martes, 7 de julio de 2026

O bras com pletas de J. M. VARGAS VILA LA REPÚBLICA ROMANA ESTUDIOS HISTÓRICOS



 PREFACIO PARA LA EDICIÓN DEFINITIVA 

Yo no he tenido y no tengo otro Partido que el Partido de la Libertad; ella ha sido mi Musa, y ha sido bajo la pálida claridad de sus ojos minervinos que he escrito to dos mis libros; y, éste, es tal vez aquel en que más resplandece la casta luz de su divino espíritu; el río taciturno de la Historia, en cuyas olas se proyectaron los hombres y los hechos del Pasado, me ofreció todo el caudal de sus secretos, y, fué recorriendo sus riberas pobladas de sombras, que pude familiarizarme con las épocas pretéritas y, 

VIII PREFACIO entrando en el alma opaca y, turbada de ellas, pu de reflejarla en estas páginas, ensayando darle todo el esplendor de su trágica grandeza; ningún historiador me fué ignorado, pero quise apartarme del proceder técnico y didáctico de to dos ellos, ensayando el procedimiento de grandes frescos históricos, de metopas, y, de medallones personales, en los cuales los acontecimientos, y los hombres, obtuvieran, aislándose, su verdadero relieve; no quise hacer uso de los viejos moldes que la an tigua escuela histórica me ofrecía; rompi los viejos métodos; y fui contra los juicios y los prejuicios que eran hasta entonces sentencias inapelables y veredictos definitivos de la Historia; largos años de permanencia en Roma, y conti nuos viajes a ella, me dieron el amor de su historia y, el designio de escribir este libro, para lo cual qui se familiarizarme con el alma de la ciudad vetusta y gloriosa, y hube de lograrlo, ora meditando sobre sus monumentos que son una como flora petrifica da de aquel jardín de heroicas grandezas, mudo y devastado por el ala furente de los siglos, ora incli nándome sobre sus anales augustos, que otros es cribieron con fervor y, yo leí trémulo de admira ción ; 

PBEFACIO IX basta fojear, siquiera sea someramente, este vo lumen, para ver cuán distanciado estoy yo del cri terio de todos los historiadores que me precedieron, y, como voy contra los juicios de todos ellos y muy lejos de todos ellos, haciendo de este libro, un libro solitario, como mi Vida; el atrevimiento de mis juicios, es tal vez, su sola originalidad, ya que en el arte de escribir Historia, otra no puede haber; el Estilo, y el Criterio, de cada cual, son los úni cos que pueden diferenciar a los historiadores, en tre si; y, a ese respecto decir puedo, sin el temor de ser desmentido, que este mi libro es único y aislado, en un tan absoluto aislamiento, que no colinda por lado alguno -con el pensar ni el decir de los muchos historiadores, que antes de mi, y desde la remota antigüedad sobre hombres y hechos de Roma escri bieron ; ningún escritor hasta hoy, habia juzgado esos hombres y esos hechos con el criterio con que yo los juzgo en este libro; ése es su solo mérito; antes de el, la Historia habia sido una cortesana del Triunfo; vencer, era todo lo que ella pedia para absolver; 

X PREFACIO el Éxito era su dios; yo fui contra ese dios, y lo volqué; y , lo confundí en el polvo, con el polvo de sus sa cerdotes y de todos sus sectarios; yo, he alzado del lodazal de la derrota los gran des vencidos admirables, y , he prendido sobre su frente las aureolas que las manos cobardes del So borno, habían apagado sobre ellas, para halagar la Victoria Omnipotente, o cumplir su Veredicto Ine xorable ; yo, he dicho a la Venalidad Insolente de la His toria: «de aquí no pasarás» ; y, le he puesto mi libro por muralla; dudo que después de mí, se escriba un libro de tan noble atrevimiento: lo que si aseguro, es que antes de mí, no se ha bía escrito; no intento justificar sus juicios, ni hacer el elogio de sus doctrinas; es una debilidad en que no he incurrido nunca, para ningún libro mío; y, menos habría de incurrir para éste; he hallado que la Historia (1) había sido hasta hoy, una conspiración contra la Libertad; * Cuando de Historia hablo en este Prefacio, es a la Historia An tigua y en especial a la de Boma, que quiero referirme.

 PEEFACIO XI y, me he negado a ser un Conspirador más, en esa turba de legionarios de la pluma alzando sobre sus escudos, la miserable efigie de los Amos del Mundo, hechos augustos por el solo poder de la Victoria; el vértigo de la Misericordia, que en este caso es el alma de la Justicia, se ha apoderado de mi ante el Infortunio Inmerecido de los Héroes de la Li bertad, y ha vibrado y ha clamado con sus más rudos acentos, en esta Epopeya de los Vencidos, que es mi libro; yo, he tenido el culto de la \Derrota; como otros han tenido el culto de la Victoria; ése es mi Orgullo; las derrotas de la Libertad son mis propias de rrotas, las derrotas de mis más bellos sueños; por eso les rindo culto; los vencidos con la Libertad, son mis hermanos; i cómo no he de amarlos ?... yo, soy un vencido como ellos; el polvo que levantaron al caer en sus lejanos combates, nubla aún mis pupilas, a través de tan tos siglos; los heroicos sueños que plegaron las alas rotas, sobre sus tumbas, vuelan aún en rondas coléricas sobre mi corazón, y, le dicen las cosas tristes, que 

XII PREFACIO los labios de aquellos grandes vencidos dijeron al morir; vengarlos es un deber; toda Victoria contra la Libertad, es un Crimen; abofetearla con fuerza, es el gesto reservado a las manos que aún se conservan puras de las mancillas del Soborno; decapitarla sobre el poste de la Historia, y arro jar su cabeza a las multitudes hebetadas, que la adoraron de rodillas; ¡las Victorias contra la Libertad...! I es que el mundo actual no se siente abrumado por el hondo dolor de esa Tristeza?... es vuelto de espaldas a la Victoria Inclemente, que he escrito este libro; el pálido sol de los muertos, el Sol de los Venci dos, le da su lumbre; la Victoria, no me ha contado nunca entre sus cortesanos, ni entre sus esclavos; ella, que no ha deshonrado mi frente con sus san grientos laureles, no ha podido deshonrar mis ma nos con el oro de sus dádivas, ni mis puños con el hierro de sus cadenas; yo, no he seguido nunca el carro de Triunfo de ningún Vencedor, por grande que aparezca; no me he descubierto siquiera a su paso, y cuan- 

PREFACIO XIII do no lo he abrumado con mis dicterios, he arroja do sobre él, la mortaja de mi Silencio; ni mis manos se han tendido, ni mis labios se han abierto, para aplaudirlos, jamás; en cambio, la pálida Legión de los Vencidos ha atraído sobre ella mis ojos y mi corazón; he sufrido la imantación de su Dolor, y lo he cantado; en todos los tonos, y en todas las páginas de mis libros; y, en las de éste, más alta y más sonoramente que en ninguno; un Himno a los Vencidos, es este libro; i qué podrán darme ellos, cuyas manos se pudrie ron hace ya tantos siglos, en las entrañas de la Tierra?... I que tengo el culto de los muertos ? es verdad; ¡ bendita sea mi Necrofilia, que me permite vol ver la espalda a la Victoria, e inclinarme sobre las tumbas insultadas, las tumbas de los vencidos y sembrar en ellas el rosal de la Justicia, que ma ñana florecerá en tardías pero espléndidas ñores de Verdad!; los muertos que yo defiendo no pueden darme nada;

 XIV- PREFACIO sólo dejarán en mis manos el polvo de gloria que se desprende de sus cenizas inmortales; . eso vale más, que el oro que hubieran vertido en ellas sus vencedores, si yo hubiera vivido en su tiem po, y las hubiera alquilado para el aplauso; todo es triste en este libro ; triste y doloroso; porque es uno como Itinerario de las derrotas de la Libertad, y de las victorias miserables de la Fuer za contra el Derecho; este libro, es de ayer, como es de hoy, porque la Tiranía, no ha desaparecido del mundo; entrego a la Posteridad este Alegato en pro de los vencidos; ella casará la Sentencia de Oprobio, que los tri bunales históricos del Gesarismo Vencedor, habían dictado contra ellos, por la pluma de sus Escribas mercenarios; y, generaciones pósteras tejerán coronas para los Héroes pretéritos, con el foliamen de los tardíos laureles crecidos sobre aquellas tumbas, ultrajadas por el vil jaramago de la Detractación; y, la Libertad será coronada en la frente de aque llos que supieron morir por defenderla...

 PREFACIO • XV ...¿ historia? este libro de Historia no la tiene; o es bien corta en verdad; pensado, meditado, ideado, en Roma; en germen y, en apuntes, peregrinó conmigo; un día, y como me acaece con todos mis libros, sentí la imperiosa necesidad—una necesidad cuasi física—de producirlo; y, lo produje; en los jardines de mi Villa albis», en Málaga; hacia el Otoño de 1908; regresaba de un pequeño via]e a Africa; y, la sombra de Aníbal me obsesionaba; habia recorrido recientemente, en España, pata yes y ciudades, que recibieron antaño la visitación del Héroe; y, su recuerdo me conmovía hondamente; el Gran Vencido era como una sombra clamoro sa tras de mis pasos; la mirada de su ojo de Ciclope, parecía seguirme a todas partes; reposóme; y, bajo la sombra mJordorada de los limoneros de mi jardín, en cuyos ramajes hechos áureos piaban los últimos pájaros retardatarios, prontos a atrave 

XVI PREFACIO sar bl mar azul, para volver a las regiones que yo acababa de dejar, abrí ese cofre de recuerdos, que eran mis apuntes, y de sus legajos, surgieron las sombras de los grandes romanos, vencedores del Mundo, como para hacer compañía a la sombra del Gran Vencido que los había hecho temblar; los hechos históricos, apenas esbozados y evoca dos en esos apuntes, se alzaron vivos en mi cere bro , y me aturdieron con un clamor de mar; bajo su inevitable imperio, me puse a la tarea; y, escribí este libro de Octubre a Noviembre de ese año de 1908; y, llevólo a París en 1909; y, publicado fué en aquella ciudad en 1910; y, reeditado en Madrid en 1916; y, desglosados aparecieron sus bocetos, en el libro aHombres y Crímenes del Capitolio», editado en Barcelona; hoy lo incluyo en la Edición definitiva y, non variabitur de mis O bras C om pletas, que la Casa Sopeña edita; y, esta edición anula todas las anteriores, ora por el primor con que está impresa, ora por el cuidado y, el amor con que la he revisado y corregido; es ella la que debe llegar a los pósteros, y ser 

PREFACIO XVII puesta en las manos de los hombres libres, dignos de leerla; escrita ha sido para ellos; y, a ellos va... en un gran gesto de Fraternidad. V aegas V il a. REPÚBLICA.— ¿ DISCURSO L1MINAR LA REPÚBLICA ROMANA El deseo de la Verdad : he ahí la sed infinita, que aqueja al hombre sobre la tierra ; de todas las formas de la miseria humana, el Error, es la más profunda y la más inconsolable ; ese Imperio de las Tinieblas no tiene sino un sol que lo disipe : la Verdad ; el alma humana tiene necesidad de la Verdad, co mo el ser humano tiene necesidad del Sol; fuera de ellos, es el Caos ; y el Caos es la negación de la Vida; ‘ la Verdad, es la única forma de Revelación ha-* bida sobre la tierra ; la Verdad, dicha del hombre al hombre, por sobre las tinieblas del Espacio y del Olvido ; la Verdad, que llena invisiblemente el mundo; de la cual está embebida la tierra ; y, que la envuel ve, como un manto de infinita Misericordia : Plena est omnis térra gloria ejus; 

