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viernes, 21 de noviembre de 2025

Gérard de Nerval por ALBERT BÉGUIN capítulo I

 


Gérard de Nerval por ALBERT BÉGUIN

 Primera edición en francés, 1945 Primera edición en español, 1987 Primera reimpresión, 2014 Primera edición electrónica, 2016 © 1945, Editions Corti Título original: Gérard de Nerval D. R. © 1987, 2016, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México Diseño de portada: Paola Álvarez Baldi Comentarios: editorial@fondodeculturaeconomica.com Tel. (55) 5227-4672 .

Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor. ISBN 978-607-16-3834-2 (ePub) Hecho en México - Made in Mexico I. GÉRARD DE NERVAL Y EL DESCENSO A LOS INFIERNOS De todas maneras, creo que la imaginación humana no ha inventado nada que no sea verdad, en este mundo o en los otros, y no podía yo dudar de lo que había visto con tal claridad. AURELIA DE TODOS los poetas que se han aventurado por las lindes del abismo, Gérard de Nerval estaba destinado a ser el peor conocido.

 Sus amigos cargan con gran responsabilidad en el nacimiento de la leyenda del “loco delicioso”, que permite tornar anodino su mensaje, y es con esta graciosa apariencia de duendecillo romántico como lo va inmortalizando una gloria creciente. Más valdrá contemplar la faz conmovedora que exhibe la inolvidable fotografía por Nadar, auténtica obra maestra de este arte, en la cual se lee un extraordinario destino humano. La inteligencia singular de una mirada que llega de lejos, el sufrimiento que denuncian las dos mitades, tan disímiles, del rostro atormentado, la humildad digna, resignada, de la actitud entera borran enseguida la primera impresión, la de un bohemio eslavo, marcado por la miseria. 

 A los pusilánimes que temen toparse cara a cara con ciertas angustias, el propio Nerval les concede los medios de atenuar el alcance de su obra; sin hablar de quienes invocan, para desacreditarlo, su estancia entre los dementes, es posible descubrir en la correspondencia de Gérard y en Aurelia bastantes declaraciones humildes en las que parece reconocer la ilusión de que fue víctima. En este caso, como en el de Rimbaud, es fácil hacer que unas cuantas frases bien escogidas carguen con todo el peso de la confesión, evitando otras, luminosas pero bastante embarazosas en cuanto se acepta lealmente su testimonio. 

El tono de Nerval, que es uno de los milagros absolutos de la poesía francesa, favorece tales errores: uno de los combates más desesperados librados por el alma humana es narrado con una ausencia de patetismo exterior y una cortesía de expresión que pueden muy bien impedir que se capte de buenas a primeras todo el heroísmo de esta exploración de la noche. Un hombre que se debate contra fantasmas y que vaga en las tinieblas ilumina su relato con una luz inmaterial. Pero no hay que equivocarse: esta promesa aérea y delicada traduce una experiencia para la cual otro individuo no hubiese hallado sino gritos o balbuceos frenéticos. ¡Jamás un equilibrio semejante de la forma se ha impuesto a tan furiosa masa de lava, jamás la ligereza ha aprisionado en cristal tan fino una realidad cargada de todo el destino de los hombres! Pues Aurelia es la historia de una lucha titánica que concluye con un triunfo. ¿Triunfo sobre qué? ¿De qué poderes se ha apoderado este espíritu, por medio de sus pruebas y sus visiones? ¿Qué certidumbres ha conquistado? ¿Qué claridades son esas que, sucediendo a la noche y a las pesadillas, iluminan las supremas etapas del viaje? “Creo que la imaginación humana no ha inventado nada que no sea verdad, en este mundo o en los otros […]”, dice Nerval, seguro de haber visto objetos reales. Estos renglones donde, según la fe de su experiencia, afirma que la imaginación es un medio de conocimiento, y que desde este mundo nos es posible comunicarnos con algún otro, recalcan toda la ironía con que por otros lados habla de su “enfermedad” y de su “curación”. La célebre carta a la señora Dumas, escrita al salir de la casa de salud tras la primera crisis de 1841, no deja lugar para el menor equívoco. 

 He visto ayer a Dumas […] Le contará que he recuperado eso que se ha convenido en llamar razón, pero no le crea nada. Soy y siempre he sido el mismo […] La ilusión, la paradoja, la presunción son cosas, todas, enemigas del buen sentido, que nunca me ha faltado. En el fondo, he tenido un sueño muy divertido, y lo echo de menos; hasta llego a preguntarme si no era más cierto que lo único que me parece explicable y natural hoy por hoy. Pero como hay por aquí médicos y comisarios que velan por que no sea ampliado el campo de la poesía a expensas de la vía pública, no me han dejado salir y vagar definitivamente entre la gente razonable en tanto no he aceptado muy formalmente haber estado enfermo, lo cual costaba mucho a mi amor propio y aun a mi veracidad

 […] Para acabar de una vez, convine en dejarme encajar en una “afección” definida por los doctores y denominada indiferentemente teomanía o demonomanía en el diccionario médico. ¡Con ayuda de las definiciones incluidas en estos dos artículos, la ciencia tiene el derecho de escamotear o reducir al silencio a todos los profetas y videntes predichos por el Apocalipsis, de quienes presumía yo ser uno […]! En Aurelia, donde afirma no haberse “sentido nunca mejor” que durante su enfermedad, se mofa de los psiquiatras que tienen la pretensión de saber mejor que él lo que acaba de ocurrirle: El estado cataléptico en el que me había hallado durante varios días me fue explicado científicamente, y los relatos de quienes me habían visto me causaban una suerte de irritación, al ver que atribuían a aberración del espíritu los movimientos o las palabras que coincidían con las diversas fases de lo que constituía para mí una serie de acontecimientos lógicos. El que así habla se ríe de la razón humana que lo juzga, y su lógica no es la nuestra. 

Parece dirigirse a nosotros desde el seno de un estado de conocimiento donde las nociones de buen sentido y de locura habrían dejado de constituir una insoluble contradicción. Nada más presuntuoso, frente a tan tranquilas afirmaciones, que la hipótesis según la cual Aurelia sería la argumentación de Nerval, ansioso de salvar su reputación y demostrar que estaba “curado”. Ahí están las cartas a su padre: No he sufrido nada y no puedo decir que mi razón haya sido seriamente atacada (21 de octubre de 1853) […] Me he puesto a escribir y verificar todas las impresiones que mi enfermedad me ha dejado. No será un estudio inútil para la medicina ni para la ciencia. Jamás me he reconocido mayor facilidad de análisis y de descripción (diciembre de 1854). 

 Bien sé que, escribiéndole al doctor Blanche, le ruega que pida disculpas de su parte a las damas de la clínica por sus singularidades: “Explíqueles que el ser pensativo al cual vieron arrastrarse, inquieto y moroso, por el salón, el jardín, o a lo largo de la hospitalaria mesa de usted, no era, de fijo, yo mismo […] Reniego del sicofante que se apropió de mi nombre y quizá de mi cara” (31 de mayo de 1854). Sé también que hizo esfuerzos desesperados porque no se fuera a creerlo hundido, y que la disminución de sus fuerzas creadoras lo inquietaba tanto como las dificultades materiales a las que lo exponía su incapacidad de producir: “Trabajo y doy a luz con dolor”, escribe a Antony Deschamps en octubre de 1854; y a Georges Bell, desde el precedente invierno: “Lo que escribo en este momento gira demasiado en un círculo estrecho. Me nutro de mi propia sustancia y no me renuevo”. Sólo que una de las costumbres más fastidiosas de la crítica moderna, sometida a la psicología, es conceder mayor fe a las confesiones epistolares que a las obras, so pretexto de que la correspondencia es realidad vivida, en tanto que la obra es “apenas” imaginaria. Nada más contrario a la naturaleza de la creación artística que semejante punto de vista. 

¿Por qué se quiere que la vida, captada a esas profundidades, las más oscuras, donde el arte tiene su fuente, sea menos verdadera que en sus aspectos cotidianos? Se desdeña así la diferencia de planos que separa por siempre los simples datos vividos de la experiencia esencial; para ésta, los hechos exteriores no podrían ser sino materiales, libremente empleados con fines nuevos. Hay una región donde, despojado del accidente, el individuo vuelve a ser creatura humana y otra vez se halla, en la situación más despojada, ante el universo, la muerte y los orígenes; en esa conciencia es donde nacen el mito y el poema, y todo lo acontecido fuera de esta esfera, la más profunda, es impotente para explicar estos nacimientos. Es bien sabido, por otra parte, lo que una carta tiene de momentáneo, todo lo que en ella se desliza de intenciones inmediatas, de influencias vagas del destinatario y de ignorancia de sí propio. Malamente son invocadas las que Gérard escribe a su padre, contra el testimonio de Aurelia. Dictadas por aquel tierno afecto filial y aquella modestia —que sólo volvemos a encontrar en los últimos recados, tan trágicamente corteses, de Hölderlin a su madre—, nada prueban sino el piadoso deseo de tranquilizar al viejo (que no pedía más). 

Y la creciente necesidad de unirse a todos los recuerdos de su infancia, de estar en armonía con ellos, hace que Nerval demuestre una ternura extrema a su padre, ante todo, mas también a sus tíos y a sus primos. Por añadidura, el temor de ofender a quienquiera que fuese y el deseo de reparar yerros con harta frecuencia mínimos, se cuentan entre los cuidados constantes de sus últimos años; pero, antes que buscar ahí una explicación de las intenciones de Aurelia, es posible discernir el efecto de esta profunda transformación, de este nacer a un altruismo caritativo que, al término de la odisea trágica, disfrutan de la luz de nuevo conquistada. A fin de cuentas, es la poesía la que modifica la vida, no a la inversa. Aurelia relata un progreso, sí, pero sólo en apariencia es el de un enfermo que recupera el equilibrio mental. Debajo de esta historia de la precaria curación de Gérard se desenvuelve otra, de múltiples aspectos, infinitamente más dramáticos. Hay que resignarse, con objeto de entenderla, a sacarla de esa dulce penumbra en que, con discreción admirable, la presentó Nerval. El único documento que hay que consultar es el texto, que conviene examinar muy de cerca, sin temer abusar de citas precisas.1 La obra está construida a profundidades diversas, atinentes al estado de conciencia excepcional alcanzado por Nerval cuando escribía. Dos o tres realidades se intrincan o, más bien, dos o tres percepciones diferentes de la misma realidad. 

Contando sus pocos meses de crisis, separados por diez años de relativa paz interior, Nerval pone de cabeza a cada instante la sucesión aparente de los sucesos; su relato incluye poco a poco, ordenándolos según una duración del todo subjetiva, los momentos, vueltos simbólicos, de una vida entera, los progresos y los rodeos de un camino sinuoso y secreto. Nerval intenta describir la curva de su destino, tal como ha vuelto a vivirlo a favor del soñar y de la locura; y hay que comprender aquí la palabra destino en su sentido metafísico más vasto; no solamente la sucesión de los azares terrestres, sino el destino eterno que se remonta a los orígenes del ser y que concluye más allá de los límites en que se encierra nuestra breve existencia. “Nunca vivimos sino hacia adelante o hacia atrás.” El esfuerzo entero de Nerval es demostrar, menos al prójimo que a sí mismo, que sus visiones son la coronación de sus aspiraciones místicas, la luz suprema cuya claridad es rechazada sobre todo el camino recorrido. No obstante, esta curva no es única a sus ojos, y sin cesar reanuda el trazo, como si fuese natural que diversas interpretaciones pudieran ser simultáneas sin que ninguna fuese puesta en duda: cada una, con todo, la enuncia con esa seguridad, con ese tono de certidumbre tranquila que acompaña de manera un tanto paradójica a su humildad. ¡Los descubrimientos que le permiten una soberana ironía hacia los médicos y los psicólogos podrían llenarlo de un orgullo nietzscheano! Muy al contrario: lleva adelante la modestia hasta aceptar a la vez todos los aspectos múltiples de su aventura, sin jamás intervenir a fin de escoger entre las afirmaciones que se le imponen. Aquí está, sin lugar a duda, la prueba de su sinceridad, que se niega a decir más de lo que sabe; pero es, mejor aún, el signo de una etapa de conciencia donde dicha simultaneidad de los contrarios no provoca ya el menor pasmo. Pues no hay rastro de incoherencia en Aurelia. Esta superposición de narraciones en apariencia divergentes no es fruto —como se apresuran a afirmar quienes no ven allí sino un documento patológico — de una debilidad de las capacidades lógicas, de una impotencia de coordinar elementos dispersos. El primer privilegio de quienes piden al éxtasis las supremas revelaciones, ¿no es mostrarse olvidadizo de las exigencias racionales? 

 Han sido descubiertos, en el relato de los hechos reales que describe Aurelia, errores de cronología y evidentes deformaciones. Nerval no lo dice todo, y a lo que dice le impone una inflexión que a menudo desconocen sus cartas, más cercanas al acontecimiento. Pero a quien considera su vida como un mito hay que reconocerle la libertad de disponer de ella a su guisa —libertad que no es nada más la del poeta, sino la de un hombre para quien el valor simbólico adquirido por los sucesos importa más que su encadenamiento en el tiempo—. Si los desprende así de su coherencia exterior, es que tiene necesidad de este pasado nuevo que se construye. Es preciso imaginar lo que es un ser que emprende una empresa de este orden. Compromete algo más que su talento y su inteligencia; se juega lo que no puede llamarse de otro modo que su salvación. No atestigua que “tal cosa sucedió”, sino que ha logrado tornar tal cosa una etapa de su camino espiritual. El hecho deja de significar en sí mismo, lo hace sólo merced al lugar que ocupa en el poema de la iniciación. “Hay años de angustias, de sueños, de proyectos que quisieran apiñarse en una frase, en una palabra”, se lee ya en una de las “Cartas a Aurelia”. Todo ese pasado tiende a salir de su colocación fortuita para suministrar una respuesta a las interrogaciones urgentes de quien busca el sentido de su vida y el sentido de la vida. Asimismo, cada momento de los años transcurridos adopta un doble y triple valor simbólico; Nerval narra a la vez esta transformación de lo real en símbolo, el curso exterior de su enfermedad, la conquista del perdón acordado a sus faltas y, en fin, muy al fondo, el mito de la redención universal. 

 La más visible de estas curvas simultáneas describe la metamorfosis de una imagen femenina: la actriz Jenny Colon, Aurelia, se convierte en la Mediatriz, Isis, la Virgen. Pero esta historia se burla del tiempo: la evolución consumada en los últimos años transforma el pasado entero, alumbra hasta los más lejanos recuerdos. La propia infancia de Gérard sufre la influencia de esta metamorfosis reciente, pues también esta infancia es arrebatada al encadenamiento de los días sucesivos, liberada de su inserción en el devenir exterior, hasta no ser más que el objeto de una memoria viviente y de algún modo intemporal. 

