A la conclusión que llego después de leer: EL AMANTE URUGUAYO es: 1) La fama no se busca, llega si tiene que llegar. 2) Podés tener los amigos más famosos como escritores e incluso en ocasiones ser un lacayo y alfombra de "estos" famosos pero, si no valés por tu obra, de nada te servirá ser un adulador. 3) En el mundo del Arte - en este caso en la Literatura - las envidias abundan. 4) Podés escribir en París o en cualquier parte de Europa pero, si no tenés talento o no gusta lo que escribís, de nada te servirá vivir en una gran ciudad. 5) De esto último, Rocangliolo pone como ejemplo a Borges: mientras Amorim vivía en Europa rodeado de grandes artistas soñando ser de la "élite", Borges hacía su monumental obra literaria en Argentina en solitario y, no fue después de los 60 años que comenzó a tener una fama sin parangón el escritor de "Fervor de Buenos Aires" J. MÉNDEZ-LIMBRICK.
CARTILLA ELECTRÓNICA DEL ESCRITOR J MÉNDEZ-LIMBRICK. Premio Nacional de Narrativa Alberto Cañas 2020. Premio Nacional Aquileo j. Echeverría novela 2010. Premio Editorial Costa Rica 2009. Premio UNA-Palabra 2004.
lunes, 21 de diciembre de 2020
domingo, 20 de diciembre de 2020
Mi blog: EL LABERINTO DEL VERDUGO. J. MÉNDEZ-LIMBRICK.
Mi blog.
El blog El laberinto del verdugo, es un blog de orientación literaria pero, sobre todo son mis gustos literarios. En ocasiones, he tratado de hacer recorridos a través de la Historia de la Literatura mediante artículos especializados de revistas universitarias, opiniones de los mismos escritores sobre qué entienden acerca del quehacer literario hasta entrevistas y semblanzas periodísticas.
Todo lo que ha llamado mi curiosidad lo he buscado y lo he puesto en
el blog.
En otras ocasiones, he
opinado y he vertido mis pensamientos de lo que creo es la Literatura. En
resumen, el blog es un catador de mis gustos y preferencias literarias, es la
simple visión de un escritor.
Gracias a todas las personas
que visitan el sitio... el blog es de todos ustedes.
J.Méndez-Limbrick..
Tolstói, el campesino. 44 escritores de la literatura universal.
Tolstói,
el campesino
Una noche, cumplidos ya los ochenta, se escapó de casa. Se levantó sigiloso de la cama, y avanzó de puntillas por el corredor —¡schhh!—; los calcetines de lana resbalando sobre la tarima (era invierno), el pijama de felpa, intentando que no le sorprendieran. Se puso el abrigo en la cocina, una gorra de lana oscura, y las botas de caucho. Hizo una bolsa en la que metió su diario, una pluma, un poco de pan, y se inventó un nombre: T. Nikolaieff. Con él, tapado hasta los ojos, compró un billete para un vagón de tercera y, acompañado de su médico, se marchó.
Huía de Yásnaia Poliana, su casa. Huía de su mujer, de
sus trece hijos, de sus propiedades y, sobre todo, de su condición
aristocrática, de la mirada acerada de los mujik, los campesinos que
trabajaban para él y a quienes tanto se parecía —cejas gruesas, barba
patriarcal, frondosa, espesa cabellera— y que lo miraban, allí montado a
caballo, con el recelo subversivo, tal vez amenazante, de los siervos.
Ocurría a veces que quienes iban a visitarlo, y
recorrían media Rusia nevada para rendirle respetuosa pleitesía, se sorprendían
de su aspecto: fornido, musculoso, tallado por el viento de la estepa. Un
hombre que montaba a caballo, que salía con frecuencia de caza o a patinar en
los estanques helados, donde también pescaba, y a montar en bicicleta. Sabía
segar, e interpretaba el lenguaje de la tierra, esa tierra llorosa y explotada
de los terratenientes: las siembras, los barbechos, la esclavitud, el hambre.
