lunes, 13 de octubre de 2025

Jesús Quintero y Antonio Gala 13 Noches Fragmento.


       

Jesús Quintero y Antonio Gala en 13 Noches— es una joya editorial, un acto de resistencia lírica y filosófica que merece ser ritualizado. El programa 13 Noches, emitido en 2002 por Canal Sur, fue una serie de entrevistas íntimas y nocturnas conducidas por Quintero, donde Gala apareció como invitado estelar en la primera noche, marcando el tono de todo el ciclo.


🎙️ 13 Noches: El Verdugo y el Místico

Jesús Quintero, el “Loco de la colina”, encarnaba el silencio como herramienta de revelación. Su estilo pausado, casi litúrgico, convertía cada entrevista en un acto de confesión.


Antonio Gala, en esa primera noche, se presentó como profeta del deseo, crítico del poder, y místico del amor. Su voz, su mirada, su forma de sentarse, eran parte del ritual.


“Yo no soy un hombre de este tiempo. Soy un hombre de todos los tiempos.” —Antonio Gala, 13 Noches, Noche 1


🕯️ Ritual editorial de esa noche

Lema: “La palabra como resistencia, el silencio como revelación.”


Emblema: Una rosa abierta sobre un reloj sin manecillas.


Crítico simbólico: Gala como “El Guardián del Deseo”, Quintero como “El Verdugo del Ruido”.


📺 ¿Qué ocurrió en esa entrevista?

Gala habló de la muerte, del amor, de la política como teatro, de la belleza como deber.


Quintero lo dejó hablar, lo miró como si fuera un oráculo.


Fue una noche donde la televisión se convirtió en acto poético, no en espectáculo.     

***

Jesús Quintero y Antonio Gala

 

 13 Noches

 

 

           

            Título original: 13 Noches

 

            Jesús Quintero y Antonio Gala, 1999

 

            Retoque de cubierta: FLeCos

 

            Editor digital: FLeCos

 

            ePub base r1.2

 

             

 

 

 


            A Joana Bonet Camprubi

 

 


 Introducción

 

 

            La televisión era una mina abandonada y saqueada. La televisión era la palabra que más se pronunciaba y el tótem de mayor culto. Se leían menos periódicos y revistas que en los años treinta. El pueblo vivía en permanente zapping. Nada ni nadie existía si no salía en la caja tonta. Ser era ser visto y la televisión estaba para ser visto, para salir. Los mercaderes y los políticos aprovechaban el medio más poderoso de todos los tiempos para vender su mercancía. La basura, el morbo, la frivolidad, la violencia, el sexo y el sentimentalismo barato y de lágrima fácil se habían convertido en el único reclamo para atraer a la audiencia, a la que se halagaba alimentando sus más bajos instintos. Todos buscaban una primacía absurda, porque además no había primicia. Todos buscaban el gran caso que les permitiera montar un juicio paralelo cada noche en sus programas. Todos buscaban la gran exclusiva que hiciera reventar los audímetros y les supusiera el mayor pelotazo de su vida. Pero, mientras tanto, se dedicaban a copiarse, a repetir los mismos argumentos con los mismos inevitables personajes, cada vez peor y con menos gracia. La televisión estaba llena de bufones millonarios. Los informativos perdían rigor y credibilidad y pasaban a formar parte del espectáculo. Los debates eran gallineros en los que se imponían el guirigay, el grito, el golpe de efectos, las bromas de mal gusto, las descalificaciones, los insultos, y la más elemental falta de ética y de respeto. No había ideología ni ideas ni reflexión ni opinión. Todo era fuego de artificio, pirotecnia, vacío intelectual y moral. Los platos estaban llenos de un público mercenario, que se emocionaba, aplaudía, lloraba o reía a una orden del regidor. Nada era espontáneo ni verdadero ni auténtico. Se hacía una programación para bobos que no entendían nada mínimamente profundo ni tenían otra inquietud en la vida que las desgracias de los culebrones y los cotilleos de la prensa rosa. Si el pueblo supiera lo que realmente piensan de él los que programan las televisiones públicas y privadas, probablemente habría otra guerra civil. España entera era una portería. La televisión pasaba de la cultura como de algo aburrido y que no le interesaba a nadie. En su circo no había lugar para los sabios, los filósofos, los intelectuales, los líderes de opinión, los creadores, los poetas, los hombres y mujeres que de verdad tenían cosas interesantes que decir e historias que contar. En la patria de Cervantes, de Picasso, de Federico García Lorca y de Juan Ramón Jiménez los reyes de la audiencia eran las Veneno, los padres Apeles, los Chiquito de la Calzada y los Lequio de turno. La noticia más importante de la década era que la becaria Mónica Lewinsky había aprobado el examen oral en el despacho oval. Las portadas y los espacios de prime time estaban reservadas a las estrellas de la Liga de las Estrellas, a las diosas de las pasarelas y a los más famosos de entre los guapos, ricos y famosos.

            En este desolador panorama, en este Apocalipsis de la verdadera comunicación, tuve la idea y el placer, hace años, de grabar una serie de televisión con el escritor Antonio Gala. Se trataba de «Trece noches», un programa que se emitió en Andalucía, con el que pretendíamos reivindicar la palabra, el diálogo, el pensamiento, la sabiduría, frente a la basura que inunda los medios.

            Una mesa, una luz azul, dos hombres, la noche y la palabra eran los únicos elementos con los que se quería atraer la atención del espectador inteligente y sensible, cansado de la televisión fecal.

            Durante trece noches, Antonio Gala y yo dialogamos, en profundidad, sin prisas, sobre trece temas de ahora y de siempre: el amor, el sentido de la vida, el paso del tiempo, la soledad, la muerte, la guerra y la paz, la religión, la política, el dinero, España y los españoles, los mitos, los paraísos, el arte y la cultura. El resultado, en mi opinión, es un documento único, imprescindible para conocer de cerca y a fondo a uno de los más brillantes intelectuales del siglo XX: Antonio Gala, dramaturgo, poeta, novelista, un hombre culto, valiente, ameno y profundo, dotado de un envidiable poder de comunicación.

            Con «Trece noches» quería alejarme de mi etapa de malditismo y marginalidad. Después de haber profundizado en anteriores programas, como «El perro verde» y «Qué sabe nadie», en la locura, las situaciones límite, lo excepcional y lo raro, en definitiva, ahora necesitaba enfrentarme a la sabiduría y al conocimiento, en un intento revolucionario de regresar al principio, al verbo, de rescatar la palabra de esa maraña de imágenes, casi siempre frívola y engañosa, en la que está atrapada, para devolverle su auténtico protagonismo.

            La serie se grabó en Sevilla. Antonio Gala llegó con su secretario, se instaló en un pequeño apartamento de la judería sevillana y se concentró en el trabajo. Fue quizá lo primero que me llamó la atención: su seriedad profesional, el rigor que se exige a sí mismo y, en consecuencia, exige a los demás. Aunque le sobran recursos e ingenio para salir brillantemente de cualquier trance, se preparaba cada encuentro como si fuese a pasar un examen.

            La idea del programa no era hacer trece entrevistas, a un personaje, sobre trece asuntos, sino dialogar con un maestro de la palabra, con un hombre sabio, sobre trece temas, en el sentido casi platónico del término diálogo. Gala era, de algún modo, Sócrates, y yo un alumno que preguntaba con la curiosidad de quien busca respuesta. Sin embargo, no siempre estábamos de acuerdo. El discípulo, a veces, salía respondón y rebelde, con lo que el choque, el enfrentamiento, la esgrima dialéctica se hacían inevitables.

            Durante las trece noches procuré que Antonio Gala no se perdiera en las estrellas, que hablara al nivel del hombre, con los pies en la tierra, y siempre que podía intentaba desequilibrarlo y bajarlo a la cruda realidad, con preguntas desconcertantes, irónicas e incluso impertinentes.

            En cada programa procuraba introducir cuestiones personales, porque no sólo me interesaba la visión teórica de Gala sobre cada tema, sino también, y sobre todo, su experiencia humana, su visión directa y su reflexión práctica.

            Como buen dramaturgo, Antonio Gala conoce a la perfección todos los recursos del teatro, y los emplea como un actor magistral. Confieso que, por momentos, me hacía dudar de la sinceridad de su discurso. No sabía si lo que me estaba diciendo lo sentía de verdad o sólo lo interpretaba magistralmente.

            El diálogo discurría, a veces, ceremoniosamente, remansándose en bellos y profundos parlamentos. Otras, por el contrario, era un chispeante toca y daca, un continuo intercambio de preguntas, como una ráfaga de metralleta.

            Antonio Gala es una de las personalidades más carismática de este país, aunque no tenga una opinión muy favorable del carisma: «Cuando escucho carisma, se me pone la carne de gallisna», me dijo una noche que hablábamos de la política. Pese a ello, él es un personaje carismático que llega a todo tipo de públicos. La prueba es que en un país, como el nuestro, en el que pocos leen, Antonio Gala es un escritor del que todo el mundo ha oído hablar y al que todo el mundo ha oído hablar alguna vez, supongo que con fascinación.

            Una de las virtudes que más me impresionan de Gala es su valentía, su independencia y libertad de pensamiento, esa disposición a jugársela, si hace falta, por defender sus verdades en voz alta.

            Otra de sus cualidades es su don de comunicación. Siempre me han fascinado los oradores, los maestros de la elocuencia. No creo exagerar si afirmo que Antonio Gala es, para mi gusto, el más brillante hablador de estos tiempos, aunque sé que es mucho más que un orador. Él es, en directo, mejor que cualquiera de sus libros.

            Después de casi treinta horas de charla ante una cámara y muchas más en privado, creo que conozco un poco a Gala. Hemos convivido y lo he visto de cerca. He sufrido sus caprichos, su divismo —no siempre amable—, su mala uva cuando las cosas no son como él espera o desea y los picotazos de su afilada lengua. A veces, es como un niño, puede ser duro y arrogante. Tiene carácter y lo manifiesta.

            Pese a sus manías, estoy convencido de que Antonio Gala es mucho mejor al natural. Aunque no es un hombre fácil, gana cuando se le trata de cerca. En sus apariciones en público suele dar la imagen que de él se espera: brillante, poético, casi rozando lo sublime… Pero Antonio Gala es todo eso y mucho más. Es tierno, divertido, socarrón, ingenuo como un niño a veces, desconfiado, profundo, superficial, ingenioso… Como Oscar Wilde, es un creador de frases para la posteridad, que con frecuencia se pierden sin que nadie las recoja. Gala acuñó célebres expresiones, como «contra Franco vivíamos mejor» o «el oro del becerro», que luego se han hecho populares.

            Este libro, sin ir más lejos, está lleno de frases rotundas y de golpes geniales. Cuando le pregunto, por ejemplo, que qué mundo le gustaría dejarle a sus hijos, Antonio Gala me responde: «Hombre, a mí me gustaría, sobre todo, dejarle algunos hijos al mundo». Cuando le pregunto si habla solo, me contesta: «En España, muchas veces, hablar solo es la única manera de tener una conversación coherente». A la pregunta: ¿cree usted en un amor para toda la vida?, responde: «Para toda la vida de los demás, sí; para toda la vida mía, no». Cuando le digo: usted estuvo una vez en la frontera de la muerte, ¿no?, exclama: «¿En la frontera?… ¡Estuve en San Juan de Luz, como mínimo!». A propósito de la muerte, recuerdo un día que paseábamos por Buenos Aires Antonio y yo. En un momento dado, saqué el tema de Andalucía y de lo mal que trata a sus mejores hijos. Desde Blanco White a Cernuda cuántos andaluces habían tenido que abandonar su tierra, huyendo del desprecio. Le decía a Gala que en Andalucía la gente sólo era solidaria con los muertos, en los entierros. A lo que Antonio me contestó: «Sí, pero a los entierros van para comprobar si el muerto se ha muerto de verdad. No se engañe usted, amigo Quintero». Podría citar miles de ejemplos más de la agudeza y de la rapidez mental de Gala, pero prefiero que cada lector los descubra por sí mismo.

