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miércoles, 31 de diciembre de 2025

ARTURO USLAR PIETRI Moscas, árboles y hombres PRÓLOGO

 


Prólogo 

Arturo Uslar Pietri publica su primer libro de cuentos, Barrabás y otros relatos, a finales de 1928. En la historia política de Vene zuela han transcurrido hasta ese momento más de dos décadas de oscura y contenida violencia, cuando la dictadura del ceñudo Gene ral Juan Vicente Gómez, que ha impuesto el silencio en un país de atrasos seculares, entra en una agonía lenta y por supuesto silen ciosa. 

Sin embargo, aquel año 28 anuncia, con los primeros brotes de agitación estudiantil ocurridos en Caracas entre los jóvenes de clase alta, un periodo de fuertes conmociones políticas. En aquel momento, la Venezuela del petróleo está a la vista. 

 Algunos años antes, Gómez había entregado las reservas mineras a los monopolios internacionales, mediante un sistema de concesiones depredador y absurdo, y el nuevo factor económico, que es impul sado desde su nacimiento mismo a niveles de especulación mundial, desencadena en el país un proceso de desajustes sociales sorprenden temente desarticulado y violento. 

La onda expansiva aniquila un poco más tarde al viejo dictador, hasta suplantar los residuos del caudi llismo por una retrasada puesta al día en términos de modales polí ticos: democracia, parlamentarismo, constitucionalidad. Pero es a partir del año 36, a raíz de la muerte de Gómez, cuando los aconte cimientos se suceden en aceleración continua: crecen en anarquía los centros urbanos, mientras la declinante economía rural se liquida paulatinamente; las fortunas cambian de origen y de nombre; apa rece la nueva burguesía importadora que a su vez fomenta la expan sión de una clase media modernizante, consumidora y de apariencia próspera, la cual no llegará a desarrollarse con el mismo ímpetu con que se expande, día por día y atropelladamente, hasta hoy, el -Moscas, árboles y hombres cordón marginal de las ciudades. Ha cambiado la fisonomía del país en sus apariencias más visi bles. 

El cuadro de una sociedad dependiente, intervenida en todos rJ. o¿ -Prólogo los aspectos del desarrollo social, frustrada en sus intentos de sub versión y cambio histórico, ha quedado definitivamente cerrado. En cuanto a los jóvenes que en forma sorpresiva alteraron el ás pero silencio político del país en el año 28, provenientes algunos de ellos de la nueva burguesía en ascenso, encontraron pocos años más tarde el terreno dispuesto para inscribirse en carreras de altura en la política y la economía; otros en los campos profesionales; pocos en la literatura y el arte. Uslar Pietri no asume una posición militante en el marco polí tico de aquel año 28; sin embargo, al aparecer en aquel momento como escritor, su nombre queda inmediatamente insertado al con texto ideológico que configura vagamente las inquietudes de su generación. 

Tiene entonces 22 años y ha figurado antes entre los redactores de Válvula, una revista de paso fugaz que abre una pri mera rendija, un toque exploratorio tímido, a los movimientos de vanguardia europeos en la literatura y el arte. Es cierto que en aquellos momentos en Venezuela el hecho li terario no alcanzaba a intervenir de manera apreciable en las preocu paciones de la vida social; pasa dentro de un orden oficial y letrado por un lujo retórico, resonante y convencional, que se exhibe en torneos literarios o galantes. Es un quehacer que se desenvuelve en la penumbra, como una actividad secreta cercada de prejuicios y con denaciones y no enteramente desprovista de algunos riesgos perso nales.

 No es de extrañar entonces que el breve volumen de cuentos apenas obtenga alguna resonancia en corrillos intelectuales, manifies tamente subversivos. Es necesario apreciar aquellos cuentos desde una perspectiva actual, para encontrar en ellos un propósito insurgente, de ruptura con el pasado, de nuevas proposiciones formales y apuntes estilís ticos audaces, aún no enteramente desligados de la onda modernista, al menos en ciertas entonaciones de la escritura. «Eran unos cuentos qus buscaban no parecerse a los cuentos que hasta entonces se venían escribiendo en Venezuela», anota Uslar en unas páginas confesiona les escritas para la presentación de sus Obras Selectas en 1967. «El primero y más obvio de sus propósitos —agrega— era el de reac cionar contra el costumbrismo pintoresco.» De esta manera define Uslar la actitud que, en lo literario, vigoriza históricamente a su ge neración y que continuaría impulsando la actividad creadora en Ve nezuela durante varias décadas. 

Por primera vez, el escritor se con fiesa desasistido de una tradición que, en cualquier forma, pudiera despejar los rasgos de una fisonomía nacional permanente, válida, siquiera vagamente reconocible en un plano de valoración universal. El pasado —un único siglo perceptible, el XIX— ha preservado ape- ñas algunos trazos débiles, forzosamente inacabados, que en conjunto no llegan a conformar, ni aun en una ilusión de perspectiva, un pano rama coherente. 

Los pocos ejemplos perdurables de novela o cuento no llegan a cumplir las exigencias más superficiales del género. El criollismo, que a finales de siglo había propuesto un programa de regreso a las fuentes, a la valoración de lo autóctono, al rescate del habla popular, reduce sus intentos a un margen provinciano, intras cendente y de posiciones conformistas: se insiste hasta el agotamien to en un paisajismo aletargado y una tipología tosca y esquemática que sobrepasa escasamente el nivel de la crónica de costumbres. Por su parte, los intentos de naturalismo —novela urbana, sátira política, prédica social— que pudieron aportar los elementos de una estructura narrativa eficaz, un apoyadero ideológico, alguna vía de penetración en lo histórico y lo social, quedaron confinados en la misma vaguedad de sus impulsos.

 De allí que el signo más visible de aquella generación tuvo que ser, como lo fue en política, el rechazo al pasado y la consecuente apertura a la modernidad en oposición a toda formulación localista y primaria, «...algunos de los que éramos jóvenes escritores vene zolanos —escribe Uslar— sentíamos la necesidad de traer un cambio a nuestras letras. La escena literaria del mundo estaba entonces llena de invitaciones a la insurrección y nuestro país nos parecía estancado, lleno de esfinges que buscaban Edipos, y necesitando en todos los aspectos de una verdadera renovación. 

Con una información dema siado rápida, fragmentaria y superficial, comenzábamos a hacer la "vanguardia” y a pedir cambios. Pero un buen día advertimos que no bastaba con discutir y proclamar, sino que había que realizar una obra que reflejara, en su condición nueva, la presencia de una nueva conciencia no sólo de la literatura, sino de la condición vene zolana.» Uslar emprende entonces la realización de esa obra, conducido por un propósito de revalorización del lenguaje narrativo, que desde el primer momento percibe como fundamental a su tarea. Los intentos poco definidos de su primera colección de relatos se abren a una visión consciente y laboriosa en los trece cuentos de Red, publicados en 1936. El género aparece allí más claramente delineado. 

Los restos de la retórica romántica o de la orfebrería mo dernista son desechados en bloque, para ser sustituidos por todo un conjunto de signos personales en cuanto al manejo del lenguaje y los procedimientos narrativos. Pero, sobre todo, en estos nuevos cuentos Uslar se sitúa en un plano de observación directa y viva de la rea lidad que, al aparecer por primera vez en la literatura de un país, resulta por sí mismo sorprendente y desencubridor. No se trata, por cierto, de una realidad amena y acomodaticia; el paisaje que atrae la sensibilidad del escritor no se aviene a los panoramas simétricos d-Moscas, árboles y hombres y disciplinados de la campiña europea; es por el contrario la natu raleza agresiva, voluntariosa, cambiante y desorganizada donde el hombre sucumbe a una aventura desigual, a una empresa histórica de desgarramientos, vacíos y frustraciones, que por lo tanto no encon trará lugar posible en la retórica espaciada y minuciosa que todo un siglo de novela extranjera había acumulado como material des criptivo, ineficazmente trasplantado al nuevo espacio americano. 

Par tiendo del rechazo a esa retórica desvalorizada, Uslar emprende la elaboración de una nueva manera de narrar, que por sí misma lo obli ga a una postura de asimilación y compromiso con la realidad y sus conflictos. Ya en los cuentos de Red y en forma aun más dominante en Treinta hombres y sus sombras, desaparece la perspectiva convencio nal —el paisaje como uniforme telón de fondo—, mientras que una inesperada proximidad, el acercamiento a lo tangible y sensorial, va descubriendo aspectos sorprendentes de la realidad más común, reve lados por una escritura precisa, despojada, predispuesta a la aventura del hallazgo y las revelaciones de lo insólito. Bajo este nuevo trata miento, el objeto se enriquece de insospechadas texturas, matices, contornos, asperezas y más allá todo un tejido de vibraciones secre tas y modulaciones subterráneas rescatadas a los estímulos del tacto 10—Prólogo o la mirada. 

Se hace entonces visible una zona imprecisa de ilumi naciones rituales o mágicas, en que el habitante de la naturaleza pri mitiva penetra y se confunde en la materia misma de aquello que a un mismo tiempo lo agrede y lo compendia. Desde este enfoque no es posible fijar una distancia clara, una simultaneidad de planos visuales o percepciones rítmicas entre los impulsos musculares del hombre que golpea un tambor, tensa una cuerda, toca el lomo de una bestia y aquello que suena, vibra o se estremece debajo de sus ma nos; pues todo viene a ser un solo golpe de sangre, un mismo pulso, un gesto ritual que vuelve desde el fondo del tiempo y se repite y se multiplica indefinidamente. «Del aire hacia la tierra crece la palpitación del tambor. Late espeso y ronco en lo oscuro, entre las casas turbias y el cerro horadado de minas. Brota de los puños ne gros, que golpean el parche grueso al tiempo de la sangre. El zum bido entrecortado y anhelante, espasmo y delirio, viste el coro de negros, que lo bebe, de exaltación rítmica. 

San Juan, de palo, se alza en su monte de velas encendidas y su luz se quiebra en el la tido y en los cuerpos que ondulan, la carnosa boca caída de sed, los ojos gachos, las cinturas locas, entre un vaho de sudor acre que em briaga». El brote de lo real maravilloso queda ya a la vista, en el mo mento en que el tiempo de la gran narrativa americana, con sus variantes sociológicas de reformismo, protesta social, indigenismo, novela de la tierra y las concepciones más totalizadoras y audaces de Carpentier o Arguedas, se afirman y mantienen su vigencia. «La lluvia», tal vez el cuento de mayor significado poético de los agrupados en Red, ejemplifica con acierto la tendencia latente a un realismo mágico —«el gesto de trasmutar la realidad en emo ción poética»— que con diversos matices y significaciones domina en gran parte de la ficción americana. 

