domingo, 8 de febrero de 2026

TRES RELATOS MEDIEVALES NÓRDICOS SANTIAGO BARREIRO FRAGMENTO.

 


TRES RELATOS MEDIEVALES NÓRDICOS PRESENTACIÓN 

 La literatura nórdica de la Edad Media ha sido, durante largo tiempo, un terreno prácticamente ignoto para la mayoría de los hispanohablantes (incluyendo el público académico especializado). Se trata de una producción que, como muy bien señala Santiago Barreiro en su estudio preliminar, sólo se comprende en un contexto específico de elaboración y difusión, cuyo conocimiento resulta indispensable para entender los alcances y características de esos escritos. En ese marco, además, el caso islandés resulta aún más desconocido, en comparación a las obras contemporáneas procedentes de Escandinavia (que hantenido algunas traducciones al español desde mediados del siglo XX). Todas estas razones llevan a ponderar muy favorablemente el libro que tenemos en nuestras manos, compilación que permite acercarnos a testimonios literarios de una gran riqueza y que abre nuevos caminos a la investigación especializada. 

 Precisamente, la necesidad de llevar a cabo una adecuada inserción de tales obras en la época en la que fueron redactadas y los objetivos que (deliberadamente o no) se buscaron imponer a través de ellas ha llevado a Barreiro a ofrecernos un excelente estudio introductorio a estos relatos. En él, en primer término, nos brinda un panorama detallado de la historia de Islandia en la Edad Media y sus particulares signos de identidad regional. Gracias a tal panorama, conocemos la vida de los colonos que habitaron la isla (procedentes en su mayoría del continente o de 11 TRES RELATOS MEDIEVALES NÓRDICOS las islas británicas) y sus difíciles condiciones de vida. Agrupados en diversas asambleas de hombres libres, ellos supieron adaptara la realidad local muchas de las instituciones importadas de Noruega, creando un sistema flexible de jefatura y un esquema político que alternaba la aplicación de la ley y la pervivencia de la costumbre. 

Ese cuerpo social luego se alteraría con la llegada del cristianismo, que también tuvo que adaptarse a esos marcos de convivencia, creando un cuadro religioso muy original, en el que se mezclan dogmas católicos con creencias ancestrales. Toda esa atrayente configuración social se vio plasmada en las sagas (el género literario por excelencia de la literatura nórdica), que nos brindan un panorama obviamente subjetivo (en la medida en que son producto consciente de uno o más autores) pero que también reflejan la realidad histórica del tiempo en que fueron compuestas. Textos que van desde el retrato de los grandes personajes a productos destinados exclusivamente al entretenimiento, tales sagas dan cuenta de actividades económicas, enfrentamientos, formas de resolución de conflictos, grupos sociales, ideologías y un largo listado de otros temas, todos ellos muy bien señalados por Barreiro en dicho estudio preliminar. De igual manera, él consigna los distintos tipos de sagas existentes, sus notas particulares y sus propósitos, en un recorrido específico pero, a la vez, de fácil lectura para un público no especializado. Traducidos directamente del nórdico antiguo (que el editor entiende muy próximo al islandés actual), el primero de los textos ofrecidos en esta compilación (la Saga de Þórir) nos narra las peripecias que rodearon el enfrentamiento entre un rico 12 TRES RELATOS MEDIEVALES NÓRDICOS buhonero (que da nombre al relato) y un granjero islandés. Arquetipos clásicos, Pórir simboliza la codicia y el afán de lucro, frente a sus rivales campesinos (que demuestran el espíritu comunitario ideal, según el narrador). 

Por su parte, la Saga de Ǫlkofri (traducida por Nicolás Russo y Julián Valle) constituye una crítica al sistema de jefaturas vigente en la Islandia del siglo XIII, crítica encarnada en un comerciante menor y un héroe que acude en su ayuda. Por último, la compilación se cierra con un cuento breve y muy sugerente: la historia de Brandr, el generoso. Traducido con gran cuidado por Joaquín Conde y Alexis Elisandro, el relato subraya la superioridad ética de la sociedad islandesa frente al rey de Noruega, enfrentamiento centrado en algunos recursos simbólicos: un manto, un hacha y una túnica. 

 En tiempos en los que ese mundo nórdico medieval se ha puesto de moda (no siempre de manera fiable sino más bien recurriendo a estereotipos que no suelen tener sustento histórico), la posibilidad de acercarnos a la producción elaborada por esos hombres septentrionales, en sus propios términos y según sus propios criterios, es una herramienta fundamental para el conocimiento del pasado. Como toda labor de traducción, podría pensarse que ello conlleva una alteración de elementos (el famoso traduttore, traditore del refrán). Creo sinceramente que ese no fue el caso en este libro.

 Los distintos traductores que participaron en esta tarea, amplios conocedores de ese mundo escandinavo, se han preocupado por no alterar el espíritu de los relatos, manteniendo (en la medida de lo posible) la estructura gramatical de la narración y, sobre todo, insertando cada uno de 13 TRES RELATOS MEDIEVALES NÓRDICOS los vocablos específicos en sus correspondientes cuadros semánticos. Por lo mismo, tales traducciones se ofrecen tanto a estudiosos como al público en general, que buscarán elementos sin dudas diferentes pero de igual interés. Por medio de este libro, la medievalística argentina dedicada al espacio nórdico ofrece un producto de su brillante trayectoria (que, sin dudas, alcanzará mayores logros en el futuro). 

 Con ello se demuestra asimismo que, por muy lejanas que sean en lo temporal y lo espacial, el estudio de las sociedades del pasado es un imperativo del presente, una necesidad para comprender el complejo mundo que nos rodea (más aún en un contexto de intercomunicación permanente). Estas traducciones nos aproximan, pues, a hombres concretos, deseosos de demostrar que su trabajo y esfuerzo merece ser recordado (trabajo y esfuerzo que, por lo demás, debemos agradecer a Santiago Barreiro y su equipo de colaboradores por permitir que todos aquellos que ignoramos las complejas lenguas nórdicas de la Edad Media podamos acceder a estos testimonios). ARIEL GUIANCE

sábado, 7 de febrero de 2026

EL VINCULO LOS REMBRANDTS LA ROSA DE CERNOBBIO MALLEA EDUARDO. PRÓLOGO.

 


PROLOGO

 La página de diario — escribía yo, hace poco, en el mío — me parece lograda cuando, aparte la corres pondiente temperatura, tiene el pulso, como si dijé ramos, del momento en que se hace. Las novelas del escritor argentino Eduardo Mollea (Bahía Blanca, 1903), en sus distintas líneas temáticas, podría consi derárselas fraternas, con todas las salvedades necesa rias, de los diarios íntimos, desde el momento que tie nen pulso y temperatura, y porque si necesitásemos partir, para entenderlas, de un enfoque inicial que abarcase todas ellas, descubriríamos que es la fatalidad íntima de un mundo lo que Mallea desarrolla y acre dita en cualquier caso, complicándonos con su tempe ratura y atrayéndonos con su ritmo interior. La posi ble historia, para el autor de Chaves, no es, como para el narrador superficial, el último objetivo, la meta pa cienzudamente reseñable del novelador detallista. 

Na rrar, según tiene demasiado acreditado uno de los novelistas más importantes de la América Latina, no es iluminar un tema repasándolo en sus menores de talles externos, sino partir de la penetración del mis mo hacia un entendimiento de la vida y el hombre cada vez más acendrado en la copiosa y variada obra de este escritor. Por lo pronto, Mallea sabe muy bien que el problema básico del novelista es convertir «his toria» en «mundo exclusivo». Y que, para familiari zarnos con ese mundo al que el escritor llega después de comprenderlo de la manera más apasionada, hay que arrebatar a la realidad determinados núcleos vivos de los que el novelista se enamora, con el fin — den tro de ese espacio en el cual resulta dueño absoluto — de acreditar como algo fascinante aquello que la tem peratura y el pulso literarios precisamente convierten en tema curiosamente único. Los Cuentos para una inglesa desesperada (1926) descubrieron en el principio de su carrera a un escri tor «moderno», vibrante, capaz de ejercitarse — y bri llar literariamente — con una destreza indiscutible. 

 Pero Mallea apenas había velado con este libro sus primeras armas. Del análisis de la evolución y psico logía de su país, así como del análisis personal rigu roso, surgió el meditador concienzudo que preside evi dentemente toda su obra. Las historias preferidas del escritor y la temática de sus importantes ensayos no podían ser motivos para «hacer literatura», que es en lo que en definitiva tantos «modernos» se han queda do, sino puntos de partida para desarrollar un talento herido profundamente por toda clase de problemas, consecuencia de esa actitud introspectiva, penitente que Eduardo Mallea ha acreditado en todos los géneros por él cultivados En su primera gran novela, Nocturno europeo (1935), original tan crítico como doliente, se inicia el tempo, pudiera escribirse, de una manera de sentir, más que de hacer, personalísima. 

Con el tra bajo autobiográfico Historia de una pasión argentina, Mallea adelanta lo que luego granará en su copiosa narrativa, (Fiesta en noviembre, La bahía del silencio, Todo verdor perecerá, Las águilas, El vínculo, La to rre, Simbad y otras posteriores) y a convertir en medi taciones narrativas y ensayísticas mucho más discuti das en su tierra argentina que por la crítica extranje ra. Las líneas de sus historias no pueden ser más dife rentes, enriqueciendo en principio el panorama crea dor del novelista. Pero la línea creacional — de gran calado poético aun en aquellas páginas que pudieran considerarse más realistas, más descriptivas en la obra del autor de El gajo de enebro (teatro para leer, como el escritor siempre ha deseado) —, protegida por las pretensiones del meditador a que se ha hecho referen cia, hace que la urdimbre creada por el literato, inten so y agudo, brinde en su mundo, como anteriormente anotábamos, no sólo la trama sobre la que la misma se teje, sino una serie de problemas, de atisbos, de su gerencias y de intenciones determinantes de esa carga sin la cual la novelística de Mallea no supondría todo lo que supone desde su inicio hasta su madurez. 

Cuando el realismo no es más que una enumeración de hechos y vidas, lo que consideramos novelista es más bien una especie de antropófago. Siempre que el realismo, sin embargo, aparte mágico en muchos mo mentos, sea un realismo meditativo, enriquecedor de sus temas por tanto, un escritor de la estatura mental de Eduardo Mallea tiene buen cuidado de no devorar aquello que, partiendo de una historia o conjunto de sucesos, se convierte en una novela, sino conseguir que las formas expresivas de la estructura literaria se rea licen en el desarrollo de la misma, poniendo en liber tad todas esas voces que se conciertan posteriormente en la pretensión del creador. 

El realista descarnado, para quien la vida puede reducirse a una especie de nómina, diseca la realidad sobre la que trabaja. Eduar do Mallea, meditando sobre una realidad a la que quie re generalmente tanto como le mortifica, enriquece la misma otorgándole, derivando de ella una dimensión particularísima en virtud de la cual, lo que en otras manos no pudo ser más que recuerdo en el mejor de los casos, se convierte en las suyas en potenciada, me ditada realidad. El mundo novelístico, en el realismo que hemos llamado antropofágico, se avergüenza de un vacío que solamente el interés de las peripecias di simula. 

En el mundo pastoso, denso, lozano de los aciertos mayores de la novelística malleana, el autor de El sayal y la púrpura — uno de sus mejores libros de ensayos — y de Travesías — anotaciones, apuntes de indiscutible agudeza — consigue que acción, vida e ideas se entrecrucen y consigan ese tejido tan carac terístico del argentino, sólo turbio para los esclavos de la turbiedad. Mallea, en consecuencia, como ha declarado re cientemente, quiere llegar «a una novela pensada como suma y término de esas experiencias extremas a que conduce la vida de cada cual en su última concentra ción, en las ideas representativas de lo más válido de cuanto pensó, vivió, halló cierto y encontró de descora- zonador o de estimulante, o de vano y menor de la na turaleza humana». Este escritor, para quien cada nue vo libro, como es natural, resulta siempre prólogo de su libro inmediato, nos autoriza a pensar que lo que ha hecho a lo largo de su obra no es ejercitarse como narrador en el desarrollo de un tema, sino de mostrar que el verdadero novelista, después de valer se de aquel que naturalmente elige como célula po sible, acredita, en vez de una destreza o meticulosi dad simplemente descriptivas, la calidad de ese abra zo entrañador que toda novela supone cuando los lí mites de su mundo acaban en el pecho cruzado de pro blemas del meditador. Los antropófagos, alejados de cualquier inquietud y con un corazón más bien pobre para entendernos, construyen el castillo de naipes de su novela muy lejos de la personalidad creadora a que extrañamente se debe, valiéndose nada más que de cierta habilidad expositiva.

 Eduardo Mallea. como pue de verse en el texto significativo que en la ocasión se publica, procura que su tensión íntima y los pro blemas que de antiguo preocupan a su espíritu vitali cen, como si dijéramos, la urdimbre narrativa sobre la cual, como es lógico, cobra cuerpo una novela. Con La barca de hielo ha iniciado un nuevo tríptico, pre tensión nada nueva en la obra considerable del ar gentino. Y, aparte poner en evidencia una mayor ten sión prosódica, una mayor lucidez en sus caracterís ticas construcciones, sigue, como no podía ser menos, abrazando con gran efusión historias, caracteres o cir cunstancias determinadas, injertando en ellas, en vez de explotar las mismas, todo el mund.o que convierte cualquier historia llamémosla objetiva en el mundo enriquecido, leal a un acento pero en absoluto escla vo de los límites reales, creado por el novelista.

