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jueves, 15 de octubre de 2026

La Belleza Del Marido (Bilingue) UN ENSAYO NARRATIVO EN 29 TANGOS





 DÍA 7

La Belleza Del Marido (Bilingue)

UN ENSAYO NARRATIVO EN 29 TANGOS
La belleza del marido, el primer libro que se publica en España de la canadiense Anne Carson, es una de las más originales y turbadoras manifestaciones de la poesía de nuestros días. Subtitulado «un ensayo narrativo en 29 tangos», este libro inclasificable cuenta la historia de un matrimonio en torno a la idea de Keats «beauty is truth», belleza es verdad.
A lo largo de estos 29 tangos -un tango, como el matrimonio, es algo que uno tiene que bailar hasta el final-, Anne Carson, considerada ya un clásico vivo de las letras anglosajonas, nos introduce en la historia íntima de un matrimonio que se desmorona. Iluminador, a menudo brutal, conmovedor y oscuramente divertido, este libro nos deslumbra con escenas, diálogos y reflexiones que ahondan en la más vieja de las preocupaciones poéticas -el amor- como si fuera la primera vez que se expresa.

***

Anne Carson, La belleza del marido. Un ensayo narrativo en 29 tangos: estética de la herida y verdad del deseo

Introducción

La belleza del marido (The Beauty of the Husband: A Fictional Essay in 29 Tangos) constituye una de las obras fundamentales de la producción literaria de Anne Carson. Publicada originalmente en 2001, la obra se presenta como un texto híbrido que combina poesía, ensayo, narración autobiográfica y reflexión filosófica. La propia edición la define como una exploración de la afirmación de John Keats según la cual «Beauty is truth, truth beauty», idea que vertebra los veintinueve tangos que conforman el libro. [books.google.com], [englishfolio.com]

El relato reconstruye el deterioro de un matrimonio marcado por la mentira y la infidelidad, pero su verdadera ambición excede el ámbito de la experiencia conyugal: Carson investiga la relación conflictiva entre belleza y verdad, entre fascinación estética y corrupción moral.


La subversión de la estética romántica

El libro dialoga permanentemente con Keats. La frase «Beauty is truth, truth beauty» aparece como fundamento teórico de la obra. Sin embargo, Carson convierte esa máxima en un problema antes que en una certeza. [books.google.com], [englishfolio.com]

La belleza del marido representa justamente aquello que desafía la ecuación romántica. El personaje es hermoso, inteligente y seductor, pero también profundamente mentiroso. La narradora descubre que el atractivo extraordinario del esposo no constituye una manifestación de la verdad, sino una máscara que oculta el engaño.

Uno de los momentos más citados del texto condensa esta revelación:

«My husband lied about everything.» (Mi marido mentía sobre todo). [englishfolio.com]

Esta afirmación posee una importancia estructural decisiva. No describe únicamente una conducta personal; destruye el vínculo tradicional entre belleza y virtud que dominó gran parte de la estética occidental desde Platón hasta el Romanticismo.

Carson parece sugerir que la belleza puede convivir con la falsedad y que, precisamente por ello, resulta más peligrosa.


El tango como poética de la contradicción

La elección de los tangos como principio constructivo no es arbitraria. La propia autora define la estructura mediante una analogía célebre:

«Un tango, como el matrimonio, es algo que uno tiene que bailar hasta el final.» [books.google.com], [lecturalia.com]

La metáfora resume toda la arquitectura de la obra. El tango es simultáneamente:

  • proximidad y distancia;
  • deseo y agresión;
  • dependencia y resistencia;
  • armonía y conflicto.

Cada uno de los veintinueve movimientos reproduce esas tensiones. No existe una narración lineal en sentido tradicional. Los episodios aparecen fragmentados, interrumpidos por recuerdos, observaciones filosóficas, reflexiones sobre el arte y referencias literarias.

La forma misma del texto reproduce la imposibilidad de alcanzar una verdad estable sobre el amor.


La herencia clásica

Como helenista de formación, Carson introduce continuamente procedimientos propios de la tragedia griega.

La narradora recuerda a las heroínas trágicas porque posee una conciencia aguda de su sufrimiento. Sabe que está atrapada en una relación destructiva, pero continúa moviéndose dentro de ella.

La tragedia ya no surge de la intervención de los dioses, sino del poder de la atracción erótica.

En este sentido, la autora mantiene una continuidad profunda con obras como Eros the Bittersweet, donde el deseo aparece definido por la falta y la distancia. El amor, en Carson, nunca es posesión; es siempre una forma de carencia.


Lenguaje e inteligencia emocional

Uno de los rasgos más notables del libro es su negativa a convertirse en una mera confesión sentimental.

El dolor es sometido constantemente al análisis.

La narradora examina su propia experiencia con la precisión de una filósofa y la sensibilidad de una poeta. Como resultado, la obra evita los lugares comunes de la literatura sobre el divorcio o la traición.

La escritura oscila entre:

  • el lirismo;
  • la ironía;
  • el aforismo;
  • la reflexión ensayística.

Esta multiplicidad de registros convierte el sufrimiento en conocimiento.


Una epistemología de la pérdida

La mentira del marido no destruye únicamente el matrimonio. Destruye el lenguaje compartido que sostenía la relación.

Por ello, la protagonista se ve obligada a reconstruir el pasado mediante fragmentos.

La memoria aparece como una investigación arqueológica. Cada tango funciona como una excavación en las ruinas de una verdad perdida.

Desde esta perspectiva, el libro puede leerse como una meditación sobre los límites del conocimiento humano: nunca conocemos por completo a quien amamos.


Valoración crítica

Entre las principales virtudes de la obra destacan:

  1. La extraordinaria innovación formal.
  2. La síntesis entre poesía y ensayo.
  3. La profundidad filosófica de su reflexión estética.
  4. La intensidad emocional sin sentimentalismo.
  5. El diálogo permanente con la tradición clásica y romántica.

Diversos críticos han destacado precisamente este carácter híbrido. El libro ha sido descrito como una combinación de poesía, filosofía, crítica literaria y novela, organizada alrededor del interrogante keatsiano sobre la belleza y la verdad. [englishfolio.com]

Más que una obra sobre una ruptura matrimonial, La belleza del marido constituye una investigación sobre el misterio de aquello que sigue ejerciendo poder sobre nosotros incluso después de haber revelado su falsedad.


Conclusión

La belleza del marido puede considerarse una de las culminaciones de la poética de Anne Carson. El libro transforma una experiencia íntima en una interrogación universal acerca de la belleza, la mentira y el deseo.

Su grandeza radica en demostrar que la belleza no garantiza la verdad y que, en ocasiones, lo más hermoso es también aquello que produce las heridas más profundas. Frente al optimismo estético de Keats, Carson propone una visión moderna, escéptica y trágica: la belleza no revela necesariamente la verdad; a veces la oculta.


Referencias bibliográficas

Carson, Anne. The Beauty of the Husband: A Fictional Essay in 29 Tangos. New York: Alfred A. Knopf, 2001. [archive.org]

Carson, Anne. La belleza del marido: un ensayo narrativo en 29 tangos. Trad. Andreu Jaume. Barcelona: Lumen, 2019. [books.google.com], [lecturalia.com]

Keats, John. Ode on a Grecian Urn. En The Complete Poems. Londres: Penguin Classics.

Colburn, Steven E. “Review of The Beauty of the Husband.” World Literature Today, 2002.

Sutherland, John. “Review of The Beauty of the Husband.” The Guardian, 2001. Citado en estudios críticos del texto. [englishfolio.com]

Carson, Anne. Eros the Bittersweet. Princeton: Princeton University Press, 1986.

Carson, Anne. Economy of the Unlost. Princeton: Princeton University Press, 2002.

Lecturas complementarias

  • Bloom, Harold (ed.). Modern Critical Views: John Keats.
  • Felski, Rita. The Limits of Critique.
  • Attridge, Derek. The Singularity of Literature.

Estas obras permiten situar La belleza del marido dentro de los debates contemporáneos sobre estética, afecto y subjetividad.

Fuentes de investigación por: Dr. Enrico Giovanni Pugliatti y J. Méndez-Limbrick. (Escritor).

miércoles, 14 de octubre de 2026

Análisis literario de Agua corriente (edición bilingüe) de Anne Carson



DÍA 6 

Análisis literario de Agua corriente (edición bilingüe) de Anne Carson

Agua corriente es una de las obras más representativas de Anne Carson, publicada originalmente en inglés como Plainwater y compuesta por cinco secciones que combinan poesía, ensayo, traducción, autobiografía y reflexión crítica. La edición bilingüe de Cielo Eléctrico reúne Mimnermo: las pinturas cerebrosexuales, Unas pocas palabras, Canicula di Anna, La vida de las ciudades y La antropología del agua. [books.google.com], [cieloelectrico.com]

La obra como territorio híbrido

La primera impresión del lector suele ser de desconcierto. Carson rompe deliberadamente las fronteras entre géneros literarios.

No estamos ante:

  • un libro de poemas,
  • una colección de ensayos,
  • una autobiografía,
  • ni una novela fragmentaria.

Estamos ante todas esas cosas al mismo tiempo.

La autora construye una literatura de la mezcla. Su formación como helenista aparece constantemente, pero nunca de manera académica. Los textos antiguos son reutilizados como materiales vivos para pensar problemas contemporáneos. [books.google.com], [resenaslit...rarias.com]

El agua como símbolo fundamental

El título posee una importancia clave.

El agua representa:

  • el movimiento,
  • la transformación,
  • la discontinuidad,
  • el tránsito entre estados.

Nada permanece inmóvil en Carson.

Los recuerdos cambian de forma.

Los géneros literarios se mezclan.

Las identidades se desplazan.

Los significados fluyen.

Por ello el libro puede leerse como una exploración de la experiencia humana desde la inestabilidad. El ser no es una piedra; es una corriente.

El deseo como forma de conocimiento

Uno de los grandes temas de toda la obra de Anne Carson es el eros.

En Agua corriente el deseo aparece menos como pasión romántica que como una fuerza intelectual.

Deseamos aquello que nos falta.

Esa distancia entre sujeto y objeto genera pensamiento.

Por ello la autora convierte el amor, la ausencia y la fascinación en herramientas de conocimiento.

En Mimnermo: las pinturas cerebrosexuales dialoga con el poeta griego Mimnermo. No traduce simplemente los fragmentos antiguos; los reimagina, los expande y los convierte en espacios donde el pasado conversa con el presente. [cieloelectrico.com], [resenaslit...rarias.com]

La estética del fragmento

Quizá la característica formal más importante del libro sea la fragmentación.

Las piezas aparecen como:

  • aforismos,
  • notas,
  • imágenes,
  • breves escenas,
  • observaciones filosóficas.

Especialmente en Unas pocas palabras (Short Talks), Carson desarrolla una escritura condensada donde cada texto funciona como una miniatura intelectual. La brevedad no reduce la complejidad; la concentra. [books.google.com], [resenaslit...rarias.com]

Esta estética fragmentaria refleja una idea profunda:

La realidad no se presenta de manera ordenada.

La memoria tampoco.

Pensamos mediante asociaciones, interrupciones y saltos.

La forma del libro reproduce el funcionamiento real de la conciencia.

La antropología del agua: viaje e identidad

La última sección, La antropología del agua, suele considerarse el núcleo emocional del volumen.

A partir de una peregrinación relacionada con el Camino de Santiago, Carson transforma el desplazamiento físico en una investigación interior. [resenaslit...rarias.com]

El viaje tiene una doble dimensión:

  • geográfica,
  • espiritual.

Mientras atraviesa paisajes y ciudades, la narradora observa cómo el movimiento modifica la percepción de uno mismo.

La pregunta central no es "¿Dónde estoy?".

La pregunta central es:

"¿Quién soy mientras atravieso este lugar?"

Lenguaje y silencio

Las primeras páginas del libro contienen una intuición decisiva: hubo un tiempo imaginario en que existían los hechos y los rostros, pero todavía no existían las palabras. [books.google.com]

Esa idea resume gran parte de la poética de Carson.

El lenguaje nunca coincide plenamente con la realidad.

Siempre llega después.

Siempre intenta nombrar algo que ya ha comenzado a desaparecer.

Por ello abundan en la obra:

  • vacíos,
  • silencios,
  • discontinuidades,
  • zonas indeterminadas.

Lo no dicho posee tanto peso como lo expresado.

La influencia clásica

La Grecia antigua atraviesa todo el libro.

Sin embargo, Carson no utiliza los clásicos como autoridad cultural.

Los utiliza como interlocutores.

