Anti-Sábato o Ernesto Sábato: Un escritor dominado por fantasmas de Juan Isidro Jimenes-Grullón por el DR. ENRICO PUGLIATTI Y MÉNDEZ-LIMBRICK
Este ensayo, galardonado en 1967 por la Universidad del Zulia, constituye una crítica filosófica, histórica y literaria al pensamiento y la obra de Ernesto Sábato, especialmente a su concepción del hombre moderno y su visión de la novela como vehículo de angustia existencial.
Enfoque y estructura
Jimenes-Grullón analiza las ideas de Sábato expuestas en El escritor y sus fantasmas y en sus novelas El túnel y Sobre héroes y tumbas, cuestionando su diagnóstico de la crisis del hombre contemporáneo.
El autor desmantela la tesis de Sábato sobre la deshumanización provocada por el Renacimiento, la ciencia y el capitalismo, señalando que la cosificación del ser humano tiene raíces más antiguas y complejas.
Argumentación
El ensayo se apoya en referencias históricas, filosóficas y económicas (Marx, Lukács, Lefebvre, Freud, Kierkegaard) para refutar la visión de Sábato como simplista y dominada por “fantasmas” irracionalistas.
Jimenes-Grullón distingue entre enajenación y cosificación, y argumenta que Sábato confunde ambas, generalizando fenómenos que afectan a clases sociales específicas.
Estilo y tono
El tono es combativo, erudito y a veces irónico. El autor no oculta su desacuerdo con Sábato, pero lo hace desde una postura crítica fundamentada, no meramente polémica.
El ensayo combina análisis filosófico con crítica literaria, y aunque exige atención por su densidad conceptual, ofrece una lectura rica para quienes buscan entender los debates sobre modernidad, razón y literatura en América Latina.
Valor intelectual
Más que una crítica a Sábato, el texto es una defensa del pensamiento racional y del análisis histórico frente a las corrientes irracionalistas que marcaron parte del siglo XX.
Es también un ejemplo de cómo la crítica literaria puede convertirse en un acto de filosofía política y ética.
***
Fragmento del texto en mención.
Un escritor dominado por fantasmas
Universidad del Zulia
Facultad de Humanidades y Educación
Veredicto
Nosotros, los abajo firmantes, componentes del Jurado Ca
lificador del Concurso de Ensayos, correspondiente al año de
1967, patrocinado por la Facultad de Humanidades y Educación
de La Universidad del Zulia, después del examen de los 17 tra
bajos presentados, decidimos otorgar por dos votos, el Primer
Premio del Certamen al trabajo intitulado Anti-Sábato o Er
n esto Sábato: Un escritor dominado por fantasmas, que tie
ne por Lema: “En defensa de nuestra América”.
Con relación
al segundo premio, por unanimidad decidimos concederlo al tra
bajo intitulado Introducción a la lírica prehispánica, firma
do con el seudónimo: “Tlatoani”. El Jurado Calificador estimó
aconsejable hacer una mención especial al trabajo denominado
U ngaretti traductor de Góngora, que lleva el seudónimo de
“Gunga”, así como recomendar la publicación de Napoleón a
Bolívar, firmado con el seudónimo “Lares”.
Domingo Miliani
Joaquín Gabaldón Márquez
H . A drianza A lvarez
Maracaibo, 20 de enero de 1968.
Ernesto Sábato es indudablemente uno de los buenos escri
tores latinoamericanos contemporáneos. Ha escrito dos novelas
que han cobrado fama: El Túnel y Sobre héroes y tumbas, consi
deradas por muchos como novelas psicológicas. Por razones que
expondremos luego, no estamos de acuerdo con este criterio.
En
cuanto a la última pensamos, con Fernando Alegría, que más
que una novela es “un portentoso monólogo”, 1 ya que la trama,
desarticulada, es un instrumento del que el autor se ha servido
para expresar sus ideas sobre el hombre contemporáneo.
Estas ideas reposan en fundamentos histórico-filosóficos que
Sábato expone en otro libro, de tipo ensayístico, intitulado El
escritor y sus fantasmas, obra que contiene una defensa vehe
mente de su novelística y en la cual aparece, por tanto, una
Teoría de la novela y hasta de la literatura actuales.
Nos disponemos a analizar esta Teoría. Pero como ella re
posa en los aludidos fundamentos, el paso previo es adentrarse
en éstos.
Demos, pues, este paso.
El punto de partida de Sábato es que el hombre contem
poráneo vive en crisis y que es un producto directo de la cosmo-
visión renacentista. A su juicio, “el Renacimiento produjo tres
1 Fernando Alegría, Historia de la novela hispanoamericana, Ed. An
drea, pág. 243. En relación con la novela a que se refiere la cita, este
autor agrega: “Para mí este libro es un torrente, —ése que llamamos
alud cuando se lleva casas, animales, gentes, edificios, ése que se
lleva el mundo—, un torrente informe, inatajable, que arrasa con el
suelo y el subsuelo y confunde límites y formas y substancias”. Palabras
—a nuestro juicio, muy acertadas—, que ponen de relieve el carácter
caótico de Sobre héroes y tumbas.
paradojas; fue un movimiento individualista que condujo a la
masificación; fue un movimiento naturalista que terminó en la
máqu'na; y en fin, fue un humanismo que desembocó en la
deshumanización”
. Luego expresa: “Ese proceso fue promovido
por dos potencias dinámicas y amorales: el dinero y la razón”.
