jueves, 10 de septiembre de 2026

2. Herederos de la poesía simbolista a) Valéry I. BIOGRAFÍA.Eduardo Iáñez El siglo XX: la nueva literatura Historia de la literatura universal


 

2. Herederos de la poesía simbolista

 a) Valéry I. BIOGRAFÍA.

 Sus primeros años de vida parecían orientar a Paul Valéry (1871-1945) por la senda de la creación literaria: sus versos iniciales los escribió en Montpellier, en cuya Universidad estudiaba Derecho; y allí se puso en contacto con Pierre Louÿs, que publicó algunos de estos primeros poemas y relacionó al joven con escritores de la talla de Mallarmé y Verlaine. Pero a partir de 1892, y debido posiblemente a una honda crisis, Valéry abandonó la literatura y se aplicó a una tarea de indagación personal que lo llevaría al conocimiento de sí mismo y al dominio de su conciencia necesarios para la sinceridad intelectual a la que aspiraba. Desde estos años y hasta su muerte el autor escribiría 257 cuadernos de prosa a medio camino entre el ensayo, la divagación impresionista y el puro tratado filosófico: todo un alarde de ejercitamiento intelectual, pues la vida y la obra de Paul Valéry no fueron otra cosa que una reflexión constante sobre los métodos y los límites del conocimiento humano, sobre la posibilidad de erigir una pura conciencia atada a la materia pero dirigida al espíritu. Bastante tiempo después, en 1912, y dado que no había perdido el contacto con el mundo artístico y cultural de su época, Valéry fue animado por el novelista Gide y por el editor Gallimard a publicar sus versos de juventud. Así pues, a la edad de cuarenta y un años, Valéry se puso a la tarea de ordenar y recomponer sus antiguos poemas, para los que también comenzó a escribir un prólogo en verso que fue creciendo hasta formar La joven Parca, su libro de mayor éxito. Sólo después, desvinculado de él, apareció Álbum de versos antiguos, que recogía los poemas compuestos por el joven Valéry entre 1890 y 1892, cuando había dejado de escribir poemas. Hasta 1922 Valéry se aplicó a la poesía con un vigor que le sorprendió a sí mismo: en 1920 publicó también con éxito El cementerio marino, quizá su obra más significativa; y en 1922 agrupó sus restantes composiciones bajo el título de Cánticos. Los años que le quedaban de vida fueron para Valéry los de la consagración; pero escribió poca poesía, porque se había convertido, como él decía, en un «poeta de Estado»: reverenciado en Francia tanto como en el extranjero, hasta su muerte en 1945 se le tributó público reconocimiento, ingresó en la Academia, se le reclamaba como conferenciante, recibió condecoraciones y se le concedieron numerosos títulos institucionales. II. OBRA POÉTICA. Los tempranos ejercicios literarios de Valéry motivaron su continua reflexión sobre la literatura y sobre el arte poético. Sus ideas sobre la creación literaria como forma de manifestación de la conciencia y la inteligencia humanas son continuas en su producción y prácticamente abarcan toda su vida, creativa o no: de ese punto surge su actitud ante su obra y de ahí deberemos arrancar nosotros para comprender en su justo término el conjunto de su producción. Comenzaremos por tanto haciendo una referencia a Una velada con el Sr. Teste (Une soirée avec M. Teste), cuya redacción arranca de 1896 y fue continuada en la década de los veinte. En esta obra pone de manifiesto Valéry sus ideas sobre el arte, afirmando —en tanto que heredero del Simbolismo— que la poesía no es un fin, sino un medio; la palabra, el lazo de unión con el espíritu; y el poema, sólo una ejecución, una manifestación más — pero manifestación total— de la «poesía pura»; todo, puesto al servicio de la transmisión de un estado que abarca al ser en su totalidad, a la conciencia que «siente» y «se siente». Pero lo mejor de la producción de Valéry se halla en la poesía. El primero de sus libros editados fue La joven Parca (La jeune Parque, 1917), desde cuya publicación Valéry fue señalado