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sábado, 22 de agosto de 2026

EL SACRIFICIO DE NARCISO FLORENCIA ABADI


 

“Si el amor es cuidado, alianza afectiva, previsibilidad, el deseo en cambio supone rivalidad, desafío, incertidumbre. (...) El deseo curiosea, el amor respeta. De esa oposición trata también este libro.” A contracorriente de la interpretación habitual, Florencia Abadi propone que Narciso no se ama a sí mismo. Más bien se fascina con su imagen y se suicida en el intento de abrazarla: sacrifica su vida a su imagen. Así, el narcisismo se opone al egoísmo. Mientras el egoísta se prioriza a sí mismo por sobre los demás, el narcisista se posterga a sí mismo para ser amado por el otro –o mejor dicho, para sostener una imagen que cree condición del amor del otro. A partir de esta original lectura del mito, Narciso aparece como contrafigura de Eros, el deseo. De la mitología a la cultura popular, los nueve ensayos aquí reunidos exploran el oscuro universo de las pasiones. Deseo, envidia, piedad, odio, desconfianza son desmenuzados con implacable lucidez. En una época en que el término “narcisismo” se encuentra en boca de todos, la lectura de este libro permite reconocer, más allá de los diagnósticos, una estructura común que nos atraviesa como humanos y que puede comprenderse mejor a través de la filosofía. Una filosofía de las pasiones. FLORENCIA ABADI es filósofa y escritora. Nació en Buenos Aires en 1979. Es Doctora en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires, Investigadora del CONICET y docente de Estética (Facultad de Filosofía y Letras, UBA). Su campo de trabajo es la estética y los afectos en intersección con la mitología comparada. Entre sus principales publicaciones se encuentran los libros: Conocimiento y redención en la filosofía de Walter Benjamin (Miño y Dávila, 2014), El sacrificio de Narciso (Hecho atómico ediciones, 2018; traducido al italiano), El nacimiento del deseo (Pólvora, 2023) y la plaqueta Mímesis y terror (Bulk Perambulante, 2019, traducido al inglés). Además, es autora de diversos artículos en revistas especializadas. Esta edición ampliada de El sacrificio de Narciso pone nuevamente a disposición del lector sus ensayos más disruptivos y originales.

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El trabajo del mito Prólogo a la segunda edición ¿Pueden los mitos revelar la naturaleza del deseo, del odio, de la envidia, de la piedad, de la relación que tenemos con nuestra imagen? Y en caso de que puedan, ¿con qué fundamento, con qué explicación, bajo qué premisas? Suele afirmarse que los mitos permiten vislumbrar las profundidades de la afectividad humana. Quizás sea necesario recordar, entonces, el carácter siempre parcial de ese vislumbrar: el mito revela aspectos desconocidos, pero lo hace ocultando, camuflando, disfrazando. Muestra y a su vez tapa; echa luz sobre algún aspecto y, simultáneamente, coloca un manto sobre otro. De ahí que el trabajo del mito pueda asimilarse al del sueño, que disfraza para que pueda emerger lo conflictivo, lo insoportable. Este mecanismo corresponde a su posible derivación de verbo griego myein, que significa “abrir y cerrar” los ojos, entrecerrarlos frente a una luz imposible de tolerar por la pupila sin realizar esa acción rítmicamente.

El mito nos permite mirar sin encandilarnos, nublar un poco la visión para lidiar con el sufrimiento que pone en juego lo que se descubre. Los ojos entrecerrados nos salvan de la literalidad que solo ve (o escucha) lo que está ahí delante, y podemos entonces acceder a un universo hecho de alusiones y símbolos. El mito se caracteriza además por no tener una fuente original, sino versiones. Cada una se pone en relación con las anteriores, superponiéndose y enfrentándose a ellas. El mito es así, también, un objeto de disputa (es decir, de deseo). El mito de Narciso ha sido en este sentido un caso paradigmático: las variadas versiones, que se multiplican con intensidad creciente hasta nuestros días, distan especialmente unas de otras. Entre ellas, la que ha ganado mayor protagonismo es sin duda la de Ovidio en Las metamorfosis, que pertenece a la era cristiana, 8 d.C. (a pesar de remitir al mundo griego, el mito de Narciso no aparece en fuentes griegas). Es a partir de esta versión que se ha construido la idea de que Narciso se ama a sí mismo de una manera exagerada o patológica. Este libro se propone disputar esa interpretación, mostrar que Narciso, lejos de amarse a sí mismo, se fascina con su imagen y le entrega nada menos que su vida. Narciso muere sacrificado a una imagen ideal, y la fascinación que lo lleva a ese sacrificio no se parece en nada al amor. A pesar de los numerosos aspectos del mito que Ovidio sí muestra (el dolor punzante frente al rechazo en el ámbito erótico, la función de la figura materna, e incluso el apego a la imagen y el abandono del cuerpo), su relato suprime un elemento que resulta clave en las versiones más antiguas. Se trata de la enemistad entre Narciso y Eros (Cupido para los romanos): al rechazar a los cazadores y ninfas que lo pretenden eróticamente, Narciso está desafiando el poder de una poderosa divinidad, como si creyera que se puede vivir más allá del erotismo.

El castigo de Eros frente a esa soberbia (hybris) no se hace esperar, y en la fuente donde Narciso muere, situada en la ciudad de Tespias, sus habitantes–devotos del caprichoso dios alado– erigen un monumento a Eros vencedor. Sin embargo, en el libro de Ovidio se elimina a Eros como figura vengadora y se coloca allí a Némesis (diosa de la venganza), velando el conflicto entre la entrega a la imagen y el deseo. Este conflicto resulta crucial para el psiquismo. Narciso representa la imagen ideal que se opone a la carencia propia del deseo. 

Encarna el rechazo de ese deseo que nos coloca en un lugar vulnerable, que nos divide, que rompe con su flecha la “unidad narcisista del yo”. El deseo humilla al narcisismo; como expresa el enamorado en la canción popular: “estoy perdiendo imagen a tu lado”. Mientras que el ideal narcisista permanece inmóvil–como toda perfección– el deseo es movimiento. El deseo es fértil; Narciso es virgen y amenaza con lo estéril. Eros tiene alas y necesita el aire que brinda la distancia; el narcisismo se entrega a la fusión líquida. Comprender la estructura narcisista que atraviesa a todo ser humano –más allá de cualquier diagnóstico clínico– exige atender a estas oposiciones. Dicha estructura rige nuestro esfuerzo denodado por sostener una imagen de nosotros mismos, bajo la ilusión de que somos amados por esa imagen. Desenmascarar este mecanismo a partir de una relectura del mito de Narciso es la tarea de estas páginas. Dijimos entonces que Narciso se opone a Eros, el narcisismo al deseo. Sin embargo, hay una segunda confusión que despejar: aquella que identifica a Eros con el amor. Una larga tradición occidental ha llevado a cabo esa traducción, velando una segunda oposición: la que existe entre el deseo y el amor. Si el amor es cuidado, alianza afectiva, previsibilidad, el deseo en cambio supone rivalidad, desafío, incertidumbre. Si el amor es piedad en el sentido de que sostiene velos para preservar lo existente, el deseo es cruel porque desgarra velos para transformar lo existente. El deseo curiosea, el amor respeta. De esa oposición trata también este libro. Si Narciso no (se) desea, tampoco se ama. El amor propio, si tiene algún significado, no consiste en una elevada autoestima, sino más bien en la benevolencia con la propia falla e imperfección, en la posibilidad de frenar el autorreproche (narcisista) por no ser aquello que quisiéramos ser. Entre estas dos lógicas, la erótica y la amorosa, se cuela la lógica narcisista. ¿Narciso ama su imagen?, ¿la desea? Quizás ni una cosa ni la otra.

Aquí, más bien, el enamoramiento fascinado se presenta como una tercera relación posible con la imagen. Será tarea de quien lea atender a estas sutilezas, desplegar su propia interpretación de un asunto que no está cerrado. Exigirá poder caminar sobre una fina cornisa sin caer en la tentación de tapar el conflicto que implica ser humanos amorosos, pero también deseantes (odiantes) y atravesados por ideales que devienen frecuentemente mortíferos. El mito sigue siendo la mejor guía para transitar el camino, porque nos permite ver en su pureza esas lógicas, esos arquetipos. Solo Narciso es puramente narcisista; en todo ser humano de carne y hueso, en cambio, habitan Narciso, Eros, Amor y tantos otros. El mito logra este efecto, quizás paradójicamente, gracias a su impureza, a la contaminación entre las versiones. Su trabajo de velar y desvelar puede ser entonces la via regia para una filosofía de las pasiones.

jueves, 20 de agosto de 2026

WALTER BENJAMIN EL CONCEPTO DE CRÍTICA DE ARTE EN EL ROMANTICISMO A TEMA N TRADUCCIÓN Y PRÓLOGO DE J. F. YVARS Y VICENTE JARQUE



 El romanticismo profético de Walter Benjamín 

i Los escritos más significativos de Walter Benjamin, aquellos que le han situado en lugar de privilegio en el tibio purgatorio de los heterodoxos, aparecen teñidos por ese destino veleidoso que una vez los puso á l’écart de tous les courants, nimbados por un aura sutil de excep- cionalidad. Unos resultan atípicos a causa de la origina lidad extrema de su prosa o del carácter particularmente provocador de las ideas que expresan; otros lo son en ra zón de su temática, de su estructura inhabitual, o acaso por las singulares circunstancias en que fueron pensados. El texto que ahora presentamos por primera vez al lec tor de habla hispana es también, sin duda, un libro in sólito. Benjamin fue un personaje prismático al que jamás bastaron dos caras, como ese «rostro de Jano» que se ad judicaría a sí mismo con sibilina modestia tras su heroica conversión al credo materialista, sino múltiples y bien di ferenciadas. Así, entre la multitud de criaturas extrañas que nuestro autor nos ha legado, hallaremos ejemplares de todo lo que buenamente queramos imaginar: dejando al margen su voluminosa e iluminadora correspondencia, parcialmente inédita, podemos escoger entre una nutrida selección de artículos de la más diversa índole formal y temática: comentarios críticos, exposés y ensayos de to dos los tonos y para todos los gustos —desde las Afinida des electivas de Goethe o el drama barroco alemán hasta Brecht, pasando por Kafka, Kraus o Baudelaire.

No fal tan tampoco encendidas piezas oratorias, conferencias eso téricas, alocuciones radiofónicas dialogadas; ni siquiera desenfadadas crónicas de la actualidad cultural europea —por entonces todavía animadísima— e incontables rese ñas redactadas unas veces por encargo, otras por discipli na personal. También nos ha legado anotaciones apresura das de uso más o menos privado —como su primer apunte Sobre el lenguaje en general o su Filosofía del futuro, que luego se revelarían como textos de un valor programático fundamental. Escritos de suave coloratura mística y dia rios íntimos —como el de su viaje a Moscú—, colecciones de aforismos al estilo de Einbahnstrasse, e incluso una obra compuesta únicamente por miles de citas y frag mentos heterogéneos —sus inacabados y fantasmagóri cos Passages parisinos. Pero nos quedan todavía otros escritos de intención más resueltamente literaria: juve niles poemas fúnebres consagrados a la muerte de su ami go Heinle, que le precedió premonitoriamente en la vía del suicidio, breves textos en prosa, traducciones quizás de masiado libres —Proust, Baudelaire—, libros de memo rias (Berliner Chronik, Infancia en Berlín hacia 1900). Y para que nada falte, textos didácticos no siempre vero símiles ni comprensibles, panfletos voluntariamente pro vocadores, sin olvidar sus pormenorizados protocolos que dan testimonio de sus escasas pero intensas excursio nes, en la buena compañía de Bloch, por el mundo de la ensoñación inducida por los estupefacientes (Haschisch). Excuse el lector esta prolija enumeración, por lo de más incompleta. Pero sucede que cuando se escribe acer ca de Benjamín no es nada fácil evitar el recurso a la aséptica yuxtaposición de motivos, a modo de montaje, puesto que éste era uno de sus métodos de trabajo pre dilectos. 