La aparición sigilosa y vela- damente irreal de un niño en medio del rigor del verano, viene a ser la encarnación de la lluvia vanamente esperada. El pequeño crea un aire de casi olvidada ternura alrededor de una pareja campesina a quien la aspereza y la esterilidad de la tierra han llenado de desa liento y amargura. En torno a ellos, la figura del aparecido se di buja en una proximidad indecisa de encandilamiento, de sueño; es una claridad a la vez nítida e intangible materializada en unas po cas señales exteriores recubiertas de tosquedad y áspero realismo, que evaden cualquier simbolismo retórico: «Era fino, elástico; las extremidades, largas y perfectas; el pecho, angosto; por entre el dril pardo, la piel dorada y sucia; la cabeza inteligente, móviles los ojos, la nariz vibrante y aguda, la boca femenina. Lo cubría un viejo sombrero de fieltro, ya humano de uso, plegado sobre las orejas • como bicornio, que contribuía a darle expresión de roedor, de pe queño animal inquieto y ágil.» El niño desaparece de la choza ape nas asoman los primeros anuncios de la lluvia. «Hervía una sustan- *. cia de murmullos, de ecos de crujidos, resonante y vasta». El hom bre le sigue los pasos, mientras la naturaleza va aglomerándose a su alrededor, sombría, vertiginosa, en un anuncio de cataclismo o de prodigio.

 «Con la sombra, la velocidad de la sangre y la angustia de la búsqueda inútil, ya no reconocía en sí mismo al manso viejo habitual, sino un animal extraño presa de un impulso de la natu raleza. No veía en la colina los familiares contornos, sino un cre cimiento y una deformación inopinados que se le hacían ajena y poblada de ruidos y movimientos desconocidos.» Finalmente, la fi gura del niño entra en la sustancia enfebrecida y resonante del pai saje. «Ya irreconocible, como las demás formas, el rostro del niño se deshacía en la tiniebla gruesa; ya no le miraba aspecto huma no; a ratos no le recordaba la fisonomía, ni el timbre, no recor daba su silueta.» 

Innumerables solicitudes acosan la temática de LUar, a medida que su producción cuentística se expande y se diversifica hasta al canzar el atemperado dominio de sus posibilidades creadoras. Sus temas parten del borroso escenario de la Conquista y se multiplican a través de la guerra de Independencia («el primer momento en 11— Moscas, árboles y hombres que el alma criolla pudo entregarse con fruición posesiva a la irres tricta expresión de su ser»), las contiendas civiles, las luchas del hombre por la tierra, los conflictos de castas y colores, la explota ción y la barbarie. En toda una vasta trama narrativa, que abarca varias décadas de tensa disciplina intelectual, Uslar Pietri ofrece el testimonio constante de un proceso histórico muchas veces deshil vanado y absurdo, casi siempre abrupto y tempestuoso, que ha em pezado a disolver sus huellas, a perder toda señal de identidad en un presente agraviado por turbias imposiciones culturales y una abrumadora confusión de valores. 

El medio centenar de títulos reunidos en sus cuatro libros de cuentos (Barrabás y otros relatos, 1928; Red, 1936; Treinta hom bres y sus sombras, 1949; Pasos y pasajeros, 1966) son apenas par te de una obra vasta, madura e ininterrumpida, que se prolonga en la novela, el teatro y el ensayo, y a través de la cual Uslar inter viene, en una posición irremplazable, como un renovador de la literatura venezolana. 

Hemos bosquejado de una manera general ese aspecto fundamental de su obra narrativa, tan fácilmente apreciable en el contexto histórico que la singulariza y determina. Lo otro co rresponde a la aventura personal, el hallazgo sorprendente de ma tices e iluminaciones reveladoras o inciertas en que se transparenta la personalidad de un escritor. Los relatos que componen la presente selección ofrecen suficiente espacio y múltiples motivaciones para introducirnos a esta aventura apasionante. 

Salvador Garmendia Barcelona, 1973.

jueves, 27 de noviembre de 2025

Julio Miranda Compilador Cuentos fantásticos venezolanos Antología



Julio Miranda Compilador Cuentos fantásticos venezolanos Antología  

NOTA EDITORIAL

 El manuscrito bifronte que ahora ponemos en manos de los lectores fue tomado de aquella famosa colección Libros de Hoy (identifi cado bajo el número 39), dirigida por Ana María Miler y Daniel Divinsky en El Diario de Caracas del 1980. Por un espacio de tiempo prolongado, la edición dominical del periódico encartaba brevia rios o contenidos diversos, entre esos, esta antología de cuentos venezolanos preparada por Julio Miranda exclusivamente para la colección ya mencionada. 

 Esta pieza de colección, impresa en papel periódico, de fácil lectura, en formato rústico y ligero constituyó por mucho tiempo el omphalos donde críticos, escritores y lectores argumentaban la existencia de este tipo de literatura en nuestro país. Es de allí que retomamos su valor, su propia consistencia es quizás ser la primera antología para este tipo de relatos, la otra es la mirada panorámica vestida de apotegmas que subyacen en el prólogo de Julio Miranda. Para esta reedición hemos actualizado las reseñas de los autores. Igualmente, hemos puesto al día y al caso normas de estilo atendien do cuidadosamente a los usos, a las intenciones del relato y formas narrativas. También se reconstruyó el listado de fuentes bibliográficas de las ediciones originales y, por último, se han corregido las erratas advertidas y actualizado el texto a las nuevas normas ortográficas. 

PRÓLOGO 

 Fui siempre muy sensible a la vista de enaguas en los aires, y apenas veo unas en la atmósfera tengo la costumbre de acudir en auxilio y prestar gratuitamente mis socorros. Julio Garmendia Que la risueña fantasía de Julio Garmendia me permita atravesar la zona tormentosa de las disputas genéricas es un deseo no sé hasta qué punto cumplido, pero cuya intención quería explicitar. 

Porque se trata, aquí, de abarcar —en lo posible— los diversos registros en que la fantasía se ha expresado narrativamente en el país, descartando una definición estrecha de lo fantástico. De entrada, queden señaladas ciertas exclusiones: la ciencia-ficción (que ya tuvo su lugar en estos libros); la fantasía “poética” (de frutos en general dudosos); varios autores de los que se han publicado o se publicarán muy pronto respectivos títulos en esta Colección (Salvador Garmendia, Adriano González León, Luis Britto García). 

 Si con el Julio Garmendia [1898-1977] de La tienda de muñecos (1927) comienza una de las líneas más ricas de la narrativa fantás tica venezolana, no sería justo ignorar los aportes previos de José Rafael Pocaterra [1889-1955] en sus Cuentos grotescos (1922), donde los personajes obsesionados, el humor casi absurdista, las atmósferas, están siempre a punto de lo fantástico. El cuento aquí incluido, “La ciudad muerta”, tiene además una intuición preciosa para nosotros: la del “tremendo pavor de las cosas en la soledad, a 13 pleno día, a plena luz”: es decir, la posibilidad de una literatura de terror bajo el sol del trópico. Arturo Uslar Pietri [1906-2001] introduce una línea de particular importancia con su cuento “El ensalmo”, de Barrabás y otros relatos (1928): lo que el cubano Alejo Carpentier llamará, veintiún años .después “real-maravilloso americano”. 

Pero ese re al-maravilloso ya estaba ahí, presente aunque no teorizado (y casi llega a estar en Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos, en 1929, pese a su racionalismo de maestro de escuela), reapareciendo con fre cuencia en la narrativa de Uslar (verlo en Las lanzas coloradas, de 1931, y en varios cuentos) y culminando en Cubagua (1931), novela de Enrique Bernardo Núñez [1895-1964] aún no superada en ese aspecto. Los textos de Alfredo Armas Alfonzo [1921-1990], de quien se incluyen aquí tres muy breves pertenecientes al libro El osario de Dios (1969), son un aprovechamiento en mosaico de la misma fuente real-maravillosa. El terror sicológico de Andrés Mariño-Palacio [1927-1965] en “Abigaíl Pulgar”(de El límite del hastío, 1946) podría considerarse un desarrollo de alguna obsesión de Pocaterra. Toda otra serie de autores, no incluidos aquí, cabría citar por haberse acercado a lo fantástico en algún momento, a lo largo de los cuarenta, los cincuenta y los sesenta (el más destacable: Pedro Berroeta). 

 Pero la narrativa fantástica venezolana se realiza y se expande en los setenta: apocalipsis caraqueños de Pascual Estrada Aznar [1935-2001] como en “Del diario de la batalla de las hordas des nudas” (Rostro desvanecido memoria, 1973); desdoblamientos por el tiempo de Ben Amí Fihman [1949] en un cuento que da título a su libro, Mi nombre Rufo Galo (1973); vértigo lúdico de Gabriel Jiménez Emán [1950] a partir de su libro inicial, Los dientes de Raquel (1973), del que presentamos dos textos; una fantasía borgiana como la de “Había una vez un tigre” (El Llanero Solitario tiene la cabeza pelada como un cepillo de dientes, 1975), pero enraizada en el 14 suelo nutriente del amor, que es el que interesa siempre a Francisco Massiani [1944-2019]; las metamorfosis alucinantes propias a Ednodio Quintero [1947], apenas una de tantas en este “Álbum familiar” (El agresor cotidiano, 1978); la escritura como semilla del terror en “Los dedos de la muerte” (A la muerte le gusta jugar a los espejos, 1978), de Earle Herrera Silva [1949-2021]; y, finalmente, las trampas del tiempo en un paisaje deltano: “El sustituto” (Pieles de leopardo, 1978), de Humberto Mata [1949-2017]. Con lo que, cerrada la antología “real”, se abre el campo de todos sus dobles “posibles”. Julio Miranda Caracas, 1980

miércoles, 26 de noviembre de 2025

GUILLERMO MENESES DIEZ CUENTOS ANTOLOGÍA


GUILLERMO MENESES DIEZ CUENTOS ANTOLOGÍA

Respuesta breve: Diez cuentos: antología de Guillermo Meneses es una selección publicada en 1968 por Monte Ávila Editores en Caracas. Reúne relatos fundamentales del escritor venezolano (1911–1978), considerado una de las figuras más influyentes de la narrativa contemporánea de su país entre 1930 y 1960.

📖 Contexto de la obra

  • Autor: Guillermo Meneses (Caracas, 1911–1978). Fue narrador, ensayista y diplomático, clave en la renovación de la narrativa venezolana.

  • Editorial: Monte Ávila Editores, Caracas, 1968.

  • Género: Cuento, con fuerte carga social, psicológica y estilística.

  • Importancia: La antología muestra la evolución del autor desde sus primeras narraciones hasta relatos más maduros, marcados por la experimentación y la crítica social.

📚 Contenido principal

La antología incluye diez relatos seleccionados como representativos de su trayectoria:

RelatoAño aproximadoTemática / Rasgo
AdolescenciaDécada de 1930Juventud y despertar emocional
La balandra “Isabel” llegó esta tarde1934Uno de sus cuentos más célebres; atmósfera marinera y existencial
Borrachera1930sMarginalidad y descontrol
LunaPoética y simbólica
El duquePoder y decadencia
Un destino cumplidoFatalismo y destino
Alias el ReyIdentidad y poder
Tardío regreso a través de un espejoTiempo y memoria
La mano junto al muro1951Considerado otro de sus relatos mayores; tensión psicológica
El destino es un Dios olvidadoFilosofía y desamparo

✨ Relevancia literaria

  • Innovación estilística: Meneses introdujo técnicas narrativas modernas en Venezuela, con un lenguaje preciso y atmósferas densas.

