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domingo, 25 de octubre de 2026

Errores más comunes de los escritores noveles. Por Dr. Enrico Pugliatti y Méndez - Limbrick.

 


Los errores más frecuentes de los escritores jóvenes, no empezaría por los problemas de estilo, sino por los errores de visión. La técnica puede aprenderse; la mirada literaria, en cambio, tarda años en formarse.

1. Querer publicar antes de aprender a reescribir

Muchos jóvenes creen que escribir es redactar un primer borrador. En realidad, escribir es corregir.

El manuscrito suele nacer mediocre. La literatura aparece durante las revisiones.

2. Confundir complejidad con profundidad

Llenan los textos de palabras difíciles, referencias filosóficas o estructuras enrevesadas.

Pero la profundidad no nace de la oscuridad. Un párrafo de Borges parece sencillo y, sin embargo, contiene un universo.

3. Imitar demasiado a sus maestros

Tras descubrir a Kafka, quieren escribir como Kafka. Tras descubrir a Cortázar, quieren escribir como Cortázar.

Es una etapa normal, pero algunos nunca salen de ella.

La voz propia surge cuando las influencias se vuelven invisibles.

4. Creer que la inspiración es suficiente

Esperan la llegada de las musas.

Los grandes escritores suelen trabajar incluso sin inspiración.

La disciplina produce más páginas que el entusiasmo.


5. Enamorarse de cada frase

Todo escritor debe aprender a sacrificar páginas excelentes cuando perjudican el conjunto.

Una hermosa descripción puede arruinar el ritmo de una novela.

6. Explicar demasiado

No confían en el lector.

Entonces explican sentimientos, símbolos y motivaciones una y otra vez.

El lector disfruta descubriendo.

Cuando el escritor lo explica todo, mata el misterio.

7. Crear personajes sin contradicciones

Los personajes perfectos son aburridos.

Los seres humanos son contradictorios:

  • valientes y cobardes,
  • generosos y egoístas,
  • sinceros y mentirosos.

La contradicción crea vida.

8. Descuidar la lectura

Sorprendentemente, muchos quieren escribir más de lo que leen.

Un escritor es, ante todo, un lector insaciable.

Quien deja de leer empieza a repetirse.

9. Buscar aprobación inmediata

La literatura es una carrera de décadas.

La fama instantánea suele durar menos que una buena página.

10. Confundir tema con historia

Tienen ideas enormes:

  • la muerte,
  • Dios,
  • el tiempo,
  • el mal,
  • la memoria.

Pero olvidan que el lector sigue a personas concretas.

No se enamora de una idea. Se enamora de un personaje.

11. Temer al fracaso

Muchos abandonan tras recibir una crítica negativa.

Sin embargo:

  • Kafka publicó poco.
  • Melville murió prácticamente olvidado.
  • Pessoa pasó gran parte de su vida en la sombra.

La historia literaria está llena de derrotas provisionales.

12. Escribir para parecer inteligentes

Este es quizá el error más peligroso.

Cuando el autor intenta impresionar, el lector lo percibe.

Cuando intenta decir una verdad humana, el lector lo acompaña.



13. No confiar en su obsesión personal

Muchos jóvenes abandonan el tema que verdaderamente los persigue porque creen que no interesará a nadie.

Pero la gran literatura suele nacer precisamente de una obsesión.

Faulkner tenía el sur profundo. Lovecraft tenía el horror cósmico. Borges tenía los laberintos y el tiempo. Proust tenía la memoria.

Y cada escritor auténtico posee su propio fantasma.

La cuestión no es encontrar un tema nuevo.

La cuestión es encontrar aquello que uno no puede dejar de escribir.


martes, 20 de octubre de 2026

ASESINAS VICTORIANAS

 



Prefacio y agradecimientos

Estas mujeres no son mis amigas, pero las echaré de menos. Sin duda, fueron mujeres infames, o al menos la mayoría de ellas, pero es su familiaridad lo que las hace inquietantes. Son incómodamente corrientes. En total son trece, francesas e inglesas, y doce casos: una acusación incluía a una dupla madre-hija. Los casos abarcan el periodo comprendido entre las décadas de 1840 y 1890, una época crítica en la que las clases medias a las que pertenecían estaban adquiriendo su configuración moderna.

Estas acusadas —hijas, esposas y madres— tienen poco que enseñar sobre el arte del asesinato a cualquier aspirante a profesional del siglo XX; casi todas la pifiaron en el momento del crimen y las que salieron airosas lo hicieron con métodos que requerían circunstancias especiales y relaciones entre los sexos que ya no predominan. Lo que sí ofrecen sus historias son algunos atisbos de los confines domésticos de las familias de clase media y algunas pistas sobre los problemas e incluso los horrores a los que se enfrentaban las mujeres en ese entorno. Algunas de estas acusadas de asesinato serían magníficos sujetos individuales para el análisis psicológico, pero este estudio, aun sin ignorar tales aspectos más particulares, hará hincapié en las formas en que la vida de estas mujeres estaba vinculada a la de sus pares femeninas más típicas. Las acusadas serán el centro, pero los relatos se enfocarán en su contribución colectiva a nuestro entendimiento de sus hermanas menos célebres.

Muchas personas me han ayudado con gran generosidad en la preparación de este estudio. Confío en poder darles las gracias a todas, aunque mencione solo a unas pocas. Gracias, pues, a los editores de Feminist Studies, History of Childhood Quarterly y Victorian Studies por su permiso para reproducir algunos fragmentos de versiones anteriores de los casos publicadas en estas revistas. Gracias a los administradores del Fondo Nacional para las Humanidades y al Consejo de Investigación de Rutgers por los fondos que permitieron la investigación en Inglaterra y Francia. Gracias a los bibliotecarios de la Universidad de Rutgers, la Universidad de Princeton, la Biblioteca Pública de Nueva York, los Archivos Nacionales y la Biblioteca Nacional de Francia, el Museo Británico y el Archivo Público Oficial de Reino Unido. Estoy en deuda con el señor Henri Polge y el señor Jean d’Orléans, directores de los Archivos departamentales de Gers e Indre y Loira, por su amabilidad al localizar material sobre los casos Lacoste y Lemoine. Agradezco a Dorothy Christie que me dirigiera a los documentos recopilados por su difunto marido, Trevor L. Christie, para su excelente estudio del caso Maybrick, Etched in Arsenic (Londres, 1969), y a David Crosson, historiador investigador de la División de Libros Raros y Colecciones Especiales de la Universidad de Wyoming, que amablemente puso a mi disposición la colección Christie.

Debo también un agradecimiento especial a Rudolph Binion, Marc Hollender, Elizabeth Jenkins, Maurice Lee, William O’Neill, Elaine Showalter, Peter Stearns, Hilah Thomas y Judith Walkowitz, todos los cuales leyeron versiones del borrador, me hicieron críticas útiles, escucharon pacientemente las teorías que iba urdiendo y me ofrecieron algunas mejores de su propia cosecha. Gracias a Katherine Finnegan y a Margaret Nierenberg, que recopilaron muchos de los materiales; a mi excelente editor, Christopher Kuppig, que fue un héroe de la paciencia; a Judith Kahn, que mejoró mi prosa, y a Inez Elkins y Shirley Meinkoth, que descifraron mi letra y son las mejores mecanógrafas que puedo imaginar. Gracias, por último, a mi marido Edwin, que desea asegurar a sus preocupados amigos que está vivo y bien.


MARY S. HARTMAN

Douglass College

Universidad de Rutgers

Junio de 1976

Introducción

Los sujetos de este estudio son trece mujeres inglesas y francesas del siglo XIX de clase media y de un estatus «respetable», todas acusadas de ser asesinas o cómplices de asesinato. Entre ellas hay pudientes esposas (con dinero propio) e hijas de comerciantes, empresarios y profesionales, así como mujeres (casi sin recursos) de tenderos y una institutriz solterona. Las víctimas fueron los maridos, amantes, rivales, alumnos, hermanos, hijos y nietos de estas mujeres. Dos de las víctimas fueron asfixiadas, una murió de una fractura de cráneo, a dos les dispararon, otra sucumbió a golpes y cuchilladas y a las seis restantes las envenenaron. La mayoría de las acusadas probablemente eran culpables, aunque solo seis fueron condenadas y a ninguna se le aplicó la pena de muerte. Además, cinco de las seis que ingresaron en prisión fueron puestas en libertad antes de cumplir la totalidad de sus condenas. Seis de las otras siete fueron absueltas y a la decimotercera nunca la llevaron a juicio. Se puede concluir que era inteligente ser mujer y respetable si uno pretendía deshacerse de alguien en el siglo XIX. Las mujeres de clase media se libraban literalmente de los cargos por asesinato.

Los casos de varias de estas mujeres han fascinado durante mucho tiempo a los profesionales de la literatura de crímenes reales. Sin embargo, la mayoría de estos escritores las han mostrado con el espíritu de un guía turístico de la Cámara de los Horrores de Madame Tussaud. Armados con un material obviamente impactante, se han preocupado más por sorprender, divertir o provocar que por entender. Pocos han ido más allá de la categorización fácil de sus personajes como fenómenos o lunáticas y ninguno ha intentado observar a estas asesinas «respetables» de forma colectiva. Por supuesto, las mujeres de clase media acusadas de asesinato eran un grupo reducido y, en un sentido obvio, solo sus actos las unían. La idea de que se las pueda considerar en conjunto representativas de algún modo de su clase social es, a primera vista, inverosímil. Su implicación en estas investigaciones criminales parece convertirlas automáticamente en criaturas atípicas aptas solo para el interés de los coleccionistas de lo extraño y lo macabro. Sin embargo, estas mujeres no merecen que se las despache tan a la ligera. Las circunstancias que motivaron sus acciones, las artimañas que emplearon y las reacciones públicas a su supuesto comportamiento muestran un patrón que sugiere que, lejos de cometer una serie de actos aislados, todas podrían haber estado respondiendo a situaciones que, en cierta medida, estaban integradas en la vida de sus coetáneas de clase media más corrientes.

Argumentar que este puñado de mujeres podían parecerse más a las mujeres típicas de su clase de lo que cabría esperar no es sugerir que un número ingente de mujeres de clase media del siglo XIX fueran asesinas sin desenmascarar. Tampoco es insinuar que algunas cualidades características de varias de estas acusadas, como una peculiar crueldad o un apetito sexual al parecer bien desarrollado, fueran necesariamente comunes entre las mujeres no criminales de su clase. Sí pretende sugerir, en cambio, que las mujeres de este estudio pueden haber pertenecido a un grupo especialmente sensible a ciertos problemas y tensiones que eran comunes a un gran número de hogares de clase media.