Enlazar esos motivos tan dispares resulta por lo general imposible, y además no siempre quedan justi ficados los esfuerzos. En nuestro caso, pensamos, se trata de la forma más directa y eficaz de presentar el trasfondo sobre el que se recorta el perfil singular del libro que nos ocupa: en ese proteico repertorio de formas y estilos que constituyen la herencia intelectual de Benjamín, no encontraremos ni un solo estudio de alguna extensión del que se pueda realmente decir que haya sido concebido, en rigor, según los cánones umversalmente aceptados del pensamiento discursivo racional. Ninguno, ciertamente, salvo este libro que el lector tiene en sus manos. En efecto, se trata de una temprana investigación aca démica escrita entre la primavera de 1918 y el verano del año siguiente, de apariencia escrupulosamente ortodoxa, de una arquitectura puntillosamente equilibrada, tan pe sada, contada y medida como el juicio del bíblico rey Sa lomón: dividida en dos partes de casi idéntica extensión, apoyadas en igual número de notas, precedidas de un prólogo sobriamente informativo del plan argumental y las fuentes, bien conocidas, de las que su autor se ha ser vido, sin otra irregularidad manifiesta que un escueto apéndice cautamente separado del resto del texto. 

A pri mera vista no parece sino lo que, a su manera, pretendía ser efectivamente: una seria e impecable tesis de docto rado* el estudio universitario y erudito que todavía se exige a los jóvenes aspirantes a profesor en el disciplina do mundo de la cultura alemana. En nada se adivinan lo que habrán de ser los tonos característicos de uno de los pensadores menos académicos que haya existido jamás. Pero esa misma singularidad que determina la posición del presente trabajo en la obra de Benjamín comporta también, con todo, una invitación a considerar la posibi lidad de que nos hallemos ante un texto de importancia crucial para la comprensión del peligroso laberinto en el que se arriesgó ilusoriamente su pensamiento. 2 En cuanto a ese presunto «pensamiento discursivo», puede parecer tal vez una tautología imperdonable, pero se trata de una expresión de Gershom Scholem, el amigo más fiel de Benjamín, y nos interesa sobremanera porque se sirve de ella justamente para referirse al estudio sobre el Romanticismo que nos ocupa. En él veía un ejemplo, o mejor, el único ejemplo con el que poder demostrar ante el mundo el verdadero alcance de las dotes de Benjamín para la argumentación racional, para la exposición de un «riguroso desarrollo conceptual» que habitualmente quedaba oculto en su obra, pero de ninguna manera ausen te. En realidad, lo que Scholem pretendía con esa fórmu la era defender el sentido veladamente «metafísico» sub yacente incluso en los escritos de carácter histórico, po lítico y literario que constituyen el grueso de la obra de su amigo. 

En esta perspectiva Benjamin se mostraría como un auténtico «filósofo», aunque más o menos em boscado, según aconsejasen las tácticas y sus circunstan cias, bajo la hojarasca de un «proceder descriptivo» que se fundamenta en la yuxtaposición de un conjunto de re presentaciones relativamente autónomas, con vocación de instantáneas fotográficas, según una dialéctica propia establecida entre imágenes detenidas en el tiempo y en el espacio, un poco al estilo de aquellas fugaces «ilumina ciones profanas» que tanto admiraba en el universo su rrealista. En esta misma línea hablaba Scholem de Infancia en Berlín, con entusiasmo evidente, como de una inesperada culminación del más hermoso sueño de Schelling: una «filosofía narrativa». 

De este modo, pues, los fragmentos de ese libro, breve y espléndido, constituirían otras tan tas imágenes infantiles recuperadas y transfiguradas, en virtud de una rememoración matizada por el arte de la escritura, en una suerte de tablean de experiencia filosófi ca que aspiraría a una validez no menor que un discur so sometido a la tiranía de la argumentación lógica, es de cir, al implacable correlato de premisas y conclusión, a la sintaxis del «antes y el después», según había de for mular Adorno, con disgusto mal disimulado, como estig ma del razonamiento fundado sobre la forzada identidad racional. Acaso nos asalte la tentación de dar estas ideas por buenas y cerrar aquí el comentario. Pero lo cierto es que no parece del todo prudente olvidar que el sueño de Schelling quedó ya desacreditado por Hegel, en nombre de la razón, como el sueño de la noche donde todos los gatos son pardos. Y es así como sucede que, a pesar de su perspicacia y todavía mejores intenciones, hasta el pro pio Scholem puede estimular involuntariamente graves e innecesarios malentendidos cuando añade a su comen tario de Infancia en Berlín una frase quizás no del todo afortunada: «Bajo la mirada del recuerdo —escribe— su filosofía se transforma en poesía» [,Dichtung]. No cabe duda de que esto podría llevar a dudosos resultados, si no para la poesía, sí al menos para la filosofía. Tal vez no sea del todo caprichoso vislumbrar de nuevo en ese pen samiento, por decirlo de una forma amable, el inquietan te brillo nocturno de los ojos de un gato pardo. 

3 Si dejamos a Scholem y nos atenemos a Adorno, las cosas no van a resultar menos ambiguas. También Adorno, crítico tan sagaz y demoledor como regular apologeta, se ha esforzado en blanquear la promiscuidad estilística de Benjamín, su intencional claroscuro de escritor, recubrien do su pensamiento de vagas representaciones utópicas. Así, por ejemplo, la apariencia de «efectismo mágico» tan frecuente en su obra, la «suave irresistibilidad» destilada por una escritura que parecía enraizar «en los dominios del misterio» (atts dem Geheimnis), la interpreta Adorno como figura y exponente de la heroica incapacidad de Ben jamín para renunciar a la promesa de felicidad que todo hombre atisbaría en sus años de infancia, para olvidarla después: «Suena —dice Adorno, preso de la más noble y sincera perplejidad— como si el pensamiento recogiera las promesas de los cuentos y los libros infantiles, en vez de rechazarlas con la despectiva madurez del adulto.» Y bien pudiera ser que, después de todo, no fuese la peor forma de presentarlo. El apasionado y constante interés de Benjamín por algunos aspectos del mundo de la infan cia, por la condición de su experiencia más acá de la ló gica, libre de identidad subjetiva, por su lenguaje y su li teratura imaginativa, por los cuentos de hadas, parece confirmar en buena medida la impresión de Adorno. Sólo en la sobria fidelidad a esa «experiencia no reglamentada» que prefigura la aventura infantil habría podido Benja mín hallar la fuerza necesaria para resistirse a la división del trabajo espiritual, en busca de una más perfecta liber tad de tránsito desde los dominios del pensamiento filo sófico a los de la literatura. Como se ha repetido hasta el tópico, en Benjamin re conoció Adorno a su maestro en la batalla contra el pen samiento sistemático. 

La estructura del sistema que se comprende a sí mismo como algo ya cumplido, concluso, sería expresión de un discurso predeterminado por la obe diencia a las falsas imposiciones de la identidad racio nal. A este propósito nos resulta del mayor interés el hecho que el propio Adorno, al igual que Benjamin, re mita en diversas ocasiones al proceder fragmentario del Holderlin tardío como el modelo acabado de una es critura «par atáctica», construida sobre rupturas y dislo caciones del discurso, sometida, por así decir, al duro régimen de un lenguaje sin concesiones a la comunica ción, que va como de abismo en abismo a la espera de ser literalmente asaltado por un sentido «no intencional», Ubre de sujeto.

 Ése tendería a ser el sentido sugerido por la figura de la «constelación» de conceptos que se cierran contra su objeto para iluminarlo en su concreción espe cífica, sin ajustarlo a las reglas establecidas por el pen samiento abstractamente identificador. En definitiva, esta forma de exposición habría conducido a Benjamin, de ma nera poco menos que natural, a la opción por la forma del «ensayo» como alternativa al discurso filosófico aca bado y compacto, como encarnación de una conciencia crítica ejemplarmente representada, entre otros, por Sim- mel, el primer Lukács y el propio Adorno. Pero el asunto se presenta hoy tanto más espinoso cuanto que, en efecto, la imagen de Benjamin que parece haberse impuesto con el paso de los años —tras la casi entrañable resaca marxista de aquel sesentayochismo en el que estuvo a punto de sucumbir cual profeta oracular de la por entonces nueva izquierda— respondería con bas tante aproximación a esa misma «caracterización» pris mática que Adorno deseaba en el fondo concederle, aun que no, preciso es recordarlo, sin las justas y oportunas reservas. 

Es la imagen de un Benjamin cercado por la do ble aureola del «refinado literator» y del «ensayista» ori ginal, figura ésta en realidad muy dudosa y terriblemente elusiva que, de no quedar bien matizada, correría el peli gro de acabar por deshilacliarse entre las abstracciones rigoristas del filósofo, poco complaciente por naturaleza, y el aspecto inofensivo y hasta conmovedor de quien es cribe literatura del pensamiento sin otro apoyo que una vergonzante invocación a la utopía. 4 Verdad es que esa imagen difusa y estetizante se ajus ta sólo forzadamente con el auténtico significado de ese rasgo que Adorno y Scholem tanto estimaban en la escri tura de Benjamin: su profundidad metafísica cercana a la teología, su afán por lograr la máxima concreción en todos los aspectos, su búsqueda de lo universal más sagrado y duradero en el corazón de la singularidad también más extrema y concisa. En otras palabras, en la exacta deter minación de lo infinitesimal como exponente de lo abso luto,

 Esta tendencia nos ofrece la clave de su atenta mira da hacia lo discontinuo y de su proverbial desconfianza respecto a la argumentación deductiva en mayor o menor medida convencional, con su «antes» y su fatídico «des pués». La envergadura de estos esfuerzos, en los que no cejó a lo largo de toda su vida, nos obliga a excluir por principio su reducción a mero ejercicio «poético» en tomo a unas categorías privilegiadas por la historia de la cul tura, en razón sencillamente de su presunta elevación y dignidad. Al contrario, si de algo no queda duda es de que Benjamin escribía en serio, con una seriedad ani mal, como diría Adorno. Su divisa, al igual que la de su admirado Simmel, bien pudo haber sido aquella que tan certeramente formulase Aby Warburg: «El buen Dios se esconde en el detalle.» En consecuencia, en efecto, la prio ritaria exigencia teológica que le orienta tiende a la des trucción de la bella apariencia, borra las huellas de la ilusión y, parafraseando a Mallarmé, «rature sa vague littérature...». En efecto, esta clave de orientación teológica es la que a duras penas se revela como la mejor ajustada al sentido del pensamiento y la escritura de Benjamín. Sólo que tampoco en ella dejan de multiplicarse los malenten didos. Para Scholem, Benjamin era un pensador religioso demasiado gentil e insuficientemente judío; para Adorno, su teología no era suficientemente negativa y respetuosa con la utopía. Por lo demás, nada tiene de extraño que el trasfondo religioso de sus ideas más creativas, incluso en su fase «materialista», haya quedado encubierto y mal comprendido en un siglo nacido ya bajo la jactanciosa en seña de la muerte de Dios. 

