jueves, 9 de julio de 2026

FILOSOFÍA DEL ARTE José García Leal Fragmento

 


Presentación 

Este libro quisiera ser una exposición sistemática de los grandes temas de Filosofía del Arte. Tiene una vertiente informativa: da cuenta de las teorías que considera más relevantes para los distintos temas. Pero no pretende una descripción exhaustiva del estado de la cuestión en lo que hace a cada uno de ellos. Selecciona aquellas teorías que sirven de sustento a su propia argumentación y aquellas otras que, a modo de contrafigura, permiten perfilarla mejor. Quiere esto decir que el libro no renuncia a un punto de vista propio. Un punto de vista que se construye a partir de otros y que deja al descubierto sus influencias. Especialmente, las de Heidegger, Gadamer y Nelson Goodman. Se apuesta aquí por la posibilidad de definir el arte. Frente a la libertad meramente formal de las prácticas “artísticas”, en las que todo vale como arte, frente a la indefinición propiciada en el campo teórico, dedicado en ocasiones a deshacer las definiciones vigentes, se propone una definición positiva de lo artístico. Se trata de la definición simbólica, expuesta en el apartado 2.4.

 A partir de ahí, el resto del libro ha de verse como un desarrollo de dicha definición. El capítulo tercero centra la especificidad del símbolo artístico en los aspectos relacionados con su propia construcción sensible. Los capítulos restantes muestran lo que hay de específico en los procedimientos o modos de simbolización artística: la expresión, la ejemplificación y la representación. Esta simbolización peculiar determina la verdad del arte. Recurrimos al título de Filosofía del arte, y no al de Estética, por si así se despejan algunas dudas. No existen razones de principio por las que no hayan de coincidir la Estética y la Filosofía del arte. Pero en su uso ambos términos adquieren a veces connotaciones diferentes. La Estética puede suponer -supone, con alguna frecuencia- la adopción de una perspectiva en la que lo prioritario es la determinación subjetiva de la experiencia que se tiene ante los objetos naturales bellos y, por derivación, ante las obras artísticas. 

La experiencia del arte se amoldaría así a la experiencia general de la belleza, más abarcante y defmitoria; y tendría sus pautas últimas en las exigencias de la conciencia estética. Bien es verdad que el término “Estética” no tiene necesariamente ese sentido, no siempre se asocia a tales supuestos. Tal vez ni siquiera sea el sentido predominante con que se usa por lo común. Mas convenía evitar posibles equívocos. El título de Filosofía del arte pretende dejar claro que en nuestra perspectiva lo primero es el arte. La obra artística lleva la iniciativa. Orienta y configura la experiencia estética que ella misma hace posible. Al saber qué es el arte, se abre el camino para saber lo que es la experiencia estética. Un camino, por cierto, no transitado en este libro. Aquí 9 no se abordan los temas relativos a la experiencia estética. Una razón de más para preferir el título elegido. 10 1 Problemas de la definición del arte I.I. ¿Cualquier cosa puede ser una obra de arte? Entre los muchos interrogantes que despierta el arte de nuestros días, el más inmediato y comprometido acaso sea el de si realmente cualquier cosa puede ser una obra de arte, si basta con proponer algo como obra artística para que en verdad lo sea. La pregunta viene alentada por una aparente indefinición actual del arte, de forma que no sólo se desdibuja su concepto sino también se debilita la capacidad de identificar o reconocer las obras de arte. No parece que queden ya patrones de lo artístico, criterios que permitan trazar siquiera una frontera provisional entre el arte y el no-arte. La ausencia de tales criterios, de cualquier línea que eventualmente fije los confines de lo artístico, se traduce en la sospecha de que cualquier objeto puede ser una obra de arte, o al menos hacerse pasar por ella. Desde ahí se puede comprender que la reacción provocada por ciertas manifestaciones artísticas oscile a veces entre el desconcierto y la perplejidad. 

No se trata en tal caso del asombro activo que siempre ha despertado la gran obra de arte: su capacidad de arrastrarnos a espacios imprevistos, de descubrirnos situaciones y perfiles insólitos que, por lo mismo, resultan sorprendentes. Provoca así la extrañeza que envuelve a toda innovación. Una extrañeza que incita a adentrarse en la obra, a seguirla en sus exploraciones. La admiración y el asombro se transforman de ese modo en interés. El desconcierto y perplejidad ante algunos productos supuestamente artísticos es de índole muy distinta. La confusión en que nos dejan impide que tengan eco en nosotros, que nos conmuevan o iluminen de algún modo. La incertidumbre que inicialmente proyectan se convierte pronto en desinterés. No nos atrevemos a rechazarlos, pero tampoco nos afectan ni procuran satisfacción alguna. No acabamos de entenderlos y, de ese modo, es difícil apreciarlos. Desde el punto de vista de los espectadores, la indefinición del arte puede mostrarse al menos en tres planos: 1. 2. No se distingue con claridad lo que es arte y lo que no. Cuando se supone que algo es una obra de arte, no se sabe muy bien por qué lo 11 3. es, qué razones o motivos hacen que lo sea. Con frecuencia no se entiende el significado de los objetos que se presentan como artísticos. 

Tales planos, sobre los que habrá que volver, son los del reconocimiento, la explicación y la interpretación. En los tres casos, parece que nos hayamos quedado sin unas referencias sólidas desde las que orientar nuestra comprensión y apreciación del arte. Pero conviene problematizar el panorama esbozado hasta aquí. ¿Se da ciertamente una indefinición actual del arte? ¿Es inherente a la creatividad artística la exclusión de cualquier criterio, por provisional que se pretenda, para diferenciar el arte y el no-arte? ¿El desconcierto, el no saber cómo reaccionar, es en verdad algo impuesto por las prácticas artísticas del presente, algo a lo que debamos resignarnos? ¿Hay que permanecer inermes, dando por buena cualquier manifestación artística por el mero hecho de existir, o cabe armarse críticamente, dilucidar la naturaleza del arte y adoptar criterios para diferenciar lo artístico de lo que no lo es, para distinguir el buen arte del malo? ¿No es esta última la mejor respuesta que siempre cabe adoptar frente al arte, ante cualquier tipo de arte, la respuesta proporcionada a la importancia que le atribuimos? Tales son las preguntas que se abordarán en las páginas que siguen. A lo largo de ellas se irá explicitando el punto de vista que las guía. Pero conviene desde ahora evitar algunos malentendidos.

 El primero es que no debe confundirse la actitud crítica y reflexiva que procura dar razón del arte, estableciendo criterios diferenciadores de lo artístico, con la tendencia a privilegiar el juicio estético por encima de la propia obra de arte. Dicha tendencia puede manifestarse en dos planos, teórico y práctico, aunque no necesariamente vinculados entre sí. En el plano teórico supone la afirmación de ciertas determinaciones subjetivas de la conducta estética, previas y condicionantes de la obra artística, de forma que ésta habría de ser examinada a la luz de aquéllas. En el plano práctico se corresponde con la actuación del espectador que pretende imponerse a la obra y amoldarla a sus inclinaciones subjetivas. Pues bien, el intento de definición del arte que se presentará trata de alejarse tanto de la opción práctica como de la teórica. En el orden explicativo que aquí se adopta, la obra de arte es antes que la experiencia estética, goza de cierta prioridad lógica. Bien es cierto que se pueden tener experiencias estéticas con objetos o fenómenos no artísticos, por ejemplo, al contemplar la belleza natural en cualquiera de sus manifestaciones. Cabe también señalar la existencia de pautas estéticas -como la propensión a la unidad, coherencia, equilibrio, armonía, etc.- compartidas en mayor o menor grado por tradiciones culturales muy lejanas en el tiempo y el espacio, con lo que se apunta una cierta universalidad de la experiencia estética. Pero aun si fuera así, ello no obsta para pensar que, al menos en el mundo moderno occidental, la obra de arte es la que modela la experiencia estética, la que le hace ser como es. No se trata de que la dimensión estética quede reducida a la dimensión artística, que sea subsumida por esta última hasta el extremo de anularla. 

Ocurre sólo que cuando en la experiencia estética lo que se experimenta es una obra 12 artística, la obra orienta y configura la experiencia; y, complementariamente, la experiencia se amolda a la obra. Incluso cuando la experiencia no tiene por objeto una obra, de algún modo el arte sigue estando presente en ella, siquiera sea por influencia refleja. La continuidad de las obras de arte ha impregnado nuestro horizonte estético, regulando las preferencias y expectativas que encauzan la experiencia estética. El poso que las obras dejan en nuestras creencias y apreciaciones se filtra también en las experiencias estéticas con objetos no artísticos, de suerte que éstas también quedan afectadas por los modos y usos adquiridos en los dominios del arte. Los criterios respecto a la belleza natural se ven así influidos por el trato con las obras de arte. En este sentido, tanto la obra artística vertebra y conforma la experiencia estética a ella consagrada, como el conjunto de las obras, la tradición artística, produce efectos indirectos o mediatos en otras experiencias afines no centradas en el arte. Por lo demás, casi siempre es necesaria una disposición o actitud previa (en concreto, una forma de ver, un tipo de atención, que en su momento Kant caracterizó como contemplación desinteresada) para que tenga lugar la experiencia estética. El sujeto que lleva a cabo la experiencia ha de poner algo de su parte para que la misma se inicie. 

Ha de adoptar una posición ante el objeto, un modo de representárselo que responda a modalidades de visión propiamente estéticas. Ahora bien, una cosa es tener en cuenta los requerimientos subjetivos de la experiencia estética, en definitiva, la actitud previa que la posibilita, y otra muy distinta absolutizar el punto de vista de la actitud estética y sus condiciones subjetivas. Esta última opción es la que toma cuerpo en la tendencia teórica aludida que sitúa la actitud y conducta estéticas por encima de la obra de arte. Una tendencia que asimismo prolonga ciertas directrices de la estética ilustrada que llevaban a fundamentar la reflexión sobre el arte en las exigencias propias del juicio, inherentes al punto de vista del espectador. Es cierto que cabe una posición intermedia, que no deriva el análisis del arte del análisis de la conducta estética, ni a la inversa. Antes bien, disocia las cuestiones relativas al arte y las relativas a la atención y conducta estéticas. Con ello se da por supuesto, como hace por ejemplo Jean-Marie Schaeffer, que la conducta estética puede definirse con independencia de cuál sea su objeto, que le es indiferente el ejercitarse con un objeto natural o con una obra de arte: sus rasgos primordiales son siempre los mismos. De este modo se plantea que “a pesar de los lazos de hecho muy fuertes entre la relación estética y el dominio artístico, no existe un vínculo de ju re entre ellos: los dos dominios deben ser definidos independientemente el uno del otro” (Schaeffer, 1996: 347). 

La perspectiva aquí adoptada, si bien reconoce la existencia de condiciones subjetivas de la experiencia estética, así como características internas específicas de lo estético, se diferencia de la perspectiva de Schaeffer al entender (frente a la diferenciación de los dos dominios) que la idea de arte sobredetermina la idea de experiencia estética. Esto se debe a que la actitud estética, con todos sus condicionamientos subjetivos, no es el factor decisivo de la experiencia. Cuando la obra artística hace acto de presencia, la experiencia queda subordinada a ella: se convierte en 13 experiencia de la obra, juego interpretativo que se deja hacer por la obra y a la vez intenta apropiársela. De ahí la prioridad lógica de la obra respecto a la experiencia, a que antes se aludía. Aunque se puedan discernir rasgos inherentes al campo estético, que concurren siempre en todas sus prácticas, el conocimiento de lo que sea el arte inevitablemente ha de arrojar una nueva luz sobre la experiencia que de él se tiene. Los párrafos anteriores han pretendido establecer un claro contraste entre nuestra postura y la tradición teórica que contempla el arte desde las condiciones subjetivas de la conducta y el juicio estéticos. De ella no se sigue necesariamente la conclusión que a veces se adopta en el orden práctico y por la cual se otorga al juicio la potestad de acotar la naturaleza, condiciones y valores del arte. Pero, en cualquier caso, había que dejar claro que la reflexión crítica sobre el arte y la posibilidad de una definición del mismo como la que aquí se persigue no está centrada en la consideración de las determinaciones subjetivas del juicio estético. 

Con todo, importa aún más distanciarse de la tendencia práctica por la que el espectador intenta imponerse a la obra y adaptarla a sus inclinaciones subjetivas. Ahí no se trata ya de la prioridad lógica de la conducta estética respecto al arte. Lo que entra en juego es la posibilidad de que las obras artísticas acaben siendo sólo la ocasión para que el espectador ejercite su juicio estético, dictaminando si le gusta o no la obra, y confundiendo lo artístico con la proyección del gusto subjetivo. Según Adorno, la actitud genérica ante el arte que domina en la sociedad contemporánea es la que lleva al espectador a disminuir la distancia que le separa de la obra, a equipararse a ella y adecuarla a sí mismo. En palabras suyas, “hasta llegar a esta época de total manipulación de la mercancía artística, el sujeto que miraba, oía o leía algo artístico debía olvidarse de sí mismo, serenarse y perderse en ello. La identificación a la que tendía como ideal no consistía en igualar la obra de arte con él, sino en igualarse él a la obra de arte” (Adorno, 1971:23). Frente a esa propensión manipuladora hay que afirmar inequívocamente que la obra de arte tiene siempre la iniciativa, y al espectador sólo le queda olvidarse de sí mismo y entregarse a ella, en actitud abierta y receptiva. Pero cuanto más receptiva sea la actitud ante las obras de arte mayor puede ser el desconcierto y consiguiente desinterés que provocan ciertas manifestaciones artísticas. Cuanto más se confía y se encomienda uno a ellas mayor y más legítimo puede ser el rechazo que suscitan. Un rechazo que no está motivado por apriorísticas exigencias subjetivas del gusto, sino por las propias insuficiencias de algunas obras, acaso tan sólo supuestas obras de arte. Volvemos de este modo a la cuestión inicial. La predisposición a igualarse con la obra, de que habla Adorno, no es obstáculo sino estímulo para reflexionar sobre ella, preguntarse por la naturaleza de lo artístico y, a partir de ahí, negarse a aceptar que cualquier cosa pueda ser una obra de arte. Una última aclaración. 

Es evidente que la reflexión teórica nunca podrá sustituir la experiencia personal de afrontar una obra de arte desde esa actitud indicada de apertura y disponibilidad a dejarse llevar por la obra. Es igualmente cierto que una obra se siente y disfruta, antes de ser pensada. Más aún, el pensamiento relevante en el trato con las 14 obras es sólo el que sirve para iluminar los vericuetos emocionales a los que aquéllas nos arrastran. La reflexión ha de germinar en el campo abonado del sentimiento y la corporalidad. Pero todo esto no debe hacer perder de vista que la experiencia estética se enriquece con la reflexión, que se siente y disfruta mejor una obra cuando se la entiende, cuando nos hacemos cargo de su significado y sus claves simbólicas. Y ello exige tanto el aprendizaje que nos lleva a interpretar sus complejos mecanismos como la aptitud de cada espectador para pensar por sí mismo la obra. Hay pues una reflexión que forma parte de la experiencia estética. Pero a lo que apunta finalmente la pregunta de si cualquier cosa puede ser una obra de arte es a otro orden de reflexión, a ese discurso teórico que se interroga sobre qué es el arte, qué sentido cobra en nuestras vidas y cuáles son las pautas de excelencia artística. Lo que nos ocupa es, en definitiva, la teoría del arte. Entre sus virtualidades acaso esté la de ayudar en un momento posterior a la reflexión inmanente a la experiencia estética. La incertidumbre ante el arte del presente tiene mucho que ver con la ausencia de principios estilísticos que regulen las distintas manifestaciones artísticas y las vinculen entre sí. Se ha impuesto un pluralismo tan abierto que, en contraste con otras épocas, hay más diferencias que semejanzas en los rasgos constructivos de las obras. 

