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miércoles, 4 de febrero de 2026

Los árboles del orgullo. Chesterton


 

Introducción al autor y a la serie

La serie de Century Carroggio sobre Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) comprende varios títulos del inolvidable detective Padre Brown, considerado por muchos como cima literaria en el género policial.

En el presente volumen, Los árboles del orgullo, Chesterton nos hace reflexionar, a través de distintos personajes, supersticiones y sorprendentes situaciones, acerca de la permanencia de otros tipos de saber diferentes a la racionalidad científica con la que el entendido se muestra tan seguro, la idea de que la sabiduría de «la gente sencilla» posee un fondo que puede llegar a ser muy certero, aunque falle en las formas. Se trata al fin de la necesidad de encontrar la verdad, algo siempre difícil por los prejuicios de unos y las supersticiones de otros.

La colección incluye también El hombre que sabía demasiado (1922), al que nos referiremos más adelante, y El poeta y los lunáticos (1929), que no es exactamente una novela, sino más bien una sucesión de episodios entrelazados, en los que un aparente loco -el poeta y pintor Gabriel Gale- da muestras de su increíble capacidad para captar la importancia de detalles que permanecen ocultos o apenas visibles a los ojos de “la gente cuerda”. Las técnicas deductivas del excéntrico Gale para anticipar un delito o resolver una atrocidad sorprenden al lector por su originalidad y humor. En algunos pasajes de El poeta y los lunáticos, se contienen varias críticas veladas de Chesterton a intelectuales y representantes políticos de su tiempo, que contrastan con la clarividencia protagonista.

Por Juan Leita:


Hace ya algunos años Caroly Wells, autora americana de numerosas novelas policíacas y de misterio, escribía en una revista quejándose de la mala crítica que solía hacerse de este género literario. «Es evidente -decía la escritora- que la tarea de hacer la crítica de aventuras detectivescas se confía a personas a quienes no les gustan las narraciones de esta índole. Semejante proceder no es razonable. No se envía un libro de poesías a una persona que odia la poesía. Una novela de costumbres modernas no se somete a juicio de un moralista severo que considera inmorales todas las novelas. Si se someten a juicio crítico las novelas policiales y de misterio, justo es que sean criticadas por aquellas personas que comprenden por qué se escribieron tales historias.»

Incomprensiblemente, aún hoy persiste esta irregularidad observada por Caroly Wells, al tiempo que no se comprenden todavía las causas que han originado la creación de la novela policíaca. No hace mucho, por ejemplo, un psicólogo pretendía resumir en último análisis toda la esencia e historia del género en el complejo de Edipo. Cualquier narración policíaca se basaría en el mismo esquema: el asesino es el hijo y la víctima es el padre, y al final el castigo recae sobre él como una maldición. Especificando algo más la teoría, se afirma que la oposición asesino-víctima nos remite a una imagen más amplia: el malhechor se rebela contra la sociedad que representa aquí el superego paterno. Desde este punto de vista se intenta explicar la evolución de la novela policíaca. Al principio nos hallamos en pleno patriarcado: domina la sociedad y el detective sirve para proteger a sus «hijos» y preservarles del peligro. Es la representación del padre que crea los investigadores de la época clásica. En la segunda etapa, el policía llega a estar tan corrompido como el criminal, oponiéndose con frecuencia al orden que debería defender: es la novela policíaca «negra» que expresa fundamentalmente una rebeldía general contra la dominación de la sociedad-padre. En la tercera etapa, calmada la rebeldía, el hijo acepta nuevamente la protección paternal: es el agente de contraespionaje que pretende proteger al ciudadano y a toda la nación del peligro que se perfila a lo lejos.

Si ya en general se advierte que esta visión ha sido forjada por alguien que solo ve y ama la psicología y el psicoanálisis, en concreto el simplismo y la vaguedad de la teoría se advierten en seguida al abordar la obra policíaca de G. K. Chesterton. En efecto, en todas sus narraciones aparece un leitmotiv que contradice abiertamente el esquema edipiano. Lo que se repite y se desarrolla en sus personajes principales y en sus peripecias es el interés por el hombre, por el hombre no en sus cualidades más brillantes y excepcionales, sino en sus cualidades ordinarias y naturales.

Chesterton pone al hombre delante de todo como una realidad única e indivisa, el hombre que cada uno de nosotros somos, en cuanto poseemos la misma naturaleza, en cuanto llevamos el mismo destino y somos capaces de los mismos goces, de los mismos sufrimientos, de las mismas sublimidades y las mismas bajezas: algo grande que hemos de reverenciar incluso en los más despreciados e ignorantes de una sociedad concreta.

En sus narraciones, Chesterton concede una importancia decisiva a las cualidades y nociones primeras, verdades no aprendidas, intuiciones naturales, comunes a todos los seres humanos, que se hallan al alcance de todos sin distinción. Por esto confía más en el sentido común de un cualquiera, del hombre de la calle, que en la eficacia rectora de las minorías intelectualmente selectas, cuyo juicio suele estar deformado por el hábito de la simplificación abstracta y la linealidad de la especialización.

En una de sus múltiples discrepancias con Bernard Shaw afirmaba, por ejemplo: «Bernard Shaw no puede comprender que lo valioso, lo estimable a nuestros ojos, es el hombre, el viejo bebedor de cerveza, forjador de credos, luchador, frágil y sensual». Esto le lleva, lógicamente, a la idea de la igualdad humana. En el fondo, no existen las oposiciones mayor-menor, superior-súbdito, padre-hijo. «Todos los hombres son iguales como todos los peniques son iguales, ya que su único valor es el de llevar la imagen del rey.» «Todos los hombres pueden ser criminales si son tentados. Todos los hombres pueden ser héroes si son inspirados.» «La verdad psicológica fundamental no es que ningún hombre puede ser un héroe para su ayuda de cámara. La verdad psicológica fundamental es que ningún hombre es un héroe para sí mismo. Cromwell, según Carlyle, fue un hombre fuerte. Según Cromwell, fue un hombre débil.»

Si atendemos ahora al personaje principal de sus narraciones policíacas (el padre Brown), veremos que estas ideas coinciden plenamente con su imagen. Su aspecto físico es anodino e insignificante. Brown es el apellido que acapara más páginas en la guía telefónica inglesa. En realidad, no se trata ni del hombre que se rebela contra la sociedad ni del héroe que pretende proteger al ciudadano y a toda la nación del peligro que les amenaza. Se trata más bien del hombre vulgar, del hombre común que no posee ninguna relevancia especial: Es el hombre de la calle. Ni siquiera su sotana le confiere un atributo o una dignidad particular. En la sociedad concreta en que vive, la sotana es un signo de desprecio, de postergación: el despreciable cura papista. De hecho, parece como si Chesterton haya revestido a su personaje con este atuendo católico por este único motivo. El padre Brown nunca aparece cumpliendo los deberes estrictamente sacerdotales. Nunca le vemos diciendo misa ni atendiendo a los fieles en una parroquia. Ya Agatha Christie se admiraba de «este clérigo vagabundo que aparece en todas partes, incluso en los lugares más insospechados». En realidad, el padre Brown no es ninguna representación del padre. Lo que ha tipificado Chesterton con su personaje es lo más despreciable de su sociedad, para hacer ver que lo que interesa es el hombre con sus cualidades ordinarias y naturales, con su sentido común, con su instinto forjador de credos, con su fragilidad.

La crítica ha achacado a las narraciones policíacas de G. K. Chesterton el hecho de que nunca deje pistas al lector. Nunca aparece un proceso lógico a través del cual pueda deducirse la solución del misterio. El padre Brown o el investigador que protagoniza la historia intuye simplemente la clave del problema y su explicación. Esto obedece evidentemente a los principios chestertonianos indicados anteriormente. Se trata de poner de relieve la intuición natural, las cualidades y nociones primeras, comunes a todos los hombres, que se hallan al alcance de todos sin distinción. El padre Brown se imagina simplemente lo que él podría haber hecho en el caso de ser tentado, ya que también él podría haber sido el criminal. Su bondad y su inteligencia no son prerrogativas de una minoría o de un estamento social privilegiado, sino de la misma naturaleza humana, única e indivisa: algo grande que se encuentra en cualquiera de nosotros.

Un crítico agnóstico se admiraba de encontrar en boca de «este sacerdote dedicado a Dios» frases como estas: «Todo me ata a Inglaterra, es mi cuna, mi hogar, y lo más extraño es que de esta Inglaterra, aunque usted la quiera y pase en ella su vida, no saca usted más que la cabeza caliente y los pies fríos; siempre es para uno un enigma». De hecho, el error de este crítico agnóstico, al estilo de muchos «no creyentes» que en casos semejantes dejan ver ingenuamente su formación y concepción ortodoxa, es creer que el padre Brown es «un sacerdote dedicado a Dios». No se trata de un hombre dominado enteramente por transcendentalismos y visiones apartadas del mundo. No se trata de un individuo que forzosamente deba adecuarse a los moldes estereotipados de un partido o de un sistema. Se trata simplemente del hombre que ama la tierra que pisa, el mundo concreto en que vive, con la capacidad natural de cuestionarlo y de oponerse a su propia insatisfacción. El mismo crítico denunciaba en el padre Brown la tendencia moralista de convertir a Flambeau. En realidad, según Chesterton, Flambeau no se convierte al padre Brown ni a ninguna iglesia, sino que los dos se convierten, a pesar de sus diferencias notables, en un mismo hombre: el sano pensador exento de prejuicios, el simple conocedor de la naturaleza humana, el defensor a ultranza de la bondad, el buen bebedor de whisky escocés.

La crítica ha achacado también a Chesterton el introducir a Dios en la novela policíaca. El padre Brown sería, según esto, el representante terrenal de un Dios padre que vela sobre sus hijos en medio de la maldad y del crimen. El simplismo teórico y la incapacidad de desembarazarse de concepciones preestablecidas vuelven a aparecer incomprensiblemente en el marco todavía falseado de la crítica de la novela policíaca. Porque, si algo hay que observar, ante todo, no es que Chesterton introduzca divinismo en el género, sino más bien humanismo. Hemos hablado ya de las características esenciales y de lo que significa este «pequeño cura papista». En su sociedad concreta, no puede aparecer como el representante terrenal de un Dios-padre, sino en todo caso como el representante de los desheredados y de los despreciables de la humanidad. El padre Brown no es un predicador de mensajes ultramundanos, sino aquel que transmite vívidamente las cualidades más íntimas y apreciables de la naturaleza humana. Esto es lo que capta Flambeau. Esto es lo que capta cualquier lector sano. En el fondo, a quien en realidad está más allá del confesionalismo, el padre Brown le ha de suscitar la misma simpatía que suscitaban al payaso de Heinrich Boll sus dos católicos: el papa Juan y sir Alec Guiness.