Inscrita en otra sucesión, sometida a la sola ley de la conciencia presente y de su ansiosa interrogación, la época en que Nerval vivía en Morfontaine ingresa en el mismo mito que los años de la madurez. Adriana y Sofía Dawes, siluetas femeninas del más remoto pasado, abandonan su ambiente infantil para volverse las encarnaciones primeras de Jenny: y aquí está la historia de Sylvie. Puede captarse el momento en que este episodio pasa de su significación inmediata a una nueva luz. En una carta de 1852, Nerval cuenta por primera vez la historia de las viejas ropas, halladas en un desván, y que las dos jóvenes personas se ponen. Aún no pasa de ser una evocación melancólica y encantadora: “¡Oh, tierno recuerdo de los abuelos!, brillantes ropas, profanadas una noche de locura, ¡cuántas lágrimas me habéis costado!” Sylvie, que es de 1853, hace entrar la nostalgia de aquel amor de infancia en el ciclo fatal de la actriz amada, perdida y perseguida. Las dos imágenes — aquella, fabulosa ya, de Adriana hundida en un convento y de quien la memoria ha hecho una forma inicial de Jenny; la de la simple Silvia, del todo terrestre y real— se oponen, y todo el relato está tejido del contraste entre esos dos amores, inapresables uno y otro. El sentido es precisado por un delicioso fragmento, suprimido en la versión definitiva: ¡Oh, noche! 

Pocas más hermosas habré conocido: no sé por qué, en los ensueños vagos que me acudieron por momentos, dos figuras amadas combatían en mi espíritu: una parecía descender de las estrellas y la otra ascender de la Tierra. La última decía: soy sencilla y fresca como las flores de los campos; la otra: soy noble y pura como las bellezas inmortales concebidas en el seno de Dios […] Pero Aurelia, al año siguiente, considera sacrílega la confrontación de ambas imágenes. Evocando Saint-Germain, donde ocurrió la escena de las ropas, Nerval se siente un instante tentado de seguir este declive de la memoria, pero se interrumpe en el acto. “Había allí una terraza sombreada de tilos que evocaba también el recuerdo de muchachas jóvenes, de parientas, entre quienes crecí […] Pero oponer este vago amor de infancia a aquel que ha devorado mi juventud, ¿era cosa que se me hubiera siquiera ocurrido?” (II, 2). Así, el mito ha transformado el pasado: a Gérard le ordena olvidar todo lo que no sea él, por no blasfemar de quien fue Adriana, después Jenny, y que va a tornarse la Mediatriz. Este mismo rechazo de apegarse a la forma accidental de las cosas está nítidamente indicado en un fragmento de los manuscritos de Aurelia.

 Después de haber evocado la sortija, aserrada por el orfebre, de la cual creyó ver correr sangre (I, 7), Gérard se detiene: “Pero ¿por qué desplegar estos recuerdos de papelillos amarillentos y flores ajadas? Mi corazón reposa bajo estos despojos, pero esta pasión es la historia de todas: no quiero más que indicar la influencia que pudo tener sobre los sueños de mi espíritu”. Todo se recompone, de esta suerte, en torno del acontecimiento central y profundo (A. Marie y P. Audiat han identificado otras abundantes metamorfosis sufridas por los hechos reales). El punto de su vida en el que Gérard encontró a la actriz se vuelve, en un conocimiento parecido al del sueño y, como éste, ignorante del tiempo, el punto inicial, anterior aun a la infancia. Nerval ha alcanzado una de esas etapas espirituales donde se es dueño del pasado tanto como del presente o del porvenir. La renuncia —impuesta o espontánea, poco importa— al amor de Jenny y a su realización terrestre desencadena en él esa lenta desadaptación que llama el despliegue del sueño en la vida real (I, 3); en adelante, su vida entera pasa al plano del sueño, donde el ánimo confiere a los objetos su valor múltiple y cambiante. Todas las precisiones acerca de la aventura real que ofreciera aún en Sylvie, las aparta ya. 

Desde los Pequeños castillos de Bohemia, pensando en la última entrevista de Bruselas, a la que aludirá de nuevo en la Pandora, había dicho ya: “Una larga historia, desenlazada en un país del norte —¡y tan parecida a tantas otras!” Y en la segunda página de Aurelia hacía constar el mismo desdén hacia lo acontencido: “Una dama a quien amaba desde hacía mucho, y a quien llamaré Aurelia, estaba perdida para mí. Poco importan las circunstancias de este acontecimiento, que habría de tener tanta influencia en mi vida […]” Ahora sólo le importa la experiencia mística inaugurada en él por el fracaso de su amor. Y, viva todavía, Jenny inicia este viaje hacia la figura mítica, que es toda la historia de la locura de Nerval. 

Cuando se ven por última vez, “en una fría capital del norte”, la acogida de la actriz le parece tener ya “un valor inexpresable, como si algo de la religión se mezclase con las dulzuras de un amor hasta entonces profano y le imprimiera el carácter de la eternidad” (I, 2). Bien pronto la muerte de Jenny consumará un paso decisivo por esta vía: “Me pertenecía mucho más en su muerte que en su vida” (I, 7). Pero no es ésta sino la primera desencarnación. Aun muerta, Jenny sigue siendo una persona real, continúa por un tiempo siendo la actriz adorada. Largos años concluirán la metamorfosis. La necesidad de creer que siga existiendo gobierna toda la segunda parte de Aurelia; a aquélla a quien no puede esperar volver a ver en la Tierra, es preciso que acuda una creencia a persuadirlo de que la encontrará en otra parte. La certidumbre, no obstante, no es conquistada de buenas a primeras. Antes de fundirse en la imagen de Isis, Jenny, enteramente humana todavía, se vuelve el modelo de piedad al cual Gérard anhela poder ajustarse. “Ella, no obstante, creía en Dios, y un día sorprendí el nombre de Jesús en sus labios. Tan dulcemente fluía, que lloré. Oh, Dios mío, aquella lágrima… 

¡Fue enjugada hace ya tanto! ¡Aquella lágrima, Dios mío, devuélvemela!” (II, 1). Bien pronto intervienen las visiones, imponiendo la imagen de una Aurelia mediatriz, que puede prepararle a Gérard la voz de la salvación. Ya en la primera parte, la falta cometida que lo obsesiona, había aparecido como falta hacia la mujer amada, ultraje cuyo perdón no esperaba (I, 1), o abandono a “fáciles amores” (I, 9). Pero ahora el perdón esperado de la actriz se confunde poco a poco con el perdón de Dios a una falta más grave, que fue la de no prestar oído bastante atento a las advertencias de la primera crisis. En un instante de la más sombría desesperanza, Gérard exclamará: “Comprendo, ella ha realizado un último esfuerzo por salvarme; me he perdido el momento supremo en que el perdón era posible todavía. Desde lo alto del cielo podía ella rogar por mí al Esposo divino […]” (II, 3). 

 Luego, en el doble plano del sueño y de lo real, la confusión entre Jenny y el ángel intercesor se acentúa. Cuando, en su desesperación, Gérard cae de hinojos ante una imagen de la Virgen, se acuerda de repente de que Aurelia se le ha escapado, y su grito de angustia — “la Virgen ha muerto y tus plegarias son inútiles” (II, 4)— revela a las claras hasta qué punto está cumplida la identificación. Está cerca la etapa final, y son las palabras solemnes de la visión maravillosa: “Yo soy la misma que María, la misma que tu madre, la misma también, a quien bajo todas las formas has amado siempre. Después de cada una de tus pruebas he abandonado una de las máscaras con que encubro mi rostro, y muy pronto me verás tal como soy […]” (II, 5). Vale la pena señalar que en el instante en que Aurelia se confunde con la Madre celeste se asimila asimismo con la imagen de la madre de Gérard, a la cual éste apenas conoció: murió cuando él tenía dos años, durante las campañas napoleónicas, a las cuales había seguido a su marido; pero no por ello la imagen había dejado de ser, para Nerval, uno de los símbolos de su religión. En un sueño destinado a figurar en Aurelia, una mujer vestida de negro, con lágrimas de diamante, le parece ser el espectro de su madre. Y dos cartas, del 25 y el 27 de noviembre de 1853 (A. Marie da el 29 de noviembre de 1810 como fecha de la muerte de la señora Labrunie), muestran a las claras los misteriosos nexos que lo unen con ese recuerdo.

 Al doctor Blanche le escribe: “Ahora, es bastante hacer el loco cuando se está cuerdo, y no voy a tener valor para ello en el aniversario de la muerte de mi madre”. Y a uno de sus primos: “Hoy, aniversario del día en que mi pobre madre murió en Silesia siguiendo la bandera de Francia, pero dejando huérfano a su hijo, me he prometido vivir por fin seriamente”. Pero a partir del instante en que todas las figuras tutelares se han fundido en una sola, en las grandes visiones luminosas de la Reconciliación final, la imagen de Jenny-Aurelia no recuperará los rasgos de la mujer real, envoltura momentánea entre otras, que no eran sino esbozos anunciadores de Aquella que perdona. La lenta transformación que hace pasar a un ser desde la vida real hasta un estado angélico aproxima esta experiencia de Nerval a otras iluminaciones románticas. Es así como la muerte de su prometida inauguró para Novalis la transfiguración de la vida entera que narran las páginas de su diario y que desemboca en los Himnos a la noche. Hölderlin, separado de Diotima y más tarde informado de su muerte, comenzó a arrancarse de sí mismo y a entrar en el personaje como el cual, durante largos años, se aisló del mundo de los hombres. Y Hoffmann, haciendo de Julia Marc una creatura única y misteriosa, espera la muerte que le permitirá “contemplar en la existencia verdadera a aquella que fue su deseo, su esperanza y su consolación en un tiempo de tinieblas infernales”. Más que cualquier otro, por último, Maurice de Guérin, meditando sobre la muerte de Marie, responderá al dolor con un heroísmo que recuerda el de Nerval; pese a que el sentimiento que consagraba a la muerta no fuese del todo un amor, esperará un éxtasis en el cual se le hará la promesa de recuperar algún día a la entrañable amiga perdida. Pero toda tragedia es única, y estas analogías no deben detenernos. 

 Queda, en Aurelia, todo un elemento propiamente nervaliano, un itinerario particular que no es ni la magia de Novalis ni la comedia solemne de Hölderlin, que tampoco puede desembocar, como en Hoffmann, en el sacrificio del artista, ni en el éxtasis panteísta, como en Guérin. Si Nerval ha perseguido el recuerdo de una amiga perdida, hasta los reinos desconocidos donde las almas se truecan en alguna esencia divina, ha dado a esta persecución un sentido que sólo para él tuvo. Al mismo tiempo que cuenta la transfiguración de Jenny, se apega a otro pensamiento, del cual aquélla no es más que un símbolo más transparente. Tenemos que seguir ahora su destino de acuerdo con una curva aún más interior, que sea, como la primera, la historia de un triunfo laboriosamente obtenido a través de los sufrimientos. 

 Las visiones cuyo recuerdo fija Aurelia, sombrías al principio, acaban por tornarse luminosas a medida que va precisándose la identificación de Jenny con el Ángel. Pero Nerval relata este nacimiento de la luz dándole una significación todavía más urgente. Según esta curva nueva, Aurelia, al mismo tiempo que la formación de una figura mítica, describe una serie de pruebas impuestas a Gérard para reparar una falta cometida. Vía de la salvación personal, que concluye con la aurora de la Redención. Una de estas evoluciones descansa sobre la otra, y es nada más nuestra lógica la que disocia estos dos valores del símbolo, entre los cuales Nerval en persona discierne un nexo estrecho: Deseo explicar cómo, apartado largo tiempo del verdadero camino, me sentí devuelto a él por el recuerdo querido de una persona muerta, y cómo la necesidad de creer que seguía existiendo ha hecho entrar en mi ánimo el sentimiento preciso de las diversas verdades que no había acogido en mi alma con suficiente firmeza [II, 4]. Esta frase es una de aquellas en que se resume con mayor aplomo el camino recorrido. Es una de las claves que Nerval da de su obra. 

No es sólo ya el tránsito de un estado de conciencia “normal” a otro, que puede denominarse mítico, sino un progreso interior, la conquista de ciertas creencias. Es posible describir las etapas de dicha conquista. En la primera parte del relato, que en el plano de los hechos narra la crisis de 1841, Gérard sufre, sin interpretarla aún, sin plantearse frente a ella, la invasión del sueño. El tema de la falta sólo aparece con sordina, en forma de un ultraje hacia Jenny. Con todo, luego de la última visión, la más dramática de todas, la culpabilidad adopta de súbito el sentido de una blasfemia, de un pecado de la creatura contra Dios. 

Nerval se pregunta si no ha cedido a la desmesura queriendo hacer de su existencia terrestre una lucha contra su doble, contra la locura, que acaso —cree comprenderlo de pronto— le había sido concedida por algún dios benévolo. Al grito de la revuelta: “Pues bien, luchemos contra el espíritu fatal, luchemos contra el dios mismo con las armas de la tradición y de la ciencia. Haga lo que quiera en la sombra de la noche, yo existo, y para vencerlo dispongo de todo el tiempo que aún me está concedido vivir sobre la Tierra” (I, 9), a ese grito, responde ahora la duda de quien se tiene por condenado: “Maldito era yo quizá por haber querido penetrar en un misterio temible ofendiendo la ley divina; ¡sólo me quedaría ya esperar la cólera y el desprecio! Las sombras irritadas huían lanzando gritos y trazando en el aire círculos fatales, como pájaros cuando se avecina una tormenta” (I, 10). Es con esta imagen espléndida de trágico espanto con la que concluye la primera parte de Aurelia. 

