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viernes, 2 de enero de 2026

Introducción Federico Peltzer POESIA SOBRE LA POESIA (En la literatura argentina

 


Introducción

Quizá la primera actitud del hombre, al evolucionar en el uso del leng ua- je, haya sido la de contar aquello que le había sucedido en su descubrimiento del mundo exterior, y también las aventuras en que se viera envuelto para do minarlo. Así lo afiimaForster, entre veraz y bromista (1). Pero resulta natural esa necesidad de participar a los otros miembros de la comunidad ciertas ex periencias, seguramente riesgosas. 

Poco a poco, la imaginación habrá mejora do esas versiones, siguiendo lo que es una tendencia humana a enriquecerlas o hacerlas más atractivas, y más relevantes los méritos del héroe. De ahí, lenta mente, fue conformándose ese antiguo género que hoy llamamos cuento, apoya do a veces en algo de verdad, a veces en la pura y libre fantasía. 

También la necesidad de explicar los fenómenos naturales, en un estado incipiente de la ciencia, foijó los primeros relatos vecinos al mito; y en un período más avan zado, cuando el hombre adquirió experiencia suficiente para adoctrinar, apare ció la fábula, con su moral práctica o moraleja como conclusión. Cuando las grandes culturas de la Antigüedad reconocieron su propia fisonomía, el pleno dominio de su medio expresivo, y su historia les propor cionó un gran suceso (real, mítico, o combinación de ambos), apareció la epopeya y, con ésta, los demás géneros épicos. La novela -sabemos- asomó después y sólo alcanzó su pleno desarrollo en Occidente y en la Edad Moderna. (2) 

En cuanto a la lírica, su presencia en la Antigüedad fue real e impor tante, a través de no pocas figuras. Es lástima que sólo fuera mencionada, pero no caracterizada a fondo, por Platón y Aristóteles, sobre todo éste, primer (1) FORSTER, E.M.: Aspeete of the novel. New York, Harcourt, 1954, p.26. (2) Véase: THIBAUDET, Albert: Reflexión* sur le román. París, Gallimard, 1969, p.240 y sigs. CAILLOIS, Roger: Sociología de la novela. Bs.As. Sur, 1942, p.13 y sigs. COMFORT, Alex: La novela y nuestro tiempo. Bs.As., Realidad, 1949, p.13/18. teorizador, a través de su Poética, ya porque se perdiera la parte que de ella trataba, o ya porque no alcanzó a componerla. El drama fue siempre algo más que literatura; ceremonia y práctica re ligiosa primero, luego celebración, evolucionó hasta hacerse espectáculo par- ticipativo, en un lugar donde se produce esa especie de corriente y de comu nión de que hablan los teóricos y también los actores (3).

 La poesía lírica alcanzó su pleno desarrollo cuando el hombre, tras aquel primer deslumbramiento ante lo real, evolucionó en un doble sentido; por una parte, en cuanto el creador dominó los secretos del lenguaje, con la variedad de recursos y la trasposición de la forma directa a la compuesta a base de figu ras e imágenes; por otra, a medida que fue capaz de volverse sobre sí para tra ducir en ese otro lenguaje sus sentimientos más íntimos, sus asombros y ad miraciones, también sus crecientes perplejidades y sus preguntas. Así nos hemos aproximado a lo que fue, durante mucho tiempo, el asun to o la materia poetizable de la lírica. Se necesitaron siglos de incesante búsque da, de exploraciones, de respuestas sólo parciales para traducir todo eso que podrían llamarse los temas del poeta: el amor, la muerte, la trascendencia, el dolor, la libertad, la sed de justicia. Unos pocos temas, sin duda, pero inagota bles, porque lo son las obsesiones humanas que los conforman (4). 

Sobre eso trabajó la poesía durante buena parte de su historia, por lo menos en Occidente. En Oriente, por tradición, estuvo siempre muy unida al saber filosófico y a una concepción particular de la vida; algo parecido, pero no idéntico, a lo que sucedió con la primitiva poesía griega. Quizá -siempre referidos a Occidente- la última y explosiva mani festación de esa búsqueda la encamó el movimiento romántico, que quiso ser, simultáneamente, indagación y expresión, y ambas llevadas a emprender el más audaz asalto: nada menos que el de la razón. De ahí su grandeza -que debemos reconocerle- y de ahí también la magnitud de su fracaso, un titanismo que no podía sino aspirar a elevarse muy alto, pero también a derrumbarse desde el es calón previo a la cumbre, como siempre que se desconocen los límites de lo humano. (3) Ver ORTEGA Y GAS SET, José: Idea del teatro. Madrid, Rev. de Occidente, 1958, p.46/47. BATY, Gastón y CHAVANCE, René: El arte teatral. México. F.C.E., 1955, p.9/23. JOUVET, Louú hroblémes du Théatre. En: Réflexions do comedien. Río de Janeiro, Améric. ediL, 1941,p.l49ysigs. (4) CLEMENTE, José Edmundo: Los temas esenciales de la literatura. Bs.As.. FmW 1951 p.21/30. SABATO, Ernesto:.El escritor y sus fantasmas. Bs.As., Aguilar, 1963, p.83/84. Tal vez sea necesario volver una vez más al romanticismo como gene rador de ideas, de concepciones que después han alcanzado pleno desarrollo y quizá explorado nuevos campos a partir de él. Bien dice Friedrich, a quien ine vitablemente hay que citar cuando se trata de explorar en ia esencia de la poesía moderna: “...el romanticismo, incluso cuando muere, deja impresos sus estig mas en sus herederos. Estos se rebelan contra él precisamente porque sienten su influjo. La poesía moderna es romanticismo desromantizado” (5). 

En efecto: buena parte de la labor poética, desde entonces, en un inten to por asignar a la poesía un papel entre las actividades humanas; sin duda un relevante papel. Bastaría comparar las definiciones o los conceptos que vierten los retóricos desde la Antigüedad, pero sobre todo en los siglos XVII y XVIII, con las concepciones que nacen a partir del romanticismo, para advertir qué distinto es ese “papel” asignado al hecho poético. Para los primeros, por lo general fieles a Aristóteles y más aún a Horacio (aunar lo dulce, lo deleitable, con lo útil), la poesía es un arte que eleva el espíritu por la belleza, la suavidad y la gracia del lenguaje, la sabia combinación de ritmos y figuras. Medio y fin, como vemos (6). Para los románticos la poesía es un camino, una vía de conocimiento, quizá la etapa más confiable en la búsqueda del absoluto. Así Jean Paul: “Si la poesía es una especie de profecía, la poesía romántica es, en particular, el presentimiento de un porvenir demasiado grande para tener cabi da aquí abajo” (7). 

Así también Friedrich Schlegel, más explícito en su ambi ción totalizadora: el poeta “...debe esforzarse por ampliar sin descanso tanto su poesía como su visión de la poesía, y acercarlas a las más altas que puedan existir en la tierra, esforzándose con la mayor precisión posible para ajustar su parte al gran TODO; ya que la generalización mortal tiene precisamente el efecto contrario” (8). 

El poeta es así similar al vidente, porque es el encar gado de proporcionar la gran revelación, superior aún a las videncias de lo (5) FRIEDRICH, Hugo: Estructura de la lírica moderna. Barcelona, Seix Barral. 1959, p.39. (6) Entre los múltiples conceptos que podrían ir inscribirse, veamos el de Ignacio de LUZAN en La Poética (Madrid, Cátedra, 1974, Libro I, p.95): Poesía es “imitación de la naturaleza, en lo universal y en lo particular, hecha con versos, para utilidad o para deleite de los hombres, o ¡jara uno y otro juntamente". Luzán cita numerosas definiciones de retóricos, sobre todo italianos, de cuyas doctrinas estaba empapado; entre ello, Mi un turno. Entre nosotros, Calixto OYUELA, en Elementos de Teoría Literaria (Bs.As., Estrada, 1902, p.315): “La poesía lírica es la que expresa principalmente los afectos e ideas del poeta. Es el verbo interior, en cuanto tiende a revelarse y se revela estéticamente”. (7) JEAN PAUL: “Esencia de la poesía romántica. Diferencia entre la del Norte y la del Mediodía”. CiL por MARI, Antonio: El entusiasmo y la quietud Barcelona. Tusquets, 1979, p.59. (8) SCHLEGEL, Fneditch: “Plática sobre la poesía”. En: id., p.129. sagrado. Lo pretende von Amim: “Llamamos videntes a los poetas sagrados; llamamos videncia de un género superior a la creación poética: la historia puede entonces compararse con el cristalino del ojo, que no ve por sí mismo, pero es indispensable a la visión para concentrar la luz; su naturaleza es cla ridad, pureza, ausencia de color” (9). Aquí ya está en germen Rimbaud, con su afán revelador que no vacila en trepar hasta cimas de las que no se vuelve y condenarse entonces al silen cio. 

Esa postura, cercana a lo sagrado, obsesionará a buena parte del ro manticismo alemán: el poeta es el sacerdote en el nuevo camino emprendido por el hombre, pasado ya el engañoso deslumbramiento de casi dos siglos con sagrados al culto de la razón. Novalis equipara ambos caminos: “En los orí genes, poetas y sacerdotes hicieron una misma cosa; sólo las épocas tardías los han separado. Pero el verdadero poeta siempre ha permanecido como un verdadero sacerdote, así como el verdadero sacerdote ha permanecido poeta siempre. ¿No debería el porvenir restaurar este orden de las cosas?”{10). La última pregunta -lo notamos de inmediato- es un desafío, un guante lanzado a la posteridad, recogido par el siglo XIX y continuado en el nuestro, quizá por ser el tiempo -desdichado, desvalido sin duda- en que se sobrelleva esa “muerte de Dios” que anunció Nietzsche. Abandonados» los caminos de la fe religiosa, desilusionado acerca de toda trascendencia, el hombre busca sucedáneos. A ve ces son bastante vulgares y hasta pintorescos: así las diversas formas de la ma gia, el renacer del ocultismo o el esoterismo a que asistimos. 

Pero, a veces, en saya otra senda para acceder al misterio, sacraliza la palabra, la hace de nuevo fundadora, como en el origen de los tiempos; y hace del poeta un sacerdote, un elegido, el que sabe las fórmulas del conjuro. Con la diferencia de que esas fór mulas no son ya tradición heredada, reiteración de lo que siempre y probada mente ayudó para el contacto con lo divino, sino que por esencia han de ser inéditas, únicas, una agotadora exploración que no tiene otra recompensa más allá del esfuerzo que entraña la búsqueda en cuanto tal. ¿Dónde, si no en el romanticismo, situar las raíces de esa actitud? 

En su lúcido paralelo entre la concepción romántica y el psicoanálisis (tan desfavora ble, y con razón, para el segundo), apunta Albert Béguin: “El romanticismo in diferente a esta forma de salud, buscará, aun en las imágenes recibidas, el camino que conduce a las regiones ignoradas del alma; no por curiosidad, no (9) von ARNIM, Achim: Prefacio a Los guardianes de la corona. En: id., p.220. (10) NOVALIS: “Granos de polen”. CiL en: CHARPIER, Jacques et SEGHERS, Pierre: L’art poétique. Paris, Seghers, 1956, p.217. para limpiarlas y hacerlas más fecundas para la vida terrena, sino para en contrar en ellas el secreto de todo aquello que, en el tiempo y en el espacio, nos prolonga más allá de nosotros mismos y hace de nuestra existencia actual un simple punto de la línea de un destino infinito” (11). Sabemos el precio que pagaron los románticos por esa aventura, un es- tremecedor desafío: la sed nunca satisfecha, la locura, a menudo la muerte. Aquel don Félix de Montemar, el héroe más romántico de nuestra lengua, en contrará esas tres compañías en su camino ciego hacia la puerta infranqueable, el misterio que nos sobrepasa. 

