miércoles, 23 de septiembre de 2026

JEAN M. RI VIERE c 3 la sombra de los Monasterios Tibetanos


 

PREFACIO 

Al leer los relatos de viajeros, adviértese que éstos en contraron a veces, en los países por los que atravesaban, a un habitante que no se parecía a ningún otro y cuyo carác ter y gustos lo asemejaban a los europeos. Trátase de un moro del Africa que querría poseer un lecho en medio de una estera, de un turco que aspira a tener solamente una esposa, o de un natural de las islas Fidji que adopta con alegría el cristianismo desde las primeras palabras de un misionero. Si, a semejanza de aquellos viajeros, un lama del Tibet hubiera venido, hace algunos años, a enseñar su religión a los bárbaros de Occidente, se asombraría de encontrar, en el niño que entonces era Jean Marqués-Riviére, una pas mosa facilidad para asimilar de inmediato las jerarquías de las divinidades tibetanas o penetrar el misterio de la encar nación de losBoddhisatvas,pues por doquier hay tipos hu manos que son extraños entre su raza. Tal es Jean Marqués Riviére. Nació tibetano a pesar de las leyes de la herencia y de una sucesión de parientes franceses. Ningún lama acudió a instruirle en su infancia. Fue él solo quien reencontró a los habitantes, las creencias y la sabiduría de la patria en la que su alma verdadera nació. Hace algunos años que se descubrió a la India y a la China. Nuevos Marco Polos desembarcan sin cesar en Mar sella y en Londres, sin olvidar la capa forrada con piedras r preciosas. Los sueños de los ideólogos remontaron el Yang- Tse-Kiang y se establecieron en las fuentes del Ganges. Se ha estudiado la filosofía del Gran Vehículo y del Pequeño Vehículo, y la de Shankaracharya, pero por numerosos que sean los informes misioneros, por nutridas que sean las obras publicadas, sólo débilmente se filtra,a través de ellos la pura luz del Oriente. 

El estudio penetra la letra pero no el espíritu. Se acuerda más importancia a la lengua que al pensamiento. Cada cual se complace en interpretar, de mo do diferente, una filosofía que, por la multiplicidad de sus matices, se presta a variadas interpretaciones, y cada cual encauza esa filosofía hacia el molde estrecho del pensa miento occidental, pues nadie se inclina sobre ella con amor, ni se identifica con ella. El Oriente que se muestra a nuestros ojos es un Oriente repintado exteriormente con colores occidentales, disfrazado interiormente con un pensamiento cristiano. Es un Oriente al que se odia en se creto. No se osaría destruir abiertamente los monumentos. No se osaría, como lo hicieron los ingleses en 1860, incen diar, en el Palacio de Verano de Pekín, la biblioteca mayor y más antigua del universo, pero se traiciona el pensamien to, se rebaja voluntariamente el ideal. El libro de Jean Marqués-Riviére, este estudioso visiona rio de los monasterios del Tibet, de sus ascetas y sus dioses, es un libro escrito con amor. A causa de este amor, el autor alcanzó la verdad profunda del tema que trata. Gracias a la magia de la evocación, entramos por primera vez en los asi los inviolados del budismo, descubrimos el pensamiento se creto. En Francia, nadie se internó tan lejos, como Jean Marqués-Riviére, en el conocimiento de la religión tibeta- na, en la vida de las lamaserías silenciosas que despliegan sus techos chatos y sus murallas grises de cuatro puertas vueltas hacia los puntos cardinales sobre las cuestas del Hi malaya o las planicies del Bod-Yul. Aprendió la lengua tibetana para iniciarse en esta literatura religiosa, de una ri queza prodigiosa, y de la que no conocemos sino algunos pobres fragmentos. Describe los lugares y los hombres an tes de descifrar los textos y de revelarnos sus secretos. Su descripción es tan evocadora como la de un vidente. ¡Los monasterios del Tibet! ¡Qué lejos están de noso tros, cuán desconocidos y misteriosos son! 

En el centro del Asia, es una nación ermitaña que pocos viajeros visitaron y de la que se dijeron cosas tan maravillosas que, por lo gene ral, uno se niega a creerlas. Por la puerta de Djarjeling o a través de los montes Kuen-Lun, todos los que cruzaron la tierra prohibida, cuando no fueron asesinados por las ban das errantes que la guardan, no efectuaron el relato de su viaje sino velándolo con un tinte de misterio, el misterio de lo que toma contacto con lo divino. Todo el mundo cono ce la descripción hecha por el padre Huc sobre el árbol de la lamasería de Kombum, que crece con caracteres perpe tuamente renovados sobre su corteza. Se oyó hablar de Ni colás Notovitch que reencontrara en el Ladak la celda del ermitaño Issa, que habría sido Jesús. Dícese que en el Ti bet viven los sabios que tienen el poder de prolongar la duración de la vida humana, que son los guardianes del conocimiento antiguo que se perdió, y que, en sus archi vos, poseen la historia de la Atlántida y la Lemuria, y tam bién la historia de la humanidad futura, de las que tienen la visión mediante clarividencia. En Tibet está la misteriosa ciudad de Shambala, la ciudad de los sabios; en el Tibet es tá el rey del mundo. ¡Leyendas e invenciones de poetas!, dicen los occi dentales que no creen sino en la evidencia inmediata y son incapaces de mezclar la poesía con su vida cotidiana. “Es lamentable, para la lectura de esta historia, que el espíritu de formación occidental esté tan dispuesto a decla rar absurdo lo que no comprende y a rechazar como fábula todo lo que no concuerde con su propia credulidad”. Esta frase de la Introducción a la Vida de Milarepa, de Jacques Bacot, podría ponerse al comienzo de este libro. Y, para leerlo con provecho, correspondería librarse de la sed de verdad exacta, de pruebas materiales, que es propia de nuestra raza, y considerar como posible esta co municación del hombre con la esencia divina del mundo que Oriente llegó a conocer después de milenios de expe riencias espirituales. Correspondería reencontrar el estado puro del alma de quien lo escribió, impregnarse de la sabi duría búddhica que enseña que todo es cambio de la forma e ilusión perpetua, y que la ley esencial del hombre consis te en elevarse desde el plano material que es el error, hacia los planos espirituales que son la realidad única. El lector escalaría entonces, con el mismo recogimiento piadoso que Jean Marqués-Riviére, la colina arbolada en cuyas laderas está contruida la Casa de Oraciones. 

Leería con la misma admiración los sutras del Kangyur, seguiría los caminos de la meditación que preparan para la iluminación y, después de haberse acercado a la presencia en la gruta sagrada, y elevarse por encima de las pueriles fantasmagorías del bien y del mal, descubriría finalmente el último secreto, el que no debe ser revelado, pues cada uno debe encontrar la reve lación en el fondo de sí mismo. Maurice Magre

 

INTRODUCCION 

Hace un tiempo, un hindú, que estaba de paso por Pa rís, me envió unos escritos y una carta. La carta me la diri gía uno de mis amigos, que se había marchado a la India hacía muchos años. Yo lo había perdido de vista hacía mu cho tiempo, y leí estupefacto sus extrañas aventuras; me rogaba que las publicara. En su misiva, mi amigo me pedía que le arreglara ciertos asuntos personales, pues no volvería más a Europa. Su carácter místico y aventurero me había inquietado siempre. Versado desde su juventud en las áridas especula ciones filosóficas, recorrió todo lo que la mística de Occi dente podía ofrecerle. Como no pudo hallar una respuesta satisfactoria para él, se volvió hacia Oriente y sus ideas tra dicionales. Ciertos encuentros con orientales en París y una activa correspondencia en Tibet con monasterios de Nepal y de Sikkim, le habían hecho presentir las regiones a las que el destino debía conducirle un día. Finalmente, deci dió marcharse hacia la India para volver a encontrarse con quienes ya le habían iniciado parcialmente. Ciertos pasajes de su carta mostrarán mejor las preo cupaciones intelectuales y espirituales de mi amigo: “...Es necesario haber vivido en Asia para comprender y penetrar el alma de estas razas. ¡Qué barrera existe entre Oriente y Occidente! ¡Qué incomprensión, qué ignorancia, qué desconocimiento entre uno y otro! Todo lo que yo ha bía aprendido, leído y estudiado, antes de partir hacia el Asia, antes de la gran experiencia que yo perseguía, todo fue inútil para mí... "... Los cerebros son de la misma ma;ér^ gr_s. pero el mecanismo cerebral es totalmente diferente. Err.:~ ];s occi dentales, hay gestos, asociaciones, ideas, principios morales y costumbres que son desconocidos en Oriente; ¿hora bien, esto es lo que crea la barrera entre las razas de Occidente y Oriente. Del Asia, los occidentales no conocen sino ges tos incomprensibles, y los deforman; se han llenado paginas espléndidas sobre templos y monasterios asiáticos: y los funcionarios las rotularon según su manía y las aprovechan unas contra las otras. ¿Eso es arte asiático? En tales museos y libros se lo volvió parecido a aquellas plantas tropicales de las que informan algunas exploraciones, y que se conser van, detrás de la vitrinas, en frascos de alcohol... “Salí en peregrinación hacia Oriente, como un extraño peregrino, pues yo no iba a visitar dioses, ni a adorar reli quias. Yo tenía sed de certidumbre y de Verdad, y debía olvidarlo todo, convertirme de nuevo en un párvulo, a fin de aprender y, sobre todo, comprender. 

“Mi probidad filosófica me prohibía jugar con las pa labras. Por tanto, me incliné ante los hechos; fue preciso comparar mi sabiduría universitaria con la de los Maestros de Oriente; fue un fracaso, porque yo no sabía nada de nada... Le juro, mi muy querido amigo, que la ciencia fi losófica occidental, y, en consecuencia, su solución del problema de la vida, es totalmente bárbara. No me hable de los movimientos modernos de la filosofía occidental, de sus ‘novedades’, que parecen profundas, pues yo le leería textos con una antigüedad de tres mil años, y usted vería... “Ahora bien, es allí donde comienza la barrera; los occidentales no querrían ni podrían verla, están ciegos. La Ciencia de la vida no puede ser enseñada a todo el mundo, pues como el problema es formidable y oculta una poten cia temible, debe ser esotérico. Muy sabiamente, los Maes tros del pensamiento asiático exigían a los temerarios bus cadores de la Verdad una preparación larga, fatigosa y mo nótona; correspondía poner a prueba la paciencia de aque llos, pues los amantes de la Diosa deben ser puros y fieles. Pusieron una clave sobre los libros de la Ciencia; y ustedes deben trabajar, en seguida, para descubrir la Clave... Enton ces, si resistieran al desánimo, al tedio, a la aridez de los textos, y a los obstáculos que la propia naturaleza les pon ga, ustedes serán iluminados en el sentido apropiado de la palabra... “En el escrito adjunto, tendrá usted un ensayo des criptivo de mi experiencia mística en Asia; es sensible mente diferente de muchas descripciones de fenómenos parecidos en Europa.

