EDICTO DE LA PESTE
Érase una vez la peste. Ante el temor de enfermar y morir, la gente llevaba la
vida de un ermitaño, distanciados los unos de los otros en las celdas de sus
hogares, enmascarados para protegerse de una realidad contaminada, en
absoluto confiable, y definida por la pestilencia, el dolor y el sufrimiento. De
repente se dieron cuenta de que vivían en un mundo de contagio y de que
incluso ellos mismos podían ser contagiosos. Siguieron una práctica que los
antiguos llamaban «anacoresis», un retiro del mundo, un recogimiento en
soledad.
Algunos de ellos, los más pudientes, huyeron de las ciudades en busca de
la aparente seguridad del campo.
Los más humildes se quedaron donde
estaban, esperando a que sucediese lo mejor, pero a la vez temiendo lo peor.
Apartados de su obligatorio ir y venir diario y de su embrutecedora batería
de distracciones para distraerse de la distracción, llegó a sus oídos el
silencio, o algo muy similar al silencio, a veces acentuado por el canto de
algún pajarillo. Quisieran ellos o no, todos se convirtieron en anacoretas. Se
convirtieron en místicos involuntarios.
En aquel mundo de aislamiento y enfermedad que vivió esta gente había
un extraño ascetismo que los abrió a experiencias extremas: la duda, el
abandono, los sueños, la hipocondría y las alucinaciones.
Muchos de ellos
sintieron el deseo desesperado del contacto del amor, de una conexión con
algo o con alguien más allá del ser o por encima del mismo, se entendiera
aquello como se entendiese, quizá incluso como algo divino.
Los sentimientos tan intensos y tan confusos que tenían parecían
remitirlos a unas prácticas y creencias que consideraban desfasadas,
supersticiosas, irracionales y, francamente, también vergonzosas. Fue como
si en medio de aquella peste hubiese despertado algo arcaico, elemental,
primigenio, muerto desde hacía mucho tiempo. Algunos comenzaron a
preguntarse por la naturaleza de estos sentimientos arcaicos y por la manera
en que podrían entender el misticismo que había revivido, como un fantasma
al que nadie había invocado.
LA RENUNCIA AL ÉXTASIS
¿Por qué el misticismo? Evelyn Underhill, fascinante figura un tanto
olvidada que hizo mucho por popularizar el misticismo a comienzos del
siglo xx, lo define como «la experiencia en su más intensa forma». La oferta
que yo le hago al lector en este libro es bien simple: ¿no le gustaría probar
un poco de esa intensidad? ¿No le gustaría elevarse y salir de sí mismo, a
una pura sensación de vitalidad?
De ser así, seguramente merecería mucho la
pena intentar averiguar qué entendemos por misticismo y cómo puede
alterar, elevar y profundizar la percepción de nuestra propia vida.
El misticismo no es algo fundamentalmente teórico. No consiste en una
simple creencia intelectual en la existencia de Dios como si fuera una
especie de postulado metafísico que uno puede afirmar o rebatir. El
misticismo es más bien existencial y práctico. Es -y esto puede servir a
modo de definición improvisada- el fomento de unas prácticas que te
permiten liberarte de tus típicas costumbres, tus habituales fantasías e
imaginaciones y, una vez ahí, permanecer de un modo extático.
Este es un libro sobre tratar de salir fuera de uno, de perderse, sin dejar de
ser consciente de que el yo no es algo que se pueda abandonar por completo.
Aunque siempre se puede intentar. Eso a lo que llamo «éxtasis» es una
manera de sobrepasar el yo, de hallarse suspendido más allá de los confines
de la propia cabeza, y la sensación de alegría, placer y júbilo que acompaña
dicha experiencia.
Es algo que tal vez conocíamos mejor en nuestra infancia,
en especial en la experiencia del juego, pero a lo que hemos renunciado en
nuestra adolescencia y en nuestra excesivamente larga adultescencia. La
madurez es la renuncia al éxtasis. Anhelamos retornar a ese estado
infantiloide, pero fracasamos porque nos quedamos embobados con nosotros
mismos. Estamos atrapados por nosotros mismos, absortos con nosotros
mismos, obsesionados con nosotros mismos.
Aun así, hay áreas de la experiencia humana que sí nos permiten abrirnos
paso más allá de ese yo pegajoso hacia algo mucho mayor, más vasto: algo
cargado de efervescencia y tal vez de un gozo puro y desenfrenado ante el
hecho de la vida y del mundo. Este abrirse paso hacia el exterior es justo lo
que hace la religión en la mejor de sus versiones, es lo que puede generar en
nosotros el arte en su vertiente más noble, la dirección en la que nos puede
orientar la poesía; es también lo que puede suceder -si somos afortunados-
en nuestra vida sexual y tal vez sea también lo que mueve el deseo de la
embriaguez, del tipo que sea. Podemos ver esas experiencias como formas
de abandono. Uno renuncia a todo deseo de control, de dominio sobre uno
mismo y sobre los demás, y se somete libremente.
En tales momentos -que son situaciones de una exposición y
vulnerabilidad extraordinarias-, el yo se disuelve en un entorno más grande
y más amplio, con más espacio para el ser. Ese abandono se produce de un
modo particularmente poderoso en la experiencia de la música. El
misticismo consiste en evocar esas experiencias y abrirnos a ellas, unas
experiencias ilimitadas de viveza e intensidad.
El misticismo es una manera de describir un éxtasis existencial que se
halla fuera de los límites del yo consciente y que es más que este. Consiste
en un dejamiento y un desapego, que podría suponer llevar una existencia
desprendida, una apertura fluida, una soltura despejada, una límpida
intensidad donde los conceptos de la mente y el mundo, del alma y de Dios
se disuelven en algo absolutamente más extraño y, aun así, más simple: la
experiencia de una libertad que no es dar libertad a nuestros deseos, sino
liberarnos de nuestros deseos.
El aliento es la forma original del «espíritu».
El «Pienso, luego existo» de
los filósofos se podría reformular más apropiadamente como «Respiro, y es
lo que hay». La conciencia es una manera restringida e inútil, limitada y
dualista de concebir lo que William James llama «la corriente de la vida», un
flujo que engloba el aliento de nuestras ideas tanto como el vasto cosmos
que nos envuelve con su respiración pausada.
