INTRODUCCIÓN
Es propósito de este libro agrupar las tendencias más destaca
das de la sintaxis hispanoamericana, haciendo especial hincapié
en su expresión popular, o sea ofrecer un compendio de las prin
cipales peculiaridades o fenómenos sintácticos que difieren del uso
actualmente reconocido como consagrado * en España (en donde
muchos de ellos, sin duda, no son desconocidos localmente o en
el habla popular). La primera en aparecer entre las obras de su
género, quiere ésta constituir para los estudiantes y jóvenes maes
tros, ejercitados sólo en la práctica castellana y súbitamente en
frentados a la variada y nueva riqueza de la fraseología hispano
americana, un punto de referencia o un libro de texto que les sirva
de guía en las dudas, por lo general no explicadas en otros lugares,
ya que los problemas relativos a las variaciones sintácticas han
sido hasta el presente muy descuidados.
Esta tarea, que por mucho tiempo constituyó un desiderátum,
hoy es una necesidad, debido sobre todo al rumbo definido de las
letras hispanoamericanas en las tres o cuatro últimas décadas, el
nacionalismo americano (criollismo o nativismo) fue brotando es
porádicamente ya a mediados del siglo xix, mas sólo a comienzos
del xx abandonaron del todo los novelistas y dramaturgos el pre
* El autor de la presente obra hace uso frecuente del término standard
aplicado al castellano que se habla en España como español tipo, sancio
nado y consagrado por el uso. En esta traducción, diversas expresiones tra
tan de transmitir el contenido de aquella palabra. He aquí las mas comunes,
español tipo, peninsular, consagrado, normal, castizo, culto. A veces, cuando
el texto lo permite, eliminamos su traducción. (N. del T.).
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Sintaxis hispanoamericana
juicio escolástico de la lengua, encaminando su observación realis
ta a su propio medio local y liberando su propia perspectiva e
idiomas de la primitiva y servil adhesión a los modelos extranje-
r°s
franceses ideológicamente, lingüísticamente españoles—. La
primera guerra mundial engendró una nueva conciencia colectiva
portadora de valores nacionales positivos, sentimiento que fructificó
de manera exuberante a partir de los años veinte. En un esfuerzo
por reproducir fielmente todas las diferencias, los problemas so
ciales y los ideales de cada región, incluso a costa de una evidente
crudeza y de valores estéticos negativos, los novelistas dieron forma
literaria a la expresión vemacula. Fue entonces cuando aparecieron
las importantes novelas típicas de Güiraldes, Gallegos, Rivera,
Lynch, Azuela, Icaza, etc.
Actualmente existe otro movimiento
que. en beneficio de una concepción más alta de la realidad y de
un acceso a ella más elevado y universal, trata de descartar los
aspectos menos agradables de un realismo estricto, pero la verdad
es que gran parte de la literatura hispanoamericana significativa
que los estudiantes deben manejar contiene un lenguaje regional,
que desconcierta a la generalidad de los mismos, cuyo conocimiento
abarca únicamente el idioma consagrado o castizo (limitado éste,
por cierto, aun en España, a grupos selectos). Las explicaciones de
numerosas ediciones escolares recientes de novelas hispanoamerica
nas y cuentos cortos publicados en América demuestran con elo
cuente evidencia la limitación y, por tanto, la imperfección de
dicho conocimiento.
Innecesario decir que aún no es posible ofrecer una exposición
científica completa de la práctica lingüística hispanoamericana. Algo
se ha hecho con el mejor método moderno, pero mucho más es lo
que queda por hacer. Para llegar al éxito final hay que esperar la
realización de un esmerado estudio de la geografía lingüística a
lo largo de los veinte países afectados, trabajo que llevará tal vez
varias décadas, pues implica una exploración local de cada una
de las ciudades y de cada uno de los pueblos por medio de cuestio
narios apropiados y bien detallados (tales como el Cuestionario
lingüístico hispanoamericano [Buenos Aires, 1945] de Navarro To
más) y, basada sobre este estudio, la elaboración de miles de mapas
o cartas, cada uno de los cuales habrá de limitarse a un solo fenó
Introducción
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meno —fonético, morfológico o sintáctico, según sea el caso—.
