miércoles, 1 de julio de 2026

POESÍA ESPAÑOLA DEL SIGLO XVII Estudio preliminar, edición y notas de J o sé María Pozuelo Yvancos



 POESÍA ESPAÑOLA DEL SIGLO XVII 

Estudio preliminar, edición y notas de J o sé María Pozuelo Yvancos taurus Cubierta de R oberto Turégano © 1984 del estudio preliminar, José María Pozuelo Yvancos • © 1984 de esta edición, TAURUS EDICIONES, S. A. Príncipe de Vergara, 81, 1.° - 28006 M adrid ISBNf: 84-306-4134-3 Depósito legal: M. 28,734.-1984 p r in te d : in sp ain 

ESTUDIO PRELIMINAR

 A MI MADRE 

La historiografía artística de los últimos años es pro gresivamente reticente —y no le falta razón— hacia la periodización de los movimientos culturales y artísticos desde criterios exclusiva o predominantemente cronoló gicos. Se ha demostrado ineficaz y poco acorde con la realidad al concebir los siglos como compartimentos es tancos. En el caso de la «poesía del xvn», sin embargo, hay que admitir la posibilidad de una cierta unidad que, si no se ajusta del todo a los límites del siglo, sí lo hace de manera suficiente y, sobre todo, viene dotada de unas particularidades temáticas, tonales y estilístico-ver- vales. Estas peculiaridades coinciden, con bastante pro piedad, con lo que se ha convenido en llamar edad ba rroca, movimiento barroco, etc. La poesía del siglo xvii es, por tanto, la poesía del Barroco, aunque hay ya ver siones poéticas barrocas a finales del siglo xvi'. Pero i Por ejemplo, el Góngora llamado «manierista» y en general las versiones encuadrables dentro del término manierismo que, dándose muchas en el siglo xvi, concuerdan estilísticamente para algunos auto res con el Barroco. Sobre el espinoso problema del Manierismo abun da la bigliografía, mucho más cuando es término y concepto sobre el que existe poco acuerdo en los estudiosos. Para unos es una subépoca dentro del Barroco (véase H. Hatzfeld, Estudios sobre el Barroco, Madrid, Gredos, 1964); para otros es identificable con una etapa pre via al Barroco propiamente dicho, donde se comienza a dar la quiebra del clasicismo (véase A. Hauser, El Manierismo, Madrid, Guadarra ma, 1964); el lector puede obtener abundante información sobre otras posiciones y sobre la suya propia en E. Orozco, Manierismo y Barro co, Salamanca, Anaya, 1970, y del mismo autor «Caracteres generales aunque la poesía del siglo xvii pueda entenderse sin es fuerzo como «poesía barroca», en lo que sí hay que po ner mucho cuidado es en evitar entenderla como anta gónica respecto a la poesía del xvi. 

No existen en la rea lidad los antagonismos a que la historiografía nos ha acostumbrado. Es más, quizá no exista género literario en el siglo xvii en que sea tan evidente su dependencia respecto al siglo xvi como en el de la lírica. La poesía guarda, en efecto, un mayor grado de continuidad que el seguido por otros géneros como el dramático, que ob servará una mayor ruptura2. La teoría literaria de la época —en cuanto supone un contexto eminentemente normativo, pero también refle jo de una mentalidad viva— informa muy bien acerca del estrecho vínculo de continuidad respecto a la tradi ción seguida en el Renacimiento. Las Poéticas de finales del siglo xvi y aun las posteriores, hasta mediados del siglo x v ii, en gran parte por su carácter tardío3, refle del siglo xvii», en Historia de la literatura española, ¡I, ed. J. M. Díez Borque, Madrid, Taurus, 1981. Tal introducción del profesor Orozco es Utilísima para entender el Barroco como fenómeno artístico-litera- rio y muchos de los problemas que en este estudio serán tratados de manera sucinta. Una excelente puesta a punto sobre el problema del Manierismo en la bibliografía europea puede encontrarse en el libro de A. García Berrio, Formación de la teoría literaria moderna, 2, Murcia, Universidad, 1980. 2 Este es el motivo de que las polémicas en torno al teatro fueran más virulentas y numerosas que las ocasionadas por la lírica. Claro que como han visto J. A. Maravall y García Berrio hay que entender que el teatro constituía un problema no sólo literario. La «comedia» era un fenómeno de mayor importancia sociológica que la lírica (véase A. García Berrio, Formación de la teoría, cit., pp. 429 y ss., y J. A. Maravall, Teatro y literatura en la sociedad barroca, Madrid, Semi narios y Ediciones, 1972. De todos modos, también literariamente la comedia rompía convenciones —las de la autoridad normativa del aristotelismo— no planteadas en la lírica, pues como se sabe, la lírica ocupaba un papel subsidiario en la teoría literaria del siglo xvi, mu cho más atenta a los géneros presentes en la Poética de Aristóteles co mo la Epopeya y la Tragedia. 3 A. Vilanova, en su espléndida monografía «Preceptistas de los siglos xvi y xvii», en Historia general de las literaturas Hispánicas, volumen III, Barcelona, 1953, comenta lo tardío de las poéticas espa ñolas. Una poética tan netamente renacentista en cuanto a fuentes y tono como la Philosophia Antigua Poética de Alonso López Pinciano jan una especial problematicidad nacida de la coinciden cia —y convivencia— del poderoso tronco de la tradi ción normativa renacentista asentada sobre la Poética aristotélica y el Arspoética de Horacio4, además del na cimiento de nuevos géneros con una pujanza creativa (y de recepción) realmente notable. Ello provoca, en efec to, ese divorcio entre teoría y praxis literaria de que ha blaba 

A. Vilanova5, pero también informa acerca del sentimiento de continuidad respecto al horizonte inau gurado en Italia por los comentaristas aristotélico-hora- cianos. La vigencia de ese horizonte se prolonga hasta muy entrado el siglo xvil y en el caso de la poesía resul ta mucho más evidente, como podemos deducir de la in discutible «autoridad» conseguida por Garcilaso, muy pronto convertido en un clásico, merced a los comenta rios que a su obra hicieron, entre otros, el Brócense y F. de Herrera6. La fecha de la glosa herreriana al texto no aparece hasta 1596. No digamos nada de la otra gran poética clasi- cista, la de Cascales, cuyas Tablas Poéticas se publican ya rebasada la centuria. 4 Para el estudio de este tronco fundamental puede ofrecerse de modo muy selectivo estos títulos: B. W einberg, A History o f Literary criticism in the ítatian Renaissance, Chicago, University Press, 1961, 2 vols., que estudia el conjunto de las Poéticas italianas. Para el des arrollo del horacianismo en Italia y en España, véase A. García Be- rrio, Formación de la teoría literaria moderna, 1. Tópica horaciana en Europa, Madrid, Cupsa, 1978, y para el horacianismo español, Formación de la teoría literaria moderna, 2, ya citado. 5 Divorcio entre teoría y praxis que cuenta, sin embargo, con nota bles excepciones, y en cualquier caso no es tan acentuado como se ha bía marcado por A. Vilanova. Entre esas excepciones está la peculiar imbricación de teoría y creación conceptistas, como pude ver yo mis mo en el caso del epíteto (véase J. M. P ozuelo, «El epíteto conceptis ta», en Revista de Literatura, 77-78 (1978), pp. 7-25, y en el caso de la concepción general de las figuras retóricas que estudié en mi artículo «Sobre la unión de teoría y praxis literaria en el conceptismo, un tópi co de Quevedo a la luz de la teoría literaria de Gracián», en Cuader nos Hispanoamericanos, 361-362 (1980), pp. 40-55. Otra excepción notable a ese divorcio teoría-creación sería la de la oratoria. 

El profe sor A. Roldán ha mostrado la imbricación teoría, retórica y creación del discurso en Cervantes; véase su libro Don Quijote: del triunfalis- mo a la dialéctica, Murcia, Universidad, 1974. 6 Véase A. Gallego Morell, Garcilaso de la Vega y sus comenta ristas, Madrid, Gredos, 1972. de Garcilaso es 1580, cuando Góngora y Lope escribían ya sus primeros poemas. Otro dato, no por anecdótico menos significativo, lo proporciona Francisco de Que vedo, que no se limitó a editar las poesías de Francisco de la Torre, inequívocamente renacentista, sino que cuando ataca a Góngora en uno de sus poemas, con motivo de haber comprado su casa, dice que para de- sengongorarla «quemó como pastillas Garcilasos». El equilibrio y claridad garcilasiana eran para el receptor de ese poema un horizonte de referencia normativo. Una reflexión más sobre el carácter no antagónico de la lírica del siglo xvn respecto a la del siglo anterior, y sin salir de la teoría literaria, puede proporcionarla la posición de Francisco de Cascales en las Tablas, o del propio Juan de Jáuregui del Discurso Poético ante el problema de la dificultad. Fuera ya del apasionamiento del Antídoto y de las defensas y diatribas polémicas, cuando hubo que reflexionar sobre la comunicación poética, la poesía del siglo xvi nunca fue discutida ni sentida como ajena o antagónica. Por el contrario, sus autores se proponían como ejemplos y metas, no sólo Garcilaso, sino en general los modelos italianos, funda mentalmente los petrarquistas7. Pero la poesía del siglo xvii forma un cuerpo muy va riado y complejo. El lector de esta selección podrá ob servar en ella poemas de muy diversa índole, tanto for mal como temática. Y es que estos años contemplan, en poesía, la convivencia de esquemas estróficos tradicio nales como el romance, la letrilla, las letras para cantar, y la poesía de esquemas compositivos cultos como el so neto, la octava real, la lira, etc. La culminación y asen tamiento de las formas importadas de Italia no impide la recuperación del acervo tradicional, como veremos más adelante. Igual ocurre con los temas. El lector de Góngora, Lope o Quevedo puede disfrutar la poesía más genuinamente elevada o difícil, de contenido mito lógico o filosófico (los poemas cultos neoplatónicos de 7 

El excelente y clásico libro de J. A. Fucilla, Estudios sobre el petrarquismo en España, Madrid, C.S.I.C., 1960, incluye a poetas del siglo xvn. Lope) junto a la poesía oficialista de tono panegírico o funerario, y todo ello junto a manifestaciones poéticas de circunstancias, cuando no de jocosas, procaces o atrevidas sátiras. La más sencilla letrilla sobre un tema de siega convive con el más culto poema sobre una fá bula mitológica (por ejemplo, los poemas de Faetón de Villamediana, o la Aminta y Orfeo de Jáuregui). ¿Es posible percibir algunos rasgos de unidad junto a toda esa variedad? ¿Es la poesía barroca un fenómeno con posible consideración unitaria? Creemos, en efecto, que existe una unidad básica, desde la cual una gran parte de los poemas de esta Antología pueden entender se desde perspectivas convergentes. Y es aquí donde el tema del Barroco vuelve a surgir. La historiografía ar- tístico-literaria ha buscado afanosamente las bases ideo lógicas y formales de esa unidad. Las diferentes teorías creo que pueden agruparse en dos grandes apartados: A) Quienes han visto los fundamentos de la unidad barroca en fenómenos estilísticos. La poesía del si glo xvii merece una consideración unitaria en cuanto es estilísticamente diferenciable de la renacentista, porque existen unas pautas formales que pueden aislarla como fenómeno. Desde Wolfflin hay quienes contemplan el Barroco como un código expresivo formalmente dife renciado, que arquitectónicamente se concreta en el ar quitrabe partido de una fachada de la época. Los mate riales, las sustancias serían las mismas, pero con predo minio de lo ornamental y adjetivo, con agitadas formas que imprimen un dinamismo que contrasta con el frío estatismo renacentista8. Esta corriente, que ha sido gra ta a una parte de la Estilística europea, subraya la de pendencia del Barroco respecto a la temática renacen tista. La poesía, como el arte barroco, hará visible, sin embargo, un tratamiento diferente de esos temas que 8 La obra clásica de Wolfflin, que inaugura una nueva sensibili dad hacia el estilo barroco, es Conceptos fundamentales de la Historia del Arte (1915). Véanse los agudos comentarios que sobre esta línea de pensamiento traza E. Orozco, en su Manierismo y Barroco, Sala manca, Ánaya, 1970. caminan siempre hacia la intensificación o el dinamismo expresivo a que hemos aludido.

