AGRADECIMIENTOS
Al maestro Juan Pedro Viqueira, desde sus clases en la Escuela Nacional de
Antropología e Historia, le debo mi formación como historiadora. Cuando
aceptó con entusiasmo la dirección de mi tesis de licenciatura presentada
en 1987, supo guiarme con sus acertadas observaciones, me dio aliento en
las dificultades y compartió conmigo la emoción que significa acercarse por
primera vez a la Historia. El apoyo, el interés y las muy estimulantes críti
cas de José Antonio Robles y de Sergio Ortega, las asiduas discusiones en el
Seminario de Historia de las Mentalidades, el asesoramiento médico y
psiquiátrico de Héctor Pérez-Rincón y de Carlos Viesca durante el transcur
so de la investigación despejaron dudas y contribuyeron a desbrozar
caminos absolutamente nuevos para mí. Tuvieron la amabilidad de leer un
primer borrador de la tesis Juan Carlos García, Thomas Calvo y Mario H.
Ruz, cuyos comentarios completaron sustancialmente el trabajo.
Con miras a la publicación de la tesis tuve la oportunidad de introducir
mejoras, fundamentar algunos puntos débiles y plantear nuevas preguntas
gracias a las sugerentes ideas de José Lameiras, a las correcciones en mate
ria de teología de Carlos Herrejón, a los detallados comentarios de Heriber-
to Moreno y de Josefa Vega y a las observaciones de Jorge González Angu
lo. La guía de don Roberto Beristáin en el Archivo General de la Nación y
en la Biblioteca Nacional fue inmejorable. Al señor Pedro Torres Aguilar
mucho le agradezco sus comentarios de estilo y a la señorita Guillermina
Coronado su paciente labor de mecanografía.
Este trabajo nunca hubiera visto la luz pública sin el decidido interés de
Andrés Lira González, presidente de El Colegio de Michoacán, al proponer
la coedición.
Un valioso apoyo académico y financiero recibí de la Dirección de Estu
dios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia, pero fue
definitiva la contribución moral y económica de mis tíos matemos durante
gran parte de la investigación.
México, D. F., julio de 1989
INTRODUCCIÓN
L A ACTUALIDAD DE LA LOCURA
El interés por la historia de la locura en Nueva España nace del deseo de
comprender la mentalidad de una sociedad a través de un fenómeno
marginal que precisamente por ello subvierte el orden. El sentido de aden
trarse en la concepción de la locura y en la actitud de la sociedad hacia los
locos es también el de comprender a los cuerdos. El concepto de locura
pone al descubierto los valores ideales que promueve la sociedad, mientras
que la relación entre locos y cuerdos evidencia las formas de sociabilidad.
Fsta investigación abarca el virreinato de la Nueva España, jurisdicción
territorial del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, principal fuente
de información consultada, y el periodo 1571-1760 que marca el estable
cimiento del Santo Oficio en la ciudad de México (1571) y el inicio de una
transformación en los aspectos analizados con las nuevas ideas ilustradas
que florecieron en la segunda mitad del siglo xvm (1760).
Antes de plantear el problema que abordaremos es importante bosquejar
las dos grandes corrientes actuales de interpretación de la enfermedad men
tal con el fin de comprender la orientación dada a las fuentes consultadas y
el objetivo final que se persigue.
De hecho la relación presente/pasado ha
sido un hilo conductor a lo largo de la investigación, no con el objeto de bus
car en la historia soluciones mágicas a problemas contemporáneos —la locu
ra y el mundo de los locos son en nuestros días un problema humano y
médico aún no resueltos—, sino para reflexionar sobre cómo otras
sociedades han respondido a cuestiones que hoy son de actualidad.
Las diversas interpretaciones sobre la enfermedad mental desde el punto
de vista de la psiquiatría se podrían reducir a dos: la corriente biológica y la
tendencia social. La primera responde a un proceso general que la medici
na vivió en algunas sociedades europeas desde el siglo pasado, en particu
lar tras la tercera década del siglo xix, al desvincularse los factores políticos
y sociales de los problemas de salud y enfermedad.1 Se privilegiaron
entonces las causas biológicas como explicación de las enfermedades en
detrimento de la influencia de los factores sociales e históricos; así, la "his
toria natural" del padecimiento excluyó a la "historia social".2 De igual
1 E. L. Menéndez, 1978, p. 12.
2 Ib., pp. 15-17.
modo, la enfermedad ocasionada por circunstancias colectivas se redujo a
un "problema individual" que requería también una cura personal en
manos de un profesional —el médico— con menoscabo de la participación
de la sociedad.3 Probablemente el creciente desarrollo que la medicina tuvo
en el siglo xix la volvió más autónoma, al grado de independizar la enfer
medad de sus vínculos con lo social. La medicina quiso encontrar en sí
misma la explicación de la salud y la enfermedad, haciendo de ellas un
mero hecho biológico. Para el caso particular de la psiquiatría este proceso
estuvo motivado por el anhelo de ser considerada ciencia, posibilidad que
se dio a través de la neurofisiología, la bioquímica y la química, justo en el
momento en que las ciencias superaban el criterio de exactitud que hasta
entonces parecía serles intrínseco.4
Si bien las prácticas que se derivaron de esta visión recibieron numerosas
críticas, no fue sino hasta los años sesenta de nuestro siglo cuando más
cuestionada se vio su legitimidad. Por lo que hace a la medicina en general,
se observó su insuficiencia en áreas relacionadas con aspectos sociales. Por
ejemplo, en la relativa a la nutrición, que evidenció su íntima vinculación
con la situación socioeconómica: el hambre en que estaban atrapados los
países desarrollados era una fiel muestra de ello. En esa misma década se
hizo patente el problema de la contaminación ambiental como generador
de numerosos padecimientos. Además, los sesentas comprobaron un creci
miento de las enfermedades mentales. Difícil era seguir cerrando los ojos a
los factores socioeconómicos.5
La psiquiatría, como otras disciplinas, no salió indemne de estas vicisi
tudes y tuvo que afrontar los severos cuestionamientos a su práctica asilar
de los que resultaron nuevas interpretaciones de la locura sobre todo en
Inglaterra, Italia, Francia y Estados Unidos e intentos de reforma manico-
mial en los dos primeros países.
