INTRODUCCIÓN
Pervivenda de la literatura griega «Una misma ola desde Troya ondula su grupa hasta noso tros» escribió Saint-John Perse Una misma ola, sí, un mismo viento resonante, un antiguo horizonte de figuras míticas nos llega desde los comienzos de la épica en la litada, desde la guerra de Troya narrada por Homero. Es cierto que ya esta mos lejos y no percibimos toda la música de los hexámetros helenos. Pero nos alcanza aún una persistente familiaridad con esos lejanos relatos, con esos héroes, con ese mundo de ruido y furia recordado en los primeros poemas de nuestra tradición literaria occidental. Tal vez no somos ya los griegos, en contra de lo que dijo Shelley, o somos cada día menos grie gos, pero acaso aún recordamos vagamente haberlo sido. Y aún nos reconocemos en esos griegos antiguos, amantes del diálogo, la geometría, las preguntas, el asombro y la libertad. Todavía conservamos muchas palabras griegas, muchos con ceptos griegos, y percibimos en algunas creaciones helénicas la expresión vivaz de nuestros propios sentimientos. La guerra de Troya es una contienda lejana de cierto fondo histórico. Aún podemos visitar las ruinas de las nueve o diez 7 s C GARCÍA GUAL-A. GUZMÁN GUERRA Troyas superpuestas en Hissarlik, excavadas por Schliemann hace siglo y pico. Pero por encima de un sangriento asedio de una pequeña ciudad amurallada sobre una colina junto al Bosforo, la guerra de Troya es para nosotros el símbolo de to das las guerras. Aunque nosotros sabemos de guerras mil ve ces más destructivas en nuestra historia, con muchísimos más muertos, mucho más inhumanas y devastadoras, el fan tasma de Troya se alza en nuestra imaginación como el para digma de la guerra y sus horrores.
De una guerra que aún te nía, sin embargo, cierta grandeza y una noble ferocidad, sin el aspecto aniquilador y mecánico de la tecnología actual. Y es así porque la Ilíada, el primer gran poema de Occidente, nos cuenta de modo inolvidable la fiera batalla de aqueos y troya- nos con una intensa poesía y una patética grandeza. No sólo en su versión épica, sino también en su versión trá gica, la leyenda o el mito de la ciudad condenada a la destruc ción nos sirve de paradigma. Todavía. Como ha escrito Mar guerite Yourcenar -en uno de los breves ensayos de tema he lénico recogidos en su libro Peregrina y extranjera-, todas las guerras son un eco de Troya: «Una generación asiste al sa queo de Roma, otra al sitio de París o al de Stalingrado, otra al pillaje del Palacio de Verano: la caída de Troya unifica en una sola imagen toda esta serie de instantáneas trágicas, foco central de un incendio que hace estragos en la Historia, y el lamento de todas las viejas madres, cuyos gritos no tuvo tiempo de escuchar la crónica, encuentra una voz en la boca desdentada de Hécuba». La mención de Hécuba, la vieja rei na troyana, alude a la tragedia de Eurípides, a esas Troyanas que ahora acaban de reponerse en un teatro de Madrid, en la versión de J. P. Sartre. Esta vez en homenaje a los muertos y las madres de Sarajevo. Desde Homero, ¡cuántas Troyas con otros nombres! La literatura occidental comienza con una epopeya guerre ra. Una guerra con dioses y héroes, enaltecida por la poesía. Pero la tradición griega se caracteriza por su versatilidad, por INTRODUCCIÓN 9 la rapidez de sus cambios de tema y tono. Y pronto al poema épico bélico le sucede el gran relato de aventuras de horizon tes sorprendentes y personajes de cercana humanidad: la Odisea. Con su protagonista versátil y astuto, un héroe de abolengo mítico, que de vuelta de Troya a su austera isla de ítaca cruza un mar fabuloso de monstruos y maravillas, el relato épico deriva hacia lo novelesco.
Tal vez lo compuso el mismo Homero que algo antes creó -a partir de una tradi ción poética oral muy antigua- el gran poema sobre Aquiles y Troya. O, si no fue él, fue un discípulo próximo. Ulises nos parece mucho más moderno que los otros héroes combatien tes en Troya. Y bien merece el homenaje de J. Joyce, en su Uli ses, justamente por su humanidad misma. Desde el siglo vm a.C. hasta la novela de nuestro siglo xx este curioso eco nos vuelve a recordar la pervivencia de las figuras míticas. Leo pold Bloom, en el relato de Joyce, parodia el itinerario de Uli ses, lejos del luminoso Mediterráneo, en un Dublin sombrío y prosaico. Este rasgo de la inagotable pervivencia de los mitos, moti vos, y figuras griegas, en una tradición literaria de tantos si glos es lo que queremos destacar en primer lugar. A pesar de la distancia de tantos siglos, más allá de modas y olvidos, ahí están los prototipos, los reflejos, los ecos de la literatura grie ga, que es el comienzo de nuestra literatura. Hay, ciertamen te, otras culturas de tradición literaria más antigua, la meso- potámica y la egipcia, pero es en Grecia donde comienza la nuestra. Al asomarnos a los inicios de esa larga y vivaz literatura -como, de modo muy modesto, pero con intención un tanto panorámica, nos permite una antología como la que ahora emprendemos-, podemos percibir -incluso a través de tra ducciones y no de los textos en su versión original- la impre sionante frescura y agudeza de esta poesía y esta coloreada expresión del mundo, que, como decíamos, nos es todavía fa miliar. La presente antología recoge textos que distan más de 10 C CASCÍ A. GUAL-A. GUZMÁN GUERRA diez siglos entre sí. De Homero, en el siglo vm a.C., hasta Plo- tino y hasta Nonno hay más de mil años. Y, sin embargo, el lector no dejará de sentir cómo a través de tan extenso y di verso panorama late una cierta continuidad espiritual. Muchos siglos separan los poemas arcaicos griegos de los que hoy se escriben. Los moldes formales de los antiguos eran distintos y distantes, pero algo pervive, incluso en una antología de traducciones, de su vigor poético, más allá de las traiciones a la forma original. ¡Qué modernos son los Uricos arcaicos en muchos sentidos! Es verdad que, al observar esa tradición cultural con una amplia perspectiva, no podemos olvidar que hemos heredado de los griegos nuestra estética y muchas de nuestras convencio nes. Fueron ellos los que inventaron todos o casi todos los gé neros literarios practicados en nuestra tradición literaria, des de la épica a la novela. Y, por encima de esos moldes o cánones literarios, también inventaron y practicaron una manera de sentir, de investigar, de expresar el mundo que sigue parecién- donos actual.
