jueves, 7 de mayo de 2026

El discurso de lo erótico en la novela: 10 claves por el Dr. Enrico Pugliatti y J. Méndez-Limbrick

 


El discurso de lo erótico en la novela: 10 claves por el Dr. Enrico Pugliatti y J. Méndez-Limbrick

  1. Lenguaje como ritual Lo erótico en la novela no se reduce a la descripción del cuerpo: es un lenguaje ceremonial que transforma la narración en liturgia, donde cada palabra convoca deseo y misterio.

  2. El poder de la mirada La mirada es el eje del discurso erótico: mirar sin poseer, contemplar lo prohibido, sostener la tensión entre lo visible y lo inaccesible.

  3. Fragmentación poética El erotismo se expresa en fragmentos, silencios y cortes. La novela erótica rara vez fluye linealmente: se quiebra, se interrumpe, se suspende, como el propio ritmo del deseo.

  4. Eros y muerte Toda retórica erótica en la novela está atravesada por la sombra de la desaparición. El deseo se vincula con lo efímero, con la amenaza de la pérdida y con la teatralidad del crimen.

  5. El cuerpo como texto El cuerpo no es objeto pasivo: es un manuscrito que se lee, se interpreta y se cifra. La piel se convierte en metáfora de escritura.

  6. Polifonía del deseo El discurso erótico no pertenece a una sola voz. Se multiplica en narradores, personajes, rumores y silencios, generando una coralidad que intensifica la tensión narrativa.

  7. Espacios liminales El erotismo se despliega en umbrales: puentes, habitaciones cerradas, ciudades nocturnas. Son escenarios de tránsito donde lo prohibido se vuelve posible.

  8. El voseo y la intimidad En la tradición rioplatense y en Costa Rica, el voseo introduce complicidad y cercanía, convirtiéndose en un recurso retórico que intensifica la experiencia erótica.

  9. Simbolismo y exceso El discurso erótico se alimenta de símbolos: vino, máscaras, espejos, ríos. Cada objeto se carga de exceso y se convierte en signo de transgresión.

  10. El lector como cómplice La novela erótica no solo narra: seduce al lector, lo convierte en partícipe del ritual, lo obliga a ocupar el lugar del voyeur y del confesor.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Misticismo La experiencia del éxtasis Simón Critchley T raducción de Julio H ermoso FRAGMENTO

 


EDICTO DE LA PESTE 

Érase una vez la peste. Ante el temor de enfermar y morir, la gente llevaba la vida de un ermitaño, distanciados los unos de los otros en las celdas de sus hogares, enmascarados para protegerse de una realidad contaminada, en absoluto confiable, y definida por la pestilencia, el dolor y el sufrimiento. De repente se dieron cuenta de que vivían en un mundo de contagio y de que incluso ellos mismos podían ser contagiosos. Siguieron una práctica que los antiguos llamaban «anacoresis», un retiro del mundo, un recogimiento en soledad. Algunos de ellos, los más pudientes, huyeron de las ciudades en busca de la aparente seguridad del campo. 

Los más humildes se quedaron donde estaban, esperando a que sucediese lo mejor, pero a la vez temiendo lo peor. Apartados de su obligatorio ir y venir diario y de su embrutecedora batería de distracciones para distraerse de la distracción, llegó a sus oídos el silencio, o algo muy similar al silencio, a veces acentuado por el canto de algún pajarillo. Quisieran ellos o no, todos se convirtieron en anacoretas. Se convirtieron en místicos involuntarios. En aquel mundo de aislamiento y enfermedad que vivió esta gente había un extraño ascetismo que los abrió a experiencias extremas: la duda, el abandono, los sueños, la hipocondría y las alucinaciones. 

Muchos de ellos sintieron el deseo desesperado del contacto del amor, de una conexión con algo o con alguien más allá del ser o por encima del mismo, se entendiera aquello como se entendiese, quizá incluso como algo divino. Los sentimientos tan intensos y tan confusos que tenían parecían remitirlos a unas prácticas y creencias que consideraban desfasadas, supersticiosas, irracionales y, francamente, también vergonzosas. Fue como si en medio de aquella peste hubiese despertado algo arcaico, elemental, primigenio, muerto desde hacía mucho tiempo. Algunos comenzaron a preguntarse por la naturaleza de estos sentimientos arcaicos y por la manera en que podrían entender el misticismo que había revivido, como un fantasma al que nadie había invocado. LA RENUNCIA AL ÉXTASIS ¿Por qué el misticismo? Evelyn Underhill, fascinante figura un tanto olvidada que hizo mucho por popularizar el misticismo a comienzos del siglo xx, lo define como «la experiencia en su más intensa forma». La oferta que yo le hago al lector en este libro es bien simple: ¿no le gustaría probar un poco de esa intensidad? ¿No le gustaría elevarse y salir de sí mismo, a una pura sensación de vitalidad? 

De ser así, seguramente merecería mucho la pena intentar averiguar qué entendemos por misticismo y cómo puede alterar, elevar y profundizar la percepción de nuestra propia vida. El misticismo no es algo fundamentalmente teórico. No consiste en una simple creencia intelectual en la existencia de Dios como si fuera una especie de postulado metafísico que uno puede afirmar o rebatir. El misticismo es más bien existencial y práctico. Es -y esto puede servir a modo de definición improvisada- el fomento de unas prácticas que te permiten liberarte de tus típicas costumbres, tus habituales fantasías e imaginaciones y, una vez ahí, permanecer de un modo extático. Este es un libro sobre tratar de salir fuera de uno, de perderse, sin dejar de ser consciente de que el yo no es algo que se pueda abandonar por completo. Aunque siempre se puede intentar. Eso a lo que llamo «éxtasis» es una manera de sobrepasar el yo, de hallarse suspendido más allá de los confines de la propia cabeza, y la sensación de alegría, placer y júbilo que acompaña dicha experiencia. 

Es algo que tal vez conocíamos mejor en nuestra infancia, en especial en la experiencia del juego, pero a lo que hemos renunciado en nuestra adolescencia y en nuestra excesivamente larga adultescencia. La madurez es la renuncia al éxtasis. Anhelamos retornar a ese estado infantiloide, pero fracasamos porque nos quedamos embobados con nosotros mismos. Estamos atrapados por nosotros mismos, absortos con nosotros mismos, obsesionados con nosotros mismos. Aun así, hay áreas de la experiencia humana que sí nos permiten abrirnos paso más allá de ese yo pegajoso hacia algo mucho mayor, más vasto: algo cargado de efervescencia y tal vez de un gozo puro y desenfrenado ante el hecho de la vida y del mundo. Este abrirse paso hacia el exterior es justo lo que hace la religión en la mejor de sus versiones, es lo que puede generar en nosotros el arte en su vertiente más noble, la dirección en la que nos puede orientar la poesía; es también lo que puede suceder -si somos afortunados- en nuestra vida sexual y tal vez sea también lo que mueve el deseo de la embriaguez, del tipo que sea. Podemos ver esas experiencias como formas de abandono. Uno renuncia a todo deseo de control, de dominio sobre uno mismo y sobre los demás, y se somete libremente. En tales momentos -que son situaciones de una exposición y vulnerabilidad extraordinarias-, el yo se disuelve en un entorno más grande y más amplio, con más espacio para el ser. Ese abandono se produce de un modo particularmente poderoso en la experiencia de la música. El misticismo consiste en evocar esas experiencias y abrirnos a ellas, unas experiencias ilimitadas de viveza e intensidad. El misticismo es una manera de describir un éxtasis existencial que se halla fuera de los límites del yo consciente y que es más que este. Consiste en un dejamiento y un desapego, que podría suponer llevar una existencia desprendida, una apertura fluida, una soltura despejada, una límpida intensidad donde los conceptos de la mente y el mundo, del alma y de Dios se disuelven en algo absolutamente más extraño y, aun así, más simple: la experiencia de una libertad que no es dar libertad a nuestros deseos, sino liberarnos de nuestros deseos. El aliento es la forma original del «espíritu».

 El «Pienso, luego existo» de los filósofos se podría reformular más apropiadamente como «Respiro, y es lo que hay». La conciencia es una manera restringida e inútil, limitada y dualista de concebir lo que William James llama «la corriente de la vida», un flujo que engloba el aliento de nuestras ideas tanto como el vasto cosmos que nos envuelve con su respiración pausada. El misticismo consiste en la posibilidad de una vida extática. Durante los últimos dos siglos, con las obvias excepciones de gente como Nietzsche y, de manera más reciente, Georges Bataille, la filosofía ha conseguido vacunarse de un modo más o menos eficaz contra ese tipo de experiencias que hallamos en los místicos. Ha llegado el momento de reintroducir el virus. El éxtasis es la sensación de estar vivo cuando apartamos la tristeza que se aferra a nosotros. Y bien que se aferra a nosotros. La realidad nos presiona desde todas las direcciones con una fuerza implacable, con una violencia que nos agota y nos deja sin energías, que desperdicia nuestra capacidad para creer y gozar. 

El mundo nos ensordece con su ruido, nos escuecen los ojos por la creciente incoherencia de la información, la desinformación y la presencia constante de la guerra. Todos sentimos, todos vivimos sumidos en la pobreza de la experiencia contemporánea. Son tiempos plomizos, pesados; tiempos de escasez. En consecuencia nos sentimos infelices, ansiosos, desdichados y aburridos. CONTRA HAMLET, SE ACABÓ LA MELANCOLÍA Pues bien, repetimos: ¿por qué el misticismo? Para obtener algo de alivio de la tristeza, de la melancolía, de la pesadumbre en el alma, del abismo de la desesperación, de la plomiza pesadez mental. Comienzo por la sensación (llamarlo certeza sería excesivo) de que todos andamos perdidos, todos nos sentimos solos, a todos nos resulta difícil creer en algo, comprometernos con algo, vivir de un modo que nos haga sentir realmente vivos.