Mimnermo, Safo, Aristóteles y otros autores aparecen porque encarnan preguntas que siguen vigentes:

  • ¿qué es el deseo?
  • ¿qué significa perder algo?
  • ¿cómo experimentamos el tiempo?
  • ¿cómo se relacionan las palabras con el mundo?

La antigüedad funciona así como un espejo de la experiencia contemporánea. [books.google.com], [resenaslit...rarias.com]

Valoración crítica

Agua corriente puede considerarse una de las expresiones más puras de la estética de Anne Carson.

Sus grandes temas son:

  1. El deseo.
  2. La ausencia.
  3. El viaje.
  4. La memoria.
  5. La traducción.
  6. La identidad cambiante.
  7. El lenguaje.
  8. La relación entre pensamiento y poesía.

La gran originalidad de Carson consiste en negar la separación entre emoción e inteligencia. En sus páginas, la reflexión filosófica posee intensidad lírica y la poesía actúa como una forma de pensamiento.

Para un lector atento a los símbolos, Agua corriente no es únicamente un libro sobre el agua. Es un libro sobre aquello que nunca puede retenerse: el amor, la memoria, la belleza, el conocimiento y el tiempo. Todo pasa. Todo fluye. Y precisamente en esa fugacidad encuentra Carson la materia de su arte. [books.google.com], [resenaslit...rarias.com]

Investigadores: Dr. Enrico Pugliatti y Méndez-Limbrick (escritor).

martes, 13 de octubre de 2026

Autobiografía de Rojo de Anne Carson: una lectura académica de la identidad, el mito y la alteridad


 

Día 5

Autobiografía de Rojo de Anne Carson: una lectura académica de la identidad, el mito y la alteridad

Introducción

Publicada en 1998, Autobiografía de Rojo (Autobiography of Red) constituye una de las intervenciones más innovadoras de la literatura contemporánea en la tradición clásica. Anne Carson, poeta, ensayista, helenista y traductora canadiense, utiliza un fragmento casi marginal de la obra del poeta griego Estesícoro para construir una novela en verso que desestabiliza las fronteras entre poesía, narrativa, crítica literaria y reescritura mitológica.

La obra narra la vida de Gerión, tradicionalmente representado en la mitología como un monstruo alado de color rojo asesinado por Heracles durante uno de sus trabajos. Carson desplaza radicalmente el centro de gravedad del relato: el monstruo deja de ser un obstáculo narrativo y se convierte en sujeto de conciencia. Esta inversión opera como el principio estructural de toda la novela.

Desde una perspectiva académica, Autobiografía de Rojo puede leerse simultáneamente como una novela de formación, una reflexión sobre la construcción de la identidad, una crítica de los modelos heroicos occidentales y una exploración poética de la memoria traumática.


I. La reescritura del mito como estrategia crítica

Uno de los aspectos más importantes de la obra es su relación con la tradición clásica.

Carson no adapta sencillamente un mito; lo somete a un proceso de reconstrucción hermenéutica. En términos de teoría literaria, podríamos afirmar que realiza una operación de contralectura. El texto antiguo deja de ser un objeto arqueológico para convertirse en una materia viva capaz de producir nuevos sentidos.

La tradición épica occidental ha privilegiado históricamente la perspectiva del vencedor. La gloria de Aquiles requiere la muerte de Héctor; la heroicidad de Heracles requiere la aniquilación de Gerión.

Carson se pregunta qué ocurre cuando la narración abandona al héroe y se instala en la conciencia de la víctima.

La pregunta tiene profundas implicaciones políticas y filosóficas.

En lugar de celebrar la fuerza, la novela se interesa por la fragilidad.

En lugar de narrar la conquista, narra la pérdida.

En lugar de construir una épica, construye una elegía.

Esta inversión recuerda las reinterpretaciones contemporáneas de figuras marginales realizadas por autores como Margaret Atwood, Christa Wolf o Madeline Miller, aunque Carson adopta una estrategia mucho más experimental y fragmentaria.


II. Gerión y la construcción de la subjetividad moderna

Gerión constituye uno de los personajes más complejos de la narrativa contemporánea.

Su condición monstruosa no opera como una característica física extraordinaria sino como una metáfora de la diferencia.

Desde la infancia aparece marcado por una experiencia radical de extrañamiento.

Es diferente.

Sabe que es diferente.

Y sabe que el mundo lo percibe como diferente.

La monstruosidad adquiere entonces una dimensión existencial.

En este punto la novela establece un diálogo evidente con varias tradiciones filosóficas del siglo XX.

Resulta posible rastrear resonancias de:

  • La alteridad en Emmanuel Levinas.
  • La exclusión social en Michel Foucault.
  • La identidad fragmentada del sujeto posmoderno.
  • La noción de diferencia desarrollada por Jacques Derrida.

Gerión no busca convertirse en otra cosa.

Busca comprender la naturaleza de su propia singularidad.

La novela rechaza los relatos tradicionales de integración social. El protagonista no encuentra una reconciliación definitiva con el mundo. La diferencia persiste como una condición permanente de la existencia.

Precisamente por ello la obra posee una extraordinaria relevancia para las lecturas contemporáneas vinculadas a la identidad, la marginalidad y las subjetividades disidentes.


III. El rojo como estructura simbólica

Pocas obras contemporáneas han desarrollado una simbología cromática tan compleja como Autobiografía de Rojo.

El color rojo atraviesa toda la novela.

En términos semióticos, funciona como un significante flotante que adquiere múltiples valores simultáneos:

  • Deseo.
  • Violencia.
  • Vergüenza.
  • Erotismo.
  • Herida.
  • Intensidad emocional.
  • Singularidad ontológica.

Carson evita fijar un significado único.

El rojo opera como una red de asociaciones que se transforma según el contexto narrativo.

Esta estrategia guarda relación con la tradición simbolista europea y con ciertos procedimientos de la poesía moderna inaugurados por Rimbaud.

Sin embargo, Carson introduce una dimensión adicional.

El rojo no solo simboliza algo.

También constituye una forma de percepción.

Gerión mira el mundo a través de su condición roja.

La realidad aparece filtrada por un color que es simultáneamente físico, emocional y metafísico.

Desde esta perspectiva, el rojo se convierte en una categoría del ser.


IV. El deseo y la experiencia de la pérdida

La relación entre Gerión y Heracles constituye el núcleo emocional de la obra.

Sin embargo, Carson se aleja deliberadamente de la tradición romántica.

No hay idealización amorosa.

No hay promesa de plenitud.

El amor aparece como una experiencia de conocimiento y vulnerabilidad.

Heracles representa una fuerza caótica.

Es fascinante porque encarna la intensidad.

Pero también es destructivo porque resulta incapaz de sostener la profundidad emocional que exige el vínculo.

La novela muestra cómo el deseo produce simultáneamente revelación y sufrimiento.

En este sentido, Carson se aproxima a una tradición que podría remontarse a Platón y alcanzar autores modernos como Roland Barthes.

El amor no es presentado como una posesión.

Es presentado como una herida epistemológica.

Amar significa descubrir algo esencial sobre uno mismo.

Pero ese descubrimiento suele estar acompañado por la pérdida.

Por ello gran parte de la novela puede leerse como una meditación sobre el duelo.

No sobre la muerte física.

Sino sobre la desaparición de una relación que organizaba el sentido del mundo.


V. Fotografía, memoria y representación

La pasión de Gerión por la fotografía constituye otro de los ejes fundamentales del texto.

Desde una perspectiva académica, la fotografía funciona como una metáfora de la creación artística.

Fotografiar implica:

  • Seleccionar.
  • Encuadrar.
  • Excluir.
  • Interpretar.

La fotografía nunca reproduce la realidad de manera neutra.

Construye una versión de ella.

Lo mismo ocurre con la memoria.

La novela sugiere que recordar es un acto creativo antes que una recuperación objetiva del pasado.

Se advierten aquí claras afinidades con las reflexiones de Walter Benjamin y Roland Barthes sobre la imagen fotográfica.

Gerión utiliza la cámara para capturar aquello que se desvanece.

Pero cada imagen también confirma la imposibilidad de preservar plenamente la experiencia.

La fotografía revela una paradoja central de la novela:

cuanto más intentamos conservar algo, más conscientes nos volvemos de su fragilidad.


VI. La poética del fragmento

Formalmente, Autobiografía de Rojo desafía las categorías tradicionales de la novela.

La narración se construye mediante fragmentos.

Las transiciones son abruptas.

Las elipsis son constantes.

Las imágenes adquieren más importancia que la causalidad narrativa.

Este procedimiento responde a una concepción moderna de la experiencia.

El sujeto contemporáneo no vive el mundo como una narración coherente.

Lo vive como una sucesión de momentos dispersos.

Carson traslada esta condición a la estructura del texto.

La discontinuidad formal reproduce la discontinuidad de la conciencia.

El lector debe participar activamente en la construcción del significado.

La novela no ofrece interpretaciones cerradas.

Exige un trabajo hermenéutico constante.

Desde una perspectiva crítica, esta característica puede considerarse simultáneamente una virtud y una limitación.

Virtud porque genera una enorme densidad poética.

Limitación porque dificulta la accesibilidad para lectores habituados a formas narrativas más convencionales.


VII. La monstruosidad como categoría ética

La cuestión central de la novela no es qué significa ser un monstruo.

La verdadera pregunta es quién tiene el poder de definir la monstruosidad.

Carson subvierte radicalmente la tradición occidental.

Gerión posee alas, color rojo y atributos extraordinarios.

Sin embargo, es el personaje más humano del relato.

Por el contrario, las formas de crueldad emocional que aparecen en la novela son ejercidas por sujetos aparentemente normales.

La obra desmonta así una oposición clásica:

monstruo versus humano.

El monstruo deja de ser una anomalía biológica.

Pasa a representar la experiencia universal de sentirse excluido.

En esta dimensión ética reside buena parte de la potencia política del texto.

La diferencia no aparece como defecto.

Aparece como una forma legítima de existencia.


VIII. Lenguaje, eros y conocimiento

En toda la obra de Carson existe una estrecha relación entre deseo y lenguaje.

Autobiografía de Rojo no constituye una excepción.

Los personajes intentan comprender aquello que sienten mediante palabras, imágenes y relatos.

Sin embargo, el lenguaje nunca resulta suficiente.

Hay siempre un exceso de experiencia que escapa a la representación.

Esta tensión recuerda una de las preocupaciones fundamentales de la tradición filosófica occidental:

la distancia irreductible entre realidad y discurso.

Para Carson, la poesía surge precisamente en ese espacio de insuficiencia.

La imagen poética no explica.

Sugiere.

No resuelve.

Intensifica.

Por ello la novela alcanza momentos de enorme densidad lírica en los que la emoción emerge más de la metáfora que de la descripción psicológica.


Conclusión

Autobiografía de Rojo es una obra excepcional porque logra articular tres dimensiones que rara vez conviven con semejante equilibrio: la erudición clásica, la experimentación formal y la intensidad emocional.

La novela transforma un mito arcaico en una exploración contemporánea de la identidad, el deseo, la memoria y la diferencia. A través de Gerión, Carson cuestiona los discursos heroicos tradicionales y devuelve la voz a quien había sido reducido durante siglos a la condición de monstruo derrotado.

Su importancia radica no solo en la originalidad de su propuesta estética, sino también en la profundidad de sus interrogantes filosóficos: ¿quién decide qué es un monstruo?, ¿cómo construimos nuestra identidad a partir de las heridas?, ¿puede el lenguaje capturar la experiencia amorosa?, ¿es posible habitar la diferencia sin negarla?

En última instancia, Autobiografía de Rojo es una novela sobre la conciencia de ser otro. Y precisamente por ello, paradójicamente, se convierte en una de las representaciones más universales de la experiencia humana en la literatura de finales del siglo XX.

Valoración académica: 10/10.
No solo es una de las obras maestras de Anne Carson, sino uno de los textos fundamentales para comprender la convergencia contemporánea entre mito, poesía y subjetividad. Su lectura admite enfoques desde la filología clásica, la teoría queer, la filosofía de la alteridad, la semiótica y la crítica posmoderna, lo que explica su influencia duradera en los estudios literarios actuales.

domingo, 11 de octubre de 2026

ANNE CARSON DÍA 3. LA RUTINA DE ALBERTINE.

