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jueves, 22 de enero de 2026

JUSTO JORGE PADRÓN LOS CÍRCULOS DEL INFIERNO

 


JUSTO JORGE PADRÓN, LOS CÍRCULOS DEL INFIERNO

 EL LLANTO

Porque no hay más que llanto,
sólo llanto en el mundo,
vértigo de dolor, pérdida, decadencia,
y llanto, muchedumbres condenadas,
vacío y llanto, rostros de impávida amargura,
desolados, perdidos sin saber,
y el estremecimiento que crece como un fondo del abismo,
llanto, llanto llenando el mundo, trenes,

bodegas, llanto, cárceles,
cementerios y llanto, ruinas, llanto,
igual que una invasión constante y ciega,
como una plaga incontenible el llanto,
siempre el llanto en la playa solitaria,
tras el silencio turbio de la tarde,
tras cristales mojados, desconchadas paredes,
en coches negros, siempre el llanto, el llanto,
monótono, terrible, inconsolable, hermético,
el llanto, letanías, hospitales,
órdenes, llanto, botas y fusiles,
llanto, miseria, llanto,
llanto por las aceras,
en las casas cerradas
llanto, entre uñas y dedos y cabellos,
mojando el pecho, trasminando el mundo,
ahogando al hombre, sólo el llanto, el llanto, “Los círculos del infierno”. 1976)


NINGÚN RUIDO,
NINGÚN SILENCIO

Y de pronto cortando vertiginoso el aire,
oscuro frío en mi cerrado cuerpo.
Un golpe atroz estalla. Con cortantes añicos
me violenta la espuma, mi mudo cuerpo insomne
sumergiéndose insomne, sumergiéndose
como un tren sin rieles y sin faros,
reducidos a burbujas en el mar de los hielos.
Ya soy este espesor que nunca se ha de abrir,
hundiéndome en lo negro inextinguible,
hundiéndome, hundiéndome.
Como la lluvia o los torrentes caen,
van cayendo los muertos desde ríos y tumbas,
desde noches y crímenes y siglos olvidados,
girantes torres de ojos, rostros rígidos
como columnas, gélido museo
de gestos, vaho turbio entre venas de piedra,
toda la eternidad encerrada en el agua,
pálidas ondas casi vidrio,

oscilante torpeza de inertes manos,
bocas abiertas, máscaras fueron
vejez y dolor y este humo inmóvil
que ya todo lo ocupa.
Huecos y sombras que laceran
desaparecen en lo oscuro, sueños
entrevistos y fríos remolinos
de un círculo de olvido y desamparo,
apariciones, súbito centellear de huesos
en lomos de corceles invisibles,
rompiéndose entre sí, disgregándose, sordas
explosiones, naufragios y cráneos que descienden
y maromas sonámbulas y pelos
extensos cortando témpanos, ocultando
inmensos bosques, fósiles, espejos de lo exangüe,
larguísimos descensos de la muerte,
atravesando corredores, angostas galerías,
sumideros, sentinas, cavernas, desplomándose
a los abismos, órbitas y racimos de manos,
cadenas macilentas de las que emergen dedos
que los relámpagos encienden,
mas ningún ruido, ningún signo,
ninguna voz, ningún silencio.
Busco el grito en mi corazón,
lo estoy buscando en  vano, Los círculos del infiernos”. 1976)

martes, 9 de diciembre de 2025

Manuel Vicent El anarquista coronado de adelfas PRÓLOGO

 


Manuel Vicent

El anarquista coronado de adelfas

Manuel Vicent nació en 1936, es licenciado en Derecho por la Universidad de Valencia y tiene estudios de Filosofía y Periodismo. Premio Alfaguara con la novela Pascua y naranjas. Ha publicado otras novelas y relatos y un estudio sobre García Lorca. Escribió en la Tercera Página en el diario Madrid, en la revista Hermano Lobo y ha hecho la crónica parlamentaria en El País, donde es colaborador actualmente.

De la obra que ahora presentamos el autor nos dice: «No sé si esto es una novela, ni siquiera si es un relato. Después de releer el original he llegado a la conclusión que esto solo es un libro de imágenes. Tengo una manera peculiar de escribir, un método compulsivo de decir las cosas: abro la manguera a toda presión y con la angustia de unos cien metros libres lleno doscientos folios en un mes. Lo que hay dentro de este mazo de papeles, en este caso, no es más que una serie de vivencias de cuarenta años de política traducida a estética. El tránsito de la dictadura a la democracia elaborada con las luces de una feria berebere. Por dentro del relato corre echando el bofe un protagonista alucinado. Vuela una esfumada figura de mujer. Lo demás se reduce a colocar el adjetivo exacto en el sitio oportuno. En el fondo este libro es un ejercicio literario, escrito con una pacífica intención diabólica de lamerse las heridas en público. Creo que es un apunte para una destrucción».

sábado, 29 de noviembre de 2025

pablo-ignacio de dalmases los novios De federico FRAGMENTO




 SOBRE EL AUTOR

Pablo-Ignacio de Dalmases es Doctor en Historia por la Universidad Autónoma de Barcelona, Máster universitario en Historia contemporánea y Licenciado en Ciencias de la Información. Ha trabajado como periodista durante cincuenta años y desempeñado diversos cargos directivos: Director de RNE y TVE en el Sáhara español, Director del diario La Realidad de El Aaiún, Jefe de los Servicios Informativos del Gobierno de Sáhara, Jefe del Gabinete de Prensa de RTVE en Cataluña y Jefe de Informativos de Radiocadena Española en Cataluña. Se ha dedicado también a la docencia como profesor titular de cátedra en la Escuela Oficial de Publicidad, consultor de la Universitat Oberta de Catalunya y técnico superior de Educación de la Diputación Provincial de Barcelona.

Es autor de una veintena larga de títulos, entre ellos dos con el sello editorial de Almuzara: Los últimos de África y Cuentos y Leyendas del Sáhara Occidental.

Pertenece a las Reales Academias Europea de Doctores y de Buenas Letras de Barcelona.


defecto sin nombre

El diccionario de la Real Academia Española define como segunda acepción del término “defecto” una “imperfección en algo o en alguien”. Es decir, que puede darse tanto en cosas materiales, como en personas humanas, si bien hay que reconocer que, en lo que respecta estas últimas, el mismo concepto de imperfección resulta mutante. En efecto, rasgos que en ciertas comunidades o en determinadas épocas pudieran ser considerados como imperfecciones, en otros contextos no lo son. Así, por poner un ejemplo, el albinismo, que en algunas culturas hace de quienes lo poseen seres punto menos que tocados por la gracia divina, en otras se conceptúan como peligrosísimos o malditos. Mucho más común y próxima es la zurdera, que durante siglos fue consideraba un defecto grave y trataba de corregirse de forma imperativa obligando a “reeducar” a quienes utilizaban la mano izquierda para que fueran capaces de adquirir la presunta “normalidad” con la diestra. Con el tiempo ha quedado fehacientemente demostrado que el albinismo no pasa de ser un rasgo genético y la zurdera una variable que comparten alrededor del diez por ciento de los seres humanos. En ninguno de los dos supuestos constituye una imperfección.

Idéntico criterio puede ser aplicado a otras diversas peculiaridades o variables de la persona humana que, en algún caso, han sido rechazadas con mucha mayor contundencia aún. Tales son la referidas a las conductas sexuales que divergen de una heterosexualidad considerada durante siglos, por no decir milenios y en una mayoría de culturas, no solo como la normativa, sino como la única aceptable, siendo así que según estudios científicamente reconocidos la homosexualidad es la tendencia predominante de aproximadamente entre un cinco y un diez por ciento de la población mundial, con independencia de las variables circunstanciales que pueden producirse en favor de un incremento o incluso posible decrecimiento de dicho porcentaje en razón de modas, contextos ambientales, presiones sociales o situaciones personales.

Más en concreto, la cultura judeo-cristiana-musulmana ha venido considerando la homosexualidad como un vicio nefando y un pecado gravísimo con consecuencias en su conceptuación jurídica como delito tipificado en numerosos códigos penales que la convierten en perseguible sin lenidad alguna, circunstancia que ha dado lugar a una cantidad infinita de dramas personales y de injusticias flagrantes cuya vigencia ha permanecido viva hasta un ayer muy próximo. Solo una evolución en el sistema de ideas y valores imperantes ha permitido, junto a otros factores, tal la eficaz movilización habida en los últimos decenios, una clara evolución en la consideración social y la regulación legal de las variantes de la conducta sexual. Aunque también es bien cierto que esto solo se ha producido en algunos países, mientras que en otros sigue siendo un baldón punible hasta con la propia vida.

