sábado, 10 de octubre de 2026

ANNE CARSON UNA SEMANA CON ANNE CARSON DÍA 2 EL DULCE AMARGO

 


Carson, Anne Eros El Dulce Amargo

viernes, 9 de octubre de 2026

ANNE CARSON PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2026. UNA SEMANA COMPLETA CON ANNE CARSON. DÍA 1-

 


Por el Dr: Enrico Pugliatti y Méndez Limbrick.

Anne Carson, poeta canadiense nacida en Toronto en 1950, acaba de recibir el Premio Nobel de Literatura 2026 por una obra audaz que entrelaza la tradición clásica con formas contemporáneas. Su perfil combina erudición filológica y experimentación poética, convirtiéndola en una de las voces más singulares de la literatura actual. El blog El laberinto del verdugo dedicará una semana completa a comentar siete de sus obras, una por día.

Semblanza literaria de Anne Carson

  • Nacimiento y formación: Toronto, 1950. Estudió clásicos en la Universidad de Toronto y en St. Andrews, especializándose en métrica griega.

  • Trayectoria académica: Profesora en universidades como Princeton, Michigan y McGill. Desde 2022 es ciudadana islandesa.

  • Estilo y aportes: Su obra se caracteriza por la mezcla de géneros —poesía, ensayo, traducción, narrativa— y por un diálogo constante con la tradición grecolatina. La etimología y el mito son puntos de partida para explorar deseo, pérdida, identidad y memoria.

  • Reconocimientos: Además del Nobel, ha recibido el Griffin Poetry Prize, el Premio Princesa de Asturias y el PEN/Nabokov Award.

Perfil biográfico

  • Vida personal: Hija de un banquero y una ama de casa, creció en pequeños pueblos canadienses. Su interés por el griego clásico nació gracias a un profesor de secundaria.

  • Obra destacada:

    • Eros the Bittersweet (1986): ensayo fundacional sobre el deseo en la poesía griega.

    • Autobiography of Red (1998): novela en verso que reimagina el mito de Gerión como un relato contemporáneo de identidad y amor.

    • The Beauty of the Husband (2001): ensayo narrativo en 29 tangos.

    • Nox (2010): elegía experimental en forma de caja-libro.

    • Traducciones de Safo (If Not, Winter, 2002) y tragedias de Sófocles y Eurípides.

Programa del blog El laberinto del verdugo

Durante siete días consecutivos se comentará una obra distinta de Carson, ofreciendo análisis crítico y literario:

  1. Día 1: Norma Jeane Baker De Troya

    La lucidez y erudición de Anne Carson nos llevan a navegar hacia un puerto en el que no sabemos si es la muerte misma la que nos espera o si es una niña violada o el infierno o una madre en su más ahogada desesperación. La palabra que no está sustentada en un texto tramado desde su raíz etimológica no tiene sentido en la concepción literaria de esta autora.

    Ella nos ha entregado las versiones más frescas y actuales de Safo, Catulo, Eurípides… para presentarnos en este innovador libro a una Helena de Troya, símbolo de la pérdida del sentido, del amor. Carson nos dice que bordamos el tapiz del mundo como ciegos, sumidos en una indiferencia lacerante que atropella otras vidas sin siquiera darnos cuenta.

    En nueve lecciones de historia, con sus concomitantes enseñanzas, la poeta desarrolla un pensamiento por asociaciones que entrega al lector con su usual dejo de ironía, y una indignación punzante. Muestra que hemos puesto en la guerra una obtusa forma de obtener la gloria, eso que llamamos poder, posesión, mancha, sangre, ceguera. Vivimos en la oscuridad navegando hacia la orilla donde se libra una guerra que no sabemos cómo se inició. Al hacerlo, obnubilamos el otro lado del dolor, es decir, la altísima belleza que todo dolor trascendido alcanza.Anne Carson nos entrega no sólo una parodia que muestra un sentido ético y estético en su más elevada dimensión. La Guerra de Troya es el pretexto para urdir el texto, para bordarlo, abordarlo desde el origen de la palabra guerra y sus derivados: pelea, combate, batalla, lanza, muerte, violación, crimen, abandono, sinsentido, deshumanización, todo acto que navega en contra de lo que debería ser el último fin de nuestra existencia. No hemos sabido escuchar, no hemos sabido descifrar ni mucho menos cuestionarnos.

Anne Carson representa la unión de la filología y la poesía en un corpus que desafía las fronteras del género. Su Nobel confirma la vigencia de la tradición clásica en diálogo con la modernidad. La semana de reseñas en El laberinto del verdugo permitirá explorar la riqueza de su obra desde múltiples ángulos, ofreciendo al lector un recorrido integral por una autora que ha reinventado la literatura contemporánea.

jueves, 8 de octubre de 2026

EL LIBRO DE LA LITERATURA JAMES CANTON, EDITOR ASESOR Y OTROS

 


La narración de historias es tan antigua como la propia huma- nidad. La tradición de regis trar los acontecimientos y creencias de las comunidades se remonta al tiempo en que los humanos empe zaron a sentarse alrededor del fuego y a contai historias. Esos relatos se conservaron en forma de leyendas y mitologías que se transmitían de ge neración en generación, y que ofre cían respuestas a los misterios del universo y su creación. 