Trabajador infatigable, observador minucioso,
conversador preciso, se documentaba yendo a casa de sus amigos para ver cartas
o documentos, o recoger testimonios. Se cuenta que copió Guerra y
paz,
completa, de arriba abajo, siete veces, y que, ya en la imprenta, telegrafiaba
a menudo a Moscú para parar las máquinas y cambiar una palabra.
A los cincuenta años le dio un yuyu. La vida se paró y
se volvió lúgubre, explicaba. Dormía mal, agitado. Se despertaba empapado en
sudor, la mirada aterrada. Sufría pesadillas, o un insomnio abrigador y
susurrante, frío como un cadáver. Renunció a sus posesiones, a sus derechos, y
se mezcló con los pobres, los desfavorecidos, los que no tenían nada. Con los
siervos, que le siguieron mirando con recelo. Reivindicó el amor y la igualdad;
los suyos le ignoraron. Reclamó la justicia, y el gobierno prohibió sus
escritos, y lo marcó con el dedo acusador de las autoridades.
Cuando murió, en una estación de tren, febril y
solitario, y lo reconocieron, llegaron periodistas, y curiosos, y guardias, y
un edicto de las autoridades que prohibía hacer sonar las campanas, bajo pena
de cárcel.
Pero en todo el país, según se iba extendiendo la
noticia, los curas ortodoxos subían a los campanarios, los ojos llenos de
lágrimas, y tocaban a muerto. El tañido sonó por toda Rusia, como una salmodia,
una mecha.
Más de cinco mil sacerdotes fueron detenidos.
martes, 15 de diciembre de 2020
STEVENSON el que contaba historias. 44 escritores de la literatura universal.
STEVENSON el que
contaba historias
Lo primero es un lío con su nombre. Robert Lewis Balfour Stevenson empezó firmando R. Stevenson, por abreviar, si bien ocasionalmente añadía otro par de iniciales, R. L. B. Stevenson, cuando la situación lo requería. Hasta que, en 1868, recién cumplidos los dieciocho, pidió formalmente a su madre que lo llamara Robert Lewis, olvidando el Balfour que siempre había, secretamente, aborrecido. No del todo conforme, decidió sustituir el Lewis escocés por el francés Louis, aunque en su casa, un poco escamados con tanto cambio, siguieron llamándole Lewis que, por lo demás, se pronuncia más o menos igual.
Hijo único, lo mismo algo mimado, fue un niño enfermizo
que heredó una insuficiencia respiratoria y una facilidad extrema para los
catarros: mocos, dolores de garganta, estornudos y noches de insomnio visitadas
por una tos seca, profunda como una sima, con algo del eco de las cavernas, las
catedrales o los acantilados. Recordó siempre cómo su aya, la encantadora
Cummie, lo levantaba a veces de la cama, congestionado, rojo, y lo llevaba ante
un ventanal desde el que se veía buena parte de la ciudad, a oscuras, salvo una
o dos ventanas, a lo lejos, iluminadas, en las que imaginaba a otros niños como
él, con tos, también, febriles, que insomnes lo miraban. Cuando tenía seis
años, su tío David organizó un concurso entre sus hijos y sobrinos en el que
ofreció un premio para la mejor historia sobre Moisés. Louis quiso presentarse
y como no escribía, durante cinco tardes de domingo dictó a su madre el texto
que corrigió y tachó y que, al final, le valió una Biblia ilustrada.
Luego fue la Ingeniería, como su padre, que acabaría
esquivando; el Derecho, solo de refilón, y una mácula de elegante indigencia
que le obligaba a visitar lugares acordes con sus precarios medios. Tabernas
que se llamaban El elefante verde, El ojo parpadeante, El alegre japonés…, en
las que se sentaba a escribir, rodeado de deshollinadores, marineros, rateros
que, en atención a su atuendo, lo llamaban «levita de terciopelo».