            En «Trece noches» Antonio Gala aparece tal cual, al natural, fiel a su imagen, pero enriqueciéndola con perfiles menos conocidos, que lo humanizan más si cabe y lo acercan al lector. El libro, al igual que la serie de la que procede, ofrece la oportunidad de pasar trece veladas con Antonio Gala, en amena y siempre provechosa tertulia. Gala tiene la virtud de hablar como si le hablase a una sola oreja, de hacer que quien lo escucha sienta que le habla a él. En «Trece noches» esa sensación es aún más fuerte, puesto que siempre se pretendió tener presente al espectador, a nuestros «semejantes», como a Gala le gustaba decir al referirse al público, a la audiencia.

            Creo, por tanto, que el principal atractivo de este libro es que nos permite conocer directamente, de primera mano, a un personaje singular que reflexiona, desde el conocimiento y la experiencia, sobre algunos temas sobre los que todos hemos reflexionado alguna vez. Un personaje que no sólo dice cosas hermosas y verdaderas, sino que se implica y se retrata a sí mismo a través de sus opiniones, anécdotas y recuerdos.

            En «Trece noches» está el mejor Antonio Gala, ese Antonio Gala del que ya dije que gana cuando se le trata de cerca, cuando uno se aproxima a su área de fuego y la atraviesa para calentarse.

            —¿Usted se deja acariciar?

 

            —Depende.

            —¿De qué?

 

            —¿Qué está usted insinuando en este instante?

            —Nada malo. ¿De qué depende?

 

            —Depende del momento, de la ocasión, de la mano… No se crea usted. Yo estoy cada vez más propenso a la caricia.

            —Yo le veía arisco.

 

            —Tengo fama de arisco, tengo fama de distante. Pero es que, verdaderamente, al distante hay que aproximarse para que esté menos distante. Hay un área de fuego, que tiene cada ser humano, y hay que atravesarla, para calentarse en ella, para quemarse si es preciso.

            En «Trece noches» Antonio Gala nos permite que nos aproximemos a él, sin reserva, como amigos que charlan animadamente en la mesa de un café de lo divino y de lo humano, mientras pasa la noche.

 


 Palabras previas de Antonio Gala

 

 

            Me he resistido a autorizar la publicación de este libro un poco más de lo posible. Tenía razones que a mí me parecieron de peso; pero a mí solo, por lo visto. Se trata de unos diálogos mantenidos de forma oral para televisión. Es decir, el último aseo y corrección de la frase queda fuera de lugar, porque lo escrito se fragua en un mundo distinto de lo coloquial, incluso en el campo del teatro, en el que lo coloquial es el producto de una reflexión intencionada y anterior y hasta va acompañado por las acotaciones. Y, en segundo lugar, se trata de unos diálogos en que las expresiones, no ya verbales sino físicas y hasta faciales, tienen verdadero protagonismo. Se me antojaba —y se me antoja— que, al ser leídos en lugar de al ser vistos, pierden buena parte de su mordiente y de su gancho.

            Dos impulsos me movieron a acceder a su impresión: primero, el de la editorial, que coincidía con Jesús Quintero, partidarios los dos de hacer público en libro algo que, más o menos, consideraban valioso y significativo. Segundo, el mío, al considerar que también el teatro se publica y tiene buen número de lectores que, en ocasiones, prefieren leerlo a verlo representado. De ahí que solicite, de quien se adentre en este libro, que supla, no sólo con su magnanimidad sino también con su intensa colaboración, las carencias que en este sentido pueda descubrir. Yo no he querido volver sobre lo dicho, precisamente para que la vuelta no me ratificara en mi postura tan contraria a la imprenta.

            En cuanto al modo con que Quintero y yo abordamos y cumplimos el proyecto, es él mejor que yo quien lo conoce. Estuvimos de acuerdo desde el primer momento, prescindiendo de combates, casi deportivos, posteriores. La elección de temas fue hecha por consenso. La diversión, en el alfo sentido germinal del término, que supuso para ambos fue evidente: lo pasamos muy bien grabando, en una Sevilla que celebraba su Semana Santa durante gran parte de la grabación. Creo que vivimos, mientras duró, en exclusiva para ella: nos absorbió y nos llenó la vida unos pocos días. Contamos con un equipo generoso y entusiasta, que nos jaleaba cada tarde en el estudio y fuera de él.

            La empresa llevó consigo una recompensa no pequeña: la de adentrarme en el complicado engranaje de Quintero, que conocía de contactos anteriores más cortos y tangenciales. Su seriedad para preparar y realizar su trabajo; su estudiada sencillez; las pausas que tan nerviosos suelen poner a sus entrevistados; la improvisación mucho más cuidada de lo que puede imaginarse; la absoluta fe en la dirección a seguir, una vez definida… Todo eso lo ofreció a mis ojos como un profesional en lo suyo igualable con mucha dificultad. Lo cual me ratificó en mi opinión de que no triunfa en ningún ámbito el que quiere sino el que se lo merece: con su trabajo, con su experiencia y con su entrega. Supuso un gozo y un aprendizaje enfrentarse, aunque sólo fuese dialéctica y corporalmente, con Jesús Quintero. A él le agradezco aún tal oportunidad.

            Y que sepan, los que se introduzcan en esta catarineta, que a ellos va muy en especial dedicado lo mío que haya en ella. Sobre todo a quienes, contemplados en su hora los programas de televisión, los grabaron y los cedieron y se recrearon o se recrean en ellos todavía. Uno no anda tan sobrado de campos donde sembrar como para desperdiciar o menospreciar los que se le oferten de una manera tan fraternal, tan bien dispuesta y tan sencilla. Con la misma donación de mí que puse cuando nacieron estas cintas, pongo ahora su texto, descarnado ya, entre las manos de quienes a él se acerquen. Gracias de todo corazón por ello.

            ANTONIO GALA

 

 


 ANTONIO GALA

 

 

 A MODO DE RETRATO IMPRESIONISTA

 

 

            J. Q.—¿Quiere hablarme de Antonio Gala como si fuera su peor enemigo?

 

            A. G.—Yo no creo tener muchos enemigos y, desde luego, no hablo mal de ellos. Pero si tuviese que hablar mal de mí, diría que soy petulante, que soy distante y que soy populista. No es verdad, pero lo diría.

            —¿Cuáles son sus pasiones?

 

            —Para desgracia mía, mis pasiones son leer y escribir, y espero que no sea para desgracia ajena.

            —¿Habla solo con frecuencia?

 

            —¡Naturalmente! ¡Por quién me ha tomado usted! En España, muchas veces, hablar solo es la única manera de tener una conversación coherente.

            —¿El día más triste de su vida?

 

            —Fue un día que preferiría no recordar, en el que me enteré, cuando ya era tarde, porque ya no me oía, que yo había sido el hijo predilecto de mi padre.

            —¿Qué es lo que no llegará a saber nunca?

 

            —Lo que hay después de la muerte, supongo. Porque, aunque me entere, ya no seré yo.

            —¿Soporta mejor a un hombre malvado que a un hombre vulgar?

 

            —Soporto mejor al malvado, porque me parece que el malvado descansa de cuando en cuando y el vulgar no descansa nunca.

            —¿Si lo tentara Satanás, se dejaría?

 

            —Pues mire, si tentó a Jesucristo, que era alguien tan por encima de mí, ¿por qué yo no me iba a dejar tentar? Además, no creo que el demonio pida permiso para tentar.

            —¿Por qué habla usted tanto, porque de pequeño no lo dejaban?

 

            —No, yo hablaba mucho de pequeño. Lo que sucede es que no me escuchaban y entonces tenía que hablar más.

            —¿Qué es lo único que le queda por probar?

 

            —Las lentejas. Hace tiempo que tengo decidido probarlas, pero no he tenido todavía la ocasión ni el valor.

            —¿Qué son los nervios?

 

            —Los nervios son esas cuerdas que, cuando no están bien templadas, acaban por estropear la sinfonía.

            —¿Cuál es la mayor dicha del ser humano?

 

            —Yo pienso (o por lo menos, en mi caso, así ha sido) que conocer con claridad cuál es su destino, y entrar en él de acuerdo, gozosamente.

            —¿Usted sabe a cómo está el kilo de besugo?

 

            —Pues, mire usted, calculando la cantidad casi infinita que hay de besugos, debe estar baratísimo.

            —¿Se conoce mucho?

 

            —Es una empresa larga ésa. Me conozco un poco. Prácticamente me he dedicado toda la vida a conocerme. Si no me conozco más, sin duda, es por torpeza mía.

            —¿Se quiere mucho?

 

            —No, no me quiero mucho. Me respeto más que me quiero. Soy como un padre para mí.

            —¿Le atormenta la duda?

 

            —No creo. La duda me enriquece, me serena y me ayuda a no juzgar.

            —¿Qué es lo que ha perdido para siempre?

 

            —Yo creo que ese amor que me iba a acompañar hasta el final.

            —¿Qué dolores soporta mejor: los del cuerpo o los del alma?

 

            —Usted sabe que yo tengo una salud verdaderamente poco envidiable. Entonces, a los dolores del cuerpo ya estoy un poco acostumbrado. Me los conozco, sé ponerme la cruz donde menos me duele, son invitados míos. Hombre, cuando aparece alguno, siempre me extraña que haya aparecido sin permiso; pero, en todo caso, prefiero los físicos.

            —¿A qué sucesos de su vida le metería fotocopia?

 

            —Hay veinticuatro momentos de mi vida que están plasmados en una colección de poemas, que se llama Testamento andaluz. A cualquiera de ellos. No me importaría que una fotocopiadora me los repitiera.

            —¿Rectifica mucho?

 

            —Procuro pensar bastante, pero luego me abandono. Creo que el tiempo y la vida toman las decisiones de una manera más sabia que nosotros. Sólo hay que seguirlos, obedecerlos.

            —¿Cuál es su utopía?

 

            —La vieja utopía del hombre: llegar otra vez a la libertad, llegar otra vez a la igualdad, llegar otra vez a la fraternidad. Mientras eso no se consiga, el hombre seguirá siendo un lobo para el hombre.

            —¿Cree usted en un amor para toda la vida?

 

            —En un amor para toda la vida de los otros, sí. Para toda la vida mía, no.

            —¿Qué hiere su sensibilidad?

 

            —Los gestos vulgares, la zafiedad cuando está fuera de lugar, cuando no es zafia ni vulgar esa persona. Eso es lo que más me hiere.

            —¿Cómo evita topar con la iglesia?

 

            —La iglesia dice que los caminos de Dios son imprevisibles e inescrutables sus juicios. Yo creo que la mejor manera es quitarse de en medio, porque, si no, se topa siempre. Ella es un bulldozer.

            —¿Qué poder le gustaría tener?

 

            —Yo creo que el único que tengo: ninguno. El de decir la verdad a los poderosos.

            —¿Es usted un hombre de costumbres austeras?

 

            —Mucho, mucho. Estoy seguro de que mucha gente se asombraría y no me envidiaría nada, si viera mi austeridad.

            —¿Le molestan las mujeres?

 

            —No, me molestan las generalizaciones. Es decir, hay algunas mujeres que me molestan, pero no por mujeres, sino por estúpidas. Y hay bastantes hombres que me molestan, pero no por hombres, sino por estúpidos.

            —Un lugar para nacer.

 

            —No puedo decir otro, Quintero, de ninguna manera, sino cualquiera de Andalucía.

            —Un lugar para vivir.

 

            —Vivo un poco a caballo y de perfil entre Madrid y Hoya de Málaga: una ciudad y un campo. Cualquiera de los dos, no siempre. Soy un sedentario sucesivo, diríamos.

            —¿Más sedentario que nómada?

 

            —Sí. Siempre he compadecido al caracol que, como dice la soleá, «va con su casa a cuestas, con más fatigas que Dios».

            —¿Un lugar para amar?

 

            —Cerca de un mar, de un mar pacífico. No de un mar irritado. No soy oceánico. Soy o Caribe o Mediterráneo.