 En resumen, vivimos en un valle de lágrimas. La duda nos roe por dentro, como una rata bajo los tablones del suelo de la casa del ser. Es como un eccema existencial que nos rascamos a través de la ropa. Y no estamos hablando de una duda intelectual: no es esa duda tan chic, tan escéptica y racional del filósofo en el estudio. Es una duda visceral, existencial, que nos deja una sensación de marginación y de abandono. Puede ser una duda al respecto de los demás y de la benevolencia de sus intenciones, una duda de las instituciones de las que dependen nuestra seguridad y nuestro bienestar. Y, sobre todo, un dudar de nosotros mismos que surge de la crueldad del engreimiento y que nos conduce en última instancia a la cuestión sobre si ser o no ser. La duda prende la llama de nuestra inteligencia suspicaz y, al mismo tiempo, extingue la de nuestra capacidad para amar. Tomemos a Hamlet y, en aras de la discusión, digamos que es la persona más inteligente que podríamos encontrarnos o, incluso, que pudiera existir. Es un ser de duda, en el que toda justificación para la certeza que había en el mundo y en sí mismo se ha evaporado en la violencia física y verbal, el temor, la paranoia y el asesinato. Hamlet es el antimístico por excelencia, que pretende controlarlo todo con sus solitarias cascadas de razonamientos, con palabras, palabras y más palabras. Con su duda, Hamlet da muerte a todo amor en su interior: por Ofelia, por su madre, por el mundo y por sí mismo. No lo complace el hombre, no, ni tampoco la mujer. Y nosotros, muy al estilo de Hamlet, caemos en una espiral hacia una melancolía que se asienta amargada en nosotros como una nube tóxica que todo lo invade. 

El mundo nos parece un promontorio estéril, un jardín plagado de malas hierbas y de cosas muertas, malolientes y putrefactas. Todo son penas y lágrimas, siempre, visto a la luz de un cierto crepúsculo tranquilizador, porque la tristeza nunca decepciona. La melancolía es una magnífica compañera, fiable en la regularidad con la que aparece en nuestras vidas. No hay nada más tranquilizador que ceder ante nuestra propia pesadumbre, ante el peso de nuestro ser que tira de nosotros y nos arrastra hacia abajo, un peso del que no parece haber posibilidad de escapar. Tal y como atestiguan los interminables y locuaces soliloquios de Hamlet, hay un consuelo perverso, incluso, en la sensación de estar trágicamente absorto con uno mismo. Es lo que a menudo se interpreta en nuestra sociedad como «ser listo», una cualidad inmensamente sobrevalorada, en mi opinión. Este libro intenta describir un movimiento contrario, un movimiento que no va desde la duda hacia la ausencia de amor, sino desde el abandono hacia el júbilo, desde las penas hacia las alegrías, desde el malestar hacia el bienestar. Nos quitamos nosotros mismos de en medio, de un empujón, ascendemos y salimos de nosotros para intentar hallar algo más, una especie de júbilo, una especie de liberación y elevación, el pálpito de que, a pesar de todo, todo va a ir bien. TODO VA A IR BIEN ¿Cómo puede uno decir que todo va a ir bien? Esa es la gran proposición de la protagonista de este libro, la mística medieval inglesa Juliana de Norwich (circa 1342-1416), a quien vamos a dedicar una buena cantidad de tiempo. ¿No es una locura? ¿Cómo va a ir todo bien en un valle de lágrimas? ¿Cómo podemos decir, pensar e incluso vivir con esa idea de que todo irá bien? Vamos a ver, Juliana conocía el valle de lágrimas. Conoció la enfermedad más profunda, la enfermedad mortal, la enfermedad en el alambre. Incluso deseó esa enfermedad y la recibió con los brazos abiertos. Y, a pesar de eso, luchó por apartarla y por apartarse ella y permanecer al margen. 

A este «apartarse» le vamos a seguir la pista con detenimiento en este libro bajo el nombre de lo que Simone Weil llama «decreación», un desmantelamiento de la criatura que hay en nosotros en un proceso que pretende abrirnos a lo que antecede al yo. Así piensa Juliana en lo divino. Su manera de vivir en la práctica su relación intensamente afectiva con Cristo es despojarse del yo. La fuerza de la teología tan profundamente innovadora y experiencial de Juliana reside en aceptar un tónico sanador contra la melancolía, en especial la melancolía filosófica y la repulsa hamletizada de nosotros mismos. Tenemos un ego demasiado grande. Ese ego ocupa demasiado espacio en nosotros. Siempre hay demasiado «yo» en nosotros. Juliana quiere que apartemos ese yo y que veamos que a pesar de todo el dolor que sentimos - las penas y la inquietud en ese valle de lágrimas-, podemos tener una gran calma si somos pacientes, si esperamos, si prestamos atención a eso que nos sobrepasa a nosotros y a nuestros anhelos de criaturas. Eso que nos supera es la experiencia del amor extático, y es una lección mucho más difícil de aprender que la tristeza más profunda. Exige que nos abandonemos tanto como sea posible, que nos entreguemos a eso que supera al yo, que se encuentra fuera del yo: un terreno maleable de amor que es previo a la voluntad. Si somos fieles a ese remanso de amor, si persistimos en él con una pizca de la bondad, el recato y la sobriedad que muestra Juliana, entonces todo irá bien. Es más, en una forma adverbial que Juliana repite con frecuencia, este movimiento desde las penas hasta el bienestar puede suceder «súbitamente». En un abrir y cerrar de ojos, podemos vernos elevados, rescatados, sanados. Fantástico -cabría decir-, siempre que creas en Dios como cree Juliana. Y quizá sea acertado decirlo. 

Es posible que la visión del amor que ofrece Juliana sea más fácil de comprender cuando es una divinidad lo que le da forma. Aun así, lo que voy a intentar mostrar en este libro es que el misticismo continúa vivo como experiencia estética en ese universo de embeleso que se abre en el arte, la poesía y, en especial, la música. SOMOS LA MÚSICA Para T. S. Eliot, escribir poesía es una insufrible lucha con las palabras y los sentidos donde las palabras no coinciden con los significados y los significados no terminan de estar a la altura de las palabras que pretenden expresarlos. Las palabras se te escapan, los sentidos se te escapan, pero el objetivo de esta poesía apunta hacia una quietud, un punto inmóvil en el mundo que gira y gira, una experiencia de encarnación donde se intersecan el tiempo y la atemporalidad. Este punto, que tan solo puede expresarse en los términos de la negación, la antítesis y la paradoja que Eliot toma prestada del misticismo, se encuentra fuera de las palabras y, por tanto, fuera de la poesía. Es un estado más cercano a la música, una música que es fuego, es vida y es danza. Por eso termino el libro con la música, aunque lo cierto es que he estado escuchando música a lo largo de todo el proceso de escritura. Ya sabemos que el mundo moderno es el torbellino de un violento desencanto moldeado por el flujo especulativo del dinero, que presiona desde todas las direcciones. Aun así, cuando escuchamos la música que nos gusta, parece que el mundo se reanima, parece completamente vivo, rebosante de sentido. La única prueba del animismo que conozco es la música. Cuando la escuchamos, es como si el mundo cayese bajo el hechizo de una suerte de magia natural. En la música, el cosmos parece infundido de divinidad. Y aquí, al hablar de «música» me refiero simplemente a la música que te gusta, música popular, o no popular, esa música que te hizo sentir más vivo la primera vez que la escuchaste y que tanto has valorado durante tantísimo tiempo. Y podemos escuchar más de esa dulce música si abrimos bien los oídos, una música que nos permite el acceso a muchas más vidas de las que tenemos a nuestra disposición. La música puede atraparnos con la energía de una conversión religiosa: una vez la has escuchado, nunca vuelves a vivir el mundo de la misma manera, en absoluto. Hay un misticismo en la experiencia de la música, un misticismo sin dios, si preferimos decirlo así, que actúa en el reino de los sentidos y que tiene su eco tanto dentro de nosotros como más allá de nosotros. 

Un éxtasis sensato. Lo que yo intuyo -no es más que eso, una intuición- es que la música, la música común y corriente, la compartida, la cotidiana, sea elevada, de baja estofa o se encuentre en algún punto intermedio, en la mejor de sus expresiones es capaz de describir cómo nos sentimos y permitir que sintamos algo más. La música es capaz de concitar un sentimiento que puede ser de júbilo, pero también puede ser un temor, una tristeza o un anhelo soterrado, cosas más profundas que la cognición, los conceptos o la consciencia. Podemos considerar esto una participación de eso que Juliana llama «sustancia bondadosa», una empatia que va más allá de las palabras y que, quizá, sea su condición previa. La música -y este es su milagro, el motivo por el que sería un error vivir sin música, como insistía Nietzsche- puede conllevar esa emoción y retenernos por un instante. Y, tal y como escribe Eliot, somos la música mientras la música dure. Tal música podría ser grandiosa y pública. Se podría representar, ser operística. Podría ser formal y constreñida. Podría ser improvisada y flexible. Podría ir acompañada de un baile colectivo desenfrenado. Podrías bailarla tú a solas en tu habitación, hasta reventar. O podría ser algo más tranquilo, más sutil, implícito o cotidiano, como escucharla en casa a solas o con algún ser querido. Podría consistir en escuchar el canto de un pájaro o el rumor del tráfico. La cuestión es que, en todos estos ejemplos, la música es una práctica devocional con toda su parafernalia, sus santos, sus rituales, sus comuniones, sus peregrinajes y sus reliquias sagradas. Es posible que sea en la experiencia de la música cuando más cerca estemos de percibir un universo animado y de comunicarnos con él. Es imposible ser ateo cuando uno escucha la música que le embarga. ¿PARA QUÉ SIRVEN LOS ESCRITORES? Me gustaría llegar a un pacto con el lector de este libro: ver si somos capaces de transformar nuestra profunda tristeza, nuestro valle de lágrimas, nuestro malestar y nuestras dudas por medio de una abundancia de palabras y sonidos que nos permitan contrarrestar la violenta presión de la realidad y dar pie a una riqueza vital, quizá a la transfiguración del yo y del mundo. Esta es la posibilidad del éxtasis, no como un estado alterado, sino intensificado, elevado, profundizado y liberado. 

Desde fuera, una existencia desprendida puede tener exactamente el mismo aspecto que una vida cotidiana corriente. No cambiaría nada y, aun así, cambiaría todo. Si el pensamiento pudiera desprenderse y liberarse de la tiranía de la voluntad y de sus interminables afanes, entonces estaríamos por fin abiertos a ese espacio donde vivimos, nos movemos y existimos: el mundo. Yo creo que merece la pena preguntarse por qué escribe uno. ¿Es simplemente por el deseo de una relativa notoriedad o por ascender un peldaño en la escalera del academicismo? No podemos descartar tales ambiciones por absurdas y narcisistas que sean. George Orwell tiene razón cuando afirma que «todos los autores son vanidosos, egoístas y vagos», y que «escribir un libro es una lucha horrible y agotadora», pero el deseo más básico de la escritura hay que buscarlo en otra parte. Escribir es aspirar a -e incluso anhelar- el misterio de un claro entre los árboles, un espacio despejado distinto del yo, la inmensa habitación de la experiencia vital, que es una estancia soleada pero sin ventanas. Escribir es tomar parte en la lucha por pasar desapercibido. El problema es que el ego no deja de estorbar. Buscamos un claro, pero conforme atravesamos este denso bosque de árboles y matorrales, no dejamos de engancharnos en las ramas, nos ensuciamos de tierra y nos vemos arrastrados de vuelta hacia el paisaje cada vez más oscuro de la duda, la duda de nosotros mismos que atormenta y persigue al escritor a cada paso que da. Por eso los autores han de emplear subterfugios, convencerse de que son algo o alguien distinto de ellos mismos, ser ventrílocuos de otras voces, otras posibilidades del yo, otras abundancias de cosas, de aves, de bestias y de entornos enteros. En este libro vamos a ver cómo se desarrolla esta lucha en diversas voces, en especial al analizar a la autora norteamericana Annie Dillard y al seguir el sinuoso recorrido de los pensamientos que dan forma a los Cuatro cuartetos de T. S. Eliot. Para Dillard, la única aspiración del artista es iluminar el mundo. «Cuando la vela está encendida -dice-, ¿quién se fija en el pábilo?». 