Hombre de hábitos nómadas, vagabundo, bohemio, se
habituó a viajar con un mínimo equipaje: ropa, libros y un sky terrier negro,
de peludas orejas, como sauces llorones y que, en consonancia con la costumbre
de su amo, fue cambiando de nombre: Walter, Wattie, Woggs, Bogue…
Lo demás fueron enfermedades: el frío le ocasionaba
pulmonía; el polvo, oftalmia, ciática el ejercicio… A menudo tenía que guardar
reposo, en silencio, como un inválido, a oscuras, dictando a su mujer sus
escritos. Acabó en los Mares del Sur, en Vailima, aquel lugar, un poco el
paraíso —el sol, el mar, la paz—, en el que los nombres eran como un hechizo:
Taahauku o Hiva-oa, viviendo en una casa de madera, con una biblioteca en la
que barnizó las tapas de los libros para protegerlos de la humedad. Allí lo
llamaban Tusitala, aquel que cuenta historias. No es mal mote.
sábado, 12 de diciembre de 2020
"Principios nocturnos", de Jorge Méndez Limbrick, se adjudica el III Premio Nacional de Narrativa Alberto Cañas
"Principios nocturnos", de Jorge Méndez Limbrick, se adjudica el III Premio Nacional de Narrativa Alberto Cañas
En total, se recibieron 70 novelas participantes en esta tercera convocatoria
La obra será publicada por la EUNED en el 2021 y se presentará en la próxima Feria Internacional del Libro de Costa Rica
El ganador fue dado a conocer en la Entrega Anual de Libros de la EUNED
El III Premio Nacional de Narrativa Alberto Cañas, convocado por la Editorial de la Universidad Estatal a Distancia (EUNED) en el género novela, ya tiene ganador: "Principios nocturnos", de Jorge Méndez Limbrick.
El jurado calificador, compuesto por Karen Calvo Díaz y Carlos Morales Castro, destacadas personalidades del mundo cultural y literario de Costa Rica y la región, seleccionó la obra entre un grupo de 70 novelas participantes en la convocatoria 2020, un número importante a pesar de la pandemia generada por el COVID-19.
De acuerdo con el jurado calificador, nombrado por el Consejo Editorial de la EUNED, la obra ganadora presenta novedad temática en el contexto costarricense y reflexiona sobre temas universales como la fama y la muerte. En su dictamen agrega, además, que plantea preocupaciones propias de la posmodernidad.
Entre sus cualidades, el jurado destaca que la obra recurre a una serie de referencias intertextuales vastas y no localistas; construye un mundo ficcional basado en el discurso de lo fantástico; critica el mundo cultural y académico del país, y posee un estilo cuidado y ágil, junto a una buena técnica narrativa.
El ganador recibirá un premio de 2 500 dólares y la publicación por la EUNED durante el 2021. También, será presentada en la Feria Internacional del Libro del próximo año.
Debido a la calidad de las obras recibidas, este año el jurado recomendó dos obras “Mentiras veniales, pecados mortales”, de la autora Silvia Lorena Rodríguez Ruiz, y “Los recuerdos del burro Marín”, del autor Cristóbal Gerardo Montoya Marín.
Sobre el autor ganador 2020
Jorge Méndez Limbrick, autor de “Principios nocturnos”, nació en San José el 6 de noviembre de 1954. Es abogado y escritor costarricense de novela negra y policial.
Ha ganado el Premio Editorial Costa Rica y el certamen “UNA Palabra”, de la Universidad Nacional (UNA). Obtuvo, en el 2010, el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría, en novela.
Fue colaborador de las antologías “Para no cansarlos con el cuento” (1989, Editorial Universidad de Costa Rica) y “La gruta y el arcoíris” (2008, Editorial Costa Rica).
En 2010, publicó “El laberinto del verdugo”, secuela de “Mariposas negras para un asesino”, que forma parte de una trilogía, cuya última obra está en producción.
Premio Nacional de Narrativa Alberto Cañas 2021
Para el próximo año, la EUNED convocará nuevamente el género de cuento. Según acuerdo del Consejo Editorial, presidido por la Dra. María Eugenia Bozzoli, las obras se recibirán del 15 de febrero al 30 de junio de 2021, aunque la fecha límite está sujeta a las condiciones de emergencia nacional y podría ser cambiada por la editorial, según su conveniencia.
Las obras participantes se deben enviar al correo electrónico: premio_narrativa@uned.ac.cr. Puede leer las bases completas del Premio 2021 aquí.