 En este sentido, lo que define a la poesía barroca será la intensificación del hi pérbaton renacentista, la acumulación cuantitativa y cualitativa del cultismo léxico, la conversión de la antí tesis del Renacimiento en quiasmo. No se olvide que unos años después de la aparición del libro de Wólfñin, Dámaso Alonso salvó a Góngora de la incomprensión haciendo ver en el estilo del cordobés una culminación de tendencias que arrancaban de mucho antes. Góngora intensifica, violenta, retuerce la frase culta, acumula un cultismo tras otro, los integra en una construcción glo- balizada y total, pero «inventa» menos materiales de los que se le habían atribuido9. Lo propio del Barroco es, por tanto, para algunos, una intensificación, violencia y acumulación formal, una estilística nueva que sustituye la línea estática por el trazo dinámico, el equilibrio por el movimiento, el jue go y la dificultad frente a la claridad, etc. B) Otros intérpretes del arte y la poesía de ese perío do han visto los fundamentos de la unidad de lo barro co en su dependencia respecto a muy claros factores his- tórico-sociales. La poesía y el arte barroco, en general, se diferenciarían del renacentista por comprender y re flejar una nueva visión del mundo, una nueva actitud ante la realidad. Para Weisbasch, por ejemplo, el arte barroco se explica como arte de la Contrarreforma. Hay quienes, como M. Bataillon, subrayan su filiación tri- dentina, y quienes lo unen a la reacción del catolicismo románico con su emotividad y sensualismo, especial mente ligados, para H. Hatzfeld, a lo españoll0. En opi nión de J. A. Maravall, el Barroco es, sobre todo, una cultura, una estructura histórica que se descubre en la íntima relación de hechos de la historia social. Maravall 9 Véase D. Alonso, La lengua poética de Góngora, Madrid, R.F.E., 1935. 10 Puede verse un buen resumen crítico de tales teorías en el capítu lo I del libro de H. Hatzfeld, Estudios sobre el Barroco, Madrid, Gredos, 19733. acentúa el papel primordial que tiene en esta cultura la clase monárquico-señorial y su necesidad de defender —en el siglo xvii— unas estructuras de poder ya deca dentes. 

Ello daría sentido a la enorme ideologización de la poesía del Barroco y su búsqueda de nuevas fórmulas expresivas como el alarde y la maravilla Interesa tener presente que estas dos líneas interpreta tivas no tienen por qué contemplarse como excluyentes o antitéticas. Suponen dos perspectivas diferentes, pero complementarias, sobre un mismo objeto. Es evidente —como el lector de esta Antología comprobará— que la poesía barroca no es sólo un fenómeno estilístico-for- mal. Si conoce bien la poesía de Garcilaso o la de He rrera, observará profundas diferencias que van más allá de lo constructivo o elocutivo. Muy pocos niegan hoy que la poesía barroca —como el arte de la época en ge neral— contempla e! mundo de un modo diferente. Ad viene una nueva concepción del tiempo, una evidente presencia del desengaño, una acentuación de motivos sensoriales que reclaman la complicidad del receptor, una progresiva consideración elitista de la creación (co mo veremos al estudiar el problema de la dificultad doc ta), etc. Pero también es cierto que estos fenómenos no son independientes de un cambio de formas. 

No deja de ser evidente que el Barroco convierte en quiasmo las an títesis renacentistas, como dije. La poesía barroca, en suma, refleja en sus formas sensoriales, en su dinamis mo y quiebra unos cambios más profundos, una nueva «forma mentís». La sagacidad crítica de E. Orozco ha evaluado esta doble condición del Barroco como arte que va de lo aparente (lo sensorial, las formas llamativas) a lo pro fundo (lo espiritual, un nuevo sentido del tiempo y de la Historia). Recuerda Orozco a este respecto unos versos de A. Machado sobre el Barroco: El pensamiento barroco pinta virutas de fuego, 11 Véase J. A. Maravall, La cultura del Barroco, Barcelona, Ariel, 1975. Sin embargo... ¡Oh, sin embargo! hay siempre un ascua de veras en su incendio de teatro. El mismo Orozco indica que esta doble caracterización es básica para entender el fenómeno expresivo barroco. La aparatosidad, la complicación de los recursos, el des bordamiento ornamental (las «virutas de fuego») encie rran una trascendencia ideológica, un profundo sentido espiritual al que se llega a través de los sentidos12. El carácter ornamental y la aparatosidad a la que se refiere Antonio Machado se constituyen en rasgos típi cos de la expresión lingüístico-poética de la poesía ba rroca. 

En las investigaciones estilísticas sobre la misma se ha señalado con frecuencia el enorme peso del juego verbal, del circunloquio, perífrasis, quiasmo y otras fi guras retóricas de la amplificación. Pero por debajo de los procedimientos retóricos concretos en que se mani fiesta la expresión lírica del siglo x v ii, late un profundo sentido de renovación estética. Por mucho que hayamos insistido en la idea de dependencia cultural, de horizon te heredado que el Barroco tiene respecto al Renaci miento, no debemos olvidar que nunca hubo período en nuestra literatura en que los debates y enfrentamientos entre escuelas y corrientes fuesen más virulentos. La ra zón de esa virulencia no es otra que la profunda crisis que experimentan tanto los géneros como la estética de la composición poética. En el caso de los géneros literarios esa crisis lo es de nacimiento. Los llamados «géneros romances» por ex celencia, alejados de la normativa clásica, la «nueva co media» y la «novela», sufrirán en el siglo xvii un giro considerable y un impulso vitalista renovador, ligado en buena medida a la ampliación del público receptor. Es bien sabido que en el Arte Nuevo de Lope de Vega se declara una nueva estética literaria, fundamentada en la 12 E. Orozco, Manierismo y Barroco, cit., y «Caracteres generales del siglo xvii», cit., pp. 405-408. consideración del hecho literario como un fenómeno de «recepción», por un público que había de llenar o dejar vacíos los corrales de comedias (no es éste el lugar de desarrollar el tema de la comedia nueva, que tiene es pléndidas investigaciones). Igual ocurre con la «nove la», género que vino a tener desarrollo como tal, sobre todo en el siglo xvil, cuando con ei Quijote nace la lla mada novela moderna, superadora del marco de colec ciones de cuentos o historias y de las novelas de prosifi- cación de épica. Es desde este contexto de renovación de géneros don de debe contemplarse el problema de la lírica en el si glo xvii. 

La poesía barroca sufrirá —se beneficiará— de un mismo impulso de renovación. Lo que ocurre es que en este terreno dicha renovación afectará fundamen talmente a la misma concepción del fenómeno estético, a la filosofía de la composición, y luego, como consecuen cia, a los esquemas formales y estilísticos. Pero éstos de penden —en lo que la poesía barroca tenga de novedad y originalidad— del triunfo de una nueva estética: la lla mada estética de la dificultad. En efecto, el siglo xvii español observa una decidida intensificación del culto hacia la dificultad y oscuridad, entendidas como fenó menos admisibles y hasta defendibles. Ya a fines del si glo xvi A. López Pinciano, en su Philosofia Antigua Poética, glosaba tres diferentes tipos de oscuridad y no tenía inconveniente en dar como lícitas dos de ellas: la oscuridad que necesita la sátira para velar sus ataques y la que está originada en la ignorancia del lector respecto a la erudición antigua13.

 La única oscuridad condenada por el Pinciano es la de los enigmas, apotegmas, adivi nanzas y jeroglíficos, esta última admitida y alabada luego por los defensores de la agudeza conceptista. El camino abierto por Pinciano al distinguir y admitir la oscuridad originada en la ignorancia del lector será definitivo para el triunfo de la estética poética del Ba rroco. El Libro de la erudición poética de Luis Carrillo 13 A. López Pinciano, Philosophia Antigua Poética, ed. de A. Carballo Picazo, Madrid, C.S.I.C., 1963, vol. II, pp. 161-162. y Sotomayor, aparecido en 1611, será considerado por A. Vilanova como la «primera poética española del Ba rroco». En ella triunfa una estética que ya tenía formu laciones en la poesía pregongorina, pero que será defini tiva en la consideración del barroco como movimiento general de creación poética. Luis Carrillo defiende una poesía apoyada sobre la erudición; desprecia la poesía vulgar que no precisa estudios para entenderla y se aco ge a una concepción elitista —de élite intelectual— en la que el goce estético va inseparablemente unido a la exce lencia y cultura del receptor y a su sentimiento objetivo y subjetivo de serlo minoritario. Pese a haber sido cali ficado como la «Poética del culteranismo» el libro de Carrillo y Sotomayor propugna, asimismo, una dificul tad apoyada en la agudeza conceptual, por lo que su obra es mejor entenderla como no referida exclusiva mente a la poesía cultista, sino como una estética válida para la creación barroca en general, que en modo algu no contrapone, como veremos, culteranismo y concep tismo.

 El eje teórico doctrinal del Libro de la erudición poé tica, ya anunciado en su propio título, es la concepción de la poesía como fenómeno minoritario, la misma con cepción que hará luego escribir al granadino Soto de Rojas su Paraíso cerrado para muchos, jardines abier tos para pocos. El poeta, como recordaba Platón en el Ion, es un ser excelente, poseedor de facultades especia les que lo diferencian del simple versificador y le hacen capaz de descubrir cosas escondidas. Junto a ese triunfo de la concepción excelente de la poesía se da en el Ba rroco, y es visible en el libro de Luis Carrillo, una con cepción lúdico-estética que prima el fenómeno orna mental y parafrásico sobre cualquier otro. Esa concep ción lúdica afecta tanto al material verbal —Carrillo de fenderá la eufonía, el colorismo, el sensualismo visual y sonoro— como al material conceptual: sentirse el poeta y su auditorio excelentes por lograr alcanzar matices de pensamiento y entender voces desusadas, cultas, escon didas. El placer estético de la poesía es el que se sigue del esfuerzo por comprenderla; le es fundamental al de leite la dificultad para obtener lo que finalmente se ob tiene 14. Ya veremos más adelante cómo este esfuerzo in telectual es inherente a la definición misma del concep tismo. La nueva estética de la dificultad que dio tonos tan peculiares a la poesía barroca no debe ser limitada a la esfera de la poesía gongorina, como comúnmente se ha hecho. El lector de esta Antología encontrará muchas otras formulaciones de poesía difícil en Quevedo, en Lope y en otros muchos poetas. 

Es más, a menudo el salto conceptual de un poema satírico precisa mayores dotes de ingenio y cultura verbal en el receptor que la comprensión de la poesía culta de esquemas latinizan tes. Tan es así que un teórico tan alejado del gongoris- mo como Juan de Jáuregui, quien escribió incluso un Antídoto contra las Soledades, pudo abanderar él mis mo en su Discurso Poético15 la idea de una dificultad docta, aquella que reposa en una cultura, la de los doc tos, separada del común de los receptores. Lo que Jáu regui censura no es la dificultad, sino la oscuridad que nace de la materia verbal, del uso de voces y giros sin tácticos extraños. Frente a esa oscuridad contrapone la lícita dificultad nacida del concepto ingenioso y el pen samiento sentencioso que provoca la maravilla del lec tor. Estos dos términos —dificultad y maravilla— son repetidos constantemente en la época barroca y muy a menudo con ocasión de la lírica. Obtenemos así una concepción de la poesía como fenómeno minoritario, fundamentada en un portentoso dominio del idioma ca paz de originar un placer estético y la maravilla del re ceptor por medio de la dificultad. Toda esta estética y, en general, la mayor parte de las creaciones poéticas in 14 D. Luis Carrillo ignoraba que la crítica psicoanalítica acabaría dándole la razón. Uno de los fundamentos freudianos del placer esté tico es el que se sigue del esfuerzo o descarga intelectual que fija la atención sobre un objeto como puede verse en S. Frefud, El chiste y su relación con lo inconsciente, trad. de Luis López Ballestero, Ma drid, Alianza Editorial, 5.* ed., 1980. 15 Véase J. de Jáuregui, Discurso Poético, Madrid, Ed. Nacional, 1978. cluidas en esta Antología caben dentro de un término que, convenientemente explicado, acoge con singular permeabilidad la casi totalidad de la creación lírica de nuestro siglo xvii: el conceptismo.

