DON JOSE MANUEL MARROQUIN
A riesgo de cerrarme todas las puertas que suele abrir
entre nosotros la fraternidad política, declaro que nun
ca he sentido fervor por las grandes figuras del partido
liberal... ni por las que venera el partido conservador.
Las hay en uno y otro campo que me cautivan por
su inteligencia, su rectitud o su patriotismo: pero nun
ca ganaion mi admiración, ni siquiera mi respeto, aque
llas cuyo mérito estriba en ser paladines de su causa.
Era tan señalada mi familia paterna en uno de los cam
pos, cuanto la de mi madre en el opuesto; de modo
que entre los amigos de mi casa figuraban no sólo co-
partidarios sino también adversarios políticos de mi pa
dre y de mis tíos. Recuerdo haber oído contar que
uno de ellos, perseguido por los sabuesos de Aristides
Fernández, ministro de guerra del señor Marroquín en
la época de más enconada bandería, pudo escapar de
ellos escondiéndose donde no era presumible que nadie
le fuese a buscar: en casa del propio señor Marroquín.
En la mía, pues, no se hablaba nunca de política, pro
fesión a que siempre he tenido un asco instintivo y
cordial. En consecuencia, mi añeja afición a la lectura
pudo enseñarme a admirar la inteligencia de un Nú-
ñez, un Caro, un Martínez Silva, un Marroquín, antes
que me hubiese tocado oír declamar contra ellos a los
oradores políticos de la otra parcialidad.
He consignado las anteriores líneas autobiográficas para
que se tomen en su valor mis conceptos sobre hombres
como don José Manuel Mar roquín, tan agria e intensa
mente discutidos en política, que resulta herético, des
de el punto de vista liberal, no ya encariñarse (como
me ha sucedido a mí) con su excelsa figura literaria,
sino aun siquiera reconocerles ingenio y originalidad.
Créanmelo o no los conservadores y cóbrenmelo o no
los
liberales, yo declaro que al presidente Marro-
quín—como a otras figuras de su mismo partido—
no he podido apreciarlo colocándome para ello en
campo distinto del literario, porque me lo impide
la verdadera devoción que profeso al autor de «E! Mo
ro» y de «La Perrilla».
Cedo, pues, la palabra a los
doctores José Joaquín Casas y Luis López de Mesa,
quienes pueden dar al lector una idea de cómo se juz
ga a Marroquín, según se le mire desde uno u otro
campo
De José Joaquín Casas: «No sé por qué misterioso
designio, de esos que desconciertan los cálculos huma
nos, tocó al señor Marroquín, como quien dice, al
más benévolo de los hombres, al colombiano más aje
no a las luchas y manejos de la política, al que no co
noció la ambición de mando, al que hizo del ejercicio
de la caridad una profesión, gobernar la república en
los días más turbulentos y calamitosos de nuestra his
toria; como si siendo demasiada para un mortal... trop
pour qui doit mourir, en expresión de Lamartine, la
felicidad estudiosa, la amena laboriosidad, entre letra
da y campesina, entre académica y labriega, en que ha
bía vivido lo más de sus años, hubiera debido pagarla
con inauditas contradicciones, como si la fe y la con
fianza en Dios, el amoral prójimo, la ecuanimidad y la
templanza, y todas aquellas virtudes de que fuera apo
logista doctrinario y modelo vivo en una larga serie de
pesares domésticos, hubieran debido ser sometidas en
la vida pública al crisol de terribles y no imaginadas
pruebas: como si en fuerza de cierta arcana ley de
reparación, que para satisfacer por ciertos delitos so
ciales exigiera el ho'ocausto de víctimas no con
taminadas con ellos, cumpliese al colombiano pacífico
por excelencia expiar en su persona una centuria de
contiendas civiles. Hombre de arraigadas convicciones
de las que se mostró siempre celoso defensor y propa
gandista, y muy caracterizado miembro de un partido
político era sin embargo, por su índole, profesión y
festivo talento, bienquisto de todos los partidos.