Mas no se trata todavía de la forma última del sentimiento de la falta. Muy lejos de haber pecado queriendo penetrar el misterio de lo que le acontecía, ¿no hizo mal en salir de su primera demencia sin adivinar que le convertía en un deber el cambiar de existencia? Tal inquietud le llega después de una visión que sigue a una visita a la tumba de Aurelia. “Dios me había dejado este tiempo para arrepentirme y yo no lo había aprovechado. Tras la visita del convidado de piedra, había yo vuelto a sentarme en el festín” (II, 3). Tocando entonces el fondo de la desesperanza, ve aparecérsele un primer resplandor. ¿No pudiera la locura ser una advertencia de lo alto? O bien, ya que este infortunio le es enviado, ¿no puede él mismo, merced a un esfuerzo consciente, apoderarse de él y transformarlo en una serie de pruebas? El término de este calvario, si tiene fuerzas para alcanzarlo, sería el perdón de la falta misteriosa que pesa sobre él, sin que conozca su verdadera naturaleza. En julio de 1854 escribe al doctor Blanche desde Alemania: “Me confío al pensamiento de que nunca he querido hacer el mal […] Si estuviera destinado a dar el ejemplo de la más dolorosa expiación que sea imaginable, me sometería a ello gustoso”. Y entre sus papeles se encontró esta nota, donde se revela mejor aún el sentido que empieza a conceder a su estado: “Todavía es tiempo. La Escritura dice que basta un arrepentimiento para salvarse… 

¿Y si el suceso que nos hiere impide el arrepentimiento? ¿Y si nos pone en estado de fiebre, de locura? ¿Si se le obstruyen a uno las puertas de la redención? Es el grito de rebelión más terrible que haya proferido jamás. En un momento en que la desesperación lo hunde en la noche más oscura, experimenta toda la injusticia de su suerte. La locura, que se ha abatido sobre él, lo tiene prisionero, le impide emprender el camino del rescate. ¿Irá a sucumbir? ¿Qué recurso le queda? ¿De qué sirve toda su buena voluntad si “se” obstinan en no tenderle la mano? El heroísmo de Nerval adquiere su plena grandeza en el fondo de este abismo en el cual se debate. Sólo una vez lanzará el grito de protesta. Se pone entonces a escrutar su memoria, a escarbar en todo el pasado de los sueños y de las aventuras reales, a escribir Aurelia, ¡no, por cierto, para explicarles a los psicólogos lo que le ha ocurrido! Tiene una tarea mucho más urgente que cumplir: hay que superar la desgracia, que hallar la fórmula mágica que metamorfoseará esta cadena de infortunios en una escala de salvación. No se trata nada más de relatar —y lo que seguía habiendo de juego nostálgico en las evocaciones de Sylvie no reaparecerá ya en la nueva obra—, sino de vérselas con el infortunio, inexplicable e injusto, de realizar, mediante una toma de conciencia y un acto de voluntad, una expiación que tendrá su recompensa. En todo instante se transparenta esta intención heroica, y retorna la palabra pruebas, cual boya a la que se aferrase. En la visión maravillosa, aquella que es la misma que María, la misma que su madre, le habla de sus pruebas (II, 5). 

 Y es en este pensamiento donde encuentra fuerzas para resistir cuando, trasladado a Passy, donde el doctor Blanche, siente la tentación de dejarse arrastrar por la locura que lo amenaza. “Comprendí, viéndome entre los alienados, que hasta entonces todo no había sido para mí más que ilusiones. De todos modos, las promesas que atribuía yo a la diosa Isis me parecían realizarse en una serie de pruebas que estaba destinado a sufrir. Las acepté, pues, con resignación” (II, 5). Hay instantes en que busca en las creencias ocultas u orientales, que tantas veces había acariciado, las fórmulas que expresarían esta ascensión hacia la salvación. 

Saluda la salida del Sol con plegarias, se cree iniciado a algún rito misterioso destinado a restablecer el mundo en su armonía primitiva. Todo se le vuelve signo, símbolo, complicidad mística. Lo mismo que en los Versos dorados de 1845: En la bestia, respeta un espíritu actuante: en cada flor un alma se abre a Naturaleza; un misterio de amor en el metal reposa; “¡todo es sensible!” Y todo en tu ser es potente. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . A menudo en lo oscuro del ser un dios se oculta; ¡y cual ojo naciente, cubierto por sus párpados, crece un espíritu bajo corteza de guijarros! sacrifica a un “pitagorismo” que —no sin recordar las convicciones a las que Hugo arribaba por aquellas mismas fechas— le inspira esta página perfecta: A partir del momento en que me cercioré de que estaba sometido a las pruebas de la iniciación sagrada, una fuerza invencible entró en mi espíritu. Me juzgaba un héroe viviente bajo la mirada de los dioses; todo adquiría en la naturaleza aspectos nuevos, y voces secretas brotaban de la planta, del árbol, de los animales, de los más humildes insectos, para aconsejarme y animarme. El lenguaje de mis compañeros tenía giros misteriosos cuyo sentido entendía yo, los objetos sin forma y sin vida se prestaban por sí mismos a los cálculos de mi mente —de combinaciones de guijarros, figuras de ángulos, grietas o aberturas, bordes de hojas, colores, olores y sonidos, veía yo surgir armonías hasta entonces desconocidas—. ¿Cómo —me preguntaba yo— he podido existir tanto tiempo fuera de la naturaleza y sin identificarme con ella? 

Todo vive, todo actúa, todo se corresponde; los rayos magnéticos emanados de mí mismo o de los demás atraviesan sin obstáculos la cadena infinita de las cosas creadas: es una red transparente que cubre el mundo y cuyos hilos sueltos se van comunicando hasta alcanzar los planetas y las estrellas. ¡Cautivo en la Tierra en este momento, charlo con el coro de los astros que participa en mis alegrías y en mis dolores! [II, 6].

 Estas frases ligeras, donde podría encontrarse toda una estética baudelairiana y que no dejan de proyectar viva luz sobre el misterio poético de Las quimeras, están llenas de reminiscencias ocultistas, pero precisamente aquí se siente, por la virtud misma de un estilo incapaz de engañar, en qué grado el gusto de Nerval por las lecturas místicas era algo distinto de un pasatiempo literario: es una simpatía profunda que le hace hallar, en pleno drama metafísico, una singular euforia en esta contemplación de un universo donde todo es correspondencia y palabra. Mas tampoco es éste el término de sus interrogaciones. Estas mismas teorías lo conducen a “pedirse cuentas de su vida y hasta de sus existencias anteriores”. Procura tranquilizarse diciéndose que su actual existencia pudiera ser “una expiación suficiente”. “Este pensamiento me tranquilizó, sin quitarme el temor de quedar para siempre clasificado entre los desventurados” (II, 6). 

Hará falta aún toda una serie de visiones para que su cielo se despeje y se realice la esperanza que puso en su sumisión a las pruebas. Por último se le aparece Aurelia en el primer “sueño delicioso”, para anunciarle la liberación: “La prueba a la que estabas sometido ha tocado a su fin; aquellas escaleras sin cuento que te fatigabas descendiendo o subiendo eran los vínculos mismos de las viejas ilusiones que embarazaban tu pensamiento […]” (II, 6). En las visiones siguientes, ella retorna sin cesar bajo apariencias magníficas, mientras sus grandes ojos devoran el espacio, su larga cabellera impregnada de los perfumes del Yemen ondea al aire, transfigurada y radiante al lado del Mesías. “Valor, hermano, porque ésta es la última etapa”, y el cielo del perdón se abre en toda su gloria (II, 7). El perdón final ha sido ganado por la acción heroica y, al mismo tiempo, por un altruismo que ha merecido recompensa. Este tema del acto caritativo se entremezcla por entero con el de la conquista de la salvación gracias a las pruebas aceptadas. La primera parte de Aurelia no lo hace intervenir todavía, pero a partir de la segunda se hace sentir la necesidad de ser bueno con los demás. Está, primero, la visita a un amigo enfermo. “Cuando se siente uno desdichado, se piensa en la desdicha de otros” (I, 1). Sigue el cortejo fúnebre de un desconocido, que Gérard acompaña hasta el cementerio, hallando algún consuelo en pensar que al muerto le sería grato verse acompañado por un hermano de dolores. “Aquella idea me hizo derramar lágrimas […] 

¡Oh, benditas lágrimas, desde hacía mucho me era denegada vuestra dulzura! Se me despejaba la cabeza y un rayo de esperanza seguía guiándome” (II, 2). Es entonces la limosna dada a una cantora en un café, y de nuevo el mismo sentimiento dichoso (II, 4). Poco después, en una crisis en que riñe con un cartero, viendo que éste se deshace de repente en lágrimas, el propio Gérard se enternece y se va a rezar a la iglesia de San Eustaquio. Al salir y ponerse a pasear por el Jardín de Plantas, empieza a llover y él se apiada de las mujeres y niños que se van a mojar (II, 5). Es notable que todos estos movimientos de caridad sean posteriores a la resolución de atender a las advertencias de lo alto. Pero puede admitirse asimismo que Gérard fue puesto en este camino en virtud de los esfuerzos del doctor Blanche, a quien nunca se elogiará bastante. Pese a que un incendio destruyera todas las notas que tomó acerca de la enfermedad de Nerval, impidiéndonos seguir su tratamiento como no sea a través de las alusiones de éste y de las cartas que le escribía, se adivina la inteligente discreción de su asistencia. En una carta a Antony Deschamps, escrita en octubre de 1854, en el instante en que acababa de conseguir mediante mil argucias salir de la clínica, Gérard confiesa el reconocimiento que guarda a su médico: Demasiado he sufrido por algunos remedios a los que no logré sustraerme como para no aprobar el sistema de nuestro amigo Émile, que no ha empleado más que baños y dos o tres purgas contra el mal que me atacó, pero me trató moralmente y me curó, lo reconozco, de hartos defectos que yo reconocía en mí sin osar reconocerlos.

 El relato de Aurelia permite entrever mejor lo que fue aquel tratamiento moral. En lugar de juzgar a su enfermo de acuerdo con categorías médicas preconcebidas, el doctor Blanche entró cuanto pudo en su universo e intentó provocar allí encuentros favorables. Fue así como le hizo presenciar el penoso tratamiento al cual había que someter a un joven alienado: como se empeñaba en rechazar cualquier alimento, había que sustentarlo a la fuerza, con ayuda de un tubo de hule introducido por la nariz. El relato de Gérard muestra cuán claro vio el doctor Blanche al ponerle delante semejante espectáculo. Abandonado hasta entonces al círculo monótono de mis sensaciones o de mis sufrimientos morales, me encontraba con un ser indefinible, taciturno y paciente sentado como una esfinge a las puertas supremas de la existencia. Empecé a amarlo a causa de su desgracia y de su abandono, y me sentí vigorizado por aquella simpatía y aquella piedad. 

Así colocado entre la muerte y la vida, me parecía como un intérprete sublime, como un confesor predestinado a escuchar esos secretos del alma que la palabra no osaría trasmitir o no lograría plasmar. Era el oído de Dios sin mezcla del pensamiento de otro. Pasaba yo horas enteras examinándome mentalmente, inclinada la cabeza sobre la suya y asiéndole las manos. Me parecía que cierto magnetismo reunía nuestros dos espíritus y me encantó la primera vez que una palabra salió de su boca. No me quisieron creer nada y yo atribuía a mi ardiente voluntad aquel principio de curación. Aquella noche tuve un sueño delicioso, el primero desde hacía muchísimo [II, 6]. Agradecido hacia quien consideraba su salvador, Gérard cuenta que pasó más horas aún cantándole canciones populares. Así la luz que esplende al final de Aurelia ha sido recuperada por la doble vía de la expiación y de la caridad. ¿Quiere esto decir que, venciendo la tentación “oriental”, Nerval encontrase la salvación en un retorno a las creencias cristianas? La Virgen como sucesora de Isis, la aparición del final, autorizarían el creerlo. Pero arribamos con esto a una nueva cuestión, a otra de las curvas de este destino de profundidades inagotables. Pues, por evidente que sea para el propio Nerval que el sueño y la vigilia se han conjugado para formar el camino del rescate, que la piedad haya provocado una irrupción de luz, no pasa de tratarse de un segundo plano de realidad que halla su solución en esta vida, en “una fuerza nueva que oponer a las desgracias venideras”. Más allá de este problema personal conducido así hasta el aplacamiento, Nerval ha vislumbrado profundidades y caminos abiertos. Uno lleva al mito cósmico y universal, donde su destino particular, del cual los hechos reales no eran sino el símbolo, se torna a su vez imagen del destino de la humanidad. El otro camino precisa los presentes del sueño; esta vez la conquista no es del orden de la salvación personal o colectiva, sino del orden del conocimiento: en su punto extremo, el subjetivismo equivale al descubrimiento de una realidad nueva y confluye con una objetividad superior.

 “El camino misterioso va hacia adentro”, decía Novalis. Lo que Gérard ha puesto en juego y ganado no es pues su propia salvación y nada más, sumando a la curación hacia la cual lo guiaba el doctor Blanche la sabiduría inspirada por sus visiones. De un extremo al otro de la obra, se disputa otra apuesta, mucho más grave, con la apariencia de un vasto mito del destino humano. Y Aurelia, que no parecía ser sino la lucha de uno solo, el drama único de un caso original, se eleva a la magnitud de una epopeya metafísica. Esta nueva curva, perceptible mediante toda la confesión, se inicia con el tema de la muerte, en el curso de una alucinación en la cual Gérard entabla conversación con su tío, para aparecer a plena luz en las visiones de la segunda parte: una vez conquistadas las certidumbres, el héroe desciende “entre los hombres para anunciarles la buena nueva” (II, 7). Al miedo a la nada que expresa Gérard, el tío responde que materia y espíritu son inmortales. “Nuestro pasado y nuestro porvenir son solidarios. Vivimos en nuestra raza y nuestra raza vive en nosotros.” Y acto seguido desfila el inmenso cortejo de la humanidad; pero la certeza se desvanece en una especulación acerca de los números, la visión se oscurece, Gérard cree comprender que “estas cuestiones son oscuras y peligrosas” (I, 5). El sentimiento de lo prohibido, del riesgo que implican ciertas cuestiones más que humanas, subsiste en la continuación de la visión, donde, descendido a la ciudad de las razas sucesivas, detiene a Nerval un hombre vestido de blanco, cuya faz apenas distingue y que lo amenaza con una espada, como para “impedirle penetrar el misterio de aquellos retiros”. El mundo de inocencia en el que se halla intenta en vano retenerlo: le está prohibido al hombre permanecer allí. “Me eché a llorar cálidas lágrimas, como al recordar un paraíso perdido. 

Sentí amargamente que allí sólo estaba de paso, en aquel mundo a la vez ajeno y querido, y me estremecí al pensar que debía retornar a la vida.” Este sentimiento del paraíso perdido, de una comarca llena de blancura en la que escaparemos un día de todas las congojas terrestres, es la primera forma, incierta todavía, frágil, amenazada, del mito de la inmortalidad en el cual Gérard encontrará el consuelo final. Por vez primera vive un instante en este bienhechor convencimiento. “Así, la duda eterna sobre la inmortalidad del alma que afecta a las mejores mentes estaba resuelta para mí. No más muerte, no más tristeza, no más inquietud”, exclama al salir de aquella “patria mística”. Con todo, el día en que vagando por las calles persiguió una estrella hacia el Oriente, había rechazado la inmortalidad cristiana: “No, no pertenezco a tu cielo. En esta estrella están quienes me esperan. Son anteriores a la revelación que tú has anunciado. Déjame reunírmeles […]” (I, 2). Y otras muchas veces, en verdad, se complacerá en estas imaginaciones que le representan en un astro o en la luna la vida deliciosa de las almas desencarnadas. 