            —¿Para envejecer?

 

            —Para eso no pido mucho. Creo que donde haya una chimenea y donde haya viejos amigos con quienes conversar, viejos leños que quemar, viejos libros que releer.

            —Pemán decía que el langostino iba para jamón. ¿Prefiere un buen libro a una caja de langostinos?

 

            —Sí, incluso un libro un poco menos bueno.

            —¿Cómo es la Andalucía de sus sueños?

 

            —La Andalucía de mis sueños es como pensamos que fue: culta, tolerante, generosa, justa, hospitalaria y fructífera.

            —¿Cómo es su Andalucía real?

 

            —Es un poco el proyecto frustrado de mi sueño.

            —¿Qué hubiera sido usted en la Andalucía esplendorosa, en la árabe: filósofo, poeta, emir, rabino, sacerdote o surtidor?

 

            —Me da usted una posibilidad magnífica. Pero de todas maneras me temo que, dado mi carácter, habría sido filósofo.

            —¿Qué mundo le gustaría dejarle a sus hijos?

 

            —Hombre, a mí me gustaría, sobre todo, dejarle algunos hijos al mundo. Y los habría preparado lo mejor posible.

            —¿A cuántas muertes ha sobrevivido usted?

 

            —Pues, hasta ahora, a todas. No han sido pocas.

            —Usted estuvo una vez en la frontera de la muerte, ¿no?

 

            —¿En la frontera?… ¡Estuve en San Juan de Luz, como mínimo!

            —¿Cree usted que deberíamos jubilarnos a los trece años?

 

            —Yo ya estoy jubilado desde mucho antes de los trece. Creo que cada uno debiera hacer lo que quisiera a la edad que quisiera.

            —¿Está usted ya en la edad de la meditación?

 

            —Si se refiere a que mi edad es provecta, está usted completamente equivocado. Hay gente muchísimo mayor que yo afortunadamente. No, en serio, no estoy en una edad tan grave como para que lo único que haga sea la meditación. Pero sí he sido siempre reflexivo.

            —Dicen que el loco lo pierde todo menos la razón. ¿Para usted qué es un hombre cuerdo?

 

            —Un hombre cuerdo, para mí, es el que actúa de acuerdo con su propia convicción. Pero con una convicción generosa, compartida, pacífica. Me parece que todo el que vaya contra corriente de la vida es el gran loco. Porque entonces está prefiriéndose a sí mismo a todo lo demás.

            —¿Usted se deja acariciar?

 

            —Depende.

            —¿De qué?

 

            —¿Qué está usted insinuando en este instante?

            —Nada malo. ¿De qué depende?

 

            —Depende del momento, de la ocasión, de la mano… No se crea usted. Yo estoy cada vez más propenso a la caricia.

            —Yo lo veía arisco.

 

            —Tengo fama de arisco, tengo fama de distante. Pero es que, verdaderamente, al distante hay que aproximarse para que esté menos distante. Hay un área de fuego, que tiene cada ser humano, y hay que atravesarla, para calentarse en ella, para quemarse si es preciso.

            —¿Cree que hay mucha gente dispuesta a aproximarse a los demás hasta el punto de quemarse?

 

            —Hay que hacerlo. Mire usted, en estos momentos todos estamos marcados por una serie de límites: los negocios llegan hasta tres metros, la amistad dos metros, el amor cincuenta centímetros… Estamos llenos de peldaños, crispados, erizados. Si nos damos la mano, es para cerciorarnos de que no tenemos armas. ¿En qué nos estamos convirtiendo? En enemigos de todos. No hay nada tan desconfiado como el hombre actual. No se atreve a pasear por la calle de noche, a ver la luna creciente, porque teme que alguien le dé un golpe en la nuca. No se atreve a confiar ni en el acto del amor. Teme abandonarse, estar inerme… ¿ante qué amenaza? ¿Cómo es posible que hayamos llegado al extremo de desconfiar hasta de nosotros mismos? No nos atrevemos a decirnos la verdad: que estamos solos, que tenemos miedo, que queremos ser acariciados, que queremos descansar en otro, que queremos amar y que nos amen.

            —¿El hombre le parece un animal que ama o un animal que razona?

 

            —A mí me parece admirable lo del hombre. Es un animal que ama razonando. Los demás animales parece que se tiran al amor como a una piscina. El hombre puede preguntarse por qué ama, por qué ha dejado de amar. Y puede resignarse a no dejar de amar, porque puede todo menos eso.

            —¿Para usted, todo está permitido en el amor?

 

            —Si el amor es correspondido, voluntariamente, todo. El amor no tiene la moral de las Bancas, ni de las cajas de ahorros, ni de los burgueses.

            —¿Le gustan los enamoramientos súbitos?

 

            —No, no quiero tener amores de una noche. No quiero la aventura, porque no sacia la sed, da más sed. En este momento, yo volvería al amor, pero volvería de una manera un poco especial. Esas parejas que andan como en una burbuja, aisladas por un foso del resto del mundo; esas parejas que lo primero que se compran es un confidente de dos asientos y un juego de café con dos tacitas me parecen absolutamente imbéciles. Comprensibles, porque en amor todo es comprensible, pero no me gustan. Yo ya necesitaría, con la persona amada, un proyecto en común; un proyecto en común en el que no interviniesen sólo el tú y el yo, ni el nosotros, sino que el nosotros abarcara también al ellos. Ya sólo puedo hablar de un amor mucho más grande. Todo lo que he hecho hasta ahora son ensayos; ensayos malos, por otra parte.

            —¿Le ha dedicado mucho tiempo al amor?

 

            —Infortunadamente, ese es un tren que me parece que he perdido o, por lo menos, he hecho viajes demasiado cortos. Me habría gustado llegar en ese tren a la estación fin de trayecto. No ha sido así y lo lamento. Supongo que ha sido culpa mía. Quizá debiera haber amado mejor o haber amado más o haberme dejado amar mejor o haberme dejado amar más. Todavía no es tarde.

            —¿Qué ha estudiado usted?

 

            —He estudiado Derecho, Filosofía y Letras, Ciencias Políticas y Económicas. He estudiado Teología. Es decir, no ejerzo nada de lo que he estudiado. He hecho oposiciones magníficas, pero no han significado, en principio, nada para mí. Sin embargo, creo que sí han significado. Me han enseñado a reflexionar, a estarme quieto, a contar (no hasta cien, sino hasta mil, muchísimas veces) y, por supuesto, han ejercitado una cosa que me parece esencial en el ser humano, que es la razón.

            —¿Dónde hay que tocar al ser humano para que espabile?

 

            —Yo supongo que siempre en el corazón. El corazón es el motor de todo. El corazón es lo que mueve el sol y las demás estrellas, cómo no va a mover al hombre.

            —¿Ha tomado alguna decisión para estas trece noches?

 

            —He tomado simplemente la decisión de estar aquí, de charlar aquí, de volcarme encima de esta mesa, de poner mi corazón aquí y esperar que otro corazón escuche. Pero sin decisiones previas, sin prejuicios y sin presentimientos.

            —¿Qué quiere decir en estas trece noches?

 

            —Yo no querría decir nada, pero me parecería egoísta no comunicar lo que yo he conseguido, que es poco, que hay gente que ha conseguido mucho más; tanto que probablemente no se brindaría a decirlo, porque consideraría que es indecible. Pero si para algo sirve lo que una cabeza normal, modesta, ha reflexionado sobre esos grandes temas sobre los que casi nadie reflexiona (la muerte, la guerra, la paz, el amor, el sexo, la vida…); sobre esos grandes temas que digerimos porque ya nos los dan digeridos, nos los dan ya pensados… Decir que cada uno sabe seguir su camino, que cuando se gana algo por sí mismo vale muchísimo más que cuando nos lo regalan. Eso es lo que quiero decir.

domingo, 5 de octubre de 2025

MISCELÁNEA. REVISIÓN DE NOVELA. EL RETORNANTE NOCTURNO. FRAGMENTOS

 Cuando regresamos don Julián Casasola Brown se había movido a la terraza oeste. De inmediato justificó: 




Me gusta mirar el nacimiento del día para luego irme a acostar. 

No entendí de inmediato el comentario de mi anfitrión, me desubiqué al momento de llegar al centro del penthouse: no ubiqué la voz porque lo busqué en la anterior terraza. 

Venga acá señor Hardin. 

Y entonces, pude ubicar la voz de mi anfitrión. Estaba al fondo de la terraza y que a diferencia de las demás glorietas, esta última poseía una gran mesa rectangular de mármol. Agregó:

Le comento el asunto del nacimiento del Sol porque tenemos mucho de qué hablar. ¿No le parece? Es una oportunidad que a pocos estoy interesado en darles. Estoy seguro que serán horas muy interesantes de plática. Usted no se puede imaginar señor Hardin cuántas personas darían “un ojo de su cara” - por conocer mis intimidades.

sábado, 4 de octubre de 2025

László Krasznahorkai Hungría Prosa densa y filosófica, Tango satánico FRAGMENTO NOVELA.

 

Tango satánico (1985), la primera novela de László Krasznahorkai, es una obra de culto que condensa la desesperanza postcomunista de Hungría en una estructura narrativa laberíntica, casi ritual. Su estilo es denso, hipnótico, filosófico: cada capítulo es un párrafo sin saltos de línea, como una letanía que arrastra al lector por un paisaje moral en ruinas.

 Retrato literario de Tango satánico

  • Escenario: Un pueblo húngaro desolado, donde llueve sin cesar, las casas se desmoronan y los habitantes viven en un estado de podredumbre física y espiritual.

  • Personajes: Irimiás, el falso profeta que regresa como salvador, pero en realidad es un estafador y espía. Los aldeanos, desesperados, lo siguen en una danza hacia la perdición.

  • Estructura: La novela está dividida en dos partes de seis capítulos cada una, dispuestas como un tango: primero del 1 al 6, luego del 6 al 1. Esta simetría crea un efecto de ciclo vicioso, de eterno retorno.

  • Estilo: Prosa torrencial, sin pausas, que exige una lectura activa. Krasznahorkai impide la inmersión pasiva: el lector debe luchar por cada significado, como si descifrara un texto sagrado o maldito.

  • Temas: Manipulación, esperanza traicionada, poder de la palabra, abismo moral, inhumanidad. El tango satánico es la celebración de una liberación falsa, una danza hacia el vacío.

  • En colaboración: Dr. Enrico Pugliatti y J. Méndez-Limbrick.

