Introducción
El presente trabajo nace a partir de dos experiencias personales dentro de mi trayectoria académica en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. La primera se remonta a finales del año 2019. Algunos meses después de haberme titulado de la carrera de Ciencia Política y Administración Pública, emprendí un nuevo viaje hacia el conocimiento, cuya principal motivación se encontraba en hacer una maestría en el extranjero, para ser específicos, en Francia.
Mientras juntaba los requisitos burocráticos que exigían las universidades extranjeras y ponía al día mis asuntos académicos, tuve la ocurrencia de bus car trabajo nuevamente en la siempre familiar Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, en donde mi destino terminó por cruzarse con el del Dr. Patricio Emilio Marcos, profesor e investigador erudito en los sabios de la antigüedad griega, llámense Platón, llámense Aristóteles. Anteriormente había tenido la posibilidad de trabajar con el Dr. Jorge Márquez Muñoz, así como de tomar clase con el Dr. Marcos, pero la relación con este último no había prosperado más allá de un semestre que cursé como oyente en una de sus clases. Después de hacerle una petición de trabajo al Dr. Marcos, me recibió cordialmente a través de una plática informal de café que, viéndolo en retros pectiva, fue mi entrevista de trabajo para el puesto de adjunto remunerado en las materias de Sistema Político Mexicano y Lectura de los Clásicos a la Luz de Problemas Actuales, ambas materias impartidas por él desde hace ya muchos años en la Facultad. Dicha experiencia laboral, que en un principio había pronosticado yo que sería únicamente algo provisional mientras partía al viejo continente, se convirtió imprevisiblemente en una experiencia esencial y transformadora para mí. En ese entonces, uno de los requisitos del proceso de postulación de can didaturas a las universidades francesas era la redacción del proyecto de tesis, que tenía la obligación de llevar a cabo en caso de ser admitido por alguna de esas instituciones. Dos eran los tipos de maestría que en ese momento yo barajaba en mi haber. La primera era en la disciplina psicoanalítica, aquel método de análisis de la psijé que, por el afán de expansión de su inventor, Sigmund Freud, había sido transmitido de generación en generación entre gremios de analistas, hasta llegar a diversos destinos del globo terrestre, incluido el mexicano, por mediación de Erich Fromm primero, en la década de 1950, y de migrantes chilenos y argentinos después, en la década de 1970. 11 Además del psicoanálisis, sentía una especial pero inexplicable simpatía por la filosofía, especialmente hacia aquella de apellido “política”. Debo decir que a varios de mis colegas de la generación le son particularmente atractivos aquellos autores de corte barroco y rebuscado que, a pesar de ser incomprensi bles, su aura enigmática resulta atrayente precisamente por eso, porque cargan con una pesadez indescifrable.
No descarto que en su momento mi atracción involuntaria hacia la filosofía se debiera a eso. No obstante, mi luna de miel con ambas disciplinas llegó a su fin en la primera mitad del año 2020, después de varios intentos fallidos por concretar los proyectos de tesis que me permitirían emprender mi aventura al país galo. Para ese entonces, habiendo iniciado mi lectura en los clásicos griegos gracias a mi trabajo de adjuntía en los cursos universitarios del Dr. Marcos, me era cada vez más difícil no ver con ojos escépticos las disciplinas en las que hasta ese momento había decidido incursionar. Fue así que, justo unas semanas antes de tener que definir mi destino en el proyecto francés, hubo un cambio de rumbo estrepitoso en mis planes académicos. Decidí descartar por completo los masters en psicoanálisis y en filosofía, hecho al que se sumó la determinación de desaprender el camino aprendido durante seis años de trayectoria escolar universitaria (incluyendo el año que me llevó la realización de mi tesis), un retroceso benigno que me per mitió regresar a las raíces mismas de nuestra cultura, mal llamada Occidental. Dicho regreso supone un difícil desaprendizaje, que bien podría sintetizarse en la sentencia aristotélica: “...desaprender es tan duro como aprender”4 por primera vez, que se desgrana con sapiencia en la siguiente explicación: La dificultad semejante para emprender y llevar a buen puerto una reforma frente a una revolución, [Aristóteles] la compara con dos procesos psíquicos igualmente complejos, uno de los cuales confunden las traducciones de Sinclair, Gómez Robledo y Samaranch, no así la de B. Jowett y Manuel García Valdés. Mientras aquéllos traducen “aprender por primera vez pero no volver a aprender”, éstos apuntan correctamente “aprender y desaprender”. ¿De qué aprendizaje y desaprendizaje se trata? No de un aprender y un desaprender facultativo sino operativo; vale decir de aprender y desaprender simultáneamente el qué y el cómo de las cosas. En este sentido, la frase dice que desaprender vicios es tanto o más difícil que aprender virtudes.5 Más aún, dicho desaprendizaje6 marca el paso de un modo de vida a otro7, de un proceso ético que, como bien menciona el Dr. Marcos, va del vicio hacia la virtud.
En el dominio de la ética8 es tan decisivo saber desde qué estado 12 del alma se parte y hacia cuál se va9, como en el de la política, en donde es la naturaleza de la revolución, y no la revolución per se, la que debe examinarse. Es en ese sentido que mi entrada a la maestría de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM significó un proyecto de vida que pretende darle continuidad a una tradición política milenaria y de valor inconmensurable, cuya base son los sabios de la antigüedad griega y romana. Por su parte, la segunda experiencia se encuentra relacionada con los dos últimos planes de estudio de la carrera de Ciencia Política que se han imple mentado durante la última década. Tras haberme formado en uno, así como haberme capacitado para impartir el otro, he logrado identificar el espectro ideológico que es predominante en cada una de sus partes. Dicho espectro ideológico puede desmenuzarse, por lo menos, en tres corrientes: la marxista, la estadounidense y la italiana. En este trabajo prescin diremos de la primera y la segunda. En cuanto a la primera, diremos única mente que su fuerza de convocatoria ideológica cesó de ser hegemónica hace ya varias generaciones. Mientras que la segunda, debido a la fuerte influencia que México re cibe de su vecino del norte a través de los organismos regionales de la ONU, prácticamente se ha vuelto un mandamiento en la mayoría de las universidades públicas y privadas del país. Grosso modo, esta corriente se nutre de la psicología behaviorista o conductista, los métodos positivistas de verificación y falsación, así como una técnica de aplicación y recolección de datos estadísticos10 cuya raigambre en los estudios de economía pone un énfasis desproporcionado en el sustento empírico. Esta corriente empezó a tener mayor difusión en la se gunda mitad del siglo XX, a través de instituciones como la American Political Science Association, que alberga a más de una decena de miles de investigadores; así como la American Political Science Review, revista encargada de publicar periódicamente los estudios especializados en el área.
