3. Proust, un maestro entre el XIX y el XX a) Vida y obra Marcel Proust nació en París en 1871. La familia de su padre era oriunda de Illiers, en los alrededores de Chartres, villa que Proust evocaría en su obra maestra con el nombre de Combray; pero sería su familia materna, judía de origen alsaciano, la que marcase su infancia y adolescencia (sobre todo, la relación especialmente afectiva con su madre, mujer intuitiva y tierna además de persona cultivada). Marcel fue un niño de salud delicada —el asma le atacaba crónicamente desde los nueve años—, y la protección de su madre y los especiales cuidados de todos lo predispusieron a la hipersensibilidad y quizás a la neurosis, pero también a una viva y temprana inteligencia. Se formó en uno de los mejores liceos de París, donde mostró gustos literarios muy similares a los de sus compañeros; es decir, nada que hiciese presagiar su futura vocación literaria. Sus estudios universitarios —Derecho y Ciencias Políticas — los realizó Proust en la Sorbona y, aunque se licenció en 1892, nunca llegó a ejercer la carrera, ya que su fortuna le permitía vivir más que holgadamente entre los sectores más «esnob» de la alta sociedad parisién. Su mundo se limitaba a los salones y los cafés elegantes, a los teatros y a la ópera; a ese mundo frívolo del fin de siglo francés del que Proust participó y que, sin que nadie pudiera sospecharlo, observaba con los ojos del artista. Este mundo elegante y decadente de finales del XIX ya había tenido cabida en su primera obra publicada, Los placeres y los días (Les plaisirs et les jours, 1896), colección de cuentos, poemas y ensayos; pero su tratamiento distaba todavía mucho de la interpretación ética y estética de su obra maestra. Hasta 1900 Proust no descubriría las posibilidades de lo que llamaremos una «contemplación estética» del mundo: ese año se había marchado a Venecia y allí había comenzado a leer, a traducir y a profundizar en la obra de Ruskin (véase en el Volumen 7 el Epígrafe 6.a.I. del Capítulo 4). En un principio, sus fuerzas las encauzaría fundamentalmente hacia el terreno del ensayo, aunque no olvidaría el género narrativo: su primera novela, Un amor de Jean Santeuil, la escribió entre 1896 y 1904, aunque no se publicó sino treinta años después de su muerte. Aunque disgustaba a su autor, es una obra esclarecedora de la evolución intelectual y estética de Proust, y contiene algunos momentos comparables a los de su obra maestra; le falta, es cierto, distancia y le sobra identificación, pues Jean Santeuil es casi un diario en el cual se halla demasiado imbricado el propio autor, sin que exista la mediación del recuerdo que hará de En busca del tiempo perdido una novela excepcional. Sería por fin a principios de 1906 cuando Proust se retiraría a componer En busca del tiempo perdido (A la recherche du temps perdu, 1913-1927), la inmensa obra que ocuparía el resto de su vida. En un principio, la razón del retiro había sido la muerte de su madre; pero los problemas de salud aducidos más tarde no fueron — hasta cierto punto— sino una excusa para disfrutar del enclaustramiento que su estado anímico «decadente», deudor todavía del alma romántica, le exigía para su creación («los enfermos se sienten más cerca de su alma», había llegado a afirmar). La publicación de Por el camino de Swann fue anunciada a finales de 1913 por una pequeña editora (prácticamente todas las demás habían rechazado el manuscrito, entre ellas La Nouvelle Revue Française, asesorada por Gide, que entre 1913 y 1914 adelantaría varios extractos); aunque la guerra desbarató todos los planes, no pudo minar las fuerzas ni las esperanzas del novelista: Proust escribía incansablemente, en el temor de que su salud no le permitiese rematar el plan trazado. En 1919, finalizada la guerra, A la sombra de las muchachas en flor, segundo libro de En busca del tiempo perdido, merecía en apretada votación el Premio Goncourt: era la consagración de Proust. Entre 1920 y 1922 éste compuso, en un esfuerzo prodigioso, el resto de los libros de En busca del tiempo perdido, cuya edición se finalizó cinco años después de la muerte de su autor, acaecida el 18 de