 


La Rutina Albertine

Anne Carson no deja de sorprendernos por su síntesis y su agudo sentido del humor. En 59 párrafos con sus apéndices nos habla de Albertine, principal personaje de Proust en En busca del tiempo perdido. En esta «rutina de ejercicios» la autora estira y afloja sus ideas de forma tal que nos conduce a sus siempre sutiles preguntas sobre aquello que dice la literatura mayor. Pero la pregunta no es sólo sobre Albertine sino sobre lo que cada autor dice cuando habla de asuntos como la sexualidad, la muerte, el pasado, la memoria, el recuerdo… preocupaciones de las grandes voces de la literatura que en Carson cobran una lucidez insospechada pues somete a examen y pone en tela de juicio lo que solemos aceptar como dogma. En Carson, este tipo de creencia se vuelve ironía pura, imaginación, pasmo, médula de lo que el ser humano puede llegar a ser al dejar en evidencia lo que de él hace la posesión, la manipulación y el engaño que subyacen en la rutina de los ejercicios. He aquí un acercamiento cabal y seductor a la obra de Proust.

***

Albertine. Rutina de ejercicios (The Albertine Workout) de Anne Carson es una obra inclasificable: ensayo literario, cuaderno de notas, comentario crítico y artefacto poético a la vez. En ella, Carson organiza 59 breves apartados para reflexionar sobre Albertine, uno de los personajes más enigmáticos de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. [emea.vasoroto.com], [enclavedelibros.com]

Claves de lectura

1. Albertine como misterio narrativo

Carson parte de una observación fundamental: Albertine es quizá el personaje más observado, vigilado y analizado por el narrador de Proust, pero también uno de los menos conocidos. Cuanto más intenta poseerla el narrador, menos logra comprenderla.

La paradoja central es esta:

Conocer a alguien no equivale a poseerlo, y poseerlo tampoco equivale a conocerlo.

Albertine permanece siempre parcialmente inaccesible. Su identidad se construye a partir de sospechas, celos, silencios y proyecciones masculinas.

2. La crítica al deseo posesivo

Uno de los temas dominantes del libro es el vínculo entre amor y control.

Carson observa cómo el narrador proustiano transforma el amor en una forma de vigilancia. Albertine es encerrada, seguida, interrogada y convertida en objeto de obsesión. El deseo aparece ligado a la necesidad de dominar aquello que se ama.

Desde una lectura contemporánea, Carson muestra los mecanismos de:

  • posesión afectiva,
  • manipulación emocional,
  • construcción imaginaria del otro,
  • celos como forma de ficción.

3. La sexualidad como zona de incertidumbre

La posible homosexualidad de Albertine ocupa un lugar central tanto en Proust como en Carson.

Sin embargo, Carson evita resolver el enigma. Le interesa más la duda que la respuesta.

La pregunta no es:

"¿Quién era realmente Albertine?"

sino:

"¿Por qué el narrador necesita saberlo?"

Así, la sexualidad se convierte en una reflexión sobre el deseo de clasificar, definir y apropiarse de la identidad ajena.

4. Forma fragmentaria

La estructura del libro es esencial.

Los 59 fragmentos funcionan como ejercicios de pensamiento más que como capítulos tradicionales. Carson no desarrolla una tesis lineal; avanza mediante:

  • aforismos,
  • observaciones,
  • asociaciones,
  • humor intelectual,
  • comentarios filológicos.

Este método recuerda el funcionamiento de la memoria proustiana: fragmentaria, indirecta y siempre incompleta.

5. El humor de Carson

Aunque aborda temas complejos, Carson introduce constantemente ironía.

Su mirada desmonta la solemnidad académica. A veces parece una investigadora rigurosa; otras, una lectora divertida que señala contradicciones absurdas en la novela de Proust.

Ese humor cumple una función crítica:

  • desacraliza los clásicos;
  • muestra que toda interpretación es provisional;
  • convierte la lectura en una actividad viva.

6. La ausencia como núcleo de la obra

Albertine adquiere mayor importancia precisamente cuando desaparece.

Esta intuición conecta a Carson con una preocupación recurrente de toda su obra: la relación entre deseo y pérdida.

Lo amado se vuelve más intenso cuando falta.

Por eso Albertine es menos una persona que una figura de la ausencia, una presencia construida por la memoria y la imaginación.


Interpretación profunda

Puede afirmarse que Carson utiliza a Albertine para hablar no solo de Proust, sino también de la propia literatura. [emea.vasoroto.com], [enclavedelibros.com]

Albertine representa todo aquello que la escritura intenta capturar sin conseguirlo jamás:

  • el pasado,
  • el deseo,
  • la identidad,
  • la muerte,
  • la memoria.

La literatura aparece como una persecución interminable de algo que siempre se escapa.


Valor literario

La grandeza de Albertine. Rutina de ejercicios reside en que no explica a Proust de forma convencional. Más bien lo interroga, lo desmonta y lo vuelve a ensamblar. Carson convierte la crítica literaria en una forma de creación artística.

Para un lector interesado en la literatura como misterio, la obra puede leerse como una lección magistral sobre una idea central:

Nunca conocemos completamente a las personas que amamos; conocemos las historias que construimos sobre ellas.

Y Albertine, en la lectura de Carson, es precisamente esa historia imposible de concluir.

Dr: Enrico Pugliatti y Méndez - Limbrick.

viernes, 9 de octubre de 2026

ANNE CARSON PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2026. UNA SEMANA COMPLETA CON ANNE CARSON. DÍA 1-

 


Por el Dr: Enrico Pugliatti y Méndez Limbrick.

Anne Carson, poeta canadiense nacida en Toronto en 1950, acaba de recibir el Premio Nobel de Literatura 2026 por una obra audaz que entrelaza la tradición clásica con formas contemporáneas. Su perfil combina erudición filológica y experimentación poética, convirtiéndola en una de las voces más singulares de la literatura actual. El blog El laberinto del verdugo dedicará una semana completa a comentar siete de sus obras, una por día.

Semblanza literaria de Anne Carson

  • Nacimiento y formación: Toronto, 1950. Estudió clásicos en la Universidad de Toronto y en St. Andrews, especializándose en métrica griega.

  • Trayectoria académica: Profesora en universidades como Princeton, Michigan y McGill. Desde 2022 es ciudadana islandesa.

  • Estilo y aportes: Su obra se caracteriza por la mezcla de géneros —poesía, ensayo, traducción, narrativa— y por un diálogo constante con la tradición grecolatina. La etimología y el mito son puntos de partida para explorar deseo, pérdida, identidad y memoria.

  • Reconocimientos: Además del Nobel, ha recibido el Griffin Poetry Prize, el Premio Princesa de Asturias y el PEN/Nabokov Award.

Perfil biográfico

  • Vida personal: Hija de un banquero y una ama de casa, creció en pequeños pueblos canadienses. Su interés por el griego clásico nació gracias a un profesor de secundaria.

  • Obra destacada:

    • Eros the Bittersweet (1986): ensayo fundacional sobre el deseo en la poesía griega.

    • Autobiography of Red (1998): novela en verso que reimagina el mito de Gerión como un relato contemporáneo de identidad y amor.

    • The Beauty of the Husband (2001): ensayo narrativo en 29 tangos.

    • Nox (2010): elegía experimental en forma de caja-libro.

    • Traducciones de Safo (If Not, Winter, 2002) y tragedias de Sófocles y Eurípides.

Programa del blog El laberinto del verdugo

Durante siete días consecutivos se comentará una obra distinta de Carson, ofreciendo análisis crítico y literario:

  1. Día 1: Norma Jeane Baker De Troya

    La lucidez y erudición de Anne Carson nos llevan a navegar hacia un puerto en el que no sabemos si es la muerte misma la que nos espera o si es una niña violada o el infierno o una madre en su más ahogada desesperación. La palabra que no está sustentada en un texto tramado desde su raíz etimológica no tiene sentido en la concepción literaria de esta autora.

    Ella nos ha entregado las versiones más frescas y actuales de Safo, Catulo, Eurípides… para presentarnos en este innovador libro a una Helena de Troya, símbolo de la pérdida del sentido, del amor. Carson nos dice que bordamos el tapiz del mundo como ciegos, sumidos en una indiferencia lacerante que atropella otras vidas sin siquiera darnos cuenta.

    En nueve lecciones de historia, con sus concomitantes enseñanzas, la poeta desarrolla un pensamiento por asociaciones que entrega al lector con su usual dejo de ironía, y una indignación punzante. Muestra que hemos puesto en la guerra una obtusa forma de obtener la gloria, eso que llamamos poder, posesión, mancha, sangre, ceguera. Vivimos en la oscuridad navegando hacia la orilla donde se libra una guerra que no sabemos cómo se inició. Al hacerlo, obnubilamos el otro lado del dolor, es decir, la altísima belleza que todo dolor trascendido alcanza.Anne Carson nos entrega no sólo una parodia que muestra un sentido ético y estético en su más elevada dimensión. La Guerra de Troya es el pretexto para urdir el texto, para bordarlo, abordarlo desde el origen de la palabra guerra y sus derivados: pelea, combate, batalla, lanza, muerte, violación, crimen, abandono, sinsentido, deshumanización, todo acto que navega en contra de lo que debería ser el último fin de nuestra existencia. No hemos sabido escuchar, no hemos sabido descifrar ni mucho menos cuestionarnos.

Anne Carson representa la unión de la filología y la poesía en un corpus que desafía las fronteras del género. Su Nobel confirma la vigencia de la tradición clásica en diálogo con la modernidad. La semana de reseñas en El laberinto del verdugo permitirá explorar la riqueza de su obra desde múltiples ángulos, ofreciendo al lector un recorrido integral por una autora que ha reinventado la literatura contemporánea.

domingo, 13 de mayo de 2012

(Pearl Sydenstricker Buck, Hillsboro, 1892 - Danby, 1973)


(Pearl Sydenstricker Buck, Hillsboro, 1892 - Danby, 1973) Novelista estadounidense que pasó la mayor parte de su vida en China y cuya obra, influida por las sagas y la cultura oriental, buscaba educar a sus lectores. Recibió el premio Nobel en 1938. Hija de unos misioneros presbiterianos, vivió en Asia hasta 1933.

Su primera novela fue Viento del este, viento del oeste (1930), a la que siguió La buena tierra (1931), ambientada en la China de la década de 1920 y que tuvo gran éxito de crítica, recibiendo por ella el premio Pulitzer. Es un relato epopéyico de grandes relieves y detalles vívidos acerca de las costumbres chinas, está considerada, en esa vertiente, como una de las obras maestras del siglo.

La buena tierra forma la primera parte de una trilogía completada con Hijos (1932) y Una casa dividida (1935), que desarrollarían el tema costumbrista chino a través de sus tres arquetipos sociales: el campesino, el guerrero y el estudiante. Por la trilogía desfilan comerciantes, revolucionarios, cortesanas y campesinos, que configuran un ambiente variopinto alrededor de la familia Wang Lung. Se narra la laboriosa ascensión de la familia hasta su declive final, desde los problemas del ahorro económico y las tierras hasta la aparición de la riqueza y de conductas y sentimientos burgueses.

En 1934 publicó La madre, y en 1942 La estirpe del dragón, otra epopeya al estilo de La buena tierra donde apoyó la lucha de los chinos contra el imperialismo japonés, en un relato que parte de una familia campesina que vive cerca de Nankín. También escribió numerosos cuentos, reunidos bajo el título La primera esposa, que describen las grandes transformaciones en la vida de su país de residencia. Los temas fundamentales de los cuentos fueron la contradicción entre la China tradicional y la nueva generación, y el mundo enérgico de los jóvenes revolucionarios comunistas.

En 1938 publicó su primera novela ambientada en Estados Unidos, Este altivo corazón, a la que le siguió Otros dioses (1940), también con escenario norteamericano, donde trata el tema del culto de los héroes y el papel de las masas en este sentido: el personaje central es un individuo vulgar que por azar del destino comienza a encarnar los valores americanos hasta llegar a la cima.

A través de su libro de ensayos Of Men and Women (1941) continuó explorando la vida norteamericana. El estilo narrativo de Pearl S. Buck, al contrario de la corriente experimentalista de la época, encarnada en James Joyce o Virginia Wolf, es directo, sencillo, pero a la vez con resonancias bíblicas y épicas por la mirada universal que tiende hacia sus temas y personajes, así como por la compasión y el deseo de instruir que subyace a un relato lineal de los acontecimientos.

Entre sus obras posteriores cabe mencionar Los Kennedy (1970) y China tal y como yo la veo, de ese mismo año. Escribió más de 85 libros, que incluyen también teatro, poesía, guiones cinematográficos y literatura para niños.
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La gran dama (Novela).
Nos relata cómo la ambición de una mujer humilde pero decidida, casi sin corazón, la lleva a ser la mas poderosa de su dinastía, pasando por encima incluso de sus propios sentimientos.

