miércoles, 15 de julio de 2026

Fernando Ibarra Chávez Estudio preliminar, selección y notas Francesco Petrarca ePistolarios antología bilingüe


 

Petrarca a través de sus epistolarios 

Un intelectual europeo 

El Sábado Santo de 1327, seis de abril, para ser más precisos, Francesco Pe trarca —joven burgués de 23 años, hijo de italianos— vio por primera vez a una tal Laura, dentro de la iglesia de Santa Clara, en Aviñón. Ese encuentro definió su vida y su obra; por un lado, introduciéndolo en los delirios amoro sos; por otro, estimulando su furor poético. La consecuencia de aquel amor fue uno de los poemarios que mayor influencia ejerció en la literatura occi dental, el famoso Cancionero (o Rerum vulgarium fragmenta). Este libro, compuesto por 366 poesías, narra a modo de diario alegórico la existencia de “un año de amor” que en realidad duró casi medio siglo, hasta 1374, cuando la muerte visitó al poeta.1

 Ya desde sus primeras redacciones, el Cancionero marcó una tendencia muy innovadora para la expresión amorosa literaria en Italia, en Europa y, para el siglo xvi, también en el Nuevo Mundo. A pesar de que el propio autor en el soneto introductorio manifiesta explícitamente que aquel amor fue un error juvenil del que derivó un producto vergonzoso, o sea, el Cancionero mismo. La seducción de sus versos y su delicadeza para expre sar las poliédricas aristas del amor no correspondido atrajo el interés de cientos de poetas en Occidente desde Giovanni Boccaccio —el primer petrar quista de Europa—2 hasta autores muy alejados en el tiempo, el espacio y el estilo como Miguel Hernández, y todavía, en las composiciones vernáculas de la cultura popular de nuestros días seguimos oyendo los mismos llantos y 1Sobre el amor por Laura como detonante de la actividad poética, véase Marco Santagata, “Introduzione”, en Francesco Petrarca, Canzoniere. Milano, Mondadori, 1999, pp. xiii-xcvi. (I Meridiani). 2Véase Paola Vecchi Galli, Padri. Petrarca e Boccaccio nella poesia del Trecento. Roma-Padova, Antenore, 2012. 9 suspiros de Petrarca, acompañados de reminiscencias de algún primer en cuentro amoroso tímido y casto. Pero Petrarca es más que un cancionero amoroso. Así como sus poesías escritas en lengua toscana deberían provocar en los lectores un juicio conde natorio atenuado por la piedad, Petrarca escribió un porcentaje muy elevado de su obra en latín, y esa obra sí se divulgó con la pretensión de brindarle buena fama, pues en ella, el juvenil error de haber amado fue desplazado por la devoción intelectual hacia los autores que le dieron ciencia y lustre a las letras latinas. Francesco Petrarca, Dante Alighieri y Giovanni Boccaccio son conside rados los tres escritores más importantes de la tradición italiana medieval, pero hay varios elementos que colocan a Petrarca en una dimensión diferen te, pues, mientras los otros dos desarrollaron sus labores intelectuales en zonas muy localizadas de la península itálica, Petrarca se distinguió por haber sido más bien un intelectual europeo, tanto por los lugares donde radicó como por sus relaciones con importantes personajes de distintos orígenes geográ ficos. Ya desde antes de su nacimiento, el 20 de julio de 1304, en Arezzo, su vida estuvo marcada por el exilio. 

El padre de Francesco, Pietro (llamado Petracco), hacia 1300 ejercía el respetable cargo de notario de la Señoría de Florencia. Al igual que Dante, Petracco formó parte del partido de los Guel fos Blancos y, como aquél, también sufrió la pena del exilio —aunque por razones diferentes—, y en 1302 debió trasladarse a Arezzo, de donde era originario, pero en esos tiempos la vida era difícil, por lo que, en 1307, la familia se mudó a Incisa, donde nació Gherardo. Más adelante, vivieron en Padua y en Pisa. Petracco encontró oportunidades de trabajo en Aviñón, sede entonces de la curia papal, y decidió dejar la península. Así describe Petrar ca su ajetreado deambular por la Toscana: Yo, que en el exilio fui concebido, en el exilio nací, con tanto trabajo de mi madre y tanto peligro que durante un largo tiempo se le dio por muerta no sólo según el juicio de las parteras sino también de los médicos. Así fui puesto a prueba desde antes de nacer y llegué al umbral mismo de la vida bajo el auspi cio de la muerte. Arezzo, ciudad no innoble de Italia, lo recuerda; hacia donde había huido mi padre, tras haber sido expulsado de su patria con buen número de hombres buenos. De ahí, a los siete meses fui llevado por toda la Toscana, 10 en la diestra de cierto joven muy fuerte, quien […] me llevaba envuelto en un hatillo, pendiente de un nudoso palo (Fam., i, 1, 22-23).3 En 1312, ya en territorio francés, Petracco se estableció en Carpentras y ahí fue donde el joven Francesco comenzó a estudiar con Convenevole da Prato, un florentino que también debió abandonar su ciudad por razones políticas. Como era costumbre, los estudios se iniciaban con la enseñanza del latín, seguido de la retórica y la dialéctica. Petracco, preocupado por el futuro de su hijo, lo encaminó hacia los estudios jurídicos, pero Francesco pronto quedó fascinado por la literatura latina y no mostró particular interés por la jurisprudencia. Sin embargo, con solo 12 años, inició sus estudios formales en Montpellier, junto con su amigo Guido Sette. En 1320, Guido, Francesco y su hermano Gherardo viajaron a Bolonia para perfeccionar los estudios jurídi- cos en su prestigiosa Universidad. Esta nueva sede resultó muy enriquecedora para el futuro escritor, pues Bolonia también era famosa porque en sus aulas los jóvenes estudiantes practicaban la poesía en lengua toscana —vulgar ita liano, como se le suele llamar—, lo cual seguramente permitió que Francesco conociera la importantísima tradición del dolce stil novo, a la cual perteneció Dante. Por lo demás, Bolonia también le brindó la oportunidad de establecer nexos amistosos con jóvenes que más adelante se transformaron en figuras de cierto relieve, como Giacomo Colonna. Sin duda, también en las bibliotecas de Bolonia afinó sus estudios sobre poesía latina. Lamentablemente, debió interrumpir sus estudios y volver a Aviñón tras recibir la noticia de la muerte de su padre, en 1326. Un año después, tuvo lugar el encuentro con Laura. Gracias a su amistad con Giacomo Colonna, logró entrar al servicio de aquella notable familia en 1327, cuando tomó los hábitos y se volvió capellán del cardenal Giovanni Colonna. Para 1330, Francesco ya se perfilaba como un hombre culto y apasionado por los libros. Durante los siguientes cinco años, lo vemos viajando por el centro de Europa: Lombez, París, Lieja, Lyon, Aquis grán y Colonia.

 Fue en Lieja donde encontró la oración Pro archia de Cicerón y Ad equites Romanos, atribuida erróneamente al rétor romano. 3Todas las citas de las epístolas de Petrarca provienen de las cartas antologadas en el presente volumen. 11 Para poder continuar con su vida relajada y dedicada al estudio, era ne cesario contar con una cierta estabilidad económica, y la encontró gracias a que en 1335 el papa Benedicto XII lo favoreció con una canonjía en la catedral de Lombez, puesto que le permitía una vida sin preocupaciones económicas y, sobre todo, le brindaba la libertad de dedicarse a las letras y de viajar. De hecho, en 1336 visitó por primera vez Roma, pero decidió volver a tierras provenzales, específicamente a Vaucluse, región campestre enmarcada por el Mont Ventoux y el manantial de donde surge el río Sorgue (la actual Fontai ne-de-Vaucluse). Fue aquí donde finalmente encontró la paz necesaria para escribir, en latín, obviamente. A estos años pertenecen las primeras redac ciones de su poema África, que narra las hazañas de Escipión el Africano; de su tratado De viris illustirbus (De los hombres ilustres) y de Rerum memoran dum libri (Sobre los sucesos memorables). Igualmente, en Vaucluse se hallan indicios del proyecto de su Cancionero que para entonces estaba compuesto por unos 40 poemas.4 También allí nació Giovanni, su primer hijo (aunque en sentido estricto los clérigos debían obedecer el voto de castidad y no po dían contraer matrimonio. La infracción a estos principios era bastante tole rada en la Edad Media). El año de 1341 fue decisivo para su carrera poética, pues tanto París como Roma le propusieron ser la sede donde recibiría la corona poética, pero antes fue examinado durante varios días por Roberto de Anjou, rey de Nápoles. Al final, como acto político, en consonancia con su importancia histórica, la ciudad de Roma fue la elegida como sede para la coronación, que se llevó a cabo el 8 de abril de ese año en el monte Capitolio. Para tal acontecimiento, Fran cesco —que gracias a la laurea poética latinizó su nombre patronímico Pe tracchi por Petrarche— preparó un discurso en donde se observa su fuerte inclinación por conciliar armónicamente la cultura clásica y la tradición cris tiana.5 Regresó a Aviñón y casi de inmediato el papa Clemente VI le ofreció una canonjía en Pisa. 

Allí conoció también a Cola di Rienzo, notario e inte lectual que, al igual que Petrarca, buscaba reconstruir la grandeza de Roma. 4Ernest Hatch Wilkins, Vita del Petrarca. Milano, Feltrinelli, 2012, p. 29. 5F. Petrarca, La Collatio laureationis. Manifesto dell’Umanesimo europeo, ed. Giulio Cesare Maggi. Milano, La Vita Felice, 2012. (Piccola Biblioteca della Felicità, 12). 12 En 1843 su hermano tomó la decisión de volverse monje cartujo en Montrieux, lo cual implicaba una separación. También en ese año nació su hija Francesca. En los años sucesivos volvió a Italia para cumplir algunos encargos diplo máticos del cardenal Colonna en Nápoles. Luego pasó por Roma, Parma y Verona, donde encontró las cartas ciceronianas dirigidas a Ático, a Quinto y a Bruto. En 1346, estando en Vaucluse, fue nombrado canónigo de la catedral de Parma, lo cual le brindó las comodidades para dedicarse a la redacción de otros textos: De vita solitaria (Sobre la vida en soledad) y el Bucolicum carmen (Poema bucólico) y, más tarde De otio religioso (Sobre el tiempo libre de los clérigos) y el Secretum (Mi secreto), un importante diálogo alegórico entre nuestro autor y san Agustín, acompañados por la Verdad desnuda. A estas fechas también corresponde la segunda redacción del Cancionero. En 1347 hubo otro cambio importante en la vida de Petrarca: Cola di Rienzo logró proclamar la República Romana, con un gobierno ejercido por el pueblo, pero, al ser adversario de los Colonna, la familia rompió relaciones con nuestro autor. Volvió a Parma el siguiente año y recibió el cargo de archi diácono, pero justo ese 1347 fue el terrible año de la peste bubónica que diez mó la población europea, y no sólo le arrancó a Petrarca muchos amigos, sino que también se llevó a Laura el 6 de abril, curiosamente. Gracias a sus buenas relaciones con el gobernante de Parma, Luchino Visconti, logró mantenerse ocupado en varias ciudades, incluso obtuvo nuevamente una canonjía en la catedral de Padua. En 1350 conoció en Florencia a Giovanni Boccaccio, quien todavía no había concluido la composición del Decameron, pero ya era un prestigioso practicante de las letras en vulgar italiano. Sin duda, este encuen tro tuvo grandes consecuencias para Boccaccio, que veía en Petrarca un mo delo de ejemplar comportamiento intelectual, digno de emulación, aunque para Petrarca parece que sólo fue un amigo entrañable, es decir, le ofreció su estima y reconocimiento intelectual, pero quizá en menor medida que a otros de sus amigos más más próximos y añejos.6 6Sobre la relación entre ambos escritores véase Giuseppe Billanovich, “Il più grande discepolo”, en Petrarca letterato I. 

Lo scrittoio del Petrarca. Roma, Edizioni di Storia e Letteratura, 1947. (Storia e Letteratura. Raccolta di Testi, 16), pp. 59-293; Francisco Rico. Ritratti allo specchio (Boccaccio. Petrarca). Roma-Padova, Antenore, 2012, Fernando Ibarra, “Dal preceptor inclitus all’amicus: Boccaccio e Petrarca tra l’ammirazione unilaterale e la finta amicizia”, en Mariapia Lamberti, 13 En 1351 Clemente VI solicitó su presencia en Aviñón. En estos años se concretó el proyecto de reunir sus cartas, así como sus textos más polémicos en materia política e intelectual: el epistolario Sine nomine (Sin destinatario) y la invectiva Contra medicum (En contra de los médicos). La vida privilegiada en la curia papal, sin embargo, despuntó hostilidades hacia Petrarca; de hecho, el antipapa Inocencio VI, al igual que otros, pensaba que nuestro escritor practicaba la nigromancia, actividad cultivada por su admirado Virgilio, según la creencia popular. Petrarca ya no se sentía cómodo y así, el hombre que vivió intermitentemente 30 de sus 50 años en Provenza, aprovechó sus buenas re laciones con la familia Visconti para ponerse a su servicio y establecerse defi nitivamente en territorio italiano en 1353, primero en Milán, de 1362 a 1368 en Venecia, posteriormente entre Padua y Arquá, donde Francesco da Carra ra le había regalado un terreno. En Arquá trascurrió el resto de sus días con su hija Francesca —que para entonces ya estaba casada con Francescuolo da Brossano— y con Eletta, su nieta. Su llegada a Italia estuvo acompañada de múltiples actividades diplomáti cas que le permitieron viajar a Basilea, Praga y París. Mientras tanto, escribió otros tratados: De remediis utriusque fortune (Sobre los remedios hacia la fortuna buena y la mala), De ipsius et multorum ignoratia (Sobre la ignoran- cia propia y la de los demás) y De gestis caesaris (Sobre las hazañas de los em peradores). Además, siguió trabajando en sus dos únicas obras en vulgar ita liano: el Cancionero —que ahora ya podía dividirse entre los poemas en vida y en muerte de Laura— y los Triumphi (Triunfos), poema iniciado en 1352, pero que nunca concluyó. Además, en Milán encontró la tranquilidad nece saria para retomar sus demás obras y establecer su redacción final, aunque todavía no la definitiva. Hacia 1364 reagrupó nuevamente las poesías de su Fernando Ibarra y Sabina Longhitano, eds. Boccaccio. Influenza e attualità. Firenze, Franco Cesati, 2015, pp. 57-65. Sobre la presencia de Boccaccio en las Seniles, véase Sabrina Ferrara “Paradigmi umanistici tra Petrarca e Boccaccio” y Philippe Guérin, “E quando no si trata di poesia? Su Boccaccio e Petrarca nelle Senili”, ambos en Sabrina Stroppa, Romana Brovia y Nicole Volta, eds., Le Senili di Petrarca. Testo, contesti, destinatari. Firenze, Le Lettere, 2021, pp. 201-222 y 223-241, respectivamente. 14 cancionero bajo el título Francisci Petrarche laureati poete Rerum vulgarium fragmenta (el famoso códice Vaticano Latino 3195).7 Su fama como intelectual y político se mantuvo siempre viva; de hecho, sus servicios fueron solicitados por el rey de Francia, por el papa, por el em perador y por algunos gobernantes italianos. Sin embargo, Petrarca prefirió una vejez tranquila, totalmente inmerso en las letras. 