***

I

LA NOTICIA DE QUE LLEGAN

Una mañana de finales de octubre, poco antes de que las primeras gotas de un otoño largo e implacable cayeran sobre la tierra reseca y agrietada en la zona occidental de la explotación (para que luego un mar de barro hediondo volviera impracticables los caminos e inalcanzable la ciudad hasta la aparición de las primeras heladas), Futaki se despertó al oír unas campanadas. A unos cuatro kilómetros en dirección suroeste, en lo que fueron los antiguos terrenos de los Hochmeiss, se alzaba una ermita solitaria, pero ahí no quedaba campana alguna, es más, la torre se había derrumbado en la época de la guerra; y la ciudad se hallaba demasiado lejos para que de allí llegara sonido alguno. Además, esos sones triunfales, entre retumbantes y tintineantes, no semejaban los de una remota campana, sino que parecían venir de cerca («como si fuese del lado del molino…»), traídos por el viento. Futaki se acodó sobre la almohada para mirar por el ventanuco de la cocina, pero la explotación, sumida en los colores azulados del alba y en el ya menguante repiqueteo, permanecía en silencio e inmóvil al otro lado del cristal medio empañado: en aquellas casas alejadas la una de la otra, sólo la ventana del doctor velada por una cortina filtraba cierta luz, pues se daba la circunstancia de que su habitante llevaba años sin poder dormirse a oscuras. Contuvo la respiración para no perderse ni uno de aquellos toques que iban y venían como una marea, pues quería averiguar su procedencia («Seguro que estás dormido todavía, Futaki…») y para ello necesitaba cada sonido por muy tenue que fuese. Con sus ya legendarios pasos de suavidad felina, se acercó renqueando por el gélido suelo de mosaico de la cocina a la ventana («¿No hay nadie despierto? ¿Nadie lo oye? ¿Nadie salvo yo?)», la abrió y se asomó. Lo asaltó un aire húmedo y acre, y hasta tuvo que cerrar los ojos un instante; en medio del silencio intensificado por el canto de un gallo, por lejanos ladridos y por el aullido de un viento cortante y feroz que acababa de levantarse aguzó el oído, mas fue en vano, pues no oyó nada excepto los latidos opacos de su corazón, como si todo no hubiera sido más que el juego fantasmagórico de su duermevela, como si («… alguien hubiera querido asustarme»). Contempló con tristeza aquel cielo que no auguraba nada bueno, los restos abrasados del verano recorrido por bandadas de langostas, y de pronto vio desfilar en una misma rama de acacia la primavera, el verano, el otoño y el invierno, como si percibiera la totalidad del tiempo que jugueteaba en la esfera inmóvil de la eternidad mostrando una infernal línea recta, la cual daba la impresión de atravesar el paisaje escabroso del caos y, al crear así la altura, alimentaba a la vez la ilusión de que el vértigo era algo necesario… Y se vio a sí mismo en una cruz de madera formada por la cuna y el ataúd, se vio allí agitándose, atormentado hasta que finalmente una sentencia árida—que no conocía distintivos ni distinciones y sonaba como un chasquido—lo entregaba desnudo a los lavadores de cadáveres, a las risotadas de despellejadores afanados, en un lugar donde comprobaría sin piedad, fríamente, la verdadera medida de las cosas humanas, donde constataría que ni un solo sendero lo conducía de regreso, pues para entonces se habría enterado ya, además, de que había ido a parar a una partida cuyo resultado estaba decidido de antemano y en la que los tahúres lo despojarían incluso de la última arma que poseía: la esperanza de poder retornar algún día a casa. Volvió la cabeza hacia un lado, hacia los edificios situados en la zona oriental de la explotación, antaño abarrotados y ruidosos, ahora abandonados y amenazados de ruina, y observó con pesadumbre cómo los primeros rayos de un sol rojo e hinchado se abrían paso por la armadura del tejado de una casa rural ruinosa que se había quedado pelada, sin la cubierta. «Al final tendré que tomar una decisión. Aquí no puedo quedarme». Volvió a meterse bajo el edredón, apoyó la cabeza en el brazo, pero no consiguió cerrar los ojos: lo atemorizaban esas campanadas fantasmagóricas y más aún el repentino silencio, la mudez amenazante, pues le dio la sensación de que a partir de ese momento podría ocurrir cualquier cosa. Sin embargo, nada se movió; él, tumbado en el lecho, tampoco; hasta que de repente se inició un nervioso diálogo entre los objetos que habían permanecido callados (crujió el aparador, sonó una cacerola, se acomodó un plato de porcelana) y él se dio la vuelta, dio la espalda al sudor que emanaba la señora Schmidt, tanteó con una mano en busca del vaso de agua puesto al lado de la cama y se lo bebió de un trago. El gesto lo liberó de aquel miedo infantil; suspiró, se enjugó la frente y, como sabía que Schmidt y Kráner en esos momentos empezaban a reunir el ganado para llevarlo desde el Secadal a los establos situados al norte de la explotación donde por fin recibirían el dinero que les correspondía por los ocho duros meses de trabajo y que tardarían por tanto unas cuantas horas en llegar andando a casa, decidió intentar dormir un rato más. Cerró los ojos, se dio la vuelta, abrazó a la mujer y a punto estaba de dormirse cuando volvió a oír las campanas. «¡Por el amor de Dios!». Apartó el edredón, se incorporó, pero en el instante mismo en que sus pies descalzos y juanetudos tocaron el suelo de mosaico de la cocina el sonido se interrumpió de improviso, como si («alguien hubiera dado una señal»)… Encorvado, sentado en el borde de la cama, con las manos cruzadas sobre el regazo, posó la vista en el vaso de agua; tenía la garganta seca, le dolía la pierna derecha, y no se atrevía a volver a acostarse ni a levantarse. «Mañana como muy tarde me voy de aquí». Recorrió con la mirada los objetos todavía hasta cierto punto utilizables de la desolada cocina, vio la manteca rancia y seca, el fogón mugriento por los restos de comida, el cesto sin asas debajo, posó la vista en la mesa de patas enclenques y en la estampa cubierta de polvo colgada en la pared, hasta llegar a las ollas y sartenes amontonadas sin orden ni concierto en un rincón junto a la puerta; se volvió luego hacia la ventana ya clara, divisó las ramas peladas de la acacia, el tejado hundido y la chimenea inclinada de la casa de los Halics, reparó en el humo que salía y dijo: «¡Cogeré lo que me corresponde y esta misma noche!… Mañana como muy tarde. Sí, mañana a primera hora». «Ay, Dios mío», se despertó a su lado, sobresaltada, la señora Schmidt; aterrada, paseó la vista por la penumbra, su pecho subía y bajaba agitado, pero luego, al comprobar que todo le devolvía la mirada y le resultaba familiar, suspiró con alivio y volvió a recostar la cabeza en la almohada. «¿Qué pasa? ¿Una pesadilla?», preguntó Futaki. La señora Schmidt clavaba en el techo la vista, todavía con expresión de susto: «¡Por el amor de Dios! ¡Y tanto!—suspiró de nuevo y puso la mano sobre el corazón—. Pues sí… Imagínate… Estaba sentada en la habitación y… de pronto alguien llamaba a la ventana. Sin atreverme a abrirla, me acercaba y espiaba a través del cristal. Solamente le veía la espalda, porque ya estaba tironeando del picaporte… Y luego la boca, pues lo veía gritar, pero no entendía qué… Tenía barba de dos días y sus ojos parecían de vidrio… Terrorífico… Luego recordaba que por la noche sólo le había dado una vuelta a la llave, pero sabía que cuando yo llegara allí ya sería demasiado tarde… Cerraba rápidamente la puerta de la cocina, pero entonces me daba cuenta de que no tenía la llave… Quería gritar, pero no podía, las palabras se me quedaban atascadas en la garganta. Después…, no recuerdo ni por qué ni para qué…, de repente aparecía la señora Halics mirando por la ventana, sonriendo… ¿Sabes cómo es cuando sonríe?… Da igual, ella miraba hacia la cocina… Pero luego, no sé cómo, desaparecía… A todo esto, el otro pateaba la puerta, yo sabía que bastaba un minuto más para que la tirara abajo, entonces me acordaba del cuchillo de cortar el pan e iba corriendo hasta el aparador, pero el cajón estaba encallado, y yo tiraba de él… Creía que iba a morirme ahí mismo de miedo… Y entonces oía que la puerta cedía con estruendo y que alguien venía por el pasillo… Y yo sin poder abrir el cajón… El otro estaba ya en la cocina… Por fin conseguía abrir el cajón, cogía el cuchillo, el otro se me acercaba agitando los brazos… Y no sé… De repente estaba tumbado en el rincón, debajo de la ventana… Sí, con un montón de cacerolas rojas y azules alrededor, pues todas habían volado por la cocina… Y entonces notaba que el suelo se movía bajo mis pies e, imagínate, la cocina se ponía en marcha igual que un coche… Ahora no recuerdo qué sucedía…», concluyó, y soltó una risa de alivio. «¡Vaya panorama!—dijo Futaki, meneando la cabeza—. Y yo, imagínate, me despierto con el sonido de unas campanas…». «¿¡Qué dices!?—lo miró asombrada la mujer—. ¿Campanas? ¿Dónde?». «Yo qué sé. Para colmo han sonado dos veces, una tras otra…». La señora Schmidt también meneó la cabeza: «Al final me volveré loca». «A lo mejor sólo lo he soñado—farfulló inquieto Futaki—. Pero, ojo, hoy seguro que ocurrirá algo…». La mujer, enfadada, le dio la espalda: «Siempre dices lo mismo, a ver si lo dejas de una vez, de verdad». En eso, oyeron de pronto que el portón de atrás chirriaba. Se miraron asustados. «¡Es él, fijo que es él!—susurró la señora Schmidt—. Lo percibo». Futaki se incorporó, nervioso: «Pero… ¡eso es imposible! No pueden haber vuelto aún». «Yo qué sé… Vete, ¡vete ya!». Futaki se levantó de la cama de un salto, cogió su ropa, entornó rápidamente la puerta que daba a la habitación y se vistió. «El bastón. He dejado fuera mi bastón». Los Schmidt no utilizaban esa habitación desde la primavera. Al principio el moho cubrió las paredes, la ropa, las toallas y las sábanas se enmohecieron en el armario viejo y desgastado, pero hasta entonces siempre limpio como una patena; al cabo de unas semanas se oxidaron los cubiertos guardados para las ocasiones solemnes, se estropearon las patas de la mesa grande vestida con un mantel de encajes, y más adelante, cuando las cortinas se tornaron amarillas y dejó de funcionar la luz eléctrica, se trasladaron definitivamente a la cocina y dejaron la habitación en poder de los ratones y de las arañas, cuyo avance no podían frenar. Futaki se apoyó en la jamba de la puerta, pensando en cómo salir sin ser visto; la situación parecía desesperada, ya que para escabullirse debía hacerlo necesariamente a través de la cocina, y se sentía demasiado viejo para escapar por la ventana, aparte de que la señora Kráner o la señora Halics sin duda lo verían, ya que estaban siempre escrutando lo que ocurría allá fuera. Para colmo, si Schmidt descubría su bastón, llegaría a la conclusión de que se encontraba en la casa, lo cual podía acarrear como consecuencia que no recibiera el dinero que le correspondía, pues sabía que Schmidt no estaba para bromas en estos casos, y entonces él tendría que marcharse tal como había llegado hacía siete años—poco después de la campaña de propaganda, el segundo mes tras la inauguración—, con un pantalón astroso, una chaqueta desteñida, los bolsillos vacíos y, para colmo, hambriento. La señora Schmidt salió corriendo al pasillo, mientras él apoyaba la oreja en la puerta. «¡Y nada de quejas, cariño!—oyó decir con voz ronca a Schmidt—. Harás lo que yo te diga. ¿Está claro?». A Futaki le dio un sofoco. «Mi dinero». Sentía que le habían tendido una trampa. Sin embargo, no había tiempo para pensar, de manera que decidió escapar por la ventana, porque «tengo que actuar ahora mismo». Estaba a punto de abrirla cuando oyó a Schmidt recorrer el pasillo. «¡Éste se va a mear!». Volvió, pues, de puntillas a la puerta, contuvo la respiración y aguzó el oído. Cuando la puerta que daba al patio trasero se cerró tras Schmidt, se dirigió con cautela a la cocina, miró de arriba abajo a la señora Schmidt que, nerviosa, agitaba los brazos, enfiló sin decir palabra hacia la salida, abandonó la casa y tras asegurarse de que su amigo había salido del retrete, llamó a la puerta con insistencia, como quien acaba de llegar. «¿Qué pasa? ¿No hay nadie en casa? ¡Schmidt, amigo!—gritó con voz estridente, y cuando Schmidt salió de la cocina con el objeto de escurrirse por la puerta de atrás, él enseguida le cerró el paso—. ¡Vaya, vaya!—empezó con tono de burla—. ¿Por qué tanta prisa, amigo?—Schmidt no era capaz ni de abrir la boca—. ¡Pues ya te lo diré yo! ¡Ya te ayudaré yo, te ayudaré, seguro!—continuó con expresión sombría—. ¡Porque querías largarte con el dinero! ¿No es así? ¿Lo he adivinado?—Luego, al ver que Schmidt pestañeaba sin decir nada, meneó la cabeza—: Vaya, amigo, esto no me lo habría imaginado». Regresaron a la cocina y se sentaron a la mesa, el uno frente al otro. La señora Schmidt, tensa, trajinaba junto al fogón. «Escúchame, amigo…—empezó farfullando Schmidt—, ahora mismo te lo explico…». Futaki hizo un ademán de desprecio: «No hace falta. Lo entiendo de todos modos. Dime, ¿Kráner está en el ajo?». Schmidt asintió de mala gana: «A medias». «¡Caramba!