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domingo, 26 de abril de 2026

NUESTRO INOLVIDABLE ERNESTO BIANCO Irina Alonso e Ingrid Pelicori

 


I. QUIÉN ES ERNESTO BIANCO

 Ernesto Bianco ha sido considerado por muchos críticos, actores y público como uno de los mejores actores argentinos de todos los tiempos. Ha marcado y ha inspirado la vocación de muchos de nuestros grandes actores como Oscar Martínez y Gabriel Goity, ha sido referente de actores como Rodolfo Bebán y Ricardo Darín. Y Alberto Olmedo lo llamaba “el maestro”. Aún hoy, a más de cuarenta años de su muerte, y sin que quede casi registro de sus actuaciones televisivas y ningún registro de sus actuaciones teatrales, quienes lo vieron actuar recuerdan la honda, poderosa y perdurable impresión que les causó. Recorrer su trayectoria nos lleva a un momento bisagra de la profesión del actor en nuestro país, esas primeras camadas de intérpretes formados en el Conservatorio, bajo la dirección de Antonio Cunill Cabanellas, cuando los actores dejaron de formarse solo en la práctica, a través del ingreso a una compañía teatral –donde se desarrollaba el oficio por intuición, repetición e imitación–, y pasaron a adquirir una sólida formación académica. 

Recorrer la vida de Bianco es también ubicarse en esos primeros tiempos de la televisión argentina. Y en la súbita posibilidad -impensada hasta entonces- para un actor, de obtener tranquilidad y hasta prosperidad económica. Bianco llega al Conservatorio de Arte Escénico, luego de una breve etapa de jugador de fútbol –fue centro half en la tercera de All Boys–. De allí, egresa como mejor alumno y comienza una carrera imparable y de gran reconocimiento. Rápidamente se transforma en un actor muy prestigioso, muy premiado y muy solicitado. Pronto es convocado para puestos de relevancia como la dirección artística de Canal 7 y la Secretaría General del Sindicato de Actores. 

Pero en determinado momento, Bianco se corre de ese lugar de gran actor serio y se convierte en un actor cómico televisivo, llegando a trabajar en largas temporadas junto a Alberto Olmedo, lo que le proporciona una enorme popularidad. A partir de entonces se coloca en un lugar muy controvertido que desnuda la siempre compleja tensión entre el prestigio y la popularidad, o entre la seriedad y la “morisqueta”. Transita esa doble pertenencia yendo del chiste televisivo y la comedia comercial a los grandes textos en los teatros oficiales. Irina Alonso e Ingrid Pelicori 5 Admirado, cuestionado, aplaudido, amado. Y realizando trabajos teatrales que son hitos de la historia de nuestro teatro, como Querido mentiroso, Un enemigo del pueblo, Cyrano de Bergerac. Bianco muere a los cincuenta y cinco años, durmiendo la siesta. 

En la plenitud tanto de su popularidad como de su prestigio, con una breve pero insuperable temporada teatral encarnando a Cyrano de Bergerac. Este libro intenta recuperar la trayectoria de un actor fundamental para la historia de nuestro teatro, a la vez que refleja entre líneas un tiempo cultural muy rico, de bohemia y gran camaradería. Pero este libro también cuenta una historia familiar: el casamiento de Bianco con Iris Alonso, perteneciente a una familia de actores, y la conformación de un querido y prestigioso clan familiar junto a Tito y Pola Alonso, Osvaldo Dragún y María Rosa Gallo. Finalmente este libro trata de dos hijas, nosotras, que pierden a su padre: Irina con diez años, Ingrid con veinte, y que muchos años después, a partir del hallazgo de numerosas carpetas con recortes de reportajes, notas y críticas, encaran la reconstrucción de su vida. Cada una también con los recuerdos personales de un padre que, con su presencia y con su ausencia, las marcó en su vida y en su profesión. A más de cuarenta años de su muerte, reconstruir una biografía de Ernesto Bianco, un relato completo de su vida, su obra y su significación, ha implicado un intenso trabajo de búsqueda e investigación. Bianco no ha dejado reportajes orales. Su palabra ha sido recuperada a partir de sus declaraciones en una gran cantidad de entrevistas en revistas y diarios de la época, reunidas en los archivos familiares. En estos artículos periodísticos también se consignan los hechos fundamentales de su vida y de su trabajo, así como las opiniones de la crítica especializada y numerosas notas de color. La primera parte de este libro recorre, a partir de estos materiales, la vida y los trabajos de Bianco, a la vez que reconstruye la voz con la que Bianco se cuenta a sí mismo. 

Hemos decidido contar esta primera parte desde una suerte de voz neutral, dejando nuestro testimonio personal y afectivo para las páginas finales. La segunda parte del libro reúne un gran número de relatos y recuerdos de actores, colegas, y amigos. Son el testimonio de quienes lo conocieron y de aquellos que compartieron con él parte de su vida y su trabajo, o bien que han sido inspirados por él en su deseo de ser actores. Todos han manifestado una total disposición, y hasta emoción, frente a la invitación a recordarlo. Nuestro más profundo agradecimiento a todos ellos. NUESTRO INOLVIDABLE ERNESTO BIANCO I. QUIÉN ES ERNESTO BIANCO 6 Hemos querido que se oyeran todas estas voces, cada una con su particularidad, cada una con las eventuales distorsiones que produce el tiempo en la memoria, contando anécdotas, impresiones, sentimientos, y dando testimonio también de sí mismos, de los modos de ejercer la profesión en esa época y del tipo particular de vínculos que se generaba.

 En cada momento de la primera parte de este libro está señalado cuál de los testimonios de la segunda parte se refiere al tema en cuestión, de modo de poder ampliar la información y la resonancia de cada episodio. En este sentido, es posible una lectura que sea un ir y venir entre la palabra de Bianco y la palabra de sus compañeros o entre los datos fríos y objetivos de la biografía, y los relatos llenos de afecto y color de los protagonistas de los recuerdos. Muchos de ellos lamentan que ya no existan aquellas largas sobremesas en los restaurantes donde se reunían los actores después del teatro a contar anécdotas, que a veces pasaban de generación a generación. Nos gusta pensar que sumergirse en esta sucesión de relatos equivale a espiar o tal vez imaginar aquellas sobremesas de añorada camaradería donde los actores se contaban sus vidas, sus reflexiones sobre el trabajo y sus sentimientos. Los recuerdos de los entrevistados permiten reconstruir un clima de época que da cuenta también de quién fue Ernesto Bianco. 

Porque más allá de su singularidad, su incuestionable talento y su fuerte personalidad, Bianco ha sido también un hijo de su tiempo. Inolvidable para todos quienes lo conocieron, para los que tuvimos la dicha de compartir alguna experiencia con él, alguna fracción de vida, arriba o abajo del escenario. 

 Ingrid e Irina (Buenos Aires, 9 de febrero de 2021)

martes, 21 de abril de 2026

AA. VV. Abordajes literarios Cuentos del mar Fragmento.


 

Organizados en once capítulos de poético orden temático, los cuentos reunidos en Abordajes literarios confirman que el mar es uno de los lugares por excelencia en la historia de la literatura universal: el mar fue siempre posibilidad y desafío, anhelo y nostalgia. 

En esta antología no solo se cuenta sobre naufragios, océanos, puertos, marinos, bestias de mar, barcos y travesías a lo largo de distintas épocas y geografías. El lector también encontrará relatos sobre la voluntad de dominio, historias de mujeres pirata y monstruos marinos.

Abordajes literarios contiene cuentos raros y desconocidos y por supuesto clásicos —⁠en nuevas traducciones⁠—, entre otras derivas. Se incluyen, entre otros, textos de Claudia Aboaf, Mónica Ávila, Emilia Pardo Bazán, Ambrose Bierce, Ray Bradbury, Arnaldo Calveyra, Carlo Collodi, Arthur Conan Doyle, Joseph Conrad, Daniel Defoe, Lord Dunsany, Victoria Esplugas, C. E. Feiling, Góngora, Philip Gosse, Jorge Goyeneche, Patricia Highsmith, Franz Kafka, conde de Lautréamont, J. M. G. Le Clézio, Valeria Limardo, Jack London, Stéphane Mallarmé, Juan Mattio, Guy de Maupassant, Herman Melville, Jules Michelet, Edgar Allan Poe, Patricia Ratto, Juan José Saer, D. F. Sarmiento, Marcel Schwob, Mary Shelley, Robert Louis Stevenson, Bram Stoker, Antonio Tabucchi, León Tolstói y Jules Verne. Página 2 AA. VV. Abordajes literarios Cuentos del mar ePub r1.0 Titivillus 29.07.2021 Página 3 Título original: Abordajes literarios AA. VV., 2020 Compilación: Juan Bautista Duizeide Editor digital: Titivillus ePub base r2.1 Página 4 ÍNDICE Planeta mar I. De madera, de acero, de palabras Lo inconcebible y lo monstruoso – Jack London En las entrañas de la bestia – Jules Verne Cartas que no llegan – Frederick Marryat Un deseo – Richard Wagner El regreso al hogar del Shamraken – William Hope Hodgson Caleuche y Lucerna – Leyendas del archipiélago de Chiloé Nave madre – Louise Michel II. Navegar es preciso Piedad de piratas – Carlos de Sigüenza y Góngora El botín más preciado – E.J. Trelawney Un gaje del oficio – William Bligh Brisa marina – Stéphane Mallarmé Rumbo a lo más desconocido – Guy de Maupassant Para no volver – Edmundo de Amicis Desde la orilla – Gustave Flaubert La fría letra – Raúl Guerra Garrido Un laberinto de ecos y rumores – Patricia Ratto Azar – J.M.G. Le Clézio Velas, rezos y creencias – Valeria Limardo III. Navegación y voluntad de dominio Primer viaje de Simbad el Marino – Anónimo Noticias del Edén – Jorge Goyeneche Fuga y misterio – Mary Shelley Más-a-fuera – Domingo Faustino Sarmiento Desde las sombras – José Luis Zárate Una recalada prodigiosa – Bram Stoker IV. Vórtices, galernas, calmas, abismos La noche del buque náufrago – Francisco Tario Encajes – Mónica Ávila El vino del mar – Emilia Pardo Bazán Un descenso al Maelström – Edgar Allan Poe El templo – Howard Phillips Lovecraft El barco se hunde – Robert Louis Stevenson Página 5 V. Corazones de agua El silencio de las sirenas – Franz Kafka Una patria – Victor Hugo Vida y hazañas de Mary Read – Daniel Defoe Mi Cristina – Mercè Rodoreda Delicias del anacronismo – Philip Gosse Y el viejo pescador – Erri De Luca Amor profundo – Isidore Ducasse, conde de Lautréamont Metamorfosis acuáticas – Carlo Collodi La sirena de niebla – Ray Bradbury Moby Dick II o la ballena misil – Patricia Highsmith Una ballena ve a los hombres – Antonio Tabucchi VI. Llegar Bravo mundo nuevo – Juan José Saer Rumbo a una palabra – William Henry Hudson El puerto – Charles Baudelaire Françoise – León Tolstói ¡Fallaste, capitán! – Isaak Bábel Guardia nocturna – Manuel Rojas Las dos irlandesas – Héctor Pedro Blomberg Lo imborrable – Bernardo Kordon Canción del marinero inmigrante – Arnaldo Calveyra La noche en que el muro de Berlín cayó en La Boca – Marcelo Carnero VII. Lenguas de mar La voz de la eternidad – Jules Michelet El mayor Stede Bonnet, pirata de alma – Marcel Schwob Locos de guerra y mar – Benito Pérez Galdós Por el canal – C.E. Feiling Clandestinos – Juan Mattio Rumbo al origen – Joseph Conrad VIII. Derivas La Luna y los libros de viajes – Gottfried Bürger Historia de mar y tierra – Lord Dunsany El capitán del Estrella Polar – Arthur Conan Doyle Del lado oscuro – Claudia Aboaf IX. Náufragos El náufrago más grande del mundo – Jonathan Swift Islas – Blaise Cendrars El sobreviviente insistente – Horacio Butler La tripulación del bote salvavidas – Ambrose Bierce Página 6 X. Hazañas De cómo calmar las aguas – Biblia, versión Reina-Valera De cómo escapar a la música – Homero De cómo ganar tiempo – Antonio Pigafetta ¿Con esa cara? – Robert Fitz Roy ¿Con este barco? – Charles Darwin El marketing de la catástrofe – Atribuido a sir Ernest Shackleton Aguas profundas – Victoria Esplugas Comienza a morir todo en torno – Vito Dumas Navegante solitario – Horacio Castillo XI. Volver John Marr – Herman Melville Una peregrinación – Joshua Slocum Juego de damas – Marlon Brando y Donald Cammell La Gran Ruta – Javier Guiamet Página 7 Página 8 Planeta mar «La tierra es azul como una naranja» asegura un verso de Paul Éluard. Tamaña afirmación puede escandalizar al sentido común, pero no la desautoriza la cosmografía: el tercer planeta del sistema solar es casi esférico, levemente achatado en los polos, hinchado en su ecuador, casi tres cuartas partes de él son agua y un noventa por ciento de esa agua está en los mares y océanos.

