viernes, 28 de noviembre de 2025

BENITO PÉREZ GALDÓS EL CRIMEN DE LA CALLE DE FUENCARRAL INTRODUCCIÓN

 



Prólogo

El deber de corregir el amor a lo inverosímil:

Galdós ante la huella del crimen

En la madrugada del 2 de julio de 1888, en un piso de la calle Fuencarral de Madrid, se descubre el cadáver medio carbonizado de Luciana Borcino, una viuda acaudalada, en lo que a primera vista parece —o se quiere que parezca— un trágico incendio. Pronto esa hipótesis deja paso a la de la muerte criminal, y todas las sospechas se dirigen al punto a la sirvienta que vivía con ella, Higinia Balaguer, presente en la casa la noche de autos.

Así arranca la historia del crimen de la calle de Fuencarral, que será importante por varios motivos. El primero, porque en torno al suceso se desata una verdadera fiebre popular, alimentada por el sensacionalismo y por las rivalidades políticas y empresariales de los diarios de la época, que gracias a esta historia consiguen llegar a despachar decenas de miles de ejemplares al día.

En segundo lugar, es la muerte de la viuda Borcino uno de los primeros crímenes enjuiciados conforme a las nuevas leyes del proceso penal, que reemplazan el viejo modelo inquisitivo por el moderno principio acusatorio y dan carta de naturaleza a la ya entonces polémica acción popular. Es esta una institución que hunde sus raíces en la tradición jurídica española —nada menos que en Las Partidas—, pero que produce aquí una gran distorsión, al ser el medio legal del que se sirven los periódicos para sostener en el juicio las acusaciones que, según su peculiar «investigación» de los hechos, la fiscalía estaría omitiendo por negligencia o por razones oscuras de connivencia con individuos poderosos.

Y en tercer lugar, el crimen de la calle de Fuencarral resulta trascendente porque en él fija su mirada y su pluma el escritor primero de su siglo en España, el canario-madrileño Benito Pérez Galdós, para a partir de él legarnos el ejemplar ejercicio narrativo, reflexivo, testimonial y cívico contenido en las páginas que a quien escribe estas líneas se le otorga el privilegio de prologar.

Por no estropear indebidamente el disfrute al lector que por primera vez se enfrente con el caso, de los hechos que aborda el relato daremos aquí solo una muy sucinta noticia. Baste decir que la investigación se complicará principalmente por los sucesivos cambios en la versión que de los hechos da la principal acusada y más tarde autora confesa del crimen, Higinia Balaguer, y por las sospechas que inspira el hijo de la víctima, José Vázquez Varela, un joven de vida disipada, enfrentado con la madre por culpa del dinero que esta le niega y que la noche de autos estaba preso en la Cárcel Modelo de la ciudad por un delito anterior, aunque hay indicios de que a veces podía burlar el encierro con la connivencia del director de la cárcel, José Millán Astray —padre del fundador de la Legión—. Enturbia el asunto, en fin, la implicación de otras personas de dudosa catadura relacionadas con Higinia Balaguer, que podrían haberla ayudado o, según su declaración, incluso instigado a cometer el crimen por un móvil económico.

Con estos sabrosos ingredientes —nótese, además, que la sirvienta, Higinia, había trabajado antes en la casa de Millán Astray y que este tenía cierta relación con Eugenio Montero Ríos, en esos momentos presidente del Tribunal Supremo—, el guiso para los muy hambrientos periódicos de la época estaba servido, y cada uno se aplicó a sacarle a la historia la sustancia que le convenía, de acuerdo con su particular adscripción política. Gobernaba por aquellos días, dentro del turno establecido en la Restauración por Cánovas y Sagasta, el Partido Liberal, pero amén de las rencillas existentes entre los dos partidos monárquicos, secundadas por sus diarios afines, había periódicos de ideario republicano, como El País, que fueron singularmente activos en el seguimiento del caso y en su narración con los tintes más truculentos e inquietantes. En este panorama efervescente y enrarecido, Galdós, fogueado en su día como joven periodista en los lances revolucionarios de la Gloriosa, y que por aquel entonces era ya un escritor prestigioso, decide ofrecer su perspectiva personal del caso, de la investigación que de él hace el juez instructor y del juicio subsiguiente. Lo hace a través de unas cartas que remite para su publicación al diario bonaerense La Prensa. Esas seis cartas componen su relato, que queda incompleto, en la medida en que no llega hasta el desenlace del procedimiento judicial, con la confirmación de la sentencia condenatoria y la posterior ejecución de Higinia Balaguer.

Interesa sobre todo al que suscribe subrayar aquí la radical modernidad —y me atrevería a decir la rabiosa actualidad— de la aproximación de Galdós al crimen y a su impacto en la sociedad en que sucede y en el desempeño de quienes se echan a la espalda la delicada tarea de narrarlo a sus conciudadanos. En ese sentido, y mucho antes de que Truman Capote se lanzara al ejercicio de A sangre fría, tenemos aquí a un gran autor español afrontando los dilemas y los riesgos del hoy denominado entre nosotros, bajo un anglicismo poco menos que imbatible, true crime, género literario y audiovisual de moda y por ello expuesto a excesos varios. Pero también nos encontramos con una pieza de literatura criminal, en el más amplio sentido, a cargo de uno de los grandes novelistas de nuestra lengua, poco posterior a la obra inaugural de Edgar Allan Poe, coetánea a la de Conan Doyle y anterior a la de Dashiell Hammett. Y esto, junto a precedentes anteriores —como El clavo, de Pedro Antonio de Alarcón— o muy anteriores —como La fuerza de la sangre, de Miguel de Cervantes—, y posteriores —como las narraciones del detective Selva de Emilia Pardo Bazán—, da pie a reivindicar para la narración criminal en español una tradición que va más allá de la usual subordinación a la anglosajona.

Tiene enorme interés la forma en la que Galdós aborda la cuestión: como buen periodista —también cabría decir como buen contador de historias, sea cual sea el medio elegido—, combina el acopio y el análisis de testimonios con la observación directa que le resulta accesible, a través del acto del juicio, que le brinda la oportunidad de examinar a los actores del drama, en sus gestos, su forma de expresarse, la coherencia de su discurso, el carácter que sus reacciones dejan traslucir. En honor a la verdad, también pierde algún tiempo y algunas líneas en estudios fisonómicos de los sospechosos que hoy se consideran totalmente superados, pero cada uno es hijo de su siglo y nuestro autor no hace otra cosa que echar mano de las corrientes científicas de la época. Y finalmente, con todos los materiales así acarreados, construye su propia interpretación crítica, tanto de lo dicho y atestiguado por los protagonistas como de los otros relatos que a propósito del crimen se van postulando desde los periódicos, a los que achaca con no poco fundamento una multitud de vicios de los que el siglo y medio transcurrido dista de habernos curado. Antes bien, cabe apreciar que todos ellos —la manipulación interesada, la falta de cuestionamiento de los indicios que respaldan la propia teoría, la magnificación de los que la abonan o proyectan sobre el hecho una luz más escandalosa o espectacular, el subrayado gratuito de los aspectos más escabrosos, la apuesta insensata por versiones infundadas o incluso descabelladas para ganar audiencia— se reiteran de manera casi fatídica cuando un hecho criminal llama a la puerta con la fuerza suficiente para captar la atención del público en nuestra moderna sociedad del entretenimiento.

Frente a esos vicios, Galdós representa un tipo de narrador mucho más sobrio y responsable, que tiene como premisas de su labor la búsqueda de la verdad plausible, a partir de los hechos contrastados, y una comprensión lo más profunda posible de la compleja condición humana, que es, en definitiva, el manantial del que acaba brotando, por razones que no tienen nada de esotérico, la conducta criminal. Galdós examina las pruebas, hace juicios de verosimilitud, intenta entender qué conjeturas resultan más lógicas, incluso ahí donde varias explicaciones podrían coexistir, y rechaza como reprobables supercherías, especialmente cuando quien las propala lo hace para ganancia propia o perjuicio ajeno, las interpretaciones que obedecen al puro voluntarismo o al afán de provocar una conmoción en el público más allá de la rigurosa búsqueda de la verdad. Al igual que sucede cuando se acerca a los hechos históricos a lo largo de sus Episodios Nacionales, o a las cuestiones de su tiempo en el resto de sus novelas, Galdós se revela como un narrador atento, por encima de todo, a trasladarle al lector la humanidad de sus personajes, ya sean estos trasunto de seres existentes o que existieron, o se trate de criaturas nacidas de su imaginación, siempre nutrida por el empeño constante del autor en la observación y la escucha de sus semejantes.

El resultado es esta crónica intermitente e incompleta, como antes se señaló, en cuanto al desarrollo de la historia hasta su desenlace último, pero de una hondura excepcional en cuanto a los atisbos que nos ofrece del hecho y sus actores. Cumple así Galdós con aquello que escribiera Walter Benjamin acerca de la obra de arte, que caracterizaba como der Ort der Wahrheiten, o lo que es lo mismo, «el lugar de las verdades». Leyendo estas páginas tiene uno la sensación de estar en buenas manos, las de alguien que no se cree lo primero que le cuentan, que no tuerce el relato hacia lo que le interesa por motivos espurios y que tampoco practica a todo trance la máxima del «piensa mal y acertarás», que, llevada al extremo, conduce al delirio. Como en cierta ocasión le dijo a este prologuista un policía con décadas de experiencia a las espaldas en la persecución de todo tipo de criminales, desde terroristas hasta asesinos, pasando por la delincuencia organizada en todas sus formas: «Normalmente, las cosas son lo que parecen».