El misticismo consiste en la posibilidad de una vida extática. Durante los
últimos dos siglos, con las obvias excepciones de gente como Nietzsche y,
de manera más reciente, Georges Bataille, la filosofía ha conseguido
vacunarse de un modo más o menos eficaz contra ese tipo de experiencias
que hallamos en los místicos. Ha llegado el momento de reintroducir el
virus.
El éxtasis es la sensación de estar vivo cuando apartamos la tristeza que se
aferra a nosotros. Y bien que se aferra a nosotros. La realidad nos presiona
desde todas las direcciones con una fuerza implacable, con una violencia que
nos agota y nos deja sin energías, que desperdicia nuestra capacidad para
creer y gozar.
El mundo nos ensordece con su ruido, nos escuecen los ojos
por la creciente incoherencia de la información, la desinformación y la
presencia constante de la guerra. Todos sentimos, todos vivimos sumidos en
la pobreza de la experiencia contemporánea. Son tiempos plomizos, pesados;
tiempos de escasez. En consecuencia nos sentimos infelices, ansiosos,
desdichados y aburridos.
CONTRA HAMLET, SE ACABÓ LA MELANCOLÍA
Pues bien, repetimos: ¿por qué el misticismo? Para obtener algo de alivio de
la tristeza, de la melancolía, de la pesadumbre en el alma, del abismo de la
desesperación, de la plomiza pesadez mental. Comienzo por la sensación
(llamarlo certeza sería excesivo) de que todos andamos perdidos, todos nos
sentimos solos, a todos nos resulta difícil creer en algo, comprometernos con
algo, vivir de un modo que nos haga sentir realmente vivos.
En resumen,
vivimos en un valle de lágrimas.
La duda nos roe por dentro, como una rata bajo los tablones del suelo de
la casa del ser. Es como un eccema existencial que nos rascamos a través de
la ropa. Y no estamos hablando de una duda intelectual: no es esa duda tan
chic, tan escéptica y racional del filósofo en el estudio. Es una duda visceral,
existencial, que nos deja una sensación de marginación y de abandono.
Puede ser una duda al respecto de los demás y de la benevolencia de sus
intenciones, una duda de las instituciones de las que dependen nuestra
seguridad y nuestro bienestar. Y, sobre todo, un dudar de nosotros mismos
que surge de la crueldad del engreimiento y que nos conduce en última
instancia a la cuestión sobre si ser o no ser. La duda prende la llama de
nuestra inteligencia suspicaz y, al mismo tiempo, extingue la de nuestra
capacidad para amar.
Tomemos a Hamlet y, en aras de la discusión, digamos que es la persona
más inteligente que podríamos encontrarnos o, incluso, que pudiera existir.
Es un ser de duda, en el que toda justificación para la certeza que había en el
mundo y en sí mismo se ha evaporado en la violencia física y verbal, el
temor, la paranoia y el asesinato. Hamlet es el antimístico por excelencia,
que pretende controlarlo todo con sus solitarias cascadas de razonamientos,
con palabras, palabras y más palabras. Con su duda, Hamlet da muerte a
todo amor en su interior: por Ofelia, por su madre, por el mundo y por sí
mismo. No lo complace el hombre, no, ni tampoco la mujer. Y nosotros,
muy al estilo de Hamlet, caemos en una espiral hacia una melancolía que se
asienta amargada en nosotros como una nube tóxica que todo lo invade.
El
mundo nos parece un promontorio estéril, un jardín plagado de malas hierbas
y de cosas muertas, malolientes y putrefactas.
Todo son penas y lágrimas, siempre, visto a la luz de un cierto crepúsculo
tranquilizador, porque la tristeza nunca decepciona. La melancolía es una
magnífica compañera, fiable en la regularidad con la que aparece en nuestras
vidas. No hay nada más tranquilizador que ceder ante nuestra propia
pesadumbre, ante el peso de nuestro ser que tira de nosotros y nos arrastra
hacia abajo, un peso del que no parece haber posibilidad de escapar. Tal y
como atestiguan los interminables y locuaces soliloquios de Hamlet, hay un
consuelo perverso, incluso, en la sensación de estar trágicamente absorto con
uno mismo. Es lo que a menudo se interpreta en nuestra sociedad como «ser
listo», una cualidad inmensamente sobrevalorada, en mi opinión.
Este libro intenta describir un movimiento contrario, un movimiento que
no va desde la duda hacia la ausencia de amor, sino desde el abandono hacia
el júbilo, desde las penas hacia las alegrías, desde el malestar hacia el
bienestar. Nos quitamos nosotros mismos de en medio, de un empujón,
ascendemos y salimos de nosotros para intentar hallar algo más, una especie
de júbilo, una especie de liberación y elevación, el pálpito de que, a pesar de
todo, todo va a ir bien.
TODO VA A IR BIEN
¿Cómo puede uno decir que todo va a ir bien? Esa es la gran proposición de
la protagonista de este libro, la mística medieval inglesa Juliana de Norwich
(circa 1342-1416), a quien vamos a dedicar una buena cantidad de tiempo.
¿No es una locura? ¿Cómo va a ir todo bien en un valle de lágrimas? ¿Cómo
podemos decir, pensar e incluso vivir con esa idea de que todo irá bien?
Vamos a ver, Juliana conocía el valle de lágrimas. Conoció la enfermedad
más profunda, la enfermedad mortal, la enfermedad en el alambre. Incluso
deseó esa enfermedad y la recibió con los brazos abiertos. Y, a pesar de eso,
luchó por apartarla y por apartarse ella y permanecer al margen.
A este
«apartarse» le vamos a seguir la pista con detenimiento en este libro bajo el
nombre de lo que Simone Weil llama «decreación», un desmantelamiento de
la criatura que hay en nosotros en un proceso que pretende abrirnos a lo que
antecede al yo. Así piensa Juliana en lo divino. Su manera de vivir en la
práctica su relación intensamente afectiva con Cristo es despojarse del yo.
La fuerza de la teología tan profundamente innovadora y experiencial de
Juliana reside en aceptar un tónico sanador contra la melancolía, en especial
la melancolía filosófica y la repulsa hamletizada de nosotros mismos.