Calculadora, manipuladora, casi cruel por momentos, al punto de renunciar a su gran amor a cambio del poder, maneja de tal forma las riendas de su gobierno, de su vida y de la de los demás, que cautiva al lector. Éste llegará al punto de facinarse con esta mujer y quedar prendido desde principio a fin con su personalidad, la cual es muy difícil de olvidar.
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De esta novela se puede leer lo siguiente en sus primeras páginas:

"Annotation


 Esta hermosa novela histórica nos cuenta la vida de la última emperatriz de China, Tzu-Hsi. La protagonista es hija de una familia manchú de clase pobre. Según la costumbre, es llamada al palacio del emperador en la Ciudad Prohibida. Gracias a su belleza y a su inteligencia, el emperador la escoge como concubina. Poco a poco Tzu-Hsi va adquiriendo poder, el cual consolida cuando queda embarazada y da a luz un hijo varón. Al morir el emperador, ella se las arregla para quedar como regente de su pequeño hijo y, debido a que no encuentra en quien confiar para dejarle el gobierno, se queda como emperatriz hasta su muerte. La autora nos describe de manera maravillosa la vida y las costumbres de la China del siglo pasado y de principios de éste. (Pearl S. Buck, la autora, nació en Estados Unidos y pasó su juventud en China, pues sus padres eran misioneros presbiterianos en ese país. Recibió el Premio Nóbel de Literatura en 1938.) Pearl S. BuckIIIIIIIVV
  Pearl S. Buck 

 La Gran Dama 

Título original: IMPERIAL WOMAN Traducción de JUAN G. DE LUACES Portada do J. PALET © Pearl S. Buck. 1960 & Editorial Planeta, 1966 Depósito Legal: B. 12.921 — 1966 Número de Registro: 1.172/66 Difundido por 
 PLAZA & JANÉS S. A. 
 Barcelona: Enrique Granados, 86-88 Buenos Aires: Montevideo, 333 México D. F.: Amazonas. 44 Bogotá: Carrera 8. Núms. 17.-41, Gráficas Guada, S. R. C. — Rosellón. 24 — Barcelona 
 PALABRAS PRELIMINARES 


 Tzu Hsi, la última emperatriz que gobernó en China, era una mujer tan diversa en sus facetas, tan contradictoria en su conducta, tan rica en los múltiples aspectos de su personalidad, que es difícil comprender y definir el conjunto de su carácter. Vivió en un período crítico de la Historia, cuando China luchaba contra las imposiciones ajenas a la vez que se admitía la obvia necesidad de una reforma en sentido moderno. En aquella época Tzu Hsi era conservadora e independiente; implacable en caso necesario. Sus oponentes la temían y la odiaban y procedían de manera más organizada que quienes le profesaban amor. Los escritores occidentales, con muy pocas excepciones, la describen de manera desfavorable e incluso rencorosa. He procurado en este libro traducir a Tzu Hsi lo más exactamente posible, utilizando las fuentes de que todos disponemos, así como recuerdos personales respecto a cómo la consideraban los chinos a quienes conocí en mi niñez y que la miraban solamente como mujer imperial. El bien y el mal se mezclaban en ella, pero alcanzando siempre dimensiones heroicas. Resistió a los cambios modernos tanto tiempo como pudo, porque creía que lo viejo era mejor que lo nuevo. Al comprender que el cambio era inevitable, lo aceptó de buen talante, pero sin modificar sus sentimientos. Sus súbditos la amaban, aunque no todos, ya que los revolucionarios y los impacientes la odiaban tanto como ella los aborrecía. Mas los campesinos y los mo radores de las ciudades pequeñas la reverenciaban. Décadas después de su muerte yo visité poblados de las regiones interiores de China, y hallé que muchas gentes creían que la emperatriz vivía aún y se atemorizaban al tener noticia de su muerte. «¿Quién se cuidará de nosotros ahora?», solían exclamar. Acaso sea éste el juicio más definitivo que cabe formular acerca de un soberano".


viernes, 11 de mayo de 2012

Eugene Gladstone O`Neill (Nueva York, 16 de octubre de 1888 - Boston, 27 de noviembre de 1953)



Eugene Gladstone O`Neill (Nueva York, 16 de octubre de 1888 - Boston, 27 de noviembre de 1953) fue un dramaturgo estadounidense, Premio Nobel de Literatura y cuatro veces (una de ellas de modo póstumo) ganador del Premio Pulitzer.

Más que cualquier otro dramaturgo, O`Neill introdujo un realismo dramático que ya habían iniciado Antón Chéjov, Henrik Ibsen, y August Strindberg en el teatro estadounidense. En general, sus obras cuentan con personajes que viven en los márgenes de la sociedad, y que luchan por mantener sus esperanzas y aspiraciones, aunque suelen acabar desilusionadas y cayendo en la desesperación. Explora en las partes más sórdidas de la condición humana.

Tras suspender en la Universidad de Princeton, tuvo bastantes empleos precarios. Tuvo un empleo en una oficina de venta por correo, en la compañía de teatro de su padre, se trasladó a Honduras a buscar oro, pasó varios años como marinero, vivió en Buenos Aires y durante ese tiempo sufre una depresión que le empuja al alcoholismo. Como forma de evasión, O`Neill se dedicó a escribir. A la vez que se une a una compañía de teatro de aficionados, los `Provincetown Players`, que representará alguna de sus primeras obras, O`Neill también obtiene un empleo en el New London Telegraph de Connecticut, y escribe sus primeras 7 u 8 obras.

Decide dedicarse a la escritura de obras de teatro a tiempo completo tras su experiencia en el Gaylord Farms Sanatorium, a donde había acudido tras contraer tuberculosis. Durante los años 1910 O`Neill es un habitual en la escena literaria de Greenwich Village, en donde se reúne con muchos amigos radicales entre los que el más famoso es John Reed, fundador del Partido Comunista de los Estados Unidos.

La primera representación de una obra de O`Neill, Más allá del horizonte, en Broadway en 1920 fue un éxito absoluto y le valió a O`Neill obtener el Premio Pulitzer. Sus obras más conocidas son Deseo bajo los olmos, Extraño interludio con el que gana el Pulitzer por tercera vez, A Electra le sienta bien el luto, en donde se nota la influencia del drama griego, El gran Dios Brown, en donde un poeta y un racionalista se enfrentan, y su única comedia Tierras vírgenes, una melancólica reescritura de la infancia que hubiera deseado tener. En 1936, obtiene el Premio Nobel de Literatura.

Tras una pausa de casi una década, O`Neill escribe la obra Llega el hombre de hielo en 1946. El año siguiente Una luna para el bastardo es un fracaso, sólo será vista como su mejor obra diez años más tarde.
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RESEÑA:
“Deseo bajo los olmos” es un drama divido en tres partes, que están a su vez subdivididas en cuatro escenas cada una. Explora de manera profunda y simple la angustia de la desilusión y la sensación de sentirse débiles ante una fuerza totalitaria y opresora. O’Neill introduce personajes vividos, con existencias opacas y rutinarias. Los carga de sueños que en algún momento están prontos a cumplirse, pero que luego derrumba con la simpleza de la vida, construyendo una ola de desdicha y desesperanza que rodea el ambiente. La historia no parece tener un final, porque todo lo propuesto por el protagonista queda inconcluso o fracasado. Más bien se parece a un retazo de la vida de personas comunes, con dramas personales en los que nadie parece fijarse nunca. Está escrito con un lenguaje simple y poético, en algunos casos crudo, que da mayor fuerza al ambiente rural de la Nueva Inglaterra.
“Deseo bajo los olmos” es un soplo huracanado de pasión que cruza el escenario. Es el drama de la posesión, la posesión de la tierra y de la mujer, en que un poderoso sentimiento panteísta parece envolverlo y oprimirlo todo. Un viejo, su tierra, sus dos hijos y una prostituta – Abbie – uno de los tipos femeninos mejor logrados del poeta, es la mujer artera y apasionada, capaz de lograrlo todo en defensa de su instinto. La acción transcurre en un lugar no localizado, inconcreto, en una casa aislada del mundo donde viven unos personajes apartados de la sociedad y de ellos mismos. Viven en una casa levantada sobre cenizas y transitada por un aire irrespirable que sólo mueve las ramas de unos olmos milenarios, olmos que parecieran más vivos que sus propios dueños.
Fuente: NN.

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SEGUNDA NOTA BIOGRÁFICA.


El dramaturgo norteamericano Eugene O’Neill

 EL PREMIO NOBEL DE LITERATURA DE 1936

El Premio Nobel de Literatura de 1936 fue concedido a Eugene O'Neill «por el vigor, la honestidad y la emoción, honda y sentida, de su obra dramática, en la que cobra expresión una original concepción de la tragedia».

Uno de los fenómenos más interesantes en el panorama de la literatura contemporánea es el de la aparición, en la segunda década del siglo, de un teatro nacional norteamericano. De este teatro, cuya brillante constelación incluye, entre otros muchos, nombres tan relevantes dentro de la escena contemporánea como los de Marc Connelly y Thornton Wilder, William Saroyan y Tennessee Williams, Arthur Miller y Robert Sherwood, es a un tiempo promotor reconocido, arquetipo permanente y estrella de magnitud máxima O'Neill. A sus cuarenta y ocho años
—edad excepcionalmente temprana entre las de los beneficiarios del premio— llevaba ya estrenados un par de docenas de dramas, algunos de los cuales son unánimemente considerados piezas fundamentales de la dramaturgia universal moderna.

Por si estos dos méritos incuestionables —valor sustantivo de la obra, fecundidad de sus consecuencias— no bastasen, aún venía a agregárseles un tercero, no menos estimable a los ojos de la Academia sueca: su estirpe intelectual. Estética e ideológicamente, el padre del teatro norteamericano es hijo del pensamiento europeo: en lo estilístico, puede considerársele un epígono de Strindberg; en lo conceptual, uno de los muchos corolarios de Freud. Ahora bien: por una ironía de las circunstancias, precisamente Freud, cuya candidatura había sido propuesta por Romain Rolland, era el más caracterizado de sus rivales en la elección. En cuanto a Strindberg, muerto hacía tiempo sin haber recibido el premio que clamorosamente reclamaran para él sus compatriotas, es uno de los escasos escritores cuya exclusión de la nómina de laureados haya reconocido inicua la propia Comisión Nobel. La concesión del galardón a O'Neill venía así a resultar un triple acto de justicia: efectiva para el favorecido; simbólica para su rival; reparadora para la víctima del antiguo desafuero. La acumulación de todos estos factores determinó que fuera ésta una de las raras ocasiones en que la Academia suscribió en pleno el nombramiento.

O'Neill, sometido a una cura de reposo cuando le fue otorgado el premio, no pudo acudir a recogerlo personalmente en el solemne acto académico que, según costumbre, se celebró en Estocolmo, pero envió unas cuartillas de agradecimiento que, en su nombre, leyó el encargado de Negocios de su país en Suecia, James E. Brown. En ellas reivindica el honor que se le confería para todos los compatriotas participantes en el empeño de crear un teatro nacional digno del europeo —«considero que esta distinción viene a honrar no sólo mi obra, sino la de todos mis colegas americanos, así como a sancionar la mayoría de edad de nuestro teatro»— y declara noble y calurosamente la decisiva influencia recibida de Strindberg: «Fue al leer sus dramas cuando, en el invierno de 1913 a 1914, decidí ponerme a escribir; fue él quien me deparó la visión de lo que el drama moderno podía ser y quien me dio el impulso que me inició como autor teatral. Si algo de valor duradero hay en mi obra, se debe a ese impulso, que desde entonces nunca ha dejado de constituir mi acicate y mi fuente de inspiración, traducido en el ambicioso afán de seguir las huellas de su genio hasta donde mí talento me lo permita. Tengo a orgullo proclamar esta deuda con Strindberg y es una satisfacción reconocerla ante su pueblo. Para mí sigue siendo, en su esfera, el maestro..., mucho más moderno que nosotros, que todavía no hemos pasado de discípulos suyos.»