A través de ellos tuvieron lugar durante siglos migraciones, tráficos comerciales, guerras. No hubo gran imperio que no fundara su prosperidad sobre cimientos líquidos. La sal de ultramar condimenta epopeyas: la Odisea de los antiguos griegos, las Eddas de los nórdicos, la Eneida de los romanos, los Lusíadas de los portugueses, los Viajes recopilados por Hakluyt que son la dispersa epopeya de Inglaterra. También hay viajes por mar en Esquilo, en la Biblia, en Shakespeare, en Cervantes. Y la literatura popular del siglo XIX —⁠desde los viajeros extraordinarios de Verne a los piratas de Salgari, pasando por incontables émulos del náufrago Robinson⁠— celebró las aventuras marítimas mediante océanos de tinta. Pero el conocimiento y la soberanía humanas sobre el azul no se lograron sin esfuerzo, sin lucha, sin dolor. «Oh, mar, cuánta de tu sal son lágrimas de Portugal» escribió Fernando Pessoa. 

La historia de la literatura universal —postuló Borges⁠— no es sino la historia de la diversa entonación de unas pocas metáforas. La repetida y variada presencia del mar a través de lenguas, de géneros y de tiempos no desmiente su hipérbole. Acaso la más antigua de esas pocas metáforas sea la que vincula vida humana y aventura marítima: la navigatio vitae, que considera la existencia como navegación, como peregrinaje a través de un ámbito de máxima inestabilidad, a merced de sus criaturas, de sus tormentas y de sus calmas no menos peligrosas. La posibilidad implícita es el naufragio, pero a cambio la navegación ofrece el encuentro con lo nuevo, con la terra incognita o la tierra prometida. El mar fue siempre posibilidad y desafío, anhelo y nostalgia. «Lejos del mar y de la hermosa guerra, que así el amor lo que ha perdido alaba», escribió Borges —⁠ya viejo y ciego⁠— al inicio de Página 9 «Blind Pew», soneto dedicado a un personaje de La Isla del Tesoro de R. L. Stevenson. No todas las culturas entonaron de la misma manera el tópico de la navigatio vitae.

En España, el imperio que a partir de 1492 empezó a revelar a Europa un mundo nuevo, tan inmenso que se llegó a afirmar que en él nunca se ponía el sol, primó el polo del naufragio por sobre el de la promesa. Las coronas de Castilla y Aragón parecieron adherir a la máxima romana espetada alguna vez por Pompeyo —⁠quien lo narra es Plutarco⁠— a una tripulación remisa ante el mar agitado: «navigare necesse est, vivere nie necesse» (navegar es necesario, vivir no es necesario). Consigna que no expresa inclinación popular alguna, sino que plantea una candente razón de Estado: el imperio, para serlo, debía convertir al Mediterráneo en Mare Nostrum. Algo bien diferente al regocijo implícito en la exclamación «Thalassa, thalassa» (¡el mar, el mar!) en la que prorrumpieron los soldados griegos de regreso de una expedición al Asia Menor, según informa la Anábasis de Jenofonte.

Al divisar la extensión azul sintieron que ya habían regresado a casa. El mar irrumpe como una amenaza en las letras hispánicas hacia el siglo XV, cuando faltaba muy poco para el descubrimiento de América: «Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar / que es el morir…», escribe Jorge Manrique en las Coplas a la muerte de su padre. Desde entonces, con frecuencia, mar, barcos y navegaciones fueron asociados en el idioma castellano a imágenes dolientes. Una cantiga anónima dice: «¡Ay, mar brava, esquiva / de ti doy querella / facesme que viva / con tan gran mansella […] por servir señores / en ti es metido. / Dime, ¿adónde es ido? / ¿Do volvió la vela?». En esa misma línea, Juan de Dueñas escribe un largo poema, La nao de amor, en el que rechazo y naufragio se identifican en una sucesión de imágenes catastróficas: «… dejome desamparado / en los desiertos más fieros / de los mares engolfados». Ya por el siglo XVI, Lope de Vega —⁠quien fue soldado de Marina en una escuadra descubridora, y padeció el desbande de la Armada Invencible vencida por un temporal en el Canal de La Mancha⁠—, afina y complejiza esa cadena asociativa en La Dorotea: «¡Pobre barquilla mía, / entre peñascos rota, / sin velas desvelada / y entre las olas sola! / ¿Adónde vas perdida? / ¿Adónde, di, te engolfas? / Que no hay deseos cuerdos / con esperanzas locas».

En Vida retirada, advierte Fray Luis de León: «Ténganse su tesoro / los que de un flaco leño se confían: / no es mío ver al lloro / de los que desconfían / cuando el cierzo y el ábrego porfían. // La combatida antena / cruje, y en ciega noche el claro día / se torna; al cielo suena / confusa vocería, / y la mar enriquecen a porfía».

Antes de perder el Página 10 mar en batallas, bulas, tratados y guaridas de prestamistas, España parece haberlo ido perdiendo en sus letras. Resulta significativo que el ciclo de Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós —⁠máxima expresión del realismo español, comparable a La comedia humana de Balzac⁠— se inicie con la novela Trafalgar, publicada en 1873, a casi setenta años de la batalla del mismo nombre en la que Nelson derrotó a la flota combinada franco española, con lo cual se inició en los mares un período de absoluta supremacía británica. Bien distinta es la entonación que hacen los ganadores de Trafalgar de la navigatio vitae.

El entusiasmo y la confianza dominantes, incluso el triunfalismo, pueden ejemplificarse con la canción patriótica Rule, Britannia!, cuyas primeras versiones conocidas son de inicios del siglo XVIII. La canción llega a afirmar «Britannia rules the waves» (Inglaterra gobierna las olas). Como señala Joseph Conrad en su relato «Juventud» (1902), allí «el hombre y el mar se interpenetran, el mar forma parte de la vida de la mayoría de la gente, y la gente sabe algo o todo acerca del mar, por razones de pasatiempo, viajes o trabajo». 

Aunque hay consenso crítico en señalar como primera novela estrictamente marinera a la creación de un estadounidense —⁠El piloto (1824), de James Fenimore Cooper⁠—, fue en el gran imperio que gobernó los mares hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial donde se desarrolló con más constancia una literatura marinera. La cimentaron Daniel Defoe, Lord Byron, Walter Scott, S. T. Coleridge, Wilkie Collins, Frederick Marryat. Llegó a su cima con Robert Louis Stevenson y Joseph Conrad. Y si bien la máxima novela de este subgénero también fue escrita en lengua inglesa —⁠Moby Dick (1851), del neoyorquino Herman Melville⁠—, casi no hay literaturas que no incluyan obras vinculadas con el mar y los navegantes. Desde mediados del siglo XX, pervive como eco una narrativa marinera no tan intensa en cuanto a sus búsquedas estéticas, su indagación existencial, su potencia de impugnación ética y política.

 Si a Conrad le molestaba que lo calificaran como alguien que escribía acerca de barcos —⁠«¡yo escribo sobre la humanidad!», protestaba⁠—, a sus epígonos, por lo general, los enorgullece tal encasillamiento. La narrativa clásica del mar, tal como la practicaron los anglosajones, suele responder a un esquema de acuerdo con el cual los protagonistas se desplazan de la metrópoli a la periferia y retornan enriquecidos de experiencias, de símbolos, de bienes materiales. No es otro que el esquema formado por La Ilíada y la Odisea. A él responden, pese a todas sus Página 11 diferencias, Moby Dick de Melville, La Isla del Tesoro de Stevenson o Tifón de Joseph Conrad. Si bien ese esquema fue subvirtiéndose desde adentro, con críticas contra el avance de la civilización capitalista europea —⁠como estudió el intelectual palestino Edward Said en Cultura e imperialismo⁠—, no dejó de tratarse de una literatura de periferias miradas desde la metrópoli. La narrativa hispanoamericana —⁠de modo análogo al procedimiento del constructivista uruguayo Torres García, que en su célebre mapa ubicó en lugar del Norte al Sur⁠— desbarata ese esquema.

Cultiva una novela de pura periferia, deriva, errancia y —⁠de modo frecuente⁠— desastre, con gran presencia de las voces obliteradas tanto por la historia como por las narrativas europeas: los subalternos, los malditos, los bastardos. Son buenos ejemplos de esto Lanchas en la bahía (1932), del chileno Manuel Rojas; Mar muerto (1936), del brasileño Jorge Amado; El náufrago de las estrellas (1979), del argentino Eduardo Belgrano Rawson; La fragata de las máscaras (1996), del uruguayo Tomás de Mattos; La cacería (1997), del también uruguayo Alejandro Paternain; La tierra del fuego (1998), de la argentina Sylvia Iparraguirre, o las obras de los autores hispanoamericanos que con más insistencia desarrollaron una literatura del mar: el narrador chileno Francisco Coloane, imbuido de las leyendas del Archipiélago de Chiloé, donde nació; el narrador y poeta colombiano Álvaro Mutis, creador del ciclo de novelas de Maqroll el Gaviero; el narrador y poeta argentino Hugo Foguet, un tucumano que navegó por todo el mundo durante años como maquinista de buques cargueros.

 Hoy la aviación comercial prácticamente vació los mares de buques de pasajeros de larga distancia, pero la mayor parte de los grandes tráficos comerciales se sigue haciendo por vía marítima. El mar perdura además en cantidad de palabras y expresiones cotidianas: «mandar al carajo», «ir viento en popa», «aguantar contra viento y marea», «andar a la deriva», «vivir una odisea», «navegar por Internet». El mar no solo sigue presente en la imaginación y reaparece año a año en la narrativa, el teatro, la poesía, el cine, sino que además influye sobre géneros y asuntos supuestamente alejados. Jack Kerouac, al inicio de En el camino (1957), biblia de la literatura beat, hace que el narrador protagonista, antes de emprender un viaje iniciático y mítico hacia el Oeste, se compare con el Ishmael de Moby Dick que parte hacia el cabo de Hornos.

Stanley Kubrick dirigió la gran película de ciencia ficción de los sesenta: 2001, que combina psicodelia, existencialismo y trascendentalismo. Odisea del espacio es el subtítulo. Casi diez años después, Ridley Scott dirigió la perturbadora Alien, ya un clásico de la ciencia ficción y el terror. La nave atacada por un ser mutante y extremadamente agresivo se Página 12 llama Nostromo, igual que una de las novelas de Joseph Conrad. El viajante de comercio espacial creado por Angélica Gorodischer que cuenta (o miente) sus travesías interestelares, un poco a la manera de Marco Polo, en un bar de Rosario, se llama Trafalgar. Ejemplos análogos podrían extenderse a lo largo de muchas páginas. El astronauta Neil Armstrong, comandante de la misión Apolo XI, primer hombre en pisar la luna, declaró alguna vez que dados las niveles de conocimiento del universo, como el abismo tecnológico entre el Renacimiento y el siglo XX, su viaje podía considerarse menos arriesgado y meritorio que el cruce del Atlántico Norte comandado por Cristóbal Colón.

