miércoles, 7 de octubre de 2026

Antonio Espina (1894-1976) FRAGMENTOS



Prosa escogida

 

Espina, Antonio

 

Gloria Rey Faraldos (sel.)

 

 





  -11-  

ArribaAbajoDivagaciones. Desdén

(Selección)


  -[12]-     -13-  

ArribaAbajoLuz de la tarde

El malhumor se va resolviendo ondulatoriamente.

En el crepúsculo -algarabía del Poniente, que dijo un poeta-, la inquietud que devora nuestra vida urbana se entibia en la tonicidad del silencio, de la luz templada, de la hora discreta en el campo fino y frío de Madrid.

La estrecha vereda se pierde ante nosotros. La transparencia violeta de la tarde tiene tal fuerza que parece aromarnos de color. La sensibilidad se sutiliza como al roce de un secreto, y la meditación hermetiza duramente nuestro rostro.

Percibimos el arribo de inexplicables revuelos a nuestra alma, que sólo pudiéramos condensar en una sucesión de imágenes blancas: el claustro, el monje, el artista de videncias extrañas, el libro síntesis y la luminosidad de la frente del santo, que deshacen la significación de la existencia externa en un solo desprecio, sobre la sabia disciplina de la renunciación y la apacible profilaxis del olvido.

Es como una nueva ráfaga de emociones primitivas y perdidas. Madrid es una mancha grisácea, escalonada.

Cúpulas, siluetas rotas. Un trémolo goyesco que resbala por las tierras grises hasta las praderas del río. La ciudad demasiado grávida, y el cielo demasiado eléctrico. Paseamos con el paso lento de los paseos clásicos, por los clásicos lugares amigos: la Moncloa.

... Una pareja de la guardia civil nos mira al pasar como perdonándonos el habernos visto. Dos novios surgen de un rincón amable, sonrientes y azorados; porque las horas avanzan, y él, un horterita con una corbata terrible, quiere llegar pronto a la mercería; ella, una modistita rubia, va pensando en la disculpa que pondrá a la maestra.

Los organillos de la Bombilla promueven esa pedrea musical que los caracteriza. A distancia pierden lubricidad y adquieren cierta melancolía.

La Bombilla tiene un acorde estridente, como la Moncloa tiene un acorde opaco y sostenido, que recuerda la impresión geométrica y adusta de una piedra arrojada en un estanque.

  -14-  

Todos estos modos se totalizan en esa sensación acre, floja, fina y trágica del paisaje de Madrid.

Nuestro yo solitario y paseante va desvaneciéndose al llegar a la Estación del Norte, donde hemos de coger el tranvía: tránsito al señor del tranvía, ese señor que seremos nosotros, mustio y desconocido, al bajar en la Puerta del Sol, en busca del cobijo de la casa y la necesidad de la cena.

Enguantados, abotonados, acomodados en el coche, caemos en las cuentas menudas de nuestra tarde: el paseo ha sido largo. Estoy un poco cansado. ¡Las siete ya! Bostezamos.

El caprichoso malhumor con que emprendimos la marcha se ha disuelto en este par de horas (discretas, benévolas) de soledad y crepúsculo.

Por eso al acercarse el cobrador, le alargamos nuestra moneda, murmurando dulzones:

-Sol.



  -15-  

ArribaAbajoDiván y Moka

Un café de piano y violín y una peña de amigos son cosas imprescindibles para todo buen noctámbulo que sepa dignamente perder su tiempo.

Esto de perder el tiempo, como todo lo selecto, es un arte difícil al que sólo llegan las minorías de los elegidos. Exige finura de humor, escepticismo, seriedad, que sólo se dan en aquellos espíritus expertos que sólo piden atenuadas glosas a la vida, estimulantes fáciles al ensueño.

Y nada mejor glosados que el triunfo y la derrota en estos lugares tranquilos, donde la sonata desgrana tristezas en el piano y el tiempo pone epitafios invisibles en los mármoles blancos.

En la calle nieva, llueve, hay tempestad o clara luna. Es igual. Imperturbables como el Destino, irónicos como la Verdad, asentamos nuestra persona en el rojo diván que es nuestro trono, y murmuramos alegremente del ausente que es nuestro amigo. Nos entretiene todo. En todo ponemos un poco de episodio.

Un caballero viejo y pulcro que toma un vaso de leche lee La Correspondencia y se duerme.

