domingo, 25 de octubre de 2026

Errores más comunes de los escritores noveles. Por Dr. Enrico Pugliatti y Méndez - Limbrick.

 


Los errores más frecuentes de los escritores jóvenes, no empezaría por los problemas de estilo, sino por los errores de visión. La técnica puede aprenderse; la mirada literaria, en cambio, tarda años en formarse.

1. Querer publicar antes de aprender a reescribir

Muchos jóvenes creen que escribir es redactar un primer borrador. En realidad, escribir es corregir.

El manuscrito suele nacer mediocre. La literatura aparece durante las revisiones.

2. Confundir complejidad con profundidad

Llenan los textos de palabras difíciles, referencias filosóficas o estructuras enrevesadas.

Pero la profundidad no nace de la oscuridad. Un párrafo de Borges parece sencillo y, sin embargo, contiene un universo.

3. Imitar demasiado a sus maestros

Tras descubrir a Kafka, quieren escribir como Kafka. Tras descubrir a Cortázar, quieren escribir como Cortázar.

Es una etapa normal, pero algunos nunca salen de ella.

La voz propia surge cuando las influencias se vuelven invisibles.

4. Creer que la inspiración es suficiente

Esperan la llegada de las musas.

Los grandes escritores suelen trabajar incluso sin inspiración.

La disciplina produce más páginas que el entusiasmo.


5. Enamorarse de cada frase

Todo escritor debe aprender a sacrificar páginas excelentes cuando perjudican el conjunto.

Una hermosa descripción puede arruinar el ritmo de una novela.

6. Explicar demasiado

No confían en el lector.

Entonces explican sentimientos, símbolos y motivaciones una y otra vez.

El lector disfruta descubriendo.

Cuando el escritor lo explica todo, mata el misterio.

7. Crear personajes sin contradicciones

Los personajes perfectos son aburridos.

Los seres humanos son contradictorios:

  • valientes y cobardes,
  • generosos y egoístas,
  • sinceros y mentirosos.

La contradicción crea vida.

8. Descuidar la lectura

Sorprendentemente, muchos quieren escribir más de lo que leen.

Un escritor es, ante todo, un lector insaciable.

Quien deja de leer empieza a repetirse.

9. Buscar aprobación inmediata

La literatura es una carrera de décadas.

La fama instantánea suele durar menos que una buena página.

10. Confundir tema con historia

Tienen ideas enormes:

  • la muerte,
  • Dios,
  • el tiempo,
  • el mal,
  • la memoria.

Pero olvidan que el lector sigue a personas concretas.

No se enamora de una idea. Se enamora de un personaje.

11. Temer al fracaso

Muchos abandonan tras recibir una crítica negativa.

Sin embargo:

  • Kafka publicó poco.
  • Melville murió prácticamente olvidado.
  • Pessoa pasó gran parte de su vida en la sombra.

La historia literaria está llena de derrotas provisionales.

12. Escribir para parecer inteligentes

Este es quizá el error más peligroso.

Cuando el autor intenta impresionar, el lector lo percibe.

Cuando intenta decir una verdad humana, el lector lo acompaña.



13. No confiar en su obsesión personal

Muchos jóvenes abandonan el tema que verdaderamente los persigue porque creen que no interesará a nadie.

Pero la gran literatura suele nacer precisamente de una obsesión.

Faulkner tenía el sur profundo. Lovecraft tenía el horror cósmico. Borges tenía los laberintos y el tiempo. Proust tenía la memoria.

Y cada escritor auténtico posee su propio fantasma.

La cuestión no es encontrar un tema nuevo.

La cuestión es encontrar aquello que uno no puede dejar de escribir.


viernes, 23 de octubre de 2026

El hombre de la cama Un análisis de El escarabajo, de Richard Marsh/ VIERNES RELATO FANTÁSTICO O INQUIETANTE

 



El hombre de la cama

Un análisis de El escarabajo, de Richard Marsh

Conversación  entre el Dr. Enrico Pugliatti y Méndez-Limbrick

Pugliatti:

Lo primero que debemos advertir es que no estamos leyendo una escena de horror físico, sino una escena de sometimiento espiritual.

El narrador no es atacado.

No es herido.

No es perseguido.

Es obediente.

Y esa obediencia constituye el verdadero terror.

La novela rompe con una tradición gótica en la que el monstruo amenaza desde el exterior. Aquí la amenaza invade la voluntad. Desde las primeras órdenes:

«¡No se mueva!»

«¡Dese la vuelta!»

el protagonista deja de ser sujeto para convertirse en objeto.

No actúa.

Es actuado.

La degradación comienza antes incluso de que aparezca el monstruo.


Méndez-Limbrick:

Estoy de acuerdo, pero creo que hay algo aún más perturbador.

La criatura no produce miedo porque sea monstruosa.

Produce miedo porque parece estar leyendo una verdad íntima.

Cuando Holt afirma:

"Creo que leyó mi alma"

está expresando mucho más que una metáfora.

La criatura posee una mirada que anula las máscaras sociales.

No le interesa el administrativo.

No le interesa el desempleado.

Le interesa el ser desnudo.

Y por eso el desnudamiento posterior tiene una importancia inmensa.


Pugliatti:

Excelente observación.

En realidad existen dos desnudos sucesivos.

El primero es psicológico.

El segundo es corporal.

Antes de quitarse la ropa, Holt ya ha sido despojado de sus defensas interiores.

La criatura conoce:

  • su miseria;
  • su hambre;
  • su soledad;
  • su fracaso.

Solo después viene el desnudamiento físico.

Richard Marsh construye así una ceremonia de desposesión.

Cada orden elimina una capa de identidad.


Méndez-Limbrick:

Y no olvidemos la descripción física.

A mi juicio es una de las más extraordinarias del gótico victoriano.

Marsh no describe un cadáver.

Tampoco un demonio.

Tampoco un vampiro.

Describe una anomalía.

La criatura parece una mezcla imposible:

  • ave rapaz;
  • anciano centenario;
  • embrión humano;
  • insecto.

Cada rasgo contradice a los demás.

La mente intenta clasificarla y fracasa.

Y cuando la imaginación fracasa en clasificar algo, nace la inquietud.


Pugliatti:

Precisamente.

La ausencia de barbilla me parece un detalle genial.

Los grandes escritores de horror saben que el terror reside en las desviaciones mínimas de la forma humana.

Una nariz gigantesca.

Una cabeza demasiado pequeña.

Unos ojos excesivos.

La falta de barbilla.

No son deformidades imposibles.

Son deformidades plausibles.

Y por eso resultan insoportables.


Méndez-Limbrick:

Pero los ojos...

Debemos hablar de los ojos.

Creo que toda la escena está construida para conducir hacia ellos.

Observe el movimiento.

Primero aparece la luz.

Luego el rostro.

Luego la desproporción.

Finalmente los ojos.

Y cuando llegan los ojos ya estamos preparados para lo peor.

La criatura termina siendo ojos.

Ojos que sustituyen a la personalidad.

Ojos que sustituyen al cuerpo.

Ojos que sustituyen incluso a la narración.


Pugliatti:

Ahí encontramos uno de los elementos más modernos del texto.

La mirada es poder.

El monstruo no necesita cadenas.

La mirada ya es una cadena.

No necesita armas.

La mirada ya es un arma.

El protagonista describe exactamente lo que siglos después estudiarían los psicólogos cuando hablan de dominación mental y sugestión.


Méndez-Limbrick:

Y sin embargo reducir la escena al hipnotismo sería empobrecerla.

Hay un símbolo más profundo.

La criatura envidia.

Observe cómo contempla la piel blanca de Holt.

Observe cómo contempla su capacidad para comer.

Observe la insistencia casi dolorosa con que menciona aquello que el joven posee.

Yo diría que no estamos ante un depredador.

Estamos ante un ser privado de humanidad.

Y lo que contempla en Holt es precisamente aquello que ha perdido.


Pugliatti:

Magnífico.

Por eso la escena adquiere un matiz casi vampírico.

No porque chupe sangre.

Sino porque ansía una condición vital que le está vedada.

La juventud.

La carne.

La energía.

La existencia humana.

La criatura tiene hambre de ser.


Méndez-Limbrick:

Y el capítulo concluye de la única manera posible.

Con la oscuridad.

No una oscuridad física.

Una oscuridad ontológica.

Cuando Holt cae al suelo ya ha dejado de pertenecerse.

La luz se apaga porque la conciencia se apaga.

Lo que viene después ya no será una lucha entre dos personajes.

Será una lucha entre dos voluntades.

O peor aún:

entre una voluntad y una ausencia de voluntad.


Veredicto conjunto

Pugliatti:

Este capítulo demuestra que el horror más refinado no consiste en mostrar monstruos.

Consiste en mostrar cómo una persona deja de ser ella misma.

Méndez-Limbrick:

Y por eso El escarabajo sigue perturbando más de un siglo después.

Porque el verdadero monstruo no es esa criatura amarilla que yace en la cama.

El verdadero monstruo es la posibilidad de que alguien llegue a ocupar nuestra mente y piense por nosotros.


Para este lector, una de las escenas más inquietantes del gótico fin de siglo. No porque describa lo imposible, sino porque hace sospechar que la voluntad humana es mucho más frágil de lo que nos gusta creer.

FERNANDO VILLALÓN ANTOLOGÍA POÉTICA Edición de Dolores Zamudio Sierra

 


Sepa el curioso lector de estas líneas, que tiene en sus manos el primer volumen de una colección. Una de las tres que en este año, de recordatorios y fastos sobre desastres y naci mientos, ha sacado a luz la Fundación Femando Villalón. Y al decir colecciones no crea el lector que tratamos de encender en él la pasión de coleccionista y el deseo de la ad quisición futura (que por otra parte, tampoco estaría mal), es tan solo que a partir de este volumen estamos haciendo público el compromiso de la Fundación de dar continuidad y sentido a su servicio de publicaciones. 

Continuidad, al plantear que la edición de publicaciones no puede ser un deseo ocasional al amparo del viento político o la oportunidad reciente, sino el hábito consciente de poner perió dicamente en manos del interesado un conjunto de obras que puedan llegar a ser puntos de referencia para comprender y disfrutar de aquello que los moronenses somos o, acaso, preten demos ser. 

Sentido, al comprender que una publicación local no tiene por qué ser localista, que usted, lector, ha adquirido o quizá se esté pensando en adquirir este libro no por la obligación de “lo hecho en Morón” sino por haber encontrado, desde su particu lar interés y gusto, el libro que disfrutará leyendo. Por eso ha nacido la colección “Literaria”. Para poder ofre cer la literatura realizada por autores vinculados de una u otra manera a Morón o que hayan escrito desde la perspectiva de lo local. Pero sin renunciar a la calidad necesaria para que llegue a todo aquel que en algún momento quiera disfrutar del placer de la imaginación y el sentimiento o la emoción de la buena literatura. Y esta obra, en concreto, reúne todas estas condiciones. 

Lo de menos es la obligación para con el poeta bajo cuyo nombre nos amparamos. Lo importante es la necesidad que existía de poder ofrecer una línea de partida para acercar y difundir una obra poética de un escritor, D. Femando Villalón-Daoiz y Halcón, que apasiona a todo aquel que alguna vez ha tenido la oportunidad de apreciar sus creaciones, que deslumbra por la fuerza de su sentido poético y que, desgraciadamente, no se conoce tanto como su genio merece.

 Esperamos, por tanto, que esta antología que presentamos gracias al magnífico trabajo y a la sensibilidad de su editora, Dolores Zamudio, pueda contribuir a redescubrir al “poeta de Andalucía la Baja” o, por lo menos, a que usted, lector, se deje seducir por la poesía de quien una vez necesitó escribir Con la pluma o con el cuerpo. Sin ropa de nadie. Sin levitas de academia, sin chaquets de sabios, sin trincheras de señorito. Sin la blusa del obrero tampoco; y libres y sin ropa y los pulmones plenos de respirar atrocidades bellas”. Diego Fernández González Vicepresidente del Patronato Municipal de Cultura Fundación Femando Villalón.

jueves, 22 de octubre de 2026

La persecución y el arte de escribir Leo Strauss Amorrortu editores Buenos Aires - Madrid. Fragmento.