Este
procedimiento es sumamente lento, difícil y costoso, pero con pa
ciencia, decisión y entusiasmo, puede llevarse a cabo. Así lo hicie
ron en Francia, por ejemplo, Guilliéron y Edmont (Atlas linguis-
tique de la France [1902-10]) tras quince años de tenaz trabajo.
Verdadero monumento de gran alcance, que comprende 639 loca
lidades en 35 fascículos in folio y 1920 mapas, fue el punto de
partida del método geográfico, seguido por cierto número de estu
dios regionales en Francia, Bélgica, Suiza, Italia (Jaberg y Jud
especialmente) y España x. Al presente se están realizando estudios
aislados de ciertas regiones de Hispanoamérica2, la cual ofrece un
excelente campo de exploración lingüística en lo referente a la
estructura, al proceso histórico de la actividad de los substratos y
a la migración de los préstamos de una lengua a otra. Además de
un examen geográfico completo, se necesita un estudio exhaustivo
del español, tanto en la época preclásica como en la clásica, in
cluyendo los documentos coloniales coetáneos, así como una des
cripción a fondo de los dialectos españoles.
Esperamos que la presente obra llene su propósito hasta el mo
mento en que aquella tarea llegue a feliz término. Las conclusiones
que aquí presentamos se basan en el material recogido por el
autor en sus frecuentes viajes a los respectivos países, en disponi
bles tratados impresos, en monografías y diccionarios locales, am
pliado todo ello con ejemplos ilustrativos sacados de la moderna
novela regional y del cuento corto moderno, publicados en su ma
yoría a partir de 1920, y en ocasiones con ejemplos de importantes
obras anteriores.
En la medida de lo hasta ahora descubierto, para
cada fenómeno indicamos sus límites geográficos y sociales, aspec
to en el que dedicamos especial atención a los casos de uso apa
rentemente restringido. Para los casos generales, empero, no nos
1 Tras muchos años de trabajo, el profesor Navarro Tomás y sus cola
boradores acaban de terminar el atlas lingüístico de España (comenzado
ya en 1925, con exploraciones directas sobre el terreno en 1931-36). No se
publicará hasta que Portugal pueda ser incluido.
2 Disponemos ahora de El español en Puerto Rico: Contribución a Ia
geografía lingüística hispanoamericana (1948). Las áreas estudiadas incluyen
Guatemala, El Salvador y Colombia.
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Sintaxis hispanoamericana
ha parecido necesario hacer mayores subdivisiones dentro de una
zona más amplia. Recordaremos que la referencia a un país deter
minado no significa que la locución en estudio sea corriente en
todo el país o entre todas las clases sociales. Además, así como
existe la probabilidad de que ciertas formas corrientes en la fron
tera de un país sean idénticas a las de la frontera limítrofe de un
país contiguo, de igual manera es posible que tales formas sean
totalmente diferentes de las corrientes en el interior de entrambos.
Por ejemplo, el habla de Mendoza (Argentina) se parece más a la
de Chile que a la de Buenos Aires; es posible igualmente hallar
formas idénticas, por ejemplo, en el sur del Perú y en el norte de
Bolivia, en el sur de Colombia y en Ecuador, en el este de Co
lombia y en Venezuela, en el norte de Panamá y en Costa Rica.
En el estado actual de nuestros conocimientos es muchas veces
arriesgado calificar de argentinismo, pongamos por caso, una ex
presión dada por el hecho de hallarse en una determinada novela
argentina. Bien puede estar restringida a una sola área, siendo
desconocida en el resto. Con el fin de evitar este peligro latente,
cuando la locución parezca dudosa indicaremos la región particu
lar de que se trate. No obstante, si la locución es corriente en Bue
nos Aires (o en la capital de otro país cualquiera en estudio),
o, al menos, no desconocida allí, semejante locución puede, para
nuestros propósitos, calificarse de argentinismo, aun cuando al pre
sente es posible que sea muy poco usada.