4 VARGAS VILA la palabra que cae de los vastos cielos de la Ver dad, fructifica siempre; fructifica en los corazo nes ávidos del divino Misterio, de creer y de crear ; los espíritus, se regocijan del advenimiento de la Verdad, aunque les sea dicha entre dolores ; el dolor que viene del conocimiento de la Verdad, es saludable, como una purificación ; como un cau terio, hecho por el orgullo rojo, de aquel que dice la Verclad ; y, como presa de un deseo profundo, la multi tud de los hombres, sueña siempre con los ricos esplendores de ese sol, tan obscurecido y tan leja no ; hay que dar a los hombres algo de ese sol de la Verdad, aunque aquellos que aman las tinieblas, nos maldigan ; respondiendo al deseo íntimo de las almas, aquel que dice la Verdad, triunfa siempre ; no de ese triunfo inmediato, triunfo vil, que es el castigo y la profanación de la Gloria, sino de aquel otro le jano, que es su consagración ; lejano y reverente, como la voz de los siglos ; hay enemigos personales de la Verdad, como hay enemigos personales de la luz, llenos del orgullo te nebroso de su propia ceguedad ; para ellos, hay dos cosas igualmente intangibles y sagrada^: la Tradición y las Tinieblas ; ellas lle nan el mundo ; ¡ no las toquéis ! ¿ no veis que so bre ellas reposa, el Imperio del Error? ; no hagáis luz sobre ellas; ¿ qué harán entonces los habitan tes de ese Hemisferio de la Impostura ?; la Men 

LA EEPÜBLICA EOMANA 5 tira, el Fraude, el Cinismo, ¿dónde irán a refu giarse ? no digáis la Verdad, no bagáis luz sobre el pasa do ; anatematizados seréis, por el amor loco del Caos, de aquellos que ban bebido en el pozo de las Tinieblas, y beberán aún ; y, sin embargo, es necesario decir el Fiat, que ordena a la luz nacer, y decir la palabra, que or dena a la Verdad surgir; la Inexorable Verdad, única a la cual en el torbellino vertiginoso de los siglos, le es dado contemplar, el rostro augusto de la Gloria : Qui vidit conspectum Glorice; todo adorador de la Verdad, siente la necesidad de hacer la luz sobre un campo determinado de la Ciencia ; ¿a dónde mayor suma de Impostura acumulada — de Impostura y de Injusticia—, que en el seno de la Historia? . más que una conspiración contra la Verdad, una conjuración contra la Justicia, parece el tejido de la Historia ; llegando a ciertos puntos de ese Imperio de la Adoración a la Fuerza, que es la Historia, cabe preguntar, ¿es el destierro de la Justicia, la condi ción inmanente de la Historia? ¿dónde está el al ma de la Verdad, en estas crónicas arrodilladas, ebrias del más intolerable servilismo? los reyes son todo ; los pueblos son nada, en aquel himno de libertos; desde que el autor de los Salmos, dijo a los re yes : «Yosotros sois dioses», el criterio de los histo

 6 VARGAS VILA riadores, pareció cristalizarse, en el veredicto ab yecto de aquel Estilita de la Adulación : la Historia, ha sido deshonrada por los historia dores, que han vivido en contubernio vergonzoso con la Tiranía; y, la Tiranía, es la lepra de Lá zaro, que deforma y hace pútrido cuanto toca ; no son los crímenes de la Tiranía, los que más asombran : son los crímenes de la Historia ; ella no ha sido sólo la cómplice vil del Despotismo, si no la ejecutora cruel de sus odios ; ella dispone de dos Imperios sin fronteras : el Silencio y el Olvido ; y, los pone al servicio de la Tiranía, para desterrar en ellos, a los grandes nombres, que los tiranos le entregan para ser ejecutados por su mano ; la Calumnia, desencadenada por los historiado res contra los hombres de la Libertad, llena la His toria, como los aullidos de una hiena, sobre el se pulcro de los grandes muertos ; los huesos de los rebeldes heroicos, y de las mul titudes sin nombre y sin edad, son devorados por la Mentira, mientras los ritmos solemnes de la Injusticia, estremecen los campos, cayendo sobre esas tumbas, vencidas en su desolación ; porque la Historia, no ha sido sino eso : un ver dugo asalariado de la Libertad ; un instrumento de los vencedores contra los vencidos ; un voceador de renombres sangrientos y de glorias asesinas ; un veredicto implacable contra aquellos que no han te nido la sanción del Éxito, aunque en las manos de esos fantasmas entristecidos, centelleen fulgores del sol de la Libertad, que cayó con ellos, cuando el 

LA EEPÜBLICA ROMANA 7 acero de la derrota, atravesó sus fuertes entrañas, venciendo sus cóleras, y haciendo abatir el hacha de sus sagradas venganzas ; . el alma de la Historia antigua, ha sido servil y cruel, y no ha sabido sino capitular^ con la Vic toria ; circunscribiéndonos a la Historia de Roma, ¿ dónde está el historiador, en el cual palpite el al ma severa y pura de la Libertad? si Roma fué un pueblo brutal, enemigo de la Justicia, sus historiadores representaron a mara villa el espíritu de ese pueblo. Roma fué un pueblo grande, que no fué nunca un pueblo libre ; y, no tuvo sino historiadores ena morados de su grandeza, y enemigos de la Libertad. Tácito, aquella grande alma, tan digna de ser li bre, ¿qué era cuando de la libertad del pueblo se trataba, cuando frente a una insurrección de es clavos se detenía su pluma, o de referirse había a los pueblos vencidos por Roma, o tocábale narrar las victorias de esa inmensa coalición de los pode rosos contra los débiles? ; un difamador de genio ; ¿dónde hay en sus libros, un acento generoso en favor de los esclavos o de los vencidos, una voz de protesta contra la Opresión, un grito sincero de li bertad ; uno de esos grandes acentos que el furor pone en los labios de las grandes almas? ¿dónde? impasible como la Naturaleza ; inexorable como la Fatalidad ; sin entrañas, como el Destino ; y, ¿Suetonio? aquel secretario de Adriano, des 

8 VARGAS VILA lumbrado y sobornado por el Poder, parece que hu biera bebido sangre, y que la bebiera siempre ; ho rrible sed, sin alma, a quien sólo el vicio tenía el privilegio de agradar, y el Crimen, no tenía el poder de indignar; ¿dónde, en ese horario de horrores, que se lla ma : Los Doce Césares, dónde hallaréis una voz de protesta contra el Crimen, un gesto de indig nación ante las monstruosidades ; un acento de pie dad para los vencidos : de admiración por aquellos que sucumbían defendiendo la Libertad ; de con miseración por los esclavos ; algo conmovido, algo noble, algo humano? ¿aquel fonógrafo del delito, era un hombre? el alma está ausente de sus libros ; un horror tene broso los llena; y un pavor de la Libertad, y un odio ciego hacia ella; ¿odio? tal vez no; olvido completo de ella ; esa absoluta incomprensión de ser libre, que forma el alma del esclavo intelectual, el más feroz de todos los esclavos ; y, ¿Veleyo Patérculo? aquel pretor de Tiberio, y adulador de Seyano, que habría honrado la His toria ignorándola, y la deshonra con escribirla ; ese último retoño de una dinastía de lacayos, que mar chaba detrás del carro de Tiberio, y tenía su pues to en la litera del César; ¿ qué puede decir de la Libertad y la Justicia, él, el calumniador de Ger mánico? ; agradezcámosle que después de haber des honrado la Historia deformándola, no haya manci llado la Libertad defendiéndola : la Libertad, no

 LA EEPÜBLICA EOMANA 9 quiere ser servida, sino por almas dignas de po seerla ; y, ¿Salustio? el antiguo pretor de César, que co mo Cuestor, no dejó de vender sino lo que no tu vo comprador : Ut nihil in eo non venali haberit; ¿no se insurecciona contra la Libertad, al verla personalizada en Catilina? ; ¿ese falso demócrata, expulsado del Senado por prevaricador, podrá en trar en la Historia como Juez ? Tito Livio, el armonioso y pomposo Tito Livio, ¿no era apasionado amigo de Pompeyo, y no fue de masiado cortesano de Augusto, para poder amar la Libertad? el,viejo Quirite, tenía el alma demasiado romana para amar la Justicia y la Humanidad, el anticus fit anumus, lo hacía un lobezno sentimen tal de la Urbe, incapaz de otro culto que no fue ra el de la Fuerza que dominaba el mundo ; y, ¿Plinio el joven?, ése era el panegirista de Trajano ; ¿no os asorda el clamor de su Adulación? su pluma puesta al servicio de su Ambición, no po día estar al servicio de la Libertad, y sólo alcanza ba con ella a apuntalar su gobierno de Bitinia; no le pidáis amor a la Justicia, a aquel que en su go bierno la vendía ; el último ultraje a la Justicia, se ría el de ser consagrada por las manos de la Vena lidad ; y, ¿Plutarco? ese beocio sin elegancias, cortesa no de la espada, y manipulador de arcillas ilustres, ¿no va en el vértigo de su adulación, hasta decir nos que Nerón fué el mejor de los hombres, y el Libertador de la Grecia? ¿no lo veis, cómo con 

10 VARGAS VILA sus propias manos, aplaude los altares y las flores alzados y regadas al paso del hijo de Agripina, del Mimo Conquistador de su propia patria ? ¿dónde estaba el helenismo de este hacedor de térra cottas, encargado de probar, que si merced a Píndaro y Epaminondas, no era cierta la leyenda de que Beocia daba de sí los más imbéciles de los hombres, sí daba los más indignos? ; las monogra fías aduladoras de Plutarco, serán siempre el Bre viario de los pretorianos, pero no serán nunca la divina fuente de Verdad, donde desalterar pueda, su desesperante sed de Justicia, una alma libre ; ¿dónde encontrar el historiador de la Libertad, en ese tumulto de injusticias y de violencias, que es la historia del mundo romano? todos ellos fueron los adoradores de la Iniquidad, y los sacerdotes de la Injusticia; ¿ no veis el silencio o la mofa que todos ellos ha cen, en tomo a las escasas horas de libertad, de que gozaron los pueblos, en esa tragedia angustiosa de su vida? • la rebelión, los encoleriza o los asusta ; la liber tad, los entristece ; no la comprenden ; la odian como algo quimérico que hace m al; los grandes rebeldes, son siempre ante ellos, grandes criminales ; los héroes vencidos, les son odiosos ; aquellos pueblos que resisten al poder de Roma, son bárbaros y asesinos ; sólo el Éxito, es grande ante sus ojos; sólo la Tiranía, es sagrada ; 

LA EEPÜBLICA EOMANA 11 la divinización de los amos de la Tierra, por odiosos que ellos sean, se hace un deber de esos historiadores de la antigüedad ; allí está Quinto Curcio, para declarar dios a Alejandro, el ebrio, sanguinario e incestuoso de Macedonia. Estrabón, declarará a Tiberio : el mus justo de los hombres. Yeleyo Patérculo, os dirá, que por sus cualida des, Seyano estaba más cerca de los dioses que de los hombres; v ¿no escucháis la retórica apaniaguada de Plutar co, hacer de Nerón un Salvador de pueblos? no os asombréis ; Tito, el asesino implacable de los hebreos, será llamado : la delicia del genero humano. Calígula y Heliogábalo serán hechos dioses. César, también lo fué ; él inaugura las doce di vinidades de Cayo Suetonio; viendo esa divinización constante de los hombres, ¿no empezáis a sentir, cierto justo desprecio por los dioses? en medio de ese tropel de hombres y de dioses, que actúan en el torbellino de la Historia, ¿dónde están los pueblos? los Amos lo llenan todo, los pueblos no tienen casi lugar en la Historia; los pueblos, no son nada, ante aquella : Floreni hominum, de que habla Plinio ; aquel ciudadano de Atenas, que negaba la coro na a Milciades, después de Maratón, porque no ha 

