miércoles, 1 de octubre de 2025

MIGUEL DELIBES OBRAS COMPLETAS FRAGMENTO


 

Miguel Delibes Setién (Valladolid, 1920–2010) fue uno de los grandes novelistas españoles del siglo XX, miembro de la Real Academia Española desde 1975 (silla «e») y galardonado con premios como el Nadal, el Príncipe de Asturias y el Cervantes.

🖋️ Perfil literario y temático

  • Estilo: Realismo sobrio, con una prosa clara y profunda, marcada por la observación directa y el compromiso ético.

  • Temas centrales:

    • El mundo rural castellano y sus injusticias sociales.

    • La infancia como territorio de memoria y pérdida.

    • La crítica a la pequeña burguesía y la violencia urbana.

    • La caza, la naturaleza y la vida sencilla como refugio espiritual.

    • El duelo y la muerte, especialmente tras la pérdida de su esposa Ángeles de Castro.

📚 Obras destacadas

TítuloAñoNotas
La sombra del ciprés es alargada1948Premio Nadal; visión existencial sobre la muerte.
El camino1950Retrato de la infancia rural.
Las ratas1962Denuncia de la miseria en Castilla.
Cinco horas con Mario1966Monólogo interior cargado de crítica social.
Los santos inocentes1981Adaptada al cine por Mario Camus; crítica al caciquismo rural.
Señora de rojo sobre fondo gris1991Elegía a su esposa fallecida.
El hereje1998Novela histórica sobre la Reforma en Valladolid; considerada su testamento literario.

🧭 Legado

Delibes fue un cronista ético de la España profunda, un defensor de la dignidad humana frente a la injusticia y el olvido. Su obra, profundamente ligada a Valladolid y al campo castellano, es también una meditación sobre el paso del tiempo, la memoria y la resistencia silenciosa.


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Colección: Palabras Mayores Editorial: Leer-e
            Director editorial: Ignacio Latasa
            Diseño portada: Leer-e

 

© Herederos de Miguel Delibes, 2007 para Obras Completas I

La sombra del ciprés es alargada, 1948

Aún es de día, 1948

El camino, 1950

Mi idolatrado hijo Sisí, 1953

La partida, 1954

© de esta edición, 2014
            ºLeer-e
            ºwww.leer-e.es

ISBN: 978-84-9071-217-7

Distribuye: Leer-e 2006 S.L.
            C/ Monasterio de Irache 74, Trasera.
            31011 Pamplona (Navarra)

 


  Miguel Delibes

 

 Obras Completas, Volumen I

 

El Novelista

 

  La sombra del ciprés es alargada

 

1948

 

 

 

 


A mis padres

 

A mi mujer

 

A mi hijo

 

 

 

 

 

 

¿Por qué esta ansia, este amor estos supremos
anhelos en el hombre? ¿Por qué existe
un destino de amar, bárbaro y triste,
en la ruina de carne que movemos?

 

M. A. ALCALDE, Hoguera viva

 

 


  LIBRO PRIMERO

 

 

«Un amigo hace sufrir tanto como un enemigo».

 

Proverbio árabe

 

 

  I

 

Yo nací en Ávila, la vieja ciudad de las murallas, y creo que el silencio y el recogimiento casi místico de esta ciudad se me metieron en el alma nada más nacer. No dudo de que, aparte otras varias circunstancias, fue el clima pausado y retraído de esta ciudad el que determinó, en gran parte, la formación de mi carácter.

De mi primera niñez bien poco recuerdo. Casi puede decirse que comencé a vivir, a los diez años, en casa de don Mateo Lesmes, mi profesor. Me acuerdo perfectamente, como si lo estuviera viendo, del día que mi tutor me presentó a él...

Se iniciaba ya el otoño. Los árboles de la ciudad comenzaban a acusar la ofensiva de la estación. Por las calles había hojas amarillas que el viento, a ratos, levantaba del suelo haciéndolas girar en confusos remolinos. Hicimos el camino en la última carretela descubierta que quedaba en la ciudad. Tengo impresos en mi cerebro los menores detalles de aquella mi primera experiencia viajera. Los cascos de los caballos martilleaban las piedras de la calzada rítmicamente, en tanto las ruedas, rígidas y sin ballestas, hacían saltar y crujir el coche con gran desesperación de mi tío y extraordinario regocijo por mi parte.

Ignoro las calles que recorrimos hasta llegar a la placita silente donde habitaba don Mateo. Era una plaza rectangular con una meseta en el centro, a la que se llegaba merced al auxilio de tres escalones de piedra. En la meseta crecían unos árboles gigantescos que cobijaban bajo sí una fuente de agua cristalina, llena de rumores y ecos extraños.

Del otro lado de la plaza, cerraba sus confines una mansión añosa e imponente, donde un extraño relieve, protegido en una hornacina, hablaba de hombres y tiempos remotos; hombres y tiempos idos, pero cuya historia perduraba amarrada a aquellas piedras milenarias.

Cuando descendimos del coche experimenté una sincera vocación de ser auriga. Tenía el cochero un aspecto imponente encaramado en su sitial delantero, con los pies cubiertos por una media bota acharolada y unas polainas blancas protegiéndole sus piernas delgadas y sin forma. Pero mi tío, que no debía de sentir hacia él el mismo respeto que yo, le despidió tan pronto pusimos nuestras humanidades en tierra.

—Antes de nada —me dijo mi tío al verse a solas conmigo—, para cuando lo necesites, sabe que tu padre se llamó Jaime y tu madre María. —(En toda mi vida tuve otra idea de mis padres. En adelante, siempre que sus nombres debían figurar en algún documento, lo hice constar así, añadiendo, entre paréntesis, «fallecido», aun cuando, en realidad, nadie me hubiera asegurado tal desenlace.) Acto seguido mi tío desvió sus consejos hacia otro lado—: Estáte formal; procura causar a este hombre una buena impresión; no enredes ni te hurgues en las narices. En fin, pórtate como un caballero.

Dicho esto, nos acercamos a la casa, cuya fachada no podía ser más deprimente. (Tenía sólo dos pisos y, debajo, un entresuelo con ventanas bajas en vez de balcones. La parte izquierda de la casa tenía una sola fila de huecos aun cuando su superficie era más amplia que la de la derecha, recordando, por su especial asimetría, el desequilibrio de la faz de un tuerto.) Mi tío anduvo un poco desorientado desde que entramos en la casa. Todo se le hacía mirar y remirar con atención todas las puertas con que tropezábamos. A tal punto llegó su falta de dominio de la situación, que me subió hasta el segundo piso sólo para preguntar si vivía allí don Mateo Lesmes. Le dijeron que el señor Lesmes vivía abajo, en el entresuelo, y tuvimos que deshacer el camino andado, sin rechistar. (Pensé, para mí, que en contra del sistema de mi tutor, si se ignora el piso de la persona que buscamos, resulta más provechoso preguntar abajo que subir hasta el último piso, para luego, a lo mejor, tener que volver a bajar. No le dije nada, sin embargo, porque ya me había encarecido, en reciente ocasión, que le molestaba que un mocosuelo como yo tratase de enmendar sus decisiones.)

Antes de llamar, mi tío me estiró la corbata y me advirtió de nuevo sobre la necesidad de que me comportara correctamente en presencia de don Mateo; después tomó el llamador en su mano y la vieja casa retembló bajo el eco de dos poderosos golpes. Cuando me entretenía mirando las estrechas y polvorientas escaleras que arrancaban de mis pies, se abrió la puerta y mi tutor, tomándome de la mano, penetró en la casa. Una mujer indefinible nos había abierto. Quedóse parada al vernos entrar tan resueltamente, agarrándose, con cuatro dedos, las dos puntas bajas de su delantal. Al cabo de un rato nos espetó:

—¿Por quién preguntan ustedes?

(Recuerdo el gozo que me produjo este primer triunfo de mi honorabilidad. Nunca, hasta el momento, me llamaron de «usted», y el hecho de que aquella mujer me parangonase en dignidad con mi tutor me ocasionó un íntimo regocijo. Entonces no advertía yo lo raro que hubiese sido que la mujer dijera: «¿Por quién preguntan usted y el niño?», en vez de: «¿Por quién preguntan ustedes?»; de aquí que considerase aquel trato como el mayor triunfo, hasta entonces, de mi yo personal e independiente.) Mi tío respondió que buscábamos al señor Lesmes. La señora, con cara inexpresiva y sin soltar las puntas de su delantal, nos dijo que su «marido» acababa de salir, pero que no tardaría en regresar porque esperaba nuestra visita aquella tarde.

Al oír mi tutor que la mujer hablaba de «su marido» la saludó cortésmente, deseándole buena salud. Ella contestó, sin inmutarse, que lo mismo nos deseaba a nosotros, indicándonos, acto seguido, que pasáramos y nos sentáramos. Lo hicimos en una salita muy linda y aseada y, una vez allí, la señora nos dejó solos, pidiéndonos perdón antes de hacerlo.

Entonces pude fijarme a mi antojo en lo que me rodeaba. Los muebles se parecían mucho a los de la sala de la casa de mi tío. En ambas, sobre todo lo demás, predominaban los asientos. En ésta había un pequeño sofá, forrado de raso rojo, lo mismo que las sillas y las butacas. Encima del sofá había un espejo con marco dorado, rematado por un copete de dibujos retorcidos. En un rincón, un velador negro de patas gruesas e historiadas, con un mármol encima, sostenía una extraña cajita y un osado florero lleno de rosas de tela con muchas manchitas de mosca. Los tabiques y el techo estaban decorados de un vivo papel rameado. En el ángulo opuesto al del velador había un piano negro abierto, mostrando los dientes cariados de sus teclas, con mucho adorno encima. Al lado del piano una librería baja con varios tomos de La Ilustración Española y Americana.

