Herederos de la poesía simbolista
b) Claudel Paul Claudel (1868-1955), cuya vida y obra estuvieron marcadas por la presencia del catolicismo, fue desde su adolescencia una persona relativamente convencional y conservadora. Afín originalmente al Simbolismo, de Rimbaud aprendió a expresar la necesidad de un espiritualismo liberador y a exigir la correspondiente liberación de la palabra; su vida y obra se resienten, sin embargo, de su característico conformismo espiritual e ideológico. Personalmente, Claudel resolvió sus dudas y su crisis de valores abrazando la fe católica con una esperanza y un vigor inusitados; literariamente, el resultado es una producción de signo muy particular que aúna literatura y religión en su afán de encarnar lo sobrenatural, tanto en el género lírico como en el dramático (al que se aplicó desde 1907 y que tratamos en el Epígrafe 6.b.II.). El mejor ejemplo de la poesía claudeliana lo tenemos en las Cinco grandes odas (Cinq grandes odes, 1910), tanto por su punto de partida —el descubrimiento de Dios y, ante él, el reconocimiento de las limitaciones del poeta— como por el dominio de su particular versículo —el «verset»—, que en estas Cinco grandes odas encuentra sus mejores momentos. Las cinco composiciones se disponen sobre la imagen bíblica de un Adán-poeta nominador del mundo y van desarrollando diversos temas: desde el de la invocación a las musas, cuya inspiración adopta un sentido espiritual religioso; hasta el del gozo y el reconocimiento —en forma de «Magníficat»— por la gracia divina concedida al poeta; pasando por la cuarta oda, en forma dramática: un diálogo entre la Gracia («La muse qu’est la grâce») y el poeta. A pesar de su amplitud y de su aparente diversidad, la obra de Claudel es relativamente uniforme, especialmente a nivel temático e intencional. Toda su producción intenta ser una interpretación del mundo, del hombre y de Dios; es, más que una «lectura», una «conquista» de un ser humano (el poeta) para sí mismo y para sus congéneres. El sentido claudeliano de la literatura tiene mucho que ver, por tanto, con la mística, pues se traza un camino ascendente que intenta llegar, a través de la creación, hasta la más alta cima: la divinidad. No obstante, no siempre puede el hombre comprender los mensajes lanzados por Dios mediante la creación: es la consecuencia del «pecado» del ser humano, quien, lejos de la gracia, es incapaz de traducir un mundo plagado de símbolos por la mano divina. El hombre puede, por ello, escoger dos caminos: el de caer en la tentación de encerrarse en sí y renunciar a entender el mensaje divino (y el arte se limitaría a reproducir el interior del artista o sus sensaciones del exterior); o bien el de permitir que la gracia divina lo inunde y lo invite a la comunión con la totalidad (y el arte sería entonces una revelación dinámica de las correspondencias entre lo visible y lo invisible). Esta concepción orgánica del universo, según la cual cada parte tiene su lugar y su función en el todo, alcanza especial relevancia en su obra dramática; en ella Claudel le proporciona forma dialéctica a la captación del mundo y su orden por medio de la inteligencia y la intuición humanas. En su obra poética Claudel potencia el carácter vidente y profético de que se reviste el poeta; se trata de una continuación y asimilación del «satanismo» simbolista, aunque ahora convertido en clave cristiana: el poeta es un profeta de Dios y su palabra un oráculo, en una clara vuelta al sentido religioso con que el Romanticismo europeo había tratado ambos temas (que precisamente en Francia se habían revestido de caracteres más convencionalmente cristianizados que en otros países del entorno). Pero si el poeta debe dejar de hablar ya por su boca, para que su palabra encuentre su sentido trascendente, es de esperar que la lengua claudeliana presente evidentes diferencias con el uso imperante entre sus contemporáneos. Y este aspecto quizá sea el que más siga llamando la atención en nuestros días: Claudel es un simbolista «lógico»; es decir, intenta ofrecer la imagen de una creación total y divina regida por el orden y la armonía, para cuya expresión ha de servirse de símbolos e imágenes que, a su vez, tengan obligatoriamente una lógica (digamos que una «segunda lógica», pero inteligible a fin de cuentas: «O grammairien dans mes vers! Ne cherche point le chemin, cherche le centre! Mesure, comprends l’espace compris entre ces feux solitaires!» [«¡Oh, gramático ante mis versos! ¡No busques el camino, busca el centro! ¡Medida, comprende el espacio incluido entre estos fuegos solitarios!»]). En consecuencia, su prosodia es totalmente discordante con la tradición francesa, dominando en la poesía de Claudel una sensación de oralidad tan peculiar que puede dar sensación de artificial. Sin renunciar a lo artístico, abole los acusados límites entre lo literario y lo coloquial; se acoge al versolibrismo y a la asonancia, renuncia a la rima y dilata el verso hasta longitudes inusitadas (el llamado «verset», heredado del versículo bíblico); y, en general, dota a su lírica de un sentido de autenticidad muy acorde con la intención y la temática de su obra: reflejar una forma de ser mediante la forma de hablar.

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