La homosexualidad en España

Por lo que respecta a España, la memoria histórica, todavía muy fresca, y, si ésta fallara, la lectura de los textos literarios, nos ilustra sobre cómo era considerada la homosexualidad en nuestra sociedad y qué términos, epítetos o insultos se utilizaban para caracterizar a las personas homosexuales, entre las que siempre ha habido, y hay, de toda condición (marica/maricón, loca, sarasa, mariposón, puto, apio, violeta, cundango, joto, pájaro, flora y un largo etcétera, amén de epítetos “elegantes” como invertido, sodomita, afeminado, o expresiones tales la de “perder aceite”, ser “de la acera de enfrente”, de la “cáscara amarga” o “pertenecer al ramo del agua”) De igual modo no faltan epítetos aplicados a la homosexualidad femenina (lesbiana, sáfica, tortillera, bollera, machorra, marimacho, hombruna, tribada, tuerca…)

El caso es que a lo largo de la historia ha habido numerosos personajes sobresalientes con dicha condición y sin ir más lejos y por lo que se refiere a nuestro país y al ámbito de las glorias literarias patrias, en la nómina de escritores varones ilustres se han registrado casos notorios, ciertos o imaginados. Entre estos últimos, la atribución de dicha condición al eximio Cervantes, tesis que defendió con apasionamiento Fernando Arrabal en cierto encuentro que mantuve con él hace algún tiempo y que me pareció gratuita hasta que muchos años después constaté, no sin sorpresa, que Álvaro J. San Juan citaba al autor del Quijote en su libro Grandes maricas de la historia1.

Sin embargo, ha sido un aspecto que permanecido oculto o ha sido eludido hasta fecha muy reciente en la literatura. Cuando Juan Valera tradujo el clásico griego Dafnis y Cloe consideró oportuno actuar de censor de un texto que bien puede considerarse paradigma de la ingenuidad pastoril, como advirtió María Pilar Hualde:

“Valera confiesa sentirse autorizado para «cambiar o suprimir» lo que pudiera haber de perverso en el texto de Longo, en el que, como vemos, no se aparta mucho de las líneas de la censura de la novela griega empleadas en España, según hemos visto, desde el siglo XVI. Esta perversión se restringe, no obstante, a la homosexualidad presente en la novela en el episodio de Gnatón, que Valera consigue obviar haciendo a Cloe objeto del deseo del parásito, en lugar de Dafnis, tal como aparece en el texto griego y modificando, por tanto, parte del contenido de la novela”2.

Atinada fue la prudencia de Valera pues ser una pluma ilustre no eximía en aquel tiempo de censuras y maledicencias. Téngase en cuenta que en pleno siglo XX relevantes figuras de la literatura española hubieron de soportar comentarios malévolos, como fue el caso de Jacinto Benavente, pero también de Antonio de Hoyos y Vinent, Álvaro Retana, Vicente Aleixandre, Gustavo Durán o Luis Cernuda, y más cercanos en el tiempo, éstos ya con mayor tolerancia, Jaime Gil de Biedma, Terenci Moix, Álvaro Pombo, Rafael Chirbes, Antonio Gala, Alberto Cardín, Juan Goytisolo, Vicente Molina Foix, Cristina Peri Rossi, Eduardo Mendicutti, Eduardo Haro Ibars, Luisgé Martín, Máximo Huerta o un activo y militante Luis Antonio de Villena, al que habremos de mencionar con frecuencia en las páginas que siguen.

Tuvo que pasar casi medio siglo desde su muerte para que los exégetas, biógrafos y comentaristas de la vida y la obra literaria de Federico García Lorca se hicieran eco de este rasgo de su personalidad que la propia familia se empeñó en mantener en secreto, a nuestro modo de ver con un mal entendido sentido de la dignidad de su allegado.

Un secreto mal guardado

Hubo un pionero que se atrevió en 1944, a formular la primera alusión, siquiera fuese tangencial y tan harto discreta que podría calificarse de críptica. Nos referimos a su compañero en la Residencia de Estudiantes de Madrid el pintor José Moreno Villa quien, en sus memorias, aparecidas en Méjico en dicho año, se refiere a los problemas que hubo entre García Lorca y los demás huéspedes de aquel centro por culpa de cierto “defecto”. “Él —dice— venía por temporadas, de un modo irregular. A veces se quedaba un año entero. No todos los estudiantes le querían. Algunos olfateaban su defecto y se alejaban de él. No obstante, cuando abría el piano y se ponía a cantar, todos perdían su fortaleza”3.

¿A qué defecto se refería Moreno Villa? ¿Era zurdo, bizco o zambo Federico? ¿Padecía algún tic? Bien, su amigo de la infancia, Pepe García Carillo, le comentó al investigador Penón en su encuentro de 9 de noviembre de 1955 que “cuando se enfadaban (García Carrillo y Federico) Pepe imitaba la cojera de Federico y el poeta siempre terminaba riéndose”4. Algún problema debió padecer, sin duda, en sus órganos motores, pese a que su hermano Francisco tuviera especial empeño en desmentirlo o minusvalorarlo:“Se ha hablado mucho, y con notoria exageración, de torpeza física en sus movimientos. Algunos bocetos biográficos, y no sé de dónde lo sacan, lo han querido representar como ligeramente cojo. Lo cierto es que ya de mayor tenía unos movimientos muy personales, que como mejor podían describirse es con las mismas palabras del poeta: «—¡Oh, mis torpes andares!». Pero ni siquiera esa torpeza del Federico hombre se acusaba en sus años más tempranos; se manifestaba en él más bien como una inhibición en los juegos que pedían mayor destreza física… Fue una sorpresa para toda la familia cuando, al entrar en edad militar, una medición médica (interesada, digámoslo discretamente, en encontrar defectos físicos) advirtió una diferencia milimétrica y apenas perceptible entre ambas piernas”5.

Sea como fuere, nadie le dio mayor importancia y desde luego una leve cojera no hubiera sido la causa de que nadie expresara alguna reserva con respecto a Federico. Parece evidente que Moreno Villa se refería a otro rasgo diferente, en aquellas calendas mucho más grave y, si se nos apura, infamante. Todo hace pensar que “tomó la decisión de no ocultar en su libro la homosexualidad de Lorca. Decisión difícil, cabe suponer, dado el carácter entonces tabú del asunto y el peligro de ser acusado de traidor, mentiroso o violador de intimidades”6. Por lo que según su biógrafo Ian Gibson, “lo más probable es que Moreno Villa utilizara el término «defecto» al referirse a la homosexualidad de Lorca”7.

Que la homosexualidad tratara de mantenerse reservadamente en la España de la primera mitad del siglo XX resulta a todas luces comprensible. Pero no que hubiera seguido siendo ocultada con pertinacia en las siguientes décadas. Según Villena

“la vida sentimental de Federico García Lorca (1898-1936) se ha escrito tarde, quizá no completa y entre muchísimos pudores que venían de un tiempo gazmoño en España— y del hecho de que dos hermanos de Federico, Paco e Isabel, fueran mucho tiempo totalmente refractarios a que se hablara nada sobre la homosexualidad de su hermano. Incluso quisieron negarla, hasta que resultó del todo imposible. Además, quienes habían conocido muy bien esa historia (íntimos de Federico) tampoco la hablaron en público. Nos la contaron sólo a algunos amigos, y eso hizo que su testimonio directo se escapara a los biógrafos”8.

El historiador hispano-irlandés Ian Gibson es todavía más terminante en su denuncia: “hasta mediados de los años ochenta ningún crítico o lorquista español estaba dispuesto a decir públicamente que Lorca era gay y que incumbía tener en cuenta tal circunstancia a la hora de analizar su vida, su obra y su muerte. La razón principal, inconfesable: si lo hacían se les cerraba probablemente el acceso al archivo del poeta. Hay numerosos testimonios acerca de la imposibilidad de suscitar con Francisco e Isabel García Lorca la cuestión de la homosexualidad de su hermano. El tema era tabú”9. Gibson tuvo que vencer pétreas resistencias para poder investigar esta cuestión.

viernes, 28 de noviembre de 2025

BENITO PÉREZ GALDÓS EL CRIMEN DE LA CALLE DE FUENCARRAL INTRODUCCIÓN

 



Prólogo

El deber de corregir el amor a lo inverosímil:

Galdós ante la huella del crimen

En la madrugada del 2 de julio de 1888, en un piso de la calle Fuencarral de Madrid, se descubre el cadáver medio carbonizado de Luciana Borcino, una viuda acaudalada, en lo que a primera vista parece —o se quiere que parezca— un trágico incendio. Pronto esa hipótesis deja paso a la de la muerte criminal, y todas las sospechas se dirigen al punto a la sirvienta que vivía con ella, Higinia Balaguer, presente en la casa la noche de autos.