Como él mismo cuen ta en su carta “A la posteridad”, algunos achaques lo incomodaban, pero lo más triste eran las consecuencias del paso del tiempo, por ejemplo, la muer te de muchos de sus amigos y parientes. En efecto, además de todos los amigos fallecidos durante la peste, en 1361 murieron Giovanni, su primogé nito, y su amigo Sócrates (Ludwig van Kempen o Ludovico di Beringen), al que años atrás había dedicado la primera carta de las Familiares, seguido de Zanobi da Strada (Lelio), Francesco Nelli, Barbato di Sulmona, Guido Sette y muchos más, a los que dirigió numerosas epístolas. Lejos de Provenza, Boccaccio parece haber sido su único interlocutor cercano: se reunieron en Milán, en Padua y en Venecia; de manera personal o epistolar discutieron sobre poesía, tradición clásica, literatura en vulgar italiano, pero también sobre asuntos personales. Un punto de desencuentro entre ellos fue la valo ración de Dante, pues Boccaccio lo estudiaba con humilde devoción y llegó incluso a regalarle una copia de la Comedia. Parte de estas discusiones sobre la obra de Dante quedó plasmada en una carta (Fam., xxiii, 15). Petrarca, en cambio, mostraba difidencias ante el vulgar italiano como lengua literaria. La mejor muestra es el hecho de haber traducido al latín la última novella del Decamerón —la historia de Griselda, que en latín se llamó De insigni obe dientia et fide uxoria (Sobre la ilustre obediencia y fe de una esposa)— como muestra de amistad. De paso, el texto latino promovió una circulación más amplia de la obra de Boccaccio por Europa.8 En 1373, Petrarca aceptó su último encargo diplomático para ayudar a Francesco da Carrara, quien fue vencido en la guerra contra Venecia, y también 7Sobre las distintas versiones del Cancionero véase Serena Fornasiero, Petrarca. Guida al Canzionere. Roma, Carocci, 2001. (Le Bussole, 14). 8 José Luis Quezada, “La Historia Griseldis de Petrarca. ¿Culminación ideal de una amistad literaria?”, en M. Lamberti, F. Ibarra y S. Longhitano, eds., op. cit., pp. 67-78. 15 en ese año le dedicó una última carta (Sen. xiv, 1). Aún en su vejez, seguía firme en su convicción de que el papado debería regresar a Roma. Contra los opositores, en particular, contra el monje francés Jean de Hesdin, escribió la invectiva Contra eum qui maledixit Italie (Contra los que maldicen Italia).9 Se sabe que en febrero de 1374 redactó el último de sus Triumphi, el Triumphus Eternitatis (Triunfo de la Eternidad), y la muerte llamó a su puerta de noche, entre el 18 y el 19 de julio de ese año. petrarca y el género epistolar Dentro del panorama europeo medieval, la epistolografía o ars dictandi con taba con preceptivas muy bien consolidadas desde el siglo xii, por ejemplo, los Praecepta dictaminum de Adalberto de Samaria, las Rationes dictandi prosaice de Hugo de Bolonia o las Introductiones prosaici dictaminis de Ber nardo de Romaña, y muchos más.

 Esta tradición, nacida en el monasterio de Montecassino, en Italia, se expandió exitosamente al resto de Europa por su practicidad en la aplicación comunicativa de asuntos oficiales. Entre otros detalles, en estos manuales se explica que las cartas constan de cinco partes fundamentales: salutatio, captatio benevolentiae, narrratio, petitio y conclusio, a las que debían añadirse los correspondientes saludos y despedidas. En cuan to al aspecto estético de la lengua, la prosa latina también contaba con su propio ritmo, conocido como cursus, puesto en práctica ampliamente en las epístolas papales. Con el tiempo, el cursus —basado en las sílabas tónicas y no en la cantidad vocálica, como ocurría en la composición poética— se in tegró como parte compositiva de las misivas, dotando de cierto ritmo a cada una de las cláusulas que las componían.10 Si bien para el siglo xiv siguieron escribiéndose tratados sobre el ars dictandi y su correcta práctica siguió 9Francesco Petrarca, In difesa dell’Italia (Contra eum qui maledixit Italie), ed. Giuliana Crevatin. Venezia, Marsilio, 2004. 10 Véase James J. Murphy, “V. Ars dictaminis: el arte epistolar”, en La retórica en la Edad Media. Historia de la teoría retórica desde san Agustín hasta el Renacimiento, trad. Guillermo Hirata Vaquera. México, Fondo de Cultura Económica, 1986, pp. 202-274. 16 vigente en autores como Dante y Boccaccio, el ulterior conocimiento de los autores clásicos permitió la adopción de otro caminos de comunicación epis tolar que, sin ser del todo opuestos a la tradición, marcaban una toma de posición frente a la Antigüedad, de modo que las epístolas también eran susceptibles de modelar la elocuencia medieval. Como bien anota Andrés Ortega, “con el modelo de Cicerón y Séneca, se tiene acceso a una nueva for ma de carta personal, muy alejada de las rigideces de la retórica medieval y su ars dictaminis”. 11 En efecto, las fórmulas establecidas preservaban su vigencia comunicativa principalmente en los ámbitos legales, por lo que la preceptiva del ars dictan di sólo incumbía a un sector muy limitado de usuarios de la lengua escrita, pero los escritores tenían exigencias expresivas que necesitaban satisfacerse de otra manera para establecer una conexión efectiva con otro tipo de público. En el caso de Francesco Petrarca —según los estudios de Giuseppe Billano vich—12 la intención de redactar cartas surgió en 1345, concebidas ya como experimentos de índole más literaria que comunicativa. De hecho, la primera proyección contemplaba la división entre las epístolas escritas en hexámetro latino separadas de las redactadas en prosa. Debido a sus múltiples intereses y a su constante ajetreo, el proyecto se detuvo por algunos años, hasta que ideó la posibilidad de reunir algunas de sus epístolas en verso en un volumen iden tificado como Epystolarum ad diversos liber que para 1351 ya contaba con cartas dirigidas a Cicerón, a Séneca y a Varrón, a las que fueron añadiéndose muchas más a lo largo de esa década.

 Cabe mencionar que las primeras colec ciones epistolares lograron circular entre sus allegados, ya sea porque él mis mo les mandó alguna copia o porque alguno de ellos, como Boccaccio, las transcribió de propia mano. El interés que suscitaron estos textos recaía en su contenido, y también en su estilo, pues, al contar con los modelos epistográficos de las cartas a Lucilio de Séneca y la novedad que significó el descubrimiento de los distintos grupos 11 Andrés Ortega Garrido, “Introducción”, en F. Petrarca, Cartas a los más ilustres varones de la antigüedad, pról. Ángel Gómez Moreno, trad., intro. y notas A. Ortega Garrido. Sevilla, Espuela de Plata, 2021, p. 39. 12 G. Billanovich, “Dalle Ad diversos alle Familiares”, en op. cit., pp. 1-55. 17 de misivas de Cicerón, Petrarca estaba introduciendo una nueva fórmula comunicativa de fronteras muy flexibles, necesaria para dar rienda suelta a la libertad que requería para tratar un amplio espectro de temas cuya índole podía ir del extremo de la noticia personal a la profunda reflexión filosófica, con rigurosa observancia de la forma latina, pero desechando las convencio nalidades de la tradición epistolar medieval. Con los años, el número de cartas se incrementó hasta alcanzar el medio millar; en consecuencia, Petrar ca debió abandonar su proyecto inicial, que distinguía prosa de verso, así que fue necesario encontrar un elemento que hilara tanto sus cartas de comuni cación cotidiana como las de índole literaria. Tras varias tentativas para dar orden a tan vasta producción, finalmente Petrarca optó por seccionarlas en cuatro grupos bien definidos: Familiares (Rerum familiarium libri), Epystolae metricae, Sin nombre (Liber sine nomine) y Seniles (Senilium rerum libri). El primer grupo consta de 350 epístolas di vididas en 24 libros. Biográficamente, ocupan el periodo inmediato a la peste (1350) y concluyen en 1360, aunque la última redacción data de 1366. Todas las Familiares están escritas en prosa salvo dos del libro xxiv, escritas en hexámetros latinos, dedicadas a Horacio (10) y a Virgilio (11), respecti vamente. En paralelo, circulaban ya algunas de sus 66 Epystolae, pero no fue sino hasta 1364 cuando Petrarca decidió agruparlas en 3 libros que siguió corrigiendo en años posteriores, aunque se sabe que la primera de estas car tas (I, 7) la compuso muchos años atrás, hacia 1319, en ocasión de la muerte de su madre. El grupo Sine nomine lo conforman 19 misivas que se caracte rizan por su alto contenido político. Debido a su carácter polémico en contra del mal gobierno y la corrupción de la corte de Aviñón —y seguramente por prudencia—, circularon “sin nombre” del destinatario. La última carta de esta colección data de 1366. Las Seniles, como anuncia el nombre, correspon den al periodo de la vejez y se componen de 128 cartas distribuidas en 18 libros

. A estas colecciones determinadas por Petrarca se añade un último grupo, al que tradicionalmente se le llama Varia, que incluye todas las demás cartas que forman parte del corpus epistolar de Petrarca, pero que quedaron fuera de sus agrupaciones más orgánicas, quizá por razones estilísticas, por no encajar dentro de la coherencia lógica de las colecciones, por su conteni do o por ser instrumentos de comunicación oficial sin un valor literario re 18 levante para el autor.13 Cualquiera que sea la razón, afortunadamente conta mos con ellas, pues contienen información relevante para reconstruir la biografía de Petrarca. Los destinatarios de las diferentes colecciones son muy variados. Van desde parientes y amigos cercanos, hasta personajes de las más altas esferas del poder y hombres de letras con los que Petrarca tuvo contacto, es decir, personas rea les que verdaderamente mantuvieron o pudieron haber establecido una comu nicación escrita con nuestro autor, aunque también encontramos personajes “ficticios”, como los grandes autores de la Antigüedad. El trabajo ecdótico de Vittorio Rossi demuestra que Petrarca solía escribir tres versiones de sus cartas: la que efectivamente mandaría al destinatario —en cuyas ulteriores copias y trasmisiones no tuvo intrusión—, la que mantendría en su archivo personal y que posteriormente formaría parte de su epistolario, susceptible de sufrir mo dificaciones según sus particulares exigencias literarias, dando así lugar a una tercera reescritura definitiva, de la que pueden desprenderse otras versiones.14 Por lo demás, el mismo Petrarca indica que, una vez convencido de reunir sus cartas en un volumen, era necesario hacer las modificaciones pertinentes para evitar innecesarias repeticiones léxicas y estilísticas, además de eliminar infor mación irrelevante para el lector del futuro (Sen., i, 1, 31-32). Sin embargo, también hay cartas dirigidas a personajes legendarios que jamás habrían podido leer ni responder ninguna de las misivas, por ejemplo, Horacio, Virgilio y otros importantes escritores de la tradición grecorromana. Como se trata de ejercicios literarios, hay que entender que, a pesar de estar dirigidas a una persona determinada, en realidad, Petrarca articuló sus episto larios de manera funcional para todos nosotros, y él mismo era consciente de ello, pues, gracias a muchos estudios filológicos de los manuscritos que contie nen las diferentes versiones de sus misivas, se ha comprobado que modificó deliberadamente algunos datos circunstanciales reales (fechas, destinatarios, lugares, hechos) y las reubicó cronológicamente para darle mayor cohesión y 13 Véase Alessandro Pancheri, “Introducción a las Cartas dispersas”, en F. Petrarca, Epistolarios iv, trad. Francisco Socas, introd. Ugo Dotti, revisión Jordi Bayod. Barcelona, Acantilado, 2023, pp. 3869-3882. (El Acantilado, 468). 14 Véase F. Petrarca, Le Familiari, vol. I, ed. crítica Vittorio Rossi.

 Firenze, Sansoni, 1933, pp. xi-xvii. 19 coherencia al relato integral.15 Incluso hay cartas instrumentales que resultan necesarias para brindar solidez a los eslabones discursivos. El mismo Petrarca señaló las razones de su proceder en la primera de sus cartas Familiares: Aunque fueron escritas en el transcurso de muchos años y enviadas a diversas regiones del mundo, cuando apenas recientemente se reunieron en un mismo tiempo y lugar, se discernió fácilmente la deformidad de la colección, oculta en las cartas individuales, pues una palabra que utilizada una vez en una epístola me deleitaba, repetida con demasiada frecuencia a lo largo de toda la obra comenzó a ser un fastidio. Por ello debía dejarla en una, pero eliminarla del resto. También he eliminado muchas cosas sobre asuntos privados, que quizá parecieron valiosas mientras eran escritas, aunque ahora no agraden al curioso lector. (Fam., i, 1, 31-32) Como estrategia narrativa propia del teatro, en el diálogo que se establece en las cartas, la analepsis ayuda a la configuración del evento narrativo. El destinatario real no necesitaría saber dónde se encontraba su propia morada ni cuales eran sus propias ocupaciones, pero esta información sí que es rele vante para el lector futuro que del destinatario ignora todo. Aquí es donde se evidencia la doble intención de la escritura: la comunicación directa e inme diata, por un lado, y por el otro, la lectura futura por parte de gente ajena a su contexto temporal y geográfico, como lo manifiesta explícitamente en el ínci pit de su carta a la posteridad: “Tal vez hayas oído algo acerca de mí, aunque incluso dude de esto: de si mi insignificante y desconocido nombre viajará a través del espacio y el tiempo” (Sen., xviii, 1). Feliz estará de saber que su nombre llegó a las antípodas con siete siglos de distancia. Tomando en cuenta que el género ensayístico no existía en aquellos tiem pos, la redacción de cartas permitía exponer una reflexión y transmitirla en un texto de extensión breve. Si eliminásemos de las cartas de Petrarca los sa ludos, las despedidas y las referencias circunstanciales, nos quedaríamos con un complejo grupo de cavilaciones sobre asuntos diversos que desmenuzan realidades e idealizaciones sobre temas de interés privado, como la amistad, 15 Sobre el intrincado proceso de consolidación de los epistolarios petrarquescos véase Claudia Berra, ed., Motivi e forme delle Familiares di Petrarca. Milano, Istituto Editoriale Universitario, Cisalpino, 2003. (Quaderni di Acme, 57). 20 la vejez y la soledad; público, como la guerra, el buen y el mal gobierno; e intelectual, como el valor de los autores grecolatinos, la historia, las letras, los libros y, en general, el beneficio del estudio para el individuo y para la sociedad. 

