la antigüedad
—sobre todo los latinos— representaban para Petrarca el más fiel testimonio
de los valores que asentaron los cimientos del esplendor romano —particu
larmente el de la Roma republicana— cuya memoria debía preservarse.
Luego entonces, si la lectura de estos autores permitía entender los beneficios
obtenidos por dichos valores, ¿por qué no revivirlos? En ese sentido, Petrarca
mismo intentó adoptarlos y adaptarlos a su cotidianidad. En los epistolarios
aparecen esparcidas innumerables referencias a la virtus romana, las cuales
afianzan la construcción autobiográfica por reiteración.
Y, sin embargo, no se
aparta completamente de la tradición autobiográfica medieval pues, como
indica Alejandro Higashi: “Una autobiografía, para resultar perfecta dentro
de las coordenadas del cristianismo, debería evitar la presunción; la biografía
ideal era aquella que, paradójicamente, se presentaba más llena de imperfec
ciones y así Petrarca construyó a su personaje”.27
Como ha observado Domenico Ferraro, Petrarca no tenía un sentido de
pertenencia ni a un sistema filosófico, ni a un grupo intelectual; tal vez por
eso buscó una identidad propia en los cásicos.28 Sin embargo, el proceso no
podía ser inmediato. Cada vez que leía a un clásico conocido y, sobre todo,
cada vez que descubría un texto que había quedado oculto en alguna biblio
teca conventual, su horizonte se expandía, pero la madurez llevó tiempo, pues
el primer paso sería leerlo; después, analizarlo; más tarde, asimilarlo y, final
mente, imitarlo. Aquí cabría mencionar que la imitación fue materia de re
flexión para nuestro autor en reiteradas ocasiones. En una carta enviada a
Tommaso da Mesina nos dice: “hay que imitar a las abejas, que no devuelven
las flores tal como las hallaron, sino que con una maravillosa combinación
hacen de ellas cera y miel” (Fam., I, 8, 2). Resulta esclarecedor entender la
concepción de la mímesis en Petrarca para inferir de manera análoga los
27 A. Higashi, “Introducción”, en F. Petrarca, La lira y el laurel. Poesía latina selecta, selec., trad. y
notas Alicia de Colombí-Monguió, intro. y notas de A. Higashi. México, Uam-Iztapalapa, Siglo xxi,
Barcelona, Anthropos, 2013, p. xix. (Textos y Documentos, 25).
28 D. Ferraro, In limine temporis. Memoria e scrittura in Petrarca. Roma, Edizioni di Storia e
Letteratura, 2008, pp. 71 y ss. (Studi e Testi del Rinascimento Europeo, 33).
29
procedimientos que él mismo empleaba en sus propias composiciones. En
particular, llama la atención una carta enviada a Boccaccio, en la que justifica
un involuntario desliz: al notar que un pupilo copió un verso suyo en sus
composiciones, Petrarca lo amonestó, dándole una clara explicación del pro
ceso mimético:
quien imita debe cuidar que lo que escriba sea similar, no igual, pues la seme
janza no debe ser como la que existe entre el original y la copia, que mientras
más similar sea, mayor es la alabanza para el artista, sino como la del padre con
el hijo. […] Así que, al imitar, también nosotros debemos prever que cuando
haya algo similar, muchas cosas sean diferentes, y que la semejanza esté tan
escondida que no pueda reconocerse sino mediante un tácito análisis de nues
tra mente, de manera que sea posible entenderla más que expresarla. (Sen.,
XXIII, 19, 11-13)
Sin embargo, el muchacho mostró su perplejidad, pues él había notado que
su maestro había “tomado prestado” un verso de Virgilio y lo colocó en el
poema África. Evidentemente, Petrarca no daba crédito a esas palabras, pero
bastó revisar ambas obras para confirmar el “préstamo” inadvertido.
