domingo, 25 de agosto de 2024

Charles Baudelaire El pintor de la vida moderna fragmento

 

 




Charles Baudelaire

El pintor de la vida moderna

 Título original: Le peintre de la vie moderne, L’oeuvre et la vie d’Eugène Delacroix y Salon de 1859 (L’artiste moderne, Le publique moderne et la photographie)

Charles Baudelaire, 1863

Traducción: Martín Schifino

Edic. digital: LMM

 El pintor de la vida moderna

  I. Lo bello, la moda y la felicidad

 Hay en este mundo, e incluso en el mundo de los artistas, personas que van al museo del Louvre, pasan rápidamente, sin volver la vista, ante muchos cuadros interesantísimos aunque de segundo orden, y se detienen absortos delante de un Tiziano o de un Rafael, alguno de los que se han vuelto muy populares gracias a los grabados; luego salen satisfechos, y más de uno se dice: «Qué bien conozco el museo». También existen personas que, por haber leído antaño a Bossuet o a Racine, creen poseer la historia de la literatura.

Por fortuna, cada tanto aparecen desfacedores de agravios, críticos, curiosos, aficionados, que afirman que no todo está en Rafael, que no todo está en Racine, que los poetae minores tienen aspectos buenos, sólidos y exquisitos; y que, en definitiva, no por mucho amar la belleza universal, expresada por poetas y artistas clásicos, se ha de descuidar la belleza particular, la belleza circunstancial y los rasgos de las costumbres.

He de decir que, desde hace unos años, el mundo se ha corregido un poco. El precio que los aficionados fijan hoy a las finezas grabadas y coloreadas del pasado siglo demuestra que ha habido una reacción en el sentido en que la necesitaba el público; los Debucourt, los Saint-Aubin y muchos otros han entrado en el diccionario de artistas dignos de estudio. Pero estos representan el pasado; hoy quisiera dedicarme a la pintura de costumbres del presente. El pasado es interesante no solo por la belleza que supieron extraer de él los artistas para quienes era presente, sino además por pasado, por su valor histórico. Lo mismo ocurre con el presente. El placer que obtenemos en las representaciones del presente depende no solo de la belleza que este pueda revestir, sino además de su cualidad esencial de presente.

Tengo ante mis ojos una serie de grabados de modas que van desde la Revolución hasta más o menos el Consulado. Esos vestidos, que hacen reír a mucha gente irreflexiva, gente grave falta de verdadera gravedad, presentan un encanto de naturaleza doble: artística e histórica. A menudo son bellos y están dibujados con vivacidad; pero lo que me importa al menos otro tanto, y lo que me alegra encontrar en todos o en casi todos, es la moral y la estética de una época. La idea que el hombre se hace de lo bello se imprime en toda su estampa, arruga o tensa su traje, redondea o endereza su gesto y, a la larga, incluso penetra sutilmente en los rasgos de su cara. El hombre acaba por parecerse a lo que quisiera ser. Estos grabados pueden tomarse como imágenes bellas o feas; feas, se convierten en caricaturas; bellas, en estatuas antiguas.

Las mujeres que llevaban aquellos atuendos se parecían en mayor o menor medida a unas o a otras, según el grado de poesía o vulgaridad que las distinguiera. La materia viva volvía ondulante lo que nos resulta en exceso rígido. Aún hoy la imaginación del espectador puede echar a andar o hacer temblar esta túnica o ese chal. Un día de estos, tal vez, se montará en un teatro un drama en el que veremos la resurrección de los atuendos bajo los que nuestros padres eran tan agradables como nosotros bajo nuestras pobres prendas (que también tienen su gracia, es cierto, pero de una naturaleza más bien moral y espiritual), y, si los visten y los resucitan actrices y actores inteligentes, nos asombrará el habernos reído de ellos tan a la ligera. El pasado, sin perder lo intrigante del fantasma, recuperará la luz y el movimiento de la vida, y se hará presente.

