lunes, 7 de septiembre de 2026

LITERATURA Y PERIODISMO LA PRENSA COMO ESPACIO CREATIVO Edición dirigida por Salvador Montesa



 EL INTELECTUAL EN LA PRENSA: DEL MODERNISMO A LA POSTMODERNIDAD Pilar Celma Universidad de Valladolid 

A finales del siglo XIX se produce en el ambiente literario un fenómeno de implicaciones no sólo estéticas sino también socioló gicas: el nacimiento de la figura del intelectual. El fenómeno ha sido muy bien estudiado en sus orígenes por Inman Fox1 y en su evolu ción posterior, por Javier Blasco.2 Repasemos algunas claves nece sarias para fundamentar lo que seguirá. En Francia está perfectamente documentado cómo el término intelectual se generalizó asociado al asunto Dreyfus. Después de que se descubriesen las manipulaciones del Estado Mayor francés para no revisar el caso del capitán judío injustamente condenado, Emile Zola denuncia la situación ante la opinión pública francesa con su célebre “J’ acusse”, publicado en L’Aurore, el 13 de enero de 1898. En los días siguientes fueron apareciendo una serie de denuncias y peticiones con las firmas de varios escritores y profesores, bajo el título de “Manifestes des Intellectuels”. Por las mismas fechas empieza a utilizarse en España el término intelectual como sustantivo. Según Inman Fox,la primera vez que 1. Inman Fox, “El año de 1898 y el origen de los intelectuales”, en Ideología y política en las letras de Fin de siglo (1898), Madrid, Espasa-Calpe, 1988, págs. 13-23. 2. Javier Blasco, “Los intelectuales en el fin de siglo: ¿obreros de la inteligencia o aristócratas del espíritu?”, ínsula, 614 (1998), págs. 5-9. está documentado el término en español es en una carta de Unamuno a Cánovas (con fecha 28 de noviembre de 1896), pidiéndole clemen cia para el escritor catalán Pedro Corominas, preso en Montjuich, junto con otros anarquistas, como represalia por el lanzamiento de una bomba al paso de la procesión del Corpus. Unamuno seguirá utilizando el término, como adjetivo (“La juventud intelectual espa ñola”) en alternancia con su uso como sustantivo. Igualmente, hay referencias muy tempranas de la utilización del término en Maeztu, Martínez Ruiz, Baroja... Inman Fox afirma que la generalización del sustantivo intelec tual en España no puede vincularse al proceso de Montjuich pues este acontecimiento no tuvo la misma repercusión que el francés. Sin embargo, el hecho es que en algunos periódicos de orientación socialista -Germinal, Vida Nueva— se suscitó una viva polémica y numerosos escritores españoles mostraron públicamente su repulsa ante el extendido y desproporcionado castigo. Si la generalización del sustantivo intelectual no puede aún vincularse a este proceso, sí puede afirmarse que el concepto está ya implícito en esa actitud con testataria y reivindicativa de los escritores. Hacia finales de 1898, el término se ha generalizado y se usa con un sentido muy próximo al actual; es decir, el intelectual está definido por dos aspectos: su dis conformidad con la situación política y social y el intento de influir con su obra en la sociedad. El término en su uso como sustantivo siguió conviviendo con su empleo como adjetivo, lo que puede apreciarse bien en el siguiente texto de Antonio Zozaya, de 1902 Todas las revoluciones han sido provocadas por los obreros in telectuales [...] para imponer a las sociedades un nuevo estado de ideación de conciencia y vida, una concepción superior del Dere cho y moralidad, una nueva fase de evolución. 

Y no sólo han sido los intelectuales, como ahora se dice, agentes primeros en estos cambios, sino que forzosamente han de serlo en toda la evolución futura. 3. Antonio Zozaya, “Proletariado intelectual”, en Crónicas del año dos, Madrid, Ricardo Fe, 1903 , pág. 24. Por supuesto, no siempre el adjetivo intelectual iba asociado al sustantivo obrew, más bien dicho sintagma estaba bastante restrin gido al discurso socialista. Pero, en cualquier caso, este texto nos abre las puertas a un asunto de particular interés: la ubicación del intelectual en la sociedad como una clase específica, aquí puesta en paralelo con otros obreros, los manuales. Javier Blasco4 ha analiza do el fenómeno del nacimiento del intelectual vinculado a las con mociones sociales que sufre la sociedad del fin de siglo: ante la toma de posiciones y creciente influencia de la burguesía en la vida públi ca y ante la conciencia de clase del proletariado unido en lucha por unas mismas reivindicaciones sociales, los trabajadores de determi nadas profesiones liberales se sienten desclasados y buscan su lugar y su razón de ser en esa sociedad cambiante. Antonio Zozaya atri buía al obrero intelectual el mérito de crear “un nuevo estado de ideación de conciencia y vida”. Al margen del éxito de la empresa, la función que el intelectual se autoasigna es la de ser la voz de la con ciencia de la sociedad; y su lugar es el de la independencia e impar cialidad que le otorga ese mismo desclasamiento social. Aunque los intelectuales pretenden influir en la sociedad con su obra, muy pocos se plantearon pasar a la acción directa por medio de su intervención en la vida política. Es posible que su conciencia de “élite” intelectual les hiciera ser conscientes de las pocas posibilida des reales de ser elegidos —¿por qué sector social iban a serlo?- o quizás su ética de clase les inducía a no poner en tela de juicio su imparcialidad, garante de su labor, puesto que participar en política supone evidentemente tomar partido. ¿Cómo llevaron, pues, a cabo su intento de influir en la socie dad? Una vez que se adquiere y se generaliza esta conciencia de poder y deber influir en la marcha de la sociedad, se apuesta por la divulgación de las propias ideas en la prensa periódica como medio más idóneo para alcanzar ese fin. El testimonio de Pío Baroja, en carta a Martínez Ruiz, resulta elocuente: ¿Por qué nosotros, gente joven, que aunque no valgamos nada, valemos más que estos señores [los parlamentarios], no hemos de 4. Art. cit. intervenir en estas cuestiones políticas? Inmediatamente la idea: hacer un periódico. Este sería una cosa similar a La Aurore [sic] de Clemenceau, una publicación que reunía sin dogma alguno a los socialistas, a los anarquistas y a los intelectuales independien 5 tes.

 La presencia del escritor en la prensa obedece a diversas circuns tancias y motivaciones. En principio, habría que distinguir las cola boraciones en periódicos o revistas de gran circulación y la partici pación en revistas creadas por grupos de jóvenes intelectuales. En el primer caso, la colaboración suele obedecer a motivos económicos o de prestigio profesional. Azorín colaboró en El País, a su llegada a Madrid, como medio de subsistencia. Unamuno difundió varios de sus ensayos en la muy respetable revista La España Moderna. Es obvio también que, a medida que el escritor se va ganando un lugar en el ambiente literario, se le abren las puertas de importantes publi caciones, en las que él ve también un medio de mayor alcance para difundir sus ideas. En el segundo caso, la creación de revistas propias, la implica ción personal es mucho mayor. Como deja entrever Baroja, la ilu sión y el empuje juvenil presiden tal empresa. Y, aunque la indepen dencia personal sigue siendo el ideal, suele partirse también de una comunión de intereses. En otro lugar6 he estudiado con cierto deta lle algunas de estas publicaciones periódicas juveniles que ofrecen, mejor que ningún otro medio, las actitudes más espontáneas, com prometidas e, incluso, combativas. Sirva ahora como ejemplo el caso de Electra, fundada en 1901, a la estela del escandaloso estreno del drama galdosiano. Parecen ser los responsables Manuel Machado, Valle-Inclán, Maeztu, Pío Baroja y Francisco Villaespesa. Aunque esta revista carece de manifiesto fundacional, en un artículo indivi dual, de R. Sánchez Díaz, se ofrece la idea que preside la empresa 5. La carta fue publicada por José Rico Verdú en Un Azorín desconocido, Instituto de Estudios Alicantinos, 1973. Cfr. Inman Fox, “El año de 1898 y el origen de los intelectuales”, art. cit., pág. 19, n. 9. 6. Literatura y periodismo en las revistas de Fin de siglo. Estudio e índices (1888-1907), Madrid, Júcar, 1991. Electro, que es un periódico batallador, informador, de juven tud de espíritu y de vigor material, debe esforzarse en romper a puñetazos la rutina que acogota al país. No debe dedicarse sólo a hacer literatura sincera, despreocupada y culta. Ese es un medio, desde luego, capaz de revolucionar hasta lo más hondo; un medio muy práctico, sin duda, de ir metiendo en el alma del pueblo las ideas nuevas que levantan el corazón de los demás pueblos [...] Pero Electro debe hacer su revolución en el trabajo.

 Nuestro pe riódico debe hacer esfuerzos colosales por dedicar secciones bien dirigidas encaminadas a hablar de industrias, de agricultura, de mi nas... No, es claro, como tratan esas revistas dedicadas exclusiva mente a esos asuntos. Sino de otra manera más hermosa, más levantadora, más sugestiva, a fin de que en nuestros industriales, de que en nuestros trabajadores surja el afán al estudio, a lo moderno, al viaje, a la progresión, a la rabia por alcanzar el triunfo sobre tal otro industrial. Ahí vendrá bien la literatura: una literatura nueva. La poesía nueva de las fábricas, las estrofas grandes y estridentes. Además de constatarse el espíritu combativo de la revista, en esta cita queda de manifiesto el doble interés que guía a los jóvenes inte lectuales (estético e ideológico) y el valor similar de repercusión so cial que se concede a ambos. En Electra se publican comprometidos artículos sobre la situación de España y la necesariá modernización; preocupa muy especialmente la situación social del proletariado, asun to al que se dedica la sección “La cuestión obrera”; y los artículos y referencias anticlericales son constantes. No se sabe si por dificulta des económicas, por presiones externas o por disensiones entre los responsables, Electra sólo vivió durante nueve números. La misma mala suerte compartieron Juventud (11 números), Revista Ibérica (4 números) y otras muchas revistas, independientes e ilusionadas, pero poco realistas. La corta vida fue el precio que tuvieron que pagar por no someterse a las leyes del mercado. Para difundir sus ideas en el medio periodístico, los intelectuales del fin de siglo se valieron especialmente de tres géneros: el ensayo, el artículo de fondo y la crónica. 7. “Las industrias españolas”, Electro, 5 (1901), pág. 129. Aunque el ensayo no es propiamente un género periodístico, por su extensión, se publicaron muchos de ellos, a menudo seriados, en diferentes revistas. Unamuno, por ejemplo, eligió este medio para difundir sus más importantes ensayos. En La España Moderna po demos ver la evolución de su pensamiento, desde la confianza en la modernización y europeización de España, tesis de En torno al cas ticismo,8 hasta su desconfianza en la regeneración y su giro espiri tualista en “La vida es sueño. 

Reflexiones sobre la regeneración de España”.9 En este medio publicó más de veinte ensayos sobre temas muy variados: cuestiones lingüísticas, crítica general del teatro, la educación, defectos de los españoles, etc. Género muy adecuado al medio periodístico es el artículo de fon do, lo que hoy llamaríamos artículo de opinión. En principio, suele combinar la función informativa y la formativa, pues se trata de un comentario —personal, pero con planteamiento objetivo- sobre un tema de actualidad. Aparte de la noticia en sí, se pueden aportar datos que servirán de apoyo argumentativo a las tesis planteadas. Artículos de fondo publicaron casi todos los jóvenes intelectuales a principios de siglo. A través de ellos tomaron posiciones respecto a asuntos polémicos en el mo mento, tales como la oposición gente vieja/gente joven, la educa ción, el llamado “desastre”, cuestiones sociales como la vida en las minas o en las cárceles, etc. Pero el género periodístico más peculiar de la época es la cróni ca. Se trata de un artículo breve, sobre aspectos concretos de la rea lidad más actual, abordados desde un punto de vista subjetivo, con agudeza de observación y, en general, con una técnica impresionista.10 A principios de siglo, la extensión y el vigor de este género llamaron 8. La España Moderna, 74 (1895), págs. 17-40; 75, págs. 57-82; 76, págs. 27- 58; 77, págs. 29-52; y 78, págs. 29-45. 9. La España Moderna, 119 (1898), págs. 69-78. 10. Son interesantes en la aproximación a este género los estudios de Angel Rama, “Los poetas modernistas en el mercado económico”, en Rubén Darío y el Modernismo, Caracas-Barcelona, Alfadil, 1985; y de Oksana María Sirko, “La crónica modernista en sus inicios: José Martí y Manuel Gutiérrez Nájera”, en Estudios críticos sobre la prosa modernista hispanoamericana (ed. de José Olivio Jiménez), Nueva York, Eliseo Torres, 1975 págs. 57 y ss. poderosamente la atención. Uno de los críticos más respetados, Eduar do Gómez de Baquero, dedica un artículo a desvelar, a partir de la reseña de un libro de crónicas de Manuel Ugarte, los entresijos de este género.