De ahí se sigue una extensa variedad y permanente fluctuación de las propuestas artísticas. También, una cierta irresolución o vaguedad de muchas de ellas. Nada hay que objetar a ese pluralismo: expresa algunas de las aspiraciones globales de nuestro mundo. Mas tampoco hay que extrañarse de la confusión que suscita con frecuencia en el campo específico del arte. Ninguna corriente o tendencia artística puede hoy pretender erigirse como la única acorde con las exigencias del presente. Ninguna es más legítima o pertinente que las demás. En principio, todas las opciones son apreciables. Pero dentro de una opción dada, no todo vale por igual: ni todo lo que se acoge a esa opción tiene por qué ser una genuina obra de arte, ni todas las que lo sean resultarán igualmente valiosas. Mientras tenga sentido hablar de valores artísticos, habrá que pensar que las obras más valiosas son las que mejor llevan a la práctica las condiciones realizatorias de la artisticidad. Parece acertada la opinión de Arthur Danto, en Beyond the Brillo Box, de que hay que despojar al concepto de arte de la libertad puramente formal que ha adquirido en los últimos tiempos. Cabe pensar que esa libertad no es ya contrapunto a una legislación impuesta desde fuera sino carencia de cualquier ley que el artista y la obra se den a sí mismos: más que autonomía, autarquía. El resultado es una trivial sacralización del arte que recubre hasta el más insignificante de sus productos, situándolo por encima de cualquier juicio discriminatorio. La noción de arte pierde así todo poder explicativo, incapaz de dar cuenta o razón de los objetos que abarca, convirtiéndose en mera etiqueta que puede aplicarse a no importa qué. 

El artista, los críticos, los medios de comunicación, cualquiera que se postule para ello, gozan de una libertad indiscriminada para adjudicar la etiqueta a lo que les venga en gana. La alternativa a esa situación pasa por afrontar una definición del arte. Como se irá viendo, definir el arte es sólo preguntarse y buscar una respuesta a qué es lo que lo 15 constituye, cuáles son las condiciones que lo hacen internamente posible. No subyace aquí ninguna actitud inquisitorial que busque imponer rígidas y excluyentes fronteras ni predeterminar las orientaciones del arte, los modos y procedimientos particulares que debe o no adoptar. Se intenta únicamente comprender lo que el arte ha llegado a ser en su propio devenir, la naturaleza de que se ha dotado a sí mismo. A partir de ahí se podrá también distinguir lo que de hecho es artístico y, por tanto, lo que no lo es. ¿Qué idealiza más el arte, el preguntarse por las condiciones internas que lo hacen posible o el rodearlo de una aureola de vaguedad que lo aleja de toda decisión crítica? ¿La renuncia de inicio a la búsqueda de condiciones internas del arte no va de la mano con la mistificación que lo convierte en algo intangible, indescifrable y que, por lo mismo, puede plasmarse en cualquier cosa, sea como sea? 1.2. Del reconocimiento a la explicación del arte No se nos oculta que cualquier intento de definición choca de entrada con la idea intuitiva de que respecto al arte todo es posible, menos definirlo. O sea, la idea de que el arte, por su propia condición, está en las antípodas de lo definible y determinable. 

Desde ese punto de vista, definirlo será siempre negarlo en su más íntima verdad. Pues el arte se resiste a ser lo que de algún modo se pretende que sea, se rebela frente a lo que ya ha sido, busca deshacerse de cualquier forma dada y reinventarse sin cesar. Siendo de por sí innovación y ruptura, el arte no acepta precepto ni condición alguna: sus mutaciones impredecibles condenan de antemano al fracaso todos los intentos de definirlo. La exclusión de la posibilidad de definir el arte se complementa a veces con el rechazo de la necesidad de una tal definición. ¿En verdad, necesitamos para algo una definición? ¿No está perfectamente satisfecha, sin necesidad de ella, nuestra disponibilidad y aptitud para una recepción fructífera de las obras de arte? ¿No nos basta con la precomprensión del arte de que disponemos quienes nos hemos socializado en culturas en las que están generalizados los fenómenos artísticos? O formulado de otro modo, ¿no nos basta con la noción implícitamente contenida en el uso pertinente del lenguaje al utilizar la palabra “arte”? La respuesta afirmativa a los últimos interrogantes supone tanto una confianza en nuestra capacidad espontánea de discernimiento estético como una desconfianza en las ventajas de la reflexión teórica sobre el arte. Viene a decir que ya sabemos por experiencia lo que es el arte, como lo prueba el hecho de que continuamente nos referimos a él en nuestras conversaciones y actitudes prácticas y, por lo mismo, podemos distinguir los objetos artísticos de los que no lo son. Nadie se engaña cuando asiste a una exposición de pintura, aun si fuera abstracta, confundiéndola con un muestrario de colores para la decoración de viviendas. Estamos casi seguros de poder diferenciar una escultura de un trozo de madera (¿salvo si la madera estuviera tal cual expuesta en un museo?). 

16 De ser así, cabe sospechar que las teorías más o menos filosóficas sobre el arte no hacen sino embrollar las cosas, introducir dificultades donde no las hay, perturbar nuestra percepción espontánea del arte. Y esto, por dos motivos. Primero, porque se supone que las teorías del arte tienden a abismarse en un esencialismo abstracto: pierden de vista la diversidad viva, la particularidad irrepetible de los fenómenos artísticos, y los someten a un principio uniformador, impuesto por la propia teoría. Segundo, porque se supone que es preferible aventurarse libremente al encuentro con las obras de arte, sin prejuicios ni prevenciones teóricas, arriesgándose al desconcierto y, en todo caso, tanteando una respuesta. Queda para después la consideración del primero de esos supuestos, el que acusa a la reflexión filosófica sobre el arte de perderse necesariamente en un esencialismo abstracto. En cuanto al segundo, da por hecho que la actitud ingenua o prerreflexiva ante el arte incluye ya la capacidad de distinguirlo y apreciarlo, sin necesidad de recurrir a disquisiciones intelectuales o saberes teóricos. Esto es lo que ahora conviene discutir. Y sería bueno no mezclarlo con lo ya comentado respecto a la apertura y receptibilidad ante las propuestas de la obra, la disposición a perderse y dejarse influir por ella. Lo que está en cuestión es si la curiosidad ingenua basta de por sí para discernir lo artístico, haciendo innecesaria toda definición del arte. La idea de que no es necesario definir el arte cobró cuerpo teórico en un célebre artículo de William Kennick, de 1958.

 Manifestaba allí que la errónea pretensión de definirlo está en el origen de los desvarios subsecuentes de la estética tradicional en su conjunto. Esta opinión encontró eco durante bastante tiempo. El error inicial era, desde su punto de vista, el de que la definición implicaba la apelación necesaria a una naturaleza predeterminada y unívoca, común a todas las prácticas artísticas, que se reflejaba en una serie de condiciones necesarias y suficientes del arte: en pocas palabras, implicaba el temido esencialismo abstracto. Volveremos con mayor detenimiento sobre este punto, sin duda, auténticamente crucial. Pero por el momento interesa otro aspecto de su argumentación. Kennick mantiene que, de hecho, la mayor parte de la gente está en condiciones de usar apropiadamente la palabra “arte”. Puede construir oraciones con sentido en las que se incluya dicha palabra, y pronunciarse sobre si algo es o no es una obra de arte. Es decir, puede discriminar entre lo que es una obra de arte y lo que no lo es. En tal caso, ¿para qué sería necesaria una definición filosófica del arte? Sólo serviría para hacer más engorrosa, cuando no para confundir, la decisión que está al alcance de cualquiera respecto a si tal o cual objeto es una obra artística. Nada descubren de nuevo las definiciones del arte, y si descubren algo es sólo un obstáculo a la percepción espontánea y veraz que la gente tiene sobre el arte. Imaginemos que a alguien, ayuno de conocimientos de estética, se le pide entrar en un almacén y traernos las obras de arte allí depositadas. Sin duda que lo hará, pues sabrá distinguirlas del resto de los objetos. Sabrá que aquello es un cuadro y esto otro una cortina. Es cierto que en algunas ocasiones la decisión puede resultar algo dudosa. Habrá, por tanto, que afinar la percepción, incluso arriesgarse al decidir, improvisar por cuenta 17 de cada uno la resolución sobre si cierto objeto es o no artístico. 

Pero esto sólo prueba que la línea de demarcación no siempre está clara. Ahora bien, menos claro lo tendrá aún aquella misma persona si se le pide que separe los objetos que sean una “forma significante”, la “expresión sensible de un sentimiento”, una “intuición” tal como la define Croce, etc. O sea, si para trazar la línea de separación ha de servirse de alguna de las definiciones tradicionales del arte. De nuevo, las definiciones no hacen sino entorpecer la capacidad comúnmente compartida de distinguir lo que es arte y lo que no lo es. O más precisamente, eso es lo que hacen las definiciones esencialistas. La propuesta de Kennick adquiere a partir de ahí un claro acento wittgensteiniano: olvidemos las esencias, renunciemos a buscar un denominador común a todas las obras artísticas, dejemos de lado los cánones, reglas, patrones o criterios universales aplicables a cualquier obra artística. El error de partida que lastra a la estética es el empeño en encontrar lo que no existe. La reflexión sobre el arte puede tener sentido si cambia radicalmente de objeto: debería dedicarse a “comprender la lógica compleja, mas no misteriosa, de palabras y frases tales como arte’, 'belleza, experiencia estética y similares” (Kennick, 1958: 334). En suma, debería dedicarse al análisis del lenguaje sobre el arte. ¿Es verdad, como pretende Kennick, que cualquier persona sin mayores conocimientos puede de hecho distinguir lo que es arte y lo que no? En líneas generales, y respecto al arte tradicional, parece que así es. Es muy probable que todo el mundo distinguiese las obras de arte (aunque en su momento no las nombrase como tales) al entrar en el almacén de los Medid en la Florencia renacentista. Y sin duda hoy distinguiría los cuadros expuestos en el museo del Prado de los utensilios de limpieza u otros objetos por azar allí abandonados. Pero, ¿ocurriría lo mismo en todas las exposiciones de arte contemporáneo que se suceden actualmente? ¿El ejemplo del almacén lo hubiera repetido Kennick de haber escrito su artículo hoy día? Por otro lado, el visitante menos advertido juzgará que son artísticos todos los objetos que encuentra en la feria de ARCO. Pero queda la duda de si los identificaría como tales al tropezarse con ellos en un descampado. De no ser así, significaría que carece de criterios propios de diferenciación. Es decir, sin contar con la consagración artística que otorgan los pabellones de ARCO, en un vulgar almacén como el del ejemplo de Kennick, el individuo no podría sacar fuera las obras de arte y dejar dentro las otras cosas. Esto podría entenderse, en línea con la teoría institucional del arte, en el sentido de que los criterios de diferenciación de lo artístico han pasado del individuo común a los directores de museos, ferias de arte y exposiciones, junto con los medios de comunicación que los alientan. La decisión sobre lo que es arte y el reconocimiento del mismo se habría desplazado desde quienes lo contemplan a las instituciones que lo administran Al margen del peso institucional en el reconocimiento de las obras, en el arte del presente se dan también casos próximos a lo que Danto llama “los indiscernibles perceptivos”. 

Entiende por ello la posible existencia -de la que caben, por lo demás, 18 múltiples ejemplos en el arte de nuestros días- de dos objetos entre los que no se puede percibir diferencia alguna en el plano sensible y, sin embargo, uno es una obra de arte y el otro no. Así, la obra de Andy Warhol, Brillo Box, y cualquiera de las cajas de Brillo que ofrecían en la época los supermercados norteamericanos. Dejamos para otro momento la consideración de este punto, pues no es tan claro como piensa Danto que una obra de arte y una mera cosa puedan carecer totalmente de diferencias perceptivas. Pero hay supuestas obras de arte que, si no del todo, al menos en gran parte pueden confundirse por su aspecto sensible con objetos no artísticos. En otras palabras, obras cuya identificación no es tan evidente como supone el razonamiento de Kennick, obras que desconciertan al espectador y lo dejan indeciso. De cualquier modo, lo relevante frente a la postura de Kennick no es la discusión de si cualquier persona puede efectivamente distinguir lo artístico. Aunque se aceptara este punto en líneas generales, en nada cambiará nuestra opinión de que propuestas como la suya yerran el blanco en lo más fundamental. La cuestión que él escoge como central no es realmente decisiva para la reflexión estética. Lo que en verdad importa a ésta no es facilitar el reconocimiento fáctico de lo artístico sino aportar una explicación del arte, o sea, responder a qué es lo que hace que algo sea una obra artística. Para desarrollar esta idea hay que hacer explícita la distinción que se viene sugiriendo entre el reconocimiento y la explicación del arte. En cambio, dejamos a un lado las cuestiones relativas a la interpretación, o sea, el proceso por el que los receptores descifran y se apropian el significado de las obras y éstas reviven en ellos.

 El reconocimiento es la capacidad de identificar una obra de arte, distinguiéndola de los objetos no artísticos. Reconocemos una obra cuando podemos diferenciar lo que es y lo que no es arte. El reconocimiento afecta, pues, a la delimitación o, si se prefiere decirlo así, a la clasificación del arte. La explicación busca responder a la pregunta de qué es lo que hace que algo sea una obra de arte. No se contenta con diferenciar el objeto artístico, sino que a partir de ahí quiere saber por qué lo es. Eso le lleva a indagar lo constitutivo del arte, las condiciones que lo hacen posible. En otras palabras, se ve abocada a la definición del arte, en el entendido de que definir sólo significa aquí revelar las condiciones de posibilidad. La distinción entre ambas competencias es afín, aunque sin coincidir del todo, con la diferenciación del plano ontológico y el epistémico, a que frecuentemente recurre la Estética, en especial la de ascendencia anglosajona. Mientras el plano epistémico tiene que ver con el estado de nuestros conocimientos y los motivos por los que nos resultan aceptables, o sea, con los procedimientos seguidos para adoptar, encadenar y justificar nuestras creencias sobre el arte -entre las que se incluirían las que permitiesen identificar los objetos artísticos-, el plano ontológico se centra en la cosa misma, se interroga por sus determinaciones internas: para el caso, las condiciones realizatorias del arte. 

De esta diferenciación de planos se siguen importantes consecuencias en el campo estético. Pero baste por ahora con dejar constancia de ella. Y adelantar tanto la idea de que la perspectiva ontológica y la epistémica son en efecto distintas, y conviene tener presente su especificidad, como la idea de que son interdependientes y, por tanto, no son del todo 19 separables. Se ha aludido al desconcierto y la perplejidad en que actualmente nos dejan algunos productos artísticos. Eso conlleva, en primer lugar, que se debilita, casi se anula en ocasiones nuestra capacidad de reconocer las auténticas obras de arte. A este propósito, Eugenio Trías ha hablado de la necesidad de mantener un criterio estético para distinguir la genuina obra de arte de los “falsos pretendientes” a la condición artística, o más precisamente, para distinguir la obra artística de aquello que pasa por tal o parece serlo. Y advierte que “la verdadera obra de arte no suele presentarse como tal, no tiende a expresar en su presentación esa pretensión, sino que suele hacer su aparición como obra del común; en cambio su falsificada rival, la obra que parece ser artística sin serlo, tiende siempre a exhibir, en sus maneras, en sus formas de aparecer, en los procesos creadores plasmados en ella y en su resultado final, esa pretensión de ser justamente aquello que bajo ningún concepto es, pero que puede parecer-lo” (Trías, 1998: 207). El criterio estético que postula Trías va más allá de lo que aquí se entiende por reconocimiento: afecta también a lo que llamamos explicación. 

Limitándonos por ahora a lo primero, es fácilmente constatable que el desarrollo de las artes, con esa tendencia a hacer aparecer como artístico lo que no lo es, exacerbada por la actual indefinición del arte, ha propiciado que los criterios de reconocimiento se hayan tornado problemáticos e inciertos. No obstante, siempre mantenemos interiorizados algunos de tales criterios. Partimos siempre de una precomprensión del arte, arraigada en la conciencia histórica, que incluye ciertos criterios para distinguir los productos artísticos. Son, pues, los criterios propios de la cultura en que nos hemos socializado. Criterios a los que desafían algunas obras del presente, pero criterios que de modo más o menos explícito forman parte de nuestra red de creencias. Ahora bien, eso no quiere decir que tengamos que aferrarnos a ellos como algo inamovible. Mucho menos, cuando los criterios se han atenuado y aun así se nos exige ponerlos a prueba un día tras otro. Tanto el inconformismo con lo meramente transmitido como el propio debilitamiento de los criterios, nos exige someterlos a una continua revisión. La vigente indefinición del arte no tiene por qué sumirnos en una parálisis crítica, que nos convierta en dóciles seguidores de cualquier propuesta que se nos haga. Tal es la responsabilidad de todo el que contempla, lee o escucha una obra de arte. Pero la teoría estética no debe ir por delante del relativo consenso social y de la decisión de cada espectador sobre lo que es arte y lo que no. A la teoría como tal no le incumbe anticipar criterios alternativos de reconocimiento. En su inicio ha de atenerse a lo que ya se considera artístico dentro de una cultura determinada: tiene que tomar como punto de partida la precomprensión del arte vigente en una comunidad histórica. El trabajo teórico empieza a partir de ahí. Y su cometido es dar forma reflexiva, articular teóricamente el reconocimiento. Al reflexionar sobre la naturaleza y propiedades de los objetos ya identificados como artísticos, se verá abocado a la explicación de lo que es el arte (qué es lo que lo constituye, por qué significa lo que significa, qué es lo que comporta para nosotros). Acaso de esa explicación se desprendan algunos nuevos 20 criterios de reconocimiento.