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«La búsqueda de una expresión dramática propia ha hecho pasar a O'Neill por toda clase de ensayos, acaso con la única excepción del teatro social militante que estuvo en boga hacia 1930, y aun este género debe mucho a sus experiencias en el campo del realismo», escribe John Gassner. Las diez obras dramáticas recogidas en el presente volumen ofrecen una panorámica muy representativa de las sucesivas etapas de ese inquieto desarrollo para evidenciar el cual la ordenación de aquéllas se ha efectuado con un criterio cronológico. Más allá del horizonte es la primera obra larga de O'Neill y la que le consagró como dramaturgo profesional, tras los ejercicios escénicos preliminares en un acto escritos para compañías de aficionados. Con Anna Christie (acaso de toda su producción posterior lo más afín en espíritu y en tratamiento teatral a esas primeras piezas juveniles), Distinto y El primer hombre, puede adscribirse al que suele designarse «ciclo realista» inicial, aunque quizá fuera más correcto denominarle «naturalista». En Oro, en cambio, aunque perteneciente al mismo período, son más insistentes las resonancias románticas, mientras que en Deseo bajo los olmos, por la monumental simplicidad de su estructura y de su tema —el instinto de posesión—, el paradigma inequívoco es la tragedia clásica. La indagación de ¡as raíces subconscientes de este mismo instinto a la luz del moderno psicoanálisis, en un cuadro mucho más complejo y sutil de relaciones intersexuales, tiene su expresión en Íntimamente unidos. Los millones de Marco Polo es una de las muestras de la vena humorística, tan raramente cultivada, del autor, un scherzo satírico contra el agresivo utilitarismo occidental en contraste con la sabiduría y la refinada sensibilidad de Oriente. En El gran dios Brown y en Días sin fin se lleva a planteamientos extremos el problema de la escisión de la personalidad, recurriendo al empleo de máscaras e incluso de personajes complementarios para dar todo su dramatismo a la angustia íntima de las almas, en conflicto consigo mismas o con Dios. Ambas obras pueden valer como ejemplos de la manera que los críticos han calificado «simbólica» o «místico—alegórica», y a la que el propio autor caracterizó con más precisión, al hablar de «esa especie de supranaturalismo que nos permite dar expresión escénica a la obsesión por nosotros mismos, obsesión que sólo intuitivamente comprendemos y que viene a ser como los intereses que el hombre moderno ha de pagar por el empréstito de la vida».

Deseo bajo los olmos, El gran dios Brown y Los millones de Marco Polo pertenecen al grupo de obras que, según O’Neill, integran lo más acabado de su producción; Más allá del horizonte y Anna Christie (como luego Extraño interludio) depararon a su autor sendos Premios Pulitzer, la más alta recompensa literaria que se otorga en los Estados Unidos.

 Prólogo de León Mirlas  a “O’Neill. Teatro Escogido” de la Biblioteca Premios Nóbel de Editorial Aguilar. Segunda Edición – 1963.



O'NEILL Y SU SENTIMIENTO TRÁGICO DE LA VIDA
O'Neill, uno de los dramaturgos más representativos de nuestro tiempo, hito en que confluyen el ayer y el mañana del teatro contemporáneo, figura entre los artistas que más merecidamente concitan la atención del público. Todo ejerce en sus obras una extraña fascinación: su fatalismo, su lenguaje de desgreñada belleza, sus sugestivas imágenes en que alterna la violencia con la melancolía, sus caídas en el misticismo —que chocan inesperadamente con un escepticismo brutal y despiadado—, su omnipresente ternura, sus personajes desventurados y en pugna con su propia inferioridad y su destino.

Salvo alguna evasión hacia un humor sardónico, O'Neill es un trágico. Tiene, como pocos, el sentido esquiliano de la vida. Sólo excepcionalmente escribe una comedia riente —¡Ah soledad!— o una sátira —Los millones de Marco Polo——, que iluminan como un relámpago risueño su mundo sombrío y lacerante. Para él, la vida es un espectáculo trágico en que es forzoso aceptarlo todo, recibir todas las cartas: tal es la regla del juego. El amor, el odio, la traición, la deformidad espiritual, la codicia, son en su teatro los elementos de una concepción patética del mundo. Entre sus meandros sombríos, entre sus sinuosidades siniestras, surge el lirismo de una voz pura, el canto de la esperanza, el faro de una ilusión. O'Neill ama a sus agonistas y se compadece de ellos: lo mismo cuando se trata del mediocre y mezquino Billy Brown que del apasionado Dion Anthony. No tiene predilección por los santos, los puros, los hermosos; casi diríamos que prefiere a los desdichados, a los míseros, hasta a los canallas, porque sabe que necesitan más amor, que son viles porque alguna vez les hizo falta amor y no lo tuvieron.

Esa ternura inmanente es la tónica profunda y confortante que alienta en el teatro de O'Neill y le da tan peculiar seducción. Cuando la Emma Crosby de Distinto se debate en el laberinto del sexo y concluye por extraviarse, ese acento tierno y compasivo se percibe en cada una de sus frases doloridas; cuando Jim Harris clama por un poco de comprensión para evadirse de la jaula oprimente de su piel, O'Neill le tiende la mano cordial que le niega Ella Downey; cuando Anna Christie intenta rescatar su alma de una vida abyecta, encuentra piedad y aun amor. O'Neill no le niega a nadie ese consuelo: hasta dice, en una de sus obras: «Hacen falta muchas clases de amor para hacer un mundo.»

Las pasiones desbordan y trepidan en las piezas del ilustre dramaturgo norteamericano
—véase Deseo bajo los olmos, Electra, Extraño interludio—, pero jamás llega a los excesos del expresionismo de Hasenclever o de Wedekind ni al realismo descarnado y brutal de Strindberg. Dibuja a sus personajes con una fuerza avasalladora —Yank, Nina Leeds, Ephraim Cabot— y plantea sus situaciones con tanto vigor que sugiere una lucha sin cuartel; pero tiene un singular instinto del equilibrio expresivo. Sus entes podrán matar, movidos por el odio o el amor o el despecho, pero jamás gozan sádicamente de su acto. No se arrepienten de una manera cristiana, como los personajes de Tolstoi o de Dostoyevski, no buscan un desahogo en la expiación y la contrición pública, pero tampoco alardean de su actitud. Obran con naturalidad, con la naturalidad con que devoran o se ayuntan las bestias, con esa diáfana simplicidad propia del instinto no deformado por el cálculo, el interés, ese balance de ganancias y pérdidas tan propio de muchos personajes del teatro universal al decidirse a obrar. Abbie reconoce que habrá de pagar su pecado, pero no se arrepiente de él. En otra escena de Deseo bajo los olmos, Eben, refiriéndose a sus amores con Min y aludiendo a sus hermanos, dice: «¡Mi pecado es tan hermoso como el de cualquiera de ellos!» La idea del pecado aletea a menudo en el teatro de O'Neill, pero el dramaturgo no la acepta. Amante de la vida, la considera siempre emocionante, hermosa, poética. Donde se responda a su llamada, para él no hay pecado y los instintos en libertad tienen la belleza de su inocencia.

En todo su teatro sobrevuela, como un pájaro agorero y siniestro, la idea de la fatalidad: todo está predeterminado. Pero el soplo de lo inevitable no es allí un determinismo artificioso e impuesto, sino que deriva de la línea psicológica de sus personajes. Yank concluye como concluye, debe terminar así, porque Yank es la fuerza irresponsable y ciega; Jones, al pisar el linde de la selva, es señalado por la muerte y no se salvará por más que se esfuerce; desde que aparece Abbie, Eben está perdido, porque Abbie es como es y él es como es.

Se trata, pues, de un mero reconocimiento de lo que contienen en potencia los personajes. Para O'Neill no existen el bien y el mal, como tampoco la belleza y la deformidad. Los hombres son como son, la vida es así, todo sólo es hermoso y fuerte cuando es natural, cuando está librado a sus instintos, cuando no desvirtúa su raíz, su esencia. Sólo fulmina su anatema contra el que desnaturaliza su yo, el que repudia su propia vida —como Billy Brown—, y exige la lealtad a la naturaleza, al sexo, a la especie. En otro plano, se encontraría con D. H. Lawrence. Pero O'Neill sólo es un adepto a la Naturaleza, no su fanático, como el autor de El amante de lady Chatterley.

Durante la trayectoria fatalista y predeterminada de sus personajes, a diferencia de lo que suele suceder en el teatro de Lenormand —Mixture, Le temps est un songe, L'homme et ses fantómes—, donde se advierte al dramaturgo empujando a sus entes hacia el desenlace forzoso y de rigurosa causalidad, para probar prácticamente la viabilidad de alguna teoría de Freud, de Marañón o del propio Lenormand, no se advierte la mano del autor. Los personajes obran con una libertad condicionada y son víctimas, desde el primer momento, de un desequilibrio psíquico o una desarmonía con el medio.

La temática de O'Neill es amplísima, ya que le atraen irresistiblemente todos los grandes problemas que desasosiegan el alma del hombre: la concepción, la muerte, la fugacidad del tránsito humano por el mundo, la doble carátula enigmática del amor, la incomprensión que existe entre los hombres, la estéril lucha de los apetitos, la creación y la necesidad de realizarse. Vagabundean por los sinuosos caminos de su teatro los artistas fracasados, los mediocres, los puros, los abyectos, les deformes, los angélicos y los que, siguiendo el consejo de Baudelaire, viven siempre ebrios de algo. Este concepto de la ebriedad reviste importancia: los agonistas de O'Neill procuran olvidar que necesitan alguna cosa, ya sea un afecto, la posibilidad de ser alguien o, simplemente, un lugar bajo el sol. Beben o se embriagan con lo que está a su alcance porque son disconformistas. Quieren ser algo más: evadirse de su piel, como Jim Harris, o de su bestialidad e ignorancia, como Yank; disfrutar de la vida en todo su frenesí, aunque sea detrás de una máscara, como Dion Anthony; ser puros, como Anna Christie; ser propietarios de algo, como Eben y Abbie. Pero quizá el tema favorito de O'Neill sea el de la personalidad: la personalidad desintegrada y lacerada de El gran dios Brown, el presentimiento de la personalidad en El mono velludo, la personalidad humillada en Anna Christie, la personalidad que intenta realizarse en Todos los hijos de Dios tienen alas. Este tema ronda obsesivamente sus dramas y ello es natural, ya que ha inquietado con su enigmático planteamiento a muchos grandes artistas, de Shakespeare a Pirandello, de Goethe a Unamuno.

Así como O'Neill tiene su temática propia, su coto de caza donde captura grandes presas del alma, así también se ha forjado su método propio. Fue a buscarlo a la antigüedad helénica, pero para adaptarlo a sus modalidades, a sus necesidades expresivas. Su mayéutica, su sistema socrático de arrancar la verdad profunda a sus criaturas, es la llamada «gimnasia de desenmascarar», que preconiza como un recurso eficaz para vencer las limitaciones realistas de la escena, los convencionalismos del teatro contra los cuales luchó durante toda su vida. Muchos de sus personajes usan máscaras, y éstas suelen alcanzar las dimensiones de un verdadero personaje.

¿Qué máscaras son éstas? ¿Tienen algún parentesco con las rígidas de la tragedia griega? En absoluto. Para O'Neill, superan su condición de recurso material a fin de trocarse en símbolo y en muralla conceptual que separa a los personajes, subrayando la incomunicación existente entre sus espíritus. No pretenden, pues, inspirar repulsión o piedad o terror, para llegar a una catarsis purificadora, como en la tragedia helénica, sino que encarnan la instintiva defensa del hombre frente a la vida, la evasión del yo hostilizado por el medio, la protección de nuestra intimidad, la contradicción entre el pensamiento y la acción, entre la esencia y la apariencia. Dion Anthony, acobardado al ver que su novia le teme y desconoce cuando pretende confesarle su verdadera identidad, se pone la máscara y ya no se la quita hasta que muere; la débil y encantadora Margarita de El gran dios Brown la usa para protegerse del mundo; cuando Yank, en El mono velludo, empieza a pensar y establece así una valla infranqueable, un verdadero abismo entre los demás personajes y él, éstos cubren sus rostros con sendas máscaras.

Naturalmente, para usarlas O'Neill confía en que el espectador acepte el convencionalismo de que los personajes se desconozcan —o reconozcan— al ponerse o quitarse las máscaras. Pero tanto da. A fin de cuentas, todo es convención en el juego del teatro. El espectáculo dramático, por definición, por esencia, pretende engañar. Si no logra ese objetivo, no interesa, defrauda. Da ilusión, brinda mentiras, aunque entre esas mentiras sobrenade la verdad. Si el espectador es capaz de aceptar el convencionalismo inicial de que los actores no le ven, de que juegan su extraña impostura en un lejano mundo de ficción, nada tiene de particular que admita una mentira más.

Las máscaras son simplemente uno de tantos recursos audaces a que apela O'Neill para ejecutar sus planes dramáticos. También utiliza con notable precisión y eficacia el aparte, al desdoblar las frases de los personajes de Extraño interludio, en lo que se piensa y lo que se dice, y cuando presenta así el fluir de los pensamientos con la incoherencia aparente propia de la realidad. Este monologar deliberadamente arbitrario de sus personajes, toda una técnica novelística moderna, está grávido de asociaciones ocultas. Evoca a Joyce, a Freud y a Jung en la inconexión de las imágenes y el encadenamiento de los recuerdos. O'Neill usa además con gran vigor el monólogo en El emperador Jones y en Antes del desayuno, y desdobla en el tiempo a su personaje John Loving en Días sin fin: John es el protagonista del drama, el hombre vivo y actuante cuya alma ha muerto durante una grave crisis psicológica, y Loving, quien permanece siempre en segundo plano y con el rostro cubierto por una máscara, es el alma muerta y maldita de John. Otro atrevido recurso teatral de O'Neill para subrayar escénicamente la tensión permanente del «misterio dialéctico» que es esta curiosa obra, donde se entabla un apasionado debate metafísico, una controversia de las fuerzas del alma.

