lunes, 20 de octubre de 2025

CH. PERELMAN y L. OLBRECHTS-TYTECA TRATADO DE LA ARGUMENTACION FRAGMENTO.

 



CH. PERELMAN y L. OLBRECHTS-TYTECA TRATADO DE LA ARGUMENTACION TRAI>II<:CI~N ESPA~~OLA UF. IIJI.IA SEVILLA hlllúi>/ Titulo uiipiiial: TRAITE DE L'ARGUMEWATION. LA NOUVELLE KIITTOKIQUE, 5.' d. D~pOsilo Legal: M. 27363-1989. ISRN 84-249-1396-5. 1mpre.o cii trpahu. Yrintrd iii Spain. f;rPfici. <:hiillur, L(. A,. Siiiilicr Paclieca, 81. Madrid. 1989. - 6247 Mientras que la Edad Media y el Renacimiento entciidieron y cultivaron la dialéctica y la retórica aristotelicas, la Edad Moderna de racionalismo hegeiiiónico. las margiiio. Ello significa. por tanto, que la suerte histórica de la retbrica ha estado ligada a la valoración gnoseológica que. eii las disrintas épocas, se ha hecho de la opinioii en su relacibn con la verdad. Para quienes la verdad puede surgir de la discusion y el coiitrasre de pareceres, la relórica ser.4 algo m6s que un siniple medio de ex- presión, un elenco de técnicas estilisticas. conlo la consideran aque- llos para quienes la verdad es friito de una evidencia racional o sensible. Esto explica que Con el predominio del racionalisino y el ernpirismo en la filosofía de los siglos xvir al xix la retórica fuese reducida en los planes de estudio a tina especie de estilistica. Es con los sistemas caracteristicos de finales del xix y de este siglo (pragniaiismo, historicisrno. vitalismo. axiologia. existencialismo ... ) cuando se empiezan a sentar las bases para la rehabilitacibn de la retórica y la teoria de la argumcritacibn. Este resurgimiento de la retórica está también estrecliarrieiite ie- lacionado con circunstancias politicas y sociales. El desariollo cn Tornado del Trufodo hrslciriro roliirida del desinterés y olvido en que yacid la relorica eii épwas pasdd~a radicaria en la eslructiira dogiiiálica, autoritaria, coercitiva, en una palabra, aniidemocratica, de aquellas sociedades. 

 En la primera mitad de este siglo, la retúrica habia degenerado en la enseñanza media europea: una asignatura llamada «Elrmetiros de retórica», recuerda Perelinan, venia a reducirse a un aprendizaje de memoria de una lista de figuras retóricas en consonancia con la nocioii vulgar que identifica retórica con estilo florido, elocuen- te, un arte del lenguaje. En esta noción se Iia perdido ya casi por completo la definici6n aristotblica (arte de la persuasion), la de Ci- cerón (docere, niovere, placere) e incluso la de Quintiliano: ars be- ne dicetrdi. donde el bene tiene una triple connotación de eficacia, moralidad y belleza. Más concrelamente, la retórica que perduró en los planes de estudio durante los siglos xvii. xviri y xut iuc la equivalente al Libro 111 de la Kelórica de Aristdteles, es decir. una retórica nada relacionada con la formacidn de la opinión, sino re- ducida a manual de estilo o tecnica expositiva. Iniciadores de esto fueron los franceses Pierre de la Ramk y Talon (siglo xvli). Por otra parte, si en nuestro siglo ha tardado tanto la retórica en resurgir en Occidente. a pesar de una larga tradiciún democrati- ca, ello se ha debido al prestigio prepotente de la ciencia positiva. a causa del cual nada se consideraba persuasivo si no se amoldaba a criterios estrictamente cieiitificos, cosa que no cumple la retóri- ca 2. La lógica de nuestro siglo se ha decantado en exclusiva hacia la lógica foiniai, demostrativa, arrojando así al terreno de lo ilógi- Cf. Joidi Berrio. Teorio socio1 de lo persuarrón. Barcelona. Ed. Miire. 1983. p&r. 34-50, ' Cf. Ch. Prrelman y L. Olbrechls-Tytcca. liairi de /'úrgutnenldion (Lu rtriuaelle rlzéronyur). 3.' ed.. Éditioiir de I'Uiiivcniri de tlruxrlles. 1976. ~á~a . 37.38. Prólogo u lu edicrón e~poñulu Y co, de lo irracional, todo el cuiiteiiidu de las ciericias Iiiiiiialiaa Y sociales. que. EOIIIO la ~tica, sc resisten i( una l'ui~i~ali~acii>~i sólo posible con verdades uriiversalnieiiie cnriviiiceiite~. deniostrables con pruebas constrictivas '. Asi, el prestigio que desde finales del siglo pasado hahia adqui- rido para el pensador occidsiiial la lógica formal, indu~.ia a ver la retórica como tina antigualla iriecu~~erablr. Reducida. pues, la rctórica a arte de 13 expresión, perdió lodo interes filosófico. no siendo extrano por ello que no aparerca el támino retórica ni en el Vorobu1ar;o téc.n;.nico y crítico de lo/ilos»- Jiá, de Andrk Lalande, ni en la norteamericana Enc~clopedia o/ Philosophy (1967). Laguna subsanada, sin embargo. por e1 Diccio- norio de f~losofia de Ferrater Mora. No mejor suerte ha corrido la retórica en los paises socialistas, en donde ha sido considerada como un simbolo de tina educación formalista, inútil. burguesa. anti-igualitsria, Por esto no es nada extraño que hasta hace apenas unos dece- nios la opinión predominante sobre la retórica hü sido peyorativa: sinónimo de artificio, de insinceridad, de decadencia. Iricluso ac- tualmente la retórica todavía tiene connotaciones peyorativas: «es un retórico>,, «no iiie vengas con retóricasi>, etc.! son expresiones que indican que el terniiiio retórica se asocia más o menos con la falsificación, lo insincero, la hinchazón verbal, la vaciedad concep- tual ... 

Las causas de esa mala fama aparecieron ya en la epoca postciceroniana cuando la retórica, por las razones politicas que tan acertadamente analizara Tácito en SU Diúlugo de oradores, cm- pero a perder su dimensión filosófica y dialictica. reduciéndose pau- latinamente a un redundante ornamento; en otros términos. la retó- rica aristotklica se vio reducida al L.ibro 111, iiueiitras que los dos primeros iban siendo relegados '. ' Ihidetn, 34-35. ' i f K. Spaiig. iii~damenros de ietórra. Pdmpldiia. 1:tINSA. 1919, pap 13 10 --. Trotado de lo argurnwraci~jn - Históricaniente. la retórica fue adquiriendo connotaciones nega- iivas a medida que se iba desvinculando de la filosofia con la que 1'1aión y Aristóteles la Iiabian fecundado. Reliabilitarla significaba. üiite todo, devolverla al sitio que ocupaba dentro del Corpus filosó- fico en el pensamiento de Platón y Aristóleles.

Muchas disciplinas, qiic han aspirado vanamente a verdades apodicticas sólo contienen opiniones verosímiles. plausibles; por tanto, sus argumentaciones dehcn permanecer «abiertas» a una continua discusión y revisión. El aiige de los medios de comunicación de masas y de la vida democrática en un creciente número de países explican los esfuerzos qiie se están realizando en la segunda mitad de este siglo desde inúltiples direcciones para reliabilitar la retdrica clásica como arte de persuasión, porqiic «en las sociedades contemporárieas. los mé- todos para obtener la adhesión vuelven a tener una gran actualidad; diríamos más, la tienen en un grado superior a ninguna etapa anle- rior de la historia)) '. Aunque quizá demasiado lentamente, el pensamiento occidental de esta segunda mitad del siglo xx ha venido rehabilitando esta parie de la lógica arislot8lica ', que es necesaria, segun Aristóte- Ics ', no sólo para la vida prkctica (decisión, eIecci6n). sino para la fundamentación de los primeros principios del saber. En efecto. la rehabilitacinn actual de la retórica es debida sobre todo a filóso- fos, aunque paradójicamente fuesen éstos qtuenes la denostaron dii- rante dos mil anos. Para muchm fil6sofos, hoy la retórica es un ' J. Berno, op. cit.. pág. 12. No EC mmprcnde por que no se incluyó la rctorica dentro del drganon. iQuizl i,oi no habcrla considerado parie sino antiiirnfa (cumplemento) de la dtal&ctica? ('reo quc aqui radica el principal motivo de su merainaci6n y malenlcndimiento Iii>ii>rieo. ' ~óp;ior, 1 2. IOlb, 1-4; ~licuni~ornúqueu. iu:n. i910, p&. 7. 13. 1094h 12-28. Citado por Perelb Prólogo u lu erlición espailolu -~ I I ~ iiiedio para sacar a la filosofia de su «inip.iw y dailu diiiiciisii,ii iiiterdisciplinar '. Por cso, la nueva relórica está sieiido considerada un iiiipoiian- te halla-rgo para campos filos6ficos cuino la filosofia dcl derecliu. la 16gica. la éiica y, en general, para todo aquel sabei qiir depeiida de la razón práciica. Por otra parte, resulta lógico que en la rehabilitación de la retó- rica clásica baya influido mucho la rehabilitación nias tarde bajo el lilulo dc Lug;qiir ri rhnu- r;que y reimpresa dos anos mas iardc cn su ririmera obra aicnhii rnbrc IJ cucsiiuii, Rhe'lrique el phiiosophie, PIIF. IYSZ, a la que sigui*. rii 1958. 7iuiir , cn Mind, 1936; «L'Zquivalence. I'iib. 1 a d+finiiiuii d la soluiion des parsiloxcs de Ri~rrrll», en L'enseignemcnr tilillhénto- liyre. 1937. '* Vid. M. Dobrosielski. Xclc5rico y Idgiro. Mixico, Universidad Nacionai de MCxico, 1959 (irld. del polaco piir J. Kaiiiinskr). No he podido ciiudiri csir libro, que, regiin parece. se tialla agotado. No referibkL~,-aCCw. desde pruchas wlameiirr probables. razonahlcs, .. 1CspmragMemenre; . .. - - -. . 1-0 paradójico de su teoría de la argumentaci_es,q~~Perelman noJJega a ella desde la retiirica,a la que en un principio i g a a . El redescubrimiento de la relórica es frko de SU m~d i ~~n~ob r e el c o i i o c i m ~ , la lógica. Así ve que, desde Descartes, la coiiipetencia de la razón ha estado limitada al campo lógico- matemático. Pero eso modelo racional único, more geometrico, no . d..---.-. es apli&leaJ 5-0 de las oginiones -.-_ plaus%les, ..,________ resulta asi yn..canipo.~~~~aa.lo..ir~acio&~~~las . _. . v~~o sTZ~~?~ instintos y a kt-v$tng&or otra parte. las verdades eternas, inamovibles, 1'ói;adas por el razonamiento formal, resulta que también están his- rorica, psicológica y sociológicamente determinadas, con lo que el pensamiento apodictico-demostrativo y el dialéctico-rethico están ,ubre iiii auditoriu, son vislas a ganar o aunierilar su adhesi6n a lar tuir prebeniada$ L> >u ~~erm~irnieot~~~. - Prólogo a la edición cspaFiolu 17 ~- ~- ~ mas iiitcru>nectados de lo qiic una episleniologi;~ dc ci~iii' 111;1181ii- co, cartesiaiio o positivista qiiisiera a~ltnitir 'l. La tarea rehabilitadora de Perelman siirgc, pues, de la ieoiia clásica del conociniieiito, de la deiiiostración y ile la deliriicii>ii dc la evidencia (un tipo particular de adlicsibn). Sii nueva retórica se va a centrar, pues, en el sst~idio de las estructuras argumentativas, aspirando a ser una discipliiiii lilosúfica moderna con dominio propio: el análisis dc los medios uiilizadus por las ciencias humanas. el derecho y la filosofia, para probar sus tesis 23. La nueva retórica consiste, por tanto, en una teoria de la argu- mentación, complemeniaria de la teoria de la demostracióri objeto de la lbgica formal. Mientras la . ciencia se basa cn!a .c&p.teorer~:-' caLcon SIIS c~ztegorias de verdaQ~i@$i&.y~-get.~d?~~~@pst[?~ ~ .. tiy~r:!~,B~~$~.c~~.la..d~a~e~c?,y la filosofia se . . basan , . ,. en la . , _.___ razón , m~cEo~~~~~~ias.!~.~~j~io~6miiii~ia becisk%~m.~az~.~~&k y su m&todo..arg~m-e~!~~~~~~&~~&npIi. La razón reorftica se su- pedita a la razón práctica, porque la nocióii de justicia. alumbrada por esta, es la base del principio de contradiccióii, supuesto funda- mental de aquélla. Gracias a este nuevo método argumentativo, Perelman cree que ya es posible a licar la razón al mundo de los valores. de las ~91;- mas, de . ... .. .- -. .. acci6n. 