Así arranca la historia del crimen de la calle de Fuencarral, que será importante por varios motivos. El primero, porque en torno al suceso se desata una verdadera fiebre popular, alimentada por el sensacionalismo y por las rivalidades políticas y empresariales de los diarios de la época, que gracias a esta historia consiguen llegar a despachar decenas de miles de ejemplares al día.

En segundo lugar, es la muerte de la viuda Borcino uno de los primeros crímenes enjuiciados conforme a las nuevas leyes del proceso penal, que reemplazan el viejo modelo inquisitivo por el moderno principio acusatorio y dan carta de naturaleza a la ya entonces polémica acción popular. Es esta una institución que hunde sus raíces en la tradición jurídica española —nada menos que en Las Partidas—, pero que produce aquí una gran distorsión, al ser el medio legal del que se sirven los periódicos para sostener en el juicio las acusaciones que, según su peculiar «investigación» de los hechos, la fiscalía estaría omitiendo por negligencia o por razones oscuras de connivencia con individuos poderosos.

Y en tercer lugar, el crimen de la calle de Fuencarral resulta trascendente porque en él fija su mirada y su pluma el escritor primero de su siglo en España, el canario-madrileño Benito Pérez Galdós, para a partir de él legarnos el ejemplar ejercicio narrativo, reflexivo, testimonial y cívico contenido en las páginas que a quien escribe estas líneas se le otorga el privilegio de prologar.

Por no estropear indebidamente el disfrute al lector que por primera vez se enfrente con el caso, de los hechos que aborda el relato daremos aquí solo una muy sucinta noticia. Baste decir que la investigación se complicará principalmente por los sucesivos cambios en la versión que de los hechos da la principal acusada y más tarde autora confesa del crimen, Higinia Balaguer, y por las sospechas que inspira el hijo de la víctima, José Vázquez Varela, un joven de vida disipada, enfrentado con la madre por culpa del dinero que esta le niega y que la noche de autos estaba preso en la Cárcel Modelo de la ciudad por un delito anterior, aunque hay indicios de que a veces podía burlar el encierro con la connivencia del director de la cárcel, José Millán Astray —padre del fundador de la Legión—. Enturbia el asunto, en fin, la implicación de otras personas de dudosa catadura relacionadas con Higinia Balaguer, que podrían haberla ayudado o, según su declaración, incluso instigado a cometer el crimen por un móvil económico.

Con estos sabrosos ingredientes —nótese, además, que la sirvienta, Higinia, había trabajado antes en la casa de Millán Astray y que este tenía cierta relación con Eugenio Montero Ríos, en esos momentos presidente del Tribunal Supremo—, el guiso para los muy hambrientos periódicos de la época estaba servido, y cada uno se aplicó a sacarle a la historia la sustancia que le convenía, de acuerdo con su particular adscripción política. Gobernaba por aquellos días, dentro del turno establecido en la Restauración por Cánovas y Sagasta, el Partido Liberal, pero amén de las rencillas existentes entre los dos partidos monárquicos, secundadas por sus diarios afines, había periódicos de ideario republicano, como El País, que fueron singularmente activos en el seguimiento del caso y en su narración con los tintes más truculentos e inquietantes. En este panorama efervescente y enrarecido, Galdós, fogueado en su día como joven periodista en los lances revolucionarios de la Gloriosa, y que por aquel entonces era ya un escritor prestigioso, decide ofrecer su perspectiva personal del caso, de la investigación que de él hace el juez instructor y del juicio subsiguiente. Lo hace a través de unas cartas que remite para su publicación al diario bonaerense La Prensa. Esas seis cartas componen su relato, que queda incompleto, en la medida en que no llega hasta el desenlace del procedimiento judicial, con la confirmación de la sentencia condenatoria y la posterior ejecución de Higinia Balaguer.

Interesa sobre todo al que suscribe subrayar aquí la radical modernidad —y me atrevería a decir la rabiosa actualidad— de la aproximación de Galdós al crimen y a su impacto en la sociedad en que sucede y en el desempeño de quienes se echan a la espalda la delicada tarea de narrarlo a sus conciudadanos. En ese sentido, y mucho antes de que Truman Capote se lanzara al ejercicio de A sangre fría, tenemos aquí a un gran autor español afrontando los dilemas y los riesgos del hoy denominado entre nosotros, bajo un anglicismo poco menos que imbatible, true crime, género literario y audiovisual de moda y por ello expuesto a excesos varios. Pero también nos encontramos con una pieza de literatura criminal, en el más amplio sentido, a cargo de uno de los grandes novelistas de nuestra lengua, poco posterior a la obra inaugural de Edgar Allan Poe, coetánea a la de Conan Doyle y anterior a la de Dashiell Hammett. Y esto, junto a precedentes anteriores —como El clavo, de Pedro Antonio de Alarcón— o muy anteriores —como La fuerza de la sangre, de Miguel de Cervantes—, y posteriores —como las narraciones del detective Selva de Emilia Pardo Bazán—, da pie a reivindicar para la narración criminal en español una tradición que va más allá de la usual subordinación a la anglosajona.

Tiene enorme interés la forma en la que Galdós aborda la cuestión: como buen periodista —también cabría decir como buen contador de historias, sea cual sea el medio elegido—, combina el acopio y el análisis de testimonios con la observación directa que le resulta accesible, a través del acto del juicio, que le brinda la oportunidad de examinar a los actores del drama, en sus gestos, su forma de expresarse, la coherencia de su discurso, el carácter que sus reacciones dejan traslucir. En honor a la verdad, también pierde algún tiempo y algunas líneas en estudios fisonómicos de los sospechosos que hoy se consideran totalmente superados, pero cada uno es hijo de su siglo y nuestro autor no hace otra cosa que echar mano de las corrientes científicas de la época. Y finalmente, con todos los materiales así acarreados, construye su propia interpretación crítica, tanto de lo dicho y atestiguado por los protagonistas como de los otros relatos que a propósito del crimen se van postulando desde los periódicos, a los que achaca con no poco fundamento una multitud de vicios de los que el siglo y medio transcurrido dista de habernos curado. Antes bien, cabe apreciar que todos ellos —la manipulación interesada, la falta de cuestionamiento de los indicios que respaldan la propia teoría, la magnificación de los que la abonan o proyectan sobre el hecho una luz más escandalosa o espectacular, el subrayado gratuito de los aspectos más escabrosos, la apuesta insensata por versiones infundadas o incluso descabelladas para ganar audiencia— se reiteran de manera casi fatídica cuando un hecho criminal llama a la puerta con la fuerza suficiente para captar la atención del público en nuestra moderna sociedad del entretenimiento.

Frente a esos vicios, Galdós representa un tipo de narrador mucho más sobrio y responsable, que tiene como premisas de su labor la búsqueda de la verdad plausible, a partir de los hechos contrastados, y una comprensión lo más profunda posible de la compleja condición humana, que es, en definitiva, el manantial del que acaba brotando, por razones que no tienen nada de esotérico, la conducta criminal. Galdós examina las pruebas, hace juicios de verosimilitud, intenta entender qué conjeturas resultan más lógicas, incluso ahí donde varias explicaciones podrían coexistir, y rechaza como reprobables supercherías, especialmente cuando quien las propala lo hace para ganancia propia o perjuicio ajeno, las interpretaciones que obedecen al puro voluntarismo o al afán de provocar una conmoción en el público más allá de la rigurosa búsqueda de la verdad. Al igual que sucede cuando se acerca a los hechos históricos a lo largo de sus Episodios Nacionales, o a las cuestiones de su tiempo en el resto de sus novelas, Galdós se revela como un narrador atento, por encima de todo, a trasladarle al lector la humanidad de sus personajes, ya sean estos trasunto de seres existentes o que existieron, o se trate de criaturas nacidas de su imaginación, siempre nutrida por el empeño constante del autor en la observación y la escucha de sus semejantes.