 Pero, en tal eventualidad, los nuevos criterios no habrán sido el punto de partida sino el resultado derivado de la explicación. Dicho de otro modo, los criterios alternativos de reconocimiento sólo tendrán vigencia retroactivamente, al derivar de una nueva explicación del arte. Una explicación, repetimos, que se atiene en principio a lo que se acepta comúnmente como arte. ¿Por qué esto último? Porque de lo contrario se corre el peligro de caer en alguna forma de apriorismo. O sea, de introducir definiciones del arte que sean previas y para nada tengan en cuenta la realidad efectiva de las prácticas artísticas, que se formen una idea del arte que desconozca y prescinda de las obras existentes, y acaben abocando a un esencialismo uniformador. Su propia lógica arrastraría a esas definiciones, en un paso siguiente, a convertirse en definiciones normativas, que pretenderían dirigir los caminos del arte, asignarle pautas predeterminadas, prescribir lo que debe o no debe ser. En un sentido contrario, frente a toda definición apriorística, hay que insistir en que el arte sólo es lo que ha llegado a ser, a través de las vicisitudes de su imprevisible recorrido, de sus exploraciones y hallazgos, en suma, de su libre creatividad. Si el arte no tiene más realidad que la que se desprende de sus producciones históricas, las ya acaecidas y las que están por acaecer, las definiciones apriorísticas, que aluden quiérase o no a alguna entidad suprahistórica, carecen definitivamente de sentido. Lo que sea el arte, como ha repetido Heidegger, sólo se muestra en las obras de arte existentes. No es algo que se pueda deducir, en palabras suyas, de “conceptos más elevados”. No se deriva de principio apriorístico alguno ni de categorías provenientes de otros ámbitos de pensamiento. 

El discurso sobre el arte no requiere una fundamentación metafísica ni apela a condiciones trascendentales. Si queremos conocer la naturaleza del arte, qué es lo que hace que un objeto sea artístico, tenemos que preguntárselo a las obras ya existentes, únicamente a ellas. Aunque esto nos introduzca en un camino circular, pues “¿cómo podemos estar seguros de que las obras que contemplamos son realmente obras de arte si no sabemos previamente qué es el arte?” (Heidegger, 1995a: 12). Una vez perdido el miedo a esa circularidad (que al transitarla se revelará como no viciosa), asumiendo según quiere Heidegger que permanecer en ese camino es la auténtica “fiesta del pensar”, hay que decidir por dónde iniciamos el camino. Y no parece quedar otra opción que la de aceptar provisionalmente como arte aquello que se exhibe en los museos y galerías, que se muestra en las iglesias y otros edificios públicos, los monumentos reconocidos como tales, lo que se oye en los conciertos, etc. Así, en nuestro punto de partida es arte todo aquello consagrado como tal por una cultura o comunidad histórica. Aunque haya que mantener las cautelas que se siguen de la actual indefinición del arte y la problematicidad de los criterios a que antes nos referíamos. Todo esto cabe resumirlo en la idea de que la teoría estética no ha de anticipar criterios de reconocimiento del arte que sean alternativos a los consensuados socialmente en una época (dejando al margen la decisión que cada espectador pueda y deba adoptar por su cuenta). Por tanto, la teoría inicia su camino aceptando los criterios de reconocimiento vigentes. 

Aunque no oculta que su andadura reflexiva acaso al final los 21 subvierta. Ahora bien, el propio punto de partida, por las características mismas que le hemos atribuido, aboca a salir de él. El nuevo paso que se impone es el de la interrogación por la naturaleza del arte, lo que nos adentra en lo que venimos llamando “explicación”. Tal es el cometido propiamente filosófico, el que no se contenta con aceptar lo ya sabido, las respuestas implícitamente dadas, los criterios estéticos vigentes. Negar su necesidad es tanto como negar el impulso constitutivo que desde siempre ha animado a la Filosofía -en el campo que nos ocupa, la Filosofía del arte. Si la Filosofía del arte responde, de un lado, a la exigencia permanente de remover y ampliar nuestras ideas estéticas, por otro lado, las circunstancias del presente artístico la hacen especialmente oportuna. En definitiva, la necesidad de definir el arte no es sino la de responder a los nuevos interrogantes que sin cesar nos plantea, a los problemas inéditos que suscita. Dado que el arte merecedor de tal nombre siempre va más allá de lo establecido, desplegando nuevas virtualidades, la reflexión que busca comprenderlo no puede quedarse atrás. Constantemente tiene que volver a pensarlo, sin enquistarse en las ideas legadas por la tradición. Estas son las que facilitan el reconocimiento y, por tanto, constituyen nuestro punto de partida, no el punto de llegada. Y para pensar el arte no basta con recopilar los rasgos particulares de las obras ya existentes, no basta con su descripción y clasificación en corrientes o estilos. De ahí hay que saltar a la pregunta por la naturaleza del arte, la que justamente da entrada a la reflexión filosófica. 1.3. 

La idea hipostasiada de Arte Lo dicho hasta aquí tiene que ver con la necesidad de una definición del arte, en la que cristalice la reflexión sobre su naturaleza y propiedades, y que cabe articular como exposición de las condiciones de posibilidad de lo artístico. Otra cosa es la posibilidad de esa definición. O mejor, la posibilidad de afrontarla sin caer en todos los yerros de la especulación platonizante. Lo primero que puede parecer contradictorio es la idea misma de que el arte tenga algo semejante a una naturaleza, en el entendido de que ésta es equiparable a una esencia inmutable y permanente. Frente a lo cual se argumenta a veces, como ya se ha señalado, que el arte es de por sí innovación y ruptura, se rehace e inventa en cada una de sus creaciones. Por lo mismo, al pretender captarlo bajo un concepto unitario, la definición negaría tanto su radical diversidad como su imprevisible devenir. Estamos de nuevo en el punto en el que se acusa a la Filosofía del arte de precipitarse en un esencialismo ahistórico. Si en las consideraciones precedentes se la obviaba por innecesaria, ahora se le achaca que, al pretender definir el arte, la filosofía se encierra ciegamente en los problemas que ella misma crea, se debate exangüe en la definición de entidades que sólo para ella existen. Frente a tales desvarios especulativos, 22 quedarían dos opciones: olvidarse sin más de la Filosofía del arte o reconducirla a tareas más modestas, por ejemplo, la de analizar el significado de las palabras que usamos cuando hablamos de arte, reflexionar sobre los implícitos de la crítica que analiza las obras de arte particulares (con lo que se la convierte en una especie de metacrítica) o cosas por el estilo. Hay quienes piensan que la pregunta misma acerca de la naturaleza del arte (y toda definición no es sino la respuesta a tal pregunta) incurre de por sí en un esencialismo abstracto. Queda inmersa en el proyecto romántico de aunar todas las artes bajo el concepto esencialista de Arte: una realidad única, perenne, de valor universal, que hace de todas las manifestaciones artísticas mera expresión de esa esencia absoluta; una naturaleza teleológica que predetermina lo que las obras particulares pueden o no ser. Es lo que mantiene, por ejemplo, Jean-Marie Schaeffer. Para este autor, el concepto esencialista, la idea hipostasiada de Arte gobierna de principio a fin lo que él llama “la Teoría Especulativa”, una teoría en la que toman parte entre otros Novalis -y, en general, el romanticismo alemán-, Hegel, Schopenhauer, Nietzsche, Heidegger y Adorno, sin contar con algunos de sus respectivos seguidores, entre los que se incluyen destacados artistas. Es decir, para Schaeffer, casi toda la estética filosófica está dominada por la teoría especulativa. En esto se cifra justamente lo que su planteamiento tiene de excesivo. Convierte la teoría moderna del arte en algo uniforme: la reduce en lo fundamental a una inspiración común, nivela sus resultados. Iguala a pensadores tan diferentes como Schopenhauer, Heidegger o Adorno: agranda lo que tienen en común, reduce lo que los separa. Pero al margen de que refleje fielmente o no las líneas maestras de la estética filosófica, independientemente de la justeza de sus atribuciones, lo que importa destacar es que dicha teoría especulativa, tal como ahí queda caracterizada, no es el resultado necesario a que aboca todo intento de explicación del arte.

 Antes bien, puede servir de contraejemplo para la propuesta de reflexión sobre el arte que en este libro se intenta llevar a cabo: una reflexión, no obstante, que no renuncia a dilucidar las condiciones realizatorias de lo artístico. Hay que insistir una y otra vez en que la pregunta: “¿qué es el arte?”, no incurre por sí misma en ningún esencialismo ahistórico Según la descripción de Schaeffer, la teoría especulativa conduce básicamente a la sacralización del arte, compensando de ese modo la desacralización creciente de la cultura occidental. Incomunica y enfrenta a las prácticas artísticas con el resto de las actividades humanas, al atribuirles una validez y autenticidad de la que éstas carecen. Su reclusión en un ámbito aislado, lleva al arte, de un lado, a la autorreferencialidad excluyente y a creerse gobernado por su propia teleología interna, y, por otro lado, a arrogarse un mesianismo utópico, el proyecto de una sociedad asimilada al arte. La sacralización está vinculada con el peculiar estatus cognitivo que se le otorga al arte. Sin relación con el saber científico o el conocimiento común, el arte aparece como el saber primordial, el único en que se desvela la realidad última . Le es propio “un conocimiento extático, la revelación de verdades últimas, inaccesibles a las actividades cognitivas profanas” (Schaeffer, 1992: 15). De ahí su excelencia respecto a los otros 23 saberes y actividades humanas. 

Estos son algunos de los contenidos de la teoría especulativa, tal como los presenta Schaeffer. Pero, para empezar, resulta más que dudoso que la sacralización del arte y ese estatus cognitivo tan especial sean en verdad atribuibles al discurso de todos los autores incluidos en la teoría especulativa. Y, en cualquier caso, lo importante es dejar claro que dichos contenidos no son la respuesta ineludible a la pregunta por la naturaleza del arte. La respuesta podría ser esa o cualquier otra. Por nuestra parte, esperamos que la argumentación que aquí se lleve a cabo no favorezca ningún tipo de sacralización del arte. En cuanto al estatus cognitivo que aquí también se atribuirá al arte, confiamos en que al exponerse aparezca claramente distanciado de cualquier conocimiento extático en el que se desvelasen esencias recónditas. Ahora bien, hay otros aspectos de la teoría especulativa que tiene que ver con la idealización de las artes, y que merecen una consideración directa. Uno de ellos es el supuesto de que la propia pregunta: “¿qué es el arte?”, introduce ya una deriva esencialista que indefectiblemente concluye en la reducción de las prácticas artísticas a la Idea unificada de Arte. El empleo del singular en la pregunta da por hecho que cada una de las obras y las prácticas lo son por participación en la realidad única del Arte. Las obras artísticas (y las artes), despojadas de su pluralismo y variedad, de su eficacia innovadora, sólo son y se entienden como manifestaciones empíricas de una esencia ideal. Esa esencia, definida filosóficamente, iguala y predetermina lo que las obras particulares pueden o no pueden llegar a ser. La teoría especulativa es “Teoría del Arte, con mayúscula, puesto que más allá de las obras y los géneros proyecta una entidad trascendente que se considera que funda la diversidad de prácticas artísticas, teniendo ontológicamente prioridad sobre ellas” (id.: 16).

 Pero no se queda ahí. La categoría óntica que define es a la vez una categoría evaluativa más o menos encubierta. Lo óntico y lo evaluativo se sustentan e incluyen mutuamente. La teoría especulativa “confunde el arte como objeto fenoménico y el arte como valor: define el arte por su valor, y a cambio lo valoriza por su definición” (id.: 84). Bajo influencia de la teoría, el término “arte” se usa siempre con un sentido evaluativo de aprobación o de exclusión, sirve para legitimar o deslegitimar la validez de las obras singulares. No es de extrañar que así sea: por el mismo impulso que le lleva a definir una esencia ideal del arte, la teoría traza una línea divisoria entre lo artístico y lo no artístico y predetermina lo que han de ser las obras particulares. O como se afirma desde una perspectiva crítica similar, para el pensamiento esencialista “las esencias son normas” (Bourdieu, 1995: 436). Todo ello viene de que el discurso no se limita a lo que debiera limitarse: la descripción de las artes. Antes bien, concibe un ideal artístico, un arquetipo de artisticidad. E incurriendo en ese error categorial tantas veces denunciado como originario de toda metafísica idealista, sustancializa el ideal artístico, le otorga un estatus constitutivo. A partir de ahí se convierte fatalmente en un discurso de exclusión: deja fuera de sus límites a todas las obras que no se amoldan al ideal. Propone así una nueva denotación del término “arte”, fundada en la previa definición evaluativa. Cuando, en 24 puridad, debería limitarse a “analizar la denotación recibida del término”, sin aspirar a definición evaluativa alguna. Lo expuesto hasta aquí de la teoría especulativa nos permite insistir en que sirve de contraejemplo a la propuesta de definición que defendemos. En relación con el último punto, el que aconseja ceñirse a la denotación recibida, hay que recordar que por nuestra parte propugnábamos atenerse inicialmente a los criterios de reconocimiento del arte vigentes en la época, sin que la teoría anticipe criterios alternativos. 

Pero sin que eso suponga, tampoco, que los criterios sean incontestables, que queden a cubierto de la teoría. Con todo, frente a los presupuestos de la teoría especulativa, lo más importante es resaltar que la única realidad del arte que cuenta es la adquirida de resultas de su propio devenir. Es una falsa suposición la que imagina que al hablar de “naturaleza” del arte se hace necesariamente referencia a alguna esencia abstracta, inmutable o intemporal. Ya hemos advertido, como dijo Adorno, que en nuestra perspectiva el arte sólo es lo que ha llegado a ser, con lo que queda descartada cualquier entidad suprahistórica, trascendente a sus manifestaciones concretas. Se diría que para la conciencia actual esto es algo que va de suyo, que no es lo que está en juego cuando se discute la posibilidad de definir el arte. Y así debiera ser. Pero con frecuencia se siguen confundiendo los términos de la discusión: parece como si cualquier definición positiva del arte tuviera que enfrentarse antes o después a la acusación de caer en algún nebuloso esencialismo platónico, una acusación que queda en el aire de forma más o menos larvada. Frente a ella, repitamos una vez más que la definición buscada sólo apunta a la realidad histórica del arte. El reconocimiento de la historicidad del arte va aunado con el de su efectiva pluralidad. La situación presente de las prácticas artísticas ha despejado cualquier duda sobre el particular: el arte es de muchas maneras, se presenta en contenidos y formas estilísticas tan desiguales, adopta manifestaciones tan cambiantes y distantes entre sí, que en ocasiones se hace difícil ver lo que puedan tener en común. 

Pero algo deben tener en común, salvo que carezca de todo sentido el seguir calificándolas de “artísticas”. Por otro lado, no se gana nada con hablar de “las artes”, evitando la expresión “el arte”. Al margen del significado y designación iniciales de las palabras, atendiendo a su sentido actual, el arte sólo debe entenderse como aquello compartido por las distintas artes. El mismo riesgo de idealizar o pretender tutelar las prácticas artísticas, la misma posibilidad de esclarecerlas, conllevan la definición del arte y la definición de cada una de las artes particulares. Tan coercitivo respecto a los particulares que lo ejemplifican puede ser el concepto de novela o de pintura como el concepto de arte. También puede ser igualmente luminoso. Con la dificultad añadida de que uno de los rasgos más sobresalientes del arte actual es el intento de borrar las distinciones de género, de mezclar y fusionar las expresiones artísticas. Parece que muchas obras del presente pretenden ser arte antes que, por ejemplo, novela, relato o poesía; o antes que pintura, escultura o instalación. Acaso porque participan de las propiedades comunes a algunos de esos géneros, sin adscribirse del todo a ninguno de ellos. Tras quedar descartado cualquier esencialismo abstracto, sigue vigente la cuestión de 25 qué sea aquello que comparten las distintas manifestaciones artísticas que merecen nombrarse como tales. Definir el arte no es otorgarle una acepción unívoca. La definición rehúsa homogeneizar las prácticas artísticas, no intenta reducir su pluralidad a una condición uniforme. 

