jueves, 12 de marzo de 2026

CHARLES E. KANY SINTAXIS HISPANOAMERICANA VERSIÓN ESPAÑOLA DE MARTÍN BLANCO ÁLVAREZ


 

INTRODUCCIÓN 

Es propósito de este libro agrupar las tendencias más destaca das de la sintaxis hispanoamericana, haciendo especial hincapié en su expresión popular, o sea ofrecer un compendio de las prin cipales peculiaridades o fenómenos sintácticos que difieren del uso actualmente reconocido como consagrado * en España (en donde muchos de ellos, sin duda, no son desconocidos localmente o en el habla popular). La primera en aparecer entre las obras de su género, quiere ésta constituir para los estudiantes y jóvenes maes tros, ejercitados sólo en la práctica castellana y súbitamente en frentados a la variada y nueva riqueza de la fraseología hispano americana, un punto de referencia o un libro de texto que les sirva de guía en las dudas, por lo general no explicadas en otros lugares, ya que los problemas relativos a las variaciones sintácticas han sido hasta el presente muy descuidados. Esta tarea, que por mucho tiempo constituyó un desiderátum, hoy es una necesidad, debido sobre todo al rumbo definido de las letras hispanoamericanas en las tres o cuatro últimas décadas, el nacionalismo americano (criollismo o nativismo) fue brotando es porádicamente ya a mediados del siglo xix, mas sólo a comienzos del xx abandonaron del todo los novelistas y dramaturgos el pre * El autor de la presente obra hace uso frecuente del término standard aplicado al castellano que se habla en España como español tipo, sancio nado y consagrado por el uso. En esta traducción, diversas expresiones tra tan de transmitir el contenido de aquella palabra. He aquí las mas comunes, español tipo, peninsular, consagrado, normal, castizo, culto. A veces, cuando el texto lo permite, eliminamos su traducción. (N. del T.).

 8 Sintaxis hispanoamericana juicio escolástico de la lengua, encaminando su observación realis ta a su propio medio local y liberando su propia perspectiva e idiomas de la primitiva y servil adhesión a los modelos extranje- r°s franceses ideológicamente, lingüísticamente españoles—. La primera guerra mundial engendró una nueva conciencia colectiva portadora de valores nacionales positivos, sentimiento que fructificó de manera exuberante a partir de los años veinte. En un esfuerzo por reproducir fielmente todas las diferencias, los problemas so ciales y los ideales de cada región, incluso a costa de una evidente crudeza y de valores estéticos negativos, los novelistas dieron forma literaria a la expresión vemacula. Fue entonces cuando aparecieron las importantes novelas típicas de Güiraldes, Gallegos, Rivera, Lynch, Azuela, Icaza, etc. 

Actualmente existe otro movimiento que. en beneficio de una concepción más alta de la realidad y de un acceso a ella más elevado y universal, trata de descartar los aspectos menos agradables de un realismo estricto, pero la verdad es que gran parte de la literatura hispanoamericana significativa que los estudiantes deben manejar contiene un lenguaje regional, que desconcierta a la generalidad de los mismos, cuyo conocimiento abarca únicamente el idioma consagrado o castizo (limitado éste, por cierto, aun en España, a grupos selectos). Las explicaciones de numerosas ediciones escolares recientes de novelas hispanoamerica nas y cuentos cortos publicados en América demuestran con elo cuente evidencia la limitación y, por tanto, la imperfección de dicho conocimiento. Innecesario decir que aún no es posible ofrecer una exposición científica completa de la práctica lingüística hispanoamericana. Algo se ha hecho con el mejor método moderno, pero mucho más es lo que queda por hacer. Para llegar al éxito final hay que esperar la realización de un esmerado estudio de la geografía lingüística a lo largo de los veinte países afectados, trabajo que llevará tal vez varias décadas, pues implica una exploración local de cada una de las ciudades y de cada uno de los pueblos por medio de cuestio narios apropiados y bien detallados (tales como el Cuestionario lingüístico hispanoamericano [Buenos Aires, 1945] de Navarro To más) y, basada sobre este estudio, la elaboración de miles de mapas o cartas, cada uno de los cuales habrá de limitarse a un solo fenó Introducción 9 meno —fonético, morfológico o sintáctico, según sea el caso—. 