11 Insisto en que lo hace a partir de la reseña de una obra concreta porque la crónica está marcada por esa tendencia a aprove char el acontecimiento que se comenta para hacer abstracciones, evo car paisajes (objetivos o anímicos) o simplemente dejar volar libre mente la mente o la imaginación del autor. Gómez de Baquero, des pués de analizar el sentido histórico originario de la crónica y su nuevo sentido en el Fin de siglo, da algunas claves que explican su éxito. A modo de definición, dice que la crónica “es el arte de la conversación aplicado a la comunicación con mil lectores por me diación de una hoja impresa” (pág. 272). Esta capacidad comunicativa, a pesar del subjetivismo que impone el interlocutor único, es la gran virtud del género. Y después continúa, relacionando el género con el “intelectual” de la época y añadiendo algunos mati ces interesantes: El arte de la crónica ha sido en Francia heredero del arte de la conversación, y el chroniqueur sucesor del cortesano del siglo XVIII, cuyos humos aristocráticos han sido reemplazados en el cronista por otro género de vanidad, la del intelectual que se figura que el mundo y los hombres han sido hechos para que él se recree o de algún modo se emocione con su contemplación; y que los su cesos ocurren para que él los [sic] saque punta, propenso siempre, consciente o inconscientemente, a épater le bourgeois, a dejar al vulgo con tamaña boca abierta ante su penetración y la agilidad de su entendimiento. Pero la crónica va encontrando ya estrecho este círculo de amena frivolidad y aspira a más que seguir haciendo juegos malabares con palabras e ideas. El sentido realista que informa toda la vida moderna va penetrando en ella y de ahí esa transfor mación a que antes se aludía y que la va trocando en diaria lección de cosas, comentario ingenioso pero instructivo del suceso del día, 11. “La evolución de la crónica”, en Letras e ideas, Barcelona, Imprenta de Henrich, 1905. enseñanza cotidiana de casos prácticos, forma en la cual es la clase de escritos que mejor se acomoda a la índole de las propagandas de la Prensa. Las consideraciones generales y teóricas suelen ser en los periódicos sermón perdido [...] Lo que al público le llega es lo que inmediatamente se relaciona con algún caso concreto, lo que extrae del suceso trágico o cómico que ha impresionado a las gentes aquel día, la filosofía o la enseñanza que es dable sacar o que al cronista se le ocurre (págs. 273-274). Resulta interesante la asociación de la crónica a la labor del inte lectual, así como la referencia a su actitud de superioridad y a la intención provocadora —épater le bourgeois- que le anima. Gómez de Baquero considera la crónica como un comentario en que se aú nan lo ingenioso y lo instructivo, aspecto éste último que él estima acorde con la función propagandista propia de la prensa. 

Por último, la popularidad de este género -frente al artículo de fondo- reside en su relación con la actualidad y en las asociaciones y conclusiones que el cronista es capaz de sacar. Escribieron crónicas casi todos los intelectuales del fin de siglo: Manuel y Antonio Machado se iniciaron en la prensa, en 1894, con unas crónicas sátiricas publicadas en el periódico La Caricatura.12 Crónicas pueden considerarse también los relatos de las visitas de Azorín a importantes escritores del momento,13 en las que prima la recreación impresionista del ambiente y de la personalidad. Y cróni cas literarias son las enviadas desde París por Enrique Gómez Carri llo, que permitieron a los escritores españoles conocer el ambiente intelectual de la entonces capital del mundo artístico.14 12. Los artículos están frmados con los seudónimos “Polilla”, “Cabellera” y “Tablado de Ricamonte”. 13. Véase, por ejemplo, “Polanco. En casa de Pereda”, ABC, 10 y 11 de agosto de 1905; y “Charivari en casa de Unamuno”, La Campaña, París, 26 de febrero de 1898, recogido por R. Gullón, El modernismo visto por los modernistas, págs. 57-69 14. Estas crónicas, de tema literario, fueron publicadas en revistas como Madrid Cómico, Vida Nueva, La Vida Galante, Revista Nueva... Aunque referido a otro tipo de crónicas, véase de Javier Blasco “La imaginación modernista en las crónicas de Gómez Carrillo”, en El Modernismo, Universidad de Valladolid, 1990, págs. 13-30. Una vez vistos los medios y los géneros que los intelectuales del Modernismo consideraron más adecuados para la difusión de sus ideas, conviene abordar ahora el fondo de la cuestión: ¿En que tér minos se formula la antedicha disconformidad de los intelectuales con la situación social y política? ¿En qué consiste su intento de influir en la sociedad y por medio de qué propuestas concretas? La actitud crítica de los intelectuales respecto al orden estableci do tuvo también diversos grados. Hay textos muy duros de los jóve nes escritores respecto a la situación heredada de sus mayores, tanto en el terreno social como en el literario. Un texto emblemático de la rebeldía de la joven generación respecto a la tradición precedente es el célebre artículo de Martínez Ruiz “Somos iconoclastas”, en que arremete no sólo contra la generación anterior sino contra nuestros más ilustres ingenios (Cervantes, Lope, Calderón...) 

Hay mucha in tención de épater le bourgeois en este texto, pero una afirmación revela el fondo que late en estos reproches Pero el curso del tiempo es fatal e inexorable. La vida se en gendra de la muerte; no podría haber formas nuevas si las antiguas no perecieran. Y después, debemos pensar que toda labor de críti ca, aun injusta, es preparatoria de nuevos estados que sin la crítica . . , no existirían. 15 En cuanto a la situación político-social, son muchos los testimo nios que se podrían aducir, contra al incompetencia de los políticos (ya hemos visto, por ejemplo el de Baroja cuando propone hacer un periódico) y su responsabilidad en la injusticia social. Pero creo más elocuente resaltar algunos respecto a la actitud más general ante la cuestión del desastre. Frente al protagonismo que se quiso dar al desastre como detonante del espíritu del 98, vemos que, más allá de la nostalgia por el Imperio y la grandeza perdida, prevalecen dos actitudes mucho más modernas: por una parte, la comprensión ante la legítima reivindicación de independencia de los “hermanos” ame ricanos, como reconocía Unamuno; por otra parte, la idea de que lo 15. Alma española, 10 (17 de enero de 1904), págs. 15-16. que se defendía no era el interés de la mayoría sino sólo de sectores minoritarios; en palabras de Maeztu, se trataba de los intereses de los políticos, las órdenes religiosas y los explotadores españoles.16 Como cierre a este apartado, un testimonio de Eduardo Marquina referido a la cuestión del “desastre”, resulta especialmente elocuente respecto a la desvinculación de los jóvenes intelectuales de la socie dad heredada, su espíritu crítico y la modernidad de su actitud ...Tal vez porque no quisimos morir con lo que moría, nos han tachado de hombres muertos, de generación inútil, decadente, sin fe, sin Patria ni amor patrio [...] ¿Qué teníamos que ver nosotros con lo que moría? ¿Qué gran idea española murió en la catástrofe? [...] No diremos que nos regocijara la pérdida de nuestras colonias, porque no es verdad. Pero en lo que tuvo aquello de liquidación, de fracaso político, de balance de uná vida, lo reconocimos fatal mente justiciero y estoicamente lo aprobamos». 

Los jóvenes intelectuales se sintieron desvinculados de la socie dad heredada y de la clase concreta de la que procedían. Criticaron casi todo: la vida política, la hipócrita moral burguesa, la enseñanza, la influencia de la Iglesia en la sociedad española, etc. Y, en ocasio nes, se atrevieron a dar el salto de lo concreto a lo abstracto y, así, vemos a Pío Baroja criticando la democracia, que supedita el indivi duo al Estado y le hace buscar el progreso material en vez del per feccionamiento personal de su ser moral;18 o menospreciando el matrimonio, considerado una unión imperfecta frente al amor libre;19 y vemos a Azorín criticando la educación como coartante, alienadora y uniformadora20 y proclamando el fin de la propia religión: un artí 16. “La obra de los muertos”, Alma Española, 11 (1904), págs. 13-14. 17. “La España futura”, Nuestro Tiempo, 79 (1906), págs. 5-12. 18. “Contra la democracia”, Revista Nueva, 7 (1899), págs. 325-329. 19. “Este [el divorcio] podrá preparar con el tiempo la unión libre, la forma más perfecta, más acabada de unión sexual, la más favorable para la selección de la especie y para el bienestar del individuo”, en “Adulterio y divorcio”, Alma Española, 10 (1903), pág. 2. 20. “Principiemos por destruir Universidades y Academias, círculos instruc tivos y escuelas integrales. La pedagogía es el mal. La pedagogía mata la voluntad, culo de Electra, titulado “La religión”,21 se abre con la lapidaria fra se de «el cristianismo ha muerto». Martínez Ruiz propone como sus tituto -en coincidencia con Nietzsche- la «religión de la vida»; es decir, la exaltación de la vida, el trabajo, el bienestar y el placer. Como ya he dicho, en el fondo de estas declaraciones late la inten ción de épater le bourgeois, pero no conviene subestimar la función que desempeñaron de agitar las conciencias y de crear un ámbito para la polémica y la pluralidad, algo a lo que no estaban demasiado acostumbrados.

 ¿Y, tras la crítica, cuáles fueron las propuestas y soluciones para luchar contra los males del país? De entrada, hay que decir que mu chos intelectuales no traspasaron el umbral de la mera crítica: Baroja, por ejemplo, no llega a hacer ninguna propuesta positiva y, cuando otros las hacen, sigue protestando contra ellas y lo vemos horrorizar se ante “la nueva España” de Maeztu ... el día en que esa nueva España venga a implantarse en nuestro territorio con sus máquinas odiosas, sus chimeneas, sus montones de carbón, sus canales de riego; el día en que nuestros pueblos tengan sus calles tiradas a cordel, ese día emigro, no a In glaterra, ni a Francia..., a Marruecos o a otro sitio donde no hayan llegado esos perfeccionamientos de la civilización." La postura más general se concretó en una reflexión sobre las causas de los males de España. Siguiendo el concepto de Volksgeist de Herder, se prestó especial atención a analizar los rasgos idiosincrásicos del alma nacional, para poder adecuar las soluciones a las peculiaridades de nuestro carácter. En Alma Española, se abrió una sección dedicada a la profundización en las almas regionales, a cargo cada uno de los capítulos de importantes personalidades: Joan Maragall se ocupa del “Alma catalana” (n° 12); Miguel de Unamuno coarta la iniciativa, arranca de la personalidad humana, la audacia y el vigor, la vivacidad y el sentimiento”, “La pedagogía”, Electra, 8 (1901), pág. 228. 21. Electra, 9 (1901), págs. 257-258. 22. “Libros y folletos: Hacia otra España, por Ramiro de Maeztu”, Revista Nueva, 1,4 (1899), págs. 191-192. del “Alma vasca” (n° 10); o Vicente Blasco Ibáñez, del “Alma valen ciana” (n° 11), etc. Esta misma intención de analizar y adecuar las soluciones a la idiosincrasia española es la que guía a Ganivet en su Idearium español y en las cartas que se cruzó con Unamuno en El defensor de Granada-, y ocupa una importante parte de Hacia otra España, de Maeztu, y de En tomo al casticismo, de Unamuno, obras todas ellas difundidas primero en la prensa. La realidad es que en la práctica esta actitud bastante generalizada no traspasa los límites del más puro idealismo y no se tradujo en acciones concretas.