Esta psiquiatría social atendió a la historia
del paciente desdeñando los aspectos biológicos, y atribuyendo la enfer
medad a un "ambiente loco" por contraposición a la psiquiatría biológica
que la redujo a la expresión de un daño cerebral espetando encontrar
"moléculas locas" o un "metabolismo esquizofrénico".6
La política de aislar a los enfermos mentales, motivada por la concepción
biologista y por aquella que los considera como un peligro material y moral
para la sociedad, mostró no sólo su ineficacia en la curación, sino incluso la
reproducción de la propia enfermedad. De ahí que, entre otras interpreta
3 M. Campuzano Montoya, 1983, p. 63.
4 V. Andreoli, 1986, pp. 9-12.
5 E. L. Menóndez, 1978, pp. 23-29
6 V. Andreoli, 1986, pp. 7, 215; T. S. Szasz, 1981, pp. 32-34. El hecho comprobado de que
tanto en los establecimientos psiquiátricos como en las cárceles "siempre están los mismos", es
decir, entran y salen para volver a ser recluidos, evidencia la incapacidad de reinserción social
de estas instituciones.
dones, la locura se conciba como la expresión de las contradicciones que
inundan la vida cotidiana, a las que se encuentran sometidos tanto cuerdos
como locos con la sola diferencia de que el individuo con un trastorno
intenta defenderse de dichas contradicciones, bajo mecanismos diferentes a
los casi siempre utilizados, precisamente porque carece de las posibilidades
de defensa que la sociedad procura a los "normales".7 La locura no sería ya
sólo una "entidad natural" cuyo destino fuera exclusivamente el mani
comio.
Es así como las normas de salud mental y de moralidad se hallan unidas
en las sociedades. Son dos lenguajes distintos: uno médico, otro ético, que
responden a una misma finalidad: moldear las relaciones humanas de
acuerdo con los principios que fundamentan el statu quo. El compor
tamiento de los individuos que disfrutan de una próspera salud mental se
corresponde con el deseado y protegido por la sociedad, mientras que la
actitud de un enfermo mental cuestiona los valores y principios que rigen
la vida de los demás.8
Dichos intentos de reforma manicomial abogan por un acercamiento
entre el enfermo y su sociedad, por una voluntad social de comprender la
locura a partir del análisis de las propias contradicciones vividas por todos
y que el loco refleja como en un espejo; en vez de recluir al loco con el fin
de readaptarlo a la sociedad, se deben cuestionar primero los principios en
los que ésta se sustenta.9
Al respecto, Vittorino Andreoli considera que existe una "tercera vía"
entre la biológica y la social. Para conciliar ambas posiciones propone un
nuevo concepto de enfermedad mental que dé cuenta de lo biológico y de
lo cultural. Una psiquiatría que se ocupe tanto del encéfalo como del
ambiente y la historia del sujeto, opción frente a la dicotomía en que parece
debatirse la psiquiatría actual. Resulta inoperante definir un sistema ence
fálico como enfermo sin considerar las funciones que desempeña en un
ambiente histórico-cultural determinado; también parece infructuoso carac
terizar un ambiente de insano sin relacionarlo con los sujetos biológicos
sobre los que actúa. De hecho una afección orgánica puede ser, de acuerdo
con la sociedad de que se trate, patológica o perfectamente normal.
10
En este proceso de renovación de la psiquiatría vivido por el mundo
occidental México no permaneció al margen. Hasta principios de los sesen
tas La Castañeda —el moderno manicomio inaugurado en 1910 con motivo
del centenario de la Independencia mexicana— era el único lugar especia
lizado de reclusión de los enfermos mentales por lo que a beneficencia
7 E. Correa Duró, 1985, pp. 57-58; J. López Linage, 1977, pp. 64-67.
8 T. S. Szasz, 1981, p. 185.
9 J. López Linage, 1977, pp. 65 y 76.
10 V. Andreoli, 1986, pp. 219 y 235-237.
pública se refería, salvo dos excepciones: el hospital San Pedro del Monte
en León, Gto., que data de 1945, y otro en el Distrito Federal.11
Las pésimas condiciones en que se hallaban los internos de La Castañeda
y su conocimiento público llevó al presidente Díaz Ordaz a la construcción
de 11 nuevas unidades, denominadas granjas-hospitales, entre 1964 y 1967.
A ellas se trasladó la población de La Castañeda, que en ese tiempo alber
gaba a 5 000 almas cuando su capacidad era de 1 000. La "Operación Cas
tañeda", como se denominó esta reforma manicomial, anunció que las
granjas-hospitales ubicadas fuera de la ciudad permitirían a muchos de los
enfermos recuperarse gracias al mayor contacto con la naturaleza, a la te
rapia ocupacional (áreas para cultivo, granjas con aves de corral, porqueri
zas, criadero de conejos, panadería, talleres de costura, etc.) y recreativa
(canchas de baloncesto, áreas para juego, auditorio, etc.). A los incurables
se les proporcionaría un lugar en el que podrían pasar el resto de sus días
sin dolor ni sufrimiento.
A los pocos años, estos hospitales modelo estaban poblados de prostitu
tas, delincuentes, niños y ancianos abandonados, alcohólicos, drogadictos,
vagos, epilépticos y hasta de locos. En 1978 nada parecía haberse cumplido:
los mismos vicios, sistemas de curación y prácticas corruptas imperantes en
Lr» Castañeda se trasladaron a las granjas.12
Resumiendo, las deficiencias que en 1978 presentaban estas granjas-hos
pitales a 11 años de su puesta en marcha eran: la falta de personal capacita
do (médicos generales, psiquiatras, enfermeras y personal de vigilancia); el
progresivo abandono de la terapia ocupacional y recreativa antes men
cionada; la desnutrición y la falta de higiene como causas importantes de
mortalidad; la aplicación de terapias electroconvulsivas anacrónicas para
esa época, así como la experimentación de medicamentos no suficiente
mente comprobados con los enfermos. También las caracterizaban el diag
nóstico de la enfermedad sin tomar en cuenta antecedentes genéticos, alco
holismo, drogadicción o la situación laboral y socioeconómica del paciente,
así como las crecientes dificultades para una rehabilitación a domicilio
motivadas por desconocer, en un elevado número de casos, el paradero de
los familiares de los enfermos.13
En México, el interés de algunos grupos por la problemática de las enfer
medades mentales llevó en 1978 a la celebración del IV Encuentro Interna
11 G. Somolinos D'Ardois, 1976, pp. 147-148; T. Gurza, 1978a, p. 9, y 1978e, p. 8.
12 C. Rodríguez Ajenjo, 1984, pp. 217-219; T. Gurza, 1978a, p. 9 y 1978g, p. 9.
13 Además de los artículos mencionados de T. Gurza, se revisaron de la misma autora,
1978b, c, d , f, h, e i.
