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miércoles, 4 de marzo de 2026

Serafín Álvarez Quintero & Joaquín Álvarez Quintero Obras completas. Tomo VI Obras completas Hnos. Álvarez Quintero - 6

 


Los hermanos Serafín y Joaquín Álvarez Quintero son autores andaluces que cosecharon un gran éxito hace aproximadamente un siglo. Su producción es básicamente de comedias y se divide en las ambientadas en su Andalucía natal, tamizada por los recuerdos de su infancia y presentando siempre una visión luminosa y alegre, y las ambientadas en Madrid, más amargas. En cualquier caso, la mayoría son divertidas y siempre muy bien escritas.

Este volumen comprende las estrenadas desde el 28 de mayo de 1935 hasta el 10 de diciembre de 1948 inclusive.

TOMO VI

Este volumen comprende las estrenadas desde el 28 de mayo de 1935 hasta el 10 de diciembre de 1948 inclusive, cuyos títulos, por orden cronológico, son los siguientes:

Los restos.Burlona
Seguidillas de baile.Olvidadiza.
La comiquilla.Azares del amor.
El álbum de la bisabuela.Nidos sin pájaros.
La inglesa sevillana.Manantiales.
La venta de los gatos.En mitad de la calle o La prisa de las mujeres.
Los papaítos.Ventolera.
La Giralda.El poetilla.
El maleficio.Filosofía alcohólica.
Fifín II.El amor en un hilo.
Siete veces.Manolita Quintero.
La risa va por barrios.Pregón de flores.
Tuyo y mío.El género chico.
¿A qué venía yo?Un día es un día.
Mañana de sombras.Entre sueños.
La divina inventora.Los burladores.

lunes, 2 de marzo de 2026

Ramón Gómez de la Serna La viuda blanca y negra Fragmento

 



Gómez de la Serna es el escritor español que mejor representó la vanguardia artística y literaria de su época. En esta obra Madrid y París se reparten escenario de la acción, tiene mucho de detectivesca y lo erótico está en un elevado nivel literario y artístico, a la altura de Virginia Woolf o James Joyce.


I
EN LA MISA DE ANIVERSARIO

Era una de esas misas de aniversario a las que no hay más remedio que ir. La iglesia no tenía ese luto que debía corresponder a una misa fúnebre, por más que el que se celebre sea un décimo aniversario, de esos decimos aniversarios que de pronto llenan las cuartas planas de muertos que parecen recientes.

Nadie en el público se había dado cuenta de que se trataba de una misa por el sufragio de nadie. Todos asistían a una misa como la da todos los días, y se veía que eran abonados a esa misa y a esa hora todos los que estaban en la iglesia.

Rodrigo, poco acostumbrado a entrar en las iglesias, disfrutaba de todos los detalles de la iglesia como cosa insólita llena de emociones y sabores infantiles. Primero, durante largo rato, se había quedado ciego, pero ciego con los ojos completamente abiertos, ciego con una sombra de sangre en los ojos, ciego como si los velos de la iglesia le hubieran cubierto los ojos.

Después vio el primer rayo de sol, como un roto en su oscuridad, y fue buscando a los parientes, con los que iba a cumplir. La tía Genoveva, enorme, opulenta, con su sombrero de alto copete, se destacaba la primera junto al altar mayor. Ésa no faltaba ningún año. Después vio a los demás de la familia del ilustre muerto, del querido tío de Rodrigo, al que Rodrigo apenas debía nada sino unas sonrisas y unas bromas que no había olvidado. Casi nadie de los que le debían algo estaba por allí. ¡Es que era el décimo aniversario y ya era como si no hubiese existido nunca el pobre difunto!

La misa estaba comenzada porque, eso sí, Rodrigo no podía llegar nunca a tiempo. Aquella sensación de que todo le volvía las espaldas le dejó en una especie de soledad en compañía, extraña, aguda, como si estuviese presente y muerto, como sombra espiritual de sí mismo. Hasta esa misma presencia de los vivos en las iglesias tiene una emoción de muerte.

Los dorados de las tallas y los cornisamentos le intentaban halagar y se le hacían presentes como nada. Los veía brillar, exaltarse en la luz, ser como los caireles de la iglesia, como la base de su gran lujo. Eran como espaldillas de torero colgadas aquí y acullá.

Otra vez volvía con extrañeza a aquellas mujeres vueltas, curvadas, con mórbida postura sobre los reclinatorios, en postura que tenía también una cosa de sumisión de mujer, de espera lúbrica.

Le excitaba el espectáculo de la iglesia. Hacía más atrevido su pensamiento que el de la calle. Recordaba todas las entradas en la iglesia como una sobreexcitación aguda. Sus horas de colegial salían más claras que de ningún sitio, de la iglesia. Recordaba también como un desmayo en el que le hundían las cosas, su estancia en las iglesias de la provincia lejana cuando iba a confesar y los curas tardaban ímprobamente en despachar la larga hilera de pecadores.

En aquella sombra había derretidas tantas presencias que habían dejado su anhelo, su escalofrío de gusto al pensar en el cielo, que los niños encontraban la primera honda promiscuidad en la sombra de la iglesia. Las mujeres parecían haberse desvelado en la sombra de aquella gran nave, en que sufrimos el contacto más serio de la vida, en que tomamos parte en las fiestas de los mayores, en el salón de la iglesia.

Rodrigo quería precisar en las sombras aquellas siluetas que parecían engurruñadas sobre sí mismas. En las alturas subían hacia lo alto, como espirales o enredaderas, las orlas talladas. Había música de órgano en los pliegues de lodo y en la ornamentación había notas de trompetería.

Casi todas las mujeres que entraban tenían ya su orientación en la iglesia, buscaban su capilla como si ese fuese su gabinete privado y las más buscaban aquella especie de «gabinete ortopédico» de la capilla de los exvotos. Se sospechaba que aquella pierna colgada respondía de la de tal Señora y aquellos senos eran de otra, y hasta aquel niño ya tan amarillo y abortado representaba la niñez de la otra.

Las sillas de pueblo de la iglesia, las sillas bajitas con asiento de paja y traje de luto que están siempre arrima das al balcón en las casas de pueblo, daban una campechanería especial a la iglesia.

Rodrigo buscaba entre todas aquellas mujeres, su mujer. La mujer que el hombre escoge en todos lados. No la encontraba, porque sus primas, aunque eran guapas, tenían para él esa especie de carne de bacalao sin sal que es la carne de todas las mujeres de la familia.

Junio a un oscuro confesonario había una penitente arrodillada, metida en el rincón de la confidencia. Parecía hablar por la reja, por la celosía con su novio, era como el pelar la pava del fraile enclaustrado y la mujer que le ruega que abandone su clausura.

Tenía aquella mujer disimulada en el rincón confidencial de la confesión, una gracia de formas encantadora. Parecía al mirarla estarla sorprendiendo en una postura de confianza, en la postura más de la intimidad, pues se veía que era la mujer orgullosa, altiva, elegante, que no sabe arrodillarse, que se arrodilla con ingenuidad, en la postura desarreglada, provisional, imprevista de la mujer que nunca pidió perdón y a la que el que puede humillarla la ha hecho que pida perdón.

Rodrigo esperaba el fin de aquella confesión y miraba la sombra de los demás confesionarios, sombra llena de pecados estancados, con telarañas negras en los rincones en los que trabajaba la araña del pecado y como llenos también de pulgas negras que, simbolizando los pequeños pecados, son las pulgas que guardan las mujeres en el nido de sus ligas o en la estrechez del corsé.