Mi tío se sentó con una pierna sobre la otra en una de las butacas. Yo lo hice en el sofá, muy cerca de él, con un cierto temor hacia aquella casa que, en adelante, iba a ser mía por bastante tiempo. Ninguno de los dos dijimos nada durante diez minutos que tardó en regresar don Mateo. Cuando éste entró, mi tío se levantó y yo le imité.

Era don Mateo un hombre bajito, de mirada lánguida, destartalado y de aspecto cansino. Sonrió a mi tío al estrecharle la mano y a mí me acarició el cogote con fría cordialidad. Luego nos sentamos los tres y mi tutor y don Mateo se enredaron en una conversación interminable sobre enseñanza, carreras y honorarios. Mientras la conversación giró sobre los dos primeros temas me pareció observar que don Mateo hablaba sobre ello con la laxitud y desgana de quien cumple una obligación habitual. Cuando se abordó, en cambio, el tema de los honorarios, sus ojos, naturalmente apagados, se animaron con una chispita de codicia. De esto deduje que don Mateo no era un hombre a quien sobraran recursos para vivir. Por mi parte, lo único que saqué en limpio de aquella hora interminable fue que mi tío deseaba desentenderse de mi educación y que don Mateo se encargaría de ella hasta que yo concluyese el Bachillerato. Otra conclusión que extraje de aquel juego de palabras fue la de que yo quedaría de pupilo en casa del señor Lesmes en tanto se completaba mi formación moral e intelectual, es decir, más o menos, durante siete largos años. Estas conclusiones iniciales favorecían a mi tío Félix y perjudicaban a mi maestro y a mí. La definitiva favorecía a don Mateo y perjudicaba a mi tutor, siéndome a mí indiferente; el señor Lesmes podría retirar mensualmente del banco ochocientos reales en concepto de honorarios y gastos de manutención. Mi tío justificó su desapego hacia mi pobre humanidad alegando las muchas dificultades que le creaba su nuevo cargo de representante de no sé qué casa comercial.

Una vez rematados estos extremos mi tutor se puso en pie, aprovechando los breves instantes que restaban hasta su inminente despedida en ensalzar y loar mis cualidades físicas, espirituales e intelectuales, cosa que hasta este día jamás oyera en sus labios. Ante mi asombro don Mateo sonrió, asegurando que observaba en mi cara esas maravillosas dotes que mi tío Félix acababa de atribuirme un tanto arbitrariamente. Eran tan falsas unas y otras manifestaciones que, a pesar de mi corta edad, no dejé de ver que las de mi tío las patrocinaba su ferviente deseo de deshacerse de mí y las de mi futuro maestro los pingües honorarios y gastos de manutención que mi alimento físico e intelectual le procuraría. A poco mi tío estrechó la mano de aquel hombre, quien, por su parte, retuvo la de mi tío con un calor impropio de dos personas que acababan de conocerse, aprovechando además la solemne despedida para volver a acariciarme el cogote, esta vez con el calor interesado que pondría un granjero en dar el pienso a su vaca de leche. Todo quedó en que yo me incorporaría a la vida íntima de don Mateo en la noche del día siguiente.

En las veinticuatro horas que siguieron viví una vida de expectativa. No hallaba en mis juegos las sensaciones arrobadoras de mejores días, y únicamente mi próximo destino ocupaba todos mis pensamientos. Después de comer, mi tío me ordenó preparase mis cosas en compañía de Elena, su vieja criada. Así lo hicimos y antes de las ocho partía yo de aquella casa en el mismo coche de caballos que la tarde anterior.

Cuando me apeé en la puerta de don Mateo me invadió una sensación de soledad como no la había sentido nunca. Me hacía el efecto de que nadie en el mundo daría un paso por afecto hacia mí. Yo era un estorbo que únicamente por dinero podía aceptarse. Cuando llamé débilmente en la puerta del señor Lesmes mi mano temblaba. No ignoraba que con un paso más, franqueando aquel umbral, inauguraría una era decisiva de mi existencia. Salieron a recibirme don Mateo y su esposa. Aquél me acogió con una sonrisa y me preguntó por mi tío; ésta me saludó fríamente sin dejar de agarrar las esquinas de su delantal, como si en realidad no se hubiese movido de la postura en que la dejáramos la noche anterior.

No me pasaron a la salita del piano como yo esperaba. (Más tarde me convencí de que era ésta una de esas habitaciones de estar donde no se está nunca.) Me condujeron a un cuarto de pequeñas proporciones, situado enfrente de la salita y con una ventana, también pequeña, que daba a la plaza. Casi pegada a la ventana había una camilla, con brasero ya, a pesar de estar a últimos de septiembre, y junto a la puerta, una especie de trinchero con copas y tazas colocadas allí con intención evidente de lucirlas. El resto del mobiliario lo constituían unos taburetes de madera y una butaquilla de mimbre, situado todo alrededor de la camilla. Además, lo que ya me resultó más interesante, en un rincón de la habitación, se levantaba una especie de trípode sosteniendo una pecera de cristal verdoso que encerraba dos pececillos de color encarnado. Los miré con simpatía porque me pareció que también ellos estaban prisioneros como yo en manos de aquel hombre chiquitín que se llamaba como un apóstol de Cristo.

Lo que me chocó sobremanera fue ver la mesa dispuesta para cenar, cuando aún no eran las ocho y media de la noche. Imaginé que entraba en una de esas vidas de orden que tanto me disgustaban. Así y todo hube de resignarme y sentarme a la mesa ante la indicación de mi maestro. Esperé impaciente a que viniesen mis compañeros de mesa, pues mi curiosidad advirtió, nada más entrar, que había en ella cuatro platos, y, que yo supiera, no éramos más que tres los comensales. Al aparecer mi maestro con una niñita como de tres años de la mano, lo comprendí todo y se me cayó el alma a los pies. Era la hija del matrimonio y para mí un trasto que en modo alguno deseaba. La sentaron en una silla, a mi lado, después de poner debajo tres grandes cojines. Don Mateo me presentó a la chiquilla, apuntándome con el dedo —un dedo manchado de tiza— y diciéndole «que éste era el nene que papá prometiera traerle». La niña sonrió acentuando sus flácidos mofletes y, naturalmente, no cesó en toda la cena de darme golpes en un brazo con un tenedor usado y repetir «nene, nene», hasta un centenar de veces. No tuve otro remedio que sonreírle, aunque su calificativo no me agradase demasiado.

Aquella misma noche me enteré de varias cosas. La mujer de don Mateo se llamaba Gregoria y no era amiga de palabras ni aun en el seno íntimo de la familia. Don Mateo tenía la carrera de maestro, carrera que explotaba de una manera original. Era, además, el prototipo del maestro de reglas fijas, inconmovibles, y de mezquinos horizontes. Sus primicias pedagógicas me las brindó la misma noche de mi llegada.

—¿Sabes leer, Pedro? —comenzó.

—Sí, señor.

—¿Sabes escribir?

—Sí, señor.

—¿Sabes sumar?

—Sí, señor.

—¿Sabes restar?

—Sí, señor.

—¿Sabes multiplicar?

—Sí..., señor.

—¿Sabes dividir?

—Sí, señor.

—¿Conoces la potenciación?

—No, señor.

Sonrió suficientemente y añadió:

—¿Ves, chiquito? De esta manera tan sencilla puedo adivinar en un momento hasta dónde llegan tus conocimientos.

martes, 30 de septiembre de 2025

Mariano José de Larra (1809–1837)

 



Mariano José de Larra (1809–1837) fue uno de los escritores más brillantes y mordaces del Romanticismo español, cuya obra sigue resonando por su aguda crítica social, su estilo incisivo y su compromiso con el progreso intelectual de España.


 Comentario sobre Larra y su obra

Larra no fue solo un literato: fue un observador implacable de su tiempo. En artículos como Vuelva Usted Mañana, retrata con ironía y desesperanza el inmovilismo, la burocracia y la pereza institucional que, según él, frenaban el desarrollo del país. El personaje Monsieur Sans-délai, un extranjero diligente que choca con la lentitud española, se convierte en símbolo de la frustración ante un sistema que posterga todo para “mañana”.


Legado

  • Fue precursor del periodismo moderno en lengua española.

  • Su seudónimo “Fígaro” se convirtió en sinónimo de crítica lúcida y elegante.

  • Murió joven, pero dejó una obra que sigue siendo referente de conciencia crítica y estilo literario.

Larra no solo escribió sobre España: escribió contra la España que se resistía a cambiar. Y en ese gesto, se convirtió en uno de sus más grandes patriotas., retrata con ironía y desesperanza el inmovilismo, la burocracia y la pereza institucional que, según él, frenaban el desarrollo del país. El personaje Monsieur Sans-délai, un extranjero diligente que choca con la lentitud española, se convierte en símbolo de la frustración ante un sistema que posterga todo para “mañana”.

Su estilo es directo, elegante y sarcástico, con una capacidad única para convertir la crítica en arte. Larra no se limitó a señalar defectos: los desnudó con inteligencia, apelando al lector para que reflexionara sobre su papel en la sociedad. En sus artículos de costumbres, políticos y literarios, se percibe una profunda melancolía, una lucha entre el idealismo romántico y la realidad decadente que lo rodeaba.


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Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes Saavedra Universidad de Alicante Copyright © Universidad de Alicante, Banco Santander Central Hispano 1999-2001.

