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martes, 14 de julio de 2026

ESCRITOS SOBRE LIBERACIÓN Y SURREALISMO HERBERT MARCUSE

 


Una nota sobre surrealismo y teoría crítica Leandro Sánchez Marín Universidad de Antioquia En memoria de Jairo Escobar Moncada y en reconocimiento de la profunda huella que ha dejado en mi conciencia.

 En su famoso ensayo sobre el surrealismo, Walter Benja min (2025) caracteriza a esta corriente intelectual como “un delgado arroyuelo alimentado por el húmedo aburri miento de la Europa de la posguerra y por los últimos re gueros de la decadencia francesa” (p. 57). Con ello quiere señalar que el surrealismo es producto de un tiempo de crisis; una crisis no solo política, sino también intelectual. 

 La imagen del arroyuelo además le sirve para dar un golpe a los “sabelotodo” que quieren agotar la explicación sobre el origen del surrealismo a partir de discursos trillados y esquemáticos: estos sabelotodo “son algo así como una reunión de expertos que, junto a una fuente, llegan tras ma duras reflexiones a la convicción de que el pequeño arro yuelo jamás impulsará turbinas” (Benjamin, 2025, p. 57). Tomando distancia de estos expertos, Benjamin puede ver con agudeza que el surrealismo puede desplegar su fuerza no solo como una tendencia del arte entre muchas otras, sino como un movimiento artístico revolucionario en pleno derecho. Lo que André Breton y su grupo ha logrado poner en marcha es la posibilidad de “empujar” la vida 9 Una nota sobre surrealismo y teoría crítica literaria “hasta los límites más extremos de lo posible” (Benjamin, 2025, p. 58). En el surrealismo, el desarrollo del lenguaje “tiene la preferencia” y a partir de ello se entiende que solo vale la pena vivir la vida allí donde “el umbral entre la vigilia y el sueño quedaba desbordado como por el paso de imágenes agitándose en masa” (Benjamin, 2025, p. 58). Para Benja min, el surrealismo habla de experiencias. Su disposición es literaria y no científica; artística y no teórica. 

No se debe considerar que la decadencia de la cual surge el surrea lismo es un asunto de inmediatez, pues las experiencias de las que habla el movimiento “de ningún modo se reducen al sueño, a las horas dedicadas al opio o hachís. Es un gran error pensar que solo conocemos de las ‘experiencias su rrealistas’ los éxtasis religiosos o los éxtasis de las drogas” (Benjamin, 2025, p. 59). La consideración prejuiciada que solo ve la relación en tre surrealismo y alucinación a través de las drogas des cuida el hecho de que su talante materialista está conec tado con su “iluminación profana”, la cual, si bien no re niega del hachís, no por ello construye a su alrededor una iluminación narcótica. Sin embargo, Benjamin parece exi gir mucho más al surrealismo. Le insta para que esté a la altura de esa iluminación profana, pues, al parecer, su im pulso revolucionario encuentra ciertos límites, en medio de los cuales su “virtud revolucionaria” más importante coincide con “vivir en una casa de cristal” (Benjamin, 2025, p. 60). Pero, incluso en medio de esta situación, Breton lo gra encontrar algunas “energías revolucionarias” en todo lo que es “anticuado”, en lo ruinoso de la ciudad, de las cosas, y en todo aquello que manifiesta las huellas del paso del tiempo: Nadie mejor que estos autores puede dar una idea tan exacta de cómo esas cosas están con respecto a la 10 Leandro Sánchez Marín revolución.

 Nadie, con anterioridad a estos visionarios e intérpretes de los signos, se había percatado de cómo la miseria, y no solo la social, sino la arquitectónica, la mise ria del interior, así como las cosas esclavizadas y que es clavizan, se convierten en nihilismo revolucionario (Ben jamin, 2025, p. 61). Este nihilismo encuentra en la libertad un concepto ra dical, pues los surrealistas se contraponen a la considera ción liberal de la libertad, en la medida en que liquidan “el esclerótico ideal moralista” de la misma. 

“Ganar las fuer zas de la embriaguez para la revolución” se transforma en programa surrealista (Benjamin, 2025, p. 68). El camino re volucionario del surrealismo se debe transitar entonces de manera tal que pueda enfrentar los síntomas del nihilismo: “organizar el pesimismo”, que significa “expulsar fuera de la política la metáfora moral y descubrir en el ámbito de la acción política el ámbito de las imágenes de pura cepa” (Benjamin, 2025, p. 70). Al igual que Benjamin, para Theodor Adorno, no hay relación de identidad inmediata entre surrealismo y psi coanálisis. Las interpretaciones que sugieren que ello es así, se equivocan plenamente, pues no hay una correspon dencia precisa entre las teorías psicoanalíticas y el arte su rrealista en el sentido de una traducción desde la rígida teoría hacia la plasticidad artística. No hay un puente que conecte de manera mecánica a estas dos tendencias. El su rrealismo no pretende hacer ilustraciones del psicoanálisis: Si el surrealismo no fuese en realidad más que una colec ción de ilustraciones literarias y gráficas de Jung o hasta de Freud, no meramente duplicaría de manera superflua lo que la teoría misma enuncia en lugar de revestirla de metáforas, sino que además sería de una inocuidad que apenas dejaría margen para el scandal al que el surrealismo aspira y que constituye su elemento vital (Adorno, 2003, p. 99). 11 Una nota sobre surrealismo y teoría crítica

 Por lo tanto, no hay una “representación” de los sueños en el arte surrealista, ya que ello implicaría un ejercicio de traducción ingenua, cuando no peligrosa, de las doctrinas que el psicoanálisis ha establecido. No es interés del su rrealismo retratarlas, ni tampoco agotar el sentido de las situaciones inconscientes a través del arte. “Las creaciones surrealistas son más que meramente análogas al sueño, en la medida en que derogan la lógica habitual y las reglas de juego de la existencia empírica” (Adorno, 2003, p. 100). La mediación necesaria entre psicoanálisis y surrealismo es el lenguaje; el lenguaje en el sentido de su expresión artística. Los surrealistas no querían ofrecer meras copias de otras tendencias, ni tampoco copias de la realidad, se esforzaban por mostrar los límites de un mundo donde lo racional no se distingue de lo irracional y donde la afirmación de la moral es la afirmación de lo catastrófico. La tarea de la teo ría crítica, en su compromiso teórico con la denuncia del sufrimiento, es afín al surrealismo precisamente en su in sistencia en mostrar la crisis de sentido del mundo contem poráneo. 

Así pues, eludir la sistematización racionalista es un mérito del surrealismo. Y es por ello por lo que “en las ruinas del mundo del surrealismo no sale a la luz el en sí del inconsciente. Si se los juzgara por su relación con éste, los símbolos resultarían con mucho demasiado racionalis tas” (Adorno, 2003, p. 100). El surrealismo ofrece una con moción de la realidad, invierte y subvierte los sentidos de lo que se considera normal, natural y racional. La ausencia de libertad en medio de las condiciones de explotación y control del mundo contemporáneo hacen parte de su avan zada subversiva: “las imágenes dialécticas del surrealismo lo son de una dialéctica de la libertad subjetiva en la situa ción de falta de libertad objetiva” (Adorno, 2003, p. 102). En algunos de sus comentarios sobre el surrealista Louis Aragon, Herbert Marcuse plantea que el contexto de producción intelectual donde tiene lugar la obra de este 12 Leandro Sánchez Marín artista se encuentra sometido a la lógica de la integración. Para Marcuse, las expectativas de la actividad intelectual en su compromiso con la liberación y la denuncia de un orden social malogrado permanecen en un cierto estado de impotencia. La forma de vida imperante, bajo las dinámi cas del totalitarismo, hace que sea cada vez más difícil en contrar espacio para el despliegue alienante del arte y, de este modo, la intelectualidad extiende su crisis hacia domi nios donde antes se encontraba la creatividad en situación de resistencia, cuando no de renuncia y respuesta. 

En pa labras de Marcuse (2019), esta crisis es el resultado de un proceso donde “las fuerzas revolucionarias que fueron producidas para la libertad están siendo asimiladas al sis tema global de control monopolista” (p. 251). De esta ma nera, el fortalecimiento de los mecanismos de control, su refinamiento y funcionalidad, hace que la tarea de la crítica se vea repelida de manera constante, al considerarla fuera de lugar o simplemente demasiado exagerada frente al ob jeto al cual direcciona sus reclamos. El arte, que siempre ha desplegado su potencialidad crítica, bajo esta crisis de sen tido y ante una recepción afirmativa de sus creaciones, se encuentra devaluado y algo indefenso frente al poder del pensamiento positivo: Todas las críticas son absorbidas fácilmente por el sistema al que se acusa. La revelación de los campos de concentra ción, de la liquidación continua de las fuerzas antifascistas alrededor del mundo produce bestsellers o películas de éxito. El arte revolucionario se convierte en la moda y en clásico. El Guernica, de Picasso, es una pieza de museo ve nerada (Marcuse, 2019, p. 252). 

 Podemos deducir de este contexto que la articulación del potencial crítico del arte y el despliegue del pensa miento negativo, que supone un rechazo de los modos de vida basados en la explotación, la violencia y la injusticia, ahora pierde terreno en relación a la comercialización y 13 Una nota sobre surrealismo y teoría crítica estandarización de las obras, pues en su devenir mercancía y objeto de consumo se crea un amplio margen para que se pueda establecer una relación ingenua, cuando no decidi damente basada en la mala fe, de quienes se presentan a la contemplación del sentido crítico para reconfigurarlo y amputar sus momentos más punzantes. La domesticación del arte es el resultado del proceso de estandarización to talitario al que asisten las sociedades del siglo XX y princi pios del XXI. Amplios medios de difusión que parecen de mocratizar el acceso al arte sirven de artilugio para solapar la inmediatez con la cual es común hablar y pensar hoy en virtud de una cierta formación intelectual, la cual no es más que la posición esnobista de quien afirma la superfi cialidad en detrimento de las exigencias y dificultades pro pias de toda interacción con las creaciones artísticas. 

 No obstante, el surrealismo, según el mismo Marcuse, mantiene la capacidad de cuestionamiento de lo dado que ubica entre los movimientos de avanzada contra las ten dencias capitalistas. Para Marcuse (1969), por ejemplo, “la tesis surrealista, de acuerdo con la cual el poeta es el incon formista total, encuentra en el lenguaje poético los elemen tos semánticos de la revolución” (p. 39). Y es precisamente, en este contexto de lucha contra la realidad afirmativa, donde la negatividad exige una renovación; atacar lo polí tico mostrando sus propios límites es el resultado de la re volución surrealista, para Marcuse (2019) esto implica que “lo político está siendo despolitizado y de este modo se convierte en lo político verdaderamente. El arte y la polí tica encuentran su común denominador” (p. 257). Las si militudes con la idea de Benjamin (2003) según la cual “a la estetización de la vida política que promueve el fas cismo” se debe responder “con la politización del arte” (p. 127) son aquí evidentes. 