 ¿Cuál es el vehículo eficaz, encarnador de todas ias pretensiones apuntadas...? La prosa de un escri tor, para quien semejante medio expresivo tiene que alcanzar la vigencia necesaria, teniendo muy en cuen ta lo fuerte y lo lúcido. Aquí conviene hablar de algo, como hemos dicho en tantas ocasiones, sin lo cual la novela no existe, y ello es el tono, el acento de la pro sa utilizada. Contra los narradores que presumen de «transparencia descriptiva», nosotros estaremos siem pre con aquellos en los que el vehículo literario signi fica, literariamente, las historias narradas. El propio Mallea. sin embargo, no utiliza su prosa, contra lo que pudiera pensarse, para arropar caracteres o en grandecer hechos de categoría escasa, sino para cate- gor izar los precisamente; para demostrar que pueden convertirse en la savia de una prosa que literariamente los promociona. 

Porque una cosa, naturalmente, es el retórico embaucador, mil veces más negativo, en nues tro criterio, que el descriptivo de pluma ligera, y otra el que sabe que las historias solamente se convierten en mundos cuando la geografía — la prosa — de es tas realidades creadas acredita la vigencia de la obra conseguida. La realidad, para el falso novelista, lo es todo, porque él mismo, en definitiva, depende de aque llo que antropofágicamente devora. Las realidades, las historias se convierten en motivo inspiratorio del no velista legítimo cuando éste pasa los valores reales que las justifican a la creación de una estructura en la que la argamasa de la prosa juega, como es lógico, papel principal. El novelista falso, sin ningún dere cho, vive de la evocación, de la transcripción, del re gistro más o menos minucioso de una serie de deta lles.

 Eduardo Mallea, aunque consiga resultados dis tintos — cosa que ocurre siempre en los escritores de obra abundante — se inspira en la realidad, elige sus historias como motivo inspiratorio para lograr enti dades expresivas que, en vez de ser tinglados evoca dores, hacen gala de esa vida independiente que les confiere su prosa. La historia, el motivo argumental, insistimos, se hace mundo precisamente por el empas te significativo de la prosa en que se traduce. Y el novelista, de cantor superficial de algo concreto, se convierte en revelador de la fatalidad íntima, como enunciamos, de un mundo creado. 

¿Qué importa más en Mallea, lo local argentino o lo creado con pretensiones más universales...? Lo que hay en sus libros — parafraseando alguna confi dencia del novelista — de esfuerzo, dolor, reclama ción, esperanza* variante ilusión y apetito de creer y decir. ¿Por qué creemos que para entender todo lo dicho sobre Mallea convendría siempre leer en prin cipio sus ensayos, sus anotaciones, sus notas, y más tarde perderse en los mundos encantados de sus rela tos? Porque, cuando se es meditador de mundos y ca racteres, importa más la opinión sobre estos caracte res y mundos novelísticamente creados, que lo que ellos son en fin. No está en nuestra intención, porque sería inexacto por otra parte, mermar las virtudes novelís ticas del escritor argentino, al preferir sus dotes como ensayista. Pero sí quisiéramos subrayar, para enten derle con toda limpieza, que aun en sus momentos más descriptivos, más evocadores como novelista, priva siempre en él esa inteligencia personalísima que con trola en cualquier momento su producción literaria. En el mundo creacional de Mallea, sus personajes cor- poreizan más un pensamiento, un sentido de vida, que un simple ser hombres de sangre. 

A los personajes ma- lleanos debe considerárselos como exponentes irreme diables de una oroblemática que en la producción del rioplatense gravita en los mismos como los destinos. Es curioso que muchos novelistas anden por el mundo demasiado contentos de ser inteligentes. Y es obliga do, por otra parte, en el caso de Mallea, convenir en que solamente cuando un narrador significa una pro blemática, mantenida por él en sus ensayos y en aque llas narraciones un tanto confidenciales, es un nove lista inteligente y de verdad. 

En realidad, sólo cuando los novelistas acreditan, en la enramada de sus relatos, la inteligencia a que se deben, es cuando puede hablarse de su importante índole poética. Por sabido se calla, de otra parte, que sólo también cuando un creador considera su trabajo como una confesión dividida en tantos capítulos como libros consigue, la estirpe poética de su obra resulta algo innegable. Eduardo Mallea, al entregarse a su meditación narrativa con pulso ardiente y andadura pausada, al convertirse en uno de los novelistas más inteligentes de! continente latinoamericano, consigue que el tono de sus cavilaciones sea también el tono des- criptivo-confesional de la prosa de que se vale. 

Por lo que ese acento, ese talante, esa manera unas veces cor tada y otras ampulosa — según conviene — de su pro sa personalísima, trasciende estremecida por cierta ti midez que hace más secreto lo que en otros sólo re sulta discutible misteriosidad, a base, además, de ex cesivos recursos. El interés anecdótico, digámoslo así, de sus narraciones se multiplica, como puede verse en El vínculo, por sus valores líricos, reflexivos. Un per fume moral realmente importante se alza, por otra parte, como consecuencia de su diversa creación. Se ha señalado que Mallea añade una «dimensión mo ral-», sencillamente, que faltaba a la literatura de la generación a que pertenece. 

Nos sentimos en la nece sidad de indicar que ni el sentido moral malleano ni lo que llamamos poético en su prosa directa, embri dada por el escritor hasta donde lo considera conve niente como novelista, enturbian una obra que, preci samente por brindársenos de la manera más esclare cida, implica en su urdimbre toda una serie de valores que la enriquecen sin asfixiarla. Lo que superficial mente se llama suspense dentro de lo narrativo, en Mallea se nos brinda como una realidad secreta. 

Lo que otros multiplican con misteriosidades casi siem pre melodramáticas, el autor de El vínculo nos lo pro porciona inteligentemente dibujado, convencido de que en los relatos importa más la estructura que la colora ción decorativa. Debemos destacar, en consecuencia, la firmeza de los órdenes narrativos malleanos y su contraste con la savia caudalosa que los nutre. Porque esa timidez a que nos hemos referido, lo que disfruta. lo que paladea, como si dijéramos, en el mundo crea do por el novelista, son los jugos telúricos, vitales que lo nutren, teniendo buen cuidado de que nosotros los recibamos suficientemente integrados por ese robusto dibujo con el cual se alia en todo momento para so lucionar positivamente sus problemas narrativos, el acento inteligente del meditador austral. 

En la prosa bien nutrida de Eduardo Mallea, por otra parte, todo palpita de una manera fragorosa, y de ahí que sus novelas, debiéndose a un escritor in teligente, no se parezcan en nada a los esquemas pre concebidos de las novelas intelectuales. El interés de El vínculo, como puede verse, no resulta consecuencia de una mecánica descriptiva, sino resultado de una mecánica interna que eleva, lo que para todo novelis ta supone su secreto descifrable, a un misterio legal. Fas plumas fáciles, incapaces de penetrar en el tema que se proponen y que nos describen de manera apa rente, animan lo poco vivo de sus mundos novelescos con el suspense, con la administración de sus plan teos o con la misteriosidad ilegítima de todo lo que, a fuerza de melodramatismo, disminuye su categoría. Las plumas meditativas, como la del argentino, bus can como corresponde en el pulso y temperatura que determinan el estilo con que se expresan, que el se creto del mundo novelado trascienda, por vía de la me ditación tímida, pero no por eso menos vigorosa, la legalidad — insistimos — de un misterio que crea el correspondiente clima enigmático. 

Este clima, así como los caracteres, las ideas, la problemática en suma de Eduardo Mallea, constituye probablemente la riqueza básica, como es natural, de sus narraciones. Pero lo que nos encanta, lo que nos atrae, lo que nos acerca a las mismas como un imán precisamente, es el tono, el acento de una misteriosidad subyugante que no ne cesita derivarse de cataclismos arguméntales para te nernos pendientes de lo que ocurre en su vibrante rea lidad. ¿Es Mallea, en consecuencia, un narrador realis ta...? Lo justo es considerarle como un meditador com plejo, muy pertrechado de dudas, dispuesto a canali zar por el cauce de su relato lo vivo y lo posible de sus inteligentes enfoques. ¿Cuál es el esfuerzo indiscu tible de este narrador, para quien las novelas intelec tuales tienen que suponer siempre empeños originaria mente frustrados? 

El afán de convertir en urdimbres misteriosas, perfectamente dibujadas y, por consiguien te, muy precisas, ese secreto de lo vivo que a Mallea le apasiona, dentro de los límites concretos de sus mundos novelísticos. Lo que denominamos hace poco su timidez característica dignifica en todo momento su tremendo apasionamiento por lo que relata. Mallea, para no incurrir en misteriosidades ilegales, desvela el secreto de personajes, ideas o climas procurando que en el desarrollo no pierdan encanto y, sobre todo, intensidad. Al perfilar sus tipos, ennoblece sus límites teniendo buen cuidado de no incurrir en lo ditirámbi- co. Cuando lo que exalta son sus arquetipos, como en el caso de Chaves o Simbad, por otro lado denuncia tfmida, pausada, entrañablemente sus valores, enemi go forzoso como es de la mitificación facilona. 

Y así, pendiente de matices para los que resulta un celebra- dor apasionante, nos descubre que en lo cotidiano — en este caso, en lo argentino — , y no siem pre en lo que suele llamarse distinguido, la verdad canta con la plenitud que sus personajes encarnan, con la tranquili dad, además, de sentirse tutelados, meditados por una inteligencia incompatible con desmedimientos lamen tables. Podría también suponerse que la matización evi dente con que Mallea enriquece su quehacer novelís tico puede convertirlo en algo tan admirable como des humanizado. Escritores ha habido — escritores dema siado intelectualizados y en exceso literarios — cuyos libros, de una riqueza formal incluso fabulosa, resul tan indigeribles, hablando en plata, para el lector nor mal. Esto ocurre cuando el creador no es un espíritu capaz de abrazar hondamente aquello que en última instancia expresa. La literatura se deshumaniza de ma nera forzosa cuando el culpable de la misma no le transmite sus latidos, su pulso, su sentido y sus preo cupaciones. Estamos con Mallea, sin embargo, en el caso contrario. 

Pueden discutirse las ideas, los esque mas fundamentales, lo que nutre las meditaciones ma- lleanas en todo momento, pero nunca la humanidad del planteamiento, que lo hace tímido a la hora de los descubrimientos, para no endurecer — o intelectua- lizar enjutándolos — sus constantes hallazgos. Mallea es un intelectual profundamente humano. Los enfoques novelísticos del autor de El vínculo no se sienten tales si no son agudos, profundos, pero sobre todo poseí dos de esa humanidad —- también inteligente. claro está — que trasciende de toda su diversa producción. Ahora bien, quienes creen que lo humano es un pro blema vivo, chorreante de sentimentalidad gratuita, no pueden ser lectores de Mallea. Cuando el lector ne cesita que el novelista le humanice con hallazgos vi vos, con enfoques profundamente sensibles, no tiene que confundirse y desear que el mismo le proporcio ne un falso realismo emocional. Lo sentimentaloide, aunque parezca innecesario aclararlo, no constituye ningún secreto. Y un novelista como Mallea, preocu pado, a la hora del resumen, por convertir una histo ria en un mundo, y un secreto en misterio legal per manente, lo que promete y lo que brinda son descubri mientos de la conciencia humana colmados, como co rresponde, de vibración esencial. Vibración o vibracio nes, concretando, en que son ricos los mundos novelís ticos creados por Eduardo Mallea, con el fin de que quien habite en ellos comprenda más profunda y na turalmente las ideas que en definitiva los determinan. El cine, como ningún novelista, conquista, desde fuera y hasta donde le es posible, el espíritu de aque llos mundos, de aquellas vidas enfocadas desde su atención escrupulosa. El novelista moderno, Eduardo Mallea, sin descoyuntar nada, como los noveladores preconcebidamente intelectualizados, lo que intenta en definitiva es que nuestro sentido de lo humano tenga la fecha del tiempo en que vivimos y desvele, por con siguiente, los secretos que la novela le propone, sin necesidad de un falso engrase sentimental. 

Los per sonajes de Mallea, así como los espacios donde se desenvuelven, están limpios de sensiblerismo barato, desde el momento en que la razón última de su vida es esa vitalidad misteriosa que el novelista les infun de, redimiéndolos de su vulgaridad. Para ser huma no — parece proponernos en sus libros Eduardo Ma llea — hay que redimirse previamente de la vulga ridad, de la sordidez, de lo que suele llamarse común y corriente. Y darnos cuenta — valiéndonos de sus con sejos de meditador, de novelista contrastado — de que, aunque lo vivo puede brotar de todo aquello que en definitiva lo niega, no puede ser nunca algo descate- gorizado y vulgar. Leer una novela es perder nues tra vulgaridad —- tratar de perderla, mejor dicho — en un laberinto convertido por el escritor en una sin gular realidad enigmática; y salir del mismo no más entretenidos o más tristes, sino más convencidos, aun que parezca un poco extraño, de que lo que nos hace más reales a los seres humanos es ese misterio que nos sirve para atraer. 

