De Polidori a Bram Stoker, el creador de «Drácula», este volumen recoge las muestras más representativas de los autores que, a lo largo del siglo XIX, fijaron en páginas perturbadoras el personaje del vampiro, reiteradamente tratado luego por la narrativa y el cine, quizá porque aún en nuestra tecnificada sociedad, y oculto en un extraño repliegue del subconsciente colectivo, ese ser espectral continúa existiendo.
INTRODUCCIÓN
En algún momento del siglo XVIII y en alguna remota comarca situada en la zona más oriental de Centroeuropa, una mera superstición local, la creencia en muertos vivientes cuya extraña y anfibia existencia se prolonga tomando prestada energía de personas a quienes dañan hasta hacerlas perecer, se elevó a la categoría de leyenda al entrar en contacto con la superior cultura germánica. En el ambiente enfebrecido del romanticismo alemán más exaltado, una quimera como ésa, absolutamente escalofriante, resultaba sin duda atractiva, y tentadora la idea de ampliarla imaginando los terroríficos y repulsivos detalles que acompañarían la tétrica actividad de esos seres. No cabe cuestionar el decidido protagonismo alemán en la aparición literaria del mito del vampiro.
Los precursores
En este punto, es casi imposible dejar de referirse al prusiano E. T. A. Hoffmann, cuya fantasía desatada se deleitaba hasta lo morboso en la acumulación de elementos diabólicos y perversos en sus relatos. Sin embargo, aunque interesado en esta materia, cuyo desarrollo conocía por compatriotas suyos, Hoffmann, contrariamente a lo sostenido por una opinión bastante extendida, trató relativamente tarde este tema. Su cuento más explícito sobre él, Vampirismo, fue escrito en 1821.
En el año 1800, el también alemán Johann Ludwig Tieck publicó en Inglaterra un relato de vampiros, Wake not the Dead, que recogía tradiciones populares. Su notable éxito se explica no sólo por el momento de la edición, de pujante eclosión del Romanticismo, sino por el terreno abonado durante el último cuarto del siglo XVIII por la llamada novela gótica o negra, muy bien acogida por un público numeroso y cultivada en Gran Bretaña por autores como Beckford, Walpole, Lewis y otros de menor mérito. Todos ellos buscan transmitir una intensa sensación de horror a los lectores mediante el empleo, un tanto truculento, de escenarios irreales —preferentemente medievales o exóticos— y sucesos siniestros o macabros.
En cualquier caso, a la obra de Tieck corresponde el honor de traspasar el testigo del desarrollo argumental del vampiro desde la literatura alemana a la británica. El relevo, sin embargo, no tendrá lugar hasta algunos años después, una vez superado el paréntesis impuesto —no sólo en las letras— por las guerras napoleónicas.
En el mes de junio de 1816, Lord Byron, de viaje por Europa en compañía del joven médico John Polidori (tío del pintor prerrafaelista Dante Gabriel Rossetti), pasa unos días en una villa a orillas del lago Leman junto al poeta Percy B. Shelley y su mujer Mary. En una velada, Byron propone a sus amigos un desafío, aceptado por todos: deberán escribir una «historia de espectros». De los cuatro, Mary resulta ser la más celosa cumplidora del compromiso, y en 1818 publica Frankenstein o El Prometeo moderno, genial anticipación de un nuevo género, la ciencia-ficción. Shelley, aunque anteriormente había escrito con seudónimo dos novelas góticas, se desentendió por completo del asunto. Byron redactó en seguida unas pocas cuartillas, pero no consta que prestara más atención a ello. Según parece, Polidori, por su parte, aportó un cuento completo a tan original y literario reto.
Así las cosas, en 1819 aparece en un periódico inglés una narración titulada El vampiro, atribuida a Lord Byron. De inmediato, John Polidori reclama ofendido la paternidad del cuento, fruto del acuerdo del lago Leman. Siguió una agria polémica entre Byron y Polidori en la que aquél acusó a éste de haberle robado la idea.
Sea como fuere, en El vampiro «otorgado» a Byron aparecen ya netamente perfiladas algunas de las características llamadas a convertirse en constantes de la iconografía ideal de ese ser monstruoso: taciturno y de atractivo irresistible, sobrevive a la muerte, la luna posee sobre él un misterioso influjo satánico, se alimenta de la sangre de mujeres jóvenes y es la viva —tal vez deberíamos decir semiviva— encarnación de la maldad.
El esbozo de estereotipo definido por Polidori no cambiará sustancialmente, pero a él se irán añadiendo nuevas notas que contribuirán a perfilar con más nitidez la configuración del vampiro y sus circunstancias. En este sentido, el siguiente aporte significativo corresponde al inglés James Malcolm Rymer, quien en 1845 comienza a publicar, por entregas que alcanzan el número de 109 y se alargan durante dos años, Varney el vampiro, o el festín de sangre. Esta obra, muy popular en su tiempo pese a su no excesivo valor artístico —a menudo, el sistema de entregas, o folletín, hacía resentirse a la creación—, abunda en ambientaciones tópicas, y en ella se insiste en un detalle importante: los largos y afilados dientes se utilizan para morder en el cuello a la víctima, y de la herida se succiona la sangre a continuación. Aunque este hecho está asumido como evidente en la cultura de ficción de nuestros días, no aparece claramente definido hasta Rymer: Hoffmann, por ejemplo, describe una escena de vampirismo como un repugnante banquete caníbal.
