NOTA A LA SEGUNDA EDICION
Por la generosa acogida que recibió en su primera apa
rición, y por la cual soy agradecido deudor, ve hoy este
libro la luz por segunda vez. Publicado originalmente en
1964, su redacción definitiva estaba conclusa ya en 1963.
Son pocos, relativamente, los años transcurridos. Pero como
nada parece modificarse de modo tan rápido, afectiva y
críticamente, como el más inmediato de los pasados, es
decir, nuestro casi presente, al preparar esta nueva edición
me encuentro que los profundos y reales cambios sufridos
en la poesía española de la pasada década hacen obliga
torias unas cuantas precisiones relativas, especialmente, al
enfoque que preside estos estudios y al contenido que en
ellos ha de esperarse.
En primer lugar, hacia la fecha indicada (1963), ya
firmes síntomas de una nueva toma de conciencia ante el
hecho poético se anunciaban, o estaban claramente perfi
lados. Los años que siguieron, hasta el presente, no sólo
acentuaron dicha conciencia, sino que en cierto modo la
superaban muy precipitadamente, por un lado, a la vez que,
por el otro, le daban un relieve histórico definido. La dialéc
tica de las generaciones pareció hacerse (o efectivamente
así ha ocurrido) más aguda e implacable que de ordinario.
Su primera consecuencia sobre este libro fue darle a su
introducción (“El tiempo en la poesía española contempo
ránea”) el mismo valor histórico, y por ello revisable, que
todo aquello que esa misma dialéctica ponía en cuestión.
Que la conciencia y el sentimiento del tiempo sea el centro
de toda la poesía española de posguerra —tesis central de
dicha introducción y estímulo que me llevó a agrupar estos
cincos poetas— es algo que hoy, de afirmarse, tendría que
sufrir matizaciones y, sobre todo, ser acotado en sus alcan
ces cronológicos.
Admitamos que cuando aquellas páginas
fueron escritas (1963), era válida tal afirmación en un
sentido relativamente incontrovertible. Por eso he preferido,
ahora, reproducirlas como entonces aparecieron; pero impo
niéndome el deber, que cumplo en este momento, de llamar
fuertemente la atención del lector sobre la fecha en que
hube de redactarlas. Esta advertencia es imprescindible
para evitar que se vean como anacrónicos los términos de
delimitación temporal (último, anterior, reciente, actual) que
allí tanto necesariamente abundan. En calidad de comple
mento a esa introducción, a la vez que de puesta al día
de la situación poética española posterior, me ha parecido
por ello oportuno añadir, con carácter de apéndice, una
ojeada sobre "La poesía española de los últimos años”. Esta
revisión que ahora se agrega puede leerse en continuidad
al estudio introductorio mencionado; el cual creo que, con
estas aclaraciones, puede seguir sirviendo legítimamente de
entrada al libro.
La actualización que supone dicho apéndice es una de
las dos adiciones mayores de la presente edición. La otra
afecta al ensayo sobre Vicente Aleixandre. Anteriormente
apareció bajo el título de ”Vicente Aleixandre en dos tiem
pos”, y se concentraba en algunos aspectos de los, hasta
entonces, últimos libros del poeta: Historia del corazón
(1954) y En un vasto dominio (1962). Pero el decenio del
60 ha sido pródigo para Aleixandre, en nuevos libros y en
colecciones antológicas.
Y por tratarse del mayor poeta
vivo entre los aquí reunidos, me pareció útil extender la
consideración de su labor poética hasta el presente, con
lo cual aquel ensayo dio de sí un momento más, convir
tiéndose así en "Vicente Aleixandre en tres tiempos”. En
el tercero de ellos se examina la fase estrictamente actual
de su trayectoria.
Salvo algunas otras secciones en parte reescritas (por
ejemplo, la destinada a explicar la integración del libro
Las brasas, de Francisco Briríes, fruto de una nueva y más
atenta lectura), los trabajos sobre los demás autores con
servan, en lo fundamental, su forma original. Luis Cernuda
murió al año siguiente de haber concluido el artículo que
a él se dedica, limitado a un aspecto específico aunque
central de su obra, como el título anuncia: "Emoción y
trascendencia del tiempo en la poesía de Luis Cernuda”. El
autor de La realidad y el deseo sólo publicó después un
libro no considerado en dicho artículo (Desolación de la
quimera, de 1962), que poco añade a su concepción tempo-
ralista pues en él, sin perderse de un modo absoluto el
sentimiento elegiaco tan firme en el poeta, el interés mayor
se desplaza notoriamente de ese sentimiento a la visión
acremente crítica de su etapa final.
José Hierro no ha
publicado poesía después de Libro de las alucinaciones
(1964), tomado en cuenta siquiera de modo parcial, pero
estimo que suficiente, en el estudio respectivo. Los otros
poetas, Carlos Bousoño y Francisco Brines, sí han conti
nuado de manera creciente y enriquecedora el ejercicio del
verso. Pero engrosar esta edición con el examen de las
muy importantes entregas últimas de uno y otro —Oda en
la ceniza (1967), de Bousoño; y Palabras a la oscuridad
(1966) y Aún no (1971), de Brines— haría excesivas las
dimensiones de este libro. Por otra parte, sobre la obra
reciente de estos dos poetas tengo escritos sendos ensayos
que figurarán en un nuevo volumen, Diez años de poesía
española, 1960-1970, que publicará en breve esta misma
colección de Estudios Literarios de Insula.
A Enrique Canito, director de la editorial y quien ama
blemente me inclinó a esta nueva salida, mi mayor gratitud.
Y la reitero también, y muy profundamente, a todos aqué
llos (lectores, alumnos, colegas, críticos y amigos) que de
un modo u otro la han favorecido, ayudándome con sus
consejos, colaboración e interés.
Madrid, verano de 1971.
J osé Olivio Jiménez
EL TIEMPO EN LA POESIA ESPAÑOLA
CONTEMPORANEA
Una rápida ojeada sobre la poesía española actual arro
ja, de inmediato, esta sencilla y palmaria conclusión: el
tiempo es el gran tema, el tema central y orgánico de esa
poesía. Y no habrá que demorarse en explicar qué amplio
sentido, equivalente si se quiere al de centro espiritual de
creación, se da aquí a la palabra tema.
El poeta, y esto es
sólo un lugar común, no puede hacer otra cosa que ver
la realidad (la extensa del mundo o la suya limitada, íntima
y propia) y someterla a una profundísima transustancia-
ción mediante la cual resultará esa misma realidad, si bien
empobrecida por una parte, enriquecida por otra, al devol
vérnosla transmutada ya en un objeto poético, es decir,
salvada. Pero cuando se arriba a la conclusión de que todo
cuanto el hombre alcanza a ver no es más que tiempo,
la ecuación puede sustituirse sin mayor violencia por esta
otra sencillísima: el poeta canta el tiempo o, de otro modo,
la realidad hecha de tiempo y sujeta a él. Se podrá argüir,
en seguida, que nunca ha hecho otra cosa; especialmente
si tenemos en cuenta y seguimos literalmente la interpre
tación de la poesía como fenómeno temporal, por su origen
y mecanismo, que tan ardorosamente defendiera Antonio
Machado y que hoy todos recordamos de memoria. Pero
no cabe duda que los poetas han ensayado también, a veces,
una poesía de la realidad consistente (poesía por su lado,
nada despreciable), y aún habrá que hacer notar, como ya
se verá, que algunas de esas ocasiones se han producido
en nuestra centuria a despecho del tinte marcadamente
temporalista del sentir y la especulación contemporáneos.
El estudio del tiempo en la poesía del siglo xx está por
hacer. Y es muy natural que así suceda, pues su realización
demanda un tamaño esfuerzo unido a un conocimiento
entrañable de todas las doctrinas filosóficas, historicistas
y temporalistas, de nuestra época. Y esto es virtualmente
indispensable porque, aun a sabiendas de que poesía y
filosofía son mundos autónomos, es inevitable que si se
emprende el esclarecimiento de la temática del tiempo en
la lírica, no pueda el estudioso eludir la también inevitable
zona de tangencias con que una y otra actividad del espíritu
se interfieren y complementan, enriqueciéndose mutua
mente. De todos modos, muchos pasos hacia ese estudio
han sido ya dados en los últimos años. Se dirigen, es cierto,
a figuras representativas y tienen, por tanto, un carácter
parcial; pero han cumplido la gran función de despertar
el interés por la cuestión y de aportar valiosísimas suges
tiones que podrán ya ser aprovechadas por los que a tal
cuestión se acerquen con el ánimo más ambicioso de
historiarla o sistematizarla. Dígase, como advertencia pru
dente, que el que estas páginas recogen se resentirá por
igual de parco y fragmentario; en razón, sobre todo, de
los límites materiales a que su naturaleza misma obliga
(no se olvide que se trata solamente de una somera intro
ducción a un libro de ensayos en que se roza o plantea
el tema del tiempo), y por razón también de las dificul
tades intrínsecas que más arriba se acaban justamente de
apuntar.