 Como me convertí en asiático de cuerpo y espíritu, sé que hay cosas imposibles de tradu cir al francés. Se necesitaría el cálamo y el pergamino, y, asimismo la lengua tibetana con sus ritmos, sus cánticos, sus plegarias... Ustedes, ustedes están en las comas y las hipótesis sobre el origen de los alfabetos asiáticos; ¿cómo me querrán comprender?... “Le digo adiós, queridísimo amigo, pues pronto no podré escribirle más; voy a romper los últimos lazos que me atan todavía a nuestra joven Europa para enterrarme en esta viejísima Asia, generadora de toda sabiduría y Madre de sosiegos y consuelos... Trabaje y busque, amigo... Supli co a los dioses que lo guíen hacia la Luz en la que todos nos volveremos a ver un día, en los brazos de la santa Diosa...” Este fue su último mensaje. El misterio del Asia le cobijó en su sombra y él desapareció, definitivamente, has ta para quienes le amaban... ¡Extraño destino el de este hombre de Occidente, de la raza de los nobles y los sabios, que voluntariamente se encerró en los umbríos monasterios, en medio de las nieves del Tibet, para alcanzar la Iluminación pura y la Paz del Alma!

martes, 22 de septiembre de 2026

Eduardo Iáñez El siglo XX: la nueva literatura Historia de la literatura universal - 8


 

5. Novela francesa de principios de siglo A los novelistas franceses de principios de siglo les sucede por lo general lo que a la mayoría de sus contemporáneos de otros países: que, despreciando la narrativa realista y naturalista, no encuentran sin embargo nuevos caminos por los que llevar su obra. A pesar de su escasa relevancia en el panorama de la literatura universal, fueron los primeros en experimentar en su país la radical libertad a la que invitaba el género narrativo en el futuro. a) Narradores posnaturalistas Varias y sustanciales son las diferencias entre los epígonos del Naturalismo francés y sus maestros, a pesar de seguir formalmente el modelo naturalista basado en la observación directa de la realidad. A grandes rasgos podemos señalar las siguientes: en primer lugar, la novela deja de estar al servicio de una ideología, aunque siga comprometida con la defensa de una tesis —es más, la novela presenta ahora mayores dosis de intelectualismo—; se detecta, además, una gran permisividad a la hora de dejar actuar a la imaginación, debida posiblemente a influencias simbolistas; y se infiltra, paulatinamente con mayor fuerza, el elemento autobiográfico, la experiencia personal del autor, su punto de vista, determinante en la renovación de la narrativa francesa contemporánea. Uno de los narradores posnaturalistas más característicos es Jules Renard (1864-1910), ya que su obra, por una parte, se mantiene fiel al espíritu burgués original y, por otra, opta por la ironía y la caricatura en la presentación de un mundo brutal y mediocre. Estos aspectos encontraron su mejor acomodo en Pelo de zanahoria (Poil de carotte, 1894), su novela más difundida, obra profundamente pesimista donde Renard indaga en la psicología de un muchacho que sufre en un medio familiar aparentemente «normal» en su burguesismo. También fue Renard autor dramático; sus mejores piezas interesan todavía hoy por la atención que le prestó a la dolorosa existencia del ser humano. Frente al cruel pesimismo latente en la obra de Renard, en la de Charles-Louis Philippe (1874-1909) la observación de la vida se tiñe de ternura y sentimentalismo. Philippe centró su atención en las clases más desfavorecidas —de las que él mismo provenía— del París de principios de siglo y las contempló desde el anacronismo. Mucho de esto hay en su obra más conocida, Bubu de Montparnasse (1901), novela que retrata la bohemia decadente, aunque no ya desde el radical inconformismo de quienes la vivieron, sino desde la añoranza por lo que está destinado a desaparecer. En cuanto a Joris-Karl Huysmans (1848-1907), descendiente de holandeses —razón por la que germanizó su nombre—, desarrolló lo mejor de su obra en los últimos años del siglo pasado, pero la fluctuación de sus intereses y estilos literarios hasta su muerte aconseja considerarlo como uno de los posnaturalistas más reseñables. Sus primeras obras estaban en la órbita del más estricto Naturalismo —fue un incondicional admirador de Zola—; después se revistieron de esteticismo narrativo y de poses «satanistas» —de lo que es excelente muestra su novela más notable, Al revés (A rebours, 1884)—; y, por fin, las espiritualizó hasta incurrir en formas de extraña religiosidad mística especialmente interesadas por los valores estéticos de la liturgia y del culto católicos. b) El «unanimismo» Una de las corrientes más peculiares de la literatura francesa de principios de siglo fue el «unanimismo», animada por un espiritualismo de signo religioso. Tan es así que nació en la abadía de Crèteil, donde varios poetas se reunían en 1906 aspirando a un ideal de solidaridad humana. El «unanimismo» se desarrolló con más comodidad —curiosamente— en el género narrativo que en el poético, del mismo modo que no fue ninguno de los poetas reunidos en la abadía, sino un simple visitante de ésta, Jules Romains, quien habría de darle su forma definitiva. I. ROMAINS. Louis Farigoule (1885-1972) —verdadero nombre de Jules Romains— había estudiado filosofía y su gran inquietud consistía en esbozar un sistema que conjugase trascendentalismo y materialismo. Pero su campo de aplicación fue desplazándose de las humanidades y las ciencias al terreno literario, donde Romains creyó posible expresar cómo el estudio de la vida colectiva logra trascender la observación de los comportamientos individuales. En realidad, no es otra cosa el «unanimismo»: la confianza en que la vida colectiva, el alma inconsciente de la colectividad puede salvar al individuo de su sed de eternidad insatisfecha por Dios. La poesía de Romains canta esta comunión de todos los seres humanos en un proyecto de vida trascendente y progresista, casi al estilo de Whitman: sus libros de poemas El alma de los hombres (L’âme des hommes, 1904), Un ser en marcha (Un être en marche, 1910) y, sobre todos, La vida unánime (La vie unanime, 1908) —de donde el movimiento tomó su nombre— tienen su razón de ser en la celebración de la comunión del poeta con las profundidades de un mundo plenamente intuido y sentido. Pero la obra maestra de Romains es una novela —o mejor, un ambicioso conjunto de narraciones—: Los hombres de buena voluntad (Les hommes de bonne volonté). Esta amplia «novela-río» fue publicada en veintisiete volúmenes y su composición le ocupó a Romains casi veinte años de su vida (desde finales de los años veinte a 1946, año en que, en Francia —durante la Segunda Guerra Mundial Romains se había refugiado en América—, publicó los últimos volúmenes). Los hombres de buena voluntad, compuesto al estilo de las grandes obras del Realismo francés, quiere ser un vasto fresco de la vida europea del primer tercio del siglo XX; pero, frente a la movilidad de otros modos narrativos o frente a la aparente unidad de la narración confiada a un solo personaje, Romains opta por un método de narración «unanimista»: el mundo novelístico surge en este caso de la diversidad, pues los caminos, los destinos de los personajes apenas si se entrecruzan, dando apariencia de caos a la vez que de vida auténtica. II. DUHAMEL. Entre los poetas reunidos en la abadía de Crèteil descolló Georges Duhamel (1884-1966). Más que «unanimista», de él podemos decir que fue un autor humanista honda y sinceramente compasivo y muy sensibilizado por los problemas del hombre moderno. Su concepción del mundo como lugar donde luchan fuerzas espirituales y materiales, y del hombre como ser dividido entre ellas, da lugar a una novela donde confluyen idealismo y realismo, con evidentes puntos de contacto con la de novelistas «religiosos» contemporáneos (Epígrafe 5.c. del Capítulo 2). Sus primeras obras reseñables las compuso a raíz de su experiencia en la Gran Guerra: Vida de los mártires (Vie des martyrs, 1917) y Civilización (1918); pero sus mejores narraciones son las del ciclo protagonizado por Louis Salavin, un complejo personaje incapaz de aceptarse a sí mismo porque, a raíz de su abulia, se sabe incapaz de cambiar según comprende que debe hacerlo. El Diario de Salavin (Journal de Salavin, 1927) está sin duda entre las mejores obras de Duhamel y entre las más significativas de la narrativa francesa del primer tercio de nuestro siglo. Como «novela-río» se estructura su ciclo —en diez títulos— Los Pasquier (1933-1941), que en forma igualmente de diario analiza y evoca una sociedad en honda crisis de valores. c) Formas narrativas de transición I. GÉNEROS CONSAGRADOS. Antes de su definitiva renovación durante el período de entreguerras, el género narrativo siguió aferrándose en Francia a fórmulas ya consagradas, cultivando los novelistas obras muy diversas entre sí aunque unidas por el denominador común del conformismo y la superficialidad. Un buen ejemplo lo tenemos en la novela El gran Meaulnes (1913), de Alain-Fournier (seudónimo de Henri Fournier, 1886-1914). Con un estilo de exquisita y delicada simplicidad, la novela recupera el mundo de la infancia y lo reviste de un clima de brumosa inconsistencia que ha hecho de El gran Meaulnes uno de los clásicos de la narrativa contemporánea francesa. Mayor grado de conformismo presenta la obra de Paul Bourget (1852-1935), que si bien se inició en la novela psicológica, pronto sesgó el estudio del comportamiento humano en la dirección catolicista y tradicionalista de su pensamiento. Su producción está dominada por novelas de tesis, con las que defiende el inmovilismo social y las prerrogativas de la raza, y que destilan agrios ataques contra cualquier forma y derivación del materialismo, del librepensamiento y de la democracia; de su conjunto podríamos salvar El discípulo (1889), novela de tono naturalista que pone de relieve sus dotes de observación y su capacidad descriptiva. II. NOVELA PSICOLÓGICA. Hoy nos parecen más interesantes las novelas que siguieron la senda del psicologismo para intentar una tímida experimentación, generalmente siguiendo los pasos de Marcel Proust (véase el Epígrafe 3). El más representativo de estos narradores es Édouard Estaunié (1862-1942), cuya obra, al servicio de un serio y profundo estudio psicológico, destaca por incorporar discretamente algunas de las nuevas técnicas narrativas, ampliando de ese modo las posibilidades del género. Su interés por retratar psicológicamente a sus personajes va mucho más allá de lo meramente introspectivo e incluso de lo filosófico, por lo que muchas de sus obras —destaquemos los relatos de Soledades (Solitudes, 1922)— se lanzan a la búsqueda del verdadero sentido de la existencia y a la indagación en las profundidades del inconsciente. Más poética —y muy del gusto del mismísimo Proust — fue la obra de Valery Larbaud (1881-1957), centrada preferentemente en la recuperación, por medio del recuerdo, de la infancia y la adolescencia. Novelas como Infantiles (Enfantines, 1918) y Fermina Márquez (1926) sobresalen por su evocador encanto, patente no sólo en las imágenes, sino en cada una de las sugerentes palabras del texto. Su principal aportación consiste en haber incorporado a su obra las técnicas de renovación narrativa, en concreto las ya ensayadas por los novelistas anglosajones: su dominio del «monólogo interior» no sólo prueba el conocimiento que de ella poseía, sino sobre todo la capacidad de Larbaud de asimilar esta nueva técnica y las magníficas relaciones que mantenía con grandes autores de la época —Joyce fue la más notoria— gracias a sus viajes por Inglaterra, Italia y España, y a su perfecto dominio del inglés y del español. III. LA «NOVELA-RÍO». Mención muy especial merecen las diversas formas con que se revistió en Francia la novela histórica durante estos años, especialmente la llamada «novela-río» («roman-fleuve»), derivación de las series novelescas del XVIII y, sobre todo, del Realismo decimonónico. En una ambiciosa, compleja y extensa narración realista que abarcaba generaciones completas y diversas clases sociales, el novelista trataba de comprimir toda la experiencia de un período histórico, sus consecuencias y sus hitos, procurándole al lector una visión psicológica, sociológica, moral y filosófica del mundo. Entre los autores más representativos de esta tendencia podemos recordar a Paul Adam (1862-1920), cuya tetralogía El tiempo y la vida (Les temps et la vie) se dispone como un amplio fresco histórico en línea con la mejor tradición decimonónica francesa. La producción de Romain Rolland (1866-1944), el más interesante de estos autores, se dejó guiar por un sincero sentido del optimismo histórico, según se deja notar tanto en sus obras dramáticas (la mayoría de ellas centradas en la Revolución) como en sus celebradas biografías (entre las que destaca Tolstói). Al nacionalismo radical le contrapuso Rolland un convencido europeísmo confiado en la posibilidad de la unión entre naciones y pueblos; considerado intelectual de izquierdas, fue admirado por todos —no en vano se le concedió el Nobel de 1916— y no dudó en denunciar las atrocidades de todos los bandos. En el terreno narrativo es muy digna de consideración Jean-Cristophe (1904-1912), una ambiciosa «novela-río» (el término se debe precisamente a Rolland) que traza en diez volúmenes la vida de un ficticio genio musical alemán. Enfrentado a un mundo materialista y a sus propias crisis existenciales, Jean-Cristophe sabe construirse una moral enérgica e idealista y hacerse una vida merecedora de ser vivida plenamente. A Roger Martin du Gard (1881-1958) se le debe uno de los más trabajados frescos histórico-narrativos que ha conocido Francia en el siglo XX: Los Thibault. Entre 1920 y 1937 trabajó Martin du Gard en esta «novela río», sin duda la más cercana a la historia y a sus fuentes de todas las contemporáneas. En ocho volúmenes, Los Thibault es casi un diario moral de la generación que vivió la Primera Guerra Mundial: los individuos, sus inquietudes y aspiraciones, los acontecimientos…, todo se lee a la luz de una meditación sobre la historia humana y sobre el desarrollo espiritual de las naciones en el derecho y en la moral. Es decir, todo un destino colectivo contemplado desde la distancia y cuya disposición y organización narrativa sólo están al alcance de un novelista privilegiado (cuya labor fue premiada con el Nobel de 1937)