  • Temas centrales: El destino, la identidad, la marginalidad, el poder y la memoria.

  • Influencia: Su obra influyó en narradores posteriores y consolidó el cuento como género de prestigio en la literatura venezolana.

🔗 Recursos disponibles

  • Puedes consultar la edición digitalizada en Internet Archive.

  • También está disponible en librerías de segunda mano y catálogos como Amazon.

En síntesis: Diez cuentos: antología es una obra clave para entender la narrativa venezolana del siglo XX, mostrando la versatilidad de Guillermo Meneses y su capacidad para transformar lo cotidiano en símbolos de destino, poder y memoria.

En colaboración Dr. Enrico Pugliatti y Méndez Limbrick.

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PALABRAS DEL AUTOR ' 

V A estoy en edad suficiente como para desear ver reunidos unos cuantos de los trabajos realizados a lo largo de la vida. Precisamente por eso escribo estas líneas en el sentido de dar especial carácter a la sucesión de mis cuentos, desde La Balandra Isabel llegó esta tarde — publicado en 1934— hasta El destino es un dios olvidado — incluido en la novela La misa de Arlequín, como sueño o invención de un personaje, y publicado por primera vez en “El Nacional” en 1958. 

 Para algunos de estos cuentos he tenido no pocas dudas. El llamado Tardío regreso a través de un espejo, por ejemplo, supone cierta duplicidad que bien puede mirarse como de fecto esencial; hay dos relatos allí y uno pesa sobre el otro hasta que llegan a anudarse. La mujer, el as de oros y la luna me parece, a veces, excesivamente retórico, aunque su comienzo me agrada todavía. Me parecen de poco interés Rosita Guillén y Parucho es un hombre amargado. Pero no se trata de iniciar autocríticas que terminarían por aparecer pedantes, ya que, entre nosotros, eso de criticarse está reservado en la mayoría de los casos a la más estricta conversación privada. Sin embargo, pienso que debo una explicación. Tal vez sería conveniente afirmar que estos cuentos son la casi totalidad de los que he escrito. Quedarían sólo algunos esbozos como Las vacaciones de la maestra rubia — aparecido en “Elite” y luego en “El Tiempo” de Bogotá— y algún otro del que apenas me acuerdo. Una selección tiene que merecer su nombre. Sin embargo, he creído justo y conveniente dejar fuera un pequeñísimo ejer cicio — mi primera publicación— presentado en el aniversario de “Elite” en 1930. Se trata de mi bautismo de escritor. Tenía entonces 18 años y no era el menor del grupo. Carlos Augusto León estrenó en aquella oportunidad sus primeros poemas y no pasaba de 16. Los comentaristas de literatura venezolana se han ocupado con interés de ese número de “Elite” (13 de septiembre de 1930) por considerarlo en cierta manera definidor de una genera ción: la que se forma en los años finales del gobierno del General Juan Vicente Gómez. 

Sin duda puede señalarse esa edición de “Elite” como significativa. No es fácil lograr tan compacto número de escritores casi parejos en edad y cercanos en gran parte por estar en las filas de quienes se com portaban como opositores o, al menos, como extraños, al ré gimen gomecista. He creído que sería adecuado colocar dentro de una selección de cuentos míos aquel trabajo de 1930, por la evidente razón de que se me presenta hoy como base de mucho de lo que he escrito después. Bien podría decir que en ese Juan del Cine, que publiqué hace treinta y siete años, van incluidos muchos de los temas expuestos luego en El mestizo José Vargas, El falso cuaderno de Narciso Espejo y La misa de Ar lequín, así como aparecen sus huellas en Tardío regreso a través del espejo, Un destino cumplido y, con toda seguri dad en el cuento Adolescencia. Sin embargo, no dejo de observar que hay excesivas torpe zas en Juan del Cine y por ello voy a dejar incluido en estos párrafos lo que me parece seriamente unido al resto de mi trabajo narrativo, sin dejar de escamotear algunas de las mu letillas tan al gusto de la época. 

Juan del Cine comienza así: Juan, 15 años. Los ojos desvaídos en un triste mirar. La boca en línea por los labios apretados. Y en las manos un vago gesto que rubrica de elegancias una sortija pequeña, delgada... Juan, 15 años, en pose delante del espejo. Y, sin embargo, Juan no es Juan. O, mejor dicho, este Juan acaba de nacer a la salida del cine. Está viviendo ahora el momento — hurtado a Rodolfo— del desprecio a la mujer que acaba de insinuar para él el gesto del amor. Juan tiembla delante de esa cámara límpida de mercurio que va a conservar en inocentes celuloides la gracia muda de sus gestos. Va recordando: los ojos de la vampiresa con el sello del amor; y además — recuerdo que le afirma la expresión— el último consejo dado en el Colegio sobre la Serpiente y sobre la mo derna encarnación más funesta del reptil. Juan, 15 años. Greta. Lya de Putti. Bárbara La Marr. Delante del espejo, Juan esboza un gesto dulce, suave. Bárbara. Lya. Greta. Y ahora, juventud. El espejo — por la seguridad en los ges tes— ya no se usa. Y aquellos ratos se han convertido en una fila larga de momentos eslabonados sin saber por qué. He aquí el origen de Juan: su mitología. Ya su vida no es suya ni él ha vuelto a su personalidad. Está viviendo vidas de celuloides que se le transparentan en sombras. No es más que el ecran de sus propios sucesos: pantalla inasible e insensible donde se reflejan estilizadas sus acciones... Un rótulo le quedó pegado en la espalda como a los muñecos: Made in Cinelandia. T odos los días viste al amanecer el traje DE LTNA VIDA. Análisis de la mitología de Juan. — No trae. . . convidados para sus banquetes, sino que es el visitante ladrón que se lleva en los bolsillos — como cucharas— mil vidas y mil personajes. La pose se lo engulló. . . He aquí el análisis de su mitolo gía. A mí me agrada verle envuelta la vida en luz blanca de reflector, sombra entre sombras, cristalina oscuridad. Sentimental, preocupado y con su carga de vidas. Un científico habría de aconsejarle el desnudo en la vida. Segundo análisis de la mitología de Juan. — No se puede atravesar la zona envolvente, cotidianamente diversa — aquí se mira la auténtica significación cinemática de Juan— por que, detrás del barniz profuso de las personalidades, no hay nada. 

La pantalla no es sino zona de retención de las sombras móviles. Quien se dé cuenta y quiera ir más allá, verá lo horroroso de las genuflexiones y de los ángulos de luz partidos. Quien rompa la pantalla de Juan lo verá huir hacia lo más hondo, encurrujarse, doblarse. Mirar hacia adentro buscando asideros para colgar el disfraz inservible de su mo mentánea personalidad, que se le transparenta en visibles harapos antes de caer. Sus pupilas cruzarán graves recodos ocul tos. Sus rincones interiores le abrirán los brazos benévolos y Juan escapará por ellos como por un escotillón. Yo lo he visto en momentos como ése. De desazón. De horrenda desazón ante la duda de un interlocutor pasmado de su trans formismo. Por eso es necesario creer siempre en Juan. PIEnso que, con la inclusión de este Juan del Cine (llevaba como subtítulo “síntesis de una biografía”) los leciu/es pn drán tener una idea cabal de lo que yo he logrado en mis narraciones cortas y en mis novelas. Sin él — creo— habría un vacío. Es posible que haya dos tendencias en lo que he es crito; una por la cual se tiende a realizar lo que podría llamarse “realismo mágico”, para usar frases muy del gusto de los años de mis comienzos literarios. Luego permanece, a lo largo de la vida entera, ese gusto por los supuestos valores de la duda, por la inseguridad del propio testimonio, por lo que puede reducirse a las contraposiciones entre el disfraz y el espejo. Hay igualmente las características comunes a la generación a la que pertenezco. El afán del paisaje y su rela ción con la fábrica de imágenes, así como la tendencia a plantear los problemas sociales, con mayor o menor fortuna, de acuerdo con lo que se lograba exponer sin que hubiera des lizamiento alguno fuera de la intención de hacer arte. 

Podría hablar también de la curiosidad por brujerías y encantamien tos unidos al mundo del vicio y del delito. Ello aparece en La balandra Isabel llegó esta tarde, en Campeones, en La misa de Arlequín. Hay detalles que pueden mover a risa. Cuando en La balan dra Isabel llegó esta tarde, el personaje de Esperanza está conversando con la negra loca; ésta dice: “Somos para que los amos puedan tener señoritas”. Y Esperanza responde: “— Yo no tengo amo, negra. La esclavitud se acabó”, y es cucha una respuesta muy seria: — “¿Y la barriga? Pásate la vida sin comer y te diré R.eina”. Eso era “intención social”. Divertido, ciertamente; algo así como la afirmación de que los factores económicos tienen importancia esencial en la exis tencia de todos los hombres. Pero nunca dejábamos solos estos razonamientos.

 Hubiéramos necesitado mayor madurez para insistir en la intención. Iguales travesuras e insinuacio nes hay a lo largo de las páginas de cualquier cuento mío; pero quiero decir que lo que daba a esas tareas su condición artística (porque era arte lo que deseábamos hacer), no de pendía de ninguna falsificación; tal o cual frase intencionada quedaba como era y no había razón ninguna para esconderla. Más tarde, en el mismo cuento, la negra María, vuelve so bre sus pensamientos y refiriéndose a Esperanza, dice: “— Rei na. Y no tiene ni hombre a quien querer”. Así resolvíamos nosotros — por lo menos, yo— las dificultades que podía traer nuestra vaga actitud ideológica, a la que pudiéramos definir como democrática y socializante. No negábamos en ningún momento los problemas que nos preocupaban, pero tampoco escondíamos las afirmaciones de los misterios, de los mila gros, de las sorpresas, del azar. Y añadíamos — supongo que va claro en mis cuentos— otras tendencias de análisis y de teorías que tendían al examen de la vida espiritual, hacia los hondones del alma, con o sin alardes psicológicos, con o sin Freud y ]ung. 

 Tal vez será interesante ir diciendo las influencias que nos lle garon. Allá por los años de 1930 estábamos los jóvenes den tro de lo que considerábamos la “vanguardia”. Nos empa pábamos de todo lo que nos hacía pasar Madrid (sobre todo a través de la “Revista de Occidente ). Ese Madrid de entonces estaba en sana relación europea, de tal manera que no nos era extraño lo francés, lo alemán, lo italiano, lo yanky, que recogía para su revista Ortega. Leíamos a Mann, a Huxey, a Fraulkner, a Jung, a Hesse, a Hauptman, sin olvidar nos de Proust y sin abandonar a Zola, a Queiroz, a Dostoievski, a Balzac y a nosotros mismos. Y a se podrá estable cer las diferencias entre aquéllos de 1930 y los jóvenes de ahora. Vivíamos dentro de lo que hoy se llama "la contemporaneidad ". 