Si la temática y los recursos teatrales de O'Neill son audaces, su galería de personajes acusa una variedad sorprendente. Se codean en ella el pasional Darrell con el utilitario Marco Polo, el primitivo Yank con Dion Anthony, el artista; la neurótica Emma Crosby con el obsesionado Parritt, delator de su madre. Personajes disímiles, opuestos, todos ellos; el patético Hickey de Viene el heladero y el desconcertante Tyrone de Una luna para el bastardo, y Robert Mayo y Alfred Rowland y Eben y Ephraim Cabot, todos son facetas de la personalidad versátil, contradictoria, enigmática y, sin embargo, de una unidad asombrosa, de Eugene O'Neill. En ese mundo de la fatalidad y señalado por la tragedia, en ese ámbito o'neillano en que las almas de los condenados giran en una zarabanda infernal, como en un círculo dantesco, todos se conocen, todos están unidos por una angustiosa coyunda. Allí, ni el fracaso ni el desencanto ni la mediocridad o la abulia o el desenfreno o la pasión culpable son un estigma. Se ama, se fracasa y aun se mata como un azar más del juego vital, como un elemento inevitable en la mecánica del mundo. Diríase que todos son hermanos, los débiles y los fuertes, los inocentes y los malditos, los audaces y los tímidos; todos están ligados por una extraña sangre, por una levadura de amor y de sueños lapidados.

O'Neill traza magistralmente los caracteres, sostiene con firmeza su línea estructural hasta el fin y lleva sus procesos hasta las últimas consecuencias. Si Emma Crosby rechaza a su novio Caleb a causa de una insólita pretensión de pureza sexual, pagará su error haciendo el ridículo al perseguir a un jovencito holgazán; la avidez de poseer de Eben, al lograr a Abbie, se realiza totalmente y, sin embargo, Eben se despeña; Ella Downey odia a Jim Harris triunfante y le ama débil y vencido, y alcanza la felicidad destruyendo al hombre amado; Eleanor y Michael, en Íntimamente unidos, se aman y se aborrecen y atormentan hasta el fin y no pueden vivir el uno sin el otro; son un reactivo recíproco, con una lógica inexorable.

Pero, naturalmente, al dramaturgo norteamericano también le interesa perfilar tipos, esencia de todo teatro simbolista, y el de O'Neill lo es, por excelencia. Un simbolismo sin esfumaturas, sin tonos desvaídos, desde luego. Ni la imprecisión deliberada de Maeterlinck, ni la vaguedad lírica de Lord Dunsany. Trazos fuertes, pinceladas firmes. Si quisiéramos olvidar por un momento que son caracteres recios, seres humanos de sólida carnadura, veríamos tipificados en Yank al instinto; en Anthony, al artista frustrado y, sin embargo, triunfante; en Lázaro, a la afirmación de la vida; en Brown, al hombre gris e indiferenciado de la multitud; en Marco Polo, al eterno materialista, al que lo mide y aquilata todo con el patrón del oro, como el Soames Forsyte de Galsworthy.

Lógicamente, si la humanidad de estos personajes les da una trepidante vida a los dramas de O'Neill, sus contornos simbólicos les confieren dimensión trágica. Yank, marinero brutal, ignorante y oscuro, merece piedad; pero Yank—símbolo rebasa el marco de El mono velludo para convertirse en la fuerza sin rumbo, en la materia sin la guía del espíritu, y se cruza a mitad de camino con Alan Squier, el último intelectual de Robert Sherwood, el superrefinado de una civilización decadente que va a morir en el osario del bosque petrificado de Arizona. Alan es el antípoda de Yank. El marinero, caótica masa de instintos, es un descolocado y busca su lugar en la sociedad; Alan Squier intenta vanamente volver a la Naturaleza. Ambos fracasan en los extremos opuestos de la escala humana. El osario de Yank es la jaula del gorila.

El teatro de O'Neill es una lucha permanente entre el paganismo panteísta y el misticismo. Estos dos impulsos siempre están en pugna, y de su restallante choque surgen el apasionado acento, la vibración y el hondo lirismo del escritor norteamericano. En O'Neill siempre existió un místico agazapado; pero ese místico nunca pudo domar y frenar la violencia dionisíaca del hombre de turbulenta vida, del hombre que conoció todos los infiernos del mundo y del alma; y más de una vez, tuvo que transigir con él.

Por eso, en sus dramas se entremezclan en singular y fascinante promiscuidad los acentos místicos con los terrenos. Esto se advierte particularmente en El gran dios Brown, donde la eternidad y la fugacidad de nuestro tránsito por la tierra le arrancan al dramaturgo clamores desesperados como éste: «¡Señor, desde mi abismo te grito...! ¡Soy tu hechura, tu terrón de tierra impía!», mientras que, en otros momentos, proclama su amor a la vida, el disfrute de los sentidos, el apego a la materia, a los hombres y a las cosas.

En O'Neill, el impulso poético domina y señorea el rumbo ideológico. El lírico y el hombre de teatro avasallan al pensador. O'Neill jamás busca soluciones ni las propone: plantea problemas, enigmas, enfrenta a los seres humanos con sus dilemas más desgarradores. Algunas de sus obras son profundos «misterios» dramáticos, como El gran dios Brown y Días sin fin; su clima esotérico las aleja de nosotros, sin restarles fascinación; en otras, el autor tortura a las almas, como en Íntimamente unidos, o sondea para descubrir hasta dónde son capaces de llegar, como en Deseo bajo los olmos. Pero siempre el vehemente impulso lírico supera a la razón, el testimonio de los sentidos vence al frío examen intelectual. O'Neill es un apasionado, un apasionado por la vida. Necesita embriagarse, perder la serenidad y la mesura, porque él y sus entes viven en un ámbito de vibración permanente. ¿Cómo logra, en ese clima de exaltación dionisíaca, mantener el equilibrio y la línea psicológica de sus personajes y no desvirtuar la lógica rigurosa de sus dramas? He ahí el secreto de su arte: precisamente porque consigue conservar la serenidad al perderla, porque se mantiene sobrio cuando está ebrio, porque jamás olvida las exigencias del teatro en plena embriaguez lírica, por esa maestría suya de hacer estable y sólido un equilibrio difícil y precario, O'Neill es un gran artista.

El elemento nuclear de su teatro es, por lo demás, su concepción trágica del mundo como una serie de esferas espirituales aisladas en que los seres humanos se mueven y obran y piensan sin comprender, con mutua desconfianza y aun con hostilidad. Para el dramaturgo, cada personaje lleva en sí un mundo interior que se basta a sí mismo, tan completo, integral y lógico en su coherencia, que ignora casi la existencia de otros mundos paralelos. O'Neill, como Crommelynck y Sarment, cree que el hombre no logra perderse en la multitud, indiferenciarse, porque es demasiado distinto, está eternamente aislado y a distancia de los demás. Este arraigado individualismo del autor norteamericano se traduce en la «incomunicabilidad» de los espíritus, que se hablan en lenguaje cifrado.

¿Quién posee la clave de ese lenguaje? Quizá ni siquiera el propio creador de esos personajes, puesto que, al darles forma, los ha predestinado a un perímetro infranqueable, a un destino, a una soledad eterna. Precisamente esto induce a O'Neill a enmascarar a sus personajes: la máscara es la valla, el muro divisorio, el deslinde de estos mundos antagónicos, hostiles, distintos.

Por eso, el individualismo a ultranza que vibra en todos sus personajes refleja el temperamento del creador, a quien le interesan más los derechos del hombre aislado, en función del yo, que los del hombre en función de la masa. Ese individualismo culmina en su extraordinario drama Viaje de un largo día hacia la noche, su testamento literario, de una audacia y una fuerza poco comunes, en que rastrea sus propios orígenes y sondea implacablemente su alma. Este drama es una memorable confesión, la de las oscuras y tremendas potencias que se agitan en el hombre. Con ella, O'Neill baja a los abismos de la conciencia humana, para bucear en sus profundidades y extraerlo todo a la luz, lo limpio y lo abyecto, lo bello y lo horrible, lo puro y lo repulsivo, en apretado haz de lacerada humanidad. Al expresarse así, revela su secreto, la raíz misma de su arte, y los exhibe en su propia carne llagada y dolorida: es el secreto de la ambivalencia, de la pugna de los elementos opuestos en el alma humana, de lo malo y degradante mereciendo tanta piedad y atención como lo bueno y lo justo. A O'Neill nada humano le ha sido nunca extraño, y a ello se debe lo perdurable de su arte. No hay en él, nunca lo hubo, ni sombra siquiera de narcisismo, como se advierte en ese drama. Al reconocer en sí mismo los dispares elementos propios de todo ser humano, el mal y el bien, la bondad y la intolerancia, el amor y el odio, prueba una vez más que sabe huir de todo esteticismo estéril y negativo para identificarse totalmente con las pasiones del hombre y revelarlas en su autenticidad, sin pretender velar su deformidad.

Una de las características más interesantes del teatro de O'Neill, reveladora de que es afecto a sondear a fondo en sus personajes y a lograr la máxima perfección y acabado en el escorzo psicológico de cada uno de ellos, es la frecuencia con que reaparecen en sus obras, en realizaciones más completas y detallistas, personajes abocetados o perfilados más sumariamente en dramas anteriores. Se diría que, una vez nacidos, atormentan y obsesionan de modo tal a O'Neill, que éste no logra liberarse de ellos y se ve forzado a darles nueva vida.

Es lo que sucede, por ejemplo, con Bentley, el viejo de La cuerda, quien se prolonga en el Ephraim Cabot de Deseo bajo los olmos, dibujado más a fondo, con un cúmulo de sutilezas y rasgos de que carecía aquél; con Alfred Rowland, el cual reaparece en el nuevo avatar de Dion Anthony; con Emma Crosby, la distinta, la descarriada en el camino de la normalidad sexual, quien se convierte en la Josie de Una luna para el bastardo, un singular marimacho de aristas poéticas muy distinto de la neurótica Emma; y aún suele asomar el mismo personaje con el mismo nombre, como el Jim de Viaje de un largo día hacia la noche, a quien vemos nuevamente en Una luna para el bastardo y que es, en realidad, el propio hermano de O'Neill.

Si el dramaturgo reelabora con tan paciente y soberana artesanía los entes de sus dramas, si le cuesta tanto abandonarlos, ello no se debe solamente, sin duda, al entrañable y lógico amor del creador por sus criaturas: es que todas ellas son facetas de su múltiple yo, momentos y ángulos de su personalidad, y, al trazar sus perfiles, O'Neill se confiesa, se entrega, cumple con esa función esencial del escritor de narrarse a sí mismo al narrar, de esclarecer sus propios secretos íntimos al exhibir la verdad de sus personajes.

Hemos aludido al individualismo de O'Neill. Esa esencial peculiaridad suya se traduce en una constante oposición del hombre a la masa, del ser aislado a la multitud: Dion Anthony, el artista, escarnecido y antagonizado por la sociedad de los indistintos y mediocres; Lázaro, el hombre que trae una afirmación de vida del trasmundo, frente a la muchedumbre que se deja arrastrar por momentáneas pasiones, pero que olvida; Yank, frente a los seres que no le comprenden y a cuya esfera intenta incorporarse infructuosamente; y también el hombre frente a Dios, en actitud de imprecación o de desafío; o el emperador Jones enfrentado a las fuerzas de la Naturaleza en libertad, al terror cósmico.

Para comprender el individualismo del dramaturgo y sus hondas raíces hay que remontarse a las fuentes de su vida, a su linaje irlandés indomable y bravio.

O'Neill nació en 1888 en Nueva York. Sus padres eran James O'Neill y Ella Quinlan: él, popular actor; ella, buena pianista. Ambos eran devotos católicos. La madre de Eugene, mujer agraciada y tierna, se había criado en un convento. Su fervor religioso y su amor por la música resaltan en el patético drama de su hijo Viaje de un largo día hacia la noche, donde exhibe al desnudo, con una violencia y crudeza nunca vistas, su vida de familia. El padre del futuro autor dramático era un comediante de talento, quizá un gran actor en potencia, pero se frustró. El ilustre actor norteamericano Booth, célebre por sus creaciones de personajes shakesperianos, opinaba que James O'Neill le superaba en el papel de Otelo. Un éxito comercial, el que obtenía con la pieza El conde de Montecrísto, que le deparaba enormes auditorios y le rendía en las giras hasta cincuenta mil dólares anuales, le cristalizó y le quitó deseos de hacer otra cosa. Este conformismo le proporcionó bienestar económico; pero más tarde comprendió que se había frustrado como artista, y esta comprensión envenenó su vida.