«98» Y MODERNISMO
El título de este parágrafo alude sólo, por una comodi
dad justificada por el uso, a esa esfera cronológica general
que tomamos siempre como primera o inicial en cualquier
tratamiento de lo contemporáneo en las letras españolas.
Nada más; esto es, que queda aquí sin dilucidar si tales
denominaciones se ajustan en su recto y total alcance a
los tres poetas de quienes se va a hablar. Pero lo cierto
es que la literatura de España nace al siglo xx bajo la
impronta de un preciso suceso histórico, el desastre del 98,
y de la profunda revulsión moral que este hecho provocara
en la minoría intelectual de aquellos años. Entra, pues,
dominada por una vigilante atención a muy vivos reclamos
del tiempo histórico. Había también, en el fondo cultural
de ese período, otras fuerzas más profundas y universales,
y no sólo latentes, sino de muy poderosa vigencia, a las
cuales no eran ajenos tampoco los mejores de aquellos
hombres.
Se trata del formidable asalto a la razón que el
pensamiento occidental venía enérgicamente realizando
para sacudirse de ese peso enorme que el racionalismo a
ultranza había acumulado sobre la indagación filosófica
desde Grecia hasta la Edad Moderna. Bergson y James, por
ejemplo, intuicionismo y pragmatismo, sin olvidar a Dilthey
y a Nietzsche, eran corrientes ya fecundas que abonaban la
mayor crisis de la fe en la razón que registra la historia.
Y esta crisis es lo que marca el clima espiritual en que los
noventayochistas empiezan a escribir, antes de que Ortega y
Gasset intentara una riquísima y comprensiva manera de
entender la razón y de acercarla e integrarla con la vida.
Pero todos conocemos lo que ocurre cuando se quiere
aplastar o callar a la otra razón, a la razón razonante, y
cuando en su lugar nos proponemos mirar derechamente
a la vida y al hombre de carne y hueso, como pedía
Unamuno. Ocurre entonces que vemos tiempo, y nada más
que tiempo. Esto lo sospechaba, o lo sabía, el racionalismo;
y por ello había hecho abstracción en sus elaboradas
construcciones de ese «pequeño detalle»: el tiempo. Ya
Kierkegaard, desde antes, lo observó y anotó: «El tiempo
no se deja asignar ningún puesto en el pensamiento puro» '.
1 Post-scriptum final no científico a las migajas filosóficas,
segunda parte, 2:' sección, cap. III, 1 (citado por Julián Marías:
Lo cual quiere decir a la letra que, inversamente, cuando
el pensamiento se entera al fin de que el tiempo existe,
y existe soberanamente, no le queda a la metafísica otra
salida, si quiere sobrevivir, que la de hacerse sustancial
mente ética y elevar el factor temporal a la categoría de
supremo motor en el drama ontológico del hombre.
Sobre tales circunstancias es fácil el diagnóstico de lo
que va a darse en la lírica del 98. La historia externa de
la patria y la agónica intrahistoria de aquellos espíritus
(términos suficientemente conocidos y aquí útilísimos en
más de un sentido) empujan a esos hombres hacia una
poesía—en verso y prosa—angustiosamente dominada por
la obsesión del tiempo. Y si se subraya aquí el dual vehículo
expresivo es para no olvidar, como tantas veces pasa, a
Azorín, el más intenso poeta en renglones corridos de aquel
grupo, escritor tan finamente permeado por el sentimiento
de lo fugaz y perecedero de la realidad.
Para Azorín, «una
preocupación por el poder del tiempo» fue, según sus pala
bras, el resorte mágico de aquellos nostálgicos cuadros que
reunió en Castilla, uno de sus libros fundamentales, al
frente del cual colocó la frase entrecomillada y a la que se
acude ahora tan sólo como testimonio personal y directo.
La prueba decisiva e irrefutable está, desde luego, en la
obra toda del maestro alicantino, fidelísima corroboración
de su intencionalidad creadora.
Pero cuando se habla de generación del 98 y de poesía se
piensa, al momento, en Unamuno y en Antonio Machado.
Don Miguel llevará al verso las mismas existenciales inquie
tudes de su obra en prosa: el yo múltiple, el hombre
creándose a sí mismo y creando, por íntima necesidad, a
Dios; su apetencia de inmortalidad; su dolor de no ser en
lo infinito y lo eterno—dolor que era para él la prenda más
segura y distintiva de la verdadera hombriedad—. Pedro
Laín Entralgo ha hecho el recuento de todas esas motiva
ciones del hombre Unamuno, ilustrándolas eficazmente en
Miguel de Unamuno. Madrid. Espasa-Calpe, S. A., Colección Aus
tral, 3.a edición, 1960, pág. 29).
su obra poética misma3. Aunque es un recuento breve,
pues pertenece a un libro de más amplio objetivo, resulta
suficiente para que se vea cómo el tiempo, el enigma del
tiempo, es quien da unidad a toda la variada red de subte-
mas y afanes que en su pensamiento afloran.
He aquí,
siguiendo a Laín, un apretadísimo inventario de la temática
temporal en la poesía de Unamuno: la relación entre tiempo
y eternidad, vistos ambos como contradicción o como
vinculación mutua de uno y otra; la inexorabilidad humana
de la vivencia del tiempo, o la probable supresión transi
toria de esa vivencia; la visión última del tiempo como
«forma misteriosa» del dolor del hombre; otra manera de
contradicción que supone el intuir la existencia toda como
un puro presente frente a la terca convicción de cuán
inconsistente es ese mismo presente y de que la única
realidad posible es el futuro; la función salvadora de la
memoria y la imaginación en el trágico dilema de nuestro
mutante destino; y, en suma, la importancia que en su
poesía tienen, como temas y como móviles de lirismo, dos
operaciones que se nutren esencialmente de tiempo: el
recuerdo y la esperanza. Todos estos planteamientos, y
muchos más, en torno a la problemática del tiempo (del
tiempo vivido y personal, inmanente, pero también tras
cendente, de cada hombre) dieron a Unamuno la materia
constante y repetida de muchos de sus ensayos y novelas;
pero también, y esto es lo que aquí importa, la raíz primera
y absorbente de ese largo diario poético que es su Can
cionero.
Pasar de Unamuno a Machado significa moverse del
grito a la melancolía, de la plegaria desesperada y hasta
grandílocua a la plegaria serena, tenazmente empeñada en
disimularse a sí misma como tal plegaria. Sobre Machado
y su interés en el tiempo se ha escrito mucho últimamente :;
2 Véase de Pedro Laín Entralgo el capítulo «Miguel de Una
muno o la desesperación esperanzada», en su libro La espera
y la esperanza. Madrid, Revista de Occidente, 3.a edición, 1962,
páginas 382-419.
3 Es fundamental, en este sentido, el libro de Ramón de Zubi
r ía: La poesía de Antonio Machado.
Madrid, Gredos, 1955; y
pues en él a la presencia de este tema concreto en sus
poemas se une una bien trabada concepción temporal de
la poesía a la cual dedicó continuos asedios en su prosa
teórica. La misma circunstancia de convivir con un grupo
juvenil e impetuoso de grandes poetas, los del 27, que
parecían desvirtuar su arraigada concepción, llevó a Macha
do a una prédica reiterada y calurosa en favor de sus ideas.
Por ello, va quedando como el poeta temporal por excelencia
de nuestro siglo; y día tras día, como se ha dicho, se ven
aparecer nuevos estudios que enfocan y aclaran diferentes
aspectos de su pensamiento poético. La frecuencia de estos
estudios se condiciona también porque una línea importante
de ese pensamiento machadiano ha venido a coincidir
fundamentalmente con la tónica general asumida por la
lírica de la última posguerra. Así, no es extraño que se
repitan, a todas horas, sus conocidas fórmulas teóricas para
la poesía («palabra esencial en el tiempo», «diálogo del
hombre, de un hombre con su tiempo»), o para el poema
(«tiempo personalizado», «tiempo vital del poeta con su
propia vibración») y, desde luego, su autodefinición, por
boca de Mairena, como «poeta del tiempo». Más útil será,
tal vez, observar lo que realmente hizo en el verso. Y lo que
hizo fue expresarse siempre desde una agudísima conciencia
temporal, cumpliendo la teoría en la práctica. Cantó, pri
mero, las incidencias espirituales de su personal tiempo
particularmente su capítulo I, «El tema del tiempo» (págs. 23-
67). También las páginas que Laín Entralgo dedica a «Tiempo,
recuerdo y esperanza en la poesía de Antonio Machado», en su
libro citado (págs. 420-436).