Agotado el romanticismo, vuelta la literatura ha cia horizontes más asequibles (la propuesta del realismo), la poesía quedó, sin embargo, en deuda consigo. He hablado de estremecimiento, y no caprichosa mente. 

Esa “deuda” va a ser retomada por el padre de la poesía moderna, y será un romántico sobreviviente, Hugo, quien saludará el libro de Baudelaire como portador de un “firisson nouveau”, un nuevo estremecimiento. El viejo poeta, respetado por los que ya volaban a distinta altura, comprendió que algo nuevo vibraba en ese libro inquietante, que hablaba con una voz inédita del tedio y la desesperanza, del mal y de la carne, de la esterilidad de las ciudades multitu dinarias y de la muerte, de los paraísos perdidos y los falsos paraísos. Ese nue vo lenguaje inaugurará una etapa distinta por la que quizá transitamos aún. Hugo lo había entrevisto, sin duda por su situación entre dos épocas: "la pala bra es un ser viviente, mucho más poderoso que aquél que la usa: nacida de la oscuridad, crea el sentido que quiere; la palabra es todavía mucho más de lo que el pensamiento, la vista y el tacto externos pueden dar: es color, noche, alegría y sueño, amargura, océano, infinito; es el logos de Dios ” (12). Baudelaire llevará adelante el programa de su admirado Edgar Alian Poe: separar el sentimiento de la palabra poética, algo así como marginar, en el poema los impulsos del corazón. Ya los románticos y algunos postrománti- cos como Bécquer (en sus cartas Desde mi celda) lo habían señalado, pero de manera incompleta: no se debe escribir poesía mientras se vive un hondo sen timiento. 

Otra vez von Amim: “...y por eso jamás hubo poeta sin pasión. Pero no es la pasión lo que hace al poeta. Por el contrario, ningún poeta hizo jamás una obra duradera mientras se encontraba bajo el imperio de la pasión” (13). Baudelaire, y quienes lo siguen en su tiempo, hasta culminar en Mallarmé, tratarán -como apunta Friedrich- de prescindir de todo sentimentalismo per (11) BEGUIN, Albert: El alma romántica y el sueño. México, F.C.E., 1954, p.21, Introducción. (12) HUGO, Víctor: Les Contemplations. Cit. por FRIEDRICH, Hugo: ob. cit-, p.42. (13) von ARNIM, Achim: ob. cit en nota 9, p. 221. sonal en aras de una fantasía clarividente, capaz de resolver problemas más difíciles en forma más ventajosa que aquél; en otras palabras -añade- de neu tralizar el corazón personal (14). Es algo así como una tarea de precisión, como desprenderse de un las tre para buscar en la forma dotada del nuevo estremecimiento de que hablaba Hugo el molde adecuado para una sensibilidad distinta. 

El arte es voluntad de forma, es salvación por la forma, triunfante sobre la voluntad de expresión. La forma así -como en Poe- se jerarquiza por sobre el contenido, es más, lo pre cede. De ahí la valoración de la palabra en su plenitud, en primer lugar como sonido, como portadora de una música. La poesía nace por virtud del lengua je, no por imperio de una idea consagrada a plasmar un sentido. Por eso hasta lo más feo y más ruin puede ser invocado, porque la magia del lenguaje es el conjuro transformador, lo transfigura en belleza. Esta ruptura con una idea tradi cional es uno de sus aportes fundamentales. El otro es el papel asignado a la fantasía, reina de las facultades humanas, según su entender, porque crea un mundo nuevo al recomponer los materiales dados, en un orden cuyas leyes son indescifrables, porque operan desde lo más hondo de nuestro espíritu. 

Se comprende que, ante semejante enfoque, la noción de tema o de con tenido, como generadora de poesía, entre en crisis. El poeta hablará cada vez con menor intensidad de los conflictos de su yo, expuestos más o menos be llamente, y su poesía obedecerá a las oscuras gestaciones de otro yo más ínti mo, más obediente a los dictados de un lenguaje que en sí mismo se abastece. De ahí que baya podido hablarse de la ambigüedad de Baudelaire, entendida en un sentido estrictamente literario, análoga a la polifonía y tal vez a la diso nancia musicales. 

Dicha ambigüedad obra en su poesía como una “multiplici dad simultánea de significaciones”, algo que sería comparable a los “defectos” que podríamos atribuir a una fuga de Bach, en la que se escuchan, simultánea mente, dos melodías distintas. Concluye el crítico Hubert que tal ambigüedad, que no debe su razón de ser sino a la hipotética falta de coincidencia entre la significación y la función poética, “sobrepasa las contingencias entre el yo y el mundo: sólo existen verdaderamente los poemas”; aquélla es un invento de la crítica: “La poesía baudelairiana, marcada poi una tensión constantemente sostenida y una inexorable voluntad de trascendencia, representa una de las mas grandes conquistas artísticas de todos los tiempos y, como diría Malraux, una de las victorias más luminosas sobre el destino ” (15). (14) FRIEDRICH, Hugo: ob. ciL, p.50/51. (15) HUBERT, J.D.: L’Esthétique des ‘Fleurs da mal’. Es sai sur l’ambisüeté poétiquc. Genéve, Herre Cailler, 1953. 

Me he detenido particularmente en Baudelaire porque, conforme a lo antes dicho, puede considerárselo como puente obligado entre la búsqueda lle vada a cabo por el romanticismo (que hace de la poesía un camino hacia el ab soluto) y lo que después procurará realizar la poesía moderna: una reflexión sobre el hecho poético, con lo que supone de valoración sobre tal hecho en sí y de postergación de otros aspectos, el temático o de contenido, que rigió du rante buena parte de la historia de la poesía lírica. Ello, como es de suponer, no significa incurrir en la ingenuidad de atribuir a toda la poesía anterior, ni un descuido de la forma, ni un olvido acerca de los alcances de la función poéti ca. 

Simplemente, a partir de Baudelaire se acentuará la meditación sobre la poesía, el valor de ésta sustentado por el poema, o mejor aún, ilustrado con él; algo que los clásicos sin duda también realizaron, pero al margen del poema y no por medio de éste. Sabemos lo que ocurrió después. En Rimbaud se percibe, todavía más, la elaboración de una poesía que es indagación acerca de lo poético. Quizá su caracter desorientador, que ya percibió Jacques Riviére, se deba a la fuga de un determinismo, un cientificismo que se acentuaba con el correr del tiempo. Ya los parnasianos habían realizado su contribución, sin duda estimable y por momentos muy bella, a ese afán pedagógico que les recomendaba el positivis mo de Comte. Rimbaud da la espalda a la realidad concreta, deja libre su fan tasía y enfrenta al hombre con el enigma y su misterio, sólido, por momentos implacable. Las Cartas del Vidente (1871), así llamadas por introducir ese concepto con resonancias bíblicas, proponen la reflexión sobre la poesía en sí como materia del nuevo arte poético. 

El “vidente” sobrepasa en poder al resto de las criaturas : ve lo invisible. La mirada del poeta penetra en un misterio vacuo. Esa mirada, sin embargo, no es la de un “yo”, sino la de un otro que se le superpone, lo domina y le imprime su visión. ¿De dónde proviene? De las capas más profundas, donde ni siquiera se manifiesta el sujeto absoluto, porque en ellas asoma el alma universal. Parece palpitar aquí lo que había entrevisto Baader, el médico que influyó sobre Schelling, Novalis, Schlegel, para quien el Todo es lo único viviente y cada uno de nosotros sólo puede considerarse viviente en relación con nuestra proximidad respecto de aquél. Rimbaud, quizá el último romántico -en cuanto a aspiración poética- es el gran destructor del orden establecido en aquella materia, el que deforma ex profeso y se sitúa al margen por un acto de voluntad (la anormalidad se convertirá en norma) para llegar al límite, a lo desconocido, aunque no lo comprenda y deba quedarse con su propia visión. 

Así se explica su rebeldía extrema contra todo lo tradicional, desde la herencia cristiana hasta el sistema de valores que regía en un tiempo convencido de su fe en el progreso. De ese acto de voluntad, que importa una experiencia límite y un ries go casi sobrehumano, y que implica hacerse de un nuevo yo, o de un yo dis tinto, separado del dato autobiográfico y ligado a una especie de herencia o de contacto con lo universal, brotará, no ya un nuevo “estremecimiento”, sino una voluntad de lucidez en el riesgo.

 Como bien dice Friedrich, “En Rimbaud ha empezado esa separación anormal entre sujeto poético y yo empírico, que habrá de encontrarse actualmente en Ezra Pound y en Saint-John Per se, y que ya por sí sola hará imposible comprender la lírica moderna como expresión biográ fica” (16). Fácilmente se percibe la magnitud de la empresa, pero también el peligro de semejante desafío. Es (de nuevo) un titanismo que puede llevar a la locura o al silencio no buscado. Y sabemos que, en Rimbaud, concluyó por la segunda vía. 

Apunta Daniel Rops, acerca de esta experiencia abismal: “La ma yor alegría que se proporciona a sí mismo es la de negarse radicalmente. Yo es otro. No reconoce para sí, en su extremada apetencia de la nada, una exis tencia verdadera: su ser no es nada, nada más que el reflejo, el pensamiento inasible de una realidad que se le escapa” (17). Ruptura, asunción del caos, búsqueda del 'orbellino y, finalmente, si lencio, parecen ser los móviles de un acto voluntario que amordaza al yo y monologa sin destino fijo. 

De semejante estaoo de espíritu nace la poesía de Rimbaud. ¿Para qué escribirla, si no brota de un yo que anhela expresarse ni marcha hacia un interlocutor reconocible? Quizá para dar algo así como un tes timonio extremo de libertad, para salvarse por la demostración, de la palabra, de que ello es posible. Acaso también, en cierto momento, Rimbaud vislum bró que esa tarea era sobrehumana. Y optó por el silencio. Pero su ruptura fue recogida, en cuanto desafío y fuente para otras exploraciones, y ello se vio claro en las corrientes de nuestro siglo, el surrealismo en primer término. 

Verlaine, el tercer nombre, escribirá de nuevo acerca de sí, abundará en la exploración de los vaivenes del alma, sin duda atormentado por el tironeo entre las exigencias de su espíritu básicamente religioso y las miserias de una vida que no le merecía indulgencia; sobre todo, de un anhelo de paz que no lo abandonará nunca. El yo postergado (en Rimbaud) vuelve así al primer plano. Sin embargo, él nos dejará esa reflexión sobre la esencia de la poesía inserta en su libro Jadis et Naguere, modelo seguido posteriormente por tantos y que jerarquiza lo poético por comparación con la trivialidad de las zonas en que se (16) FRIEDRICH, Hugo: ob. cit, p.230/31. (17) ROPS, Daniel: Arthur Rimbaud. Bs.As., Troquel, 1954, p.33. mueven los escritores que digiere el hombre común, eso que despectivamente descarta al afirmar: “et tout le reste c’est littérature”. Queda así allanado el camino para el otro gran iluminador de la poesía del siglo XX: Mallarmé. 

Clausurados los “temas poéticos”, o descartados por innecesarios en la otra dimensión que debe ser la poética, Mallarmé deja de la do también el repudio de Rimbaud hacia el intelecto. En él hay un lugar para éste, al par de la imaginación. Lo que se descarta (aunque no del todo en la práctica) es la anécdota, el “reportaje”, como él decía. La poesía no tiene por qué ser inteligible, debe sugerir, un poema puede trasladamos a otra zona por el solo efecto del lenguaje, por la magia que atesora y que se pone en libertad a través de su texto; algo semejante al ideal que ambicionaba Flaubert para la novela, aunque nunca pudiera llevarlo a la práctica.