Sobre esta misma discusión vol verá Marcuse cuando tenga una particular forma de 14 Leandro Sánchez Marín correspondencia con el grupo de los surrealistas de Chicago en la década de 1970 (Rosemont, 1989, Susik, 2024). En un reciente trabajo, Bruna Della Torre (2025) ha ex plorado la relevancia de Elisabeth Lenk en medio de las conexiones entre surrealismo y teoría crítica. Lenk, quien fue estudiante de Adorno en Frankfurt, se mudó a París en 1962, donde asistió a las clases de Foucault, Derrida y Barthes, y además se sumó al círculo de los surrealistas, donde conoció a Breton. En una carta a Adorno del 5 de mayo de 1963, Lenk (2015a) le comenta que, más allá del ambiente del grupo de los surrealistas, la “personalidad de Breton” le ha causado “una impresión extraordinaria” (p. 69), tanto que se ha decidido por comenzar un estudio ri guroso de la historia del surrealismo. En este contexto, se gún Della Torre (2025), Lenk fue “una de las primeras en reunir la teoría crítica francesa con la alemana” (p. 179). En sus estudios sobre el surrealismo, Lenk (2015b), al igual que Marcuse, también trata la figura de Aragon. Dice de él que “utiliza el concepto de modernidad como una forma de dar una definición objetiva al campo en el que se inscriben los hechos ideales, aquellos que provocan un es calofrío” (p. 188). Quizás esta forma de confrontación es la que llame la atención de la teoría crítica, pues allí se pue den encontrar vías de conexión posible entre tendencias. Hay una insistencia en la fuerza de la imaginación que abre la dimensión de la utopía, aunque no de manera román tica, sino de forma tal que la perplejidad es lo que define su apertura: “Aragón guía y seduce en nombre de la ima ginación. Su imaginación es soberana. Tiende a crear un flujo constante de perspectivas falsas y luego deja al lector perplejo ante un muro. Estos bruscos despertares son in tencionados” (Lenk, 2015b, p. 188). 15 Una nota sobre surrealismo y teoría crítica 

 Incluso siendo conscientes de los riesgos de agudizar las formas de la imaginación, los surrealistas apostaban por ella: “no ha de ser el miedo a la locura el que nos obli gue a poner a media asta la bandera de la imaginación” (Breton, 2001, p. 22), pues “un revolucionario sueña como otro hombre, tiene momentos en que se ocupa de sí mismo solamente, sabe que de cuerdo puede uno volverse loco” (Breton, 1978, p. 89), aunque ello no quiere decir que debe existir una entrega total al mundo de la locura, sino enten der que “el surrealismo no produce poesía al borde del irracionalismo, hipóstasis del inconsciente, o de la mercan tilización, sino más bien una protesta contra el mundo so breracionalizado” (Della Torre, 2025, p. 182). Teniendo en cuenta estos desarrollos, el diálogo entre el surrealismo francés y la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt revela una afinidad profunda que trasciende sus diferencias de método y lenguaje: ambos proyectos inten taron liberar al sujeto de las formas de racionalidad que lo someten, ya fuera a través del estallido imaginativo del in consciente o de la denuncia de la razón instrumental. En las reflexiones de Marcuse, Benjamin y Adorno se percibe una tensión productiva entre lo dado y su crítica materia lista, mientras que la recuperación que hace Lenk de sus categorías muestra la continuidad de un legado que sigue interrogando las condiciones de la emancipación. Lejos de ser corrientes opuestas, surrealismo y teoría crítica apare cen de esta manera como dos modulaciones de una misma inquietud política y estética del siglo XX: la búsqueda de una experiencia no alienada en la que arte, pensamiento y transformación social puedan tener un punto de conver gencia. 16 Referencias Leandro Sánchez Marín Adorno, Th. W. (2003). Retrospectiva sobre el surrealismo. Notas sobre literatura. Ediciones Akal, 99-103. Benjamin, W. (2003). La obra de arte en la época de su repro ductibilidad técnica. Editorial Itaca. Benjamin, W. (2025). El surrealismo. La última instantánea de la inteligencia europea. Iluminaciones. Taurus Edicio nes, 57-72. Breton, A. (1978). 

Los vasos comunicantes. Editorial Joaquín Mortiz. Breton, A. (2001). Manifiestos del surrealismo. Editorial Argonauta. Della Torre, B. (2025). Elisabeth Lenk, Theodor W. Adorno y las vanguardias. Engelmann, C. et al. (Comps.). En las sombras de la tradición. Una historia de la Escuela de Frank furt en perspectiva feminista. Eterna Cadencia Editora, 175-194. Lenk, E. (2015a). The Challenge of Surrealism. The Correspond ence of Theodor W. Adorno and Elisabeth Lenk. University of Minnesota Press. Lenk, E. (2015a). The Challenge of Surrealism. The Correspond ence of Theodor W. Adorno and Elisabeth Lenk. University of Minnesota Press. Lenk, E. (2015b). Sense and Sensibility: Afterword to Louis Aragon’s Paris Peasant. The Challenge of Surrealism. The Correspondence of Theodor W. Adorno and Elisabeth Lenk. University of Minnesota Press, 187-196. Marcuse, H. (1969). Un ensayo sobre la liberación. Editorial Joaquín Mortiz. Marcuse, H. (2019). Algunos comentarios sobre Aragon. Arte y política en la era totalitaria. Guerra, tecnología y fascismo. Ediciones Godot, 251-267. Rosemont, F. (1989). Herbert Marcuse and Surrealism. Ar senal, 4, 31-38. 17 Una nota sobre surrealismo y teoría crítica Susik, A. (2024). El surrealismo de Chicago, Herbert Mar cuse y la afirmación de la “viabilidad presente y futura del surrealismo”. Sánchez, L. & David Giraldo, J. S. (Eds.). Unidimensionalidad y teoría crítica. Estudios sobre Herbert Marcuse. Ennegativo Ediciones, 313-351. 18 Lenguaje y sociedad tecnológica1 La comunicación en y sobre las acciones, relaciones e insti tuciones cotidianas suele ser “no controvertida”: da las co sas por sentadas. El mundo es como es, y uno tiene que aceptarlo; los proyectos y esfuerzos ordinarios no lo cues tionan ni lo trascienden fundamentalmente; tienden a apuntar a la reestructuración; solo en situaciones de emer gencia se reactiva la función apofántica2 del lenguaje, cuando el estado normal se rompe o se quiebra. Pero el grado en que la función apofántica permanece viva en el universo del discurso cotidiano es posiblemente un indica dor del alcance real de la libertad de pensamiento en una sociedad determinada. 

La libertad de pensamiento es tam bién libertad de expresión, en el sentido de que el hablante debe poder comunicar ideas que contradigan o trascien dan la opinión establecida, no por ninguna connotación poética o personal, sino por un contenido sobrio y realista. Esta comunicación y modo de expresión inconformistas presuponen un espacio discursivo abierto en el que el sig nificado de los términos clave no está predeterminado por su referencia a un conjunto de condiciones, eventos y rela ciones específicas. Así, por ejemplo, la “libertad de 1Este texto se publicó con el título “Language and Technological So ciety” en: Dissent, 8, 1961 (N. del T.) 2El término alude a una función de una conciencia esencialmente pre tecnológica. El mundo no se experimenta como un objeto neutral de transformación y dominación, sino como un cosmos con su propia ver dad y estructura. Los modos de pensamiento de esta conciencia revelan e ilustran la verdad y la falsedad, lo correcto y lo incorrecto, como con diciones ontológicas. 19 Lenguaje y sociedad tecnológica pensamiento y de expresión” debe entenderse no solo en términos de la garantía constitucional y el ejercicio efectivo de esta libertad, sino también como la posibilidad y la ca pacidad de pensar de forma independiente, como la con ciencia y el conocimiento de la diferencia entre los intere ses individuales y sociales, entre los objetivos humanos y nacionales; en otras palabras, el concepto debe entenderse junto con la negación de su contenido dado. La función apofántica de la comunicación se manifiesta en la capacidad del lenguaje, en su uso actual, para trans mitir conceptos e imágenes cualitativamente diferentes de aquellos asociados a las condiciones y posibilidades exis tentes, para desvelar no solo lo que es, sino también la pre sencia de lo que no es, revelando así la negatividad de lo positivo. En la unidimensionalidad de la civilización tec nológicamente avanzada, la función apofántica experi menta un declive y, en consecuencia, el lenguaje tiende a adaptarse a las exigencias del statu quo.

 El lenguaje como medio de expresión es creado por empresas privadas e ins tituciones estatales, por expertos pagados, artistas, repre sentantes de prensa, etc. Cuanto más importante se vuelve la maximización de beneficios en la producción, más apre miante es la necesidad de manipular las necesidades, más depende de la hipnosis colectiva y la autosugestión, más se desvanece la distinción entre la “ética” de los negocios y la del mundo criminal, entre ventas y fraude, entre pro moción y envenenamiento, entre verdad y mentira, sen tido y sinsentido. Mientras que el aumento de los costos de la expansión empresarial determina cada vez más la es tructura de la economía, esta economía —junto con sus ab surdos excesos— se vuelve cada vez más beneficiosa y ra cional. Nos proporciona comodidad y lujo tanto material como cultural, y embellece nuestra vida cotidiana. 

Por lo tanto, el economista la defiende con razón: 20 Herbert Marcuse …gran parte de las críticas a la hiperactividad de las ven tas y la publicidad en la economía estadounidense —de lo que la economía se preocupa más que de cuestiones de gusto o si las vallas publicitarias afean el paisaje— pasan por alto lo crucial… El crecimiento de nuestra actividad comercial es la contraparte de nuestra abundancia compa rativamente grande. Gran parte de esto inevitablemente resulta en un alto grado de bienestar, tal vez incluso con duzca al despilfarro, pero este despilfarro existe solo por que la sociedad es demasiado complaciente como para sentirse ofendida por él3. Y cuanto más permite la creciente productividad de la sociedad industrial prescindir de este tipo de racionalidad, más se afianza la tendencia a mantener el statu quo. La fór mula de Hegel, que al menos en parte tenía un tono iró nico, encuentra ahora su reformulación adecuada: “Lo irracional es real, y lo real es irracional”. Nuestro lenguaje cotidiano ofrece una riqueza inagota ble de expresiones para esta situación. 

El argot y el len guaje coloquial rara vez han sido tan creativos, como si la persona común (o quien la habla anónimamente) estuviera afirmando su humanidad en este discurso contra los pode res establecidos, como si la resistencia y la revuelta, repri midas por la política, estallaran en un vocabulario que llama a las cosas por su nombre: head-shrinker, egg-head, boob-tube, think-tank, etc.). Por otro lado, el lenguaje coti diano aún se ve controlado por los lemas de una cultura superior: como la dignidad del individuo, los derechos hu manos inalienables o la filosofía de la democracia, etc. Pero los laboratorios de los servicios de defensa y asesoría, los encargados de la gestión del tiempo, los expertos en efi ciencia y los asesores políticos (que dan el toque final a los líderes) hablan un idioma distinto y, por ahora, parecen te ner la última palabra. Y desde estos centros de 21 3John K. Galbraith, American Capitalism, Harmondsworth, 1952, p. 96. Lenguaje y sociedad tecnológica organización y manipulación, la palabra hablada se trans mite al discurso y al comportamiento del público en gene ral. La palabra así transmitida determina y organiza, obli gando a las personas a comprar y aceptar lo que se les ofrece, forzándolas a identificarse con las tareas asumidas en la sociedad establecida, para compensar, en última ins tancia, toda frustración en los ámbitos (igualmente organi zados y controlados) del ocio y la relajación. El resultado es una atrofia total de la comunicación o su ritualización. El lenguaje limita y sella el significado de las palabras, fi jando no solo su valor, sino también su función dentro de un estrecho marco de comportamiento, eliminando toda trascendencia. 

Elementos como la autonomía, el cuestiona miento y la reevaluación desaparecen en favor del etique tado fijo, la imitación, la repetición y la aceptación; la co municación se impregna de elementos mágicos, autorita rios y rituales. Intentaré presentar algunos de ellos y mos trar su relación estructural. Lo que parecen tener en común es la tendencia hacia la funcionalidad del lenguaje; esto puede servir como punto de partida para el debate. La funcionalidad del lenguaje es importante para el dis curso tecnológico y científico. Según Stanley Gerr, esto sig nifica la racionalización del vocabulario a través de térmi nos funcionales u operacionales como las “características más importantes de nuestro lenguaje científico en desarro llo”4. Gerr deriva su idea del principio de que “un proceso operacional para una ciencia tecnológica existe solo si se dispone de un dispositivo (una herramienta, un meca nismo, un instrumento o aparato) para llevar a cabo el pro cedimiento; del mismo modo, los procesos o propiedades físicas existen solo en la medida en que pueden medirse, es decir, si se dispone de un dispositivo de medición”5. De 4Stanley Gerr, “Language and Science” en: Philosophy of Science, 1952, p. 151. 5Ibid., p. 156. 22 Herbert Marcuse ello se deduce que una herramienta o instrumento es “idéntico” a partes de su función, y que “ningún proceso operativo es concebible sin el mecanismo que lo lleva a cabo”. 

Para Gerr, esta visión del lenguaje científico y la tec nología conduce a la “tendencia a equiparar las cosas con sus funciones” o, en términos lingüísticos, a “entender los nombres de las cosas simultáneamente como una indica ción de su funcionamiento, y asimismo los nombres de las propiedades y los procesos como una referencia simbólica al aparato que los demuestra o produce”6. La cuestión de si este operacionalismo lingüístico ex tremo es característico del lenguaje científico actual no es relevante en mi contexto; utilizo los argumentos de Gerr únicamente para ilustrar el declive de la comunicación apofántica en el lenguaje publicado de nuestra época. Una de sus características es la tendencia a alinear palabras y conceptos o, mejor dicho, el concepto tiende a absorber la palabra: el primero no tiene otro contenido que el que la palabra denota en el uso publicado y estandarizado, y la palabra no espera otra respuesta que un comportamiento estandarizado públicamente. La palabra se convierte en un cliché y, como tal, domina el habla y la escritura; la comu nicación, por lo tanto, impide un desarrollo genuino del significado. Pero también es evidente que cada idioma contiene innumerables términos que no requieren un desa rrollo de su significado, como aquellos que denotan obje tos y contenidos de la vida cotidiana, la naturaleza visible, las necesidades vitales y los deseos.