Desconocemos la identidad del autor del tercer cuento de este volumen, aunque se le supone alemán; sí sabemos que El extraño misterioso se tradujo al inglés y se editó en 1860. La contribución de este relato al acabado final del contorno y el entorno del vampiro es trascendental: pasa los días en un ataúd situado en la cripta de una iglesia integrada en el recinto de un ruinoso castillo; no come ni bebe como los vivos; posee una fuerza sobrehumana; en el pasado fue un individuo cruel, tiránico y licencioso, y ejerce un dominio total sobre los lobos hambrientos.
Asimismo debe resaltarse la presencia de un personaje «que sabe», capaz, por este conocimiento, de enfrentarse con resultados felices a un ser inmune a los efectos de cualquier arma normal.
Un producto acabado
Al morir su esposa en 1858, el irlandés Joseph Sheridan Le Fanu encerró su depresiva personalidad en una habitación de su domicilio, y desde allí proporcionó a sus editores una muy interesante producción de novelas cortas y cuentos en los que el hastío vital que impregnaba su existencia se transmutaba en una bien construida transmisión de horror a los lectores. Carmilla, aparecida en 1872, un año antes de la muerte del autor, es uno de los mejores y más célebres frutos de su misantropía.
Una vez más, la heroína es una joven tan bella como inocente, pero en esta ocasión el vampiro pertenece al sexo femenino. La originalidad de la obra no se reduce a esta particularidad: Le Fanu plasma admirablemente una atmósfera de ambigüedades y languideces, de enfermizas ensoñaciones y relaciones de atracción-repulsión, presidida por un destacado erotismo, aunque contenido en los límites propios de las conveniencias victorianas. A partir de Le Fanu, el vampiro —hombre o mujer— no será sólo el morboso seductor de presas: a su vez él, o ella, puede sentirse cautivado por una víctima concreta, y el binomio amor-destrucción iniciará una doble y opuesta andadura.
En La bondadosa lady Ducayne, la prolífica escritora Mary Elizabeth Braddon (1835-1915) hace un tratamiento por completo diferente de la cuestión que nos ocupa. Su inclusión en este libro se explica no sólo por sus valores —agilidad y sentido del humor presentes en sus páginas, tono «casero», aséptico y muy británico que condiciona un desenlace «civilizado»—, sino como ejemplo de una variación extrema en fecha tan temprana como 1896.
Un año más tarde aparece Drácula, novela larga del irlandés Bram Stoker (1847-1912). Esta obra, densa, consistente y perfectamente trabajada, marca la culminación literaria del mito del vampiro. Hasta entonces innominado por lo general, con pocas excepciones, como Carmilla, éste contará desde ese momento con un nombre a la vez sinónimo de su condición y obligada referencia para la posteridad. Todos los caracteres mencionados en los párrafos precedentes como elementos constitutivos de la figura del vampiro se encuentran recogidos en el Drácula de un Stoker exhaustivamente documentado, y ensamblados de tal forma que adquieren un grado de verosimilitud como nunca antes habían tenido.
Los personajes secundarios, enfrentados a Drácula o magnetizados por él, vigorosa y coherentemente dibujados, contribuyen a proporcionar solidez a la narración, en la que, paralela a la personalización del vampiro, se desarrolla una cierta humanización capaz de poner de manifiesto su vulnerabilidad.
En el último cuento de esta antología, El invitado de Drácula (1897), se subrayan esas características al presentarnos a Drácula interesado en la seguridad del protagonista.
A partir de Stoker, escritores, guionistas y directores de cine habrán de remitirse ineludiblemente, como obligado punto de partida, a la criatura del irlandés.
La cultura de la imagen
A lo largo de este siglo el vampirismo ha inspirado a un considerable número de autores, sobre todo a los especializados en el relato breve y fantástico. Desde Mary E. Wilkins-Freeman, al filo del cambio de centuria, hasta los muy actuales Alan Ryan y Tanith Lee, pasando, entre otros destacables, por Stephen King, en cuya Salem’s Lot se inspiró una serie televisiva, asistimos a un desfile de innovaciones desde una gran variedad de enfoques y superpuestas con mayor o menor acierto al substrato persistente elaborado a lo largo del siglo XIX. Sin embargo, en mucha mayor medida que la literatura, es el cinematógrafo el responsable de la enorme y extendida vigencia del mito en nuestros días.
F. W. Murnau dirigió en 1922 Nosferatu, el primer filme de un género que pronto daría muestras de una fertilidad asombrosa. Interpretada por un convincente Max Schreck, la película se adapta con fidelidad a la historia de Stoker.
La fisonomía y el estilo del Nosferatu del tándem Murnau-Schreck tendrán continuación en las interpretaciones de Klaus Kinski, mientras que Bela Lugosi animará un tipo de vampiro muy diferente, un tanto relamido. Mel Ferrer, Laurence Olivier y Catherine Deneuve han contribuido a dignificar, con su presencia en la pantalla, películas de este género, en el que destaca Christopher Lee como el actor que más veces ha encarnado el personaje de Drácula.
Las numerosas versiones cinematográficas del vampiro culminan de alguna forma en su propia parodia, los divertidos filmes Love a First Bite, con George Hamilton, y, sobre todo, El baile de los vampiros, dirigido e interpretado por el inteligente y corrosivo Roman Polanski.
Es difícil vaticinar si el distanciamiento que acompaña al tratamiento humorístico puede estar señalando el ocaso del tema en esa fábrica de sombras y sueños llamada familiarmente cine. Sí es posible, en cambio, predecir que, cualquiera que sea el medio artístico de difusión utilizado, las ficciones sobre Drácula y los suyos seguirán atrayendo a las gentes, pues en algún oscuro repliegue del subconsciente colectivo, alimentado ya no por la sangre de nadie, sino por inquietantes y vaporosos delirios de nuestras mentes, el vampiro continúa existiendo.
ALBERTO MARÍN CARREÑO

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