La técnica de las narraciones policíacas de G. K. Chesterton sigue fielmente los principios enunciados por él como base necesaria para una buena historia del género. La primera característica es que la clave sea simple. Durante toda la narración debe existir la expectación del momento de la sorpresa, pero esta sorpresa debe durar tan solo un momento. Los escritores de cuarta categoría piensan que su cometido es desentrañar detenidamente una complicada e improbable serie de acontecimientos. El resultado puede ser lógico, pero no sensacional. Para comprobarlo, nos dice Chesterton, imaginémonos un jardín oscuro a la hora del crepúsculo. Una voz terrible se va acercando hacia nosotros. Es un grito dado por uno de los personajes de la historia, un personaje desconocido y siniestro o tal vez uno ya familiar. Es evidente que el grito que tal personaje deje escapar ha de ser algo breve y sencillo, como: « ¡El asesino es el mayordomo!». Pero el personaje no puede quebrar el silencio del oscuro jardín gritando en voz alta: «El emperador se cortó la garganta en las siguientes circunstancias: su majestad imperial estaba afeitándose, y, en medio de la operación, se quedó dormido, fatigado por los quehaceres del estado. El arcediano pretendió, en un principio con espíritu cristiano, acabar de afeitar al monarca dormido, cuando repentinamente se sintió tentado a cometer el asesinato, al recordar la ley de separación entre iglesia y estado. Pero se arrepintió, después de ocasionarle un simple rasguño, y arrojó la navaja al suelo. El fiel mayordomo, al oír el alboroto, entró de improviso y arrebató el arma. Más en la confusión del momento, en vez de cortarle la garganta al arcediano, se la cortó al emperador. Así todo termina satisfactoriamente, y el joven y la chica pueden dejar de sospechar el uno del otro de ser el autor del asesinato, y se casan». «Esta explicación -nos dice Chesterton-, aunque razonable y completa, no puede ser emitida convenientemente en forma de exclamación, ni puede resonar de repente en el oscuro jardín a manera de sentencia. Cualquiera que haga la prueba de gritar fuerte el párrafo mencionado, en su propio jardín a la hora del crepúsculo, se dará cuenta de la dificultad a que me refiero.»

La segunda característica de una buena historia policíaca es, según él, que por su extensión debería parecerse más a la narración corta que a la novela. La principal dificultad de una narración larga de este género estriba en que, después de todo, la novela policial es un drama de caretas y no de caras. Cuenta más bien con los seudodistintivos del personaje que con los reales. Hasta llegar al último capítulo, el autor no puede contar ninguna de las cosas más interesantes de los personajes principales. El drama se basa precisamente en el simple falso concepto de la realidad. «Es un baile de máscaras, en donde todos se disfrazan de otra persona diferente a sí mismos, y no existe el verdadero interés personal hasta que el reloj da las doce.» No podemos penetrar en la psicología y filosofía de los personajes, hasta que hayamos leído el último capítulo. «Por esto opino que lo mejor de todo es que el primer capítulo sea también el último.»

Dejando por un momento aparte la aplicación de esta técnica a sus propias narraciones, no hay duda de que estos principios de Chesterton enunciados ocasionalmente a comienzos de siglo constituyen unos elementos de juicio muy precisos por lo que se refiere a las obras del género en su totalidad. Con el tiempo, tanto los hechos como la crítica le han dado la razón en este punto. Por lo que atañe a la primera característica, resulta muy fácil ahora reconocer en ella la misma esencia del suspense. Lo que importa es saber mantener con maestría la expectación del momento de la sorpresa, del punto crucial y rápido en que se resuelve casi intuitivamente el problema.

Alfred Hitchcock ha insistido repetidas veces en que poco importa la lógica. Poco importa la explanación detallada del hilo interno que enlaza la variada y compleja gama de sucesos. Lo que interesa es saber mantener, aunque sea con la punta de un simple bastón o el mero hecho de fregar el suelo, el ansia del espectador por algo que finalmente le asombre y le sorprenda.

Por lo que se refiere a la segunda característica, la mayoría de los críticos ha reconocido que las mejores historias policiales o de crímenes se encuentran en breves narraciones que apenas alcanzan las veinte páginas. Desde Poe hasta William Irish, el género policíaco ha condensado lo mejor de sus frutos en peripecias que no pasaban del primer capítulo. Los asesinatos de la calle Morgue y La ventana indiscreta son ya dos exponentes extremos de esta verdad. Con todo, es imposible soslayar el hecho de que, como lo recuerda también Chesterton, «nunca han existido mejores novelas policiales que la antigua serie de Sherlock Holmes».

Sir Arthur Conan Doyle abordó en poquísimas ocasiones la narración auténticamente extensa. Sus numerosas historias son breves y concisas. El baile de máscaras ha de tener un límite más bien próximo. El lector avezado al género habrá podido comprobarlo ya por sí mismo. En múltiples novelas basta leer el primer capítulo, que constituye el planteamiento de la historia, y el último, que es el desenlace, para conocer perfectamente todo lo que ha ocurrido.

Si pasamos ahora a considerar la aplicación de estos principios chestertonianos a sus propias narraciones, observaremos ante todo que la segunda característica técnica fue siempre seguida fielmente por el creador del padre Brown. Descartando su obra El hombre que fue jueves, que algún crítico ha calificado de novela policíaca «metafísica», aun cuando nosotros pensamos que se trata de un juicio demasiado vago y alambicado, las historias policíacas de G. K. Chesterton corresponden siempre al género del cuento o de la novela corta. La crítica le ha acusado de que no atiende al rasgo psicológico del personaje. Pero ello obedece, evidentemente, a su concepción del relato policíaco.No puede haber tiempo para la descripción de las auténticas cualidades personales de los personajes. Las máscaras aparecen furtivamente en función del único capítulo que en verdad interesa. En cuanto a la primera característica, el suspense de las narraciones de Chesterton posee la peculiaridad de ser un suspense intelectual y especulativo. La expectación del momento de la sorpresa no se mantiene, por lo general, a base de peripecias anecdóticas ni de trucos secundarios, sino predominantemente por el desarrollo de la reflexión ideológica y por la exposición de los contenidos conceptuales que implica la situación concreta. Esta peculiaridad puede resultar, sin duda, chocante e incluso molesta para el lector común de novelas policíacas, dado más bien a la evasión de tipo imaginativo y poco acostumbrado a la especulación de carácter ideológico. Se trata de la misma incomodidad que suele sentirse ante la magistral introducción de Edgar Allan Poe a Los asesinatos de la calle Morgue. En el caso de Chesterton, sin embargo, hay que reconocer que la dificultad se agudiza. En el fondo, solo aquel que está familiarizado con su rápido y agudo proceso intelectual, característico de sus obras de ensayo, puede seguir con pasión sus relatos policíacos. Únicamente aquel que es capaz de seguir por menudo al autor de HerejesOrtodoxia y El hombre perdurable, de quien Gilson dijo que «fue una de las inteligencias más poderosas que ha producido Europa», puede disfrutar por entero de sus intrigas criminales urdidas a base de razonamientos y de disquisiciones ideológicas. Con todo, es indudable que cualquier lector captará algo de la variada gama de valores que se presenta en esta serie de narraciones. Las situaciones ingeniosas abundan por doquier, e incluso el catador de bue.na literatura se dará cuenta de que se halla ante un maestro. La muestra de la espada rota, por ejemplo, constituye un bello exponente de narración literaria, aun prescindiendo de su ingeniosidad y de su carácter específicamente policíaco. Pero, de hecho, si dejamos a un lado el juicio crítico de aquellos a quienes no les gustan las historias policiales y de misterio y atendemos al criterio de aquellas personas que comprenden por qué se escribieron tales historias, tendremos que reconocer que la obra policíaca de G. K. Chesterton contiene valores decisivos dentro del género. Ellery Queen, por ejemplo, cree que El candor del padre Brown es el mejor libro de narraciones detectivescas después de Las aventuras de Sherlock Holmes de Sir Arthur Conan Doyle. El género policíaco, considerado siempre como un género literario de escasa categoría, ha sido denigrado además, especialmente por parte de los sectores más intelectuales, con la observación de que es un producto de pura evasión y de imaginaciones infantiles. El mismo Chesterton se hizo eco de este reproche en su autobiografía: «gente frívola piensa que es caer muy bajo ponerse a escribir cuentos, incluso cuentos de crímenes, como yo; que para algunos es equivalente a formar parte de las clases criminales». Con la selección de narraciones que aquí presentamos, sin embargo, creemos aportar precisamente un testimonio singular de la frivolidad de tales afirmaciones, ya que constituye una muestra clara de la altura a que puede llegar el género en manos de un gran escritor y de un gran pensador.

lunes, 12 de enero de 2026

Introducción a “Viajes a la luna, utopías selenitas y legado científico”


 

Introducción a “Viajes a la luna, utopías selenitas y legado científico” 

Lucas Margarit And new Philosophy calls all in doubt, The Element of fire is quite put out; The Sun is lost, and th’earth, and no mans wit Can well direct him where to looke for it. John Donne, “The Anniversaries: An Anatomy of the World” La publicación de obras que van desde Sobre las revolucio nes de los cuerpos celestes (1543), de Copérnico, hasta Sidereus Nuncius (1610) o Diálogo sobre los principales sistemas del mun do (1632), de Galileo, pasando por los descubrimientos de Kepler expresados en su Nova Astronomia (1609), permitió al hombre reflexionar acerca de cómo el mundo conocido de jaba su quietud y pasaba a contemplar y ser testigo directo de que el cambio y el movimiento eran parte ineludible del universo, lo cual alteró de manera evidente los esquemas sociales, culturales, científicos y políticos del siglo XVII y los tiempos venideros. Se estaba gestando un nuevo para digma y un nuevo orden que permitirían al científico ha cerse preguntas inéditas y sospechar de las respuestas here dadas, así como también esbozar viajes a nuevos territorios más allá del espacio terrenal. En esta segunda parte de Textos utópicos en la Inglaterra del siglo XVII,1 veremos un cambio de perspectiva con respecto 1 Esta publicación tiene su origen en el proyecto de investigación Proyecto UbACyT- 20020100200009, Configuraciones utópicas en la Inglaterra de los siglos XVI y XVII de la Facultad de Filosofía y Letras de 7 a la anterior, ya que el territorio utópico se extiende más allá del paradigma conocido al sobrepasar el plano de lo terrestre para proyectarse al celeste. 

Incluso podemos pensar que es tos viajes más allá del plano sublunar se convierten en un re curso para evaluar las posibilidades de establecer un territo rio utópico en los límites del macrocosmos. Como podemos ver, el contexto ideológico tampoco está ausente en produc ciones primariamente motivadas por los avances científicos, donde la imaginación se expande en viajes hacia la luna, como en los casos de The Man in the Moone. Or A discourse of a voyage thither (1638), de Francis Godwin, y The Discovery of a New World (1638), de John Wilkins, reunidos aquí. Como en el primer volumen, cada una de estas traducciones está acom pañada de una introducción y un aparato crítico escritos por el traductor. Asimismo, en el caso de la obra de Godwin se han incluido otros documentos relacionados con ella y el trabajo de un especialista, William Poole,2 para comple tar el panorama sobre este relato utópico. Por otra parte, se incluyen también algunos poemas de carácter científico de Margaret Cavendish, de la serie conocida como Atomic Poems, publicada en el volumen Poems and Fancies (1653), para esta blecer un recorrido opuesto, es decir ilustrar el modo en que la Duquesa de Newcastle intenta describir el ámbito de los átomos y de qué modo estos conforman un mundo. 

Ya no se establece un viaje al ámbito lunar sino que, por el contrario, se dirige la escritura al ámbito microcósmico para descubrir las fuerzas que conforman el mundo que habitamos. la Universidad de buenos Aires. En este marco nos hemos reunido a debatir e investigar Elina Montes, María Inés Castagnino, noelia Fernández, Marcelo Lara, miembros de la cátedra de Literatura inglesa, Ezequiel Rivas, profesor de Lengua y Cultura griegas y yo como director del proyecto con el fin de reflexionar acerca de la naturaleza de las utopías y dar a conocer estos textos inéditos 2 Queremos expresar nuestro agradecimiento al Prof. Dr. William Poole por permitirnos traducir y publicar en este volumen su texto “Natural Philosophy”, la introducción a The Man in the Moone by Francis Godwin. Copyright © 2009 by William Poole. Ontario, broadview Edition, pp. 34-44. 8 Lucas Margarit Esta sección se abre con el texto de Godwin, donde pode mos observar que las nuevas teorías astronómicas ofrecen alternativas al sistema ptolemaico. 

