viernes, 18 de septiembre de 2026

SELECCION SAMPER ORTEGA DE LITERATURA COLOMBIANA Editorial Minerva, S. A. 1935

 


DON JOSE MANUEL MARROQUIN A riesgo de cerrarme todas las puertas que suele abrir entre nosotros la fraternidad política, declaro que nun ca he sentido fervor por las grandes figuras del partido liberal... ni por las que venera el partido conservador. Las hay en uno y otro campo que me cautivan por su inteligencia, su rectitud o su patriotismo: pero nun ca ganaion mi admiración, ni siquiera mi respeto, aque llas cuyo mérito estriba en ser paladines de su causa.

 Era tan señalada mi familia paterna en uno de los cam pos, cuanto la de mi madre en el opuesto; de modo que entre los amigos de mi casa figuraban no sólo co- partidarios sino también adversarios políticos de mi pa dre y de mis tíos. Recuerdo haber oído contar que uno de ellos, perseguido por los sabuesos de Aristides Fernández, ministro de guerra del señor Marroquín en la época de más enconada bandería, pudo escapar de ellos escondiéndose donde no era presumible que nadie le fuese a buscar: en casa del propio señor Marroquín. En la mía, pues, no se hablaba nunca de política, pro fesión a que siempre he tenido un asco instintivo y cordial. En consecuencia, mi añeja afición a la lectura pudo enseñarme a admirar la inteligencia de un Nú- ñez, un Caro, un Martínez Silva, un Marroquín, antes que me hubiese tocado oír declamar contra ellos a los oradores políticos de la otra parcialidad. He consignado las anteriores líneas autobiográficas para que se tomen en su valor mis conceptos sobre hombres como don José Manuel Mar roquín, tan agria e intensa mente discutidos en política, que resulta herético, des de el punto de vista liberal, no ya encariñarse (como me ha sucedido a mí) con su excelsa figura literaria, sino aun siquiera reconocerles ingenio y originalidad. Créanmelo o no los conservadores y cóbrenmelo o no los liberales, yo declaro que al presidente Marro- quín—como a otras figuras de su mismo partido— no he podido apreciarlo colocándome para ello en campo distinto del literario, porque me lo impide la verdadera devoción que profeso al autor de «E! Mo ro» y de «La Perrilla». 

Cedo, pues, la palabra a los doctores José Joaquín Casas y Luis López de Mesa, quienes pueden dar al lector una idea de cómo se juz ga a Marroquín, según se le mire desde uno u otro campo De José Joaquín Casas: «No sé por qué misterioso designio, de esos que desconciertan los cálculos huma nos, tocó al señor Marroquín, como quien dice, al más benévolo de los hombres, al colombiano más aje no a las luchas y manejos de la política, al que no co noció la ambición de mando, al que hizo del ejercicio de la caridad una profesión, gobernar la república en los días más turbulentos y calamitosos de nuestra his toria; como si siendo demasiada para un mortal... trop pour qui doit mourir, en expresión de Lamartine, la felicidad estudiosa, la amena laboriosidad, entre letra da y campesina, entre académica y labriega, en que ha bía vivido lo más de sus años, hubiera debido pagarla con inauditas contradicciones, como si la fe y la con fianza en Dios, el amoral prójimo, la ecuanimidad y la templanza, y todas aquellas virtudes de que fuera apo logista doctrinario y modelo vivo en una larga serie de pesares domésticos, hubieran debido ser sometidas en la vida pública al crisol de terribles y no imaginadas pruebas: como si en fuerza de cierta arcana ley de reparación, que para satisfacer por ciertos delitos so ciales exigiera el ho'ocausto de víctimas no con taminadas con ellos, cumpliese al colombiano pacífico por excelencia expiar en su persona una centuria de contiendas civiles. Hombre de arraigadas convicciones de las que se mostró siempre celoso defensor y propa gandista, y muy caracterizado miembro de un partido político era sin embargo, por su índole, profesión y festivo talento, bienquisto de todos los partidos.