Por obra de éstos, “la ciencia y la máquina se fueron alejando
hacia un olimpo matemático, dejando solo y desamparado al hom
bre que les dio vida. Triángulos y acero, logaritmos y electri
cidad, sinusoides y energía atómica edificaron al fin el Gran
Engranaje del que los seres humanos acabaron por ser oscuras e
impotentes piezas. . . El resultado lo conocemos: fue el dominio
del Universo, pero al precio de un total sacrificio del yo, de una
total humillación de sus atributos más entrañables”. En suma: el
hombre se halla deshumanizado, y a ello se debe el caos dentro
del cual vivimos. Hemos dejado de ser hombres, para convertir
nos en cosas. . .
Mas como siempre una acción provoca una reac
ción;” penetrantes espíritus —nos dice Sábato— como Dostoiewski.
Kierkegaard y Nietzsche, intuyeron que algo trágico se estaba
gestando en medio del optimismo universal, pero la Gran Ma
quinaria era ya demasiado poderosa para que pudiera ser dete
nida. Hasta que en nuestros días ya el mismo hombre de la calle
siente que vive en un mundo incomprensible, cuyos objetivos
desconoce y cuyos Amos, invisibles y crueles, lo manejan. Mejor
que nadie Franz Kafka expresó este desconcierto y este desam
paro del hombre contemporáneo en un universo duro y enig
mático”.
Tales afirmaciones, que dado el relieve literario del autor
no deben pasar inadvertidas, despiertan las siguientes pregun
tas: a) ¿Es correcto cuanto Sábato expresa sobre el Renacimien
to? b) Si admitimos que la cosificación del hombre existe ¿no
existió acaso antes de producirse la Revolución renacentista? c)
La reacción contra dicha cosificación ¿se circunscribió a la co
rriente representada por los autores citados? y d)
¿Se halla real
mente el hombre contemporáneo en crisis?
Siguiendo el orden expuesto, vamos a responder de inme
diato a esas preguntas.
a)
Es cierto que el Renacimiento implicó el culto a la Ra
zón y. por consiguiente, a la Ciencia. Pero sin adentrarse en sus
orígenes, Sábato se conforma con comprobar el hecho e infiere
de éste la trágica conclusión de que es la causa de la deshumani
zación actual del hombre. Tal pensamiento revela, a nuestro mo-
1 do de ver, un notorio simplismo y una fehaciente parcialidad. Si
lo admitiéramos tendríamos que ver en dicho evento histórico
algo totalmente negativo. En consecuencia, la Edad Media debió
haber continuado. Sábato no lo dice, pero lo da a entender al afir
mar que el cambio renacentista se inspiró en “una concepción
que no reconoce el honor, ni los derechos de la sangre, ni la tra
dición”: y que en la Edad Media lo real no era lo “cuantifica-
ble”. El escritor argentino reafirma su tesis expresando: “Desde
el siglo XIV los relojes mecánicos invaden a Europa y el tiempo
empieza a convertirse en una entidad abstracta y objetiva, nu
méricamente divisible.
Y habrá que llegar hasta la novela ac
tual para que el viejo tiempo existencial sea recuperado por el
hombre”. Evidentemente, como este tiempo no existía entonces,
hay que colegir que el fenómeno de la cosificación no se daba;
y puesto que la omnipotencia del dinero es, según él, un producto
del Renacimiento, tampoco existía en aquella Edad dorada. . .
No vamos a negar lo que es harto conocido: el desarrollo
científico y el auge de la técnica nacieron del Renacimiento.
Y /
sirvieron de base al crecimiento del capitalismo. Pero Sábato
apenas menciona esto último. Más aún: ve una relación directa
entre la omnipotencia actual del dinero y el culto a la Razón, sin
parar mientes en que esta omnipotencia surgió en la Antigüedad
tan pronto la evolución de la propiedad privada hizo necesaria
la superación de la economía fundamentada en el trueque.
¿Quién puede negar que el dinero fue omnipotente —muy omni
potente— en toda la época del esplendor romano? Luego, por
obra de conocidas circunstancias históricas, es sabido que el fe
nómeno decayó durante la Alta Edad Media occidental, mien
tras se mantuvo vivo en Bizancio.
Pero no pasó mucho tiempo
sin que cobrara en Occidente tales bríos que por sí solo explica
la corrupción y el poder de la Iglesia Católica en la Baja Edad
Media, así como la fuerza inicial de las Monarquías absolutistas.
No se trata, por tanto —como afirma Sábato—, de un hecho ¡
nuevo, derivado del Renacimiento: lo que aconteció desde enton
ces fue que adoptó nuevas formas.
