Prólogo del autor
Cualquiera que haya tenido oportunidad de informarse de la
condición intelectual de las clases ilustradas en Europa y Améri
ca, debe haber observado cuán grande y rápido es el abandono
de la fe social y religiosa, y que si bien entre los individuos más
francos no se oculta esta separación, es, sin embargo, mucho
más extensa y peligrosa la que se opera privada y silenciosa
mente.
Tan vasto y poderoso es este apartamiento, que no podría ser
contenido ni por el desdén, ni por el castigo. Ni la fuerza, la bur
la o el vituperio pueden extinguirlo; y se aproxima con rapidez
el tiempo en que ha de producir graves sucesos políticos.
La política del mundo no se inspira ya en el espíritu eclesiástico.
El ardor guerrero, como sostén de la fe, ha desaparecido, y sus
únicos recuerdos son las marmóreas efigies que sobre las tum
bas de los caballeros cruzados reposan en las silenciosas criptas
de las iglesias.
Que una crisis amaga, lo demuestra la actitud de las grandes
potencias hacia el Papado; este representa las ideas y las aspi
raciones de las dos terceras partes de la población de Europa,
inside en aquella supremacía política, conforme con sus preten
siones de una misión y origen divinos, y en la restauración del
orden de cosas de la edad Media, declarando en alta voz que no
quiere reconciliarse con la civilización moderna.
El antagonismo de que somos testigos, entre la Religión y la
Ciencia, es, pues, la continuación de la lucha que tuvo principio
cuando el cristianismo comenzó a alcanzar poder político.
Una
revelación divina no puede sufrir absolutamente contradicción;
debe repudiar todo adelanto en su esfera y mirar con desdén
los que puedan surgir del desarrollo progresivo de la inteligen
cia humana. Pero nuestra opinión sobre cada materia está suje
ta a la modificación que pueda imponerle el irresistible adelanto
J.G. Draper: Historia de los conflictos entre la religión y la ciencia
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de los conocimientos humanos.
¿Podemos exagerar la importancia de un combate, en el que
toman parte todas las personas pensadoras, aún a despecho de
su voluntad? En asunto tan solemne como la religión, todo
hombre, que no se halle ligado por intereses temporales con las
instituciones actuales, ansía seriamente encontrar la verdad.
Inquiere y se informa, no sólo del asunto que se debate, sino
también de la conducta de los combatientes.
La historia de la Ciencia no es un mero registro de descubri
mientos aislados.
Es la narración del conflicto de dos poderes
antagonistas; por una parte, la fuerza expansiva de la inteligen
cia del hombre; la comprensión engendrada por la fe tradicional
y los intereses mundanos, por otra.
Nadie ha tratado hasta hoy esta materia bajo tal punto de vista,
y sin embargo, así es como actualmente se nos presenta, y de
hecho como la de más importancia entre las cuestiones palpi
tantes.
Pocos años ha, era aún prudente y político abstenerse de toda
alusión a esta controversia y mantenerla alejada del palenque
cuanto fuera dable. El reposo de la sociedad depende tanto de
la permanencia de sus convicciones religiosas, que nadie podría
justificar el perturbarlas innecesariamente. Pero la fe es por
naturaleza inmutable, estacionaria; la Ciencia, por naturaleza,
progresiva, y alguna vez puede surgir entre ellas una divergen
cia imposible de ocultar; en este caso, viene a ser un deber para
los que han consagrado su vida a estos dos modos del pensa
miento presentar modestamente, pero con firmeza, el fruto de
sus estudios: comparar estas pretensiones antagonistas con
calma, con imparcialidad, filosóficamente.
La historia enseña
que, obrando de otra suerte, sólo se obtendrían desgracias y
calamidades sociales. Cuando la antigua religión mitológica de
Europa se desplomó bajo el peso de su propia inconsistencia, ni
los emperadores romanos, ni los filósofos de aquella época hi
cieron nada que contribuyese a ilustrar o dirigir la opinión pú
blica. Dejaron que los asuntos religiosos corriesen su suerte, y,
como consecuencia, cayeron en manos de ignorantes e iracun
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dos eclesiásticos y de parásitos, eunucos y esclavos.
La noche intelectual que cubrió a Europa, originada por esta
gran falta, se va disipando, vivimos en los albores de tiempos
más afortunados; la sociedad ansía la luz para ver en qué direc
ción es encaminada; claramente percibe que la ruta seguida por
la civilización durante largo tiempo ha sido abandonada al cabo,
y que un nuevo impulso la conduce ahora por mares desconoci
dos.