Como el
África ya había circulado por doquier, no había manera de corregirlo, pero
en la carta él mismo expone su asombro al percatarse de que en su memoria
se habían alojado aquellos versos ajenos al lado de los propios, de modo que
a él mismo le resultó imposible distinguir la ausencia de originalidad. Esta
asimilación de los clásicos se comprueba reiteradamente en los epistolarios.
Algunas veces, el autor cita directamente a algún autor clásico, pero hay mo
mentos en los que se dificulta la distinción precisa entre las ideas propias y las
ajenas, pues la estructura discursiva de la epístola es tan lógica, coherente y
cohesionada, que las afirmaciones de Petrarca parecen indudables conclusio
nes de quien sigue determinado razonamiento. ¿Realmente se requiere haber
leído a los clásicos para afirmar que la vida es breve o que el estudio incremen
ta los productos del talento? No. Por tanto, es probable que la experiencia
vital haya sido la verdadera generadora de las reflexiones de nuestro autor,
pero decidió solicitar ayuda a los clásicos para construir un aparato argumen
tativo convincente en relación con los potenciales lectores de sus epístolas.
Curiosamente, frente a la presencia de los autores paganos, la incidencia
de referencias cristianas se desdibuja. Aquí encontramos otra característi-
30
ca distintiva del incipiente humanismo: la conciliación ecuánime entre estas
dos cosmovisiones. Las preocupaciones de Petrarca trascienden las condicio
nes religiosas, pues haber nacido en la Era cristiana no es más que un accidente
de la historia, por lo que el cristianismo no se concibe como una condicio
nante de la naturaleza humana en sus preocupaciones esenciales. En las epís
tolas se nota que para Petrarca tanto paganos como cristianos tenían un de
nominador común: su condición humana, en consecuencia, las experiencias
vitales de los paganos serían tan válidas como las de cualquiera, por el simple
hecho de representar ejemplos de humanidad, más allá de sus circunstancias
sociales e históricas. Humanos fueron ellos, al igual que él y sus lectores pos
treros, de tal suerte que, despojada de prejuicios, la sabiduría de los Antiguos
puede y debe servir de norma en la vida cotidiana. Esta sería la manera en que
Petrarca asimiló a los clásicos, como ha notado Guido Martelotti.29 Pero hay
otro elemento común entre la Antigüedad y el cristianismo: la lengua latina,
de modo que esta lengua restituye el universalismo medieval, pero no a tra-
vés de la Iglesia, sino de los clásicos. El resultado de entender la práctica lite
raria como acto heroico sería la gloria, y aquí también encontramos una
contradicción que Petrarca tratará de conciliar: la gloria de los clásicos es
pública y desemboca en la fama, siempre temporal, mientras que la gloria
cristiana es privada y conduce a la eterna salvación. Sin embargo, prescindien
do de las consecuencias paganas o cristianas de la actividad intelectual, para
Petrarca el estudio es una necesidad irrenunciable que le da sentido a la espi
ritualidad de la vida.
Ciertamente, su devoción por el estudio lo condujo con
insistencia por los senderos de la filosofía, pero no logró concretar un sistema
lo suficientemente sólido que lo posicionara como uno de los grandes pensa
dores del Medioevo; aun así, dejó las puertas abiertas para la posteridad. Al
respecto, Francisco Rico comenta:
Petrarca no fue el “philosophus” que a partir de un cierto momento quiso ser:
ni un gran pensador, ni un pensador original. Su relevancia en la trayectoria de
la cultura europea consiste en haber mostrado y ejemplificado nuevas posibi
29 G. Martellotti, “Introduzione”, en F. Petrarca, Prose, ed. G. Martellotti, P. G. Ricci, E. Carrara y
E. Bianchi. Milano, Napoli, Riccardo Ricciardi, 1955, pp. vii-xxii. (La Letteratura Italiana. Storia e
Testi, 7).
