Una nota sobre surrealismo y teoría crítica Leandro Sánchez Marín Universidad de Antioquia En memoria de Jairo Escobar Moncada y en reconocimiento de la profunda huella que ha dejado en mi conciencia.
En su famoso ensayo sobre el surrealismo, Walter Benja min (2025) caracteriza a esta corriente intelectual como “un delgado arroyuelo alimentado por el húmedo aburri miento de la Europa de la posguerra y por los últimos re gueros de la decadencia francesa” (p. 57). Con ello quiere señalar que el surrealismo es producto de un tiempo de crisis; una crisis no solo política, sino también intelectual.
La imagen del arroyuelo además le sirve para dar un golpe a los “sabelotodo” que quieren agotar la explicación sobre el origen del surrealismo a partir de discursos trillados y esquemáticos: estos sabelotodo “son algo así como una reunión de expertos que, junto a una fuente, llegan tras ma duras reflexiones a la convicción de que el pequeño arro yuelo jamás impulsará turbinas” (Benjamin, 2025, p. 57). Tomando distancia de estos expertos, Benjamin puede ver con agudeza que el surrealismo puede desplegar su fuerza no solo como una tendencia del arte entre muchas otras, sino como un movimiento artístico revolucionario en pleno derecho. Lo que André Breton y su grupo ha logrado poner en marcha es la posibilidad de “empujar” la vida 9 Una nota sobre surrealismo y teoría crítica literaria “hasta los límites más extremos de lo posible” (Benjamin, 2025, p. 58). En el surrealismo, el desarrollo del lenguaje “tiene la preferencia” y a partir de ello se entiende que solo vale la pena vivir la vida allí donde “el umbral entre la vigilia y el sueño quedaba desbordado como por el paso de imágenes agitándose en masa” (Benjamin, 2025, p. 58). Para Benja min, el surrealismo habla de experiencias. Su disposición es literaria y no científica; artística y no teórica.
No se debe considerar que la decadencia de la cual surge el surrea lismo es un asunto de inmediatez, pues las experiencias de las que habla el movimiento “de ningún modo se reducen al sueño, a las horas dedicadas al opio o hachís. Es un gran error pensar que solo conocemos de las ‘experiencias su rrealistas’ los éxtasis religiosos o los éxtasis de las drogas” (Benjamin, 2025, p. 59). La consideración prejuiciada que solo ve la relación en tre surrealismo y alucinación a través de las drogas des cuida el hecho de que su talante materialista está conec tado con su “iluminación profana”, la cual, si bien no re niega del hachís, no por ello construye a su alrededor una iluminación narcótica. Sin embargo, Benjamin parece exi gir mucho más al surrealismo. Le insta para que esté a la altura de esa iluminación profana, pues, al parecer, su im pulso revolucionario encuentra ciertos límites, en medio de los cuales su “virtud revolucionaria” más importante coincide con “vivir en una casa de cristal” (Benjamin, 2025, p. 60). Pero, incluso en medio de esta situación, Breton lo gra encontrar algunas “energías revolucionarias” en todo lo que es “anticuado”, en lo ruinoso de la ciudad, de las cosas, y en todo aquello que manifiesta las huellas del paso del tiempo: Nadie mejor que estos autores puede dar una idea tan exacta de cómo esas cosas están con respecto a la 10 Leandro Sánchez Marín revolución.
Nadie, con anterioridad a estos visionarios e intérpretes de los signos, se había percatado de cómo la miseria, y no solo la social, sino la arquitectónica, la mise ria del interior, así como las cosas esclavizadas y que es clavizan, se convierten en nihilismo revolucionario (Ben jamin, 2025, p. 61). Este nihilismo encuentra en la libertad un concepto ra dical, pues los surrealistas se contraponen a la considera ción liberal de la libertad, en la medida en que liquidan “el esclerótico ideal moralista” de la misma.
“Ganar las fuer zas de la embriaguez para la revolución” se transforma en programa surrealista (Benjamin, 2025, p. 68). El camino re volucionario del surrealismo se debe transitar entonces de manera tal que pueda enfrentar los síntomas del nihilismo: “organizar el pesimismo”, que significa “expulsar fuera de la política la metáfora moral y descubrir en el ámbito de la acción política el ámbito de las imágenes de pura cepa” (Benjamin, 2025, p. 70). Al igual que Benjamin, para Theodor Adorno, no hay relación de identidad inmediata entre surrealismo y psi coanálisis. Las interpretaciones que sugieren que ello es así, se equivocan plenamente, pues no hay una correspon dencia precisa entre las teorías psicoanalíticas y el arte su rrealista en el sentido de una traducción desde la rígida teoría hacia la plasticidad artística. No hay un puente que conecte de manera mecánica a estas dos tendencias. El su rrealismo no pretende hacer ilustraciones del psicoanálisis: Si el surrealismo no fuese en realidad más que una colec ción de ilustraciones literarias y gráficas de Jung o hasta de Freud, no meramente duplicaría de manera superflua lo que la teoría misma enuncia en lugar de revestirla de metáforas, sino que además sería de una inocuidad que apenas dejaría margen para el scandal al que el surrealismo aspira y que constituye su elemento vital (Adorno, 2003, p. 99). 11 Una nota sobre surrealismo y teoría crítica
Por lo tanto, no hay una “representación” de los sueños en el arte surrealista, ya que ello implicaría un ejercicio de traducción ingenua, cuando no peligrosa, de las doctrinas que el psicoanálisis ha establecido. No es interés del su rrealismo retratarlas, ni tampoco agotar el sentido de las situaciones inconscientes a través del arte. “Las creaciones surrealistas son más que meramente análogas al sueño, en la medida en que derogan la lógica habitual y las reglas de juego de la existencia empírica” (Adorno, 2003, p. 100). La mediación necesaria entre psicoanálisis y surrealismo es el lenguaje; el lenguaje en el sentido de su expresión artística. Los surrealistas no querían ofrecer meras copias de otras tendencias, ni tampoco copias de la realidad, se esforzaban por mostrar los límites de un mundo donde lo racional no se distingue de lo irracional y donde la afirmación de la moral es la afirmación de lo catastrófico. La tarea de la teo ría crítica, en su compromiso teórico con la denuncia del sufrimiento, es afín al surrealismo precisamente en su in sistencia en mostrar la crisis de sentido del mundo contem poráneo.