 Tras la visión de la patria mística, un sueño acude a confirmar el pensamiento de la inmortalidad asegurada. Se ve en una sala, que conoció en su infancia, donde tres mujeres ostentan en ellas los rasgos de todas sus parientes a la vez; por lo que a él toca, lleva un trajecillo castaño, tejido de hilos tenues como los de la araña, “coqueto, gracioso e impregnado de suaves olores”. Pero este sueño, donde se expresa tan bien la nostalgia de la inocencia infantil, concluye bruscamente en una tonalidad lúgubre. El admirable jardín hacia el cual sigue a una de las mujeres se muda en cementerio, desaparece la que lo acompaña y, al lado de un muro, percibe un busto caído, cuyo rostro tiene los rasgos de Aurelia, en tanto unas voces claman: “¡El universo está en la noche!” (I, 6). En estas imágenes fúnebres descubre la señal segura de la muerte de Aurelia, pero aún logra persuadirse de que volverá a verla en el mundo entrevisto (I, 7). Subsiste la preocupación, no obstante, y se manifiesta en la voluntad de escribir una historia de la creación, de la cual una nueva visión le muestra el extraño paisaje primitivo, caos monstruoso surcado, sin embargo, por los gérmenes de la claridad. Toda una cosmogonía, inspirada en tradiciones orientales, se despliega en un extraordinario esplendor de evocación: metamorfosis y combates de monstruo, nacimiento de los humanos, evolución de las razas mediante las luchas y las reconciliaciones. De súbito resonó una singular armonía en nuestras soledades, y se diría que los gritos, los rugidos y los silbidos confusos de los seres primitivos se modularon en adelante según aquella melodía divina. Las variaciones se sucedían hasta el infinito, el planeta se iluminaba poco a poco, formas divinas se perfilaban sobre la verdura y lo hondo de los bosquecillos y, domados para siempre, todos los monstruos que había yo visto se despojaban de sus formas extrañas y se convertían en hombres y mujeres […] [I, 8]. La misma concordancia entre música y formas se prolonga en las páginas siguientes, donde calla y vuelve a alzarse sin cesar “el himno interrumpido de la Tierra y de los cielos”. Mas la visión se enturbia en escenas trágicas. Veo todavía, sobre un pico bañado por las aguas, a una mujer abandonada que grita con los cabellos sueltos debatiéndose contra la muerte. Sus llorosos acentos dominaban el ruido de las aguas […]

 ¿Fue salvada? Lo ignoro. Los dioses, sus hermanos, la habían condenado, pero por encima de su cabeza brillaba la Estrella de la tarde, derramando sobre su frente rayos inflamados. Entonces la significación de esta imagen se enriquece con recuerdos míticos: “En todas partes moría, lloraba, languidecía la imagen dolorosa de la Madre eterna”. Por largo tiempo los sueños de Gérard siguen siendo aterradores; la aparición del Doble, entrevista ya en una alucinación de vigilia, lleva al colmo el pavor. Una horrible idea se impone: El hombre es doble, me dije […] 

Hay en todo hombre un espectador y un actor, el que habla y el que responde. Los orientales han visto en ellos dos enemigos: el buen genio y el malo. ¿Soy el bueno, soy el malo? —me preguntaba yo—. En cualquier caso, el otro me es hostil […] ¿Quién sabe si no habrá tal o cual circunstancia o edad en que estos dos espíritus se separen? Ligados ambos con el mismo cuerpo por una afinidad material, tal vez uno esté destinado a la gloria y la felicidad, el otro a la aniquilación o al sufrimiento eterno [I, 9]. Nunca ha estado su ser tan cerca de deshacerse y escapársele. Doble él mismo, cree percibir dobles a todos los que lo rodean. El recuerdo manifiesto de una escena otrora leída en los Elíxires del Diablo de su querido Hoffmann le inspira el temor de que “el otro”, aprovechando el error universal, vaya a consumar el desposorio místico que se prepara entre Aurelia y él. Es en este instante, en esta angustia, la peor de todas, cuando siente una convulsión de revuelta y decide luchar contra el dios. En ese momento esencial, el mismo vuelco decisivo modifica, en todos los planos en que se desenvuelve a la vez, la orientación del poema de Aurelia. 

Decidido a “emplear todas las fuerzas de su voluntad”, el desventurado se niega a ceder. Pero una nueva visión lo abate, lo lanza fuera del “universo mágico” donde era posible la inmortalidad del alma; y el sentimiento de la maldición clausura la primera parte del libro. En la segunda, el movimiento va, tanto en el plano metafísico como en los demás, del peor abismo de tinieblas a la eclosión de la luz. A partir de las primeras líneas retorna el tema de la muerte, no en forma de sueño esta vez, sino como una interrogación precisa, a la cual habrá que dar una respuesta si es que el drama personal ha de tener un fin. Uno y otra se entrelazan en adelante aún más apretadamente: las etapas de la lucha son proyectadas desde el plano individual hasta el del mito cósmico, y en compensación hará falta que la luz penetre en éste a fin de que en el otro halle Gérard la paz final. En la primera crisis aún había permanecido pasivo, sufriendo la invasión de las angustias y las amenazas; en la segunda, adquiere una conciencia cada vez más neta de la necesidad que le impone satisfacer las grandes preguntas metafísicas, surgidas en su espíritu bajo la inminencia del naufragio. Ya sabe que no habrá solución a su problema más que si da con la del problema humano. El tránsito es muy visible en los renglones que abren la segunda parte, puesta bajo el signo de Eurídice: ¡Por segunda vez perdida! ¡Todo ha acabado, todo ha pasado! ¡Soy yo ahora quien debe morir, y morir sin esperanza! ¿Qué es la muerte, pues? Si fuese la nada […] 

¡Dios lo quisiera! Pero ni Él mismo puede hacer que la muerte sea la nada. ¿Por qué, pues, es ésta la primera vez, desde hace tanto tiempo, que pienso en Él? El sistema fatal que se había originado en mi mente no admitía esta realeza solitaria […] o más bien se absorbía en la suma de los seres: era el dios de Lucrecio, impotente y perdido en su inmensidad. De modo que su error sería apegarse a estas visiones cósmicas procedentes del ocultismo. Desde el fondo de la infancia reaparece la imagen de Jesús, recuerdo que se asocia a la piedad de Aurelia. Nerval hace escuchar entonces la queja de su generación, deseosa de religión pero criada en días de tormenta, acostumbrada demasiado pronto a una fe vaga “cuya adhesión indiferente resulta quizá más culpable que la impiedad y la herejía”. ¡Cómo desearía poder recurrir, contra todo lo que lo amenaza, a una fe más ingenua! “Cuando el alma flota incierta entre la vida y el sueño, entre el desorden del espíritu y el regreso a la fría reflexión, es en el pensamiento religioso donde deben buscarse socorros.”

 Pero, ¡ay!, “es bien difícil reconstruir el edificio místico del cual los inocentes y los simples admiten en su corazón la estampa hecha y derecha […] La ignorancia no se aprende”. Renegando del legado crítico del siglo XVIII, exclama: “¡El árbol de ciencia no es el árbol de vida!” En este instante su drama es del todo análogo al que es tema de la Confesión de un hijo del siglo y del Prólogo de Rolla: “He llegado demasiado tarde a un mundo demasiado viejo […] Pobre hijo de Dios, que olvidan, no me han enseñado a amarte […]” ¿Por qué me acosas con esta sed ardiente, si no conoces fuente en que aplacarla? Pero Musset se mantuvo prisionero de su incertidumbre, de la duda y la blasfemia. “A su pesar, el infinito lo atormenta”, pero ni por un instante es capaz de ese esfuerzo de todo el ser que opta por lo que quiere escapársele y contra lo cual se rebela su razón. El mismo combate indeciso entre un corazón que querría creer y una inteligencia que se defiende de ello mantuvo a Hugo largo tiempo prisionero antes de las revelaciones del destierro: ¡Se diría que espero a quien no quiere abrirme! Es nuestra desventura, hijos de las pasiones. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ¿Por qué nombre llamarte, turbia hora en que estamos? … Creencias y pasiones, congojas, esperanzas, nada está a pleno día y nada está en la noche. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Una cosa, ¡oh Jesús!, en secreto me aterra: el eco de tu voz se va debilitando. Nerval, lo mismo que sus contemporáneos, padece este divorcio entre el sentimiento y la razón. Por un instante lo tienta una reconciliación de la ciencia y la fe: Cuento más con la bondad de Dios: acaso estemos llegando a la época predicha en que la ciencia, cerrado su círculo entero de síntesis y análisis, de creencia y negación, pueda depurarse sola y hacer que del desorden y de las ruinas surja la ciudad maravillosa del porvenir […] 

No hay que estimar tan poco la razón humana y suponer que algo gana humillándose entera, pues eso sería acusar a su celeste origen […] ¡El apóstol que quiso tocar para creer no fue por ello maldecido! No durarán mucho estas esperanzas de progreso que conservan por ventura algún reflejo de sus charlas con los ingenieros sansimonianos de quienes fue amigo en Egipto. Pero resulta singular ver a este hombre, aislado por su drama, llevar de este modo en sí todas las tendencias contradictorias de su época, hacer de su debate interior un campo cerrado donde se enfrentan todas las hipótesis de un tiempo que no las escatimó. Se interrumpe, con todo: “¿Qué es lo que he escrito? Son blasfemias. La humanidad cristiana no puede hablar así. Semejantes pensamientos están lejos de ablandar el alma. Ostentan en la frente los relámpagos de orgullo de la corona de Satán… ¿Un pacto con Dios mismo…? ¡Oh ciencia! ¡Oh vanidad!” Para defender su espíritu de estas ideas, se sumerge en el estudio de la cábala, retorna a su caro “sincretismo” que reconocía a cada religión una porción de los arcanos divinos, intenta recuperar el alfabeto mágico a través de sus formas diversas y revueltas, y se detiene en una concepción “analógica” de la creación: “El Sol, parecido a la planta que lo representa, la cual con cabeza inclinada sigue la revolución de su marcha celeste, sembraba en tierra los gérmenes fecundos de las plantas y los animales […] 

El Espíritu del Ser-Dios, reproducido y por así decirlo reflejado en la Tierra, se volvía el tipo común de las almas humanas, cada una de las cuales, en consecuencia, era a la vez hombre y dios”. Pero en el acto le nace un escrúpulo: “Ignoro incluso si el sentimiento resultante no estará conforme con la idea cristiana”. Una vez más, el temor de ser maldecido por sus errores, de no haber notado las advertencias divinas, lo atormenta. Sin embargo, la ansiedad se precisa en una elección necesaria; entre las creencias que en otro tiempo partió a buscar en Oriente y las promesas cristianas, es imposible tergiversar más. Tiene que renegar de todas las formas de magia, de todo ese apego a los signos y a los ídolos, al cual tanto ha sacrificado. “Comprendo —se dice—, he preferido la creatura al creador; he deificado mi amor y he adorado, según los ritos paganos, a aquella cuyo último suspiro fue consagrado al Cristo. Mas si esta religión dice verdad, Dios puede perdonarme aún” (II, 2). Alguna cosa se le interpone todavía a cualquier conversión; a su deseo de confesión se oponen aún el miedo a una “religión temible” y los prejuicios filosóficos “nacidos de la Revolución” (II, 4). Con toda esta herencia de libre examen, se siente “estremecer imaginando el cristiano que haría”. Se acuerda de su infancia, de la influencia que tuvieron sobre su imaginación las figuras de los dioses antiguos, descubiertos en un libro y más venerables a sus ojos que “las pobres imágenes cristianas de la iglesia”; evoca las enseñanzas de su tío, para quien Dios era el Sol, la piedad de una de sus tías, y la predicación de un inglés que le había hecho leer el Nuevo Testamento. “No cito estos detalles —recalca — más que para señalar las causas de cierta irresolución que a menudo se ha unido en mí al espíritu religioso más pronunciado.” Y sin transición, en una frase que hemos citado ya, pero que adquiere ahora su sentido exacto, presenta Aurelia como historia del regreso al “sentimiento preciso de diversas verdades” que, “apartado largo tiempo del verdadero camino”, no había recolectado con tenacidad bastante (II, 4). Este texto decisivo no tolera dos interpretaciones: se trata, de fijo, de las verdades cristianas.

 Es en ellas donde encuentra una fuerza que oponer a la desventura, a la desesperanza y al suicidio, que “son resultado de ciertas situaciones fatales para quien carece de fe en la inmortalidad, en sus penas y en sus alegrías”. Si alguna duda cupiera, las escenas siguientes servirían de confirmación espléndida. Una larga jornada de vagabundeo desesperado a través de París y los terrenos baldíos de la barrera de Clichy lo conduce finalmente a la calle de la Victoria, donde encuentra a un sacerdote; le pide que escuche su confesión y, como al cura no le es posible antes del día siguiente, se marcha llorando a Nuestra Señora de Loreto, donde implora a la Virgen perdón para sus faltas. Cuenta de manera profundamente conmovedora el sacrificio simbólico que hizo entonces de sus vínculos orientales, y la tremenda impresión que ejerció el sermón sobre él. Fui a arrodillarme en los últimos lugares del coro y me saqué del dedo un anillo de plata en cuyo engaste se leían estas tres palabras árabes: ¡Alá! ¡Mahoma! ¡Alí! De inmediato se encendieron varias velas en el coro y se inició un oficio al cual procuré unirme en espíritu. Llegados al Ave María, el sacerdote se interrumpió en medio de la oración y volvió a iniciarla siete veces, sin que pudiera yo hallar en mi memoria las palabras que seguían. Fue concluida entonces la oración, y el sacerdote pronunció un discurso que me parecía aludir sólo a mí. Cuando todo se apagó, me levanté y salí […] No ha llegado aún el instante de la liberación. Las palabras del sacerdote, todo ese oficio que Gérard pudo suponer celebrado a su exclusiva intención, no han hecho sino intensificar el sentimiento de la falta irreparable y de la maldición. 

Reaparece la idea del suicidio y el paisaje parisiense, como tantas veces en el Nerval de Aurelia y de las Noches de octubre, se metamorfosea en un paisaje simbólico, donde los juegos de la luz y la sombra concretan el tormento interior. Se despliega una visión apocalíptica; un Sol negro y un globo rojo sangre sobre las Tullerías anuncian el principio de la noche eterna; la Tierra salida de su órbita yerra entre múltiples lunas. Nerval retorna al alba; al despertar lo asombra ver la luz y oír que un coro misterioso de voces infantiles repite: ¡Christe! ¡Christe! ¡Christe! “Mas el Cristo ya no existe, ¡todavía no lo saben!”, se dice, empeñado en asociar las visiones de luz y de tinieblas a su angustia religiosa. Fue aquella mañana cuando Nerval fue a dar a casa de Heine, quien lo hizo conducir a la casa de salud. Salido de la clínica al cabo de un mes, vuelve a ponerse a vagar por París, corriendo de Montmartre al Luxemburgo, de las Tullerías a las Halles, dándole vueltas a San Eustaquio. 