Ya en clave patética, cómica o lírica, ya en las pro sas de los científicos, los filósofos o los historiadores, nuestra li teratura continúa modos griegos de ver el mundo y expresarlo. Nuestro imaginario cultural está lleno de fantasmas helénicos. No sólo porque los griegos están al comienzo de esa tradición cultural, sino porque fueron tremendamente imaginativos y audaces en su pensamiento y su poesía. Nuestro humanismo está enraizado en la antigua Grecia, sin remedio. Me gustaría expresar esto con unas palabras de A. Malraux -sacadas de su libro Le musée imaginaire- que traduzco: «Para nosotros, el descubrimiento fundamental de Grecia es la constante puesta en cuestión del universo. Esos filósofos que enseñaban a vivir, esos dioses que cambiaban con sus es tatuas -sometidos a los artistas como unos sueños- habían modificado el sentido mismo del arte. A pesar de la evolución de las formas en que, de siglo en siglo, se había afirmado en Egipto el orden irreductible de los astros y de lo eterno, INTRODUCCIÓN 11 en Asiría el de la sangre, el arte no había sido más que la ilustra ción de una respuesta, hecha de una vez para todas al destino por cada civilización; la tenaz cuestión que fue la voz misma de Grecia destruyó, en cincuenta años, esa letanía tibetana». En efecto, el arte griego como la literatura cambia incesante mente en su búsqueda de sentido a las formas y retos del exis tir. Esa versatilidad, ese latido del tiempo fugaz, ese constante inquirir y ese tratar de expresar su visión del mundo de modo nuevo, crítico, vivaz, diferencia a los griegos de otros pueblos de cultura estática, y los aproxima en su inquietud a nosotros. «Fin de lo único en beneficio de la multiplicidad del mundo, fin del valor supremo de la contemplación y de los estados psí quicos en los que el hombre cree alcanzar lo absoluto en los ritmos cósmicos de una unidad absorbente, el arte griego es el primero que nos parece profano. Las pasiones fundamentales tomaron en él su sabor humano, la exaltación comenzó a lla marse alegría. La danza sagrada en la que aparece la figura he lénica es la del hombre liberado al fin de su destino. »La tragedia aquí nos engaña. La fatalidad de los Atridas es, en principio, el final de las grandes fatalidades orientales. Los dioses se ocupan de los hombres tanto como los hombres de los dioses. Sus figuras subterráneas no vienen de la eterni dad de las arenas babilonias, sino que se liberan de ellas al mismo tiempo que los hombres, como los hombres; en el des tino del hombre, el hombre empieza y el destino acaba.·»
Has ta aquí Malraux, que en su brillante prosa glosa ese mismo humanismo que hemos apuntado. Cierto es que, en comparación con los artistas orientales, los griegos destacan por su movilidad, por su inquietud que les lleva a variar sus modelos, a dudar y criticar. Frente a los imponentes dioses egipcios y mesopotámicos los griegos pa recen terriblemente humanos, espléndidamente frívolos, como apuntó Nietzsche. Esa «constante pregunta por el universo» -que incita a la in vención de la filosofía y de la ciencia-, esa humanidad de sus 72 C. GARCÍA GUAL-A. GUZMÁN GUERRA dioses y sus héroes está muy en consonancia con la movilidad de los estilos y las formas, y con el rechazo de un Destino que ne gara la libertad del hombre. Justamente la tragedia griega supo ne esa libertad del héroe para el error, y de ahí la culpa trágica. Los griegos inventaron también y ensayaron las formas políticas que culminan en la democracia, justamente porque afirmaron esa libertad del hombre. Entre esos rasgos de la concepción grie ga del mundo está también la idea de que la verdad no es algo li gado a la tradición inmutable, sino, por el contrario, algo que se descubre, «descubrimiento», alétheia. Con dioses «demasiado humanos», los héroes del mito son algo superiores a los huma nos, en coraje y en gloria, pero como los humanos están sujetos al error y al sufrimiento, como ellos luchan por descubrir el sen tido de la existencia terrena y sus bellezas, denodadamente. Por todo eso nos parecen cercanos los antiguos griegos. Por su inquietud espiritual, por su incesante búsqueda del sentido de la vida. En efecto, éste es un mundo de cambios rápidos. En cincuenta años han cambiado los estilos, tanto en la escultura como en la literatura. Incluso en un género tan formaliza do como la tragedia, que recuenta los mitos tradicionales, el cambio es impresionante. Entre Esquilo y Eurípides median sólo algunos lustros, pero el segundo muestra un talante crítico muy lejano a su gran maestro.
Sus dioses y sus héroes han avanzado tremendamente hacia una crisis espectacular del mito como for ma del saber sobre el mundo, que lleva pronto al final del teatro trágico. Entre los Persas y la Ifigenia en Aulide, la más antigua y la última de las tragedias de los dos autores citados, median me nos de setenta años, pero la distancia espiritual es enorme. La invención y sucesión de los géneros literarios Los griegos han inventado todos -o casi todos- los géneros li terarios de nuestra tradición. Una antología de textos, como ésta o cualquier otra de cierta extensión, avala enseguida este INTRODUCCIÓN 23 hecho. Pero, al mismo tiempo, deja constancia de otro fenó meno. Puesto que los géneros literarios corresponden a una cierta disposición cultural, y están relacionados con un cierto modo de difusión y recepción de la literatura, no coexisten todos desde un comienzo, sino que han ido apareciendo a lo largo de la historia cultural griega. Y ese sucesivo imponerse de un determinado género tiene una clara significación cul tural y social.