 Accesible desde http://cervantesvirtual.com Año 2002 [Nota preliminar: Reproducimos la edición digital del artículo ofreciendo la posibilidad de consultar la edición facsímil de El Pobrecito Hablador. Revista Satírica de Costumbres, por el Bachiller don Juan Pérez de Munguía (seud. de Mariano José de Larra), n.º 11, enero de 1833, Madrid; paginación en color azul.] 

 Gran persona debió de ser el primero que llamó pecado mortal a la pereza; nosotros, que ya en uno de nuestros artículos anteriores estuvimos más serios de lo que nunca nos habíamos propuesto, no entraremos ahora en largas y profundas investigaciones acerca de la historia de este pecado, por más que conozcamos que hay pecados que pican en historia, y que la historia de los pecados sería un tanto cuanto divertida. Convengamos solamente en que esta institución ha cerrado y cerrará las puertas del cielo a más de un cristiano.

 Estas reflexiones hacía yo casualmente no hace muchos días, cuando se presentó en mi casa un extranjero de estos que, en buena o en mala parte, han de tener siempre de nuestro país una idea exagerada e hiperbólica, de estos que, o creen que los hombres aquí son todavía los espléndidos, francos, generosos y caballerescos seres de hace dos siglos, o que son aún las tribus nómadas del otro lado del Atlante: en el primer caso vienen imaginando que nuestro carácter se conserva intacto como nuestra ruina; en el segundo vienen temblando por esos caminos, y pregunta si son los ladrones que los han de despojar los individuos de algún cuerpo de guardia establecido precisamente para defenderlos de los azares de un camino, comunes a todos los países. Verdad es que nuestro país no es de aquellos que se conocen a primera ni a segunda vista, y si no temiéramos que nos llamasen atrevidos, lo compararíamos de buena gana a esos juegos de manos sorprendentes e inescrutables para el que ignora su artificio, que estribando en una grandísima bagatela, suelen después de sabidos dejar asombrado de su poca perspicacia al mismo que se devanó los sesos por buscarles causas extrañas. Muchas veces la falta de una causa determinante en las cosas nos hace creer que debe de haberlas profundas para mantenerlas al abrigo de nuestra penetración. 

Tal es el orgullo del hombre, que más quiere declarar en alta voz que las cosas son incomprensibles cuando no las comprende él, que confesar que el ignorarlas puede depender de su torpeza. Esto no obstante, como quiera que entre nosotros mismos se hallen muchos en esta ignorancia de los verdaderos resortes que nos mueven, no tendremos derecho para extrañar que los extranjeros no los puedan tan fácilmente penetrar. Un extranjero de estos fue el que se presentó en mi casa, provisto de competentes cartas de recomendación para mi persona. Asuntos intrincados de familia, reclamaciones futuras, y aun proyectos vastos concebidos en París de invertir aquí sus cuantiosos caudales en tal cual especulación industrial o mercantil, eran los motivos que a nuestra patria le conducían. Acostumbrado a la actividad en que viven nuestros vecinos, me aseguró formalmente que pensaba permanecer aquí muy poco tiempo, sobre todo si no encontraba pronto objeto seguro en que invertir su capital. Pareciome el extranjero digno de alguna consideración, trabé presto amistad con él, y lleno de lástima traté de persuadirle a que se volviese a su casa cuanto antes, siempre que seriamente trajese otro fin que no fuese el de pasearse. 

Admirole la proposición, y fue preciso explicarme más claro.-Mirad -le dije-, monsieur Sans-délai -que así se llamaba-; vos venís decidido a pasar quince días, y a solventar en ellos vuestros asuntos.-Ciertamente -me contestó-. Quince días, y es mucho. Mañana por la mañana buscamos un genealogista para mis asuntos de familia; por la tarde revuelve sus libros, busca mis ascendientes, y por la noche ya sé quién soy. En cuanto a mis reclamaciones, pasado mañana las presento fundadas en los datos que aquél me dé, legalizadas en debida forma; y como será una cosa clara y de justicia innegable (pues sólo en este caso haré valer mis derechos), al tercer día se juzga el caso y soy dueño de lo mío. En cuanto a mis especulaciones, en que pienso invertir mis caudales, al cuarto día ya habré presentado mis proposiciones. Serán buenas o malas, y admitidas o desechadas en el acto, y son cinco días; en el sexto, séptimo y octavo, veo lo que hay que ver en Madrid; descanso el noveno; el décimo tomo mi asiento en la diligencia, si no me conviene estar más tiempo aquí, y me vuelvo a mi casa; aún me sobran de los quince cinco días. 

 Al llegar aquí monsieur Sans-délai traté de reprimir una carcajada que me andaba retozando ya hacía rato en el cuerpo, y si mi educación logró sofocar mi inoportuna jovialidad, no fue bastante a impedir que se asomase a mis labios una suave sonrisa de asombro y de lástima que sus planes ejecutivos me sacaban al rostro mal de mi grado.-Permitidme, monsieur Sans-délai -le dije entre socarrón y formal-, permitidme que os convide a comer para el día en que llevéis quince meses de estancia en Madrid.-¿Cómo?-Dentro de quince meses estáis aquí todavía.-¿Os burláis?-No por cierto.-¿No me podré marchar cuando quiera? 

¡Cierto que la idea es graciosa! -Sabed que no estáis en vuestro país activo y trabajador.-¡Oh!, los españoles que han viajado por el extranjero han adquirido la costumbre de hablar mal siempre de su país por hacerse superiores a sus compatriotas.-Os aseguro que en los quince días con que contáis, no habréis podido hablar siquiera a una sola de las personas cuya cooperación necesitáis.-¡Hipérboles! Yo les comunicaré a todos mi actividad.-Todos os comunicarán su inercia. Conocí que no estaba el señor de Sans-délai muy dispuesto a dejarse convencer sino por la experiencia, y callé por entonces, bien seguro de que no tardarían mucho los hechos en hablar por mí. Amaneció el día siguiente, y salimos entrambos a buscar un genealogista, lo cual sólo se pudo hacer preguntando de amigo en amigo y de conocido en conocido: encontrámosle por fin, y el buen señor, aturdido de ver nuestra precipitación, declaró francamente que necesitaba tomarse algún tiempo; instósele, y por mucho favor nos dijo definitivamente que nos diéramos una vuelta por allí dentro de unos días. Sonreíme y marchámonos. Pasaron tres días; fuimos.

 -Vuelva usted mañana -nos respondió la criada-, porque el señor no se ha levantado todavía.-Vuelva usted mañana -nos dijo al siguiente día-, porque el amo acaba de salir.-Vuelva usted mañana -nos respondió al otro-, porque el amo está durmiendo la siesta.-Vuelva usted mañana -nos respondió el lunes siguiente-, porque hoy ha ido a los toros.-¿Qué día, a qué hora se ve a un español? Vímosle por fin, y «Vuelva usted mañana -nos dijo-, porque se me ha olvidado. Vuelva usted mañana, porque no está en limpio». A los quince días ya estuvo; pero mi amigo le había pedido una noticia del apellido Díez, y él había entendido Díaz, y la noticia no servía. Esperando nuevas pruebas, nada dije a mi amigo, desesperado ya de dar jamás con sus abuelos. 

 Es claro que faltando este principio no tuvieron lugar las reclamaciones. Para las proposiciones que acerca de varios establecimientos y empresas utilísimas pensaba hacer, había sido preciso buscar un traductor; por los mismos pasos que el genealogista nos hizo pasar el traductor; de mañana en mañana nos llevó hasta el fin del mes. Averiguamos que necesitaba dinero diariamente para comer, con la mayor urgencia; sin embargo, nunca encontraba momento oportuno para trabajar. El escribiente hizo después otro tanto con las copias, sobre llenarlas de mentiras, porque un escribiente que sepa escribir no le hay en este país. No paró aquí; un sastre tardó veinte días en hacerle un frac, que le había mandado llevarle en veinticuatro horas; el zapatero le obligó con su tardanza a comprar botas hechas; la planchadora necesitó quince días para plancharle una camisola; y el sombrerero a quien le había enviado su sombrero a variar el ala, le tuvo dos días con la cabeza al aire y sin salir de casa. Sus conocidos y amigos no le asistían a una sola cita, ni avisaban cuando faltaban, ni respondían a sus esquelas. ¡Qué formalidad y qué exactitud!

-¿Qué os parece de esta tierra, monsieur Sans-délai? -le dije al llegar a estas pruebas.-Me parece que son hombres singulares...-Pues así son todos. No comerán por no llevar la comida a la boca. Presentose con todo, yendo y viniendo días, una proposición de mejoras para un ramo que no citaré, quedando recomendada eficacísimamente. A los cuatro días volvimos a saber el éxito de nuestra pretensión. -Vuelva usted mañana -nos dijo el portero-. El oficial de la mesa no ha venido hoy. «Grande causa le habrá detenido», dije yo entre mí. Fuímonos a dar un paseo, y nos encontramos, ¡qué casualidad!, al oficial de la mesa en el Retiro, ocupadísimo en dar una vuelta con su señora al hermoso sol de los inviernos claros de Madrid. Martes era el día siguiente, y nos dijo el portero:-Vuelva usted mañana, porque el señor oficial de la mesa no da audiencia hoy.-Grandes negocios habrán cargado sobre él -dije yo. Como soy el diablo y aun he sido duende, busqué ocasión de echar una ojeada por el agujero de una cerradura. Su señoría estaba echando un cigarrito al brasero, y con una charada del Correo entre manos que le debía costar trabajo el acertar.