Unos amantes que cuchichean en un rincón.

Unos señores que hacen muchos números y charlan de negocios...

Quizás el caballero viejo fue un héroe allá en las revueltas de la Gloriosa. Él, que ha comprendido muchas cosas en este mundo, comprende una cosa más y se duerme. Quizás los amantes fraguan ese eterno proyecto que nunca pasa de serlo. Se miman, disputan, se levantan, salen. Y los inconvencidos señores de las cifras, buscando el oro terco que tanto reluce en nuestro deseo, se enfurecen a base de matemáticas.

Personajes leves. Momentos serenos; telarañas de monotonía prendidas en la atmósfera de este café especial, de poca luz, poco público, pocos espejos. Para que tenga carácter, es preciso que el violinista maúlle de vez en cuando en su violín, y que el encargado del establecimiento sonría con burla cuando toquen a Beethoven.

  -16-  

Es decir, un café que parezca una siesta, y una tertulia de amigos donde no falten los inevitables de la colección: el señor que todo lo sabe; el víctima, que todo lo ignora, y los demás, que mantienen sobre el concurso una mala voluntad flotante y amistosa.

Ya van quedando pocos santuarios de éstos.

También van quedando pocas personas que sepan pasarse horas y horas, medio tumbados en un diván, discutiendo bagatelas durante treinta años.

Triunfan, en cambio, el grosero tupí y la grosera industria, con sus turbas trabajadoras y metódicas.

Desaparecen el gesto, la filosofía, la pereza.

¿Dónde se meterán los hombres de mañana, suprimidos estos remansos de paz, cuando la noche de la ciudad, demasiado hostil, les desasosiegue e irrite? ¿En la cama? No.

La cama, si son personas de buen gusto, sólo les complacerá de día. ¡Que duerman de noche los que no tienen más quehacer que trabajar!

Ni el casino, ni el teatro (el grande por pedante y el chico por idiota), ni las reuniones caseras de lotería y novia o de cotillón y whist, sustituyen al viejo café modosito y callado, que sonríe en el cortejo vulgar de las noches de invierno.

¡Cuánto tenemos que agradecerle los que sabemos de la gratitud de su ambiente y la piedad suave de sus músicas!



  -17-  

ArribaAbajoLa máscara triste

En la colección borrosa de los días, el carnaval tiene una significación extraña, como en la colección vulgar de los rostros, ciertas muecas atormentadas y rientes, cuyo misterio aparece en los ojos metálicos, en tanto que una risa falsa estremece los labios.

La alegría de Grecia, el refinamiento de Roma, la gracia del Renacimiento y la perversidad del «buen siglo» oscurecen con sus trapos de colores, venidos a menos, el verdadero deseo que late en la conciencia de la bulliciosa multitud abigarrada, que llena los paseos de la ciudad moderna, en los días carnavalescos.

La caterva pide un goce bárbaro y sensual que se perdió en el tiempo, y se divierte porque quiere divertirse.

Afortunadamente, todavía no ha aprendido la gran dificultad de divertirse en las diversiones.

Grotesco y sabio salto, el del que salta porque sí, porque vive su pierrot de seda, como antes o después, seguramente, vive su vida de hombre-hombre, con más pueril hombría (que es la mayor hombría) que los demás hombres.

Alegoría pagana de la fiesta de máscaras: confeti, serpentinas, bengalas, burlas y alcoholes, sin moraleja y sin imágenes; alegoría cristiana plena de trascendencias y diversidades, de pecadoras imágenes literarias y llorosas; papeles de colores rojos de sangre, amarillos de envidia, blancos, de nieve de culpas.

Estos dos términos marcan el contraste que promueven nuestra atención hacia este espectáculo anual y la pretensión infantil de desentrañarle. Podrá no tener argumento, pero es interesante.

Interesante, por el nuevo aspecto en que se revela el hombre mono revestido de percal.

Medio ácido, en él, se manifiesta nuestro fondo de lujuria y crueldad, más escondidos el resto del año detrás de las otras caretas. Se ve mejor lo poco que es necesario para conocernos todos: basta con taparnos la cara. Vemos también la necesidad de gritar, de regocijarnos a fuerza de chillidos y cantares.

  -18-  

El hombre canta en los lugares solitarios para distraer su miedo. Grita para apagar su amargura, a pesar de todo, para no oírse a sí mismo.