 Armstrong era un guerrero que había realizado antes de convertirse en astronauta casi ochenta misiones aéreas durante la guerra de Corea, si hubiera sido poeta, habría podido contarnos, tal vez, que vista desde la luna, la tierra es azul como una naranja. Página 13 Página 14 I DE MADERA, DE ACERO, DE PALABRAS Página 15 Página 16 Muchos son los materiales con los que la humanidad fue construyendo ingenios flotantes para sortear una vía de agua, para pescar más allá de la rompiente, para alcanzar una isla admirada desde la costa, para surcar los mares, para circunnavegar el planeta.

Troncos ahuecados, pellejos de animales inflados, huesos, maderas atadas, encastradas, clavadas, junco, paja, barro, cuero, hierro, acero, aluminio, cemento, fibra de vidrio, plástico rotomoldeado, kevlar. No solo cada una de las partes de una embarcación lleva un nombre específico, sino que resultan innumerables las palabras que las distinguen o vanamente procuran clasificarlas: acorazados, alíscafos, anchoeros, avisos, arrastreros, balleneras, barcas, barcazas, barreminas, bedetés, bergantines, botes, bricks, bricbarcas, brulotes, bucetas, bulk carriers, cableros, cachirulos, cajoneros, camaroneros, canoas, cañoneras, cap horniers, carabelas, carboneros, carracas, catamaranes, cats, clippers, cocas, coraclos, corbetas, corocoas, cruceros, cutters, chalanas, chalupas, chatas, chelingas, cogs, dalcas, destructores, doris, downeasters, dhows, dragas, drakkars, dreadnoughts, escoltas, esneccas, esquifes, factorías, falúas, falucas, ferrys, fragatas, fresqueros, frigoríficos, fustas, gabarras, galeazas, galeones, galeras, goletas, guardacostas, hermafroditas, hovercrafts, indiamans, jachts, jangadas, juncos, kayaks, knorrs, lanchas, lanchones, libertys, llauts, metaneros, minadores, mineraleros, monocascos, motonaves, multicascos, naos, optimists, outriggers, pailebotes, patachos, pateras, patrulleros, popoffkas, portaaviones, portacontenedores, polacras, poteros, poveiras, queches, quimiqueros, remolcadores, rompehielos, ro-ros, sampanes, submarinos, sumacas, suppliers, taburechas, tall ships, tanqueros, traineras, tramp steamers, transatlánticos, transbordadores, urcas, vapores, vaporettos, west indiaman, windjammers, xenias, yawls. La enumeración aspira al infinito. Y esas son, apenas, las especies. Además, están los individuos. Ningún barco puede considerarse completo si no tiene un nombre inscripto en su popa y sus amuras. Merced a hazañas o tropelías se han hecho famosos, a través de las aguas de la historia, la Santa María de Colón, la Victoria de Sebastián Elcano, la Página 17 Santísima Trinidad (tan grande para su tiempo que la llamaban «el Escorial de los mares»), el Golden Hind de Drake, la Bounty capitaneada con mano férrea por Bligh y luego por el amotinado Fletcher Christian, el Adventure de Cook, el Victory de Nelson, el Essex de Pollard y Owen Chase, el Beagle de Fitz Roy y Darwin, el Discovery de Scott, el Endurance de Shackleton, el «insumergible» Titanic, el Feuerland de Plüschow, el Seeadler de Von Luckner, el Calypso de Jacques Cousteau. Igualmente famosos merecerían ser el Saint Louis y el Winnipeg, pero la mayor parte de las historias de la navegación los omiten. Eligen olvidarlos como se olvida un remordimiento o un temor.

Al primero lo llamaron también el barco de los condenados, partió desde Hamburgo con un pasaje compuesto por judíos alemanes en busca de refugio ante el avance del nazismo, pero los puertos del mundo se le fueron cerrando, debió regresar a su puerto de zarpada, y la mayor parte de sus pasajeros murió en campos de concentración. El vapor francés Winnipeg sí logró su cometido: llevar al puerto chileno de Valparaíso más de dos mil republicanos españoles que huían del franquismo.

 Pablo Neruda fue quien organizó, junto a su esposa Delia del Carril, este viaje de solidaridad con los vencidos. La noche en que el Winnipeg zarpó al fin de Trompeloup, escribió: «Que la crítica borre toda mi poesía, si le parece. / Pero este poema no podrá borrarlo nadie». Por los mares de la ficción navegan el Pequod de Moby Dick, la Hispaniola de La Isla del Tesoro, el Narcissus de Conrad, el Nautilus del capitán Nemo, el Oedipus Tyrannus de Ultramarina. A la deriva por aguas de leyenda, aparecen y desaparecen —⁠es la costumbre y la gran habilidad de los barcos fantasma⁠— el Mary Celeste, el Flying Dutchman, el Lady Lovibond, el Marine Sulphur Queen, el Caleuche, el Lucerna, el Octavius, la Joyita, el SS Baychimo, el Caiman Caribean, el Lyubov Orlova. Además de especie y nombre propio, todo barco tiene una personalidad: formas de ser y de hacer, inclinaciones, costumbres, manías. Tal vez por eso hay una superstición náutica de alcance universal que vaticina toda suerte de infortunios para la embarcación que cambie de nombre.

 Como si imponerle un bautismo distinto al de su botadura constituyese un pecado de sustracción de identidad, un intento catastrófico de intentar cambiarle el alma. Los tripulantes suelen hablar con su nave. En ese ritual de amor y odio hay una posibilidad para la literatura. Y también una constatación: los barcos avanzan no tanto a vela, a vapor o a energía nuclear como a palabras.

domingo, 5 de abril de 2026

Marta Cristina Sacristán Locura e Inquisición en Nueva España, 1571-1760 Fragmento

 


AGRADECIMIENTOS 

Al maestro Juan Pedro Viqueira, desde sus clases en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, le debo mi formación como historiadora. Cuando aceptó con entusiasmo la dirección de mi tesis de licenciatura presentada en 1987, supo guiarme con sus acertadas observaciones, me dio aliento en las dificultades y compartió conmigo la emoción que significa acercarse por primera vez a la Historia. El apoyo, el interés y las muy estimulantes críti cas de José Antonio Robles y de Sergio Ortega, las asiduas discusiones en el Seminario de Historia de las Mentalidades, el asesoramiento médico y psiquiátrico de Héctor Pérez-Rincón y de Carlos Viesca durante el transcur so de la investigación despejaron dudas y contribuyeron a desbrozar caminos absolutamente nuevos para mí. Tuvieron la amabilidad de leer un primer borrador de la tesis Juan Carlos García, Thomas Calvo y Mario H. Ruz, cuyos comentarios completaron sustancialmente el trabajo. Con miras a la publicación de la tesis tuve la oportunidad de introducir mejoras, fundamentar algunos puntos débiles y plantear nuevas preguntas gracias a las sugerentes ideas de José Lameiras, a las correcciones en mate ria de teología de Carlos Herrejón, a los detallados comentarios de Heriber- to Moreno y de Josefa Vega y a las observaciones de Jorge González Angu lo. La guía de don Roberto Beristáin en el Archivo General de la Nación y en la Biblioteca Nacional fue inmejorable. Al señor Pedro Torres Aguilar mucho le agradezco sus comentarios de estilo y a la señorita Guillermina Coronado su paciente labor de mecanografía. Este trabajo nunca hubiera visto la luz pública sin el decidido interés de Andrés Lira González, presidente de El Colegio de Michoacán, al proponer la coedición. Un valioso apoyo académico y financiero recibí de la Dirección de Estu dios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia, pero fue definitiva la contribución moral y económica de mis tíos matemos durante gran parte de la investigación. México, D. F., julio de 1989 


INTRODUCCIÓN L A ACTUALIDAD DE LA LOCURA 

El interés por la historia de la locura en Nueva España nace del deseo de comprender la mentalidad de una sociedad a través de un fenómeno marginal que precisamente por ello subvierte el orden. El sentido de aden trarse en la concepción de la locura y en la actitud de la sociedad hacia los locos es también el de comprender a los cuerdos. El concepto de locura pone al descubierto los valores ideales que promueve la sociedad, mientras que la relación entre locos y cuerdos evidencia las formas de sociabilidad. Fsta investigación abarca el virreinato de la Nueva España, jurisdicción territorial del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, principal fuente de información consultada, y el periodo 1571-1760 que marca el estable cimiento del Santo Oficio en la ciudad de México (1571) y el inicio de una transformación en los aspectos analizados con las nuevas ideas ilustradas que florecieron en la segunda mitad del siglo xvm (1760). Antes de plantear el problema que abordaremos es importante bosquejar las dos grandes corrientes actuales de interpretación de la enfermedad men tal con el fin de comprender la orientación dada a las fuentes consultadas y el objetivo final que se persigue. 

De hecho la relación presente/pasado ha sido un hilo conductor a lo largo de la investigación, no con el objeto de bus car en la historia soluciones mágicas a problemas contemporáneos —la locu ra y el mundo de los locos son en nuestros días un problema humano y médico aún no resueltos—, sino para reflexionar sobre cómo otras sociedades han respondido a cuestiones que hoy son de actualidad. Las diversas interpretaciones sobre la enfermedad mental desde el punto de vista de la psiquiatría se podrían reducir a dos: la corriente biológica y la tendencia social. La primera responde a un proceso general que la medici na vivió en algunas sociedades europeas desde el siglo pasado, en particu lar tras la tercera década del siglo xix, al desvincularse los factores políticos y sociales de los problemas de salud y enfermedad.1 Se privilegiaron entonces las causas biológicas como explicación de las enfermedades en detrimento de la influencia de los factores sociales e históricos; así, la "his toria natural" del padecimiento excluyó a la "historia social".2 De igual 1 E. L. Menéndez, 1978, p. 12. 2 Ib., pp. 15-17. modo, la enfermedad ocasionada por circunstancias colectivas se redujo a un "problema individual" que requería también una cura personal en manos de un profesional —el médico— con menoscabo de la participación de la sociedad.3 Probablemente el creciente desarrollo que la medicina tuvo en el siglo xix la volvió más autónoma, al grado de independizar la enfer medad de sus vínculos con lo social. La medicina quiso encontrar en sí misma la explicación de la salud y la enfermedad, haciendo de ellas un mero hecho biológico. Para el caso particular de la psiquiatría este proceso estuvo motivado por el anhelo de ser considerada ciencia, posibilidad que se dio a través de la neurofisiología, la bioquímica y la química, justo en el momento en que las ciencias superaban el criterio de exactitud que hasta entonces parecía serles intrínseco.4 Si bien las prácticas que se derivaron de esta visión recibieron numerosas críticas, no fue sino hasta los años sesenta de nuestro siglo cuando más cuestionada se vio su legitimidad. Por lo que hace a la medicina en general, se observó su insuficiencia en áreas relacionadas con aspectos sociales. Por ejemplo, en la relativa a la nutrición, que evidenció su íntima vinculación con la situación socioeconómica: el hambre en que estaban atrapados los países desarrollados era una fiel muestra de ello. En esa misma década se hizo patente el problema de la contaminación ambiental como generador de numerosos padecimientos. Además, los sesentas comprobaron un creci miento de las enfermedades mentales. Difícil era seguir cerrando los ojos a los factores socioeconómicos.5 La psiquiatría, como otras disciplinas, no salió indemne de estas vicisi tudes y tuvo que afrontar los severos cuestionamientos a su práctica asilar de los que resultaron nuevas interpretaciones de la locura sobre todo en Inglaterra, Italia, Francia y Estados Unidos e intentos de reforma manico- mial en los dos primeros países. 