lunes, 21 de septiembre de 2026

emir rodríguez monegal sexo y poesía en el 900 uruguayo los extraños destinos de robexto y delmira ensayo

 


—¡Delira Ud. señor de las Carreras! —¡Es propio de los cuerdos! Roberto de las Carreras: Interview político (1903). 


 I - doble cincuentenario 

 Cuando se cumplieron, en 1963, los cincuenta años de la primera publicación de Los cáJices vacíos (libro que recoge lo mejor de Delmira Agusüni y que certifica la madurez de su poesía y de su juicio autocrítico), también se cumplió el cincuentenario de la locura de Roberto de las Carreras, amigo y coetáneo suyo que ya en el mismo 1913 comenzara a dar síntomas indisimulables de una perturbación que lo obligaría a recluirse en diversos sanatorios y casas particu lares durante un lapso de medio siglo. Por eso, mientras se festejaba con los acostumbrados ho menajes el cincuentenario del libro de Delmira, la vida literaria en el Uruguay fue conmovida por la noticia de que Roberto de las Carreras, a los noventa años, había cesado su lucha con el mundo. Su muerte, en la misma hora en que 7 se hacía balance de la obra de Deîmira, ad quirió así un carácter casi tan espectacular co mo su vida. Algo más que la coincidencia de fechas une a estos dos poetas. Ambos representaron para el Novecientos uruguayo (nuestra remotísima "Belle Epoque") un doble escándalo. El de Roberto de las Carreras empezó muy pronto, hacia 1894, con esos poemas en que se declaraba hijo ile gítimo, amenczaba corromper a todas las mu jeres casadas de la alta burguesía y se burlaba sangrientamente de la sacrosanta institución ma trimonial. Como además de escribir poemas, Ro berto perseguía a doncellas y señoras por las calles, asediaba sus balcones y lucía un des parpajo de Don Juan d'annunziar.o, pronto coagu ló en torno de su nombre una leyenda erótica que habría de perseguirlo hasta su locura para resucitar en las chismosas necrológicas de estos días. A su manera, también Delmira escandalizó a la aldea (como les gustaba decir a los icono clastas de entonces) y paseó sus arrebatos de pitonisa en celo, de hembra ardida, por las pá ginas de libros que se iban poniendo más y más incandescentes a medida que la autora (joven pero no niña) libraba poéticamente sus combates. Con la publicación de Los cálices va cíos en 1913, las damas de la mejor sociedad empezaron a evitar a Delmira. Sus vislumbres metafóricos llegaban demasiado cerca del hueso. De ahí que la poesía de Delmira y el escándalo de su matrimonio (que duró un mes y veintitrés días) y de su divorcio (que terminó en asesinato por mano del marido, en una casa propicia a 8 reuniones clandestinas), hayan contribuido a fi jar para siempre la imagen de esta obsesa se xual, en el aire provinciano del Montevideo de preguerra. Roberto y Delmira (así se les sigue llamando) han quedado amonedados en esa doble imagen: el Don Juan satánico, la ninfomaníaca del verso. Se ha querido explicar la leyenda (desmitificar ia) por un análisis de la sociedad que produjo estas dos flores exóticas. Desde los trabajos li minares de Alberio Zum Felde, que fue amigo de ambos, hasta los sociólogos populares de es ios últimos tiempos, se ha intentado explicar por la presión del medio las estampas de estos poe tas malditos. Pero la explicación que sólo bus que por este lado estará fatalmente condenada a la superficialidad. Había en los casos de Ro berto y Delmira mucho más que una rebeldía contra las valoraciones sexuales y poéticas del medio burgués. Aunque el medio influyó deci sivamente en la forma de sus destinos.

domingo, 20 de septiembre de 2026

SHAKESPEARE F. E. HALLIDAY Prólogo LLUIS PASQUAL



 Prólogo

 De la mano siempre, con William Shakespeare por Lluis Pasqual La historia de la vida misteriosa de W. Shakespeare, uista por nosotros, hombres de la segunda mitad del siglo XX, es la historia de dos ciudades. Ambas a la orilla de algún río: Stratford, clara y transparente, donde se educó, y Londres, cortesana, tortuosa y vital, que le ofreció un escenario, en el sentido más literal y figura do, para su desarrollo humano y artístico. Nació en una modesta ciudad «de mercado» y creció en una casa que, de ser la verdadera, ha sobrevivido, casi como un mila gro, a la acción destructora del tiempo y el turismo. Se casó, muy joven, con una mujer mayor que él que le dio tres hijos, uno de los cuales —el único varón— murió a los pocos años. 

En Londres, Sha kespeare se convierte en un actor sin demasiado éxito y más tarde en un conocido dramaturgo, el más popular de la época, si bien no demasiado querido por los literatos que compartían su ciudad y su tiempo. Ganó bastante dinero con el teatro y lo invirtió en tierras e inmuebles, sobre todo en Stratford. Pasó sus últimos años en una bella casa, «New Place», que había comprado en su ciudad natal. Hizo testamento y en Stratford murió y fue enterrado. Siete años más tarde, sus obras dramáticas fueron publicadas en un elegante infolio, en Londres, que era y sigue siendo el centro de la industria editorial inglesa. Este sería el resumen de una biografía que, más o menos ampliada, ha sido escrita innumerables veces. Lo cierto es que cualquier biografía sobre Shakespeare está llena de puntos suspensivos, de momentos imaginados y luego verificados por montañas de estudios y siglos de investigaciones buscando la expli cación a un hecho que, tal vez, sólo una representación de teatro, con su elementalidad y su carácter simple, poético, puede ofrecer aunque sea parcialmente: la transmisión de la vida de alguien, es decir, de su pensamiento y sus sentimientos a través de los siglos por mediación de la palabra, el «logos», escrita para ser pronuncia da en voz alta, y que junto con la música e implícitamente con ella, constituye la más grande de las invenciones que el hombre ha podido crear, soñar e imaginar. La historia de Shakespeare, de su vida, es la historia de un hombre, la historia de un hombre de teatro. Por ¡o tanto, historia pública, que nos pertenece. Vida vista casi como un espectáculo día a día. Transformada miméticamente en espectáculo a través de un procedimiento de autovaciado, de vómito en la propia obra, unas veces con dolor, otras con alegría. 

Y es, al mismo tiempo, una historia secreta, llena de claroscuros humanos, que contiene mu chos dramas verdaderos, casi siempre olvidados, o apenas intuidos o descubiertos. Historia de apuestas y compromisos con la vida, con el mundo, con uno mismo, llena de silencios y también de victorias, que, como en el teatro, proporcionan una alegría o una felicidad demasiado efímera, porque el hombre de teatro Shakes peare, como tantos antes o después de él, posee un especial senti do del pudor en lo que concierne a su vida personal «verdadera», a veces hasta desconocida por él mismo. Quien se ha deslumbrado hasta casi la ceguera con el sol ficticio de una escena, quien se ha consumido demasiado a sí mismo ante los demás, y podemos afir mar que vive sólo para ofrecerse a los demás sobre la implacable desnudez de un escenario, siempre guarda, celosamente escondi da, su propia (¿verdadera?) identidad. Esta es la única manera de defenderse, de existir, en el juego constante de fuera y dentro que el teatro exige. Así, una imagen de lo que fue la existencia de W. Shakespeare será siempre una fusión de vida y obra, con un margen legítimo a la divagación, para comprender hasta qué punto no hay caminos paralelos entre la trayectoria vital del creador y su creación sino líneas que se cruzan como las vías de un trazado de ferrocarril. No se trata de la reconstrucción histórica o formal de una época, sino de algo que nos ayudará a leer y releer sus textos con una visión que será personal -como se ve siempre la vida de alguien perdido en el tiempo-, llena de amor y por lo tanto arbitraria y egoísta como es el amor, para poder incorporarla a nuestra propia existencia, descubriendo en el fondo, bajo cada palabra, la eternidad de cual quier ser humano. 