Desde los tiempos de la épica a los de la novela cambia no sólo la concepción de lo literario, sino también la sociedad y la función que la literatura asume en su contexto histórico. Pero vuelvo a lo que pretendo subrayar: mientras que no sotros hemos heredado todos los géneros literarios de un se cular acervo cultural -lo que no quiere decir que se cultiven ahora todos, porque ¿cómo es posible escribir ya una epope ya de tipo clásico en estos tiempos prosaicos y descreídos?-, los griegos los fueron inventando, practicando y dejándolos decaer de un modo muy distinto. Como señalaba G. Lukács, con su hermosa prosa hegeliana, en su Teoría de la novela: «La coincidencia entre los griegos de la historia y la filosofía de la historia ha tenido como consecuencia que surgiera cada forma de arte en el instante mismo en que, en el cuadrante del espíritu, se podía leer que su hora había llegado y obligaría a ceder su lugar tan pronto como sus arquetipos desaparecían del horizonte. Las edades posteriores no han conocido esa periodicidad filosófica». Dicho de modo más llano: los géneros literarios han ido surgiendo en el mundo griego conforme la cultura lo fue re quiriendo. Mientras que nosotros vemos como algo natural la coexistencia de los géneros, debemos recordar que su apari ción fue un proceso histórico. Tuvieron en Grecia un mo mento auroral, y luego un momento de apogeo, y, en algunos casos, una vigencia temporal muy limitada. Pensemos, por ejemplo, en las formas dramáticas de la tragedia y la comedia, surgidas y mantenidas en el marco de la Atenas democrática 14 C GARCÍA GUAL-A, GUZMÁN GUERRA del siglo v a.C., en unas condiciones sociopolíticas irrepeti bles. La tragedia no era ya más que un fósil cuando Aristóte les la estudió y analizó magistralmente en su Poética a media dos del siglo iv a.C. El período creador de la tragedia griega es de algo más de un siglo. Y, aunque se trata de un género modélico, jamás ha vuelto a producirse un tipo teatral seme jante. Como decíamos, la sucesión misma de los géneros está li gada a un cierto desarrollo intelectual y social. La épica es el género más antiguo, y está ligado a una larga tradición de poesía oral, que pervive latente en la composición formular que está en la base de la epopeya homérica. Homero es para nosotros el comienzo, el gran comienzo, de la literatura, pero es, en cierto modo, un virtuoso compositor, epígono del final de la épica oral, que, al componer su gran poema, da un salto cualitativo en la tradición épica de la que depende. Homero surge y compone a partir de una tradición poética anterior que no llegó a ponerse por escrito, puesto que era oral y de unos tiempos sin escritura.
Pero de la que podemos hacernos una idea gracias a nuestros conocimientos sobre la poesía he roica de tradición oral en varias culturas. Más tarde aparece, ya en el siglo vil con Arquüoco y con Estesícoro, la lírica personal, en sus dos formas de lírica mo nódica y coral. La lírica supone un modo distinto de concebir el mundo y la expresión poética. Ahora se quiere reflejar la propia personalidad, un sentir el presente tratando de salvar en la poesía el instante fugitivo, el yo individual, el mundo subjetivo del poeta. Frente al aedo, el poietés, el «creador», no es sólo un profesional del canto, sino un maestro del saber y del sentir, alguien que expresa su personalidad. Y alguien tan audaz en su expresión como Arquüoco o Safo nos habla en un lenguaje tan original como íntimo, abriendo un nuevo ho rizonte para la poesía. Los siglos vi y v son una gran época para la lírica. Y, aunque la tradición textual nos haya legado tan sólo una pequeña parte, unos fragmentos mínimos de la INTRODUCCIÓN 25 gran lírica arcaica, breves pavesas de una gran hoguera, a tra vés de esos maltratados y preciosos textos podemos recono cer la impresionante calidad de esas creaciones poéticas. Tras la lírica viene la dramaturgia, en su doble vertiente de la tragedia y la comedia. Eso fue en la Atenas clásica, en la de mocracia del siglo v. La tragedia y también la comedia son creaciones complejas, que recogen la herencia de la lírica, y realmente los cantos del coro continúan la tradición de la líri ca coral, que se ofrece en otros tonos y en otros festivales en las odas de Píndaro y de Baquüides. También la tragedia, como la épica, hunde sus raíces en el relato de los mitos. Pero con un sesgo importante. Ya no toma como tema central las hazañas de los héroes, sino sus padecimientos. La tragedia es deudora tanto de la épica como de la lírica, pero supone un enorme avance sobre ambas en su saber trágico, que ;nvita a una reflexión constante sobre la condición humana y la divi na, al hilo de la escenificación en el teatro de Dioniso de los episodios más inquietantes de las antiguas sagas. Pero frente a los grandes géneros poéticos -y el verso en sus distintos ti pos es una marca formal muy indicativa, aunque no suficien te-, surgen otros géneros y otras formas literarias.
