jueves, 10 de marzo de 2016

La agonia del asesino James Sallis-





La agonia del asesino

James Sallis

Nació en Estados Unidos en 1944.
Inició estudios en la Universidad de Tulame que abandonó, obteniendo posteriormente el título de terapeuta respiratorio. Colabora en revistas en especial en temas de fantasía y ciencia ficción y ha trabajado como editor. Musicólogo y aficionado a la música, en especial el jazz, toca varios instrumentos.
De abundante obra, ha tratado los cuentos, poesía, ensayo y traducción, pero sobre todo es conocido por sus novelas policíacas. Aunque dentro del clásico género negro, escribe con una prosa muy poética, con mucho sentimiento y emotividad, como el espíritu del blues americano. Son muy frecuentes las citas sobre literatura y temas musicales.

***

Phoenix, la quinta ciudad más grande de Estados Unidos. Un solitario asesino a sueldo afronta su último trabajo. Un detective cínico y harto de todo asiste impotente a la lenta agonía de su mujer. Un chico de trece años al que sus padres han abandonado tiene que aprender a valerse por sí mismo y sobrevive vendiendo cosas por eBay. Tres personajes solitarios, desarraigados de la sociedad.
Cuando Christian, el asesino, está listo para liquidar a su víctima, alguien se le adelanta y hace una chapuza. Y entonces él tratará de dar caza al hombre que le ha impedido finalizar correctamente su trabajo. Mientras tanto, el detective Dale Sayles sigue la pista de Christian. Y el chico, Jimmie Kostof, tiene aterradoras pesadillas que acaso sean las del asesino. Y aunque estos tres personajes no lleguen a encontrarse, sus destinos están fatalmente conectados.

Editorial RBA.


Título original inglés: The Killer is Dying.

  PARA KARYN,

POR PRÁCTICAMENTE TODO

 1
Vuelve a estar despierto, sin tener ni idea de la hora que es o de si, realmente, ha conseguido pegar ojo. Últimamente duerme muy mal. Y también es extraño el modo en que el tiempo se difumina. Al principio no hay motivo para saber qué hora es, pero luego van pasando los días y estos se transforman en años. Hasta que solo el cambio de estación marca una nueva transición, un nuevo declinar. Para recordar tiene que regresar mentalmente a donde vivía, a una habitación alquilada o a un apartamento barato en Gary, Gretna, Memphis o Seattle.
No hay farolas en esta parte de la ciudad. Las reservan para zonas más agradables del norte y el este. Aquí no puede haber más oscuridad. La luz de la valla publicitaria, al otro lado de la calle, que anuncia en español el último vehículo de lujo, entra sesgada en el cuarto. Según él, lo único que consigue es difuminar la oscuridad.
De forma periódica levanta una mano, la izquierda, en dirección a esa luz, convierte sus dedos en un puño y lo abre de nuevo, observando la acción de músculos, tendones y cicatrices. Mientras se abre, la mano empieza a temblar. Son los medicamentos. Los medicamentos le hacen temblar. Pero sin ellos aún temblaría más. Eso sí, las drogas lo idiotizan, algo que no puede permitirse.
Oye a dos personas gritándose mutuamente, ahí fuera, en el balcón del piso de arriba, a juzgar por el ruido.
—¡Es mi puto dinero!
—¡Pero es mi puto coche!
Luego llega el sonido de un cuerpo humano arrojado contra una pared o una puerta.
En la habitación de al lado, una radio o una televisión sigue emitiendo un zumbido, el mismo que nuestro hombre lleva aguantando durante los cuatro días que lleva ahí. Está sintonizada en un canal de debates, pero las palabras no se entienden, solo se capta la cadencia y la inflexión de las voces, que se alternan entre presentadores, invitados, gente que llama y anuncios comerciales. De vez en cuando se suma otra voz, la del ocupante del cuarto, como si quisiera participar en la conversación.
Se levanta y, con los pies hinchados, se arrastra hasta el baño. Una cucaracha que estaba bebiendo del fondo del lavabo asciende por el mármol y desaparece por una esquina en cuanto se enciende la luz. Con una cuchilla, el hombre parte una pastilla por la mitad. Controlan los temblores, durante un rato. Una hora, dos. Y aunque no calman el dolor, consiguen que el mundo sea más compasivo de maneras interesantes. Las paredes se curvan hacia fuera, las esquinas y los ángulos se retraen, todo se hace más lento. Como si se erigieran unos muros transparentes entre él y todo lo demás.
Ya que está ahí, llena y bebe de ese vaso que, a pesar de lo mucho que le desagradan el olor y el sabor del plástico, transporta con él a todas partes. Las pastillas lo mantienen permanentemente con la boca pastosa.
En camiseta y calzoncillos, sale al exterior. El clamor del balcón superior ha remitido. Se da cuenta de que casi se había olvidado de dónde está, pero ahora las luces lejanas, los edificios bajos y el manto de cielo oscuro se lo recuerdan. En la calle, tras pasar ante un aparcamiento cuyo agrietado asfalto negro hace pensar en una erupción de lava, rueda un coche tuneado a treinta kilómetros por hora. Es un Ford Galaxie de los años cincuenta, que luce pinchos en los guardabarros y está decorado con dragones de brillantes colores e iridiscentes mujeres medio desnudas. En la distancia, oye lo que deben de ser disparos de un fusil de grueso calibre. Los tiros son limpios, precisos y con pausas entre ellos. Desde esa dirección, al cabo de unos instantes, se oye el gemido de una sirena que se interrumpe de manera abrupta.
Pero hay otro sonido. En el alero de su motel cutre por semanas, aprovechando un rinconcito, un pichón ha construido su nido, del que acaba de caerse un polluelo. Frenético e impotente, el progenitor mira hacia abajo, torciendo la cabeza y parpadeando, mientras su hijito intenta ponerse de pie, aletea inútilmente y pía tan bajito que apenas se le oye.
El hombre se queda mirando un buen rato hasta que se da la vuelta y entra en la habitación.
En la de al lado, o en la radio o en la televisión, alguien llora.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Jorge Luis Borges.HISTORIA UNIVERSAL DE LA INFAMIA 301 EL IMPOSTOR INVEROSÍMIL TOM CASTRO...


