martes, 20 de octubre de 2026

ASESINAS VICTORIANAS

 



Prefacio y agradecimientos

Estas mujeres no son mis amigas, pero las echaré de menos. Sin duda, fueron mujeres infames, o al menos la mayoría de ellas, pero es su familiaridad lo que las hace inquietantes. Son incómodamente corrientes. En total son trece, francesas e inglesas, y doce casos: una acusación incluía a una dupla madre-hija. Los casos abarcan el periodo comprendido entre las décadas de 1840 y 1890, una época crítica en la que las clases medias a las que pertenecían estaban adquiriendo su configuración moderna.

Estas acusadas —hijas, esposas y madres— tienen poco que enseñar sobre el arte del asesinato a cualquier aspirante a profesional del siglo XX; casi todas la pifiaron en el momento del crimen y las que salieron airosas lo hicieron con métodos que requerían circunstancias especiales y relaciones entre los sexos que ya no predominan. Lo que sí ofrecen sus historias son algunos atisbos de los confines domésticos de las familias de clase media y algunas pistas sobre los problemas e incluso los horrores a los que se enfrentaban las mujeres en ese entorno. Algunas de estas acusadas de asesinato serían magníficos sujetos individuales para el análisis psicológico, pero este estudio, aun sin ignorar tales aspectos más particulares, hará hincapié en las formas en que la vida de estas mujeres estaba vinculada a la de sus pares femeninas más típicas. Las acusadas serán el centro, pero los relatos se enfocarán en su contribución colectiva a nuestro entendimiento de sus hermanas menos célebres.

Muchas personas me han ayudado con gran generosidad en la preparación de este estudio. Confío en poder darles las gracias a todas, aunque mencione solo a unas pocas. Gracias, pues, a los editores de Feminist Studies, History of Childhood Quarterly y Victorian Studies por su permiso para reproducir algunos fragmentos de versiones anteriores de los casos publicadas en estas revistas. Gracias a los administradores del Fondo Nacional para las Humanidades y al Consejo de Investigación de Rutgers por los fondos que permitieron la investigación en Inglaterra y Francia. Gracias a los bibliotecarios de la Universidad de Rutgers, la Universidad de Princeton, la Biblioteca Pública de Nueva York, los Archivos Nacionales y la Biblioteca Nacional de Francia, el Museo Británico y el Archivo Público Oficial de Reino Unido. Estoy en deuda con el señor Henri Polge y el señor Jean d’Orléans, directores de los Archivos departamentales de Gers e Indre y Loira, por su amabilidad al localizar material sobre los casos Lacoste y Lemoine. Agradezco a Dorothy Christie que me dirigiera a los documentos recopilados por su difunto marido, Trevor L. Christie, para su excelente estudio del caso Maybrick, Etched in Arsenic (Londres, 1969), y a David Crosson, historiador investigador de la División de Libros Raros y Colecciones Especiales de la Universidad de Wyoming, que amablemente puso a mi disposición la colección Christie.

Debo también un agradecimiento especial a Rudolph Binion, Marc Hollender, Elizabeth Jenkins, Maurice Lee, William O’Neill, Elaine Showalter, Peter Stearns, Hilah Thomas y Judith Walkowitz, todos los cuales leyeron versiones del borrador, me hicieron críticas útiles, escucharon pacientemente las teorías que iba urdiendo y me ofrecieron algunas mejores de su propia cosecha. Gracias a Katherine Finnegan y a Margaret Nierenberg, que recopilaron muchos de los materiales; a mi excelente editor, Christopher Kuppig, que fue un héroe de la paciencia; a Judith Kahn, que mejoró mi prosa, y a Inez Elkins y Shirley Meinkoth, que descifraron mi letra y son las mejores mecanógrafas que puedo imaginar. Gracias, por último, a mi marido Edwin, que desea asegurar a sus preocupados amigos que está vivo y bien.


MARY S. HARTMAN

Douglass College

Universidad de Rutgers

Junio de 1976

Introducción

Los sujetos de este estudio son trece mujeres inglesas y francesas del siglo XIX de clase media y de un estatus «respetable», todas acusadas de ser asesinas o cómplices de asesinato. Entre ellas hay pudientes esposas (con dinero propio) e hijas de comerciantes, empresarios y profesionales, así como mujeres (casi sin recursos) de tenderos y una institutriz solterona. Las víctimas fueron los maridos, amantes, rivales, alumnos, hermanos, hijos y nietos de estas mujeres. Dos de las víctimas fueron asfixiadas, una murió de una fractura de cráneo, a dos les dispararon, otra sucumbió a golpes y cuchilladas y a las seis restantes las envenenaron. La mayoría de las acusadas probablemente eran culpables, aunque solo seis fueron condenadas y a ninguna se le aplicó la pena de muerte. Además, cinco de las seis que ingresaron en prisión fueron puestas en libertad antes de cumplir la totalidad de sus condenas. Seis de las otras siete fueron absueltas y a la decimotercera nunca la llevaron a juicio. Se puede concluir que era inteligente ser mujer y respetable si uno pretendía deshacerse de alguien en el siglo XIX. Las mujeres de clase media se libraban literalmente de los cargos por asesinato.

Los casos de varias de estas mujeres han fascinado durante mucho tiempo a los profesionales de la literatura de crímenes reales. Sin embargo, la mayoría de estos escritores las han mostrado con el espíritu de un guía turístico de la Cámara de los Horrores de Madame Tussaud. Armados con un material obviamente impactante, se han preocupado más por sorprender, divertir o provocar que por entender. Pocos han ido más allá de la categorización fácil de sus personajes como fenómenos o lunáticas y ninguno ha intentado observar a estas asesinas «respetables» de forma colectiva. Por supuesto, las mujeres de clase media acusadas de asesinato eran un grupo reducido y, en un sentido obvio, solo sus actos las unían. La idea de que se las pueda considerar en conjunto representativas de algún modo de su clase social es, a primera vista, inverosímil. Su implicación en estas investigaciones criminales parece convertirlas automáticamente en criaturas atípicas aptas solo para el interés de los coleccionistas de lo extraño y lo macabro. Sin embargo, estas mujeres no merecen que se las despache tan a la ligera. Las circunstancias que motivaron sus acciones, las artimañas que emplearon y las reacciones públicas a su supuesto comportamiento muestran un patrón que sugiere que, lejos de cometer una serie de actos aislados, todas podrían haber estado respondiendo a situaciones que, en cierta medida, estaban integradas en la vida de sus coetáneas de clase media más corrientes.

Argumentar que este puñado de mujeres podían parecerse más a las mujeres típicas de su clase de lo que cabría esperar no es sugerir que un número ingente de mujeres de clase media del siglo XIX fueran asesinas sin desenmascarar. Tampoco es insinuar que algunas cualidades características de varias de estas acusadas, como una peculiar crueldad o un apetito sexual al parecer bien desarrollado, fueran necesariamente comunes entre las mujeres no criminales de su clase. Sí pretende sugerir, en cambio, que las mujeres de este estudio pueden haber pertenecido a un grupo especialmente sensible a ciertos problemas y tensiones que eran comunes a un gran número de hogares de clase media.

Una idea así es sin duda difícil de reconciliar con las nociones heredadas sobre las mujeres de clase media en el siglo XIX. El «código de buenos modales con los que sonríe la damisela victoriana» es bien conocido y no se limitaba a las costas inglesas. Ese código definía a la joven decente como un ser frágil pero atractivo, intelectualmente inferior pero moralmente superior, cuyo deber era ser pasiva, decorativa y sexualmente pura. Tales criaturas, según parece ahora, existieron sobre todo en la fantasía, pero su imagen ha tardado en desvanecerse. Para muchos, todavía requiere un esfuerzo de la voluntad concebir a cualquier mujer joven respetable de esa época llevando a cabo una tarea ardua, tomando una decisión importante o lidiando con un problema real. Y sigue siendo incómodo, al menos para algunos, aceptar el hecho ineludible de que, cuando se casaba, esta criatura sobrenatural mantenía relaciones sexuales con su marido. Persiste la sospecha de que solo se sometía para cumplir con la sublime vocación de la maternidad y de que debía de soportar el acto en sí en un estado de semicoma.

Las dificultades para imaginar que las mujeres de las llamadas clases respetables tuvieran problemas o experiencias sexuales no son más que un reflejo de la persistente convicción de que no eran «reales», pero poco a poco vamos aprendiendo no solo que estas mujeres existieron, sino que eran mucho menos etéreas de lo que la imagen popular pretendía. La influencia de un código de feminidad estaba muy presente en su vida, pero más imperiosa aún, al parecer, era la realidad del mundo cambiante, a veces desconcertante, al que tuvieron que adaptarse. A medida que empiezan a dibujarse los contornos de su experiencia colectiva, se hace posible interpretar de forma más sensata la información sobre un pequeño número de mujeres individuales de las que tenemos registros más completos, incluidas estas acusadas de asesinato cuya vida quedó expuesta al escrutinio público cuando tropezaron con la ley.

Los problemas de las mujeres más corrientes de la clase media del siglo XIX se consideran ahora menos simplones y triviales que antes, ya no solo como fruto del aburrimiento o la frustración por el aislamiento doméstico. Los historiadores coinciden en que en este periodo la mayoría de las mujeres estaban confinadas en el hogar mientras sus maridos salían a ocuparse de sus negocios, pero cuestionan la idea previa de que, como consecuencia de ello, perdían forzosamente estatus y posibilidades, de que sus problemas se reducían a minucias domésticas irrelevantes. Es cierto que las mujeres de clase media ya no desempeñaban las funciones económicamente productivas que les habían sido propias con anterioridad; sin embargo, la reorientación de sus energías hacia la administración del hogar y la maternidad las implicó de manera activa en el proceso que se estila en llamar «modernización», un proceso que generó toda una serie de nuevos y cambiantes problemas para ellas. Diversas pruebas procedentes de la literatura médica, registros de fertilidad y datos de consumo demuestran que las mujeres estaban aprovechando unos ingresos más altos y nuevas oportunidades para mejorar su calidad de vida. Abandonando actitudes fatalistas anteriores, mostraban una nueva preocupación por los problemas de mortalidad infantil, las dolencias propias de la maternidad y la salud familiar en general. Acogieron con satisfacción las innovaciones tecnológicas para el hogar e incluso, al menos en Inglaterra, tomaban parte activa en la planificación familiar y en la elección de los nuevos métodos anticonceptivos disponibles. Las mujeres se estaban labrando una mayor autonomía doméstica, aunque en un contexto todavía cargado de hábitos y puntos de vista tradicionales y frente a la creciente crítica pública que las convertía en chivos expiatorios para todos aquellos que temían el cambio. Sus problemas, desde esta perspectiva, venían más de su disposición para acoger y fomentar el cambio que de aceptarlo pasivamente o incluso de resistirse a él, por lo que estaban más relacionados con las frustraciones y la ansiedad ante nuevas expectativas que con supuestas privaciones derivadas del declive de su estatus.

No todos los problemas de las mujeres en este periodo pueden verse como producto del conflicto por su nueva iniciativa doméstica, pero la conciencia de su asertividad sin duda amplía las formas de interpretar las pruebas sobre sus preocupaciones. Solo en raras ocasiones vemos a mujeres individuales en el proceso de hacer frente —o de fracasar en el intento— a sus dificultades, y aquellas de las que más sabemos son las que, por una u otra razón, distan mucho de ser corrientes: Florence Nightingale o Charlotte Brontë o los sujetos de este estudio. Nadie, al conocer sus perniciosas andanzas, se sentiría tentado a considerar a Madeleine Smith una jeune fille en fleur ordinaria ni a Adelaide Bartlett un ama de casa aburrida. Pero, a diferencia de Nightingale y Brontë, Smith y Bartlett fueron, en aspectos importantes, mujeres corrientes que encontraron soluciones extremas a problemas corrientes. Las inclinaciones letales de estas asesinas han cegado hasta ahora a los observadores ante lo ordinario —lo típico, de hecho— de sus circunstancias y las dificultades a las que se enfrentaban.

