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miércoles, 18 de marzo de 2026

EL LUGAR DEL HIJO LEOPOLDO MARÍA PANERO fragmento

 



EL LUGAR DEL HIJO

 

LEOPOLDO MARÍA PANERO

 

 


A Antonio Maenza y a Mercedes

Blanco que con tanto valor abrieron

los primeros este libro destruido y

por ello viviente, en mi espíritu.






Rumpete libros ne

Rumpant anima vest


 CUATRO VARIACIONES SOBRE EL FILICIDIO

ACÉFALO

(PROYECTO DE CUENTO)

«Ed io sentii chiavar l’uscio di sotto

all’orribile torre: ond’io guardai

                                                                               nel viso al mio figliuol senza far motto.»

Inferno, XXXVII, 46-48

 I.

Descripción de la Torre de Gualandi, en el centro de Le Sette Vie, que sirvió de prisión al Conte Ugolino y a sus dos hijos y a sus dos sobrinos en el año de 1289, y una de cuyas puertas fue sellada tras de ellos: descripción que ha de ser fría, objetiva, geométrica, en modo alguno poética: como, si quien la mirara, no fuera el autor, ni ningún otro hombre, sino el objetivo insensible de una cámara cinematográfica.

 II. Presentimientos de Ugolino

1. Una noche, tras de una batalla perdida (la batalla de Meloria, en la desastrosa guerra con Génova, en 1284: fue el regreso de los prisioneros hechos en esa batalla a Pisa uno de los factores que más influyeron en la caída del conte, cuando éste ya se había convertido en déspota de Pisa: en esta ocasión, sin embargo, se supone que no era aún sino capitán general de los ejércitos de Pisa), Ugolino sueña que está en su palacio, en un banquete: pasan ante sus ojos numerosas imágenes de copas de cristal rellenas de Chianti, de vino francés de Médoc; ve verterse en las copas líquidos rojos, o rosáceos, y algunos casi negros: ve el vino derramado por toda la mesa y se siente inmensamente borracho: y de repente le asalta la sospecha, venida no se sabe de dónde, de que lo que mancha los ricos manteles no es vino, sino sangre.

2. Siendo aún capitán general de los ejércitos de Pisa, y después de derrotar, con la ayuda de su aliado el arzobispo Ruggiero degli Ubaldini, a los Visconti, sus rivales para el gobierno de la ciudad (que le habían encarcelado y desterrado antes de 1276), entra triunfalmente en Pisa y desfila junto a degli Ubaldini por sus calles. No se hace mención de sus sentimientos, basta con saber que experimenta un profundo cansancio, que apenas alivia el orgullo: el desfile se le antoja interminable. Entonces, de repente, cree por un segundo ver entre la multitud a un hombre sin cabeza, que le aplaude frenéticamente: se vuelve al instante hacia Ruggiero en demanda de ayuda, y puede ver cómo éste le sonríe.

3. Discusión entre il conte y degli Ubaldini, mucho más tarde, cuando Ugolino es ya tirano de Pisa, en la biblioteca del palacio del Arzobispo (por orden del cual habría de ser encerrado luego en la torre de Gualandi).

De la calle llegan chillidos de animales, cerdos tal vez, atenuados por los gruesos cristales coloreados, y la voz de una mujer que canta una canción incomprensible. Mientras Ugolino le habla con tono cada vez más excitado, el arzobispo se dedica a hojear calmosamente un libro, en el que se describe, con singular crudeza, la castración de un santo.

De repente, Ugolino, borracho de cólera, borracho como en su sueño, da un manotazo a la pila de libros que hay sobre la mesa del arzobispo Ruggiero, a guisa de despedida. Pero, sin embargo, algo retiene su mirada y le impide marcharse: una ilustración visible en uno de los libros que se ha abierto al caer al suelo. Era, en verdad, un dibujo muy extraño: tenía el aspecto de un hombre y, sin embargo, no lo era. Había, en efecto, en él una incongruencia que le mantenía allí inmóvil y que, sin embargo, no alcanzaba a precisar. No haciendo caso alguno del arzobispo ligeramente atónito y divertido ante aquella interrupción del teatro de la cólera, il conte se agachó y tomó en sus manos el libro que contenía aquel dibujo, pudo comprobar entonces que la ilustración representaba a un hombre desnudo, pero cubierto de extraños signos: sus intestinos, que eran visibles, componían la forma de una serpiente, y una calavera ocupaba el lugar del estómago; uno de sus brazos sostenía un corazón en llamas, mientras que el otro blandía, el frío de una espada. Pero no estaban, sin embargo, aquellos signos en el origen de su extrañeza, pese a ser, como ya se ha dicho, sobremanera extraños: lo que le dejaba perplejo era la sensación de una falta, de una falta monstruosa en aquella figura. Y entonces lo descubrió; y, al hacerlo, sintió como si le hubieran robado el alma, y se encontrara, al caer la tarde, solo en una llanura y sin otra riqueza que un inmóvil asombro de que algo o alguien le hubiera robado su espíritu: y pensó por un segundo que no era extraño que sólo fuera capaz de sentir ese miserable asombro, si no tenía alma. Y es que aquello, aquello que faltaba a la figura, era precisamente el asiento del alma: la figura carecía de cabeza: ésa era su divinidad, o, lo que es lo mismo, su monstruosidad; y se sorprendió de que hubiera tardado tanto en averiguarlo.

Y, a continuación, su mirada se detuvo en una leyenda, en latín y parte en griego, que había debajo de aquella figura, atribuyendo, al parecer, un nombre a lo que había perdido el derecho de llamarse de algún modo. La inscripción decía:

DEUS AKÉFALOS, QUI IMPERAT OBSCURAM REGIONEM

VENTRIS

Y se vio de nuevo en aquel campo solitario, al crepúsculo, caído y maltrecho, y profundamente perplejo por carecer de alma.

4. Ugolino sueña que se despierta, en su habitación, y que las paredes de ésta se van poco a poco desnudando y llenando de una humedad oscura, hasta acabar ofreciendo el aspecto de los muros de un calabozo. No se sabe si de dentro o de afuera —de ese improbable afuera— llegan chillidos de animales, cerdos tal vez. Es en ese momento cuando nota en su boca un sabor dulce y viscoso, y le asalta el recuerdo impreciso, pero tenaz hasta la asfixia, de haber ingerido una sustancia pegajosa, esponjosa parecida también a la goma; de súbito se ve levantarse lentamente e ir hacia la única ventana y mirar a través de ella: y experimenta entonces la confusa sensación de que es inmortal.

 III.

Ugolino despierta, esta vez realmente, y se halla en una celda, en una celda real, y recuerda todo, porque el perdón del sueño no dura indefinidamente: allí están sus dos hijos y sus pequeños sobrinos que chillan como animales, por causa del hambre. No es posible describir el hambre, la reducción del cuerpo al estado de boca, de una boca ávida y dolorosa. Una boca que se ha desnudado de la palabra, de la palabra insípida.

Y, como no es posible describir el hambre, se procede a describir minuciosamente la boca de Ugolino, en un rincón oscuro de la celda, y se nos relata de la forma más minuciosa sus náuseas, bostezos, etc. Igualmente de sus mandíbulas, de su garganta, etc.

