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lunes, 17 de agosto de 2026

A la deriva en el Nilo NAGUIB MAHFUZ TRADUCCIÓN DEL ÁRABE, NOTAS Y GLOSARIO DE MARÍA LUISA PRIETO CAP I

 


1

Abril, mes de polvo e inocentadas.1 La habitación, alargada y de techo alto, es un lúgubre depósito de humo de cigarrillos. En los estantes, las carpetas disfrutan de una muerte tranquila. ¡Qué divertido es observar al empleado de aspecto serio realizando una tarea trivial: registrar en los cuadernos el correo entrante y saliente, y archivarlo en las carpetas! Hormigas, cucarachas, arañas y el olor a polvo infiltrándose por las ventanas cerradas.

—¿Ha terminado el informe? —le preguntó el jefe de la oficina.

—Sí —respondió con indolencia—. Se lo he enviado al director general.

El superior le dirigió una mirada penetrante, de resplandor cristalino, a través de sus gruesas gafas. ¿Lo había pillado in fraganti con una sonrisa tonta e injustificada? Pero en abril, mes de polvo e inocentadas, hay que permitir estas tonterías.

Entonces se produjo un cambio extraño en las partes del cuerpo del jefe del departamento visibles sobre el escritorio, en una lenta ondulación pero con un efecto decisivo. Poco a poco comenzó a hincharse desde el pecho hasta el cuello, pasando a la cara y después a la cabeza. Anís Zaki, atónito, miró fijamente a su jefe. La hinchazón, iniciada en el pecho, se había expandido y había engullido el cuello y la cabeza, borrando todos los rasgos del rostro, transformando al hombre finalmente en una gran bola de carne. Pareció que su peso se aligeraba de una manera asombrosa, y la bola comenzó a elevarse, lentamente al principio, luego cada vez más rápido, hasta volar como un globo y pegarse al techo balanceándose.

—¿Por qué mira al techo, Anís Effendi? —le preguntó el jefe del departamento.

¡Ay! Lo había vuelto a pillar in fraganti. Todos lo miraron con lástima y burla. Sacudieron la cabeza en señal de lamento, celebrando y respaldando el comentario del jefe.

Que las estrellas sean testigos. ¡Hasta los mosquitos y las ranas me tratan con más generosidad y amabilidad! La serpiente moteada le prestó un valioso servicio a la reina del antiguo Egipto, pero vosotros, compañeros, carecéis de bondad. Mi consuelo, cuando lo busco, son las palabras de aquel amigo que me dijo: «Quédate en la casa flotante,2 no te costará ni un céntimo de alquiler, pero deberás prepararlo todo para nosotros».

Con una repentina determinación, empezó a despachar un montón de correo: «Muy señor mío, en relación con su carta, referencia 1911, del 2 de febrero de 1964, y la siguiente, referencia 2008, de fecha 28 de marzo de 1964, me complace informarle…».

Junto con el olor del polvo que se filtraba, se esparcía de una radio de la calle la canción Madre, la luna está en la puerta. Él dejó de escribir murmurando: «¡Dios mío!».

Entonces, su compañero de la derecha le dijo:

—¡Qué afortunado eres por no tener preocupaciones!

¡Hijos de la antigüedad absoluta! A la espera de un sueño imposible, sois expertos en acrobacias. Y yo estoy entre vosotros cruzando el espacio interplanetario milagrosamente sin cohete.

La entrada del ordenanza provocó un temblor de deseo en su cuerpo:

—Un café sin azúcar —le dijo.

—Lo encontrará en su mesa cuando vuelva de su entrevista con el señor director general —respondió el ordenanza parándose ante su mesa.

Salió de la habitación. Era alto y fuerte, debido al tamaño de sus huesos, no a estar grueso.

En el despacho del director se detuvo humildemente ante la mesa. La cabeza calva, inclinada sobre los documentos que estaba revisando, le parecía la popa de un barco volcado. Ahuyentó con el resto de su voluntad cualquier pensamiento que pudiera perturbarlo y ponerlo en un aprieto de terribles consecuencias. El hombre levantó una cara afilada y rugosa, y le dirigió una mirada penetrante. ¿Qué error se podría haber deslizado en el informe que había redactado con tanto cuidado?

