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martes, 10 de marzo de 2026

Roberto Bolaño El espíritu de la ciencia-ficción FRAGMENTO

 


El espíritu de la ciencia-ficción transcurre en México DF durante los años setenta y narra la vida de dos escritores jóvenes que intentan vivir de la literatura. Mientras Remo Morán busca incansablemente la manera de subsistir sin abandonar su sueño, Jan Schrella vive confinado en la pequeña buhardilla que ambos comparten, desde donde envía cartas delirantes a sus escritores de ciencia-ficción favoritos. En la ciudad y en sus vidas todo lo importante parece suceder en ese momento mágico y efímero que separa la noche del día, en ese filo delgadísimo en el que cualquier amor puede tornarse desamor y toda obsesión puede ser el germen de un futuro éxito.

Bolaño escribió esta novela a comienzos de la década de los ochenta y, como ocurrió con gran parte de su obra, volvió sobre ella durante mucho tiempo. Aquí se encuentra ya la esencia del fascinante universo literario del autor. El mejor Bolaño, el que escribe apasionadamente sobre temas como la búsqueda, la literatura, el amor, la juventud, la amistad, el humor y la rebeldía está ya en este libro.

Para Carolina López

El arcón de Roberto Bolaño
Prólogo

Hay quienes, desde hace tiempo, pasaron de la sorpresa al disgusto al corroborar que del arcón de Roberto Bolaño, como del de Fernando Pessoa, siguen saliendo inéditos. A mí más bien me entristece que, fatalmente, esos regalos acabarán por terminarse aunque parezca infinita la capacidad del escritor de seguir sorprendiéndonos desde ultratumba, como lo hubiera querido Chateaubriand, un autor que no estaba de moda en la década de los setenta pero que Bolaño leyó pues, en sus años mexicanos, las Memorias de ultratumba, del vizconde, dormían el sueño de los justos en las librerías Zaplana y Hamburgo, sin duda frecuentadas por él, ya que no había, en ese entonces en la Ciudad de México, muchas otras.

Pasó el momento, también, de la incredulidad suspicaz ante Bolaño. Ya no se oyen las voces estridentes de quienes se sintieron desplazados por la irrupción de escritor genial en el último minuto (autores de su generación en ambas orillas del Atlántico) o de los profesores perezosos ante la evidencia de que el canon tendría que ser modificado por culpa del chileno. Tampoco cosechan demasiado crédito quienes —pues no sólo en política sino en literatura abundan las teorías de la conspiración— adjudican la posteridad de Bolaño a una siniestra operación del mercado editorial. Me he opuesto, pues está en mis deberes como crítico literario, a los excesos de los editores, a su necesidad de dar gato por liebre, pero en el caso de Bolaño, aducir su fortuna al mercadeo es, o no haberlo leído, o ignorar que la novela nació liada al comercio desde los tiempos de Walter Scott, Balzac o Eugène Sue, o, finalmente, creer que la literatura en lengua española sigue necesitando del empujón de los editores para demostrar una grandeza cinco veces centenaria, con sus altibajos cíclicos, desde Cervantes, o un poco más que centenaria, si pensamos sólo en Rubén Darío. La historia de la literatura también incluye a quienes la hacen materialmente posible, a los editores y, de un tiempo para acá, a los agentes literarios, unos y otros con sus miserias y sus grandezas.

Es materia de la teoría de la percepción averiguar por qué la lengua inglesa, tan reacia (peor para ella y su público) a traducir, se prendó de Bolaño, y para ello se han escrito obras seminales como la de Wilfrido H. Corral, Bolaño traducido: nueva literatura mundial (2011), y habrán de seguirse publicando muchas otras como corresponde a la estatura de un clásico. Y por último: hace rato se demostró la flojera mental de quienes necesitaron, como si fuese necesario, «vender» a Bolaño como un poeta maldito o como un enganchado a las drogas que, milagrosamente, dejó no sólo una obra magnífica en vida sino un arcón de inéditos sólo comparable, insisto, al del poeta portugués Fernando Pessoa. Nada tengo en contra de los malditos —de hecho, tras este texto me ocuparé, feliz, de Verlaine y Darío— pero Bolaño resultó ser de otra estirpe, la de los Thomas Mann, la de quienes —ya lo decía Jules Renard— dan a medir su genio no sólo por la calidad sino por la cantidad. Sé que la anterior afirmación molestará a quienes ven en Bolaño sólo la iconoclastia y el postvanguardismo, pero me temo que se equivocan.

No queda duda de que el gran narrador hispanoamericano del tránsito entre los siglos XX y XXI fue Bolaño, y la progresiva aparición de sus inéditos no hace sino confirmarlo. Fatalmente, también, es imposible la lectura de una novela de juventud como El espíritu de la ciencia-ficción haciendo abstracción de que se trata de un clásico moderno. Nadie puede leer a Pessoa o a Bolaño inocentemente. Habremos de morir quienes fuimos sacudidos por el fenómeno Bolaño para que otras generaciones lo juzguen más allá del temor y del temblor, rectificando o corrigiendo nuestra admiración, limando de ella cuanto sea exagerado o contingente.

El espíritu de la ciencia-ficción, terminada en Blanes en 1984, es una buena novela de juventud. Una asumida Bildungsroman, como lo fue, desde luego, Los detectives salvajes, de la cual esta obra es un probable antecedente, o más bien, de ella pueden extraerse numerosos elementos, de alguna manera iniciáticos (por tratarse de una obra primeriza y porque, como yo lo creo, nuestros primeros libros son, afortunados o desgraciados, ritos de iniciación), útiles para el estudio del conjunto de su obra. A diferencia de otras obras póstumas, como El Tercer Reich (2010), una en sí misma, autónoma dentro del ya bien cartografiado universo de las obsesiones bolañescas, o Los sinsabores del verdadero policía (2011), un ejercicio previo a 2666 (2004), este inédito es un libro relativamente solitario, obra de un narrador aún inseguro del camino a tomar justamente por razones de genio. Cualquier otro autor —no Bolaño— hubiese hecho publicar El espíritu de la ciencia-ficción y no le hubiera faltado editor, pero el chileno (y mexicano y catalán) tenía un proyecto enorme, lleno de dificultades y pruebas, en el cual decidió experimentar, absteniéndose de publicaciones precoces, acaso convencido secretamente del destino clásico de su trabajo.

El espíritu de la ciencia-ficción, desde luego, es un libro muy familiar para el lector avezado de Bolaño. No voy a contar la trama —pecado de prologuistas y escritores de solapas que procuro evitar— pero sí a señalar algunos aromas despedidos por la novela. A Bolaño —no podía ser otra cosa tratándose de un escritor tan sólidamente profesional— le obsesionaba la condición del escritor, sus patologías habituales (Cyril Connolly dixit) y, de manera señalada, su propia naturaleza de escritor en formación (no necesariamente joven). Por ello, como Borges y Bioy Casares chismeaban a sus anchas temas a la vez menudos y graves como los concursos literarios, aun los remotamente provinciales, a Bolaño le llamaban la atención esas aparentes menudencias, pues creía, con Paul Valéry, en los pesos y medidas que rigen el boceto de la literatura, su producción (la palabra es horrible pero no hay otra).

Por ello, los talleres literarios, tan comunes en el México de los años setenta, o los concursos literarios, que en la España anterior a 2008 se convirtieron en una gigantomaquia, ocupan a Bolaño desde su juventud y son parte esencial de El espíritu de la ciencia-ficción, como el autorretrato práctico del artista joven, visto por esa mezcla de solemnidad ante la Literatura como destino y de sentido del humor ante sus convenciones tan propia de Bolaño. No falta tampoco la iniciación de los personajes de Bolaño como reseñistas en suplementos culturales donde se asoman las personalidades, entonces ya protervas, de escritores del otro exilio, el español. Todo ello mediante el homenaje seminal —el primero que le leo en la cronología, al menos la pública, de su obra— a la Ciudad de México, mi antiguo Distrito Federal, que tuvo en Bolaño, quién lo hubiera pensado, a su bardo mayor. Lo quiso ser Carlos Fuentes, a la manera de John Dos Passos, en La región más transparente (1958), pero su vida cosmopolita lo alejó de una ciudad que le disgustaba y a la que (como Bolaño, a su manera) prefería oír. Compulsivamente en Fuentes, selectivamente en Bolaño, ambos grabaron el habla de la Ciudad de México de una manera sorprendente. Y por ello, además, no es extraño que Bolaño y los infrarrealistas se hayan resguardado bajo el poder poético de Efraín Huerta (1914-1982), poeta por desgracia poco conocido en la península, cuyas declaraciones de amor y de odio a la capital mexicana debieron ser, para el joven escritor y sus amigos rechazados por la diosa Fortuna, las tablas de la ley.

Siempre será misterioso para un mexicano qué vio el joven Bolaño en la Ciudad de México, tan maldecida por sus habitantes mediante una suerte de orgullo invertido, y cómo, tal cual se lee en Los detectives salvajes y en 2666, descubrió —al mismo tiempo que nuestros narradores propiamente norteños— el norte de México, que hasta los años ochenta carecía de personalidad literaria y hoy, por las peores razones —las de la violencia narca—, es lo más conocido del país, también por buenas razones: los libros de Bolaño, y con los suyos los de Jesús Gardea, Daniel Sada, Eduardo Antonio Parra, Yuri Herrera, Julián Herbert y Carlos Velásquez, entre otros pocos, son averiguaciones morales y lingüísticas sobre el mal, el desierto, la frontera.

Aparece en El espíritu de la ciencia-ficción, por primera vez, Alcira Soust Scaffo, la madre de los poetas desamparados, que será protagónica en Los detectives salvajes y en Amuleto (1999), pero en este libro importa más cómo describe Bolaño la lectura grupal de los textos primerizos entre los talleristas, otro rito de iniciación que Bolaño ve con un respeto inédito e inverosímil. Con todo, lo esencial en esta primera novela es otra cosa, decisiva para el proyecto de Bolaño: su noción de futuro invoca la ciencia-ficción pero no es exactamente esa literatura, en general anglosajona o francesa, de anticipación científica.