Estas trece mujeres, por tanto, fueron personas que en muchos aspectos no eran nada excepcionales. Antes de las acciones que de pronto expusieron su vida al escrutinio público, parecían haberse amoldado a las normas de comportamiento esperado para las mujeres de su clase. Ninguna de ellas lideró campañas reformistas ni participó en movimientos políticos o sociales. Hasta sus juicios, ninguna había escrito nada para publicarlo. Solo una tenía una profesión independiente y no porque lo eligiera, sino porque carecía de la dote necesaria para casarse. Todas recibieron una educación media o algo superior a la media para los estándares de la época, ya fuera en casa o en conventos o internados. Todas administraban su propio hogar o ayudaban a sus madres a administrar el suyo. De las nueve que estaban casadas, todas tenían hijos o esperaban tenerlos. A todas se las oyó en algún momento hablar con cariño de los niños y de la maternidad. Todas se habían considerado a sí mismas cristianas. En estos aspectos y en algunos otros, este grupo de mujeres compartía las vivencias y aspiraciones de la mayoría de sus iguales.

Cuando sus problemas con la ley abrieron las puertas cerradas de la vida de estas mujeres, una de las revelaciones más «chocantes» (aunque, para nuestro mundo posfreudiano, apenas sorprendente) tenía que ver con la sexualidad. Este era un tema tabú en su clase social y que, a pesar de los recientes descubrimientos sobre vidas victorianas secretas, el historiador rara vez encuentra en discusiones públicas entre personas corrientes del siglo XIX. Esto incluye las relaciones sexuales pre y extramatrimoniales, el aborto espontáneo o provocado, las técnicas de control de natalidad, la frecuencia de las relaciones sexuales y la satisfacción sexual en el matrimonio, la masturbación de las mujeres y las enfermedades venéreas entre las mujeres decentes. De nuevo, aunque estas revelaciones indican que algunas de ellas eran «desviadas» sexuales además de criminales —el adulterio se consideraba entonces una forma de desviación—, el contexto de sus relaciones sexuales y la reacción pública ante ellas nos dicen mucho sobre los problemas íntimos de las mujeres corrientes que no transgredían ni los códigos morales ni los penales.

No obstante, la sexualidad era solo una parte de la historia oculta de las relaciones de poder en el hogar reveladas en estos casos. En vista de las pruebas recientes de que la mayoría de las mujeres de clase media actuaban de forma que el poder doméstico se inclinara más a su favor, los esfuerzos de estas acusadas por ampliar su propia potestad en relación con los padres, maridos y otras autoridades domésticas apenas son peculiares, como tampoco lo son muchos —aunque obviamente no todos— de sus métodos. Estos casos apoyan la teoría de que las mujeres de su clase estaban consiguiendo una mayor autonomía en ciertos ámbitos, aunque al concentrarse en figuras individuales que eligieron o se vieron empujadas a soluciones drásticas e incluso homicidas para hacer frente a sus problemas, representan más bien un registro colectivo de algunas de las víctimas que ese logro arrastró consigo.

Este estudio se centra en las acusadas como mujeres más que como criminales. Con el objetivo de garantizar la disponibilidad de las pruebas necesarias para reconstruir las circunstancias que las llevaron a ser sospechosas de asesinato, se han seleccionado solo casos «sensacionalistas». Este grupo incluye casi todos los casos de mujeres inglesas y francesas que se convirtieron en causes célèbres durante el mandato de la reina Victoria, y los materiales permiten el muestreo de un gran número de reacciones públicas. Evidentemente, sería útil saber algo más sobre las asesinas de clase media menos célebres, pero no hay una forma directa de determinar siquiera el número total de las mujeres que fueron llevadas a juicio, y mucho menos sus motivos, ya que las estadísticas agregadas disponibles proporcionan poca o ninguna información sobre la clase social de los delincuentes por categoría del delito. Sin embargo, tener en cuenta los datos generales de todas las personas juzgadas por asesinato ayuda a proporcionar un contexto para estas mujeres en su condición de presuntas criminales más que como mujeres de clase media.

Como era de esperar, tanto en Inglaterra como en Francia hubo menos mujeres acusadas de asesinato que hombres, aunque el porcentaje de mujeres con estos cargos era (y sigue siendo) más alto que para muchos otros tipos de delito. Por ejemplo, en Inglaterra, entre 1855 y 1874, los totales anuales de mujeres juzgadas por asesinato, que fueron entre doce y cuarenta y dos, superaron en dos ocasiones a los de los hombres y en general eran de al menos la mitad, mientras que solo constituían entre una quinta y una cuarta parte de las personas juzgadas en las audiencias regionales por delitos graves. En Francia, el patrón era similar, aunque allí el número de mujeres juzgadas por delitos graves era relativamente menor que en Inglaterra y se mantuvo en torno a una sexta parte del total de los juzgados en las audiencias regionales durante todo el siglo. Se ha argumentado que una mayor libertad social explica esa mayor representación de las mujeres inglesas en las estadísticas delincuenciales. En cualquier caso, es posible que la mujer francesa de clase media haya asesinado más que sus congéneres inglesas. Este estudio, de hecho, aporta algunas pruebas de que así fue.

Hay que reconocer que la representación de las mujeres en las estadísticas de personas juzgadas por asesinato (y en las estadísticas sobre delincuencia en general) es tal vez engañosamente baja por varias razones. Los registros de las instrucciones previas1 revelan que solo una mínima parte de los casos conocidos de infanticidio acabaron en una acusación formal, por lo que es en gran medida un crimen de mujeres y también se cree que fueron muchos los infanticidios que nunca se detectaron. Además, la probada mayor popularidad del veneno entre las mujeres y el hecho de que varias de ellas fueran envenenadoras múltiples descubiertas solo en la «última» ocasión respaldan la idea de que muchas muertes por envenenamiento que pasaron inadvertidas fueron crímenes femeninos. Además, es posible que una actitud social de mayor indulgencia hacia las mujeres mantuviera a algunas asesinas fuera del alcance de la ley y también que la propia habilidad socialmente condicionada de las mujeres para el disimulo diera ventaja a algunas de ellas. Si tenemos en cuenta todos estos factores, puede que las cifras «reales» de los asesinatos cometidos por mujeres superaran las de los hombres.

No hubo muchas mujeres ejecutadas por asesinato; como ya se ha señalado, ninguna de las que veremos aquí (todas de clase media) fue al patíbulo. Los datos de un estudio reciente sobre mujeres inglesas ejecutadas por asesinato indican que, de las cuarenta y nueve condenadas a muerte entre 1843 y 1890, la mayoría vivían en la miseria. Estas asesinas de clase baja, como sus hermanas de clase media y, de hecho, como la mayoría de los asesinos varones, elegían a sus víctimas sobre todo entre sus cónyuges, parientes y conocidos. Un análisis de los motivos revela que asesinaban con mucha más frecuencia por dinero. Veintidós de las cuarenta y nueve lo hicieron por eso, a menudo por cantidades muy pequeñas, como las irrisorias sumas que podrían obtener de las sociedades funerarias benéficas. El siguiente motivo, en términos de frecuencia, eran los triángulos amorosos: en cinco de estos casos la mujer asesinó a su marido para quedarse con un amante y en otros cinco las mujeres se vengaron de sus maridos o amantes por alguna infidelidad. De los diecisiete casos restantes, media docena de mujeres tenían motivos poco claros, aunque todas parecen haberse visto influidas por los efectos embrutecedores de la pobreza. Varias asesinaron a hijos a los que no podían cuidar. Una mujer ahogó a su hija de once años porque el hombre con el que vivía la obligó a escoger entre la niña y él. Otra, madre de diecisiete hijos, envenenó a su marido, con el que llevaba veinte años casada, porque ya no podía soportar sus brutales palizas. El veneno fue el medio más utilizado; nada menos que veintinueve de las cuarenta y nueve mujeres recurrieron al veneno y veintitrés de ellas usaron el clásico arsénico.

Este muestreo, por supuesto, no es representativo de todas las asesinas, ya que excluye a la mayoría que fueron indultadas, absueltas o que nunca llegaron a juicio, pero permite hacer algunas comparaciones iniciales con los sujetos de este estudio. Los crímenes de estas mujeres de clase media se ajustaban a la regla general del asesinato doméstico y el envenenamiento fue sin duda el método preferido. La necesidad desesperada no era, por definición, un factor decisivo y, aunque el beneficio económico no puede pasarse por alto, no es una característica dominante en ninguno de los célebres casos aquí expuestos. Del mismo modo, aunque el infanticidio pudiera haberse dado en la clase media-baja cuando un niño amenazaba con perturbar un cierto nivel de vida alcanzado, era en gran medida un crimen de pobres, salvo cuando, como en uno de estos casos, se recurría a ello como medio para preservar la respetabilidad. Las incompatibilidades personales y los problemas sexuales que explican un número considerable de homicidios femeninos en las clases bajas resultan dominantes entre las asesinas de clases respetables, pero un análisis de estos últimos casos sugiere marcadas diferencias de método y motivos, que eran peculiares de las nuevas circunstancias de las mujeres de clase media. Las mujeres de este estudio se vieron atrapadas en situaciones que implicaban una elección entre autoridades y estilos de vida tradicionales y modernos y que las mujeres de las clases bajas difícilmente podrían haber vivido de la misma manera.

Desde luego, es posible que el análisis de los expedientes judiciales saque a la luz a otras asesinas de clase media cuyos casos no se convirtieron en causes célèbres como los que aquí se exponen y que un mayor número de motivos estén relacionados con las dificultades económicas. Sin embargo, un intento de hacernos cierta idea sobre esta posibilidad sugiere que, en cualquier caso, el número de mujeres de clase media juzgadas por asesinato fue sorprendentemente reducido. Un estudio de los sumarios de los casos del Tribunal Penal Central de Londres correspondientes a tres años seleccionados para cada decenio, desde la década de 1840 hasta la de 1890, reveló solo seis casos, de entre ciento diecisiete, de mujeres llevadas a juicio por asesinato y en los que la autora parece pertenecer a la clase media. De estas seis, tres mataron a sus hijos y se las declaró mentalmente desequilibradas. Otras dos mataron a mujeres adultas, una madre y una criada, pero las muertes fueron al parecer el resultado involuntario de una serie de golpes propinados durante una pelea repentina. La sexta, una viuda, envenenó a su casera por dinero. La conclusión provisional que se extrae de este sondeo es que las asesinas que nos ocupan en este ensayo no deberían considerarse poco representativas solo porque sus casos fueran «sensacionalistas», sino que, de hecho, la expectación que causaron fue producto de la escasísima frecuencia con la que una mujer respetable se enfrentaba a este tipo de juicio.

Al reconstruir los relatos de estos asesinatos célebres se tendrán en consideración dos cuestiones principales. En primer lugar, se analizarán tanto el comportamiento como los motivos de las acusadas en su contexto social. En segundo lugar, se discutirá el desarrollo de un patrón discernible en los supuestos crímenes y en las reacciones ante ellos. Se argumentará que las circunstancias que llevaron a estas mujeres respetables a pensar en el asesinato, así como los factores que influían en las reacciones públicas frente al comportamiento de las mujeres, cambiaron a lo largo de este periodo y también que los casos ingleses y franceses llegaron a caracterizarse por rasgos distintivos que, al parecer, estaban relacionados con los diferentes ritmos de modernización de cada país.

En los doce casos de este estudio, emparejados cronológicamente, se trata a los sujetos no solo como presuntas o probadas delincuentes, sino también como hijas, esposas y madres de clase media, personas intrigantes en sí mismas y que también ofrecen pistas para entender la vida íntima y oculta de la mayoría de las mujeres de su clase que permanecen en el anonimato. El intento de desvelar algunos de los problemas y experiencias de un grupo más amplio de mujeres a través de un grupo pequeño y «aberrante» tiene riesgos evidentes. Los historiadores apenas están empezando a explorar la utilidad del individuo excepcional para definir rasgos ocultos de lo típico, una empresa a la que los sociólogos y psicólogos más intrépidos llevan ya tiempo dedicándose.