 Estos términos se com prenden generalmente de inmediato, de modo que su apa rición evoca una reacción (lingüística o relacionada con la acción), según el contexto pragmático en el que se pronun cian. 23 6Ibid. Lenguaje y sociedad tecnológica La situación es muy diferente con respecto a aquellos términos que designan contenido más allá de estos contex tos no controvertidos. Las frases autovalidantes y estricta mente analíticas que aparecen como nodos en el espacio del discurso público poseen connotaciones estrictamente no analíticas y políticas; son como fórmulas mágico-ritua les que se inculcan una y otra vez al receptor, encajándolo adecuadamente en el círculo de condiciones ya estableci das. Oriente y Occidente presentan tendencias similares. Así, desde un punto de vista analítico, “libertad”, “igual dad”, “democracia” y “paz” constituyen un conjunto espe cífico de predicados o atributos que, ya sean expresados oralmente o por escrito, parecen inmutables. En Occidente, estos términos se entienden como economía de libre mer cado, opinión pública, disuasión suficiente, elecciones li bres e individuo; en Oriente, se asocian con el gobierno de los obreros y campesinos, el socialismo, la abolición del an tagonismo de clases, etc. En ambos lados, transgredir estos estrechos límites analíticos se considera un error o propa ganda, si bien los medios para imponer la verdad y el grado de castigo difieren considerablemente. 

 En este universo del discurso público, el lenguaje se mueve entre sinónimos y tautologías y nunca alcanza el ni vel de diferenciación cualitativa. La estructura analítica aísla los sustantivos de sus negaciones, cuyo concepto con siste en una oración sintética, como la negación de paz en la definición oficial de paz, la negación del individuo en la definición oficial de individualidad, y así sucesivamente. En un mundo así, la identificación de las cosas con sus funciones implica la identificación de estas con su función en la sociedad, y cuando esta identificación se refiere al propio ser humano, puede ser un procedimiento muy res trictivo e incluso destructivo: si bien tiene la ventaja de brindar certeza, también conlleva la pérdida de la libertad de pensamiento. 24 Herbert Marcuse La estructura analítica y funcional del discurso público apunta al nuevo papel del cliché. De hecho, el cliché es uno de los componentes más antiguos del discurso público, y especialmente del lenguaje político. La creciente transfor mación de conceptos en clichés va de la mano del debilita miento de la oposición política en una sociedad industrial altamente desarrollada: a medida que se suprimen o aban donan las aspiraciones alternativas, el conocimiento esta blecido se arraiga y se vuelve inmune a los cambios cuali tativos. El debilitamiento de la oposición, que en ningún caso es resultado de un régimen terrorista, constituye, por tanto, el nuevo elemento. Las grandes ideas liberales de la era moderna culminaron en mejores condiciones de vida y mayores expectativas; todo lo demás pertenecía al pasado. 

 Dado que los nuevos desarrollos alternativos se ven des vinculados de su base material por la implementación ac tual de estas ideas, y puesto que la vida política también está sujeta a este cambio cualitativo, pierden su “exce dente” de significado, ese elemento no analítico que les permitiría aparecer en oraciones y juicios sintéticos. Las ideas se osifican en sustantivos “autosuficientes”; su con creción (su significado “funcional”) es simplemente un signo de su petrificación. El prototipo de este lenguaje es, por supuesto, la publi cidad. Aquí, la forma sintáctica de la oración es la tautolo gía per dictum: El producto anunciado es, por definición, el mejor, el más fuerte y el más barato. 

Dado que su razón de ser radica en las ventas (y no en el uso), permanecemos atados a la lógica de las ventas. Los términos son eslóganes y el discurso es propaganda, desprovista de cualquier fun ción apofántica. En última instancia, la economía propor ciona un contexto operativo cerrado en el que las cosas (y las personas) se identifican con sus funciones: instrumen tos de destrucción, así como instrumentos de producción. Uno comprende el significado (=la función) de un nuevo 25 Lenguaje y sociedad tecnológica “submarino de propulsión nuclear equipado con misiles” cuando escucha que esta “arma definitiva” abre la “puerta a una nueva era de grandeza nacional, de poder para la paz nacional [¡sic!]” y tiene un “precio de 123.000.000 de dóla res” (New York Times, 31 de diciembre de 1959, y transmi sión de radio del mismo día). Lo novedoso no son los he chos (incluida la equiparación de la paz con la función de la producción de armas), sino su total comercialización, su total eficacia y su aceptación. El lenguaje funcional revela aquí su elemento mágico, que es también esencialmente político. Tanto en política como en economía, se utiliza sistemáticamente para “esta blecer una imagen” que se adhiere por igual a la mente y al producto, sirviendo para vender personas y bienes que se ofrecen a sí mismos. El discurso y la escritura se agrupan en torno a “líneas de influencia” y “motivadores de la au diencia” que transmiten una imagen, que puede ser “liber tad” o “paz”, o una “buen muchacho”, un “comunista” o “Miss Rheingold”. Se espera que el lector o el oyente los asocie (y lo hace) con una estructura predeterminada de instituciones, comportamientos y objetivos, y que reac cione de una manera predeterminada en consecuencia. 

 No es necesario que esto se muestre explícitamente por escrito o de palabra; el resultado es el mismo. Este tipo de lenguaje es a la vez “intimidación y glorificación”7. Las oraciones tienden a adoptar la forma de órdenes sugeren tes; son más evocadoras que demostrativas; la predicación se vuelve prescriptiva: toda la comunicación tiene un ca rácter hipnótico. Esto se evidencia sobre todo en el len guaje personalizado, que suele presentar elementos y ac ciones superpuestos y 26 estandarizados como 7Roland Barthes, Le Degré zéro de l’écriture, Paris, 1953, p. 33. Herbert Marcuse “específicamente para ti”8. Es tu congresista, tu tramo de carretera favorito, tu farmacia preferida, tu concesionario de coches, tu periódico; está “entregado solo para ti”, “he cho solo para ti”; te invita, etc. Constantemente se insta a las personas sin poder a identificarse con los productos que se les ofrecen, y los políticos les imploran sin cesar que acepten un desafío y se enfrenten a un problema que no les concierne. En los ámbitos más desarrollados de la comunicación funcional y manipuladora, el lenguaje expresa la identifi cación totalitaria de persona y función mediante construc ciones verdaderamente memorables. Time Magazine puede considerarse un ejemplo extremo de esta tendencia. El uso del genitivo posesivo hace que los individuos parezcan meros apéndices o atributos de su entorno, su trabajo, su empleador o su empresa. Se les presenta como “Byrd de Virginia”, “Bough de US Steel”, “Nasser de Egipto”. Una construcción atributiva con guion crea un síndrome fijo: “El gobernador de Georgia, que-lo-puede-todo, de-cejas bajas, moralista y culturalmente filisteo… había creado la semana pasada un escenario para uno de sus salvajes míti nes políticos”. El gobernador, su función, sus características innatas y sus acciones políticas se fusionan en una estructura indivi sible e inmutable que, por su ingenuidad natural e inme diatez, abruma la capacidad intelectual del lector. La es tructura no deja lugar a la distinción, el desarrollo ni la di ferenciación de significados; actúa y existe únicamente como un todo. Si descompusiéramos la estructura en una serie de predicaciones narrativas y demostrativas, tendría mos que describir al gobernador con precisión, comparar 8 Leo Löwenthal, „Biographies in Popular Magazines“ en: Paul Lazarsfeld & Frank N. Stanton (Eds.), Radio Research 1942–1943, New York, 1944, pp. 543ss. 27 Lenguaje y sociedad tecnológica su trayectoria y sus políticas, y rastrear los preparativos para el evento; solo entonces la dudosa identificación de funciones fisonómicas y políticas sería el resultado de sín tesis previas. Sin embargo, tal enfoque no solo requeriría más tiempo y espacio (lo cual es costoso), sino que también alteraría la intención de la formulación al extenderla a otras posibles connotaciones. 

Una frase como “El goberna dor es un político hipócrita y culturalmente inculto […]” conectaría las características individuales del sujeto con las características generales de la clase a la que pertenece: ha ría referencia a algo universal que se omite en la construc ción abreviada. La táctica de la división de palabras con guiones está muy extendida. Por ejemplo, “placa-Bushbrown”, “el pa dre de la bomba-H”, “constructor-de-proyectiles de-an chas-espaldas Von Braun”, “banquete científico-militar”9 o los submarinos “de propulsión-nuclear con dispositivos para-lanzar-cohetes”. Estas construcciones se encuentran con frecuencia, y probablemente no por casualidad, en el ámbito “político-militar”. Términos que denotan ámbitos o cualidades completamente diferentes se integran en un todo fijo e inmutable que se graba en la mente. El efecto, a su vez, es mágico-hipnótico: la reducción de la compleji dad, la congelación de las diferencias cualitativas, produce eslóganes idóneos para lograr los efectos deseados, como apaciguar cualquier oposición y armonizar los opuestos. Así, el amado y temido padre, dador de vida, creó la bomba-H para la destrucción de la vida; la “ciencia-mili tar” se esfuerza por reducir el miedo y el sufrimiento creando miedo y sufrimiento. O, sin el guion, la Academia de la Libertad de Especialistas en la Guerra Fría10 y la “bomba limpia”: una unión de opuestos irreconciliables en 9Las tres citas son de The Nation, 22 de febrero de 1958. 10 Una sugerencia de Life Magazine, citada en The Nation, 20 de agosto de 1960. 28 Herbert Marcuse una armonía de terror. Quienes hablan y aceptan este len guaje parecen ser inmunes a todo, y a la vez receptivos a todo. Este estilo es abrumadoramente concreto. Una “cosa idéntica a su función” es más real que una “cosa distinta de su función”; la expresión lingüística de esta identifica ción (tanto en el sustantivo funcional como en la combina ción abreviada de sustantivo y atributo) genera un voca bulario concreto que contrarresta la tendencia hacia la abs tracción. En comparación con estas construcciones, los sus tantivos no funcionales, el sujeto gramatical y las oraciones demostrativas-narrativas son formas bastante abstractas; expresan la universalidad trascendental del concepto, el “excedente” de su intención sobre el término (la palabra) en el uso actual; por lo tanto, conservan la tensión entre lo particular y el género, que se atenúa considerablemente en la construcción funcional. Según la antigua filosofía de la gramática, el sustantivo es algo que “puede entrar en cierta relación”11, pero no es idéntico a esa relación. Es más, permanece más bien como lo que es, dentro y “contra” esa relación; es su sujeto y cen tro “universal”: la síntesis proposicional vincula la acción (o estado) con el sujeto de tal manera que este último sigue siendo el agente (o poseedor) y, por lo tanto, distinto del estatus o la función en la que aparece. En una expresión como “Cuando pensamos en un ‘rayo’, no solo pensamos en el trueno, sino en el rayo en sí, al que sigue el trueno”, pensamos en un sujeto que “se manifiesta”12. La forma gra matical conserva así la distinción dialéctica entre el sujeto y sus funciones; la oración contiene la negación del hecho dado; conecta lo que sucede con lo que condiciona el 11 Wilhelm von Humboldt, Über die Verschiedenheit des menschlichen Sprachbaus, Berlin, 1936, p. 254. 12 Ibid., p. 252. 29 Lenguaje y sociedad tecnológica evento y permite al lector u oyente seguir el proceso y re construirlo. 

 La concreción congelada que impregna el universo ma nipulado del discurso también podría denominarse una “concreción desplazada”, desplazada en la medida en que se realiza a expensas de factores reprimidos (y pasados por alto) que alguna vez hicieron de las personas y las cosas lo que son aquí y ahora, y que reescriben esas posibilidades alternativas de la existencia humana. Ciertamente, estas imágenes, que resultan casi mágicas, pueden evocar el pa sado (como un político que recuerda su infancia comiendo deliciosas hamburguesas en la pequeña tienda de comesti bles de su padre, o a los padres fundadores, o incluso a Marx y Lenin); pero tales evocaciones conducen a la supre sión de la historia porque sirven para desdibujar la dife rencia crucial: el niño que ahora devora hamburguesas en la pequeña tienda de su padre desea algún día gobernar uno de los dos Estados más poderosos del mundo, y ni Marx ni Lenin son los precursores históricos de Khrushchev. El lenguaje funcional es un lenguaje ahistórico: la ten dencia a identificar las cosas con su función destruye la gramática metafísica que vinculaba sustantivo-sujeto-sus tancia-esencia, de tal manera que la esencia era siempre el principio primario y constante, el fundamento, la raciona lidad de toda la estructura. Esta metafísica viola la forma lización de la lógica y la gramática, sobre todo al introducir la dimensión del tiempo en estas dos disciplinas: la “esen cia” aparecía no solo como el a priori estructural y cons tante, sino también como el a priori histórico e ilimitado del sujeto. En contraste, la racionalidad tecnológica es una raciona lidad ahistórica y, como tal, puede servir perfectamente a intereses manipuladores, especialmente en una sociedad 30 Herbert Marcuse que ha tomado conciencia del contenido subversivo de una conciencia histórica sin restricciones, así como de la tecno logía para racionalizar dicho contenido. 