 Desen cadenadas las pasiones con estrépito de guerra civil in minente, muchas voces llegaron hasta su retiro, en de manda de su intervención conciliadora. Sorprendido con tal novedad y como azorado en su modestia, no cedió a tan angustiosos llamamientos sino con la espe ranza de lograr mediante sus esfuerzos el beneficio in menso de la paz, y cuando se hubo persuadido de que su apartamiento mismo de las contiendas políticas y el ascendiente que tal circunstancia y su innata benevo lencia le granjeaban entre todos lo colombianos le po nían ahora en la obligación ineludible de sacrificarse al bien público... Fue el señor Marroquín en la mayor fuerza de la palabra un hombre representativo; y lo fue de una raza y clase, de que por desdicha no so breviven muchos ejemplares, de gentilísimos caballeros que, chapados a la antigua y penetrados hasta los tué tanos del espíritu de la patria vieja, se hallaban muy bien dispuestos para recibir cuanto de más selecto y verdadera mente progresivo pudieran comportar los tiempos nuevos; hombres de gran carácter, sinceros hasta la ingenuidad, leales hasta el sacrificio, más cuidadosos deí fondo que de las apariencias, acostumbrados a decir la verdad, tan graves como festivos, capaces de convertir en cual quier momento su sencillez en heroísmo, provistos de sólida, sino siempre muy variada cultura, adquirida con profundos estudios en medio del sosiego colonial, he chos lo mismo a las asperezas del campo que a las vi gilias del pensamiento, y en quienes el amor a la tra dición corría parejas con el anhelo por adelantos de toda especie».

 De Luis López de Mesa: «El señor Marroquín (18- 27-1908), hijo espiritual de la literatura picaresca es pañola, llegó inesperadamente al poder, anciano ya, mediante el sistema de adopción política, un poco a la manera del imperio romano, que quiso implantar la escuela del doctor Núñez; dejóse llevar y traer como una carta humilde de naipes por el círculo conserva dor revolucionario de entonces, y cuando vióse y ha llóse bien en la primera magistratura alzó la cabeza, al ejemplo de un Sixto V, rióse de sus antiguos conseje ros, de los liberales en armas, de las leyes humanas y divinas, fusiló, despiadado, unos cuantos, después de prometer que no lo haría, sin interrumpir su sueño ni su leal digestión de pedagogo y campesino. El doctor Núñez había creído en algunos hombres, el señor Ca ro siquiera en sí mismo, ahora «El poder generador de los principios> cayó en manos del que no creía en na die, ni aún en él. De esta manera apareció al fin el fruto sazonado de un error fundamental. Aquel ancia no venerable que había sido por lustros y décadas her mano de San Vicente de Paúl, discreto e ingenioso de trato, suave y fino de maneras, erudito en arte, ador no de la hidalguía bogotana, de la Congregación de San José y correspondiente de la Real Academia de la Lengua Española, parece que tenía eclipses del sentido moral, esa emotividad normativa en la conducta y en el juicio de las acciones humanas, baluarte de la socie dad y del espíritu. Cuéntase que en las horas de es tupor nacional en que un grupo de estadistas y nego ciantes norteamericanos, franceses y panameños desga jaron el itsmo del hogar común y mientras hervía en la capital de la república la muchedumbre agolpada en demanda de una acción de dignidad y de presencia siquiera fuese ineluctable el sacrificio e inútil toda ha zaña, llegóse al Palacio de San Carlos un caballero de la buena sociedad que tenía expedirá la entiada a él: el Salón Amarillo estaba lleno de gentes que esperaban la opinión del primer magistrado de la república en pe ligro; deslizóse hacia uno de los corredores y vio un par de ojillos vivaces y una voz a la sordina que le llamaba. «Entra le dijo. He ordenado decir a esa gen- te que no estoy aquí, para que no nos interrumpan y molesten. Vamos a ensayar la comedia». 