HISTORIA UNIVERSAL DE LA INFAMIA 301

EL IMPOSTOR INVEROSÍMIL TOM CASTRO
Ese nombre le doy porque bajo ese nombre lo conocieron por calles
y por casas de Talcahuano, de Santiago de Chile y de Valparaíso,
hacia 1850, y es justo que lo asuma otra vez, ahora que
retorna a estas tierras —siquiera en calidad de mero fantasma y
de pasatiempo del sábado.1 El registro de nacimiento de Wapping
lo llama Arthur Orton y lo inscribe en la fecha 7 de junio
de 1834. Sabemos que era hijo de un carnicero, que su infancia
conoció la miseria insípida de los barrios bajos de Londres y que
sintió el llamado del mar. El hecho no es insólito. Run away to
sea, huir al mar, es la rotura inglesa tradicional de la autoridad
de los padres, la iniciación heroica. La geografía la recomienda y
aun la Escritura (Psalmos, CVII): Los que bajan en barcas a la mar,
los que comercian en las grandes aguas; ésos ven las obras de Dios
y sus maravillas en el abismo. Orton huyó de su deplorable suburbio
color rosa tiznado y bajó en un barco a la mar y contempló
con el habitual desengaño la Cruz del Sur, y desertó en el puerto
de Valparaíso. Era persona de una sosegada idiotez. Lógicamente,
hubiera podido (y debido) morirse de hambre, pero su confusa
jovialidad, su permanente sonrisa y su mansedumbre infinita le
conciliaron el favor de cierta familia de Castro, cuyo nombre adoptó.
De ese episodio.sudamericano no quedan huellas, pero su gratitud
no decayó, puesto que en 1861 reaparece en Australia, siempre
con ese nombre: Tom Castro. En Sydney conoció a un tal Bogle,
un negro sirviente. Bogle, sin ser hermoso, tenía ese aire reposado
y monumental, esa solidez como de obra de ingeniería que tiene
el hombre negro entrado en años, en carnes y en autoridad. Tenía
una segunda condición, que determinados manuales de etnografía
han negado a su raza: la ocurrencia genial. Ya veremos
luego la prueba. Era un varón morigerado y decente, con los antiguos
apetitos africanos muy corregidos por el uso y abuso del
calvinismo. Fuera de las visitas del dios (que describiremos después)
era absolutamente normal, sin otra irregularidad que un
pudoroso y largo temor que lo demoraba en las bocacalles, recelando
del Este, del Oeste, del Sur y del Norte, del violento vehículo
que daría fin a sus días.
Orton lo vio un atardecer en una desmantelada esquina de
Sydney, creándose decisión para sortear la imaginaria muerte. Al
1 Esta metáfora me sirve para recordar al lector que estas biografías infames
aparecieron en el suplemento sabático de un diario de la tarde.
!?02 JORGE LUIS BORGES—OBRAS COMPLETAS
lato largo de mirarlo le ofreció el brazo y atravesaron asombrados
los dos la calle inofensiva. Desde ese instante de un atardecer
ya difunto, un protectorado se estableció: el del negro inseguro
v monumental sobre el obeso tarambana de Wapping. En setiembre
de i 865, ambos leyeron en un diario local un desolado aviso.

El  IDOLATRADO HOMBRE MUERTO
En las postrimerías de abril de 1854 (mientras Orton provocaba
las ekisiones de la hospitalidad chilena, amplia como sus
patios) naufragó en aguas del Atlántico el vapor Mermaid, procedente
de Rio de Janeiro, con rumbo a Liverpool. Entre los que
perecieron estaba Roger Charles Tichborne, militar inglés criado
en Francia, mayorazgo de una de las principales familias católicas
de Lnglaterra. Parece inverosímil, pero la muerte de ese joven
afrancesado, que hablaba inglés con el más fino acento de París
v despertaba ese incomparable rencor que sólo causan la inteligencia,
la gracia y la pedantería francesas, fue un acontecimiento
iraseendental en el destino de Orton, que jamás lo había visto.
Lady Tichborne, horrorizada madre de Roger, rehusó creer en
su muerte y publicó desconsolados avisos en los periódicos de
más .amplia circulación. Uno de esos avisos cayó en las blandas
manos funerarias del negro Bogle, que concibió un proyecto genial.
Fuente: Editorial EMECÉ Editores. Buenos Aires, Argentina. 1972.

martes, 8 de marzo de 2016

Jorge Luis Borges. Historia Universal de la Infamia. 1935.

(En la gráfica: Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges).

HISTORIA UNIVERSAL DE LA INFAMIA. (1935).
EL MÉTODO
Los caballos robados en un Estado y vendidos en otro fueron
apenas una digresión en la carrera delincuente de Morell, pero
prefiguraron el método que ahora le aseguraba su buen lugar en
una Historia Universal de la Infamia. Este método es único, no
solamente por las circunstancias sui generis que lo determinaron,
sino por la abyección que requiere, por su fatal manejo de la
esperanza y por el desarrollo gradual, semejante a la atroz evolución
de una pesadilla. Al Capone y Bugs Moran operan con
ilustres capitales y con ametralladoras serviles en una gran ciudad,
pero su negocio es vulgar. Se disputan un monopolio, eso
298 JORGE LUIS BORGES-^OBRAS COMPLETAS
es todo. . . En cuanto a cifras de hombres, Morell llegó a comandar
unos mil, todos juramentados. Doscientos integraban el Consejo
Alto, y éste promulgaba las órdenes que los restantes ochocientos
cumplían. El riesgo recaía en los subalternos. En caso de
rebelión, eran entregados a la justicia o arrojados al río correntoso
de aguas pesadas, con una segura piedra a los pies. Eran con
frecuencia mulatos. Su facinerosa misión era la siguiente: '
Recorrían —con algún momentáneo lujó de anillos, para inspirar
respeto— las vastas plantaciones del Sur. Elegían un negro
desdichado y le proponían la libertad. Le decían que huyera de
su patrón, para ser vendido por ellos una segunda vez, en alguna
finca distante. Le darían entonces un porcentaje dé! precio de su
venta y lo ayudarían a otra evasión. Lo conducirían después a
un Estado libre. Dinero y libertad, dólares resonantes de plata
con libertad, ¿qué mejor tentación iban a ofrecerle? El esclavo
se atrevía a su primera fuga.
El natural camino era el río. Una canoa, la cala de un vapor,
un lanchón, un'a gran balsa como un cielo con una casilla en
la punta o con elevadas carpas de lona; el lugar no importaba,
sino el saberse en movimiento, y seguro sobre el infatigable río.
Lo vendían en otra plantación. Huía otra vez a los cañaverales o
a las barrancas. Entonces los terribles bienhechores (de quienes
empezaba ya a desconfiar) aducían gastos oscuros y. declaraban que
tenían que venderlo una última vez. A su regreso le darían el
porcentaje de las dos ventas y la libertad. El hombre se dejaba
vender, trabajaba un tiempo y desafiaba en la última fuga el riesgo
de los perros de presa y de los azotes. Regresaba con sangre,
con sudor, con desesperación y con sueño.

***
LA LIBERTAD FINAL *
Falta considerar el aspecto jurídico de estos hechos. El negro
no era puesto a la venta por los sicarios de Morell hasta que el
dueño primitivo no hubiera denunciado su fuga y ofrecido una
recompensa a quien lo encontrara. Cualquiera entonces lo podía
retener, de suerte que su venta ulterior era un abusó de confianza,
no un robo. Recurrir a la justicia civil era un gasto inútil, porque
los daños no eran nunca pagados.
Todo eso era lo más tranquilizador, pero no para siempre. El
negro podía hablar; el negro, de puro agradecido o infeliz, era
capaz de hablar. Unos jarros de whisky de centeno en el prostíbulo
de El Cairo, Illinois, donde el hijo de perra nacido esclavo
iría a malgastar esos pesos fuertes que ellos no tenían por qué
darle, y se le derramaba el secreto. En esos años*'un Partido AboHISTORIA
UNIVERSAL DE LA INFAMIA 299
licionista agitaba el Norte, una turba de locos peligrosos que negaban
la propiedad y predicaban la libertad de los negros y los
incitaban a huir. Morell no iba a dejarse confundir con esos
anarquistas. No era un yankee, era un hombre blanco del Sur
hijo y nieto de blancos, y esperaba retirarse de los negocios y ser
un caballero y tener sus leguas de algodonal y sus inclinadas
filas de esclavos. Con su experiencia, no estaba para riesgos inútiles.
El prófugo esperaba la libertad. Entonces los mulatos nebulosos
de Lazarus Morell se trasmitían una orden que podía no pasar
de una seña y lo libraban de la vista, del oído, del tacto, del día,
de la infamia, del tiempo, de los bienhechores, de la misericordia,
del aire, de los perros, del universo, de la esperanza, del sudor
y de'él mismo. Un balazo, una puñalada baja o un golpe, y las
tortugas y  los barbos del Mississippi recibían la última información.

