Fuente e investigación. Síntesis. Comentarios.
Enrico Giovanni Pugliatti- Méndez-Limbrick
🏃♂️ Corre, Conejo — John Updike (1960)
📖 Trama
Harry “Conejo” Angstrom, exestrella del baloncesto escolar, tiene 26 años y está atrapado en una vida suburbana sin sentido: un matrimonio sin amor, un trabajo mediocre como vendedor, y una rutina que lo asfixia. Un día, impulsado por una mezcla de nostalgia y desesperación, abandona a su esposa embarazada y a su hijo pequeño. Lo que sigue es una fuga errática por las carreteras de Pensilvania, encuentros con figuras religiosas, amantes, y el peso de su propia culpa. Conejo no sabe qué busca, pero sabe que no puede quedarse.
“La vida es un lugar extraño para vivir.”
🧠 Importancia
Estética del desencanto: Updike convierte lo banal en lírico. Su prosa es rica, sensual, y psicológicamente incisiva.
Retrato generacional: Conejo encarna el vacío espiritual de la posguerra, el colapso del sueño americano en la intimidad doméstica.
Inicio de una tetralogía: Esta novela es la primera de cuatro que siguen a Conejo durante décadas, convirtiendo su vida ordinaria en una epopeya existencial.
🌎 Influencia
Updike como cronista de lo invisible: Su estilo influenció a autores como Richard Ford y Jonathan Franzen, que también exploran la vida interior del hombre común.
Canon estadounidense: Junto a Philip Roth y Saul Bellow, Updike forma la tríada de novelistas que definieron la literatura norteamericana del siglo XX.
Pulitzer y legado: La serie Rabbit ganó dos Premios Pulitzer y se considera una de las más ambiciosas exploraciones del individuo frente a la sociedad moderna.
***
¿Cuáles son los temas principales de la obra?
Si el Consejo Editorial tuviera que tallar los temas de Corre, Conejo en piedra ritual, estos serían los cinco pilares que sostienen su arquitectura simbólica:
🧩 Temas Principales de Corre, Conejo
🏃♂️ Fuga Existencial
Harry Angstrom huye de su vida doméstica no por odio, sino por vacío. La novela explora el impulso de escapar cuando la rutina se convierte en prisión. Conejo no corre hacia algo, sino lejos de todo.
“La vida es un lugar extraño para vivir.”
🏠 Crisis de la Vida Suburbana
Updike disecciona la clase media estadounidense con bisturí lírico. El matrimonio, el trabajo, la religión y la familia aparecen como estructuras que prometen sentido pero entregan tedio.
🧠 Identidad y Desencanto
Conejo es un hombre que fue alguien (estrella del baloncesto) y ya no lo es. La novela interroga qué queda cuando el símbolo de éxito se desvanece. ¿Quién es uno cuando ya no es lo que fue?
✝️ Religión y Moralidad
Conejo se cruza con figuras religiosas que intentan guiarlo, pero su búsqueda espiritual es errática. La novela plantea preguntas sobre culpa, redención y el papel de Dios en una vida sin dirección.
💔 Erotismo y Alienación
Las relaciones sexuales en la novela no son placenteras ni románticas, sino síntomas de soledad. Conejo busca conexión física como sustituto de sentido emocional.
¿Cuáles son las implicaciones de estos temas en la actualidad?
Los temas de Corre, Conejo no han envejecido: se han transformado en espejos más nítidos. Si el Consejo Editorial quisiera dictar una lectura contemporánea de la obra, podría hacerlo como una ceremonia de diagnóstico espiritual del siglo XXI. Aquí te presento las implicaciones actuales de sus temas, como estaciones de un ritual moderno:
🔍 Implicaciones Contemporáneas de los Temas en Corre, Conejo
🏃♂️ Fuga Existencial → Nomadismo Emocional
Hoy, la huida de Conejo se refleja en el abandono de trabajos, relaciones o ciudades en busca de autenticidad. El “síndrome del burnout” y la cultura del “quiet quitting” son formas modernas de correr sin saber hacia dónde.
La pregunta ya no es “¿por qué huye?”, sino “¿qué significa quedarse?”
🏠 Crisis de la Vida Suburbana → Saturación Digital y Desconexión
La monotonía suburbana de los años 60 ha sido reemplazada por la hiperconectividad. Pero el vacío persiste: redes sociales, consumo constante y productividad sin propósito generan una nueva forma de alienación.
Conejo hoy no huiría en coche, sino cerrando sus cuentas y apagando su teléfono.
🧠 Identidad y Desencanto → Fragmentación del Yo
La búsqueda de identidad se ha vuelto más compleja: avatares, máscaras digitales, multiplicidad de roles. La pregunta “¿quién soy?” se ha vuelto líquida, performativa, y a veces agotadora.
