domingo, 1 de noviembre de 2026

Betina González UN AMOR SIN FUTURO FRAGMENTO

 



I. El problema del amor

1.

Probaste con todo y al final siempre te morís. De monotonía. De estupidez. De entendimiento. Probaste leer, nadar, caminar durante horas por la ciudad helada que te dice «no, no, no». A modo de antídoto, saliste con tipos que no te interesaban, los escuchaste quejarse de los hijos, el auto, la plata, la familia, esas cosas que vos tomaste la precaución de no tener.

Probaste entrar en el aula con un libro de Pessoa en la mano como si fuera una molotov. Fue peor. En las noches, dormías mal. Te despertabas a la hora del lobo, sin nadie a quien llamar para que te convenciera de que afuera no te esperaba la ruina. Entonces te levantabas, ibas hasta la biblioteca y abrías libros al azar, esperando que el oráculo funcionara, que los fantasmas de los amores impropios te hablaran solo a vos.

Intentaste la indiferencia, la corrección, la sabiduría de «mujer mayor» —aunque te preguntaras a cada rato cómo puede existir un término como ese—. Eso sí, resististe la tentación de releer la carta. La enterraste en un libro, igual que enterraste sus mails en tu computadora.

Probaste con Karen Blixen, que apareció con un pacto insólito en una película de madrugada, pero el final era tan terrible que te deprimió. Probaste retroceder el tiempo y no te costó nada porque nunca dejaste de ser la niña que jugaba a ser mártir; la adolescente que escondía su inteligencia como a un defecto, la joven con una valija siempre lista al lado de la puerta. Probaste con las tareas domésticas, con el cliché, con la novela romántica y hasta recurriste a los peores estribillos de la música pop, pero nada de eso te alejó ni un poco de la muerte.

En clase, fuiste alternativamente incendiaria, estricta y condescendiente. Incluso te rebajaste a parecer una verdadera profesora universitaria; ocultaste tu corazón cada vez que pudiste, pero la verdad es que no hacías un buen trabajo porque lo que enseñabas, lo que intercambiabas en ese salón era tu vida misma: esa obsolescencia que es la palabra escrita y que él entendía demasiado bien. Probaste no mirarlo a los ojos, seguir dando clase mientras sentías cómo eras elevada y sostenida por una fuerza mayor, algo marcial que venía de él y hacía daño.

Un secreto puede ser un tesoro o un veneno, depende, te decías y seguías resistiendo. Durante casi tres meses te llegaron sus cartas de muchacho formal y anacrónico, escritas con palabras que nadie usa, con el viejo fuego de los poetas, como el de Shelley o el de Keats, a quienes él nunca leyó, pero da igual, porque los que murieron demasiado pronto reencarnan en cada época en algún joven para que el mundo se detenga y vuelva a empezar otra vez.

Ocurre en el momento menos esperado, un viernes a la noche. Llegás a tu casa y hay un mensaje de él. Venís del cementerio. La persona que fuiste a despedir era tan única que incluso muerta es más capaz de consolarte que los vivos. Te preguntás si ella, que era invencible, no ha muerto para que al fin vos entiendas. Como sea, te sentás frente a la computadora y lo que te es revelado es tan simple, tan tonto que te reís entre las lágrimas: en cualquier escenario posible, lo único que siempre te espera es la muerte. Así que abrís una página en tu correo y le escribís. Porque de amor no, de amor no pensás morirte.

El amor, dice Voltaire, es una tela que borda la imaginación.

La persona muerta era tu única testigo. Había aceptado ese rol ni bien te conoció, cuando vos tenías dieciséis años y ella veintiocho: estaba convencida de que en otras vidas vos y ella habían sido amantes, hermanas, padre e hijo, custodias la una de la otra. Vos nunca estás convencida más que de algunas pocas cosas y todas atañen a vos. De los otros no sabés, no querés, no podés. En lo único que creés es en la inteligencia. La persona muerta, en cambio, desconfiaba del intelecto, lo consideraba «un buen sirviente pero un mal amo», pensaba que había otras formas de conocer. Y así vivía sin envejecer, acumulando sabiduría y floreciendo cada año un poco más. La persona muerta estaba en tu vida para no dejarte mentir. Era testigo de las vidas que no recordás; daba por vos el testimonio de tu deseo. No sabés cómo vas a seguir viviendo sin ella.

El mensaje que tenés de él esa noche habla de la muerte. Es que ese día, en el que perdiste a esa persona tan importante, él recibió la noticia del suicidio de una amiga en su pueblo. Te pregunta por qué, por qué tantos jóvenes se matan antes de los veintisiete años. Habla de ese club: el de Kurt Cobain, Amy Winehouse, Jim Morrison.

Intentás una respuesta aunque no tenés ni idea, porque vos a esa edad también pensabas en morirte. «Hay un momento en que tenemos que aceptar el mundo horrible en el que vivimos y seguir. Algunos no siguen, algunos no aceptan. Algunos se queman en la intensidad de hacer algo hermoso y distinto a lo de siempre», escribís.

En realidad no es la primera vez que respondés a un mensaje suyo, pero sí es la primera que lo hacés con sinceridad, con candor. Probás con eso, entonces. Pasás la noche escribiéndote con él. Correos que van y vienen cada diez, ocho, tres minutos. Una relación epistolar a la velocidad de la luz.

Él tiene veintiún años. Vos, cuarenta y nueve.

Quizás por eso sea mejor que cuentes esta historia desde el principio.

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