—Le pedí un informe detallado sobre el movimiento del correo entrante del mes pasado.

—Sí, excelencia, ya se lo envié a su excelencia.

—¿Es este?

Anís miró el informe y leyó en la portada, escrito por él a mano: «Informe sobre el correo entrante del mes de marzo, a la atención del Sr. Director General de Archivos».

—Este, señor.

—Mire y lea.

Anís vio unas líneas escritas claramente, seguidas de un espacio en blanco. Hojeó los papeles con asombro, luego miró al director general como un idiota.

—Lea —repitió el hombre enfadado.

—Señor director… lo escribí palabra por palabra.

—Entonces dígame cómo ha desaparecido.

—La verdad es que es un misterio inexplicable.

—Pero tiene delante las marcas del plumín.

—¿El plumín?

—¡Deme su pluma mágica!

El director tomó la pluma con un movimiento brusco y empezó a trazar líneas en la portada del informe sin que ninguna quedara visible.

—¡No tiene ni una gota de tinta!

El ancho rostro de Anís expresó consternación.

—Usted empezó a escribir estas líneas, luego se acabó la tinta, pero continuó escribiendo —dijo el director amargamente, pero él no respondió.

—No se dio cuenta de que la pluma no escribía.

Anís movió la mano, perplejo.

—Dígame, señor Anís, ¿cómo es posible que haya sucedido eso?

Sí, ¿cómo? ¿Cómo surgió la vida por primera vez en las algas de las grietas de las rocas, en las profundidades oceánicas?

—Creo que usted no es ciego, señor Anís.

Él bajó la cabeza con sumisión.

—Yo le responderé. ¡No vio la página porque estaba drogado!

—Excelencia…

—Esa es la verdad. La verdad que todos conocen, hasta los ordenanzas y los conserjes. No soy un predicador, ni tampoco su guardián. Haga lo que le parezca, pero tengo derecho a exigirle que se abstenga de drogarse durante las horas de trabajo.

—Excelencia...

—¡Déjese de excelencias y evasivas! Simplemente cumpla mi petición de no drogarse durante el trabajo.

—¡Dios es testigo de que estoy enfermo!

—Usted es el eterno enfermo.

—No crea lo que…

—¡Ya basta! Mírese los ojos.

—Es la enfermedad, nada más.

—En sus ojos solo he visto enrojecimiento, oscuridad y pesadez.

—No escuche lo que digan…

—Sus ojos miran hacia adentro, no hacia afuera, como el resto de la creación de Dios.

Con las manos cubiertas de vello blanco y enredado, el director hizo un gesto amenazador, luego dijo en tono brusco:

—La paciencia tiene límites, así que no se entregue a un deterioro ilimitado. Es un hombre de cuarenta años, la edad de la sensatez, déjese de disparates.

Anís retrocedió dos pasos, con la intención de marcharse, pero el director añadió:

—Solo le descontaré dos días de sueldo, pero que no se vuelva a repetir.

Al dirigirse a la puerta, le oyó decir con desprecio:

—¿Cuándo va a diferenciar la Administración del fumadero?

Cuando volvió a su departamento, las cabezas se alzaron para mirarlo con curiosidad. Ignorándolos, se sentó y contempló la taza de café. Notó que su compañero se inclinaba hacia él, seguramente para preguntarle, y murmuró con fastidio:

—Ocúpate de lo tuyo.

Sacó un tintero del cajón y se dispuso a cargar la pluma. Tenía que volver de nuevo al informe. «Movimiento del correo entrante.» En realidad no había ninguno. Un movimiento circular en torno a un eje fijo, un movimiento circular que se divierte con el absurdo. Un movimiento circular cuyo resultado inevitable es el mareo. En el desvanecimiento por el mareo, todas las cosas de valor desaparecen, entre ellas la medicina, la ciencia, el derecho y la familia olvidada en el buen pueblo… la esposa y la hija pequeña yaciendo bajo la tierra y palabras ardientes de entusiasmo enterradas bajo un montón de nieve. Ningún hombre quedó en el camino. Las puertas y las ventanas se cerraron. El polvo se levantó por el impacto de los cascos de los caballos y los mamelucos gritaron de alegría en la expedición de tiro. Cada vez que encontraban a alguien en los barrios de Maryush o Yamaliyya lo convertían en un objetivo para su entrenamiento. Las víctimas se perdían entre los vítores de alegría loca y los gritos de los afligidos: «¡Piedad, mameluco!». El cazador se abalanzó sobre ella el día de la diversión.