Ello hace ver que la afirma
/
ción del destacado novelista carece de sentido: implica un dislate ¡
histórico.2
Por otra parte, mucho más influyó en el auge del capita
lismo —y, por consiguiente, en la actual omnipotencia del di
nero— lo irracional-religioso que el culto a la Razón. Prueba de
ello es que este auge respondió, fundamentalmente, a la doctrina
de salvación calvinista.3 Es más: aún hoy son muchos los capi
2 El Prof. A. Aymard, (Historia general de las civilizaciones diri
gida por el Prof. M. Crouzet, Tomo II, Ed. Destino, pág. 589) ex
presa: “El abastecimiento de metales preciosos {en el Bajo Imperio),
sin ser tan abundante como antaño, no estaba en absoluto agotado. Es
sorprendente saber que las enormes cantidades de oro amonedado que los
ricos particulares podían poseer: Símaco gastó 2.000 libras de oro para
los juegos de la pretura de su hijo”.
Por otra parte, ya en el siglo
XIII, la omnipotencia del dinero llega a alcanzar tal nivel que el
Prof. Ed. Perroy (Tomo III de la misma obra, pág. 533) afirma: “Los
privilegios de la burguesía eran gaje de un patriciado poco numeroso.
¿Cuántos eras los ‘gordos’ entre los 50,000 habitantes de Gante, los
20,000 de Arrás o de Siena, los 35,000 de Barcelona, los 45,000 de
Florencia? Una treintena o una cuarentena quizás en Gante; unas diez
familias en Lille; en Lieja no más de 37; 2,500 grandes en Florencia...
Poseedores del suelo, compradores de rentas rústicas y dueños de los
alquileres, de ellos dependía el alojamiento de los ciudadanos. Propie
tarios rurales, sobre todo en Italia, eran dueños del abastecimiento, cu
yos precios fijaban.
Detentadores de capitales, estaba en sus manos la
suerte de las fortunas privadas y de las finanzas públicas. Amos tam
bién del trabajo, desde la materia prima hasta la venta del producto
fabricado, dominaban las guildas de las ciudades del Norte y las Artes
Mayores de las ciudades italianas”.
3 Sobre la influencia del calvinismo —y en general, del protestantismo—
en el desarrollo de la economía capitalista, Crane Brinton (Las ideas
y los hombres, Ed. Aguilar, pág. 295) dice lo siguiente: “La idea de
Lutero de que todos los hombres reciben de Dios su propia vocación,
que trabajar de acuerdo con esa vocación es la voluntad de Dios, ayudó
a formar la ética de estos hombres de negocios. Mas la auténtica fuen
te de esta ética es Calvino, y fue en los países calvinistas donde el
capital que financió la última revolución industrial se acumuló du
rante aquellos primeros siglos. El calvinismo no solamente predicó la
dignidad del trabajo. Insistió en la necesidad del trabajo porque el
diablo acecha a los desocupados y, además, porque el trabajo constituye
una parte de la deuda del hombre para con mi Dios todopoderoso.
El
éxito en los negocios era un signo evidente del favor de Dios”. (Subra
yado por nosotros).
talistas que a pesar de que estimulan el progreso de las ciencias
y se benefician de éste, no han renunciado a su fe religiosa o se
muestran solidarizados con el irracionalismo filosófico y sus deri
vaciones políticas. Debe recordarse, en relación con este punto,
cómo en el ayer inmediato, el nazismo y el fascismo, que fueron
indudablemente las más importantes de estas derivaciones, goza
ron del respaldo total del capitalismo alemán o italiano, res
pectivamente.
Sábato calla estas realidades. Presenta al Renacimiento y a la /
burguesía en expansión como manifestaciones de la entrega a lo
perecedero, obedeciendo al afán de conquistar el mundo con las
exclusivas armas de la razón. “El burgués —expresa— había in
surgido como realista, preocupado sólo por lo que tenía delante
de las narices, desconfiando de toda clase de abstracciones. Pero
con sólo palancas y ruedas no se hace la ciencia moderna: es
necesario unir los hechos en un esquema racional y abstracto. . .
De este modo, apenas la burguesía alcanza la etapa de la ciencia,
hace suyo el tema de la abstracción, pero lo instrumenta a su
modo, uniéndolo al saber utilitario, entrelazándolo con los po
deres temporales de la máquina y el comercio; y, a través del
número, al tema de la belleza y la proporción, que era carac
terístico del humanismo”.
En suma: la burguesía deviene, según este taxativo juicio,
totalmente racionalista, deja de creer en lo “eterno”, en lo má
gico y lo inconsciente, y todo lo ve “more geométrico”. Pero la
historia da un mentís a tales apreciaciones.