-Es imposible verle hoy -le dije a mi compañero-; su señoría está en efecto ocupadísimo. Dionos audiencia el miércoles inmediato, y, ¡qué fatalidad!, el expediente había pasado a informe, por desgracia, a la única persona enemiga indispensable de monsieur y de su plan, porque era quien debía salir en él perjudicado. Vivió el expediente dos meses en informe, y vino tan informado como era de esperar. Verdad es que nosotros no habíamos podido encontrar empeño para una persona muy amiga del informante. Esta persona tenía unos ojos muy hermosos, los cuales sin duda alguna le hubieran convencido en sus ratos perdidos de la justicia de nuestra causa. Vuelto de informe se cayó en la cuenta en la sección de nuestra bendita oficina de que el tal expediente no correspondía a aquel ramo; era preciso rectificar este pequeño error; pasose al ramo, establecimiento y mesa correspondiente, y hétenos caminando después de tres meses a la cola siempre de nuestro expediente, como hurón que busca el conejo, y sin poderlo sacar muerto ni vivo de la huronera. Fue el caso al llegar aquí que el expediente salió del primer establecimiento y nunca llegó al otro.-De aquí se remitió con fecha de tantos -decían en uno.

-Aquí no ha llegado nada -decían en otro.-¡Voto va! -dije yo a monsieur Sans-délai, ¿sabéis que nuestro expediente se ha quedado en el aire como el alma de Garibay, y que debe de estar ahora posado como una paloma sobre algún tejado de esta activa población? Hubo que hacer otro. ¡Vuelta a los empeños! ¡Vuelta a la prisa! ¡Qué delirio! -Es indispensable -dijo el oficial con voz campanuda-, que esas cosas vayan por sus trámites regulares. Es decir, que el toque estaba, como el toque del ejercicio militar, en llevar nuestro expediente tantos o cuantos años de servicio. Por último, después de cerca de medio año de subir y bajar, y estar a la firma o al informe, o a la aprobación o al despacho, o debajo de la mesa, y de volver siempre mañana, salió con una notita al margen que decía: «A pesar de la justicia y utilidad del plan del exponente, negado.»-¡Ah, ah!, monsieur Sans-délai -exclamé riéndome a carcajadas-; éste es nuestro negocio. Pero monsieur Sans-délai se daba a todos diablos.-¿Para esto he echado yo mi viaje tan largo? ¿Después de seis meses no habré conseguido sino que me digan en todas partes diariamente: «Vuelva usted mañana», y cuando este dichoso «mañana» llega en fin, nos dicen redondamente que «no»? ¿Y vengo a darles dinero? ¿Y vengo a hacerles favor? Preciso es que la intriga más enredada se haya fraguado para oponerse a nuestras miras. -¿Intriga, monsieur Sans-délai? No hay hombre capaz de seguir dos horas una intriga.

 La pereza es la verdadera intriga; os juro que no hay otra; ésa es la gran causa oculta: es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas. Al llegar aquí, no quiero pasar en silencio algunas razones de las que me dieron para la anterior negativa, aunque sea una pequeña digresión.-Ese hombre se va a perder -me decía un personaje muy grave y muy patriótico.-Esa no es una razón -le repuse-: si él se arruina, nada, nada se habrá perdido en concederle lo que pide; él llevará el castigo de su osadía o de su ignorancia.-¿Cómo ha de salir con su intención?-Y suponga usted que quiere tirar su dinero y perderse, ¿no puede uno aquí morirse siquiera, sin tener un empeño para el oficial de la mesa?-Puede perjudicar a los que hasta ahora han hecho de otra manera eso mismo que ese señor extranjero quiere.-¿A los que lo han hecho de otra manera, es decir, peor?-Sí, pero lo han hecho. -Sería lástima que se acabara el modo de hacer mal las cosas.

 ¿Conque, porque siempre se han hecho las cosas del modo peor posible, será preciso tener consideraciones con los perpetuadores del mal? Antes se debiera mirar si podrían perjudicar los antiguos al moderno.-Así está establecido; así se ha hecho hasta aquí; así lo seguiremos haciendo.-Por esa razón deberían darle a usted papilla todavía como cuando nació.-En fin, señor Fígaro, es un extranjero.-¿Y por qué no lo hacen los naturales del país?-Con esas socaliñas vienen a sacarnos la sangre.-Señor mío -exclamé, sin llevar más adelante mi paciencia-, está usted en un error harto general. Usted es como muchos que tienen la diabólica manía de empezar siempre por poner obstáculos a todo lo bueno, y el que pueda que los venza.

 Aquí tenemos el loco orgullo de no saber nada, de quererlo adivinar todo y no reconocer maestros. Las naciones que han tenido, ya que no el saber, deseos de él, no han encontrado otro remedio que el de recurrir a los que sabían más que ellas. »Un extranjero -seguí- que corre a un país que le es desconocido, para arriesgar en él sus caudales, pone en circulación un capital nuevo, contribuye a la sociedad, a quien hace un inmenso beneficio con su talento y su dinero, si pierde es un héroe; si gana es muy justo que logre el premio de su trabajo, pues nos proporciona ventajas que no podíamos acarrearnos solos. Ese extranjero que se establece en este país, no viene a sacar de él el dinero, como usted supone; necesariamente se establece y se arraiga en él, y a la vuelta de media docena de años, ni es extranjero ya ni puede serlo; sus más caros intereses y su familia le ligan al nuevo país que ha adoptado; toma cariño al suelo donde ha hecho su fortuna, al pueblo donde ha escogido una compañera; sus hijos son españoles, y sus nietos lo serán; en vez de extraer el dinero, ha venido a dejar un capital suyo que traía, invirtiéndole y haciéndole producir; ha dejado otro capital de talento, que vale por lo menos tanto como el del dinero; ha dado de comer a los pocos o muchos naturales de quien ha tenido necesariamente que valerse; ha hecho una mejora, y hasta ha contribuido al aumento de la población con su nueva familia. 

Convencidos de estas importantes verdades, todos los Gobiernos sabios y prudentes han llamado a sí a los extranjeros: a su grande hospitalidad ha debido siempre la Francia su alto grado de esplendor; a los extranjeros de todo el mundo que ha llamado la Rusia, ha debido el llegar a ser una de las primeras naciones en muchísimo menos tiempo que el que han tardado otras en llegar a ser las últimas; a los extranjeros han debido los Estados Unidos... Pero veo por sus gestos de usted -concluí interrumpiéndome oportunamente a mí mismo- que es muy difícil convencer al que está persuadido de que no se debe convencer. ¡Por cierto, si usted mandara, podríamos fundar en usted grandes esperanzas! Concluida esta filípica, fuime en busca de mi Sans-délai.-Me marcho, señor Fígaro -me dijo-. En este país «no hay tiempo» para hacer nada; sólo me limitaré a ver lo que haya en la capital de más notable.-¡Ay, mi amigo! -le dije-, idos en paz, y no queráis acabar con vuestra poca paciencia; mirad que la mayor parte de nuestras cosas no se ven.-¿Es posible?-¿Nunca me habéis de creer? Acordaos de los quince días... Un gesto de monsieur Sans-délai me indicó que no le había gustado el recuerdo.-Vuelva usted mañana -nos decían en todas partes-, porque hoy no se ve.-Ponga usted un memorialito para que le den a usted permiso especial. Era cosa de ver la cara de mi amigo al oír lo del memorialito: representábasele en la imaginación el informe, y el empeño, y los seis meses, y... Contentose con decir: míos!-Soy extranjero. ¡Buena recomendación entre los amables compatriotas Aturdíase mi amigo cada vez más, y cada vez nos comprendía menos. Días y días tardamos en ver las pocas rarezas que tenemos guardadas. Finalmente, después de medio año largo, si es que puede haber un medio año más largo que otro, se restituyó mi recomendado a su patria maldiciendo de esta tierra, y dándome la razón que yo ya antes me tenía, y llevando al extranjero noticias excelentes de nuestras costumbres; diciendo sobre todo que en seis meses no había podido hacer otra cosa sino «volver siempre mañana», y que a la vuelta de tanto «mañana», eternamente futuro, lo mejor, o más bien lo único que había podido hacer bueno, había sido marcharse.

 ¿Tendrá razón, perezoso lector (si es que has llegado ya a esto que estoy escribiendo), tendrá razón el buen monsieur Sans-délai en hablar mal de nosotros y de nuestra pereza? ¿Será cosa de que vuelva el día de mañana con gusto a visitar nuestros hogares? Dejemos esta cuestión para mañana, porque ya estarás cansado de leer hoy: si mañana u otro día no tienes, como sueles, pereza de volver a la librería, pereza de sacar tu bolsillo, y pereza de abrir los ojos para hojear las hojas que tengo que darte todavía, te contaré cómo a mí mismo, que todo esto veo y conozco y callo mucho más, me ha sucedido muchas veces, llevado de esta influencia, hija del clima y de otras causas, perder de pereza más de una conquista amorosa; abandonar más de una pretensión empezada, y las esperanzas de más de un empleo, que me hubiera sido acaso, con más actividad, poco menos que asequible; renunciar, en fin, por pereza de hacer una visita justa o necesaria, a relaciones sociales que hubieran podido valerme de mucho en el transcurso de mi vida; te confesaré que no hay negocio que no pueda hacer hoy que no deje para mañana; te referiré que me levanto a las once, y duermo siesta; que paso haciendo el quinto pie de la mesa de un café, hablando o roncando, como buen español, las siete y las ocho horas seguidas; te añadiré que cuando cierran el café, me arrastro lentamente a mi tertulia diaria (porque de pereza no tengo más que una), y un cigarrito tras otro me alcanzan clavado en un sitial, y bostezando sin cesar, las doce o la una de la madrugada; que muchas noches no ceno de pereza, y de pereza no me acuesto; en fin, lector de mi alma, te declararé que de tantas veces como estuve en esta vida desesperado, ninguna me ahorqué y siempre fue de pereza. 