En cuanto a la escuela italiana, objeto de estudio e interés para el pre sente trabajo, tiene su origen y punto de encuentro en la figura inconfundible de Maquiavelo, a quien no podemos dejar de vincular con su compatriota, también florentino y estudioso de la política, Giovanni Sartori. Si bien es Niccolo Machiavelli el precursor de la escuela italiana de la que hacemos mención, es Sartori quien lo introduce bajo el mito, hoy extensamente compartido, de ser el padre de la ciencia política. Las motivaciones que dieron pie a este movimiento son las mismas que en las últimas décadas justificaron al propio Sartori para autoproclamarse como el padre de la ciencia política contemporánea, así como para otorgarle mayor relevancia a otros nombres de dicha escuela, conformada por Norberto Bobbio, Gianfranco Pasquino, Nicola Matteuci y José Fernández Santillán, vínculo diplomático y oficial de Sartori 13 y de Bobbio en tierras guadalupanas. Es este mito, que encumbra a Maquiavelo como la máxima autoridad de la ciencia política, el parteaguas de la presente investigación, ya que antes que incursionar en su tema central, la relación entre Maquiavelo y Aristóteles, se hace menester analizarlo, así como hallar las motivaciones que llevaron a Giovanni Sartori a instituirlo y difundirlo por Europa y América; de modo que pueda ser más clara la lectura que el florentino contemporáneo hace del florentino del Renacimiento, interpretación que al día de hoy se transmite desde la academia, no obstante que no ha sido realmente cuestionada. *** La trayectoria de Sartori en el estudio de la política estuvo determinada por haber nacido en un país avasallado por hasta tres guerras, una civil, una colonial y otra mundial; así como por el fascismo italiano y el nacionalsocia lismo alemán: Nací en Florencia en 1924. Por eso tengo recuerdos muy vivos del fascismo, de la Guerra de Abisinia, de la Guerra Civil Española (en la que intervinieron también soldados italianos) y, por supuesto, de la Segunda Guerra Mundial. Resulta casi inútil decir que mi interés durante toda mi vida por la democracia - una democracia sólida más que la avanzada - viene de aquellos “negros” recuerdos del fascismo y del nazismo.11 Propiamente, su historia en la academia se remonta a finales de la Segunda Guerra Mundial, época en la cual, nos comenta el florentino en un apéndice de su libro ¿Cómo hacer ciencia política?, tuvo que esconderse en una habitación para evitar ser reclutado para sumarse a la milicia del ala fascista, que había tomado el poder por aquella época a través de la “República de Saló”.
Fue en su encierro de diez meses en donde se dedicó a la lectura, más circunstancial que selecta, de tres filósofos idealistas, uno alemán, Hegel, y dos italianos, Benedetto Croce y Giovanni Gentile. El autor no deja de remarcar su predilección por el primero, de quien dice que leía quince páginas al día, dotación de trabajo suficiente para dejarlo exhausto al final de la jornada: Consuelo o no, me servía para leer diez, máximo quince páginas de Hegel al día. Y al final de la jornada estaba exhausto y con ganas de irme a la cama. Por tanto, un manojo de libros (una gran comodidad en aquellas circunstancias) fue mi pasatiempo hasta el final de la guerra en Florencia.12 14 Fue la lectura de los idealistas la que le dio fama entre los círculos aca démicos de Florencia de ser un enfant prodige. La difícil digestión de dichos textos, a los cuales el autor se refiere como los “arcana de la filosofía”, así como la depuración de profesores en la plantilla académica florentina en el área de las ciencias sociales, derivada de la posguerra, fueron los ingredientes princi pales que impulsaron en ese momento la carrera de Sartori, convirtiéndolo en ayudante de la cátedra de Teoría General del Estado, en donde terminaría por sustituir de facto a su profesor, Pompeo Biandi. No obstante, a decir del nacido en Florencia, no tenía planeado convertirse en filósofo, mucho menos en profesor. “Pero las cosas sencillamente sucedieron.”13 Ya con su título de licenciado en Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad de Florencia, y una breve experiencia de ayudante en el bolsillo, en 1950 Sartori logró ser promovido para hacerse con la cátedra de Filosofía Moderna en la Universidad, en la cual permanece de 1950 a 1956. Es muy probable que haya sido en el transcurso de esos seis años que el italiano haya descubierto a los clásicos griegos y romanos, no obstante que lo haya hecho en dirección contraria, es decir, a partir de los modernos, de adelante para atrás, y no en la secuencia que sugiere la naturaleza misma de las cosas, es decir, desde su origen hasta su corrupción. Dicha hipótesis se desprende de la afinidad y cercanía que Sartori man tuvo con el pensamiento de Hegel y de Croce (hegeliano de cepa) desde sus inicios en la academia, y puede constatarse en varios escritos suyos, como Da Hegel a Marx: la dissoluzione della filosofia hegeliana (1951), La filosofia pratica di Benedetto Croce (1955), Stato e Politica nel pensiero di Benedetto Croce (1966) y Studi crociani I-Croce filosofo pratico e la crisi dell’etica (1997); así como en las constantes referencias que hace de la filosofía idealista a lo largo de su obra.
Su encuentro con el estudio y la enseñanza de la ciencia política no fue menos fortuito. Obedeció a lo oportuna que ésta resultaba para sus intereses, que eran estudiar lo que a él le “gustaba (la lógica) y ser el pionero de una nueva disciplina.”14 Cabe mencionar que ésta no resultaba de particular interés para la academia italiana de principios de la segunda mitad del siglo XX; los fuertes y marcados tintes hegelianos y marxistas la tenían prácticamente desterrada. Además, en aquel entonces, en la década de 1950, la experiencia traumática que el fascismo y la Segunda Guerra Mundial habían dejado tras de sí, hicieron de la ciencia política una disciplina prácticamente ignorada en Italia, “comple tamente nueva y mirada con recelo por muchos.”15 De modo que el abandono en el que se encontraba la política coincidió con el interés del florentino en convertirse en el precursor de una nueva dis ciplina. Más que un verdadero convencimiento sobre la nobleza de la política 15 (y no se diga de un conocimiento y dominio de la misma), fue la situación de vulnerabilidad en la que se encontraba en ese entonces, la que atrajo el opor tunismo maquiavélico de Giovanni Sartori. Igualmente, la nueva disciplina era la coartada perfecta para introducir, aunque de manera forzada, el uso y la aplicación de la lógica en la ciencia po lítica. La lógica, definida por Sartori como “método del logos, del razonar”16, sería, junto con el “lenguaje especializado”17, un elemento sine qua non para la confección de una nueva disciplina científica, en este caso, la referente a la política. Más aún, en el concepto de lógica de Sartori se hallan, de manera implícita, las referencias a sus maestros del encierro bélico, Hegel y Croce. Del primero hereda la pretensión de reducir su método de estudio al núcleo duro de la lógica, y del segundo, el rechazo implacable a la ausencia de la misma, es decir, a la falta de pureza del razonamiento. De modo que la lógica de Sartori es la lógica de los idealistas, Hegel y Croce.