Como la fi losofía y la historia y los primeros tratados científicos, formas de saber que rompen con la tradición mítica. Todavía algunos presocráticos usan el verso como forma literaria -así Parmé- nides y Empédocles, por ejemplo-, pero no están vinculados a la lírica excepto de modo muy marginal; van a la búsqueda de un nuevo saber sobre la realidad a través de la inquisición personal. Como los primeros historiadores, Hecateo y Hero doto. El uso de la prosa frente al verso es indicativo, decía mos, de una nueva disposición personal frente al texto, que ahora deviene documento de una investigación personal. El historiador griego pone su nombre al frente de su «historia» como garantía de su veracidad. Ya no pide auxilio a las Musas para que le suministren los datos de la memoria mítica. Y en estos tratados en prosa comienza la crítica al mito como for 16 C GARCIA GUAL-A GUZMAN' GUERRA ma de saber, aquí se prescinde del mythos y se recurre sólo al lógos, discutible y empírico. Pero hay también una evolución importante de los géne ros, o de algunos. Mientras que la tragedia queda sin nuevas fuerzas creadoras tras la crisis del sentido heroico bien visible en algunas piezas del último Eurípides, la comedia cambia desde la farsa fantasiosa y atrevida de Aristófanes a la come dia de costumbres, la Comedia Nueva, de Menandro. La fas cinante fuerza cómica de la Comedia Antigua queda difumi- nada en un tipo de teatro cómico más burgués, más moder no. Curiosamente, pero muy bien explicable por el contexto social, será ese teatro cómico de enredos cotidianos y de figu ras estereotipadas el que influirá en la comedia latina.
Pasa rán muchos siglos hasta que las piezas chispeantes, políticas, lúbricas, disparatadas, del gran Aristófanes se repongan en teatros europeos. Sólo en estos últimos lustros el teatro aris- tofánico ha vuelto a ponerse en escena en muchos países con notable éxito. Toda esta evolución y desarrollo de los géneros literarios tiene poco que ver con las preceptivas poéticas, que vienen siempre después a estudiar lo sucedido y a montar sobre los hechos sus tinglados preceptivos y sus dictámenes poéticos. El último género literario de la larga tradición griega será la novela, la novela de amor y aventuras, tan tardía que no la es tudiará ninguna Poética ni siquiera tendrá nombre propio helénico. «Forma decadente de la épica», según la define He gel, la novela es la última forma literaria de esa tradición, apa reciendo a los comienzos de una nueva era. Pero también la novela es una creación griega, al menos en su prototipo de ese relato de amor y aventuras que anuncia ya el folletín. Y que recoge muchos ecos de géneros anteriores, como quien toma para adornarse distintos elementos de un rico y ajeno guar darropa. Junto a ese aparecer de nuevos géneros, no deja de ser muy interesante la per vivencia de los más antiguos o su reapari INTRODUCCIÓN 17 ción a lo largo de los siglos. Por ejemplo, en la épica no deja de ser sorprendente que la narración épica del viaje de los Argo nautas, un relato famoso ya en tiempos del autor de la Odisea, lo conservemos en la obra pulida del alejandrino Apolonio de Rodas, de mediados del siglo m a.C., y que la Continuación de Homero, donde se cuentan los episodios de la conquista de Troya que dejó sin relatar el viejo aedo, esté compuesto por Quinto de Esmirna, según los mismos patrones formales de la épica tradicional. Con los mismos hexámetros, los mismos héroes, los mismos símiles, los mismos epítetos, en. ese dia lecto épico tradicional y artificial, escribe Quinto de Esmirna su continuación del primer poema griego ¡a más de mil años de distancia! Ya los dioses de Homero se habían jubilado y el cristianismo se extendía inconteniblemente mientras Quinto, y más tarde, ya en pleno siglo y de nuestra era, Nonno de Pa- nópolis cantaban las glorias de los héroes y de los dioses ho méricos, en los mismos cauces formales utilizados por el fun dador de la épica.
Claro está que lo que comenzó por ser un género popular ya se había transformado hacía muchos si glos en un arte erudito, un fantasma polvoriento de bibliote cas y museos. Pero aun así, he ahí una memorable perviven- cía de una tradición formal por encima de las condiciones so ciales, un curioso indicador de la fascinación de la epopeya. Otro caso curioso de pervivencia es el de algunas formas de la lírica. Por ejemplo, la del epigrama, compuesto a base de dísticos elegiacos. Desde el siglo v a.C. hasta el siglo v d.C., y aún más allá, en época bizantina, ese tipo de poemas lapida rios perdura con una notable perennidad de sus tópicos, sus convenciones formales, y sus ecos nostálgicos. Desde Simoni des a Paladas van muchos siglos. La llamada Antología Palati na ofrece centenares de epigramas de muchos siglos y de for mato muy homogéneo, en un espléndido ejemplo de la vigen cia secular de una tradición poética. En esta antología hemos seguido una ordenación por gé neros literarios, que en buena medida se solapa con la orde 18 C GARCÍA GUAL-A. GUZMÁN GUERRA nación cronológica de autores. Nos ha parecido un criterio discutible, pero bastante claro y habitual. Hemos pasado por alto algunos criterios formales menores, como los diversos ti pos de poemas líricos, que se basan en motivos formales, más claros en el texto original griego que en las traducciones. Es peramos que quede claro que no es sólo la forma lo que defi ne a un género, sino que la forma va unida a un contenido, como en la concepción aristotélica el cuerpo al alma, para darle vida propia estéticamente. Esa división por géneros se combina luego con el orden cronológico, con lo que la selección de textos puede dar una idea de la evolución de una forma literaria. Evolución no sólo formal, sino a la vez de contenido y de perspectiva. Ponga mos, como ejemplo, la ordenación de los autores historiográ- ficos aquí presentados. La nómina va de Heródoto a Apiano, pasando por Tucídides, Jenofonte, Polibio, Estrabón, Josefo, Plutarco y Arriano. Son sólo unos pocos textos los aquí pre sentados.