(En el lienzo Entierro de la Sardina, de Goya, esta impresión fonética se da con gran violencia. Este lienzo parece un alarido. Suenan terriblemente las voces de sus caricaturas. Se presiente una mala ventura detrás del cuadro.)

Entre todas las máscaras de ese cortejo desenfrenado, hay una especie de máscara filosófica, máscara síntesis, que pasea su indiferencia y su humorismo entre el barullo ajeno. Avanza como si nada fuese con él. ¿Quién será? Acaso un probo funcionario oficinesco, maduro y cargado de hijos; un grave doctor ensimismado, un quídam, un aristócrata, un artista. No lo sé.

Cierto carnaval me entretuve en seguirle.

Vestía un dominó negro de botones rojos, careta blanca. Iba solo, taciturno, despacio, con las manos a la espalda. Desembocó por la calle de Alcalá, mezclado con la muchedumbre, siguió por la Castellana, hasta el Hipódromo. Allí bajose el antifaz y se puso a fumar tranquilamente.

Apreté el paso para alcanzarle, deseoso de verle el rostro, pero todo fue inútil. El humo espeso del cigarro le envolvía por completo... Luego emprendió el regreso, ya anochecido, al mismo paso y con la misma actitud. Siempre con el antifaz puesto, siempre taciturno.

En la Puerta del Sol compró un periódico y bostezó, metiéndose después por las callejas de los barrios antiguos cercanas a la Plaza Mayor. Al volver una esquina, creí verle meterse en un portal; pero al acercarme al sitio por donde había desaparecido, no vi nada. Nada. Allí no había puerta alguna.

Sólo un largo paredón perteneciente a un viejo palacio.

Iba a continuar mis curioseos, pasmado por la misteriosa desaparición, cuando percibí junto a mi oído, y sin que nadie la diese, una carcajada rápida, como un lamento. Más que deprisa me alejé de aquel sitio.

El suceso nada tenía de ilógico.

Mi máscara triste era una máscara simpática que había aprendido a desaparecer. Sólo yo ignoraba la manera de ver algo donde no hay nada.

Siempre me pasa igual con mis máscaras tristes. ¡Siempre me ocurre igual con mis carnavales! 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Prosa escogida

 

Espina, Antonio

 

Gloria Rey Faraldos (sel.)

 

 





  -11-  

ArribaAbajoDivagaciones. Desdén

(Selección)


  -[12]-     -13-  

ArribaAbajoLuz de la tarde

El malhumor se va resolviendo ondulatoriamente.

En el crepúsculo -algarabía del Poniente, que dijo un poeta-, la inquietud que devora nuestra vida urbana se entibia en la tonicidad del silencio, de la luz templada, de la hora discreta en el campo fino y frío de Madrid.

La estrecha vereda se pierde ante nosotros. La transparencia violeta de la tarde tiene tal fuerza que parece aromarnos de color. La sensibilidad se sutiliza como al roce de un secreto, y la meditación hermetiza duramente nuestro rostro.

Percibimos el arribo de inexplicables revuelos a nuestra alma, que sólo pudiéramos condensar en una sucesión de imágenes blancas: el claustro, el monje, el artista de videncias extrañas, el libro síntesis y la luminosidad de la frente del santo, que deshacen la significación de la existencia externa en un solo desprecio, sobre la sabia disciplina de la renunciación y la apacible profilaxis del olvido.

Es como una nueva ráfaga de emociones primitivas y perdidas. Madrid es una mancha grisácea, escalonada.

Cúpulas, siluetas rotas. Un trémolo goyesco que resbala por las tierras grises hasta las praderas del río. La ciudad demasiado grávida, y el cielo demasiado eléctrico. Paseamos con el paso lento de los paseos clásicos, por los clásicos lugares amigos: la Moncloa.

... Una pareja de la guardia civil nos mira al pasar como perdonándonos el habernos visto. Dos novios surgen de un rincón amable, sonrientes y azorados; porque las horas avanzan, y él, un horterita con una corbata terrible, quiere llegar pronto a la mercería; ella, una modistita rubia, va pensando en la disculpa que pondrá a la maestra.

Los organillos de la Bombilla promueven esa pedrea musical que los caracteriza. A distancia pierden lubricidad y adquieren cierta melancolía.

