EL INTELECTUAL EN LA PRENSA: DEL MODERNISMO A LA POSTMODERNIDAD Pilar Celma Universidad de Valladolid
A finales del siglo XIX se produce en el ambiente literario un fenómeno de implicaciones no sólo estéticas sino también socioló gicas: el nacimiento de la figura del intelectual. El fenómeno ha sido muy bien estudiado en sus orígenes por Inman Fox1 y en su evolu ción posterior, por Javier Blasco.2 Repasemos algunas claves nece sarias para fundamentar lo que seguirá. En Francia está perfectamente documentado cómo el término intelectual se generalizó asociado al asunto Dreyfus. Después de que se descubriesen las manipulaciones del Estado Mayor francés para no revisar el caso del capitán judío injustamente condenado, Emile Zola denuncia la situación ante la opinión pública francesa con su célebre “J’ acusse”, publicado en L’Aurore, el 13 de enero de 1898. En los días siguientes fueron apareciendo una serie de denuncias y peticiones con las firmas de varios escritores y profesores, bajo el título de “Manifestes des Intellectuels”. Por las mismas fechas empieza a utilizarse en España el término intelectual como sustantivo. Según Inman Fox,la primera vez que 1. Inman Fox, “El año de 1898 y el origen de los intelectuales”, en Ideología y política en las letras de Fin de siglo (1898), Madrid, Espasa-Calpe, 1988, págs. 13-23. 2. Javier Blasco, “Los intelectuales en el fin de siglo: ¿obreros de la inteligencia o aristócratas del espíritu?”, ínsula, 614 (1998), págs. 5-9. está documentado el término en español es en una carta de Unamuno a Cánovas (con fecha 28 de noviembre de 1896), pidiéndole clemen cia para el escritor catalán Pedro Corominas, preso en Montjuich, junto con otros anarquistas, como represalia por el lanzamiento de una bomba al paso de la procesión del Corpus. Unamuno seguirá utilizando el término, como adjetivo (“La juventud intelectual espa ñola”) en alternancia con su uso como sustantivo. Igualmente, hay referencias muy tempranas de la utilización del término en Maeztu, Martínez Ruiz, Baroja... Inman Fox afirma que la generalización del sustantivo intelec tual en España no puede vincularse al proceso de Montjuich pues este acontecimiento no tuvo la misma repercusión que el francés. Sin embargo, el hecho es que en algunos periódicos de orientación socialista -Germinal, Vida Nueva— se suscitó una viva polémica y numerosos escritores españoles mostraron públicamente su repulsa ante el extendido y desproporcionado castigo. Si la generalización del sustantivo intelectual no puede aún vincularse a este proceso, sí puede afirmarse que el concepto está ya implícito en esa actitud con testataria y reivindicativa de los escritores. Hacia finales de 1898, el término se ha generalizado y se usa con un sentido muy próximo al actual; es decir, el intelectual está definido por dos aspectos: su dis conformidad con la situación política y social y el intento de influir con su obra en la sociedad. El término en su uso como sustantivo siguió conviviendo con su empleo como adjetivo, lo que puede apreciarse bien en el siguiente texto de Antonio Zozaya, de 1902 Todas las revoluciones han sido provocadas por los obreros in telectuales [...] para imponer a las sociedades un nuevo estado de ideación de conciencia y vida, una concepción superior del Dere cho y moralidad, una nueva fase de evolución.
Y no sólo han sido los intelectuales, como ahora se dice, agentes primeros en estos cambios, sino que forzosamente han de serlo en toda la evolución futura. 3. Antonio Zozaya, “Proletariado intelectual”, en Crónicas del año dos, Madrid, Ricardo Fe, 1903 , pág. 24. Por supuesto, no siempre el adjetivo intelectual iba asociado al sustantivo obrew, más bien dicho sintagma estaba bastante restrin gido al discurso socialista. Pero, en cualquier caso, este texto nos abre las puertas a un asunto de particular interés: la ubicación del intelectual en la sociedad como una clase específica, aquí puesta en paralelo con otros obreros, los manuales. Javier Blasco4 ha analiza do el fenómeno del nacimiento del intelectual vinculado a las con mociones sociales que sufre la sociedad del fin de siglo: ante la toma de posiciones y creciente influencia de la burguesía en la vida públi ca y ante la conciencia de clase del proletariado unido en lucha por unas mismas reivindicaciones sociales, los trabajadores de determi nadas profesiones liberales se sienten desclasados y buscan su lugar y su razón de ser en esa sociedad cambiante. Antonio Zozaya atri buía al obrero intelectual el mérito de crear “un nuevo estado de ideación de conciencia y vida”. Al margen del éxito de la empresa, la función que el intelectual se autoasigna es la de ser la voz de la con ciencia de la sociedad; y su lugar es el de la independencia e impar cialidad que le otorga ese mismo desclasamiento social. Aunque los intelectuales pretenden influir en la sociedad con su obra, muy pocos se plantearon pasar a la acción directa por medio de su intervención en la vida política. Es posible que su conciencia de “élite” intelectual les hiciera ser conscientes de las pocas posibilida des reales de ser elegidos —¿por qué sector social iban a serlo?- o quizás su ética de clase les inducía a no poner en tela de juicio su imparcialidad, garante de su labor, puesto que participar en política supone evidentemente tomar partido. ¿Cómo llevaron, pues, a cabo su intento de influir en la socie dad? Una vez que se adquiere y se generaliza esta conciencia de poder y deber influir en la marcha de la sociedad, se apuesta por la divulgación de las propias ideas en la prensa periódica como medio más idóneo para alcanzar ese fin. El testimonio de Pío Baroja, en carta a Martínez Ruiz, resulta elocuente: ¿Por qué nosotros, gente joven, que aunque no valgamos nada, valemos más que estos señores [los parlamentarios], no hemos de 4. Art. cit. intervenir en estas cuestiones políticas? Inmediatamente la idea: hacer un periódico. Este sería una cosa similar a La Aurore [sic] de Clemenceau, una publicación que reunía sin dogma alguno a los socialistas, a los anarquistas y a los intelectuales independien 5 tes.