***

LA CATÁSTROFE
Servido por hombres de confianza, el negocio tenía que prosperar.
A principios de 1834 unos setenta negros.habían sido "emancipados"
ya por Morell, y otros se disponían a seguir a esos precursores
dichosos. La zona de operaciones era mayor y era necesario
admitir nuevos afiliados. Entre los que prestaron el juramento
había un muchacho, Virgil Stewart, de Arkansas, que se destacó
muy pronto por,su crueldad. Este muchacho era sobrino de un
caballero que había perdido muchos esclavos. En agosto" de 1834
rompió su juramento y delató a Morell y a los otros. La casa de
Morell en Nueva Orleans fue cercada por la justicia. Morell, por
una imprevisión o un soborno, pudo escapar.
. Tres días pasaron. Morell estuvo escondido ese tiempo en una
casa antigua, de patios con enredaderas y estatuas, de la calle Toulouse.
Parece que se alimentaba muy poco y que solía recorrer
descalzo las grandes habitaciones oscuras, fumando pensativos
cigarros. Por un esclavo de la casa remitió dos cartas a la ciudad
de Natchez y otra a Red River. El cuarto día entraron en la casa
tres hombres y se quedaron discutiendo con él hasta el amanecer.
El quinto, Morell se levantó cuando oscurecía y pidió una navaja
y se rasuró cuidadosamente la barba. Se vistió y salió. Atravesó
con lenta serenidad los suburbios del Norte. Ya en pleno campo,
orillando las tierras bajas del Mississippi, caminó más ligero.
Su plan era de un coraje borracho. Era el de aprovechar los
últimos hombres que todavía le debían reverencia: los serviciales
negros del Sur. Éstos habían visto huir a sus compañeros y no
los habían visto volver. Creían, por consiguiente en su libertad.
•500 JORGE LUIS BORGES—OBRAS COMPLETAS
El plan de Morell era una sublevación total de los negros, la
toma y el saqueo de Nueva Orleans y la ocupación de su territorio.
Morell, despeñado y casi deshecho por la traición, meditaba
una respuesta continental: una respuesta donde lo criminal se
exaltaba hasta la redención y la historia. Se dirigió con ese fin
a Natchez, donde era más profunda su fuerza. Copio su narración
de ese viaje:
"Caminé cuatro días antes de conseguir un caballo. El quinto
hice alto en un riachuelo para abastecerme de agua y sestear.
Yo estaba, sentado en un leño, mirando el camino andado esas
horas, cuando vi acercarse un jinete en un caballo oscuro de
buena estampa. En cuanto lo avisté, determiné quitarle el caballo.
Me paré, le apunté con una hermosa pistola de rotación y le
di la orden de apear. La ejecutó y yo tomé en la zurda las riendas
y le mostré el riachuelo y le ordené que fuera caminando delante.
Caminó unas doscientas varas y se detuvo. Le ordené que se desvistiera.
Me dijo: 'Ya que está resuelto a matarme, déjeme rezar
antes de morir'. Le respondí que no tenía tiempo de oír sus oraciones.
Cayó de rodillas y le descerrajé un balazo en la nuca. Le
abrí de. un tajo el vientre, le arranqué las visceras y lo hundí
en el riachuelo. Luego recorrí los bolsillos y encontré cuatrocientos
dólares con treinta y siete centavos y una cantidad de papeles
que no me demoré en revisar. Sus botas eran nuevas, flamantes, y
me quedaban bien. Las mías, que estaban muy gastadas, las hundí
en el riachuelo.
"Así obtuve el caballo que precisaba, para entrar en Natchez."


Fuente: Obras Completas. Editorial EMECÉ Editores. Año

Carlos Fuentes.LA GRAN NOVELA LATINOAMERICANA. FRAGMENTO). (Primera entrega).


(LA GRAN NOVELA LATINOAMERICANA. FRAGMENTO).
(Primera entrega).
«Cada lector crea su libro, traduciendo el acto finito de escribir en el acto infinito de leer.»
Este ensayo propone un recorrido por la evolución de la novela en Latinoamérica, desde el descubrimiento del continente hasta nuestros días. Quienes emprendan esta ruta hallarán en ella a las grandes figuras de la novela latinoamericana y sus temas constantes: la naturaleza salvaje, los conflictos sociales, el dictador y la barbarie, la épica del desencanto, el mundo mágico de mito y lenguaje, pero sobre todo su vocación de canibalizar y carnavalizar la historia, convirtiendo el dolor en fiesta, creando formas literarias y artísticas entrometidas unas en las otras, como lo son las de Borges, Neruda y Cortázar, sin respeto de reglas o géneros. Literatura de textos prestados, permutados, mímicos, payasos. Textos en blanco, asombrados entre el desafío del espacio de una página, lenguaje que habla del lenguaje, de Sor Juana y de Sandoval y Zapata, a José Gorostiza y a José Lezama Lima.
Obra de referencia y materia de estudio, este ensayo es una lección magistral de literatura y prueba de que, en efecto, «el significado de los libros no está detrás de nosotros. Al contrario: nos encara desde el porvenir».

Carlos Fuentes
La gran novela latinoamericana
Carlos Fuentes, 2011. Diseño de portada: Leonel Sagahón
A Silvia, mi mujer.
A Cecilia, Natasha
y Carlos, mis hijos