Este procedimiento es sumamente lento, difícil y costoso, pero con pa ciencia, decisión y entusiasmo, puede llevarse a cabo. Así lo hicie ron en Francia, por ejemplo, Guilliéron y Edmont (Atlas linguis- tique de la France [1902-10]) tras quince años de tenaz trabajo. Verdadero monumento de gran alcance, que comprende 639 loca lidades en 35 fascículos in folio y 1920 mapas, fue el punto de partida del método geográfico, seguido por cierto número de estu dios regionales en Francia, Bélgica, Suiza, Italia (Jaberg y Jud especialmente) y España x. Al presente se están realizando estudios aislados de ciertas regiones de Hispanoamérica2, la cual ofrece un excelente campo de exploración lingüística en lo referente a la estructura, al proceso histórico de la actividad de los substratos y a la migración de los préstamos de una lengua a otra. Además de un examen geográfico completo, se necesita un estudio exhaustivo del español, tanto en la época preclásica como en la clásica, in cluyendo los documentos coloniales coetáneos, así como una des cripción a fondo de los dialectos españoles. 

Esperamos que la presente obra llene su propósito hasta el mo mento en que aquella tarea llegue a feliz término. Las conclusiones que aquí presentamos se basan en el material recogido por el autor en sus frecuentes viajes a los respectivos países, en disponi bles tratados impresos, en monografías y diccionarios locales, am pliado todo ello con ejemplos ilustrativos sacados de la moderna novela regional y del cuento corto moderno, publicados en su ma yoría a partir de 1920, y en ocasiones con ejemplos de importantes obras anteriores. 

En la medida de lo hasta ahora descubierto, para cada fenómeno indicamos sus límites geográficos y sociales, aspec to en el que dedicamos especial atención a los casos de uso apa rentemente restringido. Para los casos generales, empero, no nos 1 Tras muchos años de trabajo, el profesor Navarro Tomás y sus cola boradores acaban de terminar el atlas lingüístico de España (comenzado ya en 1925, con exploraciones directas sobre el terreno en 1931-36). No se publicará hasta que Portugal pueda ser incluido. 2 Disponemos ahora de El español en Puerto Rico: Contribución a Ia geografía lingüística hispanoamericana (1948). Las áreas estudiadas incluyen Guatemala, El Salvador y Colombia. 10 Sintaxis hispanoamericana ha parecido necesario hacer mayores subdivisiones dentro de una zona más amplia. Recordaremos que la referencia a un país deter minado no significa que la locución en estudio sea corriente en todo el país o entre todas las clases sociales. Además, así como existe la probabilidad de que ciertas formas corrientes en la fron tera de un país sean idénticas a las de la frontera limítrofe de un país contiguo, de igual manera es posible que tales formas sean totalmente diferentes de las corrientes en el interior de entrambos. Por ejemplo, el habla de Mendoza (Argentina) se parece más a la de Chile que a la de Buenos Aires; es posible igualmente hallar formas idénticas, por ejemplo, en el sur del Perú y en el norte de Bolivia, en el sur de Colombia y en Ecuador, en el este de Co lombia y en Venezuela, en el norte de Panamá y en Costa Rica. En el estado actual de nuestros conocimientos es muchas veces arriesgado calificar de argentinismo, pongamos por caso, una ex presión dada por el hecho de hallarse en una determinada novela argentina. Bien puede estar restringida a una sola área, siendo desconocida en el resto. Con el fin de evitar este peligro latente, cuando la locución parezca dudosa indicaremos la región particu lar de que se trate. No obstante, si la locución es corriente en Bue nos Aires (o en la capital de otro país cualquiera en estudio), o, al menos, no desconocida allí, semejante locución puede, para nuestros propósitos, calificarse de argentinismo, aun cuando al pre sente es posible que sea muy poco usada. La fuente de los ejemplos citados se indica lo más brevemente que permite la claridad, incluyéndose su título completo en la bi bliografía. Cuando un autor se halla representado por una sola obra, generalmente nos referimos a él simplemente por su apellido seguido por la página (si se trata de una obra teatral, a veces se indica acto y escena) de dicha obra. Cuando se citan dos o más obras de un mismo autor, no se repite el título completo, a menos que sea muy corto, sino únicamente lo indispensable del mismo para identificar la obra (Arguedas, Raza, etc.). Si la claridad lo permite, se indica un solo apellido (Benvenutto, Batres, etc.); si no, se usan los dos apellidos (Herrera García, Núñez Guzmán). Se añade el nombre propio en el caso de los autores que sólo tienen un apellido (Flavio Herrera, Ciro Alegría, Femando Alegría, etc.). Introducción 11 Los ejemplos que llevan la etiqueta “(C)” están tomados de la conversación del autor con hispanoamericanos; los que llevan “(L)” están tomados de cartas dirigidas al autor por corresponsa les hispanoamericanos. Las obras citadas una sola vez, cuyo títu lo completo damos en esa ocasión, así como ciertos clásicos muy conocidos, no se incluyen en la bibliografía. La distribución de los ejemplos se ha hecho por países, empe zando por el más meridional (Argentina) y continuando hacia el norte en secuencia geográfica, distribución que muestra a la pri mera mirada la situación de una forma determinada en los países contiguos. Alguien se preguntará: “¿Por qué empezar por el sur y no por el norte?”. Fue ésta una decisión tomada tras madura deliberación. En una posible distribución alfabética, la lista habría sido encabezada por la Argentina, pero semejante sucesión sena imposible. Sin embargo, por una serie de motivos, aparte su nota ble progreso y su importancia en el conjunto de las repúblicas his panoamericanas, la Argentina parecía pujar por el primer puesto. Su lengua hablada (al igual que la de otras repúblicas meridio nales) se aleja del castellano normal más que en otras partes, ofreciendo, por tanto, más rica base de estudio y exigiendo trata miento más extenso. Además, parece probable que la influencia de la Argentina en el aspecto futuro del idioma español en general será superior a la de la mayoría de las repúblicas hermanas, ya que actualmente Buenos Aires se ha convertido en el centro edi torial más importante tal vez para el español. Amado Alonso (La Nación, 4, 11 y 18 de agosto de 1940) opina que los escritores que deseen publicar sus obras en Buenos Aires adaptarán su len guaje, en la medida de lo posible, al lenguaje general de la Ar gentina. Empezar por el norte habría ayudado, indudablemente, a seguir de manera más estricta una pauta histórica y cronologica y habría encuadrado en forma más adecuada en el sistema de zonas lin güísticas desarrollado por Henríquez Ureña (RFE, VIII [1921], 358 61; BDH, IV [1938], 334-35; V, 29). Este erudito, como se sabe, divide Hispanoamérica en cinco zonas lingüísticas de acuerdo con los substratos, la influencia histórica y política, el ambiente geo 12 Sintaxis hispanoamericana gráfico, los núcleos de la cultura española y las características de los conquistadores y colonizadores3. En un principio traté de agrupar los fenómenos sintácticos en concordancia con las cinco zonas, pero luego renuncié a seme jante distribución, pues habría provocado numerosas y desconcer tantes subdivisiones. Además, la delimitación exacta de las propias zonas aún no ha sido definitivamente establecida ni universalmente aceptada4. Navarro Tomás sugiere una división algo distinta, su jeta a ulteriores cambios conforme a los futuros hallazgos, pues considera la proposición de Henríquez Ureña “más bien como hi pótesis inteligentemente concebida que como realidad concreta y verificada” 5. Además, las cinco zonas son distintas principalmente en el vocabulario, en los préstamos de las lenguas del substrato. Henríquez Ureña admite (RFE, VIII, 360) que en el aspecto foné tico ninguna de las zonas es totalmente uniforme, juicio que se podría aplicar a la morfología y, en medida mucho mayor, a la sin taxis. No se debe olvidar que, mientras la lengua literaria general es relativamente uniforme en todo el ámbito hispanohablante, el es pañol peninsular hablado difiere en muchos aspectos de la lengua hablada en América, aunque tampoco existe uniformidad en ésta.