Pero incluso en su brevedad ya sugieren los diver sos enfoques y perspectivas diversas que la historiografía griega ha seguido durante el trayecto de los siglos que sepa ran al «Padre de la Historia», el viajero jonio del siglo vi a.C., de los historiadores griegos que redactan sus tratados en tiempos del Imperio Romano. Hay una notable continuidad en el género, marcado por la impronta del austero y canónico Tucídides, que llega hasta los últimos epígonos, pero hay siempre la huella de un talento individual, un estilo personal ligado a una circunstancia histórica y a una determinada po sición en esa tradición historiográfica. Época arcaica, clásica y helenística Hay una distinción que no hemos utilizado en esta antología. Es habitual considerar que en la historia de la cultura griega se pueden distinguir tres períodos: el arcaico (de los orígenes INTRODUCCIÓN 19 a fines del siglo vi a.C.), el clásico (siglos v y iv), y el período helenístico, que va desde el siglo m a.C. hasta la época del Im perio Romano o bien hasta los comienzos del mundo bizan tino. Esa distinción es útil a ciertos respectos, pero no resulta muy interesante aquí. Si la épica, la lírica y la filosofía preso- crática pertenecen a la primera época, y la tragedia, la histo ria, la oratoria, a la plena madurez clásica, por ejemplo, eso no nos dice aquí gran cosa. Cada género, con su complejidad formal y su hondura espiritual propia ha surgido cuando po día surgir, a la altura de un tiempo y de una madurez formal e intelectual adecuada. En todo caso, la característica del pe ríodo clásico es que el centro de la cultura y la literatura es Atenas, la ciudad ilustrada y democrática, mientras que en los otros dos períodos son varios los centros intelectuales y artís ticos del mundo griego. En el helenismo la cultura griega se ha expandido por todo el Mediterráneo y el dialecto ático ha sido sustituido por el griego cosmopolita de la llamada koiné. El horizonte se ha ampliado enormemente, la lengua se ha he cho más internacional, la sociedad se ha vuelto consecuente mente más abierta y menos homogénea políticamente, y la li teratura refleja todo eso, así como la larga herencia cultural que en época helenística se ha difundido por todo el oriente helenizado y todo el Mediterráneo civilizado.
A cada período le corresponde un contexto cultural e his tórico distinto, pero la distinción de tres épocas (o de cuatro, si preferimos dividir el último trecho en dos etapas, una hele nística y otra helenísticorromana) no corresponde a un pro greso cualitativo, en el sentido de que el momento clásico re presente la perfección después de una etapa inmadura y antes de una decadencia. La valoración clasicista ha sido usada en algunos momentos, pero no es, pensamos, justa. Cada época tiene su propia norma y su centro. No hay un autor más per fecto y más sabio que Homero, y los filósofos postaristotéli- cos no son la muestra de una decadencia del pensamiento, in capaz de mantener la hondura del período anterior. Cada 20 C GARCÍA. GUAL-A GUZMÁN GUERRA época tiene su propio valor y alcanza en sí misma su ma durez. Pero hay otro rasgo notable en la literatura griega. Los gé neros literarios se inauguran ya con creaciones magistrales. La épica comienza con la Ilíada, su obra cumbre. El primer autor trágico es Esquilo, el maestro insuperado. El primer gran prosista filósofo es Platón, el más sutil y más flexible escritor griego en prosa. Y la lírica comienza con poetas inigualables, como Arqufloco o Safo, por ejemplo. Se ha dicho alguna vez que la literatura griega está compuesta por genios y es excep cional en ese aspecto. Cabe dar alguna explicación: lo que conservamos es el producto de una larga selección secular. Se han copiado los textos de mayor prestigio y se han dejado perder otros de menor relieve. Ciertamente, así fue, y es ya tarde para quejarnos, aunque no compartamos en muchos aspectos los criterios selectivos y pedagógicos de esos copis tas esforzados que nos han conservado largos discursos de oradores y han dejado perderse casi toda la maravillosa pro ducción lírica arcaica y tantas tragedias y textos filosóficos de gran interés. Pero, volviendo al punto que queremos destacar, es cierto que no hay un desarrollo lineal en la literatura grie ga, en que se vaya de lo más juvenil y en agraz a los productos más acabados del espíritu, como según un esquema ingenuo se podría sospechar.
No deja por ello de ser verdad que la lite ratura griega conservada es el producto de una selección en la que han intervenido los criterios valorativos de varias épocas, y también el azar y el olvido. También en los estudiosos modernos hay modas respecto a privilegiar unos momentos sobre otros. Y a un tiempo en que la predilección por la época clásica era la pauta de la va loración más académica, ha sucedido una atención muy clara a los restos conservados de la época arcaica, tan sugerentes y espléndidos, minuciosamente estudiados. Y hemos vuelto, con renovado interés, a admirar a Homero, a medida que los estudios sobre la oralidad y sus procedimientos nos eran me INTRODUCCIÓN 21 jor conocidos. Y, en gran medida, ahora estamos mucho más abiertos a la comprensión de la época helenística, tan moder na muchas veces. Somos menos estrictos en la consideración de lo clásico como un período cerrado, normativo, paradig mático. Hemos aprendido del historicismo a ver la cultura como el resultado de varios factores históricos y a apreciar cada época en sí misma, cada producción cultural en su pro pio contexto. Los clásicos y nosotros Los grandes autores griegos son los clásicos por excelencia, porque lo han sido desde antes que los otros y porque esa pro pia antigüedad -los autores clásicos griegos lo fueron ya para los latinos, que a su vez serían clásicos para los escritores eu ropeos de la Edad Media y el Renacimiento- les ha conferido una cierta universalidad, por encima de los clásicos «nacio nales». Pero el concepto de «clásico» está hoy un tanto deva luado, y tampoco pretendemos usarlo aquí en todo su rigor, como «modelo que suscita por su valor perenne la imita ción», o algo parecido. No está de más recordar unas frases de J. L. Borges en un bien conocido ensayo sobre los clásicos. Son textos muy cita dos, pero que conviene meditar a este propósito, para indicar que en la consideración de un texto como clásico interviene no sólo la tradición, sino el reconocimiento presente de su va lor y su interés actual. Y que, junto al texto clásico, está la tra dición de comentarios y lecturas que lo enriquecen, y que es tán posibilitadas por su propia hondura.