 La voz «concepto», cuyos orígenes se perciben leja nos16, cubre fundamentalmente dos significaciones: una de carácter general y otra de carácter técnico o específi co. La de carácter general vincula el «concepto» a la ac tividad mental, al «pensamiento», pero incluso esta acepción cobraría en la oratoria un sentido más restrin gido y próximo al de sentencia, pensamiento agudo, ori ginal y profundo. La otra acepción, más técnica, de semboca incluso en una propiedad estilístico-retórica li gada a la traslación o relación entre objetos y/o voces lejanas. Se trataba, sobre todo en el siglo x v ii, cuando se hablaba de conceptos, de una manera especial de vin cular palabras y objetos en el discurso literario. Cuando Baltasar Gracián define el concepto como «acto del entendimiento que exprime (expresa) la corres pondencia que se halla entre los objetos»17, relacionó ambas acepciones, puesto que en su definición hay en realidad dos partes: 1.a) La afirmación de que el con cepto es un «acto del entendimiento»; no una sola figu ra retórica, sino una actividad o fenómeno intelectual. Por ello, según esta primera afirmación, la poesía con 16 Véase A. G arcía Berrio, España e Italia ante el conceptismo, Madrid, R.F.E., 1968, donde García Berrio defiende la estrecha vincu lación entre conceptismo y oratoria, especialmente visible en la orato ria sacra del siglo xvi, pero con antecedentes anteriores. Este mismo autor, en su Introducción a ¡a poética clasicista: Cascóles, Barcelona, Planeta, Í975, insiste en las relaciones entre «concepto» y dianoia griega o sententia latina. A. D’Ors ha analizado, en su Vida y poesía de Alonso de Ledesma. Contribución al estudio del conceptismo espa ñol, Pamplona, Eunsa, 1974, las relaciones entre los juegos de ingenio más populares y los alardes conceptistas. Para una visión general e in troductoria, véase el libro de A. C o lla rd , Nueva Poesía. Conceptismo, culteranismo en la crítica española, Madrid, Castalia, 1967. Recorde mos asimismo cómo el clásico libro de Curtius localiza cientos de an tecedentes del conceptismo en la literatura medieval latina. Véase E. R. Curtius, Literatura Europea y Edad Media Latina, México, F.C.E., 1955, 2 vols. 17 Véase B. G racián, Agudeza y Arte de Ingenio, Discurso II. ceptista está ligada íntimamente a los dos términos con que Gracián titulaba su libro: agudeza e ingenio. 

El ca rácter agudo de los pensamientos, su sutileza, el alarde en las relaciones es propiedad que sólo podrían cubrir ingenios notables, dotados de perspicacia y «versabili- tá», según Tesauro. Comenta así el profesor F. Monge estas propiedades: «La perspicacia penetra hasta las me nores y más escondidas circunstancias de todo ser; la «versabilitá» las relaciona entre ellas y con el sujeto las une o separa, aumenta o disminuye, pone unas en lugar de otras, etc. El ingenio, en fin, sabe ligar nociones dis tintas entre sí y encuentra en cosas desemejantes la se mejanza»18. 2?) La segunda parte de la definición de Gracián se refiere al carácter traslaticio del concepto que une —hallando correspondencia entre ellos— dos elementos u objetos ern principio no próximos. De lo que se trata por medio del concepto es de tender puentes agudo&-£ntre fenómenos que en la realidad aparecen se- paradosTdevforma que se obtenga un deleite intelectual al encontrar su correspondencia. Conectar extremos, construir poemasV^bre la base de relaciones que en apa riencia son oscuravHÜfíciles o simplemente raras, cu riosas o inéditas. F. LaJsiro Carreter estudió algunos de los procedimientos retórUmboncretos sobre los que se funda la «dificultad conceptist£f>i¿Jduchos de ellos tie nen como base la metáfora jtradicional o algún tipo de relación, porque lo inherente* al conceptismo es la trasla ción desde un objeto a otro, la aproximación de dos realidades lejanas; cuanto más lejanas más agudo será el concepto. En el conceptismo hay un fenómeno en el que teoría y creación artística muestran amplia coincidencia: me re fiero a la dependencia respecto a ciertos materiales de la tradición. Ya apunté, al comienzo de este estudio intro 18 Véase F. Monge, «Culteranismo y conceptismo a la luz de Gra cián», en Homenaje. Estudios de Filología e Historia literaria... para celebrar el tercer lustro del Instituto de Estudios Hispánicos de Utrech, La Haya, Van Goor Zonen, 1966, p. 359. 19 Véase F. Lázaro, «La dificultad conceptista», en su libro Estilo barroco y personalidad creadora, Madrid, Castalia, 1974, 2.* ed. ductorio, que en la lírica del siglo xvii era muy visible su filiación respecto a la renacentista. Pero el conceptis mo —sintiendo esta dependencia— intentó una renova ción estética. En otro lugar sostuve la tesis de que el conceptismo viene ligado fuertemente al fenómeno de la desautomatización contextual20. 

Aunque este rasgo es más visible en la lírica de tradición petrarquista, como la amorosa, creo que es extensible a otras parcelas co mo la metafísica, moral y satírica. La sensación que tiene el lector de que a finales del siglo xvi la lengua poética había alcanzado cimas insuperables, el carácter irrepetible de la lengua poética de Garcilaso, Fray Luis, Herrera, San Juan de la Cruz, suponían un enorme aval en cuanto a ductilidad de la lengua, pero también un enorme peso. J. M. Blecua, al presentar la lengua poéti ca de Quevedo, sostiene que era muy difícil evadirse del tópico, ser original en unos terrenos enormemente gas tados. Desde mi punto de vista esa óptica es clave para en tender el conceptismo —al menos en su expresión líri ca—. No es tanto una consecuencia automática como una necesidad de alejar los términos relacionados en las metáforas tradicionales o de aumentar el juego verbal con el suficiente promedio de agudezas nominales. Las figuras retóricas de la tradición, los esquemas de los tro pos tradicionales, las antítesis apenas contenían —si se repetían las mismas— ni agudeza, ni sutileza, ni origina lidad. Hay textos de Gracián —el principal teórico del Ba rroco español— en que se alude explícitamente al con ceptismo como un fenómeno de construcción secunda ria sobre los temas y las figuras de la tradición. En otro lugar he analizado algunos de los textos de Gracián en que se muestra la idea de que las figuras retóricas de la tradición son como los materiales de que se sirve la agu 20 Desde este concepto teórico tomado del formalismo eslavo anali zo la lírica amorosa de Quevedo y las vías de su dajjautomatización lingüistica en mi libro El lenguaje poético de la lírica amorosa de Que vedo, Murcia, Universidad, 1979. deza21. He aquí uno de esos textos: «Válese la agudeza de los tropos y figuras retóricas como de instrumentos para exprimir cultamente sus conceptos, pero condénen se ellos a la raya de fundamentos materiales de la suti leza»22. 

La tradición retórica actúa de materia para la construcción formal del conceptismo. Como señaló F. Monge, esta idea es central en la estética barroca y supone una reformulación de los fundamentos estilísti cos de la lírica. Los conceptos surgirán de la búsqueda de sentencias no dichas, o mediante la originalidad de presentación de las mismas. La metáfora típica B x A incluirá un término intermedio C X B x A, para aumentar el esfuerzo; a la antítesis sustituirá el quiasmo y al paralelismo del isocolon el cruce de miembros. La alegoría gustará de evitar la explicitud de la compara ción, y el zeugma tradicional buscará además la dilogía. El ideal de brevedad verbal responde en realidad a la necesidad de inflar el vocablo, su significación, hacerle decir a cada voz, como señalaba F. Lázaro, dos y tres cosas al mismo tiempo, de modo que se ejercite el inte lecto, porque ni siquiera la poesía satírica, el baile, la jácara o la letrilla están exentas en el siglo xvii de un es fuerzo intelectual. Nos encontramos ante una poesía po derosamente intelectual, cuando no, como ocurre con Góngora, ante una poesía en que el sensualismo adviene por penetración intelectual, de suerte que en sus versos cultos encontramos el ejercicio de recepción total que po ne en juego la sonoridad, la luz, las sensaciones con el jue go intelectual de esfuerzo metafórico y de dominio de un 21 En mi estudio «Sobre.la unión de teoría y praxis literaria...» ya citado. 22 Véase B. G racián, Agudeza y Arte de Ingenio, Prólogo «Al lec tor» (el subrayado es mío). Este fenómeno del conceptismo como forma respecto a la materia de las figuras tradicionales ha sido desta cado por los principales estudios de Gracián. Alude a él K. Heger, en su Gracián. Estilo lingüístico y doctrina de Valores, Zaragoza, Institu ción «Fernando el Católico», 1960, pp. 199-200. 

También lo analiza F. Mongue en su estudio citado (pp. 371-372). E. Raimondi, comenta idéntica posición respecto a Tesauro y la base aristotélica de su teoría de la metáfora en «Ingegno e metafora nella Poética del Tesauro», Letteratura barocca. Studi sul Seicento italiano, Firenze, 1961. código lingüístico y cultural que es extraño para el lector. Porque cuando se habla de conceptismo nos estamos refiriendo, como el lector habrá observado, también a Góngora, a Villamediana, a Soto de Rojas. Esta breve presentación de la estética conceptista sirve para Góngo ra. Es la lírica barroca un fenómeno bastante unitario, que la crítica ha parcelado en exceso. Es obvio que el Góngora de las Soledades y el Quevedo de «Cerrar po drá mis ojos» no obedecen a una misma inspiración; hay diferencias a las que luego aludiré, pero están uni dos por un tronco común conceptista, barroco, del que el primero supone una versión culta en algunas de sus obras. Desde que Menéndez Pelayo dijera que nada hay más antagónico que el culteranismo y el conceptismo ha llovido mucho. A. A. Parker opina que el conceptismo es un fenómeno unificador que acoge, como una de sus formulaciones, al culteranismo. Dámaso Alonso, F. Lá zaro y otros habían hablado del conceptismo gongori- no, de cómo Góngora era partícipe de esta estética de correspondencias entre fenómenos lejanos por medio de un puente —el concepto— que los uniera verbal e intelec tualmente. En el libro citado de A. Collard encontrará el lector muchas opiniones sobre esta unidad barroca y la escasa relevancia teórica de la separación. E. Rivers pudo analizar el conceptismo del Polifemo, y quien esto escribe ha encontrado numerosos cultismos léxicos en doscientos poemas de Quevedo. Todos estos estudiosos no cesan de recordar, además, que Gracián cita a Gón gora como águila de los conceptos, y los poemas del cordobés ejemplifican los recursos de agudeza con más frecuencia aún que los de Quevedo. 

En esta Antología encontrará el lector poemas cultos de Góngora, Villa- mediana, Jáuregui, Arguijo y otros. Si se detiene a ana lizar alguno detenidamente, verá hasta qué punto es —sobre todo Góngora— la culminación del desplaza miento intelectual —y no sólo sensorial como se había dicho— de un objeto a otro, de una realidad de la natu raleza o de la cultura mitológica a otra. La novedad, la maravilla, el ingenio, el alarde intelectual, la agudeza de la relación, son rasgos que afectan a Góngora como a nin gún otro; también al Quevedo satírico, que ha dado los poemas más difíciles y oscuros de la lírica del siglo xvu. Obviamente la poesía cultista de esta centuria forma un cuerpo peculiar dentro del conceptismo. Su peculia ridad tiene origen en características distintivas ya seña ladas por la crítica. La poesía cultista presenta una con vergencia de la metáfora conceptista con el código cul tural y lingüístico de la tradición latina. El esfuerzo in telectual de la relación conceptuosa se acentúa al incidir en una realidad —como la mitológica— que supone un verdadero código de referencias que el lector precisa contextualizar de nuevo. Esta realidad cultural está en treverada con unos rasgos lingüísticos de tradición lati na que afectan al léxico —creación de neologismos de raíz clásica— y a la sintaxis: hipérbatos, construcciones pronominales, etc., de base latina. Es la poesía cultista una convergencia de todos estos rasgos y, sobre todo, como han destacado los estudios de Dámaso Alonso, una intensificación cuantitativa y cualitativa de los mis mos respecto a la poesía anterior que ya los tenía. Junto a la base estética conceptista hay otras vías de renovación de la expresión poética que afecta a la lírica recogida en esta Antología. En la poesía del siglo xvii no encontramos únicamente la estética de la dificultad, la alambicada metáfora. Las renovaciones a veces cami nan en sentido contrario a las hasta ahora aludidas. Me referiré fundamentalmente a dos nuevas características presentes en buena parte de los autores: en primer lugar el vitalismo individualizador, el valor de la poesía como experiencia vital, individualizada, íntima; en segundo lugar la presencia de una poesía popular y el rescate de formas tradicionales. El vitalismo que origina en la poesía barroca esa re novación de los géneros atañe también a la propia inno vación temática dentro de cada uno de ellos.