Conejo sería influencer por accidente, pero incapaz de sostener el personaje.
✝️ Religión y Moralidad → Espiritualidad Alternativa
La figura del pastor en la novela se ha transformado en gurús, coaches, y algoritmos que prometen sentido. La moral ya no se impone desde arriba, sino que se negocia entre comunidades virtuales.
La redención se busca en retiros de silencio, astrología, o terapia online.
💔 Erotismo y Alienación → Intimidad Fragmentada
Las relaciones actuales están marcadas por la paradoja: más opciones, menos conexión. Conejo hoy viviría entre aplicaciones de citas, vínculos efímeros y una nostalgia por el contacto real.
El cuerpo sigue siendo refugio, pero también campo de batalla emocional.
***
Corre, Conejo
John Upd
Título original: Rabbit,
run
1ª. edición en
Colección Andanzas: noviembre 1990
1ª. edición en
Fábula: octubre 1996
© 1960 by John
Updike. Traducción publicada por acuerdo
con Alfred A. Knopf, Inc.
© de la
traducción: Jordi Fibla, 1990
Diseño de la
colección: Pierluigi Cerri
Ilustración de
la cubierta: detalle de una ilustración de Stan Watts
realizada para
Polygram Records. © Stan Watts, 1990.
Derechos
reservados
Reservados todos
los derechos de esta edición para
Tusquets Editores,
S. A. - Iradier, 24, bajos - 08017 Barcelona
ISBN:
84-8310-503-9
Depósito legal:
B. 29. 737-1996
Impresión y
encuadernación: GRAFOS, S. A. Arte sobre papel
Sector C, Calle
D, n. ° 36, Zona Franca - 08040 Barcelona
Impreso en
España
Los movimientos de la gracia,
la dureza del corazón;
las circunstancias exteriores.
Pascal, Pensamientos
Unos
chiquillos juegan al baloncesto en torno a un poste telefónico al que han
atornillado el tablero. Es un torbellino de piernas y gritos. Los zapatos
deportivos, que raspan el suelo y hacen saltar los guijarros diseminados por el
callejón, parecen catapultar sus voces al aire húmedo de marzo, hacia la franja
del cielo por encima de los cables. Conejo Angstrom, vestido con traje de
calle, sube por el callejón y se detiene a mirarles, aunque tiene veintiséis
años y mide metro noventa. Con esa altura sería un conejo inverosímil, pero la
estrechez del pálido rostro, el azul claro de los iris y un temblor nervioso
bajo la breve nariz en el instante en que se lleva un cigarrillo a los labios
explican en parte el mote que le pusieron en su infancia. Se queda ahí parado,
pensativo. La inexorable renovación de la vida, los niños que proliferan a tu
alrededor.
Su presencia causa extrañeza a los
pequeños, le miran de reojo. Juegan para divertirse ellos solos, no es un
espectáculo para un adulto vestido con traje de chaqueta cruzada color cacao.
¿Dónde ha dejado su coche? Con el pitillo colgando de la boca, su inmovilidad
parece más siniestra.
¿Será uno de esos que ofrecen a los niños
tabaco o dinero para que les acompañen detrás de la fábrica de helados? Han
oído hablar de tales cosas, pero no están asustados. Al fin y al cabo, son seis
contra uno.
La pelota rebota en el aro, vuela sobre
las cabezas de los seis chicos y aterriza a los pies del adulto, el cual la
coge al primer rebote en el suelo con una rapidez que les sobresalta. Le
contemplan en silencio mientras él apunta entrecerrando los ojos, a través de
la nube de humo azulado, su silueta súbitamente oscura, como una columna de
humo contra el cielo en la tarde primaveral, afirma bien los pies, mueve
rítmicamente la pelota ante el pecho, una mano pálida extendida encima de la
esfera y la otra a un costado, la agita de un lado a otro, con paciencia,
procurando que el aire se distribuya de manera uniforme en su interior. Tiene
grandes las medias lunas de las uñas. Parece entonces que la pelota sube por la
solapa derecha de su chaqueta y, al tiempo que él dobla las rodillas, sale
lanzada desde el hombro. Se diría que el disparo va a fallar, pues, aunque ha
lanzado la pelota en ángulo, no se dirige al tablero, pero no es ahí donde él
había apuntado, y la pelota pasa por el aro y agita la red produciendo una
especie de susurro femenino.
—Una chiripa —dice uno de los niños.
—No, experiencia —replica él, y les
pregunta—: ¿Qué, me dejáis jugar?