El café se había enfriado y tenía otro sabor…

Los mamelucos seguían riéndose a mandíbula batiente. La jaqueca sustituyó a la imaginación mientras los mamelucos no cesaban de reír, soltando insultos, levantando polvo y deleitándose con el esplendor y la tortura.

Una alegre actividad invadió la sombría habitación anunciando la hora de salida.

 

1 Se refiere a las inocentadas que se realizan cada 1 de abril, considerado el día de los Inocentes.

2 En árabe, awwama. Estructuras de madera que bordeaban el Nilo desde el siglo XIX y se conectaban por jardines con la parte continental de El Cairo. Comenzaron a aparecer entre la aristocracia y los artistas como una forma de prestigio social. También se convirtieron en parte de la historia del cine egipcio, especialmente desde que se rodaron allí algunas películas como Charlas en el Nilo, basada en esta novela de Naguib Mahfuz.

viernes, 7 de marzo de 2014

Naguib Mahfouz

 
Naguib Mahfouz (escritor). Nació el día 11 de diciembre de 1911, su fecha fallecimiento es 30 de agosto de 2006, es natural de Cairo. Premio Nobel en el año 1988.
 

Naguib Mahfuz: un proyecto narrativo de envergadura

 
No fue Mahfuz el primer escritor árabe en recrear literariamente el pasado faraónico egipcio. Un muy ilustre compatriota suyo, el poeta Ahmad Shauqi, haciendo una rara incursión en el terreno de la novela, publicó a finales del si­glo xix una trilogía faraónica –me refiero a su temática– hoy casi olvidada. Tampoco fue Mahfuz quien inició la fecunda corriente realista en las letras árabes. Muchos otros antes que él practicaron, con gran calidad, ese tipo de escritura que hacía de espacios y personajes conocidos y reconocibles por los lectores el eje de sus cuentos y novelas. Una veta que se revelaría como la más fértil de todas las posibles al menos hasta bien entrada la década de los sesenta. Y ya desde varias décadas antes de su reciente fallecimiento, el paradigma narrativo que este longevo escritor practicaba había dejado de estar en sintonía con los modelos más exigentes y de mayor aliento narrativo de las nuevas generaciones de literatos.
Siendo esto así, ¿qué explica la gran fama de Mahfuz, el extraordinario respeto literario que se le dispensó hasta el final, las opiniones de casi unánime aplauso (a veces, reconozcámoslo, algo carentes de sólida argumentación) que le dedicó la crítica? Si, tratando de responder a estas preguntas, mirásemos a Occidente, a España en concreto, la razón sería claramente una: su obtención del Premio Nobel de literatura en 1988. Poco traducido hasta entonces a nuestro idioma, el prestigioso galardón espoleó de tal forma a las editoriales que, de allá a acá, han ido apareciendo a buen ritmo –y en algún caso con varias ediciones– las versiones españolas de casi todas sus obras, una rara y bienvenida circunstancia tratándose de un escritor árabe. Mahfuz está, pues, muy traducido en España, es muy leído (es evidente que sin el concurso lector no se seguirían romanceando sus novelas), pero, comparativamente hablando, los estudios a él dedicados son aún pocos y muchos de ellos no son accesibles al lector normal. Y, en lo que respecta a la calidad de algunas de sus traducciones, tal vez no sea éste el momento de entrar en incómodas disquisiciones, porque, además y para ello, traductólogos tiene el arabismo bien capaces de opinar y dictaminar al respecto.
Situándonos en el ámbito árabe, qué duda cabe que el Nobel cimentó una fama ya bien ganada y reconocida con anterioridad y, como es normal en estos casos, hizo que la figura de ese humilde –porque en su vida personal y como figura pública lo seguía siendo– escritor se transmutase casi en un héroe colectivo nacional. Egipto ganaba presencia internacional gracias a su «novelista de El Cairo» y el mundo árabe en su conjunto aparecía asociado a términos como cultura, literatura o novela, en vez de a otros menos agradables y más violentos.
