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sábado, 18 de julio de 2026

ANTOLOGÍA DE LA LITERATURA GRIEGA (ss. vni a.C.-τν d.C.)SELECCIÓN E INTRODUCCIÓN DE CARLOS GARCÍA CUAL Y ANTONIO GUZMÁN GUERRA

 


INTRODUCCIÓN

 Pervivenda de la literatura griega «Una misma ola desde Troya ondula su grupa hasta noso tros» escribió Saint-John Perse Una misma ola, sí, un mismo viento resonante, un antiguo horizonte de figuras míticas nos llega desde los comienzos de la épica en la litada, desde la guerra de Troya narrada por Homero. Es cierto que ya esta mos lejos y no percibimos toda la música de los hexámetros helenos. Pero nos alcanza aún una persistente familiaridad con esos lejanos relatos, con esos héroes, con ese mundo de ruido y furia recordado en los primeros poemas de nuestra tradición literaria occidental. Tal vez no somos ya los griegos, en contra de lo que dijo Shelley, o somos cada día menos grie gos, pero acaso aún recordamos vagamente haberlo sido. Y aún nos reconocemos en esos griegos antiguos, amantes del diálogo, la geometría, las preguntas, el asombro y la libertad. Todavía conservamos muchas palabras griegas, muchos con ceptos griegos, y percibimos en algunas creaciones helénicas la expresión vivaz de nuestros propios sentimientos. La guerra de Troya es una contienda lejana de cierto fondo histórico. Aún podemos visitar las ruinas de las nueve o diez 7 s C GARCÍA GUAL-A. GUZMÁN GUERRA Troyas superpuestas en Hissarlik, excavadas por Schliemann hace siglo y pico. Pero por encima de un sangriento asedio de una pequeña ciudad amurallada sobre una colina junto al Bosforo, la guerra de Troya es para nosotros el símbolo de to das las guerras. Aunque nosotros sabemos de guerras mil ve ces más destructivas en nuestra historia, con muchísimos más muertos, mucho más inhumanas y devastadoras, el fan tasma de Troya se alza en nuestra imaginación como el para digma de la guerra y sus horrores. 

De una guerra que aún te nía, sin embargo, cierta grandeza y una noble ferocidad, sin el aspecto aniquilador y mecánico de la tecnología actual. Y es así porque la Ilíada, el primer gran poema de Occidente, nos cuenta de modo inolvidable la fiera batalla de aqueos y troya- nos con una intensa poesía y una patética grandeza. No sólo en su versión épica, sino también en su versión trá gica, la leyenda o el mito de la ciudad condenada a la destruc ción nos sirve de paradigma. Todavía. Como ha escrito Mar guerite Yourcenar -en uno de los breves ensayos de tema he lénico recogidos en su libro Peregrina y extranjera-, todas las guerras son un eco de Troya: «Una generación asiste al sa queo de Roma, otra al sitio de París o al de Stalingrado, otra al pillaje del Palacio de Verano: la caída de Troya unifica en una sola imagen toda esta serie de instantáneas trágicas, foco central de un incendio que hace estragos en la Historia, y el lamento de todas las viejas madres, cuyos gritos no tuvo tiempo de escuchar la crónica, encuentra una voz en la boca desdentada de Hécuba». La mención de Hécuba, la vieja rei na troyana, alude a la tragedia de Eurípides, a esas Troyanas que ahora acaban de reponerse en un teatro de Madrid, en la versión de J. P. Sartre. Esta vez en homenaje a los muertos y las madres de Sarajevo. Desde Homero, ¡cuántas Troyas con otros nombres! La literatura occidental comienza con una epopeya guerre ra. Una guerra con dioses y héroes, enaltecida por la poesía. Pero la tradición griega se caracteriza por su versatilidad, por INTRODUCCIÓN 9 la rapidez de sus cambios de tema y tono. Y pronto al poema épico bélico le sucede el gran relato de aventuras de horizon tes sorprendentes y personajes de cercana humanidad: la Odisea. Con su protagonista versátil y astuto, un héroe de abolengo mítico, que de vuelta de Troya a su austera isla de ítaca cruza un mar fabuloso de monstruos y maravillas, el relato épico deriva hacia lo novelesco. 

Tal vez lo compuso el mismo Homero que algo antes creó -a partir de una tradi ción poética oral muy antigua- el gran poema sobre Aquiles y Troya. O, si no fue él, fue un discípulo próximo. Ulises nos parece mucho más moderno que los otros héroes combatien tes en Troya. Y bien merece el homenaje de J. Joyce, en su Uli ses, justamente por su humanidad misma. Desde el siglo vm a.C. hasta la novela de nuestro siglo xx este curioso eco nos vuelve a recordar la pervivencia de las figuras míticas. Leo pold Bloom, en el relato de Joyce, parodia el itinerario de Uli ses, lejos del luminoso Mediterráneo, en un Dublin sombrío y prosaico. Este rasgo de la inagotable pervivencia de los mitos, moti vos, y figuras griegas, en una tradición literaria de tantos si glos es lo que queremos destacar en primer lugar. A pesar de la distancia de tantos siglos, más allá de modas y olvidos, ahí están los prototipos, los reflejos, los ecos de la literatura grie ga, que es el comienzo de nuestra literatura. Hay, ciertamen te, otras culturas de tradición literaria más antigua, la meso- potámica y la egipcia, pero es en Grecia donde comienza la nuestra. Al asomarnos a los inicios de esa larga y vivaz literatura -como, de modo muy modesto, pero con intención un tanto panorámica, nos permite una antología como la que ahora emprendemos-, podemos percibir -incluso a través de tra ducciones y no de los textos en su versión original- la impre sionante frescura y agudeza de esta poesía y esta coloreada expresión del mundo, que, como decíamos, nos es todavía fa miliar. La presente antología recoge textos que distan más de 10 C CASCÍ A. GUAL-A. GUZMÁN GUERRA diez siglos entre sí. De Homero, en el siglo vm a.C., hasta Plo- tino y hasta Nonno hay más de mil años. Y, sin embargo, el lector no dejará de sentir cómo a través de tan extenso y di verso panorama late una cierta continuidad espiritual. Muchos siglos separan los poemas arcaicos griegos de los que hoy se escriben. Los moldes formales de los antiguos eran distintos y distantes, pero algo pervive, incluso en una antología de traducciones, de su vigor poético, más allá de las traiciones a la forma original. ¡Qué modernos son los Uricos arcaicos en muchos sentidos! Es verdad que, al observar esa tradición cultural con una amplia perspectiva, no podemos olvidar que hemos heredado de los griegos nuestra estética y muchas de nuestras convencio nes. Fueron ellos los que inventaron todos o casi todos los gé neros literarios practicados en nuestra tradición literaria, des de la épica a la novela. Y, por encima de esos moldes o cánones literarios, también inventaron y practicaron una manera de sentir, de investigar, de expresar el mundo que sigue parecién- donos actual. 

Ya en clave patética, cómica o lírica, ya en las pro sas de los científicos, los filósofos o los historiadores, nuestra li teratura continúa modos griegos de ver el mundo y expresarlo. Nuestro imaginario cultural está lleno de fantasmas helénicos. No sólo porque los griegos están al comienzo de esa tradición cultural, sino porque fueron tremendamente imaginativos y audaces en su pensamiento y su poesía. Nuestro humanismo está enraizado en la antigua Grecia, sin remedio. Me gustaría expresar esto con unas palabras de A. Malraux -sacadas de su libro Le musée imaginaire- que traduzco: «Para nosotros, el descubrimiento fundamental de Grecia es la constante puesta en cuestión del universo. Esos filósofos que enseñaban a vivir, esos dioses que cambiaban con sus es tatuas -sometidos a los artistas como unos sueños- habían modificado el sentido mismo del arte. A pesar de la evolución de las formas en que, de siglo en siglo, se había afirmado en Egipto el orden irreductible de los astros y de lo eterno, INTRODUCCIÓN 11 en Asiría el de la sangre, el arte no había sido más que la ilustra ción de una respuesta, hecha de una vez para todas al destino por cada civilización; la tenaz cuestión que fue la voz misma de Grecia destruyó, en cincuenta años, esa letanía tibetana». En efecto, el arte griego como la literatura cambia incesante mente en su búsqueda de sentido a las formas y retos del exis tir. Esa versatilidad, ese latido del tiempo fugaz, ese constante inquirir y ese tratar de expresar su visión del mundo de modo nuevo, crítico, vivaz, diferencia a los griegos de otros pueblos de cultura estática, y los aproxima en su inquietud a nosotros. «Fin de lo único en beneficio de la multiplicidad del mundo, fin del valor supremo de la contemplación y de los estados psí quicos en los que el hombre cree alcanzar lo absoluto en los ritmos cósmicos de una unidad absorbente, el arte griego es el primero que nos parece profano. Las pasiones fundamentales tomaron en él su sabor humano, la exaltación comenzó a lla marse alegría. La danza sagrada en la que aparece la figura he lénica es la del hombre liberado al fin de su destino. »La tragedia aquí nos engaña. La fatalidad de los Atridas es, en principio, el final de las grandes fatalidades orientales. Los dioses se ocupan de los hombres tanto como los hombres de los dioses. Sus figuras subterráneas no vienen de la eterni dad de las arenas babilonias, sino que se liberan de ellas al mismo tiempo que los hombres, como los hombres; en el des tino del hombre, el hombre empieza y el destino acaba.·» 

Has ta aquí Malraux, que en su brillante prosa glosa ese mismo humanismo que hemos apuntado. Cierto es que, en comparación con los artistas orientales, los griegos destacan por su movilidad, por su inquietud que les lleva a variar sus modelos, a dudar y criticar. Frente a los imponentes dioses egipcios y mesopotámicos los griegos pa recen terriblemente humanos, espléndidamente frívolos, como apuntó Nietzsche. Esa «constante pregunta por el universo» -que incita a la in vención de la filosofía y de la ciencia-, esa humanidad de sus 72 C. GARCÍA GUAL-A. GUZMÁN GUERRA dioses y sus héroes está muy en consonancia con la movilidad de los estilos y las formas, y con el rechazo de un Destino que ne gara la libertad del hombre. Justamente la tragedia griega supo ne esa libertad del héroe para el error, y de ahí la culpa trágica. Los griegos inventaron también y ensayaron las formas políticas que culminan en la democracia, justamente porque afirmaron esa libertad del hombre. Entre esos rasgos de la concepción grie ga del mundo está también la idea de que la verdad no es algo li gado a la tradición inmutable, sino, por el contrario, algo que se descubre, «descubrimiento», alétheia. Con dioses «demasiado humanos», los héroes del mito son algo superiores a los huma nos, en coraje y en gloria, pero como los humanos están sujetos al error y al sufrimiento, como ellos luchan por descubrir el sen tido de la existencia terrena y sus bellezas, denodadamente. Por todo eso nos parecen cercanos los antiguos griegos. Por su inquietud espiritual, por su incesante búsqueda del sentido de la vida. En efecto, éste es un mundo de cambios rápidos. En cincuenta años han cambiado los estilos, tanto en la escultura como en la literatura. Incluso en un género tan formaliza do como la tragedia, que recuenta los mitos tradicionales, el cambio es impresionante. Entre Esquilo y Eurípides median sólo algunos lustros, pero el segundo muestra un talante crítico muy lejano a su gran maestro. 

Sus dioses y sus héroes han avanzado tremendamente hacia una crisis espectacular del mito como for ma del saber sobre el mundo, que lleva pronto al final del teatro trágico. Entre los Persas y la Ifigenia en Aulide, la más antigua y la última de las tragedias de los dos autores citados, median me nos de setenta años, pero la distancia espiritual es enorme. La invención y sucesión de los géneros literarios Los griegos han inventado todos -o casi todos- los géneros li terarios de nuestra tradición. Una antología de textos, como ésta o cualquier otra de cierta extensión, avala enseguida este INTRODUCCIÓN 23 hecho. Pero, al mismo tiempo, deja constancia de otro fenó meno. Puesto que los géneros literarios corresponden a una cierta disposición cultural, y están relacionados con un cierto modo de difusión y recepción de la literatura, no coexisten todos desde un comienzo, sino que han ido apareciendo a lo largo de la historia cultural griega. Y ese sucesivo imponerse de un determinado género tiene una clara significación cul tural y social. 