 Otros escritores pusieron primero su confianza en el progreso material, pero, en la estela de los prerrafaelistas,23 pronto vieron los peligros que el industrialismo acarreaba, principalmente dos: la agu dización del problema social con un incremento del proletariado y un empeoramiento de sus condiciones laborales; y el efecto alienan te de la cadena de producción. En este sentido, resulta clarificadora una serie de artículos de Juan José Morato publicados en Revista Nueva.2* Aunque guiado por motivos personales, una evolución similar observamos en Unamuno. De su activismo socialista, pasa a una ac titud crítica-idealista y, finalmente, a una postura espiritualista. Unamuno colaboró en 1894 con numerosos artículos en el periódico bilbaíno La lucha de clases, si bien desde el principio se observa su disconformidad con el dogmatismo marxista respecto a los princi pios de ateísmo y materialismo y con el planteamiento de la lucha de clases. Él concibe el socialismo como algo integrador y como un renacimiento cuasi religioso. En 1895, Unamuno escribe los cinco ensayos que constituyen En torno al casticismo; aunque se muestra partidario del progreso y de la europeización de España, el hecho es que su reflexión no traspasa los límites del puro idealismo: en busca de la verdadera noción de casticismo y de tradición, analiza algunos rasgos del carácter español y elabora el concepto de intrahistoria, en 23. Véase R. Argullol, El Héroe y el Único, Madrid, Taurus, 1984. 24. «El problema social», Revista Nueva 1, 18 (1899), págs. 846-848; II, Ia serie, 19, págs. 25-27; II, 1* serie, 20, págs. 61-63; II, Io serie, 21, págs. 116-118; II, Ia serie, 22, págs. 162-164; y II, 2* serie, 24, págs. 30-32. Me he ocupado de este tema en La pluma ante el espejo, Universidad de Salamanca, 1999, págs. 79-82. la estela de Herder. Este vago deseo de progreso se difumina aún más después de la crisis espiritual sufrida en 1897. En una entrevista que le hace Martínez Ruiz en 1898, se plantea Unamuno: “¿Para qué luchar por la emancipación de los hombres que al morir vuelven a la nada?”.25 Y en otro lugar, ese mismo año, afirma: “¡Maldito lo que se gana con un progreso que nos obliga a emborrachamos con el negocio, el trabajo y la ciencia, para no oír la voz de la sabiduría eterna, que repite el vanitas vanitatuml”.26 Para Unamuno, a partir de su crisis personal, el progreso sólo tiene sentido si, “aliviándonos de las necesidades temporales, nos descubre las eternas”.27 Lo que pretenderá Unamuno desde ese momento es influir en el individuo, más que en la sociedad, creándole estados de conciencia. 

Aun en el caso de los intelectuales más activos y entusiastas, como Maeztu, su postura no pasa de una declaración de propósitos. Los treinta y siete artículos -publicados primero en la prensa- que conforman Hacia otra España se centran fundamentalmente en tres grandes temas: un grupo - “Páginas sueltas”- desarrolla el asunto ya comentado de la profundización en las causas del retraso de España, asociadas a ciertos defectos del carácter español. Otra parte, “De las guerras”, critica la política relacionada con las guerras coloniales. Ya antes he citado un artículo posterior en el que Maeztu asocia la guerra al interés de los políticos, las órdenes religiosas y los explota dores españoles. En el artículo titulado “27.500” arremete contra el gobierno que enviaba a la guerra a jóvenes de las clases bajas y libra ba a los de las clases altas, cuyos intereses se defendían. En la tercera parte, “Hacia otra España” es en la que aborda las propuestas con cretas: al margen de la rastrera labor de los políticos, todos los secto res de la sociedad -industriales, obreros, labradores...- deben impli carse en la modernización del país (proceso de industrialización), siguiendo el ejemplo de Europa. Es obvio que la propuesta tiene poco de concreto y mucho de ideal, pero, además, Maeztu se mues tra contradictorio ideológicamente: defiende la lucha de clases, pero 25. «Charivari en casa de Unamuno», art. cit. 26. “La vida es sueño. Reflexiones sobre la regeneración de España”, La España Moderna, 119 (1898), pág. 71. 27. bid., pág.74. en el seno de la sociedad capitalista; valora el dinero como legítimo motor individual, que traerá el progreso colectivo; y confía en una minoría de intelectuales, que rija los destinos de la colectividad. Como puede apreciarse, su socialismo resulta más bien heterodoxo. Así pues, los escritores del Modernismo ampliaron su función en la sociedad asumiéndose como intelectuales. Una nueva responsabi lidad va a moverles: la de ser la conciencia de la sociedad, por medio de una dimensión crítica y otra constructiva. Pero sus propuestas quedaron en el terreno de lo ideal y su influencia real fue, por ello, muy limitada. La siguiente generación, la del 14, supo ver muy bien la incapacidad de sus antecesores para la acción y les reprochó su falta de rigor y de sistematismo. Pero tampoco ellos lograron en puridad cumplir la función del intelectual. Aunque con un plantea miento mucho más riguroso, les traicionó su elitismo de fondo, que les distanciaba del pueblo, y su compromiso político en los años de la República, que contravenía uno de los principios del intelectual: la imparcialidad e independencia ideológica.

 No puedo hacer ahora ni siquiera un mínimo repaso histórico de las vicisitudes de los inte lectuales a lo largo del siglo XX. Es obvio que tras la guerra civil, cualquier voz que sonara a crítica o disidencia estaba acallada y re primida. Será en los años de la transición política cuando las voces de los nuevos intelectuales se dejen oir de nuevo, y cuando reaparez can en la prensa nuevos «manifiestos de intelectuales» cargados de firmas diversas. Pero también ha pasado el entusiasmo de los albo res de la democracia y hoy España, al fin a un mismo nivel que Oc cidente, vive un clima de disociación, relativismo y de negatividad axiomática, que se ha dado en llamar postmodemidad. Los intelectuales del Modernismo sentaron las bases de una nue va figura y una nueva función de su escritura dentro de la sociedad. Un siglo después, los herederos de aquellos intelectuales, se plan tean la legitimidad de esa figura y de su misión en la sociedad. La variedad de posturas al respecto es signo del escepticismo, de la “duda razonable” que alcanza a todo, de la indeterminación ideológica que define la postmodernidad. Uno de los todavía firmes defensores del papel que debe repre sentar el intelectual en la sociedad actual es Femando Savater. Para él, el intelectual es “una combinación de portavoz y librepensador”. Mientras que la responsabilidad del escritor es sólo literaria, la del intelectual es también ética, “porque valora, toma partido o, al me nos, trata de contribuir a la aclaración de los acontecimientos de los que es testigo”.28 Pero Savater es, a la vez, muy consciente de los peligros que acechan al intelectual en el mundo actual Habrán notado ustedes que quienes con más amargura lamen tan el sempiterno “silencio de los intelectuales” lo que echan de menos es su protesta o su indignación, no sus raciocinios. Al con trario: si el llamado intelectual demora su toma de partido con análisis responsablemente minuciosos de la situación que le apre mia, será rechazado por tibio o por liante. Triste consecuencia de ello es que suele ser más gratificante y mejor considerado firmar un manifiesto que sopesar con cierto detenimiento cara al público la encrucijada de valoraciones en que nos movemos. 

De modo que el intelectual, que podría ser hasta profesor de ética en ciertos ca sos, guarda la primorosa sutileza de su mente bien guarnecida para los comentarios de texto eruditos que publica en medios especiali zados y se decanta por el silencio o por el exabrupto cuando se manifiesta ante profanos sobre cuestiones complejas de interés ge neral. Buena manera de mantenerse altivamente respetable, pero mala de ayudar a los conciudadanos a entender los riesgos y méri tos de las opciones sociales que se les ofrecen." Savater lamenta que la verdadera función del intelectual -ayudar a sus conciudadanos a reflexionar y a valorar las opciones que la sociedad Ies ofrece, por medio del raciocinio compartido-, ha que dado eclipsada ante el protagonismo adquirido por manifiestos y algaradas críticas. El “agitador de conciencias” parece haber dege nerado en un actor vocinglero de un espectáculo de masas: al públi co le interesa la indignación y el escándalo, no el análisis minucioso de hechos y propuestas. Pero precisamente en un tiempo marcado 28. “El intelectual y el escritor”, en Pensamientos arriesgados, Madrid, La Esfera de los Libros, 2002. 29. “Vuelve la predestinación”, El País. por la ausencia de valores absolutos, se hace más necesaria la labor del intelectual, que, desde su imparcialidad pero también desde su compromiso ético, haga ver desde perspectivas diversas y oriente hacia tomas de postura responsables. Pero no todos los escritores se muestran tan seguros respecto a la necesidad de los intelectuales y a su función en la sociedad. Buena muestra del cuestionamiento de principios, sintomático de la postmodernidad, es un artículo de Valentín Puig,30 en el que afirma Nadie le pide a un poeta más o menos neobarroco, kafkiano o a un novelista del mito que estén al tanto de los pros y contras de la unión monetaria europea, por la misma razón que, si se mani fiestan al respecto, su opinión tendrá el mismo valor que la de un farmacéutico, un modista o una conductora de tren de alta veloci dad [...]

 De cualquier modo, el alto vuelo de la literatura no garan tiza una opinión valiosa del poeta en cuestión de políticas energé ticas para España. No le falta razón a Puig en los dos aspectos que resalta: la com petencia literaria de un escritor no garantiza el valor de sus ideas y, en la democracia en la que estamos instalados, la materialización de su opción, es decir, su voto valdría un solo voto, exactamente igual que el de cualquiera de sus conciudadanos. Pero, a pesar de este punto de partida tan certero, Puig no llega a negar la posible función del intelectual, sino que lo que critica es el modelo que hemos here dado: el intelectual disidente político que sólo sabe criticar el poder establecido. Él mismo, con gran perspicacia, da su versión del ori gen histórico de esta reducción A la pregunta de para qué sirven los intelectuales, la costum bre es decir, hoy por hoy, que son quienes deben contribuir a que la sociedad aprenda a instalarse en la complejidad [...] En términos políticos, la herencia de los años sesenta -disolvente en más de un aspecto- propagó para las décadas futuras la noción de que el inte 30. “Los intelectuales”, El País, 9 de diciémbre de 1996. lectual, de forma sistemática, tenía la obligación absoluta de criticar el poder. Lo que entonces no se nos decía era cuál debería ser la ac titud en el caso de que el poder -ejercitado en la plenitud legítima del Estado de derecho- hiciera algo bien, aunque sólo fuese por ca sualidad. Nunca mejor dicho: el poder tenía mala prensa. Todo po der era abuso, incluso encamación del mal. Es comprensible, pero no justificable: se apartaban a marchas forzadas del poder porque nadie había contribuido tanto como los intelectuales -más que los políticos- a legitimar el sistema soviético y el nazismo. Lo que plantea Puig aquí es que son igualmente negativas en la concepción del intelectual su responsabilidad histórica en la legiti mación de regímenes totalitarios y la consecuente actitud de guerra sin cuartel al poder establecido. Casi de pasada, ha dado una pista, sin asumirla como propia, sobre la función del intelectual en la ac tualidad: “contribuir a que la sociedad aprenda a instalarse en la com plejidad”. Se trataría de la función que le asigna la llamada postmodernidad: no guiar en una sola dirección, sino hacer ver y respetar la pluralidad; la complejidad de un mundo, el occidental, que siente tambalearse sus cimientos civilizadores y culturales. El final del artículo es clarificador y parece explicitar la verdadera pos tura del autor: No creo que abogar por una cierta fumigación gestual de la bohemia literaria suene a genocidio, ni que pedir intelectuales li bres dispuestos a pensar el mundo se asemeje a un atentado contra la integridad de la literatura.