Los registros escritos surgieron al mismo tiempo que las civiliza ciones antiguas, pero al principio la escritura cumplía funciones sim ples y prosaicas, como el registro de transacciones entre comerciantes o el inventario de artículos. Los miles Empiezo por escribir ]a primera frase... y me encomiendo a Dios para que me ayude con ía segunda. Laurence S terne obras escritas hace cientos de años que nos siguen encantando y dívii- tiendo hoy; complejos textos posmo- demos que pueden ser sumamente estimulantes y continúan atrapán donos; y nuevas novelas tan frescas que se leen como si las palabras se acabaran de inventar. de tablillas de arcilla con signos cuneiformes descubiertas en Uga- rit, en Siria, revelan ya la comple ja naturaleza de la escritura hacia 1500 a.C. Además de servir para re- gistrar información comercial, pron to la escritura se convirtió en un medio para conservar las historias de tradición oral que eran parte in tegral de cada cultura, así como sus costumbres, ideas, moral y es tructura social. Ello condujo a los primeros ejemplos de literatura es crita: los relatos épicos de Mesopo- tamia, India y Grecia, y los textos más filosóficos e históricos de la antigua China. 

Como sucintamente dijo John Steinbeck en su discurso de aceptación del Nobel en 1962: üLa literatura es tan antigua como el habla. Surgió de Ja necesidad hu mana y no ha cambiado, excepto para hacerse más necesaria». En Orgullo y prejuicio, de Jane Austen, la señorita Bingley podía hablar fatuamente cuando declara ba: «Cualquier otra cosa enseguida te cansa, pero un libro nunca», pero este sentimiento suena real para muchos de nosotros. A pesar de las diversiones casi ilimitadas que se ofrecen a ios lectores actuales, la literatura sigue satisfaciendo una necesidad espiritual o psicológica, y abre la mente del lector al mundo y a su extraordinaria variedad. 

Hay La definición de literatura y el canon literario Aunque la definición simple de «lite ratura» es «aquello que está escrita, el concepto ha quedado asociado con las obras de narrativa, teatro y poesía, y ha sido investido con la distinción del mérito y la superiori dad. Estos valores son intrínsecos al canon literario establecido desde me- diados del siglo xix a partir del estu dio y el reconocimiento académicos. El término «canon» se tomó prestado del ámbito eclesiástico, en que de signaba el conjunto de los textos reli giosos autorizados. Y el canon litera rio, colección de obras comúnmente aceptadas como de calidad excep cional, acogió al principio casi ex clusivamente obras de la literatura de Europa occidental. Desde mediados del siglo xx. los teóricos culturales y literarias han desestabilizada el canon discutiendo la autoridad de esas listas de obras de «europeos blancos muer tosa La idea de un canon de agrandes obins* INTRODUCCIÓN 13 sigue siendo un marco útil; pero, más que designar el mismo conjunto de títulos, el concepto evoluciona con cada generación, la cual reexamina la ideología y las estructuras de poder que sustentan la selección de ge neraciones previas y cuestiona las raxones para la exclusión de ciertas obras. Posiblemente, el estudio de la creación literaria y el examen del canon puede ayudamos a ser mejores lectores. 

Con ese espíritu, este libro presenta muchos títulos considera dos tradícionalmente como «grandes obras», pero examina su lugar en la amplia historia de la literatura y en el marco de la producción mundial. Asimismo, junto a ellas se presentan obras de voces silenciadas durante siglos por constructos sociales como el colonialismo y el patriarcado, así como por el dominio europeo sobre la literatura. La elección de los títulos Este libro hace un recorrido cronoló gico a través de la literatura, propo niendo más de un centenar de obras como puntos de referencia a lo largo del camino. Además, adopta un en foque global, explorando textos lite rarios de una amplia diversidad de culturas que pueden resultar desco nocidos para muchos lectores. Las obras elegidas para Ei libro déla literatura son o bien arquetipos de un estilo literario particular, o bien representativas de un grupo o movimiento que tomó una nueva dirección que luego sería adoptada por otros autores contemporáneos o desarrollada por generaciones pos teriores. 

Las obras se han ordenado crono lógicamente para subrayar la emer gencia de las innovaciones literarias ante el telón social y político de su tiempo. Así, por ejemplo, durante los siglos xvu y xvm, la literatura france sa evolucionó desde las comedias costumbristas neoclásicas de Molié re a la sátira del optimismo ilustrado de Voltaire, y luego al feroz retrato da )a decadente aristocracia francesa plasmado por Piene Chodeilos de Lacios en Las amistades peligrosas, novela publicada en el periodo pre éé Algunos libros nos dejan libres y otros nos hacen libres. Ralph Waldo Emerson 99 vio a la Revolución francesa Estos cambios en la literatura se solapan inevitablemente, pues unos autores exploran técnicas que tardarán un tiempo en introducirse en la corrien te general mientras otros continúan con la tradición literaria de épocas previas. Las listas siempre son polémi cas: probablemente el centenar de títulos elegidos aquí podría ser re emplazado por otros cien títulos distintos, y asi sucesivamente; por tanto, no se presentan como una lista definitiva de «lecturas impres cindibles». Cada obra se enmarca en un enfoque o contexto, acom pañada de una cronología de hitos y acontecimientos literarios rela cionados. 

Las referencias cruzadas vinculan obras de tipo similar, o que han influido o han sido influi das por la obra en cuestión, mien tras que los apartados de «Otras obras» listan más de 200 títulos que exploran el paisaje literario de cada periodo con mayor detalle. De los primeros poemas a la novela moderna Las primeras historias que se pu sieron por escrito, hace alrededor de 4000 años, adoptaron la forma de poemas, como el Poema de Gilga- mesh en Mesopotamia o el Maha- bharata en India, que se basaban » 14 INTRODlICCléN t * en ti adiciones orales. La rima, el ritmo y Ja métrica eran ayudas esenciales para memorizar canciones y relatos orales, por lo que no debe sorpren der que los primeros textos escritos emplearan esos recursos poéticos. Muchos textos tempranos eran re ligiosos, y libros sagrados como la Biblia o el Corán recogían antiguas crónicas e influyeron en la escritu ra durante siglos. 