Esta psiquiatría social atendió a la historia del paciente desdeñando los aspectos biológicos, y atribuyendo la enfer medad a un "ambiente loco" por contraposición a la psiquiatría biológica que la redujo a la expresión de un daño cerebral espetando encontrar "moléculas locas" o un "metabolismo esquizofrénico".6 La política de aislar a los enfermos mentales, motivada por la concepción biologista y por aquella que los considera como un peligro material y moral para la sociedad, mostró no sólo su ineficacia en la curación, sino incluso la reproducción de la propia enfermedad. De ahí que, entre otras interpreta 3 M. Campuzano Montoya, 1983, p. 63. 4 V. Andreoli, 1986, pp. 9-12. 5 E. L. Menóndez, 1978, pp. 23-29 6 V. Andreoli, 1986, pp. 7, 215; T. S. Szasz, 1981, pp. 32-34. El hecho comprobado de que tanto en los establecimientos psiquiátricos como en las cárceles "siempre están los mismos", es decir, entran y salen para volver a ser recluidos, evidencia la incapacidad de reinserción social de estas instituciones. dones, la locura se conciba como la expresión de las contradicciones que inundan la vida cotidiana, a las que se encuentran sometidos tanto cuerdos como locos con la sola diferencia de que el individuo con un trastorno intenta defenderse de dichas contradicciones, bajo mecanismos diferentes a los casi siempre utilizados, precisamente porque carece de las posibilidades de defensa que la sociedad procura a los "normales".7 La locura no sería ya sólo una "entidad natural" cuyo destino fuera exclusivamente el mani comio. Es así como las normas de salud mental y de moralidad se hallan unidas en las sociedades. Son dos lenguajes distintos: uno médico, otro ético, que responden a una misma finalidad: moldear las relaciones humanas de acuerdo con los principios que fundamentan el statu quo. El compor tamiento de los individuos que disfrutan de una próspera salud mental se corresponde con el deseado y protegido por la sociedad, mientras que la actitud de un enfermo mental cuestiona los valores y principios que rigen la vida de los demás.8 Dichos intentos de reforma manicomial abogan por un acercamiento entre el enfermo y su sociedad, por una voluntad social de comprender la locura a partir del análisis de las propias contradicciones vividas por todos y que el loco refleja como en un espejo; en vez de recluir al loco con el fin de readaptarlo a la sociedad, se deben cuestionar primero los principios en los que ésta se sustenta.9 Al respecto, Vittorino Andreoli considera que existe una "tercera vía" entre la biológica y la social. Para conciliar ambas posiciones propone un nuevo concepto de enfermedad mental que dé cuenta de lo biológico y de lo cultural. Una psiquiatría que se ocupe tanto del encéfalo como del ambiente y la historia del sujeto, opción frente a la dicotomía en que parece debatirse la psiquiatría actual. Resulta inoperante definir un sistema ence fálico como enfermo sin considerar las funciones que desempeña en un ambiente histórico-cultural determinado; también parece infructuoso carac terizar un ambiente de insano sin relacionarlo con los sujetos biológicos sobre los que actúa. De hecho una afección orgánica puede ser, de acuerdo con la sociedad de que se trate, patológica o perfectamente normal.

10 En este proceso de renovación de la psiquiatría vivido por el mundo occidental México no permaneció al margen. Hasta principios de los sesen tas La Castañeda —el moderno manicomio inaugurado en 1910 con motivo del centenario de la Independencia mexicana— era el único lugar especia lizado de reclusión de los enfermos mentales por lo que a beneficencia 7 E. Correa Duró, 1985, pp. 57-58; J. López Linage, 1977, pp. 64-67. 8 T. S. Szasz, 1981, p. 185. 9 J. López Linage, 1977, pp. 65 y 76. 10 V. Andreoli, 1986, pp. 219 y 235-237. pública se refería, salvo dos excepciones: el hospital San Pedro del Monte en León, Gto., que data de 1945, y otro en el Distrito Federal.11 Las pésimas condiciones en que se hallaban los internos de La Castañeda y su conocimiento público llevó al presidente Díaz Ordaz a la construcción de 11 nuevas unidades, denominadas granjas-hospitales, entre 1964 y 1967. A ellas se trasladó la población de La Castañeda, que en ese tiempo alber gaba a 5 000 almas cuando su capacidad era de 1 000. La "Operación Cas tañeda", como se denominó esta reforma manicomial, anunció que las granjas-hospitales ubicadas fuera de la ciudad permitirían a muchos de los enfermos recuperarse gracias al mayor contacto con la naturaleza, a la te rapia ocupacional (áreas para cultivo, granjas con aves de corral, porqueri zas, criadero de conejos, panadería, talleres de costura, etc.) y recreativa (canchas de baloncesto, áreas para juego, auditorio, etc.). A los incurables se les proporcionaría un lugar en el que podrían pasar el resto de sus días sin dolor ni sufrimiento. A los pocos años, estos hospitales modelo estaban poblados de prostitu tas, delincuentes, niños y ancianos abandonados, alcohólicos, drogadictos, vagos, epilépticos y hasta de locos. En 1978 nada parecía haberse cumplido: los mismos vicios, sistemas de curación y prácticas corruptas imperantes en Lr» Castañeda se trasladaron a las granjas.12 Resumiendo, las deficiencias que en 1978 presentaban estas granjas-hos pitales a 11 años de su puesta en marcha eran: la falta de personal capacita do (médicos generales, psiquiatras, enfermeras y personal de vigilancia); el progresivo abandono de la terapia ocupacional y recreativa antes men cionada; la desnutrición y la falta de higiene como causas importantes de mortalidad; la aplicación de terapias electroconvulsivas anacrónicas para esa época, así como la experimentación de medicamentos no suficiente mente comprobados con los enfermos. También las caracterizaban el diag nóstico de la enfermedad sin tomar en cuenta antecedentes genéticos, alco holismo, drogadicción o la situación laboral y socioeconómica del paciente, así como las crecientes dificultades para una rehabilitación a domicilio motivadas por desconocer, en un elevado número de casos, el paradero de los familiares de los enfermos.13 En México, el interés de algunos grupos por la problemática de las enfer medades mentales llevó en 1978 a la celebración del IV Encuentro Interna 11 G. Somolinos D'Ardois, 1976, pp. 147-148; T. Gurza, 1978a, p. 9, y 1978e, p. 8. 12 C. Rodríguez Ajenjo, 1984, pp. 217-219; T. Gurza, 1978a, p. 9 y 1978g, p. 9. 13 Además de los artículos mencionados de T. Gurza, se revisaron de la misma autora, 1978b, c, d , f, h, e i. 

El Hospital Campestre Doctor Samuel Ramírez Moreno, inaugurado en 1967 y ubicado en Tláhuac, fue objeto de un reportaje periodístico en septiembre de 1985 y el H‘ spital psiquiátrico Fray Bernardino Álvarez, de una investigación mayor en ese mismo año que dieron por resultado prácticas semejantes a las comprobadas en las granjas. Al respecto, véase R. Álvarez, 1985a, y G. Valek Valdés, 1986. cional de Alternativas a la Psiquiatría y en 1981 del I Encuentro Latinoame ricano y V Internacional de Alternativas a la Psiquiatría.14 Terminaremos esta breve reseña de la problemática mexicana en torno a la práctica psiquiátrica asilar con las palabras del doctor José Laguna, secre tario del Consejo de Salubridad General, pronunciadas en septiembre de 1985 en relación con la crisis por la que atraviesa México: Dentro del sector salud se fijan prioridades y el dinero destinado se emplea en las cosas más importantes. Cuando existe una reducción presupuestaria —como la habida en los últimos meses— los que sufren son los programas secundarios, como los de rehabilitación y de atención a los enfermos mentales, porque no se lo gran beneficios razonables con una inversión también razonable. Como se verá más adelante, las preguntas hechas a los documentos tienen que ver directamente con esta problemática, con las dos grandes interpretaciones, la biológica y la social, que también las fuentes novohis- panas evidenciaron. H istoriar la locura En \~ actualidad la historiografía sobre la locura y la psiquiatría europeas se halla en manos de los historiadores., pero hasta hace unas décadas sólo se interesaban por eila médicos, psicólogos y psiquiatras preocupados por cc nocer la formación de su disciplina. Este interés hizo que en sus estudios privilegiaran el desarrollo creciente de !a psiquiatría encomiando ías grandes figuras y su expresión práctica en ios hospitales y manicomios.16 Sin embargo, es posible advertir en la historiografía europea sobre la locura de los griegos hasta principios del siglo xix dos grandes mitos puestos en duda por investigaciones recientes. Uno de ellos se refiere al concepto de locura: durante la Edad Media la locura pudo ser considerada una enfermedad de carácter sobrenatural y particularmente demoniaca.17 El otro tiene que ver de manera directa con el trato a los locos: desde el siglo xvu tuvo lugar un proceso sistemático de reclusión de los insensatos promovido desde el Estado.18 14 Las memorias de estos dos sucesos se encuentran en S. Marcos, 1983 y 1984. 5:5 R. Álvarez, 1985b, p. 27. 16 El clásico de G. Zilboorg, 1968, es una buena muestra de ello. 17 Algunos de los partidarios de esta interpretación han sido G. Zilboorg, 1968, pp. 104-106, 126-129 y 143-154; G. Somolinos, 1976, pp. 89-91; J. López Linage, 1977, p. 64; J. L. Peset, 1983, p. 81, y R. Bastide, 1986, p. 307. 18 El principal difusor de esta idea sin duda alguna ha sido Michel Foucault con su libro Historia de la locura en la época clásica, 1982, tomo I, pp. 80-210. Partidario de esta visión es G. La creencia de que el Demonio en su lucha contra Dios por dominar el mundo provocaba la locura y de que el tratamiento residía en los exorcis mos practicados por el clero y no en la terapéutica, ha sido cuestionada por varios autores. George Rosen cree que la locura medieval pudo ser atribui da tanto a móviles naturales como sobrenaturales. Entre los primeros dis tingue los biológicos (por ejemplo, la alimentación) y los sociales (sufri mientos, pasiones). Los factores sobrenaturales eran aceptados como causa de la locura cuando el enfermo presentaba comportamientos demasiado extraños, en exceso desviados de los comúnmente aceptados.19 De hecho los autores medievales incluyeron la mayoría de los trastornos mentales entre las enfermedades de la cabeza y creyeron en el tratamiento natural.