Desde los tiempos de la épica a los de la novela cambia no sólo la concepción de lo literario, sino también la sociedad y la función que la literatura asume en su contexto histórico. Pero vuelvo a lo que pretendo subrayar: mientras que no sotros hemos heredado todos los géneros literarios de un se cular acervo cultural -lo que no quiere decir que se cultiven ahora todos, porque ¿cómo es posible escribir ya una epope ya de tipo clásico en estos tiempos prosaicos y descreídos?-, los griegos los fueron inventando, practicando y dejándolos decaer de un modo muy distinto. Como señalaba G. Lukács, con su hermosa prosa hegeliana, en su Teoría de la novela: «La coincidencia entre los griegos de la historia y la filosofía de la historia ha tenido como consecuencia que surgiera cada forma de arte en el instante mismo en que, en el cuadrante del espíritu, se podía leer que su hora había llegado y obligaría a ceder su lugar tan pronto como sus arquetipos desaparecían del horizonte. Las edades posteriores no han conocido esa periodicidad filosófica». Dicho de modo más llano: los géneros literarios han ido surgiendo en el mundo griego conforme la cultura lo fue re quiriendo. Mientras que nosotros vemos como algo natural la coexistencia de los géneros, debemos recordar que su apari ción fue un proceso histórico. Tuvieron en Grecia un mo mento auroral, y luego un momento de apogeo, y, en algunos casos, una vigencia temporal muy limitada. Pensemos, por ejemplo, en las formas dramáticas de la tragedia y la comedia, surgidas y mantenidas en el marco de la Atenas democrática 14 C GARCÍA GUAL-A, GUZMÁN GUERRA del siglo v a.C., en unas condiciones sociopolíticas irrepeti bles. La tragedia no era ya más que un fósil cuando Aristóte les la estudió y analizó magistralmente en su Poética a media dos del siglo iv a.C. El período creador de la tragedia griega es de algo más de un siglo. Y, aunque se trata de un género modélico, jamás ha vuelto a producirse un tipo teatral seme jante. Como decíamos, la sucesión misma de los géneros está li gada a un cierto desarrollo intelectual y social. La épica es el género más antiguo, y está ligado a una larga tradición de poesía oral, que pervive latente en la composición formular que está en la base de la epopeya homérica. Homero es para nosotros el comienzo, el gran comienzo, de la literatura, pero es, en cierto modo, un virtuoso compositor, epígono del final de la épica oral, que, al componer su gran poema, da un salto cualitativo en la tradición épica de la que depende. Homero surge y compone a partir de una tradición poética anterior que no llegó a ponerse por escrito, puesto que era oral y de unos tiempos sin escritura. 

Pero de la que podemos hacernos una idea gracias a nuestros conocimientos sobre la poesía he roica de tradición oral en varias culturas. Más tarde aparece, ya en el siglo vil con Arquüoco y con Estesícoro, la lírica personal, en sus dos formas de lírica mo nódica y coral. La lírica supone un modo distinto de concebir el mundo y la expresión poética. Ahora se quiere reflejar la propia personalidad, un sentir el presente tratando de salvar en la poesía el instante fugitivo, el yo individual, el mundo subjetivo del poeta. Frente al aedo, el poietés, el «creador», no es sólo un profesional del canto, sino un maestro del saber y del sentir, alguien que expresa su personalidad. Y alguien tan audaz en su expresión como Arquüoco o Safo nos habla en un lenguaje tan original como íntimo, abriendo un nuevo ho rizonte para la poesía. Los siglos vi y v son una gran época para la lírica. Y, aunque la tradición textual nos haya legado tan sólo una pequeña parte, unos fragmentos mínimos de la INTRODUCCIÓN 25 gran lírica arcaica, breves pavesas de una gran hoguera, a tra vés de esos maltratados y preciosos textos podemos recono cer la impresionante calidad de esas creaciones poéticas. Tras la lírica viene la dramaturgia, en su doble vertiente de la tragedia y la comedia. Eso fue en la Atenas clásica, en la de mocracia del siglo v. La tragedia y también la comedia son creaciones complejas, que recogen la herencia de la lírica, y realmente los cantos del coro continúan la tradición de la líri ca coral, que se ofrece en otros tonos y en otros festivales en las odas de Píndaro y de Baquüides. También la tragedia, como la épica, hunde sus raíces en el relato de los mitos. Pero con un sesgo importante. Ya no toma como tema central las hazañas de los héroes, sino sus padecimientos. La tragedia es deudora tanto de la épica como de la lírica, pero supone un enorme avance sobre ambas en su saber trágico, que ;nvita a una reflexión constante sobre la condición humana y la divi na, al hilo de la escenificación en el teatro de Dioniso de los episodios más inquietantes de las antiguas sagas. Pero frente a los grandes géneros poéticos -y el verso en sus distintos ti pos es una marca formal muy indicativa, aunque no suficien te-, surgen otros géneros y otras formas literarias.

 Como la fi losofía y la historia y los primeros tratados científicos, formas de saber que rompen con la tradición mítica. Todavía algunos presocráticos usan el verso como forma literaria -así Parmé- nides y Empédocles, por ejemplo-, pero no están vinculados a la lírica excepto de modo muy marginal; van a la búsqueda de un nuevo saber sobre la realidad a través de la inquisición personal. Como los primeros historiadores, Hecateo y Hero doto. El uso de la prosa frente al verso es indicativo, decía mos, de una nueva disposición personal frente al texto, que ahora deviene documento de una investigación personal. El historiador griego pone su nombre al frente de su «historia» como garantía de su veracidad. Ya no pide auxilio a las Musas para que le suministren los datos de la memoria mítica. Y en estos tratados en prosa comienza la crítica al mito como for 16 C GARCIA GUAL-A GUZMAN' GUERRA ma de saber, aquí se prescinde del mythos y se recurre sólo al lógos, discutible y empírico. Pero hay también una evolución importante de los géne ros, o de algunos. Mientras que la tragedia queda sin nuevas fuerzas creadoras tras la crisis del sentido heroico bien visible en algunas piezas del último Eurípides, la comedia cambia desde la farsa fantasiosa y atrevida de Aristófanes a la come dia de costumbres, la Comedia Nueva, de Menandro. La fas cinante fuerza cómica de la Comedia Antigua queda difumi- nada en un tipo de teatro cómico más burgués, más moder no. Curiosamente, pero muy bien explicable por el contexto social, será ese teatro cómico de enredos cotidianos y de figu ras estereotipadas el que influirá en la comedia latina. 

Pasa rán muchos siglos hasta que las piezas chispeantes, políticas, lúbricas, disparatadas, del gran Aristófanes se repongan en teatros europeos. Sólo en estos últimos lustros el teatro aris- tofánico ha vuelto a ponerse en escena en muchos países con notable éxito. Toda esta evolución y desarrollo de los géneros literarios tiene poco que ver con las preceptivas poéticas, que vienen siempre después a estudiar lo sucedido y a montar sobre los hechos sus tinglados preceptivos y sus dictámenes poéticos. El último género literario de la larga tradición griega será la novela, la novela de amor y aventuras, tan tardía que no la es tudiará ninguna Poética ni siquiera tendrá nombre propio helénico. «Forma decadente de la épica», según la define He gel, la novela es la última forma literaria de esa tradición, apa reciendo a los comienzos de una nueva era. Pero también la novela es una creación griega, al menos en su prototipo de ese relato de amor y aventuras que anuncia ya el folletín. Y que recoge muchos ecos de géneros anteriores, como quien toma para adornarse distintos elementos de un rico y ajeno guar darropa. Junto a ese aparecer de nuevos géneros, no deja de ser muy interesante la per vivencia de los más antiguos o su reapari INTRODUCCIÓN 17 ción a lo largo de los siglos. Por ejemplo, en la épica no deja de ser sorprendente que la narración épica del viaje de los Argo nautas, un relato famoso ya en tiempos del autor de la Odisea, lo conservemos en la obra pulida del alejandrino Apolonio de Rodas, de mediados del siglo m a.C., y que la Continuación de Homero, donde se cuentan los episodios de la conquista de Troya que dejó sin relatar el viejo aedo, esté compuesto por Quinto de Esmirna, según los mismos patrones formales de la épica tradicional. Con los mismos hexámetros, los mismos héroes, los mismos símiles, los mismos epítetos, en. ese dia lecto épico tradicional y artificial, escribe Quinto de Esmirna su continuación del primer poema griego ¡a más de mil años de distancia! Ya los dioses de Homero se habían jubilado y el cristianismo se extendía inconteniblemente mientras Quinto, y más tarde, ya en pleno siglo y de nuestra era, Nonno de Pa- nópolis cantaban las glorias de los héroes y de los dioses ho méricos, en los mismos cauces formales utilizados por el fun dador de la épica. 

Claro está que lo que comenzó por ser un género popular ya se había transformado hacía muchos si glos en un arte erudito, un fantasma polvoriento de bibliote cas y museos. Pero aun así, he ahí una memorable perviven- cía de una tradición formal por encima de las condiciones so ciales, un curioso indicador de la fascinación de la epopeya. Otro caso curioso de pervivencia es el de algunas formas de la lírica. Por ejemplo, la del epigrama, compuesto a base de dísticos elegiacos. Desde el siglo v a.C. hasta el siglo v d.C., y aún más allá, en época bizantina, ese tipo de poemas lapida rios perdura con una notable perennidad de sus tópicos, sus convenciones formales, y sus ecos nostálgicos. Desde Simoni des a Paladas van muchos siglos. La llamada Antología Palati na ofrece centenares de epigramas de muchos siglos y de for mato muy homogéneo, en un espléndido ejemplo de la vigen cia secular de una tradición poética. En esta antología hemos seguido una ordenación por gé neros literarios, que en buena medida se solapa con la orde 18 C GARCÍA GUAL-A. GUZMÁN GUERRA nación cronológica de autores. Nos ha parecido un criterio discutible, pero bastante claro y habitual. Hemos pasado por alto algunos criterios formales menores, como los diversos ti pos de poemas líricos, que se basan en motivos formales, más claros en el texto original griego que en las traducciones. Es peramos que quede claro que no es sólo la forma lo que defi ne a un género, sino que la forma va unida a un contenido, como en la concepción aristotélica el cuerpo al alma, para darle vida propia estéticamente. Esa división por géneros se combina luego con el orden cronológico, con lo que la selección de textos puede dar una idea de la evolución de una forma literaria. Evolución no sólo formal, sino a la vez de contenido y de perspectiva. Ponga mos, como ejemplo, la ordenación de los autores historiográ- ficos aquí presentados. La nómina va de Heródoto a Apiano, pasando por Tucídides, Jenofonte, Polibio, Estrabón, Josefo, Plutarco y Arriano. Son sólo unos pocos textos los aquí pre sentados. 

Pero incluso en su brevedad ya sugieren los diver sos enfoques y perspectivas diversas que la historiografía griega ha seguido durante el trayecto de los siglos que sepa ran al «Padre de la Historia», el viajero jonio del siglo vi a.C., de los historiadores griegos que redactan sus tratados en tiempos del Imperio Romano. Hay una notable continuidad en el género, marcado por la impronta del austero y canónico Tucídides, que llega hasta los últimos epígonos, pero hay siempre la huella de un talento individual, un estilo personal ligado a una circunstancia histórica y a una determinada po sición en esa tradición historiográfica. Época arcaica, clásica y helenística Hay una distinción que no hemos utilizado en esta antología. Es habitual considerar que en la historia de la cultura griega se pueden distinguir tres períodos: el arcaico (de los orígenes INTRODUCCIÓN 19 a fines del siglo vi a.C.), el clásico (siglos v y iv), y el período helenístico, que va desde el siglo m a.C. hasta la época del Im perio Romano o bien hasta los comienzos del mundo bizan tino. Esa distinción es útil a ciertos respectos, pero no resulta muy interesante aquí. Si la épica, la lírica y la filosofía preso- crática pertenecen a la primera época, y la tragedia, la histo ria, la oratoria, a la plena madurez clásica, por ejemplo, eso no nos dice aquí gran cosa. Cada género, con su complejidad formal y su hondura espiritual propia ha surgido cuando po día surgir, a la altura de un tiempo y de una madurez formal e intelectual adecuada. En todo caso, la característica del pe ríodo clásico es que el centro de la cultura y la literatura es Atenas, la ciudad ilustrada y democrática, mientras que en los otros dos períodos son varios los centros intelectuales y artís ticos del mundo griego. En el helenismo la cultura griega se ha expandido por todo el Mediterráneo y el dialecto ático ha sido sustituido por el griego cosmopolita de la llamada koiné. El horizonte se ha ampliado enormemente, la lengua se ha he cho más internacional, la sociedad se ha vuelto consecuente mente más abierta y menos homogénea políticamente, y la li teratura refleja todo eso, así como la larga herencia cultural que en época helenística se ha difundido por todo el oriente helenizado y todo el Mediterráneo civilizado. 

