Antología de cuentos fantásticos argentinos, de los más afamados autores de la época, editada en 1976, seleccionados por Nicolás Cócaro y Antonio E. Serrano Redonnet, con cubierta José Bonomi.
There are more things in heaven and earth, Horatio, / than are dreamt of in your philosophy.
Hamlet, I, 5.
El cuento
Ya en los Orígenes de la novela, aparecido a comienzos de este siglo, Marcelino Menéndez y Pelayo nos enseña que “género tan antiguo como la imaginación humana es el relato de casos fabulosos, ya para crear con su mera exposición, ya para sacar de ellos alguna laudable enseñanza”. Y afirma seguidamente el ilustre santanderino que la “parábola, el apólogo, la fábula y otras maneras del símbolo didáctico son narraciones más o menos sencillas, y gérmenes del cuento, que tiene siempre en sus más remotos orígenes algún carácter mítico y trascendental, aunque este sentido vaya perdiéndose con el transcurso de los tiempos y quedando la mera envoltura poética”.[1]
No es el momento más indicado para introducirnos en el mundo erudito y a veces equívoco de la etimología, ni para rastrear panorámicamente la suerte corrida por la palabra cuento a través de la historia. Basta decir que la significación de contar —derivada del latín computare (calcular)— con la acepción de narrar y relatar, ya se usaba en castellano hacia el siglo XVI. En el llamado Diccionario de Autoridades, de 1726, se lee que el vocablo cuento es la “relación o noticia de alguna cosa sucedida”, y “por extensión —se agrega—, se llaman también, así, las fábulas o consejas que se suele contar a los niños para divertirlos”.[2]
En el siglo XVI se reservaba la voz cuento para la narración oral; mientras que se utilizaba la denominación de novela para la narración escrita. Contemporáneamente Mariano Baquero Goyanes distingue entre cuento popular y cuento literario,[3] y sostiene que la “decisiva fijación” de este último se produce en el siglo pasado. Para el mencionado crítico el cuento popular es el que “anónimamente, se transmite por tradición oral a lo largo del tiempo; en tanto que el cuento literario tiene un autor a quien corresponde plenamente su invención, su creación”.[4]
Habría que examinar, por supuesto, varios problemas en torno a la definición o al sentido literario del cuento, entre los cuales anotaremos, en esta circunstancia, solamente dos: la brevedad del relato y los modos expresivos del estilo. Pero ello es asunto que no cabe indagar en estas líneas. Con todo —y para aceptar un criterio suficientemente amplio del término— podríamos admitir la definición de Seymour Menton, en su antología:[5]
“El cuento es una narración, fingida en todo o en parte, creada por un autor, que se puede leer en menos de una hora y cuyos elementos contribuyen a producir un solo efecto”.[6]
En otra oportunidad nos ocuparemos de los diversos aspectos que plantea la estructura y el estilo del cuento (con su intencionada economía verbal, sus particularidades tonales y característicos matices psicológicos). Ahora sólo queda por decir, siguiendo a Baquero Goyanes, que cuando podemos narrar el “contenido de un relato breve en prosa (cuando podemos contarlo), es que, indudablemente, estamos ante un cuento. Cuando no sea posible o, por lo menos, no resulte fácil tal experiencia, puede suponerse que lo que tenemos delante es un poema en prosa”.[7]
El cuento fantástico
Son variadas las formas de arte que abordan la idea del más allá en la angustia metafísica del hombre, el que se sabe finito y mortal. Ese interrogante inescrutable aparece en la imaginación y en el pensamiento de los artistas en las formas más extrañas e insólitas. En efecto, tanto las cosmogonías y los mitos, como las distintas doctrinas filosóficas y las narraciones de todo género, recogen esa desesperada inquietud humana, cuyo esclarecimiento se nos antoja limitado e incierto. No hay duda, si se atiende a los resultados de la investigación histórica, que los cuentos más antiguos de la humanidad son los egipcios, cuya data puede establecerse, según Gastón Maspero, hacia los siglos XIII o XIV, antes de la era cristiana. Este renombrado egiptólogo publicó el cuento de Los dos hermanos y un fragmento de un cuento fantástico anterior a la XVIII dinastía, en su conocido libro Les contes populaires de l’Egypte ancienne.[8] Sir James George Frazer, en The Golden Bough,9 nos advierte que para la gente primitiva el alma puede externarse temporalmente del cuerpo, sin causarle por ello la muerte. Y como ejemplo de ese singular caso de alma externada, recuerda el viejo relato egipcio difundido por Maspero y escrito, a juicio de Frazer, bajo el reinado de Ramsés II. El cuento narra “cómo uno de los dos hermanos hechizó su propio corazón y lo colocó en la flor de una acacia y cómo al cortarse la flor, por instigaciones de su mujer, cayó muerto; pero resucitó cuando su hermano encontró el corazón perdido en el fruto de la acacia y lo depositó en una copa de agua fresca”.[9]
Los filósofos presocráticos de la Jonia, que inauguraron el pensamiento griego, dieron lugar en sus teorías relacionadas con el origen del mundo a reflexiones acerca de la naturaleza de los dioses, del mecanismo maravilloso de las transformaciones y metamorfosis, de la vida psicológica del sueño y hasta de los fenómenos de telepatía. En los dos célebres poemas de la antigüedad, la Ilíada y la Odisea, hay vivos testimonios de esas inquietudes por el más allá, que en el curso del tiempo originan las manifestaciones rudimentarias del denominado cuento fantástico, cuyo interés actual jamás sospecharon los escritores de otras épocas. Con Ovidio (Metamorphoseon) y Petronio (Satyricon), entre otros, las letras latinas aportan valiosos antecedentes del género.