En su crónica del crimen de la calle de Fuencarral, Galdós desliza esta observación cargada de sensatez: «Puesta la cuestión en el terreno de lo novelesco y lo maravilloso, pierde, al menos para mí, todo su interés, pues no creo en tales paparruchas, ni nada contrario a la lógica ni al sentido común entra fácilmente en mi cabeza. Reconozco, y lo reconozco como un mal, que esas estupendas máquinas gozan, por su propia falta de lógica, de todo el favor de las imaginaciones de esta raza. Creo que es deber de todos corregir ese amor a lo inverosímil en lugar de fomentarlo». No es mala advertencia para los que aún en estos días abordan el relato del crimen real con la pretensión principal de generar un espectáculo que atrape a la audiencia, sin que importe sacrificar por el camino lo que las pruebas y el buen juicio sugieren.

Quizá no sea casualidad, dada la intensa relación que hubo entre ambos, que en su segunda novela sobre el detective Selva, inédita hasta 2021, Emilia Pardo Bazán se exprese, por boca de su investigador, en términos parecidos: «La vida, en conjunto, se desarrolla de un modo vulgar, prosaico, por motivos sencillos y fáciles de comprender. […] El misterio consiste en que un delito o crimen obedezca a móviles extraños, superiores a la mera necesidad de obtener dinero para vivir o gozar materialmente». El aserto no deja de ser una crítica de la autora a los alambicados argumentos de su por otra parte admirado Conan Doyle, y puede que sea una mala noticia para los que aspiran a causar estupor con sus cuentos criminales, pero no lo es tanto para quienes se interesan por el hecho delictivo como la oscura expresión que es de la condición humana y de las fracturas de la sociedad.

«Verosímil es sin duda —afirma Galdós en estas páginas— esta obcecación de los criminales y la facilidad con que se forjan ilusiones respecto de los medios de engañar a la justicia». Con ello explica la chapucera actuación de Higinia para encubrir el delito y descarta, pese a lo tentadoras que resultan para otros, tortuosas versiones alternativas sobre la autoría del crimen. Frente a las objeciones cargadas de recelo que otros oponen a la actuación del instructor —capaz de completar su trabajo en solo cuarenta días, ya quisiéramos hoy—, Galdós valora su labor concienzuda y su diligencia, que pone a disposición del tribunal que ha de resolver la causa un sumario basado en las pruebas disponibles sin dejar de explorar todas las posibilidades que la investigación suscita. Incluso, ante los indicios de que podría haber dado trato de favor al hijo de la víctima, se llega a ordenar la detención del director de la Cárcel Modelo, José Millán Astray, si bien las dudas sobre su implicación acabarán determinando su libertad posterior.

El juicio se saldó en primera instancia con la condena a muerte de Higinia Balaguer y de dieciocho años de prisión para Dolores Ávila, en calidad de cómplice y encubridora. Quedaron absueltos, por falta de pruebas de su participación en la muerte, el hijo de la víctima, José Vázquez Varela, José Millán Astray y la también procesada María Ávila. Confirmada la sentencia por el Supremo, esto ya no lo cuenta Galdós, Higinia Balaguer murió ejecutada mediante garrote vil el 19 de julio de 1890. Veinte mil personas asistieron a la ejecución, la última pública que por ese procedimiento conoció la Villa y Corte. Un final a la medida de la fiebre que el caso había desatado, aunque, como constata Galdós en su texto, defraudara las expectativas que muchos se hicieron de que la justicia se llevara a más inculpados por delante.

El hijo de la asesinada, Vázquez Varela, se vio envuelto años más tarde en otro suceso con resultado mortal: la precipitación de una mujer con la que tenía una relación desde un piso en el número 37 de la calle de Carretas, por la que fue condenado a catorce años de presidio al advertirse en el cuello de la víctima señales inequívocas de estrangulamiento. Tras cumplirlos en Ceuta regresó a Madrid, donde puso un estudio de fotografía que no le fue mal. No se tiene noticia de que volviera a delinquir.

En un pasaje de estas crónicas, censura Galdós la socorrida práctica de los puntos suspensivos, «que encienden la curiosidad y llevan la imaginación de los oyentes al campo inmenso de las más extrañas conjeturas». No hallará el lector aquí un asomo de ese ni de otros trucos baratos, sino a un narrador cabal que trata de ser leal con quienes lo leen. Nada más y nada menos.


LORENZO SILVA

Illescas-Getafe, 8-9 de enero de 2024

jueves, 27 de noviembre de 2025

Julio Miranda Compilador Cuentos fantásticos venezolanos Antología



Julio Miranda Compilador Cuentos fantásticos venezolanos Antología  

NOTA EDITORIAL

 El manuscrito bifronte que ahora ponemos en manos de los lectores fue tomado de aquella famosa colección Libros de Hoy (identifi cado bajo el número 39), dirigida por Ana María Miler y Daniel Divinsky en El Diario de Caracas del 1980. Por un espacio de tiempo prolongado, la edición dominical del periódico encartaba brevia rios o contenidos diversos, entre esos, esta antología de cuentos venezolanos preparada por Julio Miranda exclusivamente para la colección ya mencionada. 

 Esta pieza de colección, impresa en papel periódico, de fácil lectura, en formato rústico y ligero constituyó por mucho tiempo el omphalos donde críticos, escritores y lectores argumentaban la existencia de este tipo de literatura en nuestro país. Es de allí que retomamos su valor, su propia consistencia es quizás ser la primera antología para este tipo de relatos, la otra es la mirada panorámica vestida de apotegmas que subyacen en el prólogo de Julio Miranda. Para esta reedición hemos actualizado las reseñas de los autores. Igualmente, hemos puesto al día y al caso normas de estilo atendien do cuidadosamente a los usos, a las intenciones del relato y formas narrativas. También se reconstruyó el listado de fuentes bibliográficas de las ediciones originales y, por último, se han corregido las erratas advertidas y actualizado el texto a las nuevas normas ortográficas. 

PRÓLOGO 

 Fui siempre muy sensible a la vista de enaguas en los aires, y apenas veo unas en la atmósfera tengo la costumbre de acudir en auxilio y prestar gratuitamente mis socorros. Julio Garmendia Que la risueña fantasía de Julio Garmendia me permita atravesar la zona tormentosa de las disputas genéricas es un deseo no sé hasta qué punto cumplido, pero cuya intención quería explicitar. 

Porque se trata, aquí, de abarcar —en lo posible— los diversos registros en que la fantasía se ha expresado narrativamente en el país, descartando una definición estrecha de lo fantástico. De entrada, queden señaladas ciertas exclusiones: la ciencia-ficción (que ya tuvo su lugar en estos libros); la fantasía “poética” (de frutos en general dudosos); varios autores de los que se han publicado o se publicarán muy pronto respectivos títulos en esta Colección (Salvador Garmendia, Adriano González León, Luis Britto García). 

 Si con el Julio Garmendia [1898-1977] de La tienda de muñecos (1927) comienza una de las líneas más ricas de la narrativa fantás tica venezolana, no sería justo ignorar los aportes previos de José Rafael Pocaterra [1889-1955] en sus Cuentos grotescos (1922), donde los personajes obsesionados, el humor casi absurdista, las atmósferas, están siempre a punto de lo fantástico. El cuento aquí incluido, “La ciudad muerta”, tiene además una intuición preciosa para nosotros: la del “tremendo pavor de las cosas en la soledad, a 13 pleno día, a plena luz”: es decir, la posibilidad de una literatura de terror bajo el sol del trópico. Arturo Uslar Pietri [1906-2001] introduce una línea de particular importancia con su cuento “El ensalmo”, de Barrabás y otros relatos (1928): lo que el cubano Alejo Carpentier llamará, veintiún años .después “real-maravilloso americano”. 

Pero ese re al-maravilloso ya estaba ahí, presente aunque no teorizado (y casi llega a estar en Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos, en 1929, pese a su racionalismo de maestro de escuela), reapareciendo con fre cuencia en la narrativa de Uslar (verlo en Las lanzas coloradas, de 1931, y en varios cuentos) y culminando en Cubagua (1931), novela de Enrique Bernardo Núñez [1895-1964] aún no superada en ese aspecto. Los textos de Alfredo Armas Alfonzo [1921-1990], de quien se incluyen aquí tres muy breves pertenecientes al libro El osario de Dios (1969), son un aprovechamiento en mosaico de la misma fuente real-maravillosa. El terror sicológico de Andrés Mariño-Palacio [1927-1965] en “Abigaíl Pulgar”(de El límite del hastío, 1946) podría considerarse un desarrollo de alguna obsesión de Pocaterra. Toda otra serie de autores, no incluidos aquí, cabría citar por haberse acercado a lo fantástico en algún momento, a lo largo de los cuarenta, los cincuenta y los sesenta (el más destacable: Pedro Berroeta). 

