Mostrando entradas con la etiqueta literatura USA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta literatura USA. Mostrar todas las entradas

sábado, 11 de julio de 2026

LEONARD COHEN LA LLAMA



 Este libro contiene los últimos esfuerzos de mi padre como poeta. Ojalá lo hubiese visto terminado, y no porque en sus manos hubiera sido un libro mejor, más acabado, más generoso y estructurado, ni porque, de una manera más fiel, hubiera reflejado lo que mi padre quería ofrecer a sus lectores, sino porque su cometido era lo que lo mantenía vivo al final de sus días, su único objetivo vital.

Durante el difícil período de su escritura, mi padre enviaba emails con «no molestar» a los pocos que solíamos pasar a verlo. Reanudó su compromiso con la práctica de una meditación rigurosa a fin de que su mente se concentrara en el trabajo mientras múltiples fracturas en las vértebras le provocaban un profundo dolor y su cuerpo se debilitaba por la enfemedad. A menudo me comentaba que, con todas las estrategias de las que se había servido en el arte y la vida durante su rica y complicada existencia, habría deseado mantener con mayor firmeza el reconocimiento de que la escritura era su único consuelo, su verdadero propósito.

Mi padre, antes que nada, era un poeta. Y, como hizo constar en los cuadernos que aparecen en este libro, consideraba su vocación como el «mandato de D--s de entrar en la oscuridad». (Los guiones indicativos de la veneración de mi padre a la deidad, su reticencia a escribir el nombre divino, incluso en inglés, son una vieja costumbre judía y la más manifiesta evidencia de la fidelidad que mi padre alternaba con su libertad.) «Religión, maestros, mujeres, fama, dinero, drogas, el viaje [...], nada me coloca tanto, ni me alivia el sufrimiento, como emborronar páginas, escribiendo.» Sin embargo, esta declaración de intenciones era también una declaración de remordimiento: presentaba su consagración literaria como una explicación de lo que él consideraba que había sido un pobre servicio como padre, unas fallidas relaciones sentimentales y un absoluto desinterés por sus finanzas y su salud. Recuerdo lo que escribió en una de sus canciones menos conocidas (y una de mis favoritas): «Fui tan lejos en busca de la belleza, dejé tanto atrás.» Aunque todo parece indicar que no fue tan lejos: desde su punto de vista, lo que había dejado atrás era insuficiente. Y este libro, él lo sabía, iba a ser su última ofrenda.

De niño, cuando le pedía dinero para comprarme unas chuches en la tienda de la esquina, solía decirme que buscara en los bolsillos de su chaqueta algún billete suelto o unas monedas. Y, mientras buscaba, siempre me topaba con un cuaderno de notas. Después, en el transcurso de los años, cuando le preguntaba si tenía un encendedor o unas cerillas, invariablemente, al abrir los cajones, mis dedos tropezaban con blocs de papeles escritos. En cierta ocasión, cuando le pregunté si tenía una botella de tequila, me dijo que mirara en la nevera, donde encontré un cuaderno de notas extraviado, congelado. De hecho, conocer a mi padre era (entre muchas otras cosas maravillosas) conocer a un hombre con papeles, cuadernos y servilletas de bar, todos con su distinguida caligrafía, diseminados (cuidadosamente) por todas partes. Procedían de mesitas de noche de hoteles, o de tiendas de todo a cien; las libretas doradas, encuadernadas en cuero, lujosas, o que, por su aspecto, parecían importantes, jamás las utilizaba. Mi padre prefería recipientes humildes. A principios de los años noventa, había armarios llenos de cajas de libretas, cuadernos que contenían una vida de dedicación a lo que más le definía. Escribir era su razón de ser. Era el fuego que atendía, la llama más importante que avivaba. Nunca se extinguió.

 

Hay muchos temas y palabras que se repiten en el trabajo de mi padre: «roto», «congelado», «desnudo», «fuego» y «llama». En la contracubierta de su primer álbum, vemos (como escribiría después en una canción) las «llamas que siguen a Juana de Arco». En su célebre composición «Who by Fire?» («¿Quién con fuego?») preguntaba sobre el destino de los seres humanos, una cuestión que extrajo con picaresca de una oración judía. «Encendí una fina vela verde para darte celos.» Una vela que sólo fue la primera de muchas combustiones. En esta obra hay fuegos y llamas para la creación y la destrucción, para el calor y la luz, para el deseo y la consumación. Encendía las llamas y las atendía diligentemente. Estudiaba y tomaba nota de sus consecuencias. Se sentía estimulado por su peligro; a menudo hacía comentarios sobre el arte de otras personas diciendo que no manifestaba suficiente «peligro», y alababa la «emoción de un pensamiento encendido».