La presencia del escritor en la prensa obedece a diversas circuns tancias y motivaciones. En principio, habría que distinguir las cola boraciones en periódicos o revistas de gran circulación y la partici pación en revistas creadas por grupos de jóvenes intelectuales. En el primer caso, la colaboración suele obedecer a motivos económicos o de prestigio profesional. Azorín colaboró en El País, a su llegada a Madrid, como medio de subsistencia. Unamuno difundió varios de sus ensayos en la muy respetable revista La España Moderna. Es obvio también que, a medida que el escritor se va ganando un lugar en el ambiente literario, se le abren las puertas de importantes publi caciones, en las que él ve también un medio de mayor alcance para difundir sus ideas. En el segundo caso, la creación de revistas propias, la implica ción personal es mucho mayor. Como deja entrever Baroja, la ilu sión y el empuje juvenil presiden tal empresa. Y, aunque la indepen dencia personal sigue siendo el ideal, suele partirse también de una comunión de intereses. En otro lugar6 he estudiado con cierto deta lle algunas de estas publicaciones periódicas juveniles que ofrecen, mejor que ningún otro medio, las actitudes más espontáneas, com prometidas e, incluso, combativas. Sirva ahora como ejemplo el caso de Electra, fundada en 1901, a la estela del escandaloso estreno del drama galdosiano. Parecen ser los responsables Manuel Machado, Valle-Inclán, Maeztu, Pío Baroja y Francisco Villaespesa. Aunque esta revista carece de manifiesto fundacional, en un artículo indivi dual, de R. Sánchez Díaz, se ofrece la idea que preside la empresa 5. La carta fue publicada por José Rico Verdú en Un Azorín desconocido, Instituto de Estudios Alicantinos, 1973. Cfr. Inman Fox, “El año de 1898 y el origen de los intelectuales”, art. cit., pág. 19, n. 9. 6. Literatura y periodismo en las revistas de Fin de siglo. Estudio e índices (1888-1907), Madrid, Júcar, 1991. Electro, que es un periódico batallador, informador, de juven tud de espíritu y de vigor material, debe esforzarse en romper a puñetazos la rutina que acogota al país. No debe dedicarse sólo a hacer literatura sincera, despreocupada y culta. Ese es un medio, desde luego, capaz de revolucionar hasta lo más hondo; un medio muy práctico, sin duda, de ir metiendo en el alma del pueblo las ideas nuevas que levantan el corazón de los demás pueblos [...] Pero Electro debe hacer su revolución en el trabajo.
Nuestro pe riódico debe hacer esfuerzos colosales por dedicar secciones bien dirigidas encaminadas a hablar de industrias, de agricultura, de mi nas... No, es claro, como tratan esas revistas dedicadas exclusiva mente a esos asuntos. Sino de otra manera más hermosa, más levantadora, más sugestiva, a fin de que en nuestros industriales, de que en nuestros trabajadores surja el afán al estudio, a lo moderno, al viaje, a la progresión, a la rabia por alcanzar el triunfo sobre tal otro industrial. Ahí vendrá bien la literatura: una literatura nueva. La poesía nueva de las fábricas, las estrofas grandes y estridentes. Además de constatarse el espíritu combativo de la revista, en esta cita queda de manifiesto el doble interés que guía a los jóvenes inte lectuales (estético e ideológico) y el valor similar de repercusión so cial que se concede a ambos. En Electra se publican comprometidos artículos sobre la situación de España y la necesariá modernización; preocupa muy especialmente la situación social del proletariado, asun to al que se dedica la sección “La cuestión obrera”; y los artículos y referencias anticlericales son constantes. No se sabe si por dificulta des económicas, por presiones externas o por disensiones entre los responsables, Electra sólo vivió durante nueve números. La misma mala suerte compartieron Juventud (11 números), Revista Ibérica (4 números) y otras muchas revistas, independientes e ilusionadas, pero poco realistas. La corta vida fue el precio que tuvieron que pagar por no someterse a las leyes del mercado. Para difundir sus ideas en el medio periodístico, los intelectuales del fin de siglo se valieron especialmente de tres géneros: el ensayo, el artículo de fondo y la crónica. 7. “Las industrias españolas”, Electro, 5 (1901), pág. 129. Aunque el ensayo no es propiamente un género periodístico, por su extensión, se publicaron muchos de ellos, a menudo seriados, en diferentes revistas. Unamuno, por ejemplo, eligió este medio para difundir sus más importantes ensayos. En La España Moderna po demos ver la evolución de su pensamiento, desde la confianza en la modernización y europeización de España, tesis de En torno al cas ticismo,8 hasta su desconfianza en la regeneración y su giro espiri tualista en “La vida es sueño.