como el gran valor de la poesía francesa del siglo XX (lo que no deja de ser chocante, dado que el libro fue tachado de oscuro y hermético). Estamos, una vez más —en estos años, el caso se repetía en prácticamente todas las literaturas—, ante una profunda y compleja producción pensada para una élite intelectual, dedicada a un público minoritario culto y selecto: no en vano sus quinientos versos le habían costado a Valéry cuatro años de composición y más de seiscientas páginas de borrador (sabido es que nuestro autor no creía que obra alguna pudiese estar nunca acabada; sencillamente, es necesario concluirla en algún momento para darla a la imprenta). La joven Parca se dispone sobre una alegoría de los estados anímicos del artista, un ser distinto y diferenciado cuya conciencia está llamada a traducir el mundo. Remitiendo al simbolismo de las Parcas, que para los antiguos personificaban los estadios de la vida humana, Valéry escoge la de la juventud porque a ésta se le reserva el contemplar el nacimiento de la conciencia; de esta imagen surge la del poema: la de una joven orgullosa de la progresiva conformación de su conciencia que prefiere renunciar al amor y asumir su muerte a dejarse arrastrar a la órbita de una vida natural dolorosa y entristecedora. Frente a La joven Parca suele situarse El cementerio marino (Le cimetière marin, 1920), pues si con ella constituye lo mejor de su producción, por otro lado es casi su revés: dominada por la presencia del paisaje, El cementerio marino es la obra más sensual y afectiva de Valéry —por no decir la única—, y también la más evocadora. En ella están Sète, su pueblo natal, y el mediterráneo en que éste se enclava; predomina sobre todas la imagen del cementerio, suspendido entre la tierra y el mar, que invita al poeta a una reflexión sobre la vida y la muerte más amable y humana de lo usual en el autor. Como sincero libro de contrastes, con su violento choque entre luz y sombra, entre estancamiento y movilidad, entre vida y muerte, El cementerio marino nos parece hoy más auténticamente vital en su irresolución que otros libros de Valéry con toda su estudiada certeza. También son significativos para entender la concepción poética y vital de Valéry las veintiuna composiciones de Cánticos (Charmes, 1922). Compuestas casi al modo de himnos, todas ellas celebran la suprema vida de la inteligencia como reducto líricamente puro donde lo humano no cabe bajo la forma con que habitualmente se manifiesta. Son, por tanto, poemas más intelectualistas que otros de Valéry, y revestidos de formas musicales de inspiración mediterránea que recuerdan El cementerio marino. Citemos por fin el Álbum de versos antiguos (Album de vers anciens) donde Valéry recopiló sus composiciones anteriores a 1893; se trata de poemas de técnica parnasiana y aliento mallarmeano que poco tienen que ver con el resto de su producción. III. SENTIDO DE LA POESÍA DE VALÉRY. La figura de Valéry constituye un claro remate del Romanticismo europeo y un ejemplo perfecto de la herencia del Simbolismo. Con su profundización en lo esencial, su obra superaba, por un lado, el lirismo anterior —al menos, en sentido estricto— y lo sustituía por una poesía filosófica ya ensayada por otros simbolistas (filosófica al menos por su finalidad, puesto que confrontaba «ser» y «conocer» y trazaba sus posibles límites desde el terreno poético); y, por otro, abandonaba totalmente cualquier posible residuo romántico de individualismo sentimental, denunciado siempre por Valéry como el mayor peligro para las artes y el pensamiento de nuestro siglo: la indagación del hombre en sí mismo, sin haberse puesto antes a la tarea de descubrir su verdadero «centro», su esencia, en el mejor de los casos sólo puede generar —como experimentaron los románticos y como, bajo distinta forma, comprendieron los existencialistas — falso orgullo, y, por lo general, hastío, angustia e impotencia vital. Pero, por otro lado, para