Tenemos un ego demasiado grande. Ese ego ocupa demasiado espacio en
nosotros. Siempre hay demasiado «yo» en nosotros. Juliana quiere que
apartemos ese yo y que veamos que a pesar de todo el dolor que sentimos -
las penas y la inquietud en ese valle de lágrimas-, podemos tener una gran
calma si somos pacientes, si esperamos, si prestamos atención a eso que nos
sobrepasa a nosotros y a nuestros anhelos de criaturas. Eso que nos supera es
la experiencia del amor extático, y es una lección mucho más difícil de
aprender que la tristeza más profunda. Exige que nos abandonemos tanto
como sea posible, que nos entreguemos a eso que supera al yo, que se
encuentra fuera del yo: un terreno maleable de amor que es previo a la
voluntad.
Si somos fieles a ese remanso de amor, si persistimos en él con una pizca
de la bondad, el recato y la sobriedad que muestra Juliana, entonces todo irá
bien. Es más, en una forma adverbial que Juliana repite con frecuencia, este
movimiento desde las penas hasta el bienestar puede suceder «súbitamente».
En un abrir y cerrar de ojos, podemos vernos elevados, rescatados, sanados.
Fantástico -cabría decir-, siempre que creas en Dios como cree Juliana. Y
quizá sea acertado decirlo.
Es posible que la visión del amor que ofrece
Juliana sea más fácil de comprender cuando es una divinidad lo que le da
forma. Aun así, lo que voy a intentar mostrar en este libro es que el
misticismo continúa vivo como experiencia estética en ese universo de
embeleso que se abre en el arte, la poesía y, en especial, la música.
SOMOS LA MÚSICA
Para T. S. Eliot, escribir poesía es una insufrible lucha con las palabras y los
sentidos donde las palabras no coinciden con los significados y los
significados no terminan de estar a la altura de las palabras que pretenden
expresarlos. Las palabras se te escapan, los sentidos se te escapan, pero el
objetivo de esta poesía apunta hacia una quietud, un punto inmóvil en el
mundo que gira y gira, una experiencia de encarnación donde se intersecan
el tiempo y la atemporalidad. Este punto, que tan solo puede expresarse en
los términos de la negación, la antítesis y la paradoja que Eliot toma prestada
del misticismo, se encuentra fuera de las palabras y, por tanto, fuera de la
poesía. Es un estado más cercano a la música, una música que es fuego, es
vida y es danza.
Por eso termino el libro con la música, aunque lo cierto es que he estado
escuchando música a lo largo de todo el proceso de escritura. Ya sabemos
que el mundo moderno es el torbellino de un violento desencanto moldeado
por el flujo especulativo del dinero, que presiona desde todas las direcciones.
Aun así, cuando escuchamos la música que nos gusta, parece que el mundo
se reanima, parece completamente vivo, rebosante de sentido. La única
prueba del animismo que conozco es la música. Cuando la escuchamos, es
como si el mundo cayese bajo el hechizo de una suerte de magia natural. En
la música, el cosmos parece infundido de divinidad.
Y aquí, al hablar de «música» me refiero simplemente a la música que te
gusta, música popular, o no popular, esa música que te hizo sentir más vivo
la primera vez que la escuchaste y que tanto has valorado durante tantísimo
tiempo. Y podemos escuchar más de esa dulce música si abrimos bien los
oídos, una música que nos permite el acceso a muchas más vidas de las que
tenemos a nuestra disposición. La música puede atraparnos con la energía de
una conversión religiosa: una vez la has escuchado, nunca vuelves a vivir el
mundo de la misma manera, en absoluto.
Hay un misticismo en la experiencia de la música, un misticismo sin dios,
si preferimos decirlo así, que actúa en el reino de los sentidos y que tiene su
eco tanto dentro de nosotros como más allá de nosotros.
Un éxtasis sensato.
Lo que yo intuyo -no es más que eso, una intuición- es que la música, la
música común y corriente, la compartida, la cotidiana, sea elevada, de baja
estofa o se encuentre en algún punto intermedio, en la mejor de sus
expresiones es capaz de describir cómo nos sentimos y permitir que
sintamos algo más.
La música es capaz de concitar un sentimiento que puede ser de júbilo,
pero también puede ser un temor, una tristeza o un anhelo soterrado, cosas
más profundas que la cognición, los conceptos o la consciencia. Podemos
considerar esto una participación de eso que Juliana llama «sustancia
bondadosa», una empatia que va más allá de las palabras y que, quizá, sea su
condición previa. La música -y este es su milagro, el motivo por el que sería
un error vivir sin música, como insistía Nietzsche- puede conllevar esa
emoción y retenernos por un instante. Y, tal y como escribe Eliot, somos la
música mientras la música dure.
Tal música podría ser grandiosa y pública. Se podría representar, ser
operística. Podría ser formal y constreñida. Podría ser improvisada y
flexible. Podría ir acompañada de un baile colectivo desenfrenado. Podrías
bailarla tú a solas en tu habitación, hasta reventar. O podría ser algo más
tranquilo, más sutil, implícito o cotidiano, como escucharla en casa a solas o
con algún ser querido. Podría consistir en escuchar el canto de un pájaro o el
rumor del tráfico. La cuestión es que, en todos estos ejemplos, la música es
una práctica devocional con toda su parafernalia, sus santos, sus rituales, sus
comuniones, sus peregrinajes y sus reliquias sagradas. Es posible que sea en
la experiencia de la música cuando más cerca estemos de percibir un
universo animado y de comunicarnos con él.
Es imposible ser ateo cuando uno escucha la música que le embarga.
¿PARA QUÉ SIRVEN LOS ESCRITORES?
Me gustaría llegar a un pacto con el lector de este libro: ver si somos capaces
de transformar nuestra profunda tristeza, nuestro valle de lágrimas, nuestro
malestar y nuestras dudas por medio de una abundancia de palabras y
sonidos que nos permitan contrarrestar la violenta presión de la realidad y
dar pie a una riqueza vital, quizá a la transfiguración del yo y del mundo.
Esta es la posibilidad del éxtasis, no como un estado alterado, sino
intensificado, elevado, profundizado y liberado.
Desde fuera, una existencia desprendida puede tener exactamente el
mismo aspecto que una vida cotidiana corriente. No cambiaría nada y, aun
así, cambiaría todo. Si el pensamiento pudiera desprenderse y liberarse de la
tiranía de la voluntad y de sus interminables afanes, entonces estaríamos por
fin abiertos a ese espacio donde vivimos, nos movemos y existimos: el
mundo.