Sólo pretende discernir por qué son artísticos los objetos y las prácticas que han llegado a serlo: qué es lo que hace que lo sean. Sin excluir, por supuesto, que los objetos y las prácticas pudieran llegar a ser de otro modo. En cuyo caso habría que rehacer la definición. Por lo demás, ninguna definición atravesará del todo el fondo de misterio en que hunde sus raíces la creación artística. Acaso exagere Truman Capote cuando dice, en Los perros ladran, que “la obra de arte es el único misterio, la única magia suprema; todo lo demás es aritmética o biología”. Pero es fácil advertir que, aún cuando no sea un rasgo exclusivamente suyo, el arte se retrae especialmente a la explicación, lo envuelve una peculiar ocultación. Como si en parte hubieran de permanecer oscuras las razones por las que sus hallazgos nos resultan a veces transparentes y, otras, nos deslumbran por impenetrables. Como si no pudieran ser nítidas las fuentes ni de lo que muestra ni de lo que encubre. La definición será, pues, aproximativa. Se moverá entre la imposibilidad de agotar por completo el misterio del arte y la renuncia a declararlo un arcano insondable. De forma que su carácter enigmático se convierte en un acicate para la reflexión. Tanto más se resiste a la comprensión cuanto más nos importa desvelar sus incógnitas. La dificultad de la comprensión afecta a un doble plano: el del encuentro personal con cada una de las obras y el de la reflexión teórica sobre la naturaleza genérica del arte. Este último es el que aquí nos concierne. Y en él las dificultades, ni mayores ni menores, son de índole distinta a las de la interpretación de una obra particular. Para centrarlas, podemos resumir el empeño de la explicación teórica en descubrir las condiciones constitutivas del arte, las que hacen que algo sea artístico. 

Es decir, las condiciones necesarias (sin las cuales algo nunca podría ser obra de arte) y suficientes (con las cuales siempre lo sería) del arte. 1.4. Condiciones necesarias y cierre extensional Desde hace algunos años los intentos de definición articulados en torno a condiciones necesarias y suficientes se enfrentan a los argumentos antiesencialistas que, inspirados con mayor o menor acierto en Wittgenstein, fueron formulados a finales de los años cincuenta por William Kennick (en el artículo antes comentado) y Morris Weitz. Weitz no sólo constata el fracaso de hecho de las definiciones tradicionales que, por más que se empeñen, no logran encontrar las condiciones necesarias ni suficientes del arte, sino que aduce razones de principio por las que esa empresa es imposible. Se trata, en suma, de que la propia lógica del concepto de arte excluye la existencia de tales condiciones necesarias y suficientes. A las obras de arte, piensa Weitz, les conviene lo que Wittgenstein atribuía a los 26 juegos: entre ellos sólo hay parecidos de familia. A se parece a B, B se parece a C, pero es factible que entre A y C no exista parecido alguno. No hay esencia compartida por las obras artísticas, no hay necesariamente propiedades comunes, y de haberlas durante un tiempo, pueden desaparecer en otro. Lo que queda es sólo “una red complicada de semejanzas que se solapan y entrecruzan, de igual modo que podemos decir de los juegos que forman una familia, con semejanzas familiares y sin ningún rasgo común” (Weitz, 1956: 30). 

La equiparación de las obras de arte con los juegos es más que problemática. Como aquí no hay lugar para justificar ese aserto, nos remitimos a los muy convincentes argumentos de M. Mandelbaum (1965) y B. R. Tilghman (1984), al señalar el error que supone tal extrapolación de lo dicho por Wittgenstein acerca de los juegos, como si fuese aplicable sin más a las obras de arte. Lo que directamente nos interesa es la propuesta de Weitz de cambiar la pregunta acerca de qué es el arte —abocada siempre a una salida esencialistapor la pregunta: “¿de qué tipo es el concepto de arte?” La respuesta no admite dudas: el concepto de arte ha de ser un concepto abierto. El punto central de la argumentación consiste en la contraposición del concepto cerrado y el concepto abierto de arte. El primero establece condiciones necesarias y suficientes y, por lo mismo, cierra forzosamente su campo extensional: deja fuera del campo concreto de las artes a todos los objetos que no cumplan las exigencias impuestas por el propio concepto. Se aplica a los casos particulares de forma fija y predeterminada. En cambio, “un concepto es abierto si sus condiciones de aplicación son enmendables o corregibles; esto es, si se puede establecer o imaginar un caso o situación que requeriría una especie de decisión por nuestra parte a fin de extender el uso del concepto para que cubra dicho caso, o bien habría que cerrar el concepto e inventar uno nuevo para tratar el nuevo caso y su nueva propiedad” (id.: 31)

 En otras palabras, la intensión del concepto, saturado de condiciones necesarias y suficientes, indefectiblemente predetermina su extensión. Y al cerrarse el campo extensional, se establece una rígida e inamovible frontera entre lo que es y no es arte. No sólo se niega la cualidad de obras de arte a los objetos que sin caer dentro del concepto pudieran pretenderla, sino que se tiende a prejuzgar lo que en el futuro puede llegar a ser artístico y lo que no. Así pues, un concepto cerrado es el que tiene condiciones constantes e inequívocas de aplicación a la hora de decidir si algo es o no es una obra de arte. No deja lugar a dudas ni margen de decisión a quienes lo aplican: el concepto obligatoriamente conlleva unos criterios delimitadores de lo artístico que consagran o excluyen a tales y cuales objetos, que se imponen a cualquier otra consideración, sea de los creadores de esos objetos, sea de la opinión común. En el rechazo de Weitz y Kennick a toda definición “esencialista” del arte (y lo es cualquiera que comporte condiciones necesarias y suficientes), bajo el postulado de que tal definición es sencillamente imposible, parece que anidan algunos de los malentendidos que venimos comentando. 

En particular, puede entreverse en sus textos el reproche de que la definición unifica falsamente la diversidad de las obras de arte, remite a una esencia abstracta, tiende a imponerse normativamente sobre la realidad de las prácticas 27 artísticas y se adelanta, así, a su imprevisible devenir. Pero en lugar de volver sobre los términos de la respuesta anteriormente apuntada, conviene ahora centrarse en el que acaso sea el punto fuerte de su argumentación: el cierre inevitable del concepto de arte. En todo caso, y de acuerdo con lo que aquí se viene exponiendo, hay que tener presente una salvedad: las únicas condiciones necesarias y suficientes que habrán de buscarse son las que están históricamente dadas en las obras de arte existentes. Weitz carga el peso de su razonamiento en que al cerrar el concepto con condiciones esenciales se excluirá a todos los objetos que no cumplan las exigencias establecidas por el concepto mismo. Lo que de ahí se sigue no es sino la negación de lo más propio del arte: su carácter aventurado que le lleva a variaciones sin fin, su capacidad de transmutarse sin cesar, de reinventarse a cada momento. Pero esto, que Weitz da por sentado, es justamente lo que está por dilucidar. ¿Al designar condiciones necesarias y suficientes se produce sin más un cierre extensional? ¿La definición del arte excluye en verdad sus posibles variaciones? Cabría llevar la polémica al plano de la pragmática del lenguaje o a un plano epistemológico general. Plantear si existe siempre una relación unívoca entre la intensión y la extensión de una palabra o de un concepto. Se podría tal vez recurrir a los argumentos de Hilary Putnam (1975) contra ese supuesto. Mas la restricción temática aconseja mantenerse aquí en el plano particular de las artes, contando sólo con los elementos de discusión ya puestos en juego. 

Parece claro que al definir condiciones necesarias y suficientes se produce, si no un cierre extensional rígido y definitivo, sí al menos una cierta delimitación de los objetos según cumplan o no tales condiciones. Para que esa delimitación gane en flexibilidad cabe matizar lo siguiente: las condiciones definidas de lo artístico sólo serán necesarias disyuntivamente, es decir, para que algo sea arte habrá de cumplir alguna de tales condiciones, sea cual sea de ellas, sin que se requiera ninguna en particular. Así, podrán darse obras de arte que no cumplan todas las condiciones de lo artístico, y obras que sean artísticas por distintos motivos, según satisfagan una condición u otra. Cuando las condiciones se den todas en conjunto será más que suficiente para que haya arte. Con tales cautelas el concepto de arte se hace más elástico y admite mayor variedad en sus aplicaciones, sin que lleguen a desvanecerse sus contornos. La definición basada en condiciones necesarias y suficientes se torna más adaptable a la pluralidad efectiva de las artes, aunque su aplicación provoque ciertas vacilaciones. La delimitación de lo artístico no es una delimitación inexorable, que se imponga mecánicamente, ni tiene nada que ver con una suerte de decreto que suplante la decisión de quienes se enfrentan (leen, contemplan, etc.) a las obras de arte en litigio. Para pronunciarse sobre si un determinado objeto cumple o no las condiciones del arte hay que tener en cuenta sus características específicas.

 Estas pudieran ser tales que dejen al objeto en una situación imprecisa, ni dentro ni fuera del campo artístico, acaso en una posición intermedia. Aparte de que tanto las condiciones definitorias como el campo extensional que delimitan son siempre revisables: tiene el carácter tentativo de cualquier otra propuesta de la Filosofía del arte. 28 A nadie se le escapa que el campo artístico es hoy extremadamente lábil y su extensión se amplía de continuo. Es fácil comprobar que el arte busca ser distinto de como ha sido y adopta constantemente nuevos rostros. Pero esa variabilidad no excluye la existencia de las referidas condiciones. La cuestión decisiva es si al ensancharse el campo del arte se produce una discontinuidad radical que rompa el substrato común a las diferentes manifestaciones artísticas. En cuyo caso, las nuevas formas del arte nada tendrían que ver con las precedentes y, a poco que cambiasen, ni siquiera entre ellas. El pluralismo artístico se disolvería en heterogeneidad. Esas nuevas formas serían artísticas con la condición de que las anteriores no lo fuesen, o viceversa. Sin embargo, las cosas ocurren de otro modo. La noción de arte es inclusiva. Seguimos considerando arte a las obras griegas, renacentistas o barrocas y, también, a las de las vanguardias históricas o del conceptualismo último. Más que descomponerse, la noción de arte se amplía, integrando a los nuevos productos que van apareciendo. Las variaciones artísticas no destruyen la identidad del arte, simplemente la renuevan. 

Y de ahí que siga siendo pertinente la pregunta por sus condiciones de posibilidad. Condiciones, repetimos, que siempre estarán por revisar, que habrán de variar en la misma medida en que varíen las prácticas artísticas. La teoría debe ir en paralelo con el desarrollo efectivo de las artes. Si éstas últimas evolucionan, como parece, en la línea de la integración, la teoría buscará condiciones defmitorias que sean integradoras. O sea, intentará discernir las condiciones necesarias y suficientes comunes a todas las obras que históricamente van quedando incluidas en la noción usual de arte. Si la variación tendiese a la ruptura, la teoría tendría que buscar condiciones definitorias alternativas, cambiando siempre al mismo ritmo que lo hiciesen las artes. Quiere esto decir que la definición del arte para nada excluye sus posibles variaciones. Al contrario, pretende reflejarlas. Podría opinarse que esta discusión se pierde en vaguedades, o que responde a la obsesión clasificatoria y judicial de algunos filósofos. Importa, pues, destacar lo que entendemos que aquí está en juego. Parece que la reflexión estética está hoy acuciada por un dilema: optar por la existencia de una naturaleza interna del arte o conceder que lo que hace artísticos a ciertos objetos son motivos extrínsecos a ellos mismos. 

En efecto, ciertas teorías recientes sobre el arte, que irán apareciendo a lo largo de este libro, nos enfrentan a una alternativa: o bien determinados objetos son obras artísticas en virtud de algunas propiedades que forman parte de su propia constitución interna, o bien lo son por condiciones externas que se añaden a los objetos, condiciones fortuitas o contingentes que en nada afectan a lo que de por sí son los objetos (entre tales condiciones podrían figurar las relacionadas con el contexto de producción o recepción, la actitud de los espectadores, lo que deciden los representantes del mundo del arte o los medios de comunicación, las opciones estéticas prevalentes entre los críticos, etc.). Pues bien, aquí se opta claramente por lo primero. Al hablar de “naturaleza interna” del arte sólo se quiere decir que algunos objetos poseen ciertas propiedades internas que les hacen ser obras de arte; y de no tenerlas no lo serían. La variabilidad de las prácticas artísticas no es óbice para pensar que en todas ellas se manifiesta un substrato común. No una esencia etérea o un principio uniformador, sino un grupo estructurado de 29 propiedades comunes. Propiedades que tienen que ver con el potencial simbólico de las obras, su capacidad de abrir mundos, su ordenamiento formal y cualidades sensibles, o con algún otro de sus elementos constitutivos, cualesquiera que sean. En todo caso, propiedades inherentes a su composición y modos de ser. La búsqueda de condiciones necesarias y suficientes sólo pretende nombrar tales propiedades. Suponen el mínimo requerido para la artisticidad. Va de suyo que las distintas obras incorporan otras características específicas de cada una de ellas, en las que se asienta su pluralismo y diversidad. 

Según incluya más o menos condiciones, y según lo restrictivas que resulten, el concepto de arte será más o menos elástico, admitirá una mayor o menor variedad de objetos. Aparte de que en ciertos casos la determinación de si algo es o no artístico planteará paradojas que acaso requieran, como dice Weitz, “una especie de decisión por nuestra parte”. En principio, parece conveniente que el concepto de arte sea lo suficientemente elástico para poder abarcar las nuevas manifestaciones artísticas. Elástico, pero no tanto como para que dentro de él quepa cualquier cosa. No tanto que degenere en el relativismo del todo vale por igual. Volvemos por esta vía a la anterior distinción de “explicación” y “reconocimiento”. Venimos insistiendo en que el reconocimiento de las obras artísticas es previo a la explicación, y depende de la precomprensión cultural en que estamos inmersos. Pero es indudable que la explicación ha de afectar de algún modo al reconocimiento. A efectos de la argumentación que aquí se ofrece importa tanto negar el rígido cierre extensional que advierte Weitz como asumir que, desde el momento en que se detectan condiciones necesarias y suficientes, se produce una cierta delimitación de lo artístico. Tan provisional, frágil o incierta como se ha comentado, pero delimitación al fin. Y alguna delimitación es lo que se pone en juego con lo que llamamos “reconocimiento”. 

Cuando nos formamos una idea de lo que es el arte, a partir de las condiciones que internamente lo constituyen, disponemos en consecuencia de nuevos criterios para discriminar los objetos que en verdad son artísticos, separándolos de los que no merecen esa consideración. Pueden coincidir o no con los criterios dimanantes de la precomprensión cultural, mas en cualquier caso los nuevos criterios son de otra índole, se inscriben en otra trama de ideas, tienen otra legitimación. Por ello dejan abierta la posibilidad de que se juzguen ciertos objetos como falsos pretendientes a la condición artística, por más que comúnmente (por el dictamen institucional, los medios de comunicación, la crítica o, en último término, la opinión social predominante) les sea atribuida. La mirada sobre el arte instaura, pues, una dinámica que va del reconocimiento a la explicación, y de la explicación de nuevo al reconocimiento. En ninguno de los dos extremos se detiene: proyecta el uno sobre el otro. Lo importante es que el pasaje entre ambos sirva para que nuestra visión del arte se renueve y gane en comprensión. Por lo demás, esa dialéctica de reconocimiento y explicación, que guía el proceso subjetivo de la visión, se corresponde con la dialéctica objetiva entre aceptación histórica y naturaleza interna del arte. 

Para que algo exista como obra de arte hace falta que sea 30 reconocido así por la conciencia histórica y que, al mismo tiempo, desarrolle ciertas condiciones internas de lo artístico. Hemos reiterado esto último, pero sólo hemos aludido ocasionalmente a lo primero. Las consideraciones del arte que ponen en primer plano el contexto histórico llevan toda la razón en lo siguiente: sólo es aceptado como arte en una época determinada lo que resulta acorde con las convenciones culturales vigentes en esa época. No hay arte por encima de la historia. Lo que en un contexto histórico es tomado por arte, puede no serlo en otro contexto. Los mismos objetos que una sociedad aprecia como artísticos no serán igualmente apreciados en otra, de acuerdo siempre con las creencias y valores contenidos en la concepción común de lo que sea el arte. Y con mayor razón, cuando aún no se había consolidado históricamente la noción misma de arte, determinados objetos, por muy importantes que fueran para la vida de una comunidad, era imposible que alcanzasen el estatus de obras artísticas. Lo que hoy llamamos arte prehistórico no era arte para quienes lo hacían o lo contemplaban: sólo contaba como un elemento mágico o ritual. 