 En la lírica una de las vías más sobresalientes de la renovación te mática es la entrada de una tonalidad intimista e indivi- dualizadora que hace que los grandes temas del Renaci miento sean pulsados por el poeta barroco con nuevo talante. Esa novedad afecta muy simplemente, y de mo do general, a un impulso interiorizador y particularizan te, visible, a título de ejemplo, en el tema del tiempo y el del desengaño. E. Orozco señaló que el tiempo es «el verdadero protagonista del drama barroco»23. En efec to, el lector de esta Antología podrá observar hasta qué punto es recurrente y general en poetas de muy distinta lira la consideración de la temporalidad. Ésta fluye en el Barroco ligada inexorablemente a motivos bien caracte rísticos como el de las ruinas —recuérdese el poema de Rodrigo Caro a Itálica— motivo central sobre el que se articula el más amplio tópico del ubi sunt? La inanidad de la existencia, el tema de la brevedad de la hermosura, la vida como tránsito, etc., han dado a nuestra poesía, en el siglo XVII, algunos de los más bellos e impresio nantes poemas. Pero la singularidad del Barroco no adviene única mente por la insistencia y resonancia sobre estos temas. Hay otra característica más definitiva aún: el tono inti- mista e individualizado con que la poesía del siglo xvn contempla la fugacidad del tiempo. Este tema pertenece a la poesía de todas las épocas y —como se sabe— fue grato al Renacimiento. El Barroco, sin embargo, ofrece la particularidad de considerar el tema de la Fortuna co mo algo que afecta al propio poeta, en tanto problema íntimo, vinculado a la propia existencia y despojado, in cluso, de la retórica tradicional para ofrecerse como una óptica personal de inanidad24. Como ejemplo de esta nueva perspectiva, el lector puede detenerse en los poemas metafísicos de Francisco de Quevedo. Encontrará allí los temas clásicos de la vi da como un punto fugitivo entre el ayer y el mañana. Pero Quevedo es citado una y otra vez por los poetas contemporáneos; Quevedo es sentido como un poeta existencial, moderno, actual, pues en sus poemas no en 23 Véase E. O rozco: Manierismo y Barroco, cit., pp. 57 y ss. 24 Véase M.a P. Palomo, La poesía de la Edad Barroca, Madrid, S.G.E.L., 1975, pp. 18-20. contramos sólo la repetición de una lección aprendida, sino que su singularidad emotiva es tan grande porque, como ha destacado J. M. Blecua, la autenticidad y ori ginalidad del Quevedo metafísico estriba «en algo muy elemental: en haber convertido en carne y sangre esas ideas (en haber vivido la teoría estoica, si puede decirse esto) en haberlas hecho suyas con toda pasión y angus tia»25. Por esta razón Dámaso Alonso veía al Quevedo angustiado, al poeta del «desgarrón afectivo» como un poeta sorprendentemente moderno, que cabe situar jun to a un Unamuno26. Esta actitud individualizadora de Quevedo que con vierte el tema del ubi sunt? en un dolorido recorrido so bre su propia muerte, su vida como algo que escapa, que es y fue en un breve punto, es típica del Barroco, quien liga frecuentemente la temática del tiempo a la del desengaño vital27. Lo encontramos también en Fernán dez de Andrada, en Lope, en Villamediana, como un fe nómeno general de nueva óptica sobre los viejos temas. El vitalismo individualizador no afecta únicamente al tema del tiempo. La poesía del siglo xvii se reviste en ocasiones de una apasionante y apasionada expresión de poderosa individualidad vital. Hay poetas en este siglo, como Lope, como Villamediana en algunos poemas, que suponen una definitiva trayectoria de síntesis entre vida y poesía. En muy escasas épocas de la lírica ha asaltado la experiencia vital al quehacer poético con la intensidad con que se da en un Lope de Vega, por poner el ejemplo más extremo de unión entre vida y poesía. 

 Todos los críticos han destacado esta cualidad como un rasgo peculiarísimo del Fénix; en tal medida que la lec tura de la Vida de Lope de Vega, de H. Rennert y A. Castro, es el primer paso obligado para cualquier es tudioso de su poesía. Pero este fenómeno, que es extre mo en Lope, ocurre también porque Lope es un poeta 25 J. M. Blecua, Introducción a su edición de F. de Quevedo. Obras completas, I. Poesía original, Barcelona, Planeta, 1968, p.C. 26 D. Alonso, Poesía española, Madrid, Gredos, 1962, p. 553. 27 Véase L. Rosales, El sentimiento del desengaño en la poesía ba rroca, Madrid, I.C.H., 1966. de su tiempo. Era un siglo el de Lope en que la separa ción entre creador y público y entre obra y circunstancia vital no era tan acentuada como lo es en la actualidad. El lector de esta Antología verá que son muchos los poemas nacidos de situaciones concretas, de hechos in cluso muy circunstanciales. Este fenómeno estaba tan extendido que puede hablarse incluso de un número grande de poemas, adscribibles al género de poesía cir cunstancial, como bailes, letrillas, poemas de homenaje, poemas de túmulos, dedicatorias, etc. Hay poemas he chos con ocasión de trasladarse un poeta a vivir a Va- lladolid y poemas nacidos con la vocación de lo efíme ro, aunque algunos hayan perdurado luego a causa de su originalidad. En gran parte esta profusión debe acha carse a un fenómeno general de la lírica del siglo xvii, cual es la enorme popularidad y estrecha ligazón con el receptor y al mismo tiempo con los fenómenos vitales y biográficos. Lope de Vega, Quevedo, Ruiz de Alarcón, Villamediana, Góngora, etc., eran personajes muy del dominio popular. Quizá haya que explicar por esta unión vida-poesía-receptor una de las causas del enorme florecimiento artístico de la Edad Barroca. La creación poética era una actividad y muy pocas veces una profe sión; y como actividad estaba atenta a los fenómenos vi tales y sociales, hasta tal punto que el pueblo receptor esperaba y reclamaba poemas concretos, de los poetas concretos. En el caso de Lope de Vega esta ligazón es tan estrecha que puede trazarse una trayectoria poético- biográfica que se inicia con los poemas de Belardo, na cidos al calor del amor por Elena Osorio, y continúa luego hasta sus poemas de arrepentimiento religioso. Ello hace que no sólo La Dorotea, sino incluso todo su cancionero poético pueda actuar como diario íntimo. Este llevar la vida —en sus circunstancias concretas— a la poesía, este vitalismo individualizador se vislum bra asimismo en otra faceta general de la poesía del si glo xvii: el vitalismo afecta incluso a la poesía satírica y burlesca, donde observamos una idéntica irrupción de lo vital. Uno de los rasgos más peculiares de la lírica del siglo x vii es su enorme apertura a todo el mundo social de la marginación. La poesía del siglo xvu recoge, de la mano de Góngora, Lope, Quevedo, un espléndido cua dro de la vida y, sobre todo, del lenguaje y oficios de la época. La sátira del siglo xvli no es tanto una sátira po lítico-general, cuanto una vitalista irrupción de tipos, rufianes, picaros; donde médicos, alguaciles, boticarios, jueces, alcahuetas, son arranque de poemas. Es éste un rasgo más de ese vitalismo que hace una poesía abierta a ser espejo de una época. No escapan a esa visión satírica e hiperrealista los propios temas de la tradición poética y mitológica. Críticos como D. Alonso, E. Orozco, J. M. Blecua, han analizado con detalle en distintos poetas ese formidable tirón que el poeta barroco da al cuadro mitológico o al medallón poético con una visión satírico-burlesca, también vitalista, por el cual el dios del Olimpo, o el afamado amante de la tradición, o el personaje homérico han descendido bruscamente de su mundo para, de la mano del poeta, provocar la escapa da, la sorpresa o el ridículo. E. Orozco señalaba cómo en este tema —al igual que con el de las ruinas y oíros la pintura y la poesía habían coincidido y veían en la ac titud del Velázquez de «Los Borrachos» (título popular de El triunfo de Baco) un vitalismo semejante al Góngo ra de la Fábula de Píramo y Tisbe, al Lope de las Rimas de Tomé de Burguillos o al Quevedo del Orlando Ena morado. Se trataba de introducir la vida —también la risa sarcástica o la ironía feroz— en los mitos de la tra dición amorosa, mitológica o heroica, a menudo excesi vamente anquilosados o alejados. 

Por último habíamos señalado que la poesía del si glo xvu concede, junto a una faceta cultista, conceptis ta y metafísico-moral, una atención muy singular a los temas y formas tradicionales. En efecto, en la poesía barroca conviven perfectamente la tradición heredada de Italia y el Renacimiento con la sensibilidad hacia las formas y temas de la poesía tradicional y popular. Ma ría del Pilar Palomo refleja en dos direcciones esta pre sencia de lo popular: «de una parte la glosa de los Can cioneros del siglo xv que, frecuentemente mantiene la estrofa original y, de otra, la lírica castellana (el villan cico, procedente del zéjel, la letrilla o la seguidilla, ya fi jada en el siglo xvi)»28. Este fenómeno de pervivencia de lo popular es enor memente importante en el teatro, vía a través de la cual se canalizan coplas, tonadillas o canciones de siega y al ba. Los poemas de Tirso y Lope recogidos en esta Anto logía procedentes de sus obras dramáticas pueden ser buena muestra de ello. Pero esta pervivencia no se da únicamente por la vía de la escena dramática popular. Es general en los poetas, incluso en aquellos que no cul tivaron el teatro, la recuperación del romance como es trofa para los más variados temas, a menudo con fun ción narrativa, aunque no siempre. Junto al romance, es estrofa reina la letrilla, esta última vinculada, con frecuencia, a la copla cantada. La vinculación de poesía y canto, enormemente fuerte en la lírica tradicional, es recuperada por los poetas del siglo xvii. Con ella se re cobran asimismo temas populares ligados a los ciclos agrícolas (canciones de siega), estacionales (mayos, tré boles) o sociales (canciones de boda, bautizo, etc.). Muy a menudo los poetas del siglo xvii toman un es tribillo o copla tradicional como pretexto de glosa que amplifica el tema o lo comenta siguiendo idénticos de rroteros tonales a los de la tradición oral. También en esta faceta vuelve a mostrarse esa característica que he venido glosando a lo largo de esta Introducción: la rela ción entre poesía-vida y recepción. Los romances eran conocidos por un pueblo que cantaba en sus fiestas y que reproducía luego, a menudo sin conocer su proce dencia, los romances de los poetas como si de canciones tradicionales se tratase.

 La creación poética original y la tradición llegaban así a hermanarse hasta integrar una comunicación continuada entre poesía, vida y tradición. Una vez dibujado el contexto teórico y algunos rasgos generales de la poesía del siglo x v ii, sería el momento de entrar en la consideración individual de cada uno de los poetas recogidos en esta Antología. Fuera de las coincidencias genéricas —todos los poetas vivían esta te 28 M .a P. Palom o, La poesía, cit., p. 39. situra expresiva y la dependencia respecto a la cultura renacentista— no estoy convencido de que exista ningún criterio que unifique las poderosas individualidades. Es éste un problema metodológico por resolver y que quizá sólo tenga soluciones parciales y siempre objetables. Lo más usual es agrupar las individualidades según dos cri terios diferentes: un criterio geográfico y un criterio es tilístico. El criterio geográfico consideraría fundamen talmente tres grandes ejes de agrupación: a) La llamada escuela andaluza, donde entrarían, junto a Góngora, sus predecesores (escuela ante- querana-granadina) y seguidores cultistas, con un estilo ornamental, luminoso y brillante. Aquí en trarían Arguijo, Rioja, Soto de Rojas, Carrillo y Sotomayor, Jáuregui. b) La escuela madrileña, que reuniría la poesía de la Corte: Lope de Vega, Quevedo, Villamedia na, etc. c) La escuela aragonesa, que agruparía a los Argen sola, Ledesma, cultivadora de un estilo más serio y parco en ornamentación. Pero una sola lectura de estos poetas hace ver que es ta agrupación externa es sólo útil en una primera ojeada y como instrumento exclusivamente didáctico, pero no tiene mayor justificación. En efecto, Jáuregui tiene poe mas que pertenecerían a todas esas corrientes; lo mismo Carrillo de Sotomayor, etc. Si hoy día es discutible el concepto de «escuela» o «corriente» lo es mucho más cuando su fundamento teórico es de tipo externo o geo gráfico. El criterio estilístico separaba habitualmente dos esti los: el culterano y el conceptista. Ya hemos visto y defen dido más arriba la fundamental unidad conceptista de la poesía del siglo x v ii. Esa unidad no obstaculiza el he cho de que, dentro del conceptismo se establezca una clara línea de poesía cultista. 