Yo creo que merece la pena preguntarse por qué escribe uno. ¿Es
simplemente por el deseo de una relativa notoriedad o por ascender un
peldaño en la escalera del academicismo? No podemos descartar tales
ambiciones por absurdas y narcisistas que sean. George Orwell tiene razón
cuando afirma que «todos los autores son vanidosos, egoístas y vagos», y
que «escribir un libro es una lucha horrible y agotadora», pero el deseo más
básico de la escritura hay que buscarlo en otra parte.
Escribir es aspirar a -e incluso anhelar- el misterio de un claro entre los
árboles, un espacio despejado distinto del yo, la inmensa habitación de la
experiencia vital, que es una estancia soleada pero sin ventanas. Escribir es
tomar parte en la lucha por pasar desapercibido. El problema es que el ego
no deja de estorbar. Buscamos un claro, pero conforme atravesamos este
denso bosque de árboles y matorrales, no dejamos de engancharnos en las
ramas, nos ensuciamos de tierra y nos vemos arrastrados de vuelta hacia el
paisaje cada vez más oscuro de la duda, la duda de nosotros mismos que
atormenta y persigue al escritor a cada paso que da.
Por eso los autores han de emplear subterfugios, convencerse de que son
algo o alguien distinto de ellos mismos, ser ventrílocuos de otras voces, otras
posibilidades del yo, otras abundancias de cosas, de aves, de bestias y de
entornos enteros. En este libro vamos a ver cómo se desarrolla esta lucha en
diversas voces, en especial al analizar a la autora norteamericana Annie
Dillard y al seguir el sinuoso recorrido de los pensamientos que dan forma a
los Cuatro cuartetos de T. S. Eliot.
Para Dillard, la única aspiración del artista es iluminar el mundo. «Cuando
la vela está encendida -dice-, ¿quién se fija en el pábilo?».
El pábilo es aquí
el artista, cuyo único propósito es encenderse y arder, generar iluminación.
Cuando la vela se apaga, nadie la necesita. Escribir es intentar encenderte y
arder, tratar de inmolarte. El nombre, la identidad, la interioridad o la
subjetividad del escritor o el artista no son del menor interés. El que escribe
no tiene rostro. Tal y como lo expresa Dillard, a su manera extrema tan
maravillosa, la vida del escritor prende o no prende, y si no prende, la obra
es un fracaso. Ahora bien, si prende y arde, entonces nos fijamos en la llama:
en la obra y no en el pábilo. En el arte y no en el artista.
Plantearse esta línea de razonamiento equivale a ver que el arte nos puede
permitir recobrar el éxtasis al que habíamos renunciado. Escribir es quitarse
de en medio en la medida de lo posible para ver las cosas en sí y no solo
nuestras ideas sobre las cosas, nuestra propia imagen reflejada que nos mira
fijamente. Es dar pie a la posibilidad de que en la experiencia del arte haya
una experiencia de lo sagrado donde esas cosas cobran vida y nosotros
cobramos vida en el proceso de observar, asistir, ver, escuchar o leer.
Esto puede sonar excesivamente elevado, demasiado grandilocuente o de
una simple ingenuidad, sin más. Espero que no sea así. Sin envolverme en
una ironía hamletiana autoprotectora, quiero afirmar que las experiencias
sensoriales, corpóreas, disponibles en la poesía, la prosa y la música son
maneras de trasladar y extender la práctica mística hasta llegar al éxtasis, el
embeleso y la visión.
En estos momentos extáticos -que pueden y se deben repetir, renovar y
representar de manera continua en el escenario de nuestra vida-, mientras
ocurren, nos vemos liberados de la cárcel de la melancolía y la duda.
Estamos en paz y en calma. Súbitamente.
Este libro va a ser un recorrido hacia ese momento súbito, el
acontecimiento del éxtasis. Me gustaría invitar al lector a emprenderlo
conmigo. No tiene sentido ir hasta allí uno solo.
BREVE BIOGRAFÍA DE DIECISÉIS MÍSTICOS
Lo que viene a continuación es un breve inventario que puede servir a modo
de introducción a los místicos que analizaremos o que son relevantes en el
texto. No son todos los místicos, ni siquiera son todos los místicos cristianos
medievales importantes, pero sí son mis místicos.
DIONISIO (CIRCA seo)
Los misterios de la teología quedan velados por la deslumbrante oscuridad del silencio secreto,
opacan todo esplendor con lo intenso de su oscuridad.
• Da origen a la teología negativa o apofática.
• Sus obras ejercieron una enorme influencia, en especial en la Edad
Media.
• No existió.
En sus incansables paseos por los centros de poder del mundo grecorromano,
san Pablo tuvo escaso éxito con los contumaces atenienses y su agudeza
filosófica. Según esa obra de ficción con fama de poco fiable bajo el título
de los Hechos de los Apóstoles, las enseñanzas de Pablo sobre la
resurrección fueron recibidas con desconcierto. Solo se menciona el nombre
de dos personas que se convirtieron en seguidores de Cristo: una mujer
llamada Dámaris y un hombre llamado Dionisio Areopagita. ¿Qué mejor
manera de construir un complejo engaño literario que fingir que el mismo
Dionisio escribió una serie de tratados que precedieron a los de grandes
pensadores como Plotino (circa 204/205-270) y Proclo (412-485). La verdad
es que «Dionisio», o «pseudo-Dionisio», es el nombre colocado en una serie
de textos que constituyen una falsificación de gran genialidad, lo que
Fernando Pessoa hubiese llamado un «heterónimo». En la escritura de
Dionisio, la deslumbrante brillantez del neoplatonismo de finales de la
Antigüedad se funde con el cristianismo y se vuelve propiamente mística por
primera vez.
BERNARDO DE CL ARAVAL (1090-1153)
El amor basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí. Su mérito y su premio se
identifican con él mismo.
El amor no requiere otro motivo fuera de sí mismo, ni tampoco
ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo por amar. Gran
cosa es el amor, con tal de que recurra a su principio y origen, con tal de que vuelva siempre a
su fuente y sea una continua emanación de la misma.
• Es el motor reformador y de inmensa influencia que se halla detrás del
auge de la orden cisterciense, que llegó a ejercer un considerable poder
político.