En las cartas que Jan Schrella (alias Roberto Bolaño, p. 206) escribe, en El espíritu de la ciencia-ficción, a sus escritores favoritos de ese género o subgénero (la discusión es ardua), no está una fijación de Bolaño con la juvenilia, es decir, la lectura de iniciación en libros «no del todo serios» antes de abordar a los antiguos clásicos o a los clásicos contemporáneos (yo, si el ejemplo sirve, leí primero a Rulfo, Paz y al Boom, y después, no sin la mirada reprobatoria de mi padre por desviacionismo, a H. P. Lovecraft, Isaac Asimov o Arthur C. Clarke). Hay que buscar en otro lado. En la Universidad Desconocida de la cual Bolaño fue el fundador y único alumno.

La gran aportación de Bolaño a la literatura mundial no fue, desde luego, cerrar el realismo mágico (cerrado estaba desde tiempo atrás), ni volver a clásicos latinoamericanos ignorados, peor para ellos, por la academia anglosajona, como los padres de Borges, un Oliverio Girondo o un Macedonio Fernández, quienes demostraban que nuestra madurez, ignorada a lo lejos, ya tenía sus años, sino variar la noción de futuro en la literatura moderna. No fue el único pero en ello Bolaño fue ejemplar, y la primera prueba la tenemos aquí, escrita en Blanes, en 1984, el año de Orwell, acaso no casualmente.

La ciencia-ficción no era para Bolaño, como lo sería para un lector ordinario, una mera premonición de viajes espaciales, planetas extraterrestres habitados por alienígenas o colosales adelantos tecnológicos, sino un estado moral, la búsqueda invertida del tiempo perdido, y por ello su obra es incomprensible sin la lectura de Ursula K. Le Guin o Philip K. Dick, quienes moralizaron el futuro como una extensión catastrófica del siglo XX. Aquélla sería una supermodernidad probablemente fascista —en los años ochenta Bolaño, cosa rara, conocía a los escritores de derecha de la Acción Francesa, entonces del todo olvidados— y en El espíritu de la ciencia-ficción reside, es probable, el secreto de 2666. La novela, para Bolaño, no es cronológica, sino moral, y esa ética sólo puede entenderse, exacta anticipación suya, mediante una suerte de teoría de los juegos, lo que explica un libro como El Tercer Reich. Si el detective, como ya dijeron otros comentaristas antes que yo, es una forma callejera del intelectual, la práctica de los videojuegos es un rudimento de la historia universal, una proyección que rompe la linealidad del tiempo. Es El espíritu de la ciencia-ficción.

Además de todo ello, de ser una novela de iniciación literaria, también lo es de iniciación sexual y amorosa. En pocas ocasiones la literatura de nuestra lengua había mostrado, como en El espíritu de la ciencia-ficción, los dolores, las dificultades, las angustias del joven varón ante lo que Henry Miller llamaba con exactitud «el mundo del sexo». Ojalá el arcón de Roberto Bolaño nunca se cierre.

CHRISTOPHER DOMÍNGUEZ MICHAEL

Coyoacán, septiembre de 2016

jueves, 30 de octubre de 2025

EL SUEÑO DE LA HISTORIA FRAGMENTO NOVELA JORGE EDWARDS

 



EL SUEÑO DE LA HISTORIA Tras un largo exilio, el Narrador regresa al Chile de los ultimos anos de la dictadura no solo 'para no vivir desconectado, como pieza suelta,' sino para investigar en los documentos del siglo XVIII la atribulada vida del sombrio Joaquin Toesca, arquitecto italiano enviado a la Colonia para terminar los trabajos de la Catedral, y de su mujer, la bella y descocada Manuelita Fernandez de Rebolledo, que saltaba como una gata las murallas del convento, donde el arquitecto celoso la tenia encerrada, para entregarse a sus excesos libidinosos. ¡Oh! ¡Qué tiempos serán aquellos! ¡Qué oscuridad! ¡Qué temor! ¡Qué tentación! ¡Qué peligro! Manuel de Lacunza, La Venida del Mesías en Gloria y Majestad 

PRIMERA PARTE El hijo pródigo ´tis bitter cold, And 1 am sick at heart. Hamlet Había vuelto después de más de nueve años, alrededor de diez, ahora no quería sacar la cuenta, y la impresión, aunque se había preparado bien (eso creía, por lo menos), era mucho más fuerte de lo que se había imaginado, más difícil de tragar. Y más enredada. Cuando el avión empezó a cruzar la cordillera tapada de nieve, con aristas filudas, dientes y espolones, crestas de polvillo blanco, se quedó mudo, y después, cuando bajaba sobre el territorio montañoso y él veía las primeras vacas, los pastizales desteñidos, los cobertizos, los zanjones y las pozas del invierno, un camión destartalado, en miniatura, en medio de un vapor general, de una neblina vaga, sintió perplejidad, desazón, y hasta una sensación de miedo. Era malo, se dijo, comenzar con miedo, y desde antes de tocar tierra, pero no había manera de evitarlo. Unos minutos más tarde, mientras el aparato carreteaba por la losa del aeropuerto, cerca de galpones míseros, divisó caras torvas, mestizas, con los cascos hundidos en la frente, con las metralletas preparadas, y notó el silencio de los demás pasajeros, el de una pareja de ingleses, el de un funcionario de alguna parte, el de una familia española. Hasta los niños, asustados, habían dejado de hablar y de dar gritos y miraban con fijeza. Los soldados estaban desplegados por todas partes, alrededor de aviones anticuados, panzudos, con la pintura sucia, de containers olvidados en el suelo, en las gradas que conducían al recinto de la policía. Él entregó su pasaporte con un temblor enteramente absurdo, como si sus papeles fueran falsificados, y el funcionario anotó varias cosas en el teclado de un computador. El artefacto, pesado y lento, apelaba, parecía, a una base de datos remota. Me van a devolver a España, se decía él, o van a meterme a una sala de tortura y me van a romper los cojones, por curioso, ¡por imbécil! Cuando lo dejaron pasar, al fin, y la cinta mecánica empezó a moverse, notó a hombrecitos de traje oscuro, de pelo corto, que miraban de reojo y enseguida clavaban la vista en los zapatos, en los maletines de mano, en cajas y en estuches grandes y llenos de inscripciones. Había visto a los mismos hombrecitos en otras partes, en La Habana, en el aeropuerto de Praga, en Varsovia, y se hizo preguntas más bien confusas. Aunque ya fuera demasiado tarde para hacerse preguntas. Su regreso es muy arriesgado, le había dicho una persona en Madrid, alguien a quien acababa de conocer y que había pasado, decía, por la experiencia de la guerra y de los primeros años de la posguerra. 

Él, ahora, mirando los diversos letreros, escritos en un idioma reconocible, aunque algo extraño, y las caras agolpadas al otro lado de la salida, que daban la impresión de estar ahí desde hacía semanas, desde hacía meses enteros, se acordaba. Y se preguntaba quién le había mandado venir a meterse aquí. Porque el país, al fin y al cabo, no tenía nada que ver con el de su memoria, era otro, y él también. ¿Entonces? Nina, su hermana, había tratado de tranquilizarlo por el teléfono, hacía dos noches, cuando el plazo estaba a punto de cumplirse, y él se había reído. Ahora pensaba, en cambio, que la cosa no era para reírse. —Te traje a Ignacio chico —le dijo Nina, después de darle un beso más bien seco, un poco rápido, nervioso, de acuerdo con un estilo que recordó de golpe—, porque habría sido muy capaz de no venir a esperar a su padre, el pánfilo, y también vino, ¡mira qué simpatía!, Alberto Alcocer, el Cachalote. ¡El Cachalote Alcocer! El nombre no le produjo menos asombro que los picos nevados. Miró el techo provisional, porque todo en ese aeropuerto parecía provisional, con palpitaciones, y más allá, detrás de las caras agolpadas, un sol débil, y los primeros arbolitos, las primeras plantas, y el primero de una sucesión infinita de perros vagos, de quiltros con la lengua afuera. Ignacio chico, el Nacho, había pegado un tremendo estirón, y tenía una pelusa mal afeitada encima del labio superior. Abrió los brazos de grandulón como de costado, con una sonrisa medio guardada, y cuando él, con su torpeza de siempre, quiso darle un beso en la mejilla, retiró la cara. No supo si era una reacción personal o una manera de ser general, algo que formaba parte del territorio. ¡Cómo los quiltros! No lo supo y se quedó con la duda. En cuanto al Cachalote Alcocer, avanzó desde los arbolitos, desde las plantas recién regadas, balanceando el cuerpo ancho y torpe, haciendo movimientos bruscos, sincopados, con los brazos, como si recibieran pequeñas descargas eléctricas, y riéndose, diciendo cosas que no se entendían bien, o que él no entendía. Él tuvo una memoria de alaridos, de labios sanguinolentos, de overoles rotos. ¡Cachalote!, exclamó, y se abrazaron con fuerza y con algo de extrañeza. Porque era extraño, en realidad, sorprendente, imprevisible. Nina siempre había tenido ideas que lo dejaban desarmado. Descolocado. Media hora después, el pequeño cortejo bajaba del Toyota de su hermana y del Mercedes Benz del Cachalote y entraba a la casa paterna, que estaba igual que siempre, aunque un poco más desvencijada, con muebles, cuadros, alfombras que se le habían olvidado, aparte de que la Palmira, la vieja empleada de los tiempos de su madre, también se había muerto, y su ausencia se notaba. 