 Pero tan importante es contenido de las cartas, como también su forma, pues en ellas nuestro autor puso en práctica sus conocimientos sobre retórica y emu ló el estilo de los autores latinos clásicos y medievales, en particular Cicerón, Séneca y san Agustín,16 además de marcar una nueva estación para la escritu ra en latín, aunque, como nota Leticia López: Se trata de un latín de transición, de vuelta al clásico y de rechazo a los usos escolásticos medievales. La prosa latina de Petrarca es, por su propia naturale za transitoria, razonablemente comprensible y fluida: aun cuando la busca, no alcanza la arquitectura del periodo ciceroniano, pero tampoco se queda en las formas lineales de innumerables ejemplos del latín medieval.17 No olvidemos que el contexto literario de Petrarca era bilingüe en sentido lato, es decir, se empleaba el latín en sus diversas variedades, al igual que la lengua vulgar propia de cada latitud. Podríamos hipotetizar que el joven Fran cesco aprendió el toscano en casa, pero debió conocer el provenzal que se hablaba en Aviñón para poderse comunicar con la gente común. Sin embargo, únicamente contamos con registros del uso del toscano literario en la poesía y un latín bastante depurado en el resto de su producción. De hecho, en varios de sus textos manifiesta abiertamente su preferencia por la elocuencia de Cicerón y la reflexión moral de Séneca, mientras que en sus epístolas sobre sale la presencia de Boecio, san Agustín y de autores de la Antigüedad como Tito Livio, Virgilio, Horacio, Suetonio, Lucano, Estacio y otros más, de quienes retoma conceptos y fórmulas retóricas que le brindan un tono clasicista a su prosa sin perder la función comunicativa práctica del latín de sus tiempos. Como explica Marco Ariani, no podemos hablar de una historia evolutiva del latín de Petrarca, sino más bien de una búsqueda experimental donde son 16 Véase Sara Fazion e Ilaria Lorenzi, Petrarca lettore di Seneca tragico e di Svetonio. Bologna, Pàtron, 2019 y Roberto Cardini y Donatella Coppini, eds., Petrarca e Agostino. Roma, Bulzoni, 2004. 17 L. López, “El latín de Petrarca”, en Mariapia Lamberti, ed., Petrarca y el petrarquismo en Europa y América. México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2006, p. 166. 21 igualmente válidos los exempla clásicos y el usus medieval, y toma lo que considera mejor de ambas tradiciones.18 En otras palabras, sería la derivación estilística más sensata de quien tiene a la mano la posibilidad de elegir entre una prosa ampulosa y una humilde, y decide optar por una mediocritas ma leable que no atente contra la claridad, pero que no renuncie a la belleza. Él mismo afirmaba: “Y así como la misma comida no deleita todo el tiempo no ya a diversos, sino ni a un único estómago, así también un mismo espíritu no debe ser alimentado siempre con el mismo estilo. 

De modo que la labor es doble: considerar quién es aquél al que uno se ha propuesto escribir y cuál será su estado anímico cuando lea lo que le escribes” (Sen., i, 1, 29); es decir, que haya consonancia entre estilo y función comunicativa del texto. Petrarca abrazó la novedad que ofrecían los clásicos, o sea la restitución del orden perdido a través de la vuelta a los orígenes que dieron el mayor es plendor a la cultura europea. Este acercamiento marca decisivamente una reorientación hacia el futuro humanismo,19 a diferencia de Dante que, aunque reconoce el valor literario de los escritores de la Antigüedad y se permite al guna intertextualidad, los trata como patrimonio cultural, no como modelo de comportamiento moral. Sin ser clérigo, Dante es profundamente religioso; siéndolo, Petrarca parece interesarse más por el intelecto. Para Dante, Virgi- lio es una alegoría del saber humano, una antesala y un escalón para el ascen so del alma; en cambio, Petrarca, espiritualmente menos pretensioso, o menos interesado, no coloca a Cicerón, a Horacio o a Seneca como puntos de partida, sino como la aspiración intelectual de quien sigue un modelo cultural funda mentado en la más alta realización del intelecto humano, no divino. No es casual que en varios momentos agradezca a Cicerón, “el sumo padre de la elocuencia romana” (O romani eloquii summe parens. Fam., xxiv, 4, 4) no sólo por el hecho de ser modelo para los antiguos romanos, sino para todos los usuarios futuros de la lengua latina, pues es guía, ayuda, maestro y fuente de inspiración; lo cual resulta importante, pues es sintomático de una plena 18 M. Ariani, op. cit., p. 344. 19 Sobre la influencia de los autores clásicos en Petrarca véase el clásico Pierre De Nolhac, Pétrarque et l’humanisme. Paris, Honoré Champion, 1907. (Bibliothèque Littéraire de la Renaissance, 1 y 2), 2 tomos y Maurizio Fiorilla, I classici nel Canzoniere. Note di lettura e scrittura poetica. Roma Padova, Antenore, 2012. (Studi sul Petrarca, 40). 22 conciencia de las potencialidades y los límites del estilo prosístico y, aunque no renuncia a los juegos retóricos en la prosa, les da su justo lugar. El estilo poético del África es elevado, ciertamente, pero inadecuado para emplear- lo en una carta dirigida a un amigo. La poesía posee características que exigen una lectura pausada y profunda para su correcta interpretación; por su parte, la comunicación epistolar requiere ser inmediata, clara y emotiva, si fuera el caso, tal como señala nuestro autor cuando indica que la carta debe mostrar un “estilo simple, íntimo y familiar, apto y acomodado en los giros que usamos en la conversación cotidiana” (Fam., i, 1, 16).

Los epistolarios son, ante todo, un ejercicio literario que probablemente le deba más al modelo clásico que a la vida misma, como se expone en la epístola que abre las Familiares: Si hay algo de mis escritos que te guste, confieso que no es mío, sino tuyo; quiero decir, no es una alabanza de mi ingenio sino de tu amistad. De hecho, ninguna de estas obras tiene una gran fuerza oratoria, porque ciertamente yo no la poseo y, aunque la tuviera, su estilo no se presta, dado que ni el mismo Cicerón, muy destacado en esa capacidad, la introdujo en sus epístolas ni en sus libros en los que hay cierta “proporción”, como él dice, y “un estilo tempe rado”. En sus discursos cultivó aquella fuerza eximia y un lúcido y raudo y to rrencial río de elocuencia […] Cicerón trató asuntos filosóficos en sus libros, pero en sus cartas incluyó asuntos personales, noticias y diversos sucesos de su tiempo (Fam., i, 1, 13-14 y 32). Una peculiaridad destacable en la prosa petrarquista es su insistente apego a la claritas. Para él, la claridad era un valor irrenunciable. Si bien no podía exigirla en los autores del pasado, sí tomó esta característica como rasgo dis tintivo de su propia obra, empezando por la materialidad de la palabra: me refiero a algo tan simple como la caligrafía legible. En una de sus cartas a Boccaccio indica que un joven ayudante está transcribiendo sus cartas “no con esa escritura artificiosa y lujosa —propia de los escribas, o mejor dicho, de los pintores de nuestro tiempo […]—, sino con una letra correcta y clara, amable para la vista, donde no falta ni una coma ni algún otro signo ortográ fico” (Fam., xxiii, 19, 8). En efecto, a partir de los manuscritos carolingios que se caracterizan por separar cada palabra y por distinguir con precisión el trazo curvo y el recto de cada letra, Petrarca se percató de las grandes ventajas que ofrecía la precisión caligráfica para ahorrar fatigas inútiles al lector y, 23 sobre todo, para evitar interpretaciones equívocas del texto.20 Si ahora conta mos con códices perfectamente legibles de la obra integral de Petrarca, se debe a su rigurosa observancia por la claridad gráfica en los procesos de escritura y transcripción. En suma, como afirma Ugo Dotti, con la retórica de sus cartas en prosa, Petrarca se volvía el divulgador de la moralidad y la sabiduría hu mana, con un lenguaje moderado y templado, lejano de la ampulosa elocuen cia, estilo llano, doméstico y familiar según el ejemplo de Cicerón. De este modo, el escritor daba inicio a un diálogo con un público selecto, capaz de entender a fondo los studia humanitatis.

21 entre la aUtobiograFía y la FilosoFía Nada impedía que Petrarca se dedicara por completo al cultivo de los metros latinos, como lo hizo en el África y en varias de sus epístolas; nada lo limitaba para que se inclinara por la ficción literaria o para que escribiera poesía de temática no amorosa en lengua toscana, como se puede constatar al leer en su Cancionero textos de fuerte inspiración religiosa (ccclxvi) o política, contra Aviñón: la nueva Babilonia (cxxxvi-cxxxvii), sin olvidar la famosa canción “Italia mía” (cxxviii), donde se lamenta de la falta de gobierno y unidad de la península. Sin embargo, su interés más frecuente era la filosofía práctica, es decir, le reflexión sobre los grandes temas que han subyacido en la cultura letrada desde siempre: la caducidad de la vida, la búsqueda de la felicidad, la lucha por alcanzar una vida serena, la gestión del tiempo, la misión del ser humano en su tránsito por esta dimensión terrenal, etc. El amor erótico que da limitado a los poemas del Cancionero. Curiosamente, apenas es mencio nado en sus epistolarios y en sus tratados filosóficos. Por ejemplo, en su carta a la posteridad nos dice: 20 El acatamiento a la claritas se puede verificar también en Fam., xiii, 5, donde manifiesta su interés por ser claro para los altos intelectos, no para la gente común; o bien, en Fam., xiv, 1, en la cual distingue entre la claridad debida a la facilidad de la lengua y la claridad asociada con la expresión elegante. 21 U. Dotti, “La ricerca della coscienza moderna”, en F. Petrarca, Le Familiari. Libri i-iv, est. prel., trad. y notas de U. Dotti. Urbino, Argaglia, 1970, p. 62. (Lettere e Filosofia, xxix). 24 Siendo joven, centré mi empeño en un amor muy intenso, pero único y hones to, y me habría seguido esforzando por mucho más tiempo, si una muerte amarga pero útil no hubiera extinguido el fuego que ya se estaba apagando. Desearía poder decir que soy totalmente inexperto en los asuntos pasionales, pero mentiría si lo dijera. Diré con seguridad lo siguiente: que, aunque fui arrastrado hacia eso por el fervor de la edad y mi constitución física, siempre aborrecí esa vulgaridad en mi ánimo. Pero al acercarme a los cuarenta años de edad, mientras aún tenía suficiente vigor y fuerza, no sólo rechacé el acto obs ceno en sí, sino que expulsé todo recuerdo de ello, como si nunca hubiera visto a una mujer. (Sen., XVIII, 1, 5-6) Si atendiéramos con rigor su sentido literal, este párrafo desmentiría las motivaciones y el contenido del Cancionero, pero ahora sabemos que no todas las reflexiones personales que encontramos en los epistolarios se refieren realmente al Petrarca de carne y hueso, sino con su alter ego, ese modelo de imitable virtud que debería pasar a la posteridad: nos conmovemos con el poeta toscano que sufre durante décadas sin poder comer ni dormir por el amor no correspondido y, al mismo tiempo, escuchamos atentos al escritor latino que confiesa que tuvo relaciones con otras mujeres. 

Al final, estamos frente a un intelectual que decidió formar parte del clero —con el correspon diente voto de castidad—, pero que no obligatoriamente debe coincidir en la configuración autobiográfica con el hombre que tuvo cargos administrativos y familia propia. Su vida fue una tensión de aspectos contrarios cuyas causas y consecuencias lograron equilibrarse en los epistolarios mediante la oportu na eliminación, el adecuado ajuste y el necesario silencio. Stefano Benassi propone una dicotomía indisociable en la obra de Petrar ca: por un lado se encuentra el auctor, es decir, el Francesco de carne y hueso que suele escribir acerca de sí mismo; por el otro, en cambio, hay un agens, o sea, un Petrarca literario que puede trasladarse libremente entre la autobio grafía real y la autoficción verosímil.22 Antes de él, Dante Alighieri practicó magistralmente este recurso, de modo que el lector debe detenerse varias veces para discernir si su experiencia amorosa o su viaje alegórico correspon 22 S. Benassi, “Sapienza poetica e sapienza filosofica nelle opere latine del Petrarca: le tracce autobiografiche”, en Luisa Secchi Tarugi, ed., Francesco Petrarca. L’opera latina. Tradizione e fortuna. Firenze, Franco Cesati, 2006, pp. 559-574. 25 den al auctor que nunca atravesó ningún mar o al agens que fue capaz de traspasar los cielos. Así ocurre con Petrarca, existe ese yo —hombre de letras perteneciente a los altos círculos intelectuales de Francia e Italia— que escri be a sus amigos, todos ellos identificables como personajes históricos, pero también ese otro yo que artificialmente se configura en cada obra del auctor con la finalidad de dejar un rastro ejemplar de su paso por el mundo. El Pe trarca agens se enamoró cuando era joven, pero decidió darle la espalda a ese amor porque lo alejaba del estudio, que era su motor de vida y su razón de existir, por eso se olvidó de Laura. Apenas encontramos algún residuo de aquella pasión en su obra filosófica. En cambio, el Petrarca auctor habría practicado poesía amorosa antes de aquel 6 de abril de 1327 y no dejó de trabajar en su Cancionero hasta los últimos años de su vida, corrigiendo, au mentando y reubicando las diversas composiciones para dejarnos su legado poético integral en un manuscrito impecable. A diferencia de Dante, donde gran parte de su ficción autobiográfica se detecta con facilidad, Petrarca llega a ser tan coherente en la narración dispersa de su vida que la discutible vera cidad de los hechos se vuelve materia de historiadores, no de literatos, porque en el campo de las letras resulta absolutamente coherente y consistente. Por ejemplo, al leer la carta donde narra que escaló el Mont Ventoux acom pañado de su hermano (Fam., IV, 1), no habría motivos para poner en duda la experiencia; incluso sus reflexiones durante el ascenso, por subjetivas que sean, son plausibles y absolutamente justificables según la narración; sin em bargo, cuando se lee a través del lente de la metáfora, cada elemento cuadra con tal perfección que desvela el artificio. Aquí está la ambivalencia autobio gráfica de nuestro autor al ser capaz de transmitir una vivencia espontánea mediante un texto que ejemplifica el mecanismo medieval de la comunicación alegórica. Es aquí donde la Historia nos presta sus herramientas: la carta, que narra un hecho ocurrido en 1336 se redactó entre 1352 y 1353. Es poco pro bable que haya escalado la montaña con su hermano, quien en ese momento ya era monje. El destinatario es Dionigi Roberti da Borgo San Sepolcro, pero había muerto diez años atrás. Quizá también sea falso que este personaje le haya regalado las Confesiones de san Agustín, como poco probable resulta que alguien escale una montaña llevando a cuestas un libro de cierto peso. Sin embargo, en la carta se explicita la veracidad de los hechos: “Pongo de testigo 26 a Dios y a mi propio hermano que estaba presente” (Fam., IV, 1, 27). Asimis mo, otros detalles son susceptibles de ponerse en duda y, sin embargo, son verosímiles. 