El pábilo es aquí el artista, cuyo único propósito es encenderse y arder, generar iluminación. Cuando la vela se apaga, nadie la necesita. Escribir es intentar encenderte y arder, tratar de inmolarte. El nombre, la identidad, la interioridad o la subjetividad del escritor o el artista no son del menor interés. El que escribe no tiene rostro. Tal y como lo expresa Dillard, a su manera extrema tan maravillosa, la vida del escritor prende o no prende, y si no prende, la obra es un fracaso. Ahora bien, si prende y arde, entonces nos fijamos en la llama: en la obra y no en el pábilo. En el arte y no en el artista. Plantearse esta línea de razonamiento equivale a ver que el arte nos puede permitir recobrar el éxtasis al que habíamos renunciado. Escribir es quitarse de en medio en la medida de lo posible para ver las cosas en sí y no solo nuestras ideas sobre las cosas, nuestra propia imagen reflejada que nos mira fijamente. Es dar pie a la posibilidad de que en la experiencia del arte haya una experiencia de lo sagrado donde esas cosas cobran vida y nosotros cobramos vida en el proceso de observar, asistir, ver, escuchar o leer. Esto puede sonar excesivamente elevado, demasiado grandilocuente o de una simple ingenuidad, sin más. Espero que no sea así. Sin envolverme en una ironía hamletiana autoprotectora, quiero afirmar que las experiencias sensoriales, corpóreas, disponibles en la poesía, la prosa y la música son maneras de trasladar y extender la práctica mística hasta llegar al éxtasis, el embeleso y la visión. En estos momentos extáticos -que pueden y se deben repetir, renovar y representar de manera continua en el escenario de nuestra vida-, mientras ocurren, nos vemos liberados de la cárcel de la melancolía y la duda. Estamos en paz y en calma. Súbitamente. Este libro va a ser un recorrido hacia ese momento súbito, el acontecimiento del éxtasis. Me gustaría invitar al lector a emprenderlo conmigo. No tiene sentido ir hasta allí uno solo. BREVE BIOGRAFÍA DE DIECISÉIS MÍSTICOS 

Lo que viene a continuación es un breve inventario que puede servir a modo de introducción a los místicos que analizaremos o que son relevantes en el texto. No son todos los místicos, ni siquiera son todos los místicos cristianos medievales importantes, pero sí son mis místicos. DIONISIO (CIRCA seo) Los misterios de la teología quedan velados por la deslumbrante oscuridad del silencio secreto, opacan todo esplendor con lo intenso de su oscuridad. • Da origen a la teología negativa o apofática. • Sus obras ejercieron una enorme influencia, en especial en la Edad Media. • No existió. En sus incansables paseos por los centros de poder del mundo grecorromano, san Pablo tuvo escaso éxito con los contumaces atenienses y su agudeza filosófica. Según esa obra de ficción con fama de poco fiable bajo el título de los Hechos de los Apóstoles, las enseñanzas de Pablo sobre la resurrección fueron recibidas con desconcierto. Solo se menciona el nombre de dos personas que se convirtieron en seguidores de Cristo: una mujer llamada Dámaris y un hombre llamado Dionisio Areopagita. ¿Qué mejor manera de construir un complejo engaño literario que fingir que el mismo Dionisio escribió una serie de tratados que precedieron a los de grandes pensadores como Plotino (circa 204/205-270) y Proclo (412-485). La verdad es que «Dionisio», o «pseudo-Dionisio», es el nombre colocado en una serie de textos que constituyen una falsificación de gran genialidad, lo que Fernando Pessoa hubiese llamado un «heterónimo». En la escritura de Dionisio, la deslumbrante brillantez del neoplatonismo de finales de la Antigüedad se funde con el cristianismo y se vuelve propiamente mística por primera vez. BERNARDO DE CL ARAVAL (1090-1153) El amor basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí. Su mérito y su premio se identifican con él mismo. 

El amor no requiere otro motivo fuera de sí mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo por amar. Gran cosa es el amor, con tal de que recurra a su principio y origen, con tal de que vuelva siempre a su fuente y sea una continua emanación de la misma. • Es el motor reformador y de inmensa influencia que se halla detrás del auge de la orden cisterciense, que llegó a ejercer un considerable poder político. • Fue canonizado veintiún años después de su muerte. • Santo patrón de Borgoña, de los apicultores, los fabricantes de velas y de Gibraltar. Bernardo de Claraval escribió ochenta y seis sermones sobre el Cantar de los Cantares en el transcurso de casi veinte años. Se tomó su tiempo y solo llegó hasta el versículo 4 del capítulo 3. Utilizó una metáfora con tres lugares para esbozar un itinerario a través de los tres niveles de lectura del texto bíblico: el jardín es el significado histórico, las despensas son las enseñanzas morales y, finalmente, la alcoba, que representa la contemplación divina, el lugar donde los amantes se encuentran en la unión mística. San Bernardo otorgaba autoridad a la experiencia afectiva por medio de la interpretación de las Escrituras. Esto abría la puerta a la riada de visiones y raptos en el misticismo medieval femenino y masculino. CRISTINA DE MARKYATE (CIRCA 1096-1155) Señor, tu sierva Cristina fue una mujer preeminente, y cuanto más se acercaba a ti en el amor verdadero, con mayor claridad conseguía acceder a las cuestiones ocultas de tu sabiduría con la pureza de su corazón. • Escapó de un matrimonio forzoso disfrazada de hombre y se hizo anacoreta. • La mejor mística de Hertfordshire. La vida de Cristina de Markyate es una obra escrita por un monje en la abadía de Saint Albans en el siglo xn. Es un relato maravillosamente vivido y detallado de su vida y de su vocación religiosa. Cristina hizo los votos en Saint Albans en 1131 y se convirtió en priora del Priorato de Markyate después de haber fundado una pequeña comunidad de monjas en 1145. 

 Claramente, era una mística de profundas convicciones, una organizadora institucional muy competente y no tenía un pelo de tonta. Su familia era implacable, ambiciosa y cruel. Tuvo que rechazar las rapaces atenciones sexuales del amante de su tía, el poderoso obispo de Durham, Ranulf Flambard. En venganza, la obligaron a casarse con un joven noble llamado Beorhtred. Después de repeler sus reiterados intentos de consumar la unión, escapó vestida de hombre y se ocultó bajo la protección de Roger, un ermitaño cuya celda estaba en Markyate, Hertfordshire (no muy lejos de donde yo crecí). Transcurridos dos años, el arzobispo de York anuló formalmente su matrimonio y pudo salir de su escondite. Cambió su nombre de Teodora por el de Cristina y se convirtió en una priora muy querida. CRISTINA LA ADMIRABLE (1150-1224) Oh, Cristo, ¿qué me estás haciendo? ¿Por qué me atormentas así? • Una atleta espiritual, destacada por lo extremo de sus devociones. • Una beguina, de la misma diócesis de Lieja, en la actual Bélgica, que las importantes místicas María de Oignies (1177-1213) e Isabel de Spalbeek (1248-1316). • Protagonista de la canción de Nick Cave «Christina the Astonishing». Cristina revivió en plena misa de su propio funeral, a los veintiún años. Su cuerpo se elevó en el aire hasta el techo y permaneció allí levitando hasta que terminó la misa. Cristina detestaba a la humanidad de tal manera que se hizo al monte y vivió allí con el sustento de la leche de sus propios pechos. Se arrojaba a hornos encendidos, comía basura y se metía en el río Mosa cuando aún estaba congelado. Llegó incluso a colgarse ella misma en la horca, y permaneció así dos días. Era verdaderamente asombrosa. HADEWIJCH DE AMBERES (1200-1260) Deseaba llevar a mi Amado a la completa consumación, confesarlo y saborearlo al máximo: hartar su humanidad gozosamente con la mía y así vivir la experiencia de la mía. Y ser fuerte y perfecta para satisfacerlo a la perfección: ser pura, exclusiva y completamente virtuosa en toda virtud. Y, para tal fin, deseé muy dentro que él me satisficiera a mí con su Divinidad en un solo espíritu y que él fuese él mismo sin contención ninguna. 

• Autora de exquisitas visiones, poemas y cantos sobre el amor (Minne). • Nombrada como una de las «cuatro evangelistas femeninas» con Ángela de Foligno, Matilde de Magdeburgo y Margarita Porete. Aunque una gran parte de la vida de Hadewijch continúa siendo un misterio absoluto, se cree que procedía de una familia noble y había recibido una educación muy elevada. Sus escritos demuestran un conocimiento íntimo de la literatura, la poesía y los tratados de teología escritos en diversos idiomas, incluidos el latín y el francés. Citaba sin reparos las Escrituras y a san Agustín y escribía poemas inspirados en las canciones de los trovadores franceses y también cartas para ofrecer consejo espiritual a otras beguinas (mujeres que llevaban una vida religiosa de semiclausura y que disfrutaban de una relativa libertad. Sus homólogos masculinos eran los «begardos», del francés begard, y del neerlandés beggaert, «monje mendicante», de donde se cree que procede la palabra inglesa beggar, «mendigo»). El Libro de las visiones de Hadewijch, escrito en neerlandés medio, es una de las primeras recopilaciones de narrativas visionarias. Igual que sucede con otras beguinas y mujeres místicas del siglo xm, una gran parte de su devoción se centra en la eucaristía, en especial en la recepción física de Dios. En la suya se enmarañan las visiones eucarísticas con los encuentros eróticos con Jesús y terminan en una profunda unión «sin distinciones». MATILDE DE MAGDEBURGO (CIRCA 1208-1282) Canta la voz del Padre: «Soy el manantial que se desborda y nadie puede detener», y continúa el Hijo: «Soy la constante abundancia que nadie podrá contener jamás salvo la ilimitación que siempre manó y siempre manará de Dios». Entona un himno el Espíritu Santo: «Soy el insuperable poder de la verdad» antes de que la Trinidad al completo concluya: «Tan fuerte soy en mi unidad indivisa que nadie podrá separarme jamás ni romperme en toda mi eternidad». • Recibió la primera visita del Espíritu Santo a los doce años. • Se considera que sus vividos relatos sobre el más allá influyeron en la Divina comedia de Dante y en el personaje de Matelda de dicha obra. 