Estábamos entusiasmados por lo que sucedía en el mundo. Sin embargo, sucedió que apareció Doña Bárbara y los libros siguientes de Gallegos. Nosotros teníamos lecturas venezolanas de mucho respeto: conocíamos bien lo que habían hecho escritores tan dispares como Díaz Rodríguez y José Rafael Pocaterra y nos habíamos acercado igualmente, aunque con menor interés, a Urbaneja Achelpoll. Estimábamos a Gallegos — el de La Trepadora en especial— y sus triunfos en España nos colmaron de alegría y de entusiasmo. Así lo estu viéramos viendo como rezagado ante los nuevos movimientos, entendíamos que su idioma se había enriquecido al contacto con el mundo español y sabíamos que lo que podía pasar por oratoria anti-novelesca, estaba metido dentro de una prosa rica y bien trabajada. Además apareció entonces “Las Lanzas Coloradas” de hombre tan cercano como Arturo Uslar Pietri. Tanto en Gallegos como en Uslar quisimos observar cómo lo que teníamos por crio llismo podía lograr formas que lo unían a las nuevas tendencias literarias. Por ese tiempo escribí yo Canción de ne gros, La balandra Isabel llegó esta tarde, Adolescencia y Campeones. Pretendo hablar de estas cosas para explicar cuáles pudieron ser los resultados posteriores de nuestra actividad inicial Tu vo que haber el desarrollo^ de la vanguardia tal como la sen timos — el uso de las imágenes y metáforas relumbrantes y promovidas por el mundo civilizado que considerábamos nuestro por contemporáneo— y, al mismo tiempo se presentó una nueva manera de comprender las “cosas venezolanas” de tal modo que no eran para nosotros motivos de simple pintores quismo sino conocimiento de los problemas que mantenían a Venezuela en un estado social y en un ordenamiento político que considerábamos insoportable. El criollismo anterior era de turistas. El nuestro lo teníamos dentro, como testimonio. 

 De todo eso surgió el tono peculiar de quienes nos iniciamos en 1930 o un poco antes. Creo que me he explicado suficientemente, sin excesos personalistas, para decir lo que fue el tiempo de mi juventud y cómo fue tomando fisonomía el impulso inicial de la vocación. No sé si será interesante leerlo. A mí me ha interesado escribirlo. Esta clase de explicaciones puede servir de algo a quien se acerca a la literatura con áni mo generoso. Guillermo Meneses. Caracas, 21 de noviembre de 1967.

viernes, 24 de octubre de 2025

ARTURO USLAR P1ETRI EL LABERINTO DE FORTUNA UN RETRATO EN LA GEOGRAFÍA FRAGMENTO NOVELA



 ARTURO USLAR P1ETRI EL LABERINTO DE FORTUNA UN RETRATO EN LA GEOGRAFÍA EDITORIAL LOSADA, S. A. BUENOS AIRES LÍBRARY WAYNE STATE COLLEGE WAYNE, NEBRASKA Queda hecho el depósito dispuesto por la tey N? 11.723 © Editorial Losada, S. A. Buenos Aires, 1962. 

 Dibujo de la tapa por BALDESSABI IMPRESO EN LA ARGENTINA Acabóse de imprimir este libro el día 10 de enero de 1962 •en Macagno, Landa y Cía., Afáoz 164, Buenos Aires. 

“assi flutuosos, Fortuna aborrida, tus casos inciertos semejan, e tales, que corren por ondas de bienes e males faziendo non cierta ninguna corrida; pues ya porque vea la tu sinmedida, la casa me muestra do anda tu rueda, porque de vista dezir cierto pueda el modo en que tratas allá nuestra vida". J u a n de Mena, El laberinto de fortuna 

