1. El nuevo macartismo: la Cultura de la Cancelación
Vivimos una época en la que lo inverosímil tiene carta de verosimilitud. Algunas de las noticias que leemos en los diarios no las consideraríamos creíbles ni en una película. Es más, nos parecerían dignas de guiones tan malos que habrían dejado en paro al guionista más prestigioso de Hollywood de ocurrírsele plantearlas. Muchos han sido en los últimos tiempos los ejemplos de esto que digo: desde la censura de profesoras universitarias, tras cometer el único pecado de afirmar que el sexo está determinado por los cromosomas; pasando por el derribo de estatuas que representan a personajes acusados de cometer actos que tuvieron lugar hace siglos; la suspensión de cuentas de Twitter tras manifestar una opinión poco afín a las tendencias mainstream, aunque sea una opinión irrefutable; o el destierro de obras de novelistas consagrados a un cajón tras, claro está, haber pasado el texto por el sutil matiz de la corrección política, tan enemiga de la creación literaria… Tal vez sea por eso que una, releyendo Farenheit 451, la conocida novela de Ray Bradbury, tiene la triste sensación de que más que ficción, el texto puede ser la crónica de cualquier diario contemporáneo: “A la gente de color no le gusta El pequeño Sambo. A quemarlo. La gente blanca se siente incómoda con La cabaña del tío Tom. A quemarlo. Escribe un libro sobre el tabaco y el cáncer de pulmón. ¿Los fabricantes de cigarrillos se lamentan? A quemar el libro. (…) Quemémoslo todo, absolutamente todo. El fuego es brillante y limpio”, dice convencida Mildred, uno de los personajes de Farenheit 451.
Y es Bradbury quien, cincuenta años más tarde de su redacción, me empuja a hacerme preguntas relacionadas con su “quema de libros”, porque en la actualidad esa quema es la metáfora de la anulación de ideas en pro de lo políticamente correcto. Porque la proximidad con la actualidad es vertiginosa y casi sin darme ni cuenta se me agolpan un buen número de preguntas: ¿Hay que seguir viendo Lo que el viento se llevó o la eliminamos de todas las filmotecas por racista? ¿Lolita debe seguir siendo considerada una obra maestra de la literatura o prohibimos a Navokov en bibliotecas y librerías por pedófilo? ¿Quemamos los cómics de Tintín en aras de una defensa a los pueblos que fueron colonizados por los europeos o asumimos y analizamos el pasado histórico del que venimos y que, en no pocos casos, no querríamos repetir? ¿Debe incluirse o censurarse una atracción de un parque temático en la que Blancanieves recibe un beso del príncipe al no ser este consensuado? ¿Puede un cocinero blanco europeo cocinar un guiso típicamente chino o es apropiación cultural? ¿Merece Dostoievski un ciclo de análisis acerca de su obra o censuramos todo lo procedente de Rusia? ¿Pueden los actores interpretar papeles que no sean de personajes de su misma raza y condición sexual o mejor hacemos que desaparezca el oficio de actor y que solo se les den papeles a las personas que coincidan en sus vidas con los personajes? ¿Impedimos la lectura de Las aventuras de Tom Sawyer o Las aventuras de Huckleberry Finn porque utilizan la palabra “negro” por considerarlas ofensivas a pesar de que Twain fue un defensor de la igualdad racial y con las novelas trató de combatir los prejuicios raciales típicos de la época? ¿La tradición artística, literaria y cinematográfica, la política, la historia… deben analizarse desde el presente en que se disfrutan o en el contexto en que fueron realizadas? y ¿quién tiene el poder para decidir si hacemos una u otra cosa? En definitiva, ¿qué es más importante, la libertad de expresión, la creatividad o la censura, y quién puede establecer esos criterios? Porque de esas prohibiciones va la Cultura de la Cancelación.
Me detengo.