  

Prefacio

 Estos ensayos han sido reunidos aquí en un volumen, primordialmente, en atención al hecho de que todos ellos se ocupan de un único problema: el de la relación entre filosofía y política. En la Introducción, he intentado for mularlo desde el lado de la filosofía. En el artículo «La persecución y el arte de escribir», procuré dilucidarlo te niendo en cuenta ciertos fenómenos políticos bien conoci dos de nuestro siglo. Como sostengo en la Introducción, me familiaricé con el problema mencionado mientras es tudiaba la filosofía judía e islámica de la Edad Media. Los tres últimos ensayos de esta recopilación se ocupan del tema tal como este se presenta en los escritos de los dos pensadores medievales judíos más famosos (Halevi y Maimónides) y de Spinoza, a quien se ha calificado, de manera no del todo equivocada, como «el último de los medievales». Para la Introducción, recurrí con libertad a mi artícu lo «Farabi’s Plato» (Louis Ginzberg Jubilee Volume, American Academy for Jewish Research, Nueva York, XV, 1945, págs. 357-93). «Persecution and the art of writ- ing» fue publicado por primera vez en Social Research, noviembre de 1941, págs. 488-504. «The literary character of The Guide for the Perplexed» había aparecido previa mente en S. W. Barón (ed.), Essays on Maimónides, Nue va York: Columbia University Press, 1941, págs. 37-91. «The law of reason in the Kuzari» se publicó con anteriori dad en los Proceedings of the American Academy for Jewish Research, Xm, 1943, págs. 47-96. «How to study Spinoza’s Theologico-Political Treatise» se publicó originalmente en los mismos Proceedings, XVII, 1948, págs. 69-131. 

9 Deseo agradecer a los editores y a los propietarios de los derechos de las mencionadas obras o publicaciones periódicas su amable permiso para reeditar los ensayos. L. S. 10 i 1. Introducción La temática de la que tratan los siguientes ensayos se incluye, cabe decir, dentro de la jurisdicción de la sociolo gía del conocimiento. Esta última no se limita al estudio del conocimiento propiamente dicho. Por ser crítica res pecto de sus fundamentos mismos, estudia de manera imparcial todo cuanto pretenda ser conocimiento, ade más del conocimiento auténtico. En consecuencia, sería esperable que dedicara también alguna atención a la búsqueda del auténtico conocimiento de la totalidad, o sea, a la filosofía. 

De manera tal, la sociología de la filoso fía parecería ser una subdivisión legítima de la sociolo gía del conocimiento. Puede decirse que los ensayos reu nidos en esta obra proporcionan material útil para una futura sociología de la filosofía. No podemos evitar preguntamos por qué no existe hoy una sociología de la filosofía. Sería desconsiderado sugerir que los fundadores de la sociología del conoci miento desconocían la filosofía o que no creían en su po sibilidad. Lo que podemos señalar sin equivocarnos es que el filósofo se les presentaba, pasado un tiempo o des de un principio, como miembro de una abigarrada mu chedumbre a la que llamaban «los intelectuales» o «los Sabios». La sociología del conocimiento apareció en una sociedad que daba por sentada la armonía esencial entre pensamiento y sociedad o entre progreso intelectual y progreso social. Se ocupaba más de la relación de los di ferentes tipos de pensamiento con los diferentes tipos de sociedad, que de la relación fundamental del pensamien to en cuanto tal con la sociedad en cuanto tal. No perci bía un problema práctico grave en esa relación funda 11 mental. Tendía a ver a las distintas filosofías como expo nentes de distintas sociedades, clases o espíritus étnicos. Omitía tener en cuenta la posibilidad de que todos los fi lósofos constituyeran por sí mismos una clase, o de que aquello que une a todos los filósofos auténticos fuera más importante que lo que une a un determinado filósofo con un grupo particular de no filósofos. Esta omisión puede remontarse directamente a la insuficiencia de la infor mación histórica sobre la cual se erigió el edificio de la so ciología del conocimiento. 

El conocimiento de primera mano que los primeros sociólogos del conocimiento te nían a su disposición se limitaba, a todos los fines prácti cos, a lo que estos sabían del pensamiento occidental del siglo XIX y principios del siglo XX. Para comprender la necesidad de una sociología de la filosofía debemos remitimos a otras épocas, si no a otros climas. En lo que a mí respecta, me topé con fenómenos cuya comprensión exige una sociología del conocimiento mientras estudiaba la filosofía judía e islámica de la Edad Media. 

Hay un notable contraste entre el nivel de compren sión actual del escolasticismo cristiano y nuestra com prensión de la filosofía medieval islámica y judía. En úl tima instancia, este contraste se debe a que los estudio sos más destacados del escolasticismo cristiano creen en la importancia filosófica inmediata de su tema, mientras que los estudiosos más destacados de la filosofía medie val islámica y judía suelen considerar que su tema sólo es de interés histórico. El renacimiento del escolasticis mo cristiano ha dado origen a un interés filosófico en la filosofía medieval islámica y judía: Averroes y Maimóni- des parecían ser las contrapartes islámica y judía de To más de Aquino; pero, desde el punto de vista del escolas ticismo cristiano y, por cierto, desde la perspectiva de cualquier posición que acepte el principio mismo de la fe, es probable que la filosofía medieval islámica y judía aparezca como inferior a ese escolasticismo y, en el mejor de los casos, sólo como indicios que muestran el camino 12 hacia el enfoque característico de este último.1 Si la filo sofía medieval islámica y judía ha de ser entendida en forma adecuada, debe presentar un interés filosófico, y no meramente anticuario; y esto, a su vez, requiere que dejemos de considerarla como la contrapartida del esco lasticismo cristiano. Para reconocer la diferencia fundamental entre el es colasticismo cristiano, por una parte, y la filosofía medie val islámica y judía, por la otra, haríamos bien en partir de la diferencia más obvia: la relacionada con las fuentes literarias. Esta diferencia es particularmente notoria en el caso de la filosofía práctica o política. El lugar que en el escolasticismo cristiano ocupan la Política de Aristóte les, Cicerón y el derecho romano, en la filosofía islámica y judía lo ocupan la República y las Leyes de Platón. Mien tras que en Occidente la República y las Leyes fueron re cuperadas recién en el siglo XV, estas obras habían sido traducidas al árabe ya en el siglo EX. Dos de los más céle bres filósofos islámicos escribieron comentarios sobre ellas: Al-Farabi se ocupó de las Leyes y Averroes de la República. 

La diferencia mencionada implicaba una di ferencia no sólo respecto del contenido de la filosofía polí tica, sino también, y sobre todo, respecto de su importan cia para el conjunto de la filosofía. Al-Farabi, a quien Maimónides, el más grande pensador judío de la Edad Media, consideraba el más importante de los filósofos islámicos y, de hecho, la mayor autoridad filosófica des pués de Aristóteles, se inspiraba tanto en la República de Platón que presentó la totalidad de la filosofía propia mente dicha dentro de un marco político. La obra de Al- Farabi que Maimónides recomendaba en especial consta de dos partes: la primera se ocupa de Dios y el universo, y la segunda, de la ciudad; el autor la tituló Los gobiernos políticos. Una obra que Al-Farabi compuso en forma pa ralela lleva por título Los principios de las opiniones del 1 Compárese el comentario de Isaac Abravanel sobre Josué, X, 12 (ed. Francfort, 1736, folios 21-22). 13 pueblo de la ciudad virtuosa; en los manuscritos que he consultado se la llama «un libro político». 

Es significativo que Al-Farabi fuera decididamente menos conocido para el escolasticismo cristiano que Avicena y Averroes.2 A fin de entender estas obvias diferencias debemos tomar en consideración la diferencia esencial entre el ju daismo y el islam, por una parte, y el cristianismo, por la otra. La Revelación, tal como la entienden judíos y mu sulmanes, tiene el carácter de Ley (torá, sharia), más que de Fe.3 En consecuencia, lo que primero salta a la vista en las reflexiones de los filósofos islámicos y judíos sobre la Revelación no es un credo o un conjunto de dog mas, sino un orden social, si bien un orden omnicompren- sivo, que no se limita a regular las acciones, sino también los pensamientos o las opiniones. La Revelación así en tendida se presta a que los filósofos fieles la interpreten como la ley perfecta, el orden político perfecto. Como filósofos, los falasifa,4 —así se los llamaba— procuraban llegar a una comprensión perfecta del fenómeno de la Revelación. Sin embargo, esta sólo es inteligible para el hombre en la medida en que ocurre gracias a la interme diación de causas secundarias o en que es un fenómeno natural. 

El medio a través del cual Dios se revela al hom bre es un profeta, vale decir, un ser humano. Los falasifa intentaron, por consiguiente, entender el proceso de la Revelación como esencialmente relacionado con una peculiar perfección «connatural» o idéntico a ella: de he cho, la perfección suprema del hombre. Como filósofos fieles, los falasifa estaban obligados a justificar su bús queda de la filosofía ante el tribunal de la Ley Divina. Dada la importancia que le atribuían a la filosofía, se 2 Véase Church History, XV, 1946, pág. 62. Louis Gardet y M.-M. Anawati, Introduction á la théologie musulmane, París, 1948, pág. 245: «les Farabi, les Avicenne, les Averroes. Deux noms émergérent (en chré- tienté): Avicenne (...) eí plus tard Averroes». 3 Compárese, por ejemplo, Gardet y Anawati, Introduction a la théo logie. .., op. cit., págs. 332, 335 y 407. 4 Transcripción árabe de la palabra griega que significa «filósofos». 14 veían, así, impulsados a interpretar la Revelación como el orden político perfecto, que es perfecto precisamente porque impone a los hombres más capacitados el deber de dedicar su vida a la filosofía. 

Con este propósito, tu vieron que dar por sentado que el fundador del orden perfecto, el legislador profético, no era un mero estadista del rango más elevado, sino también, al mismo tiempo, un filósofo de la más alta jerarquía. Debieron concebir al legislador profético como un filósofo-rey o como la perfec ción suprema del filósofo-rey. Sin embargo, los filósofos- reyes y las comunidades gobernadas por ellos no cons tituían el tema de la política aristotélica, sino de la políti ca platónica. Y las leyes divinas, que no se limitan a pres cribir acciones sino también opiniones sobre las cosas divinas, eran el tema, en particular, de las Leyes de Pla tón. Por lo tanto, no resulta sorprendente que, según Avicena, la disciplina filosófica que se ocupa de la profe cía sea la filosofía política o la ciencia política: la obra canónica sobre la profecía son las Leyes de Platón, puesto que la función específica del profeta, como dice Averroes, o del más grande de los profetas, como sugiere Maimóni- des, es la legislación del tipo más elevado. En el período que estamos considerando, las Leyes de Platón se conocían como «las leyes racionales (nomoi) de Platón». Los falasifa aceptaban, pues, la idea de que hay «leyes racionales». Sin embargo, rechazaban la idea de «mandamientos racionales». Esta última noción había sido utilizada por una escuela de lo que podríamos lla mar «teología islámica» (kalarn), y ciertos pensadores judíos la habían adoptado. Se correspondía con la noción cristiana de «derecho natural», que puede identificarse con la «ley de la razón» y la «ley moral». 

Con el rechazo de la idea de «mandamientos racionales», los falasifa daban a entender que los principios de la moralidad no son ra cionales, sino «probables» o «generalmente aceptados». Las «leyes racionales» (nomoi) que ellos admitían se dis tinguen de los «mandamientos racionales» o del derecho natural por el hecho de no tener carácter obligatorio. La 15 doctrina estoica del derecho natural, que fue transmiti da al mundo occidental principalmente a través de Cice rón y algunos juristas romanos, no influyó en la filosofía práctica o política de los falasifa. La intransigencia filosófica de los falasifa no ha sido apreciada lo suficiente en las interpretaciones aceptadas de sus doctrinas.5 Esto se debe, en parte, a la reticencia de los propios falasifa. Las mejores claves de sus intencio nes se encuentran en los escritos de hombres como Yehu- da Halevi y Maimónides. Puede pensarse que el valor del testimonio de estos grandes hombres queda menoscaba do por el hecho de que se oponían a los falasifa; sin em bargo, algunos escritos de Al-Farabi confirman la inter pretación sugerida por Halevi y Maimónides. En el esta do actual de nuestros conocimientos, resulta imposible decir en qué medida los sucesores de Al-Farabi aceptaron sus opiniones respecto del punto crucial; pero no puede caber duda de que esas opiniones actuaron como un fer mento mientras la filosofía ejerció alguna influencia so bre el pensamiento islámico y judío. Al-Farabi expresó su pensamiento con suma claridad en su breve tratado sobre la filosofía de Platón.