 Al fin y al cabo, la desaparición de los reyes filósofos y de los Estados ideales obliga a buscar nuevos territorios para la acción intelectual. A lo mejor tenemos la suerte de que Internet acabe con la bohemia y que los nuevos intelectua les acudan a la fascinación de la complejidad. En el fondo, Puig no reniega de la figura del intelectual, sino que simplemente reivindica una nueva actitud, más acorde con los tiem pos: el intelectual de la postmodemidad debe tener una actitud más democrática (lejos del concepto de aristocracia intelectual del Mo demismo o del de élite intelectual del 14); menos dogmática (lejos de los intelectuales de los sistemas totalitarios); "compleja” e, inclu so, autocrítica (el cuestionamiento absoluto, de lo otro, pero también de las propias opiniones, es absolutamente novedoso). Como en el Modernismo, hay tres géneros adecuados para que el intelectual haga públicas sus ideas: el ensayo, el artículo de opinión y la columna. El ensayo rara vez se trasmite a través de la prensa, en todo caso en suplementos o en revistas especializadas. El libro sigue siendo su principal cauce; el que emplea, por ejemplo, Fernando Savater, aunque también se prodiga en artículos de opinión. Este segundo género, es obviamente un cauce muy adecuado para que el intelectual manifieste sus opiniones, aunque a veces está fuertemen te ideologizado (el medio en que se publique ya marca una cierta orientación política). Pero el género más representativo del intelec tual de la postmodemidad es, sin duda, la columna, género heredero de la crónica modernista, a medio camino entre la literatura y el pe riodismo. Por razones de espacio me voy a limitar a comentar tan sólo una columna de Juan José Millás, pero en ella podemos ver, por una parte, las características de este género y, por otra, algunos rasgos definidores de la postmodemidad. 

El título, “Dudas”,31 nos sitúa ya en la actitud de inseguridad y de cuestionamiento absoluto propios de la época en que vivimos. Como vamos a ver, este artículo posee la brevedad, acor de con la urgencia y prisa con la que vivimos; el humor y la ironía en el planteamiento; y la voluntad de estilo, características propias de este breve género. Además, parte de un acontecimiento de la actuali dad más reciente, aunque se prolonga hacia planteamientos generales (característica también muy frecuente del género) Poco antes de ser detenido, el asesino del tarot telefoneó al FBI para presentar sus credenciales, pero le colgaron el teléfono creyen do que “se trataba de un loco”. O sea, que buscaban a un cuerdo, a una persona normal, quizá a un funcionario, pese a que el hombre había anunciado que era Dios y que mataba por razones metafísicas. ¿Qué hay que decir para que crean que estás mal de la cabeza, una 31. El País, 1 de noviembre de 2002. vez desaparecidas las fronteras entre el lirio y el delirio, el tocino y la velocidad, la paga y la limosna, el gas de la risa y el de la muerte? Urge redefinir los límites. Aunque, si el modelo de cordura occiden tal es Putin, ¿quiénes son los locos? ¿Y cómo distinguir al que te secuestra del que te rescata? [...] ¿Acaso no produce más desastres hoy en día el orden que el desorden? [...] La crítica de una sociedad que parece haber perdido su norte es clara. Y clara es también la propuesta, aunque peque de inconcreción: “urge redefinir los límites”. El autor consigue trasmitir la sensación de confusión general que domina nuestra sociedad, confusión mani fiesta también en el juego de antítesis. La pregunta última resulta retórica porque lleva implícita la respuesta. Ante el caos y la indefi nición de nuestra sociedad, Juan José Millás se desmarca del espíritu de la postmodemidad con esa tímida propuesta de redefinir los lími tes. Parece querer decir que una cosa es la pluralidad y la tolerancia y otra la irracionalidad y la indiferencia. El texto continúa con una sarta de interrogaciones que no ocultan una crítica abierta Todo son dudas. 

¿Es lógico que su religión de usted me impida a mí beberme un vaso de vino? Más aún: cuando a un individuo le da miedo o asco estrechar la mano de las mujeres, ¿debe ser considera do paranoico, místico, perverso o diferente? Si un señor con barba no puede sentarse a mi mesa por escrúpulos gastronómicos, ¿por qué tengo yo que ver su jeta en el telediario ignorando a mi reina? ¿Es lógico, por otra parte, que a estas alturas tenga yo una Reina en vez de tener una república? [...] ¿Tiene algo que ver la quiebra con tinua de las academias de idiomas con el hecho de que no entenda mos nada? Aunque el final del párrafo parece insistir en la sensación de con fusión que nos rodea, resulta significativa la cantidad de referencias a la racionalidad, facultad especialmente ligada a la labor del inte lectual. El último párrafo fluctúa entre las referencias concretísimas a la situación de España y un salto -irónico- hacia los planteamien tos metafísicos eternos Si Arenas, que financia con dinero público a la Fundación Francisco Franco, telefoneara al FBI asegurando que él, Fraga y Aznar representan el futuro, ¿lo tomarían por un loco o por un ge nio? [...] Y una vez localizada la llamada, ¿avisarían a Jatamí, a López Ibor o a la CIA? Por último: ¿quién es toda esa gente tan rara que gobierna la realidad? ¿De dónde viene? ¿Adonde va? De manera fragmentaria, desenfadada y meramente insinuadora, Juan José Millás ha ido pasando revista a cuestiones concretas de la actualidad social y política: el asesino del Tarot; la liberación de los rehenes retenidos en un teatro por terroristas chechenos, mediante el uso indiscriminado de un gas tóxico; la negativa de Jatamí, el presi dente iraní, a dar la mano a la reina, por su condición femenina; la financiación pública de la Fundación Francisco Franco, y un largo etcétera. Pero es fácil abstraer de los acontecimientos concretos una crítica más general: una sociedad que genera monstruos como el ase sino del Tarot; la política totalitaria y fascistoide de Putin; la intoleran cia, el afán impositivo y el desprecio de los derechos humanos por parte del integrismo musulmán; la contradicción política de no rom per con el pasado y apropiarse de manera exclusivista del futuro... Es obvio que Millás deja al descubierto, para quien sepa leer en tre líneas, las lacras de una sociedad que, de puro tolerante, ha per mitido que se desdibujara su identidad. Por eso, como dice Millás, “urge redefinir los límites”. Resulta significativo que las dudas de Juan José Millás generen certezas en los lectores. Bajo la apariencia del espíritu disociador y nihilista de la postmodemidad, un intelec tual ha conseguido, una vez más, agitar nuestras conciencias.

domingo, 6 de septiembre de 2026

LAS NUEVE VIDAS DE SAFO LAURE DE CHANTAL

 


Introducción


Las olas

¿Cómo puede una mujer del siglo VII a. C. hablarnos hoy de feminismo? Esta es la historia, o más bien las historias, que narra este libro. El feminismo, o la búsqueda de una justicia entre individuos sea cual sea su sexo, suele compararse con una serie de olas sucesivas. La primera se atisbó en las costas de Inglaterra, en pleno siglo XIX, siglo particularmente misógino, cuando las sufragistas reivindicaron sus derechos civiles. La segunda se formó al otro lado del océano, en la costa americana, en los años 60 del siglo pasado, antes de que rompiera la libertad sexual sobre toda una generación, en Occidente. La tercera es un tsunami dirigido contra el conjunto de las discriminaciones, que muestra que las vejaciones que sufren las mujeres y su sistemático menosprecio solo son un aspecto de un problema mucho más amplio, la punta de un iceberg que horroriza a la dignidad humana. La cuarta levanta un muro, un «muro de la vergüenza», contra las diversas violencias, a menudo sutiles y engañosas, sufridas o temidas por las mujeres.

Esta metáfora de la ola —por bella y justa que sea— es tan exaltante como limitada, porque las olas no tardan en romper contra las rocas y hacen falta millones para desgastarlas. En cuanto pasa la tormenta, es «el mar, el mar siempre una y otra vez»,1* sin que cada ola pueda hacer más que una gota de agua contra el inmutable y triunfante orden establecido… a no ser que las olas sean mucho más antiguas y numerosas. Así pues, los pocos diques que han cedido desde el siglo XIX son el resultado de múltiples olas de fondo que pacientemente, desde tiempos antiguos, lo han erosionado todo. Ahora ya fragilizados, los mastodontes de la dominación masculina no tardarán en derrumbarse uno tras otro, como colosos con pies de barro.

 

En mi opinión, la ola inicial, antepasada y modelo al mismo tiempo de tantas otras, vino a abrazar la costa soleada de la isla de Lesbos en el siglo VII a. C., cuando Safo,2** una poetisa, tomó la palabra para decir «yo» y la escuchó todo el mundo. Safo no solo fue la primera mujer escritora, sino también la primera persona que escribió en su propio nombre, sin invocar la ayuda de las musas. La primera confesión humana es de una mujer; el primer autor, una autora; antes de ella, solo había historias que circulaban desde la noche de los tiempos, increadas. No había autor, solo intérpretes. Qué bofetón para quienes se han esforzado después por poner a las mujeres en un lugar secundario, por convertirlas en Evas nacidas «de» Adán y «después» de él, representantes del segundo sexo (por talentosas que fueran), siempre números 2, ¡como en el de la Seguridad Social!***3 Safo es la primera y, desde entonces, su nombre ha servido de modelo o de punto de apoyo para todas las pioneras, de cualquier época y en numerosos ámbitos, culturales desde luego, pero también políticos y sociales. No solo Christine de Pizan, Olympe de Gouges o Marguerite Yourcenar se han situado bajo la égida de Safo, sino también muchas mujeres y hombres que han trabajado por la libertad de las mujeres en particular y de la humanidad en general. Ha sido la portavoz de todas aquellas y aquellos que osaron no hacer las cosas como imponía la sociedad, con más o menos cortesía agresiva o coerción contenida.

Venerada por unos, exterminada por otros, la obra de Safo tiene una historia, fascinante y fabulosa, que narra y cristaliza el deseo de dominación de los unos y la voluntad de liberación de las otras. Reina de los banquetes, filosóficos o libertinos, es condenada por los padres de la Iglesia; bruja medieval, renace como ideal de la cultura en el Renacimiento, alienta a las primeras escritoras, se convierte en efigie política durante la Revolución… Cada época tiene su Safo, y la vemos morir y revivir donde menos lo esperamos, alternativamente heroína de novela, mujer fatal o icono LGTB.

