miércoles, 15 de julio de 2026

Fernando Ibarra Chávez Estudio preliminar, selección y notas Francesco Petrarca ePistolarios antología bilingüe


 

Petrarca a través de sus epistolarios 

Un intelectual europeo 

El Sábado Santo de 1327, seis de abril, para ser más precisos, Francesco Pe trarca —joven burgués de 23 años, hijo de italianos— vio por primera vez a una tal Laura, dentro de la iglesia de Santa Clara, en Aviñón. Ese encuentro definió su vida y su obra; por un lado, introduciéndolo en los delirios amoro sos; por otro, estimulando su furor poético. La consecuencia de aquel amor fue uno de los poemarios que mayor influencia ejerció en la literatura occi dental, el famoso Cancionero (o Rerum vulgarium fragmenta). Este libro, compuesto por 366 poesías, narra a modo de diario alegórico la existencia de “un año de amor” que en realidad duró casi medio siglo, hasta 1374, cuando la muerte visitó al poeta.1

 Ya desde sus primeras redacciones, el Cancionero marcó una tendencia muy innovadora para la expresión amorosa literaria en Italia, en Europa y, para el siglo xvi, también en el Nuevo Mundo. A pesar de que el propio autor en el soneto introductorio manifiesta explícitamente que aquel amor fue un error juvenil del que derivó un producto vergonzoso, o sea, el Cancionero mismo. La seducción de sus versos y su delicadeza para expre sar las poliédricas aristas del amor no correspondido atrajo el interés de cientos de poetas en Occidente desde Giovanni Boccaccio —el primer petrar quista de Europa—2 hasta autores muy alejados en el tiempo, el espacio y el estilo como Miguel Hernández, y todavía, en las composiciones vernáculas de la cultura popular de nuestros días seguimos oyendo los mismos llantos y 1Sobre el amor por Laura como detonante de la actividad poética, véase Marco Santagata, “Introduzione”, en Francesco Petrarca, Canzoniere. Milano, Mondadori, 1999, pp. xiii-xcvi. (I Meridiani). 2Véase Paola Vecchi Galli, Padri. Petrarca e Boccaccio nella poesia del Trecento. Roma-Padova, Antenore, 2012. 9 suspiros de Petrarca, acompañados de reminiscencias de algún primer en cuentro amoroso tímido y casto. Pero Petrarca es más que un cancionero amoroso. Así como sus poesías escritas en lengua toscana deberían provocar en los lectores un juicio conde natorio atenuado por la piedad, Petrarca escribió un porcentaje muy elevado de su obra en latín, y esa obra sí se divulgó con la pretensión de brindarle buena fama, pues en ella, el juvenil error de haber amado fue desplazado por la devoción intelectual hacia los autores que le dieron ciencia y lustre a las letras latinas. Francesco Petrarca, Dante Alighieri y Giovanni Boccaccio son conside rados los tres escritores más importantes de la tradición italiana medieval, pero hay varios elementos que colocan a Petrarca en una dimensión diferen te, pues, mientras los otros dos desarrollaron sus labores intelectuales en zonas muy localizadas de la península itálica, Petrarca se distinguió por haber sido más bien un intelectual europeo, tanto por los lugares donde radicó como por sus relaciones con importantes personajes de distintos orígenes geográ ficos. Ya desde antes de su nacimiento, el 20 de julio de 1304, en Arezzo, su vida estuvo marcada por el exilio. 

El padre de Francesco, Pietro (llamado Petracco), hacia 1300 ejercía el respetable cargo de notario de la Señoría de Florencia. Al igual que Dante, Petracco formó parte del partido de los Guel fos Blancos y, como aquél, también sufrió la pena del exilio —aunque por razones diferentes—, y en 1302 debió trasladarse a Arezzo, de donde era originario, pero en esos tiempos la vida era difícil, por lo que, en 1307, la familia se mudó a Incisa, donde nació Gherardo. Más adelante, vivieron en Padua y en Pisa. Petracco encontró oportunidades de trabajo en Aviñón, sede entonces de la curia papal, y decidió dejar la península. Así describe Petrar ca su ajetreado deambular por la Toscana: Yo, que en el exilio fui concebido, en el exilio nací, con tanto trabajo de mi madre y tanto peligro que durante un largo tiempo se le dio por muerta no sólo según el juicio de las parteras sino también de los médicos. Así fui puesto a prueba desde antes de nacer y llegué al umbral mismo de la vida bajo el auspi cio de la muerte. Arezzo, ciudad no innoble de Italia, lo recuerda; hacia donde había huido mi padre, tras haber sido expulsado de su patria con buen número de hombres buenos. De ahí, a los siete meses fui llevado por toda la Toscana, 10 en la diestra de cierto joven muy fuerte, quien […] me llevaba envuelto en un hatillo, pendiente de un nudoso palo (Fam., i, 1, 22-23).3 En 1312, ya en territorio francés, Petracco se estableció en Carpentras y ahí fue donde el joven Francesco comenzó a estudiar con Convenevole da Prato, un florentino que también debió abandonar su ciudad por razones políticas. Como era costumbre, los estudios se iniciaban con la enseñanza del latín, seguido de la retórica y la dialéctica. Petracco, preocupado por el futuro de su hijo, lo encaminó hacia los estudios jurídicos, pero Francesco pronto quedó fascinado por la literatura latina y no mostró particular interés por la jurisprudencia. Sin embargo, con solo 12 años, inició sus estudios formales en Montpellier, junto con su amigo Guido Sette. En 1320, Guido, Francesco y su hermano Gherardo viajaron a Bolonia para perfeccionar los estudios jurídi- cos en su prestigiosa Universidad. Esta nueva sede resultó muy enriquecedora para el futuro escritor, pues Bolonia también era famosa porque en sus aulas los jóvenes estudiantes practicaban la poesía en lengua toscana —vulgar ita liano, como se le suele llamar—, lo cual seguramente permitió que Francesco conociera la importantísima tradición del dolce stil novo, a la cual perteneció Dante. Por lo demás, Bolonia también le brindó la oportunidad de establecer nexos amistosos con jóvenes que más adelante se transformaron en figuras de cierto relieve, como Giacomo Colonna. Sin duda, también en las bibliotecas de Bolonia afinó sus estudios sobre poesía latina. Lamentablemente, debió interrumpir sus estudios y volver a Aviñón tras recibir la noticia de la muerte de su padre, en 1326. Un año después, tuvo lugar el encuentro con Laura. Gracias a su amistad con Giacomo Colonna, logró entrar al servicio de aquella notable familia en 1327, cuando tomó los hábitos y se volvió capellán del cardenal Giovanni Colonna. Para 1330, Francesco ya se perfilaba como un hombre culto y apasionado por los libros. Durante los siguientes cinco años, lo vemos viajando por el centro de Europa: Lombez, París, Lieja, Lyon, Aquis grán y Colonia.

 Fue en Lieja donde encontró la oración Pro archia de Cicerón y Ad equites Romanos, atribuida erróneamente al rétor romano. 3Todas las citas de las epístolas de Petrarca provienen de las cartas antologadas en el presente volumen. 11 Para poder continuar con su vida relajada y dedicada al estudio, era ne cesario contar con una cierta estabilidad económica, y la encontró gracias a que en 1335 el papa Benedicto XII lo favoreció con una canonjía en la catedral de Lombez, puesto que le permitía una vida sin preocupaciones económicas y, sobre todo, le brindaba la libertad de dedicarse a las letras y de viajar. De hecho, en 1336 visitó por primera vez Roma, pero decidió volver a tierras provenzales, específicamente a Vaucluse, región campestre enmarcada por el Mont Ventoux y el manantial de donde surge el río Sorgue (la actual Fontai ne-de-Vaucluse). Fue aquí donde finalmente encontró la paz necesaria para escribir, en latín, obviamente. A estos años pertenecen las primeras redac ciones de su poema África, que narra las hazañas de Escipión el Africano; de su tratado De viris illustirbus (De los hombres ilustres) y de Rerum memoran dum libri (Sobre los sucesos memorables). Igualmente, en Vaucluse se hallan indicios del proyecto de su Cancionero que para entonces estaba compuesto por unos 40 poemas.4 También allí nació Giovanni, su primer hijo (aunque en sentido estricto los clérigos debían obedecer el voto de castidad y no po dían contraer matrimonio. La infracción a estos principios era bastante tole rada en la Edad Media). El año de 1341 fue decisivo para su carrera poética, pues tanto París como Roma le propusieron ser la sede donde recibiría la corona poética, pero antes fue examinado durante varios días por Roberto de Anjou, rey de Nápoles. Al final, como acto político, en consonancia con su importancia histórica, la ciudad de Roma fue la elegida como sede para la coronación, que se llevó a cabo el 8 de abril de ese año en el monte Capitolio. Para tal acontecimiento, Fran cesco —que gracias a la laurea poética latinizó su nombre patronímico Pe tracchi por Petrarche— preparó un discurso en donde se observa su fuerte inclinación por conciliar armónicamente la cultura clásica y la tradición cris tiana.5 Regresó a Aviñón y casi de inmediato el papa Clemente VI le ofreció una canonjía en Pisa. 