Reflexiones sobre la regeneración de España”.9 En este medio publicó más de veinte ensayos sobre temas muy variados: cuestiones lingüísticas, crítica general del teatro, la educación, defectos de los españoles, etc. Género muy adecuado al medio periodístico es el artículo de fon do, lo que hoy llamaríamos artículo de opinión. En principio, suele combinar la función informativa y la formativa, pues se trata de un comentario —personal, pero con planteamiento objetivo- sobre un tema de actualidad. Aparte de la noticia en sí, se pueden aportar datos que servirán de apoyo argumentativo a las tesis planteadas. Artículos de fondo publicaron casi todos los jóvenes intelectuales a principios de siglo. A través de ellos tomaron posiciones respecto a asuntos polémicos en el mo mento, tales como la oposición gente vieja/gente joven, la educa ción, el llamado “desastre”, cuestiones sociales como la vida en las minas o en las cárceles, etc. Pero el género periodístico más peculiar de la época es la cróni ca. Se trata de un artículo breve, sobre aspectos concretos de la rea lidad más actual, abordados desde un punto de vista subjetivo, con agudeza de observación y, en general, con una técnica impresionista.10 A principios de siglo, la extensión y el vigor de este género llamaron 8. La España Moderna, 74 (1895), págs. 17-40; 75, págs. 57-82; 76, págs. 27- 58; 77, págs. 29-52; y 78, págs. 29-45. 9. La España Moderna, 119 (1898), págs. 69-78. 10. Son interesantes en la aproximación a este género los estudios de Angel Rama, “Los poetas modernistas en el mercado económico”, en Rubén Darío y el Modernismo, Caracas-Barcelona, Alfadil, 1985; y de Oksana María Sirko, “La crónica modernista en sus inicios: José Martí y Manuel Gutiérrez Nájera”, en Estudios críticos sobre la prosa modernista hispanoamericana (ed. de José Olivio Jiménez), Nueva York, Eliseo Torres, 1975 págs. 57 y ss. poderosamente la atención. Uno de los críticos más respetados, Eduar do Gómez de Baquero, dedica un artículo a desvelar, a partir de la reseña de un libro de crónicas de Manuel Ugarte, los entresijos de este género.
11 Insisto en que lo hace a partir de la reseña de una obra concreta porque la crónica está marcada por esa tendencia a aprove char el acontecimiento que se comenta para hacer abstracciones, evo car paisajes (objetivos o anímicos) o simplemente dejar volar libre mente la mente o la imaginación del autor. Gómez de Baquero, des pués de analizar el sentido histórico originario de la crónica y su nuevo sentido en el Fin de siglo, da algunas claves que explican su éxito. A modo de definición, dice que la crónica “es el arte de la conversación aplicado a la comunicación con mil lectores por me diación de una hoja impresa” (pág. 272). Esta capacidad comunicativa, a pesar del subjetivismo que impone el interlocutor único, es la gran virtud del género. Y después continúa, relacionando el género con el “intelectual” de la época y añadiendo algunos mati ces interesantes: El arte de la crónica ha sido en Francia heredero del arte de la conversación, y el chroniqueur sucesor del cortesano del siglo XVIII, cuyos humos aristocráticos han sido reemplazados en el cronista por otro género de vanidad, la del intelectual que se figura que el mundo y los hombres han sido hechos para que él se recree o de algún modo se emocione con su contemplación; y que los su cesos ocurren para que él los [sic] saque punta, propenso siempre, consciente o inconscientemente, a épater le bourgeois, a dejar al vulgo con tamaña boca abierta ante su penetración y la agilidad de su entendimiento. Pero la crónica va encontrando ya estrecho este círculo de amena frivolidad y aspira a más que seguir haciendo juegos malabares con palabras e ideas. El sentido realista que informa toda la vida moderna va penetrando en ella y de ahí esa transfor mación a que antes se aludía y que la va trocando en diaria lección de cosas, comentario ingenioso pero instructivo del suceso del día, 11. “La evolución de la crónica”, en Letras e ideas, Barcelona, Imprenta de Henrich, 1905. enseñanza cotidiana de casos prácticos, forma en la cual es la clase de escritos que mejor se acomoda a la índole de las propagandas de la Prensa. Las consideraciones generales y teóricas suelen ser en los periódicos sermón perdido [...] Lo que al público le llega es lo que inmediatamente se relaciona con algún caso concreto, lo que extrae del suceso trágico o cómico que ha impresionado a las gentes aquel día, la filosofía o la enseñanza que es dable sacar o que al cronista se le ocurre (págs. 273-274). Resulta interesante la asociación de la crónica a la labor del inte lectual, así como la referencia a su actitud de superioridad y a la intención provocadora —épater le bourgeois- que le anima. Gómez de Baquero considera la crónica como un comentario en que se aú nan lo ingenioso y lo instructivo, aspecto éste último que él estima acorde con la función propagandista propia de la prensa.