Es verdad que se trata de una religiosidad sui generis, que él mismo denominaba humil demente «profana» y que le llevó de un extremo al otro de la cultura sin apenas compañía —como Juan el Pre cursor en el desierto, pero sin nadie a quien bautizar. En este confín solitario acrisoló su gesto esotérico y la apa riencia inverosímil de sus visiones. Todo ensayo de inter pretación de la obra de Benjamin, y del libro que nos ocupa todavía en mayor medida, habrá de sortear los pe ligros derivados de la tensa vecindad de ese abismo del sinsentido. Puesto que en Benjamín es bien patente, e incluso pre tende la hegemonía un elemento regresivo; el mismo, por cierto, que le había inducido a renegar de una interesada racionalidad ilustrada, que un día se autoproclamó porta dora de la libertad de pensamiento, destruyó la autoridad de la tradición religiosa y se arrogó el monopolio de todas las promesas de felicidad. Benjamin jamás se sintió a gusto ni llegó a identificarse con afirmaciones tan rotun das. Podemos ver en este escepticismo originario una muestra de aquella firme voluntad crítica cuyo sentido ha sido asimilado y formulado luego, si bien con matices importantes, en los distintos desarrollos que habría de alcanzar en figuras como Adorno y Horkheimer. También puede afirmarse que la Dialéctica de la Ilustración fue de alguna forma la mayor victoria lograda por Benjamin después de muerto. Pero la perspectiva crispadamente ne gativa que en ese libro se anuncia, que apenas ha pro gresado más tarde con la maduración posbélica de la Es cuela de Frankfurt, no se había manifestado todavía en Benjamín en toda su crudeza. 

Su resistencia a la estra tegia fatal del progreso mal entendido y a la orgánica razón instrumental que haría las veces de un deplorable sujeto vicario, bárbaramente autocomplacido en su pro pia capacidad dominadora, no le indujo en ningún mo mento a predicar, a la manera de Adorno, la consabida paradoja de una racionalidad otra, inhallable, enigmáti camente sutil y sencillamente ausente. No se permitía ese tipo de ilusiones dialécticas. Pues lo que Benjamín encon traba del otro lado del dique ilustrado no era sino eso mismo que el buen sentido común podía esperar: la opacidad de la materia universal preñada de poderes irre sistibles, la sinrazón oscilante entre la mística y la misti ficación. Es decir, el mundo del que han nacido todos los fantasmas frente a los cuales se erigen los mitos como preparados mágicos contra ese terror inmemorial. 

5 Queda delimitado así el marco en el que puede situar se el encuentro de Benjamín con el universo romántico. Además, se trataba de una cita ineludible. A ella le em pujaba el ambiente intelectual que su destino de burgués asimilado señalaba desde sus tempranos años de estudio, en aquellos tiempos confusos de los comienzos de siglo, cuando Europa, quizás sin saberlo, empezaba a deslizar se hacia su catástrofe. Los años de formación de Ben jamín estuvieron presididos por una extraña militancia en las filas de la Jugendbewegung, un «movimiento juvenil» fundado y dirigido por el pedagogo Gustav Wyneken, su primer maestro, sostenido por una ideología de signo ra dical y casi fanáticamente espiritualista, cuya ambición fundamental se orientaba a la consecución y desarrollo de una «cultura juvenil» propugnada como modelo de toda cultura posible. La relación educativa quedaba trans formada de este modo en una visión del mundo elitista, y el joven entusiasta que era Benjamin entonces podía sen tirse llamado sin remordimientos a cultivar, proteger y transmitir los sagrados valores espirituales, la gran tra dición cultural europea, en beneficio de una humanidad resueltamente perezosa y en proceso creciente de barba- rización. 

En los círculos de la Jugendbewegung los aspirantes al liderazgo espiritual leían con fruición a Stefan George (una figura decisiva en la recuperación del interés por el Romanticismo), trataban de emular su anhelo por instau rar una «benéfica dictadura espiritual» en la república li teraria y adoptaban ante la poesía una actitud de admi ración sagrada, incondicional, fundada en el culto a los grandes demiurgos y el olvido arrogante de sus compro misos históricos reales. Pero el joven Benjamin no podía compartir por entero esas actitudes sin haberles conferi do previamente un sello y un sentido propios. Ya en 1913 redactó una breve charla titulada justamente Romantik, en la que deploraba el componente esteticista que las traba la recepción del Romanticismo desde el punto de vista imperante. Condenaba el «falso Romanticismo» nar cotizante, individualista, diletante y filisteo, de exaltación del espíritu como refugio de urgencia frente a un mundo hostil, y lo contraponía al Romanticismo que llamaba «verdadero», que no sería otra cosa sino una «.voluntad ro mántica» de belleza, de verdad y de acción.

 Así, todavía en la ambigua estela del movimiento de Wyneken, se per cibía ya la orientación mesiánica del interés de Benjamin por tales temas. Puesto que esa «voluntad romántica» nada quería saber de complacencias estéticas, la verdad, la belleza y la acción se remiten necesariamente a la his toria como espacio privilegiado de realización del Es píritu. Durante el invierno de 1914-1915, a punto de romper con Wyneken, cuyo amor por los jóvenes no le había im pedido curiosamente enviarlos a morir en las trincheras, Benjamin se concentra por vez primera en esa figura gran diosa que con alguna frecuencia aparece en este libro como el «espíritu» que, celado discretamente, habría reina do como un dios escondido en la poesía y el pensamiento del Romanticismo temprano. Por supuesto, hablamos de Holderlin, a dos de cuyos poemas dedicó Benjamín un largo y densísimo «comentario estético» en el que ya se anunciaban no pocos de los motivos que un lustro más tarde desarrollaría en el presente estudio. La idea de Ben jamín consistía en exponer la «forma interna» de los poe mas, su contenido de verdad, la imagen sin figura que daría cumplimiento a la «tarea poética» prescrita en cada caso. 

 Ya entonces remitía a la definición fundacional de Nova- lis, que tantas veces volvería a citar a lo largo de su vida: «Cada obra de arte lleva en sí un ideal a prior i, una nece sidad interna para existir.» Era esa necesidad objetiva, independiente del carácter y las intenciones del presunto creador, la que el crítico debía determinar en su comen tario. Más aún, el cometido del crítico estribaría en esta blecer «lo poetizado» como un sentido «producto y obje to» a la vez de la investigación. Puesto que, en definitiva, «la idea de la poesía es la prosa», y el contenido filosófico de verdad, el único que Benjamín reconocía en el arte, sólo puede ser representado en la forma prosa de la ex posición. Los poemas en cuestión eran las dos versiones de «Dichtermut» y «Blódigkeit». Y quiso la irom'a, la autén tica ironía romántica, que este último fuera también, en cierta medida, una tercera versión del primero. Finalmen te el ánimo del poeta se disolvía en la serena necedad, en el completo estupor de quien se siente poseído en cuerpo y alma por el lenguaje. Según la interpretación de Benja mín, es la vida del poeta lo que se pone en juego en la tarea, y es el ánimo lo que termina sometiéndose también a la misma, reducida a una actitud de perfecta docilidad, de absoluta «pasividad» ante el lenguaje. La obra cum plida es un «mundo poéticamente muerto, saturado de peligro», donde habrían quedado conjuradas todas las amenazas extrañas en un vínculo sagrado que Holderlin articulaba en función del mito como «íntima unidad de dios y destino».

 Así, la absoluta sumisión del poeta a su tarea se corresponde con la objetiva necesidad a la que debe su existencia la obra, como quería Novalis. La fatí dica extinción del sujeto en la escritura vivida como desti no: éste es el núcleo de las reflexiones de Benjamin acerca de Hólderlin, y ésta es también la clave recóndita que encierra el verdadero sentido de su libro sobre el Roman ticismo temprano. No sorprende, pues, según testimonia Scholem, que Benjamin considerase la escritura de Hól derlin como una escritura sagrada. 6 El pensamiento de Benjamin continuó girando duran te años en torno a las relaciones entre mito, religión y lenguaje. Hacia 1917 sus intereses apuntan al estudio de Kant —y de nuevo hemos de agradecerle a Scholem el testimonio preciso. Su orientación, sin embargo, le exige superar la fijación kantiana en una experiencia de «grado cero», la experiencia sensible ilustrada sostenida por el empirismo, y buscar los fundamentos de una «experiencia absoluta» en la que quedasen incluidas filosofía, teología y religión. El punto nodal es ahora la identificación entre «sistema» y «doctrina». Pero estos objetivos no podían alcanzarse en el marco del sistema kantiano que, además, se desentendía por completo de las tres.esferas que a Ben jamin le interesaban: el lenguaje, la religión y la historia. Por eso volvió al Romanticismo. Benjamin se enfrenta al Romanticismo temprano des de un punto de vista explícitamente histórico-teológico. Con todo, este enfoque parece quedar relegado a un dis creto segundo plano en el estudio académico que presen tamos, pero el lector atento sabrá descubrirlo sin dema siados problemas. 

A pesar de que Benjamín reconoce la influencia romántica en la constitución de la crítica mo derna, es evidente también que su interés apunta hacia el Romanticismo como «último movimiento que una vez más salvó la tradición desesperadamente», que había tra tado incluso de «lograr en la religión» lo que Kant había conseguido a propósito de los objetos teoréticos: mos trar su forma, Y añade: «Pero, ¿existe una forma de la re ligión?» El aspecto romántico de la filosofía de Benjamín se explica mejor a partir de esa necesidad de dar res puesta a la pregunta formulada. El Romanticismo intuía en su mística del arte y del lenguaje un camino posible para fundar esa religión formal, sin contenidos dogmáti cos determinados, pero asumiendo consecuentemente la relación religiosa frente a lo absoluto —un absoluto que no va más allá de los media en que se manifiesta. Y aquí es de nuevo el arte el mediador privilegiado. La centralidad que en el pensamiento de Benjamín se concede a la constelación formada por las esferas del Ro manticismo temprano y de Goethe, se puede explicar así como una consecuencia de su descomunal batalla contra el sujeto, esto es, contra el sujeto autónomo según el mo delo ilustrado entendido en un sentido amplio, en tanto que supuesto protagonista de la historia y del progreso, de la cultura y el arte. La «sobriedad» que Holderlin urgía implicaba el sometimiento del creador al «oficio», a la «maestría artesanal», a los imperativos de la tradición ar tística y de la escritura: una variante de la «docilidad» frente al lenguaje. De tal modo, el precio de la auténtica creación sería la renuncia a la subjetividad aparente. Pero esa apariencia es, además, una apariencia necesaria en vir tud del principio de individuación y como defensa ante las asechanzas de la barbarie o la locura. Benjamin no pudo dejar de reconocerlo e incluso de vivirlo intensamente. En consecuencia, su postura frente a la Ilustración tiene que ser por fuerza ambigua: su orientación teológica revela su desconfianza hacia la tradición fuerte del pensamiento moderno: la ciencia y la Ilustración permanecerían en el dominio del mito, «son mito en segundo grado». Pero lo que Benjamin concibe como sagrado no es sino, paradójicamente, esa misma tradición, un fragmento más de la tradición de la escritura. La interpretación y el co mentario, la «crítica inmanente», se convierten en una tarea sagrada porque sólo en ella se hace posible la con tinuidad de la tradición. 