Una idea así es sin duda difícil de reconciliar con las nociones heredadas sobre las mujeres de clase media en el siglo XIX. El «código de buenos modales con los que sonríe la damisela victoriana» es bien conocido y no se limitaba a las costas inglesas. Ese código definía a la joven decente como un ser frágil pero atractivo, intelectualmente inferior pero moralmente superior, cuyo deber era ser pasiva, decorativa y sexualmente pura. Tales criaturas, según parece ahora, existieron sobre todo en la fantasía, pero su imagen ha tardado en desvanecerse. Para muchos, todavía requiere un esfuerzo de la voluntad concebir a cualquier mujer joven respetable de esa época llevando a cabo una tarea ardua, tomando una decisión importante o lidiando con un problema real. Y sigue siendo incómodo, al menos para algunos, aceptar el hecho ineludible de que, cuando se casaba, esta criatura sobrenatural mantenía relaciones sexuales con su marido. Persiste la sospecha de que solo se sometía para cumplir con la sublime vocación de la maternidad y de que debía de soportar el acto en sí en un estado de semicoma.

Las dificultades para imaginar que las mujeres de las llamadas clases respetables tuvieran problemas o experiencias sexuales no son más que un reflejo de la persistente convicción de que no eran «reales», pero poco a poco vamos aprendiendo no solo que estas mujeres existieron, sino que eran mucho menos etéreas de lo que la imagen popular pretendía. La influencia de un código de feminidad estaba muy presente en su vida, pero más imperiosa aún, al parecer, era la realidad del mundo cambiante, a veces desconcertante, al que tuvieron que adaptarse. A medida que empiezan a dibujarse los contornos de su experiencia colectiva, se hace posible interpretar de forma más sensata la información sobre un pequeño número de mujeres individuales de las que tenemos registros más completos, incluidas estas acusadas de asesinato cuya vida quedó expuesta al escrutinio público cuando tropezaron con la ley.

Los problemas de las mujeres más corrientes de la clase media del siglo XIX se consideran ahora menos simplones y triviales que antes, ya no solo como fruto del aburrimiento o la frustración por el aislamiento doméstico. Los historiadores coinciden en que en este periodo la mayoría de las mujeres estaban confinadas en el hogar mientras sus maridos salían a ocuparse de sus negocios, pero cuestionan la idea previa de que, como consecuencia de ello, perdían forzosamente estatus y posibilidades, de que sus problemas se reducían a minucias domésticas irrelevantes. Es cierto que las mujeres de clase media ya no desempeñaban las funciones económicamente productivas que les habían sido propias con anterioridad; sin embargo, la reorientación de sus energías hacia la administración del hogar y la maternidad las implicó de manera activa en el proceso que se estila en llamar «modernización», un proceso que generó toda una serie de nuevos y cambiantes problemas para ellas. Diversas pruebas procedentes de la literatura médica, registros de fertilidad y datos de consumo demuestran que las mujeres estaban aprovechando unos ingresos más altos y nuevas oportunidades para mejorar su calidad de vida. Abandonando actitudes fatalistas anteriores, mostraban una nueva preocupación por los problemas de mortalidad infantil, las dolencias propias de la maternidad y la salud familiar en general. Acogieron con satisfacción las innovaciones tecnológicas para el hogar e incluso, al menos en Inglaterra, tomaban parte activa en la planificación familiar y en la elección de los nuevos métodos anticonceptivos disponibles. Las mujeres se estaban labrando una mayor autonomía doméstica, aunque en un contexto todavía cargado de hábitos y puntos de vista tradicionales y frente a la creciente crítica pública que las convertía en chivos expiatorios para todos aquellos que temían el cambio. Sus problemas, desde esta perspectiva, venían más de su disposición para acoger y fomentar el cambio que de aceptarlo pasivamente o incluso de resistirse a él, por lo que estaban más relacionados con las frustraciones y la ansiedad ante nuevas expectativas que con supuestas privaciones derivadas del declive de su estatus.

No todos los problemas de las mujeres en este periodo pueden verse como producto del conflicto por su nueva iniciativa doméstica, pero la conciencia de su asertividad sin duda amplía las formas de interpretar las pruebas sobre sus preocupaciones. Solo en raras ocasiones vemos a mujeres individuales en el proceso de hacer frente —o de fracasar en el intento— a sus dificultades, y aquellas de las que más sabemos son las que, por una u otra razón, distan mucho de ser corrientes: Florence Nightingale o Charlotte Brontë o los sujetos de este estudio. Nadie, al conocer sus perniciosas andanzas, se sentiría tentado a considerar a Madeleine Smith una jeune fille en fleur ordinaria ni a Adelaide Bartlett un ama de casa aburrida. Pero, a diferencia de Nightingale y Brontë, Smith y Bartlett fueron, en aspectos importantes, mujeres corrientes que encontraron soluciones extremas a problemas corrientes. Las inclinaciones letales de estas asesinas han cegado hasta ahora a los observadores ante lo ordinario —lo típico, de hecho— de sus circunstancias y las dificultades a las que se enfrentaban.

Estas trece mujeres, por tanto, fueron personas que en muchos aspectos no eran nada excepcionales. Antes de las acciones que de pronto expusieron su vida al escrutinio público, parecían haberse amoldado a las normas de comportamiento esperado para las mujeres de su clase. Ninguna de ellas lideró campañas reformistas ni participó en movimientos políticos o sociales. Hasta sus juicios, ninguna había escrito nada para publicarlo. Solo una tenía una profesión independiente y no porque lo eligiera, sino porque carecía de la dote necesaria para casarse. Todas recibieron una educación media o algo superior a la media para los estándares de la época, ya fuera en casa o en conventos o internados. Todas administraban su propio hogar o ayudaban a sus madres a administrar el suyo. De las nueve que estaban casadas, todas tenían hijos o esperaban tenerlos. A todas se las oyó en algún momento hablar con cariño de los niños y de la maternidad. Todas se habían considerado a sí mismas cristianas. En estos aspectos y en algunos otros, este grupo de mujeres compartía las vivencias y aspiraciones de la mayoría de sus iguales.

Cuando sus problemas con la ley abrieron las puertas cerradas de la vida de estas mujeres, una de las revelaciones más «chocantes» (aunque, para nuestro mundo posfreudiano, apenas sorprendente) tenía que ver con la sexualidad. Este era un tema tabú en su clase social y que, a pesar de los recientes descubrimientos sobre vidas victorianas secretas, el historiador rara vez encuentra en discusiones públicas entre personas corrientes del siglo XIX. Esto incluye las relaciones sexuales pre y extramatrimoniales, el aborto espontáneo o provocado, las técnicas de control de natalidad, la frecuencia de las relaciones sexuales y la satisfacción sexual en el matrimonio, la masturbación de las mujeres y las enfermedades venéreas entre las mujeres decentes. De nuevo, aunque estas revelaciones indican que algunas de ellas eran «desviadas» sexuales además de criminales —el adulterio se consideraba entonces una forma de desviación—, el contexto de sus relaciones sexuales y la reacción pública ante ellas nos dicen mucho sobre los problemas íntimos de las mujeres corrientes que no transgredían ni los códigos morales ni los penales.

No obstante, la sexualidad era solo una parte de la historia oculta de las relaciones de poder en el hogar reveladas en estos casos. En vista de las pruebas recientes de que la mayoría de las mujeres de clase media actuaban de forma que el poder doméstico se inclinara más a su favor, los esfuerzos de estas acusadas por ampliar su propia potestad en relación con los padres, maridos y otras autoridades domésticas apenas son peculiares, como tampoco lo son muchos —aunque obviamente no todos— de sus métodos. Estos casos apoyan la teoría de que las mujeres de su clase estaban consiguiendo una mayor autonomía en ciertos ámbitos, aunque al concentrarse en figuras individuales que eligieron o se vieron empujadas a soluciones drásticas e incluso homicidas para hacer frente a sus problemas, representan más bien un registro colectivo de algunas de las víctimas que ese logro arrastró consigo.

Este estudio se centra en las acusadas como mujeres más que como criminales. Con el objetivo de garantizar la disponibilidad de las pruebas necesarias para reconstruir las circunstancias que las llevaron a ser sospechosas de asesinato, se han seleccionado solo casos «sensacionalistas». Este grupo incluye casi todos los casos de mujeres inglesas y francesas que se convirtieron en causes célèbres durante el mandato de la reina Victoria, y los materiales permiten el muestreo de un gran número de reacciones públicas. Evidentemente, sería útil saber algo más sobre las asesinas de clase media menos célebres, pero no hay una forma directa de determinar siquiera el número total de las mujeres que fueron llevadas a juicio, y mucho menos sus motivos, ya que las estadísticas agregadas disponibles proporcionan poca o ninguna información sobre la clase social de los delincuentes por categoría del delito. Sin embargo, tener en cuenta los datos generales de todas las personas juzgadas por asesinato ayuda a proporcionar un contexto para estas mujeres en su condición de presuntas criminales más que como mujeres de clase media.

Como era de esperar, tanto en Inglaterra como en Francia hubo menos mujeres acusadas de asesinato que hombres, aunque el porcentaje de mujeres con estos cargos era (y sigue siendo) más alto que para muchos otros tipos de delito. Por ejemplo, en Inglaterra, entre 1855 y 1874, los totales anuales de mujeres juzgadas por asesinato, que fueron entre doce y cuarenta y dos, superaron en dos ocasiones a los de los hombres y en general eran de al menos la mitad, mientras que solo constituían entre una quinta y una cuarta parte de las personas juzgadas en las audiencias regionales por delitos graves. En Francia, el patrón era similar, aunque allí el número de mujeres juzgadas por delitos graves era relativamente menor que en Inglaterra y se mantuvo en torno a una sexta parte del total de los juzgados en las audiencias regionales durante todo el siglo. Se ha argumentado que una mayor libertad social explica esa mayor representación de las mujeres inglesas en las estadísticas delincuenciales. En cualquier caso, es posible que la mujer francesa de clase media haya asesinado más que sus congéneres inglesas. Este estudio, de hecho, aporta algunas pruebas de que así fue.

Hay que reconocer que la representación de las mujeres en las estadísticas de personas juzgadas por asesinato (y en las estadísticas sobre delincuencia en general) es tal vez engañosamente baja por varias razones. Los registros de las instrucciones previas1 revelan que solo una mínima parte de los casos conocidos de infanticidio acabaron en una acusación formal, por lo que es en gran medida un crimen de mujeres y también se cree que fueron muchos los infanticidios que nunca se detectaron. Además, la probada mayor popularidad del veneno entre las mujeres y el hecho de que varias de ellas fueran envenenadoras múltiples descubiertas solo en la «última» ocasión respaldan la idea de que muchas muertes por envenenamiento que pasaron inadvertidas fueron crímenes femeninos. Además, es posible que una actitud social de mayor indulgencia hacia las mujeres mantuviera a algunas asesinas fuera del alcance de la ley y también que la propia habilidad socialmente condicionada de las mujeres para el disimulo diera ventaja a algunas de ellas. Si tenemos en cuenta todos estos factores, puede que las cifras «reales» de los asesinatos cometidos por mujeres superaran las de los hombres.