 Además, el español modélico está limitado, incluso en España, a 3 Breve y parcialmente bosquejadas por Juan Ignacio de Armas (Oríjenes del lenguaje criollo [2‘ ed.; La Habana, 1882], págs. 5-6), las zonas son estudiadas y elaboradas cuidadosamente por Henríquez Ureña (omitimos aquí las numerosas subdivisiones): 1) la zona caribe (desde 1492 en ade lante) incluye las Antillas, un amplio sector de Venezuela y la costa atlán tica de Colombia, con un substrato del aravvak y del caribe; 2) la zona mejicana (desde 1519 en adelante) comprende el suroeste de los Estados Unidos, Méjico y América Central, con un substrato del náhuatl y del maya- quiché; 3) la zona andina (desde 1527 en adelante) abarca una parte de Venezuela, la gran mayoría de Colombia, todo Ecuador, Perú, Bolivia y el noroeste de la Argentina, con un substrato del quichua y del aimará; 4) la zona del Río de la Plata (desde 1536 en adelante) comprende Argentina, ruguay y Paraguay, con un substrato del tupí-guaraní y del mapuche; y ' ^ zona chilena (desde 1541 en adelante), con un substrato del mapuche. Cf. Malaret, “Geografía lingüística”, BAAL, V, 213-25. 5 Ünguistic atlas of Spain and the Spanish of America”, Bulletin of the American Council of Learned Societies, núm. 34 (1942), págs. 68-74. Introducción 13 los grupos cultos, y existen en él prácticas corrientes asimismo en el español de América, si bien algunas expresiones consideradas en la Península como populares o vulgares han encontrado aceptación en círculos americanos socialmente más altos. 

Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que el salto existente entre la lengua hablada y el lenguaje literario es considerablemente mayor en América. El autor hispanoamericano se hurta mucho más a la realidad lingüís tica en su obra escrita que el autor español. Existe cierta emancipación del lenguaje literario hispanoameri cano con respecto al modelo peninsular, y en muchos casos el len guaje literario se ha aproximado a la lengua hablada, tendencia cuya continuidad en el futuro es impredictible. Es posible que la tentación de un público lector más amplio y de un atractivo más universal conduzca a los escritores a caminos más corrientes. Inclu so entre los regionalistas se notan ciertas vacilaciones a la hora de elegir una expresión. 

Antes, por ejemplo, un buen estilista adap taba estrictamente su pauta literaria al modo castellano, lo cual naturalmente le llevaba a violar por completo muchos de sus há bitos lingüísticos ordinarios. Tratándose, por ejemplo, de un argen tino o de un chileno, para designar una “acera”, en su conversa ción diría vereda “sendero” (supervivencia de una época en que eran muchos más los senderos que las aceras), pero, sentado en su escritorio, cambiaría vereda por acera. Tratándose de un me jicano, diría banqueta, pero por escrito pondría únicamente acera. El conocido estilista chileno Pedro Prado, por ejemplo, de miras más universales que locales, emplea acera a lo largo de Un juez rural, y no emplea ni una sola vez la palabra vereda. Por su parte, su compatriota Luis Durand evita la palabra acera en su obra Mercedes Urízar, manteniéndose fiel a la palabra vereda, que es la forma corriente en la conversación chilena. Los autores de segun da, tercera o cuarta categoría generalmente tienen poco interés en los antecedentes literarios y en la cultura que les podrían suminis trar palabras tales como acera. 

Por esta razón, dichos escritores son más valiosos que los de primera fila para el estudio del idioma popular. Asimismo, aunque la mayoría de los hispanoamericanos emplean lo por “le” en la conversación ordinaria, muchos escriben le, forma preferida por el castellano, pues, siendo menos común, le 14 Sintaxis hispanoamericana parece más elegante y literario. Otros tienden a usar en los pasa jes narrativos el lenguaje consagrado, empleando en el diálogo las formas locales. El novelista Pedro Joaquín Chamorro emplea el vuelto “cambio en dinero” en el diálogo, pero prefiere la forma peninsular la vuelta en los pasajes narrativos de Entre dos filos: Don Robustiano sacó de la cartera un billete de veinte córdobas. —¿Tienes vuelto para veinte córdobas? Pasaron horas, pasaron días, pasaron años y Riverita no volvía con la vuelta ni menos con el pago [pág. 190]. Tales casos de formas dobles son muy numerosos en la literatura hispanoamericana. En la determinación del uso local se requiere, pues, la mayor precaución. Las especulaciones en tomo a la futura unidad lingüística o al futuro caos en Hispanoamérica pueden ser ociosas en parte. 

 Han existido dos escuelas de pensamiento opuestas: la de los pu ristas unitarios, a menudo seguidores obstinados de los preceptos de la Academia, pasados de moda o conservadores y procedentes de España, y la de los separatistas, deseosos de romper todo lazo con la minoría peninsular (en un caso concreto —Argentina—, los extremistas han tratado, aunque sin éxito, de establecer una len gua nacional local). Actualmente, como era de esperar, la mayoría de los eruditos se encuentra en un término medio. Si es cierto que aborrecen la anarquía y la ausencia de las normas, también lo es que no rechazan las necesarias formas nuevas, ya que la lengua se está renovando continuamente, y los nuevos términos, más que adulterarla, lo que hacen es enriquecerla, no debiéndose confundir la unidad con una pureza exagerada, carente de vida. Cierto que el lenguaje literario puede obrar como lazo unificador que man tenga el ideal lingüístico básico, pero también puede y debe existir amplio campo para la inevitable evolución. Es lógico que muchas de las diferencias locales se debieron desarrollar desde un principio, sobre todo en la lengua hablada, en la cual florecen aún vigorosamente. 