 Pero la narrativa fantástica venezolana se realiza y se expande en los setenta: apocalipsis caraqueños de Pascual Estrada Aznar [1935-2001] como en “Del diario de la batalla de las hordas des nudas” (Rostro desvanecido memoria, 1973); desdoblamientos por el tiempo de Ben Amí Fihman [1949] en un cuento que da título a su libro, Mi nombre Rufo Galo (1973); vértigo lúdico de Gabriel Jiménez Emán [1950] a partir de su libro inicial, Los dientes de Raquel (1973), del que presentamos dos textos; una fantasía borgiana como la de “Había una vez un tigre” (El Llanero Solitario tiene la cabeza pelada como un cepillo de dientes, 1975), pero enraizada en el 14 suelo nutriente del amor, que es el que interesa siempre a Francisco Massiani [1944-2019]; las metamorfosis alucinantes propias a Ednodio Quintero [1947], apenas una de tantas en este “Álbum familiar” (El agresor cotidiano, 1978); la escritura como semilla del terror en “Los dedos de la muerte” (A la muerte le gusta jugar a los espejos, 1978), de Earle Herrera Silva [1949-2021]; y, finalmente, las trampas del tiempo en un paisaje deltano: “El sustituto” (Pieles de leopardo, 1978), de Humberto Mata [1949-2017]. Con lo que, cerrada la antología “real”, se abre el campo de todos sus dobles “posibles”. Julio Miranda Caracas, 1980

miércoles, 26 de noviembre de 2025

GUILLERMO MENESES DIEZ CUENTOS ANTOLOGÍA


GUILLERMO MENESES DIEZ CUENTOS ANTOLOGÍA

Respuesta breve: Diez cuentos: antología de Guillermo Meneses es una selección publicada en 1968 por Monte Ávila Editores en Caracas. Reúne relatos fundamentales del escritor venezolano (1911–1978), considerado una de las figuras más influyentes de la narrativa contemporánea de su país entre 1930 y 1960.

📖 Contexto de la obra

  • Autor: Guillermo Meneses (Caracas, 1911–1978). Fue narrador, ensayista y diplomático, clave en la renovación de la narrativa venezolana.

  • Editorial: Monte Ávila Editores, Caracas, 1968.

  • Género: Cuento, con fuerte carga social, psicológica y estilística.

  • Importancia: La antología muestra la evolución del autor desde sus primeras narraciones hasta relatos más maduros, marcados por la experimentación y la crítica social.

📚 Contenido principal

La antología incluye diez relatos seleccionados como representativos de su trayectoria:

RelatoAño aproximadoTemática / Rasgo
AdolescenciaDécada de 1930Juventud y despertar emocional
La balandra “Isabel” llegó esta tarde1934Uno de sus cuentos más célebres; atmósfera marinera y existencial
Borrachera1930sMarginalidad y descontrol
LunaPoética y simbólica
El duquePoder y decadencia
Un destino cumplidoFatalismo y destino
Alias el ReyIdentidad y poder
Tardío regreso a través de un espejoTiempo y memoria
La mano junto al muro1951Considerado otro de sus relatos mayores; tensión psicológica
El destino es un Dios olvidadoFilosofía y desamparo

✨ Relevancia literaria

  • Innovación estilística: Meneses introdujo técnicas narrativas modernas en Venezuela, con un lenguaje preciso y atmósferas densas.

  • Temas centrales: El destino, la identidad, la marginalidad, el poder y la memoria.

  • Influencia: Su obra influyó en narradores posteriores y consolidó el cuento como género de prestigio en la literatura venezolana.

🔗 Recursos disponibles

  • Puedes consultar la edición digitalizada en Internet Archive.

  • También está disponible en librerías de segunda mano y catálogos como Amazon.

En síntesis: Diez cuentos: antología es una obra clave para entender la narrativa venezolana del siglo XX, mostrando la versatilidad de Guillermo Meneses y su capacidad para transformar lo cotidiano en símbolos de destino, poder y memoria.

En colaboración Dr. Enrico Pugliatti y Méndez Limbrick.

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PALABRAS DEL AUTOR ' 

V A estoy en edad suficiente como para desear ver reunidos unos cuantos de los trabajos realizados a lo largo de la vida. Precisamente por eso escribo estas líneas en el sentido de dar especial carácter a la sucesión de mis cuentos, desde La Balandra Isabel llegó esta tarde — publicado en 1934— hasta El destino es un dios olvidado — incluido en la novela La misa de Arlequín, como sueño o invención de un personaje, y publicado por primera vez en “El Nacional” en 1958. 

 Para algunos de estos cuentos he tenido no pocas dudas. El llamado Tardío regreso a través de un espejo, por ejemplo, supone cierta duplicidad que bien puede mirarse como de fecto esencial; hay dos relatos allí y uno pesa sobre el otro hasta que llegan a anudarse. La mujer, el as de oros y la luna me parece, a veces, excesivamente retórico, aunque su comienzo me agrada todavía. Me parecen de poco interés Rosita Guillén y Parucho es un hombre amargado. Pero no se trata de iniciar autocríticas que terminarían por aparecer pedantes, ya que, entre nosotros, eso de criticarse está reservado en la mayoría de los casos a la más estricta conversación privada. Sin embargo, pienso que debo una explicación. Tal vez sería conveniente afirmar que estos cuentos son la casi totalidad de los que he escrito. Quedarían sólo algunos esbozos como Las vacaciones de la maestra rubia — aparecido en “Elite” y luego en “El Tiempo” de Bogotá— y algún otro del que apenas me acuerdo. Una selección tiene que merecer su nombre. Sin embargo, he creído justo y conveniente dejar fuera un pequeñísimo ejer cicio — mi primera publicación— presentado en el aniversario de “Elite” en 1930. Se trata de mi bautismo de escritor. Tenía entonces 18 años y no era el menor del grupo. Carlos Augusto León estrenó en aquella oportunidad sus primeros poemas y no pasaba de 16. Los comentaristas de literatura venezolana se han ocupado con interés de ese número de “Elite” (13 de septiembre de 1930) por considerarlo en cierta manera definidor de una genera ción: la que se forma en los años finales del gobierno del General Juan Vicente Gómez. 

Sin duda puede señalarse esa edición de “Elite” como significativa. No es fácil lograr tan compacto número de escritores casi parejos en edad y cercanos en gran parte por estar en las filas de quienes se com portaban como opositores o, al menos, como extraños, al ré gimen gomecista. He creído que sería adecuado colocar dentro de una selección de cuentos míos aquel trabajo de 1930, por la evidente razón de que se me presenta hoy como base de mucho de lo que he escrito después. Bien podría decir que en ese Juan del Cine, que publiqué hace treinta y siete años, van incluidos muchos de los temas expuestos luego en El mestizo José Vargas, El falso cuaderno de Narciso Espejo y La misa de Ar lequín, así como aparecen sus huellas en Tardío regreso a través del espejo, Un destino cumplido y, con toda seguri dad en el cuento Adolescencia. Sin embargo, no dejo de observar que hay excesivas torpe zas en Juan del Cine y por ello voy a dejar incluido en estos párrafos lo que me parece seriamente unido al resto de mi trabajo narrativo, sin dejar de escamotear algunas de las mu letillas tan al gusto de la época. 

Juan del Cine comienza así: Juan, 15 años. Los ojos desvaídos en un triste mirar. La boca en línea por los labios apretados. Y en las manos un vago gesto que rubrica de elegancias una sortija pequeña, delgada... Juan, 15 años, en pose delante del espejo. Y, sin embargo, Juan no es Juan. O, mejor dicho, este Juan acaba de nacer a la salida del cine. Está viviendo ahora el momento — hurtado a Rodolfo— del desprecio a la mujer que acaba de insinuar para él el gesto del amor. Juan tiembla delante de esa cámara límpida de mercurio que va a conservar en inocentes celuloides la gracia muda de sus gestos. Va recordando: los ojos de la vampiresa con el sello del amor; y además — recuerdo que le afirma la expresión— el último consejo dado en el Colegio sobre la Serpiente y sobre la mo derna encarnación más funesta del reptil. Juan, 15 años. Greta. Lya de Putti. Bárbara La Marr. Delante del espejo, Juan esboza un gesto dulce, suave. Bárbara. Lya. Greta. Y ahora, juventud. El espejo — por la seguridad en los ges tes— ya no se usa. Y aquellos ratos se han convertido en una fila larga de momentos eslabonados sin saber por qué. He aquí el origen de Juan: su mitología. Ya su vida no es suya ni él ha vuelto a su personalidad. Está viviendo vidas de celuloides que se le transparentan en sombras. No es más que el ecran de sus propios sucesos: pantalla inasible e insensible donde se reflejan estilizadas sus acciones... Un rótulo le quedó pegado en la espalda como a los muñecos: Made in Cinelandia. T odos los días viste al amanecer el traje DE LTNA VIDA. Análisis de la mitología de Juan. — No trae. . . convidados para sus banquetes, sino que es el visitante ladrón que se lleva en los bolsillos — como cucharas— mil vidas y mil personajes. La pose se lo engulló. . . He aquí el análisis de su mitolo gía. A mí me agrada verle envuelta la vida en luz blanca de reflector, sombra entre sombras, cristalina oscuridad. Sentimental, preocupado y con su carga de vidas. Un científico habría de aconsejarle el desnudo en la vida. Segundo análisis de la mitología de Juan. — No se puede atravesar la zona envolvente, cotidianamente diversa — aquí se mira la auténtica significación cinemática de Juan— por que, detrás del barniz profuso de las personalidades, no hay nada. 

La pantalla no es sino zona de retención de las sombras móviles. Quien se dé cuenta y quiera ir más allá, verá lo horroroso de las genuflexiones y de los ángulos de luz partidos. Quien rompa la pantalla de Juan lo verá huir hacia lo más hondo, encurrujarse, doblarse. Mirar hacia adentro buscando asideros para colgar el disfraz inservible de su mo mentánea personalidad, que se le transparenta en visibles harapos antes de caer. Sus pupilas cruzarán graves recodos ocul tos. Sus rincones interiores le abrirán los brazos benévolos y Juan escapará por ellos como por un escotillón. Yo lo he visto en momentos como ése. De desazón. De horrenda desazón ante la duda de un interlocutor pasmado de su trans formismo. Por eso es necesario creer siempre en Juan. PIEnso que, con la inclusión de este Juan del Cine (llevaba como subtítulo “síntesis de una biografía”) los leciu/es pn drán tener una idea cabal de lo que yo he logrado en mis narraciones cortas y en mis novelas. Sin él — creo— habría un vacío. Es posible que haya dos tendencias en lo que he es crito; una por la cual se tiende a realizar lo que podría llamarse “realismo mágico”, para usar frases muy del gusto de los años de mis comienzos literarios. Luego permanece, a lo largo de la vida entera, ese gusto por los supuestos valores de la duda, por la inseguridad del propio testimonio, por lo que puede reducirse a las contraposiciones entre el disfraz y el espejo. Hay igualmente las características comunes a la generación a la que pertenezco. El afán del paisaje y su rela ción con la fábrica de imágenes, así como la tendencia a plantear los problemas sociales, con mayor o menor fortuna, de acuerdo con lo que se lograba exponer sin que hubiera des lizamiento alguno fuera de la intención de hacer arte. 