Para juzgarlo como arte, con el paso del tiempo, tuvieron que darse ciertas condiciones históricas y culturales. Fue entonces cuando se pusieron de relieve sus cualidades propiamente artísticas, añadidas a su valor mágico o ritual. En resumen, el que algo exista como arte depende de ciertas condiciones sociohistóricas. O si se prefiere decirlo así, el arte tiene un insoslayable componente histórico. El error de ciertas teorías es, a nuestro entender, que hacen derivar la historicidad del arte hacia un vaciamiento de toda condición interna de lo artístico. Como si el componente histórico fuera el único. Como si el reconocimiento de algunos objetos por una comunidad histórica no se debiera a que sus creencias y convenciones cristalizan en ideas sobre lo que es constitutivo de las artes y encuentran que esto se cumple internamente en esos objetos. O sea, como si la aceptación de aquellos objetos fuese arbitraria o gratuita, si tener nada que ver con su constitución y propiedades. Para descartar la arbitrariedad de la aceptación hay que suponer que si los objetos prehistóricos, por ejemplo, han podido con el paso del tiempo ser reconocidos como arte es porque tienen en sí mismos ciertas cualidades que los acreditan como tales. Sin duda, las cualidades requeridas podrían ser otras, en consonancia con la variación histórica de la idea de arte. Pero algunas cualidades, sean cuales sean, habrán de tener que justifiquen el reconocimiento. Ya se indicó anteriormente que la variación histórica de la idea de arte no parece tender a la ruptura sino a la integración: la noción de arte, decíamos, es inclusiva. En cualquier caso, si no lo fuese, tampoco afectaría a la propuesta de que el reconocimiento remite a propiedades realizatorias de lo artístico que se cumplen en los objetos.

 En este sentido, el reconocimiento social, variable históricamente, es compatible con la existencia de una naturaleza interna del arte, por más que ésta pudiera algún día trocarse en algo cualitativamente distinto a como ahora la identificamos. La teoría estética pretende dar cuenta de todo esto. Se sabe ella misma tan sometida a la historia como el objeto que pretende explicar. Todo concepto, también el de arte, es por sí mismo relativo. Y a su relatividad interna se suma la relativización histórica y 31 social que dicta un ámbito tan mudable como el artístico. Existe, pues, una dialéctica inevitable entre lo que la teoría define como arte y lo que una comunidad histórica acepta como tal. El juego de influencias debe ir, necesariamente va, en una dirección y otra. Lo que la teoría estética no puede hacer es sumirse en la pasividad, renunciando a una voz propia sobre cuál sea la naturaleza del arte.

miércoles, 8 de julio de 2026

Rafael del Moral CÓMO SE HIZO UNA NOVELA Estructuras y elementos en “Fortunata y Jacinta” de Pérez Galdós fragmento

 


Prefacio 

 La vocación de novelista yace en latente en un rincón del talento, como el arpa en la rima de Bécquer, a la espera de un toque de magia que despierte las notas, las palabras, las frases, las ideas… ¿Cómo hacer una novela’? La estética del arte no admi te normas. Todos los consejos son inútiles. Nadie sabe por qué nos gusta una y despreciamos otra. Los años y la experiencia como lector y como autor se acumulan. Ahora sé que nadie sabe hacer novelas, y tam bién que todos seríamos capaces de hacerlas. La primera vez que oí hablar de Fortunata y Jacinta me transmitió tanta gracia quien lo hacía, tanta bondad, tan equilibrada inteligencia… Y en cuanto tuve ocasión, que fue pronto, inicié la lectura y la leí sin reposo. Y nada más llegar a la última página, pasé de nuevo a la primera. Y cuando de nuevo llegué a la última redacté, para seguir con el encanto, las líneas que siguen a este prefacio. 

Luego organicé aquellos apuntes desbaratados, aquellas citas re cogidas con pasión de lector entusiasta hasta ajustarlas a los principios generales de la teoría de la novela. ¿Cómo se hace una novela? ¿Cómo se hizo Fortunata y Jacinta? Lo que cuentan las siguientes páginas son los re sultados, los puntos argumentales, los temas, los espacios y el tempo que ha elegido un autor para una historia que se hubiera podido contar de otras muchas maneras... pero no sería la misma. Entienda el lector que la explicación que ofrece este es tudio es una interpretación. Si la historia admite varias redacciones, también la lectura permite modos. Lo real mente difícil es entender las razones. Como es sabido, el arte no admite esclarecimientos. Pues bien, he aquí la descripción de lo indescriptible, es decir, la sensación que como lector y crítico, y también como teorizador de un arte, el de la creación de novelas. 1 ELEMENTOS CONSTITUTIVOS Un narrador convierte materia narrable en expresión lin güística. El resultado es lo que llamamos relato o novela. 8 Lo que diferencia a unos escritores de otros es el estilo, es decir, esa capacidad de pintar con palabras conceptos que nacen sin ellas. Una tendencia evolutiva de las lenguas pretende aco modar el material lingüístico a la realidad circundante. La tendencia a contar se refugia en el espíritu de las perso nas. La novela viene a ser un modo singular de coloquio en el que una persona (el autor) toma la iniciativa de comu nicar a otra (el lector) una historia; con múltiples varian tes, pero historia al fin. Y el receptor no tiene posibilidad de réplica ni de intervención parcial, aunque sí de crítica. Una narración constituye la primera parte de un diálo go, el desarrollo de una de las intervenciones de dos hablantes. Lo específico de esta comunicación es la facul tad del hablante emisor para intervenir sin interrupcio nes, con toda libertad, contando a su gusto y desde la so ledad, las historias, los argumentos, las acciones que le pa recen oportunas, convincentes o sencillamente nacidas para dejarse llevar por la voluntad de su imaginación e in teligencia. Esa libertad le viene dada por constituir un ac to de comunicación que no se completa hasta que encuen tra la posibilidad de unirse con un lector que tenga igual mente la oportunidad, o que crea en la conveniencia, o que sencillamente se deje llevar por la voluntad de acer 9 carse al texto narrativo. Es el lector, en definitiva, quien decide, en la práctica, la culminación del hecho literario. 

 Un texto sin lectores no es comunicación o mensaje. Podrían serlo, pero no lo son si no llegan al lector. En este punto podríamos decir que el escritor desea comunicarse de la misma manera que el lector ansía ser receptor de palabras e historias. Independientemente de la renovación técnica del siglo XX, que puede alterar el orden tradicional del relato, el elemento esencial de toda narración es el contenido, es lo que se cuenta; es la historia, asunto o argumento. Y aun que novelas hayan aparecido sin argumento aparente o sin historia de fondo, se entiende la tolerancia de la crítica en su aceptación y la amplitud significativa del término. El argumento está referido a unos actores o actantes que llamamos personajes. El personaje responde a la pre gunta ¿quién…? o ¿a quién?, según la perspectiva. De en tre los personajes, la narración suele destacar un protago nista que no es más que el más tratado, usualmente el que recibe un mayor número de líneas narrativas.

 El protagonismo colectivo de novelas como La colmena es el resultado de una intención social. La supresión de personajes aleja al texto del de género novelístico y lo acerca al ensayo. 10 El tiempo responde a la pregunta ¿cuándo?, y es algo necesariamente presente. La localización espacial respon de a la pregunta ¿dónde?, ¿dónde tiene lugar la acción?, ¿dónde se desarrollan los acontecimientos? Argumento, personajes, tiempo y espacio son los com ponentes esenciales de la narrativa, y responden a las cuestiones "qué, quién, cuándo y dónde". No es que los cuatro elementos se aíslen, o se añadan unos a otros. En su presentación forman un conjunto interrelacionado de manera que los unos completan a los otros. El argumento debe su estructura y avanza a través del texto erigido por los propios personajes, enredado a través del tiempo y emparejado con el espacio o en los espacios novelescos. Los personajes se configuran en su propia his toria, dependientes del tiempo de acción, y condicionados por el espacio circundante.

 El tiempo viene señalado por la necesidad narrativa y trascurre en un espacio preciso. Y el espacio, como com ponente básico de la narración, se relaciona con los demás elementos en los límites y métodos que se comentarán en la tercera parte de este curso. 11 2 CONTENIDOS Y TEMAS 2.1. Las funciones Fortunata y Jacinta es la novela de una mujer del pueblo que le toca convivir con la burguesía. Algunas de estas co incidencias pertenecen al azar de la vida, mientras otras son parte de la personalidad, y todas crean un ambiente en el que lo narrado, sin dejar de pertenecer a la historia de Fortunata, es al mismo tiempo la crónica de dos o tres familias madrileñas y algunas personas allegadas contada en cuatro partes que desarrollan sus propios ambientes, sus propias intrigas. 2.2. La novela de la burguesía Lo que vienen a contar las casi trescientas páginas de esta primera parte de la novela gira alrededor del comporta miento y sentimientos de Juanito Santa Cruz entre dos momentos de su vida, el fortuito encuentro con Fortunata y, unos años después, los intentos por volver a localizarla. El día que conoce a Fortunata, perdido en el pasado (diciembre de 1869), Santa Cruz va a visitar a Estupiñá, aquejado en su lecho de su casa de la Cava Baja: "Al pasar junto a la puerta de una de las habitaciones del entresuelo Juanito la vio abierta y, lo que es natural, miró hacia dentro, pues todos los accidentes de aquel re cinto despertaban en sumo grado su curiosidad."1 Hasta aquí nada de anormal. Pero le va a suceder, cuando menos lo espera, lo más importante de la historia: "Pensó no ver nada, y vio algo que de pronto le impre sionó: una mujer bonita, joven, alta... Parecía estar en acecho, movida por una curiosidad semejante a la de San ta Cruz, deseando saber quien demonios subía a tales horas por aquella endiablada escalera."

 El motivo inicial es una simple curiosidad por parte de los dos. Y como sucede en Ana Karenina, en Romeo y Ju lieta o en La Celestina, la simple mirada es suficiente para atraer la llama amorosa: "La moza tenía pañuelo azul claro por la cabeza, y un mantón sobre los hombros, y en el momento de ver al Delfín, se infló con él, quiero decir, que hizo ese carac 1 La paginación señalada al final de las citas corresponde a: Pérez Galdós, Benito, Fortunata y Jacinta, Madrid, Hernando, 1987. 13 terístico arqueo de brazos y alzamiento de hombros que las madrileñas del pueblo se agasajan dentro del mantón, movimiento que les da cierta semejanza con una gallina que se esponja su plumaje y se ahueca para volver luego a su volumen natural." (Pág. 62) Unas páginas antes, la narración había justificado la importancia que tuvo el coincidente encuentro: "...si Juanito Santa Cruz no hubiera hecho aquella visi ta, esta historia no se habría escrito." (Pág. 38) Y Galdós, que siempre tiene algo que decir, añade: "Se hubiera escrito otra, eso sí, porque por donde quie ra que el hombre vaya lleva consigo su novela; pero ésta no." (Pág. 39) Con lo que deja clara su intención. El momento final de esta primera parte es el día de Re yes de 1874, fecha en que Villalonga visita a Juanito Santa Cruz para contarle que ha visto a Fortunata bien vestida en la cafetería Praga: "Tendrías que verla por tus propios ojos. 

Está de re chupete. De fijo que ha estado en París porque sin pasar por allí no se hacen ciertas transformaciones." Y al mismo tiempo, en las entradas de Jacinta y Barba rita a la habitación donde hablan, Villalonga cambia de tema para narrar el golpe de estado del general Pavía. 14 Galdós antepone el reencuentro de Fortunata al propio acontecimiento histórico, con lo que el argumento realza su valor. El hecho novelable es, en resumidas cuentas, la relación Juanito-Fortunata. Sin esta relación la historia sería la de cualquier familia burguesa del siglo XIX madri leño, ya de por si interesante, pero sin el atractivo nove lesco. Pero si nos fijamos, parece existir más extensión en el relato de los hechos que se deducen del tema principal que en la propia relación de los enamorados. Las pocas pa labras, las únicas que cruzan en esta primera parte perte necen a ese primer encuentro: "— ¿Qué come usted, criatura? — ¿No lo ve usted? - replicó mostrándoselo - Un huevo. ¡Un huevo crudo! Con mucho donaire, la muchacha se llevó a la boca por segunda vez el huevo roto y se atizó otro sorbo. — No sé como puede usted comer esas babas crudas - dijo Santa Cruz, no hallando mejor modo de entablar conver sación. — Mejor que guisadas. ¿Quiere usted? - replicó ella ofre ciendo al Delfín lo que en el cascarón quedaba. Por entre los dedos de la chica se escurrían aquellas babas gelatinosas y transparentes. Tuvo tentaciones Juani 15 to de aceptar la oferta, pero no; le repugnaban los huevos crudos. — No, gracias." (Pág. 62) Alrededor de este tema central merodean otras histo rias, la mayoría de ellas resueltas en la propia narración, pero esencialmente relacionadas de alguna manera con Fortunata.

 Algunos ejemplos son los siguientes: 1° Los motivos de inquietud por parte de Barbarita, que, consciente de lo que puede pasarle a su hijo si seguía viéndose con Fortunata, le proponía a Jacinta como espo sa: "¡Y qué casualidad! Al día siguiente de la conferencia citada llegaban a Plencia y se instalaban en una casita modesta Gumersindo e Isabel Cordero con toda su caterva menuda" (Pág. 69) Son los padres de Jacinta y allí está ella. 2° El extenso relato que se inicia cuando José Izquierdo cuenta a Jacinta que Fortunata está embarazada: "la Pitusa estaba canbrí de cinco meses" (Pág. 101) Para abrir una serie escenas que tienen como soporte argumental la duda sobre el éxito de la pretensión de Ja cinta de hacerse con la tutela del hijo de su marido y Fo tunata. Ambas historias terminan pronto porque Jacinta se ca sa con Santa Cruz y don Baldomero resuelve el problema 16 del niño con la sagacidad propia de la burguesía: proteger lo, pero no en el domicilio familiar. Todas las demás referencias a Fortunata están puestas en boca de otro personaje, de manera que lo que sabemos ella no sea de fuente directa. De nuevo la técnica consiste en rodear de misterio a la protagonista (Mientras cuenta escenas íntimas de Juan y Jacinta) e interesar más al lector por lo que puede ser For tunata que por lo que realmente es.

 De hecho numerosos interrogantes se presentan acerca de su persona y lo que la rodea: Su verdadero origen contrasta con los datos tan preci sos acerca de los progenitores de Santa Cruz. Su actividad y familia son también interrogantes. El lector está interesado en conocer el motivo de sus viajes. Y también cuál es el verdadero destino de aquel hijo tenido con Santa Cruz. Todo el misterio que encierra la repentina nueva apari ción en Madrid, etc. Galdós narra sin prisas. La acción argumental es esca sos y repetidas veces se recrea en anécdotas secundarias o en personajes precisos. Estos capítulos nos dan cuenta de cómo Juanito Santa Cruz, joven heredero de una fortuna procedente del co 17 mercio de paños, que no necesita trabajar, ha conocido accidentalmente a Fortunata y tiene un hijo con ella. Su madre, Barbarita, que sospecha lo que sucede, facilita un matrimonio rápido con Jacinta. Fortunata parece olvida da. Jacinta, también al azar, descubre un día que su mari do ha tenido un hijo, y ella, que desearía tenerlo, intenta apadrinarlo como propio. 