No hubo muchas mujeres ejecutadas por asesinato; como ya se ha señalado, ninguna de las que veremos aquí (todas de clase media) fue al patíbulo. Los datos de un estudio reciente sobre mujeres inglesas ejecutadas por asesinato indican que, de las cuarenta y nueve condenadas a muerte entre 1843 y 1890, la mayoría vivían en la miseria. Estas asesinas de clase baja, como sus hermanas de clase media y, de hecho, como la mayoría de los asesinos varones, elegían a sus víctimas sobre todo entre sus cónyuges, parientes y conocidos. Un análisis de los motivos revela que asesinaban con mucha más frecuencia por dinero. Veintidós de las cuarenta y nueve lo hicieron por eso, a menudo por cantidades muy pequeñas, como las irrisorias sumas que podrían obtener de las sociedades funerarias benéficas. El siguiente motivo, en términos de frecuencia, eran los triángulos amorosos: en cinco de estos casos la mujer asesinó a su marido para quedarse con un amante y en otros cinco las mujeres se vengaron de sus maridos o amantes por alguna infidelidad. De los diecisiete casos restantes, media docena de mujeres tenían motivos poco claros, aunque todas parecen haberse visto influidas por los efectos embrutecedores de la pobreza. Varias asesinaron a hijos a los que no podían cuidar. Una mujer ahogó a su hija de once años porque el hombre con el que vivía la obligó a escoger entre la niña y él. Otra, madre de diecisiete hijos, envenenó a su marido, con el que llevaba veinte años casada, porque ya no podía soportar sus brutales palizas. El veneno fue el medio más utilizado; nada menos que veintinueve de las cuarenta y nueve mujeres recurrieron al veneno y veintitrés de ellas usaron el clásico arsénico.

Este muestreo, por supuesto, no es representativo de todas las asesinas, ya que excluye a la mayoría que fueron indultadas, absueltas o que nunca llegaron a juicio, pero permite hacer algunas comparaciones iniciales con los sujetos de este estudio. Los crímenes de estas mujeres de clase media se ajustaban a la regla general del asesinato doméstico y el envenenamiento fue sin duda el método preferido. La necesidad desesperada no era, por definición, un factor decisivo y, aunque el beneficio económico no puede pasarse por alto, no es una característica dominante en ninguno de los célebres casos aquí expuestos. Del mismo modo, aunque el infanticidio pudiera haberse dado en la clase media-baja cuando un niño amenazaba con perturbar un cierto nivel de vida alcanzado, era en gran medida un crimen de pobres, salvo cuando, como en uno de estos casos, se recurría a ello como medio para preservar la respetabilidad. Las incompatibilidades personales y los problemas sexuales que explican un número considerable de homicidios femeninos en las clases bajas resultan dominantes entre las asesinas de clases respetables, pero un análisis de estos últimos casos sugiere marcadas diferencias de método y motivos, que eran peculiares de las nuevas circunstancias de las mujeres de clase media. Las mujeres de este estudio se vieron atrapadas en situaciones que implicaban una elección entre autoridades y estilos de vida tradicionales y modernos y que las mujeres de las clases bajas difícilmente podrían haber vivido de la misma manera.

Desde luego, es posible que el análisis de los expedientes judiciales saque a la luz a otras asesinas de clase media cuyos casos no se convirtieron en causes célèbres como los que aquí se exponen y que un mayor número de motivos estén relacionados con las dificultades económicas. Sin embargo, un intento de hacernos cierta idea sobre esta posibilidad sugiere que, en cualquier caso, el número de mujeres de clase media juzgadas por asesinato fue sorprendentemente reducido. Un estudio de los sumarios de los casos del Tribunal Penal Central de Londres correspondientes a tres años seleccionados para cada decenio, desde la década de 1840 hasta la de 1890, reveló solo seis casos, de entre ciento diecisiete, de mujeres llevadas a juicio por asesinato y en los que la autora parece pertenecer a la clase media. De estas seis, tres mataron a sus hijos y se las declaró mentalmente desequilibradas. Otras dos mataron a mujeres adultas, una madre y una criada, pero las muertes fueron al parecer el resultado involuntario de una serie de golpes propinados durante una pelea repentina. La sexta, una viuda, envenenó a su casera por dinero. La conclusión provisional que se extrae de este sondeo es que las asesinas que nos ocupan en este ensayo no deberían considerarse poco representativas solo porque sus casos fueran «sensacionalistas», sino que, de hecho, la expectación que causaron fue producto de la escasísima frecuencia con la que una mujer respetable se enfrentaba a este tipo de juicio.

Al reconstruir los relatos de estos asesinatos célebres se tendrán en consideración dos cuestiones principales. En primer lugar, se analizarán tanto el comportamiento como los motivos de las acusadas en su contexto social. En segundo lugar, se discutirá el desarrollo de un patrón discernible en los supuestos crímenes y en las reacciones ante ellos. Se argumentará que las circunstancias que llevaron a estas mujeres respetables a pensar en el asesinato, así como los factores que influían en las reacciones públicas frente al comportamiento de las mujeres, cambiaron a lo largo de este periodo y también que los casos ingleses y franceses llegaron a caracterizarse por rasgos distintivos que, al parecer, estaban relacionados con los diferentes ritmos de modernización de cada país.

En los doce casos de este estudio, emparejados cronológicamente, se trata a los sujetos no solo como presuntas o probadas delincuentes, sino también como hijas, esposas y madres de clase media, personas intrigantes en sí mismas y que también ofrecen pistas para entender la vida íntima y oculta de la mayoría de las mujeres de su clase que permanecen en el anonimato. El intento de desvelar algunos de los problemas y experiencias de un grupo más amplio de mujeres a través de un grupo pequeño y «aberrante» tiene riesgos evidentes. Los historiadores apenas están empezando a explorar la utilidad del individuo excepcional para definir rasgos ocultos de lo típico, una empresa a la que los sociólogos y psicólogos más intrépidos llevan ya tiempo dedicándose.

Es obvio que el material biográfico detallado sobre un número limitado de individuos no se presta fácilmente al análisis cuantitativo ni a una generalización muy amplia. Por esta razón, muchos sociólogos tienen por principio obviar tales pruebas, basándose en que no pueden aportar respuestas verificables a sus preguntas sobre las relaciones sociales dentro del grupo al que pertenecen esos individuos. Esta actitud, en extremo restrictiva, no se aplicará aquí: se formularán las preguntas, aunque se reconozca que las respuestas pueden ser parciales o provisionales. La dificultad de construir una imagen satisfactoria de las relaciones domésticas en una época pasada no debería desalentar el examen de las pruebas disponibles sobre algunos aspectos de esas relaciones, incluidos los aspectos sumamente personales que son menos susceptibles a las formas de análisis que muchos sociólogos prefieren en la actualidad.

Estas pruebas no solo procuran la ocasión, por así decirlo, de captar de forma inesperada la imagen de un hogar al completo, sino también de examinar la gama de reacciones públicas ante los casos. Todas tocaban aspectos del comportamiento de las mujeres y las creencias sobre ellas que preocupaban a mucha gente. Los voceros que tenían medios para hacerlo expresaban sus opiniones públicamente en la prensa y comentaban las de los demás. Los que no estaban tan bien situados, entre ellos muchas mujeres, adoptaron medios menos oficiales para dar a conocer sus puntos de vista. De manera consciente o inconsciente, todos emitieron juicios de diversa índole, no solo sobre las acusadas, sino también sobre las mujeres en general.

La genial afirmación de Durkheim de que es la comunidad la que crea al desviado y lo necesita, tanto para concentrar los sentimientos del grupo como a modo de indicador de los límites sociales imperantes respecto a las actitudes y el comportamiento, es ahora un tópico. Arrebatar una vida humana, por supuesto, siempre se ha considerado una forma extrema de desviación en la mayoría de las sociedades, pero incluso con los acusados de asesinato, así como con todos los desviados en menor grado, las actitudes de la comunidad y las formas de control varían muchísimo y dependen de una multitud de factores. Ya se ha sugerido que, en los casos que se tratan aquí, tanto su estatus social como su sexo podían resultar útiles a las acusadas. Este hecho no es sorprendente. Las mujeres, en concreto las que tienen una buena posición social, siguen gozando de un favor especial en la justicia penal. Pero esta ventaja, aunque real, nunca ha tenido un carácter estático o fijo. Ha dependido en parte de la capacidad de una sociedad determinada, en un momento dado, para incorporar el comportamiento desviado de una acusada en particular a una imagen positiva generalmente reconocida de la feminidad y, de ese modo, explicar tal comportamiento y descartar o aligerar el castigo prescrito habitual. Por supuesto, en el siglo XIX existía una visión favorable de la feminidad; de hecho, quizá nunca, ni antes ni después, se haya idealizado tanto a las mujeres —a las mujeres de clase media, queremos decir— por sus supuestas virtudes. Aun así, tal y como revelan estos casos, la eficacia del culto imperante a la feminidad para proteger a las acusadas de asesinato fue limitada. Lo que llama la atención en las reacciones «oficiales» a los casos no es tanto la evidencia de un trato especial hacia las mujeres como las condiciones cambiantes en las que se aplicaba dicho trato. Esas condiciones implicaban juicios sobre supuestos hechos de la vida de las acusadas que a menudo tenían poco o nada que ver con los cargos y mucho que ver con las volubles actitudes hacia las mujeres.

La mayoría de los juicios muy publicitados, por supuesto, suscitan dudosas teorías de culpabilidad o de inocencia, así como una variedad de opiniones prejuiciosas. En estos casos, sin embargo, resulta sorprendente que la situación real de las acusadas, que puede reconstruirse con cierta confianza, coincidiera tan pocas veces con la percepción de los tribunales y de la prensa. Por poner solo un ejemplo, en diez de los doce casos las creencias infundadas sobre un asunto sexual decantaron el veredicto del jurado, el de la opinión pública o ambos. La disparidad entre estos juicios y la realidad era quizá por fuerza más acusada en las cuestiones sexuales, pero da un sentido concreto a la tan invocada «distancia» entre los sexos en las clases medias. Hombres y mujeres llegaban a vivir en mundos diferentes y su comprensión mutua era a menudo limitada. Eran otras mujeres las que, casi en exclusiva, daban muestras de comprender la situación de las acusadas.

Estos juicios penales se adentran en algunas de las facetas privadas de la vida de hombres y mujeres de otra época que rara vez se han explorado. Albergan algunas sorpresas, desde luego, pero muchas de ellas son, incluso ahora, fruto del reconocimiento. Para nosotros, al igual que para muchos de los que asistieron a los juicios, la experiencia no es tanto la de asistir a un espectáculo de fenómenos de feria como la de mirarse en un espejo deformante: los rasgos están distorsionados, pero son inconfundiblemente los nuestros.
1 Investigaciones que se llevan a cabo para determinar las causas de una muerte violenta o sospechosa. (N. de la T.).

Edición en formato digital: abril de 2026


Título original: Victorian Murderesses

En cubierta: Vestido de Julie C. Brush (1935-1942),
National Gallery of Art, Washington © de la imagen enriquecida: rawpixel

Diseño gráfico: Gloria Gauger

© Mary S. Hartman, 1977

Publicado originalmente por Dover Publications, Nueva York

© De la traducción, Raquel García Rojas

© Ediciones Siruela, S. A., 2026

sábado, 17 de octubre de 2026

PREMIO PLANETA 2026 DE NUEVO SOBREVUELA "LA CASA DE LOS ESPÍRITUS".



Por: Dr. Enrico Pugliatti y Méndez-Limbrick (escritor). 