En cuanto a la psicología del hambre, se desprecia, haciendo sólo a lo más mención de que su deseo, entonces, es algo distinto de su voluntad, de que es como si habitara su cuerpo un alma que ya no es la suya.

 IV.

Mientras los pequeños chillan como cerdos, su mirada encuentra avergonzada —avergonzada, simplemente, de mirar, de delatar la presencia de un ser humano en aquel lugar en que ya no es posible lo humano, la de Gaddo, su hijo de menos edad, que tiembla frente a él—, y le oye, con esa mezcla de exactitud y precisión que es propia de la agonía, decir:

«Padre, ¿por qué no me ayudas?»

Y luego de decir esto, Gaddo se recuesta en un rincón oscuro de la celda, y se os relata de la forma más crudamente informativa y menos poética posible, simplemente que ha muerto. Y, cuando Ugolino lo sabe, sabe también que le espera, horrible, el gozo.

 V.

Sin la concesión a la humanidad que supondría explicar el proceso psicológico que lleva a il conte a devorar a su hijo muerto, explicación que sería inútil, a más de falsa, dado que la decisión de hacerlo ha de cortar inevitablemente toda continuidad psicológica, vemos a Ugolino en el acto de hacerlo, devorando a Gaddo sin apenas darse cuenta de ello. No hay voluntad en el hambre, sería también por ello mentiroso ver el gesto de devorar a Gaddo desde la óptica de una voluntad cualquiera. El hambre no es humana, no se equivoca quien habla accidentalmente de un hambre «sobrehumana»: el hambre es, como decía Hesiodo, una divinidad hija de la noche.

 VI.

Ugolino, que ha actuado hasta entonces «fuera de sí», es decir más allá del alcance de toda psicología, despierta de su trance dudando entre la saciedad y el vómito: pero hay algo peor, algo entre sus manos que escapa incluso al argumento del hambre, que rehúye toda lógica incluso la menos humana y la más desesperada: porque, en efecto, tiene entre sus manos bañadas, obviamente en sangre, la cabeza de su hijo menor y, al volverse, contempla a su otro hijo que le mira, no hace falta decirlo, con interrogación y horror: más aún cuando ve que su padre le sonríe, inexplicablemente, como sonríe agresivamente el loco cuando se han cortado todos los puentes que nos podrían unir a él. Y, sin embargo, cuando Ugolino procede a raspar cuidadosamente el cráneo y cuando luego lo abre y le extrae el cerebro, sabe que aquello no carece de lógica, sólo por obedecer a la lógica de un sueño; y, si continúa sonriendo, es porque hay también placer en la pesadilla, y el placer más extremo, del que el hombre sólo está protegido por el Terror.

Descripción de aquella bola pegajosa. Descripción breve de la sensación que produce en su boca aquella sustancia elástica.

Al acabar de devorarla siente la necesidad del vómito, pero no puede —o quizás no quiere— vomitar. Sin embargo, está por hacerlo cuando siente una ligera ebriedad que va creciendo más y más hasta transformarse en una salvaje borrachera.

Al cabo de infinitos años, algunos niños juegan en un campo solitario, al atardecer, aprovechando que ése es el primer día en que no llueve: ha llovido, en efecto, sin cesar durante muchos días, y la lluvia interminable ha removido la tierra, abriendo el camino a sus secretos repugnantes. Juegan con el lodo que no ha tenido tiempo de secarse y, cuando están sumergidos en esa labor, sus manos tropiezan con un objeto sólido que emerge apenas de entre el barro y que resulta ser una tosca caja de madera, cerrada con fuertes y mohosos candados. Pero lo que les hace salir corriendo en busca de la ayuda de sensibilidades más cicatrizadas es la sensación, que luego, a la vista del contenido real de la caja, se demuestra absurda, de que dentro algo respira. Y, sin embargo, sus mayores habrán de comprobar que no hay en apariencia nada extraño, al menos insoportablemente extraño, en dicho contenido: sólo el cadáver incorrupto de un hombre, que suponen enterrado hace sólo escaso tiempo, pese a que la caja presenta las señales del paso de muchos años, de demasiados años. Nada pues, de una extrañeza excesivamente intolerable: excepto aquellos cerrojos, aquellos cerrojos que hacen suponer que ese hombre fue enterrado vivo, y que alguien se aseguró muy bien de que no pudiera escapar de aquella muerte horrenda que, sin embargo, no ha logrado cerrar sus ojos, ni, tal vez… su boca.

miércoles, 4 de marzo de 2026

Serafín Álvarez Quintero & Joaquín Álvarez Quintero Obras completas. Tomo VI Obras completas Hnos. Álvarez Quintero - 6

 


Los hermanos Serafín y Joaquín Álvarez Quintero son autores andaluces que cosecharon un gran éxito hace aproximadamente un siglo. Su producción es básicamente de comedias y se divide en las ambientadas en su Andalucía natal, tamizada por los recuerdos de su infancia y presentando siempre una visión luminosa y alegre, y las ambientadas en Madrid, más amargas. En cualquier caso, la mayoría son divertidas y siempre muy bien escritas.

Este volumen comprende las estrenadas desde el 28 de mayo de 1935 hasta el 10 de diciembre de 1948 inclusive.

TOMO VI

Este volumen comprende las estrenadas desde el 28 de mayo de 1935 hasta el 10 de diciembre de 1948 inclusive, cuyos títulos, por orden cronológico, son los siguientes:

Los restos.Burlona
Seguidillas de baile.Olvidadiza.
La comiquilla.Azares del amor.
El álbum de la bisabuela.Nidos sin pájaros.
La inglesa sevillana.Manantiales.
La venta de los gatos.En mitad de la calle o La prisa de las mujeres.
Los papaítos.Ventolera.
La Giralda.El poetilla.
El maleficio.Filosofía alcohólica.
Fifín II.El amor en un hilo.
Siete veces.Manolita Quintero.
La risa va por barrios.Pregón de flores.
Tuyo y mío.El género chico.
¿A qué venía yo?Un día es un día.
Mañana de sombras.Entre sueños.
La divina inventora.Los burladores.

lunes, 2 de marzo de 2026

Ramón Gómez de la Serna La viuda blanca y negra Fragmento

 



Gómez de la Serna es el escritor español que mejor representó la vanguardia artística y literaria de su época. En esta obra Madrid y París se reparten escenario de la acción, tiene mucho de detectivesca y lo erótico está en un elevado nivel literario y artístico, a la altura de Virginia Woolf o James Joyce.


I
EN LA MISA DE ANIVERSARIO

Era una de esas misas de aniversario a las que no hay más remedio que ir. La iglesia no tenía ese luto que debía corresponder a una misa fúnebre, por más que el que se celebre sea un décimo aniversario, de esos decimos aniversarios que de pronto llenan las cuartas planas de muertos que parecen recientes.

Nadie en el público se había dado cuenta de que se trataba de una misa por el sufragio de nadie. Todos asistían a una misa como la da todos los días, y se veía que eran abonados a esa misa y a esa hora todos los que estaban en la iglesia.

Rodrigo, poco acostumbrado a entrar en las iglesias, disfrutaba de todos los detalles de la iglesia como cosa insólita llena de emociones y sabores infantiles. Primero, durante largo rato, se había quedado ciego, pero ciego con los ojos completamente abiertos, ciego con una sombra de sangre en los ojos, ciego como si los velos de la iglesia le hubieran cubierto los ojos.