Es importante tomar en cuenta que el Consejo Editorial no recibirá, para dictamen, obras del género que esté vigente para el Premio Nacional de Narrativa Alberto Cañas; es decir, no recibirá cuentos fuera de concurso en el 2021.
El I Premio Nacional de Narrativa Alberto Cañas fue otorgado a la novela Las armas de Psique de Javier I. Guevara, mientras que el II Premio lo recibió el cuentario El elixir de Changó, de Sergio Murillo. Ambos libros están disponibles en Librerías UNED y en la plataforma librosuned.cr.
https://www.uned.ac.cr/acontecer/a-diario/gestion-universitaria/4251-principios-nocturnos-de-jorge-mendez-limbrick-se-adjudica-el-iii-pr
- Publicado: Jueves, 10 Diciembre 2020 21:32
viernes, 11 de diciembre de 2020
Stendhal, las doce en punto. 44 escritores de la literatura universal.
Stendhal,
las doce en punto
Se llamaba Henri Beyle. Un caballero grueso, según él mismo escribió, que compraba muchos libros, escribía de historia, comía en un café y se acostaba todas las noches a las doce. Tenía una extraña barba que le nacía en las patillas, y que se prolongaba bajo el rostro enmarcando su cara redonda. Todavía adolescente se enamoró de una joven actriz y vivió tal pasión, tal locura amorosa, que iba todas las noches al teatro solo para verla. Aquel primer amor le redimió de una infancia desdichada; una madre tempranamente muerta, y siempre condolida, idealizada, y un trío de enemigos familiares. Su padre, rígido y autoritario; su tía Séraphie, severa como su propio nombre indica, y el abate Raillane, su preceptor, puritano y estricto, amenazante como el ángel de la espada flamígera.
Uno de sus recuerdos, imborrables, de infancia, fue el
de Luis XVI muerto en la guillotina. Su padre entró en casa demudado,
desencajado, lacio, con un correo en la mano, dejándose caer sobre un diván
como una marioneta descordada: «Se ha terminado», murmuró, «ha muerto
asesinado».
Fue oficial de dragones, uno de aquellos tipos
arrogantes, juerguistas y arrojados que recorrieron Europa de taberna en
taberna, con la Enciclopedia de Diderot debajo del brazo, las botas de charol y
los chacós de entorchados imperiales. Fue después funcionario, cónsul y
auditor: un uniforme de terciopelo azul bordado de hilo de plata, un sombrero
de plumas, y una espada colgada del cinturón de seda que probablemente no sacó
nunca de la funda.
Vivió un mundo poblado de condesas, bailes, gasas y
tules, cuellos y puñetas de encaje, en un tiempo agitado: polvos blancos, de
arroz, y pólvora negra.
Y Napoleón, claro, de paso por la Historia, con
mayúsculas. Lo siguió con su ejército, siempre en puestos administrativos desde
los que pudo contemplar, a resguardo de los cañones y los sables, la grandeur de los mariscales pintada
al óleo, con marcos de oropel, y también la débâcle, la de los veteranos
cercados en las estepas rusas, que traducían el heroísmo en subsidios y cruces
pensionadas, su ambición en limosnas.
Administró, también, un ejército de amantes, novias y
enamoradas. Todas con nombres de pastel o merengue: Angela, Adèle, Métilde,
Pauline, Alexandrine, Mina, Angéline… En una visita a su editor, inquirió por
sus obras, almacenadas en la trastienda de la imprenta: «Aquí las tiene», dijo
malhumorado, abriendo un arco exagerado con el brazo. «Como libros sagrados:
sin que nadie los toque».
A última hora, se dedicó a redactar infinidad de
testamentos, aterrado por la idea de una muerte que, finalmente, se presentó,
dulce y condescendiente, y se metió en su cama. Fue su amigo Romain Colomb
quien buscó para él, en Montmartre, un lugar tranquilo y agradable donde hoy
está su tumba, con su cara, de perfil, enmarcada, y su nombre con hache
intercalada.
miércoles, 9 de diciembre de 2020
Simenon, los cuatrocientos libros. 44 escritores de la literatura universal.