Hombres, ya no se confesaban casi nunca, ninguno. Por eso los pecados abyectos de los hombres, gordos como sapos cuando eran mortales, y cuando eran veniales sucios como chinches llenos de sangre, no se mezclaban a los de las mujeres.

Varias veces, el cura silencioso que accionaba en el al lar mayor, se había vuelto hacia él y le había mirado y le había reconocido como se reconoce al escéptico, pero lo había bendecido de todas maneras, porque no había tenido más remedio que hacer el gesto al volverse.

Las misas de las oirás capillas transversales a la gran misa central parecía que la hacían de menos y perturbaban la única atención que había que sostener. Curas más rústicos y humildes, sacerdotes que se aproximaban más al pastor arquetipo decían esas misas como secundarias, con la vela indecisa, con una especie de cabito de vela. La casulla dorada era la que daba luz suficiente a las pequeñas capillas.

Confesión larga era la de aquella mujer misteriosa e interesante, que muy vestida de viuda parecía contar la agonía de su esposo y lo que ella lo quería, al memorialista de la confesión, encerrado en su garigola. ¿Quizás contaba aún los pecados de su pasado, pecados confesados con retraso, pecados cometidos aún con el muerto?

Caía como una larga cola sobre su «pompa postrera» la pena del sombrero, cubriéndola un poco las piernas, vestidas con medias caladas, detrás de las que relucía la carne de la penitente, blanca como la hostia iluminada.

¡Cómo brillaba aquella mano conque se asía a la repisa de la ventanilla! ¡Cómo debían de sufrir todas las tiranteces de sus articulaciones acostumbradas a la enervación de la mujer cómoda, en aquella postura incómoda que iba resultando tan larga!

De vez en cuando, Rodrigo la veía moverse, asentar el pie como para ir a levantarse y, sin embargo, continuaba otro largo rato. De vez en cuando se oía el rezongueo de la confesión, la confesión a la que nunca habrá oído indiscreto que se acerque. Ni las mujeres, que son tan curiosas, aplicaron el oído nunca a las confesiones que pudieron oír, aunque las tocase estar arrodilladas en la fila de los que esperaban, teniendo a veces que hacer un gran esfuerzo para no oír a la mujer nerviosa, que sin darse cuenta levanta la voz demasiado.

Por fin, como quien se recoge y levanta la cola para andar, la viuda recogió su larga «pena», y buscando la mano del cura —con el tacto de la de los peluqueros cuando apuran la barba— dio un beso en ella.

Rodrigo se quedó emocionado cuando aquella mujer levantó sus ojos y se volvió a orientar por entre las cosas perecederas, buscando el camino entre las sillas, en cuyos bordes se suele tropezar constantemente en las iglesias, destrozándose todas las espinillas el que tropieza. La viuda tan blanca y tan negra que le tenía deslumbrado, buscó su silla y tomó un devocionario y una sombrilla que había dejado en ella durante la confesión y se sentó.

Primero se puso a recapacitar y se abstuvo de mirar a ningún lado, pero en seguida cometió el primer pecado de distracción. Ella, indudablemente, había visto la mirada de Rodrigo y su presencia al lado del confesionario. Había sentido tal vez los azotitos en el transportín que le habían dado cariñosamente las miradas de aquel hombre, y lo buscaba hacia donde estaba, encontrándole enseguida y atreviéndose a mirarle fijamente.

Rodrigo recogió aquella mirada con encanto, satisfecho de obtener la mirada depuradísima de la que se acababa de confesar. La viuda parecía haber recobrado toda su virginidad después de la confesión.

La iglesia, con la misma luz de al principio, parecía haberse llenado de luz y se sopaba en la luz y se probaban los bizcochos borrachos de las largas franjas de luz espolvoreada, densa como un azucarillo de luz.

Todo se veía como después de una revelación y se encontraba en los rincones esa alegría de la habitación espaciosa y esterada con estera de pleita. Las puertas sonaban como puertas de armarios roperos. Había siempre algún arrastre de pies que parecía el de todo un colegio que entraba, resultando después que era el solo paso de una beata.

Rodrigo, un poco mareado con ese espectáculo a que estaba tan poco acostumbrado, veía subir, como en un concurso de altura, los cálices de los distintos altares y la Sagrada Forma, que parecía volar al cielo después de cada ofrecimiento, como si fuese una especie de cometa blanca y nacarada.

La viuda de vez en cuando se movía lanzando hacía sus atrases coleos de su gran pena, bufándola como quien bufa el pelo de su crespa cabellera suelta. Sus piernas, con las medias caladas de más fina filigrana, lucían como las candilejas de su figura y leía en su libro de misa las palabras amorosas que en miradas disimuladas iban a buscar a Rodrigo.

Por fin la segunda misa de duelo acabó, bajando los escaños el cura como macero que después de su misión se va a vestir de paisano y se va a fumar el cigarrillo de después del desayuno, cogiéndole con la fina aprehensión muy de ritual del dedo índice y el pulgar, con aplastamiento de pinzas.

Hubo un momento de tregua en que los parientes se miraron unos a oíros, y las mujeres se sentaron con asiento pleno en las sillas cómodas para la lectura; las sillas bajas que las hacían a todas un poco jorobadas.

La viuda se había puesto de pie, gallarda, más alta que antes, porque había hecho el desperezo, la distensión de la que va a salir a la calle y despliega toda su figura. Su falda, de un corte especial, con dos haldas, la hacía caer de las caderas dos alas ceñidas.

Rodrigo, al verla ir a salir, retrocedió hacia la puerta y se preparó a darla agua bendita. Era un acto antiguo y de la cortesía del pasado aquel de dar agua bendita a una mujer, pero Rodrigo lo iba a usar porque le parecía un acto admirable para encadenar los destinos, para empalmarse con la mujer desconocida.

Estaba radiante y maravillado ante su ocurrencia. Iba a practicar la gran indiscreción permitida, iba a darla un beso húmedo en los dedos, iba a infiltrarla su influencia, su deseo, sus esperanzas.

En efecto, ella avanzó hacia la pila y Rodrigo entonces con un gesto muy acoplado al momento, la ofreció un sorbito de agua, un poco de esa salivilla bendita que se pega a la punta de los dedos y ella lo tomó sin titubear, porque parece una cosa escrita y prescrita en el decálogo:

«Que la que recibe el ofrecimiento de agua bendita, lo debe aceptar hasta de su enemigo».

Rodrigo, aprovechándose de esa vuelta entera que dan las mujeres al persignarse frente al altar mayor, cuando esa misma persignación es hasta en los curas media vuelta soslayada, salió detrás de la viuda, y ya fuera de la iglesia para que por cualquier escrúpulo religioso no le rechazase, la dijo:

—Es usted la blancura ideal y no quisiera si no poderla volver a ver… No podría yo vivir sin ver de cerca esa blancura incomparable…

El sintió que caían sobre los ojos de ella los segundos párpados del desvanecimiento por influencia de la floroída y entonces insistió:

—La blancura de usted pone en el día como una de esas lunas de la mañana, que se atreven con el sol…

Ella se volvió al oír aquello y sonrió. Todo su descole en forma de sonrisa, sonrió también.

Entonces él se puso a su lado y toda la calle que los mi_ raba, vio cómo escalaba el ascenso de ir al lado de ella, a su vera misma, el que a la vista de todos había comenzado con timidez de colegial, guardando las distancias.

sábado, 14 de febrero de 2026

JOAQUIN MARCO ANTOLOGIA DE LA POESIA ROMANTICA ESPAÑOLA SALVAT EDITORES, S.A.