Al final, el lector que había admirado el sentido filosófico de la vida del agens, ante la falta de veracidad no puede más que admirar las estra tegias retóricas del auctor, porque las discordancias históricas cubren la fun ción literaria de brindar mayor cohesión a la personalidad y a los hechos que colocan un nuevo ladrillo al edificio autobiográfico.23 Ciertamente se trata de artificios, pero no vinculados con la estética, sino con la coherencia lógica de una progresión biográfica ejemplar. Para Loredana Chines, en los epistolarios de Petrarca la “verdad” histórica cede su lugar a la “autenticidad” existencial, donde el común denominador es el cambio.24 Esto confirma lo que ha notado Marco Ariani, es decir, que la fragmenta ria vida contada en las cartas de Petrarca se basa en una verosimilitud bien calculada y organizada que forzosamente debe recurrir a la selección, omisión, censura y reescritura de las experiencias reales en pos de configurar un per sonaje sin contradicciones ni disonancias.25 Varios estudiosos han tenido el objetivo de localizar las más recónditas incongruencias entre el auctor y el agens, pero quizá convenga acercarse a los epistolarios desde una perspectiva contraria, es decir, encontrando las convergencias entre las tres formas de ser Petrarca: el histórico, el enamorado y el autobiográfico, pues las tres responden a un mismo pensamiento y a un mismo ideal vital: omnis in unum, a pesar de sus marcadas discordancias. Por lo demás, el desdoblamiento de nuestro autor también halló sus razones en lo clásico, pues Petrarca vio en Cicerón al rétor ejemplar a través de sus tratados, pero también al hombre preocupado por lo humano, como se manifiesta en sus cartas. Y al igual que el modelo, Petrarca decidió encauzar sus impulsos intelectuales hacia el género literario más con veniente, por eso vemos sus debilidades emocionales en el Cancionero, mien tras que en sus epistolarios nos da cuenta de sus fortalezas intelectuales. 23 Roberta Antognini ha elaborado un esquema muy puntual de hechos históricos y datos biográficos para establecer con certeza y rigor la diacronía persistente en la redacción de las distintas versiones de las Familiares. Véase Il progetto autobiografico delle Familiares di Petrarca. Milano, Edizioni Universitarie di Lettere Economia Diritto, 2008. (Studi e Ricerche). 24 L. Chines, “Introduzione”, en F. Petrarca, Lettere dell’inquietudine. Roma, Carocci, 2004, p. 15. 25 M. Ariani, Petrarca. Roma, Salerno, 2021, pp. 167-168.

 27 En los epistolarios, la organización funcional del modelo clásico se impo ne ante lo azarosa que puede ser cualquier vida humana; en ellos, la incom patibilidad entre el auctor y el agens da lugar a una idealización de un yo que nos ofrece el retrato fragmentario, pero lineal, de una vida que naturalmente debió tener sus incongruencias. Es innegable la instrumentalización de las múltiples cartas como escaparate de un constructo autobiográfico mediante un proyecto de textos independientes, pero complementarios que, sin tener la cohesión de las Confesiones de san Agustín, sí logran configurar a un inte lectual fascinado por los clásicos, pero otorgando a la tradición cristiana su justa dimensión. Al mismo tiempo sus textos construyen el modelo de per fecto humanista que probablemente no coincide cabalmente con los hechos reales, pero hay en ellos tanta coherencia que resulta difícil pensar lo contrario. Así como el escritor prescinde de la situación documentable del individuo, la realidad presente no siempre es motivo de atención, o al menos no de ser retratada en una epístola;26 de hecho, en su carta a la posteridad nos dice: “Me enfoqué especialmente, entre muchas otras cosas, al conocimiento de la An tigüedad, pues siempre me desagradó mi propia época; de tal manera que, si el amor por mis seres queridos no me hubiera llevado por otro camino, siem pre habría deseado nacer en cualquier otra época y olvidarme de ésta, siempre procurando sinceramente pertenecer a otras, por eso me deleitaron los histo riadores” (Sen., xviii, 1, 11). El libro xxiv de las Familiares es claro testimonio de su admiración por los escritores del pasado, a quienes remite cartas como si se tratase de verdaderos seres queridos (Cicerón, Séneca, Varrón, Quinti liano, Horacio, Virgilio, Tito Livio, Asinio Polión y Homero). Por lo demás, a lo largo de las misivas verificamos la presencia de temas y, sobre todo, pará frasis o citas directas de innumerables autores de la Antigüedad grecorro- mana, muy disímiles entre sí, como Aristóteles y Ovidio, pues, sin importar su origen geográfico ni su lejanía en el tiempo, Petrarca siempre los consideró superiores moral e intelectualmente en relación con la insuficiencia y corrup ción de sus contemporáneos medievales, salvo algunas excepciones en los 26 Véase Francesco Bausi, “Francesco Petrarca, ossia della in-attualità di un antimoderno”, en Adolfo De Petris y Giuseppe De Matteis, eds., Francesco Petrarca. Unanesimo e modernità, Ravenna, Longo, 2008, pp. 25-34. (Il Portico. Biblioteca di Lettere e Arti, 144). 28 padres de la Iglesia: san Agustín, san Ambrosio, san Jerónimo y Lactancio, pero no vemos a santo Tomás, quizá porque la teología no fue una aspiración de nuestro escritor. Aunado al mérito literario, los personajes de la antigüedad —sobre todo los latinos— representaban para Petrarca el más fiel testimonio de los valores que asentaron los cimientos del esplendor romano —particu larmente el de la Roma republicana— cuya memoria debía preservarse. Luego entonces, si la lectura de estos autores permitía entender los beneficios obtenidos por dichos valores, ¿por qué no revivirlos? En ese sentido, Petrarca mismo intentó adoptarlos y adaptarlos a su cotidianidad. En los epistolarios aparecen esparcidas innumerables referencias a la virtus romana, las cuales afianzan la construcción autobiográfica por reiteración. 

Y, sin embargo, no se aparta completamente de la tradición autobiográfica medieval pues, como indica Alejandro Higashi: “Una autobiografía, para resultar perfecta dentro de las coordenadas del cristianismo, debería evitar la presunción; la biografía ideal era aquella que, paradójicamente, se presentaba más llena de imperfec ciones y así Petrarca construyó a su personaje”.27 Como ha observado Domenico Ferraro, Petrarca no tenía un sentido de pertenencia ni a un sistema filosófico, ni a un grupo intelectual; tal vez por eso buscó una identidad propia en los cásicos.28 Sin embargo, el proceso no podía ser inmediato. Cada vez que leía a un clásico conocido y, sobre todo, cada vez que descubría un texto que había quedado oculto en alguna biblio teca conventual, su horizonte se expandía, pero la madurez llevó tiempo, pues el primer paso sería leerlo; después, analizarlo; más tarde, asimilarlo y, final mente, imitarlo. Aquí cabría mencionar que la imitación fue materia de re flexión para nuestro autor en reiteradas ocasiones. En una carta enviada a Tommaso da Mesina nos dice: “hay que imitar a las abejas, que no devuelven las flores tal como las hallaron, sino que con una maravillosa combinación hacen de ellas cera y miel” (Fam., I, 8, 2). Resulta esclarecedor entender la concepción de la mímesis en Petrarca para inferir de manera análoga los 27 A. Higashi, “Introducción”, en F. Petrarca, La lira y el laurel. Poesía latina selecta, selec., trad. y notas Alicia de Colombí-Monguió, intro. y notas de A. Higashi. México, Uam-Iztapalapa, Siglo xxi, Barcelona, Anthropos, 2013, p. xix. (Textos y Documentos, 25). 28 D. Ferraro, In limine temporis. Memoria e scrittura in Petrarca. Roma, Edizioni di Storia e Letteratura, 2008, pp. 71 y ss. (Studi e Testi del Rinascimento Europeo, 33). 29 procedimientos que él mismo empleaba en sus propias composiciones. En particular, llama la atención una carta enviada a Boccaccio, en la que justifica un involuntario desliz: al notar que un pupilo copió un verso suyo en sus composiciones, Petrarca lo amonestó, dándole una clara explicación del pro ceso mimético: quien imita debe cuidar que lo que escriba sea similar, no igual, pues la seme janza no debe ser como la que existe entre el original y la copia, que mientras más similar sea, mayor es la alabanza para el artista, sino como la del padre con el hijo. […] Así que, al imitar, también nosotros debemos prever que cuando haya algo similar, muchas cosas sean diferentes, y que la semejanza esté tan escondida que no pueda reconocerse sino mediante un tácito análisis de nues tra mente, de manera que sea posible entenderla más que expresarla. (Sen., XXIII, 19, 11-13) Sin embargo, el muchacho mostró su perplejidad, pues él había notado que su maestro había “tomado prestado” un verso de Virgilio y lo colocó en el poema África. Evidentemente, Petrarca no daba crédito a esas palabras, pero bastó revisar ambas obras para confirmar el “préstamo” inadvertido. 

Como el África ya había circulado por doquier, no había manera de corregirlo, pero en la carta él mismo expone su asombro al percatarse de que en su memoria se habían alojado aquellos versos ajenos al lado de los propios, de modo que a él mismo le resultó imposible distinguir la ausencia de originalidad. Esta asimilación de los clásicos se comprueba reiteradamente en los epistolarios. Algunas veces, el autor cita directamente a algún autor clásico, pero hay mo mentos en los que se dificulta la distinción precisa entre las ideas propias y las ajenas, pues la estructura discursiva de la epístola es tan lógica, coherente y cohesionada, que las afirmaciones de Petrarca parecen indudables conclusio nes de quien sigue determinado razonamiento. ¿Realmente se requiere haber leído a los clásicos para afirmar que la vida es breve o que el estudio incremen ta los productos del talento? No. Por tanto, es probable que la experiencia vital haya sido la verdadera generadora de las reflexiones de nuestro autor, pero decidió solicitar ayuda a los clásicos para construir un aparato argumen tativo convincente en relación con los potenciales lectores de sus epístolas. Curiosamente, frente a la presencia de los autores paganos, la incidencia de referencias cristianas se desdibuja. Aquí encontramos otra característi- 30 ca distintiva del incipiente humanismo: la conciliación ecuánime entre estas dos cosmovisiones. Las preocupaciones de Petrarca trascienden las condicio nes religiosas, pues haber nacido en la Era cristiana no es más que un accidente de la historia, por lo que el cristianismo no se concibe como una condicio nante de la naturaleza humana en sus preocupaciones esenciales. En las epís tolas se nota que para Petrarca tanto paganos como cristianos tenían un de nominador común: su condición humana, en consecuencia, las experiencias vitales de los paganos serían tan válidas como las de cualquiera, por el simple hecho de representar ejemplos de humanidad, más allá de sus circunstancias sociales e históricas. Humanos fueron ellos, al igual que él y sus lectores pos treros, de tal suerte que, despojada de prejuicios, la sabiduría de los Antiguos puede y debe servir de norma en la vida cotidiana. Esta sería la manera en que Petrarca asimiló a los clásicos, como ha notado Guido Martelotti.29 Pero hay otro elemento común entre la Antigüedad y el cristianismo: la lengua latina, de modo que esta lengua restituye el universalismo medieval, pero no a tra- vés de la Iglesia, sino de los clásicos. El resultado de entender la práctica lite raria como acto heroico sería la gloria, y aquí también encontramos una contradicción que Petrarca tratará de conciliar: la gloria de los clásicos es pública y desemboca en la fama, siempre temporal, mientras que la gloria cristiana es privada y conduce a la eterna salvación. Sin embargo, prescindien do de las consecuencias paganas o cristianas de la actividad intelectual, para Petrarca el estudio es una necesidad irrenunciable que le da sentido a la espi ritualidad de la vida. 

Ciertamente, su devoción por el estudio lo condujo con insistencia por los senderos de la filosofía, pero no logró concretar un sistema lo suficientemente sólido que lo posicionara como uno de los grandes pensa dores del Medioevo; aun así, dejó las puertas abiertas para la posteridad. Al respecto, Francisco Rico comenta: Petrarca no fue el “philosophus” que a partir de un cierto momento quiso ser: ni un gran pensador, ni un pensador original. Su relevancia en la trayectoria de la cultura europea consiste en haber mostrado y ejemplificado nuevas posibi 29 G. Martellotti, “Introduzione”, en F. Petrarca, Prose, ed. G. Martellotti, P. G. Ricci, E. Carrara y E. Bianchi. Milano, Napoli, Riccardo Ricciardi, 1955, pp. vii-xxii. (La Letteratura Italiana. Storia e Testi, 7). 31 lidades para la reflexión y la sensibilidad moral, sobre la base de unas auctori tates a prueba, con una inédita perspectiva histórica y con el filtro de la expe riencia individual.30 Marco Pellegrini señala la importancia del humanismo para la postulación de un perfil de lector diferente al académico escolástico. Con Petrarca ya es tamos ante un libre amante de los libros que no tiene como motivación uti- litaria saquear el texto con la finalidad de incrementar el propio arsenal de conocimientos profesionales; en gran medida, gracias al rescate y asimilación del otium como parte de las actividades humanas.31 Este otium legitima el estudio como un elemento dignificante y benéfico, toda vez que las preocu paciones personales atraviesan las fronteras de lo literario y se vuelven de interés social. Por esta razón, Petrarca suele subrayar que el origen de la co rrupción se encuentra en la ignorancia. Para subsanarla, por fortuna, existen los clásicos, pues ofrecen modelos de virtud que forman parte del patrimonio común a todo el pueblo europeo —sin atentar contra el cristianismo—, y no hay mejor vehículo para acceder a ellos que la lectura directa de sus obras. Esto explica por qué para nuestro autor era tan importante preservar y com partir el conocimiento libresco. Al respecto, en una de sus cartas nos dice: En efecto, en los libros existe algo singular: el oro, la plata, las joyas, los vestidos de púrpura, las casas de mármol, el campo cultivado, los cuadros, el caballo fino y cosas de este tipo, tienen un placer mudo y superficial; los libros, en cambio, nos deleitan el corazón, hablan con nosotros, nos aconsejan y nos une con ellos una especie de familiaridad viva e ingeniosa; no sólo cada uno se penetra en sus lectores, sino también da a conocer el nombre de otros, y unos procuran el deseo de otros más. (Fam., iii, 18, 3) A partir de estas palabras se deduce que la filología no surgió como una árida actividad académica, sino como una necesidad de contar con lecturas formadoras, pero en su mejor versión. El valor edificante de la lectura, sin embargo, va de la mano con su ejecución en soledad, pues la vida en comuni 30 F. Rico, Petrarca. Poeta, pensador, personaje. Barcelona, Arpa, 2024, p. 145. 31 Marco Pellegrini, Religione e umanesimo nel primo Rinascimento da Petrarca ad Alberti. Firenze, Le Lettere, 2012, p. 231. 32 dad ofrece muchos estímulos involuntarios que ofuscan el pensamiento. En esta sintonía, la serenidad se encuentra únicamente aislándose del mundo. En sentido estricto, el mejor ejercicio de la reclusión se encontraría en el mo delo monástico, pero los monjes siguen reglas y viven en comunidad, mientras que el aislamiento de Petrarca depende de la libre voluntad y de la necesidad de estudiar sin banales distracciones. Este aislamiento, sin embargo, tiende más a lo simbólico que a lo real, al igual que la compañía, pues no es difícil encontrar en los textos de nuestro epistológrafo frecuentes alusiones a sus amigos, cuya voz sigue sonando en los libros. 