Por último, la popularidad de este género -frente al artículo de fondo- reside en su relación con la actualidad y en las asociaciones y conclusiones que el cronista es capaz de sacar. Escribieron crónicas casi todos los intelectuales del fin de siglo: Manuel y Antonio Machado se iniciaron en la prensa, en 1894, con unas crónicas sátiricas publicadas en el periódico La Caricatura.12 Crónicas pueden considerarse también los relatos de las visitas de Azorín a importantes escritores del momento,13 en las que prima la recreación impresionista del ambiente y de la personalidad. Y cróni cas literarias son las enviadas desde París por Enrique Gómez Carri llo, que permitieron a los escritores españoles conocer el ambiente intelectual de la entonces capital del mundo artístico.14 12. Los artículos están frmados con los seudónimos “Polilla”, “Cabellera” y “Tablado de Ricamonte”. 13. Véase, por ejemplo, “Polanco. En casa de Pereda”, ABC, 10 y 11 de agosto de 1905; y “Charivari en casa de Unamuno”, La Campaña, París, 26 de febrero de 1898, recogido por R. Gullón, El modernismo visto por los modernistas, págs. 57-69 14. Estas crónicas, de tema literario, fueron publicadas en revistas como Madrid Cómico, Vida Nueva, La Vida Galante, Revista Nueva... Aunque referido a otro tipo de crónicas, véase de Javier Blasco “La imaginación modernista en las crónicas de Gómez Carrillo”, en El Modernismo, Universidad de Valladolid, 1990, págs. 13-30. Una vez vistos los medios y los géneros que los intelectuales del Modernismo consideraron más adecuados para la difusión de sus ideas, conviene abordar ahora el fondo de la cuestión: ¿En que tér minos se formula la antedicha disconformidad de los intelectuales con la situación social y política? ¿En qué consiste su intento de influir en la sociedad y por medio de qué propuestas concretas? La actitud crítica de los intelectuales respecto al orden estableci do tuvo también diversos grados. Hay textos muy duros de los jóve nes escritores respecto a la situación heredada de sus mayores, tanto en el terreno social como en el literario. Un texto emblemático de la rebeldía de la joven generación respecto a la tradición precedente es el célebre artículo de Martínez Ruiz “Somos iconoclastas”, en que arremete no sólo contra la generación anterior sino contra nuestros más ilustres ingenios (Cervantes, Lope, Calderón...)
Hay mucha in tención de épater le bourgeois en este texto, pero una afirmación revela el fondo que late en estos reproches Pero el curso del tiempo es fatal e inexorable. La vida se en gendra de la muerte; no podría haber formas nuevas si las antiguas no perecieran. Y después, debemos pensar que toda labor de críti ca, aun injusta, es preparatoria de nuevos estados que sin la crítica . . , no existirían. 15 En cuanto a la situación político-social, son muchos los testimo nios que se podrían aducir, contra al incompetencia de los políticos (ya hemos visto, por ejemplo el de Baroja cuando propone hacer un periódico) y su responsabilidad en la injusticia social. Pero creo más elocuente resaltar algunos respecto a la actitud más general ante la cuestión del desastre. Frente al protagonismo que se quiso dar al desastre como detonante del espíritu del 98, vemos que, más allá de la nostalgia por el Imperio y la grandeza perdida, prevalecen dos actitudes mucho más modernas: por una parte, la comprensión ante la legítima reivindicación de independencia de los “hermanos” ame ricanos, como reconocía Unamuno; por otra parte, la idea de que lo 15. Alma española, 10 (17 de enero de 1904), págs. 15-16. que se defendía no era el interés de la mayoría sino sólo de sectores minoritarios; en palabras de Maeztu, se trataba de los intereses de los políticos, las órdenes religiosas y los explotadores españoles.16 Como cierre a este apartado, un testimonio de Eduardo Marquina referido a la cuestión del “desastre”, resulta especialmente elocuente respecto a la desvinculación de los jóvenes intelectuales de la socie dad heredada, su espíritu crítico y la modernidad de su actitud ...Tal vez porque no quisimos morir con lo que moría, nos han tachado de hombres muertos, de generación inútil, decadente, sin fe, sin Patria ni amor patrio [...] ¿Qué teníamos que ver nosotros con lo que moría? ¿Qué gran idea española murió en la catástrofe? [...] No diremos que nos regocijara la pérdida de nuestras colonias, porque no es verdad. Pero en lo que tuvo aquello de liquidación, de fracaso político, de balance de uná vida, lo reconocimos fatal mente justiciero y estoicamente lo aprobamos».
Los jóvenes intelectuales se sintieron desvinculados de la socie dad heredada y de la clase concreta de la que procedían. Criticaron casi todo: la vida política, la hipócrita moral burguesa, la enseñanza, la influencia de la Iglesia en la sociedad española, etc. Y, en ocasio nes, se atrevieron a dar el salto de lo concreto a lo abstracto y, así, vemos a Pío Baroja criticando la democracia, que supedita el indivi duo al Estado y le hace buscar el progreso material en vez del per feccionamiento personal de su ser moral;18 o menospreciando el matrimonio, considerado una unión imperfecta frente al amor libre;19 y vemos a Azorín criticando la educación como coartante, alienadora y uniformadora20 y proclamando el fin de la propia religión: un artí 16. “La obra de los muertos”, Alma Española, 11 (1904), págs. 13-14. 17. “La España futura”, Nuestro Tiempo, 79 (1906), págs. 5-12. 18. “Contra la democracia”, Revista Nueva, 7 (1899), págs. 325-329. 19. “Este [el divorcio] podrá preparar con el tiempo la unión libre, la forma más perfecta, más acabada de unión sexual, la más favorable para la selección de la especie y para el bienestar del individuo”, en “Adulterio y divorcio”, Alma Española, 10 (1903), pág. 2. 20. “Principiemos por destruir Universidades y Academias, círculos instruc tivos y escuelas integrales. La pedagogía es el mal. La pedagogía mata la voluntad, culo de Electra, titulado “La religión”,21 se abre con la lapidaria fra se de «el cristianismo ha muerto». Martínez Ruiz propone como sus tituto -en coincidencia con Nietzsche- la «religión de la vida»; es decir, la exaltación de la vida, el trabajo, el bienestar y el placer. Como ya he dicho, en el fondo de estas declaraciones late la inten ción de épater le bourgeois, pero no conviene subestimar la función que desempeñaron de agitar las conciencias y de crear un ámbito para la polémica y la pluralidad, algo a lo que no estaban demasiado acostumbrados.