De hecho, en la época de que tratamos sí que había una conciencia de separación de dos modos poéticos diferentes: el culto y el llano. Por tanto, los escritores informan, a través de sus sáti ras y polémicas de que, aunque no sea válida la contra posición antinómica de conceptismo-culteranismo, sí existía una marcada sensibilidad para distinguir una poesía culta (con empleo de profusa cultura mitológica, orden de palabras y léxico cultista, metáforas brillantes, luminosidad y colorismo) de una poesía llana (enraizada en la línea expresiva, bien popular o bien estoico-sene- quista, con laconismo expresivo, pensamientos hondos y parquedad ornamental, etc.). «Grosso modo» se pue de decir que este criterio interno, de tipo estilístico, ser viría para situar en el primer grupo a los poetas de la es fera andaluza, precedentes o imitadores de Góngora, y en el segundo grupo a los otros. Pero esta división, que es la más frecuente, se muestra poco consistente cuando vemos que el mismo Góngora tiene poemas cultos y poemas llanos y poemas estoicos, o que Villamediana es gongorino unas veces y lo contrario otras. Lo mismo podría decirse del resto de los poetas. Un tercer criterio sería el de la consideración no de poetas, sino de «estilos» o «registros» verbales, sean formales estrictos o sean modales o temáticos. Así ha bría una línea de poesía seria, con cultivo de las estrofas de arte mayor y predilección por el soneto, con fuentes bíblico-estoicas y petrarquistas. Junto a ella habría una poesía satírico-burlesca, con incorporación de bailes, já caras y estrofas y lenguaje popular. Dentro de estas dos grandes tonalidades se podrían distinguir otras muchas: la poesía seria separaría la metafísico-moral (túmulos, «carpe diem», etc.) de la amorosa, la estrictamente reli giosa, etc. La poesía satírico-burlesca comprendería poemas burlescos o paródicos de la tradición culta, poe mas de crítica social, jocosos y poemas carnavalescos o tabernarios, etc.

 Al lado de estos dos grandes blo ques, con sus subdivisiones internas, habría un tercer bloque de poesía tradicional, para recoger las formas y temas de la lírica autóctona ligada a la vida social rural (villancicos, canciones de siega o de alba, letrillas para cantar, glosas a refranes, etc.). Esta triple caracteriza ción genérica: poesía seria, poesía satírico-burlesca, poesía tradicional tiene bastante sentido en tando respe ta las convenciones internas que operaban en cada uno de los estilos, pero no es útil para estudiar las poderosas individualidades antologadas aquí, puesto que casi todos los poetas cultivaron los tres géneros y no siempre con igual fortuna. Cada poeta introdujo su peculiar talante y estilo. El lector de esta Selección encontrará respetadas esas peculiaridades, en tanto la ordenación de la misma no es genérica, sino de autores. Dado que no existe criterio para agrupar que no sea dislocador de la realidad, he preferido aportar la información bio-bibliográfica de los autores antologados de modo individual. Antes de cada autor encontrará el lector una breve nota en que se presente al mismo, sus principales obras poéticas y algu no de sus rasgos estilísticos peculiares. En la bibliogra fía incluida en este libro podrá encontrar el lector fuen tes concretas para la ampliación de esas notas*. Murcia. Universidad. Febrero, 1983.

martes, 30 de junio de 2026

HISTORIA DE LA FILOSOFIA Desde la Revolución Socialista de Octubre de 1917 basta nuestros dias La filosofía marxista contemporánea



PRÓLOGO 

E l sexto y séptimo tomos de la presente H istoria de la F ilosofía están consagrados a examinar el desarrollo del pensamiento filosófico y sociológico desde la Gran Revolución Socialista de Octubre de 1917 hasta nuestros días. En los tomos precedentes, la exposición de la historia del pensamiento filosófico se llevó a cabo por países. En los tomos sexto y séptimo ha sido adoptado otro procedimiento, debido, ante todo, a ciertas peculiaridades de la evolución de las ideas filosóficas en la época contemporánea: doc trinas filosóficas que, en un principio, surgieron y se desarrollaron dentro de países concretos, comenzaron a adquirir un carácter internacional cada vez más acusado, lo que se manifiesta con particular relieve durante la época actual. Por lo que concierne a la filosofía marxista —el materialismo dialéc tico e histórico—, fue desde su nacimiento una doctrina internacional, el fundamento filosófico de la concepción del mundo del proletariado revolucionario. En su calidad de tal, ha ido desarrollándose durante la etapa leninista de su historia, enriqueciéndose con las conquistas de la cien cia y la cultura, con la experiencia del movimiento obrero y revolucionario de todos los pueblos. Rasgo característico de la evolución de la doctrina marxista, incluida la filosofía del marxismo, en la época actual, es que representa la base teórica del movimiento comunista mundial, al pertre char ideológicamente a los partidos marxistas-leninistas creados después de la Revolución de Octubre en casi todos los países del mundo. A partir de la segunda mitad, y especialmente desde fines del siglo xix, la filosofía burguesa empezó a manifestarse, en proporciones cada vez mayores, como una reacción ideológica internacional contra el materia lismo en general y contra el materialismo dialéctico e histórico en par ticular. Esta reacción se intensificó después de la Gran Revolución Socia lista de Octubre de 1917, y se acentuó después de la creación del sistema socialista mundial, cuando el anticomunismo se convirtió en el principal instrumento ideológico-político del imperialismo. La diversidad y multi plicidad de escuelas y corrientes del idealismo contemporáneo no pueden velar la tendencia fundamental de su desarrollo en línea descendente ni su degradación. En los tomos sexto y séptimo se estudia la filosofía marxista-leninista en sus principales aspectos y se analizan las corrientes fundamentales de la filosofía y la sociología burguesas. Los autores examinan las ten dencias filosóficas en su aspecto histórico, mostrando su origen y desarrollo, los virajes y modificaciones que han sufrido en su evolución, los problemas filosóficos surgidos en las diferentes circunstancias históricas y las solu ciones que encontraron. Al hacerlo así, revelan las peculiaridades del desarrollo del pensamiento filosófico y sociológico en los países del sistema socialista, en los países capitalistas y en los recién liberados del yugo colonial del imperialismo. El estudio de los problemas de la etapa leninista de la filosofía mar xista después de 1917 ocupa el lugar central en el tomo sexto. Comienza con una exposición del contenido filosófico de las obras de Lenin poste riores a Octubre de 1917 y termina con una característica general de la etapa leninista de la filosofía del marxismo como conquista máxima del pensamiento filosófico de la humanidad. Figura una exposición del pro greso de la filosofía marxista-leninista en la U.R.S.S. y en el movimiento comunista internacional, un examen de los problemas del materialismo dialéctico, del materialismo histórico y de las cuestiones filosóficas del comunismo científico, de la estética, la ética, el ateísmo científico y la historia de la filosofía. Un capítulo especial está dedicado a explicar cómo se enfocan diversos problemas de la filosofía marxista en el Programa del Partido Comunista de la Unión Soviética y en los documentos pro gramáticos del movimiento comunista internacional, así como a poner de manifiesto la lucha del marxismo-leninismo contra las concepciones filosó ficas y sociológicas del reformismo, el revisionismo y el dogmatismo en la actual etapa del desarrollo histórico. Se hace también un estudio de los aspectos filosóficos y sociológicos de la ideología de los movimientos nacionales de liberación de nuestros días y se muestra la atracción de los hombres de vanguardia de los países emancipados de la dependencia colonial por el socialismo, el in cremento de la influencia de las ideas marxistas leninistas, que han abierto ante los pueblos de dichos países la perspectiva del avance hacia el socialismo. Es de señalar, sin embargo, que los filósofos marxistas no han reali zado todavía una investigación científica detallada del estado del pensa miento filosófico y sociológico en determinados países, particularmente en aquellos que recorren ahora el camino de su existencia independiente: los de Africa y algunos de Asia y de América Latina. Al tiempo que se analiza el estado y las tendencias generales de las ideas filosóficas y sociológicas propiamente dichas, se examinan los pro blemas de las ciencias naturales contemporáneas, revelando su conexión con la filosofía, y se pone de relieve la lucha del materialismo dialéctico contra el idealismo y la metafísica en el terreno de la ciencia. • • • La preparación del tomo VI y su redacción general han sido obra de M. A. Dynnik, M. T. Iovchuk y B. M. Kédrov, miembros correspon dientes de la Academia de Ciencias de la U.R.S.S.; del académico M. B. Mitin, y de los profesores T. I. Oizerman y A. F. Okúlov, doctores en ciencias filosóficas. La redacción definitiva ha estado a cargo de M. T. Iovchuk y M. B. Mitin. PROLOCO 11 Han participado en la redacción del tomo y en su preparación para la imprenta B. V. Bogdánov, M. V. Kagánov, L. A. Kogan, I. Y. Popova y T. A. Sajárova. En la redacción de algunos capítulos y apartados han intervenido R. A. Burguete, S. N. Grigorián, V. Zh. Kelle, Y. P. Mija- lcnko, A. G. Mislivchenko, E. V. Osipova, E. A. Safrónova y M. A. Jeveshi. Los capítulos y apartados del tomo sexto han sido escritos por los siguientes autores: Capítulo I: M. T. Iovchuk (apartados 1-3), con la colaboración de I. Y. Popova; T. I. Oizerman (apartado 4) y B. M. Kédrov (apar tado 5). Capítulo II: A. F. Okúlov y L. A. Kogan (apartados 1-3), con la cola boración de M. D. Kammari y R. A. Burguete (en el apartado 3); M. T. Iovchuk (párrafo sobre la cultura, en el apartado 4) ; P. S. Trofímov (párrafo sobre la estética, en el apartado 4), y A. F. Shishkin (párrafo sobre la ética, en el mismo apartado). Capítulo III: M. T. Iovchuk y L. A. Kogan (apartado 1); P. V. Kop- nín (apartados 2-5), con la colaboración de Y. P. Mijalenko (en los dos apartados), de I. Y. Popova (en los dos apartados) y de B. S. Ukraíntsev. Capítulo IV: V. Zh. Kelle; A. S. Frish (apartados 1-2), con la colabo ración de 1VI. Y. Kóvalzon (en los apartados 1, 2 y 5); Y. A. Krasin y M. A. Jeveshi (apartado 3 ); E. A. Safrónova (apartado 4) ; I. S. Moró- zova (párrafo primero del apartado 6), y M. T. Iovchuk (párrafo segundo del apartado 6). Capítulo V: M. T. Iovchuk y B. M. Kédrov con la colaboración de R. A. Burguete, E. A. Safrónova y M. A. Jeveshi (en el apartado 1), con la de E. V. Osipova (en el apartado 2) y con la de I. Y. Popova (en el apartado 3); A. P. Butenko (apartado 4), y S. I. Popov (apar tado 5). Capítulo VI: B. V. Bogdánov (apartado 1); V. F. Berestnev, V. Z. Ro- govin y N. L. Léizerov (apartado 2 ); M. P. Baskin, con la colaboración de L. V. Konoválova (apartado 3), y el personal de la cátedra de Teoría e Historia del Ateísmo, de la Universidad de Moscú, dirigido por I. D. Pantsjava, con la colaboración de I. I. Krávchenko (apartado 4). En ciertos capítulos y apartados se ha hecho uso de documentos y materiales confeccionados por A. P. Bélik, V. G. Búrov, M. P. Gápochka, E. E. Davídov, Y. B. Kozlovski, V. V. Koziutinski, K. S. Kremen, G. I. Naan, I. B. Nóvik, E. F. Pomogáieva, N. S. Senin, L. V. Skvort- sov, A. M. Ushkov, E. A. Frolova y otros colaboradores. El índice bibliográfico para los tomos quinto, sexto y séptimo de la H isto ria de la F ilosofía ha sido preparado por E. F. Pomogáieva (literatura en lenguas extranjeras) y por L. V. Shumílova (literatura en ruso). El índice general del tomo sexto ha sido confeccionado por L. G. Gorshkova, y el de nombres, por E. A. Grossman. En la preparación del libro para la imprenta han colaborado E. A. Grossman, A. V. Deriúguina, A. V. Kalínina, L. N. Manuílova, I. S. Morózova, E. A. Safrónova y L. V. Shumílova. Los autores y' colaboradores expresan su reconocimiento a P. N. Fe- doséiev, que repasó numerosos capítulos y apartados de los tomos I-VI, a F. V. Konstantínov, a F. T. Arjíptsev, a G. S. Vasetski, a V. E. Evgráfov, a A. N. Maslin, a S. F. Odúiev, a I. Y. Omelianovski, a Ts. A. Stepanián, a B. A. Chaguin, a I. Y. Schipánov y a otros investigadores del Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la U.R.S.S., de las univer sidades de Moscú y de Leningrado y de otras instituciones científicas y centros de enseñanza superior, así como a los filósofos de otros países que han tomado parte en la revisión y discusión de los materiales del tomo sexto de Historia de la filosofía, contribuyendo con ello a la prepa ración del mismo.

lunes, 29 de junio de 2026

RUSSELL RONALD CLARK Prólogo JESUS MOSTERIN



 Prólogo 

Russell como lógico y filósofo por Jesús Mosterín Bertrand Russell nació el 18 de mayo de 1872, en el seno de una familia aristocrática de tradición política liberal y progresista. Su abuelo paterno, lord John Russell, había sido dos veces primer ■ ministro y jefe del partido liberal, habiendo introducido importantes reformas sociales y políticas. La madre de Bertrand murió en 1874, y su padre, dos años después. Ambos eran ateos y racionalistas, amigos y discípulos de John StuartMill, y dispusieron que sus hijos fueran educados por tutores de sus mismas ideas. Sin embargo, esta última voluntad suya no fue respetada. La educación de Ber trand y su hermano Frankfue confiada a su abuela paterna, mujer religiosa y puritana, aunque de ideas políticas avanzadas. 