Así pues, eludir la sistematización racionalista es un mérito del surrealismo. Y es por ello por lo que “en las ruinas del mundo del surrealismo no sale a la luz el en sí del inconsciente. Si se los juzgara por su relación con éste, los símbolos resultarían con mucho demasiado racionalis tas” (Adorno, 2003, p. 100). El surrealismo ofrece una con moción de la realidad, invierte y subvierte los sentidos de lo que se considera normal, natural y racional. La ausencia de libertad en medio de las condiciones de explotación y control del mundo contemporáneo hacen parte de su avan zada subversiva: “las imágenes dialécticas del surrealismo lo son de una dialéctica de la libertad subjetiva en la situa ción de falta de libertad objetiva” (Adorno, 2003, p. 102). En algunos de sus comentarios sobre el surrealista Louis Aragon, Herbert Marcuse plantea que el contexto de producción intelectual donde tiene lugar la obra de este 12 Leandro Sánchez Marín artista se encuentra sometido a la lógica de la integración. Para Marcuse, las expectativas de la actividad intelectual en su compromiso con la liberación y la denuncia de un orden social malogrado permanecen en un cierto estado de impotencia. La forma de vida imperante, bajo las dinámi cas del totalitarismo, hace que sea cada vez más difícil en contrar espacio para el despliegue alienante del arte y, de este modo, la intelectualidad extiende su crisis hacia domi nios donde antes se encontraba la creatividad en situación de resistencia, cuando no de renuncia y respuesta.
En pa labras de Marcuse (2019), esta crisis es el resultado de un proceso donde “las fuerzas revolucionarias que fueron producidas para la libertad están siendo asimiladas al sis tema global de control monopolista” (p. 251). De esta ma nera, el fortalecimiento de los mecanismos de control, su refinamiento y funcionalidad, hace que la tarea de la crítica se vea repelida de manera constante, al considerarla fuera de lugar o simplemente demasiado exagerada frente al ob jeto al cual direcciona sus reclamos. El arte, que siempre ha desplegado su potencialidad crítica, bajo esta crisis de sen tido y ante una recepción afirmativa de sus creaciones, se encuentra devaluado y algo indefenso frente al poder del pensamiento positivo: Todas las críticas son absorbidas fácilmente por el sistema al que se acusa. La revelación de los campos de concentra ción, de la liquidación continua de las fuerzas antifascistas alrededor del mundo produce bestsellers o películas de éxito. El arte revolucionario se convierte en la moda y en clásico. El Guernica, de Picasso, es una pieza de museo ve nerada (Marcuse, 2019, p. 252).
Podemos deducir de este contexto que la articulación del potencial crítico del arte y el despliegue del pensa miento negativo, que supone un rechazo de los modos de vida basados en la explotación, la violencia y la injusticia, ahora pierde terreno en relación a la comercialización y 13 Una nota sobre surrealismo y teoría crítica estandarización de las obras, pues en su devenir mercancía y objeto de consumo se crea un amplio margen para que se pueda establecer una relación ingenua, cuando no decidi damente basada en la mala fe, de quienes se presentan a la contemplación del sentido crítico para reconfigurarlo y amputar sus momentos más punzantes. La domesticación del arte es el resultado del proceso de estandarización to talitario al que asisten las sociedades del siglo XX y princi pios del XXI. Amplios medios de difusión que parecen de mocratizar el acceso al arte sirven de artilugio para solapar la inmediatez con la cual es común hablar y pensar hoy en virtud de una cierta formación intelectual, la cual no es más que la posición esnobista de quien afirma la superfi cialidad en detrimento de las exigencias y dificultades pro pias de toda interacción con las creaciones artísticas.
No obstante, el surrealismo, según el mismo Marcuse, mantiene la capacidad de cuestionamiento de lo dado que ubica entre los movimientos de avanzada contra las ten dencias capitalistas. Para Marcuse (1969), por ejemplo, “la tesis surrealista, de acuerdo con la cual el poeta es el incon formista total, encuentra en el lenguaje poético los elemen tos semánticos de la revolución” (p. 39). Y es precisamente, en este contexto de lucha contra la realidad afirmativa, donde la negatividad exige una renovación; atacar lo polí tico mostrando sus propios límites es el resultado de la re volución surrealista, para Marcuse (2019) esto implica que “lo político está siendo despolitizado y de este modo se convierte en lo político verdaderamente. El arte y la polí tica encuentran su común denominador” (p. 257). Las si militudes con la idea de Benjamin (2003) según la cual “a la estetización de la vida política que promueve el fas cismo” se debe responder “con la politización del arte” (p. 127) son aquí evidentes.