Aunque profundamente penetrado de tales pensamientos, no
me hubiera atrevido a escribir esta obra, o a exponer al público
las ideas que entraña, si no hubiesen sido materia de mis más
graves y profundas meditaciones; por otra parte me ha dado
nuevo vigor la favorable acogida dispensada a mi Historia del
desarrollo intelectual de Europa, y que, publicada hace pocos
años en América, ha sido reimpresa varias veces y traducida a
numerosos idiomas europeos, tales como el francés, alemán,
ruso, polaco, servio, etc., siendo en todas partes benévolamen
te recibida.
Al coleccionar materiales para los volúmenes que he publicado
bajo el título de Historia de la guerra civil de América, obra de
gran trabajo, me he acostumbrado a comparar opuestos testi
monios y a dirimir contrarias pretensiones.
La aprobación con
que ha recibido este libro el público americano, juez competen
te en los sucesos que en él se narran, me ha inspirado nueva
confianza.
Ha sido también objeto predilecto de mi atención el estudio de
las ciencias físicas y naturales, y he publicado varias memorias
sobre tales asuntos; y quizás no habrá nadie que, dedicándose a
esta clase de investigaciones y empleando parte de su vida en la
enseñanza pública de la ciencia, deje de adquirir ese amor hacia
la verdad y la imparcialidad que tanto estimula la filosofía y que
hace nacer en nosotros el deseo de dedicar nuestra existencia al
bien de nuestra especie; y allá en el ocaso de nuestra vida, al
considerar nuestra conducta, podremos sentirnos satisfechos
de haber cumplido con nobles y levantados propósitos.
Si bien no he excusado trabajo alguno en la redacción de este
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libro, no dejo de reconocer cuán inferior es a su objeto, que
para ser satisfecho cumplidamente, exige grandes conocimien
tos científicos, históricos, teológicos y políticos; cada página
debería mostrar gran copia de hechos y exuberancia de vida.
Pero he recordado que sólo viene a ser como el prólogo o pre
cursor de un cuerpo de literatura que los sucesos y necesidades
de nuestra época comienzan a crear; nos hallamos en los albo
res de un gran cambio en las inteligencias, y muchas frívolas
lecturas del presente serán sustituidas por producciones auste
ras y reflexivas, animadas por la pasión religiosa y excitadas por
los intereses amenazados.
Lo que he pretendido es ofrecer un cuadro claro e imparcial de
las opiniones y conducta de las dos partes contendientes; en
cierto sentido, he tratado de identificarme con cada una de
ellas para poder comprender plenamente sus motivos; y en otro
y más alto, me he esforzado en permanecer a distancia de am
bas, para relatar con equidad sus hechos.
Me atrevo a rogar por tanto a los que se hallen dispuestos a
criticar este libro, que tengan presente que mi objeto no es
abogar por las miras y tendencias de este o el otro partido, sino
exponerlas con claridad y sin temor.
En cada capítulo, por lo
regular, he insertado primero la opinión ortodoxa y luego la de
sus contrarios.
Obrando de este modo, no ha sido menester ocuparse dema
siado de las opiniones intermedias o más moderadas: pues,
aunque intrínsecamente puedan ser de gran valor en conflictos
de esta naturaleza, debe el lector imparcial atender más a los
extremos que a los medios, toda vez que sus movimientos de
terminan la solución.
Por esto he tenido poco que decir respecto de dos grandes co
muniones cristianas, la protestante y la griega; por lo que toca a
la última, jamás se ha opuesto, desde el renacimiento de las
ciencias, a su progreso y desarrollo, antes al contrario, siempre
los ha acogido con benevolencia y ha observado una actitud
reverente para con la verdad, de cualquier parte que haya veni
do. Reconociendo la aparente discrepancia entre sus interpre
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taciones de la verdad revelada y los descubrimientos científicos,
ha aguardado siempre que una explicación satisfactoria venga a
traer la conciliación, y en esto sus esperanzas no han quedado
fallidas.
Gran bien habría sido para la civilización moderna que
la Iglesia de Roma hubiese hecho otro tanto.
Al hablar de la cristiandad, me refiero en general a la Iglesia
romana, en parte porque sus adeptos componen la mayoría de
los cristianos, en parte porque sus exigencias son más arrogan
tes, y en parte porque ha intentado alcanzarlas por medio del
poder civil. Ninguna Iglesia protestante ha ocupado jamás una
posición tan imperativa, ni ha ejercido una influencia política
tan considerable; antes al contrario, más bien han sido refracta
rias a la restricción, y excepto en muy pocos casos, su oposición
no ha excedido del odio teológico.