Después de su primera visión del Espíritu Santo con apenas doce años, Matilde se marchó de casa y se fue a vivir con una comunidad de beguinas, donde pasó la mayor parte de su vida. Al principio no hablaba de sus experiencias, y así pasó cerca de treinta años. Cuando rondaba los cuarenta, bajo la orientación de los frailes dominicos, comenzó a tomar nota de sus revelaciones. A lo largo de los siguientes años, las recopiló en forma de un compendio de siete libros que tituló La luz que fluye de la divinidad. No se conserva el texto original, escrito en el bajo alemán del norte germánico. Afortunadamente, sí se conservan las traducciones que se hicieron al latín y al alto alemán medio. ÁNGELA DE FOLIGNO (CIRCA 1250-1309) Cuando eso que ya he contado se retira y permanece conmigo, veo al Dios hombre. Atrae mi alma con gran gentileza y en ocasiones me dice: «Tú eres yo, y yo soy tú». Entonces veo esos ojos y ese rostro tan misericordioso y atrayente cuando se inclina para acogerme. Esto es, que todo cuanto emana de esos ojos y de ese rostro es lo que dije haber visto en aquella oscuridad previa que surge del interior y que tanto me complace que nada puedo decir al respecto. Cuando soy en el Dios hombre, mi alma vive. • Su complejo itinerario místico tiene diecinueve pasos iniciales y siete complementarios que conducen a una identidad corporal con Cristo. • Canonizada por el papa Francisco en 2013, es la santa patrona de «los afligidos por la tentación del sexo» y de las viudas. • Sus últimas palabras, que repitió varias veces, fueron: «Ay, la nada desconocida». Nacida en ese hervidero espiritual de la Umbría italiana en las décadas posteriores a las radicales enseñanzas de san Francisco sobre la primacía de los pobres y la abolición de la propiedad privada, Ángela es la que lleva el misticismo al más maravilloso extremo de todos los místicos. Según parece, llevó una vida burguesa y convencional hasta que -tras la muerte de su madre, su marido y varios hijos en una rápida sucesión- hace voto de castidad y arde en una hoguera de deseo, acosada por sus demonios.

 Era analfabeta y hablaba un dialecto local de Umbría, así que fue el hermano Arnaldo, de los Frailes Menores, quien tomó nota y transcribió El libro de la vida de Ángela de Foligno. Parece justo decir que la relación entre Arnaldo y Ángela era compleja, y parece que el fraile pudo sentirse a veces avergonzado por el extremismo de los actos de Ángela. El libro está dividido en dos partes, «El memorial», que cuenta la historia de la conversión de Ángela, su penitencia y las etapas de su viaje espiritual, y «Las instrucciones», que incluían unas cartas dirigidas a sus discípulos. Sus experiencias son de una intensidad violenta y aterradora. Se pasa muchísimo tiempo gritando. Si Dionisio es el padre de una teología de la oscuridad y la negación, Ángela practica un «apofatismo corpóreo», es decir, desgarrarse literalmente para dar lugar a una oscuridad corpórea. Para nosotros, leer a Ángela es como ver una película de terror. Sus visiones culminan con ella entrando a rastras en la oscuridad de la herida del costado de Cristo. MARGARITA PORETE (1250-1310) Una habrá de reducirse, cercenarse y recortarse para dar mayor amplitud al lugar donde querrá habitar el Amor. • Considerada una de las figuras más importantes de la llamada «herejía del libre espíritu». • Dijeron de ella que era una «pseudomujer». • Es el primer caso conocido de un proceso inquisitorial que concluyese con un libro y su autora en la hoguera. La obra de Margarita Porete El espejo de las almas simples fue quemada dos veces a modo de advertencia, antes de que a ella la quemaran viva con el libro en la Place de Gréve de París. Está escrita como un diálogo al estilo de Boecio entre los personajes de la Razón, el Amor y el Alma. También tiene sus influencias de la tradición francesa del romancero y el amor cortés. 

La mezcla de prosa y verso de Porete discurre a lo largo de ciento cuarenta capítulos: el más largo incluye su itinerario de siete etapas, de las cuales solo la cuarta es la unión con Dios, y la séptima solo se puede llevar a cabo después de la muerte. Porete se diferencia de la mayoría de los místicos medievales en que ella no apela a la experiencia visionaria ni tampoco presta demasiada atención a la corporeidad de Cristo. Tampoco da excesivo crédito a las Escrituras e insiste en que las enseñanzas del Amor superan el mundo de la «Santa Madre Iglesia» y de la «Iglesia Menor» de la razón. En los documentos de su juicio se la considera «testaruda, contumaz y rebelde» por negarse continuamente a abjurar de sus opiniones. A pesar de los insistentes esfuerzos por apagar el eco de sus palabras, el manuscrito original en francés fue redescubierto en 1946 por la medievalista Romana Guarnieri. Ahora se conserva en seis versiones en cuatro idiomas y trece manuscritos. Anne Carson escribió el libreto de una ópera sobre Porete. MAESTRO ECKHART (1260-1328) A Dios mego que me libre de Dios, pues la esencia de mi ser se halla por encima de Dios tanto en cuanto que entendemos a Dios como la principal de las criaturas. Si yo mismo no existiera, Dios tampoco existiría. Si Dios es Dios, soy yo la causa, y si no lo fuera, Dios no sería Dios. No hay, de todos modos, necesidad ninguna de comprender esto [...], pues en este traspaso se me concede que Dios y yo seamos uno. • Sus memorias fueron objeto de una condena pública por parte del papa en 1329, un año después de su muerte. • Es uno de los dos únicos hombres que han ocupado el puesto de Maestro de Teología en la Universidad de París en dos ocasiones. 

El otro fue santo Tomás de Aquino. • Es una influencia significativa para filósofos alemanes como Hegel y Heidegger. Si Eckhart tuvo sus problemas con su arzobispo local y después con el papa Juan XXII, no fue únicamente por el contenido de unas enseñanzas tan radicales sobre el desapego y el dejamiento como las suyas, sino también por su ubicación en ciudades de Renania como Colonia y Estrasburgo, lugares donde había un temor a la herejía especialmente fuerte en las primeras décadas del siglo av. Esto estaba especialmente conectado con la teología del libre espíritu, donde los pobres -como había dicho Cristo con insistencia- amenazaban con heredar la tierra. La jerarquía católica se olió los problemas, pero también temía la manera en que predicaba Eckhart. Hablaba a la gente inculta en su propia lengua -el alemán-, y su enigmático mensaje cobró una inmensa popularidad de inmediato. Se puede sentir su influencia directa en otros dos dominicos germanos radicales y muy populares: Juan Taulero (1300-1361) y Enrique Susón (1295-1366). ¿Era Eckhart un hereje? Él rechazó la acusación de manera bien simple: «Es posible que me equivoque, pero no puedo ser un hereje, porque lo primero es propio del intelecto, y lo segundo de la voluntad». ENRIQUE SUSÓN (CIRCA 1295-1366) Él deseaba probar la fruta, pero Dios no quería consentirlo. Dividió en cuatro partes unas grandes piezas de fruta. Tres de ellas se las comió en el nombre de la Santísima Trinidad, la cuarta con el amor con el que la Madre celestial le dio de comer una manzana a su Niño Jesús. • Contrario a la costumbre, el nombre de Susón no es un patronímico, sino que procede de la madre. • Se identifica a sí mismo en femenino, y lo mismo hace con Cristo. Parece que la edición latina de la obra de Susón El reloj de la sabiduría data de 1335 y que gozó de una gran popularidad: de este manuscrito se conservan más ejemplares que de cualquier otro libro de espiritualidad medieval aparte de La imitación de Cristo de Tomás de Kempis. Aun así, lo más sorprendente y original es la escritura en alto alemán medio. La vida del siervo es la más accesible de las obras germanas de Susón. Es el deslumbrante experimento de una autohagiografía. La obra la escribió la «hija espiritual» de Susón, su discípula y novicia Elsbeth Stagel. Con Susón asistimos a una inversión de la relación habitual entre masculino y femenino, místico y escriba. Todo fluye, todo es maleable. RICARDO ROLLE (CIRCA 1300-1349) Dentro de mí sentí un júbilo y un ardor desconocido [...] y percibí que no procedía de una criatura, sino de mi Creador, al ir aumentando su calor y hacerse también más placentero.

 • Abandonó los estudios universitarios en Oxford para convertirse en «el eremita apasionado y romántico» (así lo llama Evelyn Underhill). • Autor prolífico y muy leído en latín y en inglés medio. El ermitaño Ricardo de Hampole (aunque era más bien un eremita errante que iba por libre) es el primero, el más controvertido y el más influyente de los ermitaños del siglo av, la «edad de oro del misticismo inglés». Partiendo del Cantar de los Cantares, Ricardo Rolle describe el fuego del amor en términos de calor, dulzura y música: fervor, dulcor et canor. El efecto del canto, el sonido y la música, en especial el Cantar de los Cantares, provoca una dulzura de amor que se percibe a través de un calor físico y se compara con gemas y joyas como el topacio. En una de sus obras más conocidas en latín, Incendium amoris («El fuego del amor»), ofrece un relato de sus experiencias místicas, que describe como de tres tipos: un calor físico en el cuerpo, la sensación de una dulzura maravillosa y una música celestial que lo acompañaba mientras cantaba los salmos. El libro, muy leído en la Edad Media, expone las cuatro etapas purgativas por las que había que pasar para estar más cerca de Dios. Tiene un estilo muy lírico, encantador y sensual. JULIANA DE NORWICH (CIRCA 1342-1416) Pero yo no lo consideré pecado, pues creo que no tiene ningún tipo de sustancia, ninguna participación en el ser, ni tampoco se puede reconocer salvo por los dolores que provoca. • Es la primera mujer inglesa de la que sabemos a ciencia cierta que escribió un libro en inglés. • Desconocemos su nombre; «Juliana» es el de la iglesia de Norwich a la que estaba adscrita su celda de anacoreta. • Es la protagonista de este libro. En 1373, con treinta años, Juliana desea padecer una enfermedad mortal tan atroz que le permita sentir lo mismo que sintió Cristo durante la crucifixión. Y su deseo se hace realidad.