El resultado es esta crónica intermitente e incompleta, como antes se señaló, en cuanto al desarrollo de la historia hasta su desenlace último, pero de una hondura excepcional en cuanto a los atisbos que nos ofrece del hecho y sus actores. Cumple así Galdós con aquello que escribiera Walter Benjamin acerca de la obra de arte, que caracterizaba como der Ort der Wahrheiten, o lo que es lo mismo, «el lugar de las verdades». Leyendo estas páginas tiene uno la sensación de estar en buenas manos, las de alguien que no se cree lo primero que le cuentan, que no tuerce el relato hacia lo que le interesa por motivos espurios y que tampoco practica a todo trance la máxima del «piensa mal y acertarás», que, llevada al extremo, conduce al delirio. Como en cierta ocasión le dijo a este prologuista un policía con décadas de experiencia a las espaldas en la persecución de todo tipo de criminales, desde terroristas hasta asesinos, pasando por la delincuencia organizada en todas sus formas: «Normalmente, las cosas son lo que parecen».

En su crónica del crimen de la calle de Fuencarral, Galdós desliza esta observación cargada de sensatez: «Puesta la cuestión en el terreno de lo novelesco y lo maravilloso, pierde, al menos para mí, todo su interés, pues no creo en tales paparruchas, ni nada contrario a la lógica ni al sentido común entra fácilmente en mi cabeza. Reconozco, y lo reconozco como un mal, que esas estupendas máquinas gozan, por su propia falta de lógica, de todo el favor de las imaginaciones de esta raza. Creo que es deber de todos corregir ese amor a lo inverosímil en lugar de fomentarlo». No es mala advertencia para los que aún en estos días abordan el relato del crimen real con la pretensión principal de generar un espectáculo que atrape a la audiencia, sin que importe sacrificar por el camino lo que las pruebas y el buen juicio sugieren.

Quizá no sea casualidad, dada la intensa relación que hubo entre ambos, que en su segunda novela sobre el detective Selva, inédita hasta 2021, Emilia Pardo Bazán se exprese, por boca de su investigador, en términos parecidos: «La vida, en conjunto, se desarrolla de un modo vulgar, prosaico, por motivos sencillos y fáciles de comprender. […] El misterio consiste en que un delito o crimen obedezca a móviles extraños, superiores a la mera necesidad de obtener dinero para vivir o gozar materialmente». El aserto no deja de ser una crítica de la autora a los alambicados argumentos de su por otra parte admirado Conan Doyle, y puede que sea una mala noticia para los que aspiran a causar estupor con sus cuentos criminales, pero no lo es tanto para quienes se interesan por el hecho delictivo como la oscura expresión que es de la condición humana y de las fracturas de la sociedad.

«Verosímil es sin duda —afirma Galdós en estas páginas— esta obcecación de los criminales y la facilidad con que se forjan ilusiones respecto de los medios de engañar a la justicia». Con ello explica la chapucera actuación de Higinia para encubrir el delito y descarta, pese a lo tentadoras que resultan para otros, tortuosas versiones alternativas sobre la autoría del crimen. Frente a las objeciones cargadas de recelo que otros oponen a la actuación del instructor —capaz de completar su trabajo en solo cuarenta días, ya quisiéramos hoy—, Galdós valora su labor concienzuda y su diligencia, que pone a disposición del tribunal que ha de resolver la causa un sumario basado en las pruebas disponibles sin dejar de explorar todas las posibilidades que la investigación suscita. Incluso, ante los indicios de que podría haber dado trato de favor al hijo de la víctima, se llega a ordenar la detención del director de la Cárcel Modelo, José Millán Astray, si bien las dudas sobre su implicación acabarán determinando su libertad posterior.

El juicio se saldó en primera instancia con la condena a muerte de Higinia Balaguer y de dieciocho años de prisión para Dolores Ávila, en calidad de cómplice y encubridora. Quedaron absueltos, por falta de pruebas de su participación en la muerte, el hijo de la víctima, José Vázquez Varela, José Millán Astray y la también procesada María Ávila. Confirmada la sentencia por el Supremo, esto ya no lo cuenta Galdós, Higinia Balaguer murió ejecutada mediante garrote vil el 19 de julio de 1890. Veinte mil personas asistieron a la ejecución, la última pública que por ese procedimiento conoció la Villa y Corte. Un final a la medida de la fiebre que el caso había desatado, aunque, como constata Galdós en su texto, defraudara las expectativas que muchos se hicieron de que la justicia se llevara a más inculpados por delante.

El hijo de la asesinada, Vázquez Varela, se vio envuelto años más tarde en otro suceso con resultado mortal: la precipitación de una mujer con la que tenía una relación desde un piso en el número 37 de la calle de Carretas, por la que fue condenado a catorce años de presidio al advertirse en el cuello de la víctima señales inequívocas de estrangulamiento. Tras cumplirlos en Ceuta regresó a Madrid, donde puso un estudio de fotografía que no le fue mal. No se tiene noticia de que volviera a delinquir.

En un pasaje de estas crónicas, censura Galdós la socorrida práctica de los puntos suspensivos, «que encienden la curiosidad y llevan la imaginación de los oyentes al campo inmenso de las más extrañas conjeturas». No hallará el lector aquí un asomo de ese ni de otros trucos baratos, sino a un narrador cabal que trata de ser leal con quienes lo leen. Nada más y nada menos.


LORENZO SILVA

Illescas-Getafe, 8-9 de enero de 2024

lunes, 17 de noviembre de 2025

Eduardo Mendicutti EL FENÓMENO MINERVA FRAGMENTO

 


Eduardo Mendicutti (Sanlúcar de Barrameda, 1948) es uno de los escritores más relevantes de la literatura homosexual en España, con una obra marcada por el humor, la memoria, la disidencia y la celebración del deseo

Perfil literario y activismo

  • Periodista y escritor: Licenciado en Periodismo, ha colaborado con medios como El Mundo y la revista Zero.

  • Literatura LGTBI: Su obra ha sido pionera en representar personajes homosexuales con profundidad, ironía y ternura, desafiando los estereotipos y la censura.

  • Activismo cultural: Mendicutti ha defendido la disidencia como forma de resistencia estética y política: “Si alguien va a cambiar este dichoso mundo, serán los disidentes”.

  • Estilo: Narrativa oral, barroca, sensual, con un tono festivo que convierte el cotilleo en literatura y la marginalidad en belleza.

📚 Obras destacadas

TítuloAñoTemática
Una mala noche la tiene cualquiera1982Prostitución y supervivencia
El palomo cojo1991Adolescencia y descubrimiento sexual
Los novios búlgaros1993Amor, deseo y migración
Furias divinas2016Sátira social y transexualidad
Malandar2018Memoria, deseo y paisaje andaluz
Para que vuelvas hoy2020Amor y vejez

Sinopsis

La borrasca Sergio, con sus violentas alteraciones meteorológicas, se adueña de la bahía. Por esas mismas fechas, vuelve, después de muchos años de ausencia, una de sus vecinas de pasado más doloroso y ajetreado, la guapa Minerva, transexual de cierto éxito en algunos locales nocturnos. Antes de su transición, Minerva se llamaba Sergio y vuelve herida y llena de rencor por una vieja ofensa que necesita vengar. La borrasca desatada le ayudará a conseguirlo. La tormenta, los vientos, las mareas irán desbaratándolo todo: el altivo edificio playero Condesa Elena y la vida, los recuerdos, los deseos y los secretos de sus vecinos. Todo quedará en carne viva, arruinado. Y sus habitantes, desenmascarados para siempre.

Como dice el autor: «Nos hemos acostumbrado a propiciar la incorporación social, política y sexual de las transexuales utilizando el humor, cierta capacidad artística e incluso la seducción y el morbo, contando muchas veces con la hipertrofia de la belleza física y la feminidad. Pero hay que reivindicar su derecho a la ira, a la combatividad, a la venganza. Me pareció natural y literario que Minerva, el personaje principal, viviera un proceso de identificación con la rebelión de los elementos y se sintiera parte de la violenta protesta de la naturaleza».


sábado, 8 de noviembre de 2025

MIGUEL DE UNAMUNO POEMA A MI BUITRE

 


  A MI BUITRE                                       

Este buitre voraz de ceño torvo

que me devora las entrañas fiero

y es mi único constante compañero

labra mis penas con su pico corvo.

El día en que le toque el postrer sorbo

apurar de mi negra sangre, quiero

que me dejéis con él solo y señero

un momento, sin nadie como estorbo.