 


INTRODUCCION

Prerromanticismo, romanticismo y escuela romántica. El Romanticismo es, indudablemente, el movimiento de mayor trascendencia en la estética contemporánea, puesto que a él se debe la formulación de las premisas que regirán el mundo contemporáneo hasta bien entrado el siglo XX. La prolongación del Romanticismo en el seno mismo del llamado realismo y en los movimientos de vanguardia europeos habrá de tenerse en cuenta a la hora de valorar los resultados de aquella amplia zona que viene a cubrir la revolución individualista. «Libertad en literatura, como en las artes, como en la industria, como en el comercio, como en la conciencia. 

He aquí la divisa de la época, he aquí la nuestra, he aquí la medida con que mediremos; en nuestros juicios críticos preguntaremos a un libro: ¿Nos enseñas algo? ¿No eres la expresión del progreso humano? ¿Nos eres útil? Pues eres bueno. No reconocemos magisterio literario en ningún país, menos en ningún hombre, menos en ninguna época, porque el gusto es relativo; no reconocemos una escuela exclusivamente buena, porque no hay ninguna absolutamente mala...» \ Aunque en el artículo de donde procede este i. Mariano José de Larra, Literatura. Rápida ojeada sobre la historia: índole de la nuestra. Su estado actual. Su porvenir.

Profesión de fe, «El Español», 18 de enero de 1836. Texto: Larra procura mostrarse ecléctico; las bases de su pensamiento romántico coinciden con el movimiento ideológico que trae consigo el liberalismo, la nueva concepción de los nacionalismos y la actitud ante el progreso, fórmulas todas ellas fruto y a la vez expresión de una mentalidad «burguesa». Como bien apun taba Guillermo Díaz-Plaja en su Introducción al estudio del Romanticismo español, «o el Romanticismo es una constante de la historia de la cultura, y en este caso debemos buscar su influencia, visible o subterránea, a lo largo de todos los siglos, o bien es un fenómeno es pecífico de determinado período; entonces deberemos advertir en él una larga época de preparación que, sin exagerar, podemos señalar por todo el siglo XVIII, una época de florecimiento que es mucho más breve de lo que se cree en general, y un período de liquidación que se inicia a mediados del siglo XIX y que dura — con el fio de siglo— hasta 1914»2. La estética romántica y sus destellos pueden detec tarse en España, pues, mucho antes que el movimiento vea la luz. Cuanto más cerca de los inicios del siglo xix, más perceptibles son los rasgos de la nueva sensibilidad. Algunos críticos han intentado probar la existencia de un movimiento prerromántico comparable al prerrena- cimiento o al preclasicismo. Paul Van Thiegem consi dera que el prerromanticismo se caracterizaría por ser «el conjunto de estados de espíritu o de sensibilidad, tendencias, sentimientos, ideas, formas, obras que du rante el fin del período clásico ofrecen rasgos que anun cian el Romanticismo del siglo XIX» 

3. Considera el propio Van Thiegem que denominar «romanticismo» a estos rasgos que se dan en las literaturas del siglo XVIII 2. «Col. Austral», Espasa-Calpe, 2.a ed., Buenos Aires, 1954, P- 32 3. Paul Van Thiegem, Le romantisme dans la littérature euro- péenne, Albín Michel, París, 1969, p. 29. Puede resultar confuso. Con todo, el término «prerromanticismo» induce también al equívoco, al considerar una serie de rasgos aislados y significativos como un movimiento. 

En España hallaríamos rasgos prerrománticos en escritores tan alejados del Romanticismo de escuela como Feijoo, Cadalso, Moratín, Meléndez Valdés o Jovellanos. El primer problema que nos hemos planteado al iniciar esta colección de poemas que vendrían a representar el movimiento romántico español, es el de sus propios límites. Aunque Cadalso (1741-1782) resulta un poeta popular durante el pleno Romanticismo, y no únicamente por sus famosas Noches lúgubres, sino también por su poesía funeraria dedicada a Filis, ¿puede ser considerado como un poeta romántico? La escuela salmantina, capitaneada por Meléndez Valdés, el García Lorca de la época, ofrece algunos poemas de especial interés para mostrar la evolución posterior de la poesía española, pero hemos querido limitarnos sólo a recoger muestras de Meléndez, de Cienfuegos, de José Joaquín de Mora, de Juan Nicasio Gallego, del duque de Frías y de Bartolomé José Gallardo, por creer que nuestra atención debía extenderse más hacia los poetas conscientemente románticos, los románticos de escuela. Arriaza, Arjona o el mismo Quintana, por no señalar a Jovellanos o a Moratín, o a tantos otros poetas que poseen algunos rasgos definidamente románticos, han sido eliminados. Creemos que los textos aportados darán suficiente luz para comprender la evolución de temas y recursos. 

La variedad de enfoques y las características individuales de los poetas que conviven o participan en el Romanticismo muestran la riqueza de un momento de la evolución poética española mal conocido y revelan las posteriores líneas de incidencia. Cuatro poetas postrománticos cierran la antología: A. Ferran, Bécquer, Querol y Rosalía de Castro. En los cuatro casos se demuestra palpablemente que dicho postromanticismo es, en España, muy superior al romanticismo de escuela. Aquí hay que destacar también que hemos seleccionado los poetas de un más amplio movimiento. No cabe duda de que Campoamor, que se inicia como poeta romántico y que lo sigue siendo, pese a su humor cáustico y a su escepticismo vital, mucho después de que el Romanticismo, en cuanto a movimiento, pasara de moda, hubiera debido incluirse. El ejemplo de Campoamor vale también para otros poetas que alcanzarán su madurez en la segunda mitad del siglo XIX y que han sido estudiados ya por José M.a de Cossío

 4. Generalmente, se tiende a encajar la explosión del Romanticismo entre 1834 y 1844; es decir, entre los estrenos teatrales de La conjuración de Venecia y de Don Juan Tenorio, respectivamente. Sus autores, Martínez de la Rosa y José Zorrilla, se encuentran representados también en nuestra antología poética. En la breve floracion de escuela, la crítica acostum bra a identificar tres generaciones: la de los nacidos entre 1785 y 1799, con Martínez de la Rosa y el Duque de Rivas a la cabeza- la de los nacidos entre 1800 y 1815 : Juan Arólas, Espronceda, Manuel de Cabanyes, Larra, Nicomedes Pastor Díaz, Gestrudis Gómez de Avellaneda y Enrique Gil y Carrasco, entre otros (la generación romántica por excelencia), y la de los na cidos entre 1816 y 1825 : José Zorrilla, García Tassara, Piferrer, Carolina Coronado, E. Florentino Sanz, etc. Junto a estos poetas, algunos de ellos destacados también en otras actividades literarias, cabe señalar la presencia de críticos y novelistas, de románticos de primera línea, como Ramón López Soler, de autores hoy todavía mal conocidos y enjuiciados, como Patricio de la Esco 4. 