Si un hombre imparcial repasara una por una todas las modas francesas desde el origen de Francia hasta el presente, no encontraría nada de chocante ni de asombroso. Las transiciones serían tan abundantes como en la escala del mundo animal. Nada de lagunas; por tanto, nada de sorpresas. Y si aquel agregara, a la viñeta representativa de cada época, el pensamiento filosófico que más la ocupaba o la inquietaba, pensamiento que la viñeta recuerda inevitablemente, vería que una profunda armonía rige a todos los miembros de la historia y que, aun en los siglos que se nos antojan más monstruosos y demenciales, se ha satisfecho siempre el inmortal apetito por lo bello.

Se nos presenta aquí una buena ocasión, por cierto, para plantear una teoría racional e histórica de lo bello, en contra de la teoría de lo bello único y absoluto; para demostrar que lo bello tiene siempre, inevitablemente, una composición doble, aunque la impresión que produce sea singular; pues la dificultad que tenemos para discernir en la unidad de dicha impresión los elementos variables de lo bello no invalida la necesidad de variedad en la composición. Lo bello consiste en un elemento eterno, invariable, cuya cantidad es muy difícil determinar, y de un elemento relativo, circunstancial, que será, si se quiere, por turno o en su conjunto, la época, la moda, la moral, la pasión. Sin este segundo elemento, que es como la envoltura entretenida, estimulante, atractiva, del dulce divino, el primer elemento sería indigerible, inapreciable, inapropiado y no apto para la naturaleza humana. Desafío a que se descubra un ejemplo cualquiera de belleza que no contenga estos dos elementos.

Tomo, por así decir, los dos grados extremos de la historia. En el arte hierático, la dualidad aparece a primera vista; la parte de belleza eterna solo se manifiesta con el permiso y bajo las normas de la religión a la que pertenece el artista. La dualidad se observa igualmente en la obra más frívola de un artista refinado, perteneciente a una de esas épocas que con excesiva vanidad llamamos civilizadas; la porción eterna de belleza se hallará al mismo tiempo velada y expresada, si no por la moda, cuando menos por el temperamento particular del autor. La dualidad del arte es consecuencia fatal de la dualidad del hombre. Piénsese, si se quiere, en lo que subsiste eternamente como en el alma del arte, y en el elemento variable como en su cuerpo. De ahí que Stendhal, un espíritu impertinente, burlón, incluso odioso, se acercara más que muchos otros a la verdad al decir que «Lo bello no es sino la promesa de la felicidad». Sin duda esta definición sobrepasa su objetivo; somete lo bello al ideal infinitamente variable de la felicidad; despoja con excesiva ligereza lo bello de su carácter aristocrático; pero tiene el gran mérito de alejarse decididamente del error de los académicos.

Más de una vez expliqué estas cuestiones; estas líneas dirán lo suficiente para quienes aprecien los juegos del pensamiento abstracto; pero sé que, en su mayoría, los lectores franceses rara vez se complacen en ellos, y a mí mismo me urge entrar en la parte concreta y real de mi tema.

 

 

 


 II. El croquis de costumbres

 

 

 