20 La existencia misma de hospitales para locos o de secciones dentro de éstos donde los tenían apartados ha sido considerada por varios autores prueba de la concepción ele la locura como enfermedad, objeto de tratamiento médico.21 Para contribuir a aclarar el problema de la concepción sobrenatural de la locura no sería superfluo considerar el papel que el Demonio ocupó en las sociedades medievales. Hasta el siglo xiu, cuando Santo Tomás afirmó: "la fe católica quiere que los demonios sean algo que pueda dañar mediante sus operaciones, e impedir la cópula carnal", el poder del Demonio sobre la tierra resultaba un tanto ambiguo. Si bien se aceptaba su influencia en la vi da de los hombres, muchas de las hazañas malévolas que se le atribuían, por ejemplo, las metamorfosis que se operaban en las brujas y las facul tades que tenían para volar sobre escobas, se consideraban fruto de la imaginación humana, mas no hechos reales. Esta actitud fue defendida por una figura tan relevante como San Agustín.22 Lo propio puede decirse de las sectas heréticas cuya persecución se exacerbó a partir del siglo xm, cuan do se dio crédito a la influencia que el Demonio ejercía sobre ellas.23 En efecto, Postel y Quétel localizan la representación diabólica de la locu ra tanto entre las mentalidades populares como en los demonólogos, de preferencia durante los siglos xv y xvi, sin que ello implique el abandono de la interpretación natural de la enfermedad. Así, las representaciones po pulares, las explicaciones naturales del médico y las interpretaciones sobre naturales del sacerdote convivieron en una misma sociedad identificando a los dementes.24 Rosen, 1974, pp. 189-198. 19 G. Rosen, 1974, pp. 170-175. 20 J. Postel, 1987, pp. 44-45. 21 M. Foucault, 1982, tomo I, pp. 189-190 y 193-194; M. Ristich de Groote, 1973, pp. 46-52 y 63-65. 22 J. Caro Baroja, 1973, pp. 67-68,109. 23 N. Cohn, 1980, pp. 52-54. ?*J. Postel, 1987, p. 64. Por otro lado, Foucault cree que el carácter sagrado tradicionalmente atribuido al loco medieval no provenía de que se le creyese endemoniado, pues no todos eran tratados como poseídos, sino de que participase de la pobreza, exaltada ésta por el concepto de caridad medieval que posibilitaba la salvación eterna.25 Respecto al problema del trato que la sociedad y las instituciones dieron al loco, durante la Edad Media la intervención institucional estuvo siempre limitada por la sociedad porque el cuidado y la tutela del loco recayeron sobre el grupo de parientes y amigos con los que convivía; el insensato go zaba de libertad mientras no causara alborotos públicos. Precisamente cuando el alienado resultaba demasiado peligroso para la comunidad, las autoridades intervenían encarcelándolo o recluyéndolo en un hospital en caso de que dicha institución existiera.26 El hecho de que las ciudades expulsaran a los locos que no consideraban propios manifiesta la respon sabilidad de la parentela y el vecindario con los desvalidos

.27 Por el con trario, desde el siglo xm, pero sobre todo en el transcurso del xvi, se desa rrolló en algunos países (primero en Alemania, después se extendería por los Países Bajos, Inglaterra y Francia) una nueva sensibilidad hacia la po breza. Lutero y Calvino anunciaron que la fe salvaba por sí misma. Si la pobreza era antes signo de salvación, ahora es desorden; antaño en manos de la Iglesia, ahora en las de los poderes civiles. Este proceso de secula rización fue influido no sólo por la Reforma sino también por las monar quías absolutas en su afán de independizar al poder civil de la Iglesia.28 Fue así como nació el "Gran Encierro", que para Foucault tiene una fecha, 1656, y un lugar, el Hospital General de París.29 La pobreza desacralizada fue para el siglo xvn un "problema de policía" que cobró su verdadero sentido cuando el descenso de salarios, el creciente desempleo y la escasez de moneda dieron por resultado un aumento ince sante de la mendicidad y la vagancia, perfecto caldo de cultivo para la agitación social. El "intemamiento", cuya más clara expresión era el Hospi tal General, fue la respuesta institucional al problema de la pobreza: absorber a los ociosos y proteger a la ciudadanía contra el desorden social. Si la pobreza representó una falta contra la sociedad, el intemamiento fue el castigo moral necesario para un sincero arrepentimiento que se obtendría 25 M. Foucault, 1982, tomo I, pp. 100-101, y 541 nota 67. En la p. 100 se puede leer: "es cos tumbre decir que el loco de la Edad Media era considerado un personaje sagrado, puesto que poseído. Nada puede ser más falso. Era sagrado sobre todo porque para la caridad medieval participaba de los poderes ocultos de la miseria. Acaso más que nadie, la exaltaba". 26 G. Rosen, 1974, pp. 167 y 170-173. 27 J. Postel, 1987, p. 63. 28 G. Rosen, 1974, pp. 189-191; y M. Foucault/1982, tomo I, pp. 90-100. 29 M. Foucault, 1982, tomo I, pp. 80. El Hospital General fue precedido por hospitales de su tipo en provincia, Toulouse (1647), Bézieres (1654) y Caen (1655); G. Rosen, 1974, p. 193. sobre todo al combatir la ociosidad, "fuente de todos los males . El trabajo, que desde el pecado original fue concebido como un castigo, cobró en el siglo xvii una importancia inusitada como el remedio a todos los desór denes. El intemamiento no se practicó en un establecimiento médico; más bien en una casa correccional.30 Pero, ¿quiénes estaban internados en estos correccionales? Los que prac ticaban una sexualidad que traspasaba los límites determinados por la familia —homosexuales, prostitutas, enfermos venéreos, desenfrenados—, ios que profanaban las instituciones, la propiedad y el poder real —hechiceros, magos, alquimistas, adivinos, blasfemos, criminales, suici das— y los libertinos, o sea, todos aquellos que sometían la razón a las demandas de las pasiones, entre ellos los locos.

31 Postel y Quetel nos advierten que esta reclusión de los locos "lejos de ser un hecho aislado y notable, no es más que el epifenómeno del de los mendigos válidos, que no perdía de vista una legislación constante, aun cuando no tuviese mayores resultados, desde fines de la Edad Media hasta la Revolución francesa". El número de insensatos detenidos les parece modesto en relación con el verdadero encierro que tuvo lugar durante el siglo xvm.32 Los hospitales generales de Francia contaban con 5 a 10% de ¡otos entre su población recluida; 1 000 o 2 000 insensatos para una pe blación de 20 000 000 a finales del siglo xvií. En cambio, la creación de p isiores y reclusorios (500 o 600 a fines del xviii) y de asilos alentados por el Estado tras el fracaso de ios Hospitales generales, se vio favorecida por ¡as numerosas órdenes de arresto profusamente usadas por los intendentes par* encarcelar a enfermos y perturbadores, incluyendo entre éstos a los locos, cuya petición provenía la mayoría de las veces (90%) de las propias familias y comunidades. Este doble fenómeno, desde la familia y desde el E‘ tado, condujo, ahora sí, a un Gran Encierro. Los insanos constituyeron entre 10 y 20% de la población de los asilos, que llegó a totalizar 230 000 pe rsonas entre 1768 y 1789.33 En el caso concreto de España, de especial interés para las colonias de •'■•amar, estos dos mitos en torno a la locura parecen aún más endebles. El carácter demonológico de la locura medieval y el encierro masivo de los Socos desde el siglo xvii se encuentran, para el primer caso, con la especial influencia que los árabes ejercieron en España rescatando la medicina griega y la existencia de numerosos hospitales para locos, con un sentido médico además de caritativo, desde principios del siglo xvi. Para el segundo, con la sobrevivencia aún en los siglos xvi y xvii del concepto de pobreza y de cari dad medieval. 30 M . Foucault, 1982, tomo I, pp. 1.05-107 y 111-115. 31 Ib., pp. 140-161 y 213-215; y G. Rosen, 1974, pp. 195-198. 32 J. Postel, 1987, pp. 99-100. 33 Ib, pp. 105-109. La fundación en Valencia en 1409 del primer hospital de España exclusi vo para locos (y posiblemente del mundo occidental) fue seguida por otras de su mismo tipo en distintas partes de la península. Zaragoza en 1425 tuvo un hospital famoso en toda Europa por la terapéutica con base en el trabajo (limpieza de la casa, acarreo de agua o leña, trabajo en el campo). Valladolid en 1489 estableció el Hospital de los Inocentes, siendo requisito de admisión un certificado médico que comprobara la locura. Se esta blecieron otros en Sevilla, Toledo y Granada en el siglo xv y primer tercio del xvi.34 La aportación española no consistió tanto en la reclusión de los enajenados, sino en ver la locura como una enfermedad curable. De ahí el tratamiento médico y humanitario a la vez, y los métodos especiales de curación.35 Es posible que la influencia de la medicina árabe haya sido deci siva ya que se conocen hospitales para enfermos mentales en Fez desde el siglo v il36 En ellos la curación de los enfermos estaba en manos de médicos que recurrían para tal fin a la música, la danza, los espectáculos y la lectura de relatos a cual más fantástico, lo que dotó a los hospitales árabes de un nivel técnico y asistencial superior al de sus contemporáneos europeos.37 Como se sabe, el pueblo islámico en su conquista de las ciudades bizanti nas tuvo el acierto de adoptar la ciencia helénica que tan olvidada se encontraba entonces. 

No es tampoco casualidad que España haya contado con la figura de Luis Vives, calificada por algunos autores como uno de los padres de la psi quiatría por considerar "el encierro de los locos desde un punto de vista terapéutico"38 Con estos presupuestos resulta difícil sostener que en España la enfer medad mental durante el Medievo y el Renacimiento fue obra exclusiva del Demonio y estuvo sujeta a curación por exorcismos, negando toda posibili dad de una interpretación natural de la misma no sólo entre los médicos, sino incluso entre el clero y los grupos populares, ya que la mayor parte de las fundaciones hospitalarias españolas nacieron por iniciativa conjunta de la sociedad y de la Iglesia.39 34 C. Viqueira, 1965, pp. 4-11. Es significativo que el hospital de Valencia lo haya fundado un mercedario, pues esta orden estuvo muy familiarizada con el mundo árabe por el rescate de cautivos; M. Foucault, 1982, tomo I, p. 188. Pinel, iniciador del movimiento humanitario, tomó como modelo el hospital de Zaragoza para adoptarlo en París: "tenemos que envidiar a una nación vecina un ejemplo que debe ser conocido. Este ejemplo no es Inglaterra ni Alema nia que nos lo dan: es España. En una villa de este reino existe un asilo abierto a los enfermos, y sobre todo a los alienados de todos los países, de todos los cultos con esta sencilla inscrip ción: Urbis et Orbis"; cit. en C. Viqueira, 1965, p. 7 35 M. Foucault, 1982, tomo I, p. 188; y C. Viqueira, 1965, p. 12. 36 M Foucault, 1982, tomo I, p. 187. 37 Ib.; y C. Viesca e I. de la Peña, 1977, p. 8. Afirman los autores que el Hospital de Valencia se inspiró en uno de su mismo género establecido en El Cairo el año de 1304. 38 J. Postel, 1987, p. 103. 39 Sobre el origen de cada uno de los hospitales, véase C. Viqueira, 1965, pp. 4-11. La pérdida del carácter sagrado del loco medieval por una percepción de la pobreza y de la caridad más secular que en parte posibilitó la reclusión junto con los mendigos de toda clase de desviantes, presupone a la caridad como el principal móvil que indujo a la sociedad a definir la locura y a cuidar a los locos. Al aminorarse el significado cristiano de la caridad como medio de salvación durante los siglos xvi y xvn en algunos países, se dieron las condiciones para la secularización de la locura y el encierro de los insen satos en los internamientos tras perder el carácter sagrado que antaño los hacía respetables.40 Aun en el caso de que esta interpretación fuera acertada —es decir, que la definición de la locura estuviera mediada por el concepto de caridad y de pobreza—, en España la concepción medieval de la pobreza no fue debilitada, antes al contrario, reforzada por la Reforma católica. La visión cristiana medieval exaltaba la pobreza por dos razones. Al pobre se le ofrecían más posibilidades de gozar de lo espiritual precisamente por vivir alejado de los bienes terrenales. El auténtico rico podía ser entonces el mi serable, y la pobreza un inapreciable don de Dios. Pero también el Creador puso en el camino de los ricos un medio para salvarse: la caridad con el desvalido. 