 Cincuenta años de poesía española (1850-1900), Madrid, 1960, 2 vols. Sura, el autor de la novela El patriarca del valle (1846), que brilla en el mediocre conjunto, o de personajes complejos, como Wenceslao Ayguals de Izco, uno de los divulgadores de la novela de folletín, ejemplo de novelista popular y propagandista social. El Romanticismo sería inexplicable en España sin los textos de Alcalá Galiano, sin «El Europeo» y sin el nacimiento y consolidación de una nueva figura literaria, la del periodista, que modelará la opinión nacional. La situación política española, siempre al borde o dentro de la guerra civil, constituirá un freno al normal desarrollo literario. No cabe duda de que las emigraciones favorecieron el Romanticismo en España al poner personalmente en contacto a los emigrados —afrancesados o liberales— con las nuevas ideas; pero, si bien los románticos españoles vivieron de forma tanto o más romántica que sus contemporáneos europeos, su poesía no estuvo generalmente a la altura. Más tardía y más a ras del suelo, no supo o pudo elevarse por encima de la sociedad de su época. Temas y problemas de la poesía romántica española. Escribía Espronceda en «El Siglo» (24 de enero de 1834): «¡Ya están aquí!, exclamarán: Ya están aquí esos románticos con su moderna escuela... Oigámoslos desatinar. 

Si en vez de un par de columnas que tene mos a nuestra disposición para esta materia pudiera llenar nuestra pluma pág.nas y páginas, trataríamos esta cuestión con el espacio y claridad que su interés exige: probaríamos que la moderna escuela es la suya, la nacida en el siglo XVIII, la que prescribe la imita ción de los antiguos que no imitaron a nadie; la clási ca, en fin, pues clásica hay que llamarla para podernos entender; deduciríamos de esto que la que nosotros profesamos es la antigua, la única, la naturaleza, sí, pero no con el manto, el casco y el politeísmo, sino con la modificación; más diremos, con la total muta ción que la han hecho sufrir los nuevos usos, costum bres, ideas, sensaciones; en fin, el triunfo y estableci miento del Cristianismo; haríamos ver que, lejos de despreciar los modelos de la antigüedad, como se nos supone, en ellos fundamos nuestra doctrina...» He aquí nuevamente, en síntesis, la famosa querella entre los poetas antiguos y modernos que constituirá el eje del debate de la nueva escuela. 

Mientras los clásicos recomiendan la imitación de los modelos grecolatinos, los románticos se sirven de ellos; pero consideran, en la teoría, que su modelo máximo es la naturaleza. Poetas ossiánicos fueron denominados también en sus orígenes, precisamente por su frecuentación medieval, al valorar aquella Edad Media que, en los versos del bardo y en los héroes de Walter Scott, se torna idílica, cristiana y generosa. En el fondo, en unos y otros clama siempre la libertad individual. Sea liberal o conservador, el romántico es partidario de una libertad abstracta. El lector hallará a lo largo de los versos seleccionados dos de los principales temas que despiertan el mundo romántico. Algunos de ellos son temas eternos, como el de la muerte, pero en el Romanticismo adquirirán un característico relieve. El Romanticismo español será menos intelectual que el del resto de Europa, menos profundo, menos elaborado y, por consiguiente, menos perfecto. 

La contemplación del paisaje a la luz de una nueva sensibilidad, el sentimentalismo, desbordado en ocasiones, y la observación serán indudables aportaciones. Los románticos empiezan a ver a su alrededor, puesto que se interesan, precisamente, por lo natural. Su sensibilidad deforma en ocasiones la realidad, pero conforma otra en la que cabe lo imaginario. Lamentablemente, la imaginación de nuestros románticos se desbordó sólo ?n contadas ocasiones, y en sus poemas vemos algunos resplandores o destellos, pero no hallamos ni un Hólderlin ni un Blake. En cambio, el interés por las canciones populares, de las que damos en esta antología buenas muestras, no ha sido valorado suficientemente. Desde Bartolomé José Gallardo a Piferrer, desde Rodríguez Rubí a Augusto Ferrán, la canción popular se torna culta. El «neopopularismo» que caracterizará la primera fase de la generación de poetas de los años veinte (la mal llamada generación del 27) debe verse no solo en sus precedentes inmediatos (A. Machado y Juan Ramón Jiménez), sino también en los poetas románticos que precedieron a las primeras recopilaciones de folkloristas como Antonio Macha do y Alvarez (el padre poeta), y los cantos populares españoles de F. Rodríguez Marín. Las innovaciones métricas en los versos y la polimetría que caracteriza el movimiento romántico responden a su pregonada libertad.

Se rompe con el neoclasicismo, pero se respetan reglas, y, en su conjunto, los poetas románticos preparan el modernismo. El romance adquiere nuevamente su antigua preponderancia, pero reaparecen también el villancico, la seguidilla e incluso el cósante (Pablo Pi Ferrer). Se usan combinaciones métricas con deseos innovadores y, aunque los poetas componen bajo la inspiración temática de un asunto que desarrollan, los líricos alcanzan imágenes aisladas de gran belleza. Debemos apuntar aquí el tema, desgraciadamente autobiográfico, del exilio en la poesía romántica. Desde diversos países europeos, pero también desde América, el poeta romántico revive las escenas vividas en una España ideal, con la esperanza puesta en el retorno. 

El lector hallará, desde las primeras muestras, ejemplos dramáticos de unos españoles que viven la patria fuera de España. Desconocimiento de la poesía romántica: Pese a que en su conjunto la poesía romántica alcanzó gran popularidad, caló en la mentalidad de la época y se transmitieron muchos elementos hasta prácticamente nuestros días, la evolución de dicha poesía entre nosotros no ha sido suficientemente estudiada. Faltan buenos análisis parciales que den luz a las todavía numerosas sombras que esconden los nombres populares de los poetas románticos. Cuatro notables anto logías, sin embargo, han precedido a la nuestra: la ya muy rara de G. Boussagnol, Anthologie des poetes romantiques espagnols (París, 1938); la excelente de Félix Ros, Neoclásicos y románticos (Madrid, 1940); la de Manuel Altolaguirre, Antología de la poesía ro mántica española (Buenos Aires, 1954), muy divulgada, realizada con exquisita sensibilidad, y la de José Manuel Blecua, Antología de la poesía romántica española (Za ragoza, 1956), en la que se aúnan buen gusto y conoci miento del tema. Nuestra personal selección, como es lógico, difiere de las anteriormente citadas. Pero también en ocasiones coincide, para nuestra satisfacción, con las de los antólogos anteriores.

 Como cualquier otra antología, esta no deja de ser una «traición». Hemos marginado a poetas y poemas que debieron figurar. Hemos pretendido, sin embargo, aliar la evolución del romanticismo con unos poemas que creemos que resultarán válidos en sí mismos, más allá de su tiempo, puesto que es precisamente el tiempo (y los románticos lo expresaron magistralmente) quien señala a sus elegidos. Retornar, de este modo, a la poesía romántica significa, en ocasiones, descubrir las raíces de nuestra propia sensibilidad.

jueves, 22 de enero de 2026

JUSTO JORGE PADRÓN LOS CÍRCULOS DEL INFIERNO

 


JUSTO JORGE PADRÓN, LOS CÍRCULOS DEL INFIERNO

 EL LLANTO

Porque no hay más que llanto,
sólo llanto en el mundo,
vértigo de dolor, pérdida, decadencia,
y llanto, muchedumbres condenadas,
vacío y llanto, rostros de impávida amargura,
desolados, perdidos sin saber,
y el estremecimiento que crece como un fondo del abismo,
llanto, llanto llenando el mundo, trenes,

bodegas, llanto, cárceles,
cementerios y llanto, ruinas, llanto,
igual que una invasión constante y ciega,
como una plaga incontenible el llanto,
siempre el llanto en la playa solitaria,
tras el silencio turbio de la tarde,
tras cristales mojados, desconchadas paredes,
en coches negros, siempre el llanto, el llanto,
monótono, terrible, inconsolable, hermético,
el llanto, letanías, hospitales,
órdenes, llanto, botas y fusiles,
llanto, miseria, llanto,
llanto por las aceras,
en las casas cerradas
llanto, entre uñas y dedos y cabellos,
mojando el pecho, trasminando el mundo,
ahogando al hombre, sólo el llanto, el llanto, “Los círculos del infierno”. 1976)