Tal va a ser el mayor logro de sil teoria de la argumentación, que es un golpe tanto al irracionalismo corno al dogmatismo racionalista. Con tal objetivo, Perelman va a investigar la razón concreta y situada. Establece relaciones interdiscipliriares. sobre bascr nue- vas, entre diversas ciencias humanas y la filosofia; margina lo qiie la retórica tuvo de estética y teoria de la ornaineritación: la orna- mentación (drleclurel retórica no entra en las preocupaciones de ,2 Piensese en la teoria de las paradipiiins cieniificar Iievolacione~ en Ir rii.iiii.iJ de Kuhn. '' Vid. Flore~u. op. rir., psg. 166. 18 -- Tratado de la argurnentucióri - la nueva rctórica. corno no eiitraba sino taiigeiicialiiiente eii la aristi>tL:lica. Es cic-rio que cl éxito de la obra de Perclman se de& a la favo- rablc coyunhird de sus tesis: se hacia seniir la necesidad de extender la razóii a un campo del que habia sido desterrada desde Descartes. I'ero, aparte de su oportunismo, su competencia es indiscutible y su mérito indudable. Por otra parte, Perelman tuvo ocasión de poner en prdctica sus ideas con su actividad en la UNESCO, en la que destaca la simpatia demostrada por los países socialistas, en uno de los cuales, Polonia. nació y vivió hasta los doce anos 24. Perelman podría ser considerado el Cicerón del siglo xx, en coan- to que gracias a el se opera una transición «inversa* en la ret6rica: de la ornamental a la instrumental, correspondiendo al diagnóstico de Tácito de que democracia y retórica son inseparables. Si bien la democracia politica, «formal», ya era un hecho secular en la mayoria de los paises europeos, y ello podria contradecir a Tácito por haber existido democracia sin retórica inslruiiienlal, sin embar- go, la verdadera democracia cultural s61o ha llegado a Europa con el pleno desarrollo de los medios de comunicación de masas. Su Tratado de lo argumentación (1958) podría ser valorado. sin incurrir en exageración, como uno de los tres grandes de la historia de la retórica, al lado del de Aristótdes y el de Quintiliano. Sobre la cantidad y la calidad de la aportación de la colabora- dora dc Perelman, L. Olbrechts-Tyteca, a su obra en general y so- bre todo al Tratado de /u argumentucidn, no podemos hacer sino conjeturas. Parece que en el Tratado ésta se limitó a buscar y selec- cionar los textos antológicos que ilustran la teoría. Por cierto, creo que tiene razón Oleron al lamentarse de que estos texios ilustrativos del Tratado no estuviesen tomados de la prensa contemporinea, en lugar de ir a buscarlos en los autores clásicos. La coniodidad Prólogo a la edición espaítola - -- - de esta opción es evidente, pero cI ariacronisnio de qiie a~loleccii dichos textos les resta interés y claridad. Una de las pruebas más clara5 del éxito drl peiisaiiiieiiio pcrcl- maniano es, sin dude, el haber creado esfuc'la. Desde los anos 60, eii toiiio a Perelmaii se fue consolidaiido CI llan~ado Grupo dc Brii- selas. de modo similar a corno en toriio al maestro de Pcrcliiiaii, el suizo Gonseth, habia surgido el Grupo de Zurich, del qur Percl- man fue también uno de sus más destdcados iniembros. Las aporta- ciones del Grupo dc Bruselas sori de lo más importante para la actual filosofía del derecho y prueba de la fecundidad interdiscipli- nar de la teoria de la argumentacióii. 

 Entre Rhélorique el philosophie (1952) y el Trairé de I'argurnen- tation (1957), la polaca Marian Dobrosielski publica un trabajo " critico que pone de manifiesto las carencias iniciales de Perelman, así como la evolución y los avances que representó el Traité. que vino a resolver varias de las objeciones de Dobrosieslki. Empieza echando en falta Dobrosielski iin desarrollo sistemati- co de una teoria retórica. aunque reconoce que Perelnian ya lo tie- ne prometido: sera, precisamente. el Traité 26. Hhélorique el philo- sophie es, en efecto, una recopilación de articulas publicados en revistas; por eso parece injusto ese reproche de asistrmdtismo. Para Dobrosielski, las principales objeciones que se le pueden plantear a esta obra de Perelman. que trailuce claramente el intento de reha- bilitar la retórica arislotélica enriqueciéndola y adaptándola al rnundo actual, serian las siguientes: - Fallan los principios filosóficos que sirven de base al concepto de retbriw. - No consigue hacer de la retbrica una disciplina científica inde- pendiente. " Es un anlculo riiulado «Logika a rrtorykrn y publicado en la revirls de la Universidad de Varsovia. niim. 4. 1957. Mariaii Dobrusislsli Iiace cri 61 uiia cri1ii.r de «Rheiarique el Pl!iloraphic*. -" Vid. I>obrasielski. op. cit. pis. 422. - I'oiiia de la didectica de Coiiseth principios rubjeiivistas y relati- vistas 11uc nic~;iii al cuiiociniiaito objetivo dcl niundo. - No Logra 'definir la esencia de la relbrica. - Su concepto interdisciplinar de la retórica amalgama sociología. psicalogia, srniántica. No parece tener un objrlo especial (Gor- !$as). - Se aparta de la pr&ciiea, porque no conten~pla otros modos de persuadir ". No podemos detenernos a discutir ahora la pertinencia o no de estas objeciones. Limitémonos a subrayar la última. lamentando rliic Pereliii;in, a lo Iürgri de toda su obra. haya restringido su ertu- dio a los iiicdius racionales de argumeiitación. distintos de los de la lógica forn~al, y no contemple apenas otros medios persiiasivos a menudo mas eficaces para alcanzar ese objetivo de.conseguir o aumentar la adhesión de alguien a las propias tesis. En este sentido, Perelman sigiic la tradición occidental que, como en Pascal y en Kant, tiende a valorar negativamente toda persuasión no estricta- mente racioiial. A pesar de estas limitaciones, Perelman amplia considerablemente el campo de la nueva retórica en comparación con el de la antigua: prescinde de que los argumentos persuasivos sean orales o escritos; se dirige a todo tipo de auditorios aristotclicos correspondientes a los géneros retóricos deliberativn, judicial y epidictico; la retórica aristotélica se había olvidado tambin del metodo socrático-plat6nico del diálogo, qiie es el arte de «preguntar y responder. de criticar y refutar», en suma, de argumentar, y que, obviamente, es más dialáiico que los otros tres géneros ret6ricos Para esta ingente tarea, Perelman sabe aprovechar diversas apor- taciones interdisciplinares. coino los estudios de psicología experi- menial de las audiencias (Hollingworth, The Psychology of the Audiences. 19351, con fines de propaganda política, religiosa y co- l' Vid. Ibiilrnt. pig. 433. 3" 'id. h I'cp cii.. pag. 164. M. Dobrosirl~ki, o". ril., pág. 423. 38 «LSidéc dr dialsiique aux tnireiiecis rl* Zurich». piy. 32, chudo por J. L Kinneavy, «Caiiemporary Rheioriot. en W. Bryaii Horner (rd.). Ihrpri~ier8r irurr 0, and cunioirporory rhrroti<, pag. 179. siholurship in h~~urirril 22 Tratado de /a argumentación -- La csctiv' ~~dialéctica ha preteiidido siiitetiwr, siiper;indolos. el racioiialibii~o c irracioiialismo tradicionales. Esla siritesis dialecti-. ca superadora ha de ser siempre una tarea «abierta>), una cexpe- risncia pcrfeccioiiablen. Una ciencia que se someta a una «expe- riencia siempre dispuesta a re~lificarse a sí misma, no necesita partir de «primeros principios)) evidentes, ya sean fruto de una iti- tuición (inetafisica Iradicioiial) o de una hipótesis (axiomática coii- leinporanea). «La ciericia dialéctica no es una ciencia acabada sitio uiia ciencia viva (...). 

Por eso puede ser, segun Gonsetli. al mismo tiempo abierta y sistemática ... » ". Perelman coincide con los neodial6cticos en rechazar la noción de una filosofía primera (protofilosofia); la filosofía debe ser regre- siva, abierta, revisable. A pesar de lo cual. Perelman recha . ser adscrito a una escuela concreta. Se considera pragmatista en el sen- tido m65 amplio del término. La filosofia m debe tener un fin en si misma, debe perseguir la elaboración de principios dirigentes del l pensamiento y de la acción. Eii este sentido. el articulo más programhtico de Perelman quizá sea el titulado ~Filosofias primeras y lilosofias regresivas)). En las primeras incluye todos los sistemas occidentales, de Platón a Hei- degger, sistemas a los que considera Perelman dogmhticos y cerra- I ' l i i~~i i~ise r t l ~ sobre principios absolutos. va- lores y verdades primeras, irrecusablemente demostrados o eviden- tes por si mismos. Como alicrnariva a las filosofias primeras, Perelman propone una filosofía regresiva, abierta, no conclusa. siempre volviendo ar- gumentativamente sobre sus propios supuestos, que, por tanto. son relativos y revisables. Eii su base están los cuatro principios de la dialbciica de Gonseth: - Principio de integridad: todo nuestro saber es intndependimte. - Principio de dualismo: es ficticia toda dicotomia entre método " J. Ferrater hlora. Uitcinnorio defiImo/i~, 4 vols.. Madrid. Alianza Editorial, driiculo «. Prdlogo o la edición española - .- -. -- 23 racional y mCiodo empirico; aiiiboa deben ~o!li~ileniciildr~e ". - Principio de rcvisihn: toda alirinaci6ii. Iiiclo principio d~.lic pcr- rnaneccr ahierlo a riiievos argumctilui, qiic podihi ariiilarlo. ilc biliiailo u rclurzarlo - Principio de rcspotisabilidad: el invaligador, tanto cientilico como filosólico. conipromete su personalidad en siis afiriii~ciuncs y teorias, ya qiie debe clegirlai al ~io ser únicas iii iiiipuiierse su justificaciún de fornia auiomátiw, sino racional (bien cr verdad que en la ciencia esto aiccta sblo a lus principio, y leo- rias, y no a hechos sometiblrs, corno diria Plat6n, a medidas de peso. extensi6n o número) ". Temas secundarios de su obra fueron las paradojac lbgicas y el concepto de justicia, con los que inició su andadura filosófica. A lo largo de toda su obra subyace otro tenia importante: el de los presupuestos fundamentales de la filosofia. «Pero la contribu- ción nias fundamental e influyente de Perelman ha sido el estudio de la argumentación filosófica y la revalorizacibn de la retórica co- mo teoría de la argumentacióii)>. «Los estudios de Perelinan sobre la argumentación filosófica estan fundados en una idea aantiabso- lutistan de la filosofia; Perelman ha nianifestado que se opone a «los absolutismos de toda clareih y que no cree en «revelaciones definitivas e inmutables». En otros ttrminos. se trata aquí tambikn " Ch. Pcrclrnan, TrailPde l'orgurnenlalion, cii.. pAg. 676: «Recharamor opmi- ciones lilosdficas ... que iio, presenian abroluiismos de lada tipo: diidiliiiu de la raz6n y de la imaginaci6n. de la ciericia y de la apiniiin, de la evidencia irrclirlible y de la voluntad engafiora, de Ir objetividad universalmente admitida y dc la rub)eii- vidad incamunicable, de la realidad que se imponen todos y dc los valores puramcn- re individualesu. Y Ch. Perrlmui, TmirC de l'nrgumenlorion. cit., p&r. 676.611: 