Después vio el primer rayo de sol, como un roto en su oscuridad, y fue buscando a los parientes, con los que iba a cumplir. La tía Genoveva, enorme, opulenta, con su sombrero de alto copete, se destacaba la primera junto al altar mayor. Ésa no faltaba ningún año. Después vio a los demás de la familia del ilustre muerto, del querido tío de Rodrigo, al que Rodrigo apenas debía nada sino unas sonrisas y unas bromas que no había olvidado. Casi nadie de los que le debían algo estaba por allí. ¡Es que era el décimo aniversario y ya era como si no hubiese existido nunca el pobre difunto!

La misa estaba comenzada porque, eso sí, Rodrigo no podía llegar nunca a tiempo. Aquella sensación de que todo le volvía las espaldas le dejó en una especie de soledad en compañía, extraña, aguda, como si estuviese presente y muerto, como sombra espiritual de sí mismo. Hasta esa misma presencia de los vivos en las iglesias tiene una emoción de muerte.

Los dorados de las tallas y los cornisamentos le intentaban halagar y se le hacían presentes como nada. Los veía brillar, exaltarse en la luz, ser como los caireles de la iglesia, como la base de su gran lujo. Eran como espaldillas de torero colgadas aquí y acullá.

Otra vez volvía con extrañeza a aquellas mujeres vueltas, curvadas, con mórbida postura sobre los reclinatorios, en postura que tenía también una cosa de sumisión de mujer, de espera lúbrica.

Le excitaba el espectáculo de la iglesia. Hacía más atrevido su pensamiento que el de la calle. Recordaba todas las entradas en la iglesia como una sobreexcitación aguda. Sus horas de colegial salían más claras que de ningún sitio, de la iglesia. Recordaba también como un desmayo en el que le hundían las cosas, su estancia en las iglesias de la provincia lejana cuando iba a confesar y los curas tardaban ímprobamente en despachar la larga hilera de pecadores.

En aquella sombra había derretidas tantas presencias que habían dejado su anhelo, su escalofrío de gusto al pensar en el cielo, que los niños encontraban la primera honda promiscuidad en la sombra de la iglesia. Las mujeres parecían haberse desvelado en la sombra de aquella gran nave, en que sufrimos el contacto más serio de la vida, en que tomamos parte en las fiestas de los mayores, en el salón de la iglesia.

Rodrigo quería precisar en las sombras aquellas siluetas que parecían engurruñadas sobre sí mismas. En las alturas subían hacia lo alto, como espirales o enredaderas, las orlas talladas. Había música de órgano en los pliegues de lodo y en la ornamentación había notas de trompetería.

Casi todas las mujeres que entraban tenían ya su orientación en la iglesia, buscaban su capilla como si ese fuese su gabinete privado y las más buscaban aquella especie de «gabinete ortopédico» de la capilla de los exvotos. Se sospechaba que aquella pierna colgada respondía de la de tal Señora y aquellos senos eran de otra, y hasta aquel niño ya tan amarillo y abortado representaba la niñez de la otra.

Las sillas de pueblo de la iglesia, las sillas bajitas con asiento de paja y traje de luto que están siempre arrima das al balcón en las casas de pueblo, daban una campechanería especial a la iglesia.

Rodrigo buscaba entre todas aquellas mujeres, su mujer. La mujer que el hombre escoge en todos lados. No la encontraba, porque sus primas, aunque eran guapas, tenían para él esa especie de carne de bacalao sin sal que es la carne de todas las mujeres de la familia.

Junio a un oscuro confesonario había una penitente arrodillada, metida en el rincón de la confidencia. Parecía hablar por la reja, por la celosía con su novio, era como el pelar la pava del fraile enclaustrado y la mujer que le ruega que abandone su clausura.

Tenía aquella mujer disimulada en el rincón confidencial de la confesión, una gracia de formas encantadora. Parecía al mirarla estarla sorprendiendo en una postura de confianza, en la postura más de la intimidad, pues se veía que era la mujer orgullosa, altiva, elegante, que no sabe arrodillarse, que se arrodilla con ingenuidad, en la postura desarreglada, provisional, imprevista de la mujer que nunca pidió perdón y a la que el que puede humillarla la ha hecho que pida perdón.

Rodrigo esperaba el fin de aquella confesión y miraba la sombra de los demás confesionarios, sombra llena de pecados estancados, con telarañas negras en los rincones en los que trabajaba la araña del pecado y como llenos también de pulgas negras que, simbolizando los pequeños pecados, son las pulgas que guardan las mujeres en el nido de sus ligas o en la estrechez del corsé.

Hombres, ya no se confesaban casi nunca, ninguno. Por eso los pecados abyectos de los hombres, gordos como sapos cuando eran mortales, y cuando eran veniales sucios como chinches llenos de sangre, no se mezclaban a los de las mujeres.

Varias veces, el cura silencioso que accionaba en el al lar mayor, se había vuelto hacia él y le había mirado y le había reconocido como se reconoce al escéptico, pero lo había bendecido de todas maneras, porque no había tenido más remedio que hacer el gesto al volverse.

Las misas de las oirás capillas transversales a la gran misa central parecía que la hacían de menos y perturbaban la única atención que había que sostener. Curas más rústicos y humildes, sacerdotes que se aproximaban más al pastor arquetipo decían esas misas como secundarias, con la vela indecisa, con una especie de cabito de vela. La casulla dorada era la que daba luz suficiente a las pequeñas capillas.

Confesión larga era la de aquella mujer misteriosa e interesante, que muy vestida de viuda parecía contar la agonía de su esposo y lo que ella lo quería, al memorialista de la confesión, encerrado en su garigola. ¿Quizás contaba aún los pecados de su pasado, pecados confesados con retraso, pecados cometidos aún con el muerto?

Caía como una larga cola sobre su «pompa postrera» la pena del sombrero, cubriéndola un poco las piernas, vestidas con medias caladas, detrás de las que relucía la carne de la penitente, blanca como la hostia iluminada.

¡Cómo brillaba aquella mano conque se asía a la repisa de la ventanilla! ¡Cómo debían de sufrir todas las tiranteces de sus articulaciones acostumbradas a la enervación de la mujer cómoda, en aquella postura incómoda que iba resultando tan larga!

De vez en cuando, Rodrigo la veía moverse, asentar el pie como para ir a levantarse y, sin embargo, continuaba otro largo rato. De vez en cuando se oía el rezongueo de la confesión, la confesión a la que nunca habrá oído indiscreto que se acerque. Ni las mujeres, que son tan curiosas, aplicaron el oído nunca a las confesiones que pudieron oír, aunque las tocase estar arrodilladas en la fila de los que esperaban, teniendo a veces que hacer un gran esfuerzo para no oír a la mujer nerviosa, que sin darse cuenta levanta la voz demasiado.

Por fin, como quien se recoge y levanta la cola para andar, la viuda recogió su larga «pena», y buscando la mano del cura —con el tacto de la de los peluqueros cuando apuran la barba— dio un beso en ella.