Podría hablar también de la curiosidad por brujerías y encantamien tos unidos al mundo del vicio y del delito. Ello aparece en La balandra Isabel llegó esta tarde, en Campeones, en La misa de Arlequín. Hay detalles que pueden mover a risa. Cuando en La balan dra Isabel llegó esta tarde, el personaje de Esperanza está conversando con la negra loca; ésta dice: “Somos para que los amos puedan tener señoritas”. Y Esperanza responde: “— Yo no tengo amo, negra. La esclavitud se acabó”, y es cucha una respuesta muy seria: — “¿Y la barriga? Pásate la vida sin comer y te diré R.eina”. Eso era “intención social”. Divertido, ciertamente; algo así como la afirmación de que los factores económicos tienen importancia esencial en la exis tencia de todos los hombres. Pero nunca dejábamos solos estos razonamientos.

 Hubiéramos necesitado mayor madurez para insistir en la intención. Iguales travesuras e insinuacio nes hay a lo largo de las páginas de cualquier cuento mío; pero quiero decir que lo que daba a esas tareas su condición artística (porque era arte lo que deseábamos hacer), no de pendía de ninguna falsificación; tal o cual frase intencionada quedaba como era y no había razón ninguna para esconderla. Más tarde, en el mismo cuento, la negra María, vuelve so bre sus pensamientos y refiriéndose a Esperanza, dice: “— Rei na. Y no tiene ni hombre a quien querer”. Así resolvíamos nosotros — por lo menos, yo— las dificultades que podía traer nuestra vaga actitud ideológica, a la que pudiéramos definir como democrática y socializante. No negábamos en ningún momento los problemas que nos preocupaban, pero tampoco escondíamos las afirmaciones de los misterios, de los mila gros, de las sorpresas, del azar. Y añadíamos — supongo que va claro en mis cuentos— otras tendencias de análisis y de teorías que tendían al examen de la vida espiritual, hacia los hondones del alma, con o sin alardes psicológicos, con o sin Freud y ]ung. 

 Tal vez será interesante ir diciendo las influencias que nos lle garon. Allá por los años de 1930 estábamos los jóvenes den tro de lo que considerábamos la “vanguardia”. Nos empa pábamos de todo lo que nos hacía pasar Madrid (sobre todo a través de la “Revista de Occidente ). Ese Madrid de entonces estaba en sana relación europea, de tal manera que no nos era extraño lo francés, lo alemán, lo italiano, lo yanky, que recogía para su revista Ortega. Leíamos a Mann, a Huxey, a Fraulkner, a Jung, a Hesse, a Hauptman, sin olvidar nos de Proust y sin abandonar a Zola, a Queiroz, a Dostoievski, a Balzac y a nosotros mismos. Y a se podrá estable cer las diferencias entre aquéllos de 1930 y los jóvenes de ahora. Vivíamos dentro de lo que hoy se llama "la contemporaneidad ". 

Estábamos entusiasmados por lo que sucedía en el mundo. Sin embargo, sucedió que apareció Doña Bárbara y los libros siguientes de Gallegos. Nosotros teníamos lecturas venezolanas de mucho respeto: conocíamos bien lo que habían hecho escritores tan dispares como Díaz Rodríguez y José Rafael Pocaterra y nos habíamos acercado igualmente, aunque con menor interés, a Urbaneja Achelpoll. Estimábamos a Gallegos — el de La Trepadora en especial— y sus triunfos en España nos colmaron de alegría y de entusiasmo. Así lo estu viéramos viendo como rezagado ante los nuevos movimientos, entendíamos que su idioma se había enriquecido al contacto con el mundo español y sabíamos que lo que podía pasar por oratoria anti-novelesca, estaba metido dentro de una prosa rica y bien trabajada. Además apareció entonces “Las Lanzas Coloradas” de hombre tan cercano como Arturo Uslar Pietri. Tanto en Gallegos como en Uslar quisimos observar cómo lo que teníamos por crio llismo podía lograr formas que lo unían a las nuevas tendencias literarias. Por ese tiempo escribí yo Canción de ne gros, La balandra Isabel llegó esta tarde, Adolescencia y Campeones. Pretendo hablar de estas cosas para explicar cuáles pudieron ser los resultados posteriores de nuestra actividad inicial Tu vo que haber el desarrollo^ de la vanguardia tal como la sen timos — el uso de las imágenes y metáforas relumbrantes y promovidas por el mundo civilizado que considerábamos nuestro por contemporáneo— y, al mismo tiempo se presentó una nueva manera de comprender las “cosas venezolanas” de tal modo que no eran para nosotros motivos de simple pintores quismo sino conocimiento de los problemas que mantenían a Venezuela en un estado social y en un ordenamiento político que considerábamos insoportable. El criollismo anterior era de turistas. El nuestro lo teníamos dentro, como testimonio. 

 De todo eso surgió el tono peculiar de quienes nos iniciamos en 1930 o un poco antes. Creo que me he explicado suficientemente, sin excesos personalistas, para decir lo que fue el tiempo de mi juventud y cómo fue tomando fisonomía el impulso inicial de la vocación. No sé si será interesante leerlo. A mí me ha interesado escribirlo. Esta clase de explicaciones puede servir de algo a quien se acerca a la literatura con áni mo generoso. Guillermo Meneses. Caracas, 21 de noviembre de 1967.

martes, 25 de noviembre de 2025

PRINCIPIOS NOCTURNOS. NOVELA. PREMIO ALBERTO CAÑAS NACIONAL DE NARRATIVA

https://editorial.uned.ac.cr/gpd-principios-nocturnos-2da-edicion-97899680https://editorial.uned.ac.cr/gpd-principios-nocturnos-2da-edicion-9789968040853.html40853.html

 

LA BRÚJULA DEL ESCRITOR INTRODUCCIÓN. FRANCESC MIRALLES

 


Prólogo

Hay maestros, los más comunes, que te enseñan una determinada asignatura y allí termina su cometido. Son mucho más raros aquellos que, a través de su materia, te enseñan a vivir.

Este es el caso de Silvia Adela Kohan, de quien tengo el privilegio de prologar este libro.

La conocí hace un par de décadas en la fiesta de la agencia literaria que nos representa a los dos. Hay almas que están destinadas a conocerse o a reconocerse, si creemos en la reencarnación, y ese fue el caso de Silvia Adela y quien escribe estas líneas.

Desde el primer momento nos reconocimos como peregrinos de un mismo camino, tan incierto como misterioso: el de las páginas en blanco en las que todo está por escribir, al igual que en la vida.

Ya en nuestra primera conversación ella me animó a que diéramos un taller de escritura juntos. Aunque yo había publicado más de veinte libros, jamás había pensado que pudiera enseñar a escribir a otros. Y fue Silvia Adela Kohan quien me empoderó para que lo hiciera. Desde entonces, junto a ella debo de haber dado medio centenar de cursos en diferentes formatos.

Esta es una característica muy especial de la autora de este manual: ha venido a darnos permiso para que hagamos aquello que creemos que no podemos hacer.

Recuerdo que, en uno de nuestros paseos por el barrio de Gràcia, ella me dijo que hay dos tipos de personas en el mundo: las que cierran y las que abren posibilidades. Y, sin lugar a duda, ella pertenece a las de esta segunda categoría.

Desde que creara su método pionero de taller de escritura, Silvia Adela Kohan se ha pasado la vida dando permiso para escribir. De hecho, una de las premisas que transmite a sus alumnos es que para escribir no se puede ser cobarde.

Hay personas cuya vida es discreta o incluso gris, como fue la de Franz Kafka como abogado de una compañía de seguros en Praga. Sin embargo, en la hoja en blanco despliegan una imaginación y profundidad que les compensa, además de ser un regalo inmenso para la humanidad.

Espero que sea esto, escribir, lo que hagas a medida que leas este libro.

¿Qué es la brújula?

Este libro se titula La brújula del escritor, lo cual nos puede hacer pensar en la socorrida clasificación de los escritores en dos grupos: los que llevan mapa o los que van con brújula.

Se entiende que estos últimos se guían más bien por el instinto, y su historia va cobrando forma a medida que avanzan por las páginas. Con todo, los del primer grupo, por mucho mapa que tengan de lo que va a suceder en su libro, también necesitan brújula.

Un escritor o escritora que no escuche su intuición, que no se abra a lo imprevisto, no conseguirá dotar de vida sus textos. Porque la literatura es pulsión, espontaneidad, descubrimientos que sorprenden al propio autor cuando los pone en el papel.

Sin eso, no se diferenciaría del folleto que escribe un redactor cualquiera a partir de los contenidos que le han fijado.

La misión de este libro, haciendo honor a su título, es justamente esta: hacerte consciente de la brújula que hay dentro de ti y aprender a usarla para encontrar tu camino en la niebla.

Para ello, Silvia Adela Kohan nos aporta sus más preciados secretos de escritura, forjados a lo largo de medio siglo enseñando a miles de alumnos.