Lo que tienen en común las distintas metamorfosis de Safo es que convierten a la poetisa en la primera figura feminista, la que todo el mundo debería conocer o reconocer. De esas vidas nuevas, este libro narra nueve. Pero sin duda habría muchas otras. Tal vez, quién sabe, una en cada uno de nosotros, pues la obra de Safo nos tiende un espejo mágico, en el cual vemos algo más lejos y algo mejor que por nosotros mismos: nos invita a considerar el feminismo ya no solo como un momento crucial de la historia contemporánea, sino también como una filosofía de la justicia y la equidad, compartida y accesible a todo el mundo, en la raíz del humanismo.

sábado, 5 de septiembre de 2026

DEMONOLOGÍA Y ARTE OSCURO El conocimiento oculto de los poderes infernales

 



INTRODUCCIÓN: 

DESVELAR LOS MISTERIOS INFERNALES La demonología en la historia, en el mito y en lo oculto La demonología, el estudio de los demonios y de su influencia en los acontecimientos humanos, tiene raíces profundas en la historia humana, en la mitología y en lo oculto. Desde las antiguas civilizaciones hasta las interpretaciones modernas, el concepto de entidades demoníacas se ha entrelazado en el tejido de varias culturas, reflejando la comprensión de la humanidad sobre el bien, el mal y lo sobrenatural. El atractivo de la demonología suele derivar de su asociación con el conocimiento prohibido, que fascina a las mentes de eruditos, practicantes y curiosos de los aspectos más oscuros de la existencia. **Perspectivas históricas sobre la demonología** Las primeras testimonios de creencias demoníacas pueden hacerse remontar a la antigua Mesopotamia, en particular entre los sumerios y los babilonios, donde se pensaba que los demonios encarnaban el caos y la mala suerte. Los textos de este periodo, como la 'Epopeya de Gilgamesh', representan varios espíritus que protegen o amenazan a la humanidad, estableciendo una comprensión dualista del cosmos. De la misma manera, las creencias del antiguo Egipto incluían un panteón de dioses y semidioses, algunos de los cuales llevaban rasgos asociados a entidades demoníacas. Los egipcios consideraban a estos seres como agentes del desorden, que podían ser aplacados mediante rituales y ofrendas. Con la evolución de las civilizaciones, también se han evolucionado los conceptos que rodean a los demonios. En las religiones abrahámicas, los demonios a menudo se representan como ángeles caídos, con Lucifer como jefe entre ellos. La transición del culto politeísta al monoteísmo vio un cambio en la forma en que estas entidades eran percibidas, ahora vistas como adversarias del orden y de la moral divina. La representación de los demonios en textos como la Biblia y el Corán destaca la lucha continua entre el bien y el mal, con los demonios que actúan como tentadores y destructores de la fe. **Bases mitológicas** En varias tradiciones mitológicas, los demonios se manifiestan como personificaciones de los miedos humanos, de los deseos y de los tabúes sociales. En religiones orientales, como el budismo y el hinduismo, los demonios (o "mara" en el budismo) representan obstáculos a la iluminación y al progreso espiritual. Estas narraciones a menudo sirven para lecciones morales, ilustrando la importancia del autocontrol y los peligros de sucumbir a las tentaciones. Las tradiciones paganas también presentaban un rico tapiz de demonios y espíritus, a menudo asociados con la naturaleza y la fertilidad, que reflejaban las complejidades de la existencia humana y del mundo natural. **Lo oculto y el encanto del conocimiento prohibido** Lo oculto, un término que comprende una serie de prácticas y creencias místicas, se entrelaza a menudo con la demonología. En la época medieval y renacentista, estudiosos y practicantes comenzaron a sistematizar el conocimiento de los demonios, llevando a la creación de grimorios, libros que contienen instrucciones para evocar y controlar estas entidades. El encanto del conocimiento prohibido es poderoso; promete poder, comprensión y una conexión con reinos invisibles. Sin embargo, esta búsqueda está llena de dilemas y riesgos éticos, ya que los límites entre conocimiento y condenación se confunden. El debate ético que rodea el estudio de la demonología plantea preguntas críticas: ¿debería estudiarse y practicarse o evitarse por completo? ¿tale conoscenza? Este discurso es esencial, ya que influye no solo en la experiencia del practicante individual, sino también en las percepciones sociales de lo oculto. El encanto de los demonios no es solo un reflejo de la curiosidad; A menudo refleja preguntas existenciales más profundas sobre la moralidad, la naturaleza del mal y la condición humana. En resumen, la demonología es un campo rico y complejo que abarca la historia, el mito y lo oculto. Ha evolucionado junto a la comprensión de lo sobrenatural por parte de la humanidad, sirviendo como lente a través de la cual explorar los aspectos más oscuros de la existencia. Mientras nos comprometemos con este conocimiento, es fundamental equilibrar la sed de comprensión con las implicaciones morales de profundizar en los misterios infernales que han fascinado a la humanidad durante milenios. El encanto del conocimiento prohibido El concepto de conocimiento prohibido ha fascinado a la humanidad a lo largo de la historia, entrelazándose en el tejido mismo de nuestras narrativas culturales, doctrinas religiosas e investigaciones filosóficas. En el contexto de la demonología y las artes oscuras, este encanto es particularmente poderoso, atrayendo a los individuos hacia los misterios de lo infernal y lo oculto. El deseo de comprender lo desconocido, de abrazar las verdades ocultas que se encuentran más allá del velo de la sabiduría convencional, a menudo guía a los individuos por senderos llenos de peligros y dilemas éticos. Dentro de ello, el encanto del conocimiento prohibido deriva de una profunda curiosidad humana, un deseo de explorar los límites de la existencia y de rasgar el velo de la realidad. Esta curiosidad ha sido un catalizador para avances significativos en diversos campos, desde la ciencia hasta la filosofía. Sin embargo, la búsqueda del conocimiento que la sociedad considera prohibido a menudo implica una serie de peligros. En el ámbito de la demonología, este conocimiento no se refiere solo a la comprensión de los demonios; Comprende la exploración del poder, del control y de la misma naturaleza del bien y del mal. El mito y la historia están llenos de relatos de individuos que han buscado conocimientos prohibidos, que a menudo han llevado a su caída. Refiérase a la figura bíblica de Adán y Eva, cuyo deseo de alcanzar la sabiduría a través del fruto prohibido condujo a su expulsión del paraíso. Esta narración arquetípica significa un tema más amplio: la búsqueda del conocimiento puede conducir a la iluminación, pero también puede llevar al sufrimiento y a la alienación. En la demonología, esta dualidad es particularmente pronunciada, ya que los practicantes recorren la línea entre la iluminación y la destrucción. El debate ético que rodea el estudio y la práctica de la demonología es una componente significativa de su encanto. Muchas personas se sienten atraídas por la idea de ejercer el poder, ya sea para obtener intuiciones, influencia o control sobre sus propias circunstancias. La promesa de aprovechar los poderes infernales a través de rituales y pactos con los demonios puede resultar atractiva, especialmente para quienes se sienten privados de derechos o impotentes en su vida. Este deseo puede manifestarse de varias maneras, desde deleitarse casualmente en prácticas ocultas hasta compromisos serios en las artes oscuras. Sin embargo, las posibles consecuencias de tales actividades son profundas y pueden llevar a altibajos psicológicos, ostracismo social o incluso desorden espiritual. Además, el concepto de conocimiento prohibido a menudo se romantiza en la literatura y la cultura popular, reforzando su atractivo. Los personajes que se adentran en las artes oscuras suelen ser retratados como héroes trágicos o villanos que poseen habilidades extraordinarias, pero sufren de las consecuencias de sus elecciones. Este marco narrativo ha creado un encanto con figuras como Fausto, que notoriedad intercambiaba su alma por el conocimiento y el poder, acentuando los riesgos intrínsecos asociados a tales investigaciones. La representación de los demonios tanto como adversarios temibles como como entidades incomprendidas añade capas a la narración, invitando a los individuos a explorar las complejidades de la moralidad, del poder y de la condición humana. La intersección entre curiosidad y peligro en la búsqueda de un conocimiento prohibido no es solo un aviso; Es una reflexión profunda de nuestro deseo de comprender lo desconocido. El estudio de la demonología representa una dimensión única de esta exploración, ofreciendo aportes sobre los aspectos más oscuros de la existencia humana y sobre la naturaleza del mal. Mientras la tentación de adentrarse en los misterios del inframundo es fuerte, es fundamental que los investigadores se acerquen a ese conocimiento con un sentido de responsabilidad y conciencia de las potenciales repercusiones. En definitiva, el encanto del conocimiento prohibido, particularmente en el rango de la demonología, invita a las personas a enfrentarse con sus miedos, deseos y límites morales. Sirve para recordar que el conocimiento es un arma de doble filo, capaz de iluminar al buscador, pero también capaz de llevarlo a su caída. Mientras las personas navegan en este terreno peligroso, las implicaciones éticas y las posibles consecuencias de sus investigaciones deben permanecer en primer plano en sus mentes, porque la búsqueda de la comprensión puede conducir a la iluminación con la misma facilidad con que puede conducir a la desesperación. El debate ético: estudiar, practicar o evitar? La exploración de la demonología, un intrincado tapiz tejido de historia, mito y ocultismo, provoca profundas consideraciones éticas. Cuando los individuos se adentran en los reinos esotéricos de los poderes infernales, se encuentran con un debate crucial: ¿debería estudiarse, practicarse o evitarse por completo involucrarse en estas artes oscuras? Esta investigación nos empuja a reflexionar sobre las implicaciones de nuestras elecciones, no solo para nosotros mismos sino también para la sociedad en general. Los defensores del estudio de la demonología sostienen que el conocimiento es poder. Al comprender los contextos históricos y culturales de los demonios, los individuos pueden desmitificar los miedos que los rodean. Este enfoque académico puede favorecer el pensamiento crítico, permitiendo a estudiantes y estudiosos analizar las narrativas y los símbolos que modelan la comprensión humana de lo sobrenatural. Además, el estudio de la demonología puede revelar ideas sobre la psicología humana, los miedos sociales y los dilemas morales, ofreciendo una lente a través de la cual examinar nuestras creencias y miedos. Además, los defensores sugieren que la comprensión de los mecanismos de la demonología —sus rituales, símbolos y el contexto histórico— puede servir como una medida protectora. El conocimiento de lo oculto puede permitir a los individuos navegar y contrarrestar los posibles peligros de las fuerzas malévolas. El estudio de la demonología, en este sentido, no es simplemente una investigación académica, sino un medio para cultivar la conciencia y el discernimiento en un mundo donde lo invisible a menudo guía el comportamiento humano. Por otro lado, algunas personas sienten la llamada a practicar las artes de la demonología, considerándolas como un camino hacia el empoderamiento personal y el crecimiento espiritual. Los practicantes a menudo creemos que la interacción con estas fuerzas pueda producir experiencias transformadoras, proporcionando intuiciones sobre uno mismo y sobre el universo. Los rituales y los pactos asociados a la demonología se ven no solo como simples actos de evocación, sino como oportunidades para la liberación personal y la exploración del subconsciente. Sin embargo, esta práctica está llena de implicaciones éticas. Interactuar con entidades demoníacas plantea preguntas sobre las intenciones detrás de tales acciones. ¿El objetivo es el beneficio personal, la venganza o una verdadera búsqueda de comprensión? Las motivaciones detrás de la práctica de la demonología pueden llevar a consecuencias no deseadas, entre ellas malestar psicológico o daños a uno mismo y a otros. En cuanto a ello, la responsabilidad ética del profesional es fundamental, y requiere una profunda reflexión sobre el impacto que sus acciones pueden tener en su vida y en la de quienes lo rodean. Al contrario, muchos sostienen la eliminación total de la demonología y de las artes oscuras. Esta perspectiva suele estar enraizada en creencias religiosas y morales que ven la búsqueda de tal conocimiento como un camino hacia la corrupción espiritual. El miedo a la influencia demoníaca, a la posesión o a las consecuencias de pactar con entidades infernales puede disuadir a las personas de explorar estos ámbitos. Las narrativas históricas que rodean los peligros de la brujería, de la hechicería y del compromiso demoníaco funcionan como relatos admonitorios que enfatizan el potencial de daño psicológico y físico. Además, las implicaciones éticas del “entusiasmarse” con la demonología se extienden a las preocupaciones sociales. La glorificación o la banalización de las artes oscuras en la cultura popular puede llevar a una desensibilización frente a problemas de salud muy reales. mental, de traumas y de las repercusiones de la interacción con las fuerzas oscuras. Aquellos que apoyan la evitación subrayan la importancia de mantener los límites y la responsabilidad ética de garantizar que su exploración no contribuya a dañar a la sociedad o a perpetuar estereotipos dañinos. El debate ético que rodea el estudio, la práctica o la evitación de la demonología es complejo y multifacético. Subraya la necesidad de una autorreflexión crítica y una comprensión matizada de las implicaciones del compromiso con lo desconocido. Ya sea que elijas estudiar, practicar o mantenerte alejado de estas artes oscuras, las consideraciones éticas son vitales para navegar el delicado equilibrio entre conocimiento y poder, exploración y responsabilidad. En definitiva, la investigación para entender los misterios infernales debe abordarse con precaución, respeto y compromiso con la integridad ética.