No se necesita mu cha imaginación para visualizar la supresión del desarrollo en el universo discursivo funcionalizado mediante la re presión social. Con sus abstracciones y su significado ce rrado, con sus objetivaciones eficientes, este universo libra una gran lucha social contra los peligros de la memoria: La aterradora imagen de una humanidad sin memoria… no es simplemente producto de la decadencia… sino que está necesariamente ligada al progresismo del principio burgués… Economistas y sociólogos como Werner Som bart y Max Weber han asociado el principio del tradicio nalismo con las formas feudales de sociedad y el de la ra cionalidad con las burguesas. 

Pero esto no significa otra cosa que la memoria, el tiempo y el recuerdo son liquida dos por la propia sociedad burguesa progresista como una especie de residuo irracional…13 El análisis previo tuvo como objetivo identificar algunas de las formas en que los controles sociales y políticos pro pios de una civilización tecnológicamente avanzada se tra ducen en lenguaje. El lenguaje no solo refleja estos contro les, sino que se convierte en un instrumento de control, in cluso (y especialmente) cuando transmite información en lugar de órdenes, cuando exige decisiones en lugar de obe diencia, no sumisión sino libertad. Este lenguaje controla mediante la reducción de las formas lingüísticas y sus sím bolos: símbolos de reflexión, abstracción, desarrollo y con tradicción; niega o absorbe el vocabulario trascendente que evoca una dimensión cualitativamente diferente del pen samiento y posibilidades de acción cualitativamente dis tintas. El universo cerrado del discurso tiende a paralizar 13 Theodor W. Adorno, „Wes, bedeutet Aufarbeitung der Vergangenheit?“ en: Bericht über die Erzieherkonferenz am 6. und 7. November in Wiesbaden; Frankfurt, 1960, p. 14. 31 Lenguaje y sociedad tecnológica la expresión de la negación política y, por lo tanto, exige un lenguaje apofántico en el sentido más estricto, un “len guaje de la conciencia” (Roland Barthes): argumentación, comprensión del proceso de mediación en el que los he chos se crean tal como son; distinción entre la cosa y su función, entre el sujeto y su realización; en resumen, el uni verso abierto del discurso en el que se pueden explicar las posibilidades históricas, en el que la contradicción encuen tra su representación lingüística e intelectual adecuada. El lenguaje político refleja con mayor claridad el cierre de un universo político. Por ejemplo, una comparación lin güística de los discursos de Jefferson, Madison y Lincoln, por un lado, y sus sucesores contemporáneos o potenciales sucesores, por otro, podría revelar la osificación de concep tos en clichés, la transformación de afirmaciones persuasi vas en declaraciones hipnóticas, la sustitución de imágenes mágico-rituales por un desarrollo sintético, etc. Dado que el elemento esencial no reside en los aspectos alternativos que constituirían una diferencia cualitativa, encuentra su verdadero propósito en las técnicas alternativas de mani pulación. El progreso implica, entonces, que la realidad tecnológica pone fin a la política como una función sepa rada e independiente, y los problemas políticos se convier ten en problemas tecnológicos. La perversión de una reali dad de crecientes capacidades tecnológicas se evidencia en el hecho de que la función de la política va acompañada por la de las industrias del entretenimiento y la belleza: una combinación fatalmente inmadura. 

Cuando un candi dato al cargo político más alto aparece en el programa de televisión de un popular comediante, está representando la tragedia satírica clásica. Finis tragoediae (fin de la trage dia), pero no es tanto el héroe como el pueblo quien propi cia el sacrificio ritual. La transformación de un universo político abierto a uno cerrado también se evidencia en el desarrollo del discurso 32 Herbert Marcuse comunista desde Marx hasta Stalin. El lenguaje de Marx es un lenguaje altamente cognitivo, también en sus manifies tos: argumenta, demuestra y examina alternativas. En con traste, el lenguaje estalinista ya no es un “discurso”, sino una enunciación autoafirmativa. La función explicativa del discurso desaparece o, mejor dicho, la forma sintáctica de la explicación sirve para comunicar (y oscurecer) un dicta men, decisiones u órdenes. Términos tradicionalmente neutrales (como internacionalismo, cosmopolitismo) se convierten en marcadores incuestionables de lo correcto o incorrecto; su definición separa el bien del mal. “Ya no existe distancia entre nombrar y juzgar; el lenguaje se cie rra por completo, pues en última instancia un valor se da como explicación de otro”. El discurso, por lo tanto, se mueve en tautologías. Ya no se preocupa por explicar los hechos, sino por “la representación de la realidad en for mas preconcebidas”, por las condenas. Por ejemplo, el con tenido objetivo del término “desviado” se “asigna a la ju risdicción penal”. Este tipo de discurso funciona “como una buena conciencia y sirve para crear un acuerdo enga ñoso entre el origen del hecho y su manifestación más re mota”14. Parece que estas características del “lenguaje esta linista” no se limitan a la comunicación terrorista. También aparecen en los “espacios libres” de una sociedad indus trial avanzada que tiende a la conformidad total15. 14 Roland Barthes, Op. Cit., pp. 37ss. 15 Una tendencia similar quedó demostrada en Alemania Occidental por los exhaustivos estudios realizados por el Instituto de Investigación So cial de Frankfurt entre 1950 y 1951. Véase Friedrich Pollock (Ed.), Gruppenexperiment, Frankfurt, 1955, especialmente el resumen “Aspekte der Sprache”, pp. 545ss

lunes, 6 de julio de 2026

ALBERTO BERNABÉ Platón y el orfísmo DIÁLOGOS ENTRE RELIGIÓN Y FILOSOFÍA


 

INTRODUCCIÓN»

 «Platón remeda lo de Orfeón Y es que Platón remeda lo de Orfeo en todas partes1. La frase de Olimpiodoro que nos sirve de frontispicio revela que el filósofo neoplatónico del VI d.G. estaba convencido de que Platón practicaba con lo órfico un remedo, que naturalmente no hemos de entender como parodia burlesca, sino como una forma de aludir, con ciertas alteraciones y con una intención determinada, a contenidos propios de la religión y la literatura órficas, conocidos como tales por quien los oía o leía. Insiste además en que tal proceder afecta a toda su obra. He situado la frase como punto de arranque de esta indagación, porque, en gran medida, es de eso de lo que trata: de determinar en qué consiste tal «remedo» y de ver si su alcance es tan grande como pretendía Olimpiodoro cuando consideraba que se encuentra «en todas partes». La cuestión no es ociosa. 

En primer lugar, porque parece fuera de discusión que las referencias de Platón son imprescindibles para recons truir la literatura y la religión órficas en época clásica, por lo que es pre ciso evaluar en qué medida podemos fiarnos de su testimonio. En segundo lugar, porque se da la paradoja de que, pese a que el influjo órfico sobre Platón es algo que suele darse por supuesto2, son raros los 1 Olympiod. inPl. Phaed. IO.3 (141 Westerink = OF 338 II). Repite casi literalmente la frase en 7-IO (115 Westerink = OF 57^ III). 2 Cf., entre otros muchos ejemplos que podrían aducirse, Robin I9?3, 220; Rohde 1907, passim; Friedlánder 1928-1930, cap. III; Gernet-Boulanger 193?, 387-389; Guthrie 1952, 238-244. casos en los que el tema se ha tratado específicamente. Un primer balance de esta cuestión lo hizo Weber a finales del XIX en un trabajo de poco más de cuarenta páginas, limitado a las noticias sobre Orfeo y a las menciones explícitas sobre su obra3. Ni que decir tiene que este balance ha quedado sumamente envejecido, lo que no ha impedido que, dentro de la inmensa bibliografía platónica, sigan siendo poquísimos los traba jos dedicados específicamente avalorar el influjo órfico sobre Platón4. Es más, aunque todos cuantos se refieren a esta cuestión parecen tener ideas claras sobre ella, la lectura de tan solo dos o tres trabajos al azar sobre el tema nos mostraría las hondas divergencias, y no sólo en cuestiones de detalle, que existen entre los numerosos cuadros del Orfismo, cada uno de ellos supuestamente claro, reconstruidos por los distintos comentaristas. 

Para unos, las huellas del orfismo en la filosofía platónica son profundísimas, para otros, en cambio, el influjo órfico en nuestro filósofo se minimiza hasta casi desaparecer. Una muestra reciente del extremo de esta tendencia es un libro editado por Partenie (2009), cuyos autores, en más de 25o páginas dedicadas a los mitos de Platón, silencian cuidadosamente cualquier conexión de éstos con los misterios, como si fueran una creación ex novo o como si las alusiones a los paralelos órficos contaminaran la impoluta imagen del filósofo. Posturas tan extremas en la interpretación no son extrañas para quien se interesa por el orfismo. Es bien conocido que los estudios sobre este capítulo de la historia religiosa y literaria de los griegos han pasado por unos profundos vaivenes interpretativos, desde la «moda órfica» que caracterizó el siglo XIX y los comienzos del XX5, pasando por la crítica que hace Wilamowitz a este incontrolado «panor 3 4 5 Weber 1899. Pueden citarse: Boyancé 1942; Masaracchja 1993; Gasadesús 1995; 2008; ade más de Gornford 1903, limitado a cuestiones muy concretas y muy discutible en diversos aspectos; Kingsley 1995» caP- 10 ^ Plato and Orpheus», 112-132, que se restringe al mito del Fedón, y Edmonds 2004, que se ciñe al tema del viaje del alma al Más Allá, también en el Fedón, y que, además, no cree que exista un influjo órfico sobre el filósofo. Gf. sobre este último Bernabé 2006a. El interés por el orfismo arranca del libro seminal de Lobeck 1829> seguido por trabajos como Harrison 1903; Rohde I9°7 0 Dieterich 1913» hasta llegar al libro sobre Orfeo de Kern 1920 y a la edición fundamental de los fragmentos órficos del mismo autor (Kern 1922), si bien el representante extremo de tal visión fue Macchioro 1922 y 193°• Mantuvieron posturas más matizadas Nilsson 1935; Guthrie 1952 y Ziegler 1939 y 1942, así como Bianchi 1974- fism o» , que llevó a las actitudes desaforadamente escépticas de los años centrales del XX, hasta llegar a la recuperación del interés por la cuestión en los últimos años, provocado sobre todo por el hallazgo de algunos testimonios nuevos de capital importancia, como las láminas de hueso de Olbia, el Papiro de Derveni y varias laminillas de oro7. 

Dado que me referiré a ellos reiteradas veces a lo largo de este libro, merece la pena decir alguna palabra sobre cada uno de estos documentos. Las láminas de hueso de Olbia son tres pequeñas piezas (la más grande 5>I x 4*1 x °>2 cm.), datadas en el siglo V a.G. y encontradas en 1951 en Olbia, antigua colonia de Mileto, fundada hacia el siglo VII a.G. y situada en la orilla occidental del Dnieper, cerca de su desembocadura en el Mar Negro, también conocida por el nombre de Borístenes. No fueron publicadas hasta 197^ e incluso su conocimiento no se generalizó hasta que volvieron a ser editadas en una publicación de mayor difusión, dos años más tarde. Contienengraffiti, que, pese a su brevedad, docu mentan creencias de un grupo de fieles de Dioniso que se denominaban a sí mismos órficos y postulaban una existencia tras la muerte8. 

El Papiro de Derveni fue hallado en 1962 en la localidad del mismo nombre, a unos 12 km. al noroeste de Salónica, entre los restos de una cremación en la llamada tumba A. Se data en el s. IV a.G. y contiene referencias a determinados ritos iniciáticos en sus primeras siete columnas y en la XX, mientras que las demás se dedican a un extenso comentario exegético de una teogonia en verso atribuida a Orfeo (y que debe datarse antes del s. V a.G.) realizado sobre todo desde un punto de vista físico y filosófico. 