La historia de William Shakespeare es la de un hombre que vivió e impulsó una reforma del teatro (¡una de tantas!), que la quiso y la llevó a cabo, desde la historia y desde el mundo del teatro, con las gentes del teatro, entre las cajas de un escenario. Historia de un hombre que tal vez no fue ni bueno ni limpio, pero que también fue, o que fue básicamente, terriblemente humano. Un hombre que supo vivir «desde dentro» la realidad de su siglo, y que entendió, quizá no del todo conscientemente, pero ciertamente sí como curiosidad, como intuición social, una de las más grandes transformaciones históricas de la humanidad, el paso de un mundo viejo a un mundo nuevo en el que el hombre sería el centro y la medida de todas las cosas. Para nosotros, la gente que nos enfrentamos cada día con el oficio de contar historias desde un escenario, Shakespeare es el teatro, como Rembrandt es la pintura o Mozart la música. No pre tendo justificar tales afirmaciones, que surgen sólo de una aprecia ción sensible y apasionada, pero no por ello menos cierta. Vemos que Shakespeare reaparece y se repite, como protagonista y como refugio en las diversas épocas en que cualquier creador teatral ne cesita una reflexión sobre su propio medio de expresión, o una profundización, un viaje a través del vastísimo paisaje de los seres humanos, de la mano de alguien, como Virgilio acompañara a Dante. De una manera cercana a nosotros, Shakespeare acompaña, como un santo protector, el nacimiento del teatro contemporáneo y de la dirección escénica contemporánea, en sus diversos momentos estilísticos, desde Max Reinhardt a Peter Brook o Giorgio Strehler. A veces a través de espectáculos, otras a través de una nueva perspectiva en la lectura de sus obras cómo la de J. Kott en su extraordinario y provocativo (expresamente provocativo) libro Shakespeare, nuestro contemporáneo. Dice Niadne Knonchkine, a raíz de sus tres últimos «Shakespeares» montados por el Théátre du Soleil: «Montamos Shakespeare para saber de qué está hecho el teatro.» A esa afirmación, a esa búsqueda a través de las palabras, que un hombre nos ha dejado como riquísima herencia, yo añadi ría: «Montamos Shakespeare para entender de qué materia esta mos hechos los seres humanos.» Para eso, podríamos utilizar mu chos autores. Y a pesar de todo, sólo en Shakespeare se da ese hombre en su totalidad, como un prisma de innumerables caras, unas iluminadas y otras en la sombra. El hace girar constantemente el prisma ante nuestros ojos, siempre habrá caras iluminadas y caras oscuras. 

La luz, nuestra percepción, siempre será parcial en cada uno de los momentos, pero al final habremos conocido todas las facetas del prisma porque Shakespeare (son palabras de Gabriel Ferrater) «lo dijo todo.porque lo sabía todo», cerrando un ciclo completo humano y teatral. Shakespeare aporta a la historia del teatro y del arte, de una manera diáfana y rotunda, la creación de la «metáfora» para expli car el comportamiento de y entre ¡os seres humanos. Y aquí debe ríamos olvidar el término «dramaturgo» para utilizar sólo el de «poe ta». Y los poetas, los verdaderos, lo saben todo, lo han sabido siempre todo, porque la poesía es «verdad». «Verdad» simple y compleja, clara y misteriosa como las parábolas que Shakespeare impone encima de un escenario en un momento en que él quiso que el teatro fuese el reflejo de una colectividad. Y la sociedad aceptó el juego del teatro no para ver en él la ilustración de una idea, sino para sumergirse en las contradicciones y los antagonis mos de una multitud de individuos. Lo más alejado de nuestra heredada concepción burguesa del teatro y del arte en general y de la noción decimonónica de «buen gusto» aplicado a la creación y a la belleza. Hay que olvidarse del «buen gusto» cuando uno trata con Shakespeare. Y aquí tal vez sea importante recordar que Sha kespeare nació en Inglaterra, que ha sido siempre, como la India, o como determinadas culturas árabes cercanas y antecesoras nues tras, un país simultáneamente bárbaro y refinado, de una extrema violencia y de una suprema elegancia. Saberlo todo no es suficiente. Para poder contarlo, compartir lo con los demás, hay que convivir con dos palabras históricamente decisivas en el siglo XVI europeo: el miedo, que había dominado el comportamiento del hombre durante siglos, y la libertad, que surgía como motor indispensable del hombre nuevo. 

El miedo, para evi tarlo, y la libertad, para ejercitarla. Y Shakespeare es, tal vez, el poeta con menos miedo y con más sentido de la libertad, lo que quizá correspondiera en el plano humano —y eso nunca podremos saberlo- a un hombre con mucho miedo y con grandes deseos de ser libre. Estas dos características son las que te aseguran el cobijo cuando te encuentras con él. Sabes que va a protegerte, que te va a ayudar. Y al mismo tiempo, te produce una sensación de humildad, de impotencia, de no estar nunca a la altura de ese ejercicio libre de moverse, sin temor, a través del tiempo y del espacio. Uno de los momentos mágicos de un ensayo o de una repre sentación de cualquier obra de Shakespeare es ver un estudiante de teatro, o un actor decir en voz alta un monólogo: el actor se siente pequeño, conscientemente pequeño, y al mismo tiempo ayudado, poseído por las palabras en una relación que podríamos calificar de «física». Por muy equivocado que esté el actor, con respecto a la interpretación, en un momento de búsqueda, siempre llega el instante en que algo mágico, tangible, teatral, se produce. Una palabra detrás de otra crean una realidad con y más allá del propio actor. Las palabras adquieren consistencia, materialidad, como la leche se vuelve espesa con el fuego, y hacen que el in térprete se lance a buscar algo que antes ni siquiera hubiera su puesto, más allá de su cometido puramente artístico. Cuando se interpreta o se dirige una obra de Shakespeare, los criterios artísti cos no bastan. He dicho antes que ejercitaba la libertad como poeta: en su teatro no hay reglas, ni de espacio ni de tiempo. Su teatro gana cualquier limitación. Hay escenas que uno no puede concretar exactamente dónde ocurren. Tienes la impresión de que comien zan en un lugar y terminan en otro. Hay obras cuya acción puede transcurrir en dos años, en dos meses, en veinte años. Escribía con una sola respiración, sin indicaciones escénicas, creando su propia medida del tiempo y el espacio, tan poderosa, que nunca producen confusión. De la misma manera mezcla personajes reales e irreales, soñados o procedentes de la imaginación. Una palabra le basta para que el espectador sitúe la acción o para hacer físico un ele mento que, de haberlo construido, sería incompleto o absurdo. Basta que un personaje pronuncie la palabra «bosque» para que ante el espectador aparezca la imagen de unos árboles más reales que los que cualquier artilugio teatral podría representar. Gran al quimista de las palabras, sintetiza en ellas, cómo si lo concentrara en un frasco de perfume, todo el aroma que evocará y hará revivir en el público el olor, la vista y el color de un jardín. He dicho también que no tenía miedo. 

Nunca tuvo miedo de tomar formas o contenidos de otros autores y creadores que le precedieron, adaptándolos a su propia dinámica y su manera de contar. Hay una actitud de cirujano, de radiólogo, en la visión que Shakespeare tenía del hombre. El teatro como «espejo del tiempo» le hizo no obviar nada: penetró en lo más profundo de las pasiones humanas, el amor, la traición, los celos, la locura, los sueños, el conocimiento, la ambición, la desesperación... nunca unilateral mente, construyendo hombres, nunca máscaras. Buceó en el caos, sin piedad, porque, como poeta y como hombre, poseía la certeza de una finalidad moral en el ser humano. Buceaba en el caos para reconstruir finalmente un equilibrio armónico, cósmico, que in tegrara y devolviera al hombre, a su principio, a una perfecta armo nía universal. Algo así como poder escribir toda la historia del hom bre desde dentro, desde sus contradicciones y sus deberes más altos, pero siempre teniendo a ese hombre como modelo y medida del universo. Admira en el ser humano su capacidad de crear belleza. Sonríe a veces con benevolencia, a veces con cinismo, pero nunca juzga, nunca critica a sus personajes, tal vez porque está en todos ellos y desaparece detrás de cada uno de ellos, y algunos, los que nos resultan más incomprensibles, los representó él mismo como actor, buscando la dificultad, intentando encontrar y mostrar las claves de lo inexplicable. Por eso, una lectura de lo que los investigadores han descu bierto sobre el hombre, y al mismo tiempo una lectura comprome tida de su obra puede ayudamos, como sólo el arte puede hacerlo, a entender nuestra época, dura, contradictoria y en plena transfor mación, muy parecida a la del hombre que vivió en una colectivi dad a quien le apasionaba ver representados sus conflictos diarios en un teatro potente y generoso.

sábado, 19 de septiembre de 2026

HEIDEGGER La voz del nazismo y el final de la filosofía Prólogo de Mauricio Beuchot