Valéry el poeta no ha dejado de ser totalmente un «ser inspirado»: su función —nos advierte— no es ya la de dejar constancia de su inspiración, sino discernir sus elementos y provocar la del lector completándola con una creación poética lúcida y voluntariosa. El poeta lo es, según Valéry, por «oficio»; su paciencia a la hora de seleccionar y elaborar ha de ser infinita, y debe estar guiada en todo momento por la voluntad y la inteligencia. La poesía de Valéry nos parece, en consecuencia, una ascesis, un ejercicio espiritual tendente a la conformación de un «yo puro» como punto de referencia absoluto para una «poesía pura». Este tipo de poesía corre un evidente peligro de deshumanización, pues exige la renuncia —o, cuando menos, el distanciamiento— de la naturaleza para posibilitar el nacimiento de una intuición que debe ser depurada en la conciencia tanto como en el poema; por eso las ideas que recoge su poesía son ideas casi embrionarias, intuiciones depuradas de ideas a medio camino entre la conciencia y la inconsciencia, pues sólo ellas pueden llegar hasta el lector con la fuerza con que han sido captadas por el artista: (…) Leur toile spirituelle, je la brise, et vais cherchant dans ma forêt sensuelle les prémisses de mon chant. Être!… Universelle oreille! Toute l’me s’appareillé a l’extrême du désir. [«(…) Su tela espiritual, / yo la rompo, y voy buscando / en mi bosque sensual / las premisas de mi canto / ¡Ser…! ¡Universal oído! / Toda el alma se apareja / en lo extremo del deseo»]. No debemos ver en Valéry —como todavía hoy se afirma— un poeta de la inteligencia: en su poesía, conciencia y arte, ética y estética nacen de la razón, aunque no por ello han de ser necesariamente razonables, como demuestran las acusaciones de oscuridad y hermetismo hechas a su producción. Valéry optó por una vía intermedia, de difícil equilibrio, entre la captación del universo sensible y el espiritual, debido no tanto a un rechazo de lo material como al convencimiento de que el destino del ser humano consiste en seguir una senda que bordea vida y totalidad: acción y reflexión, aislamiento y comunión se entrelazan en la aspiración humana a la vida plena. El mejor símbolo que encontramos en la obra de Valéry para la expresión poética de tales ideales es el del mar: el aparente movimiento de sus ondas, su inmensidad y profundidad, así como el límite que traza su línea entre lo terrestre y lo celeste, le son idóneas al poeta para revestir de forma material su idea de un alma humana dinámica y deseante, de una conciencia que roza inmanencia y trascendencia y a la que debe obligarse a conocer sus verdaderas aspiraciones. Éstas se centran en la obra de Valéry en una incesante búsqueda de la «conciencia» como elemento diferenciador del «yo» frente a «lo otro». Este pensamiento resulta de una depuración en clave intelectualista del espiritualismo posromántico, y tiene su antecedente más inmediato en Mallarmé: la contemplación del mundo a través de la mirada del poeta y la consideración del universo como símbolo de la realidad absoluta dejan paso en la obra de Valéry a una depuración extrema que sólo permite incorporar al poema aquello que la conciencia dictamina como necesario para el enriquecimiento de la idea del mundo. Prácticamente todas las composiciones de Valéry desarrollan de uno u otro modo este tema de la conciencia, especialmente bajo la forma, insistente, de la necesidad de la renuncia a la seducción de la materia para erigir una conciencia pura. Esto no implica necesariamente que Valéry dejase de atender a muchas de las manifestaciones del mundo —contempladas a veces con arrobo por los ojos del poeta—; es más, en muchas de sus composiciones late un potente sensualismo mediterráneo cuya herencia literaria no descalifica su sinceridad.

Fragmento. Eduardo Iáñez El siglo XX: la nueva literatura Historia de la literatura universal

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