¿Y, tras la crítica, cuáles fueron las propuestas y soluciones para luchar contra los males del país? De entrada, hay que decir que mu chos intelectuales no traspasaron el umbral de la mera crítica: Baroja, por ejemplo, no llega a hacer ninguna propuesta positiva y, cuando otros las hacen, sigue protestando contra ellas y lo vemos horrorizar se ante “la nueva España” de Maeztu ... el día en que esa nueva España venga a implantarse en nuestro territorio con sus máquinas odiosas, sus chimeneas, sus montones de carbón, sus canales de riego; el día en que nuestros pueblos tengan sus calles tiradas a cordel, ese día emigro, no a In glaterra, ni a Francia..., a Marruecos o a otro sitio donde no hayan llegado esos perfeccionamientos de la civilización." La postura más general se concretó en una reflexión sobre las causas de los males de España. Siguiendo el concepto de Volksgeist de Herder, se prestó especial atención a analizar los rasgos idiosincrásicos del alma nacional, para poder adecuar las soluciones a las peculiaridades de nuestro carácter. En Alma Española, se abrió una sección dedicada a la profundización en las almas regionales, a cargo cada uno de los capítulos de importantes personalidades: Joan Maragall se ocupa del “Alma catalana” (n° 12); Miguel de Unamuno coarta la iniciativa, arranca de la personalidad humana, la audacia y el vigor, la vivacidad y el sentimiento”, “La pedagogía”, Electra, 8 (1901), pág. 228. 21. Electra, 9 (1901), págs. 257-258. 22. “Libros y folletos: Hacia otra España, por Ramiro de Maeztu”, Revista Nueva, 1,4 (1899), págs. 191-192. del “Alma vasca” (n° 10); o Vicente Blasco Ibáñez, del “Alma valen ciana” (n° 11), etc. Esta misma intención de analizar y adecuar las soluciones a la idiosincrasia española es la que guía a Ganivet en su Idearium español y en las cartas que se cruzó con Unamuno en El defensor de Granada-, y ocupa una importante parte de Hacia otra España, de Maeztu, y de En tomo al casticismo, de Unamuno, obras todas ellas difundidas primero en la prensa. La realidad es que en la práctica esta actitud bastante generalizada no traspasa los límites del más puro idealismo y no se tradujo en acciones concretas.
Otros escritores pusieron primero su confianza en el progreso material, pero, en la estela de los prerrafaelistas,23 pronto vieron los peligros que el industrialismo acarreaba, principalmente dos: la agu dización del problema social con un incremento del proletariado y un empeoramiento de sus condiciones laborales; y el efecto alienan te de la cadena de producción. En este sentido, resulta clarificadora una serie de artículos de Juan José Morato publicados en Revista Nueva.2* Aunque guiado por motivos personales, una evolución similar observamos en Unamuno. De su activismo socialista, pasa a una ac titud crítica-idealista y, finalmente, a una postura espiritualista. Unamuno colaboró en 1894 con numerosos artículos en el periódico bilbaíno La lucha de clases, si bien desde el principio se observa su disconformidad con el dogmatismo marxista respecto a los princi pios de ateísmo y materialismo y con el planteamiento de la lucha de clases. Él concibe el socialismo como algo integrador y como un renacimiento cuasi religioso. En 1895, Unamuno escribe los cinco ensayos que constituyen En torno al casticismo; aunque se muestra partidario del progreso y de la europeización de España, el hecho es que su reflexión no traspasa los límites del puro idealismo: en busca de la verdadera noción de casticismo y de tradición, analiza algunos rasgos del carácter español y elabora el concepto de intrahistoria, en 23. Véase R. Argullol, El Héroe y el Único, Madrid, Taurus, 1984. 24. «El problema social», Revista Nueva 1, 18 (1899), págs. 846-848; II, Ia serie, 19, págs. 25-27; II, 1* serie, 20, págs. 61-63; II, Io serie, 21, págs. 116-118; II, Ia serie, 22, págs. 162-164; y II, 2* serie, 24, págs. 30-32. Me he ocupado de este tema en La pluma ante el espejo, Universidad de Salamanca, 1999, págs. 79-82. la estela de Herder. Este vago deseo de progreso se difumina aún más después de la crisis espiritual sufrida en 1897. En una entrevista que le hace Martínez Ruiz en 1898, se plantea Unamuno: “¿Para qué luchar por la emancipación de los hombres que al morir vuelven a la nada?”.25 Y en otro lugar, ese mismo año, afirma: “¡Maldito lo que se gana con un progreso que nos obliga a emborrachamos con el negocio, el trabajo y la ciencia, para no oír la voz de la sabiduría eterna, que repite el vanitas vanitatuml”.26 Para Unamuno, a partir de su crisis personal, el progreso sólo tiene sentido si, “aliviándonos de las necesidades temporales, nos descubre las eternas”.27 Lo que pretenderá Unamuno desde ese momento es influir en el individuo, más que en la sociedad, creándole estados de conciencia.