 PRÓLOGO 

En este libro, Julio Quesada ha reunido diversos ensayos sobre Heidegger, con un tono crítico. Esto es necesario, porque únicamente la crítica manifiesta que se aprecia a un autor, que se trata de entenderlo y no sólo de seguirlo ciegamente. La exposición complaciente lleva a la peor escolástica, a la repetición en su sentido más craso, mientras que la crítica comprensiva conduce a sacar el mayor provecho del autor que se estudia y se sigue. De todos modos, el resultado de este libro es benéfico para Heidegger: tratar de comprenderlo, tratar de entender lo que hizo y por qué. La primera parte del libro contiene los Ecos del “caso Hei degger”, y comienza con un ensayo de Ortega y Gasset intitulado “El ventrílocuo de Hölderlin”, en el que se señala el estilo tan difícil de Heidegger, al punto de establecer esa relación con el gran poeta alemán. En seguida, Manuel Reyes Mate ofrece un ensayo intitulado “La miseria”, en el que reconoce la radicalidad del pensamiento heideggeriano, pero también su ambigüedad, por lo cual éste no carece de peligrosidad. Carlos Pereda toca un aspecto muy interesante, que es lo que él llama la “contaminación” heideggeriana. Ésta se entiende como entrar en la polarización de los denostadores energúmenos y los devotos repetidores “sucursaleros”. Unos y otros se colocan en una retórica altiva, cuando lo mejor es disponerse, con humildad, a argumentar. Pereda hace ver que el propio Heidegger, con su concepto de autenticidad, rechaza que el ethos del pensador se pueda separar de su pensamiento. Prudentemente el autor nos invita a no caer en el todo o nada, 9 sino leer con cuidado a Heidegger y argumentar (tanto quienes lo defienden como quienes lo atacan) con el rigor que pide la teoría de la argumentación. El artículo de Bolívar Echeverría, que se publica en memoria suya, versa sobre el ultranazismo. En él, este autor indica que la falla de Heidegger y del nazismo fue no reconocer la irreversibilidad del tiempo, de la historia. Querían volver atrás, pero eso resulta imposible. Además, Heidegger conservó siempre la idea nacionalista de creer que la lengua alemana es la mejor para filosofar. Esto, junto con sus elogios de la lengua griega, manifiesta un resentimiento antilatino. Echeverría reconoce la violencia del nazismo y del estalinismo, y por eso nos exhorta a reflexionar sobre ambos fenómenos. Según él, Heidegger se opuso a la modernidad con su crítica del humanismo, que es su esencia. Esta primera parte culmina con un trabajo de Valeriano Bozal, “¿La voz de tiempos sombríos?”, el cual aprovecha el dictum de Heidegger (aunque señala que suena más a Brecht) de que estamos en “un tiempo indigente”, para jugar con las pala bras y decirnos muy en serio la difícil situación cultural en la que nos encontramos, en parte por obra de este pensador. La segunda parte de este libro se intitula Crítica filosófica y política. Se inicia con un ensayo de Jorge Juanes: “Prólogo para irse desmarcando. La aventura del individuo autónomo y libre versus los poderes gregarios”. En él se habla de desmarcarse de los políticos y sus intereses, pero señala asimismo cómo los totalitarismos, como el nacionalsocialismo, han amenazado al ser humano para devorarlo. Y defiende a ese individuo ek-sistente en su libertad, en contra del gregarismo de algunos sistemas. Enseguida se encuentra el trabajo de Jesús Turiso Sebastián, “Los orígenes histórico-ideológicos del nazismo”, que constituye un estudio histórico de la génesis de ese partido alemán. No hay consenso entre los historiadores acerca de esto, 10 pero hay hipótesis bien fundadas acerca de ese origen y sobre por qué éste se dio en Alemania. Por otro lado, Jacob Buganza aborda la ontología heideggeriana a través de la óptica del tomismo. Varios autores han dialogado con Heidegger desde esa perspectiva. Gustav Siewerth, Max Müller y otros, por sólo citar a algunos, han realizado una crítica de la ontología de Heidegger partiendo de la filosofía de Santo Tomás. Algo que queda muy claro es que la acusación de ontoteología que el filósofo alemán lanza contra toda la metafísica occidental no se aplica al Aquinate, como lo ha mostrado J. L. Marion. Ramón Kuri Camacho tiene aquí como tema la influencia de Suárez en la modernidad y, concretamente, en Heidegger. Es de sobra conocido el peso que tuvo el jesuita español sobre los modernos, por ejemplo sobre Descartes, Spinoza y Leibniz, para no ir más lejos. Pero también ha dejado su influjo en Heidegger, como lo ha estudiado Jean-François Courtine. El jesuita granadino del barroco se encargó de la esencialización de la ontología, por no distinguir entre esencia y existencia, lo cual nos da, además de Duns Escoto, una fuente de esencia lismo y hasta de univocismo en Heidegger. Es notoria la pre dilección de éste último por el gran ontólogo franciscano, en su Escrito de Habilitación, y Suárez pudo haber llegado a él a través de sus estudios con los jesuitas. Otra aproximación la brinda Jae-Hoon Lee, al examinar la influencia del Conde Yorck sobre la interpretación que Hei degger hace de Descartes en 1924. Está atestiguado el influjo de Yorck sobre Heidegger, a través de Dilthey, cosa que se ve en Ser y tiempo, y la visión de la postura cartesiana viene a ser uno de los acontecimientos preparatorios para esa obra. De Yorck toma Heidegger el concepto de suelo y lo usa para desacreditar el cartesianismo y pasar al aristotelismo, introduciendo la movilidad, que lleva a la historicidad. 11 Adriana Rodríguez Barraza nos hace la hermenéutica de la Sorge y la explica como algo que se prepara en la atmósfera del romanticismo, que llega hasta nuestra época. Heidegger es heredero de esta postura metafísico-política romántica. Ello implica la veneración de lo griego. Pero también está la lec tura de Herder hecha por Heidegger sobre el espíritu de cada pueblo. También se refiere a la lectura de Herder por Gadamer. Este último dio conferencias sobre ese autor en países ocupados, sabiendo que con eso se apoyaba a los nazis (aunque se duele de eso), y él mismo aprovecha en gran medida a ese autor para su magna obra Verdad y método. En relación con Ser y tiempo, Johannes Fritsche estudia la historicidad de la muerte en Heidegger y Löwith. Éste último fue un destacado discípulo judío del pensador alemán, y tuvo siempre –de manera parecida a Lévinas– ciertas que jas contra su maestro, entre ellas la falta de reflexión ética ex profeso, por lo que se centró en el estar-con de esa obra clásica y la desarrolló en la línea de la convivencia social de los seres humanos. Fue algo en lo que también insistió Hannah Arendt. Sin embargo, el autor nos hace ver que, en el momento en que se publica Ser y tiempo, Löwith lo malinterpretó como un documento del individualismo radical, proyectando sus propias expectativas y esperanzas. Alberto Hidalgo Tuñón critica el pensar heideggeriano desde el materialismo gnoseológico, el cual apela a la función social de los saberes. Después de considerar los elogios que de Heidegger hace Hannah Arendt, ve el discurso del filósofo ale mán como resultado de la crisis de las ciencias en su momento. Las libertades filológicas de Heidegger acusan en éste un cierto idealismo. Emmanuel Faye es de los que, junto con Farías, han inves tigado a profundidad la relación de Heidegger con los nazis. Éste es un tema que causa escándalo y que suele ocultarse o, 12 mejor, dejarse de lado; pero es un tema real, y tiene que asu mirse como objeto de estudio y análisis. Por más que muchos lancen gritos de enojo cuando se toca ese tema, allí sigue, y siempre da de sí. El autor encuentra en el sujeto heideggeriano el egoísmo que está muy a tono con el espíritu del tiempo, a pesar de las correcciones que el propio Heidegger hizo a sus textos del tiempo de la guerra, para publicarlos después, maquillados. Al término de la guerra, el filósofo alemán ve la metafísica de la subjetividad como el final de la filosofía. En esa línea labora Sidonie Kellerer, quien se centra en una conferencia de Heidegger de 1938, sobre la imagen del mundo formada por la metafísica, que muchos se empeñan en disfrazar. Hay que señalar valientemente lo que es critica ble en un pensador. No se le hace ningún favor ocultando la verdad, porque es precisamente la verdad lo que se busca en filosofía. Tampoco se trata de moralizar, de hacer “moralinas”, pero sí de sacar moralejas y lecciones útiles del repaso de la historia. Heidegger cambió varias cosas del original cuando lo publicó después de la guerra. Se puede ver que sus críticas a la técnica están relacionadas con su decepción del nazismo. Y piensa que hay que radicalizarse para rebasar el pensa miento moderno. Un pensador muy reconocido, que recientemente nos ha dejado, es Franco Volpi. El gran especialista en Heidegger de alguna manera le dice adiós a este pensador, para pasar de estu dioso profundo y devoto a una actitud crítica frente al gran filósofo alemán. Volpi es un paradigma de la filosofía reciente y uno de los que más han profundizado en Heidegger. Richard Wolin, que también ha estudiado a los discípulos judíos de Heidegger, analiza lo que se ve en su escrito Sobre la línea y en la discusión de éste con Jünger, que manifiesta la relación del autor de Ser y tiempo con el Partido Nacionalsocialista. 13 Julio Quesada ha sido otro de los autores que más han investigado la relación de Heidegger con el nazismo. Ahora asume el problema de la destrucción de la historia de la ontología y la biopolítica nazi. Esa destrucción, propuesta en Ser y tiempo, será también un momento en la selección racial vista como metafísicamente necesaria, de manera institucional, en 1941-1942, esto es, en plena Segunda Guerra Mundial. Para ello se basa en la vida auténtica como el Übermensch que hay que seleccionar. Una postura teórica conduce a Heidegger a la práctica de la selección racial, completamente ética. Otra vez son señaladas las repercu siones de lo teórico en lo práctico, lo cual vuelve a mostrar que la filosofía no es tan neutral éticamente hablando. Lucía Fernández Flores nos habla del ataque de Carl Schmitt al Tratado teológico político de Spinoza como algo que hizo un ideólogo nazi en contra de un representante del pensamiento judío. Por su parte, Juan Carlos Moreno Romo señala una curiosa idolatría del claro del bosque. Insiste en la lectura de Descartes por parte de Heidegger y le señala errores. Esto es factible, y no debe extrañarnos, pues hasta los pensadores más con notados cometen faltas en contra de la filología o de la historiografía cuando estudian a los clásicos, por llevarlos a sus intereses. Y al filósofo alemán se le han señalado, junto con lecturas geniales de éstos, otras muy desencaminadas, desde las que hace de los griegos hasta las de los modernos. La obra se cierra con dos anexos. El primero está dedicado al final de la filosofía como realización política, y contiene el escrito de Heidegger “La universidad en el estado nacional socialista”, y un testimonio de la recepción de Heidegger en España: el de Eugenio Frutos, intitulado “La interpretación existencial del Estado”, en el que se habla de la filosofía polí tica que surge de Heidegger. La labor teórica repercute, como trasfondo, en la práctica política. Y el segundo anexo trata 14 de rescatar al poeta Hölderlin. Contiene el borrador de una carta que escribe el poeta en francés y el bello poema de Juan Miguel González intitulado “Avecilla de Hölderlin”. Los ensayos reunidos en este volumen serán muy sugerentes e incitarán a la reflexión y al debate. Siempre es importante el diálogo filosófico. Vivimos de la conversación, y ésta tiene que ser comprensiva y crítica. Las dos cosas. Mauricio Beuchot

viernes, 18 de septiembre de 2026

SELECCION SAMPER ORTEGA DE LITERATURA COLOMBIANA Editorial Minerva, S. A. 1935

 


DON JOSE MANUEL MARROQUIN A riesgo de cerrarme todas las puertas que suele abrir entre nosotros la fraternidad política, declaro que nun ca he sentido fervor por las grandes figuras del partido liberal... ni por las que venera el partido conservador. Las hay en uno y otro campo que me cautivan por su inteligencia, su rectitud o su patriotismo: pero nun ca ganaion mi admiración, ni siquiera mi respeto, aque llas cuyo mérito estriba en ser paladines de su causa.

 Era tan señalada mi familia paterna en uno de los cam pos, cuanto la de mi madre en el opuesto; de modo que entre los amigos de mi casa figuraban no sólo co- partidarios sino también adversarios políticos de mi pa dre y de mis tíos. Recuerdo haber oído contar que uno de ellos, perseguido por los sabuesos de Aristides Fernández, ministro de guerra del señor Marroquín en la época de más enconada bandería, pudo escapar de ellos escondiéndose donde no era presumible que nadie le fuese a buscar: en casa del propio señor Marroquín. En la mía, pues, no se hablaba nunca de política, pro fesión a que siempre he tenido un asco instintivo y cordial. En consecuencia, mi añeja afición a la lectura pudo enseñarme a admirar la inteligencia de un Nú- ñez, un Caro, un Martínez Silva, un Marroquín, antes que me hubiese tocado oír declamar contra ellos a los oradores políticos de la otra parcialidad. He consignado las anteriores líneas autobiográficas para que se tomen en su valor mis conceptos sobre hombres como don José Manuel Mar roquín, tan agria e intensa mente discutidos en política, que resulta herético, des de el punto de vista liberal, no ya encariñarse (como me ha sucedido a mí) con su excelsa figura literaria, sino aun siquiera reconocerles ingenio y originalidad. Créanmelo o no los conservadores y cóbrenmelo o no los liberales, yo declaro que al presidente Marro- quín—como a otras figuras de su mismo partido— no he podido apreciarlo colocándome para ello en campo distinto del literario, porque me lo impide la verdadera devoción que profeso al autor de «E! Mo ro» y de «La Perrilla». 