Releo las preguntas anteriores, todas extraídas de situaciones reales, y por momentos pienso que es sorprendente que nos las hagamos, pero lo que más asombra es que todas ellas sean preguntas retóricas porque describen hechos sucedidos en los últimos tiempos. Sorprendente, porque una diría que en pleno siglo XXI estaba asumida, al menos en Occidente, la libertad de pensamiento y de acción —sin saltar obviamente al delito—. Y me parece imposible que hayamos olvidado los antecedentes históricos, no tan lejanos, de los que partimos y de los que todos deberíamos haber aprendido. Sin embargo, visto lo visto, está claro que conocer la historia no nos garantiza un aprendizaje, y ha sucedido justo lo contrario: esos mismos antecedentes históricos, criticados, denostados y, pensaba, superados, han sido justo los que han servido de ejemplo para desarrollar una cultura que los aprovecha y los aplica, en definitiva, que toma ejemplo de ellos. Porque las preguntas anteriores son una pequeña muestra de cuestiones que me he planteado estos últimos tiempos al hilo de las noticias. Pequeña, digo, porque, por desgracia, podría seguir haciendo preguntas hasta llenar unas cuantas páginas. Ejemplos que se suceden, día sí y día también, y que evidencian cómo se ha instaurado la falta de debate público, la corrección política y, me atrevería a decir, el miedo a pensar y opinar, porque nadie se atreve a cuestionárselas en público, asumiendo la prohibición sin más, dejando muchas situaciones en manos del sinsentido. Un silencio, un miedo, que confirma que se ha impuesto la falta de diálogo, de discusión, de crítica, de debate frente a temas que, de un tiempo a esta parte, se dan por sentenciados y que “alguien” que asume que habla en nombre de “todos” es el encargado de imponer.
El caso es que lo anterior nos lleva a una pregunta más amplia y preocupante: ¿Quiere esto decir que existe censura en pleno siglo XXI? ¿Y autocensura? ¿Existen árbitros que autorizan, o penalizan, opiniones? Pues, por desgracia, parece que las tres preguntas anteriores tienen una respuesta afirmativa: sí existen árbitros, censura y autocensura. Y los tres forman parte de lo que se ha dado en llamar Cultura de la Cancelación: una dictadura cultural que lucha por establecer la estandarización y uniformidad del pensamiento, retomando de forma abierta muchas de las actitudes del pasado, aunque sin reconocerlo, e impidiendo la libertad de pensamiento y todo ello, en su mayoría, de manos de la llamada izquierda posmoderna o izquierda líquida. Una izquierda liberal políticamente correcta que, en palabras de Žižek, “predica la permisividad a todas las formas de identidad sexual y étnica; sin embargo, en su afán por garantizar esta tolerancia, necesita cada vez más reglas de cancelación y regulación que introducen constante ansiedad y tensión en este feliz universo permisivo”¹.
Pero ¿qué es y de dónde viene la Cultura de la Cancelación? Y, sobre todo, ¿quién la defiende en la actualidad?
Empecemos aclarando que la Cultura de la Cancelación no es algo asociado a la modernidad. El hecho de “cancelar” a alguien por lo que piensa existe desde tiempos inmemoriales, lo explico con más detalle más adelante. Sin embargo, los términos Cancel Culture, tal como los conocemos y aplicamos hoy en día, así como sus implicaciones, son consecuencia de un fenómeno reciente que nace en Estados Unidos hace unos cuarenta años y ha ido creciendo y cogiendo fuerzas con su popularización en redes sociales y con la posibilidad de ejercer el anonimato en las mismas, dando un poder a los usuarios que no se había visto antes. Y por eso no sorprende que sea desde las redes desde donde ha saltado a todas las áreas sociales la censura llegando hasta la universidad, y que en menos de cincuenta años haya pasado de ser centro del saber y la discusión a ser centro del pensamiento único desde el que, justamente, se aplica la reprobación.