Sobre la concepción temporal de la
poesía de Machado son muy recomendables el estudio de Juan
López-Morillas, «Antonio Machado y la interpretación temporal
de la poesía», recogido en su libro Intelectuales y espirituales,
Madrid, Revista de Occidente, 1961 (págs. 71-98), y el de Anto
nio Sánchez Barbudo: «El pensamiento de Antonio Machado
en relación con su poesía», que cierra su libro Estudios sobre
Unamuno y Machado, Madrid, Ediciones Guadarrama, 1959 (pá
ginas 201-326). Por ofrecer un punto de vista diferente en rela
ción con este tema, es interesante el ensayo «Fanales de Anto
nio Machado», de Dámaso Alonso, que aparece en su libro Cua
tro poetas españoles, Madrid, Gredos (Colección «Campo Abier
to»), 1962, págs. 137-178.
humano, del tiempo vivido y el soñado, de lo real y lo
posible (y esta equiparación de lo actual y lo mítico es una
de las riquezas mayores de su poesía): Galerías, soledades
y otros poemas. Cantó, después, las realidades tristes de su
tierra, de su contorno histórico-social, sin que le fuera
posible contemplar esas realidades sino dentro de su obli
gado encuadramiento temporal y su indisoluble devenir,
que ata sin rupturas el pasado al presente y éste al futuro:
Campos de Castilla. Cantó, por fin, y ya más reflexivamente,
el enigma del tiempo, en breves escorzos donde lo personal
quedaba como diluido en apretadas lecciones de formulación
general: las Nuevas canciones y los Cancioneros apócrifos.
Naturalmente que esta distribución es interesadamente
convencional y, por tanto, discutible; pretende iluminar
solamente, desde nuestro punto de vista, los modos como
Machado trató el tema del tiempo y qué aspectos o modali
dades de ese tema le llamaron más en los estadios sucesivos
de su evolución.
Pero convendrá conservar en la memoria
esta triple vertiente de su canto temporal, pues habrá de
vérsela de nuevo, en el final de estas notas, al llegar a la
poesía de hoy, reproducida y amplificada en sus más sutiles
y oportunas posibilidades.
Juan Ramón Jimenez parece otra cosa, y por eso hay
que andar con tiento al querer penetrar en los designios
últimos de su poesía. A partir del Diario de un poeta recién
casado, fecha inicial de la que todos los críticos y el propio
autor llaman segunda gran etapa de su obra, a Juan Ramón
se le ve urgido por una búsqueda sostenida y sin conce
siones de la belleza: de una belleza total que no querrá
admitir ya vaguedades sentimentales, oropeles ni fáciles
acarreos, sino la mayor exactitud y limpidez posibles. Labor,
pues, de la sensibilidad y la inteligencia estrechamente
hermanadas. A la luz de esta búsqueda, a la que se consagró
el poeta con una ardua vocación de sacrificio, se ha levan
tado la leyenda de un Juan Ramón esteticista, y se ha
usado como slogan el concepto de «lo estético», en todas
las posibilidades morfológicas de esta voz, para calificar
cualquier aspecto que le ataña: su poesía, su voluntad
creadora, su actitud ante la vida y el arte, su existencia
misma... Y esta valoración, que es innegable en el caso
del poeta de Moguer, le resulta al mismo tiempo harto
peligrosa, pues ha impedido que se adviertan o reconozcan
otras zonas o facetas en verdad importantes de su mundo
espiritual, tal como si en él el artista hubiese devorado al
poeta y al hombre. Ha impedido con frecuencia, y esto es
lo más grave, que se viese sin prismas deformadores la
causa honda y radical de esa su apasionada persecución de
la belleza.
Y es que siempre será arriesgado (aunque este riesgo sea
no sólo inevitable, sino preciso) valorar o juzgar cualquier
actitud del espíritu desde las creencias o prejuicios sobre
los que nos movemos en un instante dado.
Y el margen
de error es más amplio, naturalmente, si la actitud que
enjuiciamos escapa o es extraña al repertorio de los supues
tos operantes en nuestro actualísimo presente. Estamos hoy,
según todos los síntomas parecen indicar, en un período
de sacro terror al esteticismo, al hiperindividualismo, al
irracionalismo... ¿Tendremos, entonces, la indispensable
justeza de visión para decidir, en fin de cuentas, a qué
obedece la necesidad o vocación de la estética? Vendrán
bien, en este momento, unas palabras con las que Ricardo
Gullón sale al paso al mismo dictamen de esteticismo,
enarbolado desde sensibilidades posteriores y ajenas, y casi
siempre con un matiz peyorativo, contra los poetas del
modernismo. Pero son palabras que pueden cubrir con toda
legitimidad a Juan Ramón, especialmente si recordamos que
él se proclamaba, al final de su vida con mayor combativi
dad (y debido, sobre todo, a la discutible amplitud con que
él concebía la clasificación), como un auténtico modernista.
Escribe Gullón, al efecto, refiriéndose a poetas de quienes,
igual que de Jiménez, se destaca generalmente como rasgo
capital la sobreconciencia artística de su voluntad de estilo:
«La convicción de que la poesía, la obra, es el último
baluarte, el último reducto invulnerable del ser (contra la
aniquilación) les hizo dedicarse con plenitud de esperanzas
a la invención salvadora, y de ahí la paradoja del esteticis
mo, entendida por tantos como fuga de la vida cuando en
verdad simbolizaba el ansia de afirmarla, de hacerla eterna,
transmutándola en palabras imperecederas» 4.
A dirigir una particular llamada de alerta, en tal sentido,
ha llegado un reciente libro de Antonio Sánchez Barbudo,
La segunda época de Juan Ramón Jiménez % donde se
insiste en la idea de que del tema central de este poeta
(su ansia de eternidad, de plenitud, «su anhelo creciente
de totalidad») deriva directamente su apetencia de la belleza,
concebida ésta como la más inmediata forma posible para
el hombre de vivir, todavía desde esta ladera, esa urgen
tísim a experiencia de totalidad a que nunca deja el alma
de aspirar. Con esto, en primera instancia, queda superado
un entendimiento superficial de lo estético en Juan Ramón,
que tanto daño puede hacer en la comprensión de su poesía.
Y, sobre todo, se revela que en definitiva toda ella arranca
de una implacable conciencia temporal: sólo se aspira a
lo eterno e inmóvil cuando realizamos con toda lucidez
nuestra condición finita y transitoria, nuestra temporeidad.
De donde se concluye, a su vez, que Juan Ramón puede ser
visto, como todo gran poeta, en calidad de poeta del tiempo,
de poeta rebelde ante el tiempo.
Pero algunas diferencias
—grandes y notorias diferencias—ha de haber entre su
decir poético y el de Unamuno y Machado, como ejemplos
con los cuales la asociación se hace indispensable, por
coincidencia cronológica y por estatura literaria. De estas
diferencias nace aquel aserto de que Juan Ramón Jiménez
parece otra cosa, con que se empezaban líneas arriba estas
sumarias consideraciones sobre su posición como poeta
temporal.
Lo distinto está en que el autor de Eternidades, de
Belleza, de Piedra y cielo, títulos que ya denuncian un
obsesivo empeño, al reconocer al tiempo como el gran
enemigo de ese mismo empeño, puso el mayor énfasis de
su voluntad en abstraerse de las celadas de tan implacable
enemigo y encaminó consecuentemente su verso hacia aque
4 Ricardo Guluón en Juan Ramón Jiménez y el modernismo,
introducción al libro de Juan Ramón Jiménez : El modernismo.
Notas de un curso (1953), México, Aguilar, 1962, pág. 24.
5 Madrid, Editorial Gredos (Colección «Campo abierto»), 1962.
lias entidades visibles o mentales en las que una chispa
de lo absoluto se evidencia al hombre: el marola flor, el
amor, la poesía, la muerte misma. También Unamuno y
Machado se rebelaban, cada uno a su manera, ante la
inexorabilidad del tiempo; pero al hacerlo estaban continua
mente invocándolo, dejándose atravesar directamente por
esa misma inquietud, nombrándolo, y de forma muy con
creta.
Dicho de otro modo, para usar términos machadia-
nos: contando y cantando sus personales historias de suerte
tal que la «melodía» no ocultase la «historia». Arrastraban,
así, el grito, la angustia, la ira; o, por otro lado, la resignada
tristeza y el callado dolor: todo eso que entra en el acervo
ásperamente emocional que es el vivir humano, cuando a
ese vivir se le acepta en su prístino estado de rudeza y sin
mayor transformación o sublimación que la estrictamente
necesaria para convertirla en sustancia poética. Juan Ra
món, en cambio, aunque nunca dejara de expresar su
asombro dolorido ante la nada que circunda a la existencia,
trató siempre, en lo posible, de salvar los escollos de la
contingencia directa, es decir, de lo que a él le pareciera
burdamente accidental. Y en aras de esa esencialidad total
que se había impuesto, intentó y logró en elevadísimos
momentos extraer la pura y desnuda verdad que las cosas
le ocultaban como un reto. Temas y lenguaje recogieron,
contagiados como fatalmente tenía que ser, ese impulso
catalizador que procedía de su vocación de infinito; de un
infinito que Juan Ramón Jiménez creía segregar y que, al
decir de algunos críticos, parece haber conquistado en vida,
según se desprende de algunas páginas de sus cuadernos
últimos, tan ricos en trascendencia metafísica.