En cuanto a la Ciencia, jamás se le ocurrió aliarse con el poder
civil. Jamás intentó sembrar el odio entre los hombres ni
desolar la sociedad. Jamás ha aplicado el tormento físico ni mo
ral, ni menos ha matado, para realizar o promover sus ideas; no
ha cometido crueldades ni crímenes, y se presenta pura y sin
mancilla.
Pero en el Vaticano (baste recordar la Inquisición), las
manos que hoy se alzan en demanda de gracia al Infinitamente
Misericordioso, todavía están teñidas en sangre.
Hay dos modos de escribir la historia, artístico el uno, científico
el otro; el primero acepta que el hombre da o es origen de los
acontecimientos, por lo tanto escoge algún individuo notable, lo
representa bajo una forma de fantasía y hace de él el héroe de
una novela. El segundo, considerando que los sucesos humanos
presentan una cadena jamás interrumpida, en que cada hecho
nace de otro anterior y produce otro subsiguiente, declara que
no es el hombre quien domina los sucesos, sino estos al hom
bre.
El primero crea unas composiciones que, aunque pueden in
teresarnos y causar nuestra delicia, son poco más que novelas;
el segundo es austero, quizá hasta repulsivo, por la convicción
que nos imprime del irresistible dominio de la ley y de la insigni
ficancia de los esfuerzos humanos. En asunto tan solemne como
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el que se trata en este libro, está fuera de su sitio lo popular y lo
romántico, y el que intente narrarlo debe fijar su vista en esta
cadena del destino que despliega la historia universal y apartar
los ojos con desdén de las fantásticas imposturas de pontífices,
reyes y hombres de estado.
Si alguna cosa necesitásemos que nos enseñase la falsedad de
la composición artística de la historia, podríamos encontrarla en
nuestra personal experiencia. ¡Cuán a menudo nuestros más
íntimos amigos se engañan al apreciar los móviles de nuestras
acciones diarias!
¡Cuán frecuentemente yerran sobre nuestros propósitos! Si
esto sucede con lo que ocurre a nuestra vista, con mayor moti
vo ha de sernos imposible comprender con exactitud los actos
de quienes vivieron muchos años ha y que nunca hemos visto.
Al elegir y ordenar los asuntos que voy a exponer, me he guiado
en parte por la Confesión del último concilio del Vaticano, y en
parte por el orden de los acontecimientos históricos.
No dejará
el lector de notar con interés que los problemas que se nos pre
sentan son los mismos que se ofrecieron a los antiguos filósofos
de la Grecia: aún tratamos las mismas cuestiones sobre que
ellos disputaban. ¡Qué es Dios? ¿Qué es el alma? ¿Qué es el
mundo? ¿Cómo está regido? ¿Tenemos alguna norma o criterio
de la verdad? Y el lector reflexivo se preguntará gravemente:
¿Son nuestras soluciones mejores que las suyas?
El argumento general de este libro, pues, es como sigue:
Llamo primero la atención hacia el origen de la ciencia moder
na, como distinta de la antigua por estar basada en la observa
ción, el experimento y la discusión matemática, en vez de serlo
sobre la simple especulación, y demostrando que ha sido una
consecuencia de las campañas macedónicas, que pusieron en
contacto al Asia y la Europa. Como ilustración de su índole, hago
un ligero bosquejo de estas campañas y del Museo de Alejan
dría.
Luego recuerdo brevemente el conocido origen del cristianismo
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e indico su progreso hasta conseguir el poder imperial, y la
transformación que sufrió, incorporándose al paganismo, que
era la religión existente en el imperio romano.
Una clara convic
ción de su incompatibilidad con la Ciencia le hizo suprimir por la
fuerza las escuelas de Alejandría, hecho a que le obligaron las
necesidades políticas de su posición.
Establecidas así las dos partes del conflicto, relato después la
historia de su primera lucha en campo abierto: ésta fue la pri
mera Reforma o Reforma del Mediodía; y el punto disputado, la
naturaleza de Dios.
En ella iba envuelta la aparición del mahometismo; sus resulta
dos fueron que gran parte de Asia y África, con las históricas
ciudades de Jerusalem, Alejandría y Cartago, se vieron arreba
tadas a la cristiandad, y la doctrina de la unidad de Dios fue
establecida en la mayor parte del territorio que había sido im
perio romano.