La fuente de los ejemplos citados se indica lo más brevemente
que permite la claridad, incluyéndose su título completo en la bi
bliografía. Cuando un autor se halla representado por una sola
obra, generalmente nos referimos a él simplemente por su apellido
seguido por la página (si se trata de una obra teatral, a veces se
indica acto y escena) de dicha obra. Cuando se citan dos o más
obras de un mismo autor, no se repite el título completo, a menos
que sea muy corto, sino únicamente lo indispensable del mismo
para identificar la obra (Arguedas, Raza, etc.). Si la claridad lo
permite, se indica un solo apellido (Benvenutto, Batres, etc.); si no,
se usan los dos apellidos (Herrera García, Núñez Guzmán). Se
añade el nombre propio en el caso de los autores que sólo tienen
un apellido (Flavio Herrera, Ciro Alegría, Femando Alegría, etc.).
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Los ejemplos que llevan la etiqueta “(C)” están tomados de la
conversación del autor con hispanoamericanos; los que llevan
“(L)” están tomados de cartas dirigidas al autor por corresponsa
les hispanoamericanos. Las obras citadas una sola vez, cuyo títu
lo completo damos en esa ocasión, así como ciertos clásicos muy
conocidos, no se incluyen en la bibliografía.
La distribución de los ejemplos se ha hecho por países, empe
zando por el más meridional (Argentina) y continuando hacia el
norte en secuencia geográfica, distribución que muestra a la pri
mera mirada la situación de una forma determinada en los países
contiguos. Alguien se preguntará: “¿Por qué empezar por el sur
y no por el norte?”. Fue ésta una decisión tomada tras madura
deliberación. En una posible distribución alfabética, la lista habría
sido encabezada por la Argentina, pero semejante sucesión sena
imposible. Sin embargo, por una serie de motivos, aparte su nota
ble progreso y su importancia en el conjunto de las repúblicas his
panoamericanas, la Argentina parecía pujar por el primer puesto.
Su lengua hablada (al igual que la de otras repúblicas meridio
nales) se aleja del castellano normal más que en otras partes,
ofreciendo, por tanto, más rica base de estudio y exigiendo trata
miento más extenso. Además, parece probable que la influencia de
la Argentina en el aspecto futuro del idioma español en general
será superior a la de la mayoría de las repúblicas hermanas, ya
que actualmente Buenos Aires se ha convertido en el centro edi
torial más importante tal vez para el español. Amado Alonso (La
Nación, 4, 11 y 18 de agosto de 1940) opina que los escritores
que deseen publicar sus obras en Buenos Aires adaptarán su len
guaje, en la medida de lo posible, al lenguaje general de la Ar
gentina.
Empezar por el norte habría ayudado, indudablemente, a seguir
de manera más estricta una pauta histórica y cronologica y habría
encuadrado en forma más adecuada en el sistema de zonas lin
güísticas desarrollado por Henríquez Ureña (RFE, VIII [1921], 358
61; BDH, IV [1938], 334-35; V, 29). Este erudito, como se sabe,
divide Hispanoamérica en cinco zonas lingüísticas de acuerdo con
los substratos, la influencia histórica y política, el ambiente geo
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Sintaxis hispanoamericana
gráfico, los núcleos de la cultura española y las características de
los conquistadores y colonizadores3.
En un principio traté de agrupar los fenómenos sintácticos en
concordancia con las cinco zonas, pero luego renuncié a seme
jante distribución, pues habría provocado numerosas y desconcer
tantes subdivisiones. Además, la delimitación exacta de las propias
zonas aún no ha sido definitivamente establecida ni universalmente
aceptada4. Navarro Tomás sugiere una división algo distinta, su
jeta a ulteriores cambios conforme a los futuros hallazgos, pues
considera la proposición de Henríquez Ureña “más bien como hi
pótesis inteligentemente concebida que como realidad concreta y
verificada” 5. Además, las cinco zonas son distintas principalmente
en el vocabulario, en los préstamos de las lenguas del substrato.