La Bombilla tiene un acorde estridente, como la Moncloa tiene un acorde opaco y sostenido, que recuerda la impresión geométrica y adusta de una piedra arrojada en un estanque.

  -14-  

Todos estos modos se totalizan en esa sensación acre, floja, fina y trágica del paisaje de Madrid.

Nuestro yo solitario y paseante va desvaneciéndose al llegar a la Estación del Norte, donde hemos de coger el tranvía: tránsito al señor del tranvía, ese señor que seremos nosotros, mustio y desconocido, al bajar en la Puerta del Sol, en busca del cobijo de la casa y la necesidad de la cena.

Enguantados, abotonados, acomodados en el coche, caemos en las cuentas menudas de nuestra tarde: el paseo ha sido largo. Estoy un poco cansado. ¡Las siete ya! Bostezamos.

El caprichoso malhumor con que emprendimos la marcha se ha disuelto en este par de horas (discretas, benévolas) de soledad y crepúsculo.

Por eso al acercarse el cobrador, le alargamos nuestra moneda, murmurando dulzones:

-Sol.



  -15-  

ArribaAbajoDiván y Moka

Un café de piano y violín y una peña de amigos son cosas imprescindibles para todo buen noctámbulo que sepa dignamente perder su tiempo.

Esto de perder el tiempo, como todo lo selecto, es un arte difícil al que sólo llegan las minorías de los elegidos. Exige finura de humor, escepticismo, seriedad, que sólo se dan en aquellos espíritus expertos que sólo piden atenuadas glosas a la vida, estimulantes fáciles al ensueño.

Y nada mejor glosados que el triunfo y la derrota en estos lugares tranquilos, donde la sonata desgrana tristezas en el piano y el tiempo pone epitafios invisibles en los mármoles blancos.

En la calle nieva, llueve, hay tempestad o clara luna. Es igual. Imperturbables como el Destino, irónicos como la Verdad, asentamos nuestra persona en el rojo diván que es nuestro trono, y murmuramos alegremente del ausente que es nuestro amigo. Nos entretiene todo. En todo ponemos un poco de episodio.

Un caballero viejo y pulcro que toma un vaso de leche lee La Correspondencia y se duerme.

Unos amantes que cuchichean en un rincón.

Unos señores que hacen muchos números y charlan de negocios...

Quizás el caballero viejo fue un héroe allá en las revueltas de la Gloriosa. Él, que ha comprendido muchas cosas en este mundo, comprende una cosa más y se duerme. Quizás los amantes fraguan ese eterno proyecto que nunca pasa de serlo. Se miman, disputan, se levantan, salen. Y los inconvencidos señores de las cifras, buscando el oro terco que tanto reluce en nuestro deseo, se enfurecen a base de matemáticas.

Personajes leves. Momentos serenos; telarañas de monotonía prendidas en la atmósfera de este café especial, de poca luz, poco público, pocos espejos. Para que tenga carácter, es preciso que el violinista maúlle de vez en cuando en su violín, y que el encargado del establecimiento sonría con burla cuando toquen a Beethoven.

  -16-  

Es decir, un café que parezca una siesta, y una tertulia de amigos donde no falten los inevitables de la colección: el señor que todo lo sabe; el víctima, que todo lo ignora, y los demás, que mantienen sobre el concurso una mala voluntad flotante y amistosa.

Ya van quedando pocos santuarios de éstos.

También van quedando pocas personas que sepan pasarse horas y horas, medio tumbados en un diván, discutiendo bagatelas durante treinta años.

Triunfan, en cambio, el grosero tupí y la grosera industria, con sus turbas trabajadoras y metódicas.

Desaparecen el gesto, la filosofía, la pereza.

¿Dónde se meterán los hombres de mañana, suprimidos estos remansos de paz, cuando la noche de la ciudad, demasiado hostil, les desasosiegue e irrite? ¿En la cama? No.

La cama, si son personas de buen gusto, sólo les complacerá de día. ¡Que duerman de noche los que no tienen más quehacer que trabajar!

Ni el casino, ni el teatro (el grande por pedante y el chico por idiota), ni las reuniones caseras de lotería y novia o de cotillón y whist, sustituyen al viejo café modosito y callado, que sonríe en el cortejo vulgar de las noches de invierno.

¡Cuánto tenemos que agradecerle los que sabemos de la gratitud de su ambiente y la piedad suave de sus músicas!