Esta ardiente preocupación duró hasta el final. «Lo quieres más oscuro / Apagamos la llama», salmodió en su último disco, su álbum de despedida. Murió el 7 de noviembre de 2016. Ahora todo parece más oscuro, pero la llama no se ha apagado. Cada página de papel que emborronó es la perdurable evidencia de un alma en llamas.

Adam Cohen, febrero de 2018

viernes, 27 de febrero de 2026

UNA VENTANA AL MUNDO ISAAC BASHEVIS SINGER Traducción de Andrés Catalán fragmento

 


UNA VENTANA AL MUNDO

Este volumen reúne seis relatos del premio Nobel Issac Bashevis Singer, seis obras maestras inéditas (a excepción de El huésped, publicado en nuestra colección Minilecturas). El mundo descrito por Isaac Bashevis Singer en sus novelas y cuentos evidencia la destrucción de una cultura amenazada, pero esta destrucción no está descrita por Bashevis Singer como un proceso procedente del mundo exterior, sino del propio interior de las familias judías, más permeables a la modernidad de lo que se creía. Así, sus personajes son jóvenes destinados a ser rabinos que pierden la fe, mujeres judeo-polacas que se marchan al extranjero o que se casan con gentiles, o familias que después de hacer fortuna se olvidan de sus propias tradiciones.

UNA VENTANA AL MUNDO Y OTROS RELATOS

ISAAC BASHEVIS SINGER

 

Traducción de

Andrés Catalán

 


 

 

 

Título original: Job and Other Stories

 

© 1972 por Isaac Bashevis Singer. Publicado por acuerdo con The 2015 Zamir Revocable Trust a través de Susan Schulman Literary Agency LLC, Nueva York, y ACER
© De la traducción: Andrés Catalán

 

Edición en ebook: febrero de 2022

 

© Nórdica Libros, S.L.

C/ Fuerte de Navidad, 11, 1.º B

28044 Madrid (España)

www.nordicalibros.com

 

ISBN: 978-84-18930-58-4

 

Diseño de colección: Filo Estudio e Ignacio Caballero

Corrección ortotipográfica: Victoria Parra y Ana Patrón

Composición digital: leerendigital.com

INVENCIONES

Desde que me mudé al campo me empieza a vencer el sueño sobre las diez de la noche. Me retiro a la misma hora que mis periquitos y que las gallinas del gallinero. En la cama hojeo Fantasmas de los vivos, pero no tardo mucho en tener que apagar la luz. Un sueño sin sueños —o uno con sueños que no recuerdo— se apodera de mí hasta las dos de la mañana. A esa hora me despierto completamente descansado, la cabeza como un hervidero de planes y posibilidades. En la noche de invierno que describiré se me ocurrió escribir una historia sobre un comunista —de hecho, un teórico del comunismo— que asiste a un congreso de izquierdas sobre la paz mundial y ve un fantasma. Lo vi todo con claridad: la sala de reuniones, los retratos de Marx y Engels, la mesa cubierta con un mantel verde, el comunista, Morris Krakower, un hombre bajito y regordete con el pelo muy corto y una dura mirada tras unos quevedos de lentes gruesas. El congreso se celebra en Varsovia en los años treinta, la era del terror estalinista y los Juicios de Moscú. Morris Krakower disfraza su defensa de Stalin con una jerga de teoría marxista, pero todos captan perfectamente lo que quiere decir. En su discurso proclama que solamente la dictadura del proletariado es capaz de asegurar la paz y que, por tanto, no puede tolerarse ninguna desviación a derecha o a izquierda. La paz mundial está en manos del NKVD.