La literatura oriental es abundante en asuntos fantásticos: así el Avesta, libro sagrado de los antiguos parsis, adoradores del fuego, que contiene las doctrinas de Zoroastro, como Las mil y una noches y numerosos textos hindúes, chinos y japoneses, nos ofrecen relatos de hondo interés humano frente a todo lo sobrenatural. La Biblia misma es fuente inagotable de posibilidades y motivos.
Los pueblos nórdicos atesoran multitud de tradiciones y leyendas. En la mitología escandinava nos encontramos ante el misterio de las transformaciones: el rey de los infiernos se trueca en el lobo Feuris y Júpiter tonante en el sanguinario Odín, dios de la guerra y de la poesía, dueño de tres palacios en el cielo y un curioso caballo de ocho patas. Los finlandeses se envanecen de su Kalevala, poema nacional compilado por Lönnrot, en 1849, que refiere, además de temas fantásticos, la rivalidad entre kalevalas y pohjotas (fineses y lapones). También alcanza lo fantástico el valor de lo vital en los relatos poéticos de las sagas germánicas y anglosajonas.
La América precolombina, con su bello e inmenso escenario geográfico, tampoco ignoró esos temas. En textos religiosos de las civilizaciones primitivas del continente, en el Popol Vuh y en El libro de los libros de Chilam Balam, se encuentran muestras fidedignas de literatura fantástica, como asimismo —y ya en el período hispánico— en crónicas de la conquista, representativas del proceso histórico y sociológico de trasculturación.
Lo fantástico en la literatura argentina
En las letras patrias surgen las primeras notas del género en el poema La Argentina, del arcediano Martín del Barco Centenera, y en la poesía de Luis José de Tejeda, el escritor de nuestra Córdoba docta y universitaria del siglo XVII.
Del primero podríamos recordar, siguiendo a Menéndez y Pelayo, al “pece de espantable compostura”,[10] aunque “muy sentimental y muy inclinado al amor de las mujeres”, que estaba prendado de una dama:
Un pece de espantable compostura
del mar salió reptando por el suelo;
subióse ella huyendo en una altura
con gritos que ponía allá en el cielo:
el pece la siguió, la sin ventura
temblando está de miedo con gran duelo;
el pece con sus ojos la miraba,
y al parecer gemidos arrojaba.
Salió en esto el galán de la montaña
y el pece se metió en la mar huyendo…
Tampoco puede omitirse la memoria de las mariposas trastrocadas en ratones, ni la “mágica navegación de un tal Carreño a España en tres días, en un barco tripulado por una legión de demonios, a los cuales daba órdenes contrarias a las que él quería que ejecutasen”.[11]
De nuestro primer lírico, Luis de Tejeda, hoy tan olvidado, copiamos este pasaje:
De este, pues, leal amigo;
que solo me quedó de mi fortuna,
la elección sola sigo;
y al resplandor menguante de la luna
hacia el valle del norte va, y me guía
por un florido y apacible prado
que por antiguo instinto conocía,
de que ya estaba yo muy olvidado.