La existencia de pobres y ricos se justificó así dotando a unos y a otros de una función en el orden divino.41 La visión moderna de la pobreza que apareció en la primera mitad del siglo xvi en las ciudades españolas manufactureras y comerciales proponía hacer útiles a los pobres; la beneficencia para los desvalidos debía ser secu larizada y a domicilio, sin necesidad de recluirlos. El objetivo de ambas propuestas, como el de distinguir entre pobres falsos y verdaderos era eliminar paulatinamente la mendicidad. Esta posición fue sustentada por Luis Vives y Juan de Robles contra la anterior defendida especialmente por los dominicos, entre ellos Domingo de Soto.42 Las medidas de la Corona contra la pobreza no se hicieron esperar a lo largo del siglo xvi: la prohibi ción de mendigar en una localidad de donde no fuese originario el pe digüeño y la idea de encerrar a los vagos en los hospitales para ponerlos a trabajar no se desdeñaron. Se requirió un certificado de mendicidad que otorgaba permiso para mendigar por las calles, el cual tampoco resultó ser muy efectivo para disminuir ni la miseria ni los pordioseros.43 Aunque Juan Luis Vives clamó desde el siglo xvi que el ejército de los pobres era "pernicioso a sí y a otros", tuvieron que pasar dos siglos para que los monarcas ilustrados atendieran sus quejas.44 Los pobres en el siglo xvin 40 Comparte la misma opinión en torno al nuevo concepto de caridad destinado sólo a los pobres buenos e inválidos J. Postel, 1987, pp. 101-104. 41 B. Bennassar, 1983, p. 204. 42 Ib., pp. 205-208; y F. Álvarez-Uría, 1983, p. 42. 43 B. Bennassar, 1983, pp. 206-208. 44 F. Álvarez-Uría, 1983, p. 41. engrosaron las filas de la leva militar, se les encontró en las primeras manu facturas y en las casas de corrección, sobre todo a partir del motín de Esquilache de 1766, que dio lugar a una "recogida sistemática de ociosos y vagabundos".45 Pese a todo, el ejercicio de la caridad individual que la Corona pretendía controlar persistió canalizado durante lo siglos xvi y xvu a través de las donaciones de particulares administradas por eclesiásticos. La concepción medieval de la caridad fue uno de los baluartes de la Contrarreforma, impulsada sobre todo por España, para atacar la creencia protestante de que la fe salvaba por sí misma sin necesidad de las obras.46 El que la apertura de hospicios para pobres y casas correccionales no se realizara en España sino hasta bien entronizada la dinastía borbónica —mientras que en Europa florecieron desde la primera mitad del siglo x v iii— , y el que la asistencia a los enfermos mentales se diera bajo una con ducción médica y no en los internamientos que predominaron en algunos países europeos sobre los hospitales para locos, conduce a pensar en una conceptualización diferente de la locura que posiblemente influiría en las colonias americanas. Para el caso de la Nueva España, antes de plantear algunas hipótesis en torno a estos dos mitos, daremos cuenta brevemente del recorrido de la his toriografía mexicana sobre la locura para poder comprender el estado ac tual de la discusión y las aportaciones que se pretenden. En México los estudios sobre historia de la locura y de la psiquiatría no han alcanzado resultados tan valiosos como los que versan sobre la Antigüedad clásica, el Medievo o la Europa moderna. Pese a que desde hace más de 50 años se viene escribiendo sobre estos temas, no parecen haberse cosechado muchos frutos, al menos por lo que hace a la época colo nial, de interés para esta investigación. 

En general, quienes se han interesado por ella han sido médicos y psi quiatras, lo cual ha orientado en forma determinante su quehacer histórico. Tres son los temas abordados: los hospitales para locos establecidos en la Nueva España desde el siglo xvi, los conocimientos médicos de entonces en relación con las enfermedades mentales, y algunos casos prácticos de diag nóstico de la locura. La bibliografía más abundante y la más antigua es, sin duda, la relativa a los hospitales,47 casualmente hoy en día espacio de un poder casi absoluto sobre los locos. En general, estos estudios se interesan por relatar la vida 45 Ib., 1983, pp. 47 y 51. 46 B. Bennassar, 1983, pp. 204 y 217-220. 47 La bibliografía es extensa. Daremos algunos ejemplos. R. Alfaro, 1866; F. Fernández del Castillo, 1956 y 1966; S. Ramírez Moreno, 1934 y 1950; F. Santiago Cruz, 1959; E. Jiménez Oli vares, 1972a; R. de la Fuente y C. Campillos, 1976; el muy recomendable libro de G. Somoli nos D'Ardois, 1976, pp. 37-71; y C. Berkstein Kanarek, 1981. dpi fundador y de cómo llegó a idear el establecimiento de una institución de beneficencia con tal carácter, por lo que suelen ser repetitivos. Honrosas excepciones a esta regla han sido las investigaciones de Josefina Muriel,48 pionera en su tiempo por haberse acercado a los archivos para realizar esta clase de estudios; de Carmen Viqueira,49 que estableció la relación entre los hospitales americanos coloniales y la tradición española en materia de establecimientos para locos; y de Carlos Viesca Treviño,50 preocupado por la posible influencia árabe en e! desarrollo de los hospitales españoles y su rooercusión en América. Quienes se interesen por el pensamiento médico prehispánico relativo a las enfermedades mentales, estarán en deuda con las acertadas traduc ciones y comentarios a textos de medicina náhuatl realizados por Alfredo López Austin.51 Las investigaciones sobre los conocimientos médicos en torno a la locura se han basado en códices y relatos de cronistas y en trata dos de medicina novohispanos que hacen referencia a algunas enfer medades mentales.52 Finalmente, también han sido de interés para médicos y psiquiatras los casos reales de diagnóstico de alguna enfermedad mental por parte de médicos o de jueces novohispanos y las manifestaciones con sideradas por ia psiquiatría actual como síntoma de algún trastorno men tal, aun cuando en la época no hubieran sido consideradas como tales.53 P or una historia social de la locura Como se puede apreciar, el problema del carácter natural o sobrenatural de la locura y la tutela institucional (en hospitales, asilos, prisiones, correc cionales) o familiar/vecinal sobre los locos no han sido precisamente temas privilegiados por la historiografía mexicana. En todo caso, el primero ha sido estudiado desde el punto de vista de la medicina a través de escritos teóricos o terapéuticos sobre la locura, sin tomar en cuenta ni al clero ni a los grupos populares. El segundo ha sido analizado también desde un punto de vista institucional: los locos encerrados, obviando el trato dado a los que conviven con su familia. 

No obstante, ¿es posible aventurar que en la sociedad colonial debieron convivir las concepciones natural y sobre 4R f. Muriel, 1956 y 1974. 49 C. Viqueira, 1965. ■r,n C. Viesca e I. de la Peña, 1977. 51 Remitimos a las obras de A. López Austin mencionadas en G. Somolinos D'Ardois, 1976 pp. 3 7-27. 52 F. Fernández del Castillo, 1957a y 1957b; C. Viesca e I. de la Peña, 1976; I. de la Peña y C. Viesca, 1977; y G. Somolinos D'Ardois, 1976, pp. 9-35 y 71-89. 51 F. Fernández del Castillo, 1959; y E. Jiménez Olivares, 1972b, 1972c, 1973 1980 1983 y 1984. ' 7 natural de la locura? Aquélla atendería tanto a los aspectos propiamente biológicos, sobre todo entre los médicos, como a los culturales y sociales (religión, pasiones), y ésta, estaría motivada no únicamente por la acción del Demonio sino también por la mano de Dios. ¿Por qué no pensar en el concepto cristiano de enfermedad que ve en ésta una prueba o penitencia enviada por Dios? Dependiendo de las circunstancias, extrañas o comunes, en que se presentara la enfermedad un médico podría encontrar una expli cación religiosa para la locura cuando no pareciera hallarla en la natu raleza. ¿No se vive acaso en una sociedad permeada por la religión? ¿Esta visión natural sería exclusiva de ios facultativos o la compartirían con otros grupos de la élite como las autoridades civiles y eclesiásticas? La tradición hospitalaria española en materia de locura nos conduciría a presuponer que un alto porcentaje de locos estaba recluido. En tal caso, ¿este encierro tuvo un carácter médico, caritativo o represivo? Por el con trario, ¿no es posible que el concepto de pobreza y de caridad auspiciado por la Reforma católica, que sólo con la Ilustración se debilitaría, orientara la actitud de la parentela y el vecindario hacia sus locos haciéndose respon sable de éstos en vez de encerrarlos en el hospital? ¿No intervendría además el factor solidaridad, con más connotaciones de convivencia coti diana que de religión? ¿Acaso no perturban los locos la vida social de la comunidad? ¿Se interesarían las instituciones sólo por los insensatos desamparados por su familia o contribuirían con los parientes que bajo una convenida pensión pretenden librarse de sus inocentes? Para desentrañar estas y otras preguntas y con la conciencia de que la per cepción de la locura no fue exclusiva de los grupos letrados, ni el hospital el destino inexorable de los insensatos, y en un intento por contribuir al debate actual de la historiografía europea, intentaremos conocer la visión de ¡a locura de algunos hombres y mujeres que convivieron con los locos: su familia, amigos y vecinos; la terminología usada para designar la locura, la cordura y el tránsito de una a la otra en las dos direcciones; y las causas ocultas o evidentes que se atribuyen a semejante fenómeno. Pero además de su pensamiento nos interesa conocer sus actos: de qué recursos se valieron para convivir con los locos y cómo intentaron paliar o remediar la enfer medad (capítulo ii). Con el fin de comparar la visión de la locura de este grupo y el modo como la enfrentó, intentaremos también que ciertos personajes, no tan cer canos a los insensatos, nos proporcionen su percepción de la locura y su actitud frente a ellos: algunos médicos, unos pocos jueces y escogidas autoridades civiles y eclesiásticas, aquellos que de un modo y otro disfru taron de un poder sobre el común de los mortales en los hospitales y fuera de ellos. 

Este grupo nos dará la visión institucional de la locura: desde la medicina y el Estado, desde el hospital y la legislación (capítulo m). Pero, ¿cuál es el sentido de conocer la forma en que dos grupos conci bieron y enfrentaron la locura en la sociedad colonial La locura es un fenó meno que se expresa entre otras formas culturalmente, al cuestionar los va lores en que se sustenta una forma de pensar y de vivir reconocida como positiva. Así, el estudio de un hecho extremo como éste permitirá conocer, si no la realidad de la cordura, al menos el tipo ideal de vida que se espera debe corresponder a los cuerdos. Además, intentaremos comprender por qué la locura se manifestó de cierto modo y qué condiciones hicieron posi ble en la sociedad novohispana reconocer ciertas formas de pensar y de vivir como propias de los locos. De ahí el interés por estudiar al loco "libre", al loco viviendo en contacto con los hombres de juicio. De otro modo, ¿cómo conocer las relaciones entre locos y cuerdos, y cómo comprender el concepto de locura si desconocemos la actitud de una parte de la sociedad hacia ellos? Pero la locura también era una enfermedad. ¿Cómo debían regirse una mente y un cuerpo sanos a diferencia de uno perturbado? ¿Qué actitud adoptaron, ya no un sector de la sociedad, sino ciertas instituciones ante los locos? Finalmente, la posibilidad de contrastar en una misma sociedad las posi ciones de dos grupos ante un mismo fenómeno permitirá preguntarnos sobre las relaciones entre cultura popular y cultura de élite. Aunque hubiéramos preferido que el loco fuera el protagonista de nue stros desvelos, ésta será una vez más una historia de nosotros sobre los otros, de lo que los cuerdos pensaron e hicieron con los locos. Si bien hubiera sido muy enriquecedor estudiar a fondo otros aspectos de la locura como la historia de los hospitales para poder comparar los locos "libres" con los "encerrados" o interpretar algunos puntos de vista novo hispanos sobre la locura a partir de los conocimientos actuales de la psiquia tría, limitaciones propias y problemas de fuentes nos impiden llevar a cabo esta tarea en estos momentos. Entre las fuentes judiciales coloniales, las de casi cualquier tribunal podrían ser una buena mina pero escogimos el Santo Oficio de la Inquisi ción por el rigor y la profundidad con que llevaba a cabo sus diligencias, lo que redundó en la riqueza de la información proporcionada. La institución tuvo por objetivo fundamental juzgar y castigar hechos o dichos "contra nuestra santa fe católica, ley evangélica que tiene y enseña la Santa Madre Iglesia Católica Romana o contra el recto y libre ejercicio del Santo Oficio".54 En estas circunstancias, para que un loco fuera denunciado en la Inquisi ción sólo necesitaba algún alma piadosa que no conociendo su falta de 54 Archivo General de la Nación, México (en adelante AGN). Inquisición, vol. 218, exp. 3, f. 25. En las citas textuales se han hecho correcciones de puntuación, ortografía y corresponden cia en género y número. juicio le oyera alguna que otra barbaridad; una blasfemia contra Dios a propósito de una partida de naipes, una irreverencia ante la venerada ima gen de un santo en la iglesia o una proposición herética con ánimo de intro- d ucir mejoras en materia de fe. 