Rodrigo se quedó emocionado cuando aquella mujer levantó sus ojos y se volvió a orientar por entre las cosas perecederas, buscando el camino entre las sillas, en cuyos bordes se suele tropezar constantemente en las iglesias, destrozándose todas las espinillas el que tropieza. La viuda tan blanca y tan negra que le tenía deslumbrado, buscó su silla y tomó un devocionario y una sombrilla que había dejado en ella durante la confesión y se sentó.

Primero se puso a recapacitar y se abstuvo de mirar a ningún lado, pero en seguida cometió el primer pecado de distracción. Ella, indudablemente, había visto la mirada de Rodrigo y su presencia al lado del confesionario. Había sentido tal vez los azotitos en el transportín que le habían dado cariñosamente las miradas de aquel hombre, y lo buscaba hacia donde estaba, encontrándole enseguida y atreviéndose a mirarle fijamente.

Rodrigo recogió aquella mirada con encanto, satisfecho de obtener la mirada depuradísima de la que se acababa de confesar. La viuda parecía haber recobrado toda su virginidad después de la confesión.

La iglesia, con la misma luz de al principio, parecía haberse llenado de luz y se sopaba en la luz y se probaban los bizcochos borrachos de las largas franjas de luz espolvoreada, densa como un azucarillo de luz.

Todo se veía como después de una revelación y se encontraba en los rincones esa alegría de la habitación espaciosa y esterada con estera de pleita. Las puertas sonaban como puertas de armarios roperos. Había siempre algún arrastre de pies que parecía el de todo un colegio que entraba, resultando después que era el solo paso de una beata.

Rodrigo, un poco mareado con ese espectáculo a que estaba tan poco acostumbrado, veía subir, como en un concurso de altura, los cálices de los distintos altares y la Sagrada Forma, que parecía volar al cielo después de cada ofrecimiento, como si fuese una especie de cometa blanca y nacarada.

La viuda de vez en cuando se movía lanzando hacía sus atrases coleos de su gran pena, bufándola como quien bufa el pelo de su crespa cabellera suelta. Sus piernas, con las medias caladas de más fina filigrana, lucían como las candilejas de su figura y leía en su libro de misa las palabras amorosas que en miradas disimuladas iban a buscar a Rodrigo.

Por fin la segunda misa de duelo acabó, bajando los escaños el cura como macero que después de su misión se va a vestir de paisano y se va a fumar el cigarrillo de después del desayuno, cogiéndole con la fina aprehensión muy de ritual del dedo índice y el pulgar, con aplastamiento de pinzas.

Hubo un momento de tregua en que los parientes se miraron unos a oíros, y las mujeres se sentaron con asiento pleno en las sillas cómodas para la lectura; las sillas bajas que las hacían a todas un poco jorobadas.

La viuda se había puesto de pie, gallarda, más alta que antes, porque había hecho el desperezo, la distensión de la que va a salir a la calle y despliega toda su figura. Su falda, de un corte especial, con dos haldas, la hacía caer de las caderas dos alas ceñidas.

Rodrigo, al verla ir a salir, retrocedió hacia la puerta y se preparó a darla agua bendita. Era un acto antiguo y de la cortesía del pasado aquel de dar agua bendita a una mujer, pero Rodrigo lo iba a usar porque le parecía un acto admirable para encadenar los destinos, para empalmarse con la mujer desconocida.

Estaba radiante y maravillado ante su ocurrencia. Iba a practicar la gran indiscreción permitida, iba a darla un beso húmedo en los dedos, iba a infiltrarla su influencia, su deseo, sus esperanzas.

En efecto, ella avanzó hacia la pila y Rodrigo entonces con un gesto muy acoplado al momento, la ofreció un sorbito de agua, un poco de esa salivilla bendita que se pega a la punta de los dedos y ella lo tomó sin titubear, porque parece una cosa escrita y prescrita en el decálogo:

«Que la que recibe el ofrecimiento de agua bendita, lo debe aceptar hasta de su enemigo».

Rodrigo, aprovechándose de esa vuelta entera que dan las mujeres al persignarse frente al altar mayor, cuando esa misma persignación es hasta en los curas media vuelta soslayada, salió detrás de la viuda, y ya fuera de la iglesia para que por cualquier escrúpulo religioso no le rechazase, la dijo:

—Es usted la blancura ideal y no quisiera si no poderla volver a ver… No podría yo vivir sin ver de cerca esa blancura incomparable…

El sintió que caían sobre los ojos de ella los segundos párpados del desvanecimiento por influencia de la floroída y entonces insistió:

—La blancura de usted pone en el día como una de esas lunas de la mañana, que se atreven con el sol…

Ella se volvió al oír aquello y sonrió. Todo su descole en forma de sonrisa, sonrió también.

Entonces él se puso a su lado y toda la calle que los mi_ raba, vio cómo escalaba el ascenso de ir al lado de ella, a su vera misma, el que a la vista de todos había comenzado con timidez de colegial, guardando las distancias.

sábado, 14 de febrero de 2026

JOAQUIN MARCO ANTOLOGIA DE LA POESIA ROMANTICA ESPAÑOLA SALVAT EDITORES, S.A.

 


INTRODUCCION

Prerromanticismo, romanticismo y escuela romántica. El Romanticismo es, indudablemente, el movimiento de mayor trascendencia en la estética contemporánea, puesto que a él se debe la formulación de las premisas que regirán el mundo contemporáneo hasta bien entrado el siglo XX. La prolongación del Romanticismo en el seno mismo del llamado realismo y en los movimientos de vanguardia europeos habrá de tenerse en cuenta a la hora de valorar los resultados de aquella amplia zona que viene a cubrir la revolución individualista. «Libertad en literatura, como en las artes, como en la industria, como en el comercio, como en la conciencia. 

He aquí la divisa de la época, he aquí la nuestra, he aquí la medida con que mediremos; en nuestros juicios críticos preguntaremos a un libro: ¿Nos enseñas algo? ¿No eres la expresión del progreso humano? ¿Nos eres útil? Pues eres bueno. No reconocemos magisterio literario en ningún país, menos en ningún hombre, menos en ninguna época, porque el gusto es relativo; no reconocemos una escuela exclusivamente buena, porque no hay ninguna absolutamente mala...» \ Aunque en el artículo de donde procede este i. Mariano José de Larra, Literatura. Rápida ojeada sobre la historia: índole de la nuestra. Su estado actual. Su porvenir.