En su rica y dilatada carrera, ha logrado cambios asombrosos en los talleristas. Especialmente, en aquellos que no creían estar dotados para la escritura.

Retomando la idea con la que hemos iniciado este prólogo, una enseñanza transversal de la autora es que quien se atreve a escribir se atreve a vivir.

En ese sentido, profundizar en nuestros textos nos permite comprendernos, con lo que también entendemos mejor la vida y podemos vivirla de forma más intensa y genuina.

Silvia Adela siempre dice que escribir es como hacer un gran viaje, pero lo fascinante de esa travesía es que la realizamos a la vez fuera y dentro de nosotros. A medida que damos forma a nuevos mundos y personajes, descubrimos que son el reflejo de lo que somos íntimamente en ese momento de nuestra vida.

Y, en ese viaje, para dominar tanto el mapa como la brújula, esta maestra de vida ha dividido el manual en dos partes: la primera dedicada la creatividad, la segunda al oficio. Este último te dará las herramientas que necesitas para que tu texto pueda llegar al máximo número de lectores.

Las técnicas de La brújula del escritor te enseñarán a ir por el mundo con las antenas desplegadas, algo esencial para este oficio, que consiste sobre todo en saber mirar. Y eso incluye mirar para dentro, donde viven nuestras sombras, los sentimientos más inconfesables.

Porque al escribir, nos escribimos y damos forma a nuestra vida.

Estoy seguro de que te esperan aprendizajes apasionantes junto a la mejor profesora de escritura del mundo.

Adelante con la vida (y gracias por estar aquí).

 

FRANCESC MIRALLES

lunes, 24 de noviembre de 2025

EL HACEDOR DE SOMBRAS FRAGMENTOS NOVELA EDITORIAL COSTA RICA

*** 

Al Mamulón Zúñiga ya verán lo sucedido con él. Los incidentes o las historias del Mamulón Zúñiga se entrelazan con mi historia. Ejemplo: (ya estoy adelantando) fueron los acontecimientos en tierras mexicanas y, la cuestión con los narcotraficantes allá y acá en Costa Rica.  ¿Lo ven? Todo se relaciona. No deseo adelantar más de los eventos de México y Costa Rica y lo sucedido con el Mamulón Zúñiga y, con Ernesto Miranda Rojas, ni mucho menos la historia con los narcos mexicanos acá en territorio nacional. ¿O les adelanto la historia?  Ustedes por otros medios se pueden enterar, si me tienen paciencia yo les contaré... y si no me tienen paciencia pues, ¡qué carajo, ustedes se lo pierden!

 


¡Ahhh también ustedes se van a enterar de la historia de Florina y sus amigos Reinita y Lázarus! !Créanlo, se relaciona con los otros relatos que les acabo de señalar! ¡Lo juro!

***

Allí está la imagen: la mirás tomando el agua, inclinando el rostro hasta el grifo, lamiendo con su lengua el agua fresca, saciando su sed infinita. Elizabeth-Ninfa 

a la sombra de los grandes árboles dormidos y vos, espiando sin poder  detener el círculo   de la muerte, de la  angustia.  Desesperación de caer al vacío. 

Es tuya en aquel instante por siempre. 

          Hacés una señal, sin embargo, sos un murmullo, un discurso ficticio cerca de 

su oído, una frase de amor nunca escuchada.

          Y entonces, repetirás la imagen una eternidad: Elizabeth en lo furtivo cotidiano.                                                    Elizabeth inclinada abriendo el grifo 

y dejando escapar el agua hasta su boca, hasta su lengua. 

¿La mirás? Cerrás los ojos. Hace calor, no sabés qué sucede porque también el frío congela.

Y Elizabeth se escapa, es un animal mítico en líneas paralelas hacia el infinito.



***

Vienen otras imágenes: estás en el colegio. Las aves van cortando en su vuelo el aire a su paso. En el jardín, en las zonas verdes del colegio una rosa se fragmenta a Clarisa. Clarisa cortando la rosa y poniéndola en su blusa de colegial. Mirás su contoneo, son las 11:30 AM con un sol que arde y despelleja. Tus compañeros han salido de clases y vos en formación espía te colocás justo a pocos metros detrás de Clarisa y vas observando su sinuoso caminado con sus compañeros y vos quisieras aspirarla a toda ella junto con su rosa o hablarle y decirle pero... En el cenit de la memoria y el deseo descargas el amor entre sombras... 

domingo, 23 de noviembre de 2025

NOTA PRELIMINAR E INTRODUCCIÓN. Filosofía, mito y poesía en el pensamiento griego SEF María Gabriela Casnati, Silvana Gabriela Di Camillo y Diego Tabakia

 


Nota preliminar María Gabriela Casnati y Diego Tabakian 

 Esta publicación se articula a partir de los temas tratados en los seminarios de historia de la filosofía antigua dicta dos en el marco de la diplomatura de extensión en Historia de la Filosofía y del trayecto de extensión en Historia de la Filosofía, ambos en el ámbito de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. La mentora y artífice de estos programas de estudio es la Dra. Silvana Di Camillo, coordinadora general de ambas modalidades, quien tuvo la sensibilidad de advertir que un gran número de adultos mayores encontraban insatisfechas sus deman das a la hora de aproximarse al estudio de la filosofía en el ámbito universitario. 

Con el espíritu de atender a estas necesidades, manteniendo el nivel académico de los conte nidos propios de la universidad pero flexibilizando su volu men y adecuando el régimen de calificaciones, desarrolló en un primer momento la diplomatura y, más adelante y en versión virtual, el trayecto de extensión en Historia de la Filosofía para adultos mayores, que abarcan los cuatro pe ríodos fundamentales: filosofía antigua, filosofía medieval, f ilosofía moderna y filosofía contemporánea. 9 Los seminarios correspondientes al área de Filosofía Antigua fueron desarrollados y dictados presencialmen te por las doctoras María Isabel Santa Cruz y Silvana Di Camillo en los años 2018 y 2019. La pandemia provocó que en el año 2020 solo pudiera ofrecerse el trayecto en su mo dalidad virtual, a cargo nuestro, pero siguiendo el progra ma original y respetando en gran medida los contenidos y la bibliografía utilizadas en su modalidad presencial. En el presente trabajo, ofrecemos una versión revisada de ese curso virtual, que se basa fuertemente en los desarrollos de los años 2018 y 2019, aunque con algunas modificaciones y agregados. Cabe aclarar que la presentación de los temas es simple y básica, está pensada para lectores no especializa dos y es reflejo de clases de nivel inicial. 

 Queremos agradecer especialmente a la Dra. Silvana Di Camillo por su generosidad al incluirnos en este proyecto, que tantas satisfacciones nos brindó incluso en los momentos más difíciles de encierro e incertidumbre que se vivieron durante todo el año 2020. Nuestra gratitud con la Secretaría de Extensión Universitaria y Bienestar Estudiantil por apoyar permanentemente la concreción de cursos que incluyan los intereses de todos los colectivos, y al subsecretario de publicaciones, Matías Cordo, que con en tusiasmo aceptó nuestra propuesta. Finalmente, porque es nuestra guía desde el inicio, solo palabras de profundo res peto y afecto a nuestra maestra María Isabel Santa Cruz que siempre nos aconseja y nos estimula con sabiduría. 10 María Gabriela Casnati y Diego Tabakian 


Introducción María Gabriela Casnati y Diego Tabakian

 Sumergirse en el estudio de los inicios de la filosofía vuel ve imprescindible la consideración de su enraizamiento en la poesía y en el mito. La filosofía se fue configurando pau latinamente entre los griegos y, en sus inicios, apenas puede ser distinguida de la poesía. La literatura griega temprana nos ha llegado escrita en verso; la prosa comienza a usar se a partir de mediados del siglo VI a. C., como parte de la profunda penetración de la escritura en lo que era aún en gran medida una cultura oral. Fueron los poetas, desde los comienzos de la épica, quienes forjaron y transmitieron un saber mitológico, a través del cual nos ha llegado el pensar elaborado durante la Edad Oscura (1200-800 a. C.), crista lizado en los poemas de Homero y Hesíodo. 

Resulta estéril intentar trazar una frontera entre mito y filosofía, y convie ne entender que de una cultura dominada por el mito se ha ido pasando progresivamente a otra dominada por la filo sofía. Pero la filosofía no desplaza ni anula el mito, sino que lo adopta y lo adapta. El ejemplo más notable es el de Platón, quien efectúa sobre el mito una triple operación: lo define, lo emplea y lo critica. 11 Platón recurre al mito como a uno más de los procedi mientos explicativos que utiliza en su obra, aunque de natu raleza diferente a la de otros recursos como por ejemplo la argumentación dialógica. 

En particular en la República hace una fuerte crítica de la poesía tradicional, pero rescata un “buen” uso pedagógico, ético y político de los mitos como historias ficticias. Allí muestra cómo los mitos, que son falsos en tanto no responden a hechos reales, de cualquier modo encierran y transmiten verdades, son un instrumen to de comunicación colectiva con óptima eficacia y contri buyen a la formación y a la unidad de la ciudad. Aristóteles, por su parte, recibe el influjo de Platón, pero en su Poética altera sutil pero firmemente los puntos de vista platónicos. Coincide en considerar la poesía como mímesis (imitación), pero este concepto no presenta un sentido peyorativo sino que refiere a un hacer creativo, a una invención ficcional que representa acciones humanas de acuerdo con los crite rios de probabilidad o necesidad. El hecho de que la poesía no sea portadora de verdad del modo en que lo son los dis cursos históricos o filosóficos no conlleva una condenación de la mímesis como una especie de falsedad o mentira. Así, Aristóteles deja abierta la posibilidad de que la poesía con tribuya efectivamente a la compresión de las realidades hu manas. 