Valor fabuloso que los novelistas polarizan y, por consiguiente, ponen a nuestra dispo sición, como Eduardo Mallea, cuando, en vez de creer se dominadores de la vida porque nos la describen en todos sus detalles, aunque sólo en su apariencia, se adueñan de ella entrañable, tímidamente, como en este caso, para que su pasión y fervor acreditados, por ser luz con la que se iluminan sus excursiones a lo secreto, a lo misterioso, a lo más. vivo, realicen todo lo pre tendido de la manera más humana. Porque un nove lista a quien le repugne lo pringoso sentimental tiene que ser, eso sí, doblemente humano, aunque no en demasía. Y ello con el fin de encontrar en la cantera de lo real y de lo vivo, cual Eduardo Mallea, formas de vida que guardan como un tesoro, el cual, utili zado por el lector destinatario de tales descubrimien tos, puede llegar a liberar a éste, por fortuna, de su vulgaridad y sordidez constitutivas, de su estancamien to inmovilista, que es para lo que en el fondo leemos con frecuencia las novelas. 

Madrid, octubre de 1970. Enrique A zcoaga

viernes, 6 de febrero de 2026

ENCICLOPEDIA DE LOS FANTASMAS DANIEL COHEN

 


Introducción 

Algunas personas creen en los fantasmas y otras no. Les tienen miedo o no. Pero en esto hay una paradoja, pues aquellas personas que creen más profundamente en la posibilidad de comunicación entre los muertos y los vivos son las más propensas a tomar a los fantasmas como presencias benignas y reconfortantes, mientras que los que no creen realmente en ellos los toman como una aparición horripilante y sienten terror de encontrarse con alguno. 

En este libro hay relatos para los creyentes y los incrédulos, para aquellas personas que están interesadas seriamente en la investigación psíquica (o parapsicología, como se le llama con más frecuencia en la actualidad) y para aquellos que sólo gustan de escuchar un buen relato de fantasmas. Algunas veces la línea que separa estas dos áreas es muy sutil, o desaparece por completo. 

El tema de los fantasmas es muy vasto, pues personas en todos los períodos de la historia y todas las diferentes culturas han creído en la comunicación entre los vivos y los espíritus de los muertos. Aún cuan do no sabemos lo que el hombre de Neanderthal pensaba sobre los fan tasmas, sí sabemos que sepultaba a sus muertos con gran respeto y re verencia. El mundo de los hombres primitivos está lleno de fantasmas y espíritus, algunos serviciales, algunos malignos, pero la mayoría se res muy poderosos que debían ser tratados con gran respeto. 

El fantasma tradicional, el de los lamentos y las cadenas, se remonta cuando menos al tiempo de los romanos, como se demuestra en el relato del fantasma de Atenodoro. No todo es arrastrar cadenas por polvosos corredores. Hay una variedad de fenómenos estrechamente relaciona dos con los fantasmas, por ejemplo, los fenómenos poltergeist. La palabra significa un espíritu ruidoso y describe una condición en la cual los objetos son movidos o arrojados, se escuchan ruidos extraños, pero no se puede detectar una causa normal para estas alteraciones. 

En un tiempo dichos fenómenos eran atribuidos a la brujería. En la actualidad, los parapsicólogos atribuyen la actividad poltergeist a la emisión de algún tipo de energía psíquica. Los escépticos insisten en que la mayor parte de la actividad poltergeist es un fraude; pero de hecho, muchos de los más famosos relatos de fantasmas en la historia son en realidad relatos de fenómenos poltergeist. 0 tomemos las "apariciones de crisis”, esto es, cuando la imagen de una persona que está a punto o acaba de morir, sufre una enfermedad grave o está en peligro, de pronto se aparece a un amigo o pariente a gran distancia. ¿Es tal aparición realmente un fantasma —aun si la persona se encuentra todavía viva? Técnicamente tal vez no, pero cualquier persona que haya tenido tal experiencia sin dudar afirmaría que ha "visto un fantasma”. 

Algunos investigadores se deleitan en hacer finas distinciones entre las apariciones, fantasmas, espíritus, espantos, etcétera. En lo personal he encontrado que tales distinciones, por lo general, no son necesarias y con frecuencia son confusas —un intento fallido de establecer un sistema de clasificación científica respetable. Este libro está dividido en algunas categorías generales, y espero, también obvias, en favor de la conveniencia más que nada. Estoy consciente de que algunos de estos relatos podrían presentarse bajo diferentes encabezados. Espero que no haya objeciones al respecto. La credibilidad de los casos presenta un problema más serio. 

Algunos de los relatos son leyendas o forman parte del folklore. Sin embargo, pocas veces el origen de los relatos o leyendas es tan bien conocido como en el caso de los llamados Ángeles de Mons. Yo consideraría como una leyenda el relato del espectro sin cabeza de la Reina Ana Bo- lena, caminando por los corredores de la Torre de Londres, con la cabe za bajo el brazo. Aun así, hay algunas personas que al parecer en ver dad creen el relato, y se ofenden cuando se les dice que no es cierto. Una buena parte de este problema se presenta porque la esencia de contar un buen relato de fantasmas es decirlo con expresión seria y absoluta convicción. Siempre se espera que los relatos de fantasmas contados alrededor de un fuego, sean nada menos que verdaderos. 

No es imprescindible que el narrador crea el relato. Lo único indispensable es que lo diga como si en realidad lo creyera. Por otro lado, he conocido personas que cuentan los relatos más increíbles, algunas veces experiencias personales con fantasmas, y me convencen de que en verdad los creen. Yo no, necesariamente, creo en lo que ellos dicen, como cualquier otra persona puede no creerlo, pero ellos sí lo creen. Por lo tanto, en general me he abstenido de emitir un juicio sobre la "veracidad” de tal o cual relato. La verdad —bastante difícil de dis cernir en la mayoría de las áreas— es prácticamente imposible de en contrar en el ámbito de los fantasmas. Me parece que es bastante obvio que algunos de los relatos son leyendas, por lo que los he clasificado como tales. Algunos otros se sabe o se sospecha que son falsos —tam bién éstos los he clasificado. 

Sin embargo, estoy seguro de que algunas personas no dudarán que el hombre de Amityville en realidad sucedió tal y como se dice en el libro. Otro problema serio que se me presentó en este proyecto fue decidir qué incluir y qué dejar a un lado. Obviamente, ningún volumen, o con junto de volúmenes, podría incluir todos los relatos de fantasmas o de fenómenos fantasmagóricos de la historia en todo el mundo. Este libro se concentra en los relatos de los países de habla inglesa y en los registrados alrededor de los últimos cuatro siglos. Pero aun dentro de estas limitaciones, sería difícil incluir todos los relatos de fantasmas. El lector (y el autor) no sólo se vería abrumado por una gran cantidad de material, sino que tal empresa sería terriblemente repetitiva y tediosa. Se correría el riesgo de quedar ensimismado por una interminable procesión de damas blancas y grises, monjes y monjas espectrales y ca balleros fantasma. Los golpecitos y pasos misteriosos en el corredor a la media noche, pueden resultar aburridos si se repiten con demasiada frecuencia.

 Muchas leyendas populares de fantasmas son solo variaciones de un mismo tema. Por ejemplo, hay cientos de versiones del famoso relato del fantasma que pedía "aventón” en los caminos. He tratado de incluir casos que son famosos, importantes, representativos o únicos. Estoy seguro de que algunas personas pensarán que hay notorias omisiones, pero hice el mejor esfuerzo. Por último, ¿cuál es el encanto de los relatos de fantasmas? Lord Ha- lifax era un célebre coleccionista de estos relatos, cuyo trabajo se cita varias veces en este libro. En la introducción para una colección publi cada, Libro de Fantasmas, de Lord Halifax, su hijo trató de explicar la fascinación que dichos relatos ejercían sobre su padre. "Despertaban su sentido natural de misterio y romance” . Pero aún hay más: "No dudo que el verdadero secreto del encanto que lo misterioso y secreto ejercía sobre su pensamiento era la visión de lo que tales narraciones o sucesos le proporcionaban sobre las escondidas realidades del mundo oculto”. Pienso que esto resume la razón de ser del presente volumen muy claramente —romance, misterio y la posibilidad de atisbar en lo desconocido.

jueves, 5 de febrero de 2026

EJÉRCITOS DE LA OSCURIDAD FRAGMENTO PRÓLOGO

 


Nota preliminar

¿Por qué no dormiré?

Porque en la oscuridad

hay ubicuos ejércitos

que llegan de mi infancia.

S.O., «Le hablo al sueño»

 

 

Al menos en dos ocasiones durante la década de 1970, Silvina Ocampo refirió a interlocutores profesionalmente interesados que entre sus libros inéditos existía uno compuesto en su integridad por notas y fragmentos. En una carta sin fecha, que podemos datar en 1973, dirigida a Carlos Frías, asesor literario de la editorial Emecé, enumeraba sus obras en espera de publicación. Esta serie incluía Ejércitos de la oscuridad, suma de «anotaciones sobre diferentes cosas: experiencias, lecturas, cuadros, personas, paisajes que me han impresionado». En una entrevista de 1979, ofreció una descripción más precisa y amplia a la vez: «Es como un diario en el que conviven personas, cosas, animales, lugares que me han gustado. Alguna lectura de la infancia, algún hecho increíble de ciertos personajes. Anotaciones breves, argumentos que se me han ocurrido, algunas cartas. También anoté cosas de viajes, de árboles, de simpatías, de sueños. Tal vez sea el libro que más me gusta».1 Fiel a su costumbre de esconder aquello que más le gustaba —«como los animales», afirmó alguna vez—, o acaso absorbida por las tareas que ocuparon sus últimos años —durante los cuales escribió cuentos y poemas, corrigió y amplificó la novela La promesa y el largo poema autobiográfico Invenciones del recuerdo, y tradujo casi seiscientos poemas de Emily Dickinson—, nunca llegó a publicarlo.

Del examen de los papeles de Silvina Ocampo surge que Ejércitos de la oscuridad no consiste, como podía haberse anticipado, en el ordenamiento en una miscelánea final de apuntes acumulados a lo largo de los años. Se trata, en cambio, de una obra de concepción independiente, deliberadamente fragmentaria, que acepta la fugacidad y la digresión como premisas compositivas. Indicios internos y externos —la inclusión de argumentos de dos cuentos publicados en Los días de la noche (1970), una referencia concreta al año 1969, además de las circunstancias detalladas en la «Nota al texto» que cierra el volumen— nos permiten fijar su escritura entre mayo de 1969 y enero de 1970. El texto final queda contenido en un único cuaderno, regalado a la autora por Alejandra Pizarnik, a quien está dedicado el libro.

Tal como sugiere su título, Ejércitos de la oscuridad es un diario nocturno donde Silvina Ocampo se propuso registrar, en su tumultuosa diversidad, los pensamientos, las invenciones y los recuerdos que poblaban sus horas de insomnio. Esos sueños de noches sin sueño alternan con observaciones epigramáticas, con anécdotas, con cuentos breves y extraordinarios, con irónicas notas al pie de la realidad inmediata, con alguna noticia truculenta o meramente absurda, y con escenas cotidianas en las que acostumbraba encontrar el dato —esa «semilla traída por el viento», según la expresión de Henry James— del que nacían algunas de sus historias.

Una prosa que aspira a volverse memorable, ejercitada en los rigores métricos del verso, sustenta la unidad estilística del conjunto. Con acumulada maestría gradúa una sorpresa narrativa, condensa una paradoja, o labra con un único golpe certero el relieve de una imagen. Los temas y sus variaciones parecen encadenarse libremente según una proliferante enumeración caótica —esa delectación retórica de ascendencia bíblica, favorita de la autora, que busca reflejar mediante un vertiginoso acoplamiento de elementos heterogéneos, aun incongruentes, la infinita variedad del mundo—, o según el esmerado desorden propio de ese género de anotaciones «al correr del pincel» (zuihitsu) tradicionales en la literatura japonesa, que alcanza una de sus cúspides en El libro de la almohada de Sei Shonagon. Silvina Ocampo fue lectora asidua de este breviario de la cortesana del período Heian, a quien dedicó su poema «El perro Okinamaro», publicado en Los nombres (1953). Los Diarios y los Cuadernos en octavo de Franz Kafka también figuraban entre sus lecturas recurrentes. Sobre Ejércitos de la oscuridad actúan las simpatías imperfectas que unen a esas obras tan disímiles y distantes entre síNo es casual que la única cita literaria incluida en sus páginas —entrecomillada pero sin mención de autor— sea un aforismo de Kafka.

El presente volumen se completa con dos series de textos afines, también inéditas. La primera de ellas, «Inscripciones en la arena», corresponde, aproximadamente, a los años que van de 1950 a 1962; la segunda, «Epigramas», a los comprendidos entre 1980 y 1987. Menos personales, más ceñidamente aforísticas, enuncian con voz íntima y lapidaria máximas y reflexiones diversas sobre la conducta humana, el amor, la naturaleza, la memoria, la muerte, o el paso del tiempo. Muchas de esas «inscripciones» y de esos epigramas, formulados originariamente en prosa, fueron luego reescritos en verso por la autora. En la «Nota al texto» señalamos aquellos que fueron publicados. Asimismo, proporcionamos una descripción sumaria de las fuentes utilizadas en esta edición y exponemos los elementos ponderados para datarlas.

Por último, en «Analectas», sección que no fue ensamblada ni titulada por Silvina Ocampo, presentamos una escueta antología de argumentos, evocaciones y bocetos narrativos encontrados en hojas sueltas o tomados de sus cuadernos y libretas de trabajo. Este florilegio mínimo, cuyo título fue uno de los considerados por la autora para «Inscripciones en la arena», rescata algunos apuntes que, por su asunto o por su estilo, guardan una marcada semejanza con los recopilados en el libro.