Pues quiero, triunfo haciendo mi agonía

mientras él mi último despojo traga,

sorprender en sus ojos la sombría

mirada al ver la suerte que le amaga

sin esta presa en que satisfacía

el hambre atroz que nunca se le apaga.

Miguel de Unamuno

jueves, 2 de octubre de 2025

El caballero del hongo gris (1928) RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA


 

El caballero del hongo gris (1928) es una novela folletinesca de Ramón Gómez de la Serna que satiriza el mundo de los negocios, la apariencia y la superficialidad social a través de un personaje tan escurridizo como simbólico: Leonardo, un estafador elegante que recorre Europa cambiando de ciudad para escapar de sus propios engaños.

 El hongo gris como emblema En una tienda de París, Leonardo compra un sombrero de hongo gris y descubre que, al llevarlo, la gente lo percibe como alguien importante. A partir de ese momento, el sombrero se convierte en su amuleto de poder, su insignia de éxito y su máscara social. El “hongo gris” no es solo un accesorio: es un símbolo de la ilusión, del prestigio vacío, del camuflaje que permite al protagonista prosperar en un mundo de apariencias.

Estilo y subversión Gómez de la Serna, maestro de la greguería y del humor vanguardista, construye aquí una novela que mezcla sátira, absurdo y crítica social. Leonardo no es solo un estafador: es un reflejo de la modernidad, del capitalismo teatral, del individuo que se reinventa a través del atuendo y la astucia.

Investigación y colaboración: Dr. Enrico Giovanni Pugliatti y J. Méndez-Limbrick

***

PRÓLOGO

Ramón Gómez de la Serna y Puig (Madrid, 1888 - Buenos Aires, 1963) fue, probablemente, el escritor de mayor genio específicamente literario de las letras hispánicas contemporáneas; quiero decir que ha sido no sólo el más «biológicamente» escritor, por como fundió en una misma cosa literatura y vida, y como incorporó al proceso de creación literaria todos los resortes de lo consciente y lo subconsciente, sino también por la manera en que contribuyó a hacer de aquella creación una «cosa estética nueva», una obra de arte, autónoma y suficiente, superior a todo mensaje o compromiso: literatura pura, prototipo, entre otras cosas, de lo que Ortega llamó el arte «deshumanizado» de entreguerras.

Aunque realmente pasó Ramón por tres etapas vitales y literarias muy diferentes, de distinto significado y calidad:

Su tiempo de formación, que llega hasta 1912 (a los 17 años publicó su primer libro), es de tendencia reformista, filosófica y social; pero en él, junto a la creación de aquel teatro patético y trascendental de su mocedad (los 14 dramas de su «teatro en soledad», donde hay una anticipación de Ionesco, de O’Neill, de Pirandello) y a las arrebatadas biografías de los que él llamaba sus «antepasados» literarios (Wilde, Villiers de L’Isle Adam, Bauville, Nerval, Poe, Lautréamont, Barbey d’Aurevilly, Gourmont, Baudelaire), proclama las bases de su revolución estética, que salta ya al público hacia 1912.

Durante esos años viaja por Europa y asiste en París al difuso nacimiento de los movimientos artísticos de «vanguardia» conoce a Picasso, a Bretón, a Apollinaire, mientras él está ya proclamando en España su nueva y propia estética, al leer con escándalo, en el Ateneo de Madrid, en 1909, su Concepto de la nueva literatura.

En seguida Ramón encabezaba su actividad de promotor de vida literaria y, ya en 1914, funda su famosa tertulia de Pombo; allí, en los años de la Primera Gran Guerra reúne todo lo nuevo de España y de la Europa en guerra que ha venido a refugiarse aquí convirtiendo el viejo café en un cenáculo, universal, por el que durante veinte años habrá de pasar la más significativa vida intelectual de la época. Se abre entonces la segunda época central y jovial del escritor, en la que el «ramonismo», con la invención de la greguería, se convierte en eje de la nueva literatura.

Los años de la Primera Gran Guerra son los que asientan los pilares de su fama, con «El Rastro», «El Circo», «Senos», «El Alba», etc.; los periódicos rechazan con escándalo sus greguerías, y, sin embargo, su fecundísima producción, que alcanza a todos los géneros literarios, con excepción de la poesía, y la facundia personalísima de su fabuloso ingenio, le convierten en el maestro de los jóvenes. Su alegre y efectiva «cátedra» está en su tertulia y en su peculiarísimo estudio del torreón de la calle de Velázquez; donde, rodeado de un orbe mágico de rutilantes objetos del Rastro, de espejos, estrellas, estampas, carátulas, raros cuadros y extrañas estatuillas, trabaja como un asceta durante catorce horas diarias, escribiendo hasta el alba en mesas distintas y diferentes borradores varios libros a la vez, bajo la mirada impasible de su muñeca de cera. Ramón se convierte en el adelantado del arte europeo de entreguerras, y su despacho, encendido toda la noche, es, dirá Valéry Larbaud, «luz de navío en las avanzadas de Europa».

Pero son los años veinte, cuando Ramón anda en la treintena de su edad, los de su definitiva consagración; la cual, como suele acontecer, tiene lugar fuera de España: en París, en un memorable homenaje intelectual del Cercle Littéraire International que tiene lugar en el Circo Americano, y también allá en América, en la revista «Martín Fierro». De entonces data su enorme popularidad en Italia, en Portugal, en Francia, y los primeros estudios sobre su innovadora obra. Hace sus primeros viajes a América cuando, al tiempo que a Charles Chaplin, se le nombra miembro de la Academia Francesa del Humor, en una apoteosis de la fama que se contagia, al fin a España. Aquí es también amigo de Valle-Inclán, de Azorín, de Unamuno, y sobre todo de Ortega, en cuya «Revista de Occidente», foco de la vida intelectual española del tiempo, brilla con luz propia, como maestro de los jóvenes. Escribe incansablemente libros, novelas cortas y largas, ensayos, greguerías e infinidad de artículos en la prensa; en cuya principal tribuna, «El Sol», tiene lugar de preferencia. Lleva ya publicados más de medio centenar de libros y pronunciadas numerosísimas conferencias, que son a la vez espectáculos de humor nuevo: desde el lomo de un elefante, vestido de Napoleón, de torero, de «medio ser»… A veces, muy celoso de su trabajo, se refugiaba fuera de España para escribir tranquilo: en Portugal, donde llegó a hacerse, frente al mar de Estoril, un chalet que se llevaría la trampa; o en Nápoles, o en París…, pero siempre su nostalgia de Madrid le devolvía a su querida ciudad, a su alegre tertulia sin la cual no podía vivir.

La década de los años treinta va a variar profundamente su vida. Al comienzo, coincidiendo con el ruidoso estreno de su innovadora farsa «Los medios seres», pone fin a su larga relación con la escritora Carmen de Burgos, y en seguida conoce, en un viaje triunfal por Hispanoamérica, a Luisa Sofovich, escritora argentina con la que contraería matrimonio. Hay otro inmediato viaje, ya en compañía de Luisa, a América, donde da un ciclo de conferencias espectaculares, para las que, entre otras muchas cosas, se lleva, enrollado bajo el brazo, su ya famoso cuadro de la Tertulia de Pombo, pintado por Solana. Al regreso, mientras la vida española se agita agriamente en el preámbulo de la guerra civil, Ramón tiene que hacer frente a una gravísima enfermedad de su mujer y escribe, con la muerte sentada en su propia casa (que ya no es el glorioso torreón), la biografía de El Greco, la cual es la primera señal de una nueva época, ya no jovial, como hasta entonces, sino patética, en la que va a pasar de la «deshumanización» a la «rehumanización» de su arte literario, llenándolo de un contenido trascendente que, en cierto modo, empalma con el patetismo de su mocedad.

Sin embargo, la greguería sigue siendo el alma de su obra, porque es precisamente su fórmula de expresión literaria genuina, con la que penetra en todos los géneros que con tanta fecundidad cultiva: teatro, biografía, ensayo, novela grande, cuento, ensayo matritense. El humor no es sino un elemento más en su manera de desvelar sorpresivamente la realidad, y ha de ceder su lugar, paso a paso, al nuevo pathos del escritor. La greguería misma ha de teñirse, después, de ese otro estilo humanista y quevedesco, patético, de la última época de su vivir.