Este suceso político fue seguido de la restauración de la Ciencia,
el establecimiento de escuelas, colegios y bibliotecas en todos
los ámbitos de la dominación árabe.
Estos conquistadores, pro
siguiendo rápidamente su desarrollo intelectual, rechazaron las
ideas antropomórficas de la naturaleza de Dios que aún queda
ban en su creencia popular, y aceptaron otra más filosófica,
semejante a la que había prevalecido en la India mucho tiempo
antes. El resultado de esto fue un segundo conflicto relativo a la
naturaleza del alma: bajo la denominación de averroísmo, apa
recieron vigorosas las teorías de la emanación y de la absorción,
que fueron arrojadas por la Inquisición de Europa, en los últi
mos tiempos de la Edad Media, habiendo sido ahora solemne y
formalmente anatemizadas por el concilio del Vaticano.
Mientras tanto, con el cultivo de la astronomía, la geografía y
otras ciencias, se habían alcanzado ideas exactas sobre la posi
ción y relaciones de la Tierra y la estructura del Universo; y
cuando la religión, atrincherándose en lo que llamaba la recta
interpretación de las Escrituras, insistió en que la tierra era el
centro y la parte más importante del mundo, estalló un nuevo y
tercer conflicto. Galileo fue el campeón de la ciencia, y la Iglesia
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sufrió otra derrota.
Más tarde, ocurrió una controversia de se
gundo orden sobre la edad de la tierra: la Iglesia porfió que no
tenía más de seis mil años, y también en esto fue vencida.
Las luces de la historia y de la Ciencia se habían extendido gra
dualmente por Europa; en el siglo decimosexto, el prestigio del
cristianismo romano disminuyó grandemente por los reveses
intelectuales que había experimentado, y también por su condi
ción moral y política. Claramente se comprendía por muchos
hombres piadosos que la religión no era responsable de la falsa
situación en que se encontraba, y que la desventura provenía
de la antigua alianza que había contraído con el paganismo ro
mano. Su remedio evidente era, por tanto, volver a la pureza
primitiva. Así surgió el cuarto conflicto, conocido por el nombre
de la Reforma o Reforma del Norte; el carácter especial que
tomó fue un debate sobre la norma o criterio de la verdad: si
había de hallarse en la Iglesia o en la Biblia.
En la resolución de
este problema va envuelto el reconocimiento de los derechos
de la razón y de la libertad intelectual; Lutero, que fue el hom
bre célebre de la época, llevó adelante su designio con no esca
so éxito; y al fin del combate, la Iglesia Católica había perdido
todo el Norte de Europa.
Nos encontramos ahora en medio de una controversia respecto
al gobierno del mundo: si obedece a una intervención divina
incesante o a la acción de una ley primordial e inmutable. El
movimiento intelectual de la cristiandad ha alcanzado aquel
punto a que llegaron los árabes en los siglos décimo y onceno, y
las doctrinas que entonces se discutieron se nos presentan de
nuevo para ser examinadas: tales son las de la evolución, de la
creación y del desarrollo.
Bajo estos títulos generales, pienso que se hallarán comprendi
dos todos los puntos importantes de esta gran controversia;
agrupados los hechos que vamos a considerar bajo estas expre
sivas denominaciones y tratando cada grupo separadamente,
adquiriremos, sin duda, una clara idea de sus conexiones y enla
ces y de su sucesión histórica.
He considerado estos conflictos tan estrictamente como he
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podido, en su propio orden cronológico, y por vía de suplemen
to he añadido tres capítulos sobre:
Examen de lo que ha hecho el cristianismo latino por la civiliza
ción moderna; Examen análogo de lo que ha hecho la Ciencia;
Actitud del cristianismo romano en el conflicto actual, según la
definición del concilio del Vaticano.
La atención de muchas personas ansiosas de la verdad se ha
fijado tan exclusivamente en los pormenores de las disensiones
habidas entre los sectarios, que la larga contienda a cuya histo
ria se dedican estas páginas es en general poco conocida.
Habiendo procurado grabar en mi ánimo, al escribir este libro,
un severo espíritu de imparcialidad, hablando con respeto de
las partes contendientes, pero sin ocultar jamás la verdad, con
fío en el juicio considerado del lector reflexivo.
Juan Guillermo Draper.
Universidad de Nueva-York, Diciembre de 1873.