Quizá por discreción, por recelo instintivo hacia el «odioso yo» que exigen las convenciones autobiográficas, Silvina Ocampo no llevó sostenidamente un diario íntimo ni escribió un libro de memorias. Prefirió, en todo caso, dispersar en sus obras una imagen de sí misma, esa figura del tapiz que, como en el relato de James, nunca termina de revelar su trama. El lector que se proponga descubrirla encontrará en este volumen algunos matices y uno o dos de sus trazos esenciales.

 

E. M.

1 Luis Mazas, «Miedo es no saber qué hay detrás de un árbol», Clarín, 22 de noviembre de 1979.

miércoles, 4 de febrero de 2026

Los árboles del orgullo. Chesterton


 

Introducción al autor y a la serie

La serie de Century Carroggio sobre Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) comprende varios títulos del inolvidable detective Padre Brown, considerado por muchos como cima literaria en el género policial.

En el presente volumen, Los árboles del orgullo, Chesterton nos hace reflexionar, a través de distintos personajes, supersticiones y sorprendentes situaciones, acerca de la permanencia de otros tipos de saber diferentes a la racionalidad científica con la que el entendido se muestra tan seguro, la idea de que la sabiduría de «la gente sencilla» posee un fondo que puede llegar a ser muy certero, aunque falle en las formas. Se trata al fin de la necesidad de encontrar la verdad, algo siempre difícil por los prejuicios de unos y las supersticiones de otros.

La colección incluye también El hombre que sabía demasiado (1922), al que nos referiremos más adelante, y El poeta y los lunáticos (1929), que no es exactamente una novela, sino más bien una sucesión de episodios entrelazados, en los que un aparente loco -el poeta y pintor Gabriel Gale- da muestras de su increíble capacidad para captar la importancia de detalles que permanecen ocultos o apenas visibles a los ojos de “la gente cuerda”. Las técnicas deductivas del excéntrico Gale para anticipar un delito o resolver una atrocidad sorprenden al lector por su originalidad y humor. En algunos pasajes de El poeta y los lunáticos, se contienen varias críticas veladas de Chesterton a intelectuales y representantes políticos de su tiempo, que contrastan con la clarividencia protagonista.

Por Juan Leita:


Hace ya algunos años Caroly Wells, autora americana de numerosas novelas policíacas y de misterio, escribía en una revista quejándose de la mala crítica que solía hacerse de este género literario. «Es evidente -decía la escritora- que la tarea de hacer la crítica de aventuras detectivescas se confía a personas a quienes no les gustan las narraciones de esta índole. Semejante proceder no es razonable. No se envía un libro de poesías a una persona que odia la poesía. Una novela de costumbres modernas no se somete a juicio de un moralista severo que considera inmorales todas las novelas. Si se someten a juicio crítico las novelas policiales y de misterio, justo es que sean criticadas por aquellas personas que comprenden por qué se escribieron tales historias.»

Incomprensiblemente, aún hoy persiste esta irregularidad observada por Caroly Wells, al tiempo que no se comprenden todavía las causas que han originado la creación de la novela policíaca. No hace mucho, por ejemplo, un psicólogo pretendía resumir en último análisis toda la esencia e historia del género en el complejo de Edipo. Cualquier narración policíaca se basaría en el mismo esquema: el asesino es el hijo y la víctima es el padre, y al final el castigo recae sobre él como una maldición. Especificando algo más la teoría, se afirma que la oposición asesino-víctima nos remite a una imagen más amplia: el malhechor se rebela contra la sociedad que representa aquí el superego paterno. Desde este punto de vista se intenta explicar la evolución de la novela policíaca. Al principio nos hallamos en pleno patriarcado: domina la sociedad y el detective sirve para proteger a sus «hijos» y preservarles del peligro. Es la representación del padre que crea los investigadores de la época clásica. En la segunda etapa, el policía llega a estar tan corrompido como el criminal, oponiéndose con frecuencia al orden que debería defender: es la novela policíaca «negra» que expresa fundamentalmente una rebeldía general contra la dominación de la sociedad-padre. En la tercera etapa, calmada la rebeldía, el hijo acepta nuevamente la protección paternal: es el agente de contraespionaje que pretende proteger al ciudadano y a toda la nación del peligro que se perfila a lo lejos.

Si ya en general se advierte que esta visión ha sido forjada por alguien que solo ve y ama la psicología y el psicoanálisis, en concreto el simplismo y la vaguedad de la teoría se advierten en seguida al abordar la obra policíaca de G. K. Chesterton. En efecto, en todas sus narraciones aparece un leitmotiv que contradice abiertamente el esquema edipiano. Lo que se repite y se desarrolla en sus personajes principales y en sus peripecias es el interés por el hombre, por el hombre no en sus cualidades más brillantes y excepcionales, sino en sus cualidades ordinarias y naturales.

Chesterton pone al hombre delante de todo como una realidad única e indivisa, el hombre que cada uno de nosotros somos, en cuanto poseemos la misma naturaleza, en cuanto llevamos el mismo destino y somos capaces de los mismos goces, de los mismos sufrimientos, de las mismas sublimidades y las mismas bajezas: algo grande que hemos de reverenciar incluso en los más despreciados e ignorantes de una sociedad concreta.

En sus narraciones, Chesterton concede una importancia decisiva a las cualidades y nociones primeras, verdades no aprendidas, intuiciones naturales, comunes a todos los seres humanos, que se hallan al alcance de todos sin distinción. Por esto confía más en el sentido común de un cualquiera, del hombre de la calle, que en la eficacia rectora de las minorías intelectualmente selectas, cuyo juicio suele estar deformado por el hábito de la simplificación abstracta y la linealidad de la especialización.

En una de sus múltiples discrepancias con Bernard Shaw afirmaba, por ejemplo: «Bernard Shaw no puede comprender que lo valioso, lo estimable a nuestros ojos, es el hombre, el viejo bebedor de cerveza, forjador de credos, luchador, frágil y sensual». Esto le lleva, lógicamente, a la idea de la igualdad humana. En el fondo, no existen las oposiciones mayor-menor, superior-súbdito, padre-hijo. «Todos los hombres son iguales como todos los peniques son iguales, ya que su único valor es el de llevar la imagen del rey.» «Todos los hombres pueden ser criminales si son tentados. Todos los hombres pueden ser héroes si son inspirados.» «La verdad psicológica fundamental no es que ningún hombre puede ser un héroe para su ayuda de cámara. La verdad psicológica fundamental es que ningún hombre es un héroe para sí mismo. Cromwell, según Carlyle, fue un hombre fuerte. Según Cromwell, fue un hombre débil.»

Si atendemos ahora al personaje principal de sus narraciones policíacas (el padre Brown), veremos que estas ideas coinciden plenamente con su imagen. Su aspecto físico es anodino e insignificante. Brown es el apellido que acapara más páginas en la guía telefónica inglesa. En realidad, no se trata ni del hombre que se rebela contra la sociedad ni del héroe que pretende proteger al ciudadano y a toda la nación del peligro que les amenaza. Se trata más bien del hombre vulgar, del hombre común que no posee ninguna relevancia especial: Es el hombre de la calle. Ni siquiera su sotana le confiere un atributo o una dignidad particular. En la sociedad concreta en que vive, la sotana es un signo de desprecio, de postergación: el despreciable cura papista. De hecho, parece como si Chesterton haya revestido a su personaje con este atuendo católico por este único motivo. El padre Brown nunca aparece cumpliendo los deberes estrictamente sacerdotales. Nunca le vemos diciendo misa ni atendiendo a los fieles en una parroquia. Ya Agatha Christie se admiraba de «este clérigo vagabundo que aparece en todas partes, incluso en los lugares más insospechados». En realidad, el padre Brown no es ninguna representación del padre. Lo que ha tipificado Chesterton con su personaje es lo más despreciable de su sociedad, para hacer ver que lo que interesa es el hombre con sus cualidades ordinarias y naturales, con su sentido común, con su instinto forjador de credos, con su fragilidad.

La crítica ha achacado a las narraciones policíacas de G. K. Chesterton el hecho de que nunca deje pistas al lector. Nunca aparece un proceso lógico a través del cual pueda deducirse la solución del misterio. El padre Brown o el investigador que protagoniza la historia intuye simplemente la clave del problema y su explicación. Esto obedece evidentemente a los principios chestertonianos indicados anteriormente. Se trata de poner de relieve la intuición natural, las cualidades y nociones primeras, comunes a todos los hombres, que se hallan al alcance de todos sin distinción. El padre Brown se imagina simplemente lo que él podría haber hecho en el caso de ser tentado, ya que también él podría haber sido el criminal. Su bondad y su inteligencia no son prerrogativas de una minoría o de un estamento social privilegiado, sino de la misma naturaleza humana, única e indivisa: algo grande que se encuentra en cualquiera de nosotros.

Un crítico agnóstico se admiraba de encontrar en boca de «este sacerdote dedicado a Dios» frases como estas: «Todo me ata a Inglaterra, es mi cuna, mi hogar, y lo más extraño es que de esta Inglaterra, aunque usted la quiera y pase en ella su vida, no saca usted más que la cabeza caliente y los pies fríos; siempre es para uno un enigma». De hecho, el error de este crítico agnóstico, al estilo de muchos «no creyentes» que en casos semejantes dejan ver ingenuamente su formación y concepción ortodoxa, es creer que el padre Brown es «un sacerdote dedicado a Dios». No se trata de un hombre dominado enteramente por transcendentalismos y visiones apartadas del mundo. No se trata de un individuo que forzosamente deba adecuarse a los moldes estereotipados de un partido o de un sistema. Se trata simplemente del hombre que ama la tierra que pisa, el mundo concreto en que vive, con la capacidad natural de cuestionarlo y de oponerse a su propia insatisfacción. El mismo crítico denunciaba en el padre Brown la tendencia moralista de convertir a Flambeau. En realidad, según Chesterton, Flambeau no se convierte al padre Brown ni a ninguna iglesia, sino que los dos se convierten, a pesar de sus diferencias notables, en un mismo hombre: el sano pensador exento de prejuicios, el simple conocedor de la naturaleza humana, el defensor a ultranza de la bondad, el buen bebedor de whisky escocés.

La crítica ha achacado también a Chesterton el introducir a Dios en la novela policíaca. El padre Brown sería, según esto, el representante terrenal de un Dios padre que vela sobre sus hijos en medio de la maldad y del crimen. El simplismo teórico y la incapacidad de desembarazarse de concepciones preestablecidas vuelven a aparecer incomprensiblemente en el marco todavía falseado de la crítica de la novela policíaca. Porque, si algo hay que observar, ante todo, no es que Chesterton introduzca divinismo en el género, sino más bien humanismo. Hemos hablado ya de las características esenciales y de lo que significa este «pequeño cura papista». En su sociedad concreta, no puede aparecer como el representante terrenal de un Dios-padre, sino en todo caso como el representante de los desheredados y de los despreciables de la humanidad. El padre Brown no es un predicador de mensajes ultramundanos, sino aquel que transmite vívidamente las cualidades más íntimas y apreciables de la naturaleza humana. Esto es lo que capta Flambeau. Esto es lo que capta cualquier lector sano. En el fondo, a quien en realidad está más allá del confesionalismo, el padre Brown le ha de suscitar la misma simpatía que suscitaban al payaso de Heinrich Boll sus dos católicos: el papa Juan y sir Alec Guiness.

La técnica de las narraciones policíacas de G. K. Chesterton sigue fielmente los principios enunciados por él como base necesaria para una buena historia del género. La primera característica es que la clave sea simple. Durante toda la narración debe existir la expectación del momento de la sorpresa, pero esta sorpresa debe durar tan solo un momento. Los escritores de cuarta categoría piensan que su cometido es desentrañar detenidamente una complicada e improbable serie de acontecimientos. El resultado puede ser lógico, pero no sensacional. Para comprobarlo, nos dice Chesterton, imaginémonos un jardín oscuro a la hora del crepúsculo. Una voz terrible se va acercando hacia nosotros. Es un grito dado por uno de los personajes de la historia, un personaje desconocido y siniestro o tal vez uno ya familiar. Es evidente que el grito que tal personaje deje escapar ha de ser algo breve y sencillo, como: « ¡El asesino es el mayordomo!». Pero el personaje no puede quebrar el silencio del oscuro jardín gritando en voz alta: «El emperador se cortó la garganta en las siguientes circunstancias: su majestad imperial estaba afeitándose, y, en medio de la operación, se quedó dormido, fatigado por los quehaceres del estado. El arcediano pretendió, en un principio con espíritu cristiano, acabar de afeitar al monarca dormido, cuando repentinamente se sintió tentado a cometer el asesinato, al recordar la ley de separación entre iglesia y estado. Pero se arrepintió, después de ocasionarle un simple rasguño, y arrojó la navaja al suelo. El fiel mayordomo, al oír el alboroto, entró de improviso y arrebató el arma. Más en la confusión del momento, en vez de cortarle la garganta al arcediano, se la cortó al emperador. Así todo termina satisfactoriamente, y el joven y la chica pueden dejar de sospechar el uno del otro de ser el autor del asesinato, y se casan». «Esta explicación -nos dice Chesterton-, aunque razonable y completa, no puede ser emitida convenientemente en forma de exclamación, ni puede resonar de repente en el oscuro jardín a manera de sentencia. Cualquiera que haga la prueba de gritar fuerte el párrafo mencionado, en su propio jardín a la hora del crepúsculo, se dará cuenta de la dificultad a que me refiero.»

