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jueves, 22 de octubre de 2026

La persecución y el arte de escribir Leo Strauss Amorrortu editores Buenos Aires - Madrid. Fragmento.


  

Prefacio

 Estos ensayos han sido reunidos aquí en un volumen, primordialmente, en atención al hecho de que todos ellos se ocupan de un único problema: el de la relación entre filosofía y política. En la Introducción, he intentado for mularlo desde el lado de la filosofía. En el artículo «La persecución y el arte de escribir», procuré dilucidarlo te niendo en cuenta ciertos fenómenos políticos bien conoci dos de nuestro siglo. Como sostengo en la Introducción, me familiaricé con el problema mencionado mientras es tudiaba la filosofía judía e islámica de la Edad Media. Los tres últimos ensayos de esta recopilación se ocupan del tema tal como este se presenta en los escritos de los dos pensadores medievales judíos más famosos (Halevi y Maimónides) y de Spinoza, a quien se ha calificado, de manera no del todo equivocada, como «el último de los medievales». Para la Introducción, recurrí con libertad a mi artícu lo «Farabi’s Plato» (Louis Ginzberg Jubilee Volume, American Academy for Jewish Research, Nueva York, XV, 1945, págs. 357-93). «Persecution and the art of writ- ing» fue publicado por primera vez en Social Research, noviembre de 1941, págs. 488-504. «The literary character of The Guide for the Perplexed» había aparecido previa mente en S. W. Barón (ed.), Essays on Maimónides, Nue va York: Columbia University Press, 1941, págs. 37-91. «The law of reason in the Kuzari» se publicó con anteriori dad en los Proceedings of the American Academy for Jewish Research, Xm, 1943, págs. 47-96. «How to study Spinoza’s Theologico-Political Treatise» se publicó originalmente en los mismos Proceedings, XVII, 1948, págs. 69-131. 

9 Deseo agradecer a los editores y a los propietarios de los derechos de las mencionadas obras o publicaciones periódicas su amable permiso para reeditar los ensayos. L. S. 10 i 1. Introducción La temática de la que tratan los siguientes ensayos se incluye, cabe decir, dentro de la jurisdicción de la sociolo gía del conocimiento. Esta última no se limita al estudio del conocimiento propiamente dicho. Por ser crítica res pecto de sus fundamentos mismos, estudia de manera imparcial todo cuanto pretenda ser conocimiento, ade más del conocimiento auténtico. En consecuencia, sería esperable que dedicara también alguna atención a la búsqueda del auténtico conocimiento de la totalidad, o sea, a la filosofía. 

De manera tal, la sociología de la filoso fía parecería ser una subdivisión legítima de la sociolo gía del conocimiento. Puede decirse que los ensayos reu nidos en esta obra proporcionan material útil para una futura sociología de la filosofía. No podemos evitar preguntamos por qué no existe hoy una sociología de la filosofía. Sería desconsiderado sugerir que los fundadores de la sociología del conoci miento desconocían la filosofía o que no creían en su po sibilidad. Lo que podemos señalar sin equivocarnos es que el filósofo se les presentaba, pasado un tiempo o des de un principio, como miembro de una abigarrada mu chedumbre a la que llamaban «los intelectuales» o «los Sabios». La sociología del conocimiento apareció en una sociedad que daba por sentada la armonía esencial entre pensamiento y sociedad o entre progreso intelectual y progreso social. Se ocupaba más de la relación de los di ferentes tipos de pensamiento con los diferentes tipos de sociedad, que de la relación fundamental del pensamien to en cuanto tal con la sociedad en cuanto tal. No perci bía un problema práctico grave en esa relación funda 11 mental. Tendía a ver a las distintas filosofías como expo nentes de distintas sociedades, clases o espíritus étnicos. Omitía tener en cuenta la posibilidad de que todos los fi lósofos constituyeran por sí mismos una clase, o de que aquello que une a todos los filósofos auténticos fuera más importante que lo que une a un determinado filósofo con un grupo particular de no filósofos. Esta omisión puede remontarse directamente a la insuficiencia de la infor mación histórica sobre la cual se erigió el edificio de la so ciología del conocimiento. 

El conocimiento de primera mano que los primeros sociólogos del conocimiento te nían a su disposición se limitaba, a todos los fines prácti cos, a lo que estos sabían del pensamiento occidental del siglo XIX y principios del siglo XX. Para comprender la necesidad de una sociología de la filosofía debemos remitimos a otras épocas, si no a otros climas. En lo que a mí respecta, me topé con fenómenos cuya comprensión exige una sociología del conocimiento mientras estudiaba la filosofía judía e islámica de la Edad Media. 

Hay un notable contraste entre el nivel de compren sión actual del escolasticismo cristiano y nuestra com prensión de la filosofía medieval islámica y judía. En úl tima instancia, este contraste se debe a que los estudio sos más destacados del escolasticismo cristiano creen en la importancia filosófica inmediata de su tema, mientras que los estudiosos más destacados de la filosofía medie val islámica y judía suelen considerar que su tema sólo es de interés histórico. El renacimiento del escolasticis mo cristiano ha dado origen a un interés filosófico en la filosofía medieval islámica y judía: Averroes y Maimóni- des parecían ser las contrapartes islámica y judía de To más de Aquino; pero, desde el punto de vista del escolas ticismo cristiano y, por cierto, desde la perspectiva de cualquier posición que acepte el principio mismo de la fe, es probable que la filosofía medieval islámica y judía aparezca como inferior a ese escolasticismo y, en el mejor de los casos, sólo como indicios que muestran el camino 12 hacia el enfoque característico de este último.1 Si la filo sofía medieval islámica y judía ha de ser entendida en forma adecuada, debe presentar un interés filosófico, y no meramente anticuario; y esto, a su vez, requiere que dejemos de considerarla como la contrapartida del esco lasticismo cristiano. Para reconocer la diferencia fundamental entre el es colasticismo cristiano, por una parte, y la filosofía medie val islámica y judía, por la otra, haríamos bien en partir de la diferencia más obvia: la relacionada con las fuentes literarias. Esta diferencia es particularmente notoria en el caso de la filosofía práctica o política. El lugar que en el escolasticismo cristiano ocupan la Política de Aristóte les, Cicerón y el derecho romano, en la filosofía islámica y judía lo ocupan la República y las Leyes de Platón. Mien tras que en Occidente la República y las Leyes fueron re cuperadas recién en el siglo XV, estas obras habían sido traducidas al árabe ya en el siglo EX. Dos de los más céle bres filósofos islámicos escribieron comentarios sobre ellas: Al-Farabi se ocupó de las Leyes y Averroes de la República. 

La diferencia mencionada implicaba una di ferencia no sólo respecto del contenido de la filosofía polí tica, sino también, y sobre todo, respecto de su importan cia para el conjunto de la filosofía. Al-Farabi, a quien Maimónides, el más grande pensador judío de la Edad Media, consideraba el más importante de los filósofos islámicos y, de hecho, la mayor autoridad filosófica des pués de Aristóteles, se inspiraba tanto en la República de Platón que presentó la totalidad de la filosofía propia mente dicha dentro de un marco político. La obra de Al- Farabi que Maimónides recomendaba en especial consta de dos partes: la primera se ocupa de Dios y el universo, y la segunda, de la ciudad; el autor la tituló Los gobiernos políticos. Una obra que Al-Farabi compuso en forma pa ralela lleva por título Los principios de las opiniones del 1 Compárese el comentario de Isaac Abravanel sobre Josué, X, 12 (ed. Francfort, 1736, folios 21-22). 13 pueblo de la ciudad virtuosa; en los manuscritos que he consultado se la llama «un libro político». 

Es significativo que Al-Farabi fuera decididamente menos conocido para el escolasticismo cristiano que Avicena y Averroes.2 A fin de entender estas obvias diferencias debemos tomar en consideración la diferencia esencial entre el ju daismo y el islam, por una parte, y el cristianismo, por la otra. La Revelación, tal como la entienden judíos y mu sulmanes, tiene el carácter de Ley (torá, sharia), más que de Fe.3 En consecuencia, lo que primero salta a la vista en las reflexiones de los filósofos islámicos y judíos sobre la Revelación no es un credo o un conjunto de dog mas, sino un orden social, si bien un orden omnicompren- sivo, que no se limita a regular las acciones, sino también los pensamientos o las opiniones. La Revelación así en tendida se presta a que los filósofos fieles la interpreten como la ley perfecta, el orden político perfecto. Como filósofos, los falasifa,4 —así se los llamaba— procuraban llegar a una comprensión perfecta del fenómeno de la Revelación. Sin embargo, esta sólo es inteligible para el hombre en la medida en que ocurre gracias a la interme diación de causas secundarias o en que es un fenómeno natural. 

El medio a través del cual Dios se revela al hom bre es un profeta, vale decir, un ser humano. Los falasifa intentaron, por consiguiente, entender el proceso de la Revelación como esencialmente relacionado con una peculiar perfección «connatural» o idéntico a ella: de he cho, la perfección suprema del hombre. Como filósofos fieles, los falasifa estaban obligados a justificar su bús queda de la filosofía ante el tribunal de la Ley Divina. Dada la importancia que le atribuían a la filosofía, se 2 Véase Church History, XV, 1946, pág. 62. Louis Gardet y M.-M. Anawati, Introduction á la théologie musulmane, París, 1948, pág. 245: «les Farabi, les Avicenne, les Averroes. Deux noms émergérent (en chré- tienté): Avicenne (...) eí plus tard Averroes». 3 Compárese, por ejemplo, Gardet y Anawati, Introduction a la théo logie. .., op. cit., págs. 332, 335 y 407. 4 Transcripción árabe de la palabra griega que significa «filósofos». 14 veían, así, impulsados a interpretar la Revelación como el orden político perfecto, que es perfecto precisamente porque impone a los hombres más capacitados el deber de dedicar su vida a la filosofía. 

Con este propósito, tu vieron que dar por sentado que el fundador del orden perfecto, el legislador profético, no era un mero estadista del rango más elevado, sino también, al mismo tiempo, un filósofo de la más alta jerarquía. Debieron concebir al legislador profético como un filósofo-rey o como la perfec ción suprema del filósofo-rey. Sin embargo, los filósofos- reyes y las comunidades gobernadas por ellos no cons tituían el tema de la política aristotélica, sino de la políti ca platónica. Y las leyes divinas, que no se limitan a pres cribir acciones sino también opiniones sobre las cosas divinas, eran el tema, en particular, de las Leyes de Pla tón. Por lo tanto, no resulta sorprendente que, según Avicena, la disciplina filosófica que se ocupa de la profe cía sea la filosofía política o la ciencia política: la obra canónica sobre la profecía son las Leyes de Platón, puesto que la función específica del profeta, como dice Averroes, o del más grande de los profetas, como sugiere Maimóni- des, es la legislación del tipo más elevado. En el período que estamos considerando, las Leyes de Platón se conocían como «las leyes racionales (nomoi) de Platón». Los falasifa aceptaban, pues, la idea de que hay «leyes racionales». Sin embargo, rechazaban la idea de «mandamientos racionales». Esta última noción había sido utilizada por una escuela de lo que podríamos lla mar «teología islámica» (kalarn), y ciertos pensadores judíos la habían adoptado. Se correspondía con la noción cristiana de «derecho natural», que puede identificarse con la «ley de la razón» y la «ley moral». 

