jueves, 21 de mayo de 2026

LOS MITOS PLATÓNICOS Geneviéve Droz

 


Introducción 

«Y si alguien redujese a Platón a un sistema, prestaría un gran servicio a la humanidad» Leibniz, Carta a Rémond, 1715. Con el nacimiento de la racionalidad científica y religiosa en Grecia, el discurso lógico y el relato mítico, confundidos duran te mucho tiempo, comienzan a oponerse. Hay que elegir entre logos y mythos. La hostilidad de la naciente filosofía es esencial: buscar el fundamento o la razón de ser de aquello que es exclu ye la narración o la ficción. Pero aquí comienza el dilema: por un lado, la razón condena al mito y debe exorcizarlo; por el otro, la verdad no se deja encerrar tan fácilmente en el único lenguaje de la razón conceptual... Platón no se libró de esta ambigüedad: su primera preocu pación era dotar a la búsqueda de la verdad de un rigor en las demostraciones y en el lenguaje desconocidos en pensado res anteriores; no dejó de manifestar su desconfianza hacia los poetas, ilusionistas y mentirosos, y no dudó en incluir a la fic ción poética en el ámbito de la opinión incierta y sospechosa. No obstante, su obra se alimenta de relatos míticos: los recu pera de la tradición, los rehace según las exigencias de su fan tasía, o las necesidades de la discusión, e incluso inventa algu nos nuevos; de las obras de juventud a las de madurez, existen pocos diálogos que no contengan uno o varios mitos, de importancia, contenido y función muy diferentes; desde el interior del mythos antiguo puede decirse que crea un nuevo género, ya que el mito platónico, aunque se inspire a menudo en ellos, no se confunde ni con los relatos de la mitología griega ni con las historias legendarias tal como nos han sido legadas por Homero, Hesíodo, los autores trágicos o los poe tas órficos.1 ¿Qué es pues el mito platónico? ¿Cómo se le reconoce? ¿Cuál es su función en la síntesis del diálogo? A falta de una definición unívoca previa, retendremos cinco características: 1. El mito se presenta bajo la forma de un relato ficticio: imagina una situación y narra una historia, que, como toda his toria, comprende una acción y unos personajes: sean Eros, Prometeo o Teuth, sea un cautivo o el demiurgo, sea el alma via jando por el Hades o alimentándose de verdades. La forma na rrativa del mito, fantasiosa, burlesca o dramática, lo aproxima a la fábula, la parábola o la alegoría, pero lo distingue de la sim ple imagen, de la metáfora, del paradigma o de la analogía que salpican la obra de Platón.2 2. El mito rompe con la demostración dialéctica, interrumpe el discurso conceptual y se propone, más o menos explícitamente, como otro tipo de discurso: ya no abstracto sino lleno de imáge nes, ya no deductivo sino narrativo, ya no argumentativo sino su gestivo. Recurre a la imaginación antes que al razonamiento, y a veces a la sensibilidad estética o al sentimiento religioso. Pero al mismo tiempo que interrumpe el discurso argumentativo, lo reem plaza. Y precisamente cuando el razonamiento no basta o ya no conviene: sea porque el sujeto, a menudo el interlocutor de Sócrates, tiene problemas de comprensión, o sea sobre todo por que el objeto no se deja conceptualizar fácilmente. Entonces el dis 1 El mismo Platón esboza en La república un análisis crítico de los mitos: tras haber condenado el contenido de las fábulas narradas por Hesíodo y Home ro, aconseja al legislador que censure a los poetas cuyas invenciones ofenden la moral y la dignidad divinas. Aunque a menudo se ha inspirado en el patrimonio mitológico de Grecia, lo ha transfigurado, purificado e investido ampliamente al sevicio de sus ideas filosóficas o espirituales. Nunca, tanto antes como después de Platón, la mitología y la filosofía se han conjuntado de una forma tan natural y complementaria. 2 Citemos a modo de ejemplo a) de imágenes: los toneles agujereados del Gorgias, el torpedo del Menón o el monstruo policéfalo de La república-, b) de metáforas: «la ignorancia es la fealdad del alma»; c) de paradigmas: el sol, imagen del Bien, o el tejido, imagen del arte de la política; d) de la analogía: la línea segmentada del libro VI de La república. curso mítico se revela com o el único que puede hablar de ciertas cosas: el mundo sensible en perpetuo devenir en el que nuestra inteligencia tiene tan pocos asideros, las grandes cuestiones esen ciales de la metafísica (el alma antes y después de su estancia en el cuerpo, la divinidad o el Bien...), en