Simenon,
los cuatrocientos libros
Había un Simenon familiar y hogareño, educado y jovial
con los vecinos, amante esposo y padre, con algo de colono, de explorador,
pionero: tuvo un barco, una canoa y una casa con bosque, donde iba a cazar con
una carabina. Todo idílico, apacible, muy de documental, de postal o de libro.
Sorprendía su inesperada, pasmante voluntad de
escapismo. Cambiaba con frecuencia de ciudad, de casa —en París vivió en
veintisiete, una detrás de otra—, de habitación de hotel. Viajero empedernido,
enfermizo y voraz, a menudo hacía la maleta, cogía el coche, en silencio, por
sorpresa, recién amanecido, y desaparecía.
Eso y una descomunal pasión creadora. A los dieciséis
años había publicado su primer libro. Después, en tres años, escribió tres mil
cuentos. Un día se compró una colección de novelas populares. Contó las líneas,
las páginas, los capítulos, e hizo sus cálculos. Ideó una veintena de
seudónimos —Christian Brulls, Jacques Dersonne, Luc Dorsan o George Sim, entre
otros— y con ellos escribió más de cuatrocientas novelas que enviaba a los
editores en un Chrysler de color chocolate, con chófer, porque también sabía
ser excéntrico cuando correspondía. «No es un gran libro lo que me he planteado
hacer», dijo en una ocasión, «sino muchos pequeños».
La «Fábrica Simenon», afirmaba, irónico, de su
literatura. Al final de su vida escribía un libro cada dos meses; trescientos
días de vacaciones al año, presumía. Cuando le tocaba, hablaba con su mujer,
fijaba una fecha en el calendario, iba al médico a que lo reconocieran, anulaba
citas y compromisos, y el día señalado se encerraba en una habitación, con las
ventanas cerradas, y un flexo. El otro Simenon: no cogía el teléfono, ni leía
el correo, ni hablaba, ni comía durante horas, o días. Bebía solo cuando lo
hacían sus personajes, tomaba las mismas píldoras que ellos… Terminaba un
capítulo al día, casi siempre desnudo porque se iba quitando ropa: el pantalón,
y una camisa de franela que no se cambiaba hasta que acababa la historia. Diez
días exactos después, exhausto, sucio, sin afeitar, delgado, con los ojos
todavía perdidos, desorbitados, las manos temblorosas, como el superviviente de
un secuestro, salía del cuarto. Había acabado. Durante dos meses volvía a ser
el Simenon de siempre. El de la vida tranquila y ordenada. La pipa y el
sombrero.
Se pasó media vida suspirando por recibir el Nobel.
Cuando se lo dieron a Camus dijo: «Ce petit con», masticando las palabras
una a una.
martes, 8 de diciembre de 2020
Jean-Paul Sartre (y Beauvoir también un poco). 44 escritores de la literatura universal.
Jean-Paul
Sartre
(y
Beauvoir también un poco)
Acababan de conocerse y se habían citado en un café. Ella se retrasaba y él, nervioso, fumando, muy francés, impaciente, leía distraído mirando hacia la puerta de hito en hito. Regordete, los dientes amarillos, separados como una vieja sierra, cara redonda, hinchada, y una bizquera obvia, superlativa, inmensa. Al rato entró una joven y se dirigió a su mesa. Era Hélène de Beauvoir, que había ido a decirle que su hermana Simone sufría una indisposición, y que no podría ir.
Sartre le preguntó cómo le había reconocido. Y ella,
apurada, tal vez intimidada, mordisqueándose ligeramente el labio, respondió
que su hermana le había dicho que tenía gafas. Él señaló a otros dos clientes
que también las llevaban. Y Hélène, carraspeando, casi como un susurro,
sofocada, añadió: «Bueno, también me dijo que era bajito y feo».
Tuvo toda su vida un aspecto de gárgola malévola, de
diablillo mordaz y una fascinación por la belleza. Más que una aspiración, un
requisito. A todos sus amigos se lo exigía, casi en primera instancia, indefectiblemente:
la belleza.
Así que le gustó. Aquella chica alta, elegante y
altiva, inteligente, muy francesa, también, con quien hablaba de filosofía,
todo el tiempo tratándose de usted. «El Castor», la llamaban, uno de los
mejores motes desde luego, con quien acabaría firmando un pacto de dos años,
prorrogable. Un contrato verbal de amor descomunal y eterno hasta la muerte.