Sin embargo, esa tradición no puede sostenerse más que al precio de abandonar la qui mera de un sujeto autónomo. La tradición no es, a fin de cuentas, otra cosa que la esfera del destino universal, la historia del mito. Ése fue el tema de Holderlin y en igual medida también del propio Benjamin. * * Por nuestra parte, nada más. Eludiremos la ridicula presunción de emitir siquiera una opinión acerca de cómo habiia que leer a Benjamin, al Benjamin de este libro arduo y complejo. La reflexión benjaminiana sobre el Ro manticismo nos ofrece una ocasión inmejorable para re flexionar sobre los riesgos de acomodarse a ciertas lectu ras categóricas, quizás tan benevolentes como estériles, que en nada mejoran la falacia estetizante que terminaría por anularlo como pensador filosófico. Esto es, y para decirlo con claridad, negarlo como pensador puro y sim ple para convertirlo de manera fraudulenta en selecta mer cancía cultural, en «ensayista». Si en verdad se pretende confirmar el sentido de esa escritura plural, y en este caso es preciso atender las sugerencias de Scholem y Adorno, acaso no sea posible ya conformarse sencillamente con evocar su cualidad «descriptiva» o «paratáctica» como algo contrapuesto al ordenamiento «discursivo» o «siste mático» al que con tanta obstinación Benjamin se resis tía. Sin embargo, esta línea de defensa parece haber per dido tiempo atrás casi toda su eficacia. 

En efecto, un leve desplazamiento de acentos nos vuelve a poner ante la evidencia de esa imagen benjaminiana dominada por la media luz del escritor que nunca acabaría de ser una cosa ni otra, una imagen propiciada en buena medida por las profundas afinidades benjaminianas con el Romanticismo temprano, lo que no deja de ser asimismo una consecuen cia inesperada de aquella dudosa contraposición inicial, que puede alcanzar además, tal vez como castigo de su culpable insuficiencia, los tonos propios de una lamenta ble neutralización, cuando no de una franca cursilería, si se abandona en las manos de la incuria publicística que nos envuelve. Zanjar de manera tan poco airosa la recep ción de un pensamiento que no se resigna a ser una amar ga parábola de nuestro tiempo es algo que Benjamin no merece. J. F. Yvars Vicente Jarque otoño de 1987

jueves, 13 de agosto de 2026

FILOSOFÍA FORENSE El morir violento ANTE NUEVAS FORMAS DE LA MUERTE VIOLENTA CONTEMPORÁNEA ARTURO AGUIRRE MORENO EDITOR



Sinopsis 

 Esta investigación piensa, desde la filosofía forense, el problema de la muerte violenta contemporánea. Tematiza en un plano teórico-conceptual la violencia emergente sobre los cuerpos muertos en medio de la crisis forense por la que atraviesa el siglo XXI. Del mismo modo, se analiza la muerte a manera de acontecimiento social y visualiza los factores que hacen posible el ejercicio de la violencia, bajo un procedimiento de desconstitución humana a nivel ontológico-social. Luego, se exploran los bordes teóricos, técnicos y prácticos en relación con actos de deshumanización que trastornan una realidad específica como es México en la actualidad. Así, el trabajo estudia el acto de matar conforme a un saber construido por el testimonio de las víctimas directas y o indirectas que experimentaron violencia. Por lo tanto, el objetivo principal es evidenciar las consecuencias del proceso del matar como un acontecimiento de privación de la existencia en una dimensión de la memoria y justicia social. 


 Preámbulo 

 Las razones para realizar un estudio sobre la muerte violenta en México se dan principalmente porque en los últimos años nuestro país se ha convertido en uno de los espacios más violentos en el mundo, lugar en donde los agentes de violencia se multiplican y diversifican entre fuerzas del orden policial, fuerzas armadas, ejército y civiles ilegalmente armados. Con tal mutación de agentes violentos y su proliferación gestada por diversas casusas, razones y motivos (mercados emergentes, corrupción institucionalizada, hostilidad social, empobrecimientos y un largo etcétera) se crea un espacio criminógeno, doliente, que exige restituir los saberes, no solo de la violencia sino también de los testimonios de las víctimas de la violencia. Estos muestran la necesidad de pensar la muerte violenta desde el matar como acto, que se distingue del hecho de morir. El aporte de la presente investigación es introducir el estudio de la muerte violenta desde el enfoque de la filosofía forense, es decir, explicar a nivel conceptual-teórico filosófico la muerte violenta al considerar el momento histórico en el que vivimos, de tal manera que permita dar un nuevo sentido al horizonte contemporáneo de interrogación sobre la violencia ejercida al cuerpo muerto. 

Seguidamente, esta investigación realiza el esfuerzo por evidenciar la vileza reiterada y creciente sin par que se extiende en dimensiones masivas y de intensa crueldad desde la vida hasta la condición inerme del cadáver. Por tales razones, en la presente investigación se abordarán las violencias contra 8 la integridad material de los cadáveres, considerando los actos que denigran su singularidad y su dimensión social, lo que intensifica la muerte social de los cuerpos. 

De este modo, el estudio explorará las condiciones ontológicas-sociales e históricas que posibilitan hoy en día que los cuerpos muertos sean violentados. El objetivo de este estudio es comprender el proceso de la privación de la existencia con la muerte violenta al delinear conceptualmente esta experiencia, a fin de explorar los bordes teóricos, técnicos y prácticos en relación con la violencia mortífera que trastorna una realidad específica, como es México en la actualidad. El estudio, entonces, comenzará por aclarar los acervos para pensar la muerte violenta. Metodológicamente se delimitará el estado de la cuestión en un margen sincrónico de estudios de los últimos diez años en México, periodo en el cual la violencia se incrementó. Luego se desarrollará un mínimo rastreo bibliohemerográfico de la filosofía y las humanidades, en relación con el estado de la cuestión. Se explorarán sendas de reflexión sobre el acto de matar como un acontecimiento social, destacando que la muerte violenta tiene de base un sentido preconceptual de la muerte humana. Con estos elementos se generará un marco conceptual sobre la muerte, a partir de la forma en que mueren los otros, en tanto acervo experiencial en juicios y afirmaciones de tipo principalmente ontológico-social, ético y político. Enseguida, se realizará la distinción entre víctimas directas e indirectas, para situar la reflexión en la producción de cadáveres como un tema de actualidad, de tal manera que posibilite pensar los actos de violencia acontecidos por la industrialización en las formas de provocar daño y sufrimiento. De igual manera se reflexionará en torno al espacio de los cuerpos violentados como una evidencia que reclama memoria y justicia social a partir de las preguntas: ¿qué es el morir como experiencia de mundo? ¿qué formas emergentes y/o inéditas del morir son propias del siglo XXI? 

 Se entenderá que la muerte en contextos de violencia es una alteración ontológica de la mortalidad, por lo que se constatará esa alteración que sufre el ser-mortal cuando entra en el bucle de la violencia en una época de masacres, muerte masiva, exterminios y genocidios. El estudio se contextualizará en una época signada por el exceso de la violencia, 9 la cual ha quedado documentada como el momento histórico más violento de la humanidad, con una cantidad aproximada de más de 170 millones de muertes violentas, producidas en el mundo durante el periodo de 1914 hasta el fin del siglo XX.2 Puntualmente, debe decirse que este estudio considera simultáneamente el problema de la muerte violenta desde la epistemología de la violencia, para ello se plantean las siguientes preguntas ¿cómo adquirimos conocimiento sobre la violencia? O en otras palabras, ¿cómo sabemos que un acto de violencia está teniendo lugar? La búsqueda de respuestas está basada en el recurso del testimonio. El testimonio de la violencia y sus agentes permite visualizar el conocimiento sobre la violencia, “el testimonio también es indispensable para prevenir un acto de violencia que puede devenir en un instrumento de injusticia epistémica”.3 Este conocimiento, basado en las vivencias, rompe con la expresión secularizada de filosofías ligadas a la idea de un sujeto cognoscente, aislado y escéptico; lo que llevará a considerar las premisas del testimonio como base epistémica colectiva de la violencia, por ende, para el estudio de la violencia, las narrativas en primera persona se concebirán como conocimientos que dan cuenta de las víctimas de la violencia. Esto permitirá considerar también las discursividades y narrativas en torno a la evidencia material de los cuerpos violentados, los cadáveres. La relación entre los victimados con el testimonio es íntima: los cadáveres son evidencia, testimonio y memoria material de la violencia sufrida. 

 Como hilo conductor, el problema de la intersubjetividad entre los vivos y los muertos será desarrollado a partir de un cohabitar entre vivos y muertos, así se tematizará que el rendir asistencia a los cadáveres supuso un enfoque categorial revolucionario del entierro o la sepultura humana, puesto que estas ideas y afectos convertidas en prácticas normaron las formas de referir a los muertos humanos y determinar una posición frente al morir de cada singular. Aquí se entenderá que cavar fosas para sepultar cadáveres, como acción deliberada, supone una revolución cultural en el espacio humano: es la creación 2Cf. Eric Hobsbawn, The Age of Extremes, A History of the World 1914-1991, New York, Vintage, 1996, pp. 22 y ss, 22. 3Vittorio Bufacchi, Conocer la violencia: testimonio, confianza y verdad, Estudios sobre la no violencia 2, Puebla, 3 Norte-Afínita, 2016, p. 129. 10 colectiva de un espacio específico para conmemorar a los muertos de la comunidad y en la comunidad. 

 El cuerpo espacial del muerto es un ente social, en tanto los muertos dan sentido a la continuidad de los vivos, dan referencialidad sobre su existencia. Si bien la muerte será concebida como la interrupción de toda capacidad de preservar su unidad y mantener unidos los elementos constitutivos que hacen de él un organismo humano, esto es, la muerte impide ser a las capacidades orgánicas del cuerpo como lugar de la existencia en la organización y funcionamiento de las partes vitales tomadas como un todo único y singular, también es importante identificar que su forma de ser individual es simultáneamente colectiva en el mundo. Desde esta apertura se pensará a la muerte en el plano de lo comunitario y no bajo el esquema de la muerte personal, solitaria e inexplicable, en ese sentido la muerte solo se puede nombrar como experiencia categorial por cuanto acontecimiento intersubjetivo. Posteriormente, la problemática general de este trabajo nos instala en un ámbito de producción masiva de la violencia, a partir de la diversidad de formas de dar muerte, lo cual vuelve necesario la revisión de la condición humana. La denigración ontológica sobre quien padece la violencia y la brutalidad administrada en el proceso de matar, así como la creación de tecnologías para dar muerte de forma reiterada e intensificada desde la década de 1940, transformó el proceso de matar radicalmente al ser “una época en que las bombas han matado a cien mil gentes en un solo día”.4 Por ende, desde el desarrollo de las tecnologías y de las circunstancias de la violencia excesiva en medio de la producción masiva de cadáveres, se advertirá la crisis forense como una época de números desmesurados de mortificación violenta, en las geografías locales como internacionales respecto a la producción de feminicidios, homicidios, juvenecidos e infanticidios. 

