Comentario crítico del Canto IV de la Divina Comedia
El Canto IV del Infierno introduce uno de los espacios más singulares de la obra: el Limbo, primer círculo del Infierno. Aquí Dante despliega una reflexión teológica y cultural que combina la doctrina cristiana con la tradición clásica, y que revela tanto la tensión entre fe y razón como la ambición del poeta de situarse en la genealogía de los grandes autores.
1. Estructura y función narrativa
El canto inicia con un trueno que despierta a Dante, símbolo de transición entre el desconcierto y la conciencia.
Virgilio lo guía hacia el Limbo, donde no hay tormento físico, sino una pena espiritual: la privación de la esperanza.
La narración se articula en tres momentos:
La descripción del valle nebuloso y la explicación doctrinal de Virgilio.
La aparición de los poetas clásicos (Homero, Horacio, Ovidio, Lucano) y la integración de Dante en su círculo.
La visión del castillo noble, donde habitan filósofos, héroes y sabios de la Antigüedad.
2. Temas centrales
La justicia divina y la exclusión: El Limbo alberga a los no bautizados y a los virtuosos paganos. Dante subraya que no sufren tormento, pero sí la condena de la esperanza frustrada. Es una pena más intelectual que física.
La tensión entre fe y cultura clásica: Dante reconoce la grandeza de figuras como Homero, Sócrates o Aristóteles, pero los sitúa fuera de la salvación cristiana. Esto refleja el dilema medieval: admiración por la sabiduría antigua, pero subordinación a la fe.
La aspiración poética de Dante: Al ser aceptado como “el sexto entre tan grandes sabios”, Dante se inscribe en la tradición literaria universal. Este gesto es tanto un homenaje como una afirmación de su propio lugar en la historia de la poesía.
3. Recursos estilísticos
Imágenes de luz y sombra: El canto alterna la oscuridad del valle con la claridad del castillo, simbolizando la diferencia entre ignorancia y sabiduría.
Lenguaje solemne y pausado: Los personajes hablan con “voces suaves”, reflejo de la dignidad de los sabios.
Enumeraciones épicas: La larga lista de héroes, filósofos y médicos crea un catálogo cultural que funciona como un museo literario y científico de la Antigüedad.
4. Interpretación crítica
El Canto IV es fundamental porque establece el espacio de los excluidos por defecto, no por culpa. Dante muestra compasión por ellos, pero reafirma la doctrina cristiana: sin bautismo no hay salvación. Al mismo tiempo, el canto es un manifiesto cultural: Dante reconoce la herencia clásica y se coloca como heredero y continuador de esa tradición.
La crítica moderna suele leer este canto como una paradoja: Dante admira profundamente a los sabios paganos, pero los condena a una eternidad sin esperanza. Esa tensión refleja el espíritu medieval, atrapado entre la autoridad teológica y la fascinación por la razón y la belleza antigua.
En conclusión, el Canto IV del Infierno es un canto de transición y afirmación: transición hacia la lógica del castigo eterno, y afirmación del lugar de Dante en la tradición literaria universal. Es menos dramático que otros cantos, pero más reflexivo, y funciona como un puente entre la teología cristiana y la cultura clásica.
CANTO IV
Rompió el profundo sueño de mi mente
un gran trueno, de modo que cual hombre
que a la fuerza despierta, me repuse; 3
la vista recobrada volví en torno
ya puesto en pie, mirando fijamente,
pues quería saber en dónde estaba. 6
En verdad que me hallaba justo al borde
del valle del abismo doloroso,
que atronaba con ayes infinitos. 9
Oscuro y hondo era y nebuloso,
de modo que, aun mirando fijo al fondo,
no distinguía allí cosa ninguna. 12
«Descendamos ahora al ciego mundo
‑‑dijo el poeta todo amortecido‑:
yo iré primero y tú vendrás detrás.» 15
Y al darme cuenta yo de su color,
dije: « ¿Cómo he de ir si tú te asustas,
y tú a mis dudas sueles dar consuelo?» 18
Y me dijo: «La angustia de las gentes
que están aquí en el rostro me ha pintado
la lástima que tú piensas que es miedo. 21
Vamos, que larga ruta nos espera.»