Profesión de fe, «El Español», 18 de enero de 1836. Texto: Larra procura mostrarse ecléctico; las bases de su pensamiento romántico coinciden con el movimiento ideológico que trae consigo el liberalismo, la nueva concepción de los nacionalismos y la actitud ante el progreso, fórmulas todas ellas fruto y a la vez expresión de una mentalidad «burguesa». Como bien apun taba Guillermo Díaz-Plaja en su Introducción al estudio del Romanticismo español, «o el Romanticismo es una constante de la historia de la cultura, y en este caso debemos buscar su influencia, visible o subterránea, a lo largo de todos los siglos, o bien es un fenómeno es pecífico de determinado período; entonces deberemos advertir en él una larga época de preparación que, sin exagerar, podemos señalar por todo el siglo XVIII, una época de florecimiento que es mucho más breve de lo que se cree en general, y un período de liquidación que se inicia a mediados del siglo XIX y que dura — con el fio de siglo— hasta 1914»2. La estética romántica y sus destellos pueden detec tarse en España, pues, mucho antes que el movimiento vea la luz. Cuanto más cerca de los inicios del siglo xix, más perceptibles son los rasgos de la nueva sensibilidad. Algunos críticos han intentado probar la existencia de un movimiento prerromántico comparable al prerrena- cimiento o al preclasicismo. Paul Van Thiegem consi dera que el prerromanticismo se caracterizaría por ser «el conjunto de estados de espíritu o de sensibilidad, tendencias, sentimientos, ideas, formas, obras que du rante el fin del período clásico ofrecen rasgos que anun cian el Romanticismo del siglo XIX» 

3. Considera el propio Van Thiegem que denominar «romanticismo» a estos rasgos que se dan en las literaturas del siglo XVIII 2. «Col. Austral», Espasa-Calpe, 2.a ed., Buenos Aires, 1954, P- 32 3. Paul Van Thiegem, Le romantisme dans la littérature euro- péenne, Albín Michel, París, 1969, p. 29. Puede resultar confuso. Con todo, el término «prerromanticismo» induce también al equívoco, al considerar una serie de rasgos aislados y significativos como un movimiento. 

En España hallaríamos rasgos prerrománticos en escritores tan alejados del Romanticismo de escuela como Feijoo, Cadalso, Moratín, Meléndez Valdés o Jovellanos. El primer problema que nos hemos planteado al iniciar esta colección de poemas que vendrían a representar el movimiento romántico español, es el de sus propios límites. Aunque Cadalso (1741-1782) resulta un poeta popular durante el pleno Romanticismo, y no únicamente por sus famosas Noches lúgubres, sino también por su poesía funeraria dedicada a Filis, ¿puede ser considerado como un poeta romántico? La escuela salmantina, capitaneada por Meléndez Valdés, el García Lorca de la época, ofrece algunos poemas de especial interés para mostrar la evolución posterior de la poesía española, pero hemos querido limitarnos sólo a recoger muestras de Meléndez, de Cienfuegos, de José Joaquín de Mora, de Juan Nicasio Gallego, del duque de Frías y de Bartolomé José Gallardo, por creer que nuestra atención debía extenderse más hacia los poetas conscientemente románticos, los románticos de escuela. Arriaza, Arjona o el mismo Quintana, por no señalar a Jovellanos o a Moratín, o a tantos otros poetas que poseen algunos rasgos definidamente románticos, han sido eliminados. Creemos que los textos aportados darán suficiente luz para comprender la evolución de temas y recursos. 

La variedad de enfoques y las características individuales de los poetas que conviven o participan en el Romanticismo muestran la riqueza de un momento de la evolución poética española mal conocido y revelan las posteriores líneas de incidencia. Cuatro poetas postrománticos cierran la antología: A. Ferran, Bécquer, Querol y Rosalía de Castro. En los cuatro casos se demuestra palpablemente que dicho postromanticismo es, en España, muy superior al romanticismo de escuela. Aquí hay que destacar también que hemos seleccionado los poetas de un más amplio movimiento. No cabe duda de que Campoamor, que se inicia como poeta romántico y que lo sigue siendo, pese a su humor cáustico y a su escepticismo vital, mucho después de que el Romanticismo, en cuanto a movimiento, pasara de moda, hubiera debido incluirse. El ejemplo de Campoamor vale también para otros poetas que alcanzarán su madurez en la segunda mitad del siglo XIX y que han sido estudiados ya por José M.a de Cossío

 4. Generalmente, se tiende a encajar la explosión del Romanticismo entre 1834 y 1844; es decir, entre los estrenos teatrales de La conjuración de Venecia y de Don Juan Tenorio, respectivamente. Sus autores, Martínez de la Rosa y José Zorrilla, se encuentran representados también en nuestra antología poética. En la breve floracion de escuela, la crítica acostum bra a identificar tres generaciones: la de los nacidos entre 1785 y 1799, con Martínez de la Rosa y el Duque de Rivas a la cabeza- la de los nacidos entre 1800 y 1815 : Juan Arólas, Espronceda, Manuel de Cabanyes, Larra, Nicomedes Pastor Díaz, Gestrudis Gómez de Avellaneda y Enrique Gil y Carrasco, entre otros (la generación romántica por excelencia), y la de los na cidos entre 1816 y 1825 : José Zorrilla, García Tassara, Piferrer, Carolina Coronado, E. Florentino Sanz, etc. Junto a estos poetas, algunos de ellos destacados también en otras actividades literarias, cabe señalar la presencia de críticos y novelistas, de románticos de primera línea, como Ramón López Soler, de autores hoy todavía mal conocidos y enjuiciados, como Patricio de la Esco 4. 

 Cincuenta años de poesía española (1850-1900), Madrid, 1960, 2 vols. Sura, el autor de la novela El patriarca del valle (1846), que brilla en el mediocre conjunto, o de personajes complejos, como Wenceslao Ayguals de Izco, uno de los divulgadores de la novela de folletín, ejemplo de novelista popular y propagandista social. El Romanticismo sería inexplicable en España sin los textos de Alcalá Galiano, sin «El Europeo» y sin el nacimiento y consolidación de una nueva figura literaria, la del periodista, que modelará la opinión nacional. La situación política española, siempre al borde o dentro de la guerra civil, constituirá un freno al normal desarrollo literario. No cabe duda de que las emigraciones favorecieron el Romanticismo en España al poner personalmente en contacto a los emigrados —afrancesados o liberales— con las nuevas ideas; pero, si bien los románticos españoles vivieron de forma tanto o más romántica que sus contemporáneos europeos, su poesía no estuvo generalmente a la altura. Más tardía y más a ras del suelo, no supo o pudo elevarse por encima de la sociedad de su época. Temas y problemas de la poesía romántica española. Escribía Espronceda en «El Siglo» (24 de enero de 1834): «¡Ya están aquí!, exclamarán: Ya están aquí esos románticos con su moderna escuela... Oigámoslos desatinar. 

Si en vez de un par de columnas que tene mos a nuestra disposición para esta materia pudiera llenar nuestra pluma pág.nas y páginas, trataríamos esta cuestión con el espacio y claridad que su interés exige: probaríamos que la moderna escuela es la suya, la nacida en el siglo XVIII, la que prescribe la imita ción de los antiguos que no imitaron a nadie; la clási ca, en fin, pues clásica hay que llamarla para podernos entender; deduciríamos de esto que la que nosotros profesamos es la antigua, la única, la naturaleza, sí, pero no con el manto, el casco y el politeísmo, sino con la modificación; más diremos, con la total muta ción que la han hecho sufrir los nuevos usos, costum bres, ideas, sensaciones; en fin, el triunfo y estableci miento del Cristianismo; haríamos ver que, lejos de despreciar los modelos de la antigüedad, como se nos supone, en ellos fundamos nuestra doctrina...» He aquí nuevamente, en síntesis, la famosa querella entre los poetas antiguos y modernos que constituirá el eje del debate de la nueva escuela. 