Con el rechazo de la idea de «mandamientos racionales», los falasifa daban a entender que los principios de la moralidad no son ra cionales, sino «probables» o «generalmente aceptados». Las «leyes racionales» (nomoi) que ellos admitían se dis tinguen de los «mandamientos racionales» o del derecho natural por el hecho de no tener carácter obligatorio. La 15 doctrina estoica del derecho natural, que fue transmiti da al mundo occidental principalmente a través de Cice rón y algunos juristas romanos, no influyó en la filosofía práctica o política de los falasifa. La intransigencia filosófica de los falasifa no ha sido apreciada lo suficiente en las interpretaciones aceptadas de sus doctrinas.5 Esto se debe, en parte, a la reticencia de los propios falasifa. Las mejores claves de sus intencio nes se encuentran en los escritos de hombres como Yehu- da Halevi y Maimónides. Puede pensarse que el valor del testimonio de estos grandes hombres queda menoscaba do por el hecho de que se oponían a los falasifa; sin em bargo, algunos escritos de Al-Farabi confirman la inter pretación sugerida por Halevi y Maimónides. En el esta do actual de nuestros conocimientos, resulta imposible decir en qué medida los sucesores de Al-Farabi aceptaron sus opiniones respecto del punto crucial; pero no puede caber duda de que esas opiniones actuaron como un fer mento mientras la filosofía ejerció alguna influencia so bre el pensamiento islámico y judío. Al-Farabi expresó su pensamiento con suma claridad en su breve tratado sobre la filosofía de Platón.

6 * El Platón constituye la segunda y más breve parte de una obra tri partita que, al parecer, se titulaba Sobre los propósitos de Platón y de Aristóteles, y que Averroes cita como Las dos filosofías? La tercera parte, que todavía no fue edi tada, se ocupa de la filosofía de Aristóteles. En la prime ra parte (El camino de la felicidad), Al-Farabi explica las cosas humanas indispensables para producir la felicidad 5 Véase Gardet y Anawati, Introduction á la théologie. .., op. cit., págs. 268-72 y 320-4. 6 El título completo es «La filosofía de Platón, sus partes y los grados de dignidad de sus partes, desde el comienzo hasta el final». El original ha sido editado, anotado y traducido al latín por F. Rosenthal y R. Wal- zer CAlfarabius De Platonis Philosophia, Londres, 1943). ^ Este último título también es utilizado por un contemporáneo de Averroes, Yosef ibn Aknin (véase Abraham S. Halkin, «Ibn Aknin’s com- mentary on the Song o£Songs»,AlexanderMarxJubilee Volume, Nueva York, 1950, pág. 423). 16 completa de las naciones y de las ciudades. El principal requisito no es otro que la filosofía o, más bien, el gobier no de los filósofos, porque «el significado de Filósofo, Pri mer Conductor, Rey, Legislador e Imán es uno y el mis mo». 

El origen platónico de la tesis rectora es evidente y, por añadidura, lo confirma el autor mismo. Este termina la primera parte con la observación de que la filosofía, tal como la describió con anterioridad, tiene su raíz en Pla tón y Aristóteles, que «nos han dado la filosofía» junto con «los caminos hacia ella y el camino hacia su introduc ción después de haber sido desvirtuada o destruida»; y agrega que, como se verá con claridad a partir de la pre sentación de las filosofías de Platón y Aristóteles, en las dos partes siguientes, el propósito de uno y otro era uno y el mismo. En Sobre los propósitos de Platón y de Aristóte les, de Al-Farabi, dos detalles nos sorprenden en grado sumo. La obra debe su origen a la intención de restaurar la filosofía «después de haber sido desvirtuada o destrui da», y se ocupa más del propósito común a Platón y Aris tóteles que del acuerdo o desacuerdo en los resultados de sus investigaciones. 

Lo que Al-Farabi consideraba el propósito de los dos filósofos y, en consecuencia, el propó sito lisa y llanamente acertado surge, con toda la clari dad que sería razonable desear, de su resumen de la filo sofía de Platón; no hay ninguna otra fuente. Es probable que este propósito demuestre la finalidad latente de to dos los falasifa propiamente dichos. De este modo, el Platón de Al-Farabi probaría ser la clave por excelencia para la falsafa;8 en cuanto tal. Según Al-Farabi, Platón inició su indagación con la cuestión relativa a la esencia de la perfección del hombre o de su felicidad y llegó a la conclusión de que esa felicidad consiste en cierta ciencia y cierto modo de vida. La cien cia de que se trata no es sino la ciencia de la esencia de todo ser, y el arte que la facilita no es otro que la filosofía. En cuanto al modo de vida, el arte que lo facilita es el ar 8 Transcripción árabe de la palabra griega que significa «filosofía». 17 te regia o política. Sin embargo, dado que el filósofo y el rey resultan ser idénticos, la filosofía no sólo es necesaria de por sí, sino suficiente para producir felicidad; y para producirla, la filosofía no necesita complemento ningu no, ni nada que se considere de jerarquía superior a ella.

 El propósito de Platón o de Aristóteles, tal como lo conce bía Al-Farabi, queda sobradamente revelado en este elo gio, al parecer convencional, de la filosofía. El elogio de la filosofía tiene la intención de refutar cualquier pretensión de valor cognitivo que pueda aducir se en favor de la religión en general y de la religión reve lada en particular, porque la filosofía a la que Al-Farabi concede su alabanza irrestricta es la filosofía de los paga nos Platón y Aristóteles. En su Catálogo de las ciencias, presenta las «ciencias islámicas» (fiqh y kalarrí) como corolarios de la ciencia política. Con este solo hecho, las actividades en cuestión dejan de ser islámicas: se con vierten en las artes de interpretar y defender cualquier ley divina o cualquier religión positiva. Toda oscuridad aparente que pudiera haber en el Catálogo, toda ambi güedad, se evita en el Platón. Por boca de Platón, Al-Fa rabi declara que ni la especulación religiosa, ni la inves tigación religiosa de los entes, y tampoco el arte silogísti ca religiosa, proporcionan la ciencia de los entes, en la que consiste la mayor perfección del hombre, mientras que la filosofía sí lo hace. Llega al extremo de presentar el conocimiento religioso como el peldaño más bajo en la escala de las actividades cognitivas, inferior incluso a la gramática y la poesía. El propósito del Platón en su con junto deja en claro que este veredicto no resulta afectado si se sustituye el conocimiento religioso disponible en tiempos de Platón por el que se tenía en tiempos de Al- Farabi. Al comienzo del tratado El camino de la felicidad, que sirve de prefacio a sus resúmenes de las filosofías de Pla tón y Aristóteles, Al-Farabi emplea la distinción entre «la felicidad de este mundo en esta vida» y «la felicidad última en la otra vida» como algo consabido. 

En el Pla h 18 tón, que es la segunda parte y, en consecuencia, la menos expuesta de una obra tripartita, se elimina por completo esa distinción entre los dos tipos de felicidad. El signifi cado de este silencio resulta claro cuando se sabe que en todo el Platón (que contiene resúmenes del Gorgias, el Fedro, el Fedón y la República) no se menciona la in mortalidad del alma: el Platón de Al-Farabi rechaza ca lladamente la doctrina platónica de una vida después de la muerte. Al-Farabi pudo llegar tan lejos en el Platón no sólo porque este tratado es la parte menos expuesta y más breve de una obra más extensa, sino también porque presenta en forma explícita las opiniones de otro hom bre. 

Como se ha mencionado, Al-Farabi trata de manera diferente los dos tipos de felicidad en El camino de la fe licidad y en el Platón', también hay algunas diferencias en el tratamiento del conocimiento religioso en el Catálo go de las ciencias y el Platón. De conformidad con la mis ma regla, Al-Farabi expone opiniones más o menos or todoxas sobre la vida después de la muerte en La comu nidad religiosa virtuosa y Los gobiernos políticos, es decir, las obras donde habla en su propio nombre. Para decirlo con más precisión, en La comunidad religiosa virtuosa expone opiniones simplemente ortodoxas, y en Los gobiernos políticos presenta opiniones que, si bien eran heréticas, podían no obstante considerarse tolera bles. No obstante, en su comentario a la Ética a Nicóma- co declara que sólo existe la felicidad de esta vida y que todas las afirmaciones en contrario se basan en «desva rios y cuentos de viejas».9 9 Ibn Tufail, Hajj ibn Yaqdhan, edición establecida por L. Gauthier, Beirut, 1936, pág. 14. Compárense las observaciones de Averroes cita das por Steinschneider, Al-Farabi, págs. 94 y 106 («In libro enirn de Ni- comachia videtur [Alfarabius] negare continuationem esse cum intelli- gentiis abstractis: et dicit hanc esse opinionem Alexandri, et quod non est opinionandum quod finís humanus sit aliud quam perfectio specula- tiva»). 

Compárese Tomás de Aquino, Comentario a la Etica a Nicómaco de Aristóteles, X, lect. 13 hacia el final, y Suma contra los gentiles, III, cap. 48 hacia el final. 19 AI-Farabi se escuda, entonces, en la inmunidad espe cífica del comentarista o del historiador para hablar sin ambages de graves asuntos en sus obras «históricas», pero no lo hace en las obras donde habla en su propio nombre. Sin embargo, ¿podía como comentarista expo ner, sin asomo de disenso, puntos de vista que rechazaba como hombre? ¿Acaso no podía sentirse atraído, como es tudioso de la filosofía, por lo que aborrecía como creyen te? ¿Acaso su mente no podía ser del tipo que se atribuía a los averroístas latinos? Basta con expresar esta sospe cha para concluir que es infundada. Los averroístas lati nos dieron una interpretación muy literal de doctrinas en extremo heréticas. 

Pero Al-Farabi hizo precisamente lo inverso: dio una interpretación en extremo no literal de una doctrina en cierto modo tolerable. Justamente co mo mero comentarista de Platón, estaba obligado a acep tar la doctrina de una vida después de la muerte. Su fla grante desviación de la letra de la doctrina de Platón, o su negativa a sucumbir a los encantos de este, prueba de manera suficiente que rechazaba la creencia en una fe licidad diferente de lá felicidad de esta vida, o la creencia en otra vida. Su silencio sobre la inmortalidad del alma, en un tratado concebido para presentar la filosofía de Platón «desde el comienzo hasta el final», pone más allá de toda duda razonable la inferencia de que los enuncia dos que afirman la inmortalidad del alma, presentes en algunos de sus otros escritos, deben considerarse como una adecuación a las opiniones aceptadas. El Platón de Al-Farabi identifica al filósofo con el rey. Sin embargo, guarda silencio sobre la relación precisa entre el filósofo y el rey, por una parte, y el legislador, por la otra; cuando menos, no identifica explícitamente al legislador con el filósofo-rey. Cualquiera que sea el sig nificado de esto,10 Al-Farabi sugiere en el Platón que la fi 10 El significado se desprende del hecho de que, en los tres últimos pá rrafos del Platón, se tratan como intercambiables «filósofo», «rey», «hombre perfecto» e «indagador», por una parte, y «legislador» y «hom bres virtuosos», por la otra. É 20 losofía no es simplemente idéntica al arte regia: la filoso fía es la más elevada arte teórica; el arte regia es la más elevada arte práctica, y la diferencia fundamental entre teoría y práctica se mantiene como un tema importante en todo el tratado. 

Puesto que argumenta que para pro ducir la felicidad se necesitan tanto la filosofía como el arte regia, coincide en cierto modo con la opinión ortodo xa, según la cual la filosofía es insuficiente para conducir al hombre hacia la felicidad. 

Sin embargo, el comple mento de la filosofía que se requiere, a su entender, para el logro de la felicidad no es la religión o la Revelación, sino la política, si bien se trata de la política platónica. Al-Farabi sustituye la religión por la política. Puede de cirse, entonces, que sienta las bases de la secular afianza entre filósofos y príncipes amigos de la filosofía, y que inicia la tradición cuyos representantes más famosos en Occidente son Marsifio de Padua y Maquiavelo.11 Al-Fa rabi habla de la necesidad de la ciudad virtuosa, a la que llama «otra ciudad». Se propone reemplazar el otro mun do o la otra vida por la otra ciudad. Esta se encuentra a medio camino entre este mundo y el otro, ya que es, por cierto, una ciudad terrenal pero que, sin embargo, no existe «en los hechos» sino «en las palabras». En realidad, de ninguna manera es seguro que el pro pósito de Platón o Aristóteles, tal como lo entendía Al- Farabi, exigiera la realización del mejor orden político o de la ciudad virtuosa. Al-Farabi insinúa el problema cuando hace una distinción entre las indagaciones de Só crates y las indagaciones de Platón, así como entre «la modalidad de Sócrates» y la modalidad adoptada a la lar ga por Platón. «La ciencia y el arte de Sócrates» que apa rece en las Leyes sólo en parte es de Platón, mientras que el resto es «la ciencia y el arte de Timeo», que se encuen tra en el Timeo.