Pero hemos concluido que, en fin de cuentas, fue una
preocupación de índole temporal la que le movía interna y
heroicamente.
Y quizá en esta disposición última, que se ha
subrayado, radique la lejanía espiritual, por hoy insalvable,
que acusan las jóvenes generaciones respecto a su trabajo
poético, al que sienten (tal vez con un poco de torpeza en
el señalamiento) como «menos humano» que el de Machado
o Unamuno. Y es que lo heroico no es dimensión común
en el hombre; y en una época como la nuestra, de vuelta
ya de aquel rabioso individualismo de entonces, lo heroico,
especialmente lo heroico en el dominio de la estética, no sea
acaso sano ni recomendable (lo cual no supone, ni mucho
menos, la cerril exaltación de un vulgar prosaísmo realista
como fórmula única de poesía). Los tiempos tienen su dia
léctica, inaplazable, irrenunciable; y el nuestro ha situado
su esperanza en la historia, en el vivir concreto y real con
sus accidentes gloriosos o miserables—materia toda ella,
cuando hay auténtica capacidad creadora, susceptible de ser
elevada a poesía dignísima y noble—. De aquí que no deba
juzgarse como injusto el extrañamiento que pueda producir
hoy la empresa sobrehumana de Juan Ramón. Lo que sí
será siempre mezquino es la negación obstinada, interesada
tantas veces, de la altísima calidad intrínseca de su obra.
«27» y «36»
En los años cenitales del magisterio de Jiménez adviene
a la vida literaria la llamada generación del 27, colectiva
e individualmente la de mayor importancia de cuantas
enriquecen a la poesía española de este siglo y aun más
allá. (No se olvide, en este tránsito del modernismo a la
entreguerras, a León Felipe, aunque su más desgarrada
lamentación temporal, sus trenos «del éxodo y el llanto»,
vendrán mucho después, como por imperativo de la historia
tuvo que ser.)
Al surgir los jóvenes poetas de los años
veinte, las estimulaciones que estaban en el aire de su época
les inclinarían naturalmente al autor de Eternidades más
que a los otros dos posibles maestros de la generación
anterior. Esas estimulaciones indicaban la meta de un arte
lúcido, aséptico, puro, objetivo: poesía pura, música pura,
plástica pura... Y habrá que admitir que por esta vertiente,
tan proclive en sus simas a la frialdad y al cerebralismo,
era factible llegar a confundir la vocación de pureza poética
con una suerte de nuevo virtuosismo retórico, sutilmente
embozado, pero no menos nocivo que el de cualquier
pasado literario. De hecho a ello se llegó, en casos por
fortuna muy contados y efímeros, pero que dieron oportu
nidad a aquellos maestros mayores (Unamuno, Machado y
aun el propio Juan Ramón) a expresar sus temores en tal
sentido. Lo que conviene señalar es que ese ideal de
objetividad exigía, desde luego, un escrupuloso cuidado en
el proceso de la creación, de modo que quedase asegurada
para el producto poético la incontaminación más absoluta
con lo turbio de la vida, o sea, del tiempo. Tanto más alto
sería aquél, desde un ángulo rigurosamente artístico, cuanto
más borrada o diluida resultase la obligada dependencia
que el poeta, como todo ser humano, guarda respecto al
tiempo.
Destemporalizado, vendría bien como calificativo
para este arte; mucho mejor que deshumanizado, desenti-
mentalizado o desrealizado, términos todos de tan peligrosa
ventura. Ya que por muy enérgica que sea la voluntad de
abstracción no hay arte que no represente una integración,
más o menos emotiva, más o menos intelectual, del creador
con la realidad. Y este particular punto lo ha visto y
señalado muy bien, aplicándolo defensivamente a su propia
generación, une de aquellos poetas, Jorge Guillén, en el
capítulo final de su libro Lenguaje y poesía \
Pero es indudable que eran los años del miedo a la
anécdota, a lo narrativo, a lo impuro. ¿Y de dónde puede
venirle al poeta este gran mal de la impureza sino de
colocarse a plena luz frente a las concreciones vivas de su
tiempo? O sea, ¿de qué actitud habrá de nacer esa huma
nísima voluntad de impureza, que vendrá después, sino de
negarse rotundamente a toda fórmula purificadora, a toda
piadosa miopía? Pero el norte espiritual de aquel momento
residía, como se ha dicho, en otra bien distinta aspiración:
la autonomía del arte, la decisión de poner, como ha
expresado Dámaso Alonso, «un enorme intervalo entre
poesía y realidad»7, entre existencia azarosa y creación
intangible. Antonio Machado, que seguía de cerca la labor
de aquellos poetas, lamentaba que éstos se valiesen mayor
mente de conceptos e imágenes conceptuales (el concepto:
0 J orge Guillen: Lenguaje y poesía. Madrid, Revista de Oc
cidente, 1962, págs. 233-254.
7 Véase «Una generación poética (1920-1936)», en Poetas espa
ñoles contemporáneos. Madrid, Gredos, 1958, pág. 185.
lo puro, esencial y permanente) y no temporales (el tiempo:
lo impuro, vivo y cambiante);, y, como todo el mundo sabe,
su álgido ataque a la estética barroca iba dirigido, por
rechazo, a aquellos mismos poetas. Aunque en sus juicios
no andaba totalmente desencaminado, Machado comprendía
sólo a medias el ideal de aquella época, lo cual procede de
que, en general, le faltó ver—como a este específico propó
sito ha anotado Laín Entralgo—que «junto a la poesía de
la temporeidad hay también una poesía de la presencia,
porque el hombre es y no puede dejar de ser imagen y
semejanza de Dios»1**. Pero esos mismos poetas, que sí
creían comprenderse, no pudieron tampoco ser fieles a sí
mismos. Presagios, de Pedro Salinas; Perfil del aire, de Luis
Cernuda, o Ambito, de Vicente Aleixandre—para no citar
sino unos pocos títulos representativos de primeros libros
publicados en los momentos de cohesión formal e ideológica
del grupo—, podran ser considerados siempre como logros
conseguidísimos de depurada belleza poética, pero, a la vez,
fueron irrepetibles en las órbitas personales de sus respec
tivos autores. Con algunas reservas podría decirse lo mismo
de Jorge Guillén; porque en principio se muestra un
mantenedor decidido de su purísimo cántico más allá de
los límites cronológicos que actuaron sobre los demás; pero
no debe pasarse por alto que la evolución interior del
mismo Cántico, en sus sucesivas ampliaciones, es ya signifi
cativa en el sentido que se viene apuntando y que de más
clara manera se verificó en los otros poetas. (No se habla
aquí de Clamor, porque esta segunda zona de la obra de
Guillén pertenece por entero al espíritu de la posguerra.)
Y de Gerardo Diego recuérdese cómo desde un principio
alternaron en él su creacionismo de «espumas» con sus
«versos humanos»; aunque en conjunto sea Diego, entre los
del 27, el que nos da una imagen más sostenida de poeta
fiel a la estética o, al menos, dominado por la necesidad
de un alto «estilo».
La verdad es una: el artista podrá embellecer, depurar
o aun trascender la vida; pero no le será posible hacer
8 Op. cit., pág. 423.
sólo esto, no podrá hacerlo siquiera por un largo tiempo.
(Ni el Góngora de las Soledades, ejemplo arquetípico, pudo
escribir únicamente las Soledades.) Y, por otra parte, sobre
nuestros poetas de entreguerras se precipitó, aplastante, el
peso trágico de su tiempo histórico, tan ricamente abonado
para el develamiento de la auténtica angustia personal de
cada hombre. Y la angustia es la dimensión viva, vivible, de
la condición temporal de la existencia, de la cual no pode
mos honradamente escapar. Tuvieron aquellos poetas, en
consecuencia, que caer: cayeron de sus altos empeños de
purezas e intemporalidades hasta los fosos turbios, pero
nobilísimos, de sus insoslayables y propias circunstancias.
El momento puro de la generación del 27, del que tan
brillantes muestras quedaron en la lírica española contem
poránea, fue en cómputo estricto muy breve; y aun Federico
García Lorca, muerto en 1936, no puede ser considerado de
modo exclusivo como un poeta ejemplarmente formalista
y evasivo. Por eso, cuando hoy se dice que la atención
emocionada al hombre y a sus inmediatos problemas tem
porales es deuda que debemos a las promociones de
posguerra, se está afirmando una incontrovertible verdad...;
pero, al mismo tiempo, y sin mala fe, se están olvidando
las raíces o antelaciones de esa verdad.