Cito los conocidos párrafos borgianos. «Clásico es aquel libro que una nación o un grupo de na ciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus pá ginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de reinterpretaciones sin término.» 22 C CARCÍA GUAL-.A GUZMAN GUERRA «Clásico no es un libro... que necesariamente posee tales o cuales méritos: es un libro que las generaciones de los hom bres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad.» La tradición es muy importante para el prestigio de un tex to clásico, pero no es una garantía para siempre. Cada época privilegia y prefiere unos autores y unos textos a otros, entre los clásicos, y un autor puede dejar de ser un clásico en cuan to no sea leído con ese misterioso fervor y esa larga lealtad. El mismo Borges lo explica: «Las emociones que la literatura suscita son quizás eternas, pero los medios deben constante mente variar, siquiera de modo levísimo, para no perder su virtud. Se gastan a medida que las reconoce el lector. De ahí el peligro de afirmar que existen obras clásicas y que lo serán para siempre». Los clásicos griegos tienen a su favor el haberse mantenido en ese fervor durante muchas generaciones. Han sido leídos y comentados durante siglos. Pero nuestras impresiones de lec tura son distintas de las de nuestros precursores, y deben confirmar su valor. Ahí está el reto que esos textos nos propo nen. Incluso cuando no seamos capaces de leerlos en su len gua original, sino en esos espejos algo apagados de las tra ducciones a nuestra lengua. Citaremos otro texto importante de una reflexión sobre los clásicos. De Schopenhauer -en un ensayo de sus Paralipome na, de 1851-, que dice así: «No hay ningún deleite mayor para el espíritu que la lectu ra de los clásicos antiguos, tan pronto como uno toma en la mano a cualquiera de ellos, se siente al pronto refrescado, ali gerado, purificado, elevado y fortalecido; no de modo distin to a como uno se habría refrescado en una fresca fuente al pie de unas rocas. ¿Fúndase eso en las antiguas lenguas y en su perfección o en la grandeza de los espíritus antiguos cuyas obras permanecen sin ser melladas y deslucidas por los mile nios? Quizás en ambas cosas a la vez. Sólo sé esto: que si, INTRODUCCIÓN 23 como ahora amenazan (los bárbaros ya están ahí, los vánda los no se acaban nunca), cesara alguna vez la enseñanza de las lenguas antiguas, vendría entonces una nueva literatura, for mada de una escritura tan bárbara, roma e indigna como no se ha presentado nunca hasta ahora».
Tremendo era el fervor del filósofo alemán hacia los clási cos griegos y latinos, y está bien atestiguado en sus obras, tan pertrechadas de citas de singular oportunidad. Para Scho penhauer la clásica es «la literatura que permanece», die blei- bende Literatur, frente a la más actual y efímera, la de consu mo, la de leer y tirar. Quizás no podamos compartir el riguro so fervor de A. Schopenhauer, pero la distinción en sí resulta aceptable. La permanencia define a lo clásico, aunque no para siempre, pues debe ser revalidada por cada generación. Los clásicos antiguos, en todo caso, han pasado durante siglos esos exámenes. Los griegos forman el estrato más antiguo de esa «literatura permanente», son los que más tenazmente han persistido en la admiración de los lectores, durante muchos siglos. Han permanecido como «clásicos» más allá de los veintitantos siglos que van desde el esplendor de Atenas has ta nuestros días. A pesar de que, al menos desde una perspec tiva clasicista o neoclásica, los autores griegos parecen menos imitables que los latinos: Homero es menos modélico que Virgilio, Sófocles menos que Séneca, Píndaro menos que Ho racio, Tucídides menos que Tácito, por sugerir unos cuantos gloriosos ejemplos. Y, sin embargo, basta pensar en estos mismos nombres para advertir que nos parecen mucho más grandes los autores griegos, y mucho más originales que sus admiradores latinos. Como decíamos, hay otro aspecto que merece subrayarse: los textos son los mismos, inmutables, pero las interpretacio nes son diversas. Ahí está la riqueza de esos textos y de ahí su valor canónico. Ofrecen una irisada profundidad a inconta bles reinterpretaciones, dicen algo a lectores distintos y dis tantes, permiten perspectivas varias. No entendemos a los lí 24 C GARCÍA GUAL-A. GUZMÁN GUERRA ricos griegos como los entendían los románticos alemanes, ni vemos la tragedia con los mismos ojos que los lectores o es pectadores de siglos atrás, ni tampoco la comedia. (Por ejem plo, en nuestra admiración por la fantasía y el lúbrico lengua je de Aristófanes.)
Por otro lado, no todos los textos aquí seleccionados pro ceden de grandes textos clásicos. No es un clásico Quinto de Esmirna, a no ser por contagio y benevolencia crítica, ni tam poco Artemidoro, a pesar del enorme interés de su curioso li bro Sobre la interpretación de los sueños, un manual para oni- romantes profesionales. Hemos sido generosos, como lo ha sido la misma transmisión textual y la tradición, recogiendo, junto a fragmentos de los indiscutibles clásicos, textos de au tores menores. Pero que creemos de gran interés, y que dan una idea de la riqueza de la literatura (en un sentido amplio del término) antigua. Debemos excusarnos, los antólogos, de un grave delito. Hemos troceado y sacado de contexto los textos aquí presen tados en traducciones varias. Si los traductores ya no han res petado las formas originarias, por motivos muy comprensi bles, los antólogos, que extraen un texto fragmentario de una obra, como quien saca una muestra de una tela, alejan aún más al lector de los grandes textos. Verdadero es el delito, pero alegamos en nuestra defensa sólo esto: estamos tan con vencidos de la fuerza literaria de esos textos que pensamos que incluso en los fragmentos se refleja mucho de su valor clá sico. Y pensamos que leer unos cuantos fragmentos da una idea inicial de los atractivos de una obra, y puede ayudar a una primera aproximación y estimular una segunda, más cabal. En estos tiempos de apresuramiento, pensamos, una anto logía de urgencia, como ésta, puede ser un atajo para una pri mera vista panorámica a la literatura griega. A través de unas cuantas muestras, si están bien elegidas, puede un lector avis pado darse una idea y sacar una primera impresión del mun do poético y filosófico, a sabiendas de que el horizonte es mu INTRODUCCIÓN 25 cho más extenso y sus contenidos mucho más sustanciales en una aproximación más amplia. Al menos, eso hemos pensa do.