A cada período le corresponde un contexto cultural e his tórico distinto, pero la distinción de tres épocas (o de cuatro, si preferimos dividir el último trecho en dos etapas, una hele nística y otra helenísticorromana) no corresponde a un pro greso cualitativo, en el sentido de que el momento clásico re presente la perfección después de una etapa inmadura y antes de una decadencia. La valoración clasicista ha sido usada en algunos momentos, pero no es, pensamos, justa. Cada época tiene su propia norma y su centro. No hay un autor más per fecto y más sabio que Homero, y los filósofos postaristotéli- cos no son la muestra de una decadencia del pensamiento, in capaz de mantener la hondura del período anterior. Cada 20 C GARCÍA. GUAL-A GUZMÁN GUERRA época tiene su propio valor y alcanza en sí misma su ma durez. Pero hay otro rasgo notable en la literatura griega. Los gé neros literarios se inauguran ya con creaciones magistrales. La épica comienza con la Ilíada, su obra cumbre. El primer autor trágico es Esquilo, el maestro insuperado. El primer gran prosista filósofo es Platón, el más sutil y más flexible escritor griego en prosa. Y la lírica comienza con poetas inigualables, como Arqufloco o Safo, por ejemplo. Se ha dicho alguna vez que la literatura griega está compuesta por genios y es excep cional en ese aspecto. Cabe dar alguna explicación: lo que conservamos es el producto de una larga selección secular. Se han copiado los textos de mayor prestigio y se han dejado perder otros de menor relieve. Ciertamente, así fue, y es ya tarde para quejarnos, aunque no compartamos en muchos aspectos los criterios selectivos y pedagógicos de esos copis tas esforzados que nos han conservado largos discursos de oradores y han dejado perderse casi toda la maravillosa pro ducción lírica arcaica y tantas tragedias y textos filosóficos de gran interés. Pero, volviendo al punto que queremos destacar, es cierto que no hay un desarrollo lineal en la literatura grie ga, en que se vaya de lo más juvenil y en agraz a los productos más acabados del espíritu, como según un esquema ingenuo se podría sospechar. 

No deja por ello de ser verdad que la lite ratura griega conservada es el producto de una selección en la que han intervenido los criterios valorativos de varias épocas, y también el azar y el olvido. También en los estudiosos modernos hay modas respecto a privilegiar unos momentos sobre otros. Y a un tiempo en que la predilección por la época clásica era la pauta de la va loración más académica, ha sucedido una atención muy clara a los restos conservados de la época arcaica, tan sugerentes y espléndidos, minuciosamente estudiados. Y hemos vuelto, con renovado interés, a admirar a Homero, a medida que los estudios sobre la oralidad y sus procedimientos nos eran me INTRODUCCIÓN 21 jor conocidos. Y, en gran medida, ahora estamos mucho más abiertos a la comprensión de la época helenística, tan moder na muchas veces. Somos menos estrictos en la consideración de lo clásico como un período cerrado, normativo, paradig mático. Hemos aprendido del historicismo a ver la cultura como el resultado de varios factores históricos y a apreciar cada época en sí misma, cada producción cultural en su pro pio contexto. Los clásicos y nosotros Los grandes autores griegos son los clásicos por excelencia, porque lo han sido desde antes que los otros y porque esa pro pia antigüedad -los autores clásicos griegos lo fueron ya para los latinos, que a su vez serían clásicos para los escritores eu ropeos de la Edad Media y el Renacimiento- les ha conferido una cierta universalidad, por encima de los clásicos «nacio nales». Pero el concepto de «clásico» está hoy un tanto deva luado, y tampoco pretendemos usarlo aquí en todo su rigor, como «modelo que suscita por su valor perenne la imita ción», o algo parecido. No está de más recordar unas frases de J. L. Borges en un bien conocido ensayo sobre los clásicos. Son textos muy cita dos, pero que conviene meditar a este propósito, para indicar que en la consideración de un texto como clásico interviene no sólo la tradición, sino el reconocimiento presente de su va lor y su interés actual. Y que, junto al texto clásico, está la tra dición de comentarios y lecturas que lo enriquecen, y que es tán posibilitadas por su propia hondura. 

Cito los conocidos párrafos borgianos. «Clásico es aquel libro que una nación o un grupo de na ciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus pá ginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de reinterpretaciones sin término.» 22 C CARCÍA GUAL-.A GUZMAN GUERRA «Clásico no es un libro... que necesariamente posee tales o cuales méritos: es un libro que las generaciones de los hom bres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad.» La tradición es muy importante para el prestigio de un tex to clásico, pero no es una garantía para siempre. Cada época privilegia y prefiere unos autores y unos textos a otros, entre los clásicos, y un autor puede dejar de ser un clásico en cuan to no sea leído con ese misterioso fervor y esa larga lealtad. El mismo Borges lo explica: «Las emociones que la literatura suscita son quizás eternas, pero los medios deben constante mente variar, siquiera de modo levísimo, para no perder su virtud. Se gastan a medida que las reconoce el lector. De ahí el peligro de afirmar que existen obras clásicas y que lo serán para siempre». Los clásicos griegos tienen a su favor el haberse mantenido en ese fervor durante muchas generaciones. Han sido leídos y comentados durante siglos. Pero nuestras impresiones de lec tura son distintas de las de nuestros precursores, y deben confirmar su valor. Ahí está el reto que esos textos nos propo nen. Incluso cuando no seamos capaces de leerlos en su len gua original, sino en esos espejos algo apagados de las tra ducciones a nuestra lengua. Citaremos otro texto importante de una reflexión sobre los clásicos. De Schopenhauer -en un ensayo de sus Paralipome na, de 1851-, que dice así: «No hay ningún deleite mayor para el espíritu que la lectu ra de los clásicos antiguos, tan pronto como uno toma en la mano a cualquiera de ellos, se siente al pronto refrescado, ali gerado, purificado, elevado y fortalecido; no de modo distin to a como uno se habría refrescado en una fresca fuente al pie de unas rocas. ¿Fúndase eso en las antiguas lenguas y en su perfección o en la grandeza de los espíritus antiguos cuyas obras permanecen sin ser melladas y deslucidas por los mile nios? Quizás en ambas cosas a la vez. Sólo sé esto: que si, INTRODUCCIÓN 23 como ahora amenazan (los bárbaros ya están ahí, los vánda los no se acaban nunca), cesara alguna vez la enseñanza de las lenguas antiguas, vendría entonces una nueva literatura, for mada de una escritura tan bárbara, roma e indigna como no se ha presentado nunca hasta ahora». 

Tremendo era el fervor del filósofo alemán hacia los clási cos griegos y latinos, y está bien atestiguado en sus obras, tan pertrechadas de citas de singular oportunidad. Para Scho penhauer la clásica es «la literatura que permanece», die blei- bende Literatur, frente a la más actual y efímera, la de consu mo, la de leer y tirar. Quizás no podamos compartir el riguro so fervor de A. Schopenhauer, pero la distinción en sí resulta aceptable. La permanencia define a lo clásico, aunque no para siempre, pues debe ser revalidada por cada generación. Los clásicos antiguos, en todo caso, han pasado durante siglos esos exámenes. Los griegos forman el estrato más antiguo de esa «literatura permanente», son los que más tenazmente han persistido en la admiración de los lectores, durante muchos siglos. Han permanecido como «clásicos» más allá de los veintitantos siglos que van desde el esplendor de Atenas has ta nuestros días. A pesar de que, al menos desde una perspec tiva clasicista o neoclásica, los autores griegos parecen menos imitables que los latinos: Homero es menos modélico que Virgilio, Sófocles menos que Séneca, Píndaro menos que Ho racio, Tucídides menos que Tácito, por sugerir unos cuantos gloriosos ejemplos. Y, sin embargo, basta pensar en estos mismos nombres para advertir que nos parecen mucho más grandes los autores griegos, y mucho más originales que sus admiradores latinos. Como decíamos, hay otro aspecto que merece subrayarse: los textos son los mismos, inmutables, pero las interpretacio nes son diversas. Ahí está la riqueza de esos textos y de ahí su valor canónico. Ofrecen una irisada profundidad a inconta bles reinterpretaciones, dicen algo a lectores distintos y dis tantes, permiten perspectivas varias. No entendemos a los lí 24 C GARCÍA GUAL-A. GUZMÁN GUERRA ricos griegos como los entendían los románticos alemanes, ni vemos la tragedia con los mismos ojos que los lectores o es pectadores de siglos atrás, ni tampoco la comedia. (Por ejem plo, en nuestra admiración por la fantasía y el lúbrico lengua je de Aristófanes.) 

Por otro lado, no todos los textos aquí seleccionados pro ceden de grandes textos clásicos. No es un clásico Quinto de Esmirna, a no ser por contagio y benevolencia crítica, ni tam poco Artemidoro, a pesar del enorme interés de su curioso li bro Sobre la interpretación de los sueños, un manual para oni- romantes profesionales. Hemos sido generosos, como lo ha sido la misma transmisión textual y la tradición, recogiendo, junto a fragmentos de los indiscutibles clásicos, textos de au tores menores. Pero que creemos de gran interés, y que dan una idea de la riqueza de la literatura (en un sentido amplio del término) antigua. Debemos excusarnos, los antólogos, de un grave delito. Hemos troceado y sacado de contexto los textos aquí presen tados en traducciones varias. Si los traductores ya no han res petado las formas originarias, por motivos muy comprensi bles, los antólogos, que extraen un texto fragmentario de una obra, como quien saca una muestra de una tela, alejan aún más al lector de los grandes textos. Verdadero es el delito, pero alegamos en nuestra defensa sólo esto: estamos tan con vencidos de la fuerza literaria de esos textos que pensamos que incluso en los fragmentos se refleja mucho de su valor clá sico. Y pensamos que leer unos cuantos fragmentos da una idea inicial de los atractivos de una obra, y puede ayudar a una primera aproximación y estimular una segunda, más cabal. En estos tiempos de apresuramiento, pensamos, una anto logía de urgencia, como ésta, puede ser un atajo para una pri mera vista panorámica a la literatura griega. A través de unas cuantas muestras, si están bien elegidas, puede un lector avis pado darse una idea y sacar una primera impresión del mun do poético y filosófico, a sabiendas de que el horizonte es mu INTRODUCCIÓN 25 cho más extenso y sus contenidos mucho más sustanciales en una aproximación más amplia. Al menos, eso hemos pensa do. 

Ojalá que esta breve selección invite a proseguir y comple tar las lecturas. Que sirva de estímulo, a la vez que de motivo de reflexiones y de meditación y conocimiento. Una antología no puede reflejar la armonía y elegancia de ¡as obras enteras. ¿Cómo unos cuantos fragmentos van a dar idea de la magnífica arquitectura de la Ilíada o de la comple jidad narrativa de la Odisea, de la graduada expectación de Edipo rey o de la fina argumentación y estructura de un diá logo platónico? Sí puede, en cambio, sugerir la riqueza de motivos y la variedad de tonos y voces de una época o de un género. En tal sentido, hemos buscado dar unas muestras que sean representativas del panorama literario helénico, aun a sabiendas de que es mucho lo que queda fuera del breve muestrario. Hemos procurado seleccionar algunos textos significati vos, sugerentes, muy conocidos algunos y menos otros, de los grandes autores y unos cuantos de otros menos famosos y algo más tardíos. Comenzamos por los textos épicos y con cluimos por algunos novelescos. Era imprescindible comen zar por Homero, y resulta muy justificado concluir con Helio doro, el más barroco de los novelistas griegos, aquel con el que quería competir nuestro Cervantes, y con esa fabulosa as censión de Alejandro a los cielos en el misterioso relato del Pseudo Calístenes de tantos ecos en el mundo medieval. La antología da una idea de la riqueza temática de la literatura griega, avanzando desde la épica, la lírica y la dramaturgia clásica, a los géneros en prosa (la filosofía, la historia, la ora toria, los tratados científicos) y la ficción romántica ya tardía de los novelistas griegos y del satírico y fantasioso Luciano (siglo II d.C.). Un panorama de más de diez siglos, como ya dijimos. Del mito al logos y vuelta al mito. Tal vez vale la pena que comentemos, aunque sea muy bre vemente, el hecho de que hayamos recogido, junto a textos li 26 C GARCÍA GUAL-A. GUZMÁN GUERRA terarios y filosóficos, unos cuantos que nos recuerdan que en el legado griego figuran también algunos escritos pioneros en la historia de algunas ciencias, como la medicina, la geo metría, la física, la botánica, la mecánica, etc. 