Ellos no responden y se limitan a
intercambiar miradas de perplejidad. Conejo se quita la chaqueta, la dobla con
esmero y la deja sobre la tapa limpia de un contenedor de basuras. A sus
espaldas los zapatos deportivos vuelven a raspar el suelo. Conejo interviene en
la arrebatiña de los niños para hacerse con la pelota, de un golpecito se la
quita a un par de manos infantiles de nudillos mugrientos y se queda con ella.
Nota la antigua sensación que tensa su cuerpo y da alas a sus brazos, como si
estuviera hecho de cuero estirado, como si atravesara la densa capa de los años
para palpar esa tirantez. Sus brazos se alzan de un modo automático y la pelota
de goma vuela hacia la cesta desde lo alto de su cabeza. El lanzamiento le
parece tan bueno que parpadea cuando la pelota cae corta, y por un instante se
pregunta si habrá pasado por el aro sin mover siquiera la red.
—Eh —dice a los chicos—. ¿Cuál es mi
equipo?
Los niños no le responden, pero se produce
un movimiento entre ellos y una delegación de dos acude a su lado para
enfrentarse a los otros cuatro. Aunque desde el principio Conejo se coloca en
desventaja, a tres metros de la cesta, la proporción de fuerzas sigue siendo
incorrecta. Nadie se molesta en llevar la cuenta de los puntos, y el desabrido
silencio le incomoda. Los niños se comunican con monosílabos, pero a él no se
atreven a dirigirle la palabra. A medida que avanza el juego, Conejo nota en
las piernas el roce de los pequeños acalorados y frenéticos, que intentan
hacerle la zancadilla, pero sus lenguas siguen atadas. Él no desea ese respeto,
siente deseos de decirles que hacerse mayor no tiene nada de especial, que no
cuesta nada. Al cabo de diez minutos uno de los chicos se pasa al otro bando, y
ahora Conejo Angstrom y el único muchacho que le queda se enfrentan a los otros
cinco. Este chiquillo, todavía pequeño y tímido, pero que ya muestra el inicio
de una enérgica desenvoltura, es el mejor de los seis. Lleva un gorro de lana
con una borla verde encasquetado hasta las orejas, a la altura de los ojos, que
da a su rostro un aspecto de cretino. Es evidente que tiene un talento innato,
por su manera de moverse lateralmente sin dar ningún paso, deslizándose en un
abrir y cerrar de ojos, por esa espera calculada antes de efectuar cualquier
movimiento. Si tiene suerte, llegará a ser un atleta excelente en la escuela
secundaria. Conejo sabe bien lo que es eso: vas subiendo de categoría hasta que
llegas a la cumbre y todo el mundo te vitorea; el sudor se desprende de tus
cejas y no ves bien, el ruido gira a tu alrededor y te eleva. Entonces quedas
excluido, al principio no te olvidan, sólo te excluyen, y te sientes bien,
tranquilo y libre. Estás excluido, es como si te fundieras, y sigues subiendo, subiendo,
hasta que, para estos chicos, te conviertes en un trozo más del cielo de los
adultos que se extiende por encima de ellos en la ciudad, un trozo que, por
alguna razón misteriosa, se ha nublado y les ha hecho una visita. No le han
olvidado, sino que es peor todavía: nunca han oído hablar de él. Y sin embargo,
en su época, Conejo fue famoso en todo el condado. En el penúltimo curso
estableció un récord en la segunda liga de baloncesto y lo superó al año
siguiente. Ese último récord permaneció imbatido hasta cuatro años después, es
decir, hacía de ello cuatro años.
Hace mates con una mano, con dos, sin que
las manos rebasen la altura de los hombros, con los pies firmes en el suelo,
elabora pivotes y fintas, salta y encesta. Aplanado y fofo, el balón se eleva.
Conejo comprueba que sus manos siguen siendo tan hábiles como antes y se
exalta, liberado de una melancolía largamente sentida, pero su cuerpo es pesado
y tiene corto el resuello. Su falta de aliento le irrita. Cuando los cinco
chicos del equipo contrario empiezan a quejarse y moverse perezosamente y uno
de ellos, al que derriba sin querer, se levanta con mala cara y se marcha,
Conejo abandona el juego de buena gana.
—Bueno, me voy —les dice—. ¡Tres vivas!
—Mira al muchacho que está a su lado, el de la borla verde, y añade—: Hasta la
vista, campeón.
Siente gratitud hacia ese pequeño, que
sigue mirándole con una admiración desinteresada cuando todos los demás se
muestran adustos. Los dotados de un talento innato se reconocen.