noviembre de 1922. b) «En busca del tiempo perdido» Si de hecho resulta difícil dar una somera idea de la estructura y del argumento de cualquier obra de sus características, la naturaleza de En busca del tiempo perdido hace aún más complejo el esbozo de sus líneas generales y el necesario desbroce de sus partes. La novela se estructura en siete libros que, a grandes rasgos, desarrollan la vida —fundamentalmente, vida interior— de Marcel Proust en tanto que autor-narrador. La historia, por tanto, es sólo relativamente autobiográfica, pues aunque está escrita en primera persona, en ningún momento intenta el escritor trazar un plan narrativo de toda su vida ni, mucho menos, explicarla o justificarla. Otro inconveniente, si no el mayor, es el de su aparente respeto a las formas tradicionales, sin ser En busca del tiempo perdido una novela convencional; es decir, que nos parece estar ante el inmenso cuadro de una época —los años de transición entre los siglos XIX y XX—, ante el retrato de un mundo y de una sociedad concretas al estilo de los ofrecidos por los novelistas decimonónicos —y, en concreto, por Balzac en La Comedia humana—; con la sustancial diferencia de que la materia narrativa no tiene intención de ser objetiva, pues el mundo nace del interior mismo del autor-narrador, de quien depende en todo momento su interpretación en clave rememorativa desde la sensibilidad individual. El recuerdo arranca de Combray en Por el camino de Swann (Du côté de chez Swann, 1913-1914). Estamos en 1880, aproximadamente, y Marcel es un chiquillo que entrevé dos «mundos»: el de Swann, un vecino muy estimado por sus padres; y el de Guermantes, duques de la región a los que el niño ve como a señores feudales. La narración se centra en un «relato dentro del relato» —en el sentido más clásico— sobre el amor de Swann por Odette, una ex-cocotte con la que está casado. De su hija Gilberte se enamora poco después Marcel; y del resto de sus experiencias amorosas se ocupa en A la sombra de las muchachas en flor (A l’ombre des jeunes filles en fleurs, 1919). Pero, en realidad, el eje de este libro son las consideraciones sobre el arte y el espíritu nacidas a raíz tanto del fracaso de la declaración de Marcel a Albertine como de la pérdida de relieve de Swann, cuya actitud de ilustrado aristocratismo ha cedido al aburguesamiento, estridente y de mal gusto, impuesto por Odette, su mujer. Por el contrario, gana peso el mundo de Guermantes, con algunos de cuyos representantes —sobre todo con Saint Loup, sobrino de los duques— hace Marcel amistad. El descubrimiento de los ambientes aristocráticos llenan El mundo de Guermantes (Le côté de Guermantes, 1920); en ellos no hay distancia ni superioridad, sino un agradable sentimiento de naturalidad y tradición. Pululan por este mundo personajes pintorescos, como el barón Charlus, aristócrata decadente y homosexual; o como la misma Odette, que ha ido introduciéndose con fuerza en los círculos aristocráticos; y reaparece Albertine, a la que Marcel sigue amando. Las sensaciones del autor son mucho más imprecisas en el siguiente volumen, Sodoma y Gomorra (1922), donde existe un consciente desorden que Proust llama «intermitencias del corazón». La promiscuidad domina en el ambiente de los Verdurin, unos ricos burgueses a cuyo mundo se deja arrastrar Charlus en su pasión por un joven músico. En aquél reaparece Albertine, a la que Marcel esquiva —pues ya no cree amarla— hasta que se decide a salvarla, pues ese ambiente parece atraerla con fuerza hacia el vicio. El joven prácticamente la rapta —La prisionera (La prisonnière, 1923)—, y la pareja vive en París días felices como amantes. Sin embargo, a Marcel lo han movido en realidad los celos, que le llevan a encerrar a Albertine. En un momento de reconciliación la mujer huye y muere en un accidente (Albertine desaparecida, 1925). A partir de ese momento, a Marcel se le hace cada vez más patente el paso del tiempo: no se siente ya el mismo y sus sensaciones y percepción de las personas y del mundo cambian sustancialmente a su vista. Es como si los años recuperados en El tiempo recobrado (Le temps retrouvé, 1927) fuesen más auténticos