6 * El Platón constituye la segunda y más breve parte de una obra tri partita que, al parecer, se titulaba Sobre los propósitos de Platón y de Aristóteles, y que Averroes cita como Las dos filosofías? La tercera parte, que todavía no fue edi tada, se ocupa de la filosofía de Aristóteles. En la prime ra parte (El camino de la felicidad), Al-Farabi explica las cosas humanas indispensables para producir la felicidad 5 Véase Gardet y Anawati, Introduction á la théologie. .., op. cit., págs. 268-72 y 320-4. 6 El título completo es «La filosofía de Platón, sus partes y los grados de dignidad de sus partes, desde el comienzo hasta el final». El original ha sido editado, anotado y traducido al latín por F. Rosenthal y R. Wal- zer CAlfarabius De Platonis Philosophia, Londres, 1943). ^ Este último título también es utilizado por un contemporáneo de Averroes, Yosef ibn Aknin (véase Abraham S. Halkin, «Ibn Aknin’s com- mentary on the Song o£Songs»,AlexanderMarxJubilee Volume, Nueva York, 1950, pág. 423). 16 completa de las naciones y de las ciudades. El principal requisito no es otro que la filosofía o, más bien, el gobier no de los filósofos, porque «el significado de Filósofo, Pri mer Conductor, Rey, Legislador e Imán es uno y el mis mo». 

El origen platónico de la tesis rectora es evidente y, por añadidura, lo confirma el autor mismo. Este termina la primera parte con la observación de que la filosofía, tal como la describió con anterioridad, tiene su raíz en Pla tón y Aristóteles, que «nos han dado la filosofía» junto con «los caminos hacia ella y el camino hacia su introduc ción después de haber sido desvirtuada o destruida»; y agrega que, como se verá con claridad a partir de la pre sentación de las filosofías de Platón y Aristóteles, en las dos partes siguientes, el propósito de uno y otro era uno y el mismo. En Sobre los propósitos de Platón y de Aristóte les, de Al-Farabi, dos detalles nos sorprenden en grado sumo. La obra debe su origen a la intención de restaurar la filosofía «después de haber sido desvirtuada o destrui da», y se ocupa más del propósito común a Platón y Aris tóteles que del acuerdo o desacuerdo en los resultados de sus investigaciones. 

Lo que Al-Farabi consideraba el propósito de los dos filósofos y, en consecuencia, el propó sito lisa y llanamente acertado surge, con toda la clari dad que sería razonable desear, de su resumen de la filo sofía de Platón; no hay ninguna otra fuente. Es probable que este propósito demuestre la finalidad latente de to dos los falasifa propiamente dichos. De este modo, el Platón de Al-Farabi probaría ser la clave por excelencia para la falsafa;8 en cuanto tal. Según Al-Farabi, Platón inició su indagación con la cuestión relativa a la esencia de la perfección del hombre o de su felicidad y llegó a la conclusión de que esa felicidad consiste en cierta ciencia y cierto modo de vida. La cien cia de que se trata no es sino la ciencia de la esencia de todo ser, y el arte que la facilita no es otro que la filosofía. En cuanto al modo de vida, el arte que lo facilita es el ar 8 Transcripción árabe de la palabra griega que significa «filosofía». 17 te regia o política. Sin embargo, dado que el filósofo y el rey resultan ser idénticos, la filosofía no sólo es necesaria de por sí, sino suficiente para producir felicidad; y para producirla, la filosofía no necesita complemento ningu no, ni nada que se considere de jerarquía superior a ella.

 El propósito de Platón o de Aristóteles, tal como lo conce bía Al-Farabi, queda sobradamente revelado en este elo gio, al parecer convencional, de la filosofía. El elogio de la filosofía tiene la intención de refutar cualquier pretensión de valor cognitivo que pueda aducir se en favor de la religión en general y de la religión reve lada en particular, porque la filosofía a la que Al-Farabi concede su alabanza irrestricta es la filosofía de los paga nos Platón y Aristóteles. En su Catálogo de las ciencias, presenta las «ciencias islámicas» (fiqh y kalarrí) como corolarios de la ciencia política. Con este solo hecho, las actividades en cuestión dejan de ser islámicas: se con vierten en las artes de interpretar y defender cualquier ley divina o cualquier religión positiva. Toda oscuridad aparente que pudiera haber en el Catálogo, toda ambi güedad, se evita en el Platón. Por boca de Platón, Al-Fa rabi declara que ni la especulación religiosa, ni la inves tigación religiosa de los entes, y tampoco el arte silogísti ca religiosa, proporcionan la ciencia de los entes, en la que consiste la mayor perfección del hombre, mientras que la filosofía sí lo hace. Llega al extremo de presentar el conocimiento religioso como el peldaño más bajo en la escala de las actividades cognitivas, inferior incluso a la gramática y la poesía. El propósito del Platón en su con junto deja en claro que este veredicto no resulta afectado si se sustituye el conocimiento religioso disponible en tiempos de Platón por el que se tenía en tiempos de Al- Farabi. Al comienzo del tratado El camino de la felicidad, que sirve de prefacio a sus resúmenes de las filosofías de Pla tón y Aristóteles, Al-Farabi emplea la distinción entre «la felicidad de este mundo en esta vida» y «la felicidad última en la otra vida» como algo consabido. 

En el Pla h 18 tón, que es la segunda parte y, en consecuencia, la menos expuesta de una obra tripartita, se elimina por completo esa distinción entre los dos tipos de felicidad. El signifi cado de este silencio resulta claro cuando se sabe que en todo el Platón (que contiene resúmenes del Gorgias, el Fedro, el Fedón y la República) no se menciona la in mortalidad del alma: el Platón de Al-Farabi rechaza ca lladamente la doctrina platónica de una vida después de la muerte. Al-Farabi pudo llegar tan lejos en el Platón no sólo porque este tratado es la parte menos expuesta y más breve de una obra más extensa, sino también porque presenta en forma explícita las opiniones de otro hom bre. 

Como se ha mencionado, Al-Farabi trata de manera diferente los dos tipos de felicidad en El camino de la fe licidad y en el Platón', también hay algunas diferencias en el tratamiento del conocimiento religioso en el Catálo go de las ciencias y el Platón. De conformidad con la mis ma regla, Al-Farabi expone opiniones más o menos or todoxas sobre la vida después de la muerte en La comu nidad religiosa virtuosa y Los gobiernos políticos, es decir, las obras donde habla en su propio nombre. Para decirlo con más precisión, en La comunidad religiosa virtuosa expone opiniones simplemente ortodoxas, y en Los gobiernos políticos presenta opiniones que, si bien eran heréticas, podían no obstante considerarse tolera bles. No obstante, en su comentario a la Ética a Nicóma- co declara que sólo existe la felicidad de esta vida y que todas las afirmaciones en contrario se basan en «desva rios y cuentos de viejas».9 9 Ibn Tufail, Hajj ibn Yaqdhan, edición establecida por L. Gauthier, Beirut, 1936, pág. 14. Compárense las observaciones de Averroes cita das por Steinschneider, Al-Farabi, págs. 94 y 106 («In libro enirn de Ni- comachia videtur [Alfarabius] negare continuationem esse cum intelli- gentiis abstractis: et dicit hanc esse opinionem Alexandri, et quod non est opinionandum quod finís humanus sit aliud quam perfectio specula- tiva»). 

Compárese Tomás de Aquino, Comentario a la Etica a Nicómaco de Aristóteles, X, lect. 13 hacia el final, y Suma contra los gentiles, III, cap. 48 hacia el final. 19 AI-Farabi se escuda, entonces, en la inmunidad espe cífica del comentarista o del historiador para hablar sin ambages de graves asuntos en sus obras «históricas», pero no lo hace en las obras donde habla en su propio nombre. Sin embargo, ¿podía como comentarista expo ner, sin asomo de disenso, puntos de vista que rechazaba como hombre? ¿Acaso no podía sentirse atraído, como es tudioso de la filosofía, por lo que aborrecía como creyen te? ¿Acaso su mente no podía ser del tipo que se atribuía a los averroístas latinos? Basta con expresar esta sospe cha para concluir que es infundada. Los averroístas lati nos dieron una interpretación muy literal de doctrinas en extremo heréticas. 

Pero Al-Farabi hizo precisamente lo inverso: dio una interpretación en extremo no literal de una doctrina en cierto modo tolerable. Justamente co mo mero comentarista de Platón, estaba obligado a acep tar la doctrina de una vida después de la muerte. Su fla grante desviación de la letra de la doctrina de Platón, o su negativa a sucumbir a los encantos de este, prueba de manera suficiente que rechazaba la creencia en una fe licidad diferente de lá felicidad de esta vida, o la creencia en otra vida. Su silencio sobre la inmortalidad del alma, en un tratado concebido para presentar la filosofía de Platón «desde el comienzo hasta el final», pone más allá de toda duda razonable la inferencia de que los enuncia dos que afirman la inmortalidad del alma, presentes en algunos de sus otros escritos, deben considerarse como una adecuación a las opiniones aceptadas. El Platón de Al-Farabi identifica al filósofo con el rey. Sin embargo, guarda silencio sobre la relación precisa entre el filósofo y el rey, por una parte, y el legislador, por la otra; cuando menos, no identifica explícitamente al legislador con el filósofo-rey. Cualquiera que sea el sig nificado de esto,10 Al-Farabi sugiere en el Platón que la fi 10 El significado se desprende del hecho de que, en los tres últimos pá rrafos del Platón, se tratan como intercambiables «filósofo», «rey», «hombre perfecto» e «indagador», por una parte, y «legislador» y «hom bres virtuosos», por la otra. É 20 losofía no es simplemente idéntica al arte regia: la filoso fía es la más elevada arte teórica; el arte regia es la más elevada arte práctica, y la diferencia fundamental entre teoría y práctica se mantiene como un tema importante en todo el tratado. 

Puesto que argumenta que para pro ducir la felicidad se necesitan tanto la filosofía como el arte regia, coincide en cierto modo con la opinión ortodo xa, según la cual la filosofía es insuficiente para conducir al hombre hacia la felicidad. 

Sin embargo, el comple mento de la filosofía que se requiere, a su entender, para el logro de la felicidad no es la religión o la Revelación, sino la política, si bien se trata de la política platónica. Al-Farabi sustituye la religión por la política. Puede de cirse, entonces, que sienta las bases de la secular afianza entre filósofos y príncipes amigos de la filosofía, y que inicia la tradición cuyos representantes más famosos en Occidente son Marsifio de Padua y Maquiavelo.11 Al-Fa rabi habla de la necesidad de la ciudad virtuosa, a la que llama «otra ciudad». Se propone reemplazar el otro mun do o la otra vida por la otra ciudad. Esta se encuentra a medio camino entre este mundo y el otro, ya que es, por cierto, una ciudad terrenal pero que, sin embargo, no existe «en los hechos» sino «en las palabras». En realidad, de ninguna manera es seguro que el pro pósito de Platón o Aristóteles, tal como lo entendía Al- Farabi, exigiera la realización del mejor orden político o de la ciudad virtuosa. Al-Farabi insinúa el problema cuando hace una distinción entre las indagaciones de Só crates y las indagaciones de Platón, así como entre «la modalidad de Sócrates» y la modalidad adoptada a la lar ga por Platón. «La ciencia y el arte de Sócrates» que apa rece en las Leyes sólo en parte es de Platón, mientras que el resto es «la ciencia y el arte de Timeo», que se encuen tra en el Timeo.