Que una continuación de La casa de los espíritus obtenga el Premio Planeta produce una extraña sensación de déjà vu editorial: no parece el triunfo de una novela, sino el de una marca registrada. La literatura contemporánea lleva décadas luchando por convencer al lector de que aún puede explorar territorios desconocidos, pero la industria editorial insiste en volver a las mismas propiedades intelectuales, como un arqueólogo que excava siempre la misma tumba porque sabe que los turistas pagarán la entrada.

No hay nada más seguro para el mercado que resucitar un éxito probado. El riesgo, esa antigua virtud artística que elevó la literatura por encima de la contabilidad, queda relegado a una nota a pie de página mientras las cifras de ventas ocupan el escenario principal. La pregunta ya no parece ser «¿es una gran novela?», sino «¿cuántos ejemplares venderá antes de Navidad?».

El Premio Planeta, al menos para sus detractores, corre el riesgo de parecer cada vez menos un reconocimiento literario y cada vez más una sofisticada operación de mercadotecnia revestida con los adornos ceremoniales de la cultura. El jurado entrega el galardón, las editoriales descorchan champán, las librerías preparan escaparates temáticos y los departamentos financieros sonríen con la serenidad de quien contempla una cosecha asegurada.

Mientras tanto, cientos de novelistas desconocidos observan el espectáculo desde la periferia, como personajes secundarios expulsados de su propia historia. A ellos se les exige originalidad, audacia y renovación estética. A los nombres consagrados, en cambio, parece bastarles con regresar a una antigua dirección.

Quizá la verdadera novela no sea la premiada, sino el funcionamiento mismo de ciertos grandes premios literarios: una trama donde el protagonista no es la literatura, sino el mercado disfrazado con un elegante traje de gala.

II

El Premio Planeta ha demostrado una vez más que la imaginación es una cualidad opcional cuando existe una franquicia rentable. Premiar la continuación de La casa de los espíritus recuerda a Hollywood concediendo el Óscar a la vigésima secuela de una saga millonaria: nadie discute su capacidad para generar ingresos, pero confundir éxito comercial con acontecimiento literario es una maniobra que requiere una fe admirable.

Los fantasmas de la novela original han regresado, sí, pero los más visibles son los fantasmas de las ventas, del marketing y de la rentabilidad. No sobrevuelan la casa de los espíritus: sobrevuelan las oficinas de contabilidad. Allí es donde, sospechan algunos lectores maliciosos, se escriben hoy las verdaderas novelas de éxito.

jueves, 1 de octubre de 2026

Prólogo La semántica argumentativa

 


Prólogo

 La semántica argumentativa Marion Carel École des Hautes Études en Sciences Sociales EHESS, Francia Este libro es el resultado de una amplia colaboración internacional y pretende in troducir los conceptos fundamentales de la semántica argumentativa. Fundada por Jean-Claude Anscombre y Oswald Ducrot, este enfoque ha adoptado diversas formas en la propia obra de los autores y ha dado lugar a diversas teorías entre sus antiguos estudiantes. Para presentar esta corriente, me propongo recordar solo tres momen tos: el descubrimiento de los operadores argumentativos (Ducrot O., «Les Échelles Argumentatives», La preuve et le dire, París, Mame, 1973), la definición del acto de argumentar (Anscombre J-Cl. y O. Ducrot, «Perspectives», L’Argumentation dans la Langue, Liège, Mardaga, 1983), y la introducción de la noción de bloque semántico (Carel M., Vers une formalisation de la théorie de l’Argumentation dans la Langue, tesis doctoral nuevo regimen, EHESS, 1992), noción que Ducrot y yo aplicamos a muchos fenómenos lingüísticos hacia el año 2000, y cuyo desarrollo sigue siendo objeto de mis investigaciones. 1. Los operadores argumentativos Lo que Ducrot ha descubierto, y que considera inadmisible, es la divergencia que existe entre el razonamiento y el discurso argumentativo. Nuestros argumentos pre tenderían llevar a nuestros interlocutores por la razón a admitir tal o cual conclusión, aunque estas conclusiones estuviesen inscritas en la forma en que nuestros argumen tos presentan los hechos y no en los hechos mismos. Las herramientas lingüísticas de esta torsión serían sobre todo —Ducrot amplió después su punto de vista, volveré sobre ello— los «operadores argumentativos», aquellas expresiones como poco, un poco, casi, apenas, solo1, que introducen una gradualidad en nuestros enunciados. 1 En francés, peu, un peu, presque, à peine, ne…que. Nota de traducción: Las citas y los ejemplos (pa labras, enunciados) que, en el original, aparezcan en francés o en portugués siempre se traducirán al español, ya sea por el equipo de traducción o traduciones en obras ya publicadas al español. En nota al pie, se mantendrán, en caso de ser necesarias, las versiones en el idioma original. 

 [14] CURSO DE SEMÁNTICA ARGUMENTATIVA Quizá el ejemplo más espectacular sea el uso de casi y apenas, que da lugar a afirmaciones que argumentan en contra del razonamiento que sería posible con los hechos que describen. Consideremos la siguiente afirmación. Pertenece a un ministro del Interior francés, Christophe Castaner, sobre una manifestación que tuvo lugar el sábado 5 de enero de 2019 y sobre sus 50.000 manifestantes: (1) Hay apenas más de un manifestante por municipio. Por lo tanto, se puede ver que este movimiento no es representativo de Francia En realidad, el argumento de (1) informa de que hubo más de un manifestante por municipio, lo cual es un cálculo exacto, ya que Francia tiene 36.000 municipios. Sin embargo, no son estas cifras las que apoyan el empleo de por lo tanto en (1). En efecto, si eliminamos la ocurrencia de apenas del ejemplo (1) y reducimos su argu mento a un mero cálculo aritmético, el encadenamiento queda falto: *(2) Hay más de un manifestante por municipio. Por lo tanto, se puede ver que este movi miento no es representativo de Francia. Es una evaluación inversa del número de manifestantes que llevaría a la conclusión de que el movimiento no es representativo: (3) Hay menos de un manifestante por comuna. Por lo tanto, se puede ver que este movi miento no es representativo de Francia. En otras palabras, introducida en la oración p=hay más de un manifestante por muni cipio, la locución apenas construye un enunciado que informa del mismo hecho que p pero que sirve a las conclusiones de no p. El operador añade al hecho descrito por el argumento de (1) una envoltura argumentativa inversa y es este envoltorio el que prevalece. La conjunción por lo tanto es sensible al embalaje argumentativo, y no a los hechos. Aun suponiendo cálculos y aun hablando de cifras, la argumentación de Christophe Castaner no es más que una mascarada de razonamiento. En general, los operadores argumentativos tienen la propiedad de constreñir directamente las posibles conclusiones de los enunciados en los cuales aparecen, con independencia de los hechos descritos. Esta constricción en la continuación del discurso proviene de las «escalas argumentativas» que construyen. Los operado res argumentativos tienen la propiedad de indicar qué argumento sería más fuerte o menos fuerte, es decir, qué otra oración serviría para la misma conclusión. Así, está prefigurado en la significación de peu que enunciados en la misma situación, Pedro ha comido poco y Pedro no ha comido sirvan para las mismas conclusiones; del mismo modo, está inscrito en la significación de un poco que los enunciados en la misma situación Pedro ha comido un poco y Pedro ha comido sirvan para las mismas conclusiones. La consecuencia de estas constricciones es que las argumentaciones Prólogo. La semántica argumentativa [15] que comportan Pedro ha comido poco o Pedro ha comido un poco como argumentos no reflejarán el razonamiento, ya que estos enunciados, aunque proporcionan la misma información, sirven para conclusiones opuestas. Como la locución apenas, poco y un poco añaden a los hechos descritos una envoltura que convierte en mascaradas las ar gumentaciones en las que aparecen los enunciados que modifican. Un hombre per fectamente honesto debería prohibir en su discurso los operadores argumentativos. 2. El acto de argumentar Sin embargo, Anscombre y Ducrot se encontraron con una dificultad técnica que los llevó, progresivamente, a ampliar el potencial argumentativo de la lengua al propio léxico. Observemos, por ejemplo, el operador argumentativo solo (fr. ne… que). Ans combre y Ducrot señalaron que, en función de la valoración del tiempo necesario para el desplazamiento, es posible decir a alguien que tiene que acudir a una cita tanto (4) como (5): (4) Son las ocho, no hay que darse prisa. (5) Son las ocho, date prisa. Esta elección ya no es posible si se introduce ne… que en el argumento. Solo (6) es posible, el uso de ne… que impide *(7): (6) Son solo las ocho, no hace falta darse prisa. *(7) Son solo las ocho, date prisa. Un enunciado de son las ocho puede pertenecer tanto a una escala argumentativa «cuanto más tiempo se tiene para hacer algo» en la que son las ocho menos cinco un argumento más fuerte (es el caso de (4)) como a una escala argumentativa «cuanto menos tiempo se tiene para hacer algo» en la que el argumento más fuerte sería por el contrario son las ocho y cinco (cf. ejemplo (5)): (8) Son las ocho, e incluso las ocho menos cinco, no hace falta darse prisa. (9) Son las ocho, e incluso las ocho y cinco, así que date prisa. La introducción del adverbio solo constriñe a elegir la escala argumentativa «cuanto más tiempo se tiene para hacer algo» de (4) y de (8), la que hace que son las ocho menos cinco sea un argumento más fuerte que son solo las ocho: (10) Son solo las ocho, e incluso las ocho menos cinco. *(11) Son solo las ocho, e incluso las ocho y cinco. 