Porque antes de los años decisivos (1936-39), y en torno
a ellos, Luis Cernuda venía escribiendo una poesía hecha
de muy poderosas incitaciones temporales, que cubre gran
des zonas de La realidad y el deseo, en su primera edición
de 1936, y más fuertemente todo su libro Las nubes,
exactamente coetáneo a la guerra civil. Y el mismo conflicto
político que se resolvía bélicamente motivaba (con mejor
o peor fortuna, como ocurre siempre en estos casos) una
suerte de lírica de combate, hoy dispersa o semiolvidada,
que suponía el encauzamiento del interés poético hacia los
hechos más ostensibles con que el tiempo de la historia se
concretaba en un país en convulsión, donde naturalmente
lo individual ha de quedar subsumido en la presión colec
tiva operante e inevitable. Fechados en 1938-39, por ejemplo,
son los poemas de Rafael Alberti recogidos bajo el título
de De un momento a otro. Estos poemas, tanto en tema
como expresión, anuncian ya muy claramente la poesía de
crítica social que la posguerra ya a poner en alza, y la cual
es sólo posible cuando el poeta toma recta conciencia de
las limitaciones o debilidades de la época que vive 9. Pero
sin que tenga que ser explicada exclusivamente en función
de la guerra civil, anticipándosele más bien y en cierto
modo coincidiendo con ella, una nueva promoción de muy
difícil destino, la llamada generación del 36, había decidido
ya trasladar al verso, briosa y ásperamente si era necesario,
personales recuentos de sus vidas, experiencias todavía san
grantes de tiempo y aun inquietudes sociales y políticas de
aquel justo momento histórico: Miguel Hernández, consi
derado por algunos como todavía un epígono genial del 27,
y otros en justicia frescamente nuevos: Luis Rosales, Juan
y Leopoldo Panero, Dionisio Ridruejo, Luis Felipe Vivanco,
Carmen Conde... La suerte ha sido fatalmente dura para
la valoración crítica justa de este grupo, como también lo
fue para su desarrollo y consolidación; lo que ha dificultado
que se le pueda contemplar como una unidad compacta de
intentos y realizaciones—tal el del 27.
Pero una prueba de que representaban algo distinto, esto
es, un eslabón nuevo digno de ser destacado en la continua
evolución poética, fue la acogida de sorpresa con que se
recibió la voz más fuerte de Miguel Hernández. Todavía
en 1936, Juan Ramón Jiménez, con ese retintín que tanto
le distanciaba humanamente, recomendaba a los amigos
de la «poesía pura» (a cuyo nacimiento en España, dígase
,J En este hurgar de precedentes puede recordarse también
la Elegía cívica (1930), del mismo Alberti, escrita todavía en los
años últimos de la dictadura de Primo de Rivera. A esta Elegía
se refiere el propio poeta en su libro de memorias La arboleda
perdida, como «poesía subversiva, de conmoción individual»;
contando allí también cómo Azorín saludó esta Elegía con gran
clarividencia y alto elogio: «Y Rafael Alberti se vuelve hacia lo
primario, lo fundamental, lo espontáneo; Rafael Alberti se vuel
ve, con los brazos abiertos, hacia el pueblo. En su desgano de
los módulos citados, sólo el pueblo y sólo la Naturaleza podían
darle el punto de apoyo perdido y necesario.» (Cfr. La arboleda
perdida. Buenos Aires, Compañía General Fabril Editora, 1959,
página 297.)
entre paréntesis, había contribuido él mismo) que buscaran
y leyeran los poemas vivos del «extraordinario muchacho
de Orihuela» ,0. Y en cuanto a los otros, que por razones
biográficas pudieron desarrollar órbitas personales más
cumplidas, no debe olvidarse que fueron ellos los que, de
una manera definitiva, hicieron de la poesía «un relato
confidencial, fluyente, temporal, de los sucesos del alma»,
como de Leopoldo Panero ha dicho Ridruejo, y recordado
después José Luis Aranguren.
El ilustre profesor ha dedi
cado varios penetrantes ensayos a poner en claro lo que él
llama «poesía de la existencia» o «poesía-existencia» (ad
virtiendo de paso que «existencia», según la filosofía que
a ella se refiere, es «tiempo»), así como la contribución
importantísima que en tal dirección aportaron a la lírica
española contemporánea los poetas del 36 u.
En verdad de verdad, sin embargo, aquellos «puros»
del 27 estaban ya de vuelta de sus utopías aun antes de
la guerra civil. Valdrá la pena aclarar que se trata aquí,
con especificidad, el tema del tiempo; esto es, la desnuda
existencia temporal del poeta —individual o colectivamente
aprehendida— como materia temática de su poesía, ya en
un tono limpiamente emotivo, ya más cuidadosamente re
flexivo. Y que se rehúye, por improcedente, toda especu
lación en torno al tópico de «lo humano», tan traído y
llevado cuando se quiere explicar el tránsito espiritual su
frido en la poesía española de aquellos cruciales años. Pero
aun viniendo a este espinoso terreno, ¿cabrá tildar de no
humano (y es, en rigor, un ejemplo apurado) el esfuerzo
emocionado de Jorge. Guillén, por muy intelectual que ese
mismo esfuerzo sea? ¿No es el intelecto, acaso, una dis
posición humana, excluyentemente humana? Ni que decir
tiene que igualmente absurdo será proponer la desgraciada
10 Véase «El Sol», 23-11-1936 (citado por Concha Zardoya:
Miguel Hernández: vida y obra. New York, Hispanic Institute,
1955, pág. 24).
11 Véase «Poesía y existencia»., «La poesía de nuestra vida» y
«Nuestro tiempo y la poesía», en Crítica y meditación. Madrid,
Taurus, 1957. (La cita de Dionisio Ridruejo aparece recogida en
este libro del profesor Aranguren, pág. 27.)
etiqueta de deshumanización para describir la explosión
vital, apasionada y poderosa de Aleixandre en La destruc
ción o el amor. O esa otra poesía más serena, pero riquí
sima (por sensual, emotiva, mental y ética a la vez), de
Salinas en sus dos libros centrales, La voz a ti debida y
Razón de amor. Hasta en el caso de Lorca y su relación con
el tiempo habría bastante que decir. Mucho ha sido ya ade
lantado por Christoph Eich en su libro Federico Garda
Lorca, poeta de la intensidad. Aunque hay que aclarar que,
según Eich, el sentido lorquiano del tiempo pertenece a
la especie del tiempo biológico o vital, y no a la del tiempo
actual o humano que parece dominar en los poetas de hoy
por la decisiva intervención en éstos de la conciencia
se hace obligado, pues, matizar los señalamientos: lo
humano no dejó de asomar, y muy intensamente, en los
poetas del 27; aunque la forma en que encararon, en aque
llos precisos momentos, el eterno problema de ser hom
bre nos resulte hoy poco convincente y convencional. Tam
bién habrá que reconocer que no se daba todavía en ellos,
por tales fechas, la lucidez y el dolor ante el tiempo en la
concentrada densidad a que algunos de esos mismos poetas
llegarán después. Un «después» que vendrá tras la expe
riencia de la guerra, cuando uniendo sus voces a las de
los poetas más jóvenes, hagan del tiempo, entre todos, la
verdad sustentante y mayor de la poesía española de hoy.
P osguerra y poesía actual
Para que la poesía se convirtiera en España en unánime
expresión del sentimiento de lo temporal fue necesario es
perar, pues, que el cruento e inútil ciclo de la guerra civil
se cumpliese enteramente, tanto en su inicial flujo de vio
lencia y de determinismo político en la creación (los tres
años de la contienda propiamente dichos), como en el re
flujo de inestabilidad y de confusión literaria que, natu
ralmente, tuvo que traer (los tiempos primeros de la pos
guerra, con el sereno y falso ideal garcilasista como
ejemplo máximo de desnorte). Generalmente se dice que
el nuevo clima poético vino a quedar instalado, de modo
definitivo, hacia 1947; y no se olvida, al consignar esta
fecha, las clarinadas que lo preparan. Estas clarinadas pa
recen concentrarse hacia 1944. Es la fecha de los Hijos de
la ira, de Dámaso Alonso, abrupto testimonio existencial
de un hombre español de su tiempo; e igualmente la fecha
de Sombra del paraíso, de Vicente Aleixandre, donde ya se
da diáfanamente esa emocionada atención al vivir humano
que va a marcar el mejor derrotero de la lírica española
subsiguiente. En uno y otro libro, por distintos caminos,
el lector se encuentra ya frente a frente con el tiempo; con
un tiempo sufrido en la intimidad del poeta, del hombre,
y expresado, áspera o hermosamente, en uno y otro, me
diante un lenguaje poético que iba indudablemente hacia
la clarificación de sus recursos. (Son los tiempos también
de Como quien espera el alba, libro importantísimo en la
órbita personal de Cernuda, por cuanto supone la invasión
absorbente en su obra de la preocupación temporal, ya
sentida desde antes. Pero fue éste un libro publicado en
el extranjero, no fácilmente asequible en España, y cuya
influencia directa, así como la total de su autor, no se
hará sentir de inmediato, sino años después y de un modo
más directo sobre los jóvenes de hoy.)