A llevarme empezaba, alegre y grato,
cuando a mis ancas siento
el pegajoso aliento
y caluroso olfato
de las pesadas alas de Morfeo
que los ojos me cierran
y al interior sentido me destierran;
en cuyos anchurosos campos fieros,
sembrados de cicuta y de beleño,
adonde sólo habita el negro sueño,
me hallé tan otro entre sus libres fueros
y a los pies del caballo caí rendido,
entre sus negras plumas sumergido.[12]
Narra el mismo Tejeda que, mientras estaba dormido, se le apareció un pequeño etíope, que lo condujo a ver:
Otro mentido Olimpo del Achala
que la última región del viento iguala,
teatro de las nubes que contrarias,
con intestina guerra,
en tempestades se deshacen varias
por invadir la tierra.[13]
En la era dieciochesca, en la Córdoba colonial, encontramos otros textos que abonan el interés por lo fantástico. Se trata de las relaciones[14] de tres certámenes[15] universitarios realizados, los dos primeros, en 1756, y el último en 1757, que llevan los siguientes títulos: El primer trozo de una mala noche, El segundo trozo de una mala noche, con lo demás que verá el curioso lector y Sueño poético. De éste, de claros rasgos quevedescos, tomamos el texto que sigue:
“Pues, como iba diciendo, y perdónenme de gracia la digresión, siquiera por lo corta, tomé un polvo de prodigioso tabaco y como las narices no estaban hechas de aquel festín, luego se me remontó hasta el cerebro, me encalabrinó la calavera y me arrebató en una especie de éxtasis, en que vi, oh santo Dios, lo que vi. Vi a un hombre que, aunque niño, me pareció más que hombre, atado y amarrado sobre un pesebre con unas ataduras proporcionadas a su ternura. Tenía el rostro encendido como una brasa, aunque le vi en el corazón del invierno y de la noche. Estaba, cabe él, una matrona que me pareció deidad; tanta era la hermosa majestad y majestuosa hermosura de su semblante. Vi sobre el pecho del aquel niño una ave voracísima que, igualmente despiadada que hambrienta, le pacía las entrañas. ¡Oh, mala ave, dije yo, cruel ave grosera, que así te cebas en las entrañas de un niño que no puede defenderse por niño y por atado! Aturdido estaba de ver tantas tan extraordinarias cosas; y, perdido en la admiración de objetos tantos, le pedí a Merlín, mi compañero el intérprete, que me diese la mano para que no me fuese a fondo. Abrió Merlín su boquita, que no calzaba más que una docena de puntos y, enristrando yo mis orejas sedientas de sus oráculos, empezó a interpretarme el sueño o las visiones de esta suerte…”[16]
En las letras posteriores a la Revolución de Mayo de 1810, el más grande poeta neoclásico de la patria, Juan Cruz Varela, trae elementos fantásticos en su poema La Elvira, de 1817, que tuvo su origen en un episodio sentimental de la vida del autor:
Una noche, en la hora silenciosa
en que apenas los céfiros se mueven,
porque al turbar el sueño en que reposa
el mortal fatigado, no se atreven;
de repente mi alma temerosa,
mis espíritus todos se conmueven,
y una visión que nunca esperaría
interrumpió el letargo en que yacía.
Temblando todo, me senté en el lecho,
donde mis miembros en quietud posaban,
cuando vi de improviso abrirse el techo,
rotas las ligazones que lo traban;
y un carro de marfil y de oro hecho,
que dos palomas cándidas tiraban,
descendió del Olimpo refulgente,
y el aire atravesó rápidamente.[17]
Años después, en 1832, Esteban Echeverría con su Elvira o la novia del Plata, que es “cuento fantástico” y “vaga reminiscencia de las baladas alemanas, especialmente de las de Bürger”, según Menéndez y Pelayo, crea en Lisardo un sueño terrorífico que anuncia la muerte de su amada. Los versos finales del poema, nada logrados ciertamente, dan término a la tragedia de los enamorados:
El luminar del día
reclinaba su frente
sereno y majestuoso en Occidente,
y fugaz el crepúsculo esparcía
melancólico velo sobre el mundo.
Multitud silenciosa y pensativa
en rededor de un féretro marchaba,
donde mortal despojo se veía
cubierto con el cándido ropaje
de la inocencia, y en su sien ceñida
de azucenas y violas amorosas
corona virginal, aún no marchita.
Mas de repente en medio del concurso
un joven se arrojó: tendió su vista
sobre aquel ataúd, y repitiendo
con grito de dolor “Elvira, Elvira”,
exánime cayó en el duro suelo
con pasmo de la triste comitiva.[18]
En La guitarra, escrito en el exilio uruguayo —“farragoso novelón rimado”, le llama Ricardo Rojas—, Echeverría insiste en la temática fantástica. Ramiro, el enamorado personaje del poema, tiene una horrible visión:
Oyó entonces un ruido
aproximarse liviano;
Miró y vio ¡horrible visión!
al resplandor de los rayos
que salían de la sala,
acercarse un bulto blanco
de esbelto y airoso talle;
el cabello desgreñado
y en trenzas por las mejillas
y por los hombros ondeado.