La forma literaria que se convirtió en el teatro griego empleaba una suerte de balada na rrativa, e introdujo a los personajes con voces individuales, el coto ex plicativo y las categorías de comedia y tragedia que hoy siguen vigentes. Las colecciones de Telatos que con forman Las mil y una noches árabes tenían múltiples orígenes, pero esta ficción en prosa, escrita en un len guaje sencillo, empleaba técnicas que serían fundamentales en la no vela moderna, como la introducción de historias dentro del marco de otra historia, la prefiguración y la repeti ción de temas. Aunque la vasta época medie val está salpicada de hitos como el Beowulf anglosajón y los romances de caballería, la literatura occiden tal de entonces estuvo dominada por los textos religiosos en latin y griego En el Renacimiento, la energía combi nada de la nueva investigación filo sófica y de la pura invención abrieron la puerta a la innovación literaria. A partir de la traducción y el estudio de los textos clásicos griegos y la tinos se configuró un programa de educación humanista que Incluía la filosofía, la gramática y la historia. La Biblia se tradujo a las lenguas vernáculas, lo que permitió a Los cristianos un acceso más directo a la Palabra de Dios. La imprenta de Gutenberg introdujo los libros en la vida de la gente comente, y autores como Geoffrey Chaucer y Giovanni Boccaccio convirtieron la vida coti diana en tema literario, A principios del siglo xvn, Miguel de Cervantes y Daniel Defoe habían alumbrado lo que muchos estudiosos consideran las primeras novelas modernas, y se había publicado el llamado Pri mer Folio de las obras de William Shakespeare, éé Una palabra después de una palabra después de una palabra es poder. Nlargaret Atwood f * El auge de la novela La poesía y el teatro seguían evo lucionando mientras la novela ad quiría importancia, hasta el punto de que, a finales del siglo xviu, era ya la forma principal de expresión literaria. Eso coincidió con el desa rrollo del movimiento romántico. El romanticismo, caracterizado poruña literatura conducida por las emocio nes de héroes idiosincrásicos más que por el argumento y la acción, hunde sus raíces en el movimiento alemán del Stuim und Drang, Los poetas románticos ingleses decla raron el poder de la naturaleza para sanar el alma humana, y los tras- cendentalistas de Nueva Inglaterra trataron temas similares. 

El término «género» empezó a emplearse para designar los distintos tipos de fic ción, por ejemplo, las novelas de gé nero gótico. A mediados del siglo xix, el ro manticismo fue reemplazado por una nueva forma de realismo so- cialj representado por Jane Austen, que retrató los salones de las clases media y alta británicas, o por Gus- tave Flaubert, que plasmó la vida de los pueblos provincianos france ses, pero que tendió cada vez más a presentar la dura existencia de Jas clases desfavorecidas Fiódor Dos- toievski calificó su novela Crimen y castigo como «realismo fantástico», y los oscuros monólogos interiores de Raskólnikov, su protagonista, contienen los elementos de un thri- ¡ler psicológico. Desde entonces, a lo largo de las décadas, la ficción se ha diversifica do en múltiples géneros y subgéne ros, desde 3a novela epistolar, que adopta la forma de cartas, o la no vela de formación, que representa el paso de la juventud a la edad adulta, hasta la novela dístópíca, que pre senta una sociedad ficticia inde seable, o la autobiografía ficticia. El lenguaje usado en la literatura tam bién se desarrolló, y Jas novelas que usaban el lenguaje corriente, como las de Mark Twain, ampliaron el al cance social de la literatura, A inicios del siglo xx, la sociedad occidental estaba revolucionada por los avances industriales y tecnológi cos, por los desarrollos científicos y los nuevos movimientos artísticos. En menos de dos décadas, una ge- neración de hombres jóvenes se iba a perder en la I Guerra Mundial. A esta siguió un torbellino de experi mentación literaria, cuando los escri tores buscaron innovaciones estilís ticas como el monólogo interior y la fragmentación de la narración para representar la angustia y la aliena ción de un mundo cambiante. Tras un breve periodo de recu peración y optimismo, el mundo se I vio arrojado de nuevo a la confusión al estallar la II Guerra Mundial, y la producción literaria disminuyó, pues muchos escritores se vieron implica dos en el conflicto bélico y tuvieron que dedicarse a escribir propagan da o informes de guerra en lugar de literatura. Experimentación, difusión y nuevas voces Después de las dos brutales guerras globales, el mundo estaba prepa rado para el cambio, y la literatura fue central para la contracultura oc cidental de las décadas de 1950 y 1960. Los escritores y teóricos pos modernos exigían del lector algo más que la simple implicación en un relato realista. 

Ahora las novelas presentaban una narración fractu rada, no lineal, con narradores poco fiables y finales abiertos Durante este periodo, Occidente cedió te rreno a otras voces de la cultura mundial. En países como Nigeria, Sudáfrica o India emergió la narra tiva poscolonial, y autores como Ga briel García Márquez contribuyeron a elevar el estatus de una serie de escritores sudamericanos de creati vidad extraordinaria. La literatura actual acoge las voces nunca antes escuchadas de feministas, activistas por los dere chos civiles, homosexuales, negros, nativos americanos e inmigrantes. Existe un saludable desdibujamien- to meritocrático de la distinción entre la literatura clásica y la po pular. La edición global, la edición independiente y la electrónica, los cursos de escritura, los premios lite rarios nacionales e internacionales, así como el aumento de las traduc ciones, están difundiendo novelas australianas, canadienses, sudafri canas, indias, caribeñas y chinas, por citar algunos ejemplos, entre el público mundial. Esta vasta bi blioteca global constituye tanto un recordatorio de aquello que com partimos las personas en todo el mundo como una celebración de la diferencia. ■ La lectura es el único medio por el cual nos deslizamos, involuntariamente, a menudo sin poder evitarlo, en la piel de otro, en la voz de otro, en el alma de otro. Joyce Carol Oates

