sábado, 14 de febrero de 2026

JOAQUIN MARCO ANTOLOGIA DE LA POESIA ROMANTICA ESPAÑOLA SALVAT EDITORES, S.A.

 


INTRODUCCION

Prerromanticismo, romanticismo y escuela romántica. El Romanticismo es, indudablemente, el movimiento de mayor trascendencia en la estética contemporánea, puesto que a él se debe la formulación de las premisas que regirán el mundo contemporáneo hasta bien entrado el siglo XX. La prolongación del Romanticismo en el seno mismo del llamado realismo y en los movimientos de vanguardia europeos habrá de tenerse en cuenta a la hora de valorar los resultados de aquella amplia zona que viene a cubrir la revolución individualista. «Libertad en literatura, como en las artes, como en la industria, como en el comercio, como en la conciencia. 

He aquí la divisa de la época, he aquí la nuestra, he aquí la medida con que mediremos; en nuestros juicios críticos preguntaremos a un libro: ¿Nos enseñas algo? ¿No eres la expresión del progreso humano? ¿Nos eres útil? Pues eres bueno. No reconocemos magisterio literario en ningún país, menos en ningún hombre, menos en ninguna época, porque el gusto es relativo; no reconocemos una escuela exclusivamente buena, porque no hay ninguna absolutamente mala...» \ Aunque en el artículo de donde procede este i. Mariano José de Larra, Literatura. Rápida ojeada sobre la historia: índole de la nuestra. Su estado actual. Su porvenir.

Profesión de fe, «El Español», 18 de enero de 1836. Texto: Larra procura mostrarse ecléctico; las bases de su pensamiento romántico coinciden con el movimiento ideológico que trae consigo el liberalismo, la nueva concepción de los nacionalismos y la actitud ante el progreso, fórmulas todas ellas fruto y a la vez expresión de una mentalidad «burguesa». Como bien apun taba Guillermo Díaz-Plaja en su Introducción al estudio del Romanticismo español, «o el Romanticismo es una constante de la historia de la cultura, y en este caso debemos buscar su influencia, visible o subterránea, a lo largo de todos los siglos, o bien es un fenómeno es pecífico de determinado período; entonces deberemos advertir en él una larga época de preparación que, sin exagerar, podemos señalar por todo el siglo XVIII, una época de florecimiento que es mucho más breve de lo que se cree en general, y un período de liquidación que se inicia a mediados del siglo XIX y que dura — con el fio de siglo— hasta 1914»2. La estética romántica y sus destellos pueden detec tarse en España, pues, mucho antes que el movimiento vea la luz. Cuanto más cerca de los inicios del siglo xix, más perceptibles son los rasgos de la nueva sensibilidad. Algunos críticos han intentado probar la existencia de un movimiento prerromántico comparable al prerrena- cimiento o al preclasicismo. Paul Van Thiegem consi dera que el prerromanticismo se caracterizaría por ser «el conjunto de estados de espíritu o de sensibilidad, tendencias, sentimientos, ideas, formas, obras que du rante el fin del período clásico ofrecen rasgos que anun cian el Romanticismo del siglo XIX» 

3. Considera el propio Van Thiegem que denominar «romanticismo» a estos rasgos que se dan en las literaturas del siglo XVIII 2. «Col. Austral», Espasa-Calpe, 2.a ed., Buenos Aires, 1954, P- 32 3. Paul Van Thiegem, Le romantisme dans la littérature euro- péenne, Albín Michel, París, 1969, p. 29. Puede resultar confuso. Con todo, el término «prerromanticismo» induce también al equívoco, al considerar una serie de rasgos aislados y significativos como un movimiento. 

En España hallaríamos rasgos prerrománticos en escritores tan alejados del Romanticismo de escuela como Feijoo, Cadalso, Moratín, Meléndez Valdés o Jovellanos. El primer problema que nos hemos planteado al iniciar esta colección de poemas que vendrían a representar el movimiento romántico español, es el de sus propios límites. Aunque Cadalso (1741-1782) resulta un poeta popular durante el pleno Romanticismo, y no únicamente por sus famosas Noches lúgubres, sino también por su poesía funeraria dedicada a Filis, ¿puede ser considerado como un poeta romántico? La escuela salmantina, capitaneada por Meléndez Valdés, el García Lorca de la época, ofrece algunos poemas de especial interés para mostrar la evolución posterior de la poesía española, pero hemos querido limitarnos sólo a recoger muestras de Meléndez, de Cienfuegos, de José Joaquín de Mora, de Juan Nicasio Gallego, del duque de Frías y de Bartolomé José Gallardo, por creer que nuestra atención debía extenderse más hacia los poetas conscientemente románticos, los románticos de escuela. Arriaza, Arjona o el mismo Quintana, por no señalar a Jovellanos o a Moratín, o a tantos otros poetas que poseen algunos rasgos definidamente románticos, han sido eliminados. Creemos que los textos aportados darán suficiente luz para comprender la evolución de temas y recursos. 