Aun en el caso de los intelectuales más activos y entusiastas, como Maeztu, su postura no pasa de una declaración de propósitos. Los treinta y siete artículos -publicados primero en la prensa- que conforman Hacia otra España se centran fundamentalmente en tres grandes temas: un grupo - “Páginas sueltas”- desarrolla el asunto ya comentado de la profundización en las causas del retraso de España, asociadas a ciertos defectos del carácter español. Otra parte, “De las guerras”, critica la política relacionada con las guerras coloniales. Ya antes he citado un artículo posterior en el que Maeztu asocia la guerra al interés de los políticos, las órdenes religiosas y los explota dores españoles. En el artículo titulado “27.500” arremete contra el gobierno que enviaba a la guerra a jóvenes de las clases bajas y libra ba a los de las clases altas, cuyos intereses se defendían. En la tercera parte, “Hacia otra España” es en la que aborda las propuestas con cretas: al margen de la rastrera labor de los políticos, todos los secto res de la sociedad -industriales, obreros, labradores...- deben impli carse en la modernización del país (proceso de industrialización), siguiendo el ejemplo de Europa. Es obvio que la propuesta tiene poco de concreto y mucho de ideal, pero, además, Maeztu se mues tra contradictorio ideológicamente: defiende la lucha de clases, pero 25. «Charivari en casa de Unamuno», art. cit. 26. “La vida es sueño. Reflexiones sobre la regeneración de España”, La España Moderna, 119 (1898), pág. 71. 27. bid., pág.74. en el seno de la sociedad capitalista; valora el dinero como legítimo motor individual, que traerá el progreso colectivo; y confía en una minoría de intelectuales, que rija los destinos de la colectividad. Como puede apreciarse, su socialismo resulta más bien heterodoxo. Así pues, los escritores del Modernismo ampliaron su función en la sociedad asumiéndose como intelectuales. Una nueva responsabi lidad va a moverles: la de ser la conciencia de la sociedad, por medio de una dimensión crítica y otra constructiva. Pero sus propuestas quedaron en el terreno de lo ideal y su influencia real fue, por ello, muy limitada. La siguiente generación, la del 14, supo ver muy bien la incapacidad de sus antecesores para la acción y les reprochó su falta de rigor y de sistematismo. Pero tampoco ellos lograron en puridad cumplir la función del intelectual. Aunque con un plantea miento mucho más riguroso, les traicionó su elitismo de fondo, que les distanciaba del pueblo, y su compromiso político en los años de la República, que contravenía uno de los principios del intelectual: la imparcialidad e independencia ideológica.
No puedo hacer ahora ni siquiera un mínimo repaso histórico de las vicisitudes de los inte lectuales a lo largo del siglo XX. Es obvio que tras la guerra civil, cualquier voz que sonara a crítica o disidencia estaba acallada y re primida. Será en los años de la transición política cuando las voces de los nuevos intelectuales se dejen oir de nuevo, y cuando reaparez can en la prensa nuevos «manifiestos de intelectuales» cargados de firmas diversas. Pero también ha pasado el entusiasmo de los albo res de la democracia y hoy España, al fin a un mismo nivel que Oc cidente, vive un clima de disociación, relativismo y de negatividad axiomática, que se ha dado en llamar postmodemidad. Los intelectuales del Modernismo sentaron las bases de una nue va figura y una nueva función de su escritura dentro de la sociedad. Un siglo después, los herederos de aquellos intelectuales, se plan tean la legitimidad de esa figura y de su misión en la sociedad. La variedad de posturas al respecto es signo del escepticismo, de la “duda razonable” que alcanza a todo, de la indeterminación ideológica que define la postmodernidad. Uno de los todavía firmes defensores del papel que debe repre sentar el intelectual en la sociedad actual es Femando Savater. Para él, el intelectual es “una combinación de portavoz y librepensador”. Mientras que la responsabilidad del escritor es sólo literaria, la del intelectual es también ética, “porque valora, toma partido o, al me nos, trata de contribuir a la aclaración de los acontecimientos de los que es testigo”.28 Pero Savater es, a la vez, muy consciente de los peligros que acechan al intelectual en el mundo actual Habrán notado ustedes que quienes con más amargura lamen tan el sempiterno “silencio de los intelectuales” lo que echan de menos es su protesta o su indignación, no sus raciocinios. Al con trario: si el llamado intelectual demora su toma de partido con análisis responsablemente minuciosos de la situación que le apre mia, será rechazado por tibio o por liante. Triste consecuencia de ello es que suele ser más gratificante y mejor considerado firmar un manifiesto que sopesar con cierto detenimiento cara al público la encrucijada de valoraciones en que nos movemos.