Nos dice que esta
visión del mundo fue exclusiva de unas cuantas figuras sobre
salientes —por cierto, no todas burguesas— de la época. De ser
verdadero lo que Sábato sostiene, ¿serían explicables el horror que
provocó en gran parte de la burguesía —especialmente en mu
chos de sus intelectuales— la publicación del “Leviathan” de
Hobbes, filósofo materialista, 4 y la atadura de dicha clase social,
casi hasta el momento presente —en la Europa suprapirenaica—
a mitos religiosos o a conceptos irracionalistas? Sábato, por tanto,
generaliza un hecho particularísimo, de ínfima extensión. Ve un
4 El Leviathan es una obra “monstruosa, como su mismo titulo lo in
dica”. Esta opinión de Leibnitz aparece en la Historia de las ideas
políticas de J. Touchard (Ed. Tecnos, pág. 259).
punto en el espacio y lo amplía hasta considerarlo todo el espa
cío. Mas él mismo se refuta. . . Presenta al romanticismo como
una reacción contra el geometrismo racionalista, a su juicio, do
minante entonces.
Expresa sobre el tema: “Así, en medio de
aquel mundo que había hecho un mito de las ideas claras y
distintas, aparecen esos artistas solitarios que son para la comu
nidad lo que los sueños para el individuo. . . En medio de una
sociedad refinada y convencional, del mismo modo como en los
sueños reaparecen los enigmas primitivos, ese arte vuelve su
mirada hacia las selvas africanas, hacia el mundo de los niños
y los locos, hacia el inexorable misterio nocturno. El sueño, la
videncia y la locura son los instrumentos que esos románticos'
utilizarán para ese descenso a los infiernos que más tarde, y más
despiadadamente, llevará a cabo el alma sombría de Rimbaud”.
Es cierto que hubo mucho de esto en el romanticismo; pero
hubo también algo a lo cual Sábato no alude: su raíz social. No
señala que fue casi totalmente una voz de la burguesía —de esa
burguesía según él exclusivamente racionalista—, voz estrecha
mente enlazada con la cosmovisión religiosa o metafísica que
esta clase, en su gran mayoría, continuaba sustentando. ¿Qué
se infiere de esto? Algo ya dicho: que el culto burgués a la Razón
y a la Ciencia de ningún modo implicó la renuncia, por parte
de dicha clase, a lo irracional.
¿No exaltó Chateaubriand —gran
burgués reaccionario— al cristianismo? ¿No se dio el caso de
que en. el siglo XIX la metafísica irracionalista cobrara una ex
traordinaria difusión en el seno de la burguesía europea occi
dental? Las afirmaciones de Sábato al respecto son. pues, total- 1
mente; anti-históricas.
Por otra parte, conviene señalar que si la aludida bur
guesía acusó dicha postura dual, las clases situadas en los ni
veles inferiores a ella siguieron, como en el pasado, plenaria
mente dominadas por el irracionalismo, que se expresó en la
creencia en viejos mitos y supersticiones de naturaleza mágica.
Esta creencia las llevaba a menudo a la exaltación de impulsos
afectivos o a alucinaciones y delirios místicos, en todo lo cual
veían —como Sábato— la esencia de la vida.
Pero la actitud de
esas clases era explicable: nacía de su secular ignorancia. Sábato,
en cambio, no es un ignorante. Es un hombre de formación cien
tífica y literaria sólida, que maneja con soltura la pluma. ¿Cómo,
entonces, pudo caer en los desatinos expuestos? Por obra de la
enajenación, en la acepción marxista del concepto. No es él quien
escribe.. . ¡Son los fantasmas creados por las dos vertientes más
importantes del irracionalismo contemporáneo: la teoría psico
lógica de Freud y la filosofía existencialista! Estos fantasmas
—auténticos fetiches— lo dominan y lo llevan al absurdo, a la
contradicción, a la irrealidad y a dar la impresión —como hemos
visto— de crasa ignorancia.5 La da no sólo por lo que casi
5
No es necesario insistir sobre el irracionalismo de la filosofía existen
cialista: se trata de un hecho demasiado conocido.
Pero se conoce poco
la raíz histórica de dicho movimiento filosófico. Sobre este punto, G.
Lukacs (El asalto a la razón, Ed. Fondo de Cultura Económica,
pág. 398-399) afirma: “En vísperas de estallar la Revolución de 1848,
que fue un acontecimiento europeo internacional, se desintegró defi
nitivamente el individualismo romántico. La filosofía de aquella amar
gura romántico-individualista posterior a la embriaguez fue formulada
entonces, bajo la fórmula más original en su época, por el danés Soren
Kierkegaard, el más importante de los pensadores producido por aque
lla crisis y aquel derrumbamiento. Nada tiene, pues, de extraño que
ahora, al imponerse este estado de ánimo depresivo, ya unos cuantos años
antes de que estallara la crisis, en forma de presentimiento de los sombríos
acontecimientos que se avecinaban, los pensadores guías de la nueva
etapa, el husserliano Heidegger y el en otro tiempo psiquiatra Jaspers,
proclamai’an el renacimiento de la filosofía kierkegaardiana.
Como es
natural, se pretendió introducir en ella, para hacerla apta a su nueva
función, las modalidades impuestas por los tiempos”. En suma: fueron
las realidades sociales y sus proyecciones políticas lo que produjo el
nacimiento y luego el renacimiento de dicha filosofía.