Para hacer un croquis de las costumbres, la vida burguesa y los espectáculos de la moda, el medio más expeditivo y menos costoso es con toda evidencia el mejor. Cuanta más belleza ponga en ello el artista, más preciosa será la obra; pero hay en la vida trivial, en la metamorfosis diaria de las cosas exteriores, un movimiento rápido que igualmente exige al artista velocidad de ejecución. Los grabados en varias tintas del siglo XVIII han obtenido una vez más el favor de la moda, como decía hace un momento; el pastel, el aguafuerte, el aguatinta han contribuido por turno al inmenso diccionario de la vida moderna que se encuentra disperso en bibliotecas, en los bocetos de los aficionados y en los escaparates de las tiendas populares. Desde su aparición, la litografía ha demostrado ser muy apta para esta tarea enorme, aunque en apariencia frívola. Tenemos en ese género verdaderos monumentos. Con justicia se ha llamado a las obras de Gavarni y de Daumier complementos de La comedia humana. El mismo Balzac, estoy seguro, no habría rechazado la idea, que es tanto más justa por cuanto el artista que pinta costumbres posee un talento de naturaleza mixta, es decir que en él interviene en buena parte el espíritu literario. Observador, paseante, filósofo, llámenlo como quieran; pero, al caracterizar a este artista, se verán movidos a premiarlo con un epíteto que no prestarían al pintor de cosas eternas, o al menos de las más duraderas, las cosas religiosas o heroicas. A veces es poeta; más a menudo se acerca al novelista o al moralista; es el pintor de la circunstancia y de todo lo que esta sugiere de eterno. Cada país, para su placer y su gloria, ha dado algunos de estos hombres. En la época actual, a Daumier y a Gavarni, los primeros nombres que acuden a la memoria, pueden añadirse los de Devéria, Maurin, Numa —historiadores de las sospechosas galas de la Restauración—, Wattier, Tassaert, Eugène Lami —este último casi inglés a fuerza de su amor por la elegancia aristocrática— y Trimolet y Traviès, cronistas de la pobreza y la vida humilde.

 

 

 

 III. El artista, hombre de mundo, hombre de multitudes y niño

 

 

 

Hoy voy a entretener al público con un hombre singular, de una originalidad tan pujante y decidida que se basta a sí misma y ni siquiera busca la aprobación ajena. Ninguno de sus dibujos lleva su firma, si firma puede llamarse a las pocas letras, fáciles de falsificar, que cifran un nombre y que tantos otros ponen fastuosamente al pie de croquis descuidados. Pero todas sus obras llevan la firma de su alma resplandeciente, y los aficionados que han visto y admirado aquellas las reconocerán con facilidad en el retrato que haré de esta. Gran amante de la multitud y el anonimato, el señor C. G. lleva la originalidad al grado de modestia. El señor Thackeray, que, como bien se sabe, es muy curioso en cuestiones artísticas, y que ilustra sus propias novelas, habló un día del señor G. en un pequeño periódico de Londres. Este se enfadó como si hubieran ultrajado su pudor. Y hace poco, al enterarse de que me proponía esbozar una apreciación de su espíritu y de su genio, me suplicó, de manera imperiosa, que suprimiera su nombre y no hablara de sus obras sino como de obras anónimas. Respetaré humildemente ese extraño deseo. El lector y yo haremos como que el señor G. no existe, y nos ocuparemos de sus dibujos y acuarelas, por los que él profesa un desdén de patricio, como estudiosos que juzgaran preciosos documentos históricos preservados por el azar y de los que nunca se conocerá al autor. Más aún, para mi absoluta tranquilidad de conciencia, supondremos que cuanto he de decir sobre su naturaleza, tan curiosa y misteriosamente deslumbrante, lo sugieren con mayor o menor justeza las obras en cuestión; pura hipótesis poética, conjetura, labor imaginativa.

El señor G. es mayor. Jean-Jacques, dicen, empezó a escribir a los cuarenta y dos años. Fue quizá por esa edad cuando el señor G., obsesionado por las imágenes que colmaban su cerebro, tuvo la audacia de verter tinta y colores sobre una hoja en blanco. A decir verdad, dibujaba como un bárbaro, como un niño, enfadado con la torpeza de sus dedos y la desobediencia de su instrumento. He visto muchos de sus garabatos primitivos y admito que casi todos los que saben de estas cosas, o fingen saber, habrían podido, sin deshonra, pasar por alto el genio latente que habitaba en esos bocetos tenebrosos. Hoy en día el señor G., que ha descubierto por sí solo todas las pequeñas mañas del oficio y que se ha educado a sí mismo prescindiendo de consejos, es a su manera un pujante maestro, y no ha conservado de su primera ingenuidad más que lo necesario para añadir a sus sobradas facultades un condimento imprevisible. Cuando da con uno de sus ensayos de juventud, lo hace trizas o lo quema con una vergüenza de lo más divertida.