Así me dijo, y así me hizo entrar
al primer cerco que el abismo ciñe. 24[L1]
Allí, según lo que escuchar yo pude,
llanto no había, mas suspiros sólo,
que al aire eterno le hacían temblar. 27
Lo causaba la pena sin tormento
que sufría una grande muchedumbre
de mujeres, de niños y de hombres. 30
El buen Maestro a mí: «¿No me preguntas
qué espíritus son estos que estás viendo?
Quiero que sepas, antes de seguir, 33
que no pecaron: y aunque tengan méritos,
no basta, pues están sin el bautismo,
donde la fe en que crees principio tiene. 36
Al cristianismo fueron anteriores,
y a Dios debidamente no adoraron:
a éstos tales yo mismo pertenezco. 39
Por tal defecto, no por otra culpa,
perdidos somos, y es nuestra condena
vivir sin esperanza en el deseo.» 42
Sentí en el corazón una gran pena,
puesto que gentes de mucho valor
vi que en el limbo estaba suspendidos. 45
«Dime, maestro, dime, mi señor
‑yo comencé por querer estar cierto
de aquella fe que vence la ignorancia‑: 48
¿salió alguno de aquí, que por sus méritos
o los de otro, se hiciera luego santo?»
Y éste, que comprendió mi hablar cubierto, 51
respondió: «Yo era nuevo en este estado,
cuando vi aquí bajar a un poderoso,
coronado con signos de victoria. 54[L2]
Sacó la sombra del padre primero,
y las de Abel, su hijo, y de Noé,
del legista Moisés, el obediente; 57
del patriarca Abraham, del rey David,
a Israel con sus hijos y su padre,
y con Raquel, por la que tanto hizo, 60[L3]
y de otros muchos; y les hizo santos;
y debes de saber que antes de eso,
ni un esptritu humano se salvaba.» 63
No dejamos de andar porque él hablase,
mas aún por la selva caminábamos,
la selva, digo, de almas apiñadas 66
No estábamos aún muy alejados
del sitio en que dormí, cuando vi un fuego,
que al fúnebre hemisferio derrotaba. 69
Aún nos encontrábamos distantes,
mas no tanto que en parte yo no viese
cuán digna gente estaba en aquel sitio. 72
«Oh tú que honoras toda ciencia y arte,
éstos ¿quién son, que tal grandeza tienen,
que de todos los otros les separa?» 75
Y respondió: «Su honrosa nombradía,
que allí en tu mundo sigue resonando
gracia adquiere del cielo y recompensa.» 78
Entre tanto una voz pude escuchar:
«Honremos al altísimo poeta;
vuelve su sombra, que marchado había.» 81
Cuando estuvo la voz quieta y callada,
vi cuatro grandes sombras que venían:
ni triste, ni feliz era su rostro. 84
El buen maestro comenzó a decirme:
«Fíjate en ése con la espada en mano,
que como el jefe va delante de ellos: 87
Es Homero, el mayor de los poetas;
el satírico Horacio luego viene;
tercero, Ovidio; y último, Lucano. 90[L4]
Y aunque a todos igual que a mí les cuadra
el nombre que sonó en aquella voz,
me hacen honor, y con esto hacen bien.» 93
Así reunida vi a la escuela bella
de aquel señor del altísimo canto,
que sobre el resto cual águila vuela. 96
Después de haber hablado un rato entre ellos,
con gesto favorable me miraron:
y mi maestro, en tanto, sonreía. 99
Y todavía aún más honor me hicieron
porque me condujeron en su hilera,
siendo yo el sexto entre tan grandes sabios. 102
Así anduvimos hasta aquella luz,
hablando cosas que callar es bueno,
tal como era el hablarlas allí mismo. 105
Al pie llegamos de un castillo noble,
siete veces cercado de altos muros,
guardado entorno por un bello arroyo. 108
Lo cruzamos igual que tierra firme;
crucé por siete puertas con los sabios:
hasta llegar a un prado fresco y verde. 111
Gente había con ojos graves, lentos,
con gran autoridad en su semblante:
hablaban poco, con voces suaves. 114
Nos apartamos a uno de los lados,
en un claro lugar alto y abierto,
tal que ver se podían todos ellos. 117
Erguido allí sobre el esmalte verde,
las magnas sombras fuéronme mostradas,
que de placer me colma haberlas visto. 120[L5]
A Electra vi con muchos compañeros, 121[L6]
y entre ellos conocí a Héctor y a Eneas,
y armado a César, con ojos grifaños. 123