18 Finalmente, en 1956, Sartori logró cumplir su cometido al introducir la ciencia política en el plan de estudios de la Facultad de Ciencias Políticas de Florencia. Años después, en 1963, tras una larga espera, gana la oposición como profesor definitivo de sociología, de donde brinca de nuevo a la ciencia política, para emprender sus esfuerzos en promover y difundir la nueva disci plina por toda Italia. Más de medio siglo después, en un ensayo de 2004 cuyo nombre in quisitivo es ¿Hacia dónde va la ciencia política?, y que ha sido añadido como parte de la traducción al español de la obra anteriormente referida, ¿Cómo hacer ciencia política?, Sartori hace un recuento de lo que, a su parecer, ha sido la historia de la ciencia de la política desde la última guerra mundial. Esta historia comienza con una concesión a título personal, ya que, entre los padres de la ciencia política, de acuerdo con este texto que hace las veces de confesionario, estaría el mismo autor: Por eso, la ciencia política ha experimentado un nuevo comienzo, convirtiéndose en un campo de investigación completamente autónomo, hace más de medio siglo. En aquel momento fui uno de aquellos fundadores junto a Stein Rokkan, Juan J. Linz, Mattei Dogan, Hans Daalder, Erik Allardt, Shmuel N. Eisenstadt y otros. Así que yo soy uno de los testigos de lo que los «jóvenes turcos» de entonces tenían en mente, de cómo concebimos la ciencia política y de cómo queríamos promoverla. Y ahora que soy un «viejo sabio» me gusta reflexionar, a más de cincuenta años de distancia, sobre la dirección que ha tomado la ciencia política y si siguió el curso que esperábamos o que hubiéramos esperado.19 16 Este nuevo comienzo estaría registrado, según el propio Sartori, justa mente en la década de 1950, en aquellos años primaverales en los que despegó su carrera en la Facultad de Ciencias Políticas de Florencia. El primer paso de dicha autoproclamación sobre la autoridad de la ciencia política contemporánea, ya había sido dado por el mismo Sartori a través de la adjudicación que hace a Maquiavelo, otro florentino, del descubrimiento de la política en su libro La Política. Lógica y Método de las Ciencias Sociales, del año 1979: “En este sentido que acabamos de precisar (la diferenciación de la política como un objeto de estudio autónomo) es, pues, exacto que Maquiavelo -no Aristóteles- “descubre la política”.20 Dicho movimiento allana el terreno y prepara la entrada triunfal no sólo de Sartori, sino de toda una escuela italiana, que como ya hemos mencionado, surge en el Renacimiento con Maquiavelo, y es retomada en la Florencia mo derna por Sartori, para extenderse posteriormente por toda la península itálica de la mano de otros compatriotas como Norberto Bobbio, Nicola Matteucci o Gianfranco Pasquino, y ser finalmente exportada y adoptada incondicional mente en Europa y América.
Llegado este punto, cabe hacer algunas preguntas de pertinencia que serán respondidas a lo largo de este trabajo. Entre Aristóteles y Maquiavelo, ¿a quién le es propio ser la autoridad o autor primero del estudio científico de la política? A la respuesta a esta interrogante inicial habrán de añadirse algunos matices que permitan esclarecer cuáles son los elementos propios de la ciencia política, así como su método de estudio y su aplicación. En segundo y tercer lugar cabe preguntarse ¿hay un renacer de la po lítica como ciencia después de su fundación? De ser así, ¿ese movimiento se da, en efecto, en el Renacimiento florentino? Las respuestas a estas preguntas dependerán de la primera, ya que de determinarse que la materia política nace en la Grecia antigua con Aristóteles, será necesario indagar si efectivamente existió un movimiento intelectual posterior homólogo, específicamente en el Renacimiento florentino, en donde se ubica Maquiavelo, el otro autor en entredicho. Finalmente, esto despejará, de una vez por todas, si, en efecto, a Sartori le es legítimo ese lugar que él mismo se adjudica como renacentista de la ciencia política en pleno siglo XX. Para responder a estas incógnitas será necesario hacer un estudio com parativo e interpretativo en donde, por razones de orden jerárquico y crono lógico, se analice la obra del florentino a la luz de la del griego, de modo que sea posible detectar si aquellos elementos epistemológicos y teóricos que las lecturas moderna y sartoriana destacan como fundacionales en Maquiavelo, son realmente originales o no. 17 En esencia, esta investigación política habrá de inspirarse y brotar desde el espíritu científico aristotélico, según el cual no es posible “ver bien en el interior de las cosas, a menos que las veamos realmente crecer desde sus comienzos”21. De modo que la comparación hecha aquí entre ambos autores es crítica en tanto apunta a las limitaciones y condicionantes epistemológicos que hay detrás de sus obras, los cuales revelan claras motivaciones políticas, históricas e ideológicas, particularmente en el caso de Maquiavelo, quien, de acuerdo a lo planteado aquí mismo, se propone emplear selectivamente el contenido de la teoría política aristotélica según un criterio oportunista,22 reelaborando y alterando permanentemente su forma de cara a su recepción, comprensión, aplicación y reproducción en la antesala del mundo moderno.
Se trata, pues, como lo indica su título, de una lectura de naturaleza polí tica que busca esclarecer qué hay de verdad y qué de ideología en los principales axiomas que dan sustento al prestigio moderno del que goza actualmente la obra de Maquiavelo, partiendo de las categorías de la teoría política antigua, que surgen de las investigaciones empíricas elaboradas por su fundador, Aristóteles, a lo largo de distintas etapas de su desarrollo intelectual y vital (siendo éste el trasfondo de aquel), principalmente como alumno de Platón en la Academia; como fundador y autoridad del Liceo ateniense; la relativa a su viaje a distintos pueblos de Asia menor; así como aquella que comprende su estancia en la corte macedónica como maestro de Alejandro Magno. *** La importancia de este estudio radica no en hacer una reivindicación pa triótica y personal, tal y como se puede entrever en las intenciones de Sartori23, sino en ubicar cuál es exactamente el lugar que le corresponde a Maquiavelo en la historia de la ciencia política, al mismo tiempo que se reivindica la esencia de ésta a través de Aristóteles, de una lectura que, con base en los conceptos de su teoría política, se emprenderá sobre la vida, obra y situación histórica del florentino. Esto implica, igualmente, una redefinición de los parámetros a partir de los cuales está dividida actualmente la historia de esta disciplina y, por lo tanto, a partir de los cuáles se ha establecido su origen o fundación. Se trata de la delimitación de las mismas cualidades que la dotan de su esencia propia, es decir, de su lenguaje, de sus conceptos básicos, de su autonomía, de su je rarquía, de sus objetos de deliberación y estudio, de las otras artes y ciencias de las que se sirve, de sus fuentes historiográficas, etc. Dicha genealogía de la ciencia política es equivalente a hacer una re construcción de su esencia, de todos aquellos bienes que la definen como una 18 disciplina universal, distinta y superior a las demás, en otras palabras, de aquello que la define como la ciencia “…suprema y directiva en grado sumo.”24 Por el contrario, ignorar el origen y, por lo tanto, la esencia de la ciencia política es equivalente a ignorar los pilares sobre los cuales se ha asentado el pensamiento político desde hace más de dos milenios. Significa olvidar de qué hablamos cuando hablamos de política; qué es lo que hace a la política diferente y superior a otras ciencias; cuál es su especificidad; y qué lugar le corresponde entre las otras ciencias que se encargan del estudio de la naturaleza del ser humano y su ethos como especie gregaria. Asimismo, implica negarle el acceso a la comunidad científica, a la ciu dadanía y al público en general, a los presupuestos históricos mínimos a partir de los cuales es posible el debate y el intercambio libre de ideas.