NINGÚN RUIDO,
NINGÚN SILENCIO

Y de pronto cortando vertiginoso el aire,
oscuro frío en mi cerrado cuerpo.
Un golpe atroz estalla. Con cortantes añicos
me violenta la espuma, mi mudo cuerpo insomne
sumergiéndose insomne, sumergiéndose
como un tren sin rieles y sin faros,
reducidos a burbujas en el mar de los hielos.
Ya soy este espesor que nunca se ha de abrir,
hundiéndome en lo negro inextinguible,
hundiéndome, hundiéndome.
Como la lluvia o los torrentes caen,
van cayendo los muertos desde ríos y tumbas,
desde noches y crímenes y siglos olvidados,
girantes torres de ojos, rostros rígidos
como columnas, gélido museo
de gestos, vaho turbio entre venas de piedra,
toda la eternidad encerrada en el agua,
pálidas ondas casi vidrio,

oscilante torpeza de inertes manos,
bocas abiertas, máscaras fueron
vejez y dolor y este humo inmóvil
que ya todo lo ocupa.
Huecos y sombras que laceran
desaparecen en lo oscuro, sueños
entrevistos y fríos remolinos
de un círculo de olvido y desamparo,
apariciones, súbito centellear de huesos
en lomos de corceles invisibles,
rompiéndose entre sí, disgregándose, sordas
explosiones, naufragios y cráneos que descienden
y maromas sonámbulas y pelos
extensos cortando témpanos, ocultando
inmensos bosques, fósiles, espejos de lo exangüe,
larguísimos descensos de la muerte,
atravesando corredores, angostas galerías,
sumideros, sentinas, cavernas, desplomándose
a los abismos, órbitas y racimos de manos,
cadenas macilentas de las que emergen dedos
que los relámpagos encienden,
mas ningún ruido, ningún signo,
ninguna voz, ningún silencio.
Busco el grito en mi corazón,
lo estoy buscando en  vano, Los círculos del infiernos”. 1976)

martes, 9 de diciembre de 2025

Manuel Vicent El anarquista coronado de adelfas PRÓLOGO

 


Manuel Vicent

El anarquista coronado de adelfas

Manuel Vicent nació en 1936, es licenciado en Derecho por la Universidad de Valencia y tiene estudios de Filosofía y Periodismo. Premio Alfaguara con la novela Pascua y naranjas. Ha publicado otras novelas y relatos y un estudio sobre García Lorca. Escribió en la Tercera Página en el diario Madrid, en la revista Hermano Lobo y ha hecho la crónica parlamentaria en El País, donde es colaborador actualmente.

De la obra que ahora presentamos el autor nos dice: «No sé si esto es una novela, ni siquiera si es un relato. Después de releer el original he llegado a la conclusión que esto solo es un libro de imágenes. Tengo una manera peculiar de escribir, un método compulsivo de decir las cosas: abro la manguera a toda presión y con la angustia de unos cien metros libres lleno doscientos folios en un mes. Lo que hay dentro de este mazo de papeles, en este caso, no es más que una serie de vivencias de cuarenta años de política traducida a estética. El tránsito de la dictadura a la democracia elaborada con las luces de una feria berebere. Por dentro del relato corre echando el bofe un protagonista alucinado. Vuela una esfumada figura de mujer. Lo demás se reduce a colocar el adjetivo exacto en el sitio oportuno. En el fondo este libro es un ejercicio literario, escrito con una pacífica intención diabólica de lamerse las heridas en público. Creo que es un apunte para una destrucción».

sábado, 29 de noviembre de 2025

pablo-ignacio de dalmases los novios De federico FRAGMENTO




 SOBRE EL AUTOR

Pablo-Ignacio de Dalmases es Doctor en Historia por la Universidad Autónoma de Barcelona, Máster universitario en Historia contemporánea y Licenciado en Ciencias de la Información. Ha trabajado como periodista durante cincuenta años y desempeñado diversos cargos directivos: Director de RNE y TVE en el Sáhara español, Director del diario La Realidad de El Aaiún, Jefe de los Servicios Informativos del Gobierno de Sáhara, Jefe del Gabinete de Prensa de RTVE en Cataluña y Jefe de Informativos de Radiocadena Española en Cataluña. Se ha dedicado también a la docencia como profesor titular de cátedra en la Escuela Oficial de Publicidad, consultor de la Universitat Oberta de Catalunya y técnico superior de Educación de la Diputación Provincial de Barcelona.

Es autor de una veintena larga de títulos, entre ellos dos con el sello editorial de Almuzara: Los últimos de África y Cuentos y Leyendas del Sáhara Occidental.

Pertenece a las Reales Academias Europea de Doctores y de Buenas Letras de Barcelona.


defecto sin nombre

El diccionario de la Real Academia Española define como segunda acepción del término “defecto” una “imperfección en algo o en alguien”. Es decir, que puede darse tanto en cosas materiales, como en personas humanas, si bien hay que reconocer que, en lo que respecta estas últimas, el mismo concepto de imperfección resulta mutante. En efecto, rasgos que en ciertas comunidades o en determinadas épocas pudieran ser considerados como imperfecciones, en otros contextos no lo son. Así, por poner un ejemplo, el albinismo, que en algunas culturas hace de quienes lo poseen seres punto menos que tocados por la gracia divina, en otras se conceptúan como peligrosísimos o malditos. Mucho más común y próxima es la zurdera, que durante siglos fue consideraba un defecto grave y trataba de corregirse de forma imperativa obligando a “reeducar” a quienes utilizaban la mano izquierda para que fueran capaces de adquirir la presunta “normalidad” con la diestra. Con el tiempo ha quedado fehacientemente demostrado que el albinismo no pasa de ser un rasgo genético y la zurdera una variable que comparten alrededor del diez por ciento de los seres humanos. En ninguno de los dos supuestos constituye una imperfección.

Idéntico criterio puede ser aplicado a otras diversas peculiaridades o variables de la persona humana que, en algún caso, han sido rechazadas con mucha mayor contundencia aún. Tales son la referidas a las conductas sexuales que divergen de una heterosexualidad considerada durante siglos, por no decir milenios y en una mayoría de culturas, no solo como la normativa, sino como la única aceptable, siendo así que según estudios científicamente reconocidos la homosexualidad es la tendencia predominante de aproximadamente entre un cinco y un diez por ciento de la población mundial, con independencia de las variables circunstanciales que pueden producirse en favor de un incremento o incluso posible decrecimiento de dicho porcentaje en razón de modas, contextos ambientales, presiones sociales o situaciones personales.

Más en concreto, la cultura judeo-cristiana-musulmana ha venido considerando la homosexualidad como un vicio nefando y un pecado gravísimo con consecuencias en su conceptuación jurídica como delito tipificado en numerosos códigos penales que la convierten en perseguible sin lenidad alguna, circunstancia que ha dado lugar a una cantidad infinita de dramas personales y de injusticias flagrantes cuya vigencia ha permanecido viva hasta un ayer muy próximo. Solo una evolución en el sistema de ideas y valores imperantes ha permitido, junto a otros factores, tal la eficaz movilización habida en los últimos decenios, una clara evolución en la consideración social y la regulación legal de las variantes de la conducta sexual. Aunque también es bien cierto que esto solo se ha producido en algunos países, mientras que en otros sigue siendo un baldón punible hasta con la propia vida.