Un día entra, se arrodilla ante el altar de la Virgen pensando en su madre y, al salir, compra un anillo de plata que ocupa simbólicamente el lugar de la sortija oriental. Llegado al Jardín de Plantas y sorprendido por la lluvia, cree asistir al Diluvio; pero arroja su anillo a las aguas y de nuevo sufre una transfiguración el paisaje, reflejando los acontecimientos interiores. “Hacia el mismo momento se aplacó la tormenta y empezó a brillar un rayo de sol. Retornó la esperanza a mi alma” (II, 5). Con todo, en Passy, donde ha sido vuelto a internar, la tentación mágica y las antiguas creencias “sincréticas” de Gérard resisten la invasión de las imágenes cristianas. Se cree encargado de restablecer la armonía universal “evocando las fuerzas ocultas de las distintas religiones” (II, 6). Se embriaga con la visión de un universo de secretas correspondencias. Pero, en pleno éxtasis panteísta, se detiene: la propia Muerte, en semejante concepción del mundo, sería impotente para libertarnos, “pues revivimos en nuestros hijos como hemos vivido en nuestros padres”.

 ¿Qué es pues una religión que no responde a esa necesidad de inmortalidad bienaventurada que siente dentro de sí? Los espíritus hostiles ¿no nos han aprisionado en este orden definitivo de las generaciones sucesivas y de las reencarnaciones infinitas? ¿No es peor esto que una condenación eterna? Con este nuevo andamiaje que alza su espíritu, otra vez asciende en él la angustia primitiva, el miedo a la Nada. La muerte, si no es una liberación de los vínculos terrenos, confiere todo su irremediable horror a “la eterna distinción entre lo bueno y lo malo”, que es el aspecto metafísico de la obsesión del Doble. A esto es a lo que hay que sustraerse; “desplazar las condiciones del bien y del mal” ya lo había soñado, en la época en que, en una vida de viajes y gozoso carnaval, buscaba el olvido de sus penas (I, 1). Ahora intenta conseguirlo todavía, no ya recorriendo el mundo de la variedad, del capricho, de los trajes exóticos, sino el de las creencias; y su mente edifica las construcciones más frágiles. Isis, la Venus antigua, la Virgen de los cristianos se confunden de nuevo en una figura mágica en la que deposita su esperanza (II, 6). Se requerirá el renacimiento de la piedad y el episodio del joven enfermo para que al fin se aclaren las visiones y aparezca el Mesías, vencedor de la Muerte, en medio del cántico de la Tierra entera entonando el perdón. Las perlas, las flores, las aves rodean con su esplendor las cabalgatas en que la “gran amiga” arrastra a Gérard. ¡Oh, Muerte!, ¿dónde está tu victoria, puesto que el Mesías vencedor cabalgaba entre nosotros dos? Su túnica era de jacinto sulfúreo, y sus muñecas y tobillos resplandecían de diamantes y rubíes. Cuando su vara ligera tocó la puerta de nácar de la nueva Jerusalén, quedamos los tres inundados de luz […] 

 Salgo de un sueño dulcísimo; he vuelto a ver a la que yo había amado, transfigurada y radiante. El cielo se ha abierto en toda su gloria y en él he leído la palabra perdón rubricada con la sangre de Jesucristo [II, 7]. Este perdón no lo es sólo de la falta que acosaba a Gérard: se extiende a todos, al Enemigo mismo, al “dios del Norte” que pretendió machacar con su martillo la santa mesa compuesta de los siete metales más preciosos. “¡Desdichado de ti, dios herrero que quisiste quebrar un mundo! ¡Sin embargo, el perdón del Cristo también ha sido pronunciado para ti! […] 

La serpiente que rodea el Mundo ha sido, aun ella, bendecida, y sus fauces abiertas aspiran la flor de anxoka, la flor azufrada, ¡la flor esplendente del sol!” El sueño, así, proclama que el perdón del dios cristiano acabará por triunfar sobre todos los espíritus del mal, por reintegrar al cielo hasta a los malditos. Con este mito, que no carece de analogías con las grandiosas imaginaciones de Hugo en el Fin de Satán, concluyen las visiones de Nerval; un sueño final lo transporta a Viena y luego a orillas del Neva: las dos Catalinas, la emperatriz santa Elena, las más bellas princesas de Moscovia y de Polonia han vuelto sus miradas hacia Francia. “Vi con ello que nuestra patria se convertía en árbitro de la querella oriental […]

 Mi sueño terminó con la dulce esperanza de que la paz nos sería por fin concedida” (II, 8). Pues es preciso que el aplacamiento alcanzado al fin por Gérard sea otorgado a todos los hombres. Esta resolución de los conflictos, consumada por el sueño, se comunica a la vida real. Nerval lo precisa aún en la última página de Aurelia: la conciencia de estar purificado de sus pasadas faltas y la certidumbre de inmortalidad, que le “aconteció materialmente, por decirlo así”, son los dos elementos que en adelante le ofrecerán “disfrutes morales infinitos”. ¿Es pues esta Aurelia una obra cristiana y puede llegarse hasta a interpretar como una manera de conversión el alivio al cual llega Gérard al término de esta obra heroica? No cabe duda: él mismo lo pensaba, como vimos, y podría asimismo invocarse el prefacio de un artículo sobre Quintus Aucler en el cual escribía en 1851: Hay, ciertamente, algo más pavoroso en la historia que la caída de los imperios, y es la muerte de las religiones… Si fuese cierto que a la religión cristiana no le quedara más de un siglo de vida, ¡habría que aferrarse con lágrimas y oraciones a los pies ensangrentados de ese Cristo desprendido del árbol místico, al manto inmaculado de esa Virgen madre — expresión suprema de la antigua alianza entre cielo y tierra—, último beso del espíritu divino que llora y echa a volar! Hasta sería fácil oponer a los movimientos de rebeldía de ciertas Quimeras, “Anteros”, “Délfica” y sobre todo “Artemisa”: Más santa es la que surge del abismo entreabierto. tal o cual verso, de El Desdichado, por ejemplo: Y atravesé dos veces, triunfante, el Aquerón, modulando alternados en la lira de Orfeo suspiros de la santa y los gritos del hada. donde pudiera creerse que se encuentra un eco de las dos partes de Aurelia, y que, en este segundo soneto, el hada, la santa del abismo, no es ya la preferida. Pero es de sobra arriesgado introducir tanta lógica en el mito de sombra y luz donde se debatía Nerval. Guardémonos de remitir a dogmas demasiado precisos, a ideologías bien conscientes estas imágenes que luchan en él. Es evidente que, en efecto, imágenes cristianas dominan más y más a medida que se desenvuelve el relato de Aurelia; es evidente también que el sentimiento de caridad que provoca la certeza del perdón es de inspiración cristiana. Tampoco es posible negar que en ciertos episodios, como el de los dos anillos, reside la intención de renunciar a los errores “orientales” para regresar al cristianismo. Pero sería arduo hacer concordar este cristianismo con los dogmas ortodoxos: esta “conversión” es bastante excepcional, confiriendo valor de revelación a los sueños antes que a las Sagradas Escrituras. 

A decir verdad, Nerval ha triunfado sucesivamente de todas las tentaciones de rebelión y de magia que se le presentaron; les ha opuesto una virtud de resignación y una voluntad admirables. Ha acabado por aceptar las pruebas de su existencia y por aplicar todo su esfuerzo a darles la significación coherente de una lenta redención. ¿No es mucha presunción, cuando un hombre sometido a semejantes torturas demuestra tan prodigioso heroísmo, ir a pedirle cuentas de su ortodoxia y medirla con los raseros ordinarios? Bien lo sabía el arzobispo de París cuando, fundándose en las declaraciones del doctor Blanche, le concedió sepultura cristiana, pese al suicidio. Es al sueño, decíamos, al que Nerval solicita la revelación de las verdades supremas. 

Más bien, incluso, es a un nexo que acaba por percibir entre el Sueño y la Vida. Mas no ha alcanzado sin esfuerzo este imperio del soñar, ni más ni menos que el convencimiento de su propia salvación y de la victoria del Mesías sobre la Muerte. He aquí una curva final que es posible seguir a lo largo de la obra y que Nerval subraya con particular insistencia, oponiéndola sin cesar a la idea de un retorno a la razón. Las últimas frases importa mucho captarlas como es debido, pues de la interpretación que se les otorgue depende la de la obra entera. Hablando de aquel otro enfermo que le interesa y que se cree en el purgatorio, Gérard concluye: Tales son las ideas extravagantes que dan estos géneros de enfermedades; reconocí en mí mismo no haber andado lejos de una persuasión igual de extraña. Los cuidados que había recibido me habían devuelto ya al afecto de mi familia y de mis amigos, y me era posible juzgar más sanamente el mundo de ilusiones en el que había vivido por algún tiempo. He aquí algo que parece claro: curado, Nerval reconoce que sus sueños y sus visiones no fueron sino demencia y renuncia a toda ironía hacia “eso que se ha convenido en llamar razón”. Pero con una reserva, y de peso: “De todos modos, estoy contento con las convicciones que he adquirido y comparo esta serie de pruebas que he atravesado con lo que representaba para los antiguos la idea de un descenso a los infiernos.” Henos aquí de golpe en otro plano de conciencia, donde sueños y visiones dejan de ser ilusiones extravagantes, que juzga uno más sanamente luego de tornar a lo normal; de un descenso a los infiernos vuelve uno con convicciones absolutamente valederas. El sueño transforma la vida, revela su valor más profundo. La palabra sueño, es verdad, no es pronunciada, pero no puede soslayarse el vínculo que liga esta frase final a la página precedente, y la idea de descenso a los infiernos a la de una zambullida en los reinos interiores del sueño. Me animaba a un audaz intento. Decidí clavar la vista en el sueño y conocer su secreto. ¿Por qué —me dije— no forzar esas puertas místicas armado de toda mi voluntad, y dominar mis sensaciones en lugar de padecerlas? ¿No será posible domar esta quimera atractiva y temible, imponer una regla a estos espíritus de la noche que se mofan de nuestra razón? El dormir ocupa un tercio de nuestra vida.

 Es la consolación de las penas de nuestras jornadas o la pena de nuestros placeres, pero nunca he tenido la impresión de que dormir fuese un reposo. Después de un embotamiento de algunos minutos, comienza una nueva vida, emancipada de las condiciones del tiempo y del espacio, y afín sin duda a la que nos espera después de la muerte. A partir de aquel momento me afané buscando el sentido de mis sueños y esta inquietud influyó sobre mis reflexiones de vigilia. Creí comprender que existía un enlace entre el mundo externo y el mundo interno […] El valor extraordinario que concede Nerval al soñar aparece aquí con plena claridad, con sus aspectos tan diversos: el soñar es, por principio de cuentas, lo que se entiende más corrientemente por ello, las imágenes del dormir. Sólo que dichas imágenes constituyen otra vida, llena de amenazas y señuelos, en la cual escapamos de las condiciones terrestres. Lo que en ellas podemos percibir “ya desde el presente” es la prefiguración de la vida eterna; lo que pasa es que para que los abismos interiores adquieran este excepcional alcance es preciso forzar sus puertas. Pues en nuestro estado habitual ese mundo —que hoy llamaríamos el mundo de lo inconsciente— no se nos manifiesta en toda su pureza. “La inatención o el desorden de espíritu”, continúa Nerval, falsean las relaciones de ambas realidades, y así se explica “la extravagancia de ciertos cuadros semejantes a esos reflejos gesticulantes de objetos reales que se agitan sobre el agua revuelta”. Todo atestigua aquí un conocimiento muy inmediato, y captado con maravillosa sinceridad, de las relaciones imperantes entre las dos mitades, diurna y nocturna, que constituyen juntas la continuidad de nuestro ser.

 Pero se aprecia, asimismo, una asimilación del mundo de los sueños a una realidad trascendente, asimilación que es resultado del largo esfuerzo de Nerval por sustituir con creencias salutíferas los accidentes de su existencia. No sin razón enmarca toda su confesión entre dos afirmaciones, apenas diferentes, de esta creencia, de la cual hace así la idea central de la obra. Las primeras frases de Aurelia lo dicen con una extraña solemnidad: El sueño es una segunda vida. No he podido rebasar sin estremecerme esas puertas de marfil o de cuerno que nos separan del mundo invisible. Los primeros instantes del dormir tienen la imagen de la muerte; un torpor nebuloso se apodera de nuestro pensamiento y no podemos determinar el instante preciso en que el “yo”, con otra forma, continúa la labor de la existencia. 

Es un subterráneo vago que se ilumina poco a poco, y donde se desprenden de la sombra y de la noche las pálidas figuras, gravemente inmóviles, que habitan la morada de los limbos. Entonces el cuadro se va formando, una claridad nueva ilumina y pone en juego esas apariciones raras: el mundo de los espíritus se abre para nosotros. El movimiento que ha conducido a Nerval hasta estas afirmaciones es exactamente el mismo que hemos intentado seguir en otros planos: este gran ritmo, el del relato de Aurelia, comienza con la irrupción, pasivamente sufrida, de algo que se abate sobre Gérard y, de infortunio en infortunio, llega a tomar posesión de él por entero. Pero en el momento en que está a punto de ser derribado, hace un gesto de rebeldía. Su voluntad vuelve a enderezarse y toda la segunda parte narra la lucha de esta voluntad por triunfar, por apoderarse de aquello que de ella se apoderaba: hasta alcanzar la luz final. Los sueños y las visiones (que Nerval no distingue siempre) de la primera parte amojonan una progresiva “expansión del sueño en la vida real” (I, 3): todo adopta un aspecto doble, sin que la memoria pierda jamás un detalle o la lógica parezca afectada.

 Se establece una continuidad entre los dos mundos, inquietante e inexplicable. Transportado a visiones agradables, Nerval extraña su existencia habitual; pero, de vuelta en ésta, lo desconsuela el haber dejado escapar el paraíso. Sueño y vida son dos mundos entre los cuales se debate el hombre, atraído igualmente hacia el uno y hacia el otro. En el estado habitual, estos dos mundos están separados, y la rareza se inicia en el relato nervaliano en el preciso momento en que el tabique deja de ser estanco. Angustiado primero, Nerval no tarda en abandonarse a la especie de euforia que le causa ese tránsito fácil de un plano al otro. La única diferencia para mí entre la vigilia y el dormir era que, en la primera, todo se transfiguraba a mis ojos; cada persona que se me acercaba parecía mudada, los objetos materiales tenían como una penumbra que modificaba su forma, y los juegos de luz, las combinaciones de los colores se descomponían, sosteniéndome en una sucesión constante de impresiones que se empalmaban entre ellas y de las que el soñar, más desprendido de los elementos exteriores, prolongaba la probabilidad [I, 3]. 

 Luego la diferencia entre ambos mundos vuelve a tornársele perceptible, aunque, lejos de regocijarse, sufre por ello. En el meollo del sueño, la conciencia de la recaída próxima en la otra realidad lo hiere. La grieta que bosteza entre las dos mitades de la vida no muestra ya su aspecto normal. Este sentimiento se acrecienta después de los sueños que nutren su certidumbre de inmortalidad futura. En adelante no está ya separado de aquellos a quienes amó sino por las horas del día, y espera “las de la noche en una blanda melancolía” (I, 5). En el instante de la gran desesperación, cuando cree haber ofendido la memoria de Aurelia, interroga al dormir, pero el soñar responde con imágenes sangrientas, con la aparición del doble y con una trabazón cada vez más notoria con los acontecimientos de la víspera. A Gérard no se le ocurren esas explicaciones que suelen encontrarse tan sencillas y que admiten que el sueño arma sus escenas con elementos reales conservados por la memoria: la lógica diferente, como es ya la suya, lo conduce a otras conclusiones, que parten del convencimiento de que el mundo de la imaginación es tan real como el otro: “No sé cómo explicar que, en mis ideas, los sucesos terrestres podían coincidir con los del mundo sobrenatural, lo cual es más fácil de sentir que de enunciar claramente” (I, 9).