El Hospital Campestre Doctor Samuel Ramírez Moreno, inaugurado en
1967 y ubicado en Tláhuac, fue objeto de un reportaje periodístico en septiembre de 1985 y el
H‘ spital psiquiátrico Fray Bernardino Álvarez, de una investigación mayor en ese mismo año
que dieron por resultado prácticas semejantes a las comprobadas en las granjas. Al respecto,
véase R. Álvarez, 1985a, y G. Valek Valdés, 1986.
cional de Alternativas a la Psiquiatría y en 1981 del I Encuentro Latinoame
ricano y V Internacional de Alternativas a la Psiquiatría.14
Terminaremos esta breve reseña de la problemática mexicana en torno a
la práctica psiquiátrica asilar con las palabras del doctor José Laguna, secre
tario del Consejo de Salubridad General, pronunciadas en septiembre de
1985 en relación con la crisis por la que atraviesa México:
Dentro del sector salud se fijan prioridades y el dinero destinado se emplea en las
cosas más importantes. Cuando existe una reducción presupuestaria —como la
habida en los últimos meses— los que sufren son los programas secundarios,
como los de rehabilitación y de atención a los enfermos mentales, porque no se lo
gran beneficios razonables con una inversión también razonable.
Como se verá más adelante, las preguntas hechas a los documentos
tienen que ver directamente con esta problemática, con las dos grandes
interpretaciones, la biológica y la social, que también las fuentes novohis-
panas evidenciaron.
H istoriar la locura
En \~ actualidad la historiografía sobre la locura y la psiquiatría europeas
se halla en manos de los historiadores., pero hasta hace unas décadas sólo
se interesaban por eila médicos, psicólogos y psiquiatras preocupados por
cc nocer la formación de su disciplina. Este interés hizo que en sus estudios
privilegiaran el desarrollo creciente de !a psiquiatría encomiando ías
grandes figuras y su expresión práctica en ios hospitales y manicomios.16
Sin embargo, es posible advertir en la historiografía europea sobre la
locura de los griegos hasta principios del siglo xix dos grandes mitos
puestos en duda por investigaciones recientes. Uno de ellos se refiere al
concepto de locura: durante la Edad Media la locura pudo ser considerada
una enfermedad de carácter sobrenatural y particularmente demoniaca.17
El otro tiene que ver de manera directa con el trato a los locos: desde el
siglo xvu tuvo lugar un proceso sistemático de reclusión de los insensatos
promovido desde el Estado.18
14 Las memorias de estos dos sucesos se encuentran en S. Marcos, 1983 y 1984.
5:5 R. Álvarez, 1985b, p. 27.
16 El clásico de G. Zilboorg, 1968, es una buena muestra de ello.
17 Algunos de los partidarios de esta interpretación han sido G. Zilboorg, 1968, pp. 104-106,
126-129 y 143-154; G. Somolinos, 1976, pp. 89-91; J. López Linage, 1977, p. 64; J. L. Peset, 1983,
p. 81, y R. Bastide, 1986, p. 307.
18 El principal difusor de esta idea sin duda alguna ha sido Michel Foucault con su libro
Historia de la locura en la época clásica, 1982, tomo I, pp. 80-210. Partidario de esta visión es G.
La creencia de que el Demonio en su lucha contra Dios por dominar el
mundo provocaba la locura y de que el tratamiento residía en los exorcis
mos practicados por el clero y no en la terapéutica, ha sido cuestionada por
varios autores. George Rosen cree que la locura medieval pudo ser atribui
da tanto a móviles naturales como sobrenaturales. Entre los primeros dis
tingue los biológicos (por ejemplo, la alimentación) y los sociales (sufri
mientos, pasiones). Los factores sobrenaturales eran aceptados como causa
de la locura cuando el enfermo presentaba comportamientos demasiado
extraños, en exceso desviados de los comúnmente aceptados.19 De hecho
los autores medievales incluyeron la mayoría de los trastornos mentales
entre las enfermedades de la cabeza y creyeron en el tratamiento natural.
20
La existencia misma de hospitales para locos o de secciones dentro de éstos
donde los tenían apartados ha sido considerada por varios autores prueba
de la concepción ele la locura como enfermedad, objeto de tratamiento
médico.21
Para contribuir a aclarar el problema de la concepción sobrenatural de la
locura no sería superfluo considerar el papel que el Demonio ocupó en las
sociedades medievales. Hasta el siglo xiu, cuando Santo Tomás afirmó: "la
fe católica quiere que los demonios sean algo que pueda dañar mediante
sus operaciones, e impedir la cópula carnal", el poder del Demonio sobre la
tierra resultaba un tanto ambiguo. Si bien se aceptaba su influencia en la vi
da de los hombres, muchas de las hazañas malévolas que se le atribuían,
por ejemplo, las metamorfosis que se operaban en las brujas y las facul
tades que tenían para volar sobre escobas, se consideraban fruto de la
imaginación humana, mas no hechos reales. Esta actitud fue defendida por
una figura tan relevante como San Agustín.22 Lo propio puede decirse de
las sectas heréticas cuya persecución se exacerbó a partir del siglo xm, cuan
do se dio crédito a la influencia que el Demonio ejercía sobre ellas.23
En efecto, Postel y Quétel localizan la representación diabólica de la locu
ra tanto entre las mentalidades populares como en los demonólogos, de
preferencia durante los siglos xv y xvi, sin que ello implique el abandono
de la interpretación natural de la enfermedad. Así, las representaciones po
pulares, las explicaciones naturales del médico y las interpretaciones sobre
naturales del sacerdote convivieron en una misma sociedad identificando a
los dementes.24
Rosen, 1974, pp. 189-198.