—se indignó Futaki—. Queríais estafarme. —Agachó la cabeza. Se quedó pensando—. ¿Y ahora qué? ¿Qué vamos a hacer?», preguntó luego. Schmidt abrió los brazos, irritado: «¿Pues qué crees? Tú también estás implicado, amigo». «¿Qué quieres decir?», inquirió Futaki, quien entretanto iba haciendo cuentas mentalmente. «Que lo dividimos todo por tres—respondió sin ningún entusiasmo Schmidt—. Pero, ojo, no te vayas de la lengua». «Pierde cuidado». La señora Schmidt, que seguía junto al fogón, soltó un suspiro: «Os habéis vuelto locos. ¿Creéis que podréis salir indemnes de esto?». Schmidt, como si no la hubiera escuchado, clavó los ojos en el rostro de Futaki: «A ver… No me digas que no hemos aclarado el asunto. Pero quiero decirte algo más, amigo. ¡No me lleves a la ruina!». «Nos hemos puesto de acuerdo, ¿no?». «Claro, sin la menor duda—continuó Schmidt, mientras su voz se volvía quejumbrosa—. Yo sólo te pido que…, que me prestes tu parte por un breve tiempo. ¡Sólo por un año! Hasta que podamos instalarnos en algún sitio…». Futaki se enfureció: «¿Y qué más, amigo? ¿Que te lama el culo?». Schmidt se inclinó hacia adelante, aferrando la mesa con la mano izquierda: «No te lo pediría si tú mismo no hubieras dicho el otro día que de aquí ya no te ibas a ninguna parte. ¿Para qué quieres entonces el dinero? Sólo por un año… ¡Por un año!… Nosotros lo necesitamos, entiéndeme, lo necesitamos. Con estos veinte mil pavos que tenemos no puedo ir a ningún sitio, no me da ni para una granja. ¡Venga, dame al menos diez!». «Ése, la verdad, no es mi problema—respondió Futaki irritado—. Meimportaun carajo. ¡Yo tampoco quiero palmarla aquí!». Schmidt negó con la cabeza enfadado, estaba a punto de echarse a llorar de rabia, y luego comenzó de nuevo, de forma obstinada y cada vez más impotente, acodado en la mesa que se balanceaba a cada uno de sus movimientos como si también lo apoyara en su esfuerzo por «ablandarle por fin el corazón» al amigo, por que éste cediera a sus ruegos, y Futaki estaba en un tris de rendirse cuando su mirada empezó a vagar, se quedó clavada en los millones de motas de polvo que vibraban en el rayo de luz que entraba por la ventana, y aspiró el olor viciado de la cocina. De repente percibió un regusto amargo en la lengua y lo interpretó como una señal de la muerte. Desde que se desmanteló la explotación, desde que la gente se dispersó a la misma velocidad y con el mismo ímpetu con que en su día se presentó, y él se quedó allí varado—igual que algunas familias, el médico y el director de la escuela, quienes tampoco tenían a donde ir—, examinaba todos los días el sabor de las comidas, pues consideraba que lo primero que hacía la muerte era instalarse en las sopas, en las carnes, en las paredes; muchas vueltas les daba a los bocados entre la lengua y el paladar antes de tragarlos, sorbía poco a poco el agua o el escaso vino que a veces le llegaba, y en ocasiones sentía un deseo irrefrenable de arrancarle un trozo al salitroso revoque en la sala de bombas de la nave de maquinaria, donde vivía, y probarlo para reconocer por ciertas irregularidades en el orden de los aromas y sabores la Señal, confiado en que la muerte fuera algo así como una advertencia y no lo desesperantemente definitivo. «No lo pido como un regalo—continuó un tanto apagado Schmidt—, lo pido prestado. ¿Entiendes, amigo? Prestado. Dentro de un año exactamente te devolveré hasta el último céntimo». Estaban sentados a la mesa, desanimados, a Schmidt le ardían los ojos por el cansancio, mientras Futaki clavaba la mirada en el misterioso dibujo del suelo de mosaico para que no se le notara su miedo, el cual, además, le resultaba inexplicable. «Dime, ¿cuántas veces fui en soliario al Secadal en medio de la canícula, cuando no se atrevía uno a respirar siquiera por temor a arder por dentro? ¿Quién conseguía la leña? ¿Quién construyó el aprisco? ¡Me esforcé tanto como tú o Kráner o Halics! Y ahora me pides, amigo, que te preste dinero. ¿Y cuándo te volveré a ver, eh?». «Así que no te fías de mí», dijo Schmidt, ofendido. «¡Pues no!—soltó Futaki—. Te alías con Kráner, os proponéis fugaros antes del alba con todo el dinero, ¿y luego he de fiarme de ti? ¿Por quién me tomas? ¿Por un idiota?». Permanecían sentados, en silencio. La mujer trajinaba con la vajilla delante del fogón; Schmidt parecía desilusionado; él, en cambio, se lió un cigarrillo con mano temblorosa, se levantó, se dirigió renqueando hasta la ventana y, aferrando con la mano izquierda el bastón, observó la lluvia que caía en oleadas sobre los tejados, los árboles que se inclinaban obedeciendo al viento, los amenazantes arcos que dibujaban las ramas peladas; pensó en las raíces, en el lodo vivificante luego convertido en tierra y en el silencio, en esa plenitud insonora que tanto lo estremecía. «A ver…—dijo con voz insegura—. ¿Para qué habéis vuelto si…?». «¡Para qué, para qué!—gruñó Schmidt—. Porque lo pensamos por el camino, mientras regresábamos a casa. Y cuando lo decidimos ya estábamos aquí, delante de la explotación… Y, además, la mujer… ¿La iba a dejar aquí?». Futaki asintió con la cabeza. «¿Y qué pasa con Kráner?—preguntó—. ¿Cómo habéis quedado?». «Ellos también están en casa, alicaídos. Quieren ir al norte, la señora Kráner se ha enterado de que hay allí un aserradero desmantelado o algo por el estilo. Nos encontraremos junto a la cruz después del anochecer, eso acordamos al despedirnos». Futaki suspiró: «El día es largo. ¿Qué harán los demás? ¿Halics, el director…?». Schmidt, desanimado, se frotaba los dedos. «¿Yo qué sé? Supongo que Halics, claro, se pasará el día durmiendo, porque ayer hubo juerga en casa de los Horgos. Y en cuanto al director, ¡que se vaya al carajo! Si tenemos algún problema por su culpa, lo mando a criar malvas con su estúpida madre, así que tranquilo, amigo, tranquilo». Decidieron esperar la noche en la cocina. Futaki acercó la silla a la ventana para vigilar las casas de enfrente; a Schmidt lo venció el sueño, comenzó a roncar con la cabeza apoyada sobre la mesa, mientras su mujer sacaba un baúl con chapas de metal de detrás del aparador, le quitaba el polvo, lo limpiaba también por dentro y en silencio se ponía a llenarlo con sus pertenencias. «Llueve», dijo Futaki. «Ya lo oigo», respondió la mujer. La tenue luz del sol apenas atravesaba el remolino de nubes que se dirigía hacia el este; una penumbra casi crepuscular inundó la cocina, no podía saberse a ciencia cierta si las manchas que se dibujaban y vibraban sobre la pared eran tan sólo sombras o los signos de mal agüero de la desesperación latente tras la esperanza que abrigaban sus pensamientos. «Me iré al sur—anunció Futaki contemplando la lluvia—. Allí el invierno es más corto. Alquilaré una granja cerca de alguna ciudad próspera y pasaré el día con los pies en una palangana con agua caliente…». Las gotas de lluvia bajaban suavemente por un reguero que se había formado por dentro en la ventana, desde un resquicio de un dedo de ancho arriba hasta la esquina donde se tocaban la jamba y el alféizar; el hilo de agua iba llenando poco a poco hasta las grietas más pequeñas y se abría paso hacia el alféizar, donde volvía a convertirse en gotas y caía sobre el regazo de Futaki, quien entretanto, sin percatarse de ello, pues resultaba difícil volver así sin más de los parajes por los que divagaba, se había meado encima en silencio. «O me conseguiré un empleo de vigilante en una fábrica de chocolate… O quizá de bedel en un colegio de chicas… E intentaré olvidarlo todo, sólo una palangana con agua caliente por las noches, y no hacer nada, nada de nada, únicamente mirar cómo va pasando esta puñetera vida…». La lluvia que hasta entonces había caído quedamente comenzó a descargar de pronto con fuerza, inundó la tierra ya de por sí asfixiada como si se hubiera desbordado el río, abrió canales estrechos y serpenteantes hacia los terrenos situados más abajo, y si bien Futaki no veía ya nada a través de la ventana, no se dio la vuelta, sino que siguió contemplando el marco carcomido, el yeso descascarillado, y de repente vio aparecer una forma desdibujada en el vidrio; poco a poco se configuró un rostro humano, que al principio no supo identificar, hasta que se perfilaron unos ojos de expresión asustada; y entonces reconoció su «propia mirada desgastada», la reconoció asombrado y dolorido, pues le dio la sensación de que el tiempo acabaría erosionando sus rasgos igual que éstos se veían ahora desvaídos en el vidrio; una gran, una extraña pobreza se reflejaba en esesa imagen que lo irradiaba, capas de vergüenza, de orgullo, de miedo que se iban superponiendo. De pronto volvió a sentir un regusto amargo en la boca, recordó las campanadas del amanecer, el vaso, la cama, esa cama de madera de acacia, el suelo de mosaico frío de la cocina, y sus labios dibujaron un mohín de amargura: «¡Una palangana con agua caliente!… ¡Qué diablos!… Si todos los días pongo a enjuagar los pies…—Detrás de él, un sollozo contenido le llegó a los oídos—. ¿Y a ti qué te ha dado?—La señora Schmidt, sin embargo, no respondió, se volvió avergonzada, el llanto le sacudía los hombros—. ¿Me oyes? ¿Qué te pasa?—La mujer lo miró, pero luego, como quien no le ve ningún sentido a hablar, se sentó sin decir palabra en el taburete junto al fogón y se sonó la nariz—. ¿Y ahora por qué callas?—insistió Futaki—. ¿Qué mosca te ha picado?». «¿Adónde vamos a ir?—estalló ella desesperada—. ¡En la primera ciudad nos pillará la policía! ¿No lo entiendes? ¡Ni siquiera nos preguntarán el nombre!». «Pero ¿qué tonterías dices?—la acalló Futaki, enfurecido—. Te sale el dinero por los bolsillos y tú…». «Pues de eso mismo estoy hablando—lo interrumpió la mujer—. ¡Del dinero! ¡A ver si a ti te queda un poco de cerebro! Largarse… Arrastrando ese maldito baúl… Como una panda de mendigos…». Futaki la reprendió enfadado: «Ya basta. Tú no te metas en esto. No te incumbe en absoluto. Lo que te toca es callar». La señora Schmidt estalló: «¿Qué dices? ¿Qué me toca?». «No he dicho nada—respondió Futaki en voz baja—. Y habla más bajo, que si no se va a despertar». Las horas transcurrían lentamente; por fortuna para ellos, el despertador llevaba tiempo sin funcionar y, por tanto, su tictac no les indicaba su paso; aun así, la mujer miraba las agujas inmóviles mientras removía la carne con salsa de páprika que se iba cocinando a fuego lento. Luego se sentaron con mirada apática ante los platos humeantes, a pesar de la continua presión de la señora Schmidt («¿A qué esperáis? ¿Vais a comer por la noche, calados hasta los huesos?»), no probaron bocado. No encendieron la luz, y eso que en la torturante espera comenzaron a desdibujarse los objetos que tenían delante, los santos cobraron vida en las paredes, a veces hasta daba la impresión de que alguien yacía en la cama, y para librarse de esas visiones de vez en cuando se miraban de reojo, si bien la expresión de los tres sólo reflejaba impotencia; sabían que no podían ponerse en marcha antes de caer la noche (pues estaban seguros de que o la señora Halics o el director estaban sentados detrás de la ventana observando el camino que conducía al Secadal, preguntándose cada vez más angustiados por qué tardaban Schmidt y Kráner casi medio día en llegar), pero ora Schmidt, ora la mujer no podían evitar levantarse dispuestos a partir en medio del crepúsculo prescindiendo de toda cautela. «Ahora van al cine—señaló Futaki en voz baja—. La señora Halics, la señora Kráner, el director de la escuela y Halics». «¿La señora Kráner? ¿Dónde?—preguntó sobresaltado Schmidt». Y se acercó a toda prisa a la ventana. «Tiene razón. Toda la razón del mundo», apuntó la señora Schmidt. «Tú calla», le gruñó su esposo. «No te precipites, amigo—lo calmó Futaki—. Esa mujer tiene cerebro. Hay que esperar a que oscurezca, ¿no? Y de este modo no levantaremos sospechas, ¿no es así?». Schmidt, refunfuñando, volvió a sentarse a la mesa y enterró la cabeza entre las manos. Futaki, desanimado, soplaba el humo junto a la ventana. La señora Schmidt sacó una cuerda del fondo del aparador y, como los cierres del baúl estaban oxidados y sus intentos de encajarlos habían resultado inútiles, ató éste firmemente, lo puso cerca de la puerta, se sentó al lado de su marido y juntó las manos. «¿Qué estamos esperando?—preguntó Futaki—. ¡Repartámonos el dinero!—Schmidt miró a la mujer—. ¿No tienes tiempo, amigo?