Eugene era un adolescente tímido, con arranques de vehemencia, apasionado. La vida le atraía con una fuerza que dejó perdurables huellas en sus dramas. Nada sabía de ella; pero su hermano Jim le enseñó todo lo que necesitaba saber. Buena o mala, esta influencia se proyectó hasta los umbrales de su juventud.

Mientras tanto, acompañaba a su padre en sus giras; también viajaba con ellos su madre, aunque a regañadientes, porque jamás le había atraído el teatro y menos aún la vida trashumante de los actores bohemios, en incesante viaje. Cuando Eugene no acompaña a su padre, asiste a diversas escuelas católicas y laicas. En 1902 ingresa en la Academia Betts, de Stamford. Cuando concluye sus estudios primarios, se matricula en el ciclo secundario de Princeton. Pero antes de terminar el curso, le expulsan a causa de un acto de indisciplina. Despuntaba ya el disconformismo, la rebeldía de O'Neill, que se manifestaría más tarde en su teatro.

A estas alturas Eugene tiene ya veinte años. Es un joven alto, flaco, nervioso, sensible. No tiene todavía un rumbo definido en la vida: sólo sabe que ya no le interesan las escuelas. Trabaja como empleado de comercio y se casa con Kathleen Jenkins, quien le da un hijo. Pero a los tres años se divorcia, confesando que su matrimonio ha sido un error.

Mientras tanto, en las horas en blanco que le deja la rutina oficinesca, lee, lee desordenadamente lo primero que va a parar a sus manos. De esas lecturas entresaca a sus novelistas favoritos: Jack London, con su sabor a aventura; Conrad, con su olor a mar; Kipling, con su vaharada de jungla. Todos ellos van formando vagamente su personalidad. En O'Neill no ha aflorado aún el artista: se ignora a sí mismo. Todo es un montón informe de experiencias que se aglutinan y decantan en su inconsciente, como un mensaje onírico que algún día surgirá a la luz. En años posteriores lee a Marx, Kropotkin y Nietzsche. Su innato individualismo y su hostilidad a las injusticias y a los convencionalismos se nutre ampliamente de ellos. Más tarde, dejarán resonancias en algunas de sus obras, como El mono velludo.

A partir de entonces, sus peripecias se multiplican y diversifican caóticamente, sin objeto aparente. Busca oro en Honduras, vuelve a viajar con la compañía de su padre, esta vez como traspunte, se contrata como marinero en un barco noruego, recala en Buenos Aires y queda varado en esta ciudad, sin dinero; se lía allí a puñetazos con los pianistas de los viejos cinematógrafos de Barracas, pasa hambre y duerme en los bancos del Paseo Colón, trabaja en las oficinas de las compañías Westinghouse y Swift de La Plata y en la Singer bonaerense, bebe sin tasa, corre juergas, vuelve a contratarse como marinero, se va a Sudáfrica y por fin regresa a Nueva York.

De esta etapa de camorrista y bebedor de tiro largo quedan sustanciosos y pintorescos testimonios en su serie de siete piezas agrupadas bajo el título común de La luna de los Caribes y otras seis piezas del mar, bellos aguafuertes en que se amalgaman la frustración y nostalgia de los marinos y la fugacidad de sus placeres. En 1934, cuando acababa de estrenarse en Buenos Aires mi versión castellana de El gran dios Brown. O'Neill me escribió esto, que constituye un interesante documento sobre su permanencia en dicha ciudad:

«Hace veinticuatro años trabajé en Buenos Aires en un empleo muy respetable y de muy poca importancia en la Westinghouse Electric Company local. Mi actuación distó de ser un éxito. Me despidieron. Más tarde, estuve en otras dos compañías de importancia internacional, fracasando igualmente. Lo cierto es que la historia de la época que pasé en Buenos Aires es una historia de sucesivos fracasos, hasta que terminé por comer de tarde en tarde y por dormir (¡cuando los vigilantes me dejaban!) sobre los bancos del Paseo Colón. Pero eso no importa. Yo tenía apenas veinte años y sentía más curiosidad y deseos de vivir que de triunfar. Toda experiencia, por desagradable que fuese, poseía entonces el colorido de la aventura y el encanto de lo romántico.»

Después de un período de privaciones y desesperanza en Buenos Aires, O'Neill consigue contratarse en un carguero inglés que va a Nueva York, y allí, en el puerto, se aloja en la taberna de Jimmy The Priest. En este pintoresco tugurio, asediado por las ratas y donde una habitación costaba tres dólares mensuales, vivió algún tiempo en el anonimato de los muelles y encontró la atmósfera de uno de sus dramas de mayor éxito y difusión, Anna Chrístie, cuya acción se desarrolla precisamente allí. Más tarde, imantado de nuevo por la sugestión del mar, se embarca rumbo a Southampton, vuelve a Estados Unidos y llega en tren a Nueva Orleáns, donde se encuentra con su padre, quien representa con su éxito habitual El conde de Montecristo. Le pide dinero para volver a Nueva York, pero concluye por unirse a la compañía y trabaja a su lado, interpretando papeles secundarios. Poco después, ingresa como aprendiz de reportero en el Telegraph, donde publica unos versos sin importancia, y, finalmente, en 1912, los abusos y desgastes que han minado su organismo durante una vida azarosa y andariega hacen crisis y tiene un principio de tuberculosis.

Esta es la encrucijada de su vida, ya que en ella se decide su destino. Le internan en el sanatorio rural para enfermedades pulmonares de Gaylord, y allí le sobra tiempo para reflexionar sobre el mundo vivido, sufrido y gozado, que verterá en sus dramas. En Gaylord, que le servirá de atmósfera para su pieza Ilusión (The Straw), pulsa por primera vez sus posibilidades de artista, se descubre a sí mismo.

Le dan de alta al año por «carecer de interés» su caso, y se va a vivir con unos amigos, los Rippin, cuya casa está frente a Long Island y donde se queda más de un año leyendo, nadando en la bahía y escribiendo sus primeros tanteos dramáticos, como Sed, balbucientes aún, pródigos en defectos, pero en los que apunta ya la promesa de un escritor. Un par de años después va a Provincetown con su segunda esposa, Agnes Boulton, quien le dará dos hijos; y allí nada a menudo, internándose peligrosamente entre el oleaje, o rema en su canoa esquimal hasta cuando el tiempo es borrascoso, y fortalece así su organismo. Vive en una cabaña de troncos y, cuando hace mucho frío, se envuelve en una manta, se arrima a una estufa y escribe durante largas horas, aislado del mundo, sin permitir que nadie, ni aun sus amigos, le interrumpa cuando trabaja.

O'NeilI siente despertar su vocación creadora. El teatro le atrae irresistiblemente. Ha asistido a muchos espectáculos, y el contacto con la compañía de su padre le ha permitido familiarizarse con el mecanismo escénico. Pero advierte que, puesto a escribir, le falta cierto dominio de la técnica. De modo que decide ingresar en el famoso «Taller 47» de arte dramático del profesor Baker, en la Universidad de Harvard. Allí escribe una pieza en cuatro actos, La ecuación personal, y una farsa en un acto, El encantador doctor. O'NeilI, refiriéndose a ellas más tarde, las calificó de desastrosas. En cambio, cuando le mostró al profesor Baker su aguafuerte marino en un acto Rumbo a Cardiff, una pieza vibrante de emoción y nostalgia, Baker le dijo que aquello no era teatro.

Pero el acontecimiento realmente afortunado, feliz, de su vida en esa época, es su encuentro con los Provincetown Players, un grupo de gente joven decidida a hacer teatro de calidad y que había fundado en el pueblo de Provincetown el Wharf Theatre o Teatro del Muelle. Sus animadores eran George Cram Cook y Susan Glaspell; ésta, más tarde, autora de prestigio. Ese teatro, en realidad, era una vieja pescadería convertida en templo de Talía, con capacidad para noventa personas. El ambiente resultaba singularmente pintoresco, ya que las obras se representaban en un embarcadero lamido por las olas y entre los murmullos del agua y el canturreo del viento. A los jóvenes actores les faltaban obras, y uno de ellos dijo que Eugene O'NeilI tenía en su baúl una pieza llamada Rumbo a Cardiff, que no estaba mal. Cuando la leyeron, los integrantes del grupo de los Provincetown Players comprendieron que habían descubierto a un autor. Y desde el estreno de Rumbo a Cardiff, O'NeilI estuvo vinculado a todas las aventuras artísticas de aquella juvenil y entusiasta compañía y estrenó allí sus primeras tentativas dramáticas, lo cual le sirvió a un tiempo para hacer su práctica de autor y para que empezara a difundirse su nombre.

Poco después, el joven dramaturgo envía tres de sus piezas en un acto a los directores de la revista literaria The Smart Set, los reputados críticos George Nathan y Mencken, quienes se las publican; y desde entonces, poco a poco, se le van abriendo a O'Neill todas las puertas del teatro. Empieza a trabajar de firme, y Más allá del horizonte, un vigoroso drama rural que le vale el Premio Pulitzer y que es el punto de arranque de todo el teatro nacional norteamericano, consolida definitivamente su prestigio y le convierte en la realidad más firme de la dramática de su país.

Esta es, a grandes trazos, la primera etapa de la vida de O'Neill, quien ancla en su tranquila madurez creadora junto a la compañera ideal, la bella ex actriz Carlotta Monterey, en un tercer matrimonio que le da por fin la paz y la dicha que necesita para trabajar en sus ambiciosos proyectos.

Entonces van surgiendo, en rápida sucesión, en un verdadero frenesí creador, dos obras recias y de singular fuerza poética, cuya repercusión proyecta el nombre de O'Neill más allá de las fronteras de Estados Unidos: Anna Christie, una pieza realista de honda y desgarradora emoción, y El emperador Jones, una obra de excepcional originalidad, el monodrama de un hombre frente a sus alucinaciones y que le inspira al autor una vieja leyenda de las Antillas. En el mismo año, 1920, estrena Distinto, un penetrante análisis psicológico, en dos actos, de una muchacha frustrada en su vida sexual.

A esta altura, O'Neill ha probado ya su dominio de la técnica dramática, su capacidad para abordar los grandes temas, la intensidad poética de su tono; en una palabra, su fuerza. En 1922 estrena la tragedia expresionista El mono velludo, fruto de su pasado de rebelde contra las injusticias sociales; en 1924, Todos los hijos de Dios tienen alas, un canto tierno y poemático del drama racial en Estados Unidos, y Deseo bajo los olmos, un magnífico drama rural, vibrante de acentos telúricos y resonancias líricas.

Entonces, el intafigable viajero que buscara todos los ecos de la vida «más allá del horizonte», radicado ya en tierra firme, decide emprender un denodado viaje espiritual, un audaz periplo alrededor de su alma. Este periplo, al cual le empuja su debate íntimo del problema de Dios, comprenderá tres etapas: la primera es el misterio dramático El gran Dios Brown (1925), en que alienta un misticismo tumultuoso y se advierte una interrogante angustiosa en procura de las primeras causas y los últimos efectos, resuelta teatralmente en un juego de símbolos; la segunda, Dínamo (1929), intenta crear una nueva religión, un culto materialista y energético de un panteísmo por momentos confuso, por momentos de vastas resonancias líricas; la tercera, Días sin fin (1934), es una controversia apasionada de las fuerzas del alma, una polémica entre la fe y la materia, un debate metafísico entre el espíritu demoníaco y el espíritu cristiano. También debía figurar en este ciclo la pieza No puede ser locura, que O'Neill, seducido por otros planes creadores más ambiciosos, no alcanzó a escribir.

A esta época de intensa labor pertenecen su hermoso estudio psicológico del amor Íntimamente unidos (1924), su mito dionisíaco Lázaro reía (1925—1926), Extraño interludio (1926—1927) y su monumental trilogía Mourning Becomes Electra, cuyo título podría traducirse por El luto le sienta bien a Electra o El duelo es el destino de Electra, en la que, sobre el clásico tema de La Orestíada, de Esquilo, presenta una torturante maraña de crímenes, Odios e incestos en el seno de una familia trágica que es un verdadero círculo de condenados, donde la felicidad es una palabra desconocida, donde entre hermanos y entre madre e hija se dicen cosas monstruosas y los sentimientos alcanzan una violencia desmedida. Para escribir estos trece densos actos, de electrizante acción, el dramaturgo se traslada con su esposa Carlotta a Francia y trabaja allí, en el fecundo aislamiento de su residencia rural de Le Plessis, durante los años 1929 y 1930. A fines de 1930, va a Las Palmas, en las islas Canarias, buscando una atmósfera adecuada para una revisión final de su trilogía, ya acabada.