 En un momento al borde de la muerte, cuando su sacerdote le está dando la extremaunción, ve que sangra un crucifijo. Así es como comienza una serie de revelaciones intensas, detalladas y muy coloridas que duran unas once o doce horas. Algo después se convierte en anacoreta, lo cual significa estar muerta para el mundo. Su celda es su tumba. Norwich era la segunda ciudad más poblada de Inglaterra por aquel entonces, y fue asolada por la peste negra, que mató a una cantidad ingente de personas. A partir de ahí, se pasa el resto de su larga vida en una reclusión urbana, intentando desentrañar el significado de lo que veía en sus revelaciones. Juliana nos ofrece una potente teología de la salvación, donde, en última instancia, no caben el pecado, el infierno ni la condenación eterna. Sin hacer ruido, socava los cimientos filosóficos del cristianismo latino de Occidente. MARGERY KEMPE (1373-1438) Mucha gente se asombraba con ella y le preguntaba qué le pasaba, y ella, como una criatura malherida de amor, como quien hubiese perdido la razón, respondía en un llanto escandaloso: «La pasión de Cristo me mata». • Conocida como la Loca de Dios o la Mayor Mística Llorona de Inglaterra por sus llantos en público, constantes y a menudo increíblemente ruidosos. • Autora de la primera autobiografía en inglés, que se perdió hasta que fue descubierta de manera accidental en 1934. Más o menos a los cuarenta años, después de haber tenido catorce hijos con su marido John, Margery le convenció -no sin razón, quizá- de hacer un voto de castidad. Acto seguido se dedicó a hacer viajes de peregrinación, y vaya si los hizo. Desde su acomodado hogar en King’s Lynn, en Norfolk, hasta Tierra Santa pasando por Venecia, Bolonia y Roma, hasta Santiago de Compostela e incluso hasta Danzig (o Gdansk) pasando por Bergen, en Noruega, y de regreso por Flandes. Y allá donde iba, lloraba. Las lágrimas eran su devoción. Eran el testimonio de su matrimonio místico con Cristo. Y no estamos hablando de unos sollozos discretos. Margery se describe a sí misma en la iglesia llorando a tal volumen -incluso rugiendo- que se la oía desde fuera. 

No parece que una devoción tan ruidosa la hiciese muy popular entre sus compañeros peregrinos. A pesar de su analfabetismo, Margery afirmaba haber oído leídos en voz alta los textos de Ricardo Rolle, Walter Hilton (circa 1340/45-1396) y Brígida de Suecia (circa 1303-1373). En 1413 conoció a Juliana de Norwich y pasó varios días recibiendo su consejo. Margery siempre se describe a sí misma en tercera persona como «la criatura». De su libro tan solo se conservaron unos fragmentos hasta que se produjo un extraño suceso en la casa de una familia cerca de Chesterfield, en Derbyshire, en 1934: el coronel Butler Bowden estaba buscando unas palas de pimpón en el caos del interior de un armario, y estuvo a punto de tirar una pila de libros mohosos para poner orden. Afortunadamente, un amigo le aconsejó que se los llevara a un experto. Hope Emily Alien, de la Biblioteca Británica, identificó el único manuscrito completo del libro de Margery que se conserva. TERESA DE ÁVILA (1515-1582) Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. El dolor era tan fuerte que me hacía lanzar gemidos, mas esta pena excesiva estaba tan sobrepasada por la dulzura que no deseaba que terminara. • La primera mujer en ser nombrada «doctora de la Iglesia». • Canonizada cuarenta años después de su muerte. • Protagonista de la escultura de Juan Lorenzo Bernini El éxtasis de Santa Teresa, en Roma. La autobiografía de santa Teresa, conocida como la Vida, documenta su experiencia mística y tuvo una profunda influencia durante su tiempo. Sus otras obras, Camino de perfección y El castillo interior, se encuentran entre las más importantes del misticismo cristiano y son de una especial influencia en el mundo de habla hispana y francesa. Teresa presenta su Camino de perfección desde 1566 como un «libro vivo» para enseñar a sus hermanas carmelitas que la oración y la meditación pueden permitirles perfeccionar su práctica espiritual. 

La senda de la perfección es un itinerario espiritual donde el alma se compara con un castillo compuesto de siete salas o cámaras. La visión que tiene Teresa del alma es como un diamante con la forma de un castillo que contiene siete moradas. El recorrido por estas moradas culmina en la unión con Dios. Teresa también tenía tendencia a levitar después de recibir la comunión, algo que le provocaba una gran vergüenza. La obra literaria y organizativa de Teresa tuvo un enorme impacto, fundamentalmente a través de seguidores como Juan de Yepes y Álvarez, más conocido como Juan de la Cruz (1542-1591). Teresa y Juan fueron los motores de un movimiento radical de reforma religiosa en España, los conocidos como los «alumbrados». Juan fue objeto de unas terribles persecuciones por parte de sus compañeros carmelitas que se oponían a las reformas de Teresa. MARÍA DE LA ENCARNACIÓN (1599-1672) Diríase que las aguas de la tribulación que ha surcado el alma en tantas privaciones espirituales han sofocado el delicado fuego que consumía lo más noble en ella, de tal forma que, privada de todas sus capacidades, Dios era su único gozo. • Tuvo su encuentro místico con Cristo a los siete años. • Fundó el primer colegio de niñas en Nueva Francia, en lo que más tarde se convertiría en Canadá. • Fue canonizada por Juan Pablo II en 1980. Nacida en Tours, Francia, con el nombre de María Guyart, enviudó a los diecinueve años cuando ya era madre de un hijo. Inspirada por la autobiografía de Teresa de Ávila, tuvo una serie de visiones intensas que culminaron en una unión descrita en un tono erótico elevado que utilizaba elementos del Cantar de los Cantares. Su autobiografía documenta un itinerario místico de trece etapas que, con una gran familiaridad, describe el estado interior de los progresos del alma hacia Dios. Después de ingresar en la Orden de las Ursulinas en 1633, llegó a la ciudad de Quebec en 1639, cuando apenas era un asentamiento avanzado de unas trescientas personas. 

 Indomable y con una gran capacidad de emprendimiento, María fundó un convento y un colegio dedicado a la educación y la conversión de las niñas indígenas. También aprendió muchas de las lenguas indígenas y tradujo catecismos y diccionarios. JUANA MARÍA DE LA MOTTE GUYON (i648-i7i7) No hemos de olvidar que Dios es todo boca. • Empezó una edición comentada de la Biblia entera. • Escribió una interpretación del Cantar de los Cantares en un día y medio. • Fue acusada, encarcelada y juzgada por la herejía del quietismo. Para Guyon, el objeto del cristianismo es alcanzar un estado de aniquilación mística del alma que se logra por medio de la sumisión del amor puro. En su lectura del Cantar de los Cantares, este amor se describe como el matrimonio del alma aniquilada con Dios, que se alcanza con un beso ardiente. Guyon llevó una vida extraordinaria, viuda con cinco hijos de un matrimonio sin amor. Fue detenida, juzgada y encarcelada en la Bastilla a causa de la popularidad de sus escritos y sus opiniones, pero también tenía buenos y poderosos amigos en la corte francesa. En aquella época posterior a la Reforma, el misticismo de Guyon suponía un problema serio para la Iglesia católica, que lo catalogó como la herejía del quietismo en la década de 1680. Si el cristiano puede lograr la aniquilación del alma por medio tan solo del amor, entonces dejan de ser necesarios los sacramentos de la Iglesia, las buenas obras y las habituales prácticas de la gente decente que va a misa los domingos. Si soy capaz de hallar la quietud interior por medio de la oración constante, entonces seré indiferente a la autoridad eclesiástica o política. En su manera de abstenerse de toda actuación o conformidad con las normas y prácticas, es una postura revolucionaria.

martes, 5 de mayo de 2026

Américo Castro El pensamiento de Cervantes introducción



 Esta obra fue planeada hacia 1920, cuando yo mismo y algún que otro curioso nos preguntábamos si realmente había habido en la España del siglo xvi presencias y reflejos del pensamiento re nacentista. Aquel propósito, combinado con la idea de no haber sido Cervantes un escritor ignorante e inconsciente, me llevó a conceder primaria importancia a temas abstractos más bien que a la singular maravilla del modo cervantino de novelar. 

Su obra fue usada para hacer ver que, a pesar de cuanto se decía y escri bía, no todo en España había sido ganar batallas y quemar he rejes. Otros quehaceres — ante todo el de poner término a las fábu las vigentes acerca de quiénes son los españoles — me han im pedido reescribir esta obra, y asignarle otro título. Decidí entonces dejar mi primer libro cervantino en una vía muerta, y orientar en otro sentido la averiguación de los cómos y los porqués del Qui jote. No ha sido posible a causa de la creciente demanda de esta obra. Unos audaces, sin pedir licencia, publicaron una edición fraudulenta en un lugar de Hispanoamérica; la Biblioteca de la Universidad de Londres pidió permiso para sacar algunas copias fotográficas de este libro, y sé que esto ha acontecido en otras partes. 

No obstante todo lo cual, la amplitud de mis inevitables tareas y lo angosto del tiempo que me resta, hubieran impedido reeditar la presente obra sin la ayuda, tan eficaz como generosa, de Julio Rodríguez-Puértolas. La bibliografía allegada por él, y las referencias a lo escrito por otros y por mí mismo, permiten sacar a luz esta nueva edición. 

Después de todo, algo se dice en ella de Cervantes y del Quijote, una obra a prueba de siglos y vertida a unas cincuenta lenguas. Tan notable supervivencia se debe a que, tanto el discreto como el desatinado siguen encon trando en aquella primera novela figuras humanas con las cuales cabe el acuerdo o la desavenencia, sin tajantes fronteras entre lo uno y lo otro. A destono con cuanto le rodeaba, Cervantes se in ventó un supermundo en el cual las razones dialogan con las sin razones, entre destellos de sonrisas y de esperanzas; todo, incluso el desmán y lo sin rumbo, halla un espacio de vida en donde alo jarse. Pero aquí no trato de la textura literaria del Quijote. Si mi tiempo no lo impide, lo intentaré en otra ocasión. Ofrezco ahora lo que puedo, no lo que hubiera deseado. Madrid, enero de 1970.