 «La modalidad de Sócrates» se caracte riza por el énfasis en «la investigación científica de la jus ticia y las virtudes», mientras que el arte de Platón pre 11 Véase infra, pág. 112, nota 156. 21 tende proporcionar «la ciencia de la esencia de todo ente» y por eso, en especial, la ciencia de las cosas divinas y de las cosas naturales. La diferencia entre la modalidad de Sócrates y la modalidad de Platón se remonta a la dife rencia entre la actitud de los dos hombres hacia las ciu dades reales. El estatus político o social de la filosofía crea la dificultad fundamental: en las naciones y las ciu dades de tiempos de Platón no había libertad de ense ñanza y de investigación. Por lo tanto, Sócrates se veía frente a la alternativa de elegir entre la seguridad y la vida —adecuándose así a las opiniones falsas y al erró neo modo de vida de sus conciudadanos— o el no confor mismo y la muerte. Y optó por esto último. Platón encon tró una solución al problema planteado por el destino de Sócrates con la fundación de la ciudad virtuosa en el dis curso: sólo en esa «otra ciudad» el hombre podía alcanzar su perfección. Sin embargo, según Al-Farabi, Platón «re pitió» su descripción de la modalidad de Sócrates y «repi tió» la referencia al vulgo de las ciudades y las naciones existentes en su época.

12 La repetición equivale a una modificación considerable del primer enunciado o a una corrección de la modalidad socrática. Lo que diferencia a la modalidad platónica de la modalidad socrática es que se trata de una combinación de esta última con la moda lidad de Trasímaco, porque la actitud intransigente de Sócrates sólo es apropiada para el filósofo que trata con la élite, mientras que la actitud de Trasímaco, que es a un tiempo más y menos exigente que la primera, es apro piada para sus tratos con el vulgo. Lo que sugiere Al- Farabi es que, al combinar la modalidad de Sócrates con la modalidad de Trasímaco, Platón eludió el conflicto con el vulgo y, así, la suerte del primero. En consecuencia, la búsqueda revolucionaria de la otra ciudad dejó de ser ne cesaria; Platón la sustituyó por un modo de acción más conservador, a saber: el reemplazo gradual de las opinio nes aceptadas por la verdad o una aproximación a la ver 12 Sobre el significado preciso de «repetición», ver infra, págs. 79-81. 22 dad. El reemplazo de las opiniones aceptadas no podría ser gradual si no fuera acompañado de una aceptación provisional de esas opiniones: como lo declara Al-Farabi en otro lugar, la conformidad con las opiniones de la co munidad religiosa en la cual nos educamos es un requisi to necesario para el futuro filósofo.

13 El reemplazo de las opiniones aceptadas no podría ser gradual si no lo acom pañara la sugerencia de otras que, si bien apuntan hacia la verdad, no contradicen de manera demasiado flagran te dichas opiniones. Podemos decir que el Platón de Al- Farabi termina por reemplazar al filósofo-rey que gobier na abiertamente en la ciudad virtuosa por el reinado secreto del filósofo, quien, al ser «un hombre perfecto» precisamente porque es un «indagador», vive en forma privada como miembro de una sociedad imperfecta, a la que trata de humanizar en la medida de lo posible. Las observaciones de Al-Farabi sobre la política de Platón definen el carácter general de la actividad de los falasifa. A la luz de estas consideraciones, parecería impru dente identificar la doctrina de los falasifa con lo que en señaban más frecuentemente o de manera más conspi cua. El intento de determinar su enseñanza auténtica resulta aún más difícil por el hecho de que algunos de sus adversarios parecen haber considerado necesario ayudarlos a ocultar sus doctrinas, porque temían el daño que su divulgación pudiera causar a aquellos creyentes cuya fe fuera débil. 

Lo que Al-Farabi señala respecto del proceder de los verdaderos filósofos queda confirmado por una serie de observaciones acerca de la distinción filosófica entre la enseñanza exotérica y la enseñanza esotérica, que apa recen en los escritos de sus sucesores. El Platón de Al- Farabi nos informa de la razón más obvia y cruda por la que esta distinción anticuada u olvidada era necesaria. La filosofía y los filósofos estaban «en grave peligro». La 13 Kitab tahsil al-sa'ada («El camino de la felicidad»), Hyderabad, 1345, pág. 45. Compárense las dos primeras máximas de la «morale par provisión» de Descartes (Discurso del método, III). 23 sociedad no reconocía a la filosofía ni el derecho a filoso far. No había armonía entre la filosofía y la sociedad. Los filósofos estaban muy lejos de ser exponentes de la socie dad o los partidos. 

Defendían los intereses de la filosofía y nada más. Al hacerlo, creían defender efectivamente los intereses más elevados de la humanidad.14 Para pro teger a la filosofía había que acudir a la enseñanza exoté rica, que era la armadura con la cual aquella debía dejar se ver. Su necesidad obedecía a razones políticas. Era la forma en que la filosofía se hacía visible ante la comuni dad política. Era el aspecto político de la filosofía. Era la filosofía «política». A partir de ello quizá podamos enten der en algún momento por qué Al-Farabi presentó la to talidad de la filosofía dentro de un marco político, o por qué sus escritos más generales son «libros políticos». No hay que descartar la posibilidad de que el título Las dos filosofías, por el cual se conocía su tratado Sobre los pro pósitos de Platón y de Aristóteles, insinuara la diferencia entre «las dos filosofías» o «las dos doctrinas»: la exterior y la interior. Esta posibilidad debe ser considerada en to da evaluación seria del platonismo o, más bien, el neopla tonismo de los falasifa, y, en particular, del uso que estos hacen a veces de la Teología de Aristóteles neoplatónica. Baste aquí con señalar que el Platón de Al-Farabi no muestra indicio alguno de influencia neoplatónica. En la mayoría de las reflexiones actuales sobre la re lación entre filosofía y sociedad se da por sentado, de al gún modo, que la primera siempre tuvo un estatus polí tico o social. Según Al-Farabi, la filosofía no era reconoci da en las ciudades y las naciones de tiempos de Platón. 

 Con todo su proceder, muestra que había aún menos li bertad para filosofar en las ciudades y las naciones de su propio tiempo, es decir, «después de que la filosofía había sido desvirtuada o destruida». El hecho de que la «filoso fía» y los «filósofos» llegaran a representar en el mundo islámico una ocupación sospechosa y un grupo de hom 14 Al-Farabi, Platón, § 17. 24 bres sospechosos, por no hablar simplemente de ateísmo y ateos, basta para demostrar cuán precario era el esta tus de la filosofía: no se le reconocía legitimidad.15 Tene mos aquí lo que, desde el punto de vista de la sociología de la filosofía, es la diferencia más importante entre el cristianismo, por una parte, y tanto el islam como el ju daismo, por la otra. Para el cristiano, la doctrina sagrada es la teología revelada; para el judío y el musulmán, la doctrina sagrada es, al menos en lo primordial, la inter pretación legal de la Ley Divina (talmud o fiqh). En este último sentido, la doctrina sagrada tiene, como mínimo, mucho menos en común con la filosofía que en el primer sentido. En última instancia, por esta razón el estatus de la filosofía es, como cuestión de principio, mucho más precario en el judaismo y el islam que en el cristianismo: en este, la filosofía se convirtió en parte integral de la formación oficialmente reconocida e incluso requerida del estudioso de la doctrina sagrada. Esta diferencia ex plica en parte el colapso final de la indagación filosófica en el mundo islámico y el mundo judío, un colapso que no tiene paralelo en el mundo cristiano occidental. 

Debido a la posición que «la ciencia de la kalam» ad quirió en el islam, el estatus de la filosofía en el mundo musulmán era intermedio entre el que tema en el cris tianismo y el que se le daba en el judaismo. Por lo tanto, para volver a su estatus dentro del judaismo, es obvio que, mientras que nadie podía ser docto en la doctrina sagrada del cristianismo sin haber tenido una conside rable formación filosófica, se podía ser un talmudista perfectamente capaz sin formación filosófica alguna. Ju díos de la capacidad filosófica de Halevi y Maimónides daban por sentado que ser judío y ser filósofo eran cosas mutuamente excluyentes. A primera vista, la Guía de perplejos de Maimónides es la contrapartida judía de la Suma teológica de Tomás de Aquino, pero la Guía nunca 15 Compárese Gardet y Anawati, Introduction á la théologie. .., op. cit., págs. 78,225 y 236. 25 adquirió dentro del judaismo ni siquiera una parte de la autoridad que tuvo la Swna dentro del cristianismo; no es la Guía de Maimónides, sino su Mishneh Torah, es de cir, su codificación de la ley judía, la que podría describir se como la contrapartida judía de la Suma. Nada resulta tan revelador como la diferencia entre el comienzo de la Guía y el de la Suma. 

El primer artículo de esta última se ocupa de analizar si además de las disciplinas filosófi cas se requiere la doctrina sagrada: Tomás, por así decir lo, justifica la doctrina sagrada ante el tribunal de la filo sofía. Ni siquiera podemos imaginar que Maimónides empezara la Guía o cualquier otra obra con un examen de la necesidad de la halaka Qa ley sagrada), además de las disciplinas filosóficas. Los primeros capítulos de la Guía se parecen más a un comentario algo difuso sobre un versículo bíblico (Génesis, 1, 27), que al comienzo de una obra filosófica o teológica. Maimónides, al igual que Averroes, necesitaba con mucha más urgencia una justi ficación legal de la filosofía —es decir, un análisis en tér minos legales de la cuestión de si la ley divina permite, prohíbe u ordena el estudio de la filosofía—, que una jus tificación filosófica de esa misma ley o de su estudio. Las razones que aduce Maimónides a fin de probar que cier tas verdades racionales acerca de las cosas divinas tie nen que mantenerse en secreto fueron esgrimidas por Tomás a fin de probar que la verdad racional acerca de las cosas divinas debe ser divinamente revelada.

16 De acuerdo con su observación ocasional de que la tradición judía hacía más hincapié en la justicia de Dios que en Su sabiduría, Maimónides discernía el equivalente judío de la filosofía o la teología en ciertos elementos de la ag- gadah (o leyenda), esto es, de esa parte del saber popular judío que se consideraba en general como mucho menos autorizada que la halaka.17 Spinoza dijo con contunden 16 Compárese Guía, 1,34, con Tomás, Suma contra los gentiles, 1,4, y Quaest. disput. De Vertíate, q. 14 a. 10. 17 Compárense los pasajes señalados más adelante, pág. 51, nota 5, con la Guía, III, 17 (35a Munk). 26 cia que los judíos despreciaban la filosofía.18 Aún en 1765, Moses Mendelssohn consideraba necesario disculparse por recomendar el estudio de la lógica y mostrar por qué la prohibición de la lectura de libros ajenos o profanos no se aplicaba a las obras dedicadas a la lógica.

19 El proble ma del judaismo tradicional frente a la filosofía es idénti co al problema de Jerusalén frente a Atenas. Resulta di fícil no ver la conexión entre la depreciación del objeto primario de la filosofía —los cielos y los cuerpos celestia les—, en el primer capítulo del Génesis; la prohibición de comer el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, en el segundo capítulo; el nombre divino «Yo Seré lo Que Seré»; la advertencia de que la ley no está en el cielo ni más allá del mar; los dichos del profeta Miqueas sobre lo que el Señor requiere del hombre, y declaraciones tal múdicas como estas: «Para aquel que reflexiona acerca de cuatro cosas —sobre lo que está arriba, lo que está abajo, lo que está delante, lo que está detrás— sería me jor no haber venido al mundo» y «Dios no posee nada en Su mundo salvo los cuatro codos de la halaka».20 El precario estatus de la filosofía en el judaismo, al igual que en el islam, no fue en todos los sentidos una desgracia para ella. Su reconocimiento oficial en el mun do cristiano la llevó a quedar sometida a la supervisión eclesiástica. La posición precaria de la filosofía en el mundo islámico y judío garantizó su carácter privado, y con ello, su libertad interior y su independencia de la su pervisión. 