• Fue canonizado veintiún años después de su muerte.
• Santo patrón de Borgoña, de los apicultores, los fabricantes de velas y
de Gibraltar.
Bernardo de Claraval escribió ochenta y seis sermones sobre el Cantar de los
Cantares en el transcurso de casi veinte años. Se tomó su tiempo y solo llegó
hasta el versículo 4 del capítulo 3. Utilizó una metáfora con tres lugares para
esbozar un itinerario a través de los tres niveles de lectura del texto bíblico:
el jardín es el significado histórico, las despensas son las enseñanzas morales
y, finalmente, la alcoba, que representa la contemplación divina, el lugar
donde los amantes se encuentran en la unión mística. San Bernardo otorgaba
autoridad a la experiencia afectiva por medio de la interpretación de las
Escrituras. Esto abría la puerta a la riada de visiones y raptos en el
misticismo medieval femenino y masculino.
CRISTINA DE MARKYATE (CIRCA 1096-1155)
Señor, tu sierva Cristina fue una mujer preeminente, y cuanto más se acercaba a ti en el amor
verdadero, con mayor claridad conseguía acceder a las cuestiones ocultas de tu sabiduría con la
pureza de su corazón.
• Escapó de un matrimonio forzoso disfrazada de hombre y se hizo
anacoreta.
• La mejor mística de Hertfordshire.
La vida de Cristina de Markyate es una obra escrita por un monje en la
abadía de Saint Albans en el siglo xn. Es un relato maravillosamente vivido y
detallado de su vida y de su vocación religiosa. Cristina hizo los votos en
Saint Albans en 1131 y se convirtió en priora del Priorato de Markyate
después de haber fundado una pequeña comunidad de monjas en 1145.
Claramente, era una mística de profundas convicciones, una organizadora
institucional muy competente y no tenía un pelo de tonta. Su familia era
implacable, ambiciosa y cruel. Tuvo que rechazar las rapaces atenciones
sexuales del amante de su tía, el poderoso obispo de Durham, Ranulf
Flambard. En venganza, la obligaron a casarse con un joven noble llamado
Beorhtred. Después de repeler sus reiterados intentos de consumar la unión,
escapó vestida de hombre y se ocultó bajo la protección de Roger, un
ermitaño cuya celda estaba en Markyate, Hertfordshire (no muy lejos de
donde yo crecí). Transcurridos dos años, el arzobispo de York anuló
formalmente su matrimonio y pudo salir de su escondite. Cambió su nombre
de Teodora por el de Cristina y se convirtió en una priora muy querida.
CRISTINA LA ADMIRABLE (1150-1224)
Oh, Cristo, ¿qué me estás haciendo? ¿Por qué me atormentas así?
• Una atleta espiritual, destacada por lo extremo de sus devociones.
• Una beguina, de la misma diócesis de Lieja, en la actual Bélgica, que
las importantes místicas María de Oignies (1177-1213) e Isabel de
Spalbeek (1248-1316).
• Protagonista de la canción de Nick Cave «Christina the Astonishing».
Cristina revivió en plena misa de su propio funeral, a los veintiún años. Su
cuerpo se elevó en el aire hasta el techo y permaneció allí levitando hasta
que terminó la misa. Cristina detestaba a la humanidad de tal manera que se
hizo al monte y vivió allí con el sustento de la leche de sus propios pechos.
Se arrojaba a hornos encendidos, comía basura y se metía en el río Mosa
cuando aún estaba congelado. Llegó incluso a colgarse ella misma en la
horca, y permaneció así dos días. Era verdaderamente asombrosa.
HADEWIJCH DE AMBERES (1200-1260)
Deseaba llevar a mi Amado a la completa consumación, confesarlo y saborearlo al máximo:
hartar su humanidad gozosamente con la mía y así vivir la experiencia de la mía. Y ser fuerte y
perfecta para satisfacerlo a la perfección: ser pura, exclusiva y completamente virtuosa en toda
virtud. Y, para tal fin, deseé muy dentro que él me satisficiera a mí con su Divinidad en un solo
espíritu y que él fuese él mismo sin contención ninguna.
• Autora de exquisitas visiones, poemas y cantos sobre el amor (Minne).
• Nombrada como una de las «cuatro evangelistas femeninas» con
Ángela de Foligno, Matilde de Magdeburgo y Margarita Porete.
Aunque una gran parte de la vida de Hadewijch continúa siendo un misterio
absoluto, se cree que procedía de una familia noble y había recibido una
educación muy elevada. Sus escritos demuestran un conocimiento íntimo de
la literatura, la poesía y los tratados de teología escritos en diversos idiomas,
incluidos el latín y el francés. Citaba sin reparos las Escrituras y a san
Agustín y escribía poemas inspirados en las canciones de los trovadores
franceses y también cartas para ofrecer consejo espiritual a otras beguinas
(mujeres que llevaban una vida religiosa de semiclausura y que disfrutaban
de una relativa libertad. Sus homólogos masculinos eran los «begardos», del
francés begard, y del neerlandés beggaert, «monje mendicante», de donde se
cree que procede la palabra inglesa beggar, «mendigo»). El Libro de las
visiones de Hadewijch, escrito en neerlandés medio, es una de las primeras
recopilaciones de narrativas visionarias. Igual que sucede con otras beguinas
y mujeres místicas del siglo xm, una gran parte de su devoción se centra en la
eucaristía, en especial en la recepción física de Dios. En la suya se
enmarañan las visiones eucarísticas con los encuentros eróticos con Jesús y
terminan en una profunda unión «sin distinciones».
MATILDE DE MAGDEBURGO (CIRCA 1208-1282)
Canta la voz del Padre: «Soy el manantial que se desborda y nadie puede detener», y continúa
el Hijo: «Soy la constante abundancia que nadie podrá contener jamás salvo la ilimitación que
siempre manó y siempre manará de Dios». Entona un himno el Espíritu Santo: «Soy el
insuperable poder de la verdad» antes de que la Trinidad al completo concluya: «Tan fuerte soy
en mi unidad indivisa que nadie podrá separarme jamás ni romperme en toda mi eternidad».
• Recibió la primera visita del Espíritu Santo a los doce años.