El abandono del geocentrismo plantea una serie de modificaciones con respecto a la estructura de la cosmovisión imperante, ya que ese anhelo de un orden absoluto donde la figura del soberano ocupa un lugar central, reflejado en la noción de la cadena del ser he redada de la Edad Media, parece comenzar a resquebrajarse. Por otra parte, la posibilidad de visitar otros mundos habita dos muestra la necesidad de establecer un nuevo paradigma y también expone la visión proyectiva de la ciencia durante este período. 

Asimismo, modifica cuestiones teológicas con respecto al lugar que ocupa el hombre en el universo. La novela de Godwin constituye un territorio textual en el que se manifiestan posturas opuestas entre cosmovisiones, diferentes que inciden en la concepción tanto de la organización social y política de los estados como en el ámbito de la creencia religiosa. En cuanto a Wilkins, vemos que analiza las condiciones de posibilidad de la utopía de Francis Godwin. La influencia de Godwin sobre Wilkins es observable no solo en este texto sobre un viaje a la Luna, sino también en otros de sus escri tos. En este caso presentamos las proposiciones XIII y XIV de El descubrimiento de un nuevo mundo, o un discurso tendiente a demostrar que es probable que haya otro mundo habitable en la luna, junto con un discurso sobre la posibilidad de transportarse hasta allí (1638-1640). 

¿Podemos incorporar estos textos en el género utópico? Creemos que sí, ya que como tales recuperan una serie de recursos característicos tanto del relato de viajes como de las utopías sociales: los viajes más allá del territorio conocido, la descripción de sociedades diferentes, las largas distan cias que separan el lugar de origen del mundo a descubrir, etc. La elección del mundo lunar exigirá al escritor utópico Introducción a “Viajes a la luna, utopías selenitas y legado científico” 9 moderno tanto el uso de un conocimiento científico como de la imaginación en el momento de concebir su obra. 

Por otra parte, para el siglo XVII el mundo conocido angosta sus fronteras y el nuevo territorio propuesto por Godwin para su relato presentará un nuevo marco de escritura. Es por ello que viajar por el cielo se propondrá como una analogía con respecto al viaje marítimo, donde se emprenden desafíos técnicos que ya habían sido enfrentados con respecto a la navegación. Wilkins, por caso, se preocupará por estudiar la capacidad del hombre para cruzar las distancias celestes y no morir durante la travesía. Para ello investiga acerca del magnetismo terrestre, la atmósfera, las posibles distancias, etc. mediante experimentos y diagramas.

 Por su parte, podemos observar que el pensamiento de Margaret Cavendish no puede ubicarse en un sistema o una tradición científica de manera definitiva; sus textos literarios se emplazan en ese espacio lábil donde los límites entre el conocimiento empírico y la especulación empiezan a diluirse, tanto como el límite entre la ficción (la literatura) y el discurso de la ciencia. Esta falta de una clasificación certera será motivo de crítica a su obra desde un ámbito más racionalista, ligado al método primero baconiano y luego newtoniano de la ciencia. Los Atomic Poems intentan dar una respuesta a su percepción del mundo, la cual Cavendish desarrollará posteriormente en su tratado Observations upon Experimental Philosophy. Otro aspecto a tener en cuenta es el modo en que fue considerada su producción literaria, ante todo por el hecho de provenir de una mujer, tema sobre el que la autora también debatirá en sus obras. 

Por caso, consideremos la afirmación que realizó Samuel Pepys en su dia rio: “(…) me quedé en casa leyendo la ridícula historia de mi señor Duque de Newcastle, escrita por su esposa, lo que nos demuestra que es una mujer loca, consentida y ridícula.” 10 Lucas Margarit La unión de estos tres autores en esta sección es el resultado de un debate que nos permitió pensar una analogía entre el conocimiento científico y un cambio en la concepción de los relatos utópicos apoyados en intereses que van más allá de una experiencia empírica y que se proyectan hacia una posición más especulativa. 

Los tres autores evidencian una formación tanto científica como también basada en otros conocimientos y artes más tradicionales. Los tres dan cuenta de mundos inaccesibles (para ese entonces) mediante la experiencia empírica y resuelven su investigación a través de la especulación teórica, narrativa y poética. Sin embargo, vemos que la fluidez de sus explicaciones constituye un discurso verosímil donde el lector entra en un grado de creencia y fascinación, tanto con respecto al macrocosmos que está más allá del hombre como al microcosmos atómico que explica el mundo que lo contiene. Introducción a “Viajes a la luna, utopías selenitas y legado científico” 

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Thomas Carlyle Los héroes fragmento

 


Título original: On Heroes, Hero-Worship, and the Heroic in History. Traducción: Pedro Umbert. O Aguilar, S. A. de Ediciones. O Por la presente edición: SARPE, 1985. Pedro Teixeira, 8. 28020 Madrid. Traducción cedida por Aguilar, S. A., de Ediciones. 

 Depósito legal: M-6264-1985. ISBN: 84-7291-767-3 (tomo 9.0). ISBN: 84-7291-736-6 (obra completa). Impreso en España-Printed in Spain. . Imprime: Gráficas Futura. En portada: Vaso griego con hazañas de * Hércules, detalle (Madrid, Museo Arqueológico).

 Thomas Carlyle Thomas Carlyle nació en Ecclefecham, pueblecito del conda- do de Dumfries, en Escocia, el 4 de diciembre de 1795. Hijo de labradores acomodados, le destinaron a la carrera eclesiástica, y, al efecto, estudió teología, literatura, jurisprudencia y lenguas mo- dernas en la Universidad de Edimburgo. 

Aunque la índole de su . carácter le inclinaba a las abstracciones de la idealidad, estudió, no obstante, con notable aprovechamiento las matemáticas, hasta el de punto de aceptar años más tarde, y obligado por la necesidad, una plaza de profesor de esta asignatura en un colegio del conda- do Fife. Coincidió esto, seguramente, con la declaración que hizo a sus padres de su falta de vocación para entrar en las órde- nes, prefiriendo consagrarse a las letras. «La prensa y la literatura —decía— son la única Iglesia militante de los tiempos modernos. ¿Por ventura el literato no es un predicador que difunde las ideas sin circunscripción de tiempos ni de lugares, sino continuamente, por todas partes y entre todos los hombres?» Consecuente con estas ideas, se lanzó a toda vela por la co- rriente literaria, empezando a escribir en la «Edinburgh Cyclopae- dia» y en la «New Edinburgh Review» artículos sobre Montesquieu, Montaigne, Nelson, los dos Pitt, etc. También tradujo del francés el libro Elementos de geometría y trigonometría, de Legendre (1824); estudió la lengua y la literatura alemanas, y se dedicó luego asi- duamente a la traducción completa de las obras de Schiller, que ofreció vanamente a todos los editores londinenses. «London Ma- gazine» publicó su primer libro importante: una Vida y obra de Schiller, de estilo clásico, donde empieza a revelarse ya la perso- nalidad del Carlyle maduro. 

El autor, entusiasmado con la litera- tura y la filosofía alemanas, que tanto habían de influir en su pen- samiento y en su estilo, fue uno de los primeros escritores ingle- ses que fomentó en su país la difusión de la cultura germánica en su época de mayor esplendor. Trabó conocimiento y amistad con varios escritores alemanes, y es interesantísima su corresponden Thomas Carlyle cia epistolar con Goethe, quien, sin duda, fue uno de los primeros grandes escritores que se fijaron en el joven Carlyle, escribiendo la introducción a la traducción alemana de la obra citada. No dejó Carlyle de escribir durante toda su vida acerca de la cultura ale- mana: en 1827 publicó en «La Revista de Edimburgo» un ensayo sobre Richter; «Foreing Quarterly» y «Fraser's Magazine» publica- ron, en esos mismos años, una traducción antológica de narrado- res alemanes (Tieck, Hoffman, Richter, Goethe, etc.) y varios en- sayos sobre Goethe, Novalis y otros. En 1826 se casó con Johan- na Welsh, mujer inteligente, aunque de carácter difícil. Los recién casados se fueron a vivir a un refugio campestre en Craigenput- tock. 

El carácter intransigente y atrabiliario de su esposa chocaba a en menudo con la irritabilidad y carácter nervioso del escritor. Pe- ro se amaban profundamente, y en el fondo se comprendían. Cuan- do 1861 contrajo ella una enfermedad mental, que estuvo a punto de hacerle perder la razón, Carlyle la cuidó con ejemplar paciencia y afecto. Después de muerta, la honró en sus emocio- nantes Recuerdos, publicados hacia el fin de su vida. Suponiendo que la soledad de Craigenputtock influía perniciosamente en el carácter de Johanna, muy acostumbrada a vivir en sociedad, Carlyle se trasladó con ella a Londres en 1883. Pero aquellas relaciones conyugales siguieron siendo siempre una constante alternancia de horas serenas y terribles peleas matrimoniales. 

 La plena expresión de su originalísimo talento fue conquista- da por Carlyle al escribir su famosa Filosofía de los trajes, que incluía el ensayo titulado Sartor Resartus (El sastre remendado), sin duda alguna una obra fundamental en la cultura humana del siglo XIX y una de las más importantes de todos los siglos. 

 Sus dotes de historiador ilustre, unidas a las de original pensa- dor y escritor genial, se asociaron brillantemente para producir en 1834 otra obra inmortal: su Revolución francesa. Carlyle escribió mucho en periódicos y revistas. También dio varios ciclos: de conferencias. El más famoso es justamente éste acerca de Los héroes. Otra de sus mejores obras es La historia de Federico II de Prusia (1858-1865), que le acreditó como un gran historiador; gracias al valor científico de sus estudios, unido a sus magníficas cualidades literarias, pudo rivalizar, y según algunos Los héroes superar, con su ilustre contemporáneo Macaulay. Carlyle se preo- cupó también por cuestiones sociales y la suerte del obrero, y se adelantó a muchas ideas actuales en obras como las tituladas Chartism (1840) y Pasado y presente (1843). 

 La Universidad de Edimburgo le eligió por gran mayoría Lord Rector en 1865, y cinco años más tarde, durante la guerra franco- prusiana, el autor de La Revolución francesa abrazó con estusiasmo el partido de Alemania. «The Times» y otros periódicos ingleses publicaron artículos suyos en torno a este tema que, colecciona- dos luego, vieron la luz en forma de libro, bajo el título: Cartas sobre la guerra entre Alemania y Francia (1871). La muerte de su esposa, acaecida poco después, le afectó tan- to, da - que, a partir de entonces, puede considerarse terminada su vi- de escritor. Su vida humana se prolongó hasta el día 5 de febrero de 1881. La gloria de Carlyle, mientras vivió y, sobre todo, después de muerto, ha sido inmensa y merecida. 

Su enorme influencia como escritor puede resumirse diciendo que en Inglaterra no volvió a escribirse después de él como antes se escribía. Su descendencia intelectual se halla entre los nombres más ilustres del último ter- cio del siglo XIX y comienzos del XX. Y aun sus más enconados enemigos y detractores, como sucede siempre, no han podido subs- traerse a su poderoso y benéfico influjo. «Lo S héroe S» Esta obra consagró la fama europea de Car- al hyle. Se trata de seis conferencias que abun- dan en puntos de vista originalísimos; unas veces asombran con un diseño vigoroso, otras con un cuadro completo, rico en con- trastes de claroscuro, o bien con aquellas destemplanzas y ocu- rrencias suyas que confunden y marean. 