Américo Castro El pensamiento de Cervantes Nueva edición ampliada y con notas del autor y de Julio Rodríguez-Puértolas Editorial Noguer, S. A. BARCELONA-MADRID RESERVADOS TODOS LOS DERECHOS ISBN: 84-279-5109-1 Depósito legal: B. 20.888-1980 Reimpresión - 1980 © Américo Castro, 1972 Editorial Noguer, S. A. - Paseo de Gracia, 96 - Barcelona Printed in Spain 1980. EMEGE, c/. Londres, 98, Barcelona´

lunes, 4 de mayo de 2026

HEINRICH LAUSBERG MANUAL DE RETORICA LITERARIA FUNDAMENTOS DE UNA CIENCIA DE LA LITERATURA VERSIÓN ESPAÑOLA DE JOSÉ RIESCO

 


PRÓLOGO L' ancienne rhétorique regardait comme des orne me nis et des artifices ces figures et ces relations que les raf!i nements successifs de la poésie ont fait en/in co1111a1trc comme l'essentiel de son obiet; et que les progres de l'analyse trouveront un iour comme effets de propriétés profondes, ou de ce qu'on pourrait nommer: "sensibilitt5 formelle". P. Valéry, Tel quel I, Paris 1941, p. 150.

 El presente Manual de retórica se propone un fin pedagó• gico: pretende allanar al principiante el camino (viam rationem que: v. más abajo § 3) para un estudio inteligente y razonado, f enomenológica e históricamente, de la ciencia de la literatura ; y, además de esto, quiere servir de auxiliar y orientación al filó logo que se ocupa en la práctica de la interpretación de textos. 

 Esta finalidad trae aparejada la necesidad de la limitación. Primeramente, era imposible ofrecer una historia de la retórica en la Antigüedad, en la Edad Media y en la Edad Moderna; una historia así debería abarcar no sólo los sistemas de ense ñanza, sino también los fenómenos de detalle (así, por ejemplo, el "zeugma"; v. §§ 692-708) en la teoría y en la práctica. Ahora bien, ello únicamente sería factible a lo largo de una exposición de muchos tornos. Por otro lado, el limitar cronológicamente la exposición a un período de la Edad Media o de la Edad Moderna haría problemática su utilización general incluso para la Edad Media y para la Edad Moderna.

 Por ello se ha intentado una 10 Retórica literaria exposición de la retórica antigua proyectada hacia la Edad Media y la Edad Moderna. La amplitud de los fenómenos de la Anti güedad permite una inserción radical de fenómenos de detalle incluso postantiguos, con los que el intérprete de la literatura medieval y moderna habrá de tropezar. En todo caso, el intér prete que elige la Antigüedad como base de partida se siente en terreno más seguro. Mostrar ese terreno constituye la finalidad de esta exposición. La historia interna de la antigua retórica será estudiada por Vinzenz Buchheit en su "Historische Einführung in die antike Rhetorik" (que publica la ed. Max Hueber, de München). La presente exposición no se presenta tampoco con la prcten- • sión de abarcar en forma exhaustiva ni siquiera todos los fenó menos y toda la terminología de la antigua retórica: la limitación material del espacio disponible me obligaba ya, sin más, a limi tarme a lo ejemplar. Por otro lado, habida cuenta de la impor tancia literaria de la retórica, se imponía la necesidad de rebasar el marco de la retórica para tocar, siquiera fuera en forma de esbozo, los vecinos campos de la gramática y poética. Se halla en preparación un "Handbuch der Iiterarischen Dialektik" dedi cado concretamente a este tema.

 El valor del presente ensayo, nacido de una práctica activa de la enseñanza de la literatura en Münster a lo largo de diez años, quiere ser contrastado con la práctica, sobre todo, la práctica de la interpretación de textos. El viejo tronco de la retórica, con sus más de dos mil años, conserva todavía su savia y su fecundidad. En efecto, sería realmente sorprendente que los ininterrumpidos esfuerzos de la reflexión de los antiguos sobre el lenguaje y la literatura -entre 450 a. C. - 600 d. C. aproximadamente- no hubiesen desembocado en adquisiciones científicas aun hoy esti mables, sobre todo, en el sector donde la enseñanza del lenguaje y la educación literaria de la Antigüedad se mantuvo en contacto vivo con el público: la retorización de la literatura fue una con secuencia necesaria de ese contacto. La retórica se convirtió en "periodismo" (tomado muy en serio), en crisol de la literatura, la filosofía, el público y la escuela. Por lo demás, a este encuentro entre la literatura y la retórica es aplicable la afirmación de que Prólogo 11 el intérprete de la literatura no podrá salir airoso con sólo la retórica literaria ni respecto a la formación de las ideas y del lenguaje ni, mucho menos, respecto a los contenidos modelados en la literatura en su más amplio sentido. La iniciación en la retórica literaria ha de entenderse como un antídoto, como una cautela contra la actualización demasiado rápida del contacto con la individualidad de la obra de arte y con su creador individual. 

 La retórica pretende señalar la langue, que es el medio conven cional de expresión de la paro/e. Una langue sin paro/e está muerta ; una paro/e sin langue es inhumana : lenguaje, arte, vida social e individual muestran una interdependencia dialéctica entre langue y paro/e. El presente Manual se propone la misión de hacer posible una visión panorámica del conjunto de los fenó menos literarios. Cf. también § 1246, s. vv. rhétorique, course. Expreso aquí mi gratitud a Wolfgang Babilas por su leal ayuda en la vigilancia de la impresión, por sus valiosas indica ciones bibliográficas y por su eficaz colaboración crítica en la materia misma del libro. Quedo también singularmente obligado a Alfons Weische y Bemd-Reiner Voss por su intervención en la impresión, y a Peter Ronge, Barbara Ronge-Tilmann y Christa Kriele-Grothues por haber organizado los materiales de los índices.

domingo, 3 de mayo de 2026

Anatomías poéticas. Pliegues y despliegues del cuerpo en el mundo griego antiguo


 

Prólogo Alicia M. Atienza, Elsa Rodríguez Cidre y Emiliano J. Buis 

 El presente libro es el resultado del proyecto de investi gación UBACyT “Cuerpos poéticos. Discursos y represen taciones de la corporalidad en el mundo griego antiguo”, desarrollado entre 2016 y 2019. Se trata de una publicación colectiva que continúa líneas exploradas en UBACyTs an teriores que dieran como fruto la publicación de La pólis sexuada: normas, disturbios y transgresiones del género en la Grecia Antigua (2011), El oîkos violentado. Genealogías conflic tivas y perversiones del parentesco en la literatura griega anti gua (2013) y El nómos transgredido. Afectaciones poéticas de la normatividad en el mundo griego antiguo (2016) en la editorial de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. El grupo de trabajo integrado por investiga dores formados y en formación, profesores, becarios, tesis tas, graduados y alumnos, procedentes de distintos espacios de debate académico, tiene un carácter multidisciplinario que ha generado un texto signado por muy diversos inte reses, lecturas complementarias e instancias diferenciadas de producción. 

Desde sus experiencias —algunas extensas 13 y otras más recientes en el plano científico— todos los in tegrantes del proyecto han contribuido a una reflexión que es a la vez común y particularizada. Así, este volumen pro cura, a través de sus diversos capítulos, focalizar el cuerpo en el mundo griego desde una pluralidad de perspectivas y métodos de acceso que potencian el estudio filológico con aportes de la historia del arte, el derecho, la filosofía políti ca o la psicología. El objetivo general del proyecto consistió en explorar la noción de cuerpo en la literatura y el arte griegos de época arcaica, clásica y helenística, teniendo en cuenta las con venciones propias de cada género en el marco de las prác ticas artísticas y discursivas de la Grecia antigua en los dis tintos momentos de su desarrollo histórico. 

A partir de una exploración léxica capaz de dar cuenta del funcionamiento textual del vocabulario relevante, su campo de aplicación específico y su relación con otros conceptos fundamenta les, examinamos los pliegues y despliegues que los distintos autores y artistas han recorrido a los efectos de representar lo corporal en el contexto social en que están inscriptos. En los últimos decenios, como se ocuparán de presentar los capítulos de este libro, los estudios alrededor de la his toria del cuerpo han proliferado de manera notable, par tiendo en general de la idea de que, en vez de ser una expe riencia universal válida para todos los humanos, el cuerpo vivido y percibido es producto de una construcción simbó lica históricamente determinada, mirada que resulta fruc tífera a la hora de abordar los discursos de la Antigüedad. 

 El concepto tiene una importancia fundamental en las representaciones de la Grecia antigua, donde pintura, es cultura, teatro, narrativa, lírica y oratoria ponen en escena personajes que actúan y padecen, cuyas formas de vivir la propia corporalidad son determinantes para la organiza ción del sistema de prácticas y creencias de la sociedad. 14 Alicia M. Atienza, Elsa Rodríguez Cidre y Emiliano J. Buis En el pensamiento de la Antigüedad y durante la Edad Media, el cuerpo parece haber ocupado los últimos puestos en la escala ontológica. Sin embargo, podemos decir que la estocada final vino recién de la mano de la Modernidad. En efecto, el dualismo sustancial cartesiano lo convirtió en ob jeto de conocimiento y no en la encarnadura del sujeto que conoce. El abordaje del tema implicó, por lo tanto, abandonar la visión puramente biologicista que marcó lo corporal como categoría epistemológica durante largos siglos —y especial mente en el transcurso de la Modernidad— para incorporar discusiones teóricas más actuales capaces de reorientar nues tra percepción sobre lo somático y de permitirnos encarar las fuentes antiguas desde el presente. 

Resultó pertinente entonces adoptar algunos conceptos de diferentes corrientes como la fenomenológica que se opone a la tradición filosófi ca anterior en lo que al cuerpo se refiere, siguiendo los plan teos merleau-pontyanos, en los que la percepción es activa y constituyente al mismo tiempo del mundo. Así, Foucault, Agamben, Butler y Douglas, entre muchos otros, aportaron en este sentido a nuestra investigación para abordar lo que se refiere al uso del lenguaje, el manejo corporal y el sistema que lo simboliza en sus múltiples dimensiones. 