Su padre estaba al fondo, en su asiento de siempre, frente a un jardín que se había puesto mucho más frondoso, a las hojas secas, a la casucha del jardinero con sus tablones desfondados. Tenía las piernas envueltas en una manta escocesa y la cabeza, por las razones que le había alcanzado a explicar Nina en el trayecto, cubierta de vendajes. A pesar de eso se puso de pie, tirando lejos el chal, y él vio, entonces, que tenía la cara, debajo de las vendas, llena de hematomas profundos, como un espectro. ¡Te llamaré Hamlet, Rey, Padre!, murmuró él, pero no quiso reconocer que estaba emocionado, conmovido hasta el tuétano. Su padre, a todo esto, medio sordo, lo saludaba a gritos, dándole palmotazos ligeros, porque nunca, se acordó él en ese instante, le había gustado que lo tocaran o lo abrazaran. Le ofrecía, en medio de los saludos, un whisky, o un gin con tónica, o una cervecita de Puerto Montt, muy buena, y unas aceitunas del valle de Azapa, unos quesillos con ají verde y aceite de oliva. No mandó matar un cordero, pensó él, porque en su jardín no pastaban corderos. Y dejó bien en claro, al poco rato, que no estaba para preguntas complicadas, metafísicas o semimetafísicas. Es decir, que tampoco estaba. Ni él, ni nadie. Los muertos tenían que enterrar a sus muertos. Lo importante era que se ubicara, que se ubicara pronto, y que se pusiera, «que te pongai a trabajar». Porque el país, ¡por suerte!, no tenía nada que ver con lo que él había conocido antes. ¡Con el de antes de su desaparición! Ahora, sin comunistas, sin los chascones y los espantajos de antes, estaba lleno, comentó, haciendo figuras con las manos, de oportunidades fabulosas. —¡Todo un programa! —comentó el Cachalote, riéndose, escupiendo saliva, tartamudeando, porque era bastante tartamudo cuando se ponía nervioso, eso lo recordaba de los años del colegio, y se ponía nervioso, además, con relativa frecuencia. —No creo que el programa le guste tanto —opinó Nina, Marianina, su hermana de tantas historias, de años tan largos. ¡Qué le iba a gustar! No se había vuelto a Chile para eso. Todo lo contrario. Si había sido el pródigo, el vagabundo, el desordenado, tenía todo el propósito de perseverar. Con ayuda de la diosa Fortuna. ¡Y de las leyes de la herencia! Miró al Cachalote, que había abandonado los estudios y se había dedicado a la lucrativa profesión de hombre de negocios, de platas. Y prefirió no preguntarle que cómo lo trataba la dictadura. Suponía que bien, y tuvo miedo de que demasiado bien. 

Su padre, por su lado, hizo un gesto de rechazo y hasta de rabia, de protesta en el aire. Como en tiempos pasados. El, por su lado, no se imaginó, a pesar de las explicaciones de Nina, que lo habían dejado tan malherido, tan a mal traer, y comprendió de inmediato que no quería entrar en ningún detalle. Si alguien se acercaba a terreno escabroso, agitaba la mano y exigía que cambiaran de tema. A pesar de que había reconocido al ladrón, como le había dicho Nina, o precisamente por eso. Lo cual era un enigma un poco extraño. Y estaba obsesionado, en cambio, por la idea de levantar toda clase de rejas de protección, y hacerse de un par de pistolas nuevas, porque tenía una muy antigua, que él recordaba de viajes al campo en la infancia, y hasta de un fusil ametralladora. —Está loco de remate —masculló, cuando salió a la calle a despedir al Cachalote, a Nina y a Ignacio chico, porque él iba a quedarse, por lo menos durante los primeros días, en la casa del viejo. Y el Nacho, entonces, Ignacio chico, que había estado todo el tiempo callado, pero que lo miraba de reojo, con ojos que relampagueaban y a la vez con disimulo, intervino. Estalló, mejor dicho. —¡Todos estamos locos! Él se quedó mirando los automóviles que partían, pensativo. Caminó hasta la orilla del río Mapocho, miró las aguas turbias, que habían arrastrado cadáveres, y volvió. A la mañana siguiente, a primera hora, bajó a recoger los diarios, descalzo, y regresó corriendo a su cama. Estudió la sección de avisos económicos, seleccionó cinco o seis ofertas de arriendos en pleno centro de Santiago y se puso en acción. No te apures, le recomendó su hermana por el teléfono: tienes casa, comida, ropa limpia. Podía quedarse con «el papá», así dijo, todo el tiempo que se le antojara. ¡Qué perspectiva!, pensó él. No sabía bien de qué se escapaba, pero quería escaparse cuanto antes. Y el centro de la ciudad, tal como él lo recordaba, con su mugre, su chimuchina, sus adoquines viejos, incluso con los jubilados y los mendigos de la Plaza de Armas, con los lustrabotas que golpeaban sus escobillas como si fueran timbales y con las vendedoras de boletos de lotería, con los quiltros quillotanos que correteaban y escarbaban por todas partes, y hasta con sus lisiados, sus lloronas, y el loco que daba saltos anunciando la venida del Mesías, con todo eso, y con lo que se escondía detrás de todo eso, lo fascinaba, le encantaba. Me deja, declaró, con la boca abierta, sin respiración, conmovido. Y añadió: Tú sabes, Marianina, que no soy una persona normal.

 Ella, por supuesto, lo sabía. Si no lo sabía ella, ¡quién lo sabía! Y decidió cortar la conversación. Todo era diferente, después de tantas cosas, y todo empezaba a parecer lo mismo. Al final de la mañana encontró un departamento viejo, más o menos desvencijado, un poco maloliente, con amplio espacio, en un quinto piso de la Plaza de Armas, encima del Portal Fernández Concha, de los portales de siempre, un sueño probablemente absurdo, un capricho, y no dudó un segundo. Había pertenecido a un anciano profesor de la Universidad, un miembro de la Academia de la Historia, ratón de biblioteca, grafómano furibundo, erudito de cosas menudas y absurdas, y parecía lleno de papelotes, de expedientes, de colecciones de revistas desaparecidas, de libros raros. ¡Esto es lo mío!, murmuró, recibiendo una mirada oblicua del albacea del dueño difunto, y si su hermana, pensó, lo hubiera escuchado, habría dicho que había vuelto mucho peor que antes. El vestíbulo y el salón tenían unos cuantos cuadros de formato grande, que daban la impresión de haberse llenado de humo, entre ellos, un paisaje romántico de Antonio Smith donde se veía un torrente, una casucha, unas montañas, una tempestad en formación en la línea incierta del horizonte, y muebles pesados, coloniales o de la España de los primeros Borbones, muebles que parecían embarcaciones, o catafalcos, o ambas cosas. —¡Me embarco! —exclamó, y el albacea lo miró con extrañeza, con ojillos por los que desfilaban preguntas. Porque él, como albacea, lo tenía en oferta, sí, pero no estaba para enredos, para inquilinos sospechosos. ¿Por qué, por ejemplo, había estado tanto tiempo viviendo afuera, y por qué se le ocurría volver ahora? Como usted sabe, dijo, don Arturo, el León, residió detrás de los balcones vecinos, los del lado del Oriente, y arengó desde ahí a las masas, y don Jorge, con su bufanda, con sus piedras duras, etcétera. Ahora bien, ¿usted? ¿Qué busca usted? Cuestiones no formuladas, y que él no se dio el trabajo de responder. El Cachalote Alcocer, cuando él le contó, se limitó a reírse, con ese movimiento epileptoide que adquirían sus hombros y sus brazos, y lanzó un poco de espuma por entre los dientes, en la manera de los patios del colegio. En la vieja manera, contra un fondo de aullidos y de patadas. Él se despidió del Cachalote, bajó a la calle y pasó en taxi a buscar sus maletas a la mansión del barrio alto. ¡Adiós al barrio alto! Don Ignacio descansaba en su dormitorio y él salió con sus maletas sin hacer ruido, con riesgo, se dijo, de que el viejo escuchara pisadas furtivas y lo confundiera con algún asaltante. Llegó a su madriguera del centro, subió las maletas a trastabillones, rechazando las ofertas de ayuda de un hippy alcohólico y de un hombre grueso, tiznado, de piernas peludas, vestido de mujer; preparó la cama desconocida, hundida en el centro por la huella del historiador difunto, y se metió tiritando, con un poco de repugnancia, hasta con miedo, adentro. 

La oscuridad empezaba a caer en la habitación espaciosa, de techo alto, y él dejó que avanzara lentamente, sin prender luces, contemplando la Plaza iluminada, con su agitación vespertina, nueva y antigua, sorprendente siempre, desde la sombra. Encendió más tarde una lámpara en el corredor, una ampolleta en las últimas, que parpadeaba, y abrió una puerta que no llevaba, parecía, a ninguna parte. Con ayuda de un fósforo, porque esta ampolleta, que colgaba de un cordón, sí que se había quemado, distinguió una pieza estrecha, rectangular, rodeada de estanterías de madera tosca, donde había un asombroso hacinamiento de papeles, archivadores, carpetas polvorientas, algunos anuarios y prontuarios encuadernados, altos de fichas anotadas con caligrafía de pata de mosca. También había archivadores con cuentas de teléfono y con recibos de contribuciones, porque el dueño había tenido la evidente manía de conservarlo todo. Él, en la penumbra, aprovechando la luz parpadeante del corredor, trató de descifrar una escritura y un lenguaje bastante extraños. Eran las fojas originales de un proceso de nulidad de matrimonio llevado ante su Señoría Ilustrísima, el Señor Obispo de la ciudad de Santiago de Nueva Extremadura, hacia fines del mil setecientos. Otra carpeta guardaba el diario manuscrito de un viaje a Bolivia emprendido a mediados del siglo XIX, en los tiempos del dictador Melgarejo, por un joven diplomático chileno. El dictador llevaba a su amante a una recepción en palacio, de vestido largo, pero con un recorte en la parte de atrás del vestido y sin calzones, y le ordenaba a sus ministros y generales que desfilaran y le besaran el culo. También encontró apuntes sobre trajes y sobre festejos, además de recetas, escritas por manos de abuelas o de monjas, de empanadas de homo, de humitas, de caldillo de congrio, de ponderaciones, suspiros y tortas de mil hojas. Se sacudió las manos llenas de polvo, se puso de pie con una sensación de mareo, como si la presión arterial le hubiera subido, y cerró la puerta con el mayor cuidado. Para no molestar, pensó, a los fantasmas. En la noche, como a las diez, lo llamó el albacea, el representante del muerto, y él tuvo miedo de que quisiera deshacer el contrato. —¡Cómo se le ocurre! —exclamó el albacea—. Ya he averiguado sobre usted. Creo que el departamento estará en buenas manos. Pero lo llamaba por otra cosa. Lo llamaba para hablarle, precisamente, de aquel desván lleno de porquerías. Si él lo necesitaba para guardar sus objetos personales, no había ningún problema en que lo tirara todo a la basura. —Yo no he tenido tiempo de hacerlo, pero usted, ¡no se haga el menor escrúpulo! —A mí —respondió él—, me sobra el espacio. Y me encantan, además, los papeles y los expedientes antiguos. —¡Qué afición más rara! —dijo el albacea, y lo dijo con una risita remota, como de ultratumba, como si su lugar estuviera en aquel desván y no en alguna oficina de las cercanías. —Yo le depositaré su cheque el primero de cada mes —dijo él, y al otro lado se escuchó un carraspeo, una tos, una despedida confusa. Él se sobó las manos con gran entusiasmo. Pensó, en su euforia, llamar a Mariana o al Cachalote, pero comprendió que sería un llamado absurdo. En cuanto a Cristina, su ex mujer, la madre de Ignacio chico, ni hablar. Habría querido llamarla, tenía que reconocer, desde el minuto mismo de su llegada, pero el estado actual de sus relaciones con ella imponía una espera, una reserva. Lo que ella más odiaba en él, lo que la había llevado al divorcio, como ella misma decía, más que su amor por otro, eran estos caprichos, estas «pajas». Bajó, pues, en el inquietante ascensor de su nuevo domicilio, una jaula de rejas que temblaba como si fuera a desarmarse. En un boliche del Portal, el primero que encontró a mano, devoró dos hot dogs seguidos untados con todas las salsas, todas las mostazas, todas las mayonesas de este mundo, acompañados de una jarra de cerveza monumental. En las mesas de los lados la gente hablaba en voces bajas, que contrastaban con el griterío de sus años de estudiante, y había parejas de hombres de pelo corto en los rincones. No se sabía quiénes eran «sapos», término que acababa de conocer, y quiénes eran personas comunes y corrientes, y la duda creaba un soplo difuso de paranoia, una sensación difícil de explicar. De la oscuridad de la Plaza parecía que salía humo, y las patinadoras (palabra de su tiempo que tendía, en cambio, a caer en desuso), gordas, descaderadas, de blusas de raso lila y labios pintados como puertas, se paseaban entre los monolitos y llamaban a los automovilistas con gestos procaces. 