 Exponer la dinámica de la muerte violenta bajo un proceso más tecnologizado e industrializado permitirá hacer un puente argumentativo con la categoría de muerte social, entendida como un dispositivo que se activa previo a la muerte biológica y que se reitera después de la muerte misma, esta muerte social trasciende al punto del olvido y usencia de 4Marshall Berman, “La vida después del urbicidio”, Nexos, 1985, https://www.nexos.com.mx/?p=4557. 11 un espacio que imposibilita brindar duelo familiar o colectivo. 

Después de todo, si a alguien se le da muerte social y este alguien desaparece, esa persona no es nadie, desde esta lógica entonces nos preguntamos ¿cómo puede tener lugar el duelo?, y más aún si esto ocurre con las personas vivas ¿cómo se concibe la violencia sobre el muerto violentado? En ese sentido, la tesis a defender de la investigación toma forma hacia el parágrafo siete, al volver la atención a la violencia cuando se pierden los rasgos y simbolismos que definen a lo humano, como lo podrían ser las conductas de duelo, el llanto, el dolor; aquí se apreciará la muerte social como la violencia a la materialidad de los cadáveres y la privación de vidas humanas en masa, denotando que la paralización de los duelos familiares y sociales extiende esta violencia en un ámbito temporal y espacial, en palabras de Françoise Dastur “sería preferible definir a lo humano a partir de esas conductas externas del duelo y no a partir de saberse mortal, que pertenece exclusivamente a su interioridad. Es lo que distinguirá de manera decisiva al humano del animal”.5 Consecuentemente, se analizará que cuando se pierden esos signos de humanidad con tratos indignos al cadáver, así como en la privación de la sepultura, las ceremonias luctuosas y o el duelo, estamos ante procesos de deshumanización, porque “si la violencia del otro no se reconoce como una acción humana, estamos pensando lo humano a partir de un marco cultural limitado y limitante”.6 No hay ninguna razón para rechazar el término humano, pero hay razones para preguntar cómo se deshumaniza. Todo lo cual permite pensar los contextos de violencia. 

 A partir de la tematización y localización de la tesis principal, se hacen distinciones progresivas y operatorias para justificar el pensamiento de la muerte violenta a partir de la filosofía forense. En el parágrafo ocho, Acto de matar o ser matable, se desarrollará una mirada a la gestión de la muerte en México, por ejemplo, el dar la muerte no involucra solo la mortificación violenta de la vida sino la negación de la muerte de quienes se mata. Los actos de eliminación de la evidencia material del cadáver, con el ocultamiento de los crímenes y la invisibilidad de las marcas provocadas por la violencia, se definirán como actos 5Françoise Dastur, La muerte. Ensayo sobre la finitud, Barcelona, Herder, 2008, p. 32. 6María Perosino, Umbral: praxis, ética y derechos humanos en torno al cuerpo muerto, Buenos Aires, UBA, 2012., p. 138. 12 postmortem: “de esta manera se sumerge lo muerto para que no pueda ser reconocido en el tejido social”.7 En esta parte de la investigación se distinguirá entre el ser-para-la-muerte y el ser matable. La muerte es un acontecer al que estamos abocados como seres mortales, una situación que encontráremos al final de nuestra vida. Se trata, así, del ajuste conceptual que permitirá diferenciar entre la muerte natural de todo ser humano, del proceso de privar la vida a otro. Por lo tanto, el ser matable se definirá como un proceso ontológico social, exitus letalis, un proceso artificialmente humano que mata a otro. Asimismo, para dar una mayor amplitud al encuadre de filosofía forense propuesto, se atenderán a las definiciones en el plano jurídico del homicidio, como criterio primordial en el trasfondo filosófico de la muerte violenta. Cabe precisar que el Código penal federal y los códigos penales estatales en México, enuncian a la letra: “comete el delito de homicidio: el que priva de la vida a otro”.8 Así, se repensará la muerte violenta como un hecho exógeno, cuyo acto es el de privar. También el presente análisis nombrará la muerte violenta contemporánea como un conjunto de diversos actos que privan la existencia de los otros y repercuten en el tejido social; actos materiales que se exponen en el espacio de la existencia de las víctimas, sus cadáveres. Por ende, se pondrá atención al espacio de las víctimas, sus cadáveres, bajo el movimiento teórico denominado en el parágrafo diez como giro forense y giro tanatológico. Retomando el pensamiento de Jacques Derrida se pondrá atención al derecho postmortem del cadáver, no solo en la esfera jurídica sino ontológica, puesto que el cadáver puede ser denigrado o tratarse de manera indigna. No obstante, el espacio del cadáver tiene un marco de reconocimiento, por lo que se podrá desarrollar la noción de la violencia postmortem sobre los cadáveres desde la filosofía contemporánea y las ciencias sociales, situándolo dentro de un análisis denominado por Byung-Chul Han como “giro tanatológico” y en las ciencias sociales por Jean-Marc Dreyfus como “giro forense”. Ambos movimientos hablan de un cambio de perspectiva sobre la muerte, de no pensar a los muertos como objetos o 7Idem. 8Véase artículo 302, Código Penal Federal, Libro Segundo, Título decimonoveno, Delitos contra la vida y la integridad corporal, Capítulo II, Homicidio, Última reforma DOF 12-11-2021. Código Civil Federal. 13 como muertos en solitario, se oponen a la muerte individualizada o muerte solitaria, aquella que es inefable, dado a que la muerte se expone en el cadáver del otro. 

 Con estos puntos de referencia, los últimos parágrafos se enfocarán en la reflexión sobre el contexto en México: sobre una variada victimogénesis que altera los vínculos, no solamente entre los grupos victimizados –muertos o sobrevivientes, víctimas directas o indirectas–; sino también en los mismos victimarios y testigos, que ven modificadas sus relaciones a partir de la emergencia de la violencia contemporánea. Luego se analizará la administración de la muerte de aquellos desaparecidos en la violencia postmortem, es decir, los cadáveres “fueron tratados en su muerte de la misma manera como fueron tratados en vida”.9 En este proceso de desconstitución se dará cuenta que la muerte no redimió a las víctimas, sino que su cuerpo material, su identidad, fue ocultado y negado. De modo que estas víctimas fueron vulneradas mediante acciones violentas sobre sus cuerpos muertos, negándoles en primer lugar el enterramiento conmemorativo. Así, se entenderá por sepultura la oclusión del cuerpo muerto en la tierra o la piedra, pero también como la relación íntima de la memoria espacial y la vinculación afectiva en el duelo, simbolizada mediante inscripciones, ofrendas funerarias y otros detalles simbólicos. Sin embargo, de manera negativa, la negación de la sepultura o el enterramiento clandestino desposee de su lugar a la víctima; por ello la fosa clandestina se identificará como paradigma filosófico de la muerte violenta. Al hablar de fosas clandestinas los recursos epistémicos del giro forense, la filosofía forense y el testimonio, apuntarán a tematizar la fosa clandestina como un paradigma de interrupción y privación de la existencia. Aunado al problema de las fosas clandestinas, se pensará la negación de la sepultura como un elemento central y rasgo elemental de la violencia contemporánea. Por este motivo, negar a un cadáver la sepultura es negar su integridad que está vinculada con su identidad materializada en su espacio. 

Posteriormente se definirá que la violencia al cadáver se presenta cuando es sometido a actos que atentan contra su integridad unívoca y se le pone en la situación de muerte social y olvido. Se admitirá, por 9Maria Perosino, Umbral, op. cit., p. 207, p.163. 14 tanto, que la muerte violenta en México pasa por diversos contornos y entornos espaciales, pero también por un proceso de anonimato, “la muerte anónima, esa que abraza el silencio y que hace de la sospecha su única presencia”.10 Por último, en atención a la problemática general explorada sobre la violencia contra los cadáveres en estado de anonimato, se reflexionará sobre la reintegración social de los muertos, cuya vía posible es la redimensión ontojurídica de los restos humanos, lo que resignificaría historias, testimonios y memoria. Este proceso de la memoria será posible solo en la reintegración de la verdad y certeza de aquellos testigos de la violencia, con lo cual la posibilidad de plantear un conocimiento no solo objetual de la historia, sino la recuperación de experiencias vividas por las víctimas forma parte complementaria de esta memoria histórica. De esta manera, los alcances y límites de la investigación se extienden a un estudio conceptual que atiende la crisis forense, a la muerte violenta y la violencia sobre los cadáveres, consistente en restituir el lugar ontológico de la existencia en contextos criminógenos. La meta es abonar distinciones o precisiones conceptuales para la elaboración de una memoria colectiva que no puede ser sin las dimensiones afectivas de los familiares de las víctimas y su conocimiento testimonial sobre la violencia en nuestro país. Como podrá advertirse, el modo como se presentan estas ideas, a través de parágrafos, forma parte del estilo que la filosofía forense postula en su fase germinal actual, estilo que simultáneamente posibilita articular un problema multicausal y plurifactual como lo es la muerte violenta contemporánea. 

Corpocéntrica, espacializante, colectiva y forense, el desarrollo de esta manera de enfocar filosóficamente el problema, advierte la fragmentación de realidades en donde las violencias son perpetradas. Dicha fragmentación afecta también a la filosofía, pues nuestros recursos teóricos son alterados por los ritmos y procesos de violencia infligida al cuerpo humano, singular y colectivamente, bajo diversos procesos de violencia aquí analizados. En ese sentido, el estilo de parágrafos del Filosofía 10 Yussel Dardón, México, país de la muerte anónima, Ciudad de México, Leviatán, 2017, disponible en: https://leviatan.mx/2017/05/29/mexico-pais-de-la-muerte-anonima/ 15 Forense Project no es solo una elección de estilo editorial, sino la apuesta acorde de una escritura que sufre los embates de su propio contexto, que explora los diversos escorzos de la muerte violenta. En fin, la composición de parágrafos (y no las grandes unidades de capítulos) que dan forma al texto, permiten al lector hacer un ejercicio de articulación bajo unidades visuales comparativas, aproximaciones prismáticas de una racionalidad que debe ser dinámica, plural, flexible y abierta, si es que aspira no solo a ser cazadora de verdades o arquitecta de sistemas, sino ser grafía testimonial de su tiempo. Es así como la propuesta y análisis de estos quince parágrafos proponen responder ¿en qué circunstancias un muerto puede ser violentado? logrando marcar las vías de respuesta de la siguiente forma: I. II. III. IV. En los parágrafos 1. § Filosofía forense; 2. § El ser y la muerte; 3. § Epistemología de la violencia, se realizará un esfuerzo para comprender el despliegue de la muerte violenta desde una exploración epistémica del testimonio como saber de la violencia. En los parágrafos 4. § Muerte y comunidad, 5. § Nombrar a la muerte y 6. § Crisis forense, se desarrollará la contextualización de la violencia contemporánea y un análisis de la producción de muertos en cantidades masivas, con el objetivo de tematizar la crisis forense. En la cuarteta de contenidos que abarcan el parágrafo 7. § Muerte social, 8. § Acto de matar o ser matable, 9. 

