Erotismo, nuevos territorios, múltiples miradas
El erotismo nace en la dialéctica entre percepciones y objetos, sean estos reales, imaginarios o representados. Si bien esas percepciones pueden ser olfativas, táctiles, gustativas y auditivas, son las percepciones visuales las de mayor potencialidad, pues es la mirada, con su enorme capacidad, al mismo tiempo discreta y total, la que captura con mayor eficacia comunicativa los rasgos que le dan a un objeto su toque erótico. Para acotar los territorios del erotismo es necesario, en primer lugar, ubicarlo en la geografía semiótica que él comparte con otros territorios. Los límites y fronteras entre unos territorios y otros nos permiten demarcar lo que caracteriza al erotismo, de modo que no nos perdamos en el frondoso bosque de las sensaciones y percepciones, en las subjetividades y objetividades, con todos los tránsitos y solapamientos que los imaginarios y sensibilidades sexo-eróticas nos ofrecen. Sin duda, entre los objetos eróticos y erotizables el cuerpo es aquel que nos proporciona mayor riqueza -estética, física, sensorial, pulsional- y el que ocupa, en procesos semióticos de ida y retorno, el centro de micro universos significativos que no cesan de multiplicarse. En un intento por acotar los límites y fronteras del erotismo, de sus múltiples sensaciones, expresiones y memorias, hemos propuesto (Finol, 2015) un modelo, en el cual se inscribe una progresión de sentidos que va de lo imaginario a lo propiamente carnal, y en el cual el erotismo aparece a medio camino entre uno y otro: Amor platónico coquetería EROTISMO pornografía sexo carnal Si bien es cierto que en el micro universo derivado del eros pueden agregarse otras manifestaciones pre-eróticas, como el amor místico, por ejemplo, en estos casos la búsqueda de lo carnal está excluida. En un marco más general, sería necesario situar el erotismo como una derivación de la sensualidad que, a su vez, se deriva de la noción de placer o goce. En las ricas y variadas dimensiones semióticas de la esfera corporal o Corposfera, como la hemos llamado, el cuerpo es el centro de una constelación sígnica que casi no conoce límites. En el presente libro tales límites y fronteras se amplían para ocupar nuevos territorios donde el erotismo, si bien se aleja semánticamente del cuerpo, no logra desprenderse de él, pues, de una manera u otra, las semiosis que configuran la eroticidad salen o regresan al cuerpo. Cuando el erotismo se aleja del cuerpo que lo origina debemos hablar de fronteras, mientras que cuando permanece cercano a él debemos hablar de límites. Los autores reunidos en este texto bajo la dirección del Dr. Luis Javier Hernández Carmona hacen contribuciones inéditas que nos ayudan a explorar nuevas posibilidades, limítrofes y fronterizas, de las semióticas del cuerpo y particularmente de sus erotizaciones. Tales contribuciones analíticas van desde lo literario hasta los dispositivos digitales de comunicación, desde el comic hasta el cine, pasando por la simbología masónica, el diálogo femenino y la canción popular. En el ámbito literario, tal como explica Omacel Espinoza en “Lo erótico y lo erotizante en dos obras del escritor venezolano Alfredo Armas Alfonzo”, cuerpo, erotismo y muerte andan en mutua compañía: “la rareza del amor y del erotismo parece estar determinada por la fatalidad y por la cercanía de la muerte, por la violencia del entorno…”. La relación entre erotismo y muerte, vista desde la perspectiva de Bataille y de la Ontosemiótica, la encontramos también en el trabajo “Erotismo y muerte, una reflexión desde la ontosemiótica”, de Arturo Bastidas, para quien “El erotismo al igual que la muerte marcan al sujeto en toda su existencia, así como la conciencia del pecado y la transgresión de las prohibiciones que de él provienen”. En efecto, enfrentada a la muerte, el erotismo es una manifestación activa de la vida misma, donde la fruición propia del goce, sensible o imaginario, privilegia la vida sobre su ausencia. La reflexión libre, conversacional, de tres mujeres, analizada por María Lugo en “El discurso pasional y los indicios de las significaciones culturales. Del relato de tres mujeres sobre el erotismo”, la lleva a concluir que “el erotismo es una experiencia a la que se llega a través del deseo” y que, en consecuencia, “El sujeto patémico absorbe de manera inconsciente los constructos sociales/históricos/culturales (…) particularmente en cuanto a lo que piensan y conceptualizan sobre el erotismo”. También Luis Javier Hernández, apoyándose en textos literarios, intenta modelar “una interrelación entre semiótica y erotismo como metodología para abordar las relaciones de significación y resignificación dentro de la diversidad discursiva de los sujetos, tiempos y espacios simbólicos”, un análisis que lo llevará a concluir que “el cuerpo como sujeto fronterizo crea una cotidianidad mediada por la triada espacial conformada por lo