La comedia era un sainete gracioso que estaba preparando para una tertulia familiar. ¿Sería el caso de que la historia revi sara este proceso en busca de una patología recóndita? Aquí hay, probablemente, un corazón enfermo en que la melancolía hereditaria se revelara por estados de escepti cismo moral y mudez invencible de los sentimientos». * * * He dicho ya que no quiero juzgar al señor Marro quín situándome en terreno distinto del literario: pero mi conciencia de colombiano y mi orgullo de bogotano se resisten a estampar sin glosa alguna el comentario de López de Mesa, tan impropio de la ponderación y el equilibrio característicos de este pensador. En el magní fico estudio sobre la cultura colombiana, de donde he tomado sus conceptos sobre el señor Marroquín, no se explica la anécdota del ensayo de la comedia. Quiero creer que el filósofo antioqueño, sintiendo su corazón en añicos al reestudiar la desmembración de la patria, se descaigo en su dolor de patriota—cual la nube en el pararrayo—sobre el infortunado gobernante en cuyo tiempo se cumpliera tamaña desgracia. Porque la anéc dota a que me refiero, para tener el más remoto viso de realidad, presupondría en el señor Marroquín, aparte de una inconsciencia casi mineral, la certidumbre de que por sus venas no corrió jamás un sólo glóbulo de la sangre de los Nariños y Ricaurtes a quienes1 debemos, no sólo la libertad de Colombia, sino el señorío que es peculiar a Bogotá. * * * Existe un retrato de don José Manuel Marroquín en que el viejo aparece con un sobretodo de seda puesto al desgaire, de manera que a primera vista se diría la toga que visten los profesores de las tradicionales universidades inglesas para entrar a su cátedra. 

A tra vés de la barba y el crecido bigote que ocultan sus la bios, se alcanza a adivinar una sonrisa que se dijera que confirma el brillo de los ojos. Así es el único recuerdo que tengo yo de don Manuel: un recuerdo vivísimo, fijo, invariable, que se remonta a los primeros años de mi vida. Le veo en actitud de ba jar del coche presidencial—jun coche entonces!—cuando iba de visita a casa de su sobrina y mi tía doña Ana Ortega de Osorio. Poco me importaba entonces el señor Marroquín: atraíanme muchísimo más el coche y el gen darme que acompañaba al presidente. Pero hoy, des pués de haber estudiado la figura literaria de ese gran señor de las letras, reconozco que el retrato y mis re cuerdos concuerdan a maravilla con el concepto queme he formado de esa compleja personalidad, mezcla de hi dalgo español y de «sir» inglés, de ingenio y de erudición, de regocijo por la vida y de santo temor por la muerte. Hablan mucho sus biógrafos de dos aspectos en apa riencia contrapuestos de la personalidad de don Manuel: la melancolía y la burla. Es por ello que para mí en el señor Marroquín existió el regocijo por la vida: sólo los melancólicos pueden escanciar los íntimos deleites del placer que nos brinda recordar un dolor y del dolor que nos causa experimentar un placer; sólo así se vive con toda conciencia cada minuto, se paladea cada~sensación, se adquiere ese agradable escepticismo que permite va lorar las cosas y las ideas en lo que tienen de cómico y divertido; de ahílo que pudiéramos llamar el sentido de la caricatura, tan fino en Rendóncomo dibujante de formas y en don Manuel como dibujante de conceptos No lo digo por sus «Estudios sobre la historia romana», donde es la enormidad del contraste lo que nos mueve a risa; lo digo por mil toques dispersos en sus escritos serios, de una sutileza tan extraordinaria, que hay que conocer a fondo la época para no pasarlos por alto; lo digo por lo que don Manuel ha sobrevivido en sus des cendientes, en quienes los hechos que hieren la sensibi lidad general de una determinada manera se reflejan con aspectos de penetración y de síntesis que nos des conciertan. No sólo en don Manuel, sino por lo común en todos ios hombres educados a la española, el santo temor a la muerte sirve de eje al sentimiento religioso, que de esta manera viene a resultar un poco utilitarista. En el más allá esperan el premio o el castigo eternos, y las accio nes del hombre tienden a merecer ese premio o a eludir ese castigo. Nosotros no comprendemos bien a las claras ese maravilloso concepto que los ingleses, sean de la secta que fueren, tienen del Creador* «Dios es amor». 