Y Ramiro en el sillón
se quedó petrificado.
Y el bulto llegó pasito,
y se paró allí a mirarlo
cara a cara, sonriendo;
y en su bello rostro blanco
sus ojos fascinadores
brillaban como dos lampos,
que en los de Ramiro fijos
poder ejercían mágico.
Y Ramiro en el sillón
lo vía petrificado.
Y aquel bulto de mujer
alzó su nevada mano;
un dedo lleno de anillos
puso en su marchito labio,
y le dijo: “¡calla! ¡calla!
¡mira! ¡me han traído al campo,
porque en él crecen las flores
y las flores se han secado!”
Y Ramiro en el sillón
la oía petrificado.[19]
En un desatendido bosquejo en prosa de Echeverría, publicado por Juan María Gutiérrez, titulado Mefistófeles,[20] que su autor denomina drama jocoserio, satírico-político, surge de manera inconfundible lo fantástico, que resulta así anticipo del Fausto de Estanislao del Campo y del cuento de Adolfo Bioy Casares, que figura en este libro:
“Pues, como iba diciendo —escribe el poeta de Los consuelos—, yo me fui a cavilar después de haberme sorbido dos enormes jícaras, que no eran tazas, de café. A poco rato las extremidades se me helaron como si hubiera tocado nieve, mi cerebro se inflamó y comenzó a irradiar, como un horno, calórico latente, de tal modo que llevé muchas veces la mano a la cabeza creyendo que mis cabellos ardían y que en mi cuerpo se efectuaba ese raro fenómeno denominado combustión espontánea, aunque nunca entró en él ni una gota de espíritu volátil. Luego que me hube bien asegurado por el tacto, que no ardía, porque confieso ingenuamente que soy algo inclinado al escepticismo, sobre todo desde que leí a Descartes; me arrellané en mi asiento para ver si era yo mismo el que estaba sentado, a causa que mi ser material se había disuelto en las centellas de mi fuego espiritual, cual si animado de la gracia estuviese absorto en una intuición beatífica, y me envolví todo de nuevo en la capa oscura de mi propia conciencia. Entonces empezaron a pulular en mi mente las formas más estrambóticas y grotescas que hayan entrado en cráneo humano, a pasar como los espectros de Ricardo III
al través de la linterna mágica de mi fantasía. Pasaban, repasaban, y yo miraba aquellos informes engendros, embaído, sin poder distinguirlos porque rodaban tan confusamente como esas mangas de hormigas alígeras que brotan a menudo en los días serenos del verano de nuestros campos; de suerte que estuve tentado muchas veces a confundirlos con los átomos, las mónadas, los torbellinos que fueron en los cráneos de Epicuro, Leibnitz y Descartes, non plus ultra de los caviladores, los gérmenes de la creación. Pero felizmente mi linterna no era como la del mono de la fábula, sin luz… Entonces yo oí, como San Juan, una voz que me dejó pasmado y heló hasta los tuétanos, y esta voz decía: ¡Oh Fausto, Fausto, qué has hecho de tu juventud!”[21]
Los mitos populares forman parte asimismo de la literatura fantástica: el de Santos Vega, recogido por Bartolomé Mitre, culmina en el poema de Rafael Obligado. Estanislao del Campo, con su Fausto —ya hemos demostrado la precedencia de Echeverría—, enlaza la literatura argentina con la tradición del tema en las letras de Europa que se inicia, como es sabido, en plena Edad Media. Desde Juana Manuela Gorriti, en adelante, pueden anotarse varios autores que, de una manera u otra, han abordado el tema fantástico: Juan Bautista Alberdi, Lucio V. Mansilla, Eduardo Wilde, Miguel Cané. Posteriormente escriben cuentos fantásticos Eduardo L. Holmberg, Carlos Olivera, Carlos Monsalve, Martín García Mérou, Carlos Octavio Bunge, para citar únicamente a los más significativos. En los últimos treinta años el relato fantástico ha tentado sobremanera a los escritores argentinos. No es necesario, aquí, repetir los nombres y los valores literarios de quienes figuran en esta antología.