12 VARGAS VILA bía tenido él solo, el honor de la victoria ; ese ha bría sido apedreado por los historiadores de Roma, en castigo a su audaz sinceridad; pero, Alejandro, asesinando a Clito por haber osado criticar en su presencia, que en las inscrip ciones de los trofeos sólo figuraran los reyes, y no aquellos que los habían adquirido al precio de su sangre, ése realizaba, con el puño de su espada, el ideal querido a los historiadores de la antigüedad ; ¿cómo, pues, desenterrar la Verdad y la Liber tad, de bajo esa montaña de la Adulación que es la Historia ? ¿cómo? escribiéndola, sin esa ley de la genuflexión ante el Poder, que parece haber sido el alma de la an tigüedad, desde antes de nacer ; es, rompiendo los acentos de ese concierto extra ño de servilismo, en el cual la Historia antigua, quiso poner todo el espíritu de su vitalidad, bal buceando la adulación, antes de hablarla ; es, escribiendo la Historia, fuera de ese cesaris- mo de las letras, que se llama el culto de la Tra dición y la fe de los clásicos ; porque lo que nos ha hecho hasta hoy esclavos de la Mentira, es ese- culto al clasicismo romano, que nos laota de servilismo, por los pezones ex haustos de la vieja latinidad; nuestra educación, es una educación de servidum bre, porque es una educación de tradición ; y, la corrupción del pasado, hace de nuestros ni ños, esclavos espirituales, antes de que las comip 

LA REPÚBLICA ROMANA 13 ciones de su época, hagan de muchos de ellos, los esclavos políticos, que eclipsan por su impudor, to dos los siervos de la antigüedad ; no contentos con educarlos en una religión sin grandeza, hecha por esclavos y para esclavos, mu tilando su libertad desde el día de su nacimiento, entregamos esas generaciones de eunucos menta les, al furor apasionado de los clásicos, para que beban en ellos, la admiración al Despotismo, y el odio ciego a la Libertad ; ¿de dónde viene esa admiración incondicional que nuestros hombres letrados, sienten por el pér fido Augusto, y por su siglo de pútrido esplendor ?... de la corrupción que él sembró en las letras roma nas, y que nosotros hemos bebido, cuando en los bancos de las escuelas, los bonzos del clasicismo, nos envenenaban de antigüedad ; ¿no es por Horacio, por la miel de los versos de ese cortesano corrompido, que nuestra juventud aprende a despreciar a Labeón, como un loco en tre los sabios? ...Labeun, insanior inter Sanos dicatur... y, es así, vestido del hazmerreír de esa Sátira, que el gran Sabio, el gran Patriota, el defensor de las libertades romanas, Labeón, aparece a las men tes juveniles, disfrazado por la musa ebria de aquel bufón de genio. Augusto, como todos los tiranos, no protegió las 

14 VARGAS VILA letras, sino para corromperlas : él, negó siempre su protección a aquellos que le negaron su ingenio, y no acarició otras musas que aquellas que se hicie ron las cortesanas de su Imperio ; es en esa poesía, degradada por Virgilio y por Horacio, y la cual Ovidio hace lamentable en su desesperación de esclavo desterrado, inconsolable por el rencor del Amo ; es en esa elocuencia, corrompida por Mecenas, y en la cual las rosas oratorias de Tito Livio, brillan con un esplendor de caducidad, que las almas han aprendido y agotado el culto de esa edad de oro del despotismo, en que no le t‘ué dado al Genio brillar sino por su silencio, y a la Virtud no le quedó otro refugio que entrar en la obscuridad... y, antes de esa era augustiana, ¿dónde han aprendido los jóvenes a odiar la verdadera liber tad, y a amar los sofismas del orden, sino en la prosa íalsa, inñada y enfática de Cicerón? ¿no es en las metáforas globulares, de ese retórico del vien to, que nuestras generaciones han aprendido a odiar a Catilina? ¿no ha sido en esos grandes gritos de Odio y de Envidia, que todos hemos aprendido a odiar de ni ños, a aquel vencido, glorioso y enorme, cuya som bra llenó en su época la Historia toda?... ¿no fué en esas Euménides de la Mediocridad, llamadas : Gatilinarias, que nuestro juicio se pros tituyó por aquel huracán de diatribas que salían de la boca del Miedo y de la Iniquidad ? ¿no veis, todavía, nuestros oradores, liberales y 

LA REPUBLICA ROMANA 15 aun radicales, jurar por los manes de Cicerón, y cegados por la infladura de esa retórica de avia ción, pasar con desden, por no decir con horror, al lado de Catilina? ¡su Maestro, Cicerón, lo di jo : Magister dixit; la Justicia, la Verdad, la Li bertad ¡ cosas temerarias ! dejad pasar a vuestros liberales, con Cicerón ba jo el brazo; van a misa ; apresuraos a. reír, ya que no vale la pena de entristeceros ; y aprended con la Historia, a despreciar menos a los enemigos verdaderos de la Libertad, que a los falsos apóstoles de ella ; ¿qué corrupción de criterio, no debemos todos a Séneca, aquel falso genio, que deshonró por igual la elocuencia y la esclavitud ? ese maestro de Nerón, que para corromperlo to do, corrompió la Filosofía, ¿no quiere hacemos arrodillar ante el parricidio de su Amo ; cuando es cribe al Senado en nombre del Emperador para dis culpar el asesinato de Agripina ? ¿ no veis en ese ges to, el esfuerzo de aquél, que disculpando el Crimen, se justifica de haberlo aconsejado? Séneca, es también un encanto de los clásicos, y tiene, con otros, el privilegio de corromper la ju ventud ; bajo el patrocinio de Quintiliano, su ba jeza pasa por elegancia, y se recomiendan como má ximas de filosofía, los sofismas de su degradación ; los acentos altivos de Lucano en la Farsalia, la virtud de Traseas, la firmeza de Helvidio ante Vespesiano, nos vengan un poco de las bajezas de Quintiliano; pero, ¿no es este vil adulador de Do- r e p ú b lica .— 3 

16 VARGAS VILA miciano, el que insulta a los filósofos, porque osan creerse más sabios que los Emperadores? ¿no es ese pedagogo declamatorio, enfático y pueril, el maestro de la Elocuencia, en nuestras Universida des y Liceos? ¿a qué cachorro de Tribuno, no he mos visto prenderse con ahinco a las ubres de esa loba escolástica domesticada por Domiciano? ¿ qué nos enseñan las arengas alfeñicadas de Pli- nio el joven, y toda la literatura equívoca y dulzo na del reinado de Trajano? los encantos, las gran dezas, y las misericordias del Poder Absoluto ; de esa miseria nos hemos nutrido todos ; y, es esa medula de liebres, la que damos a devorar a nues tros descendientes ; ¿cómo esperamos, pues, con esta pedagogía de es clavos, hacer generaciones de hombres libres? por eso, a la hora presente, es tal la densidad de las tinieblas morales en nuestros pueblos, que no hay ya manera de disimular el horror que los envuelve; ¿no es hora de reaccionar contra esa escolástica de siervos, que a todos los peligros accidentales que engendra la Mentira, une el definitivo peligro de nuestra desaparición como pueblos y como raza? porque es sólo, llegando a ser pueblos libres, que llegaremos a ser pueblos fuertes ; y, no llegaremos a hacer pueblos libres, sino edu cándolos en la Libertad, fuera de todos los despo tismos : del de la Religión, del de la Tradición, y del de la Espada ; hagamos libros, fuera de esos despotismos, y con 

LA REPUBLICA ROMANA 17 tra esos despotismos ; y, haremos pueblos dignos de combatirlos, ya que hasta hoy, no hemos tenido sino tribus aptas a servirlos ; ¿quién ha elevado ese monumento de esclavitud, multiforme y desmesurado?... el libro ; ¿cuál es el ariete destinado a demolerlo? el libro; los libros heterodoxos, se suceden los unos a los otros, y es ya enorme el trayecto recorrido en el ca mino de la liberación de las conciencias ; las acres verdades de la Heterodoxia, rompen los mitos, dormidos a la sombra de los errores meta- físicos, viejos como la tierra ; y, el huracán, el sagrado huracán de la Impie dad, hace crujir las viejas catedrales de piedra y de granito, donde se arrodillaban el Miedo y la Igno rancia de los hombres, y la Soledad, empieza a apoderarse de los templos, y los devora con su enor me boca de desierto : Solitudinem vacat térra... pero, ¿la Historia? el trascendentalismo de la Historia, parece des cuidado por la Libertad; ¿cuáles los libros de Historia Romana, escritos en favor de los oprimidos, relatadores y ensalza dores de los grandes gestos épicos de la Libertad, a través de los siglos en que imperó la servidumbre ? ¿es que las asperidades de la tarea, la hacen inac cesible, como un pico de monte, donde el espíritu de la Verdad no podrá llegar jamás? ¿no será, pues, posible arrebatar la Historia a la facción de los serviles, al trust de los retóricos asa 

18 VARGAS VILA lanados que la escribieron, llenos de la pasión des bordante y devoradora de la Tiranía ? • dos pasiones se han disputado siempre el cora zón del mundo : la pasión de la Autoridad y la pa sión de la Libertad ; la Historia antigua, no conoció este segundo amor de los hombres ; y no lo sirvió jamás ; ¿no sería tiempo de desentrañar de ella, las lu chas y los dramas de la Libertad, y mostrarlos al mundo? dar voz a los muertos y a las multitudes que han caído combatiendo por la Libertad y por el Dere cho, hacerlos hablar, defender y explicar su obra, y decir el por qué de su derrota ; tal, es el espíritu y el fin de este libro, por lo que a la Historia de Roma se refiere ; podría decirse que son, la historia y la glori ficación de los vencidos, las que viven en estas pá ginas ; en Historia, no hay nada nuevo; el Nihil novum sub solem, se hizo para la Historia ; la originalidad absoluta, es imposible en Histo ria, como en todo; la Historia se alimenta de hechos ; y, los hechos se cuentan, no se inventan ; ¿en dónde, pues, el alma y la novedad de la His toria? en el C oncepto del historiador; contar un hecho, he aquí el narrador; comentar el hecho, he ahí el Historiador ; he ahí por qué el C oncepto, es el alma de la His toria, y la Historia toda ; 

LA EEPÜBLICA EOMANA 19 ¿frente al hecho, llamado Tiranía, el historiador aplaude? he ahí el concepto conservador de la His toria, que hará textos para una escuela de esclavos ; ¿el historiador reprueba el hecho Tiranía? he ahí el concepto liberal de la Historia; ése hará texto en una escuela de hombres libres ; igual sucede, frente a las revoluciones y a los revolucionarios contra el despotismo; se critican o se aplauden, según que el criterio del historiador, sea el criterio conservador del servilismo, o el cri terio liberal de la Eebelión ; y, no hay más que esos dos criterios en Historia ; así un Historiador no puede dar sino dos cosas originales, o mejor dicho personales, en su obra : su Estilo y su Concepto; es decir, su Arte y su Alma; puede haber libros sin Arte ; ¡ los hay tantos! pero, libros sin alma, he ahí lo que no acepta la Historia, ni aun en los narradores sin genio, como Hesiodo; su alma, es decir, su conciencia, he ahí la que debe mostrar el historiador, desnuda y palpitante, en las páginas de sus libros ; su alma, llena de pasiones nobles : la Cólera, la Justicia, la Verdad ; todo lo que revele ese Infinito, latente y tormentoso, que es el corazón de un hom bre : Mare timbra; ¿quién habla de suprimir la pasión en Historia? tanto valdría suprimir el alma del Historiador ; la Impasibilidad, en Arte como en Historia, no 

20 VARGAS VILA es sino la Impotencia; la Impotencia absoluta de sentir ; el alma del hombre, es naturalmente estremeci da, y estremecible como el m ar; la pasión es el viento divino que la agita; viene de lo alto, y la hace cantar o la hace rugir, según el encanto o el horror que traiga entre los pliegues de sus alas ; la Imparcialidad, no es sino la máscara cobarde de la Hipocresía; el espíritu humano, es naturalmente apasionado ; hay en él, un fondo innato de honradez, que lo ha ce sensible, a las oscilaciones del Bien y del Mal, subiendo o bajando en la conciencia humana ; todo hombre honrado, es un hombre apasionado ; la Impasibilidad ante el Crimen, no es sino la Complicidad con el Crimen ; la Complicidad que no obra, y añade a la bajeza de su actitud, la ba jeza de su cobardía; sin Pasión no hay Virtud, como sin Emoción no hay Arte ; un hombre, que no se siente apasionado por el Bien, no será nunca un hombre virtuoso ; como un hombre, que no se siente emocionado ante lo Bello, no será nunca un Artista ; la pasión del Bien, eso es la Virtud ; la pasión de lo bello, es el Arte; ¿cómo creeríais en la honradez de un hombre, que teniendo en sus manos, el poder de inclinar la balanza del Bien y el Mal, hacia uno u otro la do, permaneciese indiferente, en nombre de la Im parcialidad? '