 Y concluyo por hoy confesándote que ha más de tres meses que tengo, como la primera entre mis apuntaciones, el título de este artículo, que llamé «Vuelva usted mañana»; que todas las noches y muchas tardes he querido durante ese tiempo escribir algo en él, y todas las noches apagaba mi luz diciéndome a mí mismo con la más pueril credulidad en mis propias resoluciones: «¡Eh!, ¡mañana le escribiré!». 

Da gracias a que llegó por fin este mañana que no es del todo malo: pero ¡ay de aquel mañana que no ha de llegar jamás! El Pobrecito Hablador, n.º 11, enero de 1833.1 [Nota editorial: Otras eds.: Fígaro. Colección de artículos dramáticos, literarios, políticos y de costumbres, ed. Alejandro Pérez Vidal, Barcelona, Crítica, 2000, pp. 46-55; Artículos, ed. de Enrique Rubio, Madrid, Cátedra, 1982, pp. 190-202; Artículos políticos, ed. Jorge Campos, Madrid, Taurus, 1979, pp. 61-72; Artículos varios, ed. E. Correa Calderón, Madrid, Castalia, 1984, pp. 324-336; Artículos de costumbres, ed. José R. Lomba y Pedraja, Madrid, Espasa-Calpe, 1981, pp. 91-105; Artículos, ed. Carlos Seco Serrano, Barcelona, Planeta, 1981, pp. 93-103; Obras completas de D. Mariano José de Larra (Fígaro), ed. Montaner y Simon, Barcelona, 1886, p. 52-56.] 1 [Aunque se haga mención a la edición de 1833, encontramos en el texto algunos términos propios de la edición de 1835; por ejemplo, aparece «español», en lugar de «batueco»; y la mención a Fígaro, en lugar de al Bachiller. (N. del E.)]

lunes, 29 de septiembre de 2025

MISCELÁNEA LA REESCRITURA.

 


***



El día que visité a Cuevas, me sentí en un subibaja, que todas mis vísceras se contraían para luego tenerlas en la garganta

En este punto don Julián se quedó pensativo para luego agregar:

¿Se recuerda señor Hardin del comentario o de la narración o de la historia dela duquesa LanfrancoVicchi?

Dudé por un momento y responder.  Había departido con aquel monstruo por 12 horas y en realidad todas las historias se me hacían una sola historia. Recuperé la compostura.

Creo que sí la recuerdo, digo la historia.

¿Recuerda de los pormenores?

Sí, la recuerdo. Una historia erótica y de tráfico de menores de edad para el comercio sexual.

Pero, acá lo importante señor Hardin no es tanto el asunto del trasiego de sexo. No por supuesto que no. Acá lo relevante es la historia que se da a partir del cuadro pintado por José Luis Cuevas y que el artista conservó en el hospital psiquiátrico hasta que murió. Decía que el cuadro era la viva representación e imagen de la duquesa Victoria Lanfranco Vicchi. No diré ni agregaré falsamente que era idéntico el rostro de la pintura y el rostro de la duquesa pero, eran evidentes las similitudes. Quizá más acentuadas las facciones de una mujer cuarentona cuando yo la conocía, aunque tampoco lo podría afirmar. Solo supongo y teorizo. Pero, existía algo, un distintivo que no lo transforma el tiempo: el collar y el rubí. Eran idénticos al recuerdo que yo tenía de la mujer.

REVISIÓN   NOVELA   EL RETORNANTE NOCTURNO   FRAGMENTO

***




Continuamos en la laboriosa revisión de las novelas: un trabajo cansado y aburrido. Me gusta escribir, NO reescribir, sin embargo, un colega un día me dijo que en la REESCRITURA está la verdadera escritura.

***

         ¿Para qué correrán tanto, digo, ese afán de obtener… ¿obtener qué? No los culpo… así era yo y apartó su mano de mi hombro.  Pero, antes de apartar su mano hizo una confesión: “qué asco la Humanidad, ¿no le parece? Y esta pregunta me la he estado haciendo hace ya bastante tiempo atrás. Recuerdo que a su colega Henry de Quincey también se la planteé, digo “el asco por la Humanidad”. Somos mezquinos, faltos de valores éticos, morales, y le repito lo que dije a su colega, son tres los elementos que alimentan la triada del vulgar ser humano: sexo, poder, dinero. Pero, venga, venga, - y de nuevo apoyó su mano en mi hombro – e iniciamos una caminata hacia el interior de la terraza sur. Agregó: no tenga temor, deseo que usted, sea mi confidente, mi testigo contemporáneo.

Me incliné ante don Julián Casasola Brown. ¿Cómo oponerme a su autoridad, a su saber antiguo, a esa inmortalidad que lo roza sin tocarlo?

domingo, 28 de septiembre de 2025

DE SOBREMESA Rayuela: los yerros del salto En colaboración: Dr. Enrico Pugliatti y J. Méndez-Limbrick

 


Rayuela: los yerros del salto

1. El culto al caos disfrazado de libertad

Cortázar propone una lectura no lineal, pero el “tablero de dirección” es una ilusión de libertad. El lector no elige realmente: sigue rutas prefijadas por el autor. El juego es un simulacro, y la promesa de múltiples lecturas se convierte en un laberinto sin salida.

Yerros: confundir estructura fragmentaria con profundidad narrativa. El caos no siempre es revelación.

2. Oliveira: un protagonista que se ahoga en sí mismo

Horacio Oliveira es presentado como un intelectual atormentado, pero su introspección se vuelve repetitiva, autocomplaciente y, en ocasiones, francamente misógina. Su relación con la Maga no evoluciona: se estanca en una danza de incomprensión que el texto romantiza.

Yerros: convertir la neurosis en virtud literaria. El narcisismo de Oliveira no es filosofía: es parálisis.

3. La Maga: ¿musa o muñeca?

Aunque se la celebra como símbolo de intuición y libertad, la Maga carece de agencia real. Es mirada, deseada, abandonada, pero nunca construida como sujeto. Su voz se diluye entre los monólogos de Oliveira y las disquisiciones del Club de la Serpiente.

Yerros: idealizar la ignorancia como pureza. La Maga es más ausencia que personaje.

4. El Club de la Serpiente: pedantería disfrazada de profundidad

Los diálogos del Club son ejercicios de erudición estéril. Se citan filósofos, se juega con el lenguaje, pero rara vez se dice algo que no sea una pose. Es un cenáculo de hombres que se escuchan a sí mismos, sin verdadera confrontación ni riesgo.

Yerros: confundir el juego intelectual con pensamiento crítico. El Club es una parodia involuntaria de sí mismo.

5. Morelli: el teórico que no escribe

El alter ego de Cortázar, Morelli, propone destruir la novela desde dentro, pero nunca concreta su revolución. Sus fragmentos son manifiestos sin obra, promesas sin cuerpo. Es el símbolo de una crítica que se queda en el gesto.

Yerros: teorizar la ruptura sin asumir sus consecuencias. Morelli es un espectro editorial.

¿Y ahora qué?

Desmitificar Rayuela es también ritualizar sus fallas:

  • Caricatura editorial de Oliveira: el hombre que se busca en cada espejo y solo encuentra su sombra.

  • Sello de la Maga ausente: un emblema vacío, una silueta que denuncia la falta de voz femenina.

  • Índice de yerros: cada capítulo como casilla de una rayuela fallida, donde el salto no lleva al cielo, sino al mismo charco.

  • Rayuela: estructura como espejismo

    1. La falsa promesa de libertad

    La estructura bifurcada —“Del lado de allá”, “Del lado de acá”, “De otros lados”— sugiere que el lector puede elegir su camino. Pero esa libertad es ilusoria: el “tablero de dirección” impone rutas, y la lectura alternativa no transforma el sentido, solo lo dispersa.

    Crítica: Cortázar vende libertad, pero entrega un laberinto diseñado por él mismo. El lector no juega: obedece.

    2. Fragmentación sin progresión

    Los capítulos saltan entre escenas, reflexiones, sueños, citas, sin una lógica evolutiva. La fragmentación no construye tensión ni revela capas nuevas: muchas veces repite obsesiones, diluye el conflicto, y convierte la lectura en una deriva estéril.

    Crítica: El caos no es estructura. La dispersión no es profundidad. La novela se deshace en su propio juego.

    3. La sección “De otros lados”: ¿epílogo o evasión?

    Estos capítulos “prescindibles” contienen reflexiones de Morelli, el teórico que nunca concreta su revolución. En vez de cerrar la novela, la sección la disuelve. No hay resolución, ni clímax, ni catarsis: solo notas al margen que pretenden ser manifiesto.

     4  Crítica: El final no es apertura, es fuga. Morelli es el símbolo de una estructura que se niega a asumir sus consecuencias.

    Crítica: La estructura coral fracasa. El Club no dialoga: recita.

    5. La rayuela como símbolo estructural: promesa incumplida

    La rayuela infantil implica ascenso, juego, riesgo. Pero en la novela, el salto nunca ocurre. No hay cielo, no hay transformación. El símbolo se queda en metáfora vacía, en título sin acto.

    Crítica: La estructura promete juego, pero entrega estancamiento. La rayuela no se juega: se contempla.


sábado, 27 de septiembre de 2025

EL LIBRO QUE ESTOY LEYENDO. SPANG KURT. PERSUASIÓN FUNDAMENTOS DE RETÓRICA.

 


Es un excelente libro para todos aquellos que desean acercarse al buen decir, que es al final la RETÓRICA. A menudo, con amplias referencias de autores clásicos de la antigua Roma que dieron nacimiento a la retórica. Igualmente, Spang hace una detallada y pedagógica diferencias en la misma retórica: retórica política, retórica jurídica,  retórica del escritor, retórica de la publicidad.

