miércoles, 23 de septiembre de 2026

JEAN M. RI VIERE c 3 la sombra de los Monasterios Tibetanos


 

PREFACIO 

Al leer los relatos de viajeros, adviértese que éstos en contraron a veces, en los países por los que atravesaban, a un habitante que no se parecía a ningún otro y cuyo carác ter y gustos lo asemejaban a los europeos. Trátase de un moro del Africa que querría poseer un lecho en medio de una estera, de un turco que aspira a tener solamente una esposa, o de un natural de las islas Fidji que adopta con alegría el cristianismo desde las primeras palabras de un misionero. Si, a semejanza de aquellos viajeros, un lama del Tibet hubiera venido, hace algunos años, a enseñar su religión a los bárbaros de Occidente, se asombraría de encontrar, en el niño que entonces era Jean Marqués-Riviére, una pas mosa facilidad para asimilar de inmediato las jerarquías de las divinidades tibetanas o penetrar el misterio de la encar nación de losBoddhisatvas,pues por doquier hay tipos hu manos que son extraños entre su raza. Tal es Jean Marqués Riviére. Nació tibetano a pesar de las leyes de la herencia y de una sucesión de parientes franceses. Ningún lama acudió a instruirle en su infancia. Fue él solo quien reencontró a los habitantes, las creencias y la sabiduría de la patria en la que su alma verdadera nació. Hace algunos años que se descubrió a la India y a la China. Nuevos Marco Polos desembarcan sin cesar en Mar sella y en Londres, sin olvidar la capa forrada con piedras r preciosas. Los sueños de los ideólogos remontaron el Yang- Tse-Kiang y se establecieron en las fuentes del Ganges. Se ha estudiado la filosofía del Gran Vehículo y del Pequeño Vehículo, y la de Shankaracharya, pero por numerosos que sean los informes misioneros, por nutridas que sean las obras publicadas, sólo débilmente se filtra,a través de ellos la pura luz del Oriente. 

El estudio penetra la letra pero no el espíritu. Se acuerda más importancia a la lengua que al pensamiento. Cada cual se complace en interpretar, de mo do diferente, una filosofía que, por la multiplicidad de sus matices, se presta a variadas interpretaciones, y cada cual encauza esa filosofía hacia el molde estrecho del pensa miento occidental, pues nadie se inclina sobre ella con amor, ni se identifica con ella. El Oriente que se muestra a nuestros ojos es un Oriente repintado exteriormente con colores occidentales, disfrazado interiormente con un pensamiento cristiano. Es un Oriente al que se odia en se creto. No se osaría destruir abiertamente los monumentos. No se osaría, como lo hicieron los ingleses en 1860, incen diar, en el Palacio de Verano de Pekín, la biblioteca mayor y más antigua del universo, pero se traiciona el pensamien to, se rebaja voluntariamente el ideal. El libro de Jean Marqués-Riviére, este estudioso visiona rio de los monasterios del Tibet, de sus ascetas y sus dioses, es un libro escrito con amor. A causa de este amor, el autor alcanzó la verdad profunda del tema que trata. Gracias a la magia de la evocación, entramos por primera vez en los asi los inviolados del budismo, descubrimos el pensamiento se creto. En Francia, nadie se internó tan lejos, como Jean Marqués-Riviére, en el conocimiento de la religión tibeta- na, en la vida de las lamaserías silenciosas que despliegan sus techos chatos y sus murallas grises de cuatro puertas vueltas hacia los puntos cardinales sobre las cuestas del Hi malaya o las planicies del Bod-Yul. Aprendió la lengua tibetana para iniciarse en esta literatura religiosa, de una ri queza prodigiosa, y de la que no conocemos sino algunos pobres fragmentos. Describe los lugares y los hombres an tes de descifrar los textos y de revelarnos sus secretos. Su descripción es tan evocadora como la de un vidente. ¡Los monasterios del Tibet! ¡Qué lejos están de noso tros, cuán desconocidos y misteriosos son! 