De modo que el intelectual, que podría ser hasta profesor de ética en ciertos ca sos, guarda la primorosa sutileza de su mente bien guarnecida para los comentarios de texto eruditos que publica en medios especiali zados y se decanta por el silencio o por el exabrupto cuando se manifiesta ante profanos sobre cuestiones complejas de interés ge neral. Buena manera de mantenerse altivamente respetable, pero mala de ayudar a los conciudadanos a entender los riesgos y méri tos de las opciones sociales que se les ofrecen." Savater lamenta que la verdadera función del intelectual -ayudar a sus conciudadanos a reflexionar y a valorar las opciones que la sociedad Ies ofrece, por medio del raciocinio compartido-, ha que dado eclipsada ante el protagonismo adquirido por manifiestos y algaradas críticas. El “agitador de conciencias” parece haber dege nerado en un actor vocinglero de un espectáculo de masas: al públi co le interesa la indignación y el escándalo, no el análisis minucioso de hechos y propuestas. Pero precisamente en un tiempo marcado 28. “El intelectual y el escritor”, en Pensamientos arriesgados, Madrid, La Esfera de los Libros, 2002. 29. “Vuelve la predestinación”, El País. por la ausencia de valores absolutos, se hace más necesaria la labor del intelectual, que, desde su imparcialidad pero también desde su compromiso ético, haga ver desde perspectivas diversas y oriente hacia tomas de postura responsables. Pero no todos los escritores se muestran tan seguros respecto a la necesidad de los intelectuales y a su función en la sociedad. Buena muestra del cuestionamiento de principios, sintomático de la postmodernidad, es un artículo de Valentín Puig,30 en el que afirma Nadie le pide a un poeta más o menos neobarroco, kafkiano o a un novelista del mito que estén al tanto de los pros y contras de la unión monetaria europea, por la misma razón que, si se mani fiestan al respecto, su opinión tendrá el mismo valor que la de un farmacéutico, un modista o una conductora de tren de alta veloci dad [...]
De cualquier modo, el alto vuelo de la literatura no garan tiza una opinión valiosa del poeta en cuestión de políticas energé ticas para España. No le falta razón a Puig en los dos aspectos que resalta: la com petencia literaria de un escritor no garantiza el valor de sus ideas y, en la democracia en la que estamos instalados, la materialización de su opción, es decir, su voto valdría un solo voto, exactamente igual que el de cualquiera de sus conciudadanos. Pero, a pesar de este punto de partida tan certero, Puig no llega a negar la posible función del intelectual, sino que lo que critica es el modelo que hemos here dado: el intelectual disidente político que sólo sabe criticar el poder establecido. Él mismo, con gran perspicacia, da su versión del ori gen histórico de esta reducción A la pregunta de para qué sirven los intelectuales, la costum bre es decir, hoy por hoy, que son quienes deben contribuir a que la sociedad aprenda a instalarse en la complejidad [...] En términos políticos, la herencia de los años sesenta -disolvente en más de un aspecto- propagó para las décadas futuras la noción de que el inte 30. “Los intelectuales”, El País, 9 de diciémbre de 1996. lectual, de forma sistemática, tenía la obligación absoluta de criticar el poder. Lo que entonces no se nos decía era cuál debería ser la ac titud en el caso de que el poder -ejercitado en la plenitud legítima del Estado de derecho- hiciera algo bien, aunque sólo fuese por ca sualidad. Nunca mejor dicho: el poder tenía mala prensa. Todo po der era abuso, incluso encamación del mal. Es comprensible, pero no justificable: se apartaban a marchas forzadas del poder porque nadie había contribuido tanto como los intelectuales -más que los políticos- a legitimar el sistema soviético y el nazismo. Lo que plantea Puig aquí es que son igualmente negativas en la concepción del intelectual su responsabilidad histórica en la legiti mación de regímenes totalitarios y la consecuente actitud de guerra sin cuartel al poder establecido. Casi de pasada, ha dado una pista, sin asumirla como propia, sobre la función del intelectual en la ac tualidad: “contribuir a que la sociedad aprenda a instalarse en la com plejidad”. Se trataría de la función que le asigna la llamada postmodernidad: no guiar en una sola dirección, sino hacer ver y respetar la pluralidad; la complejidad de un mundo, el occidental, que siente tambalearse sus cimientos civilizadores y culturales. El final del artículo es clarificador y parece explicitar la verdadera pos tura del autor: No creo que abogar por una cierta fumigación gestual de la bohemia literaria suene a genocidio, ni que pedir intelectuales li bres dispuestos a pensar el mundo se asemeje a un atentado contra la integridad de la literatura.
Al fin y al cabo, la desaparición de los reyes filósofos y de los Estados ideales obliga a buscar nuevos territorios para la acción intelectual. A lo mejor tenemos la suerte de que Internet acabe con la bohemia y que los nuevos intelectua les acudan a la fascinación de la complejidad. En el fondo, Puig no reniega de la figura del intelectual, sino que simplemente reivindica una nueva actitud, más acorde con los tiem pos: el intelectual de la postmodemidad debe tener una actitud más democrática (lejos del concepto de aristocracia intelectual del Mo demismo o del de élite intelectual del 14); menos dogmática (lejos de los intelectuales de los sistemas totalitarios); "compleja” e, inclu so, autocrítica (el cuestionamiento absoluto, de lo otro, pero también de las propias opiniones, es absolutamente novedoso). Como en el Modernismo, hay tres géneros adecuados para que el intelectual haga públicas sus ideas: el ensayo, el artículo de opinión y la columna. El ensayo rara vez se trasmite a través de la prensa, en todo caso en suplementos o en revistas especializadas. El libro sigue siendo su principal cauce; el que emplea, por ejemplo, Fernando Savater, aunque también se prodiga en artículos de opinión. Este segundo género, es obviamente un cauce muy adecuado para que el intelectual manifieste sus opiniones, aunque a veces está fuertemen te ideologizado (el medio en que se publique ya marca una cierta orientación política). Pero el género más representativo del intelec tual de la postmodemidad es, sin duda, la columna, género heredero de la crónica modernista, a medio camino entre la literatura y el pe riodismo. Por razones de espacio me voy a limitar a comentar tan sólo una columna de Juan José Millás, pero en ella podemos ver, por una parte, las características de este género y, por otra, algunos rasgos definidores de la postmodemidad.