31
lidades para la reflexión y la sensibilidad moral, sobre la base de unas auctori
tates a prueba, con una inédita perspectiva histórica y con el filtro de la expe
riencia individual.30
Marco Pellegrini señala la importancia del humanismo para la postulación
de un perfil de lector diferente al académico escolástico. Con Petrarca ya es
tamos ante un libre amante de los libros que no tiene como motivación uti-
litaria saquear el texto con la finalidad de incrementar el propio arsenal de
conocimientos profesionales; en gran medida, gracias al rescate y asimilación
del otium como parte de las actividades humanas.31 Este otium legitima el
estudio como un elemento dignificante y benéfico, toda vez que las preocu
paciones personales atraviesan las fronteras de lo literario y se vuelven de
interés social. Por esta razón, Petrarca suele subrayar que el origen de la co
rrupción se encuentra en la ignorancia. Para subsanarla, por fortuna, existen
los clásicos, pues ofrecen modelos de virtud que forman parte del patrimonio
común a todo el pueblo europeo —sin atentar contra el cristianismo—, y no
hay mejor vehículo para acceder a ellos que la lectura directa de sus obras.
Esto explica por qué para nuestro autor era tan importante preservar y com
partir el conocimiento libresco. Al respecto, en una de sus cartas nos dice:
En efecto, en los libros existe algo singular: el oro, la plata, las joyas, los vestidos
de púrpura, las casas de mármol, el campo cultivado, los cuadros, el caballo
fino y cosas de este tipo, tienen un placer mudo y superficial; los libros, en
cambio, nos deleitan el corazón, hablan con nosotros, nos aconsejan y nos une
con ellos una especie de familiaridad viva e ingeniosa; no sólo cada uno se
penetra en sus lectores, sino también da a conocer el nombre de otros, y unos
procuran el deseo de otros más. (Fam., iii, 18, 3)
A partir de estas palabras se deduce que la filología no surgió como una
árida actividad académica, sino como una necesidad de contar con lecturas
formadoras, pero en su mejor versión. El valor edificante de la lectura, sin
embargo, va de la mano con su ejecución en soledad, pues la vida en comuni
30 F. Rico, Petrarca. Poeta, pensador, personaje. Barcelona, Arpa, 2024, p. 145.
31 Marco Pellegrini, Religione e umanesimo nel primo Rinascimento da Petrarca ad Alberti. Firenze,
Le Lettere, 2012, p. 231.
32
dad ofrece muchos estímulos involuntarios que ofuscan el pensamiento. En
esta sintonía, la serenidad se encuentra únicamente aislándose del mundo.
En sentido estricto, el mejor ejercicio de la reclusión se encontraría en el mo
delo monástico, pero los monjes siguen reglas y viven en comunidad, mientras
que el aislamiento de Petrarca depende de la libre voluntad y de la necesidad
de estudiar sin banales distracciones. Este aislamiento, sin embargo, tiende
más a lo simbólico que a lo real, al igual que la compañía, pues no es difícil
encontrar en los textos de nuestro epistológrafo frecuentes alusiones a sus
amigos, cuya voz sigue sonando en los libros.