Pero al final, y más allá de elementos accesorios a la esencia de la literatura, lo que en verdad hizo que Mahfuz fuera un gran escritor –magnífico en varias de sus obras, menos magnífico en otras– y obtuviera fama en Egipto y en el resto de países árabes fue su firme determinación de construir un proyecto narrativo de envergadura. Una vez abandonada su primera vocación filosófica, Mahfuz se propuso ser escritor a toda costa (posponiendo durante años su matrimonio por sospechar que podría apartarle del trabajo literario y aprovechando cada minuto que le dejaba libre su trabajo ministerial) y dedicó todo su tiempo y esfuerzo a idear personajes y a urdir tramas con los que contar y a la par explicarse el mundo que le rodeaba. Todo su primer ciclo realista hasta la famosa Trilogía (1956-1957) es buen ejemplo de lo que digo: espacios bien delimitados (situados siempre en las calles del amurallado y sólido Cairo o entre las paredes de viejas casonas familiares), personajes bien perfilados en su psicología y en su representatividad social, y siempre la Historia pasando por unos y por otros, acompasada y ajustadamente. El mundo tomaba entonces las dimensiones de un callejón, un bazar, un barrio o un café, y sus habitantes estaban siempre rebosantes de Historia.
Mahfuz había leído ya a John Galsworthy, y su famosa La saga de los Forsythe le causó tan gran impacto que se propuso entonces hacer algo parecido en lengua árabe. Pero, más allá de influencias directas, lo que cabe ser destacado es que ese joven escritor árabe aún creía que la Historia (fuese la más pequeña y local o la más grande y decisiva) era perfectamente narrable y comprensible desde los avatares de los hombres y mujeres de un barrio o de los componentes de varias generaciones de una misma familia. Así sucede en la Trilogía, compuesta por tres novelas, tituladas respectivamente Entre dos palacios, El palacio del deseo y La azucarera, extraños nombres en español, pero que en el original no son sino conocidas calles del viejo Cairo. Y tal vez no sea irrelevante destacar que esta división tripartita vino obligada por el buen criterio de su primer editor, quien no consideró razonable sacar al mercado una única novela de tan exageradas dimensiones, como hubiera querido el autor. La Trilogía –de la que ahora aparece en español la cuarta edición de su primer volumen, al que es de esperar que siga el resto– es una obra de gran aliento narrativo dedicada a relatar las vidas de tres generaciones de una típica familia cairota entre 1917 y 1944. Vidas que se entrecruzan con los más relevantes sucesos históricos acontecidos en el país durante aquellos cruciales años1.
Esta primera manera mahfuziana de concebir la literatura no concluyó con la Trilogía, sino que continuó con la novela inmediatamente posterior, Hijos de nuestro barrio (1959), una obra en la que el autor creó de nuevo un microcosmos y unos personajes con el propósito no ya de contarnos una parte sustancial de la historia nacional egipcia, sino –nada más y nada menos– de narrar en un solo libro, y con un estilo muy simbólico, toda la historia religiosa y filosófica de la humanidad. Los ataques y amenazas que le llovieron desde la institución religiosa del Azhar –y que motivaron que la obra no haya podido ser editada desde entonces en Egipto– no se debieron, sin embargo, a tal desmedido propósito, sino a dos hechos más concretos: uno, que la novela remeda con sus ciento catorce capítulos la estructura externa del Corán (que tiene, como es sabido, el mismo número de aleyas) y dos, y más determinante para el anatema, que la obra concluye con el asesinato, por parte del personaje que encarna el saber científico, del patriarca Gabalaui, alguien que de manera no declarada, aunque evidente, representa a Dios. Es decir, que por entonces Mahfuz presagiaba un mundo sin Dios y un final de la historia regido por la razón, no por la religión. Qué optimista era entonces y qué poco acertado anduvo en sus augurios.