El barrio, decididamente, se dijo ¿1, me encanta. Para esto sí que valía la pena venirse. No para lo que mi hermanita se imagina. Subió, con miedo de que la jaula del ascensor cayera al abismo, entró a su maravilloso desván, su antesala del pasado, del paraíso perdido, quizás del presente infierno, y se llevó un atado cualquiera de papeles, escogido al azar, a la mesa del repostero. Había olor a polvo, a polilla, a posible caca de ratones. Colocó encima de la mesa una lámpara de velador y apagó las luces del resto de la casa. El toque de queda sobrevino muy pronto. Lo notó por la repentina desaparición de los automóviles en la calle, por el silencio profundo, en el que caían gotas, partículas de suciedad y de niebla amalgamadas. Hacia las dos de la madrugada, o hacia las dos y media, en una noche que se había vuelto planetaria, con la Vía Láctea y la Cruz del Sur encima de su balcón, él estaba enfrascado en las celebraciones de la llegada a Santiago de Nueva Extremadura de un nuevo gobernador y capitán general. La semana de festejos era larga, variada, pagana y católica, con aspectos infantiles, con uno que otro rasgo indio. Había tropas que desfilaban debajo de arcos triunfales, procesiones del Cristo de Mayo, bendiciones, acciones de gracias, además de carreras con chivateos y de uno que otro son de trutruca. Desde un balcón de su palacio de piedra rojiza y enrejados de Valladolid, el gobernador recién instalado arrojaba monedas livianas, piezas que eran llevadas por el viento, a los niños y a los mendigos. Ordenaba, después, que sacaran de los sótanos de la Real Audiencia, situados en una esquina, frente a la calle de la Ceniza, a diez o doce encarcelados por delitos menores. Al cabo de una larga mañana de juegos, competencias de palo ensebado, destrezas que culminarían a media tarde con una fiesta de toros rejoneados por mocetones araucanos, los señores principales pasaban a la sala de un banquete que había sido encargado a las Monjas Rosas. Las monjitas habían trabajado durante alrededor de tres meses. Y todo lo que habían colocado encima de la mesa de sólida encina, sobre un mantel de hilo portugués, era de mazapán: los limones amarillos, los panes que parecían recién salidos del homo, las servilletas dobladas, las flores del centro, hasta los floreros. Sólo faltaba que lo fueran las sillas, y algunos de los señores fiscales, de los notarios, de los curas y sotacuras. —¿De mazapán? —Sí, de mazapán: de pasta de azúcar y de almendras. —¡Qué asco! Cuando el gobernador trataba de ponerse la servilleta, la pasta se le deshacía y le ensuciaba el traje de terciopelo negro y encajes de oro. El hombre no sabía si debía reírse, o qué debía, y tenía la sensación molesta de que los lugareños ya se lo habían madrugado. ¿En qué colonia me habré metido?, suponemos que pensaba. ¿En qué berenjenales? ¿No sería todo, incluso los árboles de la Plaza, y hasta la nieve de la cordillera, la cordillera misma, de mazapán, de pastaflora? Nos imaginamos, detrás de los ojos de las cerraduras, el revoloteo de las monjitas excitadas, coloradas por las emociones del día, y vemos la sonrisa del obispo, Su Ilustrísima, quien estaba en el secreto, desde luego, y era un mundano, un bromista, un aficionado a contar historias y a reírse a carcajadas, un lector de versos y de relatos profanos, amigo de la familia Rojas, y de don José Perfecto, el fiscal, y de los Infante. Los papeles indican, en otro lado, que fue aquel mismo obispo, el de nariz larga y ojos capotudos, indirectos, el que contrató a un ingeniero militar y arquitecto romano, de nombre Joaquín Toesca y Ricci, para que viajara hasta Santiago y terminara las obras de la Catedral, que al paso que andaban no iban a terminarse nunca. Mencionaban también los papeles a la niña tan bonita con que se había casado el arquitecto a los dos o tres años de su llegada a Chile. La Manuelita Fernández de Rebolledo y Pando, así la mentaban, era española por el lado de los abuelos paternos, y sospechosa de algo, medio bruja, medio india, por el lado de la madre. Era eso, o algo parecido, lo que se podía colegir, por lo menos. Y que al arquitecto, al romano extraviado en esta provincia remota, lo había hecho sufrir. Y hasta morir. Aun cuando no todas las versiones coincidían.

lunes, 12 de mayo de 2025

Ramón Díaz Eterovic Imágenes de la muerte Detective Heredia - 20


 


Ramón Díaz Eterovic Imágenes de la muerte Detective Heredia - 20 

 A mis amigos Óscar Barrientos Bradasic y Juan Ignacio Colil. Cuando sufre el alma de un gran pueblo, toda la vida está perturbada, los espíritus vivos se agitan y los que tienen un noble corazón inmaculado van al sacrificio.

 LEONID ANDRÉIEV Sachka Yegulev 

 1 E RAN días de fuego y furiosas esperanzas. Desde hacía unas semanas las manifestaciones populares desbordaban las plazas y calles del país. El centro de Santiago y los alrededores de mi barrio estaban convertidos en un campo de batalla en el que se enfrentaban los ciudadanos indignados y las fuerzas especiales de la policía. La represión era intensa y del lado de los manifestantes se conocían numerosos casos de personas golpeadas, violadas o que habían perdido sus ojos a causa de los balines disparados por los uniformados para contener a los manifestantes que se reunían por las tardes en la plaza Italia, rebautizada desde el inicio de las protestas como la plaza de la Dignidad. Había entrado a un restaurante en busca de un tentempié y en la pantalla instalada en un rincón del comedor principal se sucedían las escenas de incendios, saqueos de locales comerciales y estaciones del ferrocarril subterráneo destruidas, por lo que el locutor de turno llamaba «vándalos descontrolados». Las demandas sociales corrían por las calles con una fuerza que recordaba las grandes protestas contra la pasada pero siempre omnipresente dictadura pinochetista. –Hoy cerramos temprano. Solo puedo ofrecerle bebidas, sándwiches y empanadas de pino o queso –dijo el mozo al que conocía desde visitas anteriores–. Si tengo suerte podré encontrar un bus que me acerque a mi casa. Anoche me dejaron a seis cuadras y tuve que andar entre barricadas y gases. Los muchachos trataban de impedir que los pacos entraran a la población con sus tanquetas y en las casas apenas se podía respirar por el efecto de las bombas lacrimógenas. Se llamaba Pedro y no debía tener más de veinticinco años. Llevaba la cabeza rapada y bajo la oreja izquierda tenía tatuado un escorpión. Vestía una polera musculosa y bluyines negros. 

Solía conversar con él cuando pasaba al restaurante a comer el plato del día o tomar una copa de vino. –Los muchachos de mi población dicen que la revuelta seguirá por mucho tiempo. La gente está cansada de vivir en la miseria, atropellada en sus derechos, sin dinero para las compras esenciales y víctima de cuanto abuso se pueda imaginar –agregó. –«Dignidad para todos». Eso dice el mural que veo por las mañanas desde la ventana de mi dormitorio. –El patrón nos dijo que cerrará el restaurante si esto continúa. Dice que lo que se vende no alcanza para cubrir los gastos básicos.

 –Algunos patrones lloran con razón y otros porque no pueden ganar los millones de siempre. –No puedo negar que cada día vienen menos clientes. –El fuego ya prendió, Pedro. Los que mandan no pueden seguir ofreciendo migajas. Tienen que abrir sus billeteras. –¿Y usted no tiene que pagar sueldos en su oficina? ¿Sigue recibiendo clientes? –Recibo dos o tres clientes al mes y no pago sueldos. Mi secretario es un gato viejo que trabaja por la comida y un rincón donde dormir. Lo mismo corre para Pugliese, el gato pequeño que comparte el departamento como ayudante y compañía de mi gato Simenon. –Su trabajo no parece un negocio muy bueno.

 –No me quejo. Hasta ahora no me ha faltado para mantener activa la olla. –¿Qué va a pedir? Como ya le dije, el patrón pretende cerrar el boliche antes de las seis. –Dile al cocinero que caliente una empanada de pino y sírveme una copa de tinto respondí–. Después, y antes de ir a mi departamento, daré una vuelta por el Parque Forestal. Me bastó caminar unos minutos para apreciar la agitación de la gente que se dirigía a las estaciones del Metro o a los paraderos de buses. Las tiendas comerciales cubrían sus puertas y ventanas con planchas de zinc. 