A día de hoy los mayores ejemplos de cancelación proceden de los EEUU y de muchas de sus universidades y, por lo general, de las universidades que se encuentran en los estados más demócratas, como vamos a ver, y aunque el fenómeno todavía no tiene mucha fuerza en Europa, todo hace pensar que acabará generalizándose si no le ponemos remedio. Ni que decir tiene que en una sociedad globalizada como en la que vivimos difícilmente escapa de la popularización de estos fenómenos.
Desbrocemos la definición de Cultura de la Cancelación.
La Cancel Culture es un concepto que consiste en denunciar a personas, obras o instituciones de tener un comportamiento, a juicio de quien lo critica, inadecuado. En un primer lugar empezó asociada al activismo antirracista de la comunidad afroamericana estadounidense y más adelante al movimiento feminista del #MeToo, que denunciaba abusos sexuales largamente encubiertos en la industria del cine. De ahí poco a poco continuó ampliando áreas y sumando apoyos de la mano de grupos minoritarios (indígenas, minusválidos, personas de los distintos colectivos LGTB, defensores del género…) que fueron haciendo suyos los espacios de opinión donde se emitían juicios sobre distintos temas y personas por los que, aseguraban, de un modo u otro se sentían señalados. En la actualidad, manteniendo ese espíritu de defensa de ciertos colectivos, pero ampliando su foco a todo aquel que forme parte de una minoría, los canceladores presumen de abanderar la lucha en defensa de necesitados y oprimidos y ejercen presión en nombre de LA justicia, o, en puridad, de SU justicia. Se crea, de este modo, la paradoja de que el cancelado —hablamos de minorías— se convierte en el opresor y, lo que sorprende más, que las minorías en realidad no quieren ser integradas en la mayoría, sino, por asombroso que parezca, mandar sobre ella y acabar cancelándola.
Pero vayamos por partes.
¿Cómo se lleva a cabo la cancelación?
Lo primero que se busca es un sujeto al que cancelar —por lo que piensa, por lo que dice, por lo que opina, por cómo viste, por su origen, por las letras de sus canciones, por lo que publica, incluso por con quién está, o por qué dijo veinte años atrás— y, por resumir algo de lo que hablaré en detalle más adelante, se le critica, se suprime su presencia, se anula su trabajo, su reputación o su vida a nivel público. Todo ello convierte a la Cultura de la Cancelación en un conjunto de estrategias realizadas de forma colectiva por parte de activistas que forman parte de distintos colectivos que utilizan presiones sociales para conseguir “el ostracismo cultural de los objetivos (alguien o algo), acusados de (utilizar) palabras o hechos ofensivos”, explica Pippa Norris² tras analizar un estudio sobre el tema realizado a profesores.
En definitiva, una policía del pensamiento que no emana de un Estado autoritario, sino de la propia sociedad, y no de toda la sociedad, sino de sus sectores más jóvenes y progresistas que a su vez forman parte de otro movimiento, el woke, entendiendo con ello que, como dice el verbo inglés, al estar despiertos, son más sensibles a la aplicación de la justicia. En realidad, a su idea de la justicia, por cuya bandera acaban actuando como inquisidores, o sea, de forma injusta.
Establecidos los criterios para cancelar, los encargados de decidir sobre quién ejecutar las sentencias suelen ser jóvenes nacidos a partir de los noventa. Unas generaciones hiperconectadas a través de las redes sociales que, además, presumen de una alta conciencia social. Colectivos de jóvenes que se creen comprometidos con esa izquierda identitaria y de minorías, por lo general relacionados con movimientos antirracistas, LGTBIQ+ (añádase aquí las siglas que se os ocurran), e incluso infiltrados en el feminismo posmoderno, pero que han olvidado por completo, o desconocen, los valores de la izquierda. Jóvenes con unas redes de influencia que cada vez son mayores —asociaciones, plataformas, facultades, coordinadoras…— y a través de las que consiguen que sus conspiraciones tengan cada vez más fuerza en no pocos casos hasta lograr afectar a la vida intelectual y artística de la sociedad en su conjunto.