La infancia y adolescencia de Bertrand Russell fueron muy solitarias. Al contrario que su hermano Frank, Bertrand no fue en viado a la escuela, sino que fue educado en casa de su abuela por preceptores particulares. Pronto abandonó las ideas religiosas de su abuela, aunque no tenía con quien hablar de sus dudas y pro blemas. Escribía sus reflexiones en un diario con letras griegas, a fin de evitar inspecciones indiscretas. Por otro lado, el ambiente serio y exigente de la casa de la abuela y la falta de contacto con otros niños y niñas de su edad contribuían a su melancolía. De todos modos, su infancia no fue del todo triste. Entre sus alegrías, destaca su primer contacto con la matemática, a la que más tarde se dedica ría con tanto éxito y ardor. «A la edad de once años -escribe Russell en su autobiografía- empecé a estudiar geometría, teniendo por preceptor a mi herma no. Fue uno de los grandes acontecimientos de mi vida, tan des lumbrante como el primer amor. Jamás había imaginado que pu diera haber algo tan delicioso en el mundo... Desde aquel momen to hasta que Whitehead y yo concluimos Principia Mathematica, cuando yo tenía treinta y ocho años, las matemáticas acapararon mi principal interés y constituyeron mi principal fuente de felicidad. Como toda felicidad, sin embargo, no era completa. Se me había dicho que Euclides demostraba las cosas, y me sentí profundamen te decepcionado al ver que empezaba con axiomas. Al principio, me negué a admitirlos, a menos que mi hermano me ofreciera algún razonamiento para que lo hiciera... La duda que me asaltó en aquel momento respecto a las premisas de las matemáticas no me abandonó, y determinó el curso de mi labor subsiguiente.» 

En efec to, esa negativa del niño Russell a aceptar los axiomas como algo indemostrado se convertiría más adelante en el empeño de demos trar también los axiomas matemáticos a partir de la lógica. A los diecisiete años se trasladó a Oíd Southgate para preparar los exámenes de ingreso en la Universidad de Cambridge. Allí en contró compañeros, pero no los que esperaba, pues resultaban ser demasiado groseros y brutos para el carácter delicado y sutil del joven Bertrand. «Me sentía profundamente desdichado -escribe Russell— Había un sendero que llevaba a New Southgate a través de los campos, y solía ir allí solo para contemplar la puesta del sol y pensar en el suicidio. No me suicidé, sin embargo, porque deseaba saber más matemáticas.» Algo más tarde, en 1890, ingresó Russell en el Trinity College de la Universidad de Cambridge. A partir de ese momento, todo cambió y sus años universitarios fueron felices. A. N. Whitehead, que le había examinado de ingreso, se percató de su gran inteligen cia y le puso en contacto con los alumnos más brillantes. Pronto fue admitido en el círculo exclusivo de «los Apóstoles», grupo de estu diantes y profesores especialmente inteligentes y curiosos, que se reunían todos los sábados a discutir con rigor y sin prejuicios sobre todo lo divino y lo humano. También G. E. Moore, Me Taggart y el mismo A. N. Whitehead -que más tarde colaboraría con Russell en la redacción de Principia Mathematica-formaban parte del grupo. Russell se graduó en matemáticas en 1893 y en filosofía en 1894. Ese mismo año se casó con Alys, la primera de sus cuatro mujeres. Poco después marchó a Berlín, a fin de estudiar política y economía. En 1896 publicó su primer libro, Socialdemocracia ale mana, y al año siguiente el segundo, Ensayo sobre los fundamentos de la geometría. Este doble interés por la política y por la ciencia —sobre todo la matemática— lo mantendría Russell a lo largo del resto de su vida. Rebelión contra el idealismo Cuando Russell inició sus estudios en Cambridge, el idealismo dominaba la filosofía europea. Russell comenzó aceptando la filo sofía vigente en Gran Bretaña en aquella época, una versión del hegelianismo debida a Bradley y Me Taggart. Según esta doctrina, en realidad sólo hay una cosa, que lo es todo y que es la concien cia. Y los últimos enunciados realmente verdaderos son los que se refieren al todo (o absoluto, o conciencia absoluta). A esta peregri na doctrina se llega por la llamada teoría de las relaciones internas. En efecto, la lógica tradicional no conocía más atributos que los predicados monódicos (que designan propiedades). Los relatores o predicados poliádicos («...ama a...», «está situado entre... y ...») habían sido ignorados por Aristóteles. 

Esta insuficiencia del análisis lógico conduce a la curiosa doctrina metafísica del idealismo abso luto. Puesto que en lógica se ignoran los relatores, en ontología se niegan las relaciones reales o «externas». Las relaciones son, pues, concebidas como «internas», como siendo en realidad propiedades de los objetos relacionados. Si un libro está encima de la mesa, entonces el estar encima de la mesa es una propiedad del libro, y la mesa forma parte de la naturaleza del libro. Pero el estar debajo del libro es, a su vez, una propiedad de la mesa y, por tanto, el libro forma parte de la naturaleza de la mesa. Y como cada cosa está relacionada de alguna manera con todas las demás, cada cosa forma parte de la naturaleza de las demás. En definitiva resulta, pues, que no hay más que una cosa, que es la totalidad o el absolu to. Por otro lado, cualquier cosa que consideremos está relaciona da con nuestra conciencia que la considera, y forma parte -por la teoría de las «relaciones internas»- de esta conciencia. No hay, pues, más que una cosa, y esa cosa es la conciencia. La conciencia es el absoluto. Además, cualquier enunciado particular (como que el libro que está encima de la mesa tiene cien páginas), al aislar artificialmente un hecho que en realidad está relacionado interna mente con todas las cosas, presenta una visión deformada y parcial de la realidad, es falso o, a lo sumo, sólo relativa y parcialmente verdadero. Para ser verdadero sin más, el enunciado habría de referirse a todas las cosas implicadas en el asunto, es decir, a todas las cosas, al todo o absoluto. Los únicos enunciados verdaderos son los enunciados sobre el absoluto. Russell no acababa de estar satisfecho con esta teoría, que chocaba con lo que a él le gustaba llamar su «robusto sentido de la realidad». Buscando solución a las dificultades que encontraba en Bradley, Russell acudió a la lectura directa de Hegel. 

El contacto con las obras del maestro del idealismo acabó de convencer a Russell de lo absurdo de la doctrina. Junto con su compañero, G. E. Moore, se rebeló contra ella, desarrollando la teoría de las relaciones externas y estableciendo las bases de su «atomismo»: en el mundo hay una multitud de cosas, distintas unas de otras y de la conciencia, aunque relacionadas entre sí por relaciones externas. Los enunciados particulares («el Sena pasa por París», «me he com prado un sombrero»...) pueden ser verdaderos (en el pleno sentido de la palabra) con completa independencia del resto del universo. En un primer momento, la euforia causada por el rechazo del encantamiento idealista llevó a Russell al extremo contrario, a aceptar como real e independiente todo lo que el idealismo había condenado como aparente: los objetos físicos observables, las enti dades teóricas, los puntos espacio-temporales, los números, las proposiciones, etc. Pero esta etapa no había de durar mucho. El logicismo Según el idealismo hegeliano, resulta imposible entender nin guna parte del todo sin comprender cuál es el papel que esa parte desempeña en el todo, cuáles son sus relaciones con el resto del todo, sin entender, primeramente, el todo. El análisis sería, pues, imposible. Pero una vez rechazado el idealismo, el camino queda abierto para utilizar el análisis, pues resulta posible el conocimiento de hechos y relaciones particulares mientras todavía se ignora «la totalidad». 

Si el rechazo del idealismo era la condición negativa de la viabilidad del método analítico, su condición positiva era la de de sarrollo de una lógica lo suficientemente precisa y compleja como para dar cuenta de la estructura de todos los enunciados que hayan de ser analizados y, en primer lugar, de todos los enunciados cien tíficos. «El año más importante de mi vida intelectual -escribe Russell- fue el año 1900, y el acontecimiento más importante de ese año fue mi visita al Congreso Internacional de Filosofía de París... en el que quedé profundamente impresionado por el hecho de que, en todas las discusiones, las intervenciones de Peano y sus discípulos tenían una precisión de la que carecían todos los demás.» Durante el Con greso, celebrado en julio, Russell se puso en relación con Peano, cuyo simbolismo dominó rápidamente. «A últimos de agosto —cuenta Russell— ya me había familiarizado por completo con toda la obra de su escuela. Empleé el mes de septiembre en extender sus métodos a la lógica de las relaciones... Fue una época de embria guez intelectual. Mis sensaciones se asemejaban a las que se experi mentan tras escalar una montaña en medio de la niebla cuando, al llegar a la cima, la niebla se disipa súbitamente y el panorama se hace visible en cuarenta millas a la redonda.» A principios de octu bre Russell se puso a escribir Los principios de las matemáticas, desarrollando su filosofía de la matemática y redactando los cientos de páginas de la obra en los tres meses siguientes. La filosofía russelliana de la matemática, conocida como «logi- cismo», se basa en la tesis de que la matemática es enteramente reducible a la lógica. Esta tesis se articula en dos partes: 1) todos los conceptos matemáticos son definibles a partir de conceptos pura mente lógicos y 2) todos los teoremas matemáticos son deducibles a partir de principios lógicos. El programa logicista consistía precisa mente en llevar a cabo el desarrollo de esa tarea. Los matemáticos del siglo XIX —Weierstrass, Dedekind, etc — habían llevado a cabo la llamada aritmetización del análisis, redu ciendo los números complejos, reales y racionales a clases de nú meros naturales. Por tanto, el primer paso del programa logicista tenía que consistir en definir los números naturales en términos lógicos. Digamos que dos clases son biyectables si se puede es tablecer una bisección o correspondencia biunívoca entre sus ele mentos. Para ello no es necesario numerarlos: el camarero que coloca un tenedor al lado de cada plato está estableciendo una bisección entre los platos y los tenedores de la mesa sin necesidad de numerarlos. Pues bien, Russell identifica el número de (elemen tos de) un conjunto con la clase de todas las clases biyectables con ese conjunto. 

Así, por ejemplo, el número de páginas de un libro sería la clase de todas las clases biyectables con la clase de las páginas de ese libro. En especial, el 2 sería la clase de todos los pares, el 3 la clase de todos los tríos, etc. Habiendo definido lo que es el número de una clase, se puede definir número natural, en general, como aquello que es número de alguna clase: x es un número natural si y sólo si hay una clase y tal que x es el número de y. Esta definición no es circular, pues el concepto de número de está previamente definido con total independencia del concepto de número natural. Toda esta teoría ya había sido previamente expuesta porFrege, pero Russell sólo descubrió sus obras después de haber llegado por sí mismo a las mismas ideas. De todos modos, el programa logicista enunciado en Los prin cipios de las matemáticas habría de ser llevado a cabo posterior mente, deduciendo los principales teoremas matemáticos a par tir de principios lógicos explícitos mediante las reglas de la lógica formal. Russell estudió y asimiló rápidamente tanto la lógica de Frege como el simbolismo de Peano, desarrolló también la lógi ca de las relaciones y dispuso pronto del instrumento formal flexi ble y potente que necesitaba. Había llegado el momento de poner se manos a la obra. Las paradojas En la primavera de 1901 Russell se puso a deducir la matemá tica de la lógica. De pronto, se dio cuenta de que su trabajo había sido en vano. Las ideas intuitivas de clase o conjunto que había venido utilizando resultaban ser contradictorias. Estudiando la pa radoja descubierta por Cantor, y referente a la cardinalidad de la clase universal, llegó a descubrir una contradicción mucho más simple y básica: la llamada «paradoja de Russell».