viernes, 4 de septiembre de 2026

La pasión suspendida Entrevistas con Leopoldina Pallotta delia Torre Traducción de César Aira Prólogo de Silvio Mattoni



PRÓLOGO

 Durante cierta época reciente, se tendió a pen sar que la vida de un escritor, sus datos, sus acon tecimientos, no eran tan relevantes para el cono cimiento de su obra. Sin embargo, el fetichismo hacia las figuras de los autores siguió funcionando como si las sentencias decimonónicas acerca de la unidad entre el estilo y la personalidad, la interde pendencia entre vida y obra aún resonaran en el espíritu del público, por llamarlo de alguna mane ra. Por otro lado, a lo largo de todo el siglo XX, las menores infidencias de la vida de un escritor pasaban de inmediato a formar parte del contorno de su obra, como un halo que le daba cierta pro fundidad vital y que permitía la identificación de los lectores. Que el material de la obra se obtenga, 9 Marguerite Duras pues, de un reservorio autobiográfico, o al menos de un imaginario personal ligado a lugares y a momentos vividos, no resulta novedoso en abso luto. No obstante, a partir de esa hipotética rela ción entre los materiales de una vida y su elabo ración formal en la literatura, se abre un abanico de posibilidades casi infinitas. Todo se transforma y se desfigura entre la vida y la obra. Ahora bien, ¿es posible trasponer, sin más, ciertos elementos, recuerdos y hechos de una vida a lo que se escri be? La respuesta negativa supone que todo com ponente de la vida, donde tampoco habría unida des de ningún tipo, se transfigura por necesidad, adquiere precisamente un significado, el aspecto de mía unidad en su forma de libro. Marguerite Duras nació en 1914 en una aldea cerca de Saigón, en la Indochina francesa, actual Vietnam. Este simple comienzo de su biografía no dejará de incidir en casi todo lo que luego habrá de escribir y de filmar. Hasta los 18 años, vive en ese territorio colonial de donde extraería el entor no de varias novelas y el escenario de algunas películas. También se ha especulado abundante mente acerca de la veracidad de ciertos episodios de iniciación sexual que le adosaron un atractivo adicional, confesional y transgresivo a su novela j 10 Prólogo más famosa. Pero la primera desfiguración está en el ingreso mismo a la literatura, cuando cambia su apellido, Donnadieu -donde sonaba aún el eco del adiós de su padre que murió cuando ella tenía 4 años y al que, por lo tanto, casi no conoció- por Duras, nombre de una casa de campo de la que había disfrutado en la campiña francesa. A los 28 años, entonces, luego de estudios abandonados en derecho, matemática y ciencias políticas, luego de empleos administrativos, después de casarse y tener un hijo, que muere enseguida, después de participar en la Resistencia contra los nazis, Mar- guerite Duras publica la primera de sus novelas. Recién con la tercera de ellas, Un dique contra el Pacífico, de 1950, obtiene cierta repercusión. Esa novela elabora recuerdos de su infancia y quizás por eso logra abrir de alguna manera la forma tra dicional, influida por la literatura inglesa del siglo XIX, que tenían las dos primeras. Hacia fines de la década de 1950, luego de algunas novelas notables, más breves, más fragmentarias, como Moderato cantabile (1958) y La tarde de M. Andesmas (1960), se vinculó su cambio de estilo con el surgimiento del llamado nouveau román -vinculación que en las entrevistas de este libro Duras se encarga de des mentir, dejando entrever incluso cierto desprecio 11 Marguerite Duras hacia los integrantes de ese movimiento, que juzga frío, intelectual, poco atractivo-. Pero será en la década de 1960 cuando apa recerán sus novelas más significativas y cuando su estilo se volverá reconocible: las frases breves, elípticas y lacónicas a la vez, la importancia de los espacios en blanco, los contenidos sentenciosos y las anécdotas reducidas a dos o tres sucesos que retornan permanentemente, con cierta estruc tura de motivo musical que se recupera siguien do variaciones en el desarrollo del libro. Incluso podría decirse que de libro a libro también se dan esos retornos musicales de escenarios, climas, alte raciones y repeticiones en el idioma y en los per sonajes. Dos de sus mejores novelas, El arrebato de Lol V. Stein (1964) y El vicecónsul (1966), ejempli fican esa marca Duras que se desarrolla extensa mente a partir de allí, no solo en el ámbito nove lesco, sino también en obras de teatro y sobre todo en el cine. Entre las películas que escribe y diri ge, por su riesgo y por su íntima relación con el universo de sus libros, habría que destacar India Song, cuyo guión reescrito será publicado como libro en 1973, inaugurando un género casi inven tado por Duras, pues el texto publicado al mismo tiempo reproduce los diálogos del filme y versiona 12 Prólogo lo que este había mostrado en imágenes median te un nuevo relato, poético, inimaginable. Desde esa perspectiva, desde el riesgo de hacer pelícu las cuyos textos no aclaraban y quizás ni siquiera acompañaban las imágenes, Duras realizará lar gometrajes y cortometrajes, cuyos derivados en forma de libros constituyen verdaderas piezas de poesía, como los reunidos en El navio Night (con cinco guiones breves) hacia 1979. La aguda entre vistadora itahana de este libro también interroga a Duras acerca de su relación con el cine: cómo llegó a dirigir y qué diferencias habría entre escri bir y filmar, lo que le permite a la autora definir la escritura, su insistencia, su peligro, su mayor importancia con respecto a cualquier actividad colectiva. En la década de 1980, aparece el libro que le dará fama mundial, El amante (1984), con el cual obtiene el prestigioso Premio Goncourt, y que luego tendrá una versión o variación en El aman te de la China del Norte (1991). En 1996, luego de publicar un libro cuyo título parece una despedida, Es todo (1995), muere de cáncer de garganta. Había escrito más de veinte novelas, una docena de obras de teatro, filmado más de quince películas. De casi todo ese mundo, que anima, que intensifica sus 13 Marguerite Duras libros, habla Marguerite Duras con Leopoldina Pallota delia Torre en las páginas que siguen. Cierta exhaustividad distingue a estas entrevistas italianas de otras que Duras concediera a lo largo de su vida, más atadas al azar de las asociaciones, a las reticencias y al capricho de la autora. En este caso, en cambio, las preguntas buscan la precisión, el detalle que signó algún momento de escritura, el hecho vital que enmarcó cada libro. Y además, se sigue un orden que va hilvanando vida y obra: hasta no agotar la infancia en el sudeste asiático, la entrevistadora no se introduce en la juventud de formación parisina, con su compromiso político. Y si bien los relatos de infancia se entremezclan necesariamente con los libros, pues han ofrecido su material primario, su origen y su impulso, de todos modos las preguntas guían las reflexiones de Duras para que la experiencia vital no se pierda entre los motivos novelescos, para que, de alguna mane ra, la fuerza del estilo se transforme en indicio de los momentos de intensidad que aparecen entre la memoria y el olvido de aquella niña francesa cria da en un ambiente extraño, quizás doloroso, quizás estimulante. No es el menor de los méritos de La pasión suspendida la cantidad de elementos nunca dichos, de infidencias sobre su vida y sus condicio 14 Prólogo nes de escritura que llegan a ver la luz con el correr de las preguntas. En los episodios de infancia, pero también en el alejamiento de la madurez, se destaca impetuosa mente la figura de la madre de Marguerite Duras, cuya locura económica y social, de viuda empobre cida en la colonia hostil, animará más de un rela to, más de una novela. Sin mencionar la sordidez de los malentendidos sexuales, ante los cuales no retrocede Pallota della Torre para intentar aclarar los grados de ficción, los grados de autobiografía que componen ciertas novelas. ¿Fue la autora ini ciada por un amante chino? Pareciera que sí: las anécdotas o las apreciaciones de estas entrevistas no dejan demasiadas dudas. ¿Se confunde esa his toria con los asuntos amorosos de su madre, pri mero casada y después viuda? De eso no se habla mucho, pero la insistencia en la fascinación de ciertos personajes por un amor impulsivo, ciego, que los excluye, que miran desencadenarse, podría ser una pista. Aunque cabe señalar que la veracidad no agregaría nada a la eficacia o la intensidad de los relatos escritos. En el segundo momento del recorrido, sobre los años parisinos a partir de los 18 años, Duras convierte la discusión política en personaje. Una 15 Marguerite Duras figura, entonces, casi decepcionante, como el fra caso de su primer matrimonio con el escritor Robert Antelme, como la brutalidad de la guerra, como el silencio sobre un hijo muerto de muy chico. Luego, la búsqueda de un recorrido para la escritura volverá al origen, pero no a la memoria, sino al impulso que lleva al acto insensato de escri bir. Allí, la vida impone sus grandes elipsis. Entre los 11 años de edad, en que se escriben poemas a la sombra agobiante y tórrida de la Cochinchi- na, y los 29, en que Duras lleva su primera nove la a Raymond Queneau, quien la reconoce como escritora casi a pesar del libro, pasó media vida. Sin embargo, Duras advertirá que no pudo entrar ella misma en sus libros, demasiado construidos, demasiado novelescos en un sentido tradicional, hasta Moderato cantabile. Los libros anteriores per tenecían a la sociabilidad, podían contarse, con versarse; los posteriores responderán al silencio, a la imposibilidad de decir un deseo que subyu ga y anonada. Como si escribir no fuera a partir de entonces componer, construir una obra, sino vaciar, ahuecar, blanquear el flujo de las palabras. Por algo hay dos libros de Duras, muy diferentes entre sí, que tienen títulos en infinitivo, como si aludieran a imperativos: “escribir” y “destruir”. 16 Prólogo La vida se ve puesta por eso en peligro, por que los interregnos de la escritura parecen estar a merced de vientos destructivos, de interiorida des en exposición. O bien se escribe en esa misma desolación. Duras aclara que sus mejores libros los escribió en períodos de soledad, pero también dice que la soledad la llevó a la bebida. No deja de ser conmovedora la declaración que reitera el carácter temporal de su abandono del alcohol. Después de rehabilitaciones, de un delirium tre- mens, con más de 70 años, Duras afirma que en cualquier momento puede empezar a tomar de nuevo. Porque solo el alcohol ocuparía para ella ese lugar vacío, el fantasma de un ausente, que no es nadie en particular. Sin embargo, antes de esos períodos solitarios, o en medio de ellos, las entre vistas se explayan acerca de encuentros, de charlas, en momentos de pausa, de referencias más apaci bles. Aparece Lacan, que tomó su novela El arre bato de Lol V. Stein para tratarla en su seminario, y que la acosa a preguntas sobre su personaje, sobre esa locura, en un café. Aparece Bataille, con quien no puede compartir mucho, pero de cuya manera de pensar la literatura se siente cercana. En primer lugar, una escritura sin planes, sin “procedimien tos narrativos”, sobre los cuales es interrogada, y 17 Marguerite Duras Duras contesta: “Todo parte del habla. EI senti do del lenguaje que empleo no me concierne en el momento”. Hay como un dictado al que se res ponde, pero no a la manera de una gracia, algo que viene dado, sino con la violencia de una necesidad. Ante la pregunta de por qué alguien empieza a escribir, Duras responde que por cualquier cosa: un padre o su ausencia, un Hbro o lo inescrutable de todos los libros, un maestro o la decepción de toda comunidad, una madre o lo impenetrable del propio origen. No importaría entonces la causa, no habría causas para escribir. La cuestión para Duras está en la necesidad, por no decir el vicio de escribir. Dice: “No creo haber conocido nunca a una persona sin que yo me haya hecho esta pre gunta: la gente, cuando no escribe, ¿qué hace? Tengo una secreta admiración por los que no lo hacen”. En cierto modo, no escribir podría parecer una aceptación de la vida en su inmediatez, pero solo escribir implicaría un heroísmo verdadero, puesto que, en el silencio de la vida que se repite y se disfruta o que se padece y se rompe, ¿cómo podrían diferenciarse la afirmación de la inmedia tez y la resignación ante lo dado? Escribir modifi ca la vida porque la vuelve a contar, pero la necesi dad de escribir se origina en que todo lo ya escrito 18 Prólogo no puede modificarse, y hay que empezar de nuevo. A cada paso, con cada libro, nuevas zonas del pasado se iluminan, y otras que parecían claras se llenan de sombras. Con cada comienzo del dic tado, de lo que habla en el acto de quien escribe, el presente se enciende y nuevas formas de vivir pueden darse alrededor de un ser a solas, inclinado sobre el papel, refugiado en su papel. Así, de la pri mera pasión que se cuenta de varias maneras, las novelas de Duras pueden pasar al amor imposible del presente por un joven homosexual con el que convive. Escribir sería encontrar la manera de ya no obedecer al imperio del deseo, sería escuchar el habla del amor con la frialdad que hace posible destruirla, desmenuzarla en páginas, entre blancos y frases. Como en otros reportajes, también aquí se le pregunta a Duras por su condición de mujer, sobre si la femineidad tiene alguna importancia para su obra. En un sentido general, ella sostiene que habría que despojarse de la diferencia sexual para escribir, e incluso para filmar, ya que las novelas o las películas se dividen en buenas y malas, no en femeninas y masculinas. Sin embargo, la insis tencia de la pasión de mujeres en los textos y una cierta inoperancia de los personajes masculinos les 19 Marguerite Duras sugieren a las dos mujeres que dialogan aquí inter pretaciones más refinadas. Hablan de lo sobre cargado de ideas de una literatura viril, de aque llo en que los hombres están presos, lo que tienen que hacer o lo que hacen, su obediencia infantil a la concepción de una obra, a lo constructivo. En esa prisión imaginaria, por ejemplo, Duras sitúa a escritores que admira, que le enseñaron a escri bir y a los que vuelve, como Proust, Stendhal, Melville o Rousseau. De modo que la masculini- dad no es un defecto literario, sino alguna forma de autolimitación que quizás pueda romperse y dar lugar a lo nuevo. Las varias alusiones a Bau- delaire como un modelo distante de lo que debe hacer la literatura indican que la búsqueda de lo nuevo o el intento de decir lo no dicho, lo nega do por la época, siguen siendo definiciones de la escritura para Duras. De allí que una escritora, por su mismo lugar de excepción, pueda haber tenido ocasiones para tales rupturas. En cierto modo, en la historia de la literatura occidental, una mujer puede inscribirse como el fondo de lo desconoci do en cuya oscuridad, en cuyo silencio ir a buscar lo nuevo. Los elementos sentimentales, el “amor” como tema casi excluyente, censurados por un pensamiento crítico racionalista, pueden llegar 20 Prólogo a ser lo nuevo en el corazón mismo de lo banal y hasta de lo cursi. Incluso el lector debería ser atrapado por ese impulso, la atracción y la repul sión, el enamoramiento y el olvido del libro, para lo cual la historia no se construye como totalidad, sino que se atraviesa, se vislumbra, queda como acribillada de espacios en blanco, de frases sin explicación ni demasiada contextualización. Si los personajes son voces, a veces entrecortadas, que hablan en el vacío, como las palabras de ciertas películas de Duras, que nadie pronuncia en la pan talla, que hacen su propia “película de voces”, tam bién la escritora debe hacerse una voz en medio de la nada, registro de una red por la que hubiese pasado una garra. Y a lo que así ha pasado Duras lo suele llamar “deseo”, un término que se explica en las entrevis tas de varias maneras, pero que en el fondo sería algo ajeno al lenguaje o, en todo caso, su límite. El deseo sería más un grito que un entramado de frases, apunta a lo que no se puede describir, pero que, sin embargo, sostiene, impulsa la escritura. Es un grito contra lo imposible de modificar; no debería terminar nunca, tiene un costado inevi table, necesario. En ese sentido, el deseo para Duras es la escritura. Mientras que otras formas de 21 Marguerite Duras contar historias, como el cine, se emparentan de nuevo con la sociabilidad, son maneras de ocupar el tiempo. Ella declara: “Con frecuencia hice pelí culas para escapar a ese trabajo temible, intermi nable, desdichado. Y sin embargo, siempre he teni do más ganas de escribir que de hacer cualquier otra cosa”. Y aunque se intente desgarrar la uni dad consumible de un filme, siempre es una obra colectiva, comunicable, dicha antes de ser leída. Mientras que el trabajo terrible de escribir, ese ais lamiento que saca el cuerpo del tiempo, obedece a una necesidad que no se entrega a un ente general, al público, sino que se dirige a aquello que en cada uno se aísla de la comunidad. Entre el silencio y el grito, las palabras que se escriben darían cuenta de lo incomunicable del deseo, que fue en primer lugar deseo de escribir. “El amor es lo único que cuenta de verdad”, afirma ella. No las historias de amor, sino el desencadenamiento que súbitamen te irrumpe en la banalidad reiterativa del lenguaje, arrebatos, sonidos en la noche, voces que se bus can ansiosas sin que haya cuerpos a la vista. Las entrevistas, ordenadas por épocas, por motivos, por géneros artísticos, llegan a su térmi no con algunas preguntas que anuncian, involun tariamente ominosas, también el final de la vida. 22 Prólogo Ante la pregunta inevitable sobre cómo evaluaría en retrospectiva su vida, Duras responde: “Sin la infancia, la adolescencia, la historia desesperada de mi familia, la guerra, la ocupación y los cam pos de concentración, mi vida, creo, no sería gran cosa”. En esta enumeración casual, podría decirse que algo comunica el silencio íntimo de los orí genes con el grito de horror, una cierta confusión que ha dictado las posturas políticas de la autora. Pero en los hechos, justo en el momento en que se afirma para siempre la vocación de escribir, en torno a los 30 años de edad, las rememoraciones del lugar natal chocaron con su participación en la Resistencia y luego con el descubrimiento de los campos, de donde volvería su primer marido, destrozado, como sobreviviente para contar otra historia. Entonces, el dolor del origen pudo con fundirse con el dolor del siglo, por lo cual tal vez Duras pareciera ser una escritora representativa. No obstante, dolor y deseo, como grito y silen cio, en sus obras son figuras imposibles de situar, no tienen historia ni lugar. Por eso ella puede ver soledades y pasiones, llamados y esperas, semejan tes a los que imagina en su noche de escritura, por ejemplo, en unas manos pintadas en la prehistoria, en cierto cortometraje sobre pinturas rupestres 23 Marguerite Duras que se titulo Las manos negativas, de 1979. Acerca de esta película, dijo: “Creo que todavía está todo allí, como lo estuvo siempre, desde siempre”. Tal vez por eso se puede escuchar la historia de otro, responder a su mutismo con palabras, imaginar la voz de los que no hablan. También Duras incor pora lo que escucha, porque una vida no alcanza para escribir el deseo. Y en algún momento hay que salir, sortear la fatalidad del origen y escribir sin tema, sin autobiografía. La última frase de estas entrevistas alude a ese principio de libertad, a la eficacia de una escritura que cobraría vida: “Es que si me quedara aquí correría el riesgo de sucumbir al caos y encerrarme en mi madriguera. Cuando escribo necesito sentir el aire, los ruidos, todo lo que vive, el mundo exterior”. Hay un personaje público en Duras, como en todo escritor y aun a pesar de su voluntad, que en este libro se despliega una vez más. Un personaje soberbio, desdeñoso, celoso de su unicidad. Pero en cierto modo, en la obediencia al impulso nece sario de escribir, la soberbia se torna igualmente necesaria y cabe preguntarse qué escritor no cree ser el único, e incluso el último. Pero también, más allá de la madriguera, de la cáscara o la coraza que pone un rostro en las pantallas públicas, está 24 Prólogo ese deseo de aire libre, el amor a todo lo que vive. Por eso, en ciertas voces imaginadas, tal vez escu chadas por Duras, en voces jóvenes, encerradas pero intensamente acuciadas por el deseo, surgen el brillo y el sonido más libres, a veces ocultos en la banda sonora de una breve película, no necesa riamente en las novelas más leídas. En esas voces a las que se atiende, cuyo silencio y cuya urgencia se cuidan, la poesía de Duras responde al llama do de su impulso más originario, aquello que la convierte en una escritora inigualable -soberbia y única en el mejor sentido-. Lo que la interpe la, entonces, la saca de las meras palabras para que anote en ellas ese arrebato, esos momentos que parecen justificar la existencia o al menos definirla. De estas voces que llaman a escribir, quisiera citar, para concluir, algunos fragmentos de tres monó logos del mismo título, Aurelia Steiner, dos de los cuales fueron voces en ojf en sendas películas. La primera Aurelia se pregunta: “¿Dónde estás? ¿Cómo alcanzarte? ¿Cómo hacer para que nos acerquemos juntos a este amor, anulemos la apa rente fragmentación de los tiempos que nos sepa ran uno del otro?”. Y al final del filme, sola, la voz sigue: “¿Cómo hacer para que hayamos vivido ese amor? ¿Cómo? ¿Cómo hacer para que ese amor 25 Marguerite Duras haya sido vivido?”. La segunda Aurelia describe su espera: “En el espejo de mi pieza, deshecha, velada por la sombra, está mi imagen. Miro hacia afue ra. Los veleros están inmóviles, adheridos al mar de hierro, aún están en el movimiento del curso en que los sorprendió esta mañana la desapari ción del viento”. La tercera Aurelia, la única que está en Francia, la única que no es pronunciada en una película, tiene que parar de escribir: “Es de noche. Ahora ya no veo las palabras trazadas. No veo nada más que mi mano inmóvil que ha dejado de escribirte. Pero tras el vidrio de la ventana el cielo todavía es azul. El azul de los ojos de Aurelia habría sido más sombrío, ya lo ves, sobre todo de noche, cuando hubiese perdido su color para vol verse oscuridad límpida y sin fondo”. Las tres tie nen 18 años y escriben. Una escritora anciana las imagina, las transcribe, como la continuación del deseo, de aquello que, más allá de la madriguera de los libros, sopla fuerte en cualquier lugar del mundo para alguien de pronto impulsado a modi ficar las palabras aprendidas. Silvio M attoni