En este sentido, el estatus de la filosofía en el mundo islámico y judío se parece a su estatus en la Gre cia clásica. Se dice con frecuencia que la ciudad griega 18 B. Spinoza, Tratado filosófico-político, XI, hacia el final. Cf. ibid., I (§ 41 Bruder). Véase además Georges Vajda, Introduction á la pensée juive du MoyenÁge, París, 1947, pág. 43. 19 Moses Mendelssohn, Gesammelte Schriften: Jubilaumsausga.be, Berlín, 1929-1938, vol. 2, págs. 202-7. 20 Compárese Maimónides, Guía, 1,32 (366 Munk), y la Introducción a su comentario de la Mishna (Porta Mosis, edición establecida por E. Pococke, Oxford, 1655, pág. 90). 27 era una sociedad totalitaria. Abarcaba y regulaba la mo ral, el culto divino, la tragedia y la comedia. Sin embar go, había una actividad que era esencialmente privada y transpolítica: la filosofía. Aun las escuelas filosóficas eran fundadas por hombres que no pertenecían a la autori dad, hombres particulares. 

Los filósofos islámicos y ju díos reconocieron la similitud entre este estado de cosas y el predominante en su propio tiempo. Al desarrollar al gunas observaciones de Aristóteles, compararon la vida filosófica con la vida del ermitaño. Al-Farabi atribuyó a Platón la opinión de que en la ciudad griega el filósofo estaba en grave peligro. Al expo ner esta idea, se limitaba a repetir lo que el propio Platón había dicho. En considerable medida, el arte de este elu día el peligro, como también lo señaló Al-Farabi; pero el éxito de Platón no debe cegarnos ante la existencia de un peligro que, por mucho que varíen sus formas, es conna tural a la filosofía. La comprensión de este peligro y de las diversas formas que ha asumido, y que puede asumir, es la tarea más importante, en verdad la única tarea, de la sociología de la filosofía.

miércoles, 21 de octubre de 2026

BORGES Y LA SUBVERSIÓN DEL MODELO POLICIAL/Cristina Parodi Borges

 


BORGES Y LA SUBVERSIÓN DEL MODELO POLICIAL

 Cristina Parodi Borges Center, Aarhus Universitet “ .. hizo acaso lo único que un hombre puede hacer con una tradición: la modificó ” (OC, vol. 4, p. 91). En varias ocasiones, Borges reconoce la deuda que —como lector y como escritor— tiene con el “genuino” relato policial, el de tradición anglosajo na, y con algunos autores, ante todo con Poe y Chesterton, a quienes atri buye la consolidación de rigurosas y eficaces normas del género.

 “En esta época nuestra tan caótica, hay algo que, humildemente, ha conservado las virtudes clásicas: el policial. Ya que no se entiende un policial sin princi pio, sin medio y sin fin. [...] Está salvando el orden en una época de de sorden” (OC, vol. 4, p. 197). Los lectores de Borges están habituados a esos movimientos de recu peración de lo marginal, de subversión de jerarquías establecidas y de des plazamiento de elementos laterales al centro. El lugar destacado que en sus reflexiones teóricas y en su escritura reserva al policial se explica en una obra dominada por la inquietud por la forma. Borges, un lector que hace de la forma la preocupación central de su escritura, considera un género “lateral”, “humilde”, como el policial, el procedimiento formal por exce lencia, modelo de toda escritura y estrategia ideal de lectura. 

Sin embargo, Borges no sería Borges si una tradición o una innova ción celebrada no suscitara en él un movimiento de ruptura instauradora o, si se quiere, de rebelde fidelidad. Si exalta los modelos de Poe y, sobre todo, de Chesterton, es para poder medirse con ellos, para asegurarse de que su propio gesto fundador nace de la deformación coherente de un gé nero clásico, de un (declarado) ilustre linaje. 

Quisiera en lo que sigue indagar cómo, en “La muerte y la brújula” y en los relatos de Seis problemas para don Isidro Parodi, Borges se sirve de las convenciones formales del policial, para —introduciendo transforma ciones y desviaciones del esquema original— actualizar su proyecto de dar forma ficcional a indagaciones y dilemas de tipo filosófico. Dentro de ese proyecto, el policial aparece como un modelo epistemológico experi- mentable en toda la gama de las exploraciones del intelecto. La posición de Borges con respecto al género policial puede resumirse en las siguientes etapas: 1. Izamiento de un género literario modesto y periférico al rango de literatura noble, con las virtudes propias del clasicismo.

 2. Constitución de un prototipo del policial: la literatura de enigma, como juego de la mente, como explícita ficción formal, despojada de elementos psicológicos y de excesivas concesiones al efecto de realidad.1 3. Desplazamiento del punto de mira. Lo nuevo no son las tramas, si no la creación de un nuevo lector, que suspende la credulidad y acepta el texto como un desafío intelectual. Borges se sitúa, tanto en su ficción como en su ensayística, como el conceptualizador de esta nueva perspectiva. 4. La acentuación de lo formal y del acto de lectura llevan a Borges a desplazar la trama del enigma, de lo anecdóticamente policial, a las variadas conjeturas de la filosofía. Veremos que esto se logra me diante un discernimiento previo de la estructura “en espejo” que anima toda trama policial clásica. Así, el detective no es más que la reduplicación circunstancial del lector. La “inteligibilidad” de lo real se interpreta en términos de “legibilidad”. 

5. Finalmente, de regreso de ese desplazamiento por los campos del concepto, el aparato conjetural puede volver a informar las tramas tradicionales del policial (cf. “La muerte y la brújula”), pero rege nerado por las dislocaciones sucesivas, como la forma aparente y 1 Véanse, sobre este tema, los dos artículos casi idénticos que Borges consagra a las leyes de la narración policial (“Leyes de la narración policial” y “Los laberintos policiales y Chesterton”). arbitraria de Chun enigma que sitúa en otra parte. Algunos doble tes serán obviados, algunas perspectivas, invertidas, y, sobre todo, el lector acabará subsumiendo al detective. Borges aparece así co mo el renovador del género cuyo clasicismo comenzó por ensalzar.

El “ju g u ete rig u ro so ” Al atribuir a la narración policial las virtudes del clasicismo, Borges se complace en comparar el rigor de ese género literario con la azarosa escri tura de sus contemporáneos: “Una de las coqueterías literarias de nuestro tiempo es la metódica y ansiosa elaboración de obras de apariencia caóti ca. Simular el desorden, construir difícilmente un caos, usar de la inteli gencia para obtener los efectos de la casualidad [...] extraña tradición” (OC, vol. 4, p. 319). 

El género policial, en cambio, sobre todo el policial inglés, “es como un ajedrez gobernado por leyes inevitables. El escritor no debe escamotear ninguno de los términos del problema” (OC, vol. 4, p. 365). En cuanto “operación de la mente, no del espíritu” (OC, vol. 4, p. 190), el policial de enigma es para Borges el espacio de la “imaginación razonada”, de la creación de rigurosos universos conjeturales autónomos, pertenecientes a la ficción. 

Queda así liberado de la obligación de la mi mesis y del análisis psicológico y todo exceso de similitud, de realismo, puede perjudicarlo. El policial de enigma exhibe esa condición de artifi cio, de elección inteligente y técnica consciente, que postula un modelo hipotético de orden para el caos referencial y empírico, el “impenetrable esquema divino del universo”. Sólo expone un enigma intelectual que debe ser resuelto intelectualmente, con inferencias rigurosas, abstractas, económicas. En su prólogo al libro Borges oral, Borges presenta el cuento policial como “ese juguete riguroso que nos ha legado Edgar Alian Poe” (OC, vol. 4, p. 163). Desde Poe, el esquema del policial queda, pues, formalizado. La tra ma se centra en un caso, presentado como un misterio —en general, un crimen— aparentemente irresoluble, pero para el que hay una solución, a la que se llega por el ejercicio de la razón. El relato debe reproducir el camino intelectual recorrido por un personaje —el detective— en sus es fuerzos por descubrir la identidad del criminal. 

Cumpliendo un plan ri gurosamente lógico y orientado hacia el desenlace, el policial narra la his toria de la investigación, que lleva a la reconstrucción de la oculta historia del crimen. Las leyes del género imponen argumentos, funciones actan- ciales y reglas de composición de la trama, como la presencia de un de tective razonador —y, preferentemente, exótico—; la intervención de un colaborador algo ingenuo y de policías faltos de imaginación; la ubicación del crimen o de los potenciales culpables en un espacio limitado, que en cierra las claves del enigma; la introducción de indicios falsos que condu cen hacia sospechosos que deben ser pronto descartados; la verificación de datos y coartadas que obligan a cambios de perspectiva y a la formulación de nuevas hipótesis. 

La rigurosa maquinaria del policial exige que el escritor manipule esos recursos de modo que, por una parte, la narración avance linealmente ha cia la identificación del culpable y, por otra, postergue el descubrimiento de la verdad, o sea que mientras orienta al lector hacia la solución, lo desvíe de ella. Este requisito es inherente a un relato que está construido desde y para el final, y que no puede prescindir de la sorpresa como efecto literario. De ese patrimonio parte Borges para hacer su propia miel. Sus ficcio nes y ensayos muestran cómo los procedimientos formales del policial son eficaces para la presentación de cualquier idea o problema, aun de aque llos que, por su tema, no guardan afinidades con el género. Lo esencial es que el relato sea “formalmente” un policial, con una trama centrada en un problema original y una solución rigurosamente lógica e inesperada. 

 En una reseña de Half-Way House> de Ellery Queen, resume las condicio nes formales de la literatura de enigma: “Puedo afirmar que cumple con los primeros requisitos del género: declaración de todos los términos del problema, economía de personajes y de recursos, primacía del cómo sobre el quién, solución necesaria y maravillosa, pero no sobrenatural” (OC, vol. 4, p. 216). Los demás “inconvenientes” del género, como la presencia del detec tive —o del criminal—, la investigación, los informes policiales, un de senlace que asegure la reinstalación de un orden social justo, son innece sarios y puede prescindirse de ellos. El verdadero héroe es, en lo sucesivo, la mente humana. 

Las dos historias Borges se siente especialmente atraído por un rasgo formal del género po licial, que reelabora en la trama y la estructura de sus ficciones: la coexis tencia en todo policial de dos historias, la del crimen y la de la investigación: Edgar Alian Poe sostenía que todo cuento debe escribirse para el último pá rrafo o acaso para la última línea; esta exigencia puede ser una exageración, pero es la exageración o simplificación de un hecho indudable. Quiere decir que un prefijado desenlace debe ordenar las vicisitudes de la fábula. Ya que el lector de nuestro tiempo es también un crítico, un hombre que conoce, y prevé, los artificios literarios, el cuento deberá constar de dos argumentos; uno falso, que vagamente se indica, y otro, el auténtico, que se mantendrá secreto hasta el fin (OC, vol. 4, p. 155).2 La primera historia es un enigma, permanece oculta, silenciada. El relato comienza cuando se cierra la historia del crimen, que —aunque ausente— es la que pone en marcha la investigación e impone la presen cia del libro que el lector está leyendo. Lo que el policial narra es la histo ria de la investigación, una historia contada “hacia adelante”, en el orden de los sucesos de la pesquisa, pero que va reconstruyendo “hacia atrás” la historia del crimen. El policial no sigue el orden de los acontecimientos sino el del descubrimiento, pero para reconstruir el orden de los aconte cimientos. El relato de la investigación encuentra su razón de ser en la ausencia del relato del crimen. La primera historia sólo es conocida por el escritor (y el asesino); el escritor conoce además la segunda, la que va narrando, la única conocida por el detective y el lector, que intentan descubrir la primera.

 La tarea del 2 Esta ley estructural que Borges encuentra en Poe ha sido también explotada por J osefina Ludmer y luego extendida por Ricardo Piglia a la estructura de todo cuento. Ludmer: “La novela policial clásica cuenta dos historias: la primera — el crimen— es lo que ‘efectivamente ocurrió’; la segunda —la investigación— narra cómo el investigador ‘se entera’ de la primera; la única que se lee es la segunda historia, que comienza cuando la primera ha concluido y sigue un orden progresivo-retrospectivo” (p. 88). Piglia: “Un cuento siempre cuenta dos historias [...]. El arte del cuentista consiste en saber cifrar la historia 2 en los intersticios de la historia 1. Un relato visible esconde un relato secreto, narrado de un modo elíptico y fragmentario. 