Nues tra religión no ha cristalizado por ley natural a la ma nera de la humedad que se convierte en gota de rocío, si no que fue forjada, con fuego y martillo, en el yunque de la Inquisición Hay razas donde la muerte es el úl timo episodio de la vida; en la nuéstra, la vida nu es sino un prólogo de la muerte. Con un poco de buena voluntad cualquiera de nos otros puede encontrarse en don Manuel Marroquín: lo que significa que, por lo menos para los bogotanos, don Manuel resulta prototipo por muchísimos aspectos. Del mismo modo, dentro de la pléyade del Mosaico, no es don Manuel la más briiiante figura, pero sí la que cifra las cualidades que en grado más o menos eminente ca- caracterizaron a las restantes; aparte, desde luego, ha ber sido sin disputa el más importante de todos desde el punto de vista literario. Está muy por encima, en cuanto a preparación intelectual, del emotivo y fascina dor Vergara y Vergara, del fogoso e infatigable Samper, del reposado Quijano Otero, del chispeante Manuel Pombo, de los ingeniosos Carrasquilla y Silva, de los desgarbados Guarín y Díaz. Sin embargo, Marroquín no alcanzó en su tiempo la misma popularidad, porque era del grupo el que tomaba más a lo serio las letias y el que fue más en serio tomado por la vida. * * * No sé si he podido definir el don Manuel Marroquín que yo siento. Intentaré ahora, de acuerdo con las normas que me he impuesto para todas estas líneas preliminares, bosquejar a grandes rasgos su vida. Nació en la fecha clásica de Bogotá, el 6 de agosto, de 1827. Fueron sus padres don José María Marroquín y doña Trinidad Ricaurte, hija ella de don Bernardino Ricaurte y doña Dolores Nariño, de quienes le venía a don Manuel sangre de próceres. 

Debilitada doña Trinidad, acaso por el nacimiento de don Manuel, padeció frecuentes ataques de melancolía en que le daba por huir hacia los más soledosos rinco nes de la hacienda y deambular sola por ellos; para no contrariarla limitábanse sus familiares a seguirla de le jos con el objeto de prevenir todo peligro. Pero una no che de fines de 1828 la triste castellana de Yerbabuena, la Ofelia de nuestros Andes, salió sin ser vista de la casa y, a poca distancia de ella, en un potrero de los que inunda frecuentemente el río cayó de bruces entre dos mogotes donde, sin poderse valer, a causa de su misma debilidad, perdió la vida. Afectado hasta lo sumo por el trágico suceso, don José María Marroquín, murió dos años después, y el huérfano hubo de crecer, por tanto, en manos de unas tías entregadas por completo a Dios, en el brumoso ambiente de aquella casona poblada de tristezas y de oraciones, al modo de esos legendarios castillos medioevales que se arruinaron esperando por años y por años a que su dueño regresase de alguna cruzada a Jerusalén. De aquella mística y dolorosa ni ñez, de aquellos atormentados recuerdos surgió, como lo anota Pombo, el espíritu de don José Manuel «toca do de viejo, si nó de muerto, meiancólico de puertas adentro, barrido de toda fe y de toda ilusión en las co sas de este mundo, prodigiosamente incapaz de pasión, a usanza de espíritu puro; y al mismo tiempo disfra zado perpetuamente de sonrisas y de chistes como un elegante ataúd cubierto de flores». La primera enseñanza que recibió don Manuel fue el ejemplo de su tío don Juan Antonio Marroquín, perso naje de gran interés y del cual nos ha dejado aquél una semblanza encantadora. Más así que cumplió los diez años sus tías lo consignaron para que aprendiese latinidad en manos de don Mateo Esquiaqui. Huido del colegio, porque no resistía los rudimentarios sistemas pedagógicos de entonces, entró al seminario en 1840 y seis años después a San Bartolomé, donde estudió juris prudencia bajo la rectoría del doctor José Ignacio de Márquez, bien que no llegó a graduarse, porque una epidemia de cólera morbo puso en fuga a los habitan tes de Bogotá el año mismo que don Manuel termi naba sus estudios. En 1851 fundó el famoso colegio de Yerbabuena con la cooperación del pre->bítero don Luis Lizarralde y del señor Jcsé de la Cruz Restrepo. De aquellos años arrancan tanto su orientación definitiva en ia vida, pues a la enseñanza la consagró casi por entero, como su fama literaria, porque «La Perrilla» es de 1851. 