Es obvio que el material biográfico detallado sobre un número limitado de individuos no se presta fácilmente al análisis cuantitativo ni a una generalización muy amplia. Por esta razón, muchos sociólogos tienen por principio obviar tales pruebas, basándose en que no pueden aportar respuestas verificables a sus preguntas sobre las relaciones sociales dentro del grupo al que pertenecen esos individuos. Esta actitud, en extremo restrictiva, no se aplicará aquí: se formularán las preguntas, aunque se reconozca que las respuestas pueden ser parciales o provisionales. La dificultad de construir una imagen satisfactoria de las relaciones domésticas en una época pasada no debería desalentar el examen de las pruebas disponibles sobre algunos aspectos de esas relaciones, incluidos los aspectos sumamente personales que son menos susceptibles a las formas de análisis que muchos sociólogos prefieren en la actualidad.

Estas pruebas no solo procuran la ocasión, por así decirlo, de captar de forma inesperada la imagen de un hogar al completo, sino también de examinar la gama de reacciones públicas ante los casos. Todas tocaban aspectos del comportamiento de las mujeres y las creencias sobre ellas que preocupaban a mucha gente. Los voceros que tenían medios para hacerlo expresaban sus opiniones públicamente en la prensa y comentaban las de los demás. Los que no estaban tan bien situados, entre ellos muchas mujeres, adoptaron medios menos oficiales para dar a conocer sus puntos de vista. De manera consciente o inconsciente, todos emitieron juicios de diversa índole, no solo sobre las acusadas, sino también sobre las mujeres en general.

La genial afirmación de Durkheim de que es la comunidad la que crea al desviado y lo necesita, tanto para concentrar los sentimientos del grupo como a modo de indicador de los límites sociales imperantes respecto a las actitudes y el comportamiento, es ahora un tópico. Arrebatar una vida humana, por supuesto, siempre se ha considerado una forma extrema de desviación en la mayoría de las sociedades, pero incluso con los acusados de asesinato, así como con todos los desviados en menor grado, las actitudes de la comunidad y las formas de control varían muchísimo y dependen de una multitud de factores. Ya se ha sugerido que, en los casos que se tratan aquí, tanto su estatus social como su sexo podían resultar útiles a las acusadas. Este hecho no es sorprendente. Las mujeres, en concreto las que tienen una buena posición social, siguen gozando de un favor especial en la justicia penal. Pero esta ventaja, aunque real, nunca ha tenido un carácter estático o fijo. Ha dependido en parte de la capacidad de una sociedad determinada, en un momento dado, para incorporar el comportamiento desviado de una acusada en particular a una imagen positiva generalmente reconocida de la feminidad y, de ese modo, explicar tal comportamiento y descartar o aligerar el castigo prescrito habitual. Por supuesto, en el siglo XIX existía una visión favorable de la feminidad; de hecho, quizá nunca, ni antes ni después, se haya idealizado tanto a las mujeres —a las mujeres de clase media, queremos decir— por sus supuestas virtudes. Aun así, tal y como revelan estos casos, la eficacia del culto imperante a la feminidad para proteger a las acusadas de asesinato fue limitada. Lo que llama la atención en las reacciones «oficiales» a los casos no es tanto la evidencia de un trato especial hacia las mujeres como las condiciones cambiantes en las que se aplicaba dicho trato. Esas condiciones implicaban juicios sobre supuestos hechos de la vida de las acusadas que a menudo tenían poco o nada que ver con los cargos y mucho que ver con las volubles actitudes hacia las mujeres.

La mayoría de los juicios muy publicitados, por supuesto, suscitan dudosas teorías de culpabilidad o de inocencia, así como una variedad de opiniones prejuiciosas. En estos casos, sin embargo, resulta sorprendente que la situación real de las acusadas, que puede reconstruirse con cierta confianza, coincidiera tan pocas veces con la percepción de los tribunales y de la prensa. Por poner solo un ejemplo, en diez de los doce casos las creencias infundadas sobre un asunto sexual decantaron el veredicto del jurado, el de la opinión pública o ambos. La disparidad entre estos juicios y la realidad era quizá por fuerza más acusada en las cuestiones sexuales, pero da un sentido concreto a la tan invocada «distancia» entre los sexos en las clases medias. Hombres y mujeres llegaban a vivir en mundos diferentes y su comprensión mutua era a menudo limitada. Eran otras mujeres las que, casi en exclusiva, daban muestras de comprender la situación de las acusadas.

Estos juicios penales se adentran en algunas de las facetas privadas de la vida de hombres y mujeres de otra época que rara vez se han explorado. Albergan algunas sorpresas, desde luego, pero muchas de ellas son, incluso ahora, fruto del reconocimiento. Para nosotros, al igual que para muchos de los que asistieron a los juicios, la experiencia no es tanto la de asistir a un espectáculo de fenómenos de feria como la de mirarse en un espejo deformante: los rasgos están distorsionados, pero son inconfundiblemente los nuestros.
1 Investigaciones que se llevan a cabo para determinar las causas de una muerte violenta o sospechosa. (N. de la T.).

Edición en formato digital: abril de 2026


Título original: Victorian Murderesses

En cubierta: Vestido de Julie C. Brush (1935-1942),
National Gallery of Art, Washington © de la imagen enriquecida: rawpixel

Diseño gráfico: Gloria Gauger

© Mary S. Hartman, 1977

Publicado originalmente por Dover Publications, Nueva York

© De la traducción, Raquel García Rojas

© Ediciones Siruela, S. A., 2026

domingo, 18 de octubre de 2026

LA CONFESIÓN. NOVELA. ÚLTIMAS REVISIONES. J. MÉNDEZ-LIMBRICK

 


CAPÍTULO III

DE LOS SOSPECHOSOS


¿Qué hace el juguetero de la muerte? ¿Es cierto que de pequeño armó y desarmó las muñecas de su hermana mayor? ¿Fue de ahí que le vino esa curiosidad por armar y desarmar objetos? ¿Qué hace y deshace a su antojo? En él la muerte capitanea y termina pero, también posee otro estadio, otra forma de dimensión, otra forma  de  temor, otra voz de mando, incluso otra forma de juego. 

El juguetero está sentado en la barra del bar, afuera los grandes árboles de corcho dialogan con la noche y la llovizna. Mira en derredor: todos celebran las fiestas de fin de año. ¡Él no, nunca le han gustado las fiestas decembrinas! ¿Por qué? A él siempre le sucede algo los fines de año: ¡fracturas de costillas, enfermo de la próstata, una infección en la garganta, una úlcera duodenal, ardor en la lengua por días, y altas temperaturas! Todo es posible que le suceda a su cuerpo, es como si poseyera una maldición ancestral que arrastra por culpa de su familia. SÍ, eso piensa, que su familia está sellada por la tragedia, él piensa que la familia Frontela está marcada con un hierro candente  en sus carnes y no solo él, sino sus abuelos, sus tíos, sus primos y sus hermanos.

Existen familias que la tragedia los cobija con su manto desde: suicidios, homicidios, enfermedades hereditarias, y de una vida de infelicidad. Frontela lo sabe pero, él no piensa en la maldición de la familia, prefiere ignorarlo, porque eso es imposible, porque él es un hombre de ciencia y la ciencia no acepta esas estupideces, y sin embargo, por momentos siente temor, un temor ancestral que le previene, que lo pone alerta.

¿Cómo era la mujer, juguetero? ¡Bella! Era mejor entonces, dejar la necropsia a sus alumnos con el pretexto que era parte de la signatura de patología. Les dijo que él se iría por una o dos horas y que luego regresaría para observar la evolución de la necropsia. Pero, él sabe que es un hipócrita, que no fue esa la razón por la que abandonó la Morgue. Hacer dos necropsias en pocos días  de dos mujeres bellas, no lo soportaría. Porque la primera fue la semana anterior en la clínica, cuando diseccionó el cuerpo de una scort de nombre Cristina Gutiérrez y que fue asesinada…


Frontela sabe que él es más destructor que constructor en su trabajo pero, él no se inmuta. Siempre le han intrigado las formas que puede  tener la muerte, las formas en que puede llegar hasta uno.  La Muerte para David Frontela no solo es un concepto abstracto, por supuesto que no lo es.

“Quizá, en la cantina estará Mario Esquivel” pensó antes de llegar.Mario Esquivel lo inició en el consumo de la cocaína cuando era muy joven. Un vicio que ha sabido postergar y tener oculto por períodos de tiempo alejado de él y su profesión. 

Frontela, reconoce que es una contradicción entre los dos hombres que existen en él: el profesional y el amante de las drogas de diversión. Ha tenido la oportunidad de probar otras drogas pero, se inclina por la coca como un remedio y una vitalidad que le hace trabajar y estar despierto por muchas horas. Incluso el hambre, ¿cuál hambre?, no lo asalta en esas jornadas de 18 horas. 

A David Frontela le agradan las fiestas pero, es un hombre reservado en el nosocomio: sospecha que de ahí los excesos en su vida paralela, se dice que la vida es una paradoja y él es el ejemplo. Vida y muerte lo acompañan. 

Primero la muerte y luego la diversión, otra paradoja de su vida porque debería de ser al revés o esa es la conducta que siguen las personas porque David Frontela desea dominar el mundo con sus manos como lo hace con sus muertos.

(Fragmento. Novela. La confesión).


sábado, 17 de octubre de 2026

PREMIO PLANETA 2026 DE NUEVO SOBREVUELA "LA CASA DE LOS ESPÍRITUS".



Por: Dr. Enrico Pugliatti y Méndez-Limbrick (escritor). 

Que una continuación de La casa de los espíritus obtenga el Premio Planeta produce una extraña sensación de déjà vu editorial: no parece el triunfo de una novela, sino el de una marca registrada. La literatura contemporánea lleva décadas luchando por convencer al lector de que aún puede explorar territorios desconocidos, pero la industria editorial insiste en volver a las mismas propiedades intelectuales, como un arqueólogo que excava siempre la misma tumba porque sabe que los turistas pagarán la entrada.

No hay nada más seguro para el mercado que resucitar un éxito probado. El riesgo, esa antigua virtud artística que elevó la literatura por encima de la contabilidad, queda relegado a una nota a pie de página mientras las cifras de ventas ocupan el escenario principal. La pregunta ya no parece ser «¿es una gran novela?», sino «¿cuántos ejemplares venderá antes de Navidad?».

El Premio Planeta, al menos para sus detractores, corre el riesgo de parecer cada vez menos un reconocimiento literario y cada vez más una sofisticada operación de mercadotecnia revestida con los adornos ceremoniales de la cultura. El jurado entrega el galardón, las editoriales descorchan champán, las librerías preparan escaparates temáticos y los departamentos financieros sonríen con la serenidad de quien contempla una cosecha asegurada.

Mientras tanto, cientos de novelistas desconocidos observan el espectáculo desde la periferia, como personajes secundarios expulsados de su propia historia. A ellos se les exige originalidad, audacia y renovación estética. A los nombres consagrados, en cambio, parece bastarles con regresar a una antigua dirección.

Quizá la verdadera novela no sea la premiada, sino el funcionamiento mismo de ciertos grandes premios literarios: una trama donde el protagonista no es la literatura, sino el mercado disfrazado con un elegante traje de gala.

II

El Premio Planeta ha demostrado una vez más que la imaginación es una cualidad opcional cuando existe una franquicia rentable. Premiar la continuación de La casa de los espíritus recuerda a Hollywood concediendo el Óscar a la vigésima secuela de una saga millonaria: nadie discute su capacidad para generar ingresos, pero confundir éxito comercial con acontecimiento literario es una maniobra que requiere una fe admirable.