Cedo, pues, la palabra a los doctores José Joaquín Casas y Luis López de Mesa, quienes pueden dar al lector una idea de cómo se juz ga a Marroquín, según se le mire desde uno u otro campo De José Joaquín Casas: «No sé por qué misterioso designio, de esos que desconciertan los cálculos huma nos, tocó al señor Marroquín, como quien dice, al más benévolo de los hombres, al colombiano más aje no a las luchas y manejos de la política, al que no co noció la ambición de mando, al que hizo del ejercicio de la caridad una profesión, gobernar la república en los días más turbulentos y calamitosos de nuestra his toria; como si siendo demasiada para un mortal... trop pour qui doit mourir, en expresión de Lamartine, la felicidad estudiosa, la amena laboriosidad, entre letra da y campesina, entre académica y labriega, en que ha bía vivido lo más de sus años, hubiera debido pagarla con inauditas contradicciones, como si la fe y la con fianza en Dios, el amoral prójimo, la ecuanimidad y la templanza, y todas aquellas virtudes de que fuera apo logista doctrinario y modelo vivo en una larga serie de pesares domésticos, hubieran debido ser sometidas en la vida pública al crisol de terribles y no imaginadas pruebas: como si en fuerza de cierta arcana ley de reparación, que para satisfacer por ciertos delitos so ciales exigiera el ho'ocausto de víctimas no con taminadas con ellos, cumpliese al colombiano pacífico por excelencia expiar en su persona una centuria de contiendas civiles. Hombre de arraigadas convicciones de las que se mostró siempre celoso defensor y propa gandista, y muy caracterizado miembro de un partido político era sin embargo, por su índole, profesión y festivo talento, bienquisto de todos los partidos.

 Desen cadenadas las pasiones con estrépito de guerra civil in minente, muchas voces llegaron hasta su retiro, en de manda de su intervención conciliadora. Sorprendido con tal novedad y como azorado en su modestia, no cedió a tan angustiosos llamamientos sino con la espe ranza de lograr mediante sus esfuerzos el beneficio in menso de la paz, y cuando se hubo persuadido de que su apartamiento mismo de las contiendas políticas y el ascendiente que tal circunstancia y su innata benevo lencia le granjeaban entre todos lo colombianos le po nían ahora en la obligación ineludible de sacrificarse al bien público... Fue el señor Marroquín en la mayor fuerza de la palabra un hombre representativo; y lo fue de una raza y clase, de que por desdicha no so breviven muchos ejemplares, de gentilísimos caballeros que, chapados a la antigua y penetrados hasta los tué tanos del espíritu de la patria vieja, se hallaban muy bien dispuestos para recibir cuanto de más selecto y verdadera mente progresivo pudieran comportar los tiempos nuevos; hombres de gran carácter, sinceros hasta la ingenuidad, leales hasta el sacrificio, más cuidadosos deí fondo que de las apariencias, acostumbrados a decir la verdad, tan graves como festivos, capaces de convertir en cual quier momento su sencillez en heroísmo, provistos de sólida, sino siempre muy variada cultura, adquirida con profundos estudios en medio del sosiego colonial, he chos lo mismo a las asperezas del campo que a las vi gilias del pensamiento, y en quienes el amor a la tra dición corría parejas con el anhelo por adelantos de toda especie».

 De Luis López de Mesa: «El señor Marroquín (18- 27-1908), hijo espiritual de la literatura picaresca es pañola, llegó inesperadamente al poder, anciano ya, mediante el sistema de adopción política, un poco a la manera del imperio romano, que quiso implantar la escuela del doctor Núñez; dejóse llevar y traer como una carta humilde de naipes por el círculo conserva dor revolucionario de entonces, y cuando vióse y ha llóse bien en la primera magistratura alzó la cabeza, al ejemplo de un Sixto V, rióse de sus antiguos conseje ros, de los liberales en armas, de las leyes humanas y divinas, fusiló, despiadado, unos cuantos, después de prometer que no lo haría, sin interrumpir su sueño ni su leal digestión de pedagogo y campesino. El doctor Núñez había creído en algunos hombres, el señor Ca ro siquiera en sí mismo, ahora «El poder generador de los principios> cayó en manos del que no creía en na die, ni aún en él. De esta manera apareció al fin el fruto sazonado de un error fundamental. Aquel ancia no venerable que había sido por lustros y décadas her mano de San Vicente de Paúl, discreto e ingenioso de trato, suave y fino de maneras, erudito en arte, ador no de la hidalguía bogotana, de la Congregación de San José y correspondiente de la Real Academia de la Lengua Española, parece que tenía eclipses del sentido moral, esa emotividad normativa en la conducta y en el juicio de las acciones humanas, baluarte de la socie dad y del espíritu. Cuéntase que en las horas de es tupor nacional en que un grupo de estadistas y nego ciantes norteamericanos, franceses y panameños desga jaron el itsmo del hogar común y mientras hervía en la capital de la república la muchedumbre agolpada en demanda de una acción de dignidad y de presencia siquiera fuese ineluctable el sacrificio e inútil toda ha zaña, llegóse al Palacio de San Carlos un caballero de la buena sociedad que tenía expedirá la entiada a él: el Salón Amarillo estaba lleno de gentes que esperaban la opinión del primer magistrado de la república en pe ligro; deslizóse hacia uno de los corredores y vio un par de ojillos vivaces y una voz a la sordina que le llamaba. «Entra le dijo. He ordenado decir a esa gen- te que no estoy aquí, para que no nos interrumpan y molesten. Vamos a ensayar la comedia». 

La comedia era un sainete gracioso que estaba preparando para una tertulia familiar. ¿Sería el caso de que la historia revi sara este proceso en busca de una patología recóndita? Aquí hay, probablemente, un corazón enfermo en que la melancolía hereditaria se revelara por estados de escepti cismo moral y mudez invencible de los sentimientos». * * * He dicho ya que no quiero juzgar al señor Marro quín situándome en terreno distinto del literario: pero mi conciencia de colombiano y mi orgullo de bogotano se resisten a estampar sin glosa alguna el comentario de López de Mesa, tan impropio de la ponderación y el equilibrio característicos de este pensador. En el magní fico estudio sobre la cultura colombiana, de donde he tomado sus conceptos sobre el señor Marroquín, no se explica la anécdota del ensayo de la comedia. Quiero creer que el filósofo antioqueño, sintiendo su corazón en añicos al reestudiar la desmembración de la patria, se descaigo en su dolor de patriota—cual la nube en el pararrayo—sobre el infortunado gobernante en cuyo tiempo se cumpliera tamaña desgracia. Porque la anéc dota a que me refiero, para tener el más remoto viso de realidad, presupondría en el señor Marroquín, aparte de una inconsciencia casi mineral, la certidumbre de que por sus venas no corrió jamás un sólo glóbulo de la sangre de los Nariños y Ricaurtes a quienes1 debemos, no sólo la libertad de Colombia, sino el señorío que es peculiar a Bogotá. * * * Existe un retrato de don José Manuel Marroquín en que el viejo aparece con un sobretodo de seda puesto al desgaire, de manera que a primera vista se diría la toga que visten los profesores de las tradicionales universidades inglesas para entrar a su cátedra. 

A tra vés de la barba y el crecido bigote que ocultan sus la bios, se alcanza a adivinar una sonrisa que se dijera que confirma el brillo de los ojos. Así es el único recuerdo que tengo yo de don Manuel: un recuerdo vivísimo, fijo, invariable, que se remonta a los primeros años de mi vida. Le veo en actitud de ba jar del coche presidencial—jun coche entonces!—cuando iba de visita a casa de su sobrina y mi tía doña Ana Ortega de Osorio. Poco me importaba entonces el señor Marroquín: atraíanme muchísimo más el coche y el gen darme que acompañaba al presidente. Pero hoy, des pués de haber estudiado la figura literaria de ese gran señor de las letras, reconozco que el retrato y mis re cuerdos concuerdan a maravilla con el concepto queme he formado de esa compleja personalidad, mezcla de hi dalgo español y de «sir» inglés, de ingenio y de erudición, de regocijo por la vida y de santo temor por la muerte. Hablan mucho sus biógrafos de dos aspectos en apa riencia contrapuestos de la personalidad de don Manuel: la melancolía y la burla. Es por ello que para mí en el señor Marroquín existió el regocijo por la vida: sólo los melancólicos pueden escanciar los íntimos deleites del placer que nos brinda recordar un dolor y del dolor que nos causa experimentar un placer; sólo así se vive con toda conciencia cada minuto, se paladea cada~sensación, se adquiere ese agradable escepticismo que permite va lorar las cosas y las ideas en lo que tienen de cómico y divertido; de ahílo que pudiéramos llamar el sentido de la caricatura, tan fino en Rendóncomo dibujante de formas y en don Manuel como dibujante de conceptos No lo digo por sus «Estudios sobre la historia romana», donde es la enormidad del contraste lo que nos mueve a risa; lo digo por mil toques dispersos en sus escritos serios, de una sutileza tan extraordinaria, que hay que conocer a fondo la época para no pasarlos por alto; lo digo por lo que don Manuel ha sobrevivido en sus des cendientes, en quienes los hechos que hieren la sensibi lidad general de una determinada manera se reflejan con aspectos de penetración y de síntesis que nos des conciertan. No sólo en don Manuel, sino por lo común en todos ios hombres educados a la española, el santo temor a la muerte sirve de eje al sentimiento religioso, que de esta manera viene a resultar un poco utilitarista. En el más allá esperan el premio o el castigo eternos, y las accio nes del hombre tienden a merecer ese premio o a eludir ese castigo. Nosotros no comprendemos bien a las claras ese maravilloso concepto que los ingleses, sean de la secta que fueren, tienen del Creador* «Dios es amor». 

Nues tra religión no ha cristalizado por ley natural a la ma nera de la humedad que se convierte en gota de rocío, si no que fue forjada, con fuego y martillo, en el yunque de la Inquisición Hay razas donde la muerte es el úl timo episodio de la vida; en la nuéstra, la vida nu es sino un prólogo de la muerte. Con un poco de buena voluntad cualquiera de nos otros puede encontrarse en don Manuel Marroquín: lo que significa que, por lo menos para los bogotanos, don Manuel resulta prototipo por muchísimos aspectos. Del mismo modo, dentro de la pléyade del Mosaico, no es don Manuel la más briiiante figura, pero sí la que cifra las cualidades que en grado más o menos eminente ca- caracterizaron a las restantes; aparte, desde luego, ha ber sido sin disputa el más importante de todos desde el punto de vista literario. Está muy por encima, en cuanto a preparación intelectual, del emotivo y fascina dor Vergara y Vergara, del fogoso e infatigable Samper, del reposado Quijano Otero, del chispeante Manuel Pombo, de los ingeniosos Carrasquilla y Silva, de los desgarbados Guarín y Díaz. Sin embargo, Marroquín no alcanzó en su tiempo la misma popularidad, porque era del grupo el que tomaba más a lo serio las letias y el que fue más en serio tomado por la vida. * * * No sé si he podido definir el don Manuel Marroquín que yo siento. Intentaré ahora, de acuerdo con las normas que me he impuesto para todas estas líneas preliminares, bosquejar a grandes rasgos su vida. Nació en la fecha clásica de Bogotá, el 6 de agosto, de 1827. Fueron sus padres don José María Marroquín y doña Trinidad Ricaurte, hija ella de don Bernardino Ricaurte y doña Dolores Nariño, de quienes le venía a don Manuel sangre de próceres. 

