sábado, 10 de enero de 2026

Alfred Hitchcock LA CARA OCULTA DEL GENIO DONALD SPOTO


 

Introducción 

Mi fascinación hacia Alfred Hitchcock empezó hace más de treinta años, cuando yo era un escolar y él estaba convirtiéndose rápidamente en una institución internacional. Cada vez más cerca de la cúspide de su popularidad a principios de los años cincuenta, estaba dándonos una película -y algunas veces dos- al año, y parte del encanto de esas películas era localizar su fugaz aparición en la pantalla cruzándose con un actor o tomando un tren. Por aquel tiempo, como si quisiera extender su voluminosa presencia directamente hasta nuestras salas de estar, se convirtió en el anfitrión de su propia serie semanal de TV. 

Con sus casi inexpresivas descripciones de las conductas más antisociales, me daba la impresión de ser alguien venido de otro mundo, un país donde el crimen era una rutina y la traición la respuesta típica de una persona a otra.

 Al mismo tiem po, su rostro te contemplaba desde los escaparates de las librerías, donde colecciones de relatos eran etiquetadas como antologías de Hitchcock. Su presencia tocaba todos los medios del espectáculo y la comunicación; difícilmente pasaba un mes sin que apare ciera una entrevista a Hitchcock en los periódicos locales y las revistas nacionales. Veinte años más tarde -en 1975, para ser exacto-, lo conocí personalmente por primera vez. Me invitó a que fuera a verle durante el rodaje de Family Plot/La trama (Family Plot, 1975) (*), su largometraje número cincuenta y tres... y, tal como resultaron las cosas, el último. Yo estaba a punto de completar un libro acerca de sus películas las, y él consiguió encontrar un poco de tiempo entre escenas para responder a algunas preguntas técnicas. Luego, un año más tarde, reconoció amablemente la publicación de mi libro El arte de Alfred Hitchcock invitándome a almorzar. 

Por aquel entonces, él ya estaba firmemente establecido como una leyenda, y mi admiración hacia él estaba también firmemente establecida. La admiración prosiguió sin diluirse en absoluto durante sucesivos encuentros y almuerzos. Pero en esas ocasiones discutimos tan sólo de lo que (*). La versión española de esta película recibió un doble título. Para mayor simplicidad nos referiremos a ella a partir de ahora, utilizando únicamente el primero, más ajustado al original. (N. del T.) Hitchcock deseaba discutir, y yo tenía la impresión de que él dirigía las conversaciones de la misma forma en que dirigía sus películas... incluyendo tan sólo lo que deseaba incluir, para revelar tan poco como fuera posible de sí mismo y tanto como fuera posible de los demás. 

Siempre se mostraba cordial, pero había una cautelosa frialdad en sus modales, como si temiera un repentino desenmascaramiento de sus auténticos sentimientos, cuidadosamente ocultos. Esto, como aprendí rápidamente de anteriores investigaciones, era una impresión que dejaba también a menudo en colegas y asociados que lo conocían de años. Su figura cultural popular más pública se encerraba muy fácilmente dentro de una secreta concha cuando alguien mostraba interés en los niveles más profundos de su trabajo, o en su entorno o familia o vida interior o algunos largos periodos de su carrera. En tales ocasiones, era muy propenso a cambiar discretamente de tema. Cuando murió en 1980, le consulté a su hija, Patricia Hitchcock O’Connell -que hablaba también en nombre de su achacosa viuda-, acerca de la posibilidad de una biografía autorizada. 

Muy cortésmente, me comunicó la intención expresada por su padre de que no se efectuara ninguna otra investigación o trabajo acerca de su vida, y que en consecuencia la familia no iba a cooperar activamente o contribuir a la preparación de un libro así. Esto, por supuesto, encajaba con la obsesiva pasión de Hitchcock por el secreto. Pero, después de todo, se trataba de una figura de renombre mundial, un hombre rico y poderoso; su carrera había reportado millones, y su presencia seguía fascinando e invitando a la reflexión. En lo que a mí respecta, como un admirador de su arte, había leído y catalogado durante más de una década montones de artículos y entrevistas, que ofrecían alarmantemente contradictorias afirmaciones sobre su vida y enormes lagunas que había que llenar. 

De modo que me dediqué al trabajo. Supe inmediatamente que Alfred Hitchcock había sido un notablemente pobre corresponsal y que casi no le habían sobrevivido car tas personales. Como tampoco había redactado ni diarios ni blocs de anotaciones... un hecho que reflejaba su profunda incapacidad de comunicarse a nivel personal. Esta falta de fuentes primarias escritas pareció al principio una frustrante omisión. 

Pero a medida que iban emergiendo los hechos, se hizo evidente que las películas de Hitchcock eran a todas luces sus diarios y sus blocs de anotaciones, y que su casi maníaca pasión por el secreto era un medio deliberado de desviar la atención de lo que esas películas eran realmente: documentos sorprendentemente personales. 

A medida que proseguía mi trabajo -primero en Inglaterra, donde pasó la mitad de su vida, y luego en América-, me decanté hacia los documentos públicos, registros familiares y del con dado, archivos escolares y notas de estudios, así como hacia todas aquellas personas que lo habían conocido profesional y socialmente, artistas, escritores y actores que habían trabajado con él. 

Con excepción de un pequeño número de personas y unos importantes estudios cinematográficos, la gente se sentía más libre después de su muerte de evocar sus recuerdos, de contribuir con datos que me llevaban un poco más lejos. Gradualmente, fue apareciendo una imagen compleja, más misteriosa que ninguna de las historias que él había elegido reflejar en sus películas.

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