18 INTRODUCCIÓN Los primeros textos conocidos, en idioma sumerio, se escriben en tablillas en Abu Salabikh al sur de Mesopctamia. c .2600a.C, Desde 2100 a.C. El Poema de Gilgamesh es uno de los primeros ejemplos de literatura escrita del mundo. El rey Wen de 2hou escribe un comentó fio sobre un antiguo método de adivinación, que más adelante es ampliada como el Libro de Jos cambios (o I Ching). A Siglos XII-XI&.C. Siglos IX—IV a.C. Se componen en India al JLfaiiabharata y el Ramayana, grandes poemas épicos en sánscrito. Los sistemas de escritura se usaron en un primer momen to para el registro de transac ciones administrativas y comercia les. 

Gradualmente, estos sistemas se perfeccionaron y sirvieron para conservar el saher ancestral, regis tros históricos y ritos religiosos, todo lo cual había sido hasta entonces memorizado y transmitido de ma nera oral En las primeras civiliza ciones del mundo, en Mesopotamia, China, India y Grecia, la literatura surgió para recoger la historia y la mitología. Esta literatura temprana tomó la forma de largos poemas narrativos, conocidos como epopeyas, que se centraban en las leyendas en torno a un gran guerrero o iíder y sus bata llas para proteger a su pueblo de sus enemigos y las fuerzas del mal La combinación de sucesos históricos y aventuras míticas, narrados en verso rimado, recogían la herencia cultural de un pueblo de forma fascinante y fácil de recordar. Dioses y hombres Las primeras epopeyas conocidas, como las diversas versiones del Poema de Gilgamesh y las grandes epopeyas sánscritas Mahaiibaiata y Ramayana, suelen relatar el origen de una civilización, o un momento defimtorio de su historia temprana. A través de las hazañas de un indi viduo heroico o una familia regente, estas epopeyas también exponían Ja implicación de los dioses, a me nudo contrastando sus poderes con la fragilidad de los héroes humanos. Este contraste también aparece en las epopeyas posteriores atribuidas a Homero. Sus héroes, Aquiles y UU- ses, no se presentan soto como no La adopción de Se componen la ¡liada y la Odisea, poemas épicos griegos atribuidos □ Harnero. c. Siglo VIII n.C. 551-479 a,C. v El filósofo chino Caníucio enseña y recopila los Cinco Clásicos. una constitución democrática en la ciudad-estado griega de Atenas da inicio a la era clásica, A 508 AiCa Siglo Va.C. V Los autores de tragedias Esquilo, Eurípides y Sófocles compiten por el título de mayor dramaturgo de Atenas, bles guerreros de la guerra de Troya que estableció a la antigua Grecia como una gran potencia, sino tam bién como personajes muy humanos enfrentados tanto ai destino como a sus propias debilidades. 

Más tarde, cuando la influencia griega deca yó, los poetas latinos desarrollaron sus propias versiones del género, llegando incluso a tomar la historia de Troya, como hizo Virgilio en la Eneida, para componer una epopeya sobre el origen de Roma. La escala y la profundidad de loa poemas homé ricos, así como su estructura poé tica, proporcionaron el fundamento sobre el que se construyó la literatu ra occidental. El teatro griego Otio producto de la Grecia antigua fue el teatro, que se desarrolló a par tir de la narración de relatos y vino a Virgilio escribe su obra maestra. y acaso el mejor poema épica latino conocido: la Eneida í 29-19 a.C. Siglo Vd.C. La tradición poética china shi alcanza su cénit durante la dinastía Tang, con ia obra de poetas como Li Bai y Du Fu. r 618-907 d.C. v El poeta Kalidasa escribe en sánscrito las epopeyas flagbuvamsha y KumarasambhavA y el drama Abhijnanashakunta ia, En Islandia, colonos nórdicos establecen una asamblea genera] conocida como Althlng para su nueva comunidad. 930 868 I Se imprima en China el libro impreso más antiguo conocido, el texto budista titulado Sutra cfei diamante En la Edad de Oro de la cultura islámica florece la poesía clásica árabe y se recopila por primera vea Las mil y una noches, e. Siglos VIII-XIII Siglos VIII-XI I Se compone la epopeya anglosajona Beowulf, el poema épico más antiguo conservado en inglés antiguo En Lanzaiote o Eí caballero de la carreta, Chrétien de Troyes introduce la idea del romance caballeresco en el contexto de la leyenda artúrica. o. 1175-1181 Siglo XI d.C. I Lst historia de Genji, de Murasaki Shikibu, y El libro de !a almohada, de Sei Shonagcm, tienen como escenario la vida en la corte Heian de Japón. darles vida mediante Ja representa ción, Esta narración dramatizada se hiío gradualmente más sofisticada y, para Ja época en que Atenas es taba establecida como ciudad-esta do, el teatro ya formaba parte inte gral de su cultura, con dramaturgos como Eurípides, Sófocles y Esquilo produciendo tragedias y comedias que atraían a miles de espectadores. De Europa a Asia En el norte de Europa prevaleció la narrativa oralr y los relatos de estas culturas no se fijaron por escrito hasta alrededor del siglo viji. La pri mera epopeya completa anglosajona conocida, Beowulf, narra la histo ria y la mitología conservadas por los ancestros escandinavos de los ingleses. 