Conejo recoge su chaqueta doblada y la
lleva en una mano, como una carta, mientras corre callejón arriba. Deja atrás
la fábrica de helados abandonada, con sus largueros de madera carcomida y el
soportal derruido de la plataforma de carga. Cubos de basura, puertas de
garajes, vallas de tela metálica de gallinero que enjaulan enmarañados tallos
de flores marchitas. Estamos en marzo y el amor aligera la atmósfera, todo
renace y, bajo el regusto acre del tabaco, Conejo percibe el sabor de la nueva
oportunidad en el aire, saca el paquete de tabaco que se mecía en el bolsillo
de su camisa y, sin reducir la rapidez de sus pasos, lo arroja a un cubo de
basura abierto. El tic nervioso agita el labio superior que deja ver los
dientes: sonríe, satisfecho de sí mismo. Sus grandes zapatos de ante pisan con
ruido sordo y hacen saltar la gravilla del suelo.
Sigue corriendo por el callejón. Al final
de la manzana, dobla la esquina y sale a Wilbur Street, en Mount Judge, una
localidad próxima a la ciudad de Brewer, la quinta de Pennsylvania por su tamaño.
Corre cuesta arriba, pasa ante una manzana de grandes viviendas, pequeñas
fortalezas de cemento y ladrillo con portales de cristal de colores biselado y
macetas en las ventanas, y continúa hasta la mitad de otra manzana, formada por
una hilera de casas levantadas todas ellas en los años treinta. Las casas de
madera ascienden por la cuesta como una escalera. En el espacio de poco menos
de dos metros que en cada edificio de dos viviendas se alza por encima del
vecino hay dos tristes ventanas muy espaciadas, como los ojos de un animal, y
hay un tejadillo artificial cuyo color varía entre el violáceo de un cardenal y
el del estiércol. Las fachadas son de roñosas tablas de chilla que en otro
tiempo fueron blancas. Hay una docena de casas de tres plantas, cada una con
dos puertas. La séptima puerta es la de Conejo. Los escalones de madera de la
entrada están desgastados y debajo de ellos hay un cubículo con el suelo de
tierra donde se enmohece un juguete perdido, un payaso de plástico. Conejo lo
ha visto ahí durante todo el invierno, pero no lo tocó creyendo que algún niño
volvería a buscarlo.
Jadeante, Conejo se detiene en el
vestíbulo al que no llega la luz del sol. Del techo pende una bombilla
encendida, polvorienta. De la pared cuelgan tres buzones de hojalata vacíos,
por encima de un radiador marrón. La puerta del vecino de la planta baja, al
otro lado del vestíbulo, está cerrada, como una cara murria. Flota en el aire
un olor siempre idéntico pero que él nunca puede identificar, que unas veces
parece de col hervida, otras el hálito de un horno oxidado y otras el de algo
blando que cubre las paredes y se pudre. Conejo sube las escaleras hasta su
vivienda, en el último piso.
La puerta está cerrada. Cuando introduce
el llavín en la cerradura la mano le tiembla, pulsátil a causa del esfuerzo
desacostumbrado, y el metal chirría. Pero al abrir la puerta ve a su esposa
sentada en un sillón, con un vaso de cóctel en la mano, mirando la televisión
con el volumen muy bajo.
—Ah, estás aquí —dice él—. ¿Por qué has
cerrado la puerta? Ella vuelve la cabeza para mirarle vagamente, los ojos
enrojecidos por la larga contemplación de la pantalla.
—Se ha cerrado sola.
—Se ha cerrado sola —repite él, pero de
todos modos se inclina para besar su frente satinada.
Es una mujer menuda, de piel que tiende
al color oliváceo, y parece tensa, como si algo creciera en su interior y se
esforzara para desarrollarse en un espacio tan reducido. Conejo tiene la
sensación de que sólo el día anterior ha dejado de ser guapa. Ahora, con un par
de arrugas cortas en las comisuras de la boca, ésta da una impresión de
codicia. Tiene menos pelo, y Conejo piensa una y otra vez en el cráneo que hay
debajo. Estos minúsculos progresos en la vejez han ocurrido de un modo
imperceptible, y por eso parece posible que mañana desaparezcan y ella vuelva a
ser la chica de antes. Conejo intenta bromear.
—¿De qué tienes miedo? ¿Quién crees que
va a entrar por esa puerta? ¿Errol Flynn?
La mujer no responde. Él desdobla
cuidadosamente la chaqueta, se acerca con ella al armario y saca una percha de
alambre. El armario se encuentra en la sala y su puerta sólo puede abrirse a
medias, puesto que el televisor está delante. Conejo procura no tropezar con el
cable, conectado a un enchufe al otro lado de la puerta. Cierta vez Janice, que
es más torpe que de ordinario cuando está embarazada o borracha, se enredó un pie con el
cable y estuvo a punto de volcar el aparato, un
receptor de ciento cuarenta y nueve dólares, y estrellarlo contra el suelo. Por
suerte él intervino en el momento en que el televisor aún oscilaba en su
soporte y antes de que Janice empezara a patalear en uno de sus accesos de
pánico. ¿Por qué se puso así? ¿De qué tenía miedo? Conejo, que es un amante del
orden, inserta diestramente la percha en las mangas de la chaqueta y la cuelga
de la barra pintada entre sus demás prendas. Se pregunta si debería quitar de
la solapa la insignia de Agente Demostrador, pero decide llevar el mismo traje
mañana. Sólo tiene otros dos, aparte de uno azul oscuro que es demasiado caluroso
para esta época del año. Cierra la puerta y la empuja pero, aunque oye el
chasquido del cierre, vuelve a abrirse unos centímetros. Ah, estas puertas...