1 La noche es más vasta y más poblada. Empieza a la hora de la gallina cuando comienzan a ponerse oscuras las matas en los co rrales y dura, continua y espesa, hasta la hora de los primeros pá jaros. Una noche de la tierra, de los árboles y de los animales, que todo lo une y lo borra y lo aleja. Lo primero era su larga vigilia. Solo con su vigilia. “Tampoco voy a dormir esta noche”. La sombra se iba haciendo clara y agita da. La estrecha cortina que cerraba la estrecha puerta iba tomando formas. Se oían ruidos que podían venir desde muy lejos. Alguien roncaba en el calabozo de al lado. Roncan los que duermen, pen saba con envidia. “Tampoco voy a poder dormir esta noche”. Pue den ser las doce, o las nueve, o las dos de la madrugada. No hay reloj. A veces canta un gallo, pero hay gallos que cantan a la media noche. Canta en el corral de alguna casa cercana. Pasa el canto por encima del alto muro, por encima de los centinelas y rondas enca potados. Roncan los gordos y los viejos, piensa. Ronca el compañero del calabozo de al lado. Lo trajeron hace poco y todavía está gordo y ya es algo viejo. Y ronca Rafael Landa, su amigo el General Rafael Landa. Ronca en una buena cama, en una buena casa. Junto a él debe tener alguna mujer que no es la suya. Rafael Landa no es de los que caen presos. Debe dormir con alguna mujer joven, en alguna casa que no es la suya. Cama blanda y caliente y algo revuelta. Pero él está tendido solo, en una tabla sobre el piso. Boca arriba, con los ojos cerrados a la fuerza, sin dormir. Las piernas juntas, unidas por las argollas de los grillos. A veces siente como que lo llaman: “Diego”. Es un susurro, un hálito. Nadie lo llama. Nadie lo llama “Diego”, allí sobre la tabla. Los carceleros lo llaman “el General Collado”, los más inso lentes le dicen tan sólo “Collado”. Pero, sin embargo, abre los ojos como si lo hubieran llamado. No puede ser nadie. Diego, lo llamaba su mujer Celmira. Era casi una niña cuando se casó con él. Era como si lo hubiera llamado la boca de su mujer junto a su oído. En la oscuridad del cuarto, en la proximidad del lecho, Cel mira le susurraba en el oído con una voz entrecortada y acezante para que nadie pudiese oír: “Diego”. Como si él pudiese estar junto a Celmira en la casa, o como si ella pudiese estar junto a él en la estrecha tabla del suelo. Si pudiera dormir ya habría pasado una noche más, que pare cía no querer pasar, que se adhería y se atascaba como un enorme lío de trapos sucios mal atados pasando por pasadizos y ventanu cos estrechos. Dormiría como sus niños. Siempre parecía descubrir que ya no eran niños. Rubén y Alvaro ya eran hombres y Marta ya se había casado. Dormía con una muñeca en una cuna, cuando él dejó la casa, y ahora, en esa misma noche que lo tocaba a él y la tocaba a ella, dormía con un hombre que era su marido. Sintió cierta opresión de pensar en aquello. Era como si estuvieran en la espantosa intimidad del mismo lecho, en la espantosa intimidad de la misma noche. La misma noche cubría al Alcaide de la cárcel y cubría al Prefecto y al Gobernador. Dormían en alguna parte protegidos por sus guardias. Podía alguno de ellos levantarse, súbitamente despierto, y acordarse de pronto de él y decir, sin pensarlo mucho: “Pongan en libertad, ahora mismo, al General Diego Collado”. Y se sentiría el ruido de los pasos en el buzón de hierro y el bamboleo de una linterna al acercarse y alguien arrancaría la cortina de la puerta del calabozo. Pero no. No podía ninguno de ellos decir eso. No se atrevería ninguno de ellos ni siquiera a pensar eso. Eso sólo lo podía decidir una persona. En algún recodo de la noche, lejos, más allá de montes y de ríos y de sembrados de caña y de corrales de vacas, pasando por pueblos dormidos y saliendo de pueblos dormidos, estaba el pueblo del General, estaba la casa del General, estaba el General. Era él quien podía decir esa pala bra. Pero estaba dormido y no la diría. Y cuando se despertara con el alba tampoco la diría. Y si buscara en el fondo de su me moria tampoco tal vez encontraría ese nombre del hombre que estaba en el calabozo cubierto por la misma noche que él. “Tampoco voy a dormir esta noche”, piensa quieto en su tabla Diego Collado. Los viejos duermen poco, piensa. Ya está viejo. Los viejos debieran ser los que más durmieran para que pasara pronto el tiempo y no se dieran tanta cuenta. La noche está llena de sueño para todos y no para él. Duermen todos. Me nos el borracho que pasa en el coche de caballos que se siente alejarse a lo lejos y el gallo que ha vuelto a cantar anunciando una hora nueva y el nuevo día. El tardío, lejano, perezoso, retra sado, torpe día. Cuando llegue el fresco de la madrugada tal vez comience a dormir. Y se despierte con el ruido de los peroles del rancho; peltre y latón tintineantes y sucio guarapo de café y mano gruesa y cuar teada como un pie del cabo de presos. Pero tampoco será ese día, el solo, esperado, increíble día de salir de la prisión y de volver a la vida. Como no había sido nin guno de los 5.475 días transcurridos para él en la cárcel. En las tibias tardes soporosas se ponía a contarlos como si fueran sucias monedas enterradas, de un crimen, perdidas e inútiles, que para nada pudieran ya servir. Sumaba los meses y los años y las Navida des y las Semanas Santas. Eran más. Contando los años bisiestos debían ser 5.478 días desde aquel en que se había caído del mundo por un hueco, a la profundidad de los muertos, con la sola dife rencia de que el hueco era tan ancho como un pequeño circo triste y se abría arriba a un redondel de sol y de cielo por el que pasaban las nubes y las estrellas del mundo de los vivos. Al otro mundo que quedó atrás estancado, borroso. Cuando regresara, si era que había regreso, sentiría la torpeza y el asombro de los resucitados. Pero no llegaba el día, no iba a llegar nunca. Salían presos y entraban presos pero eran otros. Él permanecía en su mismo calabozo como una raíz en la tierra, como un muerto en el hueco. Cuando entraba o salía un preso le cerraban la cortina. Horas des pués, un hilo de voces susurrantes iba llevando el nombre de cala bozo en calabozo. A veces era un muerto. Se sabía entonces que había muerto algún preso que había estado en larga agonía, por que se dejaba de oír el estertor. La esperanza de salir había durado muchos años. Las esperan zas de los presos se reencendían como brasas dormidas ante cual quier noticia o conjetura o indicio. El General iba a soltar los presos para la toma de posesión de su nuevo período. El General le había ofrecido a su madre enferma soltar los presos. El Papa, por medio del Nuncio, le había pedido al General soltar los pre sos. El Presidente de los Estados Unidos había exigido... Pero pasaba la fecha, se cumplía la ocasión y todo quedaba igual para Diego Collado. Lo habían prendido en abril de 1920. Exactamente el 19. So naban cohetes y las gentes andaban endomingadas por las calles de Caracas. Fue poco antes del almuerzo cuando sintieron los caba llos de un coche detenerse a la puerta de la casa. Unas pisadas fuertes, un timbrazo, y aquellas caras frías, untuosas y repugnantes de los tres hombres. —General Collado, venimos a buscarlo, de parte del Goberna dor, para una averiguación. Eso fue todo. Su mujer y los niños lo rodearon como para defenderlo o retenerlo. Rubén, el mayor, tenía quince años. Álvaro era un niño asombrado. Y Marta, que tenía apenas ocho años, con su muñeca de trapo colgando de una mano, miraba sin compren der. Hubo algunas lágrimas. —No se aflijan, que pronto volveré. Subió al coche, dijo adiós con la mano antes de cruzar la esquina, y, al poco rato, se detuvieron, no en la Gobernación, sino a la puerta de la Rotunda, en medio de la alta pared pintada de un amarillo de miedo o de agonía. Eso fue todo. Como si hubiera salido por unas horas para una diligencia rutinaria. Era como si se hubiera salido del mundo de los vivos por un hueco. Afuera había quedado el mundo verdadero y la vida y los sucesos y las gentes y el General. A ellos no les llegaban sino vagos ecos incompletos, rumores fragmentarios, noticias escuetas. Tenían que adivinar o imaginar lo que pasaba afuera. Construirse, con los viejos recuerdos y con los datos inconexos, la historia que pasaba afuera, entre las gentes, en el país, en las casas, en las calles, no allí donde ellos estaban, que era como un planeta muerto, flotando en un espacio ajeno y distante. La vida de las otras gentes era distinta y estaba sometida a otras condiciones. Ellos envejecían en la prisión, pero el recuerdo de los que habían dejado no envejecía. En el recuerdo eran niños y mujeres jóvenes los que habían quedado en la casa. Ellos, en cambio, envejecían en la prisión. Sentados en cuclillas, con las piernas encojidas sobre los grillos, mirando blanquear la barba, crecer las uñas, secarse la piel, ponerse los ojos turbios y el oído torpe. Pero en la casa habían quedado una mujer joven y unos niños. A veces corría el rumor de que el General estaba gravemente enfermo. Eran días de reencenderse las esperanzas. Si moría el General volverían ellos a la vida. Pero no moría, no parecía que iba a morir nunca. Volvían a pasar los días y los meses y los años. En Italia había subido al poder un dictador. Y algún tiempo des pués otro en Alemania. ¿Poco tiempo después? No, once años después. Como prisionero, a alguna hora, se le alegraba el rostro. Era que pensaba en el día de salir. Diego Collado también pensaba en su día de salir. Vendrían por la mañana a quitarle los grillos. Lo llevarían luego a cortarle el pelo y a afeitarle la barba. Le habrían traído de su casa ropa. Después de tantos años se pondría una camisa y una corbata. Y pasaría por el ancho zaguán, entre la guardia, hasta la calle, donde lo estarían esperando los suyos. Celmira, su mujer. Debía estar vieja Celmira. Habían pasado casi quince años desde que no la veía, pero le costaba trabajo ima ginarse a Celmira vieja. En los dieciséis años que vivieron jun tos había cambiado muy poco. Muy poco había cambiado con los hijos. Conservaba la misma expresión desenfadada y golosa, y un poco arisca e ingenua que había tenido de muchacha, cuando se casaron. Casi tanto tiempo como el que vivieron juntos tenía ahora sin verla. Quince años sin oiría, sin verla, sin reconvenirla por sus impetuosas maneras de opinar o de hacer. Y estarían también todos sus hijos, o acaso sólo algunos de ellos. Ya serían unos hombres con sus caracteres hechos. Ya estaba irremisiblemente pasado para él el tiempo en que el padre puede ilusionarse pensando que logrará moldear el carácter y los gustos de los hijos. Acaso estaría Marta, también. Hacía más de un año que había recibido la noticia de que Marta se casaba. Ya tenía ventitrés años. Había sido un matrimonio en la intimidad por el padre preso. Lo habían esperado posponiendo durante tres años, esperando su libertad y por último habían decidido casarse sin esperar más. Ha bían hecho bien. Dios sabe cuándo iba a salir Diego Collado de aquella prisión inacabable. Los hijos de los muertos se casan tam bién; por qué no se iba a casar la hija del prisionero que había estado enterrado en aquella cárcel por años y años. Se había casado con Saúl Verrón. Era un abogado, había te nido alguna figuración secundaria en el Gobierno. Algunos presos nuevos le habían dicho que era hombre inteligente, astuto y temi ble como contrario. No era precisamente un elogio, pero más nada podía saber Diego Collado sobre aquel yerno que debía ser un estudiante desconocido para la época en que fue reducido a prisión. Estaría Álvaro, su segundo hijo, que era estudiante de derecho. Le habían dicho que era una inteligencia brillante y que tenía inclinación a escribir. ¿De dónde le vendría a este muchacho la afición de escribir? No había habido intelectuales entre los Collado. Habían sido políticos, hacendados, militares ocasionales en las gue rras civiles. Ni uno siquiera había sido un universitario. Pero los tiempos cambian, pensaba Collado, los tiempos cambian y no era raro que ahora saliera un Collado intelectual. Él había conocido en los tiempos de Castro algunos intelectua les y no se había formado buena idea de esa clase de gentes. To maban mucho, tenían poco dinero, eran más sablistas que otra cosa y se pasaban las horas desmelenados, en alguna taberna, recitando poesías o comentando sandeces. A lo mejor eso también había cam biado. ¿Qué sería lo que no habría cambiado? Todo debía estar cam biado y desconocido. La ciudad, las casas, la gente, las costumbres. Muchos de sus amigos habían muerto y ahora figurarían muchos hombres que eran apenas unos muchachos cuando él entró a la cárcel. Había ahora más automóviles que coches de caballo. Y ha bía aeroplanos, que sentía pasar libres por el aire libre con aquel poderoso vibrar de los motores. Él mismo, también había cambiado. Por descontado, estaba viejo. Había entrado de cuarenta y dos años y ahora iba a cumplir cincuenta y siete. No tenía canas cuando entró y ahora la cabeza y la barba estaban casi totalmente blancas. Tenía más años que los que tenía su padre cuando murió y que, entonces, a él le había parecido tan viejo. Los cabos de preso le decían viejo desde hacía tiempo. “Llévenle el rancho al viejo del 12”. Pero con todo qué inmensa alegría la que encerraba aquel día esperado, imaginado, acariciado durante tantos años. Cinco y media veces más noches que en los cuentos de Sheherezada. Cincuenta y cuatro veces más días que los cien de Napoleón. El tiempo completo para cumplir y agotar cinco generaciones de toros, seis generacio nes de perros, quince generaciones de gatos. Y por lo que era de aquellas sucias moscas insistentes y torpes, que le andaban sobre el rostro, por las manos, entre los dedos de los pies y que revolo teaban sobre las paredes del calabozo, más generaciones que las generaciones de hombres que se habían sucedido desde el diluvio hasta que él entró en la cárcel. Era el cuento de nunca acabar. Las mañanas y las tardes con- tando los días y tejiendo una noticia con un nombre o con un frag mento de información. Era como haber vuelto a caer en una ina cabable infancia. Ya no era el General Diego Collado, ya no era el marido de una mujer, ni el padre de unos hijos, sino una especie de niño tonto, sentado en un rincón, fuera del tiempo, oyendo con tar el cuento que no termina y que recomienza siempre con la mis ma palabra. Pero una vez volvió la noticia, la misma noticia que otras ve ces también había llegado, había pasado como un soplo por el hueco de los calabozos y se había desvanecido. “El General está en fermo”. “El General está muy grave”. Tiene diez días encerrado en su casa de Maracay. Han llamado médicos de todas partes. Ya no habla. Ya no conoce. Ya le dieron los óleos. Ya entró en la agonía. “El General está de muerte”. El General está muriendo”. “El General está muerto y no lo quieren decir”. Había movimiento inusitado de guardias en los caminos de ronda. Las miradas se cruzaban llenas de interrogantes y de an gustias. Pasaba el tiempo. No iba a ser verdad tampoco. Iba a ser co mo tantas otras veces. Pero la noticia se confirmó. Se atrevió a de cirla un cabo. El General había muerto al filo de la noche del martes. Sin embargo nada cambiaba. Era como si no hubiera pasado nada. Alguien se atrevió a gritar pidiendo libertad. Vinieron los cabos a callarlo. “Todo va a seguir lo mismo”, pensó con horror Diego Collado. “Nada va a cambiar para nosotros”. De todos los horrores que ha bía esperado era aquél el más espantoso. Que el General estuviera muerto, que el General estuviera enterrado, y que ellos fueran a continuar en la cárcel como si nada hubiera ocurrido, por millares de días y por millares de noches, como musgo, como huesos mudos, como piedras. Dos días después se oyó mucho vocerío por las calles y repe tidos disparos hacia el centro de la ciudad. Algo grave debía estar ocurriendo. Hacía mucho tiempo que no se oían tiros y gritos en Caracas. Más tarde el hervor de voces se concentró frente a la cárcel. Era como una inmensa muchedumbre que rugía, cantaba y gritaba. “Fuera los presos. Viva la libertad”. Se sentía un nervioso ruido de herrería. Los cabos estaban qui tando los grillos. Habían abierto la reja del buzón. Asomaban al patio gentes venidas de la calle. La guardia parecía haber desapa recido. Cuando le quitaron los grillos, Diego Collado se incorporó con dificultad y empezó a caminar hacia la salida, lentamente, como con temor de caer. De allí en adelante se sumergió en un torbe llino de brazos, de voces, de empellones. Veía todo aquel río de rostros que lo rodeaba y que pasaba por su lado y buscaba deses peradamente algo que pudiera revelarles en uno de aquellos hom bres la huella de las facciones que guardaba en el recuerdo de sus niños. Iba saliendo lentamente entre el gentío. Ojos ansiosos, que querían reconocerlo, lo miraban desde todas partes. Ya estaba en la calle. Ya abría los brazos queriendo abrazar a todo el que se acercaba. Oyó una voz bronca y poderosa que gritaba: —Collado. El General Collado. Acertó apenas a decir: —Yo. —Papá. Soy Rubén. Un hombre desconocido, de mirada radiante, lo tomó en bra zos y lo sacó en vilo por entre la apretada muchedumbre.

miércoles, 15 de octubre de 2025

REINALDO SOLAR RÓMULO GALLEGOS FRAGMENTO



Reinaldo Solar es la primera novela de Rómulo Gallegos, escrita entre 1913 y 1920, y publicada en 1920. Aunque menos conocida que Doña Bárbara o Cantaclaro, esta obra inaugura el universo narrativo galleguiano con una carga profundamente política, filosófica y existencial. Es el retrato de un hombre que se debate entre el idealismo y la corrupción, entre la vocación ética y la decadencia social de una Venezuela en crisis.


 Retrato del protagonista: Reinaldo Solar

Figura intelectual: Reinaldo es un joven culto, introspectivo, que busca sentido en medio de una sociedad marcada por el oportunismo, el clientelismo y la pérdida de valores.


Conflicto central: Su lucha no es solo contra el entorno, sino contra sí mismo. El dilema moral lo consume: ¿adaptarse o resistir? ¿Callar o denunciar?