Sobre esta misma discusión vol verá Marcuse cuando tenga una particular forma de 14 Leandro Sánchez Marín correspondencia con el grupo de los surrealistas de Chicago en la década de 1970 (Rosemont, 1989, Susik, 2024). En un reciente trabajo, Bruna Della Torre (2025) ha ex plorado la relevancia de Elisabeth Lenk en medio de las conexiones entre surrealismo y teoría crítica. Lenk, quien fue estudiante de Adorno en Frankfurt, se mudó a París en 1962, donde asistió a las clases de Foucault, Derrida y Barthes, y además se sumó al círculo de los surrealistas, donde conoció a Breton. En una carta a Adorno del 5 de mayo de 1963, Lenk (2015a) le comenta que, más allá del ambiente del grupo de los surrealistas, la “personalidad de Breton” le ha causado “una impresión extraordinaria” (p. 69), tanto que se ha decidido por comenzar un estudio ri guroso de la historia del surrealismo. En este contexto, se gún Della Torre (2025), Lenk fue “una de las primeras en reunir la teoría crítica francesa con la alemana” (p. 179). En sus estudios sobre el surrealismo, Lenk (2015b), al igual que Marcuse, también trata la figura de Aragon. Dice de él que “utiliza el concepto de modernidad como una forma de dar una definición objetiva al campo en el que se inscriben los hechos ideales, aquellos que provocan un es calofrío” (p. 188). Quizás esta forma de confrontación es la que llame la atención de la teoría crítica, pues allí se pue den encontrar vías de conexión posible entre tendencias. Hay una insistencia en la fuerza de la imaginación que abre la dimensión de la utopía, aunque no de manera román tica, sino de forma tal que la perplejidad es lo que define su apertura: “Aragón guía y seduce en nombre de la ima ginación. Su imaginación es soberana. Tiende a crear un flujo constante de perspectivas falsas y luego deja al lector perplejo ante un muro. Estos bruscos despertares son in tencionados” (Lenk, 2015b, p. 188). 15 Una nota sobre surrealismo y teoría crítica
Incluso siendo conscientes de los riesgos de agudizar las formas de la imaginación, los surrealistas apostaban por ella: “no ha de ser el miedo a la locura el que nos obli gue a poner a media asta la bandera de la imaginación” (Breton, 2001, p. 22), pues “un revolucionario sueña como otro hombre, tiene momentos en que se ocupa de sí mismo solamente, sabe que de cuerdo puede uno volverse loco” (Breton, 1978, p. 89), aunque ello no quiere decir que debe existir una entrega total al mundo de la locura, sino enten der que “el surrealismo no produce poesía al borde del irracionalismo, hipóstasis del inconsciente, o de la mercan tilización, sino más bien una protesta contra el mundo so breracionalizado” (Della Torre, 2025, p. 182). Teniendo en cuenta estos desarrollos, el diálogo entre el surrealismo francés y la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt revela una afinidad profunda que trasciende sus diferencias de método y lenguaje: ambos proyectos inten taron liberar al sujeto de las formas de racionalidad que lo someten, ya fuera a través del estallido imaginativo del in consciente o de la denuncia de la razón instrumental. En las reflexiones de Marcuse, Benjamin y Adorno se percibe una tensión productiva entre lo dado y su crítica materia lista, mientras que la recuperación que hace Lenk de sus categorías muestra la continuidad de un legado que sigue interrogando las condiciones de la emancipación. Lejos de ser corrientes opuestas, surrealismo y teoría crítica apare cen de esta manera como dos modulaciones de una misma inquietud política y estética del siglo XX: la búsqueda de una experiencia no alienada en la que arte, pensamiento y transformación social puedan tener un punto de conver gencia. 16 Referencias Leandro Sánchez Marín Adorno, Th. W. (2003). Retrospectiva sobre el surrealismo. Notas sobre literatura. Ediciones Akal, 99-103. Benjamin, W. (2003). La obra de arte en la época de su repro ductibilidad técnica. Editorial Itaca. Benjamin, W. (2025). El surrealismo. La última instantánea de la inteligencia europea. Iluminaciones. Taurus Edicio nes, 57-72. Breton, A. (1978).
Los vasos comunicantes. Editorial Joaquín Mortiz. Breton, A. (2001). Manifiestos del surrealismo. Editorial Argonauta. Della Torre, B. (2025). Elisabeth Lenk, Theodor W. Adorno y las vanguardias. Engelmann, C. et al. (Comps.). En las sombras de la tradición. Una historia de la Escuela de Frank furt en perspectiva feminista. Eterna Cadencia Editora, 175-194. Lenk, E. (2015a). The Challenge of Surrealism. The Correspond ence of Theodor W. Adorno and Elisabeth Lenk. University of Minnesota Press. Lenk, E. (2015a). The Challenge of Surrealism. The Correspond ence of Theodor W. Adorno and Elisabeth Lenk. University of Minnesota Press. Lenk, E. (2015b). Sense and Sensibility: Afterword to Louis Aragon’s Paris Peasant. The Challenge of Surrealism. The Correspondence of Theodor W. Adorno and Elisabeth Lenk. University of Minnesota Press, 187-196. Marcuse, H. (1969). Un ensayo sobre la liberación. Editorial Joaquín Mortiz. Marcuse, H. (2019). Algunos comentarios sobre Aragon. Arte y política en la era totalitaria. Guerra, tecnología y fascismo. Ediciones Godot, 251-267. Rosemont, F. (1989). Herbert Marcuse and Surrealism. Ar senal, 4, 31-38. 17 Una nota sobre surrealismo y teoría crítica Susik, A. (2024). El surrealismo de Chicago, Herbert Mar cuse y la afirmación de la “viabilidad presente y futura del surrealismo”. Sánchez, L. & David Giraldo, J. S. (Eds.). Unidimensionalidad y teoría crítica. Estudios sobre Herbert Marcuse. Ennegativo Ediciones, 313-351. 18 Lenguaje y sociedad tecnológica1 La comunicación en y sobre las acciones, relaciones e insti tuciones cotidianas suele ser “no controvertida”: da las co sas por sentadas. El mundo es como es, y uno tiene que aceptarlo; los proyectos y esfuerzos ordinarios no lo cues tionan ni lo trascienden fundamentalmente; tienden a apuntar a la reestructuración; solo en situaciones de emer gencia se reactiva la función apofántica2 del lenguaje, cuando el estado normal se rompe o se quiebra. Pero el grado en que la función apofántica permanece viva en el universo del discurso cotidiano es posiblemente un indica dor del alcance real de la libertad de pensamiento en una sociedad determinada.
