Por: Dr. Enrico Pugliatti y Méndez-Limbrick (escritor).
Que una continuación de La casa de los espíritus obtenga el Premio Planeta produce una extraña sensación de déjà vu editorial: no parece el triunfo de una novela, sino el de una marca registrada. La literatura contemporánea lleva décadas luchando por convencer al lector de que aún puede explorar territorios desconocidos, pero la industria editorial insiste en volver a las mismas propiedades intelectuales, como un arqueólogo que excava siempre la misma tumba porque sabe que los turistas pagarán la entrada.
No hay nada más seguro para el mercado que resucitar un éxito probado. El riesgo, esa antigua virtud artística que elevó la literatura por encima de la contabilidad, queda relegado a una nota a pie de página mientras las cifras de ventas ocupan el escenario principal. La pregunta ya no parece ser «¿es una gran novela?», sino «¿cuántos ejemplares venderá antes de Navidad?».
El Premio Planeta, al menos para sus detractores, corre el riesgo de parecer cada vez menos un reconocimiento literario y cada vez más una sofisticada operación de mercadotecnia revestida con los adornos ceremoniales de la cultura. El jurado entrega el galardón, las editoriales descorchan champán, las librerías preparan escaparates temáticos y los departamentos financieros sonríen con la serenidad de quien contempla una cosecha asegurada.
Mientras tanto, cientos de novelistas desconocidos observan el espectáculo desde la periferia, como personajes secundarios expulsados de su propia historia. A ellos se les exige originalidad, audacia y renovación estética. A los nombres consagrados, en cambio, parece bastarles con regresar a una antigua dirección.
Quizá la verdadera novela no sea la premiada, sino el funcionamiento mismo de ciertos grandes premios literarios: una trama donde el protagonista no es la literatura, sino el mercado disfrazado con un elegante traje de gala.
II
El Premio Planeta ha demostrado una vez más que la imaginación es una cualidad opcional cuando existe una franquicia rentable. Premiar la continuación de La casa de los espíritus recuerda a Hollywood concediendo el Óscar a la vigésima secuela de una saga millonaria: nadie discute su capacidad para generar ingresos, pero confundir éxito comercial con acontecimiento literario es una maniobra que requiere una fe admirable.
Los fantasmas de la novela original han regresado, sí, pero los más visibles son los fantasmas de las ventas, del marketing y de la rentabilidad. No sobrevuelan la casa de los espíritus: sobrevuelan las oficinas de contabilidad. Allí es donde, sospechan algunos lectores maliciosos, se escriben hoy las verdaderas novelas de éxito.

No hay comentarios:
Publicar un comentario