19 G. Rosen, 1974, pp. 170-175.
20 J. Postel, 1987, pp. 44-45.
21 M. Foucault, 1982, tomo I, pp. 189-190 y 193-194; M. Ristich de Groote, 1973, pp. 46-52 y
63-65.
22 J. Caro Baroja, 1973, pp. 67-68,109.
23 N. Cohn, 1980, pp. 52-54.
?*J. Postel, 1987, p. 64.
Por otro lado, Foucault cree que el carácter sagrado tradicionalmente
atribuido al loco medieval no provenía de que se le creyese endemoniado,
pues no todos eran tratados como poseídos, sino de que participase de la
pobreza, exaltada ésta por el concepto de caridad medieval que posibilitaba
la salvación eterna.25
Respecto al problema del trato que la sociedad y las instituciones dieron
al loco, durante la Edad Media la intervención institucional estuvo siempre
limitada por la sociedad porque el cuidado y la tutela del loco recayeron
sobre el grupo de parientes y amigos con los que convivía; el insensato go
zaba de libertad mientras no causara alborotos públicos. Precisamente
cuando el alienado resultaba demasiado peligroso para la comunidad, las
autoridades intervenían encarcelándolo o recluyéndolo en un hospital en
caso de que dicha institución existiera.26 El hecho de que las ciudades
expulsaran a los locos que no consideraban propios manifiesta la respon
sabilidad de la parentela y el vecindario con los desvalidos
.27 Por el con
trario, desde el siglo xm, pero sobre todo en el transcurso del xvi, se desa
rrolló en algunos países (primero en Alemania, después se extendería por
los Países Bajos, Inglaterra y Francia) una nueva sensibilidad hacia la po
breza. Lutero y Calvino anunciaron que la fe salvaba por sí misma. Si la
pobreza era antes signo de salvación, ahora es desorden; antaño en manos
de la Iglesia, ahora en las de los poderes civiles. Este proceso de secula
rización fue influido no sólo por la Reforma sino también por las monar
quías absolutas en su afán de independizar al poder civil de la Iglesia.28 Fue
así como nació el "Gran Encierro", que para Foucault tiene una fecha, 1656,
y un lugar, el Hospital General de París.29
La pobreza desacralizada fue para el siglo xvn un "problema de policía"
que cobró su verdadero sentido cuando el descenso de salarios, el creciente
desempleo y la escasez de moneda dieron por resultado un aumento ince
sante de la mendicidad y la vagancia, perfecto caldo de cultivo para la
agitación social. El "intemamiento", cuya más clara expresión era el Hospi
tal General, fue la respuesta institucional al problema de la pobreza:
absorber a los ociosos y proteger a la ciudadanía contra el desorden social.
Si la pobreza representó una falta contra la sociedad, el intemamiento fue
el castigo moral necesario para un sincero arrepentimiento que se obtendría
25 M. Foucault, 1982, tomo I, pp. 100-101, y 541 nota 67. En la p. 100 se puede leer: "es cos
tumbre decir que el loco de la Edad Media era considerado un personaje sagrado, puesto que
poseído. Nada puede ser más falso. Era sagrado sobre todo porque para la caridad medieval
participaba de los poderes ocultos de la miseria. Acaso más que nadie, la exaltaba".
26 G. Rosen, 1974, pp. 167 y 170-173.
27 J. Postel, 1987, p. 63.
28 G. Rosen, 1974, pp. 189-191; y M. Foucault/1982, tomo I, pp. 90-100.
29 M. Foucault, 1982, tomo I, pp. 80. El Hospital General fue precedido por hospitales de su
tipo en provincia, Toulouse (1647), Bézieres (1654) y Caen (1655); G. Rosen, 1974, p. 193.
sobre todo al combatir la ociosidad, "fuente de todos los males . El trabajo,
que desde el pecado original fue concebido como un castigo, cobró en el
siglo xvii una importancia inusitada como el remedio a todos los desór
denes. El intemamiento no se practicó en un establecimiento médico; más
bien en una casa correccional.30
Pero, ¿quiénes estaban internados en estos correccionales? Los que prac
ticaban una sexualidad que traspasaba los límites determinados por la
familia —homosexuales, prostitutas, enfermos venéreos, desenfrenados—,
ios que profanaban las instituciones, la propiedad y el poder real
—hechiceros, magos, alquimistas, adivinos, blasfemos, criminales, suici
das— y los libertinos, o sea, todos aquellos que sometían la razón a las
demandas de las pasiones, entre ellos los locos.
31
Postel y Quetel nos advierten que esta reclusión de los locos "lejos de ser
un hecho aislado y notable, no es más que el epifenómeno del de los
mendigos válidos, que no perdía de vista una legislación constante, aun
cuando no tuviese mayores resultados, desde fines de la Edad Media hasta
la Revolución francesa". El número de insensatos detenidos les parece
modesto en relación con el verdadero encierro que tuvo lugar durante el
siglo xvm.32 Los hospitales generales de Francia contaban con 5 a 10% de
¡otos entre su población recluida; 1 000 o 2 000 insensatos para una
pe blación de 20 000 000 a finales del siglo xvií. En cambio, la creación de
p isiores y reclusorios (500 o 600 a fines del xviii) y de asilos alentados por
el Estado tras el fracaso de ios Hospitales generales, se vio favorecida por
¡as numerosas órdenes de arresto profusamente usadas por los intendentes
par* encarcelar a enfermos y perturbadores, incluyendo entre éstos a los
locos, cuya petición provenía la mayoría de las veces (90%) de las propias
familias y comunidades. Este doble fenómeno, desde la familia y desde el
E‘ tado, condujo, ahora sí, a un Gran Encierro. Los insanos constituyeron
entre 10 y 20% de la población de los asilos, que llegó a totalizar 230 000
pe rsonas entre 1768 y 1789.33
En el caso concreto de España, de especial interés para las colonias de
•'■•amar, estos dos mitos en torno a la locura parecen aún más endebles. El
carácter demonológico de la locura medieval y el encierro masivo de los
Socos desde el siglo xvii se encuentran, para el primer caso, con la especial
influencia que los árabes ejercieron en España rescatando la medicina griega
y la existencia de numerosos hospitales para locos, con un sentido médico
además de caritativo, desde principios del siglo xvi. Para el segundo, con la
sobrevivencia aún en los siglos xvi y xvii del concepto de pobreza y de cari
dad medieval.