[16] CURSO DE SEMÁNTICA ARGUMENTATIVA La elección de la escala «cuanto más tiempo se tiene para hacer algo» obligaría entonces a concluir no hace falta darse prisa, como en (4) o en (8). Sin embargo, aparece una dificultad. No se cuestiona la construcción con solo de la escala argumentativa «cuanto más tiempo se tiene para hacer algo», sino el hecho de que esta construcción impone la conclusión no hace falta darse prisa. Ima ginemos, como propone Ducrot, que el interlocutor cree que ya no tiene tiempo sufi ciente para acudir a su cita y ha abandonado la idea de ir. Entonces es posible decirle (7) Son solo las ocho, date prisa para motivarle a ir de todos modos. El adverbio solo no impone por lo tanto las conclusiones posibles, es solo la escala argumentativa «cuanto más tiempo se tiene para hacer algo». Esta escala puede permitir tanto la conclusión date prisa como la conclusion no hace falta darse prisa, según del camino que se siga. El error de la primera descripción de los operadores argumentativos fue limitar las argumentaciones a un argumento y una conclusión, sugiriendo así que una vez determinado el argumento, la conclusión también está determinada. Refiriéndose a Aristóteles, Anscombre y Ducrot proponen entonces decir que cada argumento se basa en un acto de argumentar que consiste en asociar el argu mento con un camino que lleva a la conclusión. Más precisamente, este camino se asimilaría a un principio argumentativo, que garantiza el paso del argumento a la conclusión y que llaman «topos». Estos topoi tendrían una forma gradual —«cuanto más se trabaja, más éxito se tiene», «cuanto más prudente se es, menos accidentes se tiene»— en el sentido de que enlazarían dos escalas argumentativas. Realizar el acto de argumentar, y por lo tanto llevar a una conclusión, sería colocar el hecho descrito en una escala argumentativa y luego aplicar un topos que tenga esta escala como escala antecedente. Los operadores argumentativos no constreñirán directamente las conclusiones de los enunciados en los que aparecen; constreñirán los topoi a los que el locutor puede recurrir. Podemos entender entonces la diferencia entre son las ocho y son solo las ocho y la acción del operador argumentativo solo. Dado que no construye una escala argu mentativa, a falta de un operador argumentativo, el enunciado son las ocho puede asociarse tanto al principio (T1) como al principio (T2): (T1) «cuanto más tiempo se tiene para hacer algo, menos debe uno apresurarse para ha cerlo» (T2) «cuanto menos tiempo se tiene para hacer algo, más debe uno apresurarse para ha cerlo» y su locutor, al movilizarlos, puede enunciar (4) son las ocho, no hace falta darse prisa, así como (5) son las ocho, date prisa. Por otro lado, el enunciado son solo las ocho construye la escala «cuanto más tiempo se tiene para hacer algo» y su locutor no puede, por tanto, movilizar el principio (T2): de ahí nuestra primera impresión Prólogo. La semántica argumentativa [17] de que *(7) son solo las ocho, date prisa es imposible. Sin embargo, puede movilizar (T1) —de ahí la posibilidad de (6) son solo las ocho, no hace falta darse prisa— pero igualmente cualquier otro principio que, como (T3), tiene como escala antecedente «cuanto más tiempo se tiene para hacer algo»: (T3) «cuanto más tiempo se tiene para hacer algo, más tienes que intentar hacerlo» (7) resulta posible solo si se funda en (T3) —y no en (T2) —. En general, los operadores argumentativos no constriñen las posibles conclusio nes. Construyen escalas argumentativas que, para permitir el acto de argumentar, deben identificarse con las escalas antecedentes de topoi disponibles. La orientación argumentativa impuesta por los operadores argumentativos no concierne tanto, al final, a la continuación del discurso como a esta cualidad —«tener tiempo para hacer algo» en nuestro ejemplo— que el operador ordena. La continuación del dis curso dependería entonces de los topoi disponibles. Pero ¿de dónde vienen estos topoi? Anscombre y Ducrot los concibieron primero como creencias compartidas sobre el mundo. Los topoi «cuanto más se trabaja, más éxito se tiene» et «cuanto menos se trabaja, menos éxito se tiene» serían creencias a propósito del trabajo y del éxito, creencias a propósito de la actividad del mundo que denotaría el verbo trabajar y de la propiedad de las actividades en el mundo que denotaría el verbo tener éxito. Las creencias se mezclan con la argumentativi dad porque la orientación de las escalas añade al trabajo y al éxito un envoltorio argumentativo. La argumentatividad de nuestros discursos se debería entonces a los operadores argumentativos que, como hemos visto, añaden a la información proporcionada una envoltura argumentativa, pero también a los topoi moviliza dos: Pedro trabajó un poco situaría el trabajo de Pedro en la escala «cuanto más se trabaja» y favorecería la conclusión va a tener éxito gracias al topos argumentativo «cuanto más se trabaja, más éxito se tiene»; Pedro trabajó poco situaría el trabajo de Pedro en la escala «cuanto menos se trabaja» y favorecería la conclusión corre el riesgo de reprobar gracias al topos argumentativo «cuanto menos se trabaja, menos éxito se tiene». 3. Los bloques semánticos Lo que vino a trastocar la teoría de la argumentación en la lengua fue la hipóte sis, que vino después, de que los topoi no vinculan propiedades o actividades del mundo. No constituirían creencias sobre el mundo, sino que representarían direc tamente los vínculos entre las palabras y estarían, al menos para algunos, inscritos en la significación del léxico. Utilizar la palabra trabajo, en la forma simple Pedro tra 

[18] CURSO DE SEMÁNTICA ARGUMENTATIVA bajó, sin usar un operador argumentativo, ya estaría pintando argumentativamente su actividad, ya estaría diciendo que llevará a Pedro al éxito, ya estaría diciendo que debería tener éxito. La argumentatividad ya no sería competencia exclusiva de los operadores argumentativos. Toda la lengua sería argumentativa y ninguno de sus usos podría evitar el engaño. Supuestamente informativos y de razonamiento, todos nuestros discursos serían solo argumentaciones. Los operadores argumentativos solo mantendrían, intensificarían o invertirían la argumentatividad ya presente en el léxico. La gradualidad deja entonces de tener un papel central. El lema de la teoría de los topoï es que «todo enunciado es un argumento». El paso es importante. Porque hace posible un nuevo cuestionamiento, ahora relacionado no solo con la racionalidad de nuestros discursos durante los movi mientos conclusivos, sino con la cuestión mucho más general de su capacidad para describir el mundo. Esta cuestión no se planteaba en la primera versión de la teoría porque la argumentatividad debía tener un soporte, los operadores argumentativos debían aplicarse a algo: nuestros discursos tenían un contenido informativo. Pero ahora que la argumentación ya no se reduce a un envoltorio gradual, la informati vidad del léxico ya no es necesaria y se plantea la cuestión de la capacidad de nues tros discursos para describir el mundo. Siguiendo con el alejamiento del enfoque logicista de la lengua, Anscombre y Ducrot admiten entonces que la significación lingüística no contiene nada informativo. Solo el empleo de la lengua podría ser, según Anscombre, referencial, aunque, según Ducrot, la mayoría de nuestros dis cursos serían engañosos en este punto. Aparece, sin embargo, un nuevo problema, que será resuelto por la noción de blo que semántico: el de la independencia de las escalas de los topoi y, correlativamente, el del estatus de los topoi. ¿Cómo en efecto definir los topoi como caminos?, ¿cómo sostener que garantizan el paso del argumento a la conclusión, si la conclusión está ya, como defienden Anscombre y Ducrot, en el sentido mismo del argumento?, ¿cómo distinguir una escala del trabajo y una escala del éxito si el éxito en cuestión está inextricablemente mezclado con la noción trabajo? La teoría de los bloques semánticos propone tomar nota de esta interdependencia y soldar las escalas de los topoi en un «bloque». Como ya no hay más escalas, ya no existe la posibilidad de distinguir en nuestras argumentaciones un argumento y una conclusión. La nueva unidad es el encadenamiento argumentativo, en su totalidad. Se concibe como un todo que no se puede descomponer y el eslogan de la teoría de los bloques semánti cos ya no es que todo enunciado es un argumento, sino que todo enunciado puede ser parafraseado por encadenamientos argumentativos. Como lo habían notado Anscombre y Ducrot, algunos de estos encadenamientos argumentativos prolongan el enunciado estudiado, como en la respuesta de B, cuyo empleo de Pedro es prudente evoca Pedro es prudente, por lo tanto, no tendrá un accidente: Prólogo. La semántica argumentativa [19] A: Me preocupa el regreso de Pedro, no deberíamos haberlo dejado volver en coche con toda esa nieve. B: (12) No te preocupes, habrán echado sal en la carretera nacional. Y Pedro es prudente. Pero algunos enunciados evocan también encadenamientos argumentativos que les son completamente internos, como (13) que se puede parafrasear por no era útil por lo tanto Pedro no lo ha comprado: (13) Me parece que Pedro ha sido ahorrativo. Esta hipótesis de paráfrasis puede leerse en ambas direcciones. Se trata de enun ciados formados por un grupo sujeto y un grupo verbal, como los encadenamientos argumentativos, que están gramaticalmente formados por dos proposiciones unidas por una conjunción argumentativa. Esta hipótesis defiende que todo lo que tiene forma de juicio desarrolla en realidad una argumentación, pero también que todo lo que tiene forma de una argumentación constituye en realidad un juicio único. Decir que Pedro ha sido prudente es asociar el nombre propio Pedro con la caracterización argumentativa de haber-tomado-precauciones-por-el-peligro y así desarrollar la ar gumentación había un peligro y por lo tanto Pedro ha tomado precauciones. Pero, a la inversa, decir que había un peligro y por lo tanto Pedro ha tomado precauciones es asociar el nombre propio Pedro con la caracterización argumentativa ha-tomado precauciones-por-el-peligro, es afirmar un juicio. Ya no hay diferencia entre juicio y argumentación. ¿La lengua así concebida sigue siendo engañosa? Esto es lo que Ducrot ha se guido concluyendo, estudio tras estudio, aunque mantuviera la esperanza, al estilo de Frege, de que fuera posible limpiarla y, al ser racional, convertirse en lo que pre tende ser, es decir, informativa. Pero ¿pretende la lengua que el habla sea informa tiva? ¿Nuestras argumentaciones pretenden ser razonamientos? ¿Por qué condenar las construcciones lingüísticas? ¿Por qué reprimir nuestro placer por la lectura? ¿Por qué renunciar a lo que podemos llamar, con Starobinski, el feliz acto de hablar? Centrado en la teoría de los bloques semánticos y sus nociones, el presente li bro retoma también los primeros trabajos de Ducrot, solo o con Anscombre. La presuposición, la conjunción mais (esp.: pero o sino), la gradualidad, la enunciación se abordan en diferentes momentos de la semántica argumentativa. Termina con dos secciones que cuestionan las relaciones de la semántica argumentativa con su exterior: su exterior desde el punto de vista de la lengua —se podrían ver aquí los primeros desarrollos de lo que se podría llamar una pragmática argumentativa— y su exterior teórico —se trata aquí de Saussure, de Benveniste, de Austin, los tres héroes de Oswald Ducrot—.

lunes, 28 de septiembre de 2026

FICCIONES CIENTIFICAS Y OTROS ENSAYOS EN LÓGICA Y FILOSOFIA DE LA CIENCIA Juan David García Bacca

 


Presentación

 A setenta y cuatro años de la publicación de la Introducción a la Lógica Moderna (1936), texto introductor de la lógica matemática en el mundo de habla hispana, el nombre de Juan David García Bacca (1901-1992), no obs tante estar ligado a una de las contribuciones más originales, poderosas y significativas de la filosofía contemporánea, no acaba todavía de recibir la atención crítica y el reconocimiento historiográfico que merece. Y sin em bargo, como observa Carlos Beorlegui, . .nos encontramos ante una de las obras filosóficas más importantes de nuestra historia cultural”, cimentada sobre amplios y profundos conocimientos de teología, filología, física, geo metría, matemáticas, arte, poesía, literatura, historia, biología, economía, producción de un pensador que es -insiste Beorlegui- “...quizá la mente filosófica más poderosa de todas las que tenemos en América y una de las primeras figuras de la filosofía en lengua española de todos los tiempos”. Paradójicamente, muchas de sus ideas fundamentales como contextura, tecnema, suficiencia, taxeologíay transfinitud, aun no siempre y específicamente bajo la misma compostura léxica, han tenido mayor fortuna y difusión críti ca que el nombre y el pensamiento mismo de García Bacca por su empleo ordinario en amplios campos del saber. Tras un primer contacto y una lectura metafísica de corte existencialista y antropológico de la obra garcíabacquiana, que contribuyeron tal vez involuntariamente a aislarla del debate filosófico contemporáneo, los estu dios críticos de los años ochenta en adelante, realizados especialmente en Venezuela y España, estimulados y alentados desde la Universidad Central de Venezuela y la Fundación Juan David Garda Bacca en el primero de los países, además de la Editorial Anthropos en su país natal, han tenido el méri to innegable de haber puesto en evidencia sus ricas y múltiples coordenadas culturales y científicas. En particular, se ha claramente identificado los te mas mayores y pivotales de tan impresionante trayectoria, entre los cuales emergen las controvertidas relaciones entre ciencia y filosofía, entre técnica y ciencia, entre epistemología e historia de la ciencia, entre el hombre y la sociedad, la función de las matemáticas en la estructuración de las teorías físicas, el continuismo y discontinuismo históricos, la apropiación gnoseológica de la realidad física, la génesis y la estructura déla obra literaria y artística. Para comprender la filosofía garciabacquiana en su especificidad es me nester ubicarla históricamente en los acontecimientos de la primera mitad del siglo XX y en los dos grandes ejes aspersores de ideas filosóficas de su juventud que marcaron decididamente su producción intelectual: la gran tradición escolástica de la España de la época, por un lado; por el otro, el clima posconvencionalista que se generó en la Francia de los años 30 con el emerger de una rica y articulada literatura epistemológica sobre el status de la investigación científica, centrada especialmente en el desarrollo de la mate mática y de la física.