Durante diez años quise conocer al señor G., que es por naturaleza muy viajero y muy cosmopolita. Sabía que había colaborado largo tiempo con un periódico ilustrado inglés, en el que habían aparecido estampas basadas en sus croquis de viaje (España, Turquía, Crimea). De entonces a esta parte he visto un número considerable de esos dibujos hechos in situ, y además he podido leer un informe minucioso y cotidiano de la campaña de Crimea, muy preferible a cualquier otro. Aquel periódico también había publicado, siempre sin firma, numerosas composiciones del mismo autor sobre ballets y óperas nuevas. Cuando por fin lo conocí, supe de entrada que no estaba ante un artista, sino más bien ante un hombre de mundo. Entiéndase, por favor, la palabra artista en un sentido muy restringido y la expresión hombre de mundo en uno muy amplio. Hombre de mundo, es decir hombre del mundo entero, hombre que comprende las razones misteriosas y legítimas de todas sus usanzas; artista, es decir especialista, hombre unido a su paleta como el siervo a la gleba. Al señor G. no le gusta que lo llamen artista. ¿No tiene un poco de razón? Le interesa el mundo entero; quiere saber, comprender, apreciar todo lo que ocurre en la superficie del globo. El artista vive poco, o incluso nada, en el mundo moral y político. Quien reside en el barrio de Bréda ignora lo que pasa en el de Saint-Germain. Salvo por dos o tres excepciones que es inútil nombrar, la mayoría de los artistas son, hay que decirlo, animales muy diestros, manipuladores puros, inteligencias de pueblo, cerebros de aldea. Su conversación, limitada por fuerza a un ámbito muy restringido, pronto resulta insoportable para el hombre de mundo, el ciudadano espiritual del universo.

En consecuencia, para comprender al señor G., tomen enseguida nota de lo siguiente: que la curiosidad puede considerarse el punto de partida de su genio.

¿Recuerdan ustedes un cuadro (por cierto, es un cuadro) salido de la pluma más potente de la época actual, que se titula El hombre de la multitud? Tras la ventana de un café, un convaleciente, mientras contempla gozoso la multitud, se mezcla por medio del pensamiento con todos los pensamientos que se agitan a su alrededor. De vuelta desde hace poco de entre las sombras de la muerte, aspira con deleite los gérmenes y efluvios de la vida; como ha estado a punto de olvidar todo, recuerda y arde en deseos de recordar todo. Al final, se precipita entre la multitud en pos de un desconocido cuya fisionomía, entrevista en un abrir y cerrar de ojos, le ha fascinado. ¡La curiosidad se ha vuelto una pasión fatal, irresistible!

Imaginen a un artista que se encontrara siempre, espiritualmente hablando, en la situación del convaleciente, y hallarán la clave del carácter del señor G.

Ahora bien, la convalecencia es como una vuelta a la infancia. El convaleciente goza en grado máximo, como el niño, de la facultad de interesarse vivamente por las cosas, incluso las de apariencia trivial. Remontémonos, si es posible, por medio de la imaginación retrospectiva, a nuestras impresiones más tempranas, aurorales; reconoceremos que guardan un parentesco singular con las impresiones, vivamente matizadas, que tuvimos más tarde tras una enfermedad física, siempre y cuando esta no perturbara nuestras facultades espirituales. El niño ve en todo novedad; está siempre ebrio. Nada se parece tanto a lo que llamamos inspiración como la dicha con que el niño absorbe la forma y el color. Diría más: la inspiración se vincula con la congestión cerebral, y todo pensamiento sublime viene acompañado de una sacudida nerviosa, más o menos intensa, que repercute hasta en el cerebelo. El hombre de genio tiene nervios robustos; el niño los tiene débiles. En uno, la razón ocupa un lugar considerable; en el otro, la sensibilidad abarca casi todo el ser. Pero el genio no es sino la infancia recobrada a voluntad, la infancia que ahora está dotada, para expresarse, de los órganos viriles y del espíritu analítico que le permiten ordenar materiales acopiados de manera involuntaria. A esa profunda y alegre curiosidad ha de atribuirse la mirada fija y animalmente extática de los niños ante lo nuevo, en cualquiera de sus formas, rostro o paisaje, luz, doradura, colores, telas tornasoladas, encanto de la belleza realzada por el vestuario. Un amigo me contó un día que, de pequeño, solía mirar a su padre vestirse, y que entonces contemplaba, con un estupor mezclado de delicias, los músculos de los brazos, las gradaciones cromáticas de la piel matizada de rosa y amarillo, la red azulada de las venas. El cuadro de la vida exterior ya le inspiraba respeto y se apoderaba de su cerebro. La forma ya le obsesionaba y lo poseía. La predestinación asomaba precozmente la nariz. Se había sellado la condena. ¿Hace falta decir que aquel niño es hoy un pintor famoso?