 LA REPÚBLICA ROMANA 21 ¿ qué diríais de aquel, que colocado entre Caín y Abel, no supiera decidirse, por el Asesinato o la inocencia ; que puesto entre Jesús y Barrabas, le fuera indiferente la vida del ladrón o la del Após tol ; que entre Sócrates y los jueces de Atenas, le fueran indiferentes el Filósofo o los verdugos ; que entre Nerón y los cristianos, le fuera igual el grito del loco y el del M ártir; que colocado entre la Li bertad y el Despotismo, entre el Pueblo y el Tira no, permaneciera indiferente y sin acción, en nom bre de la Imparcialidad, es decir, de todas las impo tencias, cuando no lo es de todas las corrupciones? y, ¿ésa es la Virtud, que se pide al Historiadoi? dejádmela maldecir en nombre del Honor ; un hombre, que permanece indiferente, sin in dignarse ante el Crimen, es un Criminal, cuales quiera que sean el gesto que esboce, o el vocablo que busque para excusar su miserable actitud ; ¿qué diríais de la ultrajante serenidad de aquel historiador que llegando al desfiladero de las Ter mopilas, os contara, sin comentarios, la muerte de los trescientos Esparciatas, sin deciros, si era aque llo un sacrificio del patriotismo, o una locura sin genio y si aquel glorioso desfiladero, debía ser cu bierto por todas las flores del Entusiasmo, o entre gado a las zarzas y jaramagos del Olvido? ¿qué alma de hombre libre, no llega jadeante de Emoción, desbordante de Inquietud, a esa con fluencia de razas, a esa gran vertiente de la Histo ria, que se llama la batalla de Salamina, que hizo 

22 VARGAS VILA reflorecer en florescencia de victorias, el divino ro sal del Genio Griego? ¿qué corazón no acompaña con un coro de de seos, y el movimiento apasionado de sus ruegos, la Oración de Milciades, en la mañana de Platea? ¿cómo no estremecerse hasta en el fondo del al ma, ante aquel duelo formidable, en que el helenis mo, es decir, toda el alma del mundo antiguo, es tuvo amenazada de perecer, bajo la ola de los bár baros que Jerjes, desencadenó sobre el Ática? ¿qué hubiera sido del mundo, si el Asia hubiese obtenido la victoria sobre la Hélada? ¡ un mundo medo! \ un mundo persa! ¡ el puente sobre el He- lesponto, hecho el camino de la barbarie ! ¡ la Gre cia esclava y el mundo temblando bajo el azote de Jerjes !... ¿no sentís el horror, subiéndoos en el corazón, como una marea, al solo pensamiento de esta muer te moral del mundo? . ¿quién, sin pasión, se atrevería a escribir la His toria? . los hombres y los hechos, no pueden describirse sino con pasión, porque sin pasión, no pueden ser juzgados ; ¿qué es un hecho histórico? la resultante de un conglomerado de pasiones ; y, ¿qué es un hombre histórico?; una pasión, que actúa en la Historia ; ¿cómo, pues, sin pasión, podríais juzgar esas co sas apasionadas y apasionantes de por sí? todo movimiento histórico, toda Revolución, han

LA REPUBLICA ROMANA 23 sido el estallido, la manifestación violenta y deci dida de las pasiones de un pueblo ; siempre ha sido una pasión la que ha movido una Revolución, cuan do no un huracán de pasiones, desencadenado en el cerebro y en el corazón de los hombres ; ¿cómo sin pasión seríais osados a entrar en ese laberinto, o aptos a comprender y a juzgar el espí ritu de una Revolución, o siquiera fuese el de un motín ? ciegos y sordos en ese caos de pasiones, perece ríais arrollados por ellas, sin haber podido asir el alma del acontecimiento, que duerme en el fondo del tumulto; ¿cómo podríais juzgar los hombres históricos, sin percibir y comprender, su pasión, que es el resor be oculto que los mueve? ¿qué son Ciro, Darío, Jerjes, Alejandro, César, Bonaparte? grandes ambiciones que marchan por la Historia; si no tenéis la pasión de la Libertad, ¿podréis comprender las almas de esos grandes Predestina dos de la Gloria, que son Bolívar, Wáshington, San Martín, Hidalgo, Morazan, o José Martí? Imposible; ¿ qué son esos hombres ?... la divina pasión de la Libertad, que marcha por la Historia ; ¿no os contagia su pasión heroica, y el lúcido somnambulismo de su Ensueño? entonces, renunciad a historiarlos ; no los com prenderéis jamás ; os falta la pasión que a ellos los hizo grandes ; os falta todo ; 

24 VARGAS VILA el Genio, es la Pasión ; no me deis libros sin pasión, son libros sin al ma ; lejos del sol de la Verdad, y de la caricia lu minosa de la Vida; dadme esos libros apasionados, que se empren den con el corazón en llamas, y el alma estremeci da por el torbellino vertiginoso de las pasiones, lle nos del soplo devorador de la Verdad, de la Justi cia, de la Libertad, desbordantes de Odio y de Des precio heroicos, por las villanías miserables de los hombres ; un libro honrado; es decir, un libro apasionado, basta para iluminar, no una conciencia, sino un mundo; sonora y luminosa Epopeya Intelectual, es un li bro apasionado, un libro bello, con la belleza tor-. mentosa y dolorosa de la pasión ; el Entusiasmo, es pasión de hombres libres ; j ohT! angustia divina del Entusiasmo, que no nos faltes jamás ; ¿quién, sin ti, sería la antorcha inextinguible, que iluminara el torbellino de los hombres y de los pueblos, hacia el combate y hacia la Muerte ? libros de Entusiasmo y de Pasión, son libros de Sinceridad, que van al alma en un flamear de incen dio, y la iluminan, y la conquistan, y la devoran ; los libros sin pasión son puñados de cenizas, li bros de muerte y para los muertos, que se encuen tran en la confluencia del Silencio y del Olvido, so bre el río de la Eternidad... ; 

LA EEPÜBLICA KOMANA 25 obras de Vida no son ésas ; ni viven, ni vivifican ; la Esterilidad es su destino; poseed toda la cantidad de Infinito que hay en la Pasión, agotadla en el mar brumoso y rugidor de las cosas pasadas, y vertedla sobre los tiempos pre sentes y aquellos por venir, como una gran cata rata despeñada de las cumbres obscuras y remotas de lo Eterno; apasionaos por la Epopeya, con Homero ; por la Patria, con Píndaro ; por la Justicia, con el Dante ; por la Libertad, con Alfieri; por el Derecho, con Hugo ; por la Muerte heroica, con todos los gran des visionarios que la han sembrado en su camino ; sed apasionados, y tendréis el don de apasionar ; sin pasión, ¿ cómo podréis apasionar aquellos que os escuchan, o que os leen? la Elocuencia, es la Pasión ; aquellos que no tienen pasiones, no tendrán nun ca virtudes ; los que son incapaces de sentir ese fuego secreto que es la Pasión, se vengan de ella proscribiéndola ; sed apasionados y seréis eternos, porque eterna es la Pasión ; ¿qué es la Gloria/? el estremecimiento de una pasión a través de las edades ; si no sois capaces de Pasión, no seréis capaces de Inspiración ; no escribáis ; ¿ para qué ? romped la pluma; una pluma sin Pasión,es una Traición a laVerdad ; y, traicionar la Verdad, es traicionar la Vida. Veritas est Vita...

lunes, 6 de julio de 2026

ALBERTO BERNABÉ Platón y el orfísmo DIÁLOGOS ENTRE RELIGIÓN Y FILOSOFÍA


 

INTRODUCCIÓN»

 «Platón remeda lo de Orfeón Y es que Platón remeda lo de Orfeo en todas partes1. La frase de Olimpiodoro que nos sirve de frontispicio revela que el filósofo neoplatónico del VI d.G. estaba convencido de que Platón practicaba con lo órfico un remedo, que naturalmente no hemos de entender como parodia burlesca, sino como una forma de aludir, con ciertas alteraciones y con una intención determinada, a contenidos propios de la religión y la literatura órficas, conocidos como tales por quien los oía o leía. Insiste además en que tal proceder afecta a toda su obra. He situado la frase como punto de arranque de esta indagación, porque, en gran medida, es de eso de lo que trata: de determinar en qué consiste tal «remedo» y de ver si su alcance es tan grande como pretendía Olimpiodoro cuando consideraba que se encuentra «en todas partes». La cuestión no es ociosa. 

En primer lugar, porque parece fuera de discusión que las referencias de Platón son imprescindibles para recons truir la literatura y la religión órficas en época clásica, por lo que es pre ciso evaluar en qué medida podemos fiarnos de su testimonio. En segundo lugar, porque se da la paradoja de que, pese a que el influjo órfico sobre Platón es algo que suele darse por supuesto2, son raros los 1 Olympiod. inPl. Phaed. IO.3 (141 Westerink = OF 338 II). Repite casi literalmente la frase en 7-IO (115 Westerink = OF 57^ III). 2 Cf., entre otros muchos ejemplos que podrían aducirse, Robin I9?3, 220; Rohde 1907, passim; Friedlánder 1928-1930, cap. III; Gernet-Boulanger 193?, 387-389; Guthrie 1952, 238-244. casos en los que el tema se ha tratado específicamente. Un primer balance de esta cuestión lo hizo Weber a finales del XIX en un trabajo de poco más de cuarenta páginas, limitado a las noticias sobre Orfeo y a las menciones explícitas sobre su obra3. Ni que decir tiene que este balance ha quedado sumamente envejecido, lo que no ha impedido que, dentro de la inmensa bibliografía platónica, sigan siendo poquísimos los traba jos dedicados específicamente avalorar el influjo órfico sobre Platón4. Es más, aunque todos cuantos se refieren a esta cuestión parecen tener ideas claras sobre ella, la lectura de tan solo dos o tres trabajos al azar sobre el tema nos mostraría las hondas divergencias, y no sólo en cuestiones de detalle, que existen entre los numerosos cuadros del Orfismo, cada uno de ellos supuestamente claro, reconstruidos por los distintos comentaristas. 

Para unos, las huellas del orfismo en la filosofía platónica son profundísimas, para otros, en cambio, el influjo órfico en nuestro filósofo se minimiza hasta casi desaparecer. Una muestra reciente del extremo de esta tendencia es un libro editado por Partenie (2009), cuyos autores, en más de 25o páginas dedicadas a los mitos de Platón, silencian cuidadosamente cualquier conexión de éstos con los misterios, como si fueran una creación ex novo o como si las alusiones a los paralelos órficos contaminaran la impoluta imagen del filósofo. Posturas tan extremas en la interpretación no son extrañas para quien se interesa por el orfismo. Es bien conocido que los estudios sobre este capítulo de la historia religiosa y literaria de los griegos han pasado por unos profundos vaivenes interpretativos, desde la «moda órfica» que caracterizó el siglo XIX y los comienzos del XX5, pasando por la crítica que hace Wilamowitz a este incontrolado «panor 3 4 5 Weber 1899. Pueden citarse: Boyancé 1942; Masaracchja 1993; Gasadesús 1995; 2008; ade más de Gornford 1903, limitado a cuestiones muy concretas y muy discutible en diversos aspectos; Kingsley 1995» caP- 10 ^ Plato and Orpheus», 112-132, que se restringe al mito del Fedón, y Edmonds 2004, que se ciñe al tema del viaje del alma al Más Allá, también en el Fedón, y que, además, no cree que exista un influjo órfico sobre el filósofo. Gf. sobre este último Bernabé 2006a. El interés por el orfismo arranca del libro seminal de Lobeck 1829> seguido por trabajos como Harrison 1903; Rohde I9°7 0 Dieterich 1913» hasta llegar al libro sobre Orfeo de Kern 1920 y a la edición fundamental de los fragmentos órficos del mismo autor (Kern 1922), si bien el representante extremo de tal visión fue Macchioro 1922 y 193°• Mantuvieron posturas más matizadas Nilsson 1935; Guthrie 1952 y Ziegler 1939 y 1942, así como Bianchi 1974- fism o» , que llevó a las actitudes desaforadamente escépticas de los años centrales del XX, hasta llegar a la recuperación del interés por la cuestión en los últimos años, provocado sobre todo por el hallazgo de algunos testimonios nuevos de capital importancia, como las láminas de hueso de Olbia, el Papiro de Derveni y varias laminillas de oro7. 