Mientras los clásicos recomiendan la imitación de los modelos grecolatinos, los románticos se sirven de ellos; pero consideran, en la teoría, que su modelo máximo es la naturaleza. Poetas ossiánicos fueron denominados también en sus orígenes, precisamente por su frecuentación medieval, al valorar aquella Edad Media que, en los versos del bardo y en los héroes de Walter Scott, se torna idílica, cristiana y generosa. En el fondo, en unos y otros clama siempre la libertad individual. Sea liberal o conservador, el romántico es partidario de una libertad abstracta. El lector hallará a lo largo de los versos seleccionados dos de los principales temas que despiertan el mundo romántico. Algunos de ellos son temas eternos, como el de la muerte, pero en el Romanticismo adquirirán un característico relieve. El Romanticismo español será menos intelectual que el del resto de Europa, menos profundo, menos elaborado y, por consiguiente, menos perfecto. 

La contemplación del paisaje a la luz de una nueva sensibilidad, el sentimentalismo, desbordado en ocasiones, y la observación serán indudables aportaciones. Los románticos empiezan a ver a su alrededor, puesto que se interesan, precisamente, por lo natural. Su sensibilidad deforma en ocasiones la realidad, pero conforma otra en la que cabe lo imaginario. Lamentablemente, la imaginación de nuestros románticos se desbordó sólo ?n contadas ocasiones, y en sus poemas vemos algunos resplandores o destellos, pero no hallamos ni un Hólderlin ni un Blake. En cambio, el interés por las canciones populares, de las que damos en esta antología buenas muestras, no ha sido valorado suficientemente. Desde Bartolomé José Gallardo a Piferrer, desde Rodríguez Rubí a Augusto Ferrán, la canción popular se torna culta. El «neopopularismo» que caracterizará la primera fase de la generación de poetas de los años veinte (la mal llamada generación del 27) debe verse no solo en sus precedentes inmediatos (A. Machado y Juan Ramón Jiménez), sino también en los poetas románticos que precedieron a las primeras recopilaciones de folkloristas como Antonio Macha do y Alvarez (el padre poeta), y los cantos populares españoles de F. Rodríguez Marín. Las innovaciones métricas en los versos y la polimetría que caracteriza el movimiento romántico responden a su pregonada libertad.

Se rompe con el neoclasicismo, pero se respetan reglas, y, en su conjunto, los poetas románticos preparan el modernismo. El romance adquiere nuevamente su antigua preponderancia, pero reaparecen también el villancico, la seguidilla e incluso el cósante (Pablo Pi Ferrer). Se usan combinaciones métricas con deseos innovadores y, aunque los poetas componen bajo la inspiración temática de un asunto que desarrollan, los líricos alcanzan imágenes aisladas de gran belleza. Debemos apuntar aquí el tema, desgraciadamente autobiográfico, del exilio en la poesía romántica. Desde diversos países europeos, pero también desde América, el poeta romántico revive las escenas vividas en una España ideal, con la esperanza puesta en el retorno. 

El lector hallará, desde las primeras muestras, ejemplos dramáticos de unos españoles que viven la patria fuera de España. Desconocimiento de la poesía romántica: Pese a que en su conjunto la poesía romántica alcanzó gran popularidad, caló en la mentalidad de la época y se transmitieron muchos elementos hasta prácticamente nuestros días, la evolución de dicha poesía entre nosotros no ha sido suficientemente estudiada. Faltan buenos análisis parciales que den luz a las todavía numerosas sombras que esconden los nombres populares de los poetas románticos. Cuatro notables anto logías, sin embargo, han precedido a la nuestra: la ya muy rara de G. Boussagnol, Anthologie des poetes romantiques espagnols (París, 1938); la excelente de Félix Ros, Neoclásicos y románticos (Madrid, 1940); la de Manuel Altolaguirre, Antología de la poesía ro mántica española (Buenos Aires, 1954), muy divulgada, realizada con exquisita sensibilidad, y la de José Manuel Blecua, Antología de la poesía romántica española (Za ragoza, 1956), en la que se aúnan buen gusto y conoci miento del tema. Nuestra personal selección, como es lógico, difiere de las anteriormente citadas. Pero también en ocasiones coincide, para nuestra satisfacción, con las de los antólogos anteriores.

 Como cualquier otra antología, esta no deja de ser una «traición». Hemos marginado a poetas y poemas que debieron figurar. Hemos pretendido, sin embargo, aliar la evolución del romanticismo con unos poemas que creemos que resultarán válidos en sí mismos, más allá de su tiempo, puesto que es precisamente el tiempo (y los románticos lo expresaron magistralmente) quien señala a sus elegidos. Retornar, de este modo, a la poesía romántica significa, en ocasiones, descubrir las raíces de nuestra propia sensibilidad.

jueves, 22 de enero de 2026

JUSTO JORGE PADRÓN LOS CÍRCULOS DEL INFIERNO

 


JUSTO JORGE PADRÓN, LOS CÍRCULOS DEL INFIERNO

 EL LLANTO

Porque no hay más que llanto,
sólo llanto en el mundo,
vértigo de dolor, pérdida, decadencia,
y llanto, muchedumbres condenadas,
vacío y llanto, rostros de impávida amargura,
desolados, perdidos sin saber,
y el estremecimiento que crece como un fondo del abismo,
llanto, llanto llenando el mundo, trenes,

bodegas, llanto, cárceles,
cementerios y llanto, ruinas, llanto,
igual que una invasión constante y ciega,
como una plaga incontenible el llanto,
siempre el llanto en la playa solitaria,
tras el silencio turbio de la tarde,
tras cristales mojados, desconchadas paredes,
en coches negros, siempre el llanto, el llanto,
monótono, terrible, inconsolable, hermético,
el llanto, letanías, hospitales,
órdenes, llanto, botas y fusiles,
llanto, miseria, llanto,
llanto por las aceras,
en las casas cerradas
llanto, entre uñas y dedos y cabellos,
mojando el pecho, trasminando el mundo,
ahogando al hombre, sólo el llanto, el llanto, “Los círculos del infierno”. 1976)


NINGÚN RUIDO,
NINGÚN SILENCIO

Y de pronto cortando vertiginoso el aire,
oscuro frío en mi cerrado cuerpo.
Un golpe atroz estalla. Con cortantes añicos
me violenta la espuma, mi mudo cuerpo insomne
sumergiéndose insomne, sumergiéndose
como un tren sin rieles y sin faros,
reducidos a burbujas en el mar de los hielos.
Ya soy este espesor que nunca se ha de abrir,
hundiéndome en lo negro inextinguible,
hundiéndome, hundiéndome.
Como la lluvia o los torrentes caen,
van cayendo los muertos desde ríos y tumbas,
desde noches y crímenes y siglos olvidados,
girantes torres de ojos, rostros rígidos
como columnas, gélido museo
de gestos, vaho turbio entre venas de piedra,
toda la eternidad encerrada en el agua,
pálidas ondas casi vidrio,

oscilante torpeza de inertes manos,
bocas abiertas, máscaras fueron
vejez y dolor y este humo inmóvil
que ya todo lo ocupa.
Huecos y sombras que laceran
desaparecen en lo oscuro, sueños
entrevistos y fríos remolinos
de un círculo de olvido y desamparo,
apariciones, súbito centellear de huesos
en lomos de corceles invisibles,
rompiéndose entre sí, disgregándose, sordas
explosiones, naufragios y cráneos que descienden
y maromas sonámbulas y pelos
extensos cortando témpanos, ocultando
inmensos bosques, fósiles, espejos de lo exangüe,
larguísimos descensos de la muerte,
atravesando corredores, angostas galerías,
sumideros, sentinas, cavernas, desplomándose
a los abismos, órbitas y racimos de manos,
cadenas macilentas de las que emergen dedos
que los relámpagos encienden,
mas ningún ruido, ningún signo,
ninguna voz, ningún silencio.
Busco el grito en mi corazón,
lo estoy buscando en  vano, Los círculos del infiernos”. 1976)

martes, 9 de diciembre de 2025

Manuel Vicent El anarquista coronado de adelfas PRÓLOGO

 