 Semejante tentativa no puede ser popular, ni pretender llegar a muchos, porque supone un instrumento complejo y una toma de distancia respecto de ” las palabras de la tribu”, como dijo alguna vez. Y aquí se da la paradoja de que este hombre, sencillo y tolerante en el trato, pero extremadamente orgu lloso en cuanto creador, ejerció enorme influencia sobre los poetas que le sucedieron, no sólo por su voluntad de ser riguroso hasta el límite, sino por su reflexión acerca de la poesía en sí, y por el hecho de traducir esa reflexión en el cuerpo del poema, aparte de algunas teorizaciones que no agregan demasia do a su enfoque. La poesía es el lugar donde lo absoluto (ese fantasma agitado desde el romanticismo, como se ha visto) y el lenguaje que lo expresa, aspiran a reunirse: nada más ni nada menos. 

La inteligibilidad se posterga, porque no es la meta perseguida. Mallarmé es un desafío constante; de ahí la desorien tación nunca agotada de sus empeñosos intérpretes. Y no puede ser inteligible o descifrable hasta el fin, porque, si ello ocurriese, quedaría abolida su cuota de misterio. Al despersonalizar, al “no contar”, corresponderá una serie de re cursos lingüísticos que después explotará hasta el cansancio la poesía moder na. Así el frecuente uso del infinitivo, que enuncia una acción pero no la atribuye a un sujeto que la lleve a cabo, sino que la insinúa como una posibilidad; o la extensión de la función adjetival a otras categorías como el adverbio y aun el sustantivo. 

Tal intento, igualmente riesgoso, por su demanda de rigor, lleva im plícita una tendencia al silencio. Los hallazgos se escatiman, las palabras se re ducen, la expresión parece contraerse. Así como la novela sostenida por el lenguaje anuncia el fin de la novela (algo que, felizmente, no ha ocurrido), la poesía descamada de sentido puede conducir al fin de la poesía, por cerrazón, por agotamiento, como un brazo empeñado en acariciar la nada. Aquí puede verse, por lo menos en germen muy aproximado, el fenó meno que se acentuará en el siglo XX y que, en lo que atañe a la Argentina, trataré de ilustrar con algunas muestras. En aquél -dice Friedrich-, se perfilan dos tendencias, las que responden a lo iniciado en el siglo XIX por Rimbaud y Mallarmé: una lírica fundamentalmente libre y alógica, y una lírica intelectual y de formas rigurosas. 

Pero, en ambos casos, la poesía reflexiona sobre sí: " Casi todos los poetas del siglo XX han propuesto una poética, una especie ae sis tema de poesía o de la poesía en general. Estas poéticas nos informan menos acerca de la lírica moderna que los poemas mismos”. Y apunta otro rasgo: de esas reflexiones, al margen del poema o desde éste, surge robustecida la idea de que la lírica es el fenómeno más puro de la poesía. Hay una distancia infinita entre la lírica y las otras formas, narrativa o dramática, basadas en relaciones objetivas y en la lógica (18). El resto, pues, sería esa “literatura” de que habla ba Verlaine. Una postura de superioridad, quizá chocante por presuntuosa, que sin embargo suelen profesar casi todos sus adeptos, al mirar desde esa pre tendida superioridad a los otros creadores.

 Así, y ya que voy a ocuparme del tema en la poesía argentina contemporánea, viene a cuento una reflexión de Roberto Juárroz, uno de los más lúcidos poetas, al par que un renovador, en su libro de entrevistas con Guillermo Boido. Al preguntarle éste si no hay una relación entre literatura y poesía, responde: “No digo que no la haya, sino que es necesario distinguir los matices que separan a una de otra. La poesía no es literatura. Y la literatura, como tal, no es poesía. Y algo más: creo que la li teratura, en último término, aspira a la poesía. Pero vamos a hacer una aproxi mación que usted sugiere en su pregunta y que puede parecer absurda: en la división habitual de los géneros literarios yo no incluiría a la poesía.

 La poesía no sería un género literario, sino otra dimensión del lenguaje, del ser, del crear” (19). Así jerarquizada la poesía (concretamente la poesía lírica), no puede ex trañamos que se acentúe la reflexión sobre aquélla; aunque quizá podría ano tarse que otro tanto ocurre con la novela, e inclusive con el drama, y que ello no es nuevo (pensemos en Cervantes, padre de la novela moderna, o más re cientemente en Gide, en Unamuno; y en Benavente, Pirandello, O’Neill, Anouilh, en cuanto al teatro). Tal vez a esto pueda replicarse que, tanto en la novela como en el drama, se trata de algo así como un juego de espejos: la fic ción dentro de la ficción, como un modo de profundizar en triples planos: la (18) FRIEDRICH, Hugo: ob. ciL, p.103. (19) JUARROZ, Roberto: Poesía y creación. 

Diálogos con Guillermo Boido. Bs.As. Lohlé 1980, p.93. realidad imitada y la imitación de la imitación; pero siempre observando las reglas del juego, es decir que no se pierde el carácter ficticio del todo, aunque se busque sin decirlo la complicidad del lector, como una advertencia: también los entes de ficción, a fuerza de parecerse a los de carne y hueso, se vuelven hacia otras ficciones, o los engendran (20). Mientras que, en la poesía, no hay tal forma de juego, sino que la voz lírica abandona los temas del hombre para reflexionar sobre lo que ya no es un género, sino una zona, una dimensión del lenguaje, o del ser, como decía Juárroz más arriba. Surge de tal modo lo que un crítico argentino, Raúl H. Castagnino, ha caracterizado a partir del concepto de metapoesía. Dice así: “En ella, toda la problemática se circunscribirá en el campo lírico: la poesía, el poema, el poe ta, los instrumentosy medios expresivos, los receptores son tales;pero, además, impostados en nivel metalingiiístico, se convierten en tema poético. 

La poesía adquiere conciencia de sí y por sí; trata de ilustrar un planteo estético al tiem po de proponerlo; ensaya una técnica poética sincrónica con el momento de su sistematización ” (21). Siempre según el autor, la partícula griega “meta” in dica lo que está “más allá”. Como contenido metafísico, la designación “metapoesía” nombraría la esencia inteligible que fluye “más allá” del poema. 

 Otra interpretación posible remite al metalenguaje pertinente, transformado en lenguaje poético: el lenguaje del poema es, a la vez, un lenguaje sobre el lengua je de la poesía y sobre lo concerniente a ésta (22). ¿Qué hace el poeta en tal caso? Enuncia un programa estético, propone y realiza la creación mediante el poema mismo. El poeta desnuda las vicisi tudes del acto creador, los interrogantes que lo asedian; lo que siente como poético y la manera de llevarlo a cabo a través de la obra: “En la metapoesía cuenta fundamentalmente el acto creador y la simultaneidad de éste con los presupuestos teóricos” (23). 

Ese ejercicio de una metapoesía, tan frecuente en lo que va del siglo, constituye, por la suma de las obras que la integran, una metapoética, y ésta circula paralelamente a los presupuestos de las poéticas tradicionales; es más, en cierto sentido se les adelanta. Como dice otra vez Castagnino, "...la metapoética configura un territorio de avance sobre las poéticas de estructura (20) Un ejemplo de cuanto se ha dicho lo brinda la lectura de la novela de El curioso impertinente en la Parte I del Quijote. (21) CASTAGNINO, Raúl H.: Discurso de recepción en la Academia Argentina de Letras: “De las poéticas a la metapoética”. Boletín, T3 XXXIX, N° 153/54, julio-diciembre de 1974, p.302. (22) id., p.304. (23) CASTAGNINO, Raúl H.: ob. riL, p.303. tradicional al portar, en sí, teoría y práctica de lo poético, concertar agudeza conceptual y genio creador y requerir afinamiento perceptivo e ingenio reali zador (24).

 Octavio Paz, uno de los poetas que mejor ha teorizado sobre la tarea poética, señala que después de “Une saison en enfer” no se puede escribir un poema sin vencer un sentimiento de vergüenza. Quedan dos caminos (los dos intentados por Rimbaud): o la acción, o escribir ese poema final que sea tam bién el fin de la poesía, su negación y su culminación. Y añade: "Se ha dicho que la poesía moderna es poema de la poesía. Tal vez esto fuera verdad en la primera mitad del siglo XIX; a partir de Une saison en enfer nuestros grandes poetas han hecho de la negación de la poesía la forma más alta de la poesía, sus poemas son crítica de la experiencia poética, crítica del lenguaje y el sig nificado, crítica del poema mismo. La palabra poética se sustenta en la ne gación de la palabra. El círculo se ha cerrado” (25).

 Acaso no se trata tanto, sin embargo, de la negación de la poesía y de la crítica de la experiencia poéti ca como de la desaparición del hombre concreto, del hombre en su realidad, con sus temas y sus obsesiones, como más arriba quedó consignado. Lo que el poeta procura, más bien, es desentrañar si ese instrumento, la voz poética, le sirve para algo más que para la celebración, el lamento o la indagación en tomo a tales obsesiones y a sus preguntas. 

Algo así como probar la aptitud y hasta la resistencia del instrumento. El mismo Paz parece dar la razón de ser de esta desconcertante, aunque necesaria experiencia: "La poesía no dice: mi yo eres tú. La imagen poética es la otredad. El fenómeno moderno de la incomunicación no depende tanto de la pluralidad de sujetos cuanto de la desaparición del tú como elemento cons titutivo de cada conciencia. No hablamos con los otros porque no podemos hablar con nosotros mismos” (26).

 Una inquietante posibilidad, sin duda, que explicaría el aislamiento del poeta y la inabordabilidad del poema en el mun do contemporáneo. En efecto: mientras la narrativa y el teatro continúan -con todos los artificios que se quiera- fieles a su tarea de mostrar el hombre al hom bre, la poesía se ensimisma; ya no refleja lo humano, sino que tantea dentro de sí, mide sus límites. 

A falta de una salida, se sacraliza y disimula de tal modo su ineptitud para reflejar a ese hombre que la enuncia, presa de un círculo vi cioso, porque no puede hacer otra cosa que tensarse en su autocontemplación, en lugar de lanzarse a la tarea que antes fue su orgullo: las preguntas, la cele (24) íA, p.321. (25) PAZ, Octavio: Los signos en rotación. Bs.As., Sur, 1965, p.15/16. (26) PAZ, Octavio: id., p.23. bración o el lamento. Esto acaso suene a blasfemia para los idólatras de ía poesía, pero es una posibilidad que creo digna de tenerse en cuenta. Después de citar una frase de Maritain (en Arte y escolasticismo), " Creer que la poesía proporciona al hombre elemento sobrenatural es caer en un mortal error”, T.S.Eliot previene contra las ideas demasiado ambiciosas acerca de la poesía; “Considero sensato ponerse en guardia contra toda concepción que espere de masiado de la poesía, lo mismo que contra aquéllas que esperan demasiado poco, reconocer un número de funciones a la poesía sin admitir que haya que someterse siempre y en todas partes a alguna de ellas. Y si las teorías se con trastan por su aptitud para ufanar nuestra sensibilidad y profundizar nuestro conocimiento, no debemos pedirles que intensifiquen nuestro goce de la poesía: como no exigimos aplicación e influencia inmediata sobre la conducta humana a una doctrina ética” (27). Tal parece ser un punto de vista prudente acerca del tema, formulado por uno de los más grandes poetas de nuestro siglo. Aunque (y esto hace a la elección de mi tema) reconoce: “£/ poeta se encuentra mu cho más vitalmente interesado en las funciones de la poesía y en su propio lu gar dentro de la sociedad, y hoy este problema fuerza su atención con mucho más importunidad que en cualquier otra época” (28). 