Símbolo: Solar encarna el intelectual ético, el que no se vende, pero tampoco encuentra espacio para actuar sin traicionarse.


 Contexto y crítica

Venezuela como escenario: Gallegos pinta un país desgarrado por la inestabilidad, la emigración forzada, el miedo y la corrupción. La frase “Es necesario escapar” se repite como un mantra generacional.


Estilo: Más reflexivo y filosófico que sus novelas posteriores. Menos épica rural, más introspección urbana.


Temas: Desarraigo, vocación, ética, decadencia, modernidad, exilio interior.

FUENTE E INFORMACIÓN: COLABORACIÓN: DR. ENRICO PUGLIATTI Y MÉNDEZ LIMBRICK.

***

 Apenas comenzaban a perfilarse las cumbres avileñas en la luz de la albada, cuando Reinaldo estaba de pie, ávido de empezar con el día la nueva vida que se había propuesto. Po¡r la ventana abierta, el campesino amanecer iba es parciendo dentro del cuarto, junto con su hálito generoso, su turbia claridad. De los contornos venían ecos de labor madrugadora: voces del gañan que buscaba por entre los tablones el buey cerrero que en la noche se soltó, mugidos de vacas en el ordeño, palabras aisladas en el silencio, el trabajoso rodar de un carro tempranero por los callejo nes, el sordo rumor de la molienda nocturna, allá en el trapiche. A ratos oíase el griterío de las bandadas de peri cos que empezaban a salir de la montaña. Cantaban los gallos: a una bronca clarinada próxima respondía, más allá, otra, clara y vibrante, y otra a lo lejos, apagada y quejumbrosa, como un ayear. Mientras saboreaba el café que acababa de llevarle la negra Úrsula, antigua manumisa de la familia Solar, Rei naldo púsose a contemplar desde la ventana que dominaba los campos de la hacienda cómo iba amaneciendo, sobre el valle y por encima de las colinas circundantes, sobre toda aquella tierra suya, aquel memorable día de marzo que marcaba en su vida tránsito y renovación. Un reborde de luz corría por detrás de los montes haciendo resaltar la cresta de Los picos de Naiguatá, las lomas rotundas de La Silla, la línea ondulante de las serranías del Sur, y en el abra próxima donde el Ávila sumía sus últimas estriba ciones, un alba sin arreboles se iba levantando y encen diendo. Abajo, en la noche remisa del valle, blanqueaban los cañaverales de “Los Mijaos”, en torno a la sombra vigilante del torreón del trapiche, en cuyo extremo se alza ba un fantástico árbol de humo. En los ranchos comenza ban a brillar los hogares. Con una prisa infantil, Reinaldo salió al campo, y, al pisar la tierra, como si no la hollara desde mucho tiempo y ella estuviese esperándolo, ávido de sentido sobre sus lomos, exclamó: —Aquí me tienes de nuevo. Ahora te pertenezco, todo entero. Y echó a andar por el callejón que conducía al trapiche, entre hileras de altísimos sauces. El aire sereno del amane cer comenzaba a removerse, oloroso a tierras recién vol teadas, a estiércol refrescado al relente de la noche, a bagazo rezumante todavía, y a ratos traía, envuelta en un áspero tufo de alambique y de cachaza, la caliente fragancia de melado que hervía en las pailas de la oficina, o de la montaña cercana el olor agreste y sabroso del matorral serenado. Reinaldo Solar caminaba jubiloso, haciendo frases estu pendas. Volvía a la Naturaleza, al goce de los deleites sencillos, a la vida simple, pero sana e intensa, de los senti dos. Aspiraba el olor de los campos y se sentía transporta do como en una suave aura de arrobamiento: era la tierra fecunda, que lo absorbía como a un abono virtuoso que, a su vez, debiera multiplicar la fecundidad de ella. Y para que esta compenetración fuese perfecta, caminaba hundien do las plantas en el barro de las carriladas. Ya aclaraba cuando llegó a un rancho que por allí había, sobre una colinita coronada de coposos mangos. Un perro flaco y todo cubierto de peladuras purulentas salió a su encuentro gruñendo de una manera hostil. La asquerosa sarna del animal produjo al joven viva contrariedad. ¿Cómo ora posible que la tierra, madre generosa de abundancia y de salud, alimentase aquella podre? Regañó al animal que se le encimaba enseñándole los dientes. —¡Clavel! ¿Qué es eso? ¿No me conoces? A su voz, salió de un establo vecino al rancho un viejo barbitaheño que tenía un mugriento escapulario terciado pobre el pecho casi desnudo. —¡Contra! Sí es don Reinaldito. —Yo mismo, Gracián. ¿Pensabas que no volvería por aquí? —Como hace tanto tiempo que no ha querío pisá su tierra... —Pues aquí me tienes. Probablemente para siempre. —Que ansina sea. Que por algo dice el dicho que el ojo del amo es el que engorda al caballo. —Anda mal esto, ¿verdad? —Su miajita, don Reinaldito. Que con el descuío pué resulta un mucho pa más tarde. Y no lo digo por mal de naide, que ya sabe usté que a Gracián Sayago no le ha gustao nunca está soplando murmuraciones en los oídos de los amos; contimás que usté no me lo ha preguntao. Pero ya irá mirando con sus propios ojos. Hay mucho barbechal por esos campos, la floramarilla se ha cogío el puesto de la caña. —Ya se resembrará. —Esa boca manda. ¿Y la familia? ¡Ah! Conque vino solo. ¿A reponese? Ya le estaba haciendo farta: se ha chupao mucho en esa Caracas, y usté me perdone la licen cia. Pero el campo es güeno, don Reinaldito. Aquí me tiene usté a mí, que he perdió la cuenta de los años y toavía doy brega. —Ya se ve, ya se ve. Eres como el Padre Eterno, que no se sabe cuándo envejeció y siempre se conserva igual. —¡Ja, ja! No tanto, don Reinaldito, no tanto. Son seten ta y pico no más. Pero, ¡ja caramba! Lo tengo de plantón. ¿No gusta sentarse un saltico aunque sea? , —No, Gracián, salgo de la cama. —Es verdá. ¿Y una camasita e leche? —Eso sí. Y caminó detrás del isleño hacia el cobertizo donde es taban las vacas. Algunas, ya ordeñadas, pacían la hierba húmeda de rocío de un barbecho cercano: las que perma necían en el establo amarradas a los horcones, mugían dulcemente, llamando los becerros. En el aire matinal flo taba el bucólico olor de la boñiga. Dentro del rancho se oía raspar las arepas. Un humo azul se escapaba de la techumbre pajiza, en cuya solera estaba encaramado un gallo, lanzando su canto ufano y desafiador. Reinaldo quiso ordeñar con sus propias manos la leche que había de beber, y el isleño, asombrado y jovial, al verlo ponerse a la tarea, exclamó: —¡Usté en esa bajeza! ¡Miren que don Reinaldito tiene cosas! Me se representa al difunto su agüelo, que también le gustaba jacé too. ¡Qué señor aquel don Hermenegildo, que no me canso de échalo de menos! Me parece está viéndolo en su yegua blanca, recorriendo los campos toas las mañanas. A tal hora como ésta pasaba po aquí a toma se su leche. En esa misma camasa que usté tiene en las manos la ordeñaba él mismo. Por eso se la di; ésa no la toca naide de nosotros. ¿Se acuerda usté de su agüelo? —¡Cómo no! No hace tanto tiempo. Juntos hicimos mu chas veces esa recorrida matinal. —Él tenía muchas fiestas con usté. ¿Se acuerda de aquel fiestón que dio pa celebrá la llegá del agua de la cequia que él había trazao? No debe acordarse, usté era todavía una criatura. —Pues me acuerdo como si lo estuviera viendo. —¿De veras? Pos mire que pa ese entonce tendría usté cinco años no cumplios. Fue un treinta de agosto, día de Santa Rosa. Y la mañana metía en agua. El viejo estaba que no le cabía el alma entre el cuerpo; ya le parecía que iba a resultá el pronóstico del ingeniero que le dijo que el agua no llegaría a la represa, polque el trazo y que estaba mal hecho. Y esa gentará, toa la familia, esperando la cosa. ¡Qué momento aquél, cuando por fin sonó el agua en la represa de la ruea! Al viejo se le salieron las lágri mas y lo cogió a usté en sus brazos y lo levantó parriba, y le dijo —me acuerdo mucho—: Muchacho, aprende; éstas son las verdaderas alegrías de la vida: el fruto de la idea de uno. Hizo una pausa. Reinaldo, conmovido por la inesperada evocación de aquel recuerdo de su primera infancia, que ahora tenía para él una significación especial, interrumpió su faena y se quedó viendo al viejo, buen espacio. Gracián continuó: —Y es la pura verdá, don Reinaldito. Ésas son las ver daderas alegrías de la vida: ve el fruto del trabajo de uno. Y luego, cambiando el tono de la voz: —No así su taita, el señol don Daniel, a quien Dios tenga también en su gloria. Ése no supo gozá e la vida. —Papá vivía fuera de la Naturaleza. —Ansina debe sé. —concluyó Gracián, al cabo de un rato. Entretanto, habían salido del rancho dos mujeres. —¡Bendita sea la Virgen pura! Aguaita, Plácida Si es don Reinaldo. El niño Reinaldito, como lo llamábamos hasta ayer no más. ¡Y que ordeñando! —Es necesario saber hacer de todo un poco, Efigenia. Le respondió el joven, complacido en su tarea, mientras estrujaba torpemente la rosada ubre del animal, que se volteaba a mirarlo con sus ojos húmedos y mansos. Entretanto, la rústica familia de Gracián, agrupada en el establo, contemplaba al joven señor con cariñosa admi ración. Componíanla cuatro arrapiezos, cuyos ojos claros lucían su azorada pureza entre el mugre de las caras pálidas; Plácida, la hija mayor de Efigenia, la mujer ago tada ya por los trances de una maternidad incansable. Lleno el envase, Reinaldo se incorporó. Gracián le dijo: —Bébasela, toa, que debe está güeña polque es postrera. La leche tibia y olorosa se derramaba bañándole las ma nos. Manteniendo la vena del buen humor, grato a los campesinos, Reinaldo hizo un gesto de fingido asombro. —¡Qué acontecimiento!, ¿verdad, chico? —dijo al más pequeño de los muchachos—. Todos han venido a verme ordeñar. —Farta Tránsito —replicó el interpelado, frotándose la espalda desnuda contra un horcón. Y la madre agregó, sonriente: —Ella tiene reparo de que usté la vea asina como está. —Y soltando una risa franca y gozosa, de ingenuo rubor, agregó—: Como se casó, va pa siete meses ... —¡Ah! Ya comprendo. Dijo Reinaldo. Y luego, alzando la voz, gritó a la manera de los campesinos para hablarse a distancia: —¡Transítoo! ¡Tránsitoo! Anda, mujer de Dios. Déjate ver, que no es ningún pecado lo que has hecho. Roja de risa y de vergüenza, la muchacha asomó