Así como la muerte de Laura no fue motivo para dejarla de amar, el hecho de que un autor haya fallecido siglos atrás no impide el establecimiento de diálogos íntimos y profundos con él, pero esto se logra con ayuda de la lectura individual en conveniente aislamien to, preferentemente en un locus amoenus. De hecho, esta fue la motivación para enclaustrarse intermitentemente en las viviendas de Arquà y Vaucluse, necesariamente cercanas a la ciudad para interactuar con otros intelectuales, pero suficientemente aisladas para poder meditar en completa calma: “En efecto, no aprendí a frecuentar el tribunal ni a rentar mi lengua, siéndole mi naturaleza profundamente contraria y renuente, que me hizo amante del si lencio y de la soledad, enemigo del foro, despreciador del dinero” (Fam., I, 1, 15). Para nuestro escritor, la soledad fue una elección razonada, un modus vivendi donde reinaba la serenidad. Atendiendo a la información contenida en sus misivas, nos damos cuenta de que tuvo una importante presencia ac tiva en sus círculos sociales, pero siempre prefirió apartarse de ellos, no re nunciar. Tampoco se describe como un hombre sin amigos; al contrario, los tuvo, y muchos. Su aislamiento fue una condición necesaria para aprovechar mejor su tiempo. “Me propuse distender el estrecho espacio de la vida. Te preguntarás con qué artes puede hacerse eso. […] Todo radica en la adminis tración del tiempo mismo. […] A ningún mortal le abunda en tiempo, pero no todos entienden por igual la carencia de este bien” (Fam., xxi, 12, 1, 10 y 12). No olvidemos que una de sus actividades intelectuales más recurrentes era filosofar acerca de asuntos humanos, por lo tanto, no habría podido re chazar el contacto con la gente, pero convencido de que poco era ya bastante. La carta donde describe su escalada al Mont Ventoux (Fam., iv, 1) es prue ba de la superioridad otorgada a los frutos del conocimiento que no siguen 33 finalidades prácticas mundanas y pasajeras, sino los que ofrecen asideros para incrementar cualitativamente las relaciones del ser humano con su entorno y consigo mismo. 

Las motivaciones son muy claras: Petrarca quiere ver el her moso paisaje que dicen que existe allá arriba. Los obstáculos se advierten desde el inicio: el camino más fácil es el menos conveniente. Incluso un an ciano trata de disuadirlo indicando que el esfuerzo realmente no merece la pena. Petrarca no viaja solo; lo acompaña su hermano, un par de sirvientes y otro amigo que abre paso a la interpretación alegórica: san Agustín, en un libro. Entonces, la montaña deja de ser un accidente geográfico y la escalada no se refiere a un esfuerzo físico. Petrarca deseaba ascender y llegar a una meta siguiendo astutamente el camino menos intrincado, “pero la naturaleza de las cosas no se doblega por el ingenio humano” (Fam., iv, 1, 11); por lo tanto, debió seguir el sendero que realmente lo llevaba a la cima y, con ayuda de una acertada reflexión filosófica, entendió que la meta era otra. Esa montaña serían los libros y sus consecuencias; el esfuerzo físico, en realidad, corresponde al esfuerzo intelectual, y la meta ansiada se podría simplificar en el afán mismo por conocer. El anciano representaría los atavismos que impiden renunciar a las costumbres que impiden avanzar. En efecto, Petrarca abrazó el conocimiento pero ahora se pregunta para qué. Así, el empecinado lector toma conciencia de la inutilidad del estudio por el estudio mismo si carece de una finalidad trascendental. La acumulación de saberes es tan estéril como la acumulación de riquezas cuando no hay un objetivo preciso: hablamos más bien de un vicio que de una virtud. Por eso las palabras de san Agustín que encuentra casualmente al abrir su libro cobran relevancia: “Y los hombres van a admirar las alturas de los montes y los in gentes oleajes del mar y las amplísimas corrientes de los críos y el circuito del océano y las rotaciones de las estrellas, y se abandonan a sí mismos” (Fam., iv, 1, 27). Es decir, Petrarca entendió finalmente que los estudios son un me dio, no un fin en sí mismos. Bajó de la montaña sin interesarse más por el paisaje (por el conocimiento sin causa) y comprendió que todo lo aprendido podría ser tan provechoso o tan fútil en la medida en que esos saberes no edificaran sus vanidades, sino sus virtudes humanas; o dicho en palabras de Arqués Rossend: “culmina su gesta tras inútiles devaneos y muchas reflexio- nes encaminadas a mostrar su sentido alegórico como viaje interior: cuanto 34 más se dilata el panorama desde la cima, más se amplía el espacio en el interior de Francesco”

.32 En cierto modo, la transformación de Petrarca calca la alego ría dantesca. Cuando Dante se encuentra por llegar a la cúspide del Purgatorio (Purg., xvii), atraviesa el último obstáculo y espera que Virgilio —el saber— lo siga en el camino, en cambio, su guía debe despedirse, pues para avanzar lo que sigue del trayecto ya no es necesario el conocimiento, sino la fe. Dante entonces cierra los ojos para poder ver el cielo; Petrarca, para ver su interior. Y ninguno de los dos se perdió en el camino. Durante toda su vida, el estudio formó parte casi consustancial de nuestro escritor, al grado de transformarse en una especie de compulsión edificante. De joven, estudió por curiosidad; de mayor, por necesidad, aunque en todo momento lo hizo también por el placer que brindan los libros, en un primer contacto y, más tarde, por el impulso de encontrar material que ofreciera nuevas motivaciones intelectuales para la escritura. Según sus epistolarios, pasaba largas horas meditando y otras tantas escribiendo, incluso en condi ciones tan adversas como un viaje conflictivo. Por momentos, parece que su impulso por escribir roza con la obsesión, como lo describe él mismo: “A menudo, estando despierto a medianoche con la lumbre apagada, antes que nada, tomo la pluma que descansa sobre la almohada y, para que las ideas no se desvanezcan, escribo en tinieblas lo que apenas alcanzo a leer a la mañana siguiente” (Fam., xxi, 12, 26). Al parecer, la fatiga de la vista y la incorrecta postura del cuerpo tuvieron como consecuencia afecciones a su salud eviden tes ante los ojos de sus amigos. En algún momento, uno de ellos, preocupado, le ordenó diez días de descanso y, para asegurarse de que la orden fuera aca tada, se llevó las llaves que abrían el mueble donde se encontraban sus mate riales de trabajo. Al respecto, Petrarca nos dice: Acepté el juego: a él le parecía que iba a estar ocioso; a mí, desvalido. ¿Qué esperabas? No sin tedio, ese día duró más que un año. El segundo, padecí dolor de cabeza desde la mañana hasta la tarde. Al amanecer del tercer día, comencé a sentir accesos de fiebre. Mi amigo regresó, como habíamos acordado, y me 32 Rossend Arqués Corominas, “Las voces íntimas de la inquietud. Petrarca y la individualidad”, en F. Petrarca, Mi secreto. Epístolas, trad. R. Arqués Corominas y Anna Saurí. Madrid, Cátedra, 2011, pp. 45-46. (Letras Universales, 434). 35 devolvió las llaves. Inmediatamente recuperé mis fuerzas y él, viendo que el trabajo me nutría, me prometió que no me volvería a pedir algo semejante. (Fam., xiii, 7, 6) El síndrome de abstinencia no es una exageración, pues a lo largo de todos sus epistolarios se dan constantes noticias de su actividad como lector y es critor. Sus textos constituyen una verdadera autobiografía intelectual que permitiría hacer una cronología de los libros que leyó, dónde lo hizo, bajo qué circunstancias; y del mismo modo, contamos con información muy detallada acerca del nacimiento, desarrollo, abandono y culminación de casi todas sus obras, a excepción del Cancionero que, como se ha dicho, siempre estuvo presente en su vida, pero ausente en sus epistolarios. Dentro de su correspondencia con Boccaccio, nos enteramos de que éste le sugiere a nuestro epistológrafo abandonar los estudios y dedicarse al repo so, atendiendo la recomendación que un médico le habría hecho a él mismo, pero el consejo es desestimado con una sólida argumentación que refuerza convicciones y motivaciones: Leer y escribir, actividades que tú aconsejas que abandone, exigen un mínimo esfuerzo, de hecho, son un dulce descanso que me permite olvidar mayores preocupaciones. 

No hay carga más ligera que la pluma, ni más placentera: los demás goces son huidizos y mientras producen placer causan daño; en cambio, la pluma brinda alegría cuando se toma con la mano, y satisfacción cuando se suelta, además es útil para su dueño y para muchos otros, incluso para los que a menudo no están presentes y para los que vendrán después y dentro de mil años. Puedo asegurar que de todos los placeres terrenales ninguno es tan noble como el estudio de las letras, ninguno más duradero, ninguno más dulce, nin guno más sincero, ninguno hay que acompañe a su poseedor a través de cada vicisitud con tan hábil esplendor y sin molestia alguna. (Sen., xvii, 2, 9) Estas palabras son las de un Petrarca de 69 años, pero empatan totalmen te con una afirmación que se encuentra en la primera carta de las Familiares: “según presiento, el final de mi escritura y el de mi vida será uno” (Fam., i, 1, 44). No diría que se trata de una profecía autocumplida, sino del primer ci miento de una decisión sólida tomada a los 46 años. Según vemos, la vida puso frente a Petrarca varios caminos que conducirían irremediablemente al éxito: pudo ser abogado, pudo escalar en la jerarquía eclesiástica, pudo transformar 36 se en rico burgués, pero prefirió la tranquilidad que ofrece una vida holgada y dedicada a las letras, evidentemente, asegurando que su vida profesional de la madurez le permitiera gozar de buena salud física, mental y financiera pa- ra los años venideros. Según observa Ugo Dotti, la vejez de Petrarca despuntó con infaustas señales:33 en mayo de 1361 murió Ludovico de Beringen, apodado Sócrates, el gran amigo al que dedicó las Familiares; el 14 de julio, la peste le arrebató a Giovanni, su primogénito; ese mismo verano fallecieron Philippe de Vitry y Zanobi da Strada, otro de los recurrentes destinatarios de sus cartas. Esto explica su dolor ante la pérdida: “Procuré tener amistades honestas y fui el más fiel partidario de éstas. Pero éste es el suplicio de los ancianos: tener que llorar a menudo las muertes de sus seres queridos” (Sen., xviii, 1, 7). En sus epistolarios se razona acerca de una edad que todavía no ha llegado, con ayuda de la experiencia de los clásicos pero, cuando realmente arrostra la vejez, se encuentra bastante instruido en esa materia, y así puede afirmar con toda serenidad: “estoy aprendiendo cómo dejar de ser joven por mi propia cuenta y —lo que siempre aprendí con deseo, pero nunca se aprende dema siado— estoy aprendiendo a envejecer, a morir” (Fam., xxi, 12, 28). Quede claro, aunque los clásicos nutrieron el pensamiento de Petrarca en muchos aspectos, la base de sus reflexiones fue, ante todo, la experiencia directa. 

Es decir, no necesitó consultar a Cicerón para saber qué era la amistad, ni debió acceder a la erudición de los romanos para sentirse inclinado hacia el saber. Como subyace la sinceridad, Petrarca supo elegir las citas ajenas que realmen te correspondían con su experiencia, como una suerte de pruebas literarias que verifican la realidad de la vida. En lo referente a la senectud, además de las fuentes latinas, Pasquale Stoppelli señala que no debemos olvidar la di mensión cristiana, por la cual Petrarca no puede prescindir de la visión de la vejez como el momento en que el ser humano se aleja de las faenas terrenales para volver la vista hacia la espiritualidad que conducirá a la salvación.34 33 U. Dotti, “Introduzione”, en F. Petrarca, Le Senili. Libro primo, ed. Elvira Nota, intro., trad. y notas de U. Dotti. Roma, Archivio Guido Izzi, 1993, p. v. 34 P. Stoppelli, “Introduzione”, en F. Petrarca, Elogio della vecchiaia. Milano, La Vita Felice, 2010, p. 10. 37 Nuestro autor, sin embargo, poco habla de salvación en términos religiosos. El estudio lo salva, pero en este mundo, al convertirlo en un mejor ser huma no. En sus cartas no se observa ninguna intención de poner el conocimiento al servicio de la fe, ni siquiera en la senectud. Como bien anota Sabrina Stroppa, al revisar los epistolarios de Petrarca nos percatamos de que la vejez no sólo es una meta inevitable, sino un bien deseado.35 Son muchas las cartas donde se manifiesta que esta irremediable condición es motivo de orgullo, pues la acumulación de experiencias a lo largo de una vida abre la puerta a una digna madurez moral: “Oh vejez, la edad más venerable de todas. Oh, la más temida por los mortales, en vano. Oh, la más dichosa edad cuando llegamos a conocerla”.36 En su carta a la posteridad (Sen., xviii, 1), ya mayor, nos ofrece un sintético retrato de la primera mitad de su vida, pues el texto quedó inconcluso. En esta epístola se confirman los datos biográficos que ya había dado a conocer dos décadas atrás, pero ahora con la lente de un hombre que puede ver desde lo lejos el tiempo pasado. Y nuevamente, en la argumentación y los encomios a la vejez se escucha el eco antiguo de De senectute de Cicerón. No olvidemos que Petrarca no pade- ció persecuciones políticas ni aprietos económicos, de hecho, pareciera que gozó de buena salud y libertad de acción hasta los 60 años, cuando ya necesi tó anteojos y, paulatinamente, pequeños achaques interrumpieron su bienes tar. Es cierto que su recuento biográfico se organiza a partir de núcleos temá ticos que coinciden con los pecados capitales. 

Nos habla de su relación con la avaricia, con la gula y hasta con la lujuria. Se atreve a confesar que tuvo una vida sexualmente activa hasta que él mismo decidió ponerle un freno para encauzar su tiempo y sus energías al estudio. En suma, organiza su relato autobiográfico de tal suerte que salga bien librado al practicar modelos de virtud civil igualmente válidos desde la visión cristiana que pagana pues, como él mismo afirma, “la vejez es una enfermedad del cuerpo, pero brinda salud al alma” (Sen. xvii, 2, 3). 35 S. Stroppa, “Senectus”, en Luca Marcozzi y Romana Brovia, eds., Lessico critico petrarchesco. Roma, Carocci, 2017, p. 293. (Studi Superiori, 1013). 36 “O veneranda ante alias senectus, o diu optata, o nequicquam formidata mortalibus et, si nosci ceperis, felix aetas!” (Sen., viii, 2, 38). 38 Los epistolarios de Petrarca son producto de una amalgama de conoci mientos útiles. En parte, sus enseñanzas son inspiracionales, pues reflexiona acerca de realidades que forman parte de la vida cotidiana de cualquier ser humano, pero también son aspiracionales, sobre todo si quien se acerca a ellos se dedica al estudio de las letras. 