Los vendedores ambulantes anunciaban sus mercancías a los nerviosos transeúntes y en algunas esquinas las personas observaban el espectáculo de una ciudad agitada por la oleada de descontento que había comenzado, tal vez sin calcular sus alcances, con un inesperado aumento de la tarifa del tren subterráneo. Encontré a Moquete, el conserje haitiano, a la entrada del edificio. Era un hombre de treinta años que residía en Chile con su esposa y dos hijos de corta edad. Solía conversar con él sobre noticias o asuntos que iban más allá de los problemas del edificio y lo había sorprendido alguna vez leyendo revistas de mecánica automotriz o resolviendo crucigramas que le servían para aprender nuevas palabras en español. –Una señora lo espera en su oficina desde hace una hora –dijo–. La dejé entrar porque venía cansada y dispuesta a no moverse de la conserjería hasta que usted llegara. –Bien hecho, Moquete. Subiré de inmediato.

 –Aguarde un momento, señor Heredia –agregó el haitiano al tiempo que sacaba un alto de cartas desde la parte inferior del mesón de la conserjería–. Tengo que entregarle la correspondencia recibida para la señora Griseta Ordóñez. Antes de salir de viaje me encargó que se la diera a usted. –Gracias, Moquete. Veré de qué se trata y seleccionaré lo que sirva. –No piense que soy un entrometido, pero todavía no entiendo por qué su vecina instaló su departamento y pocas semanas después viajó a Berlín. –Me dijo que la habían invitado a participar en un seminario y luego la contrataron para impartir un curso de tres meses.

 Al parecer la invitación provino de una profesora que la ayudó bastante mientras estudió en España y a la que no podía rechazar su nueva oferta. –Eso tiene más sentido. –Quedó en regresar apenas termine el curso. Y debo reconocer que la extraño. –No desespere, señor Heredia. Los días pasan rápido. –Sí, eso dicen –respondí antes de abordar el ascensor que me condujo hasta el séptimo piso. Sentada frente a mi escritorio encontré a una mujer morena. Debía tener a lo menos cincuenta años. Sus ojos eran oscuros y tristes. Vestía un sencillo vestido azul y un chaleco del mismo color que probablemente había tejido ella. Sostenía una cartera de tela negra.

 Al verme llegar se puso de pie. Le hice un gesto para que volviera a sentarse y me acomodé en mi sillón tras el escritorio. Mi gato Simenon me dedicó una mirada desganada desde el librero en el que se encontraba tendido como una añosa mascota de peluche. –¿En qué puedo ayudarle? –le pregunté, y al tiempo que encendía el hervidor eléctrico que estaba sobre una mesa de rincón, agregué–: Apenas hierva el agua le ofreceré un té. –Me contaron que usted busca personas extraviadas. Me llamo Dalia Véliz y quiero que me ayude a encontrar a mi hijo Tomás. Salió de nuestra casa hace una semana y no ha regresado. Temo que le haya sucedido alguna desgracia. –¿Qué edad tiene Tomás? –Dieciséis años recién cumplidos. –Supongo que va al liceo. ¿Cómo le va en sus estudios? –Dejó de estudiar y de vez en cuando consigue trabajos ocasionales que le permiten ganar unos pocos pesos.

 Pero la mayor parte del tiempo lo pasa viendo tele o conversando con sus amigotes en la sanguchería de la esquina. No es el hijo que soñé, pero es mi hijo y lo quiero. –¿Y por qué teme que le haya pasado algo malo? –Nunca ha estado tanto tiempo fuera de la casa. Y no solo eso. He hablado con varios de sus amigos y dicen que lo vieron por última vez en la calle, el día que estalló la revuelta. –¿Cree que pudo participar en una marcha o en una barricada? –Es lo que creo. Tampoco descarto que haya participado en los saqueos que se hicieron en la comuna. La mayoría de mis vecinos ha sacado cosas desde los supermercados. Yo no los juzgo. Todos tienen muchas necesidades y poco dinero. –Tal vez fue detenido. ¿Preguntó por su hijo a los carabineros? –Fui, pero no me dieron ninguna información. No saben nada de él y tampoco muestran interés en buscarlo. Están preocupados de la gente que anda en las calles. –Cuando alguien desaparece suelo pensar en algunas preguntas.

 ¿Usted discutió últimamente con su hijo? ¿Sabe si Tomás mantiene alguna relación sentimental? ¿Mencionó algún trabajo nuevo? –A todas esas preguntas le debo responder que no. Ya no pierdo mi tiempo discutiendo con él. No pololea y no creo que se haya preocupado de buscar trabajo durante las últimas semanas. –¿Fue a los hospitales o a las postas? –Es imposible ir a todos los hospitales y postas. Fui al hospital más próximo a nuestro domicilio y a la Posta Central. 

Mi hijo no está ni ha sido atendido en esos lugares –respondió la mujer. –Muchas personas no han regresado a sus casas después de las manifestaciones. Gente baleada o golpeada que no quiere ir a los hospitales por temor a ser detenida. –No había pensado en esa posibilidad, señor. –O tal vez se encuentra en la casa de un amigo y no se ha preocupado de avisar. –Tiene razón. No sería la primera vez que me tiene con el alma en un hilo. –¿Puede darme la dirección de su casa, señora? La mujer me dio la dirección y la anoté en mi libreta. –¿Dónde trabaja usted, señora Véliz? –De lunes a viernes en una empresa que presta servicios de aseo a supermercados y grandes tiendas. 

Los fines de semana vendo ropa usada en la feria libre de la población. –¿Y su esposo? –Se fue de la casa hace doce años y no lo he visto más de cinco veces desde entonces. –¿Su hijo mantiene contacto con él? –Ninguno. Gustavo, así se llama el padre de Tomás, lo vio durante un tiempo, pero luego encontró otra pareja y la mujer le prohibió juntarse con él. Al principio mi hijo preguntaba por su padre, pero luego se acostumbró a su ausencia. Gustavo trabaja de bodeguero en una cadena de ferreterías, pero no vale la pena que pierda tiempo ubicándolo. –Nunca se sabe. En una de esas es útil hablar con él. 

 –¿Quiere decir que me ayudará a buscar a Tomás? –Haré las preguntas del caso, pero no se haga muchas ilusiones. No son buenos días para andar haciendo preguntas ni para asomar la nariz en lugares desconocidos. –Tiene que decirme cuánto me cobrará. Los vecinos del barrio juntaron algo de dinero, pero no sé si alcanza para pagar sus servicios. –Primero déjeme resolver si tengo un caso para investigar o si encuentro a su hijo en un abrir y cerrar de ojos. Haré unas preguntas y después hablaremos de honorarios. –Gracias. Tenía razón el Pancho cuando dijo que usted me ayudaría.

 –¿Quién es Pancho? ¿Lo conozco? –El hijo de la señora Francisca, mi vecina. Dijo que usted es conocido en el ambiente y que tiempo atrás resolvió unos robos cometidos en la empresa donde él trabajaba. Parece que usted lo interrogó en esa ocasión. –Recuerdo el caso, pero no a todas las personas con las que conversé. Con el tiempo, la mayoría de las investigaciones se convierten en sombras más o menos difusas. –¿Qué piensas hacer? –preguntó Simenon apenas Dalia Véliz abandonó el departamento. En las últimas semanas los años se le habían venido encima y el gato se movía lentamente como tanteando el terreno que pisaba en el trayecto de la biblioteca a mi escritorio. –Lo que suelo hacer al inicio de una investigación. Llamar al comisario Ruperto Chacón para saber si hay una investigación oficial respecto al asunto. Por lo general, él está al tanto de lo sucedido o bien pregunta a sus compañeros.

 –Oí decir en la radio que el gobierno impondrá el toque de queda. No podrás salir del departamento después de las diez de la noche. Si te pillan en la calle te mandarán a la cárcel. Habrá que aperarse con lo indispensable: latas de atún, churrascos y bolsitas de alimento para gatos inteligentes. –Todo a su tiempo, Simenon. Por ahora iré a dar una vuelta a la calle. Me interesa observar cómo la chispa se convirtió en fuego. –Ten cuidado, Heredia. No estás en edad de andar escapando de los guanacos ni de las lumas de los carabineros. Mi recorrido llegó hasta la Biblioteca Nacional y desde ahí no pude seguir avanzando hasta la plaza de la Dignidad. No recordaba haber visto tanta gente en las calles ni tanto entusiasmo en los gritos y consignas. Observé a la gente, oí sus consignas y leí los carteles y lienzos que portaban. Rehíce mis pasos y al llegar a mi barrio entré a un bar donde saqué mi libreta y anoté un par de ideas que podrían servirme para encontrar a Tomás Bruna.

domingo, 2 de marzo de 2025

VICENTE HUIDOBRO Y PIERRE REVERDY FRENTE AL CREACIONISMO MARÍA EUGENIA SILVA

 