Los fantasmas de la novela original han regresado, sí, pero los más visibles son los fantasmas de las ventas, del marketing y de la rentabilidad. No sobrevuelan la casa de los espíritus: sobrevuelan las oficinas de contabilidad. Allí es donde, sospechan algunos lectores maliciosos, se escriben hoy las verdaderas novelas de éxito.

viernes, 16 de octubre de 2026

Salvador Garmendia CUENTOS COMICOS



EL HOMBRE MAS PERFECTAMENTE DESARROLLADO DEL MUNDO 

¡Ahí está el eslogan! «El Hombre más Perfectamente Desarrolla- do del Mundo». La persona que hizo la traducción se las sabía com pletas. Es una frase que se desprende del papel y se materializa en el aire, mientras vemos que es recorrida de un extremo a otro por una línea de puntos luminosos de neón. Pero por dentro no tiene movimiento. No posee el combustible del verbo. Más abajo está escrito el nombre del maestro; Charles, nombre de esquina, de vecindario o de barra de amigos; pero que tiene costumbre de moverse por lo alto, como cuando le tocó ser Char les Chaplin o Carlos Gardel. Atlas, ya es geometría pura. Las letras de molde parecen escul pidas directamente sobre mármol; esa piedra apolínea a la que le fue extraída toda la sangre. Charles Atlas, en fin. La figura de cuerpo entero del campeón aparece fotografiada arriba, al lado izquierdo del anuncio que ocupa la página com pleta de una revista de tamaño mediano. Por encima de la columna de músculos y la postura afeminad^ (es una miss andrógina: Adán, cuando llevaba todavía a Eva por dentro, antes de la partida de aguas), sobresale una cara de niño que uno pudiera tropezar andando por las calles: uno de esos in fantes caducos que jamás envejecen verdaderamente. Se arrugan y marchitan, casi siempre en forma prematura; pero no llegan a conocer, de veras, el vuelo sin alas del anciano; el elíxir de la últi ma edad. Esa cara podría corresponder, así mismo, al modelo de chico afligido que se abona al curso del campeón. Ningún requisito es pecial para obtenerlo. Es suficiente con enviar un cupón recorta ble, junto a un par de sellos de correos. Luego que la loca com plete varias vueltas sobre sí misma en el espacio, el soñador recibe en su casa un pequeño manual de instrucciones y ninguna ayuda material o mecánica. Sólo tensión dinámica para usted. Pero es el milagro al alcance de todos. El instrumento está en el propio cuerpo debilucho, que empezará a llenarse, hora por ho ra, tras la primera ronda de ejercicios. Estos, por su parte, no re quieren de aptitud física especial para llevarse a cabo; ni hora ni lugar apropiados. Cualquier rincón es bueno; y el muchacho pue de despacharse cada día, si lo desea, junto a la cama descompuesta donde un momento antes ha estado retozando, a solas, con la chica de la otra calle, y el olor de la ropa de ayer ha quedado regada por el cuarto. Basta con presionar el puño de la mano derecha contra la pal ma de la opuesta mano, y empujar fuertemente, para que los mús culos del cuerpo comiencen a moverse por todas partes «como ratones debajo de una alfombra». La frase hubiera podido per tenecer muy bien al viejo Hemingway; pero se la pescaba gratis entre los renglones del anuncio. Practiqué aquel curso varias veces, cuando todavía tenía leche en los labios, como suele decirse (esto, a pesar de que la fuente ya había principiado a despertar en mí un apetito diferente); sólo que nunca lo hice sobre la realidad. Me limitaba a depositar la idea en mi cabeza, como un huevito en el nidal (mi cerebro no era más que un montoncito de paja caliente) y dejaba que el germen em pollara de la mejor manera. En esa forma conseguía ahorrar el dinero, que no tenía, para los sellos; lo mismo que el tiempo para practicar las lecciones. Pero el tiempo me venía de sobra y a prisa en esos días. No enten día muy bien su significado ni sabía que sirviera para algo; y era como tener por delante un texto escrito sin saber leer. Me ponía a contemplar un rato el anuncio, cuyos bordes corta dos con tijera habían empezado a mermar y soltar polvo; y cuan do ya me sentía preparado para salir al mundo, cruzaba en silen cio la casa sin hacerme notar de los mayores, ya que había a aprendido a librarme de ellos como si me escurriera por un pe queño laberinto cuya salida me era conocida. Al momento, me encontraba en la calle. Empapadas como habían quedado mis ideas con la lectura repetida del anuncio y la exhibición muscular del maestro en la fotografía, dejaba atrás las ventanas de reja de mi casa y proseguía adelante a paso redoblado, sacudiendo los bra zos; al mismo tiempo que ciertas sensaciones, cuya interioridad conocía bien, iban tomando cuerpo gradualmente. Mis hombros se ensanchaban como el fuelle de un acordeón que toma aire, y mi cabeza ya se elevaba un trecho por encima de lo habitual. Así pasaba de alfeñique a gigante. Si hubiera estado en ese momento en una playa, en la playa de Cony Island, preferentemente, a estas alturas ya le habría dado su merecido al grandullón que me había birlado a mi chica en la es cena del primer cuadro; y ahora estaría con ella en el cuadro fi nal, llevándola enganchada por el talle; mientras otras tres rubi- tas de recambio, casi idénticas en todo a la primera, marchaban dichosas en segunda fila, confiadas en que habría un turno para cada una. Cuando ya voy llegando a la esquina, mi cabeza sobrepasa la altura de los aleros; lo que no significa gran cosa, es la verdad, ya que estas fachadas de mi barrio son todas de una sola planta. El tejado que llevo a la izquierda, me resulta bastante conocido. Anduve caminando por él muchas veces, en un tiempo en que mi profesión era prácticamente de explorador de tejados y en ella había alcanzado la celebridad. Ahora mismo, el olor a lluvia enterrada que sale de las tejas de ja de ser un recuerdo y vuelve a estar presente para mí. En los canales puedo reconocer algunas pertenencias olvidadas. Una pie dra mohosa que estuvo mucho tiempo en mi mano, una lata oxi dada, trozos distintos de madera. Aquí permanecerán, seguramen te, un tiempo más hasta que un buen aguacero las arrastre. Aquel carrete grande de hilo El Elefante lo estuve trabajando un tiempo con mi navaja. Corté en picos las ruedas, y después, valiéndome de un palo de fósforo y un pequeño elástico retorci do la hice rodar por encima del lomo de las tejas, con movimien to entrecortado, como la oruga de un tractor. Bueno. Ahora he tenido que echarme al medio de la calle para no causar destrozos en las fachadas de las casas. Sólo imaginen, que por debajo de mis piernas abiertas puede pasar perfectamen te un caballo con su jinete; y que mis rodillas van rompiendo al andar los cables de la luz, y las chispas rebotan contra mí como simples bengalas. Más adelante, cuando ya la calle comienza a destejerse y apare ce el campo, una de mis manos, en su balanceo pasa de parte a parte la copa de una ceiba, y ocasiona un revuelo de hojas y ra mas destrozadas, junto a una verdadera estampida de pájaros de diferentes pintas y tamaños. Por unos momentos, aquellos animalitos que no consiguen es capar por los lados, revolotean alborotados a la altura de mi ca beza, sin que la poca fuerza de sus alas les permita llegar más arri ba. Deben estar pasando el susto de sus vidas. Finalmente, puedo respirar a plenitud el aire libre de la sabana. En esta extensión deshabitada, tengo el privilegio de llenar mis pulmones en toda su capacidad, sin que me perturbe el temor de dejar sólo el vacio a los pequeños humanos que hormiguean por debajo. Otra cosa: mis ropas de muchacho hace tiempo que de ben haber volado, hecha tiras sobre el propio cuerpo, sin que ape nas me hubiera dado cuenta. Y en cuanto al tamaño que finalmente he alcanzado, digo que no tengo verdadera noción del mismo. El cielo parece de un azul tan firme y tan parejo como una pasta que hubieran untado en la altura; y si todo sigue como va, pronto mi cabeza habrá roto esa cáscara, y aparecerá al otro lado como la guinda de un enor me pastel de crema coloreado. Por allá abajo, golpeando a ras de tierra, el sol refila los contor nos de grandes bloques laminados de piedra rojiza, produciendo un fulgor relampagueante que también parece aturdir los oídos. Más allá, la tierra es arenosa, color de almagre, con manchones de piedra caliza y verrugones rojos y morados. Crestas de barro endurecidas, rodean en espirales el núcleo maduro de un pozo seco: pienso en el ojo de un rinoceronte. En un trozo pelado de sabana, que en otros meses del año fue laguna, ahora la tierra su mergida forma cáscaras que se hacen trizas bajo las plantas de mis pies, como si pisara sobre cristales. La verdadera vegetación no existe por aquí. La presencia de un arbolito enano, descamado es casi irreal. Unos cuantos cardones polvorientos consiguieron llegar en grupo hasta aquí y no darán un paso más, agujereados, mutilados. Así que voy a echarme en este espacio llano y voy a tomar un enorme baño de sol. Hasta ahora no he podido escuchar ni un murmullo que pro venga de esta sabana. Pienso que el aire en que me muevo está vacío. Es como una sustancia desnaturalizada donde las ondas no circulan. De la misma manera, cuando me voy echando boca arri ba en la tierra, las espinas, las varas y las pencas de la pequeña población de cardones y tunas, se quiebra y se hace polvo debajo de mí, sin ocasionar el menor ruido. Veo con satisfacción que dispongo de tanta piel que dorar en mi cuerpo, como toda la que pueda tener cabida durante una tem porada, en un hotel de veraneantes. Mi cabeza reposa en la falda de una loma, y mis pies deben ha ber ido a dar por lo menos al otro lado del pueblo. Todo este cam po seco forma una altiplanicie, que se levanta como un plato lla no entre cadenas de montañas que azulean a lo lejos. Por lo menos, espero no haber aplastado mi casa y haberla hecho polvo con el peso de mis batatas. Estando allí acostado, y en un momento que pasó desapercibi do para mí, el sueño me venció como a un recién nacido. Al mis mo tiempo me encontré en mi antiguo cuarto, sentado al borde de la cainita de hierro donde dormía cuando era un muchacho. Tengo el anuncio de Charles en mis manos. Ahora recuerdo ha berlo recortado alguna vez de una página de Mecánica Popular. Nadie más ha dormido desde entonces en esta habitación tan es trecha. El techo bajo me ha dejado telaraña en el pelo. Techo de cañas bravas que han sido roídas por el comején y dejan escapar de su interior una borona negra. La ventana es un agujero cuadra do donde entra una sola cabeza, con un solo postigo medio des prendido y sujetado con alambres. Un armario de cartón piedra. Un aguamanil con las tablas podridas. Alguna vez, hicieron un rollo con la colchoneta y lo amonto naron en la cabecera. Frío del bastidor de alambres. Parece la ca ma de un muertito. En la parte final del condenado anuncio, aparece una vez más «El Hom... más per... desarr... del mun...». El joven Hércules está llevando a cabo una hazaña de poder muscular jamás igualada has ta el momento, y quifcás la más asombrosa que se recuerde en la historia universal del músculo, por lo menos desde que existen ferrocarriles en el mundo. Aquí vemos a Charles, señores, arras trando un poderoso tren eléctrico de pasajeros, con sólo tirar de él por una cuerda, con ambas manos por encima del hombro, y con la cara de estar llevando a casa a un perro testarudo. ¿Verdad o invención? El papel aguanta todo, decían. Sin embar go, la hazaña fue llevada a cabo en 1942 en Filadelfia; habiendo sido escogida esta ciudad, por tratarse de un escenario histórico perfectamente adecuado para implantar una nueva efemérides en aquella nación; y se dice que la demostración fue practicada en presencia de innumerables testigos, entre jueces, periodistas, fo tógrafos y algunos centenares de simples ciudadanos, que se ha bían concentrado para ese fin en la estación central de la ciudad. Hoy, sería cosa de trasladarse a ese lugar y empezar a recorrer las calles, grabador en mano; y a cuanto anciano se nos ponga por delante, zas: ¿Por favor, caballero, será usted por casuali dad uno de aquellos afortunados ciudadanos que el día tal y cual del año tal, ¡Viva América!, vieron cuando «El Hombr..., etc. conducía a rastras, sin ayuda de nadie, un tren de pasaje ros de cincuenta vagones...» «Perdone. No sabría decirle. En rea lidad, yo tenía que haber sido muy niño en esa época. No pue do recordar nada». Pero, es un hecho que casi todos los ojos que pudieron haber visto el espectáculo; casi todos los corazones orgullosos que en aquella hora palpitaron aceleradamente, hoy son menos que pol vo; y el mismo Charles es un puro esqueleto; acaso el costillar mejor desarrollado del mundo, si es que algo de eso queda... Pe ro el muchacho que estuvo sentado en esta cama, y cuya perfecta reproducción en miniatura permanece dentro de mí, en la misma actitud, contemplando el anuncio; ese pobre loco, parece que no pensaba en cosas como éstas aquel día, antes de disponerse a sa lir a la calle. Tampoco había gigantes en nuestro pueblo, por lo menos que fuesen gigantes de carne y hueso; pero Charles sí que era una per sona real, aunque otros aseguran que fue únicamente una razón social y que sólo tuvo existencia jurídica. Eso estaría por verse. Pero es verdad que en sólo catorce... ahora me acuerdo... sólo ca torce días, sin tener que valerse de aparato alguno, de un alfeñi que desmirriado, él sacaba un campeón; y uno se llevaba la mu chacha, y otras tres de repuesto que venían detrás, felices ellas, y muertas de la risa. Bueno. Por lo menos así lo parecía. Me guardo el recorte en el bolsillo y salgo a la calle, donde al gunas cosas han cambiado desde aquella época. Unas cuantas casas, no muchas, parece que son las mismas que conocí cuando era un muchacho; pero las demás fueron derriba das, y dieron paso a pequeñas colmenas donde vive gente que no he visto nunca. Ahora, la sabana comienza más lejos que an tes. La ceiba que rompí con mi mano, al pasar, ha quedado atra pada entre tejados. En algún trozo de sabana, por aquí cerca, dur mió el gigante aquella vez. ¿Será el mismo lugar que estoy pisando ahora? No podemos recordar Ja tierra. Aunque muchas cosas pe queñas bien podían haber sido las mismas de entonces: aquel hor miguero; esá piedra con rayas azules y blancas... Pero, más bien, es como si las letras hubieran cambiado de posición en una página . No es posible leer en ella. No nos dice nada. Charles... ¿Te acuerdas de mí? 