30 M . Foucault, 1982, tomo I, pp. 1.05-107 y 111-115.
31 Ib., pp. 140-161 y 213-215; y G. Rosen, 1974, pp. 195-198.
32 J. Postel, 1987, pp. 99-100.
33 Ib, pp. 105-109.
La fundación en Valencia en 1409 del primer hospital de España exclusi
vo para locos (y posiblemente del mundo occidental) fue seguida por otras
de su mismo tipo en distintas partes de la península. Zaragoza en 1425
tuvo un hospital famoso en toda Europa por la terapéutica con base en el
trabajo (limpieza de la casa, acarreo de agua o leña, trabajo en el campo).
Valladolid en 1489 estableció el Hospital de los Inocentes, siendo requisito
de admisión un certificado médico que comprobara la locura. Se esta
blecieron otros en Sevilla, Toledo y Granada en el siglo xv y primer tercio
del xvi.34 La aportación española no consistió tanto en la reclusión de los
enajenados, sino en ver la locura como una enfermedad curable. De ahí el
tratamiento médico y humanitario a la vez, y los métodos especiales de
curación.35 Es posible que la influencia de la medicina árabe haya sido deci
siva ya que se conocen hospitales para enfermos mentales en Fez desde el
siglo v il36 En ellos la curación de los enfermos estaba en manos de médicos
que recurrían para tal fin a la música, la danza, los espectáculos y la lectura
de relatos a cual más fantástico, lo que dotó a los hospitales árabes de un
nivel técnico y asistencial superior al de sus contemporáneos europeos.37
Como se sabe, el pueblo islámico en su conquista de las ciudades bizanti
nas tuvo el acierto de adoptar la ciencia helénica que tan olvidada se
encontraba entonces.
No es tampoco casualidad que España haya contado con la figura de
Luis Vives, calificada por algunos autores como uno de los padres de la psi
quiatría por considerar "el encierro de los locos desde un punto de vista
terapéutico"38
Con estos presupuestos resulta difícil sostener que en España la enfer
medad mental durante el Medievo y el Renacimiento fue obra exclusiva del
Demonio y estuvo sujeta a curación por exorcismos, negando toda posibili
dad de una interpretación natural de la misma no sólo entre los médicos,
sino incluso entre el clero y los grupos populares, ya que la mayor parte de
las fundaciones hospitalarias españolas nacieron por iniciativa conjunta de
la sociedad y de la Iglesia.39
34 C. Viqueira, 1965, pp. 4-11. Es significativo que el hospital de Valencia lo haya fundado
un mercedario, pues esta orden estuvo muy familiarizada con el mundo árabe por el rescate
de cautivos; M. Foucault, 1982, tomo I, p. 188. Pinel, iniciador del movimiento humanitario,
tomó como modelo el hospital de Zaragoza para adoptarlo en París: "tenemos que envidiar a
una nación vecina un ejemplo que debe ser conocido. Este ejemplo no es Inglaterra ni Alema
nia que nos lo dan: es España. En una villa de este reino existe un asilo abierto a los enfermos,
y sobre todo a los alienados de todos los países, de todos los cultos con esta sencilla inscrip
ción: Urbis et Orbis"; cit. en C. Viqueira, 1965, p. 7
35 M. Foucault, 1982, tomo I, p. 188; y C. Viqueira, 1965, p. 12.
36 M Foucault, 1982, tomo I, p. 187.
37 Ib.; y C. Viesca e I. de la Peña, 1977, p. 8. Afirman los autores que el Hospital de Valencia
se inspiró en uno de su mismo género establecido en El Cairo el año de 1304.
38 J. Postel, 1987, p. 103.
39 Sobre el origen de cada uno de los hospitales, véase C. Viqueira, 1965, pp. 4-11.
La pérdida del carácter sagrado del loco medieval por una percepción de
la pobreza y de la caridad más secular que en parte posibilitó la reclusión
junto con los mendigos de toda clase de desviantes, presupone a la caridad
como el principal móvil que indujo a la sociedad a definir la locura y a
cuidar a los locos. Al aminorarse el significado cristiano de la caridad como
medio de salvación durante los siglos xvi y xvn en algunos países, se dieron
las condiciones para la secularización de la locura y el encierro de los insen
satos en los internamientos tras perder el carácter sagrado que antaño los
hacía respetables.40
Aun en el caso de que esta interpretación fuera acertada —es decir, que
la definición de la locura estuviera mediada por el concepto de caridad y
de pobreza—, en España la concepción medieval de la pobreza no fue
debilitada, antes al contrario, reforzada por la Reforma católica. La visión
cristiana medieval exaltaba la pobreza por dos razones. Al pobre se le
ofrecían más posibilidades de gozar de lo espiritual precisamente por vivir
alejado de los bienes terrenales. El auténtico rico podía ser entonces el mi
serable, y la pobreza un inapreciable don de Dios. Pero también el Creador
puso en el camino de los ricos un medio para salvarse: la caridad con el
desvalido.