público, lo privado y lo íntimo, circunstancialidades enunciativas que generan sincréticos campos de significación-representación”. Pero si la literatura construye imaginarios textuales en torno al cuerpo, el sexo y el goce, también el cine nos muestra las estrategias discursivo-visuales propias de la seducción, tal como lo hace Gabriela Cortez en “La seducción como elemento argumentativo para el desarrollo de los personajes principales sobre los films de Harry Potter”, donde la autora concluye que “El ser seductores nos brinda la posibilidad de inventarnos y tomar las riendas de esa imaginación y hacerlas realidad, y al ser seducidos nos introducimos en ese camino del juego sensual y que hasta cierto punto nos deja en la sumisión del querer”. Así mismo, en el artículo “Creación de los sujetos de la infidelidad como investimiento del erotismo en el imaginario social”, de Írida García de Molero, se desbroza un difícil camino entre el erotismo y la infidelidad, cuyos sujetos derivarían sus prácticas eróticas de los imaginarios sociales que la legitiman: “Cuando el sujeto infiel masculino tiene conciencia de la legitimación, determinación de conductas, cohesión y sometimiento, que giran en torno a la práctica y vivencia del amor exclusivo en su relación con el sujeto femenino fiel, su esposa, lo hace mirando al imaginario efectivo instituido, pero lo interpreta desde su imaginario radical instituyente”. Que las relaciones eróticas no se limitan a los contactos entre cuerpos humanos lo demuestra María Inés Mendoza, cuando analiza las connotaciones, metáforas y sentidos que se articulan en los contemporáneos contactos entre dispositivos tecnológicos, sus imaginarios y usuarios. A partir de los conceptos de “objeto de deseo”, seducción y erotización, aplicados a corpus publicitarios, la autora concluye que “el teléfono inteligente actúa como Sujeto operador, al contribuir a que el receptor se identifique y hasta «mitifique» todos los valores representados en la escena/secuencia publicitada, que siempre estará signada por una fuerte carga erótica”. Nuevas modalidades de expresividad erótica encuentra también Édixon Ochoa, cuando analiza un conjunto de símbolos masónicos en su trabajo “Semiótica y erotismo en la simbología masónica”, donde llega a la siguiente conclusión: “Hallamos, pues, en la filosofía masónica un sujeto enunciante (el iniciado), un objeto enunciado (el símbolo) y unos escenarios enunciativos (las recreaciones efectuadas a partir del símbolo). El iniciado como sujeto enunciante es, de por sí, un sujeto erótico, al efectuar en sí la búsqueda de su perfectibilidad, sus discontinuidades y sus posibilidades corpóreas en sus niveles de carnalidad, sublimidad y simbolismo”. Pero también la estructura simbólica del sistema masónico articula esos extremos entre la vida, figurativizada en el erotismo, y la muerte: No puede omitirse la presencia del concepto de muerte y símbolo en el erotismo masónico. Hay una recurrencia del concepto de muerte, de la necesidad y urgencia de la muerte simbólica como único recurso para la obtención de una vida sublimada e infinita, libre de las voluptuosidades y carnalidades superfluas del mundo profano y no sujeta a las limitaciones del cuerpo. El trinomio erotismo – sangre – muerte está siempre presente en la filosofía y simbología masónicas. Finalmente, en la famosa tira cómica WonderWoman, los elementos constantes son “la sensualidad, el erotismo de los cuerpos, principalmente presente a través de la gratificación sexual proveniente de los juegos sexuales, el bondage y la sumisión voluntaria o por la fuerza; en el cómic se juega constantemente con la idea de someterse completamente a la voluntad de otro y repetidamente se afirma que es una de las vías al nirvana”, según señala Liber Cuñarro en su artículo “Género, Sexualidad y Erotismo en WonderWoman”. Es justamente la diversidad de corpus analizados y de los distintos modelos utilizados lo que le da a este libro su enorme riqueza heurística e interpretativa. El lector encontrará no solo propuestas y resultados sino también la apertura de caminos para nuevas investigaciones sobre un tema que siempre ha concitado el interés de los investigadores. El erotismo es una fuerza que, si bien parte de nuestra corporeidad biológica, se realiza plenamente en los territorios de la subjetividad, en los imaginarios, sociales o individuales, que se siembran en la búsqueda de lo posible. Si como se ha dicho, desde el cuerpo semiotizamos el mundo, es decir, lo dotamos de sentido, al erotizarlo lo dotamos de una dimensión humana que en ella se reproduce y crece, marca nuestras prácticas sociales y está presente, bajo diversas formas, en nuestras relaciones con los otros y con el mundo con el cual, sin cesar, interactuamos. Quito, 15 de noviembre de 2016. José Enrique Finol Vicepresidente de la Asociación Internacional de Semiótica

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