Allí conoció también a Cola di Rienzo, notario e inte lectual que, al igual que Petrarca, buscaba reconstruir la grandeza de Roma. 4Ernest Hatch Wilkins, Vita del Petrarca. Milano, Feltrinelli, 2012, p. 29. 5F. Petrarca, La Collatio laureationis. Manifesto dell’Umanesimo europeo, ed. Giulio Cesare Maggi. Milano, La Vita Felice, 2012. (Piccola Biblioteca della Felicità, 12). 12 En 1843 su hermano tomó la decisión de volverse monje cartujo en Montrieux, lo cual implicaba una separación. También en ese año nació su hija Francesca. En los años sucesivos volvió a Italia para cumplir algunos encargos diplo máticos del cardenal Colonna en Nápoles. Luego pasó por Roma, Parma y Verona, donde encontró las cartas ciceronianas dirigidas a Ático, a Quinto y a Bruto. En 1346, estando en Vaucluse, fue nombrado canónigo de la catedral de Parma, lo cual le brindó las comodidades para dedicarse a la redacción de otros textos: De vita solitaria (Sobre la vida en soledad) y el Bucolicum carmen (Poema bucólico) y, más tarde De otio religioso (Sobre el tiempo libre de los clérigos) y el Secretum (Mi secreto), un importante diálogo alegórico entre nuestro autor y san Agustín, acompañados por la Verdad desnuda. A estas fechas también corresponde la segunda redacción del Cancionero. En 1347 hubo otro cambio importante en la vida de Petrarca: Cola di Rienzo logró proclamar la República Romana, con un gobierno ejercido por el pueblo, pero, al ser adversario de los Colonna, la familia rompió relaciones con nuestro autor. Volvió a Parma el siguiente año y recibió el cargo de archi diácono, pero justo ese 1347 fue el terrible año de la peste bubónica que diez mó la población europea, y no sólo le arrancó a Petrarca muchos amigos, sino que también se llevó a Laura el 6 de abril, curiosamente. Gracias a sus buenas relaciones con el gobernante de Parma, Luchino Visconti, logró mantenerse ocupado en varias ciudades, incluso obtuvo nuevamente una canonjía en la catedral de Padua. En 1350 conoció en Florencia a Giovanni Boccaccio, quien todavía no había concluido la composición del Decameron, pero ya era un prestigioso practicante de las letras en vulgar italiano. Sin duda, este encuen tro tuvo grandes consecuencias para Boccaccio, que veía en Petrarca un mo delo de ejemplar comportamiento intelectual, digno de emulación, aunque para Petrarca parece que sólo fue un amigo entrañable, es decir, le ofreció su estima y reconocimiento intelectual, pero quizá en menor medida que a otros de sus amigos más más próximos y añejos.6 6Sobre la relación entre ambos escritores véase Giuseppe Billanovich, “Il più grande discepolo”, en Petrarca letterato I. 

Lo scrittoio del Petrarca. Roma, Edizioni di Storia e Letteratura, 1947. (Storia e Letteratura. Raccolta di Testi, 16), pp. 59-293; Francisco Rico. Ritratti allo specchio (Boccaccio. Petrarca). Roma-Padova, Antenore, 2012, Fernando Ibarra, “Dal preceptor inclitus all’amicus: Boccaccio e Petrarca tra l’ammirazione unilaterale e la finta amicizia”, en Mariapia Lamberti, 13 En 1351 Clemente VI solicitó su presencia en Aviñón. En estos años se concretó el proyecto de reunir sus cartas, así como sus textos más polémicos en materia política e intelectual: el epistolario Sine nomine (Sin destinatario) y la invectiva Contra medicum (En contra de los médicos). La vida privilegiada en la curia papal, sin embargo, despuntó hostilidades hacia Petrarca; de hecho, el antipapa Inocencio VI, al igual que otros, pensaba que nuestro escritor practicaba la nigromancia, actividad cultivada por su admirado Virgilio, según la creencia popular. Petrarca ya no se sentía cómodo y así, el hombre que vivió intermitentemente 30 de sus 50 años en Provenza, aprovechó sus buenas re laciones con la familia Visconti para ponerse a su servicio y establecerse defi nitivamente en territorio italiano en 1353, primero en Milán, de 1362 a 1368 en Venecia, posteriormente entre Padua y Arquá, donde Francesco da Carra ra le había regalado un terreno. En Arquá trascurrió el resto de sus días con su hija Francesca —que para entonces ya estaba casada con Francescuolo da Brossano— y con Eletta, su nieta. Su llegada a Italia estuvo acompañada de múltiples actividades diplomáti cas que le permitieron viajar a Basilea, Praga y París. Mientras tanto, escribió otros tratados: De remediis utriusque fortune (Sobre los remedios hacia la fortuna buena y la mala), De ipsius et multorum ignoratia (Sobre la ignoran- cia propia y la de los demás) y De gestis caesaris (Sobre las hazañas de los em peradores). Además, siguió trabajando en sus dos únicas obras en vulgar ita liano: el Cancionero —que ahora ya podía dividirse entre los poemas en vida y en muerte de Laura— y los Triumphi (Triunfos), poema iniciado en 1352, pero que nunca concluyó. Además, en Milán encontró la tranquilidad nece saria para retomar sus demás obras y establecer su redacción final, aunque todavía no la definitiva. Hacia 1364 reagrupó nuevamente las poesías de su Fernando Ibarra y Sabina Longhitano, eds. Boccaccio. Influenza e attualità. Firenze, Franco Cesati, 2015, pp. 57-65. Sobre la presencia de Boccaccio en las Seniles, véase Sabrina Ferrara “Paradigmi umanistici tra Petrarca e Boccaccio” y Philippe Guérin, “E quando no si trata di poesia? Su Boccaccio e Petrarca nelle Senili”, ambos en Sabrina Stroppa, Romana Brovia y Nicole Volta, eds., Le Senili di Petrarca. Testo, contesti, destinatari. Firenze, Le Lettere, 2021, pp. 201-222 y 223-241, respectivamente. 14 cancionero bajo el título Francisci Petrarche laureati poete Rerum vulgarium fragmenta (el famoso códice Vaticano Latino 3195).7 Su fama como intelectual y político se mantuvo siempre viva; de hecho, sus servicios fueron solicitados por el rey de Francia, por el papa, por el em perador y por algunos gobernantes italianos. Sin embargo, Petrarca prefirió una vejez tranquila, totalmente inmerso en las letras. 

Como él mismo cuen ta en su carta “A la posteridad”, algunos achaques lo incomodaban, pero lo más triste eran las consecuencias del paso del tiempo, por ejemplo, la muer te de muchos de sus amigos y parientes. En efecto, además de todos los amigos fallecidos durante la peste, en 1361 murieron Giovanni, su primogé nito, y su amigo Sócrates (Ludwig van Kempen o Ludovico di Beringen), al que años atrás había dedicado la primera carta de las Familiares, seguido de Zanobi da Strada (Lelio), Francesco Nelli, Barbato di Sulmona, Guido Sette y muchos más, a los que dirigió numerosas epístolas. Lejos de Provenza, Boccaccio parece haber sido su único interlocutor cercano: se reunieron en Milán, en Padua y en Venecia; de manera personal o epistolar discutieron sobre poesía, tradición clásica, literatura en vulgar italiano, pero también sobre asuntos personales. Un punto de desencuentro entre ellos fue la valo ración de Dante, pues Boccaccio lo estudiaba con humilde devoción y llegó incluso a regalarle una copia de la Comedia. Parte de estas discusiones sobre la obra de Dante quedó plasmada en una carta (Fam., xxiii, 15). Petrarca, en cambio, mostraba difidencias ante el vulgar italiano como lengua literaria. La mejor muestra es el hecho de haber traducido al latín la última novella del Decamerón —la historia de Griselda, que en latín se llamó De insigni obe dientia et fide uxoria (Sobre la ilustre obediencia y fe de una esposa)— como muestra de amistad. De paso, el texto latino promovió una circulación más amplia de la obra de Boccaccio por Europa.8 En 1373, Petrarca aceptó su último encargo diplomático para ayudar a Francesco da Carrara, quien fue vencido en la guerra contra Venecia, y también 7Sobre las distintas versiones del Cancionero véase Serena Fornasiero, Petrarca. Guida al Canzionere. Roma, Carocci, 2001. (Le Bussole, 14). 8 José Luis Quezada, “La Historia Griseldis de Petrarca. ¿Culminación ideal de una amistad literaria?”, en M. Lamberti, F. Ibarra y S. Longhitano, eds., op. cit., pp. 67-78. 15 en ese año le dedicó una última carta (Sen. xiv, 1). Aún en su vejez, seguía firme en su convicción de que el papado debería regresar a Roma. Contra los opositores, en particular, contra el monje francés Jean de Hesdin, escribió la invectiva Contra eum qui maledixit Italie (Contra los que maldicen Italia).9 Se sabe que en febrero de 1374 redactó el último de sus Triumphi, el Triumphus Eternitatis (Triunfo de la Eternidad), y la muerte llamó a su puerta de noche, entre el 18 y el 19 de julio de ese año. petrarca y el género epistolar Dentro del panorama europeo medieval, la epistolografía o ars dictandi con taba con preceptivas muy bien consolidadas desde el siglo xii, por ejemplo, los Praecepta dictaminum de Adalberto de Samaria, las Rationes dictandi prosaice de Hugo de Bolonia o las Introductiones prosaici dictaminis de Ber nardo de Romaña, y muchos más.

