domingo, 27 de septiembre de 2026

LOS NOVELISTAS COMO CRÍTICOS Compilación de N orma Klahn y Wilfrido H. Corral

 


INTRODUCCIÓN

 Cuando decidimos dedicamos al alucinado proyecto de proveer una fuente de textos, si no exhaustiva, ampliamente representativa de la manera en que los novelistas hispanoamericanos articulaban para sí mismos las exigen cias de su ocupación, calibraban las de otros hispanoamericanos y, final mente, teorizaban, en un sentido amplio, el género de la novela en un contexto mayor, el proyecto impuso automáticamente la premisa de por dónde empezar. Ya que se trataba de incluir textos conscientemente tra bajados como especulación acerca de la novela, recurrimos a las protono- velas que la crítica reciente de la literatura virreinal presenta y trata de legitimar como precursoras, o en ciertos casos como “reemplazo” de El Periquillo Sarniento. En esas obras, la más representativa de las cuales sería Los infortunios de Alonso Ramírez, la teoría es, en el mejor de los casos, algo infuso que, factiblemente, la metodología contemporánea sólo puede aducir para estudiar el género novelístico. Nos pareció entonces lícito tomar un texto que en cierto sentido satisfi ciera el nivel de recepción de la época en que se publica y la presente preocu pación por el comentario metateórico del autor o narrador de la obra novelesca. Por supuesto, ya Cervantes había señalado y codificado amplia mente el dilema del narrador renacentista: ser defensivo respecto a la “ficción” o la “realidad”, y los novelistas posteriores no podían hacer otra cosa que variaciones sobre este tema, como admite más de uno de los novelistas que incluimos. No obstante, se notará en la “Apología de El Peri quillo Sarniento” que la defensa de Fernández de Lizardi no se limita a un registro de su método de “novelar” o de catalogar su estética de manera hiperpersonal; es también un tratado respecto a lo que la crítica hoy lla maría la literariedad y recepción, templados por una inmediatez (el texto se publica tres años después de la primera edición de la novela) por la que pocos de los novelistas hispanoamericanos contemporáneos han optado. Fernández de Lizardi, entre pontificación y disertación, logra presentar a sus lectores posibles (otro factor considerable en nuestro criterio de elec ción para el siglo xix) un esquema de la función que en la novela tienen la lengua popular, y por ende, los personajes que la emplean, la represen tación, la construcción y progresión de la narratividad, la función del críti co, el papel de los libreros y el efecto de todo esto en el autor, su “fama” y su “estilo”. Con las salvedades temporales que imponen los conceptos de autobiografía, canonicidad (o falta de ella) y contexto sociohistórico, hemos querido incluir en esta compilación textos afines al de Fernández de Lizar di cuya contemporaneidad es obvia. Cuando estas condiciones no se han podido replicar o reproducir, hemos elegido textos casi inaccesibles, muchos de los cuales se ponen a la disposición del público por primera vez, en este conjunto que le da cuerpo mayor al pensamiento sobre el arte de novelar hispanoamericano de los siglos xix y xx. En el recorrido del siglo pasado al presente estos problemas no se dilu yeron sino que se complicaron. Por cierto, el nivel teórico de hoy ha adquirido carta de ciudadanía entre los novelistas mismos: basta pensar en Fuentes, Vargas Llosa y el continuo desafío de Moreno Durán, Rosario Ferré y otros. Pero también tuvimos que pensar en que la selección debería mostrar un fluir, en el cual el diálogo iniciado en el siglo xix —no sólo entre las mujeres novelistas y las formas literarias a las cuales los novelis tas acudían indistintamente— se continuaba en el siglo xx. Es decir, entre los novelistas nacidos en el siglo xix —muchos de ellos seguían publican do hasta principios de los años setenta de este siglo— nuestros criterios tuvieron que ampliarse para dar cabida a una serie de felices descubri mientos y complicaciones. La selección para el siglo xix abunda en lo que el narrador de “Viaje a la semilla55 llama “ergotantes55, o sea, el novelista afectado por la retóri ca y la pomposidad de la época. Entre éstos y los novelistas que dieron de sí, para los que se podrían llamar los textos fundacionales que nunca alu den sutilmente a la nación imaginada e idealizada, era de rigor incluir la obra de Gertrudis Gómez de Avellaneda, Mercedes