Deslinde de lo fantástico
Los diccionarios no aclaran suficientemente la idea de lo fantástico. Mencionan su origen griego o latino (latín phantasticus y este del griego fantasticós). El citado diccionario de 1726 afirma que es lo “quimérico, fingido, que no tiene realidad, y consiste sólo en la imaginación”. ¡La misma definición repite el diccionario académico después de más de doscientos años!
Marcel Schneider, en un libro dedicado a estudiar la literatura fantástica de Francia —cuyo criterio no compartimos enteramente—, se pronuncia de manera categórica acerca del tema:
“Seuls le fabuleux —escribe—, le merveilleux et le feérique s’apparentent au fantastique. Tout le reste lui est contraire ou étranger. Ce qui se rattache à une tradition, qu’elle soit occulté, ésotérique, hermétique ou alchimique s’exclut de soi-même: le fantastique n’enseigne rien. Ce qui dépend d’un système religieux, philosophique ou scientifique s’exclut également: le fantastique ne recherche ni cause ni explication.”[22]
“No nos arriesguemos a definir lo fantástico —apunta Louis Vax—, los mismos editores de Checklist of Phantastic Literature han renunciado a ello, y las definiciones que nos dan los diccionarios se contradicen entre sí.”[23]
A pesar de lo sustentado por Vax puede admitirse que el concepto de fantástico ha evolucionado y clarificado, ganando el interés de los lectores. Dentro del ámbito del mundo real, en donde el hombre vive su angustiada existencia, acaso se produzca un hecho sobrenatural. De ahí vemos, por supuesto, que lo fantástico se apoya evidentemente en un soporte real para traducirse. Tal es el caso del cuento de Leopoldo Lugones, que lleva por título El hombre muerto. Se narra en él la historia “de un loco singular cuya demencia consistía en creerse muerto”. Nadie aceptaba cosa semejante. Hasta que una noche llegó un arriero a la posada y creyó en él. He aquí lo fantástico del cuento. Cuando pensamos encontrarnos frente a un simple maniático nos sorprendemos, como las mismas personas del relato, de algo inusitado: el pretendido demente se encuentra realmente muerto. Pero lo horripilante es que debajo de la manta —de hecho, no podía haber más que un cadáver reciente—, sólo se hallan huesos descarnados de treinta años atrás.
“Allá, entre los harapos —escribe Lugones—, reposaban sin el más mínimo rastro de humedad, sin la más mínima partícula de carne, huesos viejísimos a los cuales adhería un pellejo reseco”.[24]
Aquí mismo, y como perteneciente a este universo literario de temas no naturales, es imposible no eludir lo atinente al concepto de fantasmagoría (del griego fántasma, aparición, y ágoréo, hablar, llamar); vale decir, de aquel arte de representar fantasmas por medio de una ilusión óptica.
El ámbito de la literatura fantástica está poblado de cuentos de fantasmas. No puede soslayarse en estas líneas el recuerdo del padre de Hamlet. Dentro del asunto de la tragedia el fantasma del rey asesinado aparece con total naturalidad. El lector de Shakespeare o el espectador de la obra en ningún momento rechazan ese elemento fantasmagórico que irrumpe en la intriga, sino que lo aceptan como una presencia necesaria para la causa del célebre príncipe de Dinamarca: “tal vez existen en el cielo y en la tierra —dice Hamlet— muchas más cosas que las que sabe y presiente nuestra pobre filosofía”.[25]
Vax opina acertadamente que la narración fantástica “se deleita en presentarnos hombres como nosotros, situados súbitamente en presencia de lo inexplicable, pero dentro de nuestro mundo real”.[26] En verdad, tal es lo que sucede en los relatos de prestigiosos escritores argentinos del presente (Bioy Casares, Borges, Silvina Bullrich, Mallea, Silvina Ocampo, Anderson Imbert, etc.) que rehuyen, sin duda, lo horroroso y macabro. Éstos se proponen, en cambio, que en un ámbito natural lo prodigioso, lo fantástico, haga su papel, olvidando, así, la tradición de aquella imaginación horrorizada y pavorosa, que constituyó el desiderátum de los más importantes cultivadores del género.
Algunas claves del cuento fantástico
Los estudiosos del tema y los críticos especializados, han preferido abstenerse —o rehuir— una definición concreta del cuento fantástico. El relato de Lugones, El hombre muerto, nos resulta de todo punto ejemplar, como modelo de esta tentativa artística que ha conquistado el aplauso del gran público. Otros, sin embargo, abominan del género y lo juzgan escapista y evasivo —como si cualquier tipo de literatura no lo fuera—, ajeno de la realidad social y política de nuestro tiempo.