El autor del comentario es desconocido, pero parece conocer las teorías de los presocráticos y avanza ideas que encontraremos luego en los estoicos9. 6 Especialmente Wilamowitz-Moellendorff 1931-1932, seguido por Linforth 194I; Dodds 195I; Moulinier 1955 o Zuntz 1971. 7 No creo pertinente hacer aquí un estado de la cuestión sobre los estudios acerca del orfismo en los últimos años. A tal efecto pueden consultarse las reseñas bibliográficas de Bernabé 1992 y de Santamaría 2003 8 Sobre las láminas de Olbia cf. West 198?; Zhmud 1992; Dubois 1996; Bernabé 2008a, donde puede encontrarse bibliografía suplementaria. Gf. [T 33c y T 33d]. 9 De la inmensa bibliografía dedicada al Papiro de Derveni, destacaría: Gasadesús 1995; Laks-Most 1997; Janko 2002; Jourdan 2003; Betegh 2004; Burkert 2005; Kouremenos-Parássoglou-Tsantsanoglou 2006; Bernabé 2007d; Gasa desús 2008c. Gf. [T lOa, T Ilg, T 13c, T I3d, T I3e, T 18c]. Las laminillas de oro fueron encontradas en tumbas de diversos lugares, especialmente la Magna Grecia, Tesalia y Greta. Algunas eran conocidas desde mucho tiempo atrás, pero otras, como la de Hiponio, aparecieron en los años sesenta del pasado siglo, y otras aún más tarde. Las laminillas han aportado nuevos materiales interesantes acerca de un grupo de creyentes, que consideramos órficos y que creían poder encontrar en el Más Allá un trato preferente si demostraban conocer determinadas contraseñas que debían decir, bien ante unos guardianes, bien ante la propia Perséfone10. 

En estas circunstancias, puede resultar no sólo útil, sino incluso indispensable reexaminar las fuentes antiguas y tomar en consideración las nuevas que nos permiten acceder al conocimiento de este complejo movimiento religioso, en la idea de que un análisis sin partípris previo permitirá llegar a algunas conclusiones valiosas11. 

Dos serán, pues, los objetivos fundamentales de este libro12: por un lado, examinar los tes timonios platónicos acerca del conjunto de mitos, obras literarias y rituales que los griegos relacionaban con Orfeo y con sus seguidores, cotejándolos, para evaluar en qué medida podemos fiarnos de ellos, con otros textos en que se haga referencia a las mismas cuestiones; por otro lado, una vez que dispongamos de una idea más matizada sobre la situación de lo órfico en época del filósofo, para cada uno de los aspec tos tratados, evaluar el influjo que la literatura, la práctica ritual y el imaginario órficos pudieron ejercer sobre Platón. Para esto último resulta un buen punto de partida el fecundo concepto de «transposi ción», sugerido ya hace mucho tiempo por Diés13 para definir el modo en que Platón altera los esquemas heredados para adaptarlos a su pro pia doctrina. 10 Sobre las laminillas órficas cf. Riedweg 1998; Bernabé-Jiménez San Cristóbal 2001; 2008 (con amplio comentario y bibliografía exhaustiva); Pugliese Carrra- telli 20 03; Edmonds 2004; Tortorelli Ghidini 2006; Graf-Johnston 2007- Cf. [T 25b, T 25c, T36b, T 50a, T 50b, T 50c, T 53a]. 11 En un trabajo anterior (Bernabé 2004a) establecí una comparación entre los textos órficos y la filosofía presocrática. 12 En él se unifican, amplían, corrigen y actualizan puntos de vista presentados en algunas publicaciones anteriores, algunas de ellas de no demasiado fácil acceso (Bernabé 1995, 1998, 1999, 2002ay 2007b). 13 Diés I927> 432ss., sobre cuyas huellas sigue Frutiger 193°; cf. también Schuhl I934> 205, n. 4> quien insiste en el hecho de que Platón utiliza las experiencias místicas para traducir la experiencia filosófica y, más adelante, Paquet 1973- Cf. § 13 Las dificultades de este trabajo son sin embargo considerables. No es ocioso aludir a las más importantes. I. 

No son muchos los testimonios significativos del orfismo en época clásica que podamos cotejar con los de Platón, para tener ele mentos de juicio o de referencia a la hora de valorar éstos. 2- No ayudan demasiado a nuestros propósitos los hábitos de Platón en materia de citas de otros autores. El filósofo no sólo no es en abso luto preciso en ellas, sino que a menudo es deliberadamente impreciso, aveces irónico, las más, distanciado. Muestra, además, una desespe rante tendencia a intervenir Ubérrimamente no sólo en la interpreta ción de los pasajes que cita, sino incluso en los textos mismos, para acomodarlos a sus propios esquemas de pensamiento. 

En tales condi ciones, la valoración de algunos testimonios se hace muy difícil. 3- Muy a menudo hemos de recurrir a testimonios bastante poste riores al filósofo, que sin embargo, por un motivo u otro, traslucen que proceden de una época más antigua, dada la tendencia de los auto res órficos a reelaborar constantemente su propia tradición literaria. En este punto debe usarse la mayor prudencia, ya que los testimonios tardíos pueden incorporar algunos elementos de la situación del orfismo posterior a la conocida por Platón. A la vista de esta situación es obligado actuar con el máximo rigor filológico y no menor cautela; es necesario examinar de modo cuida doso y crítico los testimonios platónicos que de un modo claro o de forma velada aludan a Orfeo o a la literatura órfica, a la luz de lo que revelan otros testimonios contemporáneos o posteriores que puedan ser comparados con ellos. 

Antes de proseguir conviene, además, que fije el alcance de cada uno de los dos polos de esta indagación: en lo que respecta a Platón, he de precisar un par de cuestiones: una, que a todos los efectos, «Pla tón» se referirá a los contenidos de los diálogos del corpus Platonicum, incluyendo los espurios, y otra, que, salvo contadísimas excepciones, no trataré de distinguir si hemos de atribuir lo que el personaje de Sócrates dice en ellos al Sócrates histórico o a Platón. En lo que se refiere al orfismo, se trata de un asunto más difícil de precisar. Para ello recurriré a las conclusiones de un trabajo anterior en que analizaba los testimonios de que disponíamos para definir este movi miento14. Consideraré como «órficos» a aquellos que seguían las ense 14 Bernabé 2005, 138-142. ñanzas religiosas de obras o ritos de los que Orfeo fue considerado autor o fundador. Se trata de un grupo bastante heterogéneo, que debemos incluir en círculos dionisíacos, ya que los misterios órficos son misterios báquicos. No obstante, los «sectarios» del dionisismo a los que lla mamos órficos debieron aceptar elementos propios del pitagorismo y de otras formas de la espiritualidad del tardoarcaísmo griego para desa rrollar ritos mistéricos que se enmarcan en la creencia en la metempsico- sis y en una forma de puritanismo que preconizaba la necesidad de man tener el alma pura y el cuerpo apartado del derramamiento de sangre y del contacto con productos procedentes de un ser muerto. 

A lo largo del tiempo fueron creando una forma de religiosidad individual, cuyo interés básico era la salvación personal en otra vida que suponían mejor que ésta. La iniciación y los ritos, así como la lectura de sus textos les proveían de un bagaje de conocimientos mistéricos que les permitía saber cómo obtener un destino especial en el otro mundo, tras liberarse de la culpa originaria que creían acarrear15. Una serie de prohibiciones rituales les conducían a ese objetivo. Era, pues, una religiosidad esencialmente tradicional y que se realizaba a través de la transmisión de un logos por vía iniciática de la mano de sacerdotes itinerantes que ofrecían sus servicios sobre la base de libros atribuidos a Orfeo16. El mensaje, producido en estos términos, presenta una situación contradictoria. El carácter tradicional de lo órfico provocó que mantu viera considerablemente su identidad a través de los siglos, de modo que encontramos fraseología muy semejante y creencias casi idénticas en testimonios separados muchos siglos entre sí, pero, por el contra rio, al ser una religión sin comunidades estables, organizada en torno a una materia prima de base mítica, doctrinal y ritual expresada literaria mente, sin estructura eclesiástica jerárquica, en manos de unos intér pretes a quienes nadie nombraba ni legitimaba, sino que ellos mismos se erigían como tales, admitía desde el principio notables variaciones entre sus diversos creyentes y transmisores17. 

A ello se une una circunstancia fundamental: se trata de una forma de religión que intenta dar respuesta a necesidades muy básicas del ser humano, como pueden ser la aspiración de inmortalidad, los deseos de aproximarse a una divinidad de forma menos lejana y oficial que la 15 Cf. § 8. 16 Gasadio 1990b, 197. 17 Gf. Casadesús 2006. religión del Estado y el anhelo de una valoración del individuo no dependiente de consideraciones sociales y por tanto más igualitaria. El orfismo (o, si queremos, el orfismo y los movimientos similares, ya que es un problema determinar dónde se sitúan los límites y entre unos y otros) sería un tipo de religión personal, basada en unos textos, con un marco de referencia común: el dualismo entre alma inmortal y cuerpo mortal, el pecado antecedente, el ciclo de transmigraciones, la liberación del alma y su salvación final. Sin abandonar del todo este marco común, intermediarios de diferente tipo ofrecían a cada usuario aquello que cada uno necesitaba. Al responder a necesidades de consuelo y salvación individual, esta religión sin dogmas ni iglesia, que se abría libremente a no importaba qué usuario, permitía que cada uno encontrara en ella lo que buscaba. Algunos se conformarían con que lo iniciaran y con par ticipar en algunos ritos que apenas entendía, pensando que así iba a librarse del fango y los terrores del Hades y a disfrutar de una existencia feliz comiendo y bebiendo a diario en el otro mundo. Otros querrían tan sólo que le vendieran un ensalmo de Orfeo o una maldición para librarse de un dolor de muelas o de un enemigo indeseable. Otros, en cambio, creerían hallar en el texto órfico un mensaje religioso, filosó fico y hasta científico profundo, para lo que el intermediario afinaría, en cada caso, sus métodos de indagación. Podemos trazar los dos extremos de lo que debió de ser un espectro muy amplio de modos de sentir y transmitir lo órfico. Una línea, que podríamos denominar «degradada», insistía en ofrecer una solución rápida a los problemas de este mundo a través de la celebración mecánica de ritos que tan sólo por su mera celebración prometían la seguridad de un destino mejor en la otra vida. En esta misma línea se situaban las soluciones mágicas atribuidas a Orfeo, cuyo mito contiene aspectos pro pios de la magia. 

Otra línea, en dirección totalmente contraria, trataba de depurar el mensaje y darle una perspectiva filosófica y profunda. Entre ambas líneas tenemos, por supuesto, a los simples creyentes que trataban de llevar una vida justa y participaban en el rito que les ofrecía esperanzas para el Más Allá como una forma sincera de prepararse para la muerte. Nilsson considera que el orfismo debió de surgir en un medio que califica de «movimientos nebulosos y supersticiosos que apelaban más 18 Nilsson 1935. a gente iletrada que a mentes altas». Entiendo que tal convicción puede ser apresurada. No podemos aceptar sin más este presupuesto si tenemos en cuenta, por una parte, que unos testimonios claramente órficos, como las laminillas, están escritos en oro y se guardaron en tumbas espectaculares, como el timponegrande de Turios, y por otra, que los postulados de la doctrina órfica atrajeron, como veremos, a monar cas sicilianos y a otros ricos clientes de Píndaro, lo que habla del ele vado estatus socioeconómico y político de algunos adeptos al orfismo. Incluso llamó la atención del propio Platón, prototipo de aristócrata ateniense. Todo ello ha motivado que se haya propuesto lo contrario que Nilsson, que el movimiento órfico surgió, o al menos tuvo un especial éxito entre la aristocracia de ciertos lugares que prefería buscar su identidad fuera de los límites de este mundo y una posición de pree minencia en el Más Allá. Con ello transformaban el elitismo social en elitismo escatológico y sustituían el yévog heroico por un yévoc; cós mico, aunque aún sobre el modelo de las formas de expresión literaria propias de Homero19. Lo que llamamos orfismo es, pues, un fenómeno un tanto mag- mático y se podría discutir qué es órfico propiamente y qué no lo es en el arco de posibilidades que he trazado. Sin embargo, me ha parecido más operativo mantener ese arco, sin intervenir dogmáticamente en lo que no era dogmático, y tomar «órfico» en un sentido amplio, para referirme a este conjunto de poemas, creencias y rituales, relacionados con los misterios, el dionisismo, la transmigración de las almas y un Más Allá con premios y castigos. Lo importante es comprender un fenómeno religioso y no discutir por las etiquetas que hay que ponerle a cada manifestación de este fenómeno. 