La libertad de pensamiento es tam bién libertad de expresión, en el sentido de que el hablante debe poder comunicar ideas que contradigan o trascien dan la opinión establecida, no por ninguna connotación poética o personal, sino por un contenido sobrio y realista. Esta comunicación y modo de expresión inconformistas presuponen un espacio discursivo abierto en el que el sig nificado de los términos clave no está predeterminado por su referencia a un conjunto de condiciones, eventos y rela ciones específicas. Así, por ejemplo, la “libertad de 1Este texto se publicó con el título “Language and Technological So ciety” en: Dissent, 8, 1961 (N. del T.) 2El término alude a una función de una conciencia esencialmente pre tecnológica. El mundo no se experimenta como un objeto neutral de transformación y dominación, sino como un cosmos con su propia ver dad y estructura. Los modos de pensamiento de esta conciencia revelan e ilustran la verdad y la falsedad, lo correcto y lo incorrecto, como con diciones ontológicas. 19 Lenguaje y sociedad tecnológica pensamiento y de expresión” debe entenderse no solo en términos de la garantía constitucional y el ejercicio efectivo de esta libertad, sino también como la posibilidad y la ca pacidad de pensar de forma independiente, como la con ciencia y el conocimiento de la diferencia entre los intere ses individuales y sociales, entre los objetivos humanos y nacionales; en otras palabras, el concepto debe entenderse junto con la negación de su contenido dado. La función apofántica de la comunicación se manifiesta en la capacidad del lenguaje, en su uso actual, para trans mitir conceptos e imágenes cualitativamente diferentes de aquellos asociados a las condiciones y posibilidades exis tentes, para desvelar no solo lo que es, sino también la pre sencia de lo que no es, revelando así la negatividad de lo positivo. En la unidimensionalidad de la civilización tec nológicamente avanzada, la función apofántica experi menta un declive y, en consecuencia, el lenguaje tiende a adaptarse a las exigencias del statu quo.
El lenguaje como medio de expresión es creado por empresas privadas e ins tituciones estatales, por expertos pagados, artistas, repre sentantes de prensa, etc. Cuanto más importante se vuelve la maximización de beneficios en la producción, más apre miante es la necesidad de manipular las necesidades, más depende de la hipnosis colectiva y la autosugestión, más se desvanece la distinción entre la “ética” de los negocios y la del mundo criminal, entre ventas y fraude, entre pro moción y envenenamiento, entre verdad y mentira, sen tido y sinsentido. Mientras que el aumento de los costos de la expansión empresarial determina cada vez más la es tructura de la economía, esta economía —junto con sus ab surdos excesos— se vuelve cada vez más beneficiosa y ra cional. Nos proporciona comodidad y lujo tanto material como cultural, y embellece nuestra vida cotidiana.
Por lo tanto, el economista la defiende con razón: 20 Herbert Marcuse …gran parte de las críticas a la hiperactividad de las ven tas y la publicidad en la economía estadounidense —de lo que la economía se preocupa más que de cuestiones de gusto o si las vallas publicitarias afean el paisaje— pasan por alto lo crucial… El crecimiento de nuestra actividad comercial es la contraparte de nuestra abundancia compa rativamente grande. Gran parte de esto inevitablemente resulta en un alto grado de bienestar, tal vez incluso con duzca al despilfarro, pero este despilfarro existe solo por que la sociedad es demasiado complaciente como para sentirse ofendida por él3. Y cuanto más permite la creciente productividad de la sociedad industrial prescindir de este tipo de racionalidad, más se afianza la tendencia a mantener el statu quo. La fór mula de Hegel, que al menos en parte tenía un tono iró nico, encuentra ahora su reformulación adecuada: “Lo irracional es real, y lo real es irracional”. Nuestro lenguaje cotidiano ofrece una riqueza inagota ble de expresiones para esta situación.
El argot y el len guaje coloquial rara vez han sido tan creativos, como si la persona común (o quien la habla anónimamente) estuviera afirmando su humanidad en este discurso contra los pode res establecidos, como si la resistencia y la revuelta, repri midas por la política, estallaran en un vocabulario que llama a las cosas por su nombre: head-shrinker, egg-head, boob-tube, think-tank, etc.). Por otro lado, el lenguaje coti diano aún se ve controlado por los lemas de una cultura superior: como la dignidad del individuo, los derechos hu manos inalienables o la filosofía de la democracia, etc. Pero los laboratorios de los servicios de defensa y asesoría, los encargados de la gestión del tiempo, los expertos en efi ciencia y los asesores políticos (que dan el toque final a los líderes) hablan un idioma distinto y, por ahora, parecen te ner la última palabra. Y desde estos centros de 21 3John K. Galbraith, American Capitalism, Harmondsworth, 1952, p. 96. Lenguaje y sociedad tecnológica organización y manipulación, la palabra hablada se trans mite al discurso y al comportamiento del público en gene ral. La palabra así transmitida determina y organiza, obli gando a las personas a comprar y aceptar lo que se les ofrece, forzándolas a identificarse con las tareas asumidas en la sociedad establecida, para compensar, en última ins tancia, toda frustración en los ámbitos (igualmente organi zados y controlados) del ocio y la relajación. El resultado es una atrofia total de la comunicación o su ritualización. El lenguaje limita y sella el significado de las palabras, fi jando no solo su valor, sino también su función dentro de un estrecho marco de comportamiento, eliminando toda trascendencia.