 En nuestras indagaciones, también se estudia la emer gencia del cuerpo físico y se muestra la relevancia que tie ne la medicina para el género teatral en tanto se presenta la enfermedad de tal manera que los síntomas se vuelven polisémicos. Asimismo, nos hemos ocupado de relevar la importancia de las determinaciones corporales a la hora de sostener la diferenciación entre hombres, dioses y anima les y entre los niveles y los elementos cósmicos, tal como lo plantea Vernant. Por oposición al cuerpo bello y efi ciente del héroe, el cuerpo de los monstruos o los cuerpos deformes rompen los cánones antropológicos, definien do categorías marginales y funcionando como recurso Prólogo 15 epistemológico para el proceso de configuración y desarro llo de la identidad helénica. A su vez, hemos advertido que la visión del cuerpo se desenvuelve a través de abundantes metáforas que reflejan un sistema conceptual coherente relacionado con los análisis de la perspectiva cognitivista. Por otro lado, el abordaje performativo hizo posible ob servar los cuerpos envilecidos y atormentados de los per sonajes dramáticos, que ofrecían la obsesiva experiencia de lo “abyecto”, en términos de Kristeva. Los más recientes estudios teatrales han dirigido nuestra mirada también al lugar que la performance confiere al cuerpo/objeto escéni co: desde el travestido al degollado o descuartizado (o sus sinécdoques con el uso de máscaras), desde la ocultación anatómica a la mostración de las partes corporales habi tualmente cubiertas. Por último, analizamos un conjunto de mecanismos discursivos que podemos englobar bajo el nombre de construcciones simbólicas de la corporeidad, estratégicos para el entramado cuerpo/drama/sociedad. En este sentido, otro aspecto que se refleja en nuestro análi sis se refiere a la existencia de la pólis como cuerpo político donde la visión filosófica (en especial desde Aristóteles) par te de que todo grupo humano conforma un cuerpo común dentro del cual el carácter de miembro entraña obligacio nes comunales que se experimentan en la vida política. Al igual que en los dos primeros libros, en el presente vo lumen hemos organizado los capítulos según la temática en tres secciones: “Estéticas del cuerpo”, “Políticas del cuerpo” y “Violencias del cuerpo”. Esta separación, que responde a cri terios discrecionales que no pretenden, sin embargo, frag mentar la complejidad del tema, ordena y refleja los abordajes y lineamientos heterogéneos desarrollados por los autores. Así, en la primera parte se trata la omnipresencia de la corporalidad desde una perspectiva estética, considerada en sentido amplio. El capítulo inicial, de Cecilia Colombani, 16 Alicia M. Atienza, Elsa Rodríguez Cidre y Emiliano J. Buis aborda Trabajos y días de Hesíodo considerando la intensa preocupación del poeta por la cuestión dietética, ligada a su vez con un particular cuidado y atención sobre el cuerpo, la epiméleia heautoû. Pretende relevar en qué medida impli ca también una reflexión ética a partir de la trilogía cuer po-trabajo-virtud, para lo cual establece algunas líneas de contacto entre Hesíodo y Foucault, quien indagara el tópi co en su intento de efectuar una “genealogía del sujeto del deseo”. 

En la Dietética, incluida en el marco de las estéticas de la existencia, el filósofo analiza las relaciones de los suje tos con sus propios cuerpos, inscritas en la economía gene ral de lo que constituye la dieta para los griegos. De allí se hace posible pensar que la reflexión hesiódica sobre la dieta roza cuestiones de orden médico, sellando la alianza entre subjetividad, filosofía y medicina. Dos de los estudios de esta primera parte incursionan en el campo de la iconografía sobre las piezas de cerámica de la época clásica, ambos centrados en la representación de la imagen femenina. Sobre la representación de la novia en las escenas nupciales trabaja Cora Dukelsky, siguiendo el proceso que conduce del cuerpo totalmente cubierto en el origen de la iconografía, al cuerpo desnudo o semidesnudo en su etapa final. Considera que la transformación del mer cado de la cerámica a partir de mediados del siglo V a.C. tuvo importante influencia en las prácticas y los modos de f iguración. 

Apoyándose en abundante bibliografía, recorre algunas piezas donde se muestra la importancia que ad quiere el espacio íntimo y la incorporación de Eros a las es cenas de boda. Registra, asimismo, la aparición, hacia 430 a. C., de la figura de la bañista desnuda arrodillada, modelo que tuvo amplia repercusión en el arte occidental. Yanina Borghiani, por su parte, desarrolla la investigación sobre el tema del ideal de belleza femenina, problemati zando la manera en que se piensa la representación como Prólogo 17 copia y sustituto de algo que se encuentra por fuera de ella, lo que obliga a tener en consideración los límites de la inter pretación a la hora de analizar las figuras. 

El trabajo abor da las imágenes de las mujeres en el ámbito privado, con el propósito de establecer los modos en que se construyen sus cuerpos, gestualidades y movimientos, observando que la anatomía femenina, salvo excepciones como algunos jue gos, tiende a la quietud y al estatismo, con gestos acotados, como ocurre con las escenas de observación frente al espejo. También toma en consideración la manera en que se adorna y cubre el cuerpo femenino, así como el embellecimiento con la utilización de joyas y maquillaje, elementos que tu vieron un desarrollo destacable en la Grecia clásica. En un cruce entre escultura y teatro, el capítulo de Milena Gallipoli desbroza la función de la escultura de Ártemis en la obra Ifigenia entre los tauros, la única tragedia conservada en donde una escultura de culto tiene un rol central en la trama argumentativa.

 Analiza el funcionamiento teatral de la escultura femenina en cuanto cuerpo-objeto escénico y las implicancias de su aparición como cuerpo escultóri co con la referencia al pensamiento de Marin que otorga a toda representación un doble carácter, en tanto hace paten te una ausencia (carácter transitivo), al tiempo que se pre senta a sí misma como lo que es (carácter reflexivo). Este concepto aparece escenificado e instrumentalizado por los personajes de la trama en la obra de Eurípides, donde la f igura de la diosa da lugar a una puesta en abismo. La segunda parte de este volumen se interesa por las múltiples valencias políticas que el cuerpo despliega en los textos. Dos de los estudios de esta sección examinan, des de diferentes miradas, el eje cuerpo/política en la tragedia euripidea. 

Así, Victoria Maresca considera en clave política las intervenciones de Medea en la tragedia homónima, ha ciendo evidente una calculada elaboración de sus designios 18 Alicia M. Atienza, Elsa Rodríguez Cidre y Emiliano J. Buis para comprender cómo, lejos de ser un acto de pasión o furor, el filicidio forma parte de un plan cuidadosamente pensado para destruir a Jasón no solo como hombre sino como polítes. Investiga, asimismo, la transposición de ro les de los esposos a partir de las referencias al cuerpo y al contacto físico, estudio que permite observar la progresión que atraviesan los personajes a lo largo de la obra. 

El tra bajo incluye el análisis de dos cerámicas que refuerzan las ideas planteadas a partir del texto: tanto la función central de los niños en la entrega de los regalos como la progresión realizada por Medea en la obra, que la lleva de un estado de pasividad a uno de predominio. Por otro lado, en la línea de investigación que gira en tor no de lo corporal, Elsa Rodríguez Cidre focaliza la parthe nía en Helena de Eurípides y su rol pregnante en el drama, tanto respecto de Helena como de otras parthénoi (Teónoe, Sirenas, Hermíone, Calisto y la hija de Mérope) cargadas to das de fuerte significación. Se trata de un concepto complejo en el marco de la pólis, donde el paso de parthénos a gyné es un punto clave para la sociedad, un proceso de circulación de la mujer que culmina con la maternidad. 

La autora muestra cómo Helena, mujer casada y con una hija, logra simbóli camente devenir una parthénos para luego asegurar su paso (nuevamente) a gyné, en una situación extraordinaria pero de algún modo previsible para un personaje que parece es tar en todo momento por fuera de los cánones. A continuación, otros dos capítulos de la segunda parte indagan la corporalidad en el campo de la comedia anti gua y media. Mariel Vázquez reflexiona sobre el desplie gue corporal y sus implicancias biológico-políticas en Asambleístas de Aristófanes. 

Su objetivo es analizar, en el “devenir masculino” de las asambleístas, la relación entre la postura corporal y la capacidad de ejercicio político, enten diendo por “postura corporal” aquella categoría que —en Prólogo 19 relación con la de cuerpo interpretado de la fenomenolo gía y la de lo simbólico propia del psicoanálisis— involucra las emociones, las sensaciones, los gestos, la complexión y sus alteraciones debidos a la forma de pararse o cami nar. Dicha postura da cuenta de una cierta organización, un skhêma corporal, que determina la afinidad física con algunas actividades y su alejamiento de otras. Al mismo tiempo, el cuerpo femenino consigue ser transformado, por medio de la performance, y deviene capaz de originar nuevas realidades. El capítulo de Emiliano Buis analiza algunos de los dis positivos literarios puestos en acción para traducir la po lítica exterior en la escena de la comedia media. Recurre al marco teórico de los estudios sobre el cuerpo y sobre la cultura material para estudiar el fenómeno de la agencia política. Se observan las alusiones dramáticas a las relacio nes internacionales a partir de un examen de los agentes activos de la diplomacia (materializados como cuerpos que intervienen) y su manipulación de los “objetos” políticos, que la comedia desplaza desde los territorios —entendidos como campo de la actuación militar— a los objetos escéni cos. El autor estudia en particular las repercusiones cómi cas del discurso Sobre Haloneso, tradicionalmente atribuido a Demóstenes, donde se logra establecer un paralelismo entre la negociación diplomática de territorios (que se con quistan o ceden) y la circulación de textos (apropiados, de vueltos) que pone en juego la comedia media como género. 

Interesada en el contexto helenístico, Luciana Gallegos examina en Argonáuticas de Apolonio de Rodas las compe tencias de los cuerpos femeninos en relación con las capaci dades que detentan las mujeres de la realeza de Alejandría. Para ello, analiza la representación de Hipsípila y Medea a partir de sus comportamientos y de coincidencias léxicas con los poemas homéricos. En el primer caso, estudia el 20 Alicia M. Atienza, Elsa Rodríguez Cidre y Emiliano J. Buis poder político que ejerce un cuerpo femenino sobre su rei no; en el segundo, precisa la potencia de una mujer sobre su propio destino y el de los héroes. 