No hay cuestión que no aborde en este libro: la religión, la política, la literatura, palancas que mueven las grandes fuerzas sociales. El héroe legendario (Odín) es analizado por él con extraordinaria sagacidad, en lo que de real pudo tener, a través de las nieblas de la tradición y de las brumas de Dinamarca; en el profeta (Mahoma), describe con intuición mara- villosa la influencia ejercida por aquel hijo semibárbaro del desierto entre las tribus fanáticas y sensuales de Arabia; en el poeta (Dante Thomas Carlyle y la Shakespeare) estudia con profunda sensibilidad y raro acierto personalidad del escritor florentino y, con cierta exageración nacionalista, la del inmortal dramaturgo inglés; en el sacerdote (Lu- tero y Knox) palpita el drama religioso de la Edad Media, en que Europa sacudió sus ligaduras mortales al grito del monje alemán; en el escritor (Johnson, Rousseau, Burns) observa las tres perso- nalidades distintás en que se encarna el héroe literario, la del man- tenedor de lo caduco, el vidente del porvenir y el idealista; en el rey (Cromwell y Napoleón) se esfuerza en justificar la política sola- padá y la ambición tiránica del protector de Inglaterra, ambición y política que él considera desde un punto de vista especial, juz- gándolas nobles manifestaciones de un espíritu a quien acusó de hipócrita la Historia, y en cambio critica con frases despectivas el desenfrenado apetito de gloria y el endiosamiento de un «pig- meo», Napoleón Bonaparte. de Dos grandes ideas resaltan, sin embargo, de este estudio: la sociedad está sujeta a eterna metamorfosis; los héroes son los agen- tes esa transformación, cambio o transfiguración, que el ser social, cuerpo y alma, experimenta en el curso del tiempo. Carlyle define tres civilizaciones sucesivas e históricas, dejando aparte, en las profundidades de los siglos, la bruma de la prehistoria.

 Esas tres grandes civilizaciones de la Europa histórica las designa con los nombres de Antigitedad y Paganismo, Cristianismo y Edad Me- dia, y Tiempos Modernos, tres épocas que contienen dos transi- ciones; asistimos a la segunda, la cual forzosamente habrá de ser muy larga, teniendo en cuenta el millar de años que necesitó la disolución lenta del mundo pagano para dar paso a la elaboración, lenta también, del cristianismo. Es cierto que los grandes descu- brimientos modernos nos comunican a los fenómenos sociales ace- leraciones que desconoció la Antigitedad.

 Así, esos cambios per- petuos no los juzga Carlyle estéril metamorfosis, ni recesión ni. decadencia, sino fases grandiosas de una ascensión que irresisti- blemente prosigue a través de nuestros dolores y de nuestros pla- ceres, de nuestras dudas y de nuestras esperanzas. Con respecto al estilo de Carlyle, raramente se ha manifesta- do, como en este libro, la verdad que expresó Buffon: el estilo es el hombre mismo. 

El estilo de Carlyle es él; le retrata de pies a Los héroes cabeza. Sus ideas, sus entusiasmos y paradojas no podían expre- sarse en otro estilo. No hay en él la menor contradicción entre fondo y forma, entre alma y expresión. Sus párrafos desiguales, entrecortados por paréntesis y digresiones, con sus ritmos entu- siásticos, con sus frases amplias y agitadas, o. rápidas y seguras; con el retorno, repetidísimo, de unas pocas ideas centrales, de unas mismas frases o palabras, refleja su carácter sombrío, atormenta- do, contradictorio y a menudo obsesivo. Sus juegos de puntua- ción, la abundancia de palabras que empiezan con mayúscula, sus frecuentes subrayados tienen por objeto llamar la atención sobre los temas principales hacia los cuales, como centro de atracción, todas las ideas, todas las frases y palabras se polarizan. Esto ha sido interpretado como defectos, como si Carlyle no supiese escri- bir y pulir su estilo, o como si buscase la manera de sorprender y mixtificar a sus lectores. 

El pensamiento mismo de Carlyle es, desde luego, más musical que discursivo y reflexivo; siente, más que ve, fulguraciones de intuiciones grandiosas, inexpresables en palabras. Porque el significado corriente de las palabras no le basta; el se hirviente sentido de lo que él quiere expresar no cabe en ellas; desborda, se vierte de ellas como un metal deslumbrante, en ebullición, del cristal que lo contiene. Los héroes, de Odín a Napoleón Los antecedentes En la Alta Edad Media, dos gran- des pueblos amenazaron a Occiden- te: normandos —o vikingos— y musulmanes. 

Con respecto a los primeros, los cronistas latinos les dieron el nombre de nordman- ni, les es decir, hombres del Norte, pero los historiadores modernos la llaman también vikingos, del antiguo noruego vikingr, pirata. De península escandinava habían salido cimbrios y teuto- nes, vándalos y godos, hérulos y burgundios, que sucesivamente invadieron el Imperio romano. En la segunda mitad del siglo II d. C., los hérulos aparecieron en las costas del mar de Azov, en Galia y España; hacia el año 520, una expedición danesa fue aplas- tada en las costas de Frisia, y en el 574 eran vencidos daneses, sajones y jutos, también en Frisia, por el duque de Austrasia. Pe- ro en el siglo IX tomó tal amplitud la expansión guerrera y pacífi- ca de los pueblos escandinavos, que haría olvidar las alusiones es- porádicas que de sus rapiñas venían haciendo los cronistas. 

 Con respecto a los musulmanes, árabes convertidos a la fe de Mahoma, hay que decir que habían tenido pocos contactos con el al mundo grecolatino antes del siglo VH. Tan sólo los instalados Norte, cerca de Siria, habían tenido contacto con las civiliza- ciones griega y aramea, y más tarde con la romana, la bizantina y la persa. La península arábiga había estado más aislada de estos centros políticos y culturales. Habitada por los beduinos, pastores nómadas con una organización social muy primitiva, divididos en tribus enfrentadas entre sí, formarán una unidad sólida sólo gra- cias y a las doctrinas de Mahoma. 

* Por su parte, la Italia de Dante estaba dividida entre gúelfos gibelinos, que apoyaban unos al Papa y los otros al Emperador en la lucha entre Papado e Imperio. Esto provocará enfrentamientos armados constantes entre ambos bandos, siendo el propio Dante víctima de ellos. Esta lucha prosigue en el siglo XV, en tiempos de Lutero, que, contrariamente a Dante, se sirve de la rivalidad Thomas Carlyle entre el Papa y los príncipes alemanes para obtener el apoyo de éstos a su Reforma religiosa. Con respecto a la Inglaterra de finales del siglo XVI, enla que viven Knox y Shakespeare, sufre también problemas religiosos. 

En efecto, reina María Tudor, también llamada María la Católica, que desarrolla una política exterior de alianza con España y una polí- tica interior de persecución a los protestantes. Knox será víctima de ella. Los antecedentes deben buscarse en la ruptura del rey Eduardo VIII con el Papa, que no aceptaba la anulación de su ma- trimonio con Catalina de Aragón. Un siglo más tarde, en la Ingla- terra de Oliver Cromwell, los problemas son más bien de tipo po- lítico: Carlos 1 y sus ministros Strafford y Laud, defensores a ul- tranza del absolutismo monárquico, exasperan al pueblo con sus tremendos impuestos y su desprecio evidente a la institución par- lamentaria, ya existente en Gran Bretaña. 

El gesto de un noble, que se negó públicamente a pagar.impuestos no autorizados re- gularmente por el Parlamento, suscitará una oleada de apoyo en- - tusiasta. Y otro siglo más tarde, ya hecha la revolución por Oliver Cromwell, la monarquía parlamentaria británica, en la que viven Johnson y Burns, está dominada por el primer ministro whig Ro- bert Walpole, que recurre a todos los medios de presión y corrup- ción de que puede disponer para sobornar a los diputados y go- bernar a favor de la oligarquía financiera, que le apoya. 

 Frente a ella, la Francia del siglo XVII, en que viven Rous- seau y Napoleón, es la época esplendorosa del Absolutismo, del Ancien Régime, criticado o adulado por la Ilustración, y que será finalmente aniquilado por la Revolución francesa, hecha a finales de siglo gracias a las ideas difundidas por hombres como Rous- seau, y al valor y decisión de hombres como Napoleón. Los hechos En poco más de un siglo, el IX, los norman- a dos se hacen dueños de gran parte de Ingla- terra e Irlanda; en nombre de Odín, se asientan en la Galia, des- pués de haber saqueado ampliamente el país; recorren las costas de la península Ibérica y, pasando el Mediterráneo, vuelven a ata- car la Galia, ahora por el golfo de Lyon; por el Atlántico norte, Los héroes se extienden hasta la lejana Islandia, llegando incluso a América; dominan el Báltico y, tras superar la dureza de la estepa rusa, con- siguen llegar a Constantinopla.

 La actividad económica principal de la Arabia del siglo VI, en que vive Mahoma, son las caravanas, el comercio con las zonas vecinas. El propio Mahoma se dedicará a ello hasta que se case con Jadicha. Estas caravanas transportan perfumes, inciensos, me- tales preciosos, ricas maderas, aceite, trigo. La Meca era el princi- pal mercado y depósito de las caravanas que cruzaban Arabia. Ma- homa la convertirá, por eso, en el centro religioso de los musul- manes, uniendo las tribus caravaneras, antes politeístas, en una fe la y unos ideales comunes, con una estructura política unida y! un centro religioso único para todos sus fieles. Con respecto a la Italia de Dante, continúa en vida de Dante lucha entre el Papa y el Emperador. Ambas instituciones se lan- zan por esos años a una publicística trepidante en defensa de sus respectivos puntos de vista. Nadie parece darse cuenta de que el porvenir impondrá una solución: la afirmación de las nacionalida- des, tan alejada del imperialismo guibelino como de la teocracia guelfa. Tanto Dante Alighieri como Martín Lutero serán, en este sentido, nacionalistas ante litteram. Por su parte, la Inglaterra de Shakespeare y Knox vive la «Era Isabelina». 

Muerta María Tudor, le sucede Isabel 1, hija de Enri- que VIII y Ana Bolena, la cual responde inmediatamente a las es- peranzas en ella dépositadas por los protestantes franceses y ho- landeses. Así, la política exterior británica cambia totalmente: de ser aliada de España, Inglaterra se convertirá en la pesadilla de Felipe II. Un siglo más tarde, el absolutismo monárquico recibe un golpe mortal en este país, asestado por Cromwell, el cual orga- niza un ejército regular disciplinado y valiente para defender al Parlamento frente a los absolutistas. Así, vencido en Naseby, el rey Carlos I será ajusticiado y se proclamará la soberanía popular y el sufragio universal en Inglaterra. Ya en el siglo XVII, en época de Johnson y Burns, dos partidos políticos dominan la vida parla- mentaria inglesa: los tories, o conservadores, representantes de los grandes propietarios de tierras y de la nobleza; y los whigs, o liberales, representantes de la nueva clase ascendente británica, Thomas Carlyle la ya burguesía comercial-capitalista.

 La figura del monarca resulta puramente institucional, podría decirse que decorativa. Por el contrario, la Francia de Rousseau y Napoleón está en plena efervescencia por conseguir un régimen similar al inglés. En la segunda mitad del siglo XVIII las ideas de los enciclopedistas hablan ya de los derechos del hombre, tanto como individuo co- mo en condición de ciudadano de un Estado. Estas ideas serán llevadas a la práctica en 1789, al abolir los herederos del espíritu de Rousseau (entre ellos Napoleón) un régimen absolutista e ins- taurar una república del pueblo, gobernada y administrada por él. Las consecuencias A finales del siglo IX, los norman- dos dominan Escocia, Irlanda, Is- landia, Checoslovaquia y amplias zonas de Inglaterra y Francia. Pronto crearán grandes reinos en el norte de Europa, génesis de los actuales reinos escandinavos. 