Desen
cadenadas las pasiones con estrépito de guerra civil in
minente, muchas voces llegaron hasta su retiro, en de
manda de su intervención conciliadora. Sorprendido
con tal novedad y como azorado en su modestia, no
cedió a tan angustiosos llamamientos sino con la espe
ranza de lograr mediante sus esfuerzos el beneficio in
menso de la paz, y cuando se hubo persuadido de que
su apartamiento mismo de las contiendas políticas y el
ascendiente que tal circunstancia y su innata benevo
lencia le granjeaban entre todos lo colombianos le po
nían ahora en la obligación ineludible de sacrificarse al
bien público... Fue el señor Marroquín en la mayor
fuerza de la palabra un hombre representativo; y lo
fue de una raza y clase, de que por desdicha no so
breviven muchos ejemplares, de gentilísimos caballeros
que, chapados a la antigua y penetrados hasta los tué
tanos del espíritu de la patria vieja, se hallaban muy bien
dispuestos para recibir cuanto de más selecto y verdadera
mente progresivo pudieran comportar los tiempos nuevos;
hombres de gran carácter, sinceros hasta la ingenuidad,
leales hasta el sacrificio, más cuidadosos deí fondo que
de las apariencias, acostumbrados a decir la verdad,
tan graves como festivos, capaces de convertir en cual
quier momento su sencillez en heroísmo, provistos de
sólida, sino siempre muy variada cultura, adquirida con
profundos estudios en medio del sosiego colonial, he
chos lo mismo a las asperezas del campo que a las vi
gilias del pensamiento, y en quienes el amor a la tra
dición corría parejas con el anhelo por adelantos de
toda especie».
De Luis López de Mesa: «El señor Marroquín (18-
27-1908), hijo espiritual de la literatura picaresca es
pañola, llegó inesperadamente al poder, anciano ya,
mediante el sistema de adopción política, un poco a
la manera del imperio romano, que quiso implantar la
escuela del doctor Núñez; dejóse llevar y traer como
una carta humilde de naipes por el círculo conserva
dor revolucionario de entonces, y cuando vióse y ha
llóse bien en la primera magistratura alzó la cabeza, al
ejemplo de un Sixto V, rióse de sus antiguos conseje
ros, de los liberales en armas, de las leyes humanas y
divinas, fusiló, despiadado, unos cuantos, después de
prometer que no lo haría, sin interrumpir su sueño ni
su leal digestión de pedagogo y campesino. El doctor
Núñez había creído en algunos hombres, el señor Ca
ro siquiera en sí mismo, ahora «El poder generador de
los principios> cayó en manos del que no creía en na
die, ni aún en él. De esta manera apareció al fin el
fruto sazonado de un error fundamental. Aquel ancia
no venerable que había sido por lustros y décadas her
mano de San Vicente de Paúl, discreto e ingenioso de
trato, suave y fino de maneras, erudito en arte, ador
no de la hidalguía bogotana, de la Congregación de
San José y correspondiente de la Real Academia de la
Lengua Española, parece que tenía eclipses del sentido
moral, esa emotividad normativa en la conducta y en
el juicio de las acciones humanas, baluarte de la socie
dad y del espíritu. Cuéntase que en las horas de es
tupor nacional en que un grupo de estadistas y nego
ciantes norteamericanos, franceses y panameños desga
jaron el itsmo del hogar común y mientras hervía en
la capital de la república la muchedumbre agolpada
en demanda de una acción de dignidad y de presencia
siquiera fuese ineluctable el sacrificio e inútil toda ha
zaña, llegóse al Palacio de San Carlos un caballero de
la buena sociedad que tenía expedirá la entiada a él: el
Salón Amarillo estaba lleno de gentes que esperaban la
opinión del primer magistrado de la república en pe
ligro; deslizóse hacia uno de los corredores y vio un
par de ojillos vivaces y una voz a la sordina que le
llamaba. «Entra le dijo. He ordenado decir a esa gen-
te que no estoy aquí, para que no nos interrumpan y
molesten. Vamos a ensayar la comedia».
La comedia
era un sainete gracioso que estaba preparando para
una tertulia familiar. ¿Sería el caso de que la historia revi
sara este proceso en busca de una patología recóndita?
Aquí hay, probablemente, un corazón enfermo en que la
melancolía hereditaria se revelara por estados de escepti
cismo moral y mudez invencible de los sentimientos».