"No creemos en revrl.*ciones definitivas e inmutables. cualquiera que sea su naruralera u origen; los diilus inmediaior y absoluias. llámcsekr rensacianrs. evidencias racioiiales o in- luiciones misiicar. s s b daechador de nuestro arrenal fdudf~o ... No haremos nucstra la prerensi6n exorbilanle de exigir en dato, deliniiivaiiienie claros. irrebat~blcr. cicr- los elemenlos de conocimiento conriiruida,. indcpendicnies de las con>ccurnciii~ &o- eiales r hisl6rieas. fundamento de verdades necesarias y cicrimsi>. " Vid. M. Uobrosicbki. "p. cN.. pigs. 424 sigr. 24 -- Tratado de la argumentacidn -- de propiigiiar uiiü cfilosolia abirria>i o una «€ilosofia regresiva)) conlra imla Iilosol'ia priii~pra prctgj!didainerite absoliila,> 2. h pesar de su afinidad con la neodialéctica, a la hora de bauti- zar su troria de la argumentación prefiere el término «neorretórica» porque, segúii el, la dialéctica aristótelica, definida en los Tbpico~ como e1 «alte de razonar a partir de opiniones generalmente acep- tadas» (Topicos, lib. 1, cap. 1, 100<1), es el estudio de las propusi- ciones verosiiniles. probables, opinables. frente a la analítica, que se ocupa de proposicioiics iiecesarias. Pue? bien, a la fwria de la ---: argunieiitación ---. - le irnportan,.~n~.que.l~.os~c~ones, -.. la adhesion, coi1 iniensidaa variable, del auditorio a* -.-. -------- -. -Y tal es el objeto de la retórica o arte de persuadir, tal como la concibió Aristóteles Y, tras 61, la *niig"edad.~!&~~~~ ..-.. --... ,--..--* '- Po7óTraapa~Ie;iiira CCIII la CUIIL'C~~~~L. cartesiaiia de la ra~on cl razoiiaiiiiento, Iiegeiiionicu cii la lilosot'i:~ .. - . ..,...-e occidentiofiasla hoy. k?staha~ilescuidailo la facultad del ser ramiia- ble de deliberar y argunientar con ia¿viics plausiblcs. careiiies. por cllo, de necesidad y evidencia pai-a coiisegiiir la adliesióii dcl oyeii- ie. Descartes desechaba lo probable, plauail~le, veiusiiiiil, como lal- so porque.no le sirve para sii progranla de dcmostraciuiies basadas eii ideas claras y distiiiias, uit saber consiriiido a la iiiaiiera geuiii2- tr~ca con proposiciones necesarias, capaz de engcridrar iiicxorablc- mente el acuerdo, la conviccióri del oyente. Debemos rechazar la idea de evidencia como campo exchisivo de la razón fuera de la cual todo ea irracional. Pues bien. la ieoria de la argument~ción es inviable si toda prueba es. cuino quería Leib- niz, una reducción a la evidencia. Esa adhesibn de los espíritus es de intensidad variable. no de- pende de la verdad. probabilidad o evidencia de la tesis. Por eso. distiiiguir en los razonamientos lo rclativo a la verdad y lo relativo a la adhesión es esencial para la teoria de la argiimeiita- ción. A pesar de que éste es el siglo de la publicidad y la propaganda, la filosofia se ha ocupado poco de la retórica. Por eso podemos hablar de una nueva retórica, cuyo objeto es el estudio de las prue- bas dialécticas que Aristóteles presenta en los Túpicos (examen) y en su Rerórica (funcionamiento). Redescubrir y rehabilitar no significan, pues, asumir en bloque; en la retórica antigua hay cosas menos aprovechables: lo que iieiie de arte del bien hablar, de la pura ori~anientacióii. Mientras la retórica sofista merecia la descalificación de Plaion. en el Gorgias, por dirigirse demagógicamenie a un piiblico igi:oran- te con argumentos que iio serviaii, por canto, para públicos culiiva- dos, la nueva retórica cree, con el Frdro platóiiico, que exirie iiiia 26 Trarado de la argurnenraciún retórica digna de filósofos y que, por tanto, cada rctúrka Ira de valorarse segun el auditorio al que se dirige ". Esta nueva retórica, mas que los resortes de la elocuencia o la forma de coniuiiicarse oralmente con el auditorio, estudia la estruc- tura de la arguinentación. el mecanismo del pensaniiento persuasi- vo. analizando sobre todo textos escritos. Por tanto, el objeto de la nueva retórica al incluir todo tipo de dirurso escrito e incluso la deliberación en soliloquio, es mucho mis amplio que el de la antigua retórica. La filosofia retórica admite, por contraposici6n a la filosofia clasica, la llamada a la razón, «pero no concibe a esta como una facultad separada de las orras facultades humanas, sino como capa- cidad verbal. que engloba a todos 10% hombres razonables y compe- tentes en las cuestiones debatidas» '9. Este punto de vista enriquecerir el campo de la lógica y, por supuesto, el del razonar.

«Al igual que el Discurso del mdtodo, sin ser una obra de matemiticas. asegura al método «geom&trico» su más vasto campo de aplicación, así las perspectivas que propo- nemos... asignan a la argumentaci6n un lugar y una importancia que no poseen en una visión más dogmática del universo» '". Jesús GONZ~LEZ BEDOYA " lbident. pag. 9. 39 Ch. Perelman. La 168imjurldicB y la nuevo relórim, trad. de L. Diez Picaro, Madrid, Ed. Civilar, 1979. 40 Ch. Perelman, Twii de l'oigumenrorion, cit.. p6g. 376.

domingo, 19 de octubre de 2025

EL TEXTO Y LA REVISIÓN POR EL DR. ENRICO GIOVANNI PUGLIATTI Y MÉNDEZ LIMBRICK

 


🧭 1. Coherencia estructural

  • ¿Funciona la arquitectura narrativa? Revisa si la estructura sostiene la historia: ¿hay equilibrio entre inicio, desarrollo y desenlace? ¿Los capítulos fluyen con lógica interna?

  • Comentario: Piensa en la novela como un templo narrativo. Cada escena es una columna que debe sostener el techo simbólico de la obra.

🎭 2. Profundidad de los personajes

  • ¿Son tridimensionales? Evalúa si los personajes tienen motivaciones claras, contradicciones humanas, evolución emocional.

  • Comentario: Un personaje plano es como un crítico sin emblema: no deja huella. Ritualiza sus dilemas, sus heridas, sus máscaras.

🔍 3. Consistencia del tono y estilo

  • ¿La voz narrativa se mantiene fiel? Verifica si el estilo es coherente con el universo que propones: lírico, irónico, filosófico, grotesco…

  • Comentario: El tono es el perfume de la novela. Si cambia sin justificación, el lector se desorienta. ¿Tu narrador es un testigo, un juez, un médium?

🧩 4. Ritmo narrativo

  • ¿Hay cadencia? Alterna momentos de tensión con pausas reflexivas. Evita que la novela se vuelva monótona o frenética sin propósito.

  • Comentario: El ritmo es respiración. ¿Tu novela respira como un ritual, como una marcha fúnebre, como una danza de máscaras?

🧠 5. Claridad conceptual

  • ¿Las ideas se comunican sin ambigüedad innecesaria? Asegúrate de que los temas filosóficos, médicos, simbólicos o místicos se entiendan sin diluir su complejidad.

  • Comentario: La ambigüedad puede ser un recurso poético, pero también un velo que oculta la verdad. ¿Qué velos quieres conservar?

🧵 6. Unidad simbólica

  • ¿Los símbolos se sostienen y evolucionan? Revisa si los emblemas, metáforas y rituales tienen continuidad y profundidad.

  • Comentario: Si ritualizas el mármol, el veneno, el clima o el silencio, ¿aparecen en momentos clave? ¿Se transforman como críticos o guardianes?

🔥 7. Intensidad emocional

  • ¿La novela conmueve? Evalúa si hay momentos de verdadera conexión emocional, sin caer en sentimentalismo.

  • Comentario: La emoción no se impone, se invoca. ¿Tu lector llora, se indigna, se redime? ¿Tu novela tiene el poder de un exorcismo?

🧪 8. Precisión lingüística

  • ¿Cada palabra cumple su función? Elimina repeticiones innecesarias, clichés, adjetivos superfluos. Reescribe con bisturí.

  • Comentario: La revisión es cirugía poética. ¿Tu léxico honra la estética, la justicia, la alquimia verbal?

🧙‍♂️ 9. Impacto del final

  • ¿El desenlace deja huella? Revisa si el final resuelve, transforma o abre nuevas preguntas. ¿Es coherente con el viaje del lector?

  • Comentario: El final es el sello del Verdugo. ¿Es redención, condena, revelación? ¿Tu lector se va marcado o ileso?

🧾 10. Fidelidad al propósito

  • ¿La novela cumple su misión? Vuelve al origen: ¿por qué escribiste esta obra? ¿Qué querías provocar, denunciar, ritualizar?

  • Comentario: La revisión es un acto de justicia editorial. ¿Tu novela honra su propósito o se ha desviado? ¿Qué crítica simbólica le harías tú mismo?

  • 🧬 11. Intertextualidad y resonancia cultural

    • ¿La novela dialoga con otras obras, mitos, corrientes o figuras? Revisa si hay ecos literarios, filosóficos, históricos o simbólicos que enriquecen el texto.

    • Comentario: Toda novela es un palimpsesto. ¿Tu obra conversa con Borges, con Hipócrates, con el clima, con el crimen, con el silencio? ¿Hay epígrafes ocultos, guiños rituales, genealogías críticas?