 Esta tradición, nacida en el monasterio de Montecassino, en Italia, se expandió exitosamente al resto de Europa por su practicidad en la aplicación comunicativa de asuntos oficiales. Entre otros detalles, en estos manuales se explica que las cartas constan de cinco partes fundamentales: salutatio, captatio benevolentiae, narrratio, petitio y conclusio, a las que debían añadirse los correspondientes saludos y despedidas. En cuan to al aspecto estético de la lengua, la prosa latina también contaba con su propio ritmo, conocido como cursus, puesto en práctica ampliamente en las epístolas papales. Con el tiempo, el cursus —basado en las sílabas tónicas y no en la cantidad vocálica, como ocurría en la composición poética— se in tegró como parte compositiva de las misivas, dotando de cierto ritmo a cada una de las cláusulas que las componían.10 Si bien para el siglo xiv siguieron escribiéndose tratados sobre el ars dictandi y su correcta práctica siguió 9Francesco Petrarca, In difesa dell’Italia (Contra eum qui maledixit Italie), ed. Giuliana Crevatin. Venezia, Marsilio, 2004. 10 Véase James J. Murphy, “V. Ars dictaminis: el arte epistolar”, en La retórica en la Edad Media. Historia de la teoría retórica desde san Agustín hasta el Renacimiento, trad. Guillermo Hirata Vaquera. México, Fondo de Cultura Económica, 1986, pp. 202-274. 16 vigente en autores como Dante y Boccaccio, el ulterior conocimiento de los autores clásicos permitió la adopción de otro caminos de comunicación epis tolar que, sin ser del todo opuestos a la tradición, marcaban una toma de posición frente a la Antigüedad, de modo que las epístolas también eran susceptibles de modelar la elocuencia medieval. Como bien anota Andrés Ortega, “con el modelo de Cicerón y Séneca, se tiene acceso a una nueva for ma de carta personal, muy alejada de las rigideces de la retórica medieval y su ars dictaminis”. 11 En efecto, las fórmulas establecidas preservaban su vigencia comunicativa principalmente en los ámbitos legales, por lo que la preceptiva del ars dictan di sólo incumbía a un sector muy limitado de usuarios de la lengua escrita, pero los escritores tenían exigencias expresivas que necesitaban satisfacerse de otra manera para establecer una conexión efectiva con otro tipo de público. En el caso de Francesco Petrarca —según los estudios de Giuseppe Billano vich—12 la intención de redactar cartas surgió en 1345, concebidas ya como experimentos de índole más literaria que comunicativa. De hecho, la primera proyección contemplaba la división entre las epístolas escritas en hexámetro latino separadas de las redactadas en prosa. Debido a sus múltiples intereses y a su constante ajetreo, el proyecto se detuvo por algunos años, hasta que ideó la posibilidad de reunir algunas de sus epístolas en verso en un volumen iden tificado como Epystolarum ad diversos liber que para 1351 ya contaba con cartas dirigidas a Cicerón, a Séneca y a Varrón, a las que fueron añadiéndose muchas más a lo largo de esa década.

 Cabe mencionar que las primeras colec ciones epistolares lograron circular entre sus allegados, ya sea porque él mis mo les mandó alguna copia o porque alguno de ellos, como Boccaccio, las transcribió de propia mano. El interés que suscitaron estos textos recaía en su contenido, y también en su estilo, pues, al contar con los modelos epistográficos de las cartas a Lucilio de Séneca y la novedad que significó el descubrimiento de los distintos grupos 11 Andrés Ortega Garrido, “Introducción”, en F. Petrarca, Cartas a los más ilustres varones de la antigüedad, pról. Ángel Gómez Moreno, trad., intro. y notas A. Ortega Garrido. Sevilla, Espuela de Plata, 2021, p. 39. 12 G. Billanovich, “Dalle Ad diversos alle Familiares”, en op. cit., pp. 1-55. 17 de misivas de Cicerón, Petrarca estaba introduciendo una nueva fórmula comunicativa de fronteras muy flexibles, necesaria para dar rienda suelta a la libertad que requería para tratar un amplio espectro de temas cuya índole podía ir del extremo de la noticia personal a la profunda reflexión filosófica, con rigurosa observancia de la forma latina, pero desechando las convencio nalidades de la tradición epistolar medieval. Con los años, el número de cartas se incrementó hasta alcanzar el medio millar; en consecuencia, Petrar ca debió abandonar su proyecto inicial, que distinguía prosa de verso, así que fue necesario encontrar un elemento que hilara tanto sus cartas de comuni cación cotidiana como las de índole literaria. Tras varias tentativas para dar orden a tan vasta producción, finalmente Petrarca optó por seccionarlas en cuatro grupos bien definidos: Familiares (Rerum familiarium libri), Epystolae metricae, Sin nombre (Liber sine nomine) y Seniles (Senilium rerum libri). El primer grupo consta de 350 epístolas di vididas en 24 libros. Biográficamente, ocupan el periodo inmediato a la peste (1350) y concluyen en 1360, aunque la última redacción data de 1366. Todas las Familiares están escritas en prosa salvo dos del libro xxiv, escritas en hexámetros latinos, dedicadas a Horacio (10) y a Virgilio (11), respecti vamente. En paralelo, circulaban ya algunas de sus 66 Epystolae, pero no fue sino hasta 1364 cuando Petrarca decidió agruparlas en 3 libros que siguió corrigiendo en años posteriores, aunque se sabe que la primera de estas car tas (I, 7) la compuso muchos años atrás, hacia 1319, en ocasión de la muerte de su madre. El grupo Sine nomine lo conforman 19 misivas que se caracte rizan por su alto contenido político. Debido a su carácter polémico en contra del mal gobierno y la corrupción de la corte de Aviñón —y seguramente por prudencia—, circularon “sin nombre” del destinatario. La última carta de esta colección data de 1366. Las Seniles, como anuncia el nombre, correspon den al periodo de la vejez y se componen de 128 cartas distribuidas en 18 libros

. A estas colecciones determinadas por Petrarca se añade un último grupo, al que tradicionalmente se le llama Varia, que incluye todas las demás cartas que forman parte del corpus epistolar de Petrarca, pero que quedaron fuera de sus agrupaciones más orgánicas, quizá por razones estilísticas, por no encajar dentro de la coherencia lógica de las colecciones, por su conteni do o por ser instrumentos de comunicación oficial sin un valor literario re 18 levante para el autor.13 Cualquiera que sea la razón, afortunadamente conta mos con ellas, pues contienen información relevante para reconstruir la biografía de Petrarca. Los destinatarios de las diferentes colecciones son muy variados. Van desde parientes y amigos cercanos, hasta personajes de las más altas esferas del poder y hombres de letras con los que Petrarca tuvo contacto, es decir, personas rea les que verdaderamente mantuvieron o pudieron haber establecido una comu nicación escrita con nuestro autor, aunque también encontramos personajes “ficticios”, como los grandes autores de la Antigüedad. El trabajo ecdótico de Vittorio Rossi demuestra que Petrarca solía escribir tres versiones de sus cartas: la que efectivamente mandaría al destinatario —en cuyas ulteriores copias y trasmisiones no tuvo intrusión—, la que mantendría en su archivo personal y que posteriormente formaría parte de su epistolario, susceptible de sufrir mo dificaciones según sus particulares exigencias literarias, dando así lugar a una tercera reescritura definitiva, de la que pueden desprenderse otras versiones.14 Por lo demás, el mismo Petrarca indica que, una vez convencido de reunir sus cartas en un volumen, era necesario hacer las modificaciones pertinentes para evitar innecesarias repeticiones léxicas y estilísticas, además de eliminar infor mación irrelevante para el lector del futuro (Sen., i, 1, 31-32). Sin embargo, también hay cartas dirigidas a personajes legendarios que jamás habrían podido leer ni responder ninguna de las misivas, por ejemplo, Horacio, Virgilio y otros importantes escritores de la tradición grecorromana. Como se trata de ejercicios literarios, hay que entender que, a pesar de estar dirigidas a una persona determinada, en realidad, Petrarca articuló sus episto larios de manera funcional para todos nosotros, y él mismo era consciente de ello, pues, gracias a muchos estudios filológicos de los manuscritos que contie nen las diferentes versiones de sus misivas, se ha comprobado que modificó deliberadamente algunos datos circunstanciales reales (fechas, destinatarios, lugares, hechos) y las reubicó cronológicamente para darle mayor cohesión y 13 Véase Alessandro Pancheri, “Introducción a las Cartas dispersas”, en F. Petrarca, Epistolarios iv, trad. Francisco Socas, introd. Ugo Dotti, revisión Jordi Bayod. Barcelona, Acantilado, 2023, pp. 3869-3882. (El Acantilado, 468). 14 Véase F. Petrarca, Le Familiari, vol. I, ed. crítica Vittorio Rossi.