Cuando parece haberlo conse guido, su marido le explica que el hijo que él tuvo murió. Jacinta ha sido engañada. Todo parece volver a la calma en esta juiciosa familia, pero un día, también inesperada mente (tercera coincidencia azarosa) Villalonga ha visto a Fortunata en las calles de Madrid, y Galdós, como hizo también en los Episodios Nacionales, termina la primera parte con una incierta intriga que, además, ha presidido el resto del relato. Queda claro que el novelista no ha pretendido única mente contarnos la historia, sino bastantes cosas más. La historia es, en el fondo, lo que mantiene al lector, pero Galdós, que disponía de toda una gama de posibilidades para la construcción de su obra, ha elegido una que, en líneas generales, respeta los principios realistas, ajusta perfectamente las tres coincidencias de que hablábamos anteriormente, y además no prescinde de las característi cas de la vida misma. Describir los ambientes aunque es tos solo tengan una influencia secundaria en los protago 18 nistas. Cuenta con la propia ciudad como espacio concre to, con los nombras propios de calles, lugares, etc. Cuenta igualmente con un tiempo preciso en que los propios acontecimientos históricos condicionan el relato. Descri be en profundidad la personalidad de los personajes se cundarios con el fin de crear todo un universo ciudadano. Hacer participar a todos los personajes en un amplio gru po de sentimientos y vivencias humanas sin omitir todo aquello que crea la vida diaria del individuo y observar a sus criaturas como un autor omnisciente y desde diversos puntos de vista. Como consecuencia de todo lo anterior, el sentido de la obra depende, más que de la historia, de la forma de pre sentarla. 2.3.

 La novela de la clase media Galdós abandona definitivamente a los Santa Cruz en la segunda parte, para centrarse en los Rubín y no perder la perspectiva hasta el final de la novela. Lo narrado en esta segunda novela, y por establecer un paralelismo con la anterior, va desde que Maxi conoce a Fortunata hasta que esta se dispone a abandonar su re ciente domicilio familiar una vez casada. 

 19 Este final viene a coincidir con el de la primera parte, en el que dejábamos a Santa Cruz buscando desesperada mente a Fortunata por toda la ciudad. Unos epígrafes, más breves que los anteriores, están dedicados al pasado de la familia de Maxi para contarnos a continuación cómo conoce a Fortunata en la casa de Ol medo, cómo empieza a protegerla, cómo debe de ocultar el secreto a su tía, cómo prepara la boda, y cómo su her mano Nicolás interviene para que Fortunata, antes de ac ceder al matrimonio, mejore su formas en una institución, las Micaelas. La aceptación de esta vida enclaustrada por parte de Fortunata, que no está enamorada de Maxi, dice mucho acerca de la fragilidad de su voluntad e intenciones. Y una vez libre, y casada, su endeble propósito vuelve a que brarse atizada por Santa Cruz desde la misma noche de bodas. Fortunata abandona su domicilio familiar cuando el escándalo propicia una pelea callejera entre Maxi Rubín y el propio Santa Cruz. Algunos contenidos de este segundo bloque argumen tal limitan con el folletín, y sólo puede aceptarlos el lector si aparecen, como aquí sucede, envueltos en otras páginas de indudable estética narrativa. Es verdad que podrían ser 20 perfectamente justificables, pero no cabe duda de que se trata de situaciones forzadas:  Que con solo el dinero de sus parcos ahorros, no de su trabajo, Maxi mantenga en un piso a Fortunata.  Que en las Micaelas coincida con personas que cono cen historias de los Santa Cruz.  Que Juanito ronde a Fortunata precisamente en la misma noche de bodas y con una habitación alquilada justo enfrente de su domicilio. Si en la primera parte habían aparecido una serie de personajes que rodeaban a los Santa Cruz como Estupiñá, Guillermina, don Ido del Sagrario…, aparecen ahora Juan Pablo, Nicolás, la propia Doña Lupe, Mauricia…. 

Alrede dor de los cuales se novela un pequeño mundo, hasta el punto de que doña Lupe sea objeto de tantas líneas como el propio Maxi Rubín, el teórico protagonista. El autor sigue narrando sin prisas, entrando en detalles aparentemente secundarios, o en largas conversaciones entre ellos. El novelista diseña un nuevo ambiente vinculado con la primera parte con un personaje del que allí se decía muy poco, Fortunata, y ya al final por otro del que ahora se cuenta algo: Santa Cruz. 21 Este cambio de ambientes convierte a las narraciones en dos novelas levemente relacionadas por un personaje y un espacio, el de la ciudad de Madrid. Los Rubín y los Santa Cruz, dos familias madrileñas del siglo XIX, man tienen las siguientes diferencias:  Patrimonio: Los Santa Cruz disponen de mayores recursos. No necesitan trabajar, Maxi está pendiente de su herencia y de su trabajo.  Los hábitos de los Rubín son más vulgares.  Los Santa Cruz pasan sus vacaciones en San Sebas tián. Los Rubín no veranean.  El lenguaje y las relaciones sociales de los Santa Cruz son más distinguidos. 

 Todo esto hace que la novela crezca en dos ambientes: uno muy sólido, bien organizado, coherente, indestructi ble, el de los Santa Cruz; y otro frágil, de complejos cam bios, algo artificial y abierto al escándalo. Y se empieza a adivinar un tercer mundo, el de Fortu nata, que ni siquiera tiene apartado en la novela, que está diseminado en otros capítulos, que no tiene su espacio si no en función del que los otros quieren dejarle. A este mundo pertenecen Mauricia, don Ido, don José Izquierdo, Segunda… Es un ambiente sin orden, sin iniciativa, sin hogar… tan irracional como carente de formalismo o de principios. Es el mundo que le hubiera tocado vivir a For 22 tunata de no ser por un atributo personal que le sacó de su clase: la belleza. La belleza de Fortunata, como la belleza de Ana Ozores en La Regenta son, en la sociedad del siglo XIX, suficien tes para hacer vivir a la persona que la posee. Lo particu lar son las situaciones que debe aceptar. Fortunata se adapta con dificultad a las tertulias, le cuesta corregir sus errores de lenguaje, comprende con dificultad las relacio nes sociales y choca con los hábitos de la clase a la que no pertenece.

martes, 7 de julio de 2026

O bras com pletas de J. M. VARGAS VILA LA REPÚBLICA ROMANA ESTUDIOS HISTÓRICOS



 PREFACIO PARA LA EDICIÓN DEFINITIVA 

Yo no he tenido y no tengo otro Partido que el Partido de la Libertad; ella ha sido mi Musa, y ha sido bajo la pálida claridad de sus ojos minervinos que he escrito to dos mis libros; y, éste, es tal vez aquel en que más resplandece la casta luz de su divino espíritu; el río taciturno de la Historia, en cuyas olas se proyectaron los hombres y los hechos del Pasado, me ofreció todo el caudal de sus secretos, y, fué recorriendo sus riberas pobladas de sombras, que pude familiarizarme con las épocas pretéritas y, 

VIII PREFACIO entrando en el alma opaca y, turbada de ellas, pu de reflejarla en estas páginas, ensayando darle todo el esplendor de su trágica grandeza; ningún historiador me fué ignorado, pero quise apartarme del proceder técnico y didáctico de to dos ellos, ensayando el procedimiento de grandes frescos históricos, de metopas, y, de medallones personales, en los cuales los acontecimientos, y los hombres, obtuvieran, aislándose, su verdadero relieve; no quise hacer uso de los viejos moldes que la an tigua escuela histórica me ofrecía; rompi los viejos métodos; y fui contra los juicios y los prejuicios que eran hasta entonces sentencias inapelables y veredictos definitivos de la Historia; largos años de permanencia en Roma, y conti nuos viajes a ella, me dieron el amor de su historia y, el designio de escribir este libro, para lo cual qui se familiarizarme con el alma de la ciudad vetusta y gloriosa, y hube de lograrlo, ora meditando sobre sus monumentos que son una como flora petrifica da de aquel jardín de heroicas grandezas, mudo y devastado por el ala furente de los siglos, ora incli nándome sobre sus anales augustos, que otros es cribieron con fervor y, yo leí trémulo de admira ción ; 

PBEFACIO IX basta fojear, siquiera sea someramente, este vo lumen, para ver cuán distanciado estoy yo del cri terio de todos los historiadores que me precedieron, y, como voy contra los juicios de todos ellos y muy lejos de todos ellos, haciendo de este libro, un libro solitario, como mi Vida; el atrevimiento de mis juicios, es tal vez, su sola originalidad, ya que en el arte de escribir Historia, otra no puede haber; el Estilo, y el Criterio, de cada cual, son los úni cos que pueden diferenciar a los historiadores, en tre si; y, a ese respecto decir puedo, sin el temor de ser desmentido, que este mi libro es único y aislado, en un tan absoluto aislamiento, que no colinda por lado alguno -con el pensar ni el decir de los muchos historiadores, que antes de mi, y desde la remota antigüedad sobre hombres y hechos de Roma escri bieron ; ningún escritor hasta hoy, habia juzgado esos hombres y esos hechos con el criterio con que yo los juzgo en este libro; ése es su solo mérito; antes de el, la Historia habia sido una cortesana del Triunfo; vencer, era todo lo que ella pedia para absolver; 

X PREFACIO el Éxito era su dios; yo fui contra ese dios, y lo volqué; y , lo confundí en el polvo, con el polvo de sus sa cerdotes y de todos sus sectarios; yo, he alzado del lodazal de la derrota los gran des vencidos admirables, y , he prendido sobre su frente las aureolas que las manos cobardes del So borno, habían apagado sobre ellas, para halagar la Victoria Omnipotente, o cumplir su Veredicto Ine xorable ; yo, he dicho a la Venalidad Insolente de la His toria: «de aquí no pasarás» ; y, le he puesto mi libro por muralla; dudo que después de mí, se escriba un libro de tan noble atrevimiento: lo que si aseguro, es que antes de mí, no se ha bía escrito; no intento justificar sus juicios, ni hacer el elogio de sus doctrinas; es una debilidad en que no he incurrido nunca, para ningún libro mío; y, menos habría de incurrir para éste; he hallado que la Historia (1) había sido hasta hoy, una conspiración contra la Libertad; * Cuando de Historia hablo en este Prefacio, es a la Historia An tigua y en especial a la de Boma, que quiero referirme.

 PEEFACIO XI y, me he negado a ser un Conspirador más, en esa turba de legionarios de la pluma alzando sobre sus escudos, la miserable efigie de los Amos del Mundo, hechos augustos por el solo poder de la Victoria; el vértigo de la Misericordia, que en este caso es el alma de la Justicia, se ha apoderado de mi ante el Infortunio Inmerecido de los Héroes de la Li bertad, y ha vibrado y ha clamado con sus más rudos acentos, en esta Epopeya de los Vencidos, que es mi libro; yo, he tenido el culto de la \Derrota; como otros han tenido el culto de la Victoria; ése es mi Orgullo; las derrotas de la Libertad son mis propias de rrotas, las derrotas de mis más bellos sueños; por eso les rindo culto; los vencidos con la Libertad, son mis hermanos; i cómo no he de amarlos ?... yo, soy un vencido como ellos; el polvo que levantaron al caer en sus lejanos combates, nubla aún mis pupilas, a través de tan tos siglos; los heroicos sueños que plegaron las alas rotas, sobre sus tumbas, vuelan aún en rondas coléricas sobre mi corazón, y, le dicen las cosas tristes, que 

XII PREFACIO los labios de aquellos grandes vencidos dijeron al morir; vengarlos es un deber; toda Victoria contra la Libertad, es un Crimen; abofetearla con fuerza, es el gesto reservado a las manos que aún se conservan puras de las mancillas del Soborno; decapitarla sobre el poste de la Historia, y arro jar su cabeza a las multitudes hebetadas, que la adoraron de rodillas; ¡las Victorias contra la Libertad...! I es que el mundo actual no se siente abrumado por el hondo dolor de esa Tristeza?... es vuelto de espaldas a la Victoria Inclemente, que he escrito este libro; el pálido sol de los muertos, el Sol de los Venci dos, le da su lumbre; la Victoria, no me ha contado nunca entre sus cortesanos, ni entre sus esclavos; ella, que no ha deshonrado mi frente con sus san grientos laureles, no ha podido deshonrar mis ma nos con el oro de sus dádivas, ni mis puños con el hierro de sus cadenas; yo, no he seguido nunca el carro de Triunfo de ningún Vencedor, por grande que aparezca; no me he descubierto siquiera a su paso, y cuan- 

PREFACIO XIII do no lo he abrumado con mis dicterios, he arroja do sobre él, la mortaja de mi Silencio; ni mis manos se han tendido, ni mis labios se han abierto, para aplaudirlos, jamás; en cambio, la pálida Legión de los Vencidos ha atraído sobre ella mis ojos y mi corazón; he sufrido la imantación de su Dolor, y lo he cantado; en todos los tonos, y en todas las páginas de mis libros; y, en las de éste, más alta y más sonoramente que en ninguno; un Himno a los Vencidos, es este libro; i qué podrán darme ellos, cuyas manos se pudrie ron hace ya tantos siglos, en las entrañas de la Tierra?... I que tengo el culto de los muertos ? es verdad; ¡ bendita sea mi Necrofilia, que me permite vol ver la espalda a la Victoria, e inclinarme sobre las tumbas insultadas, las tumbas de los vencidos y sembrar en ellas el rosal de la Justicia, que ma ñana florecerá en tardías pero espléndidas ñores de Verdad!; los muertos que yo defiendo no pueden darme nada;

 XIV- PREFACIO sólo dejarán en mis manos el polvo de gloria que se desprende de sus cenizas inmortales; . eso vale más, que el oro que hubieran vertido en ellas sus vencedores, si yo hubiera vivido en su tiem po, y las hubiera alquilado para el aplauso; todo es triste en este libro ; triste y doloroso; porque es uno como Itinerario de las derrotas de la Libertad, y de las victorias miserables de la Fuer za contra el Derecho; este libro, es de ayer, como es de hoy, porque la Tiranía, no ha desaparecido del mundo; entrego a la Posteridad este Alegato en pro de los vencidos; ella casará la Sentencia de Oprobio, que los tri bunales históricos del Gesarismo Vencedor, habían dictado contra ellos, por la pluma de sus Escribas mercenarios; y, generaciones pósteras tejerán coronas para los Héroes pretéritos, con el foliamen de los tardíos laureles crecidos sobre aquellas tumbas, ultrajadas por el vil jaramago de la Detractación; y, la Libertad será coronada en la frente de aque llos que supieron morir por defenderla...

 PREFACIO • XV ...¿ historia? este libro de Historia no la tiene; o es bien corta en verdad; pensado, meditado, ideado, en Roma; en germen y, en apuntes, peregrinó conmigo; un día, y como me acaece con todos mis libros, sentí la imperiosa necesidad—una necesidad cuasi física—de producirlo; y, lo produje; en los jardines de mi Villa albis», en Málaga; hacia el Otoño de 1908; regresaba de un pequeño via]e a Africa; y, la sombra de Aníbal me obsesionaba; habia recorrido recientemente, en España, pata yes y ciudades, que recibieron antaño la visitación del Héroe; y, su recuerdo me conmovía hondamente; el Gran Vencido era como una sombra clamoro sa tras de mis pasos; la mirada de su ojo de Ciclope, parecía seguirme a todas partes; reposóme; y, bajo la sombra mJordorada de los limoneros de mi jardín, en cuyos ramajes hechos áureos piaban los últimos pájaros retardatarios, prontos a atrave 

XVI PREFACIO sar bl mar azul, para volver a las regiones que yo acababa de dejar, abrí ese cofre de recuerdos, que eran mis apuntes, y de sus legajos, surgieron las sombras de los grandes romanos, vencedores del Mundo, como para hacer compañía a la sombra del Gran Vencido que los había hecho temblar; los hechos históricos, apenas esbozados y evoca dos en esos apuntes, se alzaron vivos en mi cere bro , y me aturdieron con un clamor de mar; bajo su inevitable imperio, me puse a la tarea; y, escribí este libro de Octubre a Noviembre de ese año de 1908; y, llevólo a París en 1909; y, publicado fué en aquella ciudad en 1910; y, reeditado en Madrid en 1916; y, desglosados aparecieron sus bocetos, en el libro aHombres y Crímenes del Capitolio», editado en Barcelona; hoy lo incluyo en la Edición definitiva y, non variabitur de mis O bras C om pletas, que la Casa Sopeña edita; y, esta edición anula todas las anteriores, ora por el primor con que está impresa, ora por el cuidado y, el amor con que la he revisado y corregido; es ella la que debe llegar a los pósteros, y ser 