Debilitada doña Trinidad, acaso por el nacimiento de don Manuel, padeció frecuentes ataques de melancolía en que le daba por huir hacia los más soledosos rinco nes de la hacienda y deambular sola por ellos; para no contrariarla limitábanse sus familiares a seguirla de le jos con el objeto de prevenir todo peligro. Pero una no che de fines de 1828 la triste castellana de Yerbabuena, la Ofelia de nuestros Andes, salió sin ser vista de la casa y, a poca distancia de ella, en un potrero de los que inunda frecuentemente el río cayó de bruces entre dos mogotes donde, sin poderse valer, a causa de su misma debilidad, perdió la vida. Afectado hasta lo sumo por el trágico suceso, don José María Marroquín, murió dos años después, y el huérfano hubo de crecer, por tanto, en manos de unas tías entregadas por completo a Dios, en el brumoso ambiente de aquella casona poblada de tristezas y de oraciones, al modo de esos legendarios castillos medioevales que se arruinaron esperando por años y por años a que su dueño regresase de alguna cruzada a Jerusalén. De aquella mística y dolorosa ni ñez, de aquellos atormentados recuerdos surgió, como lo anota Pombo, el espíritu de don José Manuel «toca do de viejo, si nó de muerto, meiancólico de puertas adentro, barrido de toda fe y de toda ilusión en las co sas de este mundo, prodigiosamente incapaz de pasión, a usanza de espíritu puro; y al mismo tiempo disfra zado perpetuamente de sonrisas y de chistes como un elegante ataúd cubierto de flores». La primera enseñanza que recibió don Manuel fue el ejemplo de su tío don Juan Antonio Marroquín, perso naje de gran interés y del cual nos ha dejado aquél una semblanza encantadora. Más así que cumplió los diez años sus tías lo consignaron para que aprendiese latinidad en manos de don Mateo Esquiaqui. Huido del colegio, porque no resistía los rudimentarios sistemas pedagógicos de entonces, entró al seminario en 1840 y seis años después a San Bartolomé, donde estudió juris prudencia bajo la rectoría del doctor José Ignacio de Márquez, bien que no llegó a graduarse, porque una epidemia de cólera morbo puso en fuga a los habitan tes de Bogotá el año mismo que don Manuel termi naba sus estudios. En 1851 fundó el famoso colegio de Yerbabuena con la cooperación del pre->bítero don Luis Lizarralde y del señor Jcsé de la Cruz Restrepo. De aquellos años arrancan tanto su orientación definitiva en ia vida, pues a la enseñanza la consagró casi por entero, como su fama literaria, porque «La Perrilla» es de 1851. 

Fue también hacia esos años (1853) cuando contrajo matrimonio con doña Matilde Osorio. Alternando sus labores educativas con las literarias, transcurrían en medio de las luchas que caracterizaron la segunda mitad del siglo pasado las horas del señor Marroquín. Desde el año 58 habían comenzado a reu nirse los contertulios del Mosaico, entre los cuales el se ñor Marroquín ocupaba, como he dicho atrás, el sitio de mayor prestancia intelectual. Años después le tocó ser fundador de la Academia Colombiana de la Lengua, correspondiente de la Española, en unión de los señores Caro y Vergara y Vergara. El acuerdo que autorizó la fundación de las academias filiales lleva fecha del 24 de noviembre de 1870, y la primera reunión de la colom biana se verificó a las 11 de la mañana del día 10 de mayo del año siguiente, en la casa del autor de «Las Tres Tazas», situada en la carrera Túquerres, número 1. Don José Manuel Marroquín fue el primer secretario de nuestra Academia. Rector de la Universidad Católica en 1883, y del Co legio Mayor de“ Nuestra" Señora del Rosario de 1887 a 1890, se retiró Juégo a su hacienda de Yerbabuena con ánimo de acabar'allí sus días. Pero otra cosa había dis puesto el destino, y en 1898 hubo de encargarse del Poder Ejecutivo en su carácter de vicepresidente mien tras subía a Bogotá el doctor Sanclemente. Subió éste en efecto, pero para volver a bajar en seguida a otro clima más propicio a su salud. La época era excep cionalmente revuelta. La guerra se había desencadenado desde octubre'de" 1899. Una buena parte de la opinión pública hacía responsable de tantas calamidades al go bierno ’ y a la dislocación a que daba lugar la circuns tancia de que el presidente no residiese en Bogotá, y el miedo, el chisme y e! odio señoreaban la ciudad y el país. 

En tal situación, el señor Marroquín se encargó nue vamente del poder en 31 de julio de 1900 mediante un golpe audaz e imperdonable, según los unos, por un ac to sobrehumano de sacrificio, según los otros, pero de todos modos no por ambición, pues un momento tan crítico mal podía brindar halagos, sino muy por el con trario, toda suerte de contrariedades, a quien entrase a luchar contra la tormenta. Comienza entonces para el señor Marroquín aquella página de su vida en que le denigran con los más terribles dicterios sus enemigos, le abandonan sin lealtad muchos de sus amigos y se despedaza entre sus manos la patria. El senado de 1903 rechazó por unanimidad el tratado Herrán-Hay El go bierno americano estaba resuelto a abrir de todos mo dos el canal de Panamá, porque de ello dependía su seguridad en la costa del pacífico, amenazada por la preponderancia que estaba cobrando minuto a minuto el Japón. En Colombia continuábamos despedazándonos. La situación del departamento de Panamá era impon derablemente delicada y espinosa. ¿Se puede, en justi cia, cargar sobre los hombros del mandatario en cuyo tiempo se cumplió la gran desgracia, toda la responsa- bilidad? Me limito a formular el interrogante, porque creo que una de las tragedias del señor Marroquín es la de que sus actos fueron extensamente comentados de palabra antes de serlo por escrito. De él se ha hablado mucho, se ha escrito poco: y bien sabido es que no se pesan con el mismo rigor los conceptos que tenemos que respaldar con nuestra firma, que los que echamos a vo lar en el corrillo o en el café. El eminente escritor don Carlos Arturo Torres, cuya ecuanimidad es axiomática, se refiere en los siguientes términos a esta página de ia historia nacional: «Cuando se debatió en uno de nuestros congresos la cuestión más grave, acaso, que se haya presentado nun ca a la representación nacional del pueblo colombiano, tuvimos una revelación de la manera como se forma y modela la mentalidad colectiva en los momentos de las crisis decisivas de las naciones. 

La fatalidad de las cir cunstancias, mucho más que la iniciativa de los gobiernos y de las cancillerías, había impuesto un tratado gravísimo con una nación poderosa y absorbente; habría sido preferi ble que el tratado no se firmase por el representante co lombiano, pero estaba firmado; no era ni con mucho todo lo que el patriotismo podía ambicionar, pero era acaso lo más que la dura realidad de las cosas permitía obte ner; el deber supremo de la representación nacional no era el reproche restrospectivo, siempre fácil y siempre estéril, sino la confrontación firme y serena déla situa ción real ya creada y el buscar dentro de ella la vía que asegurara a la República el «máximum» de venta jas o si se quiere el «mínimum» de males, no era la mentar lo que podía haber sido, pero no era, sino el descubrir, dentro de lo que era, la mejor solución, no deseable, sino posible. Si había lugar a sanciones con tra los creadores de la situación (cuestión por demás compleja) quedaba tiempo para imponerlas, pero no se podían gastar en eso los preciosos momentos que la pa tria reclamaba para su salvación. En el ánimo de los congresales, dicho sea en honor suyo, pesaban sin duda las consideraciones de celo patriótico y de respeto a su concepto del estatuto nacional; pero pensaban más, dicho sea en honor de la verdad, las consideraciones po líticas y las pasiones del momento; las primeras hubie ran podido en rigor conciliarse y encontrarse al fin un temperamento que armonizara los fueros de la inte gridad nacional con los intereses eminentes de la otra potencia signataria y la imposición de las circunstan cias; las segundas fueron inconciliables e irreductibles, juzgóse que el desventurado pacto implicaba un interés primordial del gobierno, y se enarboló su negativa como flamante bandera de oposición; para los congresales— todos ellos individualmente personas respetables—la consideración del incalculable mal que podía sobrevenir, al país desapareció ante los dictados del odio banderizo; llegaron a imaginarse, por una de esas alucinaciones tan frecuentes en los momentos de exaltación, que el daño que podía resultar de su actitud alcanzaba al presidente y no a la patria; no se detuvieron a reflexionar que el mandatario, hombre anciano, rico y sin ningunas ambi ciones, nada perdería personalmente con ello y que ala República sí podría colocársela al borde de un abismo, exponiéndola a las humillaciones y a la mutilación; pro cedieron como la tripulación que para hacer mal al ca pitán hundiese el barco que los llevase a todos, y el mal se consumó». (Idola Fori, página 95 de la edición «Pro meteo»). 

Anciano, viudo, fatigado, presa de la melancolía que le persiguiera toda ja vida, el señor Marroquín se retiró a Yerbabuena en agosto de 1904. Pero sus acha ques le forzaron a volver a Bogotá, a bajar a Villeta unas veces, otras a Fusagasugá. De sus labios no salió nunca una queja contra los hombres que lo atacaban. Entre sus labores literarias y sus obligaciones de cató lico fueron corriendo sus días en el seno de su familia, hasta que el 19 de septiembre de 1908, sentado en una silla a la antigua manera castellana, dejó de existir ro deado por sus amigos, en la casa número 46 de la ca lle 16. Si, como creen los indios goajiros, cada vez que se nombra a un muerto su espíritu abandona el reino de las sombras y acude a ver quién le llama, el señor Marroquín no tendrá reposo. De un lado, su nombre sigue siendo blanco de iras políticas, de conjeturas, de sangrientos comentarios Del otro, su firma se aquilata cada día más en la conciencia colombiana y a medida que se disipan las nieblas de rencor que envuelven los primeros años del siglo, se perfila más nítidamente la clásica y cervantesca figura del castellano de Yerba- buena Bibliografía de don José Manuel Marroquín: Tratado de Ortografía Castellana, Tratado de Orto logía, Tratado de Métrica, Diccionario Ortográfico, Obras Escogidas, publicadas por «El Tradicionista», El Moro, Entre Primos, Blas Gil, Nada Nuevo, En Familia.

jueves, 17 de septiembre de 2026

Eduardo Iáñez El siglo XX: la nueva literatura Historia de la literatura universal - 8-4. Reacción «antisimbolista» de la poesía francesa


 