 Firenze, Sansoni, 1933, pp. xi-xvii. 19 coherencia al relato integral.15 Incluso hay cartas instrumentales que resultan necesarias para brindar solidez a los eslabones discursivos. El mismo Petrarca señaló las razones de su proceder en la primera de sus cartas Familiares: Aunque fueron escritas en el transcurso de muchos años y enviadas a diversas regiones del mundo, cuando apenas recientemente se reunieron en un mismo tiempo y lugar, se discernió fácilmente la deformidad de la colección, oculta en las cartas individuales, pues una palabra que utilizada una vez en una epístola me deleitaba, repetida con demasiada frecuencia a lo largo de toda la obra comenzó a ser un fastidio. Por ello debía dejarla en una, pero eliminarla del resto. También he eliminado muchas cosas sobre asuntos privados, que quizá parecieron valiosas mientras eran escritas, aunque ahora no agraden al curioso lector. (Fam., i, 1, 31-32) Como estrategia narrativa propia del teatro, en el diálogo que se establece en las cartas, la analepsis ayuda a la configuración del evento narrativo. El destinatario real no necesitaría saber dónde se encontraba su propia morada ni cuales eran sus propias ocupaciones, pero esta información sí que es rele vante para el lector futuro que del destinatario ignora todo. Aquí es donde se evidencia la doble intención de la escritura: la comunicación directa e inme diata, por un lado, y por el otro, la lectura futura por parte de gente ajena a su contexto temporal y geográfico, como lo manifiesta explícitamente en el ínci pit de su carta a la posteridad: “Tal vez hayas oído algo acerca de mí, aunque incluso dude de esto: de si mi insignificante y desconocido nombre viajará a través del espacio y el tiempo” (Sen., xviii, 1). Feliz estará de saber que su nombre llegó a las antípodas con siete siglos de distancia. Tomando en cuenta que el género ensayístico no existía en aquellos tiem pos, la redacción de cartas permitía exponer una reflexión y transmitirla en un texto de extensión breve. Si eliminásemos de las cartas de Petrarca los sa ludos, las despedidas y las referencias circunstanciales, nos quedaríamos con un complejo grupo de cavilaciones sobre asuntos diversos que desmenuzan realidades e idealizaciones sobre temas de interés privado, como la amistad, 15 Sobre el intrincado proceso de consolidación de los epistolarios petrarquescos véase Claudia Berra, ed., Motivi e forme delle Familiares di Petrarca. Milano, Istituto Editoriale Universitario, Cisalpino, 2003. (Quaderni di Acme, 57). 20 la vejez y la soledad; público, como la guerra, el buen y el mal gobierno; e intelectual, como el valor de los autores grecolatinos, la historia, las letras, los libros y, en general, el beneficio del estudio para el individuo y para la sociedad. 

 Pero tan importante es contenido de las cartas, como también su forma, pues en ellas nuestro autor puso en práctica sus conocimientos sobre retórica y emu ló el estilo de los autores latinos clásicos y medievales, en particular Cicerón, Séneca y san Agustín,16 además de marcar una nueva estación para la escritu ra en latín, aunque, como nota Leticia López: Se trata de un latín de transición, de vuelta al clásico y de rechazo a los usos escolásticos medievales. La prosa latina de Petrarca es, por su propia naturale za transitoria, razonablemente comprensible y fluida: aun cuando la busca, no alcanza la arquitectura del periodo ciceroniano, pero tampoco se queda en las formas lineales de innumerables ejemplos del latín medieval.17 No olvidemos que el contexto literario de Petrarca era bilingüe en sentido lato, es decir, se empleaba el latín en sus diversas variedades, al igual que la lengua vulgar propia de cada latitud. Podríamos hipotetizar que el joven Fran cesco aprendió el toscano en casa, pero debió conocer el provenzal que se hablaba en Aviñón para poderse comunicar con la gente común. Sin embargo, únicamente contamos con registros del uso del toscano literario en la poesía y un latín bastante depurado en el resto de su producción. De hecho, en varios de sus textos manifiesta abiertamente su preferencia por la elocuencia de Cicerón y la reflexión moral de Séneca, mientras que en sus epístolas sobre sale la presencia de Boecio, san Agustín y de autores de la Antigüedad como Tito Livio, Virgilio, Horacio, Suetonio, Lucano, Estacio y otros más, de quienes retoma conceptos y fórmulas retóricas que le brindan un tono clasicista a su prosa sin perder la función comunicativa práctica del latín de sus tiempos. Como explica Marco Ariani, no podemos hablar de una historia evolutiva del latín de Petrarca, sino más bien de una búsqueda experimental donde son 16 Véase Sara Fazion e Ilaria Lorenzi, Petrarca lettore di Seneca tragico e di Svetonio. Bologna, Pàtron, 2019 y Roberto Cardini y Donatella Coppini, eds., Petrarca e Agostino. Roma, Bulzoni, 2004. 17 L. López, “El latín de Petrarca”, en Mariapia Lamberti, ed., Petrarca y el petrarquismo en Europa y América. México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2006, p. 166. 21 igualmente válidos los exempla clásicos y el usus medieval, y toma lo que considera mejor de ambas tradiciones.18 En otras palabras, sería la derivación estilística más sensata de quien tiene a la mano la posibilidad de elegir entre una prosa ampulosa y una humilde, y decide optar por una mediocritas ma leable que no atente contra la claridad, pero que no renuncie a la belleza. Él mismo afirmaba: “Y así como la misma comida no deleita todo el tiempo no ya a diversos, sino ni a un único estómago, así también un mismo espíritu no debe ser alimentado siempre con el mismo estilo. 

De modo que la labor es doble: considerar quién es aquél al que uno se ha propuesto escribir y cuál será su estado anímico cuando lea lo que le escribes” (Sen., i, 1, 29); es decir, que haya consonancia entre estilo y función comunicativa del texto. Petrarca abrazó la novedad que ofrecían los clásicos, o sea la restitución del orden perdido a través de la vuelta a los orígenes que dieron el mayor es plendor a la cultura europea. Este acercamiento marca decisivamente una reorientación hacia el futuro humanismo,19 a diferencia de Dante que, aunque reconoce el valor literario de los escritores de la Antigüedad y se permite al guna intertextualidad, los trata como patrimonio cultural, no como modelo de comportamiento moral. Sin ser clérigo, Dante es profundamente religioso; siéndolo, Petrarca parece interesarse más por el intelecto. Para Dante, Virgi- lio es una alegoría del saber humano, una antesala y un escalón para el ascen so del alma; en cambio, Petrarca, espiritualmente menos pretensioso, o menos interesado, no coloca a Cicerón, a Horacio o a Seneca como puntos de partida, sino como la aspiración intelectual de quien sigue un modelo cultural funda mentado en la más alta realización del intelecto humano, no divino. No es casual que en varios momentos agradezca a Cicerón, “el sumo padre de la elocuencia romana” (O romani eloquii summe parens. Fam., xxiv, 4, 4) no sólo por el hecho de ser modelo para los antiguos romanos, sino para todos los usuarios futuros de la lengua latina, pues es guía, ayuda, maestro y fuente de inspiración; lo cual resulta importante, pues es sintomático de una plena 18 M. Ariani, op. cit., p. 344. 19 Sobre la influencia de los autores clásicos en Petrarca véase el clásico Pierre De Nolhac, Pétrarque et l’humanisme. Paris, Honoré Champion, 1907. (Bibliothèque Littéraire de la Renaissance, 1 y 2), 2 tomos y Maurizio Fiorilla, I classici nel Canzoniere. Note di lettura e scrittura poetica. Roma Padova, Antenore, 2012. (Studi sul Petrarca, 40). 22 conciencia de las potencialidades y los límites del estilo prosístico y, aunque no renuncia a los juegos retóricos en la prosa, les da su justo lugar. El estilo poético del África es elevado, ciertamente, pero inadecuado para emplear- lo en una carta dirigida a un amigo. La poesía posee características que exigen una lectura pausada y profunda para su correcta interpretación; por su parte, la comunicación epistolar requiere ser inmediata, clara y emotiva, si fuera el caso, tal como señala nuestro autor cuando indica que la carta debe mostrar un “estilo simple, íntimo y familiar, apto y acomodado en los giros que usamos en la conversación cotidiana” (Fam., i, 1, 16).

Los epistolarios son, ante todo, un ejercicio literario que probablemente le deba más al modelo clásico que a la vida misma, como se expone en la epístola que abre las Familiares: Si hay algo de mis escritos que te guste, confieso que no es mío, sino tuyo; quiero decir, no es una alabanza de mi ingenio sino de tu amistad. De hecho, ninguna de estas obras tiene una gran fuerza oratoria, porque ciertamente yo no la poseo y, aunque la tuviera, su estilo no se presta, dado que ni el mismo Cicerón, muy destacado en esa capacidad, la introdujo en sus epístolas ni en sus libros en los que hay cierta “proporción”, como él dice, y “un estilo tempe rado”. En sus discursos cultivó aquella fuerza eximia y un lúcido y raudo y to rrencial río de elocuencia […] Cicerón trató asuntos filosóficos en sus libros, pero en sus cartas incluyó asuntos personales, noticias y diversos sucesos de su tiempo (Fam., i, 1, 13-14 y 32). Una peculiaridad destacable en la prosa petrarquista es su insistente apego a la claritas. Para él, la claridad era un valor irrenunciable. Si bien no podía exigirla en los autores del pasado, sí tomó esta característica como rasgo dis tintivo de su propia obra, empezando por la materialidad de la palabra: me refiero a algo tan simple como la caligrafía legible. En una de sus cartas a Boccaccio indica que un joven ayudante está transcribiendo sus cartas “no con esa escritura artificiosa y lujosa —propia de los escribas, o mejor dicho, de los pintores de nuestro tiempo […]—, sino con una letra correcta y clara, amable para la vista, donde no falta ni una coma ni algún otro signo ortográ fico” (Fam., xxiii, 19, 8). En efecto, a partir de los manuscritos carolingios que se caracterizan por separar cada palabra y por distinguir con precisión el trazo curvo y el recto de cada letra, Petrarca se percató de las grandes ventajas que ofrecía la precisión caligráfica para ahorrar fatigas inútiles al lector y, 23 sobre todo, para evitar interpretaciones equívocas del texto.20 Si ahora conta mos con códices perfectamente legibles de la obra integral de Petrarca, se debe a su rigurosa observancia por la claridad gráfica en los procesos de escritura y transcripción. En suma, como afirma Ugo Dotti, con la retórica de sus cartas en prosa, Petrarca se volvía el divulgador de la moralidad y la sabiduría hu mana, con un lenguaje moderado y templado, lejano de la ampulosa elocuen cia, estilo llano, doméstico y familiar según el ejemplo de Cicerón. De este modo, el escritor daba inicio a un diálogo con un público selecto, capaz de entender a fondo los studia humanitatis.