—Futaki se incorporó y también se sentó a la mesa. Estiró las piernas, se rascó el mentón cubierto de cañones y clavó la vista en Schmidt—: Vamos, repartámoslo». Schmidt se frotó la sien: «Cuando llegue el momento lo recibirás, no te preocupes». «¿A qué esperas, amigo?». «Pero ¿por qué insistes tanto? Esperemos a que Kráner nos dé la otra parte». Futaki sonrió: «La cosa es muy sencilla. Repartimos lo que tengas. Luego, allá junto a la cruz, haremos lo mismo con el resto del dinero que nos corresponde». «Vale—dijo Schmidt—. Trae la linterna». «Ya lo hago yo—se levantó nerviosa la mujer. Y Schmidt extrajo del bolsillo interior de su gabardina un sobre lleno, mojado, atado con un cordel—. Espera—continuó la señora Schmidt, y limpió el mantel con un trapo—. Ahora…». Schmidt puso un papel arrugado ante las narices de Futaki («El documento—aclaró—, para que no creas que te quiero estafar»), quien le echó un rápido vistazo ladeando la cabeza y sentenció: «Vale, contemos». Puso la linterna en manos de la mujer y con mirada resplandeciente siguió el camino de cada billete, desde que salía de entre los dedos aporretados de Schmidt hasta que iba a parar a un montón creciente en el otro extremo de la mesa; poco a poco fue comprendiendo, se le esfumó la rabia que acumulaba, porque «realmente no es de extrañar que uno se confunda a la vista de tanto dinero y lo arriesgue todo por conseguirlo». Se le encogió el estómago, la boca se le llenó de pronto de saliva, el corazón le latió en la garganta, y mientras menguaba el fajo de dinero manchado de sudor por las manos de Schmidt y crecía el montón en el otro extremo de la mesa, lo cegó la luz temblorosa y saltarina de la linterna, como si la señora Schmidt le apuntara deliberadamente a los ojos, se mareó y a punto estuvo de desmayarse, volvió en sí al oír la voz ronca de Schmidt: «Es exactamente eso». Y cuando él llegó justo a la mitad, alguien apostado debajo de la ventana gritó: «¿Está usted en casa, señora Schmidt, querida?». Schmidt le arrancó la linterna a la mujer, la apagó, señaló la mesa y le susurró: «¡Escóndelo, rápido!». En un visto y no visto, la señora Schmidt recogió el dinero, lo ocultó en el sujetador y luego, formando las sílabas casi sin voz, susurró: «¡La se-ño-ra Ha-lics!». Futaki se puso de un salto entre el fogón y el aparador, con la espalda contra la pared, y en la oscuridad sólo se veían dos puntos luminosos fosforescentes, como si un gato estuviera allí agazapado. «Sal y mándala a la mierda», farfulló Schmidt, acompañó hasta la puerta a su mujer, que se detuvo un instante en el umbral, suspiró, luego salió al pasillo y se aclaró la garganta. «¡Ya voy!». «Si no ha visto la luz, nada se habrá perdido», susurró Schmidt a Futaki, aunque no creía realmente en ello, y cuando se escondió tras la puerta, se apoderó de él tal nerviosismo que apenas pudo quedarse en su sitio. «Si esa mujer se atreve a poner el pie aquí dentro, la estrangulo», pensó con determinación, y tragó saliva. Percibía que la sangre le latía ferozmente en el cuello, que la cabeza estaba a punto de estallarle: intentó orientarse en la oscuridad, pero al percatarse de que Futaki se apartaba de la pared, buscaba su bastón y se sentaba con estruendo a la mesa, creyó hallarse ante una visión de horror. «¿Qué diablos estás haciendo?», preguntó en un susurro, y comenzó a gesticular como un loco para que guardara silencio. Futaki, sin embargo, no se inmutó. Encendió un cigarrillo, levantó la cerilla encendida e indicó a Schmidt que se serenara, que se sentara él también. «¡Apágala, imbécil!», ordenó éste furioso desde detrás de la puerta, sin moverse, consciente de que el más mínimo ruido los delataría. Futaki, en cambio, permanecía sentado a la mesa con toda calma, soplando el humo y reflexionando. «Vaya estupidez es todo esto—pensó con tristeza—. Con lo viejo que es uno…, meterse en… semejante locura…». Cerró los ojos y vio ante sí la carretera desierta, se vio a sí mismo progresando andrajoso y extenuado rumbo a la ciudad, vio la explotación que se alejaba más y más hasta ser tragada por el horizonte; y entonces comprendió que perdería el dinero tan pronto como lo consiguiera, pues lo que intuía desde hacía tiempo se confirmaba en ese preciso momento: no solamente no podía, sino que tampoco quería marcharse, porque allí al menos podía recogerse a la sombra de su paisaje familiar, mientras que afuera, lejos de la explotación, quién sabía qué le esperaba. Ahora, sin embargo, una difusa intuición le sugería que esas campanadas matutinas, esa conspiración y esa aparición inesperada de la señora Halics estaban íntimamente relacionados, pues estaba convencido de que había ocurrido algo, lo cual explicaba la inusitada y prolongada visita… Y la señora Schmidt, que seguía sin volver… Inhaló nervioso el humo del cigarrillo y su imaginación volvió a llamear por un instante como el fuego que estaba a punto de apagarse mientras el humo flotaba con parsimonia a su alrededor. «¿Es posible que la vida vuelva a la explotación? ¿Que pronto traigan máquinas nuevas, que venga gente nueva y todo comience de cero? ¿Que arreglen las paredes, pinten de nuevo los edificios, pongan en marcha las bombas? ¿Que busquen a un mecánico?». La señora Schmidt estaba en el umbral, pálida. «Podéis salir de vuestros escondites», dijo con voz velada, y encendió la luz. Schmidt, entornando los ojos, se le acercó rápidamente: «¿Qué haces? ¡Apágala! ¡Pueden vernos!». La señora Schmidt meneó la cabeza: «Para ya. Todo el mundo sabe que estoy en casa, ¿no?». Schmidt, en un gesto forzado, asintió y cogió del brazo a su mujer. «¿Y? ¿Qué pasa? ¿Ha visto la luz?». «Pues sí—respondió la señora Schmidt—. Pero le he dicho que, nerviosa como estaba porque no regresabais, me había dormido. Que luego me he despertado y al encender la luz una bombilla se ha apagado de golpe, y ya está. La estaba cambiando cuando ella ha llamado, por eso había encendido la linterna…». Schmidt farfulló unas palabras de reconocimiento, pero enseguida se ensombreció de nuevo. «Y dime… A nosotros…, ¿a nosotros nos ha visto?». «No, seguro que no». Schmidt respiró aliviado: «¿Y entonces qué diablos quería?». La mujer puso cara de perplejidad: «Se ha vuelto loca», dijo en voz baja. «Ya era hora», observó Schmidt. «Dice—continuó dubitativa su esposa, posando los ojos ahora en Schmidt, ahora en Futaki, quien observaba con mirada tensa—, dice que Irimiás y Petrina se acercan por la carretera… ¡Que vienen hacia aquí, hacia la explotación! A lo mejor ya han llegado y están en la fonda…—Durante un minuto, ni Futaki ni Schmidt fueron capaces de abrir la boca—. Se cuenta que el revisor de la línea de autobús interprovincial…, que él los vio en la ciudad…—rompió el silencio la mujer, y se mordió los labios—. Y después se puso en marcha…, se pusieron en marcha a pie… rumbo a la explotación… con este tiempo infernal que hace… El revisor volvió a verlos en el cruce de Elek, pues tiene allí su granja e iba para casa». Futaki se levantó de un salto: «¿Irimiás? ¿Y Petrina?». Schmidt soltó una risotada: «Esta señora Halics realmente se ha vuelto loca. La Biblia le ha sorbido el seso». La señora Schmidt no se movió. Abrió los brazos como desconcertada, luego, de pronto, se dirigió hacia el fogón, se dejó caer sobre el taburete, apoyó los codos en los muslos y la cabeza en las manos. «Si es verdad—susurró, y sus ojos se iluminaron—, si es verdad…». Schmidt la interrumpió, impaciente: «¡Pero si están muertos!». «Si es verdad—dijo en voz baja Futaki, como si retomara el hilo del pensamiento de la señora Schmidt—, entonces… Entonces el pequeño Horgos mintió en su día…». La señora Schmidt levantó la cabeza y miró a Futaki: «Después de todo sólo lo sabemos por él». «Así es—asintió Futaki, y con manos temblorosas volvió a encenderse un cigarrillo—. ¿Os acordáis? Yo ya dije entonces que la historia me resultaba sospechosa… No sé por qué, algo no me gustó. Pero nadie me prestó atención… Y luego también me conformé». La señora Schmidt no le quitaba el ojo de encima a Futaki, como hipnotizada: «Mintió. El muchacho mintió, asídesimple. Es increíble. Muy, muyincreíble…». Schmidt, nervioso, miraba ahora a uno, ahora a la otra: «No se ha vuelto loca la señora Halics, sino vosotros dos. —Ni Futaki ni la señora Schmidt respondieron; se miraron—. ¿Has perdido la razón?—estalló Schmidt, y dio un paso hacia Futaki—. ¡Viejo cojo!». Pero Futaki meneó la cabeza: «No, no, amigo… A mi juicio, la señora Halics no se ha vuelto loca en absoluto—dijo dirigiéndose a Schmidt, y luego miró a la mujer y declaró—: Seguro que es verdad. Me voy a la fonda». Schmidt entornó los ojos y se obligó a serenarse: «Llevan muertos año y medio. ¡Año y medio! ¡Todo el mundo lo sabe! Esto no es para bromear. ¡No les creáis! ¡Es una trampa, nada más! ¿Entendéis? ¡Una trampa!». Futaki, sin embargo, ya no le prestaba atención; comenzó a abotonarse el abrigo: «Las cosas se arreglarán, ya veréis—sentenció, y la seguridad de su voz daba a entender que había tomado una decisión definitiva—. Irimiás—añadió con una sonrisa, apoyando la mano sobre el hombro de Schmidt—es un gran hechicero. Capaz de construir un castillo con bosta de vacas… Si quiere…». Schmidt perdió los estribos; agarró con un gesto espasmódico el abrigo de Futaki y lo atrajo hacia sí: «Tú eres todo bosta, amigo—dijo con una sonrisa forzada—, pero acabarás siendo estiércol, te lo aseguro. ¿Crees que voy a dejar que la mierda de gorrión que tienes por cerebro me perjudique? ¡Pues no, amigo! ¡No vas a interponerte en mis planes!». Futaki aguantó su mirada con tranquilidad: «Ni lo deseo, amigo». «Y entonces, ¿qué? ¿Qué pasará con el dinero?». Futaki inclinó la cabeza: «No tienes más que repartirlo con Kráner. Como si nada hubiera ocurrido». Schmidt se plantó ante la puerta, le cerró el paso. «¡Imbéciles!—gritó—. ¡Sois unos imbéciles! ¡Idos todos al carajo! Pero mi dinero—añadió levantando el dedo índice—lo dejáis sobre la mesa. —Lanzó una mirada amenazadora a su esposa—. ¿Me escuchas, desgraciada?… Vas a dejar el dinero aquí. ¿Entendido?». La señora Schmidt no se inmutó. Una luz insólita, peculiar, se encendió en sus ojos. Se levantó poco a poco, dio unos pasos hacia Schmidt. Los músculos se tensaron en su rostro, sus labios se afilaron, y Schmidt se vio frente a tal radiación de burla y de desprecio que sin querer comenzó a retroceder, mirando cohibido a su mujer. «No grites, payaso—le intimó la señora Schmidt en voz muy baja—. Yo me voy. Tú haz lo que quieras». Futaki se frotó la nariz: «Amigo—dijo quedamente—, si ellos de verdad están aquí, no podrás escapar de Irimiás, lo sabes perfectamente. ¿Y entonces?». Schmidt, ya sin fuerzas, se acercó a la mesa y se dejó caer sobre una silla: «¡Un muerto esucitado!—farfulló—. Y éstos se lo tragan… Ja, ja, ja, es de risa. —Dio un gran golpe a la mesa con el puño—. ¿No veis en qué consiste el juego? Se han olido algo y ahora quieren hacernos salir del escondite… Futaki, amigo, a ver si a ti al menos te queda una gota de sentido común…». Futaki, sin embargo, no le prestaba atención. Se puso delante de la ventana y con las manos cruzadas a la espalda dijo: «¿Os acordáis? Llevábamos nueve días esperando nuestra paga, y él…». La señora Schmidt lo interrumpió con tono severo: «Siempre nos sacó del atolladero». «Traidores de mierda. Debería haberlo sabido», gruñó Schmidt. Futaki se apartó de la ventana y se detuvo a su espalda: «Si no te lo crees—propuso—, mandemos a tu mujer… Que diga que te está buscando a ti, que no sabe dónde estás… Etcétera…». «Aun así puedes estar seguro de que es verdad», señaló ella. El dinero seguía en el sujetador de la señora Schmidt, pues su marido también lo consideraba el lugar más seguro, aunque quería reforzarlo con alguna cinta; a duras penas consiguieron que volviera a sentarse, pues ya se disponía a ir a buscar algo. «Vale, entonces me voy», dijo la señora Schmidt, se puso a toda prisa la gabardina, así como las botas, y enseguida desapareció en la oscuridad evitando los charcos en los profundos baches de la carretera que llevaba a la fonda; ni una sola vez se dio la vuelta para mirar atrás. Allí los dejó, dos caras lavadas por la lluvia que se desdibujaban en el cristal de la ventana. Futaki lió un cigarrillo y sopló el humo contento, esperanzado; desapareció de él toda tensión, se sentía ligero y contemplaba con gesto reflexivo el techo: pensaba en la sala de bombas de la nave de maquinaria, oía ya las máquinas que llevaban años inmóviles, sin vida, los motores que se ponían en marcha a duras penas, tosiendo y gimiendo, e incluso le dio la impresión de percibir cierto olor a recién pintado… En eso, oyeron que se abría la puerta de entrada. A Schmidt apenas le dio tiempo a reaccionar, pues la señora Kráner ya estaba hablando: «¡Aquí están! ¿Se han enterado ustedes?». Futaki se incorporó asintiendo con la cabeza y se caló el sombrero. Schmidt, abatido, seguía sentado, con los brazos apoyados en la mesa. «Mi marido—explicó atropelladamente la señora Kráner—ya se ha ido, sólo me ha mandado para que se lo contara por si no lo sabían aún, aunque seguro que se han enterado, he visto por la ventana que la señora Halics ha pasado por aquí, ahora mismo me voy, no quiero molestarlos, y el dinero, me manda decir mi marido, el dinero que se vaya al carajo, no es cosa para nosotros, ha dicho, pues sí, tiene razón, no estamos para andar huyendo y escondiéndonos como fugitivos, sin una noche en paz, la verdad que no, y además, ya verán ustedes… Irimías y también Petrina… Sabía que no era cierto, que aquí me quede yo petrificada si no me resultó siempre sospechoso ese muchacho, ese taimado, el hijo de los Horgos, hasta su mirada es torva, y podrán comprobar ustedes mismos que se lo inventó todo, y nosotros que lo creímos, por supuesto que sí, desde el comienzo…». Schmidt observaba con suspicacia a la señora Kráner: «¿También estás metida en esto, no?», preguntó, y soltó una breve risa. La señora Kráner frunció el ceño y, turbada, se marchó. «¿Te vienes, amigo?», preguntó Futaki, y se detuvo por un instante en el umbral. Schmidt iba delante, seguido por el renqueante Futaki; el viento impulsaba hacia atrás los faldones de su abrigo, iba tanteando el camino con el bastón para no desplomarse en el barro en plena oscuridad, mientras la lluvia caía implacable, fundiendo los insultos de Schmidt con sus palabras confiadas y alentadoras que iba repitiendo una y otra vez: «¡No te preocupes, amigo! ¡Ya verás, viviremos como reyes! ¡Como reyes!».