 «La modalidad de Sócrates» se caracte riza por el énfasis en «la investigación científica de la jus ticia y las virtudes», mientras que el arte de Platón pre 11 Véase infra, pág. 112, nota 156. 21 tende proporcionar «la ciencia de la esencia de todo ente» y por eso, en especial, la ciencia de las cosas divinas y de las cosas naturales. La diferencia entre la modalidad de Sócrates y la modalidad de Platón se remonta a la dife rencia entre la actitud de los dos hombres hacia las ciu dades reales. El estatus político o social de la filosofía crea la dificultad fundamental: en las naciones y las ciu dades de tiempos de Platón no había libertad de ense ñanza y de investigación. Por lo tanto, Sócrates se veía frente a la alternativa de elegir entre la seguridad y la vida —adecuándose así a las opiniones falsas y al erró neo modo de vida de sus conciudadanos— o el no confor mismo y la muerte. Y optó por esto último. Platón encon tró una solución al problema planteado por el destino de Sócrates con la fundación de la ciudad virtuosa en el dis curso: sólo en esa «otra ciudad» el hombre podía alcanzar su perfección. Sin embargo, según Al-Farabi, Platón «re pitió» su descripción de la modalidad de Sócrates y «repi tió» la referencia al vulgo de las ciudades y las naciones existentes en su época.

12 La repetición equivale a una modificación considerable del primer enunciado o a una corrección de la modalidad socrática. Lo que diferencia a la modalidad platónica de la modalidad socrática es que se trata de una combinación de esta última con la moda lidad de Trasímaco, porque la actitud intransigente de Sócrates sólo es apropiada para el filósofo que trata con la élite, mientras que la actitud de Trasímaco, que es a un tiempo más y menos exigente que la primera, es apro piada para sus tratos con el vulgo. Lo que sugiere Al- Farabi es que, al combinar la modalidad de Sócrates con la modalidad de Trasímaco, Platón eludió el conflicto con el vulgo y, así, la suerte del primero. En consecuencia, la búsqueda revolucionaria de la otra ciudad dejó de ser ne cesaria; Platón la sustituyó por un modo de acción más conservador, a saber: el reemplazo gradual de las opinio nes aceptadas por la verdad o una aproximación a la ver 12 Sobre el significado preciso de «repetición», ver infra, págs. 79-81. 22 dad. El reemplazo de las opiniones aceptadas no podría ser gradual si no fuera acompañado de una aceptación provisional de esas opiniones: como lo declara Al-Farabi en otro lugar, la conformidad con las opiniones de la co munidad religiosa en la cual nos educamos es un requisi to necesario para el futuro filósofo.

13 El reemplazo de las opiniones aceptadas no podría ser gradual si no lo acom pañara la sugerencia de otras que, si bien apuntan hacia la verdad, no contradicen de manera demasiado flagran te dichas opiniones. Podemos decir que el Platón de Al- Farabi termina por reemplazar al filósofo-rey que gobier na abiertamente en la ciudad virtuosa por el reinado secreto del filósofo, quien, al ser «un hombre perfecto» precisamente porque es un «indagador», vive en forma privada como miembro de una sociedad imperfecta, a la que trata de humanizar en la medida de lo posible. Las observaciones de Al-Farabi sobre la política de Platón definen el carácter general de la actividad de los falasifa. A la luz de estas consideraciones, parecería impru dente identificar la doctrina de los falasifa con lo que en señaban más frecuentemente o de manera más conspi cua. El intento de determinar su enseñanza auténtica resulta aún más difícil por el hecho de que algunos de sus adversarios parecen haber considerado necesario ayudarlos a ocultar sus doctrinas, porque temían el daño que su divulgación pudiera causar a aquellos creyentes cuya fe fuera débil. 

Lo que Al-Farabi señala respecto del proceder de los verdaderos filósofos queda confirmado por una serie de observaciones acerca de la distinción filosófica entre la enseñanza exotérica y la enseñanza esotérica, que apa recen en los escritos de sus sucesores. El Platón de Al- Farabi nos informa de la razón más obvia y cruda por la que esta distinción anticuada u olvidada era necesaria. La filosofía y los filósofos estaban «en grave peligro». La 13 Kitab tahsil al-sa'ada («El camino de la felicidad»), Hyderabad, 1345, pág. 45. Compárense las dos primeras máximas de la «morale par provisión» de Descartes (Discurso del método, III). 23 sociedad no reconocía a la filosofía ni el derecho a filoso far. No había armonía entre la filosofía y la sociedad. Los filósofos estaban muy lejos de ser exponentes de la socie dad o los partidos. 

Defendían los intereses de la filosofía y nada más. Al hacerlo, creían defender efectivamente los intereses más elevados de la humanidad.14 Para pro teger a la filosofía había que acudir a la enseñanza exoté rica, que era la armadura con la cual aquella debía dejar se ver. Su necesidad obedecía a razones políticas. Era la forma en que la filosofía se hacía visible ante la comuni dad política. Era el aspecto político de la filosofía. Era la filosofía «política». A partir de ello quizá podamos enten der en algún momento por qué Al-Farabi presentó la to talidad de la filosofía dentro de un marco político, o por qué sus escritos más generales son «libros políticos». No hay que descartar la posibilidad de que el título Las dos filosofías, por el cual se conocía su tratado Sobre los pro pósitos de Platón y de Aristóteles, insinuara la diferencia entre «las dos filosofías» o «las dos doctrinas»: la exterior y la interior. Esta posibilidad debe ser considerada en to da evaluación seria del platonismo o, más bien, el neopla tonismo de los falasifa, y, en particular, del uso que estos hacen a veces de la Teología de Aristóteles neoplatónica. Baste aquí con señalar que el Platón de Al-Farabi no muestra indicio alguno de influencia neoplatónica. En la mayoría de las reflexiones actuales sobre la re lación entre filosofía y sociedad se da por sentado, de al gún modo, que la primera siempre tuvo un estatus polí tico o social. Según Al-Farabi, la filosofía no era reconoci da en las ciudades y las naciones de tiempos de Platón. 

 Con todo su proceder, muestra que había aún menos li bertad para filosofar en las ciudades y las naciones de su propio tiempo, es decir, «después de que la filosofía había sido desvirtuada o destruida». El hecho de que la «filoso fía» y los «filósofos» llegaran a representar en el mundo islámico una ocupación sospechosa y un grupo de hom 14 Al-Farabi, Platón, § 17. 24 bres sospechosos, por no hablar simplemente de ateísmo y ateos, basta para demostrar cuán precario era el esta tus de la filosofía: no se le reconocía legitimidad.15 Tene mos aquí lo que, desde el punto de vista de la sociología de la filosofía, es la diferencia más importante entre el cristianismo, por una parte, y tanto el islam como el ju daismo, por la otra. Para el cristiano, la doctrina sagrada es la teología revelada; para el judío y el musulmán, la doctrina sagrada es, al menos en lo primordial, la inter pretación legal de la Ley Divina (talmud o fiqh). En este último sentido, la doctrina sagrada tiene, como mínimo, mucho menos en común con la filosofía que en el primer sentido. En última instancia, por esta razón el estatus de la filosofía es, como cuestión de principio, mucho más precario en el judaismo y el islam que en el cristianismo: en este, la filosofía se convirtió en parte integral de la formación oficialmente reconocida e incluso requerida del estudioso de la doctrina sagrada. Esta diferencia ex plica en parte el colapso final de la indagación filosófica en el mundo islámico y el mundo judío, un colapso que no tiene paralelo en el mundo cristiano occidental. 

Debido a la posición que «la ciencia de la kalam» ad quirió en el islam, el estatus de la filosofía en el mundo musulmán era intermedio entre el que tema en el cris tianismo y el que se le daba en el judaismo. Por lo tanto, para volver a su estatus dentro del judaismo, es obvio que, mientras que nadie podía ser docto en la doctrina sagrada del cristianismo sin haber tenido una conside rable formación filosófica, se podía ser un talmudista perfectamente capaz sin formación filosófica alguna. Ju díos de la capacidad filosófica de Halevi y Maimónides daban por sentado que ser judío y ser filósofo eran cosas mutuamente excluyentes. A primera vista, la Guía de perplejos de Maimónides es la contrapartida judía de la Suma teológica de Tomás de Aquino, pero la Guía nunca 15 Compárese Gardet y Anawati, Introduction á la théologie. .., op. cit., págs. 78,225 y 236. 25 adquirió dentro del judaismo ni siquiera una parte de la autoridad que tuvo la Swna dentro del cristianismo; no es la Guía de Maimónides, sino su Mishneh Torah, es de cir, su codificación de la ley judía, la que podría describir se como la contrapartida judía de la Suma. Nada resulta tan revelador como la diferencia entre el comienzo de la Guía y el de la Suma. 

El primer artículo de esta última se ocupa de analizar si además de las disciplinas filosófi cas se requiere la doctrina sagrada: Tomás, por así decir lo, justifica la doctrina sagrada ante el tribunal de la filo sofía. Ni siquiera podemos imaginar que Maimónides empezara la Guía o cualquier otra obra con un examen de la necesidad de la halaka Qa ley sagrada), además de las disciplinas filosóficas. Los primeros capítulos de la Guía se parecen más a un comentario algo difuso sobre un versículo bíblico (Génesis, 1, 27), que al comienzo de una obra filosófica o teológica. Maimónides, al igual que Averroes, necesitaba con mucha más urgencia una justi ficación legal de la filosofía —es decir, un análisis en tér minos legales de la cuestión de si la ley divina permite, prohíbe u ordena el estudio de la filosofía—, que una jus tificación filosófica de esa misma ley o de su estudio. Las razones que aduce Maimónides a fin de probar que cier tas verdades racionales acerca de las cosas divinas tie nen que mantenerse en secreto fueron esgrimidas por Tomás a fin de probar que la verdad racional acerca de las cosas divinas debe ser divinamente revelada.

16 De acuerdo con su observación ocasional de que la tradición judía hacía más hincapié en la justicia de Dios que en Su sabiduría, Maimónides discernía el equivalente judío de la filosofía o la teología en ciertos elementos de la ag- gadah (o leyenda), esto es, de esa parte del saber popular judío que se consideraba en general como mucho menos autorizada que la halaka.17 Spinoza dijo con contunden 16 Compárese Guía, 1,34, con Tomás, Suma contra los gentiles, 1,4, y Quaest. disput. De Vertíate, q. 14 a. 10. 17 Compárense los pasajes señalados más adelante, pág. 51, nota 5, con la Guía, III, 17 (35a Munk). 26 cia que los judíos despreciaban la filosofía.18 Aún en 1765, Moses Mendelssohn consideraba necesario disculparse por recomendar el estudio de la lógica y mostrar por qué la prohibición de la lectura de libros ajenos o profanos no se aplicaba a las obras dedicadas a la lógica.