A partir de aquellos momentos asume toda la labor
lírica que se produce en España un tono común; tono que
resulta del propósito de orientar esa labor hacia la integra
ción solidaria con el hacer y el problema del hombre, del
hombre universal y común, más que a fabricar brillantes
y soberbios mundos poéticos individuales, como en la eta
pa anterior. Y ese clima común se va haciendo entre todos,
a partes iguales, por los poetas de las más variadas pro
mociones cronológicas, dentro y fuera de la Península; de
modo que el factor personal de la edad queda diluido
dentro del factor general de la época, como acertadamente
ha hecho ver Carlos Bousoño. Es un estado poético de
tiempo, en suma, lo que acaba por definirse.
En punto a justicia, a la hora de las valoraciones lite
rarias, hay que moverse con cuidado; y aun así se cometen
muchos yerros. Quizá las mismas líneas anteriores hayan
cargado la mano en devolver para los poetas mayores de
la generación precedente (Aleixandre, Alonso, Cernuda...)
los créditos que merecen por su natural participación y
hasta antelación en el espíritu general de estos años. Sin
embargo, es inútil negar que las voces surgidas en la pos
guerra serán las que lleven la nueva actitud (conciencia
básica del tiempo, valoración de la directa realidad, impulso
de solidaridad humana, franca reacción antiesteticista, etc.)
a sus posiciones extremas y, por ende, más fácilmente de-
tectables. Hoy parece tal vez rebasada la hora de algunos
de esos extremismos. Y por extremismos entiéndase, por
ejemplo, la interpretación torcida o mecánica del principio
de poesía como comunicación. Este principio fue útilísimo
en sí, como acicate muy oportuno de rechazo al sobreex-
ceso de hermetismo en que antes se hubiera incurrido al
guna vez; pero en poetas mal orientados tal concepción del
fin de la poesía pudo conducirles a olvidar que ella es,
ante todo, conocimiento y exploración: un explorar dentro
de sí para conocer mejor.
Otro ejemplo de extremismo
sería, como consecuencia del anterior, el desdibujo de la
expresión poética y la admisión en sus predios de formas
elocutivas y de disposiciones mentales (análisis, reflexiones,
descripciones, comentarios, etc.) afines ya al propósito de
información y precisión que es sustancial a la prosa. Y,
sobre todo, la reducción temática a la luz de las urgencias
sociales y políticas del día (de las que ninguna conciencia
honrada puede hoy tranquilamente evadirse), pero que con
vertidas en consignas literarias de exclusiva validez llegan
a empobrecer dogmática y preceptivamente el campo de
posibilidades creadoras del poeta. Fueron necesarias tales
extremosidades en los inicios de la reacción que la poesía
de posguerra emprendió; y hay que ver ahora como signo
de salud el que aquélla quedase marcada de bien peral
tada manera. Pero de seguir esos caminos hubiera sido muy
posible el extravío o la confusión, de los cuales no se an
duvo muy lejos. Por eso es confortadora la lectura de las
poéticas que los jóvenes del día han colocado como pór
tico a sus respectivas selecciones en Poesía última, la re
ciente antología preparada por Francisco Ribes 12. Esas poé
ticas nos confirman en la fe de que el buen sendero ha
sido definitivamente hallado. O mejor, de que sin salirse
de aquel que los anteriores hollaron, por saber que es el
justo, se han decidido enérgicamente a librarlo de las na
turales brusquedades y de los obstáculos donde fuese pro
bable caer para, juntos precisamente a esos que les prece
dieron, elevar a la más alta dignidad poética lo que desde
un principio había ganado la más alta dignidad humana.
Planteemos concretamente nuestra pregunta. ¿Que sig
nifica, en síntesis, que el tiempo parece ser el centro de
cohesión o uniformidad de toda la poesía actual?
¿Y
cómo explicar desde este centro acentos tan dispares como
los de un Aleixandre, un Hierro, un Celaya o un Valverde,
para sólo nombrar unos cuantos obviamente distintos? Son,
realmente, dos preguntas. Para contestar a la primera de
ellas, estaría bien comenzar con un útil aviso, y es que no
se pretende insinuar en absoluto que todos estos poetas
traten el tiempo como entidad teórica que dé materia para
la meditación o el canto lírico, aunque esto pueda suceder
también. Lo que se quiere decir —y esto ha sido ya bien
observado y señalado por la crítica— es que los poetas de
hoy cantan al hombre, mas no al hombre indiferenciado o
abstracto, sino al hombre histórico, metido en sus innega
bles circunstancias, moldeable y plástico por el tiempo,
haciéndose a sí mismo dentro de él y cara ya a la muer
te 13. Si se desglosan los postulados fundamentales de este
tema es fácil reducirlos a una serie de elementos cuya
simple mención denuncia ya el espíritu de la poesía que
hoy se escribe en España: «circunstancia», «historia», «es
fuerzo», «recuerdo», «esperanza», «vida», «muerte», en suma,
tiempo. Todo esto lo intenta explicar —lo ha explicado—
la filosofía; y en la lengua española, sin tener que acudir
1J Francisco Ribes: Poesía última (Selección). Madrid, Tau-
rus, 1963. (Incluye poemas y poéticas de Eladio Cabañero, An
gel González, Claudio Rodríguez, Carlos Sahagún y José Angel
Valente.)
1J Véase Vicente Aleixandre Algunos caracteres de la nueva
poesía española. Madrid, Instituto de España, 1955.
a Heidegger o a Sartre, todas estas intuiciones de nuestro
siglo han tenido, en la palabra iluminadora de Ortega y
Gasset, muy precisas formulaciones. Pero el poeta hace su
obra, y recoge en ella todas esas motivaciones, sin necesi
dad de leer o conocer libros filosóficos. Recuérdese que la
filosofía penetra, indaga y alumbra en fin
los hechos del
espíritu; no los crea. Esos hechos están en el aire de cada
época de manera irrenunciable; y el poeta, antena de la
sensibilidad, los capta y devuelve desde su privilegiado me
canismo receptivo-expresor. Si su timbre, en algunos casos,
parece acercarse al de la filosofía, no es nunca que la
poesía se haya vuelto filosófica. Lo contrario estaría mejor,
como ya adelantó Juan de Mairena: la filosofía va hacién
dose poética cuando baja, y no otra cosa es lo que ha ocu
rrido, hasta la angustia temporal del hombre, manantío
seguro y constante de poesía14.
Pero de estas inevitables relaciones se derivan ciertas
obligaciones
para la crítica de hoy, en las que sí importa
detenerse siquiera brevemente. La poesía de entreguerras
(poesía de particularísima emoción personal, más irracio
nal que conceptual, aunque a Machado no le pareciese así)
podía y tenía que ser descrita, y precisamente por ello,
desde su pura individualidad o autonomía. Al no desdeñar
la lírica de posguerra, y, en cambio, incorporar a la experien
cia poética los productos del pensamiento, esto es, las
ideas —y las ideas son siempre mayoritariamente compar-
tibles—, el creador tendrá que tomar esas ideas, por modo
necesario, del fondo cultural que su tiempo le brinda. Esto
no puede significar que, voluntaria o apriorísticamente,
se dirija allí, a ese fondo de cultura, para encontrarlas
y seleccionarlas. No, el poeta las intuye y descubre por
sí mismo, en su esencial soledad y en la realización
de su vida personal, pero el resultado no puede variar
básicamente, puesto que al hombre no le es dable pensar
sino del modo en que lo hace su época. Y si, como se ha
visto, es clave de la poesía de nuestra hora el aspirar a
: 1 Para un desarrollo de estas conocidas ideas, véase de An
tonio Machado: Obras. México, Editorial Séneca, 1940, pág. 157.
la identificación solidaria y a la comunión con los demás,
con el otro, no interesará ya la elaboración de reinos poé
ticos absolutamente diferentes y originales, sino el trata
miento de aquellos temas que la común problemática hu
mana, en sus muy diversos quehaceres, propone. Y ésta
es precisamente la faena última de la filosofía de hoy: el
análisis y esclarecimiento de esa problemática.
Por eso,
si al cabo se ha definido el problema trascendente del
hombre como de índole raigalmente histórica y moral, y
la metafísica se ha vuelto ética consecuentemente, la poesía,
que ha sentido también esa radical historicidad humana,
se va acercando con igual premiosidad, por rápidos atajos,
al dominio de la ética. No es extraño así que los poetas
más animados precisamente por un deseo de penetración
metafísica de la realidad sean los que, en nuestros días,
terminen ensayando una lección más sostenida y generosa
de moral. Todo ello justifica que, aun con la decisión más
firme de no hacer sino crítica de poesía, quienes la em
prendan no pueden dar de lado virtualmente a las expli
caciones que los pensadores ofrecen de los mismos hechos
que los poetas cantan.