Dado que me referiré a ellos reiteradas veces a lo largo de este libro, merece la pena decir alguna palabra sobre cada uno de estos documentos. Las láminas de hueso de Olbia son tres pequeñas piezas (la más grande 5>I x 4*1 x °>2 cm.), datadas en el siglo V a.G. y encontradas en 1951 en Olbia, antigua colonia de Mileto, fundada hacia el siglo VII a.G. y situada en la orilla occidental del Dnieper, cerca de su desembocadura en el Mar Negro, también conocida por el nombre de Borístenes. No fueron publicadas hasta 197^ e incluso su conocimiento no se generalizó hasta que volvieron a ser editadas en una publicación de mayor difusión, dos años más tarde. Contienengraffiti, que, pese a su brevedad, docu mentan creencias de un grupo de fieles de Dioniso que se denominaban a sí mismos órficos y postulaban una existencia tras la muerte8. 

El Papiro de Derveni fue hallado en 1962 en la localidad del mismo nombre, a unos 12 km. al noroeste de Salónica, entre los restos de una cremación en la llamada tumba A. Se data en el s. IV a.G. y contiene referencias a determinados ritos iniciáticos en sus primeras siete columnas y en la XX, mientras que las demás se dedican a un extenso comentario exegético de una teogonia en verso atribuida a Orfeo (y que debe datarse antes del s. V a.G.) realizado sobre todo desde un punto de vista físico y filosófico. 

El autor del comentario es desconocido, pero parece conocer las teorías de los presocráticos y avanza ideas que encontraremos luego en los estoicos9. 6 Especialmente Wilamowitz-Moellendorff 1931-1932, seguido por Linforth 194I; Dodds 195I; Moulinier 1955 o Zuntz 1971. 7 No creo pertinente hacer aquí un estado de la cuestión sobre los estudios acerca del orfismo en los últimos años. A tal efecto pueden consultarse las reseñas bibliográficas de Bernabé 1992 y de Santamaría 2003 8 Sobre las láminas de Olbia cf. West 198?; Zhmud 1992; Dubois 1996; Bernabé 2008a, donde puede encontrarse bibliografía suplementaria. Gf. [T 33c y T 33d]. 9 De la inmensa bibliografía dedicada al Papiro de Derveni, destacaría: Gasadesús 1995; Laks-Most 1997; Janko 2002; Jourdan 2003; Betegh 2004; Burkert 2005; Kouremenos-Parássoglou-Tsantsanoglou 2006; Bernabé 2007d; Gasa desús 2008c. Gf. [T lOa, T Ilg, T 13c, T I3d, T I3e, T 18c]. Las laminillas de oro fueron encontradas en tumbas de diversos lugares, especialmente la Magna Grecia, Tesalia y Greta. Algunas eran conocidas desde mucho tiempo atrás, pero otras, como la de Hiponio, aparecieron en los años sesenta del pasado siglo, y otras aún más tarde. Las laminillas han aportado nuevos materiales interesantes acerca de un grupo de creyentes, que consideramos órficos y que creían poder encontrar en el Más Allá un trato preferente si demostraban conocer determinadas contraseñas que debían decir, bien ante unos guardianes, bien ante la propia Perséfone10. 

En estas circunstancias, puede resultar no sólo útil, sino incluso indispensable reexaminar las fuentes antiguas y tomar en consideración las nuevas que nos permiten acceder al conocimiento de este complejo movimiento religioso, en la idea de que un análisis sin partípris previo permitirá llegar a algunas conclusiones valiosas11. 

Dos serán, pues, los objetivos fundamentales de este libro12: por un lado, examinar los tes timonios platónicos acerca del conjunto de mitos, obras literarias y rituales que los griegos relacionaban con Orfeo y con sus seguidores, cotejándolos, para evaluar en qué medida podemos fiarnos de ellos, con otros textos en que se haga referencia a las mismas cuestiones; por otro lado, una vez que dispongamos de una idea más matizada sobre la situación de lo órfico en época del filósofo, para cada uno de los aspec tos tratados, evaluar el influjo que la literatura, la práctica ritual y el imaginario órficos pudieron ejercer sobre Platón. Para esto último resulta un buen punto de partida el fecundo concepto de «transposi ción», sugerido ya hace mucho tiempo por Diés13 para definir el modo en que Platón altera los esquemas heredados para adaptarlos a su pro pia doctrina. 10 Sobre las laminillas órficas cf. Riedweg 1998; Bernabé-Jiménez San Cristóbal 2001; 2008 (con amplio comentario y bibliografía exhaustiva); Pugliese Carrra- telli 20 03; Edmonds 2004; Tortorelli Ghidini 2006; Graf-Johnston 2007- Cf. [T 25b, T 25c, T36b, T 50a, T 50b, T 50c, T 53a]. 11 En un trabajo anterior (Bernabé 2004a) establecí una comparación entre los textos órficos y la filosofía presocrática. 12 En él se unifican, amplían, corrigen y actualizan puntos de vista presentados en algunas publicaciones anteriores, algunas de ellas de no demasiado fácil acceso (Bernabé 1995, 1998, 1999, 2002ay 2007b). 13 Diés I927> 432ss., sobre cuyas huellas sigue Frutiger 193°; cf. también Schuhl I934> 205, n. 4> quien insiste en el hecho de que Platón utiliza las experiencias místicas para traducir la experiencia filosófica y, más adelante, Paquet 1973- Cf. § 13 Las dificultades de este trabajo son sin embargo considerables. No es ocioso aludir a las más importantes. I. 

No son muchos los testimonios significativos del orfismo en época clásica que podamos cotejar con los de Platón, para tener ele mentos de juicio o de referencia a la hora de valorar éstos. 2- No ayudan demasiado a nuestros propósitos los hábitos de Platón en materia de citas de otros autores. El filósofo no sólo no es en abso luto preciso en ellas, sino que a menudo es deliberadamente impreciso, aveces irónico, las más, distanciado. Muestra, además, una desespe rante tendencia a intervenir Ubérrimamente no sólo en la interpreta ción de los pasajes que cita, sino incluso en los textos mismos, para acomodarlos a sus propios esquemas de pensamiento. 

En tales condi ciones, la valoración de algunos testimonios se hace muy difícil. 3- Muy a menudo hemos de recurrir a testimonios bastante poste riores al filósofo, que sin embargo, por un motivo u otro, traslucen que proceden de una época más antigua, dada la tendencia de los auto res órficos a reelaborar constantemente su propia tradición literaria. En este punto debe usarse la mayor prudencia, ya que los testimonios tardíos pueden incorporar algunos elementos de la situación del orfismo posterior a la conocida por Platón. A la vista de esta situación es obligado actuar con el máximo rigor filológico y no menor cautela; es necesario examinar de modo cuida doso y crítico los testimonios platónicos que de un modo claro o de forma velada aludan a Orfeo o a la literatura órfica, a la luz de lo que revelan otros testimonios contemporáneos o posteriores que puedan ser comparados con ellos. 

Antes de proseguir conviene, además, que fije el alcance de cada uno de los dos polos de esta indagación: en lo que respecta a Platón, he de precisar un par de cuestiones: una, que a todos los efectos, «Pla tón» se referirá a los contenidos de los diálogos del corpus Platonicum, incluyendo los espurios, y otra, que, salvo contadísimas excepciones, no trataré de distinguir si hemos de atribuir lo que el personaje de Sócrates dice en ellos al Sócrates histórico o a Platón. En lo que se refiere al orfismo, se trata de un asunto más difícil de precisar. Para ello recurriré a las conclusiones de un trabajo anterior en que analizaba los testimonios de que disponíamos para definir este movi miento14. Consideraré como «órficos» a aquellos que seguían las ense 14 Bernabé 2005, 138-142. ñanzas religiosas de obras o ritos de los que Orfeo fue considerado autor o fundador. Se trata de un grupo bastante heterogéneo, que debemos incluir en círculos dionisíacos, ya que los misterios órficos son misterios báquicos. No obstante, los «sectarios» del dionisismo a los que lla mamos órficos debieron aceptar elementos propios del pitagorismo y de otras formas de la espiritualidad del tardoarcaísmo griego para desa rrollar ritos mistéricos que se enmarcan en la creencia en la metempsico- sis y en una forma de puritanismo que preconizaba la necesidad de man tener el alma pura y el cuerpo apartado del derramamiento de sangre y del contacto con productos procedentes de un ser muerto. 

A lo largo del tiempo fueron creando una forma de religiosidad individual, cuyo interés básico era la salvación personal en otra vida que suponían mejor que ésta. La iniciación y los ritos, así como la lectura de sus textos les proveían de un bagaje de conocimientos mistéricos que les permitía saber cómo obtener un destino especial en el otro mundo, tras liberarse de la culpa originaria que creían acarrear15. Una serie de prohibiciones rituales les conducían a ese objetivo. Era, pues, una religiosidad esencialmente tradicional y que se realizaba a través de la transmisión de un logos por vía iniciática de la mano de sacerdotes itinerantes que ofrecían sus servicios sobre la base de libros atribuidos a Orfeo16. El mensaje, producido en estos términos, presenta una situación contradictoria. El carácter tradicional de lo órfico provocó que mantu viera considerablemente su identidad a través de los siglos, de modo que encontramos fraseología muy semejante y creencias casi idénticas en testimonios separados muchos siglos entre sí, pero, por el contra rio, al ser una religión sin comunidades estables, organizada en torno a una materia prima de base mítica, doctrinal y ritual expresada literaria mente, sin estructura eclesiástica jerárquica, en manos de unos intér pretes a quienes nadie nombraba ni legitimaba, sino que ellos mismos se erigían como tales, admitía desde el principio notables variaciones entre sus diversos creyentes y transmisores17. 

A ello se une una circunstancia fundamental: se trata de una forma de religión que intenta dar respuesta a necesidades muy básicas del ser humano, como pueden ser la aspiración de inmortalidad, los deseos de aproximarse a una divinidad de forma menos lejana y oficial que la 15 Cf. § 8. 16 Gasadio 1990b, 197. 17 Gf. Casadesús 2006. religión del Estado y el anhelo de una valoración del individuo no dependiente de consideraciones sociales y por tanto más igualitaria. El orfismo (o, si queremos, el orfismo y los movimientos similares, ya que es un problema determinar dónde se sitúan los límites y entre unos y otros) sería un tipo de religión personal, basada en unos textos, con un marco de referencia común: el dualismo entre alma inmortal y cuerpo mortal, el pecado antecedente, el ciclo de transmigraciones, la liberación del alma y su salvación final. Sin abandonar del todo este marco común, intermediarios de diferente tipo ofrecían a cada usuario aquello que cada uno necesitaba. Al responder a necesidades de consuelo y salvación individual, esta religión sin dogmas ni iglesia, que se abría libremente a no importaba qué usuario, permitía que cada uno encontrara en ella lo que buscaba. Algunos se conformarían con que lo iniciaran y con par ticipar en algunos ritos que apenas entendía, pensando que así iba a librarse del fango y los terrores del Hades y a disfrutar de una existencia feliz comiendo y bebiendo a diario en el otro mundo. Otros querrían tan sólo que le vendieran un ensalmo de Orfeo o una maldición para librarse de un dolor de muelas o de un enemigo indeseable. Otros, en cambio, creerían hallar en el texto órfico un mensaje religioso, filosó fico y hasta científico profundo, para lo que el intermediario afinaría, en cada caso, sus métodos de indagación. Podemos trazar los dos extremos de lo que debió de ser un espectro muy amplio de modos de sentir y transmitir lo órfico. Una línea, que podríamos denominar «degradada», insistía en ofrecer una solución rápida a los problemas de este mundo a través de la celebración mecánica de ritos que tan sólo por su mera celebración prometían la seguridad de un destino mejor en la otra vida. En esta misma línea se situaban las soluciones mágicas atribuidas a Orfeo, cuyo mito contiene aspectos pro pios de la magia. 