que los realmente vividos (estamos ya en 1910). Gilberte, la hija de Swann y Odette, se ha casado con el aristócrata Saint-Loup (que parece haber heredado el carácter y los rasgos de su tío Charlus); Swann ha muerto y Odette ha contraído nuevo matrimonio con Forcheville, personaje admirado en Guermantes: a Marcel no le sorprende tanto la mescolanza de «castas» como la constatación del tiempo pasado por todos y de los cambios con que los ha afectado la vejez. Pero el autor no se conforma: no quiere ser como Swann, que cambió al ritmo de los que le rodeaban. Marcel es un esteta, y decide recobrar esos años idos para siempre, recuperar por medio del arte ese «tiempo perdido». c) La obra proustiana En muchas ocasiones se ha dicho que el origen de En busca del tiempo perdido se encuentra en lo que debería haber sido un artículo y acabó siendo un largo ensayo titulado Contra Saint-Beuve. En él arremetía Proust contra los fundamentos de su método crítico, según los cuales toda obra literaria es reflejo de una vida; para el novelista el arte es el producto de un «yo» escondido a los ojos de la sociedad y que a veces llega a ser en todo contrario a ese «yo habitual» que manifestamos cotidianamente. Evitemos, por tanto, leer En busca del tiempo perdido a la luz de suculentas interpretaciones de indudable validez que no hubieran llegado a satisfacer al autor, y pasemos a considerar algunas de sus implicaciones más interesantes. En busca del tiempo perdido puede ser tenida en principio por documento de una época: el de un siglo XIX cuyos valores, costumbres y filosofía están en franca retirada (algo de simbólico tiene en este sentido el tratamiento de la nobleza en la novela, pues la leve y delicadísima ironía con que se contempla es la de quien sabe cómo se ha descompuesto en el seno de la altoburguesía más amoral). Quizá por ello podríamos también admitir que En busca del tiempo perdido sea la creación de un moralista, interpretación favorecida por el hecho de que la novela no se desarrolle linealmente, y de que su acción se interrumpa continuamente con amplísimas y morosas digresiones sobre el amor, la memoria, el sueño y la vigilia, los recuerdos, el tiempo, etc. Pero debemos advertir que la moral implícita en la obra es el resultado de que el autor, un hombre culto y sensible, se sitúe por derecho ante el mundo que le ha tocado vivir. Siguiendo esta línea, podríamos igualmente pensar que En busca del tiempo perdido es un libro de memorias donde Proust dio cabida a sensaciones, impresiones y sucesos muy diversos con cuya interpretación nos ofrece un retrato tanto suyo como de quienes lo rodearon y, en general, de la sociedad y la época que le tocó vivir; una especie de diario en el que paciente y trabajosamente consignó todo aquello que había creído digno de ser vivido. Pero En busca del tiempo perdido es mucho más que todo eso. Es, esencialmente, una novela «artística»; es decir, el resultado de trasponer narrativamente la sustancia misma del arte según la consideraba Proust a la luz de las experiencias y del pensamiento en que se había formado y que había vivido. Él consiguió en el género narrativo lo que parecía imposible: manifestar, realizar —hacer real, tangible— el concepto estético elaborado por el XIX europeo y que sólo a finales de siglo habían conseguido traducir líricamente algunos maestros de la poesía contemporánea. En busca del tiempo perdido parecía ser de este modo la novela que el Simbolismo había creído imposible. En ella, Proust se adentra en un «bosque de símbolos» y busca en él las «correspondencias» —ambos términos son de Baudelaire— entre realidad e idealidad. La intuición que el XIX había entronizado como motor de la lírica y medio de conocimiento del universo logra instalarse en el género narrativo con la obra de Proust, que narra una larguísima historia —en la estela de la «novela-río»— al hilo simplemente de las intuiciones de su autor (el episodio más célebre es, sin duda, el de la evocación de su infancia a partir del sabor de una magdalena mojada en el té): (…) aussitôt la vieille maison grise sur la rue, où était sa chambre, vint comme un décor de théâtre s’appliquer