 Formado ética y filosóficamente en la España de inicios de siglo XX y ordenado sacerdote el 6 de junio de 1925, García Bacca reflexionó sobre la filosofía, sobre los conflictos éticos que ofrecen los horrores de la Gran Gue rra (1914 - 1918), sobre la Teología Dogmática (Universidad de Cervera, 1920 - 1923), sobre la Teología Moral y el Derecho Canónico (Colegio de Solsona, Lérida, 1924). Quizá los ecos de las grotescas subversiones de los valores espirituales y materiales propiciadas por la Primera Guerra Mundial y los admirables adelantos de la ciencia y de la técnica, animan al joven García Bacca a refugiarse en el seguro seno de los objetos abstractos de las matemáticas, de la física teórica (Universidad de Munich, 1927 - 1929) y de la lógica abstracta (Instituto Superior de Filosofía de Lovaina, Bélgica, y Universidad de Friburgo, Suiza, 1930). Sí, ciertamente, un sacerdote lego en física, pero que tiene la fortuna de cursar física atómica y relativista con Arnold Sommerfeld, uno de los padres de la mecánica cuántica, cuyas con tribuciones matemáticas a la teoría de la relatividad ayudaron a que los de más científicos escépticos la aceptasen, tutor de Werner Heisenberg, quien inventa la mecánica cuántica matricial y es reconocido por su famoso princi pio de incertidumbre, y de Wolfgang Pauli, quien propuso la existencia del neutrino. Es notable la influencia de estos estudios en García Bacca cuando se constatan dos grupos iniciales de escritos que claramente contrastan entre sí en lo que corresponde al tema y al alcance que el propio autor les otorga.

 El primer grupo de escritos se encuadra dentro de la tradición escolástica, cen trando su interés en la ontología y la teoría del conocimiento, pero insistien do en una crítica al escolasticismo; el segundo grupo de escritos lo constitu ye el estudio y reflexión sobre las ciencias formales, cuyo análisis discurre paralelamente a sus trabajos escolásticos, pero que, contrario a éstos, conti nuará cultivando y empleando a través de toda su vida. Así, a partir de 1930, se distinguen en uno el sacerdote, el filósofo de la ciencia y el maestro de Metafísica, Cosmología y Psicología (Colegio de Solsona, Lérida). 1930, año de los teoremas de Gódel, del descubrimiento del planeta Plutón, del primer mundial de fútbol y en el que otro hombre de gran alma, Mahatma Gandhi, inicia la histórica Marcha de la Sal, una acción más en la campaña de desobediencia civil en contra de la ocupación inglesa de la India. En aquellos años una pléyade de autores surgió en el panorama cultural español: la llamada generación del 27. Escritores, dramaturgos, humoristas y cineastas como Federico García Lorca, Rafael Alberti, Gerardo Diego, Enrique Jardiel Poncela, Antonio Lara, Luis Buñuel, el futuro premio Nobel de literatura en el año 1977 Vicente Aleixandre, Manuel Altolaguirre, entre otros; pintores y escultores como Salvador Dalí, Oscar Domínguez, el por entonces surrealista Pablo Picasso y Maruja Mallo; compositores y musicólogos como Rodolfo Halffter, quien musicalizó varios versos de Alberti, y Jesús Bal y Gay; otros que además de escritores fueron catedráticos como Jorge Guillén, Pedro Salinas, ambos maestros de filología hispánica y, por supuesto, García Bacca, profesor de filosofía. Internacionalmente se destaca la poesía impura del chileno, y futuro premio Nobel en el año 1971, Pablo Neruda en contraste simultáneo con la poesía pura del francés Paul Valéry; el escritor argentino Jorge Luis Borges, quien por esos tiempos reivindica sus raíces argentinas en poemarios como Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente (1925) y Cuaderno de San Martín (1929); el pintor francés Francis Picabia y los grupos surrealista liderados por el escritor francés André Bretón. 

 En Venezuela, Teresa de la Parra crea Ifigenia (1927), Arturo Úslar Pietri publica el cuento Barrabás y otros relatos (1928) y la novela Las Lanzas Colo radas (1931); mientras tanto, en 1928, Walt Disney estrena en Nueva York el dibujo animado El héroe del Río, protagonizada por una nueva estrella de Cine: Mickey Mouse. Tal clímax cultural es precedido, en el cruel teatro de la historia, por el correspondiente anticlímax: el comienzo de la Guerra Civil Española (1933), preámbulo de la Segunda Guerra Mundial. García Bacca ya no es el mucha cho que afronta los ecos de las grotescas subversiones de los valores; es el hombre que enfrenta directamente la guerra, el exilio y la separación de la iglesia. En 1934 obtiene una licencia en filosofía en la Universidad Autóno ma de Barcelona, doctorándose un año después con la tesis Ensayo sobre la estructura lógico-genética de las ciencias físicas. En la Universidad Autónoma de Barcelona enseña lógica matemática y filosofía de la ciencia entre 1933 y 1937. En el ínterin, publica el libro Introducción a la lógica moderna (Barce lona: Labor, 1936), reseñado imparcialmente por W.V.O Quine en el pri mer volumen del The Journal of Symbolic Logic. (1.3 (1936): 112 - 113). Aunque la reseña no es del todo positiva -y es muy probable que el joven García Bacca no conociera lo que escribió el aún más joven Quine-, marca el inicio de su reconocimiento internacional. En ese mismo año, febrero de 1936, García Bacca gana por oposición la cátedra de Introducción a la Filo sofía de la Universidad de Santiago de Compostela, cátedra que no ocupa por sus críticas al alzamiento franquista y que lo obligan a abandonar Espa ña al arreciar el vigor de la guerra (Federico García Lo rea es fusilado; es bombardeada la villa de Guernica el 26 de abril de 1937 por los alemanes junto con el ejército “nacional” de Franco) y la intolerancia de las dos Españas. Intolerancia que es manifiesta cuando estando en París en 1938, mientras Adolf Hitler se autoproclama comandante supremo de las fuerzas armadas alemanas, recibe una carta del Padre General de los Claretianos que le orde na regresar a España y que le prohíbe publicar artículos sin el permiso de las autoridades eclesiásticas. Mediante una carta al Superior General de la Con gregación, fechada en París el 26 de noviembre de 1938, García Bacca re nuncia a la iglesia, ignorante del proceso de expulsión y exclaustración en su contra que el 13 de noviembre de 1938 ya estaba en marcha por decisión del Consejo General de la Congregación. 

Escribe a propósito: “Subí a mi celda, me despojé de la sotana, la colgué en el armario; me vestí íntegramente de seglar, cogí mi maleta, bajé; pero en vez de pasar por la portería, salí por la iglesia. Me hallé en la calle. Me sentí libre, por primera vez en mi vida” (Confesiones, p. 20) Para García Bacca tal suceso constituye el fin del secuestro: “...había estado secuestrado progresivamente desde 1911 a 1938. Secuestrado psicosomáticamente: de cuerpo y alma; de entendimiento, secuestrado por dogmas; la voluntad por normas, preceptos, votos; secuestrado literalmente, por tener que estudiar y hablar en latín mediocre, soso, como he dicho” {Confesiones, p.20). A partir de ahí el proyecto filosófico garcíabacquiano deja de ser un proceso corrector de superación mística y ética personal para convertirse en un proceso dialéctico constitutivo de la filosofía del hombre moderno, el cual involucra y afecta la posición cognoscitiva y técnica del hombre frente al mundo físico-natural. Conceptos como “suficiencia” o “técnema”, la pro puesta de una diferencia fenomenológica entre el conocimiento común y el conocimiento científico, la idea del discontinuidad histórica entre el pasado y el presente en la ciencia, nacen precisamente sobre este terreno: la tarea fundamental que García Bacca asume a plenitud es la de extraer sus conse cuencias epistemológicas y fenomenológicas, sin preconceptos de índole fi losófica que pueden obstaculizar la comprensión de las teorías científicas. En relación con la dramática dificultad de una problemática compleja como aquella vivida en los años de la posguerra, la obra de García Bacca, a pesar de sus ideas innovadoras, parecía extraña y alejada de las exigencias intelectua les más inmediatas. En verdad, recién comenzaba a hacer luz en aquella rea lidad mediante un trabajo en profundidad.

 Eran tiempos de desasosiego y desconcierto intelectual. A una voz robusta y autorizada como la de Bachelard se le consideraba a duras penas elevada retórica, mientras Jean Wahl recla maba el reconocimiento de las múltiples y sutiles relaciones entre el punto de vista fenomenológico y los sistemas puramente formales de la lógica y la dialéctica, a la vez que alertaba sobre aquel “malheur de la conscience dans la philosophie de Hegel” que, a su juicio, parecía invadir buena parte de la conciencia crítica del conocimiento científico, condenada ahora al purgato rio aporético de la promesa perenne de una Mathesis Universalis de inspira ción leibniziana, capaz de proporcionar una representación satisfactoria de la realidad física, intervenida no obstante por una filosofía existencial que se negaba abiertamente a cualquier esprit degéométrie. En realidad, pese a com partir con Husserl y Hartmann un mismo enfoque fenomenológico general, García Bacca tiene su propia visión del asunto que se aleja lo suficientemen te de Husserl, por ejemplo, en la medida en que reafirma una clara diferencia entre el método de construcción y exposición de los sistemas nomológicos, y el proceso fenomenológico a través del cual el individuo se apropia cognitivamente de éstas. Compartía ciertamente con Husserl no sólo el re chazo al ideal de un sistema filosófico absoluto, sino principalmente la con vicción del estado crítico en que se encontraban las “ciencias europeas”. 