19 El proble ma del judaismo tradicional frente a la filosofía es idénti co al problema de Jerusalén frente a Atenas. Resulta di fícil no ver la conexión entre la depreciación del objeto primario de la filosofía —los cielos y los cuerpos celestia les—, en el primer capítulo del Génesis; la prohibición de comer el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, en el segundo capítulo; el nombre divino «Yo Seré lo Que Seré»; la advertencia de que la ley no está en el cielo ni más allá del mar; los dichos del profeta Miqueas sobre lo que el Señor requiere del hombre, y declaraciones tal múdicas como estas: «Para aquel que reflexiona acerca de cuatro cosas —sobre lo que está arriba, lo que está abajo, lo que está delante, lo que está detrás— sería me jor no haber venido al mundo» y «Dios no posee nada en Su mundo salvo los cuatro codos de la halaka».20 El precario estatus de la filosofía en el judaismo, al igual que en el islam, no fue en todos los sentidos una desgracia para ella. Su reconocimiento oficial en el mun do cristiano la llevó a quedar sometida a la supervisión eclesiástica. La posición precaria de la filosofía en el mundo islámico y judío garantizó su carácter privado, y con ello, su libertad interior y su independencia de la su pervisión. 

En este sentido, el estatus de la filosofía en el mundo islámico y judío se parece a su estatus en la Gre cia clásica. Se dice con frecuencia que la ciudad griega 18 B. Spinoza, Tratado filosófico-político, XI, hacia el final. Cf. ibid., I (§ 41 Bruder). Véase además Georges Vajda, Introduction á la pensée juive du MoyenÁge, París, 1947, pág. 43. 19 Moses Mendelssohn, Gesammelte Schriften: Jubilaumsausga.be, Berlín, 1929-1938, vol. 2, págs. 202-7. 20 Compárese Maimónides, Guía, 1,32 (366 Munk), y la Introducción a su comentario de la Mishna (Porta Mosis, edición establecida por E. Pococke, Oxford, 1655, pág. 90). 27 era una sociedad totalitaria. Abarcaba y regulaba la mo ral, el culto divino, la tragedia y la comedia. Sin embar go, había una actividad que era esencialmente privada y transpolítica: la filosofía. Aun las escuelas filosóficas eran fundadas por hombres que no pertenecían a la autori dad, hombres particulares. 

Los filósofos islámicos y ju díos reconocieron la similitud entre este estado de cosas y el predominante en su propio tiempo. Al desarrollar al gunas observaciones de Aristóteles, compararon la vida filosófica con la vida del ermitaño. Al-Farabi atribuyó a Platón la opinión de que en la ciudad griega el filósofo estaba en grave peligro. Al expo ner esta idea, se limitaba a repetir lo que el propio Platón había dicho. En considerable medida, el arte de este elu día el peligro, como también lo señaló Al-Farabi; pero el éxito de Platón no debe cegarnos ante la existencia de un peligro que, por mucho que varíen sus formas, es conna tural a la filosofía. La comprensión de este peligro y de las diversas formas que ha asumido, y que puede asumir, es la tarea más importante, en verdad la única tarea, de la sociología de la filosofía.

domingo, 4 de octubre de 2026

GEORGE STEINER TOLSTOI O DOSTOIEVSKI EDITORIAL SIRUELA EDICIÓN 2002 Fragmento

 


CAPITULO 1  La crítica literaria debería surgir de una deuda de amor.

 

 

De un modo evidente y sin embargo misterioso, el poema, el drama o la novela se apoderan de nuestra imaginación. Al terminar de leer una obra no somos los mismos que cuando la empezamos. Recurriendo a una imagen de otro campo artístico, diremos que quien ha captado verdaderamente un cuadro de Cézanne verá luego una manzana o una silla como si nunca las hubiera visto antes. Las grandes obras de arte nos atraviesan como grandes ráfagas que abren las puertas de la percepción y arremeten contra la arquitectura de nuestras creencias con sus poderes transformadores. Tratamos de registrar sus embates y de adaptar la casa sacudida al nuevo orden. Cierto instinto primario de comunión nos impele a transmitir a otros la calidad y la fuerza de nuestra experiencia, y desearíamos convencerlos de que se abrieran a ella. En este intento de persuasión se originan las más auténticas penetraciones que la crítica puede proporcionar.
Digo esto porque buena parte de la crítica contemporánea es de otra índole. Burlona, quisquillosa, inmensamente conocedora de su linaje filosófico y de sus complejos instrumentos, a menudo viene más para enterrar que para encomiar. Realmente, muchísimo es lo que debe ser enterrado si se desea conservar la salud
del lenguaje y de la sensibilidad. En vez de enriquecer nuestra conciencia, en vez de ser manantiales de vida, demasiados libros encierran para nosotros las tentaciones de la facilidad y de un grosero y efímero solaz. Pero éstos son libros para el apremiante menester del reseñista, no para el reflexivo y recreador arte del crítico. Hay más de «cien grandes obras», más de mil. Pero su número no es inagotable. A diferencia del reseñista y del historiador de la literatura, el crítico se interesa por las obras maestras. Su principal función no consiste en distinguir entre lo bueno y lo malo, sino entre lo bueno y lo mejor. 

Aquí, de nuevo, el criterio moderno propende a un punto de vista más tímido. Al aflojarse los goznes del antiguo orden político y cultural, ha perdido aquella serena seguridad que permitió a Matthew Arñold referirse, en sus conferencias sobre las traducciones de Homero, a los «cinco o seis supremos poetas del mundo». Nosotros no nos expresaríamos así. Nos hemos convertido en relativistas; comprendemos, presas del desasosiego, que los principios críticos son intentos de imponer efímeros hechizos de autoridad a la inherente mudanza del gusto. Al dejar Europa de ser el centro de la historia, estamos menos seguros de la preeminencia de la tradición clásica y occidental. Los horizontes del arte han retrocedido, en el tiempo y en el espacio, más allá de lo que nadie podía sospechar. Dos de los poemas más representativos de nuestra época, La tierra baldía, de T. S. Eliot, y los Cantos, de Ezra Pound, se han inspirado en el pensamiento oriental. Las máscaras del Congo asoman en los cuadros de Picasso como una vengadora desfiguración. En nuestros espíritus se proyectan las sombras de las guerras y las bestialidades del siglo xx; nuestra herencia nos hace ser cautos.

Pero no debemos ir demasiado lejos. En los excesos del relativismo se encuentran los gérmenes de la anarquía. La crítica debería traernos los recuerdos de nuestro gran linaje, la incomparable tradición de la épica que va de Homero a Milton, los esplendores de la tragedia en la antigua Atenas y del drama isabelino y neoclásico, de los maestros de la novela. Debería afirmar que, si Homero, Dante, Shakespeare y Racine ya no son los más grandes poetas del mundo entero —el mundo se ha hecho demasiado grande para la supremacía—, son todavía los supremos poetas de aquel mundo del que nuestra civilización saca su fuerza vital y en cuya defensa debe arriesgarse. Al insistir en la infinita variedad de los asuntos humanos, sobre el papel de las circunstancias sociales y económicas, los historiadores quisieran que descartásemos las viejas definiciones, las antiguas categorías de significación. ¿Cómo podemos —preguntan— emplear el mismo rasero para la Ilíada y El paraíso perdido, cuando estas obras están separadas por siglos de hechos históricos? ¿Puede el término «tragedia» significar algo si lo usamos tanto para Antígona como para El rey Lear o Fedra? 

La respuesta es que los recuerdos y los hábitos mentales calan más hondo que las exigencias del tiempo. La tradición y la gran continuidad de la unidad no son menos reales que el sentimiento de desorden y de vértigo que debemos a la nueva época de oscurantismo. Llamemos épica a esa forma de aprehensión poética en la que está insertado un momento de la historia o un mito religioso; digamos de la tragedia que es una visión de la vida cuyos principios de significación provienen de la precariedad de la condición humana, de lo que Henry james llamaba la «imaginación del desastre». Ninguna de estas dos definiciones es válida en un sentido total, pero bastan para recordarnos que existen grandes tradiciones, líneas de herencia espiritual que relacionan a Homero con Yeats y a Esquilo con Chéjov. A esa crítica debemos regresar con un apasionado temor y un siempre renovado sentido de la vida.
En nuestros días, hay un dolorido anhelo de tal regreso. Estamos completamente rodeados de un nuevo analfabetismo, el analfabetismo de los que pueden leer palabras ásperas y palabras de odio y de relumbrón, pero que son incapaces de comprender el sentido del lenguaje en función de su belleza o verdad. Uno de los más agudos críticos modernos escribe: «Me agradaría creer que hay una clara prueba de la necesidad (y, particularmente en nuestra sociedad, una necesidad mayor que nunca), en los eruditos y los críticos, de realizar una tarea especial, la tarea de situar al público en una relación pertinente con la obra de arte, es decir, de cumplir una tarea de intermediario»’.
No juzgar ni diseccionar, si‘R. P. Blackmur, «The Lion and the Honeycomb, TheLjon and lheHoneycomb,
Nueva York 1955.

 
no mediar. Sólo a través del amor por la obra de arte, sólo a través del constante y angustiado reconocimiento por parte del crítico de la distancia que separa su arte del arte del poeta, puede tal mediación ser realizada. Se trata de un amor que ha cobrado lucidez a través de la amargura: es testigo de los milagros del genio creador, desentraña los principios del ser, los muestra al público, y, sin embargo, sabe que no toma parte —o sólo una parte muy pequeña— en su verdadera creación.
Tales son los postulados de lo que podríamos llamar «antigua crítica» para distinguirla parcialmente de la esplendorosa y predominante escuela conocida como «nueva crítica». La «antigua crítica» es engendrada por la admiración. A veces se aparta del texto para considerar un propósito moral. Cree que la literatura existe no como un fenómeno aislado, sino que tiene un papel central en el drama de las fuerzas políticas e históricas. Por encima de todo, la antigua crítica, por su índole y alcance, es filosófica y, generalmente, responde a la idea expresada por Jean-Paul Sartre en un ensayo sobre Faulkner: «La técnica de una novela siempre nos remite a la metafísica del novelista». En las obras de arte se hallan reunidas las mitologías del pensamiento, los heroicos esfuerzos del espíritu humano por imponer un orden y una interpretación al caos de la experiencia. Aunque inseparable de la forma estética, el contenido filosófico —la presencia de la fe o de la especulación dentro del poema— tiene sus propios principios de acción. Hay numerosos ejemplos de arte que, a través de las ideas que exponen, nos convencen o nos impulsan a la acción. Los críticos contemporáneos, salvo los marxistas, no siempre le han hecho caso.

La antigua crítica tiene sus prejuicios: tiende a creer que los «supremos poetas del mundo» fueron hombres impelidos a aceptar o a rebelarse contra el misterio de Dios, que hay magnitudes de propósito y de fuerza poética que el arte secular no puede alcanzar o, por lo menos, que todavía no ha alcanzado. El hombre, según afirma Malraux en Las voces del silencio, está atrapado entre lo finito de la condición humana y lo infinito de las estrellas. Sólo a través de sus monumentos de la razón y de la creación artística puede asumir la dignidad trascendente. Pero al obrar así imita y al mismo tiempo entra en rivalidad con los poderes formadores de la Deidad. Así, en el corazón del proceso creador se da una paradoja religiosa. Ningún hombre es más completamente creado a imagen de Dios, o es más inevitablemente Su retador, que el poeta. 