Presupuestos cuya ausencia en la actualidad, ha degenerado en una desastrosa confusión en todos los ámbitos, similar a una Torre de Babel, en la que los intentos por definir los conceptos básicos de la ciencia de la política son estériles y contra producentes25; y que ha vuelto a la política una disciplina sin principios ni fines que le sean propios, subordinada y adaptada al gusto de cualquier paladar, a cualquier propósito e interés, alineada a todo menos a aquello que, en esencia, le corresponde.26 La importancia del presente estudio no radica en descubrir un continente que ya había sido descubierto, en inventar una ciencia que ya existía, sino en restaurar un patrimonio invaluable, en regresarle la autoridad que le corresponde a la ciencia política, fundada en la antigüedad griega. Más aún, en reconocer de dónde venimos para entender nuestro presente y decidir prudentemente hacia dónde hemos de dirigirnos; y, a partir de ello, poder continuar y hacer digna la enorme proeza iniciada por nuestros antepasados. En el primer capítulo, titulado “Panorama renacentista, prerrenacentista y postrenacentista”, se ahondará en las distintas lecturas y apropiaciones que se han hecho de Maquiavelo, así como las posibles causas que subyacen a tales interpretaciones. En lugar de tomar como modelo estas interpretaciones que conforman una parte del estado del arte del presente trabajo, se optará por hacer una revisión de aquellas circunstancias históricas que fueron definitivas y moldearon el entorno familiar, educativo, intelectual y político de Maquiavelo. Asimismo, el segundo elemento que permitirá resolver el impasse hermenéutico que suele estropear la lectura del florentino, es leerlo según lo permitan sus interlocutores, tanto contemporáneos como pasados, es decir, autores de la Antigüedad, así como notables y personajes políticos del Renacimiento. En el segundo apartado, titulado “Resistencia moderna atingente al arraigo clásico de Maquiavelo”, se mostrarán las raíces clásicas del pensamiento y la obra del florentino, al mismo tiempo que se rebaten aquellas hipótesis que 19 niegan la notable influencia de Aristóteles en Maquiavelo directa e indirecta mente, otorgándole al segundo un título que por orden, antigüedad y jerarquía le corresponde al primero.
En el tercer capítulo, “Categorías maquiavélicas a la luz de las categorías aristotélicas”, se examinarán aquellos elementos teóricos del toscano que ya se encuentran presentes en el de Estagira, es decir, las ideas y los conceptos que fueron copiados en distintos niveles, siendo algunos de ellos las referencias textuales explícitas que se revisaron previamente, en el segundo capítulo; las referencias textuales implícitas; los plagios, sin ninguna clase de crédito para el autor; las tergiversaciones y manipulaciones oportunistas de la idea original; la extracción indirecta, por medio de segundas o terceras referencias bibliográficas que, en última instancia, remiten a las fuentes aristotélicas; entre otros. Finalmente, en la última sección, que lleva de título “Maquiavelo, ¿un renacentista aristotélico de la política?”, se responderá a la segunda y tercera pregunta planteadas en esta introducción, a saber, si existe o no un renacer po lítico de tinte aristotélico en la vida y obra de Maquiavelo. Para ello, se definirá la esencia del Renacimiento, lo que para la época se consideraba, en este caso, un hombre renacentista, y, de manera particular, lo que implica ese resurgi miento en la política. De esta manera, será posible cotejar aquellos elementos de la vida y la obra del secretario florentino que son y no son renacentistas en un sentido político y, por lo tanto, determinar cuál es el lugar histórico que realmente le corresponde a partir de este legado. *** Breve nota aclaratoria sobre el título y el formato de la obra A lo largo de esta travesía literaria, el lector irá constatando que hay un distintivo en cuanto al formato y la extensión de las notas al pie de página de la obra se refiere. En primer lugar, que éstas se encuentran no al final de cada página, como su nombre lo indica, sino al final de cada apartado. En segundo lugar, su insólita extensión, cercana, sino es que igual, a la de otro libro cuya tinta corre al paralelo del texto principal. Esta circunstancia, por demás deliberada, puede explicarse mediante el título de la obra, el cual confronta a la figura de Maquiavelo con la de Aristóteles, en la medida en que es el primero el que será leído en su dimensión histórica, política, ética e intelectual (cuando no ideológica) a la luz del segundo. Particu larmente, indica que las condiciones de posibilidad del nacimiento, desarrollo y madurez del pensamiento político de Maquiavelo no pueden entenderse de otra manera que retomando su lugar dentro de la tradición grecorromana, en 20 este caso, de la herencia aristotélica, la cual el florentino decide hacer suya, no obstante que negando la estirpe del patrimonio adquirido.
De modo que leer a Maquiavelo implica, en este caso, hacerlo en clave aristotélica, lampareando los gazapos griegos que han sido escondidos entre la frondosa maleza florentina. Habiendo especificado este punto, es comprensible que la presencia del estagirita sea de carácter elemental y predominante en las notas al pie de página, ya que es con ayuda de éstas que el texto principal irá aclarándose progresivamente. En efecto, la ausencia de Aristóteles en la mayoría de las lecturas modernas explica su incapacidad para zanjar el problema de la interpretación al momento de estudiar a Maquiavelo. Una gran parte de ellas (empezando por el mismo florentino) omite y oculta la enorme influencia, a todas luces evidente y cons tatada por distintas fuentes literarias, teóricas e historiográficas, del discípulo de la Academia sobre el hombre de los Medici. Entretanto, el formato de notas al pie de página aquí empleado resulta ser una propuesta del método de investigación y lectura a seguir, que no es otro que, como ya hemos adelantado, permitirnos explicar el universo maquiaveliano con uso de herramientas aristotélicas de magno calibre, más que suficientes para cumplir con la tarea encomendada, debido a que no solamente permitirán hacer un contraste entre la teoría y los conceptos de ambos, tomando como punto de referencia al griego, sino, en mayor medida, un análisis acabado del panorama político e histórico en que el apellido Maquiavelo quedó grabado para la eternidad. Confíe el lector en que la dialéctica propuesta aquí, que parte del griego para aterrizar en el florentino, con miras a nuevamente regresar a su origen, es decir, de vuelta al fundador del Liceo, le será de suma utilidad para entender al segundo a cabalidad, así como para vislumbrar detalles nunca antes vistos de ambos, como si fuese partícipe de la restauración de una pintura o un pa piro desgastado, no tanto por el tiempo, sino por la excesiva manipulación de la que ha sido objeto.
