PRÓLOGO
La vida no és fácil en el Nuevo Mundo, ni siquiera para un boticario —se decía, cavilosamente, Mr. Starkey, quien ha bía emigrado de Inglaterra a América hacia principios del siglo xvn. Mientras pronunciaba tales palabras, quitó el letrero, «Se alquila habitación», que había colocado en el escaparate de su establecimiento. El nuevo arrendatario, un tal John Smith —sin duda un nombre ficticio—, era un hombre de edad inde finida, estatura mediana y rostro vulgar, aunque inteligente. Bueno, por lo menos éste no le causaría tantos trastornos como aquel borracho que el invierno anterior había importu nado a la hija del vecino. En efecto, Mr. Smith fue un modelo de inquilinos, hasta el punto de que Starkey olvidó casi su existencia.
Pero cierto día su arrendatario le pidió permiso para utilizar el pequeño labo ratorio de la farmacia. Al parecer —según sus explicaciones— deseaba ensayar un nuevo colorante. Mr. Starkey accedió de buen grado; pero al encontrar algo extraña aquella solicitud, sugirió a su hijo George que observara la operación por un resquicio del postigo. Así, pues, el joven se apostó donde se le había dicho y vio que Mr. Smith entraba en el laboratorio con un saco poco vo luminoso, pero evidentemente muy pesado. Sacó de él algunos trozos de metal grisáceo y mate, probablemente plomo, para colocarlos en un crisol, bajo el cual encendió un fuego muy vivo. Cuando el metal alcanzó su punto de fusión, el hombre se rebuscó los bolsillos y extrajo una cajita, que contenía un polvo rojizo. Entonces George le vio coger una pulgarada de aquella sustancia pulverulenta, para mezclarla con un poco de cera y arrojar al metal en fusión la bolita así obtenida; luego el experimentador se sentó y esperó con gran parsimo nia. Tras unos quince minutos largos, George vio que Mr. Smith vertía el humeante metal en una rielera. La estupefacción le hizo enarcar las cejas: aquel metal colado era amarillento y tenía reflejos verdosos; dicho con otras palabras: había ad quirido el color del oro fundido.
Entonces fue cuando el alquimista —pues nos parece obli gado denominarlo así— se volvió hacia el postigo desde donde lo observaba George Starkey y dijo: —Vamos, entra, muchacho; entra, si tanto te interesa lo que hago. El extraño personaje no se enojó por haber sido objeto de semejante acecho; regaló a sus caseros una parte del producto de aquella transmutación, pero se negó categóricamente a ini ciarlos en su arte, diciendo a George, quien se mostraba más apremiante que su padre: —Amigo mío, si Dios te ha elegido para practicar este arte, te comunicará su ciencia cuando Él lo estime conveniente; pero si te juzgara inepto o capaz de cualquier abuso, bien loco sería el hombre que armase el brazo de un ignorante cuyos ma nejos pudieran perjudicar al prójimo. En el relato que hizo de aquel acontecimiento, Starkey pre cisó: «Confieso que no me satisfizo nada aquella lección de la divinidad.» Observando su despecho, el alquimista agregó: —Sabed que nosotros nos hemos comprometido estricta mente, mediante unos votos rigurosos, a no divulgar jamás los conocimientos de nuestro arte entre aquellos que pudieran sem-, brar confusión en el mundo, con los consiguientes males si dispusiesen de ellos. El adepto que suscite indirectamente tales actos deberá responder ante Dios. —Lo comprendo, señor —repuso el viejo Starkey—. Pero, ¿querríais decirnos al menos cuál es vuestro nombre? —Se me llama Irineo Filaleteo. Inglés de nacimiento y habitante del Universo \ 1 Así comienza la obra de Eirenaeus Philophonos Filaleteo, The Marrcnv of Alchemy (La médula de la alquimia), publicada el año 1665 y conservada actualmente en el Museo Británico. George Starkey fir mó su prólogo con el seudónimo de «Egregius Christo».

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