Tras los informes los delegados se reúnen a tomar una amistosa taza de té. El camarada Krakower no deja de pontificar. Oficialmente es uno de los delegados pero en realidad no es sino un representante de la Comintern. Su perilla recuerda a la de Lenin; su voz tiene un duro timbre metálico. Conoce a fondo el marxismo y sabe hablar varios idiomas; ha dado conferencias en la Sorbona. Dos veces al año viaja a Moscú. Y, como si lo anterior no fuera suficiente, es también hijo de un hombre rico: su padre posee algunos pozos de petróleo cerca de Drohobycz. No le hace falta ser un funcionario a sueldo del Partido.

Morris Krakower se maneja bien en las conspiraciones, pero en esta ocasión las intrigas no son necesarias. La prensa puede asistir a las sesiones; la policía ha infiltrado a sus espías, pero Morris no ha de temer un arresto. Incluso si fuera arrestado, no sería una gran tragedia. En la cárcel podría dedicar su tiempo a leer. Sacaría clandestinamente panfletos de su puño y letra para despertar a las masas. Unas pocas semanas en prisión no pueden sino reforzar el prestigio de un trabajador del Partido.

Fuera cae la helada. Hacia el atardecer empieza a nevar. El té se da por acabado y Morris Krakower se dirige a su hotel. Las calles son suaves, campos blancos a través de los cuales los tranvías se deslizan medio vacíos. Los comerciantes han bajado las persianas y duermen a pierna suelta. Sobre los tejados brillan innumerables estrellas. Si hay seres inteligentes en otros planetas, medita Krakower, quizás sus vidas también estén reguladas por planes quinquenales. Se sonríe ante la idea. Sus gruesos labios se separan, dejando entrever unos dientes grandes y cuadrados.

En el bordillo está sentada una loca. Junto a ella hay una cesta llena de viejos periódicos y harapos. Ensimismada y despeinada, y con un fiero brillo en los ojos, conversa con sus demonios. En algún lado maúlla un gato. Un vigilante nocturno vestido con una chaqueta de piel y una capucha comprueba los cierres de los comercios. Morris Krakower entra en su hotel, recoge la llave en la recepción y sube en ascensor hasta el cuarto piso. El largo pasillo le recuerda a una prisión. Abre la puerta de su habitación y entra. La camarera ha cambiado las sábanas. No tiene más que desvestirse. Mañana el congreso empieza tarde, así que Morris podrá recuperar algo de sueño.

Se pone un pijama nuevo. ¡Qué poco carismático es un líder descalzo enfundado en un pijama que le queda grande! Se acuesta en la cama y apaga la luz de la mesilla. La habitación es oscura y fría, y se queda dormido de inmediato.

De repente, siente que a sus pies alguien tira de la manta. Se despierta. ¿De qué se trata? ¿Hay un gato en la habitación? ¿Un perro? Se sacude el sueño de encima y enciende la luz. No, no hay nadie. Lo debe de haber imaginado. Apaga la luz y se dispone a dormir, pero de nuevo alguien empieza a tirar de la manta. Morris tiene que tirar a su vez de ella para evitar quedarse destapado. «¿Qué es lo que pasa?», se pregunta. Una vez más enciende la luz. Evidentemente tiene los nervios de punta. Está sorprendido, porque goza de buena salud y últimamente ha descansado bien. Todo va como la seda en el congreso.

Retira la manta y examina las sábanas. Sale de la cama y comprueba que la puerta tiene el pestillo puesto. Echa un vistazo al armario. Nada. «En fin, supongo que estaría soñando», concluye, aunque sabe que no se trataba de un sueño. «¿Una alucinación?». Morris Krakower está enfadado consigo mismo. Apaga la luz y regresa a la cama. «¡Basta de estupideces!».

Pero claramente alguien está tirando otra vez de la manta. Morris se incorpora en la cama con tanta fuerza que hace sonar los muelles del colchón. Alguien, alguna criatura invisible, está tirando de la manta y lo hace con la fuerza de unas manos humanas. Morris no mueve un músculo. ¿Habré perdido la cabeza?, piensa. ¿Estoy sufriendo una crisis nerviosa?

Suelta la manta y la presencia invisible, el poder cuya existencia es imposible, la desliza de inmediato hasta los pies de la cama. Morris queda destapado hasta las rodillas. «¿Qué demonios es esto?», pregunta en voz alta. No quiere admitirlo, pero está asustado. Alcanza a oír los latidos de su corazón. Ha de haber alguna explicación. No puede tratarse de un fantasma.