La existencia de pobres y ricos se justificó así dotando a unos y a
otros de una función en el orden divino.41
La visión moderna de la pobreza que apareció en la primera mitad del
siglo xvi en las ciudades españolas manufactureras y comerciales proponía
hacer útiles a los pobres; la beneficencia para los desvalidos debía ser secu
larizada y a domicilio, sin necesidad de recluirlos. El objetivo de ambas
propuestas, como el de distinguir entre pobres falsos y verdaderos era
eliminar paulatinamente la mendicidad. Esta posición fue sustentada por
Luis Vives y Juan de Robles contra la anterior defendida especialmente por
los dominicos, entre ellos Domingo de Soto.42 Las medidas de la Corona
contra la pobreza no se hicieron esperar a lo largo del siglo xvi: la prohibi
ción de mendigar en una localidad de donde no fuese originario el pe
digüeño y la idea de encerrar a los vagos en los hospitales para ponerlos a
trabajar no se desdeñaron. Se requirió un certificado de mendicidad que
otorgaba permiso para mendigar por las calles, el cual tampoco resultó ser
muy efectivo para disminuir ni la miseria ni los pordioseros.43
Aunque Juan Luis Vives clamó desde el siglo xvi que el ejército de los
pobres era "pernicioso a sí y a otros", tuvieron que pasar dos siglos para que
los monarcas ilustrados atendieran sus quejas.44 Los pobres en el siglo xvin
40 Comparte la misma opinión en torno al nuevo concepto de caridad destinado sólo a los
pobres buenos e inválidos J. Postel, 1987, pp. 101-104.
41 B. Bennassar, 1983, p. 204.
42 Ib., pp. 205-208; y F. Álvarez-Uría, 1983, p. 42.
43 B. Bennassar, 1983, pp. 206-208.
44 F. Álvarez-Uría, 1983, p. 41.
engrosaron las filas de la leva militar, se les encontró en las primeras manu
facturas y en las casas de corrección, sobre todo a partir del motín de
Esquilache de 1766, que dio lugar a una "recogida sistemática de ociosos y
vagabundos".45
Pese a todo, el ejercicio de la caridad individual que la Corona pretendía
controlar persistió canalizado durante lo siglos xvi y xvu a través de las
donaciones de particulares administradas por eclesiásticos. La concepción
medieval de la caridad fue uno de los baluartes de la Contrarreforma,
impulsada sobre todo por España, para atacar la creencia protestante de
que la fe salvaba por sí misma sin necesidad de las obras.46
El que la apertura de hospicios para pobres y casas correccionales no se
realizara en España sino hasta bien entronizada la dinastía borbónica
—mientras que en Europa florecieron desde la primera mitad del siglo
x v iii— , y el que la asistencia a los enfermos mentales se diera bajo una con
ducción médica y no en los internamientos que predominaron en algunos
países europeos sobre los hospitales para locos, conduce a pensar en una
conceptualización diferente de la locura que posiblemente influiría en las
colonias americanas.
Para el caso de la Nueva España, antes de plantear algunas hipótesis en
torno a estos dos mitos, daremos cuenta brevemente del recorrido de la his
toriografía mexicana sobre la locura para poder comprender el estado ac
tual de la discusión y las aportaciones que se pretenden.
En México los estudios sobre historia de la locura y de la psiquiatría no
han alcanzado resultados tan valiosos como los que versan sobre la
Antigüedad clásica, el Medievo o la Europa moderna. Pese a que desde
hace más de 50 años se viene escribiendo sobre estos temas, no parecen
haberse cosechado muchos frutos, al menos por lo que hace a la época colo
nial, de interés para esta investigación.
En general, quienes se han interesado por ella han sido médicos y psi
quiatras, lo cual ha orientado en forma determinante su quehacer histórico.
Tres son los temas abordados: los hospitales para locos establecidos en la
Nueva España desde el siglo xvi, los conocimientos médicos de entonces en
relación con las enfermedades mentales, y algunos casos prácticos de diag
nóstico de la locura.
La bibliografía más abundante y la más antigua es, sin duda, la relativa a
los hospitales,47 casualmente hoy en día espacio de un poder casi absoluto
sobre los locos. En general, estos estudios se interesan por relatar la vida
45 Ib., 1983, pp. 47 y 51.
46 B. Bennassar, 1983, pp. 204 y 217-220.
47 La bibliografía es extensa. Daremos algunos ejemplos. R. Alfaro, 1866; F. Fernández del
Castillo, 1956 y 1966; S. Ramírez Moreno, 1934 y 1950; F. Santiago Cruz, 1959; E. Jiménez Oli
vares, 1972a; R. de la Fuente y C. Campillos, 1976; el muy recomendable libro de G. Somoli
nos D'Ardois, 1976, pp. 37-71; y C. Berkstein Kanarek, 1981.
dpi fundador y de cómo llegó a idear el establecimiento de una institución
de beneficencia con tal carácter, por lo que suelen ser repetitivos. Honrosas
excepciones a esta regla han sido las investigaciones de Josefina Muriel,48
pionera en su tiempo por haberse acercado a los archivos para realizar esta
clase de estudios; de Carmen Viqueira,49 que estableció la relación entre los
hospitales americanos coloniales y la tradición española en materia de
establecimientos para locos; y de Carlos Viesca Treviño,50 preocupado por
la posible influencia árabe en e! desarrollo de los hospitales españoles y su
rooercusión en América.
Quienes se interesen por el pensamiento médico prehispánico relativo a
las enfermedades mentales, estarán en deuda con las acertadas traduc
ciones y comentarios a textos de medicina náhuatl realizados por Alfredo
López Austin.51 Las investigaciones sobre los conocimientos médicos en
torno a la locura se han basado en códices y relatos de cronistas y en trata
dos de medicina novohispanos que hacen referencia a algunas enfer
medades mentales.52 Finalmente, también han sido de interés para médicos
y psiquiatras los casos reales de diagnóstico de alguna enfermedad mental
por parte de médicos o de jueces novohispanos y las manifestaciones con
sideradas por ia psiquiatría actual como síntoma de algún trastorno men
tal, aun cuando en la época no hubieran sido consideradas como tales.53
P or una historia social de la locura
Como se puede apreciar, el problema del carácter natural o sobrenatural de
la locura y la tutela institucional (en hospitales, asilos, prisiones, correc
cionales) o familiar/vecinal sobre los locos no han sido precisamente temas
privilegiados por la historiografía mexicana. En todo caso, el primero ha
sido estudiado desde el punto de vista de la medicina a través de escritos
teóricos o terapéuticos sobre la locura, sin tomar en cuenta ni al clero ni a
los grupos populares. El segundo ha sido analizado también desde un
punto de vista institucional: los locos encerrados, obviando el trato dado a
los que conviven con su familia.