• Se considera que sus vividos relatos sobre el más allá influyeron en la
Divina comedia de Dante y en el personaje de Matelda de dicha obra.
Después de su primera visión del Espíritu Santo con apenas doce años,
Matilde se marchó de casa y se fue a vivir con una comunidad de beguinas,
donde pasó la mayor parte de su vida. Al principio no hablaba de sus
experiencias, y así pasó cerca de treinta años. Cuando rondaba los cuarenta,
bajo la orientación de los frailes dominicos, comenzó a tomar nota de sus
revelaciones. A lo largo de los siguientes años, las recopiló en forma de un
compendio de siete libros que tituló La luz que fluye de la divinidad. No se
conserva el texto original, escrito en el bajo alemán del norte germánico.
Afortunadamente, sí se conservan las traducciones que se hicieron al latín y
al alto alemán medio.
ÁNGELA DE FOLIGNO (CIRCA 1250-1309)
Cuando eso que ya he contado se retira y permanece conmigo, veo al Dios hombre. Atrae mi
alma con gran gentileza y en ocasiones me dice: «Tú eres yo, y yo soy tú». Entonces veo esos
ojos y ese rostro tan misericordioso y atrayente cuando se inclina para acogerme. Esto es, que
todo cuanto emana de esos ojos y de ese rostro es lo que dije haber visto en aquella oscuridad
previa que surge del interior y que tanto me complace que nada puedo decir al respecto. Cuando
soy en el Dios hombre, mi alma vive.
• Su complejo itinerario místico tiene diecinueve pasos iniciales y siete
complementarios que conducen a una identidad corporal con Cristo.
• Canonizada por el papa Francisco en 2013, es la santa patrona de «los
afligidos por la tentación del sexo» y de las viudas.
• Sus últimas palabras, que repitió varias veces, fueron: «Ay, la nada
desconocida».
Nacida en ese hervidero espiritual de la Umbría italiana en las décadas
posteriores a las radicales enseñanzas de san Francisco sobre la primacía de
los pobres y la abolición de la propiedad privada, Ángela es la que lleva el
misticismo al más maravilloso extremo de todos los místicos. Según parece,
llevó una vida burguesa y convencional hasta que -tras la muerte de su
madre, su marido y varios hijos en una rápida sucesión- hace voto de
castidad y arde en una hoguera de deseo, acosada por sus demonios.
Era
analfabeta y hablaba un dialecto local de Umbría, así que fue el hermano
Arnaldo, de los Frailes Menores, quien tomó nota y transcribió El libro de la
vida de Ángela de Foligno. Parece justo decir que la relación entre Arnaldo y
Ángela era compleja, y parece que el fraile pudo sentirse a veces
avergonzado por el extremismo de los actos de Ángela. El libro está dividido
en dos partes, «El memorial», que cuenta la historia de la conversión de
Ángela, su penitencia y las etapas de su viaje espiritual, y «Las
instrucciones», que incluían unas cartas dirigidas a sus discípulos. Sus
experiencias son de una intensidad violenta y aterradora. Se pasa muchísimo
tiempo gritando. Si Dionisio es el padre de una teología de la oscuridad y la
negación, Ángela practica un «apofatismo corpóreo», es decir, desgarrarse
literalmente para dar lugar a una oscuridad corpórea. Para nosotros, leer a
Ángela es como ver una película de terror. Sus visiones culminan con ella
entrando a rastras en la oscuridad de la herida del costado de Cristo.
MARGARITA PORETE (1250-1310)
Una habrá de reducirse, cercenarse y recortarse para dar mayor amplitud al lugar donde querrá
habitar el Amor.
• Considerada una de las figuras más importantes de la llamada «herejía
del libre espíritu».
• Dijeron de ella que era una «pseudomujer».
• Es el primer caso conocido de un proceso inquisitorial que concluyese
con un libro y su autora en la hoguera.
La obra de Margarita Porete El espejo de las almas simples fue quemada dos
veces a modo de advertencia, antes de que a ella la quemaran viva con el
libro en la Place de Gréve de París. Está escrita como un diálogo al estilo de
Boecio entre los personajes de la Razón, el Amor y el Alma. También tiene
sus influencias de la tradición francesa del romancero y el amor cortés.
La
mezcla de prosa y verso de Porete discurre a lo largo de ciento cuarenta
capítulos: el más largo incluye su itinerario de siete etapas, de las cuales solo
la cuarta es la unión con Dios, y la séptima solo se puede llevar a cabo
después de la muerte. Porete se diferencia de la mayoría de los místicos
medievales en que ella no apela a la experiencia visionaria ni tampoco presta
demasiada atención a la corporeidad de Cristo. Tampoco da excesivo crédito
a las Escrituras e insiste en que las enseñanzas del Amor superan el mundo
de la «Santa Madre Iglesia» y de la «Iglesia Menor» de la razón. En los
documentos de su juicio se la considera «testaruda, contumaz y rebelde» por
negarse continuamente a abjurar de sus opiniones. A pesar de los insistentes
esfuerzos por apagar el eco de sus palabras, el manuscrito original en francés
fue redescubierto en 1946 por la medievalista Romana Guarnieri. Ahora se
conserva en seis versiones en cuatro idiomas y trece manuscritos. Anne
Carson escribió el libreto de una ópera sobre Porete.
MAESTRO ECKHART (1260-1328)
A Dios mego que me libre de Dios, pues la esencia de mi ser se halla por encima de Dios tanto
en cuanto que entendemos a Dios como la principal de las criaturas. Si yo mismo no existiera,
Dios tampoco existiría. Si Dios es Dios, soy yo la causa, y si no lo fuera, Dios no sería Dios. No
hay, de todos modos, necesidad ninguna de comprender esto [...], pues en este traspaso se me
concede que Dios y yo seamos uno.
• Sus memorias fueron objeto de una condena pública por parte del papa
en 1329, un año después de su muerte.
• Es uno de los dos únicos hombres que han ocupado el puesto de
Maestro de Teología en la Universidad de París en dos ocasiones.
El
otro fue santo Tomás de Aquino.
• Es una influencia significativa para filósofos alemanes como Hegel y
Heidegger.