Los cristianos de estas tierras están desunidos y no consiguen hacerles frente. Sin embargo, una vez establecidos en sus nuevos territorios, el contacto con los in- dígenas llevará a estos feroces guerreros a la sedentarización y, finalmente, a la conversión al cristianismo. Con respecto a Arabia, muerto Mahoma, le sucede el califa Abu Bakr, padre de la última esposa del profeta, Aixa. Abu Bakr so- meterá a las tribus árabes desunidas y marchará hacia Siria y Per- sia. Comienza así la expansión islámica, que llevará a los musul- manes a conquistar el Próximo Oriente, el norte de Africa, casi toda la península Ibérica, parte del Africa subsahariana, la penín- sula Balcánica e incluso el corazón de Asia. Por su parte, la Italia de Dante dará paso, en el siglo XIV, a la Italia comunal, dominada por los nacionalismos locales. En efec- to, la pujanza de las ciudades italianas, facilitada por la expansión europea en el siglo XII, recibirá un fuerte impulso a consecuencia de los choques entre las tres grandes fuerzas hostiles: el Imperio, el Papado y el feudalismo. Lo mismo ocurrirá en la Alemania de después de Lutero.

 Pero, si es incuestionable que el florecimiento de los nacionalismos locales implica la atomización de un país, elementos culturales —una lengua y una literatura comunes, en el caso de Dante; una reforma religiosa que da inicio a una nueva Los héroes Iglesia, en el caso de Lutero— pueden mantener cohesionado, y de hecho lo harán, a un colectivo desunido sólo de derecho. Con respecto a la Inglaterra de Shakespeare y Knox, a la muerte de estos dos hombres ilustres su país se ha convertido en una gran potencia, con una de las mejores flotas del mundo, un territorio unido bajo la férrea voluntad y personalidad de Isabel y posesio- nes coloniales en el Nuevo Mundo. 

A la muerte de Cromwell, In- glaterra ha mejorado todavía más su posición en el mundo: su flo- ta es ahora la primera del planeta en cantidad y calidad, su orga- nización política es más libre y avanzada que la del resto de Occi- dente, todavía dominado por el Antiguo Régimen, y en su expan- sión colonial ha desplazado a Portugal y España como principa- les potencias coloniales, y se enfrenta ahora a Holanda y Francia por el monopolio comercial con América, Asia y Africa. A finales del siglo XVHI, muertos Burns y Johnson, Gran Bretaña se prepa- ra a dominar el mundo: hecha la revolución industrial, su pujanza económica incita al país a buscar nuevos mercados en los cinco continentes. 

Será la consolidación del Imperio Británico, quizá el más extenso de la historia de la humanidad. Frente a ella, Francia vive, a la muerte de Rousseau, momen- tos de conflictos internos: la rivalidad anglo-francesa a lo largo del siglo XVII ha privado a Francia de sus posesiones indias y ameri- canas; la Revolución francesa y la posterior toma del poder por parte de Napoleón agudizarán dicha rivalidad, que terminará en una nueva derrota francesa y en el exilio napoleónico en Santa Elena.

 Pero, a lo largo del siglo XIX, Francia recuperará su anti- guo esplendor, y en una sucesión ininterrumpida de repúblicas, monarquías e imperios, recuperará rápidamente su rango de gran potencia, en un mundo dominado por el capitalismo y la expan- sión imperialista por todos los continentes. Fechas clave 500 Los daneses, adoradores de Odín, habitan las islas de Di- namarca, Ascania y, posteriormente, Jutlandia. 

La expan- sión de este pueblo se inicia como consecuencia de la superpobla- ción de sus áreas originarias y del descontento ante la situación político-económica tras la formación de grandes señoríos territo- riales, lo que incita a muchos reyezuelos y a sus guerreros a emi- grar en sus nuevas naves (gokstad, oseberg) con quilla reforzada y mástil para vela, que sustituye a la vieja embarcación de remos tradicional (nydam, kvalsund). 57 5 Nace Mahoma en La Meca. Pertenece a la importante fa- milia de Hasim, de la tribu mudarí de Qurays, y es hijo de Abd Allah, muerto en Medina. A los seis años pierde a su ma- dre, Amina, y es recogido por su abuelo Abd-al-Muttalib y más tarde por su tío, Abu Talib, cuyo hijo Alí es su compañero de juegos. 5 87 Mahoma marcha en caravana con Abu Talib. En Bosrá ve al la monje cristiano Bahira, que reconoce en él el signo de profecía. 

Se hace pastor, y pronto entra al servicio de la rica Jadicha, pariente lejana suya, cuyas caravanas de camellos condu- ce por algún tiempo atravesando Arabia. 600 Los reyes esviones, o dinastía de los Inglings, extienden su del hegemonía desde el área de Upsala hasta la totalidad territorio sueco. Mahoma se casa con Jadicha, encontrando en ella una fiel colaboradora. El matrimonio le libera económica- mente, lo que le permite consagrarse a la meditación. Sus viajes con caravanas por Arabia, hasta Siria y Palestina, le han puesto en contacto con judíos y cristianos, cuyas doctrinas religiosas han sobreexcitado su inquietud religiosa. 61 0 Mahoma comienza su predicación. 

Convencido de que es necesario renovar la enseñanza de la verdadera fe mono- a los teísta, como resultado de una serie de visiones y relaciones, predi- ca miembros de su tribu la necesidad de creer en un único dios: Alá, el gran padre de todos los musulmanes. Thomas Carlyle 622 La doctrina mahometana, monoteísta, espiritual y ascéti- ca, choca con el fetichismo y materialismo de los merca- deres de La Meca. El ambiente hostil obliga a Mahoma a emigrar a Yatrib el 15 de junio. Esta fecha marca el inicio de la Hégira, punto de partida de la cronología” musulmana. 62 Con los adeptos que le acompañaron de La Meca y los con- «vertidos en Yatrib, Mahoma forma su primera comunidad, de la que él es a la vez jefe político y religioso. Sus enfrentamien- tos 630 con La Meca son cada vez más violentos. Mahoma consigue regresar a La Meca. Suprime el culto idolátrico en la ciudad y el santuario de La Kaaba queda transformado en un centro de piedad islámica. La nueva religión arraiga en toda la península arábiga. 632 Muerte de Mahoma en Medina. 

Su sucesor, el califa Abu Bakr, padre de Aixa, última esposa del profeta, somete las tribus árabes separadas y marcha hacia Siria y Persia. Empieza la expansión islámica por los territorios cercanos. 6 50 Los reyes esviones dominan, junto con los gotlandeses, la cuenca del Báltico (Finlandia, Curlandia, Prusia oriental). -En el siglo VIII es ya este mar un «lago sueco», cerrado al comer- cio frisón y dominado totalmente por los vikingos. 790-840 Saqueos e invasiones normandas a lo largo de las a costas celtas: Lindisfame, Jarrow, Monkwearmouth, Skye, lona. A partir del 799 realizan incursiones al litoral friso- sajón, obligando a Carlomagno a establecer permanente vigilan- cia costera. Son características las acciones alternadas: ataques du- rante la primavera, para retornar al punto de partida en invierno. Tras la muerte de Luis el Piadoso, sin embargo, emprenden las expediciones con potentes ejércitos y establecen campamentos per- manentes en las desembocaduras de los ríos, donde invernan. 840-862 Los vikingos daneses saquean anualmente las ciu- dades francas cercanas a las desembocaduras de los ríos, y emprenden expediciones de pillaje a Asturias, Portugal, Baleares, Provenza y Toscana. Someten también los condados de Northumberland y Anglia oriental. 866-87 A Los vikingos daneses comienzan la conquista me- tódica de Inglaterra desde las bases de Londres y Los héroes - Thanet. Los noruegos ocupan las islas Shetland, Orcadas, Feroes, Hébridas e Irlanda. 

A raíz de la unificación del país por el rey Ha- rold, muchos de sus súbditos abandonan el reino y se establecen en Islandia, que constituye así una colonia vikinga. 980-1000 Nuevos ataques vikingos a Inglaterra, dirigidos por reyes daneses. Los noruegos descubren Groenlandia y una franja septentrional de América (Vinland), que no llegan a colonizar, logrando penetrar en la región de Novgo- rod. Al final del período tiene lugar la cristianización de los vikin- gos y, simultáneamente, su paso al sedentarismo. 12 se B Nace Dante Alighieri en Florencia. Pertenece a una fa- milia de la burguesía gúelfa. De su niñez y adolescencia tienen muy pocas noticias. 127 4 Muere su madre; mientras, estudia en su ciudad natal, siendo discípulo de Brunetto Latini. Entre sus amigos íntimos figura el futuro gran poeta Cavalcanti. Ve por primera vez a una joven llamada Beatriz, un año menor que él, a la que amará platónicamente durante toda su vida. 1294 Termina La vita nuova, especie de diario íntimo en verso y prosa inspirado en su amor a Beatriz. Alterna sus estudios universitarios en.Bolonia con una vida disipada. Ha- cia el año 1290 muere Beatriz. 

Poco después se casa con otra jo- ven florentina, Gemma di Manetto Donati. 129 5-1206 Dante empieza a tomar parte en la vida de Flo- o rencia: es miembro del Consejo del Pueblo y más tarde del Consejo de los Ciento. 1300-1303 Designado embajador en Roma para tratar la ==" " pazcon el papa Bonifacio VIII, éste le retiene junto a sí, hasta que, aliado con Carlos de Valois, consigue el triunfo guelfo en Florencia. 

Sus diferencias políticas obligan a Dante Alighieri al exilio. 1306-1315 Empieza la vida errante de Dante: recorre el norte de Italia, visitando las ciudades de Vero- na, Padua, Rimini, Lucca, Ravena. 1321 Dante Alighieri muere en la ciudad de Ravena el 14 de 1-7 septiembre, al regreso de un viaje a Venecia. Thomas Carlyle 1483 Martín Lutero nace en Turingia. De familia campesina acomodada, se ve muy influenciado por su madre, mu- Jer de sánas costumbres, pero muy supersticiosa. . 1 A9 7 -] 50 5 Estudia Lutero en Magdeburgo, Eisenach y Er- - el a furt. Contra los deseos paternos de que estu- diase Leyes, se licencia'en Letras, para ingresar posteriormente en convento de los agustinos de Erfurt. 1507-1516 Ordenado sacerdote, se doctora en teología y : enseña filosofía, teología y exégesis bíblica. En- viado por su orden en misiones de confianza a Roma, desempe- ñará aquí el cargo de vicario general de los agustinos alemanes. El 1 reformador escocés John Knox nace en Haddington. 51 7 Lutero se opone a la «venta de indulgencias». El 31 de octubre fija en las puertas de la iglesia de Wittenberg sus 95 tesis redactadas en latín, que serán el comienzo de la Re- forma. Para defender su posición predica incansablemente, publi- ca 1 numerosos escritos y discute con los teólogos. 520 Lutero quema en la plaza pública de Wittenberg la bula : - papal en que se le invita a retractarse de sus ideas, y pu- blica «los tres grandes escritos reformadores», base de las iglesias luteranas: Manifiesto a la nobleza cristiana de Alemania, La cau- tividad de Babilonia y De. la: libertad del cristianismo. 15 A6 Tras viajar incesantemente por Alemania predicando sus teorías y buscando adhesiones, sobre todo entre la rea- leza y la nobleza alemana, Lutero muere en su ciudad natal.

 Or- denado sacerdote, John Knox se suma a la Reforma y predica las . nuevas ideas en las ciudades de Berwick y Newcastle. 1554-15 59 Al subir al poder María Tudor, Knox huye a 22 2. Ginebra, donde traduce al inglés la llamada «Bi- blia de Ginebra». En 1559 vuelve a su patria, difundiendo. la refor- ma luterana y contribuyendo al establecimiento del presbiterianismo en Escocia y al derrocamiento de María Estuardo. 1 564 William Shakespeare nace en Stratford on Avon. De fa- milia acomodada, es muy poco lo que se sabe de sus años de infancia y adolescencia. 1582 Shakespeare se casa con Ann Hathaway y se traslada a Londres, donde trabaja como actor de teatro. : Los héroes 159 4 Shakespeare consigue sus primeros éxitos como drama- 25 7. turgo. Compone Venus y Adonis y La violación de Lu- crecia.