 Aquí adivina, por cierto, que su evidencia inmediata no es la misma que la evidencia lógica, y en adelante todos los itinerarios de su espíritu procederán de estas intuiciones directas. En vista de que el mundo de los sueños es real y de que ahí tocamos una esfera que es la de la inmortalidad, Nerval se impone la tarea de ir al encuentro, desde ahora, de todo lo que el sueño puede entregarle del Más Allá. A la pasividad que le hiciera asistir al espectáculo de los sueños sucederá el esfuerzo de conquista. “Empleaba todas las fuerzas de mi voluntad para penetrar más en el misterio del cual había alzado algunos velos. El sueño se burlaba a veces de mis esfuerzos y no traía sino figuras gesticulantes y fugitivas” (I, 10). Toda la segunda parte cae bajo el signo de esta decisión de imponerse, de bajar a los abismos del sueño en pos de sus tesoros: “Con la idea que me había hecho de que el sueño abría al hombre una comunicación con el mundo de los espíritus, esperaba…, esperaba aún”. Pero los primeros sueños de esta época son sombríos, henchidos de fatales apariciones y de advertencias desesperantes. Los mismos tintes se extienden, más y más, sobre la vida despierta y sobre el sueño: pesadillas sangrientas e incursiones en ciudades maravillosas o jardines deliciosos alternan, gobiernan la sucesión de los espantos y de las esperanzas. 

Todos los acontecimientos sucesivos, anuncio del perdón, venida del Mesías, suceden en el sueño. Pero a fin de cuentas —y ahí está la señal del triunfo— lo obtenido en sueños queda asegurado también para la vida despierta. Todas las certezas y promesas adquiridas en el universo espiritual, luminoso en adelante, son ganadas por el mundo terrestre, al cual Gérard vuelve a descender, aplacado. Victoria bastante ilusoria, hay quien dice, ya que, sin haber siquiera acabado de repasar las pruebas de imprenta de Aurelia, Gérard Labrunie, llamado de Nerval, apareció ahorcado, con levita y sombrero negros, pantalón gris verdoso y polainas grises, en el siniestro callejón de la Vieja Linterna, donde fue a parar una noche de enero, después de días enteros de lamentables peregrinaciones. ¿Recaído en la locura? ¿Abandonado por la confusa exaltación que le dictó los engañosos ensueños de aquella Aurelia destinada a demostrar que no estaba loco? O bien —dado que había logrado salir de Passy con el propósito declarado de rehacer su reputación literaria— ¿vencido por la imposibilidad de escribir, por la miseria, por el miedo al derrumbe material? 

 No, todo esto es demasiado sencillo, demasiado próximo a lo que puede sucederle a cualquiera, demasiado acorde con la lógica. Jamás se sabrá lo que ocurrió realmente, pero es seguro que no correspondía a ningún curso del espíritu que estemos en condiciones de reconstituir. Además —lo cual importa mayormente—, esta catástrofe no invalida en nada la victoria de Aurelia y la autenticidad de la victoria alcanzada. Las certidumbres adquiridas, conquistadas a la enfermedad, al sueño, a la vida normal, ¿quién nos demuestra que Gérard de Nerval no las conservara, intactas, en el momento de aquel gesto suyo que llamamos nosotros desesperado? La obra está ahí y continúa testificando, como lo haría si nos hubiese llegado sin que supiéramos nada acerca de su autor. Pues nos habla el lenguaje de la poesía; si es convincente, esto se debe a toda la música que hay en ella, a los tesoros de todo orden que encierra y que cien lecturas no agotan, ni más ni menos como la prosa de Rimbaud no pierde sus destellos por ser retomada sin cesar. No quiere esto decir —¡muy al contrario!— que haya en este género de obras una belleza de “forma”, del todo “literaria”, que pudiera admirarse a despecho de otra cosa, que sería su “contenido”. 

Precisamente en estas obras hechas de iluminaciones interiores, la belleza que se admira procede de que todo alude a una realidad infinitamente misteriosa pero infinitamente real: y esta misma realidad no prueba su presencia de otro modo que no sea el encanto inextinguible que ejerce la música alusiva de las palabras. Entre Nerval y Rimbaud, en efecto, hay más semejanzas de las que parecería a primera vista. Cierto, hay gran diferencia entre el adolescente que es trastornado por una brusca iluminación poética y este cuadragenario impelido a crear, en vísperas de su muerte, una obra que nada anunciaba en sus escritos previos, voluminosos ya. Pero la “temporada en el infierno” del uno, el “descenso a los infiernos” del otro, exhiben no pocas analogías, así fuese sólo en esa ambición de conquistar poderes excepcionales, y en las dudas, los remordimientos, el temor de ser maldecido por haberse atrevido a alzar el velo del misterio. “Demasiado quería yo hacer retando a la muerte”, escribió Nerval. Y Rimbaud renunció a su tentativa angélica “porque estaba mal”. Uno y otro descubrieron también que hay un método, una especie de ascesis necesaria para la conquista de la poesía tal como la entendían: al “quiero ser poeta y trabajo para hacerme vidente” de Rimbaud, corresponde este fragmento, más humilde de tono, que Nerval dejó extraviarse, ya en 1844, en una revista: No pido a Dios que cambie nada de los acontecimientos, sino que me cambie a mí en relación con las cosas, que me deje el poder de crear a mi alrededor un universo que me pertenezca, de dirigir mi eterno sueño en vez de sufrirlo. 

 Y sobre todo este pasaje de los manuscritos de Aurelia: No hay que ofender el pudor de las divinidades del sueño. Hay que cultivar ideas puras y sanas para tener sueños lógicos. Guardados de la impureza que disgusta a los buenos espíritus y atrae a las divinidades fatales. Cuando vuestros sueños son lógicos, son una puerta abierta, marfil o cuerno, que da al mundo exterior […] Aquí se capta el auténtico sentido de la confianza en los sueños que tenía Nerval: veía en ellos un medio de descubrimiento: no sólo de descubrimiento de uno mismo sino de conocimiento de la realidad última. He ahí una actitud romántica, más próxima, por lo demás, al romanticismo alemán que al francés. Rebasando la etapa del subjetivismo que no es sino expresión lírica, despliegue, confesión de sentimientos personales, desciende en sí mismo hasta los “infiernos”, hasta esas regiones, las más hondas, las más centrales, donde el místico alcanza por fin la sola realidad. El sueño es uno de los medios de que disponemos que permiten escapar de la conciencia del individuo cerrado sobre sí mismo. “Todo descenso en sí —dijo Novalis —, toda mirada hacia el interior de nosotros mismos, es al mismo tiempo ímpetu hacia el cielo, mirada hacia el verdadero mundo exterior.” Quienes se arriesgan a esas profundidades vuelven con estas obras singulares y perdurables que no conservan de quien las escribió el ser accidental y perecedero, sino su esencia y su faz mítica. 

Semejantes exploraciones no carecen de peligro, pues el que se aventura en ellas se compromete entero: la obra se confunde con su propio destino, es el medio por el cual intenta acceder a la región donde transcurre no ya su historia terrestre, sino su destino eterno. Igual que el místico, paga con la aniquilación de su persona esta inmersión en la noche. Visto lo cual, nada tiene de sorprendente que estas obras actúen sobre nosotros con tal seducción particular, “mágica”, inagotable. Cada frase es una trampa tendida que guarda prisionero un fragmento de aquel universo que todos sabemos que existe, aunque sus ecos nos lleguen sólo en ciertos sueños o en la hechicería poética. Los magos que captan dichos ecos obedecen a reglas particulares que les imponen una atención infinita a la forma: nada es más preciso que un rito mágico. Estos poetas no escogen sus palabras o sus imágenes de acuerdo con alguna ley de inteligibilidad que habrían acordado con el común de los mortales: eligen estas sonoridades y estas alusiones, intraducibles en sí mismas, que despiertan en ellos las ondas infinitas de una emoción reveladora: será tal flor, tal color, tal nombre de Dios, o aun tal sílaba, que una asociación con el recuerdo enteramente personal de un instante favorecido cargará para ellos de un valor afectivo. Para ellos solos, empezaría por decirse; pero si son auténticos magos y siguen con plena sinceridad esas suertes de choques interiores que causan en todo hombre ciertas imágenes, se producirá el milagro y el lector sabrá que el poema le habla de una realidad profunda. Los sonetos de Nerval, de los que escribía él mismo que “perderían encanto si fueran explicados, de ser posible tal cosa”, son los más bellos ejemplos de esta poesía.

 Pacientes indagaciones han conseguido localizar sus elementos en la biografía o las lecturas del poeta; mas todas las tentativas de intrusión lógica no han pasado de ser vanas, pues nadie puede saber exactamente lo que tornaba irremplazable cada uno de estos elementos. Ni el mismo Nerval hubiera sabido decirlo y, no obstante, el simbolismo auténtico de estos poemas despierta en nosotros ecos infinitos. Vuelve otra vez la Trece —¡y es aún la Primera! Y es la sola, la única —¿o es el único instante? Dime, Reina, ¿tú eres la inicial o la postrera? Y tú, Rey, ¿el primero?, ¿eres el solo amante? Amad a la que vuelve la muerte nacimiento, Aquella que yo amaba por siempre es ya mi esposa, Es la Muerte —o la Muerta— ¡oh, delicia, oh tormento! En su mano florece la regia Malva Rosa. Santa napolitana de manos como flamas, Flor de Santa Gudula, rosa de soledades, ¿Encontraste tu cruz en el cielo desierto? ¡Caed, blancos fantasmas, de vuestro cielo en llamas! Rosas blancas, ¡caed! —insultáis mis deidades. Más santa es la que surge del abismo entreabierto. [Traducción de Octavio Paz] Pero la prosa de Nerval no es menos mágica. No concibo que se puedan leer sin emoción infinita ciertas páginas de Sylvie, o una cita como ésta, cuyo simbolismo de colores ejerce una atracción que desafía a cualquier análisis: Este amor vago y sin esperanza, concebido hacia una mujer de teatro, que hacía presa en mí cada noche, a la hora del espectáculo y no abandonaba sino a la hora del sueño, tenía su germen en el recuerdo de Adriana, flor de la noche abierta a la pálida claridad de la Luna, fantasma rosa y blondo deslizándose por la hierba verde bañada a medias en blancos vapores. O este fragmento de Pandora: A este espectáculo sucedieron apariciones fantásticas, imágenes de los dioses subterráneos. La sala estaba revestida de rojo y rosetones de diamante negro destellaban bajo los resplandores de la sombra. Casi todas la visiones de Aurelia, lúgubres o espléndidas, la de las lunas innumerables y errantes sobre las Tullerías, como la del descenso a través de la Tierra en fusión, pertenecen a esta poesía milagrosa. 

Pero nada es más extraordinario que el regocijo del Universo al aparecer el Mesías: Desde el seno de las tinieblas mudas han resonado dos notas, una grave, la otra aguda, y el orbe eterno se ha puesto a girar en el acto. ¡Bendita seas, oh primera Octava, que inició el himno divino! De domingo a domingo enlaza todos los días en tu red mágica. Las palabras cantan a los valles, los manantiales a los arroyos, los arroyos a los ríos y los ríos al Océano; el aire vibra y la luz besa armoniosamente las flores nacientes. Un suspiro, un estremecimiento de amor brota del seno henchido de la Tierra y el coro de los astros se extiende por lo infinito; se aparta y retoma sobre sí mismo, se contrae y se expande, sembrando a lo lejos los gérmenes de las creaciones nuevas.

 No se sabe qué hay, en estas imágenes y en estas palabras sin originalidad notable, que se eleva, echa alas y hace como una danza aérea. Aun en ciertas cartas de la demencia, por siempre inexplicables, estallan frases como ésta: “Hace tan buen tiempo, que es imposible encontrarse o besarse en las casas” (a lo cual hace un extrañísimo eco Nietzsche loco, a quien “hubiera gustado estrechar en sus brazos y besar a todo el mundo en la calle, y trepar hasta lo alto de las casas”). O, si no, la nota que le escribía a su tía la antevíspera de su muerte: “No me esperes esta tarde, pues la noche será negra y blanca”. La noche. Aquí está de nuevo en un fragmento de poema: Cuando un viento aromado nos devuelve en su queja los sones mortecinos de alguna antigua endecha… ¡Esos fuegos enfrente, caprichosos, bermejos, suben como un camino espléndido a los cielos! Es como si dijera Dios a mi alma sufriente: —Deja ese mundo impuro, la turba indiferente, huella con paso firme esta ruta que luce y —ven a mí, hijo mío… y —¡¡¡no esperes LA NOCHE!!! [Traducción de G. Deniz] La prueba final que ofrece de su autenticidad, de su “realidad” absoluta una obra como Aurelia, es su resistencia a toda exégesis.

 Pueden trazarse líneas, seguir el entremezclado de ciertos temas y reanudar entonces la lectura: el encanto sigue intacto, entero el misterio. El profanador que ha pretendido atrapar ideas se encuentra ante el mundo, profundo en otro grado, de las imágenes, sirenas eternas cuyo llamado sigue hacia los paisajes móviles del sueño, donde todo prepara el advenimiento de una aurora prometida. Ginebra, agosto de 1936. 1Cito el texto de Aurelia de acuerdo con la excelente edición preparada por H. Clouard (Divan), indicando siempre (pues la sucesión de las etapas interiores tiene su importancia) la parte y el capítulo: I, 2; II, 3, etc. Las cartas y fragmentos proceden de la Correspondance publicada por J. Marsan (Mercure) o de la inapreciable biografía por A. Mari

martes, 21 de octubre de 2025

GENET JEAN POMPAS FÚNEBRES NOVELA PRÓLOGO.



 JEAN GENET nació en 1910 en París, hijo de una prostituta. Al morir esta, siete meses después, fue confiado a una familia de Alligny-en-Morvan, donde pasó su infancia; educado en el catolicismo, cursó allí estudios primarios. A los diez años es sorprendido robando, y a los quince internado en la colonia penitenciaria agrícola de Mettray. A los dieciocho, para salir de la colonia, se enrola en la Legión Extranjera, pero en 1936 deserta y vagabundea un año por Europa, con papeles falsos, robando y prostituyéndose. En la prisión de Fresnes comienza su obra literaria: en 1942 escribe un poema en alejandrinos, Le condamné à mort, que imprime por su cuenta, y su primera novela, Santa María de las Flores (ALBA CLÁSICA núm. CLXVI), cuyas primeras cincuenta páginas los guardias encuentran y destruyen; él vuelve a escribirlas de memoria.