Las sagas islandesas pos teriores también procedían de le yendas nórdicas. Mientras tanto, en la Europa continental la nobleza se entretenía con poetas profesiona les. Algunos tomaban sus temas de la antigua mitología grecorromana, mientras que los trovadores {trouba- douis) del sur ds Francia prefirieron las emocionantes historias de las ba tallas de Carlomagno y sus huestes contra los sarracenos, y Jos troveros ftrouvéresj del norte de Francia re citaban apasionados relatos líricos de caballería y amor cortés sobre el reinado del legendario rey Arturo de Bretaña. Más al este, durante la Edad de Oro de la cultura islámica, a finales del período medieval, narraciones épicas como las contenidas en Las mil y una noches fueron muy valora das por su capacidad de entreteni miento, aunque se consideraba que la poesía era Ja forma más elevada de literatura. En la antigua China, igualmente, las leyendas heroicas se consideraban más como una forma del folclore que como literatura, y los primeros textos escritos que reci bieron el estatus de clásicos fueron aquellos que preservaban la historia, las costumbres y la filosofía chinas. Con todo, junto a estos textos fac tuales se produjo una colección de odas que proporcionaron un mode lo a la poesía china durante siglos, poesía que alcanzó su culmen bajo los emperadores de la dinastía Tang. En el siglo xi, Japón, que había es tado dominado por la cultura china, produjo su propia literatura distintiva en japonés bajo la forma de relatos ficticios en prosa sobre la vida en la corte Heian, Estas narraciones, de- sarrolladas a partir de antiguas cró nicas de las dinastías reinantes, an ticipaban la emergencia de la novela en Europa.

miércoles, 7 de octubre de 2026

Antonio Espina (1894-1976) FRAGMENTOS



Prosa escogida

 

Espina, Antonio

 

Gloria Rey Faraldos (sel.)

 

 





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ArribaAbajoDivagaciones. Desdén

(Selección)


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ArribaAbajoLuz de la tarde

El malhumor se va resolviendo ondulatoriamente.

En el crepúsculo -algarabía del Poniente, que dijo un poeta-, la inquietud que devora nuestra vida urbana se entibia en la tonicidad del silencio, de la luz templada, de la hora discreta en el campo fino y frío de Madrid.

La estrecha vereda se pierde ante nosotros. La transparencia violeta de la tarde tiene tal fuerza que parece aromarnos de color. La sensibilidad se sutiliza como al roce de un secreto, y la meditación hermetiza duramente nuestro rostro.

Percibimos el arribo de inexplicables revuelos a nuestra alma, que sólo pudiéramos condensar en una sucesión de imágenes blancas: el claustro, el monje, el artista de videncias extrañas, el libro síntesis y la luminosidad de la frente del santo, que deshacen la significación de la existencia externa en un solo desprecio, sobre la sabia disciplina de la renunciación y la apacible profilaxis del olvido.

Es como una nueva ráfaga de emociones primitivas y perdidas. Madrid es una mancha grisácea, escalonada.

Cúpulas, siluetas rotas. Un trémolo goyesco que resbala por las tierras grises hasta las praderas del río. La ciudad demasiado grávida, y el cielo demasiado eléctrico. Paseamos con el paso lento de los paseos clásicos, por los clásicos lugares amigos: la Moncloa.

... Una pareja de la guardia civil nos mira al pasar como perdonándonos el habernos visto. Dos novios surgen de un rincón amable, sonrientes y azorados; porque las horas avanzan, y él, un horterita con una corbata terrible, quiere llegar pronto a la mercería; ella, una modistita rubia, va pensando en la disculpa que pondrá a la maestra.

Los organillos de la Bombilla promueven esa pedrea musical que los caracteriza. A distancia pierden lubricidad y adquieren cierta melancolía.

La Bombilla tiene un acorde estridente, como la Moncloa tiene un acorde opaco y sostenido, que recuerda la impresión geométrica y adusta de una piedra arrojada en un estanque.

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Todos estos modos se totalizan en esa sensación acre, floja, fina y trágica del paisaje de Madrid.

Nuestro yo solitario y paseante va desvaneciéndose al llegar a la Estación del Norte, donde hemos de coger el tranvía: tránsito al señor del tranvía, ese señor que seremos nosotros, mustio y desconocido, al bajar en la Puerta del Sol, en busca del cobijo de la casa y la necesidad de la cena.

Enguantados, abotonados, acomodados en el coche, caemos en las cuentas menudas de nuestra tarde: el paseo ha sido largo. Estoy un poco cansado. ¡Las siete ya! Bostezamos.

El caprichoso malhumor con que emprendimos la marcha se ha disuelto en este par de horas (discretas, benévolas) de soledad y crepúsculo.

Por eso al acercarse el cobrador, le alargamos nuestra moneda, murmurando dulzones:

-Sol.



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ArribaAbajoDiván y Moka

Un café de piano y violín y una peña de amigos son cosas imprescindibles para todo buen noctámbulo que sepa dignamente perder su tiempo.

Esto de perder el tiempo, como todo lo selecto, es un arte difícil al que sólo llegan las minorías de los elegidos. Exige finura de humor, escepticismo, seriedad, que sólo se dan en aquellos espíritus expertos que sólo piden atenuadas glosas a la vida, estimulantes fáciles al ensueño.

Y nada mejor glosados que el triunfo y la derrota en estos lugares tranquilos, donde la sonata desgrana tristezas en el piano y el tiempo pone epitafios invisibles en los mármoles blancos.

En la calle nieva, llueve, hay tempestad o clara luna. Es igual. Imperturbables como el Destino, irónicos como la Verdad, asentamos nuestra persona en el rojo diván que es nuestro trono, y murmuramos alegremente del ausente que es nuestro amigo. Nos entretiene todo. En todo ponemos un poco de episodio.

Un caballero viejo y pulcro que toma un vaso de leche lee La Correspondencia y se duerme.