También pudo ocurrir que alguien pensara en la falsedad de la locura, creyendo que el insensato fingía su falta de juicio y lo denunciara por algún delito contra la fe cometido durante su supuesta falsa locura. Era posible, en el colmo de la cordura, que el mismo loco se autodenunciara. Al llegar una denuncia al Tribunal, si se creía digna de tomarse en cuen ta, el procedimiento se iniciaba. Cuando la gravedad de la falta lo amerita ba, se podía encarcelar al acusado; de lo contrario continuaba en libertad. La Inquisición comenzaba entonces a recabar información entre diferentes testigos tendente a verificar los hechos denunciados: si otros habían presen ciado esos mismos delitos, procurando al mismo tiempo averiguar la vida del acusado (hacienda, trabajo, familia), su piedad religiosa, el cumplimien to de sus obligaciones como católico, y todo aquello que pudiera dar luz sobre su fe. A veces los inquisidores o los comisarios (funcionarios en los que se delegaban ciertas funciones inquisitoriales en las provincias) inquirían sobre el estado en que se encontraba el acusado cuando profirió las blasfemias, por ejemplo, borracho o "en su entero juicio". En otras, los propios testigos confirmaban la locura del sujeto en cuestión por ser sufi cientemente conocida. Cuando la Inquisición comprobaba por las declaraciones de los testigos que el acusado estaba "verdaderamente falto de juicio", suspendía el proce so y liberaba al reo en caso de haberlo aprehendido. Si no había suficientes testigos que pudieran declarar sobre la locura del denunciado, los inquisi dores solicitaban la presencia del supuesto loco para interrogarlo o para ser examinado por un médico. Para el Santo Oficio era muy importante conocer el estado mental de los denunciados, pues lo que este tribunal castigaba no era el hecho peca minoso en sí, sino la intención que llevaba a los fieles a cometerlo.55 De ahí la importancia, no sólo de que el acusado reconociera su delito, sino de que se sintiera culpable, se arrepintiera y manifestara una firme voluntad de no volver a pecar. Para los locos esto era decisivo, pues si la Inquisición se per cataba de su falta de juicio, estando ausente de "la conciencia y la voluntad de atacar a la fe"56 los exoneraba de todo castigo. De hecho, entre los atenuantes que en el Santo Oficio el abogado defen 55 Respecto al delito de blasfemia, menciona J. R Dedieu, 19 til a, pp. 23-24 y 1981b, pp. 214- 215, que en España se castigaba solamente con penas leves, de carácter espiritual, ya que la Inquisición percibió que la blasfemia no ponía en duda la fe por ser un "hecho cultural" común. No tenía sentido actuar con rigor en estos casos. 56 La expresión está tomada de J. R Dedieu, 1981a, p. 23. sor podía presentar para mitigar la pena se hallaban los de embriaguez, locura o excesiva juventud, caracterizados los tres por esa ausencia de intención de la que hablamos.57 La propia Inquisición estuvo consciente de cómo a veces se daban casos en que los reos fingían locura para evitar ser castigados. 

Al respecto, dice el Manual de inquisidores (1376): "Sucede a veces que por librarse de la tortura se fingen locos los reos, pero si se presume que es fingida esta locura no se ha de dejar de darles tormento"; o hace una advertencia como ésta: "cuan do el amigo liberta a su amigo, o la querida a su amante (tratándose de un hereje al que ayuda a escapar o lo libra del poder inquisitorial) se les puede tratar con alguna benignidad, porque como dicen Cicerón, Baldo y Acursio, ei el amor locura":58 Justo es decir que la fuente inquisitorial adolece de dos limitaciones sumamente importantes. La primera, por tratarse de un tribunal eclesiásti co que juzga delitos contra la fe, la mayoría de las acusaciones hechas con tra los locos y por las que se define si están en su sano juicio o no, son emi nentemente religiosas. De ahí que los argumentos de los testigos, en la definición de la locura, tengan este carácter.59 La segunda nos parece más grave que la anterior: el Santo Oficio no estaba autorizado para juzgar causas contra los naturales, lo que no impidió que a veces aparecieran en ¡os documentos como testigos. Es una limitación importante, pues los indí genas fueron la población mayoritaria numéricamente durante toda la Colonia. Las conclusiones a las que podamos llegar serán por estas dos salvedades un tanto reducidas. 57 H Kamen, 1979, p, 195. 58 N. Eymeric, 1974, pp. 55 y 107, respectivamente. •Sy Este proceso comienza a cambiar en la segunda mitad del siglo xviii. Si bien el discurso de los locos sigue siendo fundamentalmente religioso, aparece ya el de contenido político, filosófico y social. Esta misma tendencia ha sido advertida para el caso de la literatura prohibi da por M. L. Pérez-Marchand, 1945, passim.

sábado, 21 de marzo de 2026

EL ENEAGRAMA y LA CÁBALA Rabino Howard A. Addison

 


Prólogo

 De joven me entusiasmaban las historias de maestros hasídi- cos y cabalistas. Me maravillaba ante el poder espiritual de sus enseñanzas y el magnetismo de sus personalidades. Lo que más me fascinaba eran sus poderes de clarividencia. Una y otra vez me preguntaba sobre las habilidades de personales como Rabino Yaakov Yizhak Halevi Horowitz, el vidente de Lublin del siglo XIX capaz de leer el alma de la gente. Aparentemente podía decir con una simple ojeada a la frente de la persona qué lugar del Árbol de la Vida ocupaba su espíritu y cuál iba a ser su destino. 

Transcurrieron muchos años desde que mo pregunté sobre este aspecto del misticismo judío y otras consideraciones acapararon mi atención. Pero en febrero de 1995 mi interés por el misticismo se rea vivó. Fue en un seminario sobre espiritualidad patrocinado por el Alban Institute, un centro ínterreligioso cerca de la ciudad de Washington que ofrece formación a clérigos y a otros líderes de congregaciones. Allí, bajo el tutelaje de Roy Oswald. me inicié en el estudio del Eneagrama. r-'" En aquel seminario dos aspectos del Eneagrama me tocaron profundamente. El primero fue los profundos vislumbres que aporta ei símbolo. Anteriormente, otros métodos de tioologías de la perso nalidad, como el de Myers-Briggs, me habían ayudado a compren der mi propio carácter y como se relaciona con los estilos de otras personas, pero descubrir mí punto eneagrámico tuvo un efecto nada menos que transformador. 

Conocer que mis debilidades eran ¡a sombra de mis virtudes, que lo que había considerado mis nobles logros estaban motivados, en parte, por innobles intentos, tuvo un efecto profundo en mí y cambió mi actitud espiritual También me llamo ¡a atención durante el seminario la relación que existía entre el Eneagrama y la Cábala (el misticismo judaico). Si bien ambos no son idénticos, los puntos de correspondencia parecían evidentes por sí mismos. Inspirados en fuentes ancestrales y medievales muy similares, los nueve puntos dei Eneagrama y las diez sefirot (potencias) dei Árbol de la Vida, el Etz Jayim, establecen una relación entre la estructura de la realidad y el alma. Mi posterior estudio de la historia y las ideas de la psicología del Eneagrama y la Cábala confirmaron mis impresiones iniciales respecto a la correspondencia entre amoos sistemas. Al final del seminario, le pedí a Roy Oswald que me recomenda se el mejor libro que existiese sobre el eneagrama. Sin preámbulos me sugirió El Eneagrama de Helen Palmer. Adquirí el libro inmedia tamente y lo leí varias veces. 

Además, me Inscribí en uno de sus seminarios. Las enseñanzas de Heien sobre el eneagrama, los sub tipos de la personalidad, los niveles de la conciencia humana y el modo en que filtramos información y centramos nuestra atención, son profundamente originales. Si bien las relaciones que se esta blecen en este libro con la Cábala son de mi cosecha, están inspi radas en el trabajo pionero de Helen Palmer y su visionario colega el doctor David Daniels. Varias razones me llevaron a escribir este libro. Desde un pun to de vista académico, estoy interesado en el desarrollo paralelo del Eneagrama y la Cábala y en sus puntos de correspondencia. Mi pro pio análisis me indicó que los dos sistemas de la personalidad deberían relacionarse de un modo distinto al que conocemos hasta ahora. Si bien es posible encontrar alusiones a la conexión entre el Eneagrama y la Cábala en la literatura eneagrámica, es necesario explorarla con más profundidad y detalle. Espero que este libro suponga un primer paso en esa dirección. También creo que el conocimiento del eneagrama puede apor tar a las personas familiarizadas (o que desean familiarizarse) con la Cábala, un potente instrumento para el conocimiento personal críti co y la transformación. 

La tradición judía mantiene que un texto sagrado se puede leer desde cuatro niveles: Peshat, significado histórico y exotérico; Remez, las alusiones verbales y literarias que lo vinculan con otros pasajes y contextos; D’rash, sus enseñanzas morales, y Sod, su sentido oculto, que señala el camino místico hacia el significado último. Es el texto conocido como el corazón humano, el eneagrama opera al nivel más profundo, Sod. Algunas personas atraídas por la indagación religiosa a veces no saben por dónde empezar. El sentido común normalmente acon seja la lectura de literatura de introducción y probar algunas de las prácticas espirituales de la fe que estamos considerando. Tal vez, una manera más personal de plantearnos la búsqueda también incluya e¡ conocimiento de nuestra personalidad, sus puntos fuertes y débiles. Dicho entendimiento puede resultarnos esencial para encontrar, dentro de la tradición que estemos explorando, la entrada espiritual a Dios que mejor se ajusta a nuestro carácter. 

Este libro no pretende ser una extensiva introducción a la Cábala ni un estudio erudito del Eneagrama. La primera parte ofre ce una visión general de ambos sistemas y algunas ¡deas respecto a los puntos de correspondencia entre ambos. La segunda examina la dinámica y las características de los nueve perfiles de personali dad eneagrámica a través de la lente de la Cábala y sugiere ciertas prácticas judaicas que pueden atraer a cada perfil Después, se ofre cen otras disciplinas espirituales más avanzadas que resultarán apropiadas para el crecimiento de cada tipo de personalidad y que fueron prescritas por el místico del siglo XVI Rabino Moisés Cordovero. 

Estas prácticas religiosas se desarrollaron para que el buscador pueda identificarse con las cualidades de cada sefirah. Mi propia interpretación de sus consejos me llevó a concluir que las tareas encomendadas para cada sefirah eran adecuadas para el tipo de personalidad eneagrámica correspondiente. Rezo para que las ideas que ofrezco en este libro, combinadas con la práctica de la devoción, el estudio y las buenas acciones, ayuden al lector a abrir la puerta de la conciencia personal y le seña len su entrada personal al Cielo.

lunes, 9 de marzo de 2026

Salvador Dalí Rostros ocultos FRAGMENTO

 


¿Por qué escribí esta novela? Se pregunta el propio Dalí, y responde: porque la historia contemporánea ofrece un marco único para una novela que trate sobre el desarrollo y el conflicto de las grandes pasiones humanas, y porque la historia de la guerra, y más principalmente, del acerbo período post-bélico, tenía, inevitablemente, que ser escrita. Redactada en 1943, esta única incursión de Dalí en la novela está ambientada en la agitada Europa de los años treinta, y protagonizada por un grupo de aristócratas que viven inmersos en el torbellino de una sociedad decadente y viciosa, antesala del ascenso del fascismo y del estallido de la devastadora guerra. Y entre estos personajes destacan el diabólico conde de Grandsailles y la semiangelical Solange de Cléda, bajo cuyos rostros se ocultan, según el propio Dalí, Las experiencias perversas de su adolescencia.