Sobre el irracionalismo del psicoanálisis hay también bastante lite
ratura, especialmente en la Unión Soviética. Pero como Freud procuró
dar a su teoría una fundamentación científica, reina aún cierta confu
sión en muchos espíritus. Basta, no obstante, para afirmar dicho irracio
nalismo, el hecho de que el psicoanálisis sostenga que la conducta in
dividual es determinada por lo inconsciente. W. Hollitscher, divulgador
importante de la referida teoría, nos dice al respecto (Introducción al
psicoanálisis, Ed. Paidós, pág. 22 y 34): “Freud propone, en primer
lugar, que un pensamiento o cualquiera otro elemento psíquico debería
llamarse consciente si y cuando se halla presente en la conciencia, es
decir, cuando nos percatamos de su existencia. Si se trata de algo la
tente, si existe en mi psique, pero en este preciso momento no me per
cato de su existencia, debería denominarse inconsciente...
Podemos com
parar el sistema inconsciente con una especie de amplia antesala en la
cual varios elementos psíquicos —pensamientos, emociones impulsos, etc.,—
constantemente dice, sino además, por la manera de decirlo.
Manera olímpica, que traduce egolatría y desprecio a quienes
de él difieren. Pruebas de esto último es que se pregunta si el
gran novelista francés Robbe-Grillet —enemigo de la novelística
llamada psicológica— es un “idiota”, y lo acusa de mala fe; y
que trate a quienes en su patria lo han atacado con probable hon
dura, de “filósofos aborígenes”, calificativo —este último— visi
blemente desdeñoso, que pone al desnudo su europeísmo.
No hay,
1 en él, la humildad y el respeto a la opinión ajena que nacen de la
auténtica sabiduría.
b)
Propenso a las generalizaciones —reveladoras casi siem
pre de ligereza, el novelista que comentamos, sostiene que el culto
a la Razón, la Ciencia y el dinero, realidades para él consus
tanciadas— produjo la cosificación del hombre. Hay que admitir,
por tanto, que en países donde la Revolución renacentista no
tuvo lugar, no existe esta cosificación. Pero aceptemos que él se
está refiriendo al hombre occidental; y que, en consecuencia, es
éste la única víctima del terrible fenómeno.
Su pensamiento es
bien claro: “La máquina y la ciencia, que orgullosamente el
hombre había lanzado sobre el mundo para conquistarlo, ahora
se ha vuelto contra él, dominándolo como a un objeto más: de
sujeto se ha convertido en objeto, de espíritu en cosa”. Nótese
que él usa la palabra hombre en función de concepto general.
No se tirata, por consiguiente, de determinados individuos o clases
se empujan los unos a los otros como una muchedumbre de postulantes
que claman por obtener audiencia. Una puerta conduce a otro departa
mento más pequeño, una especie de sala de recepción en el cual la con
ciencia administra justicia. En el umbral hay un portero, que escudriña
a los postulantes y niega el ingreso a aquéllos que desaprueba. A veces,
rechaza al postulante en el mismo umbral.
A veces, en cambio, si su
vigilancia flaquea o no reconoce con prontitud a quien intenta pasar,
hay algunos que logran poner pie en la sala de audiencia y entonces
debe obligarlos a volver atrás, desde allí. Cualquier elemento psíquico
que se halla afuera, en lo inconsciente, no es visible para la conciencia,
la cual, por supuesto, se halla en la otra sala. Así, al comienzo todos
son igualmente inconscientes”. El autor precisa más su pensamiento di
ciendo: “Todo proceso mental pertenece originariamente al sistema psí
quico inconsciente; en ciertas circunstancias puede pasar al sistema
consciente” (Pág. 33 y 34). La razón aparece así condicionada por la
irracionalidad. ¿Puede darse acaso una prueba mayor de irracionalismo?
Xn
sociales.
La generalización nos abarca a todos: todos estamos
cosificados. ¡Perdón!: no lo están los que se han rebelado contra
esa realidad colectiva, comprendiendo que “la vida desborda los
esquemas rígidos, es contradictoria y paradojal, no se rige por
lo razonable sino por lo insensato”. No lo están, en suma, los
que ven en la vida una esencia demencial, ya que la insensatez *'
es la antípoda de la racionalidad.
Ante tan inauditos pronunciamientos, lo primero que pre
cisa indagar es si realmente tal cosificación del hombre —latu
sensu— existe. Pues bien: la indagación nos lleva a una conclu
sión negativa: el hombre, visto como una totalidad, no está cosi-
ficado.
Pero lo están —y este estar es relativo— vastos sectores .
humanos. Lo están casi todos los miembros de la clase obrera
del mundo occidental, y en nuestra América, junto a estos sec
tores, la servidumbre de la gleba. La burguesía, en cambio, se
halla al margen del fenómeno. Para ser más concretos: no lo están
quienes disponen de los medios económicos necesarios para llevar
una vida holgada, que les permite desarrollar sus potencialida
des íntimas, sin la coacción o los valladares que entraña la ata
dura a un trabajo asalariado, cuyo desempeño constituye la con
dición esencial de la subsistencia.