21 entre la aUtobiograFía y la FilosoFía Nada impedía que Petrarca se dedicara por completo al cultivo de los metros latinos, como lo hizo en el África y en varias de sus epístolas; nada lo limitaba para que se inclinara por la ficción literaria o para que escribiera poesía de temática no amorosa en lengua toscana, como se puede constatar al leer en su Cancionero textos de fuerte inspiración religiosa (ccclxvi) o política, contra Aviñón: la nueva Babilonia (cxxxvi-cxxxvii), sin olvidar la famosa canción “Italia mía” (cxxviii), donde se lamenta de la falta de gobierno y unidad de la península. Sin embargo, su interés más frecuente era la filosofía práctica, es decir, le reflexión sobre los grandes temas que han subyacido en la cultura letrada desde siempre: la caducidad de la vida, la búsqueda de la felicidad, la lucha por alcanzar una vida serena, la gestión del tiempo, la misión del ser humano en su tránsito por esta dimensión terrenal, etc. El amor erótico que da limitado a los poemas del Cancionero. Curiosamente, apenas es mencio nado en sus epistolarios y en sus tratados filosóficos. Por ejemplo, en su carta a la posteridad nos dice: 20 El acatamiento a la claritas se puede verificar también en Fam., xiii, 5, donde manifiesta su interés por ser claro para los altos intelectos, no para la gente común; o bien, en Fam., xiv, 1, en la cual distingue entre la claridad debida a la facilidad de la lengua y la claridad asociada con la expresión elegante. 21 U. Dotti, “La ricerca della coscienza moderna”, en F. Petrarca, Le Familiari. Libri i-iv, est. prel., trad. y notas de U. Dotti. Urbino, Argaglia, 1970, p. 62. (Lettere e Filosofia, xxix). 24 Siendo joven, centré mi empeño en un amor muy intenso, pero único y hones to, y me habría seguido esforzando por mucho más tiempo, si una muerte amarga pero útil no hubiera extinguido el fuego que ya se estaba apagando. Desearía poder decir que soy totalmente inexperto en los asuntos pasionales, pero mentiría si lo dijera. Diré con seguridad lo siguiente: que, aunque fui arrastrado hacia eso por el fervor de la edad y mi constitución física, siempre aborrecí esa vulgaridad en mi ánimo. Pero al acercarme a los cuarenta años de edad, mientras aún tenía suficiente vigor y fuerza, no sólo rechacé el acto obs ceno en sí, sino que expulsé todo recuerdo de ello, como si nunca hubiera visto a una mujer. (Sen., XVIII, 1, 5-6) Si atendiéramos con rigor su sentido literal, este párrafo desmentiría las motivaciones y el contenido del Cancionero, pero ahora sabemos que no todas las reflexiones personales que encontramos en los epistolarios se refieren realmente al Petrarca de carne y hueso, sino con su alter ego, ese modelo de imitable virtud que debería pasar a la posteridad: nos conmovemos con el poeta toscano que sufre durante décadas sin poder comer ni dormir por el amor no correspondido y, al mismo tiempo, escuchamos atentos al escritor latino que confiesa que tuvo relaciones con otras mujeres. 

Al final, estamos frente a un intelectual que decidió formar parte del clero —con el correspon diente voto de castidad—, pero que no obligatoriamente debe coincidir en la configuración autobiográfica con el hombre que tuvo cargos administrativos y familia propia. Su vida fue una tensión de aspectos contrarios cuyas causas y consecuencias lograron equilibrarse en los epistolarios mediante la oportu na eliminación, el adecuado ajuste y el necesario silencio. Stefano Benassi propone una dicotomía indisociable en la obra de Petrar ca: por un lado se encuentra el auctor, es decir, el Francesco de carne y hueso que suele escribir acerca de sí mismo; por el otro, en cambio, hay un agens, o sea, un Petrarca literario que puede trasladarse libremente entre la autobio grafía real y la autoficción verosímil.22 Antes de él, Dante Alighieri practicó magistralmente este recurso, de modo que el lector debe detenerse varias veces para discernir si su experiencia amorosa o su viaje alegórico correspon 22 S. Benassi, “Sapienza poetica e sapienza filosofica nelle opere latine del Petrarca: le tracce autobiografiche”, en Luisa Secchi Tarugi, ed., Francesco Petrarca. L’opera latina. Tradizione e fortuna. Firenze, Franco Cesati, 2006, pp. 559-574. 25 den al auctor que nunca atravesó ningún mar o al agens que fue capaz de traspasar los cielos. Así ocurre con Petrarca, existe ese yo —hombre de letras perteneciente a los altos círculos intelectuales de Francia e Italia— que escri be a sus amigos, todos ellos identificables como personajes históricos, pero también ese otro yo que artificialmente se configura en cada obra del auctor con la finalidad de dejar un rastro ejemplar de su paso por el mundo. El Pe trarca agens se enamoró cuando era joven, pero decidió darle la espalda a ese amor porque lo alejaba del estudio, que era su motor de vida y su razón de existir, por eso se olvidó de Laura. Apenas encontramos algún residuo de aquella pasión en su obra filosófica. En cambio, el Petrarca auctor habría practicado poesía amorosa antes de aquel 6 de abril de 1327 y no dejó de trabajar en su Cancionero hasta los últimos años de su vida, corrigiendo, au mentando y reubicando las diversas composiciones para dejarnos su legado poético integral en un manuscrito impecable. A diferencia de Dante, donde gran parte de su ficción autobiográfica se detecta con facilidad, Petrarca llega a ser tan coherente en la narración dispersa de su vida que la discutible vera cidad de los hechos se vuelve materia de historiadores, no de literatos, porque en el campo de las letras resulta absolutamente coherente y consistente. Por ejemplo, al leer la carta donde narra que escaló el Mont Ventoux acom pañado de su hermano (Fam., IV, 1), no habría motivos para poner en duda la experiencia; incluso sus reflexiones durante el ascenso, por subjetivas que sean, son plausibles y absolutamente justificables según la narración; sin em bargo, cuando se lee a través del lente de la metáfora, cada elemento cuadra con tal perfección que desvela el artificio. Aquí está la ambivalencia autobio gráfica de nuestro autor al ser capaz de transmitir una vivencia espontánea mediante un texto que ejemplifica el mecanismo medieval de la comunicación alegórica. Es aquí donde la Historia nos presta sus herramientas: la carta, que narra un hecho ocurrido en 1336 se redactó entre 1352 y 1353. Es poco pro bable que haya escalado la montaña con su hermano, quien en ese momento ya era monje. El destinatario es Dionigi Roberti da Borgo San Sepolcro, pero había muerto diez años atrás. Quizá también sea falso que este personaje le haya regalado las Confesiones de san Agustín, como poco probable resulta que alguien escale una montaña llevando a cuestas un libro de cierto peso. Sin embargo, en la carta se explicita la veracidad de los hechos: “Pongo de testigo 26 a Dios y a mi propio hermano que estaba presente” (Fam., IV, 1, 27). Asimis mo, otros detalles son susceptibles de ponerse en duda y, sin embargo, son verosímiles. 

Al final, el lector que había admirado el sentido filosófico de la vida del agens, ante la falta de veracidad no puede más que admirar las estra tegias retóricas del auctor, porque las discordancias históricas cubren la fun ción literaria de brindar mayor cohesión a la personalidad y a los hechos que colocan un nuevo ladrillo al edificio autobiográfico.23 Ciertamente se trata de artificios, pero no vinculados con la estética, sino con la coherencia lógica de una progresión biográfica ejemplar. Para Loredana Chines, en los epistolarios de Petrarca la “verdad” histórica cede su lugar a la “autenticidad” existencial, donde el común denominador es el cambio.24 Esto confirma lo que ha notado Marco Ariani, es decir, que la fragmenta ria vida contada en las cartas de Petrarca se basa en una verosimilitud bien calculada y organizada que forzosamente debe recurrir a la selección, omisión, censura y reescritura de las experiencias reales en pos de configurar un per sonaje sin contradicciones ni disonancias.25 Varios estudiosos han tenido el objetivo de localizar las más recónditas incongruencias entre el auctor y el agens, pero quizá convenga acercarse a los epistolarios desde una perspectiva contraria, es decir, encontrando las convergencias entre las tres formas de ser Petrarca: el histórico, el enamorado y el autobiográfico, pues las tres responden a un mismo pensamiento y a un mismo ideal vital: omnis in unum, a pesar de sus marcadas discordancias. Por lo demás, el desdoblamiento de nuestro autor también halló sus razones en lo clásico, pues Petrarca vio en Cicerón al rétor ejemplar a través de sus tratados, pero también al hombre preocupado por lo humano, como se manifiesta en sus cartas. Y al igual que el modelo, Petrarca decidió encauzar sus impulsos intelectuales hacia el género literario más con veniente, por eso vemos sus debilidades emocionales en el Cancionero, mien tras que en sus epistolarios nos da cuenta de sus fortalezas intelectuales. 23 Roberta Antognini ha elaborado un esquema muy puntual de hechos históricos y datos biográficos para establecer con certeza y rigor la diacronía persistente en la redacción de las distintas versiones de las Familiares. Véase Il progetto autobiografico delle Familiares di Petrarca. Milano, Edizioni Universitarie di Lettere Economia Diritto, 2008. (Studi e Ricerche). 24 L. Chines, “Introduzione”, en F. Petrarca, Lettere dell’inquietudine. Roma, Carocci, 2004, p. 15. 25 M. Ariani, Petrarca. Roma, Salerno, 2021, pp. 167-168.