A lo largo de esta introducción creo haber puesto de manifiesto la evolu ción de un estado de cosas que ocupa la realidad presente: la materia de la poesía, en gran medida, es hoy la poesía misma, y la búsqueda de un lugar, un sentido y un papel para aquélla es la preocupación más constante de los poe tas; a tal punto -repito- que casi no se encuentra un poeta de cierta significación que no aborde ese problema desde el poema en sí. La verificación de lo anterior, en toda la poesía moderna, sería una la bor enciclopédica, casi imposible de acometer.

 Prefiero, pues, remitirme al re conocimiento de su entidad, que formulan los más lúcidos críticos, algunas de cuyas opiniones he citado. Ante esa limitación me ceñiré a un intento más asequible: exponer y analizar el tema dentro de la poesía argentina contemporánea y, en ella, a través de textos que me parecen significativos por su originalidad, hondura o variedad en el enfoque; lo cual no va en desmedro de otros, que deberé omitir por fuerza y remitir, dadas las fronteras propias del ensayo, a la parte reservada a la an tología. 

No obstante, quisiera formular una breve aclaración acerca de las divi (27) ELIOT, T.S.: Función de la poesía y función de la crítica. Barcelona, Seix Bairal, 1968, p. 152. (28) íd., p.159. siones a que someto esta materia. Creo, en efecto, que dentro del tema “Poesía sobre la poesía”, caben tres matices: uno se refiere a las definiciones que for mula el poeta acerca de la poesía en sí; otro, en cuanto a la palabra poética, don e instrumento a la vez; otro, en fin, referido al poeta como hacedor (o creador de esa realidad) y al poema como entidad autónoma. He elegido, pues, unos pocos poemas para ilustrar esas distintas visiones, y he optado por incluir, tanto algunos de nuestros clásicos, como poetas más nuevos y hasta muy jóvenes. También por apremios de espacio me ciño a un análisis que no pretende ser exhaustivo, ni siquiera crítico, sino dirigido tan só lo a subrayar lo que me parece contenido esencial en esos intentos. Con estas salvedades, paso a la materia propiamente dicha del ensayo, comenzando por “poesía sobre la poesía”.

jueves, 4 de diciembre de 2025

molinari ricardo selección de poemas de el imaginero 1927

 


molinari ricardo selección de poemas de el imaginero 1927

 "MARTÍN FIERRO tiene fe en nuestra fonética, en nuestra visón, en nuestros modales, en nuestro oído, en nuestra capacidad digestiva y de asimilación.”

 Manifiesto de Martín Fierro, mayo de 1924 "Ricardo Güiraldes entierra sus libros en un pozo de la estancia para "que se pudran'”'. Memoria del periódico Martín Fierro, 1949

 PRÓLOGO EL IMAGINERO de RICARDO MOLINARI En 1927 el joven Ricardo Molinari publicó su primer libro: El imaginero. El gobierno de Marcelo Torcuato de Alvear comenzaba el último año de su mandato mientras se acercaban las elecciones —acontecimiento que jalonaría el fin del semanario Martín Fierro: 45 números en cuatro años y una tirada de 25.000 ejemplares- que en octubre de 1928 llevaron a don Flipólito Yrigoyen por segunda vez a la presidencia. 

 Editado por el sello Proa, El imaginero tiene, en una suerte de segunda tapa, un dibujo plagado de símbolos que firma la artista Norah Borges (la primera ilustradora de la literatura argentina) que preanuncia y representa los poemas. Porque si un imaginero es un pintor de imágenes, entonces esta tapa con la niña/mujer de rostro virginal es una representación de la poesía que vamos a leer. La voz del imaginero evoca. Un aire melancólico da vida y envuelve cada respiración, cada verso del libro. 

El clima paraíso perdido, recurrente en la obra de Molinari, sentó sus bases en estos escritos de juventud donde sí, se evoca pero con un lenguaje distanciado del posmodernismo de Arturo Capdevila, Enrique Banchs, Leopoldo Lugones o Alfonsina Storni porque este rememorar eligió abrevar en lo nuevo; en lo ultra de la vanguardia ultraísta, en cruce con un clasicismo atemporal, moderno, que de aquí en más será la marca en orillo de la obra de Molinari. Para decirlo con el lenguaje del manifiesto martínfierrista, El imaginero emana innovación y argentinidad, es aparcero y tributario del Borges que en la revista Proa había sentenciado que "la pampa y el suburbio son dioses”. 

En efecto, se trata de un libro escrito desde la juventud y desde la vanguardia. Un aire próximo a la llamada poesía lárica, aquella que recupera un pasado edénico, elemental, recorre a este libro y en mayor o menor grado atraviesa la obra de Molinari. El viento del sur, los patios, los pájaros, la ciudad más linda del sur, es decir, Buenos Aires; los poblados de la pampa, las muchachas en flor, aquellos brazos y aquellas trenzas, la amistad, los diminutivos: son el magma de El imaginero. En tanto, apenas unos años antes, en 1922, en Nueva York se publicaba "Tierra Baldía” de T. S. Eliot; en Lima, "Trilce” de César Vallejo y Girondo editaba en París los "Veinte poemas para ser leídos en el tranvía” que con "Calcomanías” (1925) afirmaría en el Río de la Plata su legado de ruptura con la métrica y la rima. Mientras, Güiraldes escribía a un colega francés que "los diarios (argentinos), al hacer el balance literario de fin de año, ni nos mencionan”. 

En 1928 Aldo Pellegrini fundaba Qué, la primera revista surrealista publicada en el Continente. El espíritu de época exudaba ruptura. Vanguardia. Aparecía El imaginero. Liana Wenner A mis cinco soledades. Nunca le mereció los dos oídos. Primer informe, ni uno el lisonjero. Bocángel LA ODA DESCALZA a Arturo Marasso Si todos mis días pendieran del pico de la paloma, la esperanza nunca se extraviaría con la tiniebla de la manzana. Todas mis miradas se van hacia el sur. Yo quiero un puerto lleno de veleros y una escuadra numerosa para que todo el mar sea nuestro y las bahías estén alegres. Los hombres que ayer volvieron de la guerra, hoy saben que su mundo siempre se encuentra debajo de tu mirada. ¡Y yo sé que algún día he de verte en la mitad del campo o en la sepultura del agua! Las mujeres de nuestro pueblo no olvidan mientras sus vidas van entre cosecha y derrumbe, que tú eres más eterno que el sol y más alto que la montaña, y que en tus manos el tiempo es un reloj desolado. Hoy que tu sombra me acobarda en el sueño, creo que mi horóscopo es una rosa deshecha que no supo defenderse. 

 Dame un velero que nunca haya naufragado para ir del norte hacia el sur: un velero que tenga todas sus velas acostumbradas al mar, y en la despedida de sus mástiles una veleta que no simule para la esperanza de los que todavía me quieren, una sirena. Yo no deseo ya una cortedad escandalosa ni el tumulto que no llegará a tener la fe del otoño ni la intimidad del aire ¡No me importa! La diligencia siempre fue para soñar la patria más grande. La diligencia iba de norte a sur, de este a oeste y el viajero podía contar los árboles y oír el canto de todos los pájaros, y tú estabas en el amanecer y en la oración... Tú que perdonas los pecados de los hombres y eres la presencia que nos acompaña sin verla, llora sobre la aridez de esta rosa, que quiero acordarme del mar... VELETA.

 Si el viento sur moja la cola de la veleta, la mañana se quedará húmeda y la noche templada. Yo quiero una rosa marinera y un lirio cárdeno El viento sur es navegante, navegante sudamericano, y trae su ropa mojada y la barba crecida de nubes. Yo quiero una rosa marinera, que nunca me haga probar el agua del mar. La ciudad más linda del sur es la de Buenos Aires y las veletas de todos sus templos tienen la cola mojada. ELEGÍA PARA EL RECUERDO PRESENTE. Elegía para que tu recuerdo nunca se vaya de mis ojos. Elegía para que yo nunca sepa tu desamparo si tu recuerdo llega a odiarme. Tus días nunca fueron mayores que los del paseo de la golondrina, y tu pesadumbre habrá sido tan profunda como mi sentimiento. 

 Tú no llegaste a conocer la pampa, la frescura del viento ni el nido del agua. ¡Y pensar que la tierra que te cubre es tan breve que tus ojos no la conocen! Si tú vivieras, tu sombra,qué dulzura no tendría para mis ojos; ya que todo lo hemos compartido en padre y madre y en ausencia. Yo no vería ya en mis sueños cómo crece aquella noche en agua, desde una grupa anciana y dolorosa, cruzando un pueblo donde ya existen mis cinco soledades. Elegía para que tu recuerdo nunca se vaya de mis ojos. El pueblo tenía una calle ancha, ¡ay,si tú volvieras,yo te contaría El pueblo tenía una calle ancha y yo siempre te veía en su fondo, con sol, aunque lloviera. El pueblo tenía una calle ancha para que yo te viera, pero tu destino nunca estuvo hecho para mi compañía. Elegía para que yo nunca sepa tu desamparo, si tu recuerdo llega a odiarme!

martes, 18 de noviembre de 2025

CÉSAR AIRA IDEAS DIVERSAS FRAGMENTOS



En colaboración: Dr. Enrico Giovanni Pugliatti y Méndez-Limbrick

“Ideas diversas” de César Aira es un libro de anotaciones y reflexiones breves, publicado en 2024, que retoma el tono de su anterior Continuación de ideas diversas (2014). No es una novela, sino un compendio de pensamientos, recuerdos y ocurrencias que funcionan como un dietario literario.

📖 Contexto del libro

  • Autor: César Aira (Coronel Pringles, 1945), uno de los escritores más prolíficos y experimentales de la literatura argentina contemporánea.

  • Publicación: Ideas diversas apareció en 2024, diez años después de Continuación de ideas diversas.

  • Género: No es ficción narrativa tradicional, sino un conjunto de notas, reflexiones y observaciones que se desplazan libremente de un tema a otro.

✨ Características principales

  • Forma dietaria: El libro se asemeja a un cuaderno de apuntes, con entradas que van de un asunto a otro sin necesidad de continuidad.

  • Estilo ligero e impromptu: Aira escribe con gracia y espontaneidad, como si cada idea fuera un destello que no necesita desarrollo exhaustivo.

  • Temática variada: Reflexiona sobre literatura, recuerdos personales, anécdotas culturales y observaciones cotidianas.

  • Paradoja temporal: Aunque parece anteceder a Continuación de ideas diversas, incluye referencias recientes (como la muerte de Luis Chitarroni en 2023), lo que refuerza el carácter atemporal y fragmentario del libro.

🌟 Lectura crítica

  • Francisco Bitar señala que las novelas de Aira son “novelas sobre nada”, y que en textos como Ideas diversas se aprecia su maestría para ir de un tema a otro sin necesidad de un destino narrativo.

  • Pedro B. Rey (La Nación) destaca que el libro revela cómo Aira parte de una “idea” para abrir caminos inesperados, pero aquí esas ideas no son el germen de una trama, sino reflexiones autónomas.

  • Eduardo Suárez (Cine y Literatura) subraya que Aira logra crear belleza en lo efímero, fabricando objetos literarios exóticos que se vuelven inevitables una vez escritos.

🔑 Claves para el lector

  • No esperar una trama: Es un libro para disfrutar del pensamiento en movimiento, más que de una historia.

  • Aira como estilista: Su escritura convierte lo trivial en arte, con un tono que recuerda tanto a Oscar Wilde como a Fellini.