Aquí hemos querido dejar constancia de que los antiguos griegos funda ron también la tradición científica en muchos ámbitos del sa ber especializado y empírico, así como en las matemáticas y la astronomía. Así que hemos querido que, aunque fuera de modo muy sucinto y testimonial, figuraran unos cuantos pá rrafos -significativos o programáticos- de los tratados atri buidos a Hipócrates y su escuela, a los escritos de «ciencias na turales» de Aristóteles, y a los de Teofrasto, a los escritos mate máticos representados por las extensas obras de Arquímedes y Euclides, a los textos botánicos de Dioscórides, e incluso al tratado sobre la interpretación de los sueños de Artemidoro. Los párrafos seleccionados son sólo unas citas mínimas y de valor un tanto simbólico, si pensamos en la extensión y el inte rés histórico de los textos a los que aludimos. Por poner un ejemplo, recordemos que el Corpus hippocra- ticum, que ahora podemos leer traducido casi por completo en castellano, fue la primera biblioteca científica especializa da del mundo antiguo. Esos textos médicos, atribuidos al gran Hipócrates -aunque sea muy discutible cuántos y cuáles de esos cincuenta y pico tratados hayan salido realmente de su mano- constituyen una aportación inolvidable a la medi cina y al pensamiento acerca del hombre y su entorno. En esos textos, de plena época clásica -es decir de los decenios fi nales del siglo v y los primeros del iv a.C. en su gran mayo ría- tenemos una magnífica muestra de la actitud humanista de los médicos griegos, de su racionalismo y de su capacidad crítica y empírica en el tratamiento y la teorización de un sa ber metódico y práctico como requiere la téchne médica. La escuela hipocrática es una manifestación del mismo espíritu ilustrado y humanista que está presente en los autores de las tragedias y en los historiadores de la misma época. Y en un INTRODUCCIÓN 27 breve texto como es el famoso Juramento hipocrático (uno de los textos que sabemos de cierto que no perteneció al gran maestro y tampoco al núcleo original de su círculo), tenemos una clara muestra de la ética profesional de ese gremio de mé dicos antiguos que supo guiar su profesión con un impulso programático y un claro ideal que combinaba el amor a la ciencia y el amor al hombre, la philotechnía y la philanthropia, con ejemplar dedicación profesional. Podríamos resaltar tam bién cómo estos primeros escritos científicos, con su estilo es cueto y su prosa clara, han influido en la configuración de un estilo y la formación de un léxico especializado de muy larga influencia. Del mismo modo podemos subrayar algo muy se mejante en el terreno de las matemáticas donde Euclides ha sido el clásico indiscutible durante dos milenios. En fin, no es éste el momento de alargarnos sobre estos temas, muy sabi dos. 

Quizás las páginas que dedicamos a recordar esos textos sean excesivamente pocas en relación a la importancia de los mismos. Van sólo como un mínimo homenaje a su significa ción cultural, puesto que nuestra selección antológica es fun damentalmente literaria. Una antología -como ésta, e incluso mejor una más exten sa- pone de manifiesto la enorme riqueza imaginativa y la ex traordinaria capacidad crítica y el empeñado esfuerzo racio nal de los antiguos griegos. Ya no está de moda hablar del «milagro griego» para referirse a los comienzos del pensa miento filosófico e histórico en la Jonia del siglo vi a.C. o en el Ática del siglo v. Sabemos bien cuánto debe el arte y la poe sía griega a los influjos del Oriente y de Egipto, sabemos cuán receptivos fueron siempre los griegos. Es justamente sobre ese trasfondo de influencias como se percibe bien lo que ellos inventaron y reformularon. Detrás de la literatura escrita, que es la que hemos conser vado y de la que recortamos nuestros textos antologizados, está la tradición oral que ha nutrido sus raíces. Tanto en mi tología como en otros aspectos. La literatura surge gracias a la 28 C GARCÍA GUAL-A. GUZMÁN GUERRA escritura y no es obra colectiva, sino de unos determinados creadores y escritores. Pero tiene una deuda con el marco so cial y político que la hace posible y la impulsa. En tal sentido la sociedad griega antigua, con sus ciudades, su apertura al mar, su inquietud histórica, está condicionando esa literatu ra. Y ésta se entiende cabalmente referida a ese contexto his tórico. Pero que, a su vez, lo rebasa por su fuerza plástica y su imaginación, por su humanismo y su búsqueda de 1o univer sal. Y eso es lo que hizo tan espléndida a la cultura griega, como ha subrayado J. de Romilly en su admirable libro Pour quoi la Gréce? (¿Por qué Grecia?). La cuestión de por qué to davía los griegos nos siguen interesando, siendo quizás todavía modelos, emocionándonos, queda en el aire. Tal vez el lector de esta antología encuentre algunas pistas para la respuesta. Sobre las traducciones utilizadas No vamos a gastar tiempo y papel en justificar la traducción como instrumento de comunicación. Remitimos al lector in teresado al espléndido libro de G. Steiner, Después de Babel, donde se tratan los aspectos fundamentales y más generales de la cuestión. Diremos tan sólo que aquí hemos procurado servirnos de las traducciones castellanas que nos han pareci do más claras y correctas. 

No pretendemos, sin embargo, ha ber acertado en todos y cada uno de los casos con la versión más exacta o más elegante. Lo hemos intentado, compulsan do varias cuando era posible. Alguna vez nos hemos dejado llevar por la comodidad y hemos tomado la más asequible y a nuestro alcance. Las versiones de los clásicos griegos, y de los latinos, han aumentado mucho en estos últimos años. Es éste un fenómeno editorial curioso, el de la multiplicación de las traducciones, de modo que hemos visto aparecer en pocos años cinco traducciones de Píndaro, cuatro de Tucídides, tres completas de la Ilíada y dos más en curso, etc. Se trata de un INTRODUCCIÓN 29 hecho alentador, sin duda, para quienes creemos en la impor tancia cultural de la difusión de la lectura de los autores anti guos, pero también de un dato que dificulta la selección de una determinada traducción, ya que la gran mayoría de esas versiones son de una calidad muy alta, sobre todo por lo que toca a su fidelidad a la letra del original. De modo que no estamos seguros de que las elegidas sean siempre las mejores de un modo objetivo, ni que eso pueda decirse sin cierta subjetiva preferencia, pero sí de que hemos elegido traducciones correctas y actuales, que merecen citar se y usarse. Sólo en algún caso hemos utilizado traducciones diversas para dar una idea de que existen varias posibilidades de romancear a un autor, con distintos formatos y estilos. Es el caso de los poemas homéricos. Así, por ejemplo, en los tex tos que hemos seleccionado de la Ilíada encontrará el lector versiones en forma métrica y en prosa, desde la versión de Gómez Hermosilla (de 1831), la primera moderna y digna en castellano, a la de L. A. de Cuenca, todavía inconclusa, y la de E. Crespo, de ejemplar fidelidad. Y para la Odisea hemos bus cado también muestras de varias traducciones, como la hexa- métrica de J. M. Pabón, la añeja de F. Baráibar, también en verso, y la más reciente de J. L. Calvo. El procedimiento de presentar varios ejemplos de traducciones de varios estilos no es fácil de aplicar a otros autores aparte de Homero y hemos desistido de ello, en general, aunque en algunos autores pre sentemos versiones de más de un traductor. Como ya hemos dicho, asistimos a una proliferación de traducciones de los clásicos griegos y latinos, tal como nunca antes la había habido en España. Muchas de ellas están apare ciendo en colecciones muy asequibles y de bolsillo, de modo que el lector interesado en cualquier autor de la Antigüedad no encontrará difícil el acceso a sus textos. Muchas de ellas es tán cuidadosamente anotadas y bien prologadas. Aquí, en cambio, hemos decidido prescindir de las notas. Habría sido muy difícil utilizar las de las ediciones de las que 30 C GARCÍA GLKL-A GUZMAN GUERRA sacamos los textos seleccionados y presentarlas de manera homogénea. Por otro lado, no pretendemos en esta rápida panorámica explicar los textos, sino tan sólo ofrecerlos a una lectura primera y directa. 

El lector interesado en algunos as pectos sólo aludidos en ellos o desconocedor de alguno de los nombres propios, de personas o de instituciones antiguas, cuando quiera una explicación más detallada puede acudir a las obras de referencia que se mencionan en nuestra breve nota bibliográfica. Finalmente queremos señalar que, en la selección de los varios géneros, Carlos García Gual se ha ocupado de la épica, la lírica, la filosofía y la novela, mientras que Antonio Guz- mán Guerra ha cuidado de la tragedia y la comedia, la histo ria y la oratoria. Pero hemos leído ambos el conjunto y hemos comentado la selección de todos los textos en varias reunio nes. Uno y otro hemos repasado atentamente todos los textos, de modo que ambos nos hacemos responsables del volumen editado. A. Guzmán se ha encargado además de confeccionar los índices y las notas bibliográficas, y C. García Gual ha re dactado esta introducción. C. G. G. y A. G. G Madrid, noviembre 1994

martes, 16 de junio de 2026

Juan Manuel Macías Cercedilla POESÍAS Safo Traducción , presen tació n y notas d e J uan M anuel Macías E stu d io so bre Safo y la literatura españo la d e Manuel Sanz Morales

 


De lunas y lunáticos 

Los hábitos del tiempo y el abuso de los comentarios a pie de página, conjurados con las mareas del folklore, suelen ser causa suficiente para que un poeta entre en el reino de la leyenda. Homero, el primer poeta conocido de occidente, se ha convertido en alguien tan fabuloso como las sirenas. El nombre de Safo, la poetisa de Lesbos, tampoco ha logrado evitar este curioso destino. Ignoro si ella llegaría siquiera a entrever las dimensiones y consecuencias de su fama postuma. Al menos parece desprenderse de algunos de sus fragmentos cierta cla rividencia al respecto. El ejemplo más notorio son cuatro versos que toman la forma de un venenoso desquite contra una desconocida. 

 Esta —vendría a decir el poema— morirá anónima y se convertirá en una sombra vagando entre iguales por el antro de los muertos. Pero otro muy distinto será el destino que depara a la cantora, a la tocada por las Musas. Ante la jactancia de Safo diremos en su descargo que es un vicio deplorable juzgar la intención de un poeta por sus versos, porque los versos suelen tomar caminos que el poeta desconoce y no pocas veces optan por la traición a lo que el poeta se afana por decir. Y este poema, como todo poema de Safo (como todo buen poema), es capaz de ser inocente y pérfido según le dé la luz. Haya o no surgido el fragmento aludido de un arrebato de bisoña vanidad, lo cierto es que la música de esos cuatro versos parece haber asumido el compás de una sentencia de hierro, y el tiempo, el mismo tiempo que ha ensombrecido con un tono otoñal la piel de los papiros, también se ha encargado de ceñir el poema de un halo de amargura y trazar en él la condena del poeta. El poeta tiene el más extravagante de los oficios y en no pocas veces el más clandestino, pues a menudo tendrá que ponerse una máscara ante el mundo para apaciguar su conciencia o mitigar su vértigo, para II encontrar el sustento en muchos campos de batalla y numerosas mer caderías, y para buscar el sueño de su propia vida en ese algo parecido a un interminable y lúcido espejismo que es la poesía, arte tan antiguo, tal vez, como el hombre que es capaz de recordar. La poesía había tocado a Safo ineludiblemente y lícito es que así lo confesase ante ella misma y ante su posible auditorio. Una declaración de principios en toda regla. Pero los envidiados regalos de las Musas suelen llevar veneno, porque no sólo le dieron un ritmo para medir las íntimas zozobras y las mareas del corazón. El nombre de Safo ya nunca más sería un murmullo para el mundo, diluido en el tiempo y enterrado en una isla de Asia Menor. En el envío de las Musas venía incluido, sin derecho a devolución, el entramado de la gloria. Y así es como este nombre ha ido ya desde antiguo errando de boca en boca y de página en página dando lugar a toda una progenie de espectros multiplicada en progresión geométrica hasta nuestros días. La divisa de la plebe en armas parece ser ésta: acceder a la vida del poeta es in dispensable. Si no puedes hacerlo, tienes derecho a inventártela. Sabemos que los griegos eran firmes partidarios de tal divisa. 