Tras los grandes descubrimientos de la física, la química, la astrofísica, que pene traban ahí donde sólo una intuición fantástica podía predecir, mientras la técnica conquistaba la capacidad de convertir fines teóricos en medios tec nológicos para manipular cantidades inmensas de energía, no sólo la ratio cognoscendi sino la misma ratio judicandi vacilaban, arrastradas en el derrumbe de todos los principios clásicos del saber, reduciéndolo todo a un estado de angustiosa incertidumbre. Son los tiempos de Fibsofia de las ciencias: teoría de la relatividad (1941) y Sobre el conocimiento físico (1957). Ahí García Bacca planteaba de manera explícita y clara la cuestión de la construcción de una doctrina gnoseológica capaz de justificar el orden racional (ésta es la expresión que usa) de las teorías físicas a partir de distintos niveles de apro piación fenomenológica. El mismo problema se planteaba Férdinand Gonseth en 1941, en el marco del coloquio de la AcacUmie Internationale de Phibsophie des Sciences. A diferencia de García Bacca, que postulaba una solución pro pia, a medio camino entre un realismo naturalista y un realismo crítico con incrustaciones fenomenológicas, Gonseth en su idoneismo abogaba por un realismo de raigambre experimental que conjuntase nivel experimental y ni vel teórico, modelo que en verdad nunca llegó a construir. Sin embargo, el desafío había sido recogido por Jean Piaget, quien con los tres volúmenes de la Introducción a la epistemología genética, impresos entre 1949 y 1950, fun daba la epistemología genética como ciencia experimental con objeto pro pio bien definido: la formación “de los conocimientos en función de su construcción real o psicológica”. Aunque queda claro que García Bacca com partía con Piaget el punto de vista de que “todo conocimiento implica una estructura y un funcionamiento”, por lo que dejando de lado las corrientes meramente logicistas o puramente lingüísticas optaba por “construir desde abajo”, nunca llegó a imaginar tal construcción como simple maniobra operacionalista. Puede que aceptara la máxima piagetiana de que “todo co nocimiento ha de considerarse relativo a un determinado nivel del mecanis mo de la construcción”, pero la construcción desde abajo no podía, a su juicio, ser puramente psicológica, sino más bien un proceso abierto de inferencias posibles presidido por el principio del “ascenso en niveles”, don de evidentemente no encontraban cabida los bachelardianos “saltos epistemológicos”.

 La posición de García Bacca puede claramente apreciarse si se la relacio na con la polémica entre deterministas e indeterministas desatada, primero, en torno a las consecuencias de la teoría de la relatividad y, luego, mucho más visiblemente, alrededor del significado del principio de indetermina ción de Heisenberg, disputa que acaparó la atención de los filósofos en casi todos los coloquios de la Academia Internacional de la Filosofía de las Cien cias realizados entre 1961 y 1981. En verdad, aun confesándose einsteniano durante toda su existencia, García Bacca observó con cierta curiosidad y notable interés los desarrollos de la mecánica cuántica, siguiendo la interpre tación adoptada en el Congreso de Bruselas de 1927 bajo la influencia de Heisenberg. Llamaba su atención especialmente el peso de las vicisitudes de la mecánica cuántica con su complejo aparato físico-matemático, indispen sable para asimilar el principio de indeterminación de Heisenberg, la teoría ondulatoria de Scródinger, la contribución de De Broglie y la teoría del electrón de Dirac, interés por demás nada extraño si se considera que, en su opinión, “todas las ciencias tienden a saber al único sabor de la lógica for mal”. En 1950 Scródinger publica su libro Space-Time Structure\ García Bacca queda gratamente impresionado por la reconstrucción topológica de la físi ca emprendida por Scródinger y se aboca a examinarla y exponerla críticamente en el artículo Fibsoflay Teoría de la Relatividad (1956). Como bien subrayan Sánchez y Baceta (2005): “La discusión filosófica la plantea, una vez expuesto el aparataje teórico, como un conjunto de consideraciones fenomenológicas. En estas consideraciones la preocupación fundamental del autor se centra en la pregunta ¿Cómo se me da la teoría relativista?, ¿Cómo es posible y de qué maneras que lo que una cosa es en sí misma se me dé (aparezca) a mí dotado de tales y tantos medios (sentidos, formas a priori) en que puedo recibirlas? Antes de plantear estas preguntas lo que había estudiado era parte de lo que es la teoría de la relatividad; su pregunta ahora es otra: ¿Cómopuedo observar, experimentar la teoría relativista, lo que el universo esF Apremiado por la inquietud publica de inmediato, en 1957, el opúsculo Sobre el conoci miento del mundo físico, donde se da a la tarea de levantar el sistema de conceptos que, a su juicio, son más elementales y anteriores a la reconstruc ción de Scródinger. 

El punto es que, más allá de la corrección o validez formal de esta última propuesta, García Bacca evidencia ahí la ausencia de eslabón entre vida y teoría; Scródinger nos da, a lo sumo, lo que la ciencia física formalmente es, mas no la forma como “las cosas físicas se dan al cono cedor”. Se trata, por así decirlo, de una reconstrucción incompleta o parcial. Eran los años de la posguerra, los años inmediatamente posteriores a la muerte de Einstein, acontecida en 1955, años marcados por la crudeza de los problemas que comprometían a científicos y filósofos en duras disputas. En Italia, Federico Enriques había sostenido que “el valor objetivo de la racionalidad del saber consiste en que el proceso de la ciencia es un proceso de aproximaciones sucesivas ilimitadamente proseguibles”. No obstante, las relaciones de indeterminación de Heisenberg imponían un límite insupera ble al proceso de aproximación y corrección progresiva, y ahí estaban para demostrarlo los problemas de la teoría de la medida, de los límites de la aproximación y del error, de la estadística y de la probabilidad. No era ya suficiente, como clamaba Bachelard, instalarse en el corazón de la práctica científica real; era necesario correr el riesgo de enfrentar ex novo el problema de la formación de las teorías científicas, en su contenido real y su desarrollo histórico, y adentrarse en el análisis de las relaciones entre las teorías mate máticas y la realidad. 

Ahí estaba justamente el problema: el enfrentamiento entre los dos sistemas paradigmáticos últimos, el determinista y el indeterminista, no podía resolverse ni en el nivel histórico ni el nivel fisico matemático, pues era sencillamente un problema epistemológico. Era el pro blema que García Bacca había advertido magistralmente en el libro de Scródinger y que condujo, años más tarde, al célebre best-seller de Monod, Le hasard et la nécessité (1970). Al libro de Monod respondió de inmediato García Bacca con el artículo “Un saque de dados jamás abolirá el Azar”. Había en aquel problema algo verdaderamente enigmático que el libro de Monod, lejos de resolver, acentuaba: ¿Hay alguna cosa que sea realmente necesaria?, ¿Hay algo que no sea sólo físico?, ¿Qué hay de determinado e indeterminado en la vida del hombre? En verdad, no se trataba, a juicio de García Bacca, de un problema epistemológico sino de un problema en fenomenología, a saber: ¿Cómo puede el hombre ser verdaderamente libre más allá de las condiciones que le impone la estructura orgánica del cuerpo? Aquello que en Monod podía parecer primordialmente una réverie sobre la idea de la vida como ineluctablemente presa del azar, tomaba cuerpo en García Bacca con el desarrollo de una doble pesquisa: por un lado, el perfec cionamiento de la idea de que la construcción de la realidad física sólo puede darse delante y frente al sujeto conocedor, idea que preside la magistral recons trucción emprendida primero en Líneas generales de una reconstrucción racio nal de los conceptos físicos fundamentales (1974), y materializada más tarde en Teoría y Metateoria de la Ciencia (1999); empero, por el otro lado, cobraba cada vez más fuerza en García Bacca la figura del historiador epistemólogo en función radicalmente antifilosófica que ha de seguir el fenómeno “cien cia” en todas sus articulaciones teórico-experimentales y humanas. 

Y no es que García Bacca abjure ahora de la filosofía, sino que la trastoca en faena de transfinitación pregonando en De magia a técnica (1989) una estrecha cola boración entre científicos y filósofos a través de una clara y doble dirección: que la filosofía “.. .deje de ser coto, dominio de propiedad privada de filóso fos, y pase a ser dominio común de literatos, músicos, poetas, matemáticos, físicos y técnicos, quienes puedan ayudar a los filósofos de profesión y voca ción a solventar -o cuando menos a plantear de manera nueva, a la altura de los tiempos- problemas, cuestiones, teorías filosóficas, sacándolas [...] de la fase mágica: E inversamente: que la filosofía (de los temas de la obra) se aventure -valiente, decididamente, humildemente- a ser enseñada, refutada, reformada -o confirmada (¡oh dichosa aventura!)- por música, literatura, física, matemática, técnica”. Como ya en Popper y en Ludwick Fléck, que reaccionaron oportuna mente frente al movimiento neoempirista y avanzaron en los años ’30 pro puestas alternativas, también en García Bacca puede identificarse una orien tación de pensamiento que ha extendido notablemente la reflexión filosófica a otros aspectos allende los planteos neoempiristas, aspectos que hoy ocupan el núcleo de la reflexión teórica. De ahí la necesidad de un balance crítico de la filosofía garciabacquiana indispensable para asignarle su justo lugar en la filosofía del siglo XX, a la luz de una lectura antineopositivista de sus pro puestas, algunas claramente anticipadoras de muchas de las tesis de las ac- tuales “epistemologías históricas”, en especial por lo que atañe al tema fun damental de las relaciones entre epistemología e historia de la ciencia. Se expresa claramente en el proyectar filosófico garciabacquiano, en efecto, un concepto que Imre Lakatos pondría en boga años más tarde, en la década de los setenta: “La filosofía de la ciencia es vacía sin la historia de la ciencia; la historia de la ciencia es ciega sin la filosofía de la ciencia”. Afirmaba muy oportunamente García Bacca en 1944( “Las flores y la Flor: la Filosofía y las filosofías”) que las doctrinas filosóficas y las teorías científicas siempre han de ser, en tanto productos históricos, punto de partida para quien desee hacer legítimamente filosofía y comprender el reto que la ciencia plantea a la filosofía; de otro modo ocurriría como con el “Frutero loco que buscase k Fruta como algo superior, único y eterno fuera de las frutas reales, jugosas y perecederas de cada estación ...”. Que esto es así lo demuestran sin más el volumen de trabajos de García Bacca centrado en torno a la historia de las ciencias físicas, junto a los ensayos sobre la historia de la lógica y de las matemáticas, por no hablar de la inmensa mole de sus traducciones, buena parte de éstas dedicadas a los clásicos griegos de la ciencia, a la obra de Newton y de los lógicos y físicos contemporáneos. 