Acierta seguramente Anderson Imbert, cuando expresa que la literatura es, en verdad, un esfuerzo para liberarse de la realidad, tanto de la física que influye sobre nosotros desde afuera, como de la psíquica, que nos envuelve en su mundo de sentimientos, actitudes e ideas.
El cuento fantástico ha padecido el proceso inevitable y evolutivo de los tiempos: los aparecidos y fantasmas, lo mágico y demoníaco, tan pródigos en las letras anglosajonas, germánicas y nórdicas, han sido sustituidos por personas de carne y hueso (claro está, siempre encarnado en ellos lo sobrenatural), a los atareados empresarios e industriales, a los burócratas y viajantes, a los temerosos ciudadanos inquietos por invasiones interplanetarias, cataclismos y desastres que se preanuncian, que darían por tierra con el mundo que habitamos.
En ese cuadro de tan agudos conflictos, los autores de cuentos extraen elementos de la ciencia, de la religión, de la técnica, de la psiquiatría, de la política, de la sociología, etcétera, para sus creaciones estéticas.
La importancia de la corriente fantástica no fue valorada hasta hace una década. Vax dice, con entera razón, que el “amante de lo fantástico no juega con la inteligencia, sino con el temor; no mira desde fuera, sino que se deja hechizar. No es otro universo —agrega— el que se encuentra frente al nuestro; es nuestro propio mundo que, paradójicamente, se metamorfosea, se corrompe y se transforma en otro. El autor no crea fríamente sus monstruos, sino que siente cómo llegan a ser monstruos los seres y las cosas que lo rodean”.[27]
A menudo la psiquiatría (léase Freud, de Stefan Zweig) pretende explicar los símbolos de la literatura fantástica. La relación profesional del médico y el paciente está en el transcurso de la cura, a través de la psiquiatría. Pero, como se comprenderá, la creación fantástica no debe interpretarse ni definirse —como lo intentó Freud con el cuento El hombre de arena, de E. T. A. Hoffmann—; de lo contrario aceptaríamos, además de la irrupción de la ciencia en la estética, que toda creación artística es una enfermedad que debe ser mitigada en un laboratorio o consultorio psiquiátrico.
Los temas fantásticos
El lector no puede ignorar que el número de temas fantásticos es reducido. Borges afirma, que luego de publicar su Manual de zoología fantástica[28], después de bucear en la Historia natural, de Plinio y en La tentación de San Antonio, de Flaubert, y en diversas mitologías, estableció, “con algún asombro, que el jardín zoológico fantástico, digámoslo así, no era más rico que el jardín zoológico real”.[29]
Entre estos temas se dan variantes muy diversas. Recordemos, una vez más, a Borges, que menciona el de la transformación o metamorfosis y cita el relato Lady into Fox, de David Garnett; y también el repetido interés por lo onírico que abunda en Las mil y una noches o, finalmente, el sueño fusionado con la realidad, como puede leerse en las líneas que siguen:
“Todo esto lo había hecho ya —dice Borges—, de una manera más lacónica y más maravillosa, un místico chino del siglo V antes de nuestra era, Chuang Tzú. Aquí no voy a resumir, voy a repetir sus palabras tal como las he leído en diversas traducciones occidentales. Dicen así, simplemente: Chuang Tzú soñó que era una mariposa y no sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que ahora soñaba ser un hombre.”[30]
Quedan, por último, otros temas de este mundo de la literatura fantástica: el del hombre invisible[31] y el de los juegos con el tiempo, creados por Herbert George Wells; el de la presencia de seres sobrenaturales o el del doble o doppelgänger, que aparece en El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde; o el de las acciones paralelas, que se encuentra en algún relato legendario.
“¿En qué reside el encanto de los cuentos fantásticos? Reside, creo —contesta Borges—, en el hecho de que no son invenciones arbitrarias, porque si fueran invenciones arbitrarias su número sería infinito; reside en el hecho de que, siendo fantásticos, son símbolos de nosotros, de nuestra vida, del universo, de lo inestable y misterioso de nuestra vida; y todo esto nos lleva de la literatura a la filosofía…”[32]
Juzgamos que Borges no se equivoca con el extraño secreto que encierra el cuento fantástico, el que es proyección estética de la existencia humana transfigurada, por la magia del arte, en la prosa de una simple narración.
Nicolás Cócaro
Antonio E. Serrano Redonnet
Marzo de 1976

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