Si Eckhart tuvo sus problemas con su arzobispo local y después con el papa
Juan XXII, no fue únicamente por el contenido de unas enseñanzas tan
radicales sobre el desapego y el dejamiento como las suyas, sino también por
su ubicación en ciudades de Renania como Colonia y Estrasburgo, lugares
donde había un temor a la herejía especialmente fuerte en las primeras
décadas del siglo av. Esto estaba especialmente conectado con la teología del
libre espíritu, donde los pobres -como había dicho Cristo con insistencia-
amenazaban con heredar la tierra. La jerarquía católica se olió los
problemas, pero también temía la manera en que predicaba Eckhart. Hablaba
a la gente inculta en su propia lengua -el alemán-, y su enigmático mensaje
cobró una inmensa popularidad de inmediato. Se puede sentir su influencia
directa en otros dos dominicos germanos radicales y muy populares: Juan
Taulero (1300-1361) y Enrique Susón (1295-1366). ¿Era Eckhart un hereje?
Él rechazó la acusación de manera bien simple: «Es posible que me
equivoque, pero no puedo ser un hereje, porque lo primero es propio del
intelecto, y lo segundo de la voluntad».
ENRIQUE SUSÓN (CIRCA 1295-1366)
Él deseaba probar la fruta, pero Dios no quería consentirlo. Dividió en cuatro partes unas
grandes piezas de fruta. Tres de ellas se las comió en el nombre de la Santísima Trinidad, la
cuarta con el amor con el que la Madre celestial le dio de comer una manzana a su Niño Jesús.
• Contrario a la costumbre, el nombre de Susón no es un patronímico,
sino que procede de la madre.
• Se identifica a sí mismo en femenino, y lo mismo hace con Cristo.
Parece que la edición latina de la obra de Susón El reloj de la sabiduría data
de 1335 y que gozó de una gran popularidad: de este manuscrito se
conservan más ejemplares que de cualquier otro libro de espiritualidad
medieval aparte de La imitación de Cristo de Tomás de Kempis. Aun así, lo
más sorprendente y original es la escritura en alto alemán medio. La vida del
siervo es la más accesible de las obras germanas de Susón. Es el
deslumbrante experimento de una autohagiografía. La obra la escribió la
«hija espiritual» de Susón, su discípula y novicia Elsbeth Stagel. Con Susón
asistimos a una inversión de la relación habitual entre masculino y femenino,
místico y escriba. Todo fluye, todo es maleable.
RICARDO ROLLE (CIRCA 1300-1349)
Dentro de mí sentí un júbilo y un ardor desconocido [...] y percibí que no procedía de una
criatura, sino de mi Creador, al ir aumentando su calor y hacerse también más placentero.
• Abandonó los estudios universitarios en Oxford para convertirse en «el
eremita apasionado y romántico» (así lo llama Evelyn Underhill).
• Autor prolífico y muy leído en latín y en inglés medio.
El ermitaño Ricardo de Hampole (aunque era más bien un eremita errante
que iba por libre) es el primero, el más controvertido y el más influyente de
los ermitaños del siglo av, la «edad de oro del misticismo inglés». Partiendo
del Cantar de los Cantares, Ricardo Rolle describe el fuego del amor en
términos de calor, dulzura y música: fervor, dulcor et canor. El efecto del
canto, el sonido y la música, en especial el Cantar de los Cantares, provoca
una dulzura de amor que se percibe a través de un calor físico y se compara
con gemas y joyas como el topacio. En una de sus obras más conocidas en
latín, Incendium amoris («El fuego del amor»), ofrece un relato de sus
experiencias místicas, que describe como de tres tipos: un calor físico en el
cuerpo, la sensación de una dulzura maravillosa y una música celestial que
lo acompañaba mientras cantaba los salmos. El libro, muy leído en la Edad
Media, expone las cuatro etapas purgativas por las que había que pasar para
estar más cerca de Dios. Tiene un estilo muy lírico, encantador y sensual.
JULIANA DE NORWICH (CIRCA 1342-1416)
Pero yo no lo consideré pecado, pues creo que no tiene ningún tipo de sustancia, ninguna
participación en el ser, ni tampoco se puede reconocer salvo por los dolores que provoca.
• Es la primera mujer inglesa de la que sabemos a ciencia cierta que
escribió un libro en inglés.
• Desconocemos su nombre; «Juliana» es el de la iglesia de Norwich a la
que estaba adscrita su celda de anacoreta.
• Es la protagonista de este libro.
En 1373, con treinta años, Juliana desea padecer una enfermedad mortal tan
atroz que le permita sentir lo mismo que sintió Cristo durante la crucifixión.
Y su deseo se hace realidad.
En un momento al borde de la muerte, cuando
su sacerdote le está dando la extremaunción, ve que sangra un crucifijo. Así
es como comienza una serie de revelaciones intensas, detalladas y muy
coloridas que duran unas once o doce horas. Algo después se convierte en
anacoreta, lo cual significa estar muerta para el mundo. Su celda es su
tumba. Norwich era la segunda ciudad más poblada de Inglaterra por aquel
entonces, y fue asolada por la peste negra, que mató a una cantidad ingente
de personas. A partir de ahí, se pasa el resto de su larga vida en una reclusión
urbana, intentando desentrañar el significado de lo que veía en sus
revelaciones. Juliana nos ofrece una potente teología de la salvación, donde,
en última instancia, no caben el pecado, el infierno ni la condenación eterna.
Sin hacer ruido, socava los cimientos filosóficos del cristianismo latino de
Occidente.
MARGERY KEMPE (1373-1438)
Mucha gente se asombraba con ella y le preguntaba qué le pasaba, y ella, como una criatura
malherida de amor, como quien hubiese perdido la razón, respondía en un llanto escandaloso:
«La pasión de Cristo me mata».
• Conocida como la Loca de Dios o la Mayor Mística Llorona de
Inglaterra por sus llantos en público, constantes y a menudo
increíblemente ruidosos.
• Autora de la primera autobiografía en inglés, que se perdió hasta que
fue descubierta de manera accidental en 1934.
Más o menos a los cuarenta años, después de haber tenido catorce hijos con
su marido John, Margery le convenció -no sin razón, quizá- de hacer un
voto de castidad. Acto seguido se dedicó a hacer viajes de peregrinación, y
vaya si los hizo. Desde su acomodado hogar en King’s Lynn, en Norfolk,
hasta Tierra Santa pasando por Venecia, Bolonia y Roma, hasta Santiago de
Compostela e incluso hasta Danzig (o Gdansk) pasando por Bergen, en
Noruega, y de regreso por Flandes. Y allá donde iba, lloraba. Las lágrimas
eran su devoción. Eran el testimonio de su matrimonio místico con Cristo. Y
no estamos hablando de unos sollozos discretos. Margery se describe a sí
misma en la iglesia llorando a tal volumen -incluso rugiendo- que se la oía
desde fuera.