La variedad de enfoques y las características individuales de los poetas que conviven o participan en el Romanticismo muestran la riqueza de un momento de la evolución poética española mal conocido y revelan las posteriores líneas de incidencia. Cuatro poetas postrománticos cierran la antología: A. Ferran, Bécquer, Querol y Rosalía de Castro. En los cuatro casos se demuestra palpablemente que dicho postromanticismo es, en España, muy superior al romanticismo de escuela. Aquí hay que destacar también que hemos seleccionado los poetas de un más amplio movimiento. No cabe duda de que Campoamor, que se inicia como poeta romántico y que lo sigue siendo, pese a su humor cáustico y a su escepticismo vital, mucho después de que el Romanticismo, en cuanto a movimiento, pasara de moda, hubiera debido incluirse. El ejemplo de Campoamor vale también para otros poetas que alcanzarán su madurez en la segunda mitad del siglo XIX y que han sido estudiados ya por José M.a de Cossío

 4. Generalmente, se tiende a encajar la explosión del Romanticismo entre 1834 y 1844; es decir, entre los estrenos teatrales de La conjuración de Venecia y de Don Juan Tenorio, respectivamente. Sus autores, Martínez de la Rosa y José Zorrilla, se encuentran representados también en nuestra antología poética. En la breve floracion de escuela, la crítica acostum bra a identificar tres generaciones: la de los nacidos entre 1785 y 1799, con Martínez de la Rosa y el Duque de Rivas a la cabeza- la de los nacidos entre 1800 y 1815 : Juan Arólas, Espronceda, Manuel de Cabanyes, Larra, Nicomedes Pastor Díaz, Gestrudis Gómez de Avellaneda y Enrique Gil y Carrasco, entre otros (la generación romántica por excelencia), y la de los na cidos entre 1816 y 1825 : José Zorrilla, García Tassara, Piferrer, Carolina Coronado, E. Florentino Sanz, etc. Junto a estos poetas, algunos de ellos destacados también en otras actividades literarias, cabe señalar la presencia de críticos y novelistas, de románticos de primera línea, como Ramón López Soler, de autores hoy todavía mal conocidos y enjuiciados, como Patricio de la Esco 4. 

 Cincuenta años de poesía española (1850-1900), Madrid, 1960, 2 vols. Sura, el autor de la novela El patriarca del valle (1846), que brilla en el mediocre conjunto, o de personajes complejos, como Wenceslao Ayguals de Izco, uno de los divulgadores de la novela de folletín, ejemplo de novelista popular y propagandista social. El Romanticismo sería inexplicable en España sin los textos de Alcalá Galiano, sin «El Europeo» y sin el nacimiento y consolidación de una nueva figura literaria, la del periodista, que modelará la opinión nacional. La situación política española, siempre al borde o dentro de la guerra civil, constituirá un freno al normal desarrollo literario. No cabe duda de que las emigraciones favorecieron el Romanticismo en España al poner personalmente en contacto a los emigrados —afrancesados o liberales— con las nuevas ideas; pero, si bien los románticos españoles vivieron de forma tanto o más romántica que sus contemporáneos europeos, su poesía no estuvo generalmente a la altura. Más tardía y más a ras del suelo, no supo o pudo elevarse por encima de la sociedad de su época. Temas y problemas de la poesía romántica española. Escribía Espronceda en «El Siglo» (24 de enero de 1834): «¡Ya están aquí!, exclamarán: Ya están aquí esos románticos con su moderna escuela... Oigámoslos desatinar. 

Si en vez de un par de columnas que tene mos a nuestra disposición para esta materia pudiera llenar nuestra pluma pág.nas y páginas, trataríamos esta cuestión con el espacio y claridad que su interés exige: probaríamos que la moderna escuela es la suya, la nacida en el siglo XVIII, la que prescribe la imita ción de los antiguos que no imitaron a nadie; la clási ca, en fin, pues clásica hay que llamarla para podernos entender; deduciríamos de esto que la que nosotros profesamos es la antigua, la única, la naturaleza, sí, pero no con el manto, el casco y el politeísmo, sino con la modificación; más diremos, con la total muta ción que la han hecho sufrir los nuevos usos, costum bres, ideas, sensaciones; en fin, el triunfo y estableci miento del Cristianismo; haríamos ver que, lejos de despreciar los modelos de la antigüedad, como se nos supone, en ellos fundamos nuestra doctrina...» He aquí nuevamente, en síntesis, la famosa querella entre los poetas antiguos y modernos que constituirá el eje del debate de la nueva escuela. 