Cabello de Carbonera, Clorinda Matto de Tumer y Teresa de la Parra. Si esta selección puede verse como una especie de “canon55, o justa revaloración, también pue de ser vista como un impulso unido para alentar la investigación de otras mujeres cuya política textual no iba siempre de izquierda a derecha, como leen los hombres, sino en otras direcciones. Pensemos en Juana Manuela Gorriti desde un enfoque actualizado y nos daremos cuenta de que sus “auto-bio-grafías55 y los textos de otras novelistas son más ricos de lo que ha pretendido la historia literaria convencional. Ya hacia fines del, siglo xix se tropezó con lo obvio. ¿Qué hacer con ese movimiento tan importante, el modernismo, cuya obra en prosa se está recuperando irregular y tardíamente? En este caso optamos, como se verá en el Apéndice, por los poetas que no incursionaron en la novela de manera sostenida. Tal sería el caso de los textos de Heredia y el de Rubén Darío sobre La Gloria de don Ramiro. Respecto a los poetas, especialmente las que publican en ambos siglos, se sabe bien que muchos de los que publican en el primer tercio de este siglo chapotearon en la novela experi mental. Tal vez estos textos sean su testamento teórico acerca del género ; por lo menos, en cierto modo, así contextualizamos el “Argumento de una novela que nunca escribiré55, texto plonasta e inevitablemente profético, publicado por Borges tres años antes de su muerte. Dicho sea de paso, tuvimos que conceptualizar la importancia de incluir, por ejemplo, textos de un ensayista como Rodó sobre Galdós y Reyles, o, como hacía Ñervo de acuerdo con el gusto de la época, incluir textos de autores hispanoamerica nos acerca de novelistas españoles. Otro ejemplo: Mariátegui no escribió un ensayo sobre la novela pero sí publicó Siegfried y el Profesor Can ella, que es una teorización novelada sobre el género. Independientemente de su interés, ésta y obras similares quedaban al margen de nuestros criterios de selección. Estas consideraciones y la de incluir una cantidad estimable de textos de autores contemporáneos sobre novelistas anteriores (por ejem plo, Benedetti sobre Reyles) son vetas que dejamos para otro momento. En el primer tercio del siglo xx, los problemas que enfrentan los com piladores de este tipo de texto comienzan a deslizarse hacia una especie de posmodernidad sobre el propósito y la construcción del texto autocrítico. Decimos posmodemidad para, en cierto sentido, poner al día algo muy corriente: la noción de Pío Baroja de que la novela es un saco en que cabe todo. Si los críticos de la novela hispanoamericana se han ocupado de los problemas del espacio y del tiempo en ella, de la tipología del narra dor, del héroe, del terreno mítico y de otras tematizaciones que no dejan a un lado planos sociohistóricos y alegóricos, los novelistas mismos han mos trado la inutilidad de restringir la literariedad de sus obras a temas. Lo mismo ocurre al dedicarse a los componentes novelísticos de pretensión comparativa, en que se trata de legitimar su obra —trayéndola por los cabellos— en términos de otros textos con los cuales los novelistas nunca se identificaron. Véanse las salvedades anotadas en los textos de Asturias, por ejemplo. El tipo de problema crítico al que nos referimos es forzosa mente a posteriori, y tal vez quede mejor ejemplificado con las considera ciones que influyeron en nuestra selección de dos novelistas: Manuel Gál vez y Ciro Alegría. La tibia recepción crítica de la novelística de Gálvez no incluye en épocas recientes consideraciones del auto-concepto que el novelista esta bleció progresivamente para ella. Su visión de la novela se da en los cuatro volúmenes de sus Recuerdos de la xnda literaria. En ellos (escritos en 1944, 1949-1952 y 1960, con ediciones definitivas a principios de los sesenta) Gálvez, quien en 1932 inició una campaña para obtener el premio Nobel, se inserta autobiográficamente en sesenta años de la vida literaria argen tina. Contradictoriamente, el autor niega de manera rotunda que tal haya sido su intención. Con todo, es notable que en cada volumen predominen comentarios acerca de la novela como género. Es éste el marco que debe mos tener en cuenta al leer “La decadencia de la novela”, de 1929. Obvia mente, este ensayo dice tanto sobre Gálvez como sobre su concepto de la novela. Respecto a Ciro Alegría las lucubraciones eran diferentes y nuestro trabajo se