Otra línea, en dirección totalmente contraria, trataba de depurar el mensaje y darle una perspectiva filosófica y profunda. Entre ambas líneas tenemos, por supuesto, a los simples creyentes que trataban de llevar una vida justa y participaban en el rito que les ofrecía esperanzas para el Más Allá como una forma sincera de prepararse para la muerte. Nilsson considera que el orfismo debió de surgir en un medio que califica de «movimientos nebulosos y supersticiosos que apelaban más 18 Nilsson 1935. a gente iletrada que a mentes altas». Entiendo que tal convicción puede ser apresurada. No podemos aceptar sin más este presupuesto si tenemos en cuenta, por una parte, que unos testimonios claramente órficos, como las laminillas, están escritos en oro y se guardaron en tumbas espectaculares, como el timponegrande de Turios, y por otra, que los postulados de la doctrina órfica atrajeron, como veremos, a monar cas sicilianos y a otros ricos clientes de Píndaro, lo que habla del ele vado estatus socioeconómico y político de algunos adeptos al orfismo. Incluso llamó la atención del propio Platón, prototipo de aristócrata ateniense. Todo ello ha motivado que se haya propuesto lo contrario que Nilsson, que el movimiento órfico surgió, o al menos tuvo un especial éxito entre la aristocracia de ciertos lugares que prefería buscar su identidad fuera de los límites de este mundo y una posición de pree minencia en el Más Allá. Con ello transformaban el elitismo social en elitismo escatológico y sustituían el yévog heroico por un yévoc; cós mico, aunque aún sobre el modelo de las formas de expresión literaria propias de Homero19. Lo que llamamos orfismo es, pues, un fenómeno un tanto mag- mático y se podría discutir qué es órfico propiamente y qué no lo es en el arco de posibilidades que he trazado. Sin embargo, me ha parecido más operativo mantener ese arco, sin intervenir dogmáticamente en lo que no era dogmático, y tomar «órfico» en un sentido amplio, para referirme a este conjunto de poemas, creencias y rituales, relacionados con los misterios, el dionisismo, la transmigración de las almas y un Más Allá con premios y castigos. Lo importante es comprender un fenómeno religioso y no discutir por las etiquetas que hay que ponerle a cada manifestación de este fenómeno. 

Todo ello sin perjuicio de que esta indagación pueda servir en alguna medida para precisar algo más y fijarse en los detalles de lo que aquí he presentado como un esbozo de trazo muy grueso. Para proceder con cierto orden, dedico la primera parte del libro a los testimonios de Platón sobre Orfeo (§ i) y sobre sus seguidores (§ 2) • Consagraré especial atención a la forma en que Platón introduce sus referencias a Orfeo y los órficos, porque, como veremos, el resultado de este análisis arroja enorme luz sobre la actitud que Platón tiene hacia los textos órficos, hacia su presunto autor y hacia sus seguidores y 19 Cf. Herrero de Jáuregui 2008, recogiendo propuestas anteriores. ello nos permite avanzar considerablemente en la interpretación de sus testimonios. Al mismo tiempo, la comparación de éstos con los de otros autores ayudará a determinar en qué medida podemos considerar fiable lo que el filósofo nos dice. En la segunda parte, se trata de evaluar en qué medida puede detec tarse la presencia de creencias órficas en diversos temas aludidos, ana lizados o transmutados por Platón, como los mitos cosmogónicos y teogónicos, los modelos del cosmos, la inmortalidad del alma, la rela ción de ésta con el cuerpo, el mito de Dioniso y los Titanes, las imáge nes del Más Allá, la justicia y la retribución, la imagen de Zeus o los rituales e iniciaciones.

 En la tercera parte se examinan los métodos de la transposición pla tónica y en la cuarta se hace un balance del cuadro del orfismo que podemos trazar en la época del filósofo y de su actitud ante las cuestio nes más importantes, y asimismo se trazan las líneas generales de histo ria de la recepción del orfismo antes y después de Platón. En un apéndice se recoge el texto griego y la traducción de los pasa jes referidos, en páginas enfrentadas. Cada uno de ellos lleva un número, precedido de la letra T, al que remitirán también las referen cias entre corchetes cuadrados a lo largo del libro, lo que permitirá encontrarlos con facilidad en el apéndice. 

Tras algunos testimonios platónicos aparecerán otros de otros autores, que llevarán el mismo número del pasaje de Platón al que complementan, pero seguido de una letra minúscula (por ejemplo Tl8a, 18b, etc.). Al final aparecen enumeradas las referencias bibliográficas que en el curso de la obra se presentan de forma abreviada. Completan la obra un índice de pasajes citados y otro analítico. La pretensión de un libro como éste, escrito por un filólogo, es, ante todo, la de ofrecer un instrumento de trabajo útil y manejable, un repertorio organizado de textos significativos y un desbroce del análisis de su significado en su época y en su contexto, que permita a quienes estén interesados en ello profundizar luego morephilosophico en las múlti ples e interesantes cuestiones que se plantean20. 20 Deseo mostrar mi agradecimiento más profundo a Marco Antonio Santamaría, que leyó una primera versión de la obra y me hizo un sinnúmero de observacio nes valiosas, que sin duda la han enriquecido, y a Silvia Porres, que confeccionó los índices y revisó el texto, liberándolo de no pocos errores.

domingo, 5 de julio de 2026

WERNER JAEGER DEMÓSTENES La agonía de Grecia

 


PREFACIO A ESTA EDICION 

Es para mí una gran satisfacción ver traducido al espa ñol mi Demóstenes, que se publicó en inglés en 1938, como consta en el prefacio de esa edición, que aparece también en la presente. Poco es lo que debo añadir a lo dicho en él, pero me complace llamar la atención del lec tor sobre mi otra obra, Paideia: los ideales de la cultura griega, de la que han aparecido dos nuevos volúmenes desde que se publicó Demóstenes. La obra entera ha sido publicada en español por el Fondo de Cultura Econó mica. 

El último capítulo del volumen iii de Paideia, que trata de Demóstenes y de su lucha por la libertad de Grecia, se basa en los resultados del presente libro. Por otro lado, los volúmenes n y iii de Paideia ofrecen un cuadro mucho más amplio del fondo dentro del cual se desarrollan las luchas que sostuvo Demóstenes duran te toda su vida, y que puede ser útil para quienes quieran saber más de lo que se dice en los primeros capítulos de Demóstenes. De los tres apéndices que no pudieron incluirse en Demóstenes (véase el Prefacio a la edición inglesa), uno se publicó por separado con el título The Date of Isocra- tes’ Areopagiticus and the Athenian Oposition, en la serie Harvard Studies in Classical Philology, volumen es pecial (Cambridge, Harvard University Press, 1941), pp. 409-450. 

Esta publicación constituye un suplemen to importante a mis observaciones sobre el Areopagiticus de Isócrates que aparecen en la página 68 y en las notas números 10 y 12 de las páginas 266 de este libro. En el 5 6 PREFACIO A ESTA EDICIÓN volumen m de Paideia también hay un capitulo sobre este tema. Quienes no tengan acceso a los Harvard Studies pueden remitirse a él. Por último, me complace expresar mi sincera grati tud al traductor de este libro, profesor Eduardo Nicol, de la Universidad Nacional de México, por el excelente trabajo que ha realizado en este volumen. A su inteli gencia y comprensión de las cosas, así como al interés que puso en la empresa la editorial Fondo de Cultura Económica debo que este libro pueda hoy leerse en los países de habla española. W erner Jaecer Noviembre de 1945 Harvard Univcrsity Cambridge, Massachusetts

sábado, 4 de julio de 2026

Enrique López Castellón Simbolismo y bohemia: la Francia de Baudelaire

 


Enrique López Castellón Simbolismo y bohemia: la Francia de Baudelaire Diseño de portada Sergio Ramírez Director de la colección Félix Duque 

I. Romanticismo La mayoría de edad de Baudelaire coincide con el silencio de las musas románticas. Lamartine guardaba silencio desde sus Recogimientos poéticos. Pero ya en este poemario parecía haber apurado hasta las migajas del festín. Al convertir la poesía en «la razón cantada» y reemplazar la «expansión» (culpable de «la caída del ángel») por la «concentración», en la que vislumbraba la salvación del artista, mostraba su oposición a ciertos postulados del romanticismo. Victor Hugo, a su vez, iniciaba con Los rayos y las sombras una noche del alma en la poesía y anunciaba un cambio literario. Poco antes había proclamado la subordinación de la naturaleza al artista, no imponiendo al arte más patrón que Dios, lo que significaba una noble manera de emanciparle habida cuenta de que en el poema 38 de sus Cantos del crepúsculo había emitido este diagnóstico nietzscheano: Las supersticiones, cual víboras horribles, invaden nuestras sienes carentes de semillas, llevamos en el alma el cadáver podrido de aquella religión que vivió en nuestros padres. 

Ante esta situación, las exuberantes metamorfosis de la naturaleza que se vislumbran en Los rayos y las sombras, especialmente en «Tristesse d’Olympio», constituyen un insulto al poeta aislado y consciente de que sólo puede contar consigo mismo para conservar recuerdos. Su bajada a la cripta le hace ver que dispone del admirable poder de recrear un paisaje hollado aún por las efímeras divinidades que lo habían habitado. De este modo, Hugo lograba oponer a la vida ciega y azarosa la vida interpretada, pues, en última instancia, Cibeles existe únicamente para ser cantada y el descubrimiento de la armonía sólo es el fruto de un duro entrenamiento. De ahí que Baudelaire censurase el entreguismo de Alfred de Musset, que publicaba sus Poesías completas nada más cumplir los veinte años, resaltando «su total incapacidad para entender el trabajo mediante el cual el ensueño se convierte en objeto artístico».

En esta línea cincelaba Gautier sus Esmaltes y camafeos sin más pretensiones que la satisfacción del artesano ni más mérito que la reducción de la poesía a una suerte de «numismática». Esta combinación de fragua y de crisol, de inspiración y de ascesis, ofrecía en Gérard de Nerval un balance inesperado: el amor romántico resultaba ser uno de los rostros de la soledad y la poesía una hábil conjunción de alquimia, astrología y tarot, dirigida a sondear las honduras anímicas del poeta. Bien es cierto que, merced a los moralistas franceses (La Rochefoucauld, La Bruyère, Vauvenargues), había quedado al descubierto el trasfondo de determinadas virtudes que nada tienen que ver con lo moralmente laudable. Era una vía abierta a través de la cual el psicoanálisis freudiano explorará las oscuridades del psiquismo. Pero, por el momento, cierta filosofía y cierta literatura buceaban con especial ahínco en aquellos recovecos del pensamiento y de la conducta singularmente opacos a las luces de la Razón. De esta manera la reacción contra la Ilustración y contra la moral burguesa atacará las ideas de libertad política, de progreso social, de democracia y, sobre todo, de bondad natural. A esta corriente pertenecen desde distintas coordenadas Joseph de Maistre y Edgar Allan Poe, quienes, según Baudelaire, le «enseñaron a razonar» (640)1. Si Lamartine había llegado a entender que la naturaleza es un laboratorio de encantamientos y metamorfosis, Nerval estaba plenamente convencido de que sólo una interpretación mágica puede descifrar el universo y establecer correspondencias entre sus elementos merced al estremecimiento poético. Ya en estos años Joseph Delorme había profundizado en el alma humana hasta el hastío y había exaltado la belleza de las mujeres marchitas, tímidas o venales, sintonizando su psiquismo con la desolación de los suburbios mientras Théodore de Banville consideraba que el Parnaso no es tanto un templo con cariátides cuanto un circo provisto de excelentes aparatos gimnásticos para que el pícaro realice sus acrobacias.

Gracias a Banville, ningún tema estaba ya vedado al lirismo y el idioma quedaba perfectamente saneado y dispuesto para plasmar las contradicciones de la modernidad con la elegancia de un Racine y el prosaísmo de un periodista del Segundo Imperio. El cisne de Lamartine, el cóndor de Leconte de Lisle y el albatros de Baudelaire debían olvidar sus elevadas ensoñaciones y sus vuelos, pues, como sugería con sorna Jacques Vier, Parnasse no rima demasiado mal con impasse.