La segunda característica de una buena historia policíaca es, según él, que por su extensión debería parecerse más a la narración corta que a la novela. La principal dificultad de una narración larga de este género estriba en que, después de todo, la novela policial es un drama de caretas y no de caras. Cuenta más bien con los seudodistintivos del personaje que con los reales. Hasta llegar al último capítulo, el autor no puede contar ninguna de las cosas más interesantes de los personajes principales. El drama se basa precisamente en el simple falso concepto de la realidad. «Es un baile de máscaras, en donde todos se disfrazan de otra persona diferente a sí mismos, y no existe el verdadero interés personal hasta que el reloj da las doce.» No podemos penetrar en la psicología y filosofía de los personajes, hasta que hayamos leído el último capítulo. «Por esto opino que lo mejor de todo es que el primer capítulo sea también el último.»

Dejando por un momento aparte la aplicación de esta técnica a sus propias narraciones, no hay duda de que estos principios de Chesterton enunciados ocasionalmente a comienzos de siglo constituyen unos elementos de juicio muy precisos por lo que se refiere a las obras del género en su totalidad. Con el tiempo, tanto los hechos como la crítica le han dado la razón en este punto. Por lo que atañe a la primera característica, resulta muy fácil ahora reconocer en ella la misma esencia del suspense. Lo que importa es saber mantener con maestría la expectación del momento de la sorpresa, del punto crucial y rápido en que se resuelve casi intuitivamente el problema.

Alfred Hitchcock ha insistido repetidas veces en que poco importa la lógica. Poco importa la explanación detallada del hilo interno que enlaza la variada y compleja gama de sucesos. Lo que interesa es saber mantener, aunque sea con la punta de un simple bastón o el mero hecho de fregar el suelo, el ansia del espectador por algo que finalmente le asombre y le sorprenda.

Por lo que se refiere a la segunda característica, la mayoría de los críticos ha reconocido que las mejores historias policiales o de crímenes se encuentran en breves narraciones que apenas alcanzan las veinte páginas. Desde Poe hasta William Irish, el género policíaco ha condensado lo mejor de sus frutos en peripecias que no pasaban del primer capítulo. Los asesinatos de la calle Morgue y La ventana indiscreta son ya dos exponentes extremos de esta verdad. Con todo, es imposible soslayar el hecho de que, como lo recuerda también Chesterton, «nunca han existido mejores novelas policiales que la antigua serie de Sherlock Holmes».

Sir Arthur Conan Doyle abordó en poquísimas ocasiones la narración auténticamente extensa. Sus numerosas historias son breves y concisas. El baile de máscaras ha de tener un límite más bien próximo. El lector avezado al género habrá podido comprobarlo ya por sí mismo. En múltiples novelas basta leer el primer capítulo, que constituye el planteamiento de la historia, y el último, que es el desenlace, para conocer perfectamente todo lo que ha ocurrido.

Si pasamos ahora a considerar la aplicación de estos principios chestertonianos a sus propias narraciones, observaremos ante todo que la segunda característica técnica fue siempre seguida fielmente por el creador del padre Brown. Descartando su obra El hombre que fue jueves, que algún crítico ha calificado de novela policíaca «metafísica», aun cuando nosotros pensamos que se trata de un juicio demasiado vago y alambicado, las historias policíacas de G. K. Chesterton corresponden siempre al género del cuento o de la novela corta. La crítica le ha acusado de que no atiende al rasgo psicológico del personaje. Pero ello obedece, evidentemente, a su concepción del relato policíaco.No puede haber tiempo para la descripción de las auténticas cualidades personales de los personajes. Las máscaras aparecen furtivamente en función del único capítulo que en verdad interesa. En cuanto a la primera característica, el suspense de las narraciones de Chesterton posee la peculiaridad de ser un suspense intelectual y especulativo. La expectación del momento de la sorpresa no se mantiene, por lo general, a base de peripecias anecdóticas ni de trucos secundarios, sino predominantemente por el desarrollo de la reflexión ideológica y por la exposición de los contenidos conceptuales que implica la situación concreta. Esta peculiaridad puede resultar, sin duda, chocante e incluso molesta para el lector común de novelas policíacas, dado más bien a la evasión de tipo imaginativo y poco acostumbrado a la especulación de carácter ideológico. Se trata de la misma incomodidad que suele sentirse ante la magistral introducción de Edgar Allan Poe a Los asesinatos de la calle Morgue. En el caso de Chesterton, sin embargo, hay que reconocer que la dificultad se agudiza. En el fondo, solo aquel que está familiarizado con su rápido y agudo proceso intelectual, característico de sus obras de ensayo, puede seguir con pasión sus relatos policíacos. Únicamente aquel que es capaz de seguir por menudo al autor de HerejesOrtodoxia y El hombre perdurable, de quien Gilson dijo que «fue una de las inteligencias más poderosas que ha producido Europa», puede disfrutar por entero de sus intrigas criminales urdidas a base de razonamientos y de disquisiciones ideológicas. Con todo, es indudable que cualquier lector captará algo de la variada gama de valores que se presenta en esta serie de narraciones. Las situaciones ingeniosas abundan por doquier, e incluso el catador de bue.na literatura se dará cuenta de que se halla ante un maestro. La muestra de la espada rota, por ejemplo, constituye un bello exponente de narración literaria, aun prescindiendo de su ingeniosidad y de su carácter específicamente policíaco. Pero, de hecho, si dejamos a un lado el juicio crítico de aquellos a quienes no les gustan las historias policiales y de misterio y atendemos al criterio de aquellas personas que comprenden por qué se escribieron tales historias, tendremos que reconocer que la obra policíaca de G. K. Chesterton contiene valores decisivos dentro del género. Ellery Queen, por ejemplo, cree que El candor del padre Brown es el mejor libro de narraciones detectivescas después de Las aventuras de Sherlock Holmes de Sir Arthur Conan Doyle. El género policíaco, considerado siempre como un género literario de escasa categoría, ha sido denigrado además, especialmente por parte de los sectores más intelectuales, con la observación de que es un producto de pura evasión y de imaginaciones infantiles. El mismo Chesterton se hizo eco de este reproche en su autobiografía: «gente frívola piensa que es caer muy bajo ponerse a escribir cuentos, incluso cuentos de crímenes, como yo; que para algunos es equivalente a formar parte de las clases criminales». Con la selección de narraciones que aquí presentamos, sin embargo, creemos aportar precisamente un testimonio singular de la frivolidad de tales afirmaciones, ya que constituye una muestra clara de la altura a que puede llegar el género en manos de un gran escritor y de un gran pensador.

lunes, 2 de febrero de 2026

POR CUENTA PROPIA LEER Y ESCRIBIR RAFAEL CHIRBES



INTRODUCCIÓN: LA ESTRATEGIA DEL BOOMERANG

En su autobiografía, narra el crítico alemán Marcel Reich-Ranicki la entrevista que mantuvo con Anna Seghers, autora de La séptima cruz, una novela para él -y para tanta gente, entre la que me incluyo- admirable. Reich-Ranicki describe su desconcierto cuando, a medida que transcurría el encuentro con la novelista, fue dándose cuenta de que «aquella persona modesta y simpática que en ese momento parloteaba pausadamente sobre sus personajes con la pronunciación abierta del dialecto de Maguncia, aquella mujer digna y amable, no había entendido en absoluto la novela La séptima cruz. No tenía ni idea del refinamiento de los medios artísticos empleados en ella, del virtuosismo de la composición». Se acuerda Reich-Ranicki de los cientos de miles de personas que han leído y -textualmente- «comprendido correctamente» la novela; de los numerosos críticos que la han -de nuevo son sus palabras- «interpretado de manera apropiada, con inteligencia y sagacidad», para llegar a la conclusión de que «la mayoría de los escritores no entiende de literatura más de lo que las aves entienden de ornitología».

No hay ninguna mala uva en el comentario del sagaz estudioso, miembro de los escritores alemanes de posguerra que se integraron en el llamado Grupo 47, entre los que se encontraban Günter Grass y Heinrich Böll. Más bien, lo contrario: se conmueve y, de hecho, al acabar el encuentro con aquella mujer poco consciente de que ha escrito una extraordinaria obra admirada por cientos de miles de personas y traducida a veinte o treinta idiomas, se siente tan emocionado que no puede reprimir la tentación de efectuar un gesto ya infrecuente en la Alemania de la época: besa la mano de Anna Seghers.

No quiero decir ahora que, cuando escribo, yo mismo me sienta como un pájaro que ignora lo que dicen los tratados de ornitología, o me vea heredero de monsieur Jourdain, el burgués gentilhombre que se asombraba de llevar toda la vida hablando en prosa sin saberlo, pero pienso que, en lo que comenta Reich-Ranicki, hay un sustrato de verdad en el que me reconozco, por más que, desde mi juventud, siempre en busca de alguna luz sobre lo que fuera esto de escribir, no me haya ahorrado los textos de los teóricos de la creación literaria: Jakobson, Todorov, Tinianov, Bajtín, Macherey, Lukács, Raymond Williams, Eagleton, Eco o Goldmann fueron alimento literario de aquellos años ávidos en los que hablé -seguramente con demasiada desenvoltura- de la función de la novela, definiéndola con una seguridad que he ido perdiendo a medida que he ganado canas y he ido dándome cuenta de que la narrativa es un arte tan lábil como pueda serlo el sentido de las palabras con que se construye; que no brinda seguridades, ni siquiera en eso que, en otros oficios, se llama capacitación profesional: el carpintero se siente más capaz, mejor dotado después de hacer una mesa; sin embargo, el novelista se encuentra ante cada obra tan desprotegido como el jugador de ruleta que, en cada tirada, vuelve a empezar desde cero. La literatura no surge por acumulación de esfuerzos, aunque el esfuerzo sea imprescindible: uno puede adquirir desenvoltura, eso que llaman oficio, habilidades que más bien lastrarán las alas de una nueva novela. Los hallazgos que le sirvieron para la obra anterior se convierten en lastres de los que debe librarse a la hora de escribir la siguiente. Todos conocemos los casos de grandes narradores que, de repente, fueron incapaces de añadirle un capítulo más a su obra. Conocemos las historias de novelistas que, cuando parecían encontrarse en el momento de mayor madurez, enmudecieron. El caso de Dashiell Hammett es bien conocido y especialmente patético. Cuentan sus biógrafos que, durante años, siguió sentándose a escribir cada día, y que de todas aquellas sentadas no salía nada. En el otro extremo, podemos citar a autores que enterraron sus mejores libros bajo la mediocridad de los que escribieron después: hace poco, en un precioso artículo, Vargas Llosa contaba cómo Céline, tras sus dos sorprendentes primeras novelas, Mort à crédit y Voyage au bout de la nuit, pasó decenios imitándose cada vez peor a sí mismo; entre nosotros, Sender sería seguramente el mejor representante de un grandísimo novelista enterrado bajo el peso de su propia ganga. Libros extraordinarios como Imán, o como Siete domingos rojos, fueron aplastados por tantos y tantos mediocres como dio a la imprenta en los siguientes años. Conocemos tipos poco brillantes capaces de escribir espléndidas novelas y, por el contrario, gente con cabezas magníficamente amuebladas que naufragan al intentar el género narrativo. Por eso me atrevo a decir que no sabemos muy bien de dónde surge la fuerza de las novelas, y que Reich-Ranicki acierta al afirmar que la mayor parte de las veces los autores no tenemos la lucidez necesaria para saber qué es exactamente lo que estamos haciendo.

Luchamos con nuestros fantasmas cuando creemos estar peleando contra una sociedad que nos asfixia. También ocurre al revés. Nos peleamos con la maraña del tiempo, cuando creemos pelearnos sólo contra nuestras sombras. Lukács definía el arte como un modo de representación de la autoconciencia de la humanidad. Pero nosotros, novelistas de comienzos de siglo XXI, a quién representamos, qué filamento de la humanidad se revela a través de nosotros. René Huyghe, en Diálogo con lo visible, reflexiona sobre el origen de la violencia y oscuridad en la pintura de Goya: Goya pinta la España de su tiempo, pero pinta también sus propios fantasmas. Los aquelarres, las brujas y mendigos con que embadurna las paredes de la Quinta del Sordo son para consumo propio. A veces se produce ese milagro: hay artistas que captan en sí mismos las tensiones del exterior. En general, se trabaja a ciegas. Puedo hablar por mí: en ninguno de mis libros he tenido una idea demasiado clara ni de cuál era el tema de lo que estaba escribiendo, ni de los instrumentos de los que me servía, prácticamente hasta que lo he tenido terminado. No creo en la escritura automática, en la inconsciencia, pero sí en que escribir supone una excavación en un túnel oscuro: estoy convencido de que todos mis libros han nacido de esa inmersión en lo que podría llamar mi subconsciente, un subconsciente que no es exactamente de raíz freudiana, sino que tendría que ver con los materiales que han empastado el carácter -lecturas, experiencias, ideología, posición social, heridas, aspiraciones, derrumbes-, todo eso que, sin tener demasiada conciencia de ello, guardo dentro, y construye la fragilidad de lo que soy. No digo que el yo que escribe sea un ser inocente, sino que tiene una densidad que le otorga su tiempo y que él mismo no llega a descifrar. Nuestra alma es fruto del tiempo. La densidad de la de los personajes de Balzac se expresa en libras de renta anual. Escribir es trabajar en la organización del lenguaje de una de terminada manera, y el lenguaje muestra irremediablemente las tensiones que la sociedad implanta en el autor, su posición en ese complicado cruce de mensajes o querencias. Por eso, la novela delata a quien la escribe, se vuelve incluso contra él, lo denuncia. No sólo la novela, cualquier forma de escritura es un policía riguroso al que difícilmente se le escapa ningún indicio: incluso me atrevería a escribir que la literatura -como los amantesacostumbra a vengarse de quien no se arriesga a llegar hasta el límite; una escritura a medias es una mentira que el interrogador detecta. Escribir no es sólo cuestión de engrasar el oficio. La técnica tiene un peso relativo.