* * *
He dicho ya que no quiero juzgar al señor Marro
quín situándome en terreno distinto del literario: pero
mi conciencia de colombiano y mi orgullo de bogotano
se resisten a estampar sin glosa alguna el comentario de
López de Mesa, tan impropio de la ponderación y el
equilibrio característicos de este pensador. En el magní
fico estudio sobre la cultura colombiana, de donde he
tomado sus conceptos sobre el señor Marroquín, no se
explica la anécdota del ensayo de la comedia. Quiero
creer que el filósofo antioqueño, sintiendo su corazón en
añicos al reestudiar la desmembración de la patria, se
descaigo en su dolor de patriota—cual la nube en el
pararrayo—sobre el infortunado gobernante en cuyo
tiempo se cumpliera tamaña desgracia. Porque la anéc
dota a que me refiero, para tener el más remoto viso
de realidad, presupondría en el señor Marroquín, aparte
de una inconsciencia casi mineral, la certidumbre de que
por sus venas no corrió jamás un sólo glóbulo de la
sangre de los Nariños y Ricaurtes a quienes1 debemos,
no sólo la libertad de Colombia, sino el señorío que es
peculiar a Bogotá.
* * *
Existe un retrato de don José Manuel Marroquín en
que el viejo aparece con un sobretodo de seda puesto
al desgaire, de manera que a primera vista se diría la
toga que visten los profesores de las tradicionales
universidades inglesas para entrar a su cátedra.
A tra
vés de la barba y el crecido bigote que ocultan sus la
bios, se alcanza a adivinar una sonrisa que se dijera
que confirma el brillo de los ojos.
Así es el único recuerdo que tengo yo de don Manuel:
un recuerdo vivísimo, fijo, invariable, que se remonta a
los primeros años de mi vida. Le veo en actitud de ba
jar del coche presidencial—jun coche entonces!—cuando
iba de visita a casa de su sobrina y mi tía doña Ana
Ortega de Osorio. Poco me importaba entonces el señor
Marroquín: atraíanme muchísimo más el coche y el gen
darme que acompañaba al presidente. Pero hoy, des
pués de haber estudiado la figura literaria de ese gran
señor de las letras, reconozco que el retrato y mis re
cuerdos concuerdan a maravilla con el concepto queme
he formado de esa compleja personalidad, mezcla de hi
dalgo español y de «sir» inglés, de ingenio y de erudición,
de regocijo por la vida y de santo temor por la
muerte.
Hablan mucho sus biógrafos de dos aspectos en apa
riencia contrapuestos de la personalidad de don Manuel:
la melancolía y la burla. Es por ello que para mí en el
señor Marroquín existió el regocijo por la vida: sólo los
melancólicos pueden escanciar los íntimos deleites del
placer que nos brinda recordar un dolor y del dolor que
nos causa experimentar un placer; sólo así se vive con
toda conciencia cada minuto, se paladea cada~sensación,
se adquiere ese agradable escepticismo que permite va
lorar las cosas y las ideas en lo que tienen de cómico
y divertido; de ahílo que pudiéramos llamar el sentido
de la caricatura, tan fino en Rendóncomo dibujante de
formas y en don Manuel como dibujante de conceptos
No lo digo por sus «Estudios sobre la historia romana»,
donde es la enormidad del contraste lo que nos mueve
a risa; lo digo por mil toques dispersos en sus escritos
serios, de una sutileza tan extraordinaria, que hay que
conocer a fondo la época para no pasarlos por alto; lo
digo por lo que don Manuel ha sobrevivido en sus des
cendientes, en quienes los hechos que hieren la sensibi
lidad general de una determinada manera se reflejan
con aspectos de penetración y de síntesis que nos des
conciertan.
No sólo en don Manuel, sino por lo común en todos
ios hombres educados a la española, el santo temor a la
muerte sirve de eje al sentimiento religioso, que de esta
manera viene a resultar un poco utilitarista. En el más
allá esperan el premio o el castigo eternos, y las accio
nes del hombre tienden a merecer ese premio o a eludir
ese castigo. Nosotros no comprendemos bien a las claras
ese maravilloso concepto que los ingleses, sean de la secta
que fueren, tienen del Creador* «Dios es amor».