***

TAN DESNUDA COMO UNA PIEDRA 

Cuando ella abrió los ojos, sin comprender cómo había podido quedarse dormida tan pronto, creyó que estaba viendo un caballo parado de manos en la puerta. Pero ni siquiera llegó a asombrarse de veras. Contempló esa visión un segundo y le pareció divertida; casi la hizo reír, aunque tampoco tuvo tiempo para eso. Lo que allí estaba no era completamente un caballo: podía ser más bien el esqueleto de un caballo pequeño, vestido como un hom bre; o era más bien un hombre extraordinariamente alto, con una cara grande y descendente que se proyectaba hacia adelante. Tan alto era, que seguramente se veía obligado a caminar un poco en corvado, y ahora más todavía, mientras venía hacia ella sombrero en mano, después de haber tenido que inclinarse bastante parí cruzar la puerta. Como ella no acostumbraba cerrar por las no ches, éste no tuvo necesidad de llamar. Aquí estaba. Le pareció también que era un hombre demasiado vestido, tal como fue quedando a medida que entraba en el círculo de luz de una lamparita de tela plisada que se había quedado encendida en el suelo, junto a la cama; y ella se incorporó rápidamente, con un sobresalto que en realidad no sentía, y quedó sentada en mi tad de la cama cubriéndose hasta el cuello con la sábana; en una actitud que no era voluntaria ni natural en ella; pero también el hombre era un extraño y su manera de vestir era la de una perso na de fuera. Había mucho que ver en la vitola del recién llegado; desde los zapatos de puntera blanca con calados, hasta el sombrero que él había vuelto a colocarse en la cabeza, un poco inclinado del lado derecho. Sombrero nuevo de fieltro con el ala baja, gardeliano; así lo pensó ella; sabiendo que en la pared que tenía detrás había una fotografía del zorzal, que hace tiempo había recortado de una revista y había pegado en medio de otras caras. El se quedó parado en el centro del cuarto, a sólo dos pasos de la cama, sin enderezarse completamente todavía, y estuvo mi rando con curiosidad a la mujercita, como si hubiera tropezado con algo curioso y aniñado, que no esperaba encontrar allí. Era un día jueves, y ella había despedido hacía rato a Gualterio, así que no tenía por qué esperar ninguna otra ocupación por esa noche; ¡pero ésta no era una visita corriente! Por poco se mira a sí misma levantando los brazos y esponjando sus cabellos por detrás, y dándose toquecitos a los lados con las palmas de las dos manos, en un ademán que le pertenecía, pero que no había vuel to a emplear sino una que otra vez en mucho tiempo, y eso estan do sola; pero este impulso se durmió en sus brazos tal como ha bía llegado; y mientras tanto seguía mirando al recién venido, cuya presencia ocupaba más y más el tamaño del cuarto. También sin tió necesidad de reír (no lo hizo), porque, en medio de todo, le estaba resultando risible la idea de que este hombre podía ser el propio Gualterio que había regresado de la oscuridad (sintió el cosquilleo de la risa moviéndose alrededor de la boca; pero la car ne supo mantenerse por allí firme y dura) después que había to mado, quién sabe cómo, ese aspecto extranjero. El Gualterio era campanero de la Iglesia. Lo había visto salir ha cía rato, porque le tocaba venir a montarla cada jueves, con su carne pesada y su color de ladrillo viejo que cubría por igual ro pas y piel. Había un callo redondo como el ojo de un pez debajo de cada uno de los dedos de sus manos, marcas que había dejado allí el cabestro de tocar la campana, y esos salientes ásperos raspaban los granos de sus tetas como si los estregara con tierra, pero con su pase de dulce por debajo; y ella no se lo había contado a na die, y ni siquiera le complacía repetirlo a sí misma, sobre todo tratándose de aquel Gualterio que era un zote; pero el gusto que le producían esos frotes de escamas en las puntas de sus mamilas, raspándolas con pequeñas crestas y extremos romos y arenosos, era un interno cosquilleo que se le presentaba en cualquier mo mento del día engruesándole el busto, y esto sin siquiera tener que haber pensado expresamente en ello. Pero a esas horas ya Gualterio debía estar entrando en la casa del Padre, así que nadie más tenía que venir esa noche; y sin em bargo, no sabía decir por que, pero tras haberse puesto la dormi lona para acostarse, sacó debajo de la cama el espejo de mano re dondo que guardaba en una caja de zapatos junto con sus pinturas y se estuvo mirando la cara por partes. Primero hacia un extre mo, donde quedó asomado un ojo que era de color pardo, indi ferente, con el globo redondo y saliente donde el paso del tiem po no se reflejaba, ya que ellos parecían seguir siendo los mismos desde que era una niña. Después, detuvo su observación en la na riz, gruesa y regada hacia los lados hasta llegar a confundirse con los pómulos, y por último resbaló para enmarcar los labios es ponjados, sombreados por un ligero bozo y unidos por una línea amoratada donde se secaba la saliva. No pensó en nada, como de costumbre, tras aquella inspección; sin embargo, acabó poniéndose un poco de colorete en la cara. ¿Había sido ésto una corazonada? El caso es que ése había apare cido en la puerta cuando ella ya empezaba a quedarse dormida, y allí seguía. Ese carajo. La puerta había quedado abierta, y la oscuridad del campo se desteñía un poco detrás de él, y dejaba ver unos palmos de tierra y unas sombras de monte manchadas por el resplandor de la luz roja que quedaba encendida ahí afuera Se oyó exclamar, «hijo’e puta», en medio de una risotada que sólo ella pudo escuchar, mientras el extraño parece que quiso decir hola, o algo semejan te; pero únicamente se aclaró la garganta y miró hacia los lados. Ella ya había salido de la cama. «¡A que otra no se ha echado uno de este tamaño, voy!», cantó sin interrumpir el silencio, pe ro escuchándose con satisfacción a sí misma. El hombre no vio otra cosa que unas paredes encaladas que ya no eran blancas. Las cañas reventadas del bahareque asomaban en algunos sitios. Un camino de hormigas trazaba una línea que brada que subía hacia el techo. Un camisón de andar, de tela ver de, colgaba en un clavo contra la pared. La cama era de hierro y sus copetes elevados soltaban la cáscara Había una repisa cla vada encima de la cabecera, donde se amontonaban imágenes y cromos de santos, entre unos restos de flores de trapo y pegotes de esperma amoratada. En la pared de al lado negreaban los recortes de clisés de revistas, y en el medio, Carlos Gardel son reía a todos. La mujer no podía saber que el recién llegado era un viajante de comercio, que había llegado al pueblo esa misma mañana. Durante el día, anduvo recorriendo los establecimientos de la calle central, donde debió haber cerrado algunas operaciones sen cillas, y al principiar la tarde estuvo de regreso en la posada. Allí volvió a encontrarse con las cuatro personas que le habían recibido esa mañana, sentados en el mismo lugar en torno a una pequeña mesa. Aquella vez, tampoco ninguno de ellos pronunció palabra ni levantó la frente de la hilera de fichas de dominó que tenía delan te. Sólo después de un rato, el más viejo de todos ladeó un poco la cabeza y miró al recién llegado por encima de unas antiparras. Era el propietario del establecimiento, un asturiano con la cabeza de haba fósil, desenterrada. «¿Quiere cuarto, me dice? Métase usted mismo, caballero. Allí tiene las llaves colgadas. Tome la que guste. Gracias». Sus compañeros usaban sombreros de fieltro resecos y vestían ñuxes de antiguo casimir que ya no pretendían esconder sus ro turas. Podía creerse, sin exagerar, que la partida que les mantenía insomnes alrededor de aquella mesa, con las cabezas bajas y los ojos clavados en las fichas, podía haber comenzado por lo me nos un siglo antes. El viajante dio comienzo a la conversación. (Viéndole allí no simulaba ser tan alto como le iba a parecer después a la mujer, en la choza; pero ella tenía la estatura casi de una niña, y así mis mo el tamaño de su vivienda parecía haber sido calculado a su medida.) —¿Quién de ustedes quiere decirme adonde debe ir un cristia no que quiera divertirse un rato en este pueblo?— preguntó, con su mejor sonrisa. El asturiano respondió, sin alzar la cabeza: —Pues... me parece que ya es un poco tarde para eso, señor. —No son siquiera las nueve. —Es verdad. —Bueno... — A esta entrada siguió un silencio lento, que ha bló a continuación con el pistoletazo de una ficha al ser aplasta da contra la mesa. —Jeremías es un profeta!— gagueó uno de los cuatro, comen tando su propia jugada con una risita chocante. A esto, siguió un breve comentario irritado que provocó algu nos manoteos entre los jugadores, pero ninguno llegó a despe garse de su silla. —Me pregunto si no queda por aquí un mabil, por lo menos. —Mire usted. —Esta vez el asturiano levantó la frente, mancha da de amarillo—. Si lo que quiere usted es dar servicio al cuerpo, entonces tendrá que ser Segunda. No hay otra por aquí. Al viajero este nombre no le ayudó a pensar en mujer. —Segunda. Esa es su gracia. Ella es la única que puede atender lo. Si es que todavía no se ha acostado a dormir; digo yo. —Pero si no son siquiera las... —Ya lo sé. Pero hoy es jueves, como ve. —Si fuera viernes, sería otra cosa —cooperó un tercero, que ha cía girar despaciosamente una ficha sobre la mesa. —Tal vez tenga usted suerte. —El asturiano arrimó una doble sena al diagramado de las fichas—. De todas maneras tendrá que darse prisa, ¿sabe usted? Siga por esta misma calle hasta el final. A pesar de que la luna está clara, será mejor que deje por allí cer ca su camioneta y siga andando. De allí en adelante ya es el mon te y no se sabe dónde puede uno ir a caer. —Siga siempre derecho por una vereda que le va a salir más adelante, y así hasta que vea que le aparece un claro. En el medio, verá una mediagüita de zinc, que tiene un bombillito rojo prendi do encima de la puerta. —De seguro encontrará esa puerta abierta. —Entre no más, sin tocar. Allí verá a Segunda. Al encontrarse frente a aquella persona, el extraño no tuvo ne cesidad de abrir la boca para manifestar sus intenciones. Sonrió: enseñó la dentadura orificada; dirigió la mirada a la cama y em pinó la cabeza, con un ademán que a ella le pareció el de un ca ballo que se quita una mosca. Esta indicación fue suficiente para que ella se sacara la dormilona por encima de la cabeza. En ese momento, quedó tan desnuda como una piedra. Se dio vuelta para meterse otra vez en la cama, y a él le pareció que le estaba devolviendo la mirada a dos caras de piedra sin re lieves, escrupulosamente unidas una con la otra, que se fundían casi a plomada con la espalda. Segunda se colocó en medio de la cama, en posición de reci bir. ■ • • Volvió la cara a un lado y vio cuando el hombre se quitó el som brero gardeliano y lo dejó con cuidado en mitad de una silla. Es ta, además de la cama y un aguamanil, era todo el mobiliario que había en la pieza. Segunda ya no volvió a cambiar la mirada. El aroma que venía hacia ella era una esencia masculina, sin duda, aunque nada co rriente. El caballero desabrochó el primero de los seis botones de su saco cruzado, cortado en casimir azul marino; y cuando terminó con los