resumen, aquello que se en cuentra a la vez aquí y más allá del discurso posible de la filo sofía.3 3. El mito no es, en tanto que tal, un método para buscar la verdad sino un medio para exponer lo verosímil. Si excluimos casos extremos de relatos alegóricos, con finalidad esencial mente lúdica o pedagógica, simples «auxiliares» al servicio de la reflexión o la comprensión, el mito, interviniendo allí dónde la dialéctica se revela inoperante, no puede aspirar a la verdad; propone, como bien ha mostrado Víctor Bronchard, una hipóte sis plausible pero no verificable, sugiere algo probable.4 Algo probable que, por el hecho de serlo, no debe ser subestimado: si es, teniendo en cuenta los límites de nuestra razón, lo mejor que podemos decir, también puede ser el objeto de una fuerte adhesión interna y de una intensa certeza íntima. «Grande es la esperanza» que aportan por ejemplo los mitos escatológicos, si «se les da crédito». 4. Si bien el mito no aspira a la verdad absoluta, aspira en cambio al sentido. No debe ser leído o escuchado por sí mismo: tiene un sentido oculto, es portador de un mensaje, exige por tanto ser superado, traducido, interpretado y descifrado; y si el autor nos da a veces las claves de un modo posible de descifrar lo (como en el caso de la alegoría, cuyo sentido es explicado imagen por imagen), el mito suele quedar libremente abierto a múltiples niveles de significación que un sólo comentario no sabría agotar. 5. El mito contiene implícitamente una doble intención peda gógica: en primer lugar, claro está, porque ilumina al interlocutor en dificultades y descansa al espíritu fatigado, o se convierte en 3 Cf. el artículo de J.-P. Vernant, «Raisons du mythe», en Mythe et Société en Gréce ancienne, París, Maspero, 1974. 4 «El mito es la expresión de la probabilidad», cf. V. Bronchard: -Les mythes dans la philosophie de Platón», Études de philosophie ancienne et modeme, 1912. el sostén de una discusión que se enreda y se estanca. En este sentido, es tan útil para la reflexión como para la comprensión, aunque sólo sea un intermediario (metaxu) o una propedéutica. Pero — altamente educativo— aspira también a «hacer mejor», más «valiente» en el Menón, más sereno ante la muerte en los mitos escatológicos... El mito no tiene sólo una «moraleja», como las fábulas de Esopo o de La Fontaine, es un acicate moral, a veces incluso un fermento espiritual. Es en este aspecto «supe rior» (Fedro, 245 c) a las fábulas homéricas, que desnaturalizan lo divino, más «útil» que el discurso sofista (Menón, 86 b), que induce a la pereza y al abandono intelectuales, eventualmente más «eficaz» incluso que la demostración dialéctica, ya que dinamiza la investigación, alimenta la fe y enriquece la espe ranza. Por lo demás, el género es indefinible. Los criterios son incier tos, las fronteras son borrosas entre las diversas formas de discurso ideadas. A lo más se distinguen los unos de los otros. ¿Sus oríge nes? Algunos son conjuntos de pasajes legendarios, más o menos adaptados (El político), otros son completas invenciones (Teuth). ¿Su extensión? Algunos son sólo de unas pocas líneas (naci miento de Eros), otros ocupan un libro entero (libro VIII de La república), e incluso la casi totalidad de un diálogo (Timeo). ¿Su papel? Más adelante veremos la multiplicidad de funciones del mito. Platón no nos ayuda mucho. En una obra reciente,5 Luc Brisson enumera casi un centenar de pasajes de Platón que ha cen alusión al mito; resulta una extraña disparidad. El cuadro 1 aquí adjunto cita los pocos textos célebres en los que Platón habla de sus propios mitos. No esperemos una definición uní voca: de la simple invención más o menos sospechosa a la ex presión de un creencia a la cual es legítimo adherirse con todo su ser, el mito es objeto de apreciaciones variadas, de las más negativas a las más valorizantes. Y Sócrates puede calificar su 5 Brisson, Luc: Platón, les mots et les mythes, París, Maspero, 1982. Luc Brisson retiene tres características esenciales del mito: no verificable, no argu- mentable, eficaz. TABLA 1 ¿Cómo habla Platón de sus propios mitos? Como... — fabulación próxima a la mentira — diversión (juego, fábula para niños, cuento de vieja) — entretenimiento — subterfugio pedagógico — palabra sagrada surgida del origen de los tiempos — creencia moralmente eficaz — idea aproximada pero satisfactoria — hipótesis representativa ficticia pero verosímil — expresión de una convicción interior (religiosa...) Textos de Referencia La república, II, 377 a: contar un mito, «¿... qué éstos son en general falsos, aunque también haya en ellos algo de verdad?» La república, II, 377 d: «esos mitos falsos» + El sofista, 242 cd, Filebo, 14 a, Fedro, 613... El político, 268 e: «Incorporemos en nues tra conversación algo que es casi un juego». Gorgias, 527 a: «cuento de vieja» (muthos graos). Protágoras, 320: «Me parece, dijo, que es más agradable contaros un mito». La república, VII, 514 c: «imagínate (...), represéntate». Fedro, 21A d: «pero lo que hay de verdad en ella sólo ellos lo saben» + Timeo, Critias... Menón, 86 b-c: la reminiscencia permite «ser mejores, más esforzados y menos inoperantes». Fedro, 246 a: «decir a lo que se parece im plica una exposición al alcance de cual quier hombre y de menor extensión». Timeo, 29 d: «una narración verosímil». Todos los mitos escatológicos: Fedón- Gorgias-La república Gorgias, 524 c: «lo he oído decir, y tengo confianza en que es verdad». La república, X, 612 b: «el mito puede salvamos, si creeemos en él». TABLA 2 Tipos retenidos Ejemplos — los mitos alegóricos Prometeo, nacimiento de Eros, el tronco alado... — los mitos-conjetura el demiurgo + todo el Timeo — los mitos-expresión de una convicción todos los mitos escatológicos... Funciones divertir, relajar, facilitar la comprensión, sugerir eficazmente... sustituir la dialéctica en temas que se conceptualizan mal (el mundo en devenir) y ofrecer una hipótesis verosímil, plausible. sustituir a la dialéctica en temas más allá de lo concebible (el amor, la muerte) y presentar se como creeencias saludables que mere cen que «se les dé crédito» relato mítico de «cuento de vieja» (muthos graos) y pedir al mis mo tiempo que se le otorgue la más alta consideración (Gorgias, 527 a). En este amplio abanico de calificaciones, dos concepciones del mito parecen ser dominantes: o bien es una explicación di ferente (por la imagen o el símbolo) de lo ya conocido, más entretenida, reposada, sugestiva o pedagógica. O bien es una hipótesis lanzada sobre lo desconocido, hipótesis verosímil y «suficiente» para iluminarnos en cuestión oscura, una apuesta que vale la pena mantener, un riesgo que en palabras de Fedón, es bello correr... Aquí nos hallamos en todo caso en el corazón de lo indefinible: el mito evoca y sugiere; propone a nuestra imaginación en vez de hablar a nuestra inteligencia; no afirma la verdad, ofrece un sentido. Bajo el pretexto de la ficción, ¿debemos ver en el mito sólo la obra de la imaginación y rechazarlo como una broma poética, indigna de la filosofía de las Ideas? Sabemos que ésa fue la opi nión de Couturat, un matemático que, sin embargo, escribió una de las pocas obras existentes sobre los mitos de Platón, De pla- tonicis mythis, en 1896, excluyendo en bloque de la obra filosó fica «los cuentos, fábulas y supersticiones populares destinadas a acunar al niño que duerme en cada uno de nosotros». Tam bién sabemos que el filósofo racionalista León Brunschvicg ve en la utilización del mito «el ofensivo retorno» de un pensamien to primitivo prelógico. Hemos podido constatar hasta qué punto la mayoría de los comentadores de Platón conceden poca im portancia al mito, que consideran en el mejor de los casos como una ancilla philosophiae. Para nosotros es más bien ese deuteros plous, ese cambio de rumbo al que Platón nos invita en el Fedón-. allí donde la dialéctica tropieza con algún misterio impenetrable, el filósofo «prefiere a la negación o el escepticis mo, la opción audaz por una creencia, ciertamente indemostra ble, pero justificada no obstante por su eficacia moral y su fe cundidad pragmática».6 Teniendo en cuenta los «amplios» criterios que hemos estable cido, han podido ser retenidos 13 mitos considerados particular mente representativos, a los que se han añadido tres pequeños mitos anexos. Queda entonces el problema de su clasificación. Existen dos modos posibles de agruparlos: — por su forma y su función Ésta fue la elección de P. Frutigier, que distinguió entre los mitos alegóricos (Prometeo, Teuth...), genéticos (nacimiento de Eros, la Atlántida) y paracientíficos (la génesis del mundo, la morada del alma después de la muerte...). Si eligiésemos esta clasificación, preferiríamos entonces la triple distinción entre mitos alegóricos, mitos-conjetura y mitos-expresión de una con vicción, según el siguiente cuadro sinóptico (tabla 2). 