Novela sobre las pasiones y el deseo, sobre el amor en tiempos turbulentos, de las páginas de Rostros ocultos emergen escenas memorables como la del bombardeo de Malta, la ejecución del notario Girardin por los alemanes, las conspiraciones en el norte de África, la desaparición de Hitler…

Ésta es la única novela que realizó Salvador Dalí y nunca se publicó íntegra en España, su país natal, por la censura. Se trata de una obra que habla sobre la pasión y la Segunda Guerra Mundial. Con profundidad psicológica, decidió escribir sobre el derrumbe del viejo orden y su resurrección espiritual. Dalí intentaba completar la «trilogía pasional» del marqués de Sade: sadismo, masoquismo y, Dalí proponía, el cledalismo. El cledalismo sería entonces la abnegación erótica y la sublimación, por lo que intentaba realizar un homenaje a Lorca, su amigo más íntimo.

Dedico esta novela a Gala, que permaneció constantemente a mi lado mientras la escribía, que fue el hada buena de mi equilibrio, que disipó las salamandras de mis dudas y fortaleció los leones de mis certidumbres…

A Gala, quien con su nobleza de alma, me inspiró y me sirvió de espejo que reflejó las más puras geometrías de la estética de las emociones que han guiado mi labor.

Larvatus Prodeo
(Camino enmascarado)

DESCARTES

PRÓLOGO ESPECIAL PARA LA EDICIÓN ESPAÑOLA

Se ha repetido y se repetirá aún muchísimas veces a propósito de Dalí, aquella frase célebre de que «la naturaleza imita a los artistas». ¡Port-Lligat, la geología delirante del cabo de Creus imitan a Dalí!

También se ha escrito bastante aquello de que pintores muertos hace siglos ya imitaban a Dalí, y que en efecto sólo en el momento de existir Dalí, tal o cual obra del pasado toma súbitamente, como por magia, una «truculenta significación daliniana» que nadie había podido sospechar. ¡Oh, esto o aquello, es Dalí cien por cien!

También se suele insistir en aquello de que «a Dalí le divierte embobar a los bobos», pero la verdad es que ya quedan en el mundo pocos bobos capaces de sospechar de plagio a Dalí cuando éste, recurriendo a uno de los procedimientos de transformación poética que le han hecho célebre, transformó casi imperceptiblemente una cromolitografía representando los archiconocidos tres caballos con los cuales Dalí triunfó en uno de sus decorados vagnerianos y dalinianos hasta el paroxismo.

Lo mismo hizo Dalí con otra imagen también bastante conocida, llamada el Ángelus de Millet, cuadro que es de esperar algún día sea descubierto con alegría en los establos tristísimos de ciertas redacciones.

Pero no sólo Dalí es capaz de tales sensacionales plagios, sino que también es capaz del don de los profetas, y esto se repitió también mucho en su tiempo, en el momento de corroborar que, un año antes de terminarse la última guerra mundial, Dalí había ya escrito todo cuanto iba a ocurrir, con una versión enigmática de la muerte de Hitler que es la única que corresponde, al menos simbólicamente, con lo que pasó.

Y para terminar: mucho se ha escrito y se escribirá sobre los dos protagonistas de la presente novela, ya que sus rostros respectivos están tan refinadamente encubiertos que los unos han dicho que bajo la personalidad diabólica del conde de Grandsailles se esconden las experiencias perversas de la tierna edad de los diecinueve años del propio Salvador Dalí en persona, y otros que, al contrario, el Dalí de hoy se esconde aún más hipócritamente bajo la personalidad semiangelical de la protagonista femenina Solange de Cléda. Lo cierto es que al principio de los días nublados de octubre, en las planicies solitarias de las dunas de Ampurias, del lado sur de las excavaciones, y a veces en pleno mediodía, se puede oír una voz angustiadísima que se parece mucho a la voz aceitunada de Salvador Dalí y que dice:

¿NO ME CONOCES? ¿NO ME CONOCES? ¡GALA!

SALVADOR DALÍ

PRÓLOGO DEL AUTOR

¡Más pronto o más tarde, todos están destinados a venir a mí! Muchos, inconmovibles por mis pinturas, conceden que dibujo como Leonardo. Otros, en pugna con mi estética, reconocen que mi autobiografía es uno de los «documentos humanos» de la época. Y otros más, mientras discuten la autenticidad de mi Vida Secreta, han descubierto en mí dotes literarias superiores a la habilidad que revelo en mis cuadros y en lo que denominan la «mixtificación de mis confesiones». Pero nada menos que en 1922, el gran poeta Federico García horca predijo que yo estaba destinado al cumplimiento de una misión literaria y sugirió que mi porvenir reposaba precisamente en la «novela pura». También quienes detestan mis pinturas, mis dibujos, mi literatura, mis joyas, mis objetos surrealistas, etc., proclaman que poseo un don especial para el teatro y que mi escenografía última ha sido una de las más interesantes que se han visto en el escenario del Metropolitan… De este modo, resulta difícil de evitar el caer en mi zona de influencia, ya sea en una o en otra dirección.

Sin embargo, todo esto tiene mucho menos mérito de lo que parece poseer, pues una de las razones más importantes de mis éxitos es muchísimo más sencilla aún que la de mi multiforme magia; hela aquí: que soy probablemente el más perseverante en el trabajo de todos los artistas de nuestros días. Después de haber pasado cuatro meses en el retiro de las montañas de New Hampshire, junto a la frontera de Canadá, escribiendo implacablemente durante catorce horas diarias y terminando la composición de Rostros ocultos en el término proyectado —¡pero sin bastardear mi obra jamás!—, regresé a Nueva York y volví a hallar a algunos de mis amigos en El Morocco. Sus vidas habían continuado exactamente en el mismo punto anterior, como si me hubiera separado de ellos el día precedente. Al día siguiente visité diversos estudios, en los que los artistas habían esperado pacientemente por espacio de cuatro meses el momento de su inspiración… Un nuevo cuadro había sido comenzado a pintar. ¡Cuántas cosas habían sucedido en mi imaginación durante aquel período! ¡Cuántos personajes, cuántas imágenes, cuántos proyectos arquitectónicos, cuántas realizaciones de deseos habían nacido, vivido, muerto, sido resucitados, conformados! Las páginas de mi novela son solamente una fracción de mi último sueño. La inspiración y la fuerza son cosas que solamente pueden ser poseídas y conquistadas por la violencia y por el duro y amargo trabajo de cada día.

¿Por qué escribí esta novela?

En primer lugar, porque tengo el tiempo preciso para hacer todo lo que se me antoje, y porque quería escribirla.

En segundo lugar, porque la historia contemporánea ofrece un marco único para una novela que trate sobre el desarrollo y el conflicto de las grandes pasiones humanas, y porque la historia de la guerra, y más principalmente, del acervo período posbélico, tenía, inevitablemente, que ser escrita.

En tercer lugar, porque si yo no la hubiera escrito, lo habría hecho cualquier otra persona en mi lugar, y lo habría hecho malamente.

En cuarto lugar, porque es más interesante, en lugar de «copiar la historia», anticiparse a ella y permitirle que intente imitar, de la mejor manera que le sea posible, lo que se haya inventado… Porque he vivido íntimamente, día a día, con los protagonistas del drama prebélico en Europa; los he seguido en el período de su emigración a América, y por esta causa me ha sido fácil imaginar cómo habrá sido el de su retorno… Porque desde el siglo XVIII la trilogía pasional inventada por el divino Marqués de Sade ha permanecido incompleta: Sadismo, Masoquismo… Era preciso descubrir el tercer término del problema, el de la síntesis y la sublimación: el Cledalismo, nombre que se deriva del de la protagonista de mi novela, Solange de Cléda. El sadismo puede ser definido como el placer experimentado a través del dolor infligido al objeto; el masoquismo, como el placer producido a través del dolor infligido por el objeto. El cledalismo es el placer y el dolor sublimados por una absoluta identificación trascendente con el objeto, Solange de Cléda restablece la pasión normal; es una santa Teresa profana. Epicuro y Platón ardientes en una sola llama de eterno misticismo femenino.

En la época presente, las gentes se hallan atacadas de la locura de la velocidad, que no es sino el producto de una efímera y fugaz observación, de la aparición de lo «grotescamente empequeñecido». He querido reaccionar contra esto escribiendo una «verdadera novela», larga y aburrida. Pero nada me aburre jamás. Tanto peor para los que se hallan expuestos al aburrimiento. Quiero aproximarme, desde este mismo instante, a los nuevos tiempos de responsabilidad intelectual en los cuales hemos de entrar con el fin de esta guerra… Una verdadera novela de culminación, de introspección y de revolución, de edificación de pasiones debe ser (como siempre ha sido) exactamente lo contrario de una película del ratón Mickey o de la ofuscadora sensación de un salto en paracaídas. Es preciso, como en los lentos viajes de la época de Stendhal, ser capaz de ir descubriendo gradualmente la belleza de los paisajes del alma que se cruza; las nuevas cúpulas de la pasión deben hacerse gradualmente visibles hasta alcanzar su plenitud en el momento debido, de manera que el espíritu de los lectores pueda disponer de la sazón inapresurada que es necesaria para «saborearlas». Antes de que mi libro estuviera concluido, se decía que yo estaba escribiendo una novela balzaciana o huysmansiana. Contrariamente, es una novela estrictamente daliniana, y quienes hayan leído atentamente mi Vida secreta irán descubriendo prontamente bajo la estructura de la obra la presencia continuada y familiar vigorosa de los mitos esenciales de mi propia vida y de mi mitología.

El año 1927, hallándome sentado al sol primaveral en el café-bar Regina de Madrid, en compañía del llorado poeta Federico García Lorca, planeamos conjuntamente la composición de una ópera de gran originalidad. La ópera era una de nuestras pasiones comunes, pues es el único medio que permite la amalgación de todos los géneros líricos en una perfecta y triunfante unidad, con toda su grandeza y su máximo de estridencia necesaria, e iba a permitir expresar la sublime confusión y el caos viscosos, compactos, colosales e ideológicos de nuestra época. El día en que recibí en Londres las noticias de la muerte de Lorca, quien fue una víctima de la ciega historia, me dije a mí mismo que yo solo haría nuestra ópera. He continuado desde entonces en mi firme decisión de realizar este proyecto algún día, en el momento de la madurez de mi vida; y mi público sabe y confía siempre en que hago aproximadamente todo lo que digo y prometo.

Por lo tanto, haré «nuestra ópera». Pero no ahora, inmediatamente, ya que una vez concluido este libro me retiraré a California por espacio de un año con el fin de dedicarme exclusivamente a la pintura y a poner en ejecución mis últimas ideas estéticas, con un fervor técnico que no tiene precedentes en mi profesión. E inmediatamente después, comenzaré a tomar pacientemente lecciones de música. Todo lo que necesito para dominar por completo la armonía, es un plazo de dos años; pues ¿no la he sentido fluir a través de mis venas por espacio de dos millares de años? Proyecto hacer todo lo necesario para la representación de esta ópera: el libreto, la música, los decorados, los ropajes… Y, además, yo mismo la dirigiré.

No puedo garantizar que este fragmento de sueño haya de ser bien acogido. Pero una cosa es cierta: con la suma total de mi polifórmica y fenomenal actividad, habré dejado impresa en la dura piel de la inclinada y perezosa «espalda artística» de mi época la huella inconfundible y el anagrama, sellado por el fuego, de mi personalidad; y en la sangre de Gala toda la fecundadora generosidad de mis «invenciones poéticas». ¡Cuántos existen ya que han sido espiritualmente nutridos por mi obra! Por lo tanto, permitid al que «tanto» ha realizado que arroje la primera piedra.

SALVADOR DALÍ

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Fragmentos. Novela. Inédita. LA OPERETA DEL CIEGO O LOS 9 CÍRCULOS DE EROS. [¿Puede aparecer el placer como la luz que descubre heridas antiguas?..].

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