Todas las cámaras de resonancia que había abierto Chateaubriand (la naturaleza, la catedral, el foro) para que propagaran nuevas ondas sonoras estaban ya cerradas a mediados de siglo. Los paraísos de Lamartine y los infiernos de Byron trasladaban sus nubes y sus claros al interior del poeta dejando a la intemperie una vastísima zona de la psique que había permanecido inexplorada, no porque fuese ignota, sino porque los preceptos de la moral religiosa y el concepto de dignidad humana amonestaban: Hic sunt leones, y había que protegerse a leone et dracone, del león y de la serpiente. Joseph de Maistre, que ya había descendido lo bastante dentro de sí mismo, ascendía asfixiado a la superficie, harto de vergüenza y estremecido en su conciencia de persona decente. Mientras esta nueva espeleología aguardaba a sus pioneros, los poetas franceses de las últimas hornadas habían cantado a los mártires cristianos o a los nuevos mártires de la libertad recién conquistada. Los menos comprometidos exaltaban las virtudes presuntamente naturales de los pastores no contaminados por las convulsiones de las sociedades urbanas y los aduladores de los nuevos mecenas glorificaban el progreso industrial y científico que habría de reportar supuestos beneficios a toda la humanidad. Desde esta perspectiva, el objeto bello sólo hallaba justificación en virtud de su utilidad social y los moldes de la expresión artística quedaban académicamente definidos por leyes especiales.

Fue por estos años cuando Saint-Marc Girardin, profesor de poesía de la Sorbona, se permitía aconsejar: «¡Seamos mediocres!», esto es, resistamos a la tentación de la originalidad y la innovación y sacrifiquemos nuestra individualidad singular en aras del buen entendimiento de todos. Por eso, cuando Alfred de Vigny era recibido en la Academia Francesa sabía muy bien que ello no suponía un reconocimiento oficial de sus poemas, recientemente condenados por su «exaltación desmesurada». Y es que el romanticismo había iniciado una revolución que nunca pudo culminar, porque, como decía Sainte-Beuve, no bastaban la versificación anticlasicista y la personificación del lirismo para asegurar la conquista del toisón de oro. Su mayor mérito en la historia de la poesía había sido recuperar el gusto por la experiencia y la pasión por la aventura y destacar el sentimiento de la universalidad poética que extendía la poesía al teatro, a la novela y en muchos casos a la vida entera. De ahí la crítica romántica a la división de géneros literarios y artísticos que habría de desembocar en lo que Baudelaire entenderá como «correspondencias» entre los contenidos sensoriales y, por ende, entre las bellas artes. Esta nueva forma de sentir exigía una nueva forma de lenguaje, sobre todo porque el romanticismo era realista en un doble sentido: el de pretender reflejar la realidad y el de ejercer un efecto sobre ella mediante la versificación y el ritmo. Para un poeta moderno como Baudelaire, el mundo exterior se fundirá con el interior, y éste se hará cada vez más misterioso e insondable. El romanticismo francés había estado, además, fuertemente marcado por las convulsiones, esperanzas, nostalgias e iras de la agonizante sociedad preindustrial. A diferencia del alemán, nunca llegó a profundizar en el gran secreto del universo; se esmeró, eso sí, en pulir y depurar el idioma a la vez que expresaba la reacción de la sensibilidad artística a las agitaciones sociales con una elocuencia de tribuna. Los poetas sabían muy bien que se hallaban al margen o incluso en contra de la sociedad de su tiempo, y ésta, en el mejor de los casos, se limitó a ignorarlos y en el peor a maldecirlos. Los poetas malditos (según la célebre expresión de Verlaine) fueron poetas que maldijeron porque antes habían sido maldecidos.

En conflicto con la sociedad, identificaron poesía y revolución, en conflicto con la religión, pretendieron emular al ángel luminoso arrojado a las tinieblas; en conflicto con la evidencia sensible o con la conciencia superficial, se perdieron en la exploración del inconsciente onírico, desde la Aurelia de Nerval hasta el Sueño de Tristan Corbière, desde Los paraísos artificiales de Baudelaire hasta los delirios del surrealismo; en conflicto con su corazón e inteligencia, se convirtieron en verdugos de sí mismos, logrando que la Endecha de Laforgue fuese más cruel y despiadada que todos los lamentos románticos, en conflicto con el lenguaje, pese a ser su tierra natal, buscaron su salvación entre los despojos de su propio encarnizamiento.

Nunca los poetas han exaltado tanto la palabra, al tiempo que dudaban de las formas preceptivas para hacerla eficaz. Corría, asimismo, por el romanticismo una corriente subterránea que permitirá en su día la eclosión de las flores malsanas de Baudelaire. Las reflexiones de Lamartine sobre la belleza y la voluptuosidad incluían una imagen de la mujer más rica e inquietante que la presentada hasta entonces. La Daïdha de La caída de un ángel, la fumadora en narguile e incluso Graziella, resucitada por el demonio del mediodía, celebran que Eva, la madre universal, se una a los cánticos e himnos que el sentimiento de pecado pretendía silenciar. Como por azar, los olores, vehículos de una peligrosa molicie, invaden el spleen con su cortejo de desencantos y de fúnebres cadencias. En «La viña y la casa» de los Recogimientos poéticos, Lamartine avanzaba unos versos que podría haber firmado luego Baudelaire: ¿Qué fardo te subyuga, oh alma mía, en ese viejo lecho de los días labrado por el tedio, cual fruto de un dolor que oprimiera a entrañas femeninas, ansiosa por nacer y llorando por haber nacido? La teoría del arte por el arte, surgida de los escombros del romanticismo moribundo, era, en última instancia, una reacción contra la demanda funcional y utilitaria de la burguesía ascendente. Los artistas que adoptaron este lema eran plenamente conscientes de que estaban condenados a la marginación. Esto explica que un poeta tan elitista como Baudelaire participara en la insurrección de 1848, codo a codo con el pueblo revolucionario.

La lucha encarnizada contra el enemigo común (el mercantilismo inhumano del orden burgués) impedía por su urgencia mayores matizaciones. Ante la imposibilidad de encontrar un lugar no convencional e independiente en el nuevo sistema, numerosos artistas reclamaron para sí el terreno de la belleza pura y se singularizaron como grupo residual, más allá de los valores dominantes de la época. Corrían, claro está, un riesgo considerable, y muchos pagaron su reto con el dolor y la pobreza que suelen acompañar a toda existencia inadaptada. Baudelaire sintetizó esta opción en unos versos memorables: Dos voces escuchaba: una insidiosa y firme, decía: «La Tierra es un pastel de infinita dulzura, yo puedo (y tu placer no tendrá entonces coto) despertar en ti un ansia de similar tamaño». Y la otra susurraba: «Tú que viajas en sueños, ven fuera de lo posible, más allá de todo lo sabido». (46) Semejante opción obligaba a redefinir los conceptos mismos de artista y de belleza, diferenciándolos tanto del racionalismo abstracto y universalista como del romanticismo burgués. Porque, efectivamente, el romanticismo era un movimiento en esencia burgués, aún más, era (como ha señalado Arnold Hauser) el movimiento burgués por excelencia, que había roto con los convencionalismos del clasicismo, con el artificio y la retórica cortesanos, con el estilo elevado y el lenguaje refinado, para acabar cantando al amor convencional. Con todo, el romanticismo francés, que había sido en sus orígenes, con palabras de Georg Brandes, «una literatura de emigrados», siguió siendo hasta después de 1820 el portavoz de la Restauración. Hemos de esperar a 1825-1830 para verle evolucionar hacia un movimiento liberal que formuló sus objetivos artísticos en consonancia con la revolución política. Ahora bien, aunque la ideología liberal triunfó aparentemente en las constituciones y en las instituciones occidentales, la Europa moderna, con su política capitalista, sus monarquías militaristas e imperialistas, sus sistemas administrativos centralistas y burocráticos, sus iglesias rehabilitadas y sus religiones oficiales, era, en igual medida, obra de la Restauración y de la Ilustración, por lo que tan legítimo resulta ver en el siglo xix un período de oposición al espíritu de la Revolución, como defender la tesis de que en esta centuria triunfaron los ideales de libertad y progreso.

Si ya el Imperio napoleónico significó la disolución de los ideales individualistas de la Revolución, la victoria de los aliados sobre Napoleón, la Santa Alianza y la Restauración de los Borbones condujeron a la ruptura definitiva con el siglo xviii y con su idea de basar el Estado y la sociedad en el individuo. Ello no quiere decir naturalmente que pudiera desalojarse de las formas de pensar y de experimentar de la nueva generación el espíritu individualista, lo que explica la contradicción entre la política antiliberal y las tendencias innovadoras de la época en el campo literario. Al principio, los románticos franceses se declararon partidarios incondicionales del legitimismo y del clericalismo, mientras fueron principalmente los liberales quienes representaron en el campo literario a la tradición clásica. Como señala Charles-Marc des Granges, no todos los clásicos eran liberales, pero todos los liberales eran clásicos. Es probable que no haya en toda la historia del arte un ejemplo más claro de que una postura política conservadora resulta perfectamente compatible con una actividad artística progresista. No puede extrañarnos, entonces, que Baudelaire abriera nuevas vías a la poética contemporánea mientras en materia política sustentaba las mismas tesis ultraconservadoras de Joseph de Maistre y de Poe. La reacción contra el romanticismo pretendía conservar su espíritu antiacademicista pero conservando el aristocratismo clásico. Desconfiaba de las pasiones y rechazaba abiertamente la ingenuidad de la tesis sobre la bondad natural del hombre, pero suscribía la fe ciega en el pecado original y vivía su debilidad por la sensualidad y el erotismo con agudos remordimientos; criticaba el espíritu antipoético de la Ilustración, pero admiraba la lógica y el análisis, con el convencimiento de que toda hipótesis exige su conclusión. Baudelaire, que ilustra esta postura, odiaba a Voltaire, pero apoyaba con entusiasmo el dictamen de Diderot: «La sensibilidad apenas caracteriza al genio. No es su corazón, sino su cabeza quien lo hace todo». La inspiración romántica perdía valor frente al trabajo continuado y pertinaz del artista moderno. 

En este momento social y literariamente crítico inicia su obra Baudelaire. Heredero por sus relaciones y sus lecturas de los románticos de la generación de 1830, se siente próximo a unos autores en los que encuentra su inspiración más clara: Chateaubriand, encarnación del «dandysmo de la desdicha», Pétrus Borel, el licántropo, cuyas «lucubraciones» colman sus ansias de bohemio marginado, y, sobre todo, Sainte-Beuve, el autor de Poesías y pensamientos de Joseph Delorme, modelo de poemario para Baudelaire durante largo tiempo, encarnación de un romanticismo tardío que en 1859 seguía considerando «una bendición celestial o diabólica». Frente a los excesos del romanticismo, se sentía vinculado a los movimientos y grupos que preconizaban el retorno al rigor formal y a la seriedad del «oficio» poético. Admiraba a Gautier, que en la época de Hernani había sido uno de los pioneros del romanticismo y que desde 1840 se había convertido en abanderado de la teoría del arte por el arte, germen de las escuelas formalistas que, mucho antes del célebre Parnaso Contemporáneo, dieron origen a la Escuela Plástica y a la Escuela Pagana. Su programa era claro: acabar con la desmesurada espiritualidad romántica, restaurar el culto a una Belleza «laica» y pura y dar prioridad a la perfección formal sobre la expresión sincera de las emociones. En contacto con estos «poetas impecables» y virtuosos de la versificación, Baudelaire tomará conciencia de la importancia de las estructuras formales en la poesía que marcarán la arquitectura global de Las flores del mal y de cada uno de sus poemas. Ello no quiere decir que se pasara con armas y bagajes a las filas del formalismo.