Queda por abordar la respuesta a la segunda de las
dos interrogaciones antes sugeridas, o sea, cómo relacionar
sin violencia éste que parece tema central de la lírica es
pañola actual con el conjunto matizadísimo y hasta apa
rentemente contradictorio de sus cultivadores. En principio,
poco trabajo costará comprender que este tema no tiene
un solo rostro ni es tratado de una única manera. Y de
tal posibilidad de diversificación es hacedero partir para
dar base y sentido a la convicción de que en todos los
poetas del momento sí están presentes la conciencia y el
sentimiento del tiempo, y que esa presencia es el rasgo
unificador y cohesivo de la poesía que todos hacen. Visto
así ese conjunto, no es difícil pasar entonces a agruparlos
—simplificación que, con las reservas a las que luego se
aludirá, se muestra no convencionalmente didáctica, sino
real— en tres amplias actitudes o categorías, a las cuales
habrá en seguida que delimitar y definir.
Distínguense, primero, aquellos poetas que contemplan
y expresan en sus obras el paso del tiempo, la temporali
dad, a través de sus propias existencias personales. Para
ellos el vivir del hombre es, ante todo, su vivir; y aunque
pueden acoger en el verso experiencias generacionales o
de época que desbordan las de su estricta intimidad, aqué
llas parecen siempre como referidas, sustentantes o cir-
cunstanciadoras de éstas, y no intentan nunca elevarse de
modo consciente a pronunciamientos de pretensa validez
universal. Son poetas que pueden oscilar del «yo» al «nos
otros», habida cuenta de la enorme desconfianza que hoy
provoca toda hipertrofia del yo; pero que, en primera ins
tancia, es la narración de sus propias incidencias históri
cas lo que les impele a la labor poética. Con el riesgo de
todas las generalizaciones, se puede pensar que son los
poetas más líricos, los vocados a una expresión más ínti
ma y, por lo mismo, emocionada en un grado más estre
mecido y directo. Testimonian, sencillamente, su tiempo
humano: reportajes de situaciones vividas, evocaciones de
la infancia y la adolescencia, poéticas recreaciones de sus
pasados reales o míticos, relatos concretos o simbólicos,
introspecciones serenas o atormentadas por los vericuetos
del alma, etc. Son, en su mayor parte, poetas del ayer,
del pasado; y están condenados a no poder levantar la mi
rada más allá de la triste realidad de sus vidas. No se vea
esto, sin embargo, como síntoma de desdeñoso individua
lismo. Bien saben ellos que esas vidas suyas no son, en
esencia, diferentes de las otras; por lo cual intuyen o de
sean ardientemente que la experiencia de poesía que ellos
vivieron en el momento de la creación sea fácilmente vale
dera y fructífera a los demás hombres que algún día les
lean.
Que la poesía de hoy debiera ser épica 15, la frase de
José Hierro invocada en ocasiones con muy poco acierto,
no permite suponer que ni aun la suya haya pretendido
ser épica, sino que él, en un momento dado, vio tal deber
como una necesidad de nuestros angustiados tiempos, deber
al cual ni siquiera su propia obra se pudo plegar. A Hierro
13 Véase Antología consultada de la joven poesía española
(Edición Francisco Ribes), Santander, 1950, pág. 102.
sólo le ha sido posible contar y cantar su propia historia,
destino compartido también por Luis Cernuda, en gran
parte por el mismo Rafael Alberti, en todo por José Luis
Hidalgo. Y por esta vía habrá que añadir una abundantí
sima nómina, que se acrecienta cada vez más con los poe
tas de la más joven hornada, y a la cual será necesario
imperativamente renunciar aquí. Basten unos pocos nom
bres: Claudio Rodríguez, Eladio Cabañero, Carlos Sahagún,
Francisco Brines... También volverían a tener lugar ahora
todos los cultores de la que ya se ha visto denominada
por José Luis Aranguren «poesía de la existencia»: Leopoldo
Panero, Luis Rosales, Luis Felipe Vivanco. Y como la his
toria no lo es sólo de los datos externos y las emociones
a ellos directamente adscritas, sino también de las más
trascendentales inquietudes del espíritu, podría incluirse
aquí al Blas de Otero de Ancia, al Dámaso Alonso de Hijos
de la ira, a los confesionalmente religiosos como José María
Valverde o a los movidos por una disposición sencillamente
cristiana como Rafael Morales; aunque en estos últimos la
elevación espiritual del impulso mismo les permita figurar
con análogos derechos en la catalogación siguiente. Pero,
en general, para ellos el tiempo es, ante todo, lo que
éste ha hecho en sus vidas; o, de otro modo, cómo sus
vidas, realizadas por su propio esfuerzo a través del tiem
po, se les han convertido en historia y ésta, a su vez, en
su única posesión. El dolor, la angustia, la esperanza, en
fin, toda la finísima gradación de emociones humanas que
traspasa su poesía emanará siempre de sus personales y
vividas existencias.
Se alcanza a vislumbrar después otra actitud. Es la re
presentada por aquellos poetas que, aupándose sobre las
circunstancias de su propio vivir, que es el solo haber de
que disponen, desembocan, no obstante, en una meditación
inquisitiva de valor más objetivo y universal sobre los
enigmas de la realidad (material y moral) y de la acción
del tiempo en ella. Estos poetas se obligan, en consecuen
cia, a un equilibrio entre emoción y reflexión. Como hijos
de sus años, no podrán desprenderse de la angustia que el
sentimiento de lo incierto, nacido de la conciencia de su
historicidad, promueve en ei hombre. Escriben, pues, desde
la emoción, como fatalmente tiene que ser.
Pero al mismo
tiempo quieren preguntarse reflexivamente sobre los hechos
que les conmueven y sobre el misterio que a esos hechos
sustenta; de modo tal que la poesía que de su emocionado
inquirir resulte actúe como un gesto de solidaria ayuda
a los demás hombres, esto es, se convierta en una esperan-
zadora abertura de horizontes para todos. Con mirada de
águilas, quisieran penetrar el arcano del tiempo en su inte
gridad vastísima y fatal, para reducir después los produc
tos de su observación (y no por soberbia, sino por genero
sidad) a datos de valor permanente y universal. Son, entre
todos, los poetas del presente; pero de un presente meta-
físico, cuasi-divino, en el que las oscuras interrogantes tem
porales que acosan al hombre se resolviesen, de serles fruc
tuoso su noble propósito, en un conocimiento de perma
nente y salvadora claridad. No enseñan ni predican ni for
mulan soluciones: la convicción de sus propias limitaciones
humanas les impide arrogarse olímpicos ademanes. Sin
embargo, es bien patente en esta actitud, primero, su pro
pósito de intelección poético-metafísica de la realidad; des
pués, su voluntad de edificación moral, de evidentes pro
yecciones universales, aunque liberadas todavía de específi
cas implicaciones políticas. Otra vez, aquí, Cernuda, en
algunas zonas, las más ricas, de su vigente obra. Y más
explícitamente Aleixandre, desde Historia del corazón y con
mayor fuerza en su libro último, En un vasto dominio.
Aquí también, como altamente ilustrativa, la coherente evo
lución integral de Carlos Bousoño; el Dámaso Alonso de
Hombre y Dios; y esa nerviosa tensión, raíz de tan her
mosa poesía, entre emoción personal y elevación trascen
dente que arrojan ciertas parcelas de la obra de Vicente
Gaos y José Angel Valente, entre otros.
Y, por último, aquellos poetas que, prescindiendo de
sus personalísimos problemas, han puesto el objetivo de
su atención lírica en las concretas realizaciones histórico-
sociales del tiempo que les ha tocado vivir. Para ellos la
función del verso será, ante todo, dirigir un índice seña-
lativo hacia las realidades de su tiempo, organizadas éstas
en un status político-social determinado que se revela como
absurdo y miserable. Y como esas realidades, dondequiera
que se mire, son bien amargas, el tono no podrá ser sino
de denuncia, de anticonformismo, de protesta y rebeldía.
Tendrá que nacer, pues, muy emocionado; tal vez sería
mejor decir que airado, combativo, indignado o, en algu
nos casos, acremente disimulado de ironía y sarcasmo.
(Nótese que las dosis de reflexión o de pragmatismo pue
den variar de una a otra de las actitudes que se van des
cribiendo, pero todas ellas tienen en común el fuerte choque
emocional que sacude siempre al hombre cuando mira el
tiempo cara a cara.)
A esta tercera corriente de poesía se
le viene llamando, con mayor o menor propiedad, poesía
social; y por algunos, ya sin eufemismos, poesía política.
Pero resulta harto elocuente que lo que en ella se denun
cia es tiempo: realidades del vivir colectivo, de muy defi
nida ubicación temporal, que el hombre ha construido mal
o que egoístamente ha deformado. Son poetas del mañana,
de la esperanza (y las imágenes del alba, la aurora, el des
pertar, suelen entrar y salir de esta poesía con un tufillo
que huele pronto a tópico y a retórica). Son, sí, los poetas
del futuro; y pasado y presente se les presentan sólo como
]os precarios trampolines desde donde hay que dar el salto
redentor hacia un porvenir que, confiadamente o no, todos
deseamos y necesitamos mejor. Pero no hay dudas de que
la ira y la desesperación del presente, tan justas, les limi
tan la visión para lo noble, hermoso y trascendente que
siempre puede darse en la existencia humana y les reduce
necesariamente el campo temático de exploración.