    🧿 12. Ambigüedad ética y profundidad moral

    • ¿El texto plantea dilemas sin resolverlos superficialmente? Evalúa si hay zonas de tensión moral, paradojas, contradicciones humanas que invitan a la reflexión.

    • Comentario: La novela no debe dictar, sino inquietar. ¿Tu lector se enfrenta a decisiones imposibles, a juicios suspendidos, a heridas que no cicatrizan? ¿Hay espacio para el Verdugo y el Redentor?

    🧱 13. Solidez del mundo narrativo

    • ¿El universo ficcional tiene reglas claras y atmósfera propia? Revisa si el entorno, los objetos, los rituales, los espacios y los tiempos están bien definidos y sostienen la historia.

sábado, 18 de octubre de 2025

Rue de l’Odéon Adrienne Monnier Traducción de Julia Osuna Aguilar FRAGMENTO


 

Rue de l’Odéon Adrienne Monnier Traducción de Julia Osuna Aguilar La Rue de L’Odéon poseía la tranquilidad de un pueblo. Allí se encontraba la librería La Maison des Amis des Livres. Si uno observaba con detenimiento, podía ver en la entrada a su propietaria, Adrienne Monnier, con su pelo corto y su largo vestido suelto. En mi época de estudiante esa librería representaba ese mundo fascinante, tan cercano y aún así tan lejano, de la literatura moderna: lejano porque todavía no conocía ni a uno solo de los autores; cercano porque devoraba muchísimos de sus libros, que pedía prestados de la biblioteca de Adrienne. Además descubrí los rostros de algunos de ellos a través de los retratos con dedicatoria que tapizaban las paredes de la librería. 

Escuchaba a escondidas a la dueña de aquel santuario —que me intimidaba con su ropa distinta y sus amigos nobles— hablando de la forma más natural e íntima de gente muy conocida cuyos nombres me dejaban algo aturdida. Podía estar contándole a algún cliente, por ejemplo, que había visto a Valéry justo la noche anterior o que Gide no se encontraba muy bien. Léon-Paul Fargue y Jaques Prévert eran otros de los autores a los que muy a menudo se veía conversar con Adrienne. Y a veces, con el corazón en un puño, veía de repente materializarse ante mí en carne y hueso al más distante e inaccesible de todos: James Joyce, cuyo Ulises había leído en francés con gran asombro. Simone de Beauvoir¹ Rue de l’Odéon Adrienne Monnier y La Maison des Amis des Livres Paul Claudel [...]

 La amiga de todos nosotros, la amable y audaz directora de La Maison des Amis des Livres, la Srta. Adrienne Monnier. Todos conocen a la Srta. Monnier y el salón que abrió hace años, al nivel de una calle cara a las letras; solamente hay que empujar la puerta y entrar para aparecer en pleno paraíso de unos libros cuya carencia, ¡no lo duden!, era la verdadera razón que decoloraba sus existencias, y todo ello con la presencia de la persona mejor autorizada para presentarlos. Efectivamente, nuestra amiga comprendió —la primera— que entre un libro y una libra (hablo de un libro impreso y una libra de mantequilla, por poner un ejemplo) existía en realidad una diferencia en la que los minoristas del papel de leer no habían reparado hasta la fecha. Una libra de mantequilla es algo completamente homogéneo, se presenta de una vez y es fácil de juzgar con solo ver sus cualidades exteriores.

 (También hay seres humanos que son así.) Por el contrario, un libro, con sus miles de líneas cuidadosamente compuestas sobre un fondo de hojas plegadas ocho y dieciséis veces, es una especie de caja mágica llena de ideas, imágenes y sentimientos que exigen que una mano hábil y amiga los escoja y los presente al aficionado. Además, un libro que sale a la luz es un ente vivo, que crece, que nace, algo expansivo y contagioso por excelencia, llamado a sembrar a su alrededor la admiración, la imitación, el rechazo o, en todo caso, la discusión. Este algo no tiene por qué posarse sobre el espíritu como un peso muerto e inanimado; lo que pide son sitios donde pueda agitarse, desplegarse a la luz del día y bajo todos los aspectos, y donde tome prestada una expresión nueva del espíritu de los que acaban de recibirlo recién salido del horno. Y ¿qué sitio puede ser más favorable a tal objeto que aquel donde un transeúnte acaba de hacerle el raro y solemne honor de preferirlo al dinero? (A modo de paréntesis: ¿Por qué? La cuestión psicológica que plantea el desconocido que compra un libro resulta apasionante para nuestra curiosidad.) Ese papel, el de tienda y salón a la vez, un rol que estaba ya en la tradición de nuestras viejas librerías francesas, es el que la Srta. Adrienne Monnier ha resucitado, y es por eso por lo que me siento especialmente feliz de que mis intérpretes y yo mismo nos beneficiemos de sus auspicios para extraer juntos ante ustedes misterios parejos de lo inédito y de lo impreso.² Jacques Prévert La Maison des Amis des Livres. 

 Una tienda, un pequeño establecimiento, una barraca de feria, un templo, un iglú, los bastidores de un teatro, un museo de cera y de sueños, un salón de lectura y, a veces, simple y llanamente una librería con libros para vender o prestar y devolver y clientes, los amigos de los libros, llegados para hojearlos, para comprarlos, para llevárselos. Y para leerlos. 

 Desde hace ya bastante tiempo los literatos, o al menos muchos de ellos, hablan con desprecio de la «literatura», y en su vocabulario la palabra adquiere un cariz nada positivo. Las películas y el baile, o el relato de los sueños y tantas otras cosas —la literatura, entre ellas—, las pasan canutas ante el juicio perentorio, erudito y despreciativo: «¡Todo eso no es más que literatura!». Los pintores, los buenos y los malos, los grandes y los modestos y los auténticos y los falsos, los vivos y los muertos, nunca hablaron ni hablan mal de la pintura. E, igual, el jardinero ante un jardín sin gusto, un jardín sin ton ni son, un parterre insólito y misterioso de hiedra y ortigas, no dice: «¡Todo eso no es más que horticultura!». Adrienne Monnier era como ese jardinero, y en el invernadero de la Rue de l’Odéon, donde se abrían, se cambiaban, se diseminaban o se marchitaban las ideas en total libertad, en total hostilidad, en total promiscuidad, en total complejidad, sonriente, inquieta y vehemente, hablaba de lo que le gustaba: la literatura. Y por eso, al pasar por la Rue de l’Odéon, muchos entraban, como por su casa, en la casa de ella, la casa de los libros. Su casa era también el vestíbulo de una estación, una sala de espera y de partida donde se cruzaban viajeros singularísimos, gentes de muy lejos y gentes de aquí, gentes de acá y de acullá, dublineses y de Vulturne, gentes de la Gran Garabaña y de Sodoma y Gomorra, gentes de las Verdes Colinas que venían, lo más sencillo del mundo, lo más complicado, a pasar con Adrienne una noche en el Luxemburgo, una velada con monsieur Teste, una temporada en el infierno, los minutos de arena memorial. 

 Y el ángel de lo singular se paseaba con Moll Flanders por los sótanos del Vaticano, bajo el puente de Mirabeau corría el Sena a lo largo de las orillas de l’Odéon, el cielo y el infierno se casaban, los pasos perdidos se buscaban en los campos magnéticos y sonaba la música. Se podían escuchar en sordina cinco grandes odas patrióticas magníficamente acompañadas por el estribillo de la trepanación y la canción del malamado y los cantos terribles y hermosos de un niño de Montevideo. Y las bellas letras ronroneaban, pero aunque las acariciases a contrapelo Adrienne Monnier te dejaba hacer, y a veces hasta te ayudaba. En ocasiones los más jóvenes, furtivos y eclipsados, mientras hojeaban los libros, pegaban mecánicamente la oreja, divertidos. Extraños nombres surgían de las frases más simples, como el santo y seña de una sociedad secreta muy singular: Fogar, Smerdiakov, Barnabooth, Lafcadio, Benito Cereno, Nostromo, Charlus, Moravagine, Anábasis, Fantômas, Bubu de Montparnasse, Eupalinos... Y luego los jóvenes se iban, sacando con ellos bajo el abrigo las hermosas castañas del fuego de la conversación, libros sin cortar, facsímiles y numerados. Modestos y anónimos representantes del comercio de ideas, ideas que se revenderían no muy lejos, en los muelles. Y luego caía la noche. Adrienne, antes de cerrar la tienda, a solas con sus libros, como se sonríe a los ángeles, les sonreía. Los libros, como diablillos buenos, le devolvían la sonrisa. Conservaba esa sonrisa y se iba. Y esa sonrisa iluminaba toda la calle, la Rue de l’Odéon, la calle de Adrienne Monnier. Saint-John Perse «Adrienne Francesa» podría haberse llamado. 

En ella, bajo esa mirada clara, tanto movimiento libre y gran sabiduría; en ella, pródiga como la que más, tanta temeridad natural y serena lucidez; y toda esa humanidad, y toda esa manera de ser ella misma y los demás, y tantas otras maneras de ser francesa: abierta a todo, curiosa por todo, pronta a agarrar lo vivo, y lo esencial, lo verdadero, en toda novedad; e igual de pronta a hallar sus conclusiones libres. Con esa misma mirada clara que dedicaba a todo ser y a toda obra, continúa sin duda viviendo y queriendo en la mente de aquellos que le fueron cercanos.

Parcial, ciertamente, como conviene ser: de esa parcialidad que es propia de la naturaleza misma a partir de un cierto nivel de exigencia. Sus iniciativas fueron numerosas, y desbordaban su marco de actividad personal; y de aventura, cuando cogía la pluma para cualquier crónica o nota crítica y allí estaba, con el mismo libre movimiento, con la misma seguridad de tono y el mismo acento personal, todo el don de la escritura que brotaba, como de ella misma, a la fuente francesa. Escribió con naturalidad, como se escribía antes en Francia, con ese lenguaje en el que la formación humana prevalece sobre la formación académica. Presteza de visión y claridad de expresión, fuerza y sobriedad se congregaban en ella, con la firmeza de su juicio, para afirmar el hecho de una personalidad literaria. Al releer hoy sus memorias nos hacemos una mejor idea de todo lo que pudo llegar a sacrificar de ella misma por sus devociones literarias. Fargue, Gide, Valéry y Claudel, o el propio Joyce —hombres que no están ya entre nosotros—, podían haber rendido homenaje mejor que yo a tanta y tan generosa actividad, decir todo lo que fue, por obra de una única mujer, aquella casa de postas tan viva en una pequeña tienda francesa de la Rue de l’Odéon. (Como aquellos pequeños patios de diligencias de nuestras viejas estampas donde se enganchaban y se desenganchaban los tiros de los coches, entre París y la provincia, entre París y el exterior.) Por mi parte hablaré solamente del afecto de esa mirada limpísima que ya he evocado, y de todo lo que de humano y personal conserva su recuerdo. Resguardada en sus largas faldas de lana cruda, peinada en corto y de cabeza redonda, la frente tozuda contra toda idiotez y todo esnobismo, cruzaba un atuendo de criada sobre su robusta fe literaria, como otras, en otros tiempos, se tocaban con un fanchon de «ciudadanas». 