Un libro ameno, que se lee sin mayor esfuerzo y disfrute para el lector medio. Recomendado.

Retórica como arte del buen decir

  • Spang define la retórica como el arte de dar al lenguaje eficacia suficiente para deleitar, persuadir o conmover.

  • No se trata solo de convencer, sino de crear una experiencia estética y racional que transforme al receptor.

 Estructura del libro

  • El texto se organiza en torno al trivium clásico: gramática, lógica y retórica.

  • Explora los mecanismos psicológicos, lingüísticos y simbólicos que hacen posible la persuasión.

  • Analiza figuras retóricas, tipos de discurso, y el papel del ethos, pathos y logos en la argumentación.

Filosofía implícita

  • Spang no ve la persuasión como manipulación, sino como acto ético y estético.

  • El lenguaje, bien usado, no solo convence: revela, transforma y juzga.

Ficha editorial

ElementoDetalle
TítuloPersuasión. Fundamentos de retórica
AutorKurt Spang
EditorialEUNSA – Ediciones Universidad de Navarra
Año de publicación2005
ISBN9788431322519
Páginas304
IdiomaEspañol
ColecciónAstrolabio
Enlace de referencia

viernes, 26 de septiembre de 2025

CIEN AÑOS DE SOLEDAD. GARCÍA MÁRQUEZ. Desmitificando las grandes novelas

 

 Desmitificando las grandes novelas

Día de juicio literario. Ritualiza la crítica de obras sobrevaloradas o malinterpretadas.

Por Dr. Enrico Giovanni Pugliatti y J.Méndez-Limbrick

ERRORES DE FORMA

1. Redundancia estructural

  • La genealogía de los Buendía se repite con variaciones mínimas. La reiteración de nombres (José Arcadio, Aureliano) genera confusión más que simbolismo.

  • El recurso de la circularidad narrativa, aunque intencionado, se vuelve mecánico y predecible en ciertos pasajes.

2. Estilo barroco sin depuración

  • El uso excesivo de adjetivos, hipérboles y enumeraciones puede saturar al lector.

  • En lugar de crear atmósfera, a veces entorpece la claridad semántica.

  • Ejemplo: descripciones de Macondo que rozan lo ornamental sin aportar tensión narrativa.

3. Pérdida de ritmo

  • Hay capítulos que se dilatan sin conflicto real, como ciertas escenas de guerra o repeticiones de nacimientos y muertes que no modifican el eje dramático.

4. Desbalance entre lo oral y lo escrito

  • La novela intenta capturar la oralidad del Caribe, pero en ocasiones cae en una prosa que no logra decidir si es mito, crónica o testamento.

 ERRORES DE FONDO

1. Mitificación acrítica del mestizaje

  • La novela celebra una identidad latinoamericana sin cuestionar sus contradicciones: violencia, patriarcado, racismo estructural.

  • Macondo se presenta como microcosmos, pero nunca como espacio de conflicto ético real.

2. Naturalización del incesto

  • El incesto se ritualiza como destino trágico, pero nunca se problematiza desde lo ético.

  • El hilo genealógico se convierte en una estética del encierro, sin juicio ni redención.

3. Feminidad instrumental

  • Las mujeres son figuras de soporte, deseo o castigo.

  • Úrsula es la única con agencia real, pero incluso ella queda subordinada al ciclo masculino de guerra y repetición.

4. Ambigüedad ideológica

  • La crítica al poder (militar, religioso, económico) es ambigua.

  • El coronel Aureliano Buendía encarna la revolución, pero sin proyecto ni ética clara.

  • La novela parece sugerir que todo intento de cambio está condenado, lo cual puede leerse como nihilismo disfrazado de realismo mágico.

 ¿CIEN AÑOS DE SOLEDAD ES UNA NOVELA HIPERVALORADA?

 ¿Por qué se considera hipervalorada?

1. Canonización acrítica

  • La novela ha sido elevada a “obra maestra” por instituciones, academias y medios sin que se le someta a un escrutinio profundo.

  • Su inclusión en listas de “los mejores libros de todos los tiempos” suele ignorar sus fallas estructurales y éticas.

2. Lectura obligatoria, no voluntaria

  • Muchos lectores la abordan por presión cultural, no por deseo estético.

  • Las críticas negativas suelen ser desestimadas como falta de comprensión, lo que crea una zona de inmunidad simbólica.

3. Realismo mágico como dogma

  • Se le atribuye la invención o perfección del realismo mágico, cuando en realidad este estilo tiene raíces en autores anteriores como Alejo Carpentier (lo real maravilloso) o Juan Rulfo.

  • La novela se convierte en estandarte de un género que, en exceso, puede volverse fórmula.

4. Confusión entre mito y estructura

  • La repetición de nombres, la circularidad narrativa y la genealogía interminable se interpretan como genialidad simbólica, cuando también pueden leerse como errores de forma que entorpecen la lectura.

 ¿Qué dicen los lectores críticos?

  • Algunos lectores señalan que la novela es confusa, repetitiva y sobrecargada de elementos fantásticos que no siempre aportan al conflicto narrativo [1].

  • Otros afirman que si no se disfruta en las primeras 50 páginas, es mejor abandonarla, pues la estructura no mejora [1].

 Dictamen editorial ritualizado

Cien años de soledad es una obra poderosa, pero su estatus de “intocable” la ha convertido en símbolo más que texto. Su valor no está en su perfección, sino en su capacidad de generar debate. Y todo clásico que no admite juicio, se convierte en dogma.


[1]

jueves, 25 de septiembre de 2025

COMENTARIOS DE LIBROS. LA MUERTE DE VIRGILIO DE HERMANN BROCH.



  

La muerte de Virgilio de Hermann Broch es una obra monumental, compleja y profundamente filosófica que merece ser leída por quienes buscan una experiencia literaria que trascienda la narrativa convencional. Aquí te presento su importancia y razones para adentrarse en ella:

📘 ¿Por qué es importante La muerte de Virgilio?

  • Explora el límite entre arte y vida: Broch narra las últimas 18 horas del poeta Virgilio, quien agoniza mientras reflexiona sobre el valor de su obra (La Eneida) y considera destruirla. Este dilema encarna el conflicto entre creación estética y verdad ética.

  • Es una meditación sobre la muerte, el lenguaje y la trascendencia: La novela se convierte en un viaje interior donde el tiempo se dilata, y cada pensamiento se convierte en símbolo. Virgilio no solo muere: se descompone en signos, en dudas, en visiones.

  • Su estilo es sinfónico y poético: Broch construye la novela como una pieza musical, con frases largas, ritmos internos y una estructura dividida en cuatro movimientos. Es comparable en ambición formal al Ulises de Joyce o a la obra de Proust.

  • Es una crítica al poder y a la función del arte en la historia: Virgilio, en su lecho de muerte, se enfrenta al emperador Augusto. La novela cuestiona si el arte debe servir al poder o resistirlo, si debe embellecer la mentira o revelar la herida.

  • Fue admirada por Thomas Mann y Albert Einstein: Mann la consideró “uno de los experimentos más extraordinarios y profundos que se hayan llevado a cabo con el flexible género de la novela”. Einstein decía que “el enigma permanece siempre abierto. Podemos sentirlo, nunca entenderlo”.

🧠 ¿Por qué debemos leerla hoy?

  • Porque nos obliga a pensar el arte como acto moral, no solo estético.

  • Porque nos recuerda que la belleza puede ser traición si no se interroga.

  • Porque en tiempos de ruido y velocidad, su ritmo lento y reflexivo es un acto de resistencia simbólica.

  • Porque nos confronta con la pregunta que todo creador debe hacerse: ¿vale la pena lo que he escrito?

📚 Fuentes:

En colaboración: Dr. Enrico Giovanni Pugliatti y Méndez-Limbrick

DANTE (Historia de la Literatura Italiana) ★ PAPINI GIOVANNI


 

Giovanni Papini aborda a Dante en su ensayo Dante y otros estudios de historia de la literatura italiana con una mezcla de veneración, crítica espiritual y audacia interpretativa. Publicado en 1949 en español, este volumen reúne reflexiones sobre Dante, Jacopone da Todi, Cecco Angiolieri y Guido Cavalcanti, entre otros. Pero el núcleo más potente es Dante vivo (1933), donde Papini no se limita a analizar la obra del poeta florentino, sino que lo resucita como figura humana, espiritual y profética

Rasgos clave del enfoque de Papini sobre Dante

  • Retrato espiritual y humano: Papini, convertido al cristianismo, presenta a Dante como un hombre completo: poeta, filósofo, teólogo y profeta, pero también sujeto a debilidades humanas. No lo idealiza como estatua, sino que lo muestra como alguien que sufrió, amó, fracasó y creó desde la soledad y el dolor.

  • Crítica a la imagen estatuaria: Rechaza la visión sobrehumana del autor de la Divina Comedia, proponiendo una lectura que reconcilia sus contradicciones: la sensualidad con la espiritualidad, el orgullo con la humildad, la audacia con la sensibilidad.

  • Dante como símbolo de la Edad Media y de la modernidad: Papini lo ve como síntesis de su época, pero también como visionario que anticipa la misión espiritual de la Iglesia y la unidad política del mundo.

  • Estilo apasionado y provocador: Fiel a su estilo, Papini mezcla erudición con fervor, sarcasmo y dramatismo. Su Dante no es solo objeto de estudio, sino interlocutor, espejo y mártir.