Sa- cralizaban a sus poetas y les concedían una mitología e, incluso, una teogonia para ilustrar sus andanzas terrenales. De este modo fueron modelándose y enriqueciéndose las fábulas sáficas con más y más con tingencias. Pero se precisaba alguien que fuera capaz de refundir el acervo de los patios de vecindad, un espíritu capaz de darle un toque de refinamiento y elevación al magín de los buhoneros. Y es entonces cuando entra en escena una de las más asombrosas contribuciones del crepúsculo de aquellos viejos griegos, un personaje acaso tan singular como el propio poeta: el filólogo. Cierto es que el pueblo nunca dejó de practicar en los malabarismos con Safo obteniendo innegables re sultados, pero nunca esta historia, sin la ayuda del gabinete erudito, habría alcanzado tales grados de esperpento. El filólogo es una corrupción morbosa del bibliotecario, y también es una de las muchas pruebas de que no vivimos en el mejor de los mundos. Podríamos pensar en una utopía donde entre poema y audi torio nunca se interpusiesen mediadores ni ruido de fondo. Pero, por desgracia, a toda edad de los poetas sucede la edad de los filólogos, 12 y la música que fue propagada se convierte en el texto que ha de ser fijado. Y, sobre todo, interpretado. Interpretar es la palabra mágica y el salvoconducto del filólogo. Sobre el poema inerte ha de caer todo el engranaje de la exégesis, se ha de penetrar a toda costa en el tabernácu lo, es necesario interrogar a todos los testigos que salgan al paso. Una de las más conocidas supersticiones del filólogo es pensar que la realidad y la biografía son una ruta legítima para acotar los arcanos de la poesía. Otra bien podría ser esa enfermiza obsesión por erigirse en gendarme de las imágenes y las metáforas. Si el poeta está presente para ser sonsacado, mejor que mejor: sus palabras pueden dar una aparente sensación de seguridad en el camino, por más que el poeta no suela estar muy enterado de lo que se trae entre manos. 

Pero lo cierto es que la maquinaria filológica tiende a funcionar con mayor agilidad en ausencia del autor. Nada más esclarecedor que el caso de Safo, nombre seductoramente lejano incluso para el primero de los bibliotecarios que se interesó por ella en la antigüedad con un talante taxonómico. Desde entonces no han dejado de crecer y multiplicarse a su alrededor eso que el siempre lúcido Steiner dio en llamar los «textos parasitarios». Sin ánimo de simplificar las cosas excesivamente, podríamos redu cir el inagotable debate académico a dos principales obsesiones. Una de orden general, a saber: ¿quién era Safo? (extensión hecha a veci nos, amigos y allegados); la otra de orden particular: ¿con qué género gramatical se acostaba Safo? (a ser posible, con nombres). Sobre esta última, bautizada con el eufemismo alemán de Sapphofrage («cuestión sáfica»: las más celebres obsesiones filológicas tienen nombre alemán, curiosamente), y que es la enésima variación de la estulticia, no puedo dejar de citar las indignadas palabras de D. Manuel Fernández Galiano allá por 1958, que tan atinado solía escribir de nuestra autora: Y digo monstruosa [la Sapphofrage] por lo que de repugnante, de des agradable y hasta de ridículo tiene el presenciar cómo se diserta docta mente, a veces en latín, sobre si tal o cual fragmento demuestra que la poetisa llegó o no a ciertos extremos en sus devaneos amorosos1 'Manuel Fernández Galiano, Safo. Conferencia publicada en Cuadernos de la Fundación Pastor. Madrid, 1958. 13 Sería desbordar los límites de estas líneas, y ocioso por cierto, pasar revista a todos los avatares de la cuestión sáfica. Baste con citar uno de sus más bufonescos momentos, y que mejor ilustran las palabras de Fernández Galiano, cuando el hallazgo de un papiro disperso suscitó un acerado debate, transcendiendo la candidez de la lingüística, sobre si unas dudosas letras en la cobriza superficie podían delatar o no la pala bra griega ólisbos (cierto artificio consolador para el sexo femenino). Si las disquisiciones de la aristocracia académica se han perdido en semejantes vericuetos, si se han llenado aplastantes volúmenes e incontables artículos sobre los verdaderos sentidos del léxico sáfico, o sobre cuál era realmente la ocupación en vida de la poetisa (maestra de ceremonias de un club religioso, regidora de una suerte de internado femenino, educadora de vírgenes, directora de coro, propietaria de un burdel, etc), en resumen, si por los pasillos de las universidades y el silencio de las bibliotecas los versos lejanos se han convertido en una simple ofuscación historicista poco acostumbrada a las emociones fuertes, no es menos cierto que lejos de estos laberintos Safo seguía siendo un personaje popular que alimentaba una leyenda paralela. También sería demasiado prolijo para el presente texto referir la recepción de Safo en esa selva asfixiante que solemos llamar la «Cul tura». 

Pero lo cierto es que la luna de Safo ha mudado una y otra vez con las edades de occidente y nuestra autora se ha revestido con mil y un disfraces según apuntaban las veletas de las éticas y las estéticas. De este modo ha ido vagando, como Ulises, por los puertos más dispares y extraños de los hombres. El homenaje de su propio gremio, con varia fortuna y cambiantes intenciones, nunca le ha faltado desde esa antigüedad en que ella misma ya era sentida como lejana. Catulo parodió con seriedad su célebre phaínetai moi kénos en su despreocupado y juvenil poema de amor a Lesbia en estrofa sáfica (carmen lv ): lile mi par esse deo uidetur, ille, si fas est, superare diuos qui sedens aduersus identidem te spectat et audit Η dulce ridentem, misero quod omnis eripit sensus mihi: nam simul te, Lesbia, aspexi, nihil est super mi tum quoque uocis, (...) El múltiple Horacio encontró también buen acomodo en inolvida bles composiciones con la misma estrofa: Iam satis terris niuis atque dirae grandinis misit Pater et rubente dextera sacras iaculatus arces terruit Vrbem, terruit gentis, graue ne rediret saeculum Pyrrhae noua monstra questae, omne cum Proteus pecus egit altos uisere monti, (...) Estrofa que, por otra parte, con la evolución del latín de su antiguo acento tonal al acento de intensidad, acabó por adquirir inesperadas sonoridades en los primitivos himnos de la Iglesia: Vocis auditae novitae refulsit Regis adventum recinens superni; Det suos terra pariendo flores Jure coronis.2 (...) Y cuyo eco recogería en castellano nuestro Esteban Manuel de Villegas en ese delicado ejemplo de orfebrería verbal y paganismo de guardarropía que es su Oda al Céfiro·. Dulce vecino de la verde selva, huésped eterno del abril florido, 2Himno datado en el siglo v y atribuido a San Saturnino. 15 vital aliento de la madre Venus, céfiro blando; si de mis ansias el amor supiste, tú que las quejas de mi amor llevaste, oye, no temas, y a mi ninfa dile, dile que muero. Filis un tiempo mi dolor sabía; Filis un tiempo mi dolor lloraba; quísome un tiempo, mas agora temo, temo sus iras. Así los dioses con amor paterno, así los cielos con amor benigno, nieguen al tiempo que feliz volares nieve en la tierra. Jamás el peso de la nube parda, cuando amanece en la nevada cumbre, toque tus hombros, ni su mal granizo hiera tus alas. 

Estrofa que Swinburne también utilizó en su personal cumplido con la cantora de Lesbos (a quien, dicho sea de paso, tenía por «the greatest poet who ever was at all») titulado Sapphics·. Ah the singing, ah the delight, the passion! All the loves wept, listening; sick with anguish, Stood the crowned nine Muses about Apollo; Fear was upon them, While the tenth sang wonderful things they knew not. Ah the tenth, the Lesbian! the nine were silent, None endured the sound of her song for weeping; Laurel by laurel. 16 Faded all their crowns; but about her forehead, Round her woven tresses and ashen temples While as dead snow, paler than grass in summer, Ravaged with kisses, Shone a light of fire as a crown for ever. Yea, almost the implacable Aphrodite Paused, and almost weept; such a song that song, Yea, by her name too Called her saying, ‘Turn to me, O my Sappho;’ Yet she turned her face from the loves, she saw not Tears for laughter darken inmortal eyelids, Heard not about her. A modo de paréntesis, y sin dejar el ámbito anglosajón, no puedo prescindir de la cita de un curioso espécimen de Ezra Pound donde, más que a nuestra poetisa, a lo que parece homenajear es al propio tiempo que ha desgastando los papiros y mutilando caprichosamente sus versos. Lacónico poema titulado Papyrus: Spring................. Too long............ Gongula............ Pero, para terminar este breve repertorio de versos, y volviendo a nuestro país, una de las más bellas composiciones hacia la lesbia ha bría de partir de Jorge Guillén. A l margen de Safo por un lado asume el juego jocoso con un género literario al dedicar su última estrofa a Villegas; por otro, más allá de las estatuas griegas de cartón piedra, de las reivindicaciones militantes, de los intelectualismos espesos y de los descoloridos revivals bajo los cuales tan a menudo suelen quedar ahogados los versos sáficos, se limita a ser sólo poesía dentro de la poesía, un gozoso entendimiento entre poetas de verdad: Ya los pastores que el jacinto huellan, Vuelven en paz con sencillez de oscuros. 17 Atis ya implora su secreto a Safo, Noche lunada. «Mis labios buscan el mejor abismo Mientras las olas a las playas traen Ecos y flecos del abismo ignoto Que nos alienta.» Noble estatura, la cabeza altiva, ímpetu brusco y lentitud de celo, Tierna hasta el llanto, caprichosa, fuerte, Ávida humilde. Dulce Villegas que al presente ritmo Diste un acento de fervor con gracia: Te restituyo tu joyel de músico. ¡Sáfico Adónico! Porque, digámoslo de una vez, hablar de Safo es hablar, ni más ni menos, que de poesía, lo cual significa no sentirse en la obligación de hablar. Y el adjetivo sáfico no se puede entender sino como un sinóni mo más del misterio poético. Tales fueron los quehaceres de esta mujer hilvanadora de palabras en esa rueca secreta cuyos engranajes nadie está en posición de desentrañar ni comprender, afortunadamente para todos los que necesitan la poesía para llegar a levantarse cada mañana con algo de decencia. 

Las palabras son pozos sin fondo de sueños colectivos, en su legado acumulan innumerables estratos de vidas, ciudades, portentos y caminantes, y resuenan en cada labio, siempre distintas e iguales, desde un abismo inmenso donde la etimología y la gramática apenas logran asomarse sin un escalofrío de vértigo. No le faltaba razón a Jakobson cuando decía que era preciso, antes que estudiar la gramática de la poesía, indagar en la poesía de la gramática. Las palabras que los hombres se transmiten, verdadero Viento delpue blo, son la llana materia prima del poeta para que éste las reinvente, y su arte no podrá entenderse nunca sin lenguaje (o sin silencio, que es una de las formas más extrañas del lenguaje.) Hablar de Safo es hablar de las palabras y el resto, los mapas de su vida, sus odios y sus amores, 18 las casualidades de ser mujer y griega, de haber vivido en una isla de Asia Menor de afamadas sonoridades y pertenecer a ese colectivo que solemos llamar «los antiguos», todo eso no es más que materia del tiempo y de las nubes. Por lo cual no hay mejor manera de adentrarse en los versos sáficos que desde una saludable posición de ignorancia. Homero fue un gran fingidor de mundos. Le fue deparado el infinito e irracional asedio de Troya y las no menos irracionales e infinitas travesías de Odiseo. Safo, tan aventurada como el viejo cantor de la epopeya, también se entregó a esas invenciones y a edificar una mitología propia donde el principal protagonista, el paladín de la épica del corazón y de los desgarros, se llamaría Safo. El paisaje, plagado de flores y veneno a partes iguales, fatigado por la cambiante brújula de Afrodita, casi siempre desemboca en un ancho mar sereno o en un cielo estrellado llenos de preguntas sin respuestas, acertijos del tiempo, separaciones y añoranzas. Es un orbe en que detrás de cada guiño de la primavera se encuentra acechando la mano casta del otoño o, para ser más precisos, donde las desmesuradas flores no existen sino para justificar la hojarasca. Y donde el compás riguroso de las sílabas conduce al forastero a encontrarse no tanto con el rostro de Safo sino con el suyo propio. Así pues, Atis, Anactoria, Góngula y tantos otros nombres que en tretejieron los días de Safo se han convertido, gracias a la alquimia de la poetisa (siempre escondida tras las tramoyas de sus versos), en una palabra hechizadora y multiforme. 