De un
modo más o menos feliz (pero también de una manera
histórica y moralmente justificable, quién lo puede negar)
se ha cultivado esta modalidad en España durante las úl
timas décadas: Gabriel Celaya, el segundo Otero, Victoria
no Crémer, Eugenio de Nora, Angela Figuera, Gloria Fuertes,
Angel González, Jaime Gil de Biedma. Cabe mencionar aquí
a muchos de los poetas de la España peregrina, con voces
tan auténticas como Alberti y León Felipe, y a algunos
otros, dentro y fuera, obsedidos por el tema de España,
pero que no pueden por la totalidad de su obra ser juz
gados como poetas excluyentemente sociales (como tam
poco, si vamos a ver las cosas en su justo rigor, ninguno
de los arriba mencionados).
En resumen. Tiempo vivido y percibido en las dimen
siones personales de la propia existencia. Tiempo contem
plado en su pura fluencia y en su acción sobre la realidad,
como materia para una meditación de más amplias y abar-
cadoras proyecciones. Tiempo visto desde un punto de mira
colectivo y en sus concretas plasmaciones sociales y polí
ticas. He aquí las tres diversificaciones más pronunciadas
que puede arrojar este centro común que exhibe la poesía
española de hoy, y que ya se habían visto insinuadas y
abonadas, una a una, en el triple canto temporal de Anto
nio Machado, el precursor y profeta de tantas realidades.
Acercándonos más a cada una de ellas, sería posible di
bujar en estas tres ramas una escala sutil de matices. Poe
tas de un radical subjetivismo o poetas de un yo diluido
en un nosotros, en el primer grupo. Poetas mayormente
inclinados a la metafísica o poetas volcados hacia la ética,
en el segundo. Y en el tercero: poetas de la limpia solida
ridad humana; poetas de la protesta aún sin rotulación
específica; y poetas en los que se entrelinean, hasta donde
esto sea posible, ideologías revolucionarias de muy resal
tado color.
Y así, descendiendo más y más, llegaríase a la
realidad indivisa y personal de cada poeta, sólo explicable
enteramente desde su obra misma.
Esta última salvedad permite adelantar el mayor repa
ro de cuantos puedan oponerse a las anteriores considera
ciones. Quede bien claro que en ningún momento se ha
tratado de sentar aquí doctrina, sino de presentar senci
llamente unos hechos que parecen verificables de no difí
cil manera. Para no operar sólo en teoría, se han citado
algunos nombies, sin ánimo de agotar todos los posibles,
en las tres líneas apuntadas. Pero entiéndase que nunca
ha habido la intención de clasificar o agrupar poetas, sino
de describir actitudes generales; porque sería empeño in
nocuo el querer comprender una determinada obra poé
tica en función exclusiva de una sola de tales actitudes.
Un mismo autor cabe en una y otra: especialmente entre
las dos primeras (emoción personal del tiempo y reflexión
más universal sobre la realidad temporal) la línea fronte
riza es borrosa en extremo; porque toda meditación, por
general que aspire a ser, se levanta siempre desde las in
transferibles experiencias personales de quien las vive y
ellas no pueden ser ignoradas en el momento de la crea
ción. Hay a la mano algunos ejemplos bien evidentes de
esta condicionada dualidad. Luis Cernuda, entre ellos, ci
tado con justicia en el primero y en el segundo apartado.
Y, del mismo modo, Vicente Aleixandre, a quien se le ha
incluido en el segundo, refiriéndonos, al hacerlo, a su libro
Historia del corazón. Sin embargo, el conocedor de este
libro tiene todo el derecho de preguntar cuántas páginas
de esa historia han brotado sólo de la emoción del poeta
vuelta sobre las circunstancias íntimas de su personalismo
pasado. Otro caso. Los poetas arraigadamente religiosos
han sido mentados en la categoría primera, porque un
acto de fe entraña raigalmente una vibración emotiva de
índole personal.
Pero cuando el espíritu religioso expresa
su certidumbre de fe, su verdad, ¿no cree tener la seguri
dad de haber alcanzado una forma universal de afirmación
y hasta desea que ella fuese igualmente sentida y compar
tida, en universal comunión, por los otros hombres? Mu
chas objeciones salían al paso a estos esquemas al mismo
ritmo que ellos se iban conformando. Y es que en todo
momento la verdad simplicada o esquematizada empieza
ya a no parecerse a la verdad. Y una más, en fin, y quizá
la de mayor importancia. En Carlos Bousoño notoriamente,
pero también en muchos poetas destacados de la más re
ciente promoción, ¿es posible realmente deslindar dentro
de una misma unidad, o sea, en un mismo poema, lo que
esa unidad debe a una u otra de las dos actitudes discu
tidas:
la emocionada-personal y la reflexiva-universal?
Piénsese, al efecto, en José Angel Valente o en Claudio
Rodríguez. Al contrario, parecería más bien que en la inte
gración sin quiebras de ambas disposiciones espirituales
puede divisarse una salida segura y un enriquecimiento
para el poeta joven de hoy y, en general, para toda la
poesía española. Como ya se sugirió, sólo los poetas socia
les estarían aptos para cercar un coto cerrado de inten
ciones y resultados; pero después se descubre que ni Ce-
laya ni Otero ni Gil de Biedma, como nombres significa
tivos, han escrito únicamente poesía social. Y por aquí
hay todavía mucha tela por donde cortar. ¿El amor y el
dolor por la Humanidad, germen único de la sincera y
auténtica poesía social, no es en su fondo un sentimiento
tan subjetivo, tan esencial, como el que puede mover a
un poeta erótico o a un poeta religioso? Y mirando las
cosas desde un opuesto sentido, ¿no puede hablarse de
Eladio Cabañero como de un poeta tan «social» como el
que más? No es, pues, cuestión de encasillar rígidamente
a éste o al otro (ni siquiera a este libro o a aquel poema),
sino de poner una mayor distancia a nuestra perspectiva
y comprobar cómo en el conjunto de esos poetas (a veces
en uno solo de ellos) se dan las tres maneras de sentir
y expresar el tiempo que se ha ensayado bosquejar en
estas sumarias notas.
Lo que importa, al final de ellas, es verificar la inicial
intuición de donde se partió: el tiempo, en cualquiera de
sus posioles concreciones, es el motor último de la poesía
española actual. Atrás, muy lejos ya, ha quedado el ideal
que cifraba la salvación de la poesía y el arte en la huida
de toda contingencia temporal. Muy cercanos de nuevo, por
tanto, aquellos que siempre se rebelaron ante tal falacia:
Unamuno y Machado. Ellos enseñaron, además, una gran
lección que los jóvenes no deben olvidar, y que los mejo
res, en efecto, no olvidan. Y es que esta conciencia del
tiempo, esta asunción de la condición histórica del hombre,
no puede implicar para el poeta que éste ceje en su vo
luntad de trascender la epidermis de las cosas y las cir
cunstancias.
Ha de recordar que más allá de la pura realidad ob
jetiva, no importa que la alcance a ver sólo en su dimen
sión temporal y finita, hay un reino de misterio y de som
bras; que una de las misiones de la poesía, tal vez la de
mayor envergadura, es precisamente iluminar ese reino y
revelarnos el enigma, hasta donde humana y poéticamente
se pueda, devuelto ya en claros signos. Y que no se vea
esto como una contradicción al designio de conformación
moral que anima a los poetas de hoy, del que ya se habló,
pues tal contradicción no existe: el hombre es hijo de sus
obras, pero sobre él siguen en pie las preguntas últimas
y el dolor de no ser, la angustia de la nada. De los grandes
nombres del 27, los más vivos hoy son precisamente los
que esto han comprendido; y, al tratar de situarse al nivel
de los tiempos, no han olvidado su compromiso primero
con la poesía (compromiso que afortunadamente no quiere
decir ya «autonomía» ni «pureza»). Vicente Aleixandre, cuya
fuerza humana y cordial no obsta para que aliente en él
un anhelo de penetración metafísica o trascendente; aunque
sea la suya una forma de metafísica histórica trascendida
de la materia misma.
Y Luis Cernuda, tan justamente com
prendido al fin y tan cercano al espíritu de hoy, tiene en
este sentido mucho que ensenar. Que su ejemplaridad no
se reduzca a lo más superficial, como muy bien podría ocu
rrir; y que se recuerde cómo para el gran poeta recién
desaparecido la poesía era en principio una febril aventura
hacia el lado invisible y mago de la realidad. El ansia —o
la duda y aun la negación— de eternidad, de totalidad
(¡otra vez Juan Ramón!), que nos llama fuertemente desde
la más tangible e inmediata circunstancia, será siempre
vena inagotable, sin fondo, de poesía.
Madrid, verano de 1963.