 Es actor; autor y pronto accionista de la compañía de los Lord Chamberlain's Men, que actúa en el teatro del Globo. 1 599 Oliver Cromwell nace en Huntington. El fervor puritano del ambiente en que se-educa le marca profundamente. 1613 Se incendia el teatro del Globo. Shakespeare ha escrito ya sus mejores obras. El escritor, famoso y rico, se retira a en la Stratford, donde lleva una vida apacible y desahogada. Poco des- pués de redactar su testamento, muere el 26 de abril y es enterra- do iglesia de Stratford on Avon. 1 640 Elegido diputado del Parlamento, Cromwell apoya enér- gicamente al partido puritano en su lucha contra el rey y la iglesia anglicana tradicional. ;... l 1642-1 645 Estalla la guerra civil inglesa. Su talento mili- 22 7 tarse evidencia inmediatamente: al mando de un ejército valiente y disciplinado, vence al partido realista. 1649-1 65 A Se suprime la Cámara de los lores en el Parla- A 7 mento británico y se.condena a muerte al rey. Cromwell se convierte así en amo de las islas. Somete a los rebel- des de Irlanda y Escocia e instaura el régimen de la Commonwealth. Deseoso de aliarse con todas las potencias protestantes, se ve, sin embargo, arrastrado a una guerra contra las Provincias Unidas. Mientras tanto, los desórdenes parlamentarios mueven a Crom- well a disolverlo y a promulgar una nueva Constitución, que con- solida la dictadura militar de un rey sin corona. 16 58 Agotado por una vida demasiado activa, Oliver Cromwell muere en Londres, en el mes de septiembre, tras de- signar como sucesor a su hijo Richard Cromwell. 1709 Samuel Johnson, lexicógrafo, crítico y poeta británico, nace en Lichfeld. Debido a la falta de medios económi- cos, se ve obligado a abandonar sus estudios en la Universidad de Oxford y dedicarse a la enseñanza. 17 12 Jean-Jacques Rousseau nace en Ginebra, en el seno de una familia hugonote. Al nacer queda huérfano de ma- dre, 1 y es educado por el pastor Lambercier. o 73 7-1 7 5 5 Samuel Johnson se traslada a Londres, donde se da a conocer por sus artículos periodísticos Thomas Carlyle en «The Rambler», «The Adventurer» y «The Idler», y por obras como Londres, La vanidad de los deseos humanos, Vida de Sa- vage y, sobre todo, un Diccionario de la lengua inglesa en dos volúmenes. Rousseau viaja a París e Italia, alcanzando la fama en los salones parisinos con su Discurso sobre las ciencias y las artes. 17 59-1 7 62 El poeta escocés Robert Burns nace en Allo- =__ way. Hijo de campesinos, recibe una educación muy superficial, pero pronto se inclina por la poesía. Rousseau trabaja en tres de sus mejores obras: las tituladas La nueva Helot- sa, 1 El contrato social y Emilio o la educación. 

 769 Nace Napoleón Bonaparte en Ajaccio. Estudia en el co- legio de Autún y en la escuela militar de Brienne. Ter- mina sus estudios en París, y es nombrado teniente de un regi- miento de artillería de la capital francesa. 1 7 82-1 7 89 Samuel Johnson publica su última obra, Vidas = -— depoetas, en diez volúmenes, donde demues- tra una gran sagacidad crítica. Muere en Londres poco después. Rousseau escribe sus Confesiones y Meditaciones de un paseante solitario. Muere súbitamente en casa del marqués Girardin, su úl- timo protector, en Ermenonville. Robert Burns se casa con Jean Armour y publica Poemas escritos principalmente en dialecto es- cocés. Al estallar la Revolución francesa, Napoleón Bonaparte mues- tra simpatías por los jacobinos. 

 1793-1798 Robert Burns se traslada a Dumfries, donde si- ==” guecomponiendo baladas escocesas. Pero sus excesos en el trabajo, la bebida y los placeres minan su salud, mu- riendo tras sufrir un grave ataque de fiebre reumática. Napoleón se traslada a Provenza. Colabora con las tropas revolucionarias en la conquista de Tolón, en la campaña de Italia y en la de Egip- to. de Vuelto a Francia, donde el Directorio agonizaba, da un golpe Estado e instaura una férrea dictadura militar. 17 99.1 804 Napoleón es elegido Primer Cónsul mediante ZAS >” plebiscito para un período de diez años.

 Para dar una apariencia democrática a la dictadura militar, se elabora una Constitución. Se reorganiza la administración, la justicia, la economía y la educación. Una nueva campaña en Italia logra la difícil victoria de Marengo: Austria cede otra porción de sus terri- Los héroes torios italianos. Se firma un Concordato con la Iglesia, poniéndo- la sul al servicio del gobierno. Napoleón Bonaparte es proclamado Cón- Vitalicio y, más tarde, Emperador. 1805-181 5 El ejército napoleónico invade Alemania. De- TA 277 rrota austríaca en Ulm. Batallas de Trafalgar y Austerlitz. Paz de Tilsit: Rusia se une al bloqueo continental. Guerra de Independencia española. Campaña de Rusia. Tras la catástrofe del ejército napoleónico y su posterior retirada, Prusia se ne incorpora a la resistencia, aliándose con Austria. Napoleón tie- que retirarse más allá del Rhin. Las tropas aliadas liberan Ale- mania, Holanda y el norte de Italia, llegando hasta París. Napo- león es encarcelado en la isla de Elba, pero consigue escapar y regresar a Francia, donde vuelve a tomar el poder. Batalla decisi- va de Waterloo, en la que queda aniquilado el poder militar fran- cés. Segunda entrada de las fuerzas aliadas en París. Se firma la paz, que pone fin al fugaz Imperio napoleónico. 1821 Bajo protección inglesa, Napoleón es desterrado a la is- la de Santa Elena, donde muere el 5 de mayo. * Bibliografía De Carlyle Héroes, Los. Madrid, Aguilar, 1946.

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martes, 16 de diciembre de 2025

WILLIAM BLAKE LIBROS PROFÉTICOS II TRADUCCIÓN, PREFACIOS Y GLOSARIO BERNARDO SANTANO) prólogo

 


Milton: poema en dos libros (1804)

 El texto de Milton: Poema en dos libros constaba inicialmente de cuarenta y cinco planchas grabadas en relieve, según la técnica personal que Blake ya había empleado en otras ocasiones. 

Aunque en la portada figura la fecha de 1 804, el proceso de elaboración de la obra se prolongó hasta 1811, y hacia 1818 se añadieron algunas láminas más hasta completar un total de cincuenta. Se conocen cuatro ejemplares de la obra, tres de ellos producidos en 18u , los llamados A, B y C, y el cuarto en 1818, el ejemplar D, conservado en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. En este texto, que de algún modo representa la idea final de Blake sobre el poema, se basa la presente edición en inglés, a partir de la cual se ha realizado la traducción española. El poema está dividido en dos libros, aunque la idea inicial de Blake pudo ser la de desarrollar el tema en doce libros, según se deduce de la portada, en la que parece dis tinguirse el número 12. 

La composición gira en torno a dos visiones del poeta. La primera de ellas, narrada en el primer libro, aconteció cuando aún vivía en Lambeth, antes de trasladarse a Felpham. Sin duda le causó una honda impresión, pues la representó en tres láminas (números 17, 32 y 37). En éstas se representa cómo un meteoro penetra a través del pie izquierdo del poeta: «primero lo vi en el Cénit como un meteoro, / descendiendo perpendicular, veloz como veloz vencejo o golondrina; / y cayéndome en el pie izquierdo sobre el tarso, entró por ahí; / pero del pie izquierdo me surgió una tenebrosa nube que se extendió por Europa» (1. 17). 

De este modo penetra Mil ton en el cuerpo de Blake, aunque éste aún no es consciente de que se trata de Milton: «Pero no supe que era Milton, pues no puede saber el hombre / lo que ocurre en sus miembros hasta qué períodos de Espacio y Tiempo / revelan los secretos de la Eternidad...» (1. 23); no obstante, es entonces cuando los sentidos del poeta adquieren la capacidad de percibir de un modo distinto:

 «Y todo este Mundo Vegetativo me apareció en el Pie izquierdo, / como una reluciente sandalia hecha inmortal de piedras preciosas y oro. / Me agaché y me la até para transitar por la Eternidad» (1. 23). La razón por la que Milton inicia este periplo es esencialmente la de volver a reunirse con su emanación a fin de redimirse. Lo explica al principio en los siguientes términos: «¿Qué movió a Milton, que vagó por la Eternidad /[...] desdichado aunque en el cielo [...]/ contemplaba su séxtuple Emanación, esparcida por la profundidad, /[...] a des cender al abismo para redimirla y perecer él? / ¿Qué causa movió al final a Milton a esta empresa sin par? / ¡El Canto profético de un Bardo!» (1. 2). Este canto profético del Bardo se convierte en un elemento fundamental del primer libro, ya que aquí re vela la razón por la que Milton inicia su viaje. La segunda visión se narra en el libro segundo y se centra en la aparición de la vir gen Ololon, una niña de doce años que se presenta frente al jardín de Blake en Felpham y busca a Milton. Entonces aparece la sombra de Milton y Blake contempla una serie de elementos simbólicos, algunos de ellos con claros tintes apocalípticos e imágenes propias de la Revolución industrial, que representan de algún modo las ideas erróneas que Milton había mantenido en su vida y de las que tiene que purificarse.

 Esencialmente, ésa es la razón de su periplo y de su necesidad de reintegrarse con Ololon, su emanación. En el apoteósico final del poema, Ololon, convertida en alondra, y el to millo silvestre, mensajero de Los en el Edén, se elevan juntos. Éstos son los elementos básicos sobre los que se construye la trama del poema, pero Milton entraña una extrema complejidad. Blake aprovecha para fundir en sus vi siones muchos otros detalles autobiográficos que se entremezclan con la narración. Un episodio concreto de este tipo es el enfrentamiento entre William Hayley, su amigo y mecenas, a quien Blake representa como Satán, y él mismo, que en el poema se en carna en Palamabron. Blake aprovecha para llevar a cabo numerosas digresiones que, de manera a veces forzada, integra en el flujo de la narración como si el poema creciera orgánicamente, pues considera que todo aquello que genera su mente creadora debe formar parte del texto.

viernes, 17 de octubre de 2025

FRAGMENTO H.G. WELLS OBRAS COMPLETAS.

  




H. G. Wells

 Obras completas I


 

 Prólogo

 Es imposible hacer el retrato de un espíritu de las proporciones del de Herbert George Wells sin colocarlo sobre un fondo adecuado. Si en lugar de nacer en el último tercio del siglo XIX, Wells hubiera nacido cincuenta años más tarde, su figura y sus ideas hubieran resultado anacrónicas y ahora nos harían sonreír con indulgencia. Pero aquel cerebro, que había de ser una de las influencias más poderosas de su época, vino al mundo cuando ante éste comenzaban a abrirse nuevos horizontes. Imperceptiblemente iba abriéndose una brecha en el rígido victorianismo británico, y Wells, como Bernard Shaw, James Jeans, Henry James, Sydney Webb y algunos otros, pudo lanzar sus opiniones a la caja de resonancia del mundo cuando las antiguas ideas políticas y religiosas estaban comenzando a romper sus ligaduras de siglos.