El poeta debe lograr que la disposición artística de los materiales (mitos) convierta los hechos dramatizados en patrones universales de la condición humana, rescatando el valor educativo, moral y psicológico de la poesía. Desde esta perspectiva de análisis y en función de un corpus textual seleccionado, el objetivo específico de este trabajo es que los lectores accedan al tratamiento del tema “filosofía, mito y poesía” en tres figuras importantes del pensamiento antiguo, a saber: Hesíodo, Platón y Aristóteles. A su vez, y bajo el objetivo general de dar a conocer las líneas principales de problemas y las direcciones fundamentales 12 María Gabriela Casnati y Diego Tabakian en el pensamiento griego clásico y helenístico romano, el primer capítulo ofrece —aunque problematizando la posi bilidad misma de delimitar etapas en la historia— un pano rama de los principales períodos del pensamiento antiguo, que servirá como marco para contextualizar los contenidos a abordar. Resulta especialmente importante considerar qué entendían los griegos por filosofía, trazando la dife rencia entre el modo en que los antiguos la concebían y la representación habitual que hoy tenemos de ella. 

Este tema conduce a que, en el segundo capítulo, nos centremos en la cuestión de cuál puede ser el sentido y la actualidad de emprender, hoy en día, estudios de historia de la filosofía antigua. Se verá que cualquier estudio filosófico serio im plica, indefectiblemente, la lectura de las fuentes; por tan to, el lector encontrará un tratamiento de la cuestión de las fuentes que adquiere especial relevancia con los antiguos, de cuyos escritos solo se conservan copias. 

 Concluido este primer bloque introductorio, en el ter cer capítulo se esboza la transición del mito a la razón, y se delinea la estructura y las principales características de la narración mítica. Estos elementos allanan en el cuarto capí tulo la comprensión de la obra de Hesíodo, uno de los gran des poetas de la Hélade, a partir del análisis de una selección de versos de la Teogonía. Las Musas, a pesar de saber decir “mentiras a verdad parecidas”, le transmitirán a Hesíodo la verdad sobre qué fue primero por medio de un relato teo gónico que constituye al mismo tiempo una cosmogonía. 

 En el quinto capítulo se da inicio al estudio de Platón, co menzando por un panorama de su vida y sus escritos. La forma dialógica que escoge el ateniense para presentar su pensamiento no deja de ofrecer cierta dificultad, en tanto que el contenido y la forma de la obra resultan inescindi bles. Por tanto, se prestará atención a la importancia de los diferentes recursos literarios utilizados por el filósofo y a Introducción 13 diferentes líneas interpretativas del corpus, y se menciona rán las características principales de los primeros diálogos o diálogos socráticos. El sexto capítulo se centra en la obra platónica de madu rez, donde sobresale en relevancia la así llamada “teoría platónica de las ideas”, que es fundamento ético, gnoseoló gico y metafísico del pensamiento platónico. Se trabajarán pasajes de una obra fundamental del período medio, a sa ber, la República, que busca fundar una pólis ideal a partir de una reforma de la paideía tradicional. En ese marco, se trabajará la crítica platónica a la tradición poética griega. Y a continuación, en el siguiente capítulo, se dará cuenta del tratamiento de la falsedad en República III, lo que permitirá señalar el pasaje desde una perspectiva educativa con ras gos normativos hacia un plano estrictamente político con la presentación de la “noble mentira”.

 En los capítulos octavo y noveno se abordarán las crí ticas platónicas a la poesía en el Libro X de la República, críticas que justifican la expulsión de los poetas de la pólis ideal. En el octavo capítulo, se contrastarán dichas críticas con las realizadas en el Libro III de la República y, a la par, se dará cuenta del recorrido conceptual que separa ambos libros. Retomando la teoría de las Ideas, se abordará la crí tica ontológica al objeto artístico como imitación (mímesis). El capítulo noveno se centrará en las críticas gnoseológica, psicológica y ética a la poesía, para lo cual se deberán repo ner algunos desarrollos psicológicos sobre la dinámica del alma en la República. 

 En el décimo capítulo podrá encontrarse una presenta ción biográfica e intelectual de Aristóteles: su vida, la na turaleza y organización de sus escritos conservados y su método de indagación filosófica (el método diaporemáti co). Puesto que en la Poética Aristóteles emplea su método en la indagación de la naturaleza y las funciones del arte 14 María Gabriela Casnati y Diego Tabakian (en general) y de la poesía (en particular), se impone un estudio preliminar sobre la validez de su metodología de investigación. De acuerdo con su método, ante cualquier objeto de indagación es preciso retomar las posiciones de los pensadores que lo precedieron para detectar sus acier tos y sus errores. 

 El undécimo capítulo continuará con la presentación general del pensamiento aristotélico pero tomando como eje central la Metafísica. Aristóteles concibe el arte (en ge neral) como una actividad que implica el conocimiento de las reglas y principios que guían la producción de objetos externos y diferentes de la acción productora. A diferencia de otras formas del saber, el arte es una forma de ciencia productiva, es decir, implica el conocimiento de la cau sa (un saber universal). Dentro del campo de las ciencias productivas, se encuentran las artes bellas (o imitativas), cuya finalidad no es la producción de objetos útiles, sino de artefactos que producen placer. Para comprender las di ferencias entre los distintos grados del saber y cómo se cla sifican las ciencias, en este capítulo se realizará un análisis de Metafísica I, 1. Tras el recorrido mencionado, los últimos dos capítulos se centrarán en el estudio de la concepción aristotélica del arte (en general) y de la poesía trágica (en particular) en la Poética. 

En la primera parte de este estudio, se analizará cómo Aristóteles recibe las concepciones tradicional y pla tónica de la poesía, adoptando algunos aspectos de ambas, pero, a la vez, tomando distancia. Aunque adopta la ter minología de su maestro para referirse a las obras poéti cas, Aristóteles resignifica el término mímesis, procurando fundamentar el arte como un campo autónomo del saber con sus propias reglas y criterios valorativos. En esta línea, puede leerse a la Poética como una respuesta a las críticas platónicas de República X. Introducción 15 Mientras que en el duodécimo capítulo se abordan las diferencias entre las distintas artes y los distintos géneros discursivos, el último capítulo del libro se centra en el aná lisis de la tragedia, el género que Aristóteles considera más digno de estima y al cual dedica la mayoría de la Poética. 

En este punto se analizará la definición aristotélica de la tra gedia, cuáles son sus elementos constitutivos y cómo se en cuentran jerarquizados. Dado que cualquier introducción a la estética aristotélica no puede prescindir de una aproxi mación a la problemática noción de kátharsis, se finalizará el capítulo analizando los sentidos del término, las emociones que involucra y algunas de las interpretaciones más comu nes sobre este fenómeno. Por último, solo resta expresar que nos propusimos que este libro combine algunos desarrollos introductorios ne cesarios de corte teórico con aproximaciones más bien pro blemáticas a un tema tan caro a la filosofía antigua como es el del paso del mýthos al lógos y, en general, la estrecha relación entre filosofía, mito y poesía en autores de la ta lla de Hesíodo, Platón y Aristóteles. Deseamos que el lec tor encuentre en estas páginas una exposición que satisfaga su interés por el tema pero que también, al mismo tiempo, lo colme de nuevos enigmas y renueve su curiosidad por las indagaciones filosóficas. Si todo esto sucede, habremos cumplido nuestro objetivo.

sábado, 22 de noviembre de 2025

Luis Arturo Guichard Asclepiades de Samos Epigramas y fragmentos Estudio introductorio, revisión del texto, traducción y comentario





Prólogo 

 Este libro es un estudio de conjunto, con revisión del texto, traducción y comentario, de toda la obra conservada bajo el nombre de Asclepía- des de Samos, poeta del siglo III a. C. al que se cuenta entre los más importantes epigramatistas de una época, la helenística, en la que pro bablemente se hayan escrito los mejores epigramas de la literatura grie ga Se incluyen aquí tanto aquellos epigramas cuya autoría es segura (I- XXXIII) como aquellos en que se encuentra sujeta a duda (*XXXIV- ♦XXXIX: Asclepiades o Posidipo; *XL-*XLVII: Asclepiades u otros autores). Aunque tomo partido en cada caso a favor de una u otra atri bución y creo que varios de ellos definitivamente no son obra suya, no he considerado conveniente excluirlos, sobre todo cuando la reciente publicación por parte de G. Bastianini, C. Gallazzi & C.

 Austin de los epigramas de Posidipo conservados en P. Mil. Vogl. VIII 309 me ha permitido enriquecer en varios casos la discusión de autoría. Se inclu yen también los seis fragmentos atribuidos con mayor o menor segu ridad a Asclepiades, y que pueden haber pertenecido a epigramas o a poemas de otro tipo.1 Los problemas textuales que presentan los epigramas de Asclepiades aconsejaban una revisión completa del texto. Para ello he consultado directamente los manuscritos que se encuentran en Paris y Londres,2 he utilizado el facsímil de P publicado por Preisendanz (1911) y he mane 1 2 En el presente comentario, la numeración de los epigramas cuya autoría no se encuentra sujeta a discusión (I-XXXIII) es la misma de HE y EG, no porque esté de acuerdo con ella - desde mi punto de vista el orden de IX y X debería inver tirse, XIII debería aparecer como XI, etc. sino porque creo que no tiene sentido alterar una y otra vez el orden de corpora escasos como éste (véase las concor dancias en p. 487). 