Así como la muerte de Laura no
fue motivo para dejarla de amar, el hecho de que un autor haya fallecido siglos
atrás no impide el establecimiento de diálogos íntimos y profundos con él,
pero esto se logra con ayuda de la lectura individual en conveniente aislamien
to, preferentemente en un locus amoenus. De hecho, esta fue la motivación
para enclaustrarse intermitentemente en las viviendas de Arquà y Vaucluse,
necesariamente cercanas a la ciudad para interactuar con otros intelectuales,
pero suficientemente aisladas para poder meditar en completa calma: “En
efecto, no aprendí a frecuentar el tribunal ni a rentar mi lengua, siéndole mi
naturaleza profundamente contraria y renuente, que me hizo amante del si
lencio y de la soledad, enemigo del foro, despreciador del dinero” (Fam., I, 1,
15). Para nuestro escritor, la soledad fue una elección razonada, un modus
vivendi donde reinaba la serenidad. Atendiendo a la información contenida
en sus misivas, nos damos cuenta de que tuvo una importante presencia ac
tiva en sus círculos sociales, pero siempre prefirió apartarse de ellos, no re
nunciar. Tampoco se describe como un hombre sin amigos; al contrario, los
tuvo, y muchos. Su aislamiento fue una condición necesaria para aprovechar
mejor su tiempo. “Me propuse distender el estrecho espacio de la vida. Te
preguntarás con qué artes puede hacerse eso. […] Todo radica en la adminis
tración del tiempo mismo. […] A ningún mortal le abunda en tiempo, pero
no todos entienden por igual la carencia de este bien” (Fam., xxi, 12, 1, 10 y
12). No olvidemos que una de sus actividades intelectuales más recurrentes
era filosofar acerca de asuntos humanos, por lo tanto, no habría podido re
chazar el contacto con la gente, pero convencido de que poco era ya bastante.
La carta donde describe su escalada al Mont Ventoux (Fam., iv, 1) es prue
ba de la superioridad otorgada a los frutos del conocimiento que no siguen
33
finalidades prácticas mundanas y pasajeras, sino los que ofrecen asideros para
incrementar cualitativamente las relaciones del ser humano con su entorno y
consigo mismo.
Las motivaciones son muy claras: Petrarca quiere ver el her
moso paisaje que dicen que existe allá arriba. Los obstáculos se advierten
desde el inicio: el camino más fácil es el menos conveniente. Incluso un an
ciano trata de disuadirlo indicando que el esfuerzo realmente no merece la
pena. Petrarca no viaja solo; lo acompaña su hermano, un par de sirvientes y
otro amigo que abre paso a la interpretación alegórica: san Agustín, en un
libro. Entonces, la montaña deja de ser un accidente geográfico y la escalada
no se refiere a un esfuerzo físico. Petrarca deseaba ascender y llegar a una meta
siguiendo astutamente el camino menos intrincado, “pero la naturaleza de las
cosas no se doblega por el ingenio humano” (Fam., iv, 1, 11); por lo tanto,
debió seguir el sendero que realmente lo llevaba a la cima y, con ayuda de una
acertada reflexión filosófica, entendió que la meta era otra. Esa montaña serían
los libros y sus consecuencias; el esfuerzo físico, en realidad, corresponde al
esfuerzo intelectual, y la meta ansiada se podría simplificar en el afán mismo
por conocer. El anciano representaría los atavismos que impiden renunciar a
las costumbres que impiden avanzar.
En efecto, Petrarca abrazó el conocimiento pero ahora se pregunta para
qué. Así, el empecinado lector toma conciencia de la inutilidad del estudio
por el estudio mismo si carece de una finalidad trascendental. La acumulación
de saberes es tan estéril como la acumulación de riquezas cuando no hay un
objetivo preciso: hablamos más bien de un vicio que de una virtud. Por eso
las palabras de san Agustín que encuentra casualmente al abrir su libro cobran
relevancia: “Y los hombres van a admirar las alturas de los montes y los in
gentes oleajes del mar y las amplísimas corrientes de los críos y el circuito del
océano y las rotaciones de las estrellas, y se abandonan a sí mismos” (Fam.,
iv, 1, 27). Es decir, Petrarca entendió finalmente que los estudios son un me
dio, no un fin en sí mismos. Bajó de la montaña sin interesarse más por el
paisaje (por el conocimiento sin causa) y comprendió que todo lo aprendido
podría ser tan provechoso o tan fútil en la medida en que esos saberes no
edificaran sus vanidades, sino sus virtudes humanas; o dicho en palabras de
Arqués Rossend: “culmina su gesta tras inútiles devaneos y muchas reflexio-
nes encaminadas a mostrar su sentido alegórico como viaje interior: cuanto
34
más se dilata el panorama desde la cima, más se amplía el espacio en el interior
de Francesco”
.32 En cierto modo, la transformación de Petrarca calca la alego
ría dantesca. Cuando Dante se encuentra por llegar a la cúspide del Purgatorio
(Purg., xvii), atraviesa el último obstáculo y espera que Virgilio —el saber—
lo siga en el camino, en cambio, su guía debe despedirse, pues para avanzar lo
que sigue del trayecto ya no es necesario el conocimiento, sino la fe. Dante
entonces cierra los ojos para poder ver el cielo; Petrarca, para ver su interior.