 27 En los epistolarios, la organización funcional del modelo clásico se impo ne ante lo azarosa que puede ser cualquier vida humana; en ellos, la incom patibilidad entre el auctor y el agens da lugar a una idealización de un yo que nos ofrece el retrato fragmentario, pero lineal, de una vida que naturalmente debió tener sus incongruencias. Es innegable la instrumentalización de las múltiples cartas como escaparate de un constructo autobiográfico mediante un proyecto de textos independientes, pero complementarios que, sin tener la cohesión de las Confesiones de san Agustín, sí logran configurar a un inte lectual fascinado por los clásicos, pero otorgando a la tradición cristiana su justa dimensión. Al mismo tiempo sus textos construyen el modelo de per fecto humanista que probablemente no coincide cabalmente con los hechos reales, pero hay en ellos tanta coherencia que resulta difícil pensar lo contrario. Así como el escritor prescinde de la situación documentable del individuo, la realidad presente no siempre es motivo de atención, o al menos no de ser retratada en una epístola;26 de hecho, en su carta a la posteridad nos dice: “Me enfoqué especialmente, entre muchas otras cosas, al conocimiento de la An tigüedad, pues siempre me desagradó mi propia época; de tal manera que, si el amor por mis seres queridos no me hubiera llevado por otro camino, siem pre habría deseado nacer en cualquier otra época y olvidarme de ésta, siempre procurando sinceramente pertenecer a otras, por eso me deleitaron los histo riadores” (Sen., xviii, 1, 11). El libro xxiv de las Familiares es claro testimonio de su admiración por los escritores del pasado, a quienes remite cartas como si se tratase de verdaderos seres queridos (Cicerón, Séneca, Varrón, Quinti liano, Horacio, Virgilio, Tito Livio, Asinio Polión y Homero). Por lo demás, a lo largo de las misivas verificamos la presencia de temas y, sobre todo, pará frasis o citas directas de innumerables autores de la Antigüedad grecorro- mana, muy disímiles entre sí, como Aristóteles y Ovidio, pues, sin importar su origen geográfico ni su lejanía en el tiempo, Petrarca siempre los consideró superiores moral e intelectualmente en relación con la insuficiencia y corrup ción de sus contemporáneos medievales, salvo algunas excepciones en los 26 Véase Francesco Bausi, “Francesco Petrarca, ossia della in-attualità di un antimoderno”, en Adolfo De Petris y Giuseppe De Matteis, eds., Francesco Petrarca. Unanesimo e modernità, Ravenna, Longo, 2008, pp. 25-34. (Il Portico. Biblioteca di Lettere e Arti, 144). 28 padres de la Iglesia: san Agustín, san Ambrosio, san Jerónimo y Lactancio, pero no vemos a santo Tomás, quizá porque la teología no fue una aspiración de nuestro escritor. Aunado al mérito literario, los personajes de la antigüedad —sobre todo los latinos— representaban para Petrarca el más fiel testimonio de los valores que asentaron los cimientos del esplendor romano —particu larmente el de la Roma republicana— cuya memoria debía preservarse. Luego entonces, si la lectura de estos autores permitía entender los beneficios obtenidos por dichos valores, ¿por qué no revivirlos? En ese sentido, Petrarca mismo intentó adoptarlos y adaptarlos a su cotidianidad. En los epistolarios aparecen esparcidas innumerables referencias a la virtus romana, las cuales afianzan la construcción autobiográfica por reiteración. 

Y, sin embargo, no se aparta completamente de la tradición autobiográfica medieval pues, como indica Alejandro Higashi: “Una autobiografía, para resultar perfecta dentro de las coordenadas del cristianismo, debería evitar la presunción; la biografía ideal era aquella que, paradójicamente, se presentaba más llena de imperfec ciones y así Petrarca construyó a su personaje”.27 Como ha observado Domenico Ferraro, Petrarca no tenía un sentido de pertenencia ni a un sistema filosófico, ni a un grupo intelectual; tal vez por eso buscó una identidad propia en los cásicos.28 Sin embargo, el proceso no podía ser inmediato. Cada vez que leía a un clásico conocido y, sobre todo, cada vez que descubría un texto que había quedado oculto en alguna biblio teca conventual, su horizonte se expandía, pero la madurez llevó tiempo, pues el primer paso sería leerlo; después, analizarlo; más tarde, asimilarlo y, final mente, imitarlo. Aquí cabría mencionar que la imitación fue materia de re flexión para nuestro autor en reiteradas ocasiones. En una carta enviada a Tommaso da Mesina nos dice: “hay que imitar a las abejas, que no devuelven las flores tal como las hallaron, sino que con una maravillosa combinación hacen de ellas cera y miel” (Fam., I, 8, 2). Resulta esclarecedor entender la concepción de la mímesis en Petrarca para inferir de manera análoga los 27 A. Higashi, “Introducción”, en F. Petrarca, La lira y el laurel. Poesía latina selecta, selec., trad. y notas Alicia de Colombí-Monguió, intro. y notas de A. Higashi. México, Uam-Iztapalapa, Siglo xxi, Barcelona, Anthropos, 2013, p. xix. (Textos y Documentos, 25). 28 D. Ferraro, In limine temporis. Memoria e scrittura in Petrarca. Roma, Edizioni di Storia e Letteratura, 2008, pp. 71 y ss. (Studi e Testi del Rinascimento Europeo, 33). 29 procedimientos que él mismo empleaba en sus propias composiciones. En particular, llama la atención una carta enviada a Boccaccio, en la que justifica un involuntario desliz: al notar que un pupilo copió un verso suyo en sus composiciones, Petrarca lo amonestó, dándole una clara explicación del pro ceso mimético: quien imita debe cuidar que lo que escriba sea similar, no igual, pues la seme janza no debe ser como la que existe entre el original y la copia, que mientras más similar sea, mayor es la alabanza para el artista, sino como la del padre con el hijo. […] Así que, al imitar, también nosotros debemos prever que cuando haya algo similar, muchas cosas sean diferentes, y que la semejanza esté tan escondida que no pueda reconocerse sino mediante un tácito análisis de nues tra mente, de manera que sea posible entenderla más que expresarla. (Sen., XXIII, 19, 11-13) Sin embargo, el muchacho mostró su perplejidad, pues él había notado que su maestro había “tomado prestado” un verso de Virgilio y lo colocó en el poema África. Evidentemente, Petrarca no daba crédito a esas palabras, pero bastó revisar ambas obras para confirmar el “préstamo” inadvertido. 

Como el África ya había circulado por doquier, no había manera de corregirlo, pero en la carta él mismo expone su asombro al percatarse de que en su memoria se habían alojado aquellos versos ajenos al lado de los propios, de modo que a él mismo le resultó imposible distinguir la ausencia de originalidad. Esta asimilación de los clásicos se comprueba reiteradamente en los epistolarios. Algunas veces, el autor cita directamente a algún autor clásico, pero hay mo mentos en los que se dificulta la distinción precisa entre las ideas propias y las ajenas, pues la estructura discursiva de la epístola es tan lógica, coherente y cohesionada, que las afirmaciones de Petrarca parecen indudables conclusio nes de quien sigue determinado razonamiento. ¿Realmente se requiere haber leído a los clásicos para afirmar que la vida es breve o que el estudio incremen ta los productos del talento? No. Por tanto, es probable que la experiencia vital haya sido la verdadera generadora de las reflexiones de nuestro autor, pero decidió solicitar ayuda a los clásicos para construir un aparato argumen tativo convincente en relación con los potenciales lectores de sus epístolas. Curiosamente, frente a la presencia de los autores paganos, la incidencia de referencias cristianas se desdibuja. Aquí encontramos otra característi- 30 ca distintiva del incipiente humanismo: la conciliación ecuánime entre estas dos cosmovisiones. Las preocupaciones de Petrarca trascienden las condicio nes religiosas, pues haber nacido en la Era cristiana no es más que un accidente de la historia, por lo que el cristianismo no se concibe como una condicio nante de la naturaleza humana en sus preocupaciones esenciales. En las epís tolas se nota que para Petrarca tanto paganos como cristianos tenían un de nominador común: su condición humana, en consecuencia, las experiencias vitales de los paganos serían tan válidas como las de cualquiera, por el simple hecho de representar ejemplos de humanidad, más allá de sus circunstancias sociales e históricas. Humanos fueron ellos, al igual que él y sus lectores pos treros, de tal suerte que, despojada de prejuicios, la sabiduría de los Antiguos puede y debe servir de norma en la vida cotidiana. Esta sería la manera en que Petrarca asimiló a los clásicos, como ha notado Guido Martelotti.29 Pero hay otro elemento común entre la Antigüedad y el cristianismo: la lengua latina, de modo que esta lengua restituye el universalismo medieval, pero no a tra- vés de la Iglesia, sino de los clásicos. El resultado de entender la práctica lite raria como acto heroico sería la gloria, y aquí también encontramos una contradicción que Petrarca tratará de conciliar: la gloria de los clásicos es pública y desemboca en la fama, siempre temporal, mientras que la gloria cristiana es privada y conduce a la eterna salvación. Sin embargo, prescindien do de las consecuencias paganas o cristianas de la actividad intelectual, para Petrarca el estudio es una necesidad irrenunciable que le da sentido a la espi ritualidad de la vida. 