  1. Advertencia pre-ibérica
Un notable moralista mexicano, Mario Moreno «Cantinflas», le dijo en cierta ocasión a un señor con el que discutía: «Pero oiga, mire nomás, ¡qué falta de ignorancia!».
Cantinflas era un maestro de la paradoja, pero su broma contenía una gran verdad. Existe una cultura no escrita que se manifiesta en la memoria, la transmisión oral y el cultivo de la tradición. En el habla de todos los días. Para conocerla —Cantinflas tiene razón— hace falta un poco de ignorancia.
El filósofo español José Ortega y Gasset, a principios del siglo XX, llevó a cabo una encuesta entre campesinos andaluces, que no sabían leer ni escribir, llegando a una conclusión: «¡Qué cultos son estos analfabetas!». Lo mismo podría decirse, hoy, de muchos grupos indígenas y campesinos de indo-afro-hispano América: ¡Qué cultos son estos analfabetas!
La «ignorancia» alabada por Cantinflas acaso sea sinónimo de «sabiduría» no escrita —ancestral-tradicional—. «Ignorante» para nosotros, es «sabia» en tanto cultura dicha, no registrada, memoriosa, que somos nosotros quienes la ignoramos.
Digo lo anterior para dejar sentado, de arranque, que la aproximación a la palabra no puede ser excluyente o restrictiva. La lengua es como un río caudaloso a veces, apenas un arroyo otras, pero siempre dueño de un cauce —la oralidad, el «¿Te acuerdas?», «Buenos días», «Te quiero mucho», «¿Qué hay para cenar?», «Nos vemos mañana»—. Toda esta profusa corriente de la oralidad corre entre dos riberas: una es la memoria, la otra es la imaginación. El que recuerda, imagina. El que imagina, recuerda. El puente entre las dos riberas se llama lengua oral o escrita.
Quisiera darle la mayor amplitud posible a la literatura porque con demasiada frecuencia la limitan y empobrecen las restricciones ideológicas, cuando no la persiguen y excluyen las tiranías políticas.
Las literaturas del continente americano se inician (y se perpetúan) en la memoria épica, ancestral y mítica de los pueblos del origen. América —el hemisferio occidental— fue una vez un continente deshabitado. De origen asiático o polinesio, la población indígena del hemisferio dijo nuestra primera palabra. Rememoró la creación del mundo en el Popol Vuh y la destrucción del mundo en el Chilam Balam. En medio se escucharon hermosos cantos de amor y enseñanza y acentos bélicos de combate y sangre.
Estas palabras se han prolongado en la literatura oral, de los indios pueblos del norte a los mapuches del sur. Su ritmo, su recuerdo, acaso su melancolía, subyacen en la literatura en castellano de América, cuyo signo es la escritura, en contraste con la oralidad prevalente en los mundos previos a Colón y Vespucio.
José Luis Martínez exploró la multiplicidad de sus culturas y lenguas, así como sus temas centrales, anteriores a la llegada de los europeos, empezando por Alaska: esquimales cercanos a la creación de la Tierra y los astros, y a las interrogantes, ya, sobre el origen y la muerte. Los kutenais de Canadá y sus cantos al Sol y a la Luna. Los nez-percé de Oregón y los pawnees de Nebraska y Kansas, religiones de matrimonios espectrales y de hijos pródigos. Los natchez de Luisiana y la creación del mundo. Los navajos de Arizona y la tensión entre caminar o permanecer.
Y ya en lo que hoy es México, los coras de Nayarit, donde la Semana Santa y la figura de Cristo se han transformado en celebraciones de la creación del mundo y el Dios creador anterior al mundo. Los tarascos de Michoacán y la muerte de los pueblos. Los mixtecos de Oaxaca y el origen del mundo (preocupación constante de los pueblos cercanos aun al principio de las cosas). Los cunas en Panamá, aprendiendo a llorar, y en América del Sur, los chocos colombianos y la memoria del Diluvio Universal, los chasis y las leyendas del sueño, los záparos brasileños y la reacción de los animales de la selva. También en Brasil, los ñangatú —la danza y el amor—, los mapuches chilenos y la rebeldía de los hijos de Dios. Los guaraníes del Paraguay y el recuerdo del primer padre.
Todos ellos al lado de las grandes culturas protagonistas. Los toltecas y los nahuas en el México central y en la costa del Golfo los primeros, los olmecas, provisionalmente desplazados al museo de antropología de Xalapa (Veracruz). Los mayas en Yucatán y los quechuas en Perú y el altiplano.
Oralidad y corporeidad, arquitectura y música: tales fueron, nos indica Enrique Florescano, los instrumentos de su cultura y de la transmisión de la misma. Y si llegaron hasta nosotros, es porque intuyeron el poder hereditario y de supervivencia de lengua, cuerpo y mirada.
En México, con una población total de unos cien millones de habitantes, diez millones son indígenas y, aunque cada vez más culturizados en la corriente general mestiza, la mayoría de ellos retienen casi siempre sus lenguas originales, más de cuarenta, tan diferentes entre sí como puede serlo el sueco del italiano.
Viajar a las tierras de los huicholes en Jalisco, los tarahumaras en Chihuahua, los nahuas en el México Central, los zapotecas en Oaxaca o los mayas en Yucatán es descubrir que, aun cuando son iletrados, los indígenas no son ignorantes y aun cuando son pobres, no están desposeídos de una cultura.
Lo que poseen es un extraordinario talento para recordar o imaginar sueños y pesadillas, catástrofes cósmicas y deslumbrantes renacimientos, así como los minuciosos detalles de la vida diaria, las primeras palabras de un niño, las gracejadas del payaso de la aldea, la fidelidad del perro casero, las comidas preferidas, la memorable muerte de los abuelos…
Fernando Benítez, el gran cronista de los indios de México, dijo en una ocasión que, al morir un indio, muere con él toda una biblioteca. Y es que en un mundo derrotado que debió hacerse invisible para no ser, una vez derrotado, notado, la oralidad es más segura que la literalidad. Pasar de la invisibilidad y oralidad de siglos a la visibilidad y literalidad modernas es un paso gigantesco pero difícil para el mundo indígena de las Américas. Sus rebeliones esporádicas deben dar lugar a una relación digna, permanente y mutuamente enriquecedora.
De la primera rebelión chiapaneca de 1712, desencadenada por la visión milagrosa de la niña María Candelaria, a la última rebelión chiapaneca de 1994, desencadenada por la visión igualmente milagrosa de que México ya era un país del primer mundo, resulta curioso notar la presencia —si no, precisamente, la dirección— de cabecillas criollos o mestizos: Sebastián Gómez de la Gracia en 1712, Marcos en 1994, que si no son, o dicen no ser, quienes conducen la rebelión, sí son quienes le dan voz pública y esa voz, nos guste o no, se la dan en español.
Y es que el movimiento que hoy se extiende por las antiguas tierras aborígenes de América reivindica la gran tradición oral de los pueblos indígenas —nahua, aymará, guaraní, mapuche— pero sabe —sabemos— que su voz universal, la que liga sus reivindicaciones muy respetables a la comunidad social y política mayor de cada país nuestro, es la voz castellana. El guaraní de Paraguay no se entenderá con el maya de Yucatán, pero apuesto a que ambos se reconocen en la lengua común, la castilla, el español, el esperanto de América.
De tal suerte que, aun en nombre de la autonomía y el reconocimiento culturales de los pueblos indígenas, el español es lengua de co-relación, de comunicación, de reconocimiento incluso de lo que no es en español. El castellano es la lengua franca de la indianidad americana.
En maya o en quechua traducido al castellano, los indios de América nos harán saber a nosotros, los habitantes de las ciudades blancas y mestizas del continente, lo que desean, lo que recuerdan, lo que rechazan. A nosotros, ¿qué nos corresponde sino escuchar, poner atención y saber respetar a esa parte de nuestra comunidad indoeuroamericana?
A nosotros nos corresponde saber si nos interesa participar de los frutos de la comunidad indígena, su pureza ritual, su cercanía a lo sagrado, su memoria de lo olvidado por la amnesia urbana.
A nosotros nos corresponde decidir si podemos respetar los valores del indio, sin condenarlos al abandono, pero salvándolos de la injusticia.
Los indios de América son parte de nuestra comunidad policultural y multirracial. Olvidarlos es condenarnos al olvido de nosotros mismos. La justicia que ellos reciban será inseparable de la que nos rija a nosotros mismos. Los indios de América son el fiel de la balanza de nuestra posibilidad comunitaria. No seremos hombres y mujeres satisfechos si no compartimos el pan con ellos.
Pero ellos, al cabo parte y no todo de un nosotros, deben aceptar también las reglas de la convivencia democrática, no deben escudarse en la tradición para perpetuar abusos autoritarios, ofensas a las mujeres, rivalidades étnicas o la respuesta paralela al racismo blanco, que es el racismo contra el blanco o el mestizo o, como le dice un indio mixteco a Benítez: «Me quieren matar porque hablo español».
«¡Colón al paredón!», gritaba un grupo de indígenas mexicanos en torno a la estatua del navegante genovés en 1992. Sí, Colón al paredón —pero con la venia de los indigenistas a ultranza, tenían que gritarlo en español.
También me ocupo aquí de la negritud americana: es otra historia. Llegados de África en barcos esclavistas, rindieron sus lenguas originales y debieron aprender las del colonizador.
Pero mi tema central es la escritura en lengua española, y a veces portuguesa, del Nuevo Mundo.