§ Muerte violenta, y el parágrafo 10. § Giro forense y giro tanatológico, se planteará la problemática de la violencia, la conceptualización social de la muerte como evidencia de la violencia postmortem y la posibilidad de matar socialmente a los muertos. Finalmente, en los parágrafos 11. § Necroescena mexicana, 12. § Sepultura, 13. § Fosa clandestina, 14. § Cadáveres anónimos, 15. § Reintegración y Memoria, se tematizará el proceso de la violencia hacia la espacialidad de los cuerpos, al mismo tiempo que se concebirá la violencia en los cadáveres desde el paradigma 16 de la fosa clandestina, así como la reintegración social de los cadáveres en aras de justicia social.

martes, 4 de agosto de 2026

Jesús Camarero NARRATIVIDAD Y HERMENÉUTICA LITERARIA

 


INTRODUCCIÓN GENERAL 

Esta investigación tiene como objeto la narratividad litera ria desde el punto de vista de la hermenéutica moderna y, con cretamente, la filosofía hermenéutica de Paul Ricoeur. La narra tividad supone un nuevo enfoque (filosófico) que supera las no ciones de narrativa (o relato) y de narratología (teoría de las estructuras narrativas) en cuanto que son los objetos de investi gación de la teoría y la crítica literaria. Así pues, se trata en prin cipio de una Filosofía de la Literatura, ya que investiga sobre lo narrativo desde un punto de vista hermenéutico. Eso sí la investigación aquí presentada tratará de obtener, ante todo, un objetivo de tipo metodológico y funcional, por dos razones: ya disponemos de los elementos teóricos suficientes para una teoría hermenéutica de la narratividad; entonces corresponde efectivamente elaborar un complejo sistema de ‘herramientas metodológicas’, de elementos funcionales que nos permitan ana lizar, comprender e interpretar los textos literarios a la luz de la narratividad hermenéutica. De ahí mi insistencia en recurrir a los textos originales de los autores y mostrar clara y detallada mente sus argumentos. En cuanto a la Filosofía de la Literatura, no se trataría ya del ámbito de la Historia literaria (el sistema de las producciones lite rarias a lo largo de la historia), ni de la Teoría literaria (los concep tos y problemas literarios), ni de la Crítica literaria (las metodolo gías de análisis de los textos), ni de la Literatura Comparada (las relaciones entre literaturas), todo ello en el ámbito de la Ciencia literaria, sino de un nuevo enfoque más amplio o general realiza do a partir de nociones filosóficas en interacción directa y profun da con los textos literarios en su dimensión fenomenológica, on tológica, hermenéutica, etc. Bastará un ejemplo concreto (desarrollado después en el pun to I. 1) para delimitar este nuevo campo de la Filosofía de la Lite 7 ratura. Para ello utilizaremos un sistema de clasificación del tipo siguiente: Objeto (naturaleza, idea) > Operación (ciencia, arte) > Cualidad (filosofía).

 Aplicado al ser humano, este sistema de or ganización conceptual daría lugar a las categorías siguientes: Hom bre, Humano > Humanitario, Humanismo > Humanidad. Apli cando ahora este sistema a la literatura el resultado sería: Relato, Narración > Narrativa, Narratología > Narratividad. A partir de aquí se pueden extrapolar las siguientes deducciones. En todas las tradiciones literarias se puede encontrar una producción que denominamos ‘Relato’ o ‘Narración’, el conjun to de narraciones o discursos narrativos producidos a lo largo de una tradición secular en las diferentes culturas, uno de cuyos géneros más destacados es la novela, considerado hoy día el gé nero más importante. Esta productividad narrativa está recogi da en las correspondientes Historias de la Literatura de cada nación y es considerada también bajo el amplio espectro rela cional de la Literatura Comparada. En el ámbito de la Teoría literaria, ha venido a destacar el concepto de ‘Narrativa’, como tipología genérica correspondien te a la narración, y en el de la Crítica literaria la metodología de análisis, aplicada a la narración, denominada ‘Narratología’, hoy día considerada una teoría de gran alcance, por dedicarse al es tudio de la narración (la novela) y también por la relevancia de las aportaciones teóricas que la constituyen. Hasta aquí el am plio campo de la Ciencia Literaria. Más allá del análisis científico de la literatura se abre enton ces la posibilidad de un nuevo campo, la ‘Narratividad’, relacio nado directamente con las categorías anteriores, en el que la ciencia literaria encuentra el apoyo de disciplinas filosóficas como la ontología, la fenomenología y la hermenéutica para llevar a cabo una investigación superadora del nivel científico y cuyo horizonte estaría situado en el saber extenso (filosófico, herme néutico) relacionado con el hecho de narrar, la función narrati va, la identidad narrativa humana, etc. 

1. Literatura y filosofía Tras el agotamiento de las principales propuestas teóricas y críticas de la ciencia literaria a finales del siglo XX, poco queda ba ya por explorar en el campo de los estudios literarios que no 8 fuera continuar por la vía del lector y la Recepción a partir por ejemplo de las aportaciones de Hans Robert Jauss, Wolfgang Iser, Umberto Eco, Dominique Maingueneau, Michael Riffate rre y Michel Charles, y sobre todo de la Hermenéutica, después de las grandes aportaciones de sus comienzos con Friedrich E.D. Schleiermacher, Wilhelm Dilthey, Edmund Husserl, Martin Hei degger, en la fase reciente de finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI, cuando aquellas aportaciones iniciales son culmina das por Hans-Georg Gadamer y Paul Ricoeur. El sentido que adquiere nuevamente la Hermenéutica es que, al revisar todas las ideas filosóficas desde su interpreta ción, viene a constituir una nueva Filosofía que habrá de ser calificada obviamente de Hermenéutica (filosófica, crítica, etc.). Desde este punto de vista, tanto Gadamer como Ricoeur, pero también otros autores como Szondi por ejemplo, han construi do algunas de sus obras principalmente al modo de una histo ria de la filosofía revisada por medio de parámetros interpreta tivos. Además, en un giro espectacular que se había producido durante el mismo siglo XX con la teoría de Hans-Georg Gada mer (1900-2002) y la Hermenéutica filosófica fundada a partir de la publicación de su magna obra Verdad y método en 1960, y en la continuidad de esa tendencia con los trabajos de Paul Ri coeur (1913-2005) hasta principios del siglo XXI, la Hermenéu tica se había convertido en una auténtica filosofía y había ocu pado el lugar de la misma filosofía, dada también la decadencia de nuevas teorías filosóficas en el periodo —crítico— de la lla mada Postmodernidad. Así que, en los últimos años, se produce una coincidencia nada banal entre la crisis de la ciencia litera ria y del saber filosófico, y la supervivencia de la teoría de la interpretación en literatura y en filosofía. El fruto de esa coincidencia de los procesos históricos y teó ricos de la literatura y de la filosofía en la encrucijada de los siglos XX y XXI, desde mi punto de vista, sería doble en principio. A instancia de Gadamer, implicaría la importancia adquiri da por la teoría de la comprensión del texto, en tanto que despla zamiento desde la interpretación (exégesis, sentido) y desde la aplicación (crítica subjetiva y valorativa, no científica), para ob tener una nueva unidad de esos tres actos hermenéuticos y para centrar en la comprensión la atención mayoritaria de las investi gaciones hermenéuticas, como es el caso de Gadamer y también de Ricoeur. 

9 Y a instancia de Ricoeur, implicaría también la gran teoría de la Narratividad, sobre todo contenida en Temps et récit 1, 2, 3 (Ricoeur 1983, 1984, 1985) como gran síntesis comprensiva de la historia y de la ficción, y de la función narrativa, desde un enfoque hermenéutico (una teoría hermenéutica del relato), en concreto fenomenológico y sobre todo ontológico. 2. Narratividad y textualidad Dentro del amplio campo de la Narratividad y desde el pun to de vista de una Hermenéutica del texto, la primera acotación que es necesario realizar tiene que ver con la textualidad: la na rratividad es propia del texto narrativo y, por extensión, de otras tipologías textuales (poético, ensayístico). Para Mario J. Valdés (1998), la obra filosófica y hermenéutica de Paul Ricoeur avanza ostensiblemente en el campo del texto hacia una teoría de la literatura, donde se hacen preguntas sobre qué es literatura, qué es un texto literario, etc. Así, el texto es definido como un fenó meno funcional de la existencia, un acto existencial humano, que por tanto requiere una interpretación al ser apropiado por el lector como parte de su visión del mundo. A esto viene la famosa frase de Friedrich Schleiermacher: «Entender el discurso tan bien como el autor, y después mejor que él». 

A diferencia del discurso, del que resulta por medio de la inscripción realizada por la escritura, el texto está incompleto hasta que el lector se lo apropie, pues además la intención de su autor no tiene validez alguna en la interpretación (siempre final, del lector). Por tanto el texto, en contra de lo que a muchos pu diera parecer, nunca está hecho, sino que es una tarea que hay que hacer en el momento preciso en que el enunciado se en cuentra con el receptor. Como el texto, mediante la lectura, per mite construir un mundo para el lector, esto dará lugar a conflic tos interpretativos, es decir un campo para la hermenéutica que habrá de comprender las diferencias entre esas interpretacio nes. Otra cosa será el problema de la creatividad literaria, referi da en este caso a la relación autor/mundo/lector. Valdés (1998: 65) enuncia dos actitudes divergentes pero com plementarias a la luz de la construcción de un mundo. El lenguaje literario, por su especificidad digamos, tiende a exiliarse fuera del mundo, encerrarse en su actividad estructural y aten 

10 der a una ‘soledad gloriosa’. Como consecuencia de su poder de construcción de mundos, el lenguaje literario tendría poder igual mente para describir y transformar la realidad. Esta dualidad estaría en la base de la capacidad del lector para construir mun dos propios. 