Una palabra que abrirá la única puerta destinada a cada lector. La leyenda de Safo seguirá dando vueltas, qué duda cabe, y su nom bre rebotando en innumerables ecos. Pero la cantora siempre se guar dará un as en la manga, amargo triunfo. Porque para siempre se habrá puesto la luna y la noche será tierra de nadie en unos versos que mere cen en justicia la memoria, que brillan más allá de las vestiduras de la danza o el ámbito del ritual o el silencio de la tipografía; versos cuya bonanza consiste en no reflexionar ni dar respuestas y que parecen ha berse dicho por primera vez en ningún tiempo y en ningún lugar. 19 E sta traducción No voy a fatigar demasiado la superstición de la fidelidad en una traducción de poesía. Empezaré por sugerir que, ante un poema, la traducción es un fracaso consumado pero también un género literario al que no queda más remedio que resignarse. En el caso de Safo parece que las dificultades se multiplican: la anti güedad de la lengua y el exotismo de su dialecto, el que sus poemas se hayan transmitido mayormente en un estado de perpetua mutilación —con el entramado crítico y el inagotable repertorio de conjeturas que ello conlleva— y, sobre todo, la imposibilidad de hacer sentir a nuestros oídos la sonoridad de una poesía apoyada en unos hechos lingüísticos totalmente ajenos al castellano. Sin embargo, con la misma lejanía y parecidos fracasos se puede uno topar al traducir, por poner un ejemplo, versos del portugués moderno. La poesía seguirá cerrada a cal y canto. Puestas sobre la mesa las imposibilidades, no queda más remedio que aceptar que toda traducción de poesía ha de ser una recreación poética. Baste con este adjetivo. Sobre si ha de ser en verso o prosa no seré yo quien siente cátedra. Primero porque, en poesía, los linderos entre prosa y verso son muy imprecisos. Segundo, porque escribir versos convenientemente acentuados no conduce necesariamente al poema y, no lo olvidemos, los tratados de métrica son posteriores a los poetas. Sirva como ilustración a lo dicho que muchas de las más hermosas traducciones a Homero están en prosa y transmiten más emoción poética que tantas otras en verso. En lo que hace a esta traducción de la poesía de Safo, he optado por un verso castellano de corte más o menos tradicional, dentro de un paisaje vagamente de silva y una obsesión —que no juzgo rele vante— por conservar el número original de versos. En absoluto me he preocupado por intentar reproducir el ritmo de aquellos poemas, lo cual no quiere decir que condene otras traducciones de Safo por haber seguido estos caminos y cuyo juicio merece horizontes más amplios que el del verso elegido. Pensemos en Rubén Darío, que escribió admirables composiciones en unos pretendidos hexámetros 20 que eran deliciosamente inverosímiles. Tan cierto como que también encontramos en nuestra lengua delincuentes ejemplos de versificación «a la griega». 

En mi caso, desestimar estos artificios viene simplemente por no creer en la fidelidad de los mismos. Por otra parte, tampoco me he preocupado por traducir sistemá ticamente los poemas en estrofa sáfica con la llamada «estrofa sáfica castellana», tal y como hicieron en nuestro país los primeros traduc tores de nuestra poetisa. Como en el anterior caso, el ritmo de esta estrofa, resultado caprichoso de la evolución acentual del latín, sería ininteligible a oídos de Safo. El lector encontrará, no obstante, que el poema 6 está traducido en este tipo de estrofa. La elección obedece a un divertimento esporádico. Llegados a este punto, no estaría de más una aclaración a lo que se entiende por la poesía de Safo. Hoy día es inevitable la figura del lector que mantiene una relación tipográfica con la obra del poeta. Pensemos en el escenario habitual: el decurso de los caracteres se sigue en silencio con los ojos mientras el lector se dice a sí mismo los versos. Pero no es bueno olvidar que ya había poetas antes de la llegada de los hombres de letras y que la literatura no es más que uno de tantos atuendos tras los que se esconde la poesía. Safo vivió en una época que no conocía los libros3; sin embargo, nadie puede dudar de que sus poemas tuvieran otros canales igual de legítimos, tanto públicos como privados. Sobre los primeros algo sabemos, pues la poetisa solía componer epitalamios o canciones de boda por encargo. Apenas co nocemos la escenificación y las tramoyas de aquellos ritos, pero estas composiciones sáficas tendrían que ceñirse a unos esquemas tradicio nales y fijos, verdaderas cárceles a las cuales la lesbia pareció entregarse 3Pero sí la escritura, aunque con esto debemos movernos con delicadeza. Primero, porque el uso de la escritura alfabética, a pesar de llevar ya unos doscientos años des cubierta por los griegos en época de Safo, debía de tener aún un uso muy restringido. Segundo, porque la relación de un poeta con la escritura siempre ha sido en toda época, cuando menos, complicada. El tiempo y las costumbres han terminado por confundir los conceptos de poeta y escritor. Yo creo que con Safo es necesario dejar claro y autónomo el primero. Por otra parte sospecho que si Safo se valió de la escritura, hubo de tener esta herramienta como algo secundario, una especie de prótesis para la memoria, como probablemente también sucedió en el caso de Homero. 21 con entusiasmo, verificando el hecho de que no existe el verso libre sino el poeta libre.

 En cuanto a su poesía más de puertas adentro, aquí ya empezamos a pisar terreno resbaladizo si nos obsesionan demasiado los cómos y los dóndes, aunque no mentiríamos demasiado si nos atreviéramos a afirmar que la música, la danza o, incluso la mímica, no deberían de andar muy lejos: en todo caso, meros envoltorios como este libro que el lector tiene entre sus manos. La poesía de Safo es el resultado del auditorio que recuerda y en él tiene su razón de ser, porque la poesía es materia de lenguaje y el lenguaje materia de la memoria cambiante: versos para cantar en las fiestas, versos para reír con los cercanos, versos para susurrar al oído o, simplemente, versos para decirse en soledad, ya que el auditorio de Safo bien pudo ser muchas veces ella misma. Y luego vendría, inevitablemente, la literatura. Papiros desvencijados que conservan los ecos de las primeras —y artificiosas— compilaciones alejandrinas; citas dispersas en otros autores antiguos, las más con fines anodinamente gramaticales o ejemplificadores; versos hechos añicos sobre una vasija rota. Y, sobre todo, un inmenso repertorio de silencios. En eso ha quedado la poesía de Safo tras la marcha de su auditorio. Y de semejante escombrera se nutre esta traducción. He preferido conservar las lagunas de los originales, siempre que me ha sido posible hilvanar un vacío, generalmente atendiendo a criterios más emocionales que lógicos. Muchas páginas de las ediciones críticas están plagadas de pasajes ininteligibles y entreverados por palabras perdidas. Ni he intentado su traducción ni, honestamente, creo que se deba perder el tiempo en traducirlos o, mejor dicho, transcribirlos en una enumeración vana: bastante emotivo ya de por sí es ver ese laberinto tipográfico de hermosas voces griegas en los libros eruditos y en el aparataje crítico. La broma citada de Ezra Pound tiene su encanto una vez, pero he intentado evitar que se convierta en norma (empresa nada fácil) para esta traducción. 

En casos muy concretos he optado por los «rellenos» que ofrecen las ediciones críticas. Los puntos suspensivos notan una laguna en el texto original o un pasaje oscuro no traducido, todo lo cual puede estar dentro de un verso o abarcar un número variable de ellos. Aquellos 22 versos cuya fuente está en la cita de algún literato de la antigüedad tienen distinto tratamiento, como distinta —y más exquisita— es su forma de mutilación. Para advertir de su procedencia llevan un asterisco en su encabezado y los puntos suspensivos, en este caso, indican que nuestro informador ha dejado el verso sin una sintaxis más o menos cerrada o, sencillamente, que el traductor ha decidido prescindir de un pasaje corrupto dentro de la fuente. Repárese en que sólo el poema i de este volumen podría tenerse por íntegro dentro de este grupo de testimonios antiguos. De hecho, es el único poema completo de Safo (en el sentido filológico del término «completo») que conocemos hasta la fecha. Hay una serie de fragmentos que en un principio tenía desterrados. Finalmente, he optado por incluirlos en el pequeño apéndice llamado Retales. La edición seguida principalmente es la de Edgar Lobel y Denys Page (Poetarum lesbiorum fragmenta, Oxford, 1955.), que cito con la abreviatura L.-P., completada con las reconstrucciones que hace el propio Page de los fragmentos sáficos más célebres en su libro Sappho and Alcaeus (Oxford, 1955). En algunos casos he seguido también la edición de Eva Maria Voigt (Sappho et Alcaeus. Fragmenta, Amsterdam, 1968.), bien en el texto o en el aparato crítico. He aquí las lecturas divergentes que extraigo de Voigt: Poema v, verso 12: Κύπριο εραι]οαν (en aparato crítico). Poema vil, verso 2: λάβοιοαν αβ[ραν (en aparato crítico). Poema xxi, verso 8: καταΰτ[με]να. Poema xxxin, verso 1: κατά νυκτ’ óc (en aparato crítico). Para la traducción de alguna palabra problemática, he encontrado provechoso el libro El léxico de los poetas ksbios, de Helena Rodríguez Somolinos (C.S.I.C., 1998). He desechado un orden premeditado de los poemas, basado en crite rios de presunta antigüedad o temáticos (al fin y al cabo, el tema de un poema es el poema en sí). Y, ni mucho menos, he caído en la tentación de ponerles un título. Mejor hubiera sido preguntar a la propia Safo 23 sobre el particular. Así que los poemas llevan, con algunas variantes y teniendo en cuenta los fragmentos excluidos, el mismo orden de la edición Lobel-Page, lo cual es como dejarlos en manos del azar. 

Al lector que le interese el texto griego le diré que he simplificado el complejo aspecto de las ediciones críticas y sólo aparecen las partes traducidas. Los puntos suspensivos tienen el mismo objeto que el de los que aparecen en la traducción. Las letras, palabras o frases añadidas por los editores aparecen entre corchetes. En un par de casos (poema 3) he utilizado la letra arcaica llamada digamma, p (pronunciada como la semivocal u), en una posición, por otra parte, conjetural. Todas las sigmas que aparecen en los poemas asumen la variante tipográfica en forma de media luna, tanto mayúscula C como minúscula c. También he incluido una serie de notas a algunos fragmentos que no se deben entender como una guía de lectura para los versos sáficos, que se justifican por sí mismos, sino como una especie de cuaderno de bitácora del traductor. De vez en cuanto la arqueología le trae alguna que otra satisfacción a la poesía de la lesbia. Tal es el caso del hallazgo sáfico de última hora a fecha de publicación de este libro, una serie de fragmentos papi ráceos en poder de la Universidad de Colonia que formaban parte del ajuar de una momia egipcia, y que en 2004 fueron identificados como parte de un rollo de poemas de Safo. Los textos fueron copiados alrededor del siglo tercero a. C., por lo cual estaríamos ante uno de los dos testimonios más antiguos de la poesía sáfica. El otro lo constituiría el trozo de óstrakon del fragmento 2 L.-P., poema 2 de este volumen (cf. nota al poema). Entre estos fragmentos se ha encontrado uno que permite recons truir parte de otro poema, muy corrupto, descubierto en 1928 en uno de los papiros de Oxyrrinco, que en la edición Lobel-Page lleva el nú mero 58. De la magnífica labor de reconstrucción, obra de M. L. West y publicada en el n° 124 de la revista ZPE, se hace eco esta traducción, y el nuevo poema sáfico, cuya versión en español se publica por primera vez con este libro, lo encontrará el lector con el número 31. Por último, me satisface dar cuenta de que este pequeño volumen está enriquecido con la aportación de D. Manuel Sanz Morales, pro 24 fesor de la Universidad de Extremadura, que ha escrito un interesante apéndice sobre la tradición sáfica en nuestro país con palabras desde luego muchísimo más autorizadas que las mías. Continuando el capítulo de agradecimientos, no puedo dejar de citar a la profesora Araceli Striano de la Universidad Autónoma de Madrid por sus muchos comentarios, correcciones y sugerencias, y también sus incontables muestras de aliento. 

Lo mismo he de decir de Jesús de la Villa, también profesor de dicha universidad, magisterio inagotable de griego, esa lengua cuya belleza radica en que nunca se acaba de aprender. Cualquier error en esta traducción es únicamente imputable al traductor. Quería hacer mención aquí también al tipógrafo y profesor de len guas clásicas español Juan-José Marcos García por la gentileza de permitir usar en este libro su fuente Alphabetum Unicode, verdadera obra maestra reconocida internacionalmente, fruto de un largo estudio sobre la tipografía griega y sus laberintos. Poesía y filología están en las antípodas pero a veces, en las horas más canallas de la noche, suelen entablar extrañas alianzas. La presente traducción podría ser el resultado de las mismas, y desde su esmerado naufragio solo pide benevolencia por haber intentado ganarse al posible lector para el auditorio de Safo. 

Juan Manuel Macías Cercedilla, m m vii

domingo, 11 de enero de 2026

J. A. LÓPEZ FÉREZ (Ed.) HISTORIA DE LA LITERATURA GRIEGA fragmento



Presentación

Con este volumen los Autores y la Editorial Cátedra desean ofrecer al público, en general, una literatura griega a la altura de los actuales logros e investigaciones. La obra quiere llegar a todo lector interesado: profano, universitario, especialista. La literatura griega es un capítulo abierto que comienza con Homero en el si glo vm a.C. y llega, ininterrumpidamente, hasta nuestros días. 