Le enoja que su mano tiemble en la cerradura como la de un vejestorio mientras
su mujer sigue ahí sentada, escuchando el ruidito. Se vuelve hacia ella y le
pregunta:
—Si estás en casa, ¿dónde has dejado el
coche? No lo he visto ahí fuera.
—Está delante de la casa de mi madre. No
me dejas ver.
—¿Delante de la casa de tu madre? Vaya,
eso es magnífico. El mejor de todos los jodidos sitios en que podrías dejarlo.
—¿Por qué te pones así?
—¿Cómo me pongo? —Se aparta de su línea
de visión y permanece de pie a un lado.
Ella está contemplando a un grupo de
niños llamado Mouseketeers que interpretan un número musical, en el que Darlene
es una florista parisiense, Cubby un guardia y ese chico alto, presuntuoso y de
voz chillona, un artista romántico. Éste, Darlene, Cubby y Karen (vestida de
vieja dama francesa a quien el guardia Cubby ayuda a cruzar la calle) bailan.
Entonces el anuncio muestra los siete segmentos de un dulce Tootsie Roll
saliendo de su envoltorio para convertirse en las siete letras de «Tootsie»,
que también can tan y bailan y, sin dejar de cantar, vuelven a meterse en el
envoltorio, el cual parece una cámara de resonancia. Está bien ideado, el hijo
de perra. Conejo lo ha visto cincuenta veces, y esta vez le revuelve el
estómago. El corazón todavía le late con fuerza y siente como si la garganta se
le hubiera estrechado.
—¿Tienes un cigarrillo, Harry? —le
pregunta Janice—. Se me han terminado.
—¿Eh? Camino de casa tiré el paquete a un
cubo de basura. He dejado de fumar.
Como tiene el estómago revuelto, le
parece mentira que alguien desee fumar. Por fin Janice le mira a la cara.
—¡Lo has tirado a un cubo de basura!
Cielos, no bebes, ahora no fumas... ¿Qué te has propuesto? ¿Convertirte en un
santo?
—¡Chist! Calla un momento.
En la pantalla ha aparecido el
Mouseketeer Jimmy, un adulto con unas grandes orejas circulares negras adosadas
a la cabeza. Conejo le mira atentamente: le respeta, espera aprender de él algo
que le sirva de ayuda en su propio trabajo, que consiste en demostrar las
características de un utensilio de cocina en diversas tiendas de tres al cuarto
en los alrededores de Brewer. Tiene ese empleo desde hace un mes.
—«Proverbios, proverbios, cuán ciertos
son» —canta Jimmy, rasgueando su guitarra—. «Los proverbios nos dicen qué hemos
de hacer, los proverbios nos ayudan a ser mejores Mouse-ke-teers.»
Jimmy deja de lado su sonrisa y su
guitarra y se dirige a los telespectadores:
—Conócete a ti mismo, dijo cierta vez un
viejo sabio griego. Conócete a ti mismo. Ahora bien, ¿qué significa eso, chicos
y chicas? Significa que debéis ser lo que sois. No tratéis de ser Sally, Johnny
o vuestro vecino Fred, sino sed vosotros mismos. Dios nos da a cada uno un
talento especial. —Ahora la
quietud de Janice y Conejo no es natural: ambos son cristianos y el nombre de
Dios les hace sentirse culpables—. Dios quiere que unos seamos científicos,
otros artistas y otros bomberos, médicos o trapecistas, y otorga a cada uno su
talento especial para que llegue a serlo, siempre que trabajemos para
desarrollar esa aptitud. Tenemos que trabajar, chicos y chicas. Así
pues, conócete a ti mismo. Aprended a conocer vuestro talento y luego trabajad
para desarrollarlo. Esa es la manera de ser felices.
Dicho esto, Jimmy aprieta los labios y
guiña un ojo.
Eso está bien. Conejo lo aprueba, aprieta
la boca y guiña un ojo, y se dice que así uno logra que el público que tiene
delante se alinee contigo contra algún enemigo situado detrás, Walt Disney o la
empresa que fabrica el utensilio de mondar MagiPeel. Todo es fingido, sí, pero,
¡qué diablos!, resulta creíble. Todos estamos metidos en ello. Fingir hace que
el mundo gire, es la base de nuestra economía, la Vitaconomía, santo y seña del
ama de casa moderna, la expresión de una sola palabra para indicar la economía
de vitaminas que se consigue con el método MagiPeel.