redujo más a la logística de los textos seleccionados que a pro blemas inherentes. Alegría publicó cuatro textos de autoestética sobre sus novelas. Redactados algunos en el exterior, con la supuesta distancia crítica que esto proporciona, y publicados por la revista Sphinx del Instituto Superior de Lingüística y Filología de la Universidad Mayor de San Mar eos, los textos aparecieron posteriormente a manera de prólogos de sus novelas, aunque no en cada edición de los diferentes países donde se pu blicó, por ejemplo, El mundo es ancho y ajeno. Si se comparan los pró logos y los textos de Sphinx se notarán correcciones, particularmente en el caso de algunos nombres indicados en La serpiente de oro. Por lo general, estos ensayos describen la gestación de sus novelas y, por lo tanto, la trans parencia del prefijo genérico que empleó Alegría, “La novela de mis novelas”. Las consideraciones mencionadas para Gálvez y Alegría apenas consti tuyen una pauta del comienzo de los problemas que enfrentamos en el recorrido antológico elegido. Es decir, hubiera sido una cómoda evasiva, más que eclecticismo, elegir “que los textos hablen por sí mismos”. A veces, el novelista no ha tenido nada que ver con la selección del título del texto incluido. Por ejemplo, el de Rómulo Gallegos también se publicó con el título “Cómo conocí a doña Bárbara”, lo cual es muy atractivo y revela dor. Pero no se sabe a ciencia cierta si en algún momento el novelista prefirió éste al original “A manera de prólogo”, de 1954, con que él se adhiere a la conmemoración de los 25 años de publicación de la novela que, con Don Segundo Sombra y La vorágine, se convertiría en una de las tres “novelas ejemplares”, como Marinello llamó la mejor producción de la época por lo que hace a estas obras. Un corolario m ás.. . Cuando en 1972 Dora Varona, esposa de Ciro Alegría, compiló algunos de los ensayos de éste en Ciro Alegríay trayectoria y mensaje, la colección incluyó una apreciación de él hecha por Mario Vargas Llosa en 1967 con el título “Ciro Alegría según Mario Vargas Llosa”. ¿Debíamos incluir este texto en la selección que presentamos de Vargas Llosa? Es más, en el momento de redactar esta introducción Var gas Llosa ha publicado 25 prólogos y ensayos sobre novelística mundial con el título La verdad de las mentiras, además del tercer tomo de su Con tra viento y marea, y en diciembre de 1990 una especie de autoestética sobre la mayoría de sus novelas que no se ha publicado en español: A Wtiteas Reality. Aunque hay adelantos en español de esta última obra, ¿deberíamos compilarlos y situarlos fuera del contexto que les quiso dar este novelista? De este modo hemos ido hilando la compilación que sigue, a partir de los tres criterios mencionados al principio y admitiendo las sal vedades que se impusieron. Respecto a lo que otros antólogos prefieren llamar “las últimas promo ciones”, terminología que “se pone en entredicho” por la inestabilidad y arbitrariedad de ver el desarrollo de las letras con la comodidad de ¿treinta? años de generaciones, movimientos y hechos comerciales, hemos preferido incluir textos contestatarios. Éstos se sitúan en la periferia de un campo literario en el que los novelistas más jóvenes sufren, por lo menos, de ambigüedad respecto a su lugar entre los establecidos. No obstante se no tará, aparte de ciertas venias sinceras, que los novelistas hispanoamericanos más jóvenes sí llegan a admitir la condición de continuar, para bien o para mal, la misión del novelista en su función de crítico, con las salve dades de enfoque pertinentes. Se observa un regreso a la preocupación por la historia. Pero ésta ya no es la preocupación decimonónica, sino más bien “vigesémica”, como diría José Emilio Pacheco. Reaparecen, o se corrigen y aumentan con los jóvenes, los problemas de identidad genérica, punto de vista, “estilo”, biografía y obra, técnica narrativa, simbología; por otra parte se acentúan las cronotopías, ideologías, simbología y teorización de la novela en la novela. Con esto hemos cumplido una revisión interpretativa para la novela, si no como modo subjetivo, paradigma o barómetro ético, discurso cultural o terapéutico y diseño psicológico, sí como proceso metanarrativo con sus debidos estatutos, categorías y variaciones que permitirá a la crítica emitir sus juicios respecto a la selección que presentamos.

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