  • Continuidad en la obra: Ideas diversas se suma a la tradición de Aira de desafiar las formas narrativas, mostrando que incluso sus apuntes dispersos son literatura.

En suma, Ideas diversas es un libro que condensa la esencia de Aira: la libertad absoluta de la escritura, la belleza en lo efímero y la capacidad de transformar cualquier ocurrencia en literatura.

Fuentes: Revista Otra Parte La Nación Cine y Literatura

*** 

A los once o doce años, en la escuela, yo era el que leía, el literato, había leído la Ilíada, la Odisea, supongo que en reducciones o adaptaciones para la juventud, pero también las novelas de piratas de Salgari, Julio Verne, muchas más, todo lo que me caía en las manos. Mis compañeritos, que admiraban mi saber exótico (del que yo no perdía ocasión de jactarme) no tocaban jamás un libro. Esto lo digo para presentar los personajes de los siguientes dos episodios. La maestra nos hizo un dictado. Lo anunció como un texto sacado de un libro. Dictó una oración. Luego: punto aparte. Otra oración. Punto aparte. Entonces un chico, creo recordar que López (¡justamente López, esa bestia!), le dijo: Ah, son oraciones sueltas. Y la maestra: No, es un texto, pero empieza así. Y yo, para mí, extrañado, intrigado, interesado, descubría gracias a este breve intercambio la diferencia entre el punto aparte y el punto seguido, entre las frases sueltas y las que siguiéndose componen un texto, un párrafo, un discurso. Era nuevo para mí, pese a que ya debía de haber leído mil libros. Segundo episodio: creo que era algo así como una redacción, tema libre. No recuerdo qué escribí yo. La maestra hizo leer en voz alta algunas redacciones. Lito Miganne, que se sentaba en el pupitre contiguo al mío, fue uno de los que leyó: había escrito el relato de la cacería accidentada de un oso, en un bosque. Y terminaba: Esa noche, sentado junto al fuego de la chimenea, recordé la aventura… Y ahí terminaba. Yo no podía creerlo. Faltaba “Y entonces me desperté”. La maestra lo felicitó a Lito y pasó a otra cosa. Yo seguía sin entender cómo la maestra no le hacía la observación pertinente. ¿Acaso Lito, ese gordito con el que yo me juntaba a jugar todas las tardes, había matado a un oso en un bosque alguna vez? La tranquila seguridad con que había escrito y leído, el asentimiento de la maestra, el que todos lo dieran por algo natural, me causaba un shock de perplejidad que hizo que hoy, sesenta años después, lo recuerde vívidamente. Estas ignorancias mías pueden haberse debido, lo mismo que tantas otras antes y después, hasta ahora, a una distracción (la palabra es débil para lo que quiero decir), a esa sobrenatural distracción que volvió tan deficiente mi educación. En el episodio del oso, mi sorpresa y desconcierto son especialmente extraños dado que yo leía novelas entonces, las devoraba, una tras otra. Supongo que se debió a que a los autores de esas novelas los ponía en una categoría humana fuera de la órbita de los seres corrientes que veía en la calle o la escuela. Una categoría donde oscuramente esperaba ponerme a mí algún día. 

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 A muchos escritores les ha pasado que, cuando el editor les pide que escriban diez líneas para poner en la contratapa, o para una gacetilla de prensa, descubren que escribir todo el libro fue más fácil que dar por buenas esas diez líneas. No debería sorprender. La calidad está más a la vista en lo breve que en lo extenso. El compromiso es mayor. En este caso (de la contratapa o la gacetilla) el autor siente como si ese párrafo se pusiera en la balanza y debiera pesar tanto en méritos como las doscientas y trescientas páginas del libro. Cada palabra debe estar calculada, evaluada, pensada diez veces, leída y releída con los ojos facetadísimos de la mosca incalculable que son los lectores y críticos. Y se produce una paradoja lamentable: cuanto más se la trabaja, mayor es la insatisfacción. Con la extensión, la forma pierde protagonismo, el contenido se apodera de la atención del escritor y la pluma corre rápido. Nos damos cuenta de que lo que estaba ausente era la espontaneidad, con invitarla a la fiesta se terminaba el problema. Claro que hay que seguir siendo espontáneo todo el tiempo, y es difícil hacerlo cuando uno es consciente de que está siendo espontáneo. No, aquí tampoco es fácil. Porque toda extensión contiene brevedades, nos guste o no. No existe la extensión pura. Está sembrada de trampas, y de cualquiera de ellas, en cualquier momento, puede saltar una brevedad y paralizarnos. 

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 A propósito de los altos precios a los que Picasso podía vender sus cuadros, la imaginación popular forjó la leyenda según la cual cuando quería algo, lo dibujaba (vendía el dibujo y con ese dinero compraba el objeto deseado). Recuerdo haber leído lo que parecía un episodio de un cuento infantil, aunque lo daban por verídico: Picasso caminando por el campo encontraba a una viejecita, charlaba con ella, le oía decir que su ambición nunca realizada era tener una casa propia. Sacaba un bloc del bolsillo, dibujaba una casa, firmaba y le daba la hoja a la señora (con las señas de un marchand, supongo). Ahora bien. William Rubin, que fue director del MoMA y amigo de Picasso, cuenta en sus memorias que cuando dibujaba algo, Picasso tenía que hacerlo una y otra vez, la primera nunca lo satisfacía, debía “calentar la mano” y repetir varias veces hasta que le saliera bien. Curioso dato, tratándose de un artista de legendaria seguridad en la improvisación. (Y no hay motivo para dudar de la palabra de Rubin.) El que crea lo dicho en el primer párrafo y sepa lo del segundo podría llegar a la conclusión de que las insatisfacciones y repeticiones de Picasso no se debían a escrúpulos o dudas estéticos (¿cuáles podría tener, el más grande de los pintores modernos?) sino a la eficacia mágica de valor de cambio que tuviera el dibujo. 

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A una hora temprana del día, sin que haya amanecido aún, no por causa de la hora sino de las nubes, bajas, grises, pesadas, yo espero con deliciosa anticipación todo lo bueno que habrá para mí hoy. Lo peor del marxismo, o al menos algo casi tan malo como las prolongadas y cruentas dictaduras que prohijó, fue la enorme cantidad de trabajo intelectual que se hizo en su nombre y que resultó perfectamente inútil. Si esa energía mental y ese tiempo se hubieran empleado en la creación artística, en la ciencia, cuánto se habría enriquecido nuestro mundo. Fue un error histórico. Cómo precaverse para que no vuelva a suceder. Porque si vuelve a suceder, será con algo muy diferente de la política y no lo vamos a ver mientras está ocurriendo. (En otros tiempos sucedió con la religión. Quizás el modelo de este error sea siempre la religión.) ¿Y si todo trabajo intelectual estuviera sometido fatalmente a la misma suerte? Con el psicoanálisis bien puede pasar, o estar pasando. ¿Entonces tenían razón los otros? Porque estos trabajos siempre se hacen frente a una oposición que los denuncia enérgicamente como fraude. 

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 A una pintura abstracta se la puede seguir pintando indefinidamente. El artista le puede agregar otra raya, otro círculo, otro color, tapar un azul con un verde, poner un punto negro en medio de una mancha roja, rodear otra con orlas o picos, cruzarlo todo con una diagonal blanca… Las posibilidades siguen abiertas siempre. No es que en la pintura figurativa no se puedan hacer cambios y agregados, pero ahí hay límites marcados por el tema y el argumento. Es lo abstracto lo que da esa libertad de modificación infinita. Lo confirma el hecho de que la música, arte abstracto por naturaleza, también admite que el compositor siga cambiando o agregando otra nota, otro acorde, otro transporte. ¿Hasta cuándo? Hasta que el artista da un paso atrás, contempla y queda satisfecho. Y tendría que quedar satisfecho a la larga. No hay cuadro abstracto tan malo que no se lo pueda seguir pintando encima hasta que quede bien. Es sólo cuestión de tiempo. 

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Abundan en el diario de John Evelyn las entradas con una acotación del futuro. Por ejemplo dice: “4 de junio. Hoy comí con el señor X, que años después fue hecho Obispo de Z…”. Fácil de explicar: Evelyn volvía a páginas anteriores (años anteriores) de su diario y les hacía agregados. No es lo que hacen todos los diaristas, en realidad no sé de ningún otro que lo haya hecho. Un diario con actualizaciones. Llevando a fondo su lógica podría llegar a ser un diario de un solo día, al que se volvería todos los demás días del futuro para registrar los resultados y consecuencias de la primera anotación. 

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 Adolfo Couve, al terminar una exposición sobre la pintura del Renacimiento, dijo que al morir Rafael “murió la juventud”. Desde hace muchos años tengo esa frase en la memoria, y volví a ella hoy, hojeando un libro con reproducciones de Rafael. En realidad la frase no quiere decir nada. Rafael murió joven, a los treinta y siete años, pero sería difícil interpretar a qué se refería Couve al decir que “con él murió la juventud”. Pienso que es de esas frases que no vale la pena interpretar. Frente a ellas hay que hacer lo que les recomiendan hacer a las señoras cuando están frente a un cuadro moderno: no tratar de entender sino sentir. Dejarse llevar por la sugerencia, por la poesía, y acercarse con ella a la pintura de Rafael. En sus cuadros está como en los de ningún otro artista la leyenda de la juventud, la belleza, la delicadeza, la fuerza del joven. Pero eso que tanto podemos admirar contiene un anhelo, y dentro de él está la muerte. 

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 Alberto Caeiro es el maestro de los otros heterónimos de Pessoa, al menos de los dos principales, Álvaro de Campos y Ricardo Reis. Su condición de maestro deriva de su condición de poeta filósofo. En él hay una curiosa duplicidad: se declara poeta inocente, hombre de la realidad desnuda, sin nombres ni pensamiento, pero argumentar y sostener esta declaración (no hace otra cosa en todos sus poemas) implica un sutil trabajo intelectual, siempre al borde de la contradicción o el solipsismo. Veo una semejanza con la condición de maestro de Porchia, que si no es tan coherente es porque fue real, mientras que Caeiro fue un personaje creado con el fin de exponer masivamente su postura filosófica. Una creación artística. Una buena idea, que según el testimonio de Pessoa vino de pronto, todo de una, se agotó en un rato. Es lo que pasa con las buenas ideas. Sus discípulos no tomaron nada de su obra o su filosofía. La admiración que sentían por él era más bien una perplejidad, como ante una especie de demente eleático, alguien que se tomaba en serio las paradojas o aporías o callejones sin salida del pensamiento. La cualidad de idea brillante es la misma que hace la calidad de la poesía de Caeiro: una poesía filosófica que niega (y no hace otra cosa) la poesía filosófica y hasta su misma posibilidad. Esta posibilidad es el poeta en su condición humana. (La identificación poeta-hombre en Caeiro lo delata como personaje de ficción.) 

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 Alejandra Pizarnik anota en las últimas páginas de su diario que una de las razones para no suicidarse es que “tengo buena letra”. Esta expresión suele usarse metafóricamente para la buena conducta, “hacer buena letra”, portarse bien. Pero ella la usa literalmente. Su escritura manuscrita era ejemplar de claridad y elegancia. Que lo mencione como un buen motivo para seguir viviendo creo que puede explicarse porque su poesía se había agotado, la combinatoria de elementos poéticos con los que había trabajado había dado todo lo que podía dar, y ya no quedaba nada por ese lado. Quedaba la escritura, el trazo sobre el papel, colgado sobre el vacío. Quedaba lo material, el papel, el manuscrito. Se puede vivir sobre la materia, y el escritor vive sobre la suya, sus cuadernos, sus plumas, lápices, carpetas. No es exactamente una distracción respecto de su trabajo, de la cara mental de su trabajo: es una utilería mental-material. (El papel manuscrito como amuleto. Alejandra llevaba en el bolsillo unos poemas que le había manuscrito Porchia, como Pascal llevaba el manuscrito de su famosa “apuesta” siempre consigo.)