Prólogo 

 Es numerosa la crítica sobre el Creacionismo literario, como son cuantiosos los estudios que han tratado de dilucidar las controversias que rodearon a este movimiento. De los primeros, la mayoría se instala en análisis que dejan entre renglones la obra romántico-modernista de Vicente Huidobro, que va desde 1911 a 1914, y optan por aproximarse al tema a partir de El espejo de agua de 1916. Otros se centran en creaciones posteriores más conocidas, como Temblor de cielo o Altazor. De los segundos, muchos, simplemente abordan la polémica en base a suposiciones, produciendo análisis personalizados que no ahondan en los incidentes ni realizan un examen comparativo de los dos individuos que terciaron en las polémicas. Vicente Huidobro inició la carrera literaria en Chile, su país natal, y posteriormente desarrolló gran parte de ella en Europa. El poeta, cuya primera publicación, Ecos del alma, se remonta a 1911, viajó a París en 1916 con varios libros y manifiestos ya publicados. Allí se insertaría de lleno en la naciente vanguardia literaria, a partir de 1917. Primero, lo haría con sus contribuciones en la revista Sic y luego en la Nord-Sud, una publicación que él mismo co-fundó, mediante su apoyo financiero y en la cual participó activamente. Pronto, además, publicaría en Europa una seguidilla de nuevos poemarios, cuyo pináculo de excelencia lo marcaría Altazor, de 1931. En el año 1920, surge una controversia que significó que, tanto el público lector como la crítica literaria, perdiesen fe en la originalidad del escritor. Tendrían que pasar casi treinta años después de la muerte de Huidobro, en 1948, para que se le comenzase a conceder verdadero mérito a su obra. El escritor y crítico guatemalteco, Enrique Gómez Carrillo, acusó a Vicente Huidobro en un artículo literario del Cosmópolis de Madrid (30 de junio de 1920), de imitar al poeta francés Pierre Reverdy; Reverdy había sido el director de Nord-Sud y trabajó con Huidobro, compartiendo numerosas veladas en la casa del chileno, en Montmartre. Gómez Carrillo, a su vez, aseguraría que Huidobro habría antedatado su obra El espejo de agua, con el año 1916, y así aparecer como el primer creacionista de la falange vanguardista que entonces se fraguaba en París. El escritor y crítico español, Guillermo de Torre, quien en un principio trabó amistad con Huidobro, corroboraría en artículos periodísticos posteriores, los cargos del guatemalteco. Ha sido sólo a partir de la década de 1970 que se ha depositado en Huidobro, de manera más extendida, la distinción de ser el primer poeta que cimentara, en español, una teoría y una práctica estéticas que redundaron en el expedito advenimiento de un sin número de movimientos de vanguardia, tanto en España, como en América Latina. En ese sentido, como lo ha expresado René de Costa, Huidobro fue para la vanguardia de habla hispana lo que fue Rubén Darío para el modernismo. Sin embargo, y a pesar de este reconocimiento postrero del poeta, aún circulan estudios que perpetúan la polémica o que la aclaran al pasar, tomando una u otra posición en el asunto, originando así exposiciones incompletas y partidistas. Ninguno efectúa una labor comparativa, ni de los individuos al centro de la disputa, ni de sus obras; ninguno ha podido, por fin, verificar si las imputaciones tienen o no bases en las cuales sostenerse. Falta, por ende, escrutar tanto a los individuos como a sus creaciones para mediar una resolución comparativa que dé término, de manera equilibrada y concluyente, al debate sobre los cuestionamientos de la originalidad del Creacionismo. Falta, igualmente, exponer ciertas circunstancias del contexto colaborativo entre los poetas que generó, como resultado, espíritus con influjos creativos cercanos, ánimos similares, pero que en la poesía concreta de ambos no forjó equivalentes. El temple de Huidobro fue controvertible en todas las facetas de su existencia: gran teórico polemista, escritor bullicioso y vanguardista muy comprometido con la originalidad. No había cabida en su pluma para la imitación ni el plagio, ya que no necesitaba aquello. Él era, en sí, una fuente inagotable de creatividad y de autenticidad. Sin embargo, no faltaron quienes cuestionaran sus inicios de vanguardia. Los más notables detractores del poeta fueron los críticos Gómez Carrillo y De Torre quienes, de manera desfachatada, decidieron ignorar la obra temprana de Huidobro para imputarle falsas acusaciones. Y está muy claro que en el periodo inicial del poeta, conocido como romántico-simbolista y correspondiente a una época bastante anterior a su contacto directo con Europa, ya se prefiguraba su espíritu vanguardista y original. Huidobro viajó a Europa transportando un invernáculo teórico-poético que prosperaría rápidamente en el Viejo Continente, porque su voluntad literaria confluía con aquellos vanguardistas que conocerán al poeta por el 1917. En particular, y ya desde sus inicios como escritor y estando aún en el liceo, Huidobro citaba en sus trabajos de forma fehaciente ciertos preceptos del filósofo Ralph Waldo Emerson. Emerson consideraba que la naturaleza está por debajo del poeta y que, como dueño de la palabra, el escritor debe poseerla, dominarla y no imitarla. Esa incipiente teoría de quinceañero, más la prefiguración vanguardista en su obra temprana, convergerían claramente con los preceptos que defendieron los vanguardistas europeos a principios del siglo XX. Por lo tanto, una vez en Francia, su inmersión en el selecto grupo de escritores que se fraguaba en París, por el 1916-1917, fue natural y bienvenida. Es el mismo Huidobro quien se percata de la vitalidad de tener una publicación de vanguardia en francés, idioma que dominaba plenamente, por lo que decide impulsar monetariamente la inauguración de la revista Nord-Sud, con su amigo poeta, Pierre Reverdy, a la cabeza. La revista sirvió para aunar a escritores de la misma calidad y espíritu creativos que Huidobro y le permitió al chileno desarrollar su carrera, abriendo nuevos espacios en Europa. En cuanto al cuestionamiento sobre la publicación de su notable obra El espejo de agua de 1916, las pruebas analizadas sobre su inteligencia artística son fehacientes: Huidobro no tuvo la necesidad de realizar dicho ardid, pues fue un escritor verdaderamente fecundo. Su abundancia literaria fue, más bien, una fuerza que no hizo otra cosa que crear influjos y la admiración literaria de otros. No hay que olvidar el gran asombro que suscitó en su visita a España a fines de 1916 y posteriormente, y con más frecuencia en 1918, periodos en los cuales sembró sus más fértiles semillas entre los escritores españoles del momento. Esos mismos gérmenes luego se propagarían por todo el mundo de habla hispana, con el florecimiento de docenas de movimientos de vanguardia. Una vez probada la originalidad artística de Huidobro, queda por contestar por qué los cuestionamientos y las acusaciones en su contra han persistido por tanto tiempo. Las respuestas no se encuentran en la obra, que es, sin duda, única, sino que se descubren en las cosas cotidianas, en los roces personales que surgieron con posterioridad entre los participantes de las incipientes vanguardias. Un ejemplo es su renuncia al círculo Nord-Sud. Huidobro no tan sólo renuncia al grupo, sino que, a su vez, deja de financiar la ya afamada revista. Sin su ayuda monetaria y colaboración literaria, esta no pudo subsistir. Fue sólo cuando Huidobro dejó de aportar económicamente que Reverdy comenzó a acusarlo de plagiario, junto con inculpar de lo mismo a otros de sus colaboradores que también decidieron partir. Es verdad que en este grupo de vanguardia hubo confluencias de ánimo, de motivación creativa: abandonar las viejas formas decimonónicas imitativas de la realidad, para dar inicio a una nueva era literaria en la cual las imágenes poéticas las descubría e inscribía el escritor en su obra. Reverdy y Huidobro compartían plenamente dichos principios, pero ambos produjeron obras disímiles. Al explorar las personalidades de ambos escritores se descubren naturalezas dispares, lo cual explica aquella opuesta manera de crear. Una breve biografía de Reverdy comprueba que fue una persona retraída, que prefería la soledad de su cuarto en la búsqueda de las ansiadas imágenes que, según él, el espíritu habría de proporcionarle. Y el estudio del temple de Huidobro indica que él fue todo lo contrario. El poeta chileno fue un impetuoso personaje en constante invención de mundos creados, tal cual lo postuló desde niño en sus manifiestos y ensayos. Es por eso que un análisis en detalle de las obras de ambos, evidencia que en la práctica no existen verdaderas concomitancias, pero que sí existió una hermandad de voluntades en el momento de su encuentro y colaboración en Nor Sud. Es más, la única coincidencia real entre poemas que se logró localizar entre sus obras, se descubre en las obras más antiguas de Huidobro; es decir, en sus primeros poemas de corte romántico-simbolista (1911-1915). Muchos versos huidobrianos antiguos concuerdan temáticamente con gran parte de la obra de Reverdy a partir de 1915, época de la gran polémica entre ambos. El desfase temporal, sin embargo, sólo comprueba que no hubo plagio por parte de Huidobro y que en temas y mecanismos de creación hay elementos comunes, tanto a europeos como a latinoamericanos, sin que ello constituya un acto de apropiación de parte de estos últimos. Se trata, en el fondo, de convergencias libres de intencionalidad plagiaria. Para enmarcar más aún este concepto, se formula un postulado que pasará a denominarse adquisición adecuada. Este marco experimental se relaciona en parte con la teoría de la apropiación, del crítico Bernardo Subercaseux. En su propuesta, Subercaseux advierte que dos individuos de localidades tan apartadas como son Europa y América Latina, pueden convenir en articulaciones artísticas comparables en sus aspectos generales y estos no tienen por qué ser hurtos o imitaciones. La teoría de la adquisición adecuada, por su parte, está de acuerdo con lo expuesto por el crítico Subercaseux, pero agrega algo más: Hay influjos intelectuales, que aquí se señalarán como proyecciones intelectuales o bagajes subjetivos, que pueden estar presentes en otros escritores, pero que a su vez los inmunizan de ser plagiarios. La teoría de adquisición adecuada proporciona una línea analítica que facilita el careo profundo de las obras de Reverdy y de Huidobro, precisando que, aparte de que ambos intervinieron como activos miembros de la vanguardia y que ambos respetaron ciertos atributos colectivos de esta, sus obras fueron particulares y categóricamente distintas. La magnificencia de Reverdy residía en una abstracción meditativa espiritual; la grandeza de Huidobro en una tarea autoimpuesta de plasmar, casi de manera eufórica, mundos nuevos en el poema.

lunes, 29 de agosto de 2022

POETA CHILENO ALEJANDRO ZAMBRA. (Fragmento).

 


POETA CHILENO

ALEJANDRO ZAMBRA

ANAGRAMA

Narrativas hispánicas

Edición en formato digital: marzo de 2020

© imagen de cubierta, «Oscuridad», © Laura Wächter, a partir de una foto

de Mabel Maldonado

© Alejandro Zambra, 2020

© EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 2020

Pedró de la Creu, 58

08034 Barcelona

ISBN: 978-84-339-4131-2

Conversión a formato digital: Newcomlab, S.L.

anagrama@anagrama-ed.es

www.anagrama-ed.es

Para Jazmina y Silvestre

No hay casa, ni padres, ni amor: solo hay compañeros de juego.

ALAIN-FOURNIER /

JORGE TEILLIER

Una técnica que sirve para escribir debe servir también para vivir.

FABIÁN CASAS

I. OBRA TEMPRANA

Era el tiempo de las madres aprensivas, de los padres taciturnos y de los

corpulentos hermanos mayores, pero también era el tiempo de las

frazadas, de las mantas y de los ponchos, así que a nadie le extrañaba que

cada tarde Carla y Gonzalo pasaran dos o tres horas en el sofá cubiertos

por un soberbio poncho rojo de lana chilota, que en el gélido invierno de

1991 parecía un producto de primera necesidad.

La estrategia del poncho permitía que, a pesar de los obstáculos, Carla

y Gonzalo hicieran prácticamente de todo, salvo la famosa, sagrada,

temida y ansiada penetración. La estrategia de la madre de Carla, en tanto,

consistía en simular la ausencia de una estrategia, a lo sumo de vez en

cuando les preguntaba, para minarles la confianza, con casi imperceptible

socarronería, si acaso no tenían calor, y ellos replicaban al unísono, en el

tono titubeante de unos pésimos estudiantes de teatro, que no, que hacía

caleta de frío.