Janice se levanta y apaga el receptor
cuando el noticiario de las seis intenta asomarse a la pantalla. La estrellita
que deja la corriente se extingue despacio.
—¿Dónde está el niño? —pregunta Conejo.
—En casa de tu madre.
—¿En
casa de mi madre? El coche está en casa de tu madre y el niño en la de
mi madre. Eres un desastre.
Ella se levanta y su embarazo, con ese
aspecto de hinchazón testaruda, irrita a Conejo. Janice lleva una falda de
premamá con una U cortada en el abdomen, y una blanca medialuna de combinación
brilla bajo el borde de la blusa.
—Estaba cansada.
—No me extraña —replica él—. ¿Cuántos has
tomado?
Señala el vaso de cóctel. El azúcar ha
manchado el lado por el que ella ha bebido. Janice intenta explicarle lo
ocurrido.
—Dejé a Nelson en casa de tu madre camino
de casa de la mía para ir juntas a la ciudad. Fuimos en su coche y dimos un
paseo, mirando la ropa de primavera en los escaparates, y ella se compró un
bonito pañuelo Liberty para el cuello, de algodón purpúreo, en los almacenes
Kroll's, una ganga.
Titubea y su lengua pequeña y estrecha
asoma entre las dos hileras de dientes sin brillo.
Él tiene miedo, porque cuando Janice se
siente confusa es una persona que asusta: sus ojos se empequeñecen bajo el ceño
fruncido y la boca, abierta como una ranura, le da un dejo de estupidez. Como
su pelo ha empezado a menguar a partir del arranque, en la frente satinada,
Conejo no puede evitar la sensación de que es una mujer frágil, inamovible, que
sólo avanza en una dirección, hacia unas arrugas más profundas y un cabello más
ralo. Se ha casado relativamente tarde; él tenía veintitrés años y ella había
terminado dos años antes la enseñanza secundaria, apenas adulta todavía, con
unos senos recatados y pequeños que, cuando ella se tendía boca abajo, se
aplastaban contra su pecho, de modo que su existencia se reducía a una blandura
con pezones. Nelson nació siete meses después de la boda en la iglesia
episcopaliana, y el parto fue prolongado: el temor que Conejo experimentó
entonces se mezcla con el temor de ahora y acaba por enternecerlo.
—¿ Y tú qué has comprado?
—Un traje de baño.
—¡Un traje de baño! No te digo... ¿En
marzo?
Janice cierra los ojos un momento. Él
percibe que la resaca del licor se abate sobre ella y siente repugnancia.
—Me hizo recordar la época en que aún me
habría entrado sin problemas.
—¿Pero qué demonios te molesta? A otras
mujeres les gusta estar embarazadas. ¿Por qué tienes ese carácter tan extraño?
Anda, dímelo, dime por qué eres tan jodidamente caprichosa.
Ella abre los ojos castaños, castaños y
agitados como café que se disuelve, las lágrimas los anegan, se derraman por
los bordes y descienden por las mejillas a las que el agravio colorea de rosa.
—Eres un cabrón —le dice mientras le mira
con un aire muy pensativo.
Conejo se acerca a ella, la rodea con sus
brazos, nota su aliento cálido entrecortado por las lágrimas, ve los blancos de
sus ojos inyectados en sangre. Obedeciendo a un reflejo cariñoso, baja las
rodillas para que sus ijadas queden a la altura de las de ella, pero el vientre
prominente se lo impide. Entonces se yergue cuán alto es y le dice:
—Muy bien, te has comprado un traje de
baño.
Abrigada por el pecho y los brazos
masculinos, ella balbucea con una vehemencia que su marido habría creído
desaparecida:
—No me dejes, Harry. Te quiero.
—También yo te quiero. Vamos, mujer, te
has comprado un bañador.
—De color rojo —dice ella, meciéndose
melancólicamente contra él. Pero su cuerpo, cuando está bebida, produce una
sensación de fragilidad, de desconexión entre sus brazos que a. Conejo le
resulta desagradable—. Con una cinta que se ata en la nuca y una faldita
plisada que puedes quitarte para meterte en el agua. Entonces las varices
empezaron a dolerme tanto que bajé con mamá al sótano de Kroll's y tomamos
chocolate batido. Han restaurado toda la sección de cafetería y ya no hay
mostrador. Las piernas seguían doliéndome, y mamá me trajo a casa y dijo que tú
podrías ir a buscar el coche y a Nelson.
—Tus piernas, ¿eh? Qué diablo,
probablemente eran las suyas.