En el centro del Asia, es una nación ermitaña que pocos viajeros visitaron y de la que se dijeron cosas tan maravillosas que, por lo gene ral, uno se niega a creerlas. Por la puerta de Djarjeling o a través de los montes Kuen-Lun, todos los que cruzaron la tierra prohibida, cuando no fueron asesinados por las ban das errantes que la guardan, no efectuaron el relato de su viaje sino velándolo con un tinte de misterio, el misterio de lo que toma contacto con lo divino. Todo el mundo cono ce la descripción hecha por el padre Huc sobre el árbol de la lamasería de Kombum, que crece con caracteres perpe tuamente renovados sobre su corteza. Se oyó hablar de Ni colás Notovitch que reencontrara en el Ladak la celda del ermitaño Issa, que habría sido Jesús. Dícese que en el Ti bet viven los sabios que tienen el poder de prolongar la duración de la vida humana, que son los guardianes del conocimiento antiguo que se perdió, y que, en sus archi vos, poseen la historia de la Atlántida y la Lemuria, y tam bién la historia de la humanidad futura, de las que tienen la visión mediante clarividencia. En Tibet está la misteriosa ciudad de Shambala, la ciudad de los sabios; en el Tibet es tá el rey del mundo. ¡Leyendas e invenciones de poetas!, dicen los occi dentales que no creen sino en la evidencia inmediata y son incapaces de mezclar la poesía con su vida cotidiana. “Es lamentable, para la lectura de esta historia, que el espíritu de formación occidental esté tan dispuesto a decla rar absurdo lo que no comprende y a rechazar como fábula todo lo que no concuerde con su propia credulidad”. Esta frase de la Introducción a la Vida de Milarepa, de Jacques Bacot, podría ponerse al comienzo de este libro. Y, para leerlo con provecho, correspondería librarse de la sed de verdad exacta, de pruebas materiales, que es propia de nuestra raza, y considerar como posible esta co municación del hombre con la esencia divina del mundo que Oriente llegó a conocer después de milenios de expe riencias espirituales. Correspondería reencontrar el estado puro del alma de quien lo escribió, impregnarse de la sabi duría búddhica que enseña que todo es cambio de la forma e ilusión perpetua, y que la ley esencial del hombre consis te en elevarse desde el plano material que es el error, hacia los planos espirituales que son la realidad única. El lector escalaría entonces, con el mismo recogimiento piadoso que Jean Marqués-Riviére, la colina arbolada en cuyas laderas está contruida la Casa de Oraciones. 

Leería con la misma admiración los sutras del Kangyur, seguiría los caminos de la meditación que preparan para la iluminación y, después de haberse acercado a la presencia en la gruta sagrada, y elevarse por encima de las pueriles fantasmagorías del bien y del mal, descubriría finalmente el último secreto, el que no debe ser revelado, pues cada uno debe encontrar la reve lación en el fondo de sí mismo. Maurice Magre

 

INTRODUCCION 

Hace un tiempo, un hindú, que estaba de paso por Pa rís, me envió unos escritos y una carta. La carta me la diri gía uno de mis amigos, que se había marchado a la India hacía muchos años. Yo lo había perdido de vista hacía mu cho tiempo, y leí estupefacto sus extrañas aventuras; me rogaba que las publicara. En su misiva, mi amigo me pedía que le arreglara ciertos asuntos personales, pues no volvería más a Europa. Su carácter místico y aventurero me había inquietado siempre. Versado desde su juventud en las áridas especula ciones filosóficas, recorrió todo lo que la mística de Occi dente podía ofrecerle. Como no pudo hallar una respuesta satisfactoria para él, se volvió hacia Oriente y sus ideas tra dicionales. Ciertos encuentros con orientales en París y una activa correspondencia en Tibet con monasterios de Nepal y de Sikkim, le habían hecho presentir las regiones a las que el destino debía conducirle un día. Finalmente, deci dió marcharse hacia la India para volver a encontrarse con quienes ya le habían iniciado parcialmente. Ciertos pasajes de su carta mostrarán mejor las preo cupaciones intelectuales y espirituales de mi amigo: “...Es necesario haber vivido en Asia para comprender y penetrar el alma de estas razas. ¡Qué barrera existe entre Oriente y Occidente! ¡Qué incomprensión, qué ignorancia, qué desconocimiento entre uno y otro! Todo lo que yo ha bía aprendido, leído y estudiado, antes de partir hacia el Asia, antes de la gran experiencia que yo perseguía, todo fue inútil para mí... "... Los cerebros son de la misma ma;ér^ gr_s. pero el mecanismo cerebral es totalmente diferente. Err.:~ ];s occi dentales, hay gestos, asociaciones, ideas, principios morales y costumbres que son desconocidos en Oriente; ¿hora bien, esto es lo que crea la barrera entre las razas de Occidente y Oriente. Del Asia, los occidentales no conocen sino ges tos incomprensibles, y los deforman; se han llenado paginas espléndidas sobre templos y monasterios asiáticos: y los funcionarios las rotularon según su manía y las aprovechan unas contra las otras. ¿Eso es arte asiático? En tales museos y libros se lo volvió parecido a aquellas plantas tropicales de las que informan algunas exploraciones, y que se conser van, detrás de la vitrinas, en frascos de alcohol... “Salí en peregrinación hacia Oriente, como un extraño peregrino, pues yo no iba a visitar dioses, ni a adorar reli quias. Yo tenía sed de certidumbre y de Verdad, y debía olvidarlo todo, convertirme de nuevo en un párvulo, a fin de aprender y, sobre todo, comprender. 