Nunca vivieron juntos, aunque compartieron a veces el hotel, amantes con
frecuencia, y siempre una común admiración. Quedaban en cafés, a trabajar: el
Flore, en Saint-Germain, con sus butacas rojas; el Dôme, desde cuya terraza se
veía la estatua de Balzac; o el Trois Mousquetaires. Se sentaban en mesas
separadas, para no molestarse, más allá de una vaga, imperiosa mirada, mientras
escribían durante horas. Sartre, con letra pequeña, pulida y oficiosa, y
Beauvoir, con una caligrafía dentada, accidental, difícil, casi siempre, de
leer.
Cuando quisieron darse cuenta, se habían convertido en
una leyenda, en historia de Francia. Una celebridad común e inseparable que
arrastraba toda una troupe de amores compartidos: queridas, mantenidos, celos,
furias, escándalos, coridrina, café, whisky, tabaco, y un registro de amantes
(hasta cinco distintas), a las que Sartre daba hora como un médico de la seguridad
social. Rechazó el Nobel cuando se lo ofrecieron, mientras comía lentejas y
cordero, sin inmutarse.
Una mañana se levantó con el brazo izquierdo
paralizado. Solo fue al médico cuando el cigarrillo empezó a caérsele de los
labios. En su entierro, Beauvoir se sentó en una silla junto a la tumba
abierta, aferrada a una rosa. Lloró en silencio y nadie, nadie se atrevió a
consolarla. Al fin, la cogieron del brazo, recogieron la silla, y se marchó.
Antes dejó caer la rosa sobre el ataúd, y un beso, frío y aristocrático, como
de la nevera, existencial. Sartre había, por fin, dejado de fumar.
Simone
de Beauvoir sufrió una grave enfermedad pulmonar. Estuvo semanas en cama,
ingresada en un hospital. Sartre le escribía casi a diario. Le escribía por
ejemplo: «¿Se encuentra bien, hay rosas hoy en sus mejillas?», siempre de
usted. «No se olvide de dar un pequeño paseo rodeando su sillón, y cuando haya
viajado a su alrededor, siéntese en él».
Ficha
técnica
Nº de
páginas:
236
Editorial:
SIRUELA
Idioma:
CASTELLANO
Encuadernación:
Tapa dura
ISBN:
9788416964406
Año
de edición:
2017
Plaza
de edición:
MADRID
jueves, 3 de diciembre de 2020
Borís Pasternak Georges Perec Ezra Pound Iván Turguéniev. 44 escritores de la literatura universal.
Borís
Pasternak
Georges
Perec
Ezra
Pound
Iván
Turguéniev
Borís
Pasternak
Hijo
de artistas, jugaba a veces de niño, con su hermano, a organizar exposiciones.
Colgaban sus dibujos por las paredes, hacían un catálogo en el que figuraban
los títulos, y organizaban inauguraciones a las que acudían los padres y el
servicio. Un verano, cuando tenía trece años, una yegua lo tiró mientras
montaba, y estuvo a punto de arrollarlo con los cascos. Se rompió una pierna
que soldó algo más corta que la otra y que le provocó una sutil y elegante
cojera de por vida. A partir de ese día, en las inauguraciones hacía de
crítico. La mirada atenta, el gesto adusto, algo desabrido. Y cojo.
Georges
Perec
Su
padre había muerto en la guerra, casi por accidente, el día antes del
armisticio. Su madre, judía, fue deportada a Auschwitz, donde también murió.
Unas navidades, una tía suya con la que vivía le llevó a una juguetería para
que eligiera su regalo: unos patines o una caja de soldaditos. Él eligió los
soldados, señalándolos gozoso con el dedo, en el escaparate, pero su tía le
compró los patines. Más tarde, durante un curso casi completo, fue andando al
colegio para ahorrarse los dos francos del autobús con los que, cada semana, compraba
una de aquellas figuras, uniformadas, con fusil, y casco y radio de campaña.
