lunes, 21 de septiembre de 2026

emir rodríguez monegal sexo y poesía en el 900 uruguayo los extraños destinos de robexto y delmira ensayo

 


—¡Delira Ud. señor de las Carreras! —¡Es propio de los cuerdos! Roberto de las Carreras: Interview político (1903). 


 I - doble cincuentenario 

 Cuando se cumplieron, en 1963, los cincuenta años de la primera publicación de Los cáJices vacíos (libro que recoge lo mejor de Delmira Agusüni y que certifica la madurez de su poesía y de su juicio autocrítico), también se cumplió el cincuentenario de la locura de Roberto de las Carreras, amigo y coetáneo suyo que ya en el mismo 1913 comenzara a dar síntomas indisimulables de una perturbación que lo obligaría a recluirse en diversos sanatorios y casas particu lares durante un lapso de medio siglo. Por eso, mientras se festejaba con los acostumbrados ho menajes el cincuentenario del libro de Delmira, la vida literaria en el Uruguay fue conmovida por la noticia de que Roberto de las Carreras, a los noventa años, había cesado su lucha con el mundo. Su muerte, en la misma hora en que 7 se hacía balance de la obra de Deîmira, ad quirió así un carácter casi tan espectacular co mo su vida. Algo más que la coincidencia de fechas une a estos dos poetas. Ambos representaron para el Novecientos uruguayo (nuestra remotísima "Belle Epoque") un doble escándalo. El de Roberto de las Carreras empezó muy pronto, hacia 1894, con esos poemas en que se declaraba hijo ile gítimo, amenczaba corromper a todas las mu jeres casadas de la alta burguesía y se burlaba sangrientamente de la sacrosanta institución ma trimonial. Como además de escribir poemas, Ro berto perseguía a doncellas y señoras por las calles, asediaba sus balcones y lucía un des parpajo de Don Juan d'annunziar.o, pronto coagu ló en torno de su nombre una leyenda erótica que habría de perseguirlo hasta su locura para resucitar en las chismosas necrológicas de estos días. A su manera, también Delmira escandalizó a la aldea (como les gustaba decir a los icono clastas de entonces) y paseó sus arrebatos de pitonisa en celo, de hembra ardida, por las pá ginas de libros que se iban poniendo más y más incandescentes a medida que la autora (joven pero no niña) libraba poéticamente sus combates. Con la publicación de Los cálices va cíos en 1913, las damas de la mejor sociedad empezaron a evitar a Delmira. Sus vislumbres metafóricos llegaban demasiado cerca del hueso. De ahí que la poesía de Delmira y el escándalo de su matrimonio (que duró un mes y veintitrés días) y de su divorcio (que terminó en asesinato por mano del marido, en una casa propicia a 8 reuniones clandestinas), hayan contribuido a fi jar para siempre la imagen de esta obsesa se xual, en el aire provinciano del Montevideo de preguerra. Roberto y Delmira (así se les sigue llamando) han quedado amonedados en esa doble imagen: el Don Juan satánico, la ninfomaníaca del verso. Se ha querido explicar la leyenda (desmitificar ia) por un análisis de la sociedad que produjo estas dos flores exóticas. Desde los trabajos li minares de Alberio Zum Felde, que fue amigo de ambos, hasta los sociólogos populares de es ios últimos tiempos, se ha intentado explicar por la presión del medio las estampas de estos poe tas malditos. Pero la explicación que sólo bus que por este lado estará fatalmente condenada a la superficialidad. Había en los casos de Ro berto y Delmira mucho más que una rebeldía contra las valoraciones sexuales y poéticas del medio burgués. Aunque el medio influyó deci sivamente en la forma de sus destinos.

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