El efecto de sorpresa se produce cuando el final de la historia secreta aparece en la superficie” (pp. 85-86). escritor encierra una paradoja: debe ir revelando al lector la historia del crimen, pero en pequeñas dosis, retardando la solución, reteniendo infor mación, tratando de que el lector no la descubra hasta el final y —si es posible— que no la descubra en absoluto y se sorprenda con la solución. Debe afirmar la opacidad del misterio y, simultáneamente, dejar entrever la posibilidad de una elucidación; proporcionar los indicios y hacer difí cil la solución del enigma; debe escribir lo que no se escribe. Este complejo juego formal da lugar a un complejo juego de duplica ción, reciprocidad e inversión de roles, que compromete a todas las ins tancias textuales: detective, asesino, autor, lector. 

Para llegar a descubrir la historia del crimen, el detective debe doblar al asesino, descifrar su plan y sus razonamientos, a tal punto que pueda llegar a anticipar sus acciones y esperarlo en el lugar del crimen. Asimismo, en la tarea de reconstruir la historia del crimen, el detective cumple un trabajo hermenéutico en el que duplica las estrategias del lector: de la pasada y ocul ta historia del crimen han quedado huellas y residuos que debe seleccionar, reconocer, descifrar, y componer con ellos un conjunto coherente, com pleto y significativo. Los índices aparecen como restos de una historia oculta (crimen) en una historia manifiesta (investigación), son las reliquias de la historia primera en la segunda. 

La lectura de indicios realizada por el detective es posible porque ha sido precedida por una escritura —de la que sólo quedan algunos rastros— realizada por el criminal. Por su parte, también el escritor, para no fracasar en su objetivo de sorprender al lector con una solución imprevisible, debe doblar al asesino, reproducir sus recursos: falsear las pistas, desviar las sospechas hacia los inocentes, proponer como posibles hipótesis que deben ser desechadas, bloquear su acceso a la verdad. Su estrategia de escritura tiende a confun dir al lector en un camino lleno de meandros y de desvíos, laberíntico. A su vez el lector debe contar con estrategias que eludan las trampas del es critor y le permitan alcanzar la solución, el centro del laberinto. El NUEVO LECTOR Ése es el tipo de lector creado por Poe, que Borges considera como lector ideal de cualquier texto: un lector imaginativo y participante, que está asociado a la resolución del enigma. Cuando leemos una novela, lo que cuenta es el presente; cuando leemos un policial, lo que importa es el fu turo. Dos ópticas, dos tipos de lectura. 

Porque el texto ha sido creado por un género, el lector sabe que es tramposo, que encierra un enigma, que avanza hacia una respuesta que protege, que el escritor quiere desorientarlo y sólo entrega verdades par ciales. Por eso, es un lector suspicaz, escéptico, y su estrategia de lectura se basa en la desconfianza, la duda, la incredulidad. A diferencia de la nove la realista, que prefiere que olvidemos su carácter de artificio verbal, el po licial no esconde ese carácter y no exige de sus lectores, como aquélla, una suspensión de la incredulidad para que el universo de la ficción sea acep tado. El lector de policiales es un detective que —en el proceso de la lectura— va realizando una investigación independiente: elabora hipóte sis, las modifica, las descarta, formula otras nuevas, cambia de perspecti va, sospecha el disimulo o la mentira detrás del comportamiento de los personajes, toma en cuenta la menor indicación textual como si todo da to comportara un indicio. 

El lector coincide con el detective sólo en la estrategia de interpreta ción, ya que no se enfrenta a indicios referenciales dejados por el crimi nal, sino a indicios textuales, colocados por el escritor para ir controlando la solución del enigma. Así como el detective sigue directamente las pistas del asesino, el lector sigue las del narrador. Para descubrir las trampas que éste le va tendiendo, para descifrar sus estrategias y los artificios de com posición del texto, debe identificarse con él, ser su doble. Detective y lector comparten entonces una estrategia de interpretación, más intuitiva que metódica, que parte de la postulación de un detalle —preferentemente el más incongruente y en apariencia insignificante— como hipotético caso de una norma, que puede inferirse a partir de re laciones circunstanciales y contingentes establecidas entre los hechos. 

Al integrar el detalle en una cadena causal hipotética, se conjetura su proba ble funcionamiento y significación. El policial pone en evidencia las posibilidades creativas contenidas en las complejas relaciones entre escritura y lectura: el escritor crea el género; la reiteración de las convenciones genéricas refuerza las estrategias de lec tura necesarias y crea un lector. Mientras tanto, se va estabilizando un esquema repetitivo que pone en peligro la eficacia de la fórmula originaria para un lector al que el género ha ido transformando al habituarlo a esas convenciones. Ante el desgaste de los efectos literarios del género, un lee tor crecientemente más experto exige la transformación de las leyes de la narración; el escritor debe descubrir otras. La fórmula es eficaz para relatos destinados a los lectores creados por Poe. Pero además, Borges —uno de esos lectores— escribe para un lector aún más experto y escéptico que los de Poe. 

De ahí que las transgresiones que impone al género lo afecten profundamente, al conmocionar las estrategias de escritura y los hábitos de lectura que los policiales reclaman del lector. La exigencia de ajustarse al código genérico, de reiterar las convencio nes arguméntales y estructurales, implica para el género una amenaza de estancamiento y, simultáneamente, es condición de su constante renova ción. La rigidez formal encierra el desafío de experimentar para innovar las formas estéticas, revelando así una particular estructura que se presta a incontables subversiones narrativas. 

Al tiempo que respeta las convencio nes y conserva las bases sólidas de la narración, no cesa de desviar al mo delo de su norma, introducir variantes, y ser un óptimo campo para las búsquedas literarias experimentales. Borges es consciente de la inestabili dad del género y de las continuas innovaciones a que está sometido; pre fiere fijar los límites que el relato policial no puede sobrepasar sin perder rigor e interés. Innova en sus policiales sin dejar de atenerse a sus propias exigencias de rigor y economía. Aun teniendo en cuenta las modificaciones que iremos señalando, los relatos que consideraré son policiales en tanto respetan convenciones esenciales para el género. En todos hay un enigma y una solución sor prendente. Hay una reconstrucción de la historia del crimen mediante in dicios destinados al detective y al lector. Pero además, el riguroso artificio creado por Borges complica el modelo y hace de él el espacio ideal para dar forma narrativa a cuestiones filosóficas y textuales que afectan el argu mento y la morfología del relato. Las rígidas leyes del género no son un obstáculo sino un campo propicio para que Borges despliegue en sus fic ciones su atracción por la conjetura, la perplejidad, la paradoja. LÓNNROT, EL DETECTIVE HERMENEUTA El relato “La muerte y la brújula” conserva una apertura tradicional —pre senta el caso como el más “extraño, rigurosamente extraño” de los que ocu paron a un detective—, un comienzo que despierta la curiosidad del lector, sus competencias de hermeneuta y crea un espacio propicio para la lectura. 

 Pero, al mismo tiempo, abre el juego con un movimiento de alto riesgo, que trastoca el orden tradicional de la narración y pone en peligro la eficacia ge neral del relato: el incipit da un anticipo de la solución, al informar al lee- tor que “Lonnrot no logró impedir el último crimen, pero es indiscutible que lo previo” (OC\ vol. 1, p. 499). Los lectores quedan advertidos de que —como los mejores detectives clásicos— Lónnrot se anticipará al asesino y preverá sus acciones futuras; pero también sabe que esa previsión no impe dirá que el asesino lleve adelante su plan. 

El relato soporta esa transgresión de las leyes porque descansa en una compleja elaboración de la trama que, a pesar del anticipo, asegura que el lector difícilmente podrá dar con la so lución. Cuando Treviranus recibe la carta de “Baruj Spinoza”, los lectores saben —con Lónnrot— que va a haber un cuarto crimen. Por una parte, porque el relato ha estimulado su identificación con Lonnrot —y no con Treviranus, cuyas hipótesis son tan simples que parecen a los lectores como trampas para desorientarlos—; por otra, porque ya han sido advertidos de que la previsión del detective es acertada. A pesar de esta transgresión inicial, en “La muerte”, en sus rasgos ma yores, la figura del detective se atiene a las convenciones. El género impone la economía de precisiones referenciales o psicológicas, que podrían distraer al lector de la trama. Un personaje sólo puede “cobrar vida” dentro de las limitaciones de su finalidad en el relato, porque cada incidente, cada acto, cada frase, debe cumplir su función dispuesta de antemano. Nada sabemos de Lonnrot, ni siquiera conocemos su cara; más que un personaje, es un conjunto de características mentales. Tampoco es un héroe de aventuras (la calificación de “aventurero” sólo afecta a sus estrategias de pensamiento); sus acciones son muy limitadas: conversaciones con el prefecto, desplaza mientos al lugar del crimen, y principalmente, la lectura. 

Sabemos que su mayor eficacia atañe a sus capacidades intelectuales (consigue prever el úl timo crimen), pero no a su acción (no logra impedirlo). Como todo detective, Lónnrot es un razonador abductivo: a partir de detalles menores, elabora una explicación de los hechos, que reposa sobre débiles probabilidades. 

Pero no es nada más un “puro razonador”, como Dupin; es sobre todo un lector, al que sólo interesan los indicios textua les, por lo que apenas presta atención a las “meras circunstancias, la reali dad (nombres, arrestos, caras, trámites judiciales y carcelarios)” [p. 504]. La hipótesis que elabora para explicar el asesinato del rabino tiene como punto de partida un indicio material: la hoja de papel encontrada en el cuarto de Yarmolinsky. Pero Lónnrot no lo considera en su materialidad (Holmes, por ejemplo, hubiera sabido identificar el tipo de papel, se hu biera afanado por localizar el lugar donde se vende y por encontrar impre siones digitales...), sino que sólo le interesa como texto que remite a otros textos. Para él, el principal indicio no son los zafiros del Tetrarca sino las “Obras Completas” de la víctima; no percibe el crimen como un caso de la historia del delito sino como un episodio más en la historia de una sec ta judía; cuando el periodista le pide información sobre el asesinato, Lónnrot prefiere disertar sobre los diversos nombres de Dios; mientras la policía observa las manchas de sangre en el suelo, los restos de cigarrillos e interroga a los testigos, el detective, indiferente a la investigación y sin si quiera sacarse el sombrero, lee. Ante los acontecimientos del tercer cri men, Lonnrot, con una sonrisa, descarta la hipótesis de Treviranus de que podría tratarse de un simulacro y se concentra en la lectura “de la diserta ción trigésima tercera del Philologus” (p. 503). 

La convicción de que los hechos responden a un modelo textual es tan sólida que ni siquiera re cuerda que ya ha vivido esa escena (esa memoria sólo cobrará forma más adelante, cuando en la quinta, frente a los losanges del mirador, “lo detuvo un recuerdo asombrado y vertiginoso”, p. 505). Para él, el indicio más sig nificativo en la Rué de Toulon es “una palabra que dijo Ginzberg” (p. 503) y que confirma su hipótesis de que los crímenes son “sacrificios” cometi dos por “los buscadores del nombre”. 

Su reacción final frente a su asesino no es emocional sino intelectual: reacciona como un lector de policiales, imaginando una variante al texto de Scharlach, una modificación que le permitiría mejorar el modelo. Las condiciones ideales del “puro razonador” y de lector creativo que se conjugan en la figura de Lonnrot son garantía de que logrará adivinar “la secreta morfología de la malvada serie” y prever el último crimen. Su “temeraria perspicacia” y ese “algo de aventurero [...] y hasta de tahúr” que había en él darán cuenta de que “no logró impedir el último crimen” ni descubrir “la identidad del infausto asesino de Yarmolinsky” (p. 499). La perfecta trama de “La muerte y la brújula” será el espacio de estas para dójicas circunstancias. Como en todo policial, en “La muerte” hay dos historias, una secreta y otra manifiesta. En los relatos clásicos, la condición de posibilidad de la segunda historia es un crimen, cometido en el pasado, que constituye un misterio y un desafío para el detective y el lector. Las leyes del género ga rantizan que, al final, el enigma recibe una explicación que lo elimina y cierra el relato.