La homosexualidad en España

Por lo que respecta a España, la memoria histórica, todavía muy fresca, y, si ésta fallara, la lectura de los textos literarios, nos ilustra sobre cómo era considerada la homosexualidad en nuestra sociedad y qué términos, epítetos o insultos se utilizaban para caracterizar a las personas homosexuales, entre las que siempre ha habido, y hay, de toda condición (marica/maricón, loca, sarasa, mariposón, puto, apio, violeta, cundango, joto, pájaro, flora y un largo etcétera, amén de epítetos “elegantes” como invertido, sodomita, afeminado, o expresiones tales la de “perder aceite”, ser “de la acera de enfrente”, de la “cáscara amarga” o “pertenecer al ramo del agua”) De igual modo no faltan epítetos aplicados a la homosexualidad femenina (lesbiana, sáfica, tortillera, bollera, machorra, marimacho, hombruna, tribada, tuerca…)

El caso es que a lo largo de la historia ha habido numerosos personajes sobresalientes con dicha condición y sin ir más lejos y por lo que se refiere a nuestro país y al ámbito de las glorias literarias patrias, en la nómina de escritores varones ilustres se han registrado casos notorios, ciertos o imaginados. Entre estos últimos, la atribución de dicha condición al eximio Cervantes, tesis que defendió con apasionamiento Fernando Arrabal en cierto encuentro que mantuve con él hace algún tiempo y que me pareció gratuita hasta que muchos años después constaté, no sin sorpresa, que Álvaro J. San Juan citaba al autor del Quijote en su libro Grandes maricas de la historia1.

Sin embargo, ha sido un aspecto que permanecido oculto o ha sido eludido hasta fecha muy reciente en la literatura. Cuando Juan Valera tradujo el clásico griego Dafnis y Cloe consideró oportuno actuar de censor de un texto que bien puede considerarse paradigma de la ingenuidad pastoril, como advirtió María Pilar Hualde:

“Valera confiesa sentirse autorizado para «cambiar o suprimir» lo que pudiera haber de perverso en el texto de Longo, en el que, como vemos, no se aparta mucho de las líneas de la censura de la novela griega empleadas en España, según hemos visto, desde el siglo XVI. Esta perversión se restringe, no obstante, a la homosexualidad presente en la novela en el episodio de Gnatón, que Valera consigue obviar haciendo a Cloe objeto del deseo del parásito, en lugar de Dafnis, tal como aparece en el texto griego y modificando, por tanto, parte del contenido de la novela”2.

Atinada fue la prudencia de Valera pues ser una pluma ilustre no eximía en aquel tiempo de censuras y maledicencias. Téngase en cuenta que en pleno siglo XX relevantes figuras de la literatura española hubieron de soportar comentarios malévolos, como fue el caso de Jacinto Benavente, pero también de Antonio de Hoyos y Vinent, Álvaro Retana, Vicente Aleixandre, Gustavo Durán o Luis Cernuda, y más cercanos en el tiempo, éstos ya con mayor tolerancia, Jaime Gil de Biedma, Terenci Moix, Álvaro Pombo, Rafael Chirbes, Antonio Gala, Alberto Cardín, Juan Goytisolo, Vicente Molina Foix, Cristina Peri Rossi, Eduardo Mendicutti, Eduardo Haro Ibars, Luisgé Martín, Máximo Huerta o un activo y militante Luis Antonio de Villena, al que habremos de mencionar con frecuencia en las páginas que siguen.

Tuvo que pasar casi medio siglo desde su muerte para que los exégetas, biógrafos y comentaristas de la vida y la obra literaria de Federico García Lorca se hicieran eco de este rasgo de su personalidad que la propia familia se empeñó en mantener en secreto, a nuestro modo de ver con un mal entendido sentido de la dignidad de su allegado.

Un secreto mal guardado

Hubo un pionero que se atrevió en 1944, a formular la primera alusión, siquiera fuese tangencial y tan harto discreta que podría calificarse de críptica. Nos referimos a su compañero en la Residencia de Estudiantes de Madrid el pintor José Moreno Villa quien, en sus memorias, aparecidas en Méjico en dicho año, se refiere a los problemas que hubo entre García Lorca y los demás huéspedes de aquel centro por culpa de cierto “defecto”. “Él —dice— venía por temporadas, de un modo irregular. A veces se quedaba un año entero. No todos los estudiantes le querían. Algunos olfateaban su defecto y se alejaban de él. No obstante, cuando abría el piano y se ponía a cantar, todos perdían su fortaleza”3.

¿A qué defecto se refería Moreno Villa? ¿Era zurdo, bizco o zambo Federico? ¿Padecía algún tic? Bien, su amigo de la infancia, Pepe García Carillo, le comentó al investigador Penón en su encuentro de 9 de noviembre de 1955 que “cuando se enfadaban (García Carrillo y Federico) Pepe imitaba la cojera de Federico y el poeta siempre terminaba riéndose”4. Algún problema debió padecer, sin duda, en sus órganos motores, pese a que su hermano Francisco tuviera especial empeño en desmentirlo o minusvalorarlo:“Se ha hablado mucho, y con notoria exageración, de torpeza física en sus movimientos. Algunos bocetos biográficos, y no sé de dónde lo sacan, lo han querido representar como ligeramente cojo. Lo cierto es que ya de mayor tenía unos movimientos muy personales, que como mejor podían describirse es con las mismas palabras del poeta: «—¡Oh, mis torpes andares!». Pero ni siquiera esa torpeza del Federico hombre se acusaba en sus años más tempranos; se manifestaba en él más bien como una inhibición en los juegos que pedían mayor destreza física… Fue una sorpresa para toda la familia cuando, al entrar en edad militar, una medición médica (interesada, digámoslo discretamente, en encontrar defectos físicos) advirtió una diferencia milimétrica y apenas perceptible entre ambas piernas”5.

Sea como fuere, nadie le dio mayor importancia y desde luego una leve cojera no hubiera sido la causa de que nadie expresara alguna reserva con respecto a Federico. Parece evidente que Moreno Villa se refería a otro rasgo diferente, en aquellas calendas mucho más grave y, si se nos apura, infamante. Todo hace pensar que “tomó la decisión de no ocultar en su libro la homosexualidad de Lorca. Decisión difícil, cabe suponer, dado el carácter entonces tabú del asunto y el peligro de ser acusado de traidor, mentiroso o violador de intimidades”6. Por lo que según su biógrafo Ian Gibson, “lo más probable es que Moreno Villa utilizara el término «defecto» al referirse a la homosexualidad de Lorca”7.

Que la homosexualidad tratara de mantenerse reservadamente en la España de la primera mitad del siglo XX resulta a todas luces comprensible. Pero no que hubiera seguido siendo ocultada con pertinacia en las siguientes décadas. Según Villena

“la vida sentimental de Federico García Lorca (1898-1936) se ha escrito tarde, quizá no completa y entre muchísimos pudores que venían de un tiempo gazmoño en España— y del hecho de que dos hermanos de Federico, Paco e Isabel, fueran mucho tiempo totalmente refractarios a que se hablara nada sobre la homosexualidad de su hermano. Incluso quisieron negarla, hasta que resultó del todo imposible. Además, quienes habían conocido muy bien esa historia (íntimos de Federico) tampoco la hablaron en público. Nos la contaron sólo a algunos amigos, y eso hizo que su testimonio directo se escapara a los biógrafos”8.