Tan pronto como la palabra aparece en su cabeza el terror se apodera de él. Tal vez se trate de alguna clase de sabotaje. ¿Pero de quién? ¿Y cómo? La manta se ha caído de la cama. Morris quiere encender la luz pero es incapaz de encontrar el interruptor. Tiene los pies fríos pero la cabeza caliente. Sin querer tira de un golpe la lámpara de la mesilla. Salta de la cama y trata de encender la luz del techo, pero se choca contra una silla. Da con el interruptor y enciende la luz. La manta está tirada en el suelo. La pantalla de pergamino se ha desprendido de la lámpara. De nuevo Morris comprueba el armario, se acerca a la ventana y sube las persianas. La calle está blanca, desierta. Busca una puerta que conduzca a otra habitación, pero no hay tal. Se agacha y busca a tientas bajo la cama, luego abre la puerta del pasillo. No hay nadie. «¿Debería llamar al conserje? ¿Pero qué voy a decirle? ¡No, no pienso hacer el ridículo!», decide. Cierra la puerta, echa el pestillo y baja las persianas. Vuelve a echar la manta sobre la cama y coloca la pantalla en la lámpara. «Qué locura», musita.

Morris Krakower ha empezado a sudar a pesar de que en la habitación hace frío. Tiene húmedas las palmas de las manos. «Debe tratarse de algún tipo de neurastenia», se dice, tratando de tranquilizarse. Se plantea dejar la luz encendida durante un rato, pero se avergüenza de su cobardía. «¡No debo permitirme ser víctima de semejante superstición!». Apaga el interruptor y regresa con paso vacilante a la cama. Ya no es el mismo Morris Krakower seguro de sí mismo, portavoz de la Comintern. Es un hombre asustado. ¿Volverá lo que sea que hay en la habitación a tirar de la manta?

Durante un rato Morris permanece echado sin hacer un solo gesto. La manta no se mueve. Al otro lado de la ventana alcanza a oír el apagado ruido metálico de un tranvía. Se encuentra en el centro de una ciudad civilizada y no en el desierto o en el Polo Norte. «¡Todo está en mi cabeza! —razona—. ¡Tengo que dormir!». Cierra los ojos. Inmediatamente siente un tironcito. No, no es solo un tironcito sino un fuerte empellón. En un segundo tiene la manta a la altura de las caderas. Morris estira la mano, agarra la manta y trata rápidamente de tirar de ella. Pero tiene que emplear todas sus fuerzas porque su visitante nocturno está tirando enérgicamente en la dirección contraria. El visitante es más fuerte y Morris tiene que ceder. Resuella, gruñe, le insulta. El breve forcejeo deja a Morris cubierto de sudor. «¡Qué calamidad más grande!», exclama, repitiendo una expresión que usaba su madre. ¡Que semejante locura le tenga que pasar precisamente a él, entre toda la gente! ¿Qué podrá ser? «Dios santo, ¿existirán los demonios de verdad? Si es así, entonces estamos perdidos».

 

Me quedé dormido y soñé uno de esos sueños recurrentes que se repiten una y otra vez a lo largo de los años. Estoy en un sótano sin ventanas. O bien vivo ahí o lo uso como escondrijo. El sótano es profundo, oscuro, el suelo sucio está hundido e hinchado. Tengo miedo, pero sé que debo permanecer ahí durante un tiempo. Abro una puerta y me encuentro en otra pequeña habitación oscura con una cama de paja sin sábanas. Me siento sobre la cama y trato de decirme cosas tranquilizadoras para que se me pase el miedo, pero solo aumenta. Escucho ruidos. Oscuras criaturas, suaves como telas de araña, se arrastran por el pasillo, susurrando. Debo escapar, pero la salida está bloqueada. Me dirijo a una segunda salida, ¿pero es por ahí? El pasillo se estrecha, tuerce, desciende. Ya no camino sino que me arrastro, como un gusano, hacia una abertura, ¿pero la alcanzaré? ¡Un momento! Me he dejado algo en la otra habitación —un documento, un manuscrito— y tengo que regresar a buscarlo. No es la única complicación. Es extraordinario, pero unas protuberancias parecidas a cuernos han brotado de mis brazos. Los últimos segundos del sueño están llenos de tortuosos apuros demasiado extraños y numerosos para recordarlos. Toda la historia deviene rápidamente en algo absurdo, e incluso en sueños sé que debo despertarme de esta pesadilla, porque la fuerza que guía los sueños nunca se quiere arriesgar a ponerse de manifiesto. Está burlándose de sus propios mecanismos. Deja caer palabras extrañas e incoherentes, transformando la ilusión en una caricatura.