jueves, 3 de septiembre de 2026

ILSE NOLTING-HAUFF VISIÓN, SATIRA Y AGUDEZA EN LOS "SUEÑOS” DE QUEVEDO VERSIÓN ESPAÑOLA DE ANA PÉREZ DE LINARES

 


SOBRE LA BASE TEXTUAL DEL TRABAJO * 

Los cuatro primeros Sueños surgieron entre los años 1606 (? )1 y 1612. Les habían precedido varios intentos litera rios menores, pero también la Vida del Buscón (1603?), la primera obra maestra de Quevedo. A pesar de ello se puede considerar aún a los Sueños como obras de juventud. Sólo el Sueño de la Muerte fue redactado posteriormente: Queve do lo escribió en 1621, durante la obligada inactividad tras la caída de su protector Osuna, al volver a dedicarse a su creación literaria tras varios años de actividad puramente política. * Estudié la base textual de la presente investigación durante dos estancias en España en los años 1961 y 1962. Me proporcionaron las condiciones materiales para ello la ayuda del C. S. I. C. y la Deutsche Forschungsgemeinschaft, a la que quisiera agradecer tam bién en este lugar la concesión de una beca de dos años. José Manuel Blecua me permitió amablemente examinar partes de la edición de las poesías de Quevedo preparada por él. 1 El Sueño del Juicio final es el único que no tiene fecha.