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 Algo que casi nunca falta en los recuerdos de ciertos miembros de la clase cultural: una vez fueron a ver a alguien importante y admirado, que a regañadientes les había concedido una entrevista de diez minutos… “y nos quedamos tres horas charlando”, o cuatro, o cinco, o toda la tarde. Al escribir, uno evita repetir algo que ya dijeron otros. Al vivir, es inevitable repetir hechos que otros han vivido. Pero al escribir lo que se ha vivido, sobre todo si se lo va a presentar como algo nuevo y nunca visto, habría que tomar precauciones. 

 Alguien decía que de su padre conservaba tres fotos, de su abuelo una sola, y de él tenía varios miles, en el teléfono, la computadora, en pendrives y cds. En efecto, hoy día se toman fotos todo el tiempo en todas partes. La abundancia hace que no se les dé importancia. En la era de la imagen nada más devaluado que la imagen. La abundancia devalúa. Y en la sociedad de consumo todo parece abundar. Es cierto que los diamantes o cualquier otra cosa de gran precio siguen siendo escasos por caros, desde los cuadros de grandes maestros al Dom Pérignon. Pero no debería ser privilegio de los ricos. Hace cien años las fotos eran objetos raros y preciosos, y hasta debían conservar algo del prestigio de lo mágico, aun cuando estaban al alcance de casi cualquier familia. Sería bueno que volviera a haber algo así. Un programa de acción para alguien que quisiera enriquecer el mundo, cuando todo el esfuerzo está puesto en crear y multiplicar la abundancia, sería crear nuevas escaseces. 

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 Amos Tutuola sugiere en uno de sus libros un método de resolver casos criminales que se hayan mostrado refractarios a la deducción, a la inducción y al recurso a informantes (soplones). Consiste en anunciar que se ha encontrado al culpable. Se lo exhibe (es un actor contratado para la ocasión) pero se anuncia que el crimen cometido, lejos de ser punible es acreedor de agradecimiento y recompensa, por ser un señalado servicio a la comunidad. Ahí se puede inventar una historia verosímil, por ejemplo, si se trató de un homicidio, decir que el occiso era un peligroso terrorista que si hubiera vivido un día más habría provocado decenas de muertes. La recompensa es cuantiosa y bien publicitada: millones en efectivo libres de impuestos, más una casa con piscina, un auto importado, en fin, todo lo que asegure una vida desahogada y feliz para siempre. Algo como para que todos lo envidien y se digan “Por qué no habré sido yo el que mató a ese sujeto”. El verdadero culpable también dirá eso, salvo que él sí lo mató. Y lo carcome la indignación viendo que ese impostor se está llevando el Gran Premio que le corresponde a él… No lo soporta. Se presenta ante las autoridades y se declara culpable. La policía, en un sutil toque magistral, finge no creerle. Le dicen que tienen la confesión del otro, que el caso está cerrado. Él insiste. Le piden pruebas. Las da. No necesitan más, con eso ya pueden condenarlo y darle la pena que merece. Es una curiosa inversión, como una novela policial al revés, en la que es el culpable el que resuelve el caso. Los detectives no han tenido que gastar una sola neurona. Les bastó con sentarse a esperar a que el culpable viniera a acusarse y hacer el trabajo de ellos.

 * 

 Buscar la verdad me parece un gesto soberbio. Es como querer ganarle a alguien. La verdad siempre está en competencia con lo que no es verdad. De hecho, no existiría sin la mentira, lo falso. Depende de ellos. Toda su actividad consiste en oponerse a ellos, desenmascararlos, desmentirlos. Para lo cual debe descubrirlos, desenterrarlos, si es preciso inventarlos. En la mentira y lo falso está la creatividad de la lengua frente a la realidad; la tarea de la verdad es destructiva, blanqueadora. Repone la realidad en su aspecto no-lingüístico. O más bien lo pretende. No se trata de la realidad sino de sus nombres: como si unos fueran los buenos y otros los malos, y como si la realidad fuera a cambiar peligrosamente si se usaran los nombres malos. Hay algo de creencia en la magia ahí. El prestigio cultural y social que los buscadores de la verdad le han dado a ésta en el curso de la Historia hace que (se vea bien que) esa busca se haga denodada, y que se le sacrifique todo a ella. Por ejemplo la felicidad, o el bienestar, el placer, el sexo, el dinero… ¿Pero realmente quieren hacer ese sacrificio? Ahí viene la asociación, intrínseca, de la verdad con la hipocresía. Tanto una como la otra son fenómenos lingüísticos. 

 * 

 Casi toda la nostalgia urbana (y yo diría que la rural también) se basa en un hecho tan simple como patente: antes había menos gente. Eso explica los beneficios del pasado: una vida más tranquila, con menos tránsito, los chicos jugaban en la calle, la burocracia era menos engorrosa, la policía tenía menos trabajo, había menos apuro en los comercios y en los restaurantes y en todas partes. Esa desagradable precipitación del tiempo en la que se resume todo lo peor de la vida moderna es producto de la cantidad de gente compitiendo por el espacio y el tiempo disponibles. La solución, a mi juicio, está en el individuo, en el advenimiento del individuo autónomo, ya no un agregado más de la multitud sino un agente de todas las necesidades de sí mismo. Así no habría que hacer colas, ni esperar a que lo atiendan. Cada uno se bastaría a sí mismo y tendría todo su tiempo para crear, disfrutar, vivir. Difícil, utópico, pero preferible a plagas, catástrofes o genocidios, que constituyen la única alternativa. 

 Como a tanta gente de edad, me pasa que olvido los nombres. Creo que me pasa más que a otros. De cada diez nombres de los que debería recordar en el curso de una conversación o un razonamiento, hay nueve que no me vienen a la mente por más esfuerzo que haga. Pero el otro día, al tratar de recordar el nombre del padre de Lord Alfred Douglas, me vino a la mente al instante el Marqués de Queensberry. ¿No será posible, me pregunté, que los títulos nobiliarios sean una solución para ese molesto y humillante defecto? * Cómo no iban a inventar la perspectiva los pintores del Renacimiento, y las demás herramientas formales que les han dado tanto lustre ante la Historia del Arte. Cómo no iban a poder si pudieron concentrarse en la forma, todo su bagaje intelectual pudo apuntar ahí, sin distraerse en la busca del contenido, porque eso se los daba la Iglesia. 

 *

 Con frecuencia, de un buen libro escrito por un autor talentoso, lleno de momentos brillantes, lo que nos queda en la memoria no es nada que haya escrito el autor del libro sino una cita que ha hecho, de otro autor. A mí me ha pasado más de una vez. Debe de tener alguna explicación. ¿Esa cita, por ser ajena, será doblemente expresiva del autor del libro? ¿Será que todo ese libro es tan bueno porque su función genuina es la de servir de marco a esa cita? ¿O porque nos identificamos con el autor del libro, que memorizó esa línea ajena? Es como si la escritura se duplicara, se recargara, como si recibiera el doble pulido del tiempo y la lectura. 

jueves, 14 de agosto de 2025

Comentario sobre La conspiración de los idiotas de Marcos Aguinis

            


📚 Consejo Editorial – Comentario sobre La conspiración de los idiotas de Marcos Aguinis

En esta novela publicada en 1978, Marcos Aguinis despliega una sátira feroz y profundamente simbólica que se deja narrar por Natalio Comte, un personaje que abandona su vocación médica y, a través de una interpretación bíblica (“Bienaventurados los pobres de espíritu…”), se adentra en el secreto de la sinarquía.

La obra se convierte en un espejo deformante de la persecución, la superstición y el poder disfrazado de conocimiento. Aguinis no escatima en ironía ni en crudeza: su estilo hiela la sangre mientras nos arrastra por una trama donde el odio se organiza como doctrina, y la idiotez se convierte en sistema. El autor mismo confiesa que fue una cuesta dolorosa tener que convertir en blanco de la furia persecutoria a uno de los sectores más indefensos de la humanidad.

Desde el punto de vista del Consejo Editorial, esta novela merece ser ritualizada como un alegato contra la banalización del mal y la manipulación ideológica. Su estructura narrativa, que mezcla profundidad psicológica con elementos grotescos, podría ser diagramada como una espiral de descenso simbólico, donde cada giro revela una nueva forma de idiotez institucionalizada.

🔍 Propuesta editorial:

  • Ficha visual con símbolos de sinarquía, medicina frustrada y persecución ritual.

  • Debate ceremonial sobre el uso de la ironía como herramienta ética.

  • Registro en el altar de novelas que denuncian la idiotez organizada como forma de poder.

  Marcos Aguinis

            La conspiración de los idiotas

 

            Sudamericana

 


            Marcos Aguinis nació en Córdoba, Argentina. Es el gran autor argentino moderno, el más leído, escuchado, respetado, capaz de saltar de la novela al ensayo y de allí al breve pero contundente texto periodístico, sin temor a enfrentar asuntos conflictivos con sinceridad y compromiso. Ha conquistado un enorme público de lectores, pero también enemigos que no le perdonan los valientes ajustes que, ante pruebas de la evidencia, se impone a sí mismo con juvenil flexibilidad. Fue invitado como “Escritor Distinguido” por la American University y el Wilson International Center, ambos de Washington; Francia lo designó Caballero de las Letras y las Artes y fue el primer latinoamericano en ganar el Premio Planeta de España. Su tenaz lucha por la justicia y los derechos humanos lo ha convertido en un referente insobornable. Hasta el cineasta Luis Buñuel dijo que de Marcos Aguinis lo impresionó “su profundo sentido ético, político y social”. Sus novelas han marcado hitos literarios inolvidables: La cruz invertida, Refugiados: crónica de un palestino, La conspiración de los idiotas, Profanación del amor, La gesta del marrano, La matriz del infierno, Los iluminados, Asalto al Paraíso, La pasión según Carmela. Sus ensayos revelan una lucidez cegadora: Carta esperanzada a un General, Elogio de la culpa, Las redes del odio, Un país de novela, El atroz encanto de ser argentinos, ¿Qué hacer?, ¡Pobre patria mía! Todos sus títulos fueron reeditados en numerosas oportunidades, y sus lectores se obstinan en coleccionarlos, como sucede con los verdaderos clásicos. www.aguinis.net

 


 PRÓLOGO

 

            El fanatismo enceguecía a la guerrilla y a la represión. Ambas creían tener abundantes razones para destrozar al país con sufrimiento, ofensas y muerte.

            El ascenso de la temperatura criminal empezó a ser acompañado por una extraña palabreja: sinarquía. Casi nadie sabía su significado y por eso, tal vez, logró tanta popularidad. Se refería en forma ambigua al gran cenáculo que manejaba los hilos del universo. Tenía obvio parentesco con viejas teorías conspirativas en las que se apoyaban ciertos delirios paranoicos.

            Quise escribir un ensayo sobre la etimología, historia y riesgos de esa palabra. Pero advertí a tiempo que era un propósito ingenuo: contestar al absurdo con la lógica, a la locura con la razón. Pretendía detener un alud de nieve soplando con la boca. Situaciones de este tipo exigen una réplica distinta. Al grotesco hay que ponerle enfrente un grotesco más grande aún.