En realidad, en su nueva vida en Buenos Aires es donde se despliega definitivamente esta tercera etapa del arte ramoniano. Rechazando la guerra civil que asola a su patria, Ramón, a los 48 años, en la madurez de su vida y en la cumbre de su fama, tiene que empezar de nuevo en Buenos Aires, enfrentándose, en unos primeros años difíciles, con el sentido de su propia existencia y de su destino de escritor. Huyó del Madrid en guerra en el verano de 1936, para instalarse, al fin, en un piso alto de la calle de Hipólito Irigoyen, donde va reproduciendo, poco a poco, el mundo de su estudio matritense, cubriendo paredes, techos, puertas y ventanas con un profuso estampario multicolor que tapaba los huecos del recuerdo y el olvido y le hacía vivir, en pleno Buenos Aires, como si aún estuviese en la fantasmagoría de su torreón de la calle de Velázquez.

Pronto impuso su genio en América; reanudó luego su comunicación con España por medio de un flujo semanal de greguerías que publicaba los domingos «Arriba» y luego, al final, «ABC». Reeditó sus cosas allá y publicó aquí y allá las nuevas que iba produciendo sin cesar. En la primavera de 1949 volvió a España, en breve visita invitado por el Ateneo de Madrid, y vivió entonces, en medio de cordiales homenajes, las últimas jornadas de un Pombo fantasmal, evocado como un espíritu y en medio de un tiempo distinto.

Regresó a América con la mente puesta en España y soñando con una definitiva vuelta. Pero ya América le retenía tenazmente; casi la mitad de su ingente producción literaria había nacido allá y el regreso se hacía imposible. Es la hora de sus grandes biografías de Valle, de Quevedo, de sus «Cartas a las golondrinas», de sus últimas novelas madrileñas, de su fabulosa «Automoribundia»; de sus bodas de oro con la literatura, con el homenaje de todas las editoriales argentinas, mientras en España empiezan a aparecer sus «Obras completas».

Pero él sigue trabajando como un asceta de la pluma, durante muchas horas diarias, para poder vivir decorosamente. El Parlamento argentino, ya en los últimos años, vota una pensión extraordinaria para que el glorioso escritor español pueda tener una vejez más descansada; aunque él no concibe la vida sin la posibilidad de la creación literaria y se aferrará hasta el final a la producción de sus greguerías, batiéndose con ellas como un general en su última batalla.

Por entonces Pablo Neruda pide, desde Brasil, el Nobel para él; y cuando, poco después, le llega desde Madrid el Premio March, que podía asegurar el descanso de sus últimos años, es demasiado tarde: Ramón estaba ya herido de muerte en una clínica de Buenos Aires. Aún pudo recuperarse un poco y resistió un año más, hasta morir, en medio del mágico mundo de sus cosas, en la madrugada del 5 de enero de 1963. Luego se trajo a Madrid su cuerpo, para darle tierra, junto a Mariano José de Larra, en la Sacramental de San Justo, a la orilla del paisaje de su sangre. Entonces su ciudad le rindió los máximos honores colocando, ya sobre el pecho de tabla de su féretro, la Medalla de Oro de la Villa en la que había nacido 74 años atrás, y a la que él mismo había inventado nueva vida, alegre y fabulosa.

La novela que ahora se presenta en esta edición, «El caballero del hongo gris», «folletín moderno», publicada por primera vez en 1928 por la Agencia Mundial de Librería, es una de las más características de la época central y jovial de Ramón, muy representativa de su humorismo de entonces y dotada plenamente de todos los elementos, destructores y enriquecedores, que la estética de la greguería introdujo en el arte de novelar. Ya recordé antes que Ramón cultivó también la novela, como todos los demás géneros, y acaso no sería ocioso añadir ahora que no fue ésa una dedicación ocasional, sino, por el contrario, persistente durante toda la vida del escritor y particularmente fecunda durante esa etapa central, que dura hasta la guerra civil. Diecinueve «novelas grandes», según él gustaba de llamar a la novela, y varios tomos de novelas cortas —que suman más de sesenta narraciones— cuentan en el haber del escritor, que ya desde la primera de aquéllas, «La viuda blanca y negra», de 1917, y sobre todo desde «El incongruente», en 1922, vienen a constituir, como dice Ramón, un «grito de evasión en la literatura novelística al uso». Esa evasión llega al punto culminante de su proceso de ruptura con el molde tradicional en las novelas de última hora: las llamadas «novelas de la nebulosa». —«¡Rebeca!» (1936) y «El hombre perdido» (1947)— y las «novelas superhistóricas». —«Doña Juana la Loca», «El caballero de Olmedo», «Doña Urraca de Castilla», «Los siete Infantes de Lara», «La emparedada de Burgos» y «La Beltraneja» (1944)—. No obstante, en la última de todas sus obras de este género, la novela madrileña «Piso bajo», de 1961, vuelve a acercarse, al menos en cuanto a la estructura del relato, al modo clásico de novelar.

Pero conviene advertir, siquiera sea sumariamente, en qué consisten las principales innovaciones y alteraciones introducidas por Ramón en el arte de novela al condicionarlo a la nueva estética disgregadora y recreadora de la greguería. Semejante alteración no está, por supuesto, únicamente en la enorme amplitud y variedad de la temática novelable abarcada por el autor; la cual, en verdad, constituye, como escribió Guillermo de Torre, una «revisión novelizada del cosmos». Lo importante es que por esos «agujeros de la prosa», practicados en ella por la greguería, se establece una decisiva circulación de aire literario que se lleva de calle algunos elementos connaturales a la novela clásica y trae de fuera un interesantísimo material que llena, con sustancia estética distinta, los huecos o fisuras creados por aquella «evasión».

En realidad, lo que Ramón, obediente a su peculiar «modo de experiencia», persigue con la novela —lo mismo que con cualquier otro género— es, como he escrito en otro lugar, la expansión reverberante de toda realidad que resulte atravesada, de un modo o de otro, por el hilo novelesco; se trata de provocar una serie de explosiones atomizadoras y reveladoras de «realidad», se relacione ésta o no directamente con la trama novelable; lo cual es, ciertamente, un propósito que rebasa y va contra el clásico «hermetismo» de la novela, con el que se pretende, como es sabido, crear un mundo cerrado y concluso que absorba por entero la atención del lector y la intensidad de la narración. Ello crea una discontinuidad en la estructura del relato, en el mundo que suscita y en la «presentación» de los personajes, lo cual hace que a veces se pierda el lector en la aglomeración de elementos, en la fragmentación y yuxtaposición de planos que produce. Esa «nebulosa» de nueva realidad, que penetra y escapa por la porosidad de la prosa, amenaza la estabilidad del hilo argumental y acaso debilita su densidad; pero, en cambio, trae de fuera un enorme enriquecimiento de realidad, aumentando los puntos de vista y la capacidad expresiva de las cosas, los ambientes, los personajes y su mundo.

Aparte de que nunca se pierde la nervadura central, más sólida en la serie de novelas que podríamos llamar costumbristas —casi todas madrileñas: «La Nardo», «El torero Caracho», «Las tres Gracias», «Piso bajo»…—, lo que ocurre en la novela de Ramón es que, gracias a esa «porosidad» que señalaba, por la que penetra una marea de realidad, lo que entra también en la novela es, en definitiva, una invasión jovial y dominadora de literatura pura: de arte literario, según antes decía, como «cosa estética nueva», autónoma y suficiente, que, dándole un giro al arte de novelar, viene a revitalizar el género, sacándole —lo que en su época fue una radical innovación— del apelmazado casillero del realismo posgaldosiano en que vegetaba sin pena ni gloria.

«Lo que menos merece la vida —escribió Ramón— es la reproducción fiel de lo que aparenta suceder en ella»; por eso él dedicó su genio a inventarla de nuevo, a aumentarla en una operación creadora cuyas fuentes brotaban vitalmente de todo su ser de escritor, en lo consciente y lo subconsciente, en el claro mundo del pensamiento y en el sorpresivo de los secretos, las adivinaciones y las revelaciones, donde habita la mágica y salvacional fecundidad de la existencia.

miércoles, 1 de octubre de 2025

MIGUEL DELIBES OBRAS COMPLETAS FRAGMENTO


 

Miguel Delibes Setién (Valladolid, 1920–2010) fue uno de los grandes novelistas españoles del siglo XX, miembro de la Real Academia Española desde 1975 (silla «e») y galardonado con premios como el Nadal, el Príncipe de Asturias y el Cervantes.