6 P. Frutigier: Les mythes de Platón, París, Alean, 1930, p. 224. — por su contenido Los relatos míticos se intentan, repartir aquí alrededor de grandes ejes temáticos. De estos, hemos seleccionado cuatro: la condición humana, la liberación espiritual, el destino de las al mas y el devenir del mundo; según el esquema expuesto a con tinuación (tabla 3). Esta segunda clasificación es la que hemos elegido. La lista de mitos no es exhaustiva, excluye los textos dema siado largos: no podríamos transcribir aquí todo el libro VIII de La república, las 30 páginas del Critias, aunque se trate de un diálogo corto por estar inacabado, o, a fortiori, la casi totalidad del Timeo, los citamos a menudo pero no los hemos estudiado como tales. En cambio, nos ha parecido interesante referir en un anexo, muy brevemente, algunos relatos míticos (Teuth o Gi- ges), difíciles de integrar en nuestro cuadro temático, pero que habría sido injusto ahorrarse. Una doble preocupación subyace en este trabajo: — ofrecer al lector el texto de Platón y a la vez un breve comentario que, por una parte, sitúe al relato en la lógica del diálogo, subrayando el desarrollo del debate y la función en el pasaje del mito, y, por otra, plantee posibles interpretaciones y proponga algunas pistas para la reflexión. — iluminar mediante el mito el conjunto de la obra de Pla tón, utilizar el mito como una aproximación a la filosofía plató nica. Así, hemos prestado poca atención a una erudición sin embargo necesaria para comprender los orígenes legendarios, históricos o religiosos de tal o cual relato mítico: ¿qué es la At lántida? ¿de dónde viene el «andrógino» de Aristófanes? ¿de qué se alimentan los mitos escatológicos? Y en cambio, nos hemos dedicado a cotejar textos célebres — el tronco alado de la remi niscencia, el mito del político en el libro VIII de La república— y a replantear a través de ellos las grandes cuestiones, que tam bién son las de Platón... y quizás las de la Philosophiaperennis. «Ahora bien, el sostener con empeño que esto es tal como yo lo he expuesto no es lo que más conviene a un hombre sen sato. Sin embargo, que tal es o algo semejante lo que ocurre con nuestras almas y sus moradas, eso si estimo que conviene creer c"2 cf I 8 ™ c w 3 ‘3 S J2J 3 iS 2 s :s ü s 8 u ■i S J » g ■si 11 o q. o "o .y E y c l/J W5 OJ OJ 'O 'O co co NT U •3 e « i < t f U & 8? >3 c~ c c o ^ '2 -2 a .2 y y ü II |! J2 iS ^ w g fCj En u TJ o 00 en \o » s c T'~ K 53 S2 o u pe > •o -a 2 8 y ■O 04 3 >> II lo, y vale la pena correr el riesgo de creer que es así. Pues el riesgo es hermoso, y con tales creencias es preciso, por decirlo así, encantarse a sí mismo; razón ésta por la cual me estoy ex tendiendo en el mito hace rato.» Estas últimas palabras del Fedón (114 d), después de la larga descripción del viaje de las almas a las profundidades del Ha des, nos remiten a lo esencial: no sabemos nada; y especialmen te sobre los asuntos que conciernen a nuestras almas y nuestros destinos postumos. Creer, es decir, hablar sobre lo incierto, es pues «un riesgo hermoso» (kalos kindunos) que vale la pena correr. El mito de pronto, y particularmente el mito escatológi- co, expresión imaginada de estas actitudes íntimas fuertemente afirmadas, se encuentra plenamente rehabilitado: rico en espiri tualidad religiosa, tiene la notable utilidad (ophelimos), porque ayuda a bien morir. «La recompensa es bella y grande la espe ranza» (114 c). Platón no es sólo el racionalista atiborrado de matemáticas al que las tradiciones universitarias nos tienen tan acostumbra dos. Es ante todo un metafísico, para el que existe un más allá racional con el que se puede familiarizar al alma a través del discurso poético. ¡Ojalá que esta aproximación a través de la fic ción permita conocer y amar a un Platón cuyo rigor teórico no desmerece en nada al genio poético! Siempre que otorguemos a la poesía su verdadero estatuto y toda su dignidad: no como ex presión diferente, fascinante y fascinadora de un pensamiento ya existente, sino como expresión de aquello que, precisamente, no puede decirse en el lenguaje de la racionalidad, expresión de lo que está a la vez aquí y más allá del pensamiento conceptual, ex presión de lo inconcebible. Platón no elige entre logos y mythos porque siente perfectamente su necesaria complementariedad. Platón es, indisolublemente y en el sentido más noble, filósofo y poeta. O en el sentido griego, filósofo y músico.

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