En el Cancionero muchos de sus versos ter minan por ser previsibles, pues ama desenfrenadamente hasta donde las reglas del decoroso amor cortés se lo permiten; en cambio, sus epístolas no llegan a ser monótonas, ya que, aun tratando el mismo tema, lo ve desde ángulos di ferentes al redactar las cartas en varios momentos de su existencia. Escribe a partir de recuerdos propios y ajenos, y su finalidad es ser recordado, pero al mismo tiempo adopta la generosidad de un sabio maestro que nos quiere allanar el camino. Fernando Ibarra Chávez Parque de Los Venados, otoño de 2024

martes, 14 de julio de 2026

ESCRITOS SOBRE LIBERACIÓN Y SURREALISMO HERBERT MARCUSE

 


Una nota sobre surrealismo y teoría crítica Leandro Sánchez Marín Universidad de Antioquia En memoria de Jairo Escobar Moncada y en reconocimiento de la profunda huella que ha dejado en mi conciencia.

 En su famoso ensayo sobre el surrealismo, Walter Benja min (2025) caracteriza a esta corriente intelectual como “un delgado arroyuelo alimentado por el húmedo aburri miento de la Europa de la posguerra y por los últimos re gueros de la decadencia francesa” (p. 57). Con ello quiere señalar que el surrealismo es producto de un tiempo de crisis; una crisis no solo política, sino también intelectual. 

 La imagen del arroyuelo además le sirve para dar un golpe a los “sabelotodo” que quieren agotar la explicación sobre el origen del surrealismo a partir de discursos trillados y esquemáticos: estos sabelotodo “son algo así como una reunión de expertos que, junto a una fuente, llegan tras ma duras reflexiones a la convicción de que el pequeño arro yuelo jamás impulsará turbinas” (Benjamin, 2025, p. 57). Tomando distancia de estos expertos, Benjamin puede ver con agudeza que el surrealismo puede desplegar su fuerza no solo como una tendencia del arte entre muchas otras, sino como un movimiento artístico revolucionario en pleno derecho. Lo que André Breton y su grupo ha logrado poner en marcha es la posibilidad de “empujar” la vida 9 Una nota sobre surrealismo y teoría crítica literaria “hasta los límites más extremos de lo posible” (Benjamin, 2025, p. 58). En el surrealismo, el desarrollo del lenguaje “tiene la preferencia” y a partir de ello se entiende que solo vale la pena vivir la vida allí donde “el umbral entre la vigilia y el sueño quedaba desbordado como por el paso de imágenes agitándose en masa” (Benjamin, 2025, p. 58). Para Benja min, el surrealismo habla de experiencias. Su disposición es literaria y no científica; artística y no teórica. 

No se debe considerar que la decadencia de la cual surge el surrea lismo es un asunto de inmediatez, pues las experiencias de las que habla el movimiento “de ningún modo se reducen al sueño, a las horas dedicadas al opio o hachís. Es un gran error pensar que solo conocemos de las ‘experiencias su rrealistas’ los éxtasis religiosos o los éxtasis de las drogas” (Benjamin, 2025, p. 59). La consideración prejuiciada que solo ve la relación en tre surrealismo y alucinación a través de las drogas des cuida el hecho de que su talante materialista está conec tado con su “iluminación profana”, la cual, si bien no re niega del hachís, no por ello construye a su alrededor una iluminación narcótica. Sin embargo, Benjamin parece exi gir mucho más al surrealismo. Le insta para que esté a la altura de esa iluminación profana, pues, al parecer, su im pulso revolucionario encuentra ciertos límites, en medio de los cuales su “virtud revolucionaria” más importante coincide con “vivir en una casa de cristal” (Benjamin, 2025, p. 60). Pero, incluso en medio de esta situación, Breton lo gra encontrar algunas “energías revolucionarias” en todo lo que es “anticuado”, en lo ruinoso de la ciudad, de las cosas, y en todo aquello que manifiesta las huellas del paso del tiempo: Nadie mejor que estos autores puede dar una idea tan exacta de cómo esas cosas están con respecto a la 10 Leandro Sánchez Marín revolución.

 Nadie, con anterioridad a estos visionarios e intérpretes de los signos, se había percatado de cómo la miseria, y no solo la social, sino la arquitectónica, la mise ria del interior, así como las cosas esclavizadas y que es clavizan, se convierten en nihilismo revolucionario (Ben jamin, 2025, p. 61). Este nihilismo encuentra en la libertad un concepto ra dical, pues los surrealistas se contraponen a la considera ción liberal de la libertad, en la medida en que liquidan “el esclerótico ideal moralista” de la misma. 

“Ganar las fuer zas de la embriaguez para la revolución” se transforma en programa surrealista (Benjamin, 2025, p. 68). El camino re volucionario del surrealismo se debe transitar entonces de manera tal que pueda enfrentar los síntomas del nihilismo: “organizar el pesimismo”, que significa “expulsar fuera de la política la metáfora moral y descubrir en el ámbito de la acción política el ámbito de las imágenes de pura cepa” (Benjamin, 2025, p. 70). Al igual que Benjamin, para Theodor Adorno, no hay relación de identidad inmediata entre surrealismo y psi coanálisis. Las interpretaciones que sugieren que ello es así, se equivocan plenamente, pues no hay una correspon dencia precisa entre las teorías psicoanalíticas y el arte su rrealista en el sentido de una traducción desde la rígida teoría hacia la plasticidad artística. No hay un puente que conecte de manera mecánica a estas dos tendencias. El su rrealismo no pretende hacer ilustraciones del psicoanálisis: Si el surrealismo no fuese en realidad más que una colec ción de ilustraciones literarias y gráficas de Jung o hasta de Freud, no meramente duplicaría de manera superflua lo que la teoría misma enuncia en lugar de revestirla de metáforas, sino que además sería de una inocuidad que apenas dejaría margen para el scandal al que el surrealismo aspira y que constituye su elemento vital (Adorno, 2003, p. 99). 11 Una nota sobre surrealismo y teoría crítica

 Por lo tanto, no hay una “representación” de los sueños en el arte surrealista, ya que ello implicaría un ejercicio de traducción ingenua, cuando no peligrosa, de las doctrinas que el psicoanálisis ha establecido. No es interés del su rrealismo retratarlas, ni tampoco agotar el sentido de las situaciones inconscientes a través del arte. “Las creaciones surrealistas son más que meramente análogas al sueño, en la medida en que derogan la lógica habitual y las reglas de juego de la existencia empírica” (Adorno, 2003, p. 100). La mediación necesaria entre psicoanálisis y surrealismo es el lenguaje; el lenguaje en el sentido de su expresión artística. Los surrealistas no querían ofrecer meras copias de otras tendencias, ni tampoco copias de la realidad, se esforzaban por mostrar los límites de un mundo donde lo racional no se distingue de lo irracional y donde la afirmación de la moral es la afirmación de lo catastrófico. La tarea de la teo ría crítica, en su compromiso teórico con la denuncia del sufrimiento, es afín al surrealismo precisamente en su in sistencia en mostrar la crisis de sentido del mundo contem poráneo. 

Así pues, eludir la sistematización racionalista es un mérito del surrealismo. Y es por ello por lo que “en las ruinas del mundo del surrealismo no sale a la luz el en sí del inconsciente. Si se los juzgara por su relación con éste, los símbolos resultarían con mucho demasiado racionalis tas” (Adorno, 2003, p. 100). El surrealismo ofrece una con moción de la realidad, invierte y subvierte los sentidos de lo que se considera normal, natural y racional. La ausencia de libertad en medio de las condiciones de explotación y control del mundo contemporáneo hacen parte de su avan zada subversiva: “las imágenes dialécticas del surrealismo lo son de una dialéctica de la libertad subjetiva en la situa ción de falta de libertad objetiva” (Adorno, 2003, p. 102). En algunos de sus comentarios sobre el surrealista Louis Aragon, Herbert Marcuse plantea que el contexto de producción intelectual donde tiene lugar la obra de este 12 Leandro Sánchez Marín artista se encuentra sometido a la lógica de la integración. Para Marcuse, las expectativas de la actividad intelectual en su compromiso con la liberación y la denuncia de un orden social malogrado permanecen en un cierto estado de impotencia. La forma de vida imperante, bajo las dinámi cas del totalitarismo, hace que sea cada vez más difícil en contrar espacio para el despliegue alienante del arte y, de este modo, la intelectualidad extiende su crisis hacia domi nios donde antes se encontraba la creatividad en situación de resistencia, cuando no de renuncia y respuesta. 

En pa labras de Marcuse (2019), esta crisis es el resultado de un proceso donde “las fuerzas revolucionarias que fueron producidas para la libertad están siendo asimiladas al sis tema global de control monopolista” (p. 251). De esta ma nera, el fortalecimiento de los mecanismos de control, su refinamiento y funcionalidad, hace que la tarea de la crítica se vea repelida de manera constante, al considerarla fuera de lugar o simplemente demasiado exagerada frente al ob jeto al cual direcciona sus reclamos. El arte, que siempre ha desplegado su potencialidad crítica, bajo esta crisis de sen tido y ante una recepción afirmativa de sus creaciones, se encuentra devaluado y algo indefenso frente al poder del pensamiento positivo: Todas las críticas son absorbidas fácilmente por el sistema al que se acusa. La revelación de los campos de concentra ción, de la liquidación continua de las fuerzas antifascistas alrededor del mundo produce bestsellers o películas de éxito. El arte revolucionario se convierte en la moda y en clásico. El Guernica, de Picasso, es una pieza de museo ve nerada (Marcuse, 2019, p. 252). 

 Podemos deducir de este contexto que la articulación del potencial crítico del arte y el despliegue del pensa miento negativo, que supone un rechazo de los modos de vida basados en la explotación, la violencia y la injusticia, ahora pierde terreno en relación a la comercialización y 13 Una nota sobre surrealismo y teoría crítica estandarización de las obras, pues en su devenir mercancía y objeto de consumo se crea un amplio margen para que se pueda establecer una relación ingenua, cuando no decidi damente basada en la mala fe, de quienes se presentan a la contemplación del sentido crítico para reconfigurarlo y amputar sus momentos más punzantes. La domesticación del arte es el resultado del proceso de estandarización to talitario al que asisten las sociedades del siglo XX y princi pios del XXI. Amplios medios de difusión que parecen de mocratizar el acceso al arte sirven de artilugio para solapar la inmediatez con la cual es común hablar y pensar hoy en virtud de una cierta formación intelectual, la cual no es más que la posición esnobista de quien afirma la superfi cialidad en detrimento de las exigencias y dificultades pro pias de toda interacción con las creaciones artísticas. 

 No obstante, el surrealismo, según el mismo Marcuse, mantiene la capacidad de cuestionamiento de lo dado que ubica entre los movimientos de avanzada contra las ten dencias capitalistas. Para Marcuse (1969), por ejemplo, “la tesis surrealista, de acuerdo con la cual el poeta es el incon formista total, encuentra en el lenguaje poético los elemen tos semánticos de la revolución” (p. 39). Y es precisamente, en este contexto de lucha contra la realidad afirmativa, donde la negatividad exige una renovación; atacar lo polí tico mostrando sus propios límites es el resultado de la re volución surrealista, para Marcuse (2019) esto implica que “lo político está siendo despolitizado y de este modo se convierte en lo político verdaderamente. El arte y la polí tica encuentran su común denominador” (p. 257). Las si militudes con la idea de Benjamin (2003) según la cual “a la estetización de la vida política que promueve el fas cismo” se debe responder “con la politización del arte” (p. 127) son aquí evidentes. 

Sobre esta misma discusión vol verá Marcuse cuando tenga una particular forma de 14 Leandro Sánchez Marín correspondencia con el grupo de los surrealistas de Chicago en la década de 1970 (Rosemont, 1989, Susik, 2024). En un reciente trabajo, Bruna Della Torre (2025) ha ex plorado la relevancia de Elisabeth Lenk en medio de las conexiones entre surrealismo y teoría crítica. Lenk, quien fue estudiante de Adorno en Frankfurt, se mudó a París en 1962, donde asistió a las clases de Foucault, Derrida y Barthes, y además se sumó al círculo de los surrealistas, donde conoció a Breton. En una carta a Adorno del 5 de mayo de 1963, Lenk (2015a) le comenta que, más allá del ambiente del grupo de los surrealistas, la “personalidad de Breton” le ha causado “una impresión extraordinaria” (p. 69), tanto que se ha decidido por comenzar un estudio ri guroso de la historia del surrealismo. En este contexto, se gún Della Torre (2025), Lenk fue “una de las primeras en reunir la teoría crítica francesa con la alemana” (p. 179). En sus estudios sobre el surrealismo, Lenk (2015b), al igual que Marcuse, también trata la figura de Aragon. Dice de él que “utiliza el concepto de modernidad como una forma de dar una definición objetiva al campo en el que se inscriben los hechos ideales, aquellos que provocan un es calofrío” (p. 188). Quizás esta forma de confrontación es la que llame la atención de la teoría crítica, pues allí se pue den encontrar vías de conexión posible entre tendencias. Hay una insistencia en la fuerza de la imaginación que abre la dimensión de la utopía, aunque no de manera román tica, sino de forma tal que la perplejidad es lo que define su apertura: “Aragón guía y seduce en nombre de la ima ginación. Su imaginación es soberana. Tiende a crear un flujo constante de perspectivas falsas y luego deja al lector perplejo ante un muro. Estos bruscos despertares son in tencionados” (Lenk, 2015b, p. 188). 15 Una nota sobre surrealismo y teoría crítica 

 Incluso siendo conscientes de los riesgos de agudizar las formas de la imaginación, los surrealistas apostaban por ella: “no ha de ser el miedo a la locura el que nos obli gue a poner a media asta la bandera de la imaginación” (Breton, 2001, p. 22), pues “un revolucionario sueña como otro hombre, tiene momentos en que se ocupa de sí mismo solamente, sabe que de cuerdo puede uno volverse loco” (Breton, 1978, p. 89), aunque ello no quiere decir que debe existir una entrega total al mundo de la locura, sino enten der que “el surrealismo no produce poesía al borde del irracionalismo, hipóstasis del inconsciente, o de la mercan tilización, sino más bien una protesta contra el mundo so breracionalizado” (Della Torre, 2025, p. 182). Teniendo en cuenta estos desarrollos, el diálogo entre el surrealismo francés y la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt revela una afinidad profunda que trasciende sus diferencias de método y lenguaje: ambos proyectos inten taron liberar al sujeto de las formas de racionalidad que lo someten, ya fuera a través del estallido imaginativo del in consciente o de la denuncia de la razón instrumental. En las reflexiones de Marcuse, Benjamin y Adorno se percibe una tensión productiva entre lo dado y su crítica materia lista, mientras que la recuperación que hace Lenk de sus categorías muestra la continuidad de un legado que sigue interrogando las condiciones de la emancipación. Lejos de ser corrientes opuestas, surrealismo y teoría crítica apare cen de esta manera como dos modulaciones de una misma inquietud política y estética del siglo XX: la búsqueda de una experiencia no alienada en la que arte, pensamiento y transformación social puedan tener un punto de conver gencia. 16 Referencias Leandro Sánchez Marín Adorno, Th. W. (2003). Retrospectiva sobre el surrealismo. Notas sobre literatura. Ediciones Akal, 99-103. Benjamin, W. (2003). La obra de arte en la época de su repro ductibilidad técnica. Editorial Itaca. Benjamin, W. (2025). El surrealismo. La última instantánea de la inteligencia europea. Iluminaciones. Taurus Edicio nes, 57-72. Breton, A. (1978). 