Y ninguno de los dos se perdió en el camino.
Durante toda su vida, el estudio formó parte casi consustancial de nuestro
escritor, al grado de transformarse en una especie de compulsión edificante.
De joven, estudió por curiosidad; de mayor, por necesidad, aunque en todo
momento lo hizo también por el placer que brindan los libros, en un primer
contacto y, más tarde, por el impulso de encontrar material que ofreciera
nuevas motivaciones intelectuales para la escritura. Según sus epistolarios,
pasaba largas horas meditando y otras tantas escribiendo, incluso en condi
ciones tan adversas como un viaje conflictivo. Por momentos, parece que su
impulso por escribir roza con la obsesión, como lo describe él mismo: “A
menudo, estando despierto a medianoche con la lumbre apagada, antes que
nada, tomo la pluma que descansa sobre la almohada y, para que las ideas no
se desvanezcan, escribo en tinieblas lo que apenas alcanzo a leer a la mañana
siguiente” (Fam., xxi, 12, 26). Al parecer, la fatiga de la vista y la incorrecta
postura del cuerpo tuvieron como consecuencia afecciones a su salud eviden
tes ante los ojos de sus amigos. En algún momento, uno de ellos, preocupado,
le ordenó diez días de descanso y, para asegurarse de que la orden fuera aca
tada, se llevó las llaves que abrían el mueble donde se encontraban sus mate
riales de trabajo. Al respecto, Petrarca nos dice:
Acepté el juego: a él le parecía que iba a estar ocioso; a mí, desvalido. ¿Qué
esperabas? No sin tedio, ese día duró más que un año. El segundo, padecí dolor
de cabeza desde la mañana hasta la tarde. Al amanecer del tercer día, comencé
a sentir accesos de fiebre. Mi amigo regresó, como habíamos acordado, y me
32 Rossend Arqués Corominas, “Las voces íntimas de la inquietud. Petrarca y la individualidad”, en
F. Petrarca, Mi secreto. Epístolas, trad. R. Arqués Corominas y Anna Saurí. Madrid, Cátedra, 2011,
pp. 45-46. (Letras Universales, 434).
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devolvió las llaves. Inmediatamente recuperé mis fuerzas y él, viendo que el
trabajo me nutría, me prometió que no me volvería a pedir algo semejante.
(Fam., xiii, 7, 6)
El síndrome de abstinencia no es una exageración, pues a lo largo de todos
sus epistolarios se dan constantes noticias de su actividad como lector y es
critor. Sus textos constituyen una verdadera autobiografía intelectual que
permitiría hacer una cronología de los libros que leyó, dónde lo hizo, bajo qué
circunstancias; y del mismo modo, contamos con información muy detallada
acerca del nacimiento, desarrollo, abandono y culminación de casi todas sus
obras, a excepción del Cancionero que, como se ha dicho, siempre estuvo
presente en su vida, pero ausente en sus epistolarios.
Dentro de su correspondencia con Boccaccio, nos enteramos de que éste
le sugiere a nuestro epistológrafo abandonar los estudios y dedicarse al repo
so, atendiendo la recomendación que un médico le habría hecho a él mismo,
pero el consejo es desestimado con una sólida argumentación que refuerza
convicciones y motivaciones:
Leer y escribir, actividades que tú aconsejas que abandone, exigen un mínimo
esfuerzo, de hecho, son un dulce descanso que me permite olvidar mayores
preocupaciones.