Manuel Vicent

El anarquista coronado de adelfas

Manuel Vicent nació en 1936, es licenciado en Derecho por la Universidad de Valencia y tiene estudios de Filosofía y Periodismo. Premio Alfaguara con la novela Pascua y naranjas. Ha publicado otras novelas y relatos y un estudio sobre García Lorca. Escribió en la Tercera Página en el diario Madrid, en la revista Hermano Lobo y ha hecho la crónica parlamentaria en El País, donde es colaborador actualmente.

De la obra que ahora presentamos el autor nos dice: «No sé si esto es una novela, ni siquiera si es un relato. Después de releer el original he llegado a la conclusión que esto solo es un libro de imágenes. Tengo una manera peculiar de escribir, un método compulsivo de decir las cosas: abro la manguera a toda presión y con la angustia de unos cien metros libres lleno doscientos folios en un mes. Lo que hay dentro de este mazo de papeles, en este caso, no es más que una serie de vivencias de cuarenta años de política traducida a estética. El tránsito de la dictadura a la democracia elaborada con las luces de una feria berebere. Por dentro del relato corre echando el bofe un protagonista alucinado. Vuela una esfumada figura de mujer. Lo demás se reduce a colocar el adjetivo exacto en el sitio oportuno. En el fondo este libro es un ejercicio literario, escrito con una pacífica intención diabólica de lamerse las heridas en público. Creo que es un apunte para una destrucción».

sábado, 29 de noviembre de 2025

pablo-ignacio de dalmases los novios De federico FRAGMENTO




 SOBRE EL AUTOR

Pablo-Ignacio de Dalmases es Doctor en Historia por la Universidad Autónoma de Barcelona, Máster universitario en Historia contemporánea y Licenciado en Ciencias de la Información. Ha trabajado como periodista durante cincuenta años y desempeñado diversos cargos directivos: Director de RNE y TVE en el Sáhara español, Director del diario La Realidad de El Aaiún, Jefe de los Servicios Informativos del Gobierno de Sáhara, Jefe del Gabinete de Prensa de RTVE en Cataluña y Jefe de Informativos de Radiocadena Española en Cataluña. Se ha dedicado también a la docencia como profesor titular de cátedra en la Escuela Oficial de Publicidad, consultor de la Universitat Oberta de Catalunya y técnico superior de Educación de la Diputación Provincial de Barcelona.

Es autor de una veintena larga de títulos, entre ellos dos con el sello editorial de Almuzara: Los últimos de África y Cuentos y Leyendas del Sáhara Occidental.

Pertenece a las Reales Academias Europea de Doctores y de Buenas Letras de Barcelona.


defecto sin nombre

El diccionario de la Real Academia Española define como segunda acepción del término “defecto” una “imperfección en algo o en alguien”. Es decir, que puede darse tanto en cosas materiales, como en personas humanas, si bien hay que reconocer que, en lo que respecta estas últimas, el mismo concepto de imperfección resulta mutante. En efecto, rasgos que en ciertas comunidades o en determinadas épocas pudieran ser considerados como imperfecciones, en otros contextos no lo son. Así, por poner un ejemplo, el albinismo, que en algunas culturas hace de quienes lo poseen seres punto menos que tocados por la gracia divina, en otras se conceptúan como peligrosísimos o malditos. Mucho más común y próxima es la zurdera, que durante siglos fue consideraba un defecto grave y trataba de corregirse de forma imperativa obligando a “reeducar” a quienes utilizaban la mano izquierda para que fueran capaces de adquirir la presunta “normalidad” con la diestra. Con el tiempo ha quedado fehacientemente demostrado que el albinismo no pasa de ser un rasgo genético y la zurdera una variable que comparten alrededor del diez por ciento de los seres humanos. En ninguno de los dos supuestos constituye una imperfección.

Idéntico criterio puede ser aplicado a otras diversas peculiaridades o variables de la persona humana que, en algún caso, han sido rechazadas con mucha mayor contundencia aún. Tales son la referidas a las conductas sexuales que divergen de una heterosexualidad considerada durante siglos, por no decir milenios y en una mayoría de culturas, no solo como la normativa, sino como la única aceptable, siendo así que según estudios científicamente reconocidos la homosexualidad es la tendencia predominante de aproximadamente entre un cinco y un diez por ciento de la población mundial, con independencia de las variables circunstanciales que pueden producirse en favor de un incremento o incluso posible decrecimiento de dicho porcentaje en razón de modas, contextos ambientales, presiones sociales o situaciones personales.

Más en concreto, la cultura judeo-cristiana-musulmana ha venido considerando la homosexualidad como un vicio nefando y un pecado gravísimo con consecuencias en su conceptuación jurídica como delito tipificado en numerosos códigos penales que la convierten en perseguible sin lenidad alguna, circunstancia que ha dado lugar a una cantidad infinita de dramas personales y de injusticias flagrantes cuya vigencia ha permanecido viva hasta un ayer muy próximo. Solo una evolución en el sistema de ideas y valores imperantes ha permitido, junto a otros factores, tal la eficaz movilización habida en los últimos decenios, una clara evolución en la consideración social y la regulación legal de las variantes de la conducta sexual. Aunque también es bien cierto que esto solo se ha producido en algunos países, mientras que en otros sigue siendo un baldón punible hasta con la propia vida.

La homosexualidad en España

Por lo que respecta a España, la memoria histórica, todavía muy fresca, y, si ésta fallara, la lectura de los textos literarios, nos ilustra sobre cómo era considerada la homosexualidad en nuestra sociedad y qué términos, epítetos o insultos se utilizaban para caracterizar a las personas homosexuales, entre las que siempre ha habido, y hay, de toda condición (marica/maricón, loca, sarasa, mariposón, puto, apio, violeta, cundango, joto, pájaro, flora y un largo etcétera, amén de epítetos “elegantes” como invertido, sodomita, afeminado, o expresiones tales la de “perder aceite”, ser “de la acera de enfrente”, de la “cáscara amarga” o “pertenecer al ramo del agua”) De igual modo no faltan epítetos aplicados a la homosexualidad femenina (lesbiana, sáfica, tortillera, bollera, machorra, marimacho, hombruna, tribada, tuerca…)

El caso es que a lo largo de la historia ha habido numerosos personajes sobresalientes con dicha condición y sin ir más lejos y por lo que se refiere a nuestro país y al ámbito de las glorias literarias patrias, en la nómina de escritores varones ilustres se han registrado casos notorios, ciertos o imaginados. Entre estos últimos, la atribución de dicha condición al eximio Cervantes, tesis que defendió con apasionamiento Fernando Arrabal en cierto encuentro que mantuve con él hace algún tiempo y que me pareció gratuita hasta que muchos años después constaté, no sin sorpresa, que Álvaro J. San Juan citaba al autor del Quijote en su libro Grandes maricas de la historia1.