No obstante, ¿es posible aventurar que en
la sociedad colonial debieron convivir las concepciones natural y sobre
4R f. Muriel, 1956 y 1974.
49 C. Viqueira, 1965.
■r,n C. Viesca e I. de la Peña, 1977.
51 Remitimos a las obras de A. López Austin mencionadas en G. Somolinos D'Ardois, 1976
pp. 3 7-27.
52 F. Fernández del Castillo, 1957a y 1957b; C. Viesca e I. de la Peña, 1976; I. de la Peña y C.
Viesca, 1977; y G. Somolinos D'Ardois, 1976, pp. 9-35 y 71-89.
51 F. Fernández del Castillo, 1959; y E. Jiménez Olivares, 1972b, 1972c, 1973 1980 1983 y
1984.
'
7
natural de la locura? Aquélla atendería tanto a los aspectos propiamente
biológicos, sobre todo entre los médicos, como a los culturales y sociales
(religión, pasiones), y ésta, estaría motivada no únicamente por la acción
del Demonio sino también por la mano de Dios. ¿Por qué no pensar en el
concepto cristiano de enfermedad que ve en ésta una prueba o penitencia
enviada por Dios? Dependiendo de las circunstancias, extrañas o comunes,
en que se presentara la enfermedad un médico podría encontrar una expli
cación religiosa para la locura cuando no pareciera hallarla en la natu
raleza. ¿No se vive acaso en una sociedad permeada por la religión? ¿Esta
visión natural sería exclusiva de ios facultativos o la compartirían con otros
grupos de la élite como las autoridades civiles y eclesiásticas?
La tradición hospitalaria española en materia de locura nos conduciría a
presuponer que un alto porcentaje de locos estaba recluido. En tal caso,
¿este encierro tuvo un carácter médico, caritativo o represivo? Por el con
trario, ¿no es posible que el concepto de pobreza y de caridad auspiciado
por la Reforma católica, que sólo con la Ilustración se debilitaría, orientara
la actitud de la parentela y el vecindario hacia sus locos haciéndose respon
sable de éstos en vez de encerrarlos en el hospital? ¿No intervendría
además el factor solidaridad, con más connotaciones de convivencia coti
diana que de religión? ¿Acaso no perturban los locos la vida social de la
comunidad? ¿Se interesarían las instituciones sólo por los insensatos
desamparados por su familia o contribuirían con los parientes que bajo una
convenida pensión pretenden librarse de sus inocentes?
Para desentrañar estas y otras preguntas y con la conciencia de que la per
cepción de la locura no fue exclusiva de los grupos letrados, ni el hospital el
destino inexorable de los insensatos, y en un intento por contribuir al debate
actual de la historiografía europea, intentaremos conocer la visión de ¡a
locura de algunos hombres y mujeres que convivieron con los locos: su
familia, amigos y vecinos; la terminología usada para designar la locura, la
cordura y el tránsito de una a la otra en las dos direcciones; y las causas
ocultas o evidentes que se atribuyen a semejante fenómeno. Pero además de
su pensamiento nos interesa conocer sus actos: de qué recursos se valieron
para convivir con los locos y cómo intentaron paliar o remediar la enfer
medad (capítulo ii).
Con el fin de comparar la visión de la locura de este grupo y el modo
como la enfrentó, intentaremos también que ciertos personajes, no tan cer
canos a los insensatos, nos proporcionen su percepción de la locura y su
actitud frente a ellos: algunos médicos, unos pocos jueces y escogidas
autoridades civiles y eclesiásticas, aquellos que de un modo y otro disfru
taron de un poder sobre el común de los mortales en los hospitales y fuera
de ellos.
Este grupo nos dará la visión institucional de la locura: desde la
medicina y el Estado, desde el hospital y la legislación (capítulo m).
Pero, ¿cuál es el sentido de conocer la forma en que dos grupos conci
bieron y enfrentaron la locura en la sociedad colonial La locura es un fenó
meno que se expresa entre otras formas culturalmente, al cuestionar los va
lores en que se sustenta una forma de pensar y de vivir reconocida como
positiva. Así, el estudio de un hecho extremo como éste permitirá conocer,
si no la realidad de la cordura, al menos el tipo ideal de vida que se espera
debe corresponder a los cuerdos. Además, intentaremos comprender por
qué la locura se manifestó de cierto modo y qué condiciones hicieron posi
ble en la sociedad novohispana reconocer ciertas formas de pensar y de
vivir como propias de los locos.
De ahí el interés por estudiar al loco "libre", al loco viviendo en contacto
con los hombres de juicio. De otro modo, ¿cómo conocer las relaciones
entre locos y cuerdos, y cómo comprender el concepto de locura si
desconocemos la actitud de una parte de la sociedad hacia ellos?
Pero la locura también era una enfermedad. ¿Cómo debían regirse una
mente y un cuerpo sanos a diferencia de uno perturbado? ¿Qué actitud
adoptaron, ya no un sector de la sociedad, sino ciertas instituciones ante los
locos?
Finalmente, la posibilidad de contrastar en una misma sociedad las posi
ciones de dos grupos ante un mismo fenómeno permitirá preguntarnos
sobre las relaciones entre cultura popular y cultura de élite.
Aunque hubiéramos preferido que el loco fuera el protagonista de nue
stros desvelos, ésta será una vez más una historia de nosotros sobre los otros,
de lo que los cuerdos pensaron e hicieron con los locos.
Si bien hubiera sido muy enriquecedor estudiar a fondo otros aspectos de
la locura como la historia de los hospitales para poder comparar los locos
"libres" con los "encerrados" o interpretar algunos puntos de vista novo
hispanos sobre la locura a partir de los conocimientos actuales de la psiquia
tría, limitaciones propias y problemas de fuentes nos impiden llevar a cabo
esta tarea en estos momentos.