Hace un momento pedí que se considerase al señor G. un eterno convaleciente; para completar esa concepción, debemos tomarlo también por un hombre-niño, un hombre que posee minuto a minuto el genio de la infancia, es decir, un genio para el que ningún aspecto de la vida se ha atenuado.

He dicho que me resistía a llamarlo un puro artista y que él mismo renegaba de ese título, con una modestia teñida de pudor aristocrático. Con gusto lo llamaría dandi; y tendría mis razones, pues la palabra dandi denota refinamiento de carácter y una comprensión sutil del mecanismo moral del mundo; pero, por otro lado, el dandi aspira a la insensibilidad, y en ese sentido el señor G., a quien domina la pasión insaciable de ver y de sentir, se distancia con ímpetu del dandismo. Amabam amare, decía san Agustín. «Amo apasionadamente la pasión», diría con gusto el señor G. El dandi está hastiado, o finge estarlo, por política y cuestiones de casta. El señor G. aborrece a la gente hastiada. Posee el dificultoso arte (los espíritus refinados me comprenderán) de ser sincero sin hacer el ridículo. Lo condecoraría con el nombre de filósofo, al que tiene derecho en más de un sentido, si su excesivo amor a las cosas visibles, tangibles, condensadas en su estado plástico, no le inspirara cierta repugnancia por aquellas que forman el reino impalpable del metafísico. Reduzcámoslo, pues, a la condición de puro moralista pintoresco, como lo fue La Bruyère.

La multitud es su ámbito, como el aire es el del pájaro, el agua el del pez. Su pasión y su profesión es fundirse con la multitud. El paseante perfecto, el observador apasionado, halla un goce inmenso en lo numeroso, en lo ondulante, en el movimiento, en lo fugitivo y en lo infinito. Estar fuera de casa y, no obstante, sentirse en casa en todas partes; ver el mundo, ser el centro del mundo y permanecer oculto al mundo, tales son algunos de los ínfimos placeres de estos espíritus independientes, apasionados, imparciales, que la lengua solo puede definir con torpeza. El observador es un príncipe que disfruta en todas partes de su anonimato. El amante de la vida hace del mundo su familia, como el amante del bello sexo compone una familia con todas las bellezas halladas, hallables e inhallables; como el amante de los cuadros vive en una sociedad encantada de sueños pintados sobre tela. Así el enamorado de la vida universal entra en la multitud como en una inmensa reserva de electricidad. También se lo puede comparar con un espejo tan grande como esa multitud; con un caleidoscopio dotado de conciencia que, con cada movimiento, representa la vida múltiple y la gracia cambiante de los elementos de la vida. Es un yo insaciable de no-yo que, a cada instante, lo capta y lo expresa en imágenes más vivas que la vida misma, siempre inestable y fugaz. «Todo hombre —decía un día el señor G. en una de las conversaciones que ilumina con una mirada intensa o un gesto evocador—, todo hombre que no esté afligido por una de esas penas que son demasiado concretas como para no enturbiar las facultades, y que se aburra en medio de la multitud, ¡es un tonto!, ¡un tonto!, y lo desprecio».