viernes, 3 de octubre de 2025

“Alfaguara S.A.: Verdulería de Letras y Pulpería de Autores” DR. ENRICO PUGLIATTI



 Aunque Alfaguara no publica una cifra oficial, se estima que su catálogo actual incluye entre 500 y 1,000 autores activos, considerando sus ediciones en España, América Latina y el mercado internacional. Esta cifra incluye:

Autores consagrados como Mario Vargas Llosa, Rosa Montero, Javier Marías, Isabel Allende.

Nuevas voces latinoamericanas y españolas que se incorporan cada año.

Traducciones de autores internacionales (como Ian McEwan o Zadie Smith).

Autores de literatura infantil y juvenil bajo el sello Alfaguara IJ.

¿Por qué no hay una cifra exacta?

El catálogo está en constante movimiento: se publican novedades, se reeditan clásicos, y algunos títulos salen de circulación.

Alfaguara forma parte del grupo Penguin Random House, lo que amplía su red editorial y complica el conteo aislado.

 Alfaguara como verdulería editorial

Lo que alguna vez fue un templo de la narrativa hispánica hoy parece un mercado de pulgas literario. Alfaguara, otrora bastión de prestigio y curaduría estética, ha caído en la tentación del número: demasiados autores, demasiadas voces, demasiado ruido. Su catálogo actual, más que una constelación de talentos, se asemeja a una verdulería editorial, donde se exhiben títulos como tomates maduros, cebollas lloronas y plátanos verdes, aun sin estilo.

¿Dónde quedó la selección rigurosa?

Publican como quien vende aguacates: por volumen, no por maduración.

El prestigio se diluye entre nombres que entran y salen como en una pulpería de barrio: hoy hay jabón, mañana hay poesía, pasado mañana hay thriller con olor a detergente.

El lector ya no distingue entre una novela de peso y una ocurrencia de supermercado. Todo está mezclado, todo es “novedad”.

La estética del montón

Alfaguara ha confundido diversidad con dispersión.

Su catálogo parece diseñado por algoritmos de marketing, no por editores con criterio.

¿Qué sentido tiene publicar 800 autores si 700 de ellos no resisten una segunda lectura?

jueves, 2 de octubre de 2025

El caballero del hongo gris (1928) RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA


 

El caballero del hongo gris (1928) es una novela folletinesca de Ramón Gómez de la Serna que satiriza el mundo de los negocios, la apariencia y la superficialidad social a través de un personaje tan escurridizo como simbólico: Leonardo, un estafador elegante que recorre Europa cambiando de ciudad para escapar de sus propios engaños.

 El hongo gris como emblema En una tienda de París, Leonardo compra un sombrero de hongo gris y descubre que, al llevarlo, la gente lo percibe como alguien importante. A partir de ese momento, el sombrero se convierte en su amuleto de poder, su insignia de éxito y su máscara social. El “hongo gris” no es solo un accesorio: es un símbolo de la ilusión, del prestigio vacío, del camuflaje que permite al protagonista prosperar en un mundo de apariencias.

Estilo y subversión Gómez de la Serna, maestro de la greguería y del humor vanguardista, construye aquí una novela que mezcla sátira, absurdo y crítica social. Leonardo no es solo un estafador: es un reflejo de la modernidad, del capitalismo teatral, del individuo que se reinventa a través del atuendo y la astucia.

Investigación y colaboración: Dr. Enrico Giovanni Pugliatti y J. Méndez-Limbrick

***

PRÓLOGO

Ramón Gómez de la Serna y Puig (Madrid, 1888 - Buenos Aires, 1963) fue, probablemente, el escritor de mayor genio específicamente literario de las letras hispánicas contemporáneas; quiero decir que ha sido no sólo el más «biológicamente» escritor, por como fundió en una misma cosa literatura y vida, y como incorporó al proceso de creación literaria todos los resortes de lo consciente y lo subconsciente, sino también por la manera en que contribuyó a hacer de aquella creación una «cosa estética nueva», una obra de arte, autónoma y suficiente, superior a todo mensaje o compromiso: literatura pura, prototipo, entre otras cosas, de lo que Ortega llamó el arte «deshumanizado» de entreguerras.

Aunque realmente pasó Ramón por tres etapas vitales y literarias muy diferentes, de distinto significado y calidad:

Su tiempo de formación, que llega hasta 1912 (a los 17 años publicó su primer libro), es de tendencia reformista, filosófica y social; pero en él, junto a la creación de aquel teatro patético y trascendental de su mocedad (los 14 dramas de su «teatro en soledad», donde hay una anticipación de Ionesco, de O’Neill, de Pirandello) y a las arrebatadas biografías de los que él llamaba sus «antepasados» literarios (Wilde, Villiers de L’Isle Adam, Bauville, Nerval, Poe, Lautréamont, Barbey d’Aurevilly, Gourmont, Baudelaire), proclama las bases de su revolución estética, que salta ya al público hacia 1912.

Durante esos años viaja por Europa y asiste en París al difuso nacimiento de los movimientos artísticos de «vanguardia» conoce a Picasso, a Bretón, a Apollinaire, mientras él está ya proclamando en España su nueva y propia estética, al leer con escándalo, en el Ateneo de Madrid, en 1909, su Concepto de la nueva literatura.

En seguida Ramón encabezaba su actividad de promotor de vida literaria y, ya en 1914, funda su famosa tertulia de Pombo; allí, en los años de la Primera Gran Guerra reúne todo lo nuevo de España y de la Europa en guerra que ha venido a refugiarse aquí convirtiendo el viejo café en un cenáculo, universal, por el que durante veinte años habrá de pasar la más significativa vida intelectual de la época. Se abre entonces la segunda época central y jovial del escritor, en la que el «ramonismo», con la invención de la greguería, se convierte en eje de la nueva literatura.

Los años de la Primera Gran Guerra son los que asientan los pilares de su fama, con «El Rastro», «El Circo», «Senos», «El Alba», etc.; los periódicos rechazan con escándalo sus greguerías, y, sin embargo, su fecundísima producción, que alcanza a todos los géneros literarios, con excepción de la poesía, y la facundia personalísima de su fabuloso ingenio, le convierten en el maestro de los jóvenes. Su alegre y efectiva «cátedra» está en su tertulia y en su peculiarísimo estudio del torreón de la calle de Velázquez; donde, rodeado de un orbe mágico de rutilantes objetos del Rastro, de espejos, estrellas, estampas, carátulas, raros cuadros y extrañas estatuillas, trabaja como un asceta durante catorce horas diarias, escribiendo hasta el alba en mesas distintas y diferentes borradores varios libros a la vez, bajo la mirada impasible de su muñeca de cera. Ramón se convierte en el adelantado del arte europeo de entreguerras, y su despacho, encendido toda la noche, es, dirá Valéry Larbaud, «luz de navío en las avanzadas de Europa».