 “La muerte” complica el modelo. El lector creado por el género se atiene a las normas, convencido de estar colaborando con el detective en la investigación de un crimen pasado, reuniendo indicios que lo conduci rán a descubrir la identidad del asesino de Yarmolinsky. El inesperado de senlace le revela que, sin saberlo, también ha estado colaborando con el criminal, ayudándolo a preparar un crimen futuro, y cuya víctima será el detective. Al final del relato, el lector no encuentra la habitual explica ción del misterio por parte del detective; para su sorpresa, quien expone la solución —que perversamente confirma las intuiciones del detective— es el criminal. “La muerte” concluye no en el momento en que se revela la solución, sino en el momento en que se comete un nuevo crimen, que —contra toda ley del género— ha sido precedido por su explicación a cargo del propio asesino. 

Como en muchos clásicos, las correctas intuicio nes del detective le han permitido prever y anticipar los pasos del asesino, localizar con precisión el lugar en que cometerá su próximo crimen, ade lantarse a él y esperarlo allí. Para su sorpresa, Lónnrot triunfa porque ha fracasado: previo el último crimen pero no logrará impedirlo. Acertó porque en la serie habrá un nuevo asesinato, que se cometerá en el cuarto vértice de un rombo perfecto, en una laberíntica quinta al sur de la ciu dad, en la que a la hora calculada estará el asesino ... para matarlo a él. Ha sabido doblar la mente del asesino, pero no ha podido eliminar las desventajas de su función de detective. Para decirlo con palabras de Ches terton: “The criminal is the Creative artist; the detective only the critic” (p. 12). El final del relato presenta a Lónnrot como “crítico”, corrigiendo el plan de Scharlach, y como aventurero y tahúr, cuando el asesino está por hacer fuego, Lónnrot sugiere una modificación al modelo que —de ser aceptada por Scharlach— permitiría al detective postergar indefinida e infinitamente el encuentro con su asesino.

 El cuento termina con la in sinuación de que todo está por comenzar de nuevo. El lector es incitado a imaginar la continuación de la historia. Al subvertir la estricta linealidad del policial clásico, “La muerte” im pone modificaciones a las estrategias de lectura. En Poe el universo oculta un orden y la mente humana, razonando, puede llegar a descubrirlo. Para sus lectores, la solución del detective —una solución única a un enigma también único— constituye la verdadera y definitiva explicación del mis- terio y reinstala el orden. El policial clásico postula así la infalibilidad del pensamiento lógico para interpretar los hechos de la realidad y del texto. A diferencia de Poe, Borges no afirma que el orden de las ideas coinci da con el orden del universo; si el universo oculta un orden, no podemos descubrirlo, a lo sumo, postularlo como hipótesis. La explicación de la se rie de crímenes en “La muerte” no revela ningún orden fijo oculto detrás de los hechos (el modelo de Scharlach podría remplazarse por otro, más económico); el desenlace no restablece el orden sino que impone el desor den. 

El universo de la ficción no está ordenado según las leyes de la ciencia neopositivista sino conmocionado por las paradojas. Los lectores no en cuentran un mundo de sentido unívoco sino múltiple y caótico, que abunda en duplicidades e inversiones (un río con aguas del color del de sierto; un hotel que tiene apariencia de torre, sanatorio, cárcel y casa mala; una quinta “infinita y creciente” [p. 505], que es un laberinto; un secues tro que es el doblaje de una escena ya vivida; un color que se repite en el nombre del detective y el apellido del asesino; un criminal —Scharlach el Dandy— que exhibe como propia una cualidad tradicional en los detecti ves desde las primeras figuras del género; un crimen inicial que se ajusta no a un modelo formal que lo precede sino que lo sigue; un detective que puede imaginar una solución al enigma porque el asesino lo construye a su medida; una hipótesis que es verdadera porque prueba ser falsa). 

Ese universo está (des)ordenado hasta el vértigo según un modelo pa radójico en el que un crimen pone en marcha la investigación y ésta pro duce narrativamente un crimen, que no representa un enigma; en que una hipótesis fracasa como investigación pero triunfa como trama narra tiva; en que dos historias están articuladas de tal modo que la creada por el detective es la misma historia que escribe el asesino; un detective que dobla al criminal y es doblado por él, un “otro” que es “él mismo”. Para el policial clásico, las hipótesis elaboradas por el detective llevan finalmente a la verdad, mientras que la policía se pierde en teorías que de sembocan en pistas falsas o en la confusión de inocentes con culpables. 

El prefecto Treviranus, en cambio, no desempeña el consabido papel ridícu lo, y —contra toda expectativa por parte del lector— acierta con la verda dera solución al primer caso (el asesinato tuvo por móvil el robo) y sus sospechas respecto del tercero son atinadas (se trató de un simulacro). Treviranus resuelve correctamente esos dos casos, a pesar de que actúa co mo un prefecto tradicional: para averiguar quién es el asesino, se pregunta por los posibles móviles, el por qué, mientras Lónnrot está sólo obsesiona do por el cómo, por descubrir la forma oculta del modelo seguido por el asesino. Treviranus elabora hipótesis prosaicas, “posibles”; para él, las “in teresantes” hipótesis de Lonnrot son sólo “locuras” (p. 503). No está inte resado en las “supersticiones judías” sino en identificar al culpable. Sin embargo, en el laberíntico juego planteado en “La muerte”, el me jor detective, el que hace la conjetura más eficaz, es el asesino, Scharlach, quien a partir de una noticia leída en un periódico —que “el investigador Erik Lonnrot se había dedicado a estudiar los nombres de Dios para dar con el nombre del asesino” (p. 501)— prevé que Lónnrot será su “lector ideal” y que forzosamente prestará atención a los indicios que Treviranus deseche. Pero su hipótesis no está dirigida a evitar un crimen sino a cometerlo. 

La trama de “La muerte” torna laberínticas las relaciones creador/cre- atura, escritor/lector. Lonnrot es un detective que sólo atiende a indicios textuales, que alimenta sus intuiciones con la lectura de más textos, y los organiza en un relato. Para imaginar la historia del asesinato, debe doblar al asesino, reproducir su conducta, recomponer el modelo del crimen. Su pone un asesino artista, como el Flambeau de Chesterton (cf. Chesterton, p. 54) quien, en sus crímenes, busca una realización estética.

 Paradójica mente, el desenlace le revela que mientras creía leer las pistas dejadas por el asesino, estaba siendo leído por él; mientras escribía una trama para explicar la serie de asesinatos, era el personaje inconsciente de un drama es crito por el asesino; mientras creía actuar libremente, estaba comportán dose según las leyes de un relato proyectado por otra mente. El lector es también leído, el escritor es también escrito, ambos son textos, las leyes del universo son las de la ficción. Por su parte, Scharlach también es un lector, que comparte con Lónnrot al menos algunas lecturas. En un periódico descubre el indicio que lo transformará en escritor; sabe que, para Lonnrot, el crimen de un rabino debe tener una explicación rabínica; Scharlach infiere que el detec tive pensará que los hasidim han sacrificado al rabino. A partir de ese mo mento, selecciona (en textos) más indicios para escribir una historia, cuyo lector ideal será aquél que la lea como la historia de la investigación de un crimen pasado, sin sospechar que se trata de la historia de un crimen fu turo. Lectores ideales serán Lónnrot y aquellos lectores de “La muerte” que, igual que el detective, se sorprendan ante el inesperado desenlace. El cuadro se complica si incluimos en él a los lectores del relato escri to por Borges. “La muerte” se presenta abiertamente como un artificio textual, una ficción creada/narrada por un yo que la reconoce como su creatura (“Al sur de la ciudad de mi cuento”, p. 504). 

Se presenta tam bién como un caso policial; los lectores sabemos entonces que estamos frente al relato de la investigación realizada por el detective para recons truir la historia de un crimen. Con nuestra lectura, colaboraremos con el detective en la creación de esa historia. Lo que ignoramos es que en el tex to se esconde otro creador, Scharlach, que está escribiendo su propia his toria, y que la escribe empleando los mismos recursos, indicios y signos que emplea el detective para escribir la suya. Para dar con la solución del enigma, los lectores deberían dominar una compleja estrategia de lectura que exige que, simultáneamente, doblen al narrador, al detective y al ase sino para descifrar las trampas que el asesino pone a Lonnrot, las que el narrador pone a los lectores y las que les tiende el escritor que dentro del relato escribe su propia trama. D on Isidro Parodi, el peluquero exégeta Aunque el universo de don Isidro Parodi parece tener poco en común con el de Erik Lonnrot, también las historias de Bustos Domecq son ocasión para que Borges y Bioy experimenten con las posibilidades formales y na rrativas del policial y para que presenten como ficciones, temas y dilemas que conciernen a la creación, la representación, la escritura, la lectura. Las transgresiones que Borges y Bioy Casares imponen al policial en Seis problemas para don Isidro Parodi son múltiples, pero no llegan a afec tar las leyes ni las convenciones mayores del género. Los relatos de Parodi son policiales, con un crimen que plantea un enigma que es explicado por una solución inesperada; respetan las estrate gias de revelación y ocultación dictadas por las normas: todos los datos es tán a disposición del lector, pero presentados de forma que se demore el acceso a la respuesta. Borges y Bioy ni siquiera han prescindido de uno de los “inconvenientes” del género: en ninguno de los relatos falta la figura del detective, que es el encargado de presentar la solución de los casos. 

No obstante, todos estos elementos aparecen distorsionados, despla zados. Más que de efectos de transgresiones al género, se trata sobre todo de efectos de las manipulaciones impuestas al lenguaje. La subversión proviene, entonces, de un lenguaje altamente parodizado, que crea la ilu sión de la oralidad argentina de los años cuarenta. Seis problemas puede definirse como “un laberinto verbal cuyo prota gonista es el lenguaje” (cf. Almeida, p. 36). Es un universo de voces que cuentan historias, cada una con su propio tono y desde un punto de vista propio, sin que detrás de ellas haya una conciencia que les permita ad vertir el modo en que cuentan ni la perspectiva peculiar en que han per cibido los hechos. Los personajes son sólo discursos, puntos de vista y modos de hablar que entran en conflicto, se interrumpen, se superponen, se contradicen. Del personaje de Lonnrot dijimos que más que una persona era un lugar mental; don Isidro Parodi es un discurso, una de las voces del texto. Pero es además la única voz detrás de la cual hay una conciencia que pone un orden al caos verbal de las historias. Detrás de esa voz mesurada, so bria, socarrona, hay un “criollo viejo”, solitario (aunque no ha elegido su aislamiento) y sabio. Su sabiduría no proviene de una inteligencia sobrehumana ni de conocimientos extraordinarios, como es, por ejemplo, el caso de Holmes (“El mismo Sherlock Holmes [...] era hombre de tala dro y de microscopio, no de razonamientos”, OC, vol. 4, p. 289). Don Isidro es un hombre iletrado, simple, callado, dueño de un saber práctico en el que coinciden la sensatez, la incredulidad y el escepticismo. Sus lec turas se reducen a seguir las noticias policiales en un diario vespertino.

 Le jos de los personajes creados por el género, don Isidro carece de rasgos exóticos: el abundante tiempo libre de que dispone no está ocupado por la ejecución del violín, la esgrima o el cultivo de orquídeas; a veces, se dis trae jugando a las barajas; en lugar de estimularse con cocaína, disfruta del mate. También Parodi es un escéptico, pero sin compartir la desespe ración, el pesimismo, el cinismo o el nihilismo que caracterizan a los hé roes del policial de entreguerras. El profundo escepticismo de Parodi es resultado de su experiencia en la vida, que le ha enseñado a descreer de la Verdad, de la Ley, de la Justicia, de las Instituciones, de la Autoridad. Desconfía por igual de jueces, abogados y policías (en Seis problemas, la policía no sólo desempeña el consabido papel ridículo, sino que es desau torizada y hasta despreciada por el detective; c£ mi artículo “Una Argen tina”, p. 140). Un escéptico como Parodi prefiere que cada uno se baste a sí mismo y que nadie se convierta en verdugo de los demás. Aunque Parodi es más un modo de decir que de ser, de él conocemos mucho más que de Lonnrot. Desde el primer relato estamos al tanto de la historia de su vida. No son éstos datos superfluos que interfieran con la presentación de los enigmas o la debiliten. La información sobre el pasa do de Parodi contribuye a que las especiales circunstancias de su vida de detective —el porqué de su estancia en la cárcel— no se conviertan en un misterio adicional para el desconfiado lector. Hay rasgos en la figura de don Isidro que lo acercan a la mayoría de los héroes clásicos del policial, pero son más los que hacen de él un caso particular, una variación del modelo. Los lectores encontramos a Parodi cuando —en ios años cuarenta— ya ha dejado su oficio de peluquero y es un conocido detective. 