🖋️ Perfil literario y temático

  • Estilo: Realismo sobrio, con una prosa clara y profunda, marcada por la observación directa y el compromiso ético.

  • Temas centrales:

    • El mundo rural castellano y sus injusticias sociales.

    • La infancia como territorio de memoria y pérdida.

    • La crítica a la pequeña burguesía y la violencia urbana.

    • La caza, la naturaleza y la vida sencilla como refugio espiritual.

    • El duelo y la muerte, especialmente tras la pérdida de su esposa Ángeles de Castro.

📚 Obras destacadas

TítuloAñoNotas
La sombra del ciprés es alargada1948Premio Nadal; visión existencial sobre la muerte.
El camino1950Retrato de la infancia rural.
Las ratas1962Denuncia de la miseria en Castilla.
Cinco horas con Mario1966Monólogo interior cargado de crítica social.
Los santos inocentes1981Adaptada al cine por Mario Camus; crítica al caciquismo rural.
Señora de rojo sobre fondo gris1991Elegía a su esposa fallecida.
El hereje1998Novela histórica sobre la Reforma en Valladolid; considerada su testamento literario.

🧭 Legado

Delibes fue un cronista ético de la España profunda, un defensor de la dignidad humana frente a la injusticia y el olvido. Su obra, profundamente ligada a Valladolid y al campo castellano, es también una meditación sobre el paso del tiempo, la memoria y la resistencia silenciosa.


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Colección: Palabras Mayores Editorial: Leer-e
            Director editorial: Ignacio Latasa
            Diseño portada: Leer-e

 

© Herederos de Miguel Delibes, 2007 para Obras Completas I

La sombra del ciprés es alargada, 1948

Aún es de día, 1948

El camino, 1950

Mi idolatrado hijo Sisí, 1953

La partida, 1954

© de esta edición, 2014
            ºLeer-e
            ºwww.leer-e.es

ISBN: 978-84-9071-217-7

Distribuye: Leer-e 2006 S.L.
            C/ Monasterio de Irache 74, Trasera.
            31011 Pamplona (Navarra)

 


  Miguel Delibes

 

 Obras Completas, Volumen I

 

El Novelista

 

  La sombra del ciprés es alargada

 

1948

 

 

 

 


A mis padres

 

A mi mujer

 

A mi hijo

 

 

 

 

 

 

¿Por qué esta ansia, este amor estos supremos
anhelos en el hombre? ¿Por qué existe
un destino de amar, bárbaro y triste,
en la ruina de carne que movemos?

 

M. A. ALCALDE, Hoguera viva

 

 


  LIBRO PRIMERO

 

 

«Un amigo hace sufrir tanto como un enemigo».

 

Proverbio árabe

 

 

  I

 

Yo nací en Ávila, la vieja ciudad de las murallas, y creo que el silencio y el recogimiento casi místico de esta ciudad se me metieron en el alma nada más nacer. No dudo de que, aparte otras varias circunstancias, fue el clima pausado y retraído de esta ciudad el que determinó, en gran parte, la formación de mi carácter.

De mi primera niñez bien poco recuerdo. Casi puede decirse que comencé a vivir, a los diez años, en casa de don Mateo Lesmes, mi profesor. Me acuerdo perfectamente, como si lo estuviera viendo, del día que mi tutor me presentó a él...

Se iniciaba ya el otoño. Los árboles de la ciudad comenzaban a acusar la ofensiva de la estación. Por las calles había hojas amarillas que el viento, a ratos, levantaba del suelo haciéndolas girar en confusos remolinos. Hicimos el camino en la última carretela descubierta que quedaba en la ciudad. Tengo impresos en mi cerebro los menores detalles de aquella mi primera experiencia viajera. Los cascos de los caballos martilleaban las piedras de la calzada rítmicamente, en tanto las ruedas, rígidas y sin ballestas, hacían saltar y crujir el coche con gran desesperación de mi tío y extraordinario regocijo por mi parte.

Ignoro las calles que recorrimos hasta llegar a la placita silente donde habitaba don Mateo. Era una plaza rectangular con una meseta en el centro, a la que se llegaba merced al auxilio de tres escalones de piedra. En la meseta crecían unos árboles gigantescos que cobijaban bajo sí una fuente de agua cristalina, llena de rumores y ecos extraños.

Del otro lado de la plaza, cerraba sus confines una mansión añosa e imponente, donde un extraño relieve, protegido en una hornacina, hablaba de hombres y tiempos remotos; hombres y tiempos idos, pero cuya historia perduraba amarrada a aquellas piedras milenarias.

Cuando descendimos del coche experimenté una sincera vocación de ser auriga. Tenía el cochero un aspecto imponente encaramado en su sitial delantero, con los pies cubiertos por una media bota acharolada y unas polainas blancas protegiéndole sus piernas delgadas y sin forma. Pero mi tío, que no debía de sentir hacia él el mismo respeto que yo, le despidió tan pronto pusimos nuestras humanidades en tierra.

—Antes de nada —me dijo mi tío al verse a solas conmigo—, para cuando lo necesites, sabe que tu padre se llamó Jaime y tu madre María. —(En toda mi vida tuve otra idea de mis padres. En adelante, siempre que sus nombres debían figurar en algún documento, lo hice constar así, añadiendo, entre paréntesis, «fallecido», aun cuando, en realidad, nadie me hubiera asegurado tal desenlace.) Acto seguido mi tío desvió sus consejos hacia otro lado—: Estáte formal; procura causar a este hombre una buena impresión; no enredes ni te hurgues en las narices. En fin, pórtate como un caballero.

Dicho esto, nos acercamos a la casa, cuya fachada no podía ser más deprimente. (Tenía sólo dos pisos y, debajo, un entresuelo con ventanas bajas en vez de balcones. La parte izquierda de la casa tenía una sola fila de huecos aun cuando su superficie era más amplia que la de la derecha, recordando, por su especial asimetría, el desequilibrio de la faz de un tuerto.) Mi tío anduvo un poco desorientado desde que entramos en la casa. Todo se le hacía mirar y remirar con atención todas las puertas con que tropezábamos. A tal punto llegó su falta de dominio de la situación, que me subió hasta el segundo piso sólo para preguntar si vivía allí don Mateo Lesmes. Le dijeron que el señor Lesmes vivía abajo, en el entresuelo, y tuvimos que deshacer el camino andado, sin rechistar. (Pensé, para mí, que en contra del sistema de mi tutor, si se ignora el piso de la persona que buscamos, resulta más provechoso preguntar abajo que subir hasta el último piso, para luego, a lo mejor, tener que volver a bajar. No le dije nada, sin embargo, porque ya me había encarecido, en reciente ocasión, que le molestaba que un mocosuelo como yo tratase de enmendar sus decisiones.)

Antes de llamar, mi tío me estiró la corbata y me advirtió de nuevo sobre la necesidad de que me comportara correctamente en presencia de don Mateo; después tomó el llamador en su mano y la vieja casa retembló bajo el eco de dos poderosos golpes. Cuando me entretenía mirando las estrechas y polvorientas escaleras que arrancaban de mis pies, se abrió la puerta y mi tutor, tomándome de la mano, penetró en la casa. Una mujer indefinible nos había abierto. Quedóse parada al vernos entrar tan resueltamente, agarrándose, con cuatro dedos, las dos puntas bajas de su delantal. Al cabo de un rato nos espetó:

—¿Por quién preguntan ustedes?

(Recuerdo el gozo que me produjo este primer triunfo de mi honorabilidad. Nunca, hasta el momento, me llamaron de «usted», y el hecho de que aquella mujer me parangonase en dignidad con mi tutor me ocasionó un íntimo regocijo. Entonces no advertía yo lo raro que hubiese sido que la mujer dijera: «¿Por quién preguntan usted y el niño?», en vez de: «¿Por quién preguntan ustedes?»; de aquí que considerase aquel trato como el mayor triunfo, hasta entonces, de mi yo personal e independiente.) Mi tío respondió que buscábamos al señor Lesmes. La señora, con cara inexpresiva y sin soltar las puntas de su delantal, nos dijo que su «marido» acababa de salir, pero que no tardaría en regresar porque esperaba nuestra visita aquella tarde.

Al oír mi tutor que la mujer hablaba de «su marido» la saludó cortésmente, deseándole buena salud. Ella contestó, sin inmutarse, que lo mismo nos deseaba a nosotros, indicándonos, acto seguido, que pasáramos y nos sentáramos. Lo hicimos en una salita muy linda y aseada y, una vez allí, la señora nos dejó solos, pidiéndonos perdón antes de hacerlo.