La numeración de los epigramas de autoría discutible (*XXX1V-*XXXIX y *XL-*XLVI) es también igual a la de HE, pero difiere de EG al haber trasladado Page algunos de los epigramas a la sección dedicada a Po sidipo; el epigrama * XLVII del presente comentario corresponde a Nicéneto 5 HE; el fragmento 1, a Asclepiades *47 HE; para la numeración de las ediciones anteriores y de los fragmentos 2-6, no incluidos en HE ni EG, véase igualmente las concordancias y pp. 76-77. Véase la descripción de los manuscritos en pp. 85-97 y las siglas en p. 137. jado reproducciones microfilmadas de los manuscritos restantes, sea de los existentes en el Institut de Recherche et d'Histoire des Textes, Sec- tion Grecque (París), sea adquiridos para tal efecto. He tenido oportu nidad de incluir en el aparato crítico cuatro manuscritos (los apógrafos BGLR) que no fueron consultados directamente por Gow & Page, auto res del comentario de referencia más reciente, y otros dos (Q y el apó grafo V) que no fueron utilizados por ellos ni directa ni indirectamente. Los apógrafos tienen una gran importancia para el establecimiento del texto ya que contienen conjeturas de filólogos importantes, a menudo atribuidas de manera azarosa; su estudio, no obstante, fue apenas co menzado por Aubreton, cuyos trabajos revelaron una masa enorme y compleja de manuscritos a los que nadie se ha enfrentado después de él. En mi caso, me he limitado a intentar poner un poco de orden en las siglas y en el aparato crítico, registrando los manuscritos que utilizo y señalando los epigramas que se encuentran en cada apógrafo.3 Debido a la importancia que las conjeturas tienen para el establecimiento del texto de la Antología, discuto la mayoría de ellas en el comentario, pero en el aparato crítico sólo incluyo aquella que he adoptado o, en el caso de haber preferido la lectura de otro manuscrito, la que ha merecido mejor consideración por parte de los filólogos: alii alia equivale por lo tanto a un perentorio véase el comentario, donde registro el resto de las conjeturas;4 de esta manera he tratado de evitar una engañosa apariencia de abundancia de variantes en la transmisión del texto. La revisión de 3 4 Véase pp. 92-97. 

Resulta un tanto sorprendente que, habiendo tantas copias y siendo tan complicada la relación que existe entre ellas, los editores nunca men cionen la catalogación de los apógrafos que utilizan; Gow & Page de hecho no los consultaron y prefirieron seguir a Stadtmüller, que sólo colacionó dos, el Lip- siense y el Buherianum; el resultado es que se atribuye a los apógrafos conjeturas que no se encuentran en ellos y se ignoran otras que no han sido tomadas en cuen ta por editores anteriores. Particularmente difícil es el problema de las conjeturas que tradicionalmente se atribuyen a Saumaise; a partir de los estudios de Aubreton, yo en lo persona] dudo de que alguna vez haya existido un apographon Salmasianum del que deriven los demás; el hecho es que Jacobs, Beckby y Gow & Page atribuyen a Saumaise las conjeturas de los apógrafos como si en efecto proviniesen de él. Como explico en el apartado correspondiente (pp. 87-92), yo prefiero indicar simplemente el apó grafo en el que aparecen las conjeturas y sólo atribuyo a Saumaise las que se en cuentran en su obra publicada (véase por ejemplo XXIV) o aquellas que no he podido localizar pero no se encuentran en los apógrafos. estos puntos permite aclarar algunas inconsistencias en el aparato de HE.5 El texto que presento es conservador, aunque no tanto como el de Gow & Page. Si ésta fuera una edición sin comentario, en la que no hubiera otra manera de matizar las elecciones editoriales que el aparato crítico, o más aún, una edición bilingüe centrada en el castellano, acaso me hubiera permitido adoptar conjeturas o lecciones de manuscritos que hicieran los textos más fluidos y legibles: tal es el objetivo de la mayoría de las conjeturas en pasajes conflictivos.

 No es así. El texto que presento forma una unidad con el comentario y pretende ser un punto de partida para éste; las alternativas posibles están a la vista en el comentario, matizadas y a salvo, de modo que no es necesario incorpo rarlas en el texto más que en casos de relativa seguridad. Mi texto, si se me permite decirlo así, pretende ser un texto lo más abierto posible, en el que puedan reflejarse los problemas de transmisión e interpretación de los epigramas. Quiero señalar aquí que no me ha sido posible consultar manuscritos de la transmisión indirecta, representada fundamentalmente por Plu tarco, Ateneo, la Suda y algunos escolios de Tzetzes, obras de las cua les existen ediciones recientes y en general fiables.6 En cuanto a los papiros, he trabajado sobre fotografías, incluyendo P. Oxy. 3724, publi cado por Parsons en 1987 y que tampoco estuvo por lo tanto al alcance de Gow & Page. He manejado asimismo las veinte ediciones de la An tología Palatina y la Antología Planudea que describo en el apartado 5 6 Destaco las siguientes en el texto de Asclepiades: 1) uno pensaría que en XI1. 4 no hay ningún problema textual aparte de aÜTrp C; en verdad el texto que impri men Gow & Page (dXX’ otqv oiyopéurií) es una corrección de Jacobs a dXX’ ot áv oi-yon^ur|9 C; tampoco se sabría que Pi tiene otra lectura (dXV o t’ ái'OL-yo- tiéuTi?). 2) En XXVI. 3 no es del todo claro cuál es la lección de la Suda. 3) en XXVII. 1 uno creería que PPl transmiten la misma lección ’Hpíwris, lo cual es incorrecto: P transmite ’Hpími?. 4) Como no hay ninguna aclaración acerca de este punto, uno no sabría por qué en XXVII. 1 se acepta ’Hpíio'Tis mientras en 2 se acepta napOeviicás. Siendo coherente habría que aceptar desinancias áticas en ambos términos (como hizo Estienne) o bien dorias en ambas (Neri); algo similar ocuiTe con las formas dialectales de XXXIU y XLV. 5) En XL. 3 no se sabría que la lectura aceptada por Gow & Page (¿v’) es una corrección de ed. vet. 1566 (Es tienne) del traditusiv (P^Pl), ni que transmite ei\ Véase p. 84 y la tabla de fuentes en p. 489. correspondiente.7

 Cualquiera que haya trabajado en un texto tan com plejo como el de la Antología Griega comprenderá que haya preferido el término revisión del texto en lugar de edición critica para calificar mi trabajo. Para el comentario he aprovechado una larga tradición filológica a la que he intentado dar forma y contenidos acordes a nuestra comprensión actual del epigrama griego. Mi deuda hacia obras mayores en este cam po (Jacobs, Meineke, Gow & Page, Pfeiffer, etc.), patente a lo largo de mi trabajo, es tan grande como la que puede tener cualquiera que con conocimiento de causa vuelva sobre temas tratados por los grandes maestros de la Filología. El comentario de los epigramas *XXXIV- * XXXIX es sensiblemente más breve ya que se cuenta con el comen tario reciente de E. Femández-Galiano; puesto que el doblete es inevi table mientras no se solucionen definitivamente los problemas de auto ría que afectan a estos epigramas, he intentado incidir en puntos a los que Femández-Galiano prestó menor atención; mi tratamiento de estos epigramas es en todo caso complementario del suyo, en el que me he basado en muchos aspectos, al igual que en otros trabajos que me pare cen especialmente útiles, como el de Sider sobre los epigramas de Fi- lodemo. 

Bajo el aparato crítico de cada texto estudiado señalo los poe mas de otros autores con los que éste tiene una relación de imitatio o variatio importante, una relación, podríamos decir, genética, pero no se persigue de ninguna manera un aparato de loe i símiles; éstos se discuten en el comentario. Se incluye también al incio del comentario de cada epigrama una síntesis bibliográfica para facilitar la consulta a quien desee profundizar en las diferentes interpretaciones o conjeturas; evi dentemente no recojo todas las opiniones de los filólogos anteriores, a menos que se trate de pasajes especialmente discutidos, que los hay (véase por ejemplo V. 1, XVI. 7, XXV. 1 o *XXXVI. 1-2); en esos ca sos, la discusión va en letra más pequeña. En general, la bibliografía recogida sistemáticamente en este trabajo llega hasta 2002, incluyéndo se sólo algunos libros o artículos publicados en 2003 y 2004. Respecto a la traducción, me gustaría señalar que, en virtud de que existe una excelente traducción rítmica completa y otras parciales,8 he 7 8 Véase pp. 97-102. Todos los epigramas de Asclepiades figuran en la versión rítmica de M. Fernán dez-Galiano (1978), excelente versión con presentaciones que a veces constituyen optado por una versión que, sin tener como objeto la literalidad, sirva como instrumento del comentario al tiempo que sea agradable - espero - en español; contraviniendo un tanto mi formación mexicana, mis tra ducciones no tienen, pues, ninguna intención métrica ni rítmica. Lo mismo vale para la traducción de los testimonios y los textos citados en la introducción. No traduzco los textos citados como paralelos en el comentario, aunque en ocasiones se trate de epigramas completos. En el estudio introductorio se reúnen y estudian los testimonios acerca de la vida y obra de Asclepíades, así como su relación con otros poetas (cap. 1); se analiza su aportación al desarrollo del epigrama lite rario, haciendo hincapié en la incorporación de elementos de otras tra diciones poéticas (fundamentalmente la elegía, la monodia y la come dia) como una de las claves para la conformación del epigrama como género dominante de la poesía helenística (cap. 2); se traza una historia de la transmisión del texto que permita revisarlo en profundidad (cap. 3); se estudian las características lingüísticas de los epigramas, en es pecial la problemática mezcla de dialectos (cap. 4), y se describen las características prosódicas y métricas de los epigramas transmitidos bajo el nombre de Asclepíades, comparando sus usos con los de otros auto res (cap. 5). Es casi una norma de las ediciones y comentarios que el capítulo dedicado a la transmisión del texto figure inmediatamente an tes de los sigla y de la edición del texto propiamente dicha. En el pre sente trabajo, el capítulo acerca de la transmisión del texto aparece an tes del estudio lingüístico y métrico en virtud de que éste supone el conocimiento de los problemas de autoría causados por la transmisión manuscrita y la correspondiente división de los epigramas estudiados en tres grupos.