No es atrevimiento afirmar que el trabajo de historiar la ciencia es para García Bacca una faena prioritaria e indispensable para la reflexión filosófica; más que una pasión teórica perso nal, se trata de la reivindicación de la historia como elemento metodológico indispensable para el ejercicio de la filosofía. Aunque hoy la reflexión en epistemología y filosofía de la ciencia ataca otras líneas de investigación que García Bacca no profundizó ni consideró, era necesario intentar un balance crítico del proyecto garciabacquiano en filosofía de la ciencia -a cuya consideración no siempre se le ha prestado la atención debida- en contacto directo con sus interlocutores históricos y en presencia de sus referentes más inmediatos, justamente para reconocer en su obra los elementos más originales y perdurables, para valuar las contribucio nes realizadas al debate teórico contemporáneo, para poner de manifiesto convergencias y disidencias en relación con otras orientaciones de pensa miento ubicadas en sectores contiguos y periféricos. Una simple muestra de gratitud, admiración y respeto hacia la ingente obra de un filósofo a la vez grande y modesto, cuya vida discurre paralela al relato de la sociedad, ciencia y técnica del siglo XX. Vincenzo Piero Lo Monaco Jesús Baceta V. Sobre los ensayos de esta antología y sus orígenes 1. Ficciones científicas El primer ensayo que comprende este libro se llama “Ficciones científi cas” y fue escrito por García Bacca en las postrimerías de su vida (Quito, mayo de 1992). Es una curiosa metáfora cromática - musical; una inven ción literaria que intenta aproximarnos desde el reverso de la filosofía al mundo concreto de las posibilidades físicas. 

Aunque la clonación sea una ficción científica, los otros yo, dados por los espejos, están ahí. Si bien he mos de resignarnos a escuchar las combinaciones de apenas cuatro escalas, no por ello dejan de existir las ficticias escalas que la ciencia muestra que vibran independientes de nuestros umbrales auditivos. Recrea la concreta ficción científica de una ingeniería genética que nos permita tener la vista de un águila, para luego preguntarse por el ser que pudiera extender tal visión para crear una cronología ficticia que se remonte a la eternidad: Dios. Y, como de Dios se trata, juega con las palabras y lo contrasta con el desafiante demonio de Descartes, el calculador demonio de Laplace y el demonio de Maxwell que ilustra la segunda ley de la termodinámica. El texto es una tormenta de ideas que enfrenta la ciencia con la ciencia teológica. “¿Ficción científica o ciencia ficcional?” se pregunta constante mente, con lo cual retoma a Santo Tomás de Aquino. Dedica “Los cuentos de nunca acabar”, a una de las más agotadoras ficciones: las paradojas. Idea un dúo entre Longo y Machado para sugerir el valor estético de la ciencia. Retorna a Heráclito y con él a la necesidad y el azar. Recibe clases del Juan de Mairena de Antonio Machado simplemente cambiando lo que se debe cam biar. Y, jugando ese juego, concluye haciendo lo propio con un pequeño diálogo de Fernando de Rojas para probar la veracidad de lo que explicaba el criado de Celestina sobre el acto y la potencia. Sugerente, ¿no? Los textos que siguen se agrupan según la temática y el año: 2. Antropología fibsófica y fenomenología «Actitud del hombre moderno frente a ciencia y técnica». Cultura Universitaria (Caracas) n° 30 (1952): 15-23. Este artículo es el primero dedicado plenamente a una reflexión sobre la técnica. Fue escrito cuando se desarrollaba la tecnología nuclear en el con texto de la guerra fría. Por ello parece ser mucho más moderado que en otros textos en los que elogia a la técnica. «Ensayo de planteamiento fenomenológico-simbólico del conocimiento». Separata deAnais do Congreso Internacional de Filosofía de Sao Paulo. Instituto Brasileiro de Filosofía (Sao Paulo) (1956): 825-832. En este texto García Bacca admite plenamente el método fenomenológico: acepta el principio de que lo que podemos o no pensar es indicio de interconexiones conceptuales y de los objetos referidos por tales conceptos. Intenta formalizar esta suposición para llegar a una definición trascendental de cuerpo. «Sobre el fondo filosófico de algunas teorías de biología matemática».

 Acta CientíficaVenezolana (Caracas) 3.3 ( 1952): 39-45. (Conferencia pronunciada en la Sesión Inaugural de la II Convención de la Asociación Venezolana para el Avance de la Ciencia). Theoria (Madrid) n° 3-4 (1952-53): 1 13-120. El artículo trata sobre las teorías matemáticas que podrían subyacer, según su criterio, a ciertas teorías de la biología. Examina las propuestas de físicos y filósofos metidos o entrometidos a biólogos. Entre ellos Schródinger, quien define la vida como “alimentarse de entropía negativa”. 3. Filosofía de la física «Tipos del filosofar físico sobre el espacio». Filosofía y Letras (México) 1.1 (1941) 11-44; 1.2 (1941): 181-215 Una reflexión, desde los helénicos hasta Kant, de los distintos «tipos de vida» y de la ontología supuesta por los que han filosofado sobre el espacio físico. Fibsofía y teoría de la relatividad. Quito: Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1956. Valencia: Cuadernos Teorema, 1979. Un ensayo donde García Bacca tiene la “oportunidad de meditar filosó ficamente sobre la teoría de la Relatividad”. Medita fenomenológicamente, con disimulado aire heidegeriano, evidenciando su conocimiento sobre la base matemática de la teoría. «Einstein y la ciencia del siglo XX». Revista Nacional de Cultura (Caracas) n° 124 (1957): 184-188. Un homenaje que rinde García Bacca a uno de los científicos más admi rado por él: Albert Einstein “sabio como Newton, justa y precisamente por saber desatar avalanchas de ideas, y no simple científico por saber sacar con secuencias” • Lincas generales de una reconstrucción racional de los conceptos físicos fundamentales», Teorema (Valencia) IV.3 (1974): 319-334. Anthropos (Barcelona) n° 9, nueva ed. (1991): 138-143. En este ensayo de 1974 García Bacca emprende, como indica su título, una reconstrucción racional de ciertos conceptos físicos, en contraposición a la reconstrucción racional propuesta por Schródinger en su libro Space— Time Structure (Cambridge 1950). «Einstein. Homenaje al filósofo de la ciencia». Arbor (Madrid) CVII.419 (1980): 7-22. Anthropos (Barcelona) n° 9, nueva edición (1991): 133-138. Otro homenaje al admiradísimo físico. 4. Filosofía general de la ciencia «Estructuras características de un modelo principal de ciencia». Ideas y Valores (Bogotá) 3-11-12 (1954): 60-87. Elementos de fdosofia de las ciencias. Caracas: Universidad Central de Venezuela (Manuales universitarios, n° 1), 1967 Los dos ensayos son una sucesión rápida de asertos, de no muy fácil lectura, y con un número muy limitado de ejemplos. 

La exposición, como en la mayoría de sus obras, no deslinda el punto de vista histórico: hace notar que en la historia de la ciencia han habido determinados equilibrios, dominaciones y predominios con respecto a los tipos de ciencia que él plan «Ciencia y Técnica actuales (con un poco de política y otro poco de pedagogía)». La Palabra y el Hombre (Xalapa, México) n° 45 (1968): 43-54. Revista Nacional de Cultura (Caracas) n° 184 (1968): 24-31. Uno de los tantos elogios a la técnica que García Bacca escribiera en su vida. Para García Bacca la técnica adquiere rango de ciencia, pero la delimita muy precisamente de la práctica, con la cual se la tiende a confundir. La diferencia entre técnica y práctica se mide por la distancia que media entre plan racional y simple receta. Además, los artefactos o constructos de la cien cia técnica tienen que ver con la matemática misma: así, los números negati vos resultan artefactos o constructos -a la manera de una pala mecánica-, al quitar la restricción de que la diferencia ‘a - b' sea realizable sólo dentro del dominio de los números naturales, es decir, al quitar la restricción de que ‘a’ sea mayor que ‘b\ Estructura y contextura relacional de cinco modelos científicos. Teoríay Metateoria de la. Ciencia, Vol. 1, capítulo 3, (Caracas) (1977): 107-142. Autobiografía intelectual y otros ensayos (colección Obra Abierta) Fondo Editorial de Humanidades y Educación. Universidad Central de Venezuela (Caracas) (1983):267-310. Para García Bacca, en la estructuración de la ciencia es de notar tanto una estructura como una contextura. Frente al entramado puramente relacional ‘y = ax2\ que hace de esta fórmula una de tantas en la matemática, cabe entender íy por espacio, V por tiempo y ‘a por un medio de la acelera ción gravitatoria; con ello, la fórmula puramente matemática adquiere una peculiar individualización: frente a un sinnúmero es capaz de establecer la cuantificación del espacio que recorre un cuerpo en caída libre en un tiempo determinado. Además de su estructura matemática, la fórmula individualizada posee contextura. Así, podemos decir que a la fórmula puramente matemá tica ly = ax2 + bx + c (la clásica ecuación de segundo grado) le podemos asignar significado físico mediante la siguiente regla de correspondencia: asignamos a ly el espacio recorrido por el objeto (distancia), a V un medio de la gravedad, a 'x 2 el tiempo al cuadrado ya 'bx la velocidad inicial por el tiempo, obteniendo así la clásica fórmula de caída libre: e = ( } s ) '2+Vot+0 y =ax2 +bx + c 5. Filosofía de la matemática «La posición histórica de Leibniz en la fundamentación filosófica y científica del cálculo infinitesimal».Filosofía y Letras (México) XI1.23 (1946): 11-44. En el trabajo expone “las ideas filosóficas que en cada época histórica ayudaron, estorbaron, o dirigieron, implícita o explícitamente, la fundamentación correcta del cálculo infinitesimal, hasta llegar a Leibniz”. «Sobre una Interpretación de los Números Complejos por medio de la Propiedad Asociativa». Acta Científica Venezolana (Caracas) 1.2 (1950): 47-48.

 Al realizar lo que anuncia en el título del artículo, García Bacca muestra la invariancia de las operaciones matemáticas frente al cambio de sistemas de conceptos empleados para aclararlas. Sostiene la tesis platónica de que los objetos matemáticos son independientes de los conceptos. «Simbólica (Lógica)». Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana. T. IX (apéndice). Bilbao-Madrid: Espasa-Calpe.Z.l .201, 1933: 1326-1339. «Introducción» de Introducción a la lógica moderna. Barcelona: Labor, 1936. «Lógica modal» en Introducción a la lógica moderna. Barcelona: Labor, 1936. Los tres textos recogen las tempranas exposiciones de lógica simbólica del joven García Bacca. Notablemente influenciado por Husserl, Cassirer, hereda los supuestos de sus filosofías y de Hilbert y Ackermann sus deficien cias. «Lógica dialéctica (L. D.) y lógica formal (L. F.)». Diánoia (México) n° 16 (1970): 144-156. En el artículo García Bacca contrapone estos dos tipos de lógica. Co mienza este ensayo distinguiendo entre la proposición formal y la proposi ción dialéctica. Ambas lógicas parten de la misma base, pero mantienen di ferencias fundamentales. La forma típica “A es B” (donde ‘A* es el sujeto y ‘B’ el predicado) se encuentran, según el tipo de lógica, en estados diferentes. En la Lógica Formal la forma típica “A es B” se encuentra en estado de unión “indicada” de tal forma que se mantiene la estructura relacional de la misma. En la Lógica Dialéctica se encuentra en estado de unión “verificada”, de manera tal que se fundan en un bloque, en lo que GB denomina un concreto. La diferencia entre ambas es notoria: no es lo mismo considerar la proposi ción “El hombre es racionar que “El hombre es (humanamente) racional”. En la primera de estas proposiciones simplemente se “indica” el atributo racio nal. En la segunda se pide la “verificación” del atributo racional mediante su concreción con lo humano. He ahí la diferencia sustancial entre una y otra.

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