 Jean Cocteau lee ese manuscrito, y posteriormente el de Milagro de la rosa, y le ayuda a publicarlos; el primero en 1944, el segundo en 1946. En 1944 obtiene una remisión de pena y en 1949, gracias al apoyo de Cocteau y otros intelectuales como Jean-Paul Sartre, el indulto. Entretanto había publicado tres novelas más: Pompas fúnebres (1947), Querelle de Brest (1947) y Diario del ladrón (1949). En 1949 dejó la novela para dedicarse al teatro: obras como Las criadas (1954), El balcón (1956) o Los negros (1958) se convirtieron en piezas obligadas del repertorio contemporáneo. En 1952 Sartre publicó sobre él un extenso ensayo biográfico, Saint Genet, comédien et martyr. Genet no volvería escribir una novela hasta 1985, Un cautivo enamorado. Murió en 1986 en París. NOTA AL TEXTO Hay que aclarar que en la traducción se han mantenido las grafías incorrectas de las pocas palabras que aparecen en alemán, con el ánimo de respetar el original francés. Pompas fúnebres (Pompes funèbres) se publicó por primera vez en 1948 (Éditions L’Arbalète, París). En 1953 editó el texto Gallimard.

sábado, 18 de octubre de 2025

Rue de l’Odéon Adrienne Monnier Traducción de Julia Osuna Aguilar FRAGMENTO


 

Rue de l’Odéon Adrienne Monnier Traducción de Julia Osuna Aguilar La Rue de L’Odéon poseía la tranquilidad de un pueblo. Allí se encontraba la librería La Maison des Amis des Livres. Si uno observaba con detenimiento, podía ver en la entrada a su propietaria, Adrienne Monnier, con su pelo corto y su largo vestido suelto. En mi época de estudiante esa librería representaba ese mundo fascinante, tan cercano y aún así tan lejano, de la literatura moderna: lejano porque todavía no conocía ni a uno solo de los autores; cercano porque devoraba muchísimos de sus libros, que pedía prestados de la biblioteca de Adrienne. Además descubrí los rostros de algunos de ellos a través de los retratos con dedicatoria que tapizaban las paredes de la librería. 

Escuchaba a escondidas a la dueña de aquel santuario —que me intimidaba con su ropa distinta y sus amigos nobles— hablando de la forma más natural e íntima de gente muy conocida cuyos nombres me dejaban algo aturdida. Podía estar contándole a algún cliente, por ejemplo, que había visto a Valéry justo la noche anterior o que Gide no se encontraba muy bien. Léon-Paul Fargue y Jaques Prévert eran otros de los autores a los que muy a menudo se veía conversar con Adrienne. Y a veces, con el corazón en un puño, veía de repente materializarse ante mí en carne y hueso al más distante e inaccesible de todos: James Joyce, cuyo Ulises había leído en francés con gran asombro. Simone de Beauvoir¹ Rue de l’Odéon Adrienne Monnier y La Maison des Amis des Livres Paul Claudel [...]

 La amiga de todos nosotros, la amable y audaz directora de La Maison des Amis des Livres, la Srta. Adrienne Monnier. Todos conocen a la Srta. Monnier y el salón que abrió hace años, al nivel de una calle cara a las letras; solamente hay que empujar la puerta y entrar para aparecer en pleno paraíso de unos libros cuya carencia, ¡no lo duden!, era la verdadera razón que decoloraba sus existencias, y todo ello con la presencia de la persona mejor autorizada para presentarlos. Efectivamente, nuestra amiga comprendió —la primera— que entre un libro y una libra (hablo de un libro impreso y una libra de mantequilla, por poner un ejemplo) existía en realidad una diferencia en la que los minoristas del papel de leer no habían reparado hasta la fecha. Una libra de mantequilla es algo completamente homogéneo, se presenta de una vez y es fácil de juzgar con solo ver sus cualidades exteriores.

 (También hay seres humanos que son así.) Por el contrario, un libro, con sus miles de líneas cuidadosamente compuestas sobre un fondo de hojas plegadas ocho y dieciséis veces, es una especie de caja mágica llena de ideas, imágenes y sentimientos que exigen que una mano hábil y amiga los escoja y los presente al aficionado. Además, un libro que sale a la luz es un ente vivo, que crece, que nace, algo expansivo y contagioso por excelencia, llamado a sembrar a su alrededor la admiración, la imitación, el rechazo o, en todo caso, la discusión. Este algo no tiene por qué posarse sobre el espíritu como un peso muerto e inanimado; lo que pide son sitios donde pueda agitarse, desplegarse a la luz del día y bajo todos los aspectos, y donde tome prestada una expresión nueva del espíritu de los que acaban de recibirlo recién salido del horno. Y ¿qué sitio puede ser más favorable a tal objeto que aquel donde un transeúnte acaba de hacerle el raro y solemne honor de preferirlo al dinero? (A modo de paréntesis: ¿Por qué? La cuestión psicológica que plantea el desconocido que compra un libro resulta apasionante para nuestra curiosidad.) Ese papel, el de tienda y salón a la vez, un rol que estaba ya en la tradición de nuestras viejas librerías francesas, es el que la Srta. Adrienne Monnier ha resucitado, y es por eso por lo que me siento especialmente feliz de que mis intérpretes y yo mismo nos beneficiemos de sus auspicios para extraer juntos ante ustedes misterios parejos de lo inédito y de lo impreso.² Jacques Prévert La Maison des Amis des Livres. 

 Una tienda, un pequeño establecimiento, una barraca de feria, un templo, un iglú, los bastidores de un teatro, un museo de cera y de sueños, un salón de lectura y, a veces, simple y llanamente una librería con libros para vender o prestar y devolver y clientes, los amigos de los libros, llegados para hojearlos, para comprarlos, para llevárselos. Y para leerlos. 

 Desde hace ya bastante tiempo los literatos, o al menos muchos de ellos, hablan con desprecio de la «literatura», y en su vocabulario la palabra adquiere un cariz nada positivo. Las películas y el baile, o el relato de los sueños y tantas otras cosas —la literatura, entre ellas—, las pasan canutas ante el juicio perentorio, erudito y despreciativo: «¡Todo eso no es más que literatura!». Los pintores, los buenos y los malos, los grandes y los modestos y los auténticos y los falsos, los vivos y los muertos, nunca hablaron ni hablan mal de la pintura. E, igual, el jardinero ante un jardín sin gusto, un jardín sin ton ni son, un parterre insólito y misterioso de hiedra y ortigas, no dice: «¡Todo eso no es más que horticultura!». Adrienne Monnier era como ese jardinero, y en el invernadero de la Rue de l’Odéon, donde se abrían, se cambiaban, se diseminaban o se marchitaban las ideas en total libertad, en total hostilidad, en total promiscuidad, en total complejidad, sonriente, inquieta y vehemente, hablaba de lo que le gustaba: la literatura. Y por eso, al pasar por la Rue de l’Odéon, muchos entraban, como por su casa, en la casa de ella, la casa de los libros. Su casa era también el vestíbulo de una estación, una sala de espera y de partida donde se cruzaban viajeros singularísimos, gentes de muy lejos y gentes de aquí, gentes de acá y de acullá, dublineses y de Vulturne, gentes de la Gran Garabaña y de Sodoma y Gomorra, gentes de las Verdes Colinas que venían, lo más sencillo del mundo, lo más complicado, a pasar con Adrienne una noche en el Luxemburgo, una velada con monsieur Teste, una temporada en el infierno, los minutos de arena memorial. 

 Y el ángel de lo singular se paseaba con Moll Flanders por los sótanos del Vaticano, bajo el puente de Mirabeau corría el Sena a lo largo de las orillas de l’Odéon, el cielo y el infierno se casaban, los pasos perdidos se buscaban en los campos magnéticos y sonaba la música. Se podían escuchar en sordina cinco grandes odas patrióticas magníficamente acompañadas por el estribillo de la trepanación y la canción del malamado y los cantos terribles y hermosos de un niño de Montevideo. Y las bellas letras ronroneaban, pero aunque las acariciases a contrapelo Adrienne Monnier te dejaba hacer, y a veces hasta te ayudaba. En ocasiones los más jóvenes, furtivos y eclipsados, mientras hojeaban los libros, pegaban mecánicamente la oreja, divertidos. Extraños nombres surgían de las frases más simples, como el santo y seña de una sociedad secreta muy singular: Fogar, Smerdiakov, Barnabooth, Lafcadio, Benito Cereno, Nostromo, Charlus, Moravagine, Anábasis, Fantômas, Bubu de Montparnasse, Eupalinos... Y luego los jóvenes se iban, sacando con ellos bajo el abrigo las hermosas castañas del fuego de la conversación, libros sin cortar, facsímiles y numerados. Modestos y anónimos representantes del comercio de ideas, ideas que se revenderían no muy lejos, en los muelles. Y luego caía la noche. Adrienne, antes de cerrar la tienda, a solas con sus libros, como se sonríe a los ángeles, les sonreía. Los libros, como diablillos buenos, le devolvían la sonrisa. Conservaba esa sonrisa y se iba. Y esa sonrisa iluminaba toda la calle, la Rue de l’Odéon, la calle de Adrienne Monnier. Saint-John Perse «Adrienne Francesa» podría haberse llamado. 

En ella, bajo esa mirada clara, tanto movimiento libre y gran sabiduría; en ella, pródiga como la que más, tanta temeridad natural y serena lucidez; y toda esa humanidad, y toda esa manera de ser ella misma y los demás, y tantas otras maneras de ser francesa: abierta a todo, curiosa por todo, pronta a agarrar lo vivo, y lo esencial, lo verdadero, en toda novedad; e igual de pronta a hallar sus conclusiones libres. Con esa misma mirada clara que dedicaba a todo ser y a toda obra, continúa sin duda viviendo y queriendo en la mente de aquellos que le fueron cercanos.

Parcial, ciertamente, como conviene ser: de esa parcialidad que es propia de la naturaleza misma a partir de un cierto nivel de exigencia. Sus iniciativas fueron numerosas, y desbordaban su marco de actividad personal; y de aventura, cuando cogía la pluma para cualquier crónica o nota crítica y allí estaba, con el mismo libre movimiento, con la misma seguridad de tono y el mismo acento personal, todo el don de la escritura que brotaba, como de ella misma, a la fuente francesa. Escribió con naturalidad, como se escribía antes en Francia, con ese lenguaje en el que la formación humana prevalece sobre la formación académica. Presteza de visión y claridad de expresión, fuerza y sobriedad se congregaban en ella, con la firmeza de su juicio, para afirmar el hecho de una personalidad literaria. Al releer hoy sus memorias nos hacemos una mejor idea de todo lo que pudo llegar a sacrificar de ella misma por sus devociones literarias. Fargue, Gide, Valéry y Claudel, o el propio Joyce —hombres que no están ya entre nosotros—, podían haber rendido homenaje mejor que yo a tanta y tan generosa actividad, decir todo lo que fue, por obra de una única mujer, aquella casa de postas tan viva en una pequeña tienda francesa de la Rue de l’Odéon. (Como aquellos pequeños patios de diligencias de nuestras viejas estampas donde se enganchaban y se desenganchaban los tiros de los coches, entre París y la provincia, entre París y el exterior.) Por mi parte hablaré solamente del afecto de esa mirada limpísima que ya he evocado, y de todo lo que de humano y personal conserva su recuerdo. Resguardada en sus largas faldas de lana cruda, peinada en corto y de cabeza redonda, la frente tozuda contra toda idiotez y todo esnobismo, cruzaba un atuendo de criada sobre su robusta fe literaria, como otras, en otros tiempos, se tocaban con un fanchon de «ciudadanas». 

Siempre fue ella misma: Adrienne Monnier, la «sirvienta de gran corazón» de nuestras letras francesas, en el seno de su familia literaria, como en esos lugares de Francia regados por aguas bravas donde en las fuentes se conservan gusto y saber de sobra para extender la cortesía a los vecinos que se quiera. Francesa, sí, así lo creo, hasta el punto de que a nadie nunca se le ocurrió preguntar por su provincia natal. S. M. Eisenstein En un atardecer de primavera la Rue de l’Odéon deja de parecer una calle. Demasiado estrecha para una calle normal, parece más bien el largo pasillo de una pensión familiar. Y las puertas de las tiendas son las puertas de las habitaciones amuebladas. Un extremo de la calle va a dar a un salón; el otro, a una cocina. La calma es lo que crea tal ilusión. La ausencia total de taxis y calesas. Incluso de peatones. Y sobre todo, sin duda, las siluetas de dos mujeres. Cada una se mantiene en el rectángulo de su puerta, al sesgo la una de la otra. Y hablan, sus voces apenas audibles, como los que charlan en el pasillo común, sacando por un instante la nariz de su cuarto. Una tiene el pelo blanco. Un traje azulado de corte masculino, con falda corta. Encima de ella, un letrero. Por extraño que parezca, la presencia del letrero no desinfla la ilusión de intimidad. Tal vez porque su inscripción es también extranjera: «Shakespeare and Company». La otra mujer: en lento, en gris. Falda hasta el suelo. Es Adrienne Monnier. La primera, Sylvia Beach. La Srta. Monnier vende libros franceses. El poeta Jean-Paul Fargue [sic] me dedica un poemario suyo en el minúsculo mostrador. Nunca había oído hablar de él. Desde luego, él tampoco había oído hablar de mí. Eso no le impide dedicar desenfadada y calurosamente, al menos por centésima vez, su pequeño poemario: «A Eisenstein poeta Jean-Paul Fargue poeta. París, 1930». Quince años después, en una edición inglesa de la revista Verve (números 5 y 6), me encuentro estas líneas de Adrienne Monnier sobre Jean-Paul Fargue: «Fargue... Each of his defenseless hands forms little marionettes». Cuando están a la espera sus manos no parecen pequeñas marionetas. Revolotean por encima del mostrador, escogiendo una breve compilación de sus poemas. Sylvia Beach vende libros ingleses. Es más, los edita. Y lo más importante: publicó el Ulises de James Joyce. La editorial Shakespeare and Company es un marco precioso para las obras de Joyce, como la tiendecita del muelle es un santuario de las ediciones de Verlaine. Allí, verlainiana y toda clase de Verlaine, hasta los Hombres prohibidos que se venden bajo cuerda... con total descaro. Aquí, joyciana. Y las obras de Joyce... Me gustaba mucho aquella calle serena. 