demás, colgó la prenda en el espaldar de la silla. Segunda se distrajo un poco, pensando que asistía al comienzo de una mi sa extraña. El oficio prometía ser minucioso y paciente. Cuando recuperó la atención, el hombre conducía en una mano una pe queña prenda mutilada, tomándola por el cuello con dos dedos. No le costó trabajo reconocerla. Era un chaleco. Y en ese momento creyó estar viendo en el aire la figura de un maromero que se ba lancea y hace equilibrios en una cuerda floja. Audazmente, el hom brecito se despoja de la levita y la arroja a la pista. Ella no deja de admirar, desde abajo, el brillo de un chaleco muy ceñido al cuerpo que envuelve el torso delicado del funámbulo, casi des provisto de carnes. Pero ésta era una imagen antigua y casi trans parente. Algo que tuvo que haber pasado para ella hace ya mu cho tiempo. En este momento, el hombre se había despojado de una corba ta casi triangular que parecía un enorme pez de colores e iba ador nada por un sujetador de plata del que sobresalía una perla. Ter ció esa pieza encima de la chaqueta y se ocupó luego de los puños de su camisa, de donde salieron las gotas de oro de unas yuntas. Tras ellas, fueron saliendo de los dedos seis anillos que mostra ban grosores y brillos diferentes, y todos formaron hilera encima del ala del sombrero, en mitad de la silla. Allí mismo, un reloj de pulsera, montado en una cadena dora di extensible, puso a brillar su ojo mecánico junto a las otras pren das. Y por último, un juego de pluma fuente y lapicero niquela do, con brillantes en el sujetador, apareció asomado al bolsillo de la camisa blanca, cuando ésta hizo unos pases en el aire hasta que dar colgada de una punta del espaldar. La franelilla de algodón fue a hacerle compañía, y así la prime ra parte de la operación quedó concluida; aunque ella pudo ver brillar el oro una vez más, en medio de una masa de vellos cobri zos: el oro de una cadena que él llevaba al cuello y sostenía un pequeño crucifijo de nácar. Cuando los pantalones cayeron en el espaldar de la silla, se oyó el pequeño grito metálico de un llavero, seguramente muy carga do. Moviéndose con sus largas piernas desnudas, el hombre se in clinó para buscar en el bolsillo interior de su chaqueta una piti llera de plata y un encendedor del mismo material, que colocó en un ángulo de la silla, donde pudiera tenerlos a la mano más tarde por si le fuera necesario. Durante esa última operación, un objeto metálico saltó como una araña del bolsillo y golpeó seca mente en el piso. Desde allí parecía sonreír como la boca de una calvera. El hombre llevaba una manopla. Sentado ahora al borde de la silla, ella le vio quitarse los zapa tos. Los calcetines blancos se desprendieron inmediatamente del cuero y de las venas como si se arrancara el hollejo de una que madura de sol; y luego desapareció la última prenda y dejó en su mitad el negro más profundo. Ella no se entretuvo demasiado mirando el badajo, que en ese momento apenas había principiado a engordar; pero no por eso dejó de caerle en gracia que la caperuza fuera retrocediendo por sí sola y desnudando el cuello acordonado tras una lenta contrac ción, como si de esa manera esa ceremoniosa cabeza se estuviera dirigiendo especialmente a ella y le dedicara un pensamiento. Más bien, se distrajo mirando con admiración la montaña llena de brillo y fantasía en que había quedado convertida su vieja si lla. Era como si allí estuviera amontonado el contenido de la vi trina de una tienda. Pero esta última visión desapareció pronto de sus ojos, a medida que una torre de huesos se fue inclinando sobre ella, y finalmente descendió completamente entre sus piernas. El señor se estaba aproximando a su casa, y ella sentía que inte riormente los corredores se ensanchaban; se llenaban de prisas y carreras, mientras el amo anunciaba su presencia en alta voz des de la puerta. El comenzó a ajetrearse, bombeándola con su toche sano y lar guirucho. Ella volvió la cara a la pared, como tenía costumbre. Pero esta vez sólo fue por un momento Pensó en los vellos del pecho del hombre; y como él se incorporaba un poco sobre los codos, porque seguramente tenía por costumbre hacerlo de esa manera, pudo distinguir bien de cerca las puntas oxidadas de esos pelos, que parecían haber sido acercados al fuego. Había vetas ro jizas en esa pelambre y otras descoloridas, casi blancas. Estando en eso, Segunda vio que bajaban más y más hacia ella (¿es que iba a besarla, carajo?) dos hileras separadas de dientes parejos y grue sos, protegidos por filetes de oro. Ahora, el hombre volvió a estar de pie delante de la cama. Ha bía principiado a vestirse; pero esta vez parecía que iba a ser úni camente un resumen breve y apresurado de la ceremonia anterior, que ya carecía de importancia. Bueno, tampoco había sido más largo ni más corto esta vez. Co mo era su costumbre, había dejado que su mitad de abajo trabaja ra por su propia cuenta, sin ella tener que esforzarse ni pensar Cada movimiento de cadera remataba arriba en una contracción, como si hiciera girar la muñeca con el puño cerrado. Hacer esto a solas le parecía divertido: «todo no es más que así», se decía; y observaba el movimiento giratorio del puño que resbalaba en la articulación, con fuertes pulsaciones. Bueno; no se las había arreglado tan mal en la vida, después de todo. Era como si hubiera estado engañando a todo el mundo, sin quererlo; y al pensar en esto no dejaba de reír, viendo cómo su vida entera parecía balancearse graciosamente en ese puño. Po día parar y volver a verlo funcionar en seguida, si así se lo orde naba. Los señores entraban y salían. No necesitaba otra cosa. Es verdad que allá abajo, toda su carne era dura y redonda; pe ro sus huesos eran diligentes y sabían manifestarse con empeño, y sin tener que arrearlos, como si el impulso lo trajeran de natu raleza. Ella, mientras tanto, permitía que el tiempo se le fuera man teniendo la cara vuelta a la pared; los ojos fijos en un punto, don de las cáscaras desprendidas del encalado hacían aparecer dife rentes clases de figuras. Unas, que siempre habían estado donde mismo; otras, creía que se dibujaban por primera vez, y alguna era como si estuviera de regreso en su punto después de mucho tiempo. Esta vez no fue así, sin embargo. Al menos, no del todo. Mien tras él la cubría, ella mantuvo la cabeza derecha casi todo el tiem po, y los huesos grandes de la cara que se movía encima respiran do grueso, la habían tropezado varias veces. También había dejado encendida la lámpara, ya que él no pres tó atención a este detalle (otros pedían expresamente que la apa gara); pero ella lo prefería de esa manera. Se sabía más dueña y más confiada si podía distinguir bien la cara del hombre, cuando alguna vez se le antojara volver la cabeza un momento. Y la verdad es que ahora una rara debilidad, que podía ser lla mada languidez, se extendía por sus piernas; una corriente dul ce; y su vientre había estado latiendo hace un momento con fuer za, y ahora mismo seguía palpitando aunque calladamente, en medio del olor a entrañas que manaba de toda ella como si esca para por cada uno de sus poros. Sus ideas se movían pesadamente como si durmieran a medias. No deseaba tener que levantarse ni tampoco quería dejar de mi rar al hombre, con la mejilla apoyada en la almohada. ¿Tú terminas? Le había preguntado una vez una mujer, a quien le parecía estar viendo desde el larguero de la cama, sentada en la silla y chupándose un dedo manchado de grasa. Era una catira de pelo chamuscado, que una vez había llegado al pueblo, no se sabía cómo, y de la misma manera desapareció, después de algu nos meses Ella no supo qué responder a eso. No sabía muy bien de qué se trataba; pero una corriente de vergüenza la había atra vesado de arriba abajo. Sin duda que en este momento tampoco hubiera sabido responder a esa pregunta; pero el caso es que su cuerpo no era el mismo. Le hubiera agradado poder quedarse allí dormida, sin tener que moverse. El caballero había terminado de vestirse. El sombrero lo llevaba cogido por el filo. Sin dirigirle la mirada, dejó caer unas mone das encima de la silla. La mano hizo ademán de retirarse. Se con tuvo a mitad de camino; regresó al lugar y soltó algunas otras que le habían quedado entre los dedos. Ella observó ese gesto desde la cama, donde se hallaba cubierta hasta el cuello con la sábana. Parecía un ánima enteriza, oscura, pesadamente real. El extraño se colocó despaciosamente el sombrero. Volvió la espalda y se dirigió a la puerta que abrió hasta la mitad. Un poco del resplandor rojizo del bombillo de afuera, entró en el cuarto. Ella tiene la mirada fija en el sombrero de fieltro gris y relu ciente, que le cae de lado encima de una oreja, y en eso siente venir un leve cosquilleo que se recoge alrededor de sus labios; sólo que esta vez no piensa en reír a carcajadas como le sucedió al principio. El giosor de la boca se fue haciendo patente, como si la carne principiara a hincharse, pero sin duda sólo era el co mienzo de una sonrisa. Una mano, por lo menos la mitad más grande que la suya, se agarró a la hoja de la puerta. Esta seguramente iba a cerrarse, sin que él tuviera que volver la cabeza. Ella dijo; no es más que uno de paso. Sin embargo, lo había oído gemir encima por lo menos dos o tres veces; y también la había rodeado por la espalda con sus brazos largos y la apretó con fuerza entre ellos. Uno de paso, como todos; un golpe de aire nocturno, endure cido entra a la habitación; y luego parece que un cuerpo masculi no fuera haciéndose, modelándose delante de ella, a medida que el recién llegado se mueve, gruñe o canturrea junto a la cama. Pe ro ella no se queda acostada un momento más ni tampoco piensa en taparse con la sábana como lo está haciendo esta noche. Ella simplemente lo deja solo mientras se viste. Entra sin decir nada en el cuartico donde está el retrete y una tina para lavarse, y allí se queda el tiempo suficiente, hasta que escucha el sonido de la puerta al cerrase. Se ha ido. Durante las horas del día, cuando está sola en casa, ella se olvi da de las noches. Sale a caminar por la sabana, y allí sus pensa mientos flotan sin contenido. Durante mucho rato su cuerpo está lleno de vibraciones. Es una forma hueca envuelta por el tejido de los nervios; ella dice: «soy como un antojo; me dan ganas de nada»\ y ya es casi de la misma naturaleza que el monte y la tierra rajada; porque de alguna manera parece que todas las cosas a su alrededor, los bubones de tierra caliza, los cardones y los mo gotes espinosos que le salen al paso, tuvieran también una espe cie de cara que se mueve para mirarla, y en el interior de cada una de esas visiones deben escucharse murmullos y sonidos di versos. El cielo es blanco y uniforme. Encima de los cerros dis tantes, los puntos negros de las auras se mueven en círculos. Ahora sólo consigue distinguir, en la franja de la puerta que aún queda abierta, la curva del ala del sombrero que va pasando a la sombra rojiza de afuera; y antes de que esa mancha desaparezca de sus ojos, dice, tan fuerte como puede, pues tiene la garganta enronquecida, y 110 sabe si todavía el extraño puedo oírla: —Perdone lo malo, señor. 