 Según la idea intuitiva, a cada propiedad corresponde una clase: la clase de todas las cosas que tienen esa propiedad. Pense mos en la clase de todas las clases que no son miembros de sí mismas. ¿Es miembro de sí misma? Si lo es, no lo es. Si no lo es, lo es. En cualquier caso, se obtiene una contradicción: {x | x^x}e{x | x^x} «—» {x | x^x}^{x | x^x} o, llamando rala clase de todas ¡as clases que no son miembros de sí mismas —es decir, a {xjxí^r}—, obtenemos que r es miembro de r si y sólo si no es miembro de r: r e r «— » r ^ r «Al principio -escribe Russell— supuse que podría superar con facilidad la contradicción, y que probablemente habría un error trivial en el razonamiento... Durante la segunda mitad de 1901 seguía pensando que la solución sería fácil, pero, al término de ese tiempo, había llegado a la conclusión de que se trataba de una tarea enorme...» Mientras la difusión de la paradoja de Russell pro ducía en toda Europa una verdadera crisis de los fundamentos de la matemática, Russell seguía esforzándose infructuosamente en re solver las contradicciones. «Todas las mañanas -escribe- me senta ba ante una hoja de papel en blanco. Durante todo el día, salvo un breve intervalo para comer, miraba fijamente la hoja en blanco. A menudo, cuando llegaba la noche, la hoja seguía intacta... Los dos veranos de 1903 y 1904 están grabados en mi mente como un periodo de un absoluto estancamiento intelectual.» La teoría de los tipos En 1905 desarrolló Russell su teoría de las descripciones, que ayuda a entender el status lógico de expresiones -como «el actual rey de Francia» o «el mayor número primo»— que, si bien parecen, por su forma, referirse a algo, no hay nada a lo que puedan re ferirse. La solución definitiva a las paradojas la encontró Russell en 1906 con el desarrollo de la teoría de los tipos. Según esta teoría -en su versión más simple y simplificando mucho— todas las clases se dividen en tipos: las clases de individuos o cosas concretas son clases del primer tipo; las clases de esas clases son clases del segun do tipo; al tercer tipo pertenecen las clases de clases del segundo tipo, etc. En la teoría de tipos sólo puede afirmarse o negarse la pertenencia de una clase de tipo determinado n a otra clase de tipo inmediatamente superior n + 1.

 Expresiones tales como «clase que es miembro de sí misma» —xEx— no son verdaderas ni falsas, sino que están mal formadas, carecen de sentido, y no son formulables en la teoría de los tipos, con lo que las contradicciones por ellas generadas desaparecen. «Después de esto -escribe Russell- sólo quedaba escribir el libro... Trabajé en ello de diez a doce horas diarias durante unos ocho meses al año, desde 1907 hasta 1910.» El resultado constitu ye los tres gruesos volúmenes de Principia Mathematica, publica dos entre 1910 y 1913, y que pretenden llevar a cabo, de modo completo y detallado, el programa logicista, reduciendo la matemá tica entera —y en especial la aritmética— a los principios de la lógica. Dificultades surgidas en el desarrollo de los Principia hacen dudoso que la tesis logicista quedara en ellos probada (por ejem plo, resulta difícil pensar que el axioma de infinitud o el de reducibi- lidad sean principios lógicos). Y pocos filósofos de la matemática actuales aceptarían esa tesis. En efecto, las famosas investigaciones de Kurt Gódel culminaron en el llamado teorema de incompletitud, que afirma la imposibilidad de formalizar completamente la aritmé tica dentro de un sistema de axiomas y reglas de inferencia. Con ello, la tesis logicista quedaba arruinada. Pero eso no es óbice para que la obra gigantesca Principia Mathematica sea un pilar funda mental de toda la lógica y la filosofía de la matemática posteriores. El mismo trabajo de Gódel tomó los Principia de Russell como punto de partida, e incluso su título alude a ellos: «Sobre sentencias formalmente indecidibles en Principia Mathematica y sistemas afi nes» (1931). Entre 1902 y 1910, la tensión combinada de un esfuerzo in telectual agotador y de una serie de desdichas privadas hizo muy difícil para Russell desarrollar su tarea hasta el final. «Pero persistí -nos cuenta- y, al final, el trabajo quedó concluido, aunque mi intelecto jamás se recuperó por completo de aquella tensión. Y desde entonces, siempre me he sentido menos capaz que antes de abordar abstracciones difíciles.» El fenomenalismo En 1911, Bertrand Russell pasó a aplicare1 método del análisis lógico al dominio de las ciencias empíricas y los objetos físicos. La primera versión de sus resultados apareció en 1914 en el libro Nuestro conocimiento del mundo exterior. En nuestro conocimiento empírico (es decir, no puramente formal, como el lógico o matemático), Russell distingue elementos primordiales, creídos por sí mismos, sin justificación alguna, y ele mentos derivados, inferidos en algún sentido (aunque sea in conscientemente) de los anteriores. 

Los elementos primordiales, inmediatamente evidentes, de nuestro conocimiento empírico son los datos sensibles -sense data- directamente perábidos por la vis ta, el tacto o el oído. Nuestros conocimientos referentes tanto a los objetos físicos de la experiencia cotidiana (árboles, hombres, sillas, etcétera) como a los objetos teóricos de la ciencia física (campos electromagnéticos, partículas elementales, etc.) constituyen ele mentos derivados o inferidos de los datos sensibles. Así como al tratar del conocimiento formal, Russell había in tentado reducir la matemática a la lógica, redefiniendo todos los conceptos matemáticos en función de conceptos puramente lógi cos, así también al tratar del conocimiento empírico, Russell intenta reducirlo a sus elementos más evidentes y seguros, es decir, a los datos sensibles inmediatos. No se trata de que no podamos seguir hablando de los objetos físicos tanto observables como teóricos. Los primeros son necesarios para nuestra vida diaria; los segundos, para la formulación de teorías científicas que nos sirven para expli car y predecir las variaciones y regularidades en la ocurrencia de los datos sensibles. De lo que se trata (aplicando el principio de la navaja de Ockham, de que ho hay que multiplicar las entidades admitidas sin necesidad) es de hallar la manera de definir los obje tos físicos observacionales y teóricos como estructuras complejas de datos sensibles, de tal modo que los enunciados físicos (tanto coti dianos como teóricos) puedan ser interpretados como abreviaturas de otros enunciados más largos en los que sólo se habla de datos sensibles y clases de datos sensibles, etc. 

Cuando hablamos de los objetos físicos estaríamos, pues, hablando en último término de lo dado en la percepción sensible. Esto no significa que los objetos físicos sean manojos de datos sensibles, sino únicamente que los datos sensibles proporcionan una base suficiente para la interpreta ción y justificación de nuestras afirmaciones físicas, o (usando una famosa distinción de Russell) que nuestro conocimiento por des cripción es reducible a nuestro conocimiento directo. Nuestro conocimiento del mundo exterior se limita a indicar a grandes rasgos este programa fenomenalista de reconstrucción del aparato conceptual de la física a partir de los datos sensibles, pero no lleva a cabo el desarrollo detallado del mismo. El libro acaba diciendo: «El estudio de la lógica constituye el estudio central de la filosofía: proporciona a la filosofía su método de investigación, al igual que la matemática proporciona a la física el suyo... Todo el supuesto conocimiento de los sistemas tradicionales debe ser barri do y un nuevo comienzo debe llevarse a cabo. A los hombres comprometidos en el desarrollo de la ciencia, que hasta ahora, y no sin justificación, se han desviado de la filosofía con cierto menos precio, este nuevo método, exitoso ya en problemas tan antiguos como los del número, el infinito, la continuidad, el espacio y el tiempo, ofrece un atractivo que los métodos más antiguos han dejado completamente de ofrecer... La primera y única condición que es necesaria para asegurar a la filosofía en el futuro cercano unos resultados que superen con mucho todo cuanto hasta ahora ha sido realizado por los filósofos, es la creación de una escuela de hombres con entrenamiento científico e intereses filosóficos, libres de las tradiciones del pasado y no desviados por los métodos litera rios de los que imitan a los antiguos en todo excepto en sus méritos.» En 1921, el joven Rudolf Camap leyó esta palabras. «Sentí -escribe Camap— como si ese llamamiento me hubiera sido dirigido a mí personalmente.» Camap —que había acabado sus estudios en física y filosofía- se puso a estudiar febrilmente las obras de Russell. 

 No teniendo dinero para comprar los Principia, le escribió a Rus sell, preguntándole dónde podría comprar un ejemplar de segunda mano. Russell no se lo pudo decir, pero le contestó enviándole las definiciones más importantes de los Principia, en treinta y cinco páginas escritas a mano por él mismo. A partir de entonces Camap, recogiendo el guante lanzado por Russell, se dedicaría al desarrollo del programa fenomenalista de reducción de nuestros conceptos físicos a los datos sensibles. Sin embargo, más bien que los datos sensibles aislados, Camap -influido por la Gestalttheorie- eligió como base de reducción las vivencias elementales (o totalidades de la percepción sensible en un instante determinado) y la relación de reconocimiento de analogía entre dos vivencias elementales. A par tir de esta base fenomenalista (y solipsista) Camap construye -me diante definiciones formales que sólo hacen uso del aparato lógico de Russell- el mundo de la sensación, el mundo de los objetos físicos, etc. Las investigaciones de Camap aparecieron en 1928 en el libro La construcción lógica del mundo. En definitiva, lo que Russell había propuesto y Camap había (al menos en parte) realizado no era sino la precisión y análisis lógicos de la tradicional tesis empirista de que nuestro conocimiento no formal es reducible a los datos de la experiencia sensible in mediata. Sin embargo, entre el tratamiento de Locke y Hume y el de Camap hay la misma diferencia que entre el atomismo de De- mócrito y la actual física atómica. El programa fenomenalista tropezó con muchas dificultades, puestas de manifiesto precisamente por su tratamiento formal. Rus sell pasó de tomar como base los datos sensibles de un solo indivi duo a tomar los de todos los hombres, e incluso todos los datos sensibles posibles, para acabar finalmente (en Investigación sobre el significado y la verdad, 1940, y Conocimiento humano: su finali dad y sus límites, 1948) abandonando los datos sensibles en favor de un sistema en que se toman como base las cualidades simples y la relación de compresencia. El mismo Camap abandonó también pronto sus investigaciones sobre el programa fenomenalista, pen sando que una base fisicalista (o materialista) era más adecuada para el desarrollo del lenguaje científico y la comprobación in tersubjetiva de los resultados. Sin embargo, el programa fenome nalista, abandonado por sus fundadores, seguiría y sigue abriéndo se camino. 

La estructura de la apariencia, de Nelson Goodman, aparecido en 1951, representa el más refinado y técnicamente per fecto tratamiento que la tesis fenomenalista ha recibido hasta hoy. Russell y la filosofía actual Tanto la tesis logicista (la matemática es reducible a la lógica) como la tesis fenomenalista (la física es reducible a los datos sensi bles inmediatos) no han podido ser convincentemente establecidas. En cierto modo han fracasado, pues casi ningún filósofo actual de la ciencia las aceptaría. Sin embargo, los métodos usados en su desa rrollo -los métodos del análisis lógico- han resultado ser extraordi nariamente fecundos. La filosofía de Russell abarca todos los problemas y aporta soluciones originales a muchos de ellos que aquí no podemos men cionar siquiera. Señalaremos únicamente que durante los años anteriores y posteriores alai Guerra Mundial, Ludwig Wittgenstein estuvo estudiando filosofía con Russell y colaborando con él en la formulación de la filosofía que luego aparecería en la Filosofía del atomismo lógico (1919) de Russell y en el Tractatus Logico-Philo- sophicus de Wittgenstein (1922); que la distinción entre «falso» y «sin sentido» introducida por Russell a propósito de la teoría de los tipos ejerció un notable influjo en el Círculo de Viena; que Russell anticipó las ideas más tarde desarrolladas por Tarski para evitar las paradojas semánticas mediante la distinción de una jerarquía de metalenguajes; que la teoría de las descripciones de Russell permi tió a Quine la formulación de su famoso criterio ontológico, etc. Y no seguimos, porque hacer la lista de las influencias de Russell equivaldría a contar la historia de la filosofía contemporánea. En 1944, P. A. Schilpp publicó dos volúmenes de homenaje a Bertrand Russell y entre los homenajeantes que analizaban su pen samiento se encontraban figuras de la talla de A. Einstein, K. Gódel y G. E. Moore. Un cuarto de siglo después aparecería un nuevo volumen de homenaje, titulado esta vez Bertrand Russell, filósofo del siglo. En efecto, ningún otro filósofo de este siglo —con la posible excepción de Wittgenstein- podría compararse con Russell en cuanto a su decisiva influencia en los más diversos campos. Sin embargo, Russell no es fundador de ninguna escuela filosófica; el «russellismo» no existe. Ni siquiera mantuvo sus propias ideas es tables a lo largo de su vida, sino que las sometió a un inacabable proceso de constante (y a veces radical) revisión. 