Ciertamente, su devoción por el estudio lo condujo con insistencia por los senderos de la filosofía, pero no logró concretar un sistema lo suficientemente sólido que lo posicionara como uno de los grandes pensa dores del Medioevo; aun así, dejó las puertas abiertas para la posteridad. Al respecto, Francisco Rico comenta: Petrarca no fue el “philosophus” que a partir de un cierto momento quiso ser: ni un gran pensador, ni un pensador original. Su relevancia en la trayectoria de la cultura europea consiste en haber mostrado y ejemplificado nuevas posibi 29 G. Martellotti, “Introduzione”, en F. Petrarca, Prose, ed. G. Martellotti, P. G. Ricci, E. Carrara y E. Bianchi. Milano, Napoli, Riccardo Ricciardi, 1955, pp. vii-xxii. (La Letteratura Italiana. Storia e Testi, 7). 31 lidades para la reflexión y la sensibilidad moral, sobre la base de unas auctori tates a prueba, con una inédita perspectiva histórica y con el filtro de la expe riencia individual.30 Marco Pellegrini señala la importancia del humanismo para la postulación de un perfil de lector diferente al académico escolástico. Con Petrarca ya es tamos ante un libre amante de los libros que no tiene como motivación uti- litaria saquear el texto con la finalidad de incrementar el propio arsenal de conocimientos profesionales; en gran medida, gracias al rescate y asimilación del otium como parte de las actividades humanas.31 Este otium legitima el estudio como un elemento dignificante y benéfico, toda vez que las preocu paciones personales atraviesan las fronteras de lo literario y se vuelven de interés social. Por esta razón, Petrarca suele subrayar que el origen de la co rrupción se encuentra en la ignorancia. Para subsanarla, por fortuna, existen los clásicos, pues ofrecen modelos de virtud que forman parte del patrimonio común a todo el pueblo europeo —sin atentar contra el cristianismo—, y no hay mejor vehículo para acceder a ellos que la lectura directa de sus obras. Esto explica por qué para nuestro autor era tan importante preservar y com partir el conocimiento libresco. Al respecto, en una de sus cartas nos dice: En efecto, en los libros existe algo singular: el oro, la plata, las joyas, los vestidos de púrpura, las casas de mármol, el campo cultivado, los cuadros, el caballo fino y cosas de este tipo, tienen un placer mudo y superficial; los libros, en cambio, nos deleitan el corazón, hablan con nosotros, nos aconsejan y nos une con ellos una especie de familiaridad viva e ingeniosa; no sólo cada uno se penetra en sus lectores, sino también da a conocer el nombre de otros, y unos procuran el deseo de otros más. (Fam., iii, 18, 3) A partir de estas palabras se deduce que la filología no surgió como una árida actividad académica, sino como una necesidad de contar con lecturas formadoras, pero en su mejor versión. El valor edificante de la lectura, sin embargo, va de la mano con su ejecución en soledad, pues la vida en comuni 30 F. Rico, Petrarca. Poeta, pensador, personaje. Barcelona, Arpa, 2024, p. 145. 31 Marco Pellegrini, Religione e umanesimo nel primo Rinascimento da Petrarca ad Alberti. Firenze, Le Lettere, 2012, p. 231. 32 dad ofrece muchos estímulos involuntarios que ofuscan el pensamiento. En esta sintonía, la serenidad se encuentra únicamente aislándose del mundo. En sentido estricto, el mejor ejercicio de la reclusión se encontraría en el mo delo monástico, pero los monjes siguen reglas y viven en comunidad, mientras que el aislamiento de Petrarca depende de la libre voluntad y de la necesidad de estudiar sin banales distracciones. Este aislamiento, sin embargo, tiende más a lo simbólico que a lo real, al igual que la compañía, pues no es difícil encontrar en los textos de nuestro epistológrafo frecuentes alusiones a sus amigos, cuya voz sigue sonando en los libros. 

Así como la muerte de Laura no fue motivo para dejarla de amar, el hecho de que un autor haya fallecido siglos atrás no impide el establecimiento de diálogos íntimos y profundos con él, pero esto se logra con ayuda de la lectura individual en conveniente aislamien to, preferentemente en un locus amoenus. De hecho, esta fue la motivación para enclaustrarse intermitentemente en las viviendas de Arquà y Vaucluse, necesariamente cercanas a la ciudad para interactuar con otros intelectuales, pero suficientemente aisladas para poder meditar en completa calma: “En efecto, no aprendí a frecuentar el tribunal ni a rentar mi lengua, siéndole mi naturaleza profundamente contraria y renuente, que me hizo amante del si lencio y de la soledad, enemigo del foro, despreciador del dinero” (Fam., I, 1, 15). Para nuestro escritor, la soledad fue una elección razonada, un modus vivendi donde reinaba la serenidad. Atendiendo a la información contenida en sus misivas, nos damos cuenta de que tuvo una importante presencia ac tiva en sus círculos sociales, pero siempre prefirió apartarse de ellos, no re nunciar. Tampoco se describe como un hombre sin amigos; al contrario, los tuvo, y muchos. Su aislamiento fue una condición necesaria para aprovechar mejor su tiempo. “Me propuse distender el estrecho espacio de la vida. Te preguntarás con qué artes puede hacerse eso. […] Todo radica en la adminis tración del tiempo mismo. […] A ningún mortal le abunda en tiempo, pero no todos entienden por igual la carencia de este bien” (Fam., xxi, 12, 1, 10 y 12). No olvidemos que una de sus actividades intelectuales más recurrentes era filosofar acerca de asuntos humanos, por lo tanto, no habría podido re chazar el contacto con la gente, pero convencido de que poco era ya bastante. La carta donde describe su escalada al Mont Ventoux (Fam., iv, 1) es prue ba de la superioridad otorgada a los frutos del conocimiento que no siguen 33 finalidades prácticas mundanas y pasajeras, sino los que ofrecen asideros para incrementar cualitativamente las relaciones del ser humano con su entorno y consigo mismo. 

Las motivaciones son muy claras: Petrarca quiere ver el her moso paisaje que dicen que existe allá arriba. Los obstáculos se advierten desde el inicio: el camino más fácil es el menos conveniente. Incluso un an ciano trata de disuadirlo indicando que el esfuerzo realmente no merece la pena. Petrarca no viaja solo; lo acompaña su hermano, un par de sirvientes y otro amigo que abre paso a la interpretación alegórica: san Agustín, en un libro. Entonces, la montaña deja de ser un accidente geográfico y la escalada no se refiere a un esfuerzo físico. Petrarca deseaba ascender y llegar a una meta siguiendo astutamente el camino menos intrincado, “pero la naturaleza de las cosas no se doblega por el ingenio humano” (Fam., iv, 1, 11); por lo tanto, debió seguir el sendero que realmente lo llevaba a la cima y, con ayuda de una acertada reflexión filosófica, entendió que la meta era otra. Esa montaña serían los libros y sus consecuencias; el esfuerzo físico, en realidad, corresponde al esfuerzo intelectual, y la meta ansiada se podría simplificar en el afán mismo por conocer. El anciano representaría los atavismos que impiden renunciar a las costumbres que impiden avanzar. En efecto, Petrarca abrazó el conocimiento pero ahora se pregunta para qué. Así, el empecinado lector toma conciencia de la inutilidad del estudio por el estudio mismo si carece de una finalidad trascendental. La acumulación de saberes es tan estéril como la acumulación de riquezas cuando no hay un objetivo preciso: hablamos más bien de un vicio que de una virtud. Por eso las palabras de san Agustín que encuentra casualmente al abrir su libro cobran relevancia: “Y los hombres van a admirar las alturas de los montes y los in gentes oleajes del mar y las amplísimas corrientes de los críos y el circuito del océano y las rotaciones de las estrellas, y se abandonan a sí mismos” (Fam., iv, 1, 27). Es decir, Petrarca entendió finalmente que los estudios son un me dio, no un fin en sí mismos. Bajó de la montaña sin interesarse más por el paisaje (por el conocimiento sin causa) y comprendió que todo lo aprendido podría ser tan provechoso o tan fútil en la medida en que esos saberes no edificaran sus vanidades, sino sus virtudes humanas; o dicho en palabras de Arqués Rossend: “culmina su gesta tras inútiles devaneos y muchas reflexio- nes encaminadas a mostrar su sentido alegórico como viaje interior: cuanto 34 más se dilata el panorama desde la cima, más se amplía el espacio en el interior de Francesco”