  • En colaboración: Dr. Enrico Giovanni Pugliatti y Méndez-Limbrick

***

DANTE (Historia de la Literatura Italiana) ★ 

 LA PRIMERA TRIADA. - JACOPONE DA TODI. — GUIDO CAVALCANTI. - CECCO ANGI0L1ERI. — MUERTES Y RENACIMIENTOS. — DANTE. Traducción de PABLO GIROSI Ediciones FARO Victoria 1373 BUENOS AIRES NOTA DEL TRADUCTOR 

 Es el estilo de Papini, uno de los más serios obstácu los que debe salvar el traductor, si quiere que su labor refleje todo lo novelesco de la obra original. He tratado de superar esta dificultad de la mejor \manera, buscando la interpretación exacta, el giro de la frase más ajustado dentro de las leyes preceptivas del castellano y hasta los términos — sustantivos, adjetivos, verbos — a menudo deliberadamente consonantes, a fin de mantener en lo posible esa relación intima entre la idea del autor y su peculiar forma de expresarla. De las citas de los escritores que iban manejando un idioma en gestación y que aun al conocedor del italicno moderno pueden resultar ininteligibles, he traducido en prosa los versos y he tratado en todos los casos de ceñir me menos al texto y más a su interpretación, volviendo llano y comprensible lo que al profano pudiera parecer oscuro e i/idescifrable. Solamente para los tercetos de la "Divina Comedia” de Dante, me he valido casi siempre de la traducción de Bartolomé Mitre, tan clara y fiel como para constituir un elemento valioso de interpreta ción y embellecimiento, incluido en mi modesta labor. 

 P. G. BENITO MUSSOLINI AMIGO DE LA POESIA Y DE LOS POETAS ESTA DEDICADA ESTA OBRA QUE DESCRIBE E ILUSTRA UNA DE LAS MAS RICAS PROVINCIAS DEL IMPERIO ESPIRITUAL ITALIANO ORIGINALIDAD DE LA OBRA í 

 Cada vez que se torna a escribir una historia cien ve ces narrada, el autor comete una doble falta: condena las inteligencias al fastidio de escuchar de nuevo cosas harto sabidas, y trata de robar parte de su tiempo a lectores ya por demás abrumados. El torturador y ladrón debe justificarse desde el co mienzo. El atenuante más valedero, en estos casos, es la promesa de ofrecer algo original. Confío en que val ga para mi también. Tres son las novedades más importantes de la presente obra: la primera se refiere al autor; la segunda, al con tenido: la última, al objeto. Todas las historias de la literatura italiana han sido compuestas, hasta la fecha, por honrados o apresurados compiladores, por pacientes o irascibles eruditos, por sa gaces o caprichosos filólogos, por humildes o presuntuo sos fabricantes de manuales y, a veces, por ridículos ex perimentadores in corpore nobili de estéticas echadas a perder: pero nunca por verdaderos escritores, por poe tas y artistas. El mismo De Sanctis — que, sin embargo, se yergue de la cintura para arriba del sepulcro destapado por sus exhumadores — era, sí, un crítico más atrevido y apa sionado que los de siempre, pero crítico al fin, y, por lo tanto, discurseador filosófico mucho más que artista (1). Y que careciera del primero y esencial don de los artis tas de la palabra, es decir, el estilo, lo demostró Gabriel D’Annunzio en una dura pero no modificable senten cia (2). En Fóscolo, Leopardi, Manzoni y otros autores mo dernos se encuentran ensayos y juicios sueltos sobre nuestros antiguos escritores, que nos hacen vislumbrar qué pulposa y vivacísima historia literaria habríamos po dido tener, si alguno de ellos hubiese querido ser el Vasari de los más descollantes poetas y prosistas ita lianos. Pero ni Carducci —que poseía, sin embargo, el raro y sumo don de aunar en sí una inmejorable preparación filológica y la directa experiencia del arte— quiso o pu do escribir una historia acabada de nuestra literatura. Algunos reprobarán, por temeraria, mi resolución de emprender lo que no osaron hombres tan superiores a mí en sabiduría e ingenio. De este pecado de manifiesta soberbia —monas grave e innoble que aquellos pecados de falsa y fingida humil dad en que todos los días incurren los fariseos de la cid- tura— no quiero aducir disculpas de palabras: la obra misma llevará consigo la absolución o la condena. 

 Cualquiera que sea la suerte que la espera, es ésta mía de todas maneras, la primera historia de la literatura italiana escrita por uno de los dueños de casa —aun que sea el último de los condominos— y no, como lafl otras, por porteros intrigantes, por inspectores de des (1) “ í>e Sanctia, una excelente pentona, rero lleno de preorupndonM y de prejuicios (prejuicio*, entendámonos, filosóficos, estéticos, critico*, etcétera. Que son lo» peores, porque son más arraigados y seguidos". G. CARDUCCI, Opere, XVI, 104. v2) “ No lograba adueñarse del element* de que el arte literario ee oemoone. es decir el verbo... £3 escritor es dominado y arrastrado por nía frases que él no sabe someter a au voluntad” , etc., etc.. G. D'ANÍJUN- ZÍO* en el “Razonamiento” que precede “ La Beata fíiva, de A. í'ONTl. Milán, Troves, XXXVI-XLIV víos, por subarrendatarios abusivos o por amanuenses de paso. Y no es que todas las demás sean como para tirarse: no pretendo en absoluto que ésta pueda tomar el lugar de aquéllas para toda clase de lectores. 

El que busca las modestas vidas de cada mediano e ínfimo autor, los pe queños resúmenes de las obras famosas, las bibliografías completas de las monografías ilegibles y de los artícu los inhallables, las descripciones de los códigos anónimos y acéfalos, y, sobre todo, las soluciones, a menudo ilu sorias, de “problemas” casi siempre imaginarios, recu rrirá para sus necesidades a alguna de esas historias escritas por los diligentes anticuarios o por los cizañe ros de la estética. Sostengo, empero, que una historia compuesta por uno que de ella, bien o mal, es parte, puede con justicia exis tir, y espero que podrá gustar y ser útil a alguien. Si es verdad lo que Sarpi y Vico pensaban, que per fectamente se conocen sólo aquellas cosas que sabemos hacer, no podrá tildarse de presunción la esperanza de un escritor de poder comprender mejor que otros a los que ya profesai'on su mismo arte. Una fraternal conge nialidad entre el historiador y los héroes de su historia torna la obra más segura, más apasionada y más hermo sa. 

El ideal —jamás alcanzado— sería que la historia de un arte lograra ser también una obra de arte. 2 Segunda novedad: esta obra acogerá y dibujará sólo a escritores de primera y segunda magnitud; poco más de sesenta en total. La horda restante, que constituye la intermedia y baja clase de la sociedad que escribe, de berá, desde luego, refugiarse en esos asilos que son las historias de la ciencia, de la filología, de la erudición, de la historiografía y de la cultura varia. Muchas historias de la literatura italiana, también en tre las breves, preparadas para iaa escuelas, se asemejan, en cierto modo, al asilo de Rómulo. Basta que un escu- dillador de libros haya ganado, en un siglo cualquiera, un ambo en la lotería de la celebridad para que se vea hospedado en uno de los modernos hipogeos de las letras patrias, aunque radie más, a excepción de los maestros por obligación y de los alumnos por obediencia, se acuer de de ¿I. Pero la historia de un arte aun vivo de una nación viviente no debe parecerse a un museo arqueológico en el cual estén expuestos los despojos inútilmente embal samados de tantos que fueron famosos solamente en su tiempo. Aquella muchedumbre de afortunadas mediocri dades que estiba de sí los capítulos de casi todas las his torias literarias está formada, en su mayor parte, por secuaces o discípulos de los grandes, por imitadores ser viles o chafallones —cuando no sean copiantes o plagia rios. En el mejor de los casos, eran personillas que hin charon «1 pee fin y el estómago para pavonearse en los cuadrivios de nuestra república y a menudo— tan gran de es el poder de los vendedores de charlas entre el vulgo de los contentadizos— consiguieron su pequeño nicho en las galerías de la celebridad. Se trata de bustos polvo rientos, pero de aspecto venerable, de medallones descas carados, pero que muestran aún las trazas de un altivo perfil. 

Ante estos simulacros de estuco y de yeso los his toriadores devotos no tienen el coraje de pasar de largo y los tratan como a personas vivas y catalogan por milé sima vez los títulos de obras que nadie lee y repiten con pocas variaciones el juicio que va arrastrándose de ma nual en manual, sin advertir que se ha vuelto más em bustero que un epitafio. Entre los que no figuran en la presente historia hay también hombres de alto valer y que yo admiro en la medida de todo su genio. Pero este genio lo manifesta ron mucho más en otras artes o disciplinas que como es critores. Compusieron libros y volúmenes, pero jamás fueron artistas o sólo lo fueron por casualidad. Son, ver bigracia, eminentes filósofos como Juan Bautista Vico; insignes recopiladores e ilustradores de antigüedades como Muratori; historiadores copiosos y afortuna dos como Ammirato y Botta; escultores o pintores ex celentes como Ghiberti y Salvador Rosa; sabios de buena clase como Mascheroni y Ascoli. 

Todos ellos y muchos otros «ue podríanse agregar, no se sabe con qué derecho o razón, aparecen en las historias de la literatura, dado que, juzgados como escritores, fueron apenas aguanta bles y quedaron de todo modo lejísimo de la perfección en ese arte que es el solo que aquí cuenta, es decir, el de la palabra. liaros son los que por natural privilegio del genio pueden figurar con el mismo derecho en más de una historia, y nadie se extrañará de encontrar también en esta mía a un redentor de gigantes como Miguel An gel, a un anatomista de los hombres como Muquiavelo, a un descubridor de los cielos como Galileo. Para elegir a los protagonistas legítimos, he tomado en cuenta, ante todo, la suerte de las obras. Cuando, por su valor intrínseco, un libro ha logrado sobrevivir durante siglos y no sólo como titulo o curiosidad sirio como nutrimento y gozo del lector no obligado; cuando un libro ha sido acogido con favor aun más allá de los confines de la patria y ha sido traducido, comentado y discutido en todas las naciones civilizadas, podemos abri gar la seguridad de que se trata de una obra que sigue fiendo viva, digna de ser amada y comprendida por in telecto?. vivos. 