No parece que una devoción tan ruidosa la hiciese muy popular
entre sus compañeros peregrinos. A pesar de su analfabetismo, Margery
afirmaba haber oído leídos en voz alta los textos de Ricardo Rolle, Walter
Hilton (circa 1340/45-1396) y Brígida de Suecia (circa 1303-1373). En 1413
conoció a Juliana de Norwich y pasó varios días recibiendo su consejo.
Margery siempre se describe a sí misma en tercera persona como «la
criatura». De su libro tan solo se conservaron unos fragmentos hasta que se
produjo un extraño suceso en la casa de una familia cerca de Chesterfield, en
Derbyshire, en 1934: el coronel Butler Bowden estaba buscando unas palas
de pimpón en el caos del interior de un armario, y estuvo a punto de tirar una
pila de libros mohosos para poner orden. Afortunadamente, un amigo le
aconsejó que se los llevara a un experto. Hope Emily Alien, de la Biblioteca
Británica, identificó el único manuscrito completo del libro de Margery que
se conserva.
TERESA DE ÁVILA (1515-1582)
Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego.
Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle,
me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. El dolor era
tan fuerte que me hacía lanzar gemidos, mas esta pena excesiva estaba tan sobrepasada por la
dulzura que no deseaba que terminara.
• La primera mujer en ser nombrada «doctora de la Iglesia».
• Canonizada cuarenta años después de su muerte.
• Protagonista de la escultura de Juan Lorenzo Bernini El éxtasis de
Santa Teresa, en Roma.
La autobiografía de santa Teresa, conocida como la Vida, documenta su
experiencia mística y tuvo una profunda influencia durante su tiempo. Sus
otras obras, Camino de perfección y El castillo interior, se encuentran entre
las más importantes del misticismo cristiano y son de una especial influencia
en el mundo de habla hispana y francesa. Teresa presenta su Camino de
perfección desde 1566 como un «libro vivo» para enseñar a sus hermanas
carmelitas que la oración y la meditación pueden permitirles perfeccionar su
práctica espiritual.
La senda de la perfección es un itinerario espiritual donde
el alma se compara con un castillo compuesto de siete salas o cámaras. La
visión que tiene Teresa del alma es como un diamante con la forma de un
castillo que contiene siete moradas. El recorrido por estas moradas culmina
en la unión con Dios. Teresa también tenía tendencia a levitar después de
recibir la comunión, algo que le provocaba una gran vergüenza. La obra
literaria
y organizativa de Teresa tuvo un enorme impacto,
fundamentalmente a través de seguidores como Juan de Yepes y Álvarez,
más conocido como Juan de la Cruz (1542-1591). Teresa y Juan fueron los
motores de un movimiento radical de reforma religiosa en España, los
conocidos como los «alumbrados». Juan fue objeto de unas terribles
persecuciones por parte de sus compañeros carmelitas que se oponían a las
reformas de Teresa.
MARÍA DE LA ENCARNACIÓN (1599-1672)
Diríase que las aguas de la tribulación que ha surcado el alma en tantas privaciones espirituales
han sofocado el delicado fuego que consumía lo más noble en ella, de tal forma que, privada de
todas sus capacidades, Dios era su único gozo.
• Tuvo su encuentro místico con Cristo a los siete años.
• Fundó el primer colegio de niñas en Nueva Francia, en lo que más tarde
se convertiría en Canadá.
• Fue canonizada por Juan Pablo II en 1980.
Nacida en Tours, Francia, con el nombre de María Guyart, enviudó a los
diecinueve años cuando ya era madre de un hijo. Inspirada por la
autobiografía de Teresa de Ávila, tuvo una serie de visiones intensas que
culminaron en una unión descrita en un tono erótico elevado que utilizaba
elementos del Cantar de los Cantares. Su autobiografía documenta un
itinerario místico de trece etapas que, con una gran familiaridad, describe el
estado interior de los progresos del alma hacia Dios. Después de ingresar en
la Orden de las Ursulinas en 1633, llegó a la ciudad de Quebec en 1639,
cuando apenas era un asentamiento avanzado de unas trescientas personas.
Indomable y con una gran capacidad de emprendimiento, María fundó un
convento y un colegio dedicado a la educación y la conversión de las niñas
indígenas. También aprendió muchas de las lenguas indígenas y tradujo
catecismos y diccionarios.
JUANA MARÍA DE LA MOTTE GUYON (i648-i7i7)
No hemos de olvidar que Dios es todo boca.
• Empezó una edición comentada de la Biblia entera.
• Escribió una interpretación del Cantar de los Cantares en un día y
medio.
• Fue acusada, encarcelada y juzgada por la herejía del quietismo.
Para Guyon, el objeto del cristianismo es alcanzar un estado de aniquilación
mística del alma que se logra por medio de la sumisión del amor puro. En su
lectura del Cantar de los Cantares, este amor se describe como el matrimonio
del alma aniquilada con Dios, que se alcanza con un beso ardiente. Guyon
llevó una vida extraordinaria, viuda con cinco hijos de un matrimonio sin
amor. Fue detenida, juzgada y encarcelada en la Bastilla a causa de la
popularidad de sus escritos y sus opiniones, pero también tenía buenos y
poderosos amigos en la corte francesa. En aquella época posterior a la
Reforma, el misticismo de Guyon suponía un problema serio para la Iglesia
católica, que lo catalogó como la herejía del quietismo en la década de 1680.
Si el cristiano puede lograr la aniquilación del alma por medio tan solo del
amor, entonces dejan de ser necesarios los sacramentos de la Iglesia, las
buenas obras y las habituales prácticas de la gente decente que va a misa los
domingos. Si soy capaz de hallar la quietud interior por medio de la oración
constante, entonces seré indiferente a la autoridad eclesiástica o política. En
su manera de abstenerse de toda actuación o conformidad con las normas y
prácticas, es una postura revolucionaria.