Al servicio de los hombres Bertrand Russell se ha ganado un puesto de primer plano en la historia del pensamiento sobre todo gracias a sus aportaciones a la lógica y a la filosofía. Sin embargo, esta actividad filosófica y cientí fica no fue sino una faceta de su rica personalidad, que también se manifestó con lucidez y apasionamiento en los más variados domi nios de la praxis. Hombre que sentía aguda e intensamente el dolor y la opre sión de los otros hombres (y mujeres), Russell dedicó una conside rable parte de sus energías a la lucha contra la brutalidad, el dog matismo y la injusticia. Russell siempre ha sido un ardiente partida rio de la igualdad de derechos de las mujeres -ya en 1907 fue candidato al Parlamento por la unión pro sufragio femenino, te niendo que aguantar insultos, mofas y violencias sin cuento y no saliendo elegido-. Russell siempre ha abogado por el control de la natalidad y por la liberalización de las costumbres sexuales -lo que le valió ser expulsado de su cátedra de matemáticas de la Universi dad de Nueva York en 1940 por decisión de un juez católico fanáti co—, Russell siempre se ha opuesto a las guerras —por sus manifes taciones pacifistas contra la intervención inglesa en la I Guerra Mundial fue condenado en 1918 a seis meses de cárcel, que él aprovechó para escribir en su celda Introducción a la filosofía mate mática, brillante exposición divulgadora de los resultados de sus investigaciones anteriores. Insatisfecho de la educación autoritaria de las escuelas de su tiempo, Russell se interesó vivamer te por la pedagogía, creando y dirigiendo él mismo una escuela de carácter avanzado, a la que asistían sus propios hijos. Preocupado por el riesgo de una nueva guerra mundial, Russell pasó gran parte de los años 50 organizando campañas a favor del desarme y en especial contra el armamento atómico y las pruebas de bombas nucleares. Crítico implacable de todas las opresiones, lo mismo denunció desde el principio la total supresión de las libertades en la Unión Soviética que criticó seve ramente la intervención norteamericana en la guerra del Vietnam. 

En su larga vida -vivió 98 años- Russell vio triunfar muchas de las ideas y causas que había defendido, recibió innumerables hono res -desde la Orden del Mérito hasta el premio Nobel de literatura- y fue ampliamente admirado. Su vida, tanto pública como privada, fue rica y variada. Sin embargo, su aguda sensibilidad le hizo sufrir mucho y compadecerse intensamente por las desdichas que azota ron a la humanidad y que él ser tía como propias. Pero nunca perdió la esperanza, ni la razón, ni siquiera el sentido del humor.

sábado, 27 de junio de 2026

Cuentos japoneses Karl Alberti Traducido por Marina García Rodríguez



Cuentos japoneses Karl Alberti Traducido por Marina García Rodríguez

Cuentos japoneses de Karl Alberti (1868-1930) Una colección de los mitos, leyendas y cuentos más bonitos de Japón escogidos para los jóvenes alemanes y traducidos libremente al alemán por el profesor Karl Alberti en Tokio. Ilustraciones realizadas por T. Tokikuni, Tokio.

INTRODUCCIÓN 

Con justicia se conoce Japón como "el país del sol naciente", ya que realmente ofrece estímulos naturales maravillosos y tesoros invaluables del arte y la literatura (especialmente los más antiguos) no solo para los investigadores, también para los literatos y los simpatizantes de una nación pura. La cultura de los cuentos japoneses, de la que he compilado y editado una selección para los jóvenes alemanes, es rica y no inferior a la cultura alemana. 

Sé que el primer trabajo del rico legado de cuentos de Japón creado para los jóvenes alemanes ofrece una selección escogida cuidadosamente, y que es posible que se hayan publicado en otros sitios, como repartidos en varios periódicos, revistas y otros trabajos de traducción literaria, en los que solo encontramos una versión adulta de los cuentos. No he usado ni tomado como modelo ninguna de estas publicaciones, solo las ediciones japonesas y los relatos orales de los japoneses, por lo que este libro contiene muchas fábulas que se pueden encontrar únicamente en boca de la gente, cosa que no existe en ninguno de los libros publicados. Como este libro está dedicado a los jóvenes alemanes, se ha tenido mucho cuidado en la selección y edición de estos cuentos y se han cambiado u omitido algunos pasajes para adaptarlos a la mentalidad juvenil, aún más que los originales, de acuerdo con el sentido moral. Con notas explicativas e información histórica, este libro es más que una simple compilación de cuentos. Doy gracias en especial al Dr. Miyauchi, Ohno, Nakamura, Hajime Iwane y K. Nakamatsu por su gran ayuda para este trabajo y al señor T. Tokikuni, por sus ilustraciones a color, ya que en otras ediciones tanto nuevas como viejas se han omitido. Dejemos que este libro sea un regalo para los jóvenes de mi patria, Alemania, desde el lejano este, el país del sol naciente. Espero que estos relatos sean aceptados y valorados como se merecen. Tokio. Karl Alberti

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La mujer de las nieves 

Había una vez dos leñadores: Uno, Nishikaze, era un hombre mayor. El otro, Teramichi, era aún un joven. Los dos vivían en el mismo pueblo e iban al bosque todos los días a cortar leña. 

Para llegar al bosque, tenían que atravesar un gran río que cruzaba un barco a diario. Un día terminaron de trabajar tarde y se vieron metidos de lleno en una ventisca. Corrieron al barco pero vieron con impotencia que el barquero acababa de cruzar y que se encontraba al otro lado del río, embravecido por la tempestad, y que no podría volver a buscarlos hasta que amainase. Ya que estaban a la intemperie y no podían esperar a que acabase la tempestad, decidieron refugiarse en una casa cercana al amarre del barco mientras esperaban su regreso. ¡Dicho y hecho! Entraron en la casa y, después de haber sellado la puerta y las ventanas, se echaron al suelo y escucharon el rugido de la tormenta. El hombre mayor, cansado del duro día de trabajo, se durmió pronto, pero el joven no podía pegar ojo, ya que estaba asustado por culpa de los rugidos y los golpes del viento atronador, que hacían que los cimientos de la cabaña temblasen. De repente, el viento sopló con mucha intensidad y la tormenta azotó la casa. La puerta se abrió de golpe y entraron un viento gélido y una gran montaña de nieve. Teramimichi contempló horrorizado la montaña, que se estaba moviendo de arriba a abajo y que acabó tomando forma humana, la forma de una mujer vestida de blanco. Esta se acercó al lugar donde Nishikaze dormía y allí, se inclinó sobre él. De su boca salió una niebla que se extendió por la cara del hombre, después, se levantó y caminó hacia Teramichi. Incapaz de moverse un ápice, sus ojos se abrieron, llenos de terror. La mujer llegó donde se encontraba y se inclinó, quedándose cerca de su cara. Le dio un poco de tiempo para que se calmase. Después, comenzó a hablar con delicadeza. Su voz se asemejaba a una respiración y su cara se tornó amable. ― He matado a tu amigo, igual que mato todo lo que está a mi alcance. Debes compartir el destino de tu compañero, pero aún no eres un hombre y todavía no has vivido. ¡Te perdono la vida! Aunque no estarás protegido para siempre. No hables de lo que ha acontecido aquí. Una sola palabra de lo que has vivido, no importa a quién se la digas; a tu padre, a tu madre, a tu esposa o a tu hijo y nos volveremos a encontrar en el mismo sitio. Ni una sola palabra, nadie puede saber lo que ha ocurrido. ¡Recuérdalo! Después, se incorporó lentamente y desapareció por la puerta. 

El hechizo se desvaneció y el joven, de un salto, corrió hacia la puerta y la cerró con cuidado. Después se volvió hacia el anciano y lo llamó, pero este no se movió, estaba agarrotado y rígido, muerto. En su cara había una sonrisa de felicidad. Finalmente la tormenta terminó y amaneció. El barquero volvió y encontró a los dos leñadores en la casa. Al principio creyó que los dos habían muerto congelados, pero cuando se acercó, Teramichi empezó a murmurar con un gran suspiro. Abrió los ojos y, pronto, recobró la conciencia. Sin embargo, Nishikaze estaba muerto y se le enterraría. El hombre joven retomó su profesión mientras, cada día de su vida, reflexionaba en mitad del bosque. No le contó a nadie el suceso de la mujer de las nieves por su propia seguridad. Pasaron dos años. Una tarde, después del trabajo, mientras reflexionaba volviendo a casa, se encontró con una chica joven preciosa, con la que empezó a hablar. La chica le contó que era huérfana y que iba de camino a un pueblo lejano donde vivían unos familiares, ya que quería mudarse con ellos. Cuando la pareja estaba cerca del pueblo de Teramichi, este le dijo a la chica:― Ya es de noche y hace frío. Los caminos son inseguros, ¡ven conmigo a mi cabaña y prueba el modesto banquete que ha preparado mi madre! Después descansa, todo lo que quieras, puedes continuar tu camino mañana por la mañana. La chica, que decía llamarse Yuki, aceptó su oferta y acompañó al joven a su casa, donde su madre estaba preparando una gran cena. Después de descansar, cuando se levantó al día siguiente, quería continuar su camino. La madre de Teramichi le preguntó si podía quedarse más días ya que ella era ya mayor y necesitaba poder descansar en su casa. Como el amor que Teramichi sentía por ella se iba agrandando cada vez más, la chica decidió quedarse en la casa. Ambos se declararon su amor y Yuki y Teramichi se convirtieron en pareja. Yuki era una buena mujer y adoró a la madre de Teramichi hasta que murió. 

Después se dedicó a su marido y a sus hijos. Durante los años, tuvieron diez hijos. Los niños crecieron fuertes y sanos, no hubo enfermedad ni tragedia que rompiese la paz y felicidad de la familia, que era la mejor de la región según los vecinos. Como por un milagro, Yuki siempre parecía joven, ni haciendo los mayores esfuerzos se podían apreciar los típicos signos de la edad. Pasaron los años cuando, de repente, una noche en la que la pareja mantenía una conversación íntima, estalló una ventisca. El hombre tembló al recordar su experiencia en la casa del barquero. Miró a su mujer y pensó que en ese mismo instante, parecía más hermosa que nunca y de repente su cara le recordó a la mujer de las nieves. Cada vez se parecía más y de manera más clara, así que no lo resistió y gritó: ― ¡No, tú eres hermosa! Estas palabras llamaron la atención de Yuki que preguntó a su marido por su significado. Sin pensárselo dos veces, como si estuviese en un sueño, le contó la historia que había vivido con la mujer de las nieves y terminó el relato diciendo: ― Era hermosa, pero de una belleza espeluznante. ¡Pero tu eres humana, hermosa! Yuki se levantó y asustó al hombre, ya que vio su cara brillar y sus ropas convertirse en un blanco radiante. Finalmente, vio que era la mujer de las nieves. Teramichi cayó al suelo, estiró los brazo y gritó: ― ¡Sí, eres tú, pero perdóname, perdóname! Pero ella negó con la cabeza y le replicó: ― Sí, soy yo. ¿Cómo no has podido mantener la boca cerrada después de tanto tiempo callado? Podría matarte ahora mismo, un suspiro de mi boca congelaría todas tus extremidades. ¡Sería un castigo, ya que no solo has destrozado tu felicidad, también has destrozado la mía! Hete aquí ― su voz se suavizó ― que cuando te vi en la casa como un hombre joven aún creciendo, me pareciste cansado y sin esperanza. No solo me pareciste cansado, ya que te deseé, quise disfrutar de la felicidad humana en lugar de destrozarla. Sí, te quise y me aproximé a ti con mi forma humana. He disfrutado de años de felicidad a tu lado. Ahora lo has destrozado todo y yo tengo que volver a mi reino de hielo, ¿y tú qué? Recuerdo la felicidad de la que disfruté y los pobres niños, descansando. No les quitaré a su padre también.

 ¡Cuidarás de tus hijos y serás un buen padre para enmendar tus males! Finalmente, la mujer le besó en la frente, aunque fue frío, quemó como el fuego. La puerta se abrió de golpe y una ráfaga de nieve entró en la casa y secuestró a Yuki-onna, dejando al hombre solo. Desde ese día, él siempre fue feliz y vivió por y para sus hijos. Se convirtió en una persona eficiente y honesta, y durante muchos años, cada vez que nevaba, pensaba que era también el espíritu de su Yuki-onna. La gente dice que cuando lo hallaron muerto estaba congelado.

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