Fuente: Editorial Alfaguara, 2011. Barcelona. España.

domingo, 6 de marzo de 2016

Historia Universal de la Infamia. (Fragmento). 1935. EL LUGAR... Jorge Luis Borges.

*(En la gráfica: Borges y Betina Edelberg).
Historia Universal de la Infamia. (Fragmento). 1935.
EL LUGAR
El Padre de las Aguas, el Mississipi, el río más extenso del
mundo, fue el digno teatro de ese incomparable canalla. (Álvarez
de Pineda lo descubrió y su primer explorador fue el capitán
Hernando de Soto, antiguo conquistador del Perú, que distrajo
los meses de prisión del Inca Atahualpa, enseñándole el juego
del ajedrez. Murió y le dieron por sepultura sus aguas.)
El Mississipi es río de pecho ancho; es un infinito y oscuro
hermano del Paraná, del Uruguay, del Amazonas y del Orinoco.
296 JORGE LUIS BORGES—OBRAS COMPLETAS
Es un río de aguas mulatas; más de cuatrocientos millones de
toneladas de fango insultan anualmente el Golfo de Méjico, descargadas
por él. Tanta basura venerable y antigua ha construido
un delta, donde los gigantescos cipreses de los pantanos crecen
de los despojos de un continente en perpetua disolución, y donde
laberintos de barro, de pescados muertos y de juncos, dilatan las
fronteras y la paz de su fétido imperio. Más arriba, a la altura del
Arkansas y del Ohío, se alargan tierras bajas también. Las habita
una estirpe amarillenta de hombres escuálidos, propensos a la
fiebre, que miran con avidez las piedras y el hierro, porque entre
ellos no hay otra cosa que arena y leña y agua turbia.
LOS HOMBRES
A principios del siglo diecinueve (la fecha que nos interesa) las
vastas plantaciones de algodón que había en las orillas eran trabajadas
por negros, de sol a sol. Dormían en cabanas de madera,
sobre el piso de tierra. Fuera de la relación madre-hijo, los parentescos
eran convencionales y turbios. Nombres tenían, pero podían
prescindir de apellidos. No sabían leer. Su enternecida voz
de falsete canturreaba un inglés de lentas vocales. Trabajaban en
filas, encorvados bajo el rebenque del capataz. Huían, y hombres
de barba entera saltaban sobre hermosos caballos y los rastreaban
fuertes perros de presa.
A un sedimento de esperanzas bestiales y miedos africanos habían
agregado las palabras de la Escritura: su fe por consiguiente
era.la de Cristo. Cantaban hondos y en montón: Go down Moses.
El Mississippi les sei'vía de magnífica imagen del sórdido Jordán.
Los propietarios de esa tierra trabajadora y de esas negradas
eran ociosos y ávidos caballeros de melena, que habitaban en
largos caserones que miraban al río — siempre con un pórtico
pseudo griego de pino blanco. Un buen esclavo les costaba mil
dólares y no duraba mucho. Algunos cometían la ingratitud de
enfermarse y morir. Había que sacar de esos inseguros el mayor
rendimiento. Por eso los tenían en los campos desde el primer sol
hasta el último; por eso requerían de las fincas una cosecha anual
de algodón o tabaco o azúcar. La tierra, fatigada y manoseada
por esa cultura impaciente, quedaba en pocos años exhausta: el
desierto confuso y embarrado se metía en las plantaciones. En
las chacras abandonadas, en los suburbios, en los cañaverales apretados
y en los lodazales abyectos, vivían los poor whites, la canalla
blanca. Eran pescadores, vagos cazadores, cuatreros. De los negros
solían mendigar pedazos de comida robada y mantenían en su
HISTORIA UNIVERSAL DE LA INFAMIA 297
postración un orgullo: el de la sangre sin un tizne, sin mezcla,
Lazarus Morell fue uno de ellos.
EL HOMBRE
Los daguerrotipos de Morell que suelen publicar las revistas
americanas no son auténticos. Esa carencia de genuinas efigies de
hombre tan memorable y famoso, no debe ser casual. Es verosímil
suponer que Morell se negó a la placa bruñida; esencialmente
para no dejar.inútiles rastros, de paso para alimentar su misterio.
. . Sabemos, sin embargo, que no fue agraciado de joven y
que los ojos demasiado cercanos y los labios lineales no predisponían
a su favor. Los años, luego, le confirieron esa peculiar majestad
que tienen los canallas encanecidos, los criminales venturosos
e impunes. Era un caballero antiguo del Sur, pese a la
niñez miserable y a la vida afrentosa. No desconocía las Escrituras
y predicaba con singular convicción. "Yo lo vi a Lazarus
Morell en el pulpito", anota el dueño de una casa de*" juego en
Baton Rouge, Luisiana, "y escuché sus palabras edificantes y vi
las lágrimas acudir a sus ojos. Yo sabía que era un adúltero, un
ladrón de negros y un asesino en la faz del Señor, pero también
mis ojos lloraron".
Otro buen testimonio de esas efusiones sagradas es el que suministra
el propio Morell. "Abrí al azar la Biblia, di con un
conveniente versículo de San Pablo y prediqué una hora y veinte
minutos. Tampoco malgastaron ese tiempo Crenshaw y los compañeros,
porque se arrearon todos los caballos del auditorio. Los
vendimos en el Estado de Arkansas, salvo un colorado muy brioso
que reservé para mi uso particular. A Crenshaw le agradaba
también, pero yo le hice ver que no le servía."
Fuente: Obras Completas. Editorial EMECÉ Editores, año 1972. Buenos Aires, Argentina.

sábado, 5 de marzo de 2016

Jorge Luis Borges. Historia Universal de la infamia. (Fragmento).


Historia universal
de la infamia
(1935)