 A. Fer- nández-Guerra supone 1607 como fecha de su redacción (Obras de Quevedo, T. I, BAE 23, pág. 298); L. Astrana Marín supone 1606 en su edición de las obras en prosa de Quevedo (Obras completas en prosa, Madrid, 3.a ed., 1945, pág. 190). La fecha de los demás Sueños se desprende de las dedicatorias, fechadas por el mismo autor. Para el año 1610 se planeaba una edición, probablemente de los tres primeros Sueños, que había de llevar el título Sueños y discursos de verdades descubridoras de abusos, vicios y engaños en todos los oficios y estados o sea él (Sueño del) Juicio final2. El proyecto fracasó ante la censura nega tiva del Dominico Fray Antolín Montojo. Incluso después de haber emitido dos años más tarde su hermano de Orden Fray Antonio de Santo Domingo un juicio más favorable3, no se llevó a cabo la impresión. Hasta el año 1627 circula ron los Sueños sólo manuscritos. El número de las copias bien pudo llegar a los miles, sobre todo en el caso de los tres primeros Sueños, los que también nos han sido tras mitidos hasta hoy con mayor abundancia. Los manuscritos ofrecen casi todos numerosas lagunas 4 y difieren grandemen te en los detalles del texto, aunque ofrecen sin embargo a veces un texto más auténtico que las impresiones. Hasta ahora no se ha intentado una agrupación. Teniendo en cuen ta el gran número de manuscritos que circularon anterior mente, no parece tampoco ofrecer demasiadas posibilidades de éxito. 

En los años 1627 y 1628 aparecieron cuatro primeras im presiones de los Sueños, de las cuales surgieron en los años siguientes series de ediciones en parte independientes: en 2 Cfr., respecto a esto y lo siguiente, Astrana Marín, Prosa, pá ginas 183 sigs. y la edición de Las zahúrdas de Plutón {El sueño del Infierno) de A. Mas, Poitiers 1955, págs. 9 sigs. (Étude bibliographique). 

 El fundamental artículo de Juan Antonio Tamayo, El texto de los Sueños de Quevedo (Boletín de la Biblioteca de Menéndez y Pélayo, 21 [1945], págs. 456-493), ha pasado un poco a un segundo plano a causa de los detallados trabajos de Mas. 3 Ambas censuras están reproducidas en Astrana Marín, Prosa, págs. 183 a-184 a. 4 El manuscrito que relativamente menos lagunas muestra es el L 31 de la Academia de la Historia (Madrid), que contiene los tres primeros Sueños. 1627 una edición en Barcelona (Mas: B) y dos ediciones in dependientes entre sí en Zaragoza, una de Pedro Cabarte y otra de Pedro Verges (Mas: Zc y Zv), y en 1628 una edición en Valencia (Mas: V )5. Ninguna de estas impresiones se limitó totalmente a los Sueños propiamente dichos, sino que de modo regular se incluyen también otras sátiras tempra nas de Quevedo6.

 Las cuatro ediciones no fueron nunca expresamente reconocidas por Quevedo, y más tarde, ante la inminente intervención de la Inquisición, desautorizadas como ediciones ilegales. Seguro es que tres de las ediciones (B, Zc y V) se basan en una nueva redacción de los Sueños, que hasta entonces no había estado en circulación; segura mente los editores se habían procurado la nueva versión de un modo ilegal. Pese al escaso adelanto temporal se puede considerar a B como la primera edición. El texto es a menudo incorrec to, pero sin embargo parece haber servido a Zc y V funda mentalmente como modelo7. El título de B, Zc y V es el de 1610 y 1612, sólo acortado en el subtítulo; por el contra rio, Zv tiene un título propio, que con toda seguridad no proviene de Quevedo (Desvelos soñolientos y verdades soña das). En el texto adopta esta edición algunas innovaciones de B, pero por lo demás sigue su propio camino: sólo con tiene tres de los cinco Sueños, en un orden cambiado, y a menudo difiere considerablemente en el texto de las demás impresiones. 

Las diferencias más grandes se dan en El Sueño de la Muerte. Pronto se reconoció la importancia de las va e La existencia de una primera edición V de 1627 es combatida por Mas; cfr. Zahúrdas, pág. 15. 6 Las Cartas del caballero de la Tenaza de 1606 (?) en B, Zc y V, la seguramente apócrifa Casa de locos de amor en V y Zv y los romances El cabildo de los gatos... y Parióme adrede mi madre... en B y V. Cfr. los datos de Mas, págs. 16 sig. 7 Cfr. Mas, págs. 15 sigs. liantes de Zv: ya en 1628 y en 1629 se publicaron en Bar celona dos ediciones que reunían en sí las características principales de B y Zv (Mas: B8 y B9). Constaban de los cinco Sueños y, en correspondencia, llevaban título combinado: Sueños y discursos, o Desvelos soñolientos de verdades so ñadas (...), (B8) y Desvelos soñolientos y discursos de ver dades soñadas (...), (B9). En 1631 apareció, en Madrid mismo, una edición ex presamente autorizada, tras haber sido incluidas en el Indice las impresiones anteriores de los Sueños a instigación de los enemigos de Quevedo, hasta que por su verdadero autor9, reconocidas y corregidas, se vuelvan a imprimir9. La nueva edición (Mas: M) llevaba el título, de inocente apariencia, Juguetes de la niñez»y travesuras del ingenio y contenía junto a los Sueños otras seis sátiras en prosa también de regular tamaño, entre ellas el Discurso de todos los diablos (aquí llamado El entremetido, la dueña y el soplón) I0. Los incriminados Sueños, aunque ya no nombrados especialmen te en el título general, continuaron siendo lo principal; en el prefacio se habla casi exclusivamente de ellos11. 

Como texto básico sirvió la edición de Valencia de 1628 12, que fue sometida a una minuciosa refundición, que en parte defor maba el sentido. De acuerdo con la disposición de la Inqui 8 La condena no precisa si Quevedo es verdaderamente el autor. Tampoco nombra a los Sueños por su título.

 Sin embargo es claro que se debe referir a ellos —y quizá también al emparentado Discurso de todos los diablos—: Varias obras (se prohíben) que se intitulan y dicen ser suyas, impressas antes del año 1631 (...). 9 Mas, pág. 21. 10 Además El caballero de la Tenaza, el Libro de todas las cosas y las sátiras literarias Aguja de navegar cultos, La culta latiniparla y el Cuento de cuentos, surgidas todas después de 1625. 11 A los que han leido y leyeren, reproducido en Astrana Marín, Prosa, págs. 185 b-186 a, nota. 12 Cfr. Mas, pág. 23. sición, no se volvieron a reimprimir los Sueños y discursos después de 1631; por el contrario, se prosiguió incluso hasta 1679 la completada serie de los Desvelos soñolientos, que partía de B9 u. Después se impuso el texto de Madrid, que había sido incluido en 1648 en la edición completa en dos tomos de las obras completas de Quevedo. Aún Fernández- Guerra lo utilizó como base de su edición crítica de las obras de Quevedo14. En la historia del texto y de las ediciones de los Sueños deben por tanto distinguirse tres estadios principales: un estadio manuscrito, una primera versión impresa, represen tada sobre todo por B, y la reelaboración de esta nueva ver sión en la edición de Madrid. Quevedo participó en la crea ción de las dos nuevas versiones. Parece sin embargo que no revisó el texto totalmente en ninguno de los dos casos, sino que sólo redactó de nuevo pasajes aislados. Las innova ciones de la primera versión impresa se deben deducir de la comparación con la versión manuscrita, p. ej., lagunas co munes a todos los manuscritos. Entre ellas están sobre todo el título general, las poesías dedicatorias, el prólogo Al ilus tre y deseoso lector y la Carta a un amigo suyo, antepuesta al Infierno. 

En el texto se borraron o atenuaron numerosos pasajes polémicos, y sobre todo, anticlericales. Por otra parte se encuentran, especialmente en el Alguacil y en el Infierno, adiciones más largas, que provienen sin duda alguna del mismo Quevedo,5. Criterios estilísticos hablan a favor de 13 Cfr. los datos de Mas, pág. 24. 14 Cfr. más arriba, nota 1. El texto y las notas de esta edición fueron adoptados casi sin alteración en la edición de los Sueños de J. Cejador y Frauca (Clásicos Castellanos 31 y 34). is Los más importantes en el retrato del licenciado Calabrés (al principio del Alguacil, cfr. apéndice de crítica textual) y en el episodio de los herejes (Infierno).—En una relación semejante se encuentran las dos versiones del texto de la Vida del Buscón, la primera de las que estos cambios sean de fecha más antigua y no surgidos p. ej. en 1627. Posiblemente se sacaron —como el título general Sueños y discursos (...)— de los originales de la proyectada edición de 1610 16. A favor de esto está también el hecho de que los dos Sueños redactados después de 1610 —El mundo por de dentro y el Sueño de la Muerte— com parados con los manuscritos, aparecen menos transforma dos que las tres primeras piezas del ciclo. La versión impresa de los Desvelos soñolientos (Zv), en contraposición a B, representa aún en muchos aspectos —por ejemplo en la ordenación del texto aparentemente casual— el estadio manuscrito. 

En muchos casos nos trasmite un texto manuscrito mejor que el B; en cambio parecen faltar adiciones posteriores de Quevedo17. Por el contrario, en muchos pasajes se pueden reconocer correcciones de mano extraña. La refundición para la edición de Madrid estaba ya con cluida en 1629; su extensión se puede comprobar sin más al compararla con las primeras impresiones. Como se puede deducir de una Advertencia18 que precede a la edición, hizo Quevedo a su amigo Messía de Leyva llevar a cabo la parte más ingrata del trabajo —abreviaciones y cambios de nom cuales está representada por el manuscrito B, la segunda por dos manuscritos (C y S) y por la primera impresión de 1626, que también es una edición clandestina. Una edición autorizada del Buscón no apareció nunca. Cfr. la introducción a la recientemente publicada edición crítica del Buscón, de F. Lázaro Carreter, Salamanca 1965, especialmente págs. XLVII sigs. 16 La refundición del Buscón es fechada por Lázaro entre 1609 y 1614 (págs. LIV sig.). 17 El problema no es demasiado fácil de resolver. 

Mas habla, cierta mente en forma muy vaga, de una «troisiéme rédaction» de Quevedo (Zahúrdas, pág. 13). Habría de tratarse en este caso de una refundición que, al contrario de las anteriores, sólo afectaría al Infierno y al Sueño de la Muerte. Los indicios no son demasiado convincentes. i® Reproducida, entre otros, por Astrana Marín, Prosa, pág. 186 a/b, nota. bres por otros de apariencia más inocua («paganizado- nes»)—, y éste mostró poco acierto en la empresa. Algunas de las adiciones o sustituciones más largas fueron con toda seguridad redactadas por Quevedo mismo. Son tanto más interesantes, cuanto que muestran ya elementos estilísticos del período creador posterior —por ej. la metáfora caricatu resca—, que faltan aún en el texto primitivo de los Sueños. Estos rasgos se reconocen con especial claridad en el nuevo final de El mundo por de dentro, la adición más importante de la edición de Madrid19. En las páginas que siguen se han hecho las citas, en la medida de lo admisible, según la llamada Edición crítica de las obras de Quevedo de L. Astrana Marín20, edición des graciadamente muy poco cuidada y casi sin aparato crítico, que sigue en lo esencial a B, pero que, justamente en peque ñas variantes sin demasiada importancia para el sentido, echa mano de los manuscritos, a menudo más de lo necesa rio. Donde hubo que diferir de Astrana Marín, se nombran las siglas de los manuscritos o de las impresiones que se prefirieron. Algunas modificaciones de Astrana, que no se apoyan en ningún testimonio de la época de Quevedo, se hicieron desaparecer sin comentario. 

El Sueño del infierno se cita siempre según la edición sinóptica de Amédée Mas, y, mientras no se diga otra cosa, según la versión de B. La edición ciertamente tampoco es siempre exacta en algunos detalles; sin embargo es la única que proporciona una visión de la multiplicidad real de la transmisión 21. w Prosa, págs. 232a-233b. 20 Las Obras en prosa, como ya se ha dicho (nota 1), según la 3.a edición de 1945, las Obras en verso según la 1.a, de 1932. 21 Las citas del Buscón según la edición crítica de Lázaro Carreter, las de la lírica de Quevedo según la edición de J. M. Blecua, Obras completas, T. I, Poesía original, Barcelona 1963.

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