D. 1-1. Lawrence dijo: «Siempre tengo la impresión de hallarme desnudo ante el fuego del Todo poderoso  que me atraviesa, lo cual resulta abrumador. Para ser un artista, uno ha de ser terriblemente religioso»2. Pero no, tal vez, para ser un verdadero crítico.
Los valores mencionados son algunos de los que desearía hacer resaltar en este estudio sobre Tolstói y Dostoievski, los dos novelistas más grandes del mundo (toda crítica resulta, en sus momentos de autenticidad, dogmática; la antigua crítica se reserva el derecho de ser franca y de emplear superlativos). E. M. Forster escribió:
«Ningún novelista inglés es tan grande como Tolstói, es decir, ha dado un cuadro tan completo de la vida del hombre, en su aspecto doméstico y heroico a la vez. Ningún novelista inglés ha explorado el alma del hombre tan profundamente como Dostoievski»<. El juicio de Forster no se limita necesariamente a la literatura inglesa, y define la relación de Tolstói y Dostoievski con el arte de la novela en general. Por su naturaleza, sin embargo, tal proposición no puede ser demostrada: se trata, en un curioso y definido sentido, de un asunto de «oído». El tono que empleamos para referirnos a Homero o a Shakespeare resulta válido también referido a Tolstój y Dostoievski. Podemos mencionar de corrido la Ilíada, Guerra y paz, El rey Lear y Los hermanos Karamázov. Así es de sencillo y complejo. Pero repetiré que tal declaración no está sujeta a una prueba racional. No se concibe una manera de demostrar que alguien que coloca a Madame Bovary por encima de Ana Karénina, o que considera a Los embajadores comparable, en poder y magnitud, a Los demonios, está equivocado que no tiene «oído» para ciertas tonalidades esenciales. Pero tal «sordera para el tono» nunca puede ser superada por un argumento lógico. (Quién podría haber persuadido a Nietzsche, que tuvo una de 
as mentes más agudas que han existido para la comprensión de la música, de que come >D H. Lawrence a Ernest Collings, 24 de febrero de The Letters of D. H. Lawrence, Nueva York 1932.

 

E. M. Forster, Aspects of the Novel, Nueva York l9O.

 

tía un craso error al considerar a Bizet superior a Wagner?) Además, de nada sirve lamentar la «no demostrabilidad» de los juicios críticos. Los críticos, tal vez porque han hecho difícil la vida a los artistas, están destinados a sufrir, en cierta medida, el destino de Casandra. Incluso cuando ven con más claridad, no disponen de medios para demostrar que tienen razón, y pueden no ser creídos. Pero Casandra tenía razón.
Por consiguiente, permítaseme afirmar mi impenitente convicción de que Tolstói y Dostoievski son figuras señeras entre los novelistas. Sobresalen por el alcance de su visión y la fuerza de su ejecución. Longino hubiera, con absoluta propiedad, hablado de «sublimidad». Ambos poseen la facultad de construir, por medio del lenguaje, «realidades» sensoriales y concretas, y, sin embargo, penetradas por la vida y el misterio del espíritu. Este es el poder que caracteriza a los «supremos poetas del mundo» de Arnold. Pero, aunque permanecen aparte en su dimensión pura —pensemos en la suma de vida acumulada en Guerra y paz, Ana Karénina, Resurrección, Crimen y castigo, El idiota, Los demonios y Los hermanos Karamázov—, Tolstói y Dostoievski forman parte del florecimiento de la novela rusa del siglo pasado. Este florecimiento, de cuyas circunstancias trataré en este primer capítulo, diríase que representa uno de los tres principales momentos de triunfo en la historia de la literatura occidental; los otros dos corresponden a los tiempos de la tragedia griega y Platón, y a la época de Shakespeare. En los tres, el pensamiento occidental saltó hacia delante desde las tinieblas mediante la intuición poética; en ellos se reunió mucha de la luz que poseemos sobre la naturaleza del hombre.
Muchos libros se han escrito y se escribirán sobre las dramáticas e ilustrativas vidas de Tolstói y Dostoievski, sobre su lugar en la historia de la novela y la importancia de su política y su teología en la historia de las ideas. Con la llegada de Rusia y del marxismo al umbral del imperio, el carácter profético del pensamiento de Tolstói y Dostoievski, su relevancia en nuestros propios destinos, ha penetrado con fuerza en nosotros. Pero se requiere un tratamiento más estrecho y más unificado a la vez. Ya ha transcurrido el tiempo suficiente para que podamos advertir la grandeza de Tolstói y Dostoievski en la perspectiva de las más importantes tradiciones.

TolstÓi pedía que sus obras fuesen comparadas a las de Hornero. Mucho más que el (ilises de Joyce, Guerra y paz y Ana Karénina encarnan el resurgimiento del estilo épico, de un nuevo ingreso en la literatura de tonalidades, prácticas narrativas y formas de articulación que habían declinado en el arte poético occidental después de Milton. Pero comprender por qué esto es así, para justificar ante nuestra inteligencia crítica esos inmediatos e indistintos reconocimientos de elementos homéricos en Guerra y paz, requiere una concienzuda y escrupulosa lectura. En el caso de Dostoievski hay una similar necesidad de una más vasta perspectiva. Se ha aceptado generalmente que su genio era de índole dramática, que en ciertos aspectos significativQs fue el temperamento dramático más amplio y natural desde Shakespeare, comparación que el mismo Dostoievski sugirió. Pero sólo después de la publicación y traducción de gran número de borradores y libros de apuntes de Dostoievski —material del que haré amplio uso— ha sido posible trazar las múltiples afinidades entre la concepción dostoievskiana de la novela y las técnicas del drama. La idea de un teatro, como la ha llamado Frances Fergusson, ha sufrido una brusca decadencia, por lo que respecta a la tragedia, después del Fausto de Goethe. El linaje que procedía de Esquilo, Sófocles y Eurípides parecía haberse interrumpido. Pero Los hermanos Karamázov es una obra firmemente enraizada en el mundo de El rey Lear, en la novela dostoievskiana, el sentimiento trágico de la vida, a la manera antigua, es totalmente reanudado. Dostoievski es uno de los más grandes poetas trágicos.
Con demasiada frecuencia, las incursiones de Tolstói y Dostoievski en los campos de la teoría política, la teología y el estudio de la historia han sido rechazadas como excentricidades de genios o como ejemplos de esa curiosa ceguera, propia, a veces, de los grandes espíritus. Siempre que han sido objeto de seria atención, esta ha distinguido entre el filósofo y el novelista. Pero en el arte maduro, la técnica y la metafísica son aspectos de la unidad. Y en Tolstoi y en Dostoievski, como tal vez en Dante, la poesía y la metafisica, el impulso hacia la creación y hacia el conocimiento sistemanco, eran respuestas alternas, y sin embargo inseparables, a las presiones de la experiencia. Así, la teología tolstoiana y la perspectiva del mundo operante en sus novelas cuentos han pasado
por el mismo crisol de la convicción. Guerra y paz es un poema de la historia, pero de la historia vista bajo la luz específica, o, silo preferimos, bajo la oscuridad específica, del determinismo tolstoiano. La poética del novelista y el mito de los asuntos humanos que presentó son igualmente válidos para nuestra comprensión. La metafísica de Dostoievski ha sido muy tenida en cuenta últi
mamente; es una fuerza seminal en el existencialismo moderno. Pero se ha estudiado poco la crucial relación interna entre la mesiánica y apocalíptica visión de las cosas del novelista y las formas reales de su arte. ¿Cómo penetra la metafísica en la literatura y qué sucede a ambas cuando coinciden? El último capítulo de este libro versará sobre dicho tema, que se manifiesta en Ana Karénina, Resurrección, Los demonios y Los hermanos Karamázov. 

Mas ¿por qué Tolstói o Dostoievski? Porque propongo que se juzguen sus realizaciones y se defiria la naturaleza de sus respectivos genios por medio del contraste. El filósofo ruso Berdiáiev escribió:
«Sería posible establecer dos modelos, dos tipos de almas humanas:
las que se inclinan hacia el espíritu de Tolstói y las que se inclinan hacia el de Dostoievski»4. La experiencia lo apoya. Un lector puede consíderar a Tolstói y a Dostoievski como los dos principales maestros de la novela, es decir, puede hallar en sus obras el más completo y penetrante, retrato de la vida. Pero si se le apremia mucho, escogerá entre los dos. Si nos dice a cuál prefiere y por qué, comprenderemos, creo, su verdadera naturaleza. La elección entre Tolstói y Dostoievski denota lo que los existencialistas llaman un engagement obliga a la imaginación a tomar partido por una u otra de las dos interpretaciones radicalmente opuestas del destino del hombre, del futuro histórico y del misterio de Dios. Para Berdiáiev, citándolo de nuevo, Tolstói y Dostoievski son el ejemplo de «una insoluble controversia en la que se enfrentan dos conjuntos de supuestos, dos conceptos fundamentales de la existencia». Esta confrontación tiene cierta relación con las prevalecientes dualidades del pensamiento occidental que se remontan hasta los diálogos platónicos. Pero también es trágicamente afín a la guerra ideológica de nuestro tiempo. Las prensas soviéticas lanzan literalmente mi N. A. Berdiáiev, L’Esprit deDostoievskz, París 946.

 

llones de ejemplares de las novelas de Tolstói; pero sólo hasta hace pocos y a regañadientes, imprimieron Los demonios.
Pero, en verdad, ¿son comparables Tolstói y Dostoievski? ¿Es algo más que la fábula de un crítico imaginar un diálogo entre sus dos espíritus y un mutuo conocimiento? Los principales obstáculos para una comparación de esta clase provienen de la falta de material y de las disparidades en magnitud. Por ejemplo, no poseemos los bocetos para La batalla de Anghiari; así, no podemos comparar lo que lograron Miguel Angel y Leonardo cuando fueron rivales en invención artística. Pero la documentación sobre Tolstói y Dostoievski es abundante. Sabemos qué pensaban uno del otro ylo que Ana Karénina significaba para el autor de El idiota. Sospecho, además, que en una de las novelas de Dostoievski se encuentra una alegoría profética del en 
cuentro espiritual de él mismo con Tolstói. No hay entre ellos ninguna discordancia de estatura: ambos eran titanes. Los lectores del siglo XVII fueron probablemente los últimos que vieron a Shakespeare como una figura comparable a las de los dramaturgos coetáneos suyos. Ahora, para nuestra admiración, tiene una ingente estatura. Al juzgar a Marlowe,Jonson o Webster, levantamos un cristal ahumado contra el sol. Esto no es válido para Tolstói y Dostoievski. Ambos significan para el historiador de las ideas y para el crítico literario una conjunción única, como planetas vecinos, de igual magnitud y mutuamente perturbados por sus órbitas. Desafían toda comparación.

Además, hubo un terreno común entre ellos. Sus imágenes de Dios, sus propuestas de acción, son en última instancia irreconciliables. Pero escribieron en la misma lengua y en el mismo momento decisivo de la historia. En algunas ocasiones estuvieron a punto de conocerse; pero cada vez se echaron atrás, presas de alguna tenaz prevención. Merezhkovski, un testigo errático, poco digno de confianza y sin embargo esclarecedor, consideró a Toistoi y a Dostoievski dos escritores completamente opuestos: «Digo Opuestos pero no remotos ni ajenos; porque a menudo establecen Contacto, como extremos que se tocan»5.
>D. S. Merezhlçovskj ToL’toj as Man and Artist, with an Essay on Dostovski, Londres 1902.

 

Una buena parte de este ensayo será, en espíritu, divisivo: tratará de distinguir al poeta épico del dramaturgo, al racionalista del visionario, al cristiano del pagano. Pero entre Tolstói y Dostoievski había áreas de semejanza y puntos de afinidad que contribuyeron a que el antagonismo de sus naturalezas fuese más radical. Empezar con éstas.

sábado, 22 de agosto de 2026

EL SACRIFICIO DE NARCISO FLORENCIA ABADI


 

“Si el amor es cuidado, alianza afectiva, previsibilidad, el deseo en cambio supone rivalidad, desafío, incertidumbre. (...) El deseo curiosea, el amor respeta. De esa oposición trata también este libro.” A contracorriente de la interpretación habitual, Florencia Abadi propone que Narciso no se ama a sí mismo. Más bien se fascina con su imagen y se suicida en el intento de abrazarla: sacrifica su vida a su imagen. Así, el narcisismo se opone al egoísmo. Mientras el egoísta se prioriza a sí mismo por sobre los demás, el narcisista se posterga a sí mismo para ser amado por el otro –o mejor dicho, para sostener una imagen que cree condición del amor del otro. A partir de esta original lectura del mito, Narciso aparece como contrafigura de Eros, el deseo. De la mitología a la cultura popular, los nueve ensayos aquí reunidos exploran el oscuro universo de las pasiones. Deseo, envidia, piedad, odio, desconfianza son desmenuzados con implacable lucidez. En una época en que el término “narcisismo” se encuentra en boca de todos, la lectura de este libro permite reconocer, más allá de los diagnósticos, una estructura común que nos atraviesa como humanos y que puede comprenderse mejor a través de la filosofía. Una filosofía de las pasiones. FLORENCIA ABADI es filósofa y escritora. Nació en Buenos Aires en 1979. Es Doctora en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires, Investigadora del CONICET y docente de Estética (Facultad de Filosofía y Letras, UBA). Su campo de trabajo es la estética y los afectos en intersección con la mitología comparada. Entre sus principales publicaciones se encuentran los libros: Conocimiento y redención en la filosofía de Walter Benjamin (Miño y Dávila, 2014), El sacrificio de Narciso (Hecho atómico ediciones, 2018; traducido al italiano), El nacimiento del deseo (Pólvora, 2023) y la plaqueta Mímesis y terror (Bulk Perambulante, 2019, traducido al inglés). Además, es autora de diversos artículos en revistas especializadas. Esta edición ampliada de El sacrificio de Narciso pone nuevamente a disposición del lector sus ensayos más disruptivos y originales.