Henríquez Ureña admite (RFE, VIII, 360) que en el aspecto foné
tico ninguna de las zonas es totalmente uniforme, juicio que se
podría aplicar a la morfología y, en medida mucho mayor, a la sin
taxis.
No se debe olvidar que, mientras la lengua literaria general es
relativamente uniforme en todo el ámbito hispanohablante, el es
pañol peninsular hablado difiere en muchos aspectos de la lengua
hablada en América, aunque tampoco existe uniformidad en ésta.
Además, el español modélico está limitado, incluso en España, a
3
Breve y parcialmente bosquejadas por Juan Ignacio de Armas (Oríjenes
del lenguaje criollo [2‘ ed.; La Habana, 1882], págs. 5-6), las zonas son
estudiadas y elaboradas cuidadosamente por Henríquez Ureña (omitimos
aquí las numerosas subdivisiones): 1) la zona caribe (desde 1492 en ade
lante) incluye las Antillas, un amplio sector de Venezuela y la costa atlán
tica de Colombia, con un substrato del aravvak y del caribe; 2) la zona
mejicana (desde 1519 en adelante) comprende el suroeste de los Estados
Unidos, Méjico y América Central, con un substrato del náhuatl y del maya-
quiché; 3) la zona andina (desde 1527 en adelante) abarca una parte de
Venezuela, la gran mayoría de Colombia, todo Ecuador, Perú, Bolivia y el
noroeste de la Argentina, con un substrato del quichua y del aimará; 4) la
zona del Río de la Plata (desde 1536 en adelante) comprende Argentina,
ruguay y Paraguay, con un substrato del tupí-guaraní y del mapuche;
y ' ^ zona chilena (desde 1541 en adelante), con un substrato del mapuche.
Cf. Malaret, “Geografía lingüística”, BAAL, V, 213-25.
5
Ünguistic atlas of Spain and the Spanish of America”, Bulletin
of the American Council of Learned Societies, núm. 34 (1942), págs. 68-74.
Introducción
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los grupos cultos, y existen en él prácticas corrientes asimismo en
el español de América, si bien algunas expresiones consideradas en
la Península como populares o vulgares han encontrado aceptación
en círculos americanos socialmente más altos.
Sea de ello lo que
fuere, lo cierto es que el salto existente entre la lengua hablada y
el lenguaje literario es considerablemente mayor en América. El
autor hispanoamericano se hurta mucho más a la realidad lingüís
tica en su obra escrita que el autor español.
Existe cierta emancipación del lenguaje literario hispanoameri
cano con respecto al modelo peninsular, y en muchos casos el len
guaje literario se ha aproximado a la lengua hablada, tendencia
cuya continuidad en el futuro es impredictible. Es posible que la
tentación de un público lector más amplio y de un atractivo más
universal conduzca a los escritores a caminos más corrientes. Inclu
so entre los regionalistas se notan ciertas vacilaciones a la hora
de elegir una expresión.
Antes, por ejemplo, un buen estilista adap
taba estrictamente su pauta literaria al modo castellano, lo cual
naturalmente le llevaba a violar por completo muchos de sus há
bitos lingüísticos ordinarios. Tratándose, por ejemplo, de un argen
tino o de un chileno, para designar una “acera”, en su conversa
ción diría vereda “sendero” (supervivencia de una época en que
eran muchos más los senderos que las aceras), pero, sentado en
su escritorio, cambiaría vereda por acera. Tratándose de un me
jicano, diría banqueta, pero por escrito pondría únicamente acera.