Fue también hacia esos años (1853) cuando contrajo matrimonio con doña Matilde Osorio. Alternando sus labores educativas con las literarias, transcurrían en medio de las luchas que caracterizaron la segunda mitad del siglo pasado las horas del señor Marroquín. Desde el año 58 habían comenzado a reu nirse los contertulios del Mosaico, entre los cuales el se ñor Marroquín ocupaba, como he dicho atrás, el sitio de mayor prestancia intelectual. Años después le tocó ser fundador de la Academia Colombiana de la Lengua, correspondiente de la Española, en unión de los señores Caro y Vergara y Vergara. El acuerdo que autorizó la fundación de las academias filiales lleva fecha del 24 de noviembre de 1870, y la primera reunión de la colom biana se verificó a las 11 de la mañana del día 10 de mayo del año siguiente, en la casa del autor de «Las Tres Tazas», situada en la carrera Túquerres, número 1. Don José Manuel Marroquín fue el primer secretario de nuestra Academia. Rector de la Universidad Católica en 1883, y del Co legio Mayor de“ Nuestra" Señora del Rosario de 1887 a 1890, se retiró Juégo a su hacienda de Yerbabuena con ánimo de acabar'allí sus días. Pero otra cosa había dis puesto el destino, y en 1898 hubo de encargarse del Poder Ejecutivo en su carácter de vicepresidente mien tras subía a Bogotá el doctor Sanclemente. Subió éste en efecto, pero para volver a bajar en seguida a otro clima más propicio a su salud. La época era excep cionalmente revuelta. La guerra se había desencadenado desde octubre'de" 1899. Una buena parte de la opinión pública hacía responsable de tantas calamidades al go bierno ’ y a la dislocación a que daba lugar la circuns tancia de que el presidente no residiese en Bogotá, y el miedo, el chisme y e! odio señoreaban la ciudad y el país. 

En tal situación, el señor Marroquín se encargó nue vamente del poder en 31 de julio de 1900 mediante un golpe audaz e imperdonable, según los unos, por un ac to sobrehumano de sacrificio, según los otros, pero de todos modos no por ambición, pues un momento tan crítico mal podía brindar halagos, sino muy por el con trario, toda suerte de contrariedades, a quien entrase a luchar contra la tormenta. Comienza entonces para el señor Marroquín aquella página de su vida en que le denigran con los más terribles dicterios sus enemigos, le abandonan sin lealtad muchos de sus amigos y se despedaza entre sus manos la patria. El senado de 1903 rechazó por unanimidad el tratado Herrán-Hay El go bierno americano estaba resuelto a abrir de todos mo dos el canal de Panamá, porque de ello dependía su seguridad en la costa del pacífico, amenazada por la preponderancia que estaba cobrando minuto a minuto el Japón. En Colombia continuábamos despedazándonos. La situación del departamento de Panamá era impon derablemente delicada y espinosa. ¿Se puede, en justi cia, cargar sobre los hombros del mandatario en cuyo tiempo se cumplió la gran desgracia, toda la responsa- bilidad? Me limito a formular el interrogante, porque creo que una de las tragedias del señor Marroquín es la de que sus actos fueron extensamente comentados de palabra antes de serlo por escrito. De él se ha hablado mucho, se ha escrito poco: y bien sabido es que no se pesan con el mismo rigor los conceptos que tenemos que respaldar con nuestra firma, que los que echamos a vo lar en el corrillo o en el café. El eminente escritor don Carlos Arturo Torres, cuya ecuanimidad es axiomática, se refiere en los siguientes términos a esta página de ia historia nacional: «Cuando se debatió en uno de nuestros congresos la cuestión más grave, acaso, que se haya presentado nun ca a la representación nacional del pueblo colombiano, tuvimos una revelación de la manera como se forma y modela la mentalidad colectiva en los momentos de las crisis decisivas de las naciones. 