Nosotros, filólogos clásicos, nos ceñimos a la literatura griega llamada «clásica» en sentido amplio, cuyos límites temporales son imprecisos. Llegamos hasta el 529 d.C., y prescindimos de la literatura cristiana, pues su contenido y amplitud desbordan nuestro propósito. La presente obra es resultado de una amplia y estrecha colaboración, durante varios años, de profesores de diversas Universidades españolas. 

Debemos decir, con gratitud, que desde el primer momento hemos contado con el apoyo e interés de todos ellos, a más de otros muchos. Los autores han tenido total libertad de enfoque en su cometido, y, naturalmente, han aplicado métodos diversos al estudio de la literatura. Hay planteamientos formalistas, estructurales, sociológicos. 

No obstante, se ha aceptado, en general, como válida la ordenación cronológica siempre que ha sido posible, tanto en el caso de los géneros literarios como dentro de cada ,escritor. Hemos tratado de evitar las discusiones prolijas sobre puntos aún controvertidos, si bien, en los ca sos necesarios, algo se ha apuntado en tal sentido para el lector interesado. De otra parte, han merecido atención preferente la interrelación de forma y contenido, verdadera constante en la literatura griega, y, asimismo, las innovaciones que ciertos autores y obras supusieron en la tradición literaria. 

En estos y otros aspectos, los métodos lingüísticos han prestado valiosa ayuda para entender mejor las creaciones literarias. La transmisión de los autores y sus obras, así como su influencia posterior en Roma y, luego, en las literaturas europeas, especialmente en las españolas, han sido puntos destacados en particular. El rico contenido de la literatura griega se ha visto notablemente incrementado en este siglo por los sucesivos hallazgos, sobre todo papiráceos. Con ellos han cambiado algunos postulados antiguos sobre ciertos géneros literarios y han venido a situarse en primera línea autores de los que apenas se sabía alguna cosa hace una centuria. Los descubrimientos continúan siendo importantes y a ellos aludimos en los lugares oportunos. 

Creemos conveniente ofrecer al lector interesado abundantes informaciones sobre fuentes de la literatura: ediciones más importantes, especialmente las recientes, comentarios, escolios, léxicos y concordancias, estudios particulares. Asimismo, traducciones a lenguas modernas, en particular al español, e información sobre instrumentos y repertorios bibliográficos. En la transcripción al español de los nombres propios griegos hemos adoptado las normas habituales en nuestro país. 

Con todo aparecen aquí y allá, según los au tores, dobletes igualmente admitidos: Hadriano-Adriano, Áyax-Ayante, etc. Otras veces, empero, por mor de unidad, hemos preferido generalizar ciertas transcrip ciones, aceptando, por ejemplo, en todos los casos Tebaida, Teseida, aunque formas como Tebaide, Teseide, sean igualmente válidas. Asimismo leemos siem pre Orestia, si bien algunos autores, con cumplidas razones, prefieren Orestea. En lo referente a abreviaturas de libros, revistas y editoriales, damos las comúnmente utilizadas, y, asimismo, las empleadas en este volumen. Con frecuencia las obras griegas aparecen citadas con las abreviaturas usuales entre filólogos. 

Para los casos dudosos nos remitimos al Geek-English Lexicón de H. G. Liddell — R. Scott, Oxford, CP. reim. 19799 y al Diccionario Griego-Español, I, Madrid, CSIC, 1980. Respecto a los índices, nos pareció oportuno prescindir del correspondiente a estudiosos contemporáneos, siempre cambiante y renovable, bien representado, por lo demás, en las sucesivas bibliografías ofrecidas. 

En los índices relativos a autores y obras subrayamos, de ser preciso, el pasaje más relevante cuando contamos con más de tres citas. Agradecemos a la Editorial Cátedra su propuesta de elaboración de este volumen, así como su afán en que llegue al gran público. Su director nos ha animado desde los primeros momentos, y todo el equipo técnico ha puesto notable celo y cuidado durante las sucesivas pruebas, especialmente en la bibliografía y las transcripciones. J. A. López Férez

sábado, 22 de noviembre de 2025

Luis Arturo Guichard Asclepiades de Samos Epigramas y fragmentos Estudio introductorio, revisión del texto, traducción y comentario





Prólogo 

 Este libro es un estudio de conjunto, con revisión del texto, traducción y comentario, de toda la obra conservada bajo el nombre de Asclepía- des de Samos, poeta del siglo III a. C. al que se cuenta entre los más importantes epigramatistas de una época, la helenística, en la que pro bablemente se hayan escrito los mejores epigramas de la literatura grie ga Se incluyen aquí tanto aquellos epigramas cuya autoría es segura (I- XXXIII) como aquellos en que se encuentra sujeta a duda (*XXXIV- ♦XXXIX: Asclepiades o Posidipo; *XL-*XLVII: Asclepiades u otros autores). Aunque tomo partido en cada caso a favor de una u otra atri bución y creo que varios de ellos definitivamente no son obra suya, no he considerado conveniente excluirlos, sobre todo cuando la reciente publicación por parte de G. Bastianini, C. Gallazzi & C.

 Austin de los epigramas de Posidipo conservados en P. Mil. Vogl. VIII 309 me ha permitido enriquecer en varios casos la discusión de autoría. Se inclu yen también los seis fragmentos atribuidos con mayor o menor segu ridad a Asclepiades, y que pueden haber pertenecido a epigramas o a poemas de otro tipo.1 Los problemas textuales que presentan los epigramas de Asclepiades aconsejaban una revisión completa del texto. Para ello he consultado directamente los manuscritos que se encuentran en Paris y Londres,2 he utilizado el facsímil de P publicado por Preisendanz (1911) y he mane 1 2 En el presente comentario, la numeración de los epigramas cuya autoría no se encuentra sujeta a discusión (I-XXXIII) es la misma de HE y EG, no porque esté de acuerdo con ella - desde mi punto de vista el orden de IX y X debería inver tirse, XIII debería aparecer como XI, etc. sino porque creo que no tiene sentido alterar una y otra vez el orden de corpora escasos como éste (véase las concor dancias en p. 487). 

La numeración de los epigramas de autoría discutible (*XXX1V-*XXXIX y *XL-*XLVI) es también igual a la de HE, pero difiere de EG al haber trasladado Page algunos de los epigramas a la sección dedicada a Po sidipo; el epigrama * XLVII del presente comentario corresponde a Nicéneto 5 HE; el fragmento 1, a Asclepiades *47 HE; para la numeración de las ediciones anteriores y de los fragmentos 2-6, no incluidos en HE ni EG, véase igualmente las concordancias y pp. 76-77. Véase la descripción de los manuscritos en pp. 85-97 y las siglas en p. 137. jado reproducciones microfilmadas de los manuscritos restantes, sea de los existentes en el Institut de Recherche et d'Histoire des Textes, Sec- tion Grecque (París), sea adquiridos para tal efecto. He tenido oportu nidad de incluir en el aparato crítico cuatro manuscritos (los apógrafos BGLR) que no fueron consultados directamente por Gow & Page, auto res del comentario de referencia más reciente, y otros dos (Q y el apó grafo V) que no fueron utilizados por ellos ni directa ni indirectamente. Los apógrafos tienen una gran importancia para el establecimiento del texto ya que contienen conjeturas de filólogos importantes, a menudo atribuidas de manera azarosa; su estudio, no obstante, fue apenas co menzado por Aubreton, cuyos trabajos revelaron una masa enorme y compleja de manuscritos a los que nadie se ha enfrentado después de él. En mi caso, me he limitado a intentar poner un poco de orden en las siglas y en el aparato crítico, registrando los manuscritos que utilizo y señalando los epigramas que se encuentran en cada apógrafo.3 Debido a la importancia que las conjeturas tienen para el establecimiento del texto de la Antología, discuto la mayoría de ellas en el comentario, pero en el aparato crítico sólo incluyo aquella que he adoptado o, en el caso de haber preferido la lectura de otro manuscrito, la que ha merecido mejor consideración por parte de los filólogos: alii alia equivale por lo tanto a un perentorio véase el comentario, donde registro el resto de las conjeturas;4 de esta manera he tratado de evitar una engañosa apariencia de abundancia de variantes en la transmisión del texto. La revisión de 3 4 Véase pp. 92-97. 

Resulta un tanto sorprendente que, habiendo tantas copias y siendo tan complicada la relación que existe entre ellas, los editores nunca men cionen la catalogación de los apógrafos que utilizan; Gow & Page de hecho no los consultaron y prefirieron seguir a Stadtmüller, que sólo colacionó dos, el Lip- siense y el Buherianum; el resultado es que se atribuye a los apógrafos conjeturas que no se encuentran en ellos y se ignoran otras que no han sido tomadas en cuen ta por editores anteriores. Particularmente difícil es el problema de las conjeturas que tradicionalmente se atribuyen a Saumaise; a partir de los estudios de Aubreton, yo en lo persona] dudo de que alguna vez haya existido un apographon Salmasianum del que deriven los demás; el hecho es que Jacobs, Beckby y Gow & Page atribuyen a Saumaise las conjeturas de los apógrafos como si en efecto proviniesen de él. Como explico en el apartado correspondiente (pp. 87-92), yo prefiero indicar simplemente el apó grafo en el que aparecen las conjeturas y sólo atribuyo a Saumaise las que se en cuentran en su obra publicada (véase por ejemplo XXIV) o aquellas que no he podido localizar pero no se encuentran en los apógrafos. estos puntos permite aclarar algunas inconsistencias en el aparato de HE.5 El texto que presento es conservador, aunque no tanto como el de Gow & Page. Si ésta fuera una edición sin comentario, en la que no hubiera otra manera de matizar las elecciones editoriales que el aparato crítico, o más aún, una edición bilingüe centrada en el castellano, acaso me hubiera permitido adoptar conjeturas o lecciones de manuscritos que hicieran los textos más fluidos y legibles: tal es el objetivo de la mayoría de las conjeturas en pasajes conflictivos.

 No es así. El texto que presento forma una unidad con el comentario y pretende ser un punto de partida para éste; las alternativas posibles están a la vista en el comentario, matizadas y a salvo, de modo que no es necesario incorpo rarlas en el texto más que en casos de relativa seguridad. Mi texto, si se me permite decirlo así, pretende ser un texto lo más abierto posible, en el que puedan reflejarse los problemas de transmisión e interpretación de los epigramas. Quiero señalar aquí que no me ha sido posible consultar manuscritos de la transmisión indirecta, representada fundamentalmente por Plu tarco, Ateneo, la Suda y algunos escolios de Tzetzes, obras de las cua les existen ediciones recientes y en general fiables.6 En cuanto a los papiros, he trabajado sobre fotografías, incluyendo P. Oxy. 3724, publi cado por Parsons en 1987 y que tampoco estuvo por lo tanto al alcance de Gow & Page. He manejado asimismo las veinte ediciones de la An tología Palatina y la Antología Planudea que describo en el apartado 5 6 Destaco las siguientes en el texto de Asclepiades: 1) uno pensaría que en XI1. 4 no hay ningún problema textual aparte de aÜTrp C; en verdad el texto que impri men Gow & Page (dXX’ otqv oiyopéurií) es una corrección de Jacobs a dXX’ ot áv oi-yon^ur|9 C; tampoco se sabría que Pi tiene otra lectura (dXV o t’ ái'OL-yo- tiéuTi?). 2) En XXVI. 3 no es del todo claro cuál es la lección de la Suda. 3) en XXVII. 1 uno creería que PPl transmiten la misma lección ’Hpíwris, lo cual es incorrecto: P transmite ’Hpími?. 4) Como no hay ninguna aclaración acerca de este punto, uno no sabría por qué en XXVII. 1 se acepta ’Hpíio'Tis mientras en 2 se acepta napOeviicás. Siendo coherente habría que aceptar desinancias áticas en ambos términos (como hizo Estienne) o bien dorias en ambas (Neri); algo similar ocuiTe con las formas dialectales de XXXIU y XLV. 5) En XL. 3 no se sabría que la lectura aceptada por Gow & Page (¿v’) es una corrección de ed. vet. 1566 (Es tienne) del traditusiv (P^Pl), ni que transmite ei\ Véase p. 84 y la tabla de fuentes en p. 489. correspondiente.7

 Cualquiera que haya trabajado en un texto tan com plejo como el de la Antología Griega comprenderá que haya preferido el término revisión del texto en lugar de edición critica para calificar mi trabajo. Para el comentario he aprovechado una larga tradición filológica a la que he intentado dar forma y contenidos acordes a nuestra comprensión actual del epigrama griego. Mi deuda hacia obras mayores en este cam po (Jacobs, Meineke, Gow & Page, Pfeiffer, etc.), patente a lo largo de mi trabajo, es tan grande como la que puede tener cualquiera que con conocimiento de causa vuelva sobre temas tratados por los grandes maestros de la Filología. El comentario de los epigramas *XXXIV- * XXXIX es sensiblemente más breve ya que se cuenta con el comen tario reciente de E. Femández-Galiano; puesto que el doblete es inevi table mientras no se solucionen definitivamente los problemas de auto ría que afectan a estos epigramas, he intentado incidir en puntos a los que Femández-Galiano prestó menor atención; mi tratamiento de estos epigramas es en todo caso complementario del suyo, en el que me he basado en muchos aspectos, al igual que en otros trabajos que me pare cen especialmente útiles, como el de Sider sobre los epigramas de Fi- lodemo. 