El conocido estilista chileno Pedro Prado, por ejemplo, de miras
más universales que locales, emplea acera a lo largo de Un juez
rural, y no emplea ni una sola vez la palabra vereda. Por su parte,
su compatriota Luis Durand evita la palabra acera en su obra
Mercedes Urízar, manteniéndose fiel a la palabra vereda, que es la
forma corriente en la conversación chilena. Los autores de segun
da, tercera o cuarta categoría generalmente tienen poco interés en
los antecedentes literarios y en la cultura que les podrían suminis
trar palabras tales como acera.
Por esta razón, dichos escritores
son más valiosos que los de primera fila para el estudio del idioma
popular. Asimismo, aunque la mayoría de los hispanoamericanos
emplean lo por “le” en la conversación ordinaria, muchos escriben
le, forma preferida por el castellano, pues, siendo menos común, le
14
Sintaxis hispanoamericana
parece más elegante y literario. Otros tienden a usar en los pasa
jes narrativos el lenguaje consagrado, empleando en el diálogo las
formas locales. El novelista Pedro Joaquín Chamorro emplea el
vuelto “cambio en dinero” en el diálogo, pero prefiere la forma
peninsular la vuelta en los pasajes narrativos de Entre dos filos:
Don Robustiano sacó de la cartera un billete de veinte córdobas.
—¿Tienes vuelto para veinte córdobas?
Pasaron horas, pasaron días, pasaron años y Riverita no volvía con la
vuelta ni menos con el pago [pág. 190].
Tales casos de formas dobles son muy numerosos en la literatura
hispanoamericana. En la determinación del uso local se requiere,
pues, la mayor precaución.
Las especulaciones en tomo a la futura unidad lingüística o
al futuro caos en Hispanoamérica pueden ser ociosas en parte.
Han existido dos escuelas de pensamiento opuestas: la de los pu
ristas unitarios, a menudo seguidores obstinados de los preceptos
de la Academia, pasados de moda o conservadores y procedentes
de España, y la de los separatistas, deseosos de romper todo lazo
con la minoría peninsular (en un caso concreto —Argentina—, los
extremistas han tratado, aunque sin éxito, de establecer una len
gua nacional local). Actualmente, como era de esperar, la mayoría
de los eruditos se encuentra en un término medio. Si es cierto que
aborrecen la anarquía y la ausencia de las normas, también lo es
que no rechazan las necesarias formas nuevas, ya que la lengua
se está renovando continuamente, y los nuevos términos, más que
adulterarla, lo que hacen es enriquecerla, no debiéndose confundir
la unidad con una pureza exagerada, carente de vida. Cierto que
el lenguaje literario puede obrar como lazo unificador que man
tenga el ideal lingüístico básico, pero también puede y debe existir
amplio campo para la inevitable evolución.
Es lógico que muchas de las diferencias locales se debieron
desarrollar desde un principio, sobre todo en la lengua hablada,
en la cual florecen aún vigorosamente.
En el momento de descu
brirse América, el español se encontraba aún muy inestable y sus
formas fluctuantes se combatían entre sí agresivamente por la su
pervivencia y por la preferencia. Sólo un siglo o siglo y medio
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más tarde se alcanzó cierta estabilidad parcial. Aquella confusión
primitiva fue heredada por América. Además, el origen y carácter
de los primeros colonizadores y colonos fueron distintos en cada
región. En Méjico y Perú, por ejemplo, se constituyó un régimen
aristocrático no progresista, una especie de continuación del feu
dalismo peninsular, en el cual los aventureros pudieron vivir en el
lujo y en la indolencia. En Argentina y Chile, en cambio, no exis
tía al alcance de la mano riqueza alguna aprovechable, fuera de
los pocos productos de un suelo que debía ser arrancado palmo a
palmo a las bandas errantes de indios salvajes. La hegemonía de
Madrid sobre Méjico capital y sobre Lima, centros de la cultura
colonial, fue naturalmente mucho mayor que sobre regiones como
Argentina y Chile, que se hallaban fuera de la esfera de semejan
te influencia cultural.