Elementos como la autonomía, el cuestiona miento y la reevaluación desaparecen en favor del etique tado fijo, la imitación, la repetición y la aceptación; la co municación se impregna de elementos mágicos, autorita rios y rituales. Intentaré presentar algunos de ellos y mos trar su relación estructural. Lo que parecen tener en común es la tendencia hacia la funcionalidad del lenguaje; esto puede servir como punto de partida para el debate. La funcionalidad del lenguaje es importante para el dis curso tecnológico y científico. Según Stanley Gerr, esto sig nifica la racionalización del vocabulario a través de térmi nos funcionales u operacionales como las “características más importantes de nuestro lenguaje científico en desarro llo”4. Gerr deriva su idea del principio de que “un proceso operacional para una ciencia tecnológica existe solo si se dispone de un dispositivo (una herramienta, un meca nismo, un instrumento o aparato) para llevar a cabo el pro cedimiento; del mismo modo, los procesos o propiedades físicas existen solo en la medida en que pueden medirse, es decir, si se dispone de un dispositivo de medición”5. De 4Stanley Gerr, “Language and Science” en: Philosophy of Science, 1952, p. 151. 5Ibid., p. 156. 22 Herbert Marcuse ello se deduce que una herramienta o instrumento es “idéntico” a partes de su función, y que “ningún proceso operativo es concebible sin el mecanismo que lo lleva a cabo”.
Para Gerr, esta visión del lenguaje científico y la tec nología conduce a la “tendencia a equiparar las cosas con sus funciones” o, en términos lingüísticos, a “entender los nombres de las cosas simultáneamente como una indica ción de su funcionamiento, y asimismo los nombres de las propiedades y los procesos como una referencia simbólica al aparato que los demuestra o produce”6. La cuestión de si este operacionalismo lingüístico ex tremo es característico del lenguaje científico actual no es relevante en mi contexto; utilizo los argumentos de Gerr únicamente para ilustrar el declive de la comunicación apofántica en el lenguaje publicado de nuestra época. Una de sus características es la tendencia a alinear palabras y conceptos o, mejor dicho, el concepto tiende a absorber la palabra: el primero no tiene otro contenido que el que la palabra denota en el uso publicado y estandarizado, y la palabra no espera otra respuesta que un comportamiento estandarizado públicamente. La palabra se convierte en un cliché y, como tal, domina el habla y la escritura; la comu nicación, por lo tanto, impide un desarrollo genuino del significado. Pero también es evidente que cada idioma contiene innumerables términos que no requieren un desa rrollo de su significado, como aquellos que denotan obje tos y contenidos de la vida cotidiana, la naturaleza visible, las necesidades vitales y los deseos.
Estos términos se com prenden generalmente de inmediato, de modo que su apa rición evoca una reacción (lingüística o relacionada con la acción), según el contexto pragmático en el que se pronun cian. 23 6Ibid. Lenguaje y sociedad tecnológica La situación es muy diferente con respecto a aquellos términos que designan contenido más allá de estos contex tos no controvertidos. Las frases autovalidantes y estricta mente analíticas que aparecen como nodos en el espacio del discurso público poseen connotaciones estrictamente no analíticas y políticas; son como fórmulas mágico-ritua les que se inculcan una y otra vez al receptor, encajándolo adecuadamente en el círculo de condiciones ya estableci das. Oriente y Occidente presentan tendencias similares. Así, desde un punto de vista analítico, “libertad”, “igual dad”, “democracia” y “paz” constituyen un conjunto espe cífico de predicados o atributos que, ya sean expresados oralmente o por escrito, parecen inmutables. En Occidente, estos términos se entienden como economía de libre mer cado, opinión pública, disuasión suficiente, elecciones li bres e individuo; en Oriente, se asocian con el gobierno de los obreros y campesinos, el socialismo, la abolición del an tagonismo de clases, etc. En ambos lados, transgredir estos estrechos límites analíticos se considera un error o propa ganda, si bien los medios para imponer la verdad y el grado de castigo difieren considerablemente.
En este universo del discurso público, el lenguaje se mueve entre sinónimos y tautologías y nunca alcanza el ni vel de diferenciación cualitativa. La estructura analítica aísla los sustantivos de sus negaciones, cuyo concepto con siste en una oración sintética, como la negación de paz en la definición oficial de paz, la negación del individuo en la definición oficial de individualidad, y así sucesivamente. En un mundo así, la identificación de las cosas con sus funciones implica la identificación de estas con su función en la sociedad, y cuando esta identificación se refiere al propio ser humano, puede ser un procedimiento muy res trictivo e incluso destructivo: si bien tiene la ventaja de brindar certeza, también conlleva la pérdida de la libertad de pensamiento. 24 Herbert Marcuse La estructura analítica y funcional del discurso público apunta al nuevo papel del cliché. De hecho, el cliché es uno de los componentes más antiguos del discurso público, y especialmente del lenguaje político. La creciente transfor mación de conceptos en clichés va de la mano del debilita miento de la oposición política en una sociedad industrial altamente desarrollada: a medida que se suprimen o aban donan las aspiraciones alternativas, el conocimiento esta blecido se arraiga y se vuelve inmune a los cambios cuali tativos. El debilitamiento de la oposición, que en ningún caso es resultado de un régimen terrorista, constituye, por tanto, el nuevo elemento. Las grandes ideas liberales de la era moderna culminaron en mejores condiciones de vida y mayores expectativas; todo lo demás pertenecía al pasado.