Nues
tra religión no ha cristalizado por ley natural a la ma
nera de la humedad que se convierte en gota de rocío, si
no que fue forjada, con fuego y martillo, en el yunque
de la Inquisición Hay razas donde la muerte es el úl
timo episodio de la vida; en la nuéstra, la vida nu es
sino un prólogo de la muerte.
Con un poco de buena voluntad cualquiera de nos
otros puede encontrarse en don Manuel Marroquín: lo
que significa que, por lo menos para los bogotanos, don
Manuel resulta prototipo por muchísimos aspectos. Del
mismo modo, dentro de la pléyade del Mosaico, no es
don Manuel la más briiiante figura, pero sí la que cifra
las cualidades que en grado más o menos eminente ca-
caracterizaron a las restantes; aparte, desde luego, ha
ber sido sin disputa el más importante de todos desde
el punto de vista literario. Está muy por encima, en
cuanto a preparación intelectual, del emotivo y fascina
dor Vergara y Vergara, del fogoso e infatigable Samper,
del reposado Quijano Otero, del chispeante Manuel
Pombo, de los ingeniosos Carrasquilla y Silva, de los
desgarbados Guarín y Díaz. Sin embargo, Marroquín no
alcanzó en su tiempo la misma popularidad, porque era
del grupo el que tomaba más a lo serio las letias y el
que fue más en serio tomado por la vida.
* * *
No sé si he podido definir el don Manuel Marroquín
que yo siento. Intentaré ahora, de acuerdo con las normas
que me he impuesto para todas estas líneas preliminares,
bosquejar a grandes rasgos su vida.
Nació en la fecha clásica de Bogotá, el 6 de agosto,
de 1827. Fueron sus padres don José María Marroquín
y doña Trinidad Ricaurte, hija ella de don Bernardino
Ricaurte y doña Dolores Nariño, de quienes le venía a
don Manuel sangre de próceres.
Debilitada doña Trinidad, acaso por el nacimiento de
don Manuel, padeció frecuentes ataques de melancolía
en que le daba por huir hacia los más soledosos rinco
nes de la hacienda y deambular sola por ellos; para no
contrariarla limitábanse sus familiares a seguirla de le
jos con el objeto de prevenir todo peligro. Pero una no
che de fines de 1828 la triste castellana de Yerbabuena,
la Ofelia de nuestros Andes, salió sin ser vista de la
casa y, a poca distancia de ella, en un potrero de los que
inunda frecuentemente el río cayó de bruces entre dos
mogotes donde, sin poderse valer, a causa de su misma
debilidad, perdió la vida. Afectado hasta lo sumo por
el trágico suceso, don José María Marroquín, murió dos
años después, y el huérfano hubo de crecer, por tanto,
en manos de unas tías entregadas por completo a Dios,
en el brumoso ambiente de aquella casona poblada de
tristezas y de oraciones, al modo de esos legendarios
castillos medioevales que se arruinaron esperando por
años y por años a que su dueño regresase de alguna
cruzada a Jerusalén. De aquella mística y dolorosa ni
ñez, de aquellos atormentados recuerdos surgió, como lo
anota Pombo, el espíritu de don José Manuel «toca
do de viejo, si nó de muerto, meiancólico de puertas
adentro, barrido de toda fe y de toda ilusión en las co
sas de este mundo, prodigiosamente incapaz de pasión,
a usanza de espíritu puro; y al mismo tiempo disfra
zado perpetuamente de sonrisas y de chistes como un
elegante ataúd cubierto de flores».
La primera enseñanza que recibió don Manuel fue el
ejemplo de su tío don Juan Antonio Marroquín, perso
naje de gran interés y del cual nos ha dejado aquél
una semblanza encantadora. Más así que cumplió los
diez años sus tías lo consignaron para que aprendiese
latinidad en manos de don Mateo Esquiaqui. Huido del
colegio, porque no resistía los rudimentarios sistemas
pedagógicos de entonces, entró al seminario en 1840 y
seis años después a San Bartolomé, donde estudió juris
prudencia bajo la rectoría del doctor José Ignacio de
Márquez, bien que no llegó a graduarse, porque una
epidemia de cólera morbo puso en fuga a los habitan
tes de Bogotá el año mismo que don Manuel termi
naba sus estudios. En 1851 fundó el famoso colegio de
Yerbabuena con la cooperación del pre->bítero don Luis
Lizarralde y del señor Jcsé de la Cruz Restrepo. De
aquellos años arrancan tanto su orientación definitiva
en ia vida, pues a la enseñanza la consagró casi por
entero, como su fama literaria, porque «La Perrilla» es
de 1851.