) 289 (
PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN
Los ejercicios de prosa narrativa que integran este libro fueron
ejecutados de 1933 a 1934. ¿Derivan, creo, de mis relecturas de
Stevenson y de Chesterton y aun de los primeros films de von
Sternberg y tal vez de cierta biografía de Evaristo Carriego, Abusan
de algunos procedimientos: las enumeraciones dispares, la
brusca solución de continuidad, la reducción de la vida entera
de un hombre a dos o tres escenas. (Ese propósito visual rige
también el cuento "Hombre de la Esquina Rosada".) No son, no
tratan de ser, psicológicos.
En cuanto a los ejemplos de magia que cierran el volumen,
no tengo otro derecho sobre ellos que los de traductor y lector, A
veces creo que los buenos lectores son cisnes aun más tenebrosos
y singulares que los buenos autores. Nadie me negará, que las
piezas atribuidas por Valéry a su pluscuamperfecto Edmond Teste
valen notoriamemte menos que las de su esposa, y amigos.
Leer, por lo pronto, es una actividad, posterior a la de escribir:
más resignada, más civil, más intelectual.
J. L. B.
Buenos Aires, 27- de mayo de 1935.
1
) 291 (
PRÓLOGO A LA EDICIÓN DE 1954
Yo diría que barroco es aquel estilo que deliberadamente agota
(o quiere agotar) sus posibilidades y que linda con su propia
caricatura. En vano quiso remedar Andrew Lang, hacia mil ochocientos
ochenta y tantos, la Odisea de Pope; la obra ya era su
parodia y el parodista no pudo exagerar su tensión. Barroco
(Baroco) es el nombre de uno de los modos del silogismo; el siglo
XVIII lo aplicó a determinados abusos de la arquitectura y de
la pintura del xvn; yo diría que es barroca la etapa final de todo
arte, cuando éste exhibe y dilapida sus medios. El barroquismo
es intelectual y Bernard Shaw ha declarado que toda labor intelectual
es humorística. Este humorismo es involuntario en la
obra de Baltasar Oración; voluntario o consentido, en la de John
Donne.
Ya el excesivo título de estas páginas proclama su naturaleza
barroca. Atenuarlas hubiera equivalido a destruirlas; por eso
prefiero, esta vez, invocar la sentencia quod scripsi, scripsi (Juan,
19, 22) y reimprimirlas, al cabo de veinte años, tal cual. Son el
irresponsable juego de un tímido que no se animó a escribir
cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar (sin justificación
estética alguna vez) ajenas historias. De estos ambiguos ejercicios
pasó a la trabajosa composición de un cuento directo —Hombre
de la Esquina Rosada— qu\e firmó con el nombre de un abuelo de
sus abuelos, Francisco Bustos, y que ha logrado un éxito singular
y un poco misterioso.
En su texto, que es de entonación orillera, se notará que he
intercalado algunas palabras cultas: visceras, conversiones, etc.
Lo hice, porque el compadre aspira a la finura, o (esta razón excluye
la, otra, pero es quizá la verdadera) porque los compadres
son individuos y no hablan siempre como el Compadre, que es
una figura platónica.
Eos doctores del Gran Vehículo enseñan que lo esencial del
universo es la vacuidad. Tienen plena razón en lo referente a esa
mínima parte del universo que es este libro. Patíbulos y piratas
lo pueblan y la palabra infamia aturde en el título, pero bajo
los tumultos no hay nada. No es otra cosa que apariencia, que
una superficie de imágenes; por eso mismo puede acaso agradar.
El hombre que lo ejecutó era asaz desdichado, pero se entretuvo
escribiéndolo; ojalá algún reflejo de aquel placer alcance a ios
lectores.
En la sección Etcétera he incorporado tres piezas nuevas.
/. /., H
LA CAUSA REMOTA
En 1517 el P. Bartolomé de las Casas tuvo mucha lástima de los
indios que se extenuaban en los laboriosos infiernos de las minas
de oro antillanas, y propuso al emperador Carlos V la importación
de negros, que se extenuaran en los laboriosos infiernos de las
minas de,oro .antillanas. A esa curiosa variación de un filántropo
debemos infinitos hechos: Tos bluesde Handy, el éxito logrado
en París por el pintor doctor oriental D. Pedro Figari, la buena
prosa cimarrona del también oriental D. Vicente Rossi, el tamaño
mitológico de Abraham Lincoln, los quinientos mil muertos de
la Guerra de Secesión, los tres mil trescientos millones gastados
en pensiones militares, la estatua del imaginario Falucho, la
admisión del verbo linchar en la decimotercera edición del Diccionario
de la Academia, el impetuoso film Aleluya, la fornida
carga a la bayoneta llevada por Soler al frente de sus Pardos y
Morenos en el Cerrito, la gracia de la señorita de Tal, el moreno
que asesinó Martín Fierro, la deplorable rumba El Manisero, el
napoleonismp arrestado y encalabozado de Toussaint Louverture,
la cruz y la serpiente en Haití, la sangre de las cabras degolladas
por el machete del papaloi, la habanera madre del tango, el candombe.
Además: la culpable y magnífica existencia del atroz redentor
Lazaras Morell'
Fuente: Obras Completas. Editorial EMECÉ Editores, 1972. Buenos Aires Argentina.

jueves, 3 de marzo de 2016

Jorge Luis Borges. Discusión. LESHE D. WEATHERHEAD: After Death (The Epworth Press London, 1942).


Jorge Luis Borges. Discusión. Obras Completas. Editorial EMECÉ Editores, 1972.
LESHE D. WEATHERHEAD: After Death (The Epworth Press London,
1942).

Yo he compilado alguna vez una antología de la literatura
fantástica. Admito que esa obra es de las poquísimas que un
segundo Noé debería* salvar de un segundo diluvio, pero delato
la culpable omisión de los insospechados y mayores maestros del
género: Parménides, Platón, Juan Escoto Erígena, Alberto Magno,
Spinoza, Leibniz, Kant, Francis Bradley. En efecto,_¿qué son los
prodigios de Wells o de Edgar Alan Poe —una flor que nos llega
del porvenir, un muerto sometido a la hipnosis— confrontados
con la invención de Dios, con la teoría laboriosa de un ser que
DISCUSIÓN 281
de algún modo es tres y que solitariamente perdura fuera del
tiempo} ¿Qué es la piedra bezoar ante la armonía preestablecida,
quién es el unicornio ante la Trinidad, quién es Lucio Apuleyo
ante los multiplicadores de Buddhas del Gran Vehículo, qué
son todas las noches de Shahrazad junto a un argumento de Berkeley?
He venerado la gradual invención de Dios; también el
Infierno y el Cielo (una remuneración inmortal, un castigo inmortal)
son admirables y curiosos designios de la imaginación
de los hombres.
Los teólogos definen el Cielo como un lugar de sempiterna
gloria y ventura y advierten que ese lugar no es el dedicado a
los tormentos infernales. El cuarto capítulo de este libro muy
razonablemente, niega esa división. Arguye que el Infierno y el
Cielo no son localidades topográficas, sino estados extremos del
alma. Plenamente concuerda con André Gide (Journal, página
677) que habla de un Infierno inmanente, ya declarado por el
verso de Milton: Which way I fly is Hell; myself arn Hell; parcialmente
con Swedenborg, cuyas irremediables almas perdidas
prefieren las cavernas y los pantanos al esplendor insoportable
del Cielo. Weatherhead propone la tesis de un solo heterogéneo
ultramundo, alternativamente infernal y paradisíaco, según la
capacidad de las almas.
Para casi todos los hombres, los conceptos de Cielo y de felicidad
son inseparables. En la década final del siglo xrx, Butler proyectó,
sin embargo, un Cielo en el que todas las cosas se frustraran
ligeramente (pues nadie puede tolerar una dicha total)
y un Infierno correlativo, en el que faltara todo estímulo desagradable,
salvo los que prohiben el sueño. Bernard Shaw, hacia
1902, instaló en el Infierno las ilusiones de la erótica, de la abnegación,
de la gloria y del puro amor imperecedero; en el Cielo,
la comprensión de la realidad (Man and Superman, tercer acto).
Weatherhead es un mediocre y casi inexistente escritor, estimulado
por lecturas piadosas, pero intuye que la directa persecución
de una pura y perpetua felicidad no será menos irrisoria del otro
lado de la muerte que de éste. Escribe: "La concepción más alta
de las experiencias gozosas que hemos denominado Cielo es la de
servir: es la de una plena y libre participación en la obra
de Cristo. Esto podrá ocurrir entre otros espíritus, tal vez en
otros mundos; quizá podremos ayudar a que el nuestro se salve."
En otro capítulo afirma: "El dolor del Cielo es intenso, pues
cuanto más hayamos evolucionado en este mundo, tanto más
podremos compartir en el otro la vida de Dios. Y la vida de
Dios es dolorosa. En su corazón están los pecados, las penas,
todo el sufrimiento del mundo. Mientras quede un solo pecador
282 JORGE LUIS BORGES—OBRAS COMPLETAS
en el universo, no habrá felicidad en el Cielo." (Orígenes, afirmador
de una reconciliación final del Creador con todas las criaturas,
incluso el diablo, ya ha soñado ese sueño.)
No sé qué opinará el lector, de tales conjeturas semiteosóficas.
Los católicos (léase los católicos argentinos) creen en un mundo
ultraterreno, pero he notado que no se interesan en él. Conmigo
ocurre lo contrario; me interesa y no creo.