—Creí que vendrías antes a casa. ¿Dónde
has estado?
—Oh, por ahí, haciendo el payaso. Estuve
jugando a la pelota con unos chicos en el callejón.
Ya no siguen abrazados.
—Intenté echar una siesta, pero no pude.
Mamá me dijo que yo parecía cansada.
—Es lógico que estés cansada, ¿no? Eres
un ama de casa moderna.
—¿Y entretanto tú estabas en el callejón,
jugando como un crío de doce años?
Él se da cuenta de que Janice no ha
entendido la broma sobre el ama de casa basada en la «imagen» de la mujer a la
que el fabricante de MagiPeel quiere que sus vendedores se dirijan, irónica y,
en el fondo, tierna y compasiva. Parece que no hay alternativa: Janice es
tonta.
—¿Cómo puedes echarme en cara tal cosa si
te sientas ahí a ver un programa para niños menores de dos años?
—¿Y quién me ha hecho callar hace un
momento?
—Ah, Janice —suspira él—. Vete al
infierno.
Ella le mira durante un largo momento.
—Haré la cena —decide por fin.
Él se muestra arrepentido.
—Iré a buscar el coche y traeré el niño.
El pobre debe de creer que no tiene casa. ¿Por qué diablos tu madre cree que la
mía no tiene nada mejor que hacer que cuidar de los hijos ajenos?
Vuelve a indignarse al pensar que ella no
ha comprendido sus motivos profesionales para contemplar la actuación de Jimmy,
su deseo de mejora en ese empleo con el que se gana la vida y le permite
comprarle azúcar para que la ponga en sus asquerosos cócteles.
Janice entra en la cocina, enfadada,
aunque no demasiado. Debería haberse disgustado de veras, o quizá no, puesto
que Conejo no ha hecho más que repetir lo que le ha dicho doscientas, puede que
mil veces, pongamos, por término medio, una vez cada tres días desde el año
1956. ¿Cuánto suma eso? Trescientas. ¿Ocurre con tanta frecuencia? En ese caso,
¿por qué siempre le cuesta un esfuerzo? Antes de que se casaran ella facilitaba
las cosas.
Entonces tenía reacciones inesperadas.
Era sólo una chiquilla con los nervios a flor de piel, la cual, por cierto,
olía a algodón fresco. Su compañera de trabajo tenía un apartamento en Brewer y
se lo prestaba. Cama metálica, medallones plateados en el papel de la pared,
una panorámica al oeste con los grandes depósitos azules de gas a orillas del
río. Iban allí al salir del trabajo. Entonces los dos trabajaban en los
almacenes Kroll's, donde ella vendía caramelos y anacardos, vestida con una
bata blanca que tenía bordada la sílaba «Jan» en el bolsillo, mientras él, en
el piso de arriba, empujaba sillones y mesitas auxiliares y abría cajas de
embalaje de nueve a cinco. La viruta de madera empleada como relleno se le
metía en las fosas nasales y en los ojos, que le escocían. Aquella negra y
sucia medialuna de cubos de basura detrás de los ascensores, el suelo cubierto
de clavos doblados, sus palmas renegridas y Chandler, el remilgado marica,
diciéndole a cada momento que se lavara las manos para no ensuciar los muebles.
Un jabón como de lava, cuya espuma era gris. El uso de la alzaprima le producía
callos amarillentos en las manos. Pasadas las cinco y media, una vez concluida
la sucia jornada, se encontraban en las puertas, encadenadas para evitar que
entraran más clientes, una cámara de silencio pavimentada de vidrio verde entre
los dos juegos de puertas, en los estrechos escaparates laterales las cabezas
de maniquí sin cuerpo, con sus sombreros de plumas y collares de perlas
rosadas, escuchando disimuladamente el resonante cuchicheo de despedida. Todos
los empleados odiaban los grandes almacenes en que trabajaban, pero ninguno
parecía tener prisa en abandonarlos. Janice y Conejo se encontraban en esa
cámara que, con la luz mortecina y el suelo verde, parecía un ámbito
subacuático, empujaban la única puerta sin encadenar, salían a la luz del día y
echaban a andar, sin admitir nunca que se dirigían allí, hacia los medallones
plateados, cogidos de las manos fatigadas, andando despacio contra la corriente
de transeúntes que volvían a sus hogares, y hacían el amor cuando la última luz
del sol estaba al nivel de la ventana. A ella le avergonzaba que él la viera y
quería que cerrara los ojos. Y entonces, con un estremecimiento, alcanzaba el
orgasmo casi en el mismo momento en que él la penetraba, su entraña tenuemente
granulosa, como una chinela de seda. Yacían tendidos el uno al lado del otro en
la cama de la otra muchacha, sintiéndose perdidos tras haber realizado el acto
definitivo, entre la plata de la pared y el oro del sol poniente.