Ojalá que esta breve selección invite a proseguir y comple tar las lecturas. Que sirva de estímulo, a la vez que de motivo de reflexiones y de meditación y conocimiento. Una antología no puede reflejar la armonía y elegancia de ¡as obras enteras. ¿Cómo unos cuantos fragmentos van a dar idea de la magnífica arquitectura de la Ilíada o de la comple jidad narrativa de la Odisea, de la graduada expectación de Edipo rey o de la fina argumentación y estructura de un diá logo platónico? Sí puede, en cambio, sugerir la riqueza de motivos y la variedad de tonos y voces de una época o de un género. En tal sentido, hemos buscado dar unas muestras que sean representativas del panorama literario helénico, aun a sabiendas de que es mucho lo que queda fuera del breve muestrario. Hemos procurado seleccionar algunos textos significati vos, sugerentes, muy conocidos algunos y menos otros, de los grandes autores y unos cuantos de otros menos famosos y algo más tardíos. Comenzamos por los textos épicos y con cluimos por algunos novelescos. Era imprescindible comen zar por Homero, y resulta muy justificado concluir con Helio doro, el más barroco de los novelistas griegos, aquel con el que quería competir nuestro Cervantes, y con esa fabulosa as censión de Alejandro a los cielos en el misterioso relato del Pseudo Calístenes de tantos ecos en el mundo medieval. La antología da una idea de la riqueza temática de la literatura griega, avanzando desde la épica, la lírica y la dramaturgia clásica, a los géneros en prosa (la filosofía, la historia, la ora toria, los tratados científicos) y la ficción romántica ya tardía de los novelistas griegos y del satírico y fantasioso Luciano (siglo II d.C.). Un panorama de más de diez siglos, como ya dijimos. Del mito al logos y vuelta al mito. Tal vez vale la pena que comentemos, aunque sea muy bre vemente, el hecho de que hayamos recogido, junto a textos li 26 C GARCÍA GUAL-A. GUZMÁN GUERRA terarios y filosóficos, unos cuantos que nos recuerdan que en el legado griego figuran también algunos escritos pioneros en la historia de algunas ciencias, como la medicina, la geo metría, la física, la botánica, la mecánica, etc.
Aquí hemos querido dejar constancia de que los antiguos griegos funda ron también la tradición científica en muchos ámbitos del sa ber especializado y empírico, así como en las matemáticas y la astronomía. Así que hemos querido que, aunque fuera de modo muy sucinto y testimonial, figuraran unos cuantos pá rrafos -significativos o programáticos- de los tratados atri buidos a Hipócrates y su escuela, a los escritos de «ciencias na turales» de Aristóteles, y a los de Teofrasto, a los escritos mate máticos representados por las extensas obras de Arquímedes y Euclides, a los textos botánicos de Dioscórides, e incluso al tratado sobre la interpretación de los sueños de Artemidoro. Los párrafos seleccionados son sólo unas citas mínimas y de valor un tanto simbólico, si pensamos en la extensión y el inte rés histórico de los textos a los que aludimos. Por poner un ejemplo, recordemos que el Corpus hippocra- ticum, que ahora podemos leer traducido casi por completo en castellano, fue la primera biblioteca científica especializa da del mundo antiguo. Esos textos médicos, atribuidos al gran Hipócrates -aunque sea muy discutible cuántos y cuáles de esos cincuenta y pico tratados hayan salido realmente de su mano- constituyen una aportación inolvidable a la medi cina y al pensamiento acerca del hombre y su entorno. En esos textos, de plena época clásica -es decir de los decenios fi nales del siglo v y los primeros del iv a.C. en su gran mayo ría- tenemos una magnífica muestra de la actitud humanista de los médicos griegos, de su racionalismo y de su capacidad crítica y empírica en el tratamiento y la teorización de un sa ber metódico y práctico como requiere la téchne médica. La escuela hipocrática es una manifestación del mismo espíritu ilustrado y humanista que está presente en los autores de las tragedias y en los historiadores de la misma época. Y en un INTRODUCCIÓN 27 breve texto como es el famoso Juramento hipocrático (uno de los textos que sabemos de cierto que no perteneció al gran maestro y tampoco al núcleo original de su círculo), tenemos una clara muestra de la ética profesional de ese gremio de mé dicos antiguos que supo guiar su profesión con un impulso programático y un claro ideal que combinaba el amor a la ciencia y el amor al hombre, la philotechnía y la philanthropia, con ejemplar dedicación profesional. Podríamos resaltar tam bién cómo estos primeros escritos científicos, con su estilo es cueto y su prosa clara, han influido en la configuración de un estilo y la formación de un léxico especializado de muy larga influencia. Del mismo modo podemos subrayar algo muy se mejante en el terreno de las matemáticas donde Euclides ha sido el clásico indiscutible durante dos milenios. En fin, no es éste el momento de alargarnos sobre estos temas, muy sabi dos.