Jorge Luis Borges. Obras Completas. Editorial EMECÉ Editores, 1972, GILBERT WATERHOUSE: A Short History of Germán Literature (Methuen, London, 1943). Discusión.


Jorge Luis Borges. Obras Completas. Editorial EMECÉ Editores, 1972,
GILBERT WATERHOUSE: A Short History of Germán Literature (Methuen,
London, 1943). Discusión.
Equidistantes del marqués de L'aplace (que declaró la posibilidad
de cifrar en una sola fórmula todos los hechos que serán,
que son y que han sido) y del inversamente paradójico doctor
Rojas (cuya historia de la literatura argentina es más extensa que
la literatura argentina), el señor Gilbert Waterhouse ha redactado
en ciento cuarenta páginas una historia no siempre inadecuada
de la literatura alemana. El examen de este manual no
incita ni al agravio ni al ditirambo; su defecto más evidente,
y acaso inevitable, es el que De Quincey reprocha a los juicios
críticos alemanes: la omisión de ejemplos ilustrativos. Tampoco
es generoso conceder exactamente una línea al múltiple Novalis
y abusar de esa línea para ubicarlo en un catálogo subalterno de
novelistas cuyo modelo fue el Wilhelm Meister. (Novalis condenó
el Wilhelm Meister; Novalis famosamente dijo de Goethe: "Es
un poeta práctico. Es en las obras lo que en la mercadería son
los ingleses: pulcro, sencillo, cómodo, resistente".) La tradicional
exclusión de Schopenhauer y de Fritz Mauthner me indigna, pero
no me sorprende ya: el horror de la palabra filosofía impide que
los críticos reconozcan, en el Woerterbuch de uno y en los Parerga
unrid Paralipoména de otro, los más inagotables y agradables
libros de ensayos de la literatura alemana.
Los alemanes parecen incapaces de obrar sin algún aprendizaje
alucinatorio: pueden librar felices batallas o redactar lánguidas e
infinitas novelas, pero sólo a condición de creerse "arios puros".
280 JORGE LUIS BORGES—OBRAS COMPLETAS
o vikings maltratados por los judíos, o actores de la Gemianía
de Tácito. (Sobrevesta singular esperanza retrospectiva Friedrich
Nietzsche ha opinado: "Todos los germanos auténticos emigraron;
la Alemania de hoy es un puesto avanzado de los eslavos y
prepara el camino para la rusificación de Europa." Una respuesta
análoga merecen los españoles, que se proclaman nietos de los
conquistadores de América: los nietos somos los sudamericanos,
nosotros; ellos son los sobrinos.. .) Notoriamente, los dioses han
negado a los alemanes la belleza espontánea. Esa privación define
lo trágico del culto shakesperiano alemán, que de algún
modo se parece a un amor desdichado. El alemán (Lessing, Herder,
Goethe, Novalis, Schiller, Schopenhauer, Nietzche, Stefan
George. . .) siente con misteriosa intimidad el mundo de Shakespeare,
al mismo tiempo que se sabe incapaz de crear con
ese ímpetu y con esa inocencia, con esa delicada felicidad y con
ese negligente esplendor. Unser Shakespeare —"nuestro Shakespeare"
dicen, o dijeron, los alemanes, pero se saben destinados
a un arte de naturaleza distinta: arte de símbolos premeditados
o de tesis polémicas. No se puede recorrer un libro como el de
Gundolf —Shakespeare und der deutsche Geist— o como el
de Pascal —William Shakespeare in Germany— sin percibir esa
^nostalgia o discordia de la inteligencia alemana, esa tragedia
secular cuyo actor no es un hombre, sino muchas generaciones
humanas.
Los hombres de otras tierras pueden ser distraídamente atroces,
eventualmente heroicos; los alemanes requieren seminarios de
abnegación, éticas de la infamia.
De las historias breves de la literatura alemana, la mejor, que
yo sepa, es la de Karl Heinemann, publicada por Kroener; la
más evitable y penosa, la del doctor Max Koch, invalidada por
supersticiones patrióticas y temerariamente inferida al idioma español
por una editorial catalana.

***

martes, 1 de marzo de 2016

GERALD HEARD. Jorge Luis Borges.