¿Qué demuestra la existencia de la Cultura de la Cancelación en nuestra sociedad si se analiza con distancia y se observa con frialdad?
Lo que demuestra, sin duda, es la incapacidad de las sociedades occidentales de disimular las carencias intelectuales de unos cuantos sujetos, sobre todo las carencias democráticas, ya que por lo que se aboga es por rechazar el diálogo, con un matiz no menor: los que profesan la Cultura de la Cancelación saben que no solo serán aplaudidos por una mayoría que se suma al carro de lo “popular”, sino que, además, no recibirán ninguna crítica y en no pocos casos serán aupados por los medios de comunicación, viendo en ellos aliados que aumentarán sus audiencias sin demasiada exigencia por la verdad. Es decir, que no solo no serán amonestados, sino que serán aupados. No les costará asumir que su impunidad será casi total cuando les dé por ordenar una cancelación y por eso campan a sus anchas denunciando y señalando con el dedo a todos los que consideran culpables según criterios estrictamente personales. Jóvenes que juegan con muchas ventajas, entre ellas que sus sentencias de culpabilidad no deben ser ratificadas por un juez, basta su sola acusación para que se ejecute el linchamiento. Por qué ideas disparatadas, y en muchos casos crueles, encuentran tanto eco en ciertos grupos sociales daría para otro libro, pero la eliminación de las Humanidades, entre las que se encuentran la Filosofía y la Historia en los programas de enseñanza, asignaturas que fomentan el pensamiento crítico, facilita la deglución sin análisis de las causas que apelan a la emoción y destierran a la razón.
Como ya no soy joven, me permito hacer una advertencia: no nos tomemos a broma sus consecuencias ni a sus afectados. Más adelante daré ejemplos de lo que puede suponer ser cancelado y de ese poder que les hemos conferido a los canceladores. Porque la aplicación constante y sistemática de la Cultura de la Cancelación puede llevar a provocar una especie de reacción colectiva que quizás arruine carreras, vidas… generando distintas reacciones en los que la sufren, una de ellas, de las peores para una sociedad democrática, es que las personas —conscientes de la existencia de la Cultura de la Cancelación— por el mero hecho de evitar ser señalados en sociedad, no se atrevan ni siquiera a decir lo que piensan, lo que opinan, y acaben por cancelarse a sí mismos. No es nuevo, ya había advertido de ello hace años Elisabeth Noëlle-Neumann en su acertado análisis La espiral del silencio. Según esta autora, las corrientes de opinión dominantes o percibidas como mayoritarias generan un efecto de atracción que incrementa su fuerza hasta tal punto que consiguen que exista una verdad oficial y una serie de personas que, al no coincidir con esa verdad, callan por temor a ser señaladas. En realidad, aclara Noelle-Neumann, los movimientos de adhesión a las grandes corrientes de opinión son un acto reflejo del sentimiento de protección que confiere encontrarse dentro de la mayoría. Está claro, preferimos opinar lo que opina todo el mundo, porque en muchos casos si no lo hacemos así podemos vivir el rechazo, el aislamiento, el silencio e, incluso, la exclusión. Es más, quienes se identifican con corrientes que no tienen el reconocimiento mayoritario tratan de ocultar sus opiniones. En definitiva, los mecanismos de control acaban consiguiendo que una minoría alcance tanto poder como para llegar a imponer “su verdad” a una mayoría. Un dato más, no menor, para entender la conclusión a la que llega, es que Noelle-Neumann estuvo afiliada al partido nazi por lo que, sin duda, sus reflexiones son extraídas en gran medida de la observación acerca del apoyo popular que este movimiento logró entre los alemanes. Así como del castigo que suponía discrepar del nazismo. Sigue siendo verdad la afirmación de Nietzsche: “Nos las arreglamos mejor con nuestra mala conciencia que con nuestra mala reputación”, y eso nos facilita lidiar mejor con el silencio que con la opinión pública. Porque, como bien explica Adela Cortina: “La dimensión interpretadora del cerebro puede acallar la voz de la conciencia, pero la reputación y el estatus están en manos ajenas, y perderlos puede significar el ostracismo y la pérdida de oportunidades vitales”.³