 

Hablamos de escritores que están en el centro del escenario y de escritores marginales; de escritores que prolongan el lenguaje hegemónico y de los que buscan mirar desde otra parte, crear otra sintaxis narrativa, averiguar algo que está ahí y no se nombra: es cierto que los vencedores tienden a sorberlo todo, a arrastrarlo todo en el cortejo con que celebran su victoria, como nos ha enseñado Walter Benjamin. No en vano, «(l)o estético significa lo que Max Horkheimer llamó una especie de “represión interna” en la que el poder social se introduce más profundamente en los mismos cuerpos de aquellos a los que sojuzga». Lo escribió así Terry Eagleton en su libro La estética como ideología: la formación del gusto como una forma profunda de dominio. Se imponen modas, temas, maneras de mirar, de escribir; se impone una retórica que envuelve cuanto tenemos a mano. Son los códigos éticos y estéticos hegemónicos: circulan en su tiempo con naturalidad, al alcance de cualquier artista. Sin duda es más fácil escribir desde ellos; pero se levantan sobre una densa malla de otros códigos posibles; olvidan y ocultan el presentimiento de otros valores, algunos de los cuales, imperceptiblemente, acabarán siendo hegemónicos. Los novelistas lo sabemos. La novela cambia de manos sin que nos demos cuenta. Lo vemos a diario: muchos novelistas contemporáneos siguen convencidos de que su visión es una visión a contrapelo de la dominante, cuando ya hace tiempo que se han convertido en parte de la narración con que el poder se viste. A lo mejor, ellos no lo saben, pero lo que en sus primeros libros fue investigación ya es poco más que retórica. El novelista está obligado a ser un animal atento, liebre, pulga; a saber escapar un minuto antes de que el poder lo colonice. Por hablar de un fenómeno reciente en España: hemos asistido a la aparición de un flujo de novelas supuestamente dedicadas a recuperar la memoria de los vencidos en la guerra civil, que se nos ofrecía como investigación en un tema tabú, y que, sin embargo, ha acabado siendo más bien una consoladora narrativa de los sentimientos, al servicio de lo hegemónico. Aunque prometía adentrarse en espacios de pérdida necesarios para reconstruir el presente, se ha limitado a moverse en una calculada retórica de las víctimas con la que se restituye la legitimidad perdida en los ámbitos familiares del poder.

Una novela recién aparecida en España, A quien corresponda, de Martín Caparrós, cuestiona con lucidez la falsedad edulcorada que envuelve la visión que la sociedad argentina ha desarrollado en torno a sus «desaparecidos», convirtiendo en mártires a los protagonistas de un trágico y confuso episodio de lucha política que tuvo lugar en los años setenta. Entender la mecánica de todo aquello -lo que busca Caparrós en su libro- resulta bastante más instructivo que llorar sobre las tumbas vacías de los desaparecidos. No hubo exactamente víctimas y verdugos, sino vencedores sin escrúpulos y vencidos; y no basta con recordar piadosamente a los vencidos, sino que hay que indagar en las razones por las que lucharon y por las que perdieron, sacar a la luz su propia debilidad, sus propios errores, su crueldad, y también su grandeza. A veces quienes hablan a favor de los vencidos son quienes más rápidamente los entierran; y quienes desentierran sus cadáveres pueden ser quienes más prisa tienen por enterrar sus ideas. En España, ser un narrador de eso que ahora llaman la memoria histórica no es llorar sobre los mártires republicanos, sino cumplir con la obligación de contar nuestro tiempo, meter el bisturí en lo que este tiempo aún no ha resuelto -o ha traicionado- de aquél, y en lo que tiene de específico. El salto atrás en la historia sólo nos sirve si funciona como boomerang que nos ayuda a descifrar los materiales con que se está construyendo el presente. Galdós es un maestro en esa estrategia de ida y vuelta. Conviene leerlo atentamente para aprender.

Porque ¿qué es lo que ofrece el narrador, el contador de historias? En otro artículo, incluido unas páginas más adelante, cuento cómo en su libro El último lector Ricardo Piglia se detiene en los diarios del Che Guevara para llamar la atención sobre el hecho de que el guerrillero siguiera leyendo literatura en plena selva boliviana, mientras empuñaba las armas ya con la amargura de saber que no iba a estallar ninguna revolución y que, seguramente, pronto iba a morir. Piglia piensa que el «lector de ficciones (…) es alguien que encuentra en una escena leída un modelo ético, un modelo de conducta, la forma pura de la experiencia». Buscamos modelos de conducta en las narraciones: no otra cosa era lo que ofrecían las fábulas medievales a sus lectores u oyentes: enxiemplos ofrecía don Juan Manuel en El Conde Lucanor, fábulas, narraciones que ponían ante disyuntivas a sus personajes y, de paso, al lector que se adentraba en ellas. Walter Benjamin -al igual que lo hace Piglia- pensaba en la novela como espacio donde se plantea un problema moral, un ejercicio de pedagogía.

 

Cuando el código hegemónico parece ocuparlo todo, cuando, desde lo que nos parece una libertad artística absoluta, nada hiere el discurso dominante, la oscuridad del novelista que indaga su propia posición entre la grasa de los mecanismos de la máquina de su tiempo no es más que la particular forma de violencia a que se somete. Los noticiarios de la televisión, las páginas de los periódicos, nos dejan la sensación de que somos sólo lectores o espectadores. Ninguna de las batallas de las que se nos informa parece ser la nuestra. Ninguna parece afectar a nuestro estatus, en ninguna se reclama nuestra intervención. Como en buena parte de las recientes novelas sobre la República y la guerra, lo sentimental se convierte en el recurso narrativo de mayor efecto en estos noticiarios: la narración hegemónica pretende conmovernos con la baza segura de las víctimas: los desaparecidos argentinos son en ese lenguaje unificador víctimas, y lo son los niños palestinos reventados por las bombas israelíes, y los judíos a los que matan los proyectiles de Hezbolá; víctimas los soldados de las fuerzas de ocupación de Irak y los militantes de cualquiera de los integrismos que las combaten; los secuestrados por las FARC, los cadáveres de los guerrilleros tendidos en el suelo, los de los conductores que mueren en la carretera, los de los albañiles que se han caído de un andamio; el propio clima y la tierra, víctimas de una crueldad. La compasión por las víctimas nos reafirma en nuestra condición humana y nos libra del peso de la culpa y, sobre todo, de la responsabilidad de elegir. Sacerdotes y psiquiatras atendían a los torturadores argentinos convenciéndoles de la necesidad de su difícil trabajo, del inmenso sacrificio que ofrecían a la patria. Era el mecanismo para convertir a los verdugos en víctimas. El lenguaje hegemónico se ofrece como sacerdote, como psiquiatra consolador, como político que señala hacia un futuro que justifica las injusticias del presente como etapas del camino. El novelista que me atrapa no es ninguna de esas tres cosas. No busca consolar, sino descifrar.

En lo que parecería la antítesis del lenguaje consolador, hay otro arte que parece estimular el sistema nervioso de la sociedad con una escalada de atrevimientos, de supuestas provocaciones a las que miramos con la misma curiosidad con que se mira a un niño malhablado: se exhiben imágenes de solares abandonados, paisajes suburbanos, vertederos, excrementos, deyecciones, órganos y cadáveres sacados de las morgues; se proyectan imágenes atroces de guerras y torturas. Resulta curiosa la presencia creciente de lo suburbial, lo sucio y lo violento en el arte más refinado de las sociedades satisfechas (guetos y espacios privados), por otra parte tan aquejadas por la manía de lo higiénico y lo saludable. Raffaele La Capria, en un hermoso ensayo sobre Nápoles que lleva por título L’armonia perduta, cuenta cómo la burguesía napolitana (pequeña, precisa La Capria), atenazada entre dos poderes temibles -el del rey y el de la plebe, que se habían aliado contra natura para anegar en un baño de sangre la revolución ilustrada-, incorporó como propio el dialecto de los plebeyos y creó la figura de Polichinela como espantajo que recogía el descontento de los miserables y lo disolvía, convirtiéndolo en bufonada. Incorporar el dialecto napolitano fue una forma de conjurar la violencia de clase que ese lenguaje de los plebeyos (los lazzari) llevaba dentro: la burguesía tuvo la habilidad de convertir en farsa lo que la amenazaba como tragedia, en pastiche costumbrista la violencia social, y en escenario de Polichinela el cadalso. Dice La Capria que la burguesía partenopea en vez de tomar el papel que le correspondía en el siglo XIX, el de dirigir, tomó el de digerir. Las palabras cuore y mamma se convirtieron en el bálsamo que unía en un espacio común a los napolitanos, al margen de su condición social. Algo así da la impresión de que se está produciendo en el arte contemporáneo: lo más sórdido se digiere en exposiciones que se presentan en las galerías más exclusivas. En las sociedades sin dioses, lo estético se vuelve un valor indiscutible, pero, a la vez, voluble; y, sobre todo, en un valor que roza el peligro de lo inane: un sucedáneo de rebeldía que agota sus fuerzas en la representación. Como la carta robada de Allan Poe, queda oculto por ese ajetreo del arte lo que, sin embargo, más a la vista se nos ofrece, en Madrid, Nueva York, Yakarta o México, D.F.: la configuración de la sociedad como resultado de una violencia que -como decía Pavese de la poesía- no se enuncia, sino que se intenta. Durante más de un siglo a esa tensión que forma el sustrato de nuestro orden se la llamó lucha de clases. Hoy, hasta el propio concepto de clase se ha difuminado. Si el artista es fruto de su tiempo; si todo arte, como decía el pintor Miró, es arte con tiempo, ¿a qué clase de nuestro tiempo pertenecemos?, ¿a quién debemos ofrecer esa capacidad para descifrar la violencia original, al servicio de qué o de quién nuestro arte? ¿O debemos admitir que el arte es un bien universal y también los verdugos tienen derecho a su ración de bálsamo? El siglo XX ha concluido con una victoria de la burguesía tan devastadora como la de Escipión el Africano en Cartago: el lugar que ocupaba en el imaginario colectivo la lucha de clases ha sido demolido y su campo sembrado de sal para que no nazca nada en él. Ni siquiera las palabras han quedado en pie: lucha de clases, burguesía, proletariado, pueblo, revolución…

¿Pero es de eso de lo que debe hablar el arte? Qué es ser artista en el siglo XXI, a quién representa el artista, a quién represento yo cuando escribo una novela. En nombre de quién me atrevo a publicarla. Dice Claudio Magris: «Un escritor en cuanto tal, sencillamente, no puede ser representante de nada, ni siquiera de las instituciones menos peligrosas del realismo estalinista. Quizá uera Goethe el último poeta que pudo conciliar -y también él pagando un precio elevado- la poesía con un papel representativo. La idea de Baudelaire como exponente oficial de algo, aunque se tratara de la transgresión o de las flores del mal, es ridícula, inconciliable con su grandeza. Acaso por ello, los grandes del siglo XX fueron escritores como Svevo o Kafka, a quienes la suerte benévola preservó de la posibilidad y, por consiguiente, del peligro de convertirse en figuras oficiales de la sociedad literaria.

»El escritor no puede encarnar nada, ni una tendencia ni un mundo poético, puesto que son auténticos sólo hasta que los expresa tal como los vive, sin preocuparse de lo que les sucederá ni del efecto que causarán sobre la realidad. Cuando se ocupa y se preocupa por ellos, aun por un sentido de alta responsabilidad moral, acaba su aventura poética y comienza su gestión de la misma, que ha de tener en cuenta tantas otras cosas y consecuencias ajenas a ella. En Los Buddenbrook, Thomas Mann ha narrado una grandiosa fábula lübeckense de la declinante sociedad burguesa. Pues bien, cuando el éxito de su obra maestra lo transformó en el representante de ese mundo, tuvo que convertirse en responsable guardián y pedagogo de él; sus bellísimos llamados ensayos ciceronianos sobre Lübeck y la civilización hanseática son espléndidas conferencias, pero algo muy diferente de la poesía de Los Buddenbrook, porque sobre ellos pesa el sacrificio de quien sienta cabeza para hacerse cargo de la familia -y a la familia cabría llamarla, según el empeño personal, la revolución, el progreso, el orden, la libertad, la batalla contra la represión» (Claudio Magris, El infinito viajar).

Estoy y no estoy de acuerdo con Magris. Yo creo que un escritor siempre representa, aunque lo haga seguramente a su pesar. Precisamente los artistas más altivos, los que se reclaman al margen de la historia, acaban siendo los síntomas más instructivos de su tiempo. Ningún yo flota en el aire, y Svevo y Kafka representaron el miedo de las clases medias zarandeadas por la violencia social -del mismo modo que lo fue la burguesía napolitana de la que habla La Capria-, y desconcertadas al descubrir su inanidad frente a la maquinaria del Estado. La conciencia de Zeno de Svevo se cierra con la tremenda sacudida de la Primera Guerra Mundial, también La montaña mágica de Thomas Mann. Pero Magris tiene razón en que una obra no puede trabajar con certezas, ser una consigna: el lenguaje literario acaba reflejando las tensiones de su tiempo utilizando caminos que ni el propio autor imagina en esa ambigua zona de encuentro entre lo público y lo privado. Cuando sustituye la investigación por la consigna, la obra literaria renuncia al aura con que la viste su enunciación de lo no dicho. En su reflexión, Magris apunta hacia la oscuridad en la que trabaja el novelista, y en eso no puedo sino estar de acuerdo con él. Pero qué es ser novelista en el siglo XXI. Cuál es el objeto de la búsqueda, e incluso cuál es el estatus de la novela. Merodeamos en busca de sentidos en estos tiempos convulsos.