Bajo el aparato crítico de cada texto estudiado señalo los poe mas de otros autores con los que éste tiene una relación de imitatio o variatio importante, una relación, podríamos decir, genética, pero no se persigue de ninguna manera un aparato de loe i símiles; éstos se discuten en el comentario. Se incluye también al incio del comentario de cada epigrama una síntesis bibliográfica para facilitar la consulta a quien desee profundizar en las diferentes interpretaciones o conjeturas; evi dentemente no recojo todas las opiniones de los filólogos anteriores, a menos que se trate de pasajes especialmente discutidos, que los hay (véase por ejemplo V. 1, XVI. 7, XXV. 1 o *XXXVI. 1-2); en esos ca sos, la discusión va en letra más pequeña. En general, la bibliografía recogida sistemáticamente en este trabajo llega hasta 2002, incluyéndo se sólo algunos libros o artículos publicados en 2003 y 2004. Respecto a la traducción, me gustaría señalar que, en virtud de que existe una excelente traducción rítmica completa y otras parciales,8 he 7 8 Véase pp. 97-102. Todos los epigramas de Asclepiades figuran en la versión rítmica de M. Fernán dez-Galiano (1978), excelente versión con presentaciones que a veces constituyen optado por una versión que, sin tener como objeto la literalidad, sirva como instrumento del comentario al tiempo que sea agradable - espero - en español; contraviniendo un tanto mi formación mexicana, mis tra ducciones no tienen, pues, ninguna intención métrica ni rítmica. Lo mismo vale para la traducción de los testimonios y los textos citados en la introducción. No traduzco los textos citados como paralelos en el comentario, aunque en ocasiones se trate de epigramas completos. En el estudio introductorio se reúnen y estudian los testimonios acerca de la vida y obra de Asclepíades, así como su relación con otros poetas (cap. 1); se analiza su aportación al desarrollo del epigrama lite rario, haciendo hincapié en la incorporación de elementos de otras tra diciones poéticas (fundamentalmente la elegía, la monodia y la come dia) como una de las claves para la conformación del epigrama como género dominante de la poesía helenística (cap. 2); se traza una historia de la transmisión del texto que permita revisarlo en profundidad (cap. 3); se estudian las características lingüísticas de los epigramas, en es pecial la problemática mezcla de dialectos (cap. 4), y se describen las características prosódicas y métricas de los epigramas transmitidos bajo el nombre de Asclepíades, comparando sus usos con los de otros auto res (cap. 5). Es casi una norma de las ediciones y comentarios que el capítulo dedicado a la transmisión del texto figure inmediatamente an tes de los sigla y de la edición del texto propiamente dicha. En el pre sente trabajo, el capítulo acerca de la transmisión del texto aparece an tes del estudio lingüístico y métrico en virtud de que éste supone el conocimiento de los problemas de autoría causados por la transmisión manuscrita y la correspondiente división de los epigramas estudiados en tres grupos.

9 El trabajo que he descrito aquí muy sumariamente pretende contri buir a cubrir un hueco llamativo en los estudios especializados acerca del epigrama helenístico, que avanzaron en la segunda mitad del siglo un pequeño comentario. Los epigramas eróticos aparecen en las traducciones es pañolas de los libros 5 y 12 de AP: de Villena (1980); Rodríguez Alonso & Gon zález (1999); Galán Vioque & Márquez Guerrero (2001). Veintiuno de ellos apa recen en Brioso (1993) y cinco en Maruri (1991); la antología de Brioso aporta en muchas ocasiones una interpretación del sentido de los textos por medio de los tí tulos añadidos por el traductor. 9 Véase en particular pp. 76-77. XX en la dirección sugerida sucesivamente por Pfeiffer y Lloyd-Jo- nes:

10 la preparación de ediciones que separasen cronológicamente los textos y la elaboración de comentarios que, restituyendo a los prin cipales autores su individualidad, profundizara en la obra de cada uno de ellos. La primera de estas sugerencias se ha visto cumplida en parte con las ediciones comentadas de Gow & Page de las Coronas de Me leagro y de Filipo (1965 y 1967)11 y con los Further Greek Epigrams de Page (1981), aunque hasta el momento nadie haya editado el Ciclo de Agatias; la segunda, con los comentarios realizados acerca de varios epigramatistas helenísticos.12 Sobre Asclepiades de Samos, sin embargo, no se cuenta hasta la fe cha con ningún trabajo de conjunto de este tipo, a pesar de la impor tancia que su obra tiene en la conformación del epigrama como uno de los géneros dominantes de la poesía helenística.13 Aparte del monumen tal comentario de Jacobs14 y de las selecciones de Meineke, GefTcken y 10 Pfeiffer (1955); Lloyd-Jones (1984). 

 11 Es importante recordar que en los Hellenistic Epigrams de Gow & Page, el co mentario de Meleagro es sobre todo obra de Page y el del resto de los epigrama tistas, entre ellos Asclepiades, lo es sobre todo de Gow, que tenía ya avanzado el trabajo cuando Page comenzó a colaborar con él; teniendo esto en cuenta se com prenden mejor ciertas diferencias, como el señalar influencia sobre Asclepiades I de un pasaje de Esquilo que Page había considerado espurio al editar el Agame nón (Denniston & Page [1957]) o que los epigramas de Asclepiades en los Epi- grammata Graeca de Page (1975) sean sólo treinta y siete, cuando en HE eran treinta y tres de atribución segura y catorce de atribución dudosa. 12 13 14 Una útil relación de la mayoría de los comentarios se encuentra en Sider (1997), 236-238 y Galán-Vioque (2001), 11-12. Me gustaría mencionar que durante el Quinto Coloquio de Groningen acerca de la Poesía Helenística (septiembre de 2000), el Profesor A. Sens, autor de útiles co mentarios de Teócrito, Arquéstrato y Matrón, me comentó su interés en preparar un comentario de Asclepiades e incluso intercambiamos amistosamente una breve muestra de nuestros avances (le entregué mi comentario de XXV en una versión aún poco desarrollada y él me dió los suyos de III, XXX11I y *XXXV). Al tra tarse de material provisional, he preferido no hacer uso de él, aunque sí incluyo sus aportaciones publicadas (Sens 2002,2002a, 2003, 2004). Véase mi descripción de las ediciones en pp. 97-102. Los trece tomos (unas 6000 páginas) de esta obra - la edición de Brunck en los cuatro primeros y los comen tarios de Jacobs en los restantes - siguen siendo el mejor y más completo comen tario de muchos epigramas ajuicio de Page y de otros editores; pese a estar ya an ticuado en muchos aspectos - fue publicado entre 1794 y 1814 - resultaría difícil. Veniero,15 sólo se contaba con dos monografías. 

La Tesis Doctoral de Peters, una investigación bastante completa para su momento y bri llante en el comentario de algunos textos, quedó inédita y actualmente es tan difícil acceder a ella - además de incómoda su consulta por tra tarse de un ejemplar manuscrito - que la mayoría de los críticos y edito res no la utilizan.16 De hecho, no la conocía Knauer cuando escribió su Tesis Doctoral en la Universidad de Tiibingen,17 el único comentario que suele citarse en la bibliografía especializada, a pesar de que no in cluye todos los poemas y de que resulta ya un tanto difícil de manejar, pues las ediciones que utiliza han sido sustituidas y carece de índices. El libro de los Wallace (1941) no es propiamente un comentario, sino una recopilación de traducciones inglesas, por lo demás interesantes de leer. El comentario de Clack (1999), como otros del autor, es estricta mente divulgativo. Este libro es una versión revisada de mi Tesis Doctoral, leída en la Uni versidad de Salamanca en junio de 2002 y con la que obtuve el Premio Extraordinario de Doctorado de la Universidad y el Premio a la mejor Tesis Doctoral de Filología Griega de la Sociedad Española de Estudios Clásicos (2003). Como todo trabajo de Tesis, éste debe mucho a perso nas e instituciones que me apoyaron de una u otra manera durante su realización. 

La Universidad Nacional Autónoma de México me conce dió una beca completa de doctorado entre enero de 1997 y diciembre de 2001, gracias a la cual me fue posible llevar a cabo mis estudios en la Universidad de Salamanca y la investigación de Tesis, así como realizar si no es que imposible, que un solo autor pudiera poner al día el conjunto sobre el que trabajó Jacobs. 15 16 Meineke (1842) se ocupa de treinta y seis epigramas; Veniero (1905) incluye cuarenta; Geffcken (1916) comenta brevemente trece epigramas. Cfr. Peters (1922). «Non é mai citata e tanto meno presa in considerazione nep- pure dagli studiosi tedeschi» observa Stella (1949), 75; de hecho, sólo la utiliza con frecuencia Galli (1982) en su excelente trabajo acerca de los epigramas con problemas de autoría. 17 Knauer (1935), reimpreso junto con Radinger (1895) y Mattsson (1942) por Taran (1987), I. estancias en Berlín, París y Londres. Los Proyectos de Investigación PB 97-1311, BFF 2001-1957 (Ministerio de Educación y Cultura de Espa ña), SA 67/99 y SA 016/02 (Consejería de Educación, Junta de Castilla y León), coordinados en la Universidad de Salamanca por el Profesor José Antonio Fernández Delgado, me proporcionaron fondos para la adquisición de material bibliográfico y reproducciones de manuscritos. El Warburg Institute de la Universidad de Londres, por último, me con cedió la Albin Saltón Fellowship 2001, gracias a la cual pude desarro llar este y otros proyectos. 

 La publicación de este libro ha sido parcialmente subvencionada con fondos del Proyecto de Investigación BFF 2001-1957 del Ministerio de Educación y Ciencia de España. Hago constar mi agradecimiento al Decanato de la Facultad de Filo logía, Universidad de Leipzig, por haber accedido a enviarme una foto copia de la Tesis manuscrita de O.I. Peters. Agradezco a Francisco Cortés Gabaudán su ayuda en la solución de los problemas informáticos que el griego trae a los helenistas y a Tomás Silva Sánchez y Máximo Brioso la oportunidad de utilizar la valiosa Tesis Doctoral inédita del primero, que me ha sido de utilidad para el capítulo sobre métrica. Agradezco a Henry Kim, conservador asistente de monedas griegas del Heberden Coin Room, Ashmolean Museum (Oxford), sus informes acerca de la moneda que presento como testimonio 3. Por su ayuda durante mis estancias en Berlin y Londres agradezco a Tilman Krischer y Jill Kraye. Agradezco las observaciones y sugerencias, tanto de forma como de contenido, de los integrantes de mi tribunal de Tesis, Profesores Carlos García Gual, Antonio López Eire, Máximo Brioso, Emilio Femández- Galiano y José Guillermo Montes Cala. Ya en su versión como libro, este trabajo tuvo su mejor lector en Enrico Magnelli, que me hizo valio sas sugerencias. 

A los editores de Sapheneia, Margarethe Billerbeck y Bruce Karl Braswell debo agradecer no sólo el haber aceptado el libro en la serie sino también las observaciones que me hicieron llegar a tra vés de la editorial. Hago constar mi agradecimiento al equipo de la editorial Peter Lang y en particular a Katherine Tschopp, que condujo todo el proceso de publicación y me asesoró en el difícil trabajo de composición del texto, que he llevado a cabo yo mismo. Deseo reiterar mi agradecimiento a mis Directores de Tesis de la Universidad de Salamanca, Profesores José Antonio Fernández Delga do y Francisca Pordomingo Pardo, por su revisión minuciosa de las diferentes versiones del trabajo y sus eruditas sugerencias, y a la profe sora Lourdes Rojas Álvarez, de la Universidad Nacional Autónoma de México, por su apoyo desde el inicio de mi carrera académica. De las deficiencias que sin duda quedan en las páginas que siguen somos exclusivos responsables mi circunstancia y yo. 

 Este libro está dedicado a mi familia y a mis amigos en México, de quienes este y otros puñados de sílabas me han mantenido alejado mu chos años, y a mi esposa y a mis amigos en España, a quienes en cierto modo me han llevado a conocer. Salamanca, junio de 2004.

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