Abro los ojos y me doy cuenta de que tengo que ir al baño. ¡Vaya manera más enrevesada de hacer saber a una persona que tiene que orinar! Después regreso a la cama y me quedo echado sin moverme, asombrado de la tortuosidad del cerebro dormido. ¿Puede haber explicación para todo esto? ¿Hay alguna ley que rija las pesadillas? Una cosa es segura: este sueño se repite como el leitmotiv de una loca sinfonía.

Al rato me acuerdo de mi héroe, Morris Krakower. ¿Dónde lo dejé? Ah, sí, su silencioso oponente está tirando con más fuerza, y Morris tiene que ceder. Tan enfrascado está en el tira y afloja que durante un momento se ha olvidado de su miedo. De repente, el otro ser deja de tirar de la manta y Morris Krakower percibe una silueta. Se da cuenta de que la aparición solo trataba de llamar su atención.

No lejos de él, a los pies de la cama, se encuentra el camarada Damschak, que hace algunos años viajó a la Rusia soviética, publicó allí varias furiosas invectivas en las que acusaba a varios escritores de ser trotskistas y luego desapareció. El rostro es el de Damschak, pero el cuerpo es como si estuviera disecado, como los cadáveres que se usan en las clases de anatomía de la Facultad de Medicina. Los músculos y los vasos sanguíneos están al descubierto. Brillan con su propia luz fosforescente. Morris Krakower está tan estupefacto que vuelve a olvidarse de su miedo. La aparición se desvanece lentamente ante su mirada atónita. Durante unos pocos minutos solamente persiste algo parecido a una membrana o a una tenue tracería, no del todo allí pero tampoco desaparecida completamente. Pronto incluso esta tracería se deshace.

Morris Krakower se queda inmóvil durante lo que parecen minutos o tal vez segundos (¿quién puede medir el tiempo en tales circunstancias?). Luego extiende la mano hacia la lámpara y la enciende. El miedo ha quedado atrás. Recoge la manta, que se ha caído casi completamente de la cama. Sabe con una íntima certeza que ahora le dejará en paz. No era más que la manera del camarada Damschak de obligarle a prestar atención a su fantasma.

¿Pero cómo? ¿Y por qué? ¿Qué entender de todo esto? Desafía toda explicación científica. Como un trozo de comida atascado en la garganta, que no puede tragarse ni expulsarse por mucho que uno tosa, en la cabeza de Morris ha surgido una pregunta que no puede responderse ni pasarse por alto. Su cerebro se paraliza. Que él recuerde, es la primera vez que se ha quedado sin ninguna idea, como si su mente estuviera flotando en el vacío. Tiene frío, pero no se tapa. Solo tiene una esperanza: que no haya sido más que un sueño. Pero algo le dice que es capaz de percibir la diferencia entre el sueño y la realidad. Echa un vistazo al reloj en la mesilla: son las tres y cuarto. Se acerca el reloj al oído y escucha el funcionamiento de su mecanismo interno. Por la calle pasa un tranvía y alcanza a oír el chirrido de las ruedas. La realidad sigue estando ahí fuera.

Durante un buen rato, Morris se queda sentado en la cama sin una sola idea, sin una sola teoría: un leninista que acaba de ver un fantasma. Luego se tumba, se tapa, y apoya la cabeza sobre la almohada. No se atreve a apagar la luz, pero cierra los ojos.

«En fin, ¿qué se hace en una situación así?», se pregunta, y no es capaz de dar con una respuesta. Se queda dormido, y al volver a despertarse sabe la respuesta: todo fue un sueño. En caso contrario, él, Morris Krakower, tendría que renunciar a todo: al comunismo, al ateísmo, al materialismo, al Partido, a todas sus convicciones y responsabilidades. ¿Y qué haría entonces? ¿Convertirse a la religión? ¿Rezar en la sinagoga? Son cosas que un hombre no debe reconocer, ni siquiera ante sí mismo. Hay secretos que uno ha de llevarse consigo a la tumba.