.32 En cierto modo, la transformación de Petrarca calca la alego ría dantesca. Cuando Dante se encuentra por llegar a la cúspide del Purgatorio (Purg., xvii), atraviesa el último obstáculo y espera que Virgilio —el saber— lo siga en el camino, en cambio, su guía debe despedirse, pues para avanzar lo que sigue del trayecto ya no es necesario el conocimiento, sino la fe. Dante entonces cierra los ojos para poder ver el cielo; Petrarca, para ver su interior. Y ninguno de los dos se perdió en el camino. Durante toda su vida, el estudio formó parte casi consustancial de nuestro escritor, al grado de transformarse en una especie de compulsión edificante. De joven, estudió por curiosidad; de mayor, por necesidad, aunque en todo momento lo hizo también por el placer que brindan los libros, en un primer contacto y, más tarde, por el impulso de encontrar material que ofreciera nuevas motivaciones intelectuales para la escritura. Según sus epistolarios, pasaba largas horas meditando y otras tantas escribiendo, incluso en condi ciones tan adversas como un viaje conflictivo. Por momentos, parece que su impulso por escribir roza con la obsesión, como lo describe él mismo: “A menudo, estando despierto a medianoche con la lumbre apagada, antes que nada, tomo la pluma que descansa sobre la almohada y, para que las ideas no se desvanezcan, escribo en tinieblas lo que apenas alcanzo a leer a la mañana siguiente” (Fam., xxi, 12, 26). Al parecer, la fatiga de la vista y la incorrecta postura del cuerpo tuvieron como consecuencia afecciones a su salud eviden tes ante los ojos de sus amigos. En algún momento, uno de ellos, preocupado, le ordenó diez días de descanso y, para asegurarse de que la orden fuera aca tada, se llevó las llaves que abrían el mueble donde se encontraban sus mate riales de trabajo. Al respecto, Petrarca nos dice: Acepté el juego: a él le parecía que iba a estar ocioso; a mí, desvalido. ¿Qué esperabas? No sin tedio, ese día duró más que un año. El segundo, padecí dolor de cabeza desde la mañana hasta la tarde. Al amanecer del tercer día, comencé a sentir accesos de fiebre. Mi amigo regresó, como habíamos acordado, y me 32 Rossend Arqués Corominas, “Las voces íntimas de la inquietud. Petrarca y la individualidad”, en F. Petrarca, Mi secreto. Epístolas, trad. R. Arqués Corominas y Anna Saurí. Madrid, Cátedra, 2011, pp. 45-46. (Letras Universales, 434). 35 devolvió las llaves. Inmediatamente recuperé mis fuerzas y él, viendo que el trabajo me nutría, me prometió que no me volvería a pedir algo semejante. (Fam., xiii, 7, 6) El síndrome de abstinencia no es una exageración, pues a lo largo de todos sus epistolarios se dan constantes noticias de su actividad como lector y es critor. Sus textos constituyen una verdadera autobiografía intelectual que permitiría hacer una cronología de los libros que leyó, dónde lo hizo, bajo qué circunstancias; y del mismo modo, contamos con información muy detallada acerca del nacimiento, desarrollo, abandono y culminación de casi todas sus obras, a excepción del Cancionero que, como se ha dicho, siempre estuvo presente en su vida, pero ausente en sus epistolarios. Dentro de su correspondencia con Boccaccio, nos enteramos de que éste le sugiere a nuestro epistológrafo abandonar los estudios y dedicarse al repo so, atendiendo la recomendación que un médico le habría hecho a él mismo, pero el consejo es desestimado con una sólida argumentación que refuerza convicciones y motivaciones: Leer y escribir, actividades que tú aconsejas que abandone, exigen un mínimo esfuerzo, de hecho, son un dulce descanso que me permite olvidar mayores preocupaciones. 

No hay carga más ligera que la pluma, ni más placentera: los demás goces son huidizos y mientras producen placer causan daño; en cambio, la pluma brinda alegría cuando se toma con la mano, y satisfacción cuando se suelta, además es útil para su dueño y para muchos otros, incluso para los que a menudo no están presentes y para los que vendrán después y dentro de mil años. Puedo asegurar que de todos los placeres terrenales ninguno es tan noble como el estudio de las letras, ninguno más duradero, ninguno más dulce, nin guno más sincero, ninguno hay que acompañe a su poseedor a través de cada vicisitud con tan hábil esplendor y sin molestia alguna. (Sen., xvii, 2, 9) Estas palabras son las de un Petrarca de 69 años, pero empatan totalmen te con una afirmación que se encuentra en la primera carta de las Familiares: “según presiento, el final de mi escritura y el de mi vida será uno” (Fam., i, 1, 44). No diría que se trata de una profecía autocumplida, sino del primer ci miento de una decisión sólida tomada a los 46 años. Según vemos, la vida puso frente a Petrarca varios caminos que conducirían irremediablemente al éxito: pudo ser abogado, pudo escalar en la jerarquía eclesiástica, pudo transformar 36 se en rico burgués, pero prefirió la tranquilidad que ofrece una vida holgada y dedicada a las letras, evidentemente, asegurando que su vida profesional de la madurez le permitiera gozar de buena salud física, mental y financiera pa- ra los años venideros. Según observa Ugo Dotti, la vejez de Petrarca despuntó con infaustas señales:33 en mayo de 1361 murió Ludovico de Beringen, apodado Sócrates, el gran amigo al que dedicó las Familiares; el 14 de julio, la peste le arrebató a Giovanni, su primogénito; ese mismo verano fallecieron Philippe de Vitry y Zanobi da Strada, otro de los recurrentes destinatarios de sus cartas. Esto explica su dolor ante la pérdida: “Procuré tener amistades honestas y fui el más fiel partidario de éstas. Pero éste es el suplicio de los ancianos: tener que llorar a menudo las muertes de sus seres queridos” (Sen., xviii, 1, 7). En sus epistolarios se razona acerca de una edad que todavía no ha llegado, con ayuda de la experiencia de los clásicos pero, cuando realmente arrostra la vejez, se encuentra bastante instruido en esa materia, y así puede afirmar con toda serenidad: “estoy aprendiendo cómo dejar de ser joven por mi propia cuenta y —lo que siempre aprendí con deseo, pero nunca se aprende dema siado— estoy aprendiendo a envejecer, a morir” (Fam., xxi, 12, 28). Quede claro, aunque los clásicos nutrieron el pensamiento de Petrarca en muchos aspectos, la base de sus reflexiones fue, ante todo, la experiencia directa. 

Es decir, no necesitó consultar a Cicerón para saber qué era la amistad, ni debió acceder a la erudición de los romanos para sentirse inclinado hacia el saber. Como subyace la sinceridad, Petrarca supo elegir las citas ajenas que realmen te correspondían con su experiencia, como una suerte de pruebas literarias que verifican la realidad de la vida. En lo referente a la senectud, además de las fuentes latinas, Pasquale Stoppelli señala que no debemos olvidar la di mensión cristiana, por la cual Petrarca no puede prescindir de la visión de la vejez como el momento en que el ser humano se aleja de las faenas terrenales para volver la vista hacia la espiritualidad que conducirá a la salvación.34 33 U. Dotti, “Introduzione”, en F. Petrarca, Le Senili. Libro primo, ed. Elvira Nota, intro., trad. y notas de U. Dotti. Roma, Archivio Guido Izzi, 1993, p. v. 34 P. Stoppelli, “Introduzione”, en F. Petrarca, Elogio della vecchiaia. Milano, La Vita Felice, 2010, p. 10. 37 Nuestro autor, sin embargo, poco habla de salvación en términos religiosos. El estudio lo salva, pero en este mundo, al convertirlo en un mejor ser huma no. En sus cartas no se observa ninguna intención de poner el conocimiento al servicio de la fe, ni siquiera en la senectud. Como bien anota Sabrina Stroppa, al revisar los epistolarios de Petrarca nos percatamos de que la vejez no sólo es una meta inevitable, sino un bien deseado.35 Son muchas las cartas donde se manifiesta que esta irremediable condición es motivo de orgullo, pues la acumulación de experiencias a lo largo de una vida abre la puerta a una digna madurez moral: “Oh vejez, la edad más venerable de todas. Oh, la más temida por los mortales, en vano. Oh, la más dichosa edad cuando llegamos a conocerla”.36 En su carta a la posteridad (Sen., xviii, 1), ya mayor, nos ofrece un sintético retrato de la primera mitad de su vida, pues el texto quedó inconcluso. En esta epístola se confirman los datos biográficos que ya había dado a conocer dos décadas atrás, pero ahora con la lente de un hombre que puede ver desde lo lejos el tiempo pasado. Y nuevamente, en la argumentación y los encomios a la vejez se escucha el eco antiguo de De senectute de Cicerón. No olvidemos que Petrarca no pade- ció persecuciones políticas ni aprietos económicos, de hecho, pareciera que gozó de buena salud y libertad de acción hasta los 60 años, cuando ya necesi tó anteojos y, paulatinamente, pequeños achaques interrumpieron su bienes tar. Es cierto que su recuento biográfico se organiza a partir de núcleos temá ticos que coinciden con los pecados capitales. 

Nos habla de su relación con la avaricia, con la gula y hasta con la lujuria. Se atreve a confesar que tuvo una vida sexualmente activa hasta que él mismo decidió ponerle un freno para encauzar su tiempo y sus energías al estudio. En suma, organiza su relato autobiográfico de tal suerte que salga bien librado al practicar modelos de virtud civil igualmente válidos desde la visión cristiana que pagana pues, como él mismo afirma, “la vejez es una enfermedad del cuerpo, pero brinda salud al alma” (Sen. xvii, 2, 3). 35 S. Stroppa, “Senectus”, en Luca Marcozzi y Romana Brovia, eds., Lessico critico petrarchesco. Roma, Carocci, 2017, p. 293. (Studi Superiori, 1013). 36 “O veneranda ante alias senectus, o diu optata, o nequicquam formidata mortalibus et, si nosci ceperis, felix aetas!” (Sen., viii, 2, 38). 38 Los epistolarios de Petrarca son producto de una amalgama de conoci mientos útiles. En parte, sus enseñanzas son inspiracionales, pues reflexiona acerca de realidades que forman parte de la vida cotidiana de cualquier ser humano, pero también son aspiracionales, sobre todo si quien se acerca a ellos se dedica al estudio de las letras. 

En el Cancionero muchos de sus versos ter minan por ser previsibles, pues ama desenfrenadamente hasta donde las reglas del decoroso amor cortés se lo permiten; en cambio, sus epístolas no llegan a ser monótonas, ya que, aun tratando el mismo tema, lo ve desde ángulos di ferentes al redactar las cartas en varios momentos de su existencia. Escribe a partir de recuerdos propios y ajenos, y su finalidad es ser recordado, pero al mismo tiempo adopta la generosidad de un sabio maestro que nos quiere allanar el camino. Fernando Ibarra Chávez Parque de Los Venados, otoño de 2024

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