Unos amantes que cuchichean en un rincón.

Unos señores que hacen muchos números y charlan de negocios...

Quizás el caballero viejo fue un héroe allá en las revueltas de la Gloriosa. Él, que ha comprendido muchas cosas en este mundo, comprende una cosa más y se duerme. Quizás los amantes fraguan ese eterno proyecto que nunca pasa de serlo. Se miman, disputan, se levantan, salen. Y los inconvencidos señores de las cifras, buscando el oro terco que tanto reluce en nuestro deseo, se enfurecen a base de matemáticas.

Personajes leves. Momentos serenos; telarañas de monotonía prendidas en la atmósfera de este café especial, de poca luz, poco público, pocos espejos. Para que tenga carácter, es preciso que el violinista maúlle de vez en cuando en su violín, y que el encargado del establecimiento sonría con burla cuando toquen a Beethoven.

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Es decir, un café que parezca una siesta, y una tertulia de amigos donde no falten los inevitables de la colección: el señor que todo lo sabe; el víctima, que todo lo ignora, y los demás, que mantienen sobre el concurso una mala voluntad flotante y amistosa.

Ya van quedando pocos santuarios de éstos.

También van quedando pocas personas que sepan pasarse horas y horas, medio tumbados en un diván, discutiendo bagatelas durante treinta años.

Triunfan, en cambio, el grosero tupí y la grosera industria, con sus turbas trabajadoras y metódicas.

Desaparecen el gesto, la filosofía, la pereza.

¿Dónde se meterán los hombres de mañana, suprimidos estos remansos de paz, cuando la noche de la ciudad, demasiado hostil, les desasosiegue e irrite? ¿En la cama? No.

La cama, si son personas de buen gusto, sólo les complacerá de día. ¡Que duerman de noche los que no tienen más quehacer que trabajar!

Ni el casino, ni el teatro (el grande por pedante y el chico por idiota), ni las reuniones caseras de lotería y novia o de cotillón y whist, sustituyen al viejo café modosito y callado, que sonríe en el cortejo vulgar de las noches de invierno.

¡Cuánto tenemos que agradecerle los que sabemos de la gratitud de su ambiente y la piedad suave de sus músicas!



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ArribaAbajoLa máscara triste

En la colección borrosa de los días, el carnaval tiene una significación extraña, como en la colección vulgar de los rostros, ciertas muecas atormentadas y rientes, cuyo misterio aparece en los ojos metálicos, en tanto que una risa falsa estremece los labios.

La alegría de Grecia, el refinamiento de Roma, la gracia del Renacimiento y la perversidad del «buen siglo» oscurecen con sus trapos de colores, venidos a menos, el verdadero deseo que late en la conciencia de la bulliciosa multitud abigarrada, que llena los paseos de la ciudad moderna, en los días carnavalescos.

La caterva pide un goce bárbaro y sensual que se perdió en el tiempo, y se divierte porque quiere divertirse.

Afortunadamente, todavía no ha aprendido la gran dificultad de divertirse en las diversiones.

Grotesco y sabio salto, el del que salta porque sí, porque vive su pierrot de seda, como antes o después, seguramente, vive su vida de hombre-hombre, con más pueril hombría (que es la mayor hombría) que los demás hombres.

Alegoría pagana de la fiesta de máscaras: confeti, serpentinas, bengalas, burlas y alcoholes, sin moraleja y sin imágenes; alegoría cristiana plena de trascendencias y diversidades, de pecadoras imágenes literarias y llorosas; papeles de colores rojos de sangre, amarillos de envidia, blancos, de nieve de culpas.

Estos dos términos marcan el contraste que promueven nuestra atención hacia este espectáculo anual y la pretensión infantil de desentrañarle. Podrá no tener argumento, pero es interesante.

Interesante, por el nuevo aspecto en que se revela el hombre mono revestido de percal.

Medio ácido, en él, se manifiesta nuestro fondo de lujuria y crueldad, más escondidos el resto del año detrás de las otras caretas. Se ve mejor lo poco que es necesario para conocernos todos: basta con taparnos la cara. Vemos también la necesidad de gritar, de regocijarnos a fuerza de chillidos y cantares.

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El hombre canta en los lugares solitarios para distraer su miedo. Grita para apagar su amargura, a pesar de todo, para no oírse a sí mismo.

(En el lienzo Entierro de la Sardina, de Goya, esta impresión fonética se da con gran violencia. Este lienzo parece un alarido. Suenan terriblemente las voces de sus caricaturas. Se presiente una mala ventura detrás del cuadro.)

Entre todas las máscaras de ese cortejo desenfrenado, hay una especie de máscara filosófica, máscara síntesis, que pasea su indiferencia y su humorismo entre el barullo ajeno. Avanza como si nada fuese con él. ¿Quién será? Acaso un probo funcionario oficinesco, maduro y cargado de hijos; un grave doctor ensimismado, un quídam, un aristócrata, un artista. No lo sé.

Cierto carnaval me entretuve en seguirle.

Vestía un dominó negro de botones rojos, careta blanca. Iba solo, taciturno, despacio, con las manos a la espalda. Desembocó por la calle de Alcalá, mezclado con la muchedumbre, siguió por la Castellana, hasta el Hipódromo. Allí bajose el antifaz y se puso a fumar tranquilamente.

Apreté el paso para alcanzarle, deseoso de verle el rostro, pero todo fue inútil. El humo espeso del cigarro le envolvía por completo... Luego emprendió el regreso, ya anochecido, al mismo paso y con la misma actitud. Siempre con el antifaz puesto, siempre taciturno.