El historiador hispano-irlandés Ian Gibson es todavía más terminante en su denuncia: “hasta mediados de los años ochenta ningún crítico o lorquista español estaba dispuesto a decir públicamente que Lorca era gay y que incumbía tener en cuenta tal circunstancia a la hora de analizar su vida, su obra y su muerte. La razón principal, inconfesable: si lo hacían se les cerraba probablemente el acceso al archivo del poeta. Hay numerosos testimonios acerca de la imposibilidad de suscitar con Francisco e Isabel García Lorca la cuestión de la homosexualidad de su hermano. El tema era tabú”9. Gibson tuvo que vencer pétreas resistencias para poder investigar esta cuestión.

viernes, 28 de noviembre de 2025

BENITO PÉREZ GALDÓS EL CRIMEN DE LA CALLE DE FUENCARRAL INTRODUCCIÓN

 



Prólogo

El deber de corregir el amor a lo inverosímil:

Galdós ante la huella del crimen

En la madrugada del 2 de julio de 1888, en un piso de la calle Fuencarral de Madrid, se descubre el cadáver medio carbonizado de Luciana Borcino, una viuda acaudalada, en lo que a primera vista parece —o se quiere que parezca— un trágico incendio. Pronto esa hipótesis deja paso a la de la muerte criminal, y todas las sospechas se dirigen al punto a la sirvienta que vivía con ella, Higinia Balaguer, presente en la casa la noche de autos.

Así arranca la historia del crimen de la calle de Fuencarral, que será importante por varios motivos. El primero, porque en torno al suceso se desata una verdadera fiebre popular, alimentada por el sensacionalismo y por las rivalidades políticas y empresariales de los diarios de la época, que gracias a esta historia consiguen llegar a despachar decenas de miles de ejemplares al día.

En segundo lugar, es la muerte de la viuda Borcino uno de los primeros crímenes enjuiciados conforme a las nuevas leyes del proceso penal, que reemplazan el viejo modelo inquisitivo por el moderno principio acusatorio y dan carta de naturaleza a la ya entonces polémica acción popular. Es esta una institución que hunde sus raíces en la tradición jurídica española —nada menos que en Las Partidas—, pero que produce aquí una gran distorsión, al ser el medio legal del que se sirven los periódicos para sostener en el juicio las acusaciones que, según su peculiar «investigación» de los hechos, la fiscalía estaría omitiendo por negligencia o por razones oscuras de connivencia con individuos poderosos.

Y en tercer lugar, el crimen de la calle de Fuencarral resulta trascendente porque en él fija su mirada y su pluma el escritor primero de su siglo en España, el canario-madrileño Benito Pérez Galdós, para a partir de él legarnos el ejemplar ejercicio narrativo, reflexivo, testimonial y cívico contenido en las páginas que a quien escribe estas líneas se le otorga el privilegio de prologar.

Por no estropear indebidamente el disfrute al lector que por primera vez se enfrente con el caso, de los hechos que aborda el relato daremos aquí solo una muy sucinta noticia. Baste decir que la investigación se complicará principalmente por los sucesivos cambios en la versión que de los hechos da la principal acusada y más tarde autora confesa del crimen, Higinia Balaguer, y por las sospechas que inspira el hijo de la víctima, José Vázquez Varela, un joven de vida disipada, enfrentado con la madre por culpa del dinero que esta le niega y que la noche de autos estaba preso en la Cárcel Modelo de la ciudad por un delito anterior, aunque hay indicios de que a veces podía burlar el encierro con la connivencia del director de la cárcel, José Millán Astray —padre del fundador de la Legión—. Enturbia el asunto, en fin, la implicación de otras personas de dudosa catadura relacionadas con Higinia Balaguer, que podrían haberla ayudado o, según su declaración, incluso instigado a cometer el crimen por un móvil económico.

Con estos sabrosos ingredientes —nótese, además, que la sirvienta, Higinia, había trabajado antes en la casa de Millán Astray y que este tenía cierta relación con Eugenio Montero Ríos, en esos momentos presidente del Tribunal Supremo—, el guiso para los muy hambrientos periódicos de la época estaba servido, y cada uno se aplicó a sacarle a la historia la sustancia que le convenía, de acuerdo con su particular adscripción política. Gobernaba por aquellos días, dentro del turno establecido en la Restauración por Cánovas y Sagasta, el Partido Liberal, pero amén de las rencillas existentes entre los dos partidos monárquicos, secundadas por sus diarios afines, había periódicos de ideario republicano, como El País, que fueron singularmente activos en el seguimiento del caso y en su narración con los tintes más truculentos e inquietantes. En este panorama efervescente y enrarecido, Galdós, fogueado en su día como joven periodista en los lances revolucionarios de la Gloriosa, y que por aquel entonces era ya un escritor prestigioso, decide ofrecer su perspectiva personal del caso, de la investigación que de él hace el juez instructor y del juicio subsiguiente. Lo hace a través de unas cartas que remite para su publicación al diario bonaerense La Prensa. Esas seis cartas componen su relato, que queda incompleto, en la medida en que no llega hasta el desenlace del procedimiento judicial, con la confirmación de la sentencia condenatoria y la posterior ejecución de Higinia Balaguer.

Interesa sobre todo al que suscribe subrayar aquí la radical modernidad —y me atrevería a decir la rabiosa actualidad— de la aproximación de Galdós al crimen y a su impacto en la sociedad en que sucede y en el desempeño de quienes se echan a la espalda la delicada tarea de narrarlo a sus conciudadanos. En ese sentido, y mucho antes de que Truman Capote se lanzara al ejercicio de A sangre fría, tenemos aquí a un gran autor español afrontando los dilemas y los riesgos del hoy denominado entre nosotros, bajo un anglicismo poco menos que imbatible, true crime, género literario y audiovisual de moda y por ello expuesto a excesos varios. Pero también nos encontramos con una pieza de literatura criminal, en el más amplio sentido, a cargo de uno de los grandes novelistas de nuestra lengua, poco posterior a la obra inaugural de Edgar Allan Poe, coetánea a la de Conan Doyle y anterior a la de Dashiell Hammett. Y esto, junto a precedentes anteriores —como El clavo, de Pedro Antonio de Alarcón— o muy anteriores —como La fuerza de la sangre, de Miguel de Cervantes—, y posteriores —como las narraciones del detective Selva de Emilia Pardo Bazán—, da pie a reivindicar para la narración criminal en español una tradición que va más allá de la usual subordinación a la anglosajona.

