El hombre de la cama
Un análisis de El escarabajo, de Richard Marsh
Conversación entre el Dr. Enrico Pugliatti y Méndez-Limbrick
Pugliatti:
Lo primero que debemos advertir es que no estamos leyendo una escena de horror físico, sino una escena de sometimiento espiritual.
El narrador no es atacado.
No es herido.
No es perseguido.
Es obediente.
Y esa obediencia constituye el verdadero terror.
La novela rompe con una tradición gótica en la que el monstruo amenaza desde el exterior. Aquí la amenaza invade la voluntad. Desde las primeras órdenes:
«¡No se mueva!»
«¡Dese la vuelta!»
el protagonista deja de ser sujeto para convertirse en objeto.
No actúa.
Es actuado.
La degradación comienza antes incluso de que aparezca el monstruo.
Méndez-Limbrick:
Estoy de acuerdo, pero creo que hay algo aún más perturbador.
La criatura no produce miedo porque sea monstruosa.
Produce miedo porque parece estar leyendo una verdad íntima.
Cuando Holt afirma:
"Creo que leyó mi alma"
está expresando mucho más que una metáfora.
La criatura posee una mirada que anula las máscaras sociales.
No le interesa el administrativo.
No le interesa el desempleado.
Le interesa el ser desnudo.
Y por eso el desnudamiento posterior tiene una importancia inmensa.
Pugliatti:
Excelente observación.
En realidad existen dos desnudos sucesivos.
El primero es psicológico.
El segundo es corporal.
Antes de quitarse la ropa, Holt ya ha sido despojado de sus defensas interiores.
La criatura conoce:
- su miseria;
- su hambre;
- su soledad;
- su fracaso.
Solo después viene el desnudamiento físico.
Richard Marsh construye así una ceremonia de desposesión.
Cada orden elimina una capa de identidad.
Méndez-Limbrick:
Y no olvidemos la descripción física.
A mi juicio es una de las más extraordinarias del gótico victoriano.
Marsh no describe un cadáver.
Tampoco un demonio.
Tampoco un vampiro.
Describe una anomalía.
La criatura parece una mezcla imposible:
- ave rapaz;
- anciano centenario;
- embrión humano;
- insecto.
Cada rasgo contradice a los demás.
La mente intenta clasificarla y fracasa.
Y cuando la imaginación fracasa en clasificar algo, nace la inquietud.
Pugliatti:
Precisamente.
La ausencia de barbilla me parece un detalle genial.
Los grandes escritores de horror saben que el terror reside en las desviaciones mínimas de la forma humana.
Una nariz gigantesca.
Una cabeza demasiado pequeña.
Unos ojos excesivos.
La falta de barbilla.
No son deformidades imposibles.
Son deformidades plausibles.
Y por eso resultan insoportables.
Méndez-Limbrick:
Pero los ojos...
Debemos hablar de los ojos.
Creo que toda la escena está construida para conducir hacia ellos.
Observe el movimiento.
Primero aparece la luz.
Luego el rostro.
Luego la desproporción.
Finalmente los ojos.
Y cuando llegan los ojos ya estamos preparados para lo peor.
La criatura termina siendo ojos.
Ojos que sustituyen a la personalidad.
Ojos que sustituyen al cuerpo.
Ojos que sustituyen incluso a la narración.
Pugliatti:
Ahí encontramos uno de los elementos más modernos del texto.
La mirada es poder.
El monstruo no necesita cadenas.
La mirada ya es una cadena.
No necesita armas.
La mirada ya es un arma.
El protagonista describe exactamente lo que siglos después estudiarían los psicólogos cuando hablan de dominación mental y sugestión.
Méndez-Limbrick:
Y sin embargo reducir la escena al hipnotismo sería empobrecerla.
Hay un símbolo más profundo.
La criatura envidia.
Observe cómo contempla la piel blanca de Holt.
Observe cómo contempla su capacidad para comer.
Observe la insistencia casi dolorosa con que menciona aquello que el joven posee.
Yo diría que no estamos ante un depredador.
Estamos ante un ser privado de humanidad.
Y lo que contempla en Holt es precisamente aquello que ha perdido.
Pugliatti:
Magnífico.
Por eso la escena adquiere un matiz casi vampírico.
No porque chupe sangre.
Sino porque ansía una condición vital que le está vedada.
La juventud.
La carne.
La energía.
La existencia humana.
La criatura tiene hambre de ser.
Méndez-Limbrick:
Y el capítulo concluye de la única manera posible.
Con la oscuridad.
No una oscuridad física.
Una oscuridad ontológica.
Cuando Holt cae al suelo ya ha dejado de pertenecerse.
La luz se apaga porque la conciencia se apaga.
Lo que viene después ya no será una lucha entre dos personajes.
Será una lucha entre dos voluntades.
O peor aún:
entre una voluntad y una ausencia de voluntad.
Veredicto conjunto
Pugliatti:
Este capítulo demuestra que el horror más refinado no consiste en mostrar monstruos.
Consiste en mostrar cómo una persona deja de ser ella misma.
Méndez-Limbrick:
Y por eso El escarabajo sigue perturbando más de un siglo después.
Porque el verdadero monstruo no es esa criatura amarilla que yace en la cama.
El verdadero monstruo es la posibilidad de que alguien llegue a ocupar nuestra mente y piense por nosotros.
Para este lector, una de las escenas más inquietantes del gótico fin de siglo. No porque describa lo imposible, sino porque hace sospechar que la voluntad humana es mucho más frágil de lo que nos gusta creer.

No hay comentarios:
Publicar un comentario