Una cosa está clara: el verdadero Damschak no estaba aquí, porque su cuerpo está en Rusia. Lo que Morris vio fue una imagen mental que por alguna razón decidió formar su cerebro. Quizás porque Morris y Damschak fueron buenos amigos, y aún no ha hecho las paces con el hecho de que Damschak lo traicionara en Rusia. Es posible soñar mientras se está despierto.

Morris Krakower vuelve a dormirse. Por la mañana, cuando sube las persianas, el sol baña de luz la habitación. El día de invierno es tan brillante como si fuera verano. Morris revisa la manta. Encuentra las marcas que sus dedos han dejado en el tejido. Parece estar deshilachado en algunos sitios. ¿Y qué prueba esto? No hay duda de que tiró de la manta. Pero el otro extremo de la misma no muestra ninguna señal de lucha. El fantasma no ha dejado rastro.

El breve discurso que el camarada Krakower pronuncia esa tarde carece de la lógica, la seguridad y la soltura del que pronunció el día anterior. Tartamudea de vez en cuando; se equivoca. No deja de quitarse y volver a colocarse los quevedos sobre la nariz. La esencia de su discurso es que actualmente solo existe un partido revolucionario: el Partido Comunista. El órgano principal del Partido es el Comité Central, su secretariado. Dudar del partido es dudar de Marx, Lenin, Stalin, del triunfo definitivo del proletariado: en otras palabras, pasarse al bando del capitalismo, el imperialismo, el fascismo, la religión, la superstición.

sábado, 24 de enero de 2026

ANNE SEXTON VIVE O MUERE (Live or Die, 1966) poesía. Fragmento del libro.


 

ANNE SEXTON

 

 

VIVE O MUERE

 

(Live or Die, 1966)

 

 

"Poesía Completa"; Linteo, 2013, 939 p.; P.- 187, 296

 

 

 

Para Max y Fred,

que me hicieron una compatriota honorífica

 

 

Con un gran aliento, atrapado y mantenido

en su pecho, combatió su tristeza

por su solitaria vida. ¡No llores, idiota!

Vive o muere,

pero no envenenes todo...

de una primera versión de Herzog

de Saul Bellow

 

 

Nota de la autora

Vaya por delante que he colocado estos poemas (1962-1966)
en el orden en que fueron escritos y pido toda clase de dis-
culpas por el hecho de que se lean como la gráfica de fiebre
para un caso grave de melancolía. Creí que el orden de su
creación podía ser de interés para algunos lectores, y, como
André Gide escribió en su diario: «A pesar de toda determi-
nación de optimismo, ocasionalmente gana la melancolía: el
hombre ha arruinado el planeta definitivamente.»

 

 

Y UNO PARA MI SEÑORA

 

Un comerciante nato,

mi padre toda su pasta ganó

vendiendo lana a Fieldcrest, Woolrich y Faribo.

 

Un hablador nato

supo vender cientos de balas humedecidas

del blanco material. Registraba las millas y partidas

 

y les sacaba ganancia.

Cada frase que en casa nos decía

gustó ya al comprador que con manteca le correspondía.

 

Cada palabra

había sido ensayada a cada rato
en el hombre al que había cautivado el hombre que llenaba mi plato.

 

Mi padre se cernía

sobre el pudín de Yorkshire y el filete de ternera:

un feriante, ambulante, marchante, jefe indio, todo era.

 

¡Roosevelt! ¡Willkie! ¡La guerra!
Cuan insegura me sentía de repente
con mi corazón de solterona y mi alegre aplauso de adolescente.

 

Cada noche en casa

mi padre con los mapas sentía su amor en creces
mientras la radio peleaba sus batallas con nazis y japoneses.

 

Excepto cuando se escondía

en su dormitorio para tres días de borrachera,

tecleaba complejos itinerarios, preparaba su maletera,

 

su equipaje a juego,

y metía en el bolsillo de una reserva la confirmación,

su corazón ya avanzaba por las rutas rojas de la nación.