El «materialismo pagano» de éste no se compaginaba con su espiritualidad y su singular misticismo, al tiempo que su dimensión «naturalista» no casaba con el pesimismo de Baudelaire en base a su idea de una naturaleza caída y viciada por el pecado original, que le hacía más proclive a sospechar de lo bello y a denunciar la espontaneidad natural. Entendía, por el contrario, que no puede haber perfección artística sin emoción ni oficio poético sin temperamento, y ello determinó que mientras Gautier evolucionaba hacia un formalismo esclerótico, una de las últimas trampas del clasicismo, Baudelaire abriese con plena lucidez la senda de la poesía de la modernidad por la que luego transitarán Verlaine, Rimbaud y Mallarmé. La duda atormentada de Verlaine entre la fascinación y el horror hacia el placer, entre la maldición y la plegaria, lacerado por remordimientos masoquistas y aguardando en casas de prostitución la luz de una aparición inefable, la cólera negra de Rimbaud, su desafío a la realidad y su hechizo blasfemo, y el cincelado de Mallarmé, su esfuerzo por una forma rigurosa y secreta frente a la abundancia o la redundancia románticas, no podrían entenderse sin hacer referencia a Baudelaire. Solitario al final del período romántico, como lo había sido en cierto modo Chénier al final del neoclasicismo, y abierto a la poesía por venir, como Chénier se había proyectado en Musset y en Lamartine. Muchos dirán que en la Edad Media y en el Barroco ya se habían cultivado en el jardín de la literatura la mayoría de las flores del mal y toda suerte de indagaciones infernales, funerarias y macabras; que Boileau y Bossuet habían anticipado el tema del spleen en sus divagaciones sobre el tedio. Sin embargo, el mérito de Baudelaire radica en haber logrado que la poesía francesa no siguiese prisionera de una mitología grandiosa y encantadora pero perteneciente a un mundo en vías de extinción, en haber aceptado el reto de su época con la misma mezcla de deseo y de horror, de fascinación y de rechazo que experimentara hacia París y hacia la mujer.

 Mago y maldito a partes iguales, sin el fondo filosófico de Novalis o de Hölderlin, sus universos son la sensualidad y la palabra, cuyos recursos trató de ampliar y flexibilizar sin dejar de ser fiel a las estructuras heredadas del clasicismo. Como indica el poeta surrealista Philippe Soupaul, «los poetas de esta época no podían creer que tras el nacimiento y expansión del romanticismo iba a elevarse por encima de él una nueva poesía». En esta atmósfera crepuscular que otros, como los parnasianos, iban a tratar de iluminar con fuegos artificiales que hicieran visible la conjunción de arte y ciencia, hay que situar y comprender el acontecimiento decisivo que representó para nuestra modernidad literaria la aparición en 1857 de Las flores del mal.

viernes, 3 de julio de 2026

Fragmento UNO. Novela. El vuelo de la urraca o la danza del cuervo Últimas revisiones. Autor: Méndez-Limbrick Jorge.

 


"—Escudero, ¿qué sucedió con la captura del tecolote?

—Señor, ya lo tenemos en jaulas. No es un tecolote, son dos.

—¿Y a dónde los han llevado? ¿Han seguido mis órdenes de que no se les maltratase, fueran dos o veinte? ¡Que no los maten! Después de una semana y de que estén seguros de que están sanos, llévenlos al monte más cercano y que los liberen. Y si regresan, que no los atrapen, que los dejen pernoctar y vivir en los jardines del alcázar. Quizá así muchos de mis enemigos, amigos, confidentes, simpatizantes, odiadores, hipócritas, adulones y otros más tendrán un sentimiento de curiosidad. Harán suposiciones sanas e insanas de los tecolotes en el alcázar y de lo que puede acontecer a partir de sus llegadas. — Dicen que el tecolote es un ave de mal agüero, señor. Que no es recomendable mirarlo, ni acercarse al ave. Mi señor, no creo que sea respetable dejarlos volar por todo el alcázar. Es el ave del inframundo, usía. — No seas tonto, Escudero, el ave de mal agüero sos vos, con esas ideas. —También dicen las leyendas que el tecolote puede mirar lo oculto, lo que está más allá, usía. Que predice el destino de los hombres y sus futuras desgracias. Aunque existe, un asunto que nadie le ha querido comentar a usía. — ¿Y cuál es ese asunto? —Que cuando fueron capturados no volvieron a cantar como tecolotes. — ¿Y, entonces, cómo cantaban? —No cantaban, usía. Imagino que debió de ser por el cautiverio. — Pero, esto no posee nada de extraño, Escudero. Existen aves que no soportan el cautiverio. —Excelencia, el asunto es que... cuando fuimos a liberar los tecolotes al bosque más cercano, pues una vez abiertas las jaulas para que alzaran vuelo, las aves, ya no eran tecolotes, eran cuervos, mi señor. Yo puedo dar fe de lo sucedido. Los pajareros que fueron conmigo pueden confirmarlo, mi señor. La sinceridad me abruma y antes de contarle a vuecencia la historia, se lo comenté al cardenal Lucius, y ¿sabe a qué conclusión llegó? Que su Ilustrísima debía cuidar más su salud, porque los rebeldes están siendo controlados por la DIE. Y que entonces, el asunto suyo no es de política, sino de salud —repito—, señor. Dése tiempo para los asuntos políticos y asuma un mayor cuidado y amor por su salud. Además, me comentó —y su señoría puede corroborarlo cuando se reúna con el cardenal— que, por el contrario, los tecolotes, le traerán un buen augurio. Que acá el asunto es el asunto de los cuervos y que con los cuervos, el asunto sí se pone un poco oscuro, más oscuro que la noche y el vuelo del ave. Que recuerde que el cuervo se alimenta de carroña y que, si se alimenta de carroña, estamos hablando de muerte. Al final, y esto es de mi factoría, ambas aves representan el destino y el tránsito al más allá".
Fragmento. Novela. El vuelo de la urraca o la danza del cuervo Últimas revisiones.
Autor: Méndez-Limbrick Jorge.

jueves, 2 de julio de 2026

CARLOS vossizn LOPE DE VEGA Y SU TIEMPO fragmento

 


PREAMBULO 

Nuevamente se ha despertado el anhelo de una creación poética fortificada en el estilo, arraigada en la comunión religiosa y no cional, afirmadora de la vida por encima de toda diferencia de clases. Vemos manifestarse este afan en trabajos múltiples, impacientes y pre maturos, de nuestros jóvenes poetas alemanes, le remos patente en toda la esfera cultural europeo-americana. 

El mismo anhelo me ha acercado a Lope de Vega en el sexto decenio de mi vida y me hace arriesgar una exposición histórico-literaria que sé perfectamente cuan prematura ha de parecer desde el punto de vista técnico. Pero mi sentido de nuestro tiem po no me ha permitido encubrir ya más ni abstenerme, en cuanto se re fiere al conocimiento de un poeta que con tan segura capacidad hizo en su obra lo que nosotros hoy, en distintas condiciones, creemos nece sitar y desear nuevamente. Que no omita su efecto en los lectores de esta introducción a un mundo remoto, y a la vez tan cercano, el arresto vital del gran poeta español. Carlos Vossler. Munich, julio de 1932.

 LOPE Y SU CAUDAL Lope de Vega no es una personalidad de contorno preciso, como Goethe, ni tampoco como Shakespeare, con quien tan a menudo se le compara. Con facilidad y presteza inauditas produjo una inmensa multitud de obras, cuya demarcación es hoy de todo punto imposible. Ya sus contemporáneos ignoraban, y hasta ignoraba él mismo—no siempre quería saberlo acaso—lo que era suyo y lo que era de sus pre decesores, de sus amigos, colaboradores, explotadores, e imitadores. Su caudal literario fluye de tal manera confundido con el de los demás, que la determinación de su peculiaridad espiritual sufre con ello/De sus obras teatrales en verso nos son conocidas, por el título, más de 770, y por el texto, 470. El mismo pretende haber escrito 1.500. Su amigo y biógrafo Juan Pérez de Montalbán habla de 1.800 comedias y 400 autos sacramentales, lo que sin duda es hiperbólico. Han de añadirse tres novelas y cuatro novelas cortas en prosa, cinco poemas épicos y cuatro poemas épicos menores, tres poemas didácticos y una frondosa opu lencia de poesías líricasy escritos de ocasión. Se estimaban la rapidez y la cantidad más que la peculiaridad y el esmero. Lo que Lope hizo con otros, se hizo con él en mayor medida; se le copió, se le trastrocó y se le saqueó y aun se le atribuyó más de lo que se tomó de él. 

Dice, en chanza, el poeta: Es adagio provincial que todas las cosas son de Lope extraño caudal. López de Aguilar Coutiño, uno de sus más cálidos admiradores, es cribe en 1618: «Lupus rebus ómnibus, quae meliores esse probantur, Digitized by nomen imposuit suum», y lo mismo afirma de Lope el hermano Fran cisco de Peralta en su oración fúnebre: «Proverbio hizo el lenguaje castellano del nombre de Lope para encarecimiento de lo mejor; la tela más rica y vistosa, para venderla por tal, de Lope llama el mercader; la más bien acabada pintura, no de Apeles, de Lope la llama el pintor J» Dice otro: «Lope llega en esta monarquía a merecer la antonomasia de excelente, calificando lo bueno poc de Lope.» Y otro canta: Que si lo bueno es de Lope, Lope, por bueno, es de Dios. De un cierto hermano Serafín son estos versos: Todos solían decir: Esto es de Lope; pero desde hoy dirán: Lope es de todos. Del célebre Quevedo son estas palabras, escritas un año antes de la muerte del poeta: «Lope, cuyo nombre ha sido universalmente pro verbio de todo lo bueno, prerrogativa que no ha concedido la (ama a otro hombre» (l). Hasta en el Credo parece que se introdujo su nombre: «Creo en Lope Todopoderoso, Poeta del cielo y de la tierra.» En una palabra: llegó a ser, en vida, una figura fabulosa y un símbolo casi de la grandeza de su pueblo. A ello no sólo contribuyó el imperio de su capacidad y el esplen dor de su obra poética, sino el notable concepto de la personalidad, vi gente entre los españoles de su tiempo, y con el que nos hemos de fami liarizar en el curso de esta consideración. 

Digamos sólo, de momento, que en un pueblo que había mantenido ochocientos años por la fe cristiana la guardia de frontera contra el Islam, toda disgregación de la comunidad por parte del individuo era recelada como un principio de herejía. La singularidad espiritual, el caudal espiritual de cada uno, el individualismo crítico, no encontraban medio vital propicio en esta tierra antiprotestante. Para ser algo había que arraigar hondo en la co (i) Compruébese en Vida de L. de V., por H. A. Rennert y A. Cas tro. Madrid, 1919, pág. 380 y ss. munidad, en el núcleo del sentimiento y el gusto populares; y de tal vinculación obtuvo Lope, de hecho, su (ama inmensa. Se sintió rodea do, cada vez más, por la niebla luminosa de la admiración sin crítica que le embriagaba, envuelto en milagrería. Sus obras, escritas apresu radamente, se llenaron, tanto en lo que se refiere al pensamiento como al lenguaje, de elementos del patrimonio vulgar y se hincharon, fron dosas, allende el límite de su peculiar carácter, adquiriendo proporcio nes colosales que nada tienen que ver con la grandeza humana y antes, por el contrario, la velan y ocultan. Diferenciar lo colosal en Lope de su genialidad verdadera y librar a ésta, digámoslo así, de su propio desbordamiento y vulgaridad, es una tarea espinosa, en la que críticos y filólogos han de trabajar aún dilatadamente. Por lo pronto, y ciertamente con razón, se ha investigado la hechura* literaria de Lope, sus fuentes y la tradición de sus escritos. 

Y aunque se está muy lejos de poder considerar ultimada esta labor, se advierte ya tal* dosis de arbitrariedad, de incuria y de confusión, y por otra parte tanta diligencia, tanta cicunspección y conciencia artística en la géne sis, en el cuidado y en el logro de las innumerables obras, que apenas puede esperarse que se llegue sólo con la investigación filológica a des cifrar el enigma. Como el panorama de la obra inmensa se nos ofrece de tal manera informe y desigual, atengámonos de momento al carácter personal de su creador, consideremos la conducta vital en que el modo de querer y de sentir de un hombre han de revelarse.

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