Permítase descubrir el texto principal cada vez que una nueva voz, palabra o idea lo permita, de tal manera que, como si se tratase de una solapa, pueda usted levantarlo y adelantarlo en busca de liberar lo que él oculta, o dicho bellamente, superponerlo sobre la luz que arroja la sabiduría de antaño. 21 Notas 1Viroli, Maurizio (2009). De la política a la razón de Estado. La adquisición y la transformación del lenguaje político (1250-1600). España: Akal, p. 275. 2 Guicciardini, Francesco (2017). Diálogo sobre el gobierno de Florencia. España: Akal. Edición digital, p. 45. 3 Highet, Gilbert (2018). La tradición clásica. Influencias griegas y romanas en la literatura occidental I. Fondo de Cultura Económica: México, p. 416. 4 Marcos, Patricio (2012). Diccionario de la democracia. Diccionario clásico y literario de la democracia antigua y moderna. Tomo 1. México: Palibrio, p. 741. Ver también Aristóteles, Política, IV, 1, 1289a7 y ss. Trad. 2014 5 Ibídem. Al respecto, dice Keynes lo siguiente: “La dificultad reside no en las ideas nuevas, sino en rehuir las viejas que entran rondando hasta el último pliegue del entendimiento de quienes se han educado en ellas, como la mayoría de nosotros.” Keynes, John Maynard (1965). Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero. México: Fondo de Cultura Económica, p. 11. 6 No deja de ser interesante lo que Freud señaló en 1926 en un texto llamado ¿Pueden los legos ejercer el psicoanálisis? Diálogos con un juez imparcial, a propósito de la transmisión y la recepción del saber psicoanalítico, y que es una de las máximas del aprendizaje de las virtudes y el desaprendizaje de los vicios, ya señalada por la escuela aristotélica y presente en el fragmento citado: que la transmisión del saber no pasa por el saber facultativo, sino por aquel de tipo operativo, o dicho de otra manera, no basta con saber qué son las virtudes, sino llevar a cabo una vida cuya realización esté en la virtud misma, es decir, en ser virtuoso. 7 Al respecto, Francisco de Quevedo concluye su novela picaresca La vida del buscón, diciendo que “nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres.” De Quevedo, Francisco (1948). La vida del buscón. España: La novela española, p. 48. 8 La palabra ética (ethikós), procede de êthos, que significa carácter, el cual deriva del hábito o costumbre (éthos). El pasaje de Platón (Leyes, VII, 792e) que retoma Julio Pallí lo explica magistralmente: “Toda disposición de carácter procede de la costumbre” (pân êthos dià éthos).
Aristóteles, Ética nicomáquea, II, 1, 1103a15 y ss. Trad. 2014. En este sentido, es importante aclarar que es anacrónico y erróneo relacionar la ética antigua con la moral cristiana. La investigación que emprende Aristóteles sobre las costumbres parte de un estudio de aquello que define y hace diferente a la naturaleza humana del resto, de modo que puedan determinarse cuáles son aquellos hábitos que la disponen de manera óptima para alcanzar la felicidad; así como aquellos que estropean dicha naturaleza. 9 La iniciativa más próxima a la ética en ese sentido, es el psicoanálisis. Sin embargo, a diferencia de la Ética, el análisis moderno de la psijé pierde de vista por completo el origen, el rumbo y el destino del alma en el transcurso de su sanación. Más aún, la creación de Freud ignora algo fundamental al respecto: las propiedades del alma, su constitución y sus diferentes disposiciones. De modo que la cura estará destinada al fracaso desde antes de empezar si el capitán no conoce su propio barco y a su tripulación, ni tiene brújula alguna ni capacidad directiva para enfrentarse a las adversidades marítimas. Peor aún, no podrá zarpar y desembocar en buen puerto la transformación anímica del paciente, si la voluntad del psicoanalista se encuentra dominada por cualquier deseo o apetito que lo azote aleatoriamente y por turnos; una verdadera lotería. Carl Jung, el padre de la psicología analítica, decía al respecto: [...] un analista puede ayudar a su paciente sólo hasta donde él mismo ha llegado y ni un paso más allá. En mi consulta he tenido que tratar desde el 22 principio con pacientes que se «atoraron» con sus analistas anteriores, y esto siempre ocurría en el punto en que el analista no podía avanzar más consigo mismo.” Practice of psichotherapy en Jung, Carl (1983). The Collected Works of CG Jung. Complete Digital Edition. Princeton University Press. Volume 16, párrafo 545. 10 Los números, los “datos duros” y la estadística se han vuelto un requisito (por no decir exigencia) indispensable en el mundo académico. Sin que se tenga claridad o certidumbre sobre a qué finalidad sirven tantos datos y correlaciones numéricas, muchos de ellos absurdos, inservibles y triviales, los estudios “políticos” y sociales en la actualidad se cubren y empapan de ellos. Más compulsiva e ideológica que justificada, esta fiebre por los números y las gráficas ha intentado usurpar el lugar superior que detenta la política entre las demás ciencias y artes. Baste como ejemplo una anécdota personal.