PREFACIO XVII puesta en las manos de los hombres libres, dignos de leerla; escrita ha sido para ellos; y, a ellos va... en un gran gesto de Fraternidad. V aegas V il a. REPÚBLICA.— ¿ DISCURSO L1MINAR LA REPÚBLICA ROMANA El deseo de la Verdad : he ahí la sed infinita, que aqueja al hombre sobre la tierra ; de todas las formas de la miseria humana, el Error, es la más profunda y la más inconsolable ; ese Imperio de las Tinieblas no tiene sino un sol que lo disipe : la Verdad ; el alma humana tiene necesidad de la Verdad, co mo el ser humano tiene necesidad del Sol; fuera de ellos, es el Caos ; y el Caos es la negación de la Vida; ‘ la Verdad, es la única forma de Revelación ha-* bida sobre la tierra ; la Verdad, dicha del hombre al hombre, por sobre las tinieblas del Espacio y del Olvido ; la Verdad, que llena invisiblemente el mundo; de la cual está embebida la tierra ; y, que la envuel ve, como un manto de infinita Misericordia : Plena est omnis térra gloria ejus; 

4 VARGAS VILA la palabra que cae de los vastos cielos de la Ver dad, fructifica siempre; fructifica en los corazo nes ávidos del divino Misterio, de creer y de crear ; los espíritus, se regocijan del advenimiento de la Verdad, aunque les sea dicha entre dolores ; el dolor que viene del conocimiento de la Verdad, es saludable, como una purificación ; como un cau terio, hecho por el orgullo rojo, de aquel que dice la Verclad ; y, como presa de un deseo profundo, la multi tud de los hombres, sueña siempre con los ricos esplendores de ese sol, tan obscurecido y tan leja no ; hay que dar a los hombres algo de ese sol de la Verdad, aunque aquellos que aman las tinieblas, nos maldigan ; respondiendo al deseo íntimo de las almas, aquel que dice la Verdad, triunfa siempre ; no de ese triunfo inmediato, triunfo vil, que es el castigo y la profanación de la Gloria, sino de aquel otro le jano, que es su consagración ; lejano y reverente, como la voz de los siglos ; hay enemigos personales de la Verdad, como hay enemigos personales de la luz, llenos del orgullo te nebroso de su propia ceguedad ; para ellos, hay dos cosas igualmente intangibles y sagrada^: la Tradición y las Tinieblas ; ellas lle nan el mundo ; ¡ no las toquéis ! ¿ no veis que so bre ellas reposa, el Imperio del Error? ; no hagáis luz sobre ellas; ¿ qué harán entonces los habitan tes de ese Hemisferio de la Impostura ?; la Men 

LA EEPÜBLICA EOMANA 5 tira, el Fraude, el Cinismo, ¿dónde irán a refu giarse ? no digáis la Verdad, no bagáis luz sobre el pasa do ; anatematizados seréis, por el amor loco del Caos, de aquellos que ban bebido en el pozo de las Tinieblas, y beberán aún ; y, sin embargo, es necesario decir el Fiat, que ordena a la luz nacer, y decir la palabra, que or dena a la Verdad surgir; la Inexorable Verdad, única a la cual en el torbellino vertiginoso de los siglos, le es dado contemplar, el rostro augusto de la Gloria : Qui vidit conspectum Glorice; todo adorador de la Verdad, siente la necesidad de hacer la luz sobre un campo determinado de la Ciencia ; ¿a dónde mayor suma de Impostura acumulada — de Impostura y de Injusticia—, que en el seno de la Historia? . más que una conspiración contra la Verdad, una conjuración contra la Justicia, parece el tejido de la Historia ; llegando a ciertos puntos de ese Imperio de la Adoración a la Fuerza, que es la Historia, cabe preguntar, ¿es el destierro de la Justicia, la condi ción inmanente de la Historia? ¿dónde está el al ma de la Verdad, en estas crónicas arrodilladas, ebrias del más intolerable servilismo? los reyes son todo ; los pueblos son nada, en aquel himno de libertos; desde que el autor de los Salmos, dijo a los re yes : «Yosotros sois dioses», el criterio de los histo

 6 VARGAS VILA riadores, pareció cristalizarse, en el veredicto ab yecto de aquel Estilita de la Adulación : la Historia, ha sido deshonrada por los historia dores, que han vivido en contubernio vergonzoso con la Tiranía; y, la Tiranía, es la lepra de Lá zaro, que deforma y hace pútrido cuanto toca ; no son los crímenes de la Tiranía, los que más asombran : son los crímenes de la Historia ; ella no ha sido sólo la cómplice vil del Despotismo, si no la ejecutora cruel de sus odios ; ella dispone de dos Imperios sin fronteras : el Silencio y el Olvido ; y, los pone al servicio de la Tiranía, para desterrar en ellos, a los grandes nombres, que los tiranos le entregan para ser ejecutados por su mano ; la Calumnia, desencadenada por los historiado res contra los hombres de la Libertad, llena la His toria, como los aullidos de una hiena, sobre el se pulcro de los grandes muertos ; los huesos de los rebeldes heroicos, y de las mul titudes sin nombre y sin edad, son devorados por la Mentira, mientras los ritmos solemnes de la Injusticia, estremecen los campos, cayendo sobre esas tumbas, vencidas en su desolación ; porque la Historia, no ha sido sino eso : un ver dugo asalariado de la Libertad ; un instrumento de los vencedores contra los vencidos ; un voceador de renombres sangrientos y de glorias asesinas ; un veredicto implacable contra aquellos que no han te nido la sanción del Éxito, aunque en las manos de esos fantasmas entristecidos, centelleen fulgores del sol de la Libertad, que cayó con ellos, cuando el 

LA EEPÜBLICA ROMANA 7 acero de la derrota, atravesó sus fuertes entrañas, venciendo sus cóleras, y haciendo abatir el hacha de sus sagradas venganzas ; . el alma de la Historia antigua, ha sido servil y cruel, y no ha sabido sino capitular^ con la Vic toria ; circunscribiéndonos a la Historia de Roma, ¿ dónde está el historiador, en el cual palpite el al ma severa y pura de la Libertad? si Roma fué un pueblo brutal, enemigo de la Justicia, sus historiadores representaron a mara villa el espíritu de ese pueblo. Roma fué un pueblo grande, que no fué nunca un pueblo libre ; y, no tuvo sino historiadores ena morados de su grandeza, y enemigos de la Libertad. Tácito, aquella grande alma, tan digna de ser li bre, ¿qué era cuando de la libertad del pueblo se trataba, cuando frente a una insurrección de es clavos se detenía su pluma, o de referirse había a los pueblos vencidos por Roma, o tocábale narrar las victorias de esa inmensa coalición de los pode rosos contra los débiles? ; un difamador de genio ; ¿dónde hay en sus libros, un acento generoso en favor de los esclavos o de los vencidos, una voz de protesta contra la Opresión, un grito sincero de li bertad ; uno de esos grandes acentos que el furor pone en los labios de las grandes almas? ¿dónde? impasible como la Naturaleza ; inexorable como la Fatalidad ; sin entrañas, como el Destino ; y, ¿Suetonio? aquel secretario de Adriano, des 

8 VARGAS VILA lumbrado y sobornado por el Poder, parece que hu biera bebido sangre, y que la bebiera siempre ; ho rrible sed, sin alma, a quien sólo el vicio tenía el privilegio de agradar, y el Crimen, no tenía el poder de indignar; ¿dónde, en ese horario de horrores, que se lla ma : Los Doce Césares, dónde hallaréis una voz de protesta contra el Crimen, un gesto de indig nación ante las monstruosidades ; un acento de pie dad para los vencidos : de admiración por aquellos que sucumbían defendiendo la Libertad ; de con miseración por los esclavos ; algo conmovido, algo noble, algo humano? ¿aquel fonógrafo del delito, era un hombre? el alma está ausente de sus libros ; un horror tene broso los llena; y un pavor de la Libertad, y un odio ciego hacia ella; ¿odio? tal vez no; olvido completo de ella ; esa absoluta incomprensión de ser libre, que forma el alma del esclavo intelectual, el más feroz de todos los esclavos ; y, ¿Veleyo Patérculo? aquel pretor de Tiberio, y adulador de Seyano, que habría honrado la His toria ignorándola, y la deshonra con escribirla ; ese último retoño de una dinastía de lacayos, que mar chaba detrás del carro de Tiberio, y tenía su pues to en la litera del César; ¿ qué puede decir de la Libertad y la Justicia, él, el calumniador de Ger mánico? ; agradezcámosle que después de haber des honrado la Historia deformándola, no haya manci llado la Libertad defendiéndola : la Libertad, no

 LA EEPÜBLICA EOMANA 9 quiere ser servida, sino por almas dignas de po seerla ; y, ¿Salustio? el antiguo pretor de César, que co mo Cuestor, no dejó de vender sino lo que no tu vo comprador : Ut nihil in eo non venali haberit; ¿no se insurecciona contra la Libertad, al verla personalizada en Catilina? ; ¿ese falso demócrata, expulsado del Senado por prevaricador, podrá en trar en la Historia como Juez ? Tito Livio, el armonioso y pomposo Tito Livio, ¿no era apasionado amigo de Pompeyo, y no fue de masiado cortesano de Augusto, para poder amar la Libertad? el,viejo Quirite, tenía el alma demasiado romana para amar la Justicia y la Humanidad, el anticus fit anumus, lo hacía un lobezno sentimen tal de la Urbe, incapaz de otro culto que no fue ra el de la Fuerza que dominaba el mundo ; y, ¿Plinio el joven?, ése era el panegirista de Trajano ; ¿no os asorda el clamor de su Adulación? su pluma puesta al servicio de su Ambición, no po día estar al servicio de la Libertad, y sólo alcanza ba con ella a apuntalar su gobierno de Bitinia; no le pidáis amor a la Justicia, a aquel que en su go bierno la vendía ; el último ultraje a la Justicia, se ría el de ser consagrada por las manos de la Vena lidad ; y, ¿Plutarco? ese beocio sin elegancias, cortesa no de la espada, y manipulador de arcillas ilustres, ¿no va en el vértigo de su adulación, hasta decir nos que Nerón fué el mejor de los hombres, y el Libertador de la Grecia? ¿no lo veis, cómo con 

10 VARGAS VILA sus propias manos, aplaude los altares y las flores alzados y regadas al paso del hijo de Agripina, del Mimo Conquistador de su propia patria ? ¿dónde estaba el helenismo de este hacedor de térra cottas, encargado de probar, que si merced a Píndaro y Epaminondas, no era cierta la leyenda de que Beocia daba de sí los más imbéciles de los hombres, sí daba los más indignos? ; las monogra fías aduladoras de Plutarco, serán siempre el Bre viario de los pretorianos, pero no serán nunca la divina fuente de Verdad, donde desalterar pueda, su desesperante sed de Justicia, una alma libre ; ¿dónde encontrar el historiador de la Libertad, en ese tumulto de injusticias y de violencias, que es la historia del mundo romano? todos ellos fueron los adoradores de la Iniquidad, y los sacerdotes de la Injusticia; ¿ no veis el silencio o la mofa que todos ellos ha cen, en tomo a las escasas horas de libertad, de que gozaron los pueblos, en esa tragedia angustiosa de su vida? • la rebelión, los encoleriza o los asusta ; la liber tad, los entristece ; no la comprenden ; la odian como algo quimérico que hace m al; los grandes rebeldes, son siempre ante ellos, grandes criminales ; los héroes vencidos, les son odiosos ; aquellos pueblos que resisten al poder de Roma, son bárbaros y asesinos ; sólo el Éxito, es grande ante sus ojos; sólo la Tiranía, es sagrada ; 

LA EEPÜBLICA EOMANA 11 la divinización de los amos de la Tierra, por odiosos que ellos sean, se hace un deber de esos historiadores de la antigüedad ; allí está Quinto Curcio, para declarar dios a Alejandro, el ebrio, sanguinario e incestuoso de Macedonia. Estrabón, declarará a Tiberio : el mus justo de los hombres. Yeleyo Patérculo, os dirá, que por sus cualida des, Seyano estaba más cerca de los dioses que de los hombres; v ¿no escucháis la retórica apaniaguada de Plutar co, hacer de Nerón un Salvador de pueblos? no os asombréis ; Tito, el asesino implacable de los hebreos, será llamado : la delicia del genero humano. Calígula y Heliogábalo serán hechos dioses. César, también lo fué ; él inaugura las doce di vinidades de Cayo Suetonio; viendo esa divinización constante de los hombres, ¿no empezáis a sentir, cierto justo desprecio por los dioses? en medio de ese tropel de hombres y de dioses, que actúan en el torbellino de la Historia, ¿dónde están los pueblos? los Amos lo llenan todo, los pueblos no tienen casi lugar en la Historia; los pueblos, no son nada, ante aquella : Floreni hominum, de que habla Plinio ; aquel ciudadano de Atenas, que negaba la coro na a Milciades, después de Maratón, porque no ha 

12 VARGAS VILA bía tenido él solo, el honor de la victoria ; ese ha bría sido apedreado por los historiadores de Roma, en castigo a su audaz sinceridad; pero, Alejandro, asesinando a Clito por haber osado criticar en su presencia, que en las inscrip ciones de los trofeos sólo figuraran los reyes, y no aquellos que los habían adquirido al precio de su sangre, ése realizaba, con el puño de su espada, el ideal querido a los historiadores de la antigüedad ; ¿cómo, pues, desenterrar la Verdad y la Liber tad, de bajo esa montaña de la Adulación que es la Historia ? ¿cómo? escribiéndola, sin esa ley de la genuflexión ante el Poder, que parece haber sido el alma de la an tigüedad, desde antes de nacer ; es, rompiendo los acentos de ese concierto extra ño de servilismo, en el cual la Historia antigua, quiso poner todo el espíritu de su vitalidad, bal buceando la adulación, antes de hablarla ; es, escribiendo la Historia, fuera de ese cesaris- mo de las letras, que se llama el culto de la Tra dición y la fe de los clásicos ; porque lo que nos ha hecho hasta hoy esclavos de la Mentira, es ese- culto al clasicismo romano, que nos laota de servilismo, por los pezones ex haustos de la vieja latinidad; nuestra educación, es una educación de servidum bre, porque es una educación de tradición ; y, la corrupción del pasado, hace de nuestros ni ños, esclavos espirituales, antes de que las comip 

LA REPÚBLICA ROMANA 13 ciones de su época, hagan de muchos de ellos, los esclavos políticos, que eclipsan por su impudor, to dos los siervos de la antigüedad ; no contentos con educarlos en una religión sin grandeza, hecha por esclavos y para esclavos, mu tilando su libertad desde el día de su nacimiento, entregamos esas generaciones de eunucos menta les, al furor apasionado de los clásicos, para que beban en ellos, la admiración al Despotismo, y el odio ciego a la Libertad ; ¿de dónde viene esa admiración incondicional que nuestros hombres letrados, sienten por el pér fido Augusto, y por su siglo de pútrido esplendor ?... de la corrupción que él sembró en las letras roma nas, y que nosotros hemos bebido, cuando en los bancos de las escuelas, los bonzos del clasicismo, nos envenenaban de antigüedad ; ¿no es por Horacio, por la miel de los versos de ese cortesano corrompido, que nuestra juventud aprende a despreciar a Labeón, como un loco en tre los sabios? ...Labeun, insanior inter Sanos dicatur... y, es así, vestido del hazmerreír de esa Sátira, que el gran Sabio, el gran Patriota, el defensor de las libertades romanas, Labeón, aparece a las men tes juveniles, disfrazado por la musa ebria de aquel bufón de genio. Augusto, como todos los tiranos, no protegió las 

14 VARGAS VILA letras, sino para corromperlas : él, negó siempre su protección a aquellos que le negaron su ingenio, y no acarició otras musas que aquellas que se hicie ron las cortesanas de su Imperio ; es en esa poesía, degradada por Virgilio y por Horacio, y la cual Ovidio hace lamentable en su desesperación de esclavo desterrado, inconsolable por el rencor del Amo ; es en esa elocuencia, corrompida por Mecenas, y en la cual las rosas oratorias de Tito Livio, brillan con un esplendor de caducidad, que las almas han aprendido y agotado el culto de esa edad de oro del despotismo, en que no le t‘ué dado al Genio brillar sino por su silencio, y a la Virtud no le quedó otro refugio que entrar en la obscuridad... y, antes de esa era augustiana, ¿dónde han aprendido los jóvenes a odiar la verdadera liber tad, y a amar los sofismas del orden, sino en la prosa íalsa, inñada y enfática de Cicerón? ¿no es en las metáforas globulares, de ese retórico del vien to, que nuestras generaciones han aprendido a odiar a Catilina? ¿no ha sido en esos grandes gritos de Odio y de Envidia, que todos hemos aprendido a odiar de ni ños, a aquel vencido, glorioso y enorme, cuya som bra llenó en su época la Historia toda?... ¿no fué en esas Euménides de la Mediocridad, llamadas : Gatilinarias, que nuestro juicio se pros tituyó por aquel huracán de diatribas que salían de la boca del Miedo y de la Iniquidad ? ¿no veis, todavía, nuestros oradores, liberales y 