Los vasos comunicantes. Editorial Joaquín Mortiz. Breton, A. (2001). Manifiestos del surrealismo. Editorial Argonauta. Della Torre, B. (2025). Elisabeth Lenk, Theodor W. Adorno y las vanguardias. Engelmann, C. et al. (Comps.). En las sombras de la tradición. Una historia de la Escuela de Frank furt en perspectiva feminista. Eterna Cadencia Editora, 175-194. Lenk, E. (2015a). The Challenge of Surrealism. The Correspond ence of Theodor W. Adorno and Elisabeth Lenk. University of Minnesota Press. Lenk, E. (2015a). The Challenge of Surrealism. The Correspond ence of Theodor W. Adorno and Elisabeth Lenk. University of Minnesota Press. Lenk, E. (2015b). Sense and Sensibility: Afterword to Louis Aragon’s Paris Peasant. The Challenge of Surrealism. The Correspondence of Theodor W. Adorno and Elisabeth Lenk. University of Minnesota Press, 187-196. Marcuse, H. (1969). Un ensayo sobre la liberación. Editorial Joaquín Mortiz. Marcuse, H. (2019). Algunos comentarios sobre Aragon. Arte y política en la era totalitaria. Guerra, tecnología y fascismo. Ediciones Godot, 251-267. Rosemont, F. (1989). Herbert Marcuse and Surrealism. Ar senal, 4, 31-38. 17 Una nota sobre surrealismo y teoría crítica Susik, A. (2024). El surrealismo de Chicago, Herbert Mar cuse y la afirmación de la “viabilidad presente y futura del surrealismo”. Sánchez, L. & David Giraldo, J. S. (Eds.). Unidimensionalidad y teoría crítica. Estudios sobre Herbert Marcuse. Ennegativo Ediciones, 313-351. 18 Lenguaje y sociedad tecnológica1 La comunicación en y sobre las acciones, relaciones e insti tuciones cotidianas suele ser “no controvertida”: da las co sas por sentadas. El mundo es como es, y uno tiene que aceptarlo; los proyectos y esfuerzos ordinarios no lo cues tionan ni lo trascienden fundamentalmente; tienden a apuntar a la reestructuración; solo en situaciones de emer gencia se reactiva la función apofántica2 del lenguaje, cuando el estado normal se rompe o se quiebra. Pero el grado en que la función apofántica permanece viva en el universo del discurso cotidiano es posiblemente un indica dor del alcance real de la libertad de pensamiento en una sociedad determinada. 

La libertad de pensamiento es tam bién libertad de expresión, en el sentido de que el hablante debe poder comunicar ideas que contradigan o trascien dan la opinión establecida, no por ninguna connotación poética o personal, sino por un contenido sobrio y realista. Esta comunicación y modo de expresión inconformistas presuponen un espacio discursivo abierto en el que el sig nificado de los términos clave no está predeterminado por su referencia a un conjunto de condiciones, eventos y rela ciones específicas. Así, por ejemplo, la “libertad de 1Este texto se publicó con el título “Language and Technological So ciety” en: Dissent, 8, 1961 (N. del T.) 2El término alude a una función de una conciencia esencialmente pre tecnológica. El mundo no se experimenta como un objeto neutral de transformación y dominación, sino como un cosmos con su propia ver dad y estructura. Los modos de pensamiento de esta conciencia revelan e ilustran la verdad y la falsedad, lo correcto y lo incorrecto, como con diciones ontológicas. 19 Lenguaje y sociedad tecnológica pensamiento y de expresión” debe entenderse no solo en términos de la garantía constitucional y el ejercicio efectivo de esta libertad, sino también como la posibilidad y la ca pacidad de pensar de forma independiente, como la con ciencia y el conocimiento de la diferencia entre los intere ses individuales y sociales, entre los objetivos humanos y nacionales; en otras palabras, el concepto debe entenderse junto con la negación de su contenido dado. La función apofántica de la comunicación se manifiesta en la capacidad del lenguaje, en su uso actual, para trans mitir conceptos e imágenes cualitativamente diferentes de aquellos asociados a las condiciones y posibilidades exis tentes, para desvelar no solo lo que es, sino también la pre sencia de lo que no es, revelando así la negatividad de lo positivo. En la unidimensionalidad de la civilización tec nológicamente avanzada, la función apofántica experi menta un declive y, en consecuencia, el lenguaje tiende a adaptarse a las exigencias del statu quo.

 El lenguaje como medio de expresión es creado por empresas privadas e ins tituciones estatales, por expertos pagados, artistas, repre sentantes de prensa, etc. Cuanto más importante se vuelve la maximización de beneficios en la producción, más apre miante es la necesidad de manipular las necesidades, más depende de la hipnosis colectiva y la autosugestión, más se desvanece la distinción entre la “ética” de los negocios y la del mundo criminal, entre ventas y fraude, entre pro moción y envenenamiento, entre verdad y mentira, sen tido y sinsentido. Mientras que el aumento de los costos de la expansión empresarial determina cada vez más la es tructura de la economía, esta economía —junto con sus ab surdos excesos— se vuelve cada vez más beneficiosa y ra cional. Nos proporciona comodidad y lujo tanto material como cultural, y embellece nuestra vida cotidiana. 

Por lo tanto, el economista la defiende con razón: 20 Herbert Marcuse …gran parte de las críticas a la hiperactividad de las ven tas y la publicidad en la economía estadounidense —de lo que la economía se preocupa más que de cuestiones de gusto o si las vallas publicitarias afean el paisaje— pasan por alto lo crucial… El crecimiento de nuestra actividad comercial es la contraparte de nuestra abundancia compa rativamente grande. Gran parte de esto inevitablemente resulta en un alto grado de bienestar, tal vez incluso con duzca al despilfarro, pero este despilfarro existe solo por que la sociedad es demasiado complaciente como para sentirse ofendida por él3. Y cuanto más permite la creciente productividad de la sociedad industrial prescindir de este tipo de racionalidad, más se afianza la tendencia a mantener el statu quo. La fór mula de Hegel, que al menos en parte tenía un tono iró nico, encuentra ahora su reformulación adecuada: “Lo irracional es real, y lo real es irracional”. Nuestro lenguaje cotidiano ofrece una riqueza inagota ble de expresiones para esta situación. 

El argot y el len guaje coloquial rara vez han sido tan creativos, como si la persona común (o quien la habla anónimamente) estuviera afirmando su humanidad en este discurso contra los pode res establecidos, como si la resistencia y la revuelta, repri midas por la política, estallaran en un vocabulario que llama a las cosas por su nombre: head-shrinker, egg-head, boob-tube, think-tank, etc.). Por otro lado, el lenguaje coti diano aún se ve controlado por los lemas de una cultura superior: como la dignidad del individuo, los derechos hu manos inalienables o la filosofía de la democracia, etc. Pero los laboratorios de los servicios de defensa y asesoría, los encargados de la gestión del tiempo, los expertos en efi ciencia y los asesores políticos (que dan el toque final a los líderes) hablan un idioma distinto y, por ahora, parecen te ner la última palabra. Y desde estos centros de 21 3John K. Galbraith, American Capitalism, Harmondsworth, 1952, p. 96. Lenguaje y sociedad tecnológica organización y manipulación, la palabra hablada se trans mite al discurso y al comportamiento del público en gene ral. La palabra así transmitida determina y organiza, obli gando a las personas a comprar y aceptar lo que se les ofrece, forzándolas a identificarse con las tareas asumidas en la sociedad establecida, para compensar, en última ins tancia, toda frustración en los ámbitos (igualmente organi zados y controlados) del ocio y la relajación. El resultado es una atrofia total de la comunicación o su ritualización. El lenguaje limita y sella el significado de las palabras, fi jando no solo su valor, sino también su función dentro de un estrecho marco de comportamiento, eliminando toda trascendencia. 

Elementos como la autonomía, el cuestiona miento y la reevaluación desaparecen en favor del etique tado fijo, la imitación, la repetición y la aceptación; la co municación se impregna de elementos mágicos, autorita rios y rituales. Intentaré presentar algunos de ellos y mos trar su relación estructural. Lo que parecen tener en común es la tendencia hacia la funcionalidad del lenguaje; esto puede servir como punto de partida para el debate. La funcionalidad del lenguaje es importante para el dis curso tecnológico y científico. Según Stanley Gerr, esto sig nifica la racionalización del vocabulario a través de térmi nos funcionales u operacionales como las “características más importantes de nuestro lenguaje científico en desarro llo”4. Gerr deriva su idea del principio de que “un proceso operacional para una ciencia tecnológica existe solo si se dispone de un dispositivo (una herramienta, un meca nismo, un instrumento o aparato) para llevar a cabo el pro cedimiento; del mismo modo, los procesos o propiedades físicas existen solo en la medida en que pueden medirse, es decir, si se dispone de un dispositivo de medición”5. De 4Stanley Gerr, “Language and Science” en: Philosophy of Science, 1952, p. 151. 5Ibid., p. 156. 22 Herbert Marcuse ello se deduce que una herramienta o instrumento es “idéntico” a partes de su función, y que “ningún proceso operativo es concebible sin el mecanismo que lo lleva a cabo”. 

Para Gerr, esta visión del lenguaje científico y la tec nología conduce a la “tendencia a equiparar las cosas con sus funciones” o, en términos lingüísticos, a “entender los nombres de las cosas simultáneamente como una indica ción de su funcionamiento, y asimismo los nombres de las propiedades y los procesos como una referencia simbólica al aparato que los demuestra o produce”6. La cuestión de si este operacionalismo lingüístico ex tremo es característico del lenguaje científico actual no es relevante en mi contexto; utilizo los argumentos de Gerr únicamente para ilustrar el declive de la comunicación apofántica en el lenguaje publicado de nuestra época. Una de sus características es la tendencia a alinear palabras y conceptos o, mejor dicho, el concepto tiende a absorber la palabra: el primero no tiene otro contenido que el que la palabra denota en el uso publicado y estandarizado, y la palabra no espera otra respuesta que un comportamiento estandarizado públicamente. La palabra se convierte en un cliché y, como tal, domina el habla y la escritura; la comu nicación, por lo tanto, impide un desarrollo genuino del significado. Pero también es evidente que cada idioma contiene innumerables términos que no requieren un desa rrollo de su significado, como aquellos que denotan obje tos y contenidos de la vida cotidiana, la naturaleza visible, las necesidades vitales y los deseos.

 Estos términos se com prenden generalmente de inmediato, de modo que su apa rición evoca una reacción (lingüística o relacionada con la acción), según el contexto pragmático en el que se pronun cian. 23 6Ibid. Lenguaje y sociedad tecnológica La situación es muy diferente con respecto a aquellos términos que designan contenido más allá de estos contex tos no controvertidos. Las frases autovalidantes y estricta mente analíticas que aparecen como nodos en el espacio del discurso público poseen connotaciones estrictamente no analíticas y políticas; son como fórmulas mágico-ritua les que se inculcan una y otra vez al receptor, encajándolo adecuadamente en el círculo de condiciones ya estableci das. Oriente y Occidente presentan tendencias similares. Así, desde un punto de vista analítico, “libertad”, “igual dad”, “democracia” y “paz” constituyen un conjunto espe cífico de predicados o atributos que, ya sean expresados oralmente o por escrito, parecen inmutables. En Occidente, estos términos se entienden como economía de libre mer cado, opinión pública, disuasión suficiente, elecciones li bres e individuo; en Oriente, se asocian con el gobierno de los obreros y campesinos, el socialismo, la abolición del an tagonismo de clases, etc. En ambos lados, transgredir estos estrechos límites analíticos se considera un error o propa ganda, si bien los medios para imponer la verdad y el grado de castigo difieren considerablemente. 

 En este universo del discurso público, el lenguaje se mueve entre sinónimos y tautologías y nunca alcanza el ni vel de diferenciación cualitativa. La estructura analítica aísla los sustantivos de sus negaciones, cuyo concepto con siste en una oración sintética, como la negación de paz en la definición oficial de paz, la negación del individuo en la definición oficial de individualidad, y así sucesivamente. En un mundo así, la identificación de las cosas con sus funciones implica la identificación de estas con su función en la sociedad, y cuando esta identificación se refiere al propio ser humano, puede ser un procedimiento muy res trictivo e incluso destructivo: si bien tiene la ventaja de brindar certeza, también conlleva la pérdida de la libertad de pensamiento. 24 Herbert Marcuse La estructura analítica y funcional del discurso público apunta al nuevo papel del cliché. De hecho, el cliché es uno de los componentes más antiguos del discurso público, y especialmente del lenguaje político. La creciente transfor mación de conceptos en clichés va de la mano del debilita miento de la oposición política en una sociedad industrial altamente desarrollada: a medida que se suprimen o aban donan las aspiraciones alternativas, el conocimiento esta blecido se arraiga y se vuelve inmune a los cambios cuali tativos. El debilitamiento de la oposición, que en ningún caso es resultado de un régimen terrorista, constituye, por tanto, el nuevo elemento. Las grandes ideas liberales de la era moderna culminaron en mejores condiciones de vida y mayores expectativas; todo lo demás pertenecía al pasado. 

 Dado que los nuevos desarrollos alternativos se ven des vinculados de su base material por la implementación ac tual de estas ideas, y puesto que la vida política también está sujeta a este cambio cualitativo, pierden su “exce dente” de significado, ese elemento no analítico que les permitiría aparecer en oraciones y juicios sintéticos. Las ideas se osifican en sustantivos “autosuficientes”; su con creción (su significado “funcional”) es simplemente un signo de su petrificación. El prototipo de este lenguaje es, por supuesto, la publi cidad. Aquí, la forma sintáctica de la oración es la tautolo gía per dictum: El producto anunciado es, por definición, el mejor, el más fuerte y el más barato. 