Hav escritores «ue en coninnto tomien- aan e integran toda una escuela, una manera, una re- foiT.’í! a moda literaria y merecen, pues, ser retratados atentamente, aunque 110 sean siempre !os mayores. Pero de nada sirve dar ingreso libre, por inercia ovejuna, ul abigarrado séquito que cada uno de aquellos arrastra consigo en las historias literarias. Son, casi todos, dis cípulos que no supieron superar al maestro, sombras sub alternas y súcubos: no se saca ningún provecho, a los fines del conocimiento del arte, malgastando frases y pá ginas en ellos. Una vez que he hablado de Guido Caval canti, ¿de qué sirve recoger las débiles rimas de Gianni Alfani o de Guido Orlandi? Una vez que he estudiado a Cecco Angolieri, ¿para qué detenerse sobre Cennc della Chitarra o Rústico di Filippo? Y luego de haber contemplado la figura titánica de Dante, ¿con qué ob jeto rebajarse a atrapar una vez más, en los pantanos del olvido, a esos dantezuelos de bolsillo que se llama ron Fació degli Uberti y Federico Frezzi? Y después de haber ahondado el alma y la potencia lírica de Petrarca, ¿es menester acaso pasar lista de aquel inmenso rebaño de petrarquistas que suspiró, baló y vagó por tres bue nos siglos a expensas del Cancionero? Diráse, tal vez, que de este modo mi libro no resulta rá una historia “orgánica”, sino una sarta de ensayos; que falta la "textura conexiva” que debe enlazar los ór ganos vitales y que está constituido, en el vasto conjun to de la literatura, también por los menores, los medio cres, los pequeños, los mínimos e ínfimos que aquí que dan excluidos. Ilusión también ésta. El que padece la manía de hacer historia integral veríase reducido al absurdo de redac tar elencos interminables de semidesconocidos y olvida dos, y ni aun así lograría reproducir la fisonomía autén tica de nn siglo. 

La multilátera complejidad de la vida no puede reconstruirse en las páginas de un libro, por extenso que sea. El historiador, igual que el artista, no puede hacer a menos de elegir. Admitida la necesidad de la elección, es razonable que se elija tan sólo a los escritores que imprimieron a las épocas su propio sello, es decir, que determinaron el curso de la verdadera historia literaria. Esta obra, pues, tiene todo el derecho de llamarse his toria, más que aquéllas, abiertas de par en par a todos, semejantes a dormitorios públicos. Y es historia no sólo por la razón antedicha, sino también por su unidad in terior debida al método y por aquellos capítulos de enla ce que trazan las líneas maestras del desarrollo de nues tra literatura e iluminan ios fondos sobre los cuales so bresalen los protagonistas. La historia política está hecha, dicen, por las masas, pero en los momentos épicos y decisivos es obra de mag nos solitarios que ensoñerean y encarnan sueños, volun tades y necesidades de todo un pueblo. También la his toria literaria tiene sus héroes, sus soberanos; los pre cursores, sucesores, cortesanos y papagayos deben con formarse con unas pocas líneas en las bibliografías y en las enciclopedias. 

Hacer la historia de un arte quiera decir modelar las estatuas de los genios creadores, in novadores, dominadores: lo restante es burguesía omiti- ble y sopa incomible . 3 La tercera novedad se refiere, como dije, al objeto, y por ende también a los caminos y vehículos elegidos para alcanzarlo. Desde que se escriben historias de la literatura italiana hemos asistido al uso y abuso do los dos métodos cono cidos bajo el nombre de método histórico y método esté tico. Durante todo el Setecientos predominaron los ar chivistas; en los albores del Ochocientos salieron a la escena los filosofistas; en torno al 1870 adquirieron nue vamente preponderancia y arrogancia los historiadores puros; en los albores del Novecientos han vuelto a adue ñarse del campo los estetistas puros. Ha habido, pues, temporadas de predominio de las ra tas de biblioteca y temporadas de advenimiento de los murciélagos de la filosofía. Y estos murciélagos, cuya prosopopeya es, en verdad, mayor que la de loa ratones, sostienen que sólo a ellos corresponden todo privilegio y toda primacía, porque por au cuerpo no dejan de ser ratones, es decir roedores de eruditos papeles, y poseen, además, las alas, con que se levantan —por desdicha tan sólo cuando el aire es oscuro— hasta los torreones rui nosos de la filosofía estética. Las polvorientas ratas, tremolándoles los bigotes en colerizados entre un incunable mutilado y un código membranáceo, replican que los traicioneros murciélagos, con pretextos engañosos, esquivan las fajinas biográfi cas y bibliográficas, mientras que ellos, a pesar ue ser ratas, ratones o topos, podrían, si así lo quisiesen, apron tar unos novelones estéticos que darían envidia a los más revoloteantes quirópteros. Ambos tienen un poco de razón: los ratones son dema siado materialistas, pero, a veces, dan prueba de buen gusto y de buen juicio, los murciélagos son demasiado abstractivos, pero alguno ele ellos no desdeña ni desco noce la minuciosa Dusqueda histurica. Loa ejemplares ex tremos son rarísimos: en las historias de los eruditos hay, a menudo, algún relampaguear de las girándulas es téticas; en las de ios estéticos aparece alguna noticia o síntesis histórica. 

 Ai fin y al cabo son primos camales, descendientes to dos del común profesor Aristóteles: los unos quieren apli car a la historia literaria loa métodos de la ciencia; ios otros sueñan con entender y juzgar el arte por medio de la filosofía, que equivaldría a querer comprender la pintura, guiados por la geometría o la música con las teorías de la acústica. Por mi parte tan poco me satisfacen loa unos como los otros, y éstos muchos menos que aquéllos. Los escarba dores son pedantea, peto inútiles; los fantaseadores son brillantes, pero infructuosos y, a veces, peligrosos. Por culpa de esas jibias profetizantes, la crítica lite raria se ha vuelto un sellado de voriceptos sobre las car nes vivas de la poesía o un desmenuzamiento de micros- copistas sensuales que pierden de vista el libro para sa borear la página, pierden la página para gozar el verso, pierden el verso para gustar la palabra, pierden la pala- ba para languidecer sobre la sílaba. Entre el despiojar de los que se alimentan de polvo y el desvariar de los “problemaniáticos” no quiero ele gir. Me he propuesto, en cambio, seguir un camino to talmente distinto — un camino que algunos juzgarárK tri llado. pero que a muchos parecerá enteramente nuevo y que de cualquier modo, es, a mi juicio, el mejor. 

 También la historia literaria, como cualquier obra de verdadero y honesto escritor, ha de ser “vital nutrimen to” para los que la lean. Las fechas, los sucesos y las variaciones pueden llamarse alimento, pero no vital por que sacia la curiosidad mas no el espíritu. Y el exhibir se en escamoteos teóricos a las puertas o bajo las ven tanas de las mansiones del arte, puede dar solaz a las inteligencias, pero no substancioso consuelo a las almas. Por “vital nutrimento” no entiendo el ejercicio de la memoria verbal o de la imaginativa filosófica, sino la preparación a la experiencia de la vida, el nuevo des pertar de los afectos, el adiestramiento en el arte. Una historia de la literatura ha de ser, si ustedes no se es candalizan de la palabra, educativa, es decir moral, ci vil, pragmática. Moral: porque el aproximarse a escritores que fueron grandes, y por ende varones de verdad y fuera de lo común, no debe tan sólo ayudar a un mejor conocimiento de la naturaleza humana, sino a enseñar, sobre todo, el amor a ¡a grandeza, la rectitud de la vida, la tenacidad en las dificultades, la tolerancia heroica en la desventu ra y en la miseria y más aún el deseo de superarnos con tinuamente, de subir a más celestiales firmamentos. No todos los poetas son modelos de perfecta moralidad, pero sirven lo mismo, por contraposición y contraste, a mos trarnos el peligro y la vergüenza de esos pecados que lle gan hasta disminuir o manchar la grandeza de los gran des. Civil: porque los poetas, como los artistas, interpretan mejor que el común de los mortales el alma profunda de la patria, y, representando y revelando mejor sus belle zas, configurando y transmitiendo mejor sus glorias, re avivan el amor a nuestro pueblo y a nuestra tierra. Pragmática: porque el desentrañamiento de las obras más acabadas y famosas no debe servir sólo de pretexto para nuevas comprobaciones de abstrusos e intrusos “fi- losofemas”, sino también a guiar a los principiantes y a los escritores mismos a un más certero dominio del idioma, a una conquista más genial del arte do escribir. La historia de la literatura italiana, como yo la sue ño, no debería tanto amueblar las inteligencias cuanto cambiar, enriquecer y enaltecer a las almas. Tres resul tados principales espero de ello: educar en las más altas virtudes, hacer amar mejor a Italia, adiestrar en la prác tica efectiva del arte. Estos son los anhelos y ensueños del autor de la pre sente obra —sinceramente anhelados y soñados—, aun que él no hubiese logrado realizarlos en todas sus partes. GIOVANNI PAP1NI.

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miércoles, 24 de septiembre de 2025

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Introducción Federico Peltzer POESIA SOBRE LA POESIA (En la literatura argentina

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