Estos países, carentes de corte virreinal, ex
perimentaron una solución de continuidad mucho más rápida con
la tradición lingüística. El equilibrio de valores sociales y lingüís
ticos gradualmente establecido en España no se produjo allí donde
el impenetrable tejido social del Viejo Mundo no fue mantenido
por las cortes virreinales. Habiéndose relajado aquí las conven
ciones sociales y la disciplina, las formas rurales se convirtieron en
urbanas, y rasgos considerados en España como vulgares o dia
lectales fueron a menudo levantados aquí a la dignidad de forma
aprobada. Cuanto mayor era la cultura de cada grupo, más estre
cha fue la adhesión a las normas peninsulares, pero al mismo tiem
po que se fue hundiendo la tradición del hablar culto, se fue tam
bién produciendo la decadencia y el empobrecimiento de la expre
sión: cada cual hablaba como le parecía, perdiéndose toda medida
disciplinaria. Así, pues, los hábitos lingüísticos de los primeros
colonizadores provocaron generalmente la creación de una prácti
ca local que bien puede haber sido alterada hasta cierto punto por
el substrato y más tarde por los inmigrantes (italianos en la Ar
gentina, negros en las Antillas, vascos y catalanes en Venezuela,
españoles del norte en Chile, Cuba, etc.).
Las diferencias locales, sin embargo, no son tan grandes como
muchos lexicógrafos quisieran hacernos creer. El desconocimiento
de los dialectos españoles y del lenguaje de las repúblicas vecinas
ha hecho incurrir a menudo en grandes despropósitos a investiga
16
Sintaxis hispanoamericana
dores y compiladores hispanoamericanos. Ocurre repetidas veces
que tal o cual compilador tiene por estrictamente locales voces o
giros que no sólo son corrientes en parte de España, sino asimismo
en la mayor parte de Hispanoamérica. Juan de Arona, por ejem- !
pío, en su Diccionario de peruanismos (uno de los primeros en su
género) confiesa que en un principio había creído exclusivamente
peruana la locución donde fulano (= a casa de fulano), hasta des
cubrir que se trataba de un americanismo, y su sorpresa fue ma
yúscula al descubrir que incluso en Castilla se usaba.
La presente obra apunta hacia la unidad en cuanto demuestra
que muchas de las locuciones que primero se consideraron como
limitadas a una o dos regiones gozan de una extensión geográfica
mucho mayor y a menudo forman parte del acervo tradicional
español. Nuevos estudios vendrán a confirmar sin duda que los
usos lingüísticos de los diversos países tienden a la unidad más
bien que al caos. La unificación de la conciencia lingüística puede
con el tiempo llegar a borrar las peculiaridades locales 6.
6
Debo un agradecimiento especial al profesor Robert K. Spaulding y
a Miss E. Hortense White por su ayuda en la lectura de pruebas de este
libro y por sus valiosos consejos.
NOTA A LA SEGUNDA EDICIÓN ORIGINAL
La primera edición (1945) ha sido revisada y puesta al día. Se
han eliminado ciertas repeticiones y datos menos pertinentes con el
fin de introducir aquí y allá numerosas adiciones y enmiendas. En
general se ha mantenido la misma paginación. En lo relativo a
las novedades estamos en deuda no sólo con las publicaciones
recientes, sino también con numerosos corresponsales nuevos, entre
ellos Luis Cifuentes García (Chile), Antonio Díaz Villamil (Boli-
via), Marcos A. Morínigo (Paraguay), Alfredo F. Padrón (Cuba) y
Ángel Rosenblat (Argentina y Venezuela). A ellos y a muchos
otros, entre los cuales incluimos a nuestros consultores originales,
demasiado numerosos para mencionarlos, vaya dirigida nuestra ex
presión de gratitud.
Permítasenos insistir sobre el hecho de que los fenómenos aquí
estudiados no se deben considerar ipso jacto de uso local genera
lizado. En muchos casos se trata de variantes ocasionales y hasta
rarísimas, pero su divergencia del castellano modélico les asegura
aquí un lugar.
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