Entre las fuentes judiciales coloniales, las de casi cualquier tribunal
podrían ser una buena mina pero escogimos el Santo Oficio de la Inquisi
ción por el rigor y la profundidad con que llevaba a cabo sus diligencias, lo
que redundó en la riqueza de la información proporcionada. La institución
tuvo por objetivo fundamental juzgar y castigar hechos o dichos "contra
nuestra santa fe católica, ley evangélica que tiene y enseña la Santa Madre
Iglesia Católica Romana o contra el recto y libre ejercicio del Santo Oficio".54
En estas circunstancias, para que un loco fuera denunciado en la Inquisi
ción sólo necesitaba algún alma piadosa que no conociendo su falta de
54 Archivo General de la Nación, México (en adelante AGN). Inquisición, vol. 218, exp. 3, f.
25. En las citas textuales se han hecho correcciones de puntuación, ortografía y corresponden
cia en género y número.
juicio le oyera alguna que otra barbaridad; una blasfemia contra Dios a
propósito de una partida de naipes, una irreverencia ante la venerada ima
gen de un santo en la iglesia o una proposición herética con ánimo de intro-
d ucir mejoras en materia de fe.
También pudo ocurrir que alguien pensara
en la falsedad de la locura, creyendo que el insensato fingía su falta de
juicio y lo denunciara por algún delito contra la fe cometido durante su
supuesta falsa locura. Era posible, en el colmo de la cordura, que el mismo
loco se autodenunciara.
Al llegar una denuncia al Tribunal, si se creía digna de tomarse en cuen
ta, el procedimiento se iniciaba. Cuando la gravedad de la falta lo amerita
ba, se podía encarcelar al acusado; de lo contrario continuaba en libertad.
La Inquisición comenzaba entonces a recabar información entre diferentes
testigos tendente a verificar los hechos denunciados: si otros habían presen
ciado esos mismos delitos, procurando al mismo tiempo averiguar la vida
del acusado (hacienda, trabajo, familia), su piedad religiosa, el cumplimien
to de sus obligaciones como católico, y todo aquello que pudiera dar luz
sobre su fe. A veces los inquisidores o los comisarios (funcionarios en los
que se delegaban ciertas funciones inquisitoriales en las provincias)
inquirían sobre el estado en que se encontraba el acusado cuando profirió
las blasfemias, por ejemplo, borracho o "en su entero juicio". En otras, los
propios testigos confirmaban la locura del sujeto en cuestión por ser sufi
cientemente conocida.
Cuando la Inquisición comprobaba por las declaraciones de los testigos
que el acusado estaba "verdaderamente falto de juicio", suspendía el proce
so y liberaba al reo en caso de haberlo aprehendido. Si no había suficientes
testigos que pudieran declarar sobre la locura del denunciado, los inquisi
dores solicitaban la presencia del supuesto loco para interrogarlo o para ser
examinado por un médico.
Para el Santo Oficio era muy importante conocer el estado mental de los
denunciados, pues lo que este tribunal castigaba no era el hecho peca
minoso en sí, sino la intención que llevaba a los fieles a cometerlo.55 De ahí
la importancia, no sólo de que el acusado reconociera su delito, sino de que
se sintiera culpable, se arrepintiera y manifestara una firme voluntad de no
volver a pecar. Para los locos esto era decisivo, pues si la Inquisición se per
cataba de su falta de juicio, estando ausente de "la conciencia y la voluntad
de atacar a la fe"56 los exoneraba de todo castigo.
De hecho, entre los atenuantes que en el Santo Oficio el abogado defen
55 Respecto al delito de blasfemia, menciona J. R Dedieu, 19 til a, pp. 23-24 y 1981b, pp. 214-
215, que en España se castigaba solamente con penas leves, de carácter espiritual, ya que la
Inquisición percibió que la blasfemia no ponía en duda la fe por ser un "hecho cultural"
común. No tenía sentido actuar con rigor en estos casos.
56 La expresión está tomada de J. R Dedieu, 1981a, p. 23.
sor podía presentar para mitigar la pena se hallaban los de embriaguez,
locura o excesiva juventud, caracterizados los tres por esa ausencia de
intención de la que hablamos.57
La propia Inquisición estuvo consciente de cómo a veces se daban casos
en que los reos fingían locura para evitar ser castigados.
Al respecto, dice el
Manual de inquisidores (1376): "Sucede a veces que por librarse de la tortura
se fingen locos los reos, pero si se presume que es fingida esta locura no se
ha de dejar de darles tormento"; o hace una advertencia como ésta: "cuan
do el amigo liberta a su amigo, o la querida a su amante (tratándose de un
hereje al que ayuda a escapar o lo libra del poder inquisitorial) se les puede
tratar con alguna benignidad, porque como dicen Cicerón, Baldo y Acursio,
ei el amor locura":58
Justo es decir que la fuente inquisitorial adolece de dos limitaciones
sumamente importantes. La primera, por tratarse de un tribunal eclesiásti
co que juzga delitos contra la fe, la mayoría de las acusaciones hechas con
tra los locos y por las que se define si están en su sano juicio o no, son emi
nentemente religiosas. De ahí que los argumentos de los testigos, en la
definición de la locura, tengan este carácter.59 La segunda nos parece más
grave que la anterior: el Santo Oficio no estaba autorizado para juzgar
causas contra los naturales, lo que no impidió que a veces aparecieran en
¡os documentos como testigos. Es una limitación importante, pues los indí
genas fueron la población mayoritaria numéricamente durante toda la
Colonia. Las conclusiones a las que podamos llegar serán por estas dos
salvedades un tanto reducidas.
57 H Kamen, 1979, p, 195.
58 N. Eymeric, 1974, pp. 55 y 107, respectivamente.
•Sy Este proceso comienza a cambiar en la segunda mitad del siglo xviii. Si bien el discurso
de los locos sigue siendo fundamentalmente religioso, aparece ya el de contenido político,
filosófico y social. Esta misma tendencia ha sido advertida para el caso de la literatura prohibi
da por M. L. Pérez-Marchand, 1945, passim.