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El trabajo del mito Prólogo a la segunda edición ¿Pueden los mitos revelar la naturaleza del deseo, del odio, de la envidia, de la piedad, de la relación que tenemos con nuestra imagen? Y en caso de que puedan, ¿con qué fundamento, con qué explicación, bajo qué premisas? Suele afirmarse que los mitos permiten vislumbrar las profundidades de la afectividad humana. Quizás sea necesario recordar, entonces, el carácter siempre parcial de ese vislumbrar: el mito revela aspectos desconocidos, pero lo hace ocultando, camuflando, disfrazando. Muestra y a su vez tapa; echa luz sobre algún aspecto y, simultáneamente, coloca un manto sobre otro. De ahí que el trabajo del mito pueda asimilarse al del sueño, que disfraza para que pueda emerger lo conflictivo, lo insoportable. Este mecanismo corresponde a su posible derivación de verbo griego myein, que significa “abrir y cerrar” los ojos, entrecerrarlos frente a una luz imposible de tolerar por la pupila sin realizar esa acción rítmicamente.

El mito nos permite mirar sin encandilarnos, nublar un poco la visión para lidiar con el sufrimiento que pone en juego lo que se descubre. Los ojos entrecerrados nos salvan de la literalidad que solo ve (o escucha) lo que está ahí delante, y podemos entonces acceder a un universo hecho de alusiones y símbolos. El mito se caracteriza además por no tener una fuente original, sino versiones. Cada una se pone en relación con las anteriores, superponiéndose y enfrentándose a ellas. El mito es así, también, un objeto de disputa (es decir, de deseo). El mito de Narciso ha sido en este sentido un caso paradigmático: las variadas versiones, que se multiplican con intensidad creciente hasta nuestros días, distan especialmente unas de otras. Entre ellas, la que ha ganado mayor protagonismo es sin duda la de Ovidio en Las metamorfosis, que pertenece a la era cristiana, 8 d.C. (a pesar de remitir al mundo griego, el mito de Narciso no aparece en fuentes griegas). Es a partir de esta versión que se ha construido la idea de que Narciso se ama a sí mismo de una manera exagerada o patológica. Este libro se propone disputar esa interpretación, mostrar que Narciso, lejos de amarse a sí mismo, se fascina con su imagen y le entrega nada menos que su vida. Narciso muere sacrificado a una imagen ideal, y la fascinación que lo lleva a ese sacrificio no se parece en nada al amor. A pesar de los numerosos aspectos del mito que Ovidio sí muestra (el dolor punzante frente al rechazo en el ámbito erótico, la función de la figura materna, e incluso el apego a la imagen y el abandono del cuerpo), su relato suprime un elemento que resulta clave en las versiones más antiguas. Se trata de la enemistad entre Narciso y Eros (Cupido para los romanos): al rechazar a los cazadores y ninfas que lo pretenden eróticamente, Narciso está desafiando el poder de una poderosa divinidad, como si creyera que se puede vivir más allá del erotismo.

El castigo de Eros frente a esa soberbia (hybris) no se hace esperar, y en la fuente donde Narciso muere, situada en la ciudad de Tespias, sus habitantes–devotos del caprichoso dios alado– erigen un monumento a Eros vencedor. Sin embargo, en el libro de Ovidio se elimina a Eros como figura vengadora y se coloca allí a Némesis (diosa de la venganza), velando el conflicto entre la entrega a la imagen y el deseo. Este conflicto resulta crucial para el psiquismo. Narciso representa la imagen ideal que se opone a la carencia propia del deseo. 

Encarna el rechazo de ese deseo que nos coloca en un lugar vulnerable, que nos divide, que rompe con su flecha la “unidad narcisista del yo”. El deseo humilla al narcisismo; como expresa el enamorado en la canción popular: “estoy perdiendo imagen a tu lado”. Mientras que el ideal narcisista permanece inmóvil–como toda perfección– el deseo es movimiento. El deseo es fértil; Narciso es virgen y amenaza con lo estéril. Eros tiene alas y necesita el aire que brinda la distancia; el narcisismo se entrega a la fusión líquida. Comprender la estructura narcisista que atraviesa a todo ser humano –más allá de cualquier diagnóstico clínico– exige atender a estas oposiciones. Dicha estructura rige nuestro esfuerzo denodado por sostener una imagen de nosotros mismos, bajo la ilusión de que somos amados por esa imagen. Desenmascarar este mecanismo a partir de una relectura del mito de Narciso es la tarea de estas páginas. Dijimos entonces que Narciso se opone a Eros, el narcisismo al deseo. Sin embargo, hay una segunda confusión que despejar: aquella que identifica a Eros con el amor. Una larga tradición occidental ha llevado a cabo esa traducción, velando una segunda oposición: la que existe entre el deseo y el amor. Si el amor es cuidado, alianza afectiva, previsibilidad, el deseo en cambio supone rivalidad, desafío, incertidumbre. Si el amor es piedad en el sentido de que sostiene velos para preservar lo existente, el deseo es cruel porque desgarra velos para transformar lo existente. El deseo curiosea, el amor respeta. De esa oposición trata también este libro. Si Narciso no (se) desea, tampoco se ama. El amor propio, si tiene algún significado, no consiste en una elevada autoestima, sino más bien en la benevolencia con la propia falla e imperfección, en la posibilidad de frenar el autorreproche (narcisista) por no ser aquello que quisiéramos ser. Entre estas dos lógicas, la erótica y la amorosa, se cuela la lógica narcisista. ¿Narciso ama su imagen?, ¿la desea? Quizás ni una cosa ni la otra.

Aquí, más bien, el enamoramiento fascinado se presenta como una tercera relación posible con la imagen. Será tarea de quien lea atender a estas sutilezas, desplegar su propia interpretación de un asunto que no está cerrado. Exigirá poder caminar sobre una fina cornisa sin caer en la tentación de tapar el conflicto que implica ser humanos amorosos, pero también deseantes (odiantes) y atravesados por ideales que devienen frecuentemente mortíferos. El mito sigue siendo la mejor guía para transitar el camino, porque nos permite ver en su pureza esas lógicas, esos arquetipos. Solo Narciso es puramente narcisista; en todo ser humano de carne y hueso, en cambio, habitan Narciso, Eros, Amor y tantos otros. El mito logra este efecto, quizás paradójicamente, gracias a su impureza, a la contaminación entre las versiones. Su trabajo de velar y desvelar puede ser entonces la via regia para una filosofía de las pasiones.

jueves, 20 de agosto de 2026

WALTER BENJAMIN EL CONCEPTO DE CRÍTICA DE ARTE EN EL ROMANTICISMO A TEMA N TRADUCCIÓN Y PRÓLOGO DE J. F. YVARS Y VICENTE JARQUE



 El romanticismo profético de Walter Benjamín 

i Los escritos más significativos de Walter Benjamin, aquellos que le han situado en lugar de privilegio en el tibio purgatorio de los heterodoxos, aparecen teñidos por ese destino veleidoso que una vez los puso á l’écart de tous les courants, nimbados por un aura sutil de excep- cionalidad. Unos resultan atípicos a causa de la origina lidad extrema de su prosa o del carácter particularmente provocador de las ideas que expresan; otros lo son en ra zón de su temática, de su estructura inhabitual, o acaso por las singulares circunstancias en que fueron pensados. El texto que ahora presentamos por primera vez al lec tor de habla hispana es también, sin duda, un libro in sólito. Benjamin fue un personaje prismático al que jamás bastaron dos caras, como ese «rostro de Jano» que se ad judicaría a sí mismo con sibilina modestia tras su heroica conversión al credo materialista, sino múltiples y bien di ferenciadas. Así, entre la multitud de criaturas extrañas que nuestro autor nos ha legado, hallaremos ejemplares de todo lo que buenamente queramos imaginar: dejando al margen su voluminosa e iluminadora correspondencia, parcialmente inédita, podemos escoger entre una nutrida selección de artículos de la más diversa índole formal y temática: comentarios críticos, exposés y ensayos de to dos los tonos y para todos los gustos —desde las Afinida des electivas de Goethe o el drama barroco alemán hasta Brecht, pasando por Kafka, Kraus o Baudelaire.

No fal tan tampoco encendidas piezas oratorias, conferencias eso téricas, alocuciones radiofónicas dialogadas; ni siquiera desenfadadas crónicas de la actualidad cultural europea —por entonces todavía animadísima— e incontables rese ñas redactadas unas veces por encargo, otras por discipli na personal. También nos ha legado anotaciones apresura das de uso más o menos privado —como su primer apunte Sobre el lenguaje en general o su Filosofía del futuro, que luego se revelarían como textos de un valor programático fundamental. Escritos de suave coloratura mística y dia rios íntimos —como el de su viaje a Moscú—, colecciones de aforismos al estilo de Einbahnstrasse, e incluso una obra compuesta únicamente por miles de citas y frag mentos heterogéneos —sus inacabados y fantasmagóri cos Passages parisinos. Pero nos quedan todavía otros escritos de intención más resueltamente literaria: juve niles poemas fúnebres consagrados a la muerte de su ami go Heinle, que le precedió premonitoriamente en la vía del suicidio, breves textos en prosa, traducciones quizás de masiado libres —Proust, Baudelaire—, libros de memo rias (Berliner Chronik, Infancia en Berlín hacia 1900). Y para que nada falte, textos didácticos no siempre vero símiles ni comprensibles, panfletos voluntariamente pro vocadores, sin olvidar sus pormenorizados protocolos que dan testimonio de sus escasas pero intensas excursio nes, en la buena compañía de Bloch, por el mundo de la ensoñación inducida por los estupefacientes (Haschisch). Excuse el lector esta prolija enumeración, por lo de más incompleta. Pero sucede que cuando se escribe acer ca de Benjamín no es nada fácil evitar el recurso a la aséptica yuxtaposición de motivos, a modo de montaje, puesto que éste era uno de sus métodos de trabajo pre dilectos. 

Enlazar esos motivos tan dispares resulta por lo general imposible, y además no siempre quedan justi ficados los esfuerzos. En nuestro caso, pensamos, se trata de la forma más directa y eficaz de presentar el trasfondo sobre el que se recorta el perfil singular del libro que nos ocupa: en ese proteico repertorio de formas y estilos que constituyen la herencia intelectual de Benjamín, no encontraremos ni un solo estudio de alguna extensión del que se pueda realmente decir que haya sido concebido, en rigor, según los cánones umversalmente aceptados del pensamiento discursivo racional. Ninguno, ciertamente, salvo este libro que el lector tiene en sus manos. En efecto, se trata de una temprana investigación aca démica escrita entre la primavera de 1918 y el verano del año siguiente, de apariencia escrupulosamente ortodoxa, de una arquitectura puntillosamente equilibrada, tan pe sada, contada y medida como el juicio del bíblico rey Sa lomón: dividida en dos partes de casi idéntica extensión, apoyadas en igual número de notas, precedidas de un prólogo sobriamente informativo del plan argumental y las fuentes, bien conocidas, de las que su autor se ha ser vido, sin otra irregularidad manifiesta que un escueto apéndice cautamente separado del resto del texto. 