Entonces pude fijarme a mi antojo en lo que me rodeaba. Los muebles se parecían mucho a los de la sala de la casa de mi tío. En ambas, sobre todo lo demás, predominaban los asientos. En ésta había un pequeño sofá, forrado de raso rojo, lo mismo que las sillas y las butacas. Encima del sofá había un espejo con marco dorado, rematado por un copete de dibujos retorcidos. En un rincón, un velador negro de patas gruesas e historiadas, con un mármol encima, sostenía una extraña cajita y un osado florero lleno de rosas de tela con muchas manchitas de mosca. Los tabiques y el techo estaban decorados de un vivo papel rameado. En el ángulo opuesto al del velador había un piano negro abierto, mostrando los dientes cariados de sus teclas, con mucho adorno encima. Al lado del piano una librería baja con varios tomos de La Ilustración Española y Americana.

Mi tío se sentó con una pierna sobre la otra en una de las butacas. Yo lo hice en el sofá, muy cerca de él, con un cierto temor hacia aquella casa que, en adelante, iba a ser mía por bastante tiempo. Ninguno de los dos dijimos nada durante diez minutos que tardó en regresar don Mateo. Cuando éste entró, mi tío se levantó y yo le imité.

Era don Mateo un hombre bajito, de mirada lánguida, destartalado y de aspecto cansino. Sonrió a mi tío al estrecharle la mano y a mí me acarició el cogote con fría cordialidad. Luego nos sentamos los tres y mi tutor y don Mateo se enredaron en una conversación interminable sobre enseñanza, carreras y honorarios. Mientras la conversación giró sobre los dos primeros temas me pareció observar que don Mateo hablaba sobre ello con la laxitud y desgana de quien cumple una obligación habitual. Cuando se abordó, en cambio, el tema de los honorarios, sus ojos, naturalmente apagados, se animaron con una chispita de codicia. De esto deduje que don Mateo no era un hombre a quien sobraran recursos para vivir. Por mi parte, lo único que saqué en limpio de aquella hora interminable fue que mi tío deseaba desentenderse de mi educación y que don Mateo se encargaría de ella hasta que yo concluyese el Bachillerato. Otra conclusión que extraje de aquel juego de palabras fue la de que yo quedaría de pupilo en casa del señor Lesmes en tanto se completaba mi formación moral e intelectual, es decir, más o menos, durante siete largos años. Estas conclusiones iniciales favorecían a mi tío Félix y perjudicaban a mi maestro y a mí. La definitiva favorecía a don Mateo y perjudicaba a mi tutor, siéndome a mí indiferente; el señor Lesmes podría retirar mensualmente del banco ochocientos reales en concepto de honorarios y gastos de manutención. Mi tío justificó su desapego hacia mi pobre humanidad alegando las muchas dificultades que le creaba su nuevo cargo de representante de no sé qué casa comercial.

Una vez rematados estos extremos mi tutor se puso en pie, aprovechando los breves instantes que restaban hasta su inminente despedida en ensalzar y loar mis cualidades físicas, espirituales e intelectuales, cosa que hasta este día jamás oyera en sus labios. Ante mi asombro don Mateo sonrió, asegurando que observaba en mi cara esas maravillosas dotes que mi tío Félix acababa de atribuirme un tanto arbitrariamente. Eran tan falsas unas y otras manifestaciones que, a pesar de mi corta edad, no dejé de ver que las de mi tío las patrocinaba su ferviente deseo de deshacerse de mí y las de mi futuro maestro los pingües honorarios y gastos de manutención que mi alimento físico e intelectual le procuraría. A poco mi tío estrechó la mano de aquel hombre, quien, por su parte, retuvo la de mi tío con un calor impropio de dos personas que acababan de conocerse, aprovechando además la solemne despedida para volver a acariciarme el cogote, esta vez con el calor interesado que pondría un granjero en dar el pienso a su vaca de leche. Todo quedó en que yo me incorporaría a la vida íntima de don Mateo en la noche del día siguiente.

En las veinticuatro horas que siguieron viví una vida de expectativa. No hallaba en mis juegos las sensaciones arrobadoras de mejores días, y únicamente mi próximo destino ocupaba todos mis pensamientos. Después de comer, mi tío me ordenó preparase mis cosas en compañía de Elena, su vieja criada. Así lo hicimos y antes de las ocho partía yo de aquella casa en el mismo coche de caballos que la tarde anterior.

Cuando me apeé en la puerta de don Mateo me invadió una sensación de soledad como no la había sentido nunca. Me hacía el efecto de que nadie en el mundo daría un paso por afecto hacia mí. Yo era un estorbo que únicamente por dinero podía aceptarse. Cuando llamé débilmente en la puerta del señor Lesmes mi mano temblaba. No ignoraba que con un paso más, franqueando aquel umbral, inauguraría una era decisiva de mi existencia. Salieron a recibirme don Mateo y su esposa. Aquél me acogió con una sonrisa y me preguntó por mi tío; ésta me saludó fríamente sin dejar de agarrar las esquinas de su delantal, como si en realidad no se hubiese movido de la postura en que la dejáramos la noche anterior.

No me pasaron a la salita del piano como yo esperaba. (Más tarde me convencí de que era ésta una de esas habitaciones de estar donde no se está nunca.) Me condujeron a un cuarto de pequeñas proporciones, situado enfrente de la salita y con una ventana, también pequeña, que daba a la plaza. Casi pegada a la ventana había una camilla, con brasero ya, a pesar de estar a últimos de septiembre, y junto a la puerta, una especie de trinchero con copas y tazas colocadas allí con intención evidente de lucirlas. El resto del mobiliario lo constituían unos taburetes de madera y una butaquilla de mimbre, situado todo alrededor de la camilla. Además, lo que ya me resultó más interesante, en un rincón de la habitación, se levantaba una especie de trípode sosteniendo una pecera de cristal verdoso que encerraba dos pececillos de color encarnado. Los miré con simpatía porque me pareció que también ellos estaban prisioneros como yo en manos de aquel hombre chiquitín que se llamaba como un apóstol de Cristo.

Lo que me chocó sobremanera fue ver la mesa dispuesta para cenar, cuando aún no eran las ocho y media de la noche. Imaginé que entraba en una de esas vidas de orden que tanto me disgustaban. Así y todo hube de resignarme y sentarme a la mesa ante la indicación de mi maestro. Esperé impaciente a que viniesen mis compañeros de mesa, pues mi curiosidad advirtió, nada más entrar, que había en ella cuatro platos, y, que yo supiera, no éramos más que tres los comensales. Al aparecer mi maestro con una niñita como de tres años de la mano, lo comprendí todo y se me cayó el alma a los pies. Era la hija del matrimonio y para mí un trasto que en modo alguno deseaba. La sentaron en una silla, a mi lado, después de poner debajo tres grandes cojines. Don Mateo me presentó a la chiquilla, apuntándome con el dedo —un dedo manchado de tiza— y diciéndole «que éste era el nene que papá prometiera traerle». La niña sonrió acentuando sus flácidos mofletes y, naturalmente, no cesó en toda la cena de darme golpes en un brazo con un tenedor usado y repetir «nene, nene», hasta un centenar de veces. No tuve otro remedio que sonreírle, aunque su calificativo no me agradase demasiado.

Aquella misma noche me enteré de varias cosas. La mujer de don Mateo se llamaba Gregoria y no era amiga de palabras ni aun en el seno íntimo de la familia. Don Mateo tenía la carrera de maestro, carrera que explotaba de una manera original. Era, además, el prototipo del maestro de reglas fijas, inconmovibles, y de mezquinos horizontes. Sus primicias pedagógicas me las brindó la misma noche de mi llegada.

—¿Sabes leer, Pedro? —comenzó.

—Sí, señor.

—¿Sabes escribir?

—Sí, señor.

—¿Sabes sumar?

—Sí, señor.

—¿Sabes restar?

—Sí, señor.

—¿Sabes multiplicar?

—Sí..., señor.

—¿Sabes dividir?

—Sí, señor.

—¿Conoces la potenciación?

—No, señor.

Sonrió suficientemente y añadió:

—¿Ves, chiquito? De esta manera tan sencilla puedo adivinar en un momento hasta dónde llegan tus conocimientos.

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BAJO LA PIEL GUNNAR KAISER Traducción de Claudia Baricco FRAGMENTO CAP I

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