Ezra
Pound
Barbirrojo,
el rostro afilado, la mirada acuosa, un tanto fantasmagórica. Llevó durante
años un llamativo sombrero oscuro, de ala, con una larga pluma, y un zarcillo
en la oreja, como un pirata. Una vez, en casa de una de sus anfitrionas, pidió
permiso para utilizar el baño. Cuando lo buscaron más tarde, extrañados por su
tardanza, lo encontraron metido en la bañera, canturreando, desnudo. Se forzaba
a escribir un soneto diario que destruía siempre a fin de año, impasible,
arrojándolos uno a uno tranquilamente al fuego.
Iván
Turguéniev
Alto,
cortés, elegante. En una de sus partidas de caza conoció a una joven obrera en
los alrededores de San Petersburgo. Charlaron de los carruajes, los vestidos,
las lámparas de cristal, la ópera… Un día le pidió una pastilla de jabón
perfumado. Cuando se la llevó, se marchó y volvió a los pocos minutos, alterada
por la emoción. Tenía las manos limpias y fragantes. «Ahora», le dijo
tendiéndolas ante él, «estrécheme las manos como hace con las damas en los
bailes». Y él, que lo entendió todo de repente, se arrodilló a sus pies.
martes, 1 de diciembre de 2020
Salgari, la mala suerte. 44 escritores de la literatura universal.
Salgari,
la mala suerte
Cuando un niño en Italia no comía, no dormía, era desobediente, maleducado, terco, decía palabrotas, sorbía los fideos, jugaba con el pan, tiraba piedras o dejaba de ser piadoso, se le amenazaba con llamar al Tigre de Malasia. Y solo mencionarlo, decir su nombre apenas, siquiera susurrarlo, San-do-kán, bastaba para infundir un terror exótico y lejano, providencial y ajeno: el rostro desencajado, pálida la tez, los ojos aterrados. Era tal el miedo que provocaba aquel hombre de turbante y cimitarra, dientes blancos como colmillos de elefante, barba oscura, tenaz, y ojos negros como el carbón, negro, de la antracita, que una vez, en Verona, los editores colgaron en la calle unas banderolas en las que se leía: «¡Ciudadanos alerta! ¡El Tigre de Malasia está en camino!», cuando preparaban la salida al mercado de una de sus entregas.
Le gustaba, de niño, dibujar en los libros, en los
atlas, en los puños de las camisas. Lo mismo en las paredes. En cuanto su madre
se despistaba aprovechaba para llenar sus cuadernos de monigotes y sombreros,
de soldados y escenas marineras: barcos, marinos, monstruos —pulpos gigantes
con miles de ventosas—, y ballenas que partían con la cola, un surtidor de
espuma, las frágiles barquías de los arponeros.
El mar. Uno de sus grandes amores. Compraba barcos en
miniatura, que jugaba a capitanear en el salón, la mesa de comer, la mar
océana, vestido seguramente de gala, tricornio y charreteras. Así que estudió
esgrima, y se hizo marino.
Tenía algo de follonero. Uno de aquellos fogosos,
intrépidos, bocazas de taberna. Así que una vez que, trabajando de periodista,
un colega le dijo «marinero de agua dulce», le dio una bofetada y le tiró a la
cara su tarjeta. A los pocos días, en cuatro asaltos de sable, el otro acabó en
el suelo con un corte en la cara, del que conservaría cicatriz de por vida, y
Salgari en la cárcel.
Fue el suyo más un mundo de corsarios y piratas,
selvas, lanzas, guerreros, navegantes y pescadores de perlas. Un mundo con
olor, acre, a salitre, ruido de jarcias o de gritos lejanos de gaviotas, y
sabor a carne horneada al fuego de una hoguera. En la vida real vivió un tiempo
de fiebres, amenazas de ceguera, y una crisis de locura que le llevó a darse
una puñalada en el pecho que a punto estuvo de matarlo.
Terminó como un penado de la pluma, trabajando día y
noche, a deshoras, enfermo y agotado, caminando hacia las tinieblas, esas de
sus historias pobladas de fantasmas y caníbales. El 25 de noviembre de 1911 se
dirigió a un bosquecillo en el Valle di San Marino, cerca de Turín, donde a
veces había ido a cortar flores con sus hijos, a quienes dejó una nota: «Nada
poseo», les decía, «nada puedo dejaros. Besad a mamá en mi nombre. Adiós para
siempre, mañana no existiré». Y se abrió el vientre, desesperado y solo, sin
entender por qué, con un cuchillo oxidado, casi sin filo. Romo.