Quizás las páginas que dedicamos a recordar esos textos sean excesivamente pocas en relación a la importancia de los mismos. Van sólo como un mínimo homenaje a su significa ción cultural, puesto que nuestra selección antológica es fun damentalmente literaria. Una antología -como ésta, e incluso mejor una más exten sa- pone de manifiesto la enorme riqueza imaginativa y la ex traordinaria capacidad crítica y el empeñado esfuerzo racio nal de los antiguos griegos. Ya no está de moda hablar del «milagro griego» para referirse a los comienzos del pensa miento filosófico e histórico en la Jonia del siglo vi a.C. o en el Ática del siglo v. Sabemos bien cuánto debe el arte y la poe sía griega a los influjos del Oriente y de Egipto, sabemos cuán receptivos fueron siempre los griegos. Es justamente sobre ese trasfondo de influencias como se percibe bien lo que ellos inventaron y reformularon. Detrás de la literatura escrita, que es la que hemos conser vado y de la que recortamos nuestros textos antologizados, está la tradición oral que ha nutrido sus raíces. Tanto en mi tología como en otros aspectos. La literatura surge gracias a la 28 C GARCÍA GUAL-A. GUZMÁN GUERRA escritura y no es obra colectiva, sino de unos determinados creadores y escritores. Pero tiene una deuda con el marco so cial y político que la hace posible y la impulsa. En tal sentido la sociedad griega antigua, con sus ciudades, su apertura al mar, su inquietud histórica, está condicionando esa literatu ra. Y ésta se entiende cabalmente referida a ese contexto his tórico. Pero que, a su vez, lo rebasa por su fuerza plástica y su imaginación, por su humanismo y su búsqueda de 1o univer sal. Y eso es lo que hizo tan espléndida a la cultura griega, como ha subrayado J. de Romilly en su admirable libro Pour quoi la Gréce? (¿Por qué Grecia?). La cuestión de por qué to davía los griegos nos siguen interesando, siendo quizás todavía modelos, emocionándonos, queda en el aire. Tal vez el lector de esta antología encuentre algunas pistas para la respuesta. Sobre las traducciones utilizadas No vamos a gastar tiempo y papel en justificar la traducción como instrumento de comunicación. Remitimos al lector in teresado al espléndido libro de G. Steiner, Después de Babel, donde se tratan los aspectos fundamentales y más generales de la cuestión. Diremos tan sólo que aquí hemos procurado servirnos de las traducciones castellanas que nos han pareci do más claras y correctas.
No pretendemos, sin embargo, ha ber acertado en todos y cada uno de los casos con la versión más exacta o más elegante. Lo hemos intentado, compulsan do varias cuando era posible. Alguna vez nos hemos dejado llevar por la comodidad y hemos tomado la más asequible y a nuestro alcance. Las versiones de los clásicos griegos, y de los latinos, han aumentado mucho en estos últimos años. Es éste un fenómeno editorial curioso, el de la multiplicación de las traducciones, de modo que hemos visto aparecer en pocos años cinco traducciones de Píndaro, cuatro de Tucídides, tres completas de la Ilíada y dos más en curso, etc. Se trata de un INTRODUCCIÓN 29 hecho alentador, sin duda, para quienes creemos en la impor tancia cultural de la difusión de la lectura de los autores anti guos, pero también de un dato que dificulta la selección de una determinada traducción, ya que la gran mayoría de esas versiones son de una calidad muy alta, sobre todo por lo que toca a su fidelidad a la letra del original. De modo que no estamos seguros de que las elegidas sean siempre las mejores de un modo objetivo, ni que eso pueda decirse sin cierta subjetiva preferencia, pero sí de que hemos elegido traducciones correctas y actuales, que merecen citar se y usarse. Sólo en algún caso hemos utilizado traducciones diversas para dar una idea de que existen varias posibilidades de romancear a un autor, con distintos formatos y estilos. Es el caso de los poemas homéricos. Así, por ejemplo, en los tex tos que hemos seleccionado de la Ilíada encontrará el lector versiones en forma métrica y en prosa, desde la versión de Gómez Hermosilla (de 1831), la primera moderna y digna en castellano, a la de L. A. de Cuenca, todavía inconclusa, y la de E. Crespo, de ejemplar fidelidad. Y para la Odisea hemos bus cado también muestras de varias traducciones, como la hexa- métrica de J. M. Pabón, la añeja de F. Baráibar, también en verso, y la más reciente de J. L. Calvo. El procedimiento de presentar varios ejemplos de traducciones de varios estilos no es fácil de aplicar a otros autores aparte de Homero y hemos desistido de ello, en general, aunque en algunos autores pre sentemos versiones de más de un traductor. Como ya hemos dicho, asistimos a una proliferación de traducciones de los clásicos griegos y latinos, tal como nunca antes la había habido en España. Muchas de ellas están apare ciendo en colecciones muy asequibles y de bolsillo, de modo que el lector interesado en cualquier autor de la Antigüedad no encontrará difícil el acceso a sus textos. Muchas de ellas es tán cuidadosamente anotadas y bien prologadas. Aquí, en cambio, hemos decidido prescindir de las notas. Habría sido muy difícil utilizar las de las ediciones de las que 30 C GARCÍA GLKL-A GUZMAN GUERRA sacamos los textos seleccionados y presentarlas de manera homogénea. Por otro lado, no pretendemos en esta rápida panorámica explicar los textos, sino tan sólo ofrecerlos a una lectura primera y directa.
El lector interesado en algunos as pectos sólo aludidos en ellos o desconocedor de alguno de los nombres propios, de personas o de instituciones antiguas, cuando quiera una explicación más detallada puede acudir a las obras de referencia que se mencionan en nuestra breve nota bibliográfica. Finalmente queremos señalar que, en la selección de los varios géneros, Carlos García Gual se ha ocupado de la épica, la lírica, la filosofía y la novela, mientras que Antonio Guz- mán Guerra ha cuidado de la tragedia y la comedia, la histo ria y la oratoria. Pero hemos leído ambos el conjunto y hemos comentado la selección de todos los textos en varias reunio nes. Uno y otro hemos repasado atentamente todos los textos, de modo que ambos nos hacemos responsables del volumen editado. A. Guzmán se ha encargado además de confeccionar los índices y las notas bibliográficas, y C. García Gual ha re dactado esta introducción. C. G. G. y A. G. G Madrid, noviembre 1994