Fue también hacia esos años (1853) cuando
contrajo matrimonio con doña Matilde Osorio.
Alternando sus labores educativas con las literarias,
transcurrían en medio de las luchas que caracterizaron
la segunda mitad del siglo pasado las horas del señor
Marroquín. Desde el año 58 habían comenzado a reu
nirse los contertulios del Mosaico, entre los cuales el se
ñor Marroquín ocupaba, como he dicho atrás, el sitio
de mayor prestancia intelectual. Años después le tocó
ser fundador de la Academia Colombiana de la Lengua,
correspondiente de la Española, en unión de los señores
Caro y Vergara y Vergara. El acuerdo que autorizó la
fundación de las academias filiales lleva fecha del 24 de
noviembre de 1870, y la primera reunión de la colom
biana se verificó a las 11 de la mañana del día 10 de
mayo del año siguiente, en la casa del autor de «Las
Tres Tazas», situada en la carrera Túquerres, número
1. Don José Manuel Marroquín fue el primer secretario
de nuestra Academia.
Rector de la Universidad Católica en 1883, y del Co
legio Mayor de“ Nuestra" Señora del Rosario de 1887 a
1890, se retiró Juégo a su hacienda de Yerbabuena con
ánimo de acabar'allí sus días. Pero otra cosa había dis
puesto el destino, y en 1898 hubo de encargarse del
Poder Ejecutivo en su carácter de vicepresidente mien
tras subía a Bogotá el doctor Sanclemente. Subió éste
en efecto, pero para volver a bajar en seguida a otro
clima más propicio a su salud. La época era excep
cionalmente revuelta. La guerra se había desencadenado
desde octubre'de" 1899. Una buena parte de la opinión
pública hacía responsable de tantas calamidades al go
bierno ’ y a la dislocación a que daba lugar la circuns
tancia de que el presidente no residiese en Bogotá, y
el miedo, el chisme y e! odio señoreaban la ciudad y el
país.
En tal situación, el señor Marroquín se encargó nue
vamente del poder en 31 de julio de 1900 mediante un
golpe audaz e imperdonable, según los unos, por un ac
to sobrehumano de sacrificio, según los otros, pero de
todos modos no por ambición, pues un momento tan
crítico mal podía brindar halagos, sino muy por el con
trario, toda suerte de contrariedades, a quien entrase a
luchar contra la tormenta. Comienza entonces para el
señor Marroquín aquella página de su vida en que le
denigran con los más terribles dicterios sus enemigos,
le abandonan sin lealtad muchos de sus amigos y se
despedaza entre sus manos la patria. El senado de 1903
rechazó por unanimidad el tratado Herrán-Hay El go
bierno americano estaba resuelto a abrir de todos mo
dos el canal de Panamá, porque de ello dependía su
seguridad en la costa del pacífico, amenazada por la
preponderancia que estaba cobrando minuto a minuto
el Japón. En Colombia continuábamos despedazándonos.
La situación del departamento de Panamá era impon
derablemente delicada y espinosa. ¿Se puede, en justi
cia, cargar sobre los hombros del mandatario en cuyo
tiempo se cumplió la gran desgracia, toda la responsa-
bilidad? Me limito a formular el interrogante, porque
creo que una de las tragedias del señor Marroquín es
la de que sus actos fueron extensamente comentados de
palabra antes de serlo por escrito. De él se ha hablado
mucho, se ha escrito poco: y bien sabido es que no se
pesan con el mismo rigor los conceptos que tenemos que
respaldar con nuestra firma, que los que echamos a vo
lar en el corrillo o en el café.
El eminente escritor don Carlos Arturo Torres, cuya
ecuanimidad es axiomática, se refiere en los siguientes
términos a esta página de ia historia nacional:
«Cuando se debatió en uno de nuestros congresos la
cuestión más grave, acaso, que se haya presentado nun
ca a la representación nacional del pueblo colombiano,
tuvimos una revelación de la manera como se forma y
modela la mentalidad colectiva en los momentos de las
crisis decisivas de las naciones.