Pero son los años veinte, cuando Ramón anda en la treintena de su edad, los de su definitiva consagración; la cual, como suele acontecer, tiene lugar fuera de España: en París, en un memorable homenaje intelectual del Cercle Littéraire International que tiene lugar en el Circo Americano, y también allá en América, en la revista «Martín Fierro». De entonces data su enorme popularidad en Italia, en Portugal, en Francia, y los primeros estudios sobre su innovadora obra. Hace sus primeros viajes a América cuando, al tiempo que a Charles Chaplin, se le nombra miembro de la Academia Francesa del Humor, en una apoteosis de la fama que se contagia, al fin a España. Aquí es también amigo de Valle-Inclán, de Azorín, de Unamuno, y sobre todo de Ortega, en cuya «Revista de Occidente», foco de la vida intelectual española del tiempo, brilla con luz propia, como maestro de los jóvenes. Escribe incansablemente libros, novelas cortas y largas, ensayos, greguerías e infinidad de artículos en la prensa; en cuya principal tribuna, «El Sol», tiene lugar de preferencia. Lleva ya publicados más de medio centenar de libros y pronunciadas numerosísimas conferencias, que son a la vez espectáculos de humor nuevo: desde el lomo de un elefante, vestido de Napoleón, de torero, de «medio ser»… A veces, muy celoso de su trabajo, se refugiaba fuera de España para escribir tranquilo: en Portugal, donde llegó a hacerse, frente al mar de Estoril, un chalet que se llevaría la trampa; o en Nápoles, o en París…, pero siempre su nostalgia de Madrid le devolvía a su querida ciudad, a su alegre tertulia sin la cual no podía vivir.

La década de los años treinta va a variar profundamente su vida. Al comienzo, coincidiendo con el ruidoso estreno de su innovadora farsa «Los medios seres», pone fin a su larga relación con la escritora Carmen de Burgos, y en seguida conoce, en un viaje triunfal por Hispanoamérica, a Luisa Sofovich, escritora argentina con la que contraería matrimonio. Hay otro inmediato viaje, ya en compañía de Luisa, a América, donde da un ciclo de conferencias espectaculares, para las que, entre otras muchas cosas, se lleva, enrollado bajo el brazo, su ya famoso cuadro de la Tertulia de Pombo, pintado por Solana. Al regreso, mientras la vida española se agita agriamente en el preámbulo de la guerra civil, Ramón tiene que hacer frente a una gravísima enfermedad de su mujer y escribe, con la muerte sentada en su propia casa (que ya no es el glorioso torreón), la biografía de El Greco, la cual es la primera señal de una nueva época, ya no jovial, como hasta entonces, sino patética, en la que va a pasar de la «deshumanización» a la «rehumanización» de su arte literario, llenándolo de un contenido trascendente que, en cierto modo, empalma con el patetismo de su mocedad.

Sin embargo, la greguería sigue siendo el alma de su obra, porque es precisamente su fórmula de expresión literaria genuina, con la que penetra en todos los géneros que con tanta fecundidad cultiva: teatro, biografía, ensayo, novela grande, cuento, ensayo matritense. El humor no es sino un elemento más en su manera de desvelar sorpresivamente la realidad, y ha de ceder su lugar, paso a paso, al nuevo pathos del escritor. La greguería misma ha de teñirse, después, de ese otro estilo humanista y quevedesco, patético, de la última época de su vivir.

En realidad, en su nueva vida en Buenos Aires es donde se despliega definitivamente esta tercera etapa del arte ramoniano. Rechazando la guerra civil que asola a su patria, Ramón, a los 48 años, en la madurez de su vida y en la cumbre de su fama, tiene que empezar de nuevo en Buenos Aires, enfrentándose, en unos primeros años difíciles, con el sentido de su propia existencia y de su destino de escritor. Huyó del Madrid en guerra en el verano de 1936, para instalarse, al fin, en un piso alto de la calle de Hipólito Irigoyen, donde va reproduciendo, poco a poco, el mundo de su estudio matritense, cubriendo paredes, techos, puertas y ventanas con un profuso estampario multicolor que tapaba los huecos del recuerdo y el olvido y le hacía vivir, en pleno Buenos Aires, como si aún estuviese en la fantasmagoría de su torreón de la calle de Velázquez.

Pronto impuso su genio en América; reanudó luego su comunicación con España por medio de un flujo semanal de greguerías que publicaba los domingos «Arriba» y luego, al final, «ABC». Reeditó sus cosas allá y publicó aquí y allá las nuevas que iba produciendo sin cesar. En la primavera de 1949 volvió a España, en breve visita invitado por el Ateneo de Madrid, y vivió entonces, en medio de cordiales homenajes, las últimas jornadas de un Pombo fantasmal, evocado como un espíritu y en medio de un tiempo distinto.

Regresó a América con la mente puesta en España y soñando con una definitiva vuelta. Pero ya América le retenía tenazmente; casi la mitad de su ingente producción literaria había nacido allá y el regreso se hacía imposible. Es la hora de sus grandes biografías de Valle, de Quevedo, de sus «Cartas a las golondrinas», de sus últimas novelas madrileñas, de su fabulosa «Automoribundia»; de sus bodas de oro con la literatura, con el homenaje de todas las editoriales argentinas, mientras en España empiezan a aparecer sus «Obras completas».

Pero él sigue trabajando como un asceta de la pluma, durante muchas horas diarias, para poder vivir decorosamente. El Parlamento argentino, ya en los últimos años, vota una pensión extraordinaria para que el glorioso escritor español pueda tener una vejez más descansada; aunque él no concibe la vida sin la posibilidad de la creación literaria y se aferrará hasta el final a la producción de sus greguerías, batiéndose con ellas como un general en su última batalla.

Por entonces Pablo Neruda pide, desde Brasil, el Nobel para él; y cuando, poco después, le llega desde Madrid el Premio March, que podía asegurar el descanso de sus últimos años, es demasiado tarde: Ramón estaba ya herido de muerte en una clínica de Buenos Aires. Aún pudo recuperarse un poco y resistió un año más, hasta morir, en medio del mágico mundo de sus cosas, en la madrugada del 5 de enero de 1963. Luego se trajo a Madrid su cuerpo, para darle tierra, junto a Mariano José de Larra, en la Sacramental de San Justo, a la orilla del paisaje de su sangre. Entonces su ciudad le rindió los máximos honores colocando, ya sobre el pecho de tabla de su féretro, la Medalla de Oro de la Villa en la que había nacido 74 años atrás, y a la que él mismo había inventado nueva vida, alegre y fabulosa.

La novela que ahora se presenta en esta edición, «El caballero del hongo gris», «folletín moderno», publicada por primera vez en 1928 por la Agencia Mundial de Librería, es una de las más características de la época central y jovial de Ramón, muy representativa de su humorismo de entonces y dotada plenamente de todos los elementos, destructores y enriquecedores, que la estética de la greguería introdujo en el arte de novelar. Ya recordé antes que Ramón cultivó también la novela, como todos los demás géneros, y acaso no sería ocioso añadir ahora que no fue ésa una dedicación ocasional, sino, por el contrario, persistente durante toda la vida del escritor y particularmente fecunda durante esa etapa central, que dura hasta la guerra civil. Diecinueve «novelas grandes», según él gustaba de llamar a la novela, y varios tomos de novelas cortas —que suman más de sesenta narraciones— cuentan en el haber del escritor, que ya desde la primera de aquéllas, «La viuda blanca y negra», de 1917, y sobre todo desde «El incongruente», en 1922, vienen a constituir, como dice Ramón, un «grito de evasión en la literatura novelística al uso». Esa evasión llega al punto culminante de su proceso de ruptura con el molde tradicional en las novelas de última hora: las llamadas «novelas de la nebulosa». —«¡Rebeca!» (1936) y «El hombre perdido» (1947)— y las «novelas superhistóricas». —«Doña Juana la Loca», «El caballero de Olmedo», «Doña Urraca de Castilla», «Los siete Infantes de Lara», «La emparedada de Burgos» y «La Beltraneja» (1944)—. No obstante, en la última de todas sus obras de este género, la novela madrileña «Piso bajo», de 1961, vuelve a acercarse, al menos en cuanto a la estructura del relato, al modo clásico de novelar.

Pero conviene advertir, siquiera sea sumariamente, en qué consisten las principales innovaciones y alteraciones introducidas por Ramón en el arte de novela al condicionarlo a la nueva estética disgregadora y recreadora de la greguería. Semejante alteración no está, por supuesto, únicamente en la enorme amplitud y variedad de la temática novelable abarcada por el autor; la cual, en verdad, constituye, como escribió Guillermo de Torre, una «revisión novelizada del cosmos». Lo importante es que por esos «agujeros de la prosa», practicados en ella por la greguería, se establece una decisiva circulación de aire literario que se lleva de calle algunos elementos connaturales a la novela clásica y trae de fuera un interesantísimo material que llena, con sustancia estética distinta, los huecos o fisuras creados por aquella «evasión».

En realidad, lo que Ramón, obediente a su peculiar «modo de experiencia», persigue con la novela —lo mismo que con cualquier otro género— es, como he escrito en otro lugar, la expansión reverberante de toda realidad que resulte atravesada, de un modo o de otro, por el hilo novelesco; se trata de provocar una serie de explosiones atomizadoras y reveladoras de «realidad», se relacione ésta o no directamente con la trama novelable; lo cual es, ciertamente, un propósito que rebasa y va contra el clásico «hermetismo» de la novela, con el que se pretende, como es sabido, crear un mundo cerrado y concluso que absorba por entero la atención del lector y la intensidad de la narración. Ello crea una discontinuidad en la estructura del relato, en el mundo que suscita y en la «presentación» de los personajes, lo cual hace que a veces se pierda el lector en la aglomeración de elementos, en la fragmentación y yuxtaposición de planos que produce. Esa «nebulosa» de nueva realidad, que penetra y escapa por la porosidad de la prosa, amenaza la estabilidad del hilo argumental y acaso debilita su densidad; pero, en cambio, trae de fuera un enorme enriquecimiento de realidad, aumentando los puntos de vista y la capacidad expresiva de las cosas, los ambientes, los personajes y su mundo.

Aparte de que nunca se pierde la nervadura central, más sólida en la serie de novelas que podríamos llamar costumbristas —casi todas madrileñas: «La Nardo», «El torero Caracho», «Las tres Gracias», «Piso bajo»…—, lo que ocurre en la novela de Ramón es que, gracias a esa «porosidad» que señalaba, por la que penetra una marea de realidad, lo que entra también en la novela es, en definitiva, una invasión jovial y dominadora de literatura pura: de arte literario, según antes decía, como «cosa estética nueva», autónoma y suficiente, que, dándole un giro al arte de novelar, viene a revitalizar el género, sacándole —lo que en su época fue una radical innovación— del apelmazado casillero del realismo posgaldosiano en que vegetaba sin pena ni gloria.

«Lo que menos merece la vida —escribió Ramón— es la reproducción fiel de lo que aparenta suceder en ella»; por eso él dedicó su genio a inventarla de nuevo, a aumentarla en una operación creadora cuyas fuentes brotaban vitalmente de todo su ser de escritor, en lo consciente y lo subconsciente, en el claro mundo del pensamiento y en el sorpresivo de los secretos, las adivinaciones y las revelaciones, donde habita la mágica y salvacional fecundidad de la existencia.

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Introducción Federico Peltzer POESIA SOBRE LA POESIA (En la literatura argentina

  Introducción Quizá la primera actitud del hombre, al evolucionar en el uso del leng ua- je, haya sido la de contar aquello que le había ...

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