            Nació entonces el núcleo de esta novela. La poderosa inteligencia que maneja el universo tenía que ser algo extremadamente contrario a lo verosímil para tornar evidente que un delirio, aunque mueva montañas, no necesita de la sensatez. Concebidos el personaje y algunas de sus peripecias, me introduje en su alma turbulenta. No sospechaba que, para seguirlo, debía recorrer varios círculos del infierno, el asombro y la carcajada. Natalio Comte era más real y seductor de lo previsible; el magnetismo de sus construcciones mentales tenía demasiada fuerza. Me convertí en el atento escriba de sus ideas, aventuras y desatinos, que él, por supuesto, consideraba una ruta ejemplar.

            Yo creía que por primera vez la literatura tomaba como protagonista a un agente de propaganda médica. Es una profesión que le permite al personaje cabalgar sobre dos monturas y ser, al mismo tiempo, aliado y enemigo de su trabajo. Su frustración en la Facultad nutre un inconsolable resentimiento, útil para su fanatismo. Las numerosas críticas que formula con vehemencia mezclan verdad con mentira, información comprobable con datos apócrifos, tal como ocurre en la mente de los que se fascinan con sus distorsionadas construcciones. Habla mucho de medicina porque no es médico, y rechaza precisamente lo que tanto envidia. Es inteligente y culto, lo cual no impide que su agresividad, insolencia e histrionismo lo tornen desopilante y hasta atractivo. No es un líder fundamentalista, pero merecería serlo.

            Algunas de sus acciones me generaron susto, otras me hicieron reír mientras escribía. Llegó un momento en que no pude continuar. Natalio Comte me exigía demasiado; y yo no soportaba ir tan lejos. Suspendí el proyecto por meses y hasta decidí quemarlo. Pero el clima feroz que reinaba en el país me susurraba que tenía el deber de continuar.

            Cuando llegué a la última página, guardé los originales en un cajón. Temía llevarlos a la Editorial Planeta, donde había publicado mis últimos libros. Finalmente leyeron la obra y ocurrió lo presentido: no se animaban a imprimirla. Entonces fui a la Editorial Emecé. Carlos Frías también opinó que, así como estaba escrita, el gobierno militar ordenaría su secuestro; debía cancelar o modificar varios capítulos. Comenté esta situación a mi esposa y algunos amigos. Alguien sugirió que escribiese un post scriptum y explicase que todo era ficción, que no quería ofender a ninguna franja social. «Es obvio», dije. Pero trasladé la iniciativa a la editorial, que la consideró una solución razonable. El libro no fue secuestrado, obtuvo buena crítica y agotó varias ediciones en poco tiempo. Cuando se estaba por imprimir la segunda edición, Frías me llamó para avisarme que podíamos suprimir el post scriptum. «Prefiero que permanezca como testimonio de las ridículas condiciones en que se publicó este libro», contesté.

            Al revisar la presente edición de Editorial Sudamericana, me reencuentro con fantasmas y sensaciones que poblaron mi cabeza durante aquellos años de locura. Revivo el humor negro cuyas ráfagas cruzaban la cotidianidad, las denuncias directas o elípticas, las dificultades de edición, el clima de violencia, la busca de enemigos imaginarios, el cinismo, la debilidad del amor, el ubicuo clima hostil, los clandestinos chistes catárticos. Ingredientes de una sociedad autoritaria al rojo vivo que nos intoxicaron en la Argentina y siguen vigentes en la mayor parte del mundo.

            Marcos Aguinis

 

            Buenos Aires, enero de 1996.

viernes, 1 de agosto de 2025

Oliverio Girondo Espantapájaros (al alcance de todos FRAGMENTO

 



🪶 Comentario sobre Espantapájaros (Al alcance de todos) de Oliverio Girondo

En colaboración Enrico Giovanni Pugliatti y Méndez Limbrick

🌪️ Una obra que desafía la gravedad del lenguaje

Espantapájaros (1932) es una obra radical, vanguardista y profundamente irreverente. Girondo no escribe para agradar ni para explicar: escribe para desarmar al lector, para que el lenguaje deje de ser herramienta y se convierta en experiencia. El texto se compone de 25 piezas, la mayoría en prosa poética, y se abre con un caligrama en forma de espantapájaros, que ya anuncia su intención: espantar las convenciones.

🧩 Fragmentación y rizoma

Según Edson Faúndez, la obra se caracteriza por:

  • La conexión rizomática de fragmentos discursivos heterogéneos.
  • La disolución de la identidad raíz.
  • La irrupción de lo otro, como fuerza que desestabiliza al sujeto moderno.

Girondo no construye un yo lírico estable, sino que lo descompone, lo multiplica, lo ridiculiza. El sujeto que habla en Espantapájaros es un cuerpo accidentado, un amante dañado, un oficinista que podría morir abrazado al pescuezo de una vaca.

🔥 Erotismo, absurdo y vuelo

Los textos que compartiste (como el de María Luisa) son ejemplos de cómo Girondo mezcla:

  • Erotismo surrealista: la mujer que vuela, que se convierte en pluma, que transforma el deseo en levitación.
  • Humor grotesco: el embajador que olfatea la alfombra como un perro.
  • Delirio doméstico: la esposa que imagina a su marido como marinero, soldado, monje y amante de abadesas.

Todo esto configura una poética del absurdo existencial, donde el amor, la identidad y el cuerpo se desfiguran para revelar su fragilidad y su potencia simbólica.

🧠 Vanguardia y autodescubrimiento

La crítica literaria destaca que Espantapájaros es también una obra de autodescubrimiento existencial:

  • El hablante lírico se enfrenta a su propia condición humana, a su deseo de trascender lo pedestre.
  • Se cuestionan los roles sociales, los rituales del amor, la pureza y la brutalidad del deseo.

🛠️ Estructura como provocación

Girondo rompe con la forma tradicional:

  • Usa caligramas, poemas en prosa, verso libre, cuento.
  • Publicita el libro con un muñeco de tres metros que representa a un académico, paseado en carroza fúnebre por Buenos Aires.
  • Declara que “un libro debe construirse como un reloj y venderse como un salchichón”.

✨ Conclusión

Espantapájaros no es solo un libro: es un manifiesto contra la solemnidad, una celebración del lenguaje como juego, como vuelo, como delirio. Girondo nos invita a desaprender, a volar, a morir de risa o de deseo, pero nunca a quedarnos en tierra.

 

Oliverio Girondo

 Espantapájaros

(al alcance de todos)

 

 


Título original: Espantapájaros (al alcance de todos)

 

Oliverio Girondo, 1932

 

Editor digital: jugaor

 

ePub base r1.0

 

 

 

 



 1

 

 

No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisiaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! —y en esto soy irreductible— no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!

Ésta fue —y no otra— la razón de que me enamorase, tan locamente, de María Luisa.

¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado?

¡María Luisa era una verdadera pluma!

Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres.

¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. «¡María Luisa! ¡María Luisa!»… y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.

Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.

¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera…, aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas! ¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes, la de pasarse las noches de un solo vuelo!

Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay una diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?

Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.

 


 2

 

 

Jamás se había oído el menor roce de cadenas. Las botellas no manifestaban ningún deseo de incorporarse. Al día siguiente de colocar un botón sobre una mesa, se le encontraba en el mismo sitio. El vino y los retratos envejecían con dignidad. Era posible afeitarse ante cualquier espejo, sin que se rasgara a la altura de la carótida; pero bastaba que un invitado tocase la campanilla y penetrara en el vestíbulo, para que cometiese los más grandes descuidos; alguna de esas distracciones imperdonables, que pueden conducirnos hasta el suicidio.

En el acto de entregar su tarjeta, por ejemplo, los visitantes se sacaban los pantalones, y antes de ser introducidos en el salón, se subían hasta el ombligo los faldones de la camisa. Al ir a saludar a la dueña de casa, una fuerza irresistible los obligaba a sonarse las narices con los visillos, y al querer preguntarle por su marido, le preguntaban por sus dientes postizos. A pesar de un enorme esfuerzo de voluntad, nadie llegaba a dominar la tentación de repetir: «Cuernos de vaca», si alguien se refería a las señoritas de la casa, y cuando éstas ofrecían una taza de té, los invitados se colgaban de las arañas, para reprimir el deseo de morderles las pantorrillas.

El mismo embajador de Inglaterra, un inglés reseco en el protocolo, con un bigote usado, como uno de esos cepillos de dientes que se utilizan para embetunar los botines, en vez de aceptar la copa de champagne que le brindaban, se arrodilló en medio del salón para olfatear las flores de la alfombra, y después de aproximarse a un pedestal, levantó la pata como un perro.

 


 3

 

 

Nunca he dejado de llevar la vida humilde que puede permitirse un modesto empleado de correos. ¡Pues! Mi mujer —que tiene la manía de pensar en voz alta y de decir todo lo que le pasa por la cabeza— se empeña en atribuirme los destinos más absurdos que pueden imaginarse.

Ahora mismo, mientras leía los diarios de la tarde, me preguntó sin ninguna clase de preámbulos:

«¿Por qué no abandonaste el gato y el hogar? ¡Ha de ser tan lindo embarcarse en una fragata!… Durante las noches de luna, los marineros se reúnen sobre cubierta. Algunos tocan el acordeón, otros acarician una mujer de goma. Tú fumas la pipa en compañía de un amigo. El mar te ha endurecido las pupilas. Has visto demasiados atardeceres. ¿Con qué puerto, con qué ciudad no te has acostado alguna noche? ¿Las velas serán capaces de brindarte un horizonte nuevo? Un día en que la calma ya es una maldición, bajas a tu cucheta, desanudas un pañuelo de seda, te ahorcas con una trenza de mujer».

Y no contenta con hacerme navegar por todo el mundo, cuando hace dieciséis años que estoy anclado en el correo:

«¿Recuerdas las que tenía cuando me conociste?… En ese tiempo me imaginaba que serías soldado y mis pezones se incendiaban al pensar que tendrías un pecho áspero, como un felpudo.

»Eras fuerte. Escalaste los muros de un monasterio. Te acostaste con la abadesa. La dejaste preñada. ¿A qué tiempo, a qué nación pertenece tu historia?… Te has jugado la vida tantas veces, que posees un olor a barajas usadas. ¡Con qué avidez, con qué ternura yo te besaba las heridas! Eras brutal. Eras taciturno. Te gustaban los quesos que saben a verija de sátiro… y la primera noche, al poseerme, me destrozaste el espinazo en el respaldo de la cama».

Y como me dispusiera a demostrarle que lejos de cometer esas barbaridades, no he ambicionado, durante toda mi existencia, más que ingresar en el Club Social de Vélez Sarsfield:

«Ahora te veo arrodillado en una iglesia con olor a bodega.

»Mírate las manos; sólo sirven para hojear misales. Tu humildad es tan grande que te avergüenzas de tu pureza, de tu sabiduría. Te hincas, a cada instante para besar las hojas que se quejan y que suspiran. Cuando una mujer te mira, bajas los párpados y te sientes desnudo. Tu sudor es grato a las prostitutas y a los perros. Te gusta caminar, con fiebre, bajo la lluvia. Te gusta acostarte, en pleno campo, a mirar las estrellas…

»Una noche —en que te hallas con Dios— entras en un establo, sin que nadie te vea, y te estiras sobre la paja, para morir abrazado al pescuezo de alguna vaca…»

 


 4

 

 

Abandoné las carambolas por el calambur, los madrigales por los mamboretás, los entreveros por los entretelones, los invertidos por los invertebrados. Dejé la sociabilidad a causa de los sociólogos, de los solistas, de los sodomitas, de los solitarios. No quise saber nada con los prostáticos. Preferí el sublimado a lo sublime. Lo edificante a lo edificado. Mi repulsión hacia los parentescos me hizo eludir los padrinazgos, los padrenuestros. Conjuré las conjuraciones más concomitantes con las conjugaciones conyugales. Fui célibe, con el mismo amor propio con que hubiese sido paraguas. A pesar de mis predilecciones, tuve que distanciarme de los contrabandistas y de los contrabajos; pero intimé, en cambio, con la flagelación, con los flamencos.