Todo ello sin perjuicio de que esta indagación pueda servir en alguna medida para precisar algo más y fijarse en los detalles de lo que aquí he presentado como un esbozo de trazo muy grueso. Para proceder con cierto orden, dedico la primera parte del libro a los testimonios de Platón sobre Orfeo (§ i) y sobre sus seguidores (§ 2) • Consagraré especial atención a la forma en que Platón introduce sus referencias a Orfeo y los órficos, porque, como veremos, el resultado de este análisis arroja enorme luz sobre la actitud que Platón tiene hacia los textos órficos, hacia su presunto autor y hacia sus seguidores y 19 Cf. Herrero de Jáuregui 2008, recogiendo propuestas anteriores. ello nos permite avanzar considerablemente en la interpretación de sus testimonios. Al mismo tiempo, la comparación de éstos con los de otros autores ayudará a determinar en qué medida podemos considerar fiable lo que el filósofo nos dice. En la segunda parte, se trata de evaluar en qué medida puede detec tarse la presencia de creencias órficas en diversos temas aludidos, ana lizados o transmutados por Platón, como los mitos cosmogónicos y teogónicos, los modelos del cosmos, la inmortalidad del alma, la rela ción de ésta con el cuerpo, el mito de Dioniso y los Titanes, las imáge nes del Más Allá, la justicia y la retribución, la imagen de Zeus o los rituales e iniciaciones.

 En la tercera parte se examinan los métodos de la transposición pla tónica y en la cuarta se hace un balance del cuadro del orfismo que podemos trazar en la época del filósofo y de su actitud ante las cuestio nes más importantes, y asimismo se trazan las líneas generales de histo ria de la recepción del orfismo antes y después de Platón. En un apéndice se recoge el texto griego y la traducción de los pasa jes referidos, en páginas enfrentadas. Cada uno de ellos lleva un número, precedido de la letra T, al que remitirán también las referen cias entre corchetes cuadrados a lo largo del libro, lo que permitirá encontrarlos con facilidad en el apéndice. 

Tras algunos testimonios platónicos aparecerán otros de otros autores, que llevarán el mismo número del pasaje de Platón al que complementan, pero seguido de una letra minúscula (por ejemplo Tl8a, 18b, etc.). Al final aparecen enumeradas las referencias bibliográficas que en el curso de la obra se presentan de forma abreviada. Completan la obra un índice de pasajes citados y otro analítico. La pretensión de un libro como éste, escrito por un filólogo, es, ante todo, la de ofrecer un instrumento de trabajo útil y manejable, un repertorio organizado de textos significativos y un desbroce del análisis de su significado en su época y en su contexto, que permita a quienes estén interesados en ello profundizar luego morephilosophico en las múlti ples e interesantes cuestiones que se plantean20. 20 Deseo mostrar mi agradecimiento más profundo a Marco Antonio Santamaría, que leyó una primera versión de la obra y me hizo un sinnúmero de observacio nes valiosas, que sin duda la han enriquecido, y a Silvia Porres, que confeccionó los índices y revisó el texto, liberándolo de no pocos errores.

domingo, 5 de julio de 2026

WERNER JAEGER DEMÓSTENES La agonía de Grecia

 


PREFACIO A ESTA EDICION 

Es para mí una gran satisfacción ver traducido al espa ñol mi Demóstenes, que se publicó en inglés en 1938, como consta en el prefacio de esa edición, que aparece también en la presente. Poco es lo que debo añadir a lo dicho en él, pero me complace llamar la atención del lec tor sobre mi otra obra, Paideia: los ideales de la cultura griega, de la que han aparecido dos nuevos volúmenes desde que se publicó Demóstenes. La obra entera ha sido publicada en español por el Fondo de Cultura Econó mica. 

El último capítulo del volumen iii de Paideia, que trata de Demóstenes y de su lucha por la libertad de Grecia, se basa en los resultados del presente libro. Por otro lado, los volúmenes n y iii de Paideia ofrecen un cuadro mucho más amplio del fondo dentro del cual se desarrollan las luchas que sostuvo Demóstenes duran te toda su vida, y que puede ser útil para quienes quieran saber más de lo que se dice en los primeros capítulos de Demóstenes. De los tres apéndices que no pudieron incluirse en Demóstenes (véase el Prefacio a la edición inglesa), uno se publicó por separado con el título The Date of Isocra- tes’ Areopagiticus and the Athenian Oposition, en la serie Harvard Studies in Classical Philology, volumen es pecial (Cambridge, Harvard University Press, 1941), pp. 409-450. 

Esta publicación constituye un suplemen to importante a mis observaciones sobre el Areopagiticus de Isócrates que aparecen en la página 68 y en las notas números 10 y 12 de las páginas 266 de este libro. En el 5 6 PREFACIO A ESTA EDICIÓN volumen m de Paideia también hay un capitulo sobre este tema. Quienes no tengan acceso a los Harvard Studies pueden remitirse a él. Por último, me complace expresar mi sincera grati tud al traductor de este libro, profesor Eduardo Nicol, de la Universidad Nacional de México, por el excelente trabajo que ha realizado en este volumen. A su inteli gencia y comprensión de las cosas, así como al interés que puso en la empresa la editorial Fondo de Cultura Económica debo que este libro pueda hoy leerse en los países de habla española. W erner Jaecer Noviembre de 1945 Harvard Univcrsity Cambridge, Massachusetts

domingo, 21 de junio de 2026

Ayer estuve en la gruta enferma.


 

Ayer estuve en la gruta enferma. ¿Quién me invitó a entrar? La ninfa. ¿Subes? Me dijo ella… y entonces, empecé a sangrar con cada paso hacia la gruta. ¿Qué miraste en la gruta? Todo y nada. Y entonces, fui detrás de ella escaleras arriba, guiado por su aroma de higo maduro. Yo soy el Sileno que mira la gruta enferma en que nazco, crezco y muero. Ardo en llama eterna, en soledad por tenerte y no tenerte. ¿Qué frutos amargos hay en esa penumbra que me hiere y me produce el ahogo de precipitarme al abismo de tu poro? ¿Qué fuerza poderosa me engaña y me lleva a tus márgenes? Ninfa de la primavera, eres también la gruta enferma que fustiga mi cuerpo y mi conciencia. ¿Qué sátiro asesino traspasó la daga de costado a costado? ¿Qué ninfa secreta abre la herida? ¿Quién te invita a la ruta de la seducción? ¿Quién navega en medio de mármoles ocultos? Soy el juego oscuro y secreto, el deseo salivante.  

Fragmento. Novela. Opereta del Ciego o los 9 círculos de Eros. Jorge Méndez-Limbrick

DICCIONARIO CRÍTICO DE MITOS Y SÍMBOLOS DEL NAZISMO PRÓLOGO




Rosa Sala nos descubre con rigor analítico y pericia literaria la mugre negra del nacionalsocialismo. Es importante asomarse a ella para reconocer, sin misticismo ni renuncias intelectuales, los precipicios del horror. Para no reincidir en la caída no basta con condenar: Lo valiente es comprender.

 PRESENTACIÓN

 

Sangre negra.

 

Una de las dificultades básicas para la comprensión profunda del nazismo ha sido la utilización frecuente, y desde luego nada neutra, del calificativo inhumano para describir su esencia. Casi siempre el uso de este término ha ido acompañado de otro, demoníaco, que lo reforzaba y complementaba. Pero en los dos casos se recurría a una mentira, o a una hipocresía moral, o a una injustificable complacencia intelectual, puesto que lo más auténticamente monstruoso del nacionalsocialismo estriba en su carácter humano y no, pese a la popularidad de la formulación, en su deuda con el demonio —o con el diablo— y

mucho menos, por supuesto, con un daimon ajeno a la razón.

El nazismo es un fruto terrestre, y no infernal; humano, y no diabólico; racional, por más que se manifestara finalmente con delirantes irracionalismos. Esto es lo difícil de aceptar y lo imposible de eludir.

Las causas últimas de aquella atribución de inhumanidad, que todo parecía explicarlo, son psicológicas y asimismo políticas. El exterminio judío supuso un cambio cualitativo en

la carga sacrificial que podía atribuirse a una guerra o a una revolución ideológica: tras la Segunda Guerra Mundial, y tras el conocimiento directo del horror de los campos de concentración, se extendió la idea de que el Holocausto era un punto de no retorno en la

acción del hombre, un cul de sac de la conciencia humana que, por su manifestación extrema, se insinuaba ya fuera de las tradicionales costumbres destructivas del hombre. En

cierto sentido, para salvar la imagen misma de lo humano, se consideró imprescindible expulsar de la humanidad todo aquello que concerniera al nacionalsocialismo.

Hubo, sin embargo, también razones políticas que afectaban a ambos bandos. Desde el lado alemán se agradeció, obviamente, el recurso al poder del demonio, ya que esto ponía a salvo a todos aquellos alemanes que consideraban no haber intimado con el infierno. Para los aliados, desprovistos de tiempo para escarbar en las raíces más hondas de lo que había

sucedido, entre otras cosas por el inicio de la Guerra Fría que había de dividirles furiosamente, resultó también un alivio considerar que Hitler y los suyos eran criaturas del Averno. Lo inhumano servía admirablemente pare evitar una peligrosa investigación en lo humano.

Es verdad que hubo innumerables estudios e innumerables condenas alrededor del nacionalsocialismo que concernían tanto a su sangriento presente como a un

intelectualmente turbio pasado. No obstante, más allá de los ámbitos académicos, pronto se

extendió la creencia de que aquel oscuro remolino que había azotado Europa era, simplemente, el mal en sí mismo. Esto debilitó la mirada hacia los orígenes del mal tanto en Alemania como, lo que era todavía más decisivo, fuera de las fronteras alemanas. Nadie recordó seriamente que la hoguera que incendió Alemania se había alimentado en leños muy diversos y de muy diversas procedencias. Ya Thomas Mann en su novela Doktor Faustus, contemporánea a la época de inhumanización del nazismo, advirtió del enorme error histórico y político de tal proceso.

Como producto extrahumano e infernal el nacionalsocialismo se convirtió en un tabú, contra el que se podía hablar pero con el que se debía extremar la prudencia al ahondar en

su genealogía. Conjurado el diablo era mejor no penetrar en sus artes, no fuera que en la

tiniebla se descubrieran complejidades y complicidades que se extendían por inesperadas

regiones de la civilización occidental. Con el paso del tiempo —es decir: para nosotros, a

principios del siglo XXI— el nazismo tiene un aura maldita de la que casi todos ignoran el origen.

El libro de Rosa Sala Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo es, en este horizonte, un libro necesario que combate el olvido de ese origen, partiendo, además, creo, de la premisa fundamental de que el nacionalsocialismo, de tan funestas consecuencias, es,

a pesar de que nos cueste aceptarlo, una obra del hombre y que, como tal, debe ser analizada sin echar mano de instancias sobrenaturales. En consecuencia, aunque organizado en forma de diccionario, el texto de Rosa Sala es una enérgica tarea de disección en el cuerpo histórico, filosófico y aun psicológico del nazismo. Bajo la piel aparecen entrañas y vísceras que aunque puedan, con razón, presentársenos como repugnantes, forman parte de un organismo que, si se apoderó de una Alemania enloquecida, también

encontró favorables afinidades en el resto de Europa y fuera de Europa. Los mitos y los símbolos son la sangre que alimenta todo cuerpo social. También en el caso del nazismo.

Rosa Sala nos descubre con rigor analítico y pericia literaria la sangre negra del nacionalsocialismo. Es importante asomarse a ella para reconocer, sin filisteísmo ni renuncias intelectuales, los precipicios del horror. Para no reincidir en la caída no basta con condenar. Lo valiente es comprender.

RAFAEL ARGULLOL.

jueves, 11 de junio de 2026

René Girard La ruta antigua de los hombres perversos

 


René Girard La ruta antigua de los hombres perversos Traducción de Francisco Diez del Corral EDITORIAL ANAGRAMA BARCELONA Titulo de la edición original: La route ant‘cluc des hommes pervers © Editions Grasset & Fasquelle París, 1985 Portada: Julio Vivas, a partir de un fragmento de «La visión de la muerte» de la edición de la Biblia ilustrada por Gustave Doré, 1865 © EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 1989 Pedró de la Creu, 58 08034 Barcelona ISBN: 84-339-1325-5 Depósito Legal: B. 36400-1984 Printed in Spain Libergraf, S.A., Constitució, 19. 08014 Barcelona Agradezco la valiosa ayuda de Christiane Fré- mont, cuyas abundantes sugerencias han mejo rado sensiblemente el texto de la presente obra. Para Raymund Schwager

 I. El caso de Job 1. JOB, VICTIMA DE SU PUEBLO 

¿Qué sabemos sobre el Libro de Job? Poca cosa. Que el héroe se lamenta interminablemente. Acaba de perder a sus hijos y todo su ganado. Se rasca las pústulas. Las desgracias que sufre aparecen debidamente enumeradas en el prólogo. Son los tormentos que Satán, con el permiso de Dios, acaba de infligirle. Creemos saber, pero ¿sabemos realmente? Ni una sola vez, en el curso de los Diálogos, Job menciona a Satán: ni a Satán ni ninguna de sus malas acciones. Quizá están demasiado pre sentes en su ánimo para que sea necesario aludir a ellos. 