Dado que los nuevos desarrollos alternativos se ven des vinculados de su base material por la implementación ac tual de estas ideas, y puesto que la vida política también está sujeta a este cambio cualitativo, pierden su “exce dente” de significado, ese elemento no analítico que les permitiría aparecer en oraciones y juicios sintéticos. Las ideas se osifican en sustantivos “autosuficientes”; su con creción (su significado “funcional”) es simplemente un signo de su petrificación. El prototipo de este lenguaje es, por supuesto, la publi cidad. Aquí, la forma sintáctica de la oración es la tautolo gía per dictum: El producto anunciado es, por definición, el mejor, el más fuerte y el más barato.
Dado que su razón de ser radica en las ventas (y no en el uso), permanecemos atados a la lógica de las ventas. Los términos son eslóganes y el discurso es propaganda, desprovista de cualquier fun ción apofántica. En última instancia, la economía propor ciona un contexto operativo cerrado en el que las cosas (y las personas) se identifican con sus funciones: instrumen tos de destrucción, así como instrumentos de producción. Uno comprende el significado (=la función) de un nuevo 25 Lenguaje y sociedad tecnológica “submarino de propulsión nuclear equipado con misiles” cuando escucha que esta “arma definitiva” abre la “puerta a una nueva era de grandeza nacional, de poder para la paz nacional [¡sic!]” y tiene un “precio de 123.000.000 de dóla res” (New York Times, 31 de diciembre de 1959, y transmi sión de radio del mismo día). Lo novedoso no son los he chos (incluida la equiparación de la paz con la función de la producción de armas), sino su total comercialización, su total eficacia y su aceptación. El lenguaje funcional revela aquí su elemento mágico, que es también esencialmente político. Tanto en política como en economía, se utiliza sistemáticamente para “esta blecer una imagen” que se adhiere por igual a la mente y al producto, sirviendo para vender personas y bienes que se ofrecen a sí mismos. El discurso y la escritura se agrupan en torno a “líneas de influencia” y “motivadores de la au diencia” que transmiten una imagen, que puede ser “liber tad” o “paz”, o una “buen muchacho”, un “comunista” o “Miss Rheingold”. Se espera que el lector o el oyente los asocie (y lo hace) con una estructura predeterminada de instituciones, comportamientos y objetivos, y que reac cione de una manera predeterminada en consecuencia.
No es necesario que esto se muestre explícitamente por escrito o de palabra; el resultado es el mismo. Este tipo de lenguaje es a la vez “intimidación y glorificación”7. Las oraciones tienden a adoptar la forma de órdenes sugeren tes; son más evocadoras que demostrativas; la predicación se vuelve prescriptiva: toda la comunicación tiene un ca rácter hipnótico. Esto se evidencia sobre todo en el len guaje personalizado, que suele presentar elementos y ac ciones superpuestos y 26 estandarizados como 7Roland Barthes, Le Degré zéro de l’écriture, Paris, 1953, p. 33. Herbert Marcuse “específicamente para ti”8. Es tu congresista, tu tramo de carretera favorito, tu farmacia preferida, tu concesionario de coches, tu periódico; está “entregado solo para ti”, “he cho solo para ti”; te invita, etc. Constantemente se insta a las personas sin poder a identificarse con los productos que se les ofrecen, y los políticos les imploran sin cesar que acepten un desafío y se enfrenten a un problema que no les concierne. En los ámbitos más desarrollados de la comunicación funcional y manipuladora, el lenguaje expresa la identifi cación totalitaria de persona y función mediante construc ciones verdaderamente memorables. Time Magazine puede considerarse un ejemplo extremo de esta tendencia. El uso del genitivo posesivo hace que los individuos parezcan meros apéndices o atributos de su entorno, su trabajo, su empleador o su empresa. Se les presenta como “Byrd de Virginia”, “Bough de US Steel”, “Nasser de Egipto”. Una construcción atributiva con guion crea un síndrome fijo: “El gobernador de Georgia, que-lo-puede-todo, de-cejas bajas, moralista y culturalmente filisteo… había creado la semana pasada un escenario para uno de sus salvajes míti nes políticos”. El gobernador, su función, sus características innatas y sus acciones políticas se fusionan en una estructura indivi sible e inmutable que, por su ingenuidad natural e inme diatez, abruma la capacidad intelectual del lector. La es tructura no deja lugar a la distinción, el desarrollo ni la di ferenciación de significados; actúa y existe únicamente como un todo. Si descompusiéramos la estructura en una serie de predicaciones narrativas y demostrativas, tendría mos que describir al gobernador con precisión, comparar 8 Leo Löwenthal, „Biographies in Popular Magazines“ en: Paul Lazarsfeld & Frank N. Stanton (Eds.), Radio Research 1942–1943, New York, 1944, pp. 543ss. 27 Lenguaje y sociedad tecnológica su trayectoria y sus políticas, y rastrear los preparativos para el evento; solo entonces la dudosa identificación de funciones fisonómicas y políticas sería el resultado de sín tesis previas. Sin embargo, tal enfoque no solo requeriría más tiempo y espacio (lo cual es costoso), sino que también alteraría la intención de la formulación al extenderla a otras posibles connotaciones.