LA REPUBLICA ROMANA 15 aun radicales, jurar por los manes de Cicerón, y cegados por la infladura de esa retórica de avia ción, pasar con desden, por no decir con horror, al lado de Catilina? ¡su Maestro, Cicerón, lo di jo : Magister dixit; la Justicia, la Verdad, la Li bertad ¡ cosas temerarias ! dejad pasar a vuestros liberales, con Cicerón ba jo el brazo; van a misa ; apresuraos a. reír, ya que no vale la pena de entristeceros ; y aprended con la Historia, a despreciar menos a los enemigos verdaderos de la Libertad, que a los falsos apóstoles de ella ; ¿qué corrupción de criterio, no debemos todos a Séneca, aquel falso genio, que deshonró por igual la elocuencia y la esclavitud ? ese maestro de Nerón, que para corromperlo to do, corrompió la Filosofía, ¿no quiere hacemos arrodillar ante el parricidio de su Amo ; cuando es cribe al Senado en nombre del Emperador para dis culpar el asesinato de Agripina ? ¿ no veis en ese ges to, el esfuerzo de aquél, que disculpando el Crimen, se justifica de haberlo aconsejado? Séneca, es también un encanto de los clásicos, y tiene, con otros, el privilegio de corromper la ju ventud ; bajo el patrocinio de Quintiliano, su ba jeza pasa por elegancia, y se recomiendan como má ximas de filosofía, los sofismas de su degradación ; los acentos altivos de Lucano en la Farsalia, la virtud de Traseas, la firmeza de Helvidio ante Vespesiano, nos vengan un poco de las bajezas de Quintiliano; pero, ¿no es este vil adulador de Do- r e p ú b lica .— 3 

16 VARGAS VILA miciano, el que insulta a los filósofos, porque osan creerse más sabios que los Emperadores? ¿no es ese pedagogo declamatorio, enfático y pueril, el maestro de la Elocuencia, en nuestras Universida des y Liceos? ¿a qué cachorro de Tribuno, no he mos visto prenderse con ahinco a las ubres de esa loba escolástica domesticada por Domiciano? ¿ qué nos enseñan las arengas alfeñicadas de Pli- nio el joven, y toda la literatura equívoca y dulzo na del reinado de Trajano? los encantos, las gran dezas, y las misericordias del Poder Absoluto ; de esa miseria nos hemos nutrido todos ; y, es esa medula de liebres, la que damos a devorar a nues tros descendientes ; ¿cómo esperamos, pues, con esta pedagogía de es clavos, hacer generaciones de hombres libres? por eso, a la hora presente, es tal la densidad de las tinieblas morales en nuestros pueblos, que no hay ya manera de disimular el horror que los envuelve; ¿no es hora de reaccionar contra esa escolástica de siervos, que a todos los peligros accidentales que engendra la Mentira, une el definitivo peligro de nuestra desaparición como pueblos y como raza? porque es sólo, llegando a ser pueblos libres, que llegaremos a ser pueblos fuertes ; y, no llegaremos a hacer pueblos libres, sino edu cándolos en la Libertad, fuera de todos los despo tismos : del de la Religión, del de la Tradición, y del de la Espada ; hagamos libros, fuera de esos despotismos, y con 

LA REPUBLICA ROMANA 17 tra esos despotismos ; y, haremos pueblos dignos de combatirlos, ya que hasta hoy, no hemos tenido sino tribus aptas a servirlos ; ¿quién ha elevado ese monumento de esclavitud, multiforme y desmesurado?... el libro ; ¿cuál es el ariete destinado a demolerlo? el libro; los libros heterodoxos, se suceden los unos a los otros, y es ya enorme el trayecto recorrido en el ca mino de la liberación de las conciencias ; las acres verdades de la Heterodoxia, rompen los mitos, dormidos a la sombra de los errores meta- físicos, viejos como la tierra ; y, el huracán, el sagrado huracán de la Impie dad, hace crujir las viejas catedrales de piedra y de granito, donde se arrodillaban el Miedo y la Igno rancia de los hombres, y la Soledad, empieza a apoderarse de los templos, y los devora con su enor me boca de desierto : Solitudinem vacat térra... pero, ¿la Historia? el trascendentalismo de la Historia, parece des cuidado por la Libertad; ¿cuáles los libros de Historia Romana, escritos en favor de los oprimidos, relatadores y ensalza dores de los grandes gestos épicos de la Libertad, a través de los siglos en que imperó la servidumbre ? ¿es que las asperidades de la tarea, la hacen inac cesible, como un pico de monte, donde el espíritu de la Verdad no podrá llegar jamás? ¿no será, pues, posible arrebatar la Historia a la facción de los serviles, al trust de los retóricos asa 

18 VARGAS VILA lanados que la escribieron, llenos de la pasión des bordante y devoradora de la Tiranía ? • dos pasiones se han disputado siempre el cora zón del mundo : la pasión de la Autoridad y la pa sión de la Libertad ; la Historia antigua, no conoció este segundo amor de los hombres ; y no lo sirvió jamás ; ¿no sería tiempo de desentrañar de ella, las lu chas y los dramas de la Libertad, y mostrarlos al mundo? dar voz a los muertos y a las multitudes que han caído combatiendo por la Libertad y por el Dere cho, hacerlos hablar, defender y explicar su obra, y decir el por qué de su derrota ; tal, es el espíritu y el fin de este libro, por lo que a la Historia de Roma se refiere ; podría decirse que son, la historia y la glori ficación de los vencidos, las que viven en estas pá ginas ; en Historia, no hay nada nuevo; el Nihil novum sub solem, se hizo para la Historia ; la originalidad absoluta, es imposible en Histo ria, como en todo; la Historia se alimenta de hechos ; y, los hechos se cuentan, no se inventan ; ¿en dónde, pues, el alma y la novedad de la His toria? en el C oncepto del historiador; contar un hecho, he aquí el narrador; comentar el hecho, he ahí el Historiador ; he ahí por qué el C oncepto, es el alma de la His toria, y la Historia toda ; 

LA EEPÜBLICA EOMANA 19 ¿frente al hecho, llamado Tiranía, el historiador aplaude? he ahí el concepto conservador de la His toria, que hará textos para una escuela de esclavos ; ¿el historiador reprueba el hecho Tiranía? he ahí el concepto liberal de la Historia; ése hará texto en una escuela de hombres libres ; igual sucede, frente a las revoluciones y a los revolucionarios contra el despotismo; se critican o se aplauden, según que el criterio del historiador, sea el criterio conservador del servilismo, o el cri terio liberal de la Eebelión ; y, no hay más que esos dos criterios en Historia ; así un Historiador no puede dar sino dos cosas originales, o mejor dicho personales, en su obra : su Estilo y su Concepto; es decir, su Arte y su Alma; puede haber libros sin Arte ; ¡ los hay tantos! pero, libros sin alma, he ahí lo que no acepta la Historia, ni aun en los narradores sin genio, como Hesiodo; su alma, es decir, su conciencia, he ahí la que debe mostrar el historiador, desnuda y palpitante, en las páginas de sus libros ; su alma, llena de pasiones nobles : la Cólera, la Justicia, la Verdad ; todo lo que revele ese Infinito, latente y tormentoso, que es el corazón de un hom bre : Mare timbra; ¿quién habla de suprimir la pasión en Historia? tanto valdría suprimir el alma del Historiador ; la Impasibilidad, en Arte como en Historia, no 

20 VARGAS VILA es sino la Impotencia; la Impotencia absoluta de sentir ; el alma del hombre, es naturalmente estremeci da, y estremecible como el m ar; la pasión es el viento divino que la agita; viene de lo alto, y la hace cantar o la hace rugir, según el encanto o el horror que traiga entre los pliegues de sus alas ; la Imparcialidad, no es sino la máscara cobarde de la Hipocresía; el espíritu humano, es naturalmente apasionado ; hay en él, un fondo innato de honradez, que lo ha ce sensible, a las oscilaciones del Bien y del Mal, subiendo o bajando en la conciencia humana ; todo hombre honrado, es un hombre apasionado ; la Impasibilidad ante el Crimen, no es sino la Complicidad con el Crimen ; la Complicidad que no obra, y añade a la bajeza de su actitud, la ba jeza de su cobardía; sin Pasión no hay Virtud, como sin Emoción no hay Arte ; un hombre, que no se siente apasionado por el Bien, no será nunca un hombre virtuoso ; como un hombre, que no se siente emocionado ante lo Bello, no será nunca un Artista ; la pasión del Bien, eso es la Virtud ; la pasión de lo bello, es el Arte; ¿cómo creeríais en la honradez de un hombre, que teniendo en sus manos, el poder de inclinar la balanza del Bien y el Mal, hacia uno u otro la do, permaneciese indiferente, en nombre de la Im parcialidad? '

 LA REPÚBLICA ROMANA 21 ¿ qué diríais de aquel, que colocado entre Caín y Abel, no supiera decidirse, por el Asesinato o la inocencia ; que puesto entre Jesús y Barrabas, le fuera indiferente la vida del ladrón o la del Após tol ; que entre Sócrates y los jueces de Atenas, le fueran indiferentes el Filósofo o los verdugos ; que entre Nerón y los cristianos, le fuera igual el grito del loco y el del M ártir; que colocado entre la Li bertad y el Despotismo, entre el Pueblo y el Tira no, permaneciera indiferente y sin acción, en nom bre de la Imparcialidad, es decir, de todas las impo tencias, cuando no lo es de todas las corrupciones? y, ¿ésa es la Virtud, que se pide al Historiadoi? dejádmela maldecir en nombre del Honor ; un hombre, que permanece indiferente, sin in dignarse ante el Crimen, es un Criminal, cuales quiera que sean el gesto que esboce, o el vocablo que busque para excusar su miserable actitud ; ¿qué diríais de la ultrajante serenidad de aquel historiador que llegando al desfiladero de las Ter mopilas, os contara, sin comentarios, la muerte de los trescientos Esparciatas, sin deciros, si era aque llo un sacrificio del patriotismo, o una locura sin genio y si aquel glorioso desfiladero, debía ser cu bierto por todas las flores del Entusiasmo, o entre gado a las zarzas y jaramagos del Olvido? ¿qué alma de hombre libre, no llega jadeante de Emoción, desbordante de Inquietud, a esa con fluencia de razas, a esa gran vertiente de la Histo ria, que se llama la batalla de Salamina, que hizo 

22 VARGAS VILA reflorecer en florescencia de victorias, el divino ro sal del Genio Griego? ¿qué corazón no acompaña con un coro de de seos, y el movimiento apasionado de sus ruegos, la Oración de Milciades, en la mañana de Platea? ¿cómo no estremecerse hasta en el fondo del al ma, ante aquel duelo formidable, en que el helenis mo, es decir, toda el alma del mundo antiguo, es tuvo amenazada de perecer, bajo la ola de los bár baros que Jerjes, desencadenó sobre el Ática? ¿qué hubiera sido del mundo, si el Asia hubiese obtenido la victoria sobre la Hélada? ¡ un mundo medo! \ un mundo persa! ¡ el puente sobre el He- lesponto, hecho el camino de la barbarie ! ¡ la Gre cia esclava y el mundo temblando bajo el azote de Jerjes !... ¿no sentís el horror, subiéndoos en el corazón, como una marea, al solo pensamiento de esta muer te moral del mundo? . ¿quién, sin pasión, se atrevería a escribir la His toria? . los hombres y los hechos, no pueden describirse sino con pasión, porque sin pasión, no pueden ser juzgados ; ¿qué es un hecho histórico? la resultante de un conglomerado de pasiones ; y, ¿qué es un hombre histórico?; una pasión, que actúa en la Historia ; ¿cómo, pues, sin pasión, podríais juzgar esas co sas apasionadas y apasionantes de por sí? todo movimiento histórico, toda Revolución, han

LA REPUBLICA ROMANA 23 sido el estallido, la manifestación violenta y deci dida de las pasiones de un pueblo ; siempre ha sido una pasión la que ha movido una Revolución, cuan do no un huracán de pasiones, desencadenado en el cerebro y en el corazón de los hombres ; ¿cómo sin pasión seríais osados a entrar en ese laberinto, o aptos a comprender y a juzgar el espí ritu de una Revolución, o siquiera fuese el de un motín ? ciegos y sordos en ese caos de pasiones, perece ríais arrollados por ellas, sin haber podido asir el alma del acontecimiento, que duerme en el fondo del tumulto; ¿cómo podríais juzgar los hombres históricos, sin percibir y comprender, su pasión, que es el resor be oculto que los mueve? ¿qué son Ciro, Darío, Jerjes, Alejandro, César, Bonaparte? grandes ambiciones que marchan por la Historia; si no tenéis la pasión de la Libertad, ¿podréis comprender las almas de esos grandes Predestina dos de la Gloria, que son Bolívar, Wáshington, San Martín, Hidalgo, Morazan, o José Martí? Imposible; ¿ qué son esos hombres ?... la divina pasión de la Libertad, que marcha por la Historia ; ¿no os contagia su pasión heroica, y el lúcido somnambulismo de su Ensueño? entonces, renunciad a historiarlos ; no los com prenderéis jamás ; os falta la pasión que a ellos los hizo grandes ; os falta todo ; 

24 VARGAS VILA el Genio, es la Pasión ; no me deis libros sin pasión, son libros sin al ma ; lejos del sol de la Verdad, y de la caricia lu minosa de la Vida; dadme esos libros apasionados, que se empren den con el corazón en llamas, y el alma estremeci da por el torbellino vertiginoso de las pasiones, lle nos del soplo devorador de la Verdad, de la Justi cia, de la Libertad, desbordantes de Odio y de Des precio heroicos, por las villanías miserables de los hombres ; un libro honrado; es decir, un libro apasionado, basta para iluminar, no una conciencia, sino un mundo; sonora y luminosa Epopeya Intelectual, es un li bro apasionado, un libro bello, con la belleza tor-. mentosa y dolorosa de la pasión ; el Entusiasmo, es pasión de hombres libres ; j ohT! angustia divina del Entusiasmo, que no nos faltes jamás ; ¿quién, sin ti, sería la antorcha inextinguible, que iluminara el torbellino de los hombres y de los pueblos, hacia el combate y hacia la Muerte ? libros de Entusiasmo y de Pasión, son libros de Sinceridad, que van al alma en un flamear de incen dio, y la iluminan, y la conquistan, y la devoran ; los libros sin pasión son puñados de cenizas, li bros de muerte y para los muertos, que se encuen tran en la confluencia del Silencio y del Olvido, so bre el río de la Eternidad... ; 

LA EEPÜBLICA KOMANA 25 obras de Vida no son ésas ; ni viven, ni vivifican ; la Esterilidad es su destino; poseed toda la cantidad de Infinito que hay en la Pasión, agotadla en el mar brumoso y rugidor de las cosas pasadas, y vertedla sobre los tiempos pre sentes y aquellos por venir, como una gran cata rata despeñada de las cumbres obscuras y remotas de lo Eterno; apasionaos por la Epopeya, con Homero ; por la Patria, con Píndaro ; por la Justicia, con el Dante ; por la Libertad, con Alfieri; por el Derecho, con Hugo ; por la Muerte heroica, con todos los gran des visionarios que la han sembrado en su camino ; sed apasionados, y tendréis el don de apasionar ; sin pasión, ¿ cómo podréis apasionar aquellos que os escuchan, o que os leen? la Elocuencia, es la Pasión ; aquellos que no tienen pasiones, no tendrán nun ca virtudes ; los que son incapaces de sentir ese fuego secreto que es la Pasión, se vengan de ella proscribiéndola ; sed apasionados y seréis eternos, porque eterna es la Pasión ; ¿qué es la Gloria/? el estremecimiento de una pasión a través de las edades ; si no sois capaces de Pasión, no seréis capaces de Inspiración ; no escribáis ; ¿ para qué ? romped la pluma; una pluma sin Pasión,es una Traición a laVerdad ; y, traicionar la Verdad, es traicionar la Vida. Veritas est Vita...

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FILOSOFÍA DEL ARTE José García Leal Fragmento

  Presentación  Este libro quisiera ser una exposición sistemática de los grandes temas de Filosofía del Arte. Tiene una vertiente informati...

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