En el ámbito de una hermenéutica del sentido, aplicada a un texto y operada por su lector, Valdés encaminará la definición ricoeuriana del texto literario basándose efectivamente en una interrelación básica mundo/lector: «Entiéndase por texto litera rio la lectura de todo texto, cualquiera que haya sido el propósi to de su autor, que tenga la capacidad de provocar una re-des cripción del mundo en su lector» (Valdés 1998: 65). Esta discu sión abre el problema que será objeto del siguiente capítulo, sobre la relación entre narratividad y literariedad, es decir la acota ción de la narratividad mediante la literariedad, la ‘adaptación’ de lo narrativo a lo literario, o sea la definición del discurso como narrativo, textual y literario. 3. Narratividad y literariedad Esta investigación enmarcada en una nueva Filosofía de la Literatura presupone por consiguiente una acotación de la narra tividad general, es decir la que ha sido definida por Paul Ricoeur en el ámbito —fusionado, cohesionado, conjunto— de la historia y la ficción. Y dentro de ese ámbito, queda pues restringido el campo de esta investigación a la narratividad literaria, es decir aquella que es operativa en las obras literarias. Siendo esta deli mitación de tipo literario —la condición para definir la narrativi dad en este caso—, resulta pertinente (y obligado) definir desde ahora mismo qué se entiende por literario, para luego avanzar factiblemente en la narratividad literaria. El problema no es me nor si se entiende la complejidad de definir algo tan abstracto y subjetivo como pueda ser la entidad de lo literario. Así pues se entiende aquí por literario el carácter de una obra dotada de lite rariedad, siempre que se entienda a su vez por literariedad de una obra los valores funcionales distribuidos en ella y que la confor man o constituyen. Ya en 1958, en un simposio celebrado en la Universidad de Indiana, Roman Jakobson se planteaba la pregunta: «¿Qué hace que un mensaje verbal sea una obra de arte?» (Jakobson 1988: 28) 

11 para definir el objeto científico de la Poética o ciencia literaria, es decir la ciencia que se encarga de definir lo literario. Y luego concretaba de forma muy clara que la función poética era la función predominante del lenguaje literario, una función orien tada o dirigida hacia el mensaje como tal (Einstellung), que tam bién sirve para profundizar la dicotomía fundamental de signos y objetos a base de promover sus cualidades evidentes. Las ca racterísticas de los diversos géneros poéticos implican una par ticipación escalonada diferente por parte de otras funciones ver bales, junto con la función poética dominante. De este modo, cabe pues preguntarse: ¿en qué consiste el criterio lingüístico empírico de la función poética? Jakobson responde que hay dos modelos básicos que se utilizan en una conducta verbal, la selec ción y la combinación: La selección tiene lugar a base de equivalencia, similitud, des igualdad, sinonimia y antonimia, mientras que la combinación, el entramado de la secuencia, se basa en la proximidad. La fun ción poética proyecta el principio de la equivalencia del eje de la selección sobre el eje de la combinación [Jakobson 1988: 40]. Para otros autores situados en la misma línea de Jakobson, como Gérard Genette (Fiction et diction, 1991), lo fundamental es el aspecto estético de la literatura, aunque entraña muchos otros, o más concretamente: «Se trata pues de precisar en qué condiciones puede percibirse un texto, oral o escrito, como una “obra literaria” o, en un sentido más amplio, como un objeto (ver bal) con función estética, género cuyas obras constituyen una especie particular, definida entre otras cosas por el carácter in tencional (y percibido como tal) de la función» (Genette 1993: 7). Así pues, la literariedad tendría dos regímenes: el constitutivo, garantizado por un complejo de intenciones, convenciones gené ricas y tradiciones culturales de todas clases; y el condicional, que corresponde a una apreciación estética subjetiva y siempre revocable (Genette 1993: 7).

 Además, Genette piensa también en el criterio empírico en que se basa el diagnóstico de la literariedad a posteriori: «Dicho criterio puede ser bien temático, es decir, relativo al contenido del texto (¿de qué se trata?), bien formal o, en sentido más am plio, remático, es decir, relativo al carácter del propio texto y al tipo de discurso que ejemplifica» (Genette 1993: 7). 

12 Del cruce de ambos regímenes o criterios, Genette extrae los distintos modos de la literariedad: la ficción, desde Aristóteles, siempre es un modo constitutivo, pues casi siempre toda obra verbal de ficción es reconocida como literaria; la dicción es un modo remático, que da lugar a su vez a dos modos: la poesía, de tipo constitutivo, siempre es literaria; y la prosa no ficcional, que es literaria bajo condición, en virtud de una actitud individual (Genette 1993: 8). Como ya se ha visto, estas definiciones de la literariedad no dejan de ser unos amplios marcos de referencia, demasiado ge nerales quizá, para emprender una definición específica y sobre todo aplicada de la literariedad a cualquier obra supuestamente literaria. Quedaría por construir y presentar, no ya un marco general, sino un cuadro concreto, funcional y hasta descriptivo de los elementos específicos o aplicados que permitiría, ahora sí, la definición de una obra como literaria. 

No ignoro que tal proyecto implica un compromiso estético y hasta ideológico, porque en ese cuadro serían evidentes los parámetros que cada uno introduciría para definir lo que él en tiende, particularmente, por literatura; pero me parece que es la única manera de abordar seriamente el problema y, en el caso que nos ocupa en esta investigación, el modo honesto que per mitiría abordar el enfoque de la narratividad (literaria) desde una base sólida, y no ya desde una simple especulación abstrac ta y solo relativamente útil. Desde mi punto de vista entonces, la literariedad, el carácter de lo literario y su definición, se compone de una serie de ele mentos o parámetros, todos ellos presentes y funcionales dentro del texto y detectables por el lector en su interpretación, aunque en porcentaje variable dependiendo de cada texto particular. Por lo general, un texto hace destacar sobre todo uno de ellos, rele gando a los otros a una presencia o funcionalidad menor o in cluso mínima, aunque raramente inexistente. Así pues, el texto funciona como un sistema de componen tes, por el cual un componente determinado deberá estar justifi cado funcionalmente por otro(s) componente(s) para justificar se como tal en la definición del texto como literario, por ejem plo: un texto de ficción no podría ser literario solo por su componente ficcional, necesitaría de otros componentes para poder ser definido como literario. 

13 A continuación paso a detallar los componentes o paráme tros de la literariedad que considero pertinentes según lo expli cado más arriba. El lenguaje literario es ya definido por René Wellek y Austin Warren en su teoría literaria como la especificidad del empleo de la lengua en el nivel literario, la capacidad de manejo del lenguaje, como extrañamiento o desautomatización del mismo lenguaje (Os tranenie), equivalente a la función poética de Jakobson. La imaginación es también considerada por Wellek y Warren, junto al lenguaje literario, el componente primordial o esencial de la literariedad, es la capacidad de crear la fantasía, cuya con secuencia principal será la ficcionalidad, los mundos posibles de la ficción, tal como la ha definido Lubomir Dolezel. A estos componentes primordiales (o ‘genéticos’) de la litera riedad se podrían añadir unos cuantos más, para perfilar, com pletar, matizar o especificar, en cada texto concreto, la literarie dad de un determinado texto. El estilo es la marca personal del escritor asociada al lenguaje, la identidad original de la expresividad, son los fenómenos expre sivos del lenguaje desde el punto de vista de su contenido afectivo o expresión de los fenómenos de la sensibilidad mediante el len guaje y la acción de los fenómenos lingüísticos en la sensibilidad (Charles Bally). La estilística es considerada también como el es tudio de los valores extraconceptuales de origen afectivo o socio cultural que tiñen el sentido, es la función expresiva del lenguaje opuesta a su función cognoscitiva o semántica (Pierre Guiraud). Las estructuras compositivas son las estructuras formales y de contenido, la composición u organización interna de la obra, las estrategias narrativas o compositivas. La retórica supone el uso de tropos o figuras retóricas, la es tilística literaria, la metaforización del discurso literario, los jue gos del lenguaje, es la referencialidad del mundo ficcional y/o estético. La moralidad, o sea «los significados, valores y cualidades humanas» (Terry Eagleton), tanto en la forma como en el conte nido, marcando así la autonomía de la obra respecto de lo exter no, una ética y una política de la forma enfocadas también des de una filosofía de la literatura.Los componentes simbólicos y míticos proceden de los sím bolos y mitos de la tradición y la cultura que son incorporados al texto, en fusión perfecta con lo narrado en el mismo texto. 

14 La emocionalidad supone una antropología humanística (moral, ética, antropológica y metafísica), los elementos de la inteligencia emocional que corresponden tanto a una expresión del equilibrio emocional del autor como a una búsqueda de la empatía con el lector; unos parámetros equivalentes a valores emocionales típicos o deseables en el ser humano. Los rasgos autobiográficos provienen del yo y la existencia del autor, que re-construye su propia existencia al modo de un paradigma ético, son manifestados en la obra como registro de su humanidad compartida con el lector. La intertextualidad es el conjunto de relaciones con los otros textos (Mijail Bajtin, Julia Kristeva), la cultura lectora (Roland Barthes), la gran biblioteca universal de todas las literaturas, la poligénesis. La metaliterariedad afecta a la función metaliteraria de la obra (véase la función metalingüística de Roman Jakobson), la refe rencialidad interna de la obra, la referencia al mundo literario, la metalepsis auctorial (Gérard Genette) o actancial. Los componentes epistemológicos hacen referencia a los saberes y el conocimiento depositado por el autor en la obra (Michel Pierssens), junto al conocimiento del lector, cuya fusión da lugar a un nuevo conocimiento. Definida entonces la literatura al menos por los componen tes que intervienen en la construcción de un texto literario (lite rariedad), se trataría de abordar la misma investigación de un objeto o tema original, en este caso la narratividad, como acto del narrar, desde la perspectiva de la hermenéutica moderna y, más concretamente, de la teoría de Paul Ricoeur.

 El campo de estudio sin embargo es muy amplio, ya que la narratividad con tiene hipotéticamente todo aquello que es narrado, en este caso como un texto literario, lo cual resulta ser un objeto que incluye casi al completo la historia de la literatura universal, siempre que se considere el régimen narrativo de cada texto. Y la hipóte sis teórica de la investigación es aportar un método que permita enfocar o considerar el aspecto narrativo (inherente a lo litera rio en su caso), y así avanzar en el ámbito de la teoría literaria, en concreto basándose en aportaciones que provienen del ámbi to filosófico contemporáneo (una Filosofía de la Literatura).

lunes, 20 de julio de 2026

INTRODUCCIÓN. LEMMY CONTRA ALPHAVILLE, GODARD LEÍDO EN CLAVE WITTGENSTEINIANA


 

INTRODUCCIÓN. LEMMY CONTRA ALPHAVILLE, GODARD LEÍDO EN CLAVE WITTGENSTEINIANA 

Muchas veces Wittgenstein habló de cómo el origen de la filosofía no se fundamentaba en la creación de problemas, sino en la disolución de ellos. Así, la manera como se intentó escribir este texto fue desde una óptica cinematográfica: Godard, un director de cine, explicaba en su película Alphaville (1963) cómo era posible la existencia de un mundo a través de la opresión absoluta de los seres, tanto que la importancia de esta opresión no radicaba en la fuerza armada por parte de estamentos y cuerpos policiales que desplazaban a la población, sino que la mejor manera de someter a la multitud en el contexto de Godard era aniquilándoles palabras.