Sin embargo, esta concepción literaria no tuvo ya continuidad. En un sentido, el modelo se agotaba y, en otro, acontecía que la propia realidad egipcia (y árabe) encaraba nuevos problemas, por lo que las formas del decir debieron ser, por fuerza, diferentes. El llamado «ciclo existencialista o simbolista», iniciado con El ladrón y los perros (1961), no hizo sino demostrar su gran decepción frente a la narración de la gran Historia. Las tramas de sus novelas, a partir de entonces, adelgazan, pierden consistencia, y los personajes no son ya encarnación más que de sí mismos. La realidad externa sigue ahí, por supuesto, pero los problemas que deben afrontar los hombres y las mujeres de las nuevas novelas mahfuzianas son más íntimos, más dolorosos, más cruciales si cabe. El mundo firme de antes, bien protegido por la solidez urbana del viejo Cairo, cede paso a escenarios más inestables, figurada pero también literalmente hablando: recordemos que la acción de otra conocida obra del momento, Veladas del Nilo (1966), transcurre en una bamboleante barcaza anclada a orillas del gran río egipcio.
Y así fue ya hasta el final. Mahfuz no volvió a concebir otro gran relato a la manera de su juventud. El mundo no fue ya nunca más tan abarcable, tan comprensible como antes y la realidad se fragmentaba, a veces tanto, que hacía imposible su narración tradicional. Mahfuz parecía estar llegando al límite de lo representable en literatura: al límite del decir. Lo que salvó la continuidad de su proyecto narrativo fue la escritura de un tipo de novela que tenía concomitancias tanto con modelos occidentales (también practicados por entonces por novelistas más jóvenes, aunque con resultados distintos), como con otros más propios de la literatura árabe medieval, esto es, el recurso a la multiplicidad de puntos de vista, el empleo de pequeñas unidades narrativas o el serialismo. Miramar (1967), Espejos (1972), Historias de nuestro barrio (1975), Las noches de las Mil y Una Noches (1982) o Charlas de mañana y tarde (1987) son ejemplos de lo que digo. La crítica –aunque no toda– celebró esta nueva forma de escritura. A los más tradicionales les gustó esa vinculación con el pasado (acentuada además por el marcado sesgo místico que iba tomando su pensamiento) y los más modernos llegaron incluso a hablar de experimentación y vanguardia. Pero el hecho de que Espejos o Charlas de mañana y tarde, por citar sólo dos, estén construidas a la manera de los grandes diccionarios biográficos árabes medievales no las convierte en buenas novelas. No lo son. El lector llega a perderse entre la vorágine de los cincuenta y cinco personajes descritos uno a uno en Espejos, o entre los sucesos, casi siempre tan banales o tan banalmente descritos, de los sesenta y siete de Charlas, sin llegar lamentablemente a dar sentido a tal retahíla ingente de figuras.
Nada hay de extraño en que un escritor ya reconocido como grande por parte de su obra no mantenga en todas, y sobre todo en las escritas en su senectud, el mismo nivel de calidad. El mundo que empezó a contemplar a partir de un cierto momento era muy distinto del que conoció y se sintió partícipe. Eso, y un claro agotamiento literario, es lo que explica su renuncia a dar una estructura potente a la trama y su preferencia por la descripción secuenciada de unos personajes (que hubieran podido ser muchos menos o varios más sin que el sentido de las novelas variara un ápice) que van apareciendo en las novelas sin más razón que la dictada por la inicial de su nombre propio.
Pero, con mayor o peor calidad, Mahfuz siguió escribiendo, y sólo la fragilidad de su salud –muy empeorada por las secuelas del atentado sufrido en 1994– le impidió continuar con el gran proyecto literario que ideó siendo joven. Con él, la novela árabe alcanzó madurez y reconocimiento, y toda la trayectoria literaria de este longevo autor, fallecido el pasado 30 de agosto a los noventa y cuatro años, es fiel reflejo de los avatares por los que atravesó ese género literario, fiel compañero de lo que fue –y es, aunque bastante magullada– la modernidad intelectual árabe. 

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