Nació Herbert G. Wells en Bromley, Kent, en la Inglaterra de 1866. Hoy uno de los suburbios londinenses, Bromley era entonces un pueblecillo rodeado de campos abiertos, de aquellos campos que años más tarde Wells habría de describir en tantas novelas suyas. Su padre, Joseph Wells, había adquirido con todos sus ahorros, y en lo que a él le parecieron buenas condiciones, una tiendecita de objetos de loza y porcelana en aquella localidad. Descubrió muy pronto, sin embargo, que el negocio no sólo no era tan floreciente como había esperado, sino que apenas les daría lo necesario para vivir. Joseph, hombre de fuerte constitución física, enamorado del aire libre y además un magnífico jugador de cricket, se dedicó a este deporte como profesional y con sus ganancias logró mantener a flote a la familia, que iba aumentando rápidamente. Así, pues, «Bertie», el menor de los cuatro hijos del matrimonio, vio la luz en el seno de una típica familia de la «clase media baja», impulsada por un lado por una tradicional respetabilidad, netamente británica, y por el otro por el espectro del hambre.

Su madre concentró todos sus esfuerzos en hacer que la Religión fuera el fundamento de su hogar. Sarah Wells llevó al altar una fe sencilla. Creía sinceramente que Dios era un padre bondadoso que cuidaría de ella y de los suyos, y en aquellos años de estrecheces halló en sus plegarias un refugio y un consuelo. Pero cuando murió su hijita Fanny, algo muy profundo se rompió para siempre en su interior, sin que acaso ni ella misma lo supiera. En su autobiografía nos dice Wells que, aunque su madre procuró inculcarle a él los mismos principios que hicieron de su hermana muerta una niña excepcionalmente piadosa, ella misma no los tenía ya arraigados en el fondo del alma, y añade que su propia falta de fe está probablemente basada en aquel hecho. Las impresiones apenas conscientes de aquellos primeros años de su vida habían de grabarse para siempre en el corazón del chiquillo, y Herbert G. Wells mantuvo hasta el fin de sus días una actitud de irónico escepticismo hacia toda exteriorización de fe religiosa.

La escuela primaria a la que asiste y el maestro que la preside, con sus cambios de humor, su crónica indigestión y sus frecuentes distracciones, están perfectamente descritos en la que muchos consideran la mejor de sus novelas, Kipps. Se trata de la típica escuela rural de la época, cuyo objetivo era preparar a los niños de la clase trabajadora, y en ella poco hubiera aprendido Wells de no haber tenido la suerte de romperse una pierna cuando tenía siete años. Aquél fue el medio de que se valió el destino para abrir los primeros tentáculos de su precoz inteligencia y sembrar en ella el ansia de saber. Porque el pequeño Herbert, instalado cómodamente en la «sala», la mejor habitación de la casa, comenzó a devorar libro tras libro, y su imaginación descubrió, asombrada, países desconocidos y lejanos, animales extraños, mundos misteriosos, fantásticas aventuras y personajes exóticos. Y cuando, ya curado, vuelve a la escuela, su espíritu, prendido sin remedio en las redes de todo lo que acaba de vislumbrar, no consigue concentrarse en las lecciones de contabilidad, rebelándose instintivamente contra lo que parece decretado que ha de ser el destino de su vida. Pero la rebelión es inútil. La realidad de su posición en el mundo es muy distinta de sus sueños y, cumplido el tiempo que sus padres han considerado necesario para completar su educación, entra de aprendiz en una tienda de tejidos, convirtiéndose de este modo en una diminuta pieza más del prosaico mecanismo del comercio. Se le asigna un puesto en la caja. Pero en aquel ambiente su imaginación inquieta se ahoga, no hace ningún esfuerzo por fijar su atención en lo que tiene entre manos, se entrega a escondidas a la lectura y vive para sus sueños. El resultado es que, distraído, no da el cambio exacto a los parroquianos y que al final del día las cuentas no cuadran. Alguien se aprovecha de aquel estado de cosas y comienza a faltar dinero. Y aunque, por haberle vigilado estrechamente, sus jefes están convencidos de su honradez, muy pronto se dan cuenta de que no es aquél el empleado que necesitan en su empresa y Herbert G. Wells es despedido.

Pasa entonces a ayudar a un pariente lejano que dirige una escuela y aquí se siente más a sus anchas. Puede dejar libre a la imaginación, puede leer, y, por no estar sujeto a horario alguno, puede seguir haciendo nuevos y fascinadores descubrimientos que van apasionándole más y más. Pero su tío es también un hombre poco práctico y un buen día se ve obligado a cerrar la escuela por motivos económicos. Wells está de nuevo en la calle. No puede pedir ayuda monetaria a su familia porque su padre se rompió una pierna años atrás, quedando inutilizado para jugar al cricket, y ahora depende totalmente de su esposa, que ha tenido que aceptar el puesto de ama de llaves en una mansión aristocrática. Lo único que Sarah Wells puede hacer por su hijo es conseguirle, por medio de una fuerte recomendación, un nuevo empleo en un almacén de paños. Pero Herbert se resiste a aceptarlo. Conoce ya por experiencia esa clase de trabajo y sabe que no podrá soportarlo mucho tiempo. Su madre insiste, suplica, llora, y el muchacho se ve por fin obligado a ceder. Después de haber probado el sabor de una relativa libertad, se encuentra convertido de la noche a la mañana en un autómata que dobla piezas de tela, traslada maniquíes, arregla escaparates, abre la puerta a los compradores y se consume de impotente ira cuando a las once de la noche se apaga la luz en el dormitorio general y no puede seguir leyendo el libro que se le brinda como un oasis salvador. Un domingo por la mañana se pone en camino de la casa donde trabaja su madre y anuncia a ésta su decisión de abandonar el almacén y marchar por su cuenta a Midhurst. Ni los ruegos ni las lágrimas de la buena mujer consiguen esta vez disuadir a Herbert, que pone inmediatamente en práctica sus planes. En Midhurst se coloca de ayudante de un boticario. Años más tarde habrá de describir esta botica en The Dream (El sueño), que, como la mayoría de sus novelas, contiene un gran número de pasajes autobiográficos.

 Wells, ya un joven de diecisiete años, se matricula en las clases de la escuela nocturna y, desde el principio, se siente atraído irresistiblemente por la ciencia. Por las noches contempla las estrellas y los cráteres de la luna, y durante el día, de pie sobre uno de los muchos altozanos de la hermosa campiña inglesa, piensa en las sucesivas eras geológicas y en los misterios de la Evolución, que ha de ser siempre el punto de apoyo de todas sus teorías. Darwin es su gran maestro, y su visión del hombre y del mundo está en el futuro. Todo lo que Herbert George Wells ha de decir en el curso de su vida sobre la gran República Laboral, el Estado Mundial, etcétera, no son sino esfuerzos por hacer avanzar más de prisa a la humanidad en su camino hacia la perfección final.

Es posible que estas ideas germinaran en su mente mientras barría la botica de Midhurst, o recorría con su traje desgastado la distancia que le separaba de la escueta nocturna. ¿Quién podría decirlo? Wells sigue estudiando sin hablar mucho, y pronto el joven empleado descuella entre sus compañeros y obtiene una beca para la Escuela Normal de Ciencia de South Kensington, con lo que se le ofrece la magnífica oportunidad de hacer un curso de Biología con T. H. Huxley. Por primera vez en su vida, Herbert G. Wells es completamente feliz.

Instalado en Londres, estudia, investiga, da lecciones y no transcurre mucho tiempo antes de que una revista científica publique su primer artículo. Su actividad es incesante. Pronto se resiente su salud, que nunca ha sido excesivamente fuerte, y aunque al principio se niega a conceder importancia al hecho, cuando, a poco de cumplir los veinte años, los médicos le dicen que tiene una importante lesión en el pulmón, se ve obligado a abandonar las clases y a ganarse la vida colaborando en revistas. Poco después publica su primera novela, La máquina del tiempo. Ésta es acogida con entusiasmo y Wells queda consagrado como escritor.

El liberalismo romántico era entonces la fe común en Inglaterra, compartida por poetas, filósofos y políticos, y Wells eligió la novela científica como medio para plasmar las imágenes y los símbolos de aquella fe popular. A La máquina del tiempo siguieron otras creaciones de argumento fantástico, de las cuales quizá la más conocida, gracias a la película que de ella se hizo con el mismo título, sea El hombre invisible. Las novelas de Wells habían sido precedidas por las de Julio Verne, que combinaba una fe infantil en la máquina con un cerebro práctico y un culto por las matemáticas. Wells siente de un modo muy distinto. También él, como su predecesor, quiere atravesar el espacio y aterrizar en la Luna, pero, lejos de dedicar páginas y páginas a la descripción minuciosa y detallada del aparato, no se anda por las ramas e inventa la «cavorita», un material refractario a la fuerza de gravedad con el que, de un plumazo, por así decirlo, resuelve el problema.

Otra fantasía wellsiana, La guerra de los mundos, dio lugar, en 1938, en Norteamérica, a una de las mayores manifestaciones de histerismo colectivo de los últimos años. El gran actor dramático Orson Welles lanzó, por las antenas de la «Columbia Broadcasting System», una versión libremente adaptada de la novela del escritor británico. Con tan extraordinario realismo se expresó imaginando ser uno de los pocos supervivientes de la catástrofe, que miles de personas en todo el país recogieron sus enseres prefiriendo huir precipitadamente antes de ser víctimas de los marcianos. Al fin, las emisoras nacionales consiguieron convencer a los ingenuos de que ningún monstruo de otro planeta había aparecido sobre la Tierra, y todo volvió a la normalidad. Once años después, en febrero de 1949, una emisora de Quito lanzó una nueva y también realista versión de la invasión de los marcianos, dando partes y boletines con nombres de ciudades ecuatorianas. Al principio, el público reaccionó como habían reaccionado los americanos del Norte, lanzándose histéricamente a la calle y pidiendo auxilio. Pero al enterarse de la verdad se negó a tomar la cosa con filosofía y a reírse de su propia credulidad, e, hirviendo de indignación, se dirigió al edificio de la emisora y le prendió fuego. Cuando apareció la policía (que, junto con los soldados, se había precipitado a repeler el ataque de los marcianos), ya nada podía hacerse. El edificio y todo su contenido había quedado destruido.

Pasan los años y el impulso romántico de H. G. Wells va consumiéndose, o, para ser exactos, va buscando un nuevo medio de expresión. Hasta entonces le había fascinado la Ciencia, sus posibilidades y el inmenso campo que ofrecía a su fantasía, casi con exclusión de todo otro tema. Ha estado tanto tiempo ocupado en soñar, que, aunque nunca llegó a olvidar del todo al hombre de la calle, no ha prestado atención a sus problemas. Ahora Wells mira a su alrededor y lo que ve le llena de indignación. Al principio se contenta con dar salida a sus emociones creando una serie de personajes al estilo de los de Dickens, figuras cómicas que llegan a ser trágicas, al luchar contra su propia ignorancia y esforzarse por salir a la superficie del abismo de prejuicios en que se hallan sumidas. Wells ha inmortalizado al habitante del suburbio, del pueblecillo, dando a su voz, a sus ideas y a su personalidad formidables dimensiones. Es en esta época cuando escribe tres deliciosas comedias, Kipps, La historia de Mr. Polly y El amor y Mr. Lewisham, y aunque sus tipos son esencialmente británicos y Victorianos, su simbolismo es universal. Esta lucha contra todo lo que hasta entonces había oprimido a la pequeña burguesía, contra los magnates del mundo de los negocios, contra las creencias religiosas tradicionales y los políticos ambiciosos, va adquiriendo poco a poco caracteres de verdadera obsesión, y su pluma se convierte en el arma ofensiva con que ataca a todos los principios establecidos. Uno de los productos característicos de esta nueva fase es la novela Cuando el durmiente despierta, que es, simplemente, una exageración de las tendencias de entonces: edificios más altos, ciudades más grandes, capitalistas más malvados y trabajadores más oprimidos que nunca.