 

Cada noche estoy sentada

en mi escritorio sin un lugar para ir deseado,

abro de Milwaukee y Buffalo los mapas arrugados,

todos los U.S.,

sus cementerios, sus zonas horarias casi fortuitas,

a través de rutas como venillas, capitales tal piedritas.

 

Él murió en el camino,

del cuello a la nuca el golpe fatal,

por la ventana del Cadillac su pañuelo blanco por señal.

 

Mi esposo,

de ojos azules como de cuentos, vende lana:
cajas con restos de carda, ovillos y carretes que deshilvana

 

hasta sacar el hilo:

Leicester, Rambouillet, Merino, que él aconseja,
un media-sangre, grasiento y gordo, amarillo como nieve vieja.

 

Y cuando te vas, querido mío,

¡Sí, señor! ¡Sí, señor! Este es para mi señora,

el nombre de mi padre tus muestrarios decora,

 

tu itinerario abierto,

sus controles de peaje sonando codiciosos,
sus amplias rutas surgidas como nuevos amores, groseros y presurosos.

 

25 de enero de 1962

 

 EL SOL

 

He oído de peces

que subieron al sol

donde se quedaron para siempre,

hombro con hombro,

avenidas de peces que nunca volvieron,

todas sus manchas ostentosas y soledades

absorbidas de ellos.

 

Pienso en moscas

que de sus apestosas cuevas

salen a la arena.

Primero son transparentes.

Después son azules con alas de cobre.

Brillan en las frentes de los hombres. .

Ni pájaros ni acróbatas,

se secarán como pequeñas botas negras.

 

Yo soy un ser idéntico.

Enferma por el frío y el olor de la casa

me desnudo bajo la ardiente lupa.

Mi piel se aplana como el agua del mar.

Ojo amarillo,

déjame vomitar con tu calor,

déjame tener fiebre y furor.

 

Ahora estoy totalmente entregada.

Yo soy tu hija, bombón,

tu sacerdotisa, tu boca y tu pájaro,

y voy a contarles a todos historias de ti,

hasta que me aparten para siempre,

una delgada bandera gris.

 

Mayo, 1962

 

 

 

HUYE EN TU ASNO

 

Ma faim, Anne, Anne,
Filis sur fon cine... 
Rimbaud

 

Porque no había otro lugar
al que huir,

volví a la escena del desorden de los sentidos,
volví ayer a medianoche,
llegué en la profunda noche de junio,
sin equipaje ni defensas,
entregué las llaves de mi coche y mi dinero
y me quedé tan sólo con un paquete de cigarrillos Salem,

como un niño que se agarra a un juguete.
Puse mi firma donde un extraño

pone la X con tinta -

pues esto es un hospital psiquiátrico,
no un juego de niños.

 

Hoy golpea un médico asistente mis rodillas,

para probar mis reflejos.

Antes le habría guiñado y suplicado un chute.

Hoy soy tremendamente paciente.

Hoy los cuervos juegan al black-jack

en el estetoscopio.

 

Todos me han abandonado
excepto mi musa,
la estupenda enfermera.
Ella se queda en mi mano,
un suave ratón blanco.

 

Las cortinas, indolentes y delicadas,

ondean, se agitan y caen

como las faldas victorianas

de mis dos tías solteras

que tenían una tienda de antigüedades.

 

Los avispones han sido enviados.

Se agrupan como muestras de flores en el mosquitero.

Avispones arrastrando sus finos aguijones,

se quedan suspendidos, lo saben todo,

zumban: el avispón sabe.
Esto lo oí de niña
¿pero qué es lo que quería decir?
¡El avispón sabe!

¿Qué fue de Jack y Doc y Reggy?
¿Quién sabe aún lo que acecha en el corazón del hombre?

¿Qué quería decir El Avispón Verde*, él lo sabe?
¿O lo entendí mal?
¿Es La Sombra, la que me ha visto
desde la radio de mi mesilla de noche.

 

Ahora suena ¡Dinn, Dinn, Dinn!

mientras las señoras discuten en la habitación al lado

y escarban sus dientes.

Arriba una muchacha se enrosca como un caracol;

en otra habitación alguien intenta comerse un zapato;

entretanto un adolescente pasea por el pasillo arriba

y abajo con sus calcetines blancos de tenis.

Un nuevo doctor hace rondas

publicitando sedantes, insulina o electrochoques

para los no iniciados.