Archivo del blog
- enero (5)
- febrero (2)
- marzo (1)
- julio (2)
- agosto (2)
- septiembre (2)
- octubre (4)
- febrero (5)
- marzo (5)
- abril (4)
- mayo (4)
- junio (5)
- julio (3)
- agosto (4)
- septiembre (4)
- octubre (4)
- noviembre (4)
- diciembre (4)
- enero (14)
- febrero (41)
- marzo (25)
- abril (32)
- mayo (22)
- junio (6)
- julio (2)
- agosto (1)
- septiembre (2)
- octubre (18)
- noviembre (28)
- diciembre (18)
- enero (30)
- febrero (17)
- marzo (22)
- abril (26)
- mayo (30)
- junio (20)
- julio (7)
- agosto (21)
- septiembre (26)
- octubre (34)
- noviembre (19)
- diciembre (9)
- enero (22)
- febrero (16)
- marzo (27)
- abril (27)
- mayo (31)
- junio (16)
- julio (9)
- agosto (24)
- septiembre (27)
- octubre (28)
- noviembre (18)
- diciembre (17)
- enero (20)
- febrero (17)
- marzo (23)
- abril (31)
- mayo (36)
- junio (40)
- julio (27)
- agosto (33)
- septiembre (27)
- octubre (31)
- noviembre (28)
- diciembre (27)
- enero (31)
- febrero (25)
- marzo (25)
- abril (12)
- mayo (24)
- junio (39)
- julio (38)
- agosto (32)
- septiembre (26)
- octubre (26)
- noviembre (27)
- diciembre (20)
- enero (18)
- febrero (26)
- marzo (22)
- abril (23)
- mayo (26)
- junio (18)
- julio (18)
- agosto (21)
- septiembre (4)
- abril (18)
- mayo (25)
- junio (19)
- julio (24)
- agosto (19)
- septiembre (28)
- octubre (15)
- noviembre (22)
- enero (15)
- febrero (21)
- marzo (29)
- abril (23)
- mayo (24)
- junio (17)
- julio (8)
- agosto (20)
- septiembre (11)
- octubre (19)
- noviembre (18)
- diciembre (19)
- enero (13)
- febrero (2)
- marzo (8)
- abril (23)
- mayo (30)
- junio (21)
- julio (18)
- agosto (32)
- septiembre (26)
- octubre (30)
- noviembre (8)
- diciembre (13)
- enero (16)
- febrero (17)
- marzo (13)
- abril (10)
- mayo (21)
- junio (9)
- julio (1)
- agosto (8)
- septiembre (21)
- octubre (23)
- noviembre (11)
- diciembre (6)
- enero (5)
- febrero (15)
- marzo (11)
- abril (22)
- mayo (12)
- junio (23)
- julio (9)
- agosto (12)
- septiembre (17)
- octubre (17)
- noviembre (22)
- diciembre (12)
- enero (16)
- febrero (14)
- marzo (9)
- abril (16)
- mayo (14)
- junio (20)
- julio (18)
- agosto (13)
- septiembre (22)
- octubre (25)
- noviembre (13)
- diciembre (20)
- enero (24)
- febrero (15)
- marzo (7)
- abril (16)
- mayo (2)
- junio (9)
- julio (18)
- agosto (24)
- septiembre (7)
- octubre (1)
- noviembre (12)
- diciembre (14)
- enero (18)
- febrero (25)
- marzo (26)
- abril (18)
- mayo (27)
- junio (11)
- julio (36)
- agosto (39)
- septiembre (23)
- octubre (23)
- noviembre (31)
- diciembre (33)
- enero (32)
- febrero (15)
Yasunari Kawabata Dientes de león
Ineko es una joven enamorada, afectada por una extraña condición: la «ceguera de cuerpo». Kuno, su novio, quisiera desposarla para estar ...