Lo irreductible me sedujo un instante. Creí, con una buena fe de voluntario, en la mineralogía y en los minotauros. ¿Por qué razón los mitos no repoblarían la aridez de nuestras circunvoluciones? Durante varios siglos, la felicidad, la fecundidad, la filosofía, la fortuna, ¿no se hospedaron en una piedra?

¡Mi ineptitud llegó a confundir a un coronel con un termómetro!

Renuncié a las sociedades de beneficencia, a los ejercicios respiratorios, a la franela. Aprendí de memoria el horario de los trenes que no tomaría nunca. Poco a poco me sedujeron el recato y el bacalao. No consentí ninguna concomitancia con la concupiscencia, con la constipación. Fui metodista, malabarista, monogamista. Amé las contradicciones, las contrariedades, los contrasentidos… y caí en el gatismo, con una violencia de gatillo.

 


 5

 

 

En cualquier parte donde nos encontremos, a toda hora del día o de la noche, ¡miembros de la familia! Parientes más o menos lejanos, pero con una ascendencia idéntica a la nuestra.

¿Cualquier gato se asoma a la ventana y se lame las nalgas?… ¡Los mismos ojos de tía Carolina! ¿El caballo de un carro resbala sobre el asfalto?… ¡Los dientes un poco amarillentos de mi abuelo José María!

¡Lindo programa el de encontrar parientes a cada paso! ¡El de ser un tío a quien lo toman por primo a cada instante!

Y lo peor, es que los vínculos de consanguinidad no se detienen en la escala zoológica. La certidumbre del origen común de las especies fortalece tanto nuestra memoria, que el límite de los reinos desaparece y nos sentimos tan cerca de los herbívoros como de los cristalizados o de los farináceos. Siete, setenta o setecientas generaciones terminan por parecernos lo mismo, y (aunque las apariencias sean distintas) nos damos cuenta de que tenemos tanto de camello, como de zanahoria.

Después de galopar nueve leguas de pampa, nos sentamos ante la humareda del puchero. Tres bocados… y el esófago se nos anuda. Hará un periodo geológico; este zapallo, ¿no sería un hijo de nuestro papá? Los garbanzos tienen un gustito a paraíso, ¡pero si resultara que estamos devorando a nuestros propios hermanos!

A medida que nuestra existencia se confunde con la existencia de cuanto nos rodea, se intensifica más el terror de perjudicar a algún miembro de la familia. Poco a poco, la vida se transforma en un continuo sobresalto. Los remordimientos que nos corroen la conciencia, llegan a entorpecer las funciones más impostergables del cuerpo y del espíritu. Antes de mover un brazo, de estirar una pierna, pensamos en las consecuencias que ese gesto puede tener, para toda la parentela. Cada día que pasa nos es más difícil alimentarnos, nos es más difícil respirar, hasta que llega un momento en que no hay otra escapatoria que la de optar, y resignarnos a cometer todos los incestos, todos los asesinatos, todas las crueldades, o ser, simple y humildemente, una víctima de la familia.

6

 

 

Mis nervios desafinan con la misma frecuencia que mis primas. Si por casualidad, cuando me acuesto, dejo de atarme a los barrotes de la cama, a los quince minutos me despierto, indefectiblemente, sobre el techo de mi ropero. En ese cuarto de hora, sin embargo, he tenido tiempo de estrangular a mis hermanos, de arrojarme a algún precipicio y de quedar colgado de las ramas de un espinillo.

Mi digestión inventa una cantidad de crustáceos, que se entretienen en perforarme el intestino. Desde la infancia, necesito que me desabrochen los tiradores, antes de sentarme en alguna parte, y es rarísimo que pueda sonarme la nariz sin encontrar en el pañuelo un cadáver de cucaracha.

Todavía, cuando llovizna, me duele la pierna que me amputaron hace tres años. Mi riñón derecho es un maní. Mi riñón izquierdo se encuentra en el museo de la Facultad de Medicina. Soy políglota y tartamudo. He perdido, a la lotería, hasta las uñas de los pies, y en el instante de firmar mi acta matrimonial, me di cuenta que me había casado con una cacatúa.

Las márgenes de los libros no son capaces de encauzar mi aburrimiento y mi dolor. Hasta las ideas más optimistas toman un coche fúnebre para pasearse por mi cerebro. Me repugna el bostezo de las camas deshechas, no siento ninguna propensión por empollarles los senos a las mujeres y me enferma que los boticarios se equivoquen con tan poca frecuencia en los preparados de estricnina.

En estas condiciones, creo sinceramente que lo mejor es tragarse una cápsula de dinamita y encender, con toda tranquilidad, un cigarrillo.

 


 7

 

 

¡Todo era amor… amor! No había nada más que amor. En todas partes se encontraba amor. No se podía hablar más que de amor.

Amor pasado por agua, a la vainilla, amor al portador, amor a plazos. Amor analizable, analizado. Amor ultramarino. Amor ecuestre.

Amor de cartón piedra, amor con leche… lleno de prevenciones, de preventivos; lleno de cortocircuitos, de cortapisas.

Amor con una gran M, con una M mayúscula, chorreado de merengue, cubierto de flores blancas…

Amor espermatozoico, esperantista. Amor desinfectado, amor untuoso…

Amor con sus accesorios, con sus repuestos; con sus faltas de puntualidad, de ortografía; con sus interrupciones cardiacas y telefónicas.

Amor que incendia el corazón de los orangutanes, de los bomberos. Amor que exalta el canto de las ranas bajo las ramas, que arranca los botones de los botines, que se alimenta de encelo y de ensalada.

Amor impostergable y amor impuesto. Amor incandescente y amor incauto. Amor indeformable. Amor desnudo. Amor-amor que es, simplemente, amor. Amor y amor… ¡y nada más que amor!

 


 8

 

 

Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades.

En mí, la personalidad es una especie de furunculosis anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad.

Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda. Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en el corredor, en la cocina, hasta en el W. C…

¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso! ¡Imposible saber cuál es la verdadera!

Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan.

¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo —me pregunto— todas estas personalidades inconfesables, que harían ruborizar a un carnicero? ¿Habré de permitir que se me identifique, por ejemplo, con este pederasta marchito que no tuvo ni el coraje de realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de congelar una locomotora?

El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo, para enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su existencia, quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues más profundos de mi cerebro. Pero son de una petulancia… de un egoísmo… de una falta de tacto…

Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires de transatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción, se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie, discusiones que no terminan nunca. En vez de contemporizar, ya que tienen que vivir juntas, ¡pues no señor!, cada una pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los gustos de las demás. Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra, proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien aquélla desea que me acueste con todas las mujeres de la ciudad, ésta se empeña en demostrarme las ventajas de la abstinencia, y mientras una abusa de la noche y no me deja dormir hasta la madrugada, la otra me despierta con el amanecer y exige que me levante junto con las gallinas.

Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades, antes de cometer el acto más insignificante necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de mandarlas a todas juntas a la mierda.

 


 9

 

 

¿Nos olvidamos, a veces, de nuestra sombra o es que nuestra sombra nos abandona de vez en cuando?

Hemos abierto las ventanas de siempre. Hemos encendido las mismas lámparas. Hemos subido las escaleras de cada noche, y sin embargo han pasado las horas, las semanas enteras, sin que notemos su presencia.

Una tarde, al atravesar una plaza, nos sentamos en algún banco. Sobre las piedritas del camino describimos, con el regatón de nuestro paraguas, la mitad de una circunferencia. ¿Pensamos en alguien que está ausente? ¿Buscamos, en nuestra memoria, un recuerdo perdido? En todo caso, nuestra atención se encuentra en todas partes y en ninguna, hasta que, de repente advertimos un estremecimiento a nuestros pies, y al averiguar de qué proviene, nos encontramos con nuestra sombra.

¿Será posible que hayamos vivido junto a ella sin habernos dado cuenta de su existencia? ¿La habremos extraviado al doblar una esquina, al atravesar una multitud? ¿O fue ella quien nos abandonó, para olfatear todas las otras sombras de la calle?

La ternura que nos infunde su presencia es demasiado grande para que nos preocupe la contestación a esas preguntas.

Quisiéramos acariciarla como a un perro, quisiéramos cargarla para que durmiera en nuestros brazos, y es tal la satisfacción de que nos acompañe al regresar a nuestra casa, que todas las preocupaciones que tomamos con ella nos parecen insuficientes.

Antes de atravesar las bocacalles esperamos que no circule ninguna clase de vehículo. En vez de subir las escaleras, tomamos el ascensor, para impedir que los escalones le fracturen el espinazo. Al circular de un cuarto a otro, evitamos que se lastime en las aristas de los muebles, y cuando llega la hora de acostarnos, la cubrimos como si fuese una mujer, para sentirla bien cerca de nosotros, para que duerma toda la noche a nuestro lado.

10

 

 

¿Resultará más práctico dotarse de una epidermis de verruga que adquirir una psicología de colmillo cariado?

Aunque ya han transcurrido muchos años, lo recuerdo perfectamente. Acababa de formularme esta pregunta, cuando un tranvía me susurró al pasar: «¡En la vida hay que sublimarlo todo… no hay que dejar nada sin sublimar!».

Difícilmente otra revelación me hubiese encandilado con más violencia: fue como si me enfocaran, de pronto, todos los reflectores de la escuadra británica. Recién me iluminaba tanta sabiduría, cuando empecé a sublimar, cuando ya lo sublimaba todo, con un entusiasmo de rematador… de rematador sublime, se sobreentiende.

Desde entonces la vida tiene un significado distinto para mí. Lo que antes me resultaba grotesco o deleznable, ahora me parece sublime. Lo que hasta ese momento me producía hastío o repugnancia, ahora me precipita en un colapso de felicidad que me hace encontrar sublime lo que sea: de los escarbadientes a los giros postales, del adulterio al escorbuto.

¡Ah, la beatitud de vivir en plena sublimidad, y el contento de comprobar que uno mismo es un peatón afrodisiaco, lleno de fuerza, de vitalidad, de seducción; lleno de sentimientos incandescentes, lleno de sexos indeformables; de todos los calibres, de todas las especies: sexos con música, sin desfallecimientos, de percusión! Bípedo implume, pero barbado con una barba electrocutante, indescifrable. ¡Ciudadano genial —¡muchísimo más genial que ciudadano!— con ideas embudo, ametralladoras, cascabel; con ideas que disponen de todos los vehículos existentes, desde la intuición a los zancos! ¡Mamón que usufructúa de un temperamento devastador y reconstituyente, capaz de enamorarse al infrarrojo, de soldar vínculos autógenos de una sola mirada, de dejar encinta una gruesa de colegialas con el dedo meñique!…

¡Pensar que antes de sublimarlo todo, sentía ímpetus de suicidarme ante cualquier espejo y que me ha bastado encarar las cosas en sublime, para reconocerme dueño de millares de señoras etéreas, que revolotean y se posan sobre cualquier cornisa, con el propósito de darme docenas y docenas de hijos, de catorce metros de estatura; grandes bebés machos y rubicundos, con una cantidad de costillas mucho mayor que la reglamentaria, a pesar de tener hermanas gemelas y afrodisiacas!…

Que otros practiquen —si les divierte— idiosincrasias de felpudo. Que otros tengan para las cosas una sonrisa de serrucho, una mirada de charol.

Yo he optado, definitivamente, por lo sublime y sé, por experiencia propia, que en la vida no hay más solución que la de sublimar, que la de mirarlo y resolverlo todo, desde el punto de vista de la sublimidad.

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