la cabe za por encima de la palizada que festoneaban las últimas pascuas azules. A través del cañizo se advertía la redon dez del vientre grávido. —¡A la salud del que ha de venir! Exclamó Reinaldo. Y levantando la camasa, bebió el contenido a grandes y ruidosos tragos. Los chicos lo miraban embobados; las mujeres sonreían silenciosas. Gracián se quitó el sombrero y dijo: —Que Dios se lo pague. Esto era más de lo que necesitaba Reinaldo para aban donarse a la emoción que le estaba bullendo en el pecho. Él también había tomado en serio su jovial ofertorio, a causa de que, cuando levantaba la jicara rebosante de leche, había visto aparecer el sol y su frente había ¡recogi do el primer rayo de luz. El natural acontecimiento y el ingenuo ademán del campesino cobraron para él las pro porciones de una señal mística: bajo la rústica techum bre del establo, en el bucólico ambiente oloroso a boñiga y a cogollos recién cortados, rodeado de caras humildes que sonreían con una pura sonrisa de asombro, él acababa de celebrar un rito solemne, que tenía el sabor arcaico de las olvidadas religiones de la Naturaleza. Lleno de esta emoción cuasi mística se alejó del rancho y anduvo a través de los campos de la hacienda, cruzando los rastrojos, de donde se levantaban a su paso bulliciosas bandadas de capanegras y de tordos, saltando por encima de los tablones recién surcados, metiéndose por entre los cañaverales, evitando el encuentro de la gente que discu rría por los callejones, para saborear a solas el interno deleite de sus exaltadas imaginaciones. Luego remontó el cauce de un arroyo que bajaba del monte, trepando des calzo por las piedras bruñidas por las chorreras, hasta un paraje sombrío donde había un ojo de agua. Manaba ésta en el cuenco de una roca revestida de mus gos y de helechos; grupos de bejucos colgaban de los altos y coposos árboles que tendían por encima un toldo de frescura y de recogimiento; atravesado en el cauce pu dríase el tronco añoso de un jabillo derribado, y por deba jo de él, la hebra del arroyo se deslizaba con un ruido suave hacia un remanso obscuro. El ambiente era frío y denso; la luz, tamizada por el follaje, tenía tonos verdine gros; más allá, cauce arriba de la seca torrentera, lucían manchas de sol en los claros del bosque. Un suave rumor nocturno de élitros en las espesuras marcaba el ritmo apacible de aquel silencio lleno de solemnidad y de mis terio. Era el sitio propicio a la comunicación con la Natura leza; la fuente, que ha inspirado a los hombres, a través de los siglos, supersticiones diversas. Reinaldo se había acercado a aquélla con una emoción de espera mística. Aquietó sus pensamientos, buscando el éxtasis, como quien busca el sueño, pero el torrente de sus ideas era incontenible, y turbando el silencio comenzó a declamar: —“Iba a buscar allí, en el seno de la Naturaleza redento ra, la obra de la reconstrucción de su ser moral, como una planta que, deformada por el cultivo, volviese a la selva originaria a recuperar el vigor de su antigua condición salvaje”. Era el primer capítulo de una novela que había conce bido días antes y cuyo título sugestivo y lleno de sabor de ciencia moderna: “Punta de Raza”, había estampado ya con gordos caracteres en el croquis de la carátula dibu jada por él, en la .cual se veía un hombre desnudo, de hirsuta barba de tinta china, en la linde de una selva inhollada, bajo un largo vuelo de garzas, mirando salir el sol en éxtasis naturalista. Sacó la cartera para fijar aquella frase; pero en seguida se arrepintió. Una sombra de contrariedad pasó por su rostro; aquel pensamiento literario había roto el encanto de la autosugestión bajo cuyo influjo estaba desde el amanecer. Barajando en una misma ficción las emociones experi mentadas durante la excursión matinal por los campos de la hacienda, con las que desde la víspera había atribuido a su protagonista, y acomodando su espíritu al estado pre concebido en que su héroe debía sentir dentro de su ser cansado y en trance de descomposición la panteística pene tración de las energías eternas de la Naturaleza, había con cluido por creer en la sinceridad de sus sentimientos. No era un producto de su imaginación, construido artificiosa mente para llenar las páginas de una novela, aquel inte resante personaje, punta y remate de una familia histórica, que después de arrastrar por la ciudad una vida de refina mientos y de desviaciones morales, rompía inopinadamen te con su pasado para internarse en el corazón de una selva virgen, a emprender la labor prodigiosa de destruir en una sola vida de hombre la obra de varias generaciones que acumularon en su ser el morboso legado de la deca dencia. “Punta de Raza” era el mismo vástago desmedrado de los antepasados legendarios que vinieron en las carabe las de los conquistadores; de los antepasados históricos que fundaron ciudades y civilizaron naciones enteras de indios; de los proceres que resplandecieron en la epopeya de la Independencia; de los varones austeros que fundaron la República y más tarde sacrificaron el peculio y la vida en aras de la honra y en defensa de la convicción; de todos cuantos fueron muestra del temple y del vigor de la raza, en aquella casa donde hasta las piadosas mujeres tuvieron raptos heroicos de orgullo y de altivez. El último de aquella esforzada legión fue Hermenegildo Solar, el abuelo. Perseguido por los odios políticos que la Guerra Federal había desatado contra el apellido man- tuano, con él dejan de figurar los Solar en el Gobierno de la República y llegan hasta perder el rango principal que siempre tuvieron en la sociedad; pero la honra de la familia se salva incólumne, porque el viejo se aisla, lleno de altivez, y metiéndose en la hacienda, único resto de la cuantiosa fortuna de sus mayores, se consagra a restaurar la de la ruina en que se la dejaron el odio y la rapacidad de sus adversarios. Pero allí se acaba la secular fortaleza de la casta; sus hijos resultaron débiles e incapaces, y ninguno de ellos supo continuar la tradición que vinculaba, a la de la Patria, la historia de la familia: Juan Hermenegildo, el primogénito, le salió campechano y montaraz, invirtió su patrimonio en un hato del alto Llano, sembró hijos sin nombre en el vientre de una zamba de Una familia de peones sabaneros, no supo administrar su peculio y paró en caporal de ganado; Vicente gastó la juventud en seducir mujeres, prostituyó el valor en oscuras proezas de penden ciero y, despilfarrada su fortuna en parrandas que escanda lizaron la ciudad, fue a morir de hematuria en Araya, donde desempeñaba un humilde cargo de vigilante de las salinas; Daniel, el preferido, fue finalmente un hombre lleno de fallas y de contradicciones. Desde niño se reveló artista, con una marcada vocación por la música, y en ella demostró, precozmente, verdadero talento. A fin de que adquiriese la conveniente educación, su padre le envió a los Conservatorios de Europa siendo to davía muy joven. Supo aprovecharlo al principio, y a poco su norhSre figuraba en el número de los pianistas de mejor reputación. No era un “virtuoso”, ni aspiraba a serlo; pero ejecutaba brillantemente e interpretaba a los grandes maestros con verdadero sentimiento e inspiración. Domi nada la ejecución, se aventuró en la composición musical con un ambicioso proyecto, sólo comparable a la soberbia jactancia de Miguel Angel pidiendo un monte para escul pirlo: musicalizar la historia de la humanidad desde el ignoto momento en que empieza a caer sobre la tierra la mística lluvia de mónadas espirituales que vienen a fecun dar los gérmenes terrestres y surge en silencio de las selvas prehistóricas el primer grito humano; hasta el remo to término en el cual la inefable esencia del Ego, agotada la ley del karma teosófico, se sumergirá en la plenitud del único. Fue una idea extravagante que concibió bajo le influen cia de un círculo de ocultistas, a cuyas tenidas asistía en Londres, atraído por la alucinante sugestión que una teo- sofista rusa ejercía por entonces sobre los espíritus. Para llevarla a cabo se propuso hacer un viaje a la India, donde bebería la inspiración en la fuente misma del budismo. Pero antes de internarse en aquel mundo misterioso, de donde tal vez no soldría más, quiso venir a Venezuela a despedirse de su familia. Caracas le hizo un fastuoso recibimiento, y su nombre, agobiado de descomunales epítetos, se hizo de moda. Un caballero de lo principal organizó en su casa un festival de arte para que él tocase, y allí se congregó un grupo de lo más selecto de la sociedad caraqueña, deseosa de ad mirar aquella gloria nacional que Europa había consa grado. Recibiéronlo con agasajos. Daniel se sentó al piano y comenzó a ejecutar una sonata de Beethoven. Pero, a los primeros compases, observó que unas seño ras se distraían conversando entre sí, seguramente sobre motivos frívolos, y entonces, lleno de indignación, se levantó violentamente y abandonó la sala sin despedirse ni dar explicaciones. Desde aquel momento renunció to talmente a la música. Naturalmente, el incidente creó en torno de él un aura hostil: se le negaron méritos con la misma facilidad con que se habían exagerado los que poseía; se le ridiculizó de todas las maneras posibles. Daniel no hizo caso; su renun cia al arte era tan absoluta que él mismo no se conside raba artista. Se impuso la tarea de borrar de su memoria los recuerdos del pasado. Encerrosé en su casa y se en tregó a continuas lecturas místicas y teosóficas. Al cabo de algunos años nadie se acordaba de que él era músico. Poco después conoció a Ana Josefa Allende, cuya fami lia y la de Solar mantenían una tradicional amistad desde los remotos tiempos del esplendor de las casas de abolengo. Era Ana Josefa una muchacha dulce y mansa en extremo, en el leve estrabismo de cuyos ojos había —al decir de Daniel—. la resignada expresión de los dolores sufridos en la serie de vidas del karma teosófico. A causa de esto, enamoróse de ella, y de un día a otro contrajo matrimonio. Al año nació Reinaldo. Dos años después una niña, Car men Rosa.