Como confirman los vín culos entre Hipsípila y Telémaco o entre Medea y Odiseo, estas figuras femeninas ocupan espacios simbólicos y fí sicos que en los poemas homéricos solo eran viables para f iguras masculinas. El poema de Apolonio, producto de un contexto que posibilita la aparición de mujeres poderosas, legitima la existencia de reinas capaces de protección, po tencia y organización. En clave filosófica, el trabajo de Eduardo Magoja se propone analizar el argumento que presenta el texto del Anónimo de Jámblico acerca de la existencia de un hom bre “de acero no solo en cuanto al cuerpo sino también al alma” que, sin embargo, a pesar de sus extraordinarias facultades, jamás podría vivir al margen de la legalidad, la justicia y todo contexto comunitario. A partir de allí se puede reflexionar acerca de cómo el individuo que sobre sale demasiado y rompe con la absoluta unidad de la pólis no encuentra otro espacio de existencia y es conducido ine vitablemente a su destrucción. También demuestra que ese recurso argumentativo le permite al Anónimo no solo de fender la idea de la supremacía ontológica de la pólis, sino a su vez retratarla como un cuerpo político adamántinos cuya fuerza y unidad están determinadas por la recta legalidad. En la última parte del libro, el cuerpo es considerado como territorio de violencia en la tragedia, en la comedia y en el discurso histórico de Tucídides. Patricia D’Andrea destaca los avatares del cuerpo en guerra en las obras bé licas de Esquilo desde la hipótesis de que las oscilaciones en la consideración del cuerpo guerrero se corresponden con las fluctuaciones de la escena política y con el proceso de consolidación de la democracia. En Persas (472 a. C.), los cuerpos de los enemigos son vistos como una superposición Prólogo 21 monstruosa de miembros, y es la corporalidad colectiva de los griegos la que los conduce a la victoria. 

En Siete contra Tebas (467 a. C.), los cuerpos guerreros se constituyen como murallas que tornarán la ciudad por completo inexpugna ble, portando a la vez la fuerza física y la moderación. En Agamenón (458 a. C.), la imagen de Ares como comerciante que cambia cuerpos por dinero implica el omnipresente poder de la riqueza aun sobre el heroísmo tradicional de la muerte en combate. El capítulo de Katia Obrist se centra en Heracles y Edipo, los protagonistas de Traquinias y Edipo Rey, obras de Sófocles en que la prolongada exposición del sufrimiento resulta un mecanismo particularmente efectivo al momento de provo car páthos y contribuye a los recursos dramáticos liberadores de las emociones. 

Analiza los pasajes que muestran sus cuer pos en ruina como vía de acceso a la concepción del cuerpo en la producción de Sófocles. Por otro lado, la autora se vale de esas anatomías para explorar el sistema teatral que subya ce tras esta clase de hechos. El análisis de los textos le permi te afirmar que la exposición de los cuerpos con sufrimiento físico se presenta en las tragedias sofocleas ante todo como un dispositivo dramático consciente y meditado, ligado a una época en la que el culto a los héroes se encuentra en su mayor auge y es grande su influencia en la existencia de los vivos. María Belén Landa, a su vez, analiza los discursos de venganza de Medea y Electra en las dos tragedias homó nimas de Eurípides. Allí, el sôma del antagonista se presen ta como una entidad tangible, concreta y, de algún modo, “apropiable”. 

Se propone demostrar que ambas heroínas son personajes que detentan poder en el terreno discursivo, donde los parlamentos expresan la apropiación del cuerpo del “otro” en tanto “cuerpo muerto”, delineando así la pro clama vindicatoria femenina. El análisis de los discursos muestra cómo las palabras de venganza están organizadas 22 Alicia M. Atienza, Elsa Rodríguez Cidre y Emiliano J. Buis en una pieza coherente y lógica que detenta un gran poder en la medida en que puede anticipar la muerte segura de sus enemigos. Los cuerpos evocados como muertos (Jasón, Creonte, la princesa, Clitemnestra y Egisto), son construc ciones simbólicas que se convierten, a su vez, en territorio de disputa del poder. Sobre Orestes versa el capítulo de Cecilia Perczyk, quien se centra en el padecimiento del héroe trágico, que en este caso no aparece mediado por las palabras de otro personaje sino expuesto en escena. Con la sistematización del cono cimiento médico que se dio en la época, los síntomas de los personajes trágicos se vuelven polisémicos porque en ellos se acopla la tradición poética de representar el sufrimiento a las ideas médicas y éticas sobre el dolor y las acciones.

 Así, en Orestes no solo se da una coincidencia lexical con los tratados hipocráticos, sino que se utilizan los temas médi cos como recursos con el objetivo de explorar lo corporal. Esta representación del personaje padeciendo síntomas y el modo de describir la conducta trastornada permiten su poner que en el imaginario griego se trataba de una forma común de aproximarse a la locura. El capítulo de Jimena Schere rastrea el tema del maltrato físico y las lesiones corporales en las obras de Aristófanes, elementos que la comedia transforma en un componente de la relación entre los personajes del amo y el esclavo y en un tópico cómico convencional. No solo los esclavos sino tam bién los personajes poderosos son objetos de violencia, he cho que permite indagar las relaciones entre poder político y corporeidad en la producción del comediógrafo. En la co media temprana (425-421 a. C.), se suele aplicar este recurso en el ataque contra el personaje antagonista y sus aliados, que resultan golpeados y vencidos, mientras que en la comedia tardía los golpes tienen blancos más heterogéneos aunque conservan su habitual potencia transgresora. Jugando con Prólogo 23 el esquema clasificatorio vigente en la sociedad ateniense, la comedia refuncionaliza el tópico tradicional para desdibujar las diferencias tajantes entre el hombre libre y el esclavo. Desde el campo de la historia, finalmente, Mariana Franco San Román dirige su análisis al modo en que Tucídides representa a Cleón en términos de su decir y su corporalidad. Partiendo del concepto lingüístico de êthos discursivo, su hipótesis del trabajo es que Tucídides asocia a Cleón con una corporalidad violenta por medio de deter minados recursos, para lo cual explota el discurso en estilo directo, que se caracteriza por ser mimético e histriónico. 

 Esta técnica se complementa con la forma antilógica que presenta de un modo dicotómico dos éthe contrapuestos, Cleón y Diodoto, un anti-êthos, que pueden ser reconstrui dos a partir de los modos de argumentar que adoptan y de las tesis que defiende cada uno, realzando así los rasgos más sobresalientes. La contraposición de ambos discursos a manos del enunciador-historiador apunta a resaltar y re forzar la imagen que el lector va construyendo de Cleón, un político que busca construir una figura de autoridad. A modo de cierre, queremos agradecer, por un lado, a la Universidad de Buenos Aires que nos brindó la financiación y el contexto institucional para llevar a cabo este cuarto pro yecto. Por otro, a los integrantes del equipo por la responsa bilidad con la que encararon la investigación y la disposición que manifestaron. 

Asimismo, deseamos destacar el trabajo realizado por Mariana Franco San Román, Victoria Maresca y Cecilia Perczyk, becarias de nuestro proyecto, quienes se encargaron de corregir, de acuerdo con las pautas de edición, los textos que componen este volumen. Por último, agradece mos a Carmen Morin Rodríguez por la foto de tapa. Buenos Aires, agosto de 2019.

sábado, 2 de mayo de 2026

EL NACIMIENTO DEL DESEO FLORENCIA ABADI FRAGMENTO

 



EL NACIMIENTO DEL DESEO

La palabra paraíso no tiene en el Génesis el sentido celestial que se le suele atribuir. El lugar en que Dios coloca al humano recién creado –a ese Adán al que creó “masculino y femenino” y al que aún no ha dividido para que sean dos– es simplemente un jardín cuya región geográfica lleva el nombre de Edén y que no posee ninguna cualidad esencialmente distinta al resto de la tierra. Sin embargo, nada habla más hondamente del significado de un símbolo que aquello que se distorsiona de él, que se le agrega, que se desfigura. El paraíso es la cifra patente de una dimensión de la vida psíquica: aquella en que no existe sufrimiento alguno, en que nada del mundo exterior ni interior resulta hostil, ni la temperatura, ni los otros seres vivos, ni Dios. Nada falta a excepción de la falta, y por tanto el deseo. Y esto último permite que la placidez se exprese también en el mundo interno: no habiendo deseo, no hay allí conflicto alguno. Como enseñó Freud, el deseo divide al sujeto: no deseamos lo que queremos, lo que nos conviene, lo que nos brinda bienestar o felicidad. El deseo se impone por fuera de la voluntad, invade y nos coloca en la penosa situación de defendernos de él inútilmente. El paraíso nombra entonces no solo un entorno benevolente, sino también la unidad indivisa de la psiquis, una figura que es mítica no por su carácter ficcional, ni tampoco por residir en un pasado irrecuperable, sino porque pulsa en cada presente como estructura de la experiencia. El paraíso late en el conflicto porque le otorga su sentido último: la idea de que tendría que no ser.

En el relato bíblico, Dios expulsa al ser humano de ese jardín: “Y lo sacó el Eterno, Dios, del jardín de Edén, para labrar la tierra de que fue tomado. Y echó al hombre”. Sin embargo, la acción divina quizás pueda resumirse en el gesto del partero que debe dar al recién nacido una primera palmada que propicie la respiración. Se trata, en la Caída, del acto de nacer, es decir, de separarse; ello supone por parte del naciente una cierta actividad que se asemeja más a una salida (del paraíso) que a una expulsión, aunque tal salida deba ser por necesidad traumática y la signifiquemos como abuso o castigo. La respiración indica que sin aire no hay espacio para que Eros despliegue sus alas y ponga en marcha la historia. Habrá que caer en el deseo (fall in love) y perder la inocencia, nombre privilegiado de la unidad de la psiquis (en contraste con la conciencia que supone un pliegue, una reflexión, una autoconciencia). Al fin y al cabo, la psiquis indivisa remite a una fusión con el todo-útero que entraña el peligro de la asfixia.

El primer relato del Génesis consiste en un mito de nacimiento del deseoLa fuerza deseante esconde en su seno un problema tan irresoluble para la lógica como capital para la vida: el del comienzo del movimiento. Si el deseo es aquello que pone en movimiento, el problema es quién pone en movimiento al deseo. Aristóteles había imaginado que podía existir algo así como un motor inmóvil. No es casual que entre las diversas genealogías de Eros –pocas divinidades han recibido más interpretaciones en cuanto a su procedencia y linaje– exista la tendencia a pensarlo como deidad primordial (protogonos, el primer nacido, en la tradición órfica), no pudiendo concebirse algo que sea anterior a él. Hesíodo lo coloca entre los dioses primordiales, incluso antes que su madre Afrodita, y Aristófanes lo hace nacer de un huevo sin germen tras un proceso de largos siglos. El nacimiento del deseo nos obliga a afrontar una tensión que es paradójica. En el relato del Génesis, esta paradoja es doble: un lugar perfecto en que hay una prohibición, y una transgresión curiosa que acontece antes de que los humanos adquieran la curiosidad. De acuerdo con el texto, antes de comer del fruto prohibido, Adán y Eva tenían los ojos cerrados, es decir, carecían de impulso curioso (propio de la esfera erótica). ¿Por qué, entonces, Eva deseó comer del árbol del conocimiento del bien y del mal?


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