En el momento de descu brirse América, el español se encontraba aún muy inestable y sus formas fluctuantes se combatían entre sí agresivamente por la su pervivencia y por la preferencia. Sólo un siglo o siglo y medio Introducción 15 más tarde se alcanzó cierta estabilidad parcial. Aquella confusión primitiva fue heredada por América. Además, el origen y carácter de los primeros colonizadores y colonos fueron distintos en cada región. En Méjico y Perú, por ejemplo, se constituyó un régimen aristocrático no progresista, una especie de continuación del feu dalismo peninsular, en el cual los aventureros pudieron vivir en el lujo y en la indolencia. En Argentina y Chile, en cambio, no exis tía al alcance de la mano riqueza alguna aprovechable, fuera de los pocos productos de un suelo que debía ser arrancado palmo a palmo a las bandas errantes de indios salvajes. La hegemonía de Madrid sobre Méjico capital y sobre Lima, centros de la cultura colonial, fue naturalmente mucho mayor que sobre regiones como Argentina y Chile, que se hallaban fuera de la esfera de semejan te influencia cultural. 

Estos países, carentes de corte virreinal, ex perimentaron una solución de continuidad mucho más rápida con la tradición lingüística. El equilibrio de valores sociales y lingüís ticos gradualmente establecido en España no se produjo allí donde el impenetrable tejido social del Viejo Mundo no fue mantenido por las cortes virreinales. Habiéndose relajado aquí las conven ciones sociales y la disciplina, las formas rurales se convirtieron en urbanas, y rasgos considerados en España como vulgares o dia lectales fueron a menudo levantados aquí a la dignidad de forma aprobada. Cuanto mayor era la cultura de cada grupo, más estre cha fue la adhesión a las normas peninsulares, pero al mismo tiem po que se fue hundiendo la tradición del hablar culto, se fue tam bién produciendo la decadencia y el empobrecimiento de la expre sión: cada cual hablaba como le parecía, perdiéndose toda medida disciplinaria. Así, pues, los hábitos lingüísticos de los primeros colonizadores provocaron generalmente la creación de una prácti ca local que bien puede haber sido alterada hasta cierto punto por el substrato y más tarde por los inmigrantes (italianos en la Ar gentina, negros en las Antillas, vascos y catalanes en Venezuela, españoles del norte en Chile, Cuba, etc.). Las diferencias locales, sin embargo, no son tan grandes como muchos lexicógrafos quisieran hacernos creer. El desconocimiento de los dialectos españoles y del lenguaje de las repúblicas vecinas ha hecho incurrir a menudo en grandes despropósitos a investiga 16 Sintaxis hispanoamericana dores y compiladores hispanoamericanos. Ocurre repetidas veces que tal o cual compilador tiene por estrictamente locales voces o giros que no sólo son corrientes en parte de España, sino asimismo en la mayor parte de Hispanoamérica. Juan de Arona, por ejem- ! pío, en su Diccionario de peruanismos (uno de los primeros en su género) confiesa que en un principio había creído exclusivamente peruana la locución donde fulano (= a casa de fulano), hasta des cubrir que se trataba de un americanismo, y su sorpresa fue ma yúscula al descubrir que incluso en Castilla se usaba. La presente obra apunta hacia la unidad en cuanto demuestra que muchas de las locuciones que primero se consideraron como limitadas a una o dos regiones gozan de una extensión geográfica mucho mayor y a menudo forman parte del acervo tradicional español. Nuevos estudios vendrán a confirmar sin duda que los usos lingüísticos de los diversos países tienden a la unidad más bien que al caos. La unificación de la conciencia lingüística puede con el tiempo llegar a borrar las peculiaridades locales 6. 6 Debo un agradecimiento especial al profesor Robert K. Spaulding y a Miss E. Hortense White por su ayuda en la lectura de pruebas de este libro y por sus valiosos consejos. 

NOTA A LA SEGUNDA EDICIÓN ORIGINAL La primera edición (1945) ha sido revisada y puesta al día. Se han eliminado ciertas repeticiones y datos menos pertinentes con el fin de introducir aquí y allá numerosas adiciones y enmiendas. En general se ha mantenido la misma paginación. En lo relativo a las novedades estamos en deuda no sólo con las publicaciones recientes, sino también con numerosos corresponsales nuevos, entre ellos Luis Cifuentes García (Chile), Antonio Díaz Villamil (Boli- via), Marcos A. Morínigo (Paraguay), Alfredo F. Padrón (Cuba) y Ángel Rosenblat (Argentina y Venezuela). A ellos y a muchos otros, entre los cuales incluimos a nuestros consultores originales, demasiado numerosos para mencionarlos, vaya dirigida nuestra ex presión de gratitud. Permítasenos insistir sobre el hecho de que los fenómenos aquí estudiados no se deben considerar ipso jacto de uso local genera lizado. En muchos casos se trata de variantes ocasionales y hasta rarísimas, pero su divergencia del castellano modélico les asegura aquí un lugar. 1950

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