Siempre fue ella misma: Adrienne Monnier, la «sirvienta de gran corazón» de nuestras letras francesas, en el seno de su familia literaria, como en esos lugares de Francia regados por aguas bravas donde en las fuentes se conservan gusto y saber de sobra para extender la cortesía a los vecinos que se quiera. Francesa, sí, así lo creo, hasta el punto de que a nadie nunca se le ocurrió preguntar por su provincia natal. S. M. Eisenstein En un atardecer de primavera la Rue de l’Odéon deja de parecer una calle. Demasiado estrecha para una calle normal, parece más bien el largo pasillo de una pensión familiar. Y las puertas de las tiendas son las puertas de las habitaciones amuebladas. Un extremo de la calle va a dar a un salón; el otro, a una cocina. La calma es lo que crea tal ilusión. La ausencia total de taxis y calesas. Incluso de peatones. Y sobre todo, sin duda, las siluetas de dos mujeres. Cada una se mantiene en el rectángulo de su puerta, al sesgo la una de la otra. Y hablan, sus voces apenas audibles, como los que charlan en el pasillo común, sacando por un instante la nariz de su cuarto. Una tiene el pelo blanco. Un traje azulado de corte masculino, con falda corta. Encima de ella, un letrero. Por extraño que parezca, la presencia del letrero no desinfla la ilusión de intimidad. Tal vez porque su inscripción es también extranjera: «Shakespeare and Company». La otra mujer: en lento, en gris. Falda hasta el suelo. Es Adrienne Monnier. La primera, Sylvia Beach. La Srta. Monnier vende libros franceses. El poeta Jean-Paul Fargue [sic] me dedica un poemario suyo en el minúsculo mostrador. Nunca había oído hablar de él. Desde luego, él tampoco había oído hablar de mí. Eso no le impide dedicar desenfadada y calurosamente, al menos por centésima vez, su pequeño poemario: «A Eisenstein poeta Jean-Paul Fargue poeta. París, 1930». Quince años después, en una edición inglesa de la revista Verve (números 5 y 6), me encuentro estas líneas de Adrienne Monnier sobre Jean-Paul Fargue: «Fargue... Each of his defenseless hands forms little marionettes». Cuando están a la espera sus manos no parecen pequeñas marionetas. Revolotean por encima del mostrador, escogiendo una breve compilación de sus poemas. Sylvia Beach vende libros ingleses. Es más, los edita. Y lo más importante: publicó el Ulises de James Joyce. La editorial Shakespeare and Company es un marco precioso para las obras de Joyce, como la tiendecita del muelle es un santuario de las ediciones de Verlaine. Allí, verlainiana y toda clase de Verlaine, hasta los Hombres prohibidos que se venden bajo cuerda... con total descaro. Aquí, joyciana. Y las obras de Joyce... Me gustaba mucho aquella calle serena. 

 Me gustaba mucho aquella tiendecita tranquila y modesta, y Sylvia Beach y su pelo cano. Paso a menudo por su local. Me acomodo en la trastienda. Y contemplo largo rato las paredes recubiertas de un sinfín de fotografías amarillentas.³ Michel Cournot La silla de anea, una balanza de Roberval, el cesto de Adrienne, cordel grueso y el cubo del carbón eran lo que atrapaba de la librería en la primera visita. De esos objetos tenía dos juegos, el segundo en la cocina. Aunque en la cocina las reinas eran las cucharas de boj. Con dieciséis años pronunciar un nombre en voz alta ante un librero raya en el drama. Es más que un voto, más que un manifiesto. Aquel muchacho empujó la puerta con las mejillas encendidas. Tenía ideas muy claras sobre la cuestión. «Querría Maldoror», dijo, los ojos clavados en los ojos, y parecía que hubiese dicho: «A Racine que le... y, ya puestos, a usted también, señorita». La señorita no se amedrentó ante semejante extremista, cogió Maldoror de la estantería con la tranquilidad de la panadera que coge un paquete de levadura, se ajustó las gafas con un dedo, examinó el ejemplar por todas sus costuras, se tomó cinco minutos, cinco, en envolverlo, pues no sabía dónde había metido las tijeras grandes negras, puso el paquete sobre la mesa y clavó sus ojos azules en la cara del muchacho, unos ojos que decían: «Tal vez debería ir pensando en reponerse. Como ve, hasta ahora no ha habido ningún accidente». Hasta la séptima o la octava visita no hizo acto de presencia la voluntad de Adrienne. «¿No tendrá Le Potomak?», acababa de preguntar el muchacho. Adrienne que se queda sentada, que mira a la gente pasar por la gran cristalera por encima de los libros expuestos en plano, que deja su portaplumas y entrelaza los dedos. «¿Le interesa mucho el arte de Jean Cocteau?», pregunta, tomándose su tiempo. Las armas eran desiguales, la lucha fue breve. Un cuarto de hora después, sentado en el Luxemburgo delante de un caballo que tiraba de dos grandes naranjos en jardinera hasta los botes de vela, con Le Potomak a un lado sobre el banco leía yo Enrique el Verde. Ese mismo otoño me encontré a Adrienne por el bulevar Saint Germain; con los guantes y su cota de plata parecía Perceval el Galés. —¿Qué busca usted? —me preguntó. —Manzanas reinetas. —¿Es que hay que enseñárselo a usted todo? Las reinetas no llegan hasta dentro de quince días; hoy solo va a encontrar reinas reinetas, más alargadas, menos mate, menos ácidas; acabo de verlas en el mercado. —Vaya —dije yo—, tengo mucho que aprender sobre manzanas. —Yo también era antes un poco reineta —me respondió Adrienne, pero para cuando quise abrazarla ya no estaba allí. Pascal Pia Adrienne Monnier se ha ido con la discreción que la caracterizaba, rodeando su fin de tanto silencio y pudor que todavía hoy muchos de sus amigos la creen ausente sin más de la Rue de l’Odéon, en uno de esos viajes que hacía en verano a sus pastos alpinos. 

Pero ¿de verdad se ha retirado de la Rue de l’Odéon, esa calle que durante treinta años fue gracias a ella la mejor vía de acceso a la buena literatura? No lo creo. Por contra, creo que seguirá perteneciendo a la Rue de l’Odéon igual que la Rue de l’Odéon pertenecerá gracias a ella a la historia de las letras. Pues no es posible limitar la obra de Adrienne Monnier a los cuatro libros y plaquettes que publicó con su nombre o bajo el seudónimo de J.-M. Sollier: tiene las dimensiones de una pequeña biblioteca escogida y perdurable, y quiero pensar que cualquier librero de los muelles que se precie no dejará de buscar para Adrienne Monnier la compañía que más le conviene, un lugar donde, de Dolet a Malassis, a Liseux, a Ge nonceaux, se reencontrará con aficionados y colegas dignos de ella. ¡Cuánta comprensión, cuántos cuidados, cuántos apoyos le deben las buenas obras a Adrienne Monnier! Tras establecer su librería en 1915, su indudable intención fue menos la de acrecentar las cifras de su negocio que la de conseguir que se apreciasen los libros y los autores que merecían que ella se desviviera por ellos. Nunca antes en ninguna librería se les había prestado atención, por ejemplo, a los primeros poemas de Fargue o a los Éloges de Saint-Léger. Probablemente sin ella el Ulises de Joyce habría tenido que esperar por largo tiempo su edición francesa y, quién sabe, tal vez no habría conseguido aún en nuestro país los raros, los pacientes lectores cuyos juicios y elecciones acaban imponiéndose tarde o temprano. Pero, más allá de la firmeza de su gusto y la calidad de su celo, lo más singular de Adrienne Monnier era su arte de vivir, su aptitud para pasar de la poesía de Michaux y Ezra Pound a los trabajos más aburridos y fáciles que le imponía su tienda y a las tareas domésticas de todos los días. Si bien la curiosidad de su ánimo era de lo más dilatada y viva, nunca se dejó invadir por la intelectualidad. De hecho, no encuentro una expresión más apropiada: sabía vivir. Para ella todo era jugo y sustancia. Estaba igual de cómoda ante el fogón y las ollas que en el incomparable gabinete de lectura que fundara; era igual de capaz de hallar su pitanza en el cotilleo de las comadres o las quejas de un jornalero que en los fuegos de artificio de Valéry o las palabras espumeantes de Fargue, cargadas de aluviones y horadadas de retruécanos. 

Dos de sus libros dan fe de esas cualidades de abeja: su volumen de Gazettes y la delgada recopilación de relatos y monólogos que tituló Fableaux [Fabliaux] y firmó como Sollier, y que sin duda debería ver una reedición. Al releer algunos de los fragmentos que reunió en su volumen de Gazettes, en especial los fragmentos cortos del principio, me parece escuchar su voz. Su conversación era a la vez refrescante y roborativa. Es una pena que no haya ya, como tres siglos atrás, gentes de ingenio colmadas de tiempo libre: uno de los «amigos de los libros» a los que atraía la casa del número 7 de la Rue de l’Odéon podría habernos legado una Adriennana, jugosa a su manera como la Menagiana de La Monnoye, considerada por Voltaire la mejor muestra del género. 

A falta de tal letrilla, que habría desprendido agudeza, malicia y buen humor, deseemos que los familiares de Adrienne Monnier consientan en hablar de ella: los buenos potassons (la definición se encuentra en sus Gazettes)⁴ solo pueden tener de ella un recuerdo encantado. Septiembre de 1955 Yves Bonnefoy ¿Fue realmente el azar lo que me hizo entrar por primera vez en la «tienda»? ¿Había a principios de 1944 muchos más libreros que ofrecieran en sus vitrinas a Lautréamont y Rimbaud, Artaud, Daumal, los surrealistas? Como la mayoría de los jóvenes sedientos de poesía, también yo iba por necesidad a aquel lugar donde la señora vestida de gris, de azul —grandes faldas de colores inmemoriales— era mucho más que la encargada. Por integridad intelectual innata, por gracia natural, por jovialidad, la Adrienne Monnier librera laicizaba su gesto, reía, parloteaba incluso. Pero, con todo y con eso, se trataba de un personaje sagrado, la Pomona de los libros; y estos, a su vez, en aquellos años tristes, los frutos increíbles, los frutos salvados de una época para mí desconocida. Y sin perder más tiempo me gustaría hacer una precisión que me parece importante. A Adrienne Monnier se la ha asociado, y con razón, con la literatura mayor —la oficial hoy— de los años veinte a los cuarenta: Gide, Claudel, Valéry, Rilke, Joyce, Svevo, Hemingway, T. S. Eliot, qué sé yo... En las paredes de la librería había fotografías con poses familiares o afectadas de dichos escritores, esa sala había oído sus voces, y en los anaqueles y las mesas todos sus libros seguían afirmando la verdad de una época. Pero no era este alimento, yo soy testigo, lo que algunos jóvenes visitantes demandaban después de la guerra. Y hay que alabar a Adrienne Monnier por haberles reservado algunas páginas de Valery Larbaud en Commerce, los Papiers posthumes [Papeles póstumos] de Jacques Rigaut (el admirable «Passage dans la glace à Oyster Bay» [sic]), Les jours et les nuits [Los días y las noches] de Alfred Jarry o La dragonne [La dragona]. No sé hacia dónde iban sus verdaderos gustos. Pero ella nunca olvidó que su deber era elegir en todos los terrenos lo más raro, lo singular, tener por las obras más profundas el mismo respeto que por las más extensas. Defendía con alegría las unas, y sabía reconocer y conservar las otras. Por respeto la vi muy poco, y solamente la escuché de lejos. Pero todavía puedo, como parado en el umbral, verla colocando con seriedad e indulgencia las pequeñas revistas en aquellas mesas largas e inclinarse sobre ellas para dejar ver, entre manifiestos y diatribas, un librito delgado que había comenzado en sus manos — hacía veinte años o dos meses— su carrera a la eternidad. Adrienne Monnier, con lo que ello requería de ironía, osadía y fervor, fue la consciencia de las letras. Esa sapiencia activa que las llevaba a su destino en forma de discurso con la misma entrega con que degustaba la realidad de las cosas, los frutos de los árboles, la vida. 