La manera de coacción perfecta es explicada entonces sobre el precedente de si las palabras son o no son lo mismo que las cosas, y más que nada su relación directa con las maneras de pensar de cada persona. Es por ello que se encuentra necesaria una interpretación wittgensteiniana de la película de Godard, a saber, en este director la sorpresiva explicación de la realidad está condicionada sobre la palabra amor, capaz de resumir todas las demás. A su vez, sobre la interpretación de Wittgenstein recae la idea de que las palabras no son las cosas y para entenderlas solo hay que hacer uso de ellas. En ese sentido Godard es wittgensteiniano, puesto que la manera de construir su película es sobre la idea de que la realidad es un constructo gramatical. Los conceptos de Wittgenstein sobre los usos y juegos de lenguaje se explican en la película en la medida que los instrumentos se relegan a un desempeño maquínico que desencadena en la población una inherencia a ellos sobre un estatuto automático y mecánico que no explica realmente la relación entre el objeto y la persona, sino que la persona pasa a ser objetivizada por la implicación directa de los usos y el sujeto que es usado para complementar el proceso de adquisición de información. El problema de la expresión desarrollado en este trabajo fundamenta ese esquema maquínico de la película de Godard, por un lado, y segundo la importancia de entender las palabras como algo vivo que insiste constantemente y que además de eso pelea su existencia desde un punto de vista activo. La posibilidad de un lenguaje expresivo se explica constantemente en la relación que debe mantenerse entre la persona que usa, entiende y que además siente el lenguaje sin nunca establecer unas distancias de similitud o de equivalencia que lo reduzcan a hechos concretos. Puesto que la tesis central del texto se da en la medida de cómo pensar el lenguaje como algo mucho más productivo, ¿cómo se produce? Y más allá de eso, ¿qué podemos hacer con él? De la mano de Godard y de la de Wittgenstein se entiende que el lenguaje puede ser una máquina de guerra si se lo propone. Pero no una que atraviesa cuerpos y despliega un armamento superior al mismo, sino solo el ejemplo de un lenguaje capaz de crearse a sí mismo. 

Existe en dicha película todo un monumento tecnológico que no se compara a los años luz de cualquier película futurista de Hollywood; el año luz es ahora y el futuro no se describe en escenarios, sino en maneras de ser y pensar. El argumento de todo el filme se encuentra dado en la lucha de un detective por acabar con Alpha: Natasha, interpretada por Anna Karina, le pregunta a Lemmy Caution, el detective y héroe de la película: “¿Qué es el amor?”, a lo que él responde no desde su vocabulario, sino más que nada desde su cuerpo, desde su piel; la caricia de Lemmy se desenvuelve lenta, dulce y sutilmente por la imagen que Godard de manera poética describe como capital de dolor. Este acto, lejos de describir todo el filme, presenta uno de los mejores y más esenciales aspectos de toda la película, pues si carecemos de palabras aún nos queda o nos debe quedar otra forma de inventarlas, y para ello siempre será necesaria la poesía. En ese orden de ideas, el escrito surge naturalmente de esa escena, percibiendo desde allí que las palabras no podían seguir siendo esclavas de ningún tipo de atadura semántica o filosófica, sino más que nada pelear ellas mismas por su libertad, por la reestructuración de un lenguaje que crezca y que obligue a generar sensaciones, pensamientos, actos, o alguna manifestación especial. De allí viene el concepto de expresión. He intentado en este escrito mostrar, de la mano de Wittgenstein, la importancia de tal concepto dándole consistencia desde diferentes momentos de su filosofía, partiendo de una noción general y deshilvanando cada posición en otra más, indicando una fuerte intensión que debemos crear a toda costa, sin importar que la filosofía no tenga mucho que aportarle al arte, más que el arte sí le pueda aportar a la filosofía. De tal manera que el uso de un concepto artístico en campos filosóficos es más un experimento que un riguroso estudio de cómo es que el autor dice algo sin temor a equivocarse, pretensión que desde el mismo contexto wittgensteiniano pierde toda validez, pues no se puede conocer algo ni interpretarlo, sino que por reglas establecidas se indican caminos por dónde tomar y hasta dónde hay que llegar. Después de todo, ciertas categorías filosóficas han perdido el filo y es labor del arte reinventarlas, darles un nuevo orden o un nuevo caos que explique una idea y esta se levante como un acto de creación. La primera posición expresiva se puede entender como una extensión que se explaya por todo lo que toca y que las palabras y nombres entienden como referencia por dominaciones mínimas de códigos.

Nuestra investigación tiene como tema central el problema de la expresión en la estética de Wittgenstein, si es que ha de haber alguna, porque para desarrollar este asunto fue necesario imaginarlo como si fuese una película o un gran cuadro en el que los datos se concatenaban alrededor del montaje, o sencillamente se articulaban con la mano del artista y el ojo que vuela a buscar su camino. Por supuesto que todo tema necesita un mapa, pero la cartografía que hicimos de allí es solo la intuición a desprenderla y darnos cuenta de que el mapa estaba mal cortado o le faltaban partes importantes para llegar al lugar. Había que caminar bastante, y lo curioso es que la expresión es todo menos una brújula que anuncia caminos, por eso se parecía más a la filosofía ya que en esta no importan los caminos, los puntos de llegada, sino los de salida. De manera que nuestra sencilla pretensión es promover un tipo de actividad a la comprensión de las palabras desde diferentes puntos de vista, argumentando con ello que el arte de las palabras está ya ahí expresándose a cada momento y que nosotros tenemos la tarea de buscarlo, de vitalizarlo constantemente. Para hacerle frente a tan difícil tarea utilizamos la corriente analítica, llamada por sus estudiosos como filosofía del lenguaje, rótulo que abarca grandes autores que permitieron pensar lo que hoy conocemos como pragmatismo. Las obras de Frege, Russell y Wittgenstein funcionaron como apertura a una serie de análisis que no los unifica por completo, pero que en contraste sí aportaron mucho al desarrollo del lenguaje en nuestros días. Nuestra investigación comparte cada una de estas relaciones de la filosofía del lenguaje y la filosofía analítica, pero con el objetivo de demostrar que más que ser punto de atracción son polos que se repelen. Problemas como el del significado, el nombre y la referencia, para nuestra investigación cobran una especial urgencia que a través de la expresión se solucionan, pero también gracias a la intervención de la segunda filosofía de Wittgenstein y la aparición de los “juegos de lenguaje” y los “usos”. En cuanto al método utilizado, se trataba de hacer una selección de autores que permitieran un análisis importante acerca del funcionamiento del lenguaje, y es que de alguna manera de esto se trata, de ver al lenguaje como algo que funciona, algo que produce y que debe estudiarse desde sus medios de producción y no desde sus significados y representaciones más precisas. 

Elegimos esos autores porque muestran una intensión diferente de presentar los problemas del lenguaje, y además porque resuelven de alguna manera el ineficaz tratamiento que se le da, promoviendo con ello su más sincera distinción. Dichos autores son: Frege, Russell, Wittgenstein, Goodman, Enaudeau, Kripke, Kenny, y otros más como Deleuze y Foucault, a los que en comparación con los anteriores hemos tratado con menor detalle. Decidimos dividir la investigación en dos partes: la primera funciona a modo de introducción del problema, y a pesar de que se cambie de tema se sigue hablando de lo mismo en diferentes contextos; la hemos titulado “La insistencia de las cosas” debido a que consideramos que metafóricamente las cosas insisten y no subsisten gracias a nuestra existencia perceptiva o lingüística. Esta parte se encarga de desarrollar en gran fragmento los conceptos de Wittgenstein a través de un eje más preciso que es: ¿cómo podemos hacer del lenguaje algo mucho más productivo?, y por productivo se deben entender los medios de producción del lenguaje, de creación, de cobertura que puede tener, pero que al estar solapados por diferentes paradigmas y teorías perdieron sus fundamentos esenciales. Hemos titulado la segunda parte “Cuando las cosas hacen palabras” no porque se quiera parafrasear a Austin con su Cómo hacer cosas con palabras (1962), sino que más allá de eso las cosas pueden hacer palabras si se enfocan bien en darles un nuevo contexto, sentido y significado, lo que por naturaleza sabemos ha hecho bien el arte. No utilizamos toda la historia del arte, ni tampoco toda la historia de la estética para explicar nuestro tema, sino solamente la parte que consideramos necesaria; por ello, creemos que el punto de inflexión del lenguaje lo comparte de igual forma el arte de los años setenta, más específicamente el arte conceptual, de tal manera que será desde ese eje que nuestra investigación irá acotando los momentos más importantes de un autor como lo es Wittgenstein en su segunda filosofía, con el firme propósito de establecer un campo mucho más activo del lenguaje, campo que desde luego ofrece este autor de manera indirecta, pero que trabajamos y titulamos como el problema de la expresión. Por tanto, el primer capítulo es más una presentación de los autores y sus teorías con relación al concepto de expresión que una autenticación de los problemas desarrollados por cada uno de ellos. No digo con esto que los autores se manejan a medias, sino que lo que ellos hacen debe servir o para promover un expresionismo en el lenguaje o para impedir su libertad; para nuestra fortuna se puede pensar de las dos formas, de modo que el primer capítulo dará cuenta de lo que significa la expresión a través de dos momentos claves en la filosofía del segundo Wittgenstein, a saber, los usos y los juegos de lenguaje.

Creemos que este autor, en sus Investigaciones filosóficas (1998), dice más de lo que quiere decir, que allí se encuentra no solamente una propuesta para desaparecer los problemas por el mal uso del lenguaje, sino además para que hagamos algo con él. En ese sentido, el segundo capítulo investiga sobre el problema del pensamiento y el ya tradicional de si es primero el pensamiento o el lenguaje, argumentando desde allí que el pensamiento no se piensa a sí mismo y que lo que importa no es quién está primero sino qué se hace con cada uno. Para ello fue necesaria una investigación sobre la interpretación y la representación, ya que allí se encuentran concatenados muchos de los desajustes que el lenguaje tiene que superar para hacerse más activo. Por último, en el tercer capítulo nos dedicamos a analizar uno de los más importantes problemas en la filosofía del segundo Wittgenstein, el de los lenguajes privados; aquel autor expone la inexistencia de un lenguaje privado como solución al problema de la mente, pero desde allí también encontramos otro precursor importante para este tratamiento, a saber: el cuerpo. Indudablemente, Wittgenstein no lo menciona como un factor importante para solucionar los dilemas del lenguaje, pero para nuestro contexto desempeña un papel fundamental: el lenguaje corporal no solo nos da cuenta de una inexistencia del lenguaje privado, sino que permite generar un nueva distinción del lenguaje que debe aprenderse a usar así como utilizamos las palabras. La relación cuerpo-lenguaje es recíproca y en cada uno existe una actividad que examinamos en función de describir la que tiene el lenguaje. Ya para terminar, en los capítulos predecesores de la segunda parte hacemos únicamente una relación de cómo el arte conceptual supo ver la actividad del lenguaje y creó nuevas formas de entender el mundo, nuevas formas de vida. Concluyendo con esto que sí existe una forma diferente de hacer las cosas, pero hay que percibirlas en su mejor momento y no vivir aletargado por las representaciones que ellas nos suscitan; el arte es el mejor ejemplo, razón por la cual deducimos que Wittgenstein juega a ser artista sin escribir nada sobre ese tema. 

Sostengo que la estética es el fundamento de la expresión no porque estudie cada movimiento por separado y dé juicios acertados o equívocos sobre lo que pasa en el arte, sino porque presenta maneras de entender que una de las tendencias de la vida es modularse a tal punto de hacerse menos reconocible y más sensible; por tanto, si la expresión recorre este camino, solo debe entenderse del concepto un carácter expresivo que tienen el arte y el lenguaje, el cual se hace palpable cuando encontramos ese punto productivo del mismo. Diríamos que la expresión tiene por objetivo promover o insistir en las cosas, el mundo y el hombre, para que desde allí se plantee que el mundo goza de una situación privilegiada.

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