En el fondo, este problema de la cosificación aparece ínti- ■
mámente relacionado con el de la enajenación, que ha hecho
gastar tanta tinta después de las exposiciones que de él hizo
Carlos Marx. Sostuvo éste que hay dos formas de enajenación:
una abstracta, que es la que se traduce en la subordinación de
las ideas y la actividad consiguiente a una serie de fetiches ideo
lógicos surgidos en el curso del devenir humano; y otra mate
rial, que implica la pérdida de la autenticidad y sus posibilidades
expresivas por obra de fetiches concretos creados por los sistemas
económicos. Ambas formas constituyen una unidad, son indiso
lubles. Un notable comentador de Marx, —el filósofo H. Le-
febvre— sintetiza este concepto afirmando que tanto “el dinero,
como la religión, la abstracción metafísica o el Estado, son feti
ches. En el fetichismo, los objetos naturales o producidos por el
hombre, acusan una realidad extraña y un poder sobre éste. . .
El fetichismo aparece así como un hecho histórico, social, econó
mico, político, de la más alta importancia”. En relación con
estas dos formas de enajenación, Marx dijo: “La enajenación re
ligiosa como tal sólo se produce en el dominio de la conciencia,
del fuero interno del hombre; pero la enajenación economica es
la de la vida real y su supresión abraza a ambas”. Débese esto
último a que los fetiches concretos, entre los cuales el dinero es
el más importante, se proyectan en un conjunto de instituciones
que, dependientes de ellos, desvian o substituyen lo esencial de
la naturaleza humana. La propia burguesía es víctima de esta
desviación o substitución, razón por la cual se halla enajenada
material e ideológicamente.
Pero esta enajenación no entraña su
cosificación, debido a que dicha clase conserva —como se dijo—
su plena libertad de actuar. En cambio, la clase obrera y casi
toda la clase media, al no gozar de esta libertad, asoman inte
gradas por individuos convertidos en objetos o cosas. Siendo libre,
el burgués puede realizarse, ya sea dentro de cauces propios o de
los trazados por el fetichismo a que obedece.
Pero lo primero es
un fenómeno rarísimo y cuando se produce entraña, evidente
mente, la supresión de la enajenación, —al menos de la ideoló
gica. La regla es lo contrario: los fetiches concretos o abstractos
lo gobiernan desde afuera. De ahí que sea un inauténtico; pero
no un cosificado. Si fuera también esto último no podría imponer
la cosificación a las clases situadas en los niveles inferiores.6
6
La .cita de H. Lefebvre aparece en su obra Pour Connaitre la Pensee
de Karl Marx, (Ed. Bordes, pág. 98 y 120).
La de Marx corresponde
a sus “M anuscritos de 1844”, (Ed. Sociales, trad. francesa, Pág.
88). Para una mayor información sobre el pensamiento de Marx al
respecto pueden consultarse, además de Ideología Alemana, —obra es
crita en colaboración por Marx y Engels—, El Capital, del primero,
y numerosos estudios aparecidos en el curso de las últimas tres décadas,
entre los cuales sobresalen, a nuestro juicio, el Humanismo Marxista,
de Roger Garaudy (Ed. Horizonte); “Marx y Hegel”, de Carlos
Astrada (Ed. Siglo XX); La Morale de L’Histoire, de André Gorz
(Ed. Le Seuil); y Le Marxisme del citado H. Lefebvre (Ed. Presses
Univ. de France).
En Ideología alemana, Marx y Engels precisan el
concepto de enajenación señalando que “los actos propios del hombre
se erigen ante él en un poder ajeno y hostil, que lo sojuzga, en vez
de ser él quien los domine”. Y agregan: “esta plasmación de las acti
vidades sociales, esta consolidación de nuestros propios productos en un
poder material erigido sobre nosotros, substraído a nuestro control, que
levanta una barrera ante nuestra expectativa y destruye nuestros cálcu
los, es uno de los momentos fundamentales que se destacan en to
Al presentar la cosificación como un fenómeno que alcanza ,
hoy a casi toda la humanidad occidental, Sábato comete, por
consiguiente, una falsa interpretación de la realidad sociológica
del momento actual.
Sabemos ya que a su juicio, dicho fenómeno
se originó con el Renacimiento, debido a que fue entonces cuando
surgió el culto a la Razón, la Ciencia y el dinero. Sabemos tam
bién —por lo expuesto hace poco— que la historia desmiente
cuanto él dice sobre este último tipo de culto. Ello nos lleva a
indagar si el mentís cubre también sus afirmaciones respecto a
los otros dos. Pues bien: la indagación nos dice que sí. Revela,
en efecto, que el fervor por la Razón y la Ciencia nació en la
Grecia antigua y se desarrolló simultáneamente con la secular
subordinación de vastos sectores sociales a lo irracional.
Hubo en
tre lo uno y lo otro una pugna dialéctica constante, de la cual
el
mejor ejemplo, en el campo filosófico, fue el antagonismo
del pensamiento platónico y el pensamiento aristotélico; y en
el campo social, el dominio de las masas por el irracionalismo
mágico-religioso, y la lealtad a la razón por parte de determinadas
do el desarrollo histórico anterior”. (Otros escritos de Marx, en Marx
y su concepto del hombre por Erich Fromm, Ed. Fondo de Cultura
Económica, pág. 214 y 215). Garaudy, a su vez, (obra citada, pág.