No hay carga más ligera que la pluma, ni más placentera: los
demás goces son huidizos y mientras producen placer causan daño; en cambio,
la pluma brinda alegría cuando se toma con la mano, y satisfacción cuando se
suelta, además es útil para su dueño y para muchos otros, incluso para los que
a menudo no están presentes y para los que vendrán después y dentro de mil
años. Puedo asegurar que de todos los placeres terrenales ninguno es tan noble
como el estudio de las letras, ninguno más duradero, ninguno más dulce, nin
guno más sincero, ninguno hay que acompañe a su poseedor a través de cada
vicisitud con tan hábil esplendor y sin molestia alguna. (Sen., xvii, 2, 9)
Estas palabras son las de un Petrarca de 69 años, pero empatan totalmen
te con una afirmación que se encuentra en la primera carta de las Familiares:
“según presiento, el final de mi escritura y el de mi vida será uno” (Fam., i, 1,
44). No diría que se trata de una profecía autocumplida, sino del primer ci
miento de una decisión sólida tomada a los 46 años. Según vemos, la vida puso
frente a Petrarca varios caminos que conducirían irremediablemente al éxito:
pudo ser abogado, pudo escalar en la jerarquía eclesiástica, pudo transformar
36
se en rico burgués, pero prefirió la tranquilidad que ofrece una vida holgada
y dedicada a las letras, evidentemente, asegurando que su vida profesional de
la madurez le permitiera gozar de buena salud física, mental y financiera pa-
ra los años venideros.
Según observa Ugo Dotti, la vejez de Petrarca despuntó con infaustas
señales:33 en mayo de 1361 murió Ludovico de Beringen, apodado Sócrates,
el gran amigo al que dedicó las Familiares; el 14 de julio, la peste le arrebató a
Giovanni, su primogénito; ese mismo verano fallecieron Philippe de Vitry y
Zanobi da Strada, otro de los recurrentes destinatarios de sus cartas. Esto
explica su dolor ante la pérdida: “Procuré tener amistades honestas y fui el
más fiel partidario de éstas. Pero éste es el suplicio de los ancianos: tener que
llorar a menudo las muertes de sus seres queridos” (Sen., xviii, 1, 7).
En sus epistolarios se razona acerca de una edad que todavía no ha llegado,
con ayuda de la experiencia de los clásicos pero, cuando realmente arrostra la
vejez, se encuentra bastante instruido en esa materia, y así puede afirmar con
toda serenidad: “estoy aprendiendo cómo dejar de ser joven por mi propia
cuenta y —lo que siempre aprendí con deseo, pero nunca se aprende dema
siado— estoy aprendiendo a envejecer, a morir” (Fam., xxi, 12, 28). Quede
claro, aunque los clásicos nutrieron el pensamiento de Petrarca en muchos
aspectos, la base de sus reflexiones fue, ante todo, la experiencia directa.
Es
decir, no necesitó consultar a Cicerón para saber qué era la amistad, ni debió
acceder a la erudición de los romanos para sentirse inclinado hacia el saber.
Como subyace la sinceridad, Petrarca supo elegir las citas ajenas que realmen
te correspondían con su experiencia, como una suerte de pruebas literarias
que verifican la realidad de la vida. En lo referente a la senectud, además de
las fuentes latinas, Pasquale Stoppelli señala que no debemos olvidar la di
mensión cristiana, por la cual Petrarca no puede prescindir de la visión de la
vejez como el momento en que el ser humano se aleja de las faenas terrenales
para volver la vista hacia la espiritualidad que conducirá a la salvación.34
33 U. Dotti, “Introduzione”, en F. Petrarca, Le Senili. Libro primo, ed. Elvira Nota, intro., trad. y notas
de U. Dotti. Roma, Archivio Guido Izzi, 1993, p. v.