4. Reacción «antisimbolista» de la poesía francesa A pesar de haber sido en Francia donde a finales del siglo pasado se había forjado la lírica contemporánea y donde ésta había encontrado sus mejores y más sólidos representantes, a principios del siglo XX la poesía francesa prefirió asentarse sobre bases distintas a las que sustentaron a parnasianos y simbolistas. En líneas generales, en un intento de naturalidad y sinceridad poéticas, sus representantes optaron por la fidelidad a las formas tradicionales, sin que el rechazo del fondo de la poesía contemporánea implicase una completa renuncia a todos los recursos heredados de los maestros finiseculares. Ninguno de estos autores llegó a tener gran relevancia, aunque realmente respondieron a las ansias y necesidades expresivas de un momento importante de la literatura francesa. a) Tendencias clasicistas y tradicionalistas Para comprender la dificultad del intento de aunar las diversas tendencias líricas de principios del siglo XX en Francia, nos bastará con señalar que la más temprana de las corrientes «antisimbolistas» se originó realmente en la obra y la teoría poéticas de autores formados en el Simbolismo. Tengamos en cuenta, en primer lugar, que la ética y la estética creada por los poetas finiseculares franceses fue marginal por principio, como demuestra el hecho de que ellos mismos se considerasen «malditos»; en segundo lugar, que cada uno de los maestros del Simbolismo francés practicaba un modo de poesía muy distinto entre sí, y a veces con elementos completamente divergentes; y, por fin, que la lírica simbolista no había gozado en realidad de maestros reconocidos, ni de aglutinantes, ni de una teoría definida. De hecho, cuando los principios de la lírica simbolista pudieron ser sistematizados por Jean Moréas (1856-1910), el Simbolismo había dejado de ser tal para pasar a ser otra cosa. Había sido él mismo quien, antes de finales de siglo, había pasado a ser con la «Escuela Romana» el autor más significativo de una tendencia neoclasicista cuyas exigencias eran la racionalidad y la claridad expositivas (véase en el Volumen 7 el Epígrafe 6 del Capítulo 11). Aunque su pensamiento presenta concomitancias con la derecha neotradicionalista de la época, Moréas fue en realidad un autor independiente que propugnaba el cultivo de una lírica de la inteligencia y de alcance ético a la búsqueda del perfeccionamiento interior. Junto a Moréas, el mejor poeta de la «romanidad» fue Maurice du Plessys, cuyo tradicionalismo adoptó en la lírica formas aristocráticas que lo acercan en cierto modo a los poetas «malditos». Du Plessys fue un notable medievalista y, sin renunciar ocasionalmente a la modernidad, quiso recuperar en su obra literaria el sabor originario del francés primitivo. La aparición de este clasicismo «romanista» tuvo varios efectos sobre la literatura francesa: en primer lugar, favoreció el retorno a la estética clásica — proponiendo la belleza como expresión de la perfección artística—; en segundo lugar, actualizó una ética de la acción para el perfeccionamiento del «yo» basada en la potenciación de la razón; y, por fin, fomentó el desprecio a lo no-clásico, que se asociaba con lo «bárbaro» (en su sentido original de «extranjero»). De esta forma pudo tomar cuerpo en Francia, cada vez con mayor fuerza, una lírica clasicista que hizo del meridionalismo, del Mediterráneo y de sus antiguas culturas —la griega y la latina, fundamentalmente— sus grandes símbolos. b) Péguy El caso de Charles Péguy (1873-1914) es más particular y complejo que el de otros líricos contemporáneos: defensor de unos trasnochados conceptos de justicia y verdad, se comprometió con igual fuerza con el socialismo humanitarista en su juventud y con el patriotismo y el catolicismo en su madurez. Fue, más que un autor independiente, un ser aislado y voluntarioso que siempre se mantuvo fiel a sus principios tradicionalistas, como demostró con la publicación, entre 1900 y 1914, de los Cuadernos de la Quincena (Cahiers de la Quinzaine), revista cultural de tono polémico con especial incidencia en el terreno de las ideas. Desde ella sostuvo originalmente la validez de los principios políticos y sociales más progresistas, pero su decepción por la marcha de la vida pública francesa y por la defección de quienes él creía representantes de su propio ideario le llevaron a acusar al socialismo de traición a sus propios valores; rechazó la intransigencia y la demagogia de muchos de sus representantes; y polemizó contra el pensamiento «oficialista» que confundía socialismo, materialismo y ateísmo. A caballo, por tanto, entre el socialismo utópico, el humanitarismo y el revolucionarismo romántico, Péguy diseñó para sí mismo una nueva utopía política: la de una Francia destinada y elegida por Dios para la restitución de su grandeza primitiva. Aunque sus ideales puedan parecernos los de un loco trasnochado y con aires de profeta, el inimitable estilo de Péguy, rico por su arcaico sabor a tradición y a retórica, prende rápidamente en el lector gracias a su efectividad comunicativa; ésta se debe en gran medida a la utilización del «verset», adaptación a la prosodia francesa del versículo bíblico (que ya había encontrado otro excelente cultivador en Claudel: véase el Epígrafe 2.b.). La fe y el patriotismo se dan la mano en su particular concepción visionaria de la Francia futura —que quizá tenga su mejor esbozo en Nuestra juventud (Notre jeunesse, 1910)—: según Péguy, la defensa de los valores y los símbolos cristianos va pareja con la de una patria que corre el peligro de asumir una modernidad amoral y atea. En general, su reencuentro con la fe católica supuso para él la necesidad de abandonar el polemismo y de redescubrir la poesía; en particular, el síntoma más significativo de su evolución ideológica se halla en la composición de los poemas dramáticos agrupados bajo la denominación de «Misterios». La evolución de Péguy se hace patente al comparar sus obras Juana de Arco (Jeanne d’Arc), del año 1897, y el Misterio de la caridad de Juana de Arco (Mystère de la charité de Jeanne d’Arc), de 1910, esta última, por su fecha, probable punto de partida para una nueva forma de producción. Mientras que la primera intenta reconstruir el marco histórico a la luz del proceso interior experimentado por la protagonista, en un intento de aunar mística y humanitarismo, la segunda adopta la forma tradicional de «misterio» —antiguo drama religioso medieval— para tratar desde la óptica de un creyente el tema de la respuesta humana a las exigencias de Dios. Sobre este tema y sus implicaciones colectivas, nacionales y sociales insistió Péguy en prácticamente toda su producción. En su seno quizá sobresalga El Pórtico del Misterio de la segunda Virtud (Le Porche du Mystère de la deuxième Vertu, 1911), que casi parece una continuación del Misterio de Juana de Arco: Péguy se centra ahora en la consideración de la Esperanza como virtud fundamental del cristiano, para lo que construye una alegoría cuya base principal es la familia y el tierno amor que se dispensa a los hijos, abandonados al cariño de sus padres. Más ricos artísticamente son los «Tapices» de Péguy; bajo este nombre agrupó otra serie de obras de factura muy distinta a los «Misterios»: se trata ahora de poemas construidos sobre metros regulares —cuartetos y sonetos, fundamentalmente— cuya trabajada rima y deliciosas imágenes nos sitúan literariamente en la órbita del Parnasianismo, aunque evocan, igualmente, la minuciosidad y la paciencia artesanal de la ornamentación de los templos góticos. Según este nuevo estilo compuso Péguy tres obras, alguna de ellas, especialmente compleja, con poemas casi independientes en su interior. El más perfecto de éstos posiblemente sea El tapiz de santa Genoveva y Juana de Arco (La tapisserie de sainte Geneviève et de Jeanne d’Arc, 1912), estructurado prácticamente como una oración que el poeta alza por intercesión de la santa y que por medio de la figura de la heroína Juana de Arco pretende inflamar los corazones de todos los franceses. Mucho menos logrado en su conjunto es el inmenso poema Eva (1914), que quería ser una epopeya del cristianismo y cuya monotonía queda rota ocasionalmente por fogonazos de auténtica maestría. c) El retorno a la naturalidad El denominador común de todas las tendencias y autores «antisimbolistas» posiblemente fuese su rechazo de la artificiosidad y su intento de expresión de la verdad interior. En la lírica, un nutrido grupo de estos autores volvió a creer en una poesía ingenua que necesitaba asomarse a la naturaleza para sintonizar con la verdad del mundo. A esta tendencia bien se le puede llamar «naturista» y, en sus distintas formas, suponía una actualización de la introspección romántica, mediante el cultivo ya fuese de la sensibilidad y la emotividad, ya de la melancolía o la sensualidad. Su antisimbolismo, por consiguiente, se planteó más en el terreno ético que en el estético: sus integrantes rechazaban el Simbolismo por su falsedad, por su aislamiento de la realidad, y propugnaban el rejuvenecimiento espiritual de la literatura francesa por medio de la fidelidad a la naturaleza. El autor más representativo de esta tendencia es Francis Jammes (1868-1938), un poeta casi desconocido en vida que se declaraba ajeno a toda escuela literaria y que prácticamente no salió de la región de los Altos Pirineos, donde había nacido y vivía. Su lírica dulcemente emotiva intentaba crear una comunión entre sentimiento y mundo; en ella tenía cabida todo aquello que interesase naturalmente a su autor, pues su único y último fin era descubrir la vida interior de las cosas, la inocente existencia que el ser humano está llamado a vivir en la naturaleza y que el poeta debe imitar y propagar. Aunque Jammes fue admirado muy tempranamente por los conocedores de su obra, sus primeros versos pecan de grandes limitaciones técnicas y de notables carencias expresivas, nacidas al amparo de su naturalidad y sinceridad líricas; aun así, Del toque de alba al toque de la aurora (De l’Angélus de l’aube à l’Angélus du soir, 1898) nos parece todavía hoy un libro excelente y de lectura interesante. Sus mejores composiciones siguen el ejemplo de Paul Claudel, quien a partir de 1905 fue para él tanto un maestro literario como un guía espiritual; gracias a su magisterio supo sistematizar Jammes sus vivencias, hacerlas más rigurosas y a la vez mostrarlas sin complejos. La mejor muestra de esta poesía de madurez la constituyen los siete cantos de Geórgicas cristianas (1912), donde la vida provinciana se convierte en auténtico punto de referencia para una existencia feliz en sintonía con Dios. En su composición fue determinante el ejemplo de Claudel, cuya técnica versificatoria heredó al abandonar el versolibrismo y obligarse a una dura disciplina estrófica que tiene en los alejandrinos de estas Geórgicas cristianas las mejores muestras de su arte. Aparte de la de Jammes, debemos recordar la producción lírica de otros autores. La de Charles Guérin (1873-1907), traspasada por una especie de estoicismo resolutivo, carece de estridencias y se caracteriza por su melancólica profundidad y por el predominio de un característico aire de inmovilidad. En un principio, dio cabida en sus versos a ciertas libertades simbolistas, particularmente a una marcada musicalidad: es el caso de su libro El corazón solitario (Le cœur solitaire, 1898); sin embargo, poco después la poesía de Guérin retomaba con fuerza las formas tradicionales: las románticas en el caso de Semeur de Cendres (1901) y las más rigurosamente clásicas en El hombre interior ( L’homme intérieur, 1905). Pero las manifestaciones más impetuosas, apasionadas y entusiastas de esta lírica «naturista» francesa se deben a Anna de Brancovan, condesa de Noailles (1876-1933). Su lírica constituye un fervoroso himno a la vida y a la más exaltada sensualidad de cuya sinceridad no podemos dudar a la luz de sus últimos versos: en el período de entreguerras, enferma y envejecida, en la obra de la condesa de Noailles la decadencia, el aislamiento y la muerte ocupan el lugar de la juventud y la vida cantadas en sus primeros versos. A pesar de la diferencia artística y del camino vital recorrido entre El corazón innumerable (Le cœur innombrable, 1901) y El honor de sufrir ( L’honneur de souffrir, 1927), toda la obra de esta mujer sorprende por su sinceridad y vigor, por el espíritu rebelde de incluso sus últimos versos; artísticamente, sin embargo, puede afirmarse que ni intentó siquiera incorporar novedad alguna a su poesía, conformándose con imitar con relativo éxito la expresión romántica, de la que es heredera directa.

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