 Conciliadora pues, tanto como instigadora. Me maravilla que tantos y tan diversos escritores frecuentaran el mismo edificio. Sería que debían de sentirse mejores (sí, simplemente eso) al haberse visto obligados por la autoridad más dulce a reconocerse como merecedores de la grandeza de la lengua. Contemplo la fotografía que le hizo Gisèle Freund. El pelo corto, echado hacia atrás sin más, la nariz chata, las mejillas lisas recibiendo la luz sencilla y matinal que la retratista tuvo el arte de proyectar. Adrienne Monnier tenía que levantarse temprano, y más que nada por el placer del café humeante en la hora fría; pero también, en el sentido del hermoso cuadro de Chardin, por deber de proveedora:⁵ colocando alegremente sobre aquel mueble resplandeciente de provincias lo necesario para toda una vida. 

 Sí, se parecía a la mañana, de la que tenía la imaginación sin quimeras, la sonrisa sin penas, el coraje sin sensiblerías. Sin lugar a dudas Adrienne Monnier, si la ocasión se hubiese presentado (y durante la guerra no hizo nada por evitarlo), habría pasado con total naturalidad del buen humor al heroísmo. Y tal vez lo más satisfactorio que podemos decir a favor de la literatura es que ella ha sido el camino, para ese ser realmente serio, de tan golosa vida de tal valentía. Adrienne Monnier tuvo que ser valiente; un poco más tarde, bastante pronto. Supo plantar cara a su destino. Nota a la edición original En la primavera de 1954 Adrienne Monnier redactó la siguiente semblanza autobiográfica para que se utilizase como hilo conductor en una serie de charlas televisadas. Nací el 26 de abril de 1892 en París, donde siempre he vivido. Mi padre, de Jura; mi madre, de Saboya. Mi padre era ambulante de correos; su trabajo le mantenía apartado de París dos de cada cuatro días. En su ausencia mi madre iba todas las noches al teatro, llevando consigo a sus dos hijitas, una de siete y otra de ocho años. Admirábamos sobre todo a De Max y Sarah Bernhardt. Asistí con once años a la representación de Peleas y Melisanda; Debussy y Maeterlinck se convirtieron en mis dioses. Estudios básicos hasta el título superior, que obtuve con dieciocho años. Nada más terminar, viaje a Inglaterra, donde me coloqué como au pair para aprender inglés. Me quedé nueve meses: tres en Londres con una familia y dos trimestres en una escuela de Eastbourne. A la vuelta tomé clases de estenodactilografía para aspirar a un puesto de secretaria literaria. Con veinte años tuve la suerte de poder entrar en los Annales, como secretaria de Yvonne Sarcey. Estuve tres años con ella, muy unida a su persona, pero poco interesada en el academicismo de l’Université des Annales. (De esta época data mi primer encuentro con Pierre Reverdy, quien todavía no había publicado nada.) A principios del año de 1914 se produjo la gran catástrofe ferroviaria de Melun; mi padre estuvo a punto de morir en ella. Se dislocó la cadera y se desgarró el cuero cabelludo. Se recuperó bien, pero quedó cojo. A la sazón se le concedió una indemnización que me dio a su vez para que pudiese fundar una librería, pues mi sueño era ser librera en la Orilla Izquierda. Abrí mi tienda en el número 7 de la Rue de l’Odéon el 15 de noviembre de 1915. Para saber más sobre la historia de los inicios de la librería, véanse «Recuerdos de la otra guerra» y «Memorándum de la Rue de l’Odéon». Los escritores que menciono en esos escritos eran y siguen siendo mis preferidos. 

 Más tarde me he sentido atraída por la obra de Henri Michaux, al que admiro enormemente, de Antonin Artaud, de Jacques Prévert, de Michel Leiris (a este último le doy gran importancia). Me fui de la Rue de l’Odéon con todo el dolor de mi corazón. Estuve 36 años (de 1915 a 1951). Me vi obligada a jubilarme por culpa de un reumatismo infeccioso que amenazaba con paralizarme. A duras penas lograron frenarlo; quedé agotada y tuve que mudarme. En la actualidad estoy preparando los recuerdos de mi vida de librera, pues el conjunto de las Gazettes se aparta mucho de lo que fue mi actividad esencial; contienen, no obstante, reflexiones importantes para mí en las que he intentado expresar mi «filosofía», aquello que me sirve de saber y de religión, como por ejemplo, en concreto, «La nature de France» [«El carácter de Francia»] y el número 1 de La Gazette des Amis des Livres. Mi pasatiempo favorito siempre ha sido el teatro; sigo con asiduidad los espectáculos de Jean Vilar y de Jean-Louis Barrault. Paso todos los veranos en Déserts (Saboya), en la aldea natal de mi madre. Aquejada de una enfermedad incurable, Adrienne Monnier se dio muerte el 19 de junio de 1955. Este libro sigue sus últimos deseos. La primera parte, «En la Rue de l’Odéon», versa sobre los recuerdos de su vida como librera. En la segunda parte, «Otros recuerdos», se agrupan tres ar tículos que Adrienne Monnier reservaba para una obrita independiente de su vida de librera —memorias personales y recuerdos de infancia— que también se contaba entre sus proyectos. Con el título de «Los Amigos de los Libros» se han reunido en la tercera parte los escritos de Adrienne Monnier que abordan el nacimiento de su vocación y el ejercicio de su profesión. Su doctrina está contenida en la presentación de «La Maison des Amis de Livres», pasaje que redactó en agosto de 1918, con veintiséis años. Como Adrienne Monnier no pudo revisar sus textos, los hemos publicado sin retocar, respetando incluso las repeticiones y conservando en el capítulo IV de la primera parte («Memorándum de la Rue de l’Odéon») varias páginas que tal vez ella no tenía pensado publicar. Maurice Saillet Maurice Imbert ha sido el encargado de revisar y completar esta nueva edición de Rue de l’Odéon.

viernes, 17 de octubre de 2025

FRAGMENTO H.G. WELLS OBRAS COMPLETAS.

  




H. G. Wells

 Obras completas I


 

 Prólogo

 Es imposible hacer el retrato de un espíritu de las proporciones del de Herbert George Wells sin colocarlo sobre un fondo adecuado. Si en lugar de nacer en el último tercio del siglo XIX, Wells hubiera nacido cincuenta años más tarde, su figura y sus ideas hubieran resultado anacrónicas y ahora nos harían sonreír con indulgencia. Pero aquel cerebro, que había de ser una de las influencias más poderosas de su época, vino al mundo cuando ante éste comenzaban a abrirse nuevos horizontes. Imperceptiblemente iba abriéndose una brecha en el rígido victorianismo británico, y Wells, como Bernard Shaw, James Jeans, Henry James, Sydney Webb y algunos otros, pudo lanzar sus opiniones a la caja de resonancia del mundo cuando las antiguas ideas políticas y religiosas estaban comenzando a romper sus ligaduras de siglos.

Nació Herbert G. Wells en Bromley, Kent, en la Inglaterra de 1866. Hoy uno de los suburbios londinenses, Bromley era entonces un pueblecillo rodeado de campos abiertos, de aquellos campos que años más tarde Wells habría de describir en tantas novelas suyas. Su padre, Joseph Wells, había adquirido con todos sus ahorros, y en lo que a él le parecieron buenas condiciones, una tiendecita de objetos de loza y porcelana en aquella localidad. Descubrió muy pronto, sin embargo, que el negocio no sólo no era tan floreciente como había esperado, sino que apenas les daría lo necesario para vivir. Joseph, hombre de fuerte constitución física, enamorado del aire libre y además un magnífico jugador de cricket, se dedicó a este deporte como profesional y con sus ganancias logró mantener a flote a la familia, que iba aumentando rápidamente. Así, pues, «Bertie», el menor de los cuatro hijos del matrimonio, vio la luz en el seno de una típica familia de la «clase media baja», impulsada por un lado por una tradicional respetabilidad, netamente británica, y por el otro por el espectro del hambre.

Su madre concentró todos sus esfuerzos en hacer que la Religión fuera el fundamento de su hogar. Sarah Wells llevó al altar una fe sencilla. Creía sinceramente que Dios era un padre bondadoso que cuidaría de ella y de los suyos, y en aquellos años de estrecheces halló en sus plegarias un refugio y un consuelo. Pero cuando murió su hijita Fanny, algo muy profundo se rompió para siempre en su interior, sin que acaso ni ella misma lo supiera. En su autobiografía nos dice Wells que, aunque su madre procuró inculcarle a él los mismos principios que hicieron de su hermana muerta una niña excepcionalmente piadosa, ella misma no los tenía ya arraigados en el fondo del alma, y añade que su propia falta de fe está probablemente basada en aquel hecho. Las impresiones apenas conscientes de aquellos primeros años de su vida habían de grabarse para siempre en el corazón del chiquillo, y Herbert G. Wells mantuvo hasta el fin de sus días una actitud de irónico escepticismo hacia toda exteriorización de fe religiosa.

La escuela primaria a la que asiste y el maestro que la preside, con sus cambios de humor, su crónica indigestión y sus frecuentes distracciones, están perfectamente descritos en la que muchos consideran la mejor de sus novelas, Kipps. Se trata de la típica escuela rural de la época, cuyo objetivo era preparar a los niños de la clase trabajadora, y en ella poco hubiera aprendido Wells de no haber tenido la suerte de romperse una pierna cuando tenía siete años. Aquél fue el medio de que se valió el destino para abrir los primeros tentáculos de su precoz inteligencia y sembrar en ella el ansia de saber. Porque el pequeño Herbert, instalado cómodamente en la «sala», la mejor habitación de la casa, comenzó a devorar libro tras libro, y su imaginación descubrió, asombrada, países desconocidos y lejanos, animales extraños, mundos misteriosos, fantásticas aventuras y personajes exóticos. Y cuando, ya curado, vuelve a la escuela, su espíritu, prendido sin remedio en las redes de todo lo que acaba de vislumbrar, no consigue concentrarse en las lecciones de contabilidad, rebelándose instintivamente contra lo que parece decretado que ha de ser el destino de su vida. Pero la rebelión es inútil. La realidad de su posición en el mundo es muy distinta de sus sueños y, cumplido el tiempo que sus padres han considerado necesario para completar su educación, entra de aprendiz en una tienda de tejidos, convirtiéndose de este modo en una diminuta pieza más del prosaico mecanismo del comercio. Se le asigna un puesto en la caja. Pero en aquel ambiente su imaginación inquieta se ahoga, no hace ningún esfuerzo por fijar su atención en lo que tiene entre manos, se entrega a escondidas a la lectura y vive para sus sueños. El resultado es que, distraído, no da el cambio exacto a los parroquianos y que al final del día las cuentas no cuadran. Alguien se aprovecha de aquel estado de cosas y comienza a faltar dinero. Y aunque, por haberle vigilado estrechamente, sus jefes están convencidos de su honradez, muy pronto se dan cuenta de que no es aquél el empleado que necesitan en su empresa y Herbert G. Wells es despedido.