La fatalidad de las cir cunstancias, mucho más que la iniciativa de los gobiernos y de las cancillerías, había impuesto un tratado gravísimo con una nación poderosa y absorbente; habría sido preferi ble que el tratado no se firmase por el representante co lombiano, pero estaba firmado; no era ni con mucho todo lo que el patriotismo podía ambicionar, pero era acaso lo más que la dura realidad de las cosas permitía obte ner; el deber supremo de la representación nacional no era el reproche restrospectivo, siempre fácil y siempre estéril, sino la confrontación firme y serena déla situa ción real ya creada y el buscar dentro de ella la vía que asegurara a la República el «máximum» de venta jas o si se quiere el «mínimum» de males, no era la mentar lo que podía haber sido, pero no era, sino el descubrir, dentro de lo que era, la mejor solución, no deseable, sino posible. Si había lugar a sanciones con tra los creadores de la situación (cuestión por demás compleja) quedaba tiempo para imponerlas, pero no se podían gastar en eso los preciosos momentos que la pa tria reclamaba para su salvación. En el ánimo de los congresales, dicho sea en honor suyo, pesaban sin duda las consideraciones de celo patriótico y de respeto a su concepto del estatuto nacional; pero pensaban más, dicho sea en honor de la verdad, las consideraciones po líticas y las pasiones del momento; las primeras hubie ran podido en rigor conciliarse y encontrarse al fin un temperamento que armonizara los fueros de la inte gridad nacional con los intereses eminentes de la otra potencia signataria y la imposición de las circunstan cias; las segundas fueron inconciliables e irreductibles, juzgóse que el desventurado pacto implicaba un interés primordial del gobierno, y se enarboló su negativa como flamante bandera de oposición; para los congresales— todos ellos individualmente personas respetables—la consideración del incalculable mal que podía sobrevenir, al país desapareció ante los dictados del odio banderizo; llegaron a imaginarse, por una de esas alucinaciones tan frecuentes en los momentos de exaltación, que el daño que podía resultar de su actitud alcanzaba al presidente y no a la patria; no se detuvieron a reflexionar que el mandatario, hombre anciano, rico y sin ningunas ambi ciones, nada perdería personalmente con ello y que ala República sí podría colocársela al borde de un abismo, exponiéndola a las humillaciones y a la mutilación; pro cedieron como la tripulación que para hacer mal al ca pitán hundiese el barco que los llevase a todos, y el mal se consumó». (Idola Fori, página 95 de la edición «Pro meteo»). 

Anciano, viudo, fatigado, presa de la melancolía que le persiguiera toda ja vida, el señor Marroquín se retiró a Yerbabuena en agosto de 1904. Pero sus acha ques le forzaron a volver a Bogotá, a bajar a Villeta unas veces, otras a Fusagasugá. De sus labios no salió nunca una queja contra los hombres que lo atacaban. Entre sus labores literarias y sus obligaciones de cató lico fueron corriendo sus días en el seno de su familia, hasta que el 19 de septiembre de 1908, sentado en una silla a la antigua manera castellana, dejó de existir ro deado por sus amigos, en la casa número 46 de la ca lle 16. Si, como creen los indios goajiros, cada vez que se nombra a un muerto su espíritu abandona el reino de las sombras y acude a ver quién le llama, el señor Marroquín no tendrá reposo. De un lado, su nombre sigue siendo blanco de iras políticas, de conjeturas, de sangrientos comentarios Del otro, su firma se aquilata cada día más en la conciencia colombiana y a medida que se disipan las nieblas de rencor que envuelven los primeros años del siglo, se perfila más nítidamente la clásica y cervantesca figura del castellano de Yerba- buena Bibliografía de don José Manuel Marroquín: Tratado de Ortografía Castellana, Tratado de Orto logía, Tratado de Métrica, Diccionario Ortográfico, Obras Escogidas, publicadas por «El Tradicionista», El Moro, Entre Primos, Blas Gil, Nada Nuevo, En Familia.

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