Es probable, pero Job alude a algo distinto, y hace mucho más que una alusión. Insiste una y otra vez en la causa de su desgracia. Una causa que no es ninguna de las que el prólogo menciona. Una causa que no es divina, ni satánica, ni mate rial, sino humana, exclusivamente humana. A lo largo de los tiempos, cosa rara, los comentaristas no han considerado siquiera mínimamente esta causa. No los co nozco a todos, claro está, pero los que conozco la silencian, sis temáticamente. Se diría que no la ven. Antiguos o modernos, ateos, protestantes, católicos o judíos, nunca se preguntan so bre el objeto de las lamentaciones de Job. La cuestión les parece decididamente resuelta por el prólogo. Todo el mundo se atiene religiosamente a las pústulas, al ganado perdido, etc. 13 Y, sin embargo, desde hace mucho tiempo, los exégetas han puesto en guardia a sus lectores contra este prólogo. Su pequeña historia, dicen, no está a la altura de los Diálogos. No hay que tomarla en serio. Desgraciadamente, nunca si guen sus propios consejos. No perciben en los Diálogos nin guna de las manifiestas contradicciones al prólogo. La novedad que propongo no está oculta en un obscuro rincón del Libro de Job. Es muy explícita; se expone en nu merosos y nutridos pasajes que no tienen nada de equívoco. Job dice claramente qué es lo que le hace sufrir: verse con denado al ostracismo, perseguido por los seres que le rodean. No ha hecho nada malo y todo el mundo se aleja de él, se en carniza contra él. Es la victima propiciatoria de su comu nidad: A mis hermanos ha alejado de mí, mis conocidos tratan de esquivarme. Parientes y deudos ya no tengo, los huéspedes de mi casa me olvidaron. Por un extraño me tienen mis criadas, soy a sus ojos un desconocido. Llamo a mi criado y no me responde, aunque le implore con mi propia boca. Mi aliento repele a mi mujer, fétido soy para los hijos de mi vientre. Hasta los chiquillos me desprecian, si me levanto, me hacen burla. 

Tienen horror de mí todos mis íntimos, los que yo más amaba se han vuelto contra mí. (19, 13-19) (Biblia de Jerusalén) Job recuerda al trágico chivo incluso en ese fétido olor que exhala, ese fétido olor que su mujer le reprocha y que, signifi cativamente, reaparece en numerosos mitos primitivos. Esta alusión al chivo real no debe suscitar malos entendi 14 dos. Cuando hablo del chivo expiatorio, no estoy pensando en el animal utilizado para los sacrificios en el famoso rito del Levítico. Empleo la expresión en el sentido en que corriente mente se utiliza en torno a las circunstancias políticas, profe sionales, familiares, sin pensar en dicho rito. Esta utilización es moderna y no aparece, por supuesto, en el Libro de Job. Pero el fenómeno sí aparece, con una dimensión más atroz. El chivo expiatorio es el inocente que polariza sobre él el odio universal. Exactamente es aquello de lo que Job se queja: Ahora me tiene ya extenuado; tú has llenado de horror a toda la reunión, que me acorrala; mi calumniador se ha hecho un testigo, se alza contra mí, a la cara me acusa; su furia me desgarra y me persigue, rechinando sus dientes contra mí. Mis adversarios aguzan sobre mí sus ojos, abren su boca contra mí. Ultrajándome hieren mis mejillas, a una se amotinan contra mí. (16, 7-10) Los pasajes reveladores abundan. Como no puedo multi plicar hasta el infinito las citas, he elegido las más demostrati vas, creo, en relación con lo que me interesa. El héroe hace intervenir un subgrupo que desempeña en la sociedad de Job el papel de chivo expiatorio permanente: Mas ahora ríense de mí los que son más jóvenes que yo, a cuyos padres no juzgaba yo dignos de mezclar con los perros de mi grey. [...] De entre los hombres estaban expulsados, tras ellos se gritaba como tras un ladrón. Moraban en las escarpas de los torrentes, en las grietas del suelo y de las rocas. 15 [...] Hijos de abyección, sí, ralea sin nombre, echados a latigazos del país. ¡Y ahora soy yo la copla de ellos, el blanco de sus chismes! Horrorizados de mí, se quedan a distancia, y sin reparo a la cara me escupen. Porque ¿1 ha soltado mi cuerda y me maltrata [Dios], ya tiran todo freno ante mí.

 Una ralea se alza a mi derecha, exploran si me encuentro tranquilo [...] (30, 1-12) 1 Los historiadores no saben si se trata aquí de una minoría racial o religiosa, o incluso de una especie de subproletariado sometido al mismo tipo de régimen que las más bajas castas de la India. No importa. Al autor, estas gentes no le intere san por sí mismas; aparecen ahí sólo para permitir que Job se sitúe con relación a ellos, que se defina como el chivo expia torio de esos chivos expiatorios, el perseguido de quienes, al menos, pueden ofrecerse el lujo de la persecución; la víctima de todos, el chivo de los chivos y la víctima de las víctimas. Cuanto más se obstina Job en su mutismo respecto al ga nado perdido y a los demás motivos confesables por los que clama, aquellos que tan amablemente pone el prólogo a su disposición, más insiste en presentarse como la víctima ino cente de los que le rodean. Job se lamenta, así, de males físicos, pero este lamento particular puede relacionarse sin esfuerzo con el motivo fun damental de sus quejas. Es víctima de innumerables brutali dades; la presión psicológica que pesa sobre él es insopor table. Se diría que la vida de Job no está amenazada, que nadie ha hablado de matarle. Sus amigos le protegen. Pero esto es absolutamente falso. Job piensa que incluso se pide su vida, quizá sobre todo su vida. Cree que no va a tardar en morir, y no de esa enfermedad que con tanta seguridad diagnostican 16 los médicos; piensa que va a morir de muerte violenta e ima gina la efusión de su propia sangre: ¡Tierra, no cubras tú mi sangre, y no quede en secreto mi clamor! (16, 18) En la lectura de estos dos versos, me contento con seguir la nota explicativa de la Biblia de Jerusalén: «La sangre derra mada clama venganza... herido de muerte, quiere que su san gre quede como una llamada permanente y una plegaria...» 

La traducción de los dos versos y la nota coinciden plena mente con las versiones de las demás grandes traducciones. Cierto que el lenguaje de la nota resulta ambiguo. ¿Quién ha herido de muerte a Job? Más que los hombres, sólo Dios po dría haberlo hecho, pero el grito de venganza de la sangre de la víctima no es contra Dios, el grito de venganza es ante Dios, como la sangre de Abel, esa primera gran víctima exhu mada por la Biblia. Yahvé dice a Caín: «¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo?» (Gn. 4, 10) Mas ¿contra quién grita entonces venganza la sangre ver tida? ¿Quién intentaría ahogar el grito de Job, borrar sus pala bras, para impedir que llegaran a Dios? Es curioso que estas preguntas elementales no se hayan planteado nunca. Job insiste incansablemente respecto al papel desempe ñado por la comunidad en lo que le ha sucedido pero, y ahí está el misterio, igual que le ocurre con sus interlocutores en el libro, tampoco consigue hacerse oír por parte de los comen taristas de éste... Nadie tiene siquiera mínimamente en cuenta lo que dice. La revelación del chivo expiatorio tiene tan poca existen cia para la posteridad como para sus amigos. Y, sin embargo, creemos estar muy atentos a lo que Job dice; nos compadece mos de él por no haber sido comprendido. Pero hasta tal punto estamos deseosos de hacer a Dios responsable de todas 17 las desgracias del hombre, sobre todo si no creemos en El, que el resultado final sigue siendo el mismo. Sólo que somos un poco más hipócritas que sus amigos. Para todos aquellos que desde la noche de los tiempos fingen escuchar a Job, pero en el fondo no le escuchan, sus palabras son sólo viento. 

La única diferencia es que, mientras que nosotros no nos atreve mos a proclamar nuestra indiferencia, sus amigos se atreven a decir ¿Hasta cuándo estarás hablando de ese modo, y un gran viento serán las razones de tu boca? (8, 2) * * * Este papel de víctima que Job se atribuye es forzosamente significativo dentro de un conjunto de textos, la Biblia, que, siempre y en todas partes, presenta a las víctimas en primer plano. Por poco que se reflexione en ello, se percibe ense guida que la razón de la extraña similitud entre los discursos de Job y los Salmos llamados penitenciales hay que buscarla en la perspectiva común en que ambos se sitúan: la de la víc tima rodeada de enemigos. Respecto a esos trágicos Salmos hay que consultar el libro de Raymund Schwager.' En forma extremadamente conden- sada, estos textos muestran la situación de la cual se queja Job: una víctima inocente habla, casi siempre pendiente del lin chamiento. Raymund Schwager no se ha equivocado: un chivo expiatorio en el sentido moderno describe los malos tra tos que se le infligen. Pero hay una diferencia de gran impor tancia: mientras que en los Salmos sólo habla la víctima, en los Diálogos de Job se hacen oír también otras voces. Recoger tal como he hecho los pasajes que mejor revelan a Job como chivo expiatorio, es recoger los textos más parecidos 1. Raymund Schwager, Brauchen wir einen Sündenbockf, Munich, 1978. 18 a esos Salmos, por lo regular tan parecidos que son intercam biables. Es, en fin, hacer hincapié en lo que, a falta de otra ex presión mejor, llamamos víctima propiciatoria; ese formidable denominador común de muchos de los textos bíblicos miste riosamente olvidados por todos, objeto de una expulsión inte lectual que debe situarse decididamente en la prolongación de la antigua violencia física. Para limpiar el espíritu de la nefasta influencia del prólogo y comprender por fin cuál es la cuestión fundamental que late en Job, releer algunos Salmos constituye un excelente ejer cicio. 

De todos mis opresores me he hecho el oprobio; asco soy de mis vecinos, espanto de mis familiares. Los que me ven en la calle huyen lejos de mí; dejado estoy de la memoria como un muerto, como un objeto de desecho. Escucho las calumnias de la turba, terror por todos lados, mientras se aúnan contra mí en conjura, tratando de quitarme la vida. (31, 12-14) 

19 2. JOB, IDOLO DE SU PUEBLO ¿Por qué Job se ha convertido en la bestia negra de su co munidad? No hay ninguna respuesta directa a esta pregunta. Y quizá es mejor asi. Si el autor sugiriera demasiado clara mente un elemento concreto o mencionara un incidente cual quiera, un posible origen, fuera el que fuese, creeríamos saber y dejaríamos de cuestionarnos automáticamente. En realidad, sabríamos menos que nunca. Sin embargo, no hay que pensar que los Diálogos manten gan un silencio absoluto. Están llenos de informaciones, pero informaciones que hay que saber buscar. El porqué de la elec ción de Job como chivo expiatorio no aparece tan fácilmente. Los «amigos», por ejemplo, no dicen nada excesivamente inte resante. Quieren hacer al mismo Job responsable de las sevi cias que se le han infligido. Sugieren que le ha perdido su ava ricia; quizá se ha mostrado duro respecto al pueblo, se ha aprovechado de su poder para explotar a los débiles y a los pobres. Aunque se considere que Job es virtuoso, tal vez haya po dido cometer, como Edipo, un crimen invisible. Si no él, su hijo, u otro miembro de su familia. Un hombre condenado por la voz pública no puede ser inocente. Pero Job se defiende tenazmente, en definitiva, ninguna de las acusaciones puede mantenerse en pie. Las inculpaciones se pierden en la arena. 20 Algunos comentaristas reprochan a Job la excesiva vehe mencia con que responde. Carece de humildad, y de ahí que sus amigos se escandalicen. Mas este reproche ignora total mente la naturaleza del debate. Para comprender la indigna ción de Job, hay que situarla en su propio contexto, definida por el mismo Job. Job no dice que no haya pecado nunca, dice que no ha he cho nada para merecer su extremo infortunio; ayer aún se le consideraba infalible o se le trataba como a un santo, mientras que hoy todo el mundo le abruma con sus reproches. No es él quien ha cambiado, son los hombres que están a su alrededor. 