Una frase como “El goberna dor es un político hipócrita y culturalmente inculto […]” conectaría las características individuales del sujeto con las características generales de la clase a la que pertenece: ha ría referencia a algo universal que se omite en la construc ción abreviada. La táctica de la división de palabras con guiones está muy extendida. Por ejemplo, “placa-Bushbrown”, “el pa dre de la bomba-H”, “constructor-de-proyectiles de-an chas-espaldas Von Braun”, “banquete científico-militar”9 o los submarinos “de propulsión-nuclear con dispositivos para-lanzar-cohetes”. Estas construcciones se encuentran con frecuencia, y probablemente no por casualidad, en el ámbito “político-militar”. Términos que denotan ámbitos o cualidades completamente diferentes se integran en un todo fijo e inmutable que se graba en la mente. El efecto, a su vez, es mágico-hipnótico: la reducción de la compleji dad, la congelación de las diferencias cualitativas, produce eslóganes idóneos para lograr los efectos deseados, como apaciguar cualquier oposición y armonizar los opuestos. Así, el amado y temido padre, dador de vida, creó la bomba-H para la destrucción de la vida; la “ciencia-mili tar” se esfuerza por reducir el miedo y el sufrimiento creando miedo y sufrimiento. O, sin el guion, la Academia de la Libertad de Especialistas en la Guerra Fría10 y la “bomba limpia”: una unión de opuestos irreconciliables en 9Las tres citas son de The Nation, 22 de febrero de 1958. 10 Una sugerencia de Life Magazine, citada en The Nation, 20 de agosto de 1960. 28 Herbert Marcuse una armonía de terror. Quienes hablan y aceptan este len guaje parecen ser inmunes a todo, y a la vez receptivos a todo. Este estilo es abrumadoramente concreto. Una “cosa idéntica a su función” es más real que una “cosa distinta de su función”; la expresión lingüística de esta identifica ción (tanto en el sustantivo funcional como en la combina ción abreviada de sustantivo y atributo) genera un voca bulario concreto que contrarresta la tendencia hacia la abs tracción. En comparación con estas construcciones, los sus tantivos no funcionales, el sujeto gramatical y las oraciones demostrativas-narrativas son formas bastante abstractas; expresan la universalidad trascendental del concepto, el “excedente” de su intención sobre el término (la palabra) en el uso actual; por lo tanto, conservan la tensión entre lo particular y el género, que se atenúa considerablemente en la construcción funcional. Según la antigua filosofía de la gramática, el sustantivo es algo que “puede entrar en cierta relación”11, pero no es idéntico a esa relación. Es más, permanece más bien como lo que es, dentro y “contra” esa relación; es su sujeto y cen tro “universal”: la síntesis proposicional vincula la acción (o estado) con el sujeto de tal manera que este último sigue siendo el agente (o poseedor) y, por lo tanto, distinto del estatus o la función en la que aparece. En una expresión como “Cuando pensamos en un ‘rayo’, no solo pensamos en el trueno, sino en el rayo en sí, al que sigue el trueno”, pensamos en un sujeto que “se manifiesta”12. La forma gra matical conserva así la distinción dialéctica entre el sujeto y sus funciones; la oración contiene la negación del hecho dado; conecta lo que sucede con lo que condiciona el 11 Wilhelm von Humboldt, Über die Verschiedenheit des menschlichen Sprachbaus, Berlin, 1936, p. 254. 12 Ibid., p. 252. 29 Lenguaje y sociedad tecnológica evento y permite al lector u oyente seguir el proceso y re construirlo.
La concreción congelada que impregna el universo ma nipulado del discurso también podría denominarse una “concreción desplazada”, desplazada en la medida en que se realiza a expensas de factores reprimidos (y pasados por alto) que alguna vez hicieron de las personas y las cosas lo que son aquí y ahora, y que reescriben esas posibilidades alternativas de la existencia humana. Ciertamente, estas imágenes, que resultan casi mágicas, pueden evocar el pa sado (como un político que recuerda su infancia comiendo deliciosas hamburguesas en la pequeña tienda de comesti bles de su padre, o a los padres fundadores, o incluso a Marx y Lenin); pero tales evocaciones conducen a la supre sión de la historia porque sirven para desdibujar la dife rencia crucial: el niño que ahora devora hamburguesas en la pequeña tienda de su padre desea algún día gobernar uno de los dos Estados más poderosos del mundo, y ni Marx ni Lenin son los precursores históricos de Khrushchev. El lenguaje funcional es un lenguaje ahistórico: la ten dencia a identificar las cosas con su función destruye la gramática metafísica que vinculaba sustantivo-sujeto-sus tancia-esencia, de tal manera que la esencia era siempre el principio primario y constante, el fundamento, la raciona lidad de toda la estructura. Esta metafísica viola la forma lización de la lógica y la gramática, sobre todo al introducir la dimensión del tiempo en estas dos disciplinas: la “esen cia” aparecía no solo como el a priori estructural y cons tante, sino también como el a priori histórico e ilimitado del sujeto. En contraste, la racionalidad tecnológica es una raciona lidad ahistórica y, como tal, puede servir perfectamente a intereses manipuladores, especialmente en una sociedad 30 Herbert Marcuse que ha tomado conciencia del contenido subversivo de una conciencia histórica sin restricciones, así como de la tecno logía para racionalizar dicho contenido.