Hace un año, buscando posgrados en todo el mundo a los que aplicar, me encontré con la desagradable sorpresa de que en una maestría cuyo título la jactaba de ser en ciencia política, resultó pedir como uno de sus requisitos principales aprobar un examen de perfil enteramente matemático. Se entenderá lo absurdo del requisito si pensamos, verbigracia, en el caso contrario, una maestría en ingeniería que pida como requisito la aplicación de un examen de política, no obstante que es la ingeniería la que sirve a la política y no la política a la ingeniería. Más aún, la verdadera especialidad en política consiste no en acumular conocimientos e información, sino en ejercer la prudencia, y con ella, la virtud en términos generalizados; aptitudes que solamente la experiencia trae consigo. Ahora bien, esta fiebre por los números deja de manifiesto cómo la política ha perdido su lugar en la sociedad. No es poca cosa que alumnos de licenciaturas y posgrados en política egresen como técnicos en programas informáticos, expertos en el uso de sistemas operativos, de manejo de datos, administradores de almacenamiento, softwares, etc., perdiendo por completo el propósito y la razón de ser de las formaciones en cuestión. Como bien aclara Aristóteles al principio de su Ética nicomáquea, son todas las demás ciencias y artes las que sirven a la política y no la política la que sirve al resto. La razón de esto radica en que la política es la única capaz de definir y asegurar la felicidad de toda la comunidad, bien que al ser deseado por sí mismo, es valorado como “lo bueno y lo mejor”. De modo que por su jerarquía y preponderancia esta actividad innata al ser humano es la encargada de determinar cuál es el camino que ha de seguir una comunidad para alcanzar tan preciado bien y, por lo tanto, los medios de los que habrá de disponer, incluido el resto de las ciencias y artes. Encontramos resultados similares si nos detenemos a estudiar el empleo que ha tenido la ciencia de datos, hija de la informática, cuyo origen corrupto se encuentra en el modo de hacer la guerra nacido en la modernidad. El origen de la informática se remonta a Alan Turing, un matemático que logró descifrar el código y funcionamiento de Enigma, una máquina construida por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial con el propósito de codificar mensajes que fueran indescifrables para el enemigo.
Las investigaciones arrojadas sobre la ex empresa británica Cambridge Analytica después del descubrimiento del fraude social que protagonizó junto con Facebook, hallaron que los métodos empleados por aquella tenían como origen técnicas militares y de espionaje que posteriormente fueron aplicadas a poblaciones enteras con el fin de descifrar sus patrones de comportamiento de cara a ganar las elecciones en turno para el mejor postor de cada país. Igualmente, esto sucede con las redes sociales, que descienden de la misma línea genealógica. The Social Network, la película del director David Fincher basada en el origen de la empresa multimillonaria del estadounidense Mark Zuckerberg, revela que el primer borrador de la red social más influyente y más utilizada actualmente en el mundo, surgió de un robo masivo de la 23 información privada de cientos de estudiantes mujeres de los distintos campus de Harvard por parte de Zuckerberg; universidad en donde en ese momento se encontraba realizando sus estudios. Esta violación a la privacidad se repetiría tiempo después, cuando Mark vendió los datos de decenas de millones de usuarios de Facebook a la empresa Cambridge Analytica. Ante el cuestionamiento del Senado estadounidense, más cómplice que juez, el empresario prometió públicamente que la situación no volvería a presentarse, obviando que ya era la segunda vez que ocurría, y que habría de repetirse más de una vez. Actualmente, el conglomerado de redes sociales de Zuckerberg, que lleva el nombre de Meta, enfrenta una demanda procedente de más de 40 estados del país norteamericano, todas ellas en respuesta al daño que la empresa ha provocado a la salud de millones de niños estadounidenses. El juicio de Zuckerberg nos recuerda que la condición que permite la capitalización de Facebook es doble: en primer lugar, que opere bajo el mismo efecto de una droga y resulte adictiva para la mayor cantidad de usuarios la mayor cantidad de tiempo posible; mientras que el segundo es la monetización de la información personal de esos usuarios, que en el momento mismo de su inscripción a la página es sustraída voluntariamente y procede a seguir siendo extraída sobre el flujo de la información que proporcionan las “interacciones sociales”. Por lo tanto, es comprensible que, si el origen de la informática no es otro que el espionaje bélico y la ganancia económica, las ulteriores disciplinas a las que da vida repitan este patrón de manera encubierta, involuntaria e indiscriminada. En suma, dicho fin para el cual fue concebida la ciencia de la computación, y al cual sirven el resto de sus ramificaciones, es claramente distante y contrario al político. 11 Sartori, Giovanni (2011).
Cómo hacer ciencia política. Madrid: Taurus-Santillana. Formato digital, p. 325. 12 Ibid., p. 326. 13 Idem. 14 Ibid, p. 329 15 Idem. A lo ya dicho hay que sumar la desconfianza que generaba cualquiera que quisiese acercarse al estudio de la política. A partir de la amarga experiencia del fascismo, a los italianos se les hizo difícil distinguir la tiranía de la política, sobre todo por la manera en que ambas se habían entremezclado en el imaginario colectivo antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial. Algo similar ocurrió en España después del franquismo, así como en México, en donde el creciente rechazo y los constantes intentos de sabotaje al régimen presidencial provienen de una confusión de la primera magistratura con la personalidad tiránica que ha reencarnado una y otra vez en la figura de varios y diversos presidentes; confusión que La Boétie ya había señalado en su célebre obra El discurso de la servidumbre voluntaria. Patricio Marcos recoge de Cicerón una cita sobre la corrupción de la monarquía bastante pertinente para explicar los casos expuestos: “Así, pues, el pueblo romano conservó [después del reinado del segundo Tarquino] un odio tan grande como el deseo que había tenido de reyes después de la muerte de Rómulo; así como en aquella ocasión no podía carecer de rey, después de la expulsión de Tarquino no podía hablar de reyes.” E inmediatamente él mismo añade: “En Argentina, muchísimas centurias después, Alberdi, quien sin saberlo comparte con Bolívar la idea de que los países latinoamericanos requieren “reyes con el nombre de presidentes” para salir de una vez por todas de las crisis convulsas propias a la anarquía, emplea el mismo argumento ciceroniano para explicar la confusión que reina acerca de las formas de gobierno del siglo XIX. Dice así que en la América antes española el nombre de monarquía queda totalmente pervertido en razón del odioso recuerdo dejado por más de tres centurias de 24 opresión extranjera…” Mientras tanto, en México se obtiene una sumatoria de más de setenta años de tiranías; amarga experiencia que motiva, más no justifica, los intentos de socavar la institución presidencial desde las tribunas partidistas. Marcos, Patricio (1990). Lecciones de política. México: Nueva Imagen, págs. 113 y 114. 16 Mientras que los metodólogos serían “expertos en el logos”, “ignorados por los politólogos”. Sartori, Giovanni (2011), op. cit., págs. 318, 331 y 309 17 Ibid., p. 316.