 El Job que todo el mundo execra no difiere en mucho de aquel que todo el mundo veneraba. El Job de los Diálogos no es un vulgar ricachón que ha perdido todo su dinero, un simple particular que después de pasar del esplendor a la miseria decide meditar con sus amigos sobre los atributos de Dios y la metafísica del mal. El Job de los Diálogos no es el del prólogo. Es un gran jefe altamente considerado en principio por la opinión pública, pero que, de pronto, se ve despreciado por ella. ¡Quién me hiciera volver a los meses de antaño, cuando mis pies se bañaban en manteca, y regatos de aceite destilaba la roca! Si yo salía a la puerta que domina la ciudad y mi asiento en la plaza colocaba, se retiraban los jóvenes al verme, y los viejos se levantaban y quedaban en pie. Los notables cortaban sus palabras y ponían la mano en su boca. La voz de los jefes se ahogaba, su lengua se pegaba al paladar. Me escuchaban ellos con expectación, callaban para oír mi consejo. 21 Después de hablar yo, no replicaban, y sobre ellos mi palabra caía gota a gota. Me esperaban lo mismo que a la lluvia, abrían su boca como a lluvia tardía. Si yo les sonreía, no querían creerlo, y a la luz de mi rostro no dejaban perderse. Les indicaba el camino y me ponía al frente, me asentaba como un rey en medio de su tropa, y por doquier les guiaba a mi gusto. (29, 2-25) Antes de convertirse en chivo expiatorio, Job ha vivido un período de popularidad tan prodigioso que frisaba con la ido latría. Vemos aquí con to^a claridad que el prólogo no es per tinente en absoluto. Si Job hubiera perdido realmente su ga nando y sus hijos, este recuerdo del pasado habría sido una ocasión idónea para resaltar esa pérdida. 

Pero, como se ve, no se habla en absoluto de ello... El contraste entre el presente y el pasado no recae sobre el cambio de la riqueza a la pobreza, de la salud a la enfermedad, sino del favor al desfavor de un único y mismo público. Los Diálogos no tratan de un drama puramente personal, de un simple «suceso», sino del comportamiento de todo un pueblo respecto a una especie de «hombre de Estado» cuya carrera se ha hecho añicos. Pero, por dudosas que sean, las acusaciones de que Job es objeto son reveladoras. Lo que se le reprocha a este potentado caído en desgracia son sobre todo los abusos de poder, abusos tales que no podían ser cometidos por un simple terrate niente, por rico que fuera. Job hace pensar más bien en el tirano de las ciudades griegas. Por qué, le pregunta Elifaz, Sadday se ha vuelto contra ti: ¿Acaso por tu piedad él te corrige y entra en juicio contigo? ¿No será más bien por tu mucha maldad, 22 por tus culpas sin límite? Porque exigías sin razón prendas a tus hermanos, arrancabas a los desnudos sus vestidos, no dabas agua al sediento, al hambriento le negabas el pan; como hombre fuerte que hace suyo el país, y, rostro altivo, se sitúa en él; despachabas a las viudas con las manos vacías y quebrabas los brazos de los huérfanos. (22, 4-9) El lector moderno adopta fácilmente la visión del prólogo porque se acerca más a nuestro mundo, o al menos a la idea que de él nos hacemos. La felicidad consiste en poseer la mayor cantidad de cosas posibles sin caer nunca enfermo, en un eterno frenesí de gozo consumidor. En los Diálogos, por el contrario, sólo cuentan las relaciones entre Job y la comu nidad. Job presenta su período triunfal como el otoño de su vida, dicho con otras palabras, como la estación que inmediatamente precede al glacial invierno de la persecución. 

Es probable que la desgracia fuera reciente y se produjera de golpe. Del extremo entusiasmo Job ha pasado sin transición al extremo disgusto. Y se diría que hasta el último momento no ha sospechado nada de la gran mudanza que se preparaba: Oído que lo oía me llamaba feliz, ojo que lo veía se hacía mi testigo. Pues yo libraba al pobre que clamaba, y al huérfano que no tenía valedor. (29, 11-12) Y me decía: «Anciano moriré, como la arena aumentaré mis días. Mi raíz está franca a las aguas, el rocío se posa de noche en mi ramaje. Mi gloria será siempre nueva en mí, y en mi mano mi arco renovará su fuerza.» (29, 18-20) 23 El misterio de Job se presenta en un contexto que no lo explica, pero que permite situarlo mejor. El chivo expiatorio es un ídolo roto en mil pedazos. Ascensión y calda están enla zadas. Se adivina que tales extremos se tocan, pero, aunque no se les pueda interpretar separadamente, no puede tampoco convertirse al primero en causa del segundo. Presentamos un fenómeno social mal definido pero real, de desarrollo no se guro pero probable. El único punto común entre ambos períodos es la unani midad de la comunidad, en la adoración primero, en el abo rrecimiento después. Job es víctima de la mudanza masiva y súbita de una opinión pública visiblemente inestable, capri chosa, carente de toda moderación. No parece más responsa ble del cambio de esta multitud que Jesús lo es de un cambio muy semejante, entre el Domingo de Ramos y el Viernes de Pasión. Para que se ocasione esta unanimidad en los dos sentidos, debe producirse un mecanismo mimético en la multitud. Los miembros de la comunidad se influyen recíprocamente, se imitan unos a otros en la adulación fanática y, a continuación, en la hostilidad aún más fanática. 

24 3. LA RUTA ANTIGUA DE LOS HOMBRES PERVERSOS En el último de sus tres discursos, uno de los tres amigos, Elifaz de Temán, alude claramente a la existencia de predece sores de Job en la doble carrera de omnipotentes advenedizos y chivos expiatorios: ¿Vas a seguir tú la ruta antigua que anduvieron los hombres perversos? Antes de tiempo fueron aventados, cuando un rio arrasó sus cimientos. Los que decían a Dios: «¡Apártate de nosotros! ¿Qué puede hacernos Sadday?» Y era El el que colmaba sus casas de ventura, aunque el consejo de los malos seguía lejos de El.

 Al verlo los justos se recrean y de ellos hace burla el inocente: «¡Cómo acabó nuestro adversario! ¡El fuego ha devorado su opulencia!» (22, 15-20) La «ruta antigua de los hombres perversos» comienza por la grandeza, la riqueza y el poder, pero concluye con un fulmi nante desastre. Las mismas fases que acabamos de descubrir en la aventura de Job, el mismo argumento. Cualquier día, Job podría aparecer en la lista de esos anó nimos de los que se habla a medias palabras, puesto que su 25 nombre se ha «borrado». Es uno de esos hombres cuya carrera puede acabar muy mal porque ha comenzado muy bien. Como yo mismo, Elifaz opone y, por tanto, aproxima, las dos fases; comprende que forman un todo y que no se las puede interpretar separadamente. Algo en la ascensión de esos hombres prepara su caída. En resumidas cuentas, las pa labras de Elifaz contienen toda nuestra intuición. Job ha reco rrido ya una buena parte del camino de «la ruta antigua de los hombres perversos». Está al comienzo de la última etapa. Los acontecimientos que Elifaz evoca parecen lejanos y, por tanto, excepcionales, pero no lo bastante como para que el observa dor no pueda agruparlos y reconocer en ellos un fenómeno re currente. Se observa ahí una vía ya trazada: muchos hombres la han tomado ya, ahora le toca el turno a Job. Todos estos destinos trágicos tienen el característico perfil del ídolo estre pitosamente caído. 

Como el de Job, están forzosamente deter minados por la metamorfosis de una multitud adoradora que se convierte en una multitud perseguidora. Si los desastres de los hombres perversos fueran imagina rios, Elifaz no podría hablar por alusiones de acontecimientos que sitúa en el pasado. Debe rememorar una experiencia co nocida de todos, puesto que es la de toda la comunidad. El sú bito hundimiento de los hombres perversos está presente en todas las memorias. Estas mudanzas impresionan demasiado a los hombres como para que se olviden, y su estereotipado ca rácter facilita el recuerdo. Para Elifaz y la comunidad, la «perversidad» de esas vícti mas ha quedado ya demostrada, exactamente como la culpabi lidad de Job. Después de que la multitud renegara de ellos, los antiguos ídolos no pueden ya justificarse; los que han caído en desgracia quedan condenados a perpetuidad. La unanimidad que reina ahora contra Job, ha debido reinar antaño contra ellos. Es la misma historia siempre repetida y la advertencia de Elifaz resulta muy razonable. Job debería tener en cuenta las 26 palabras de este sabio, pero ¿cómo hacerlo sin renegar de sí mismo y sin confesarse culpable? Quizá Elifaz se reprocha el mostrarse demasiado amistoso, demasiado fraternal respecto a ese criminal que es Job para él. Habla abiertamente de un proceso de «justicia» popular que, lejos de constituir desde su óptica un desorden reprensible, le parece legitimo, infalible y, literalmente, divino. Su concien cia está absolutamente tranquila. Todo le parece en orden. Es el mismo orden en persona, un orden que se reafirma vigoro samente y que los tres «amigos» consideran extremadamente satisfactorio. ¿Es cierto que los hombres «perversos» son siempre victi mas de violencias populares? ¿De qué otra cosa podría tra tarse? Relean los cuatro últimos versos de la cita: aluden a una forma violenta del rechazo social: Al verlo los justos se recrean y de ellos hace burla el inocente: «¡Cómo acabó nuestro adversario! ¡El fuego ha devorado su opulencia!» 

En el contexto de una sociedad rural, el «recreo de los jus tos» y la «burla del inocente» necesariamente tienen que aca rrear consecuencias. Pensemos en la formidable eficacia que en un medio tal tiene la reprobación unánime. Para suscitar todos los desastres que se le atribuyen, al Dios le basta con no oponerse a esos justos que se consideran siempre agentes de su venganza. En medio de la multitud se encuentran la víctima y todas sus pertenencias. Lo que se puede repartir, los sublevados ya lo han repartido, quizá lo han echado a suertes para no ma tarse entre ellos. Lo demás, antiguo propietario incluido, se consume en inmensos fuegos de júbilo. El desastre que espera a «los hombres perversos» al acabar su carrera, al final de la «ruta antigua», debe parecerse a esas 27 fiestas primitivas cuyo desarrollo, incluso atenuado y rituali- zado, hace pensar en un fenómeno de multitud. Todo con cluye siempre con un simulacro de chivo expiatorio al que se quema o ahoga. Los antiguos etnólogos suponían violencias más extremas tras las formas que observaban. Muchos investi gadores contemporáneos les creen víctimas de su imaginación romántica y colonialista. Por el contrario, pienso que los anti guos etnólogos tenían razón. Cierto que tenían prejuicios, pero también nosotros tenemos los nuestros: el renacido rou- sonianismo de nuestra ¿poca aparta los innumerables testimo nios que contradicen su pasión con demasiada desenvoltura como para inspirar confianza. 

Muchos otros pasajes sugieren que el acontecimiento cen tral de la obra, la terrible aventura que acaba de comenzar para el h¿roe, es un fenómeno recurrente de violencia colec tiva que afecta sobre todo a los «grandes» y a los «tiranos», pero no exclusivamente a ellos, y que se interpreta siempre como venganza divina o intervención punitiva de la divi nidad. Me limitaré a citar sólo uno. Forma parte del discurso de Elihú, el cuarto personaje que sermonea a Job. Según la opi nión más general, este personaje no pertenece a los Diálogos originales. Su discurso serla probablemente obra de algún lec tor escandalizado por la impotencia de los tres primeros guar dianes del orden público. Elihú desprecia el arraigo de los tres en la tradición, y se compromete a llevar a bien la empresa en que los tres han fracasado. Simplemente se cree más capaz porque es más joven y por que desprecia el pasado. Aunque tambi¿n ¿1 intenta reducir a Job al silencio, no hace más que repetir en un estilo menos exquisito lo que los tres han dicho ya. Pertenece a un estadio más descompuesto de la antigua tradición. Pero no por ello deja de decir cosas que ponen de manifiesto más que nunca el escondido tema de los Diálogos. Si bien el tema de Job como «opresor del pueblo» aparece 28 ya en los tres amigos, Elihú lo utiliza aún más. Tras sus fór mulas político-religiosas se transluce la violencia popular. En un instante, Dios: Quebranta a los grandes sin examen, y pone a otros en su sitio. Es que ¿1 conoce sus acciones, de noche los sacude y se les pisa. Como a criminales los azota, en lugar público los encadena. (34, 24-26) Cito la Biblia de Jerusalén: su traducción sugiere admira blemente la identidad del dios y la multitud. Dios derriba a los grandes, pero es la multitud quien les pisotea. Dios enca dena a las víctimas, pero su intervención es pública, se efectúa en presencia de esa misma multitud que quizá no ha permane cido completamente pasiva ante un espectáculo tan intere sante. Observemos que los grandes son quebrantados «sin exa men»: cabe dudar un poco de ello. 

La multitud está siempre dispuesta a prestar su concurso a la divinidad cuando ésta se presta a castigar a los malvados. E inmediatamente, encuentra otros grandes para sustituir a los caídos. El propio dios les en troniza, pero es la multitud quien les adora, naturalmente, para descubrir un poco más tarde que, una vez más, son falsos elegidos y que su valor no es mayor que el de sus predece sores. Vox populi, vox dei. Como en la tragedia griega, el ascenso y la caída de los grandes constituye un misterio sagrado cuya conclusión es la parte más apreciada. Aunque siempre sea la misma, siempre se espera con impaciencia.

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