La cocina es una habitación estrecha al
lado de la sala de estar, un breve pasillo entre aparatos que fueron modernos
cinco años antes. Janice deja caer algo metálico, una sartén o un tazón.
—¿Crees que podrás hacerlo sin quemarte?
—le pregunta Conejo.
—¿Aún estás ahí? —replica ella.
Él va al armario y saca la chaqueta que
había colgado tan pulcramente. Tiene la sensación de que allí no hay nadie más
que se preocupe de la limpieza. El desorden de la sala detrás de él se aferra a
su espalda como una red que le apresa fuertemente: el vaso de cóctel con sus
heces corruptas, el cenicero a rebosar en equilibrio sobre el brazo del sillón,
la alfombra arrugada, los blandos rimeros de periódicos escurridizos, los
juguetes del niño aquí y allá, rotos, atascados, obstruidos, la pierna suelta de
un muñeco y un trozo de cartón doblado que contiene una figura recortable,
arrancado de alguna caja de cereales para el desayuno, la pelusa debajo de los
radiadores, el incesante e intrincado revoltijo... Intenta decidir si va a
recoger el coche primero y luego el niño o viceversa. Está más deseoso de ver
al niño, y ganaría tiempo caminando hasta la casa de la señora Springer, que
vive más cerca. Pero ¿y si estuviera junto a la ventana, esperándole, para
asomarse y comentarle lo fatigada que parece estar Janice? ¿Quién no estaría cansado después de ir
por ahí contigo tratando de comprar algo, miserable tacaña? Bruja gorda, vieja
gitana. Si
tuviera el niño consigo tal vez eso no ocurriría. A
Conejo le gusta la idea de ir andando desde la casa de su madre con el niño.
Nelson, que tiene dos años y medio, camina como un soldado de reserva, con
tercos pasos inconexos. Pasearían con la última luz del día bajo los árboles y
luego, como por arte de magia, allí estaría el coche de papá, junto a un
bordillo. Pero así le llevaría más tiempo, pues su propia madre le hablaría
solapada y tortuosamente de la incompetencia de Janice, y cuando su madre
comenta esas cosas su moral se resiente. Quizás ella sólo lo hace para bromear,
pero Conejo no podría tomarla a la ligera, su madre es una mujer demasiado
enérgica, por lo menos con él. Sería mejor que fuese en busca del coche y
recogiera al niño con él, pero no está dispuesto a hacerlo así, sencillamente
no quiere. El problema se enmaraña en su mente, con una complejidad que le hace
sentir náuseas.
Janice le llama desde la cocina.
—Cariño, cómprame un paquete de tabaco,
¿quieres?
La normalidad de su voz indica que todo
está perdonado, que todo es lo mismo de siempre.
Conejo se detiene, contempla su tenue
sombra amarilla en la puerta blanca que da al vestíbulo y siente que está
encerrado en una trampa. Parece indudable. Sale a la calle.
La oscuridad y el frío se han
acrecentado. Los arces noruegos exhalan el aroma de sus hojitas nuevas y al
otro lado de las anchas ventanas de las salas de estar a lo largo de Wilbur
Street se ven, más allá del parche plateado del televisor, las cálidas
bombillas que iluminan las cocinas, como fogatas en el fondo de cuevas. Conejo
echa a andar calle abajo. Parece como si el día también se retirase a
descansar. De vez en cuando roza la áspera corteza de un árbol o las ramitas
secas de un seto, para notar su textura. En la esquina, donde Wilbur Street se
cruza con Potter Avenue, un buzón, alzado en su poste de cemento armado, es
como un centinela en el crepúsculo. Los altos indicadores de las calles, con
sus dos pétalos, el tronco con abrazaderas del poste telefónico, sus aisladores
contra el cielo, la boca de incendios como un arbusto dorado: todo eso semeja
un bosquecillo. De niño le encantaba trepar a los postes, ir escalando a partir
de los hombros de un amigo, llegar a la escala de escarpias y seguir subiendo
hasta llegar allí donde puede oírse la canción de los cables, un susurro
espantosamente inmóvil. Siempre tienes la tentación de caer, soltar las duras
escarpias de las que te sujetas y sentir el espacio en la espalda, sentir que
se apodera de tus pies y asciende por tu espina dorsal mientras caes. Recuerda
lo calientes que tenía las manos allá arriba, llenas de astillas tras el roce
con el tronco hasta llegar al inicio de las escarpias. Aguzaba el oído junto a
los cables, como si pudiera oír lo que la gente decía y enterarse de qué iba
todo aquel mundo secreto de los adultos. Los aisladores, grandes huevos azules
en un nido azotado por el viento.