A pri mera vista no parece sino lo que, a su manera, pretendía ser efectivamente: una seria e impecable tesis de docto rado* el estudio universitario y erudito que todavía se exige a los jóvenes aspirantes a profesor en el disciplina do mundo de la cultura alemana. En nada se adivinan lo que habrán de ser los tonos característicos de uno de los pensadores menos académicos que haya existido jamás. Pero esa misma singularidad que determina la posición del presente trabajo en la obra de Benjamín comporta también, con todo, una invitación a considerar la posibi lidad de que nos hallemos ante un texto de importancia crucial para la comprensión del peligroso laberinto en el que se arriesgó ilusoriamente su pensamiento. 2 En cuanto a ese presunto «pensamiento discursivo», puede parecer tal vez una tautología imperdonable, pero se trata de una expresión de Gershom Scholem, el amigo más fiel de Benjamín, y nos interesa sobremanera porque se sirve de ella justamente para referirse al estudio sobre el Romanticismo que nos ocupa. En él veía un ejemplo, o mejor, el único ejemplo con el que poder demostrar ante el mundo el verdadero alcance de las dotes de Benjamín para la argumentación racional, para la exposición de un «riguroso desarrollo conceptual» que habitualmente quedaba oculto en su obra, pero de ninguna manera ausen te. En realidad, lo que Scholem pretendía con esa fórmu la era defender el sentido veladamente «metafísico» sub yacente incluso en los escritos de carácter histórico, po lítico y literario que constituyen el grueso de la obra de su amigo. 

En esta perspectiva Benjamin se mostraría como un auténtico «filósofo», aunque más o menos em boscado, según aconsejasen las tácticas y sus circunstan cias, bajo la hojarasca de un «proceder descriptivo» que se fundamenta en la yuxtaposición de un conjunto de re presentaciones relativamente autónomas, con vocación de instantáneas fotográficas, según una dialéctica propia establecida entre imágenes detenidas en el tiempo y en el espacio, un poco al estilo de aquellas fugaces «ilumina ciones profanas» que tanto admiraba en el universo su rrealista. En esta misma línea hablaba Scholem de Infancia en Berlín, con entusiasmo evidente, como de una inesperada culminación del más hermoso sueño de Schelling: una «filosofía narrativa». 

De este modo, pues, los fragmentos de ese libro, breve y espléndido, constituirían otras tan tas imágenes infantiles recuperadas y transfiguradas, en virtud de una rememoración matizada por el arte de la escritura, en una suerte de tablean de experiencia filosófi ca que aspiraría a una validez no menor que un discur so sometido a la tiranía de la argumentación lógica, es de cir, al implacable correlato de premisas y conclusión, a la sintaxis del «antes y el después», según había de for mular Adorno, con disgusto mal disimulado, como estig ma del razonamiento fundado sobre la forzada identidad racional. Acaso nos asalte la tentación de dar estas ideas por buenas y cerrar aquí el comentario. Pero lo cierto es que no parece del todo prudente olvidar que el sueño de Schelling quedó ya desacreditado por Hegel, en nombre de la razón, como el sueño de la noche donde todos los gatos son pardos. Y es así como sucede que, a pesar de su perspicacia y todavía mejores intenciones, hasta el pro pio Scholem puede estimular involuntariamente graves e innecesarios malentendidos cuando añade a su comen tario de Infancia en Berlín una frase quizás no del todo afortunada: «Bajo la mirada del recuerdo —escribe— su filosofía se transforma en poesía» [,Dichtung]. No cabe duda de que esto podría llevar a dudosos resultados, si no para la poesía, sí al menos para la filosofía. Tal vez no sea del todo caprichoso vislumbrar de nuevo en ese pen samiento, por decirlo de una forma amable, el inquietan te brillo nocturno de los ojos de un gato pardo. 

3 Si dejamos a Scholem y nos atenemos a Adorno, las cosas no van a resultar menos ambiguas. También Adorno, crítico tan sagaz y demoledor como regular apologeta, se ha esforzado en blanquear la promiscuidad estilística de Benjamín, su intencional claroscuro de escritor, recubrien do su pensamiento de vagas representaciones utópicas. Así, por ejemplo, la apariencia de «efectismo mágico» tan frecuente en su obra, la «suave irresistibilidad» destilada por una escritura que parecía enraizar «en los dominios del misterio» (atts dem Geheimnis), la interpreta Adorno como figura y exponente de la heroica incapacidad de Ben jamín para renunciar a la promesa de felicidad que todo hombre atisbaría en sus años de infancia, para olvidarla después: «Suena —dice Adorno, preso de la más noble y sincera perplejidad— como si el pensamiento recogiera las promesas de los cuentos y los libros infantiles, en vez de rechazarlas con la despectiva madurez del adulto.» Y bien pudiera ser que, después de todo, no fuese la peor forma de presentarlo. El apasionado y constante interés de Benjamín por algunos aspectos del mundo de la infan cia, por la condición de su experiencia más acá de la ló gica, libre de identidad subjetiva, por su lenguaje y su li teratura imaginativa, por los cuentos de hadas, parece confirmar en buena medida la impresión de Adorno. Sólo en la sobria fidelidad a esa «experiencia no reglamentada» que prefigura la aventura infantil habría podido Benja mín hallar la fuerza necesaria para resistirse a la división del trabajo espiritual, en busca de una más perfecta liber tad de tránsito desde los dominios del pensamiento filo sófico a los de la literatura. Como se ha repetido hasta el tópico, en Benjamin re conoció Adorno a su maestro en la batalla contra el pen samiento sistemático. 

La estructura del sistema que se comprende a sí mismo como algo ya cumplido, concluso, sería expresión de un discurso predeterminado por la obe diencia a las falsas imposiciones de la identidad racio nal. A este propósito nos resulta del mayor interés el hecho que el propio Adorno, al igual que Benjamin, re mita en diversas ocasiones al proceder fragmentario del Holderlin tardío como el modelo acabado de una es critura «par atáctica», construida sobre rupturas y dislo caciones del discurso, sometida, por así decir, al duro régimen de un lenguaje sin concesiones a la comunica ción, que va como de abismo en abismo a la espera de ser literalmente asaltado por un sentido «no intencional», Ubre de sujeto.

 Ése tendería a ser el sentido sugerido por la figura de la «constelación» de conceptos que se cierran contra su objeto para iluminarlo en su concreción espe cífica, sin ajustarlo a las reglas establecidas por el pen samiento abstractamente identificador. En definitiva, esta forma de exposición habría conducido a Benjamin, de ma nera poco menos que natural, a la opción por la forma del «ensayo» como alternativa al discurso filosófico aca bado y compacto, como encarnación de una conciencia crítica ejemplarmente representada, entre otros, por Sim- mel, el primer Lukács y el propio Adorno. Pero el asunto se presenta hoy tanto más espinoso cuanto que, en efecto, la imagen de Benjamin que parece haberse impuesto con el paso de los años —tras la casi entrañable resaca marxista de aquel sesentayochismo en el que estuvo a punto de sucumbir cual profeta oracular de la por entonces nueva izquierda— respondería con bas tante aproximación a esa misma «caracterización» pris mática que Adorno deseaba en el fondo concederle, aun que no, preciso es recordarlo, sin las justas y oportunas reservas. 

Es la imagen de un Benjamin cercado por la do ble aureola del «refinado literator» y del «ensayista» ori ginal, figura ésta en realidad muy dudosa y terriblemente elusiva que, de no quedar bien matizada, correría el peli gro de acabar por deshilacliarse entre las abstracciones rigoristas del filósofo, poco complaciente por naturaleza, y el aspecto inofensivo y hasta conmovedor de quien es cribe literatura del pensamiento sin otro apoyo que una vergonzante invocación a la utopía. 4 Verdad es que esa imagen difusa y estetizante se ajus ta sólo forzadamente con el auténtico significado de ese rasgo que Adorno y Scholem tanto estimaban en la escri tura de Benjamin: su profundidad metafísica cercana a la teología, su afán por lograr la máxima concreción en todos los aspectos, su búsqueda de lo universal más sagrado y duradero en el corazón de la singularidad también más extrema y concisa. En otras palabras, en la exacta deter minación de lo infinitesimal como exponente de lo abso luto,

 Esta tendencia nos ofrece la clave de su atenta mira da hacia lo discontinuo y de su proverbial desconfianza respecto a la argumentación deductiva en mayor o menor medida convencional, con su «antes» y su fatídico «des pués». La envergadura de estos esfuerzos, en los que no cejó a lo largo de toda su vida, nos obliga a excluir por principio su reducción a mero ejercicio «poético» en tomo a unas categorías privilegiadas por la historia de la cul tura, en razón sencillamente de su presunta elevación y dignidad. Al contrario, si de algo no queda duda es de que Benjamin escribía en serio, con una seriedad ani mal, como diría Adorno. Su divisa, al igual que la de su admirado Simmel, bien pudo haber sido aquella que tan certeramente formulase Aby Warburg: «El buen Dios se esconde en el detalle.» En consecuencia, en efecto, la prio ritaria exigencia teológica que le orienta tiende a la des trucción de la bella apariencia, borra las huellas de la ilusión y, parafraseando a Mallarmé, «rature sa vague littérature...». En efecto, esta clave de orientación teológica es la que a duras penas se revela como la mejor ajustada al sentido del pensamiento y la escritura de Benjamín. Sólo que tampoco en ella dejan de multiplicarse los malenten didos. Para Scholem, Benjamin era un pensador religioso demasiado gentil e insuficientemente judío; para Adorno, su teología no era suficientemente negativa y respetuosa con la utopía. Por lo demás, nada tiene de extraño que el trasfondo religioso de sus ideas más creativas, incluso en su fase «materialista», haya quedado encubierto y mal comprendido en un siglo nacido ya bajo la jactanciosa en seña de la muerte de Dios. 

Es verdad que se trata de una religiosidad sui generis, que él mismo denominaba humil demente «profana» y que le llevó de un extremo al otro de la cultura sin apenas compañía —como Juan el Pre cursor en el desierto, pero sin nadie a quien bautizar. En este confín solitario acrisoló su gesto esotérico y la apa riencia inverosímil de sus visiones. Todo ensayo de inter pretación de la obra de Benjamin, y del libro que nos ocupa todavía en mayor medida, habrá de sortear los pe ligros derivados de la tensa vecindad de ese abismo del sinsentido. Puesto que en Benjamín es bien patente, e incluso pre tende la hegemonía un elemento regresivo; el mismo, por cierto, que le había inducido a renegar de una interesada racionalidad ilustrada, que un día se autoproclamó porta dora de la libertad de pensamiento, destruyó la autoridad de la tradición religiosa y se arrogó el monopolio de todas las promesas de felicidad. Benjamin jamás se sintió a gusto ni llegó a identificarse con afirmaciones tan rotun das. Podemos ver en este escepticismo originario una muestra de aquella firme voluntad crítica cuyo sentido ha sido asimilado y formulado luego, si bien con matices importantes, en los distintos desarrollos que habría de alcanzar en figuras como Adorno y Horkheimer. También puede afirmarse que la Dialéctica de la Ilustración fue de alguna forma la mayor victoria lograda por Benjamin después de muerto. Pero la perspectiva crispadamente ne gativa que en ese libro se anuncia, que apenas ha pro gresado más tarde con la maduración posbélica de la Es cuela de Frankfurt, no se había manifestado todavía en Benjamín en toda su crudeza. 