No se necesita mu cha imaginación para visualizar la supresión del desarrollo en el universo discursivo funcionalizado mediante la re presión social. Con sus abstracciones y su significado ce rrado, con sus objetivaciones eficientes, este universo libra una gran lucha social contra los peligros de la memoria: La aterradora imagen de una humanidad sin memoria… no es simplemente producto de la decadencia… sino que está necesariamente ligada al progresismo del principio burgués… Economistas y sociólogos como Werner Som bart y Max Weber han asociado el principio del tradicio nalismo con las formas feudales de sociedad y el de la ra cionalidad con las burguesas.
Pero esto no significa otra cosa que la memoria, el tiempo y el recuerdo son liquida dos por la propia sociedad burguesa progresista como una especie de residuo irracional…13 El análisis previo tuvo como objetivo identificar algunas de las formas en que los controles sociales y políticos pro pios de una civilización tecnológicamente avanzada se tra ducen en lenguaje. El lenguaje no solo refleja estos contro les, sino que se convierte en un instrumento de control, in cluso (y especialmente) cuando transmite información en lugar de órdenes, cuando exige decisiones en lugar de obe diencia, no sumisión sino libertad. Este lenguaje controla mediante la reducción de las formas lingüísticas y sus sím bolos: símbolos de reflexión, abstracción, desarrollo y con tradicción; niega o absorbe el vocabulario trascendente que evoca una dimensión cualitativamente diferente del pen samiento y posibilidades de acción cualitativamente dis tintas. El universo cerrado del discurso tiende a paralizar 13 Theodor W. Adorno, „Wes, bedeutet Aufarbeitung der Vergangenheit?“ en: Bericht über die Erzieherkonferenz am 6. und 7. November in Wiesbaden; Frankfurt, 1960, p. 14. 31 Lenguaje y sociedad tecnológica la expresión de la negación política y, por lo tanto, exige un lenguaje apofántico en el sentido más estricto, un “len guaje de la conciencia” (Roland Barthes): argumentación, comprensión del proceso de mediación en el que los he chos se crean tal como son; distinción entre la cosa y su función, entre el sujeto y su realización; en resumen, el uni verso abierto del discurso en el que se pueden explicar las posibilidades históricas, en el que la contradicción encuen tra su representación lingüística e intelectual adecuada. El lenguaje político refleja con mayor claridad el cierre de un universo político. Por ejemplo, una comparación lin güística de los discursos de Jefferson, Madison y Lincoln, por un lado, y sus sucesores contemporáneos o potenciales sucesores, por otro, podría revelar la osificación de concep tos en clichés, la transformación de afirmaciones persuasi vas en declaraciones hipnóticas, la sustitución de imágenes mágico-rituales por un desarrollo sintético, etc. Dado que el elemento esencial no reside en los aspectos alternativos que constituirían una diferencia cualitativa, encuentra su verdadero propósito en las técnicas alternativas de mani pulación. El progreso implica, entonces, que la realidad tecnológica pone fin a la política como una función sepa rada e independiente, y los problemas políticos se convier ten en problemas tecnológicos. La perversión de una reali dad de crecientes capacidades tecnológicas se evidencia en el hecho de que la función de la política va acompañada por la de las industrias del entretenimiento y la belleza: una combinación fatalmente inmadura.
Cuando un candi dato al cargo político más alto aparece en el programa de televisión de un popular comediante, está representando la tragedia satírica clásica. Finis tragoediae (fin de la trage dia), pero no es tanto el héroe como el pueblo quien propi cia el sacrificio ritual. La transformación de un universo político abierto a uno cerrado también se evidencia en el desarrollo del discurso 32 Herbert Marcuse comunista desde Marx hasta Stalin. El lenguaje de Marx es un lenguaje altamente cognitivo, también en sus manifies tos: argumenta, demuestra y examina alternativas. En con traste, el lenguaje estalinista ya no es un “discurso”, sino una enunciación autoafirmativa. La función explicativa del discurso desaparece o, mejor dicho, la forma sintáctica de la explicación sirve para comunicar (y oscurecer) un dicta men, decisiones u órdenes. Términos tradicionalmente neutrales (como internacionalismo, cosmopolitismo) se convierten en marcadores incuestionables de lo correcto o incorrecto; su definición separa el bien del mal. “Ya no existe distancia entre nombrar y juzgar; el lenguaje se cie rra por completo, pues en última instancia un valor se da como explicación de otro”. El discurso, por lo tanto, se mueve en tautologías. Ya no se preocupa por explicar los hechos, sino por “la representación de la realidad en for mas preconcebidas”, por las condenas. Por ejemplo, el con tenido objetivo del término “desviado” se “asigna a la ju risdicción penal”. Este tipo de discurso funciona “como una buena conciencia y sirve para crear un acuerdo enga ñoso entre el origen del hecho y su manifestación más re mota”14. Parece que estas características del “lenguaje esta linista” no se limitan a la comunicación terrorista. También aparecen en los “espacios libres” de una sociedad indus trial avanzada que tiende a la conformidad total15. 14 Roland Barthes, Op. Cit., pp. 37ss. 15 Una tendencia similar quedó demostrada en Alemania Occidental por los exhaustivos estudios realizados por el Instituto de Investigación So cial de Frankfurt entre 1950 y 1951. Véase Friedrich Pollock (Ed.), Gruppenexperiment, Frankfurt, 1955, especialmente el resumen “Aspekte der Sprache”, pp. 545ss

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