Sin embargo, ha sido un aspecto que permanecido oculto o ha sido eludido hasta fecha muy reciente en la literatura. Cuando Juan Valera tradujo el clásico griego Dafnis y Cloe consideró oportuno actuar de censor de un texto que bien puede considerarse paradigma de la ingenuidad pastoril, como advirtió María Pilar Hualde:

“Valera confiesa sentirse autorizado para «cambiar o suprimir» lo que pudiera haber de perverso en el texto de Longo, en el que, como vemos, no se aparta mucho de las líneas de la censura de la novela griega empleadas en España, según hemos visto, desde el siglo XVI. Esta perversión se restringe, no obstante, a la homosexualidad presente en la novela en el episodio de Gnatón, que Valera consigue obviar haciendo a Cloe objeto del deseo del parásito, en lugar de Dafnis, tal como aparece en el texto griego y modificando, por tanto, parte del contenido de la novela”2.

Atinada fue la prudencia de Valera pues ser una pluma ilustre no eximía en aquel tiempo de censuras y maledicencias. Téngase en cuenta que en pleno siglo XX relevantes figuras de la literatura española hubieron de soportar comentarios malévolos, como fue el caso de Jacinto Benavente, pero también de Antonio de Hoyos y Vinent, Álvaro Retana, Vicente Aleixandre, Gustavo Durán o Luis Cernuda, y más cercanos en el tiempo, éstos ya con mayor tolerancia, Jaime Gil de Biedma, Terenci Moix, Álvaro Pombo, Rafael Chirbes, Antonio Gala, Alberto Cardín, Juan Goytisolo, Vicente Molina Foix, Cristina Peri Rossi, Eduardo Mendicutti, Eduardo Haro Ibars, Luisgé Martín, Máximo Huerta o un activo y militante Luis Antonio de Villena, al que habremos de mencionar con frecuencia en las páginas que siguen.

Tuvo que pasar casi medio siglo desde su muerte para que los exégetas, biógrafos y comentaristas de la vida y la obra literaria de Federico García Lorca se hicieran eco de este rasgo de su personalidad que la propia familia se empeñó en mantener en secreto, a nuestro modo de ver con un mal entendido sentido de la dignidad de su allegado.

Un secreto mal guardado

Hubo un pionero que se atrevió en 1944, a formular la primera alusión, siquiera fuese tangencial y tan harto discreta que podría calificarse de críptica. Nos referimos a su compañero en la Residencia de Estudiantes de Madrid el pintor José Moreno Villa quien, en sus memorias, aparecidas en Méjico en dicho año, se refiere a los problemas que hubo entre García Lorca y los demás huéspedes de aquel centro por culpa de cierto “defecto”. “Él —dice— venía por temporadas, de un modo irregular. A veces se quedaba un año entero. No todos los estudiantes le querían. Algunos olfateaban su defecto y se alejaban de él. No obstante, cuando abría el piano y se ponía a cantar, todos perdían su fortaleza”3.

¿A qué defecto se refería Moreno Villa? ¿Era zurdo, bizco o zambo Federico? ¿Padecía algún tic? Bien, su amigo de la infancia, Pepe García Carillo, le comentó al investigador Penón en su encuentro de 9 de noviembre de 1955 que “cuando se enfadaban (García Carrillo y Federico) Pepe imitaba la cojera de Federico y el poeta siempre terminaba riéndose”4. Algún problema debió padecer, sin duda, en sus órganos motores, pese a que su hermano Francisco tuviera especial empeño en desmentirlo o minusvalorarlo:“Se ha hablado mucho, y con notoria exageración, de torpeza física en sus movimientos. Algunos bocetos biográficos, y no sé de dónde lo sacan, lo han querido representar como ligeramente cojo. Lo cierto es que ya de mayor tenía unos movimientos muy personales, que como mejor podían describirse es con las mismas palabras del poeta: «—¡Oh, mis torpes andares!». Pero ni siquiera esa torpeza del Federico hombre se acusaba en sus años más tempranos; se manifestaba en él más bien como una inhibición en los juegos que pedían mayor destreza física… Fue una sorpresa para toda la familia cuando, al entrar en edad militar, una medición médica (interesada, digámoslo discretamente, en encontrar defectos físicos) advirtió una diferencia milimétrica y apenas perceptible entre ambas piernas”5.

Sea como fuere, nadie le dio mayor importancia y desde luego una leve cojera no hubiera sido la causa de que nadie expresara alguna reserva con respecto a Federico. Parece evidente que Moreno Villa se refería a otro rasgo diferente, en aquellas calendas mucho más grave y, si se nos apura, infamante. Todo hace pensar que “tomó la decisión de no ocultar en su libro la homosexualidad de Lorca. Decisión difícil, cabe suponer, dado el carácter entonces tabú del asunto y el peligro de ser acusado de traidor, mentiroso o violador de intimidades”6. Por lo que según su biógrafo Ian Gibson, “lo más probable es que Moreno Villa utilizara el término «defecto» al referirse a la homosexualidad de Lorca”7.

Que la homosexualidad tratara de mantenerse reservadamente en la España de la primera mitad del siglo XX resulta a todas luces comprensible. Pero no que hubiera seguido siendo ocultada con pertinacia en las siguientes décadas. Según Villena

“la vida sentimental de Federico García Lorca (1898-1936) se ha escrito tarde, quizá no completa y entre muchísimos pudores que venían de un tiempo gazmoño en España— y del hecho de que dos hermanos de Federico, Paco e Isabel, fueran mucho tiempo totalmente refractarios a que se hablara nada sobre la homosexualidad de su hermano. Incluso quisieron negarla, hasta que resultó del todo imposible. Además, quienes habían conocido muy bien esa historia (íntimos de Federico) tampoco la hablaron en público. Nos la contaron sólo a algunos amigos, y eso hizo que su testimonio directo se escapara a los biógrafos”8.

El historiador hispano-irlandés Ian Gibson es todavía más terminante en su denuncia: “hasta mediados de los años ochenta ningún crítico o lorquista español estaba dispuesto a decir públicamente que Lorca era gay y que incumbía tener en cuenta tal circunstancia a la hora de analizar su vida, su obra y su muerte. La razón principal, inconfesable: si lo hacían se les cerraba probablemente el acceso al archivo del poeta. Hay numerosos testimonios acerca de la imposibilidad de suscitar con Francisco e Isabel García Lorca la cuestión de la homosexualidad de su hermano. El tema era tabú”9. Gibson tuvo que vencer pétreas resistencias para poder investigar esta cuestión.

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Fragmentos. Novela. Inédita. LA OPERETA DEL CIEGO O LOS 9 CÍRCULOS DE EROS. [¿Puede aparecer el placer como la luz que descubre heridas antiguas?..].

  ¿Puede aparecer el placer como la luz que descubre heridas antiguas?... El deseo es ausencia, es melancolía, se convierte en recuerdo. Una...

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