sábado, 10 de agosto de 2024

El castillo de Elsinor Pedro Emilio Coll FRAGMENTO

 



El sueño de una noche de lluvia

Caía la lluvia con estrépito sobre los tejados y en el zinc de las canales cantaba el agua.

Cada vez que llueve y la calle se convierte en un río, me vuelvo a ver niño, echando en el arroyo barquichuelos de papel. Mis primeros viajes ideales los hice en esas ligeras embarcaciones que van ciudad abajo arrastradas por la corriente; pero los libros que entonces leía me hablaban de islas maravillosas, de países fantásticos, y hacia ellos navegaba mi imaginación en la frágil navecilla, sin pensar que una piedra bastase para detenerla y que en un charco pudiera naufragar una carga de ensueños.

Mientras me acurrucaba entre mis recuerdos y las frazadas de la cama, la nota armoniosa del agua en las canales me iba adormeciendo…

Ahora me encontraba no en un bote de papel sino en una negra galera empujada por un viento glacial. Juntos estábamos hombres de razas diferentes pero movidos por una misma inquietud. Íbamos en peregrinación al Castillo de Elsinor, que es uno de los sitios más amados de la tierra por haber oído los soliloquios del Príncipe Hamlet y presenciado el fin de sus días juveniles.

Para prepararnos a visitar dignamente aquellos santos lugares de la meditación, habíamos arreglado nuestra vida según una disciplina conventual y

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nos llamábamos hermanos. Los escépticos, los analistas del alma humana, los humoristas que creen en una tontería universal y se ríen de ella con lágrimas en los ojos, eran con frecuencia el tema de nuestros coloquios y ejercicios espirituales. En el refectorio una calavera contemplaba a una Esfinge, sin que por ello dejáramos de comer con apetito.

Los domingos nos congregábamos en una sala ojival, adornada con símbolos religiosos y preciosas obras de arte; y allí, muy cómodamente sentados, cerrábamos los párpados para escuchar la música del órgano, con la que cada cual componía en su mente un paisaje ó un espectáculo, mientras el mar continuaba la canción que por los siglos de los siglos dirigen al cielo las innumerables olas.

Cuando me di cuenta de la extraña reunión en que me hallaba, un hermano de mirada tenebrosa, terminaba así una homilía:

Un amigo, muy investigador y erudito, discípulo entusiasta de la escuela antropológica, ha descubierto que el divino Homero fue un precursor de César Lombroso: pues según parece, un feroz cacique o generalote está descrito en la Ilíada con todos los estigmas que se le atribuyen al criminal nato. Moisés, según el decir de personas entendidas en estos asuntos, fue un darvinista anterior a Darwin, puesto que la famosa lucha por la existencia está incluida en el ojo por ojo, diente por diente, y la ley de la herencia proclamada en el tremendo aforismo de que las faltas de los padres caerán sobre los hijos hasta la cuarta y quinta generación. De tal manera que la historia de los Rougon-Macquart, narrada por Zola, no viene a ser sino una nota marginal a la Biblia, un comentarlo a la frase del inmisericorde legislador. Allá, en el Deuteronomio, vemos en cierto modo explicados la borrachera de Coupeau, la prostitución de Nana, el suicidio de Lantier, y demás calamidades de aquella familia francesa del segundo imperio, víctima de una neurosis hereditaria, de las calaveradas de un abuelo, quien un tanto olvidadizo de las reglas de la higiene y de la buena conducta, bebió más vino del necesario y cortejó, en sus mocedades, mayor número de mujeres del que es costumbre entre cristianos. La antiquísima y

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venerable sentencia de que la hoja del árbol no se mueve sin la voluntad de Dios, es según doctos comentadores, el primer apotegma determinista, puesto que en forma alegórica enuncia la causalidad universal.

¿Qué diríais ahora vosotros de un libro titulado Un dedo de la luna purpurado por el sol poniente? Lo atribuiríais a algún moderno «decadente.» Pues bien, ese libro ha sido compuesto muchos siglos antes de Jesucristo, y forma la sexta parte de la gran obra sánscrita La Ola del océano del Tiempo. Un viajero inglés, recibió de manos de un viejo brahmán, muerto de la peste, el manuscrito original y lo ha traducido, permitiendo así que nosotros, los que no hablamos la lengua del dulce Sakiamuni, podamos aspirar el aroma de loto que se desprende de esas leyendas asiáticas.

Escuchad la que dice cómo fue creada la mujer:

En el origen de los tiempos, Twashtri —el Vulcano de la mitología india— creó el mundo. Pero cuando quiso crear la mujer, comprendió que había gastado en el hombre todas las materias disponibles. No le restaba ningún elemento sólido. Entonces Twashtri, perplejo, se abismó en una meditación profunda, y no salió de ella sino para proceder de este modo: tomó la redondez de la luna y la ondulación de la serpiente; el suave abrazo de las plantas trepadoras y la cadencia de los mimbres; la esbeltez del rosal y el terciopelo de las flores; la ligereza de las hojas, la mirada del cervatillo, la alegría loca del rayo de sol, las lágrimas de las nubes, la inconstancia del viento, la timidez de la liebre, el orgullo del pavo real, la dulzura de las plumas que guarnecen el cuello de las palomas, la dureza del diamante, el gusto azucarado de la miel, la crueldad del tigre, el calor del fuego, la frialdad del hielo, el chillido del búho y el susurro de la tórtola. Mezcló todas estas cosas, hizo a la mujer, y entregó el divino presente al hombre.

Ocho días después el hombre se presentó ante Twashtri y le dijo:

—Señor, la criatura que me has donado emponzoña mi existencia: murmura sin cesar, ocupa todo mi tiempo, llora por tonterías, está siempre enferma. He venido a ti a fin de que la recuperes porque no puedo vivir con ella.

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Y Twashtri llamó a su lado la mujer. Pero ocho días después el hombre volvió ante el Creador y le dijo:

—Señor, mi vida es muy solitaria desde que te he devuelto esta criatura; recuerdo que bailaba y cantaba en mi presencia, que me miraba tiernamente y me abrazaba

Y Twashtri entregó de nuevo la mujer al hombre. Apenas habían trascurrido tres días, cuando Twashtri vio llegar al hombre, quien así se expresó:

—Señor, no sé cómo es esto, pero estoy convencido de que la mujer me procura más disgustos que placeres. Señor, te suplico, tómala para ti.

Mas Twashtri le gritó: ¡Apártate de mí, hombre, y haz lo que puedas! —El hombre contestó: No puedo vivir con ella; a lo que Twashtri replicó: Tampoco podrías vivir sin ella.

El Hombre se retiró pesaroso; y gimiendo decía: ¡Pobre de mí, no puedo vivir con ella y no puedo vivir sin ella!

A mi juicio, este simbolista o «decadente» sánscrito de ahora tres mil años, autor de Un dedo de la luna purpurado por el sol poniente, era también un psicólogo feminista a la manera de nuestra época. No es difícil reconocer bajo el traje moderno del Adolfo de Benjamín Constant, del Claudio Larcher de Bourget, del Jorge Aurispa de D’Annunzio, en la historia de muchos de nuestros contemporáneos, al mismo hombre que en el origen del mundo fue varias veces ante Twashtri, creador de todas las cosas y padre del linaje humano. Nihil novum sub sole…

Calló el predicador y hubo un murmullo de incredulidad en el auditorio; pero nadie estaba de humor para discutir, y nos retiramos pensativos a nuestras celdas o camarotes.

Otro día se planteó una inoportuna cuestión, impropia de aquella asamblea de personas despreocupadas de los problemas de actualidad, y que convertía tan quiméricos seres en personajes de la comedia política. Las leyes son siempre impracticables en el momento mismo en que cerebros superiores las conciben y enuncian —tal era la cuestión en debate— Cuando una ley penetra en

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el corazón de la masa, otra más perfecta viene a sustituirla; las leyes no sirven sino para la orientación de los grandes rebaños sociales conducidos por unos cuantos pastores; lo que nombramos conciencia del pueblo no es sino el pensamiento de esos pastores; lo que llamamos progreso se realiza por una serie de afirmaciones prefijadas y a menudo arbitrarias, que cuatro o cinco pensadores imponen en una época para la época que ha de venir.

En los interminables días comenzaba a aburrirme y a sentir la ausencia de esa amable compañera que Twashtri creó para el hombre y que un filósofo de pésimo gusto ha llamado el animal de larga cabellera y corto entendimiento. Envidiaba ya a los que no tuvieron el capricho de acompañarnos en tan penoso y largo viaje, a los amigos que, a esa hora, en la mesa del café y frente a los rubios vasos de cerveza, ensayaban el método de una refinada antropofagia devorándose, literariamente, unos a otros; envidiaba al mozo de cordel y al labriego que, sin vanas preocupaciones, labra la tierra y procura cumplir el precepto de crecer y multiplicarse.

Por fin un compañero que hasta entonces había guardado un irónico mutismo, reuniéndonos en la sala de fumar, decidió de nuestra suerte con estas palabras:

Tengo que confiaros el secreto que he encontrado en un viejo manuscrito. El gran Will, que nos refiere la historia de nuestro muy amado hermano Hamlet, o fue víctima de una engañosa leyenda o ha querido engañarnos. El manuscrito a que me refiero es una confesión de Marcelo, el amigo íntimo de Hamlet, y debe merecernos la más completa fe.

Ello es que Marcelo, quien dicho sea de paso era de un temperamento sanguíneo y activo, sufría de que su querido camarada y condiscípulo hubiera perdido entre las filosofías de la Universidad de Heidelberg, junto con la salud, el amor a la vida y a las empresas dignas de su rango. Ni el esplendor del trono, ni el talle ondulante de las damas de honor, ni las fiestas de la corte, lograban sacudir del alma del Príncipe enlutado y meditabundo el duelo y la inacción. En su corazón no había espacio sino para el recuerdo paternal, y en su mente para las divagaciones metafísicas.

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Sabía Marcelo que Hamlet, tan incrédulo y casi herético, creía sin embargo en las visiones de ultratumba, y fue esa superstición del Príncipe la que puso en juego para sugerirle el culto de la fuerza, o un motivo de vivir como decimos ahora. Un criado de Marcelo se prestó para llevar a cabo el funesto proyecto que tantas desgracias y muertes trajo consigo.

En la oscuridad de una noche sin luna, el criado de Marcelo, armado de punta en blanco, aparecióse a Hamlet en la plataforma del Castillo, y fingiéndose el espectro del viejo Rey, con voz sepulcral, le aconsejó la oprobiosa venganza.

Lanzado en el camino de la acción procedió Hamlet con la intemperancia o injusticia que ya sabéis. Sobre este punto hace Mauricio Maeterlinck un duro comentario: ¿Se necesita acaso de un esfuerzo sobrehumano—pregunta—para reconocer que la venganza no es un deber? Hamlet piensa mucho pero no es un sabio; colocad en su lugar a un Marco Aurelio y el destino se hubiera estrellado contra la bondad, la confianza, la indulgencia que están en las más altas cimas de la sabiduría.

De todas maneras, Hamlet es nuestro hermano, más por su vida interior que por sus gestos trágicos. La colección de sus soliloquios, de sus diálogos con los sepultureros y los cómicos, sus repuestas a los cortesanos y a la misma Ofelia, constituyen un precioso breviario en nuestra iglesia. Marcelo erró como todo ser que quiere disponer del destino de otro ser y decidirlo a obrar en contra de su propia naturaleza; en fin, yo prefiero que haya sido un criado y no el propio espectro del Rey quien dictase la venganza, porque debemos suponer que los muertos saben más que los vivos la consecuencia de los actos humanos.

Por último, hermanos, este viaje que hacemos al Castillo de Elsinor me parece del todo innecesario. Para meditar nos basta con el asilo profundo del alma, con nuestro Castillo Interior que tiene criptas sonoras, fuentes que cantan en el silencio, bellos horizontes a su rededor, y desde donde se contempla la tierra y se divisa el cielo…

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De todas las bocas partió un clamor armonioso, que ya despierto era sólo el de la nota de la lluvia en las canales y sobre los tejados de la ciudad nocturna y pluviosa.

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Introducción Federico Peltzer POESIA SOBRE LA POESIA (En la literatura argentina

  Introducción Quizá la primera actitud del hombre, al evolucionar en el uso del leng ua- je, haya sido la de contar aquello que le había ...

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