Aunque, sin duda, la visión de lo convulso como novedad para justificar nuestro desconcierto no deja de ser falaz: para convencerse de ello, basta con leer la estremecedora introducción que Boccaccio escribe para ese gozoso canto a la vida que es el Decamerón. La peste y la muerte apoderándose de la rica Florencia, los hijos abandonando a sus padres moribundos, los cadáveres amontonados en las calles de la orgullosa ciudad; o, por poner sólo otro ejemplo, basta con reflexionar sobre las condiciones en que Barbusse escribió su gran novela El fuego, metido en el lodo de las trincheras, entre ruinas y cadáveres de seres humanos y de animales. El propio don Quijote se queja de «haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es esta en que ahora vivimos». Hoy, en un tiempo y un lugar en los que los novelistas posan en las páginas de sociedad de los dominicales de los periódicos y compiten en brillantez, miramos hacia atrás, y nos decimos que la gran narrativa del XIX fue la escuela formativa de la sensibilidad burguesa; sin embargo, sus contemporáneos no la vieron así. Los novelistas sufrieron marginación, agresiones, desprecio, procesos. Sin duda, merodeaban como lo hacemos hoy, cuando no pocas veces tenemos la sensación de que hemos secuestrado las palabras de la tribu y las roemos en la solitaria humedad de nuestra madriguera, en una vuelta del individuo a sus pulsiones previas al pacto social: reencuentro con la fisiología, con un yo que muerde en el hueso de sí mismo: que busca su legitimidad de artista reclamando como intransferibles sus experiencias del placer y del dolor, la pulsión sexual, la enfermedad y la soledad ante la muerte, sin darse cuenta de que, al escribir sobre eso, compone el cuadro clínico de nuestra específica sociedad insolidaria.

No digo que el yo que escribe sea un ser inocente, el pájaro de Reich-Ranicki que canta sin saber que el ornitólogo hace años que ha descrito y clasificado su melodía, sino que el escritor destila la densidad que le otorga su tiempo y que él mismo no llega a descifrar. Nuestra alma es un fruto del tiempo. Lo he escrito en alguno de los artículos agrupados en este libro: la densidad de la de los personajes de Balzac se expresa en arpentas de tierra, en libras de renta anual; y sabemos la cualidad del alma de los personajes de Galdós por el nombre de la calle en la que viven; por si en la ópera ocupan un palco, o desgraciadamente no pueden permitírselo; por si viajan en verano en el tren que lleva a los balnearios del norte o si se ven obligados a sufrir el inhóspito verano de Madrid. Escribir novelas es trabajar en la organización del enguaje de una determinada manera, y el lenguaje muestra irremediablemente los usos y tensiones que la sociedad implanta en el autor, su posición en ese complicado cruce de mensajes o querencias. El escritor mira desde un sitio, se detiene ante determinados paisajes, ordena el material de cierta forma, se entromete o se aparta del texto, y de ese modo -sin él mismo saberlo- se nos muestra, se nos revela él mismo, a la vez que nos brinda su narración: las palabras, los giros del lenguaje, las expresiones pertenecen a un grupo social y a un momento, se deslizan, fluyen, alteran su significado, caen en desuso, son abandonadas por una clase para ser recogidas por otra: no son mundos cerrados, sino que expresan cosas que están fuera de ellas, paisajes, objetos, situaciones, pero también estados de ánimo, vivencias íntimas o corrimientos sociales. Si, como Miró, pensamos que el arte es arte con tiempo, con más motivo ha de serlo un arte que se nutre forzosamente de algo tan público, tan sensible y cambiante como la lengua. La novela no puede dejar de detectar el complicado juego de tensiones de su época. Se cuelan dentro de ella, y también la iluminan desde el exterior, la cercan: a mediados del siglo XX, la crítica literaria leía las novelas aplicándoles palabras que hace un momento hemos declarado obsoletas: se hablaba de función social de la narrativa, de novela burguesa, de novela proletaria, o revolucionaria, y toda esa utilería verbal permitía diseccionarla con un tipo de corte que ya no se usa. Era -como lo es siempre cualquier forma de lectura- un diálogo entre autor y lector, entre un tiempo y otro. Las novelas están a merced de lectores y analistas que se empeñan en descubrirles nuevos significados desde el instrumental de los nuevos tiempos. Unas formas de entender la vida, unas escuelas literarias, unos lectores, son sustituidos por otros; y se subrayan unos valores y se difuminan otros. Es verdad que las grandes novelas siguen ahí, en pie, a disposición de quien se acerque a ellas, un poco como aquel misterioso monolito de la película de Kubrick. Pero también vemos cómo libros que fueron apreciados se olvidan; o, por el contrario, cómo otros a los que ya se consideraba muertos vuelven a renacer con inusitados rasgos de juventud, porque guardan valores que se ajustan a los que el nuevo momento admira o persigue. Al fin y al cabo, como bien ha visto Bajtín en sus impagables ensayos, la novela surge como gran almacén de los lenguajes de su tiempo, frente a la univocidad de la épica o incluso -con matices- de la poesía: es más, el gran valor de la novela reside precisamente en reconocer y descifrar esa falta de unidad del lenguaje, su volubilidad, su pertenencia a psicologías, a niveles educativos, a espacios rurales o urbanos, a gremios, grupos o clases sociales, y su vocación es precisamente recoger y convertir en materia misma del género la diversidad. De hecho, la gran novela europea nace del enfrentamiento de lenguajes: lo descubrimos en La Celestina, donde el habla de los criados busca levantarse frente a la de los señores, la imita y caricaturiza; o en el Quijote, donde la retórica libresca del hidalgo muestra su fragilidad al contrastarse con el lenguaje de las decenas de personajes de todas las clases sociales que pueblan las páginas del libro: braceros y labradores ricos, aristócratas, mujeres maltratadas y jóvenes altivas, actores, comerciantes, pescadores, ladrones, venteros, prostitutas, arrieros, curas, estudiantes. Uno termina de leer la novela de Cervantes con la sensación de que ha pasado ante sus ojos toda la España del siglo XVI. Del cruce de miradas, del intercambio de puntos de vista que -en un movimiento de retorno, como de boomerang- aguzan y ponen en cuestión los propios puntos de vista y la mirada del lector, extrae lo mejor de sí misma la narrativa, su carácter de experiencia a la vez pedagógica y ética, lo que reclamaba de ella Walter Benjamin: en ese juego de perspectivas, el lenguaje se libera de cualquier trascendencia, se convierte en instrumento relativista de cada personaje, se limpia de las rebabas que el uso y la manipulación han puesto sobre él, se repristina la mirada a la vez del autor y del lector, redescubriendo el mecanismo por el que cada palabra busca ser nombrada. Proust, en El tiempo recobrado, dice: «La grandeza del verdadero arte (…) (es) encontrar, atrapar de nuevo, hacernos conocer esa realidad de la que vivimos lejos, de la que nos apartamos cada vez más a medida que adquiere más espesor e impermeabilidad el conocimiento convencional con que la sustituimos, esa realidad que correríamos el riesgo de morirnos sin haber conocido, y que es simplemente nuestra vida.» Me atreveré a decir que la novela, sobre todo, le permite al propio autor esa experiencia a la vez de aprendizaje y de peregrinaje moral, al contrastar su propia posición poniéndola a navegar al pairo entre los impetuosos soplos de otras miradas. Días atrás, releyendo el deslumbrante Diario de un ladrón, de Jean Genet, tropecé con esta frase: «Cuando (…) me puse a escribir no fue nunca con el fin de revivir mis emociones o de comunicarlas sino con el fin de componer un orden (moral) desconocido (para empezar, por mí mismo).» Es cierto que, en Genet, la escritura purifica al escritor como la ascesis espiritual purifica a un místico. Y la obra compone una especie de ascenso al Monte Carmelo. No es exactamente mi posición, aunque en él encuentro un esfuerzo, una búsqueda de cierto desconocido orden con los que me identifico. Se ajusta mejor a mi empeño lo que afirma Bajtín en su ensayo Sobre el discurso novelesco: «El prosista (…) intenta decir en el lenguaje de otro lo que le concierne personalmente (…) mide su propio mundo a partir de la escala lingüística de los otros.» Bajtín ve la novela como un ejercicio de indagación, de búsqueda de uno mismo entre las historias y razones de otros: es una idea que comparto, y, por eso, estoy convencido de que no hay orden novelesco sin punto de vista, que es tanto como decir que no hay novela sin que el autor ponga a prueba su fuste ético. Encontrar ese lugar desde el que mirar y escribir yo diría que es el único verdadero problema al que se enfrenta el novelista, ya que se trata nada más y nada menos que de poner en orden y dotar de sentido la infinita variedad en la que se le ofrece la vida. Por eso, los grandes maestros de la narrativa no vienen sólo de los que mejor dominaron el oficio; a veces hay que buscarlos fuera del género: puedo decir que mis novelas deben tanto a Marx o a Lucrecio como a Balzac y a Proust.

Haber leído a Marx seguramente me ha impedido una literatura autofágica, de modo que -en ese cruce de lo público con lo privado que es la literatura-, al indagar en mi propio malestar, me he visto obligado una y otra vez a mirar alrededor y también a volver la vista atrás, para entender el cruce de tensiones que componen mi yo y su conflictiva relación con el entorno. Ya sé que, en mis primeras novelas, muchos lectores creyeron que yo quería hacer una crónica del franquismo, más bien arqueología. Pero no era así. He vuelto atrás en mis libros por eso que me gusta llamar estrategia del boomerang: saltar atrás como experiencia que permite devolver al lector al ajetreo presente (Galdós fue un maestro en esa estrategia). A algunos críticos que me dicen que he trazado una biografía literaria de mi generación puedo asegurarles que ha sido sin premeditarlo: cada novela ha surgido como reacción ante lo que no compartía o entendía. Al escribir La buena letra -una voz de mujer que le devuelve el pasado al hijo que quiere convertir la incómoda casa familiar en un solar-, me gustaba bromear diciendo que era una novela contra la ley Boyer de alquileres urbanos: lo que quería decir era que había surgido como reacción a la España que, a fines de los ochenta, enterraba precipitadamente sus señas de identidad -la España de la Exposición Internacional y los Juegos Olímpicos- y en la que se imponía un pragmatismo caracterizado con aquella frase de corte posmaoísta que pronunció Felipe González: «gato blanco, gato negro qué más da: lo importante es que cace ratones» (creo recordar que la frase era de Den Xiaoping). Yo vivía por entonces en un pequeño pueblo de Extremadura, donde la pervivencia de las viejas costumbres en la vida cotidiana e incluso la propia arquitectura de la casa en que residía me traían muchas noches, cuando me acostaba, recuerdos de infancia: oía corretear las ratas por el tejado, olía a madera, a cañas, a campo recién humedecido por una tormenta de verano, a leña quemada; y, al cerrar los ojos, veía a mis padres, a mi abuela, a mis vecinos: todos ellos habían muerto ya, y en aquellas noches me daba por pensar que de cuanto habían sido no iba a quedar nada; nada de sus esfuerzos, de su callado heroísmo, de su casi imposible empeño por mantener la dignidad en los años difíciles de la posguerra, la represión política y el hambre. El país había emprendido otros rumbos y era como si lo que yo había vivido en mi primera infancia y me había ayudado a ser quien era, no hubiese existido nunca. Me dolía pensar que el tremendo aporte de sufrimiento de aquella gente había resultado inútil.