GERALD HEARD: Pain, Sex. and Time (Gassell).
A principios de 1896, Bernard Shaw percibió que en Friedrich
Nietzsche había un académico inepto, cohibido por el culto supersticioso
del Renacimiento y los clásicos (Our Theatres in the
Nineties, tomo segundo, página 94). Lo innegable es que Nietzsche,
para comunicar al siglo de Darwin su conjetura evolucionista
del Superhombre, lo hizo en un libro carcomido, que es una desairada
parodia de todos los Sacred Books of the East. No arriesgó
una sola palabra sobre la anatomía o psicología de la futura
especie biológica; se limitó a su moralidad, que identificó (temeroso
del presente y del porvenir) con la de César Borgia y los
vikings.1
1 Alguna vez (Historia de la eternidad) he procurado enumerar o recopilar
todos los testimonios de la doctrina del Eterno Regreso que fueron anteriores
a Nietzsche. Ese vano propósito excede la brevedad de mi erudición y de la
vida humana. A los testimonios ya registrados básteme agregar, por ahora,
el del Padre Feijoo (Teatro crítico universal, tomo cuarto, discurso doce).
Éste, como Sir Thomas Browne, atribuye la doctrina a Platón. La formula
así: "Uno de los delirios de Platón fue, que absuelto todo el circulo del año
magno (así llamaba a aquel espacio de tiempo en que todos los astros, después
de innumerables giros, se han de restituir a la misma postura y orden
que antes tuvieron entre sí) , se han de renovar todas las cosas; esto es, han
de volver a aparecer sobre el teatro del mundo los mismos actores a representar
los mismos sucesos, cobrando nueva existencia hombres, brutos, plantas,
piedras; en fin, cuanto hubo animado e inanimado en los anteriores
.siglos, para repetirse en ellos los mismos ejercicios, los mismos acontecimienlos.
los mismos juegos de la fortuna que tuvieron en su primera existencia,"
278 JORGE LUIS BORGES—OBRAS COMPLETAS
Heard corrige, a su modo, las negligencias y omisiones de Zarathustra,
Linealmente, el estilo de que dispone es harto inferior;
para una lectura seguida, es más tolerable. Descree de una superhumanidad,
pero anuncia una vasta evolución de las facultades
humanas. Esa evolución mental no requiere siglos: hay en los
hombres un infatigable depósito de energía nerviosa, que les
permite ser incesantemente sexuales, a diferencia de las otras
especies, cuya sexualidad es periódica. "La historia", escribe Heard,
"es parte de la historia natural. La historia humana es biología,
acelerada psicológicamente."
La posibilidad de una evolución ulterior de nuestra conciencia
del tiempo es quizá el tema básico de este libro. Heard opina
que los animales carecen totalmente de esa conciencia y que su
vida discontinua y orgánica es una pura actualidad. Esa conjetura
es antigua; ya Séneca la había razonado en la última de las
epístolas a Lucilio: Animalibus tantum, quod brevissimum est in
transcursu, datum, prcesens. . . También abunda en la literatura
teosófica. Rudolf Steiner compara la estadía inerte de los minerales
a la de los cadáveres; la vida silenciosa de las plantas a la
de los hombres que duermen; las atenciones momentáneas del
animal a las del negligente soñador que sueña incoherencias. En
el tercer volumen de su admirable Woerterbuch der. Philosophie,
observa Fritz ÍVlauthner: "Parece que los animales no tienen
sino oscuros presentimientos de la sucesión temporal y de la duración.
En cambio, el hombre, cuando es además un psicólogo
de la nueva escuela, puede diferenciar en el tiempo dos impresiones
que sólo estén separadas por 1/500 de segundo." En un
libro postumo de Guyau —La Genése de l'Idée de Temps, 1890—
hay dos o tres pasajes análogos. Uspenski (Tertlum Organum, capítulo
IX) encara no sin elocuencia el problema; afirma que el
mundo de los animales es bidimensional y que son incapaces de
concebir una esfera o un cubo. Todo ángulo es para ellos una
Son palabras de 1730; las repite el tomo LVI de lá Biblioteca de Autores
Españoles. Declaran bien la justificación astrológica del Regreso.
En el Timeo, Platón afirma que los siete planetas, equilibradas sus diversas
velocidades, regresarán al punto inicial de partida, pero no infiere de ese
vasto circuito una repetición puntual de la historia. Sin embargo, Lucilio
Vanini declara: "De nuevo Aquiles irá a Troya; renacerán las ceremonias
y religiones; la historia humana se repite; nada hay ahora que no fue;
lo que ha sido, será; pero todo ello en general, no (como determina Platón)
en particular." Lo escribió en 1616; lo cita Burton en la cuarta sección de
la tercera parte del libro The Anatomy of Melancholy. Francis Bacon (Essay,
LVIII, 1625) admite que, cumplido el año platónico, los astros causaran los
mismos efectos genéricos, pero niega su virtud para repetir los mismos tutlividuos.
DISCUSIÓN 279
moción, un suceso en el tiempo. .. Como Edward Carpenter, como
Leadbeater, como Dunne, Uspenski profetiza que nuestras mentes
prescindirán del tiempo lineal, sucesivo, y que intuirán el universo
de un modo angélico: sub specie ceternitatis.
A la misma conclusión llega Heard, en un lenguaje a veces
contaminado de patois psiquiátrico y sociológico. Llega, o creo
que llega. En el primer capítulo de su libro afirma la existencia
de un tiempo •inmóvil que nosotros los hombres atravesamos. Ignoro
si ese memorable dictamen es una mera negación metafórica
del tiempo cósmico, uniforme, de Newton o si literalmente afirma
la coexistencia del pasado, del presente y del porvenir. En el
último caso (diría Dunne) el tiempo inmóvil degenera en espacio
y nuestro movimiento de traslación exige otro tiempo...
Que de algún modo evolucione la percepción del tiempo, no
me parece inverosímil y es, quizá, inevitable. Que esa evolución
pueda ser muy brusca me parece una grátuidad del autor, un
estímulo artificial.
Fuente: Obras Completas. Editorial EMECÉ Editores, año 1972.

lunes, 29 de febrero de 2016

Jorge Luis Borges. H. G. WELLS Y LAS PARÁBOLAS.


H. G. WELLS y LAS PARÁBOLAS: The Croquet Player. Star Begotten
Este año, Wells ha publicado dos libros. El primero —The Croquet
Player— describe una región pestilencial de confusos pantanos
en la que empiezan a ocurrir cosas abominables; al cabo com-.
prendemos que esa región es todo el planeta. El otro —Star Begotten—
presenta una amistosa conspiración de los habitantes de
Marte para regenerarla humanidad por medio de emisiones de
rayos cósmicos. Nuestra cultura está amenazada por un renacimiento
monstruoso de la estupidez y de la crueldad, quiere significar
el primero; nuestra cultura puede ser renovada por una
generación un poco distinta, murmura el otro. Los dos libros son
dos parábolas, los dos libros plantean el viejo pleito de las alegorías
y de los símbolos.
Todos propendemos a creer que la interpretación agota los
símbolos. Nada más falso. Busco un ejemplo elemental: el de
una adivinanza. Nadie ignora que a Edipo le interrogó la Esfinge
tebana: "¿Cuál es el animal que tiene cuatro pies en el alba,
dos al mediodía y tres en la tarde?". Nadie tampoco ignora qué
Edipo respondió que era el hombre. ¿Quién de nosotros no percibe
inmediatamente que el desnudo concepto de hombre es inferior
al mágico animal que deja entrever la pregunta y a la
asimilación del hombre común a ese monstruo variable y de
setenta años a un día y del bastón de los ancianos a un tercer
pie? Esa naturaleza plural es propia de todos los símbolos. Las
alegorías, por ejemplo, proponen al lector una doble o triple
intuición, no unas figuras que se pueden canjear por nombres
sustantivos abstractos. "Los caracteres alegóricos", advierte acertadamente
De Quincey (Writings, onceno tomo, página 199),
"ocupan un lugar intermedio entre las realidades absolutas de
la vida humana y las puras abstracciones del entendimiento lógico."
La hambrienta y flaca loba del primer canto de la Divina
Comedia no es un emblema o letra de la avaricia: es una
loba y es también la avaricia, como en los sueños. No desconfiemos
demasiado de esa duplicidad; para los místicos el mundo
concreto no es más que un sistema de símbolos...
De lo anterior me atrevo a inferir que es absurdo reducir
una historia a su moraleja, una parábola a su mera intención,
una "forma" a su "fondo". (Ya Schopenhauer ha observado que
276 JORGE LUIS BORGES—OBRAS COMPLETAS
el público se fija raras veces en la forma, y siempre en el fondo.)
En The Croquet Player hay una forma que podemos condenar o
aprobar, pero no negar; el cuento Star Begotten, en cambio, es
del todo amorfo. Una serie de vanas discusiones agotan el volumen.
El argumento —la inexorable variación del género humano
por obra de los rayos cósmicos— no ha sido realizado; apenas si
los protagonistas discuten su posibilidad. El efecto es muy poco
estimulante. jQué lástima que a Wells no se le haya ocurrido
este libro!, piensa con nostalgia el lector. Su anhelo es razonable:
el Wells que el argumento exigía no era el conversador
enérgico y vago del World of Williarn Clissold y de las imprudentes
enciclopedias. Era el otro, el antiguo narrador de milagros
atroces: el de la historia del viajero que trae del porvenir una
ñor marchita, el de la historia de los hombres bestiales que gangosean
en la noche un credo servil, el de la historia del traidor
que huyó de la luna.
Fuente: Emecé Editories, 1972. Buenos Aires, Argentina.

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Yasunari Kawabata Dientes de león

  Ineko es una joven enamorada, afectada por una extraña condición: la «ceguera  de cuerpo». Kuno, su novio, quisiera desposarla para estar ...

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