18 De acuerdo con el diccionario de filosofía soviético de Iván T. Frolov, los idealistas, entre ellos Hegel, consideran injustificadamente el logos de Heráclito, el primero en darle un carácter pronunciado a la palabra, como la razón universal. Para Heráclito, el logos significa la “necesidad universal, la ley del ser”. Más aún, la etimología de la palabra, según el mismo diccionario, quiere decir “concepto, palabra, razón”. Filosofía en español. Logos. https://www.filosofia.org/enc/ros/ logos.htm 19 Sartori, Giovanni (2011), op. cit., p. 314. 20 Cita a la que hay que agregar otras de la misma índole, como aquella en donde reafirma la paternidad de su compatriota: “y la ciencia política le reconoce a Maquiavelo una paternidad que le niega a Hobbes.” O en aquella en donde sugiere, pero termina por negarle, una primacía al griego: “Digamos entonces que la noción de ciencia política varía en función de qué se entienda por ciencia y qué por política. En razón de ello resulta bastante vano hablar de una ciencia política “perenne”, que se prepara con Aristóteles, nace o renace con Maquiavelo y se afirma con autonomía disciplinaria propia a partir del siglo XIX.” Así como esta otra, según la cual Aristóteles sería un historiador que no da la talla para la política: “Aristóteles se coloca en una historia de la ciencia política (y también en otras ciencias), no simplemente como un atento descriptor de los sucesos de su época, sino específicamente por su forma mentis clasificatoria.” Sartori, Giovanni (2012). La Política. Lógica y método en las ciencias sociales. México: Fondo de Cultura Económica, págs. 209, 211, 201 y 226. 21 Cita de Aristóteles retomada por Jaeger de sus lecciones “sobre los estadios preliminares de la vida política”, a propósito del método que el estagirita también se propone a emplear en sus investigaciones políticas. Jaeger, Werner (2023). Aristóteles. Bases para la historia de su desarrollo intelectual. México: Fondo de Cultura Económica, p. 12. 22 Modus operandi del que Sartori hará escuela posteriormente. 23 A pesar de su alto sentido patriótico, la actitud de Sartori con respecto a Estados Unidos no deja de ser ambivalente. Por un lado, no hace esperar su agradecimiento hacia el país del norte de América cuando menciona su larga estancia de treinta años, que le valió una cátedra en la Universidad de Columbia, así como un doctorado honoris causa.
Inclusive, en una entrevista de inicios del presente siglo realizada por El País, confesó que su lugar de retiro para la escritura se encontraba en un departamento ubicado enfrente de Central Park de Nueva York, el símbolo cosmopolita de Estados Unidos. Por otro lado, en aquella época era de los pocos que se mostraba reticente a aceptar la influencia estadounidense sin más. Al respecto, la principal crítica del florentino hacia la ciencia política de este país se centra en el hecho de tener un enfoque con un peso excesivo en lo cuantitativo y en el estudio de la conducta. Calvo Roy, José Manuel (25/12/2005). Giovanni Sartori, el europeo pesimista. El País. https://elpais.com/diario/2005/12/25/eps/1135495609_850215.html De sus propias palabras encontramos referencias constantes a esta relación de amor-odio con el 25 imperio norteamericano. He aquí un fragmento que da testimonio de ello: “Así, preguntar hoy día hacia dónde se ha estado dirigiendo la ciencia política es también preguntar si los nuevos comienzos de la disciplina en Europa Oriental debieron o no seguir el camino andado por nuestro “gran hermano”, y me refiero a la ciencia política estadounidense. A mí también me ha absorbido de alguna manera nuestro gran hermano (ciertamente, benévolo y bien intencionado) pues tengo unos treinta años de dar clases en Estados Unidos. Permítaseme añadir que yo me he beneficiado bastante de mi contacto con Estados Unidos. Sin embargo, siempre he resistido y aún resisto su influencia. Y aprovecho esta ocasión para decir por qué no estoy a gusto con el molde estadounidense de la ciencia política actual.” Sartori, Giovanni (2005). ¿Hacia dónde va la ciencia política? Revista Española de Ciencia Política. Núm. 12, p. 10. 24 Aristóteles, Ética nicomáquea, I, 2, 1094b1. Trad. 2014. 25 Al respecto, no deja de ser reveladora la dificultad de Sartori para definir la democracia, no solamente por la gran cantidad de tipos o variedades de democracia a los que recurre para precisar una voz que en la Antigüedad es unívoca, sino por la confusión de la que él mismo se delata ser víctima al hablar de una “democracia confusa”. El concepto de Sartori, la cita y la crítica referente a la democracia que aquí se hace de él, fueron extraídos de Marcos, Patricio (2012), op. cit. p. 406. Aquí la cita completa de Sartori: “Hasta la década de los cuarenta la gente sabía lo que era la democracia y o bien la deseaba o bien la rechazaba; desde entonces todos decimos que queremos la democracia, pero ya no sabemos lo que es. Vivimos, por tanto, inequívocamente en una época de democracia confusa.” Marcos, Patricio (1997). ¿Qué es democracia?. México: Publicaciones Cruz, p. 25. Esta dificultad no es exclusiva de Sartori, sino que se extiende hacia un número no menor de sus compatriotas, así como a casi la totalidad de los intelectuales contemporáneos de todas las latitudes del orbe. Del primer grupo tenemos el caso de Luciano Canfora, quien, a pesar de haber hecho esfuerzos notables por intentar dilucidar el sentido original del concepto de democracia, comete el mismo error que el resto: intentar descifrar una palabra antigua con uso de la ideología y el lenguaje moderno, el cual agoniza y redunda en severas tergiversaciones de sus raíces grecolatinas. Al ser cuestionado sobre si el empleo que él hace de la palabra democracia apunta al sentido que actualmente se le otorga de manera generalizada, Canfora responde lo siguiente: “Me gustaría que fuese así, pero no. Yo me refiero a lo que decía el viejo Aristóteles. La democracia es el gobierno de los pobres, aunque no sean numéricamente la mayoría. El contenido de clase social cuenta para distinguir los sistemas políticos. Un sistema político en el que mandan, porque son la mayoría, los ricos no es una democracia, es una oligarquía. Hasta hace pocos años —ahora la crisis está cambiando las cosas—, en Italia las personas en buenas condiciones económicas constituían una mayoría numérica del país. Aristóteles habría dicho que “son la oligarquía” —esquemáticamente, porque lo puedes decir de una ciudad de 20.000 a 30.000 personas, no sobre un país de millones…—. Para mí la democracia no es el hecho de que gobierne la mayoría después de hacer el recuento de votos, es el Estado social, el hecho de que quienes no poseen la riqueza cuenten en la vida política y tengan el modo de hacerlo.” Ordaz, Pablo (2014). Democracia cadáver. El País. https://elpais.