  -17-  

ArribaAbajoLa máscara triste

En la colección borrosa de los días, el carnaval tiene una significación extraña, como en la colección vulgar de los rostros, ciertas muecas atormentadas y rientes, cuyo misterio aparece en los ojos metálicos, en tanto que una risa falsa estremece los labios.

La alegría de Grecia, el refinamiento de Roma, la gracia del Renacimiento y la perversidad del «buen siglo» oscurecen con sus trapos de colores, venidos a menos, el verdadero deseo que late en la conciencia de la bulliciosa multitud abigarrada, que llena los paseos de la ciudad moderna, en los días carnavalescos.

La caterva pide un goce bárbaro y sensual que se perdió en el tiempo, y se divierte porque quiere divertirse.

Afortunadamente, todavía no ha aprendido la gran dificultad de divertirse en las diversiones.

Grotesco y sabio salto, el del que salta porque sí, porque vive su pierrot de seda, como antes o después, seguramente, vive su vida de hombre-hombre, con más pueril hombría (que es la mayor hombría) que los demás hombres.

Alegoría pagana de la fiesta de máscaras: confeti, serpentinas, bengalas, burlas y alcoholes, sin moraleja y sin imágenes; alegoría cristiana plena de trascendencias y diversidades, de pecadoras imágenes literarias y llorosas; papeles de colores rojos de sangre, amarillos de envidia, blancos, de nieve de culpas.

Estos dos términos marcan el contraste que promueven nuestra atención hacia este espectáculo anual y la pretensión infantil de desentrañarle. Podrá no tener argumento, pero es interesante.

Interesante, por el nuevo aspecto en que se revela el hombre mono revestido de percal.

Medio ácido, en él, se manifiesta nuestro fondo de lujuria y crueldad, más escondidos el resto del año detrás de las otras caretas. Se ve mejor lo poco que es necesario para conocernos todos: basta con taparnos la cara. Vemos también la necesidad de gritar, de regocijarnos a fuerza de chillidos y cantares.

  -18-  

El hombre canta en los lugares solitarios para distraer su miedo. Grita para apagar su amargura, a pesar de todo, para no oírse a sí mismo.

(En el lienzo Entierro de la Sardina, de Goya, esta impresión fonética se da con gran violencia. Este lienzo parece un alarido. Suenan terriblemente las voces de sus caricaturas. Se presiente una mala ventura detrás del cuadro.)

Entre todas las máscaras de ese cortejo desenfrenado, hay una especie de máscara filosófica, máscara síntesis, que pasea su indiferencia y su humorismo entre el barullo ajeno. Avanza como si nada fuese con él. ¿Quién será? Acaso un probo funcionario oficinesco, maduro y cargado de hijos; un grave doctor ensimismado, un quídam, un aristócrata, un artista. No lo sé.

Cierto carnaval me entretuve en seguirle.

Vestía un dominó negro de botones rojos, careta blanca. Iba solo, taciturno, despacio, con las manos a la espalda. Desembocó por la calle de Alcalá, mezclado con la muchedumbre, siguió por la Castellana, hasta el Hipódromo. Allí bajose el antifaz y se puso a fumar tranquilamente.

Apreté el paso para alcanzarle, deseoso de verle el rostro, pero todo fue inútil. El humo espeso del cigarro le envolvía por completo... Luego emprendió el regreso, ya anochecido, al mismo paso y con la misma actitud. Siempre con el antifaz puesto, siempre taciturno.

En la Puerta del Sol compró un periódico y bostezó, metiéndose después por las callejas de los barrios antiguos cercanas a la Plaza Mayor. Al volver una esquina, creí verle meterse en un portal; pero al acercarme al sitio por donde había desaparecido, no vi nada. Nada. Allí no había puerta alguna.

Sólo un largo paredón perteneciente a un viejo palacio.

Iba a continuar mis curioseos, pasmado por la misteriosa desaparición, cuando percibí junto a mi oído, y sin que nadie la diese, una carcajada rápida, como un lamento. Más que deprisa me alejé de aquel sitio.

El suceso nada tenía de ilógico.

Mi máscara triste era una máscara simpática que había aprendido a desaparecer. Sólo yo ignoraba la manera de ver algo donde no hay nada.

Siempre me pasa igual con mis máscaras tristes. ¡Siempre me ocurre igual con mis carnavales!

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