La madre de Carla desaparecía por el pasillo y se concentraba en la

teleserie, que miraba en su pieza sin volumen —le bastaba el volumen de

la tele del living, porque Carla y Gonzalo también veían la teleserie, que

no les interesaba demasiado, pero las tácitas reglas del juego estipulaban

que debían prestarle atención, aunque solo fuera para responder con

naturalidad a los comentarios de la madre, que a intervalos inciertos, no

necesariamente frecuentes, reaparecía en el living para arreglar el florero

o doblar las servilletas o realizar cualquier otra actividad de discutible

urgencia, y a veces miraba de soslayo hacia el sofá, no tanto para verlos

como para que ellos sintieran que podía verlos, y dejaba caer frases como

ella solita se lo buscó o ese tipo es medio caído del catre, y entonces Carla

y Gonzalo, siempre al unísono y cagados de miedo, casi enteramente en

pelotas, contestaban sí o claro o se nota que está enamorada.

El intimidante hermano mayor de Carla —que no jugaba rugby pero

por tamaño y actitud perfectamente habría podido convertirse en

seleccionado nacional— por lo general volvía a casa pasada la medianoche

y las pocas veces que llegaba temprano se encerraba en su pieza a jugar

Double Dragon, pero igual existía el riesgo de que bajara a buscar un pan

con mortadela o un vaso de Coca-Cola. Por suerte, en esos casos Carla y

Gonzalo contaban con la milagrosa ayuda de la escalera, en particular del

segundo —o penúltimo— peldaño: desde que sentían el escandaloso

chirrido hasta el momento en que el hermano mayor aterrizaba en el living

transcurrían exactamente seis segundos, que era tiempo suficiente para

que se acomodaran en el interior del poncho hasta parecer dos inocentes

desconocidos que capeaban el frío juntos de puro solidarios.

La futurista cortina musical del noticiero marcaba, cada noche, el final

de la jornada: la pareja protagonizaba en el antejardín una apasionada

despedida que a veces coincidía con la llegada del padre de Carla, que

subía las luces y hacía rugir el motor de su Toyota a manera de saludo o de

amenaza.

—Este pololeo está durando demasiado —agregaba el hombre, alzando

las cejas, cuando estaba de humor.

El trayecto de La Reina a la Plaza de Maipú tomaba más de una hora,

que Gonzalo dedicaba a leer, aunque la menguante luz de los focos solía

impedírselo y a veces debía conformarse con entrever un poema a la

rápida aprovechando la detención en alguna esquina iluminada. Todas las

noches lo retaban por volver tarde y todas las noches Gonzalo juraba, sin

la menor intención de cumplir su palabra, que en adelante regresaría más

temprano. Se dormía pensando en Carla y cuando no podía dormir, como

pasaba con frecuencia, se masturbaba pensando en ella.

Masturbarse pensando en la persona amada es, como se sabe, la más

fogosa prueba de fidelidad, en especial si las pajas están, como dicen las

propagandas cinematográficas, rigurosamente basadas en hechos reales:

lejos de perderse en improbables fantasías, Gonzalo imaginaba que

estaban en el sofá de siempre, cubiertos por el poncho chilote de siempre,

y la única diferencia, el único elemento ficcional, era que estaban solos, y

entonces él se lo metía y ella lo abrazaba y cerraba los ojos con

delicadeza.

El sistema de vigilancia parecía infranqueable, pero Carla y Gonzalo

confiaban en que la oportunidad se les presentaría pronto. Sucedió hacia el

final de la primavera, justo cuando el estúpido calor amenazaba con

estropearlo todo. Un rotundo frenazo y un coro de alaridos interrumpieron

la calma de las ocho de la noche —habían atropellado a un mormón en la

esquina, así que la señora salió disparada a copuchar, y Carla y Gonzalo

comprendieron que el anhelado momento había llegado. Considerando los

treinta segundos que duró la penetración y los tres minutos y medio que

tardaron en limpiar el poco de sangre y en asimilar la desangelada

experiencia, el proceso completo tomó apenas cuatro minutos, tras los

cuales Carla y Gonzalo se sumaron sin más a la turba de curiosos que

rodeaban al joven rubio que yacía junto a su bicicleta rota en la vereda.

Si el joven rubio hubiera muerto y Carla hubiera quedado embarazada,

estaríamos hablando de un ligero desequilibrio en el mundo a favor de los

morenos, porque un hijo de Carla, que era bien morena, con el aún más

moreno Gonzalo, no podría haber salido rubio, pero nada de eso pasó: el

mormón quedó cojo y Carla ensimismada y tan adolorida y triste que

durante dos semanas, valiéndose de pretextos ridículos, se negó a ver a

Gonzalo. Y cuando lo vio fue solamente para terminar con él, «cara a

cara».

En defensa de Gonzalo hay que decir que en esos desdichados años la

información circulaba escasamente, sin ayuda de los padres ni consejos de

profesores u orientadores educacionales, y sin el auxilio de campañas

gubernamentales ni nada por el estilo, porque el país estaba demasiado

preocupado de mantener a flote la recién recuperada y tambaleante

democracia como para pensar en cosas tan sofisticadas y primermundistas

como una política integral de educación sexual. De repente liberados de la

dictadura de la infancia, los quinceañeros chilenos vivían su propia

transición a la adultez fumando hierba y escuchando a Silvio Rodríguez o

a Los Tres o a Nirvana mientras descifraban o intentaban descifrar toda

clase de miedos, frustraciones, traumas y perplejidades, casi siempre

mediante el peligroso método del ensayo y error.

Entonces no había, por supuesto, miles de millones de videos online

promoviendo una idea maratónica del sexo; si bien Gonzalo conocía

publicaciones como Bravo y Quirquincho, y alguna vez había digamos que

«leído» unas Playboy y unas Penthouse, nunca había visto una película

porno, de manera que tampoco contaba con apoyos audiovisuales para

comprender que, desde cualquier perspectiva, su performance había sido

desastrosa. Toda su idea de lo que debía suceder en la cama se basaba en el

entrenamiento ponchístico y en los relatos fanfarrones, vagos y fantasiosos

de algunos compañeros de curso.

Sorprendido y desolado, Gonzalo hizo todo lo que estaba a su alcance

para volver con Carla, aunque todo lo que estaba a su alcance era nada más

que insistir cada media hora por teléfono y perder el tiempo en un

infructuoso lobby con un par de falaces mediadoras que no pensaban

ayudarlo, porque les parecía inteligente, tincudo y divertido, pero

comparado con los incontables pretendientes de Carla lo encontraban poca

cosa, un bicho raro de Maipú, un infiltrado.

A Gonzalo no le quedó más remedio que apostarlo todo a la poesía: se

encerró en su pieza y en tan solo cinco días se despachó cuarenta y dos

sonetos, movido por la nerudiana esperanza de llegar a escribir algo tan

extraordinariamente persuasivo que Carla ya no pudiera seguir

rechazándolo. Por momentos olvidaba la tristeza; al menos por unos

minutos primaba el ejercicio intelectual de arreglar un verso cojo o de

atinarle a una rima. Pero a la alegría de una imagen a su juicio lograda le

sucedía de inmediato la amargura del presente.

En ninguna de esas cuarenta y dos composiciones había, por desgracia,

genuina poesía. Valga como ejemplo este para nada memorable soneto que

sin embargo debería figurar entre los cinco mejores —entre los cinco

menos malos— de la serie:

El teléfono es rojo como el sol

el teléfono es verde y amarillo

te busco día y noche y no te pillo

camino como un zombi por el mall.

Soy como una piscola sin alcohol soy como un peregrino cigarrillo

deformado en el fondo del bolsillo soy como una ampolleta sin farol.

El teléfono suena todo el día

y es bastante improbable que sonría

me duele el corazón y las orejas

me duele un premolar y hasta una ceja

es verano o invierno o primavera

y es bastante probable que me muera.

La única presunta virtud del poema era el dominio esforzado de la

forma clásica, lo que para un joven de dieciséis años podría considerarse

meritorio. El terceto final era, por lejos, lo peor del soneto, y también lo

más auténtico, porque, a su manera tibia y escurridiza, Gonzalo sí que se

quería morir. No tiene gracia que nos burlemos de sus sentimientos;

burlémonos mejor del poema, de sus rimas obvias o mediocres, de su

sensiblería, de su involuntaria comicidad, pero no subestimemos su dolor,

que era verdadero.

lunes, 14 de febrero de 2022

Carlos Morla Lynch En España con Federico García Lorca Páginas de un diario íntimo. 1928-1936. FRAGMENTO.

 


 

Carlos Morla Lynch

 

 En España con Federico García Lorca

 

Páginas de un diario íntimo. 1928-1936

 

 

 

 

 


 

 A la madre de Federico, doña Vicenta Lorca de García, con el respetuoso afecto del autor.

 

 

 


 PREFACIO

ALGUIEN me dijo un día:

—Tú que has fraternizado tanto con Federico García Lorca y vivido una larga etapa unido a él; tú que llevas —por costumbre— un apunte de tus impresiones diarias, ¿por que no escribes una semblanza suya? Un retrato intimo y sencillo, un film del Federico de todos los días. del cual tanto se habla sin un verdadero conocimiento de lo que fue su personalidad incomparable. Por cuanto si su obra asombrosa ha sido ampliamente difundida y ha cruzado las fronteras, poco se sabe de la legítima idiosincrasia del poeta, de su real temperamento, de su clima individual en aquellas horas en que se hallaba circunscrito a su aura genuina. Se desearía verle de cerca, sentirle «vivir» en esos trechos de su camino en que, desligado del publico —que de cierta manera, se apodera de los artistas—, se reintegraba al desempeño del papel de su personaje autentico.

Escuche en silencio la sugestión que se me hacía y pensé en lo sensible que era a veces revelar la verdadera entidad de los grandes hombres. La terrena personalidad del artista es casi siempre inferior a lo que su espíritu realiza. En su obra nos ofrece lo que posee de más selecto y elevado: la esencia de sus atributos morales. Pero luego pensé también que era precisamente en los momentos en que Federico se evadía del escenario en que actuaba cuando mayor brillo irradiaban sus extraordinarias facultades naturales.