***

UNA CHICA DESNUDA, CASI DESNUDA, SENTADA EN EL FONDO DE UNA VITRINA Ya: uno de esos figurines ingleses, como llamábamos entonces a las revistas de modas. Esta, viene de 1949 Teodora era todavía muy joven y aún hacía esas cosas: se había meado encima de la página, y ahí quedó esa mancha amarilla cu briendo más de la mitad del dibujo. La gata estaba echada en un ángulo del mesón, encima de una pila de patrones viejos. Jonás la vio levantar la cabeza y vio con ella que la puerta se abría (el resorte sonaba a bordón destemplado) y entraba una muchacha. Era una joven impetuosa, como lo indicaba su manera de mo ver el bolso con vigor desafiante, casi tropezando con el suelo, como si llevara la cabeza cortada de un enemigo prendida por el pelo. —Buenos días. Jonás se alzó los espejuelos. La chica se detuvo delante del me són. Sí. También era bonita. Pero no era una belleza arrogante. Qui zás la agresividad aparente que ponía de manifiesto en sus ade manes, podía ser más bien una moda. Una manera de ponerse en marcha; pero no se compadecía con el tono de piel de su cara, por ejemplo; su tez algo descolorida, que de alguna manera de bía guardar un poco de nostalgia de una niñez cercana. —Perdone. Quiero hablar con usted. Sin quererlo, Jonás dejó escapar de su garganta un pequeño rui do agónico, involuntario. De un tiempo a esta parte parecía ha ber un agujero en su laringe, por donde el aire se escapaba. —Se trata de... yo diría que de un trabajo; pero en realidad se trata de algo muy especial. —Sin embargo... ¿Señorita, verdad? —Efectivamente; sí, sí... —Y casi pareció agregar, ¡lo juro!— Señorita, me figuro que usted no sabe en qué lugar se encuentra. Esto, si no lo ha visto bien, es una sastrería. Se sintió desenvuelto y mundano al haber dicho toda aquella parrafada de un tirón; y hasta le pareció que su antigua voz ate norada, una parte de ella, cuando menos, había salido a flote. Ha bía sido un engaño, qué remedio; pero, al menos por un momen to, la vio brillar delante como una flor blanca. —Lo sé, señor. He visto su sastrería otras veces al pasar por esta calle. También le he visto a usted; unas veces a través de la vitrina o parado en la puerta. ¿Cómo se llama su gata? Jonás guardó silencio. Teodora pestañeó una vez. —Debo decirle que si me he decidido a entrar, finalmente, ha sido a causa de... En fin. Escuche. —¿Qué es lo que se trae esa mocosa? Jonás había retirado ya casi todos los objetos que formaban la decoración de su vitrina. —A lo mejor estoy perdiendo el tiempo vaciando esta vitri na. Con seguridad, esa chica no vuelve por aquí. Claro, esto de la decoración era más que todo una manera de decir, y él lo sabía. Ya hacía bastante tiempo, tal vez no pocos años, que las miradas de la calle no encontraban razones para detener se en su vitrina aunque sólo fuera un instante. Jonás levantó en peso un tórax de madera que había permane cido durante largo tiempo desabrigado en un rincón, y lo llevó adentro, dejándolo junto a la pared. Cuando volvió al lugar, dos cucarachas huían espantadas, intentando encontrar un agujero por donde escurrirse y desaparecer. El claro que había dejado en su lugar el maniquí, recordaba el primitivo color aperlado del piso. —Aún no consigo imaginar qué es lo que pretende esa criatu ra. Casi me parece que he estado soñando todo esto. Durante todo este tiempo, el sastre había estado mascullando palabras a media voz, a la par con sus pensamientos, y sin dejar de mover disimuladamente los labios; pero ésto era algo que él sabía hacer sin que le descubrieran, aún hallándose en presencia de un cliente. ¿Un cliente ha dicho? ¡Ah!, (Tiempos dorados! Mientras tanto, el plumero pasaba por el piso de la vitrina y arrastraba polvo y boronas, —Porque no puede ser más que un disparate esa idea de pe dirme en alquiler mi vitrina, e insistir en ello varias veces has ta obtener mi aprobación. ¿No va usted a decirme qué es lo que se propone hacer, señorita? Porque si no es así no podremos con tinuar hablando. Mi propósito es completamente personal, se ñor... Y sin darse mucha cuenta, estaba remedando el tonillo de voz apagada pero risueña, que le había escuchado a la joven... Si quisiera usted avanzarme algo. Lo siento. ¡Qué terquedad de chi ca! Insistía en que únicamente podía revelármelo en el momen to. Ella parecía tan segura al hablar; pero era una chiquilla, ¿qué duda cabe? Eso sí, de ninguna manera es una cabecita lo ca... si es que las hay en estos días. Hay una punta... ¿He dicho punta? Sí. Hay una punta de carácter en su naricita. Me figuro que gracias a ella, esa joven puede andar confiada por el mun do sin tener que moderar la marcha. Estoy seguro de que esa pequeña nariz levantada, le abre paso. * * * La joven volvió poco antes del mediodía e inmediatamente se puso en movimiento. El pequeño sastre la veía hacer en silencio, de pie al lado del mesón donde apoyaba el codo; y he dicho pequeño, porque el sastre era una persona de tan corta estatura, que las piezas del mo biliario parecían componer a su alrededor toda una familia de grandullones. Grandullones de edad madura, bastante maltrata dos por la vida. La gata posaba, mientras tanto, en pose de gata de yeso, en la misma esquina del mesón donde se recostaba su amo; y también sus ojos redondos y volubles, con tintas que variaban de tonali dad a cada momento, seguían los movimientos de la joven, pero sin demostrar con ello el menor interés; lo que no debe sor prendernos, porque el que observa es un felino. Unos momentos antes, cuando el sastre ya casi se había olvida do de su visitante, observó algo extraño que venía cruzando la calle en dirección a él. Era la chica, que traía volcada en la cabeza una de las llamadas sillas de Viena, con el espaldar por delante, sujeto en ambas manos. Era todo un extraño vehículo de tracción doméstica, como habría pocas ocasiones de volver a ver en las calles. Esa silla, fue colocada por su dueña en un ángulo de la vitrina, dando el frente a la calle. Inmediatamente después, la vio hacer algo todavía más extraor dinario, que convirtió al pequeño local en algo menos que una cámara electrificada. Cada cosa principió a vibrar de pies a cabe za, aceleradamente. Pero, ¿era cierto?> se preguntó Jonás, sin quitarle los ojos de en cima. Sí. No se engañaba el sastre. Ella se despojó sin vacilaciones de un ligero impermeable que traía puesto, y al hacerlo, descubrió que no llevaba casi nada debajo. La piel, al encontrarse con el aire, salió fuera de sí misma y lo ocupó todo alrededor; pero no era como la piel de su cara y sus brazos, que ya conocía bien. Esta parte de su cuerpo parecía tener más diferencias que aproxima ciones con la realidad. Y era posible que, al no haber recibido antes, de lleno, la luz del exterior, fuera toda una incógnita para el mundo ajeno. Dos pases breves de tinta negra, aplicados con exactitud arriba y abajo, cubrían los lugares que hacen parecer más elaborada, y algo menos digna de piedad, la desnudez, Sin perder tiempo en ofrecer explicaciones, que de todas ma neras hubiesen aclarado muy poco, la joven trepó de un salto a la vitrina y se introdujo en ella; comprobando en seguida, con una mirada aprobatoria, que lo reducido del espacio parecía ha ber sido concebido precisamente para una persona de su tamaño. Se sentó luego en la silla de Viena que antes había colocado en el rincón y cruzó audazmente las piernas. Desde ese momento permaneció inmóvil en esa posición. Su respiración pareció en mudecer casi completamente. Un peatón que pasó por la acera un momento después, frenó la marcha de repente como si una chispa extraña hubiese saltado por su lado izquierdo. Volvió la cabeza y sencillamente se quedó tieso. Estaba viendo a una chica desnuda, casi desnuda, sentada en el fondo de una vitrina. ¿Qué significado podía tener una cosa así? Y esa fue aproximadamente la misma pregunta, digo yo, que debieran hacerse las primeras dos, tres... ocho personas que en los minutos siguientes se detuvieron también en la acera. Porque, ¿qué otra cosa podemos preguntamos, mortales, en una ocasión semejante? En cuanto a lo que venía sucediendo, mientras tanto, con la jo ven, me parece que podemos hablar de ello con mucha mayor autoridad. Desde el comienzo, su mirada se mantuvo fija, inalterable co mo si formara un círculo pegado al cristal de la vitrina, y al mis mo tiempo le pareció que su cabeza funcionaba como una má quina registradora; mas no una máquina cualquiera, sino uno de aquellos modelos que recordaba de su infancia, y que representa ban, sólo ella lo sabía, una gruesa dama encinta, sentada. Allí es taba, como si la viera delante de ella, esa caja labrada de color de hueso, y cada vez que descubría una cara nueva en el grupo que empezaba a llenar la acera, apretaba una de las sólidas teclas con el dedo anular. ¡Cling! Era un campanillazo nítido y resonan te. Allí aparece otra. ¡Cling! Acaba de asomar la cabeza por detrás del montón. Perplejidad, acaso; respiración interrumpida, un to que de rechazo. ¡Cling! En la primera fila se escurre un jovencito. Abre la boca. Bueno, quizás la lleve siempre abierta; pero también hay una mueca en su cara. Casi, sin duda, es una mueca de dolor; o una expresión vacía, interrogadora. Parece como si mirando a la vitrina, estuviera sufriendo una pena en sus huesos. El motivo de ese dolor, ¿estaría claro para él? Sus facciones parecían desli zarse a cada momento, como si perdieran su modelado. Deben estar hechas de una materia prematura... Bien, ya la chica se sentía segura de que su proyecto marchaba; pero, ¿se estaba cumpliendo su propósito de la manera como en verdad se lo había imaginado? Hacía algo más de una hora que estaba allí sentada y no podía decir que experimentara cansan cio, tampoco aburrimiento; pero su corazón no latía por ello más a prisa; y eso que lo que tenía por delante era ya una verdadera aglomeración. La acera había quedado completamente obstruida y algunos habían principiado a disputarse con verdadero encono los primeros lugares. Entonces, ella empezó a pensar en su habitación, su cuarto de soltera, y se preguntó si de veras estuvo alguna vez sola en ese lugar. No podía recordar ese cuarto sólo como cuatro paredes; por que, a pesar de ser un recinto tan estrecho; parte de una pequeña casa donde había nacido y se había hecho niña y más tarde mu jer, o tal vez esa mezcla formada por partes desiguales de ambas cosas; su cuarto había sido también, a lo largo de sus años, un lugar público, un lugar de paso para muchos o un lugar de habi tar para unos pocos; pero lo cierto fue que ella siempre anduvo circulando de pared a pared; entre su cama, la puerta, la pequeña ventana que daba a un jardín con una pared de ladrillos al final, el estrecho cuarto de baño, los olores del tocador; y siempre lo hizo como si tuviera que pasar de lado, escurriéndose entre per sonas y acontecimientos diversos, que fueron en ocasiones pug naces y acelerados. Ahora le parecía que, desde que era una niña, la circulación de personas jamás se detuvo en ese cuarto. Eran fantasmas de perso nas distintas, que cruzaban con naturalidad de un lado para otro y partían en diferentes direcciones, como si las paredes no exis tieran para ellos. Muchos, eran miembros de su familia (aunque hubo algunos ex traños inquietantes, también; una que otra parienta más o menos apócrifa. Apariciones que por inmaduras no llegaron a comple tar su forma en la memoria); otros