Así, mientras los canceladores juegan con la impunidad de que nadie dirá o hará nada en su contra, los cancelados acaban, en no pocas ocasiones, con la cabeza gacha, incluso antes de recibir la cancelación, solo imaginándola, atemorizados por las posibles represalias sociales, económicas, personales, profesionales... que pueden tener si dicen algo. Conscientes de que aquellos que abrazan la idea de cancelar no tratan de que el que opina lo contrario argumente, ni siquiera quieren corregir una opinión o postura concreta, ni tampoco quieren convencerlos ni explicarles lo que piensan (esta es una reflexión importante, históricamente en los debates se pretendía convencer al otro, ahora lo que quieren es sepultarlo). Lo que quieren es erigirse en vengadores, justicieros sociales. Porque son ellos los que acaban por eliminar a la persona que les molesta, o marginan al grupo social que no comulga con su verdad.
Es fácil extraer una consecuencia de todo lo anterior: si dejamos que los censores tomen las riendas nadie osará reflexionar, discrepar, por miedo a ser marginado, criticado… cancelado, en fin. Recientemente se ha publicado una encuesta del Cato Institute en la que se señala que un tercio de los estadounidenses asegura que les preocupa perder sus empleos u oportunidades de trabajo si expresan sus verdaderas opiniones políticas⁴. Una inquietud que parece ciencia ficción, pero no lo es, y aunque es cierto que en Europa, de momento, pareciera que todavía andamos alejados de esta situación, me temo que es más por falta de poder de los canceladores que de ganas. Así, sabiendo como sabemos que hoy en día la Cultura de la Cancelación ya representa una verdadera amenaza a la libertad intelectual en Estados Unidos, no podemos dejar que se instale en Europa. Pero lo que no es discutible es que estamos ante el nacimiento de un nuevo sistema de opresión propiciado, sobre todo, desde las redes sociales, amparándose, además, en el anonimato que estas llevan implícito, lo que facilita la creación de esta nueva forma de tiranía cultural mucho más peligrosa que el mismo pensamiento: tendemos hacia el pensamiento único.
Y a todas estas, ¿quiénes son los “canceladores”?
Ya hemos dicho que son mayoritariamente jóvenes, en un sentido amplio del término juventud. Pero, además, la tipología de los censores es múltiple y variada. Lo que existe como nexo de unión es una línea ideológica canceladora que se asocia a una izquierda posmoderna que ha pasado de preocuparse por la igualdad y las necesidades sociales —trabajo, sanidad, educación—, a centrarse en las minorías. Unos censores situados en una atalaya desde la que se creen con la suficiente “autoridad moral” como para decidir quiénes son los “buenos” y quiénes son los “malos” y penalizar, caso de no obedecer, a aquellos que se decanten por el lado “equivocado”, evitando la posibilidad misma de debate. ¿Su mantra? “El sistema está en contra nuestra” “somos víctimas de las élites”, por más que las evidencias demuestren justo todo lo contrario, que repitan su mantra desde medios de comunicación y redes sociales con cientos de miles de seguidores y de que ellos mismos participen o sean el sistema e incluso, formen ya parte de eso que llaman élites.
Son muchas las motivaciones que empujan a una sociedad hacia la Cultura de la Cancelación en todos sus ámbitos, y es necesario analizarlas para entenderlo. Porque muchas son las ramificaciones en las que opera, con más o menos fortuna, con más o menos poder de censura. No basta con ser conscientes, denunciar su práctica, porque, como dijo Martin Luther King, no podemos olvidar que: “Llega un momento en que el silencio es traición”.