“Mi probidad filosófica me prohibía jugar con las pa labras. Por tanto, me incliné ante los hechos; fue preciso comparar mi sabiduría universitaria con la de los Maestros de Oriente; fue un fracaso, porque yo no sabía nada de nada... Le juro, mi muy querido amigo, que la ciencia fi losófica occidental, y, en consecuencia, su solución del problema de la vida, es totalmente bárbara. No me hable de los movimientos modernos de la filosofía occidental, de sus ‘novedades’, que parecen profundas, pues yo le leería textos con una antigüedad de tres mil años, y usted vería... “Ahora bien, es allí donde comienza la barrera; los occidentales no querrían ni podrían verla, están ciegos. La Ciencia de la vida no puede ser enseñada a todo el mundo, pues como el problema es formidable y oculta una poten cia temible, debe ser esotérico. Muy sabiamente, los Maes tros del pensamiento asiático exigían a los temerarios bus cadores de la Verdad una preparación larga, fatigosa y mo nótona; correspondía poner a prueba la paciencia de aque llos, pues los amantes de la Diosa deben ser puros y fieles. Pusieron una clave sobre los libros de la Ciencia; y ustedes deben trabajar, en seguida, para descubrir la Clave... Enton ces, si resistieran al desánimo, al tedio, a la aridez de los textos, y a los obstáculos que la propia naturaleza les pon ga, ustedes serán iluminados en el sentido apropiado de la palabra... “En el escrito adjunto, tendrá usted un ensayo des criptivo de mi experiencia mística en Asia; es sensible mente diferente de muchas descripciones de fenómenos parecidos en Europa.

 Como me convertí en asiático de cuerpo y espíritu, sé que hay cosas imposibles de tradu cir al francés. Se necesitaría el cálamo y el pergamino, y, asimismo la lengua tibetana con sus ritmos, sus cánticos, sus plegarias... Ustedes, ustedes están en las comas y las hipótesis sobre el origen de los alfabetos asiáticos; ¿cómo me querrán comprender?... “Le digo adiós, queridísimo amigo, pues pronto no podré escribirle más; voy a romper los últimos lazos que me atan todavía a nuestra joven Europa para enterrarme en esta viejísima Asia, generadora de toda sabiduría y Madre de sosiegos y consuelos... Trabaje y busque, amigo... Supli co a los dioses que lo guíen hacia la Luz en la que todos nos volveremos a ver un día, en los brazos de la santa Diosa...” Este fue su último mensaje. El misterio del Asia le cobijó en su sombra y él desapareció, definitivamente, has ta para quienes le amaban... ¡Extraño destino el de este hombre de Occidente, de la raza de los nobles y los sabios, que voluntariamente se encerró en los umbríos monasterios, en medio de las nieves del Tibet, para alcanzar la Iluminación pura y la Paz del Alma!

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Archivo del blog

ARTE DE ÉPOCAS INCIERTAS María Luisa Caturla

  PRESENTACIÓN  María Bolaños maria.bolanos@cultura.gob.es María Luisa Levi Caturla (Barcelona, 1888 - Madrid, 1984) fue una figura  insólit...

Páginas