9 El trabajo que he descrito aquí muy sumariamente pretende contri buir a cubrir un hueco llamativo en los estudios especializados acerca del epigrama helenístico, que avanzaron en la segunda mitad del siglo un pequeño comentario. Los epigramas eróticos aparecen en las traducciones es pañolas de los libros 5 y 12 de AP: de Villena (1980); Rodríguez Alonso & Gon zález (1999); Galán Vioque & Márquez Guerrero (2001). Veintiuno de ellos apa recen en Brioso (1993) y cinco en Maruri (1991); la antología de Brioso aporta en muchas ocasiones una interpretación del sentido de los textos por medio de los tí tulos añadidos por el traductor. 9 Véase en particular pp. 76-77. XX en la dirección sugerida sucesivamente por Pfeiffer y Lloyd-Jo- nes:

10 la preparación de ediciones que separasen cronológicamente los textos y la elaboración de comentarios que, restituyendo a los prin cipales autores su individualidad, profundizara en la obra de cada uno de ellos. La primera de estas sugerencias se ha visto cumplida en parte con las ediciones comentadas de Gow & Page de las Coronas de Me leagro y de Filipo (1965 y 1967)11 y con los Further Greek Epigrams de Page (1981), aunque hasta el momento nadie haya editado el Ciclo de Agatias; la segunda, con los comentarios realizados acerca de varios epigramatistas helenísticos.12 Sobre Asclepiades de Samos, sin embargo, no se cuenta hasta la fe cha con ningún trabajo de conjunto de este tipo, a pesar de la impor tancia que su obra tiene en la conformación del epigrama como uno de los géneros dominantes de la poesía helenística.13 Aparte del monumen tal comentario de Jacobs14 y de las selecciones de Meineke, GefTcken y 10 Pfeiffer (1955); Lloyd-Jones (1984). 

 11 Es importante recordar que en los Hellenistic Epigrams de Gow & Page, el co mentario de Meleagro es sobre todo obra de Page y el del resto de los epigrama tistas, entre ellos Asclepiades, lo es sobre todo de Gow, que tenía ya avanzado el trabajo cuando Page comenzó a colaborar con él; teniendo esto en cuenta se com prenden mejor ciertas diferencias, como el señalar influencia sobre Asclepiades I de un pasaje de Esquilo que Page había considerado espurio al editar el Agame nón (Denniston & Page [1957]) o que los epigramas de Asclepiades en los Epi- grammata Graeca de Page (1975) sean sólo treinta y siete, cuando en HE eran treinta y tres de atribución segura y catorce de atribución dudosa. 12 13 14 Una útil relación de la mayoría de los comentarios se encuentra en Sider (1997), 236-238 y Galán-Vioque (2001), 11-12. Me gustaría mencionar que durante el Quinto Coloquio de Groningen acerca de la Poesía Helenística (septiembre de 2000), el Profesor A. Sens, autor de útiles co mentarios de Teócrito, Arquéstrato y Matrón, me comentó su interés en preparar un comentario de Asclepiades e incluso intercambiamos amistosamente una breve muestra de nuestros avances (le entregué mi comentario de XXV en una versión aún poco desarrollada y él me dió los suyos de III, XXX11I y *XXXV). Al tra tarse de material provisional, he preferido no hacer uso de él, aunque sí incluyo sus aportaciones publicadas (Sens 2002,2002a, 2003, 2004). Véase mi descripción de las ediciones en pp. 97-102. Los trece tomos (unas 6000 páginas) de esta obra - la edición de Brunck en los cuatro primeros y los comen tarios de Jacobs en los restantes - siguen siendo el mejor y más completo comen tario de muchos epigramas ajuicio de Page y de otros editores; pese a estar ya an ticuado en muchos aspectos - fue publicado entre 1794 y 1814 - resultaría difícil. Veniero,15 sólo se contaba con dos monografías. 

La Tesis Doctoral de Peters, una investigación bastante completa para su momento y bri llante en el comentario de algunos textos, quedó inédita y actualmente es tan difícil acceder a ella - además de incómoda su consulta por tra tarse de un ejemplar manuscrito - que la mayoría de los críticos y edito res no la utilizan.16 De hecho, no la conocía Knauer cuando escribió su Tesis Doctoral en la Universidad de Tiibingen,17 el único comentario que suele citarse en la bibliografía especializada, a pesar de que no in cluye todos los poemas y de que resulta ya un tanto difícil de manejar, pues las ediciones que utiliza han sido sustituidas y carece de índices. El libro de los Wallace (1941) no es propiamente un comentario, sino una recopilación de traducciones inglesas, por lo demás interesantes de leer. El comentario de Clack (1999), como otros del autor, es estricta mente divulgativo. Este libro es una versión revisada de mi Tesis Doctoral, leída en la Uni versidad de Salamanca en junio de 2002 y con la que obtuve el Premio Extraordinario de Doctorado de la Universidad y el Premio a la mejor Tesis Doctoral de Filología Griega de la Sociedad Española de Estudios Clásicos (2003). Como todo trabajo de Tesis, éste debe mucho a perso nas e instituciones que me apoyaron de una u otra manera durante su realización. 

La Universidad Nacional Autónoma de México me conce dió una beca completa de doctorado entre enero de 1997 y diciembre de 2001, gracias a la cual me fue posible llevar a cabo mis estudios en la Universidad de Salamanca y la investigación de Tesis, así como realizar si no es que imposible, que un solo autor pudiera poner al día el conjunto sobre el que trabajó Jacobs. 15 16 Meineke (1842) se ocupa de treinta y seis epigramas; Veniero (1905) incluye cuarenta; Geffcken (1916) comenta brevemente trece epigramas. Cfr. Peters (1922). «Non é mai citata e tanto meno presa in considerazione nep- pure dagli studiosi tedeschi» observa Stella (1949), 75; de hecho, sólo la utiliza con frecuencia Galli (1982) en su excelente trabajo acerca de los epigramas con problemas de autoría. 17 Knauer (1935), reimpreso junto con Radinger (1895) y Mattsson (1942) por Taran (1987), I. estancias en Berlín, París y Londres. Los Proyectos de Investigación PB 97-1311, BFF 2001-1957 (Ministerio de Educación y Cultura de Espa ña), SA 67/99 y SA 016/02 (Consejería de Educación, Junta de Castilla y León), coordinados en la Universidad de Salamanca por el Profesor José Antonio Fernández Delgado, me proporcionaron fondos para la adquisición de material bibliográfico y reproducciones de manuscritos. El Warburg Institute de la Universidad de Londres, por último, me con cedió la Albin Saltón Fellowship 2001, gracias a la cual pude desarro llar este y otros proyectos. 

 La publicación de este libro ha sido parcialmente subvencionada con fondos del Proyecto de Investigación BFF 2001-1957 del Ministerio de Educación y Ciencia de España. Hago constar mi agradecimiento al Decanato de la Facultad de Filo logía, Universidad de Leipzig, por haber accedido a enviarme una foto copia de la Tesis manuscrita de O.I. Peters. Agradezco a Francisco Cortés Gabaudán su ayuda en la solución de los problemas informáticos que el griego trae a los helenistas y a Tomás Silva Sánchez y Máximo Brioso la oportunidad de utilizar la valiosa Tesis Doctoral inédita del primero, que me ha sido de utilidad para el capítulo sobre métrica. Agradezco a Henry Kim, conservador asistente de monedas griegas del Heberden Coin Room, Ashmolean Museum (Oxford), sus informes acerca de la moneda que presento como testimonio 3. Por su ayuda durante mis estancias en Berlin y Londres agradezco a Tilman Krischer y Jill Kraye. Agradezco las observaciones y sugerencias, tanto de forma como de contenido, de los integrantes de mi tribunal de Tesis, Profesores Carlos García Gual, Antonio López Eire, Máximo Brioso, Emilio Femández- Galiano y José Guillermo Montes Cala. Ya en su versión como libro, este trabajo tuvo su mejor lector en Enrico Magnelli, que me hizo valio sas sugerencias. 

A los editores de Sapheneia, Margarethe Billerbeck y Bruce Karl Braswell debo agradecer no sólo el haber aceptado el libro en la serie sino también las observaciones que me hicieron llegar a tra vés de la editorial. Hago constar mi agradecimiento al equipo de la editorial Peter Lang y en particular a Katherine Tschopp, que condujo todo el proceso de publicación y me asesoró en el difícil trabajo de composición del texto, que he llevado a cabo yo mismo. Deseo reiterar mi agradecimiento a mis Directores de Tesis de la Universidad de Salamanca, Profesores José Antonio Fernández Delga do y Francisca Pordomingo Pardo, por su revisión minuciosa de las diferentes versiones del trabajo y sus eruditas sugerencias, y a la profe sora Lourdes Rojas Álvarez, de la Universidad Nacional Autónoma de México, por su apoyo desde el inicio de mi carrera académica. De las deficiencias que sin duda quedan en las páginas que siguen somos exclusivos responsables mi circunstancia y yo. 

 Este libro está dedicado a mi familia y a mis amigos en México, de quienes este y otros puñados de sílabas me han mantenido alejado mu chos años, y a mi esposa y a mis amigos en España, a quienes en cierto modo me han llevado a conocer. Salamanca, junio de 2004.

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