La fatalidad de las cir
cunstancias, mucho más que la iniciativa de los gobiernos
y de las cancillerías, había impuesto un tratado gravísimo
con una nación poderosa y absorbente; habría sido preferi
ble que el tratado no se firmase por el representante co
lombiano, pero estaba firmado; no era ni con mucho todo
lo que el patriotismo podía ambicionar, pero era acaso
lo más que la dura realidad de las cosas permitía obte
ner; el deber supremo de la representación nacional no
era el reproche restrospectivo, siempre fácil y siempre
estéril, sino la confrontación firme y serena déla situa
ción real ya creada y el buscar dentro de ella la vía
que asegurara a la República el «máximum» de venta
jas o si se quiere el «mínimum» de males, no era la
mentar lo que podía haber sido, pero no era, sino el
descubrir, dentro de lo que era, la mejor solución, no
deseable, sino posible. Si había lugar a sanciones con
tra los creadores de la situación (cuestión por demás
compleja) quedaba tiempo para imponerlas, pero no se
podían gastar en eso los preciosos momentos que la pa
tria reclamaba para su salvación. En el ánimo de los
congresales, dicho sea en honor suyo, pesaban sin duda
las consideraciones de celo patriótico y de respeto a
su concepto del estatuto nacional; pero pensaban más,
dicho sea en honor de la verdad, las consideraciones po
líticas y las pasiones del momento; las primeras hubie
ran podido en rigor conciliarse y encontrarse al fin
un temperamento que armonizara los fueros de la inte
gridad nacional con los intereses eminentes de la otra
potencia signataria y la imposición de las circunstan
cias; las segundas fueron inconciliables e irreductibles,
juzgóse que el desventurado pacto implicaba un interés
primordial del gobierno, y se enarboló su negativa como
flamante bandera de oposición; para los congresales—
todos ellos individualmente personas respetables—la
consideración del incalculable mal que podía sobrevenir,
al país desapareció ante los dictados del odio banderizo;
llegaron a imaginarse, por una de esas alucinaciones tan
frecuentes en los momentos de exaltación, que el daño
que podía resultar de su actitud alcanzaba al presidente
y no a la patria; no se detuvieron a reflexionar que el
mandatario, hombre anciano, rico y sin ningunas ambi
ciones, nada perdería personalmente con ello y que ala
República sí podría colocársela al borde de un abismo,
exponiéndola a las humillaciones y a la mutilación; pro
cedieron como la tripulación que para hacer mal al ca
pitán hundiese el barco que los llevase a todos, y el mal
se consumó». (Idola Fori, página 95 de la edición «Pro
meteo»).
Anciano, viudo, fatigado, presa de la melancolía que
le persiguiera toda ja vida, el señor Marroquín se
retiró a Yerbabuena en agosto de 1904. Pero sus acha
ques le forzaron a volver a Bogotá, a bajar a Villeta
unas veces, otras a Fusagasugá. De sus labios no salió
nunca una queja contra los hombres que lo atacaban.
Entre sus labores literarias y sus obligaciones de cató
lico fueron corriendo sus días en el seno de su familia,
hasta que el 19 de septiembre de 1908, sentado en una
silla a la antigua manera castellana, dejó de existir ro
deado por sus amigos, en la casa número 46 de la ca
lle 16.
Si, como creen los indios goajiros, cada vez que se
nombra a un muerto su espíritu abandona el reino
de las sombras y acude a ver quién le llama, el señor
Marroquín no tendrá reposo. De un lado, su nombre
sigue siendo blanco de iras políticas, de conjeturas, de
sangrientos comentarios Del otro, su firma se aquilata
cada día más en la conciencia colombiana y a medida
que se disipan las nieblas de rencor que envuelven los
primeros años del siglo, se perfila más nítidamente la
clásica y cervantesca figura del castellano de Yerba-
buena
Bibliografía de don José Manuel Marroquín:
Tratado de Ortografía Castellana, Tratado de Orto
logía, Tratado de Métrica, Diccionario Ortográfico,
Obras Escogidas, publicadas por «El Tradicionista»,
El Moro, Entre Primos, Blas Gil, Nada Nuevo, En
Familia.