Al despertar, cuando el señor G. abre los ojos y ve el sol chillón que asalta los paneles de las ventanas, se dice con pesar, con remordimiento: «¡Qué orden imperioso! ¡Qué fanfarria de luz! ¡Desde hace varias horas, luz por doquier! ¡Luz perdida durante el sueño! ¡Cuántas cosas iluminadas habría podido ver y no he visto!». Y se pone en movimiento, y mira correr el río de la vitalidad, majestuoso y brillante. Admira la eterna belleza y la asombrosa armonía de la vida en las capitales, armonía que mantiene de manera tan providencial en el tumulto de la libertad humana. Contempla los paisajes de la gran ciudad, paisajes de piedra acariciados por la bruma, o golpeados por el sol. Disfruta de los bellos carruajes, los caballos briosos, la impecable pulcritud de los mozos, la destreza de los ayudas de cámara, el paso de las mujeres sinuosas, los niños apuestos, felices de estar vivos y de ir bien vestidos; en dos palabras, de la vida universal. Si se ha modificado ligeramente una moda, el corte de una prenda, si las escarapelas han destronado los nudos de cintas o los bucles, si la cofia se ha ensanchado y el rodete ha descendido un pellizco hacia la nuca, si el cinturón se usa ahora más alto y la falda más amplia, créanme que desde una distancia enorme su ojo de halcón ya lo ha detectado. Pasa un regimiento, que acaso se dirige hacia el fin del mundo, soltando por los bulevares fanfarrias llevaderas y ligeras como la esperanza, y el ojo del señor G. ya ha visto, repasado, analizado las armas, la marcha y la fisionomía de la tropa. Arreos, centelleos, música, miradas decididas, bigotes serios y tupidos, todo entra en él sin orden ni concierto; y en pocos minutos el poema que resultará de todo ello estará prácticamente compuesto. Y he aquí que su alma vive con el alma de ese regimiento que marcha como un solo animal, noble imagen de la alegría en la obediencia.

Pero llega la noche. Es la hora extraña y dudosa en que cae el telón del cielo, en que las ciudades se alumbran. Las farolas de gas manchan la púrpura del poniente. Honestos o deshonestos, razonables o locos, los hombres se dicen: «¡Por fin termina el día!». Prudentes e infames piensan en el placer, y cada cual corre a su lugar favorito para beber la copa del olvido. El señor G. se quedará el último en cualquier sitio donde pueda destellar la luz, retumbar la poesía, pulular la vida, vibrar la música; en cualquier sitio donde una pasión pueda posar delante de sus ojos, donde el hombre natural y el hombre de las convenciones se muestren con una extraña belleza, donde el sol ilumine las presurosas alegrías del animal depravado. «Ha sido, sin duda, un día bien aprovechado», se dice cierto lector al que todos hemos conocido, «cada uno de nosotros tiene suficiente talento para llenarlo de la misma manera». ¡No! Pocos hombres están dotados de la capacidad de ver; menos aún poseen el poder de expresar. Ahora, cuando los demás duermen, él se halla encorvado sobre su mesa, clavando en una hoja de papel la misma mirada que posaba hace un rato en las cosas, afanándose con el lápiz, la pluma, el pincel, arrojando el agua del vaso al techo, limpiándose la pluma en la camisa, apresurado, violento, activo, como si temiera que se le escapasen las imágenes, combativo aun en soledad y agitándose por su cuenta. Y las cosas renacen sobre el papel, naturales o más que naturales, bellas o más que bellas, singulares y dotadas de una vida entusiasta como el alma del autor. Se ha extraído la fantasmagoría de la naturaleza. Los materiales acumulados en la memoria se ordenan, se alinean, se armonizan y experimentan la idealización forzosa que resulta de una percepción infantil, es decir, de una percepción aguda, mágica a fuerza de ingenuidad.

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