El título, “Dudas”,31 nos sitúa ya en la actitud de inseguridad y de cuestionamiento absoluto propios de la época en que vivimos. Como vamos a ver, este artículo posee la brevedad, acor de con la urgencia y prisa con la que vivimos; el humor y la ironía en el planteamiento; y la voluntad de estilo, características propias de este breve género. Además, parte de un acontecimiento de la actuali dad más reciente, aunque se prolonga hacia planteamientos generales (característica también muy frecuente del género) Poco antes de ser detenido, el asesino del tarot telefoneó al FBI para presentar sus credenciales, pero le colgaron el teléfono creyen do que “se trataba de un loco”. O sea, que buscaban a un cuerdo, a una persona normal, quizá a un funcionario, pese a que el hombre había anunciado que era Dios y que mataba por razones metafísicas. ¿Qué hay que decir para que crean que estás mal de la cabeza, una 31. El País, 1 de noviembre de 2002. vez desaparecidas las fronteras entre el lirio y el delirio, el tocino y la velocidad, la paga y la limosna, el gas de la risa y el de la muerte? Urge redefinir los límites. Aunque, si el modelo de cordura occiden tal es Putin, ¿quiénes son los locos? ¿Y cómo distinguir al que te secuestra del que te rescata? [...] ¿Acaso no produce más desastres hoy en día el orden que el desorden? [...] La crítica de una sociedad que parece haber perdido su norte es clara. Y clara es también la propuesta, aunque peque de inconcreción: “urge redefinir los límites”. El autor consigue trasmitir la sensación de confusión general que domina nuestra sociedad, confusión mani fiesta también en el juego de antítesis. La pregunta última resulta retórica porque lleva implícita la respuesta. Ante el caos y la indefi nición de nuestra sociedad, Juan José Millás se desmarca del espíritu de la postmodemidad con esa tímida propuesta de redefinir los lími tes. Parece querer decir que una cosa es la pluralidad y la tolerancia y otra la irracionalidad y la indiferencia. El texto continúa con una sarta de interrogaciones que no ocultan una crítica abierta Todo son dudas.
¿Es lógico que su religión de usted me impida a mí beberme un vaso de vino? Más aún: cuando a un individuo le da miedo o asco estrechar la mano de las mujeres, ¿debe ser considera do paranoico, místico, perverso o diferente? Si un señor con barba no puede sentarse a mi mesa por escrúpulos gastronómicos, ¿por qué tengo yo que ver su jeta en el telediario ignorando a mi reina? ¿Es lógico, por otra parte, que a estas alturas tenga yo una Reina en vez de tener una república? [...] ¿Tiene algo que ver la quiebra con tinua de las academias de idiomas con el hecho de que no entenda mos nada? Aunque el final del párrafo parece insistir en la sensación de con fusión que nos rodea, resulta significativa la cantidad de referencias a la racionalidad, facultad especialmente ligada a la labor del inte lectual. El último párrafo fluctúa entre las referencias concretísimas a la situación de España y un salto -irónico- hacia los planteamien tos metafísicos eternos Si Arenas, que financia con dinero público a la Fundación Francisco Franco, telefoneara al FBI asegurando que él, Fraga y Aznar representan el futuro, ¿lo tomarían por un loco o por un ge nio? [...] Y una vez localizada la llamada, ¿avisarían a Jatamí, a López Ibor o a la CIA? Por último: ¿quién es toda esa gente tan rara que gobierna la realidad? ¿De dónde viene? ¿Adonde va? De manera fragmentaria, desenfadada y meramente insinuadora, Juan José Millás ha ido pasando revista a cuestiones concretas de la actualidad social y política: el asesino del Tarot; la liberación de los rehenes retenidos en un teatro por terroristas chechenos, mediante el uso indiscriminado de un gas tóxico; la negativa de Jatamí, el presi dente iraní, a dar la mano a la reina, por su condición femenina; la financiación pública de la Fundación Francisco Franco, y un largo etcétera. Pero es fácil abstraer de los acontecimientos concretos una crítica más general: una sociedad que genera monstruos como el ase sino del Tarot; la política totalitaria y fascistoide de Putin; la intoleran cia, el afán impositivo y el desprecio de los derechos humanos por parte del integrismo musulmán; la contradicción política de no rom per con el pasado y apropiarse de manera exclusivista del futuro... Es obvio que Millás deja al descubierto, para quien sepa leer en tre líneas, las lacras de una sociedad que, de puro tolerante, ha per mitido que se desdibujara su identidad. Por eso, como dice Millás, “urge redefinir los límites”. Resulta significativo que las dudas de Juan José Millás generen certezas en los lectores. Bajo la apariencia del espíritu disociador y nihilista de la postmodemidad, un intelec tual ha conseguido, una vez más, agitar nuestras conciencias.