com/cultura/2014/04/23/actualidad/1398267208_914979.html?event=regonetap&event_log=r egonetap&prod=REGCRARTCULT&o=cerrcult El tropiezo del historiador de Bari es múltiple. En primer lugar, olvida que en la democracia el método de asignación de cargos públicos no es el voto, es el sorteo. En segundo lugar, mientras que en el caso de la democracia menciona que la mayoría, es decir, la cantidad, no es su elemento definitorio (lo cual es cierto), en el caso de la oligarquía sí lo es. En todo caso, como dice Aristóteles, 26 el elemento cuantitativo es accidental, mientras que el cualitativo o la calidad de quienes gobiernan es definitorio sobre el tipo de régimen que se obtiene si esta variable se modifica. Aristóteles, Política, III, 8, 1279b, Trad. 2014. Canfora pierde de vista por completo que el elemento numérico es accidental no porque deban incluirse pobres en el gobierno independientemente de que sean o no mayoría, sino porque es el elemento cualitativo, es decir, el principio de la vida menesterosa, lo que define a la democracia y, por ende, al tipo de instituciones y magistraturas que habrá de presidir la supremacía de los pobres. En todo caso, a lo que apunta el italiano es a un atemperamiento de la plutocracia, a un régimen en donde ricos y pobres participen proporcionalmente en el gobierno, a saber, a una república. 26 La palabra política proviene del griego politiká, vocablo que se deriva de la palabra polis o ciudad. La ciencia política es una ciencia cuyo objeto de estudio y de trabajo es la polis, así como los bienes y medios que habrán de conducirla a la felicidad, es decir, los diferentes tipos de gobierno o régimen. Sobre dicho objeto, dice Aristóteles que, “en el caso del régimen político es propio de la misma ciencia considerar cuál es el más perfecto y qué cualidades debería tener para adaptarse mejor a nuestros deseos si ningún obstáculo exterior lo impide, y qué régimen es apropiado para qué personas (porque para muchos es quizás imposible alcanzar el mejor, de modo que al buen legislador y al verdadero político no debe pasarles inadvertido el régimen que es el mejor en absoluto y el que es mejor dadas unas circunstancias); y además, en tercer lugar, el régimen que parte de un supuesto previo (pues también esta ciencia debe poder considerar respecto de un régimen dado cómo se formó desde un principio y de qué modo, una vez establecido, puede conservarse más tiempo…).
Además de todo eso, debe conocer el régimen que se adapta mejor a todas las ciudades, porque la mayoría de los que exponen sus ideas sobre sistemas políticos (sic; el término “sistema político” es un neologismo empleado erróneamente en la traducción española. En la traducción inglesa aparece sintetizada la oración como “los escritores políticos, aunque…”), aunque en lo demás tienen razón, fallan en su aplicación. No sólo, en efecto, se debe considerar el mejor régimen, sino también el posible, e igualmente el que es fácil y el más accesible a todas las ciudades.” Ibid., IV, 1, 1288b1-7, Trad. 2014. Sin embargo, es importante diferenciar en qué casos, cuando se usa política como adjetivo del sustantivo ciencia, se está apelando a un sentido antiguo, y en qué casos a un sentido moderno. Como bien señala Manuela García Valdés en una nota introductoria de su traducción de Política al respecto del título de la obra, Aristóteles emplea la palabra política como sustantivo y como adjetivo. Del segundo uso, de acuerdo con la filóloga española, tenemos como muestra los dos siguientes pasajes de Ética nicomáquea: “Si es así, debemos determinar, esquemáticamente al menos, cuál es este bien (que pueda quererse por sí mismo y las demás cosas por causa de él; es decir, la felicidad) y a cuál de las ciencias o facultades pertenece. Ésta es, manifiestamente, la (ciencia) política.” “Las cosas nobles y justas que son objeto de la (ciencia) política presentan tantas diferencias y desviaciones, que parecen existir sólo por convención y no por naturaleza.” Aristóteles, Ética nicomáquea, I, 2, 1094a27; y I, 3, 1094b14, Trad. 2014. En ese sentido, el título del capítulo tres del libro primero de Ética nicomáquea, ha sido titulado por su colega y compatriota, Julio Pallí Bonet, como “La ciencia política no es una ciencia exacta”, lo cual indica que, efectivamente, en ese apartado Aristóteles explica en qué sentido la política puede ser considerada como episteme, es decir, conocimiento científico, aquello que no puede ser de otra manera y es así por necesidad; en oposición a aquellos casos en que se habla de ella como una téchne, es decir, una sabiduría práctica. Ibid., VI, 3 y 4, 1139b15-1141b25. 27 En lo que respecta a su carácter científico, si bien la política parte de principios y de leyes generales que son siempre los mismos, sin importar la época y el lugar, Aristóteles es claro cuando dice que cada materia admite una exactitud y un trato distintos. De esta manera, dice el griego, sería absurdo pedir de un retórico demostraciones matemáticas y de un matemático recurrir a la persuasión. Al encontrarse la vida colectiva y su felicidad determinados por factores humanos, queda claro que es esta naturaleza, que presenta un sin fin de “diferencias y desviaciones”, la que hace imposible dar cuenta de todos los casos habidos y por haber. La solución a esta aparente paradoja, según la cual, por un lado, existen leyes y principios políticos y, por el otro, que el objeto de estudio de la ciencia política pareciera ser inabarcable, se encuentra en el temple o disposición del carácter de quien observa, aprende y actúa, ya que la cuestión epistémica no puede entenderse sin aquella relativa a la ética, es decir, a la téchne. Es por esta razón que, debido al talante de su carácter, sumido en las pasiones y en los instintos, al margen de la inexperiencia, los jóvenes y los incontinentes son discípulos inapropiados para el aprendizaje político. Ibid., I, 3, 1094b17 y ss. En consecuencia, la vertiente práctica de la política solamente es capaz de desplegarse ahí en donde existen seres dotados y guiados por la phronesis o prudencia. Esto quiere decir que, en última instancia, el conocimiento científico de la política se deriva de la experiencia y la práctica de quien es capaz de discernir y anticipar, caso por caso y con uso de la inteligencia, aquello que es conveniente y sirve al fin al que se dirige la comunidad política, es decir, la felicidad; a saber, la conformación, constitución y conservación de la mejor vida posible en el seno del hábitat humano: la polis. Será entonces el culmen de un carácter virtuoso el que lleve al animal dotado de inteligencia a la posibilidad de teorizar sobre la política, es decir, de contemplar de manera absoluta los principios de los que se desprende la sabiduría práctica de esta noble actividad. Ibid., VI, 8, 1141b25-1142a30. Esto supone un planteamiento contrario a aquel según el cual es aprendiendo a la letra los conocimientos de la política como uno se hace político o experto en política.
En todo caso la finalidad de la política no es retener conocimientos, sino emplearlos, saber llevarlos a la acción. Ibid., I, 3, 1095a3-7. De modo que el verdadero juez o legislador no es quien recita de memoria la ley, sino aquel que es capaz de crearla y aplicarla justamente. Queda entonces especificado el significado original de la palabra política, en sentido epistémico y en sentido práctico, enteramente opuesto a su empleo moderno, en donde al intentar reivindicar su carácter científico la política ha quedado inevitablemente sometida al paradigma positivista comtiano, reforzado hoy en día por la informática, la ciencia de datos, la estadística, el derecho, la sociología y un sin fin de ideologías ajenas a la misma.