En la Puerta del Sol compró un periódico y bostezó, metiéndose después por las callejas de los barrios antiguos cercanas a la Plaza Mayor. Al volver una esquina, creí verle meterse en un portal; pero al acercarme al sitio por donde había desaparecido, no vi nada. Nada. Allí no había puerta alguna.

Sólo un largo paredón perteneciente a un viejo palacio.

Iba a continuar mis curioseos, pasmado por la misteriosa desaparición, cuando percibí junto a mi oído, y sin que nadie la diese, una carcajada rápida, como un lamento. Más que deprisa me alejé de aquel sitio.

El suceso nada tenía de ilógico.

Mi máscara triste era una máscara simpática que había aprendido a desaparecer. Sólo yo ignoraba la manera de ver algo donde no hay nada.

Siempre me pasa igual con mis máscaras tristes. ¡Siempre me ocurre igual con mis carnavales! 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Prosa escogida

 

Espina, Antonio

 

Gloria Rey Faraldos (sel.)

 

 





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ArribaAbajoDivagaciones. Desdén

(Selección)


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ArribaAbajoLuz de la tarde

El malhumor se va resolviendo ondulatoriamente.

En el crepúsculo -algarabía del Poniente, que dijo un poeta-, la inquietud que devora nuestra vida urbana se entibia en la tonicidad del silencio, de la luz templada, de la hora discreta en el campo fino y frío de Madrid.

La estrecha vereda se pierde ante nosotros. La transparencia violeta de la tarde tiene tal fuerza que parece aromarnos de color. La sensibilidad se sutiliza como al roce de un secreto, y la meditación hermetiza duramente nuestro rostro.

Percibimos el arribo de inexplicables revuelos a nuestra alma, que sólo pudiéramos condensar en una sucesión de imágenes blancas: el claustro, el monje, el artista de videncias extrañas, el libro síntesis y la luminosidad de la frente del santo, que deshacen la significación de la existencia externa en un solo desprecio, sobre la sabia disciplina de la renunciación y la apacible profilaxis del olvido.

Es como una nueva ráfaga de emociones primitivas y perdidas. Madrid es una mancha grisácea, escalonada.

Cúpulas, siluetas rotas. Un trémolo goyesco que resbala por las tierras grises hasta las praderas del río. La ciudad demasiado grávida, y el cielo demasiado eléctrico. Paseamos con el paso lento de los paseos clásicos, por los clásicos lugares amigos: la Moncloa.

... Una pareja de la guardia civil nos mira al pasar como perdonándonos el habernos visto. Dos novios surgen de un rincón amable, sonrientes y azorados; porque las horas avanzan, y él, un horterita con una corbata terrible, quiere llegar pronto a la mercería; ella, una modistita rubia, va pensando en la disculpa que pondrá a la maestra.

Los organillos de la Bombilla promueven esa pedrea musical que los caracteriza. A distancia pierden lubricidad y adquieren cierta melancolía.

La Bombilla tiene un acorde estridente, como la Moncloa tiene un acorde opaco y sostenido, que recuerda la impresión geométrica y adusta de una piedra arrojada en un estanque.

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Todos estos modos se totalizan en esa sensación acre, floja, fina y trágica del paisaje de Madrid.

Nuestro yo solitario y paseante va desvaneciéndose al llegar a la Estación del Norte, donde hemos de coger el tranvía: tránsito al señor del tranvía, ese señor que seremos nosotros, mustio y desconocido, al bajar en la Puerta del Sol, en busca del cobijo de la casa y la necesidad de la cena.

Enguantados, abotonados, acomodados en el coche, caemos en las cuentas menudas de nuestra tarde: el paseo ha sido largo. Estoy un poco cansado. ¡Las siete ya! Bostezamos.

El caprichoso malhumor con que emprendimos la marcha se ha disuelto en este par de horas (discretas, benévolas) de soledad y crepúsculo.

Por eso al acercarse el cobrador, le alargamos nuestra moneda, murmurando dulzones:

-Sol.



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ArribaAbajoDiván y Moka

Un café de piano y violín y una peña de amigos son cosas imprescindibles para todo buen noctámbulo que sepa dignamente perder su tiempo.

Esto de perder el tiempo, como todo lo selecto, es un arte difícil al que sólo llegan las minorías de los elegidos. Exige finura de humor, escepticismo, seriedad, que sólo se dan en aquellos espíritus expertos que sólo piden atenuadas glosas a la vida, estimulantes fáciles al ensueño.

Y nada mejor glosados que el triunfo y la derrota en estos lugares tranquilos, donde la sonata desgrana tristezas en el piano y el tiempo pone epitafios invisibles en los mármoles blancos.

En la calle nieva, llueve, hay tempestad o clara luna. Es igual. Imperturbables como el Destino, irónicos como la Verdad, asentamos nuestra persona en el rojo diván que es nuestro trono, y murmuramos alegremente del ausente que es nuestro amigo. Nos entretiene todo. En todo ponemos un poco de episodio.

Un caballero viejo y pulcro que toma un vaso de leche lee La Correspondencia y se duerme.

Unos amantes que cuchichean en un rincón.

Unos señores que hacen muchos números y charlan de negocios...

Quizás el caballero viejo fue un héroe allá en las revueltas de la Gloriosa. Él, que ha comprendido muchas cosas en este mundo, comprende una cosa más y se duerme. Quizás los amantes fraguan ese eterno proyecto que nunca pasa de serlo. Se miman, disputan, se levantan, salen. Y los inconvencidos señores de las cifras, buscando el oro terco que tanto reluce en nuestro deseo, se enfurecen a base de matemáticas.

Personajes leves. Momentos serenos; telarañas de monotonía prendidas en la atmósfera de este café especial, de poca luz, poco público, pocos espejos. Para que tenga carácter, es preciso que el violinista maúlle de vez en cuando en su violín, y que el encargado del establecimiento sonría con burla cuando toquen a Beethoven.