Dado que su razón de ser radica en las ventas (y no en el uso), permanecemos atados a la lógica de las ventas. Los términos son eslóganes y el discurso es propaganda, desprovista de cualquier fun ción apofántica. En última instancia, la economía propor ciona un contexto operativo cerrado en el que las cosas (y las personas) se identifican con sus funciones: instrumen tos de destrucción, así como instrumentos de producción. Uno comprende el significado (=la función) de un nuevo 25 Lenguaje y sociedad tecnológica “submarino de propulsión nuclear equipado con misiles” cuando escucha que esta “arma definitiva” abre la “puerta a una nueva era de grandeza nacional, de poder para la paz nacional [¡sic!]” y tiene un “precio de 123.000.000 de dóla res” (New York Times, 31 de diciembre de 1959, y transmi sión de radio del mismo día). Lo novedoso no son los he chos (incluida la equiparación de la paz con la función de la producción de armas), sino su total comercialización, su total eficacia y su aceptación. El lenguaje funcional revela aquí su elemento mágico, que es también esencialmente político. Tanto en política como en economía, se utiliza sistemáticamente para “esta blecer una imagen” que se adhiere por igual a la mente y al producto, sirviendo para vender personas y bienes que se ofrecen a sí mismos. El discurso y la escritura se agrupan en torno a “líneas de influencia” y “motivadores de la au diencia” que transmiten una imagen, que puede ser “liber tad” o “paz”, o una “buen muchacho”, un “comunista” o “Miss Rheingold”. Se espera que el lector o el oyente los asocie (y lo hace) con una estructura predeterminada de instituciones, comportamientos y objetivos, y que reac cione de una manera predeterminada en consecuencia. 

 No es necesario que esto se muestre explícitamente por escrito o de palabra; el resultado es el mismo. Este tipo de lenguaje es a la vez “intimidación y glorificación”7. Las oraciones tienden a adoptar la forma de órdenes sugeren tes; son más evocadoras que demostrativas; la predicación se vuelve prescriptiva: toda la comunicación tiene un ca rácter hipnótico. Esto se evidencia sobre todo en el len guaje personalizado, que suele presentar elementos y ac ciones superpuestos y 26 estandarizados como 7Roland Barthes, Le Degré zéro de l’écriture, Paris, 1953, p. 33. Herbert Marcuse “específicamente para ti”8. Es tu congresista, tu tramo de carretera favorito, tu farmacia preferida, tu concesionario de coches, tu periódico; está “entregado solo para ti”, “he cho solo para ti”; te invita, etc. Constantemente se insta a las personas sin poder a identificarse con los productos que se les ofrecen, y los políticos les imploran sin cesar que acepten un desafío y se enfrenten a un problema que no les concierne. En los ámbitos más desarrollados de la comunicación funcional y manipuladora, el lenguaje expresa la identifi cación totalitaria de persona y función mediante construc ciones verdaderamente memorables. Time Magazine puede considerarse un ejemplo extremo de esta tendencia. El uso del genitivo posesivo hace que los individuos parezcan meros apéndices o atributos de su entorno, su trabajo, su empleador o su empresa. Se les presenta como “Byrd de Virginia”, “Bough de US Steel”, “Nasser de Egipto”. Una construcción atributiva con guion crea un síndrome fijo: “El gobernador de Georgia, que-lo-puede-todo, de-cejas bajas, moralista y culturalmente filisteo… había creado la semana pasada un escenario para uno de sus salvajes míti nes políticos”. El gobernador, su función, sus características innatas y sus acciones políticas se fusionan en una estructura indivi sible e inmutable que, por su ingenuidad natural e inme diatez, abruma la capacidad intelectual del lector. La es tructura no deja lugar a la distinción, el desarrollo ni la di ferenciación de significados; actúa y existe únicamente como un todo. Si descompusiéramos la estructura en una serie de predicaciones narrativas y demostrativas, tendría mos que describir al gobernador con precisión, comparar 8 Leo Löwenthal, „Biographies in Popular Magazines“ en: Paul Lazarsfeld & Frank N. Stanton (Eds.), Radio Research 1942–1943, New York, 1944, pp. 543ss. 27 Lenguaje y sociedad tecnológica su trayectoria y sus políticas, y rastrear los preparativos para el evento; solo entonces la dudosa identificación de funciones fisonómicas y políticas sería el resultado de sín tesis previas. Sin embargo, tal enfoque no solo requeriría más tiempo y espacio (lo cual es costoso), sino que también alteraría la intención de la formulación al extenderla a otras posibles connotaciones. 

Una frase como “El goberna dor es un político hipócrita y culturalmente inculto […]” conectaría las características individuales del sujeto con las características generales de la clase a la que pertenece: ha ría referencia a algo universal que se omite en la construc ción abreviada. La táctica de la división de palabras con guiones está muy extendida. Por ejemplo, “placa-Bushbrown”, “el pa dre de la bomba-H”, “constructor-de-proyectiles de-an chas-espaldas Von Braun”, “banquete científico-militar”9 o los submarinos “de propulsión-nuclear con dispositivos para-lanzar-cohetes”. Estas construcciones se encuentran con frecuencia, y probablemente no por casualidad, en el ámbito “político-militar”. Términos que denotan ámbitos o cualidades completamente diferentes se integran en un todo fijo e inmutable que se graba en la mente. El efecto, a su vez, es mágico-hipnótico: la reducción de la compleji dad, la congelación de las diferencias cualitativas, produce eslóganes idóneos para lograr los efectos deseados, como apaciguar cualquier oposición y armonizar los opuestos. Así, el amado y temido padre, dador de vida, creó la bomba-H para la destrucción de la vida; la “ciencia-mili tar” se esfuerza por reducir el miedo y el sufrimiento creando miedo y sufrimiento. O, sin el guion, la Academia de la Libertad de Especialistas en la Guerra Fría10 y la “bomba limpia”: una unión de opuestos irreconciliables en 9Las tres citas son de The Nation, 22 de febrero de 1958. 10 Una sugerencia de Life Magazine, citada en The Nation, 20 de agosto de 1960. 28 Herbert Marcuse una armonía de terror. Quienes hablan y aceptan este len guaje parecen ser inmunes a todo, y a la vez receptivos a todo. Este estilo es abrumadoramente concreto. Una “cosa idéntica a su función” es más real que una “cosa distinta de su función”; la expresión lingüística de esta identifica ción (tanto en el sustantivo funcional como en la combina ción abreviada de sustantivo y atributo) genera un voca bulario concreto que contrarresta la tendencia hacia la abs tracción. En comparación con estas construcciones, los sus tantivos no funcionales, el sujeto gramatical y las oraciones demostrativas-narrativas son formas bastante abstractas; expresan la universalidad trascendental del concepto, el “excedente” de su intención sobre el término (la palabra) en el uso actual; por lo tanto, conservan la tensión entre lo particular y el género, que se atenúa considerablemente en la construcción funcional. Según la antigua filosofía de la gramática, el sustantivo es algo que “puede entrar en cierta relación”11, pero no es idéntico a esa relación. Es más, permanece más bien como lo que es, dentro y “contra” esa relación; es su sujeto y cen tro “universal”: la síntesis proposicional vincula la acción (o estado) con el sujeto de tal manera que este último sigue siendo el agente (o poseedor) y, por lo tanto, distinto del estatus o la función en la que aparece. En una expresión como “Cuando pensamos en un ‘rayo’, no solo pensamos en el trueno, sino en el rayo en sí, al que sigue el trueno”, pensamos en un sujeto que “se manifiesta”12. La forma gra matical conserva así la distinción dialéctica entre el sujeto y sus funciones; la oración contiene la negación del hecho dado; conecta lo que sucede con lo que condiciona el 11 Wilhelm von Humboldt, Über die Verschiedenheit des menschlichen Sprachbaus, Berlin, 1936, p. 254. 12 Ibid., p. 252. 29 Lenguaje y sociedad tecnológica evento y permite al lector u oyente seguir el proceso y re construirlo. 

 La concreción congelada que impregna el universo ma nipulado del discurso también podría denominarse una “concreción desplazada”, desplazada en la medida en que se realiza a expensas de factores reprimidos (y pasados por alto) que alguna vez hicieron de las personas y las cosas lo que son aquí y ahora, y que reescriben esas posibilidades alternativas de la existencia humana. Ciertamente, estas imágenes, que resultan casi mágicas, pueden evocar el pa sado (como un político que recuerda su infancia comiendo deliciosas hamburguesas en la pequeña tienda de comesti bles de su padre, o a los padres fundadores, o incluso a Marx y Lenin); pero tales evocaciones conducen a la supre sión de la historia porque sirven para desdibujar la dife rencia crucial: el niño que ahora devora hamburguesas en la pequeña tienda de su padre desea algún día gobernar uno de los dos Estados más poderosos del mundo, y ni Marx ni Lenin son los precursores históricos de Khrushchev. El lenguaje funcional es un lenguaje ahistórico: la ten dencia a identificar las cosas con su función destruye la gramática metafísica que vinculaba sustantivo-sujeto-sus tancia-esencia, de tal manera que la esencia era siempre el principio primario y constante, el fundamento, la raciona lidad de toda la estructura. Esta metafísica viola la forma lización de la lógica y la gramática, sobre todo al introducir la dimensión del tiempo en estas dos disciplinas: la “esen cia” aparecía no solo como el a priori estructural y cons tante, sino también como el a priori histórico e ilimitado del sujeto. En contraste, la racionalidad tecnológica es una raciona lidad ahistórica y, como tal, puede servir perfectamente a intereses manipuladores, especialmente en una sociedad 30 Herbert Marcuse que ha tomado conciencia del contenido subversivo de una conciencia histórica sin restricciones, así como de la tecno logía para racionalizar dicho contenido. 

No se necesita mu cha imaginación para visualizar la supresión del desarrollo en el universo discursivo funcionalizado mediante la re presión social. Con sus abstracciones y su significado ce rrado, con sus objetivaciones eficientes, este universo libra una gran lucha social contra los peligros de la memoria: La aterradora imagen de una humanidad sin memoria… no es simplemente producto de la decadencia… sino que está necesariamente ligada al progresismo del principio burgués… Economistas y sociólogos como Werner Som bart y Max Weber han asociado el principio del tradicio nalismo con las formas feudales de sociedad y el de la ra cionalidad con las burguesas. 

Pero esto no significa otra cosa que la memoria, el tiempo y el recuerdo son liquida dos por la propia sociedad burguesa progresista como una especie de residuo irracional…13 El análisis previo tuvo como objetivo identificar algunas de las formas en que los controles sociales y políticos pro pios de una civilización tecnológicamente avanzada se tra ducen en lenguaje. El lenguaje no solo refleja estos contro les, sino que se convierte en un instrumento de control, in cluso (y especialmente) cuando transmite información en lugar de órdenes, cuando exige decisiones en lugar de obe diencia, no sumisión sino libertad. Este lenguaje controla mediante la reducción de las formas lingüísticas y sus sím bolos: símbolos de reflexión, abstracción, desarrollo y con tradicción; niega o absorbe el vocabulario trascendente que evoca una dimensión cualitativamente diferente del pen samiento y posibilidades de acción cualitativamente dis tintas. El universo cerrado del discurso tiende a paralizar 13 Theodor W. Adorno, „Wes, bedeutet Aufarbeitung der Vergangenheit?“ en: Bericht über die Erzieherkonferenz am 6. und 7. November in Wiesbaden; Frankfurt, 1960, p. 14. 31 Lenguaje y sociedad tecnológica la expresión de la negación política y, por lo tanto, exige un lenguaje apofántico en el sentido más estricto, un “len guaje de la conciencia” (Roland Barthes): argumentación, comprensión del proceso de mediación en el que los he chos se crean tal como son; distinción entre la cosa y su función, entre el sujeto y su realización; en resumen, el uni verso abierto del discurso en el que se pueden explicar las posibilidades históricas, en el que la contradicción encuen tra su representación lingüística e intelectual adecuada. El lenguaje político refleja con mayor claridad el cierre de un universo político. Por ejemplo, una comparación lin güística de los discursos de Jefferson, Madison y Lincoln, por un lado, y sus sucesores contemporáneos o potenciales sucesores, por otro, podría revelar la osificación de concep tos en clichés, la transformación de afirmaciones persuasi vas en declaraciones hipnóticas, la sustitución de imágenes mágico-rituales por un desarrollo sintético, etc. Dado que el elemento esencial no reside en los aspectos alternativos que constituirían una diferencia cualitativa, encuentra su verdadero propósito en las técnicas alternativas de mani pulación. El progreso implica, entonces, que la realidad tecnológica pone fin a la política como una función sepa rada e independiente, y los problemas políticos se convier ten en problemas tecnológicos. La perversión de una reali dad de crecientes capacidades tecnológicas se evidencia en el hecho de que la función de la política va acompañada por la de las industrias del entretenimiento y la belleza: una combinación fatalmente inmadura. 

Cuando un candi dato al cargo político más alto aparece en el programa de televisión de un popular comediante, está representando la tragedia satírica clásica. Finis tragoediae (fin de la trage dia), pero no es tanto el héroe como el pueblo quien propi cia el sacrificio ritual. La transformación de un universo político abierto a uno cerrado también se evidencia en el desarrollo del discurso 32 Herbert Marcuse comunista desde Marx hasta Stalin. El lenguaje de Marx es un lenguaje altamente cognitivo, también en sus manifies tos: argumenta, demuestra y examina alternativas. En con traste, el lenguaje estalinista ya no es un “discurso”, sino una enunciación autoafirmativa. La función explicativa del discurso desaparece o, mejor dicho, la forma sintáctica de la explicación sirve para comunicar (y oscurecer) un dicta men, decisiones u órdenes. Términos tradicionalmente neutrales (como internacionalismo, cosmopolitismo) se convierten en marcadores incuestionables de lo correcto o incorrecto; su definición separa el bien del mal. “Ya no existe distancia entre nombrar y juzgar; el lenguaje se cie rra por completo, pues en última instancia un valor se da como explicación de otro”. El discurso, por lo tanto, se mueve en tautologías. Ya no se preocupa por explicar los hechos, sino por “la representación de la realidad en for mas preconcebidas”, por las condenas. Por ejemplo, el con tenido objetivo del término “desviado” se “asigna a la ju risdicción penal”. Este tipo de discurso funciona “como una buena conciencia y sirve para crear un acuerdo enga ñoso entre el origen del hecho y su manifestación más re mota”14. Parece que estas características del “lenguaje esta linista” no se limitan a la comunicación terrorista. También aparecen en los “espacios libres” de una sociedad indus trial avanzada que tiende a la conformidad total15. 14 Roland Barthes, Op. Cit., pp. 37ss. 15 Una tendencia similar quedó demostrada en Alemania Occidental por los exhaustivos estudios realizados por el Instituto de Investigación So cial de Frankfurt entre 1950 y 1951. Véase Friedrich Pollock (Ed.), Gruppenexperiment, Frankfurt, 1955, especialmente el resumen “Aspekte der Sprache”, pp. 545ss

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