Podemos inferir que la conversión del peluquero en detective no fue consecuencia de renovados intereses ni de su libre de cisión, sino de un azaroso cambio de circunstancias: está encerrado en una celda de la Penitenciaría Nacional, cumpliendo una condena por ase sinato. Pero el detective que, en realidad, es un peluquero, también es un asesino que, en realidad, nunca mató a nadie: ha sido condenado por un crimen cometido por otro. Su virtud más notoria parece ser la paciencia: a lo largo de los seis re latos, la acción más frecuente de Parodi es sentarse a escuchar las historias que le cuentan los visitantes. 

Podemos conjeturar que esta cualidad haya sido largamente ejercitada en sus años de peluquero, la única escuela para su futura profesión. Sólo cuando las visitas se extienden o se demoran de masiado en comentarios o detalles, Parodi pierde la paciencia y los inte rrumpe, o los echa de la celda. No parece disfrutar demasiado de su tarea de detective: le cansan los visitantes, más bien se resigna a recibirlos. Tampoco le interesa la fama: no le molesta que otros se apropien de sus triunfos como investigador. Como todo detective, don Isidro resuelve enigmas, aunque las cir cunstancias hacen que esté más limitado que sus colegas para llevar a cabo la pesquisa. También él es un “ detective de escritorio ”, pero su despa cho es una celda; no puede trasladarse al lugar del crimen ni recoger indi cios o información adicional. No dispone de colaboradores, ni siquiera de la ayuda poco eficaz de un Watson. El único contacto con la realidad exterior lo tiene a través de sus visitantes, lo menos parecido a un colabo rador competente y confiable, ya que no comprenden los hechos presen ciados y sus versiones de lo sucedido están absolutamente distorsionadas. 

Las peculiares circunstancias en que Parodi realiza sus investigaciones imponen a los relatos un mayor rigor intelectual y alto grado de racioci nio. Por otra parte, invierten una situación típica del policial: en los clási cos, el enigma está en un cuarto cerrado y la solución llega desde afuera. En Seis problemas, el que está encerrado es don Isidro, y con él, la solu ción, mientras que los crímenes se producen afuera. En los policiales de enigma, el espacio cerrado o limitado suele funcionar como una conden sación del espacio social entero. A la celda de don Isidro llegan todas las voces de la ciudad que se extiende fuera de la Penitenciaría, es una meto nimia de todos los modos del habla de Argentina de la época. La condición de recluso lo condena además a una monótona práctica de su profesión de detective. 

Privado de la posibilidad de investigar los hechos, desprovisto de la cultivada imaginación de Lonnrot, la actividad de don Isidro se limita a recibir a sus clientes en la celda; éstos cumplen una sola acción, producir discursos; don Isidro, escucharlos pacientemen te e interpretarlos. Por las constantes digresiones, detalles no pertinentes, comentarios que distraen del caso presentado, por el tipo de lenguaje en que se expresan los personajes y las disparatadas versiones de los hechos, estas historias llegan a parecer irrelevantes para la trama. Don Isidro se ve obligado a interrumpir los discursos y reencauzarlos cuando se descarri lan, pero es en ese mismo caos verbal donde él —y el lector— deberán encontrar la respuesta al enigma. Parodi traspone el discurso de los perso najes en el suyo propio, convierte las descabelladas versiones en casos po liciales, sabe encontrar el modelo formal que las ordena y les da un senti do. No funda sus soluciones en la investigación de los hechos sino en la interpretación de esos discursos. 

Su método de trabajo parece aproximar se al que un personaje de Seis problemas, el poeta Carlos Anglada, le atri buye a Picasso: “ubica en los primeros planos el fondo del cuadro y pos terga en la línea del horizonte la figura central” (OCC, p. 66). Su tarea de hermeneuta consiste en desatender a todos los ingredientes del discurso que perturban la comunicación y destacar en el primer plano los datos que estaban ocultos por los modos de hablar, la gesticulación y los puntos de vista distorsionados. 

Lo más evidente en las paródicas historias de Honorio Bustos Do- mecq es que desestabilizan y reordenan —aun más radicalmente que en “La muerte”— la relación escritura/lectura. Creadas por un autor ficticio y presentadas por uno de los personajes, las historias disuelven los límites entre realidad y ficción, entre creador y creatura, problematizan la noción de autoría, organizan un universo puramente textual, cuyo modelo for mal es el laberinto y el abismo. Bustos Domecq es un yo textual, pero crea textos como si se tratara de un autor real; es tema de las conversaciones entre sus personajes; en más de una ocasión es su interlocutor directo.3 Crea también un discípu lo, otro autor ficticio, B. Suárez Lynch, al que escribe un prólogo de pre sentación y cede la trama y los actores para la “novelita” que publica. Crea personajes que, a su vez, se convierten en garantía de su existencia, al crearle a Bustos una ficticia silueta literaria. Escribe historias que son pre sentadas, leídas, comentadas y corregidas por los mismos personajes que las animan. La relación entre creador y creatura cae en el abismo: el crea dor crea a la creatura que, a su vez, crea al creador. Los cuentos de Bustos no provienen de una instancia exterior al texto sino que su lugar de origen es el texto mismo; el autor es una función más del discurso, es escrito por otros, fuera del texto sólo hay textos. Esta radi cal desaparición del autor conmociona también la realidad de los lectores, al sugerir su posible condición de instancias textuales escritas por otro. Su condición de “ficción que vive en la ficción ” y la configuración de la trama en torno a discursos que usurpan el lugar a las acciones, confie ren a los relatos la estructura de verdaderos “laberintos verbales”. 

El de Seis problemas es un universo de voces; los personjes no representan perso nas sino discursos, modos de hablar, lugares de un lenguaje que crea la ilusión de la oralidad, en los que la enunciación juega un papel decisivo. Hasta la voz del narrador queda atrapada en ese laberinto, contaminada de oralidad y de los modos de decir de los personajes (cf. Almeida). En Seis problemas —al igual que en “La muerte”— los personajes no ocultan al lector su carácter de entes de ficción. Todos ellos aparecen vi viendo acontecimientos proyectados por otra mente. Lo mismo que Lonnrot, son inconscientes actores de una trama creada por otro. En “Las previsiones de Sangiácomo” (también de 1942) se dice del hijo del Com- mendatore: “Ricardo creía desempeñarse con toda libertad, como cual 3 Los Nuevos cuentos de Bustos Domecq registran un encuentro entre Bustos y Parodi cuando éste ya ha abandonado la cárcel (OCC, p. 426). En especial cuando se encuentra en dificultades, Bustos no vacila en consultar a Montenegro y a otros personajes. quiera de nosotros, y el hecho es que lo manejaban como a las piezas de ajedrez” (OCC, p. 82). Su muerte es a la vez un suicidio voluntario y un asesinato premeditado por el padre. Del destino de los personajes puede decirse, literalmente, que “estaba escrito”. Por ello don Isidro, para inter pretar los datos, no necesita recurrir a la lógica de los acontecimientos, le bastan las leyes de la ficción literaria. Tal vez el rasgo subversivo más notable es que en Seis problemas se da una radical transgresión del esquema narrativo del policial clásico: Bustos Domecq presenta una sola historia, pero no la de la investigación sino la del crimen. Esta historia, contada por los personajes que van a la celda 273 en busca de ayuda, ocupa prácticamente todo el relato. 

Los párrafos finales se reservan para la breve exposición de la solución a cargo de Pa rodi. Pero su solución aparece como repentina, no se funda en los avan ces de la investigación: don Isidro no ha resuelto el enigma mediante la elaboración, modificación, sustitución de hipótesis. Ninguna de las solu ciones de Parodi aparece fundada en “pruebas”; tampoco puede ser con firmada por los protagonistas, ya que el detective ha podido resolver los casos a pesar de ellos y de sus disparatadas versiones de los hechos. Aunque la narración de los casos resueltos por Parodi se mueve desde un crimen a su solución, los relatos de Seis problemas no mantienen la es tructura finalista clásica del policial. La polifonía y el modo en que las vo ces del texto presentan las historias rompen la linealidad del relato, al punto que esos discursos parecen estar allí sólo para confundir al lector. El único factor de orden en ese caos es la voz de Parodi y su interpreta ción de los hechos. Pero el orden que impone Parodi es interno al texto. A él no le intere san las consecuencias judiciales y carcelarias que pudieran tener sus solu ciones. Rechaza toda denuncia o condena del criminal. Don Isidro no es un héroe justiciero (ni lo uno ni lo otro). Es indiferente a si el orden que sus conjeturas han impuesto a los hechos se corresponde o no con el or den del mundo real: la soluciones de Parodi parecen un tanto arbitrarias tal vez porque él mismo tampoco pretende que ésa sea la única y verdade ra explicación de los hechos. Son sólo intentos de proponer, desde la fic ción, un orden posible, ausente de la realidad. C onclusión Borges compartía con su contemporáneo Wittgenstein la convicción de que puede haber más trabajo intelectual en un relato policial que en un tratado de metafísica o en ciertas otras formas de escritura llamadas u i cultas : » Creo [...] que la organización y la aclaración, siquiera mediocres, de un al gebraico asesinato o de un doble robo, comportan más trabajo intelectual que la casera elaboración de sonetos perfectos o de molestos diálogos entre desocupados de nombre griego o de poesías en forma de Carlos Marx o de ensayos siniestros sobre el centenario de Goethe, el problema de la mujer, Góngora precursor, la étnica [sic] sexual, Oriente y Occidente, el alma del tango, la deshumanización del arte y otras inclinaciones de la ignominia (“Leyes”, p. 48). 

Las páginas que preceden han querido ilustrar el progresivo cambio de acento que se opera en Borges con respecto a esa apreciación. Lo que acaba interesándole, y la vía por la cual revolucionará las leyes del género, es precisamente la savia filosófica que atraviesa la estructura del policial. De tal forma que, siguiendo su estilo de pensamiento, se podría decir que hay más “trama policial” en su ensayo “La muralla y los libros”, o en “Nueva refutación del tiempo”, que en muchos legítimos cuentos de de tectives. El estudio de dichos ensayos constituye el capítulo tácito del pre sente artículo. Ricardo Piglia, al ilustrar, en “Tesis sobre el cuento”, la teoría de las dos historias que componen un cuento, sugiere que en Borges la primera historia (la evidente) es siempre un género, y que la segunda (la oculta) es siempre la misma. Quizá esta expresión un tanto esquemática permita in terpretar el funcionamiento de la lógica policial en los textos de Borges. Los ensayos presentan como historia oculta lo que relatos como “La muer te y la brújula” presentan como historia evidente, y viceversa. Tal vez esta consideración permita elaborar en términos nuevos una teoría del simbo lismo según Borges. 

O bras citadas Almeida, Iván. “Seis problemas para don Isidro Parodi y la teología literaria de Borges”. Variaciones Borges, 1998, núm. 6, pp. 33-51. Borges, Jorge Luis. “Leyes de la narración policial”. Hoy Argentina, abril de 1933, núm. 2, pp. 48-49.- — “Los laberintos policiales y Chesterton”. Sur, julio de 1935, núm. 10, pp. 92-94. —---------- Obras completas [OC]. 4 vols. Emecé, Barcelona, 1989-1996. Obras completas en colaboración [OCC]. Emecé, Barcelona, 1997. Chesterton, W. K. The Complete Father Brown. Penguin, Londres, 1981. Ludmer, Josefina. Onetti. Los procesos de construcción del relato. Sudamericana, Buenos Aires, 1977. Parodi, Cristina. “Una Argentina virtual. El universo intelectual de Honorio Bustos Domecq”. Variaciones Borges, 1998, núm. 6, pp. 53-143. Piglla., Ricardo. “Tesis sobre el cuento”. Crítica y ficción. Siglo Veinte, Buenos Aires, 1990, pp. 83-90.

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