Era difícil para él lograr esa «evasión», por cuanto todo su ser que se destaca por encima de los demás, levantado por la fuerza de sus capacidades y de su talento, se ve inevitablemente transformado en personaje dramático. No puede remediarlo, ni eludirlo, ni sustraerse a esa segunda personalidad que su condición de protagonista le impone.

Comencé, pues, a recorrer —sin mucha convicción en un principio— las paginas de mis diarios que incluyen los años 1928-1936, que viví en España, paginas que, una vez escritas, no había releído nunca, y me encontré en ellas, no sin asombro, con un caudal inmenso de anotaciones espontáneas concernientes a nuestro inolvidable amigo, apuntes que encierran un valor de autenticidad y de exactitud inapreciables.

Son «instantáneas», tomadas sin plan preconcebido, que lo han sorprendido en cualquier hora del día —aun solo, a veces, a través de la puerta entreabierta desde la habitación vecina—, viñetas que, reunidas, nos dan de él una estampa fiel, precisa y viva, cuando no asumen las proporciones de un film. Ocurrirá en ciertas ocasiones que no hable aún, que se encuentre ausente…; pero siempre estará «allí», si no en forma humana, en alma y en espíritu.

Este es el Federico que quiero evocar sencillamente, en toda su verdad gráfica, para todos los que, admirándole, no lo han conocido o lo conocieron mal: el «Federico» que entra y sale, que viene y se va, que irrumpe como una exhalación y luego se hace humo, que ríe, que canta, que recita poemas y se ilumina, que cuenta historietas, que coge la guitarra o se sienta al piano, que se exalta, se apasiona, se enfada y se conmueve, se aflige y se ensombrece. Por cuanto era un espíritu el suyo que sufría ascensos bruscos y declives repentinos, auroras de entusiasmo y depresiones crepusculares. «Dramones», como él los llamaba.

 Antes que nada, quiero dejar claramente establecido que escribo estas lineas en el presente estricto de aquella época, esto es, sin sospechar los eventos futuros. No hay que ver en ellas un relato de tendencia histórica. No tiene tampoco este libro ningún carácter biográfico, ningún sentido analítico; menos aun, la pretensión de un estudio psicológico del hombre y del autor. Se trata sencillamente de convivir con el amigo durante la tercera y ultima etapa de su preciosa existencia, como yo hice. Nada que signifique tampoco una disertación profundizada sobre sus creaciones o un razonamiento referente a las influencias a que pudieran haber obedecido. Ni elucubraciones respecto de «lo que quiso expresar en aquello» ni esfuerzos para lograr determinar lo que se propuso sugerir «en aquello otro». Nada más ajeno a mi temperamento que ese prurito de sacarle consecuencia a «todo» y de buscarle, a fuerza de escudriñar, orígenes y raíces a cada cosa. Nada más —repito— que la impresión directa recibida. Oírle hablar y decir lo que piensa en los momentos genuinamente suyos.

Si me refiero en estas paginas a su obra es porque formaba parte de su ser intimo y ademas, porque me hablaba de ella, lo que me permitió asistir a la génesis de algunas de sus concepciones en la época en que aún germinaban en calidad de esbozos en la mente del poeta.

No he conocido —propiamente dicho— a Federico ni en su niñez ni durante su primera juventud. Surge en mi ruta tan sólo en 1928, en plena madurez, «ya hecho», fija su senda que seguirá su curso en perpetuo ascenso; pero puedo vanagloriarme de haber caminado a su lado —a contar desde esa fecha— como en un circulo de luz por él proyectado hasta el momento en que ese fulgor se extinguiera súbitamente como una estrella que se abisma en las tinieblas de una noche insondable. Ese trayecto duró ocho años y ha quedado marcado en el centro del recorrido de mi vida como un reguero de resplandor perenne.

Durante la jornada, cogidos del brazo, he penetrado con él —retrocediendo—, por la fuerza de sus evocaciones admirables, a los paisajes de su infancia andaluza: a las callejas sin veredas de casas blancas y amarillas de Fuentevaqueros, el pueblo donde naciera el 5 de junio de 1898. He visto a los burritos de aquellos tiempos, que pacían sin alegría las hierbas quemadas por el sol de fuego; la pequeña iglesia que tenía el mismo color de las viviendas y de la tierra, y los geranios que florecían en macetas en las ventanas cuyas persianas se cerraban en el día y que luego quedaban abiertas la noche entera. Y, caminando unidos, me ha confiado, asimismo, el granadino encanto de su adolescencia y, por último, la emoción gloriosa del vuelo emprendido —con la mirada y la frente fijas en dirección al sol levante— a la conquista de Madrid primero y luego del mundo, dejando atrás las fronteras.

Yo creo haberlo conocido bien porque él sentía que yo lo comprendía, y yo, a mi vez, «sabia que lo sentía».

He resuelto, pues, por todos estos motivos, escribir el libro. Lo hago con la más honda sinceridad y la más sana de las intenciones; creo, sin embargo, que se impone una advertencia, y es la siguiente:

Federico, si bien constituye mi personaje central, no es «figura solitaria». Lo rodean, en numero crecido, otras figuras y otros personajes, de los que no me sería posible desentenderme. Ademas, mi héroe se mueve en diversos ambientes, que son vibrantes, a veces episódicos, a veces trascendentales y a menudo hasta históricos. Tampoco podría ignorarlos. Todos los hombres grandes tienen sus escenarios. Los que invocaré son inherentes a la época en que se sitúan los hechos que rememoro, y en ningún momento tomaré en consideración —como quedó dicho— eventos posteriores a la fecha en que desapareció nuestro inolvidable amigo. Suprimo en la serie de apuntes y de escenas espontáneas que forman este libro todo lo que no se refiere directa o indirectamente a Federico García Lorca o a los ambientes en que se mueve. Quedan, pues, excluidas de estas paginas las abundantes anotaciones que dedico en mi diario de esa época —1928-1936— a los principales sucesos del mundo y a los hombres que en ellos actuaron. No figuran en estos recuerdos —fuera de uno que otro comentario mencionado de paso— ni juicios, ni puntos de vista, ni consideraciones de carácter político.

Las personas que lean estas lineas —que pertenecen, repito, a un diario personal e íntimo— con espíritu sincero y honrado, sin pruritos de prejuicios ni de inquinas y malas voluntades, no hallarán en ellas sino la expresión veraz de una gran admiración, de una gran amistad y de un gran cariño. No es otro mi propósito ni otro mi pensamiento. Sólo quiero decir en estas paginas —que entrego confiado a un publico sincero, de espíritu edificante y exento de prevenciones— lo que en ellas expreso; sólo expreso en ellas lo que siento, y sólo pinto en ellas lo que he visto y vivido, sin repliegues ni velados designios.

Seria, pues, ocioso buscar en este libro la presencia de elementos que encierren dobles sentidos.

Puedo afirmar, desde luego, que Federico poseía un alma grande, generosa y noble, no exenta de altivez: arrogancia a un tiempo andaluza y gitana. Que era rigurosamente español, y que, dentro de su españolismo de profundas raíces, era, antes que nada, con devoción intensa, granadino. Que era del partido de los pobres y de los desamparados —como siempre decía—, porque se situaba del lado de las víctimas y de los caídos. Pero si vibraba ante el infortunio ajeno y si le afligía el dolor de los humildes y de los débiles, era porque llevaba en sí la emoción de la hermandad cristiana. La doctrina piadosa de Cristo pertenece a todas las ideologías y a todos los hombres buenos, sin distinción de razas ni de creencias. Federico era, sobre todo, «amor»; amaba la vida y sus bellezas, amaba a la Humanidad y amaba a sus hermanos inferiores: los animalitos. Una antigua aya suya aseguraba que cuando era muy pequeñito hablaba con las hormigas.

Puedo afirmar asimismo —e insisto en la aseveración con la más honda conciencia— que jamas le vi interesarse —ni de cerca ni de lejos— en la política violenta generadora de las luchas fratricidas. Si le he oído alguna vez protestar en contra de ciertos aspectos del clericalismo, también le he visto seguir a mi lado con embeleso las procesiones. Si puede haberse sentido alguna vez inflamado por el redoble de tambores y la llamada de los clarines —vinieran estos fragores de donde vinieran—, ha obedecido esa impetuosidad tan solo —únicamente y siempre— a una reacción de artista, a un entusiasmo de poeta fascinado por un escenario de colores subidos, por cuanto, en su fuero interno, siempre abominó de lo que significara combates y batallas, destrucción y ruina. Antes que las naves de guerra, ejercía sobre él su hechizo «ese barco de luces en que la Virgen con miriñaque avanza por el río de la calle hasta el mar».

Y, por ultimo, afirmo que era feliz, extraordinariamente feliz y colmado por las hadas. Sano, vigoroso, fornido, no había tenido que afrontar ni luchas, ni problemas, ni

sufrir las pruebas inherentes a la pobreza. La única sombra que empeñaba alguna vez su aureola de optimista era quizá el sentimiento trágico que solía inspirarle la vida. La obsesión de la muerte —no sólo de la gran muerte de resurrección, sino de la muerte material en la tierra, el cuerpo deshecho en manjar de gusanos—. Y su obra reflejaba estos sentires: ascendía a las esferas de las imaginaciones más excesivas para descender, en un vuelo en picado, a las bellezas de las realidades más precisas.

Pero, sobre todo, era poeta. Luego, músico y dibujante personalísimo. Alma sensible y afectiva, naturalmente fraternal. Corazón de buen amigo. Risa traviesa y alegría sencilla de chico. Frente amplia, prominente; rostro abierto, animado de manchas brunas. Vitalidad intensa; en ciertos días, volcánica, torrencial. Y siempre un gran niño andaluz, de imaginación desbordante y con radiaciones de genio; pero lleno también de ese encanto prodigioso —imposible de definir— que en su tierra llaman «cielo».

Su existencia fue la de un astro, y su fin… magníficamente triste. Pero si también se apagan los soles, las luminarias que destellaron siguen iluminando el espacio y no mueren.

Fuente:

  • Editorial ‏ : ‎ Editorial Renacimiento; 1er edición (18 Febrero 2008)
  • Idioma ‏ : ‎ Español
  • Tapa dura ‏ : ‎ 664 páginas
  • ISBN-10 ‏ : ‎ 8484723496
  • ISBN-13 ‏ : ‎ 978-8484723493
  • Peso del Artículo ‏ : ‎ 3 pounds

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