 

¡Seis años con tan pequeñas preocupaciones!

¡Seis años de entrar y salir de este lugar!

¡Oh hambre mía! ¡Hambre mía!

Podría haber dado dos veces la vuelta al mundo,

o haber tenido nuevos hijos — sólo chicos.

Fue un largo viaje con pequeños días

pero sin nuevos lugares.

 

Aquí dentro

sigue la misma vieja farándula,

la misma escena de ruinas.

El alcohólico llega con sus palos de golf.

La suicida llega con píldoras aparte cosidas

en el forro de su vestido.

Los huéspedes permanentes no han hecho nada nuevo.

Sus caras continúan siendo pequeñas

como bebés con ictericia.

 

Entretanto

sacaron a mi madre,

como una muñeca de cualquiera, envuelta en sábanas,

vendaron su mandíbula y rellenaron sus orificios.

A mi padre también. Él se fue por la sangre podrida

que agotó en otras mujeres del Medio Oeste.

 

Se fue en ello, un viejo alcohólico curado,

con pies torcidos y manos inútiles.

Se fue en ello, llamando a su padre,

que murió hacía tiempo por su propia fuerza —

ese banquero rico que habían encerrado,

sus genes bloqueados como dólares,

envuelto en su secreto,

atado bien seguro en su camisa de fuerza.

 

Pero tú, doctor mío, mi entusiasta,
fuiste mejor que Cristo;
me prometiste otro mundoque me diría quién

era yo.

 

La mayor parte del tiempo la pasé,

una extraña,

condenada y en trance — ese cuchitril,

ese lugar desnudo de venas azules,

mis ojos cerrados ante el confuso despacho,

ojos girando hacia mi infancia,

ojos de nuevo aguzados.

Años Henos de consejos

alineados — la historia de un caso en capítulos —

durante treinta y tres años el mismo incesto aburrido

que nos sostuvo a ambos.

 

Tú, mi analista soltero,

que en la calle Marlborough

compartías tu praxis con tu madre

y cada Año Nuevo dejabas el tabaco,

eras el nuevo Dios,

el manager de la Biblia de Gideon.

 

Yo era tu alumna de tercero

con una estrella azul en mi frente.

En trance podía tener cualquier edad,

voz y gesto — todo vuelto al revés

como un reloj de un drugstore.

Despierta, memorizaba sueños.

Los sueños subían al ring

como luchadores de tercera,

cada uno una mala apuesta

que podía ganar

porque no había otra.

 

Los miraba fijamente,

me concentraba en el abismo,

como se mira hacia abajo una cantera,

innumerables millas hacia abajo,

mis manos vacilaban como ganchos

para sacar sueños de su jaula.

¡Oh hambre mía, hambre mía!

 

Una vez,

delante de tu consulta,

me vine abajo con la manera antigua del desmayo

entre los coches mal aparcados.

Me eché al suelo,

aparentando estar ocho horas muerta.

Pensé que había muerto

en una borrasca de nieve.

Sobre mi cabeza

sonaban cadenas como si dientes

excavaran su camino por la calle helada.

Yacía allí

como un sobretodo

que alguien había arrojado.

Me llevaste de nuevo adentro,

con torpeza, con ternura,

con la ayuda de la secretaria de pelo rojo,

con la complexión de una socorrista.

Mis zapatos,

lo recuerdo aún,

se perdieron en un montón de nieve,

como si no pensara andar de nuevo.

 

Esto fue el invierno

en que mi madre murió,

medio loca de morfina,

hinchada, al final,

como una cerda preñada.

Yo era su fantasioso mal de ojo.

De hecho,

llevaba un cuchillo en mi bolso —

el buen cuchillo de caza L. L. Bean de mi marido.

No sabía qué hacer: si abrir un neumático

o sacarle las tripas a un sueño.

 

Archivo del blog

ANTOLOGÍA DE LA LITERATURA GRIEGA (ss. vni a.C.-τν d.C.)SELECCIÓN E INTRODUCCIÓN DE CARLOS GARCÍA CUAL Y ANTONIO GUZMÁN GUERRA

  INTRODUCCIÓN  Pervivenda de la literatura griega «Una misma ola desde Troya ondula su grupa hasta noso tros» escribió Saint-John Perse Una...

Páginas