habitaban en las casas del ve cindario, o eran amigos tibios de casa, que, en cierta forma, al introducirse en su reino, se magnificaban o adoptaban con facili dad papeles complicados, que en la vida corriente ellos mismos hubiesen, quizás, rechazado; pero, es verdad, que cada vez que le tocó compartir momentos con cualquiera de esas personas, den tro o fuera de su cuarto, en estado de sombras o en la vida ani mal, descubrió, en cada uno, una manera de actuar, de cara al mundo, que parecía corresponder al más arrogante albedrío; co mo si cada paso marcado, cada determinación ejercida, respon dieran al mandato de una voluntad soberana e irreductible; y sin embargo, esta condición de naturaleza guerrera, no iba más allá de un juego de apariencias. En realidad, todo discurso, todo des plazamiento eran la consecuencia de un mandato particular. Es cucho y obedezco. Las órdenes procedían de un dictado benévo lo, es verdad; una agenda no demasiado rigurosa; un manual de instrucciones leído a media voz; pues ese poder inapelable, pare ce que prefería mantener eí recato... Me pregunto si ese déspota seductor gobierna también mi persona —decía la joven—, o si más bien la voz de mando es mi propia voz. Si soy yo misma quien está leyendo ahora las órdenes para ellos, siempre en voz baja. La página, ¿es entonces mi propia vida? En ese momento sus pensamientos viraron con brusquedad ha cia otro lado. Vio que numerosas personas estaban apareciendo por las pare des de su cuarto, y se preparó para soportar lo mejor posible una situación que ya había tenido que sobrellevar anteriormente. Los visitantes continuaron apareciendo, formando grupos más y más compactos, pegando hombro contra hombro, hasta que la habita ción estuvo tan repleta de gente que ya no entraría en ella una aguja; y la pobre empezó a sentirse brutalmente oprimida, en me dio de un bloque de materia densa que le impedía hacer el me nor movimiento Iba a dejar de respirar Su mirada se ennegrecía. Estaba abando nando la vida, y sin embargo, en el fondo de su razón sabía que tenía la facultad de impedirlo Bastaba con hacer un ademán, co mo quien se libera de un sueño; un grito hubiera sido suficiente: una sacudida de brazos era cuanto necesitaba, si quería recuperar el aliento y destruir en una sola arremetida toda aquella ficción mortífera; y sin embargo, no lo hacía. Estaba permitiendo que en trara la muerte. Por eso, el regreso a la normalidad, que inevita blemente venía un momento después, era siempre una vuelta del suicidio. Unos gritos estallaron de pronto del lado de la calle y le devol vieron el conocimiento. ¡Por Dios! ¿Qué estaba sucediendo, ahora, allá afuera? Afuera, habían venido sucediendo cosas. Con seguridad, algunos activistas habían corrido a difundir la noticia un poco más allá. Hay una muchacha desnuda... ¿Eh, qué dices?... casi desnuda, digo. ¿Saben en dónde? En la vitrina del Imperio Inglés... ¿En el Imperio?¡Madre mía!... Porque así se hacía llamar, de veras, el establecimiento de Jonás. Los dependientes de los comercios vecinos, las menudas recep- cionistas, los operarios de máquinas de contabilidad con elásti cos en las mangas fueron abandonando rápidamente sus puestos. ¿Se había vuelto loco, finalmente, el pequeño Jonás? Una emplea da de una heladería, irrumpió, tocada con un gorrito rojo, para jurar que había visto cien veces al anciano hablando a solas. Ella siempre estuvo convencida de que el pobre no estaba en sus cabales. Desde el fondo de la calle principiaron a llegar refuerzos. Vo luntarios acudían en carrera como si se tratara de apagar un in cendio. La circulación de vehículos comenzó a retardarse, hasta que la calle casi se detuvo por completo. No tardó en hacerse presente un policía que se abrió paso a la primera fila, donde quedó con los brazos en jarras, intentando des cifrar mentalmente lo que ocurría. —Esto es publicidad, qué duda cabe. Pero, ¿qué es lo que se proponen, finalmente? Porque si de lo que se trata es de alterar el orden... Alguien recordó que hacía mil años, nadie, que se se pa, había venido a tomarse medidas en este lugar. Me han dicho que la chica es su hija, fue el comentario de una gruesa porte ra... y juro que las he visto por allí delgadas como sílfides, pero ésta era exactamente gruesa. Algunos hombres hablaban en ronquidos. De culo está mejor que de frente, por lo que se ve. Es un polvo. Es todo un polvo. ¿Por qué no se termina de quitar lo demás; al menos lo de arriba? Es lo que yo digo, ¿cómo andará de te tas? ¡Pues que baje aquí y me la chupe. Hace rato que la tengo tiesa! Pues bien, cuando la chica escuchó aquellos gritos, se trataba ya de una buena pelea que se había formado en mitad de la calle. La lucha que empezaba a formarse en las primeras filas, era como un forcejeo de náufragos disputándose la última tabla. La chica imaginó que todo lo que pasaba ante sus ojos, venía como marca do en un libreto. En el momento justo, arremetió una sirena poli cial. Las puertas de un carro patrulla se abrieron al unísono. Se oyeron gritos. Algo duro golpeó contra el cristal de la vitrina, de jando impreso en el lugar un círculo como de telaraña. Una cara vino empujada desde atrás. Se aplastó como una figura de cera contra el vidrio, y las facciones quedaron adheridas a la superfi cie con la mueca de Cuasimodo. Ella estuvo a punto de soltar la risa, porque había visto la película cuando era niña y podía re cordar a la perfección aquel maquillaje asombroso. Pero esa risa se heló debajo de la piel, cuando la cara principió a resbalar has ta el suelo. En el vidrio astillado quedaron señales de sangre. Ahora estaba muerta de miedo y con ganas de escapar de allí a la carrera; sin embargo, sentía que toda aquella conmoción era la escena de un sainete, donde los actores habían confundido sus papeles y acabaron por perder la chaveta. Detrás de todo, le pare cía estar viendo a un director de escena atribulado, que daba sal tos sobre sus dos piernas abiertas, gritando sin hacerse oír: ¡cor ten!, ¡corten!, ¡corten!... —Ya acabó todo, hija mía, finalmente. Ya no tiene por qué es tar preocupada. —Por mi culpa han roto su vidriera. —¿Que la han roto, dice? ¡Qué va! Si ya hace tiempo que estaba «quebrada». —Me alegra que todavía podamos reír. Mire: no hay un alma en la calle, ni luces en los edificios. Debe sentirse un gran silen cio allá afuera, con todas esas tiendas cerradas. ¿Siempre es lo mis mo a esta hora? —Se lo aseguro. Esta calle muere cada día, y muere temprano. Sin embargo, hoy le hemos dado una buena sacudida. Le debe es tar doliendo la cabeza. Esta vez, rieron los dos con ganas. Ella volvió la cara, y vio cómo pasaba por la calle, a la mínima velocidad, un gran carro cisterna. El hombre que iba trepando a la parte trasera del vehículo, apuntaba al piso con una manguera. El agua corría por el asfalto, arrastrando pequeños trozos blancos. —Siempre es lo mismo. La lavan cada noche; pero a esta hora, habitualmente ya yo me he ido a casa. ¿No va a decirme final mente por qué ha hecho esto? —Puedo contarle una historia, si eso le sirve de algo. —Muy bien. —Hace un par se semanas, me encontré en una estación del me tro, al mediodía. Era la estación del Capitolio, así que la gente iba y venía continuamente en oleadas contrarias. Pero yo, quizás úni camente yo entre toda aquella multitud, dejé de pronto de mo verme. Me quedé parada en mitad de la gran estación, viendo co mo las caras de muchos centenares de desconocidos resbalaban delante de mis ojos. De pronto, la escena quedó congelada, y allí quedaron todos esos rasgos paralizados; en el mismo momento para mí, pero en momentos diferentes de la vida de cada cual; el pensamiento interrumpido, el aliento cortado en un punto. Po día extender la mano y alcanzar las caras que estaban a mi alcan ce. Primero la más próxima, y luego otra y otra; y estaba desean do hacerlo, lo deseaba con todas mis fuerzas. Mentalmente, fui recorriendo con los dedos los surcos de la piel; palpaba los relie ves agudos, romos, pedregosos; hasta llegué a tomarme algunas libertades: bajar unos párpados, cerrar bocas que se quedaron en treabiertas cuando pronunciaban una palabra; retiraba un mechón de una frente... He repetido esa experiencia montones de veces en mis adentros; hasta que, atendiendo a mi condición femenina (siempre me he hecho la cama yo misma), quise organizar una es cena más o menos semejante sobre la propia realidad, teniendo a mi persona como centro, y por delante de mí, una multitud pa ralizada. ¿Cómo conseguirlo? Poder detener una calle. Sacarla un poco de su sitio, como abrimos la gaveta de un mueble viejo y luego hundimos ambas manos en una multitud de pequeños ob jetos curiosos... Elegí precisamente esta calle. Usted, su gata, su vitrina... Bueno, ya sabe lo demás. Pero me parece que ha sido un fracaso. Apenas he podido divagar un poco sobre mí misma. Lo siento por su vidrio. He pensado que podría indemnizarlo. —¡Pero, de qué manera, por favor, si ya lo ha hecho! —Me parece que no. —Gracias a usted, amiga mía, este museo de cera ruinoso, co mo ve, ha podido recobrar la actividad por unas horas: un reme do alegre de vida. Salió algo maltratado de la aventura, pero quién sabe si se lo merecía, digo yo. —¿De veras es suficiente para usted? —No... vea como me sonrojo... Ha habido algo más, un peque ño detalle que a mis años, ¡son tantos!, cobra una importancia sin gular. Se ha abierto una ventana allá atrás, en mi vida, y ha entra do un golpe de aire perfumado. El perfume es el de una habitación lejana, el olor de unas sábanas... —Pero, ¿dónde entro yo en... —Se trata de algo que he visto. De cierto lunarcillo azulado, que tiene su trono de oro un poco más abajo de su ombligo... Como si hubiera escuchado lo dicho, Teodora se alzó en ese momento sobre sus patas, dio la espalda a su amo y se retiró dig namente de la mesa, con un salto que la hizo desaparecer en la oscuridad que subía del piso. Era evidente, que esta retirada de la gata era un ademán de re chazo dirigido a su amo, tal vez reprochándole su ofensa al pudor. En verdad, ¿no se estaba comportando como un viejo verde? Ambos, el sastre y la muchacha, se miraron a los ojos y no pu dieron dejar de reír, sin que ninguno de los dos supiera exacta mente por qué. Bueno... Después de todo, quien les había vuelto la espalda de esa manera no era sino una vieja solterona, inhollada, tal vez. La chica lo interpretó de la mejor manera. —Le dejaría el lunar, si eso fuera posible. —Ya lo llevo conmigo. Muchas gracias. Ella había llegado ya a la puerta. La calle oscura era una grieta que parecía abierta hacia el pasado. A través de ella, la chica no tardó en desaparecer en silencio.

Fuente:

1.a edición, 1991 Ilustración de portada Monoxida Usa Ensamblaje de materiales diversos y tela pintada con acrílico (1975) 1.90 x 2.20 x 42 cms. P edro León Zapata Colección Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber D R. © Monte Avila Latinoamericana, C.A., 1990 Apartado Postal 70712, Zona 1070, Caracas, Venezuela ISBN 980-01-0422-4 Diseño de colección: Carlos Canudas - Vicky Sempere Realización de portada: TACITO, Grupo de diseño, C.A. Fotocomposición/paginación: La Galera de Artes Gráficas Jmpreso en Venezuela 

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Errores más comunes de los escritores noveles. Por Dr. Enrico Pugliatti y Méndez - Limbrick.

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