Pocos años después, asoma en la vida de O'Neill la tragedia que debía destruirle. En mayo de 1937, en una de sus cartas, el dramaturgo me aludió por primera vez a la dolencia que proyectaría una irremediable sombra sobre su vida, ya que me escribió:

«Estoy convaleciendo de una larga enfermedad que me obligó a internarme en un sanatorio durante dos meses y medio, y me sería imposible proyectar un viaje a ninguna parte (la prensa mundial hablaba de la posibilidad de un viaje de O'Neill a la América del Sur). Debido a mi enfermedad, no he podido seguir trabajando en mi ciclo de comedias desde septiembre. No tengo obras listas para estrenar y, como debo descansar y abstenerme de escribir durante muchos meses, no sé cuándo quedará terminada alguna de ellas.»

Todo esto era inquietante, pero no demasiado aún. O'Neill y su esposa vivían en su residencia rural de Contra Costa County, en California, en un clima sano y tonificante, y se podía confiar en que los restos de la «larga enfermedad» a que aludía el escritor no tardarían en desaparecer allí.

Pero un año después, en marzo de 1938, recibí una carta que significaba un primer toque de alarma. ¡Al año de iniciada su convalecencia, O'Neill volvía a enfermar! Y su dolencia —una neuritis— podía ser el prólogo de algo más grave. Además —y esto acentuó mi preocupación— por primera vez me escribía en su nombre su esposa Carlotta Monterey. El escritor ya no estaba en condiciones de atender personalmente su correspondencia, ¿Qué sucedía? Este intercambio epistolar por intermedio de su esposa debía trocarse en algo permanente.

En mayo de 1939, O'Neill me comunicó, siempre mediante los buenos oficios de Carlotta Monterey, que había mejorado mucho y estaba trabajando de firme en su ambicioso ciclo de siete comedias en que quería abarcar la vida de una familia californiana durante un siglo, desde 1829 hasta 1932. Aquel penoso episodio parecía, pues, clausurado.

Una carta de 1944, relativamente optimista, no modificó mi impresión. Pero, dos años después, en octubre de 1946, y a los pocos días de haberse estrenado en Nueva York The Iceman Cometh (Viene el heladero), otra carta, firmada como siempre por su esposa, me reveló de manera imprevista la dolorosísima verdad:

«No creo que usted conozca el verdadero estado de salud de mi marido. Tiene una paralysis agitans, a consecuencia de la cual le resulta casi imposible escribir. Asimismo, dicha dolencia, dado su carácter de enfermedad del sistema nervioso, hace estragos en su salud en todas direcciones. Es una tragedia espantosa. De ahí que sea yo quien le escriba.»

Las palabras «tragedia espantosa» situaban el asunto en el plano que le correspondía y no dejaban el más leve resquicio a la esperanza. Yo conocía la paralysis agitans o enfermedad de Parkinson, dolencia caracterizada por una desconexión de los centros nerviosos motores y los sensitivos, incurable en el estado actual de los progresos científicos y, además, propensa a agravarse de día en día. En cartas ulteriores, Carlotta Monterey debía proporcionarme
más detalles sobre su infierno cotidiano, sobre el inenarrable suplicio de su vida y la de O'Neill. En otra carta de diciembre de 1947, me expresó: «¡Quién sabe qué nos deparará la suerte en los doce meses próximos!» Cuatro años antes, en plena enfermedad, O'Neill había terminado su vigoroso drama Una luna para el bastardo. En una carta posterior, su esposa me escribió estas desoladoras palabras:

«Mi esposo nunca mejorará. Por el contrario, su temblor y su parálisis empeorarán gradualmente. Pero le ruego que no le mencione jamás esto. Yo hago el papel de secretaria suya. Ya lo he hecho durante muchos años. Es desalentador tener que contemplar con los brazos cruzados esta gradual desintegración de un hombre que le ha entregado su vida y sus energías a su obra. No es paciente y sufre ataques de nervios que le dejan exhausto y, sin embargo, furioso.»

En 1941, O'Neill escribió su genial drama autobiográfico Viaje de un largo día hacia la noche, quizá la obra más estremecedora que se conozca en el teatro universal; en 1946, dio El poeta y sus sueños y Mansiones más majestuosas, los dos primeros dramas de su ambicioso ciclo de siete piezas. Con estas tres obras, quedó clausurada definitivamente su producción literaria. La angustiosa pausa que se había operado en su vida resultaba una liquidación total de sus energías creadoras. Su drama personal era más hondo y lacerante que todos los que concibiera. Moderno Prometeo, no sólo sufría indecibles dolores físicos, sino también el incesante desgarramiento de no poder expresarse más, de estar confinado dentro de sí mismo, algo más terrible aún que el enclaustramiento que se había impuesto en los últimos años en su finca de Massachusetts, en compañía de su esposa y un criado. Si a Emerson le había guiado una prodigiosa clarividencia al decir: «El hombre sólo es la mitad de sí mismo; la otra mitad es su expresión», O'Neill sentía más que nadie esa necesidad. Y ahora que se veía morir un poco todos los días de su dilatada tortura, hora tras hora, minuto tras minuto, el dramaturgo apenas fue la sombra de un extraordinario creador que se sobrevivía.

Sus accesos de ira, después de sus ataques, daban la pauta exacta de su sufrimiento. Esta no aceptación de su destino, esta rebeldía contra la fatalidad en un hombre que fue un eterno insumiso, un sublevado contra las normas convencionales de la sociedad, contra los cánones estrictos y mojigatos que coartaban y envilecían la belleza y la verdad, revelaban que su dolor espiritual excedía aún al físico. Agréguese la honda herida que le había causado la boda de su hija Oona con Charlie Chaplin, cuya edad triplicaba la de ella, y se comprenderá que sobraban motivos para acentuar su visión patética del mundo, como se advierte con claridad en Viene el heladero.

Más tarde, en 1950, un nuevo desgarramiento: su hijo Eugene, vástago de su primer matrimonio y hermanastro de Oona, catedrático de griego en la Universidad de Yale, con aspiraciones de autor, se suicida, en un arranque de neurosis, abriéndose las venas. Y tres años después, durante los cuales Carlotta Monterey pone a prueba su ternura y su paciencia de enfermera, O'Neill muere tras una agonía larga y dolorosa, acelerado su fin por una neumonía. Deja una disposición testamentaria: la de que su drama Viaje de un largo día hacia la noche no debe darse a conocer, dado su carácter autobiográfico, antes de 1978; esto es, un cuarto de siglo después. Pero Carlotta Monterey, vencida por las solicitaciones del teatro Real de Estocolmo, al cual el ilustre dramaturgo había estado ligado por una deuda de gratitud, accedió a autorizar su estreno mucho antes, lo cual permitió que todos los públicos del mundo, en esta generación, conocieran una obra extraordinaria y que rebasa todos los cánones del teatro.

He aquí, pues, la vida fascinadora y alucinante del creador de El emperador Jones. Toda su parábola vital es extraña y desconcertante y, sin embargo, lógica. Cuando le arrastraba el mero goce de vivir, era N. N., un marino o un empleadillo o un cronista innominado; sólo cuando le deslumbró la revelación de sí mismo apareció el período de la decantación, de la ordenación de los ricos materiales acumulados por el aventurero en su azaroso y desatinado vagabundeo. Si la sustancia que rebosan sus dramas es tan humana, es porque no intentó deliberadamente documentarse para escribirlos: se limitó a vivir, se emborrachó, peleó a puñetazos, pasó hambre y noches de vigilia y supo del odio y el amor mercenario y de todas las pasiones humanas, como un hombre cualquiera, sin pose literaria, confundido con la multitud que jadea en el caos de las ciudades de hoy. De ahí la curiosa paradoja de que O'Neill nace a los treinta años: surge como artista, se descubre a sí mismo cuando ya ha madurado como hombre, alcanza su mayoría de edad de escritor sin haber pasado por la adolescencia.

Igualmente desconcertante es su personalidad. Extrovertido y apasionado, se ve obligado a volcarse hacia adentro. ¿Por qué? Quizá la clave del enigma sea su extremada delicadeza temperamental, su sensibilidad tan sutil, que le hacían mella cosas que no habrían afectado a otro. Por eso se refugió en sí mismo, como su personaje Dion Anthony, quien tal vez refleje en varios aspectos sus impulsos contenidos. Pero, al mismo tiempo, volcó toda su reprimida pasión en su labor creadora. Muchas de sus obras son en realidad autobiográficas: su fisonomía espiritual aparece en diversos rasgos de sus personajes. Nunca tuvo empaque, solemnidad, estiramiento. Era un hombre sencillo, límpido, sin reservas mentales; callaba a menudo por mero pudor, pero al hablar no disimulaba sus pensamientos.

Rara vez iba a ver los ensayos de sus obras. Se sabe que sólo asistió al estreno de cinco de ellas. Temía contemplar, en el escenario, la mutilación, la lapidación de sus sueños. Pero no era un insociable ni un solitario. Le animaba, por el contrario, una intensa cordialidad para con todos los hombres, aunque no se prodigaba. Seleccionaba sus amistades. En sociedad, su magnetismo personal era considerable. La pléyade de grandes autores que dieron brillo a la dramática norteamericana en las primeras décadas del siglo xx —Robert E. Sherwood, Maxwell Anderson, Sidney Kingsley, S. N. Behrman, Clifford Odets, Sidney Howard— sentía un profundo afecto por él y le consideraba su decano, el patriarca y fundador del teatro norteamericano. Y lo era.

La selección de sus obras que aquí presenta la Editorial Aguilar es certera. Registra tres de los dramas en que su inspiración rayó a mayor altura: El gran dios Brown, magnífica pieza en que el hombre es desgarrado por la aspiración panteísta y el enigma del trasmundo; Deseo bajo los olmos, el drama de la posesión más perfecto que se haya escrito, y Anna Chrístie, la salvación de un alma gracias a la taumaturgia de la Naturaleza. En Los millones de Marco Polo, O'Neill presenta una fina y risueña sátira de la materialista sociedad contemporánea, que olvida los valores espirituales; Íntimamente unidos es uno de los mejores buceos psicológicos del amor que jamás se hayan hecho; y Distinto, el vívido retrato de una mujer desviada de la normalidad sexual. Días sin fin, que bien podría calificarse de «misterio dialéctico», es la obra que tanto revuelo causó al estrenarse en Nueva York, en 1934, ya que algunos críticos dijeron entonces que el dramaturgo se había convertido al catolicismo y que aquélla era su profesión de fe.

Finalmente, Más allá del horizonte, el drama de los sueños frustrados, mereció un Premio Pulitzer, y de él arranca todo el teatro típicamente norteamericano, de acento nacional, propio, ya que hasta entonces la escena sólo se nutría en Estados Unidos de vodeviles y comedias de enredo y de alcoba extranjeras, en adaptaciones crudamente comerciales; y completan la selección El primer hombre y Oro, dos recios dramas de la etapa inicial de O'Neill, que documentan su afán de crear intensos climas dramáticos.

A través de esta selección, pues, el lector podrá aquilatar todas las virtudes de este escritor excepcional, signado por el genio y la desventura: su vuelo poético, su lenguaje desbordante de fuerza y rico en cautivantes imágenes y la avasalladora humanidad de sus personajes. Podrá advertirse que, por su singular y manifiesta personalidad, O'Neill tiene todas las características de un innovador, de un jefe de ruta; y, sin embargo, no ha hecho escuela. Las razones son evidentes. Su personalidad es demasiado impar, sus concepciones dramáticas y su estilo son demasiado distintos. Si alguien tratara de seguir sus huellas, se expondría a imitarlo en lo superficial, en lo externo, y quedaría ajeno a todas las resonancias profundas de su teatro, a la seducción tan personal de su lirismo. Ello no impide que muchos autores contemporáneos acusen su influencia en materia de temática y tono. La evolución del teatro moderno le debe mucho en punto a climas dramáticos, a liberación de convencionalismos, a renovación total de elementos y de manera literaria. Una razón más que justifica el Premio Nobel con que se consagró la presencia de un creador de vigorosa personalidad.


   LEÓN MIRLAS, autor de este prólogo
y de la traducción de la obra,
mantuvo un constante contacto personal
con Eugene O’Neill



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