Dr. Enrico Giovanni Pugliatti:
Estimado Méndez Limbrick, usted sostiene una interpretación singular de La vida es
sueño. Según le
entiendo, Calderón no quería decir simplemente que Segismundo dudara entre
haber vivido o soñado ciertos acontecimientos, sino algo mucho más radical.
Méndez Limbrick:
Así es. Cuanto más envejezco, más me convenzo de ello. Tengo setenta y un años
y me aproximo a los setenta y dos. Cuando vuelvo la vista atrás, décadas
enteras parecen poseer la sustancia de una niebla. Lo vivido permanece, pero
como un sueño que se recuerda al amanecer. Por eso sospecho que Segismundo no
habla únicamente de una experiencia personal, sino de la condición humana
entera.
Dr. Pugliatti:
Sin embargo, Calderón era un hombre profundamente religioso. La doctrina
católica de su tiempo concebía la vida terrestre como tránsito hacia una
realidad superior y eterna.
Méndez Limbrick:
Precisamente ahí surge mi sospecha. Creo que Calderón pensó más de lo que pudo
decir. Su lenguaje es religioso, pero su intuición es metafísica. La obra
parece afirmar que todo cuanto llamamos real es fugaz: el poder, el amor, la
gloria, la juventud, la salud y hasta la memoria.
Dr. Pugliatti:
¿Sugiere usted que Calderón ocultó deliberadamente una reflexión más audaz bajo
el ropaje de la ortodoxia?
Méndez Limbrick:
No afirmo que podamos probarlo. Digo únicamente que la obra admite esa lectura.
El dramaturgo escribe desde el siglo XVII, pero Segismundo habla para cualquier
época. El creyente lee la eternidad; el filósofo lee la fragilidad de lo real;
el anciano lee el paso devastador del tiempo.
Dr. Pugliatti:
Entonces, según usted, la cuestión central no es si Segismundo soñó el palacio,
sino si todos nosotros soñamos nuestra existencia.
Méndez Limbrick:
Exactamente. Lo que se derrumba es la confianza ingenua en la permanencia.
Segismundo descubre que aquello que parecía sólido puede evaporarse en un
instante. Un día es prisionero; al siguiente, príncipe; poco después, otra vez
cautivo. La experiencia le enseña que la realidad es mutable y escurridiza.
Dr. Pugliatti:
Pero Calderón no concluye en el nihilismo. Segismundo decide actuar
virtuosamente.
Méndez Limbrick:
Y eso es lo admirable. Aunque la realidad sea incierta, la conducta no debe
serlo. Segismundo razona: si todo es sueño, comportémonos como si nuestras
acciones fuesen reales. Hay una ética nacida de la incertidumbre.
Dr. Pugliatti:
Diría entonces que la célebre frase "toda la vida es sueño" contiene
dos niveles.
Méndez Limbrick:
Al menos dos. El primero es teológico: la vida terrenal es ilusión comparada
con la eternidad. El segundo es existencial: todo cuanto vivimos termina por
desvanecerse en la muerte y en el olvido. Son interpretaciones distintas, pero
no necesariamente incompatibles.
Dr. Pugliatti:
¿Y cuál de ellas le parece más cercana a la experiencia humana?
Méndez Limbrick:
A los veinte años habría respondido de un modo; a los setenta y uno respondo de
otro. Cuando uno ha visto desaparecer amigos, amores, lugares y épocas enteras,
comprende que Segismundo tal vez estaba describiendo algo que ocurre en la
conciencia. Miramos atrás y advertimos que la vida ha pasado con la velocidad
de una visión nocturna.
Dr. Pugliatti:
¿Sería excesivo afirmar que el verdadero sueño no es el de Segismundo, sino el
de todos nosotros?
Méndez Limbrick:
Tal vez ésa sea la pregunta que Calderón dejó suspendida en el aire para que
cada generación la respondiera por sí misma. El príncipe despierta varias veces
durante la obra. Nosotros, en cambio, no sabemos si alguna vez hemos despertado
del todo.
Dr. Enrico Giovanni Pugliatti (concluyendo):
Entonces, para usted, la grandeza de Calderón consiste en haber escrito una
obra capaz de ser leída simultáneamente como teología, filosofía y confesión
humana.
Méndez Limbrick:
Exactamente. Y quizás por eso, cuatro siglos después, Segismundo sigue
hablándonos. Porque sus palabras no tratan de un príncipe encerrado en una
torre. Tratan de nosotros, que avanzamos por la vida creyendo habitar una
fortaleza de piedra y descubrimos, al final, que caminábamos dentro de un
sueño.

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