26 y 27) destaca que “no es posible conformarse con identificar pura
y simplemente alienación (o enajenación) y ‘fetichismo de la mercan
cía’.
El primer término tiene más extensión que el segundo: hay una
alienación (o enajenación) religiosa, politica, ideológica, etc., en tanto
que el ‘fetichismo de la mercancía’ sólo corresponde a una forma de
alienación (o enajenación): la económica”.
El problema de la cosificación Marx lo trató en los aludidos “M a
n u s c rito s de 1844” al criticar y destruir el concepto que sobre
dicho fenómeno sostenía Hegel. A su juicio, la cosificación es un pro
ducto del trabajo enajenado. Al ser el factor de esta enajenación la
burguesía, pese a encontrarse también enajenada por el fetiche máximo
—o sea el dinero—, y por el mundo metafísico— institucional iden
tificado con el capitalismo, no es víctima —como se ha dicho— de la
cosificación.
Garaudy afirma al respecto (obra citada pág. 38): “La
alienación (o enajenación) del trabajo tiene por consecuencia... hacer
del trabajo, es decir, de la más alta afirmación de la humanidad en
cuanto a especie actuante y creadora, no ya el objetivo de la expansión
humana, sino el medio precario y doloroso de satisfacer las necesida
des individuales” más perentorias.
Como señala Marx en los citados
Manuscritos de 1844, el trabajo enajenado produce maravillas, pala
cios, bellezas, pero sólo para los ricos.
élites. Sucedió entonces lo mismo que ofrecieron las épocas post
renacentistas: lo irracional primó en las grandes mayorías, mien
tras lo racional sólo alcanzó el primado en una minoría ínfima
y selecta. Durante la Edad Media, en cambio, el predominio de
lo irracional fue, por obra del cristianismo y pese a la terrena-
lización de la Iglesia, completo: alcanzó a la propia minoría se
lecta. Cierto es que en el curso de los últimos siglos se produjo
un ligero cambio en la postura de ésta, en virtud de la cristiani
zación de Aristóteles, realizada por la Escolástica; pero como la
/ razón quedó subordinada a la fe, el cambio sólo entrañó un mí
nimo reconocimiento de la primera. No obstante, la Escolástica
admitió la racionalidad del mundo; mas —como el estoicismo—
hizo depender esta racionalidad de Dios, cuya existencia bien
sabemos que no puede ser racionalmente demostrada. El esque
ma racional del Universo quedó, pues, supeditado a algo irra
cional, lo que a la larga acarreó, al demostrar Ockam que la fe
y la Razón eran realidades ontológicamente distintas e irrecon
ciliables, el ocaso y a la postre, la muerte de la Escolástica.
Lo recién dicho demuestra que carece de base histórica sos
tener —como lo hace antojadizamente Sábato, obedeciendo tal
vez a lo inconsciente, —que “la faz técnica y utilitaria de la
ciencia proviene de la burguesía, su faz teórica, la idea de la
racionalidad del Universo (sin la cual ninguna ciencia es po
sible) proviene de la Escolástica”.
Esta idea la hallamos ya en la
Antigüedad griega, y carecería de explicación —si fuera cierto lo
afirmado por Sábato—, el antiescolasticismo de un Telesio, un
Galileo y los humanistas que, al menos durante un tiempo, fueron
los representantes intelectuales de la burguesía en ascenso, clase
social que, pese a haberse colocado parcialmente en una actitud
revolucionaria, ofreció el contraste de seguir atada, en lo fun
damental, al dogma. En realidad, Sábato se contradice. Sostiene,
en efecto, que durante “la Edad Media, la Iglesia está caracte
rizada por los temas del dogma y de la abstracción, mientras la
burguesía naciente aparece caracterizada por los temas opuestos
de la libertad y el rea lism oSe contradice porque si se admite la
primera de estas caracterizaciones, sin señalar que el dogma pre
dominó sobre la abstracción, hay que concluir en que la Iglesia
acusó entonces una dualidad absurda, ya que lo uno y lo otro
—el dogma y la abstracción—, son cosas antagónicas. Pero eso no
es todo...
Empujado por su fatal tendencia a la generalización, /
—vicio de tantos escritores de nuestra América—, el novelista
argentino hace de la Edad Media un todo estático, cuando es
bien sabido que existieron diferencias importantes entre la Alta
y la Baja Edad Media, sobre todo en lo que respecta a los ins
trumentos y métodos utilizables para el conocimiento del Uni
verso. En la Alta Edad Media, ¿quién ignora que este conoci
miento quedó circunscrito a lo brindado por la Revelación?
En la
Baja Edad Media, en cambio, la Iglesia aceptó que la Razón fuese
empleada con dicho fin, pero quedó convertida en sirvienta de /
la fe. Además, es imprescindible señalar que los temas de la
libertad y el realismo, sustentados por la burguesía, sólo cobraron
vigencia en los asuntos de carácter material: casi nunca trascen
dieron al mundo de lo dogmático. Pocos fueron los filósofos bur
gueses utilitaristas que renunciaron a sus creencias religiosas.