 Me gustaba mucho aquella tiendecita tranquila y modesta, y Sylvia Beach y su pelo cano. Paso a menudo por su local. Me acomodo en la trastienda. Y contemplo largo rato las paredes recubiertas de un sinfín de fotografías amarillentas.³ Michel Cournot La silla de anea, una balanza de Roberval, el cesto de Adrienne, cordel grueso y el cubo del carbón eran lo que atrapaba de la librería en la primera visita. De esos objetos tenía dos juegos, el segundo en la cocina. Aunque en la cocina las reinas eran las cucharas de boj. Con dieciséis años pronunciar un nombre en voz alta ante un librero raya en el drama. Es más que un voto, más que un manifiesto. Aquel muchacho empujó la puerta con las mejillas encendidas. Tenía ideas muy claras sobre la cuestión. «Querría Maldoror», dijo, los ojos clavados en los ojos, y parecía que hubiese dicho: «A Racine que le... y, ya puestos, a usted también, señorita». La señorita no se amedrentó ante semejante extremista, cogió Maldoror de la estantería con la tranquilidad de la panadera que coge un paquete de levadura, se ajustó las gafas con un dedo, examinó el ejemplar por todas sus costuras, se tomó cinco minutos, cinco, en envolverlo, pues no sabía dónde había metido las tijeras grandes negras, puso el paquete sobre la mesa y clavó sus ojos azules en la cara del muchacho, unos ojos que decían: «Tal vez debería ir pensando en reponerse. Como ve, hasta ahora no ha habido ningún accidente». Hasta la séptima o la octava visita no hizo acto de presencia la voluntad de Adrienne. «¿No tendrá Le Potomak?», acababa de preguntar el muchacho. Adrienne que se queda sentada, que mira a la gente pasar por la gran cristalera por encima de los libros expuestos en plano, que deja su portaplumas y entrelaza los dedos. «¿Le interesa mucho el arte de Jean Cocteau?», pregunta, tomándose su tiempo. Las armas eran desiguales, la lucha fue breve. Un cuarto de hora después, sentado en el Luxemburgo delante de un caballo que tiraba de dos grandes naranjos en jardinera hasta los botes de vela, con Le Potomak a un lado sobre el banco leía yo Enrique el Verde. Ese mismo otoño me encontré a Adrienne por el bulevar Saint Germain; con los guantes y su cota de plata parecía Perceval el Galés. —¿Qué busca usted? —me preguntó. —Manzanas reinetas. —¿Es que hay que enseñárselo a usted todo? Las reinetas no llegan hasta dentro de quince días; hoy solo va a encontrar reinas reinetas, más alargadas, menos mate, menos ácidas; acabo de verlas en el mercado. —Vaya —dije yo—, tengo mucho que aprender sobre manzanas. —Yo también era antes un poco reineta —me respondió Adrienne, pero para cuando quise abrazarla ya no estaba allí. Pascal Pia Adrienne Monnier se ha ido con la discreción que la caracterizaba, rodeando su fin de tanto silencio y pudor que todavía hoy muchos de sus amigos la creen ausente sin más de la Rue de l’Odéon, en uno de esos viajes que hacía en verano a sus pastos alpinos. 

Pero ¿de verdad se ha retirado de la Rue de l’Odéon, esa calle que durante treinta años fue gracias a ella la mejor vía de acceso a la buena literatura? No lo creo. Por contra, creo que seguirá perteneciendo a la Rue de l’Odéon igual que la Rue de l’Odéon pertenecerá gracias a ella a la historia de las letras. Pues no es posible limitar la obra de Adrienne Monnier a los cuatro libros y plaquettes que publicó con su nombre o bajo el seudónimo de J.-M. Sollier: tiene las dimensiones de una pequeña biblioteca escogida y perdurable, y quiero pensar que cualquier librero de los muelles que se precie no dejará de buscar para Adrienne Monnier la compañía que más le conviene, un lugar donde, de Dolet a Malassis, a Liseux, a Ge nonceaux, se reencontrará con aficionados y colegas dignos de ella. ¡Cuánta comprensión, cuántos cuidados, cuántos apoyos le deben las buenas obras a Adrienne Monnier! Tras establecer su librería en 1915, su indudable intención fue menos la de acrecentar las cifras de su negocio que la de conseguir que se apreciasen los libros y los autores que merecían que ella se desviviera por ellos. Nunca antes en ninguna librería se les había prestado atención, por ejemplo, a los primeros poemas de Fargue o a los Éloges de Saint-Léger. Probablemente sin ella el Ulises de Joyce habría tenido que esperar por largo tiempo su edición francesa y, quién sabe, tal vez no habría conseguido aún en nuestro país los raros, los pacientes lectores cuyos juicios y elecciones acaban imponiéndose tarde o temprano. Pero, más allá de la firmeza de su gusto y la calidad de su celo, lo más singular de Adrienne Monnier era su arte de vivir, su aptitud para pasar de la poesía de Michaux y Ezra Pound a los trabajos más aburridos y fáciles que le imponía su tienda y a las tareas domésticas de todos los días. Si bien la curiosidad de su ánimo era de lo más dilatada y viva, nunca se dejó invadir por la intelectualidad. De hecho, no encuentro una expresión más apropiada: sabía vivir. Para ella todo era jugo y sustancia. Estaba igual de cómoda ante el fogón y las ollas que en el incomparable gabinete de lectura que fundara; era igual de capaz de hallar su pitanza en el cotilleo de las comadres o las quejas de un jornalero que en los fuegos de artificio de Valéry o las palabras espumeantes de Fargue, cargadas de aluviones y horadadas de retruécanos. 

Dos de sus libros dan fe de esas cualidades de abeja: su volumen de Gazettes y la delgada recopilación de relatos y monólogos que tituló Fableaux [Fabliaux] y firmó como Sollier, y que sin duda debería ver una reedición. Al releer algunos de los fragmentos que reunió en su volumen de Gazettes, en especial los fragmentos cortos del principio, me parece escuchar su voz. Su conversación era a la vez refrescante y roborativa. Es una pena que no haya ya, como tres siglos atrás, gentes de ingenio colmadas de tiempo libre: uno de los «amigos de los libros» a los que atraía la casa del número 7 de la Rue de l’Odéon podría habernos legado una Adriennana, jugosa a su manera como la Menagiana de La Monnoye, considerada por Voltaire la mejor muestra del género. 

A falta de tal letrilla, que habría desprendido agudeza, malicia y buen humor, deseemos que los familiares de Adrienne Monnier consientan en hablar de ella: los buenos potassons (la definición se encuentra en sus Gazettes)⁴ solo pueden tener de ella un recuerdo encantado. Septiembre de 1955 Yves Bonnefoy ¿Fue realmente el azar lo que me hizo entrar por primera vez en la «tienda»? ¿Había a principios de 1944 muchos más libreros que ofrecieran en sus vitrinas a Lautréamont y Rimbaud, Artaud, Daumal, los surrealistas? Como la mayoría de los jóvenes sedientos de poesía, también yo iba por necesidad a aquel lugar donde la señora vestida de gris, de azul —grandes faldas de colores inmemoriales— era mucho más que la encargada. Por integridad intelectual innata, por gracia natural, por jovialidad, la Adrienne Monnier librera laicizaba su gesto, reía, parloteaba incluso. Pero, con todo y con eso, se trataba de un personaje sagrado, la Pomona de los libros; y estos, a su vez, en aquellos años tristes, los frutos increíbles, los frutos salvados de una época para mí desconocida. Y sin perder más tiempo me gustaría hacer una precisión que me parece importante. A Adrienne Monnier se la ha asociado, y con razón, con la literatura mayor —la oficial hoy— de los años veinte a los cuarenta: Gide, Claudel, Valéry, Rilke, Joyce, Svevo, Hemingway, T. S. Eliot, qué sé yo... En las paredes de la librería había fotografías con poses familiares o afectadas de dichos escritores, esa sala había oído sus voces, y en los anaqueles y las mesas todos sus libros seguían afirmando la verdad de una época. Pero no era este alimento, yo soy testigo, lo que algunos jóvenes visitantes demandaban después de la guerra. Y hay que alabar a Adrienne Monnier por haberles reservado algunas páginas de Valery Larbaud en Commerce, los Papiers posthumes [Papeles póstumos] de Jacques Rigaut (el admirable «Passage dans la glace à Oyster Bay» [sic]), Les jours et les nuits [Los días y las noches] de Alfred Jarry o La dragonne [La dragona]. No sé hacia dónde iban sus verdaderos gustos. Pero ella nunca olvidó que su deber era elegir en todos los terrenos lo más raro, lo singular, tener por las obras más profundas el mismo respeto que por las más extensas. Defendía con alegría las unas, y sabía reconocer y conservar las otras. Por respeto la vi muy poco, y solamente la escuché de lejos. Pero todavía puedo, como parado en el umbral, verla colocando con seriedad e indulgencia las pequeñas revistas en aquellas mesas largas e inclinarse sobre ellas para dejar ver, entre manifiestos y diatribas, un librito delgado que había comenzado en sus manos — hacía veinte años o dos meses— su carrera a la eternidad. Adrienne Monnier, con lo que ello requería de ironía, osadía y fervor, fue la consciencia de las letras. Esa sapiencia activa que las llevaba a su destino en forma de discurso con la misma entrega con que degustaba la realidad de las cosas, los frutos de los árboles, la vida. 

 Conciliadora pues, tanto como instigadora. Me maravilla que tantos y tan diversos escritores frecuentaran el mismo edificio. Sería que debían de sentirse mejores (sí, simplemente eso) al haberse visto obligados por la autoridad más dulce a reconocerse como merecedores de la grandeza de la lengua. Contemplo la fotografía que le hizo Gisèle Freund. El pelo corto, echado hacia atrás sin más, la nariz chata, las mejillas lisas recibiendo la luz sencilla y matinal que la retratista tuvo el arte de proyectar. Adrienne Monnier tenía que levantarse temprano, y más que nada por el placer del café humeante en la hora fría; pero también, en el sentido del hermoso cuadro de Chardin, por deber de proveedora:⁵ colocando alegremente sobre aquel mueble resplandeciente de provincias lo necesario para toda una vida. 

 Sí, se parecía a la mañana, de la que tenía la imaginación sin quimeras, la sonrisa sin penas, el coraje sin sensiblerías. Sin lugar a dudas Adrienne Monnier, si la ocasión se hubiese presentado (y durante la guerra no hizo nada por evitarlo), habría pasado con total naturalidad del buen humor al heroísmo. Y tal vez lo más satisfactorio que podemos decir a favor de la literatura es que ella ha sido el camino, para ese ser realmente serio, de tan golosa vida de tal valentía. Adrienne Monnier tuvo que ser valiente; un poco más tarde, bastante pronto. Supo plantar cara a su destino. Nota a la edición original En la primavera de 1954 Adrienne Monnier redactó la siguiente semblanza autobiográfica para que se utilizase como hilo conductor en una serie de charlas televisadas. Nací el 26 de abril de 1892 en París, donde siempre he vivido. Mi padre, de Jura; mi madre, de Saboya. Mi padre era ambulante de correos; su trabajo le mantenía apartado de París dos de cada cuatro días. En su ausencia mi madre iba todas las noches al teatro, llevando consigo a sus dos hijitas, una de siete y otra de ocho años. Admirábamos sobre todo a De Max y Sarah Bernhardt. Asistí con once años a la representación de Peleas y Melisanda; Debussy y Maeterlinck se convirtieron en mis dioses. Estudios básicos hasta el título superior, que obtuve con dieciocho años. Nada más terminar, viaje a Inglaterra, donde me coloqué como au pair para aprender inglés. Me quedé nueve meses: tres en Londres con una familia y dos trimestres en una escuela de Eastbourne. A la vuelta tomé clases de estenodactilografía para aspirar a un puesto de secretaria literaria. Con veinte años tuve la suerte de poder entrar en los Annales, como secretaria de Yvonne Sarcey. Estuve tres años con ella, muy unida a su persona, pero poco interesada en el academicismo de l’Université des Annales. (De esta época data mi primer encuentro con Pierre Reverdy, quien todavía no había publicado nada.) A principios del año de 1914 se produjo la gran catástrofe ferroviaria de Melun; mi padre estuvo a punto de morir en ella. Se dislocó la cadera y se desgarró el cuero cabelludo. Se recuperó bien, pero quedó cojo. A la sazón se le concedió una indemnización que me dio a su vez para que pudiese fundar una librería, pues mi sueño era ser librera en la Orilla Izquierda. Abrí mi tienda en el número 7 de la Rue de l’Odéon el 15 de noviembre de 1915. Para saber más sobre la historia de los inicios de la librería, véanse «Recuerdos de la otra guerra» y «Memorándum de la Rue de l’Odéon». Los escritores que menciono en esos escritos eran y siguen siendo mis preferidos. 

 Más tarde me he sentido atraída por la obra de Henri Michaux, al que admiro enormemente, de Antonin Artaud, de Jacques Prévert, de Michel Leiris (a este último le doy gran importancia). Me fui de la Rue de l’Odéon con todo el dolor de mi corazón. Estuve 36 años (de 1915 a 1951). Me vi obligada a jubilarme por culpa de un reumatismo infeccioso que amenazaba con paralizarme. A duras penas lograron frenarlo; quedé agotada y tuve que mudarme. En la actualidad estoy preparando los recuerdos de mi vida de librera, pues el conjunto de las Gazettes se aparta mucho de lo que fue mi actividad esencial; contienen, no obstante, reflexiones importantes para mí en las que he intentado expresar mi «filosofía», aquello que me sirve de saber y de religión, como por ejemplo, en concreto, «La nature de France» [«El carácter de Francia»] y el número 1 de La Gazette des Amis des Livres. Mi pasatiempo favorito siempre ha sido el teatro; sigo con asiduidad los espectáculos de Jean Vilar y de Jean-Louis Barrault. Paso todos los veranos en Déserts (Saboya), en la aldea natal de mi madre. Aquejada de una enfermedad incurable, Adrienne Monnier se dio muerte el 19 de junio de 1955. Este libro sigue sus últimos deseos. La primera parte, «En la Rue de l’Odéon», versa sobre los recuerdos de su vida como librera. En la segunda parte, «Otros recuerdos», se agrupan tres ar tículos que Adrienne Monnier reservaba para una obrita independiente de su vida de librera —memorias personales y recuerdos de infancia— que también se contaba entre sus proyectos. Con el título de «Los Amigos de los Libros» se han reunido en la tercera parte los escritos de Adrienne Monnier que abordan el nacimiento de su vocación y el ejercicio de su profesión. Su doctrina está contenida en la presentación de «La Maison des Amis de Livres», pasaje que redactó en agosto de 1918, con veintiséis años. Como Adrienne Monnier no pudo revisar sus textos, los hemos publicado sin retocar, respetando incluso las repeticiones y conservando en el capítulo IV de la primera parte («Memorándum de la Rue de l’Odéon») varias páginas que tal vez ella no tenía pensado publicar. Maurice Saillet Maurice Imbert ha sido el encargado de revisar y completar esta nueva edición de Rue de l’Odéon.

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Introducción Federico Peltzer POESIA SOBRE LA POESIA (En la literatura argentina

  Introducción Quizá la primera actitud del hombre, al evolucionar en el uso del leng ua- je, haya sido la de contar aquello que le había ...

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