au petit pavillon donnant sur le jardin (…); et avec la maison, la ville, depuis le matin jusqu’au soir et par bous les temps, la Place où on m’envoyait avant déjeuner, les rues où j’allais faire des courses, les chemins qu’on prenait si le temps était beau (…) et les bonnes gens du village et leurs petits logis et l’église et tout Combray et ses environs, tout cela qui prend forme et solidité, est sorti, ville et jardins, de ma tasse de thé. [«(…) la vieja casa gris con fachada a la calle, donde estaba su cuarto, vino como una decoración de teatro a ajustarse al pabelloncito del jardín (…); y con la casa vino el pueblo, desde la hora matinal hasta la vespertina y en todo tiempo, la plaza, adonde me mandaban antes de almorzar, y las calles por donde iba a hacer recados, y los caminos que seguíamos cuando hacía buen tiempo (…) y las buenas gentes del pueblo y sus viviendas chiquitas y la iglesia y Combray entero y sus alrededores, todo eso, pueblo y jardines, que va tomando forma y consistencia, sale de mi taza de té»]. Resulta enormemente difícil descubrir el germen del cual nació en su momento el poderoso cuerpo de En busca del tiempo perdido; determinar qué sustancia alienta en la complejidad de esta vasta novela y la coherencia como un todo. Y lo es porque en la obra proustiana la materia narrativa se dispone de forma orgánica; esto es, En busca del tiempo perdido no pretende tanto dar sensación de vida como ser vida en sí: se trata de un universo eminentemente vivo, vivificado en y por la memoria del escritor, realizado merced a la evocación. No es intención de Proust producir en el lector una sensación de realidad, sino recrearla a años vista; renuncia a la construcción de un mundo objetivo y lo reconstruye en su conciencia con la distancia impuesta por el recuerdo. Sugestiones muy diversas marcan la disposición de este mundo enormemente cambiante, y las sensaciones y emociones se suceden con tal rapidez y se asocian tan libremente, que no podemos sino concluir que la razón de ser del mundo proustiano es el cambio y la transformación continuos. Proust sabe que el recuerdo puede salvar al mundo de su desaparición, pero no le promete una inmutabilidad en la que no cree; su preocupación fundamental es plasmar el fluir del tiempo, recuperarlo y evocarlo mediante la escritura en su dimensión pasada; es decir, convertir en ejercicio de memoria actos casi involuntarios nacidos como reflejo de una sensación fugaz. Los elementos narrativos gozan de un tratamiento muy particular en la obra proustiana, puesto que toda ella está mediatizada por la omnipresencia de una poderosa primera persona. El peso del narrador-autor le confiere nueva forma a la novela psicológica, en cuya tradición podríamos decir que se inserta En busca del tiempo perdido: desde el siglo XVIII los narradores se habían esforzado por erigir en la novela una personalidad razonable y verosímil; pero, de una u otra forma, y pese a centrarse sobre el sujeto, habían contemplado la psicología a la luz de la objetividad. En la obra proustiana, sin embargo, el autor impone su «psicologismo temporal» al resto de los elementos narrativos: el tiempo se alarga morosamente; la frase se complica hasta límites insospechados —que traspasan los del uso sintáctico e incurren en incorrecciones—; las descripciones, de las que Proust es maestro, se demoran intencionadamente en el detalle. En resumen, puesto que no trata de «crear», sino de «recrear» a su antojo una realidad, Proust no necesita del recurso a un orden exclusiva ni estrictamente cronológico, siendo su experiencia la que determina el recuerdo y la manera de disponerlo: el tratamiento de complejos temas universales, como el amor, la muerte, el sueño, la alegría y el dolor y, por encima de todos ellos, el recuerdo, encuentra en esta novela resonancias atemporales que parecen dirigirse a todo hombre en cualquier época.
CARTILLA ELECTRÓNICA DEL ESCRITOR J MÉNDEZ-LIMBRICK. Premio Nacional de Narrativa Alberto Cañas 2020. Premio Nacional Aquileo j. Echeverría novela 2010. Premio Editorial Costa Rica 2009. Premio UNA-Palabra 2004.
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