La abstracción lógica fraternizó en ellos, por tanto, con el irra
cionalismo. 7
Los fundamentos teóricos de la tesis de Sábato sobre el >
punto no reposan, por tanto, en la historia. Pertenecen al mundo
de la fantasía. Y —cosa grave— lo llevan a adulterar la historia,
como creemos haberlo demostrado. Ahora bien: quizás la prueba
más importante de esta adulteración la brinda su tesis sobre el
origen renacentista de la cosificación. Estudiemos el punto.. . /
Siendo la cosificación una expresión de la enajenación material y
habiendo surgido los fetiches de esta última tan pronto aparecie
ron la propiedad privada y la división de la sociedad en clases,
7 El utilitarismo burgués del siglo XVIII se refleja en la obra de los
enciclopedistas y en los principios fundamentales de la Revolución Fran
cesa. Como afirma Touchard (obra citada, pág. 360)
“La Declaración
de Derechos, racionalista y deísta, es la suma de la Filosofía de las
Luces”. La cita pone de relieve el maridaje del racionalismo y el
irracionalismo. El deísmo se expresó entonces en el culto del Ser Su
premo y en el empeño absurdo —que ya aparece en Locke—• de crear
una religión racional. En los Estados Unidos, Franklin, que fue el
arquetipo del utilitarismo norteamericano, “aseguraba en todos los to
nos que la fe en Dios y en la inmortalidad del alma son la mejor
garantía de la conducta moral y el fundamento de ella” (Historia de
la filosofía dirigida por M. A. Dynnik, Cap. VIII, parte redactada
por O. V. Tranjtenberg, Ed. Grijalbo, pág. 522).
el fenómeno acusó mayor intensidad y agudeza en el remoto pa
sado y en el Medievo que en los últimos siglos. Pero el novelista
que nos ocupa da a entender lo contrario.
Afirma, en efecto, que
“así como la ciencia condujo a un fantasma matemático de la rea-
1 lidad, el capitalismo condujo a una sociedad de hombres-cosas”,
concepto totalmente falso. Esta falsedad es algo impresionante, da
da la calidad intelectual del autor. ¿Qué hizo el capitalismo al
respecto, sino darle una nueva forma a lo ya existente? ¿No era el
esclavo del mundo antiguo un hombre infinitamente más cosificado
que el proletario de hoy y de las últimas centurias? ¿No acusó es
ta cosificación, durante el transcurso de la Edad Media Occidental,
la servidumbre?
Estas realidades nos parecen incontrovertibles.
Mas vayamos un poco más lejos y hagamos hincapié en el caso
de los siervos medievales. Atados a la gleba y dependientes del
señor feudal, no sólo eran víctimas de los fetiches concretos —como
el producto que entregaban al señor feudal a cambio de una ilu
soria protección—, sino además, de los fetiches espirituales crea
dos por la Iglesia o por viejas concepciones mágicas supervivien
tes. Dióse así el caso de que su enajenación fuera total, lo que
en parte explica el relativo estatismo de aquellos largos siglos.
Y ¿qué decir de la nobleza de primer y segundo orden? Tam
bién estaba espiritualmente enajenada, pero no cosificada. Ambos
rangos de nobleza gozaron entonces de una independencia de
acción mucho mayor que más tarde, bajo las monarquías cen
tralizadas. 8
Todo lo dicho sobre el tema revela hechos históricos o se
fundamenta en ellos. Sábato, sin embargo, da a éstos las espal
8 J. Yicens Vives expresa al respecto (Historia general moderna, To
mo I, Ed. Montaner y Simón, pág. 241): “En la Europa Occidental
la nobleza se ve forzada a recurrir a las gracias y concesiones de la
corte real que otorga subsidios y empleos públicos, o bien a entrar al
servicio del Estado como militares o de la Iglesia como abades y obis
pos...
Al mismo tiempo, la pequeña nobleza, la caballería, cuyo fra
caso no ha podido ser más evidente en las perturbaciones políticas y
religiosas de Alemania, Francia y Países Bajos, desaparece como fac
tor social de importancia, tanto por su agotamiento económico como
por la sangría que causan en sus filas las repetidas guerras internacio
nales o civiles de Europa del 1.500 al 1.600”. Ambos tipos de nobleza,
sobre todo la segunda, —que de hecho quedó destruida como rama de \
una clase social— perdieron su libertad económica.
'C'
das. ¿Trátase acaso de una miopía histórica, ya que hemos des
cartado la posibilidad de su ignorancia? En parte. . Pero el pro
blema es complejo. Como bien dice el refrán, no hay peor ciego ,
que el que no quiere ver. Y es esto, precisamente, lo que le acon
tece al afamado novelista. No quiere ver porque su voluntad se
halla al servicio exclusivo de su enajenación espiritual. Esta limi-
ta su visión del pasado, que no llega más allá del Renacimiento.