Vi a Pantasilea y a Camila, 124[L7]
y al rey Latino vi por la otra parte,
que se sentaba con su hija Lavinia. 126
Vi a Bruto, aquel que destronó a Tarquino, 127[L8]
a Cornelia, a Lucrecia, a Julia, a Marcia; 128[L9]
y a Saladino vi, que estaba solo; 129[L10]
y al levantar un poco más la vista,
vi al maestro de todos los que saben, 131[L11]
sentado en filosófica familia. 132
Todos le miran, todos le dan honra:
y a Sócrates, que al lado de Platón,
están más cerca de él que los restantes; 135
Demócrito, que el mundo pone en duda,
Anaxágoras, Tales y Diógenes,
Empédocles, Heráclito y Zenón; 138
y al que las plantas observó con tino, 139[L12]
Dioscórides, digo; y via Orfeo,
Tulio, Livio y al moralista Séneca; 141
al geómetra Euclides, Tolomeo,
Hipócrates, Galeno y Avicena,
y a Averroes que hizo el «Comentario». 144[L13]
No puedo detallar de todos ellos,
porque así me encadena el largo tema,
que dicho y hecho no se corresponden. 147
El grupo de los seis se partió en dos:
por otra senda me llevó mi guía,
de la quietud al aire tembloroso 150
y llegué a un sitio en donde nada luce.
[L1]El primer círculo del Infierno es el Limbo, donde se encuentran aquellos que no han recibido el bautismo, bien por haber nacido antes de Cristo, haber vivido sin conocer la Revelación, o haber muerto antes del tiempo. Más adelante encontraremos, sin embargo, bastantes excepciones a esta regla.
[L2]Virgiilo murió en el 19 a.C.; llevaba sólo cincuenta y dos años cuando vio llegar a Cristo redentor, bajando a los infiemos gloriosamente después de su crucifixión.
[L3]Jacob sirvió catorce años a su suegro Labán, antes de poder desposar a Raquel.
[L4]Se trata, en efecto, de los grandes modelos de Dante: Homero con sus dos grandes poemas Ilíada y Odisea; Ovidio, autor de Las Metamorfosis y Las Heroidas; Horacio, de las Sátiras, y Lucano, autor de La Farsalia, a los que se van a añadir Virgilio, autor de La Eneida y, completando el sexteto, el propio Dante, que añade así su Comedia a la Lista de los grandes poemas épicos precedentes.
[L5]Anoto sucintamente los personajes del engorroso catálogo con que, a la manera de la época, Dante va a ilustrar este pasaje. Como apunta el maestro Borges, sólo en el episodio de Francesca del canto siguiente Dante superará estas frías enumeraciones, dando la voz a personajes concretos y humanizándolos.
[L6]121‑3 Electra es la hermana de Orestes; Héctor y Eneas, príncipes troyanos; César es el dictador romano, a quien Dante considera el primer emperador.
[L7]124‑126 Camila ya apareció en Infierno, I; Pantasilea es la reina de las Amazonas, muerta por Aquiles. El rey Latino y Lavinia son personajes importantes de la Eneida, pues ésta se desposó finalmente con Eneas.
[L8]Lucio Junio Bruto, que expulsó a Tarquino el Soberbio de Roma, para vengar la violación que su hijo había hecho a Lucrecia, esposa de Tarquino Colatino, y modelo de mujer virtuosa, que se dio muerte para huir de la deshonra.
[L9]Julia es la hija de César y mujer de Pompeyo, cuya muerte no pudo evitar la guerra entre los dos caudillos; Marcia es la mujer de Catón de Utica, como veremos en Purgatorio, I; Cornelia es la hija de Escipión el Africano y madre de los Gracos; fue también considerada como el modelo de virtudes de la matrona de la Roma republicana.
[L10]Salah‑ed‑din, sultán de Egipto, considerado como modelo de caballero musulmán, comparable a los caballeros cristianos (ll37‑ll93). Como veremos, no es el único musulmán de que da cuenta este pasaje.
[L11]Después de los personajes heroicos, Dante nos muestra a los filósofos y científicos, empezando por Aristóteles.
[L12]139‑141 Tulio es Marco Tulio Cicerón. Dioscórides observó las cualidades medicinales de las plantas. Orfeo y Lino son músicos y poetas de la mitología griega.
[L13]Se trata del `Comentario' a las obras de Aristóteles.