Mientras los clásicos recomiendan la imitación de los modelos grecolatinos, los románticos se sirven de ellos; pero consideran, en la teoría, que su modelo máximo es la naturaleza. Poetas ossiánicos fueron denominados también en sus orígenes, precisamente por su frecuentación medieval, al valorar aquella Edad Media que, en los versos del bardo y en los héroes de Walter Scott, se torna idílica, cristiana y generosa. En el fondo, en unos y otros clama siempre la libertad individual. Sea liberal o conservador, el romántico es partidario de una libertad abstracta. El lector hallará a lo largo de los versos seleccionados dos de los principales temas que despiertan el mundo romántico. Algunos de ellos son temas eternos, como el de la muerte, pero en el Romanticismo adquirirán un característico relieve. El Romanticismo español será menos intelectual que el del resto de Europa, menos profundo, menos elaborado y, por consiguiente, menos perfecto. 

La contemplación del paisaje a la luz de una nueva sensibilidad, el sentimentalismo, desbordado en ocasiones, y la observación serán indudables aportaciones. Los románticos empiezan a ver a su alrededor, puesto que se interesan, precisamente, por lo natural. Su sensibilidad deforma en ocasiones la realidad, pero conforma otra en la que cabe lo imaginario. Lamentablemente, la imaginación de nuestros románticos se desbordó sólo ?n contadas ocasiones, y en sus poemas vemos algunos resplandores o destellos, pero no hallamos ni un Hólderlin ni un Blake. En cambio, el interés por las canciones populares, de las que damos en esta antología buenas muestras, no ha sido valorado suficientemente. Desde Bartolomé José Gallardo a Piferrer, desde Rodríguez Rubí a Augusto Ferrán, la canción popular se torna culta. El «neopopularismo» que caracterizará la primera fase de la generación de poetas de los años veinte (la mal llamada generación del 27) debe verse no solo en sus precedentes inmediatos (A. Machado y Juan Ramón Jiménez), sino también en los poetas románticos que precedieron a las primeras recopilaciones de folkloristas como Antonio Macha do y Alvarez (el padre poeta), y los cantos populares españoles de F. Rodríguez Marín. Las innovaciones métricas en los versos y la polimetría que caracteriza el movimiento romántico responden a su pregonada libertad.

Se rompe con el neoclasicismo, pero se respetan reglas, y, en su conjunto, los poetas románticos preparan el modernismo. El romance adquiere nuevamente su antigua preponderancia, pero reaparecen también el villancico, la seguidilla e incluso el cósante (Pablo Pi Ferrer). Se usan combinaciones métricas con deseos innovadores y, aunque los poetas componen bajo la inspiración temática de un asunto que desarrollan, los líricos alcanzan imágenes aisladas de gran belleza. Debemos apuntar aquí el tema, desgraciadamente autobiográfico, del exilio en la poesía romántica. Desde diversos países europeos, pero también desde América, el poeta romántico revive las escenas vividas en una España ideal, con la esperanza puesta en el retorno. 

El lector hallará, desde las primeras muestras, ejemplos dramáticos de unos españoles que viven la patria fuera de España. Desconocimiento de la poesía romántica: Pese a que en su conjunto la poesía romántica alcanzó gran popularidad, caló en la mentalidad de la época y se transmitieron muchos elementos hasta prácticamente nuestros días, la evolución de dicha poesía entre nosotros no ha sido suficientemente estudiada. Faltan buenos análisis parciales que den luz a las todavía numerosas sombras que esconden los nombres populares de los poetas románticos. Cuatro notables anto logías, sin embargo, han precedido a la nuestra: la ya muy rara de G. Boussagnol, Anthologie des poetes romantiques espagnols (París, 1938); la excelente de Félix Ros, Neoclásicos y románticos (Madrid, 1940); la de Manuel Altolaguirre, Antología de la poesía ro mántica española (Buenos Aires, 1954), muy divulgada, realizada con exquisita sensibilidad, y la de José Manuel Blecua, Antología de la poesía romántica española (Za ragoza, 1956), en la que se aúnan buen gusto y conoci miento del tema. Nuestra personal selección, como es lógico, difiere de las anteriormente citadas. Pero también en ocasiones coincide, para nuestra satisfacción, con las de los antólogos anteriores.

 Como cualquier otra antología, esta no deja de ser una «traición». Hemos marginado a poetas y poemas que debieron figurar. Hemos pretendido, sin embargo, aliar la evolución del romanticismo con unos poemas que creemos que resultarán válidos en sí mismos, más allá de su tiempo, puesto que es precisamente el tiempo (y los románticos lo expresaron magistralmente) quien señala a sus elegidos. Retornar, de este modo, a la poesía romántica significa, en ocasiones, descubrir las raíces de nuestra propia sensibilidad.

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