Tiene enorme interés la forma en la que Galdós aborda la cuestión: como buen periodista —también cabría decir como buen contador de historias, sea cual sea el medio elegido—, combina el acopio y el análisis de testimonios con la observación directa que le resulta accesible, a través del acto del juicio, que le brinda la oportunidad de examinar a los actores del drama, en sus gestos, su forma de expresarse, la coherencia de su discurso, el carácter que sus reacciones dejan traslucir. En honor a la verdad, también pierde algún tiempo y algunas líneas en estudios fisonómicos de los sospechosos que hoy se consideran totalmente superados, pero cada uno es hijo de su siglo y nuestro autor no hace otra cosa que echar mano de las corrientes científicas de la época. Y finalmente, con todos los materiales así acarreados, construye su propia interpretación crítica, tanto de lo dicho y atestiguado por los protagonistas como de los otros relatos que a propósito del crimen se van postulando desde los periódicos, a los que achaca con no poco fundamento una multitud de vicios de los que el siglo y medio transcurrido dista de habernos curado. Antes bien, cabe apreciar que todos ellos —la manipulación interesada, la falta de cuestionamiento de los indicios que respaldan la propia teoría, la magnificación de los que la abonan o proyectan sobre el hecho una luz más escandalosa o espectacular, el subrayado gratuito de los aspectos más escabrosos, la apuesta insensata por versiones infundadas o incluso descabelladas para ganar audiencia— se reiteran de manera casi fatídica cuando un hecho criminal llama a la puerta con la fuerza suficiente para captar la atención del público en nuestra moderna sociedad del entretenimiento.

Frente a esos vicios, Galdós representa un tipo de narrador mucho más sobrio y responsable, que tiene como premisas de su labor la búsqueda de la verdad plausible, a partir de los hechos contrastados, y una comprensión lo más profunda posible de la compleja condición humana, que es, en definitiva, el manantial del que acaba brotando, por razones que no tienen nada de esotérico, la conducta criminal. Galdós examina las pruebas, hace juicios de verosimilitud, intenta entender qué conjeturas resultan más lógicas, incluso ahí donde varias explicaciones podrían coexistir, y rechaza como reprobables supercherías, especialmente cuando quien las propala lo hace para ganancia propia o perjuicio ajeno, las interpretaciones que obedecen al puro voluntarismo o al afán de provocar una conmoción en el público más allá de la rigurosa búsqueda de la verdad. Al igual que sucede cuando se acerca a los hechos históricos a lo largo de sus Episodios Nacionales, o a las cuestiones de su tiempo en el resto de sus novelas, Galdós se revela como un narrador atento, por encima de todo, a trasladarle al lector la humanidad de sus personajes, ya sean estos trasunto de seres existentes o que existieron, o se trate de criaturas nacidas de su imaginación, siempre nutrida por el empeño constante del autor en la observación y la escucha de sus semejantes.

El resultado es esta crónica intermitente e incompleta, como antes se señaló, en cuanto al desarrollo de la historia hasta su desenlace último, pero de una hondura excepcional en cuanto a los atisbos que nos ofrece del hecho y sus actores. Cumple así Galdós con aquello que escribiera Walter Benjamin acerca de la obra de arte, que caracterizaba como der Ort der Wahrheiten, o lo que es lo mismo, «el lugar de las verdades». Leyendo estas páginas tiene uno la sensación de estar en buenas manos, las de alguien que no se cree lo primero que le cuentan, que no tuerce el relato hacia lo que le interesa por motivos espurios y que tampoco practica a todo trance la máxima del «piensa mal y acertarás», que, llevada al extremo, conduce al delirio. Como en cierta ocasión le dijo a este prologuista un policía con décadas de experiencia a las espaldas en la persecución de todo tipo de criminales, desde terroristas hasta asesinos, pasando por la delincuencia organizada en todas sus formas: «Normalmente, las cosas son lo que parecen».

En su crónica del crimen de la calle de Fuencarral, Galdós desliza esta observación cargada de sensatez: «Puesta la cuestión en el terreno de lo novelesco y lo maravilloso, pierde, al menos para mí, todo su interés, pues no creo en tales paparruchas, ni nada contrario a la lógica ni al sentido común entra fácilmente en mi cabeza. Reconozco, y lo reconozco como un mal, que esas estupendas máquinas gozan, por su propia falta de lógica, de todo el favor de las imaginaciones de esta raza. Creo que es deber de todos corregir ese amor a lo inverosímil en lugar de fomentarlo». No es mala advertencia para los que aún en estos días abordan el relato del crimen real con la pretensión principal de generar un espectáculo que atrape a la audiencia, sin que importe sacrificar por el camino lo que las pruebas y el buen juicio sugieren.

Quizá no sea casualidad, dada la intensa relación que hubo entre ambos, que en su segunda novela sobre el detective Selva, inédita hasta 2021, Emilia Pardo Bazán se exprese, por boca de su investigador, en términos parecidos: «La vida, en conjunto, se desarrolla de un modo vulgar, prosaico, por motivos sencillos y fáciles de comprender. […] El misterio consiste en que un delito o crimen obedezca a móviles extraños, superiores a la mera necesidad de obtener dinero para vivir o gozar materialmente». El aserto no deja de ser una crítica de la autora a los alambicados argumentos de su por otra parte admirado Conan Doyle, y puede que sea una mala noticia para los que aspiran a causar estupor con sus cuentos criminales, pero no lo es tanto para quienes se interesan por el hecho delictivo como la oscura expresión que es de la condición humana y de las fracturas de la sociedad.

«Verosímil es sin duda —afirma Galdós en estas páginas— esta obcecación de los criminales y la facilidad con que se forjan ilusiones respecto de los medios de engañar a la justicia». Con ello explica la chapucera actuación de Higinia para encubrir el delito y descarta, pese a lo tentadoras que resultan para otros, tortuosas versiones alternativas sobre la autoría del crimen. Frente a las objeciones cargadas de recelo que otros oponen a la actuación del instructor —capaz de completar su trabajo en solo cuarenta días, ya quisiéramos hoy—, Galdós valora su labor concienzuda y su diligencia, que pone a disposición del tribunal que ha de resolver la causa un sumario basado en las pruebas disponibles sin dejar de explorar todas las posibilidades que la investigación suscita. Incluso, ante los indicios de que podría haber dado trato de favor al hijo de la víctima, se llega a ordenar la detención del director de la Cárcel Modelo, José Millán Astray, si bien las dudas sobre su implicación acabarán determinando su libertad posterior.

El juicio se saldó en primera instancia con la condena a muerte de Higinia Balaguer y de dieciocho años de prisión para Dolores Ávila, en calidad de cómplice y encubridora. Quedaron absueltos, por falta de pruebas de su participación en la muerte, el hijo de la víctima, José Vázquez Varela, José Millán Astray y la también procesada María Ávila. Confirmada la sentencia por el Supremo, esto ya no lo cuenta Galdós, Higinia Balaguer murió ejecutada mediante garrote vil el 19 de julio de 1890. Veinte mil personas asistieron a la ejecución, la última pública que por ese procedimiento conoció la Villa y Corte. Un final a la medida de la fiebre que el caso había desatado, aunque, como constata Galdós en su texto, defraudara las expectativas que muchos se hicieron de que la justicia se llevara a más inculpados por delante.

El hijo de la asesinada, Vázquez Varela, se vio envuelto años más tarde en otro suceso con resultado mortal: la precipitación de una mujer con la que tenía una relación desde un piso en el número 37 de la calle de Carretas, por la que fue condenado a catorce años de presidio al advertirse en el cuello de la víctima señales inequívocas de estrangulamiento. Tras cumplirlos en Ceuta regresó a Madrid, donde puso un estudio de fotografía que no le fue mal. No se tiene noticia de que volviera a delinquir.

En un pasaje de estas crónicas, censura Galdós la socorrida práctica de los puntos suspensivos, «que encienden la curiosidad y llevan la imaginación de los oyentes al campo inmenso de las más extrañas conjeturas». No hallará el lector aquí un asomo de ese ni de otros trucos baratos, sino a un narrador cabal que trata de ser leal con quienes lo leen. Nada más y nada menos.


LORENZO SILVA

Illescas-Getafe, 8-9 de enero de 2024

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