Y, sin embargo, Wells no es comunista. Es demasiado individualista para serlo. Su teoría consiste en «el hombre para el hombre», la teoría del socialismo, en oposición a la del comunismo, que es «el hombre para el Estado», y a la del cristianismo, que es «el hombre para Dios». Es, pues, un socialista convencido, y por lo tanto se convierte en uno de los miembros más activos de la Sociedad Fabiana, a la que se empeña en considerar como la minúscula semilla de la que ha de nacer el gran Estado Mundial que describe en Una utopía moderna. Su fertilidad es asombrosa y publica libro tras libro. Gramaticalmente está lejos de ser siempre correcto y no se preocupa de pulir su prosa, porque son tantas las cosas que tiene que decir, que se apresura a terminar una obra cuanto antes para poder comenzar la siguiente. Pero su vocabulario es tan rico, su forma de expresión tan lúcida, tan grande la fuerza creadora de su imaginación, que contagia su entusiasmo al lector y éste no advierte sus defectos de forma.

Un libro que armó gran revuelo a causa de la gazmoñería hipócrita de la sociedad de entonces, fue Ana Verónica. Aquí Wells toma como argumento un importante problema social y doméstico, y lo trata con seguridad admirable. Ana Verónica es la historia de una joven que vivió en los años en que el «sufragio femenino» fue la manifestación más conspicua, aunque no la más significativa, del despertar de la mujer. La Prensa londinense vilipendió la novela al hacer ésta su aparición y hasta llegó a proponer que su autor sufriera el ostracismo social y literario. Pero muchas personalidades eminentes de la época salieron impetuosamente en su defensa, entre ellas G. K. Chesterton y Bernard Shaw. A pesar de todo esto, o quizá precisamente por ello, el libro obtuvo un gran éxito.

De pronto, como un explosivo, surge Dios en los escritos de Wells. Su aparición es muy fugaz. Es un estallido reaccionario contra la Monarquía, contra el hecho de que el poder nominal o efectivo estuviera en manos de un solo hombre. Así, pues, en su novela Dios, el Rey Invisible, nos presenta a un Rey Dios, a un jefe bélico elaborado por él, a quien muy pronto vuelve a sumir en el olvido. La mejor de sus novelas ideológicas es El fuego inmortal, basada en el libro de Job.

Más claramente propagandísticas son las obras que escribió al comenzar la segunda década del siglo, en las que se siente, más que nunca, el apóstol de lo que hoy no es otra cosa que el laborismo británico. Y llega la primera contienda mundial. Wells escribe incesantemente, actúa como corresponsal de guerra y confía en la Sociedad de las Naciones. Echa un vistazo al pasado de la humanidad y escribe su Esquema de la Historia Universal (1920), al que sigue una Breve historia del mundo (1922). Pero como historiador, a Wells le ocurre como con la política. Entiende la historia poco menos que como una actividad intelectual. El resultado es de un pesimismo atroz. Si en más de una de sus fantasías nos muestra al hombre en una instintiva entrega a las fuerzas oscuras de su origen primero, para él toda la dinámica de los hechos se reduce a un afán de destrucción, a veces superior al instinto de conservación. No ve ninguna especie de grandeza en lo que el historiador tiene como puntos decisivos del desarrollo de la civilización.

 Es curioso, sin embargo, este pesimismo suyo, porque hay en él una mezcla de comprensión y de intolerancia realmente sorprendente en un hombre que se tuvo siempre por idealista. Pero es que ese idealismo suyo es, también, una rara mixtura. Wells no cree en el hombre; cree en la Humanidad. No cree en la civilización —quizá porque, en el fondo, fuese un convencido de que no se ha logrado todavía—; cree en el progreso. En una de sus novelas más divulgadas nos ofrece una visión escalofriante de un mundo que, tras cierto período de guerras, ha vuelto a un estado de terror primitivo; es la aviación; cuyos adictos han acabado por formar una especie de hermandad, la que redime a la Humanidad embrutecida.

Es aquí donde puede verse resumida toda la actitud ideológica de Wells. El Hombre, de por sí, no es nada sin un bagaje común de ideas y de sentimientos. La superación del estado actual de la civilización debe ser obra mancomunada. Pero él, que, por un momento, aparece como máximo paladín de una inteligencia entre todos los países del orbe, se siente íntimamente desencantado con la obra de la Sociedad de Naciones y manifiesta este desencanto suyo en materia de cultura entregándose de lleno al P. E. N. Club, que intenta reunir a todos los poetas, ensayistas y novelistas libres en una misión colectiva, ya que —son palabras suyas— la labor del escritor «ha de ser considerada como una sugestión y no como una proeza. Nuestra labor es sembrar ideas, sembrarlas de cualquier manera».

Todo pensamiento nuevo halla un estímulo en la obra y en la vida de Wells. El hecho de que, por lo general, tenga mayor solidez su crítica que sus construcciones, no sirve más que para definir con mayor relieve su oficio y no comprueba menos lo esencial de su personalidad creadora. Produce un estado de ánimo que se eleva sin dificultad —y, si se quiere, sin pensamiento consciente— por encima de las barreras sociales y de la tradición histórica, y que tiende a considerar el cambio no sólo necesario, sino normal y deseable. Provoca un sueño y un anhelo; y de ambos brota la voluntad de creación.

A pesar de todo, hay que reconocerle como artista más que como creador de utopías. Desde sus diecinueve años pobló nuestro firmamento literario de estrellas deslumbrantes, y la admiración y el interés que despertaron al aparecer no puede borrarse así como así. Lo curioso es que su posición en la literatura contemporánea es tan paradójica como su concepto del idealismo: fue, y aún es, una figura popular, pero, al mismo tiempo, aislada. Con la excepción, por ejemplo, de un Bernard Shaw, entre los ingleses, no hubo escritor de su calibre que en vida consiguiese más amplia audición del hombre de la calle, y aun de la élite. Sin embargo, no parece que su influencia sobre la literatura anglosajona de nuestros días haya sido mucha. Quizá puedan señalarse algunas reminiscencias en Sinclair Lewis, en Sitwell y en Aldous Huxley; y aun en Lawrence y Joyce. Pero si es verdad que todos ellos rindieron tributo a la manera de Wells, no es menos cierto que, pronto, salieron a escape de su órbita en busca de la propia personalidad.

Wells aparece asimismo distanciado de los escritores consagrados de su propia generación —Arnold Bennett, Joseph Conrad, John Galsworthy—; y para él no existen los grandes novelistas del continente. Galsworthy hace pensar, por ejemplo, en Turgueniev; y ambos, en una ascendencia francesa común. No era, tampoco, un estilista, ni le importaba serlo. «La literatura —escribía en cierta ocasión— no es orfebrería, y su finalidad no es precisamente la de la perfección; cuanto más se piensa en cómo debe hacerse, menos se logra. Estas debilidades conducen a un camino fatal, que se aparta de todo interés natural para ir hacia el vacío de un esfuerzo técnico, un egoísmo monstruoso de artífice de que es testimonio monumental la última obra de Henry James».

Las innovaciones que Wells ha introducido en la técnica novelística son casi exclusivamente intelectuales. Sobre todo, claro está, en la novela de tipo científico —las suyas son únicas en su género—. Tal vez sean estas obras suyas las que mejor se han comprendido, por la total sumisión de su argumento a una sola idea. Pero en las novelas propiamente dichas —es decir, en las que por su carácter formal podríamos incluir en el concepto clásico de la novela—, en Tono-Bunbay, en El nuevo Maquiavelo encontramos una fuerza intelectual y una intención crítica que, en cierto modo, son rigurosamente nuevas en la literatura insular, y que han hallado innegable resonancia en las últimas generaciones. En cuanto a sus últimas producciones —son palabras de Geoffrey West, su biógrafo más conspicuo—, «representan un ensayo menos aceptable, y el resultado es un producto híbrido sin impulso renovador, porque le falta vitalidad».

Este hombre, que pensó siempre en futuro, no le pedía nada a la posteridad como escritor. Beresford dice de él que «ha confesado una profunda incredulidad hacia la obra de arte perfecta o permanente. Todo arte, toda ciencia, más exactamente, todo cuanto se escribe, no son sino ensayos. A toda obra de arte le llega el momento en que ya ha servido su propósito y no guarda el menor rastro de su significado». Realmente, no otra cosa puede deducirse de la actitud de un hombre que prefería a todas las clasificaciones la de periodista. Y no por razón de modestia, sino porque en la obra de arte valoraba más lo que encierra de lógico que de élan vital.

Pero es innegable que, a pesar de esta actitud suya y de quienes la comparten, un considerable número de sus obras seguirá siendo, durante muchos años, espolique para las ideas y fuente de emoción para los sentidos. Es evidente que parte de ellas han cumplido con su propósito inicial y, por lo tanto, han perdido todo, o casi todo, su significado. Pero Una utopía moderna, Anticipaciones, El descubrimiento del futuro, La conspiración abierta, como Boon y Primeras y últimas cosas, poseen tal interés como profesión de fe personal que no dejarán de ser leídas tan fácilmente. La visión del pasado humano a través de un solo hombre asegura la permanencia al Esquema de la Historia Universal. En cuanto a sus novelas científicas y a sus narraciones cortas, no es difícil convenir en que son demasiado pródigas en maravilla y fascinación —elementos siempre románticos por intelectuales que sean— para no sobrevivir en casi su totalidad.

Está claro que Wells tiene sus detractores. Pero ni la crítica más exigente se atrevería a negarle un valor de universalidad. Anatole France, que, como le pasase por el magín, no dejaba títere con cabeza, le describió como la fuerza intelectual más poderosa del mundo literario inglés; y el propio Wells escribía, con la mayor sinceridad, en el prólogo a sus obras completas, que «en el resumen definitivo de estos volúmenes se ve que hay en ellos algo que no se había dicho antes, y que se ha dado forma a algo que antes no se había formado». El centenar —o quizá más— de libros y ensayos que constituye el núcleo central de sus escritos, representa una actividad y un resultado difícilmente igualables; un desfile notabilísimo de investigaciones, críticas, temas y sugerencias. A estas cualidades deberán su perdurabilidad obras como El hombre invisible, La guerra de los mundos, La máquina del tiempo, Una utopía moderna, Kipps, La guerra en el aire, Tono Bungay, La historia de Mr. Polly, El nuevo Maquiavelo, El alimento de los Dioses, y una buena selección de historias breves tales como «La estrella», «La puerta del muro», «El país de los ciegos», «Bajo la cuchilla», «La historia del difunto Mr. Elvesham», «El hombre que podía hacer milagros» y «Una visión de criterio».

Trabajador incansable, hombre de inagotable vitalidad, durante los últimos tiempos de su existencia sólo sentía la preocupación de que la muerte le sorprendiese sin «darse cuenta» y, quizás en una lucha inconsciente contra aquel temor, le salía al paso pluma en ristre, escribiendo incluso cuando a los demás les parecía físicamente imposible. Hacía mucho tiempo que los médicos habían pronunciado la última sentencia cuando se dedicó a no aceptar la ayuda de nadie. En 1945, cuando ya se le daba incluso por muerto, cogió el guion de una película, The Way of the World Is Going, y trabajó en él como si tal cosa. Un atardecer de 1946, exactamente el 13 de agosto, se sentó al borde de la cama, llamó y pidió a su sirvienta que le cambiase el pijama. Se sentó de nuevo, y dijo: «Proseguid; yo ya lo tengo todo». La sirvienta desapareció por unos minutos. Cuando volvió, Herbert George Wells, el hombre que pensó siempre en el futuro, había entrado en él definitivamente.

Nellie Mansó de Zúñiga

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