34 P. Stoppelli, “Introduzione”, en F. Petrarca, Elogio della vecchiaia. Milano, La Vita Felice, 2010,
p. 10.
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Nuestro autor, sin embargo, poco habla de salvación en términos religiosos.
El estudio lo salva, pero en este mundo, al convertirlo en un mejor ser huma
no. En sus cartas no se observa ninguna intención de poner el conocimiento
al servicio de la fe, ni siquiera en la senectud.
Como bien anota Sabrina Stroppa, al revisar los epistolarios de Petrarca
nos percatamos de que la vejez no sólo es una meta inevitable, sino un bien
deseado.35 Son muchas las cartas donde se manifiesta que esta irremediable
condición es motivo de orgullo, pues la acumulación de experiencias a lo
largo de una vida abre la puerta a una digna madurez moral: “Oh vejez, la edad
más venerable de todas. Oh, la más temida por los mortales, en vano. Oh, la
más dichosa edad cuando llegamos a conocerla”.36 En su carta a la posteridad
(Sen., xviii, 1), ya mayor, nos ofrece un sintético retrato de la primera mitad
de su vida, pues el texto quedó inconcluso. En esta epístola se confirman los
datos biográficos que ya había dado a conocer dos décadas atrás, pero ahora
con la lente de un hombre que puede ver desde lo lejos el tiempo pasado. Y
nuevamente, en la argumentación y los encomios a la vejez se escucha el eco
antiguo de De senectute de Cicerón. No olvidemos que Petrarca no pade-
ció persecuciones políticas ni aprietos económicos, de hecho, pareciera que
gozó de buena salud y libertad de acción hasta los 60 años, cuando ya necesi
tó anteojos y, paulatinamente, pequeños achaques interrumpieron su bienes
tar. Es cierto que su recuento biográfico se organiza a partir de núcleos temá
ticos que coinciden con los pecados capitales.
Nos habla de su relación con la
avaricia, con la gula y hasta con la lujuria. Se atreve a confesar que tuvo una
vida sexualmente activa hasta que él mismo decidió ponerle un freno para
encauzar su tiempo y sus energías al estudio. En suma, organiza su relato
autobiográfico de tal suerte que salga bien librado al practicar modelos de
virtud civil igualmente válidos desde la visión cristiana que pagana pues, como
él mismo afirma, “la vejez es una enfermedad del cuerpo, pero brinda salud
al alma” (Sen. xvii, 2, 3).
35 S. Stroppa, “Senectus”, en Luca Marcozzi y Romana Brovia, eds., Lessico critico petrarchesco.
Roma, Carocci, 2017, p. 293. (Studi Superiori, 1013).
36 “O veneranda ante alias senectus, o diu optata, o nequicquam formidata mortalibus et, si nosci
ceperis, felix aetas!” (Sen., viii, 2, 38).
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Los epistolarios de Petrarca son producto de una amalgama de conoci
mientos útiles. En parte, sus enseñanzas son inspiracionales, pues reflexiona
acerca de realidades que forman parte de la vida cotidiana de cualquier ser
humano, pero también son aspiracionales, sobre todo si quien se acerca a ellos
se dedica al estudio de las letras.
En el Cancionero muchos de sus versos ter
minan por ser previsibles, pues ama desenfrenadamente hasta donde las reglas
del decoroso amor cortés se lo permiten; en cambio, sus epístolas no llegan a
ser monótonas, ya que, aun tratando el mismo tema, lo ve desde ángulos di
ferentes al redactar las cartas en varios momentos de su existencia. Escribe a
partir de recuerdos propios y ajenos, y su finalidad es ser recordado, pero al
mismo tiempo adopta la generosidad de un sabio maestro que nos quiere
allanar el camino.
Fernando Ibarra Chávez
Parque de Los Venados, otoño de 2024