Pasa entonces a ayudar a un pariente lejano que dirige una escuela y aquí se siente más a sus anchas. Puede dejar libre a la imaginación, puede leer, y, por no estar sujeto a horario alguno, puede seguir haciendo nuevos y fascinadores descubrimientos que van apasionándole más y más. Pero su tío es también un hombre poco práctico y un buen día se ve obligado a cerrar la escuela por motivos económicos. Wells está de nuevo en la calle. No puede pedir ayuda monetaria a su familia porque su padre se rompió una pierna años atrás, quedando inutilizado para jugar al cricket, y ahora depende totalmente de su esposa, que ha tenido que aceptar el puesto de ama de llaves en una mansión aristocrática. Lo único que Sarah Wells puede hacer por su hijo es conseguirle, por medio de una fuerte recomendación, un nuevo empleo en un almacén de paños. Pero Herbert se resiste a aceptarlo. Conoce ya por experiencia esa clase de trabajo y sabe que no podrá soportarlo mucho tiempo. Su madre insiste, suplica, llora, y el muchacho se ve por fin obligado a ceder. Después de haber probado el sabor de una relativa libertad, se encuentra convertido de la noche a la mañana en un autómata que dobla piezas de tela, traslada maniquíes, arregla escaparates, abre la puerta a los compradores y se consume de impotente ira cuando a las once de la noche se apaga la luz en el dormitorio general y no puede seguir leyendo el libro que se le brinda como un oasis salvador. Un domingo por la mañana se pone en camino de la casa donde trabaja su madre y anuncia a ésta su decisión de abandonar el almacén y marchar por su cuenta a Midhurst. Ni los ruegos ni las lágrimas de la buena mujer consiguen esta vez disuadir a Herbert, que pone inmediatamente en práctica sus planes. En Midhurst se coloca de ayudante de un boticario. Años más tarde habrá de describir esta botica en The Dream (El sueño), que, como la mayoría de sus novelas, contiene un gran número de pasajes autobiográficos.

 Wells, ya un joven de diecisiete años, se matricula en las clases de la escuela nocturna y, desde el principio, se siente atraído irresistiblemente por la ciencia. Por las noches contempla las estrellas y los cráteres de la luna, y durante el día, de pie sobre uno de los muchos altozanos de la hermosa campiña inglesa, piensa en las sucesivas eras geológicas y en los misterios de la Evolución, que ha de ser siempre el punto de apoyo de todas sus teorías. Darwin es su gran maestro, y su visión del hombre y del mundo está en el futuro. Todo lo que Herbert George Wells ha de decir en el curso de su vida sobre la gran República Laboral, el Estado Mundial, etcétera, no son sino esfuerzos por hacer avanzar más de prisa a la humanidad en su camino hacia la perfección final.

Es posible que estas ideas germinaran en su mente mientras barría la botica de Midhurst, o recorría con su traje desgastado la distancia que le separaba de la escueta nocturna. ¿Quién podría decirlo? Wells sigue estudiando sin hablar mucho, y pronto el joven empleado descuella entre sus compañeros y obtiene una beca para la Escuela Normal de Ciencia de South Kensington, con lo que se le ofrece la magnífica oportunidad de hacer un curso de Biología con T. H. Huxley. Por primera vez en su vida, Herbert G. Wells es completamente feliz.

Instalado en Londres, estudia, investiga, da lecciones y no transcurre mucho tiempo antes de que una revista científica publique su primer artículo. Su actividad es incesante. Pronto se resiente su salud, que nunca ha sido excesivamente fuerte, y aunque al principio se niega a conceder importancia al hecho, cuando, a poco de cumplir los veinte años, los médicos le dicen que tiene una importante lesión en el pulmón, se ve obligado a abandonar las clases y a ganarse la vida colaborando en revistas. Poco después publica su primera novela, La máquina del tiempo. Ésta es acogida con entusiasmo y Wells queda consagrado como escritor.

El liberalismo romántico era entonces la fe común en Inglaterra, compartida por poetas, filósofos y políticos, y Wells eligió la novela científica como medio para plasmar las imágenes y los símbolos de aquella fe popular. A La máquina del tiempo siguieron otras creaciones de argumento fantástico, de las cuales quizá la más conocida, gracias a la película que de ella se hizo con el mismo título, sea El hombre invisible. Las novelas de Wells habían sido precedidas por las de Julio Verne, que combinaba una fe infantil en la máquina con un cerebro práctico y un culto por las matemáticas. Wells siente de un modo muy distinto. También él, como su predecesor, quiere atravesar el espacio y aterrizar en la Luna, pero, lejos de dedicar páginas y páginas a la descripción minuciosa y detallada del aparato, no se anda por las ramas e inventa la «cavorita», un material refractario a la fuerza de gravedad con el que, de un plumazo, por así decirlo, resuelve el problema.

Otra fantasía wellsiana, La guerra de los mundos, dio lugar, en 1938, en Norteamérica, a una de las mayores manifestaciones de histerismo colectivo de los últimos años. El gran actor dramático Orson Welles lanzó, por las antenas de la «Columbia Broadcasting System», una versión libremente adaptada de la novela del escritor británico. Con tan extraordinario realismo se expresó imaginando ser uno de los pocos supervivientes de la catástrofe, que miles de personas en todo el país recogieron sus enseres prefiriendo huir precipitadamente antes de ser víctimas de los marcianos. Al fin, las emisoras nacionales consiguieron convencer a los ingenuos de que ningún monstruo de otro planeta había aparecido sobre la Tierra, y todo volvió a la normalidad. Once años después, en febrero de 1949, una emisora de Quito lanzó una nueva y también realista versión de la invasión de los marcianos, dando partes y boletines con nombres de ciudades ecuatorianas. Al principio, el público reaccionó como habían reaccionado los americanos del Norte, lanzándose histéricamente a la calle y pidiendo auxilio. Pero al enterarse de la verdad se negó a tomar la cosa con filosofía y a reírse de su propia credulidad, e, hirviendo de indignación, se dirigió al edificio de la emisora y le prendió fuego. Cuando apareció la policía (que, junto con los soldados, se había precipitado a repeler el ataque de los marcianos), ya nada podía hacerse. El edificio y todo su contenido había quedado destruido.

Pasan los años y el impulso romántico de H. G. Wells va consumiéndose, o, para ser exactos, va buscando un nuevo medio de expresión. Hasta entonces le había fascinado la Ciencia, sus posibilidades y el inmenso campo que ofrecía a su fantasía, casi con exclusión de todo otro tema. Ha estado tanto tiempo ocupado en soñar, que, aunque nunca llegó a olvidar del todo al hombre de la calle, no ha prestado atención a sus problemas. Ahora Wells mira a su alrededor y lo que ve le llena de indignación. Al principio se contenta con dar salida a sus emociones creando una serie de personajes al estilo de los de Dickens, figuras cómicas que llegan a ser trágicas, al luchar contra su propia ignorancia y esforzarse por salir a la superficie del abismo de prejuicios en que se hallan sumidas. Wells ha inmortalizado al habitante del suburbio, del pueblecillo, dando a su voz, a sus ideas y a su personalidad formidables dimensiones. Es en esta época cuando escribe tres deliciosas comedias, Kipps, La historia de Mr. Polly y El amor y Mr. Lewisham, y aunque sus tipos son esencialmente británicos y Victorianos, su simbolismo es universal. Esta lucha contra todo lo que hasta entonces había oprimido a la pequeña burguesía, contra los magnates del mundo de los negocios, contra las creencias religiosas tradicionales y los políticos ambiciosos, va adquiriendo poco a poco caracteres de verdadera obsesión, y su pluma se convierte en el arma ofensiva con que ataca a todos los principios establecidos. Uno de los productos característicos de esta nueva fase es la novela Cuando el durmiente despierta, que es, simplemente, una exageración de las tendencias de entonces: edificios más altos, ciudades más grandes, capitalistas más malvados y trabajadores más oprimidos que nunca.

Y, sin embargo, Wells no es comunista. Es demasiado individualista para serlo. Su teoría consiste en «el hombre para el hombre», la teoría del socialismo, en oposición a la del comunismo, que es «el hombre para el Estado», y a la del cristianismo, que es «el hombre para Dios». Es, pues, un socialista convencido, y por lo tanto se convierte en uno de los miembros más activos de la Sociedad Fabiana, a la que se empeña en considerar como la minúscula semilla de la que ha de nacer el gran Estado Mundial que describe en Una utopía moderna. Su fertilidad es asombrosa y publica libro tras libro. Gramaticalmente está lejos de ser siempre correcto y no se preocupa de pulir su prosa, porque son tantas las cosas que tiene que decir, que se apresura a terminar una obra cuanto antes para poder comenzar la siguiente. Pero su vocabulario es tan rico, su forma de expresión tan lúcida, tan grande la fuerza creadora de su imaginación, que contagia su entusiasmo al lector y éste no advierte sus defectos de forma.

Un libro que armó gran revuelo a causa de la gazmoñería hipócrita de la sociedad de entonces, fue Ana Verónica. Aquí Wells toma como argumento un importante problema social y doméstico, y lo trata con seguridad admirable. Ana Verónica es la historia de una joven que vivió en los años en que el «sufragio femenino» fue la manifestación más conspicua, aunque no la más significativa, del despertar de la mujer. La Prensa londinense vilipendió la novela al hacer ésta su aparición y hasta llegó a proponer que su autor sufriera el ostracismo social y literario. Pero muchas personalidades eminentes de la época salieron impetuosamente en su defensa, entre ellas G. K. Chesterton y Bernard Shaw. A pesar de todo esto, o quizá precisamente por ello, el libro obtuvo un gran éxito.

De pronto, como un explosivo, surge Dios en los escritos de Wells. Su aparición es muy fugaz. Es un estallido reaccionario contra la Monarquía, contra el hecho de que el poder nominal o efectivo estuviera en manos de un solo hombre. Así, pues, en su novela Dios, el Rey Invisible, nos presenta a un Rey Dios, a un jefe bélico elaborado por él, a quien muy pronto vuelve a sumir en el olvido. La mejor de sus novelas ideológicas es El fuego inmortal, basada en el libro de Job.

Más claramente propagandísticas son las obras que escribió al comenzar la segunda década del siglo, en las que se siente, más que nunca, el apóstol de lo que hoy no es otra cosa que el laborismo británico. Y llega la primera contienda mundial. Wells escribe incesantemente, actúa como corresponsal de guerra y confía en la Sociedad de las Naciones. Echa un vistazo al pasado de la humanidad y escribe su Esquema de la Historia Universal (1920), al que sigue una Breve historia del mundo (1922). Pero como historiador, a Wells le ocurre como con la política. Entiende la historia poco menos que como una actividad intelectual. El resultado es de un pesimismo atroz. Si en más de una de sus fantasías nos muestra al hombre en una instintiva entrega a las fuerzas oscuras de su origen primero, para él toda la dinámica de los hechos se reduce a un afán de destrucción, a veces superior al instinto de conservación. No ve ninguna especie de grandeza en lo que el historiador tiene como puntos decisivos del desarrollo de la civilización.