Su resistencia a la estra tegia fatal del progreso mal entendido y a la orgánica razón instrumental que haría las veces de un deplorable sujeto vicario, bárbaramente autocomplacido en su pro pia capacidad dominadora, no le indujo en ningún mo mento a predicar, a la manera de Adorno, la consabida paradoja de una racionalidad otra, inhallable, enigmáti camente sutil y sencillamente ausente. No se permitía ese tipo de ilusiones dialécticas. Pues lo que Benjamín encon traba del otro lado del dique ilustrado no era sino eso mismo que el buen sentido común podía esperar: la opacidad de la materia universal preñada de poderes irre sistibles, la sinrazón oscilante entre la mística y la misti ficación. Es decir, el mundo del que han nacido todos los fantasmas frente a los cuales se erigen los mitos como preparados mágicos contra ese terror inmemorial. 

5 Queda delimitado así el marco en el que puede situar se el encuentro de Benjamín con el universo romántico. Además, se trataba de una cita ineludible. A ella le em pujaba el ambiente intelectual que su destino de burgués asimilado señalaba desde sus tempranos años de estudio, en aquellos tiempos confusos de los comienzos de siglo, cuando Europa, quizás sin saberlo, empezaba a deslizar se hacia su catástrofe. Los años de formación de Ben jamín estuvieron presididos por una extraña militancia en las filas de la Jugendbewegung, un «movimiento juvenil» fundado y dirigido por el pedagogo Gustav Wyneken, su primer maestro, sostenido por una ideología de signo ra dical y casi fanáticamente espiritualista, cuya ambición fundamental se orientaba a la consecución y desarrollo de una «cultura juvenil» propugnada como modelo de toda cultura posible. La relación educativa quedaba trans formada de este modo en una visión del mundo elitista, y el joven entusiasta que era Benjamin entonces podía sen tirse llamado sin remordimientos a cultivar, proteger y transmitir los sagrados valores espirituales, la gran tra dición cultural europea, en beneficio de una humanidad resueltamente perezosa y en proceso creciente de barba- rización. 

En los círculos de la Jugendbewegung los aspirantes al liderazgo espiritual leían con fruición a Stefan George (una figura decisiva en la recuperación del interés por el Romanticismo), trataban de emular su anhelo por instau rar una «benéfica dictadura espiritual» en la república li teraria y adoptaban ante la poesía una actitud de admi ración sagrada, incondicional, fundada en el culto a los grandes demiurgos y el olvido arrogante de sus compro misos históricos reales. Pero el joven Benjamin no podía compartir por entero esas actitudes sin haberles conferi do previamente un sello y un sentido propios. Ya en 1913 redactó una breve charla titulada justamente Romantik, en la que deploraba el componente esteticista que las traba la recepción del Romanticismo desde el punto de vista imperante. Condenaba el «falso Romanticismo» nar cotizante, individualista, diletante y filisteo, de exaltación del espíritu como refugio de urgencia frente a un mundo hostil, y lo contraponía al Romanticismo que llamaba «verdadero», que no sería otra cosa sino una «.voluntad ro mántica» de belleza, de verdad y de acción.

 Así, todavía en la ambigua estela del movimiento de Wyneken, se per cibía ya la orientación mesiánica del interés de Benjamin por tales temas. Puesto que esa «voluntad romántica» nada quería saber de complacencias estéticas, la verdad, la belleza y la acción se remiten necesariamente a la his toria como espacio privilegiado de realización del Es píritu. Durante el invierno de 1914-1915, a punto de romper con Wyneken, cuyo amor por los jóvenes no le había im pedido curiosamente enviarlos a morir en las trincheras, Benjamin se concentra por vez primera en esa figura gran diosa que con alguna frecuencia aparece en este libro como el «espíritu» que, celado discretamente, habría reina do como un dios escondido en la poesía y el pensamiento del Romanticismo temprano. Por supuesto, hablamos de Holderlin, a dos de cuyos poemas dedicó Benjamín un largo y densísimo «comentario estético» en el que ya se anunciaban no pocos de los motivos que un lustro más tarde desarrollaría en el presente estudio. La idea de Ben jamín consistía en exponer la «forma interna» de los poe mas, su contenido de verdad, la imagen sin figura que daría cumplimiento a la «tarea poética» prescrita en cada caso. 

 Ya entonces remitía a la definición fundacional de Nova- lis, que tantas veces volvería a citar a lo largo de su vida: «Cada obra de arte lleva en sí un ideal a prior i, una nece sidad interna para existir.» Era esa necesidad objetiva, independiente del carácter y las intenciones del presunto creador, la que el crítico debía determinar en su comen tario. Más aún, el cometido del crítico estribaría en esta blecer «lo poetizado» como un sentido «producto y obje to» a la vez de la investigación. Puesto que, en definitiva, «la idea de la poesía es la prosa», y el contenido filosófico de verdad, el único que Benjamín reconocía en el arte, sólo puede ser representado en la forma prosa de la ex posición. Los poemas en cuestión eran las dos versiones de «Dichtermut» y «Blódigkeit». Y quiso la irom'a, la autén tica ironía romántica, que este último fuera también, en cierta medida, una tercera versión del primero. Finalmen te el ánimo del poeta se disolvía en la serena necedad, en el completo estupor de quien se siente poseído en cuerpo y alma por el lenguaje. Según la interpretación de Benja mín, es la vida del poeta lo que se pone en juego en la tarea, y es el ánimo lo que termina sometiéndose también a la misma, reducida a una actitud de perfecta docilidad, de absoluta «pasividad» ante el lenguaje. La obra cum plida es un «mundo poéticamente muerto, saturado de peligro», donde habrían quedado conjuradas todas las amenazas extrañas en un vínculo sagrado que Holderlin articulaba en función del mito como «íntima unidad de dios y destino».

 Así, la absoluta sumisión del poeta a su tarea se corresponde con la objetiva necesidad a la que debe su existencia la obra, como quería Novalis. La fatí dica extinción del sujeto en la escritura vivida como desti no: éste es el núcleo de las reflexiones de Benjamin acerca de Hólderlin, y ésta es también la clave recóndita que encierra el verdadero sentido de su libro sobre el Roman ticismo temprano. No sorprende, pues, según testimonia Scholem, que Benjamin considerase la escritura de Hól derlin como una escritura sagrada. 6 El pensamiento de Benjamin continuó girando duran te años en torno a las relaciones entre mito, religión y lenguaje. Hacia 1917 sus intereses apuntan al estudio de Kant —y de nuevo hemos de agradecerle a Scholem el testimonio preciso. Su orientación, sin embargo, le exige superar la fijación kantiana en una experiencia de «grado cero», la experiencia sensible ilustrada sostenida por el empirismo, y buscar los fundamentos de una «experiencia absoluta» en la que quedasen incluidas filosofía, teología y religión. El punto nodal es ahora la identificación entre «sistema» y «doctrina». Pero estos objetivos no podían alcanzarse en el marco del sistema kantiano que, además, se desentendía por completo de las tres.esferas que a Ben jamin le interesaban: el lenguaje, la religión y la historia. Por eso volvió al Romanticismo. Benjamin se enfrenta al Romanticismo temprano des de un punto de vista explícitamente histórico-teológico. Con todo, este enfoque parece quedar relegado a un dis creto segundo plano en el estudio académico que presen tamos, pero el lector atento sabrá descubrirlo sin dema siados problemas. 

A pesar de que Benjamín reconoce la influencia romántica en la constitución de la crítica mo derna, es evidente también que su interés apunta hacia el Romanticismo como «último movimiento que una vez más salvó la tradición desesperadamente», que había tra tado incluso de «lograr en la religión» lo que Kant había conseguido a propósito de los objetos teoréticos: mos trar su forma, Y añade: «Pero, ¿existe una forma de la re ligión?» El aspecto romántico de la filosofía de Benjamín se explica mejor a partir de esa necesidad de dar res puesta a la pregunta formulada. El Romanticismo intuía en su mística del arte y del lenguaje un camino posible para fundar esa religión formal, sin contenidos dogmáti cos determinados, pero asumiendo consecuentemente la relación religiosa frente a lo absoluto —un absoluto que no va más allá de los media en que se manifiesta. Y aquí es de nuevo el arte el mediador privilegiado. La centralidad que en el pensamiento de Benjamín se concede a la constelación formada por las esferas del Ro manticismo temprano y de Goethe, se puede explicar así como una consecuencia de su descomunal batalla contra el sujeto, esto es, contra el sujeto autónomo según el mo delo ilustrado entendido en un sentido amplio, en tanto que supuesto protagonista de la historia y del progreso, de la cultura y el arte. La «sobriedad» que Holderlin urgía implicaba el sometimiento del creador al «oficio», a la «maestría artesanal», a los imperativos de la tradición ar tística y de la escritura: una variante de la «docilidad» frente al lenguaje. De tal modo, el precio de la auténtica creación sería la renuncia a la subjetividad aparente. Pero esa apariencia es, además, una apariencia necesaria en vir tud del principio de individuación y como defensa ante las asechanzas de la barbarie o la locura. Benjamin no pudo dejar de reconocerlo e incluso de vivirlo intensamente. En consecuencia, su postura frente a la Ilustración tiene que ser por fuerza ambigua: su orientación teológica revela su desconfianza hacia la tradición fuerte del pensamiento moderno: la ciencia y la Ilustración permanecerían en el dominio del mito, «son mito en segundo grado». Pero lo que Benjamin concibe como sagrado no es sino, paradójicamente, esa misma tradición, un fragmento más de la tradición de la escritura. La interpretación y el co mentario, la «crítica inmanente», se convierten en una tarea sagrada porque sólo en ella se hace posible la con tinuidad de la tradición. 

Sin embargo, esa tradición no puede sostenerse más que al precio de abandonar la qui mera de un sujeto autónomo. La tradición no es, a fin de cuentas, otra cosa que la esfera del destino universal, la historia del mito. Ése fue el tema de Holderlin y en igual medida también del propio Benjamin. * * Por nuestra parte, nada más. Eludiremos la ridicula presunción de emitir siquiera una opinión acerca de cómo habiia que leer a Benjamin, al Benjamin de este libro arduo y complejo. La reflexión benjaminiana sobre el Ro manticismo nos ofrece una ocasión inmejorable para re flexionar sobre los riesgos de acomodarse a ciertas lectu ras categóricas, quizás tan benevolentes como estériles, que en nada mejoran la falacia estetizante que terminaría por anularlo como pensador filosófico. Esto es, y para decirlo con claridad, negarlo como pensador puro y sim ple para convertirlo de manera fraudulenta en selecta mer cancía cultural, en «ensayista». Si en verdad se pretende confirmar el sentido de esa escritura plural, y en este caso es preciso atender las sugerencias de Scholem y Adorno, acaso no sea posible ya conformarse sencillamente con evocar su cualidad «descriptiva» o «paratáctica» como algo contrapuesto al ordenamiento «discursivo» o «siste mático» al que con tanta obstinación Benjamin se resis tía. Sin embargo, esta línea de defensa parece haber per dido tiempo atrás casi toda su eficacia. 

En efecto, un leve desplazamiento de acentos nos vuelve a poner ante la evidencia de esa imagen benjaminiana dominada por la media luz del escritor que nunca acabaría de ser una cosa ni otra, una imagen propiciada en buena medida por las profundas afinidades benjaminianas con el Romanticismo temprano, lo que no deja de ser asimismo una consecuen cia inesperada de aquella dudosa contraposición inicial, que puede alcanzar además, tal vez como castigo de su culpable insuficiencia, los tonos propios de una lamenta ble neutralización, cuando no de una franca cursilería, si se abandona en las manos de la incuria publicística que nos envuelve. Zanjar de manera tan poco airosa la recep ción de un pensamiento que no se resigna a ser una amar ga parábola de nuestro tiempo es algo que Benjamin no merece. J. F. Yvars Vicente Jarque otoño de 1987

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