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Es decir, un café que parezca una siesta, y una tertulia de amigos donde no falten los inevitables de la colección: el señor que todo lo sabe; el víctima, que todo lo ignora, y los demás, que mantienen sobre el concurso una mala voluntad flotante y amistosa.

Ya van quedando pocos santuarios de éstos.

También van quedando pocas personas que sepan pasarse horas y horas, medio tumbados en un diván, discutiendo bagatelas durante treinta años.

Triunfan, en cambio, el grosero tupí y la grosera industria, con sus turbas trabajadoras y metódicas.

Desaparecen el gesto, la filosofía, la pereza.

¿Dónde se meterán los hombres de mañana, suprimidos estos remansos de paz, cuando la noche de la ciudad, demasiado hostil, les desasosiegue e irrite? ¿En la cama? No.

La cama, si son personas de buen gusto, sólo les complacerá de día. ¡Que duerman de noche los que no tienen más quehacer que trabajar!

Ni el casino, ni el teatro (el grande por pedante y el chico por idiota), ni las reuniones caseras de lotería y novia o de cotillón y whist, sustituyen al viejo café modosito y callado, que sonríe en el cortejo vulgar de las noches de invierno.

¡Cuánto tenemos que agradecerle los que sabemos de la gratitud de su ambiente y la piedad suave de sus músicas!



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ArribaAbajoLa máscara triste

En la colección borrosa de los días, el carnaval tiene una significación extraña, como en la colección vulgar de los rostros, ciertas muecas atormentadas y rientes, cuyo misterio aparece en los ojos metálicos, en tanto que una risa falsa estremece los labios.

La alegría de Grecia, el refinamiento de Roma, la gracia del Renacimiento y la perversidad del «buen siglo» oscurecen con sus trapos de colores, venidos a menos, el verdadero deseo que late en la conciencia de la bulliciosa multitud abigarrada, que llena los paseos de la ciudad moderna, en los días carnavalescos.

La caterva pide un goce bárbaro y sensual que se perdió en el tiempo, y se divierte porque quiere divertirse.

Afortunadamente, todavía no ha aprendido la gran dificultad de divertirse en las diversiones.

Grotesco y sabio salto, el del que salta porque sí, porque vive su pierrot de seda, como antes o después, seguramente, vive su vida de hombre-hombre, con más pueril hombría (que es la mayor hombría) que los demás hombres.

Alegoría pagana de la fiesta de máscaras: confeti, serpentinas, bengalas, burlas y alcoholes, sin moraleja y sin imágenes; alegoría cristiana plena de trascendencias y diversidades, de pecadoras imágenes literarias y llorosas; papeles de colores rojos de sangre, amarillos de envidia, blancos, de nieve de culpas.

Estos dos términos marcan el contraste que promueven nuestra atención hacia este espectáculo anual y la pretensión infantil de desentrañarle. Podrá no tener argumento, pero es interesante.

Interesante, por el nuevo aspecto en que se revela el hombre mono revestido de percal.

Medio ácido, en él, se manifiesta nuestro fondo de lujuria y crueldad, más escondidos el resto del año detrás de las otras caretas. Se ve mejor lo poco que es necesario para conocernos todos: basta con taparnos la cara. Vemos también la necesidad de gritar, de regocijarnos a fuerza de chillidos y cantares.

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El hombre canta en los lugares solitarios para distraer su miedo. Grita para apagar su amargura, a pesar de todo, para no oírse a sí mismo.

(En el lienzo Entierro de la Sardina, de Goya, esta impresión fonética se da con gran violencia. Este lienzo parece un alarido. Suenan terriblemente las voces de sus caricaturas. Se presiente una mala ventura detrás del cuadro.)

Entre todas las máscaras de ese cortejo desenfrenado, hay una especie de máscara filosófica, máscara síntesis, que pasea su indiferencia y su humorismo entre el barullo ajeno. Avanza como si nada fuese con él. ¿Quién será? Acaso un probo funcionario oficinesco, maduro y cargado de hijos; un grave doctor ensimismado, un quídam, un aristócrata, un artista. No lo sé.

Cierto carnaval me entretuve en seguirle.

Vestía un dominó negro de botones rojos, careta blanca. Iba solo, taciturno, despacio, con las manos a la espalda. Desembocó por la calle de Alcalá, mezclado con la muchedumbre, siguió por la Castellana, hasta el Hipódromo. Allí bajose el antifaz y se puso a fumar tranquilamente.

Apreté el paso para alcanzarle, deseoso de verle el rostro, pero todo fue inútil. El humo espeso del cigarro le envolvía por completo... Luego emprendió el regreso, ya anochecido, al mismo paso y con la misma actitud. Siempre con el antifaz puesto, siempre taciturno.

En la Puerta del Sol compró un periódico y bostezó, metiéndose después por las callejas de los barrios antiguos cercanas a la Plaza Mayor. Al volver una esquina, creí verle meterse en un portal; pero al acercarme al sitio por donde había desaparecido, no vi nada. Nada. Allí no había puerta alguna.

Sólo un largo paredón perteneciente a un viejo palacio.

Iba a continuar mis curioseos, pasmado por la misteriosa desaparición, cuando percibí junto a mi oído, y sin que nadie la diese, una carcajada rápida, como un lamento. Más que deprisa me alejé de aquel sitio.

El suceso nada tenía de ilógico.

Mi máscara triste era una máscara simpática que había aprendido a desaparecer. Sólo yo ignoraba la manera de ver algo donde no hay nada.

Siempre me pasa igual con mis máscaras tristes. ¡Siempre me ocurre igual con mis carnavales!

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