 Es curioso, sin embargo, este pesimismo suyo, porque hay en él una mezcla de comprensión y de intolerancia realmente sorprendente en un hombre que se tuvo siempre por idealista. Pero es que ese idealismo suyo es, también, una rara mixtura. Wells no cree en el hombre; cree en la Humanidad. No cree en la civilización —quizá porque, en el fondo, fuese un convencido de que no se ha logrado todavía—; cree en el progreso. En una de sus novelas más divulgadas nos ofrece una visión escalofriante de un mundo que, tras cierto período de guerras, ha vuelto a un estado de terror primitivo; es la aviación; cuyos adictos han acabado por formar una especie de hermandad, la que redime a la Humanidad embrutecida.

Es aquí donde puede verse resumida toda la actitud ideológica de Wells. El Hombre, de por sí, no es nada sin un bagaje común de ideas y de sentimientos. La superación del estado actual de la civilización debe ser obra mancomunada. Pero él, que, por un momento, aparece como máximo paladín de una inteligencia entre todos los países del orbe, se siente íntimamente desencantado con la obra de la Sociedad de Naciones y manifiesta este desencanto suyo en materia de cultura entregándose de lleno al P. E. N. Club, que intenta reunir a todos los poetas, ensayistas y novelistas libres en una misión colectiva, ya que —son palabras suyas— la labor del escritor «ha de ser considerada como una sugestión y no como una proeza. Nuestra labor es sembrar ideas, sembrarlas de cualquier manera».

Todo pensamiento nuevo halla un estímulo en la obra y en la vida de Wells. El hecho de que, por lo general, tenga mayor solidez su crítica que sus construcciones, no sirve más que para definir con mayor relieve su oficio y no comprueba menos lo esencial de su personalidad creadora. Produce un estado de ánimo que se eleva sin dificultad —y, si se quiere, sin pensamiento consciente— por encima de las barreras sociales y de la tradición histórica, y que tiende a considerar el cambio no sólo necesario, sino normal y deseable. Provoca un sueño y un anhelo; y de ambos brota la voluntad de creación.

A pesar de todo, hay que reconocerle como artista más que como creador de utopías. Desde sus diecinueve años pobló nuestro firmamento literario de estrellas deslumbrantes, y la admiración y el interés que despertaron al aparecer no puede borrarse así como así. Lo curioso es que su posición en la literatura contemporánea es tan paradójica como su concepto del idealismo: fue, y aún es, una figura popular, pero, al mismo tiempo, aislada. Con la excepción, por ejemplo, de un Bernard Shaw, entre los ingleses, no hubo escritor de su calibre que en vida consiguiese más amplia audición del hombre de la calle, y aun de la élite. Sin embargo, no parece que su influencia sobre la literatura anglosajona de nuestros días haya sido mucha. Quizá puedan señalarse algunas reminiscencias en Sinclair Lewis, en Sitwell y en Aldous Huxley; y aun en Lawrence y Joyce. Pero si es verdad que todos ellos rindieron tributo a la manera de Wells, no es menos cierto que, pronto, salieron a escape de su órbita en busca de la propia personalidad.

Wells aparece asimismo distanciado de los escritores consagrados de su propia generación —Arnold Bennett, Joseph Conrad, John Galsworthy—; y para él no existen los grandes novelistas del continente. Galsworthy hace pensar, por ejemplo, en Turgueniev; y ambos, en una ascendencia francesa común. No era, tampoco, un estilista, ni le importaba serlo. «La literatura —escribía en cierta ocasión— no es orfebrería, y su finalidad no es precisamente la de la perfección; cuanto más se piensa en cómo debe hacerse, menos se logra. Estas debilidades conducen a un camino fatal, que se aparta de todo interés natural para ir hacia el vacío de un esfuerzo técnico, un egoísmo monstruoso de artífice de que es testimonio monumental la última obra de Henry James».

Las innovaciones que Wells ha introducido en la técnica novelística son casi exclusivamente intelectuales. Sobre todo, claro está, en la novela de tipo científico —las suyas son únicas en su género—. Tal vez sean estas obras suyas las que mejor se han comprendido, por la total sumisión de su argumento a una sola idea. Pero en las novelas propiamente dichas —es decir, en las que por su carácter formal podríamos incluir en el concepto clásico de la novela—, en Tono-Bunbay, en El nuevo Maquiavelo encontramos una fuerza intelectual y una intención crítica que, en cierto modo, son rigurosamente nuevas en la literatura insular, y que han hallado innegable resonancia en las últimas generaciones. En cuanto a sus últimas producciones —son palabras de Geoffrey West, su biógrafo más conspicuo—, «representan un ensayo menos aceptable, y el resultado es un producto híbrido sin impulso renovador, porque le falta vitalidad».

Este hombre, que pensó siempre en futuro, no le pedía nada a la posteridad como escritor. Beresford dice de él que «ha confesado una profunda incredulidad hacia la obra de arte perfecta o permanente. Todo arte, toda ciencia, más exactamente, todo cuanto se escribe, no son sino ensayos. A toda obra de arte le llega el momento en que ya ha servido su propósito y no guarda el menor rastro de su significado». Realmente, no otra cosa puede deducirse de la actitud de un hombre que prefería a todas las clasificaciones la de periodista. Y no por razón de modestia, sino porque en la obra de arte valoraba más lo que encierra de lógico que de élan vital.

Pero es innegable que, a pesar de esta actitud suya y de quienes la comparten, un considerable número de sus obras seguirá siendo, durante muchos años, espolique para las ideas y fuente de emoción para los sentidos. Es evidente que parte de ellas han cumplido con su propósito inicial y, por lo tanto, han perdido todo, o casi todo, su significado. Pero Una utopía moderna, Anticipaciones, El descubrimiento del futuro, La conspiración abierta, como Boon y Primeras y últimas cosas, poseen tal interés como profesión de fe personal que no dejarán de ser leídas tan fácilmente. La visión del pasado humano a través de un solo hombre asegura la permanencia al Esquema de la Historia Universal. En cuanto a sus novelas científicas y a sus narraciones cortas, no es difícil convenir en que son demasiado pródigas en maravilla y fascinación —elementos siempre románticos por intelectuales que sean— para no sobrevivir en casi su totalidad.

Está claro que Wells tiene sus detractores. Pero ni la crítica más exigente se atrevería a negarle un valor de universalidad. Anatole France, que, como le pasase por el magín, no dejaba títere con cabeza, le describió como la fuerza intelectual más poderosa del mundo literario inglés; y el propio Wells escribía, con la mayor sinceridad, en el prólogo a sus obras completas, que «en el resumen definitivo de estos volúmenes se ve que hay en ellos algo que no se había dicho antes, y que se ha dado forma a algo que antes no se había formado». El centenar —o quizá más— de libros y ensayos que constituye el núcleo central de sus escritos, representa una actividad y un resultado difícilmente igualables; un desfile notabilísimo de investigaciones, críticas, temas y sugerencias. A estas cualidades deberán su perdurabilidad obras como El hombre invisible, La guerra de los mundos, La máquina del tiempo, Una utopía moderna, Kipps, La guerra en el aire, Tono Bungay, La historia de Mr. Polly, El nuevo Maquiavelo, El alimento de los Dioses, y una buena selección de historias breves tales como «La estrella», «La puerta del muro», «El país de los ciegos», «Bajo la cuchilla», «La historia del difunto Mr. Elvesham», «El hombre que podía hacer milagros» y «Una visión de criterio».

Trabajador incansable, hombre de inagotable vitalidad, durante los últimos tiempos de su existencia sólo sentía la preocupación de que la muerte le sorprendiese sin «darse cuenta» y, quizás en una lucha inconsciente contra aquel temor, le salía al paso pluma en ristre, escribiendo incluso cuando a los demás les parecía físicamente imposible. Hacía mucho tiempo que los médicos habían pronunciado la última sentencia cuando se dedicó a no aceptar la ayuda de nadie. En 1945, cuando ya se le daba incluso por muerto, cogió el guion de una película, The Way of the World Is Going, y trabajó en él como si tal cosa. Un atardecer de 1946, exactamente el 13 de agosto, se sentó al borde de la cama, llamó y pidió a su sirvienta que le cambiase el pijama. Se sentó de nuevo, y dijo: «Proseguid; yo ya lo tengo todo». La sirvienta desapareció por unos minutos. Cuando volvió, Herbert George Wells, el hombre que pensó siempre en el futuro, había entrado en él definitivamente.

Nellie Mansó de Zúñiga

jueves, 16 de octubre de 2025

MANUEL J CASTILLA

 



N ota al lector En las Obras Completas de Manuel J. Castilla, se recogen los tra bajos que el poeta reunió en libros, además de dos obras inéditas: una en poesía (bajo el título de Poemas inéditos) y otra en prosa: ¿Có mo era? En el libro Poemas inéditos de estas Obras Completas se incluyen trabajos de distintas fechas que Castilla no llegó a agrupar en un volu men y que, en algunos casos, se encontraban en proceso de elabora ción, por lo que esta obra no posee un ordenamiento definitivo conce bido por Castilla como un libro cerrado. Tampoco integran estas Obras Completas las letras de canciones, las conferencias, los artículos periodísticos (todos de tono literario), los poemas para recitales especiales y aquellos otros ocasionales o de tono satírico. El primer libro de Castilla, Agua de lluvia, se incluye entero aun que el autor hubiera optado, según lo manifestara a sus amigos, en ha cer una selección de los poemas en caso de publicar sus obras comple tas, dado el carácter de “poemas de juventud” de la obra. No obstante, creemos que su recuperación total será importante a la hora de enca rar un estudio a fondo de la obra de Castilla. En la nómina de obras publicadas por Castilla, figuran Amantes bajo la lluvia, Tres veranos y Cuatro carnavales que son plaqueta cuyos poemas ya están incluidos en sus libros

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 Manuel J. Castilla (1918–1980) fue un poeta, letrista, escritor y periodista argentino profundamente arraigado en la tradición folclórica del noroeste de su país. Nacido en Cerrillos, Salta, su obra celebra la tierra, la naturaleza y el alma popular, con una voz lírica que supo entrelazar lo íntimo y lo social.

📚 Algunos rasgos clave de su legado:

  • Su poesía se caracteriza por una profunda conexión con el paisaje salteño y la vida rural, con un tono celebratorio y melancólico.

  • Fue pionero en introducir la poesía social en la literatura del interior argentino, como en Copajira (1949), donde retrata la dura vida de los mineros bolivianos.

  • Colaboró con músicos como Cuchi Leguizamón, creando letras que se volvieron clásicos del folclore argentino.

  • Su obra más emblemática, Los cantos del gozante, representa el punto culminante de su lírica, donde el gozo y la contemplación se funden en una voz mística y terrenal.

🪶 Castilla no solo escribió: ritualizó el paisaje, la memoria y el dolor. Su tumba en el Cementerio de la Santa Cruz en Salta es hoy símbolo de una poética que sigue resonando en la música, la literatura y la identidad del norte argentino.

En colaboración: Dr. Enrico Pugliatti y Méndez-Limbrick



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Introducción Federico Peltzer POESIA SOBRE LA POESIA (En la literatura argentina

  Introducción Quizá la primera actitud del hombre, al evolucionar en el uso del leng ua- je, haya sido la de contar aquello que le había ...

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