Los arribistas de ambos bandos habían tomado el poder de la nueva España y escribían la historia a su medida. Los recién llegados -muchos de los cuales se apresuraban a enriquecerse- no tenían la difusa sensación de culpa que marcaba a la vieja capa dominante, engordada a la sombra de la dictadura. Exhibían brillantez, inteligencia, inconsciencia (ni siquiera parecían darse cuenta del lugar que ocupaban, de que tenían entre sus manos los mecanismos del poder) y una inocencia altiva. A su manera, reproducían comportamientos que tenían que ver con los que mantuvieron quienes llegaron al poder al final de la guerra civil, y -retrocediendo siglo y medio en la historia de España- también con los liberales del siglo XIX a quienes Azaña, en su magnífica con erencia de 1930 titulada Tres generaciones del Ateneo, acusaba de haberse enriquecido con la desamortización, al mismo tiempo que abdicaban de los principios que les habían llevado a acometerla. «Bajo la férula del moderantismo, lo más granado de la sociedad española se aplica a vendimiar el poder, haciendo bueno el apóstrofe de Javier de Burgos: “¡Hay mucha gloria que conquistar; mucho dinero que ganar!”», dice Azaña de aquella generación que primero cargó de esperanza a la sociedad española y a continuación frustró la llegada de los valores de progreso y la moralización política (Galdós recogería la amargura de esa atmósfera). Al leer las palabras de Javier de Burgos, el que fuera ministro de Hacienda de Isabel II («mucha gloria que conquistar; mucho dinero que ganar»), me parece oír las palabras del ministro socialista de economía Carlos Solchaga cuando, a mediados de los ochenta del siglo XX, decía que España era el país de Europa en el que se podía ganar más dinero en menos tiempo. Los viejos revolucionarios se habían convertido en jugadores de bolsa. Ni siquiera se permitían ver que la Segunda Restauración -como la anterior vez que el poder había cambiado de manos, cuarenta años antes- abría dolorosas brechas, heridas entre viejos amigos, familiares y ex camaradas, en aquel ajetreo de gente que ascendía como humo y gente que se quedaba en la cuneta. Las credenciales de antifranquismo -auténticas o falsificadas- se habían convertido en calderilla: servían para comprar con más derecho ciertos despachos o para pujar con ventajas sobre ciertas contratas. Me pareció que esa duplicidad y esas renuncias habían impregnado, maleado todo el cuerpo social. Habían impuesto una demoledora ligereza moral, que lógicamente se transmitía a todos los aspectos de la vida, incluidas las artes y, por supuesto, la literatura, valores convertidos en indiscutibles porque habían recibido un abrumador refrendo electoral. No había legitimidad que oponerles. Me venía a la cabeza un texto que, dos decenios antes, en vida del dictador y bajo el título Carta a España (o todo era Nochevieja en nuestra literatura al comenzar 1965), escribió Jaime Gil de Biedma, y en el que el poeta expresaba amargamente: «lo que está en trance de desaparecer son las condiciones que nos permitieron identificar la opresión, el sentimiento de futilidad y el solitario desamparo en que vivimos la mayoría de escritores españoles con la opresión, la penuria y la desamparada incertidumbre en que vivía la gran masa de nuestros compatriotas. Cada vez resulta más difícil contemplar en la propia frustración un símbolo de la frustración del país». Esa dificultad para contemplar la propia frustración como símbolo de la del país era la que yo sentía, tanto más cuanto que, en la nueva atmósfera de las ideas, la mayoría de los escritores participaban de la euforia tan pragmáticamente jaleada por las palabras del ministro Solchaga. Carmen Martín Gaite expresaba en sus Cuadernos de todo lo que yo mismo sentí por aquellas fechas: «Todos los desarraigados que me influyeron en épocas distintas se arraigan. Dejaron su inquietud en mí y ellos se dedicaron a lo más cómodo.» El escritor Haro Ibars calificó a esa generación -la suya y la míacomo «la generación bífida» y la definió así: «por primera vez en la historia reciente de España, el yonki y el ministro del interior han compartido pupitre en la escuela». Lo de más arriba y lo de más abajo se había cocido en una misma olla. Pero ese fenómeno que tan evidente nos parecía a algunos no formaba parte de la narración de aquel tiempo; de nuevo como la carta robada de Poe, lo más evidente, lo que estaba a la vista, se volvía invisible: ni se enunciaba ni existía, tenía la levedad de un ectoplasma, cuando a mí me parecía que formaba la médula misma de las contradicciones de la nueva sociedad en construcción. Indagar en ese núcleo me parecía indispensable para entender no sólo el trazo de los grandes hilos de la historia, sino los más oscuros comportamientos, los valores cívicos, la vida cotidiana, el lenguaje de uso, incluso -como ya he dichola moda y las nuevas tendencias artísticas. Necesitaba sumergirme ahí para salvarme de mi propio desconcierto y hasta para redimir mi propia doblez.

Mientras escribía La buena letra, quería que la novela sirviese como pila voltaica, como depósito de toda la cantidad de energía humana, de sufrimiento acumulado durante cuarenta largos años, y que amenazaba con extinguirse. Aspiraba a crear un fondo literario en el que poner a salvo -o almacenar- parte de aquel dolor de mis padres, recobrar la narración de su esfuerzo como unidad de medida desde la que calibrar la falaz levedad de los nuevos tiempos que nos tocaba vivir: para todo ello, no encontré otro camino que no fuese el de devolver la literatura al entramado de la historia. A mi manera, me limitaba a hacer un ejercicio de caligrafía sobre la plantilla que nos regaló Walter Benjamin en sus tantas veces repetidas Tesis sobre Filosofía de la Historia: en La buena letra, una mujer republicana dejaba caer sobre su hijo el peso de viejas traiciones; en Los disparos del cazador, busqué otro ángulo de visión: era alguien que podía considerarse un representante del viejo régimen quien le cedía la herencia de la historia a su hijo: alguien que había participado con una traición en el anterior cambio de manos del poder y al que le dolía haber ganado la inocencia de sus descendientes cargando no sólo con la culpa, sino también con el desprecio. Ninguno de los dos libros surgió como reconstrucción arqueológica, sino como urgencia ética y política, sin olvidar que ética es una palabra de uso más bien engañoso. Hablas de ética y parece que suenan los violines cuando -hoy y siempre- la palabra lleva una ofensiva carga de desazón y violencia: en ambas novelas, las voces de los viejos actores hacían sonar el lenguaje de sus hijos, los recién llegados al poder, como esos botes vacíos a los que se les dan patadas en la calle; descubrían el fondo de doblez sobre el que se estaba construyendo esa nueva sociedad, la que treinta años más tarde ha estallado en una gran burbuja de cemento y codicia, oscura propiedad y responsabilidad de nadie.

Ni La buena letra ni Los disparos del cazador pretenden ser novelas históricas, sino textos que aceptan que no hay narrativa que no esté cruzada por la historia. Si digo la verdad, he escrito mis novelas por puro egoísmo, para no ahogarme, para salvarme, pero, en esa búsqueda de mi salvación, me ha guiado el convencimiento de que un escritor siempre representa, aunque lo haga a su pesar; y que son los artistas que se reclaman al margen de la historia quienes suelen acabar revelándose como síntomas más claros de la dolencia de su tiempo. Entre ser síntoma y testigo, he intentado el papel de testigo, aunque estoy convencido de que soy síntoma de un montón de cosas que ni imagino. He sometido las coordenadas de mi educación sentimental al juego de espejos de narradores poco fiables, para alertarme a mí mismo -y al lector- acerca de la necesidad de saber moverse entre la seducción de los lenguajes; he fomentado la desconfianza de eso que parece flotar por encima de todas las cosas y que conocemos como cultura: «La buena letra es el disfraz de las mentiras», dice Ana, la protagonista de La buena letra; y Carlos Císcar, el personaje de Los disparos del cazador, es un narrador estrepitosamente poco fiable -en la dirección del de Ford Madox Ford en El buen soldado-, pero que, desde su falacia, acaba desnudando los valores de la nueva clase, del mismo modo que lo hará -al final de este viaje literario- Rubén Bertomeu, el protagonista de Crematorio. El Torquemada de Galdós o el Vautrin de Balzac me han servido para construir esos personajes. Las narraciones se revuelven contra el autor y, de paso, contra el destinatario del texto, siempre en ese juego de estrategias de ida y vuelta.

Aunque, ahora mismo, mientras me refiero a mis libros, me desazona el exceso de seguridad con que hablo de ellos («El arte verdadero no tiene que hacer tantas proclamas y se realiza en silencio», dice Proust). Parece como si fueran fruto de un programa establecido de antemano, y no -como lo son- de una sucesión de intentos por descubrir la novela que encierra nuestro tiempo. Me siento el ignorante pájaro de Reich-Ranicki empeñado en explicar un tratado de ornitología. Lo he dicho al principio de este texto: en la escritura de una novela nada tiene esa claridad con que la investimos cuando hablamos de ella. Además, estoy convencido de que la narrativa soporta mal las intervenciones programáticas. Una novela se sostiene sobre sus propias fuerzas, en su propia complejidad, y dice exactamente lo que dice: no admite glosas, ni resúmenes como aquellos que hacían los del Reader’s Digest. Un libro es lo que es: un conjunto de palabras. Y lo que esas palabras ordenadas de determinada manera cuentan es, a la vez, su fondo y su forma. El lenguaje -cargado de una densidad que es a la vez tiempo y sentido- es su andamiaje constructivo, pero también su ritmo, su respiración, su tono; y es en los pliegues del lenguaje, en sus avatares -a la vez fondo y forma-, donde se refugia el sentido del libro. Por volver a Proust, él hablaba de que cada artista debía «escuchar su instinto» para descubrir el libro de su época, y que las declaraciones e intenciones voluntaristas -«asegurar el triunfo del derecho, rehacer la unidad de la patria»-, «no les dejaban (a sus contemporáneos) tiempo para pensar en la literatura», privándolos del espacio del arte. En esa búsqueda del instinto, de lo que queda en el individuo como poso de la agitación de su momento, se encuentra, para Proust, «lo que hace que el arte sea lo más real, la más austera escuela de vida, el verdadero Juicio Final». Aunque seguramente la composición del instinto del que habla Proust no sea exactamente la de ese al que yo me refiero (lo que no tengo tan claro), hay un fondo que me parece innegable en la música de lo que dice y, sobre todo, en el resultado de su obra, reelaboración magistral de su tiempo que seguimos leyendo con admiración y provecho. D. H. Lawrence, el autor de Hijos y amantes, una novela que leí con gusto hace ya treinta años, dice esto al respecto:

«La filosofía, la religión, la ciencia no son todas ellas más que cosas que llegan a nuestras vidas y que nos sujetan con cables para conseguir un equilibrio estable. La religión, con su Dios único fijado con clavos, que dice: Tú harás, tú no harás, y martillea nuestra casa a cada intento; la filosofía, con sus ideas fijas; la ciencia con sus “leyes”: ellas, todas ellas, quieren en todo momento fijarnos con clavos en uno u otro árbol.

»Pero no la novela. La novela es el más alto ejemplo de una sutil interrelación descubierta por el hombre. Todo es verdad en su propio tiempo, lugar, circunstancia, y falso fuera de su propio lugar, tiempo, circunstancia. Si uno trata de fijar con clavos algo en una novela, o asesina la novela o la novela se libera y se marcha con el clavo.

»La moral en la novela es la temblorosa inestabilidad de la balanza. Cuando el novelista pone el pulgar en el platillo, para hacer bajar la balanza de acuerdo con sus propios gustos, practica una inmoralidad.»

No tengo claro que el propio Lawrence cumpliera en todos sus libros ese principio. Si nos irritan los novelistas que ponen el dedo en el platillo de la balanza para que se incline a su favor, forzando desde fuera el peso de su ideología, aún nos parecen más irritantes los que no aceptan que son frutos de las tensiones de su tiempo, y creen construir su obra sólo con andamiajes literarios, como si el lenguaje, incluso en su búsqueda de lo de dentro, pudiera dejar de decir lo de fuera: bajo sus declaraciones de amor a la literatura como valor supremo, los escritores ensimismados la convierten en un juguete banal. Narradores que creen moverse en el espacio novelesco como en el interior de un templo sagrado y, en realidad, viven metidos en una casa de muñecas: como niños egoístas, le niegan a la novela el sustrato de lo público; le arrebatan su excitante responsabilidad civil. Suele ser la propia historia, con sus coletazos, la que se encarga de sacarlos del ensimismamiento (a los esteticistas españoles de los años veinte y treinta, incluidos Ayala o Aub, los devolvió a pisar tierra la guerra civil). Precisamente por su connivencia con la historia, un texto no es su supuesta perfección como artefacto. Leemos obras que nos parecen extraordinarias sin que nos importen gran cosa sus imperfecciones: en Imán, de Sender, ni siquiera está muy claro el narrador, lo que no le arrebata un ápice de su grandeza ni le impide ser una de las mejores novelas de nuestra literatura. La búsqueda de la novela perfecta como maquinaria, como supuesta armonía de sus piezas y mecanismos, se nos presenta como empeño más bien estéril: las grandes obras nacen como quiebra de modelos existentes, espurias en su soledad, y a menudo vestidas con una imperfección escandalosa: los libros de Proust, de Joyce, de Musil fueron considerados engendros en su tiempo porque rompían los criterios aceptados como valores novelescos. Zola dice que toda obra de arte nace levantándose contra la convención. Más que por perfeccionar los engranajes desde dentro, la novela crece buscando nuevos instrumentos y afilando los que tiene para capturar lo que sucede fuera y necesita ser nombrado. La nueva forma de novelar de Proust, al tiempo que levantaba el testamento de una vieja clase, abría la narrativa a continentes de subjetividad hasta entonces inexplorados, del mismo modo que los experimentos de Dos Passos, sus collages, sus montajes en paralelo, el simultaneísmo, toda esa agitación de técnicas con las que construye sus novelas, aspiran a capturar la complejidad y efervescencia de la gran ciudad del siglo XX. En ese intento por llegar a la médula del tiempo que nos ha tocado vivir debemos esforzarnos por encontrar nuevos moldes, por trabajar con otros materiales, o por trabajar con los materiales de otra forma. Aunque conviene no olvidar nunca que los grandes maestros de la narrativa han dejado en nuestro taller una bien provista mesa de carpintero de la que surtirnos. Escribir la novela que pide nuestro tiempo es nuestro reto, como el reto de esos novelistas que hoy nos parecen grandes fue contar el suyo. No es fácil saber cuál es el camino en esta profesión en la que empezamos cada partida desde cero como los jugadores de ruleta. Merodeamos, pisamos arenas movedizas, nos hundimos, nos extraviamos. Pero ésa es la esencia misma de nuestro oficio. Perseguir el tembloroso instante en el que alcanza su equilibrio la balanza, el momento en que la novela encuentra su aura y brilla con una infinidad de sentidos.

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